Libro séptimo

Como el ejército ya no tenía a quién matar ni qué saquear —a todos les faltaban ya objetos para su furia, y no era ciertamente por clemencia como se habrían abstenido de obrar, de haber tenido sobre quién hacerlo—, César ordenó arrasar la ciudad entera y el Templo, dejando en pie solo las torres que sobresalían por encima de las demás —Fasael, Hípico y Mariamna— y todo el tramo de muro que ceñía la ciudad por poniente. El muro, para que sirviera de campamento a la guarnición que iba a quedar allí; las torres, para que mostraran a la posteridad qué clase de ciudad, y cuán fortificada, había sometido el valor de los romanos. Todo el resto del recinto de la ciudad lo allanaron de tal modo los que la demolían, que a nadie que llegara le habría quedado motivo para creer que aquello había estado jamás habitado. Tal fue el final que la insensatez de los revoltosos trajo sobre Yerushaláyim —ciudad espléndida y celebrada entre todos los hombres.

César resolvió dejar allí de guarnición la décima de las legiones, con algunos escuadrones de caballería y compañías de infantería. Como ya tenía resueltos todos los asuntos de la guerra, deseaba elogiar al ejército entero por sus hazañas y otorgar las recompensas debidas a quienes más se habían distinguido. Se le levantó, pues, un gran estrado en medio del campamento anterior, y allí, puesto sobre él con los oficiales, y de modo que todo el ejército lo oyera, dijo que les guardaba mucha gratitud por la buena voluntad que le habían mostrado sin desmayo. Alabó su disciplina en cada momento de la guerra —la que habían mantenido en tantos y tan grandes peligros, junto con su propio valor—, acrecentando por sí mismos el poder de la patria y dejando claro a todos los hombres que ni la multitud de enemigos, ni lo fortificado de las posiciones, ni el tamaño de las ciudades, ni la audacia irreflexiva y la fiereza bestial de los adversarios pueden nunca escapar al valor de los romanos, aunque algunos encuentren a la fortuna luchando de su lado en muchas cosas.

Bello era, dijo, que hubieran puesto fin a una guerra tan larga —pues nada mejor podían haber deseado cuando entraron en ella—; pero aún más hermoso y glorioso para ellos era esto: que a los que iban a mandar y a administrar el imperio de los romanos, elegidos por ellos mismos y enviados a la patria, todos los reciben de buen grado y se atienen a lo que ellos han decidido, agradecidos a quienes los eligieron. Los admiraba, pues, y los quería a todos —dijo—, sabiendo que ninguno había mostrado un empeño menor que su capacidad. A los que habían combatido con mayor brillo y con más fuerza, y que habían adornado su propia vida con hazañas y hecho su campaña más ilustre por sus éxitos, les daría de inmediato las recompensas y los honores, y ninguno de los que habían querido esforzarse más que otro se vería privado de la justa recompensa. De ello pondría, en efecto, el mayor cuidado, pues prefería honrar las virtudes de sus compañeros de armas a castigar a los que faltaban.

En seguida ordenó, pues, a los encargados de ello que leyeran en voz alta a cuantos habían realizado alguna acción brillante en la guerra. Y, llamándolos por su nombre, elogiaba a los que se adelantaban como quien se regocija en exceso con logros propios, les ceñía coronas de oro, les daba collares de oro, pequeñas lanzas de oro y estandartes hechos de plata, y ascendía a cada uno a un rango superior; y, además, de los despojos les repartió abundantemente plata y oro, vestidos y demás botín. Cuando todos hubieron sido honrados según él mismo juzgó digno a cada uno, hechas las plegarias por todo el ejército, bajó entre grandes aclamaciones y se volvió a los sacrificios de victoria; y, tras inmolar la gran multitud de bueyes que estaba junto a los altares, los repartió todos al ejército para un banquete. Él mismo festejó tres días con los oficiales, y despidió al resto del ejército según convenía que cada uno partiera; pero a la décima legión confió la guarda de Yerushaláyim, sin enviarlos ya de vuelta al Éufrates, donde antes estaban. Acordándose de la duodécima legión, que bajo el mando de Cestio había cedido ante los judíos, la expulsó por completo de Siria —pues antiguamente estaba en Rafanea— y la envió al lugar llamado Melitene: está junto al Éufrates, en los confines de Armenia y Capadocia. Dos legiones dispuso que permanecieran con él hasta su llegada a Mitsraim: la quinta y la decimoquinta. Y, bajando con el ejército hasta Cesarea, la que está junto al mar, depositó allí la multitud de despojos y ordenó que los cautivos quedaran custodiados en ella; pues el invierno impedía la travesía a Italia.

En el tiempo en que Tito César estaba acampado ante Yerushaláyim en el asedio, Vespasiano, embarcado en una nave mercante, cruzaba de Alejandría a Rodas. Navegando desde allí en trirremes, y visitando todas las ciudades del recorrido costero, que lo recibían con agrado, pasó de Jonia a Grecia, y de allí, desde Corcira, al cabo de Yapigia, desde donde ya hizo el viaje por tierra.

Tito, levantando el campamento desde Cesarea la marítima, llegó a la que se llama Cesarea de Filipo, y se detuvo en ella un tiempo considerable, celebrando toda clase de espectáculos; y muchos de los cautivos perecieron allí, unos arrojados a las fieras, otros obligados en masa a servirse unos de otros como enemigos. Allí supo también de la captura de Shimón hijo de Gioras, ocurrida de este modo. Este Shimón, durante el asedio de Yerushaláyim, se hallaba en la ciudad alta; cuando el ejército romano, ya dentro de los muros, saqueaba la ciudad entera, entonces tomó a los más fieles de sus amigos y, con ellos, a canteros y al hierro apto para el trabajo, y víveres capaces de bastar para muchos días, y con todos ellos se descolgó a uno de los pasadizos subterráneos ocultos. Mientras hubo excavación antigua, avanzaban por ella; pero cuando les salió al paso tierra firme, la fueron socavando, con la esperanza de que, avanzando más lejos, pudieran salir a lugar seguro y ponerse a salvo. Mas la experiencia de los hechos demostró falsa la esperanza: los que excavaban apenas avanzaban un poco, y los víveres, aun racionados, estaban a punto de agotarse.

Entonces, pensando que por el efecto del asombro podría engañar a los romanos, se puso unas túnicas blancas y, prendiéndose un manto de púrpura, surgió de la tierra en aquel mismo lugar donde antes estaba el Templo. Al principio el estupor sobrecogió a los que lo vieron, y quedaron clavados en su sitio; luego, acercándose más, preguntaron quién era. Y Shimón no se lo declaraba, sino que les mandaba llamar al jefe. Corrieron pronto hacia él, y acudió Terencio Rufo —pues había quedado como comandante del ejército—; y, enterándose de él de toda la verdad, lo mantuvo atado e informó a César de cómo había sido apresado. Así hizo Dios que Shimón cayera, para justo castigo de su crueldad contra los ciudadanos —a quienes él mismo había tiranizado con dureza—, en poder de los enemigos que más lo odiaban; y no sometido a ellos por la fuerza, sino entregándose voluntariamente al castigo, aquel por el que él mismo había dado muerte cruel a muchos, imputándoles falsas acusaciones de defección a los romanos. Pues la maldad no escapa a la ira de Dios, ni es débil la justicia, sino que con el tiempo persigue a los que han delinquido contra ella y trae un castigo aún peor a los malvados, precisamente porque esperaron haber escapado de ella al no ser castigados en el acto. Esto lo supo también Shimón, al caer en la cólera de los romanos. Su salida de la tierra hizo que, por aquellos días, una gran multitud de los demás sediciosos fuera también descubierta en los pasadizos subterráneos. A César, ya de regreso en Cesarea la marítima, le fue llevado Shimón atado; y ordenó que lo custodiaran para el triunfo que se disponía a celebrar en Roma.

Mientras se demoraba allí, celebró con esplendor el día del cumpleaños de su hermano, atribuyendo en su honor buena parte del castigo de los judíos. Pues el número de los muertos en los combates con fieras, de los quemados y de los caídos en las matanzas mutuas superó los dos mil quinientos. Con todo, a los romanos todo esto les parecía, pereciendo los judíos de innumerables maneras, un castigo demasiado escaso. Después de esto llegó César a Berito —ciudad de Fenicia, colonia de romanos—, y allí hizo una estancia más larga, desplegando mayor esplendor con motivo del cumpleaños de su padre, en la magnificencia de los espectáculos y en el demás derroche de gastos. Y la multitud de cautivos perecía del mismo modo que antes.

Sucedió por este tiempo que también los judíos que quedaban en Antioquía se vieron envueltos en acusaciones y en peligro de exterminio, al alborotarse contra ellos la ciudad de Antioquía, tanto por las calumnias que en aquel momento se les levantaron como por lo ocurrido poco tiempo antes; de todo lo cual es necesario hablar primero de forma breve, para hacer fácil de seguir el relato de lo que después sucedió. El pueblo judío está muy esparcido por toda la tierra habitada entre los naturales de cada país, y en particular está muy mezclado con Siria por la vecindad, siendo especialmente numeroso en Antioquía a causa del tamaño de la ciudad; y sobre todo les procuraron allí una residencia tranquila los reyes que sucedieron a Antíoco. Pues Antíoco, el llamado Epífanes, tras saquear Yerushaláyim, despojó el Templo; pero los que recibieron el reino después de él devolvieron a los judíos de Antioquía todas las ofrendas votivas que estaban hechas de bronce, consagrándolas en su sinagoga, y les concedieron participar de la ciudad en igualdad con los griegos. Del mismo modo se comportaron con ellos los reyes posteriores, y así aumentaron en número y engalanaron su santuario con la factura y la riqueza de las ofrendas votivas, atrayendo siempre a su culto a gran multitud de griegos, a los que, en cierto modo, hicieron parte de sí mismos.

Por el tiempo en que se había proclamado la guerra, y Vespasiano acababa de arribar a Siria, y el odio contra los judíos estaba en su punto más alto entre todos, entonces un tal Antíoco, uno de ellos y muy honrado a causa de su padre —pues era jefe de los judíos de Antioquía—, presentándose ante la asamblea del pueblo de Antioquía en el teatro, denunció a su propio padre y a los demás, acusándolos de haber resuelto incendiar en una sola noche la ciudad entera, y entregó a algunos judíos forasteros como cómplices del plan. Al oír esto, el pueblo no contuvo su ira, sino que ordenó que en seguida trajeran fuego contra los entregados, y al instante todos fueron quemados allí, en el teatro; y se lanzaron contra la multitud de los judíos, creyendo salvar su propia patria si los envolvían cuanto antes en el castigo. Antíoco atizaba aún más la ira, pensando dar prueba de su propia conversión y de su odio a las costumbres de los judíos ofreciendo sacrificios a la manera de los griegos; y ordenaba que también a los demás los obligaran a hacer lo mismo, pues los conjurados quedarían al descubierto por su negativa. Al poner los antioquenos a prueba esto, unos pocos accedieron, pero los que no quisieron fueron muertos. Antíoco, tomando soldados del comandante romano, se ensañó con sus propios conciudadanos, no permitiéndoles descansar en el séptimo día, sino forzándolos a hacer todo cuanto se hace también en los demás días. Y de tal modo apretó la coacción, que no solo en Antioquía quedó abolido el séptimo día como día de descanso, sino que, empezando allí la cosa, también en las demás ciudades ocurrió lo mismo por un breve tiempo.

Habiendo caído sobre los judíos de Antioquía tales males en aquel tiempo, se les vino encima de nuevo una segunda desgracia, en cuyo relato hemos entrado también al exponer todo esto. Pues, cuando sucedió que ardió el mercado cuadrangular, junto con los edificios públicos, el archivo y las basílicas, y a duras penas se logró contener el fuego —a fuerza de mucho esfuerzo—, que se extendía por toda la ciudad, Antíoco imputó esta acción a los judíos. Y a los antioquenos —aunque antes no les fueran hostiles—, arrastrados muy pronto por la calumnia, en medio de la conmoción provocada por lo ocurrido, los indujo mucho más, a partir de lo antes sucedido, a dar crédito a lo que él decía, como si prácticamente hubieran visto con sus propios ojos a los judíos prender el fuego; y, como enloquecidos, con gran frenesí todos se lanzaron contra los difamados. A duras penas pudo un tal Gneo Colega, legado, refrenar sus ímpetus, pidiendo que se permitiera informar a César de lo sucedido; pues a Cesenio Peto, gobernador de Siria, ya lo había enviado Vespasiano, pero se daba el caso de que aún no había llegado. Colega, haciendo una investigación cuidadosa, halló la verdad: ninguno de los judíos a quienes Antíoco había imputado la culpa había tenido parte alguna, sino que toda la acción la habían cometido ciertos hombres perversos que, por la presión de sus deudas, creyeron que, si incendiaban el mercado y los registros públicos, se librarían de la reclamación. Así pues, los judíos, con las acusaciones aún en el aire y aguardando todavía lo que vendría, se debatían en terribles temores.

Tito César, cuando le fue traída la noticia acerca de su padre —que había llegado como figura deseada a todas las ciudades de Italia, y que sobre todo Roma lo había recibido con mucho entusiasmo y esplendor—, se entregó a gran alegría y contento, liberado de la manera más grata de sus preocupaciones por él. Pues a Vespasiano, aún ausente y lejano, todos los hombres de Italia lo rodeaban en su ánimo como si ya hubiera llegado, tomando la expectación, por la fuerza de su deseo, como si fuera su venida, y guardándole una benevolencia libre de toda coacción. Al senado, en efecto, recordando las desgracias ocurridas en los cambios de gobernantes, le era muy deseable recobrar un gobernante adornado con la dignidad de la vejez y la plenitud de las hazañas guerreras, cuya preeminencia sabían que sería solo para la salvación de los gobernados. Y también el pueblo, agotado por los males de las guerras civiles, aún más ansiaba que viniera, suponiendo que entonces se vería firmemente libre de las desgracias y confiando en que recobraría la seguridad junto con la prosperidad. Sobre todo la soldadesca ponía en él los ojos; pues estos, más que nadie, conocían la magnitud de las guerras que él había llevado a buen término, y, habiendo experimentado la impericia y la cobardía de los demás jefes, deseaban librarse de mucha vergüenza y suplicaban recobrar al único capaz de salvarlos y honrarlos.

Existiendo de parte de todos semejante benevolencia, a los hombres más eminentes por su rango ya no les era soportable esperar, sino que se apresuraban a salir a su encuentro muy lejos de Roma. Ni tampoco ninguno de los demás toleraba el aplazamiento del encuentro, sino que todos se derramaron en tal masa, y a todos les parecía más fácil y cómodo partir que quedarse, que la ciudad misma tuvo entonces por primera vez conciencia propia de su escasez de gente; pues eran menos los que quedaban que los que salían. Cuando se anunció que se aproximaba, y los que habían salido a su encuentro daban a conocer la afabilidad de su trato con cada uno, ya toda la multitud restante, con mujeres y niños, lo aguardaba a lo largo de los caminos, y cada grupo por el que pasaba, por el placer de la vista y la dulzura de su semblante, prorrumpía en toda clase de gritos, llamándolo benefactor, salvador y único digno gobernante de Roma; y la ciudad entera estaba, como un templo, llena de guirnaldas e inciensos. A duras penas, por la multitud que se agolpaba en torno a él, pudo llegar al palacio; y él mismo ofrecía a los dioses domésticos sacrificios de acción de gracias por su llegada, y exhortaba a las multitudes al banquete; y estas, celebrando sus festines por tribus, linajes y barrios, elevaban votos a Dios, haciendo libaciones, para que Vespasiano mismo permaneciera el mayor tiempo posible en el mando de los romanos, y para que a sus hijos y a los que de ellos siempre nacieran se les conservara el poder sin rival. Así, la ciudad de Roma, tras recibir con entusiasmo a Vespasiano, avanzó en seguida hacia una gran prosperidad.

Antes de estos tiempos, cuando Vespasiano se hallaba por Alejandría y Tito estaba acampado en el asedio de Yerushaláyim, gran parte de los germanos se movió a la rebelión, y con ellos la mayoría de los galos, poniéndose de acuerdo, concibieron en común grandes esperanzas de librarse del dominio de los romanos. Lo que incitó a los germanos a emprender la rebelión y desencadenar la guerra fue, primero, su carácter, privado de buenos razonamientos y presto, con poca esperanza, a arriesgarlo todo; luego, también el odio hacia sus dominadores, pues saben que solo a los romanos ha sido forzada a servir su raza. Mas, por encima de todo, fue la ocasión lo que les infundió audacia; pues, viendo el imperio de los romanos turbado en sí mismo por los continuos relevos de emperadores, y enterándose de que toda parte del mundo bajo su dominio estaba en vilo y temblaba, pensaron que esta era la mejor ocasión que les brindaban las desdichas y las disensiones de aquellos. Impulsaban el proyecto y los henchían con estas esperanzas un tal Clásico y Vitilo, jefes de entre ellos, quienes evidentemente ambicionaban desde hacía tiempo esta revolución, y, animados por la ocasión a atreverse, revelaron su parecer; e iban a llevar la tentativa a las multitudes, dispuestas de buena gana.

Cuando ya gran parte de los germanos había acordado la rebelión, y los demás no pensaban de otro modo, como por providencia divina Vespasiano envía una carta a Petilio Cereal —que antes había sido gobernador de Germania—, otorgándole el honor consular y ordenándole que fuera a gobernar Britania. Marchando, pues, aquel adonde se le había mandado, y enterándose de lo de la rebelión de los germanos, cayó sobre ellos cuando ya estaban reunidos y, presentándoles batalla, mata a gran número de ellos en el combate y, poniendo fin a su insensatez, los obligó a entrar en razón. Pero, aun de no haber llegado él pronto a aquellas regiones, no habrían tardado en pagar su culpa; pues, cuando la noticia de su rebelión llegó por primera vez a Roma, Domiciano César, al enterarse, no vaciló —no como habría hecho otro a esa edad, pues era todavía muy joven— en asumir tal magnitud de asuntos, sino que, teniendo de su padre un valor innato y habiéndose ejercitado más de lo que su edad daba, marchó de inmediato contra los bárbaros. Ellos, al rumor de su llegada, se vinieron abajo y se le rindieron, hallando un gran provecho de su miedo en verse sometidos de nuevo, sin desastres, bajo el mismo yugo. Domiciano, tras imponer a todos los asuntos de la Galia el orden conveniente, de modo que jamás volvieran a alborotarse con facilidad aquellas regiones, regresó a Roma brillante y admirado por éxitos superiores a su edad y dignos de su padre.

Con la mencionada rebelión de los germanos coincidió por esos mismos días también una audacia escita contra los romanos. Pues los llamados sármatas de los escitas, siendo una gran multitud, sin ser advertidos cruzaron el Íster hacia esta orilla, y, cayendo con mucha violencia y de forma temible por lo del todo inesperado de la incursión, matan a muchos de los romanos que estaban de guardia, y dan muerte al legado consular Fonteyo Agripa, que les salió al paso y luchó con firmeza, y recorrieron todo el territorio bajo su dominio, saqueando y arrasando cuanto encontraban. Vespasiano, enterado de lo sucedido y del saqueo de Misia, envía a Rubrio Galo a castigar a los sármatas. Por su mano murieron muchos de ellos en los combates, y lo que sobrevivió huyó con espanto a su propia tierra. El general, poniendo fin a la guerra, proveyó también a la seguridad futura; pues cubrió el lugar con guarniciones más numerosas y mayores, de modo que el paso resultara del todo imposible a los bárbaros. Así, la guerra en torno a Misia tuvo tan rápido desenlace.

Tito César permaneció algún tiempo en Berito, como antes hemos dicho, y, levantando el campamento desde allí, atravesando las ciudades de Siria por las que iba pasando, celebrando en todas costosos espectáculos y sirviéndose de los cautivos judíos para exhibir su propia ruina, contempla en el camino un río de naturaleza digna de ser referida. Corre en medio de Arcas, del reino de Agripa, y de Rafanea, y tiene una peculiaridad asombrosa: siendo caudaloso cuando fluye, y nada perezoso en su curso, luego se agota por completo desde sus fuentes y durante seis días deja ver seco su lecho; y después, como si no se hubiera producido cambio alguno, brota igual al séptimo día, y siempre se ha observado que guarda con exactitud este orden; por lo cual lo han llamado el Sabático, dándole ese nombre a partir del sagrado séptimo día de los judíos.

El pueblo de Antioquía, al enterarse de que Tito estaba cerca, no soportaba de alegría quedarse dentro de los muros, sino que se apresuraba a salir a su encuentro; y avanzaron más de treinta estadios, no solo los hombres, sino también una multitud de mujeres con niños, derramándose fuera de la ciudad. Y cuando lo vieron aproximarse, apostándose a uno y otro lado del camino, le tendían la mano derecha saludándolo y, con toda clase de aclamaciones, se volvían con él; y, entre todas sus aclamaciones, insistente era la petición de expulsar de la ciudad a los judíos. Tito no cedió en nada a esta petición, sino que escuchaba en silencio lo que decían; y, no estando claro qué pensaba y qué haría, grande y penoso era el temor para los judíos. Pues Tito no se detuvo en Antioquía, sino que en seguida encaminó su marcha hacia Zeugma, la del Éufrates, donde vinieron a él, de parte del rey de los partos, Vologeso, unos enviados que le traían una corona de oro por la victoria sobre los judíos. Recibiéndola, agasajó a los emisarios reales, y de allí regresa a Antioquía. Como el consejo y el pueblo de Antioquía le hicieran muchas peticiones para que fuera al teatro, en el que toda la multitud reunida lo aguardaba, accedió con amabilidad. Pero, al insistir ellos de nuevo con gran vehemencia y pedirle sin cesar que expulsara de la ciudad a los judíos, dio una respuesta certera, diciendo: «Pero la patria de ellos, a la que habría que expulsarlos, siendo judíos, ha sido destruida, y ya ningún lugar los recibiría.» Los antioquenos se volvieron entonces a una segunda petición, abandonando la primera: le pidieron que suprimiera las tablas de bronce en las que estaban escritos los derechos de los judíos. Mas tampoco esto les concedió Tito, sino que, dejándolo todo en su sitio para los judíos de Antioquía tal como antes lo tenían, partió hacia Mitsraim.

Y en el camino, llegando a Yerushaláyim, y contrastando la triste desolación que se veía con el esplendor de otro tiempo de la ciudad, y trayendo a la memoria la magnitud de las construcciones derruidas y su antigua belleza, se compadeció de la ruina de la ciudad; no como quien se jactara de haber tomado por la fuerza una ciudad tan grande y tan poderosa, sino maldiciendo una y otra vez a los que habían sido causa de la rebelión y habían provocado que este castigo cayera sobre la ciudad; tan evidente era que no habría querido obtener el lucimiento de su valor a costa de la desgracia de los castigados. De la mucha riqueza de la ciudad, no poca parte se hallaba aún entre los escombros; pues los romanos desenterraban mucho, y sacaban lo más gracias a las revelaciones de los cautivos: oro, plata y lo más precioso del demás ajuar, que los propietarios habían escondido bajo tierra ante las inciertas suertes de la guerra. Tito, prosiguiendo la marcha prevista hacia Mitsraim, cruzando el desierto lo más rápido posible, llegó a Alejandría; y, habiendo resuelto navegar hacia Italia —lo habían acompañado dos legiones—, envió cada una de vuelta al lugar de donde había venido: la quinta a Misia y la decimoquinta a Panonia. De los cautivos, a los jefes Shimón y Yojanán, y a otros setecientos hombres escogidos por su tamaño y su belleza corporal sobresalientes, ordenó que fueran conducidos de inmediato a Italia, queriendo exhibirlos en el triunfo.

Cumplida la travesía a su gusto, del mismo modo estuvo Roma dispuesta en cuanto a la recepción y los recibimientos que en el caso de su padre, pero fue más glorioso para Tito que el propio padre saliera a su encuentro y lo recibiera. Y a la multitud de los ciudadanos les procuraba un gozo casi sobrenatural el ver ya a los tres reunidos en un mismo lugar. No muchos días después, resolvieron celebrar un único triunfo común por los éxitos, aunque el senado había votado uno propio para cada uno. Anunciado de antemano el día en que iba a tener lugar la procesión de la victoria, nadie de la incontable muchedumbre quedó en casa dentro de la ciudad, sino que todos, adelantándose hasta donde solo había sitio para estar de pie, tomaron los lugares, dejando apenas lo necesario para el paso de aquellos que iban a ser contemplados.

Toda la soldadesca, aún de noche, por compañías y unidades bajo sus jefes, había salido en formación y estaba junto a las puertas, no las del palacio de arriba, sino cerca del templo de Isis —pues allí habían pasado el descanso los emperadores aquella noche—; y, hacia el mismísimo comienzo del alba, avanzan Vespasiano y Tito, coronados de laurel y vestidos con las púrpuras vestiduras patrias, y pasan a los pórticos de Octavia. Pues allí el senado, las supremas magistraturas y los caballeros del censo aguardaban su llegada. Se había levantado un estrado ante los pórticos, con sillas de marfil dispuestas sobre él, en las que, adelantándose, se sentaron; y en seguida la soldadesca los aclamó, dándoles todos muchos testimonios de su valor; y ellos estaban sin armas, con vestiduras de seda y coronados de laureles. Vespasiano, recibiendo su aclamación, aunque aún querían seguir hablando, hizo la señal del silencio; y, hecha por parte de todos mucha quietud, poniéndose en pie y cubriéndose con el manto la mayor parte de la cabeza, hizo las plegarias de rigor; e igualmente oró Tito. Tras las plegarias, Vespasiano, dirigiéndose brevemente a todos en común, despidió a los soldados a la comida que los emperadores acostumbraban tenerles preparada, y él mismo se retiró a la puerta que ha recibido su nombre del hecho de enviarse siempre por ella los triunfos. Allí prueban antes el alimento y, vistiéndose las ropas triunfales y sacrificando a los dioses apostados junto a la puerta, hicieron partir el triunfo, conduciéndolo a través de los teatros, para que el espectáculo fuera más cómodo para las multitudes.

Es imposible describir dignamente la cantidad de aquellos espectáculos y su magnificencia en todo cuanto pueda concebirse —ya en obras de arte, ya en muestras de riqueza, ya en rarezas de la naturaleza—; pues casi todo lo maravilloso y costoso que jamás adquirieron, pieza a pieza, unos u otros hombres afortunados, unas cosas entre unos pueblos y otras entre otros, todo aquello, en aquel día, reunido, mostró la grandeza del imperio de los romanos. Pues de plata, oro y marfil, en toda suerte de manufacturas, cabía ver una multitud llevada no como en una procesión, sino como quien dijera un río que fluye; y unos tejidos hechos de la más rara púrpura eran portados, y otros bordados en pinturas primorosas con arte babilonio; y piedras transparentes, unas engastadas en coronas de oro, otras en otras labores, pasaron en tal número que se aprendía que en vano habíamos supuesto rara alguna de ellas. Eran llevadas también imágenes de sus dioses, maravillosas por su tamaño y no descuidadas en su arte, y ninguna de ellas sino de material costoso; y muchas especies de animales eran conducidas, todas ceñidas con su propio ornato.

También la muchedumbre de hombres que transportaba cada una de estas cosas iba adornada con vestiduras de púrpura y tejidas de oro, y los seleccionados para la procesión misma llevaban en torno a sí un fasto de ornamento excepcional y sobrecogedor. Con todo, ni siquiera el gentío de cautivos se veía sin adorno, sino que la variedad y la belleza de las vestiduras hurtaban a la vista lo desagradable del maltrato de sus cuerpos. Asombro provocaba, más que nada, la construcción de las plataformas que se llevaban; pues por su tamaño había hasta para temer, desconfiando de la firmeza de su porte: muchas de ellas se habían hecho de tres pisos y de cuatro, y con la suntuosidad de su factura cabía deleitarse a la vez que asombrarse. Pues tejidos entretejidos de oro las cubrían en muchas, y oro y marfil labrado estaban fijados por todas partes.

Mediante muchas representaciones, la guerra, repartida en unos y otros cuadros, ofrecía de sí misma la más vívida imagen; pues cabía ver una tierra próspera siendo devastada, falanges enteras de enemigos siendo aniquiladas, unos huyendo y otros llevados al cautiverio, murallas de descomunal tamaño siendo derribadas por máquinas, y las defensas de las fortalezas siendo tomadas, y los populosos recintos de las ciudades ocupados desde lo alto, y un ejército derramándose dentro de los muros, y todo lugar rebosante de matanza, y las súplicas de los que no podían alzar la mano, fuego arrojado a los santuarios y derrumbes de casas sobre sus dueños, y, tras mucha desolación y abatimiento, ríos que corrían no sobre tierra cultivada, ni como bebida para hombres o ganados, sino a través de un país que ardía por todas partes; pues a padecer todo esto se entregaron los judíos con la guerra. El arte y la grandiosa ejecución de las obras mostraban a quienes no lo habían visto suceder aquello como si estuvieran presentes. Y estaba dispuesto sobre cada una de las plataformas el general de la ciudad tomada, en la actitud en que fue apresado. Seguían también muchas naves. Los despojos, unos eran llevados a granel, pero descollaban entre todos los tomados en el Templo de Yerushaláyim: una mesa de oro de muchos talentos de peso, y un candelabro de oro, hecho de modo semejante, aunque su labor se apartaba de la que es habitual en nuestro uso. Pues su fuste central estaba fijado desde la base, y de él se prolongaban unos brazos delgados, dispuestos de manera parecida a la forma de un tridente, forjado cada uno de ellos con una lámpara en el extremo; y eran siete de estos, mostrando la honra del séptimo día entre los judíos. Y la Torá de los judíos era llevada la última de estos despojos.

Tras estos pasaban muchos portando imágenes de la Victoria; la factura de todas era de marfil y de oro. Detrás de ellas cabalgaba en cabeza Vespasiano, y le seguía Tito, mientras Domiciano iba a su lado, él mismo espléndidamente ataviado y mostrando un caballo digno de verse. El final de la procesión estaba en el templo de Júpiter Capitolino; llegados a él, se detuvieron, pues era antigua costumbre de los padres aguardar hasta que alguien anunciara la muerte del general enemigo. Este era Shimón, el de Gioras, que entonces había desfilado entre los cautivos; y, echado un lazo al cuello, era arrastrado al lugar del foro, mientras los que lo conducían lo maltrataban; y es costumbre entre los romanos matar allí a los condenados a muerte por malhechores. Cuando se anunció que había recibido su fin y todos prorrumpieron en aclamaciones, comenzaron los sacrificios, los cuales, ofrecidos con las plegarias de rigor y favorables augurios, celebraron, y luego se retiraron al palacio. Y a unos los recibieron ellos mismos para el banquete, y para todos los demás estaban dispuestos, cada cual en su casa, los preparativos del festín. Pues este día lo celebraba la ciudad de Roma como fiesta de victoria por la campaña contra los enemigos, como término de los males de las guerras civiles y como comienzo de las esperanzas de prosperidad.

Después de los triunfos y del más firme afianzamiento del imperio de los romanos, Vespasiano resolvió construir un recinto consagrado a la Paz; y muy pronto, y por encima de toda concepción humana, quedó terminado. Pues, sirviéndose de los recursos casi sobrenaturales de su riqueza, lo engalanó además con las obras de pintura y de escultura logradas en tiempos antiguos.

Para todo aquello quedó reunido y depositado en aquel templo —cosas por ver las cuales, antes, los hombres andaban errantes por toda la tierra habitada, deseosos de contemplar lo que se hallaba disperso entre unos pueblos y otros. Allí consagró también los objetos de oro tomados del Templo de los judíos, ufanándose de ellos. Pero su Torá y los velos de púrpura del santuario mandó guardarlos, depositados en el palacio.

Enviado a Judea como legado, Lucilio Baso recibió el ejército de manos de Cereal Vetiliano y se apoderó de la fortaleza del Herodión junto con quienes la ocupaban. Después, reuniendo toda la tropa que había —muy repartida en destacamentos— y con la décima legión, decidió marchar contra Maqueronte; pues era del todo necesario tomar aquella fortaleza, no fuera que su solidez arrastrara a muchos a la rebelión. En efecto, la naturaleza del lugar bastaba de sobra para dar a quienes la ocupaban una firme esperanza de salvación, y a los atacantes, vacilación y miedo.

Pues lo amurallado en sí es un cerro rocoso, alzado hasta una altura enorme, de modo que ya por eso resulta difícil de tomar; y la naturaleza lo ha dispuesto para que ni siquiera sea accesible. Está rodeado por todos lados de barrancos de una profundidad que la vista no alcanza, imposibles de cruzar con facilidad y del todo imposibles de rellenar. El que lo ciñe por poniente se extiende sesenta estadios y termina en el lago Asfaltites; por ese lado, más o menos, el propio Maqueronte tiene su cima más alta, que se alza por encima de todo. Los barrancos del norte y del sur son menores que el ya mencionado, pero igualmente imposibles para un asalto. El de oriente tiene una profundidad que no baja de cien codos, y termina frente a un monte situado enfrente de Maqueronte.

Habiendo advertido esta naturaleza del lugar, Alejandro, rey de los judíos, fue el primero en fortificar allí una fortaleza, que después Gabinio, en su guerra contra Aristóbulo, derribó. Pero a Herodes, ya rey, le pareció más digna que ninguna otra de cuidado y de la fortificación más sólida, sobre todo por la vecindad de los árabes; pues está situada en punto estratégico, mirando hacia la tierra de aquellos. Así pues, rodeando de murallas y torres un gran espacio, fundó allí una ciudad, desde la cual un camino de subida llevaba a la propia cima. Y no solo eso: también en torno a la cima misma levantó una muralla y erigió torres en las esquinas, cada una de sesenta codos. En medio del recinto construyó un palacio, suntuoso por el tamaño y la belleza de sus estancias. Y en los lugares más apropiados dispuso muchas cisternas para recoger agua y asegurar un abasto abundante, como compitiendo con la naturaleza, para superar con fortificaciones hechas a mano lo que de por sí el lugar tenía de inexpugnable. Pues todavía guardó allí gran cantidad de proyectiles y de máquinas, e ideó tener preparado todo cuanto pudiera dar a los habitantes el desdén del asedio más largo.

Crecía en el palacio una ruda digna de admirar por su tamaño: en altura y grosor no le iba a la zaga a ninguna higuera. Se decía que duraba desde los tiempos de Herodes, y quizá habría durado muchísimo más, de no ser cortada por los judíos que se apoderaron del lugar. En el barranco que rodea la ciudad por el norte hay un paraje llamado Baaras, que produce una raíz del mismo nombre. Esta se parece a una llama en el color, y al atardecer despide un resplandor; no es fácil de coger para quien se acerca y quiere arrancarla, sino que huye y no se queda quieta antes de que se derrame sobre ella orina de mujer o sangre menstrual. Y aun entonces, para quienes la tocan es muerte segura, a no ser que uno lleve esa misma raíz colgando de la mano.

Se coge también de otro modo, sin peligro, que es este: cavan todo alrededor de ella, de manera que quede oculta muy poca parte de la raíz. Luego atan a ella un perro, y cuando este se lanza a seguir al que lo ató, la raíz se arranca fácilmente, pero el perro muere al instante, como entregado en lugar de aquel que iba a arrancar la planta; pues después de eso ya no hay ningún peligro para quienes la cogen. Y a pesar de tantos peligros es muy codiciada por una sola virtud: los llamados demonios —que son espíritus de hombres malvados que se meten en los vivos y matan a los que no reciben auxilio— esta raíz los expulsa deprisa, con solo acercarla a los enfermos.

Manan también en el lugar fuentes de aguas calientes de sabor muy distinto entre sí: unas son amargas, otras no ceden en dulzura a ninguna. Brotan asimismo muchos manantiales de aguas frías, que no solo en la parte más baja tienen sus fuentes unas junto a otras, sino que —y esto asombraría aún más— se ve cerca una cueva, poco profunda en su hueco, cubierta por una roca que sobresale. Por encima de ella se alzan como dos pechos, poco distantes uno de otro, y uno da un manantial frigidísimo y el otro uno calidísimo; al mezclarse forman un baño agradabilísimo y sanador de enfermedades, sobre todo remedio de los nervios. El lugar tiene también minas de azufre y de alumbre.

Baso, tras examinar el terreno, decidió abrir el acceso rellenando el barranco de oriente, y se puso a la obra, empeñándose en levantar cuanto antes el terraplén y hacer con él fácil el asedio. Los judíos encerrados dentro, separándose ellos por su cuenta de los extranjeros, obligaron a estos —a quienes tenían por mera turba inútil— a quedarse en la ciudad baja y a recibir los primeros peligros, mientras que la fortaleza de arriba la ocuparon y la retuvieron ellos, tanto por la fuerza de su solidez como por procurar su propia salvación; pues suponían que obtendrían el perdón si entregaban el lugar a los romanos. Pero primero querían poner a prueba las esperanzas de escapar del asedio. Por eso hacían de buen grado salidas cada día, y al trabar combate con los que levantaban el terraplén, muchos morían, pero también daban muerte a muchos romanos. Y siempre la ocasión otorgaba la victoria más a uno u otro bando: a los judíos, si caían sobre gente descuidada; a los del terraplén, si preveían la salida y la recibían protegidos.

Pero el fin del asedio no iba a llegar por esos medios, sino que un hecho ocurrido por azar, inesperado, impuso a los judíos la necesidad de entregar la fortaleza. Había entre los sitiados un joven audaz en el atrevimiento y diligente de mano, de nombre Elazar. Este se había hecho notable en las salidas, animando a muchos a salir y a impedir el terraplén, y en los combates causando a los romanos muchos y graves daños; a los que con él se atrevían a lanzarse les hacía fácil el ataque y les procuraba una retirada sin peligro, pues salía el último.

Y he aquí que una vez, terminado el combate y habiéndose retirado ambos bandos, él, por desdén y creyendo que ninguno de los enemigos volvería ya a entablar lucha, se quedó fuera de las puertas conversando con los del muro, con toda su atención puesta en ellos. Aprovecha la ocasión uno del campamento romano, Rufo, egipcio de origen, y cuando nadie lo esperaba, lanzándose de repente con los suyos, lo levantó en vilo con las armas y —mientras el pasmo retenía a los que miraban desde los muros— se adelantó a trasladar al hombre al campamento de los romanos. Cuando el general ordenó desnudarlo, ponerlo bien a la vista de los que miraban desde la ciudad y azotarlo con látigos, el sufrimiento del joven conturbó muchísimo a los judíos, y toda la ciudad prorrumpió en gemidos, y hubo un duelo mayor que el que corresponde a la desgracia de un solo hombre.

Al advertirlo, Baso inició una estratagema contra los enemigos, y queriendo acrecentar su dolor para forzarlos a entregar la fortaleza a cambio de la salvación del hombre, no erró en su esperanza. Pues ordenó clavar una cruz, como si fuera a colgar al punto a Elazar; y a los de la fortaleza, al verlo, les sobrevino un dolor mayor, y gemían a grandes voces gritando que aquella desgracia era insoportable. Entonces Elazar les suplicaba que no lo dejaran sufrir la más lastimosa de las muertes, y que se procuraran a sí mismos la salvación, cediendo a la fuerza y la fortuna de los romanos, ya que todos los demás estaban sometidos.

Ellos, quebrantados por sus palabras y como muchos de dentro intercedían por él —pues era de una familia grande y muy numerosa—, contra su propia índole se ablandaron a la compasión. Y enviando aprisa a algunos, trataron de hacer la entrega de la fortaleza, pidiendo retirarse sin temor llevándose a Elazar. Cuando los romanos y el general aceptaron esto, la multitud de la ciudad baja, al enterarse del acuerdo que los judíos habían hecho por su cuenta, decidió huir de noche a escondidas. Pero, en cuanto abrieron sus puertas, llegó a Baso el aviso de parte de los que habían pactado con él, ya fuera porque les envidiaban la salvación, ya por miedo de cargar ellos con la culpa de la fuga de aquellos. Así pues, los más valientes de los que salían se adelantaron a abrirse paso y escapar; de los que quedaron dentro fueron muertos mil setecientos hombres, y las mujeres y los niños fueron reducidos a esclavitud. Baso, creyendo que debía guardar los pactos con quienes le habían entregado la fortaleza, los dejó libres y devolvió a Elazar.

Arreglado esto, se apresuró llevando el ejército hacia el bosque llamado Jardes; pues le avisaron que en él se habían reunido muchos de los que antes, durante los asedios, habían huido de Yerushaláyim y de Maqueronte. Llegado, pues, al lugar y comprobando que el aviso no era falso, primero rodea todo el paraje con la caballería, para que la fuga resultara imposible a los judíos que se atrevieran a abrirse paso, a causa de los jinetes; y a la infantería ordenó talar el bosque en el que se habían refugiado. Por eso los judíos se ven forzados a hacer algo valeroso, a combatir como en un lance arriesgado, por si acaso lograban escapar, y en masa, con gritos, se lanzaron sobre los que los cercaban. Estos los recibieron con firmeza, y como unos ponían desesperación y otros porfía, no poco tiempo se prolongó por ello el combate, pero su desenlace no resultó igual para unos y otros. Pues de los romanos cayeron en total doce, y unos pocos fueron heridos; de los judíos, de aquel combate no escapó ninguno, sino que, siendo no menos de tres mil, todos murieron, y con ellos su general Yehudá, hijo de Arí, del que antes dijimos que, estando al frente de cierta compañía en el asedio de Yerushaláyim, se escabulló por algunas de las cloacas y huyó sin ser visto.

Por el mismo tiempo, el César escribió a Baso y a Laberio Máximo —este era procurador— ordenando vender toda la tierra de los judíos. Pues no fundó allí ninguna ciudad propia, reservándose el país para sí; solo a ochocientos licenciados del ejército les dio para habitar un lugar llamado Emaús, que dista treinta estadios de Yerushaláyim. Impuso además un tributo a los judíos dondequiera que estuvieran, mandando que cada uno llevara cada año dos dracmas al Capitolio, tal como antes contribuían al Templo de Yerushaláyim. Y tal era entonces la situación de los judíos.

Ya cuando Vespasiano administraba el imperio en su cuarto año, sucedió que Antíoco, rey de Comagene, cayó con toda su casa en grandes desgracias, por la siguiente causa. Cesenio Peto, que era entonces gobernador de Siria, ya fuera diciendo verdad, ya por su enemistad con Antíoco —pues no se llegó a comprobar del todo lo cierto—, envió cartas al César, diciendo que Antíoco, con su hijo Epífanes, había decidido rebelarse contra los romanos, tras hacer un pacto con el rey de los partos; que era, pues, necesario adelantarse a ellos, no fuera que, tomando ellos la iniciativa, sumieran en guerra a todo el imperio romano.

El César no iba a desentenderse de un aviso así llegado a él; pues la vecindad de los reyes hacía el asunto digno de mayor previsión: Sámosata, la mayor ciudad de Comagene, está situada junto al Éufrates, de modo que para los partos, si algo tal habían tramado, el paso sería facilísimo y segura la acogida. Así pues, Peto, acreditado y con licencia para obrar lo que le pareciera conveniente, no se demoró, sino que de repente, cuando los de Antíoco nada esperaban, invadió Comagene, llevando de las legiones la sexta y, además, cohortes y algunos escuadrones de jinetes. Combatían aliados suyos también los reyes Aristóbulo, de la llamada Calcídica, y Sohemo, de la llamada Emesa. El paso de la invasión no encontró resistencia: pues ninguno de los del país quiso alzar las manos contra ellos.

Antíoco, al caerle el aviso de improviso, ni siquiera concibió la idea de guerra contra los romanos, sino que decidió dejar todo el reino tal como estaba, en su forma, y retirarse con su mujer e hijos, creyendo que así se mostraría limpio ante los romanos de la acusación que se le imputaba. Y adelantándose ciento veinte estadios de la ciudad hacia la llanura, acampó en ella. Peto envía a Sámosata a los que habían de tomarla, y por medio de ellos tuvo la ciudad; él mismo, con el resto de la fuerza, se lanzó contra Antíoco. Mas el rey ni aun por la necesidad se dejó llevar a hacer nada bélico contra los romanos, sino que, lamentando su fortuna, soportaba cuanto tuviera que sufrir. Pero a sus hijos, jóvenes, expertos en guerras y aventajados en fuerza física, no les era fácil soportar la desgracia sin lucha; se vuelven, pues, a la defensa Epífanes y Calínico. El combate fue violento y duró todo el día; ellos mostraron un valor sobresaliente, y con su fuerza en nada mermada se separaron al atardecer.

Pero a Antíoco, ni aun después de un combate resuelto de ese modo, le parecía tolerable quedarse; y tomando a su mujer y a sus hijas, con ellas emprendió la huida a Cilicia, y con ello quebrantó el ánimo de sus propios soldados. Pues, como si él mismo hubiera dado por perdido el reino, se pasaron a los romanos, y en todos era manifiesta la desesperación. Antes, pues, de quedarse del todo sin aliados, era forzoso que los de Epífanes se salvaran de los enemigos; y en total llegan a ser diez los jinetes que con ellos cruzaron el Éufrates. Desde allí, ya sin temor, llevados ante Vologeso, rey de los partos, no fueron despreciados como fugitivos, sino que, como si conservaran aún su antigua prosperidad, fueron honrados con toda dignidad.

A Antíoco, llegado a Tarso de Cilicia, Peto le envió un centurión y, encadenado, lo remitió a Roma. Pero Vespasiano no consintió que el rey le fuera conducido así, juzgando más digno guardar respeto a la antigua amistad que mantener, con el pretexto de la guerra, una cólera inexorable. Ordena, pues, que, estando él aún en camino, se le quiten las cadenas, y que, renunciando a su llegada a Roma, resida por ahora en Lacedemonia; y le da grandes rentas de dinero, para que tuviera un modo de vida no solo abundante, sino regio. Al enterarse de esto los de Epífanes, que antes temían mucho por su padre, sus ánimos se aliviaron de una grande e insoluble preocupación. Y les nació también a ellos la esperanza de reconciliarse con el César, pues Vologeso escribió en su favor; que, aun viviendo prósperamente, no soportaban vivir fuera del imperio de los romanos. Y habiéndoles concedido el César amablemente el salvoconducto, se presentaron en Roma; y como su padre viniera enseguida a ellos desde Lacedemonia, honrados con toda dignidad, se quedaron allí.

Que la nación de los alanos son escitas que habitan en torno al Tanais y la laguna Meótide, ya lo hemos mostrado antes. Por esos tiempos, decididos a irrumpir en Media, y aun más allá, para el saqueo, entablan tratos con el rey de los hircanos; pues este es dueño del paso que el rey Alejandro cerró con puertas de hierro. Y como aquel les diera la entrada, en masa y cayendo sobre los medos, que nada sospechaban, saquearon una región muy poblada y llena de toda clase de ganados, sin que nadie se atreviera a resistirles. Pues el rey del país, Pácoro, huyendo por miedo a lugares escarpados, había cedido todo lo demás, y a duras penas rescató de ellos a su mujer y a sus concubinas, hechas cautivas, dando cien talentos.

Así pues, con gran facilidad, haciendo el saqueo sin combate, avanzaron hasta Armenia, arrasándolo todo. Reinaba en ella Tirídates, quien, saliéndoles al encuentro y trabando combate, estuvo a punto de ser apresado vivo en la misma batalla: pues uno le había echado un lazo y estaba a punto de tirar de él, si aquel no hubiera cortado antes la cuerda con la espada y logrado escapar. Ellos, todavía más enfurecidos por el combate, devastaron el país, y llevándose una gran muchedumbre de hombres y el resto del botín de ambos reinos, regresaron de nuevo a su tierra.

En Judea, muerto Baso, Flavio Silva le sucede en el gobierno; y viendo que todo el resto había sido sometido por la guerra, y que solo una fortaleza seguía en rebeldía, marchó contra ella reuniendo toda la fuerza de aquellos lugares; la fortaleza se llama Masada. Estaba al frente de los sicarios que la ocupaban un hombre poderoso, Elazar, descendiente de aquel Yehudá que persuadió a no pocos judíos —como antes hemos mostrado— a no hacer los censos, cuando Quirino fue enviado a Judea como censor. Pues entonces los sicarios se conjuraron contra los que querían obedecer a los romanos y de toda forma los trataban como a enemigos, saqueándoles los bienes y arreándoselos, y prendiendo fuego a sus casas; pues decían que en nada se diferenciaban de los extranjeros quienes tan cobardemente abandonaban la libertad por la que los judíos habían combatido y consentían elegir la esclavitud bajo los romanos.

Mas esto no era sino un pretexto que ellos alegaban para encubrir su crueldad y su codicia; y lo dejaron claro con sus obras. Pues aquellos que participaron con ellos en la rebelión y colaboraron en la guerra contra los romanos, aun de estos recibieron peores atropellos; y, convencidos de nuevo de mentir en el pretexto, maltrataban aún más a los que reprochaban su maldad apelando a la justicia. Fue aquel tiempo, en efecto, tan fecundo en toda clase de maldad entre los judíos que no dejó sin practicar ninguna obra de perversidad, ni, aunque la imaginación quisiera inventar algo, habría podido hallar nada más nuevo. Así enfermaron todos, en lo privado y en lo público, y rivalizaron en superarse unos a otros tanto en las impiedades contra Dios como en las injusticias contra el prójimo: los poderosos maltratando a las multitudes, y las multitudes afanándose por destruir a los poderosos. Pues aquellos tenían el ansia de tiranizar, y estos la de violentar y saquear los bienes de los ricos.

Los primeros en comenzar la iniquidad y la crueldad contra sus propios parientes fueron los sicarios, sin dejar sin decir palabra ultrajante ni sin intentar obra alguna para la ruina de aquellos contra quienes conspiraban. Pero aun a estos los mostró Yojanán más moderados que él; pues no solo daba muerte a todos cuantos aconsejaban lo justo y lo conveniente —tratando a los tales como a los más enemigos de los ciudadanos—, sino que también en común llenó a la patria de mil males, cual los que había de cometer un hombre que ya se había atrevido a ser impío con Dios: pues servía en su mesa manjares prohibidos y abandonó la pureza establecida por la tradición patria, de modo que ya no sea de admirar que quien tan enloquecido estaba respecto a la piedad hacia Dios no guardara tampoco la mansedumbre y la comunión con los hombres.

De nuevo, pues, ¿qué mal no obró Shimón, el hijo de Guiora? ¿O de qué ultraje sobre cuerpos libres se abstuvieron quienes lo alzaron a él como tirano? ¿Qué amistad, qué parentesco no los hizo más audaces para los asesinatos de cada día? Pues tenían por obra de una perversidad vil el hacer daño a los extraños, y juzgaban brillante muestra la crueldad contra los más allegados. Rivalizó con la locura de estos la demencia de los idumeos; pues aquellos, los más impuros, tras degollar a los sumos sacerdotes para que no se conservara ni parte alguna de la piedad hacia Dios, arrancaron cuanto quedaba aún de forma de gobierno civil, e introdujeron la más completa iniquidad en todo, en la cual floreció la casta de los llamados zelotes, que hicieron verdadero con sus obras el sobrenombre: pues imitaron toda obra de maldad, sin dejar sin emular ni aun aquello que la memoria hubiera transmitido de tiempo antes. Y eso que se pusieron el sobrenombre de quienes rivalizan por el bien, o burlándose de los agraviados por su índole fiera, o teniendo por bienes los mayores de los males.

Por eso cada uno halló el fin que le correspondía, otorgándoles Dios sobre todos ellos el castigo merecido: pues cuantos suplicios puede soportar la naturaleza humana, todos cayeron sobre ellos hasta el último término de su vida, que sufrieron muriendo entre tormentos de mil formas. Aunque bien podría decirse que padecieron menos de lo que hicieron; pues la justa medida no cabía en su caso. Mas llorar según su merecimiento a los que cayeron bajo la crueldad de aquellos no es cosa del momento presente; vuelvo, pues, de nuevo a la parte que resta del relato.

Contra Elazar y los sicarios que con él ocupaban Masada, el general de los romanos vino trayendo sus fuerzas, y al punto se apoderó de toda la comarca, apostando guarniciones en sus partes más estratégicas, y rodeó de un muro todo el contorno de la fortaleza, para que a ninguno de los sitiados le fuera fácil escapar, y distribuyó a los que habían de vigilar. Él mismo acampó eligiendo el lugar más apropiado para el asedio, allí donde las rocas de la fortaleza se acercaban al monte vecino, aunque por lo demás incómodo para el abasto de provisiones: pues no solo el alimento se traía de lejos y con gran fatiga de los judíos destinados a ello, sino que también la bebida había que acarrearla al campamento, ya que el lugar no daba cerca ninguna fuente.

Dispuesto esto de antemano, Silva se volvió al asedio, que requería mucho ingenio y fatiga por la solidez de la fortaleza, cuya naturaleza era la siguiente. Una roca no pequeña en contorno y de gran altura está por todas partes rodeada de profundos barrancos, escarpados desde un fondo que la vista no alcanza, e inaccesibles a la pisada de todo animal, salvo por dos puntos donde la roca cede a una subida no fácil. De los caminos, uno viene del lago Asfaltites, hacia el sol naciente, y otro, desde poniente, por donde es más fácil andar. Al primero lo llaman «la serpiente», comparándolo por su estrechez y por sus continuos recodos; pues se quiebra en torno a los salientes de los precipicios, y muchas veces, volviendo sobre sí mismo y alargándose poco a poco de nuevo, apenas alcanza a seguir adelante. El que anda por él ha de apoyarse alternadamente en uno y otro pie. Y la perdición está a la vista: pues a ambos lados se abre un abismo de precipicios, con un espanto capaz de aterrar toda audacia. Andando, pues, por tal camino treinta estadios, lo que queda es la cima, no reunida en punta aguda, sino llana en lo más alto.

Sobre ella, primero el sumo sacerdote Yonatán edificó una fortaleza y la llamó Masada; después, para el rey Herodes, la construcción del lugar fue objeto de gran empeño. Pues levantó una muralla en torno a todo el contorno de la cima, que era de siete estadios, hecha de piedra blanca, de doce codos de alto y ocho de ancho, y se alzaban en ella treinta y siete torres de cincuenta codos, desde las cuales se pasaba a las estancias construidas por dentro a lo largo de todo el muro. Pues la cima, fértil y más blanda que cualquier llanura, la dejó el rey para el cultivo, para que, si alguna vez faltaba el alimento de fuera, tampoco por esa parte padecieran quienes confiaban su salvación a la fortaleza. También construyó allí un palacio en la subida de poniente, por debajo de los muros de la ciudadela y vuelto hacia el norte. La muralla del palacio era de gran altura y sólida, con cuatro torres angulares de sesenta codos.

El aparejo de las estancias interiores, de los pórticos y de los baños era de toda clase y suntuoso, con columnas monolíticas por todas partes, y las paredes y los suelos de las estancias adornados con revestimiento de piedra. Junto a cada uno de los lugares habitados, arriba, en torno al palacio y ante la muralla, había excavado en las rocas muchos y grandes aljibes como depósitos de agua, procurando que hubiera un abasto tan grande como el de quienes disponen de fuentes. Un camino excavado subía del palacio a lo más alto de la cima, oculto a los de fuera. Y ni siquiera por los caminos visibles podían los enemigos servirse con facilidad: pues el de oriente, por su naturaleza, como dijimos, es intransitable, y el de poniente lo cortó con una gran torre en su punto más estrecho, que distaba de la ciudadela no menos de mil codos, la cual no era posible ni rebasar ni fácil de tomar; y aun para quienes andaban sin peligro estaba hecha de difícil paso. Así, pues, contra los asaltos de los enemigos estaba fortificada la fortaleza, por naturaleza y por mano del hombre.

De las provisiones almacenadas dentro aún más se admiraría uno por su magnificencia y su conservación: pues estaba almacenado trigo en abundancia, suficientísimo para bastar mucho tiempo, y había vino en abundancia y aceite, y además toda clase de legumbre y dátiles amontonados. Todo esto lo halló Elazar cuando se hizo con la fortaleza por engaño, junto con los sicarios, en sazón y en nada inferior a lo recién almacenado; y eso que desde su almacenamiento hasta la toma por los romanos era un tiempo de cerca de cien años; y aun los romanos hallaron incorruptos los frutos que habían quedado. Y no erraría quien supusiera que la causa de esa conservación era el aire, que a la altura de la ciudadela está libre de toda mezcla terrosa y turbia. Se halló también gran cantidad de armas de toda clase, atesoradas por el rey, como para bastar a diez mil hombres, y hierro sin labrar, y bronce, y aun plomo, ya que aquel abastecimiento se había hecho por grandes causas.

Pues se dice que Herodes preparaba para sí esta fortaleza como refugio, temiendo un doble peligro: uno por parte de la multitud de los judíos, no fuera que, derribándolo a él, restablecieran en el poder a los reyes anteriores; y el mayor y más grave, por parte de Cleopatra, reina de Mitsraim. Pues esta no ocultaba su intención, sino que muchas veces se dirigía a Antonio, pidiéndole que hiciera matar a Herodes y rogándole que le regalara a ella el reino de los judíos. Y más asombraría a uno que Antonio no hubiera obedecido todavía tales órdenes —miserablemente esclavizado por el amor que le tenía— que el que ella confiara en que no se lo negaría. Por tales temores, pues, tenía Herodes preparada Masada, que había de dejar a los romanos como obra última de la guerra contra los judíos.

Pues cuando el general de los romanos, como dijimos, había ya amurallado por fuera todo el lugar y tomado la más exacta previsión para que nadie huyera, emprendió el asedio, hallando un solo punto capaz de recibir la construcción de terraplenes. Pues detrás de la torre que cerraba el camino que desde poniente lleva al palacio y a la cima, había un saliente de roca bien grande de anchura y que se adelantaba mucho, situado trescientos codos por debajo de la altura de Masada; la llamaban «la Blanca». Subiendo, pues, a ella y ocupándola, Silva mandó al ejército acarrear tierra. Y como trabajaran con empeño y con muchas manos, se elevó firme el terraplén hasta doscientos codos. Mas no parecía esa medida ni segura ni suficiente como base para las máquinas, sino que sobre él se hizo una plataforma de grandes piedras ensambladas, de cincuenta codos de ancho y de alto.

La construcción de las demás máquinas era semejante a las ideadas antes por Vespasiano, y después por Tito, para los asedios; y se terminó una torre de sesenta codos toda revestida de hierro, desde la cual los romanos, disparando con muchas catapultas y lanzapiedras, rechazaron pronto a los que combatían desde el muro y les impidieron asomarse. Al mismo tiempo, Silva, tras construir un gran ariete, mandó dar golpes continuos al muro, y a duras penas, pero al fin, abrió una brecha y derribó una parte.

Pero los sicarios se adelantan a construir enseguida por dentro otro muro, que no había de sufrir nada semejante por obra de las máquinas; pues, blando y capaz de amortiguar la violencia del golpe, lo hicieron de este modo: juntaron grandes vigas a lo largo, unidas unas a otras por sus cortes. Había dos hileras paralelas de estas, separadas tanto cuanto es el ancho de un muro, y en medio de ambas metían tierra. Y para que, al elevarse el terraplén, la tierra no se desparramara, ataban de nuevo con otras vigas transversales las que estaban colocadas a lo largo. Era, pues, para ellos la obra semejante a una construcción, y los golpes de las máquinas, al chocar contra algo que cedía, se amortiguaban, y con la sacudida, al asentarse, lo hacían más compacto.

Al advertirlo, Silva pensó que tomaría el muro mejor con fuego, y ordenó a los soldados arrojar en masa antorchas encendidas. Este, hecho en su mayor parte de madera, prendió pronto del fuego, y encendido por su esponjosidad, hizo brotar de lo hondo una gran llama. Al principio, mientras el fuego comenzaba aún, un viento del norte que soplaba era temible para los romanos; pues, desviándolo desde arriba, empujaba la llama contra ellos, y casi desesperaron ya de sus máquinas, como si fueran a arder con todo; pero después, de repente, un viento del sur, cambiando como por providencia divina y soplando con fuerza en contra, la llevó contra el muro y la arrojó sobre él, y ya todo ardía de lo hondo. Los romanos, pues, sirviéndose de la alianza de Dios, se retiraron gozosos al campamento, resueltos a atacar a los enemigos al día siguiente, y de noche hicieron más cuidadosas las guardias, no fuera que algunos de ellos escaparan a escondidas.

Pero ni el propio Elazar concibió en su mente huir, ni había de permitir a ningún otro hacerlo. Viendo el muro consumido por el fuego, y no ideando ningún otro modo de salvación ni de defensa, y poniéndose ante los ojos lo que los romanos habrían de hacer a ellos, a sus hijos y a sus mujeres si vencían, resolvió la muerte para todos. Y juzgando esto lo mejor en las circunstancias presentes, reuniendo a los más varoniles de sus compañeros, los exhortaba a la acción con palabras como estas:

«Desde hace mucho, hombres valientes, teníamos resuelto no servir ni a los romanos ni a ningún otro sino a Dios, pues solo Él es el verdadero y justo señor de los hombres; ha llegado ahora el momento que nos manda hacer verdadera esa determinación con las obras.»

—ante quien no hemos de deshonrarnos, nosotros que ni antes soportamos una servidumbre libre de peligro, y que ahora, con la servidumbre, escogeríamos castigos sin remedio si quedamos vivos bajo los romanos; pues fuimos los primeros de todos en sublevarnos y somos los últimos en combatirlos. Creo, además, que también de Dios se nos ha concedido esta gracia: la de poder morir con honra y en libertad, lo que no les ocurrió a otros, vencidos contra toda esperanza. Para nosotros es manifiesto que mañana llegará la caída; pero libre queda la elección de una muerte noble junto a los seres más queridos. Pues ni esto pueden impedirlo del todo los enemigos, por más que anhelen tomarnos vivos, ni nosotros podemos ya vencerlos combatiendo.

Acaso debíamos, tal vez, desde el comienzo mismo —cuando, queriendo reivindicar nuestra libertad, todo nos salía duro, de unos y de otros, de nosotros mismos y peor aún de los enemigos— conjeturar el parecer de Dios y reconocer que la nación de los judíos, en otro tiempo amada por Él, había sido condenada. Pues si permaneciera benévolo, o al menos moderadamente irritado, no habría consentido la ruina de tantos hombres ni habría abandonado su ciudad santísima al fuego y a la demolición de los enemigos. ¿Y acaso nosotros, solos de todo el linaje de los judíos, esperábamos sobrevivir tras haber conservado la libertad —como si fuéramos irreprochables ante Dios y no hubiéramos tomado parte en falta alguna—, nosotros que hasta enseñamos a los demás? Ved, pues, cómo nos reprocha nuestras vanas expectativas, al traer sobre nosotros, en medio de estos males, una necesidad más fuerte que nuestras esperanzas.

Pues ni siquiera la índole de la fortaleza, siendo inexpugnable, nos ha servido para salvarnos; antes bien, aun teniendo abundancia de víveres, multitud de armas y el resto de pertrechos de sobra, hemos sido despojados —por el propio Dios, manifiestamente— de la esperanza de salvación. Pues el fuego lanzado contra los enemigos no se volvió por sí solo contra el muro construido por nosotros, sino que esto es la cólera por las muchas injusticias que, enloquecidos, osamos contra los de nuestra propia sangre. Por ellas paguemos la pena, no a los odiosísimos romanos, sino a Dios por nuestras propias manos; y estas penas son más moderadas que aquellas. Mueran, pues, nuestras mujeres sin haber sido ultrajadas, y nuestros hijos sin haber conocido la esclavitud; y después de ellos, prestémonos unos a otros un noble favor, conservando la libertad como hermosa mortaja. Pero antes destruyamos con fuego los bienes y la fortaleza; pues se afligirán los romanos, bien lo sé, al no haberse apoderado de nuestros cuerpos y al fallarles el botín. Dejemos solo los víveres; pues estos, muertos nosotros, atestiguarán que no fuimos vencidos por escasez, sino que, como decidimos desde el principio, escogimos la muerte antes que la esclavitud.

Esto decía Elazar. Pero no coincidía con el sentir de todos los presentes: unos se apresuraban a obedecer y casi se colmaban de gozo, teniendo por hermosa la muerte; a otros, más blandos, les entró compasión de sus mujeres y de sus hijos, y también, sin duda, de su propia muerte, ya manifiesta; y, mirándose unos a otros, con sus lágrimas señalaban la renuencia de su ánimo. Al verlos Elazar acobardarse y quebrárseles el alma ante la magnitud de la resolución, temió que también los que habían escuchado con firmeza sus palabras se ablandaran con ellos, gimiendo y llorando. Así que no cejó en la exhortación, sino que, animándose y colmándose de gran arrojo, emprendió palabras más brillantes acerca de la inmortalidad del alma; y, indignándose grandemente y clavando la mirada en los que lloraban, dijo:

«Mucho me engañé al creer que combatiría junto a hombres valientes en las luchas por la libertad, hombres resueltos a vivir con honra o a morir. Pero vosotros no os distinguíais en nada, ni en valor ni en audacia, de los hombres corrientes, vosotros que teméis la muerte que os libra de los mayores males, cuando por ello no deberíais vacilar ni esperar consejero. Pues desde antiguo, ya desde nuestra primera conciencia, no cesaban de instruirnos las palabras patrias y divinas —confirmadas por las obras y los pensamientos de nuestros antepasados— en que la desgracia para los hombres es la vida, no la muerte. Pues esta, dando libertad a las almas, las deja marchar a su lugar propio y puro, donde quedarán libres de toda desgracia; pero mientras están atadas a un cuerpo mortal y colmadas de sus males, a decir la pura verdad, están muertas. Pues la comunión de lo divino con lo mortal es impropia. Mucho puede, cierto, el alma aun ligada al cuerpo, pues hace de él su instrumento sensible, moviéndolo de modo invisible y llevándolo con sus actos más allá de la naturaleza mortal; mas cuando, liberada del peso que la arrastra hacia la tierra y de ella pende, recobra su lugar propio, entonces participa de una fuerza bienaventurada y de un poder por doquier sin trabas, permaneciendo invisible a los ojos humanos, como el propio Dios. Pues ni siquiera mientras está en el cuerpo se la ve: llega imperceptible y, sin ser vista, de nuevo se aparta, teniendo ella una sola naturaleza, la incorruptible, aunque para el cuerpo es causa de mudanza. Pues aquello que el alma toca, vive y florece; y aquello de lo que se aparta, marchito, muere: tanta es la sobreabundancia de inmortalidad que hay en ella.

»Séaos el sueño la prueba más clara de mis palabras: en él las almas, no distraídas por el cuerpo, gozan del más dulce reposo estando en sí mismas y, en trato con Dios por su parentesco, van por todas partes y vaticinan muchas de las cosas futuras. ¿Por qué, pues, hay que temer la muerte, si amamos el reposo que se da en el sueño? ¿Y cómo no es insensato que, buscando la libertad en la vida, nos envidiemos a nosotros mismos la eterna? Deberíamos, pues, nosotros, educados en casa, ser para otros ejemplo de disposición ante la muerte; mas, si acaso necesitamos la garantía de gentes extrañas, miremos a los indios, que profesan cultivar la sabiduría. Pues aquellos, siendo hombres buenos, soportan de mala gana el tiempo de la vida como una especie de servicio necesario a la naturaleza, y se apresuran a liberar sus almas de los cuerpos; y, sin que ningún mal los apremie ni los expulse, por anhelo de la vida inmortal anuncian a los demás que van a partir, y no hay quien se lo impida, sino que todos, felicitándolos, les entregan cartas para los suyos; hasta tal punto tienen por firme y verdaderísima la convivencia de las almas unas con otras. Y ellos, después de escuchar lo que se les ha encomendado, entregando el cuerpo al fuego —para separar así, purísima, el alma del cuerpo—, mueren entre himnos; pues sus seres más queridos los despiden hacia la muerte con más facilidad que los demás hombres a sus conciudadanos hacia el más largo de los viajes, y se lloran a sí mismos, pero a aquellos los tienen por bienaventurados, ya que recobran su rango inmortal. ¿No nos avergonzamos, pues, de pensar peor que los indios y de ultrajar torpemente, por nuestra propia cobardía, las leyes patrias, que suscitan la emulación de todos los hombres?

»Pero, aunque desde el principio nos hubieran educado en las doctrinas contrarias —que el mayor bien para los hombres es la vida y la muerte una desgracia—, con todo, la ocasión nos exhorta a soportarla con buen corazón, muriendo por voluntad de Dios y por necesidad; pues desde antiguo, según parece, dictó Dios esta sentencia contra todo el común linaje de los judíos: que nos apartáramos de la vida por no habernos servido de ella como es debido. No os atribuyáis, pues, a vosotros mismos las culpas ni deis ese favor a los romanos, como si a todos nos hubiera destruido la guerra contra ellos; pues no ha sucedido esto por la fuerza de aquellos, sino que una causa más poderosa les ha concedido parecer vencedores. ¿Con qué armas romanas murieron los judíos que habitaban en Cesarea? Antes bien, sin que ellos siquiera pensaran en sublevarse contra aquellos, mientras celebraban el séptimo día, la muchedumbre de los cesarienses cayó sobre ellos y, sin que alzaran las manos, los degolló junto con mujeres e hijos, sin respeto siquiera a los propios romanos, que solo a nosotros, los sublevados, teníamos por enemigos. Pero dirá alguno que los cesarienses tenían siempre desavenencia con los que vivían entre ellos y que, aprovechando la ocasión, saciaron su antiguo odio. ¿Qué diremos, entonces, de los de Escitópolis? Pues aquellos, por causa de los griegos, osaron hacernos la guerra, en vez de defenderse de los romanos junto con nosotros, sus parientes. Mucho, pues, les aprovechó su benevolencia y lealtad hacia aquellos: fueron asesinados por ellos mismos, cruelmente, con casas enteras, recibiendo esta recompensa por su alianza; pues lo que impidieron que aquellos hicieran contra nosotros, lo padecieron ellos mismos, como si hubieran querido cometerlo. Largo sería ahora hablar en particular de cada caso; pues sabéis que, de las ciudades de Siria, no hay ninguna que no haya dado muerte a los judíos que en ella habitaban, más enemigos nuestros que de los romanos; hasta el punto de que los de Damasco, sin poder inventar siquiera un pretexto plausible, llenaron su ciudad de una matanza abominabilísima, degollando a dieciocho mil judíos junto con sus mujeres y sus hijos. Y de la muchedumbre de los que en Mitsraim fueron muertos con tormentos, nos enterábamos de que sobrepasaba unos sesenta mil. Aquellos, tal vez, en tierra ajena, al no hallar nada con que oponerse a los enemigos, murieron así; pero a quienes en su propia tierra emprendieron la guerra contra los romanos, ¿no les sobró todo cuanto podía brindar firme esperanza de victoria? Pues tanto las armas como las murallas, y las fortalezas de difícil conquista, y un ánimo inquebrantable ante los peligros por la libertad, alentaron a todos a la sublevación. Pero esto, que bastó por breve tiempo y nos alzó en esperanzas, resultó ser el comienzo de mayores males; pues todo fue tomado, y todo cayó en manos de los enemigos, como si hubiera sido dispuesto para su más gloriosa victoria y no para la salvación de quienes lo prepararon.

»Y a los que mueren en las batallas conviene tenerlos por dichosos, pues murieron defendiéndose y sin entregar la libertad; pero a la muchedumbre de los que cayeron bajo los romanos, ¿quién no la compadecería? ¿Quién no se apresuraría a morir antes de padecer lo mismo que aquellos? De estos, unos murieron torturados, maltratados con fuego y con azotes; otros, medio devorados por las fieras, fueron guardados vivos como segundo alimento para ellas, ofreciendo risa y juego a los enemigos. De aquellos, pues, hay que tener por más desdichados a los que aún viven, que muchas veces, rogando alcanzar la muerte, no la obtienen. ¿Y dónde está la gran ciudad, la metrópoli de todo el linaje de los judíos, fortificada con tantos recintos de murallas, que oponía tantas fortalezas propias y torres de tal magnitud, que apenas contenía los pertrechos para la guerra y tenía tantas miríadas de hombres que combatían por ella? ¿Dónde ha ido a parar aquella de la que se creía que tenía a Dios por fundador? De raíz ha sido arrancada, desde los cimientos, y solo le queda por monumento el que todavía se asienta sobre los restos de los que perecieron. Y ancianos desdichados se sientan junto a las cenizas del santuario, y unas pocas mujeres reservadas por los enemigos para el ultraje más vergonzoso. ¿Quién de nosotros, poniendo esto en su mente, soportará ver el sol, aunque pudiera vivir sin peligro? ¿Quién es tan enemigo de la patria, o tan cobarde y apegado a la vida, que no se arrepienta de haber vivido hasta ahora?

»¡Ojalá todos hubiéramos muerto antes de ver aquella ciudad santa arrasada por manos de enemigos, antes de ver el santo Templo tan impíamente removido de cuajo! Pero, ya que una esperanza no innoble nos sedujo —la de que tal vez pudiéramos vengarnos de los enemigos por ella—, y ahora se ha desvanecido y nos ha dejado solos en la necesidad, apresurémonos a morir con honra, apiadémonos de nosotros mismos, de nuestros hijos y de nuestras mujeres, mientras nos es posible recibir de nosotros mismos la compasión. Pues para la muerte nacimos, y para ella engendramos a los nuestros; y ni siquiera los afortunados pueden escapar de ella; pero el ultraje, la esclavitud y el ver a las mujeres llevadas a la deshonra con sus hijos no son un mal necesario por naturaleza para los hombres, sino que estos los soportan por su propia cobardía, cuando, pudiendo morir antes, no lo quisieron. Nosotros, en cambio, orgullosos de nuestra valentía, nos sublevamos contra los romanos, y ahora, en el último momento, cuando nos invitan a salvarnos, no les hemos obedecido. ¿A quién, pues, no le es evidente su furor, si nos apresan vivos? Desdichados los jóvenes, cuyo vigor corporal bastará para muchos tormentos; desdichados los ya entrados en años, cuya edad no puede soportar las desgracias. Uno verá a su mujer arrastrada por la fuerza; otro oirá la voz de su hijo clamando al padre, con las manos atadas. Pero, mientras están libres y tienen espada, préstennos un hermoso servicio: muramos no esclavizados por los enemigos, salgamos libres de la vida junto con nuestros hijos y nuestras mujeres. Esto nos ordenan las leyes, esto nos suplican las mujeres y los hijos; esta necesidad la ha enviado Dios, esto es lo contrario de lo que quieren los romanos, que temen que alguno de nosotros muera antes de la captura. Apresurémonos, pues, a dejarles, en lugar del disfrute que esperan a costa nuestra, el estupor por nuestra muerte y la admiración por nuestra audacia.»

Todavía quería seguir exhortándolos, pero todos lo interrumpieron y se lanzaron a la acción, colmados de un ímpetu incontenible; y como poseídos partían, ansiando cada uno adelantarse al otro y creyendo que esto era prueba de valor y de buen juicio: que ninguno fuera visto entre los últimos. ¡Tan grande cayó sobre ellos el ansia de dar muerte a sus mujeres, a sus niños y a sí mismos! Y, lo que cualquiera habría creído, no se ablandaron al acercarse a la acción, sino que conservaron el ánimo tan firme como el que tuvieron al escuchar las palabras, aun cuando en todos permanecía el afecto propio y entrañable, mientras la razón, por haber deliberado lo mejor para sus seres más queridos, prevalecía. Pues a la vez saludaban a sus mujeres abrazándolas, tomaban en brazos a sus hijos y se aferraban a ellos con los últimos besos, llorando; y a la vez, como servidos por manos ajenas, cumplían su resolución, teniendo, como consuelo de la necesidad de matar, el pensamiento de los males que padecerían si caían en manos de los enemigos. Y al fin nadie se mostró inferior a tan gran audacia, sino que todos atravesaron a los suyos más queridos, desdichados por la necesidad, para quienes matar con sus propias manos a sus mujeres y a sus hijos les pareció el más leve de los males.

Así pues, no soportando ya el dolor por lo hecho, y creyendo que agraviaban a los muertos si les sobrevivían aunque fuera breve tiempo, rápidamente amontonaron en un mismo lugar toda la hacienda y le prendieron fuego; y, habiendo elegido por sorteo entre ellos a diez que serían los degolladores de todos, cada uno se tendió junto a su mujer y sus hijos yacentes y, rodeándolos con los brazos, ofrecían dispuestas las gargantas a los que cumplían el desdichado servicio. Y estos, tras matar sin vacilar a todos, fijaron entre sí la misma ley del sorteo: que el que resultara elegido, tras matar a los nueve, se diera muerte a sí mismo sobre todos; tanta confianza tenían todos en sí mismos, de no diferir unos de otros ni en el obrar ni en el padecer. Y al fin unos ofrecieron sus gargantas, mientras el único y último, contemplando la multitud de los yacentes, por si acaso alguno, en tan gran matanza, quedaba aún necesitado de su mano, cuando comprobó que todos estaban muertos, prendió mucho fuego al palacio y, con la mano reunida en un solo golpe, hundiendo por entero la espada a través de sí mismo, cayó junto a los suyos. Y ellos habían muerto convencidos de no dejar con vida, sometido a los romanos, a ninguno de los suyos; pero pasó inadvertida una anciana, y otra pariente de Elazar, que superaba en prudencia y educación a la mayoría de las mujeres, y cinco niños, ocultándose en los canales subterráneos que conducían agua potable por debajo de la tierra, mientras los demás tenían sus mentes puestas en la matanza. Eran estos, en número, novecientos sesenta, contando también a las mujeres y a los niños. Y esta desgracia se consumó el día quince del mes de Xántico.

Los romanos, esperando todavía combate, al amanecer se aprestaron y, tendiendo puentes con pasarelas desde los terraplenes hacia los accesos, dieron el asalto. Pero, no viendo a ninguno de los enemigos, sino una terrible soledad por todas partes, y fuego dentro, y silencio, no acertaban a comprender lo sucedido; y al fin, como para el disparo de una flecha, lanzaron el grito de guerra, por si provocaban a alguno de los de dentro. El clamor llegó a oídos de las mujeres, y, saliendo de los subterráneos, revelaron a los romanos lo ocurrido tal como había sido, narrando una de ellas con claridad todo lo que se había dicho y de qué modo se había ejecutado. Pero no le prestaban fácilmente atención, incrédulos ante la magnitud de la audacia, e intentaban apagar el fuego; y, abriéndose pronto un camino a través de él, penetraron en el palacio. Y al toparse con la multitud de los muertos, no se alegraron como ante enemigos, sino que admiraron la nobleza de la resolución y aquel desprecio de la muerte, inquebrantable en tantos hombres a la hora de ejecutarlo.

Consumada de este modo la captura, el general deja una guarnición en la fortaleza, y él mismo, con las tropas, partió hacia Cesarea. Pues ya no quedaba ningún enemigo en el país, sino que toda la región, tras una guerra larga, había sido subyugada; guerra que había causado a muchos, aun de los que habitaban muy lejos, alarma y peligro de perturbación. Y todavía después de esto sucedió, en torno a Alejandría de Mitsraim, que murieron muchos judíos; pues a los que, procedentes de la facción de los sicarios, habían podido huir allí no les bastó salvarse, sino que de nuevo emprendieron acciones aún más revolucionarias, y persuadían a muchos de los que los habían acogido a reivindicar la libertad, a tener a los romanos por en nada superiores a ellos mismos y a considerar a Dios como único señor. Y como algunos judíos no oscuros se les oponían, a unos los degollaron, y a los demás los apremiaban exhortándolos a la sublevación. Al ver su locura, los principales del consejo de ancianos ya no juzgaron seguro pasarlo por alto, sino que, reuniendo en asamblea a todos los judíos, denunciaron la insensatez de los sicarios, mostrándolos como culpables de todos los males; y decían ahora que aquellos, puesto que ni huyendo tenían esperanza firme de salvación —pues, en cuanto fueran reconocidos por los romanos, al punto perecerían—, colmaban de la desgracia que a ellos les correspondía a quienes no habían tenido parte en ninguna de sus faltas. Exhortaban, pues, a la muchedumbre a guardarse de la ruina que de aquellos vendría y a disculparse ante los romanos entregándolos. Comprendiendo la magnitud del peligro, se dejaron convencer por lo dicho, y, lanzándose con gran ímpetu contra los sicarios, los apresaron. De ellos, seiscientos fueron capturados al punto; y cuantos huyeron a Mitsraim y a las Tebas de allí, apresados no mucho después, fueron traídos de vuelta.

En ellos no hay quien no quedara asombrado de su firmeza —llámese locura o fuerza del ánimo—; pues, ideado contra ellos todo género de tortura y de suplicio corporal con este solo fin: que reconocieran al César por señor, ninguno cedió ni estuvo a punto de decirlo, sino que todos conservaron su resolución por encima de la necesidad, recibiendo, como con cuerpos insensibles y con un alma casi gozosa, los tormentos y el fuego. Y sobre todo la edad de los niños dejó atónitos a los espectadores; pues ni siquiera alguno de ellos se dejó vencer para nombrar al César por señor. ¡Hasta tal punto la fuerza de la audacia prevalecía sobre la debilidad de los cuerpos!

Lupo gobernaba entonces Alejandría, y acerca de este movimiento escribió a toda prisa al César. Este, receloso de la incesante propensión de los judíos a la revuelta, y temiendo que de nuevo se juntaran en un solo cuerpo y arrastraran consigo a algunos, ordenó a Lupo demoler el templo de los judíos en el llamado distrito de Onías. Este está en Mitsraim, y por tal causa fue fundado y recibió su nombre: Onías, hijo de Shimón, uno de los sumos sacerdotes de Yerushaláyim, huyendo de Antíoco, el rey de Siria que hacía la guerra a los judíos, llegó a Alejandría; y, habiéndolo recibido Tolomeo con benevolencia por su enemistad hacia Antíoco, le dijo que haría del pueblo de los judíos un aliado suyo, si se atenía a lo que él le proponía. Y, habiendo el rey convenido en hacer lo posible, le pidió que le permitiera construir en algún lugar de Mitsraim un templo y rendir culto a Dios según las costumbres patrias; pues así —decía— los judíos se volverían aún más hostiles a Antíoco, que había saqueado el templo de Yerushaláyim, y para con él estarían mejor dispuestos, y muchos, por la seguridad de practicar su piedad, se congregarían junto a él.

Persuadido Tolomeo por lo dicho, le da una región a ciento ochenta estadios de Menfis; este distrito se llama Heliopolita. Allí Onías construyó una fortaleza y edificó el santuario, no semejante al de Yerushaláyim, sino parecido a una torre, de grandes piedras, levantado hasta sesenta codos; la construcción del altar la imitó del original y lo adornó de igual modo con ofrendas votivas, salvo en lo tocante a la fábrica del candelabro; pues no hizo un candelabro, sino que, forjándose una lámpara de oro que despedía resplandor, la colgó de una cadena de oro. Y todo el recinto sagrado estaba rodeado de un muro de ladrillo cocido, con puertas de piedra. El rey le asignó además mucha tierra como renta de dinero, para que hubiera abundancia para los sacerdotes y muchos medios para el culto de Dios. Con todo, no obraba Onías esto con recta intención, sino que sentía rivalidad hacia los judíos de Yerushaláyim, guardando rencor por su destierro, y pensaba que, construyendo este templo, atraería hacia él a la muchedumbre, apartándola de aquellos. Había existido también un antiguo vaticinio, unos seiscientos años antes: Yeshayahu era el nombre del que había anunciado la construcción de este templo en Mitsraim por un varón judío. Así, pues, fue edificado este santuario.

Lupo, el gobernador de Alejandría, recibida la carta del César y presentándose en el templo, tras sacar algunas de las ofrendas votivas, cerró el santuario. Y, muerto Lupo poco después, Paulino, que lo sucedió en el gobierno, no dejó ninguna de las ofrendas —pues amenazó gravemente a los sacerdotes si no las presentaban todas— ni permitió acercarse al recinto a los que querían dar culto, sino que, cerrando las puertas, lo hizo del todo inaccesible, de modo que no quedara ya ni rastro del culto a Dios en aquel lugar. El tiempo transcurrido, desde su construcción hasta el cierre del santuario, fue de trescientos cuarenta y tres años.

Capítulo 11

El desvarío de los sicarios alcanzó también a las ciudades en torno a Cirene, como una enfermedad. Pues, tras infiltrarse en ella Jonatán —hombre malísimo, tejedor de oficio—, persuadió a no pocos de los pobres a seguirlo, y los condujo al desierto, prometiendo mostrarles señales y apariciones. Y a los demás les pasaba inadvertido que hacía esto y los engañaba; pero los judíos de Cirene más destacados por su dignidad anunciaron su salida y sus preparativos a Catulo, el gobernador de la Pentápolis de Libia. Este, enviando jinetes e infantes, fácilmente venció a los desarmados; y la mayor parte pereció en el combate, aunque algunos, capturados vivos, fueron llevados ante Catulo. El cabecilla de la conjura, Jonatán, escapó entonces; pero, hecha por todo el país una búsqueda grande y muy minuciosa, fue apresado y, conducido ante el gobernador, maquinó para sí mismo la manera de librarse del castigo, y a Catulo le dio ocasión de injusticias. Pues él, mintiendo, decía que los más ricos de los judíos habían sido sus instigadores en la conjura, y aquel acogía de buen grado las calumnias y revestía el asunto de mucha pompa, dramatizándolo grandemente, para que pareciera que también él había llevado a buen término cierta guerra judía. Y lo más grave aún era esto: pues, además de creer fácilmente, era también maestro de los sicarios en la mentira; así, ordenando a aquel nombrar a un tal Alejandro —un judío con el que hacía tiempo se había enemistado y a quien había manifestado abiertamente su odio— y enredando en las acusaciones también a la mujer de aquel, Berenice, a estos los mató primero, y tras ellos dio muerte a todos los que sobresalían por su riqueza, cerca de mil hombres; y creía obrar esto con seguridad, porque tomaba las haciendas de aquellos para las rentas del César.

Y para que tampoco en otra parte algunos judíos reprocharan su injusticia, extendió la mentira aún más lejos y persuadió a Jonatán y a algunos de los apresados con él a presentar acusación de sedición contra los judíos más estimados de Alejandría y de Roma. Uno de los acusados por esta intriga fue Josefo, el que escribió esta obra. Sin embargo, no le salió a Catulo la maquinación según su esperanza; pues llegó a Roma llevando encadenados a Jonatán y a los suyos, y creía que el fin de la investigación sería la mentira urdida ante él y por medio de él. Pero Vespasiano, sospechando del asunto, indaga la verdad y, sabiendo que la acusación levantada contra aquellos hombres era injusta, los absuelve de los cargos por diligencia de Tito, e impuso a Jonatán la pena que le correspondía: pues fue quemado vivo, tras haber sido antes torturado. A Catulo, en aquel momento, le fue dado, por la clemencia de los emperadores, no sufrir nada más allá de la reprobación; pero, no mucho después, preso de una enfermedad multiforme y de difícil cura, penosamente se consumía, castigado no solo en el cuerpo, sino que la dolencia de su alma le era aún más grave. Pues se agitaba de terrores y sin cesar gritaba que veía junto a sí los espectros de los que había asesinado; y, no pudiendo contenerse, saltaba del lecho como si le aplicaran tormentos y fuego. Y, tomando el mal siempre gran incremento, y cayéndosele las entrañas por corrosión, murió así, convertido, no menos que ningún otro, en prueba de la providencia de Dios: que a los malvados impone castigo.

Aquí está para nosotros el fin de la historia, que prometimos transmitir con toda exactitud a quienes quisieran aprender de qué modo se libró esta guerra de los romanos contra los judíos. Y cómo ha sido narrada, quede reservado para juicio de los que la lean; pero, en cuanto a la verdad, no vacilaría en decir con confianza que solo a ella, en toda la redacción, apunté.