Libro primero

Proemio

Quienes se proponen escribir historia no lo hacen, según observo, por una sola y misma razón, sino por muchas y muy distintas entre sí.

Unos, en efecto, para lucir su destreza con las palabras y cazar la fama que de ella se sigue, se lanzan a esta rama de la cultura; otros, por complacer a aquellos de quienes toca dar cuenta, asumen el esfuerzo aun por encima de sus fuerzas; hay quienes se ven forzados por la necesidad misma de los hechos en que participaron, a recogerlos en un escrito que los dé a conocer; y a muchos la magnitud de asuntos útiles que yacían en el olvido los movió a sacar a la luz su historia, para provecho común.

De estas razones que acabo de enumerar, las dos últimas también a mí me han tocado. Pues la guerra que nosotros, los judíos, sostuvimos contra los romanos, sus lances y el desenlace que tuvo, los aprendí por experiencia propia, y me vi forzado a narrarlos a causa de quienes, al escribir, adulteran la verdad.

Esta obra que ahora emprendo la he acometido persuadido de que a todos los griegos les parecerá digna de atención, pues abarcará toda nuestra antigüedad y la disposición de nuestra constitución, vertida de los escritos hebreos.

Ya antes, cuando componía la historia de la guerra, había concebido el propósito de mostrar quiénes eran los judíos desde el principio, qué vicisitudes atravesaron, bajo qué legislador se formaron en la piedad y en el ejercicio de las demás virtudes, y cuántas guerras libraron a lo largo de los siglos antes de verse arrastrados, contra su voluntad, a esta última contra los romanos.

Pero como el alcance de aquella obra era mayor, la separé y le di, con su propio comienzo y su final, una medida ajustada. Sin embargo, con el paso del tiempo —cosa que suele ocurrirles a quienes se proponen acometer grandes empresas— me asaltaron la vacilación y la demora ante la idea de trasladar un tema tan vasto a una lengua para nosotros extranjera y ajena.

Había, con todo, algunos que por afán de esta historia me animaban a ella, y más que nadie Epafrodito, hombre que ama toda forma de saber y que goza en especial con la experiencia de los asuntos, pues él mismo ha tenido trato con grandes empresas y con azares de toda especie, y en todos ha mostrado un vigor de carácter admirable y una inclinación a la virtud inquebrantable.

Cediendo, pues, a este hombre —que siempre alienta a cuantos son capaces de emprender algo útil o hermoso— y avergonzado de mí mismo, no fuera que pareciese más amigo de la molicie que del esfuerzo por lo más noble, cobré ánimo con mayor empeño; y a lo dicho añadí estas otras consideraciones, que no tuve por baladíes: si nuestros antepasados estuvieron dispuestos a compartir tales cosas, y si algunos de los griegos se esforzaron por conocer lo nuestro.

Hallé, en efecto, que Tolomeo, el segundo de ese nombre, rey que como ninguno se dedicó a la cultura y a reunir libros, puso especial empeño en verter a la lengua griega nuestra ley y la disposición de la constitución conforme a ella; y que Elazar, sumo sacerdote que a ninguno de los nuestros cedía en virtud, no envidió al mencionado rey el disfrute de ese beneficio —de seguro se lo habría negado, si no fuera tradición nuestra no tener oculto nada de lo bueno—.

Juzgué, pues, que también a mí me correspondía imitar la magnanimidad de aquel sumo sacerdote, y suponer que hoy, como entonces, hay muchos amantes del saber semejantes al rey. Porque ni siquiera él alcanzó a recibir toda la escritura, sino que solo lo referente a la ley entregaron los que fueron enviados a Alejandría para su interpretación.

Innumerables son las cosas que se declaran a través de los libros sagrados, ya que en ellos está comprendida la historia de cinco mil años; y hay allí toda suerte de peripecias imprevistas, muchos avatares de guerras, hazañas de caudillos y mudanzas de gobiernos.

En suma, quien quisiera recorrer esta historia aprendería sobre todo esto: que a quienes siguen la voluntad de Dios y no se atreven a transgredir lo que fue bien legislado, todo les sale bien más allá de lo creíble, y por recompensa Dios les depara la dicha; mientras que, en la medida en que se apartan del cuidado escrupuloso de estas cosas, lo asequible se les vuelve inaccesible, y cuanto emprenden como si fuera un bien se les torna en desgracias irremediables.

Ya desde ahora exhorto a quienes se acerquen a estos libros a que dispongan su ánimo hacia Dios y a que examinen si nuestro legislador comprendió dignamente su naturaleza y le atribuyó siempre obras acordes con su poder, guardando el discurso acerca de Él limpio de la indecorosa mitología que se halla entre otros pueblos.

Y eso que, por lo dilatado del tiempo y por su antigüedad, tenía plena licencia para inventar ficciones, pues vivió hace dos mil años, una distancia de siglos tan grande que ni siquiera los poetas se atrevieron a remontar hasta ella los nacimientos de sus dioses, y menos aún las acciones o las leyes de los hombres.

Los pormenores exactos de lo que consta en las escrituras los irá señalando el relato, a su debido orden, a medida que avance; pues eso es lo que me comprometí a hacer en esta obra, sin añadir nada ni tampoco omitir cosa alguna.

Y puesto que casi todo depende para nosotros de la sabiduría de nuestro legislador Moshé, me es forzoso decir antes unas breves palabras acerca de él, no sea que alguno de los lectores se pregunte de dónde viene que este relato, que trata de leyes y de hechos, participe en tan gran medida de la explicación de la naturaleza.

Ha de saberse, pues, que él tuvo por lo más necesario de todo que quien vaya a administrar bien su propia vida y a legislar para los demás comprenda primero la naturaleza de Dios y, hecho con la mente contemplador de sus obras, imite así el modelo, el mejor de todos, en la medida de lo posible, y procure seguirlo.

Porque ni el legislador mismo tendría jamás recto entendimiento si le faltase esta contemplación, ni nada de lo que se escribiera redundaría en cuenta de virtud para quienes lo recibieran, si antes que ninguna otra cosa no se les enseñara que Dios, siendo padre y señor de todo y velando por todo, concede a quienes lo siguen una vida dichosa, y a quienes se salen del camino de la virtud los envuelve en grandes desgracias.

Queriendo, pues, Moshé inculcar esta enseñanza a sus conciudadanos, no comenzó el establecimiento de las leyes por los contratos y por los derechos de unos con otros, como los demás legisladores, sino que elevó sus mentes hacia Dios y hacia la fábrica del universo, y los persuadió de que, de las obras de Dios sobre la tierra, la más hermosa somos los hombres; y una vez que los tuvo obedientes a la piedad, ya con facilidad los persuadía de todo lo demás.

Pues los demás legisladores, siguiendo mitos, atribuyeron en sus discursos a los dioses la vergüenza de los pecados humanos, y dieron con ello a los malvados una gran excusa. Nuestro legislador, en cambio, tras declarar que Dios posee la virtud pura y sin mezcla, estimó que los hombres debían esforzarse por participar de ella, y a quienes no pensaban así ni lo creían los castigó sin remisión.

A este propósito, pues, invito a los lectores a hacer su examen; porque a quienes lo consideren de este modo se les mostrará que nada hay en ello irracional, ni ajeno a la grandeza de Dios y a su amor por los hombres. Todo tiene una disposición acorde con la naturaleza del conjunto, ya insinuando el legislador las cosas con destreza, ya alegorizándolas con solemnidad, ya exponiendo con claridad y de manera expresa cuanto convenía decir sin rodeos.

Para quienes quieran indagar también las causas de cada cosa, sería larga y en extremo filosófica la investigación, que por ahora aplazo; mas, si Dios me concede tiempo, intentaré escribirla después de esta obra.

Me volveré ya a la narración de los hechos, no sin recordar antes lo que Moshé dijo acerca de la fábrica del universo; y esto lo hallé consignado en los libros sagrados. Dice así:

La constitución del mundo y la disposición de los elementos

En el principio creó Dios el cielo y la tierra. Y como esta no cayera bajo la vista, sino que estaba oculta en profundas tinieblas y un soplo corría sobre ella desde lo alto, Dios mandó que se hiciera la luz.

Y hecha esta, contempló toda la materia y separó la luz de las tinieblas; a estas les puso por nombre noche, y a aquella la llamó día, dando a los comienzos de la luz y a su descanso los nombres de aurora y de tarde.

Y este sería el primer día; pero Moshé lo llamó «uno». La razón de ello podría exponerla también ahora, mas, como he prometido escribir aparte la explicación de las causas de todo, dejo para entonces también la interpretación de esto.

Después de esto, en el segundo de los días, colocó el cielo sobre el conjunto, cuando, distinguiéndolo de lo demás, dispuso que quedara aparte; le cristalizó alrededor un firmamento y lo hizo húmedo y lluvioso, ordenándolo de modo conveniente para el provecho que la tierra recibe de los rocíos.

En el tercero asentó la tierra y derramó en torno a ella el mar; y en ese mismo día hizo brotar de la tierra plantas y semillas. En el cuarto adornó el cielo con el sol, la luna y los demás astros, señalándoles sus movimientos y sus cursos, con los que se marcarían los giros de las estaciones.

En el quinto día produjo los animales que nadan y los que se remontan, unos por las profundidades y otros por el aire, uniéndolos por comunidad y unión para la procreación y para que su especie creciera y se multiplicara. En el sexto día formó el género de los cuadrúpedos, haciéndolos macho y hembra; y en este mismo modeló también al hombre.

Y afirma Moshé que en seis días en total fueron hechos el mundo y todo cuanto hay en él, y que en el séptimo descansó y tomó reposo de sus obras; de ahí que también nosotros, en ese día, hacemos tregua de nuestros trabajos y lo llamamos Shabat, palabra que en la lengua de los hebreos significa reposo.

Y comenzó Moshé, después del séptimo día, a explicar la naturaleza, hablando de la formación del hombre de este modo: modeló Dios al hombre tomando polvo de la tierra, e infundió en él aliento y alma. A este hombre lo llamaron Adam, que en lengua de los hebreos significa «rojizo», por haber sido formado de tierra rojiza amasada; pues tal es la tierra virgen y verdadera.

Presenta Dios a Adam los animales por especies, macho y hembra, y él les pone los nombres con que aún hoy se los llama. Y viendo que Adam no tenía compañía ni convivencia con hembra alguna —pues no la había— y que se extrañaba al ver que los demás animales sí la tenían, mientras él dormía le sacó una costilla y de ella formó a la mujer.

Y Adam, cuando se la presentaron, reconoció que había salido de él. En la lengua de los hebreos «mujer» se dice *isha*, y el nombre de aquella mujer era Java, que significa «madre de todos».

Dice que Dios plantó también un paraíso hacia el oriente, floreciente con toda clase de plantas; y que entre ellas estaban la planta de la vida y otra, la del entendimiento, por la que se discernía qué era lo bueno y qué lo malo.

Y que, tras introducir en este jardín a Adam y a la mujer, les mandó cuidar de las plantas. Riégase este jardín por un solo río que fluye rodeando toda la tierra en círculo, y que se divide en cuatro brazos. El Fisón —nombre que significa «abundancia»—, llevándose hacia la India, desemboca en el mar, y los griegos lo llaman Ganges; el Éufrates y el Tigris van a parar al mar Rojo. El Éufrates se llama Forás, que significa «dispersión» o «flor»; el Tigris, Diglat, que expresa lo veloz unido a la estrechez; y el Gehón, que corre a través de Mitsraim, significa «el que sube hacia nosotros desde la parte opuesta», al que los griegos llaman el Nilo.

Ordenó, pues, Dios a Adam y a la mujer que comieran de las demás plantas, pero que se abstuvieran de la del entendimiento, advirtiéndoles de antemano que, si la tocaban, les sobrevendría la ruina.

Como en aquel tiempo todos los animales tenían una misma voz, la serpiente, que convivía con Adam y con la mujer, sintió envidia de la dicha que, según creía, alcanzarían por obedecer los mandatos de Dios; y pensando que caerían en desgracia si desobedecían, indujo con malicia a la mujer a probar de la planta del entendimiento, diciéndole que en ella estaba el discernimiento del bien y del mal, y que, alcanzándolo, llevarían una vida dichosa y en nada inferior a la de Dios.

Y así engaña a la mujer para que despreciara el mandato de Dios. Ella probó de la planta y, complacida con aquel manjar, persuadió también a Adam a que se sirviera de ella.

Entonces comprendieron que ya estaban desnudos y, teniendo su vergüenza al descubierto, idearon cubrirse; pues la planta era de agudeza y de entendimiento. Se cubrieron, pues, con hojas de higuera y, poniéndoselas delante del pudor, se creían más dichosos, como si hubieran hallado lo que antes les faltaba.

Cuando Dios llegó al jardín, Adam, que antes solía acudir a conversar con Él, se retiró, consciente de su falta. A Dios lo extrañó aquel proceder y le preguntó la causa por la que, gozando antes con su trato, ahora lo huía y lo esquivaba.

Y como él nada respondiese, por saberse culpable de haber quebrantado el mandato de Dios, dijo Dios: «Yo tenía decidido acerca de vosotros que vivierais una vida dichosa, libre de todo mal, sin que ningún cuidado desgarrase vuestra alma; que todas las cosas que contribuyen al disfrute y al placer os brotaran por sí solas, por mi providencia, sin trabajo ni fatiga vuestra; y que, con ellas presentes, la vejez no os llegase pronto y vuestra vida fuese larga.

Mas ahora has ultrajado esta decisión mía al desoír mis mandatos; porque no guardas silencio por virtud, sino por una conciencia culpable».

Adam se excusaba de su pecado y rogaba a Dios que no se irritase con él, echando la culpa de lo sucedido a la mujer y diciendo que había pecado engañado por ella; y ella, a su vez, acusaba a la serpiente.

Dios, por haberse dejado él vencer por el consejo de una mujer, lo sometió a castigo, diciendo que la tierra ya no les daría nada por sí misma, sino que, esforzándose y consumidos por el trabajo, les entregaría algunas cosas y les negaría otras. A Java la castigó con los partos y con los dolores de los alumbramientos, porque, con las mismas artes con que la serpiente la había engañado, había ella trastornado a Adam y lo había envuelto en desgracias.

Privó también a la serpiente de la voz, irritado por su malicia contra Adam, y le puso veneno bajo la lengua, declarándola enemiga de los hombres y ordenándoles descargar los golpes sobre su cabeza, pues en ella residían el daño para los hombres y la muerte más fácil para quienes se defendieran; y, quitándole los pies, la hizo arrastrarse por el suelo, retorciéndose.

Y Dios, tras disponer que padecieran estas cosas, trasladó a Adam y a Java del jardín a otro lugar.

Sobre la descendencia de Adam y las diez generaciones desde él hasta el diluvio

Les nacen dos hijos varones. El primero se llamaba Káyin, nombre que, traducido, significa «posesión»; el segundo, Hével, que no significa nada.

Les nacen también hijas. Los hermanos se dedicaban a ocupaciones distintas: Hével, el menor, cuidaba de la justicia y, creyendo que Dios estaba presente en todo cuanto hacía, se preocupaba de la virtud; su vida era la de un pastor. Káyin, en cambio, era en todo pésimo, atento solo a la ganancia, y fue el primero en idear arar la tierra; y mató a su hermano por la siguiente causa: habiéndoles parecido bien ofrecer sacrificio a Dios, Káyin trajo los frutos de la agricultura y de las plantas, y Hével leche y las primicias de sus rebaños. Y Dios se complace más con este sacrificio, honrado con lo que se produce por sí solo y conforme a la naturaleza, y no con lo obtenido por la fuerza, según el cálculo de un hombre codicioso.

Por ello, Káyin, exasperado de que Dios hubiese honrado antes a Hével, mata a su hermano y, tras hacer desaparecer su cuerpo, supuso que quedaría oculto. Pero Dios, que conocía la obra, vino a Káyin y le preguntó por su hermano, dónde podía estar, pues hacía muchos días que no lo veía, cuando antes lo miraba andar en su compañía todo el tiempo.

Káyin, apurado y sin saber qué decir a Dios, al principio decía que también él estaba perplejo al no ver a su hermano; pero, exasperado porque Dios insistía tenazmente y lo apremiaba, dijo que no era él el ayo ni el guardián de su hermano ni de lo que este hacía.

Entonces ya Dios convencía a Káyin de haberse hecho asesino de su hermano, y le dijo: «Me asombra que digas no saber qué ha sido de un hombre a quien tú mismo has dado muerte».

Del castigo por el homicidio lo eximió, por haber ofrecido un sacrificio y suplicado con él que no recibiera una ira más dura contra sí; pero lo hizo maldito, y amenazó con castigar a sus descendientes hasta la séptima generación, y lo expulsó de aquella tierra junto con su mujer.

Y como él temiera caer, en su vagar, entre las fieras y perecer de ese modo, le mandó no recelar por tal motivo ningún mal, sino recorrer sin temor toda la tierra, pues nada terrible le vendría de las fieras; y, poniéndole una señal por la que fuese reconocible, le ordenó marcharse.

Tras recorrer mucha tierra, Káyin se establece con su mujer en un lugar llamado Naid, y allí fija su morada, donde también le nacieron hijos. Mas no tomó el castigo por escarmiento, sino para acrecentar su maldad, procurándose todo placer para su cuerpo, aunque hubiera de lograrlo con ultraje de sus allegados; y acrecentando su casa con abundancia de riquezas obtenidas por rapiña y violencia, e incitando al placer y al bandidaje a cuantos trataba, se convirtió en maestro de perversas ocupaciones. La vida sencilla en que antes convivían los hombres la trocó, con la invención de medidas y pesos, en astucia, y de aquella ignorancia sin doblez y magnánima en que vivían los llevó a la malicia.

Fue el primero en poner lindes a la tierra, edificó una ciudad y la fortificó con murallas, obligando a sus parientes a reunirse en un mismo sitio. Y a esta ciudad la llamó Anoja, por Anoj, el mayor de sus hijos.

De Anoj era hijo Irad, y de este Mejuyael, cuyo hijo es Metushael, y de este Lámej, que tuvo setenta y siete hijos de dos mujeres, Tsilá y Adá.

De ellos, Yaval, nacido de Adá, alzó tiendas y se aficionó al pastoreo de ovejas; Yuval, hermano suyo de madre, cultivó la música e inventó los salterios y las cítaras; y Tuval, de los nacidos de la otra mujer, superando a todos en fuerza, se dedicó con brillo a lo militar y, con ello, a procurarse los placeres del cuerpo, y fue el primero en idear la forja del bronce.

Lámej, que había sido padre de una hija llamada Naamá, como conocía con claridad las cosas divinas y veía que había de dar cuenta por el fratricidio de Káyin, con castigo mayor que aquel, lo hizo saber a sus mujeres.

Viviendo aún Adam, sucedió que los descendientes de Káyin llegaron a ser malísimos, cada uno peor que el anterior por sucesión e imitación, hasta el último; pues eran desenfrenados para la guerra y se lanzaban al bandidaje, y si alguno era remiso en matar, se mostraba insolente en otra clase de temeridad, ultrajando y robando.

Adam, el primero nacido de la tierra —pues la narración reclama el relato acerca de él—, degollado Hével y huido Káyin a causa de aquel crimen, se cuidó de la procreación, y un vehemente deseo de descendencia lo poseía, habiendo cumplido ya doscientos treinta años de vida; tras los cuales, viviendo otros setecientos, muere.

Le nacen, pues, otros muchos hijos, y entre ellos Shet. De los demás sería largo hablar; intentaré recorrer solo lo referente a los descendientes de Shet. Criado este y llegado a una edad ya capaz de juzgar lo bueno, y hecho él mismo el mejor de los hombres, dejó descendientes imitadores de sus mismas virtudes.

Todos ellos, nacidos buenos, habitaron sin discordias la misma tierra y vivieron dichosos, sin que hasta su muerte les sobreviniera contratiempo alguno; e idearon la sabiduría acerca de los cuerpos celestes y su ordenación.

Y para que sus hallazgos no se perdieran para los hombres ni pereciesen antes de llegar a conocerse —pues Adam había predicho que habría una destrucción del universo, una por la fuerza del fuego y otra por la violencia y el cúmulo de las aguas—, hicieron dos columnas, una de ladrillo y otra de piedra, y en ambas grabaron sus hallazgos, para que, si la de ladrillo se destruía por la inundación, quedase la de piedra y permitiera a los hombres conocer lo grabado, indicando además que también había sido levantada por ellos una de ladrillo. Permanece hasta hoy en la tierra de Seiris.

Sobre el diluvio, y de qué modo Nóaj se salvó en un arca con los suyos, y habitó luego en la llanura de Sinar

Y estos permanecieron durante siete generaciones teniendo a Dios por señor del universo y mirando en todo a la virtud; pero después, con el paso del tiempo, se mudaron a peor y abandonaron las costumbres de sus padres, sin rendir ya a Dios los honores establecidos ni tener cuenta de la justicia hacia los hombres; y el celo por la virtud que antes tenían lo mostraban ahora, con sus obras, doblado en maldad. Con ello se enemistaron con Dios.

Pues muchos ángeles de Dios, uniéndose a mujeres, engendraron hijos insolentes y despreciadores de todo lo bueno, por la confianza en su fuerza; se cuenta que también estos cometieron desmanes semejantes a los que los griegos atribuyen a los gigantes.

Nóaj, disgustado por lo que hacían y afligido por sus designios, los persuadía a mudar a mejor su pensamiento y sus obras; pero, viendo que no cedían, sino que estaban fuertemente dominados por el placer de la maldad, y temiendo que lo mataran junto con sus mujeres e hijos y las esposas de estos, salió de aquella tierra.

Dios amó a este hombre por su justicia, y condenó no solo la maldad de aquellos, sino que le pareció bien destruir a todo cuanto entonces era humano y hacer otro linaje limpio de maldad; y, acortando su vida y reduciéndola no a los años que antes vivían, sino a ciento veinte, tornó en mar la tierra firme.

Y así perecen todos, y solo Nóaj se salva, pues Dios le sugirió un artificio y un medio de salvación de este modo: construyó un arca de cuatro pisos, de trescientos codos de largo, cincuenta de ancho y treinta de alto; en ella subió con la madre de sus hijos y con las mujeres de estos, cargando además cuanto había de servirles para sus necesidades, e introduciendo también animales de toda especie, machos y hembras, para la conservación de su género, y otros por siete veces más en número.

Era el arca robusta en sus paredes y en su techo, de modo que no pudiera anegarse por ninguna parte ni fuese vencida por la violencia del agua. Y así Nóaj, con los suyos, se salva.

Era él décimo a partir de Adam, pues era hijo de Lámej, cuyo padre era Metushélaj, y este de Anoj, hijo de Yéred; de Mahalalel había nacido Yéred, el cual fue engendrado por Kenán, hijo de Enosh, junto con muchas hermanas; y Enosh era hijo de Shet, hijo de Adam.

Sobrevino esta calamidad en el año seiscientos ya del gobierno de Nóaj, en el segundo mes, llamado Dío por los macedonios y Marsuán por los hebreos; pues así habían dispuesto el año en Mitsraim.

Pero Moshé fijó como primer mes para las fiestas el de Nisán, que es Xántico, por haber sacado en él a los hebreos de Mitsraim; este era para él el primero en todo lo tocante a los honores debidos a la divinidad, si bien para las ventas, las compras y los demás asuntos conservó el orden primero. Dice que la lluvia comenzó el día veintisiete del mes mencionado.

Este tiempo, desde Adam, el primero que nació, era de dos mil doscientos sesenta y dos años. Y está consignado el tiempo en los libros sagrados, pues los de entonces anotaban con mucha exactitud los nacimientos y las muertes de los hombres ilustres.

A Adam, cuando había cumplido ya doscientos treinta años, le nace un hijo, Shet, que vivió novecientos treinta años. Shet, en su año doscientos cinco, engendró a Enosh, que, viviendo novecientos cinco años, entregó a su hijo Kenán el cuidado de los asuntos, habiéndolo engendrado hacia su año ciento noventa; este vivió novecientos doce años.

Kenán, tras vivir novecientos diez años, tuvo un hijo, Mahalalel, cuando contaba ciento setenta. Este Mahalalel, viviendo ochocientos noventa y cinco años, murió dejando un hijo, Yéred, a quien había engendrado a los ciento sesenta y cinco años.

A este, que vivió novecientos sesenta y nueve años, lo sucede su hijo Anoj, nacido cuando su padre contaba unos ciento sesenta y dos años. Este, tras vivir trescientos sesenta y cinco años, se retiró junto a la divinidad, por lo que ni siquiera consignaron su muerte.

Metushélaj, hijo de Anoj, nacido cuando aquel contaba ciento sesenta y cinco años, tuvo un hijo, Lámej, a los ciento ochenta y siete; a él le entregó el gobierno, que él mismo había retenido durante novecientos sesenta y nueve años.

Lámej, tras gobernar setecientos siete años, nombra rector de los asuntos a su hijo Nóaj, que le nació cuando Lámej había cumplido ciento ochenta y ocho años, y que gobernó los asuntos durante novecientos cincuenta años.

Estos años, sumados, completan el tiempo antes consignado. Y que nadie escrute las muertes de estos hombres, pues prolongaron su vida junto a sus hijos y a los descendientes de estos; mírense solo sus nacimientos.

Cuando Dios dio la señal y comenzó a llover, el agua caía durante cuarenta días enteros, hasta rebasar la tierra en quince codos. Y esta fue la causa de que no se salvaran más, al no tener medio de huida.

Cesada la lluvia, apenas comenzó a bajar el agua durante ciento cincuenta días, de modo que hacia el séptimo mes, el día siete de su comienzo, iba retirándose poco a poco al menguar. Después, detenida el arca sobre cierta cima de un monte en Armenia, Nóaj, al advertirlo, la abre y, al ver un poco de tierra en torno a ella, ya con mejor esperanza, se quedó tranquilo.

Pocos días más tarde, retirándose más el agua, suelta un cuervo, queriendo saber si alguna otra parte de la tierra, abandonada por el agua, era ya segura para salir; pero este, hallándola toda todavía encharcada, volvió a Nóaj. Siete días después envió una paloma para conocer el estado de la tierra; y, al regresar cubierta de lodo y trayendo consigo un ramo de olivo, comprendió Nóaj que la tierra estaba libre del diluvio y, tras aguardar otros siete días, deja salir del arca a los animales, y él mismo, saliendo con su familia y ofreciendo sacrificio a Dios, celebró un banquete con los suyos. A este lugar lo llaman los armenios «el desembarcadero»; pues allí, salvada el arca, muestran aún hoy sus restos.

De este diluvio y del arca hacen memoria todos los que han escrito las historias de los bárbaros, entre ellos Beroso el caldeo, quien, al referir lo del diluvio, cuenta más o menos así: «Se dice que en Armenia, junto al monte de los cordieos, subsiste aún parte de la nave, y que algunos se llevan trozos del betún que raspan de ella; y los hombres usan lo que se llevan como amuletos contra los maleficios».

De esto hacen memoria también Jerónimo el egipcio, que compuso la antigüedad fenicia, y Mnaseas, y otros muchos; y Nicolao de Damasco, en el libro nonagésimo sexto, cuenta acerca de ello, diciendo así:

«Hay sobre la Miníade un gran monte en Armenia, llamado Baris, al que, según la tradición, muchos huyeron durante el diluvio y se salvaron; y se cuenta que uno, llevado sobre un arca, encalló en la cumbre, y que los restos de las maderas se conservaron largo tiempo». Podría ser este mismo a quien también describió Moshé, el legislador de los judíos.

Nóaj, temiendo que Dios inundara la tierra cada año, tras haber sentenciado la destrucción de los hombres, quemó ofrendas y rogó a Dios que en adelante permaneciera en el primer orden y no trajera ya semejante calamidad, por la que corriera peligro de perecer todo el género de los animales, sino que, castigados los malvados, tuviera clemencia con los que por su bondad habían quedado y habían sido juzgados dignos de escapar del desastre.

Pues serían, dijo, más desventurados que aquellos y condenados a un mal peor, si no se salvaran del todo, sino que se reservaran para otro diluvio, habiendo aprendido del primero el terror y su relato, y del segundo la ruina.

Le rogaba, pues, que acogiera con benevolencia el sacrificio y que no descargara sobre la tierra una ira semejante, para que, aplicándose a las labores de esta y levantando ciudades, pudieran vivir dichosos y no carecieran de ninguno de los bienes de que gozaban antes del diluvio, alcanzando una larga vejez y una duración de vida semejante a la de los antiguos.

Hechas por Nóaj estas súplicas, Dios, amando al hombre por su justicia, le asintió a que llevaría sus ruegos a cumplimiento, diciendo que no había sido Él quien había destruido a los corrompidos, sino que ellos habían sufrido este castigo por su propia maldad; y que, si hubiera decidido aniquilar a los hombres una vez nacidos, no los habría traído a la vida, pues cuerdo era desde el principio no concederles siquiera la vida antes que darla y luego destruirla; «pero con aquello con que ultrajaban mi piedad y mi virtud, me forzaron a imponerles este castigo.

Cesaré en adelante de exigir con tanta ira las penas por los delitos, y mucho más rogándolo tú. Y si alguna vez descargo tempestad más fuerte, no temáis la magnitud de las lluvias; porque ya no anegará el agua la tierra.

Os aconsejo, sin embargo, absteneros de la matanza humana y guardaros limpios de sangre, castigando a quienes cometan algo semejante; pero servíos de todos los demás animales conforme a lo que queráis y a vuestros apetitos. Pues os he hecho señores de todos, de los terrestres, de los que nadan y de cuantos tienen morada y curso en las alturas, salvo de la sangre; porque en ella está la vida.

Os daré una señal de que ha cesado, indicándola con mi arco». Y señalaba el arco iris, pues allí se tiene por costumbre que es el arco de Dios. Y Dios, tras decir esto y hacer esta promesa, se aparta.

Nóaj, viviendo después del diluvio trescientos cincuenta años, y pasando dichosamente todo ese tiempo, muere, habiendo vivido un número de años de novecientos cincuenta.

Y que nadie, comparando la vida de ahora y la brevedad de los años que vivimos con la de los antiguos, tenga por falso lo que de aquellos se dice, infiriendo, porque nadie hoy prolonga tanto su vida, que tampoco aquellos llegaron a esa duración.

Pues, siendo ellos amados de Dios y hechos por Dios mismo, y por ser sus alimentos más apropiados para una vida más larga, con razón vivían tan gran número de años; y, además, por su virtud y por la utilidad de lo que ideaban, la astronomía y la geometría, Dios les concedió vivir más, cosas que no habrían podido predecir con seguridad si no hubieran vivido seiscientos años; pues en tantos se cumple el gran año.

Dan testimonio de mi palabra todos los que, entre griegos y bárbaros, han escrito las antigüedades; pues también Manetón, que compuso la crónica de los egipcios, y Beroso, que reunió lo caldeo, y Moco, y Hestieo, y además el egipcio Jerónimo, que escribieron lo fenicio, concuerdan con lo que digo, y Hesíodo, Hecateo, Helánico, Acusilao, y además Éforo y Nicolao refieren que los antiguos vivieron mil años. Pero sobre estas cosas, que cada cual juzgue como mejor le parezca.

De Nóaj eran tres hijos —Shem, Yefet y Jam—, nacidos cien años antes del diluvio. Fueron los primeros en bajar de los montes a las llanuras y establecer allí su morada; y a los demás, que por causa del diluvio temían mucho las llanuras y se resistían a descender de los lugares altos, los persuadieron a cobrar ánimo y a imitarlos.

La llanura donde primero se asentaron se llama Shinar. Y como Dios les mandó, por su gran número, enviar colonias —para que no riñeran entre sí, sino que, cultivando mucha tierra, gozaran de frutos en abundancia—, por ignorancia desoyeron a Dios; y por ello, cayendo en desgracias, sintieron su pecado.

Pues cuando florecían por la multitud de sus jóvenes, otra vez Dios les aconsejó fundar una colonia. Ellos, sin embargo, no creyendo tener sus bienes por la benevolencia de Aquel, sino tomando su propia fuerza por causa de su prosperidad, no obedecieron.

Y a la desobediencia al designio de Dios añadieron la sospecha de que se los empujaba a colonizar por asechanza, para que, divididos, resultaran más fáciles de someter.

La torre de Bavel y la confusión de las lenguas

Los incitó a la afrenta y al desprecio de Dios Nimrod, nieto de Jam, hijo de Nóaj, hombre audaz y de mano vigorosa. Los persuadía, pues, a no atribuir a Dios su bienestar, sino a considerar que era su propia valentía la que se lo procuraba.

Y poco a poco fue mudando las cosas en tiranía, pues creía que solo así apartaría a los hombres del temor de Dios, si vivían amparados en su propio poder; y amenazaba con vengarse de Dios si de nuevo quería anegar la tierra: levantaría una torre más alta de lo que el agua pudiera subir, y así vengaría la perdición de sus antepasados.

La multitud estaba pronta a seguir los dictados de Nimrod, teniendo por esclavitud el ceder a Dios, y edificaban la torre sin escatimar esfuerzo ni flaquear en la obra; y crecía en altura más rápido de lo que nadie habría esperado, por la muchedumbre de manos.

Su grosor, sin embargo, era tan recio que, a quien la miraba, la altura le parecía menor. Se edificaba de ladrillo cocido, trabado con betún, para que no se filtrara el agua. Viéndolos Dios así enloquecidos, no juzgó destruirlos del todo —pues ni con la muerte de los primeros habían escarmentado—, sino que los arrojó a la discordia haciéndolos de lenguas distintas y, por la multitud de voces, incapaces de entenderse entre sí. El lugar donde edificaron la torre se llama ahora Bavel, por la confusión de aquella lengua antes clara; pues los hebreos llaman a la confusión «bavel».

De esta torre y de la diversidad de lenguas de los hombres se acuerda también la Sibila, que dice así: «Siendo todos los hombres de una misma lengua, algunos edificaron una torre altísima, como para subir por ella al cielo. Pero los dioses, enviando vientos, derribaron la torre y dieron a cada uno su propia lengua; y por esto ocurrió que la ciudad fuera llamada Bavel.»

De la llanura llamada Shinar, en la región de Bavel, hace memoria Hestieo, diciendo así: «De los sacerdotes, los que se salvaron, tomando los objetos sagrados de Zeus Enialio, llegaron a Shinar de Bavel.»

De qué modo la posteridad de Nóaj envió colonias y pobló toda la tierra

Desde allí, en adelante, se dispersaron a causa de la diversidad de lenguas, fundando colonias por todas partes; y cada grupo ocupaba la tierra con que topaba y adonde Dios lo llevaba, de modo que se llenó de ellos todo el continente, tanto el interior como las costas. Hubo incluso quienes, cruzando en naves, poblaron las islas.

Algunos de estos pueblos conservan los nombres que les pusieron sus fundadores; otros los cambiaron; y otros los alteraron para que parecieran más claros a los que se establecían junto a ellos. Los griegos fueron los causantes de esto: pues, cobrando fuerza en tiempos posteriores, se apropiaron incluso de la gloria antigua, adornando a los pueblos con nombres que ellos entendían y dándoles formas de gobierno como si descendieran de ellos mismos.

Cómo cada nación recibió su nombre de sus primeros pobladores

Los nietos de Nóaj fueron aquellos cuyos nombres, en su honor, pusieron a los pueblos quienes ocupaban alguna tierra. Yefet, hijo de Nóaj, tuvo siete hijos. Estos habitan comenzando desde los montes Tauro y Amano, y avanzaron por Asia hasta el río Tanais, y por Europa hasta Gádira, ocupando la tierra con que topaban; y como nadie la había habitado antes, llamaron a los pueblos con sus propios nombres.

Pues a los que ahora los griegos llaman gálatas, y antes se decían gómaros, los fundó Gómer. Magog asentó a los llamados por él magogas, a quienes ellos denominan escitas.

De los hijos de Yefet, Javán y Madai: de este último proceden los madeos, pueblo que los griegos llaman medos; y de Javán proceden Jonia y todos los griegos. Tuval asentó a los tubelos, que ahora se llaman iberos.

Y los mesquenos, fundados por Méshej, ahora se llaman capadocios; pero de su antiguo nombre queda una señal: pues hay entre ellos, todavía hoy, una ciudad llamada Mázaca, que muestra a quienes saben entender que así se llamaba en otro tiempo todo el pueblo. Tirás llamó tiros a los que gobernó, a quienes los griegos renombraron tracios.

Tantos pueblos habitan los hijos de Yefet. De los tres hijos de Gómer: Ashkenaz asentó a los ashkenazos, que ahora los griegos llaman reginos; Rifat, a los rifateos, llamados paflagonios; y Togarmá, a los togarmeos, que en opinión de los griegos se nombraron frigios.

Javán, hijo de Yefet, tuvo también tres hijos: Elishá llamó eliseos a los que gobernó, que ahora son los eolios; y Tarshish, a los tarseos —pues así se llamaba antiguamente Cilicia. Prueba de ello: la más notable de sus ciudades, siendo metrópoli, se llama Tarso, habiendo ellos trocado la tau por la zeta en el nombre.

Kitim tuvo la isla de Kitima, que ahora se llama Chipre; y de ella todas las islas y la mayor parte de las tierras junto al mar son llamadas «Kétim» por los hebreos. Testigo de mi palabra es una de las ciudades de Chipre, que logró conservar el nombre: pues «Kición» la llaman quienes la helenizaron, sin escapar ni así del nombre de Kitim. Tantos pueblos tuvieron, pues, los hijos y nietos de Yefet.

Y algo que quizá ignoran los griegos: tras decirlo, volveré al relato de lo que dejé pendiente. Los nombres han sido helenizados por el decoro de la escritura, para agrado de los lectores; pues tal forma no es propia de nosotros, sino que entre nosotros tienen una sola figura y una sola terminación. Así, al que aquí aparece como «Noco» nosotros lo llamamos Nóaj, y esa forma nuestra se conserva en cada nombre.

Los hijos de Jam ocuparon la tierra desde Siria y los montes Amano y el Líbano, tomando cuanto de ella daba al mar y apropiándose de lo que llega hasta el océano. Los nombres de algunos se han perdido del todo; los de otros, cambiados y transformados en otras formas, resultan difíciles de reconocer; y pocos son los que conservaron intactos sus nombres.

De los cuatro hijos de Jam, a Kush no lo dañó el tiempo: pues los etíopes, a quienes gobernó, todavía hoy son llamados «kuseos» por sí mismos y por todos los de Asia.

También en los mesreos se conservó la memoria del nombre: pues a Mitsraim la llamamos «Mesré», y «mesreos» a los egipcios, todos los de esta tierra. Put fundó Libia, llamando «putos» a los naturales del país.

Hay también un río en la tierra de los moros que lleva este nombre, por lo cual puede verse que la mayoría de los historiadores griegos hacen memoria del río y de la región vecina a él, llamada Putis. Pero mudó el nombre que ahora tiene por uno de los hijos de Mitsraim, llamado Libios; y dentro de poco diremos la razón por la que también se dio en llamarla África.

Kena’an, cuarto hijo de Jam, pobló la que ahora se llama Judea y la nombró «Kanaanea» por sí mismo. De ellos nacen hijos: de Kush, seis, de los cuales Sabá fundó a los sabeos, Havilá a los havileos —que ahora se llaman gétulos—, y Sabtá a los sabteos, llamados «astábaros» entre los griegos; asienta también Sabtejá a los sabtequeos; Ramá fundó a los rameos y tuvo dos hijos, de los cuales Yudadás, poblando a los yudadeos, pueblo etíope de occidente, les dejó su nombre, y Sabá, a los sabeos. Nimrod, hijo de Kush, quedándose entre los babilonios ejerció allí la tiranía, como ya antes he mostrado.

De los ocho hijos de Mitsraim, todos ocuparon la tierra desde Gaza hasta Mitsraim, pero solo de Filistino conservó el país el sobrenombre: pues los griegos llaman «Palestina» a su porción.

De los demás —Ludim, Anamim, Lehabim (el único que habitó en Libia, y que por sí llamó así al país), Naftuim, Patrusim, Casluim y Caftorim— nada sabemos fuera de los nombres; pues la guerra etíope, de la que hablaremos más adelante, arrasó sus ciudades.

Hubo también hijos de Kena’an: Sidonio, que fundó una ciudad de su nombre en Fenicia, llamada Sidón por los griegos; Amatús, que pobló Amatunte, la cual todavía hoy es llamada «Amate» por los naturales, aunque los macedonios la nombraron «Epifanía» por uno de los sucesores; Arudeo, que tuvo la isla de Arados; y Aruceo, que tuvo Arce, en el Líbano.

De los otros siete —Heveo, Heteo, Jebuseo, Amorreo, Gergeseo, Sineo y Samareo— nada tenemos en los libros sagrados fuera de los nombres; pues los hebreos destruyeron sus ciudades, que cayeron en desgracia por la siguiente causa:

Nóaj, después del diluvio, restablecida la tierra a su naturaleza, se puso a las labores del campo; y habiéndola plantado de vides, cuando el fruto maduró en su sazón, vendimió, y estando ya el vino listo para el uso, ofreció sacrificio y se entregó al festín.

Embriagado, cayó en sueño y quedó tendido, desnudo sin decoro. Al verlo, el menor de sus hijos lo mostró a sus hermanos riéndose; pero ellos cubrieron a su padre.

Y Nóaj, al percatarse, deseó felicidad a sus demás hijos; mas a Jam, por su parentesco, no lo maldijo a él, sino a sus descendientes. Y aunque los otros escaparon de la maldición, a los hijos de Kena’an alcanza el castigo de Dios. De esto hablaremos en lo que sigue.

Cómo cada nación fue denominada según sus primeros pobladores

A Shem, el tercero de los hijos de Nóaj, le nacen cinco hijos, que habitan el Asia hasta el océano de la India, partiendo desde el Éufrates. Elam dejó a los elameos, progenitores de los persas; Ashur pobló la ciudad de Ninve y llamó «asirios» a sus súbditos, que fueron los más prósperos; Arpajshad llamó «arpajsadeos» a los que ahora se llaman caldeos, gobernándolos; Aram tuvo a los arameos, a quienes los griegos llaman sirios; y Lud fundó a los que ahora llaman lidios, y entonces «ludos».

De los cuatro hijos de Aram: Uts funda la Traconítide y Damasco, que está entre la Tierra de Israel y la Celesiria; Otros, Armenia; Guéter, a los bactrianos; y Mash, a los mesaneos, que ahora se llama «Cárax de Espasines».

De Arpajshad nace un hijo, Shélaj; de este, Éver, del cual desde el principio llamaban «hebreos» a los judíos. Éver engendró a Yoktán y a Péleg; y se llamó Péleg porque nació durante la separación de las moradas: pues los hebreos llaman «féleg» a la división.

Los hijos de Yoktán, de entre los descendientes de Éver, fueron: Almodad, Shélef, Jatsarmávet, Yéraj, Hadoram, Uzal, Diklá, Eval, Avimael, Shevá, Ofir, Havilá y Yovav. Estos habitan desde el río Cofén de la India y parte de la Seria vecina a ella. Baste con lo dicho acerca de los hijos de Shem.

Trataré ahora de los hebreos. De Péleg, hijo de Éver, nace un hijo, Reú; de este, Serug, al que le nace un hijo, Najor; de este, Téraj; y este es el padre de Avram, que es el décimo desde Nóaj y nació el año novecientos noventa y dos después del diluvio.

Pues Téraj engendra a Avram a los setenta años; Najor engendró a Téraj cuando ya tenía ciento veinte; a Serug le nace Najor hacia el año ciento treinta y dos; Reú engendró a Serug a los ciento treinta; y a esa misma edad tuvo Péleg a Reú; Éver engendra a Péleg a los ciento treinta y cuatro, habiéndolo engendrado a él Shélaj cuando tenía ciento treinta; a este lo engendró Arpajshad hacia el año ciento treinta y cinco; y Arpajshad fue hijo de Shem, nacido doce años después del diluvio.

Avram tenía por hermanos a Najor y a Harán. De estos, Harán, dejando un hijo, Lot, y por hijas a Sará y a Milká, murió entre los caldeos, en una ciudad de los caldeos llamada Ur, y su sepulcro se muestra hasta hoy. Y toman por esposas a sus sobrinas: Najor a Milká y Avram a Sará.

Como Téraj aborreciera la Caldea por el duelo de Harán, todos se trasladan a Jarán de Mesopotamia, donde también sepultan a Téraj, muerto tras vivir doscientos cinco años. Pues ya se acortaba a los hombres la vida y se hacía más breve, hasta el nacimiento de Moshé, después del cual el límite de la vida fue de ciento veinte años, tantos cuantos Dios fijó y cuantos también le tocó vivir a Moshé.

A Najor, de Milká le nacieron ocho hijos: Uts, Buz, Mauel, Zaham, Azau, Iadelfás, Iadafás y Betuel; estos son los hijos legítimos de Najor. Pues Tabeo, Gádamo, Taau y Majás le nacieron de Reumá, su concubina. Y de Betuel, uno de los hijos legítimos de Najor, nacen una hija, Rivká, y un hijo, Laván.

Cómo Avram, nuestro antepasado, salió de la tierra de los caldeos y habitó en la tierra entonces llamada Kena’an y ahora Judea

Avram adoptó a Lot, hijo de su hermano Harán y hermano de su mujer Sará, por carecer de hijo legítimo; y deja la Caldea a los setenta y cinco años, por mandato de Dios, para pasar a Kena’an, donde habitó y que dejó a sus descendientes. Era hombre hábil para comprenderlo todo, persuasivo con quienes lo escuchaban, y no se equivocaba en aquello que conjeturaba.

Por esto empezó a pensar más alto que los demás en cuanto a virtud, y resolvió renovar y cambiar la idea acerca de Dios que todos tenían. Fue, pues, el primero que se atrevió a declarar que Dios, creador del universo, es uno solo, y que las demás cosas, si algo contribuyen a la felicidad, cada una lo aporta por mandato suyo y no por su propia fuerza.

Esto lo conjeturaba a partir de los fenómenos de la tierra y del mar, y de los del sol y la luna, y de todo lo que sucede en el cielo: pues, si tuvieran poder propio, habrían provisto por sí mismos a su propio orden; pero, careciendo de él, se hace manifiesto que ni siquiera cuanto obran en provecho nuestro lo hacen por su propia autoridad, sino que sirven según la fuerza del que ordena, al cual solo conviene rendir el honor y la acción de gracias.

Por lo cual, habiéndose sublevado contra él los caldeos y los demás pueblos de Mesopotamia, decidió emigrar; y por voluntad y ayuda de Dios tomó la tierra de Kena’an. Establecido allí, edificó un altar y ofreció sacrificio a Dios.

De Avram, nuestro padre, hace memoria Beroso, sin nombrarlo, diciendo así: «Después del diluvio, en la décima generación, hubo entre los caldeos un varón justo y grande, experto en las cosas celestes.»

Hecateo hizo algo más que mencionarlo: pues dejó escrito un libro compuesto sobre él. Y Nicolao de Damasco, en el libro cuarto de sus Historias, dice así: «Abrames reinó, llegado como forastero con un ejército desde la tierra que está más allá de Bavel, llamada de los caldeos.

Poco tiempo después, emigrando también de esta región con su propio pueblo, se trasladó a la entonces llamada Kena’an y ahora Judea, y allí se multiplicaron sus descendientes, cuya historia expondré en otro libro.» Y hasta hoy se honra el nombre de Avram en la región de Damasco, y se muestra una aldea llamada «Morada de Avram» por él.

Cómo, habiendo hambre en Kena’an, Avram bajó a Mitsraim y, tras permanecer allí un tiempo, regresó

Sobreviniendo tiempo después una hambre en Judea, Avram, al enterarse de que los egipcios prosperaban, estaba dispuesto a pasar a ellos, tanto para participar de su abundancia como para oír a sus sacerdotes lo que dijeran acerca de los dioses: pues, si los hallaba mejores, los seguiría, o los corregiría hacia lo mejor, pensando él con más acierto.

Llevando consigo a Sará y temiendo la locura de los egipcios por las mujeres —no fuera que, por la hermosura de su mujer, el rey lo matara—, ideó una treta como esta: fingió ser hermano de ella, y le enseñó a ella a representar lo mismo, pues les convenía.

Cuando llegaron a Mitsraim, le sucedió a Avram tal como había sospechado: la belleza de su mujer se divulgó, de modo que Paró, el rey de los egipcios, no contento con lo que de ella se decía, sino ansioso también de verla, estuvo a punto de poner mano en Sará.

Pero Dios estorbó su injusto deseo con una enfermedad y con la revuelta de sus asuntos; y ofreciendo él sacrificios por su liberación, los sacerdotes le declararon que el mal le sobrevenía por la ira de Dios, por haber querido ultrajar a la mujer del extranjero.

Atemorizado, preguntó a Sará quién era y a quién traía consigo; y sabida la verdad, se disculpó ante Avram: pues, creyéndola su hermana y no su mujer, había querido emparentar con ella, deseoso de un vínculo de familia, y no movido a ultrajarla por deseo. La colmó de muchas riquezas y trató con los más doctos de los egipcios; y de ahí resultó que su virtud, y la fama que le venía de ella, se hicieran más ilustres.

Pues como los egipcios se complacían en costumbres distintas y despreciaban unos las leyes de los otros, y por ello vivían en enemistad mutua, Avram, tratando con cada grupo y examinando los argumentos que hacían sobre lo suyo, los mostraba vanos y sin nada de verdad.

Admirado, pues, por ellos en las reuniones como el varón más sagaz y hábil no solo para comprender, sino también para persuadir hablando de aquello que emprendía a enseñar, les regala la aritmética y les transmite lo tocante a la astronomía.

Pues antes de la llegada de Avram los egipcios ignoraban estas cosas: de los caldeos pasaron a Mitsraim, y de allí llegaron también a los griegos.

Cuando llegó a Kena’an, se repartió la tierra con Lot, pues los pastores de ambos reñían por la región en que apacentaban; y cede a Lot la elección y la preferencia.

Tomando él la ladera que aquel había dejado, habitaba en la ciudad de Nabró, la cual es más antigua en siete años que Tanis de Mitsraim. Lot tenía la tierra que se extiende hacia la llanura y el río Yardén, no lejos de la ciudad de los sodomitas, que entonces era buena y ahora está destruida por voluntad de Dios. La causa la señalaré en su lugar.

La destrucción de los sodomitas por la guerra asiria

Por aquel tiempo, dominando los asirios el Asia, a los sodomitas les florecían los asuntos: habían crecido en riqueza y en abundante juventud. Cinco reyes gobernaban su región: Balas, Baleas, Sinabanes, Simoboro y el rey de los balenos; y cada uno mandaba en su propia parte.

Contra estos marcharon los asirios, y dividiendo el ejército en cuatro cuerpos los sitiaron; cada cuerpo tenía asignado un general. Trabada la batalla, vencieron los asirios e impusieron tributo a los reyes de los sodomitas.

Doce años, pues, permanecieron sirviendo y pagando los tributos que se les habían impuesto; pero al decimotercero se rebelaron, y pasa contra ellos un ejército de asirios al mando de Amarapsides, Arioc, Codolámor y Tadal.

Estos saquearon toda Siria y sometieron a los descendientes de los gigantes; y llegados frente a Sodom, acampan en el valle llamado «pozos de betún». Pues en aquel tiempo había pozos en aquel lugar; mas ahora, destruida la ciudad de los sodomitas, aquel valle se ha convertido en lago, el llamado Asfaltites.

De este lago hablaremos de nuevo dentro de poco. Habiendo trabado combate los sodomitas con los asirios, y siendo recia la batalla, muchos de ellos murieron y los demás fueron hechos cautivos, entre los cuales fue llevado también Lot, que había venido como aliado de los sodomitas.

Cómo Avram combatió a los asirios, los venció, liberó a los cautivos sodomitas y arrebató a los asirios el botín que habían tomado

Al oír Avram su desgracia, le entró a la vez temor por Lot, su pariente, y compasión por los sodomitas, que eran sus amigos y vecinos.

Y resuelto a socorrerlos, no aguardó, sino que, apresurándose, cayó a la quinta noche sobre los asirios cerca de Dan —así se llama la otra fuente del Yardén—; y adelantándose antes de que tomaran las armas, a los que estaban en sus lechos los mató, sin que tuvieran siquiera noticia de la desgracia, y los que aún no se habían entregado al sueño, incapaces de pelear por la embriaguez, huyeron.

Avram los persiguió y al segundo día los acorraló en Oba, de la tierra de Damasco, mostrando que la victoria no reside en el número ni en la muchedumbre de manos, sino que el arrojo de los combatientes y la nobleza vencen a cualquier cantidad: pues con trescientos dieciocho de sus criados y tres amigos venció a un ejército tan grande. Y cuantos de ellos escaparon, regresaron sin honra.

Avram, habiendo salvado a los cautivos de los sodomitas, a quienes los asirios se habían adelantado a tomar, y a su pariente Lot, se volvió con paz. Le salió al encuentro el rey de los sodomitas en un lugar que llaman «llanura real».

Allí lo recibe Malki-Tsédek, rey de Shalem —esto significa «rey justo»; y tal era en verdad, por confesión de todos, de modo que por esta causa llegó a ser también sacerdote de Dios—. A Shalem, más tarde, la llamó Yerushaláyim.

Este Malki-Tsédek proveyó de hospedaje al ejército de Avram y le dio gran abundancia de provisiones; y durante el festín comenzó a alabarlo a él y a bendecir a Dios, que le había puesto en las manos a los enemigos. Y dando Avram el diezmo del botín, aceptó el don.

El rey de los sodomitas rogaba a Avram que se quedara con el botín, pero pedía recobrar a las personas que había salvado de los asirios, por ser de los suyos. Avram dijo que no haría tal cosa, ni que le vendría otro provecho de aquel botín salvo cuanto sirviera de alimento a sus criados; a algunos de sus amigos que lo habían acompañado en la campaña, sin embargo, les dio una parte. El primero se llamaba Eshkol, y los otros Aner y Mamré.

Alabando Dios su virtud, dijo: «No perderás las recompensas que es justo que recibas por tales hazañas.» Y replicando él qué gracia habría en tales recompensas, no habiendo quien lo sucediera después de él —pues aún no tenía hijos—, Dios le anuncia que le nacerá un hijo y una descendencia numerosa, tanto que su número sería semejante al de las estrellas.

Al oír esto, ofrece un sacrificio a Dios, según se lo había mandado. Y el modo del sacrificio fue este: una novilla de tres años, una cabra de tres años y un carnero igualmente de tres años, y una tórtola y una paloma; y por mandato suyo partió los animales, sin partir ninguna de las aves.

Luego, antes de que se levantara el altar, revoloteando aves de rapiña por deseo de la sangre, se hizo presente una voz divina que anunciaba que sus descendientes tendrían vecinos malvados por cuatrocientos años en Mitsraim; que padecerían en ellos, mas sobrevivirían a sus enemigos, y, venciendo en guerra a los cananeos, poseerían su tierra y sus ciudades.

Avram habitaba junto a la encina llamada Ogigues —está este paraje de Kena’an no lejos de la ciudad de Jevrón—; y afligido por tener una mujer que no concebía, suplicaba a Dios que le concediera la generación de un hijo varón.

Exhortándolo Dios a cobrar ánimo, ya que en todo lo demás lo había traído desde Mesopotamia para bien y tendría hijos, Sará, por mandato de Dios, le acuesta a una de sus siervas, de nombre Hagar, egipcia de linaje, para que engendrara de ella.

Y quedando encinta la sierva, se atrevió a ultrajar a Sará dándose aires de reina, como si la autoridad hubiera de pasar al que ella iba a dar a luz. Entregándola Avram a Sará para castigo, tramó la huida, no soportando los malos tratos, y suplicaba a Dios que se compadeciera de ella.

Le sale al encuentro, mientras avanzaba por el desierto, un ángel de Dios que le ordena volver a sus señores: pues alcanzaría mejor vida si era prudente; que ahora estaba en aquellos males por haberse mostrado ingrata y altiva con su señora; y le decía que, si desoía a Dios y seguía adelante, perecería, pero que, si regresaba, llegaría a ser madre de un hijo que reinaría en aquella tierra. A esto obedece, y volviendo a sus señores obtuvo perdón. Y poco después da a luz a Yishmael, que podría decirse «el oído por Dios», por haber escuchado Dios su súplica.

A Avram, que tenía ya ochenta y seis años, le nació el susodicho; y cuando llegó a los noventa y nueve, apareciéndosele Dios le anunció que tendría un hijo de Sará; y le manda llamarlo Yitsjak, declarando que de él vendrían grandes pueblos y reyes, y que, guerreando, poseerían toda Kena’an, desde Sidón hasta Mitsraim.

Y le ordenó, queriendo que la estirpe que de él viniera se mantuviera sin mezclarse con las demás, que se circuncidaran el prepucio, y que lo hicieran al octavo día después de nacer. La razón de nuestra circuncisión la explicaré en otro lugar.

Preguntando Avram también por Yishmael, si viviría, Dios le indicó que sería de larga vida y padre de grandes pueblos. Y Avram, dando gracias a Dios por esto, se circuncida al punto, y con él todos los suyos y su hijo Yishmael, que aquel día tenía trece años, mientras él pasaba de los noventa y nueve.

Cómo Dios destruyó a la nación de los sodomitas por su ira contra sus pecados

Por aquel tiempo, los sodomitas, ensoberbecidos por la multitud y la magnitud de sus riquezas, eran ultrajadores para con los hombres e impíos para con la divinidad, hasta el punto de no acordarse ya de los beneficios recibidos de Dios; eran enemigos de los forasteros y rehuían todo trato con los demás.

Irritado, pues, por esto, Dios resolvió castigarlos por su soberbia, y arrasar la ciudad misma y aniquilar de tal modo la región que ni planta ni fruto alguno brotara ya de ella.

Habiendo Dios decidido esto acerca de los sodomitas, Avram vio a tres ángeles —estaba sentado junto a la encina de Mamré, a la puerta de su patio—; y creyendo que eran forasteros, se levantó, los saludó y los invitó a hospedarse en su casa y a participar de su hospitalidad.

Habiendo ellos asentido, mandó al punto que se hicieran panes de flor de harina; y matando y asando un ternero, se lo llevó mientras estaban recostados bajo la encina. Ellos le dieron la impresión de comer, y además preguntaban por su mujer, dónde estaba Sará. Diciendo él que estaba dentro, dijeron que vendrían en el tiempo por venir y la hallarían ya hecha madre.

Sonriéndose la mujer por esto y diciendo que era imposible la procreación, teniendo ella noventa años y su marido cien, ya no se ocultaron más, sino que se revelaron ser ángeles de Dios, y que uno había sido enviado a anunciar lo del hijo, y los dos a destruir a los sodomitas.

Al oír esto, Avram se afligió por los sodomitas, y levantándose suplicó a Dios, rogándole que no destruyera juntamente a los justos y buenos con los malvados. Diciendo Dios que ninguno de los sodomitas era bueno —pues, si hubiera diez entre ellos, perdonaría a todos el castigo de sus pecados—, Avram se apaciguó.

Los ángeles llegaron a la ciudad de los sodomitas, y Lot los invitó a hospedarse: pues era en extremo hospitalario con los forasteros y discípulo de la bondad de Avram. Pero los sodomitas, al ver a aquellos jóvenes de aspecto hermosísimo y singular, hospedados en casa de Lot, se dieron a la violencia y al ultraje de su juventud.

Aunque Lot los exhortaba a la mesura y a no proceder para vergüenza de los forasteros, sino a respetar el hospedaje que les daba, y les decía que, si de tal modo se dejaban llevar de su desenfreno, les entregaría a sus hijas en lugar de aquellos para sus deseos, ni aun así se dejaron persuadir.

Indignado, pues, Dios por su osadía, cegó a unos, de modo que no pudieran hallar la entrada de la casa, y condenó a los sodomitas a una ruina general. Lot, habiéndole Dios anunciado la venidera perdición de los sodomitas, se marcha llevándose a su mujer y a sus hijas, que eran aún dos doncellas; pues los prometidos desdeñaron la salida, achacando necedad a lo que Lot decía.

Y Dios lanza un rayo sobre la ciudad y, con sus habitantes, incendiaba la tierra, aniquilándola con semejante conflagración, como ya antes lo he referido al escribir la Guerra de los judíos. La mujer de Lot, durante la huida, volviéndose sin cesar hacia la ciudad y curioseando lo que en ella pasaba, aunque Dios lo había prohibido, se mudó en columna de sal. Yo mismo la he visto, pues aún hoy permanece.

Él mismo escapa con sus hijas a un pequeño paraje, ocupando un lugar circundado por el fuego; todavía hoy se llama Tsóar, pues así llaman los hebreos a lo pequeño. Allí, pues, vivía miserablemente, por la soledad de hombres y la falta de alimento.

Las doncellas, creyendo que todo el género humano había perecido, se unen a su padre, procurando que no lo notara; lo hacían para que no se extinguiera la estirpe. Y nacen hijos: de la mayor, Moav —diría alguno que «del padre»—; y la menor da a luz a Amón, cuyo nombre significa «hijo de mi linaje».

Y funda el uno a los moabitas, pueblo grandísimo todavía hoy, y el otro a los amonitas; ambos están en la Celesiria. Y a Lot le sucedió así su salida de entre los sodomitas.

Sobre Avimélej; sobre Yishmael, hijo de Avraham; y sobre los árabes, que fueron su posteridad

Avram se trasladó a Guerar de la Tierra de Israel, llevando a Sará bajo apariencia de hermana, fingiendo lo mismo que antes por temor: pues temía a Avimélej, el rey de los naturales, el cual, prendado también él de Sará, estaba dispuesto a violarla.

Pero se ve apartado de su deseo por una grave enfermedad que le sobreviene de Dios; y habiéndolo desahuciado los médicos, mientras dormía ve en sueños que no debía ultrajar a la mujer del forastero. Y hallándose mejor, dice a sus amigos que Dios le envía esta enfermedad en venganza del forastero, guardándole intacta a su mujer; pues no la traía como hermana, sino como esposa unida a él por ley. Y promete mostrarse benévolo con él en adelante, quedando aquel sin temor por su mujer.

Dicho esto, y por consejo de sus amigos, mandó llamar a Avraham y le pidió que ya no temiera nada por su mujer, como si fuera a sufrir algo vergonzoso, pues Dios cuidaba de él, y gracias a aquella alianza la recibía de vuelta intacta. Poniendo por testigos a Dios y a la conciencia de la mujer, le dijo que jamás la habría deseado al principio de haber sabido que era casada, sino que la había tomado como hermana, sin cometer con ella injusticia alguna. Le rogó además que se mostrara benévolo con él y que le hiciera propicio a Dios; que, si quería quedarse a su lado, tendría toda clase de abundancia, y que, si prefería marcharse, recibiría escolta y cuanto necesitara para llegar hasta él.

A esto respondió Avraham que no había mentido sobre el parentesco de la mujer, pues era hija de su hermano, y que sin tal disimulo no había juzgado segura su estancia allí. En cuanto a que en nada había sido causa de la enfermedad, sino que se había afanado por la salvación del rey, dijo estar dispuesto a quedarse con él. Y Avimélej le asignó tierras y bienes, y convinieron en tratarse con lealtad, prestando juramento junto a un pozo que llaman Beer-Sheva —que podría traducirse como «pozo del juramento»—. Así lo siguen llamando todavía hoy los del lugar.

No mucho después le nació a Avraham un hijo de Sará, tal como Dios se lo había anunciado, al que llamó Yitsjak, nombre que significa «risa». Se lo puso así porque Sará se había sonreído cuando Dios le dijo que daría a luz, cosa que ya no esperaba, siendo tan anciana; pues ella tenía noventa años y Avraham cien. Les nació el hijo en el último de esos años, y al octavo día lo circuncidaron. Desde entonces los judíos acostumbran hacer la circuncisión al cabo de ese mismo número de días, mientras que los árabes la hacen a los trece años, pues Yishmael, fundador de su nación, nacido a Avraham de la concubina, fue circuncidado a esa edad. De él expondré todo el relato con mucha exactitud.

Sará, al principio, amaba a Yishmael, nacido de su esclava Hagar, con no menos cariño que si fuera hijo propio, pues se criaba como heredero del mando; pero una vez que ella misma dio a luz a Yitsjak, no quiso que Yishmael se criara junto a él, siendo mayor y capaz de hacerle daño cuando muriera su padre. Persuadía, pues, a Avraham de enviarlo lejos, a otra tierra, junto con su madre. Él, al principio, no se sumaba al parecer de Sará, teniendo por la mayor de las crueldades enviar a un niño pequeño y a una mujer sin recursos para lo necesario. Pero después —pues también Dios aprobaba lo que Sará ordenaba— se dejó convencer y entregó a Yishmael a su madre, que aún no podía valerse por sí mismo; y le mandó partir llevando agua en un odre y pan, tomando por guía la necesidad.

Cuando, ya en camino, se le acabó lo necesario, se vio en apuros; y faltándole el agua, puso al niño moribundo bajo un abeto, para no verlo expirar en sus brazos, y se alejó más adelante. Pero le salió al encuentro un ángel de Dios, que le señaló una fuente cercana y le mandó cuidar de la crianza del niño, pues grandes bienes la aguardaban de la salvación de Yishmael. Ella cobró ánimo con lo anunciado y, topándose con unos pastores, gracias al cuidado que de ellos recibió escapó de sus penurias.

Cuando el muchacho se hizo hombre, le dieron por mujer a una egipcia, de donde ella misma era originaria de antiguo, y de ella le nacieron a Yishmael doce hijos en total: Nevayot, Kedar, Adbeel, Mivsam, Mishmá, Dumá, Masá, Jadad, Temá, Yetur, Nafish y Kedma. Estos habitan toda la región que se extiende desde el Éufrates hasta el mar de los Juncos, y la llamaron Nabatene. Son ellos quienes dan nombre a la nación de los árabes y a sus tribus, tanto por su valor como por el prestigio de Avraham.

Yitsjak, el hijo legítimo de Avraham

Avraham amaba entrañablemente a Yitsjak, hijo único, nacido en el umbral de su vejez por don de Dios. También el propio muchacho se hacía querer y merecía más el amor de sus padres, entregándose a toda virtud, atento al cuidado de ellos y celoso en el culto a Dios. Avraham cifraba su propia felicidad únicamente en dejar a su hijo, al partir de la vida, a salvo de todo mal. Y esto lo alcanzó por voluntad de Dios, quien, queriendo poner a prueba su devoción, se le apareció y le enumeró cuanto le había concedido: cómo lo había hecho superior a sus enemigos, y cómo su presente prosperidad y su hijo Yitsjak procedían de su favor. Entonces le pidió que se lo ofreciera en sacrificio, y le mandó llevarlo al monte Moriá, levantar allí un altar y ofrecerlo en holocausto. Pues así mostraría su devoción hacia Él: si prefería lo grato a Dios antes que la salvación de su propio hijo.

Avraham, juzgando que por ninguna razón era justo desobedecer a Dios, sino servirle en todo —pues cuanto sucede por su providencia es para bien de aquellos a quienes es propicio—, ocultó a su mujer tanto el anuncio de Dios como su propia resolución sobre el sacrificio del niño; y sin decírselo tampoco a ninguno de sus criados, pues se lo habrían impedido, tomó a Yitsjak con dos siervos, cargó en un asno lo necesario para el sacrificio y partió hacia el monte. Dos días caminaron con él los siervos; al tercero, cuando ya divisaba el monte, dejó en la llanura a sus acompañantes y subió con su hijo a solas, a aquel monte sobre el cual el rey David erigiría más tarde el Templo.

Llevaban consigo cuanto faltaba para el sacrificio, salvo la víctima. Yitsjak, que tenía veinticinco años, iba levantando el altar y preguntó qué iban a sacrificar, faltando la víctima. Avraham le respondió que Dios se la proveería, pues Él era capaz de dar a los hombres abundancia de lo que no tienen y de quitar lo que tienen a quienes confían en ello; así que también a él le daría una víctima, si es que iba a asistir propicio a su sacrificio.

Cuando estuvo dispuesto el altar y hubo apilado la leña y todo quedó a punto, dijo a su hijo: «Hijo mío, con mil plegarias pedí a Dios que nacieras; y desde que viniste a la vida, no hubo nada en tu crianza en que no pusiera mi empeño, ni cosa con que creyera ser más dichoso que verte hecho hombre y dejarte al morir por heredero de mi mando. Pero, ya que por voluntad de Dios llegué a ser tu padre, y de nuevo por su designio te devuelvo, soporta con nobleza la consagración; pues te cedo a Dios, que ha querido recibir de nosotros este honor, en pago de haber sido para mí benévolo asistente y aliado, y de tenerlo ahora propicio. Y ya que naciste, mueres no del modo común a los vivientes, sino enviado por tu propio padre a Dios, padre de todos, con el rito de un sacrificio. Creo que Él, juzgándote digno, ha querido apartarte de la vida no por enfermedad ni por guerra ni por ninguno de los males que suelen sobrevenir a los hombres, sino recibiendo tu alma entre plegarias y ofrendas sagradas, para tenerla junto a Él. Y serás para mí sostén y amparo de mi vejez —por lo cual sobre todo te crié—, dándome a Dios en lugar de ti mismo.»

Yitsjak —pues, siendo hijo de tal padre, noble había de ser su ánimo— recibió con agrado estas palabras y dijo que ni siquiera habría sido justo que naciera, si iba a rechazar la decisión de Dios y de su padre y a no entregarse de buen grado a la voluntad de ambos, cuando, aun si solo su padre lo dispusiera, sería injusto desobedecer. Y se lanzó hacia el altar y hacia el sacrificio. Y se habría consumado el acto de no interponerse Dios, pues llamó a Avraham por su nombre, apartándolo del sacrificio de su hijo. Dijo que no por deseo de sangre humana le había ordenado la matanza del niño, ni por querer arrebatarle, con tan impía acción, a aquel de quien Él mismo lo había hecho padre, sino que había querido probar su ánimo, si obedecería aun ante semejantes órdenes.

Y sabiendo ya su disposición y la grandeza de su devoción, dijo que se complacía en cuanto por él le había ofrecido, y que nunca dejaría de prodigar todo cuidado a él y a su linaje; que su hijo viviría larguísimos años y, tras una vida dichosa, transmitiría a hijos buenos y legítimos un gran dominio. Le anunció de antemano que su descendencia crecería en muchas naciones y en riqueza, que sería eterna la memoria de aquellos patriarcas, y que conquistarían por las armas Kena’an y serían la envidia de todos los hombres. Dicho esto, Dios les proporcionó, salido de lo invisible, un carnero para el sacrificio. Ellos, habiendo recobrado el uno al otro contra toda esperanza y oído la promesa de tan grandes bienes, se abrazaron y, tras el sacrificio, regresaron junto a Sará y vivieron dichosos, contando con la ayuda de Dios en cuanto se propusieran.

Sará, la mujer de Avraham, y el fin de sus días

Sará murió no mucho después, tras vivir ciento veintisiete años. La sepultaron en Jevrón —pues los cananeos consentían incluso en costear públicamente su tumba—, aunque Avraham compró el terreno por cuatrocientos siclos a un tal Efrón, de Jevrón. Y allí levantaron Avraham y sus descendientes los sepulcros.

Cómo la nación de los trogloditas descendió de Avraham por Keturá

Más tarde Avraham desposó a Keturá, de la que le nacieron seis hijos, resistentes para el esfuerzo y de aguda inteligencia: Zimrán, Yokshán, Medán, Midián, Yishbak y Shúaj. También a estos les nacieron hijos: de Shúaj, Sheva y Dedán; y de este, Letushim, Ashurim y Leumim; de Medán, Efá, Éfer, Janoj, Avidá y Eldaá. A todos estos hijos y nietos les organizó Avraham expediciones de colonos, que ocuparon la Troglodítide y la parte de la Arabia Feliz que llega hasta el mar de los Juncos. Se cuenta que este Éfer hizo una expedición contra Libia y la ocupó, y que sus nietos, al establecerse en ella, dieron a la tierra, por el nombre de aquel, el nombre de África.

Da testimonio de mi relato Alejandro Polihístor, que dice así: «Cleodemo el profeta, llamado también Málico, narrando la historia de los judíos, tal como la narró Moshé su legislador, cuenta que de Keturá le nacieron a Avraham numerosos hijos.» Menciona también sus nombres, nombrando a tres: Yaférá, Súres y Yafrán. De Súres se llamó Ashur; de los otros dos, Yafrá y Yaférá, tomaron nombre la ciudad de Efrá y la región de África. Pues estos combatieron junto a Hércules contra Libia y Anteo; y Hércules, tras casarse con la hija de Afrán, engendró de ella un hijo, Dídoro; y de este nació Sofón, de quien los bárbaros se llaman sófaces.

Cómo Yitsjak tomó por mujer a Rivká

Cuando Yitsjak tenía unos cuarenta años, su padre Avraham decidió buscarle esposa; y para pedir a Rivká —hija de Betuel, hijo de su hermano Najor— envió al más anciano de sus criados, tras ligarlo con solemnes garantías. Estas se hacían de este modo: se metían mutuamente las manos bajo los muslos y luego invocaban a Dios como testigo de lo que iba a suceder. Envió también regalos a los de allá, cosas muy apreciadas por ser raras o del todo desconocidas en aquella tierra.

Este, al marchar —siendo Mesopotamia penosa de recorrer, en invierno por el barro profundo, en verano por la falta de agua, y además infestada de bandidos, a los que no era posible esquivar sin tomar precauciones—, llegó a la ciudad de Jarán. Y hallándose en las afueras, se encontró con muchas doncellas que iban a por agua. Rogó entonces a Dios que, si este matrimonio había de cumplirse conforme a su designio, Rivká —a quien Avraham lo enviaba a pedir para su hijo— se hallara entre ellas, y que la reconociera porque, al pedir de beber, las demás se lo negaran y solo ella se lo diese.

Con esta intención se acercó al pozo y pidió a las doncellas que le dieran de beber. Como ellas se negaban, alegando que llevaban el agua a casa y no para dársela a él, pues tampoco era fácil de sacar, una de todas las reprendió por su descortesía con el forastero, diciendo: ¿de qué otra cosa iban a hacer partícipes a los hombres, si ni siquiera compartían el agua? Y le dio de beber con amabilidad. Él, ya con la esperanza puesta en todo el asunto, pero queriendo conocer la verdad, la elogió por su nobleza y su bondad, ya que no había rehuido socorrer a los necesitados aun a costa de su propio esfuerzo; y le preguntó de qué padres era, y les deseó gozo de tal hija y que la casaran, dijo, con quien les fuera grato, en la casa de un hombre bueno, para que le diera hijos legítimos.

Ella no le escatimó tampoco esto, ya que quería saberlo, sino que le declaró su linaje: «Me llamo Rivká —dijo—; mi padre fue Betuel, pero ya ha muerto; Laván es hermano nuestro, que junto con mi madre gobierna toda la casa y vela por mi virginidad.» Al oír esto, se alegró de lo sucedido y de lo dicho, viendo así con claridad que Dios lo asistía en su camino; y sacando un collar y algunos adornos, de los que es propio que lleven las doncellas, se los ofreció a la muchacha en recompensa y premio por haberle dado de beber, diciendo que era justo que los recibiera ella, que se había mostrado buena entre tantas doncellas.

Le pidió alojarse en su casa, ya que la noche le impedía seguir adelante; y, como traía consigo adornos femeninos de gran valor, dijo que no podía confiarlos a nadie más seguro que a los suyos, a quienes él mismo había puesto a prueba. Añadió que también conjeturaba la afabilidad de la madre y del hermano de ella, y que no lo tomarían a mal, por la virtud que en ella veía; pues no les sería una carga, ya que pagaría el hospedaje y correría con sus propios gastos. Ella dijo que en cuanto a la afabilidad de sus padres conjeturaba bien, pero le reprochó que los hubiera tenido por mezquinos: pues de todo participaría sin pago alguno. No obstante, dijo que primero avisaría a Laván, su hermano, y que, con su permiso, lo llevaría.

Así, hecho esto, condujo al forastero; y los criados de Laván se hicieron cargo de sus camellos y los atendieron, mientras él era llevado a cenar con ellos. Después de la cena dijo a Laván y a la madre de la muchacha: «Avraham es hijo de Téraj y pariente vuestro; pues Najor, el abuelo de estos hijos, mujer, era hermano de Avraham por parte de padre y de madre. Este, pues, os envía a pedir a esta muchacha para su hijo en matrimonio, hijo legítimo y único, criado por encima de todo lo demás. Pudiendo tomar por esposa a la más rica de las mujeres de aquella tierra, no ha querido desposarla, sino que, honrando el linaje, dispone este matrimonio. No despreciéis su empeño ni su voluntad; pues por designio de Dios me salió al paso todo lo demás en el camino, y encontré a la muchacha y vuestra casa. Al llegar cerca de la ciudad, viendo a muchas doncellas que venían al pozo, pedí caer con esta, y así ha sucedido. Ratificad, pues, también vosotros este matrimonio concertado por aparición divina, y honrad a Avraham, que con tanto empeño me ha enviado, consintiendo en dar a la muchacha.» Ellos, ya que la propuesta les parecía buena y grata, comprendieron la voluntad de Dios y enviaron a su hija en las condiciones que él pedía. Y Yitsjak la desposó, pues a él habían pasado los bienes; que los hijos de Keturá habían salido a las colonias.

La muerte de Avraham

También Avraham murió poco después, varón consumado en toda virtud y honrado por Dios de modo digno de su devoción. Vivió en total ciento setenta y cinco años, y fue sepultado en Jevrón, junto a su mujer Sará, por sus hijos Yitsjak y Yishmael.

Los hijos de Yitsjak, Esav y Yaakov; su nacimiento y crianza

Tras la muerte de Avraham, la mujer de Yitsjak quedó encinta; y como el vientre se le hinchaba en exceso, él, inquieto, interrogó a Dios. Este le declaró que Rivká daría a luz gemelos, que de los niños tomarían nombre dos naciones, y que el mayor sería aventajado por el que parecía menor. Le nacieron poco después, según el anuncio de Dios, dos niños gemelos. El mayor era velludo en exceso, de la cabeza a los pies; el menor tenía asido por el talón a aquel al salir. Amaba el padre al mayor, llamado Esav —por sobrenombre de su vellosidad, pues los hebreos llaman «ésau» al pelaje—, y Yaakov, el menor, era el preferido de su madre.

Sobrevenida el hambre a la tierra, Yitsjak, que había pensado ir a Mitsraim por ser buena la comarca, se dirigió a Guerar por orden de Dios. Lo recibió el rey Avimélej en hospitalidad y amistad, en memoria de Avraham; y aunque al principio lo trató con mucha benevolencia, la envidia le impidió mantenerla hasta el fin. Pues viendo que Dios acompañaba a Yitsjak y lo favorecía con tanto cuidado, lo apartó de sí. Yitsjak, sufriendo de nuevo, por el cambio, semejante trato del envidioso Avimélej, se retiró entonces al paraje llamado la Cañada, no lejos de Guerar; y mientras cavaba un pozo, unos pastores lo asaltaron y se pusieron a pelear, impidiéndole la obra, y como él no quiso porfiar, creyeron haber vencido. Retirándose, cavó otro; y forzado también de este por otros pastores de Avimélej, lo abandonó igualmente y se apartó, procurándose la tranquilidad con prudente juicio. Luego, como pudo cavar sin estorbo un pozo por sí mismo, lo llamó Rejovot, que significa «lugar espacioso». De los anteriores, uno se llama Esek —que se traduciría como «disputa»—, y el otro Sitná —nombre que significa «enemistad»—.

A Yitsjak le sucedía que su poder crecía por la magnitud de sus bienes; y Avimélej, creyendo que Yitsjak se hacía fuerte en contra suya, sospechosa ya la convivencia entre ellos, y habiéndose apartado Yitsjak sin enemistad declarada, temió que de nada le sirviera su antigua amistad para defenderse de lo que había padecido si Yitsjak cambiaba de ánimo; y renovó desde el principio la amistad con él, llevando consigo a uno de sus generales, Filoco. Y habiendo obtenido todo cuanto pedía, gracias a la bondad de Yitsjak, que anteponía el antiguo favor hecho a él y a su padre a un enojo reciente, partió a su tierra.

De los hijos de Yitsjak, Esav —por quien más se afanaba el padre—, cumplidos los cuarenta años, desposó a Adá, hija de Helón, y a Oholibamá, hija de Eusebeón, hijos de hombres poderosos entre los cananeos, haciéndose a sí mismo dueño de la decisión sobre su matrimonio y sin siquiera consultar a su padre. Pues no se lo habría permitido Yitsjak, de haber estado la decisión en su mano, ya que no le agradaba emparentar con los del país. Pero, no queriendo malquistarse con su hijo mandándole dejar a esas mujeres, decidió callar.

Siendo ya viejo y del todo privado de la vista, llamó a Esav y, tras hablarle de su vejez —que, aun sin la ceguera y el mal de sus ojos, le estorbaba para servir a Dios—, le mandó salir de caza y, cobrando cuanto pudiera, prepararle una comida, para después suplicar a Dios que le fuera aliado y colaborador en toda su vida; pues, dijo, no sabía cuándo moriría, y antes de ello quería procurarle, mediante las plegarias elevadas por él, el favor de Dios.

Esav partió, pues, a la caza; pero Rivká, juzgando que había que mover a Dios a la benevolencia hacia Yaakov, aun contra el parecer de Yitsjak, le mandó degollar unos cabritos y preparar una comida. Y Yaakov servía a su madre en todo, obedeciendo cuanto ella le indicaba. Cuando la comida estuvo lista, se envolvió el brazo con la piel de un cabrito, para que su padre lo creyera Esav por la vellosidad —pues en todo lo demás era semejante a él, por ser gemelos, y solo en esto se diferenciaba—; y temiendo que, descubierto en su engaño antes de las plegarias, irritara a su padre a hacerlas en sentido contrario, le llevó la comida. Yitsjak, advirtiendo algo peculiar en su voz, llamó a su hijo; y como este le tendiera el brazo, en torno al cual llevaba envuelta la piel de cabra, la palpó y dijo: «Por la voz me pareces semejante a Yaakov, pero por el espesor del vello me parece que eres Esav.»

Y sin sospechar engaño alguno, tras comer se volvió a las plegarias y a la invocación de Dios: «Soberano de toda la eternidad —decía— y artífice de toda la existencia: Tú concediste a mi padre gran caudal de bienes, y a mí me juzgaste digno de los presentes, y a los que de mí nazcan prometiste ser auxiliador benévolo y dador de todo lo mejor. Confírmame, pues, esto y no me abandones a causa de mi presente flaqueza, por la cual más aún te necesito; y consérvame propicio a este hijo, guárdalo de todo mal, dándole una vida dichosa y la posesión de cuantos bienes esté en tu poder conceder; hazlo temible para los enemigos y honrado y grato para los amigos.»

Y él, creyendo hacer las plegarias por Esav, invocaba a Dios; apenas había acabado, cuando llegó Esav de la caza. Yitsjak, advirtiendo el error, guardó silencio; y Esav reclamaba obtener de su padre lo mismo que su hermano. Pero al negarse el padre, por haber agotado todas las plegarias en favor de Yaakov, Esav hacía duelo por el yerro. Y el padre, conmovido por sus lágrimas, le dijo que sobresaldría en la caza y en la fuerza del cuerpo, en las armas y en toda clase de proezas, y que cosecharía por ello gloria perpetua, él y su linaje; pero que serviría a su hermano.

A Yaakov, que temía a su hermano, empeñado en vengar el yerro de las plegarias, lo salvó su madre; pues persuadió a su marido de traer de Mesopotamia una mujer pariente para Yaakov. Pues Esav ya había tomado por esposa a Basemat, hija de Yishmael; que los de la casa de Yitsjak no querían bien a los cananeos, de modo que, disgustados por sus matrimonios anteriores, para agradarles tomó a Basemat, esmerándose mucho por ella.

La huida de Yaakov a Mesopotamia por temor a su hermano

Yaakov, enviado por su madre a Mesopotamia para casarse con la hija de Laván, hermano de ella —consintiendo Yitsjak el matrimonio por deferencia a los deseos de su mujer—, marchaba por Kena’an; y por el odio que sentía hacia los del país no quería hospedarse en casa de nadie, sino que acampaba al raso, poniéndose bajo la cabeza unas piedras que él mismo juntaba. Y durante el sueño tuvo una visión que se le apareció así: le pareció ver una escalera que desde la tierra alcanzaba el cielo, y por ella descendían figuras de aspecto más augusto que el de la naturaleza humana; y en lo más alto de la escalera se le mostró Dios con claridad, lo llamó por su nombre y le habló de este modo:

«Yaakov, siendo hijo de un padre bueno y de un abuelo que alcanzó fama de gran virtud, no te conviene desfallecer ante lo presente, sino esperar lo mejor. Pues abundante presencia de grandes bienes te aguarda en todo, gracias a mi auxilio. A Avraham lo traje aquí desde Mesopotamia, perseguido por sus parientes, e hice dichoso a tu padre; y no menor parte de esos bienes depositaré en ti. Ten, pues, ánimo, y emprende este camino teniéndome a mí por guía. Se cumplirá el matrimonio que anhelas, y tendrás hijos buenos, cuyo número será incontable, dejando a hijos aún mayores; a ellos les doy el dominio de esta tierra, y a sus hijos, que llenarán cuanto el sol contempla, tierra y mar. No temas peligro alguno ni receles la multitud de fatigas, pues yo velo por cuanto has de emprender, tanto ahora como mucho más en lo por venir.»

Esto, pues, anunció Dios a Yaakov. Él, henchido de alegría por lo visto y lo anunciado, ungió las piedras, ya que sobre ellas se le había hecho el anuncio de tan grandes bienes, e hizo voto de ofrecer sobre ellas un sacrificio si, tras haber logrado sustento, regresaba a salvo, y de dar a Dios el diezmo de lo adquirido si así volvía. Y juzgó honrado el lugar, poniéndole por nombre Bet-El, que en lengua de los griegos significa «hogar de Dios».

Avanzando por Mesopotamia, con el tiempo llegó a Jarán; y hallando en las afueras a unos pastores, y a muchachos ya adolescentes y a doncellas sentados junto a un pozo, se quedó con ellos por necesitar de beber; y entrando en conversación, les preguntó si por casualidad conocían a un tal Laván y si aún vivía. Todos dijeron que lo conocían, pues no era hombre para pasar inadvertido, y que una hija suya apacentaba el ganado con ellos, de lo que se extrañaban de que aún no hubiera llegado; «pues de ella —dijeron— sabrías con más exactitud cuanto deseas oír acerca de ellos». Aún estaban hablando cuando llegó la muchacha con los pastores que bajaban con ella. Y le señalaron a Yaakov, diciéndole que aquel forastero había venido preguntando por su padre. Ella, alegrándose con inocencia por la presencia de Yaakov, le preguntó quién era, de dónde venía y qué necesidad lo había traído hasta ellos, y le deseó que pudieran darle aquello por lo que venía.

Yaakov, no ya por el parentesco ni por la buena disposición que este suscita, sino vencido de amor por la muchacha, quedó pasmado ante su belleza, al verla tan hermosa como pocas mujeres de entonces florecían, y dijo: «Entre tú y tu padre y yo, si es que eres hija de Laván, hay un parentesco más antiguo que tu nacimiento y el mío; pues de Téraj fueron hijos Avraham, Harán y Najor, de los cuales Betuel, tu abuelo, es hijo de Najor, y de Avraham y de Sará, hija de Harán, nació Yitsjak, mi padre. Y aún tenemos entre nosotros una prenda de parentesco más cercana y reciente: pues Rivká, mi madre, es hermana de Laván, tu padre, del mismo padre y de la misma madre; y nosotros dos, tú y yo, somos primos. Y ahora he venido a saludaros y a renovar el parentesco que ya nos une.»

Ella, por el recuerdo —como suele ocurrir a los jóvenes—, habiendo oído antes a su padre lo de Rivká y sabiendo que sus padres añoraban su nombre por el afecto hacia el padre de él, se echó a llorar y abrazó a Yaakov, y, estrechándolo, le dijo que traía la más anhelada y grande alegría a su padre y a todos los de la casa, para quien vivía pendiente del recuerdo de la madre de él y solo en ese recuerdo hallaba consuelo; que él le parecería digno de todo bien. Y le mandó ir ya hacia su padre y seguirla en su camino, y no privarlo por más tiempo de aquel gozo demorándose.

Dicho esto, lo condujo ante Laván; y reconocido por su tío, él mismo quedó sin temor al hallarse entre amigos, y a ellos les procuró gran alegría apareciendo cuando menos lo esperaban. Pocos días después, Laván le dijo que se alegraba de su presencia más de lo que podía expresar con palabras, y le preguntó la razón por la que había venido, dejando a su madre y a su padre, ya ancianos y necesitados de sus cuidados; pues él le prestaría ayuda y lo socorrería en toda necesidad. Yaakov le expuso toda la causa, diciendo que a Yitsjak le habían nacido dos hijos gemelos, él y Esav; y que este, al perder las plegarias de su padre —vueltas hacia él por la astucia de su madre—, buscaba matarlo, por haberle arrebatado la realeza que Dios le destinaba y los bienes que su padre había implorado. «Esta es la causa de mi presencia aquí, según el mandato de mi madre; pues para todos nosotros son hermanos, y la madre añade un vínculo mayor aún que el suyo. Poniéndote a ti y a Dios por baluarte de mi destierro, confío en lo presente.»

Laván prometió que, tanto por sus antepasados como por su madre, le haría partícipe de toda benevolencia —mostrando, por el afán en atenderlo, el afecto hacia ella aun ausente—; pues dijo que lo pondría al frente de sus rebaños y lo honraría a cambio con el derecho de apacentar, y que, cuando quisiera volver junto a sus propios padres, regresaría con regalos y con cuanta honra era natural que recibiera un pariente tan cercano. Yaakov oyó esto con gusto y dijo que de buena gana soportaría, para agrado de él, todo trabajo quedándose a su lado; pero pidió recibir por ello, como salario, el matrimonio con Rajel, digna de honra por otras razones y porque había sido la ocasión de su llegada a él; pues el amor por la muchacha lo había forzado a hablar de esto.

Laván, complacido con ello, consintió el matrimonio de su hija, diciendo que no podía desear mejor yerno; con tal, eso sí, de que se quedara con él algún tiempo, lo haría; pues no enviaría a su hija a Kena’an, ya que se arrepentía también de que el enlace de su hermana se hubiera concertado allá. Consintiendo Yaakov en ello, se acordó un plazo de siete años; pues tantos había decidido servir a su suegro, para que, dando prueba de su valía, se conociera mejor quién era. Y aceptando Laván el trato, cumplido el plazo, dispuso el banquete de bodas.

Pero, llegada la noche, sin que Yaakov advirtiera nada, le acostó a la otra de sus hijas, mayor que Rajel y de rostro no agraciado. Se unió él a ella por la embriaguez y la oscuridad; y luego, de día, al reconocerla, reprochó a Laván su injusticia. Este pidió perdón por la necesidad que lo había llevado a obrar así; pues no le había dado a Leá por malicia, sino vencido por una razón mayor. Esto, sin embargo, en nada estorbaba el matrimonio con Rajel, sino que, en atención a su amor, se la daría al cabo de otros siete años. Se dejó persuadir Yaakov —pues el amor por la muchacha no le permitía hacer otra cosa—, y transcurridos otros siete años tomó a Rajel.

Tenía cada una de ellas una sierva que su padre les había dado: Zilpá a Leá y Bilhá a Rajel, esclavas de ningún modo sometidas, sino subordinadas. Y a Leá la afligía cruelmente el amor de su marido por su hermana, y esperaba que, si tenía hijos, sería honrada; y suplicaba a Dios sin cesar. Al nacerle un hijo varón, por lo cual el marido se volvió hacia ella, llamó al hijo Reuvén, porque le había nacido por misericordia de Dios; pues esto significa el nombre. Con el tiempo les nacieron otros tres: Shimón —nombre que indica que Dios la había escuchado—, luego Leví —como afirmador de la unión—, y después Yehudá, que significa «acción de gracias».

Rajel, temiendo que por la fecundidad de su hermana le tocara menor parte del afecto del marido, acostó junto a Yaakov a su propia sierva Bilhá. De ella nació un niño, Dan —que algunos, en lengua de los griegos, llamarían «decidido por Dios»—, y tras él Neftalí —como «de artificio», por haber contrarrestado con ardides la fecundidad de su hermana—. Lo mismo hizo también Leá, contrarrestando con ardid la treta de su hermana: acostó a su propia sierva, y de Zilpá nació un hijo, Gad —que alguien llamaría «de la fortuna»—, y tras él Aser —que se diría «bienaventurado», por lo que sumaba a su buena fama—.

Y como Reuvén, el mayor de los hijos de Leá, trajera a su madre unas mandrágoras, Rajel, al verlas, le pidió que le diera parte, pues le había entrado deseo de aquel fruto. Como Leá no accediera, y le dijera que le bastaba con haberle quitado el afecto del marido, Rajel, ablandando el enojo de su hermana, le dijo que le cedería al marido para que aquella noche durmiera con ella.

Como Leá accedió a ese favor, Yaakov se unió a ella por complacer a Rajel. De nuevo tuvo hijos: Yisajar —cuyo nombre significa «el nacido de una paga»— y Zevulún —«prenda del afecto hacia ella»—, y una hija, Diná. Tiempo después también Rajel tuvo un hijo, Yosef, nombre que anuncia «algo que habrá de añadirse».

Durante todo ese tiempo —veinte años en total— Yaakov apacentó los rebaños de su suegro. Pasados estos, quiso tomar a sus mujeres y volver a su tierra; pero como el suegro no lo consentía, ideó hacerlo a escondidas. Sondeó, pues, a sus mujeres para ver cómo veían la partida, y ellas la aceptaron de buen grado. Rajel se llevó consigo, además, las imágenes de los dioses —a los que, por ser de sus mayores, era costumbre rendir culto— y huyó junto con su hermana, con los hijos de ambas, las siervas y sus hijos, y cuanto tenían.

Yaakov se llevó también la mitad de los ganados, sin que Laván lo supiera de antemano. Rajel cargaba con las imágenes de los dioses: Yaakov le había enseñado a despreciar semejante veneración, pero ella las guardó para que, si su padre los alcanzaba en la persecución, tuviera dónde refugiarse y obtener perdón.

Al día siguiente supo Laván de la marcha de Yaakov y de sus hijas, y, muy dolido, se lanzó tras él con una tropa, apretando el paso; al séptimo día los sorprendió acampados en una colina. Por entonces, como era ya de tarde, se detuvo. Pero Dios se le apareció en sueños y le advirtió que tratara con calma a su yerno y a sus hijas, que no se atreviera a nada contra ellos por ira, sino que hiciera un pacto con Yaakov —diciéndole que Él mismo pelearía del lado de Yaakov si Laván, despreciando su escaso número, iba contra él en batalla.

Con semejante aviso, Laván llamó al día siguiente a Yaakov a parlamentar y le refirió el sueño; y cuando este, persuadido, acudió, empezó a reprocharle: que lo había recibido pobre y sin recursos de ninguna clase, y le había dado abundancia de todos sus bienes. «Es más —dijo—, te uní a mis propias hijas, pensando que con ello crecería tu afecto hacia nosotros. Pero tú, sin respeto ni a tu propia madre ni al parentesco que tienes conmigo, sin reparo hacia las mujeres que desposaste ni cuidado por los hijos de los que soy abuelo, me has tratado como en guerra: te llevas mi hacienda y has persuadido a mis hijas a huir de quien las engendró. Y te vas cargando con los objetos sagrados de mis padres, honrados por mis antepasados y por mí tenidos en el mismo culto que ellos. Cosas que ni quienes hacen la guerra a sus enemigos harían, las has hecho tú, mi pariente, hijo de mi hermana, marido de mis hijas, huésped y comensal de mi casa.»

A esto respondió Yaakov en su defensa: que Dios había sembrado el amor a la patria no solo en él, sino en todos los hombres, y que, tras tanto tiempo, era justo que volviera a la suya. «En cuanto al botín que me imputas —dijo—, tú mismo resultarías el culpable ante cualquier otro juez. Por aquello por lo que deberías estarnos agradecido —que nosotros guardamos y aun aumentamos—, ¿cómo no te apartas de la justicia al enojarte conmigo, si hemos tomado de ello una parte pequeña? Y respecto de tus hijas, sabe que no me siguen por maldad mía que las obligue a partir, sino por el justo afecto que las esposas tienen hacia aquellos con quienes conviven; me siguen, pues, no tanto por mí cuanto por sus propios hijos.»

Esto decía para mostrar que en nada obraba mal; y a su vez le hizo cargos y lo acusó: que, siendo hermano de su madre y habiéndole unido a sus hijas, lo había extenuado con órdenes penosas, reteniéndolo veinte años. Y afirmaba que lo hecho bajo pretexto de las bodas, aun siendo duro, era lo más llevadero, pero que peor había sido lo posterior a las bodas —cosas que un enemigo habría rehuido—. Pues muy pérfidamente había obrado Laván con Yaakov: viendo que Dios lo asistía en cuanto quería, le prometía darle de las crías unas veces las que nacieran blancas y otras las negras; y cuando se multiplicaban las que nacían a favor de Yaakov, no le mantenía la palabra en el momento, sino que se comprometía a entregárselas al cabo del año, pues codiciaba la abundancia de la hacienda: prometía porque le parecía improbable que nacieran tantas, y mentía cuando nacían.

En cuanto a los objetos sagrados, Laván pidió que se hiciera una búsqueda. Consentida esta, Rajel, al enterarse, metió las imágenes en la albarda del camello que la llevaba y se sentó encima, alegando que la purificación propia de su naturaleza la aquejaba. Y Laván desistió de seguir buscando, pues no imaginó que su hija fuera a acercarse a las imágenes en tal estado. Luego intercambió juramentos con Yaakov: que no le guardaría rencor por nada de lo sucedido, y que Yaakov, por su parte, trataría con amor a sus hijas. Sellaron sus compromisos sobre unos montes, en los que erigieron una estela a modo de altar, por lo que al otero se le llama Galad; y de ahí que aún hoy llamen Galadena a aquella tierra. Tras celebrar un banquete por los juramentos, Laván emprendió el regreso.

El encuentro de Yaakov y Esav

Mientras Yaakov avanzaba hacia Kena’an, le salieron al paso visiones que le anunciaban buenas esperanzas para el porvenir; y a aquel lugar lo llamó «campamento de Dios». Queriendo saber qué sentía su hermano, envió por delante a algunos para que lo averiguaran todo con exactitud, pues le temía por la vieja rencilla. Encargó a los enviados que dijeran a Esav que Yaakov, juzgando injusto convivir con su enojo, se había marchado de la tierra por su propia voluntad, y que ahora, teniendo por suficiente al tiempo como mediador, regresaba trayendo mujeres e hijos junto con los bienes ganados —poniéndose en sus manos con lo más preciado que tenía—, porque estimaba el mayor de los bienes compartir con su hermano lo que Dios le había dado.

Así se lo comunicaron, y Esav se llenó de alegría y salió al encuentro de su hermano con cuatrocientos hombres armados. Yaakov, al saber que venía a recibirlo con tantos, quedó lleno de temor; con todo, confió a Dios la esperanza de su salvación y tomó precauciones con lo que tenía a mano, para salir él mismo ileso y salvar a los suyos, venciendo a los enemigos si querían agraviarlo. Dividió, pues, a los suyos: a unos los envió delante, y a los que quedaban les ordenó seguir de cerca, de modo que, si los primeros eran atacados por su hermano, tuvieran refugio en los que iban detrás. Dispuestos así los suyos, envió a algunos con presentes para su hermano: eran acémilas y una multitud de animales de toda clase, que resultarían muy apreciados para quienes los recibieran, por lo raros que eran. Y los mandó a intervalos, para que, presentándose sin cesar, parecieran muchos; pues confiaba en aplacar su ira con los regalos, si es que seguía airado. Y aún encargó a los enviados que le hablaran con buenas palabras.

Dispuesto todo esto a lo largo del día, al caer la noche puso en marcha a los suyos. Cuando ya habían cruzado un torrente llamado Yabok, Yaakov, que se había quedado atrás, topó con una aparición y luchó con ella —fue esta la que empezó el combate— y logró vencerla. Y ella, sirviéndose de voz y de palabras, lo exhortó a alegrarse de lo sucedido y a no creer que había vencido en cosa pequeña, sino que había derrotado a un ángel de Dios, y que tuviera aquello por señal de grandes bienes venideros: que su linaje jamás se extinguiría y que ningún hombre lo aventajaría en fuerza. Le ordenó también que se llamara Israel, nombre que en lengua hebrea significa «el que se enfrentó a un ángel de Dios». Esto se lo anunció a ruego de Yaakov: pues al comprender que era un ángel de Dios, le había pedido que le revelara qué suerte le aguardaba. Y la aparición, dicho esto, se hizo invisible.

Contento con ello, Yaakov nombró a aquel lugar Fanuel, que significa «rostro de Dios». Y como a causa de la lucha le quedó un dolor en el tendón ancho, él mismo se abstiene de comerlo, y por él tampoco es para nosotros comestible.

Al saber que su hermano estaba ya cerca, ordenó a cada una de las mujeres que avanzara aparte con sus siervas, para que desde lejos pudieran observar lo que hicieran los hombres si peleaban, en caso de que Esav lo quisiera así; y él mismo se inclinó ante su hermano cuando estuvo cerca, sin abrigar hacia él ningún pensamiento traidor. Y Esav lo abrazó y le preguntó por la muchedumbre de niños y por las mujeres; y, enterado entonces de todo lo tocante a ellos, quiso acompañarlos él mismo hasta el padre. Pero como Yaakov alegó el cansancio de las acémilas, se retiró a Se'ir; pues allí tenía su morada, y había dado a aquel paraje el nombre de «Velluda», por lo velludo de su cuerpo.

La deshonra de Diná

Yaakov llegó a las que aún hoy se llaman Tiendas, de donde pasó a Shejem; la ciudad es de los cananeos. Como los siquemitas celebraban una fiesta, Diná —la única hija de Yaakov— entró en la ciudad para ver el atavío de las mujeres del lugar. Al verla, Shejem, hijo del rey Jamor, la deshonró raptándola; y, prendado de ella, suplicó a su padre que le tomara a la muchacha por esposa. Este, persuadido, acudió a Yaakov pidiéndole que uniera a Diná con su hijo Shejem conforme a la ley. Yaakov, que ni podía negarse por el rango de quien se lo pedía ni juzgaba lícito casar a su hija con un extranjero, le pidió que le permitiera reunir consejo sobre lo que solicitaba.

Se marchó, pues, el rey esperando que Yaakov concedería la boda. Yaakov, revelando a sus hijos la deshonra de la hermana y la petición de Jamor, les pidió que deliberaran qué debía hacerse. Los más callaban, faltos de parecer; pero Shimón y Leví, hermanos de la muchacha por parte de madre, concertaron entre sí tal empresa: siendo día de fiesta y estando los siquemitas entregados al descanso y al festín, cayeron de noche primero sobre los guardias y los mataron mientras dormían, y, entrando en la ciudad, dieron muerte a todo varón —al rey y a su hijo con ellos—, aunque perdonaron a las mujeres. Hecho esto sin el consentimiento de su padre, recobraron a la hermana.

Yaakov quedó consternado por la magnitud de lo ocurrido y airado contra sus hijos; pero Dios se le apareció y le ordenó cobrar ánimo, y que, tras purificar las tiendas, ofreciera los sacrificios que al principio, al partir para Mesopotamia, había prometido a raíz de la visión del sueño. Al purificar, pues, a los que lo seguían, dio con los dioses de Laván —pues no sabía que Rajel los había robado— y los escondió en Shejem, bajo tierra, al pie de una encina. Partiendo de allí, ofreció sacrificios en Bet-El, donde había tenido el sueño cuando antes iba camino de Mesopotamia.

Prosiguiendo desde allí, al llegar a la región de Efrata, sepultó a Rajel, muerta de parto —la única de los suyos que no obtuvo el honor de la sepultura en Jevrón—. Y, tras un gran duelo, llamó Binyamín al niño que de ella le nació, por el dolor que este causó a su madre. Estos son todos los hijos de Yaakov: doce varones y una hembra. De ellos, ocho legítimos —seis de Leá y dos de Rajel— y cuatro de las siervas, dos de cada una, cuyos nombres ya he referido todos.

La muerte de Yitsjak y su sepultura en Jevrón

Desde allí llegó a Jevrón, ciudad situada en tierra de los cananeos; allí tenía Yitsjak su morada. Poco tiempo convivieron uno con otro, pues a Rivká no la halló Yaakov con vida. Y muere también Yitsjak no mucho después de la llegada de su hijo, y sus hijos le dieron sepultura junto a su mujer en Jevrón, donde tenían un sepulcro de sus antepasados. Fue Yitsjak varón amado de Dios y juzgado digno de mucha providencia por Él, después de su padre Avraham, y muy longevo: pues vivió ciento ochenta y cinco años en la virtud, y así murió.