Libro primero
Proemio
La guerra de los judíos contra los romanos fue la mayor no solo de las de nuestro tiempo, sino casi de cuantas hemos conocido de oídas —choques de ciudades contra ciudades o de pueblos contra pueblos—. Y, sin embargo, unos, que no estuvieron presentes en los hechos y reúnen de oídas relatos vanos y contradictorios, los redactan con artificios de retórica; otros, que sí estuvieron, falsean los sucesos por adulación hacia los romanos o por odio hacia los judíos, de modo que sus escritos contienen ora acusación, ora encomio, pero en ninguna parte la exactitud de la historia. Por eso me propuse yo narrar estos hechos a los súbditos del imperio romano, vertiéndolos a la lengua griega a partir de lo que antes compuse en mi lengua patria y envié a los bárbaros del interior. Soy Josefo, hijo de Matityahu, sacerdote de Yerushaláyim, que al principio combatí yo mismo contra los romanos y por necesidad estuve presente en los sucesos posteriores.
Pues al producirse, como dije, esta agitación tan grande, entre los romanos andaban enfermos los asuntos internos, mientras que entre los judíos el partido revolucionario se alzó en aquellos tiempos turbulentos, pujante en hombres y en dinero, hasta el punto de que, por el exceso de tumultos, los asuntos de Oriente quedaban para unos en esperanza de ganancia y para otros en temor de pérdida. Porque los judíos esperaban que todos sus hermanos de raza de más allá del Éufrates se sublevaran junto con ellos, y a los romanos los inquietaban por un lado los galos vecinos, y el mundo céltico no estaba tranquilo; tras Nerón todo estaba lleno de tumultos, y a muchos la ocasión los persuadía a aspirar al trono, mientras la soldadesca ansiaba el cambio con la esperanza de botín. Me pareció, pues, absurdo consentir que la verdad anduviera extraviada en asuntos de tanta magnitud, y que partos, babilonios, los árabes más remotos, nuestros hermanos de raza de más allá del Éufrates y los de Adiabene supieran con exactitud, por mi diligencia, dónde comenzó la guerra, por cuántos padecimientos pasó y cómo acabó, mientras que los griegos y aquellos romanos que no fueron a la campaña lo ignoraran, topándose solo con adulaciones o ficciones.
Y eso que se atreven a titular «historias» a esos escritos, en los que, además de no mostrar nada sano, me parece que yerran también su propio propósito. Pues quieren presentar grandes a los romanos, pero siempre rebajan y menosprecian lo de los judíos. Ahora bien, no veo cómo puedan parecer grandes quienes han vencido a gente pequeña; y ni se avergüenzan de la duración de la guerra, ni de la magnitud del ejército romano que se fatigó, ni de la talla de los generales que tanto sudaron ante Yerushaláyim: creo que, al rebajar su hazaña, ellos mismos quedan sin gloria.
Mas yo no he resuelto engrandecer lo de mis compatriotas por rivalizar con quienes exaltan lo de los romanos; los hechos de ambos los expondré con exactitud, pero los comentarios sobre los sucesos los dejo a mi disposición de ánimo, permitiéndome dar a mis propios sentimientos el desahogo de lamentar las desdichas de mi patria. Pues que a ella la derribó una discordia interna, y que fueron los tiranos judíos quienes, contra su voluntad, atrajeron sobre el Templo las manos de los romanos y el fuego, testigo es el propio César Tito, que la arrasó: durante toda la guerra se compadeció del pueblo, dominado por los sediciosos, y muchas veces, de buen grado, aplazó la toma de la ciudad, dando con el asedio tiempo a que los culpables se arrepintieran. Si alguien, pues, censura lo que decimos en tono de acusación contra los tiranos y su bandidaje, o nos calumnia por gemir ante las desgracias de la patria, que conceda a mi dolor un perdón que va contra la ley de la historia. Porque sucedió que nuestra ciudad, de todas las sometidas a los romanos, llegó a la cima de la prosperidad y volvió a caer en el extremo de las desdichas. En fin, me parece que todas las desventuras de todos los pueblos desde el principio del mundo quedan por debajo de las de los judíos, si se comparan; y de ellas no fue causante ningún extranjero, de modo que era imposible contener el llanto. Pero si algún juez resulta más duro que la compasión, atribuya los hechos a la historia y los lamentos al que escribe.
Y eso que yo mismo podría con justicia reprochar a los doctos de los griegos: habiendo ocurrido en sus días hechos tan grandes, que por comparación dejan en nada las guerras antiguas, se sientan como jueces de ellos y atacan a quienes se afanan en escribirlos; y aunque a estos los aventajen en el estilo, les son inferiores en la intención. Ellos mismos, en cambio, escriben la historia de asirios y medos, como si los antiguos autores la hubieran narrado peor. Y sin embargo, tanto están por debajo de aquellos en el escribir cuanto lo están también en el juicio; pues cada uno se esforzaba en escribir lo de su propio tiempo, ya que el haber estado presente en los hechos hacía vívido el relato, y mentir ante quienes sabían era vergonzoso. Ciertamente, dar a la memoria lo ya sucedido y componer para la posteridad lo de los propios tiempos es digno de elogio y testimonio; y no es laborioso quien refunde la disposición y el orden ajenos, sino quien, junto con decir cosas nuevas, construye también un cuerpo propio de historia. Y yo, siendo extranjero, con gastos y trabajos enormes ofrezco a griegos y romanos el recuerdo de estas hazañas. En cambio, a los de estirpe, para las ganancias y los pleitos, al punto se les abre la boca y se les suelta la lengua; pero para la historia, donde hace falta decir la verdad y reunir los hechos con mucho esfuerzo, quedan amordazados, dejándola a los más débiles y que ni siquiera conocen los actos de los jefes. Hónrese, pues, entre nosotros la verdad de la historia, ya que entre los griegos se la ha descuidado.
En cuanto a narrar la antigüedad de los judíos —quiénes eran, cómo salieron de Mitsraim, cuánta tierra recorrieron errantes, cuántas comarcas ocuparon después y cómo emigraron—, juzgué que ahora sería inoportuno y por lo demás superfluo, puesto que muchos judíos antes de mí compusieron con exactitud la historia de nuestros antepasados, y algunos griegos, traduciéndola de la lengua patria, no se apartaron mucho de la verdad. Comenzaré, pues, mi composición allí donde cesaron los historiadores de aquello y nuestros profetas. De estos hechos, los de la guerra que me tocó vivir los recorreré con más detalle y con toda la elaboración de que sea capaz; los anteriores a mi edad los pasaré de forma sucinta.
Cómo Antíoco, llamado Epífanes, tomó Yerushaláyim por la fuerza y, tras retenerla tres años y seis meses, fue expulsado del país por los hijos de Asamoneo; después, cómo sus descendientes, enfrentados por el trono, arrastraron a los asuntos a los romanos y a Pompeyo; y cómo Herodes, hijo de Antípatro, derribó su dominio trayendo a Sosio. Cómo el pueblo se sublevó tras la muerte de Herodes, siendo Augusto soberano de los romanos y estando Quintilio Varo en el país; y cómo, en el año duodécimo del gobierno de Nerón, estalló la guerra; lo sucedido con Cestio y cuánto avanzaron los judíos con las armas en sus primeros ímpetus. Cómo fortificaron las poblaciones vecinas; y cómo Nerón, temiendo por la situación general tras los reveses de Cestio, puso a Vespasiano al frente de la guerra; y cómo este, con el mayor de sus hijos, invadió el país de los judíos —con cuánto ejército romano y cuántos aliados se abatió sobre toda Galilea— y cómo tomó las ciudades de esta, unas totalmente y por la fuerza, otras por capitulación.
Allí expondré también lo referente a la disciplina de los romanos en la guerra y al adiestramiento de las legiones; las distancias de una y otra Galilea, su naturaleza, los límites de Judea y, además, la peculiaridad del país, sus lagos y sus fuentes, y con exactitud lo padecido en cada ciudad conquistada, tal como lo vi o lo sufrí. Pues ni siquiera ocultaré nada de mis propias desgracias, ya que voy a hablar ante quienes lo saben. Luego, cómo, cuando ya flaqueaban los asuntos de los judíos, murió Nerón, y Vespasiano, que se había lanzado sobre Yerushaláyim, fue arrastrado en otra dirección por el poder imperial; los presagios que le llegaron sobre esto y los cambios en Roma; y cómo él mismo fue proclamado emperador por los soldados contra su voluntad, y cómo, al partir hacia Mitsraim para administrar el conjunto del imperio, los asuntos de los judíos cayeron en discordia civil; cómo se alzaron contra ellos los tiranos y las disensiones que estos tuvieron entre sí.
Y cómo Tito, partiendo de Mitsraim, invadió el país por segunda vez; cómo reunió sus fuerzas, dónde y cuántas; en qué estado se hallaba la ciudad por la discordia a su llegada; cuántos asaltos dio y cuántos terraplenes levantó; los perímetros de los tres muros y sus medidas, la fortaleza de la ciudad y la disposición del santuario y del Templo; y además de esto, todas las medidas del altar con exactitud, algunas costumbres de las fiestas, las siete purificaciones y los servicios de los sacerdotes; también las vestiduras de los sacerdotes y del sumo sacerdote, y cómo era el Santo del Templo, sin ocultar nada ni añadir nada a lo averiguado. Después expondré la crueldad de los tiranos hacia sus compatriotas y la clemencia de los romanos hacia los extranjeros, y cuántas veces Tito, deseoso de salvar la ciudad y el Templo, invitó a los sediciosos a una capitulación honrosa. Distinguiré los padecimientos del pueblo y sus desgracias: cuánto sufrieron y perecieron por la guerra, cuánto por la discordia y cuánto por el hambre. No omitiré tampoco las desventuras de los desertores ni los castigos de los cautivos; ni cómo el Templo fue incendiado contra la voluntad de César, cuántos de los objetos sagrados se arrebataron del fuego, la toma de toda la ciudad y los signos y prodigios que la precedieron; la captura de los tiranos, la multitud de los reducidos a esclavitud y la suerte que a cada cual le tocó. Y cómo los romanos remataron los restos de la guerra y derribaron las fortificaciones de las plazas; y cómo Tito, tras recorrer todo el país, lo puso en orden; su regreso a Italia y su triunfo. Todo esto lo he abarcado en siete libros, sin dejar a quienes conocen los hechos y estuvieron presentes en la guerra ningún motivo de reproche ni de acusación —para los que aman la verdad, no para el placer—. Y daré a mi exposición el mismo comienzo que di al sumario de los capítulos.
Al surgir una discordia entre los notables judíos, en el tiempo en que Antíoco, llamado Epífanes, disputaba toda Siria a Tolomeo el sexto —la rivalidad era entre ellos por el poder, pues ninguno de los que gozaban de dignidad soportaba estar sometido a sus iguales—, Onías, uno de los sumos sacerdotes, prevaleció y expulsó de la ciudad a los hijos de Tobías. Estos se refugiaron junto a Antíoco y le suplicaron que, tomándolos por guías, invadiera Judea. El rey, que hacía tiempo lo deseaba, se dejó persuadir y, lanzándose él mismo con muchísimas tropas, tomó la ciudad por la fuerza, mató a gran número de los partidarios de Tolomeo, entregó sin freno a sus soldados al saqueo, saqueó él mismo el Templo e interrumpió el sacrificio perpetuo de cada día durante tres años y seis meses. El sumo sacerdote Onías huyó junto a Tolomeo y, recibiendo de él un lugar en el nomo Heliopolita, fundó una pequeña ciudad semejante a Yerushaláyim y un templo parecido; de esto hablaremos de nuevo en su lugar.
A Antíoco, en cambio, no le bastaron ni el haber tomado la ciudad contra toda esperanza, ni los saqueos, ni tanta matanza; llevado por el desenfreno de sus pasiones y por el recuerdo de lo que había padecido durante el asedio, forzó a los judíos a abolir sus costumbres patrias, a dejar sin circuncidar a sus recién nacidos y a sacrificar cerdos sobre el altar. Todos desobedecían a esto, y los más señalados eran degollados. Y Báquides, enviado por Antíoco como jefe de la guarnición, añadiendo a su crueldad natural aquellas órdenes impías, no dejó exceso alguno de iniquidad: torturaba uno por uno a los hombres de nota y a diario ofrecía en público a la ciudad el espectáculo de una toma, hasta que con la desmesura de sus injusticias incitó a las víctimas a la osadía de la venganza. Así, Matityahu, hijo de Asamoneo, uno de los sacerdotes, de una aldea llamada Modiín, cerrando filas con la gente de su casa —pues tenía cinco hijos—, mató a Báquides con cuchillos. Y al punto, temiendo el número de las guarniciones, se refugió en los montes. Pero al sumársele muchos del pueblo, cobró ánimo, bajó, trabó combate, venció a los generales de Antíoco y los expulsó de Judea. Pasando así de la buena fortuna al poder, y gobernando a los suyos, que de buen grado lo aceptaban por haberlos librado de los extranjeros, murió dejando el mando a Yehudá, el mayor de sus hijos.
Este, pues no suponía que Antíoco fuera a estarse quieto, reunió las fuerzas del país, fue el primero en hacer amistad con los romanos y rechazó con dura derrota a Epífanes, que de nuevo invadía el país. Y, aún caliente la hazaña, se lanzó contra la guarnición de la ciudad, pues todavía no había sido desalojada; expulsándola de la ciudad alta, empujó a los soldados a la baja —esta parte de la urbe se llama Acra—. Dueño del Templo, purificó todo el recinto, lo amuralló, fabricó vasos nuevos para el culto y los llevó al santuario, por estar profanados los anteriores, levantó otro altar y reanudó los sacrificios. Cuando apenas recobraba la ciudad su condición sagrada, murió Antíoco, y heredero de su reino y de su odio hacia los judíos quedó su hijo Antíoco.
Reuniendo, pues, cincuenta mil infantes, cinco mil jinetes y ochenta elefantes, penetró por Judea hasta la región montañosa. Tomó la pequeña ciudad de Bet-Sur y, en un lugar llamado Bet-Zacaría, donde el paso era estrecho, Yehudá le salió al encuentro con sus fuerzas. Antes de que las falanges chocaran, Elazar, su hermano, viendo el más alto de los elefantes engalanado con una gran torre y con parapetos dorados, y suponiendo que sobre él iba Antíoco, se adelantó mucho de los suyos y, abriéndose paso entre la masa de los enemigos, llegó hasta el elefante. No pudo alcanzar al que parecía ser el rey, por la altura; pero, hiriendo a la bestia por debajo del vientre, la derribó sobre sí y, aplastado, murió, sin lograr más que haber acometido una gran empresa, poniendo la gloria por encima de la vida. Por lo demás, el que conducía el elefante era un particular; y aunque hubiera resultado ser Antíoco, el audaz no habría conseguido nada más que dar la impresión de haber elegido la muerte por la sola esperanza de una hazaña brillante. Esto fue además un presagio para su hermano de toda la batalla. Pues los judíos combatieron con firmeza y por largo rato, pero los del rey, superiores en número y favorecidos por la fortuna, vencieron; y, muertos muchos, Yehudá, con los restantes, huyó a la toparquía de Gofna. Antíoco entró en Yerushaláyim y, tras permanecer en ella pocos días por falta de provisiones, se retiró, dejando la guarnición que juzgó suficiente y llevándose el resto de sus fuerzas a invernar a Siria. Ante la retirada del rey, Yehudá no se estuvo quieto: al sumársele muchos de la nación y reunir a los supervivientes de la batalla, trabó combate con los generales de Antíoco junto a la aldea de Adasa; y, mostrándose el mejor en la lucha y matando a muchos de los enemigos, cayó él mismo, y pocos días después su hermano Yojanán murió víctima de una conjura de los partidarios de Antíoco.
Sucediéndole su hermano Yonatán, se condujo con cautela hacia los del país, afianzó su poder con la amistad de los romanos e hizo las paces con el hijo de Antíoco. Mas nada de esto le bastó para su seguridad. Pues el tirano Trifón, que era tutor del hijo de Antíoco pero conspiraba contra él ya de antes, intentando deshacerse de sus amigos, prendió con engaño a Yonatán, que había venido con pocos a Ptolemaida, ante Antíoco, y, tras encadenarlo, marchó contra Judea. Luego, rechazado por Shimón, hermano de Yonatán, e irritado por la derrota, dio muerte a Yonatán. Shimón, dirigiendo con nobleza los asuntos, tomó de las poblaciones vecinas Gázara, Yafo y Yavne, y arrasó la Acra tras vencer a la guarnición. De nuevo se hizo aliado de Antíoco contra Trifón, a quien este asediaba en Dora antes de su campaña contra los medos. Pero no logró apartar la codicia del rey por haber contribuido a eliminar a Trifón. Pues no mucho después Antíoco envió a Cendebeo, su general, con un ejército, a asolar Judea y a someter a Shimón. Este, aunque ya anciano, condujo la guerra con brío juvenil. Envió por delante a sus hijos con los más vigorosos, y él mismo, tomando una parte de las fuerzas, atacó por otro lado. Habiendo tendido muchas emboscadas en muchos lugares y también en los montes, venció en todos sus intentos y, tras una victoria brillante, fue proclamado sumo sacerdote y liberó a los judíos del dominio de los macedonios, ciento setenta años después.
También él murió víctima de una conjura en un banquete, a manos de Tolomeo, su yerno, quien, tras encerrar a su mujer y a sus dos hijos, envió a quienes habían de matar al tercero, Yojanán, llamado también Hircano. Pero el joven, sabiendo de antemano el ataque, se apresuró a llegar a la ciudad, confiando muchísimo en el pueblo, tanto por el recuerdo de las hazañas de su padre como por el odio a la iniquidad de Tolomeo. También Tolomeo se lanzó a entrar por otra puerta, pero fue rechazado por el pueblo, que ya había acogido a Hircano. Aquel se retiró al punto a una de las fortalezas de más allá de Yerijó, llamada Dagón. Hircano, recibido el sumo sacerdocio paterno y tras sacrificar a Dios, se lanzó a toda prisa contra Tolomeo para socorrer a su madre y a sus hermanos; y, atacando la fortaleza, en lo demás era superior, pero era vencido por un sentimiento justo. Pues Tolomeo, cada vez que se veía en apuros, sacaba a la madre y a los hermanos de aquel sobre el muro, a la vista, los torturaba y amenazaba con despeñarlos si no se retiraba enseguida. Ante esto, a Hircano más que la ira le entraban compasión y temor; pero la madre, sin ceder ni ante las torturas ni ante la muerte con que la amenazaban, le tendía las manos y suplicaba a su hijo que, sin ablandarse por los ultrajes hechos a ella, no perdonara al impío; que para ella la muerte a manos de Tolomeo era mejor que la inmortalidad, con tal de que él pagara por las iniquidades cometidas contra su casa. Yojanán, cuando pensaba en la entereza de su madre y escuchaba su súplica, se lanzaba a atacar; pero cuando la veía golpeada y desgarrada, se ablandaba y quedaba dominado por la emoción. Alargándose por esto el asedio, sobrevino el año de reposo, que cada siete años guardan los judíos como reposo, igual que los días de la semana. Y en esto Tolomeo, libre del asedio, mató a los hermanos de Yojanán junto con la madre y huyó junto a Zenón, apodado Cotilas, que era tirano de Filadelfia.
Antíoco, encolerizado por lo que había padecido de Shimón, hizo una campaña contra Judea y asedió a Hircano, acampando ante Yerushaláyim. Pero este abrió la tumba de David —que fue el más rico de los reyes— y, sacando de ella más de tres mil talentos, hizo levantar a Antíoco del asedio persuadiéndolo con trescientos talentos, y además fue el primero de los judíos en mantener tropas mercenarias con aquel caudal. De nuevo Antíoco, al emprender campaña contra los medos, le dio ocasión de venganza; pues al punto Hircano se lanzó contra las ciudades de Siria, suponiendo —como así era— que las hallaría vacías de gente de guerra. Tomó, pues, Medaba y Samega con las vecinas, y además Shejem y el Guerizim, y junto a ellas al pueblo de los cuteos, que habitaban en torno al santuario semejante al de Yerushaláyim. Tomó también en Idumea, entre otras muchas, Adoreo y Marisa. Avanzando hasta Shomrón —donde ahora está la ciudad de Sebaste, fundada por el rey Herodes— y amurallándola por todas partes, puso al frente del asedio a sus hijos Aristóbulo y Antígono. Como estos no cejaban, los de la ciudad llegaron a tal punto de hambre que echaron mano incluso de lo más inusitado. Llamaron en su auxilio a Antíoco, apellidado Aspendio; y este, acudiendo prontamente, fue derrotado por los de Aristóbulo. Perseguido por los hermanos hasta Escitópolis, logró escapar; ellos, volviéndose contra los samaritanos, encerraron de nuevo a la multitud tras el muro y, tomando la ciudad, la arrasaron y esclavizaron a sus habitantes. Como las victorias seguían adelante, no enfriaron su ímpetu, sino que, avanzando con el ejército hasta Escitópolis, la asolaron y se repartieron toda la comarca de dentro del monte Carmelo.
Ante las prosperidades de Yojanán mismo y de sus hijos, la envidia suscitó una sedición entre los del país, y muchos, reuniéndose contra ellos, no se estuvieron quietos, hasta que, arrastrados a una guerra abierta, fueron vencidos. El resto de su vida lo pasó Yojanán en prosperidad, y, tras administrar de la mejor manera el gobierno durante treinta y tres años enteros, murió dejando cinco hijos, verdaderamente dichoso y sin haber dado en nada motivo para reprochar a su fortuna. Pues él solo poseía las tres cosas más excelentes: el mando de la nación, el sumo sacerdocio y la profecía. Pues lo divino le acompañaba, de modo que nada de lo por venir ignoraba: incluso respecto a sus dos hijos mayores previó y profetizó que no se mantendrían señores de los asuntos. Su caída es digna de ser narrada, por cuanto se apartaron de la prosperidad paterna.
Pues tras la muerte de su padre, el mayor de ellos, Aristóbulo, transformando el gobierno en monarquía, fue el primero en ceñirse la diadema, cuatrocientos setenta y un años y tres meses después de que el pueblo regresara al país, libre de la esclavitud en Bavel. De sus hermanos, al que le seguía, Antígono —pues parecía quererlo—, lo tenía en igual honor; a los demás los encerró encadenados. Encadenó también a su madre, que disputaba por el poder —pues a ella la había dejado Yojanán señora de todo—, y llegó a tal punto de crueldad que la dejó morir de hambre en la prisión. El castigo por ello recayó sobre su hermano Antígono, a quien amaba y tenía por partícipe del reino; pues también a este lo mató, a causa de calumnias que urdieron los malvados de la corte. Al principio Aristóbulo desconfiaba de lo que se decía, ya que amaba a su hermano y atribuía a la envidia la mayor parte de las habladurías. Pero cuando Antígono, brillante, volvió de la campaña para la fiesta en que es costumbre patria levantar tiendas en honor de Dios, sucedió que en aquellos días Aristóbulo cayó enfermo; y Antígono, al final de la fiesta, subió con los soldados de su séquito, ataviado con el mayor esplendor posible, a orar sobre todo por su hermano. En esto, los malvados, llegándose al rey, le mostraban el cortejo de los soldados y el porte de Antígono, mayor que el de un particular, y que se había presentado con un gran cuerpo de tropa para matarlo; pues no soportaba tener solo un honor de la realeza, pudiendo apoderarse de ella.
Poco a poco, contra su voluntad, Aristóbulo dio crédito a esto; y, cuidando de no hacer manifiesta su sospecha y de asegurarse ante lo incierto, apostó a sus guardias de corps en un subterráneo sin luz —yacía él en la fortaleza antes llamada Baris, luego renombrada Antonia—, con la orden de abstenerse de él si iba desarmado, pero de matar a Antígono si se acercaba con las armas; y envió a quienes le dijeran de antemano que viniera desarmado. Contra esto, muy astutamente, la reina se concertó con los conspiradores: persuadieron a los enviados de que callaran lo del rey y dijeran a Antígono que su hermano, habiendo oído que se había procurado unas armas hermosísimas y un aparato de guerra en Galilea, y no habiendo podido, por su enfermedad, verlo todo en persona, «ahora que estás a punto de partir, con muchísimo gusto te vería con las armas». Al oír esto Antígono —y le impulsaba la disposición de su hermano a no sospechar nada malo—, marchó con las armas como para exhibirse. Pero al llegar al pasadizo oscuro —se llamaba torre de Estratón— fue muerto por los guardias, dejando probado que la calumnia corta toda benevolencia y todo lazo natural, y que ninguno de los buenos afectos es tan fuerte que resista siempre a la envidia.
Cabe admirar en este punto también a Yehudá, de linaje esenio, que nunca había errado ni se había engañado en sus predicciones; el cual, al ver aquella vez a Antígono pasar por el Templo, gritó a sus conocidos —pues no eran pocos los discípulos que se sentaban junto a él—: «¡Ay! Ahora me es bueno morir, ya que se me ha muerto antes la verdad y algo de lo que predije ha resultado falso: pues vive Antígono, este que hoy debía haber muerto. El lugar señalado para su matanza era la torre de Estratón, y esta dista de aquí seiscientos estadios, y son ya cuatro las horas del día; el tiempo, pues, desmiente el vaticinio». Dicho esto, el anciano, sombrío y absorto, aguantaba; y poco después se anunció que Antígono había sido muerto en el paraje subterráneo que también él se llamaba torre de Estratón, homónimo de la Cesarea de la costa. Esto, precisamente, fue lo que había turbado al adivino.
A Aristóbulo, en cambio, al punto el arrepentimiento por el crimen le desató una enfermedad; y, con el alma siempre turbada por el pensamiento del asesinato, se consumía, hasta que, desgarradas las entrañas por la pena sin mezcla, vomitó de golpe sangre. Uno de los muchachos de su servicio, al llevarse esa sangre, por designio divino resbaló justo en el lugar donde Antígono había sido degollado y, sobre las manchas del asesinato aún visibles, derramó la sangre del que había matado. Se alzó al instante un gemido de los que lo vieron, como si el muchacho hubiera vertido allí la sangre adrede. Al oír el clamor, el rey preguntó la causa, y como nadie se atrevía a decirla, más insistía queriendo saberlo; al fin, ante sus amenazas y su violencia, le dijeron la verdad. A él se le llenaron los ojos de lágrimas y, gimiendo cuanto le permitían sus fuerzas, dijo: «No iba, pues, a ocultarse al gran ojo de Dios que yo obrara acciones impías, sino que me persigue veloz la justicia por el asesinato de un pariente. ¿Hasta cuándo, cuerpo desvergonzadísimo, retendrás el alma condenada ante mi hermano y mi madre? ¿Hasta cuándo les iré ofreciendo mi sangre a plazos? ¡Que la tomen toda de una vez, y que la divinidad no siga burlándose con estas libaciones sacadas de mis entrañas!». Dicho esto, murió al punto, tras reinar no más de un año.
Su mujer, liberando a los hermanos de aquel, puso como rey a Alejandro, que parecía aventajar por su edad y por su moderación. Este, al alcanzar el poder, mató a uno de los hermanos, que aspiraba al trono, y al que quedaba, contento con vivir sin complicaciones, lo mantuvo así. Tuvo también un encuentro con Tolomeo, apellidado Latiro, que había tomado la ciudad de Asoquis; y mató a muchos de los enemigos, pero la victoria se inclinó del lado de Tolomeo. Cuando este, perseguido por su madre Cleopatra, se retiró a Mitsraim, Alejandro tomó por asedio Gádara y Amato, que era la mayor fortaleza de las de allende el Yardén, y en ella estaban las más preciadas posesiones de Teodoro, hijo de Zenón. Pero Teodoro, atacando de improviso, se apoderó de lo suyo y del bagaje del rey, y mató hasta unos diez mil judíos. Alejandro se repuso del golpe y, volviéndose hacia la costa, tomó Gaza, Rafía y Antedón —la que después el rey Herodes llamó Agripíade—.
Cuando ya había esclavizado estas ciudades, el pueblo judío se sublevó contra él en una fiesta; pues sobre todo en sus banquetes festivos prende la discordia. Y parecía que no habría podido dominar la conjura si no le hubiera auxiliado su tropa extranjera: eran pisidios y cilicios, pues no admitía mercenarios sirios por la innata aversión de estos hacia la nación. Tras matar a más de seis mil de los rebeldes, atacó Arabia y, sometiéndola, tomó a los galaaditas y a los moabitas y, tras imponerles tributo, regresó a Amato. Como Teodoro quedó espantado ante sus éxitos, Alejandro tomó la fortaleza desierta y la arrasó. Después, al enfrentarse con Obedas, rey de los árabes, que había tendido una emboscada en la Gaulanítide, cayendo en la celada perdió todo su ejército, apiñado en un barranco profundo y aplastado por una multitud de camellos. Escapando él mismo a Yerushaláyim, la magnitud del desastre incitó a la rebelión a la nación, que de antiguo lo odiaba. También entonces se sobrepuso y, en batallas sucesivas, mató a no menos de cincuenta mil judíos en seis años; pero no se alegraba de estas victorias, que consumían su propio reino. Por eso, dejando las armas, intentó reconciliarse de palabra con sus súbditos. Pero ellos aún más odiaban su cambio y la inconstancia de su carácter; y cuando les preguntó cuál era la causa —qué podría hacer para apaciguarlos—, respondieron: «morir»; pues a duras penas se reconciliarían, ni aun muerto, con quien tanto había hecho. Al mismo tiempo llamaron a Demetrio, apellidado el Inoportuno. Este obedeció fácilmente con la esperanza de mayores ganancias y, llegando con un ejército, los judíos se unieron a sus aliados cerca de Shejem.
Alejandro recibió a unos y otros con mil jinetes y ocho mil mercenarios de a pie; estaba también con él la parte judía que le era favorable, hasta unos diez mil. De los contrarios, había tres mil jinetes y catorce mil infantes. Y antes de venir a las manos, los reyes, con proclamas, intentaban provocar deserciones en las filas del otro: Demetrio esperaba ganarse a los mercenarios de Alejandro, y Alejandro a los judíos que iban con Demetrio. Pero como ni los judíos depusieron su furor ni los griegos su fidelidad, se decidieron ya por las armas, chocando en combate. Vence en la batalla Demetrio, aunque muchos de los mercenarios de Alejandro mostraron obras de coraje y de brazo. Mas el desenlace de la contienda resultó contrario a lo esperado por ambos: pues ni permanecieron con Demetrio, vencedor, quienes lo habían llamado, y, por compasión ante el vuelco de su fortuna, se pasaron a Alejandro, refugiado en los montes, seis mil judíos. Este giro no lo soportó Demetrio, sino que, suponiendo que ya Alejandro era de nuevo capaz de combatir y que toda la nación se volvía hacia él, se retiró. Sin embargo, el resto de la multitud, tras retirarse los aliados, no depuso sus diferencias, sino que mantuvo contra Alejandro una guerra continua, hasta que, matando a muchísimos, arrojó a los demás a la ciudad de Bemeselis y, arrasándola, se llevó cautivos a Yerushaláyim. Su crueldad, por exceso de ira, llegó a la impiedad: de los prisioneros, crucificó a ochocientos en medio de la ciudad y degolló ante sus ojos a sus mujeres y a sus hijos; y esto lo contemplaba mientras bebía, recostado con sus concubinas. Tan grande fue el espanto que se apoderó del pueblo, que a la noche siguiente huyeron de toda Judea ocho mil de los del bando contrario, para quienes el término de su destierro fue la muerte de Alejandro. Con tales obras, tarde y a duras penas procuró la quietud a su reino y descansó de las armas.
De nuevo se hace principio de tumultos Antíoco, apellidado también Dioniso, hermano de Demetrio y el último de los descendientes de Seleuco. A este, temiéndolo Alejandro, cuando se disponía a marchar contra los árabes, hizo cortar con un foso profundo el espacio entre la ladera de más allá de Antipátride y los arenales de Yafo, y ante el foso levantó un muro alto y construyó torres de madera, cerrando los pasos fáciles. Mas no logró detener a Antíoco; pues este, incendiando las torres y cegando el foso, cruzó con su ejército. Y, dejando en segundo término la venganza contra el que lo había estorbado, marchó al punto contra los árabes. El rey de estos, retirándose hacia las zonas más ventajosas del país para la batalla, luego, volviendo de repente la caballería —eran diez mil en número—, cayó sobre las tropas de Antíoco en desorden. Trabada una dura batalla, mientras Antíoco vivía resistía su ejército, aunque los árabes los mataban sin freno; pero al caer él —pues siempre se exponía el primero socorriendo a los que flaqueaban—, todos ceden, y la mayor parte de ellos perece tanto en la formación como en la huida; a los restantes, refugiados en la aldea de Cana, sucedió que fueron consumidos por falta de provisiones, todos salvo unos pocos.
Por esto los damascenos, por el odio que tenían a Tolomeo hijo de Menneo, llamaron a Aretas y lo hicieron rey de Celesiria. Este marchó contra Judea, venció a Alejandro en batalla y se retiró conforme a un pacto.
Alejandro, tras tomar Pela, marchó de nuevo contra Gerasa, ávido de las posesiones de Teodoro; cercó a la guarnición con un triple recinto y tomó el lugar por asalto.
Sometió también Gaulana, Seleucia y el llamado barranco de Antíoco; además tomó Gámala, fortaleza poderosa, destituyó allí a su gobernador Demetrio, cargado de muchas acusaciones, y regresó a Judea tras cumplir tres años de campaña. El pueblo lo recibió con gozo por sus éxitos; pero el descanso de la guerra fue el comienzo de una enfermedad.
Aquejado de fiebres cuartanas, creyó que se sacudiría el mal volviendo a los asuntos. Por eso se entregó a campañas inoportunas y forzó su cuerpo más allá de sus fuerzas hacia la acción, y así se agotó. Murió, pues, en medio de aquellos afanes, tras reinar veintisiete años.
Dejó el reino a su mujer Alejandra, convencido de que a ella sobre todo obedecerían los judíos, ya que, muy lejos de su crueldad y opuesta a sus desafueros, se había ganado el afecto del pueblo.
Y no se engañó en su esperanza: aquella mujer se mantuvo en el poder por su fama de piedad, pues observaba con el mayor rigor las tradiciones patrias de la Torá y apartaba de los cargos, desde un principio, a quienes faltaban a las leyes sagradas.
Tenía dos hijos de Alejandro. Al mayor, Hircano, lo nombró sumo sacerdote, tanto por su edad como porque era demasiado indolente para inquietarse por el gobierno; al menor, Aristóbulo, por su carácter ardiente, lo mantuvo como simple particular.
Junto a su poder crecieron los fariseos, una agrupación de judíos que pasaba por más piadosa que las demás y por interpretar las leyes con mayor exactitud.
A estos les prestaba Alejandra una atención extraordinaria, pues era muy escrupulosa con lo divino. Ellos, aprovechándose poco a poco de la simplicidad de la mujer, llegaron a ser los administradores de todo: desterraban y hacían volver a quienes querían, soltaban y encadenaban. En suma, los goces del reino eran de ellos, y los gastos y las molestias, de Alejandra.
Era ella hábil para los grandes asuntos: reuniendo tropas sin cesar, duplicó el ejército y juntó no pocos mercenarios, de modo que no solo reforzó a su propio pueblo, sino que se hizo temible también para los soberanos de fuera. Pero, si ella dominaba a los demás, los fariseos la dominaban a ella.
Así, a un tal Diógenes, hombre notable que había sido amigo de Alejandro, lo mataron acusándolo de haber sido el consejero de la crucifixión de los ochocientos por el rey. E incitaban a Alejandra a que hiciera perecer también a los demás que habían soliviantado a Alejandro contra aquellos; y como ella cedía por superstición, iban matando a quienes querían.
Los más señalados de los amenazados se refugiaron junto a Aristóbulo, y él persuadió a su madre a que, por la dignidad de aquellos hombres, los perdonara, pero que los expulsara de la ciudad si no los tenía por inocentes. Concedida la impunidad, se dispersaron por el país.
Alejandra envió un ejército contra Damasco —el pretexto era que Tolomeo oprimía sin cesar a la ciudad—, pero lo recuperó sin haber logrado nada digno de mención.
A Tigranes, rey de los armenios, que estaba acampado ante Ptolemaida y sitiaba a Cleopatra, lo ganó con pactos y regalos. Pero él se retiró antes por los disturbios de su reino, pues Lúculo había invadido Armenia.
En esto, estando Alejandra enferma, el menor de sus hijos, Aristóbulo, aprovechó la ocasión: con sus servidores —tenía muchos y todos adictos por su ardor— se apoderó de todas las fortalezas y, con el dinero de ellas, reunió mercenarios y se proclamó rey.
Ante los lamentos de Hircano, su madre se compadeció y encerró en la Antonia a la mujer y a los hijos de Aristóbulo. Era esta una fortaleza pegada al lado norte del Templo, antiguamente llamada, como dije, Baris, y que después recibió este nombre cuando dominaba Antonio, así como de Augusto y de Agripa recibieron su nombre las ciudades de Sebaste y Agripíade.
Pero, antes de que Alejandra pudiera castigar a Aristóbulo por el derrocamiento de su hermano, murió, tras haber gobernado el reino nueve años.
Heredero de todo era Hircano, a quien en vida ella había confiado el reino; pero en poder y en ánimo lo aventajaba Aristóbulo. Trabada entre ellos una batalla decisiva junto a Yerijó, muchos abandonaron a Hircano y se pasaron a Aristóbulo.
Este, con los que permanecieron con él, se refugió a tiempo en la Antonia y se hizo dueño de los rehenes que garantizaban su salvación: eran la mujer de Aristóbulo y sus hijos. Con todo, antes de llegar a un mal irreparable, se reconciliaron: Aristóbulo reinaría, e Hircano, apartándose, gozaría del resto de los honores como hermano del rey.
Reconciliados sobre estas bases en el Templo, y rodeados por el pueblo, se saludaron cordialmente y cambiaron de casas: Aristóbulo se fue al palacio real, e Hircano se retiró a la casa de Aristóbulo.
El temor se apoderó de los demás adversarios de Aristóbulo, que contra toda esperanza había vencido, y sobre todo de Antípatro, odiado por él de antiguo. Era este de linaje idumeo y, por sus antepasados, su riqueza y su demás poder, ocupaba el primer puesto de la nación.
Este iba persuadiendo a la vez a Hircano, que se había refugiado junto a Aretas, rey de Arabia, para que recobrara el reino, y a Aretas para que acogiera a Hircano y lo restituyera al poder; denigraba mucho el carácter de Aristóbulo, alababa mucho a Hircano y le aconsejaba acogerlo, diciendo que convenía que quien presidía un reino tan brillante tendiera la mano al agraviado, y que agraviado estaba Hircano, privado del poder que le correspondía por derecho de primogenitura.
Tras preparar de antemano a ambos, tomó de noche a Hircano, huyó de la ciudad y, en veloz fuga, se puso a salvo en la llamada Petra, que es la capital de Arabia.
Allí entregó a Hircano a Aretas y, con muchas palabras y muchos regalos, lo persuadió a darle una fuerza que lo restituyera. Era esta de cincuenta mil entre infantes y jinetes, a la que Aristóbulo no resistió, sino que, derrotado en el primer choque, fue empujado hasta Yerushaláyim.
Y habría sido tomado por la fuerza si Escauro, general de los romanos, no hubiera aparecido en aquel momento y levantado el asedio. Este había sido enviado a Siria desde Armenia por Pompeyo Magno, que guerreaba contra Tigranes; y, llegado a Damasco, recién tomada por Metelo y Lolio, tras relevar a estos, cuando supo lo que pasaba en Judea, acudió como a un golpe de fortuna.
Apenas entró en el país, llegaron enseguida embajadores de ambos hermanos, cada uno pidiéndole ayuda. Pero los trescientos talentos de Aristóbulo pesaron más que la justicia, pues Escauro, recibida tal suma, envió heraldos a Hircano y a los árabes amenazándolos con los romanos y con Pompeyo si no levantaban el asedio.
Aretas, aterrado, se retiró de Judea a Filadelfia, y Escauro de nuevo a Damasco.
A Aristóbulo no le bastó no haber sido tomado, sino que, reuniendo todo su ejército, persiguió a los enemigos y, trabando batalla junto al llamado Papirón, mató a más de seis mil, entre ellos a Falión, el hermano de Antípatro.
Hircano y Antípatro, privados de los árabes, trasladaron su esperanza a los adversarios; y cuando Pompeyo, recorriendo Siria, llegó a Damasco, se refugiaron junto a él y, sin regalos, valiéndose de los mismos alegatos de justicia que ante Aretas, le suplicaban que odiara la violencia de Aristóbulo y restituyera al reino a quien le correspondía por carácter y por edad.
Tampoco Aristóbulo se quedó atrás: confiado en la venalidad de Escauro, se presentó él mismo ataviado con la mayor pompa regia. Pero, desdeñando las servidumbres y no soportando servir a las necesidades de manera más baja que su rango, se apartó de Diospolis.
Indignado por esto Pompeyo, y a instancias de los partidarios de Hircano que le suplicaban, marchó contra Aristóbulo, tomando la fuerza romana y muchos aliados de Siria.
Cuando, dejando atrás Pela y Escitópolis, llegó a Coreas —donde comienza el territorio de los judíos para quien sube por el interior—, al oír que Aristóbulo se había refugiado en Alejandrión, una fortaleza de las más magníficamente equipadas, situada sobre un monte elevado, le envió orden de bajar.
Él tenía el impulso, ante una orden dada con tono demasiado señorial, de arriesgarlo todo antes que obedecer; pero veía al pueblo aterrado, y sus amigos le aconsejaban considerar que la fuerza de los romanos era irresistible. Persuadido por ellos, bajó ante Pompeyo y, tras alegar mucho sobre la justicia de su gobierno, volvió a la fortaleza.
De nuevo, provocado por su hermano, bajó y, tras discutir sobre sus derechos, se marchó sin que Pompeyo se lo impidiera. Estaba entre la esperanza y el temor: bajaba como para persuadir a Pompeyo de que le confiara todo, y volvía a subir a la ciudadela para no dar la impresión de rendirse de antemano.
Cuando, sin embargo, Pompeyo le ordenó abandonar las fortalezas y, como los jefes de las guarniciones tenían orden de obedecer solo a las cartas de su puño y letra, lo obligó a escribir a cada uno que se retirara, hizo lo mandado; pero, indignado, se retiró a Yerushaláyim y se preparó para guerrear contra Pompeyo.
Este, que no dio tiempo a los preparativos, lo siguió enseguida, y avivó su ímpetu la noticia de la muerte de Mitrídates, que le llegó junto a Yerijó, donde está lo más fértil de Judea, que cría abundante palmera y bálsamo. Cortan sus troncos con piedras afiladas y recogen por las incisiones lo que rezuma.
Tras acampar una tarde en aquel lugar, al amanecer se lanzó hacia Yerushaláyim. Espantado por el ataque, Aristóbulo salió a su encuentro como suplicante y, con la promesa de dinero y entregándole la ciudad y a sí mismo, aplacó a Pompeyo, que estaba irritado.
Pero nada de lo convenido se cumplió, pues los partidarios de Aristóbulo no recibieron ni siquiera en la ciudad a Gabinio, enviado para hacerse cargo del dinero.
Indignado por esto, Pompeyo puso a Aristóbulo bajo custodia y, acercándose a la ciudad, examinaba por dónde debía atacar; veía la solidez de los muros, difícil de manejar, el temible barranco que había ante ellos y el Templo, dentro del barranco, fortificado con la mayor firmeza, de modo que, aun tomada la ciudad, sería para los enemigos un segundo refugio.
Mientras dudaba largo tiempo, estalló una discordia entre los de dentro: los partidarios de Aristóbulo pedían guerrear y liberar al rey; los de Hircano, abrir las puertas a Pompeyo. A estos los engrosaba el miedo, con la vista puesta en el buen orden de los romanos.
Vencido, el bando de Aristóbulo se retiró al Templo y, cortando el puente que lo unía a la ciudad, se disponía a resistir hasta el extremo. Como los otros recibían a los romanos en la ciudad y les entregaban el palacio real, Pompeyo envió allí a uno de sus generales, Pisón, con tropas.
Este, distribuyendo guarniciones por la ciudad, como no lograba persuadir con palabras a ninguno de los refugiados en el Templo a rendirse, preparaba los alrededores para los asaltos, contando con los partidarios de Hircano, prontos tanto para los planes como para los servicios.
Él mismo, por el lado norte, iba rellenando el foso y todo el barranco, mientras el ejército acarreaba materiales. Era difícil colmarlo por su inmensa profundidad y porque los judíos lo estorbaban de todos modos desde arriba.
Y el esfuerzo habría quedado inacabado para los romanos si Pompeyo, vigilando los sábados —en los que los judíos, por su culto, se abstienen de toda obra—, no hubiera hecho subir el terraplén reteniendo a los soldados del combate cuerpo a cuerpo, pues en sábado los judíos solo se defienden por su propia vida.
Ya colmado el barranco, levantó altas torres sobre el terraplén y, acercando las máquinas traídas de Tiro, atacaba el muro; las catapultas de piedra rechazaban a los que estorbaban desde arriba. Pero resistían más tiempo las torres de aquella parte, que sobresalían en tamaño y belleza.
Allí, mientras muchos de los romanos sufrían, Pompeyo admiraba, entre otras cosas, la firmeza de los judíos y, sobre todo, que no interrumpieran en nada su culto en medio de los proyectiles; pues, como si una paz profunda dominara la ciudad, los sacrificios de cada día, las ofrendas y todo el servicio se cumplían con exactitud para Dios, y ni siquiera durante la misma toma, degollados junto al altar, abandonaron los ritos diarios prescritos para el culto.
Al tercer mes del asedio, apenas derribada una de las torres, irrumpieron en el Templo. El primero que se atrevió a franquear el muro fue Fausto Cornelio, hijo de Sila, y tras él dos centuriones, Furio y Fabio. A cada uno seguía su propia tropa y, rodeando el Templo por todas partes, mataban a unos que se refugiaban en el santuario y a otros que se defendían un instante.
Allí muchos de los sacerdotes, viendo venir a los enemigos con las espadas desnudas, permanecieron sin turbarse en su culto: fueron degollados mientras hacían libaciones y quemaban incienso, poniendo el servicio de lo divino por encima de su propia salvación. La mayoría fueron muertos por sus compatriotas del bando contrario, y muchos se arrojaron por los precipicios; algunos, enloquecidos por la desesperación, prendieron fuego a lo que rodeaba el muro y se abrasaron con él.
De los judíos perecieron doce mil; de los romanos, muy pocos muertos, aunque hubo bastantes heridos.
Nada, en aquellas desgracias, hirió tanto a la nación como que lo sagrado, hasta entonces invisible, quedara al descubierto ante los extranjeros. En efecto, Pompeyo, entrando con los suyos en el santuario, donde solo al sumo sacerdote le era lícito pasar, contempló lo de dentro: el candelabro y las lámparas, la mesa, los vasos de libación y los incensarios, todo de oro macizo, además de una gran cantidad de aromas amontonados y del tesoro sagrado, por valor de dos mil talentos.
Pero ni de esto ni de ningún otro objeto sagrado tocó nada; es más, al día siguiente de la toma ordenó a los guardianes del Templo que lo purificaran y cumplieran los sacrificios acostumbrados. Repuso de nuevo a Hircano como sumo sacerdote, tanto porque se había mostrado sumamente diligente durante el asedio como porque había apartado a la multitud del campo, dispuesta a combatir junto a Aristóbulo; con ello —lo que convenía a un buen general— se ganó al pueblo más por afecto que por miedo.
Entre los cautivos fue apresado también el suegro de Aristóbulo, que era además su tío. A los más culpables de la guerra los castigó con el hacha; a Fausto y a los que con él habían combatido valerosamente los premió con brillantes recompensas al valor, e impuso un tributo al país y a Yerushaláyim.
Quitó también a la nación las ciudades de Celesiria que habían conquistado y las sometió al general romano allí destinado, encerrando a los judíos dentro de sus solos límites propios. Reconstruyó Gádara, arrasada por los judíos, para complacer a Demetrio de Gádara, uno de sus propios libertos.
Liberó de ellos también las ciudades del interior que no habían alcanzado a arrasar: Hipos, Escitópolis, Pela, Shomrón, Yavne, Marisa, Ashdod y Aretusa; e igualmente las costeras: Gaza, Yafo, Dora y la que antaño se llamaba Torre de Estratón, después reedificada por el rey Herodes con espléndidas construcciones y renombrada Cesarea.
Todas estas, devueltas a sus ciudadanos legítimos, las incorporó a la provincia de Siria. Confiando esta, junto con Judea y las tierras hasta Mitsraim y el Éufrates, a Escauro, con dos de las legiones, para que las gobernara, él mismo se dirigió a Roma por Cilicia, llevando cautivo a Aristóbulo con su familia.
Tenía este dos hijas y dos hijos; de estos, uno, Alejandro, huyó por el camino, mientras que el menor, Antígono, era llevado a Roma con sus hermanas.
En esto, Escauro, invadiendo Arabia, se vio detenido ante Petra por lo escarpado del terreno, pero devastaba los alrededores, aunque también aquí lo pasaba mal, pues el ejército padecía hambre. A esto acudía Hircano en su ayuda, enviándole víveres por medio de Antípatro. A este, que era íntimo de Aretas, lo envió Escauro para que resolviera la guerra a cambio de dinero. El árabe se dejó persuadir a dar trescientos talentos, y con ello Escauro retiró el ejército de Arabia.
Alejandro, el hijo de Aristóbulo que había huido de Pompeyo, con el tiempo reunió una fuerza considerable y era una carga pesada para Hircano, y recorría Judea saqueándola; parecía que pronto lo derribaría, pues ya se atrevía incluso a acercarse para reconstruir el muro de Yerushaláyim derribado por Pompeyo, de no ser porque Gabinio, enviado a Siria como sucesor de Escauro, se mostró esforzado en muchas cosas y marchó contra Alejandro.
Este, temeroso ante el ataque, reunió más fuerzas, hasta llegar a diez mil hoplitas y mil quinientos jinetes, y fortificaba las plazas convenientes: Alejandrión, Hircanión y Maqueronte, junto a los montes de Arabia.
Gabinio, enviando por delante a Marco Antonio con parte del ejército, lo seguía él mismo con toda la fuerza. Los selectos de Antípatro y el resto de la tropa de los judíos, mandados por Málico y Pitolao, uniéndose a los oficiales de Marco Antonio, salieron al encuentro de Alejandro. Y al poco llegó, con la falange, Gabinio.
Alejandro, no aguantando la fuerza enemiga ya unida, se retiró; y, llegado ya cerca de Yerushaláyim, se vio forzado a combatir y, tras perder en la batalla a seis mil —tres mil caídos y tres mil apresados—, huyó con los restantes a Alejandrión.
Gabinio, llegado a Alejandrión, como encontró a muchos acampados, intentó ganarlos antes de la batalla con la promesa de perdón por sus faltas; pero, como no mostraban ningún sentimiento moderado, mató a muchos y encerró al resto en la fortaleza.
En esta batalla se distinguió el oficial Marco Antonio, que siempre se mostró valiente en todas partes, pero en ninguna tanto. Gabinio, dejando a quienes tomarían la fortaleza, avanzó él mismo, restableciendo las ciudades no arrasadas y reconstruyendo las destruidas.
Así, por orden suya, fueron repobladas Escitópolis, Shomrón, Antedón, Apolonia, Yavne, Rafia, Marisa, Adóreo, Gábala, Ashdod y otras muchas, acudiendo con gusto los habitantes a cada una.
Después de atender a estas cosas, volvió a Alejandrión y reforzó el asedio, de modo que Alejandro, desesperando de todo, le envió heraldos pidiendo perdón por sus faltas y entregándole las fortalezas capturadas, Hircanión y Maqueronte; y luego puso también Alejandrión en sus manos.
Todas ellas las arrasó Gabinio, por instigación de la madre de Alejandro, para que no volvieran a ser base de una segunda guerra. Estaba ella allí ablandando a Gabinio por miedo por los cautivos que había en Roma, su marido y sus demás hijos.
Después de esto, Gabinio condujo a Hircano a Yerushaláyim y le confió el cuidado del Templo, mientras organizaba el resto del régimen bajo la dirección de los principales.
Dividió toda la nación en cinco distritos: uno lo asignó a Yerushaláyim, otro a Gádara, otros que tributaran a Amatunte, el cuarto correspondió por sorteo a Yerijó, y para el quinto se designó Séforis, ciudad de Galilea. Libres con gusto del dominio de uno solo, en adelante se gobernaron por una aristocracia.
Mas no mucho después les surgió un principio de disturbios: Aristóbulo, huido de Roma, que de nuevo sublevó a muchos judíos, unos deseosos de cambio, otros que lo apreciaban de antiguo. Al principio se apoderó de Alejandrión e intentaba reconstruir sus muros; pero, cuando Gabinio envió contra él un ejército al mando de Sisena, Antonio y Serviano, al saberlo se retiró hacia Maqueronte.
Se deshizo de la multitud inútil y llevó consigo solo a los armados, unos ocho mil, entre los cuales estaba también Pitolao, el subcomandante de Yerushaláyim, que había desertado con mil. Los romanos los siguieron y, trabada la batalla, durante mucho tiempo los de Aristóbulo aguantaron combatiendo con bravura, pero al fin, forzados por los romanos, cayeron cinco mil, unos dos mil huyeron a una colina y los mil restantes, con Aristóbulo, tras romper la falange de los romanos, se refugiaron en Maqueronte.
Allí, la primera tarde, el rey acampó entre las ruinas y abrigaba la esperanza de reunir otro ejército si la guerra le daba respiro, y fortificaba malamente la fortaleza; pero, al caer sobre él los romanos, tras resistir dos días por encima de sus fuerzas, fue apresado. Con Antígono, su hijo, que había huido con él de Roma, fue llevado prisionero ante Gabinio, y de Gabinio de nuevo a Roma.
A este el senado lo encarceló, pero a sus hijos los envió a Judea, pues Gabinio había declarado por cartas a la mujer de Aristóbulo que así se lo había prometido a cambio de la entrega de las fortalezas.
A Gabinio, dispuesto a hacer campaña contra los partos, le salió al paso un impedimento: Tolomeo. Este, volviendo del Éufrates, lo hizo bajar a Mitsraim, sirviéndose para todo en la campaña de Hircano y Antípatro, pues Antípatro le procuraba dinero, armas, trigo y auxiliares, y persuadió a los judíos que allí guardaban los pasos de Pelusio a que dejaran pasar a Gabinio.
Pero, alborotada el resto de Siria por la marcha de Gabinio, de nuevo Alejandro, el hijo de Aristóbulo, hizo sublevarse a los judíos y, reuniendo una fuerza enorme, se lanzó a exterminar a todos los romanos que había en el país.
Temeroso de esto Gabinio —que ya estaba de vuelta de Mitsraim, apremiado por aquellos disturbios—, enviando por delante a Antípatro convenció a algunos de los sublevados; pero treinta mil permanecieron con Alejandro, y este estaba resuelto a guerrear. Así salió a la batalla. Los judíos le salieron al encuentro y, trabado el combate junto al monte Tabor, diez mil fueron muertos, y el resto de la multitud se dispersó en fuga.
Gabinio, llegado a Yerushaláyim, organizó el régimen conforme a la voluntad de Antípatro. Partiendo de allí, venció en batalla a los nabateos y, a Mitrídates y Orsanes, fugitivos de los partos, los despidió en secreto, aunque ante los soldados decía que se habían escapado.
En esto, Craso llegó como su sucesor y se hizo cargo de Siria. Este, para la campaña contra los partos, se llevó todo el oro del Templo de Yerushaláyim y arrebató los dos mil talentos de los que Pompeyo se había abstenido. Cruzado el Éufrates, pereció él mismo y su ejército; pero de esto no es ahora el momento de hablar.
A los partos, que después de Craso se disponían a pasar a Siria, los contuvo Casio, que se había refugiado en la provincia. Tras asegurarla, se dirigió contra los judíos y, tomando Taríquea, redujo a la esclavitud a unos treinta mil judíos; mató también a Pitolao, que reunía a los sediciosos de Aristóbulo. Consejero de esta muerte fue Antípatro.
Este, casado con una mujer de las notables de Arabia, llamada Cipros, tuvo cuatro hijos: Fasael, y el que luego fue rey, Herodes; además de ellos, Yosef y Feroras, y una hija, Salomé. Emparentado por amistades y hospitalidades con los poderosos de todas partes, se ganó sobre todo al rey de los árabes por el matrimonio; y cuando emprendió la guerra contra Aristóbulo, envió a aquel sus hijos en depósito.
Casio, tras forzar a Alejandro por un pacto a estarse quieto, se volvió al Éufrates para impedir el paso de los partos, de lo cual hablaremos en otro lugar.
César, huidos Pompeyo y el senado más allá del Jónico desde Roma, y dueño ya de todo, soltó de sus cadenas a Aristóbulo y, entregándole dos legiones, lo envió a toda prisa a Siria, esperando ganar fácilmente por medio de él tanto esta como los asuntos de Judea.
Pero la envidia se adelantó al ardor de Aristóbulo y a las esperanzas de César: muerto con veneno por los partidarios de Pompeyo, durante mucho tiempo ni siquiera tuvo sepultura en su tierra patria, sino que su cadáver yació conservado en miel, hasta que Antonio lo envió a los judíos para ser enterrado en los sepulcros reales.
Fue muerto también su hijo Alejandro, con el hacha, por Escipión en Antioquía, por orden escrita de Pompeyo y tras una acusación ante el tribunal por los daños que había causado a los romanos. A sus hermanos los recibió Tolomeo hijo de Menneo, que dominaba Cálcide del Líbano, y envió contra ellos a su hijo Filipión, a Ascalón.
Este arrancó de la mujer de Aristóbulo a Antígono y a sus hermanas y los llevó ante su padre. Prendado de amor, se casó con una de ellas y después fue muerto por su padre a causa de ella, pues Tolomeo se casó con Alejandra tras matar a su hijo; y, por ese matrimonio, se mostró más solícito con los hermanos.
Antípatro, tras la muerte de Pompeyo, se pasó al servicio de César. Y cuando Mitrídates de Pérgamo, con la fuerza que llevaba a Mitsraim, se vio detenido en Ascalón, impedido en los pasos de Pelusio, persuadió a los árabes —de quienes era huésped— a socorrerlo, y él mismo acudió llevando unos tres mil hoplitas judíos.
Incitó también a los poderosos de Siria a acudir en ayuda: al colono del Líbano, Tolomeo, y a Yámblico, gracias a los cuales las ciudades de allí se unieron de buen grado a la guerra.
Y ya, cobrando ánimo Mitrídates por la fuerza que le sobrevino gracias a Antípatro, avanzó hacia Pelusio y, al impedírsele el paso, sitió la ciudad. También en el asalto se hizo notabilísimo Antípatro, pues, rompiendo la parte del muro que le tocaba, fue el primero en irrumpir en la ciudad con los suyos.
Y Pelusio fue tomado. Pero, al avanzar más, lo estorbaron de nuevo los que ocupaban la comarca llamada de Onías, que eran judíos egipcios. A estos, Antípatro no solo los persuadió a no estorbar, sino también a proveer víveres al ejército; por lo cual tampoco los de Menfis llegaron ya a las manos, sino que se sumaron voluntariamente a Mitrídates.
Aquel, rodeando ya el Delta, trabó combate con el resto de los egipcios en un lugar que se llama Campamento de los Judíos. Y cuando corría peligro en la formación, con toda el ala derecha, lo salvó Antípatro, que rodeó por la orilla del río.
Pues él había vencido a los que tenía enfrente, mandando el ala izquierda; luego, cayendo sobre los que perseguían a Mitrídates, mató a muchos y persiguió a los que quedaban hasta tal punto que tomó incluso su campamento. Solo perdió ochenta de los suyos, mientras que Mitrídates, en la derrota, perdió unos ochocientos. Salvado él mismo contra toda esperanza, se convirtió en testigo sin envidia ante César de los éxitos de Antípatro.
César, por entonces, con elogios y esperanzas alentó al hombre a nuevos peligros por él, en todos los cuales se mostró combatiente arriesgadísimo y, herido muchas veces por casi todo el cuerpo, llevaba las señales de su valor.
Más tarde, arreglados los asuntos de Mitsraim, cuando volvió a Siria, lo obsequió con la ciudadanía romana y con la exención de tributos, y con los demás honores y muestras de afecto lo hizo envidiable, y por él confirmó también a Hircano en el sumo sacerdocio.
Por ese mismo tiempo, también Antígono, el hijo de Aristóbulo, presentándose ante César, resultó, contra toda expectativa, causa de mayor promoción para Antípatro. Pues, debiendo lamentarse por su padre —que parecía haber sido envenenado a causa de sus diferencias con Pompeyo— y reprochar la crueldad de Escipión con su hermano, sin mezclar en su súplica ninguna pasión envidiosa, en cambio se adelantó a acusar a Hircano y a Antípatro, diciendo que del modo más ilegal lo habían expulsado, a él y a sus hermanos, de toda la tierra patria; que ellos mismos ultrajaban mucho a la nación por su hartazgo; y que la ayuda enviada a Mitsraim no se la habían mandado por afecto hacia César, sino por miedo a sus antiguas diferencias y para librarse de la sospecha de su amistad con Pompeyo.
Ante esto, Antípatro, arrojando su vestido, mostró la cantidad de sus heridas, y dijo que sobre su afecto a César no le hacía falta hablar, pues su cuerpo gritaba aunque él callara; pero que se admiraba de la audacia de Antígono, que, siendo hijo de un enemigo de los romanos y de un fugitivo de los romanos, y teniendo por herencia paterna el ser revolucionario y sedicioso, se hubiera atrevido a acusar a otros ante el gobernador de los romanos e intentara conseguir algún favor, cuando debería contentarse con estar vivo; que, en efecto, ahora aspiraba al poder no tanto por necesidad, cuanto para, una vez introducido, sublevar a los judíos y valerse de los recursos contra quienes se los dieron.
Oído esto, César declaró a Hircano más digno del sumo sacerdocio y dio a Antípatro a elegir su cargo. Este, dejando la medida del honor en manos de quien lo honraba, fue nombrado procurador de toda Judea, y obtuvo además reconstruir los muros de su patria, que habían sido derribados.
Estos honores mandó César grabarlos en el Capitolio, como señal de su propia justicia y del valor futuro de aquel hombre.
Antípatro, tras escoltar a César fuera de Siria, regresó a Judea. Y lo primero, reedificó el muro de su patria, derribado por Pompeyo, y, recorriendo el país, sofocaba los disturbios, siendo a la vez amenazador y consejero de cada uno: que quienes fueran partidarios de Hircano vivirían en la prosperidad y en calma, disfrutando de sus propios bienes y de la paz común; pero que, si se dejaban llevar por las frías esperanzas de quienes querían provocar cambios en su propio provecho, lo experimentarían a él como amo en vez de protector, a Hircano como tirano en vez de rey, y a los romanos y a César como enemigos en vez de gobernantes y amigos; pues no tolerarían que fuera apartado del poder aquel a quien ellos mismos habían establecido.
Y, al par que decía esto, iba por sí mismo organizando el país, viendo a Hircano indolente y demasiado flojo para reinar. A Fasael, el mayor de sus hijos, lo nombró gobernador de Yerushaláyim y de los alrededores; y al que le seguía, Herodes, con iguales atribuciones, lo envió a Galilea, siendo muy joven.
Este, activo por naturaleza, encontró enseguida materia para su ambición. Sorprendiendo, pues, a Ezequías, el jefe de bandidos, que con una enorme cuadrilla asolaba las regiones limítrofes con Siria, lo apresó y lo mató, junto con muchos de los bandidos.
Esto lo consideraba sobre todo grato a los sirios; así, era celebrado por las aldeas y las ciudades Herodes, como quien les había devuelto la paz y sus posesiones. Por ello se hizo también conocido de Sexto César, pariente del gran César y gobernador de Siria.
Frente al buen renombre de su hermano, también Fasael rivalizaba con la buena emulación, haciendo más adictos a los de Yerushaláyim, teniendo por sí mismo la ciudad y sin ultrajar en nada groseramente su autoridad.
De ahí que Antípatro recibiera de la nación un trato regio y honores de parte de todos, como a señor de todo; pero él en nada mudó su afecto ni su fidelidad a Hircano.
Es imposible escapar a la envidia en la prosperidad. Hircano ya de por sí, en secreto, se corroía ante la gloria de los jóvenes, y sobre todo le dolían los éxitos de Herodes y los mensajeros que, uno tras otro, acudían corriendo con la buena fama de cada uno; y muchos de los envidiosos del palacio lo irritaban, aquellos a quienes molestaba la sensatez de los hijos o la de Antípatro, diciendo que, tras haber cedido el gobierno a Antípatro y a sus hijos, se quedaba sentado con el solo nombre de rey, vacío de poder. ¿Y hasta cuándo seguiría engañándose a sí mismo, criando reyes contra su propia persona? Pues ya ni siquiera fingían actuar como administradores, sino que eran señores manifiestos que lo habían apartado, si es que Herodes había ejecutado a tantos hombres —contra la ley de los judíos— sin que él diera orden alguna ni escribiera nada; y a ese hombre, si no es rey sino todavía un particular, había que llevarlo a juicio para que rindiera cuentas ante él y ante las leyes patrias, que no permiten matar a nadie sin proceso.
Con esto se fue encendiendo Hircano poco a poco y, estallando al fin en cólera, citó a Herodes para juzgarlo. Este, tanto porque su padre se lo aconsejaba como porque la situación le daba libertad, subió, tras asegurar antes Galilea con guarniciones. Fue con una tropa poderosa, para no dar la impresión de querer derrocar a Hircano llevando una fuerza demasiado vistosa, ni caer indefenso en manos de la envidia.
Sexto César, temiendo por el joven —no fuera que, quedando en poder de sus enemigos, sufriera algún daño—, envió a Hircano mensajeros para ordenarle expresamente que absolviera a Herodes del juicio por homicidio. Y él, que por lo demás ya estaba dispuesto a ello, pues amaba a Herodes, lo absolvió.
Y Herodes, creyendo haber escapado contra la voluntad del rey, se retiró a Damasco, junto a Sexto, resuelto a no volver a comparecer si lo llamaban. De nuevo los malvados azuzaron a Hircano, diciéndole que Herodes se había marchado con rencor y que se preparaba contra él; y el rey, dándoles crédito, no sabía qué hacer, al ver que la discordia era cada vez mayor. Y cuando Sexto César lo nombró gobernador militar de Celesiria y de Shomrón, y Herodes se hizo temible no solo por el afecto que le tenía el pueblo, sino también por su poder, Hircano cayó en un miedo extremo, esperando que en cualquier momento marchara contra él con un ejército.
Y no se equivocó en su presentimiento; pues Herodes, irritado por la amenaza del juicio, reunió un ejército y lo condujo contra Yerushaláyim para derrocar a Hircano. Y lo habría hecho antes, de no haber salido a su encuentro su padre y su hermano, que quebraron su ímpetu rogándole que midiera su venganza con la sola amenaza y el gesto intimidatorio, y que perdonara al rey bajo el cual había llegado a tanto poder; y que, si por haber sido citado a juicio estaba irritado, debía más bien dar gracias por la absolución, y no responder con hostilidad ni mostrarse ingrato por su salvación. Y si acaso había que tener en cuenta que también los vaivenes de la guerra los arbitra Dios, la injusticia de la campaña pesaba más. Por eso no debía confiar del todo en la victoria, cuando iba a enfrentarse a un rey, además compañero de crianza y muchas veces benefactor, jamás cruel salvo en la medida en que, dejándose llevar por malos consejeros, había proyectado sobre él la sombra de una injusticia. Herodes se dejó persuadir por estas razones, considerando que, para sus aspiraciones, bastaba con haber mostrado su fuerza al pueblo.
Por ese tiempo se produjo entre los romanos, en torno a Apamea, una revuelta y una guerra civil: Cecilio Baso, por su afecto a Pompeyo, asesinó a traición a Sexto César y se apoderó de sus tropas, mientras los demás generales de César se congregaban con un ejército para vengar el crimen. A estos —amigos ambos, tanto del César muerto como del que aún vivía— envió Antípatro, por medio de sus hijos, un cuerpo de auxilio. Y como la guerra se prolongaba, llegó de Italia Murco como sucesor de Sexto.
Por ese mismo tiempo estalló entre los romanos la gran guerra, cuando Casio y Bruto mataron a traición a César, que había ejercido el poder tres años y siete meses. Como el crimen provocara una conmoción enorme y los poderosos se dividieran en bandos, cada uno marchó, con sus propias esperanzas, hacia lo que juzgaba conveniente; y así también Casio a Siria, para hacerse con las fuerzas de la región de Apamea. Allí, tras reconciliar a Murco con Baso y a las legiones enfrentadas, libera a Apamea del asedio y, poniéndose él mismo al frente del ejército, recorrió las ciudades cobrando tributos y haciendo exacciones por encima de sus posibilidades.
Ordenado también a los judíos aportar setecientos talentos, Antípatro, temiendo la amenaza de Casio, repartió entre sus hijos el cobro del dinero, y también entre algunos otros de sus allegados, con toda rapidez; entre ellos, a un tal Málico, que estaba enemistado con él: tal era la urgencia que lo apremiaba. El primero en apaciguar a Casio fue Herodes, que trajo su parte desde Galilea —cien talentos— y por ello quedó entre sus mayores amigos. A los demás, en cambio, los reprochó por su lentitud, y descargó su cólera contra las ciudades mismas. Así, tras reducir a esclavitud a Gofna, a Emaús y a otras dos de las más humildes, iba dispuesto incluso a matar a Málico, porque no se había apresurado a cobrar; pero Antípatro impidió la ruina de este y la de las demás ciudades, aplacando prontamente a Casio con cien talentos.
Sin embargo, Málico, una vez que Casio se hubo retirado, no guardó memoria del favor recibido de Antípatro, sino que urdió una conjura contra quien tantas veces lo había salvado, apresurándose a eliminar al que estorbaba sus injusticias. Antípatro, temiendo la fuerza y la astucia del hombre, cruzó el Yardén para reunir un ejército con que defenderse de la conjura. Descubierto, Málico se impuso a los hijos de Antípatro por pura desvergüenza; pues, tras embaucar con muchas excusas y juramentos a Fasael, guardián de Yerushaláyim, y a Herodes, a quien se habían confiado las armas, los persuadió de que mediaran en su favor ante el padre. De nuevo, pues, lo salvó Antípatro, que convenció a Murco —entonces gobernador de Siria—, el cual estaba resuelto a matar a Málico por sus intrigas.
Al formarse la guerra contra Casio y Bruto en favor del joven César y de Antonio, Casio y Murco reunieron un ejército de Siria; y como Herodes pareciera de gran ayuda para sus necesidades, lo nombraron por entonces intendente de toda Siria, dándole tropas de infantería y de caballería, y, disuelta la guerra, Casio prometió designarlo además rey de Judea. Pero sucedió que la fuerza del hijo y aquella esperanza fueron causa de la perdición de Antípatro; pues Málico, temeroso de todo ello, sobornó con dinero a uno de los coperos del rey para que diera veneno a Antípatro. Y él, convertido en víctima de la iniquidad de Málico, murió después del banquete: hombre por lo demás enérgico en la conducción de los asuntos, que había recuperado el poder para Hircano y se lo había conservado.
Málico, ante la multitud irritada por la sospecha del envenenamiento, lo negó y logró persuadirla, y se hizo más poderoso reuniendo hombres de armas; pues suponía que Herodes no se quedaría quieto, como en efecto ocurrió: al punto se presentó al frente de un ejército para vengar a su padre. Pero como Fasael, su hermano, le aconsejara no perseguir al hombre abiertamente —pues el pueblo se amotinaría—, por entonces admitió las excusas de Málico y accedió a absolverlo de la sospecha, y celebró un espléndido cortejo fúnebre por su padre.
Dirigiéndose luego a Shomrón, alterada por la sedición, pacificó la ciudad; y después, con motivo de una fiesta, regresaba a Yerushaláyim llevando a sus hombres de armas. Hircano, instigado por Málico, que temía su llegada, le prohibió introducir extranjeros entre los naturales que estaban purificándose. Pero Herodes, despreciando el pretexto y a quien se lo ordenaba, entró de noche. Y de nuevo Málico, acercándose, lloraba por Antípatro; Herodes fingía a su vez, conteniendo a duras penas su furor, y por carta se lamentaba ante Casio de la muerte de su padre —Casio, que por lo demás también odiaba a Málico—. Este le respondió por escrito que persiguiera al asesino de su padre, y en secreto ordenó a sus quiliarcas que ayudaran a Herodes en una acción justa.
Y cuando, tras la toma de Laodicea por Casio, acudían de todas partes los poderosos trayendo regalos y coronas, Herodes reservó ese momento para la venganza. Málico, sospechándolo, al hallarse en Tiro, resolvió sacar en secreto a su hijo, que estaba como rehén entre los tirios, y él mismo se preparaba para huir a Judea; y la desesperación por su salvación lo empujó a concebir designios aún mayores: esperaba sublevar al pueblo contra los romanos —pues Casio andaba distraído en la guerra contra Antonio— y reinar él mismo tras derrocar sin esfuerzo a Hircano.
Mas el destino se reía de sus esperanzas. Herodes, previendo su intención, invitó a cenar tanto a Hircano como a aquel, y luego envió a su propia casa a algunos de los criados que lo acompañaban, como para preparar la cena, cuando en realidad era para avisar de antemano a los quiliarcas de que salieran a la emboscada. Y ellos, recordando las órdenes de Casio, salieron a la playa que hay delante de la ciudad, espada en mano, y allí, rodeando a Málico, lo mataron con muchas heridas. Hircano, en el acto, desfallecido por el espanto, cayó a tierra, y, recobrándose a duras penas, preguntaba una y otra vez a Herodes quién había sido el que mató a Málico. Y como uno de los quiliarcas respondiera que había sido una orden de Casio, «Entonces —dijo— Casio nos salva a mí y a mi patria, al eliminar al que conspiraba contra ambos». Si Hircano hablaba así porque de veras lo pensaba, o por miedo, sumándose al hecho consumado, no quedó claro. Pero, en fin, así fue como Herodes se cobró a Málico.
Retirado Casio de Siria, de nuevo surge en Yerushaláyim una sedición, al levantarse Hélix con un ejército contra Fasael, queriendo vengar en el hermano lo que Herodes había hecho a Málico. Herodes se hallaba entonces junto a Fabio, el gobernador, en Damasco, y, aunque estaba resuelto a acudir en ayuda, lo retuvo una enfermedad. Entretanto, Fasael, imponiéndose por sí solo a Hélix, reprochaba a Hircano su ingratitud, tanto por lo que había colaborado con Hélix como por consentir que el hermano de Málico se apoderara de las fortalezas; pues muchas habían caído en su poder, y la más inexpugnable de todas: Masada.
Sin embargo, de nada le sirvió esto frente a la energía de Herodes, quien, restablecido, recupera lo demás y a aquel lo deja salir de Masada como suplicante. Expulsó también de Galilea a Marión, tirano de los tirios, que ya había ocupado tres de las plazas fuertes; y a los tirios capturados los salvó a todos, y hubo algunos a quienes incluso despidió con regalos, procurándose así el afecto de la ciudad y suscitando odio contra el tirano. Marión había recibido la tiranía de manos de Casio, que había repartido toda Siria en tiranías; y, por su enemistad con Herodes, hizo volver consigo a Antígono, hijo de Aristóbulo, sobre todo gracias a Fabio, a quien Antígono, ganándoselo con dinero, tuvo por auxiliar de su regreso; y el proveedor de todo fue su suegro, Tolomeo, para Antígono. Herodes, formando frente a ellos en las entradas de Judea, los vence en la batalla y, tras expulsar a Antígono, regresó a Yerushaláyim, querido por todos a causa del triunfo; pues incluso quienes antes no lo apoyaban se le allegaron entonces, por su enlace matrimonial con la casa de Hircano. Pues antes había tomado por mujer a una del país, no oscura, llamada Doris, de la que engendró a Antípatro; pero entonces, al casarse con la hija de Alejandro, hijo de Aristóbulo, y nieta de Hircano, Mariamna, se convirtió en pariente del rey.
Cuando, tras matar a Casio en las cercanías de Filipos, se retiraron —César a Italia y Antonio al Asia—, y las demás ciudades enviaban embajadas a Antonio en Bitinia, llegaron también los notables de los judíos a acusar a Fasael y a Herodes: que dominaban los asuntos por la fuerza y que a Hircano solo le quedaba un nombre honroso. Frente a esto, Herodes, que estaba presente y había agasajado a Antonio con no poco dinero, lo dispuso de tal modo que ni siquiera toleró oír una palabra de los enemigos. Y entonces se disolvió así el asunto; pero de nuevo los notables de los judíos, cien hombres, acudieron a Dafne, junto a Antioquía, ante Antonio, ya esclavo del amor de Cleopatra; y, poniendo al frente a los más poderosos de ellos por su dignidad y su elocuencia, acusaron a los hermanos. Les salió al paso Mésala para defenderlos, con Hircano presente a su lado por causa del parentesco. Y Antonio, tras escuchar a unos y a otros, preguntó a Hircano quiénes eran los más idóneos para gobernar; y como este prefiriera al partido de Herodes, Antonio, complacido —pues era, además, huésped de la familia por parte de su padre, recibido con afecto por Antípatro cuando entró en Judea junto a Gabinio—, nombra tetrarcas a los hermanos, confiándoles la administración de toda Judea.
Como los embajadores se indignaran, apresó a quince y los encarceló —incluso estuvo a punto de matarlos— y a los demás los echó con ultraje. Ante ello se produce en Yerushaláyim un tumulto mayor: enviaron de nuevo mil embajadores a Tiro, donde se hallaba Antonio, ya en camino hacia Yerushaláyim. Contra ellos, que daban voces, despachó al gobernador de los tirios, con orden de castigar a cuantos apresara y de ayudar a consolidar el poder de los tetrarcas nombrados por él. Antes de esto, Herodes, adelantándose hasta la playa junto con Hircano, les rogó insistentemente que no se convirtieran en causa de perdición para sí mismos ni de guerra para la patria, porfiando sin razón. Pero como se indignaran aún más, Antonio envió soldados y mató a muchos e hirió a muchos, de los cuales tanto los caídos recibieron sepultura como los heridos, cuidados, por obra de Hircano. Con todo, los que escaparon no se estuvieron quietos, sino que, alborotando los asuntos de la ciudad, exasperaron a Antonio hasta el punto de que hizo matar también a los prisioneros.
Dos años después, cuando Barzafranes, sátrapa de los partos, junto con Pácoro, el hijo del rey, ocupó Siria, Lisanias —que ya había heredado el poder tras la muerte de su padre, el cual era Tolomeo, hijo de Meneo— persuade al sátrapa, con la promesa de mil talentos y quinientas mujeres, de que reponga a Antígono en el trono y derroque a Hircano. Persuadido por esto, Pácoro marchó él mismo por la costa, y ordenó a Barzafranes invadir por el interior. De los pueblos del litoral, los tirios no recibieron a Pácoro, aunque los de Ptolemaida y los sidonios sí lo acogieron. Él entregó a un copero del rey, de su mismo nombre, una parte de la caballería y le ordenó invadir Judea por delante, para espiar la situación de los enemigos y prestar a Antígono la ayuda que hiciera falta.
Y muchos de los judíos que saqueaban el Carmelo, corriendo a unirse a Antígono, se ofrecieron prestos para la invasión. Él los envió por delante a apoderarse del lugar llamado Drimós —el Encinar—; y, trabada allí una batalla, rechazaron a los enemigos y, persiguiéndolos, corrieron hacia Yerushaláyim, y, ya en mayor número, avanzaron hasta el palacio real. Hircano y Fasael, recibiéndolos con una tropa poderosa, se traba en la plaza una batalla en la que los de Herodes, poniendo en fuga a los enemigos, los encierran en el Templo y apostan como guardia sobre ellos a sesenta hombres en las casas contiguas. A estos, el pueblo enfrentado a los hermanos los acomete y les prende fuego; y Herodes, en cólera por los que habían perecido, mata a muchos del pueblo al chocar con ellos; y, saliéndose cada día unos contra otros en cuadrillas, la matanza era incesante.
Al llegar la fiesta que se llama Shavuot, todo el recinto del Templo y la ciudad entera se llenan de una multitud venida del campo, en su mayoría hombres de armas. Fasael guardaba la muralla, y Herodes, con no muchos, el palacio real; y, saliendo de improviso contra los enemigos, que estaban en desorden por el arrabal, mata a muchísimos y a todos los pone en fuga, y a unos los encierra en la ciudad, a otros en el Templo y a otros en la empalizada exterior. Entretanto, Antígono pide que se deje entrar a Pácoro como mediador, y Fasael, persuadido, acoge en la ciudad y como huésped al parto, con quinientos jinetes, que venía con el pretexto de poner fin a la sedición, pero en verdad para ayudar a Antígono. Así, tendiendo una emboscada a Fasael, lo indujo a ir en embajada ante Barzafranes para tratar de un acuerdo, aunque Herodes mucho se lo desaconsejaba y le instaba a matar al conspirador y a no entregarse a las asechanzas —pues los bárbaros son pérfidos por naturaleza—. Fasael salió llevando consigo a Hircano; y Pácoro, para infundir menos sospecha, dejando junto a Herodes a algunos de los jinetes llamados Libres, envió a Fasael por delante con los demás.
Y cuando llegaron a Galilea, encuentran a los naturales sublevados y en armas, y se entrevistaron con el sátrapa, hombre sumamente ladino, que encubría la conjura con muestras de cortesía; pues, tras hacerles regalos, luego los acechó mientras se retiraban. A ellos les llega la percepción de la conjura al descender a uno de los parajes costeros llamado Ecdipa; pues allí oyeron lo de la promesa de los mil talentos, y que Antígono había consagrado a los partos, entre las quinientas mujeres, a la mayoría de las de su propio pueblo, y que las noches eran siempre acechadas de antemano contra ellos por los bárbaros, y que hacía tiempo habrían sido apresados de no haber estado aguardando a echar mano primero de Herodes en Yerushaláyim, para que este no se pusiera en guardia al enterarse antes de lo que les concernía. Y esto ya no era solo un rumor, sino que veían incluso apostados a lo lejos guardias en torno a ellos.
Con todo, Fasael, aunque Ofelio mucho le aconsejaba huir —pues este se había enterado por Saramalla, el más rico de los sirios de entonces, de toda la trama de la conjura—, no se avino a abandonar a Hircano, sino que, presentándose ante el sátrapa, le echó en cara sin rodeos la conjura, y sobre todo que se hubiera vuelto así por dinero; y añadió que él mismo daría, por su salvación, más de lo que Antígono había prometido por el reino. A esto, el parto, disipando astutamente la sospecha con excusas y juramentos, se fue junto a Pácoro. Y al punto, de los partos que habían quedado, aquellos a quienes se les había ordenado apresaron a Fasael y a Hircano, que maldecían su perjurio y su deslealtad.
Entretanto, el copero enviado tramaba prender a Herodes, engañándolo para que saliera fuera de la muralla, tal como tenía por encargo. Pero él, que desde el principio recelaba de los bárbaros, y que entonces se había enterado de que las cartas que le revelaban la conjura habían caído en manos de los enemigos, no quiso salir, por más que Pácoro le insistía muy convincentemente en que debía ir al encuentro de quienes traían las misivas —pues, según él, ni habían sido interceptadas por los enemigos ni contenían conjura alguna, sino solo cuanto había gestionado Fasael—. Pero había sucedido que ya antes le habían dicho otros que su hermano había sido apresado, y se le acercaba Mariamna, la hija de Hircano —la más sensata de las mujeres—, suplicándole con insistencia que no saliera ni se confiara a los bárbaros, que ya abiertamente atentaban contra él.
Y mientras los de Pácoro seguían aún deliberando cómo llevar a cabo la conjura en secreto —pues no era posible imponerse a las claras a un hombre tan poderoso—, Herodes, anticipándose, con las personas más allegadas partió de noche hacia Idumea, a hurtadillas de los enemigos. Los partos, al advertirlo, se lanzaron en su persecución. Y él, tras ordenar que su madre, sus hermanos, la muchacha con la que se había desposado, junto con la madre de esta y el más joven de los hermanos, siguieran camino, en persona, con sus servidores, contenía a salvo a los bárbaros; y, matando a muchos en cada acometida, se apresuraba hacia la fortaleza de Masada. Durante la huida encontró más molestos a los judíos que a los partos, pues lo hostigaron sin tregua y, a sesenta estadios de la ciudad, le presentaron batalla con bastante brío durante largo rato. Vencedor allí Herodes, y tras matar a muchos de ellos, más tarde, en memoria de aquel triunfo, fundó el lugar, lo engalanó con palacios suntuosísimos, levantó una ciudadela inexpugnable y la llamó Herodión, por su propio nombre.
Por entonces, en efecto, día a día se le iban sumando muchos en su huida; y, al llegar a Resa, en Idumea, le salió al encuentro su hermano Yosef, que le aconsejó descargarse de la mayor parte de los que lo seguían, pues Masada no podría acoger a semejante muchedumbre. Eran más de nueve mil. Persuadido, Herodes despidió por Idumea a los que resultaban más carga que utilidad, dándoles provisiones para el camino, y, quedándose con los más aguerridos y con lo más indispensable, se pone a salvo en la fortaleza. Y, dejando allí para las mujeres ochocientos guardias y víveres suficientes para un asedio, él mismo se apresuró hacia Petra de Arabia. Los partos, en Yerushaláyim, entregados al saqueo, irrumpían en las casas de los que habían huido y en el palacio, absteniéndose únicamente del dinero de Hircano, que no pasaba de trescientos talentos. También del resto obtuvieron menos de lo que esperaban; pues Herodes, que hacía tiempo desconfiaba de la deslealtad de los bárbaros, había puesto a salvo de antemano en Idumea lo más espléndido de sus tesoros, y otro tanto hizo cada uno de sus partidarios.
Los partos, tras los saqueos, llegaron a tal grado de insolencia que llenaron todo el país de una guerra sin cuartel, arrasaron la ciudad de Marisa, y no solo instauraron rey a Antígono, sino que además le entregaron a Fasael y a Hircano, encadenados, para que los ultrajara. Y él, arrojándose sobre Hircano, con sus propios dientes le mutila las orejas, para que nunca, en un cambio de fortuna, pudiera recobrar el sumo sacerdocio, pues el sumo sacerdote ha de ser íntegro. De la entereza de Fasael, en cambio, se quedó corto, pues este se le adelantó estrellándose la cabeza contra una roca, ya que se le impedía el uso del hierro y de las manos. Y así aquel, mostrándose hermano legítimo de Herodes y a Hircano como el más innoble, muere con el mayor valor, dando a su fin un remate digno de las obras de su vida. Corre también otra versión: que se repuso del golpe de entonces, y que un médico enviado por Antígono, supuestamente para curarlo, le llenó la herida de fármacos ponzoñosos y lo mató. Cualquiera de las dos que sea verdad, tiene un comienzo glorioso. Cuentan, en efecto, que aun antes de expirar, al enterarse por cierta mujer de que Herodes había escapado, dijo: «Ahora me marcho contento, dejando con vida a quien tomará venganza de los enemigos». Así, pues, muere él. Y los partos, aunque habían fracasado en lo que más deseaban —las mujeres—, ponen en Yerushaláyim los asuntos en manos de Antígono, y se llevan a Hircano encadenado a Partia.
Herodes, entretanto, avanzaba con mayor prisa hacia Arabia, apremiándose como si su hermano viviera aún, para recibir dinero del rey, único medio con que esperaba doblegar la codicia de los bárbaros en favor de Fasael. Pues calculaba que, si el árabe se mostraba demasiado olvidadizo de la amistad paterna y demasiado mezquino para dar un donativo, le pediría prestado el rescate, dejando en prenda al hijo del que había de ser rescatado; y es que llevaba consigo a su sobrino, de siete años; y estaba dispuesto a dar trescientos talentos, poniendo por medio a los tirios, que intercedían. Pero el destino se había adelantado a su diligencia y, muerto ya Fasael, en vano se mostraba Herodes amante de su hermano; y tampoco halló entre los árabes la amistad que suponía. Pues su rey, Málico, enviándole recado por adelantado, le ordenó apresuradamente que se volviera del país, valiéndose como pretexto de los partos —que, decía, habían mandado heraldos exigiendo expulsar a Herodes de Arabia—, cuando en realidad prefería quedarse con las deudas contraídas con Antípatro y no devolver nada a cambio de aquellos favores a los hijos que lo necesitaban, sin sentir vergüenza. Y se servía, para su desvergüenza, de consejeros que igualmente querían despojar a Herodes de los depósitos de Antípatro; y eran los más poderosos de su entorno.
Herodes, pues, hallando enemigos a los árabes por las mismas razones por las que los había esperado amiquísimos, y tras responder a los mensajeros como le dictaba su pesar, se volvió hacia Mitsraim. La primera tarde acampa en cierto santuario de la región, recogiendo a los que habían quedado rezagados, y al día siguiente, al llegar a Rinocorura, se le anuncia lo de la muerte de su hermano. Y, sumando en aflicción tanto como había depuesto en preocupaciones, siguió adelante. Y he aquí que el árabe, arrepintiéndose tarde, envió a toda prisa quienes hicieran volver al que había ofendido. Pero también a estos se les adelantó Herodes, que llegó a Pelusio, donde, al no obtener paso de los que allí estaban fondeados, acude a los jefes; y ellos, por respeto a la fama y a la dignidad del hombre, lo escoltan hasta Alejandría. Él, al entrar en la ciudad, fue recibido espléndidamente por Cleopatra, que esperaba tenerlo como general para lo que estaba preparando; pero, rechazando las invitaciones de la reina y sin temer ni el rigor del invierno ni los tumultos de Italia, zarpó rumbo a Roma.
Corriendo peligro en las costas de Panfilia y arrojando por la borda la mayor parte del cargamento, a duras penas se salva llegando a Rodas, muy asolada por la guerra contra Casio, donde lo acogieron sus amigos Tolomeo y Sapinio. Y, aun estando escaso de dinero, manda construir una trirreme enorme, en la que, tras arribar con sus amigos a Brindis y desde allí apresurarse a Roma, se entrevistó ante todo con Antonio, por causa de la amistad paterna, y le refirió por extenso sus propias desdichas y las de su linaje: que, dejando a sus seres más queridos sitiados en una fortaleza, había navegado hasta él, en pleno invierno, como suplicante. A Antonio lo conmovió la compasión ante aquel vuelco de fortuna y, tanto por el recuerdo de la hospitalidad de Antípatro como, sobre todo, por la valía del que tenía delante, resolvió entonces establecer como rey de los judíos a quien él mismo había hecho antes tetrarca. Lo incitaba, no menos que su afán de honrar a Herodes, su desavenencia con Antígono, a quien tenía por sedicioso y enemigo de los romanos. A César, por su parte, lo tenía aún más dispuesto que a sí mismo, pues renovaba el recuerdo de las campañas de Antípatro —las que había compartido con su padre en Mitsraim—, y de la hospitalidad y del afecto en todo, viendo además la energía de Herodes.
Convocó, pues, el consejo, en el que Mésala, y después de él Atratino, presentando a Herodes, expusieron tanto los beneficios de su padre como el afecto de él mismo hacia los romanos, mostrando a la vez que Antígono era enemigo, no solo por las cosas en que antes se había enfrentado, sino porque incluso entonces había obtenido el poder mediante los partos, con desprecio de los romanos. Y como el senado se conmoviera ante esto, cuando Antonio, tomando la palabra, dijo que también para la guerra contra los partos convenía que Herodes reinara, todos lo votan. Disuelto el consejo, Antonio y César salieron llevando a Herodes en medio, y por delante marchaban los cónsules con las demás magistraturas, para ofrecer sacrificio y depositar el decreto en el Capitolio. Y el primer día del reinado de Herodes, Antonio le ofreció un banquete.
Por ese tiempo, Antígono asediaba a los de Masada, que estaban bien provistos de todo lo demás pero escasos de agua; por lo cual también Yosef, hermano de Herodes, con doscientos de los suyos, meditaba huir hacia los árabes, al oír que Málico se arrepentía de sus agravios contra Herodes. Y se le habría adelantado abandonando la fortaleza, de no haber sucedido que, hacia la noche de la salida, cayó una lluvia abundantísima; pues, llenos los aljibes de agua, ya no tuvo necesidad de huir, sino que salían ya contra los de Antígono y, unas veces trabándose abiertamente, otras tendiendo emboscadas, mataban a muchos. No en todo tenían buena suerte, sin embargo, y hubo ocasiones en que también ellos, tropezando, se retiraban. Entretanto, Ventidio, el general romano enviado desde Siria para contener a los partos, tras ellos cruzó a Judea, de palabra para socorrer a los de Yosef, pero de hecho para sacar dinero a Antígono. Así, tras acampar muy cerca de Yerushaláyim, una vez que se hubo llenado de dinero, él mismo se retiró con el grueso de las tropas y dejó a Silón con una parte, para no hacer manifiesta su ganancia retirándolos a todos. Antígono, esperando de nuevo que los partos acudieran en su ayuda, agasajaba mientras tanto a Silón, para que en nada lo estorbara antes de que llegara aquella esperanza.
Y ya Herodes, tras haber navegado desde Italia a Ptolemaida y reunido una fuerza no pequeña de extranjeros y de compatriotas, marchaba a través de Galilea contra Antígono, con la colaboración de Ventidio y Silón, a quienes Delio, enviado por Antonio, persuadió de ayudar a restablecer a Herodes. Ventidio se hallaba entonces sofocando en las ciudades los disturbios provocados por los partos, y Silón, en Judea, estaba corrompido con dinero por Antígono. Con todo, Herodes no andaba falto de fuerzas: a medida que avanzaba, día a día crecían sus tropas, y, salvo unos pocos, toda Galilea se le sumó. Se le presentaba, pues, como empeño más apremiante Masada, y rescatar primero a los suyos del asedio; pero se interpone Yafo, que, siendo hostil, había que tomar antes, para que, al avanzar hacia Yerushaláyim, no quedara a su espalda ninguna plaza fuerte en poder de los enemigos. Silón se le unió de buen grado, hallando un pretexto para levantar el campo, pues los judíos lo acosaban persiguiéndolo. Contra estos, Herodes, saliendo con una pequeña tropa, los pone rápidamente en fuga y salva a Silón, que se defendía malamente.
Después, tras tomar Yafo, se apresuró hacia Masada para rescatar a los suyos. Y de los naturales, a unos los atraía la amistad con su padre, a otros su propia gloria, a otros la gratitud por los beneficios de ambos, y a la mayoría la esperanza puesta en él como rey seguro; y se había reunido ya una fuerza difícil de mover. A Herodes, que avanzaba, Antígono le tendía emboscadas, acechando de antemano los víveres en los desfiladeros; pero en ello dañaba a los enemigos poco o nada. Herodes, recogiendo de Masada a los suyos y la fortaleza de Resa, marchaba hacia Yerushaláyim; y se le unía la soldadesca de Silón y muchos de los de la ciudad, sobrecogidos por su fuerza.
Acampados junto a la ladera occidental de la ciudad, los guardias de aquel sector les disparaban flechas y jabalinas, mientras otros, saliendo en tropel, tanteaban a las primeras filas. Herodes, en un primer momento, ordenó proclamar en torno a la muralla que venía por el bien del pueblo y por la salvación de la ciudad, sin ánimo de tomar represalias ni siquiera contra los enemigos declarados, y que concedería amnistía incluso a los más hostiles. Pero como los de Antígono, arengando en sentido contrario, no dejaran a nadie escuchar las proclamas ni cambiar de bando, en adelante encomendó a los suyos que respondieran al ataque de los que estaban sobre la muralla; y ellos, con sus proyectiles, en poco tiempo los pusieron a todos en fuga desde las torres.
Fue entonces cuando Silón dejó al descubierto su venalidad; pues, habiendo instruido a muchos de los soldados para que clamaran por la falta de víveres y exigieran dinero para comida, y para que los llevaran a invernar a sus propios lugares —ya que todo en torno a la ciudad estaba yermo, pues los de Antígono habían retirado de antemano las provisiones—, ponía en movimiento el campamento e intentaba retirarse. Herodes, dirigiéndose a los oficiales de Silón y en masa a los soldados, les rogaba que no lo abandonaran, a él, que había sido enviado por César, por Antonio y por el senado; pues ese mismo día resolvería sus penurias. Y, tras la súplica, partiendo él mismo de inmediato al campo, les trajo tal abundancia de víveres que cortó de raíz todos los pretextos de Silón; y, previendo que el abastecimiento no faltara en los días siguientes, escribió a los de Shomrón —pues la ciudad le era afecta— que hicieran bajar a Yerijó trigo, vino, aceite y ganado.
Al oír esto, Antígono despachó por la comarca órdenes de cerrar el paso y tender emboscadas a los que transportaban el grano. Ellos obedecieron, y se congregó una gran multitud de hombres de armas más allá de Yerijó; y se apostaban en los montes, vigilando a los que acarreaban los víveres. Pero Herodes no se estuvo quieto: tomando diez cohortes —cinco de romanos y cinco de judíos, con mercenarios mezclados, y, además de estos, unos pocos jinetes—, se presenta en Yerijó, y encuentra la ciudad abandonada, con quinientos hombres que habían ocupado las alturas junto con sus mujeres e hijos. A estos, tras capturarlos, los deja libres; pero los romanos, irrumpiendo, saquearon el resto de la ciudad, hallando las casas llenas de toda clase de riquezas. Así pues, el rey, dejando una guarnición en Yerijó, se volvió y licenció al ejército romano para que invernara en las regiones que se habían pasado a él: Idumea, Galilea y Shomrón. Y Antígono consiguió, gracias a la venalidad de Silón, alojar una parte del ejército en Lida, agasajando a Antonio.
Y mientras los romanos pasaban el tiempo en la abundancia, relajados de las armas, Herodes no se estuvo quieto, sino que ocupa Idumea con dos mil infantes y cuatrocientos jinetes, enviando a su hermano Yosef, para que no se produjera ninguna revuelta en favor de Antígono; y él mismo, trasladando a su madre y a cuantos de los suyos había sacado de Masada a Shomrón, y tras dejarlos a salvo, marchó a someter el resto de Galilea y a expulsar las guarniciones de Antígono. Y, tras cubrir la marcha hasta Séforis en medio de una nevada durísima, se apodera de la ciudad sin combate, pues los guardias habían huido antes de su llegada. Allí, recogiendo a sus seguidores maltrechos por el temporal —y había gran abundancia de víveres—, se lanzó contra los bandidos de las cuevas, que, recorriendo buena parte del país, infligían a los naturales males no menores que los de una guerra.
Adelantó tres divisiones de infantería y un escuadrón de caballería hacia la aldea de Arbela, y él mismo llegó cuarenta días después con el resto de las tropas. No por eso temieron los enemigos su avance, sino que salieron a su encuentro armados —tenían experiencia militar, aunque su arrojo era de bandidos—. Chocaron, pues, con su ala derecha contra el ala izquierda de Herodes y la pusieron en fuga. Pero Herodes rodeó velozmente el campo desde su propia derecha y acudió en socorro: hizo volver a los suyos de la huida y, cayendo sobre los que perseguían, contuvo su ímpetu hasta que, incapaces de resistir los ataques frontales, cedieron.
Los persiguió matándolos hasta el Yardén, y destruyó gran parte de ellos; los demás se dispersaron al otro lado del río. Así quedó Galilea limpia de temores, salvo por los que aún permanecían agazapados en las cuevas; y con esos hacía falta más tiempo. Por eso, lo primero fue repartir a los soldados el fruto de sus fatigas: entregó a cada uno ciento cincuenta dracmas de plata, y a los oficiales envió sumas mucho mayores a los cuarteles donde invernaban. A Feroras, el menor de sus hermanos, le encargó que se ocupara del abastecimiento de las tropas y que fortificara Alejandrión; y él atendió ambas cosas.
Por entonces Antonio pasaba una temporada en Atenas, y Ventidio, para la guerra contra los partos, mandó llamar a Silo y a Herodes, con la orden de que antes dejaran arregladas las cosas de Judea. Herodes, de buena gana, despidió a Silo hacia Ventidio y él mismo emprendió campaña contra los de las cuevas.
Estas cuevas se abrían en montes escarpados, inaccesibles por cualquier lado, con solo unos senderos laterales estrechísimos; y la roca de su frente descendía a barrancos profundísimos, cortada a pico sobre los precipicios. De modo que el rey estuvo mucho tiempo perplejo ante lo impracticable del lugar, hasta que al fin recurrió a un ardid de lo más arriesgado. Descolgaba a los más valientes dentro de arcones y los introducía por las bocas de las cuevas; y estos degollaban a los de dentro con sus familias y arrojaban fuego contra los que se defendían. Queriendo Herodes salvar a algunos de ellos, hizo pregonar que se pasaran a su lado; pero de entre ellos nadie se entregó por su voluntad, y de los forzados muchos prefirieron la muerte al cautiverio.
Allí uno de los ancianos, padre de siete hijos, cuando estos y su madre le suplicaban que les permitiera salir bajo palabra de salvación, los mató de este modo: mandándolos avanzar de uno en uno, se apostó él mismo junto a la boca de la cueva y degollaba a cada uno de sus hijos según iba saliendo. Herodes, que lo observaba desde un lugar apartado, quedó traspasado de compasión y tendió la mano al viejo, rogándole que perdonara a sus hijos. Pero él, sin ceder en nada a sus palabras —antes bien, reprochando a Herodes su bajeza—, dio muerte también a su mujer, arrojó los cadáveres por el precipicio y por último se lanzó él mismo.
Así se apoderó Herodes de las cuevas y de los que en ellas había. Dejó luego la parte del ejército que juzgó bastante contra posibles rebeliones, y a Tolomeo al frente de ella, y regresó a Shomrón conduciendo tres mil hombres de infantería y seiscientos de caballería contra Antígono. A su marcha, quienes tenían por costumbre alborotar Galilea, aprovechando la impunidad, mataron a Tolomeo, el general, cayendo sobre él por sorpresa, y saquearon el país, refugiándose en los pantanos y en los parajes de difícil acceso. Al enterarse Herodes de la rebelión, acudió a toda prisa en socorro, destruyó a gran multitud de ellos, tomó por asedio todas sus fortalezas y, como castigo por el cambio, exigió a las ciudades cien talentos.
Ya expulsados los partos y muerto Pácoro, Ventidio, por orden de Antonio, envió a Herodes como refuerzos contra Antígono mil jinetes y dos legiones. El general de estas tropas, Maqueras, recibió de Antígono cartas de súplica pidiéndole que acudiera en su ayuda, lamentándose largamente de la violencia de Herodes y prometiéndole dinero. Pero él, que no despreciaba a quien lo había enviado —y menos aún dando Herodes más—, no accedió a la traición; y fingiendo amistad marchó como espía a observar los asuntos de Antígono, sin dejarse disuadir por Herodes, que se lo desaconsejaba. Antígono, sin embargo, presintiendo su intención, le cerró la ciudad y lo rechazó desde las murallas como a un enemigo, hasta que Maqueras, avergonzado, se retiró hacia Herodes a Emaús; e irritado por su fracaso, mataba a cuantos judíos encontraba, sin perdonar siquiera a los partidarios de Herodes, sino tratándolos a todos como si fueran de Antígono.
Herodes, indignado por ello, se lanzó a vengarse de Maqueras como de un enemigo; pero, dominando su ira, cabalgó hacia Antonio para acusar a Maqueras de sus desmanes. Este, cayendo en la cuenta de sus faltas, se apresuró a alcanzar al rey y, tras muchas súplicas, se reconcilió con él. No por eso desistió Herodes de su marcha hacia Antonio. Al enterarse de que este combatía con gran ejército contra Samósata —ciudad fuerte cercana al Éufrates—, se apresuró más aún, viendo la ocasión propicia para dar muestra de su valor y ganarse todavía más el favor de Antonio. En efecto, con su llegada puso fin al asedio: mató a muchos de los bárbaros y se llevó un rico botín, de modo que Antonio, que ya de antiguo admiraba su valor, lo admiró entonces mucho más, y añadió mucho tanto a las demás honras que le concedía como a sus esperanzas respecto al reino; y Antíoco, el rey, se vio obligado a entregar Samósata.
Entretanto se quebrantaron los asuntos de Herodes en Judea. Había dejado al frente de todo a su hermano Yosef, con la orden de no emprender nada contra Antígono hasta su regreso —pues, por lo que había hecho, no era Maqueras aliado seguro—. Pero este, en cuanto supo que su hermano estaba lejísimos, desatendiendo las órdenes marchó hacia Yerijó con cinco cohortes que le había dado Maqueras; iba a arrebatar el trigo en plena siega del verano. Los enemigos lo atacaron en los montes y en los pasos difíciles, y él mismo pereció, mostrándose muy valeroso en la batalla, y toda la fuerza romana fue aniquilada: pues aquellas cohortes eran reclutas recién alistados en Siria, y no había entre ellas ninguno de los llamados veteranos capaz de socorrer a los inexpertos en la guerra.
A Antígono no le bastó la victoria: llegó a tal grado de furor que ultrajó incluso el cadáver de Yosef. Dueño de los cuerpos, le cortó la cabeza, aunque su hermano Feroras ofrecía cincuenta talentos por rescatarla. Tras la victoria de Antígono, los asuntos de Galilea se sublevaron hasta tal punto que los partidarios de Antígono llevaron a los notables adictos a Herodes al lago y los ahogaron en él. También en Idumea hubo muchos cambios, allí donde Maqueras reconstruía una fortaleza llamada Gita.
De todo esto nada sabía aún Herodes. Pues, tras la toma de Samósata, Antonio puso a Sosio al frente de Siria, con la orden de ayudar a Herodes contra Antígono, y él mismo se retiró a Mitsraim. Sosio envió por delante a Judea dos legiones en apoyo de Herodes, y él mismo lo seguía de cerca con el resto de sus fuerzas.
Estando Herodes en Dafne, junto a Antioquía, unos sueños claros le anunciaron de antemano la muerte de su hermano; y cuando, sobresaltado, saltó de la cama, entraron los mensajeros de la desgracia. Tras deplorar un poco su dolor y aplazar lo demás del duelo, se lanzó contra sus enemigos apresurando la marcha más allá de sus fuerzas. Al llegar al Líbano, tomó como aliados a ochocientos hombres de la comarca del monte y les unió una legión romana; y con ellos, sin esperar un solo día, irrumpió en Galilea y puso en fuga a los enemigos que le salieron al paso, hacia el lugar de donde habían salido. Atacaba sin cesar la fortaleza, pero antes de tomarla, forzado por un invierno durísimo, acampó en las aldeas cercanas. Y cuando, pocos días después, se le unió también la segunda legión enviada por Antonio, los enemigos, temiendo su fuerza, abandonaron de noche la posición.
Después marchó por Yerijó, apresurándose a alcanzar cuanto antes a los asesinos de su hermano; y allí le sucedió un prodigio sobrenatural, del que, salvado contra toda esperanza, se ganó fama de varón amadísimo de Dios: pues muchos de los principales cenaron con él aquella noche, y una vez disuelto el banquete, después de que todos hubieran salido, la casa se derrumbó de inmediato. Juzgando que aquello era señal común de peligro y de salvación para la guerra que se avecinaba, al despuntar el día puso en movimiento al ejército. Unos seis mil enemigos, bajando a la carrera desde los montes, tanteaban a la vanguardia: no se atrevían mucho a trabarse cuerpo a cuerpo con los romanos, pero desde lejos lanzaban piedras y jabalinas, hasta herir a muchos. En ese lance, el propio Herodes, mientras cabalgaba adelante, fue alcanzado por una jabalina en el costado.
Queriendo Antígono parecer superior no solo por la audacia de los suyos, sino también por el número, envió alrededor a Shomrón, con un ejército, a un tal Papo, uno de sus compañeros. Para este había allí un adversario, Maqueras; Herodes, por su parte, recorriendo el país enemigo, arrasó cinco aldeas, mató a dos mil de sus habitantes, incendió las casas y regresó a su campamento; había acampado junto a la aldea llamada Caná.
Cada día se le sumaba gran multitud de judíos, procedentes de la propia Yerijó y del resto del país: unos por odio a Antígono, otros movidos por sus éxitos; a la mayoría, empero, los arrastraba un irracional afán de cambio. Él ardía por trabar combate, y los de Papo, sin arredrarse ni ante la multitud ni ante su ímpetu, salieron animosos a su encuentro. Trabada la batalla, las demás partes resistieron un poco; pero Herodes, arriesgándose por la memoria de su hermano asesinado, para vengar a los culpables de su muerte, pronto venció a los que tenía enfrente y, volviéndose luego una y otra vez contra el grueso que aún resistía, a todos los persiguió. Hubo gran matanza: unos eran empujados hacia la aldea de donde habían salido, y él, cargando sobre los rezagados, mataba a innumerables. Irrumpió con los enemigos dentro de la aldea; todas las casas estaban abarrotadas de guerreros armados, y las azoteas repletas por arriba de hombres que se defendían. Cuando acabó con los de fuera, desmontando las casas arrastraba a los de dentro; a muchos los mataba en masa derribándoles los techos encima, y a los que escapaban de entre los escombros los recibían los soldados espada en mano. Tanta fue la muchedumbre de cadáveres amontonados que quedaron cerradas las calles para los vencedores.
Este golpe no lo soportaron los enemigos: en cuanto la multitud que aún se iba reuniendo vio a los que habían perecido por toda la aldea, se dispersó en huida. Y de inmediato, envalentonado con la victoria, Herodes habría marchado sobre Yerushaláyim, de no haberlo impedido un invierno violentísimo. Esto fue lo que le impidió coronar del todo su éxito, y lo que salvó de la derrota a Antígono, que ya deliberaba abandonar la ciudad.
Herodes, hacia la tarde, despidió a sus amigos, fatigados, para que atendieran a su cuerpo, y él mismo, aún acalorado tras las armas, fue a bañarse a la manera de un soldado: un solo criado lo acompañaba. Y antes de entrar en el baño, uno de los enemigos corrió a su encuentro espada en mano, luego un segundo, y un tercero, y en seguida más. Estos se habían refugiado armados en el baño desde la batalla, y hasta entonces habían permanecido agazapados y ocultos; pero al ver al rey, sueltos por el pavor pasaron corriendo junto a él —que estaba desnudo—, temblando, y se dirigieron a las salidas. De los demás, por azar no había allí nadie que apresara a aquellos hombres, y a Herodes le bastó con no haber sufrido daño; así todos escaparon.
Al día siguiente decapitó a Papo, el general de Antígono, muerto ya en la batalla, y envió la cabeza a su hermano Feroras como pago por el hermano asesinado de ambos: pues era este el que había matado a Yosef. Cuando remitió el invierno, marchó sobre Yerushaláyim y llevó su ejército hasta la muralla; se cumplía entonces el tercer año desde que había sido proclamado rey en Roma. Acampó frente al Templo, pues por allí era vulnerable la ciudad, por donde también antes la había tomado Pompeyo. Repartió el ejército en tareas, taló los arrabales y ordenó levantar tres terraplenes y edificar torres sobre ellos. Dejando al frente de las obras a los más diligentes de sus compañeros, él mismo marchó a Shomrón para desposar a la hija de Alejandro, hijo de Aristóbulo, prometida ya con él, como dijimos, haciendo de la boda un asunto secundario del asedio: pues ya despreciaba a los enemigos.
Una vez casado, regresó a Yerushaláyim con mayores fuerzas; se le unió también Sosio con un numerosísimo ejército de jinetes y de infantes, que había enviado por delante a través del interior, mientras él mismo hacía la marcha por Fenicia. Reunida toda la fuerza —once divisiones de infantería y seis mil jinetes, aparte de los aliados de Siria, que no eran parte pequeña—, acamparon cerca de la muralla del norte: él, confiado en los decretos del Senado por los que había sido proclamado rey, y Sosio en Antonio, que le había enviado como aliado de Herodes el ejército a su mando.
La multitud de los judíos de la ciudad estaba agitada de diversos modos. La parte más débil, que se congregaba en torno al Templo, deliraba de fervor y fabricaba muchas patrañas —cada vez más portentosas— acomodadas a las circunstancias; y de los más audaces, agrupados en pelotones, salían pillajes de toda clase, sobre todo saqueando los víveres en torno a la ciudad, hasta no dejar alimento ni para los caballos ni para los hombres. En cambio, la parte más disciplinada de los combatientes estaba dispuesta a rechazar el asedio: apartaban de la muralla a los que levantaban los terraplenes y, contra las máquinas, ideaban siempre algún estorbo nuevo. En nada, sin embargo, aventajaban tanto a los enemigos como en las minas subterráneas.
Contra los pillajes, el rey ideó a su vez emboscadas con las que reprimía las incursiones; contra la escasez de víveres, acopios traídos de lejos; y en el combate llevaban ventaja gracias a la pericia de los romanos, aunque los judíos no dejaban por intentar exceso alguno de audacia. A cara descubierta se lanzaban contra los romanos con la muerte a la vista; por los túneles aparecían de pronto en medio de ellos, y antes de que se abatiera una parte de la muralla, ya levantaban otra por dentro. En suma, ni con las manos ni con el ingenio flaqueaban, resueltos a resistir hasta el extremo. Así, cercados por tan gran ejército, soportaron el asedio cinco meses, hasta que algunos de los soldados escogidos de Herodes se atrevieron a escalar la muralla e irrumpieron en la ciudad, y tras ellos los centuriones de Sosio. Primero se tomó lo que rodeaba el Templo, y al precipitarse dentro el ejército, por todas partes hubo matanza innumerable: los romanos, exasperados por la duración del asedio, y las tropas judías de Herodes, empeñadas en no dejar con vida a ningún adversario.
Los degollaban a montones, apiñados en las callejas, apretujados en las casas, refugiados en el Templo. No había piedad para los niños, ni para los ancianos, ni para la debilidad de las mujeres; antes bien, aunque el rey mandaba mensajeros por todas partes exhortando a la clemencia, nadie contuvo su diestra, sino que, como enloquecidos, atacaban a toda edad. Entonces Antígono, sin pensar en su fortuna de antes ni en la de aquel momento, bajó de la fortaleza y se arrojó a los pies de Sosio. Este, sin compadecerse de él por su mudanza, se rio sin freno y lo llamó «Antígona»; pero no lo dejó libre, como a una mujer, ni sin custodia, sino que fue encadenado y puesto bajo guardia.
Herodes, vencedor de los enemigos, se cuidó entonces de vencer también a sus aliados extranjeros; pues la muchedumbre foránea se abalanzaba a contemplar el Templo y las cosas sagradas del santuario. El rey, a unos exhortando, a otros amenazando, y a algunos incluso reprimiendo con las armas, los contuvo, juzgando que la victoria sería más penosa que una derrota si alguno de aquellos objetos vedados era visto por ellos. Impidió ya también los saqueos por la ciudad, insistiendo mucho ante Sosio: ¿acaso, si los romanos vaciaban la ciudad de dinero y de hombres, iban a dejarlo a él por rey de un desierto? ¿Y consideraba él breve compensación por la matanza de tantos ciudadanos incluso el señorío del mundo entero? Como Sosio replicara que, a cambio del asedio, era justo permitir a los soldados los saqueos, Herodes dijo que él mismo repartiría de su propio dinero la paga de cada uno. Así, comprando lo que quedaba de la patria, cumplió sus promesas: con esplendidez agasajó a cada soldado, a los oficiales en proporción, y a Sosio del modo más regio, de suerte que nadie se marchó necesitado de dinero.
Sosio consagró a Dios una corona de oro y partió de Yerushaláyim llevando prisionero a Antígono ante Antonio. A este, que se aferró a la vida hasta el último instante por una fría esperanza, lo esperó un hacha digna de su bajeza. El rey Herodes, distinguiendo a la multitud de la ciudad, colmaba de honras a los que más se le habían mostrado adictos y mataba a los partidarios de Antígono. Y como ya escaseaba de dinero, convirtió en moneda cuanto ornamento tenía y lo envió a Antonio y a los suyos.
No por eso, sin embargo, se compró del todo la impunidad; pues ya Antonio, corrompido por su pasión por Cleopatra, estaba en todo sometido a sus deseos. Cleopatra, tras recorrer su propio linaje hasta no dejar con vida a ninguno de su sangre, ávida de más se cebaba en los de fuera. Calumniando ante Antonio a los notables de los sirios, lo persuadía a matarlos, para hacerse fácilmente señora de las posesiones de cada uno; y extendiendo aún más su codicia a los judíos y a los árabes, maquinaba que fueran eliminados los reyes de ambos, Herodes y Málico.
Antonio, en parte de aquellas órdenes recobrando el juicio, tuvo por impío matar a hombres valiosos y a reyes tan grandes, pero desechó esa cercana amistad: les cercenó buena parte de sus territorios —y en particular el palmeral de Yerijó, donde se produce el bálsamo— y se lo dio a ella, junto con todas las ciudades de la parte de acá del río Eléutero, salvo Tiro y Sidón. Dueña de todo esto, y tras acompañar hasta el Éufrates a Antonio, que marchaba en campaña contra los partos, vino a Judea pasando por Apamea y Damasco. Allí Herodes aplacó su enemistad con grandes regalos, y tomó en arriendo las tierras arrancadas a su reino por doscientos talentos al año, y la escoltó hasta Pelusio prodigándole toda clase de atenciones. Poco después llegó Antonio de vuelta de los partos, trayendo como cautivo a Artabaces, hijo de Tigranes, como regalo para Cleopatra: pues, junto con el dinero y todo el botín, se le obsequió al punto al parto.
Estallada la guerra de Accio, Herodes se disponía ya a partir en campaña con Antonio, libre de los demás tumultos de Judea y dueño de Hircania, plaza que tenía en su poder la hermana de Antígono. Pero Cleopatra, con astucia, le impidió compartir los peligros con Antonio; pues, conspirando —como dijimos— contra los reyes, persuadió a Antonio de que confiara a Herodes la guerra contra los árabes, para hacerse ella señora de Arabia si aquel vencía, o de Judea si era vencido, y derribar así a un dinasta por medio del otro.
El designio, con todo, se inclinó a favor de Herodes; pues primero, haciendo botín contra los enemigos y reuniendo abundante caballería, la lanzó sobre ellos junto a Diospolis y venció, aunque le presentaron dura resistencia. Ante esta derrota se produjo un gran alzamiento de los árabes, y reunidos en Cánata, de Celesiria, en número incontable, aguardaban a los judíos. Allí llegó Herodes con sus tropas y trató de dirigir la guerra con más prudencia, ordenando fortificar el campamento. Pero la multitud no obedeció; envalentonada por la victoria anterior, se lanzó contra los árabes, y a la primera embestida los puso en fuga y los persiguió. Mas en la persecución se tendió una emboscada a Herodes: los naturales de Cánata, azuzados por Atenión —uno de los generales de Cleopatra, siempre hostil a él—. Cobrando ánimo ante este ataque, los árabes se volvieron y, uniéndose en masa en un terreno pedregoso y de difícil acceso, pusieron en fuga a los de Herodes y les causaron enorme mortandad. Los que se salvaron de la batalla se refugiaron en Órmiza, donde también los árabes cercaron su campamento y lo tomaron con toda la gente dentro.
Poco después de la desgracia, Herodes llegó con socorros, ya tarde para lo que hacía falta. Causa de este golpe fue para él la indisciplina de los oficiales; pues, de no haberse trabado el combate de improviso, ni siquiera Atenión habría hallado ocasión para la emboscada. Se vengó, con todo, de los árabes, recorriendo una y otra vez su tierra, hasta hacerles pagar muchas veces aquella única victoria. Pero mientras castigaba a sus enemigos, le sobrevino otra calamidad sobrenatural, al séptimo año de su reinado, cuando estaba en su apogeo la guerra de Accio. Al comenzar la primavera, la tierra tembló y destruyó una muchedumbre incontable de ganado y treinta mil personas; el ejército, en cambio, quedó indemne, pues vivaqueaba a cielo abierto.
Entonces la fama levantó a mayor osadía a los árabes, añadiendo siempre algo más terrible a las noticias sombrías. Creyendo que toda Judea estaba en ruinas, y pensando que dominarían un país desierto, se lanzaron contra él tras sacrificar antes a los embajadores que les habían llegado de parte de los judíos. Aterrada por la invasión, y debilitada por la magnitud de las desgracias sucesivas, Herodes reunió a la multitud e intentó animarla a la defensa hablándoles así:
«Del todo fuera de razón me parece el temor que ahora os aferra. Ante los golpes de la divinidad era natural desanimarse; pero sentir lo mismo ante un ataque humano es de cobardes. Yo estoy tan lejos de acobardarme ante los enemigos después del terremoto, que más bien supongo que Dios ha puesto ante los árabes ese cebo para darnos ocasión de castigarlos; pues no vienen tanto confiados en las armas o en sus brazos cuanto en nuestras calamidades fortuitas. Y frágil es la esperanza que pende, no de la propia fuerza, sino del infortunio ajeno.
»Ni la desdicha ni lo contrario son estables entre los hombres; puede verse a la fortuna mudándose a uno y otro lado. Y esto podéis aprenderlo de vuestros propios ejemplos: en el combate anterior, cuando vencíamos, nos vencieron los enemigos; y es probable que ahora sean derrotados los que se creen vencedores. Pues el exceso de confianza vive descuidado, y los temores enseñan la prudencia; de modo que, para mí, hasta vuestro miedo mismo es motivo de confianza. Cuando os mostrabais audaces más de lo debido y os lanzasteis contra los enemigos contra mi parecer, tuvo su ocasión la emboscada de Atenión; ahora, en cambio, vuestra vacilación y vuestro aparente desaliento me garantizan con seguridad la victoria.
»Conviene, con todo, estar así solo hasta el momento de obrar; pero en la acción hay que levantar el ánimo y convencer a esos impíos de que ningún mal, ni humano ni divino, abatirá jamás el valor de los judíos mientras conserven el aliento, ni ninguno consentirá que un árabe se haga señor de sus bienes, cuando muchas veces lo tuvo casi por cautivo. Que no os turben los estremecimientos de las cosas inanimadas, ni supongáis que el terremoto es presagio de otra desgracia; pues naturales son los padecimientos de los elementos, y no acarrean a los hombres más que el daño en sí mismos. De la peste, del hambre y de las convulsiones subterráneas podría preceder alguna señal más leve; pero estos fenómenos tienen su magnitud circunscrita: ¿qué mayor daño puede hacernos el terremoto que la propia guerra, aun venciéndonos?
»En cambio, el mayor presagio de derrota ha recaído sobre nuestros enemigos, no por azar ni por mano ajena: ellos, que contra la ley común de todos los hombres mataron cruelmente a nuestros embajadores y ofrecieron a Dios tales víctimas para su guerra. Mas no escaparán a su gran ojo ni a su invencible diestra, y en seguida nos pagarán su pena, si, recobrando ya el espíritu de nuestros padres, nos alzamos como vengadores de lo pactado y traicionado. Que vaya cada uno, no en defensa de su mujer, ni de sus hijos, ni de la patria en peligro, sino a vengar a los embajadores: ellos dirigirán la guerra mejor que los vivos. También yo me expondré el primero al peligro, si me obedecéis con docilidad; pues bien sabéis que vuestro valor es irresistible, con tal de que no os perjudique alguna temeridad.»
Con estas palabras alentó al ejército; y al verlo dispuesto, ofreció sacrificio a Dios, y después del sacrificio cruzó el río Yardén con sus fuerzas. Acampó junto a Filadelfia, cerca de los enemigos, y empezó a escaramuzar con ellos por un fuerte que quedaba en medio, queriendo trabar pronto combate; pues también ellos habían enviado por delante a algunos para apoderarse de la posición. Pero a estos los rechazaron con presteza los enviados por el rey y ocuparon la colina; y él, cada día sacando su fuerza, la formaba en orden de batalla y desafiaba a los árabes. Como ninguno salía —pues los tenía preso un terrible espanto, y más aún que la multitud, su general Élthemo estaba paralizado de miedo—, Herodes avanzó y desgarró su empalizada.
Entonces, forzados, salieron al combate desordenados y con la infantería revuelta entre la caballería. En número aventajaban a los judíos, pero les faltaba ardor, aunque, por la desesperación de la victoria, también ellos se mostraban temerarios. Por eso, mientras resistieron, no fue mucha su mortandad; pero en cuanto volvieron la espalda, muchos perecían a manos de los judíos y muchos pisoteados por los suyos mismos. Cinco mil, en efecto, cayeron en la desbandada; el resto de la multitud alcanzó a apiñarse dentro de la empalizada. A estos los cercó Herodes y los asedió; y cuando estaban a punto de ser tomados por las armas, la sed los apremió antes, al faltarles el agua. El rey desdeñaba a los que enviaban embajadas, y como ofrecían quinientos talentos de rescate, aún más los acosaba. Abrasándolos la sed, salían en masa y se entregaban voluntariamente a los judíos, de modo que en cinco días fueron encadenados cuatro mil, y al sexto la multitud restante, por desesperación, salió a combatir; contra ellos cargó Herodes y mató de nuevo a unos siete mil. Con tan gran golpe escarmentó a Arabia y apagó el ánimo de aquellos hombres, hasta el punto de ser elegido protector por aquel pueblo.
Pero al punto se apoderó de él la inquietud por el conjunto de sus asuntos, a causa de su amistad con Antonio, ahora que César había vencido en Accio. Con todo, causaba más temor del que padecía; pues César juzgaba que aún no había vencido a Antonio mientras Herodes permaneciera de su lado. El rey decidió afrontar el peligro de frente: navegó a Rodas, donde se hallaba César, y se presentó ante él sin diadema, en el vestido y el porte un particular, pero en el ánimo un rey. Sin ocultar nada de la verdad, le habló abiertamente:
«Yo, César, hecho rey por Antonio, reconozco haberle sido útil en todo. Y ni siquiera me retraeré de decir esto: que sin duda me habrías hallado, con las armas en la mano, agradecido con él, de no habérmelo impedido los árabes. Alianza le presté en la medida de lo posible, y muchos millares de fanegas de trigo le envié; y ni aun después del golpe de Accio abandoné a mi bienhechor. Fui su mejor consejero, cuando ya no le era útil como aliado, diciéndole que había un solo remedio para sus reveses: la muerte de Cleopatra. Si él la hubiera eliminado, le prometía dinero, murallas para su seguridad, un ejército, y a mí mismo como compañero en la guerra contra ti. Pero, según parece, le cerraron los oídos los deseos por Cleopatra y el dios que a ti te concede el triunfo. He sido vencido junto con Antonio, y con su fortuna he depuesto la diadema. He venido a ti con mi virtud por esperanza de salvación, confiando en que se examine qué clase de amigo he sido, no de quién.»
A esto respondió César: «Vive tranquilo y reina ahora con más firmeza; pues eres digno de gobernar a muchos, tú que así antepones la amistad. Procura permanecer fiel también a los más afortunados, que yo tengo, por tu grandeza de ánimo, las más brillantes esperanzas. Bien hizo, por cierto, Antonio en obedecer a Cleopatra antes que a ti: pues, por su locura, te hemos ganado a ti. Y comienzas, según parece, a hacer el bien, por lo que también Ventidio me escribe: que le enviaste refuerzos contra los gladiadores. Ahora, pues, por decreto te confirmo la seguridad de tu reino; y procuraré también en adelante hacerte algún bien, para que no eches de menos a Antonio.»
Tras agasajar así al rey y ceñirle la diadema, sancionó por decreto la merced, en el cual proclamó, con mucha magnanimidad, el elogio del hombre. Herodes, aplacándolo con regalos, le pidió por uno de los amigos de Antonio, Alejas, que se había hecho su suplicante; pero venció la cólera de César, que reprochaba muchas y graves cosas a aquel por quien se intercedía, y así rechazó la petición. Después, cuando César marchaba a Mitsraim por Siria, Herodes lo recibió con toda la riqueza real y entonces por primera vez cabalgó junto a él mientras se pasaba revista a las tropas cerca de Ptolemaida, y lo festejó junto con todos sus amigos; y tras ellos repartió también a todo el resto del ejército cuanto hacía falta para el banquete. Cuidó asimismo de procurar agua abundante a los que marchaban por el desierto hasta Pelusio, e igualmente a los que regresaban, y no faltó a las tropas nada de lo necesario. Tanto a César como a los soldados les vino, pues, la impresión de que el reino de Herodes era mucho más pequeño de lo que sus servicios merecían.
Por eso, cuando llegó a Mitsraim, muertos ya Cleopatra y Antonio, César no solo lo honró con las demás distinciones, sino que añadió a su reino el territorio cercenado por Cleopatra y, además, Gádara, Hipos y Shomrón, y por añadidura, de las plazas del litoral, Gaza, Antedón, Yafo y la Torre de Estratón. Le regaló también, para guardia de su cuerpo, cuatrocientos galos, que antes habían sido escolta de Cleopatra. Y nada lo movía tanto a las mercedes como la grandeza de ánimo de quien las recibía.
Después de la primera olimpíada de Accio, añadió a su reino la llamada Tracón y la contigua Batanea y la comarca de Auranítide, por la causa siguiente: Zenodoro, que había tomado en arriendo la casa de Lisanias, no dejaba de soltar a los bandidos del Tracón contra los damascenos. Estos, refugiándose ante Varrón, gobernador de Siria, le pidieron que expusiera su desgracia a César; y César, informado, respondió por escrito que se extirpara aquel nido de bandidos. Varrón, pues, emprendió campaña, limpió la tierra de aquellos hombres y se la quitó a Zenodoro; y esa tierra, más tarde, César, para que no fuera de nuevo base de operaciones de los bandidos contra Damasco, se la dio a Herodes. Lo nombró además procurador de toda Siria cuando volvió a la provincia al décimo año, de suerte que a los procuradores no les fuera lícito administrar nada sin su consejo. Y cuando murió Zenodoro, le agregó también toda la tierra situada entre el Tracón y Galilea. Pero lo que para Herodes era mayor que todo esto: era amado por César solo después de Agripa, y por Agripa solo después de César. De ahí que avanzara hasta la cima de la prosperidad y se elevara a mayor grandeza de ánimo, y que lo más de su magnanimidad lo aplicara a la piedad.
Así, en el año decimoquinto de su reinado, restauró el Templo mismo y ensanchó en torno a él un recinto del doble del que había, empleando gastos inmensos y una magnificencia insuperable. Prueba de ello eran los grandes pórticos alrededor del santuario y la fortaleza del norte sobre él: aquellos los edificó desde los cimientos; esta, restaurándola con abundante riqueza en nada inferior a un palacio, la llamó Antonia en honor de Antonio. En cuanto a su propio palacio, edificándolo en la ciudad alta, con dos aposentos, los más grandes y hermosos —con los que ni el Templo, en cierto modo, podía compararse—, los nombró por sus amigos: al uno Cesáreo, al otro Agripeo.
Pero no circunscribió su memoria y sus nombres solo a edificios, sino que su afán de honra se extendió a ciudades enteras. En la región de Shomrón fortificó una ciudad con un hermosísimo recinto amurallado de veinte estadios, estableció en ella seis mil colonos, les repartió una tierra feracísima, y en medio de la fundación erigió un enorme templo y consagró alrededor de él a César un recinto sagrado de tres estadios y medio; a la ciudad la llamó Sebaste, y a sus habitantes les concedió un régimen de excelentes leyes.
Cuando César, además de esto, le concedió más territorio, también allí erigió en honor de este un templo de mármol blanco junto a las fuentes del Yardén. El lugar se llama Panion. Allí una cima de montaña se eleva hasta una altura inmensa, y al pie de la ladera, por el flanco, se abre una gruta cubierta de espesura, por la que se hunde un despeñadero abismal en una sima insondable, llena de agua quieta; a los que descuelgan una sonda para investigar el fondo no les basta ninguna longitud de cuerda. Por fuera, al pie mismo de la gruta, brotan los manantiales, y de ahí —según creen algunos— tiene su origen el Yardén; pero lo exacto lo expondremos más adelante.
También en Yerijó, entre la fortaleza Cipros y el antiguo palacio, el rey levantó otras construcciones mejores y más cómodas para las estancias, y les dio el nombre de esos mismos amigos suyos. En una palabra: no hay lugar apropiado de su reino que dejara desnudo del honor debido a César. Y una vez que llenó de templos su propio país, derramó esos honores por toda la provincia y erigió Cesareas en muchas ciudades.
Al ver en la costa una ciudad ya decadente —se llamaba la Torre de Estratón—, que por la bondad natural del emplazamiento podía acoger su magnanimidad, la reconstruyó entera con piedra blanca y la adornó con palacios espléndidos; en ninguna otra obra mostró tanto su grandeza natural. Pues entre Dora y Yafo, en cuyo punto medio se halla la ciudad, toda la costa carecía de puerto, de suerte que todo el que navegaba desde Fenicia hacia Mitsraim tenía que fondear mar adentro por la amenaza del viento de poniente, que, aun soplando moderadamente, levanta contra las rocas un oleaje tan enorme que el reflujo de las olas encrespa el mar hasta muy lejos. Pero el rey, venciendo la naturaleza con el gasto y la ambición, construyó un puerto mayor que el Pireo, y en sus senos interiores otros fondeaderos profundos.
Aunque tenía por completo en contra el lugar, luchó a porfía contra la dificultad, de modo que la solidez de la fábrica resultara inexpugnable al mar y su belleza quedara ornada como si nada hubiera costado. Calculando la extensión que hemos dicho para el puerto, hundía en el mar bloques de piedra a veinte brazas de profundidad; los más de ellos medían cincuenta pies de largo, nueve de fondo y diez de ancho, y algunos aún mayores. Cuando quedó rellenado el fundamento bajo el agua, el muro que sobresalía del mar tenía ya doscientos pies de anchura; de estos, cien se habían adelantado como contención contra el embate de la ola —por eso se llamó antemural—, y el resto sirve de base al muro de piedra que corre alrededor. Este está distribuido en torres grandísimas, la más saliente y hermosa de las cuales se llama Drusión, por el hijastro de César.
Hay numerosas bóvedas abovedadas para albergar a los que fondean, y ante ellas todo el dique circular ofrece a los que desembarcan un ancho paseo. La bocana mira al norte, pues el bóreas es allí el más despejado de los vientos. En la entrada, a uno y otro lado, se alzan tres colosos sostenidos por columnas: a los de la izquierda del que entra los sostiene una torre maciza, y a los de la derecha dos piedras erguidas y unidas, mayores que la torre del otro lado. Contiguas al puerto se alzan casas, también de piedra blanca, y hacia él bajan las calles de la ciudad, trazadas a una misma distancia unas de otras. Frente a la bocana, sobre una loma, se alza un templo de César, notable por su belleza y su tamaño; dentro hay un coloso de César que no desmerece del Zeus de Olimpia, al que está imitado, y otro de Roma igual a la Hera de Argos. Consagró la ciudad a la provincia, el puerto a los que por allí navegaban, y a César el honor de la fundación: por eso la llamó Cesarea.
En cuanto a las demás obras —anfiteatro, teatro y plazas—, las erigió dignas de ese nombre. Y estableciendo unos juegos quinquenales, los llamó igualmente por César; él mismo fue el primero en ofrecer los premios más altos, en la olimpiada centésima nonagésima segunda, y en ellos no solo los vencedores, sino también los segundos y los terceros participaban de la riqueza real.
Reconstruyó asimismo Antedón, la ciudad costera derribada en la guerra, y la llamó Agripión; y por el exceso de su afecto hacia ese mismo amigo grabó también el nombre de él en la puerta que él mismo levantó en el Templo.
Amaba a su padre como pocos: en memoria suya le dedicó una ciudad, que fundó en la más hermosa llanura de su reino, rica en ríos y arboledas, y la llamó Antipátrida; y a la fortaleza que domina Yerijó, notable por su solidez y su belleza, la amuralló y la dedicó a su madre, dándole el nombre de Cipros. A su hermano Fasael dedicó, en Yerushaláyim, la torre de su mismo nombre, cuya forma y su magnificencia por el tamaño expondremos más adelante. Y fundando otra ciudad en el valle que se recorre al ir desde Yerijó hacia el norte, la llamó Fasaélide.
Habiendo entregado a la eternidad a sus parientes y amigos, tampoco descuidó su propia memoria: levantó una fortaleza sobre la montaña que mira a Arabia y la llamó Herodión, de su propio nombre; y a la colina en forma de pecho, obra de manos humanas, situada a sesenta estadios de Yerushaláyim, la llamó igual, pero la trabajó con mayor esmero. La rodeó en la cima con torres redondas y llenó el recinto con palacios suntuosísimos, de modo que no solo la vista interior de las estancias era espléndida, sino que también por los muros exteriores, las cornisas y los techos se derramaba con largueza la riqueza. Desde lejos, y con enormes gastos, condujo una gran cantidad de agua, y trazó la subida con doscientos peldaños de mármol blanquísimo, pues la colina era bastante alta y toda ella hecha a mano. Al pie construyó además otros palacios capaces de acoger el bagaje y a los amigos, de suerte que por tenerlo todo la fortaleza parecía una ciudad, y por su perímetro, un palacio.
Habiendo fundado tantas obras, mostró también su magnanimidad con muchísimas ciudades de fuera. A Trípoli, a Damasco y a Ptolemaida les dio gimnasios; a Biblos, una muralla; salas, pórticos, templos y plazas construyó para Berito y para Tiro; teatros para Sidón y Damasco; a Laodicea, la costera, un acueducto; a los de Ascalón, baños y fuentes suntuosas, y además peristilos admirables por su labor y su tamaño; y a algunas les consagró bosques y prados. Muchas ciudades, como partícipes de su reino, recibieron incluso territorio de él; a otras las dotó de rentas asignadas para las gimnasiarquías, anuales y perpetuas, como a los de Cos, para que jamás faltara ese honor. A todos los necesitados les suministró trigo, y a Rodas le entregó dinero para la construcción de una flota en muchas ocasiones y muchas veces; y al incendiarse el Pitio, lo reconstruyó más hermoso a su propia costa.
¿Y qué falta hace mencionar los dones a los licios o a los samios, o su largueza por toda Jonia en cuanto cada cual necesitaba? ¿Acaso los atenienses, los lacedemonios, los nicopolitanos y Pérgamo en Misia no están llenos de las ofrendas de Herodes? La avenida de Antioquía en Siria, que por el fango era intransitable, ¿no la pavimentó con mármol pulido —veinte estadios de largo— y, para librarla de las lluvias, la adornó con un pórtico de igual longitud?
Esto podría decirse propio de cada uno de los pueblos beneficiados; pero lo que otorgó a los eleos fue un don no solo común a Grecia, sino a todo el mundo habitado, adonde alcanza la fama de los juegos de Olimpia. Al verlos venir a menos por falta de recursos, y hundirse así el único resto de la antigua Grecia, no solo fue agonoteta de la olimpiada que le cupo cuando pasaba navegando hacia Roma, sino que además les asignó rentas perpetuas, para que jamás quedara sin recuerdo su memoria como agonoteta. Sería interminable recorrer sus condonaciones de deudas o de tributos: así aligeró las contribuciones anuales de los faselitas, de los de Balanea y de las pequeñas ciudades de Cilicia. Pero lo que más quebró su magnanimidad fue el temor: no quería parecer odioso ni dar la impresión de perseguir algún fin mayor beneficiando a las ciudades más que sus propios señores.
Tuvo además un cuerpo a la altura de su alma. Fue siempre cazador excelente, y en ello destacaba sobre todo por su pericia en la equitación; en un solo día llegó a abatir cuarenta fieras. El país cría jabalíes, pero abunda más en ciervos y asnos salvajes. Como guerrero era irresistible; muchos, incluso en los ejercicios, quedaron pasmados al verlo lanzar el venablo con puntería certera y disparar el arco con acierto insuperable. A las ventajas del alma y del cuerpo se sumó también una fortuna propicia: rara vez tropezó en la guerra, y de sus reveses no fue él la causa, sino la traición de algunos o la temeridad de los soldados.
Con todo, la fortuna hizo pagar sus prosperidades al aire libre con las amarguras de su casa, y empezó a ser desdichado por causa de una mujer, aquella por la que más se afanó. Pues cuando accedió al poder, repudió a la esposa que había tomado siendo un particular —era de linaje de Yerushaláyim, se llamaba Doris— y desposó a Mariamna, hija de Alejandro, el hijo de Aristóbulo; por ella le sucedió que su casa cayó en discordia, y ello pronto, pero sobre todo tras su regreso de Roma. Primero, por causa de los hijos de Mariamna, desterró de la ciudad a Antípatro, el hijo de Doris, permitiéndole bajar solo en las fiestas. Después, al abuelo de su mujer, Hircano, que había vuelto junto a él desde los partos, lo hizo matar por sospecha de conjura: a este lo había hecho cautivo Bazafranes al invadir Siria, y sus compatriotas de más allá del Éufrates, por compasión, lo habían rescatado. Y si él hubiera hecho caso a quienes le aconsejaban no pasar junto a Herodes, no habría perecido; pero el matrimonio de su nieta se convirtió en cebo de su muerte, pues, confiado en él y anhelando en exceso su patria, vino. Y no fue por reclamar él la realeza por lo que irritó a Herodes, sino porque el reinar le correspondía por derecho.
De los cinco hijos que tuvo de Mariamna, dos fueron hijas y tres varones. De estos, el menor murió educándose en Roma, y a los dos mayores los criaba con boato regio, tanto por la nobleza de la madre como porque habían nacido cuando él ya reinaba. Pero lo que más obró en su favor fue el amor por Mariamna, que día a día inflamaba a Herodes más ardientemente, hasta el punto de no sentir ninguna de las penas que la amada le causaba; pues tanto era el odio de Mariamna hacia él como el amor de él hacia ella. Teniendo ella una aversión bien fundada en los hechos, y una franqueza nacida de saberse amada, le echaba en cara abiertamente lo del abuelo Hircano y lo de su hermano Yonatán; pues tampoco a este, aun siendo un muchacho, lo respetó: le había dado el sumo sacerdocio a los diecisiete años, y, tras el honor, lo mató enseguida, cuando, al tomar este las vestiduras sagradas y acercarse al altar en una fiesta, la multitud entera rompió a llorar. El muchacho fue enviado de noche a Yerijó, y allí, por orden suya, unos galos lo ahogaron en una piscina y así murió.
Por esto Mariamna reprochaba a Herodes, y a la hermana y a la madre de él las ultrajaba con injurias terribles. Él estaba amordazado por su pasión, pero a las mujeres les entró una indignación tremenda, y para lo que más habían de conmover a Herodes la calumniaron de adulterio. Entre otras muchas cosas que urdían para dar verosimilitud, la acusaron de haber enviado su propio retrato a Mitsraim, a Antonio, y de que, por el colmo de la lascivia, se había mostrado en ausencia a un hombre loco por las mujeres y capaz de forzarla. Esto cayó sobre Herodes como un rayo y lo turbó, sobre todo porque el amor lo hacía celoso, y porque, además, calculaba la crueldad de Cleopatra, por la que habían perecido el rey Lisanias y Málico el árabe; pues no medía el peligro con la pérdida de una esposa, sino con la muerte.
Cuando estaba a punto de ausentarse, confió la mujer a Yosef, el marido de su hermana Salomé —hombre de confianza y bien dispuesto por el parentesco—, dándole en secreto la orden de matarla si también a él lo mataba Antonio. Pero Yosef, no por malicia, sino queriendo hacer ver a la mujer el amor del rey —que ni muerto soportaba separarse de ella—, le reveló el secreto. Y ella, cuando Herodes regresó y le juraba en sus conversaciones cuánto la amaba y que jamás se había enamorado de otra mujer, le dijo: «Buena prueba diste de tu amor por nosotros con las órdenes que le mandaste a Yosef, cuando ordenaste que me mataran.» Al oír el secreto quedó él enseguida fuera de sí; y afirmando que jamás Yosef habría revelado la orden si no la hubiera seducido, enloqueció de pasión, y saltando del lecho iba y venía sin freno por el palacio. Salomé, su hermana, aprovechó ese momento para sus calumnias y afianzó la sospecha contra Yosef. Y él, arrebatado por unos celos sin mezcla, ordenó al punto matar a ambos.
Pero al arrebato siguió enseguida el arrepentimiento, y, caída la cólera, el amor se reavivó de nuevo. Tan grande era el ardor de su deseo que ni siquiera la creía muerta, sino que, por el dolor, le hablaba como si viviera, hasta que, enseñado por el tiempo, tuvo un duelo proporcionado a la pena que había sentido por ella cuando vivía.
Los hijos heredaron la cólera de la madre, y, tomando conciencia del crimen, miraban con recelo a su padre como a un enemigo. Ya antes, al educarse en Roma, pero más aún cuando volvieron a Judea, iba creciendo ese sentimiento con sus edades. Y cuando, llegados a la edad de casarse, el uno tomó por esposa a la hija de su tía Salomé —la que había acusado a su madre— y el otro a la hija de Arquelao, rey de los capadocios, sumaron ya al odio la franqueza. De su audacia sacaban pretextos los calumniadores, y algunos hablaban ya más abiertamente al rey, diciendo que ambos hijos conspiraban contra él, y que el emparentado con Arquelao preparaba la huida, confiado en su suegro, para acusarlo ante César. Colmado de calumnias, Herodes hizo volver, como un baluarte contra sus hijos, a Antípatro, el hijo de Doris, y empezó a preferirlo de todos los modos.
Para ellos era insoportable el cambio, y al ver al hijo de una madre plebeya prosperar por encima de su propia nobleza, no dominaban su indignación, sino que a cada disgusto dejaban estallar su cólera. Así, ellos cada día se hacían más antipáticos, mientras que Antípatro se ganaba ya el favor por sí mismo, hábil como era en las adulaciones a su padre y en urdir contra sus hermanos calumnias de toda clase, unas fabricadas por él, otras difundidas por medio de secuaces suyos que echaba a correr, hasta que apartó del todo a sus hermanos de la esperanza del reino. Pues en el testamento él era ya, abiertamente, el sucesor; como rey fue enviado incluso ante César, sirviéndose del aparato y del demás séquito regio, salvo la diadema. Con el tiempo logró introducir a su madre en el lecho de Mariamna. Y usando dos armas contra sus hermanos, la adulación y la calumnia, dispuso al rey incluso a pensar en la muerte de sus hijos.
Así, el padre arrastró a Alejandro hasta Roma y lo llevó a juicio ante César por intento de envenenamiento contra su persona. El joven, hallando al fin ocasión de quejarse con franqueza y un juez mucho más experto que Antípatro y más sensato que Herodes, encubrió con pudor las faltas del padre, pero rebatió con fuerza las calumnias vertidas contra él. Y demostrando la inocencia también de su hermano, partícipe de los peligros, deploró la maldad de Antípatro y la afrenta de ambos. Le ayudaba, junto a la limpieza de su conciencia, la fuerza de la palabra, pues era en verdad elocuentísimo. Y cuando al final dijo que le era posible a su padre matarlos si presentaba el cargo, movió a todos al llanto y dispuso a César de tal modo que desechó las acusaciones y reconcilió enseguida a Herodes con ellos. Las condiciones de la reconciliación fueron estas: que ellos obedecieran en todo a su padre, y que él dejara el reino a quien quisiera.
Después de esto el rey regresaba de Roma dando la impresión de perdonar a sus hijos las acusaciones, pero no libre de sospecha, pues lo acompañaba Antípatro, causa del odio. Sin embargo, no manifestaba abiertamente su enemistad, por respeto al mediador. Al pasar navegando junto a Cilicia, arribó a Eleusa, donde Arquelao lo agasajó con afecto, agradeciéndole la salvación de su yerno y regocijándose con la reconciliación, tanto más cuanto que ya había escrito a sus amigos de Roma que asistieran a Alejandro en el juicio; y lo acompañó hasta Zefirión, dándole regalos por valor de hasta treinta talentos.
Cuando Herodes llegó a Yerushaláyim, reunió al pueblo y, presentando a sus tres hijos, dio cuenta de su viaje. Dio muchas gracias a Dios y muchas a César por haber puesto en orden su casa turbada y por conceder a sus hijos algo mayor que un reino: la concordia. «Esa concordia —dijo— la afianzaré yo aún más. Él me ha constituido señor del poder y árbitro de la sucesión; y yo, atendiendo a mi propio interés, correspondo también al suyo. A estos tres hijos los declaro reyes, y pido que apruebe mi decisión primero Dios y luego vosotros. A uno lo abona para la sucesión la edad, a los otros la nobleza; y la grandeza del reino basta incluso para más. A quienes César unió y su padre instituye, guardadlos vosotros sin dar honores injustos ni desiguales, sino a cada cual según su rango; pues no alegrará tanto a quien se le honre por encima de su edad como afligirá a quien se le desdeñe.
»En cuanto a los parientes y amigos que hayan de acompañar a cada uno, yo los distribuiré y los pondré como garantes de la concordia, sabiendo bien que las sediciones y las rivalidades las engendra la maldad de los que conviven; y si estos son honrados, conservan los afectos. Y pido que no solo ellos, sino también los oficiales de mi ejército, pongan por ahora en mí solo sus esperanzas; pues no entrego a mis hijos el reino, sino el honor del reino: disfrutarán de sus placeres como gobernantes, pero el peso de los asuntos es mío, aunque no quiera. Considere cada cual mi edad, mi modo de vida y mi piedad: ni soy tan viejo como para que se me desahucie pronto, ni me he entregado al lujo, que consume aun a los jóvenes; y a Dios lo hemos servido de tal manera que puedo llegar a una vida larguísima. Así que quien corteje a mis hijos para derribarme me pagará también por ellos; pues no es por envidia hacia los nacidos de mí por lo que refreno el honor hacia ellos, sino porque sé que en los jóvenes el celo se vuelve pertrecho de audacia.
»Si cada uno de los que se acercan reflexionara en que, siendo honrado, recibirá de mí la recompensa, mientras que, sedicioso, sacará inútil su malicia aun ante aquel a quien corteje, creo que todos pensarán como yo, es decir, en favor de mis hijos; pues a estos les conviene que yo mande y a mí que ellos concuerden. Y vosotros, buenos hijos, considerando primero el vínculo sagrado de la naturaleza, cuyos afectos perduran aun entre las fieras; después, a César, que forjó nuestra reconciliación; y en tercer lugar a mí, que os exhorto en lo que me es lícito mandar, permaneced hermanos. Os doy ya vestidura y séquito regios, y ruego a Dios que guarde mi decisión, si concordáis.»
Dicho esto, y abrazando afectuosamente a cada uno de sus hijos, disolvió a la multitud: unos hacían votos por lo dicho, y cuantos deseaban un cambio fingían no haberlo siquiera oído.
Pero con los hermanos se marchó también la discordia, y se separaron albergando aún peores sospechas unos de otros: Alejandro y Aristóbulo, doloridos por haberse confirmado en Antípatro el rango de primogénito; y Antípatro, indignado incluso de tener que ser segundo respecto de sus hermanos. Pero él, de carácter sumamente taimado, sabía callar y encubría con mucha astucia su odio hacia ellos; mientras que estos, por su nobleza, llevaban en la lengua todo lo que pensaban. Muchos los aguijoneaban de propósito, y aún más de los amigos se les acercaban como espías. Todo lo que se hablaba junto a Alejandro estaba enseguida en manos de Antípatro, y de Antípatro pasaba a Herodes con añadiduras; pues ni una palabra simple decía el joven sin que se le pidieran cuentas: lo dicho se torcía en calumnia, y de una franqueza moderada se fabricaban las mayores cosas a partir de las más nimias. Antípatro echaba siempre por delante a quienes lo provocaran, para que la mentira tuviera puntos de arranque verdaderos; y bastaba que se comprobara uno solo de los rumores para que todo cobrara crédito. Cada uno de sus amigos era por naturaleza hermético, o se lo compraba con regalos para que no revelara nada de los secretos; y no erraría quien llamara a la vida de Antípatro «misterio de maldad». A los que trataban con Alejandro los corrompía con dinero o se los ganaba con adulaciones, y a todos los sometió, convirtiéndolos en traidores y en delatores de lo que se hacía o se decía.
Componiendo todo con estudiada teatralidad, hacía llegar a Herodes sus calumnias por los caminos más artificiosos, poniéndose él mismo la máscara de hermano, mientras echaba por delante a otros como denunciantes. Y cuando se anunciaba algo contra Alejandro, se presentaba fingiendo, y, empezando por desacreditar lo dicho, lo iba luego fabricando en silencio e incitaba al rey a la indignación. Todo lo reducía a conjura y a la apariencia de que Alejandro estaba al acecho para degollar a su padre; pues nada daba tanto crédito a las calumnias como el que Antípatro lo defendiera.
Con estas cosas Herodes se iba enfureciendo, y cuanto cada día restaba a su afecto por los muchachos, otro tanto añadía a Antípatro. En su bando se inclinaron también los del palacio, unos de buen grado, otros por orden; como Tolomeo, el más honrado de los amigos, los hermanos del rey y toda la familia. Pues todo era Antípatro, y —lo más amargo para Alejandro— todo era la madre de Antípatro, consejera contra ellos más dura que una madrastra, y que odiaba a los hijos de la reina más de lo que se odia a unos hijastros. Todos, pues, ya por sus esperanzas cortejaban a Antípatro, y a cada uno lo apartaba de ellos las órdenes del rey, que había mandado a los más honrados no acercarse ni prestar atención a los del círculo de Alejandro. Y Antípatro era temible no solo para los del reino, sino también para los amigos de fuera; pues a ningún rey había dado César tanta autoridad como para poder sacar de una ciudad que no fuera de su jurisdicción incluso a un fugitivo suyo. Los muchachos ignoraban las calumnias, y por eso caían en ellas más incautamente, pues el padre nada les reprochaba a las claras; pero poco a poco lo iban comprendiendo por la frialdad, y ante cada agravio se enconaban más. También indispuso Antípatro contra ellos, con hostilidad, al tío Feroras y a la tía Salomé, tratándola siempre —como si fuera su mujer— y azuzándola.
A la aversión de esta contribuía también Glafira, la mujer de Alejandro, que hacía alarde de su propia alcurnia y de que era señora de todas las del palacio, pues descendía por su padre de Témeno y por su madre de Darío, el hijo de Histaspes. Muchos reproches dirigía por su bajo linaje a la hermana de Herodes y a las mujeres, cada una de las cuales había sido elegida por su hermosura, no por su cuna. Eran muchas, ya que a los judíos les está permitido por costumbre patria tomar varias mujeres, y al rey le agradaba tenerlas en número; y todas ellas, por la altanería de Glafira y sus injurias, odiaban a Alejandro.
En cuanto a Salomé, aunque era su suegra, el propio Aristóbulo la enemistó consigo, irritada ya de antes por las difamaciones de Glafira; pues reprochaba continuamente a su mujer su humildad de origen y que él había desposado a una plebeya, mientras su hermano Alejandro había desposado a una princesa. Esto lo contó llorando la hija a Salomé, y añadió que los del círculo de Alejandro amenazaban con que, cuando tomaran el reino, harían tejedoras junto con las esclavas a las madres de los demás hermanos, y a ellos, escribanos de aldea, burlándose de que estaban esmeradamente instruidos. Ante lo cual Salomé, sin contener la cólera, se lo contó todo a Herodes; y era muy digna de crédito al hablar contra su yerno.
Coincidió con ello otra calumnia que atizó la ira del rey: oyó que ellos invocaban continuamente a su madre y la lloraban maldiciéndolo a él, y que muchas veces, cuando él repartía alguna de las vestiduras de Mariamna entre las mujeres posteriores, amenazaban con que, en lugar de las regias, pronto les pondrían encima otras hechas de pelo.
Por esto, aunque receloso del temple de los jóvenes, no cortó la esperanza de una enmienda; sino que, llamándolos —pues iba a hacerse a la mar hacia Roma—, los amenazó brevemente como rey, pero los amonestó mucho como padre, y los exhortó a amar a sus hermanos, ofreciéndoles el perdón de las faltas pasadas si en adelante se corregían. Ellos rechazaron las calumnias diciendo que eran falsas, y afirmaron que probarían su defensa con los hechos; que él, sin embargo, debía atajar las hablillas no creyéndolas a la ligera, pues no faltarían quienes mintieran contra ellos mientras hubiera quien lo creyera.
Habiendo persuadido de esto pronto a su padre, se libraron del miedo inmediato, pero cobraron pesadumbre para el futuro; pues supieron que Salomé y el tío Feroras eran sus enemigos. Ambos eran gravosos y difíciles, pero Feroras más, que participaba de todo el reino salvo de la diadema, tenía rentas propias de cien talentos y disfrutaba de toda la región de allende el Yardén, recibida como regalo de su hermano, quien lo había hecho también tetrarca, pidiéndolo a César, y lo había juzgado digno de matrimonio regio, casándolo con la hermana de su propia mujer; y tras la muerte de esta le consagró a la mayor de sus propias hijas con una dote de trescientos talentos. Pero Feroras rehuyó el matrimonio regio por el amor de una esclava; Herodes, irritado por ello, casó a la hija con su sobrino, muerto después por los partos; y no mucho más tarde depuso su cólera contra Feroras, perdonándole por su pasión.
Ya de antiguo, viviendo aún la reina, se le calumniaba de conspirar contra él con venenos; y entonces se presentaron muchísimos delatores, de modo que, aun siendo Herodes amantísimo de su hermano, fue llevado a dar crédito a lo dicho y a temer. Tras torturar a muchos de los sospechosos, llegó al fin a los amigos de Feroras. Ninguno de ellos confesó abiertamente una conjura, pero sí que él, tras raptar a su amada, se preparaba a huir a los partos, y que eran cómplices del plan y de la fuga Costobaro, el marido de Salomé, a quien el rey se la había dado en matrimonio tras haber sido ejecutado por adulterio el primero. Tampoco Salomé quedó libre de calumnia; pues su hermano Feroras la acusaba de haber pactado matrimonio con Sileo, el administrador de Obedas, rey de los árabes, hombre enemistadísimo de Herodes. Convicta de esto y de cuanto Feroras le imputaba, obtuvo el perdón; y también al propio Feroras el rey lo absolvió de los cargos.
Pero la tormenta de la casa se desplazó sobre Alejandro y descargó entera sobre su cabeza. Había tres eunucos muy queridos del rey, y se ve por sus funciones: a uno estaba encomendado escanciar el vino, a otro servir la cena, y el tercero lo acostaba y dormía a su lado. A estos los ganó Alejandro para sus placeres con grandes regalos. Delatado el hecho al rey, se los interrogó con tormentos, y confesaron enseguida el trato; revelaron además las promesas que él les había hecho, y cómo habían sido engañados por Alejandro, que les decía que no debían poner sus esperanzas en Herodes, un viejo desvergonzado que se teñía el cabello, si es que por eso no lo tenían también por joven, sino atender a él, que heredaría el reino aun contra la voluntad del padre, y no tardando; que castigaría a los enemigos y haría a los amigos felices y dichosos, y antes que a nadie a ellos mismos. Añadían que también los poderosos rendían a Alejandro un culto secreto, y que los jefes de la milicia y los oficiales se reunían con él a escondidas.
Esto atemorizó tanto a Herodes que no se atrevió siquiera de inmediato a sacar a la luz las delaciones, sino que, enviando espías de noche y de día, escudriñaba cada cosa que se hacía o se decía, y a los sospechosos los mataba al punto. Se llenó el palacio de una tremenda iniquidad: por enemistad u odio particular, cada cual fabricaba sus calumnias, y muchos se servían del furor sanguinario del rey contra sus rivales. La mentira obtenía crédito al instante, y los castigos eran más rápidos que las calumnias. Así, se acusaba a uno que acababa de acusar, y era arrastrado junto con aquel a quien había delatado; pues el peligro de su propia vida abreviaba los interrogatorios del rey. Llegó a tal amargura que ni a los no acusados miraba con benevolencia, y era durísimo aun con sus amigos: a muchos de ellos les prohibió el palacio, y con aquellos sobre los que no tenía poder de mano, era áspero de palabra.
Antípatro se ensañó con las desgracias de Alejandro, y, formando un tropel de los parientes, no hubo calumnia que dejara de emplear. El rey fue llevado a tal grado de temor por sus patrañas y sus montajes que le parecía ver a Alejandro plantado ante él con la espada desnuda. Lo apresó, pues, de improviso, lo encadenó y pasó a torturar a sus amigos. Muchos morían en silencio, sin decir nada por encima de lo que sabían; pero otros, forzados por los dolores a mentir, decían que él conspiraba contra su padre junto con su hermano Aristóbulo, y que estaba al acecho para matarlo mientras cazaba y huir a Roma. A esto, aunque no era verosímil, sino improvisado por la necesidad, el rey lo creyó de buena gana, tomando como consuelo de haber encadenado a su hijo el no parecer que lo había hecho injustamente.
Alejandro, viendo que era imposible hacer cambiar de parecer a su padre, resolvió salir al encuentro de los males, y, componiendo cuatro libros contra sus enemigos, confesó la conjura, pero señaló como cómplices a la mayoría de ellos, y antes que a nadie a Feroras y a Salomé; a esta incluso porque una vez, entrando por fuerza de noche, se había unido a él contra su voluntad. Los libros llegaron a manos de Herodes, clamando muchas cosas terribles contra los más poderosos, y a toda prisa vino a Judea Arquelao, temeroso por su yerno y por su hija. Se hizo su valedor con mucha previsión, y con arte desvió la amenaza del rey. Pues, al encontrarse con él, gritó enseguida: «¿Dónde está mi malvado yerno? ¿Dónde veré la cabeza parricida que he de despedazar con mis propias manos? Y a mi hija se la añadiré a ese hermoso novio; pues aunque no haya participado del plan, por ser mujer de semejante hombre, está mancillada. Y me admiro también de ti, el conspirado, por tu paciencia, si Alejandro vive hasta ahora; yo venía a toda prisa desde Capadocia creyendo que hace tiempo había pagado su pena, y pensando examinar contigo lo de mi hija, a la que se la entregué mirando a tu dignidad. Pero ahora hemos de deliberar acerca de ambos; y si eres demasiado padre, o demasiado flojo para castigar a un hijo conspirador, troquemos las diestras y hagámonos herederos el uno de la cólera del otro.»
Con este alarde se ganó a Herodes, aun estando prevenido; le entregó, pues, los libros compuestos por Alejandro para que los leyera, y, deteniéndose en cada capítulo, los examinaba con él. Arquelao tomaba de ahí ocasión para su estratagema, y poco a poco desviaba las culpas hacia los inscritos en ellos y hacia Feroras. Y cuando vio que el rey lo creía, dijo: «Hay que ver si acaso el muchacho no estará conspirado por tantos malvados, en lugar de tú por el muchacho; pues no veo motivo por el que hubiera caído en semejante crimen, disfrutando ya de la realeza y esperando incluso la sucesión, a no ser que hubiera algunos que lo persuadieran y se sirvieran para el mal de la ligereza de su edad. Pues por tales personas se dejan engañar no solo los mozos, sino también los viejos, y se derrumban las casas más ilustres y reinos enteros.»
Herodes asintió a lo que se le decía, y por un momento aflojó su ira contra Alejandro; pero se enardeció contra Feroras, pues él era el asunto de los cuatro libros. Este, viendo lo pronto que el rey cambiaba de humor y cómo la amistad de Arquelao prevalecía sobre todo ante él, comprendió que no había salvación por vías decorosas y se la procuró por el camino del descaro: abandonó a Alejandro y se refugió en Arquelao.
Arquelao le respondió que no veía cómo podría interceder por él, envuelto como estaba en tantas acusaciones —de las que quedaba claro que había conspirado contra el rey y era el causante de las desgracias presentes del muchacho—, a menos que renunciara a su astucia y a sus negativas, confesara los cargos y pidiera perdón a su hermano, que además lo amaba; que en eso él le ayudaría de todos los modos posibles.
Feroras se deja persuadir. Y arreglándose para parecer lo más lastimoso posible, con vestido negro y lágrimas, se arroja a los pies de Herodes, como tantas veces había logrado el perdón. Se declaró infame —pues había hecho cuanto se le imputaba— y lamentó un extravío de la razón y una locura, cuya causa, decía, era el amor por su mujer.
Habiendo presentado así a Feroras como acusador y testigo de sí mismo, Arquelao intercedió ya por él y aplacó la ira de Herodes, sirviéndose de ejemplos propios: que también él, sufriendo cosas mucho más duras de parte de su hermano, anteponía el derecho de la sangre a la venganza; pues en los reinos, como en los grandes cuerpos, siempre hay alguna parte que se inflama por el peso, y no conviene amputarla, sino tratarla con más suavidad.
Diciendo muchas cosas de este tenor, ablanda a Herodes respecto de Feroras; pero él mismo seguía indignado contra Alejandro, y decía que separaría a su hija y se la llevaría —hasta que puso a Herodes en el trance de rogarle en sentido contrario por el muchacho y de pedir de nuevo a su hija en matrimonio para él. Con gran aire de sinceridad, Arquelao le respondió que la casara con quien quisiera, salvo con Alejandro, pues tenía en muchísimo mantener con él los vínculos del parentesco.
Al decir el rey que le haría un regalo de su hijo si no disolvía el matrimonio —tenían ya hijos, y tanto amaba el muchacho a aquella mujer que, si permanecía, sería un freno para sus faltas, mientras que si se la arrancaba sería causa de desesperación total, porque las audacias se ablandan cuando las distraen los propios afectos—, a duras penas Arquelao consiente, se reconcilia y reconcilia al padre con el joven. Dijo, con todo, que era absolutamente necesario enviarlo a Roma a hablar con César, pues él mismo le había escrito sobre todo el asunto.
Así llegó a su fin la estratagema de Arquelao con la que salvó a su yerno. Después de las reconciliaciones pasaban el tiempo en banquetes y muestras de afecto. Al partir, Herodes lo obsequia con setenta talentos en regalos, un trono de oro con incrustaciones de piedras, eunucos y una concubina que se llamaba Pánnychis, y honró a cada uno de sus amigos según su rango. Igualmente, por orden del rey, todos los parientes dieron a Arquelao espléndidos regalos, y fue escoltado por Herodes y por los poderosos hasta Antioquía.
No mucho después llegó a Judea un hombre mucho más hábil que las estratagemas de Arquelao, que no solo echó por tierra la reconciliación que aquel había gestionado con Alejandro, sino que fue causa de su perdición. Era de linaje laconio, de nombre Euricles, y se había metido en el reino por avidez de dinero; pues Grecia ya no bastaba a su prodigalidad. Habiendo traído a Herodes espléndidos regalos —cebo de lo que iba a cazar— y recibido al punto muchísimo más, tenía por nada el don limpio si no comerciaba con el reino a costa de sangre.
Así, envuelve al rey con adulación, con habilidad de palabra y con falsos elogios sobre él. Como pronto advirtió el carácter de Herodes, diciendo y haciendo en todo lo que le agradaba, se hace amigo suyo entre los primeros; pues tanto el rey, por amor a la patria de aquel, como todos los de su entorno, gustosos daban preferencia al espartano.
Cuando este conoció los puntos podridos de la casa —las discordias entre los hermanos y cómo estaba dispuesto el padre hacia cada uno—, como ya estaba ligado a Antípatro por la hospitalidad, finge amistad con Alejandro, mintiendo que era compañero suyo y de Arquelao desde antiguo; por eso fue recibido enseguida, como quien viene ya acreditado, y Alejandro lo presenta al punto también a su hermano Aristóbulo.
Probando todos los papeles, se insinuaba en cada uno de distinta manera; pero se hace ante todo asalariado de Antípatro y traidor de Alejandro: al uno le reprochaba que, siendo el mayor, dejara pasar a los que acechaban sus esperanzas; a Alejandro, que, habiendo nacido de una reina y viviendo con una reina, dejara heredar el poder al hijo de una mujer del común, teniendo además un tan gran apoyo en Arquelao.
Era para el muchacho un consejero de confianza, fingiendo la amistad de Arquelao. Por eso Alejandro, sin ocultarle nada, le lloraba lo de Antípatro, y decía que no era de extrañar que Herodes, que había matado a la madre de ellos, les quitara también a ellos el reino de aquella. Ante lo cual Euricles fingía compadecerse y dolerse con él. Habiendo cebado también a Aristóbulo para que dijera lo mismo, y enredados ambos en reproches contra el padre, se marchaba llevando los secretos a Antípatro. Añade encima la mentira de una conjura, como si los hermanos lo acecharan a él y casi ya le echaran encima las espadas. A cambio de esto recibió gran cantidad de dinero y se hizo elogiador de Antípatro ante el padre.
Finalmente, contratado para la muerte de Aristóbulo y Alejandro, se convierte en su acusador ante el padre. Presentándose, decía que devolvía a Herodes la vida en pago de sus beneficios y le ofrecía la luz en compensación de la hospitalidad: que hacía tiempo se había afilado contra él una espada y se había tensado la diestra de Alejandro, y que él mismo se había interpuesto, fingiendo cooperar con la prisa. Pues Alejandro —decía— afirmaba que no le bastaba a Herodes haber reinado sobre lo ajeno y, tras el asesinato de la madre de ellos, haber dilapidado el reino de aquella, sino que encima introducía como heredero a un bastardo y ofrecía a Antípatro, el corruptor, el reino que les venía del abuelo. Que él vengaría las almas de Hircano y de Mariamna, pues no le correspondía recibir de tal padre el poder sin derramamiento de sangre.
Que muchas cosas lo exasperaban a diario, hasta el punto de que no le quedaba ni un modo de hablar libre de calumnia. Si se hacía mención de la nobleza de otros, él era ultrajado sin razón, diciendo el padre: «Solo Alejandro es noble, y por su bajo linaje desprecia a su padre.» En las cacerías, si callaba, ofendía; si elogiaba, se le tachaba de burlón. En todas partes hallaba a su padre implacable y cariñoso solo con Antípatro; por él con gusto moriría, aun sin lograr el atentado. Que, si mataba, tenía recursos de salvación: primero Arquelao, su suegro, junto al que escaparía fácilmente; luego César, que hasta ahora ignoraba el carácter de Herodes.
Pues no se presentaría como antes, temblando ante el padre que lo vigilaba, ni hablaría solo de sus propios cargos, sino que primero proclamaría las desgracias del pueblo y a los exprimidos con impuestos hasta el alma; luego, en qué lujos y actos se gastó el dinero obtenido con sangre; quiénes eran los que se habían enriquecido a costa nuestra, y a cambio de qué habían sido agasajadas las ciudades. Que buscaría allí también a su abuelo y a su madre, y proclamaría todas las abominaciones del reino, por lo cual no sería juzgado parricida.
Habiendo inventado tales monstruosidades contra Alejandro, Euricles elogiaba mucho a Antípatro, como que solo él amaba al padre y por eso había sido hasta entonces estorbo del atentado. El rey, aún no bien calmado de lo anterior, se enfurece hasta una ira incurable. Y de nuevo, aprovechando la ocasión, Antípatro envía en secreto a otros acusadores contra los hermanos, para decir que hablaban a escondidas con Yucundo y Tirano —que en otro tiempo habían sido comandantes de caballería del rey, y entonces, por ciertos roces, habían caído de su puesto—. Ante lo cual Herodes, sumamente indignado, al punto sometió a tormento a estos hombres.
Pero ellos no confesaron nada de lo imputado; sin embargo, se presentó cierta carta dirigida al comandante de la guarnición del Alejandrión, de parte de Alejandro, pidiéndole que lo acogiera en la fortaleza con su hermano Aristóbulo, una vez muerto el padre, y les permitiera valerse de las armas y de los demás recursos. Alejandro decía que esta carta era un ardid de Diófanto. Diófanto era secretario del rey, hombre audaz y hábil en imitar la escritura de cualquier mano; tras falsificar muchas, al final por esto mismo fue ejecutado. Herodes sometió también a tormento al comandante de la guarnición, pero tampoco de él oyó nada de lo imputado.
Aun hallando débiles las pruebas, el rey ordenó vigilar a sus hijos, aunque todavía sin encadenarlos; y llamando al corruptor de la casa y autor de todo aquel horror, Euricles, «salvador y benefactor», lo obsequia con cincuenta talentos. Este, adelantándose a la noticia exacta, va a Capadocia y saca dinero también a Arquelao, atreviéndose a decir que había reconciliado a Herodes con Alejandro. Pasando a Grecia, empleó lo adquirido con males en males semejantes. Acusado dos veces ante César —por haber llenado de sediciones Acaya y por despojar a las ciudades—, es desterrado. Y así lo alcanzó a él el castigo por Alejandro y Aristóbulo.
Vale la pena contraponer al espartano a Evaristo de Cos. Pues también este, siendo de los más íntimos amigos de Alejandro, y habiendo llegado por la misma época que Euricles, cuando el rey le preguntó sobre aquello que el otro calumniaba, aseguró con juramentos no haber oído nada de los muchachos. Pero de nada aprovechó a los desdichados; pues Herodes solo era oyente prontísimo de lo malo, y le resultaba grato todo el que creía y se indignaba con él.
También Salomé aguijoneó su crueldad contra los hijos. Pues Aristóbulo, queriendo hacerla partícipe de los peligros, siendo ella su suegra y tía, le manda aviso de que se salvara, advirtiéndole que el rey estaba dispuesto a matarla, calumniada por lo mismo que antes: que, deseando casarse con el árabe Sileo, comunicaba en secreto los secretos del rey a aquel, que era su enemigo. Esto, como una última tempestad, sumergió a los jóvenes ya zarandeados por el temporal; pues Salomé, corriendo hacia el rey, delató la advertencia. Y él, sin poder ya contenerse, encadena a ambos hijos, los separa el uno del otro, y envía a toda prisa a César a Volumnio, el prefecto del campamento, y a Olimpo, de entre sus amigos, llevando por escrito las delaciones.
Ellos, navegando a Roma, entregaron las cartas del rey; César se afligió mucho por los jóvenes, pero no creyó que debiera quitar al padre la autoridad sobre sus hijos. Le responde, pues, constituyéndolo señor del asunto, aunque diciendo que haría bien si examinaba la conjura con un consejo común de sus propios parientes y de los gobernadores de la provincia: y si resultaban culpables, que los matara; pero si solo habían planeado la fuga, que los castigara con más moderación.
Herodes obedece esto, y llegado a Berito, donde César lo había ordenado, reunió el tribunal. Presiden los gobernadores, tal como César les había escrito: Saturnino y los legados en torno a Pedanio, con quienes estaba también Volumnio, el procurador; luego los parientes y amigos del rey, Salomé y Feroras; y tras ellos, los más nobles de toda Siria, salvo el rey Arquelao, pues, por ser suegro de Alejandro, Herodes lo tenía por sospechoso. A sus hijos, muy cautelosamente, no los llevó al juicio; pues sabía que, con solo ser vistos, serían sin duda compadecidos, y que si además se les daba la palabra, Alejandro fácilmente refutaría las acusaciones. Ellos, pues, permanecían custodiados en Platane, aldea de los sidonios.
Puesto en pie, el rey se explayó como si estuvieran presentes, y acusó la conjura débilmente —como quien anda escaso de pruebas para ella—, pero sí injurias, burlas, ultrajes y mil desmanes contra él, que a los del consejo les presentó como más graves que la muerte. Luego, no contradiciéndolo nadie, se lamentó como si él mismo fuera el vencido y venciera una victoria amarga contra sus hijos, y preguntó el parecer de cada uno. Y el primero, Saturnino, dictaminó condenar a los jóvenes, pero no a muerte; pues no le era lícito, teniendo tres hijos presentes, votar la perdición de los hijos de otro. También los dos legados votaron con él, y a estos siguieron algunos otros. Volumnio inició la sentencia sombría, y tras él todos condenan a muerte a los muchachos: unos por adular, otros por odio a Herodes, y ninguno por indignación.
Entonces toda Siria y el pueblo judío estaban en vilo, aguardando el final del drama; pero nadie suponía que Herodes fuera cruel hasta el filicidio. Él, sin embargo, arrastró a sus hijos a Tiro y, cruzando de allí por mar a Cesarea, meditaba el modo de dar muerte a los muchachos. Cierto viejo soldado del rey, de nombre Tirón, que tenía un hijo muy allegado y amigo de Alejandro, y él mismo amaba en privado a los muchachos, por el exceso de indignación se volvía como loco. Al principio iba de un lado a otro gritando que se había pisoteado la justicia, que la verdad estaba perdida, que la naturaleza estaba trastornada, que la vida rebosaba de iniquidad, y cuanto le dictaba la pasión de quien no ahorra su vida.
Al fin, atreviéndose a acercarse también al rey, le dijo: «A mí me pareces el más desdichado, tú que contra los más queridos te dejas persuadir por los más perversos; si, habiendo condenado muchas veces a muerte a Feroras y a Salomé, te fías de ellos contra tus hijos, quienes, cercenándote a tus herederos legítimos, te dejan solo con Antípatro, escogiendo para sí al rey más manejable. Mira, no sea que también a aquel le acarree odio entre los soldados la muerte de sus hermanos; pues no hay quien no se compadezca de los muchachos, y muchos de los oficiales se indignan incluso abiertamente.» Al decir esto, iba nombrando a los que se indignaban. Y el rey al punto los prendió a ellos, a él y a su hijo.
En esto, uno de los barberos de la corte, de nombre Trifón, saltando adelante por cierto extravío enviado por Dios, se hace delator de sí mismo. «Pues también a mí —dijo— este Tirón me instigaba a degollarte con la navaja mientras te atendía, y me prometía grandes recompensas de parte de Alejandro.» Al oír esto, Herodes sometió a tormento a Tirón junto con su hijo y al barbero; y como aquellos negaban y el otro no decía nada más, ordenó torturar a Tirón con más fuerza. El hijo, apiadándose, prometió al rey delatarlo todo si le concedía a su padre. Concedido esto, dijo que su padre, persuadido por Alejandro, había querido matarlo. Unos decían que esto se había fingido para librar al padre del tormento; otros, que era verdad.
Herodes, acusando en asamblea a los oficiales y a Tirón, alistó contra ellos al pueblo; allí mismo, pues, son ejecutados junto con el barbero, apedreados con palos y piedras. Y enviando a sus hijos a Sebaste, que no está lejos de Cesarea, ordenó estrangularlos. Cumplida rápidamente su orden, mandó llevar los cadáveres a la fortaleza del Alejandrión, para ser sepultados junto a Alejandro, el padre de su madre. Tal fue, pues, el fin de Alejandro y de Aristóbulo.
A Antípatro, que tenía la sucesión indiscutida, se le levanta un odio insoportable del pueblo, pues todos sabían que él había urdido todas las calumnias contra los hermanos; y le roía además un temor no pequeño al ver crecer la descendencia de los ejecutados. Pues Alejandro tenía de Glafira dos hijos, Tigranes y Alejandro; y Aristóbulo, de Berenice, la hija de Salomé, tres hijos, Herodes, Agripa y Aristóbulo, y dos hijas, Herodías y Mariamna. A Glafira, con su dote, Herodes la había enviado a Capadocia cuando mató a Alejandro; y a Berenice, la de Aristóbulo, la casó con el tío materno de Antípatro. Pues Antípatro, para ganarse a Salomé, que le era hostil, tramó este matrimonio.
Rondaba también a Feroras con regalos y demás atenciones, y a los amigos de César, enviando no poco dinero a Roma. Los del entorno de Saturnino en Siria se hartaron todos de sus regalos. Pero, cuanto más daba, más odiado era, pues no parecía obsequiar por generosidad, sino gastar por miedo. Sucedía que los que recibían no se hacían por ello más benévolos, mientras que aquellos a quienes no daba se volvían enemigos más duros. Con todo, hacía cada día más espléndidos sus repartos, al ver que el rey, contra sus esperanzas, cuidaba de los huérfanos y mostraba su arrepentimiento por los ejecutados en la compasión con que trataba a los de aquellos.
Pues cierta vez Herodes, reuniendo a parientes y amigos, presentó a los niños y, llenos de lágrimas los ojos, dijo: «A los padres de estos me los arrebató un destino sombrío; a estos me los encomienda, junto con la naturaleza, la compasión por su orfandad. Intento, ya que fui padre desdichadísimo, ser al menos abuelo más solícito, y dejarles, después de mí, como guías a los que me son más queridos. Prometo, Feroras, tu hija al mayor de los hermanos, los hijos de Alejandro, para que le seas tutor obligado; y a tu hijo, Antípatro, la hija de Aristóbulo, para que seas así padre de la huérfana. Y a la hermana de esta la tomará mi Herodes, que por parte de madre tiene por abuelo a un sumo sacerdote. Que mis disposiciones tengan esta sentencia, y que ninguno de los que me aman la rompa. Ruego también a Dios que concierte estas bodas para provecho de mi reino y de mis descendientes, y que mire a estos niños con ojos más serenos que a sus padres.»
Dicho esto, rompió a llorar y juntó las diestras de los niños; luego, abrazando afectuosamente a cada uno, disolvió la asamblea. Al punto Antípatro se heló, y a todos les resultó evidente su congoja; pues suponía que el honor concedido por el padre a los huérfanos era su propia ruina, y que de nuevo correría peligro por todo, si los hijos de Alejandro, además de a Arquelao, tenían por valedor a Feroras, que era tetrarca. Calculaba el odio que él suscitaba y la compasión del pueblo hacia los huérfanos; cuánto anhelo había entre los judíos por los hermanos mientras vivían y cuánta memoria de ellos, muertos por su causa. Resolvió, pues, romper por todos los medios los esponsales.
Temió insinuarse con astucia ante el padre, que era severo y se movía con rapidez a las sospechas; pero se atrevió a acercarse y suplicarle abiertamente que no lo privara del honor de que lo había juzgado digno, ni que él tuviera el nombre de rey y otros el poder; pues no dominaría los asuntos si el hijo de Alejandro sumaba a Arquelao como abuelo y a Feroras como suegro. Le rogaba encarecidamente que, siendo mucha la parentela de la casa real, cambiara las bodas. Pues tenía el rey nueve mujeres, y de ellas siete hijos: el propio Antípatro, de Doris; Herodes, de Mariamna, la hija del sumo sacerdote; Antipas y Arquelao, de Maltace la samaritana, y una hija, Olimpíade, que tenía su sobrino Yosef; de Cleopatra, la de Yerushaláyim, Herodes y Filipo; y de Palas, Fasael.
Le nacieron también otras hijas, Roxana y Salomé, la una de Fedra, la otra de Elpis. Tenía dos mujeres sin hijos, una prima y una sobrina. Y aparte de estas, dos hermanas de Alejandro y de Aristóbulo, las nacidas de Mariamna. Siendo, pues, numerosa la parentela, Antípatro pedía que se cambiaran las bodas. Gravemente se indignó el rey al comprender su talante hacia los huérfanos, y le vino un pensamiento acerca de los ejecutados: no fuera que también ellos hubieran sido presa de las calumnias de Antípatro. Entonces, tras responderle mucho con ira, echa a Antípatro; pero después, seducido por sus adulaciones, cambia de parecer, y le da por mujer a la hija de Aristóbulo, y a su hijo la hija de Feroras.
Podría uno comprender cuánto pudo Antípatro adulando en esto, por el fracaso de Salomé en un caso semejante. Pues a esta, aunque era su hermana y suplicaba muchísimo, por medio de Livia, la mujer de César, casarse con el árabe Sileo, le juró que la tendría por enemiga acérrima si no cesaba en su empeño; y al fin la casó, contra su voluntad, con cierto Alejas, de entre sus amigos, y a una de sus hijas con el hijo de Alejas, y a la otra con el tío materno de Antípatro. De las hijas de Mariamna, la una tenía por marido a Antípatro, hijo de su hermana, y la otra a Fasael, hijo de su hermano.
Habiendo roto las esperanzas de los huérfanos y concertado los matrimonios a su conveniencia, Antípatro se lanzaba sobre firmes esperanzas; pero, sumando a su maldad la confianza, se volvió insoportable. Como no podía apartar de sí el odio de cada uno, procuraba su seguridad haciéndose temer. Le ayudaba también Feroras, como a un rey ya seguro. Se formó, además, una liga de mujeres en la corte, que provocó nuevos alborotos; pues la mujer de Feroras, con su madre y su hermana, sumándoseles también la madre de Antípatro, hacían muchas insolencias en el palacio, y se atrevieron incluso a ultrajar a dos hijas del rey, por lo cual él las tenía en especial aborrecimiento; pero, aun odiadas por él, prevalecían sobre las demás.
La única rival de su concordia era Salomé, que denunciaba al rey aquella asociación como no encaminada al bien de sus asuntos. Ellas, conocedoras de la denuncia y de que Herodes se había indignado, cesaron de su asociación abierta y de sus muestras de afecto, y fingían lo contrario, disputando entre sí cuando el rey las oía; con ellas fingía también Antípatro, chocando en público con Feroras. Pero tenían reuniones a escondidas y francachelas nocturnas, y la vigilancia intensificaba su concordia. Nada de lo que hacían se le escapaba a Salomé, y todo se lo comunicaba a Herodes.
Aquel ardía en ira, sobre todo contra la mujer de Feroras, pues a esta la calumniaba más Salomé. Reunido, pues, un consejo de amigos y parientes, acusaba a la mujer de muchas cosas, entre ellas el ultraje a sus propias hijas, y que había pagado salarios a los fariseos contra él, y le había vuelto enemigo a su hermano, enredándolo con filtros. Al fin volvió el discurso contra Feroras, diciéndole que escogiera una de dos cosas: o a él, su hermano, o a su mujer. Y como aquel respondiera que antes dejaría la vida que a su mujer, Herodes, no sabiendo qué hacer, se volvió hacia Antípatro y le ordenó no hablar ni con la mujer de Feroras, ni con él, ni con ningún otro de los de ella. Antípatro, abiertamente, no transgredía la orden, pero en secreto pasaba las noches con ellos.
Y temiendo a la vigilante Salomé, gestiona, por medio de sus amigos de Italia, su propio viaje a Roma. Pues, habiendo escrito ellos que convenía enviar a Antípatro a César después de un tiempo, Herodes, sin demorarse, lo despachó con espléndido séquito y mucho dinero, y con el testamento que llevar, en el que estaba escrito rey Antípatro, y como sucesor de Antípatro, Herodes, el nacido de Mariamna, la hija del sumo sacerdote.
Navegó también a Roma Sileo el árabe, desatendiendo las órdenes de César, para pleitear contra Antípatro sobre lo que Nicolao había sentenciado antes. No era pequeño su litigio con Aretas, su propio rey, pues había matado a otros amigos de este y a Sohemo, uno de los más poderosos de Petra. Habiendo sobornado con mucho dinero a Fabato, el administrador de César, lo tenía por valedor incluso contra Herodes. Pero Herodes, dando más, aparta a Fabato de Sileo, y por medio de él cobraba lo mandado por César. Sileo, no habiendo devuelto nada, encima acusaba a Fabato ante César, diciendo que era administrador no de los intereses de aquel, sino de los de Herodes.
Irritado por esto Fabato —que era aún muy honrado por Herodes— se hace traidor de los secretos de Sileo, y dice al rey que Sileo había corrompido con dinero a Corinto, su guardaespaldas, del que debía guardarse. El rey se deja persuadir; pues Corinto, aunque criado en el reino, era de linaje árabe. Prende al punto no solo a él, sino también a otros dos árabes que halló con él, el uno amigo de Sileo, el otro jefe de tribu. Estos, sometidos a tormento, confesaron haber persuadido a Corinto, a cambio de mucho dinero, a matar a Herodes. Interrogados, pues, también ante Saturnino, el que regía Siria, fueron enviados a Roma.
Herodes no cejaba en forzar a Feroras a separarse de su mujer, ni hallaba artificio con el que castigar a la mujer, teniendo muchos motivos de odio, hasta que, sumamente indignado, expulsó junto con ella también a su hermano. Feroras, aceptando de buen grado el ultraje, se marcha a su tetrarquía, jurando que tendría un solo término para su destierro, la muerte de Herodes, y que nunca volvería mientras aquel viviera. Y ni siquiera volvió cuando su hermano cayó enfermo, aunque este lo llamaba con insistencia; pues quería dejarle algunas encomiendas, creyendo que iba a morir.
Pero Herodes, contra lo esperado, se salva; y poco después enferma Feroras, y Herodes se mostró más benigno, pues fue a verlo y lo cuidaba con compasión. Con todo, no venció al mal, pues a los pocos días muere Feroras. A este, aunque Herodes lo había amado hasta su último día, corrió sin embargo el rumor de que también lo había matado con veneno. Llevando, no obstante, el cadáver a Yerushaláyim, decretó un gran luto para todo el pueblo y lo honró con un funeral esplendidísimo. Así llegó a tal fin uno de los asesinos de Alejandro y de Aristóbulo.
El castigo pasaba al autor mismo, Antípatro, tomando por principio la muerte de Feroras. Pues algunos de sus libertos, acercándose abatidos al rey, decían que su hermano había sido eliminado con veneno: que su mujer le había servido algo de un guiso preparado de modo inusual, y que, al comerlo, cayó enseguida en la enfermedad. Que dos días antes la madre y la hermana de ella habían traído de Arabia a una mujer experta en venenos, para que preparara un filtro para Feroras, pero que, en su lugar, le había dado uno mortal, por maquinación de Sileo, a quien le era conocida.
Herido, pues, el rey por múltiples sospechas, sometía a tormento a criadas y a algunas de las libres. Una de ellas gritó entre los dolores: «¡Que Dios, que gobierna la tierra y el cielo, castigue a la causante de estos males nuestros, la madre de Antípatro!» Tomando el rey este comienzo, siguió adelante en pos de la verdad. La mujer reveló la amistad de la madre de Antípatro con Feroras y con las mujeres de aquel, y sus reuniones secretas; y que Feroras y Antípatro bebían con ellas, al volver de casa del rey, la noche entera, sin dejar que asistiera ningún siervo ni criada. Una de las libres delató esto.
A las esclavas Herodes las torturaba a cada una por separado. Por todas se dijo lo mismo, de acuerdo: que, según un pacto, Antípatro se retiraría a Roma y Feroras a Perea; pues muchas veces se decían entre sí que, después de Alejandro y Aristóbulo, Herodes se volvería contra ellos y contra sus mujeres, y que, tras Mariamna y los hijos de ella, no perdonaría a ningún otro, de modo que era mejor huir lo más lejos posible de la fiera. Y que muchas veces Antípatro, lamentándose ante su madre, decía que él ya encanecía, mientras que el padre rejuvenecía cada día, y que quizá él mismo moriría antes de empezar a reinar de verdad. Y que, si alguna vez aquel muriera —¿y cuándo sucedería eso?—, el disfrute de la sucesión le resultaría del todo breve.
Que rebrotaban las cabezas de la hidra, los hijos de Aristóbulo y de Alejandro. Que el padre le había quitado incluso la esperanza sobre sus hijos, pues había escrito como sucesor, tras su muerte, no a alguno de sus propios hijos, sino a Herodes, el de Mariamna. Y que en esto chocheaba del todo, si pensaba que su testamento seguiría en vigor; pues él proveería que no quedara nadie de la estirpe. Que, siendo Herodes el más aborrecedor de sus hijos de cuantos padres jamás hubo, era mucho más aborrecedor de sus hermanos; que hacía poco le había dado cien talentos con tal de no hablar con Feroras. Y al decir Feroras: «Pues ¿en qué lo dañábamos?», Antípatro respondió: «¡Ojalá, quitándonoslo todo, nos dejara vivir desnudos! Pero es imposible escapar de fiera tan sanguinaria, ante la cual ni siquiera es lícito amar a nadie abiertamente. Ahora nos juntamos en secreto; podremos hacerlo abiertamente, si alguna vez tenemos ánimo y manos de hombres.»
Esto decían las torturadas, y que Feroras había planeado huir con ellos a Petra. Herodes dio crédito a todo lo dicho por lo de los cien talentos, pues solo con Antípatro había hablado de ellos. Y su furor descarga primero sobre Doris, la madre de Antípatro: despojándola de todo el ajuar que le había regalado —y era de muchos talentos—, la expulsa por segunda vez. A las mujeres de Feroras, tras los tormentos, las trataba con cuidado, ya reconciliado. Pero estaba fuera de sí por el miedo, se inflamaba ante cualquier sospecha, y arrastraba a los tormentos a muchos inocentes, temiendo pasar por alto a alguno de los culpables.
Y en esto se vuelve hacia el samaritano Antípatro, que era administrador de Antípatro. Torturándolo, oyó que Antípatro había mandado traer de Mitsraim un veneno mortal contra él, por medio de uno de sus compañeros, Antífilo; que lo había recibido de aquel Teudión, el tío de Antípatro, y lo había entregado a Feroras; pues a este le había encargado Antípatro matar a Herodes mientras él estuviera en Roma, apartado de toda sospecha; y que Feroras había confiado el veneno a su mujer. El rey, mandándola llamar, le ordenó traer al punto lo recibido. Ella sale como para traerlo, pero se arroja desde el tejado, adelantándose a la prueba y al tormento de parte del rey. Pero, según parece, por providencia de Dios, que perseguía a Antípatro, no cayó de cabeza, sino del otro lado, y se salva.
El rey, cuando la trajeron, la reanimó —pues estaba aturdida por la caída— y le preguntó por qué se había arrojado, jurando que, si decía la verdad, la libraría de todo castigo, pero que, si lo ocultaba, consumiría su cuerpo en tormentos y ni siquiera se lo dejaría para sepultura. Ante esto, la mujer, tras una breve pausa, dijo: «¿Y para qué sigo guardando los secretos, muerto ya Feroras, o salvando a Antípatro, que nos ha perdido a todos? Escucha, rey, y contigo Dios como testigo de mi verdad, que no puede ser engañado. Cuando, al morir Feroras, estabas sentado junto a él bañado en lágrimas, entonces él, llamándome, me dijo: “¡Cuánto, mujer, me equivoqué sobre el sentir de mi hermano hacia mí, odiando al que así me ama y habiendo planeado matar al que ni siquiera muerto yo deja de afligirse por mí! Pero yo recibo el castigo de mi impiedad; tú trae el veneno que guardas contra él, el que nos dejó Antípatro, y hazlo desaparecer pronto ante mis ojos, para que no lleve conmigo, ni siquiera al Hades, al espíritu vengador.” Y como me lo ordenó, lo traje, y la mayor parte la vertí al fuego a la vista de él, pero guardé un poco para mí, ante lo incierto y por temor a ti.»
Dicho esto, saca la cajita, que contenía apenas un poco del veneno. El rey trasladó los tormentos a la madre de Antífilo y a su hermano, y aquellos confesaron que Antífilo había traído la cajita de Mitsraim, y dijeron que había recibido el veneno de un hermano suyo que ejercía la medicina en Alejandría. Rondando por todo el palacio, los espíritus de Alejandro y de Aristóbulo se hacían escudriñadores y delatores de lo oculto, y arrastraban a las pruebas incluso a los más ajenos a toda sospecha. Se descubre así que también Mariamna, la hija del sumo sacerdote, era cómplice de la conjura. Pues, sometidos a tormento, sus hermanos lo demostraron. Y el rey se vengó de la audacia de la madre también en el hijo: al Herodes nacido de ella, que era sucesor de Antípatro, lo borró del testamento.
A esto se sumó también Bátilo entre las pruebas —la confirmación última de cuanto Antípatro había maquinado—. Era liberto suyo, y llegó trayendo otro veneno, ponzoña de víboras y jugos de otros reptiles, para que, si fallaba la primera droga, Feroras y su mujer se armaran con esta contra el rey.
Como añadido de su audacia contra el padre, traía además las cartas que Antípatro había fraguado contra sus hermanos. Pues Arquelao y Filipo eran hijos del rey y se educaban en Roma, ya muchachos y llenos de brío. Antípatro, ansioso por apartar a estos que despuntaban frente a sus esperanzas, forjaba unas cartas contra ellos en nombre de sus amigos de Roma, y a otros los persuadía a escribirlas sobornándolos con dinero: que injuriaban mucho a su padre, que lloraban abiertamente por Alejandro y Aristóbulo, y que se indignaban por haber sido llamados de vuelta —pues el padre ya los mandaba llamar, y eso era lo que más inquietaba a Antípatro—.
Aun antes de su partida, mientras permanecía en Judea, iba comprando en Roma tales cartas contra ellos; y acercándose a su padre como quien está libre de sospecha, salía en defensa de sus hermanos, diciendo que parte de lo escrito era falso y otra parte, errores de juventud. En aquel entonces, dando muchísimo dinero a quienes escribían contra sus hermanos, intentaba confundir la pesquisa: compraba vestidos costosos, cobertores recamados, copas de plata y de oro y muchos otros objetos preciosos, para que, con la magnitud del gasto en estas cosas, hiciera pasar por él los pagos de aquellas. Declaró, en efecto, doscientos talentos de desembolso, y el mayor pretexto era el pleito contra Sileo.
Y aunque por entonces quedaron al descubierto todas sus fechorías, hasta las menores, dentro del mal mayor —cuando todos los tormentos clamaban el parricidio y las cartas clamaban un segundo fratricidio—, con todo, ninguno de los que llegaban a Roma le comunicó lo sucedido en Judea, aun habiendo transcurrido siete meses entre las pruebas y su regreso: tan grande era el odio de todos hacia él. Quizá también los espíritus de los hermanos asesinados amordazaban a los que se proponían informarle. Así, escribe desde Roma anunciando como buena nueva su pronto arribo, y que había sido despedido por César con honores.
El rey, ansioso por echar mano al conspirador y temiendo que este, sabiéndolo de antemano, se pusiera en guardia, fingía a su vez por carta: se mostraba afable en todo lo demás y lo instaba a apresurarse, pues dejaría a un lado también sus quejas contra la madre si él se daba prisa —porque Antípatro no ignoraba la expulsión de su madre—. Antes había recibido en Tarento la carta sobre la muerte de Feroras e hizo grandísimo duelo, que algunos ensalzaban como si fuera por un tío; pero era, según parece, el trastorno por el fracaso del complot, y no lloraba a Feroras, sino al ejecutor. Y ya le sobrevenía cierto temor de lo consumado, no fuera que se descubriera el veneno.
Entonces, en Cilicia, al recibir la carta de su padre que antes mencionamos, al punto se apresuró; pero, cuando arribaba a Celéndris, le vino cierto pensamiento de las desgracias de su madre, presintiéndolas ya su propia alma por sí sola. Los más previsores de sus amigos le aconsejaban no lanzarse a los brazos del padre antes de averiguar con claridad por qué causas había expulsado a su madre, pues temían que ello fuera un aumento de las calumnias contra ella. Pero los más irreflexivos, y los que ansiaban ver la patria más que atender a lo que convenía a Antípatro, le exhortaban a apresurarse y a no dar, con la tardanza, sospecha vil al padre y pretexto a los calumniadores; pues, si algo se había movido ahora contra él, había sido por su ausencia, ya que no se habrían atrevido estando él presente. Y era absurdo verse privado de bienes manifiestos por sospechas inciertas, y no entregarse cuanto antes al padre y recibir el reino, que oscilaba solo sobre él. Se dejó persuadir por estos —pues lo empujaba la divinidad— y, tras la travesía, arriba al puerto de Sebastos, en Cesarea.
Contra lo que esperaba, le salió al encuentro una gran soledad: todos lo esquivaban y ninguno se atrevía a acercarse. Pues era odiado por igual, y ahora el odio tenía libertad para mostrarse; y a muchos los apartaba el miedo al rey, ya que toda ciudad estaba llena del rumor contra Antípatro, y solo Antípatro ignoraba lo que le concernía. A nadie se despidió con más esplendor que a él cuando zarpaba hacia Roma, ni a nadie se recibió con más deshonra. Él ya sospechaba las desgracias de su casa, pero aún lo disimulaba por astucia y, muerto por dentro de miedo, forzaba su rostro a parecer altivo. Ya no había huida ni escapatoria de cuanto lo rodeaba; y ni siquiera allí se le comunicaba nada claro de lo de su casa, por la amenaza del rey, pero le quedaba una esperanza más risueña: acaso nada se había descubierto, y acaso, si algo se había descubierto, lo compondría con desvergüenza y engaños, que eran sus únicos recursos de salvación.
Pertrechado, pues, con ellos, llegó al palacio sin sus amigos —pues estos, ultrajados, fueron detenidos en la primera puerta—. Se hallaba dentro, por casualidad, Varo, el gobernador de Siria. Entra Antípatro hasta su padre y, dándose ánimos con audacia, se acercaba como para saludarlo. Pero aquel, echando por delante las manos y volviendo a un lado la cabeza, exclamó: «¡También esto es propio de un parricida: querer abrazarme cuando pesan sobre él tan graves acusaciones! Aparta, cabeza impiísima, y no me toques antes de librarte de los cargos. Te concedo un tribunal y un juez llegado a punto: Varo. Ve y prepara tu defensa para mañana, que doy plazo a tus astucias». Ante esto, incapaz de responder nada por el estupor, él se retiró; y, viniendo a su encuentro su madre y su mujer, le refirieron todas las pruebas. Y entonces, recobrado el juicio, se puso a meditar su defensa.
Al día siguiente el rey reúne un consejo de parientes y amigos, y hace llamar también a los amigos de Antípatro. Preside él mismo junto con Varo y mandó introducir a todos los delatores; entre ellos se introdujo también a algunos criados de la madre de Antípatro, apresados no mucho antes, que llevaban de parte de ella una carta para su hijo del siguiente tenor: «Puesto que todo aquello ha sido descubierto por tu padre, no te presentes ante él a menos que consigas algún poder de parte de César». Introducidos estos con los demás, entra Antípatro y, cayendo de bruces ante los pies de su padre, dijo: «Te suplico, padre, que no me condenes de antemano, sino que me prestes oídos limpios para la defensa; pues me mostraré inocente, si tú lo quieres».
Pero él, gritándole que callara, dijo a Varo: «Que tú, Varo, y todo juez recto juzgaréis a Antípatro un miserable, de eso estoy convencido. Mas temo que aborrezcas también mi suerte y me juzgues digno de toda desgracia por haber engendrado tales hijos. Y sin embargo, por esto mismo debo ser más compadecido: porque, con seres tan viles, fui el más amoroso de los padres. Pues a los anteriores, aun jóvenes, los juzgué dignos del reino, y, además de su crianza en Roma, los hice amigos de César y envidiados por otros reyes; y los hallé conspiradores, que murieron sobre todo por causa de Antípatro, pues, siendo él joven y mi sucesor, procuraba ante todo su seguridad. Pero esta fiera inmunda, saciada en exceso de mi indulgencia, volvió contra mí su hartazgo. Le parecí vivir demasiado tiempo, y mi vejez le pesó, y no soportó ser rey si no era mediante el parricidio —con justo cálculo, por cierto—: porque lo traje de vuelta cuando andaba desechado, arrojado de la tierra, y, apartando a los que me nacieron de una reina, lo designé sucesor del reino.
»Te confieso, Varo, mi enajenación de juicio: yo mismo irrité contra mí a aquellos hijos, cercenándoles sus justas esperanzas por causa de Antípatro. ¿Y en qué favorecí a ellos tanto como a este? A él, en vida, casi le cedí el poder; en el testamento lo inscribí abiertamente como sucesor del reino; le asigné una renta propia de cincuenta talentos; le proveí de mis bienes sin tasa; y ahora, al zarpar hacia Roma, le di trescientos talentos, y de toda mi estirpe solo a él lo encomendé a César, como salvador de su padre. ¿Qué impiedad tal cometieron aquellos, como Antípatro? ¿O qué prueba se aportó contra ellos, tan grande como la que muestra a este conspirador? Pero el parricida se ha atrevido a decir algo, y de nuevo espera cubrir la verdad con engaños. Varo, tú debes estar en guardia: yo conozco a la fiera y preveo la verosimilitud que vendrá y el llanto fingido. Este es el que en otro tiempo me aconsejaba guardarme del vivo Alejandro y no confiar mi cuerpo a todos; este, el que se llegaba hasta mi lecho y miraba en derredor no fuera que alguien me tendiera una emboscada; este, el guardián de mi sueño y proveedor de mi tranquilidad, el que consolaba mi pena por los asesinados y discernía la buena voluntad de los hermanos vivos, mi escudo, mi guardaespaldas. Cuando recuerdo, Varo, la astucia en cada cosa y la hipocresía, me entra la incredulidad de estar vivo, y me asombro de cómo escapé de conspirador tan grave. Pero, ya que algún demonio deja desierta mi casa y siempre levanta contra mí a los más queridos, lloraré yo el destino injusto y gemiré a solas la soledad; mas no escapará ninguno que haya tenido sed de mi sangre, aunque la prueba pase por todos mis hijos».
Diciendo tales cosas, se interrumpió por el trastorno, y con una seña indicó a Nicolao, uno de sus amigos, que expusiera las demostraciones. Entretanto, Antípatro, alzando la cabeza —pues seguía tendido ante los pies de su padre—, exclama: «Tú, padre, has hecho la defensa por mí. Pues ¿cómo he de ser parricida yo, a quien confiesas haber tenido de guardián sin cesar? Llamas portento e hipocresía a mi piedad. ¿Cómo, siendo tan astuto en lo demás, me volví tan insensato como para no comprender que ni siquiera a los hombres es fácil ocultar tan gran abominación al urdirla, y que es imposible ocultarla al juez del cielo, que todo lo vigila y en todas partes está presente? ¿O ignoraba yo el fin de mis hermanos, a quienes Dios así persiguió por su mala trama contra ti? ¿Y qué me incitó contra ti? ¿La esperanza del reino? Pero yo reinaba. ¿La sospecha de ser odiado? Pero ¿no era yo amado? ¿Algún otro temor de tu parte? Al contrario, velando por ti, yo era temible para otros. ¿La falta de dinero? ¿Y a quién le era más lícito gastar? Pues, aunque hubiera sido el más abominable de todos los hombres y tuviera alma de bestia feroz, padre, ¿no habría sido vencido por tus beneficios —a mí, a quien trajiste de vuelta, como tú mismo dijiste, a quien preferiste a tantos hijos, a quien en vida designaste rey y, por el exceso de los demás bienes, hiciste envidiado—?
»¡Ay, desdichado de mí por el amargo viaje, cuánta ocasión di a la envidia y qué largo plazo a los que conspiraban! Pero por ti, padre, y por tus pleitos partí, para que Sileo no despreciara tu vejez. Roma es testigo de mi piedad, y César, el protector del orbe, que muchas veces me llamó amante de mi padre. Toma, padre, las cartas de su parte: estas son más dignas de fe que las calumnias de aquí, estas son mi única defensa, de estas pruebas de mi ternura hacia ti me valgo. Recuerda que no zarpé de buen grado, conociendo la enemistad que se agazapaba contra mí en el reino. Pero tú, padre, sin quererlo me destruiste, forzándome a dar a la envidia ocasión de calumnia. Aquí estoy para las pruebas, aquí estoy tras tierra y mar, sin haber sufrido en ninguna parte nada, yo, el parricida. Mas no me quieras aún por esta prueba, pues estoy condenado tanto ante Dios como ante ti, padre. Y, condenado, te pido que no confíes en los tormentos de otros: que se lleve contra mí el fuego, que atraviesen mis entrañas los instrumentos, que ningún lamento perdone mi cuerpo inmundo; pues, si soy parricida, no debo morir sin tormento».
Clamando tales cosas entre lamentos y lágrimas, movió a compasión a todos los demás y a Varo; solo la ira mantenía a Herodes sin lágrimas, pues sabía que las pruebas eran ciertas. En esto, Nicolao, por orden del rey, tras decir mucho sobre la astucia de Antípatro y disipar la compasión que había hacia él, extendió luego una amarga acusación, atribuyéndole todas las fechorías del reino, y sobre todo la eliminación de sus hermanos, demostrando que habían perecido por sus calumnias. Decía que conspiraba también contra los que quedaban, como si fueran rivales al acecho de la sucesión; pues quien había preparado veneno para su padre, ¿acaso se abstendría de los hermanos? Pasando luego a la prueba del envenenamiento, exhibió las delaciones en orden y se indignó a propósito de Feroras: que Antípatro había hecho de él también un fratricida y que, corrompiendo a los más queridos del rey, había colmado de abominación toda la casa; y, tras decir muchas otras cosas además de estas y demostrarlas, pone fin a su discurso.
Varo, ordenando a Antípatro que se defendiera, como este no dijo más que «Dios me es testigo de que no cometo injusticia» y quedó tendido en silencio, pidió el veneno y se lo da a beber a uno de los presos condenados a muerte. Y como aquel murió al instante, Varo, manteniendo secretas sus conversaciones con Herodes y escribiendo a César acerca del consejo, se marcha al cabo de un día. El rey encadena a Antípatro y envió a César a quienes habrían de declarar la desgracia.
Después de esto, Antípatro resulta ser también conspirador contra Salomé; pues uno de los criados de Antífilo llegó trayendo desde Roma una carta de parte de una sierva de Livia, llamada Acmé. De parte de esta se comunicaba al rey que había hallado, entre los papeles de Livia, unas cartas de Salomé, y que se las había enviado en secreto por benevolencia. Las cartas de Salomé contenían injurias amarguísimas contra el rey y una gravísima acusación. Antípatro, tras fraguar estas y corromper a Acmé, la persuadió de que se las enviara a Herodes. Pero quedó convicta por su propia carta a él, pues la mujerzuela le escribió también esto: «Como quisiste, escribí a tu padre y le envié aquellas cartas, persuadida de que el rey no perdonará a su hermana cuando las lea. Harás bien, una vez rematado todo, en acordarte de lo que prometiste».
Descubierta esta carta y las urdidas contra Salomé, le viene al rey el pensamiento de que quizá también contra Alejandro se hubieran forjado documentos; y estaba dolidísimo por el sufrimiento, como quien por poco había matado también a su hermana por causa de Antípatro. Ya no aplazó, pues, tomar venganza por todo. Mas, cuando se disponía contra Antípatro, lo detuvo una grave enfermedad. Con todo, acerca de Acmé y de lo maquinado contra Salomé escribió a César. Y, pidiendo el testamento, lo reformó: designaba rey a Antipas, desatendiendo a los mayores, Arquelao y Filipo —pues a estos también los había calumniado Antípatro—. A César le asignó, junto con los regalos en dinero, mil talentos; a su mujer, sus hijos, amigos y libertos, unos quinientos; repartió también a todos los demás no poco de la tierra y del dinero; y con espléndidos dones honró a Salomé, su hermana. Estas correcciones, pues, hizo en el testamento.
La enfermedad le avanzaba hacia lo más penoso, ya que los males cayeron sobre él en la vejez y en el abatimiento; pues tenía ya casi setenta años y estaba humillado en el alma por las desgracias de sus hijos, hasta el punto de que ni aun sano se permitía placer alguno. Y era acicate de la enfermedad que Antípatro siguiera vivo, a quien había resuelto matar no de pasada, sino en cuanto se restableciera.
Se produjo, en medio de sus desgracias, también cierta insurrección popular. Había dos maestros en la ciudad, reputados sobre todo por su exactitud en las tradiciones patrias, y por ello considerados dignos de la mayor fama en todo el pueblo: Yehudá, hijo de Sepféreo, y Matityahu, hijo de Márgalo. A estos acudían no pocos jóvenes mientras exponían las leyes, y a diario congregaban un ejército de mozos. Estos, al enterarse entonces de que el rey se iba consumiendo en abatimiento y enfermedad, dejaron correr entre sus allegados la palabra de que era el momento más oportuno para vengar ya a Dios y derribar las obras erigidas contra las leyes patrias. Pues era ilícito que en el Templo hubiera imágenes, o bustos, o cualquier obra que llevara el nombre de un ser vivo; y el rey había hecho colocar, sobre la gran puerta, un águila de oro, que entonces los maestros los instaban a arrancar, diciendo que era hermoso, aunque surgiera algún peligro, morir por la ley patria; pues a quienes así mueren les queda el alma inmortal y la percepción entre los bienes por siempre, mientras que los innobles, e inexpertos en su propia sabiduría, por ignorancia se aferran a la vida y prefieren la muerte por enfermedad a la que llega por la virtud.
Al tiempo que estas palabras, se difundió también que el rey moría, de modo que los jóvenes emprendieron la empresa con más audacia. En pleno mediodía, pues, con muchos yendo y viniendo por el recinto sagrado, descolgándose desde el techo con gruesas cuerdas, se pusieron a arrancar a hachazos el águila de oro. Se anunció enseguida al general del rey, y aquel, subiendo a la carrera con una tropa no pequeña, prende a unos cuarenta jóvenes y los llevó ante el rey. Cuando este les preguntó, primero, si se habían atrevido a arrancar el águila de oro, lo confesaron. Luego, por orden de quién, respondieron: de la ley patria. Y al preguntarles por qué se alegraban así, estando a punto de ser ejecutados, dijeron que gozarían de mayores bienes tras la muerte.
Ante esto, el rey, por el exceso de ira sobreponiéndose a la enfermedad, sale a la asamblea y, acusando largamente a aquellos hombres de sacrílegos y de intentar, con el pretexto de la ley, algo mayor, exigía castigarlos como impíos. Pero el pueblo, temiendo que la pesquisa alcanzara a muchos, le pedía que, castigando primero a los que habían sugerido el acto y luego a los apresados en él, remitiera su ira a los demás. Se deja persuadir a duras penas el rey, y a quienes se habían descolgado los quemó vivos junto con los maestros; a los demás de los apresados los entregó a los ejecutores para que los mataran.
Desde entonces la enfermedad, apoderándose de todo su cuerpo, se repartía en sufrimientos varios: había fiebre, no violenta, un picor insoportable en toda la superficie de la piel y continuos dolores del colon; en torno a los pies, hinchazones como de un hidrópico; inflamación del vientre y, además, una putrefacción del miembro viril que engendraba gusanos; a esto se añadían la ortopnea, la dificultad de respirar y espasmos en todos los miembros, de modo que los que invocaban lo divino decían que las dolencias eran castigo por los maestros. Pero él, luchando con tantos sufrimientos, se aferraba con todo a la vida, esperaba la curación y discurría remedios. Cruzando, pues, el Yardén, usó las aguas termales de Calírroe —estas desembocan en el lago Asfaltites y, por su dulzura, son incluso potables—. Y, cuando allí les pareció bien a los médicos reconfortar todo el cuerpo con aceite caliente, al bajarlo relajado a una tina llena, se desvaneció y volvió los ojos como muerto. Alzándose un tumulto de sus cuidadores, se recobró a las voces, pero ya, desesperando de salvarse, mandó repartir cincuenta dracmas a cada soldado y mucho dinero a los jefes y amigos.
Él mismo, al regresar, llega a Yerijó ya presa de melancolía y, casi amenazando a la muerte misma, avanzó hasta el proyecto de una acción impía: reuniendo de cada aldea, de toda Judea, a los hombres notables en el llamado hipódromo, ordenó encerrarlos. Y, llamando a Salomé, su hermana, y al marido de esta, Alejas, dijo: «Sé que los judíos festejarán mi muerte; pero puedo ser llorado por otros y tener un espléndido funeral, si vosotros os avenís a servir mis órdenes. A estos hombres que aquí están custodiados, en cuanto yo expire, matadlos al punto, rodeándolos de soldados, para que toda Judea y toda casa, contra su voluntad, lloren por mí».
Esto encargaba, y de parte de los enviados en Roma llegaron cartas, por las cuales se hacía saber que Acmé había sido ejecutada por orden de César, y que Antípatro estaba condenado a muerte; escribían, sin embargo, que, si el padre prefería desterrarlo, César lo permitía. Él se reanimó un poco hacia el buen ánimo, pero de nuevo —pues lo consumían la falta de alimento y una tos convulsiva—, vencido por los dolores, se dispuso a adelantarse a su destino. Tomando una manzana, pidió también un cuchillito, pues acostumbraba comer cortándola; luego, mirando en derredor por si alguien lo impedía, levantó la diestra como para herirse. Pero, acudiendo a la carrera, se lo impidió Ajiav, su primo, sujetándole la mano. Se alzó al instante un enorme gemido por todo el palacio, como si el rey hubiera partido, y Antípatro, al oírlo pronto, cobra ánimo y, gozoso, suplicaba a los guardias que, a cambio de dinero, lo soltaran y lo dejaran ir. Pero el comandante no solo lo impidió, sino que corrió a anunciar al rey el complot. Aquel gritó con más fuerza que la enfermedad y, enviando al punto a los guardias, hace matar a Antípatro. Y, mandando enterrar su cadáver en Hircania, corrige de nuevo el testamento: escribe como sucesor a Arquelao, el hijo mayor y hermano de Antípatro, y como tetrarca a Antipas.
Tras la ejecución del hijo, sobreviviendo cinco días, muere, habiendo reinado —desde que, dando muerte a Antígono, se hizo con el poder— treinta y cuatro años, y desde que fue designado rey por los romanos, treinta y siete; y, si alguno lo fue jamás, gozó en todo lo demás de fortuna favorable —él, que, siendo un particular, conquistó un reino, lo conservó tanto tiempo y lo dejó a sus propios hijos—, pero en los asuntos de su casa fue el más desdichado.
Antes de conocerse su muerte, la tropa —tras adelantarse Salomé con su marido— liberó a los presos que el rey había mandado matar, diciendo que el rey había cambiado de parecer y que devolvía de nuevo a cada uno a los suyos. Idos estos, ya lo revelaron a los soldados y los reunieron en asamblea, con el resto de la multitud, en el anfiteatro de Yerijó. Allí, presentándose Tolomeo —a quien también se había confiado el anillo con el sello real—, ensalza la dicha del rey, exhorta a la multitud y leyó la carta dejada para los soldados, en la que mucho les encarecía la buena voluntad hacia el sucesor. Tras la carta, abriendo el codicilo, lo leyó: en él, Filipo era heredero de la Traconítide y de las regiones vecinas; tetrarca, como antes dijimos, Antipas; y rey se designaba a Arquelao. A este le encargaba llevar a César su propio anillo y las disposiciones del reino selladas, pues César era señor de cuanto hubiera dispuesto y garante del testamento; en lo demás, mantener lo de las disposiciones anteriores.
Se alzó de inmediato un clamor de los que se congratulaban con Arquelao, y en tropel los soldados, acercándose con la multitud, prometían su buena voluntad e imploraban también la de Dios; y después de esto se volvieron hacia la sepultura del rey. Arquelao no escatimó nada en fastuosidad, sino que sacó todo el aparato real para acompañar en procesión al cadáver: había un lecho todo de oro con incrustaciones de piedras, un cobertor de púrpura recamada, el cuerpo sobre él cubierto de púrpura, una diadema sobre la cabeza y, encima de ella, una corona de oro, y el cetro junto a la diestra. Y en torno al lecho iban los hijos y la muchedumbre de los parientes, y tras ellos los guardias, la tropa tracia, y germanos y galos, todos equipados como para la guerra. Delante marchaba el resto del ejército, armado, siguiendo en orden a los jefes y capitanes; y después de ellos, quinientos de los criados y libertos portando aromas. El cuerpo fue trasladado setenta estadios hasta el Herodión, donde, conforme a las órdenes, fue enterrado. Y tal fin tuvieron los asuntos de Herodes.