Contra Apión, libro 1
Considero, excelentísimo Epafrodito, que ya con mi obra sobre la antigüedad dejé bastante claro a quienes la lean lo relativo a nuestro linaje, el de los judíos: que es antiquísimo y que tuvo desde el principio una consistencia propia, y de qué modo colonizó la tierra que ahora poseemos. En efecto, compuse en lengua griega, a partir de nuestros libros sagrados, una historia que abarca un lapso de cinco mil años. Pero como veo que muchos prestan oído a las calumnias que algunos han proferido por malevolencia, y desconfían de lo que escribí sobre la antigüedad, y toman como prueba de que nuestro linaje es reciente el hecho de que ninguno de los ilustres historiadores griegos lo haya juzgado digno de mención, por todo ello he creído que debía escribir de forma concisa: para refutar la malevolencia de los que nos injurian y su mentira deliberada, corregir la ignorancia de otros e instruir a todos cuantos quieran conocer la verdad acerca de nuestra antigüedad. Como testigos de lo que afirmo emplearé a los que los propios griegos tienen por más dignos de crédito en toda materia de antigüedad; y a los que han escrito sobre nosotros con calumnia y falsedad los presentaré refutados por sí mismos. Intentaré además dar las razones por las cuales no muchos griegos mencionaron a nuestra nación en sus historias; y aun así mostraré a quienes no omitieron nuestra historia, para conocimiento de los que la ignoran o fingen ignorarla.
Lo primero que me sale al paso es un gran asombro ante quienes creen que, tratándose de los hechos más antiguos, hay que atender solo a los griegos y averiguar por ellos la verdad, y desconfiar de nosotros y del resto de los hombres. Yo veo que ha sucedido todo lo contrario —si es que no hay que seguir las opiniones vanas, sino tomar lo justo de los hechos mismos—. Pues entre los griegos todo resulta reciente, de ayer, por así decir, o de anteayer: hablo de las fundaciones de las ciudades, de la invención de las artes y de la redacción de las leyes; y de todo, lo más reciente entre ellos es casi el cuidado por escribir historias. En cambio, lo de los egipcios, caldeos y fenicios —dejo por ahora de contarnos a nosotros junto a ellos— ellos mismos, sin duda, reconocen que tienen una tradición de la memoria antiquísima y firmísima. Pues todos habitan lugares apenas expuestos a los estragos del clima, y pusieron gran cuidado en no dejar sin registrar nada de lo que se hacía entre ellos, sino que siempre lo consagraban en archivos públicos hechos por los más sabios. La región de Grecia, en cambio, la asolaron innumerables catástrofes que borraron la memoria de lo sucedido; y como establecían continuamente nuevos modos de vida, cada uno creía que el mundo empezaba con él, y tarde y a duras penas conocieron la naturaleza de las letras. Los que quieren que su uso sea antiquísimo se jactan de haberlo aprendido de los fenicios y de Cadmo. Pero ni siquiera de aquel tiempo podría nadie mostrar un registro conservado, ni en los templos ni en las ofrendas públicas; puesto que incluso sobre los que marcharon contra Troya, tantos años después, ha habido gran duda e investigación sobre si usaban letras, y prevalece más bien la verdad de que aquellos ignoraban el uso actual de la escritura. En general, entre los griegos no se halla ningún escrito reconocido más antiguo que la poesía de Homero; y este resulta ser posterior a la guerra de Troya. Dicen incluso que ni siquiera él dejó su poesía por escrito, sino que, conservada de memoria a partir de los cantos, se compuso más tarde, y que por eso encierra en sí muchas discordancias. Los que entre ellos intentaron escribir historias —hablo de Cadmo de Mileto, del argivo Acusilao y de otros, si es que se dice que hubo alguno después de este— precedieron en poco tiempo a la expedición de los persas contra Grecia. Y aun a los primeros que entre los griegos filosofaron sobre lo celeste y lo divino —como Ferécides de Siros, Pitágoras y Tales— todos reconocen unánimemente que, siendo discípulos de egipcios y caldeos, escribieron poco; y esto les parece a los griegos lo más antiguo de todo, y apenas creen que fue escrito por ellos.
¿Cómo, entonces, no es absurdo que los griegos se envanezcan como si fueran los únicos que conocen lo antiguo y transmiten con exactitud la verdad sobre ello? ¿O quién no aprendería fácilmente de los propios escritores que escribían sin saber nada con certeza, sino que cada cual conjeturaba sobre los hechos? Al menos, en su mayoría se refutan unos a otros en sus libros, y no vacilan en decir cosas del todo contrarias sobre los mismos asuntos. Prolijo sería yo si enseñara a quienes lo saben mejor que yo cuánto discrepa Helánico de Acusilao en las genealogías, cuánto corrige Acusilao a Hesíodo, o de qué modo Éforo demuestra que Helánico miente en la mayor parte, y Timeo a Éforo, y a Timeo los que vinieron después, y a Heródoto todos. Ni tampoco sobre los asuntos de Sicilia se dignó Timeo concordar con Antíoco, Filisto o Calias; ni tampoco sobre lo ático se siguieron unos a otros los que escribieron las Átidas, ni sobre lo de la Argólide los que narran lo de Argos. ¿Y qué falta hace hablar de las historias de las ciudades y de las de menor monta, cuando sobre la expedición persa y lo que en ella se hizo han discrepado los más reputados? También a Tucídides muchos lo acusan de mentir, aunque parece escribir con la mayor exactitud la historia de su tiempo.
De semejante discordancia hay quizá muchas otras causas que aparecerían a quien quisiera investigar; yo atribuyo la mayor fuerza a las dos que voy a exponer, y diré primero la que me parece la más importante. El que desde el principio no se cuidara entre los griegos de hacer registros públicos de lo que se hacía en cada momento: esto fue, sobre todo, lo que dio el error y la licencia de mentir a quienes después quisieron escribir algo sobre lo antiguo. Pues no solo entre los demás griegos se descuidó lo tocante a los registros, sino que ni siquiera entre los atenienses —a quienes llaman autóctonos y amantes de la cultura— se encuentra que ocurriera nada semejante; antes bien, dicen que los más antiguos de sus documentos públicos son las leyes sobre los homicidios que les escribió Dracón, hombre que vivió poco antes de la tiranía de Pisístrato. Y de los arcadios, ¿qué decir, ellos que se jactan de antigüedad? Pues apenas, y aun después, se educaron en las letras. Así, como no había ningún registro previamente establecido que hubiera de instruir a los que querían aprender y refutar a los que mentían, surgió entre los historiadores esa gran discordancia mutua. Como segunda causa, junto a esta, hay que poner aquella: los que se lanzaron a escribir no se afanaron por la verdad —aunque siempre tienen a mano esa promesa—, sino que hacían gala de su fuerza de palabra; y de cualquier modo que en esto creyeran que aventajarían a los demás, a ese se acomodaban: unos volviéndose a contar mitos, otros adulando, para agradar, a las ciudades o a los reyes; otros se lanzaron a acusar los hechos o a quienes los habían escrito, creyendo que así se distinguirían. En suma, no cesan de hacer lo más contrario a la historia. Pues prueba de una historia verdadera es que todos digan y escriban lo mismo sobre los mismos hechos; ellos, en cambio, creían que, si escribían esas cosas de modo diferente, así parecerían los más veraces de todos. Por la fuerza de las palabras y por la habilidad en ello debemos ceder a los escritores griegos; pero no en la historia verdadera de lo antiguo, y menos aún en la de los asuntos propios de cada pueblo.
Que entre los egipcios y los babilonios, desde tiempos remotísimos, el cuidado de los registros estaba encomendado a quienes correspondía —allí a los sacerdotes, que además filosofaban sobre ello; y entre los babilonios a los caldeos—, y que fueron sobre todo los fenicios, de entre los que trataban con los griegos, quienes usaron las letras tanto para la administración de la vida como para la transmisión de las obras comunes: como todos lo admiten, creo que lo dejaré de lado. En cambio, sobre nuestros antepasados —que pusieron el mismo cuidado en los registros, por no decir aún mayor que el mencionado, encomendando esta tarea a los sumos sacerdotes y a los profetas, y que hasta nuestros tiempos se ha guardado con mucha exactitud, y, si hay que decirlo con más audacia, se guardará— intentaré instruir brevemente. Pues no solo desde el principio pusieron al frente de esto a los mejores y a los consagrados al servicio de Dios, sino que previeron cómo el linaje de los sacerdotes permanecería sin mezcla y puro. En efecto, quien participa del sacerdocio debe engendrar hijos de una mujer de su mismo pueblo, y no atender ni al dinero ni a los demás honores, sino examinar el linaje, tomando la sucesión de los antiguos y presentando muchos testigos. Y esto lo hacemos no solo en la propia Judea, sino dondequiera que haya una comunidad de nuestro linaje; también allí se conserva entre los sacerdotes la exactitud en cuanto a los matrimonios: hablo de los de Mitsraim y Bavel, y de dondequiera del resto del mundo haya algunos sacerdotes de nuestro linaje dispersos; pues envían a Yerushaláyim un escrito con el nombre, por línea paterna, de la esposa y de los antepasados anteriores, y quiénes son los testigos. Y si sobreviene una guerra —como ya ha ocurrido muchas veces, cuando Antíoco Epífanes invadió el país, y Pompeyo Magno, y Quintilio Varo, y sobre todo en nuestros tiempos—, los sacerdotes que quedan componen de nuevo, a partir de los antiguos documentos, otros registros, y examinan a las mujeres que han quedado. Pues no admiten a las que han sido cautivas, sospechando que muchas veces han tenido unión con un extranjero. Y la mayor prueba de la exactitud es esta: nuestros sumos sacerdotes, desde hace dos mil años, figuran por su nombre en los registros como hijos de padre a hijo. Y a quienes incurran en la transgresión de cualquiera de estas normas se les prohíbe acercarse a los altares y participar del resto del culto sagrado.
Con razón, o más bien por necesidad —puesto que ni el escribir está en manos de todos a su arbitrio, ni hay discordancia alguna en lo escrito, sino que solo los profetas aprendieron lo más elevado y antiguo por la inspiración que viene de Dios, y escribieron con claridad lo de su propio tiempo tal como sucedía—, no tenemos entre nosotros miríadas de libros discordantes y en pugna, sino solo veintidós libros que contienen el registro de todo el tiempo, con razón considerados dignos de fe. De estos, cinco son de Moshé, que abarcan las leyes y la tradición desde el origen del hombre hasta su propia muerte; este lapso se queda un poco por debajo de tres mil años. Desde la muerte de Moshé hasta Artajerjes, rey de los persas sucesor de Jerjes, los profetas posteriores a Moshé escribieron lo sucedido en su tiempo en trece libros; los cuatro restantes contienen himnos a Dios y preceptos de vida para los hombres. Desde Artajerjes hasta nuestro tiempo se ha escrito cada cosa, pero no ha merecido igual crédito que lo anterior, por no haberse dado la sucesión exacta de los profetas. Y es evidente por los hechos con qué respeto nos acercamos a nuestros propios escritos: pues, habiendo transcurrido ya tan largo tiempo, nadie se ha atrevido a añadirles nada, ni a quitarles, ni a alterarlos; y a todos los judíos les es connatural, desde el mismo nacimiento, tenerlos por decretos de Dios, permanecer fieles a ellos y, si es preciso, morir gustosos por ellos. Así, ya muchas veces se ha visto a muchos cautivos soportar en los teatros tormentos y toda clase de muertes con tal de no proferir una sola palabra contra las leyes y los registros que las acompañan. ¿Qué griego soportaría eso por lo suyo? Ni siquiera para evitar que se destruyan todos sus escritos afrontaría el menor daño; pues los consideran discursos improvisados según la voluntad de quienes los escribieron, y con razón piensan así incluso de los más antiguos, ya que ven que algunos de los de ahora se atreven a escribir sobre hechos en los que ni ellos mismos estuvieron presentes ni se preocuparon de informarse por quienes los sabían. Sin duda, también sobre la guerra que hace poco tuvimos, algunos, tras ponerle el título de historias, han publicado obras sin haber ido a los lugares ni haberse acercado a donde se desarrollaban los hechos, sino que, componiendo unas pocas cosas de oídas, con gran desvergüenza abusaron del nombre de historia.
Yo, en cambio, tanto de toda la guerra como de lo que en ella ocurrió en detalle, hice un registro verdadero, por haber estado presente en persona en todos los hechos. Pues era general de los nuestros, los llamados galileos, mientras fue posible resistir; y fui hecho prisionero por los romanos. Vespasiano y Tito, teniéndome bajo custodia, me obligaron a estar siempre a su lado —al principio encadenado, y luego, liberado, fui enviado desde Alejandría con Tito al asedio de Yerushaláyim—. En ese tiempo no hubo nada de lo que ocurría que escapara a mi conocimiento; pues lo del campamento romano lo veía y lo anotaba con cuidado, y lo que anunciaban los desertores solo yo lo entendía. Después, disponiendo de tiempo en Roma, con toda la obra ya preparada, valiéndome de algunos colaboradores para la lengua griega, hice así la transmisión de los hechos. Y era tanta mi confianza en la verdad que juzgué digno tomar como testigos, antes que a nadie, a los emperadores que habían sido los comandantes de la guerra, Vespasiano y Tito. Pues a ellos entregué primero los libros, y después de ellos los vendí a muchos romanos que habían combatido conmigo y a muchos de los nuestros, hombres que participaban también de la sabiduría griega, entre los cuales están Julio Arquelao, el venerabilísimo Herodes y el propio admirabilísimo rey Agripa. Todos ellos dieron testimonio de que yo me atuve con cuidado a la verdad; y no se habrían callado ni reservado si por ignorancia o por complacencia hubiera alterado u omitido algo de lo sucedido. Sin embargo, algunos hombres viles han intentado desacreditar mi historia, como si se les propusiera, cual ejercicio escolar de muchachos, una acusación paradójica y una calumnia; cuando debían saber esto: que quien promete a otros la transmisión de hechos verdaderos ha de conocerlos él mismo antes con exactitud, sea por haber seguido de cerca los sucesos, sea por informarse de quienes los sabían. Lo cual creo haber hecho yo especialmente en ambas obras. Pues la antigüedad, como dije, la traduje de los libros sagrados, siendo yo sacerdote de linaje y habiendo participado de la sabiduría que hay en aquellos escritos; y la historia de la guerra la escribí siendo yo mismo protagonista de muchos hechos y testigo ocular de muchísimos, sin ignorar absolutamente nada de lo que se dijo o se hizo. ¿Cómo, pues, no tendría alguien por temerarios a quienes intentaron rivalizar conmigo sobre la verdad? Aunque digan haber leído las memorias de los emperadores, no estuvieron presentes en los asuntos de nuestro bando, el de los que combatíamos enfrente.
Sobre esto he hecho la digresión necesaria, queriendo señalar la ligereza de quienes prometen escribir historias. Habiendo dejado ya bastante claro, según creo, que el registro de lo antiguo es más propio de los bárbaros que de los griegos, quiero primero discutir un poco con quienes intentan presentar como reciente nuestra constitución a partir de que, según dicen ellos, nada se dijo sobre nosotros entre los escritores griegos. Luego aportaré los testimonios de nuestra antigüedad a partir de los escritos de otros, y mostraré que quienes calumniaron nuestro linaje calumnian en exceso con sus palabras.
Nosotros, pues, ni habitamos una tierra costera, ni nos deleitamos con el comercio, ni con el trato con otros por medio de él, sino que nuestras ciudades están edificadas lejos del mar; y, cultivando una buena tierra, la trabajamos, ocupándonos, más que nadie, de la crianza de los hijos, y teniendo por la tarea más necesaria de toda la vida el guardar las leyes y la piedad transmitida conforme a ellas. Añádase a lo dicho la peculiaridad de nuestro modo de vida, que en los tiempos antiguos no producía mezcla alguna con los griegos —como sí la había para los egipcios con lo que exportaban e importaban, y para los que habitan la costa de Fenicia con su afán por el pequeño y el gran comercio, por amor al dinero—. Y tampoco a la piratería, como algunos otros, ni a la guerra por creer que debían tener más, se lanzaron nuestros padres, y eso que el país tenía muchas miríadas de hombres nada faltos de valor. Por eso los fenicios, navegando ellos mismos hacia los griegos por comercio, fueron enseguida conocidos, y por medio de ellos los egipcios y todos aquellos desde donde transportaban su carga a los griegos atravesando grandes mares. Los medos, y después los persas, se hicieron notorios cuando dominaron Asia —y los persas incluso al llevar sus campañas hasta nuestro continente—. Los tracios, por su vecindad, y el pueblo escita fueron conocidos por los que navegaban al Ponto. En general, todos los que habitan junto al mar, tanto por el lado de oriente como por el de occidente, se hicieron más conocidos para quienes querían escribir algo; en cambio, los que tienen sus moradas más arriba de esa franja permanecieron en su mayor parte ignorados. Y esto se ve que sucedió también respecto a Europa, donde ni Heródoto, ni Tucídides, ni ninguno de los que vivieron a la vez que ellos, mencionaron a la ciudad de Roma —que desde antiguo posee tal poder y lleva a cabo tan grandes hazañas guerreras—, sino que tarde y a duras penas llegó su conocimiento a los griegos. Pues sobre los galos y los íberos tanto los ignoraron los que parecen los más exactos historiadores —entre ellos Éforo— que cree que los íberos son una sola ciudad, ellos que habitan una parte tan grande de la tierra occidental; y se atrevieron a escribir sobre costumbres que ni existían entre ellos ni se contaban, como si aquellos las practicaran. Causa de no conocer la verdad fue el excesivo aislamiento; y de escribir falsedades, el querer aparentar que narraban algo más que los demás. ¿Cómo, entonces, convenía aún asombrarse de que tampoco nuestra nación fuera conocida por muchos ni diera ocasión de mención en los escritos, tan apartada como estaba del mar y habiendo elegido vivir así?
Supongamos, pues, que pretendiéramos usar como prueba, sobre los griegos, de que su linaje no es antiguo, el hecho de que nada se haya dicho sobre ellos en nuestros registros. ¿No se reirían por completo, creo yo, aduciendo las mismas razones que yo acabo de exponer y presentando como testigos de su antigüedad a los pueblos vecinos? Pues eso mismo intentaré yo hacer: usaré como testigos sobre todo a egipcios y fenicios, sin que nadie pueda tachar su testimonio de falso; pues resulta que estaban dispuestos muy hostilmente hacia nosotros —en común todos los egipcios, y de los fenicios los tirios—. Sobre los caldeos, en cambio, ya no podría decir lo mismo, puesto que son fundadores de nuestro linaje y, por el parentesco, mencionan a los judíos en sus registros. Y cuando haya aportado las pruebas sobre esto, entonces mostraré también, de entre los escritores griegos, a los que hicieron mención de los judíos, para que ni siquiera este pretexto tengan ya los envidiosos para contradecirnos.
Comenzaré primero por los escritos de los egipcios. Ahora bien, no es posible transcribir los textos de ellos mismos; pero Manetón era de linaje egipcio, un hombre que había participado de la cultura griega, como resulta evidente: pues escribió en lengua griega la historia de su patria, traduciéndola —según él mismo dice— de los libros sagrados, y refuta a Heródoto en muchas cosas de los asuntos egipcios en que mintió por ignorancia. Este Manetón, pues, en el segundo libro de sus Egipcíacas, escribe esto sobre nosotros. Citaré sus mismas palabras, como poniéndolo a él mismo por testigo:
«Había un rey nuestro cuyo nombre era Timeo. Bajo su reinado, no sé cómo, Dios sopló en contra, e inesperadamente, desde las regiones de oriente, unos hombres de linaje oscuro, cobrando audacia, hicieron campaña contra nuestra tierra y, fácilmente, sin combate, la tomaron por la fuerza. Y tras someter a los que la gobernaban, luego incendiaron cruelmente las ciudades y arrasaron los templos de los dioses, y con todos los habitantes se comportaron del modo más hostil, degollando a unos y llevando a esclavitud a los hijos y las mujeres de otros. Finalmente, hicieron rey también a uno de ellos, cuyo nombre era Salitis. Y este residía en Menfis, cobrando tributo del país alto y bajo y dejando guarniciones en los lugares más apropiados. Sobre todo aseguró las partes de oriente, previendo que los asirios, cuando algún día fueran más fuertes, desearían su reino y lo atacarían. Y habiendo hallado en el nomo Setroíta una ciudad muy bien situada —que se hallaba al oriente del río Bubastita y se llamaba, por cierta antigua teología, Áuaris—, la reconstruyó y la hizo fortísima con murallas, instalando en ella también una multitud de hombres armados, hasta veinticuatro miríadas de hombres, como guarnición. Allí venía en verano, en parte para repartir grano y pagar la soldada, y en parte para ejercitarlos con esmero en maniobras, a fin de infundir miedo a los de fuera. Y tras reinar diecinueve años, murió. Después de este reinó otro cuarenta y cuatro años, llamado Beón. Tras él, otro, Apacnas, treinta y seis años y siete meses. Luego también Apofis, sesenta y uno, y Jannas, cincuenta años y un mes. Y sobre todos ellos, Asis, cuarenta y nueve años y dos meses. Estos seis fueron entre ellos los primeros gobernantes, deseando siempre, y cada vez más, arrancar la raíz de Mitsraim. Toda su nación se llamaba Hicsos, esto es, "reyes pastores"; pues "hic", en la lengua sagrada, significa "rey", y "sos", en la lengua común, es "pastor" y "pastores"; y compuesto así resulta "Hicsos".»
Algunos dicen que eran árabes. En otra copia, no se significa "reyes" por la denominación "hic", sino que, al contrario, se indican "pastores cautivos"; pues "hic", de nuevo, en egipcio, y "ac" con aspiración, significan expresamente "cautivos". Y esto me parece más verosímil y más conforme a la historia antigua. Dice Manetón que estos reyes antes nombrados, y los de los llamados pastores, y los nacidos de ellos, dominaron Mitsraim durante quinientos once años. Después de esto, dice que hubo, de parte de los reyes de la Tebaida y del resto de Mitsraim, una sublevación contra los pastores, y que estalló una guerra grande y de larga duración. Y bajo un rey de nombre Misfragmútosis, dice que los pastores, vencidos, fueron expulsados de todo el resto de Mitsraim y encerrados en un lugar que tenía diez mil aruras de perímetro; el nombre del lugar era Áuaris. Manetón dice que todo este lugar lo rodearon los pastores con una muralla grande y fuerte, para tener a resguardo toda su posesión y su botín. Y que Thúmosis, hijo de Misfragmútosis, intentó tomarlos por la fuerza mediante asedio, poniendo sitio a las murallas con cuarenta y ocho miríadas de ejército; pero como desistió del asedio, hizo un pacto para que, abandonando Mitsraim, todos se fueran a salvo adonde quisieran. Y que ellos, según lo convenido, con toda su casa y sus posesiones —no menos de veinticuatro miríadas—, atravesaron desde Mitsraim el desierto hacia Siria. Y temiendo el poderío de los asirios —pues entonces aquellos dominaban Asia—, edificaron, en la que ahora se llama Judea, una ciudad capaz de albergar a tantas miríadas de hombres, y la llamaron Yerushaláyim. En otro libro de sus Egipcíacas, Manetón dice que esta nación, los llamados pastores, figuran como "cautivos" en sus libros sagrados; y lo dice con razón, pues también para nuestros más remotos antepasados el apacentar era cosa patria, y, llevando una vida nómada, así se llamaban "pastores". Y, de nuevo, no sin razón fueron registrados por los egipcios como cautivos, puesto que nuestro antepasado Yosef dijo él mismo al rey de los egipcios que era cautivo, y después hizo venir a Mitsraim a sus hermanos, con permiso del rey. Pero sobre esto haré en otro lugar un examen más exacto.
Ahora presento como testigos de esta antigüedad a los egipcios. Así pues, expondré de nuevo cómo se ordena el texto de Manetón respecto a la cronología. Dice así: «Tras salir de Mitsraim el pueblo de los pastores hacia Yerushaláyim, Téthmosis, el rey que los había expulsado de Mitsraim, reinó después de esto veinticinco años y cuatro meses, y murió; y recibió el poder su hijo Quebrón, trece años. Tras él, Amenofis, veinte años y siete meses; su hermana Amesses, veintiún años y nueve meses; tras ella, Mefres, doce años y nueve meses; tras él, Meframútosis, veinticinco años y diez meses; tras él, Thmosis, nueve años y ocho meses; tras él, Amenofis, treinta años y diez meses; tras él, Oros, treinta y seis años y cinco meses; tras él, su hija Akencheres, doce años y un mes; tras ella, su hermano Rátotis, nueve años; tras él, Akencheres, doce años y cinco meses; tras él, otro Akencheres, doce años y tres meses; tras él, Ármais, cuatro años y un mes; tras él, Ramesses, un año y cuatro meses; tras él, Armesses Miamún, sesenta y seis años y dos meses; tras él, Amenofis, diecinueve años y seis meses; tras él, Sethos, también llamado Ramesses, que tenía fuerza de caballería y de flota, puso a su hermano Ármais como regente de Mitsraim y le confirió todo el resto del poder real; solo le encargó no llevar diadema, ni agraviar a la reina, madre de sus hijos, y abstenerse también de las demás concubinas reales. Él, por su parte, tras hacer campaña contra Chipre y Fenicia, y de nuevo contra asirios y medos, a todos —a unos con la lanza, a otros sin combate, por el miedo de su gran fuerza— los sometió; y muy engreído por sus éxitos, avanzaba aún con más audacia, sojuzgando las ciudades y regiones de oriente. Transcurrido tiempo suficiente, Ármais, el que había quedado en Mitsraim, hacía sin temor todo lo contrario de lo que su hermano le había aconsejado no hacer: poseyó por la fuerza a la reina y usaba sin reparo de las demás concubinas; y, persuadido por sus amigos, llevaba diadema y se alzó contra su hermano. Pero el encargado de los sacerdotes de Mitsraim escribió un libro y lo envió a Sethos, revelándole todo, y que su hermano Ármais se había alzado contra él. Al instante, pues, regresó a Pelusio y se apoderó de su propio reino. Y el país recibió el nombre de Mitsraim por su propio nombre; pues dice que Sethos se llamaba Mitsraim, y su hermano Ármais, Dánao.»
Esto dice Manetón. Y es evidente, por los años mencionados una vez sumado el tiempo, que los llamados pastores —nuestros antepasados—, tras salir de Mitsraim, colonizaron este país trescientos noventa y tres años antes de que Dánao llegara a Argos; y eso que a este lo tienen los argivos por antiquísimo. Dos cosas, pues, las mayores, nos ha testimoniado Manetón a partir de los escritos de los egipcios: primero, nuestra llegada a Mitsraim desde otra parte; y luego, la partida de allí, tan antigua en el tiempo que precede en cerca de mil años a los sucesos de Troya. En cuanto a lo que Manetón añadió no a partir de los escritos de los egipcios, sino —como él mismo ha reconocido— de mitos sin autor, lo refutaré después en detalle, mostrando su inverosímil mentira.
Quiero, pues, pasar ya de esto a lo que los fenicios tienen registrado sobre nuestro linaje y aportar los testimonios de aquellos. Hay, en efecto, entre los tirios, desde muchísimos años, escritos redactados públicamente y guardados con muchísimo cuidado sobre lo sucedido entre ellos y lo hecho entre sí que fuera digno de memoria. En ellos está escrito que el Templo de Yerushaláyim fue edificado por el rey Shlomo ciento cuarenta y tres años y ocho meses antes de que los tirios fundaran Cartago. Y no sin razón se registró entre ellos la construcción de nuestro Templo; pues Jiram, rey de los tirios, era amigo de nuestro rey Shlomo, habiendo heredado la amistad paterna hacia él. Este, pues, rivalizando en celo por el esplendor de la construcción de Shlomo, dio ciento veinte talentos de oro; y, cortando la más hermosa madera del monte que se llama Líbano, la envió para el techo. Y Shlomo le correspondió con muchas otras cosas y, en particular, con una región de Galilea, en la llamada Kavul. Sobre todo los unía en amistad el deseo de sabiduría; pues se enviaban mutuamente problemas, pidiéndose resolverlos, y en esto era superior Shlomo, más sabio también en lo demás. Y se conservan hasta ahora, entre los tirios, muchas de las cartas que aquellos se escribieron entre sí.
Y de que no es un relato inventado por mí lo referente a los escritos de los tirios, presentaré como testigo a Dío, hombre a quien se cree que fue exacto en la historia fenicia. Este, pues, en sus historias sobre los fenicios, escribe de este modo: «Al morir Abíbalo, reinó su hijo Jiram. Este rellenó las partes orientales de la ciudad y agrandó el casco urbano, y unió a la ciudad el templo de Zeus Olímpico —que estaba aparte, en una isla—, rellenando el espacio intermedio, y lo adornó con ofrendas de oro; y, subiendo al Líbano, cortó madera para la construcción de los templos.» Dicen que Shlomo, el que gobernaba Yerushaláyim, envió enigmas a Jiram y pretendía recibirlos de él, y que quien no pudiera resolverlos pagara dinero al que los resolviera. Y que Jiram, habiéndolo aceptado y no pudiendo resolver los enigmas, gastó mucho de su dinero en la multa. Y que luego un tal Abdémono, hombre tirio, resolvió los propuestos y él mismo propuso otros que, al no resolverlos Shlomo, le obligaron a pagar a Jiram mucho dinero. Así, pues, Dío nos ha testimoniado sobre lo antes dicho.
Pero, junto a este, presentaré también a Menandro de Éfeso. Este ha escrito los hechos ocurridos bajo cada uno de los reyes, entre griegos y bárbaros, esforzándose por aprender la historia de los escritos propios de cada pueblo. Escribiendo, pues, sobre los que habían reinado en Tiro, al llegar a Jiram dice esto: «Al morir Abíbalo, le sucedió en el reino su hijo Jiram, el cual, habiendo vivido cincuenta y tres años, reinó treinta y cuatro. Este rellenó el Eurícoro y consagró la columna de oro que está en el templo de Zeus; y, habiendo ido en busca de madera, cortó del monte llamado Líbano maderas de cedro para los techos de los templos; y, derribando los antiguos santuarios, edificó templos, el de Heracles y el de Astarté. Fue el primero que hizo la ceremonia de la "resurrección" de Heracles, en el mes Peritio; y marchó contra los itíceos, que no pagaban los tributos; y, sometiéndolos a sí, regresó de nuevo. En tiempos de este hubo un joven, Abdémono, que siempre vencía en los problemas que proponía Shlomo, rey de Yerushaláyim.» Y se calcula el tiempo desde este rey hasta la fundación de Cartago así: «Al morir Jiram, le sucedió en el reino su hijo Balbázero, que, habiendo vivido cuarenta y tres años, reinó diecisiete. Después de este, su hijo Abdástarto, habiendo vivido treinta y nueve años, reinó nueve. A este lo mataron, tras conspirar contra él, los cuatro hijos de su nodriza, de los cuales el mayor, Metusástarto, hijo de Leástarto, reinó; y este, habiendo vivido cincuenta y cuatro años, reinó doce. Después de este, su hermano Astárimo, habiendo vivido cincuenta y ocho años, reinó nueve. Este pereció a manos de su hermano Féleto, que, tomando el reino, gobernó ocho meses, habiendo vivido cincuenta años. A este lo mató Eítobalo, sacerdote de Astarté, que, habiendo vivido cuarenta y ocho años, reinó treinta y dos. A este le sucedió su hijo Balézoro, que, habiendo vivido cuarenta y cinco años, reinó seis.»
Su sucesor fue su hijo Metteno, que vivió treinta y dos años y reinó veintinueve. A este lo sucedió Pigmalión, que vivió cincuenta y ocho años y reinó cuarenta y siete. En el séptimo año de su reinado, su hermana huyó y fundó en Libia la ciudad de Cartago. Todo el tiempo transcurrido desde el reinado de Jiram hasta la fundación de Cartago suma ciento cincuenta y cinco años y ocho meses. Y como en el duodécimo año de su reinado se edificó el Templo de Yerushaláyim, van desde la construcción del Templo hasta la fundación de Cartago ciento cuarenta y tres años y ocho meses.
¿Qué más habría que añadir al testimonio de los fenicios? Se ve con claridad que la verdad está firmemente reconocida, y que la llegada de nuestros antepasados a esta tierra precedió con mucho a la construcción del Templo, pues fue cuando se apoderaron de todo el país por las armas cuando levantaron el Templo. Todo esto lo he expuesto con claridad, a partir de los libros sagrados, en mi Arqueología.
Diré ya ahora lo que los caldeos tienen registrado y narran acerca de nosotros, que concuerda en muchos puntos —también en lo demás— con nuestros escritos. Testigo de ello es Beroso, hombre caldeo de origen y bien conocido entre los que se dedican a las letras, pues fue él quien dio a conocer a los griegos, en sus obras, la astronomía y las doctrinas de los caldeos. Pues bien, este Beroso, siguiendo los registros más antiguos, narró —igual que Moshé— acerca del diluvio que sobrevino y de la destrucción de los hombres en él, y acerca del arca en que se salvó Nóaj, cabeza de nuestro linaje, cuando quedó varada en las cumbres de los montes de Armenia. Luego, enumerando a los descendientes de Nóaj y añadiendo sus fechas, llega hasta Nabopalasar, rey de Bavel y de los caldeos; y, al relatar las hazañas de este, cuenta cómo envió a Mitsraim y a nuestra tierra a su propio hijo Nabucodonosor con un gran ejército, al enterarse de que se habían sublevado; cómo los sometió a todos, incendió el Templo de Yerushaláyim y, arrancando de raíz a todo nuestro pueblo, lo trasladó a Bavel; y así la ciudad quedó desierta durante setenta años, hasta Ciro, rey de los persas. Dice también que el babilonio dominó Mitsraim, Siria, Fenicia y Arabia, superando en sus hazañas a todos los que antes de él habían reinado sobre los caldeos y los babilonios.
Un poco más adelante, Beroso vuelve a exponerlo en su historia de la antigüedad. Citaré sus mismas palabras, que dicen así: «Al enterarse su padre Nabopalasar de que el sátrapa puesto al frente de Mitsraim y de las regiones de Celesiria y Fenicia se había rebelado, como él ya no podía soportar las fatigas, encomendó parte de sus tropas a su hijo Nabucodonosor, que estaba aún en la flor de la edad, y lo envió contra el rebelde. Nabucodonosor se enfrentó al rebelde, lo derrotó en batalla y sometió de nuevo aquella tierra a su reino. Por entonces le ocurrió a su padre Nabopalasar que, habiendo caído enfermo en la ciudad de Bavel, dejó esta vida tras haber reinado veintiún años. No mucho después, al saber Nabucodonosor de la muerte de su padre, arregló los asuntos de Mitsraim y del resto del país; y, encomendando a algunos de sus amigos que condujeran a Bavel a los cautivos —judíos, fenicios, sirios y de los pueblos de Mitsraim— junto con el grueso del ejército y el resto del botín, él mismo partió con pocos hombres y llegó a Bavel a través del desierto. Al encontrar los asuntos gobernados por los caldeos y el reino conservado por el mejor de ellos, tomó posesión de todo el dominio paterno. A los cautivos que iban llegando ordenó que se les asignaran lugares de residencia en las zonas más apropiadas de Bavel. Él mismo, con el botín de la guerra, adornó espléndidamente el templo de Belo y los demás, restauró la antigua ciudad y le añadió otra por fuera; y, para que en adelante los sitiadores no pudieran desviar el río contra la ciudad, la rodeó de tres murallas por dentro y tres por fuera, unas de ladrillo cocido y asfalto, otras solo de ladrillo. Y tras fortificar la ciudad de modo notable y adornar sus puertas con dignidad sagrada, edificó junto al palacio de su padre otro palacio contiguo. Describir su altura y su fastuosidad sería quizá largo; baste decir que, con ser una obra descomunal por lo grande y soberbia, se terminó en quince días. En ese palacio levantó terrazas de piedra a gran altura, les dio un aspecto muy semejante al de las montañas y, plantándolas de árboles de toda clase, construyó el llamado jardín colgante, porque su esposa, criada en las regiones de Media, añoraba el paisaje montañoso.»
Esto es lo que narró acerca del rey mencionado, y mucho más además, en el tercer libro de sus Caldaicas, donde reprocha a los escritores griegos que crean sin fundamento que Bavel fue fundada por Semíramis la asiria y que las maravillosas obras en torno a ella fueron levantadas por aquella, cosa que escribieron falsamente. Por tanto, hay que tener por digno de crédito el registro de los caldeos. Y no solo eso: también en los archivos de los fenicios está escrito, en concordancia con lo que dice Beroso sobre el rey de los babilonios, que él subyugó Siria y toda Fenicia. Sobre esto coincide además Filóstrato en sus Historias, al recordar el asedio de Tiro, y Megástenes en el cuarto libro de sus Indias, donde intenta mostrar que el mencionado rey de los babilonios superó a Heracles en valor y grandeza de hazañas, pues dice que conquistó también gran parte de Libia y de Iberia.
En cuanto a lo antes dicho sobre el Templo de Yerushaláyim —que fue incendiado por los babilonios cuando lo atacaron, y que comenzó a reconstruirse una vez que Ciro se hizo con el reino de Asia—, quedará claramente demostrado con los pasajes de Beroso que voy a citar. Dice así en el tercer libro: «Nabucodonosor, pues, después de haber comenzado la muralla mencionada, cayó enfermo y dejó esta vida tras reinar cuarenta y tres años, y el dominio del reino pasó a su hijo Evil-Merodac. Este, gobernando de manera ilegal y licenciosa, fue víctima de una conjura de Neriglisar, marido de su hermana, y murió tras reinar dos años. Muerto él, tomó el poder Neriglisar, el que había conspirado contra él, y reinó cuatro años. Su hijo Laborosoardoc se hizo con el reino siendo un niño, por nueve meses; pero, como daba muestras de muchos malos instintos, sus amigos conspiraron contra él y lo mataron a golpes. Muerto este, los que habían conspirado se reunieron y de común acuerdo confiaron el reino a un tal Nabonido, de Bavel, uno de los de aquella misma conjura. Bajo su gobierno se revistieron de ladrillo cocido y asfalto las murallas junto al río de la ciudad de los babilonios. Cuando corría el año diecisiete de su reinado, Ciro, que había salido de Persia con un gran ejército y sometido todo el resto del reino, se lanzó contra Bavel. Al advertir Nabonido su ataque, le salió al encuentro con su ejército y presentó batalla; pero fue derrotado en el combate y, huyendo con pocos hombres, se encerró en la ciudad de los borsipenos. Ciro, tras tomar Bavel y ordenar que se derribaran las murallas exteriores de la ciudad —porque le pareció demasiado formidable y difícil de tomar—, levantó el campo hacia Borsippa para reducir por asedio a Nabonido. Como Nabonido no resistió el asedio, sino que se entregó de antemano, Ciro lo trató con benevolencia y, dándole Carmania por residencia, lo hizo salir de Bavel. Así, Nabonido pasó el resto de su vida en aquella tierra y allí murió.»
Estos datos coinciden con la verdad de nuestros libros. En ellos está escrito que Nabucodonosor, en el año dieciocho de su reinado, dejó en ruinas nuestro Templo, que estuvo desaparecido cincuenta años, que en el segundo año del reinado de Ciro se echaron sus cimientos y que en el segundo del reinado de Darío quedó terminado.
Añadiré también los registros de los fenicios, pues no hay que omitir la abundancia de pruebas. El cómputo de los años es este: en tiempos del rey Itóbalo, Nabucodonosor sitió Tiro durante trece años. Después de él reinó Baal diez años. Tras él se instituyeron jueces, que juzgaron así: Ecníbalo, hijo de Basleco, dos meses; Quélbes, hijo de Abdeo, diez meses; Ábaro, sumo sacerdote, tres meses; Mítino y Gerástrato, hijo de Abdelimo, jueces, seis años, y entre ellos reinó Balátoro un año. A la muerte de este, enviaron a buscar a Mérbalo desde Bavel, y reinó cuatro años. Muerto Mérbalo, mandaron llamar a su hermano Jiram, que reinó veinte años. Bajo él, Ciro alcanzó el poder sobre los persas. Así pues, todo ese tiempo suma cincuenta y cuatro años y tres meses más: pues en el séptimo año del reinado de Nabucodonosor comenzó el asedio de Tiro, y en el año catorce de Jiram, Ciro el persa tomó el poder.
Concuerdan, pues, con nuestros escritos, en lo tocante al Templo, los registros de los caldeos y de los tirios; y es reconocido e indiscutible el testimonio que he aducido sobre la antigüedad de nuestro linaje. A quienes no sean demasiado porfiados, creo que les bastará con lo dicho.
Pero conviene también satisfacer la exigencia de quienes desconfían de los registros de los bárbaros y solo consideran dignos de crédito a los griegos, y presentar a muchos de estos que conocieron nuestro pueblo y que, cuando venía al caso, hicieron mención de nosotros en sus propias obras. Pitágoras de Samos, hombre antiguo, tenido por superior a todos los filósofos en sabiduría y en piedad hacia lo divino, no solo conoció claramente nuestras cosas, sino que fue desde muy pronto un imitador de ellas. De él no se reconoce ningún escrito propio, pero muchos han narrado lo referente a él, y el más destacado de ellos es Hermipo, hombre cuidadoso en toda investigación histórica. Dice, pues, en el primer libro de su obra sobre Pitágoras, que este, al morir uno de sus discípulos, llamado Califonte, de Crotona, decía que el alma de aquel convivía con él de noche y de día, y que le aconsejaba no pasar por un lugar donde un asno se hubiera derrumbado, abstenerse de las aguas que dan sed y guardarse de toda blasfemia. Y luego añade además esto: «Hacía y decía tales cosas imitando y aplicándose a sí mismo las opiniones de los judíos y de los tracios.» Pues de aquel hombre se cuenta, en verdad, que trasladó a su propia filosofía muchas de las costumbres de los judíos.
Nuestro pueblo tampoco era desconocido de antiguo en las ciudades, y muchas de sus costumbres se habían difundido ya entre algunos y eran tenidas por dignas de imitación por unos cuantos. Lo muestra Teofrasto en su obra sobre las leyes; dice, en efecto, que las leyes de los tirios prohíben pronunciar juramentos extranjeros, y entre ellos, junto con algunos otros, cuenta el llamado juramento korbán. Este no se hallaría en ningún otro pueblo salvo únicamente entre los judíos, y significa, si uno lo traduce de la lengua de los hebreos, «don de Dios».
Y desde luego tampoco Heródoto de Halicarnaso ignoró nuestro pueblo, sino que de algún modo parece haberlo mencionado; pues, al tratar de los colcos en el segundo libro, dice así: «Solos entre todos —dice— los colcos, los egipcios y los etíopes se circuncidan desde el comienzo. Los fenicios y los sirios de la Tierra de Israel reconocen también ellos haberlo aprendido de los egipcios. Los sirios que habitan junto al río Termodonte y el Partenio, y los macrones, sus vecinos, dicen haberlo aprendido hace poco de los colcos. Estos son los únicos hombres que se circuncidan, y es evidente que lo hacen igual que los egipcios. En cuanto a los propios egipcios y etíopes, no puedo decir cuál de los dos lo aprendió del otro.» Así pues, ha dicho que los sirios de la Tierra de Israel se circuncidan; y, de los que habitan la Tierra de Israel, solo los judíos hacen esto; luego, sabiéndolo, lo dijo de ellos.
También Quérilo, poeta más antiguo, menciona nuestro pueblo al decir que fue en campaña con Jerjes, rey de los persas, contra Grecia; pues, tras enumerar todos los pueblos, incluyó en último lugar también el nuestro, diciendo:
«Detrás de ellos avanzaba un pueblo asombroso de ver: de sus bocas dejaban salir lengua fenicia; moraban en los montes Solimos, junto a un ancho lago, con las cabezas rapadas en redondo y mugrientas; y por encima llevaban pieles desolladas de testuces de caballo, endurecidas al humo.»
Es evidente, creo, para todos, que se refería a nosotros, ya que los montes Solimos están en nuestra tierra, la que habitamos, y también el lago llamado Asfaltites; pues este es más ancho y más grande que todos los de Siria. Así, pues, nos menciona Quérilo. Y que no solo conocían a los judíos, sino que además admiraban a cuantos de ellos trataban —y no los más ruines de los griegos, sino los más admirados por su sabiduría—, es fácil de comprobar.
Pues Clearco, que fue discípulo de Aristóteles y no inferior a ninguno de los filósofos del Peripato, dice en su primer libro Sobre el sueño que Aristóteles, su maestro, contaba lo siguiente acerca de cierto hombre judío, poniendo el relato en boca del propio Aristóteles. Está escrito así: «Contar muchas cosas sería largo; pero no está de más exponer las que encierran algo admirable y filosófico de aquel hombre. Sábelo bien, Hiperóquides —dijo—: te parecerá que digo cosas asombrosas, semejantes a sueños.» Y Hiperóquides, con cautela, respondió: «Por eso mismo todos deseamos oírlas.» «Entonces —dijo Aristóteles—, según el precepto de los retóricos, expongamos primero su linaje, para no desobedecer a los maestros del arte de narrar.» «Habla —dijo Hiperóquides—, si algo te parece bien.» «Aquel hombre, pues, era judío de origen, de Celesiria. Estos descienden de los filósofos de la India; y, según dicen, los filósofos se llaman entre los indios calanos, y entre los sirios judíos, nombre que tomaron del lugar, pues el lugar que habitan se llama Judea. El nombre de su ciudad es muy enrevesado: la llaman Yerushaláyim. Este hombre, huésped de muchos, que descendía de las regiones del interior a las de la costa, era griego no solo en la lengua, sino también en el alma. Y por entonces, mientras nosotros pasábamos el tiempo en Asia, llegó a esos mismos lugares y se encontró con nosotros y con algunos otros estudiosos, poniendo a prueba su saber; y como había tratado con muchos hombres cultos, más bien nos transmitía algo de lo que él poseía.» Esto ha dicho Aristóteles según Clearco, y añade además la gran y admirable resistencia del hombre judío en su régimen de vida y su templanza. Quien lo desee puede saber más por el propio libro; que yo me guardo de citar más de lo debido.
Clearco, pues, ha dicho esto de pasada, porque su propósito era otro, y así nos mencionó. Pero Hecateo de Abdera, hombre a la vez filósofo y muy capaz en los asuntos prácticos, que floreció en tiempos del rey Alejandro y trató con Tolomeo hijo de Lago, no de pasada, sino sobre los judíos mismos, escribió un libro, del cual quiero recorrer sumariamente algunas de las cosas dichas. Y primero mostraré la fecha; pues menciona la batalla de Tolomeo contra Demetrio junto a Gaza, que tuvo lugar en el undécimo año tras la muerte de Alejandro, en la olimpíada centésima decimoséptima, según narra Cástor. Pues, al consignar esa olimpíada, dice: «En ella Tolomeo, hijo de Lago, venció en batalla junto a Gaza a Demetrio, hijo de Antígono, el llamado Poliorcetes.» Y que Alejandro murió en la olimpíada centésima decimocuarta lo reconocen todos. Es evidente, pues, que tanto en tiempos de aquel como en los de Alejandro nuestro pueblo estaba en su apogeo.
Dice, pues, de nuevo Hecateo lo siguiente: que después de la batalla de Gaza, Tolomeo se hizo dueño de las regiones de Siria, y muchos hombres, al enterarse de la benevolencia y humanidad de Tolomeo, quisieron partir con él a Mitsraim y tomar parte en sus asuntos. «Uno de ellos —dice— era Jizkiyahu, sumo sacerdote de los judíos, hombre de unos sesenta y seis años de edad, de gran dignidad entre los de su pueblo, nada necio de espíritu y, además, capaz de hablar y experto en los negocios como ninguno. Y eso que todos los sacerdotes de los judíos que reciben el diezmo de los productos y administran los asuntos comunes son alrededor de mil quinientos.» De nuevo, al mencionar al hombre antes citado, dice: «Este hombre, que había alcanzado tal honor y se había hecho familiar nuestro, tomó consigo a algunos de los suyos y les leyó todo el documento, pues tenía por escrito su asentamiento y su constitución.» Luego Hecateo muestra de nuevo cómo nos comportamos respecto de las leyes: que preferimos padecerlo todo antes que transgredirlas, y lo tenemos por algo hermoso. «Por eso —dice—, aun siendo maltratados de palabra por los pueblos vecinos y por cuantos llegan, y ultrajados muchas veces por los reyes y sátrapas persas, no pueden ser apartados de su convicción, sino que por ella afrontan sin reservas tormentos y las muertes más terribles de todas, sin renegar de las tradiciones de sus padres.» Aporta no pocas pruebas de esa firmeza en lo tocante a las leyes; pues dice que, hallándose en cierta ocasión Alejandro en Bavel y habiendo decidido limpiar el templo derruido de Belo, y ordenando a todos sus soldados por igual que acarrearan los escombros, solo los judíos no obedecieron, sino que soportaron muchos azotes y pagaron grandes multas, hasta que el rey los perdonó y les concedió la exención. «Es más —dice—: cuando los que llegaban a su tierra levantaban en ella templos y altares, ellos los derribaban todos, y por unos pagaban una multa a los sátrapas, y por otros obtenían también el perdón.» Y añade que es justo admirarlos por ello.
Habla también de que nuestro pueblo llegó a ser muy numeroso: «pues muchas decenas de miles de nosotros —dice— los persas los deportaron antes a Bavel, y no pocos emigraron también, tras la muerte de Alejandro, a Mitsraim y a Fenicia, a causa de la revuelta en Siria.» Este mismo hombre ha registrado también la extensión de la tierra que habitamos y su belleza: «pues ocupan cerca de tres millones de aruras de la tierra más excelente y fértil —dice—; tan grande es la extensión de Judea.» Y que, además, habitamos desde tiempos antiquísimos la ciudad misma de Yerushaláyim, hermosísima y grandísima, lo cuenta él así, junto con lo relativo a la multitud de sus hombres y a la construcción del Templo: «Los judíos —dice— tienen muchas fortalezas y aldeas por el país, y una sola ciudad fortificada, de unos cincuenta estadios de perímetro, habitada por unas ciento veinte mil personas, a la que llaman Yerushaláyim. Allí, casi en el centro mismo de la ciudad, hay un recinto de piedra de unos cinco pletros de largo y cien codos de ancho, con puertas dobles. En él hay un altar cuadrangular, hecho de piedras sin tallar, recogidas y sin labrar, de veinte codos cada lado y diez codos de alto. Junto a él hay una gran casa, donde hay un altar y un candelabro, ambos de oro, de dos talentos de peso. Sobre ellos hay una luz que no se apaga ni de noche ni de día. No hay imagen alguna ni ofrenda votiva en absoluto, ni planta ninguna, como un bosque sagrado o algo semejante. En él pasan noche y día los sacerdotes, observando ciertas normas de pureza y sin beber vino en absoluto dentro del santuario.»
Además, ha testimoniado que también militaron con el rey Alejandro y luego con sus sucesores. Y lo que él mismo dice haber presenciado, obra de un hombre judío durante la campaña, lo citaré. Dice así: «Yendo yo hacia el mar de los Juncos, nos acompañaba, entre los demás jinetes que nos escoltaban, un judío llamado Meshulam, hombre bien fuerte de ánimo y reconocido por todos —griegos y bárbaros— como el mejor de los arqueros. Este hombre, mientras muchos marchábamos por el camino y cierto adivino observaba el vuelo de las aves y pedía a todos que se detuvieran, preguntó por qué aguardaban. El adivino le mostró el ave y le dijo que, si permanecía quieta, convenía a todos aguardar; si se alzaba y volaba hacia adelante, avanzar; y si se retiraba hacia atrás, volverse de nuevo. Meshulam, sin decir palabra, tensó el arco, disparó y, alcanzando al ave, la mató. El adivino y algunos otros se indignaron y lo maldijeron; pero él dijo: “¿Por qué os enfurecéis, desdichados?” Y, tomando el ave en sus manos, añadió: “¿Cómo iba esta, que no previó su propia salvación, a anunciarnos algo sano sobre nuestro viaje? Pues si hubiera podido conocer de antemano el futuro, no habría venido a este lugar, por temor a que Meshulam el judío la matara de un flechazo.”» Pero basta ya de los testimonios de Hecateo, pues a quienes deseen aprender más les es fácil consultar el libro.
Y no vacilaré en nombrar también a Agatárquides, que hizo mención de nosotros con burla de nuestra simpleza, según él cree. Pues, al narrar lo de Estratónice —cómo vino a Siria desde Macedonia, dejando a su propio marido Demetrio, y cómo Seleuco no quiso casarse con ella, cosa que ella esperaba, y, mientras él realizaba la campaña desde Bavel, promovió una revuelta en torno a Antioquía; y luego, cuando el rey regresó y, al ser tomada Antioquía, ella huyó a Seleucia, pudiendo embarcar y zarpar deprisa, se dejó convencer por un sueño que se lo impedía, fue capturada y murió—; tras contar esto y burlarse de la superstición de Estratónice, toma como ejemplo lo que dice acerca de nosotros, y escribe así: «Los llamados judíos, que habitan la ciudad más fortificada de todas —a la que sus habitantes llaman Yerushaláyim—, tienen por costumbre holgar cada séptimo día, y en los tiempos señalados no empuñan las armas, ni se ocupan de la labranza, ni atienden a ningún otro servicio, sino que, en los santuarios, con las manos extendidas, oran hasta el atardecer. Y cuando Tolomeo, hijo de Lago, entró en la ciudad con su ejército, y aquellos hombres, en vez de guardar la ciudad, mantenían su insensatez, la patria recibió un dueño cruel y quedó al descubierto que la ley encierra una costumbre necia. Ese suceso ha enseñado a todos los demás, salvo a aquellos, a refugiarse entonces en sueños y en la interpretación transmitida sobre la ley, cuando desfallecen en sus razonamientos humanos acerca de lo que los deja perplejos.» Esto a Agatárquides le parece digno de risa; pero, a quienes lo examinan sin malevolencia, se les muestra grande y merecedor de muchos elogios que unos hombres antepongan siempre —aun a costa de su salvación y de su patria— la observancia de las leyes y la piedad hacia Dios.
Y que algunos escritores no por ignorar nuestro pueblo, sino por cierta envidia o por otras causas poco sanas, omitieron mencionarlo, creo poder dar una prueba: pues Jerónimo, el que escribió la historia de los sucesores, vivió en el mismo tiempo que Hecateo, y, siendo amigo del rey Antígono, gobernó Siria. Sin embargo, Hecateo escribió un libro entero sobre nosotros, mientras que Jerónimo en ninguna parte de su historia nos mencionó, y eso que residió casi en aquellos mismos lugares: hasta tal punto difirieron las intenciones de estos hombres. Al uno le parecimos dignos de una mención cuidadosa; al otro, algún sentimiento nada ecuánime le nubló por completo la verdad.
Bastan, con todo, para probar nuestra antigüedad los registros de los egipcios, de los caldeos y de los fenicios, y, junto a ellos, tantos escritores griegos. Y además de los mencionados, Teófilo, Teódoto, Mnaseas, Aristófanes, Hermógenes, Evémero, Conón, Zopirión y quizá muchos otros —pues yo no me he topado con todos los libros— hicieron mención de nosotros no de pasada. Muchos de los hombres citados erraron respecto de la verdad de los hechos originarios, por no haber consultado nuestros libros sagrados; pero en común todos han testimoniado sobre la antigüedad, que es de lo que ahora me he propuesto hablar. Con todo, Demetrio de Falero, Filón el Viejo y Eupólemo no se apartaron mucho de la verdad. A ellos hay que disculparlos, pues no les era posible seguir con toda exactitud nuestros escritos.
Me queda todavía un punto de los que propuse al comienzo del discurso: mostrar que son falsas las calumnias e injurias que algunos han usado contra nuestro linaje, y valerme de quienes las escribieron como testigos contra sí mismos. Que esto mismo les ha ocurrido también a otros muchos, por la malevolencia de algunos, creo que lo saben quienes frecuentan más las historias; pues incluso a algunos pueblos y a las ciudades más ilustres intentaron mancillarles la nobleza e injuriarles sus regímenes: Teopompo, el de los atenienses; Polícrates, el de los lacedemonios; el que escribió el Tripolítico —pues no es Teopompo, como algunos creen— tomó por blanco también a la ciudad de los tebanos; y Timeo, en sus historias, ha blasfemado mucho sobre los ya mencionados y sobre otros. Y esto lo hacen sobre todo cuando se enredan con los más ilustres: unos por envidia y mala índole, otros creyendo que, por decir cosas nuevas, se harán dignos de recuerdo. Entre los insensatos no fallan en esa esperanza; pero los de juicio sano condenan su gran ruindad.
De las blasfemias contra nosotros, los primeros fueron los egipcios; y algunos, queriendo complacerlos, intentaron tergiversar la verdad, sin reconocer cómo fue la llegada de nuestros antepasados a Mitsraim ni decir la verdad sobre la salida. Muchas causas tuvieron para odiarnos y envidiarnos: en un principio, porque nuestros antepasados habían dominado en su país y, al partir de allí y volver de nuevo a su propia tierra, prosperaron; después, la oposición entre unos y otros les infundió una gran enemistad, pues nuestra piedad difiere de la que ellos tienen por costumbre tanto como dista la naturaleza de Dios de la de los animales irracionales. Pues es tradición común entre ellos tener por dioses a esos animales, aunque en particular discrepan entre sí en los honores que les rinden. Hombres del todo frívolos e insensatos, acostumbrados desde el principio a pensar mal de los dioses, no fueron capaces de imitar la solemnidad de nuestra teología y, al vernos admirados por muchos, nos envidiaron. A tal punto de insensatez y de mezquindad llegaron algunos de ellos que no dudaron en contradecir sus propios registros antiguos, e incluso, escribiendo cosas contrarias a sí mismos, por la ceguera de su pasión no lo advirtieron.
Centraré mi discurso en uno primero, a quien poco antes usé también como testigo de la antigüedad. Pues este Manetón, que prometió traducir la historia egipcia a partir de los libros sagrados, tras haber dicho antes que nuestros antepasados llegaron a Mitsraim en muchas decenas de miles y dominaron a sus habitantes, y admitiendo él mismo que después, con el tiempo, fueron expulsados, ocuparon la actual Judea, fundaron Yerushaláyim y construyeron el Templo —hasta ahí siguió los registros. Pero luego, dándose licencia con el pretexto de que iba a escribir lo que se cuenta y se dice como fábula acerca de los judíos, intercaló relatos increíbles, queriendo mezclarnos con una multitud de egipcios leprosos y afectados de otras dolencias que, según él, fueron condenados y huyeron de Mitsraim. Pues, poniendo a un rey Amenofis, nombre falso, y por ello no atreviéndose a fijar la duración de su reinado —aunque en los demás reyes añade los años con exactitud—, a este le atribuye ciertas fábulas, olvidando casi que había narrado que la salida de los pastores hacia Yerushaláyim ocurrió quinientos dieciocho años antes.
Pues Tetmosis era el rey cuando salieron; y desde entonces, según él, entre los reyes intermedios median trescientos noventa y tres años, hasta los dos hermanos Setos y Hermeo —de los cuales dice que Setos fue rebautizado Mitsraim, y Hermeo, Dánao—; a este lo expulsó Setos y reinó cincuenta y nueve años, y después de él el mayor de sus hijos, Rampses, sesenta y seis. Habiendo reconocido, pues, que nuestros padres salieron de Mitsraim tantos años antes, e introduciendo luego a Amenofis como rey interpolado, dice que este deseó ver a los dioses, como Or, uno de los que habían reinado antes de él; y que comunicó su deseo a un homónimo suyo, Amenofis, hijo de Papis, que parecía participar de una naturaleza divina por su sabiduría y su previsión del futuro. Este homónimo le dijo que podría ver a los dioses si limpiaba todo el país de leprosos y de los demás hombres impuros. Complacido el rey, reunió de todo Mitsraim a cuantos tenían el cuerpo tarado, y llegaron a ser una multitud de ochenta mil. A estos los arrojó a las canteras que están en la parte oriental del Nilo, para que trabajaran encerrados aparte de los demás egipcios. Dice que había entre ellos también algunos de los sacerdotes doctos, aquejados de lepra. Y aquel Amenofis, el hombre sabio y adivino, temió la cólera de los dioses contra sí y contra el rey, si aquellos hombres, forzados, eran vistos; y añadió, prediciendo, que ciertos aliados se unirían a los impuros y dominarían Mitsraim durante trece años. No se atrevió a decir esto al rey, pero, dejando por escrito todo, se dio muerte a sí mismo; y el rey quedó abatido.
Y luego escribe así, al pie de la letra: «Como los que estaban en las canteras llevaban ya tiempo suficiente padeciendo, el rey, a instancias suyas, para concederles un descanso y un refugio, les cedió la ciudad entonces abandonada por los pastores, Avaris; según la teología, esa ciudad es desde antiguo de Tifón. Los que entraron en ella, teniendo aquel lugar como base para la rebelión, se pusieron como jefe a un tal Osarsef, uno de los sacerdotes de Heliópolis, y le juraron obediencia en todo. Este, en primer lugar, les impuso como ley no adorar a los dioses ni abstenerse de ninguno de los animales sagrados más venerados en Mitsraim, sino sacrificarlos y consumirlos todos, y no unirse a nadie salvo a los que habían jurado con ellos. Tras dictar tales leyes y otras muchísimas, del todo contrarias a las costumbres egipcias, ordenó reparar con muchos brazos las murallas de la ciudad y prepararse para la guerra contra el rey Amenofis. Él mismo, tomando consigo a otros de los sacerdotes y contaminados, envió embajadores a los pastores expulsados por Tetmosis, a la ciudad llamada Yerushaláyim; y, dándoles a conocer su situación y la de los demás que habían sido deshonrados con él, les pidió que marcharan en campaña conjunta y de común acuerdo contra Mitsraim. Les prometió llevarlos primero a Avaris, patria de sus antepasados, y proveer con abundancia lo necesario a las multitudes; luchar por ellos cuando hiciera falta y someterles fácilmente el país.»
Ellos, rebosantes de alegría, se lanzaron todos con entusiasmo —doscientos mil hombres— y al poco tiempo llegaron a Auaris. Cuando Amenofis, rey de Mitsraim, se enteró de aquella incursión, quedó hondamente turbado, pues recordó la advertencia que le había hecho Amenofis, hijo de Paapis.
Primero reunió a una multitud de egipcios y deliberó con los jefes que estaban entre ellos; luego mandó traer junto a sí los animales sagrados —sobre todo los que gozaban de mayor veneración en los templos— y ordenó a los sacerdotes de cada lugar que ocultaran las imágenes de los dioses de la manera más segura posible.
A su hijo Setos —llamado también Ramsés, por el nombre de su padre Rapsés—, que tenía cinco años, lo puso a resguardo en casa de un amigo suyo. Él, con el resto de los egipcios —que sumaban trescientos mil hombres de los más aguerridos— salió al encuentro de los enemigos, pero no trabó combate; pues, creyendo que iba a luchar contra los dioses, dio media vuelta y regresó a Menfis. Allí recogió al Apis y los demás animales sagrados que había hecho traer, y de inmediato se embarcó rumbo a Etiopía con toda la flota y la multitud de los egipcios, porque el rey de los etíopes le estaba obligado por un favor.
Este lo acogió, dio sustento a toda aquella muchedumbre con los productos que la región tenía aptos para el alimento humano, y les asignó ciudades y aldeas suficientes para pasar los trece años que el destino marcaba a Amenofis lejos del poder; además apostó un ejército etíope en las fronteras de Mitsraim para proteger a la gente del rey Amenofis.
Así iban las cosas por Etiopía. Entretanto, los de Solima bajaron junto con los impuros de los egipcios, y trataron a los hombres de manera tan sacrílega que la dominación de los anteriores parecía oro a quienes por entonces contemplaban las impiedades de estos; pues no solo incendiaron ciudades y aldeas, ni se contentaron con saquear los templos y destrozar las imágenes de los dioses, sino que se servían continuamente de esas mismas cocinas para asar los animales sagrados que se veneraban, y obligaban a los sacerdotes y profetas a degollarlos y sacrificarlos, y después los expulsaban desnudos.
Se dice que quien les impuso su régimen político y sus leyes fue un sacerdote de linaje heliopolitano, llamado Osarsif por Osiris, el dios de Heliópolis; y que, al pasarse a este pueblo, cambió de nombre y se hizo llamar Moshé.
Esto es lo que los egipcios cuentan acerca de los judíos, y otras muchas cosas más, que omito por brevedad. Dice de nuevo Manetón que, después de esto, Amenofis avanzó desde Etiopía con un gran ejército, y también su hijo Ramsés con fuerzas propias; y que, atacando ambos a los pastores y a los impuros, los vencieron, mataron a muchos y los persiguieron hasta las fronteras de Siria.
Esto y cosas semejantes escribió Manetón. Que desvaría y miente de forma manifiesta lo voy a demostrar; pero antes quiero dejar sentado un punto, en previsión de lo que más adelante habrá que decir contra otros. Este hombre nos ha concedido y reconocido desde el principio que nuestro pueblo no era egipcio, sino que llegó de fuera, se apoderó de Mitsraim y de nuevo salió de allí.
Que después no se mezclaron con nosotros los egipcios de cuerpo lisiado, y que Moshé, el que condujo al pueblo, no era de esos, sino que había vivido muchas generaciones antes, es lo que intentaré demostrar con sus propias palabras.
En primer lugar, propone como causa de su invención algo ridículo: dice que el rey Amenofis deseó ver a los dioses. ¿A cuáles? Si a los que ellos tienen establecidos por ley —el buey, el macho cabrío, los cocodrilos y los cinocéfalos—, ya los veía.
¿Y a los celestes cómo podía verlos? ¿Y por qué le entró tal deseo? Porque, ¡por Zeus!, otro rey anterior a él ya los había visto. De aquel, pues, habría sabido qué clase de seres eran y de qué modo los había contemplado, de suerte que no le hacía falta ninguna nueva técnica.
Pero —dice— el adivino era sabio, y mediante él confiaba el rey lograrlo. ¿Y cómo no previó que el deseo del rey era imposible? Porque no se cumplió. ¿Y qué sentido tenía que a causa de los mutilados o los leprosos los dioses se hicieran invisibles? Los dioses se irritan por las impiedades, no por los defectos del cuerpo.
¿Y cómo era posible reunir en un solo día, poco más o menos, ochenta mil leprosos y enfermos? ¿Y cómo desobedeció el rey al adivino? Pues este le había mandado expulsar de Mitsraim a los lisiados, y él, en cambio, los arrojó a las canteras, como si necesitara obreros y no se propusiera purificar la tierra.
Dice además que el adivino se quitó la vida, previendo la ira de los dioses y lo que iba a suceder en Mitsraim, y que dejó al rey por escrito su vaticinio. Entonces, ¿cómo no supo el adivino desde el principio su propia muerte? ¿Y cómo no contradijo enseguida al rey cuando este quiso ver a los dioses?
¿Y qué fundamento tenía su miedo a males que no iban a caer sobre él mismo? ¿O acaso, si tuviera que sufrir algo peor, se habría dado prisa en matarse? Pero veamos lo más necio de todo: pues, tras enterarse de esto y temer por lo venidero, a aquellos lisiados —de los cuales se le había dicho que purificara Mitsraim— ni siquiera entonces los expulsó del país, sino que, a petición suya, les dio una ciudad, según dice, habitada antiguamente por los pastores y llamada Auaris.
Reunidos allí —dice—, eligieron por jefe a uno de los que antaño habían sido sacerdotes de Heliópolis, y este les enseñó a no adorar a los dioses ni abstenerse de los animales venerados en Mitsraim, sino a sacrificarlos y comerlos todos, y a no unirse a nadie salvo a los conjurados; y, tras ligar a la multitud con juramentos de mantenerse fieles a estas leyes, fortificó Auaris y llevó la guerra contra el rey.
Añade que envió a Yerushaláyim para invitar a aquella gente a ser sus aliados, prometiéndoles entregarles Auaris —pues, según él, era el hogar ancestral de los que vinieran de Yerushaláyim, y partiendo de allí podrían apoderarse de todo Mitsraim—.
Luego dice que aquellos avanzaron con doscientos mil hombres de ejército, y que Amenofis, el rey de los egipcios, por no creer que debía luchar contra los dioses, huyó al punto a Etiopía, tras confiar el Apis y algunos de los demás animales sagrados a los sacerdotes con orden de custodiarlos.
Y que los de Yerushaláyim avanzaron, arrasaron las ciudades, quemaron los templos, degollaron a los jinetes y, en suma, no se abstuvieron de ningún crimen ni de ninguna crueldad.
El sacerdote que les impuso su régimen y sus leyes era —dice— de linaje heliopolitano, de nombre Osarsif por Osiris, el dios de Heliópolis, y, al mudar de nombre, se hizo llamar Moshé.
Dice que al decimotercer año —pues tanto era el tiempo que el destino marcaba a Amenofis lejos del poder— este avanzó desde Etiopía con un gran ejército, atacó a los pastores y a los impuros, los venció en batalla, mató a muchos y los persiguió hasta las fronteras de Siria.
En todo esto, una vez más, no advierte lo inverosímil de su mentira. Pues aquellos leprosos y la multitud que iba con ellos, aun cuando antes estuvieran irritados con el rey y con los que les habían hecho semejante cosa según el vaticinio del adivino, sin embargo, una vez que salieron de las canteras y recibieron de él una ciudad y un territorio, sin duda se habrían aplacado con él.
Y aunque siguieran odiándolo, habrían conspirado contra él en privado, pero no habrían emprendido una guerra contra todos —está claro, teniendo tantísimos vínculos de parentesco, siendo tan numerosos como eran—.
Y aun decididos a hacer la guerra a los hombres, no se habrían atrevido a guerrear contra sus propios dioses, ni se habrían dado leyes por completo contrarias a las patrias, aquellas en que se habían criado.
Pero hay que dar gracias a Manetón por no decir que los cabecillas de esta iniquidad fueron los venidos de Yerushaláyim, sino que fueron aquellos mismos, egipcios de nacimiento, y sobre todo sus sacerdotes, quienes idearon esto y ligaron con juramentos a la multitud.
Sin embargo, ¿cómo no es absurdo que ninguno de sus parientes ni de sus amigos se sublevara con ellos ni compartiera el riesgo de la guerra, y que en cambio enviaran a los impuros a Yerushaláyim para procurarse la alianza de aquellos?
¿Qué amistad o qué parentesco previo tenían? Al contrario: eran enemigos y diferían muchísimo en sus costumbres. Y dice que aquellos obedecieron enseguida a quienes les prometían que se apoderarían de Mitsraim, ¡como si no conocieran de sobra el país del que a la fuerza habían sido expulsados!
Ahora bien, si estuvieran en apuros o pasaran penurias, quizá se arriesgarían; pero, habitando una ciudad próspera y disfrutando de un vasto territorio mejor que el de Mitsraim, ¿por qué razón iban a exponerse a socorrer a viejos enemigos de cuerpo lisiado, a quienes ni siquiera sus propios parientes soportaban? Pues no podían prever la huida que iba a emprender el rey; al contrario, él mismo ha dicho que el hijo de Amenofis salió al encuentro con trescientos mil hombres hacia Pelusio. Y eso lo sabían de sobra los que allí acudían; pero su arrepentimiento y su fuga, ¿de dónde iban a adivinarlos?
Después dice que, tras apoderarse de Mitsraim, los que vinieron en campaña desde Yerushaláyim cometieron muchas atrocidades, y por ello los reprocha, como si no fuera él quien había traído a unos enemigos contra ellos, o como si hubiera que acusar a los invitados de fuera cuando eran los egipcios de nacimiento quienes hacían esto antes de la llegada de aquellos, y habían jurado hacerlo.
Pero también, tiempo después, Amenofis avanzó, venció en batalla y, matando a los enemigos, los persiguió hasta Siria. ¡Tan fácil de conquistar es Mitsraim, según eso, para cualquiera que la ataque venga de donde venga!
Y los que entonces la dominaban por las armas, aun sabiendo que Amenofis vivía, ni fortificaron los accesos desde Etiopía —teniendo abundantes medios para ello— ni prepararon el resto de sus fuerzas; y él —dice— matándolos incluso hasta Siria, los siguió a través de la arena sin agua, cosa que evidentemente no es fácil ni sin lucha atravesar con un ejército.
Así pues, según Manetón, nuestro linaje ni procede de Mitsraim ni se mezcló con él ninguno de sus gentes; pues de los leprosos y enfermos es de suponer que muchos murieron en las canteras, tras pasar allí largo tiempo padeciendo penalidades, muchos en las batallas posteriores, y la mayoría en la última y en la huida.
Me queda hablarle acerca de Moshé. A este hombre los egipcios lo tienen por admirable y divino, y quieren apropiárselo con una calumnia inverosímil, diciendo que era un heliopolitano, uno de los sacerdotes de allí, expulsado junto con los demás a causa de la lepra.
Pero se demuestra por los registros que vivió quinientos dieciocho años antes y que sacó de Mitsraim a nuestros padres hacia la tierra que ahora habitamos.
Que tampoco padecía tal desgracia en el cuerpo se ve claramente por lo que él mismo dispone: a los leprosos les prohíbe permanecer en la ciudad o vivir en aldea, y les manda andar solos con las vestiduras rasgadas; y a quien los toca o comparte techo con ellos lo tiene por impuro.
Es más: aunque se cure de la enfermedad y recobre su estado natural, prescribe ciertos ritos de purificación —lavarse con baños de aguas de manantial y rasurarse todo el cabello— y ordena que, tras ofrecer numerosos sacrificios de toda clase, entre entonces en la ciudad santa.
Y, sin embargo, lo natural habría sido lo contrario: que quien hubiera sufrido esa desgracia mostrara alguna consideración y humanidad hacia los que padecían el mismo infortunio que él.
No solo legisló así acerca de los leprosos, sino que ni siquiera permitió ejercer el sacerdocio a quienes tuvieran mutilada la menor parte del cuerpo; y si alguno, ya en pleno ejercicio del sacerdocio, sufría tal desgracia, le retiraba la dignidad.
¿Cómo, pues, es verosímil que aquel legislara estas cosas, cuando los que las promulgaban se habían reunido a causa de semejantes desgracias, dándose neciamente contra sí mismos leyes de oprobio y perjuicio?
Es más: también ha alterado el nombre de forma muy inverosímil, pues dice que se llamaba Osarsif. Ahora bien, este nombre no encaja con el cambio, mientras que el nombre verdadero significa «el salvado de las aguas» —Moshé—, ya que los egipcios llaman al agua «mou».
Considero, pues, que ha quedado suficientemente claro que Manetón, mientras siguió los antiguos registros, no se apartó mucho de la verdad; pero, en cuanto se volvió hacia fábulas sin autor, o bien las compuso de manera inverosímil, o bien dio crédito a algunos que hablaban por hostilidad.
Después de este quiero examinar a Queremón; pues también él, diciendo que escribe una historia egipcia y poniendo al rey el mismo nombre que Manetón —Amenofis— y a su hijo Ramsés, dice que durante el sueño se le apareció Isis a Amenofis, reprochándole que su templo hubiera sido destruido en la guerra. Fritibautes, un escriba sagrado, le dijo que, si purificaba Mitsraim de los hombres que tenían contaminación, dejaría de sentir aquel espanto.
Escogió, pues, a doscientos cincuenta mil de los afligidos y los expulsó. Los conducían los escribas Moshé y Yosef —este también escriba sagrado—, cuyos nombres egipcios eran, para Moshé, Tisitén, y para Yosef, Petesef.
Estos llegaron a Pelusio y se encontraron con trescientos ochenta mil hombres que Amenofis había dejado allí, a los cuales no quería llevar a Mitsraim; hicieron amistad con ellos y marcharon en campaña contra Mitsraim.
Amenofis, no resistiendo su ataque, huyó a Etiopía dejando encinta a su mujer, la cual, ocultándose en unas cuevas, dio a luz un hijo llamado Ramsés, quien, ya hecho hombre, expulsó a los judíos hacia Siria —eran unos doscientos mil— y acogió de vuelta de Etiopía a su padre Amenofis.
Esto es lo que dice Queremón. Creo que, por lo dicho, resulta patente la falsedad de ambos; pues, de haber alguna verdad de fondo, era imposible discrepar hasta tal punto, mientras que quienes fabrican mentiras no escriben cosas concordes con las de otros, sino que inventan lo que a cada uno se le antoja.
Aquel, en efecto, dice que el deseo del rey de ver a los dioses fue el origen de la expulsión de los impuros; Queremón, en cambio, ha imaginado un sueño particular, el de Isis.
Aquel dice que fue Amenofis quien predijo al rey la purificación; este, que fue Fritobautes. Y en cuanto al número de la multitud, ¡qué cerca andan!: ochenta mil dice el uno, veinticinco mil el otro.
Además, Manetón primero arroja a los impuros a las canteras, luego les da Auaris para habitarla y los enemista con los demás egipcios, y solo entonces dice que reclamaron el auxilio de los de Yerushaláyim; Queremón, en cambio, dice que, al salir de Mitsraim, encontraron cerca de Pelusio a trescientos ochenta mil hombres dejados allí por Amenofis, y que con ellos volvieron a invadir Mitsraim, mientras Amenofis huía a Etiopía.
Y lo más notable: ni siquiera ha dicho quiénes ni de dónde eran aquellos tantísimos miles del ejército, si egipcios de nacimiento o venidos de fuera; ni tampoco aclaró la razón por la cual el rey no quiso llevarlos a Mitsraim —él, que a propósito de los leprosos había fabulado el sueño de Isis—.
A Moshé, Queremón le añadió como expulsado en el mismo tiempo a Yosef, que era anterior a Moshé y había muerto cuatro generaciones antes, lo que hace casi ciento setenta años.
Es más: Ramsés, el hijo de Amenofis, según Manetón, es un joven que combate junto a su padre y huye con él a Etiopía; este, en cambio, lo presenta nacido en cierta cueva después de la muerte del padre, y luego venciendo en batalla y expulsando hacia Siria a los judíos, que eran unos doscientos mil.
¡Qué ligereza! Pues ni antes dijo quiénes eran los trescientos ochenta mil, ni cómo perecieron los doscientos treinta mil: si cayeron en la batalla o si se pasaron a Ramsés.
Y lo más asombroso: ni siquiera es posible aprender de él a quiénes llama judíos, ni a cuáles de ellos aplica esa denominación: si a los doscientos cincuenta mil leprosos o a los trescientos ochenta mil de Pelusio.
Pero acaso fuera necio refutar con más razones a quienes se refutan a sí mismos; que ser refutado por otros habría sido más llevadero.
Junto a estos añadiré a Lisímaco, que ha tomado la misma premisa de mentira que los anteriores acerca de los leprosos y lisiados, pero que ha superado la inverosimilitud de aquellos con sus invenciones, y que a las claras las compuso movido por gran hostilidad; pues dice que, bajo Bócoris, rey de los egipcios, el pueblo de los judíos, que eran leprosos, sarnosos y aquejados de otras enfermedades, se refugiaba en los templos a mendigar alimento; y que, al caer muchísima gente enferma, hubo esterilidad en Mitsraim.
Bócoris, rey de los egipcios, envió al oráculo de Amón a consultar sobre la esterilidad, y el dios respondió que purificara los templos de hombres impíos e impuros, expulsándolos de los recintos sagrados a lugares desiertos; que a los sarnosos y leprosos los hundiera en el mar, pues el sol se indignaba de que vivieran; y que, purificados los templos, la tierra volvería a dar fruto.
Bócoris, recibidos los oráculos, convocó a los sacerdotes y servidores de los altares y ordenó que, tras hacer una selección de los impuros, los entregaran a los soldados para conducirlos al desierto, y que a los leprosos los envolvieran en láminas de plomo para arrojarlos al mar.
Hundidos los leprosos y sarnosos, los demás fueron reunidos y abandonados en lugares desiertos para que perecieran; pero, congregados, deliberaron sobre su suerte, y, al caer la noche, encendieron fuego y lámparas para guardarse, y la noche siguiente, ayunando, aplacaron a los dioses para que los salvaran.
Al día siguiente, un tal Moshé les aconsejó arriesgarse a abrir un solo camino hasta llegar a lugares habitados, y les recomendó no mostrar buena voluntad a hombre alguno, ni dar los mejores consejos sino los peores, y derribar los templos y altares de los dioses que encontraran a su paso.
Habiendo asentido los demás, hicieron lo acordado y marcharon por el desierto; y, tras sufrir grandes penalidades, llegaron a tierra habitada, y, ultrajando a los hombres, saqueando e incendiando los templos, llegaron a la que ahora se llama Judea, donde fundaron una ciudad y se establecieron.
Esa ciudad se llamó Hierósila —«saqueo de templos»— por la disposición de aquellos. Más tarde, cuando con el tiempo se hicieron poderosos, mudaron el nombre para no ser objeto de oprobio, y llamaron a la ciudad Yerushaláyim y a sí mismos yerushalemitas.
Este ni siquiera acertó a nombrar el mismo rey que aquellos, sino que ha inventado un nombre más novedoso; y, dejando de lado el sueño y el profeta egipcio, se ha ido al oráculo de Amón a traer una respuesta acerca de los sarnosos y leprosos; pues dice que en los templos se congregaba una multitud de judíos. ¿Acaso puso ese nombre a los leprosos, o solo eran judíos los que habían caído en las enfermedades? Porque dice «el pueblo de los judíos». ¿De qué clase?
¿Advenedizo o de linaje autóctono? ¿Por qué, entonces, siendo egipcios, los llamas judíos? Y si eran extranjeros, ¿por qué no dices de dónde? ¿Y cómo, habiendo el rey hundido a muchos de ellos en el mar y arrojado al resto a lugares desiertos, quedó tan gran multitud?
¿O de qué modo atravesaron el desierto, se apoderaron del territorio que ahora habitamos, fundaron una ciudad y edificaron un templo célebre entre todos?
Debía también, del legislador, no solo decir el nombre, sino aclarar de qué linaje era y de qué padres, y por qué se le ocurrió darles tales leyes acerca de los dioses y de la injusticia contra los hombres durante la marcha.
Pues si eran egipcios de nacimiento, no habrían mudado tan fácilmente de las costumbres patrias; y si venían de otra parte, sin duda tendrían algunas leyes guardadas por larga tradición.
Ahora bien, si hubieran jurado no mostrar jamás buena voluntad hacia quienes los expulsaron, tendría un motivo razonable; pero que estos declararan guerra sin cuartel a todos los hombres —cuando, según él mismo dice, lo pasaban mal y necesitaban ayuda de todos— no denota la insensatez de aquellos, sino, y muy grande, la del mentiroso, que hasta se atrevió a decir que pusieron el nombre a la ciudad por el saqueo de templos, y que luego lo alteraron; pues está claro que a los venideros el nombre les traía vergüenza y odio, mientras que los propios fundadores de la ciudad creían honrarse a sí mismos llamándola así. Pero el buen hombre, por su gran desenfreno en injuriar, no comprendió que «saquear templos» no lo nombramos los judíos con la misma palabra que los griegos.
¿Para qué, pues, decir más contra quien miente con tal desvergüenza? Mas, puesto que este libro ya ha alcanzado una extensión proporcionada, comenzando de nuevo intentaré aportar el resto de lo relativo al asunto propuesto.