Libro sexto

Las desgracias de Yerushaláyim iban a peor cada día, pues los sediciosos se enfurecían aún más con las calamidades, y el hambre, que ya había devorado al pueblo, hacía presa también en ellos. La multitud de cadáveres amontonados por toda la ciudad era un espectáculo horrendo y despedía un hedor pestilente, y era además un estorbo para los que salían a combatir: al avanzar como en una batalla campal ejercitada en matanzas incontables, tenían que pisar los cuerpos. Los que los pisaban no se estremecían ni se compadecían ni tomaban por mal augurio propio aquel ultraje a los difuntos, sino que, con las diestras manchadas de sangre de sus propios compatriotas, salían corriendo a la guerra contra los extranjeros, reprochando —a mi parecer— a la Divinidad la lentitud de su castigo. Pues ya no combatían con la esperanza de vencer, sino envalentonados por la desesperación de salvarse.

Los romanos, aunque padecían mucho por la recogida de la madera, levantaron los terraplenes en veintiún días, tras haber talado, como antes se dijo, toda la comarca en torno a la ciudad hasta noventa estadios a la redonda. Lamentable era también la vista de la tierra: lo que antes estaba adornado de árboles y jardines, ahora por todas partes había quedado desolado y con su arboleda cortada. Ningún extranjero que hubiera visto la antigua Judea y los bellísimos arrabales de la ciudad, y contemplara luego aquella desolación, dejaría de gemir y lamentar tan grande cambio. Pues la guerra había destruido todos los signos de su belleza, y nadie que la hubiera conocido antes, si de pronto se hubiera presentado, habría reconocido el lugar, sino que, estando presente, buscaría la ciudad.

El acabamiento de los terraplenes infundía a romanos y judíos igual principio de temor: los judíos esperaban que, si no quemaban también estos, la ciudad sería tomada; los romanos, que, destruidos también aquellos, ya no la tomarían. Pues había escasez de madera, y a los soldados ya les faltaban las fuerzas del cuerpo por las fatigas y las del ánimo por los reveses continuos. Las calamidades de la ciudad resultaban más causa de desánimo para los romanos que para los que estaban dentro de ella; pues, pese a tan grandes sufrimientos, no hallaban a los combatientes más blandos en nada, sino que veían siempre quebrantadas sus esperanzas —vencidos en las emboscadas contra los terraplenes, en la solidez del muro frente a las máquinas, y en la audacia de los que trababan combate cuerpo a cuerpo— y, lo más grande, encontraban que los judíos, en medio de la sedición, el hambre, la guerra y tantos males, mantenían por encima de todo la firmeza del ánimo. Consideraban invencibles los ímpetus de aquellos hombres e inexpugnable su buen ánimo en medio de las desgracias. Pues ¿qué no soportarían, si les tocara la fortuna favorable, quienes, empujados por los males, se volvían hacia el valor? Por esto los romanos hacían más vigorosa la guardia de los terraplenes.

Los de Yojanán, en la Antonia, se aseguraban a la vez para el futuro, por si el muro era derribado, y antes de que se acercaran los arietes, atacaron las obras. Pero no lograron su empresa, sino que, saliendo con antorchas, antes de acercarse a los terraplenes se retiraron más fríos que su esperanza. Primero, porque su plan no parecía concertado: saltaban por partes y a intervalos, con vacilación y miedo, y —por decirlo en suma— no a la manera judía. Pues faltaba lo propio de aquel pueblo: la audacia, el ímpetu, la carrera de todos a una y el no volverse ni aun cuando fracasaban. Salieron más flojos de lo suyo, y encontraron a los romanos más firmemente formados que de costumbre. Con los cuerpos y con las armaduras protegieron los terraplenes por todas partes, de modo que no dejaban al fuego resquicio alguno por donde colarse, y cada uno afirmó su ánimo en no moverse de su puesto antes que morir. Pues, además de que se les cortaban todas las esperanzas si aquellas obras eran incendiadas, un terrible pudor dominaba a los soldados de que en todo prevaleciera la astucia sobre el valor, la desesperación sobre las armas, la muchedumbre sobre la experiencia, y los judíos sobre los romanos. Al mismo tiempo, las máquinas de tiro colaboraban alcanzando a los que saltaban al frente, y el que caía era un estorbo para el que venía tras él, y el peligro de avanzar los hacía más flojos. De los que se lanzaban dentro del alcance de los proyectiles, unos, antes de venir a las manos, aterrados por el buen orden y la compacta formación de los enemigos; otros, heridos por las lanzas, retrocedían. Y al final, reprochándose unos a otros su cobardía, se retiraron sin haber hecho nada. Este ataque fue el primer día del mes de Panemo.

Retirados los judíos, los romanos acercaron las torres de asalto, siendo alcanzados por las piedras desde la Antonia y por el fuego, el hierro y todo proyectil que la necesidad suministraba a los judíos. Pues, aunque muy confiados en el muro y despreciando las máquinas, con todo impedían que los romanos las acercaran. Los romanos, suponiendo que el empeño de los judíos en que la Antonia no fuera golpeada se debía a la debilidad del muro, y esperando que los cimientos estuvieran carcomidos, redoblaban su esfuerzo. Pero lo golpeado no cedía. Con todo, unos, siendo continuamente alcanzados por los proyectiles y sin ceder a ninguno de los peligros de arriba, mantenían en acción las torres de asalto; y como eran menos y quedaban maltrechos por las piedras, otros, techando sobre sus cuerpos los escudos, con las manos y con palancas socavaban los cimientos, y, perseverando, lograron desencajar cuatro piedras. La noche dio reposo a unos y otros; y en ella el muro, sacudido por los arietes, por donde Yojanán, atacando los terraplenes anteriores, había socavado por debajo, al ceder la galería, de repente se desploma.

Ocurrido esto, de modo inesperado quedaron dispuestos los ánimos de unos y otros. Pues a los judíos, que era natural que se desanimaran, les sucedió que cobraron ánimo —porque la caída no había sido contra su esperanza y se habían asegurado de antemano contra ella— como si la Antonia hubiera de mantenerse en pie. En cuanto a los romanos, la inesperada alegría por lo derribado la apagó pronto la vista de otro muro que por dentro los de Yojanán habían construido en su lugar. Con todo, el asalto parecía más fácil que el anterior: subir por los escombros derribados parecía más cómodo, y suponían que el muro, mucho más débil que el de la Antonia y hecho de prisa por ser provisional, se desharía pronto. Sin embargo, nadie se atrevía a subir, pues era manifiesta la perdición para los que empezaran.

Titus, considerando que el ardor de los combatientes se aviva sobre todo con la esperanza y la palabra, y que las exhortaciones y las promesas muchas veces producen olvido de los peligros y a veces incluso desprecio de la muerte, reunió a los más esforzados de sus hombres y los puso a prueba, diciendo:

«Compañeros de armas, exhortar a lo que de suyo no entraña peligro es cosa sin gloria para los exhortados, y sin duda acarrea también al que exhorta la acusación de cobardía. Es menester, creo, la exhortación solo para las empresas peligrosas, pues aquellas otras es digno acometerlas por sí mismos. Así que yo mismo os expongo por delante que la subida al muro es difícil; pero que a los que aspiran al valor les conviene sobre todo combatir en lo arduo, que hermosa es la muerte con gloria, y que no quedará sin fruto para los que la empiecen la nobleza: eso os lo voy a explicar.

Que sea primero exhortación para vosotros lo que quizá a algunos aparta: la longanimidad de los judíos y su fortaleza en los sufrimientos. Pues vergonzoso es que, siendo romanos y soldados míos —que en la paz aprendisteis la guerra y en la guerra tenéis por costumbre vencer—, seáis derrotados por los judíos en la fuerza de la mano o en el ánimo, y eso al término mismo de la victoria y cooperando con nosotros Dios. Pues nuestros reveses son fruto de la desesperación de los judíos, y sus sufrimientos crecen por vuestro valor y la cooperación de Dios. Pues la sedición, el hambre, el asedio y unos muros que caen sin máquinas, ¿qué otra cosa serían sino ira de Dios contra ellos y ayuda para nosotros? Por tanto, no solo ser vencidos por inferiores, sino también traicionar la alianza divina, no sería propio de nosotros.

¿Cómo no ha de ser vergonzoso que los judíos —a quienes no gran deshonra les acarrea ceder, pues han aprendido a servir— desprecien la muerte por no seguir sufriéndolo, y muchas veces se lancen contra nosotros, no con esperanza de vencer, sino por pura ostentación de valentía; y que vosotros, que domináis casi toda la tierra y el mar, para quienes hasta no vencer es un oprobio, no os arrojéis ni una sola vez contra los enemigos, sino que aguardéis el hambre contra ellos y la fortuna, sentados ociosos con tales armas, y eso pudiendo llevarlo todo a buen término con un poco de riesgo? Pues subiendo a la Antonia, tenemos la ciudad. Y aunque hubiera todavía algún combate contra los de dentro —lo cual no creo—, el estar por encima y sentados sobre la respiración misma de los enemigos garantiza pronto la victoria total.

Y yo, por ahora, dejando de cantar la muerte en la guerra y la inmortalidad de los que caen en el furor bélico, desearía como maldición para los que piensan de otro modo la muerte en la paz por enfermedad, aquella en que, junto con el cuerpo, también el alma es condenada a la tumba. Pues ¿quién de los hombres buenos no sabe que las almas separadas de la carne por el hierro en la batalla, el éter, el elemento más puro, las acoge y las asienta entre los astros, y que, convertidas en démones buenos y héroes benévolos, se manifiestan a sus propios descendientes; mientras que las que se consumen en cuerpos enfermos, por más limpias que estén de manchas y contaminaciones, una noche subterránea las hace desaparecer y un profundo olvido las recibe, recibiendo a la vez el término de la vida, del cuerpo y aún de la memoria? Y si a los hombres les está hilado un fin necesario, y el hierro es servidor más ligero para llegar a él que cualquier enfermedad, ¿cómo no ha de ser innoble no dar a la necesidad lo que hemos de pagar al destino?

Y esto lo he expuesto como si los que lo acometieran no pudieran salvarse; pero es posible salvarse, para los que se muestran valientes, aun de lo más peligroso. Pues, primero, lo derribado es fácil de escalar; luego, todo lo edificado es fácil de deshacer; y vosotros, si en mayor número os animáis a la acción, sed unos para otros exhortación y ayuda, y vuestra firmeza quebrará pronto el ánimo de los enemigos. Y quizá el éxito os resulte sin sangre, con solo que empecéis. Pues, cuando subáis, intentarán probablemente impedirlo; pero, una vez que hayáis pasado inadvertidos y forzado el paso, ya no resistirían, aunque solo unos pocos os adelantéis. En cuanto al que empiece, me avergonzaría no hacerlo envidiado en las recompensas: el que viva mandará sobre los que ahora son sus iguales, y galardones dignos de ser tenidos por dichosos seguirán también a los que caigan.»

Mientras Titus exponía tales cosas, el resto de la multitud temió la magnitud del peligro; pero de los que servían en las cohortes, uno llamado Sabino, sirio de nación, hombre excelentísimo tanto de mano como de ánimo, se manifestó. Y sin embargo, quien lo hubiera visto de antemano por su constitución corporal no lo habría tenido ni por soldado corriente: era negro de piel, enjuto, de carnes apretadas; pero habitaba cierta alma heroica en aquel cuerpo delgado y mucho más estrecho que su propia fuerza. Levantándose el primero, dijo: «Me entrego a ti de buena gana, César. El primero subo el muro. Y ruego que a mi fuerza y a mi resolución acompañe tu fortuna; pero, si fuera objeto de envidia en la empresa, sábete que no he caído contra lo esperado, sino que por ti he elegido a conciencia la muerte.»

Dicho esto, alzando con la mano izquierda el escudo sobre la cabeza y desenvainando con la derecha la espada, avanzó hacia el muro hacia la hora sexta del día. Le seguían de entre los demás solo once, únicos émulos de su valentía; pero el hombre iba muy por delante de todos, poseído de cierto ímpetu sobrehumano. Los guardias, desde el muro, los alanceaban, los alcanzaban con proyectiles innumerables por todas partes y hacían rodar sobre ellos piedras enormes, que arrastraron a algunos de los once. Pero Sabino, saliendo al encuentro de los proyectiles y sepultado bajo ellos, no contuvo su ímpetu antes de llegar a lo alto y poner en fuga a los enemigos. Pues los judíos, aterrados de su fuerza y de la firmeza de su ánimo, y creyendo además que habían subido más, se volvieron en fuga.

Aquí bien podría uno reprochar a la fortuna como envidiosa de las virtudes y que siempre estorba las hazañas extraordinarias. Pues este hombre, cuando ya había logrado su empresa, tropezó y, dando contra una piedra, cayó de bruces sobre ella con grandísimo estruendo. Vueltos los judíos y viéndolo solo y caído, lo acribillaban por todas partes. Él, incorporándose sobre una rodilla y cubriéndose con el escudo, al principio se defendía e hirió a muchos de los que se le acercaban; pero luego, por la multitud de heridas, dejó caer la diestra, y al fin, antes de entregar el alma, quedó sepultado bajo los proyectiles: hombre digno, por su valentía, de mejor fortuna, y que cayó de manera acorde con su empresa. De los demás, tres, que estaban ya junto a la cima, los aplastaron a pedradas y los mataron; los otros ocho, heridos, fueron arrastrados y llevados de vuelta al campamento. Esto sucedió el día tercero del mes de Panemo.

Dos días después, veinte de los guardias que velaban ante los terraplenes se reunieron, se atrajeron al portaestandarte de la quinta legión, a dos jinetes de los escuadrones y a un trompeta, y hacia la hora novena de la noche subieron en silencio por las ruinas hasta la Antonia; degollaron a los primeros guardias, dormidos, se apoderaron del muro y ordenaron al trompeta tocar. Ante esto, los demás guardias se levantaron de repente y huyeron antes de que ninguno viera cuántos eran los que habían subido; pues el miedo y la trompeta les daban la impresión de que había subido multitud de enemigos. César, al oír la señal, arma rápidamente la tropa y, con los oficiales, sube el primero, llevando a los soldados escogidos. Habiéndose refugiado los judíos en el Templo, también los romanos irrumpían por la galería que Yojanán había socavado bajo los terraplenes de los romanos. Y separándose por ambos lados los sediciosos de las facciones de Yojanán y de Shimón, los rechazaban sin dejar de mostrar ninguna superioridad ni en fuerza ni en ardor; pues consideraban el colmo de la toma que los romanos penetraran en el lugar santo, y aquellos, el principio de la victoria.

Se traba en torno a las entradas un combate encarnizado: unos forzaban por apoderarse también del Templo; los judíos los empujaban hacia la Antonia. Los proyectiles eran inútiles para ambos, y las lanzas; desenvainadas las espadas, se trababan cuerpo a cuerpo, y en la refriega era indistinguible de qué lado combatía cada uno, pues los hombres estaban mezclados y confundidos en la estrechez, y el griterío llegaba indescifrable por su magnitud. Grande era la matanza por ambas partes, y los combatientes pisaban y destrozaban los cuerpos y las armaduras de los caídos. Y siempre, hacia donde cargaba fluyendo la guerra, había arengas de los que llevaban ventaja y lamentos de los que eran puestos en fuga. Ni las huidas tenían espacio ni las persecuciones, sino que había vaivenes indecisos y cambios, mezclada la formación. Los que estaban delante tenían la necesidad o de morir o de matar, sin haber escapatoria; pues los que por detrás empujaban hacia adelante a los suyos, de una y otra parte, no dejaban ni siquiera espacio intermedio para el combate.

Prevaleciendo los judíos con su furor sobre la experiencia de los romanos, y ya inclinándose del todo la formación —pues combatían desde la hora novena de la noche hasta la séptima del día—, los unos en masa y teniendo como provisión de valentía el peligro de la toma, los romanos con solo una parte de su fuerza —pues aún no habían subido las legiones, y a aquellos que entonces combatían les bastaba con dominar la Antonia—, decidieron que por el momento era suficiente.

Un tal Juliano, centurión de los de Bitinia, hombre no insignificante —de cuantos yo conocí en aquella guerra, el mejor de todos en experiencia de armas, fuerza corporal y firmeza de ánimo—, viendo que los romanos ya cedían y se defendían mal —estaba al lado de Titus en la Antonia—, salta adelante y él solo pone en fuga a los judíos, ya vencedores, hasta el rincón del Templo interior. Huía la multitud en masa, no teniendo por humana ni su fuerza ni su audacia. Él, lanzándose por en medio de los que se dispersaban, ora aquí, ora allá, mataba a los que alcanzaba; y de aquel espectáculo nada hubo ni para César más admirable ni para los demás más horrendo. Pero también él era perseguido por el destino, que es imposible que un mortal escape. Pues, teniendo el calzado tachonado de espesos y agudos clavos, como cada uno de los demás soldados, y corriendo sobre el enlosado, resbala, y al caer de espaldas con grandísimo estruendo de su armadura, hace volverse a los que huían.

De los romanos que estaban en la Antonia se alzó un clamor, temiendo por el hombre; pero los judíos, rodeándolo en masa, lo golpeaban por todas partes con las lanzas y las espadas. Él recibía en el escudo mucho hierro, y muchas veces, intentando levantarse, era derribado por la multitud de los que lo golpeaban; y aun tendido, hería con la espada a muchos. Pues no fue muerto pronto, protegido por el casco y la coraza en todas las partes vitales para la degollación, y encogiendo el cuello; hasta que, cortándosele los demás miembros y no atreviéndose nadie a socorrerlo, cedió. Terrible dolor invadió a César, viendo a un hombre tan valeroso muerto a la vista de tantos; y a él el lugar lo apartaba, aun queriendo socorrerlo, y a los que podían, el espanto. Así pues, Juliano, tras luchar mucho contra la muerte y dejar a pocos de los que lo mataban sin herida, es al fin degollado a duras penas, dejando grandísima gloria no solo entre los romanos y César, sino también entre los enemigos. Los judíos, arrebatando el cadáver, ponen de nuevo en fuga a los romanos y los encierran en la Antonia. Se distinguieron por su valor en esta batalla, de la facción de Yojanán, un tal Alejas y Gifteo; de los de Shimón, Malají y Yehudá el de Mertón, y Yaakov hijo de Sosás, jefe de los idumeos; y de los zelotes, dos hermanos, hijos de Arí, Shimón y Yehudá.

Titus ordenó a los soldados que estaban con él arrasar los cimientos de la Antonia y preparar a toda la tropa una subida fácil. Él mismo, teniendo a su lado a Josefo —pues se había enterado aquel día, que era el diecisiete de Panemo, de que el llamado sacrificio continuo había cesado en honor de Dios por falta de hombres, y de que el pueblo por ello estaba terriblemente abatido—, ordenó decir de nuevo a Yojanán lo que también antes: que si algún funesto amor de combatir lo poseía, podía salir con cuantos quisiera a guerrear, sin arrastrar en su ruina a la ciudad y al Templo; que no siguiera, empero, mancillando el lugar santo ni pecando contra Dios; y que le estaba permitido celebrar los sacrificios interrumpidos por medio de aquellos judíos que él eligiera. Y Josefo, para que fuera oído no solo por Yojanán sino también por la multitud, anunciaba las palabras de César en hebreo, y muchas veces suplicaba que perdonaran a la patria y apartaran del Templo el fuego que ya lo gustaba, y que devolvieran a Dios los sacrificios.

Ante esto, había en el pueblo abatimiento y silencio; pero el tirano, tras injuriar mucho a Josefo y maldecir, añadió al fin que jamás temería la toma, pues la ciudad era de Dios. Y Josefo, ante esto, exclamó: «¡Bien limpia se la has conservado a Dios, y sin mancha permanece el lugar santo! ¡En nada has sido impío contra aquel a quien esperas por aliado, y recibe sus sacrificios acostumbrados! Y si alguien te quitara el alimento de cada día, impiísimo, lo tendrías por enemigo; ¿y a Dios mismo, a quien has privado de su culto eterno, esperas tenerlo por aliado en la guerra? ¿Y atribuyes los pecados a los romanos, que hasta ahora cuidan de nuestras leyes y fuerzan a que se devuelvan a Dios los sacrificios interrumpidos por ti? ¿Quién no gemiría y se lamentaría por la ciudad ante tan inesperado cambio, si extranjeros y enemigos enderezan tu impiedad, y tú, el judío, criado en las leyes, te vuelves para con ellas más duro que aquellos?

Pero, Yojanán, no es vergonzoso arrepentirse de los males aun en el último trance, y tienes ante ti, como hermoso ejemplo para quien quiere salvar a la patria, a Yejonyá, rey de los judíos, que en otro tiempo, cuando el babilonio marchaba contra él por su causa, cedió voluntariamente antes de que la ciudad fuera tomada, y con su familia soportó un cautiverio voluntario, con tal de no entregar a los enemigos estos santos lugares ni ver arder la casa de Dios. Por eso un relato sagrado lo celebra entre todos los judíos, y la memoria, fluyendo por los siglos, siempre nueva, lo transmite inmortal a los que vienen después. Hermoso ejemplo, Yojanán, aunque entrañe peligro; y yo te garantizo incluso el perdón de parte de los romanos. Acuérdate de que, siendo compatriota, te aconsejo, y siendo judío, te lo prometo; y conviene considerar quién es el que aconseja y de dónde. Pues ojalá jamás llegue yo a ser cautivo viviendo de tal modo que reniegue de mi linaje u olvide mis tradiciones. De nuevo te indignas y me gritas injuriándome, cuando soy digno hasta de cosas más duras, yo que, contra el destino mismo, aconsejo algo y fuerzo a salvarse a los condenados por Dios. ¿Quién no conoce los escritos de los antiguos profetas y el oráculo que amenaza a la desdichada ciudad, ya cumpliéndose? Pues predijeron su toma para cuando alguien empezara la matanza de sus propios compatriotas. ¿Y no está la ciudad, y todo el Templo también, llena de vuestros cadáveres? Dios, pues, Dios mismo, trae con los romanos la purificación sobre ella con fuego, y arrebata la ciudad, cargada de tantas contaminaciones.»

Diciendo esto Josefo con gemidos y lágrimas, la voz se le cortó por el sollozo. Y los romanos se compadecieron de su dolor y admiraron su determinación; pero los de Yojanán se irritaron aún más, deseando apoderarse también de él, contra los romanos. Sin embargo, el discurso conmovió a muchos de los nobles; y algunos, temiendo las guardias de los sediciosos, permanecían en su sitio, aunque tenían por perdidos a sí mismos y a la ciudad; y hay quienes, aguardando ocasión de retirada segura, se refugiaron entre los romanos. Entre ellos había sumos sacerdotes: Josefo y Yeshúa; e hijos de sumos sacerdotes, tres de Ismael, el que fue decapitado en Cirene, cuatro de Matityahu, y uno de otro Matityahu, que había huido tras la muerte de su padre, a quien Shimón hijo de Guiorá mató con tres hijos, como antes se dijo. También muchos otros de los nobles se pasaron con los sumos sacerdotes. César los recibió afablemente en todo lo demás, y sabiendo que la estancia entre costumbres extranjeras les resultaría desagradable, los envió a Gofna, aconsejándoles que permanecieran allí por el momento; pues devolvería a cada uno sus posesiones cuando, terminada la guerra, tuviera tiempo. Ellos, pues, se retiraron gustosos con toda seguridad a la pequeña ciudad que se les había dado; pero, al no aparecer, los sediciosos difundieron de nuevo que los desertores habían sido degollados por los romanos, para apartar con el miedo, evidentemente, a los demás de huir. Y les resultó, como antes, la astucia eficaz por un tiempo, pues por el temor se retrajeron de desertar.

Pero de nuevo, cuando Titus hizo volver a los hombres de Gofna y ordenó que, con Josefo, recorrieran el muro para ser vistos por el pueblo, muchísimos huyeron hacia los romanos. Reunidos en masa y de pie ante los romanos, con gemidos y lágrimas suplicaban a los sediciosos, primero, que recibieran a los romanos en toda la ciudad y salvaran de nuevo a la patria; y si no, que al menos se retiraran del Templo y les preservaran el santuario; pues los romanos no se atreverían a incendiar los santos lugares si no era por la mayor necesidad. Ellos se obstinaban más, y, gritando muchas blasfemias contra los desertores, dispusieron sobre las puertas sagradas los lanza-dardos, las catapultas y las máquinas lanzapiedras, de modo que el recinto en torno al Templo parecía, por la multitud de cadáveres, un cementerio, y el Templo mismo, una fortaleza. En los lugares santos e inaccesibles irrumpían con las armas, teniendo las manos aún calientes de las matanzas de sus compatriotas; y llegaron a tal extremo de iniquidad que la indignación que sería natural que sintieran los judíos si los romanos ultrajaran así contra ellos, esa era entonces la de los romanos contra los judíos que profanaban lo suyo propio. Pues no había soldado que no mirara con estremecimiento hacia el Templo y lo reverenciara, y no rogara que los bandidos se arrepintieran antes de un desastre irremediable.

Titus, hondamente afligido, reprochaba de nuevo a los de Yojanán, diciendo: «¿No fuisteis vosotros, malvadísimos, los que pusisteis delante esta balaustrada de los lugares santos? ¿No fuisteis vosotros los que dispusisteis en ella las estelas, grabadas con letras griegas y nuestras, que ordenaban que nadie traspasara el pretil? ¿No os concedimos nosotros dar muerte a los que lo traspasaran, aunque fuera un romano? ¿Por qué, pues, ahora, malhechores, pisoteáis cadáveres dentro de él? ¿Por qué mancháis el Templo con sangre extranjera y del país? Pongo por testigos a los dioses de mi patria, y a cualquiera que en otro tiempo velara por este lugar —pues ahora no lo creo—; pongo por testigos a mi ejército, a los judíos que están conmigo y a vosotros mismos, de que no soy yo quien os obliga a mancillar estas cosas. Y si cambiáis de lugar el combate, ningún romano se acercará a los lugares santos ni los ultrajará, sino que os conservaré el Templo aun contra vuestra voluntad.»

Anunciando esto Josefo de parte de César, los bandidos y el tirano, creyendo que aquellas exhortaciones se hacían no por benevolencia sino por cobardía, las desdeñaban. Titus, viendo que aquellos hombres ni tenían compasión de sí mismos ni miramiento por el Templo, de nuevo, a su pesar, marchó a la guerra. No era posible llevar contra ellos toda la fuerza, por no caber en el lugar; así que, escogiendo de cada centuria a los treinta mejores y entregando mil a cada tribuno, y poniendo al frente de ellos como jefe a Cereal, ordenó atacar las guardias hacia la hora novena de la noche. Estando él mismo con las armas y dispuesto a bajar juntamente, lo retuvieron los amigos por la magnitud del peligro y lo que decían los oficiales; pues afirmaban que lograría más sentado en la Antonia y arbitrando la batalla para los soldados que si, bajando, se arriesgara el primero; pues, viéndolos César, todos serían buenos combatientes. Persuadido César por esto, y diciendo que solo por esta razón permanecía —para juzgar el valor de ellos y que ni ninguno de los buenos quedara sin recompensa ni ninguno de los contrarios sin castigo pasara inadvertido, y para ser testigo ocular de todo aquel que es señor tanto de castigar como de honrar—, envió a aquellos a la acción a la hora antes dicha, y, adelantándose él mismo a un lugar bien visible desde la Antonia, aguardaba lo que iba a suceder.

Sin embargo, los enviados no encontraron a los guardias dormidos, como esperaban, sino que, saltando estos con griterío, al punto se trabaron con ellos; y ante el clamor de los que velaban afuera, los demás salían en tropel desde dentro. Los romanos recibían los ímpetus de los primeros; pero los que venían tras aquellos caían sobre su propia formación, y muchos trataban a los suyos como a enemigos. Pues el reconocimiento por la voz lo quitaba el griterío confundido de ambas partes, y el de los ojos, la noche; y los ánimos, por un lado, y los miedos, por otro, hacían que unos y otros anduvieran a ciegas; por eso golpear al que se encontraba era cosa sin discernimiento. A los romanos, formados en escudos unidos y saltando al frente por secciones, menos les dañaba el desconocimiento; pues cada uno tenía en la memoria la consigna. Los judíos, en cambio, siempre dispersos y haciendo sin orden los ataques y las retiradas, muchas veces se daban unos a otros la impresión de ser enemigos; pues cada uno recibía al que regresaba, siendo de los suyos, a través de la oscuridad, como a un romano que atacaba. Así que más fueron heridos por los suyos que por los enemigos, hasta que, llegado el día, el resto de la batalla se dirimió a la vista, y, separados en falange, usaban ordenadamente los proyectiles y las defensas.

Ninguno de los dos cedía ni se cansaba, sino que los romanos, como contemplándolos César, hombre por hombre y por secciones rivalizaban entre sí, y cada uno suponía que aquel día sería para él el comienzo de su ascenso, si combatía con nobleza. A los judíos les arbitraba la audacia el temor por sí mismos y por el Templo, y el tirano presente, que a unos exhortaba y a otros azotaba y espoleaba con amenazas. Sucedía que la batalla era en su mayor parte de un estadio de extensión, y en poco espacio y rápidamente se invertían las suertes; pues ninguno de los dos tenía largura ni de huida ni de persecución. Y siempre, según lo que ocurría, había el correspondiente alboroto desde la Antonia: gritaban a los suyos que cobraran ánimo cuando vencían, y que resistieran cuando eran puestos en fuga. Era como un teatro de guerra; pues nada de lo de la batalla se le ocultaba ni a Titus ni a los que estaban con él. Al fin, habiendo empezado a la hora novena de la noche, se separaron pasada la quinta del día en el mismo lugar donde habían empezado la refriega, sin que ninguno de los dos hubiera vencido firmemente al otro, sino dejando la victoria en medio, en el fiel de la balanza. De los romanos combatieron con distinción muchos; de los judíos, de la facción de Shimón, Yehudá el de Mareoto y Shimón el de Osaías; de los idumeos, Yaakov y Shimón —este hijo de Acatelas, y Yaakov de Sosás—; de los de Yojanán, Gefteo y Alejas; y de los zelotes, Shimón hijo de Arí.

Entretanto, el resto de la fuerza de los romanos, en siete días, tras haber demolido los cimientos de la Antonia, preparó un ancho camino hasta el Templo. Acercándose las legiones al primer recinto, empezaron los terraplenes: uno frente al ángulo del Templo interior que daba al norte y al oeste; otro frente a la exedra septentrional, que estaba entre las dos puertas; de los dos restantes, uno frente al pórtico occidental del Templo exterior, y el otro afuera, frente al pórtico del norte. Con todo, las obras avanzaban con mucha fatiga y penalidad para ellos, que transportaban la madera desde cien estadios. Y a veces sufrían daño también por emboscadas, siendo ellos, por la abundancia de su dominio, más descuidados, mientras que los judíos, por la desesperación ya de salvarse, se hacían más audaces. Pues algunos de los jinetes, cuando salían a por leña o a recoger forraje, durante el tiempo de la recogida soltaban a pacer los caballos, quitándoles el freno; y los judíos, saltando en tropel, se los arrebataban. Y sucediendo esto continuamente, César, pensando —como era el caso— que los robos ocurrían más por descuido de los suyos que por la valentía de los judíos, decidió volver a los demás más severos hacia la guardia de los caballos. Y ordenando llevar a la muerte a uno de los soldados que habían perdido los caballos, con el miedo conservó para los demás los caballos; pues ya no los dejaban pacer, sino que, como si estuvieran unidos a ellos, salían con ellos para las necesidades. Así pues, ellos seguían combatiendo contra el Templo y levantaban los terraplenes.

Al día siguiente de su subida, muchos de los sediciosos —a quienes ya escaseaban los saqueos y a quienes apremiaba el hambre—, reuniéndose, atacan las guardias romanas junto al monte de los Olivos hacia la hora undécima del día, creyendo que, primero por ser inesperados, luego por estar ya ocupados en el cuidado de su cuerpo, romperían fácilmente. Pero los romanos, advirtiendo de antemano su ataque y acudiendo rápidamente desde los fuertes cercanos, les impedían saltar por encima y romper el muro de circunvalación, que forzaban. Trabada la refriega con encarnizamiento, muchas otras cosas se hicieron con nobleza por ambas partes: los romanos usaban, junto con la fuerza, la experiencia de guerrear; los judíos, ímpetus sin medida y furores incontenibles. Mandaba a unos el pudor, a otros la necesidad; pues soltar a los judíos, cogidos como en redes, parecía a los romanos lo más vergonzoso, y aquellos tenían una sola esperanza de salvación: si, forzando, rompían el muro. Y uno de los jinetes de una cohorte, llamado Pedanio, cuando los judíos ya eran puestos en fuga y empujados hacia el barranco, cabalgando velozmente de costado, arrebata a uno de los enemigos que huía —un joven robusto de cuerpo y bien armado—, agarrándolo por el tobillo.

—se inclinó tanto sobre el caballo a la carrera, y de tal modo desplegó el vigor de su brazo y del resto del cuerpo, y aún su destreza como jinete.

Y así, arrebatando al prisionero como quien se lleva un tesoro, vino a presentárselo a César. Tito admiró la fuerza de quien lo había capturado, pero mandó castigar al capturado por su intentona contra el muro, y él mismo se ocupaba de los combates en torno al Templo y apremiaba los terraplenes.

Entretanto los judíos, maltratados en los encuentros mientras la guerra crecía poco a poco y se arrastraba hacia el Templo, iban cortando —como en un cuerpo que se gangrena— los miembros ya alcanzados, para adelantarse a la propagación del mal. Prendieron fuego al tramo del pórtico del norte y del oeste que empalmaba con la Antonia y luego lo demolieron a lo largo de unos veinte codos, comenzando ellos mismos, con sus propias manos, a quemar lo sagrado. Dos días después —el veinticuatro del mes ya mencionado— los romanos prendieron fuego al pórtico contiguo, y cuando el fuego había avanzado hasta unos quince codos, los judíos, del mismo modo, cortaron el techado, y sin desistir ni un instante de la obra rompieron su empalme con la Antonia. Por eso, aunque podían impedir el incendio, se quedaron quietos ante el avance del fuego, y midieron la propagación según lo que a ellos mismos convenía.

En torno al Templo, pues, no cesaban los choques, y era continua la guerra, con unos y otros lanzándose por turnos al asalto.

Por aquellos días, cierto judío —hombre de cuerpo pequeño y aspecto despreciable, oscuro por su linaje y por lo demás, de nombre Jonatán— se adelantó junto al monumento del sumo sacerdote Yojanán y, entre otras muchas cosas dichas con arrogancia contra los romanos, retaba a singular combate al mejor de ellos. De los que allí estaban formados, los más lo despreciaban, algunos, como es natural, sentían miedo, y a otros los ganaba un razonamiento nada insensato: no trabarse con un hombre que buscaba la muerte. Pues quienes han renunciado a salvarse tienen a la vez ímpetus sin freno y a la divinidad propicia; y arriesgarse contra tales adversarios, cuando vencer no es gran cosa y quedar atrás es peligroso y vergonzoso, no es valor sino temeridad. Como nadie salía por largo rato y el judío no dejaba de escarnecerlos como a cobardes —pues era un fanfarrón desmedido de sí mismo y despreciador de los romanos—, un tal Pudente, de un escuadrón de jinetes, harto de sus palabras y de su insolencia, y quizá también engreído sin reflexión ante la pequeñez de aquel cuerpo, saltó al frente. En lo demás llevaba ventaja en el combate, pero lo traicionó la fortuna: al caer, Jonatán se abalanzó y lo degolló. Luego, de pie sobre el cadáver, blandía la espada ensangrentada y con la izquierda alzaba el escudo, y lanzaba grandes gritos a la tropa, jactándose sobre el caído y burlándose de los romanos que miraban, hasta que a él, que brincaba y hacía necedades, un centurión llamado Prisco lo atravesó de un flechazo. Ante esto se alzó un clamor dispar de judíos y de romanos. Y él, retorcido por el dolor, cayó sobre el cuerpo del enemigo, mostrando cuán presta es en la guerra la venganza contra el que triunfa sin razón.

Los sediciosos del Templo no dejaban de rechazar abiertamente, cada día, a los soldados de los terraplenes; y el veintisiete del mes antes dicho urdieron el siguiente ardid: llenaron de leña seca —y además de betún y de pez— el espacio del pórtico occidental que quedaba entre las vigas y el techo que estaba bajo ellas; después se retiraron como si estuvieran agotados. Ante esto, muchos de los irreflexivos, arrastrados por el ímpetu, se lanzaron sobre los que se retiraban, arrimaron escalas y treparon al pórtico; pero los más sensatos, sospechando de aquella retirada sin motivo de los judíos, se quedaron. Se llenó, con todo, el pórtico de los que habían trepado, y en ese momento los judíos le prendieron fuego por entero. Al alzarse de pronto la llama por todas partes, un pavor terrible se apoderó de los romanos que estaban fuera del peligro, y una angustia sin salida de los que quedaban cercados. Rodeados por el fuego, unos se arrojaban hacia atrás, a la ciudad, otros hacia los enemigos, y muchos, con la esperanza de salvarse, saltando hacia los suyos se rompían los miembros; pero a los más el fuego se adelantaba a su ímpetu, y algunos se anticipaban a la llama con el hierro. El fuego, extendiéndose enseguida muy lejos, alcanzó también a los que perecían de otro modo. A César, aunque irritado con los que se perdían —porque habían subido sin orden—, con todo le entró compasión de aquellos hombres. Y como nadie podía socorrerlos, al menos era este el consuelo de los que morían: ver afligido a aquel por quien entregaban la vida. Pues bien claro estaba que les gritaba, saltaba hacia ellos y exhortaba a los suyos a socorrerlos con cuanto tenían a mano. Y cada uno, llevándose las voces y el gesto de César como una espléndida mortaja, moría animoso.

Algunos, sin embargo, retirándose al muro del pórtico, que era ancho, se salvaron del fuego, pero cercados por los judíos resistieron largo rato, acribillados, hasta que al fin cayeron todos. El último de ellos, un joven de nombre Longo, coronó toda aquella tragedia: siendo dignos de memoria, uno por uno, todos los que perecieron, él se mostró el mejor. Los judíos, admirados de su valor e incapaces por lo demás de matarlo, lo invitaban a bajar hacia ellos bajo palabra; su hermano Cornelio, por el otro lado, le pedía que no deshonrara la propia gloria ni al ejército de los romanos. Persuadido por este, alzando la espada a la vista de ambos bandos, se dio muerte. De los cercados por el fuego, un tal Artorio se salvó por astucia: llamando a gran voz a uno de los soldados, Lucio, con quien compartía tienda, «te dejo por heredero de mis bienes —dijo— si te acercas y me recibes». Acudió aquel de buena gana, y él, dejándose caer sobre él, vivió, pero el que lo recibió, aplastado contra el pavimento por el peso, murió en el acto.

Este desastre causó por un momento abatimiento a los romanos, pero para lo futuro los hizo más precavidos y les sirvió para guardarse mejor de los engaños de los judíos, con los que, por desconocimiento del terreno y del carácter de aquellos hombres, muchas veces sufrían daño. Se quemó el pórtico hasta la torre de Yojanán, la que él había levantado en su guerra contra Shimón sobre las puertas que dan por encima del xisto; el resto lo cortaron los judíos una vez muertos ya los que habían trepado. Al día siguiente, también los romanos incendiaron el pórtico del norte entero hasta el del este, cuyo ángulo de unión se alzaba sobre el barranco llamado del Cedrón, y por eso era espantosa su profundidad. Y así estaban las cosas en torno al Templo.

De los que perecían de hambre en la ciudad caía una multitud incontable, y sucedían padecimientos indecibles. En cada casa, si por alguna parte aparecía siquiera una sombra de alimento, había guerra, y llegaban a las manos los más queridos entre sí, arrebatándose las míseras provisiones de la vida. Ni a los moribundos se les creía su indigencia, sino que aun a los que expiraban los registraban los bandidos, no fuera que alguno, teniendo comida bajo el pecho, fingiera su propia muerte. Y ellos, boquiabiertos de necesidad, como perros rabiosos daban tumbos y se tambaleaban, embistiendo las puertas a la manera de los borrachos, y en su desesperación irrumpían en las mismas casas dos y tres veces en una sola hora. La necesidad les llevaba todo a los dientes, y recogían y se forzaban a comer lo que ni los más inmundos de los animales tomarían: al final no se abstuvieron ni de cinturones ni de calzado, y arrancando el cuero de los escudos lo masticaban. Alimento era para algunos hasta un puñado de heno viejo: recogían las fibras y vendían la mínima porción por cuatro áticos.

Pero ¿a qué hablar de la desvergüenza del hambre con las cosas inanimadas? Voy a exponer una hazaña suya cual no se ha registrado ni entre griegos ni entre bárbaros, horrible de decir e increíble de oír. Y por mi parte, para no parecer que fabulo ante los hombres venideros, de buena gana habría omitido esta desgracia, si no tuviera innumerables testigos de mi tiempo. Por lo demás, frío servicio prestaría a mi patria si silenciara el relato de lo que sus padecimientos han sufrido.

Cierta mujer de las que habitaban al otro lado del Yardén, de nombre María, hija de Elazar, de la aldea de Betezuba —que significa «casa del hisopo»—, distinguida por su linaje y su riqueza, refugiada con el resto de la multitud en Yerushaláyim, se hallaba sitiada. Los tiranos habían saqueado el demás caudal que ella, habiéndolo recogido de Perea, había traído a la ciudad, y los restos de sus alhajas y cuanto se pensara que fuera comida se lo arrebataban los lanceros, irrumpiendo cada día. Terrible indignación entró en la mujer, y muchas veces, injuriando y maldiciendo a los saqueadores, los irritaba contra sí misma. Mas como nadie —ni exasperado ni compadecido de ella— la mataba, y hallar algún alimento se le hacía trabajoso para otros, y ya por todas partes era imposible siquiera hallarlo, y el hambre le penetraba por las entrañas y la médula, y más que el hambre la abrasaba la ira, tomando por consejera la cólera junto con la necesidad, marchó contra la naturaleza. Y a su hijo —era una criatura de pecho— lo tomó y dijo: «Pobre niño, en medio de guerra, hambre y sedición, ¿para quién te voy a guardar? Con los romanos, esclavitud, aun si vivimos hasta llegar a ellos; pero el hambre se adelanta también a la esclavitud, y los sediciosos son más crueles que ambas cosas. Anda, sé para mí alimento, para los sediciosos una furia vengadora, y para el mundo una fábula, la única que aún falta a las desgracias de los judíos». Y diciendo esto a la vez, mata a su hijo; luego, asándolo, come la mitad, y el resto lo guardó cubriéndolo.

Al punto se presentaron los sediciosos y, aspirando el olor de aquel guiso nefando, amenazaron con degollarla en el acto si no mostraba lo que había preparado. Ella, diciendo que les había reservado una buena porción, descubrió los restos del niño. A ellos enseguida los tomó el horror y el pasmo, y quedaron petrificados ante la vista. Pero ella dijo: «Mío es este hijo, y mía la obra. Comed, que también yo he comido. No os hagáis ni más blandos que una mujer ni más compasivos que una madre. Y si sois piadosos y rechazáis mi sacrificio, yo he comido por vosotros, y que también el resto quede para mí». Tras esto, ellos, temblando, salieron —cobardes al menos para esto, y a duras penas cediendo a la madre aquel alimento—. Y enseguida se llenó toda la ciudad de aquella abominación, y cada cual, poniéndose ante los ojos el hecho como si él mismo lo hubiera osado, se estremecía. Grande era el afán de los hambrientos por la muerte, y se tenía por dichosos a los que se habían adelantado antes de oír y ver males tan grandes.

Pronto llegó también a los romanos la noticia del suceso. De ellos, unos no lo creían, otros se compadecían, y a los más les vino a avivar un odio más violento contra aquella nación. César se justificó también de esto ante Dios, diciendo que él había ofrecido a los judíos paz y autonomía, y amnistía de todos sus atrevimientos, pero que ellos, en vez de concordia, habían elegido la sedición; en vez de paz, la guerra; en vez de hartura y abundancia, el hambre; y que con sus propias manos habían comenzado a incendiar el Templo que nosotros les conservábamos: bien merecían, pues, semejante alimento. Con todo, él cubriría la abominación de aquella comida de hijos con la ruina misma de la patria, y no dejaría sobre la tierra que el sol mirara una ciudad en la que las madres se alimentan así. Aunque, en verdad, más propio de los padres que de las madres era tal alimento, pues ellos, aun después de padecimientos tan grandes, seguían en armas. Diciendo todo esto, meditaba también en la desesperación de aquellos hombres: no cabía ya que recobraran el juicio quienes lo habían padecido todo de antemano, cuando lo natural habría sido cambiar antes de sufrirlo.

Terminados ya por las dos legiones los terraplenes, el octavo del mes de Loo mandó acercar los arietes frente a la sala occidental del recinto exterior del Templo. Antes de ellos, durante seis días sin interrupción, la más recia de todas las máquinas de asalto había golpeado el muro sin conseguir nada: tanto de esta como de las demás vencía la magnitud y el ajuste de las piedras. Otros minaban los cimientos de la puerta del norte, y tras muchas fatigas removieron las piedras delanteras; pero, sostenida por las de dentro, la puerta se mantuvo, hasta que, renunciando a las tentativas con máquinas y palancas, arrimaron escalas a los pórticos. Los judíos no llegaron a tiempo de impedirlo, pero, arrojándose sobre los que subían, luchaban, y a unos los empujaban hacia atrás y los despeñaban, a otros, que les salían al encuentro, los mataban; a muchos que bajaban de las escalas, antes de que se cubrieran con los escudos, los alcanzaban a golpes de espada, y algunas escalas llenas de soldados las derribaban de lado desde arriba. No era poca tampoco la mortandad entre ellos mismos. Los que habían subido las enseñas peleaban por ellas, teniendo por terrible y vergonzoso perderlas. Al fin los judíos se apoderaron de las enseñas y mataron a los que habían subido; los demás, aterrados por la suerte de los perdidos, se retiraron. De los romanos, ninguno murió sin haber hecho algo; de los sediciosos, los que habían luchado con bravura en los combates anteriores lo hicieron también entonces, y con ellos Elazar, sobrino del tirano Shimón.

Tito, al ver que la contemplación con los santuarios ajenos redundaba en daño y muerte de sus soldados, mandó pegar fuego a las puertas. En esto se pasaron a él Anano el de Amaús, el más sanguinario de los lanceros de Shimón, y Arquelao, hijo de Magadato, esperando perdón por retirarse cuando los judíos vencían. Pero Tito, teniendo también esto por una añagaza de aquellos hombres, y enterado de su crueldad para con los suyos, estuvo a punto de matar a ambos, diciendo que habían venido por necesidad, no por libre elección, y que no merecían salvación quienes saltaban fuera de la patria ya ardiendo por su culpa. Con todo, venció al enojo la palabra empeñada, y dejó ir a aquellos hombres, aunque no los colocó en la misma condición que a los demás.

Ya los soldados acercaban el fuego a las puertas, y la plata, al fundirse, transmitía rápidamente la llama al maderamen; de allí, propagándose en masa, prendía en los pórticos. A los judíos, al ver el fuego en derredor, se les aflojó el alma junto con el cuerpo, y por el espanto nadie se lanzó a defenderlo ni a apagarlo, sino que se quedaron mirando, secos, sin moverse. Mas, aunque abatidos por lo que se consumía, no por ello recobraron para lo sucesivo la cordura, sino que, como si ya ardiera el santuario mismo, aguzaban su furia contra los romanos. Aquel día, pues, y la noche siguiente, el fuego reinó, pues por partes, no de una vez y por todos lados, pudieron incendiar los pórticos.

Al día siguiente, Tito, mandando a una parte de sus fuerzas apagar el fuego y abrir camino junto a las puertas para una subida más fácil de las legiones, reunió él mismo a los jefes. Congregados seis de los más principales —Tiberio Alejandro, prefecto de todos los ejércitos; Sexto Cereal, al mando de la quinta legión; Larcio Lépido, de la décima; Tito Frigio, de la decimoquinta; junto a los cuales estaban Frontón Eterio, comandante de las dos legiones de Alejandría, y Marco Antonio Juliano, procurador de Judea; y tras estos, reunidos procuradores y tribunos—, propuso deliberar sobre el santuario. A unos les parecía usar la ley de la guerra, pues nunca cesarían los judíos de sublevarse mientras quedara en pie el Templo, hacia el que se congregaban de todas partes. Otros aconsejaban que, si los judíos lo abandonaban y nadie ponía las armas sobre él, lo salvaran, pero que si lo defendían subiendo a él, lo incendiaran, pues sería una fortaleza, y no ya un santuario, y en adelante la impiedad recaería sobre quienes los habían forzado, no sobre ellos. Pero Tito, diciendo que, aun si los judíos subían a él para pelear, no se vengaría de las cosas inanimadas en lugar de los hombres, ni incendiaría jamás obra tan grande —pues el daño sería de los romanos, del mismo modo que era ornato de su imperio mientras se mantuviera en pie—, cobraron ya ánimo y se sumaron a su parecer Frontón, Alejandro y Cereal. Disolvió entonces el consejo y, mandando a los jefes dar descanso a las demás tropas para servirse de ellas más vigorosas en la formación, ordenó a los escogidos de las cohortes abrir camino entre los escombros y apagar el fuego.

Aquel día, la fatiga y el pasmo dominaron los ímpetus de los judíos; pero al siguiente, reunidas sus fuerzas y cobrado ánimo, hicieron una salida por la puerta del este contra los guardias del recinto exterior, hacia la hora segunda. Aquellos recibieron con firmeza su embestida, y, cubriéndose de frente con los escudos como un muro, apretaron la falange; pero era claro que no aguantarían mucho, vencidos por el número de los que salían y por su furia. Adelantándose a la inclinación del combate, César —pues lo observaba desde la Antonia— acudió en socorro con los jinetes escogidos. Los judíos no resistieron la acometida, sino que, caídos los primeros, huyeron los más; y cuando los romanos se retiraban, se les echaban encima volviéndose contra ellos, pero cuando estos daban media vuelta, huían de nuevo, hasta que, hacia la hora quinta del día, fueron forzados y quedaron encerrados en el recinto interior del Templo.

Tito se retiró a la Antonia, resuelto a irrumpir al amanecer del día siguiente con todas sus fuerzas y a cercar el santuario. En cuanto a este, Dios había sentenciado ya de antiguo su entrega al fuego, y llegaba, por los giros de los tiempos, el día señalado por el destino: el décimo del mes de Loo, aquel mismo en que también antes había sido incendiado por el rey de los babilonios. Y las llamas tomaron su comienzo y su causa de los propios judíos: pues, retirado Tito, los sediciosos, tras un breve respiro, atacaron de nuevo a los romanos, y se trabó combate entre los guardias del Templo y los que apagaban el fuego del santuario interior, quienes, puestos en fuga los judíos, los persiguieron hasta el Templo. Entonces uno de los soldados, sin esperar orden ni sentir temor ante empresa tan grande, movido por cierto impulso demoníaco, arrebató fuego de la hoguera y, alzado por un compañero de armas, lo lanzó por una ventanilla de oro que, por la parte norte, daba entrada a las cámaras que rodeaban el Templo. Al alzarse la llama, se elevó de los judíos un clamor digno de la desgracia, y corrían juntos a defenderlo, sin cuidarse ya de vivir ni ahorrar sus fuerzas, pues aquello por lo que antes velaban se estaba perdiendo.

Corrió uno a anunciarlo a Tito; y este —que se hallaba descansando en su tienda tras el combate—, tal como estaba, saltando en pie, corrió hacia el Templo para atajar el fuego. Detrás lo seguían todos los jefes, y tras ellos, sobrecogidas, iban las legiones; y había griterío y tumulto, cual de fuerza tan grande movida sin orden. César, con la voz y con la diestra, hacía señas a los combatientes de apagar el fuego; pero ni lo oían cuando gritaba, con los oídos ocupados por un clamor mayor, ni atendían a los gestos de su mano, unos absortos en pelear, otros en su furia. A las legiones que irrumpían no las contenía ni exhortación ni amenaza, sino que la ira mandaba en todos; y apretujándose en torno a las entradas, muchos eran pisoteados unos por otros, y muchos, cayendo sobre los escombros aún ardientes y humeantes de los pórticos, sufrían la misma suerte de los vencidos. Al acercarse al Templo, fingían no oír siquiera las órdenes de César, y a los que iban delante los animaban a arrojar el fuego. De los sediciosos, ya no había medio de socorrer; por todas partes, matanza y fuga. La mayor parte, gente del pueblo, débil e inerme, era degollada dondequiera que se la sorprendiese, y en torno al altar se amontonaba una multitud de cadáveres, y por las gradas del Templo corría mucha sangre, y se deslizaban abajo los cuerpos de los que arriba eran asesinados.

César, viendo que no podía contener los ímpetus de sus soldados enardecidos y que el fuego iba en aumento, entró con los jefes y contempló el interior, lo santo del Templo y cuanto en él había: mucho mejor que su fama entre los extranjeros, y no inferior a la jactancia y la gloria que gozaba entre los suyos. Como la llama no penetraba aún por ninguna parte al interior, sino que devoraba las cámaras en torno al Templo, pensando —como así era— que todavía podía salvarse la obra, saltó al frente, y él mismo trataba de exhortar a los soldados a apagar el fuego, y mandó a Liberal, centurión de sus lanceros, golpear con palos a los desobedientes y contenerlos. Pero en ellos vencían, sobre el respeto a César y el miedo al que se lo impedía, la furia y el odio a los judíos, y cierto ímpetu bélico más impetuoso; y a los más los arrastraba la esperanza del saqueo, teniendo por seguro que todo el interior estaba lleno de riquezas, al ver de oro cuanto había alrededor. Se adelantó uno de los que ya habían entrado dentro y, habiendo salido César para contener a los soldados, lanzó fuego a los goznes de la puerta, en la oscuridad. Entonces, al aparecer de súbito la llama desde dentro, los jefes se retiraron con César, y a los de fuera nadie les impidió ya prender fuego. Así, contra la voluntad de César, ardió el Templo.

Mucho podría uno lamentarse por la más admirable obra de cuantas hemos conocido por vista y por oído, tanto por su fábrica y magnitud como por la opulencia de cada detalle y la gloria de sus cosas sagradas; pero hallaría grandísimo consuelo en que el destino es inevitable, así para los seres vivos como para las obras y los lugares. Y podría uno admirar en ello la exactitud del ciclo: pues guardó, como dije, el mismo mes y el mismo día en que antes había sido incendiado el Templo por los babilonios. Desde su primera fundación, la que echó el rey Shlomo, hasta la presente destrucción, ocurrida en el año segundo del imperio de Vespasiano, se reúnen mil ciento treinta años, más siete meses y quince días; y desde la posterior, que hizo Jagái en el año segundo del reinado de Ciro, hasta la toma por Vespasiano, seiscientos treinta y nueve años y cuarenta y cinco días.

Mientras ardía el Templo, había saqueo de cuanto caía en manos, y matanza incontable de los que eran capturados; y no había compasión de la edad ni respeto de la dignidad, sino que niños y ancianos, laicos y sacerdotes, por igual eran degollados, y a todo linaje alcanzaba la guerra en su cerco, a la vez a los suplicantes y a los que se defendían. Resonaba la llama, extendiéndose lejísimos, con los gemidos de los que caían; y por la altura de la colina y la magnitud de la obra incendiada, cualquiera habría creído que ardía toda la ciudad. De aquel clamor no cabe imaginar nada mayor ni más espantoso: había el alarido de las legiones romanas que atacaban juntas, y el griterío de los sediciosos cercados por el fuego y el hierro, y del pueblo aislado arriba, en fuga aterrada hacia los enemigos y en lamentos ante su desgracia. Con los de la colina clamaba a coro la multitud de la ciudad; y ya muchos, consumidos por el hambre y con la boca cerrada, al ver el fuego del Templo cobraron fuerzas de nuevo para gemir y gritar. Resonaban a coro Perea y los montes de alrededor, agravando el estruendo.

Pero más espantosos que el tumulto eran los padecimientos. La colina del santuario parecía hervir desde las raíces, tan llena de fuego estaba por todas partes; y era más abundante la sangre que el fuego, y más numerosos los que morían que los que mataban. En ninguna parte se veía la tierra por los cadáveres, sino que los soldados, pisando montones de cuerpos, corrían tras los que huían. La turba de bandidos, empujando a los romanos, a duras penas se abrió paso al recinto exterior y de allí a la ciudad, y lo que quedaba del pueblo se refugió en el pórtico exterior. Algunos de los sacerdotes, al principio, arrancando del Templo los pinchos y sus bases, hechas de plomo, los arrojaban contra los romanos; después, como no conseguían nada y el fuego se lanzaba contra ellos, se retiraron al muro, que tenía ocho codos de ancho, y allí se quedaron. Dos, sin embargo, de los notables, pudiendo salvarse pasándose a los romanos o resistir hasta la suerte común con los demás, se arrojaron al fuego y se abrasaron junto con el Templo: Meír, hijo de Belgás, y Yosef, hijo de Daleo.

Los romanos, juzgando vano perdonar los edificios de alrededor una vez ardiendo el Templo, lo incendiaron todo: los restos de los pórticos y las puertas, salvo dos —una por el lado del este, otra por el sur—, que también más tarde arrasaron. Quemaron asimismo las tesorerías, en las que había cantidad incontable de dinero, incontables vestiduras y otras alhajas; en suma, allí estaba amontonada toda la riqueza de los judíos, pues los ricos habían trasladado allí el ajuar de sus casas. Llegaron también al pórtico que restaba del recinto exterior; a él se refugió, de entre el pueblo, un gentío de mujeres, niños y muchedumbre revuelta, hasta unos seis mil. Y antes de que César resolviera nada sobre ellos o diera orden a los jefes, arrastrados por su furia los soldados prendieron fuego al pórtico, y sucedió que unos, arrojándose desde la llama, perecieron, y otros dentro de ella; y de tantos no se salvó ninguno. La causa de su perdición fue un falso profeta que aquel mismo día había proclamado a los de la ciudad que Dios mandaba subir al Templo para recibir las señales de la salvación. Muchos eran, en efecto, los profetas apostados entonces por los tiranos entre el pueblo, que anunciaban aguardar el socorro de Dios, para que menos desertaran y a los que estaban por encima del miedo y de la vigilancia los sostuviera la esperanza. Y pronto se deja persuadir el hombre en la desgracia; y cuando, además, el que engaña le pinta la liberación de los males que lo oprimen, entonces el que padece se entrega todo a la esperanza.

A aquel pueblo mísero, pues, los impostores y calumniadores de Dios lo extraviaban en aquel tiempo; en cambio, a los prodigios manifiestos que anunciaban de antemano la inminente desolación, ni atendían ni daban crédito, sino que, como aturdidos por un rayo y sin ojos ni alma, desoyeron los pregones de Dios. Así fue cuando sobre la ciudad se detuvo un astro semejante a una espada, y un cometa que se prolongó durante un año; y así también cuando, antes de la rebelión y del alzamiento hacia la guerra, mientras el pueblo se congregaba para la fiesta de los Ázimos —era el octavo del mes de Xántico—, hacia la hora novena de la noche, tanta luz brilló en torno al altar y al Templo que parecía ser día claro, y esto se prolongó por media hora: a los ignorantes les pareció un bien, pero los escribas sagrados lo juzgaron enseguida a la luz de lo que después sobrevino. Y en la misma fiesta, una vaca llevada por alguien al sacrificio parió un cordero en medio del Templo. La puerta oriental del santuario interior, siendo de bronce y macicísima, que apenas cerraban al atardecer veinte hombres, apoyada en barras herradas de hierro y con cerrojos hondísimos hundidos en el umbral, que era de una piedra continua, se vio abrir por sí sola a la hora sexta de la noche. Corrieron los guardias del Templo a anunciarlo al capitán, y este, subiendo, a duras penas logró cerrarla. También esto a los legos les pareció el más hermoso prodigio —que Dios les abría la puerta de los bienes—, pero los doctos comprendieron que se soltaba por sí sola la seguridad del Templo, y que la puerta se abría como un don a los enemigos, y declaraban entre sí que la señal era anuncio de desolación.

No muchos días después de la fiesta, el veintiuno del mes de Artemisio, apareció una aparición sobrenatural, superior a toda credulidad. Y por prodigioso, creo, tendría uno lo que voy a decir, si no fuera porque lo refirieron también los que lo vieron y porque los padecimientos que siguieron fueron dignos de las señales: antes de la puesta del sol se vieron por toda la región, en lo alto, carros y falanges armadas cruzando entre las nubes y cercando las ciudades. Y en la fiesta que se llama Pentecostés, los sacerdotes, entrando de noche al recinto interior para sus servicios, según su costumbre, dijeron haber percibido primero un movimiento y un estrépito, y después una voz en masa: «Partamos de aquí».

Pero más espantoso que esto: cierto Jesús, hijo de Ananías, un campesino de la gente común, cuatro años antes de la guerra, cuando la ciudad estaba en la mayor paz y prosperidad, viniendo a la fiesta en que es costumbre que todos levanten cabañas en honor de Dios, empezó de repente a gritar en el Templo: «¡Voz de oriente, voz de occidente, voz de los cuatro vientos, voz contra Yerushaláyim y el Templo, voz contra los novios y las novias, voz contra todo el pueblo!». Esto lo iba clamando de día y de noche por todas las callejuelas. Algunos notables del pueblo, indignados por aquel mal presagio, prenden al hombre y lo maltratan con muchos golpes. Pero él, sin decir nada en su favor ni en privado a los que lo golpeaban, seguía profiriendo las mismas voces que antes. Pensando los magistrados —como así era— que aquel arrebato del hombre tenía algo de sobrenatural, lo llevaron ante el prefecto romano. Allí, desgarrado a azotes hasta los huesos, ni suplicó ni lloró, sino que, torciendo la voz del modo más lastimero que podía, respondía a cada golpe: «¡Ay de Yerushaláyim!». Y como Albino —pues este era el prefecto— le preguntara insistentemente quién era, de dónde venía y por qué profería aquello, a ello no respondió absolutamente nada, sin dejar de repetir su lamento por la ciudad, hasta que Albino, tomándolo por loco, lo soltó. Durante todo el tiempo hasta la guerra, ni se acercó a ningún ciudadano ni se lo vio hablar, sino que cada día, como quien recita una plegaria aprendida, se lamentaba: «¡Ay de Yerushaláyim!». Ni maldecía a ninguno de los que a diario lo golpeaban, ni bendecía a los que le daban comida; a todos, una sola era la sombría respuesta agorera. Sobre todo en las fiestas gritaba; y esto, durante siete años y cinco meses, sin cansarse ni enronquecer la voz, hasta que durante el asedio, viendo cumplida su profecía, descansó. Pues, recorriendo el muro, gritaba con voz penetrante: «¡Ay de nuevo de la ciudad, del pueblo y del Templo!», y cuando al final añadió «¡ay también de mí!», una piedra disparada por la ballesta lo alcanzó y lo mató en el acto; y con el alma profiriendo aún aquellos presagios, la entregó.

Quien reflexione sobre esto hallará que Dios cuida de los hombres y de todos los modos anuncia de antemano a su pueblo lo que le conviene para salvarse, y que ellos por insensatez y por males de su propia elección se pierden. Así, los judíos, tras la demolición de la Antonia, hicieron cuadrado el santuario, teniendo consignado en sus oráculos que la ciudad y el Templo serían tomados cuando el santuario se hiciera cuadrado. Mas lo que sobre todo los incitó a la guerra fue un oráculo ambiguo, hallado igualmente en las Escrituras sagradas, según el cual, por aquel tiempo, uno de su tierra reinaría sobre el mundo. Esto lo entendieron como cosa propia, y muchos de los sabios se extraviaron en la interpretación, pues el oráculo señalaba en realidad el imperio de Vespasiano, proclamado emperador en Judea. Pero no es posible que los hombres escapen a lo fatal, ni aun previéndolo. Y ellos, de las señales, unas las interpretaron a su gusto y otras las despreciaron, hasta que quedaron convictos de su insensatez por la toma de la patria y por su propia ruina.

Los romanos, refugiados ya los sediciosos en la ciudad, y ardiendo el Templo mismo y todo lo de alrededor, llevaron las enseñas al recinto y, colocándolas frente a la puerta oriental, allí mismo les ofrecieron sacrificios y, con grandísimas aclamaciones, proclamaron a Tito emperador. Y de tal modo se saciaron de botín todos los soldados que, por Siria, el peso del oro se vendía a la mitad de su antiguo valor.

Mientras los sacerdotes seguían resistiendo apostados a lo largo del muro del templo, un muchacho, atormentado por la sed, suplicó a los guardias romanos que le dieran garantía de vida, confesándoles que se moría de sed. Ellos, apiadados de su edad y de su apuro, se la concedieron; el muchacho bajó, bebió él mismo, llenó de agua la vasija que traía y huyó de vuelta, hacia arriba, con los suyos. Ninguno de los guardias logró alcanzarlo, y le reprochaban a gritos su deslealtad. Él respondió que no había quebrantado en nada lo pactado: había recibido garantía no para quedarse con ellos, sino solo para bajar y coger agua, y, habiendo hecho ambas cosas, se consideraba fiel a su palabra. Los engañados quedaron admirados de aquella astucia, sobre todo por la edad del muchacho. Al quinto día, los sacerdotes, muertos de hambre, bajaron y, llevados ante Tito por los guardias, le suplicaron que les concediera la vida. Pero él respondió que ya había pasado para ellos el momento del perdón, que se había ido aquel por quien con razón los habría salvado, y que a los sacerdotes les correspondía perecer junto con el templo; y ordenó ejecutarlos.

Los partidarios de los tiranos, como en la guerra eran vencidos por todas partes y, cercados por el muro, no tenían por dónde escapar, invitaron a Tito a parlamentar. Él, tanto por su humanidad natural —deseoso al menos de salvar la ciudad— como porque sus amigos lo instaban, pues ya suponía que los bandidos se moderaban, se apostó en la parte occidental del recinto exterior del templo; pues por allí, por encima del xisto, había unas puertas, y un puente que unía el templo con la ciudad alta. Este quedaba entonces entre los tiranos y el César. A ambos lados se agolpaba densa la multitud: los judíos en torno a Shimón y Yojanán, en vilo por la esperanza de perdón, y los romanos junto al César, aguardando la decisión de los sitiados. Tito ordenó a los soldados contener la ira y las armas, hizo colocar a su lado al intérprete —lo cual era señal de que él era el vencedor— y comenzó a hablar primero:

«¿Es que ya os habéis saciado de las desdichas de vuestra patria, hombres, vosotros que, sin haber reparado ni en nuestro poder ni en vuestra propia debilidad, con ímpetu irreflexivo y locura habéis destruido al pueblo, a la ciudad y al templo, y que también pereceréis vosotros con justicia, vosotros que, primero, desde que Pompeyo os tomó por la fuerza, no habéis cesado de rebeliones y, después, habéis llevado incluso una guerra abierta contra los romanos? ¿Acaso confiados en el número? Pues bien, una parte mínima del ejército romano os ha bastado como adversario. ¿En la lealtad de aliados, entonces? ¿Y qué nación de las que están fuera de nuestro imperio iba a preferir a los judíos antes que a los romanos? ¿O en la fuerza de vuestros cuerpos? Pues bien, sabéis que los germanos nos sirven. ¿En la solidez de las murallas? ¿Y qué muralla mayor obstáculo que el océano, rodeados por el cual los britanos se postran ante las armas de Roma? ¿En la entereza de ánimo y la astucia de vuestros generales? Pues bien, sabíais también que los cartagineses fueron vencidos.

»Así pues, lo que os incitó contra los romanos fue la humanidad de los romanos, nosotros que, primero, os dimos la tierra para que la habitarais y os pusimos al frente reyes de vuestro propio pueblo; luego respetamos las leyes patrias y os permitimos vivir no solo entre vosotros, sino también frente a los demás, como quisierais; y —lo más grande— os permitimos recaudar tributos para Dios y reunir ofrendas, y a quienes las traían ni los amonestamos ni se lo impedimos, para que os hicierais más ricos a nuestra costa y os preparaseis con nuestro propio dinero contra nosotros. Luego, disfrutando de bienes tan grandes, arrojasteis vuestra hartura contra quienes os los dieron y, como reptiles indómitos, descargasteis vuestro veneno sobre quienes os acariciaban.

»Sea, pues: despreciasteis la indolencia de Nerón y, como grietas o desgarros que el resto del tiempo permanecen taimadamente en calma, os manifestasteis en la peor enfermedad y extendisteis vuestros deseos hacia esperanzas desvergonzadas y desmedidas. Vino mi padre a este país, no para castigaros por lo de Cestio, sino para amonestaros; pues, si hubiera venido para exterminar a la nación, lo procedente habría sido correr a vuestra raíz y arrasar de inmediato esta ciudad; en cambio, devastó Galilea y sus alrededores, dándoos tiempo para el arrepentimiento. Pero a vosotros la humanidad os pareció debilidad, y con nuestra clemencia alimentasteis vuestra audacia.

»Muerto Nerón, hicisteis lo que corresponde a los más perversos: os envalentonasteis con nuestras discordias internas y, cuando mi padre y yo nos apartamos hacia Mitsraim, aprovechasteis la ocasión para los preparativos de la guerra, y no os avergonzasteis de perturbar a quienes se habían convertido en emperadores, a quienes antes habíais probado como generales benévolos. Así, cuando el poder recayó en nosotros, y todo dentro de él permanecía en calma, y las naciones de fuera enviaban embajadas y se congratulaban, de nuevo los judíos, enemigos: embajadas vuestras a los pueblos de más allá del Éufrates con miras a la rebelión, nuevos recintos de murallas reconstruidos, sediciones, rivalidades de tiranos y guerra civil, lo único propio de hombres tan perversos.

»Vine yo a la ciudad de parte de mi padre, que a su pesar me dio sombríos encargos. Al oír que el pueblo quería la paz, me alegré. Os exhorté a cesar antes de la guerra; largo tiempo, mientras combatíais, os perdoné la vida; di garantías a los desertores; a quienes se refugiaban les mantuve mi palabra; me apiadé de muchos cautivos; solo a los que porfiaban por seguir la guerra los castigué, tras someterlos a tormento. Contra vuestras murallas acerqué las máquinas a mi pesar; refrené siempre a mis soldados, ansiosos de mataros; tras cada victoria os invité a la paz como si fuera yo el vencido. Al llegar cerca del templo, de nuevo, deliberadamente, olvidé las leyes de la guerra y os supliqué que perdonaseis vuestros propios lugares santos y que salvaseis el templo para vosotros mismos, ofreciéndoos salida libre y garantía de vida y, si lo queríais, incluso ocasión de combate en otro lugar.

»De todo hicisteis caso omiso y con vuestras propias manos incendiasteis el templo. Y luego, malvadísimos, ¿me invitáis ahora a parlamentar? ¿Para salvar qué, algo semejante a lo que ha perecido? ¿Qué salvación pretendéis para vosotros mismos después del templo? Pero incluso ahora estáis en pie con las armas y, ni siquiera en el extremo, fingís al menos ser suplicantes. ¡Desdichados! ¿En qué confiáis? ¿No está muerto vuestro pueblo, no se ha ido el templo, no está la ciudad bajo mi poder, no tenéis vuestras vidas en mis manos? ¿Y aun así consideráis gloria de valor el empeño en morir peleando? Yo, sin embargo, no rivalizaré con vuestra demencia: a quienes arrojen las armas y entreguen sus cuerpos les concedo la vida, como un amo clemente en su casa que castiga lo incurable y conserva lo demás para sí.»

A esto responden que no pueden recibir de él garantía, pues han jurado no hacerlo jamás, y le piden salida a través del muro de asedio con sus mujeres e hijos, pues se marcharían al desierto y le dejarían la ciudad. Indignado por esto Tito —que, teniendo la suerte de vencidos, le propusieran condiciones como de vencedores—, mandó proclamar entre ellos que ni desertaran ya más ni esperaran garantía alguna, pues no perdonaría a nadie, sino que combatieran con todas sus fuerzas y se salvaran como pudieran, pues él ya lo haría todo según la ley de la guerra; y a los soldados les permitió incendiar y saquear la ciudad. Ellos se contuvieron aquel día, pero al siguiente prendieron fuego al archivo, a la Acra, a la sala del consejo y al llamado Ofla; y el fuego avanzó hasta el palacio de Helena, que estaba en medio de la Acra. Ardían las callejuelas y las casas, llenas de cadáveres consumidos por el hambre.

Ese mismo día, los hijos y hermanos del rey Izates, y con ellos muchos ciudadanos notables allí reunidos, suplicaron al César que les diera garantía. Y él, aunque irritado con todos los demás supervivientes, no cambió su carácter y acogió a aquellos hombres. Por entonces los mantuvo a todos bajo custodia; más tarde, tras encadenar a los hijos y parientes del rey, los llevó a Roma para que sirvieran de rehenes en prenda de fidelidad.

Los sediciosos, lanzándose sobre el palacio real —donde muchos, por su solidez, habían depositado sus bienes—, expulsaron de él a los romanos y, tras dar muerte a toda la multitud del pueblo allí reunida, que eran unos ocho mil cuatrocientos, saquearon las riquezas. Capturaron vivos también a dos romanos, uno de caballería y otro de infantería; al de infantería lo degollaron y en seguida lo arrastraron por la ciudad, como si en un solo cuerpo se vengaran de todos los romanos. El jinete, diciendo que les sugeriría algo útil para su salvación, fue llevado ante Shimón; como ante él no tuvo nada que decir, fue entregado a un tal Ardalas, uno de los jefes, para ser castigado. Este le ató las manos a la espalda, le vendó los ojos con una cinta y lo condujo frente a los romanos para decapitarlo; pero el hombre se le adelantó y escapó hacia los romanos mientras el judío desenvainaba la espada. A este, que había huido de los enemigos, Tito no se resignó a matarlo; pero, juzgándolo indigno de ser soldado romano por haber sido capturado vivo, le quitó las armas y lo expulsó de la legión, cosa que para un hombre de honor era más dura que la muerte.

Al día siguiente los romanos, tras rechazar a los bandidos de la ciudad baja, incendiaron todo hasta el Siloé, y se alegraban de ver consumirse la ciudad, aunque se quedaban sin botín, pues los sediciosos, tras vaciarlo todo, se habían retirado a la ciudad alta. Pues no tenían arrepentimiento alguno de sus males, sino jactancia como si de bienes se tratara; viendo arder la ciudad, con rostros alegres decían que aguardaban de buen ánimo el final, ya que, muerto el pueblo, quemado el templo e incendiada la ciudad, nada dejaban a los enemigos. Y, sin embargo, Josefo no dejó de suplicarles hasta el extremo por los restos de la ciudad; pero, aunque dijo mucho contra su crueldad e impiedad y les aconsejó mucho en favor de su salvación, no cosechó más que burlas.

Como ni se resignaban a entregarse, por causa del juramento, ni podían ya combatir en igualdad con los romanos, cercados como en una prisión, y como la costumbre de matar les movía las manos, dispersándose por las afueras de la ciudad se emboscaban entre las ruinas al acecho de quienes se disponían a desertar. Muchos eran capturados, y a todos los degollaban —pues por la debilidad ni siquiera podían huir— y arrojaban sus cadáveres a los perros. Toda forma de muerte parecía más llevadera que el hambre, de modo que, aun habiendo perdido ya toda esperanza de clemencia por parte de los romanos, con todo se refugiaban en ellos y caían de buena gana en manos de los sediciosos que los mataban. No quedaba en la ciudad un solo lugar vacío, sino que en todos había un muerto por el hambre o por la sedición, y estaban llenos de cadáveres de quienes habían perecido por la sedición o por el hambre.

Alentaba a los tiranos y a la banda de bandidos que los acompañaba una última esperanza en los subterráneos, a los que se refugiaban esperando no ser buscados, y donde, tras la toma total de la ciudad y una vez que los romanos se retirasen, saldrían e intentarían escapar. Pero aquello no era sino un sueño para ellos, pues no iban a pasar inadvertidos ni a Dios ni a los romanos. Entonces, sin embargo, confiados en los subterráneos, ellos mismos prendían más fuego que los romanos, y a quienes desde los edificios en llamas se refugiaban en los túneles los mataban sin reparo, los despojaban y, si a alguno le encontraban algo de comida, se lo arrebataban y lo devoraban empapado en sangre. Y ya había guerra entre ellos mismos por el botín; y me parece que, de no haberlos sorprendido antes la toma de la ciudad, por el exceso de su crueldad habrían llegado incluso a probar los cadáveres.

El César, como era imposible tomar sin terraplenes la ciudad alta, escarpada por todas partes, distribuyó sus fuerzas para los trabajos el día veinte del mes de Loos. Difícil era el acarreo de la madera, pues todo, como he dicho, en torno a la ciudad hasta cien estadios había quedado pelado para los terraplenes anteriores. Los trabajos de las cuatro legiones se levantaban en la ladera occidental de la ciudad, frente al palacio real, mientras la multitud de tropas auxiliares y el resto de la turba trabajaba junto al xisto, el puente y la torre de Shimón, que este había construido como fortaleza cuando guerreaba contra Yojanán.

Por aquellos días, los jefes de los idumeos, reuniéndose en secreto, deliberaron sobre su propia rendición y, enviando cinco hombres a Tito, le suplicaron que les diera garantía. Él, esperando que también los tiranos cederían una vez apartados los idumeos, que eran una gran parte de la guerra, aunque despacio, con todo les concedió la salvación y despachó de vuelta a los hombres. Pero, mientras se preparaban para retirarse, Shimón se percata, y de inmediato mata a los cinco que habían ido a ver a Tito, y a los jefes —de quienes el más notable era Yaakov, hijo de Sosas— los prende y encierra; y la multitud de los idumeos, sin saber qué hacer por la pérdida de sus jefes, la mantenía vigilada y repartía el muro entre guarniciones más cuidadosas. Sin embargo, los centinelas no lograban contener las deserciones, sino que, aunque muchísimos eran asesinados, muchos más eran los que escapaban.

Los romanos a todos los acogían, pues Tito, por clemencia, dejaba de lado sus órdenes anteriores, y los soldados mismos se abstenían de matar por hartura y por la esperanza de ganancia: pues, dejando solo a los del pueblo llano, vendían al resto de la muchedumbre junto con sus mujeres e hijos, cada uno a ínfimo precio, tanto por la cantidad de los que se vendían como por la escasez de compradores. Y, aunque había proclamado que nadie desertara solo, para que sacaran también a sus familias, con todo también a estos los acogía; puso, no obstante, a quienes discernieran entre ellos si alguno era digno de castigo. E incontable era la multitud de los vendidos; en cambio, los del pueblo llano se salvaron más de cuarenta mil, a quienes el César dejó ir adonde a cada uno le placía.

Por esos mismos días, también uno de los sacerdotes, hijo de Thebuti, de nombre Yeshúa, tras recibir del César juramentos por su salvación a condición de entregar algunos de los objetos sagrados, sale y entrega, desde el muro del templo, dos candelabros semejantes a los que estaban depositados en el santuario, y mesas, cráteras y copas, todo de oro macizo y del más pesado; entrega también los velos y las vestiduras de los sumos sacerdotes con sus piedras, y muchos otros de los utensilios destinados a los oficios sagrados. Capturado también el tesorero del templo, de nombre Pinjás, mostró las túnicas y los ceñidores de los sacerdotes, mucha púrpura y grana, que se guardaban para las reparaciones del velo, y con ello mucho cinamomo y casia y multitud de otros aromas, que mezclaban y quemaban a diario como incienso a Dios. Fueron entregados por él también muchos otros objetos preciosos y no poco ornamento sagrado, lo cual, aunque él había sido capturado por la fuerza, le valió el perdón concedido a los desertores.

Terminados ya también los terraplenes en dieciocho días, el séptimo del mes de Gorpieo, los romanos acercaban las máquinas; de los sediciosos, unos, desesperando ya de la ciudad, se retiraban del muro a la fortaleza, otros se hundían en los subterráneos; muchos, sin embargo, apostados aquí y allá, rechazaban a los que acercaban las torres de asalto. Pero también a estos los vencían los romanos, por número y por fuerza y, sobre todo, porque combatían con buen ánimo a hombres ya desanimados y agotados. Cuando se derrumbó una parte del muro y algunas de las torres, batidas por los arietes, cedieron, al punto los defensores emprendieron la huida, y también a los tiranos les entró un miedo más violento que el propio apremio; pues, antes de que los enemigos franquearan el muro, estaban paralizados y dispuestos a huir. Y podía verse a quienes antes eran arrogantes y jactanciosos en sus impiedades, entonces humillados y temblorosos, de suerte que era digna de lástima aquella mudanza, aun tratándose de los más perversos.

Se lanzaron, pues, corriendo contra el muro de asedio para expulsar a los centinelas y, rompiéndolo, salir; pero, al no ver por ninguna parte a sus antiguos fieles —pues habían huido cada uno a donde el apremio le aconsejaba— y al acudir corriendo unos anunciando que todo el muro occidental estaba derribado, otros que los romanos habían irrumpido y estaban ya cerca buscándolos, y otros diciendo que veían enemigos desde las torres —pues el miedo les extraviaba la vista—, cayeron de bruces y lloraban su propia demencia y, como si tuvieran cortados los tendones, no acertaban a huir. Aquí sobre todo podría uno comprender el poder de Dios sobre los impíos y la fortuna de los romanos; pues los tiranos se despojaron ellos mismos de su seguridad y bajaron voluntariamente de las torres, en las cuales por la fuerza jamás habrían podido ser tomados, sino solo por el hambre. Y los romanos, que tanto habían penado ante murallas más débiles, tomaron por fortuna lo que no podían con las máquinas; pues más fuertes que cualquier ingenio eran las tres torres, sobre las que ya hemos hablado antes.

Abandonándolas, o más bien derribados de ellas por Dios, se refugian al punto en el barranco que hay bajo el Siloé y, poco después, recobrándose un tanto del miedo, se lanzaron contra el muro de asedio de aquel lado. Pero, empleando una audacia más cobarde que su apremio —pues ya tenían quebrada la fuerza, a la vez por el miedo y por las desgracias—, fueron rechazados por los centinelas y, dispersándose unos de otros, se hundieron en los subterráneos. Los romanos, dueños de las murallas, plantaron los estandartes sobre las torres y, entre aplausos y alegría, entonaron el peán por la victoria, habiendo hallado el final de la guerra mucho más ligero que su comienzo; pues, al subir sin derramamiento de sangre a la última muralla, no lo creían, y, al no ver adversario alguno, quedaban verdaderamente perplejos.

Precipitándose por las callejuelas, espada en mano, mataban sin reparo a cuantos apresaban e incendiaban con sus moradores las casas de quienes se habían refugiado juntos. Al saquear muchas, cuando entraban en busca de botín, encontraban familias enteras de muertos y las estancias llenas de las víctimas del hambre; entonces, horrorizados ante la visión, salían con las manos vacías. Mas, aunque compadecían a los que así habían perecido, no sentían lo mismo por los vivos, sino que, atravesando a cuantos se topaban, obstruyeron las callejuelas con cadáveres e inundaron de sangre toda la ciudad, de suerte que muchos de los incendios se apagaron con la matanza. Y dejaron de matar al caer la tarde, pero durante la noche el fuego prevaleció; y sobre una Yerushaláyim en llamas despuntó el día octavo del mes de Gorpieo, sobre una ciudad que había sufrido en el asedio tantas desgracias cuantos bienes, de haberlos gozado desde su fundación, la habrían hecho del todo envidiable; y que no merecía tan grandes infortunios por ninguna otra cosa sino por haber engendrado una generación tal, por la que fue arruinada.

Al entrar Tito y ver la fortaleza de la ciudad, quedó admirado, entre otras cosas, de las torres que los tiranos, en su demencia, habían abandonado. Contemplando, en efecto, su compacta altura y el tamaño de cada piedra y la exactitud del ensamblaje, y cuán anchas y cuán altas eran en su elevación, dijo: «Con Dios hemos combatido, y fue Dios quien derribó a los judíos de estas fortalezas, pues ¿qué pueden manos de hombres o máquinas contra estas torres?» Entonces conversó mucho de esto con sus amigos y liberó a los prisioneros de los tiranos que habían sido capturados en las fortalezas. Más tarde, cuando arrasaba el resto de la ciudad y demolía las murallas, dejó estas torres como monumento de su fortuna, la cual, habiéndola tenido por compañera de armas, le dio la victoria sobre lo que no podía ser tomado.

Como los soldados ya estaban cansados de matar y aún aparecía una gran multitud de supervivientes, el César ordena matar solo a los armados y a quienes opusieran resistencia, y capturar viva al resto de la muchedumbre. Ellos, además de lo ordenado, mataban a los ancianos y a los débiles, pero a los que estaban en la flor de la edad y eran útiles los reunieron a la fuerza en el templo y los encerraron en el recinto de las mujeres. El César puso como guardián a uno de sus libertos, y a Frontón, uno de sus amigos, para que decidiera sobre la suerte que cada uno merecía. Este dio muerte a todos los sediciosos y bandidos, denunciados unos por otros, y, escogiendo a los más altos y hermosos de los jóvenes, los reservó para el triunfo. Del resto de la multitud, a los mayores de diecisiete años los encadenó y los envió a los trabajos de Mitsraim, y a muchísimos Tito los repartió por las provincias para que perecieran en los teatros por el hierro y por las fieras; a los menores de diecisiete años los vendieron. Perecieron de ellos, en los días en que Frontón hacía la selección, once mil por indigencia, unos por no recibir alimento a causa del odio de los guardias, otros por no aceptar el que se les daba; y para tal multitud había también escasez de grano.

El número total de cautivos, de cuantos fueron tomados a lo largo de toda la guerra, ascendió a noventa y siete mil, y el de los que perecieron durante todo el asedio, a un millón cien mil. La mayor parte de estos era de la misma nación, pero no de la ciudad; pues, habiéndose reunido de todo el país para la fiesta de los ácimos, se vieron de pronto envueltos por la guerra, de suerte que primero el hacinamiento les produjo una mortandad pestilente y luego un hambre más rápida. Y que la ciudad diera cabida a tantos es claro por el recuento hecho en tiempos de Cestio, quien, queriendo mostrar a Nerón —que despreciaba a la nación— el vigor de la ciudad, pidió a los sumos sacerdotes que, si de algún modo era posible, contaran la multitud. Ellos, llegada la fiesta que se llama Pésaj, en la cual sacrifican desde la hora novena hasta la undécima, y como en torno a cada sacrificio se forma una especie de cofradía de no menos de diez hombres —pues no está permitido banquetear a solas, y muchos se agrupan incluso de veinte en veinte—, contaron doscientas cincuenta mil víctimas, y otras cinco mil seiscientas. Resultan, poniendo diez comensales por cada una, dos millones setecientos mil hombres, todos puros y santificados; pues ni a los leprosos, ni a los que padecían flujo, ni a las mujeres en su menstruación, ni a los impuros por cualquier otra causa les era lícito participar de este sacrificio, ni tampoco a los extranjeros, cuantos acudían por devoción, de los que gran multitud se reúne de fuera.

Pero entonces, como en una prisión por obra del destino, toda la nación quedó encerrada, y la guerra rodeó la ciudad repleta de hombres. Así pues, el número de los que perecieron supera toda mortandad humana o divina; pues, de los que estaban a la vista, a unos los mataron los romanos y a otros los hicieron cautivos, y a los que estaban en los subterráneos los buscaban y, abriendo el suelo, mataban a cuantos encontraban; y también allí se hallaron más de dos mil cadáveres, unos muertos por su propia mano, otros unos por otros, pero la mayoría consumidos por el hambre. Un olor terrible salía al encuentro de quienes entraban, de suerte que muchos se retiraban al punto, mientras que otros, por codicia, se adentraban pisoteando los cadáveres amontonados; pues muchos objetos preciosos se hallaban en los túneles, y la ganancia hacía lícito todo camino. Fueron sacados también muchos prisioneros de los tiranos, pues ni siquiera en el extremo cesaron de su crueldad.

Con todo, Dios castigó a ambos como merecían: Yojanán, hambriento con sus hermanos en los subterráneos, suplicó recibir de los romanos la garantía que tantas veces había despreciado, y Shimón, tras luchar mucho contra el apremio, como expondremos en lo que sigue, se entrega. Fue reservado el uno, Shimón, como víctima para el triunfo, y Yojanán, para prisión perpetua. Los romanos incendiaron los arrabales de la ciudad y arrasaron las murallas.

Así fue tomada Yerushaláyim, en el segundo año del gobierno de Vespasiano, el día octavo del mes de Gorpieo; tomada ya antes cinco veces, esta era la segunda vez que quedaba asolada. Pues Asoqueo, rey de los egipcios, y después de él Antíoco, luego Pompeyo y, tras estos, Sosio junto con Herodes, tras tomarla, la conservaron. Antes de estos, el rey de los babilonios, tras conquistarla, la asoló, mil cuatrocientos sesenta y ocho años y seis meses después de su fundación. El primero que la fundó fue un soberano de los cananeos, llamado en la lengua patria «rey justo» —pues tal era, en efecto—; por eso fue el primero en ejercer el sacerdocio para Dios y, tras construir el primero el santuario, dio a la ciudad el nombre de Yerushaláyim, antes llamada Shalem.

Así pues, el rey de los judíos, David, tras expulsar al pueblo de los cananeos, estableció allí al suyo propio; y, cuatrocientos setenta y siete años y seis meses después de él, es arrasada por los babilonios. Y desde el rey David, que fue el primer judío que reinó sobre ella, hasta la destrucción llevada a cabo por Tito, mil ciento setenta y nueve años. Y desde la primera fundación hasta la última toma, dos mil ciento setenta y siete años. Pero ni la antigüedad, ni la profunda riqueza, ni la nación difundida por toda la tierra habitada, ni la gran gloria de su religión le sirvieron de nada para evitar su ruina. Tal fue, pues, el fin del asedio de Yerushaláyim.