Contra Apión, libro 2
En el libro anterior, muy estimado Epafrodito, expuse lo tocante a nuestra antigüedad, confirmando su verdad con los documentos de los fenicios, los caldeos y los egipcios, y presentando como testigos a muchos escritores griegos; y refuté a Manetón, a Queremón y a algunos otros.
Empezaré ahora a rebatir a los demás que han escrito algo contra nosotros. Aunque, sobre atreverme a refutar a Apión el gramático, me asaltó la duda de si valía la pena el esfuerzo.
Pues parte de lo que escribió se parece a lo dicho por otros; parte lo añadió con suma frialdad; y lo más rebosa de bufonería y —si hay que decir la verdad— de una gran ignorancia, como obra de un hombre de carácter ruin y que toda su vida no fue sino un agitador de la plebe.
Pero como la mayoría de la gente, por su propia necedad, se deja cautivar por tales discursos más que por lo escrito con seriedad, y goza con las injurias mientras se fastidia con los elogios, juzgué necesario no dejar tampoco a este sin examen, ya que nos ha acusado abiertamente, como quien presenta cargos ante un tribunal.
Pues también observo que a mucha gente le acompaña este rasgo: disfrutar en extremo cuando alguien que ha empezado a difamar a otro queda él mismo en evidencia por los males que le son propios.
No es fácil recorrer su discurso ni entender con claridad qué quiere decir; pero, en medio de tanta confusión y de tal maraña de mentiras, cabe decir que unas cosas caen en el mismo género de lo ya examinado antes acerca de la emigración de nuestros antepasados desde Mitsraim, otras son una acusación contra los judíos que habitan en Alejandría, y una tercera, mezclada con lo anterior, es una acusación acerca de nuestro culto en el Templo y de las demás observancias.
Que nuestros padres no eran egipcios de raza, ni fueron expulsados de allí por corrupción de sus cuerpos ni por otras calamidades semejantes, creo haberlo demostrado no solo suficientemente, sino incluso más allá de lo debido.
De lo que Apión añade haré mención brevemente.
Dice, en efecto, en el tercer libro de sus Historias de Mitsraim, lo siguiente: «Moshé, según oí de los ancianos de los egipcios, era heliopolitano; y, atado a las costumbres de su patria, elevaba oraciones al aire libre hacia los recintos que tenía el sol, y las dirigía todas hacia el naciente, pues así está orientada también la ciudad de Heliópolis. En lugar de obeliscos erigió columnas, bajo las cuales había esculpida una barca, y sobre ella dispuesta la sombra de un hombre, como significando que este recorre siempre en el éter su camino junto al sol.»
Tal es la admirable prosa del gramático. Su mentira no necesita palabras para refutarse: los hechos mismos la dejan al descubierto. Pues ni el propio Moshé, cuando erigió el primer Mishkán para Dios, puso en él ninguna figura de esa clase ni mandó a los que vinieran después que la hicieran; y quien más tarde construyó el Templo de Yerushaláyim, Shlomo, se abstuvo de todo ese género de extravagancias que Apión ha urdido.
Dice que oyó de los ancianos que Moshé era heliopolitano: es claro que, siendo él mismo más joven, dio crédito a quienes por su edad lo habrían conocido y tratado.
Y siendo gramático, no podría afirmar con certeza cuál es la patria de Homero, el poeta, ni la de Pitágoras, que vivió casi anteayer; pero sobre Moshé, que precede a aquellos en tan enorme número de años, así se pronuncia a la ligera, fiándose del oír decir de unos ancianos, con lo que se ve a las claras que miente.
Y en cuanto a las fechas en que dice que Moshé sacó a los leprosos, los ciegos y los lisiados de los pies, ¡con qué exactitud concuerda con los que le precedieron, según creo, este gramático tan riguroso!
Pues Manetón dice que los judíos salieron de Mitsraim en el reinado de Tetmosis, trescientos noventa y tres años antes de la huida de Dánao a Argos; Lisímaco, que fue en tiempos del rey Bócoris, es decir, mil setecientos años antes; Molón y algunos otros, según a cada cual le pareció.
Pero Apión, el más digno de fe de todos, fijó la salida con precisión en la séptima olimpiada, y en el primer año de esta, aquel en que —dice— los fenicios fundaron Cartago. Añadió sin falta lo de Cartago creyendo que le sería una prueba clarísima de la verdad, sin darse cuenta de que atraía sobre sí mismo la refutación.
Pues si sobre esa cronología hay que fiarse de los registros de los fenicios, en ellos consta que el rey Jiram es anterior a la fundación de Cartago en más de ciento cincuenta años; y de él ya di antes las pruebas sacadas de los registros fenicios, a saber, que Jiram fue amigo de Shlomo, el que edificó el Templo de Yerushaláyim, y contribuyó en mucho a la construcción del Templo. Y el propio Shlomo edificó el Templo seiscientos doce años después de que los judíos salieran de Mitsraim.
En cuanto al número de los expulsados, tras improvisarlo igual que Lisímaco —pues dice que eran ciento diez mil—, aduce una causa admirable y verosímil por la cual, según él, se llamó al Shabat.
«Pues tras caminar —dice— seis días de camino, les salieron tumores en las ingles, y por esa causa reposaron al séptimo día, ya a salvo en la tierra que ahora se llama Judea, y llamaron a ese día sabbaton, conservando la lengua de los egipcios; porque los egipcios llaman al dolor de ingle sabbatosis.»
¿No habría que reírse de semejante disparate o, al contrario, aborrecer la desvergüenza de quien escribe tales cosas? Pues está claro que todos, ciento diez mil hombres, tuvieron a la vez tumores en la ingle.
Ahora bien: si aquellos eran ciegos, cojos y enfermos de toda dolencia, como dice Apión, no habrían podido avanzar ni un solo día de camino; y si eran capaces de andar por un vasto desierto y, encima, de vencer combatiendo a cuantos se les oponían, no les habrían salido a todos tumores de golpe después del sexto día.
Pues ni tal cosa les sobreviene por naturaleza a los que caminan por necesidad —muchas decenas de miles de soldados marchan durante muchos días su jornada regular—, ni es verosímil que ocurriera así por azar: sería lo más absurdo de todo.
Pero el admirable Apión, tras haber dicho antes que en seis días llegaron a Judea, dice luego que Moshé subió al monte que está entre Mitsraim y Arabia, el llamado Sinaí, y allí estuvo oculto cuarenta días, y que al bajar de allí dio a los judíos las leyes. Y sin embargo, ¿cómo es posible que los mismos hombres permanecieran cuarenta días en un lugar desierto y sin agua, y recorrieran todo el trecho intermedio en seis días?
Y la alteración gramatical del nombre del Shabat encierra mucha desvergüenza o una tremenda ignorancia: pues sabbo y sabbaton difieren muchísimo entre sí. El sabbaton, en la lengua de los judíos, significa el descanso de toda obra; mientras que sabbo, según él mismo dice, significa entre los egipcios el dolor de ingle.
Tales novedades acerca de Moshé y de la salida de los judíos de Mitsraim inventó el egipcio Apión, discurriendo por encima de los demás. ¿Y qué tiene de extraño que mienta acerca de nuestros antepasados, diciendo que eran egipcios de raza?
Pues sobre sí mismo mintió al revés: nacido en un Oasis de Mitsraim, siendo el más egipcio de todos los egipcios, por así decirlo, renegó de su verdadera patria y de su raza, y mintiendo al proclamarse alejandrino confiesa la vileza de su linaje.
Con razón, pues, llama egipcios a aquellos a quienes odia y quiere injuriar; porque si no tuviera a los egipcios por gente vilísima, no habría renegado de su raza, ya que los que se enorgullecen de sus patrias se honran a sí mismos llevando su nombre y ponen en evidencia a quienes injustamente lo reclaman.
Respecto a nosotros, los egipcios se hallan en una de dos: o pretenden el parentesco como quien se envanece, o nos arrastran a compartir su mala fama.
Pero el noble Apión parece haber querido ofrecer a los alejandrinos, como una especie de pago por la ciudadanía que le fue concedida, la difamación contra nosotros; y conociendo su aversión hacia los judíos que conviven con ellos en Alejandría, se propuso injuriar a aquellos, pero abarcando también a todos los demás, mintiendo sin vergüenza en ambos casos.
Veamos, pues, cuáles son esas cosas terribles y odiosas de las que ha acusado a los judíos que habitan en Alejandría. «Venidos —dice— de Siria, se establecieron junto a un mar sin puertos, vecinos al lugar donde rompen las olas.»
Pues bien: si el lugar merece injuria, entonces injuria a Alejandría, que él llama —sin ser su patria— la suya; porque también la parte costera pertenece a Alejandría y es, como todos reconocen, la mejor para habitar.
Y si los judíos la ocuparon por la fuerza, sin ser luego expulsados, ello es para ellos prueba de valentía; pero fue Alejandro quien les dio ese lugar para habitar, y obtuvieron entre los macedonios igual honor.
No sé qué habría dicho Apión si se hubieran asentado junto a la necrópolis y no junto al barrio real; pues hasta hoy su tribu lleva el nombre de «los macedonios».
Si hubiera leído las cartas del rey Alejandro y las de Tolomeo hijo de Lago y las de los reyes de Mitsraim que le siguieron, y hubiera dado con los documentos y con la estela erigida en Alejandría que contiene los derechos que el gran César concedió a los judíos —si, digo, conociendo todo esto se atrevió a escribir lo contrario, era un malvado; y si nada de ello sabía, un ignorante.
Y en cuanto a su asombro de que, siendo judíos, se llamen alejandrinos, es de la misma ignorancia; pues todos los que son llamados a una colonia, por mucho que difieran entre sí en su origen, toman el nombre de sus fundadores.
¿Y qué falta hace hablar de los demás? Los propios judíos que habitan en Antioquía se llaman antioquenos, porque el fundador Seleuco les concedió la ciudadanía; y del mismo modo los de Éfeso y del resto de Jonia llevan el mismo nombre que los ciudadanos nativos, por habérselo otorgado los diádocos.
¿Y no ha compartido acaso la magnanimidad de los romanos su propio nombre con casi todos —no solo con hombres, sino con grandes naciones enteras? Así, los antiguos íberos, los tirrenos y los sabinos se llaman romanos.
Y si Apión suprime este modo de conceder la ciudadanía, que deje de llamarse a sí mismo alejandrino; pues, nacido —como dije antes— en lo más hondo de Mitsraim, ¿cómo sería alejandrino si se aboliera la ciudadanía por concesión, tal como él mismo la ha juzgado inválida en nuestro caso? Y eso que solo a los egipcios los romanos, dueños ahora del mundo, les han prohibido acceder a ciudadanía alguna.
Pero él es tan noble que, pretendiendo participar de aquello mismo que se le negaba, se puso a calumniar a quienes la recibieron con justicia; pues no fue por falta de pobladores para la ciudad que fundaba con tanto esmero por lo que Alejandro reunió allí a algunos de los nuestros, sino que, tras examinar cuidadosamente a todos por su valor y su lealtad, otorgó a los nuestros ese honor.
Pues honraba a nuestro pueblo, como también dice de nosotros Hecateo: que, por la equidad y la lealtad que le mostraron los judíos, les añadió la región de Shomrón para que la tuvieran libre de tributo.
De modo semejante a Alejandro pensó también Tolomeo hijo de Lago acerca de los que habitaban en Alejandría; pues les confió las fortalezas de Mitsraim, suponiendo que las guardarían con lealtad y con nobleza a un tiempo; y queriendo dominar firmemente Cirene y las demás ciudades de Libia, envió a ellas parte de los judíos a poblarlas.
Y el que le sucedió, Tolomeo apellidado Filadelfo, no solo devolvió a cuantos de los nuestros tenía cautivos, sino que además les regaló muchas veces dinero, y, lo más grande, se hizo deseoso de conocer nuestras leyes y de leer los libros de las Sagradas Escrituras.
Envió, en efecto, pidiendo que se le mandaran hombres que le tradujeran la Torá, y encargó el cuidado de que aquello se pusiera bien por escrito no a cualesquiera, sino a Demetrio de Falero, a Andreas y a Aristeas: a Demetrio, que sobresalía en cultura entre los de su tiempo, y a los otros, a quienes tenía encomendada la guardia de su persona, los puso al frente de ese cuidado. No habría deseado aprender a fondo nuestras leyes y nuestra ancestral filosofía si hubiera despreciado a los hombres que las siguen, en lugar de admirarlos grandemente.
Pero a Apión se le pasaron por alto casi por completo, uno tras otro, los reyes macedonios, sus antepasados, que estuvieron con nosotros en los términos más cordiales; pues también el tercer Tolomeo, el llamado Evergetes, tras conquistar por la fuerza toda Siria, no ofreció los sacrificios de acción de gracias por la victoria a los dioses de Mitsraim, sino que, llegando a Yerushaláyim, ofreció a Dios muchos sacrificios según es costumbre entre nosotros, y consagró ofrendas dignas de la victoria.
Y Tolomeo Filométor y su mujer Cleopatra confiaron a los judíos todo su reino, y fueron generales de todo el ejército los judíos Onías y Dositeo, cuyos nombres se burla Apión, cuando debería admirar sus obras y, lejos de injuriarlos, estarles agradecido por haber salvado a Alejandría, cuya ciudadanía él reclama.
Pues cuando aquellos guerreaban contra la reina Cleopatra y estaban en peligro de perecer miserablemente, ellos negociaron un acuerdo y la libraron de los males de la guerra civil. «Pero después de esto —dice— Onías condujo un ejército contra la ciudad, estando allí presente Termo, el legado de los romanos.»
Y yo diría que lo hizo con rectitud y con toda justicia. Pues Tolomeo, el apellidado Fiscón, muerto su hermano Tolomeo Filométor, salió de Cirene con intención de expulsar a Cleopatra del reino y a los hijos del rey, para arrogarse él mismo el trono injustamente.
Por eso, pues, Onías emprendió la guerra contra él en favor de Cleopatra, y la lealtad que había tenido hacia los reyes no la abandonó de ningún modo en la necesidad.
Y Dios, testigo de su justicia, se manifestó claramente; pues Tolomeo Fiscón, cuando se dispuso a combatir contra el ejército de Onías, y habiendo apresado a todos los judíos de la ciudad con sus hijos y mujeres, y arrojándolos desnudos y encadenados bajo los elefantes para que perecieran pisoteados por ellos, y habiendo para ello embriagado a las mismas bestias, obtuvo lo contrario de lo que había preparado.
Pues los elefantes, dejando de lado a los judíos que les habían echado delante, se lanzaron contra sus amigos y mataron a muchos de ellos. Y después de esto, Tolomeo contempló una aparición terrible que le prohibía dañar a aquellos hombres; y como su concubina predilecta —a la que unos llaman Ítaca y otros Irene— le suplicara que no cometiera tamaña impiedad, cedió a ella e hizo penitencia de lo que ya había hecho o iba a hacer. De ahí que con razón los judíos establecidos en Alejandría celebren ese día, por cuanto abiertamente merecieron de Dios la salvación.
Pero Apión, calumniador de todo, se atrevió a acusar a los judíos incluso por la guerra sostenida contra Fiscón, cuando debería haberlos elogiado. Menciona además a la última Cleopatra, reina de los alejandrinos, como reprochándonos que fuera ingrata con nosotros, en lugar de esforzarse por reprobarla a ella; a ella, a quien no le faltó ninguna clase de injusticia ni de malas obras, ni contra los allegados de su linaje, ni contra sus propios maridos, que hasta la amaron, ni, en general, contra todos los romanos y contra los emperadores que la beneficiaron; a ella, que mató en el templo a su hermana Arsínoe, que en nada la dañaba, y que quitó la vida a su hermano mediante asechanzas, y saqueó los dioses paternos y los sepulcros de sus antepasados; y que, habiendo recibido el reino del primer César, se atrevió a rebelarse contra el hijo y sucesor de este, y, corrompiendo a Antonio con artes amorosas, lo hizo enemigo de su propia patria y desleal para con sus amigos, despojando a unos de su condición regia y empujando a otros, enloquecidos, a obrar el mal.
Pero ¿qué falta hace decir más, cuando a él mismo —su marido y el padre de los hijos que tenían en común— lo abandonó en el combate naval y lo obligó a entregar el ejército y el mando y a seguirla a ella?
Y por último, tomada Alejandría por César, llegó a tal punto que juzgó que su única salvación estaba en poder matar por su propia mano a los judíos, por lo cruel y desleal que era con todos. ¿Y crees que no hemos de gloriarnos si, como dice Apión, en tiempo de hambre no se repartió trigo a los judíos?
Pero ella recibió el castigo que merecía; y nosotros tenemos por testigo al gran César de la lealtad y de los servicios que le prestamos contra los egipcios, y además al senado y a sus decretos, y a las cartas de César Augusto, por las cuales se acreditan nuestros méritos.
Esas cartas debía Apión examinar, y sopesar según su clase los testimonios dados bajo Alejandro y bajo todos los Tolomeos, y lo establecido por el senado y por los más grandes emperadores romanos.
Y si Germánico no pudo repartir grano a todos los que residían en Alejandría, eso es indicio de la esterilidad y de la escasez de trigo, no una acusación contra los judíos. Pues qué han pensado todos los emperadores acerca de los judíos residentes en Alejandría, está claro; porque la administración del trigo no se les quitó a ellos más que a los demás alejandrinos, y conservaron la máxima confianza que antiguamente les habían dado los reyes, es decir, la custodia del río y de toda la vigilancia, no juzgándolos en modo alguno indignos de tales cargos.
Pero además de esto: «¿Cómo es —dice—, si son ciudadanos, que no adoran a los mismos dioses que los alejandrinos?» A lo cual respondo: ¿cómo es que vosotros, siendo egipcios, contendéis entre vosotros con gran guerra e implacablemente por la religión?
¿O acaso, por eso, no os llamamos a todos egipcios, y ni siquiera hombres en común, porque adoráis animales contrarios a nuestra naturaleza, alimentándolos con mucho esmero, aunque el género de todos nosotros parezca uno y el mismo?
Y si entre vosotros los egipcios hay tan grandes diferencias de opiniones, ¿por qué te asombras de aquellos que vinieron a Alejandría desde otra parte, si en tales asuntos han permanecido fieles a las leyes establecidas desde el principio?
Y él nos imputa además ser causa de sediciones; pero si con verdad acusa por esto a los judíos establecidos en Alejandría, ¿por qué nos culpa a todos, dondequiera que estemos, por el hecho de que se nos conoce por vivir en concordia? Es más: cualquiera descubrirá que los autores de las sediciones fueron ciudadanos alejandrinos semejantes a Apión. Pues mientras fueron griegos y macedonios los que tenían esa ciudadanía, no promovieron sedición alguna contra nosotros, sino que respetaron nuestras antiguas festividades. Pero cuando la multitud de egipcios creció entre ellos por las convulsiones de los tiempos, también esto se sumó siempre a lo demás. Nuestra raza, en cambio, permaneció pura.
Fueron, pues, ellos el origen de este malestar, ya que el pueblo no tenía ni la constancia macedonia ni la prudencia griega, sino que todos, claro está, seguían las malas costumbres de los egipcios y ejercían contra nosotros sus antiguas enemistades.
Pues al contrario ha sucedido lo que se atreven a echarnos en cara; porque siendo muchos de ellos quienes indebidamente poseen el derecho de esa ciudadanía, llaman extranjeros a quienes es notorio que ese privilegio les fue concedido a todos.
Pues a los egipcios ni ninguno de los reyes parece haberles otorgado el derecho de ciudadanía, ni tampoco ahora ninguno de los emperadores; en cambio, a nosotros nos introdujo Alejandro, los reyes nos lo aumentaron y los romanos se han dignado guardarlo siempre.
Así pues, Apión intentó denigrarnos porque no erigimos imágenes de los emperadores, como si estos lo ignoraran o necesitaran de la defensa de Apión, cuando más bien debía admirar la magnanimidad y la mesura de los romanos, ya que no obligan a sus súbditos a traspasar las leyes patrias, sino que reciben los honores tal como es piadoso y legítimo que los ofrezcan quienes los rinden; pues no agradecen los honores que se les tributan por necesidad y violencia.
A los griegos, pues, y a algunos otros les parece bien erigir imágenes; y hasta se regocijan pintando las figuras de sus padres, esposas e hijos; algunos incluso adquieren imágenes de personas que nada les tocan, y otros lo hacen por afecto a sus siervos. ¿Qué tiene, pues, de extraño que rindan también este honor a sus príncipes y señores?
Además, nuestro legislador —no como quien profetizara que el poder de los romanos no había de ser honrado, sino despreciando una práctica inútil tanto para Dios como para los hombres, y porque probó que toda cosa animada, y mucho más la inanimada, es inferior a Dios— prohibió fabricar imágenes.
Pero no prohibió honrar, con otros honores después de Dios, a los hombres buenos; y con tales dignidades ensalzamos nosotros tanto a los emperadores como al pueblo de los romanos.
Y ofrecemos por ellos sacrificios continuos; y no solo celebramos tales ofrendas cada día a costa común de todos los judíos, sino que, aun no ofreciendo del fondo común ningunas otras víctimas ni siquiera por nuestros hijos, solo a los emperadores rendimos por igual este honor especial, que a ningún otro hombre tributamos.
Sirva, pues, esto en común como respuesta a Apión sobre lo que ha dicho acerca de Alejandría.
Me asombran también quienes le suministraron tal yesca —es decir, Posidonio y Apolonio Molón—, porque, aunque nos acusan de no adorar a los mismos dioses que los demás, mienten a la par componiendo blasfemias impropias contra nuestro Templo, sin creer que obran impíamente, cuando es de lo más vergonzoso mentir por cualquier motivo tratándose de gente libre, y mucho más acerca de un Templo célebre entre todos los hombres y de tanta santidad.
Pues en este santuario se atrevió Apión a afirmar que los judíos colocaron una cabeza de asno, y que la adoran y la tienen digna de tanta veneración; y asegura que ello quedó al descubierto cuando Antíoco Epífanes despojó el Templo, y aquella cabeza fue hallada, hecha de oro y de gran valor.
A esto, ante todo, respondo lo primero: que, aun siendo egipcio, si algo semejante hubiera habido entre nosotros, en modo alguno debía censurarlo, pues no es peor un asno que las comadrejas, los machos cabríos y los demás que entre ellos son dioses.
Y en segundo lugar, ¿cómo no advirtió que los hechos lo desmienten en su increíble embuste? Pues nos regimos siempre por las mismas leyes, en las que nos mantenemos sin cesar; y aunque diversas desgracias han sacudido nuestra ciudad, como también a las demás, y aunque Pío, Pompeyo Magno, Licinio Craso y, por último, Tito César, vencedores en la guerra, se apoderaron del Templo, nada de esa clase hallaron allí, sino la más pura piedad, de la cual nada nos es lícito revelar a los extraños.
Y que Antíoco no hizo un saqueo justo del Templo, sino que llegó a ello por falta de dinero, sin ser enemigo, y que nos atacó a nosotros, sus auxiliares y amigos, sin hallar allí nada digno de burla, lo atestiguan muchos y dignos escritores: Polibio de Megalópolis, Estrabón de Capadocia, Nicolao de Damasco, Timágenes, Cástor el cronista y Apolodoro; todos dicen que Antíoco, necesitado de dinero, quebrantó los tratados con los judíos y despojó el Templo, lleno de oro y plata.
Esto debía haberlo tenido en cuenta Apión, si no hubiera tenido él mismo más bien corazón de asno y la desvergüenza del perro, que entre ellos suele ser adorado; pues no ha mentido por ningún razonamiento venido de fuera.
Nosotros, en cambio, no rendimos a los asnos ni honor ni potestad alguna, como los egipcios a los cocodrilos y a los áspides, cuando tienen por felices y dignos de Dios a quienes son mordidos por estos o arrebatados por los cocodrilos.
Los asnos son para nosotros lo que para otros los hombres sensatos: soportan las cargas que se les imponen; y si al acercarse a las eras comen, o no cumplen el camino que se les señala, reciben muchísimos golpes, puesto que sirven para las labores y para las tareas necesarias de la agricultura.
Pero, o fue Apión el más torpe de todos para componer palabras engañosas, o bien, partiendo de hechos, no fue capaz de llevarlos a término, ya que ninguna blasfemia puede prosperar contra nosotros.
Añadió otra fábula, llena de menosprecio hacia nosotros, tomada de los griegos; sobre la cual bastará decir esto: que quienes se atreven a hablar de piedad deben saber que es menos impuro pasar por los templos que componer palabras criminales contra los sacerdotes.
Pero estos se empeñaron más en defender a un rey sacrílego que en escribir cosas justas y verdaderas acerca de nosotros y de nuestro Templo; pues, queriendo favorecer a Antíoco y encubrir su deslealtad y su sacrilegio —de que usó contra nuestro pueblo por falta de dinero—, nos denigraron mintiendo incluso sobre lo que habría de decirse en el futuro.
Apión se hizo profeta de los demás y dijo que Antíoco halló en el Templo un lecho, y a un hombre tendido en él, y puesta ante él una mesa llena de manjares del mar, de la tierra y de aves, y que aquel hombre quedó atónito.
Que enseguida veneró la entrada del rey, como si fuera a brindarle el mayor consuelo; y postrándose a sus rodillas, con la diestra extendida, le pidió la libertad; y cuando el rey le mandó tener confianza y decir quién era, por qué habitaba allí y cuál era la causa de sus manjares, entonces —dice— el hombre, entre gemidos y lágrimas, refirió lastimosamente su desventura.
Dijo que él era griego, y que, mientras recorría la provincia para ganarse la vida, fue de pronto arrebatado por hombres de otra raza y llevado al Templo y encerrado allí, sin ser visto por nadie, y cebado con toda suerte de manjares.
Y que al principio esos beneficios inesperados le trajeron y le procuraron alegría, luego sospecha, después estupor; y por fin, consultando a los sirvientes que se le acercaban, oyó la inefable ley de los judíos, en virtud de la cual era alimentado, y que ellos hacían esto cada año en un tiempo señalado.
Que apresaban a un griego extranjero, lo cebaban durante un año y, llevándolo a cierto bosque, mataban a aquel hombre y sacrificaban su cuerpo según sus ritos, y gustaban de sus entrañas, y prestaban juramento, al inmolar al griego, de tener enemistad contra los griegos; y luego arrojaban a cierta fosa los restos del hombre que perecía.
Y refiere que el hombre dijo que le quedaban ya pocos días de vida, y que le rogó que, respetando a los dioses de los griegos y burlando en su propia sangre las asechanzas de los judíos, lo librara de los males que le rodeaban.
Semejante fábula no solo está llenísima de todo dramatismo, sino que además rebosa de una crueldad desvergonzada; y, con todo, no libra a Antíoco del sacrilegio, como pensaron quienes escribieron esto para congraciarse con él; pues no emprendió nada semejante para llegar al Templo, sino que —según dicen— halló lo que no esperaba. Fue, pues, por su voluntad, inicuo, impío y no menos ateo, según cuanto ordenó la desmesura de la mentira, que de la cosa misma es facilísimo reconocer.
Pues no solo con los griegos existe, según se dice, discordia de leyes, sino sobre todo con los egipcios y con muchísimos otros. ¿A cuál de estos no le ha tocado alguna vez peregrinar entre nosotros, para que renováramos la conjura solo contra los griegos con derramamiento de sangre?
¿O cómo es posible que todos los judíos se reunieran para tales sacrificios, y que las entrañas de uno bastaran para que las gustaran tantos miles, como dice Apión?
¿O por qué al hombre hallado —quienquiera que fuese, pues no lo consignó con su nombre— no lo devolvió el rey a su patria con pompa, cuando, haciéndolo, podría él mismo ser tenido por piadoso y por eximio amigo de los griegos, y obtener grandes consuelos de todos contra el odio a los judíos?
Pero dejo esto; pues a los insensatos conviene refutarlos no con palabras, sino con hechos. Saben, pues, todos los que han visto cómo era la construcción de nuestro Templo, y la inviolable integridad de su pureza.
Tenía en efecto cuatro pórticos alrededor, y cada uno de ellos tenía su propia guardia según la ley. Al exterior, pues, podían entrar todos, incluso los extranjeros; solo se prohibía el paso a las mujeres en su menstruación.
Al segundo pórtico entraban todos los judíos y sus esposas, cuando estaban limpias de toda impureza; al tercero, los varones judíos que estuvieran limpios y purificados; al cuarto, los sacerdotes revestidos de las vestiduras sacerdotales; y al santuario interior, solo los sumos sacerdotes, ceñidos con su vestidura propia.
Y es tan grande la previsión piadosa en todo, que se estableció que los sacerdotes entraran a ciertas horas; pues, abierto el Templo por la mañana, debían entrar los que iban a ofrecer los sacrificios prescritos, y de nuevo al mediodía, hasta que se cerraba el Templo.
En fin, ni siquiera está permitido llevar vaso alguno al Templo, sino que solo había colocados en él un altar, una mesa, un incensario y un candelabro, todo lo cual está también escrito en la Torá.
Pues nada más se hace allí, ni se celebran misterios inefables de ninguna clase, ni dentro se sirve banquete alguno. Todo lo que se ha dicho tiene el testimonio de todo el pueblo y la evidencia de los hechos.
Pues aunque hay cuatro tribus de sacerdotes, y cada una de estas tribus tiene más de cinco mil hombres, se hace, sin embargo, el servicio por turnos en días determinados; y pasados estos, otros vienen a suceder en los sacrificios, y, reunidos en el Templo a mediodía, reciben de los anteriores las llaves del Templo y todos los vasos según su número, sin que se lleve al Templo nada que atañe a comida o bebida.
Pues está prohibido ofrecer también en el altar tales cosas, salvo aquellas que se preparan para los sacrificios. ¿Qué diremos, entonces, que es Apión, sino alguien que, sin examinar nada de esto, profirió palabras increíbles? Pero es vergonzoso; pues, como gramático, no prometió ofrecer el verdadero conocimiento de la historia.
Y conociendo la piedad de nuestro Templo, la pasó por alto, y en cambio fingió el apresamiento de un hombre griego, y un pasto inefable, y la opulentísima abundancia de manjares, y siervos que entran donde ni a los más nobles de los judíos les es lícito entrar, a no ser que sean sacerdotes.
Esto, pues, es la peor impiedad y una mentira deliberada para seducir a quienes no quieren escudriñar la verdad. Pues con tales males inefables, que se han referido, intentaron denigrarnos.
Y de nuevo, como el más piadoso, se mofa añadiendo a su fábula a Mnaseas. Pues dice que este refirió que, teniendo los judíos guerra contra los judíos durante largo tiempo en cierta ciudad de los judíos llamados dorios, uno de los de aquella ciudad, que adoraba a Apolo, vino a los judíos —dice que el nombre de este hombre era Zabidón— y les prometió que les entregaría a Apolo, dios de los dorienses, y que este vendría a nuestro Templo si todos se retiraban.
Y que toda la multitud de los judíos lo creyó; y que Zabidón fabricó cierto artificio de madera, se lo puso alrededor, y fijó en él tres hileras de lámparas, y así caminó, de modo que, a quienes estaban lejos, les parecía como si estrellas recorrieran la tierra.
Y que los judíos, atónitos ante lo insólito del espectáculo, se mantenían quietos, a distancia; y que Zabidón, con toda tranquilidad, entró en el Templo, arrancó la áurea cabeza del asno —pues así lo escribió con su gracejo— y de nuevo se volvió a toda prisa a Dora.
¿Diríamos también nosotros, entonces, que Apión carga sobre el asno —es decir, sobre sí mismo— y lo hace ir cargado hasta los topes de necedad y de mentiras? Pues escribe de lugares que no existen y, por ignorancia, cambia de sitio ciudades.
En efecto, Idumea linda con nuestra tierra, situada junto a Gaza, y en ella no hay ninguna ciudad llamada Dora; en cambio, en Fenicia, junto al monte Carmelo, hay una ciudad llamada Dora, que nada tiene que ver con los disparates de Apión, pues dista de Judea cuatro días de camino.
¿Por qué, además, nos acusa de no tener dioses comunes con los demás, si tan fácilmente se persuadieron nuestros padres de que Apolo vendría a ellos, y creyeron verlo caminar por la tierra entre los astros?
Pues es evidente que quienes celebran tantas y tan grandes iluminaciones de lámparas jamás habían visto antes una lámpara —ni nadie salió al encuentro de aquel hombre mientras caminaba por la región de tantos millares—, y encontró desguarnecidas de guardias incluso las murallas, hallándose en guerra. Lo demás lo dejo pasar.
Las puertas del Templo tenían sesenta codos de alto y veinte de ancho, todas recubiertas de oro y casi macizas a golpe de martillo; cada día las cerraban no menos de doscientos hombres, y dejarlas abiertas era ilícito. Con facilidad, pues, iba a abrirlas aquel portador de lámparas, que llevaba —según creía él— la cabeza del asno. Ahora bien, ¿la devolvió otra vez a nosotros, o la tomó y se marchó llevándosela, para que Antíoco la encontrara y diera pie a una segunda fábula de Apión?
Miente además al atribuirnos un juramento: que juramos por Dios, el que hizo el cielo, la tierra y el mar, no mostrar buena voluntad a ningún extranjero, y sobre todo a los griegos. Pero, ya que mentía, debió decir de una vez que no la mostraríamos a ningún extranjero, y sobre todo a los egipcios; así lo del juramento habría casado con las patrañas que él mismo inventó desde el principio, si de veras nuestros padres hubieran sido expulsados por los egipcios, sus parientes, no por maldad, sino a causa de desgracias. De los griegos, en cambio, nos separan más los lugares que las costumbres, de modo que no tenemos con ellos enemistad alguna ni rivalidad. Al contrario: muchos de ellos han venido a acogerse a nuestras leyes, y unos han perseverado, mientras que otros, no soportando la disciplina, se apartaron de nuevo. Y de estos nunca ninguno dijo haber oído entre nosotros pronunciar tal juramento; solo Apión, al parecer, lo oyó: pues él mismo fue quien lo compuso.
Muy digna de admiración es, sin duda, la gran sagacidad de Apión también por lo que va a decir a continuación. Afirma, en efecto, que es prueba de que ni nos regimos por leyes justas ni honramos a Dios como corresponde el que estemos sometidos a naciones —unas veces a unas, otras a otras— y el que hayamos padecido ciertas desgracias en nuestra ciudad. ¡Como si ellos fueran de una ciudad soberanísima y estuvieran acostumbrados desde antiguo a mandar sobre los romanos, y no a servirlos! Y sin embargo, cualquiera se abstendría de semejante fanfarronería. Pues no hay hombre alguno que no diga que este argumento de Apión se vuelve suficientemente contra él mismo: a pocos les ha tocado gobernar largo tiempo, y a estos los cambios de fortuna los sometieron de nuevo a servir a otros, mientras que la mayoría de los pueblos ha obedecido muchas veces a otros.
Solo los egipcios, entonces, por haberse refugiado —según dicen— sus dioses en su tierra y haberse salvado transformándose en figuras de animales, ¿habrían obtenido el privilegio excepcional de no servir a ninguno de los que dominaron Asia o Europa, ellos que ni un solo día en toda su historia alcanzaron la libertad, ni siquiera bajo sus propios señores de casa? Del modo en que los trataron los persas, no una sola vez sino muchas, saqueando sus ciudades, arrasando sus templos, degollando a los que ellos tenían por dioses, no voy a hacer reproche; pues no conviene imitar la ignorancia de Apión, que no reparó ni en la suerte de los atenienses ni en la de los lacedemonios, de quienes todos dicen que fueron los unos los más valientes y los otros los más piadosos de los griegos.
Dejo de lado a los reyes célebres por su piedad —entre ellos, Creso— y las desgracias de vida que padecieron; dejo la Acrópolis de los atenienses reducida a cenizas, el templo de Éfeso, el de Delfos, y otros mil, y nadie lo reprochó a los que lo padecieron, sino a los que lo hicieron. Un acusador nuevo nuestro ha resultado ser Apión, olvidado de sus propios males en torno a Mitsraim; pero fue Sesostris, el fabuloso rey de Mitsraim, quien lo cegó. Nosotros, en cambio, no diríamos otro tanto de nuestros reyes David y Shlomo, que sometieron a muchas naciones.
A estos, pues, dejémoslos de lado. Pero lo que todos conocen, Apión lo ha ignorado: que, mientras mandaban en Asia los persas y después de ellos los macedonios, los egipcios servían en nada distintos de esclavos, mientras que nosotros, siendo libres, gobernábamos además sobre las ciudades vecinas cerca de ciento veinte años, hasta Pompeyo el Grande; y cuando todos los reyes de todas partes fueron sometidos por los romanos, solo los nuestros, por su lealtad, fueron conservados como aliados y amigos.
«Pero no hemos producido hombres admirables, como inventores de algún arte o sobresalientes en sabiduría.» Y enumera a Sócrates, a Zenón, a Cleantes y a otros parecidos. Y luego, lo más asombroso de cuanto ha dicho, se añade a sí mismo a los mencionados y felicita a Alejandría por tener semejante ciudadano; pues necesitaba ser testigo de sí mismo, ya que a todos los demás les parecía un demagogo perverso, corrompido en su vida y en su palabra, de suerte que con razón compadecería uno a Alejandría, si de veras se enorgullecía de él. En cuanto a los hombres que ha habido entre nosotros, no menos dignos de elogio que cualquier otro, lo saben quienes se han acercado a nuestras Antigüedades.
Lo demás de lo escrito en su acusación acaso habría valido la pena dejarlo sin réplica, para que fuese él mismo su propio acusador y el de los demás egipcios; pues nos reprocha que sacrifiquemos animales y que no comamos cerdo, y se burla de la circuncisión de los genitales. Ahora bien, lo del sacrificio de animales domésticos es común también a todos los demás hombres, y Apión, al reprochárselo a quienes sacrifican, se ha delatado a sí mismo como de raza egipcia; pues, de ser griego o macedonio, no se habría irritado: estos hacen votos de sacrificar hecatombes a los dioses y usan las víctimas para el banquete, y no por eso ha quedado el mundo despoblado de ganado, como Apión temió. Si, en cambio, todos siguieran las costumbres de los egipcios, el mundo quedaría despoblado de hombres y se llenaría de las bestias más feroces, a las que ellos, teniéndolas por dioses, alimentan con esmero.
Y en verdad, si alguien le preguntara cuáles de todos los egipcios considera más sabios y temerosos de Dios, sin duda respondería que los sacerdotes; pues dicen que dos cosas les fueron encomendadas por los reyes desde el principio: el culto de los dioses y el cuidado de la sabiduría. Pues bien, todos ellos se circuncidan y se abstienen de comer cerdo, y ni uno solo tampoco de los demás egipcios sacrifica un cerdo a los dioses. ¿Estaba, pues, ciego de entendimiento Apión cuando se comprometió a injuriarnos en favor de los egipcios y acabó acusándolos a ellos, que no solo practican las costumbres que él vitupera, sino que enseñaron a los demás a circuncidarse, como ha dicho Heródoto? Por eso me parece justo que Apión pagara la pena debida por su blasfemia contra las leyes de sus padres: fue circuncidado por necesidad, al formársele una úlcera en el miembro, y, sin sacar ningún provecho de la circuncisión, sino pudriéndose entre terribles dolores, murió. Porque los hombres sensatos deben atenerse escrupulosamente a sus propias leyes en materia de piedad y no injuriar las de los demás; él, en cambio, huyó de las suyas y mintió sobre las nuestras. Este fue para Apión el fin de su vida, y sea este también aquí nuestro término del discurso.
Puesto que también Apolonio Molón, y Lisímaco, y algunos otros —unos por ignorancia, pero la mayoría por malevolencia— han hecho sobre Moshé, nuestro legislador, y sobre las leyes, discursos ni justos ni verdaderos, calumniándolo a él como impostor y embaucador, y afirmando que las leyes son para nosotros maestras de maldad y de ninguna virtud, quiero hablar sucintamente, en la medida de mis fuerzas, tanto de toda nuestra constitución política como de sus puntos particulares. Pues creo que quedará claro que, para la piedad, para la vida en común los unos con los otros, para la benevolencia universal hacia el hombre, y además para la justicia, la constancia en las fatigas y el desprecio de la muerte, tenemos las leyes mejor dispuestas.
Ruego a quienes lean este escrito que no hagan la lectura con envidia; pues no me he propuesto componer un elogio de nosotros mismos, sino que, acusados de muchas cosas y falsas, considero que esta es la defensa más justa: la que se apoya en las leyes conforme a las cuales vivimos sin cesar. Además, Apolonio no dispuso su acusación de un modo compacto, como Apión, sino dispersa, y así, diciendo tan pronto una cosa como otra, unas veces nos injuria como ateos y enemigos del género humano, otras nos echa en cara la cobardía, y en cambio, en ocasiones, nos acusa de temeridad y locura. Dice también que somos los más ineptos de los bárbaros y que por eso somos los únicos que no hemos aportado a la vida invención alguna. Todo esto, creo yo, quedará refutado con claridad si se muestra que lo contrario de lo dicho está prescrito por nuestras leyes y es practicado por nosotros con toda exactitud.
Y si, forzado, me viera obligado a mencionar lo que entre otros está establecido de modo contrario, justo es que carguen con la culpa quienes pretenden comparar lo nuestro como si fuera peor; a ellos no les quedará posibilidad de decir ni que no tenemos estas leyes —de las que expondré las más capitales— ni que no somos, más que todos, los más fieles a nuestras propias leyes.
Retomando, pues, el hilo desde un poco atrás, esto diría en primer lugar: que quienes, frente a los que viven sin ley y sin orden, se hicieron amantes del orden y de la comunión bajo la ley, y fueron los primeros en iniciarla, con razón podrían ser reconocidos como los que aventajan en mansedumbre y en virtud natural. Sin duda, cada pueblo intenta remontar sus propias instituciones a lo más antiguo, para no parecer que imitan a otros, sino que ellos mismos han sido guías de los demás en el vivir conforme a la ley. Siendo así las cosas, la virtud del legislador está en discernir lo mejor y persuadir a quienes han de servirse de lo que él establece, mientras que a la multitud le corresponde perseverar en todo lo que se ha resuelto y no cambiar nada de ello ni por prosperidades ni por desgracias.
Afirmo, pues, que nuestro legislador aventaja en antigüedad a cuantos legisladores se recuerdan en cualquier parte; porque los Licurgos, los Solones, Zaleuco el de los locros y todos los admirados entre los griegos aparecen, comparados con aquel, como nacidos apenas ayer o anteayer, hasta el punto de que ni siquiera el nombre mismo de «ley» se conocía antiguamente entre los griegos. Testigo es Homero, que en ninguna parte de su poesía lo usó; pues no existía en su tiempo, sino que las multitudes se gobernaban por decisiones imprecisas y por las órdenes de los reyes, y a partir de entonces siguieron aún mucho tiempo sirviéndose de costumbres no escritas, cambiando muchas de ellas continuamente según lo que se presentaba.
Nuestro legislador, en cambio, siendo antiquísimo —cosa que sin duda reconocen incluso quienes todo lo dicen contra nosotros—, se mostró a sí mismo el mejor guía y consejero de las multitudes, y, abarcando en la ley toda la ordenación de su vida, los persuadió a aceptarla y dispuso que se guardara firmísima para siempre.
Veamos la primera de sus grandes obras. Cuando a nuestros antepasados les pareció bien abandonar Mitsraim y volver a la tierra de sus padres, aquel, tomando a los muchos millares, los salvó y los puso a salvo de muchos e insuperables peligros; pues tuvieron que atravesar el desierto sin agua y mucha arena, vencer a enemigos, y a la vez salvar, combatiendo, a sus hijos, a sus mujeres y su botín. En todo ello fue a la par excelentísimo general, sagacísimo consejero y verísimo protector de todos. Logró que toda la multitud dependiera de él, y, teniéndolos obedientes en todo —en lugar de mandarlos por la fuerza—, no aprovechó nada de esto para provecho propio, sino que, en el mismo momento en que sobre todo los que están al frente se rodean de poderes y de tiranías y acostumbran a las multitudes a vivir en mucho desorden, en ese punto, establecido él en tal autoridad, juzgó, por el contrario, que debía ser piadoso y procurar mucha buena voluntad a los pueblos, pensando que así mostraría del mejor modo su propia virtud y ofrecería la salvación más segura a quienes lo habían hecho su guía.
Como su noble propósito y sus grandes acciones tenían buen éxito, con razón creía tener por guía y consejero a Dios, y, habiéndose persuadido primero a sí mismo de que hacía y pensaba todo según la voluntad de aquel, juzgó que ante todo debía inculcar esa convicción a las multitudes; pues los que creen que Dios vigila sus vidas no soportan pecar en nada. Tal fue, pues, nuestro legislador: no un impostor ni un embaucador, como injustamente dicen los que lo injurian, sino de la clase de aquellos que los griegos se jactan de que fue Minos, y después de él los demás legisladores; pues unos de ellos atribuyen las leyes a Dios, y Minos decía que remitía a Apolo y a su oráculo de Delfos los vaticinios de las leyes, ya fuera porque lo creían así verdaderamente, ya porque suponían que así persuadirían más fácilmente. Cuál fue el que mejor acertó con las leyes y el que alcanzó la más justa fe acerca de Dios, es posible advertirlo comparando las leyes mismas; pues ya es hora de hablar de ellas.
Ahora bien, infinitas son las diferencias particulares de costumbres y leyes entre todos los hombres, pero en resumen podría decirse así: unos confiaron el poder de sus gobiernos a las monarquías, otros a las oligarquías, otros a las multitudes. Nuestro legislador, en cambio, no puso los ojos en ninguna de estas, sino que —por decirlo forzando algo la palabra— constituyó el gobierno como una teocracia, atribuyendo a Dios el mando y el poder. Persuadió a todos a mirar hacia Él como causa de todos los bienes, tanto los que en común pertenecen a todos los hombres como cuantos ellos mismos alcanzaron al pedirlos en situaciones sin salida, y a creer que no es posible ocultar a su pensamiento ninguna de las cosas que se hacen, ni siquiera lo que uno pueda concebir en su interior. Declaró que Él es uno, no engendrado e inmutable por todo el tiempo eterno, superior en belleza a toda forma mortal, conocido para nosotros por su poder, aunque, cuál sea según su esencia, desconocido.
Que esto es lo que acerca de Dios pensaron los más sabios de los griegos porque aquel les dio los principios, lo dejo ahora de decir; pero que es hermoso y conforme a la naturaleza y la majestad de Dios, lo han atestiguado con fuerza; pues Pitágoras, Anaxágoras, Platón y los filósofos del Pórtico posteriores a él, y casi todos, se muestran así en su pensar acerca de la naturaleza de Dios. Pero aquellos, filosofando para unos pocos, no se atrevieron a sacar a la luz la verdad de su doctrina ante las multitudes prevenidas por sus opiniones, mientras que nuestro legislador, ofreciendo hechos acordes con sus palabras, no solo persuadió a los de su tiempo, sino que también en cuantos siempre nacieran de ellos infundió una fe acerca de Dios inconmovible.
La causa está en que, por el modo mismo de su legislación, sobrepasó siempre con mucho a todos en cuanto a la utilidad; pues no hizo de la piedad una parte de la virtud, sino que hizo de la piedad el todo, y de ella partes las demás virtudes, quiero decir la justicia, la templanza, la constancia y la concordia de los ciudadanos entre sí en todo. Pues todas nuestras acciones, ocupaciones y palabras se refieren a la piedad hacia Dios; nada de esto dejó sin examinar ni sin definir. Dos son, en efecto, los modos de toda educación y de la formación de las costumbres: uno, el de la enseñanza por la palabra; otro, el de la disciplina de las costumbres por la práctica. Los demás legisladores se dividieron en sus criterios y, eligiendo cada uno el que le parecía, descuidaron el otro; así, los lacedemonios y los cretenses educaban por las costumbres, no por la palabra, mientras que los atenienses y casi todos los demás griegos prescribían por las leyes lo que hay que hacer o no hacer, pero descuidaban el acostumbrar a ello mediante los hechos.
Nuestro legislador, en cambio, ajustó con mucho cuidado ambas cosas: ni dejó muda la disciplina de las costumbres, ni consintió que la palabra de la ley quedara sin práctica. Antes bien, empezando desde el primer alimento y desde el régimen doméstico de cada uno, no dejó nada, ni de lo más pequeño, librado al arbitrio y a los deseos de quienes habían de servirse de ello, sino que también acerca de los alimentos —de cuáles hay que abstenerse y cuáles tomar—, y acerca de las personas que comparten el mismo régimen, y de la intensidad de las tareas y, al revés, del reposo, fijó él mismo un límite y una regla: la ley, para que, viviendo bajo ella como bajo un padre y un señor, no pequemos ni por voluntad ni por ignorancia. Pues ni siquiera dejó la excusa de la ignorancia, sino que mostró que la ley es la más hermosa y necesaria enseñanza, no para escucharla una sola vez, ni dos, ni muchas, sino que ordenó que cada semana, dejando las demás tareas, nos reuniéramos a escuchar la ley y a aprenderla con exactitud; cosa que todos los legisladores parecen haber omitido.
Y hasta tal punto la mayoría de los hombres está lejos de vivir conforme a sus propias leyes, que casi ni siquiera las conocen, sino que, cuando pecan, entonces aprenden de otros que han transgredido la ley; y quienes administran entre ellos las magistraturas mayores y más importantes confiesan su ignorancia, pues se ponen al lado, como supervisores de la gestión de los asuntos, a quienes prometen tener experiencia de las leyes. Entre nosotros, en cambio, si alguien preguntara a cualquiera por las leyes, las diría todas más fácilmente que su propio nombre. Por eso, aprendiéndolas de inmediato desde la primera consciencia, las tenemos como grabadas en el alma, y raro es el transgresor e imposible eludir el castigo.
Esto, ante todo, es lo que nos ha infundido esa admirable concordia; pues el tener una sola y la misma opinión acerca de Dios, y el no diferir en nada unos de otros en la vida y en las costumbres, produce la más hermosa armonía en el carácter de los hombres. Solo entre nosotros nadie oirá discursos sobre Dios contradictorios entre sí, como muchos se dicen entre otros, no solo por cualquiera según la pasión que a cada cual sobreviene, sino que también algunos filósofos se han atrevido a ello: unos, emprendiendo con sus palabras suprimir del todo la naturaleza de Dios; otros, quitándole la providencia sobre los hombres. Ni en las ocupaciones de la vida verá uno diferencia, sino que entre nosotros las obras de todos son comunes, y uno solo es el discurso, acorde con la ley, que dice acerca de Dios que Él todo lo vigila. Y en cuanto a las ocupaciones de la vida —que todas las demás cosas deben tener por fin la piedad—, uno podría oírlo hasta de las mujeres y de los sirvientes.
De ahí procede también el reproche que algunos nos hacen: el de no haber producido hombres inventores de obras o de discursos nuevos. Pues los demás juzgan hermoso no atenerse a nada de lo patrio, y a los que se atreven a transgredirlo les atribuyen sobre todo la agudeza de la sabiduría; nosotros, al contrario, hemos entendido que una sola cosa es prudencia y virtud: no hacer ni pensar absolutamente nada contrario a lo que desde el principio fue legislado. Lo cual con razón sería prueba de que la ley fue establecida del mejor modo; pues lo que no es de este modo, la experiencia lo denuncia como necesitado de corrección.
Para nosotros, persuadidos de que la ley fue establecida desde el principio conforme a la voluntad de Dios, ni siquiera sería piadoso no guardarla; pues ¿qué de ella cambiaría uno, o qué cosa más hermosa hallaría, o qué traería de otros como mejor? ¿Acaso toda la constitución del gobierno? ¿Y qué constitución podría ser más hermosa o más justa que la que ha hecho a Dios guía del universo, encomienda a los sacerdotes en común la administración de los asuntos mayores, y de nuevo confía al sumo sacerdote de todos el mando sobre los demás sacerdotes? A estos el legislador, ya desde el principio, no los estableció en el honor por su riqueza ni por sobresalir en algunas otras ventajas fortuitas, sino que a cuantos entre sus compañeros aventajaban a los demás en persuasión y templanza les encomendó sobre todo el culto de Dios. Y esto era el cuidado escrupuloso de la ley y de las demás prácticas; pues los sacerdotes fueron establecidos como inspectores de todo, jueces de lo que se disputa y castigadores de los condenados.
¿Qué gobierno, pues, podría ser más santo que este? ¿Qué honor más adecuado a Dios, estando toda la multitud dispuesta a la piedad, confiado el cuidado excepcional a los sacerdotes, y administrándose toda la vida pública como una especie de rito sagrado? Pues lo que otros, practicándolo por un número escaso de días, no pueden guardar —llamándolo misterios e iniciaciones—, eso lo guardamos nosotros con gozo y con propósito inmutable a lo largo de los siglos. ¿Cuáles son, pues, los preceptos y las prohibiciones? Simples y conocidos. El primero de todos es el que trata de Dios: Dios posee el universo, perfecto y bienaventurado, suficiente para sí mismo y para todos, principio, medio y fin de todas las cosas, manifiesto por sus obras y beneficios, más evidente que cualquier cosa, pero inefable para nosotros en su forma y magnitud. Toda materia, por preciosa que sea, es indigna para hacer una imagen suya, y todo arte es inhábil para concebir su imitación. Nada semejante hemos visto ni concebimos, ni es piadoso representárnoslo. Obras suyas vemos: la luz, el cielo, la tierra, el sol, las aguas, las generaciones de los animales, los frutos que brotan. Estas cosas las hizo Dios, no con manos, ni con fatigas, ni necesitando de colaboradores, sino que, con solo quererlo Él, al punto quedaron hermosamente hechas. A Él hay que honrarlo ejercitando la virtud; pues este es el modo más santo de honrar a Dios.
Un solo Templo para un solo Dios —pues siempre lo semejante es querido para lo semejante—, común a todos, como común es el Dios de todos. A Él lo honrarán continuamente los sacerdotes, y los presidirá siempre el primero por linaje. Este, junto con los demás sacerdotes, ofrecerá sacrificios a Dios, guardará las leyes, juzgará las disputas, castigará a los convictos. Quien no le obedezca pagará la pena como impío contra Dios mismo. Ofrecemos los sacrificios no para embriaguez propia —pues esto es aborrecible a Dios—, sino para templanza. Y en los sacrificios es preciso rogar primero por la salvación común, luego por nosotros mismos; pues hemos nacido para la comunidad, y quien la antepone a su propio interés particular es sobre todo grato a Dios. Sea la súplica a Dios no para que dé los bienes —pues Él mismo los ha dado de buen grado y los ha puesto en medio para todos—, sino para que podamos recibirlos y, una vez recibidos, guardarlos. Prescribió la ley purificaciones para los sacrificios: por un duelo, por un parto, por la unión con la mujer y por muchas otras cosas —que sería largo escribir—. Tal es nuestro discurso acerca de Dios y de su culto, que es a la vez también la ley.
¿Cuáles son las leyes sobre el matrimonio? La ley solo conoce una unión conforme a la naturaleza, la que es con la mujer, y esta, si ha de hacerse por causa de los hijos. La unión de varones con varones la aborreció, y la muerte es su castigo si alguien lo intentara. Ordena casarse sin atender a la dote, ni por raptos violentos, ni tampoco persuadiendo con engaño y astucia, sino pedir en matrimonio a la mujer al que tiene autoridad para darla y es apto por parentesco. La mujer, dice, es inferior al varón en todo. Por tanto, obedezca, no para ultraje, sino para ser gobernada; pues Dios dio al varón el poder. Con ella sola debe unirse el que se casa, y tentar a la mujer de otro es impío. Si alguien lo hiciera, no hay evasión alguna de la muerte, ni si violara a una virgen prometida a otro, ni si persuadiera a una casada. Mandó criar a todos los hijos, y prohibió a las mujeres tanto abortar lo concebido como destruirlo, sino que, si se descubriera, sería como una infanticida que aniquila un alma y disminuye el linaje. Por tanto, tampoco si alguien incurriera en la corrupción del lecho conviene que esté puro entonces. Y aun tras la unión legítima de hombre y mujer, hay que lavarse; pues juzgó que esto tiene algo de separación del alma hacia otra región, ya que el alma, al implantarse en los cuerpos, padece, y de nuevo al separarse de ellos por la muerte. Por ello prescribió purificaciones en todos estos casos.
Ni siquiera con ocasión del nacimiento de los hijos permitió celebrar banquetes y hacer de ello pretextos de embriaguez, sino que ordenó desde el principio un régimen sobrio de crianza. Y mandó educar a los niños en las letras, en lo tocante a las leyes, y hacerles conocer las acciones de los antepasados: estas, para que las imiten; aquellas, para que, criados en ellas, no las transgredan ni tengan excusa de ignorancia.
Se ocupó también del piadoso trato a los difuntos, no con costosos funerales ni con la construcción de monumentos ostentosos, sino que dispuso que los ritos fúnebres los cumplieran los parientes más cercanos, y que todos los que pasaran se acercaran y se lamentaran junto con ellos. Mandó purificar la casa y a sus habitantes tras un duelo, para que esté lo más lejos posible de parecer puro quien ha cometido un homicidio.
El honor a los padres lo situó en segundo lugar, después del honor a Dios, y a quien no corresponde a los favores recibidos de ellos, sino que falta en cualquier cosa, lo entrega para ser lapidado. Y dice que los jóvenes deben honrar a todo anciano, puesto que Dios es el más anciano. No permite ocultar nada a los amigos; pues no es amistad la que no confía todo. Y aun si sobreviniera alguna enemistad, prohibió revelar los secretos. Si un juez recibiera regalos, la pena es la muerte. Quien desatiende a un suplicante, pudiendo socorrerlo, es culpable. Lo que uno no ha depositado no lo tomará; de lo ajeno no tocará nada; no cobrará interés. Estas cosas, y muchas semejantes a ellas, mantienen unida nuestra comunidad de unos con otros.
Vale la pena ver también cómo se cuidó el legislador de la equidad hacia los extranjeros; pues se mostrará que proveyó del mejor modo de todos para que ni corrompamos lo nuestro ni tengamos envidia a quienes eligen participar de lo nuestro. A cuantos quieren venir a vivir bajo nuestras mismas leyes, los recibe con amabilidad, considerando que la afinidad no está solo en el linaje, sino también en la elección del modo de vida. A los que se acercan de paso, en cambio, no quiso que se mezclaran en la convivencia. Prescribió además otras cosas cuya comunicación es necesaria: proporcionar a todos los que lo necesiten fuego, agua y alimento; indicar los caminos; no dejar a nadie sin sepultura; y ser equitativos incluso con los que han sido juzgados enemigos. Pues no permite incendiar su tierra ni cortar los árboles frutales, y prohibió despojar a los caídos en el combate; y proveyó por los cautivos, para que se mantenga apartado de ellos todo ultraje, y sobre todo de las mujeres.
De tal modo nos educó en la mansedumbre y en la humanidad que ni siquiera permitió despreocuparse de los animales irracionales, sino que solo autorizó su uso legítimo y prohibió todo otro; y mandó no matar a los que, como suplicantes, se refugian en las casas. Ni siquiera permitió llevarse a las crías junto con sus padres, y ordenó tener compasión, aun en tierra enemiga, de los animales de labor y no matarlos. Así, por todas partes atendió a la equidad, sirviéndose para lo dicho de leyes preceptivas, y estableciendo, a su vez, contra los transgresores, otras punitivas sin excusa. Pues la pena para la mayoría de los transgresores es la muerte: si alguien comete adulterio, si viola a una doncella, si se atreve a intentar el trato con un varón, si el tentado consiente en padecerlo. También respecto a los esclavos es igualmente inexorable la ley.
Y aun en lo tocante a medidas y pesos, si alguien cometiera fraude, o en una venta injusta y hecha con engaño, o si alguien sustrajera lo ajeno, o tomara lo que no depositó, para todo hay castigos, no como los de otros, sino mayores. Pues en cuanto a la injusticia contra los padres o a la impiedad contra Dios, si alguien tan solo lo intentara, al punto perece. Para quienes viven conforme a la ley, en cambio, el premio no es plata, ni oro, ni corona de acebuche o de apio, ni proclamación semejante alguna, sino que cada uno, teniendo como testigo su propia conciencia, ha creído —habiéndolo profetizado el legislador y dado Dios firme garantía de la fe— que a quienes guardan las leyes, y aun si fuera preciso morir por ellas mueren de buen grado, Dios les concedió nacer de nuevo y recibir en el cambio de los tiempos una vida mejor. Vacilaría yo en escribir esto si no fuera manifiesto a todos por los hechos que muchos de los nuestros, muchas veces ya, prefirieron soportar noblemente todo antes que pronunciar una sola palabra contra la ley.
Y aunque no hubiera sucedido que nuestra nación fuera conocida por todos los hombres, y que estuviera a la vista nuestro seguimiento voluntario de las leyes, si alguien leyera a los propios griegos un escrito, o dijera haber encontrado, fuera de la tierra conocida, hombres que tienen tan augusta opinión acerca de Dios y que han permanecido firmemente por larga edad en tales leyes, creo que todos se admirarían, por los continuos cambios que hay entre ellos mismos. Sin duda, a quienes emprendieron escribir algo parecido sobre una constitución y unas leyes, los acusan de haber compuesto cosas maravillosas, afirmando que tomaron supuestos imposibles. Y a los demás filósofos que trataron algo semejante en sus escritos los dejo de lado; pero Platón, admirado entre los griegos por haber sobresalido en la dignidad de su vida y por haber superado a todos los que ha habido en la filosofía en fuerza de palabra y persuasión, no cesa de ser casi burlado y ridiculizado por quienes se dicen expertos en asuntos políticos. Y sin embargo, examinando sus obras, se encontraría que muchas veces son más fáciles y más cercanas a las costumbres de la mayoría; y el propio Platón ha reconocido que no era seguro sacar a la luz, ante la insensatez de la muchedumbre, la verdadera opinión acerca de Dios.
Pero algunos consideran que los escritos de Platón son discursos vacíos, compuestos con mucha libertad y bello estilo, y sobre todo de entre los legisladores han admirado a Licurgo, y todos ensalzan a Esparta porque perseveraron largísimo tiempo en las leyes de aquel. Quede, pues, reconocido esto como prueba de virtud: el obedecer a las leyes. Que, entonces, los que admiran a los lacedemonios comparen el tiempo de aquellos con los más de dos mil años de nuestra constitución, y consideren, además, que los lacedemonios, durante todo el tiempo en que tuvieron la libertad, parecieron guardar escrupulosamente las leyes, pero, cuando les sobrevinieron cambios de fortuna, casi de todas las leyes se olvidaron. Nosotros, en cambio, habiendo pasado por innumerables adversidades a causa de los cambios de quienes reinaron en Asia, ni en los peores de los males traicionamos las leyes, cuidándolas no por ociosidad ni por molicie, sino que, si alguien quisiera examinarlo, mucho mayores pruebas y fatigas nos fueron impuestas que la constancia que se atribuye a los lacedemonios.
Pues aquellos, sin trabajar la tierra ni fatigarse en las artes, sino libres de toda labor, lustrosos y ejercitando sus cuerpos para la belleza, pasaban la vida en la ciudad, sirviéndose de otros como servidores para todo lo de la vida y recibiendo de ellos el alimento ya listo, decididos a hacer y padecer todo por esta única obra —a su juicio hermosa y humanitaria—: dominar a todos aquellos contra quienes fueran en campaña. Y que ni siquiera esto lograron, lo dejo de decir; pues no uno solo, sino muchos, muchas veces y en masa, descuidando los preceptos de la ley, se entregaron con sus armas a los enemigos.
¿Acaso, pues, entre nosotros —no digo tantos, sino dos o tres— ha conocido alguien que se hicieran traidores de las leyes o que temieran la muerte? No hablo de aquella muerte facilísima que sobreviene a los que combaten, sino de la que va acompañada del tormento de los cuerpos, que parece ser la más terrible de todas. A esta, creo yo, algunos que nos vencieron la infligieron a los sometidos no por odio, sino queriendo ver un espectáculo asombroso: si hay hombres que creen que el único mal para ellos es verse forzados a hacer algo contra sus propias leyes o a pronunciar una palabra en contra de ellas. No hay que asombrarse de que, ante la muerte, nos mostremos valientes por las leyes más que todos los demás; pues ni siquiera lo que parece más fácil de nuestras prácticas lo soportan otros con facilidad: hablo del trabajo con las propias manos, de la frugalidad en el alimento, y del no comer ni beber nada al azar y como a cada uno se le antojara, ni acercarse al trato conyugal ni al lujo, y, de nuevo, del someterse a un orden inmutable en el reposo. Pero los que van al encuentro de las espadas y ponen en fuga a los enemigos al primer asalto no soportaron los preceptos sobre el régimen de vida. Para nosotros, en cambio, del obedecer con gusto a la ley en estas cosas resulta que también allí podemos mostrar nuestra nobleza.
Y luego, Lisímacos, Molones y algunos otros escritores semejantes —sofistas de mala fama, embaucadores de jovenzuelos— nos injurian como si fuéramos los más viles de los hombres.
Yo no querría entrar a examinar las costumbres de los demás, pues lo que nos viene de nuestros padres es guardar lo nuestro, no acusar lo ajeno. Y en cuanto a no burlarnos ni blasfemar de los que otros tienen por dioses, nuestro legislador nos lo prohibió de plano, por respeto a la palabra misma «Dios».
Pero como nuestros acusadores creen refutarnos por vía de comparación, no cabe callar —tanto más cuanto que lo que voy a decir no lo compongo yo ahora para rebatirlos, sino que ya lo han dicho muchos, y muy acreditados—.
Porque ¿quién de los que entre los griegos son admirados por su sabiduría no ha reprochado a los poetas más ilustres y a los legisladores más acreditados el haber sembrado desde el principio en las multitudes tales ideas acerca de los dioses? De ellos afirman cuantos se les antoja en número, nacidos unos de otros y por toda clase de modos de generación; y los reparten por lugares y moradas, como las especies de los animales: a unos bajo tierra, a otros en el mar, y a los más ancianos de ellos encadenados en el Tártaro.
Y a aquellos a quienes asignaron el cielo, les ponen encima uno a quien de palabra llaman padre, pero de hecho tirano y déspota; y por eso, según cuentan, se traba contra él una conjura de su mujer, su hermano y una hija que él engendró de su propia cabeza, para prenderlo y encerrarlo, tal como él mismo había hecho con su propio padre.
Con razón juzgan todo esto merecedor de mucho reproche los que sobresalen en discernimiento, y además se ríen de que a unos dioses haya que tenerlos por imberbes y muchachos, a otros por ancianos y barbados; que unos estén puestos a los oficios —uno herrero, otra tejedora—, que aquel guerree y pelee entre los hombres, y que otros toquen la cítara o se deleiten en el tiro con arco.
Y luego que surjan entre ellos discordias unos con otros y rivalidades por causa de los hombres, hasta el punto no solo de ponerse las manos encima unos a otros, sino incluso de ser heridos por los hombres y lamentarse y sufrir.
Y lo más desvergonzado de todo: ¿cómo no ha de ser absurdo atribuir a casi todos ellos —a los dioses varones y a las hembras— el desenfreno en los ayuntamientos y los amoríos?
Después, los más nobles, y el propio padre en primer lugar, dejan que las mujeres seducidas por él, ya encinta, sean encerradas o arrojadas al mar; y a los que él engendró ni puede salvarlos, dominado como está por el destino, ni soportar sin lágrimas sus muertes.
¡Hermosas cosas, en verdad, y muy en consonancia con las demás! El adulterio se contempla en el cielo tan sin pudor por parte de los dioses, que algunos hasta confiesan envidiar a los que fueron encadenados por él. ¿Y cómo no habrían de hacerlo, cuando ni el más anciano y rey de todos fue capaz de refrenar el ímpetu de unirse a su mujer siquiera lo bastante para retirarse a la alcoba?
Y esos dioses que sirven a los hombres —ora edificando a jornal, ora apacentando rebaños, y otros atados a modo de malhechores en una prisión de bronce—, ¿a quién de los sensatos no lo irritarían, hasta reprender a los que urdieron tales fábulas y condenar la mucha simpleza de quienes las admitieron?
Y algunos, incluso al Terror y al Miedo, y hasta a la Locura y al Engaño —¿y qué pasión de las más viles no?—, les dieron figura y naturaleza de dios; y a los de nombre más decoroso persuadieron a las ciudades a ofrecerles sacrificios.
Por eso se ven forzados a tener a unos de esos dioses por dadores de bienes y a llamar a otros «apartadores de males»; y a estos, como a los peores de los hombres, tratan de quitárselos de encima con favores y regalos, esperando recibir de ellos algún gran mal si no les pagan su salario.
¿Cuál es, pues, la causa de tanta incoherencia y de tanto desatino acerca de lo divino? Yo entiendo que fue el que sus legisladores no comprendieron desde el principio la verdadera naturaleza de Dios, ni, en la medida en que pudieron alcanzar un conocimiento exacto, lo definieron para ordenar conforme a él el resto del régimen político.
Antes bien, como si se tratara de cualquier otra cosa sin importancia, dejaron a los poetas introducir los dioses que quisieran, sujetos a todo padecer, y a los oradores dar carta de ciudadanía por decreto al dios extranjero que les conviniera.
También los pintores y escultores gozaron entre los griegos de mucha libertad para esto, ideando cada uno alguna figura: uno la modela en barro, otro la pinta; y los artífices más admirados tienen en el marfil y el oro la materia de una eterna novedad.
[Y de los templos, unos están del todo abandonados, mientras otros se cuidan con esmero y se adornan con purificaciones de toda clase.] Luego, los dioses que antes florecieron en honores han envejecido; [y los que crecen tras ellos han quedado relegados a segundo rango] —pues así resulta más decoroso decirlo—.
Otros, nuevos, son introducidos y reciben culto, [de modo que, como dijimos de pasada, dejan desiertos los lugares antes dichos]; y de los templos, unos quedan abandonados y otros se erigen de nuevo según el capricho de cada cual, cuando debieran, por el contrario, conservar inmutable su idea acerca de Dios y el honor debido a Él.
Apolonio Molón, pues, era uno de aquellos necios y engreídos; pero a los que de verdad filosofaron entre los griegos no se les escapó nada de lo dicho, ni ignoraron las frías excusas de las alegorías; por lo cual, con razón despreciaron aquellas fábulas y coincidieron con nosotros en la verdadera y digna idea acerca de Dios.
Partiendo de ella, Platón dice que no se debe admitir en la república a ningún otro de los poetas, y a Homero lo despide cortésmente, tras coronarlo y derramar perfume sobre él, para que no borre con sus mitos la recta idea acerca de Dios.
En esto sobre todo imitó Platón a nuestro legislador: en prescribir a los ciudadanos, como ningún otro aprendizaje, el que todos aprendan exactamente las leyes; y también en cuanto a que nadie de fuera se mezcle a la ligera, sino que se conserve puro el cuerpo político de quienes permanecen en las leyes.
Nada de esto tuvo en cuenta Molón Apolonio cuando nos acusó de no admitir a los que tienen de antemano otras ideas acerca de Dios, ni querer tener trato con quienes eligen vivir según otra manera de vida.
Pero ni siquiera esto es propio nuestro, sino común a todos —y no solo a los griegos, sino también a los más acreditados entre ellos—. Los lacedemonios, en efecto, practicaban de continuo la expulsión de extranjeros y no permitían a sus propios ciudadanos ausentarse fuera, temiendo que por ambas cosas se corrompieran sus leyes.
A ellos, tal vez, con razón podría alguien reprocharles su aspereza, pues a nadie hacían partícipe ni de su ciudadanía ni de la convivencia entre ellos.
Nosotros, en cambio, no juzgamos digno imitar lo de los demás, pero a los que quieren participar de lo nuestro los acogemos con gusto. Y esto sería, creo, prueba a la vez de humanidad y de grandeza de alma.
Dejo de hablar más extensamente de los lacedemonios. Y los atenienses, que creyeron que su ciudad era abierta a todos, ¿cómo se portaban en estas cosas? Lo ignoró Apolonio: que a quienes pronunciaban una sola palabra acerca de los dioses contra las leyes de ellos, los castigaban sin remisión.
Pues ¿por qué otra causa murió Sócrates? No entregó, por cierto, la ciudad a los enemigos, ni saqueó nada de los templos; sino que, porque juraba con juramentos nuevos y afirmaba que cierto genio divino le hacía señas —o, como algunos dicen, porque bromeaba con ello—, por eso fue condenado a morir bebiendo cicuta.
Y su acusador lo culpaba también de corromper a los jóvenes, porque los impulsaba a despreciar el régimen y las leyes de la patria. Tal castigo, pues, padeció Sócrates, ciudadano de los atenienses.
Anaxágoras era de Clazómenas, pero porque, creyendo los atenienses que el sol era un dios, él dijo que era una masa incandescente, lo condenaron a muerte por pocos votos.
Y a Diágoras de Melos pusieron precio de un talento a quien lo matara, porque se decía que se burlaba de sus misterios. Y Protágoras, si no huye pronto, habría sido apresado y muerto, por haber parecido escribir algo no conforme con lo que los atenienses sostenían acerca de los dioses.
¿Y qué hay que asombrarse de que trataran así a hombres tan dignos de crédito, si ni siquiera perdonaron a las mujeres? Pues dieron muerte a una sacerdotisa, cuando alguien la acusó de iniciar en dioses extranjeros; y esto lo tenían prohibido por ley, y estaba fijada la pena de muerte contra los que introdujeran un dios extranjero.
Y los que se servían de semejante ley, claro está que no creían que existieran los dioses de los demás; pues, de otro modo, no se habrían negado a disfrutar de un número mayor de ellos.
Quede, pues, bien lo de los atenienses. Los escitas, que se gozan en matanzas de hombres y en poco se diferencian de las fieras, piensan, sin embargo, que deben guardar lo suyo: a Anacarsis, admirado por los griegos por su sabiduría, cuando volvió junto a ellos lo mataron, porque les pareció que venía cargado de costumbres griegas. Y muchos entre los persas hallaría uno castigados por la misma causa.
Pero es evidente que a Apolonio le agradaban las leyes de los persas y los admiraba, porque los griegos disfrutaron de su valentía y de la concordia que tenían acerca de los dioses —esa concordia que mostraban en los templos que incendiaron—, y porque estuvieron a punto de quedar esclavos de esa valentía. En todas sus prácticas se hizo imitador de las de los persas, ultrajando a mujeres ajenas y castrando niños.
Entre nosotros, en cambio, está fijada la pena de muerte aun para quien maltrate a un animal irracional; y de estas leyes ni el miedo a los que nos vencieron logró apartarnos, ni la envidia de lo que entre los demás es honrado.
Ni ejercitamos la valentía para emprender guerras por afán de más, sino para guardar las leyes. Por eso, aunque soportamos con mansedumbre las demás pérdidas, cuando algunos nos fuerzan a alterar nuestras costumbres, entonces, incluso más allá de nuestras fuerzas, elegimos la guerra y aguantamos en las desgracias hasta el extremo.
Pues ¿por qué habríamos de envidiar las leyes de otros, viéndolas no guardadas ni siquiera por quienes las establecieron? ¿Cómo no habrían de condenar los lacedemonios su régimen cerrado al extranjero y su descuido en materia de matrimonios, y los eleos y tebanos la unión contra naturaleza y del todo desenfrenada con los varones?
Aquellas cosas que antaño tenían por lo más hermoso y provechoso de hacer, aun cuando no las hayan del todo evitado en los hechos, ya no las confiesan.
Es más, reniegan hasta de las leyes que sobre ellas antaño tuvieron tanta fuerza entre los griegos, que llegaron a atribuir a los dioses las uniones con varones, y por la misma razón los matrimonios entre hermanos de padre y madre, componiéndose así una disculpa para sus placeres absurdos y contra naturaleza.
Dejo ahora de hablar de los castigos: de cuántos medios de eludirlos concedieron desde el principio la mayoría de los legisladores a los malhechores —estableciendo por leyes multas de dinero para el adulterio y matrimonios para la seducción—, y de cuántos pretextos de negación encierran en materia de impiedad, si alguien se pusiera a examinarlo; pues ya entre los más se ha vuelto costumbre el transgredir las leyes.
No así entre nosotros: aunque nos veamos privados de riqueza, de ciudades y de los demás bienes, al menos nuestra ley permanece inmortal, y ningún judío se alejaría tanto de su patria ni temería a un amo tan cruel como para no temer, antes que a él, a la ley.
Si, pues, es por la excelencia de las leyes que nos disponemos así hacia ellas, concédannos que tenemos las mejores leyes. Y si suponen que perseveramos en unas leyes tan malas, ¿qué no sufrirían ellos con justicia, no guardando las mejores?
Puesto, pues, que el mucho tiempo es tenido por el más veraz de todos los examinadores, a él tomaría yo por testigo de la excelencia de nuestro legislador y de la fama que él transmitió acerca de Dios; porque, siendo infinito el tiempo transcurrido, si alguien lo comparara con las edades de los demás legisladores, lo hallaría a él anterior a todos.
Y nuestras leyes, puestas a prueba por nosotros mismos, han suscitado siempre, y cada vez más, en todos los demás hombres el deseo de imitarlas.
Pues los primeros que filosofaron entre los griegos, en apariencia guardaban las costumbres de sus padres, pero en los hechos y en su filosofar siguieron a aquel, pensando lo mismo acerca de Dios y enseñando la sencillez de vida y la comunidad de unos con otros.
Y aún más: también entre las multitudes hay ya, desde antiguo, mucho celo por nuestra piedad, y no hay ciudad de griegos, sea cual sea, ni pueblo alguno bárbaro, ni una sola nación, adonde no haya llegado la costumbre del séptimo día, en que nosotros holgamos, y donde no se observen los ayunos, el encendido de lámparas y muchas de las prohibiciones que tenemos en materia de alimentos.
Tratan de imitar también nuestra concordia mutua, el repartir de lo que se posee, la laboriosidad en los oficios y la constancia en las necesidades que se sufren por las leyes.
Pues lo más admirable es que, sin el atractivo cebo del placer, la ley por sí misma tuvo fuerza; y así como Dios se ha extendido por todo el mundo, del mismo modo la ley ha caminado por entre todos los hombres. Que cada cual observe su propia patria y su propia casa, y no dejará de creer lo que yo digo.
Es preciso, por tanto, o condenar en todos los hombres una maldad voluntaria, si han deseado imitar lo ajeno y malo antes que lo propio y hermoso, o que nuestros acusadores dejen de envidiarnos.
Pues no pretendemos nada digno de envidia al honrar a nuestro propio legislador y al haber creído en lo que él profetizó acerca de Dios; porque, aun cuando nosotros mismos no comprendiéramos la excelencia de las leyes, por la sola multitud de quienes las imitan nos veríamos llevados a enorgullecernos de ellas.
Pero acerca de las leyes y del régimen político he hecho una exposición exacta en los libros que escribí sobre la Antigüedad. Ahora las he recordado solo en la medida en que era necesario, sin proponerme ni censurar lo de los demás ni elogiar lo nuestro, sino para refutar a quienes escribieron injustamente acerca de nosotros, contendiendo desvergonzadamente contra la verdad misma.
Y ya me parece haber cumplido suficientemente, con este escrito, lo que prometí de antemano; pues demostré que nuestro pueblo es de gran antigüedad, cuando los acusadores afirmaban que es novísimo, y presenté como testigos a muchos autores antiguos que nos mencionaron en sus obras, mientras que ellos afirman con firmeza que no existe ninguno.
Decían, además, que nuestros antepasados eran egipcios; y se ha demostrado que llegaron a Mitsraim desde otra parte. Mintieron al decir que fueron expulsados por una infección de sus cuerpos; y se ha visto que regresaron por propia elección y con sobra de fuerzas a su propia tierra.
Unos injuriaron a nuestro legislador como al más vil de los hombres; pero de su excelencia se ha hallado por testigo, antaño, Dios, y después de Él, el tiempo.
Acerca de las leyes no hizo falta más discurso, pues por sí mismas quedaron a la vista, enseñando no impiedad, sino la más verdadera piedad; llamando no a la misantropía, sino a la comunidad de bienes; enemigas de la injusticia, cuidadosas de la justicia; desterrando la ociosidad y el lujo; enseñando a bastarse a sí mismos y a ser amantes del trabajo; apartando de las guerras por afán de más, pero preparando a los hombres a ser valientes en su defensa; inflexibles ante los castigos, no sofísticas en preparativos de palabras, siempre confirmadas por las obras. Pues estas ofrecemos nosotros siempre, más claras que los escritos.
Por lo cual yo diría con confianza que nos hemos hecho, para los demás, introductores de las cosas más numerosas y más hermosas a la vez. Pues ¿qué hay más hermoso que una piedad inviolable? ¿Qué más justo que obedecer a las leyes?
¿O qué más provechoso que la concordia mutua —el no separarse en las desgracias ni amotinarse en las prosperidades con insolencia, sino despreciar la muerte en la guerra y, en la paz, dedicarse a los oficios o a las labores del campo, persuadidos de que en todo y en todas partes Dios lo vigila y lo gobierna todo?
Si esto entre otros se hubiera escrito antes o se hubiera guardado con más firmeza, nosotros les deberíamos gratitud como discípulos suyos. Pero si se ve que somos nosotros quienes más de todos lo practicamos, y hemos demostrado que su primer hallazgo fue nuestro, queden refutados los Apiones, los Molones y cuantos se gozan en mentir y en injuriar.
Y a ti, Epafrodito, que amas sobre todo la verdad, y por medio de ti a cuantos quieran del mismo modo conocer acerca de nuestro pueblo, quede escrito este libro y el que le precede.