Las Leyendas de los Judíos I·Capítulo sexto7 / 7

Capítulo sexto

Yaakov

El nacimiento de Esav y Yaakov

Yitsjak era el reflejo de su padre en cuerpo y alma. Se le parecía en todo —«en belleza, sabiduría, fuerza, riqueza y obras nobles». Por eso, tan grande honra era para Yitsjak que lo llamaran hijo de su padre como lo era para Avraham que lo llamaran padre de su hijo; y aunque Avraham fue el progenitor de treinta naciones, siempre se lo designa como el padre de Yitsjak.

A pesar de sus muchas virtudes, Yitsjak se casó tarde. Dios le permitió encontrar a la mujer que le convenía solo después de que hubo refutado las burlas de Yishmael, que solía echarle en cara haber sido circuncidado a los ocho días de nacido, mientras que él, Yishmael, se había sometido a la operación por voluntad propia a los trece años. Por eso Dios reclamó a Yitsjak en sacrificio cuando llegó a la plena madurez, a los treinta y siete años, y Yitsjak estuvo dispuesto a entregar la vida. Así quedaron sin aguijón las pullas de Yishmael, y a Yitsjak se le permitió casarse. Pero otra demora vino antes de que la boda pudiera celebrarse. Justo después del sacrificio en el monte Moriá murió su madre, y él la lloró tres años. Al fin se casó con Rivká, que era entonces una doncella de catorce años.

Rivká era «una rosa entre espinas». Su padre era el arameo Betuel, y su hermano era Laván, pero ella no anduvo por los caminos de ellos. Su piedad igualaba a la de Yitsjak. Con todo, su matrimonio no fue del todo feliz, pues vivieron juntos nada menos que veinte años sin engendrar hijos. Rivká rogó a su marido que suplicara a Dios el don de los hijos, como había hecho su padre Avraham. Al principio Yitsjak no quiso hacer lo que ella pedía. Dios había prometido a Avraham una descendencia numerosa, y él pensaba que la esterilidad era probablemente culpa de Rivká, y que a ella le tocaba suplicar a Dios, no a él. Pero Rivká no desistía, y marido y mujer subieron juntos al monte Moriá a orar allí a Dios. Y dijo Yitsjak: «Oh Adonái, Dios del cielo y de la tierra, cuya bondad y misericordia llenan la tierra, Tú que tomaste a mi padre de la casa de su padre y de su lugar natal, y lo trajiste a esta tierra, y le dijiste: A ti y a tu simiente daré la tierra, y le prometiste y le declaraste: Multiplicaré tu simiente como las estrellas del cielo y como la arena del mar, cúmplanse ahora las palabras que hablaste a mi padre. Porque Tú eres Adonái nuestro Dios, nuestros ojos están vueltos a Ti, para que nos des simiente de hombres como nos prometiste, porque Tú eres Adonái nuestro Dios, y nuestros ojos están puestos en Ti». Oró además Yitsjak para que todos los hijos que le estuvieran destinados le nacieran de esta piadosa esposa suya, y Rivká hizo la misma petición respecto de su marido Yitsjak y de los hijos que le estuvieran destinados.

Su oración unida fue escuchada. Con todo, fue sobre todo por causa de Yitsjak que Dios les concedió hijos. Es verdad que la piedad de Rivká igualaba a la de su marido, pero la oración de un hombre piadoso que es hijo de un hombre piadoso es mucho más eficaz que la oración de quien, aun siendo él mismo piadoso, desciende de un padre impío.

La oración obró un gran milagro, pues la constitución de Yitsjak era tal que no cabía esperar que engendrara hijos, y tampoco estaba en el curso de la naturaleza que Rivká diera a luz.

Cuando Rivká llevaba siete meses de embarazo, empezó a desear que no se le hubiera quitado la maldición de la esterilidad. Sufría dolores atroces, porque sus hijos mellizos comenzaban en su vientre las querellas de toda su vida. Pugnaban por matarse el uno al otro. Si Rivká pasaba cerca de un templo levantado a los ídolos, Esav se agitaba en su cuerpo, y si pasaba junto a una sinagoga o un Bet ha-Midrash, Yaakov intentaba salir de su vientre. Las disputas de los niños giraban sobre diferencias como estas. Esav insistía en que no había otra vida sino la vida terrenal de los placeres materiales, y Yaakov le respondía: «Hermano mío, dos mundos hay ante nosotros: este mundo y el mundo por venir. En este mundo los hombres comen y beben, y comercian y se casan, y crían hijos e hijas, pero nada de esto ocurre en el mundo por venir. Si te place, toma tú este mundo, y yo tomaré el otro». Esav tenía por aliado a Samael, que deseaba matar a Yaakov en el vientre de su madre. Pero el arcángel Mijael acudió presto en auxilio de Yaakov. Trató de quemar a Samael, y HaShem vio que era necesario constituir un tribunal celestial para arbitrar la causa de Mijael y Samael. Hasta la disputa entre los dos hermanos por la primogenitura tuvo su comienzo antes de que salieran del vientre de su madre. Cada uno deseaba ser el primero en venir al mundo. Solo cuando Esav amenazó con salirse con la suya a costa de la vida de su madre, cedió Yaakov.

Rivká preguntó a otras mujeres si también ellas habían sufrido tales dolores durante el embarazo, y cuando le dijeron que no habían oído de un caso como el suyo, salvo el del embarazo de la madre de Nimrod, se dirigió al monte Moriá, donde Shem y Éver tenían su Bet ha-Midrash. Les pidió a ellos, y también a Avraham, que preguntaran a Dios cuál era la causa de su terrible padecimiento. Y respondió Shem: «Hija mía, te confío un secreto. Cuida de que nadie lo descubra. Dos naciones hay en tu vientre, ¿y cómo habrá de contenerlas tu cuerpo, siendo así que el mundo entero no será bastante grande para que existan en él juntas en paz? Dos naciones son, cada una dueña de un mundo propio: la una la Torá, la otra el pecado. De la una brotará Shlomo, el constructor del Templo; de la otra, Vespasiano, su destructor. Estas dos son las que faltan para elevar el número de las naciones a setenta. Jamás estarán en igual condición. Esav ostentará señores, mientras que Yaakov engendrará profetas, y si Esav tiene príncipes, Yaakov tendrá reyes. Ellas, Israel y Roma, son las dos naciones destinadas a ser odiadas por todo el mundo. La una superará a la otra en fuerza. Primero Esav sojuzgará al mundo entero, pero al fin Yaakov dominará sobre todos. El mayor de los dos servirá al menor, con tal que este sea puro de corazón; de lo contrario, el menor será esclavizado por el mayor».

Las circunstancias del nacimiento de sus hijos mellizos fueron tan notables como las del período del embarazo de Rivká. Esav fue el primero en ver la luz, y con él salió del vientre toda impureza; Yaakov nació limpio y de cuerpo grato. Esav vino con cabello, barba y dientes, delante y detrás, y era rojo como la sangre, señal de su futura naturaleza sanguinaria. A causa de su aspecto rojizo quedó incircunciso. Yitsjak, su padre, temió que se debiera a una mala circulación de la sangre, y vaciló en practicar la circuncisión. Decidió esperar hasta que Esav cumpliera los trece años, la edad a la que Yishmael había recibido la señal de la alianza. Pero cuando Esav creció, se negó a atender el deseo de su padre, y así quedó incircunciso. Opuesto a su hermano en esto como en todo, Yaakov nació con la señal de la alianza en el cuerpo, distinción rara. Pero también Esav llevaba una marca al nacer, la figura de una serpiente, símbolo de todo lo que es malvado y aborrecido de Dios.

Los nombres impuestos a los hermanos están cargados de sentido. Al mayor lo llamaron Esav, porque era 'Asui, plenamente formado cuando nació, y el nombre del menor se lo dio Dios, para señalar, por el valor numérico de cada letra, ciertos hechos importantes en el futuro de Israel. La primera letra de Ya'akov, la Yod, con valor de diez, representa el decálogo; la segunda, la 'Ayin, igual a setenta, los setenta ancianos, los guías de Israel; la tercera, la Kof, cien, el Templo, de cien codos de altura; y la última, la Bet, las dos tablas de piedra.

El favorito de Avraham

Mientras Esav y Yaakov eran pequeños, no se podía juzgar bien su carácter. Eran como el mirto y el zarzal, que en las primeras etapas de su crecimiento se parecen. Después de alcanzar su pleno tamaño, se reconoce al mirto por su fragancia y al zarzal por sus espinas.

En su niñez, ambos hermanos iban a la escuela, pero al llegar a los trece años, ya mayores de edad, sus caminos se separaron. Yaakov continuó sus estudios en el Bet ha-Midrash de Shem y Éver, y Esav se entregó a la idolatría y a una vida disoluta. Ambos eran cazadores de hombres: Esav trataba de atraparlos para apartarlos de Dios, y Yaakov, para volverlos hacia Dios. A pesar de sus obras impías, Esav poseía el arte de ganarse el amor de su padre. Su conducta hipócrita hacía creer a Yitsjak que su primogénito era en extremo piadoso. «Padre —le preguntaba a Yitsjak—, ¿cuál es el diezmo de la paja y de la sal?». La pregunta lo hacía parecer temeroso de Dios a los ojos de su padre, porque esos dos productos son justamente los que están exentos del diezmo. Tampoco advirtió Yitsjak que su hijo mayor le daba a comer alimentos prohibidos. Lo que él tomaba por carne de cabritos era carne de perro.

Rivká veía más claro. Conocía a sus hijos tal como eran, y por eso su amor por Yaakov era grandísimo. Cuanto más oía su voz, más hondo se hacía su cariño por él. Avraham coincidía con ella. También él amaba a su nieto Yaakov, pues sabía que en él serían llamados su nombre y su simiente. Y dijo a Rivká: «Hija mía, vela por mi hijo Yaakov, porque él estará en mi lugar sobre la tierra, y será bendición en medio de los hijos de los hombres, y gloria de toda la simiente de Shem». Habiendo así encomendado a Rivká que guardara a Yaakov, destinado a ser portador de la bendición que Dios había dado a Avraham, llamó a su nieto, y en presencia de Rivká lo bendijo y dijo: «Yaakov, hijo mío amado, a quien mi alma quiere, que Dios te bendiga desde encima del firmamento, y te dé toda la bendición con que bendijo a Adam, y a Janoj, y a Nóaj, y a Shem; y todas las cosas de que me habló, y todas las cosas que prometió darme, que las haga adherirse a ti y a tu simiente para siempre, conforme a los días de los cielos sobre la tierra. Y el espíritu de Mastemá no se enseñoreará de ti ni de tu simiente, para apartarte de HaShem, que es tu Dios desde ahora y para siempre. Y que HaShem Dios te sea padre, y seas tú su primogénito, y sea Él padre de tu pueblo por siempre. Ve en paz, hijo mío».

Y tenía Avraham buena razón para querer de manera particular a Yaakov, pues fue por los méritos de su nieto que había sido rescatado del horno de fuego.

Yitsjak y Rivká, sabiendo del amor de Avraham por su hijo pequeño, enviaron a su padre una comida por mano de Yaakov en la última Fiesta de las Semanas que a Avraham le fue dado celebrar en la tierra, para que comiera y bendijera al Creador de todas las cosas antes de morir. Avraham supo que su fin se acercaba, y dio gracias a HaShem por todo el bien que le había concedido durante los días de su vida, y bendijo a Yaakov y le mandó andar por los caminos de HaShem, y sobre todo que no tomara por esposa a una hija de los cananeos. Luego Avraham se dispuso a morir. Puso dos dedos de Yaakov sobre sus ojos, y así manteniéndolos cerrados cayó en su sueño eterno, mientras Yaakov yacía a su lado en el lecho. El muchacho no supo de la muerte de su abuelo hasta que lo llamó, al despertar a la mañana siguiente: «Padre, padre», y no recibió respuesta.

La venta de la primogenitura

Aunque Avraham alcanzó una buena vejez, más allá del límite de años concedido a las generaciones posteriores, murió con todo cinco años antes de su tiempo señalado. La intención era dejarlo vivir hasta los ciento ochenta años, la misma edad de Yitsjak a su muerte, pero a causa de Esav puso Dios fin abrupto a su vida. Por algún tiempo Esav había seguido sus malas inclinaciones en secreto. Al fin dejó caer la máscara, y el día de la muerte de Avraham se hizo culpable de cinco crímenes: violó a una doncella desposada, cometió asesinato, dudó de la resurrección de los muertos, despreció la primogenitura y negó a Dios. Entonces dijo HaShem: «Prometí a Avraham que iría a sus padres en paz. ¿Puedo ahora permitir que sea testigo de la rebelión de su nieto contra Dios, de su violación de las leyes de la castidad y de su derramamiento de sangre? Mejor es que muera ahora en paz».

Los hombres muertos por Esav ese día fueron Nimrod y dos de sus lugartenientes. Una vieja enemistad existía entre Esav y Nimrod, porque el poderoso cazador delante de HaShem estaba celoso de Esav, que también se entregaba con ahínco a la caza. Una vez, cazando, sucedió que Nimrod quedó separado de su gente, y solo dos hombres estaban con él. Esav, que estaba al acecho, advirtió su aislamiento, y esperó a que pasara junto a su escondite. Entonces se arrojó de repente sobre Nimrod, y lo derribó a él y a sus dos compañeros, que acudían en su auxilio. Los gritos de estos trajeron a los servidores de Nimrod al lugar donde yacía muerto, pero no antes de que Esav lo hubiera despojado de sus vestiduras y huido con ellas a la ciudad.

Estas vestiduras de Nimrod tenían un efecto extraordinario sobre el ganado, las fieras y las aves. Por su propia voluntad venían a postrarse ante quien iba revestido de ellas. Así pudieron Nimrod, y Esav después de él, dominar sobre hombres y bestias.

Tras matar a Nimrod, Esav corrió hacia la ciudad con gran temor de los seguidores de su víctima. Cansado y exhausto llegó a casa y halló a Yaakov ocupado en preparar un guiso de lentejas. Numerosos esclavos y esclavas había en la casa de Yitsjak. Con todo, Yaakov era tan sencillo y modesto en su porte que, si volvía tarde del Bet ha-Midrash, no molestaba a nadie para que le preparara la comida, sino que la hacía él mismo. En esta ocasión cocinaba lentejas para su padre, para servírselas como comida de duelo tras la muerte de Avraham. Adam y Javá habían comido lentejas después del asesinato de Hével, y lo mismo los padres de Harán, cuando este pereció en el horno de fuego. La razón de que se usen para la comida de duelo es que la lenteja redonda simboliza la muerte: como la lenteja rueda, así la muerte, la aflicción y el duelo ruedan sin cesar entre los hombres, de uno a otro.

Esav abordó a Yaakov así: «¿Por qué preparas lentejas?».

Yaakov: «Porque nuestro abuelo ha fallecido; serán señal de mi pena y mi duelo, para que él me ame en los días por venir».

Esav: «¡Necio! ¿De veras crees posible que un hombre vuelva a la vida después de haber muerto y de haberse corrompido en la tumba?». Y siguió mofándose de Yaakov. «¿Por qué te das tanto trabajo? —dijo—. Alza tus ojos y verás que todos los hombres comen lo que les viene a la mano —pescado, criaturas que reptan y se arrastran, carne de cerdo y toda suerte de cosas semejantes—, y tú te atormentas por un plato de lentejas».

Yaakov: «Si obramos como los demás hombres, ¿qué haremos en el día de HaShem, el día en que los piadosos recibirán su recompensa, cuando un heraldo proclame: ¿Dónde está el que pesa las obras de los hombres, dónde el que lleva la cuenta?».

Esav: «¿Acaso hay un mundo futuro? ¿O serán llamados los muertos de nuevo a la vida? Si así fuera, ¿por qué no ha vuelto Adam? ¿Has oído que Nóaj, por quien el mundo fue levantado de nuevo, haya reaparecido? ¿O que Avraham, el amigo de Dios, más amado de Él que ningún hombre, haya vuelto a la vida?».

Yaakov: «Si opinas que no hay mundo futuro, y que los muertos no resucitan a nueva vida, entonces, ¿para qué quieres tu primogenitura? Véndemela ahora, mientras aún es posible hacerlo. Una vez revelada la Torá, ya no podrá hacerse. En verdad, hay un mundo futuro, en el cual los justos reciben su recompensa. Te lo digo, no sea que luego digas que te engañé».

Poco le importaba a Yaakov la doble porción de la herencia que iba unida a la primogenitura. En lo que pensaba era en el servicio sacerdotal, que en los tiempos antiguos era prerrogativa del primogénito, y Yaakov no soportaba que su impío hermano Esav hiciera de sacerdote, él que despreciaba todo servicio divino.

El desprecio que Esav manifestaba por la resurrección de los muertos lo sentía también por la promesa de Dios de dar la Tierra Santa a la simiente de Avraham. No creía en ella, y por eso estaba dispuesto a ceder su primogenitura y la bendición unida a ella a cambio de un plato de guiso. Además, Yaakov le pagó en moneda, y aún le dio algo que valía más que el dinero: la maravillosa espada de Metushélaj, que Yitsjak había heredado de Avraham y otorgado a Yaakov.

Esav se burló de Yaakov. Invitó a sus compinches a festejar a la mesa de su hermano, diciendo: «¿Sabéis lo que le hice a este Yaakov? Me comí sus lentejas, bebí su vino, me divertí a su costa y le vendí mi primogenitura». Todo lo que Yaakov respondió fue: «Come, y que te aproveche». Pero dijo HaShem: «Tú desprecias la primogenitura; por eso te haré despreciado en todas las generaciones». Y en castigo por negar a Dios y la resurrección de los muertos, los descendientes de Esav fueron cortados del mundo.

Como nada era sagrado para Esav, Yaakov le hizo jurar, acerca de la primogenitura, por la vida de su padre, pues sabía cuán fuerte era el amor de Esav por Yitsjak. Tampoco dejó de hacer redactar un documento, debidamente firmado por testigos, que hacía constar que Esav le había vendido la primogenitura junto con su derecho a un lugar en la cueva de Majpelá.

Aunque ninguna culpa cabe atribuir a Yaakov por todo esto, con todo obtuvo de él la primogenitura con astucia, y por eso los descendientes de Yaakov hubieron de servir a los descendientes de Esav.

Yitsjak entre los filisteos

La vida de Yitsjak fue fiel reflejo de la vida de su padre. Avraham tuvo que dejar su lugar natal; también Yitsjak. Avraham se vio expuesto al riesgo de perder a su esposa; también Yitsjak. Los filisteos envidiaron a Avraham; también a Yitsjak. Avraham permaneció mucho tiempo sin hijos; también Yitsjak. Avraham engendró un hijo piadoso y un hijo malvado; también Yitsjak. Y, en fin, como en tiempos de Avraham, así también en tiempos de Yitsjak, vino un hambre sobre la tierra.

Al principio Yitsjak pensó seguir el ejemplo de su padre y trasladarse a Mitsraim, pero Dios se le apareció y le dijo: «Tú eres un sacrificio perfecto, sin mancha, y así como una ofrenda quemada queda inservible si se saca fuera del santuario, así serías tú profanado si te encontraras fuera de la Tierra Santa. Permanece en la tierra y esfuérzate por cultivarla. En esta tierra mora la Shejiná, y en días venideros daré a tus hijos los reinos que poseen poderosos gobernantes, primero una parte de ellos, y el todo en el tiempo mesiánico».

Yitsjak obedeció el mandato de Dios y se estableció en Guerar. Cuando notó que los habitantes del lugar empezaban a tener designios sobre su esposa, siguió el ejemplo de Avraham y fingió que ella era su hermana. El rumor de la belleza de Rivká llegó al propio rey, pero este tuvo presente el gran peligro al que una vez se había expuesto en ocasión semejante, y dejó a Yitsjak y a su esposa sin molestarlos. Después de haber estado tres meses en Guerar, Avimélej notó que el trato de Yitsjak, que vivía en el patio exterior del palacio real, era de marido hacia Rivká. Le pidió cuentas, diciendo: «Bien pudo haberle ocurrido al propio rey tomar a la mujer que llamaste tu hermana». En efecto, sobre Yitsjak pesaba la sospecha de tener trato ilícito con Rivká, pues al principio la gente del lugar no quería creer que fuera su esposa. Cuando Yitsjak insistió en su declaración, Avimélej envió a sus grandes por ellos, ordenó que los vistieran con ropas reales, e hizo proclamar ante ellos, mientras cabalgaban por la ciudad: «Estos dos son marido y mujer. El que toque a este hombre o a su mujer, morirá sin remedio».

Después el rey invitó a Yitsjak a establecerse en sus dominios, y le asignó campos y viñas para cultivar, los mejores que la tierra ofrecía. Pero Yitsjak no era interesado. El diezmo de todo lo que poseía lo daba a los pobres de Guerar. Así fue el primero en introducir la ley del diezmo para los pobres, como su padre Avraham había sido el primero en separar de su fortuna la porción de los sacerdotes. Yitsjak fue recompensado con cosechas abundantes; la tierra rindió cien veces más de lo esperado, aunque el suelo era estéril y el año infructuoso. Se hizo tan rico que la gente prefería «el estiércol de las mulas de Yitsjak antes que el oro y la plata de Avimélej». Pero su riqueza despertó la envidia de los filisteos, pues es propio de los malvados envidiar a sus semejantes el bien, y alegrarse cuando ven caer el mal sobre ellos, y la envidia trae tras de sí el odio; y así los filisteos primero envidiaron a Yitsjak, y luego lo odiaron. En su enemistad hacia él, cegaron los pozos que Avraham había hecho cavar a sus siervos. Así quebrantaron su alianza con Avraham y fueron desleales, y solo a sí mismos han de culpar si más tarde fueron exterminados por los israelitas.

Yitsjak partió de Guerar y volvió a cavar los pozos de agua que se habían cavado en los días de Avraham su padre, y que los filisteos habían cegado. Tan grande era la reverencia por su padre que hasta les restituyó los nombres con que Avraham los había llamado. Para recompensarlo por su respeto filial, HaShem dejó el nombre de Yitsjak sin cambiar, mientras que su padre y su hijo hubieron de someterse a nombres nuevos.

Después de cuatro intentos por conseguir agua, Yitsjak tuvo éxito; halló el pozo de agua que seguía a los Patriarcas. Avraham lo había obtenido tras tres excavaciones. De ahí el nombre del pozo, Beer-Sheva, «el pozo de las siete excavaciones», el mismo pozo que abastecerá de agua a Yerushaláyim y sus alrededores en el tiempo mesiánico.

El éxito de Yitsjak con sus pozos no hizo sino aumentar la envidia de los filisteos, pues había dado con agua en el lugar menos probable y, además, en año de sequía. Pero «HaShem cumple el deseo de los que le temen». Como Yitsjak ejecutaba la voluntad de su Creador, así Dios cumplía su deseo. Y Avimélej, el rey de Guerar, no tardó en ver que Dios estaba de parte de Yitsjak, pues, para castigarlo por haber instigado la salida de Yitsjak de Guerar, su casa fue saqueada por ladrones durante la noche, y él mismo fue herido de lepra. Los pozos de los filisteos se secaron tan pronto como Yitsjak salió de Guerar, y también los árboles dejaron de dar fruto. Nadie podía dudar de que estas cosas eran el castigo por su descortesía.

Entonces Avimélej suplicó a sus amigos, en especial al administrador de su reino, que lo acompañaran a ver a Yitsjak y lo ayudaran a recobrar su amistad. Avimélej y los filisteos hablaron así a Yitsjak: «Nos hemos convencido de que la Shejiná está contigo, y por eso deseamos que renueves la alianza que tu padre hizo con nosotros, de que no nos harás daño, como tampoco nosotros te tocamos a ti». Yitsjak consintió. Es rasgo notable del carácter de los filisteos que se atribuyeran el mérito de no haberle hecho daño. Muestra que de buena gana le habrían causado perjuicio, pues «el alma del malvado desea el mal».

El lugar en que se hizo la alianza entre Yitsjak y los filisteos fue llamado Shib'á, por dos razones: porque allí se «juró» un juramento, y como memorial de que hasta los gentiles están obligados a observar las «siete» leyes de Nóaj.

Por todas las maravillas que Dios obró en favor de Yitsjak, y todo el bien de que gozó a lo largo de su vida, está en deuda con los méritos de su padre. Por sus propios méritos será recompensado en el futuro. En el gran día del juicio será Yitsjak quien redima a sus descendientes del Guehinom. En ese día HaShem dirá a Avraham: «Tus hijos han pecado», y Avraham responderá: «Entonces sean borrados, para que tu Nombre sea santificado». HaShem se volverá a Yaakov, pensando que quien tanto había sufrido por llevar a sus hijos a la madurez mostraría más amor por su posteridad. Pero Yaakov dará la misma respuesta que Avraham. Entonces dirá Dios: «Los viejos no tienen entendimiento, y los jóvenes no tienen consejo. Iré ahora a Yitsjak. Yitsjak —le dirá Dios—, tus hijos han pecado», y Yitsjak responderá: «Oh Señor del mundo, ¿dices mis hijos, y no los TUYOS? Cuando estuvieron al pie del monte Sinaí y se declararon dispuestos a cumplir todo tu mandato aun antes de oírlo, llamaste a Israel “mi primogénito”, ¿y ahora son MIS hijos, y no los TUYOS? Consideremos. Los años de un hombre son setenta. De estos hay que descontar veinte, pues no impones castigo a los menores de veinte. De los cincuenta años que quedan, la mitad hay que descontarla por las noches pasadas en sueño. Restan solo veinticinco años, y estos han de disminuirse en doce y medio, el tiempo empleado en orar, comer y atender a las demás necesidades de la vida, durante el cual los hombres no cometen pecados. Quedan solo doce años y medio. Si quieres tomarlos sobre Ti, bien está. Si no, toma Tú la mitad de ellos, y yo tomaré la otra mitad». Los descendientes de Yitsjak dirán entonces: «En verdad, tú eres nuestro verdadero padre». Pero él señalará a Dios, y les advertirá: «No, no me deis a mí vuestras alabanzas, sino a Dios solo», e Israel, con los ojos vueltos al cielo, dirá: «Tú, oh Adonái, eres nuestro Padre; nuestro Redentor desde la eternidad es tu Nombre».

Fue Yitsjak, o, como a veces se lo llama, Elihú hijo de Barajel, quien reveló los maravillosos misterios de la naturaleza en sus discusiones con Iyov.

Al término de los años de hambre, Dios se apareció a Yitsjak y le mandó volver a Kena’an. Yitsjak hizo como se le ordenó y se estableció en Jevrón. Por este tiempo envió a su hijo menor Yaakov al Bet ha-Midrash de Shem y Éver, a estudiar la ley de HaShem. Yaakov permaneció allí treinta y dos años. En cuanto a Esav, se negó a aprender y se quedó en la casa de su padre. La caza era su única ocupación, y como perseguía a las fieras, así perseguía a los hombres, buscando atraparlos con astucia y engaño.

En una de sus expediciones de caza, Esav llegó al monte Seír, donde trabó conocimiento con Yehudit, de la familia de Ham, y la tomó por esposa, y la trajo a su padre a Jevrón.

Diez años después, cuando murió Shem su maestro, Yaakov volvió a casa, a la edad de cincuenta años. Pasaron otros seis años, y Rivká recibió la gozosa noticia de que su cuñada 'Adiná, la esposa de Laván, que, como todas las mujeres de su casa, había sido estéril hasta entonces, había dado a luz dos hijas mellizas, Leá y Rajel. Rivká, hastiada de su vida a causa de la mujer elegida por su hijo mayor, exhortó a Yaakov a no casarse con una de las hijas de Kena’an, sino con una doncella de la familia de Avraham. Él aseguró a su madre que las palabras de Avraham, que le mandaban no tomar mujer de los cananeos, estaban grabadas en su memoria, y por esta razón seguía soltero, aunque había llegado a los sesenta y dos años, y Esav lo instaba desde hacía veintidós a seguir su ejemplo y desposar a una hija del pueblo de la tierra en que vivían. Había oído que su tío Laván tenía hijas, y estaba resuelto a elegir a una de ellas por esposa. Hondamente conmovida por las palabras de su hijo, Rivká le dio gracias y alabó a Dios con estas palabras: «Bendito sea HaShem Dios, y bendito sea su santo Nombre por siempre jamás, que me ha dado a Yaakov como hijo puro y simiente santa; porque tuyo es, y tuya será su simiente de continuo y por todas las generaciones para siempre. Bendícelo, oh Adonái, y pon en mi boca la bendición de la justicia, para que yo lo bendiga».

Y cuando el espíritu de HaShem vino sobre ella, puso las manos sobre la cabeza de Yaakov y le dio su bendición materna. Terminaba con estas palabras: «Que el Señor del mundo te ame, como el corazón de tu amorosa madre se regocija en ti, y que Él te bendiga».

Yitsjak bendice a Yaakov

El matrimonio de Esav con las hijas de los cananeos fue una abominación no solo a los ojos de su madre, sino también a los de su padre. Él sufrió aún más que Rivká por las prácticas idólatras de sus nueras. Es propio de la naturaleza del hombre oponer menos resistencia que la mujer a las circunstancias enojosas. A un hueso no lo daña un golpe que haría añicos una olla de barro. El hombre, creado del polvo de la tierra, no tiene la resistencia de la mujer, formada de hueso. Yitsjak envejeció antes de tiempo por la conducta de sus nueras, y perdió la vista de los ojos. Rivká estaba acostumbrada, desde la casa de su infancia, al incienso quemado ante los ídolos, y por eso podía soportarlo bajo su propio techo. A diferencia de ella, Yitsjak nunca había tenido tal experiencia mientras vivió con sus padres, y le hería el humo que se alzaba de los sacrificios que sus nueras ofrecían a sus ídolos en su propia casa. Los ojos de Yitsjak habían padecido también antes en la vida. Cuando yacía atado sobre el altar, a punto de ser sacrificado por su padre, los ángeles lloraron, y sus lágrimas cayeron sobre sus ojos, y allí quedaron y debilitaron su vista.

Al mismo tiempo, él mismo había atraído sobre sí el azote de la ceguera por su amor a Esav. Justificaba al malvado por un soborno, el soborno del amor filial de Esav, y la pérdida de la vista es el castigo que sigue al aceptar sobornos. «Un regalo —se dice— ciega los ojos de los sabios».

Con todo, su ceguera resultó un beneficio tanto para Yitsjak como para Yaakov. A consecuencia de sus dolencias físicas, Yitsjak hubo de quedarse en casa, y así se ahorró la pena de que la gente lo señalara como el padre del malvado Esav. Y, además, si su vista no hubiera estado dañada, no habría bendecido a Yaakov. Siendo así, Dios lo trató como un médico trata a un enfermo a quien se le prohíbe beber vino, por el cual, sin embargo, siente fuerte deseo. Para aplacarlo, el médico ordena que se le dé agua caliente en la oscuridad, y se le diga que es vino.

Cuando Yitsjak llegó a los ciento veintitrés años, y se acercaba así a la edad alcanzada por su madre, empezó a meditar en su fin. Es propio que un hombre se prepare para la muerte cuando se acerca a la edad a la que uno de sus padres salió de la vida. Yitsjak reflexionó que no sabía si la edad que le estaba asignada era la de su madre o la de su padre, y por eso resolvió otorgar su bendición a su hijo mayor, Esav, antes de que la muerte lo sorprendiera. Llamó a Esav y dijo: «Hijo mío», y Esav respondió: «Aquí estoy», pero el espíritu santo intervino: «Aunque disfrace su voz y la haga sonar dulce, no pongas confianza en él. Siete abominaciones hay en su corazón. Destruirá siete lugares santos: el Mishkán, los santuarios de Guilgal, Shiló, Nob y Guibón, y el primer y el segundo Templo».

Por dulcemente que Esav siguiera hablando a su padre, con todo anhelaba que le llegara el fin. Pero Yitsjak estaba herido de ceguera espiritual además de física. El espíritu santo lo había abandonado, y no podía discernir la maldad de su hijo mayor. Le mandó afilar sus cuchillos de degüello y guardarse de traerle la carne de un animal que hubiera muerto por sí solo, o hubiera sido despedazado por una fiera, y debía cuidarse también de poner ante Yitsjak un animal que hubiera sido robado a su legítimo dueño. «Entonces —continuó Yitsjak— bendeciré a quien sea digno de ser bendecido».

Este encargo se hizo a Esav en la víspera de Pésaj, y Yitsjak le dijo: «Esta noche el mundo entero cantará el Halel a Dios. Es la noche en que se abren los almacenes del rocío. Prepárame, pues, manjares, para que mi alma te bendiga antes de morir». Pero el espíritu santo intervino: «No comas el pan del que tiene mal ojo». El anhelo de Yitsjak por golosinas se debía a su ceguera. Como los que no ven no pueden contemplar el alimento que comen, no lo disfrutan con pleno gusto, y hay que tentar su apetito con bocados especialmente sabrosos.

Esav salió a procurar lo que su padre deseaba, sin reparar en el de dónde ni el cómo, si por robo o por hurto. Para estorbar la rápida ejecución de la orden de su padre, Dios envió al Satán a la caza con Esav. Debía demorarlo cuanto fuera posible. Esav atrapaba un ciervo y lo dejaba atado en el suelo mientras perseguía otra pieza. En seguida venía el Satán y liberaba al ciervo, y cuando Esav volvía al sitio, su presa no aparecía. Esto se repitió varias veces. Una y otra vez la caza era abatida, y atada, y liberada, de modo que Yaakov pudo entretanto llevar a cabo el plan de Rivká por el cual sería bendecido en lugar de Esav.

Aunque Rivká no había oído las palabras que habían pasado entre Yitsjak y Esav, le fueron con todo reveladas por el espíritu santo, y resolvió impedir que su marido diera un paso en falso. No la movía el amor por Yaakov, sino el deseo de evitar que Yitsjak cometiera un acto detestable. Rivká dijo a Yaakov: «Esta noche se abren los almacenes del rocío; es la noche en que los seres celestiales entonan el Halel a Dios, la noche apartada para la liberación de tus hijos de Mitsraim, en la cual también ellos cantarán el Halel. Ve ahora y prepara un guiso sabroso para tu padre, para que te bendiga antes de su muerte. Haz como te mando, obedéceme como sueles, pues eres mi hijo, cuyos hijos, todos ellos, serán buenos y temerosos de Dios: ni uno solo será indigno».

A pesar del gran respeto por su madre, Yaakov se negó al principio a atender su mandato. Temía cometer un pecado, sobre todo porque así podría atraer sobre sí la maldición de su padre. Podía ocurrir que Yitsjak tuviera aún una bendición para él, después de dar a Esav la suya. Pero Rivká calmó sus inquietudes con estas palabras: «Cuando Adam fue maldecido, la maldición cayó sobre su madre, la tierra, y así yo, tu madre, cargaré con la imprecación, si tu padre te maldice. Además, si lo peor llegara a lo peor, estoy dispuesta a presentarme ante tu padre y decirle: “Esav es un malvado, y Yaakov es un hombre justo”».

Así forzado por su madre, Yaakov, entre lágrimas y con el cuerpo encorvado, fue a ejecutar el plan trazado por Rivká. Como debía proveer una comida de Pésaj, ella le mandó traer dos cabritos, uno para el sacrificio de Pésaj y otro para el sacrificio de la fiesta. Para tranquilizar la conciencia de Yaakov, añadió que su contrato matrimonial le daba derecho a dos cabritos diarios. «Y —continuó— estos dos cabritos te traerán bien, la bendición de tu padre, y traerán bien a tus hijos, pues dos cabritos serán el sacrificio de expiación ofrecido en Yom Kipur».

La duda de Yaakov no se había disipado aún. Temía que su padre lo tocara y comprobara que no era velludo y que, por tanto, no era su hijo Esav. Así pues, Rivká desgarró en tiras las pieles de los dos cabritos y las cosió juntas, pues Yaakov era un gigante tan alto que, de otro modo, no habrían bastado para cubrirle las manos. Y para que el disfraz de Yaakov fuera completo, Rivká se sintió justificada en ponerle las maravillosas vestiduras de Esav. Eran las vestiduras del sacerdocio con las que Dios había vestido a Adam, «el primogénito del mundo», pues en los días anteriores a la erección del Mishkán todos los varones primogénitos oficiaban como sacerdotes. De Adam estas vestiduras pasaron a Nóaj, que las transmitió a Shem, y Shem las legó a Avraham, y Avraham a su hijo Yitsjak, de quien llegaron a Esav como el mayor de sus dos hijos. Rivká opinaba que, habiendo comprado Yaakov la primogenitura a su hermano, había entrado con ello también en posesión de las vestiduras. No tenía por qué ir a buscarlas a la casa de Esav. Él conocía demasiado bien a sus mujeres para confiarles tesoro tan precioso; estaban bajo la custodia de su madre. Además, las usaba con la mayor frecuencia en casa de sus padres. Por lo común, no daba mucha importancia a un atuendo decente. Estaba dispuesto a aparecer en la calle vestido de harapos, pero consideraba su deber atender a su padre ataviado con sus mejores galas. «Mi padre —solía decir Esav— es un rey a mis ojos, y mal me estaría servirle vestido con otra cosa que no fueran ropas de rey.» Al gran respeto que mostraba hacia su padre deben los descendientes de Esav toda su buena fortuna en la tierra. Así recompensa Dios una buena acción.

Rivká condujo a Yaakov, equipado y ataviado de este modo, hasta la puerta de la cámara de Yitsjak. Allí se separó de él con estas palabras: «De aquí en adelante, que tu Creador te asista.» Yaakov entró y se dirigió a Yitsjak con un «Padre», y al recibir la respuesta «¡Aquí estoy! ¿Quién eres tú, hijo mío?», contestó con ambigüedad: «Soy yo; tu hijo primogénito es Esav.» Buscaba evitar la mentira y, a la vez, no delatar que era Yaakov. Yitsjak dijo entonces: «Mucha prisa tienes en asegurarte tu bendición. Tu padre Avraham tenía setenta y cinco años cuando fue bendecido, y tú apenas tienes sesenta y tres.» Yaakov respondió con torpeza: «Porque Adonái tu Dios me dio buena suerte.» Yitsjak concluyó al instante que aquel no era Esav, pues él no habría mencionado el nombre de Dios, y resolvió palpar al hijo que tenía delante para asegurarse de quién era. El terror se apoderó de Yaakov ante las palabras de Yitsjak: «Acércate, te ruego, para que te palpe, hijo mío.» Un sudor frío le cubrió el cuerpo, y su corazón se derritió como la cera. Entonces Dios hizo descender a los arcángeles Mijael y Gavriel. El uno le tomó la mano derecha, el otro la izquierda, mientras que Adonái Dios mismo lo sostenía, para que no le faltara el ánimo. Yitsjak lo palpó y, hallando sus manos velludas, dijo: «La voz es la voz de Yaakov, pero las manos son las manos de Esav», palabras con las que transmitía la profecía de que, mientras la voz de Yaakov se oiga en las casas de oración y de estudio, las manos de Esav no podrán prevalecer contra él. «Sí —prosiguió—, es la voz de Yaakov, la voz que impone silencio a los que están en la tierra y en el cielo», pues ni siquiera los ángeles pueden alzar sus voces en alabanza de Dios hasta que Israel ha terminado sus oraciones.

Los escrúpulos de Yitsjak sobre bendecir al hijo que tenía delante no se habían disipado aún, pues con su ojo profético preveía que este tendría descendientes que irritarían a HaShem. Al mismo tiempo, le fue revelado que hasta los pecadores de Israel se volverían penitentes, y entonces estuvo dispuesto a bendecir a Yaakov. Le mandó acercarse y besarlo, para indicar que sería Yaakov quien imprimiría el último beso sobre Yitsjak antes de que fuera entregado a la tumba —él y ningún otro—. Cuando Yaakov estuvo junto a él, percibió la fragancia del Paraíso que se le adhería, y exclamó: «Mira, el olor de mi hijo es como el olor del campo que Adonái ha bendecido.»

La fragancia que emanaba de Yaakov no era lo único en él que procedía del Paraíso. El arcángel Mijael había traído de allí el vino que Yaakov dio de beber a su padre, para que un estado de ánimo elevado descendiera sobre él, pues solo cuando un hombre está gozosamente excitado reposa sobre él la Shejiná. El espíritu santo llenó a Yitsjak, y dio a Yaakov su bendición décuple: «Dios te dé del rocío del cielo» —el rocío celestial con que Dios despertará a los piadosos a nueva vida en los días venideros—; «y de la grosura de la tierra» —los bienes de este mundo—; «y abundancia de grano y vino» —la Torá y las mitzvot, que otorgan al hombre el mismo gozo que las cosechas abundantes—; «pueblos te servirán» —los yefetitas y los jamitas—; «naciones se inclinarán ante ti» —las naciones semitas—; «serás señor sobre tus hermanos» —los ismaelitas y los descendientes de Keturá—; «los hijos de tu madre se inclinarán ante ti» —Esav y sus príncipes—; «maldito el que te maldiga» —como Bilam—; «y bendito el que te bendiga» —como Moshé.

Por cada bendición invocada sobre Yaakov por su padre Yitsjak, una bendición semejante le fue otorgada por Dios mismo con las mismas palabras. Como Yitsjak lo bendijo con rocío, así también Dios: «Y el resto de Yaakov estará en medio de muchos pueblos como rocío de Adonái.» Yitsjak lo bendijo con la grosura de la tierra, así también Dios: «Y dará la lluvia para tu simiente, con que sembrarás la tierra; y pan del fruto de la tierra, y será abundante y sustancioso.» Yitsjak lo bendijo con abundancia de grano y vino, así también Dios: «Os enviaré grano y vino.» Yitsjak dijo: «Pueblos te servirán», así también Dios: «Reyes serán tus ayos, y sus reinas tus nodrizas; con el rostro en tierra se inclinarán ante ti, y lamerán el polvo de tus pies.» Yitsjak dijo: «Naciones se inclinarán ante ti», así también Dios: «Y te pondrá en alto por encima de todas las naciones que ha hecho, en alabanza, en nombre y en honra.»

A esta doble bendición unió la suya su madre Rivká: «Pues Él ordenará a sus ángeles acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos. En sus manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra. Sobre el león y la víbora pisarás; hollarás al leoncillo y a la serpiente. Por cuanto ha puesto en mí su amor, yo lo libraré; lo pondré en alto, porque ha conocido mi nombre.»

El espíritu santo añadió a su vez: «Me invocará, y yo le responderé; con él estaré en la angustia; lo libraré y lo honraré. Lo saciaré de larga vida, y le mostraré mi salvación.»

Yaakov salió de la presencia de su padre coronado como un novio, adornado como una novia, y bañado en rocío celestial, que le llenó los huesos de tuétano y lo transformó en un héroe y un gigante.

De un milagro obrado en su favor en aquel mismo instante Yaakov mismo no tuvo conciencia. Si se hubiera demorado con su padre un instante más, Esav lo habría encontrado allí y de seguro lo habría matado. Sucedió que, justo cuando Yaakov estaba a punto de salir de la tienda de su padre, llevando en las manos los platos en que Yitsjak había comido, advirtió que Esav se acercaba, y se ocultó tras la puerta. Por fortuna, era una puerta giratoria, de modo que, aunque él podía ver a Esav, este no podía verlo a él.

El verdadero carácter de Esav queda al descubierto

Esav llegó tras una demora de cuatro horas. A pesar de todos los esfuerzos que había puesto, no había logrado cazar pieza alguna, y se vio obligado a matar un perro y a preparar su carne para la comida de su padre. Todo esto había puesto a Esav de mal humor, y cuando invitó a su padre a participar de la comida, la invitación sonó áspera. «Que se levante mi padre —dijo— y coma de la caza de su hijo.» Yaakov había hablado de otro modo; había dicho: «Levántate, te ruego, siéntate y come de mi caza.» Las palabras de Esav aterraron mucho a Yitsjak. Su espanto superó al que había sentido cuando su padre estaba a punto de ofrecerlo en sacrificio, y clamó: «¿Quién, pues, es el que ha sido el mediador entre yo y HaShem, para hacer que la bendición llegara a Yaakov?» —palabras con las que quería dar a entender que sospechaba que Rivká había instigado el acto de Yaakov.

La alarma de Yitsjak fue causada por ver el infierno a los pies de Esav. Apenas había entrado este en la casa, las paredes de ella empezaron a calentarse a causa de la cercanía del infierno, que él traía consigo. Yitsjak no pudo menos que exclamar: «¿Quién arderá allá abajo, yo o mi hijo Yaakov?», y HaShem le respondió: «Ni tú ni Yaakov, sino el cazador.»

Yitsjak le contó a Esav que la carne que Yaakov le había servido tenía cualidades maravillosas. Cualquier sabor que uno deseara, ese poseía; estaba incluso dotada del sabor del alimento que Dios concederá a los piadosos en el mundo venidero. «No sé —dijo— qué era la carne. Pero me bastaba desear pan, y sabía a pan, o a pescado, o a langostas, o a carne de animales; en suma, tenía el sabor de cualquier manjar que uno pudiera desear.» Cuando Esav oyó la palabra «carne», se echó a llorar y dijo: «A mí Yaakov no me dio más que un plato de lentejas, y en pago por él me quitó la primogenitura. ¿Qué te habrá quitado a ti por carne de animales?» Hasta entonces Yitsjak había estado en gran angustia por el pensamiento de que había cometido una injusticia al dar su bendición a su hijo menor en lugar del primogénito, a quien le correspondía por ley y costumbre. Pero cuando oyó que Yaakov había adquirido la primogenitura de Esav, dijo: «¡Di mi bendición al que debía!»

En su consternación, Yitsjak había tenido la intención de maldecir a Yaakov por haberle arrebatado la bendición con astucia. Dios le impidió llevar a cabo su plan. Le recordó que no haría sino maldecirse a sí mismo, viendo que su bendición contenía las palabras: «Maldito el que te maldiga.» Pero Yitsjak no estaba dispuesto a reconocer válida su bendición en cuanto aplicada a Yaakov, hasta que fue informado de que su segundo hijo era el poseedor de la primogenitura. Solo entonces dijo: «Sí, bendito será», ante lo cual Esav clamó con un clamor grandísimo y amargo. Como castigo por haber sido la causa de tal aflicción, un descendiente de Yaakov, Mordejái, fue también hecho clamar con un clamor grande y amargo, y su dolor fue provocado por el amalecita Hamán, el descendiente de Esav. Ante las palabras de Yitsjak «Tu hermano vino con astucia, y se ha llevado tu bendición», Esav escupió de despecho y dijo: «Me quitó la primogenitura, y callé, y ahora que me quita la bendición, ¿también he de callar? ¿No se llama con razón Yaakov? Pues me ha suplantado ya dos veces.»

Yitsjak siguió hablando a Esav: «Mira, lo he hecho tu señor, es tu rey, y hagas lo que hagas, tus bendiciones seguirán perteneciéndole a él; a todos sus hermanos se los he dado por siervos, y lo que los siervos poseen pertenece a su dueño. No hay remedio: has de contentarte con recibir tu pan cocido de manos de tu señor.» A HaShem le pareció mal que Yitsjak lo animara con palabras tan bondadosas. «A mi enemigo —le reprochó— le dices: “¿Qué haré por ti, hijo mío?”» Yitsjak respondió: «¡Ojalá halle gracia ante Ti!» Dios: «Es un renegado.» Yitsjak: «¿No obra con rectitud cuando honra a sus padres?» Dios: «En la tierra de la rectitud obrará con perversidad; extenderá su mano en los días venideros contra el Templo.» Yitsjak: «Entonces que goce de mucho bien en este mundo, para que no contemple la morada de HaShem en el mundo venidero.»

Cuando le resultó claro a Esav que no podía inducir a su padre a anular la bendición otorgada a Yaakov, intentó forzar una bendición para sí mediante una treta solapada. Dijo: «¿No tienes más que una sola bendición, padre mío? Bendíceme, también a mí, oh padre mío, no sea que se diga que no tienes más que una bendición que otorgar. Suponte que Yaakov y yo hubiéramos sido ambos hombres justos, ¿no habría tenido entonces tu Dios dos bendiciones, una para cada uno?» El propio HaShem respondió: «¡Silencio! Yaakov bendecirá a las doce tribus, y cada bendición será distinta de todas las demás.» Pero Yitsjak sintió gran compasión por su hijo mayor, y quiso bendecirlo, mas la Shejiná lo abandonó, y no pudo llevar a cabo lo que se proponía. Entonces Esav se echó a llorar. Derramó tres lágrimas: una corrió de su ojo derecho, la segunda de su ojo izquierdo, y la tercera quedó colgando de su pestaña. Dijo Dios: «Este villano llora por su propia vida, ¿y he de dejarlo partir con las manos vacías?», y entonces mandó a Yitsjak que bendijera a su hijo mayor.

La bendición de Yitsjak fue así: «Mira, de la grosura de la tierra será tu morada» —con lo que aludía a la Magna Grecia, en Italia—; «y del rocío del cielo desde lo alto» —refiriéndose a Bet-Gubrin—; «y por tu espada vivirás, y a tu hermano servirás», pero cuando él arroje el yugo de HaShem, entonces «sacudirás su yugo de tu cerviz», y serás su señor.

La bendición que Yitsjak dio a su hijo mayor no estaba sujeta a condición alguna. Mereciéralos o no, Esav había de gozar de los bienes de este mundo. La bendición de Yaakov, en cambio, dependía de sus obras piadosas; por ellas tendría un justo derecho a la prosperidad terrenal. Pensaba Yitsjak: «Yaakov es un hombre justo, no murmurará contra Dios, aunque llegara a ocurrir que se le infligiera sufrimiento a pesar de su vida recta. Pero ese réprobo de Esav, si hiciera una buena acción, o rezara a Dios y no fuera escuchado, diría: “Como en vano rezo a los ídolos, así es en vano rezar a Dios.”» Por esta razón otorgó Yitsjak una bendición incondicional a Esav.

Yaakov deja la casa de su padre

Esav odiaba a su hermano Yaakov a causa de la bendición que su padre le había dado, y Yaakov tenía mucho miedo de su hermano Esav, y huyó a la casa de Éver, el hijo de Shem, y se ocultó allí catorce años a causa de su hermano Esav, y continuó allí aprendiendo los caminos de HaShem y sus mitzvot. Cuando Esav vio que Yaakov había huido y escapado de él, y que Yaakov había obtenido la bendición con astucia, Esav se afligió en extremo, y quedó también resentido con su padre y su madre. Se levantó también y tomó a su mujer, y se marchó de junto a su padre y su madre a la tierra de Seír. Allí se casó con su segunda mujer, Basemat, la hija de Elón el hitita, y la llamó Adá, diciendo que la bendición se le había ido en aquel tiempo. Tras morar en Seír seis meses, Esav regresó a la tierra de Kena’an, e instaló a sus dos mujeres en la casa de su padre en Jevrón. Y las mujeres de Esav afligían y provocaban a Yitsjak y a Rivká con sus obras, pues no andaban por los caminos de HaShem, sino que servían a los dioses de madera y de piedra de sus padres, como sus padres les habían enseñado, y eran más malvadas que sus padres. Sacrificaban y quemaban incienso a los baales, y Yitsjak y Rivká se cansaron de ellas. Y al cabo de los catorce años que Yaakov residió en la casa de Éver, Yaakov deseó ver a su padre y a su madre, y regresó a casa. Esav había olvidado en aquellos días lo que Yaakov le había hecho, al quitarle la bendición, pero cuando Esav vio a Yaakov regresar a sus padres, recordó lo que Yaakov le había hecho, y se encendió mucho contra él, y buscó matarlo.

Pero Esav no mataría a Yaakov mientras su padre viviera aún, no fuera que Yitsjak engendrara otro hijo. Quería tener la certeza de ser el único heredero. Sin embargo, su odio contra Yaakov era tan grande que resolvió apresurar la muerte de su padre y despachar luego a Yaakov. Tales planes homicidas abrigaba Esav en su corazón, aunque negaba albergarlos. Pero Dios habló: «Quizá no sabes que yo examino los corazones de los hombres, pues yo soy HaShem que escudriña el corazón.» Y no solo Dios conocía los deseos secretos de Esav. Rivká, como todas las Madres, era profetisa, y no tardó en advertir a Yaakov del peligro que se cernía sobre él. «Tu hermano —le dijo— está tan seguro de cumplir su malvado propósito como si estuvieras ya muerto. Ahora pues, hijo mío, obedece mi voz, y levántate, huye a casa de Laván, mi hermano, a Jarán, y quédate con él siete años, hasta que se aparte el furor de tu hermano.» En la bondad de su corazón, Rivká no podía menos que creer que la ira de Esav era solo una pasión pasajera, y que desaparecería con el tiempo. Pero se equivocaba: su odio persistió hasta el fin de su vida.

Valiente como era, Yaakov no quería huir del peligro. Dijo a su madre: «No tengo miedo; si quiere matarme, yo lo mataré», a lo que ella respondió: «Que no me vea privada de mis dos hijos en un solo día.» Con estas palabras Rivká mostró de nuevo su don profético. Como habló, así sucedió: cuando llegó su hora, Esav fue muerto mientras tenía lugar el entierro de Yaakov.

Y Yaakov dijo a Rivká: «Mira, tú sabes que mi padre se ha hecho viejo y no ve, y si lo dejo y me voy, se enojará y me maldecirá. No iré; si él me envía, solo entonces iré.»

Así pues, Rivká fue a Yitsjak y, entre lágrimas, le habló de este modo: «Si Yaakov toma mujer de las hijas de Jet, ¿de qué me servirá la vida?» Y Yitsjak llamó a Yaakov, y lo encargó, y le dijo: «No tomarás mujer de las hijas de Kena’an, pues así nos ordenó nuestro padre Avraham conforme a la palabra de HaShem, que Él le había mandado, diciendo: “A tu simiente daré la tierra; si tus hijos guardan mi alianza que he hecho contigo, entonces también cumpliré a tus hijos lo que te he dicho, y no los abandonaré.” Ahora pues, hijo mío, escucha mi voz, todo lo que te mande, y guárdate de tomar mujer de entre las hijas de Kena’an. Levántate, ve a Jarán, a la casa de Betuel, el padre de tu madre, y toma allí mujer de las hijas de Laván, el hermano de tu madre. Ten cuidado, no sea que olvides a Adonái tu Dios y todos sus caminos en la tierra a la que vas, y te unas a la gente de la tierra, y persigas la vanidad, y abandones a Adonái tu Dios. Pero cuando llegues a la tierra, sirve a HaShem. No te apartes ni a la derecha ni a la izquierda del camino que te he mandado, y que aprendiste. Y que el Dios Todopoderoso te conceda favor ante la gente de la tierra, para que tomes allí mujer conforme a tu elección, una que sea buena y recta en el camino de HaShem. Y que Dios te dé, a ti y a tu simiente, la bendición de tu padre Avraham, y te haga fecundo y te multiplique, y llegues a ser una multitud de pueblos en la tierra a la que vas, y que Dios te haga volver a tu tierra, la tierra de la morada de tu padre, con hijos y con grandes riquezas, con gozo y con placer.»

Como el valor de un documento se acredita por sus palabras finales, la firma de los testigos, así confirmó Yitsjak la bendición que había otorgado a Yaakov. Para que nadie pudiera decir que Yaakov la había conseguido por intriga y astucia, lo bendijo de nuevo con tres bendiciones, con estas palabras: «En la medida en que estoy dotado del poder de bendecir, otorgo bendición sobre ti. Que Dios, con quien hay bendición sin fin, te dé la suya, y también la bendición con que Avraham quiso bendecirme, absteniéndose solo por no provocar los celos de Yishmael.»

Viendo con su ojo profético que la simiente de Yaakov se vería una vez obligada a ir al exilio, Yitsjak elevó una petición más: que Dios trajera de vuelta a los desterrados. Dijo: «Él te librará en seis angustias, y en la séptima ningún mal te tocará.» Y también Rivká rezó a Dios en favor de Yaakov: «Oh Señor del mundo, no dejes prosperar el propósito que Esav abriga contra Yaakov. Ponle un freno, para que no logre todo lo que quiere hacer.»

Cuando Esav observó que hasta el amor de su padre había pasado de él a Yaakov, se marchó, a Yishmael, y se dirigió a él de esta manera: «Mira, así como tu padre dio todos sus bienes a tu hermano Yitsjak, y te despidió a ti con las manos vacías, así se propone hacer conmigo mi padre. Prepárate, pues, sal y mata a tu hermano, y yo mataré al mío, y entonces nosotros dos nos repartiremos el mundo entero.» Y Yishmael respondió: «¿Por qué quieres que yo mate a tu padre? Puedes hacerlo tú mismo.» Esav dijo: «Ya ha ocurrido en tiempos pasados que un hombre matara a su hermano: Káyin asesinó a Hével. Pero que un hijo mate a su padre es algo inaudito.»

Esav en realidad no retrocedía ante el parricidio; solo que no encajaba en el plan que había tramado. «Si Yishmael mata a mi padre —se dijo a sí mismo—, yo soy el redentor legítimo, y mataré a Yishmael para vengar a mi padre, y si luego asesino también a Yaakov, todo me pertenecerá, como heredero de mi padre y de mi tío.» Esto muestra que el matrimonio de Esav con Majalat, la hija de Yishmael y nieta de Avraham, no se concertó por consideración a sus padres, que se oponían a sus otras dos mujeres, hijas de los cananeos. Todo lo que deseaba era entrar en relaciones amistosas con Yishmael para ejecutar su plan diabólico.

Pero Esav echó la cuenta sin la huéspeda. La noche anterior a su boda con Majalat, Yishmael murió, y Nevayot, el hijo de Yishmael, ocupó el lugar de su padre, y entregó a su hermana. Cuán poco había estado en la mente de Esav hacer felices a sus padres tomando por mujer a una nieta de Avraham, se ve por el hecho de que conservó a sus otras dos mujeres, las cananeas. La hija de Yishmael siguió el ejemplo de sus compañeras, y así no hizo sino aumentar el dolor causado a los padres de Esav por sus nueras. Y la ocasión podría haber sido de lo más favorable para que Esav se apartara de sus caminos impíos y enmendara su conducta, pues al novio se le perdonan en el día de su boda todos los pecados cometidos en los años pasados.

Apenas había dejado Yaakov la casa de su padre, cuando Rivká empezó a llorar, pues estaba muy afligida por él. Yitsjak la consoló, diciendo: «¡No llores por Yaakov! En paz parte, y en paz volverá. HaShem, el Dios Altísimo, lo guardará de todo mal y estará con él. No lo abandonará en todos los días de su vida. No temas por él, pues anda por el camino recto, es un hombre perfecto, y tiene fe en Dios: no perecerá.»

Yaakov perseguido por Elifaz y Esav

Cuando Yaakov se marchó para ir a Jarán, Esav llamó a su hijo Elifaz, y en secreto le habló, diciendo: «Ahora date prisa, toma tu espada en tu mano y persigue a Yaakov, y adelántate a él en el camino, y acéchalo y mátalo con tu espada en alguno de los montes, y toma todo lo que le pertenece, y vuelve.» Y Elifaz era diestro y experto con el arco, como su padre le había enseñado, y era un cazador reputado en el campo y un hombre valiente. Y Elifaz hizo como su padre le había mandado. Y Elifaz tenía a la sazón trece años, y se levantó y fue y tomó consigo a diez de los hermanos de su madre, y persiguió a Yaakov. Y lo siguió de cerca, y cuando lo alcanzó, se puso en emboscada contra él en los confines de la tierra de Kena’an, frente a la ciudad de Shejem. Y Yaakov vio a Elifaz y a sus hombres persiguiéndolo, y Yaakov se detuvo en el lugar por el que iba a fin de saber qué era aquello, pues no comprendía su propósito. Elifaz desenvainó su espada y siguió avanzando, él y sus hombres, hacia Yaakov, y Yaakov les dijo: «¿Para qué habéis venido aquí, y por qué me perseguís con vuestras espadas?» Elifaz se acercó a Yaakov, y respondió así: «Esto me ordenó mi padre, y ahora, por tanto, no me desviaré de las órdenes que mi padre me dio.» Y cuando Yaakov vio que Esav había grabado su mandato con apremio en Elifaz, se acercó y suplicó a Elifaz y a sus hombres, diciendo: «Mira, todo lo que tengo, y lo que mi padre y mi madre me dieron, tómalo para ti y apártate de mí, y no me mates, y que esto que hagas conmigo te sea contado por justicia.» Y HaShem hizo que Yaakov hallara favor a los ojos de Elifaz y de sus hombres, y ellos escucharon la voz de Yaakov, y no le dieron muerte, sino que tomaron todos sus bienes, junto con la plata y el oro que había traído consigo de Beer-Sheva. No le dejaron nada. Cuando Elifaz y sus hombres regresaron a Esav, y le contaron todo lo que les había ocurrido con Yaakov, se enojó con su hijo Elifaz y con sus hombres, porque no habían dado muerte a Yaakov. Y ellos respondieron, y dijeron a Esav: «Porque Yaakov nos suplicó en este asunto que no lo matáramos, nuestra piedad se conmovió hacia él, y tomamos todo lo que le pertenecía, y volvimos.» Esav tomó entonces toda la plata y el oro que Elifaz había quitado a Yaakov, y los guardó en su casa.

No obstante, Esav no abandonó la esperanza de interceptar a Yaakov en su huida y matarlo. Lo persiguió, y con sus hombres ocupó el camino por el que aquel había de viajar a Jarán. Allí le ocurrió a Yaakov un gran milagro. Cuando advirtió cuál era la intención de Esav, se desvió hacia el río Yardén, y, con los ojos dirigidos a Dios, hendió las aguas con su cayado de viajero, y logró cruzar a la otra orilla. Pero Esav no se dejó disuadir. Mantuvo la persecución, y llegó a las fuentes termales de Baarus antes que su hermano, que tenía que pasar por allí. Yaakov, sin saber que Esav estaba al acecho de él, decidió bañarse en la fuente, diciendo: «No tengo ni pan ni las demás cosas necesarias, así que al menos calentaré mi cuerpo en las aguas del manantial.» Mientras estaba en el baño, Esav ocupó cada salida, y Yaakov de seguro habría perecido en el agua caliente, si HaShem no hubiera hecho que aconteciera un milagro. Se formó por sí misma una nueva abertura, y por ella escapó Yaakov. Así se cumplieron las palabras: «Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; cuando camines por el fuego, no te quemarás», pues Yaakov fue salvado de las aguas del Yardén y del fuego de la fuente termal.

Al mismo tiempo que Yaakov, un jinete, dejando su caballo y sus ropas en la orilla, se había metido en el río para refrescarse, pero fue arrollado por las olas, y halló la muerte. Yaakov se puso las ropas del muerto, montó su caballo y partió. Fue una feliz casualidad, pues Elifaz lo había despojado de todo, hasta de sus ropas, y el milagro del río había sucedido solo para que no se viera forzado a aparecer desnudo entre los hombres.

Aunque Yaakov fue despojado de todos sus bienes, su ánimo no desfalleció. Dijo: «¿Habría de perder la esperanza en mi Creador? Pongo mis ojos en los méritos de mis padres. Por amor a ellos, HaShem me dará su ayuda.» Y Dios dijo: «Yaakov, tú pones tu confianza en los méritos de tus padres, por eso no dejaré que tu pie resbale; el que te guarda no dormitará. ¡Y aún más! Mientras que un guardián, por regla general, vela solo de día y duerme de noche, yo te guardaré día y noche, pues, mira, el que guarda a Israel no dormitará ni dormirá. HaShem te guardará de todo mal, tanto de Esav como de Laván; guardará tu alma, para que el Ángel de la Muerte no te haga daño; guardará tu salida y tu entrada, te sostendrá ahora que dejas Kena’an, y cuando vuelvas a Kena’an.»

Yaakov era reacio a dejar la Tierra Santa antes de recibir permiso directo de Dios. «Mis padres —reflexionaba— me mandaron salir y morar fuera de la tierra, pero ¿quién sabe si es la voluntad de Dios que yo haga como dicen, y engendre hijos fuera de la Tierra Santa?» Así pues, se encaminó a Beer-Sheva. Allí, donde HaShem había dado permiso a Yitsjak para partir de Kena’an e ir a Filistea, sabría cuál era la voluntad de HaShem respecto de sí mismo.

No siguió el ejemplo de su padre y su abuelo ni se refugió con Avimélej, porque temía que el rey también a él lo forzara a una alianza, y les hiciera imposible a sus descendientes, durante muchas generaciones, tomar posesión de la tierra de los filisteos. Tampoco podía quedarse en casa, por su temor de que Esav pudiera arrebatarle la primogenitura y la bendición, y a eso no accedería ni podía acceder. Tan poco dispuesto estaba a entablar el combate con Esav, pues conocía la verdad de la máxima: «Quien corteja el peligro será vencido por él; quien lo evita lo vencerá.» Tanto Avraham como Yitsjak habían vivido según esta regla. Su abuelo había huido de Nimrod, y su padre se había apartado de los filisteos.

El día de los milagros

El viaje de Yaakov a Jarán fue una sucesión de milagros. El primero de los cinco que le sucedieron por su causa en el curso de él fue que el sol se puso mientras Yaakov pasaba por el monte Moriá, aunque era pleno mediodía a la sazón. Iba siguiendo el manantial que aparecía dondequiera que los Patriarcas fueran o se asentaran. Acompañó a Yaakov desde Beer-Sheva hasta el monte Moriá, dos jornadas de camino. Cuando llegó a la colina santa, HaShem le dijo: «Yaakov, tienes pan en tu zurrón, y el manantial de aguas está cerca para saciar tu sed. Así tienes comida y bebida, y aquí puedes pernoctar.» Pero Yaakov respondió: «El sol apenas ha pasado la quinta de sus doce etapas diurnas, ¿por qué habría de acostarme a dormir a hora tan impropia?» Pero entonces Yaakov advirtió que el sol estaba a punto de ponerse, y se dispuso a preparar su lecho. Era el propósito divino no dejar que Yaakov pasara el sitio del futuro Templo sin detenerse; había de demorarse allí al menos una noche. Además, Dios deseaba aparecerse a Yaakov, y Él se muestra a sus fieles solo de noche. Al mismo tiempo Yaakov quedó a salvo de la persecución de Esav, que tuvo que desistir a causa de la oscuridad prematura.

Yaakov tomó doce piedras del altar sobre el cual su padre Yitsjak había yacido atado como sacrificio, y dijo: «Era el propósito de Dios hacer surgir doce tribus, pero no han sido engendradas por Avraham ni por Yitsjak. Si ahora estas doce piedras se unen en una sola, entonces sabré con certeza que estoy destinado a ser el padre de las doce tribus.» En ese momento aconteció el segundo milagro: las doce piedras se juntaron y formaron una, que él puso bajo su cabeza, y al instante se volvió blanda y mullida como una almohada. Bien estuvo que tuviera un cómodo lecho. Tenía gran necesidad de descanso, pues era la primera noche en catorce años que no hacía vigilia. Durante todos aquellos años, pasados en la casa de estudio de Éver, había dedicado las noches al estudio. Y durante los veinte años venideros no habría de dormir, pues mientras estuvo con su tío Laván, pasó toda la noche, y cada noche, recitando los Salmos.

En conjunto, fue una noche de maravillas. Soñó un sueño en el que el curso de la historia del mundo se le desplegó. En una escalera apoyada en la tierra, cuya cima llegaba al cielo, contempló a los dos ángeles que habían sido enviados a Sedom. Durante ciento treinta y ocho años habían estado desterrados de las regiones celestiales, porque habían traicionado su misión secreta ante Lot. Habían acompañado a Yaakov desde la casa de su padre hasta allí, y ahora ascendían hacia el cielo. Cuando llegaron allí, los oyó llamar a los demás ángeles y decir: «Venid y ved el rostro del piadoso Yaakov, cuya imagen aparece en el Trono divino, vosotros que anhelasteis largo tiempo verlo», y entonces contempló a los ángeles descender del cielo para contemplarlo. Vio también a los ángeles de los cuatro reinos ascender por la escalera. El ángel de Bavel subió setenta peldaños, el ángel de Media, cincuenta y dos, el de Grecia, ciento ochenta, y el de Edom subió muy alto, diciendo: «Subiré por encima de las alturas de las nubes, seré como el Altísimo», y Yaakov oyó una voz que le replicaba: «Sin embargo, serás derribado hasta el infierno, hasta lo más hondo de la fosa.» Dios mismo reprendió a Edom, diciendo: «Aunque te remontes a lo alto como el águila, y aunque tu nido esté puesto entre las estrellas, de allí te derribaré.»

Además, Dios mostró a Yaakov la revelación en el monte Sinaí, el arrebatamiento de Eliyahu, el Templo en su gloria y en su despojo, el intento de Nabucodonosor de quemar a los tres santos jóvenes en el horno ardiente, y el encuentro de Daniel con Bel.

En este, el primer sueño profético soñado por Yaakov, Dios le hizo la promesa de que la tierra sobre la que yacía le sería dada, pero la tierra sobre la que yacía era la totalidad de la Tierra de Israel, que Dios había plegado y puesto bajo él. «Y —proseguía la promesa— tu simiente será como el polvo de la tierra. Así como la tierra sobrevive a todas las cosas, así tus hijos sobrevivirán a todas las naciones de la tierra. Pero así como la tierra es hollada por todos, así tus hijos, cuando cometan transgresiones, serán hollados por las naciones de la tierra.» Y, además, Dios prometió que Yaakov se extendería hacia el oeste y hacia el este, una promesa mayor que la dada a sus padres Avraham y Yitsjak, a quienes había asignado una tierra limitada. La de Yaakov era una posesión sin límites.

De este prodigioso sueño despertó Yaakov con un sobresalto de espanto, a causa de la visión que había tenido de la destrucción del Templo. Clamó: «¡Cuán temible es este lugar! No es otra cosa que la casa de Dios, donde está la puerta del cielo por la que la oración asciende hasta Él.» Tomó la piedra hecha de las doce, y la erigió como pilar, y derramó aceite sobre su cima, que había fluido del cielo para él, y Dios hundió esta piedra ungida hasta el abismo, para que sirviera de centro de la tierra, la misma piedra, la Éven Shetiyá, que forma el centro del santuario, sobre la cual está grabado el Nombre Inefable, cuyo conocimiento hace al hombre dueño sobre la naturaleza, y sobre la vida y la muerte.

Yaakov se postró ante la Éven Shetiyá, y suplicó a Dios que cumpliera la promesa que le había dado, y también rezó para que Dios le concediera un sustento honroso. Pues Dios no había mencionado pan que comer ni ropa que vestir, para que Yaakov aprendiera a tener fe en HaShem. Entonces hizo voto de dar el diezmo de todo lo que poseía a Dios, si Él le concedía su petición. Así fue Yaakov el primero en tomar sobre sí un voto, y el primero, también, en separar el diezmo de sus ingresos.

Dios le había prometido casi todo lo deseable, pero él temía poder perder las bendiciones prometidas por su pecaminosidad, y de nuevo rezó fervientemente para que Dios lo trajera de vuelta a la casa de su padre incólume en cuerpo, bienes y conocimiento, y lo guardara, en la tierra extraña a la que iba, contra la idolatría, una vida inmoral y el derramamiento de sangre.

Terminada su oración, Yaakov se puso en camino hacia Jarán, y ocurrió el tercer prodigio. En un abrir y cerrar de ojos llegó a su destino. La tierra saltó del monte Moriá a Jarán. Un prodigio como este Dios lo ha ejecutado solo cuatro veces en todo el curso de la historia.

Lo primero que se encontró ante sus ojos en Jarán fue el pozo de donde los habitantes sacaban su provisión de agua. Aunque era una gran ciudad, Jarán sufría de escasez de agua, y por eso el pozo no podía ser usado por la gente de forma gratuita. La estancia de Yaakov en la ciudad produjo un cambio. En virtud de sus obras meritorias, los manantiales de agua fueron bendecidos, y la ciudad tuvo agua suficiente para sus necesidades.

Yaakov con Laván

Yaakov vio a un grupo de gente junto al pozo, y les preguntó: «Hermanos míos, ¿de dónde sois?». Así se hizo modelo para que todos lo imitaran. El hombre debe ser sociable, y dirigirse a los demás como hermanos y amigos, sin esperar a que ellos lo saluden. Cada uno ha de esforzarse por ser el primero en dar el saludo de paz, para que los ángeles de la paz y la compasión salgan a su encuentro. Cuando le dijeron que los presentes venían de Jarán, preguntó por el carácter y el oficio de su tío Laván, y si tenían con él trato de amistad. Ellos respondieron con pocas palabras: «Hay paz entre nosotros, pero si deseas saber más, ahí viene Rajel, la hija de Laván. De ella podrás aprender todo lo que quieras saber». Sabían que a las mujeres les gusta conversar, y por eso lo remitieron a Rajel.

A Yaakov le extrañó que tantos estuvieran ociosos junto al pozo, y siguió preguntando: «¿Sois jornaleros? Entonces es demasiado temprano para dejar el trabajo. Pero si apacentáis vuestro propio ganado, ¿por qué no dais de beber a los rebaños y los dejáis pacer?». Le dijeron que esperaban a que todos los pastores trajeran allí sus rebaños, y juntos hicieran rodar la piedra de la boca del pozo. Mientras aún hablaba con ellos, llegó Rajel con las ovejas de su padre, pues Laván no tenía hijos, y como poco antes había estallado una peste entre su ganado, quedaban tan pocas ovejas que una muchacha como Rajel podía cuidarlas sin dificultad. Y cuando Yaakov vio acercarse a la hija del hermano de su madre, hizo rodar la gran piedra de la boca del pozo con la misma facilidad con que se saca un corcho de una botella —el cuarto prodigio de aquel día extraordinario—. La fuerza de Yaakov igualaba la de todos los pastores juntos; con solo sus dos brazos logró lo que suele requerir el esfuerzo unido de una gran multitud de hombres. Había sido dotado por Dios de esta fuerza sobrenatural al salir de la Tierra de Israel. Dios había hecho caer sobre él el rocío de la resurrección, y su vigor físico era tan grande que hasta en un combate con los ángeles salía vencedor.

El quinto y último prodigio del día fue que el agua subió desde las profundidades del pozo hasta el borde mismo, sin que hiciera falta sacarla, y allí se mantuvo durante los veinte años que Yaakov habitó en Jarán.

Yaakov con Laván

Que Rajel llegara al pozo justo cuando Yaakov alcanzaba el territorio de Jarán fue un presagio favorable. Encontrar muchachas jóvenes al entrar por primera vez en una ciudad es señal segura de que la fortuna favorece los propósitos de uno. La experiencia lo prueba con Eliézer, Yaakov, Moshé y Shaúl. Todos ellos se toparon con muchachas al acercarse a un lugar nuevo para ellos, y a todos les fue bien.

Yaakov trató enseguida a Rajel como a su prima, lo que provocó no pocos murmullos entre los presentes. Censuraron a Yaakov por su comportamiento con ella, pues desde que Dios envió el diluvio sobre el mundo, a causa de la vida inmoral de los hombres, reinaba una gran castidad, sobre todo entre las gentes del oriente. La habladuría de los hombres hizo llorar a Yaakov. Apenas había besado a Rajel cuando rompió en llanto, pues se arrepintió de haberlo hecho.

Había motivos de sobra para las lágrimas. Yaakov no podía sino recordar con tristeza que Eliézer, el siervo de su abuelo, había traído a Jarán diez camellos cargados de regalos cuando vino a pedir esposa para Yitsjak, mientras que él no tenía siquiera un anillo que dar a Rajel. Además, preveía que su esposa predilecta, Rajel, no yacería a su lado en la tumba, y también esto lo hacía llorar.

En cuanto Rajel oyó que Yaakov era su primo, corrió a casa a contarle a su padre de su llegada. Su madre ya no estaba entre los vivos, pues de otro modo naturalmente habría acudido a ella. A toda prisa corrió Laván a recibir a Yaakov. Pensó: si Eliézer, el siervo, llegó con diez camellos, ¿qué no traería consigo el hijo predilecto de la familia? Y al ver que Yaakov venía sin nada, concluyó que llevaba grandes sumas de dinero en la faja, y le echó los brazos a la cintura para averiguar si su suposición era cierta. Frustrado en esto, no por ello perdió la esperanza de que su sobrino Yaakov fuera hombre acaudalado. Quizá escondía piedras preciosas en la boca, y lo besó para comprobar si había acertado. Pero Yaakov le dijo: «Crees que tengo dinero. No, te equivocas: solo tengo palabras». Y pasó a contarle cómo había sucedido que se presentaba ante él con las manos vacías. Le dijo que su padre Yitsjak lo había enviado provisto de oro, plata y dinero, pero que se había encontrado con Elifaz, quien lo había amenazado de muerte. A este agresor Yaakov le había hablado así: «Sabe que los descendientes de Avraham tienen una deuda que saldar: habrán de servir cuatrocientos años en una tierra que no es suya. Si me matas, entonces vosotros, la simiente de Esav, tendréis que pagar la deuda. Más vale, pues, que tomes todo lo que tengo y me perdones la vida, para que sea yo quien pague lo que se debe». «Por eso —continuó Yaakov— me presento ante ti despojado de toda la hacienda que se llevó Elifaz».

Este relato de la pobreza de su sobrino llenó de consternación a Laván. «¡Cómo! —exclamó—. ¿Tendré que dar de comer y beber durante un mes, o quizá hasta un año, a este mozo que ha venido a mí con las manos vacías?». Recurrió a sus terafim, para pedirles consejo sobre el asunto, y ellos lo previnieron, diciendo: «Guárdate de echarlo de tu casa. Su estrella y su constelación son tan afortunadas que la buena suerte acompañará todos sus empeños, y por su causa la bendición de HaShem reposará sobre todo cuanto hagas, en tu casa o en tu campo».

Laván quedó satisfecho con el consejo de los terafim, pero no sabía de qué modo vincular a Yaakov a su casa. No se atrevía a ofrecerle empleo, no fuera que las condiciones de Yaakov resultaran imposibles de cumplir. De nuevo recurrió a los terafim, y les preguntó con qué recompensa tentar a su sobrino, y le respondieron: «Una esposa es su salario; no te pedirá otra cosa que una esposa. Es de su naturaleza sentirse atraído por las mujeres, y siempre que amenace con dejarte, no tienes más que ofrecerle otra esposa, y no se irá».

Laván volvió a Yaakov y le dijo: «Dime, ¿cuál será tu salario?», y él respondió: «¿Crees que vine aquí a hacer dinero? Vine solo a conseguir esposa», pues no bien Yaakov vio a Rajel se enamoró de ella y le propuso matrimonio. Rajel consintió, pero añadió la advertencia: «Mi padre es astuto, y tú no eres rival para él». Yaakov: «Soy su hermano en astucia». Rajel: «¿Pero acaso conviene el engaño a los piadosos?». Yaakov: «Sí, "con el recto se es recto, y con el tramposo se es tramposo". Pero —continuó Yaakov— dime en qué podría obrar astutamente conmigo». Rajel: «Tengo una hermana mayor, a quien él desea ver casada antes que a mí, y tratará de encajártela a ella en mi lugar». Para estar prevenidos contra la treta de Laván, Yaakov y Rajel convinieron una señal por la que él la reconocería en la noche de bodas.

Advertido así de guardarse de Laván, Yaakov redactó su acuerdo con él respecto a su matrimonio con Rajel con tal precisión que no dejó lugar a tergiversación ni engaño. Yaakov dijo: «Sé que las gentes de este lugar son bribonas, por eso quiero plantearte el asunto con toda claridad. Te serviré siete años por Rajel —así pues, no por Leá—; por tu hija, para que no me traigas alguna otra mujer llamada también Rajel; por la hija menor, para que no cambies entretanto sus nombres».

Nada de esto sirvió: «De nada vale echar a un villano al aserradero» —ni la fuerza ni las buenas palabras pueden con un canalla—. Laván engañó no solo a Yaakov, sino también a los invitados a quienes convocó a la boda.

El matrimonio de Yaakov

Después de que Yaakov hubo servido a Laván siete años, dijo a su tío: «HaShem me destinó a ser el padre de doce tribus. Tengo ya ochenta y cuatro años, y si no me ocupo del asunto ahora, ¿cuándo lo haré?». Entonces Laván consintió en darle por esposa a su hija Rajel, y se casó cuarenta y cuatro años después que su hermano Esav. HaShem a menudo aplaza la dicha de los piadosos, mientras permite a los malvados gozar pronto del cumplimiento de sus deseos. Esav, en cambio, había elegido adrede su cuadragésimo año para casarse; había querido dar a entender que seguía los pasos de su padre Yitsjak, quien también se había casado a los cuarenta años. Esav era como el cerdo que estira las patas al echarse, para mostrar que tiene la pezuña hendida como los animales puros, aunque no por ello deja de ser uno de los animales impuros. Hasta los cuarenta años Esav tuvo por costumbre violar a las esposas de otros hombres, y luego, al casarse, hizo como si siguiera el ejemplo de su piadoso padre. En consecuencia, la mujer con quien se casó era de su misma ralea, Yehudit, hija de Het, pues Dios dijo: «Este, que está destinado a ser rastrojo, a ser quemado por el fuego, tomará por esposa a una de un pueblo también destinado a la destrucción total». Ellos, Esav y su mujer, ilustraban el dicho: «No en vano se junta el cuervo con la corneja; son aves del mismo plumaje».

Muy distinto fue con Yaakov. Se casó con las dos hermanas piadosas y hermosas, Leá y Rajel, pues Leá, como su hermana menor, era bella de rostro, figura y estatura. Solo tenía un defecto: sus ojos eran débiles, y este mal se lo había causado ella misma, por su propia acción. Laván, que tenía dos hijas, y Rivká, su hermana, que tenía dos hijos, habían acordado por carta, cuando sus hijos aún eran pequeños, que el hijo mayor del uno se casaría con la hija mayor del otro, y el hijo menor con la hija menor. Cuando Leá llegó a la edad casadera y preguntó por su futuro esposo, todas las noticias hablaban de su carácter villano, y lloró por su suerte hasta que las pestañas se le cayeron de los párpados. Pero Rajel se volvía más y más hermosa día tras día, pues todos los que hablaban de Yaakov lo alababan y ensalzaban, y «las buenas nuevas engordan los huesos».

En vista del acuerdo entre Laván y Rivká, Yaakov se negó a casarse con la hija mayor, Leá. Ya de por sí Esav era su enemigo mortal, por lo ocurrido con la primogenitura y la bendición paterna. Si ahora Yaakov se casaba con la muchacha destinada a él, Esav jamás perdonaría a su hermano menor. Por eso Yaakov resolvió tomar por esposa a Rajel, la hija menor de su tío.

Laván pensaba de otro modo. Se proponía casar primero a su hija mayor, pues sabía que Yaakov consentiría en servirle un segundo período de siete años por amor a Rajel. El día de la boda reunió a los habitantes de Jarán y les habló así: «Bien sabéis que solíamos sufrir por falta de agua, y en cuanto este piadoso Yaakov vino a morar entre nosotros, tuvimos agua en abundancia». «¿Qué tienes en mente hacer?», le preguntaron. Respondió: «Si nada tenéis que objetar, lo engañaré y le daré por esposa a Leá. Ama a Rajel con un amor grandísimo, y por ella se quedará con nosotros otros siete años». «Haz como te plazca», dijeron sus amigos. «Pues bien —dijo Laván—, que cada uno de vosotros me deje una prenda en garantía de que no revelaréis mi propósito».

Con las prendas que le dejaron, Laván compró vino, aceite y carne para el banquete de bodas, y les sirvió una comida que ellos mismos habían pagado. Por engañar así a sus conciudadanos, a Laván se le llama Arami, «el embustero». Festejaron todo el día, hasta bien entrada la noche, y cuando Yaakov manifestó su asombro por las atenciones que le prodigaban, le dijeron: «Por tu piedad nos hiciste un gran servicio de bondad: nuestro caudal de agua creció hasta la abundancia, y queremos mostrarte nuestra gratitud por ello». Y, en efecto, trataron de darle una pista del propósito de Laván. En el canto nupcial que entonaron usaron el estribillo «Haliá», con la esperanza de que lo entendiera como Ha Leá, «Esta es Leá». Pero Yaakov, sin sospechar nada, no lo advirtió.

Cuando la novia fue conducida a la cámara nupcial, los invitados apagaron todas las velas, con gran asombro de Yaakov. Pero la explicación lo dejó satisfecho. «¿Acaso crees —dijeron— que tenemos tan poco sentido del decoro como tus paisanos?». Así que Yaakov no descubrió el engaño de que había sido objeto hasta la mañana. Durante la noche Leá respondía cada vez que él llamaba a Rajel, cosa que él le reprochó amargamente cuando llegó el día. «¡Oh embustera, hija de embustero! ¿Por qué me respondías cuando yo llamaba el nombre de Rajel?». «¿Hay maestro sin discípulo? —replicó Leá a su vez—. No hice sino aprovechar tu enseñanza. Cuando tu padre te llamaba Esav, ¿no decías tú: "Aquí estoy"?».

Yaakov se enfureció mucho contra Laván, y le dijo: «¿Por qué obraste con traición conmigo? Recobra a tu hija y déjame partir, ya que actuaste con maldad hacia mí». Laván, sin embargo, lo apaciguó, diciendo: «No se hace así en nuestro lugar, dar la menor antes que la primogénita», y Yaakov accedió a servir otros siete años por Rajel, y una vez cumplidos los siete días del banquete de la boda de Leá, se casó con Rajel.

Con Leá y Rajel, Yaakov recibió a las siervas Zilpá y Bilhá, otras dos hijas de Laván, que sus concubinas le habían dado.

El nacimiento de los hijos de Yaakov

Los caminos de Dios no son como los caminos de los hombres. El hombre se aferra a su amigo mientras este tiene riquezas, y lo abandona cuando cae en la pobreza. Pero cuando Dios ve a un mortal vacilante y a punto de caer, le tiende la mano y lo levanta. Así ocurrió con Leá. Yaakov la aborrecía, y Dios la visitó con misericordia. La aversión de Yaakov hacia Leá empezó la mañana misma siguiente a su boda, cuando su esposa lo mortificó recordándole que tampoco él estaba del todo libre de astucia y artimaña. Entonces Dios dijo: «A Leá solo puede venirle ayuda si da a luz un hijo; entonces el amor de su esposo volverá a ella». Dios recordó las lágrimas que ella había derramado cuando rogó que se le apartara la suerte que la encadenaba a aquel réprobo de Esav, y tan asombrosos son los efectos de la plegaria que a Leá, además de desviar el decreto que la amenazaba, se le concedió casarse con Yaakov antes que su hermana y ser la primera en darle un hijo. Había otra razón por la que HaShem se inclinaba compasivo hacia Leá. Se había hecho objeto de habladurías. Los marineros en el mar, los viajeros por los caminos, las mujeres en sus telares, todos cotilleaban sobre Leá, diciendo: «No es por dentro lo que aparenta por fuera. Parece piadosa, pero si lo fuera, no habría engañado a su hermana». Para poner fin a toda esta murmuración, Dios le concedió la distinción de dar a luz un hijo al cabo de siete meses de su matrimonio. Era uno de un par de mellizos, siendo el otro una niña. Así fue con once de los hijos de Yaakov: todos, salvo Yosef, nacieron mellizos con una niña, y la hermana y el hermano mellizos se casaron más tarde. Fue en conjunto un parto extraordinario, pues Leá era estéril, no formada por naturaleza para tener hijos.

Llamó a su primogénito Reuvén, que significa «Ved al hombre normal», pues no era ni grande ni pequeño, ni moreno ni rubio, sino exactamente normal. Al llamar Reuvén a su hijo mayor, «Ved al hijo», Leá señalaba su carácter futuro. «Ved la diferencia —insinuaba el nombre— entre mi primogénito y el primogénito de mi suegro. Esav vendió su primogenitura a Yaakov por su propia voluntad, y aun así lo odió. En cambio mi primogénito, aunque su primogenitura le fue arrebatada sin su consentimiento y dada a Yosef, fue no obstante quien rescató a Yosef de manos de sus hermanos».

Leá llamó a su segundo hijo Shimón, «Allá está el pecado», pues uno de sus descendientes fue aquel Zimrí que se hizo culpable de viles transgresiones con las hijas de Moav.

El nombre de su tercer hijo, Leví, se lo dio Dios mismo, no su madre. HaShem lo convocó por medio del ángel Gavriel, y le otorgó el nombre como a quien está «coronado» con los veinticuatro dones que son el tributo debido a los sacerdotes.

Al nacer su cuarto hijo, Leá dio gracias a Dios por una razón especial. Sabía que Yaakov engendraría doce hijos, y que si se repartían por igual entre sus cuatro esposas, cada una daría a luz tres. Pero ahora resultaba que ella tenía uno más de la parte que le correspondía, y lo llamó Yehudá, «gracias a Dios». Fue así la primera desde la creación del mundo en dar gracias a Dios, y su ejemplo lo siguieron David y Daniel, descendientes de su hijo Yehudá.

Cuando Rajel vio que su hermana había dado cuatro hijos a Yaakov, envidió a Leá. No es que le pesara la buena fortuna de que gozaba: solo la envidiaba por su piedad, diciéndose que era a su conducta recta a lo que debía la bendición de tantos hijos. Entonces suplicó a Yaakov: «Ruega a Dios por mí, que me conceda hijos, pues de lo contrario mi vida no es vida. En verdad, hay cuatro que pueden considerarse como muertos: el ciego, el leproso, el sin hijos, y el que fue rico y perdió su fortuna». Se encendió la ira de Yaakov contra Rajel, y dijo: «Mejor harías en dirigir tu súplica a Dios, y no a mí, pues ¿acaso estoy yo en lugar de Dios, que te ha negado el fruto del vientre?». A Dios le disgustó esta respuesta que dio Yaakov a su afligida esposa. Lo reprendió con estas palabras: «¿Así consuelas un corazón traspasado de dolor? Por tu vida, llegará el día en que tus hijos se presentarán ante el hijo de Rajel, y él usará las mismas palabras que tú acabas de usar, diciendo: "¿Estoy yo en lugar de Dios?"».

Rajel también replicó a Yaakov, diciendo: «¿Acaso tu padre no imploró también a Dios por tu madre con palabras fervientes, rogándole que le quitara la esterilidad?». Yaakov: «Es cierto, pero Yitsjak no tenía hijos, y yo tengo varios». Rajel: «¡Recuerda a tu abuelo Avraham, no puedes negar que él tenía hijos cuando suplicó a Dios en favor de Sará!». Yaakov: «¿Harías tú por mí lo que Sará hizo por mi abuelo?». Rajel: «Dime, ¿qué hizo?». Yaakov: «Ella misma trajo una rival a su casa». Rajel: «Si eso es todo lo que hace falta, estoy dispuesta a seguir el ejemplo de Sará, y ruego que, así como a ella se le concedió un hijo por haber invitado a una rival, así también yo sea bendecida». Entonces Rajel dio a Yaakov por esposa a Bilhá, su sierva liberada, y esta le dio un hijo, a quien Rajel llamó Dan, diciendo: «Como HaShem fue benévolo conmigo y me dio un hijo conforme a mi súplica, así permitirá a Shimshón, el descendiente de Dan, juzgar a su pueblo, para que no caiga en manos de los filisteos». Al segundo hijo de Bilhá, Rajel lo llamó Naftalí, diciendo: «Mío es el lazo que ata a Yaakov a este lugar, pues fue por mi causa que vino a Laván». Al mismo tiempo quiso dar a entender con este nombre que la Torá, que es tan dulce como el nófet, «panal de miel», se enseñaría en el territorio de Naftalí. Y el nombre tenía todavía un tercer sentido: «Como Dios ha oído mi ferviente plegaria por un hijo, así atenderá la ferviente plegaria de los naftalitas cuando sean acosados por sus enemigos».

Leá, viendo que había dejado de dar a luz, mientras Bilhá, la sierva de su hermana, daba dos hijos a Yaakov, concluyó que era el destino de Yaakov tener cuatro esposas: su hermana y ella misma, y sus medias hermanas Bilhá y Zilpá. Por eso también ella le dio por esposa a su sierva. Zilpá era la más joven de las cuatro mujeres. Era costumbre de aquel tiempo dar a la hija mayor la sierva mayor, y a la hija menor la sierva menor, como dote, cuando se casaban. Ahora bien, para hacer creer a Yaakov que su esposa era la hija menor por la que había servido, Laván había dado a Leá la sierva menor como su parte de bodas. Esta Zilpá era tan joven que su cuerpo no delataba señal exterior de embarazo, y nada se supo de su estado hasta que nació su hijo. Leá llamó al niño Gad, que significa «fortuna», o bien puede significar «el que corta», pues de Gad descendió el profeta Eliyahu, que trae buena fortuna a Israel, y que también siega al mundo pagano. Leá tenía además otras razones para elegir este nombre de doble sentido. La tribu de Gad tuvo la fortuna de entrar en posesión de su heredad en la Tierra de Israel antes que ninguna otra, y también Gad, el hijo de Yaakov, nació circuncidado.

Al segundo hijo de Zilpá, Leá le dio el nombre de Asher, «alabanza», pues, dijo: «A mí se me debe toda clase de alabanza, pues traje a mi sierva a la casa de mi esposo como esposa. Sará hizo lo mismo, pero solo porque no tenía hijos, y así fue también con Rajel. Yo, en cambio, tenía hijos, y aun así dominé mi pasión, y sin celos di mi sierva a mi esposo por esposa. En verdad, todos me alabarán y ensalzarán». Y añadió: «Así como las mujeres me alabarán, así los hijos de Asher alabarán en el tiempo venidero a Dios por su fructífera heredad en la Tierra de Israel».

El siguiente hijo que le nació a Yaakov fue Yisajar, «una recompensa», y una vez más fue a Leá a quien se le permitió dar a luz al niño, como recompensa de Dios por su piadoso deseo de que las doce tribus vinieran al mundo. Para lograr este fin, no dejó medio sin intentar.

Sucedió una vez que su hijo mayor, Reuvén, cuidaba el asno de su padre durante la cosecha, y lo ató a una raíz de dudaim, y siguió su camino. Al regresar, encontró el dudaim arrancado del suelo, y el asno muerto junto a él. La bestia lo había desenraizado al tratar de soltarse, y la planta tiene una peculiaridad: quien la arranca ha de morir. Como era tiempo de cosecha, en que a cualquiera le está permitido tomar una planta de un campo, y como el dudaim es, además, una planta que el dueño de un campo tiene en poco, Reuvén lo llevó a casa. Como buen hijo, no lo guardó para sí, sino que se lo dio a su madre. Rajel deseó el dudaim, y pidió la planta a Leá, quien se desprendió de ella en favor de su hermana, pero con la condición de que Yaakov, al volver del trabajo por la tarde, se demorara con ella un rato. Fue del todo impropia la conducta de Rajel al disponer así de su esposo. Ganó el dudaim, pero perdió dos tribus. De haber obrado de otro modo, habría dado a luz cuatro hijos en lugar de dos. Y sufrió otro castigo: a su cuerpo no se le permitió reposar en la tumba junto al de su esposo.

Yaakov llegó del campo después de caer la noche, pues observaba la ley que obliga al jornalero a trabajar hasta que anochece, y el celo de Yaakov en los asuntos de Laván fue tan grande en los últimos siete años, después de su boda, como en los primeros siete, mientras servía por la mano de Rajel. Cuando Leá oyó el rebuzno del asno de Yaakov, corrió al encuentro de su esposo, y sin darle tiempo a lavarse los pies, insistió en que se apartara hacia su tienda. Al principio Yaakov se negó a ir, pero Dios lo obligó a entrar, pues Dios sabía que Leá obraba por motivos puros y desinteresados. Su dudaim le procuró dos hijos: Yisajar, padre de la tribu que se consagra al estudio de la Torá, de donde su nombre que significa «recompensa», y Zevulún, cuyos descendientes se dedicaron al comercio, y con sus ganancias permitían a sus hermanos de Yisajar seguir con sus estudios. A este último hijo suyo Leá lo llamó Zevulún, «morada», pues dijo: «Ahora morará mi esposo conmigo, ya que le he dado seis hijos, y también los hijos de Zevulún tendrán una buena morada en la Tierra de Israel».

Leá dio a luz una vez más, y esta última vez fue una hija, un varón convertido en mujer por su plegaria. Cuando concibió por séptima vez, habló así: «Dios prometió a Yaakov doce hijos. Yo le di seis, y cada una de las dos siervas le ha dado dos. Si ahora yo diera a luz otro hijo, mi hermana Rajel no quedaría a la altura ni siquiera de las siervas». Por eso rogó a Dios que cambiara el embrión masculino de su vientre en femenino, y Dios atendió su plegaria.

Entonces todas las esposas de Yaakov, Leá, Rajel, Zilpá y Bilhá, unieron sus plegarias a la plegaria de Yaakov, y juntas suplicaron a Dios que apartara de Rajel la maldición de la esterilidad. En el día de Año Nuevo, el día en que Dios se sienta a juzgar a los habitantes de la tierra, se acordó de Rajel y le concedió un hijo. Y Rajel dijo: «Dios ha quitado mi oprobio», pues toda la gente había dicho que no era mujer piadosa, ya que de otro modo habría tenido hijos, y ahora que Dios la había escuchado y abierto su vientre, tales habladurías ya no tenían razón de ser.

Al dar a luz un hijo, había escapado de otra deshonra. Se había dicho a sí misma: «Yaakov tiene intención de volver a la tierra de su nacimiento, y mi padre no podrá impedir a sus hijas que le han dado hijos seguir allá a su esposo con sus criaturas. Pero a mí, la esposa sin hijos, no me dejará ir, y me retendrá aquí y me casará con uno de los incircuncisos». Dijo además: «Como mi hijo ha quitado mi oprobio, así Yehoshúa, su descendiente, hará rodar un oprobio de los israelitas, cuando los circuncide al otro lado del Yardén».

Rajel llamó a su hijo Yosef, «añadidura», diciendo: «Dios me dará otro hijo más». Profetisa como era, preveía que tendría un segundo hijo. Pero una añadidura puesta por Dios es mayor que el capital original mismo. Binyamín, el segundo hijo, a quien Rajel consideraba mero suplemento, tuvo diez hijos, mientras que Yosef solo engendró dos. Estos doce juntos pueden considerarse las doce tribus dadas a luz por Rajel. De no haber usado Rajel la fórmula «HaShem me añada otro hijo», ella misma habría engendrado doce tribus con Yaakov.

Yaakov huye de Laván

Yaakov solo había estado esperando a que naciera Yosef para comenzar los preparativos de su viaje de regreso a casa. El espíritu santo le había revelado que la casa de Yosef obraría la destrucción de la casa de Esav, y por eso Yaakov exclamó al nacer Yosef: «Ahora no he de temer a Esav ni a sus legiones».

Por este tiempo, Rivká envió a su nodriza Devorá, la hija de Uts, acompañada de dos siervos de Yitsjak, a Yaakov, para instarlo a volver a la casa de su padre, ahora que sus catorce años de servicio habían llegado a su fin. Entonces Yaakov se acercó a Laván, y le habló: «Dame mis esposas y mis hijos, para que vaya a mi propio lugar y a mi tierra, pues mi madre me ha enviado mensajeros ordenándome volver a la casa de mi padre». Laván respondió, diciendo: «¡Ojalá halle yo gracia a tus ojos! Por una señal se me ha dado a conocer que Dios me bendice por tu causa». Lo que Laván tenía en mente era el tesoro que había hallado el día en que Yaakov llegó a él, y lo tenía por prueba de sus poderes benéficos. En efecto, Dios había obrado muchas cosas en la casa de Laván que atestiguaban las bendiciones que difunden los piadosos. Poco antes de la llegada de Yaakov, había estallado una peste entre el ganado de Laván, y con su llegada cesó. Y Laván no había tenido hijo varón, pero durante la estancia de Yaakov en Jarán le nacieron hijos.

Todo el salario que pidió a cambio de su trabajo y de las bendiciones que había traído a Laván fueron los animales manchados y moteados entre las cabras de su hato, y los negros entre las ovejas. Laván aceptó sus condiciones, diciendo: «Mira, ojalá sea conforme a tu palabra». El archivillano de Laván, cuya lengua se meneaba en todas direcciones, y que hacía toda clase de promesas que nunca cumplía, juzgaba a los demás por sí mismo, y por eso sospechó que Yaakov quería engañarlo. Y sin embargo, al final, fue Laván mismo quien faltó a su palabra. Nada menos que cien veces cambió el acuerdo entre ellos. Con todo, su conducta injusta de nada le sirvió. Aunque se había puesto una distancia de tres días de camino entre los rebaños de Laván y los de Yaakov, los ángeles solían traer las ovejas de Laván hasta las ovejas de Yaakov, y los hatos de Yaakov crecían sin cesar en número y calidad. Laván solo había dado a Yaakov las débiles y enfermas, y sin embargo las crías del rebaño, criadas bajo el cuidado de Yaakov, eran de tan excelente calidad que la gente las compraba a alto precio. Y Yaakov no tuvo necesidad de recurrir a las varas descortezadas. Le bastaba con hablar, y los rebaños parían conforme a su deseo. Lo que Laván merecía era la ruina total, por haber permitido que el piadoso Yaakov trabajara para él sin salario, y después de que su paga hubo sido cambiada diez veces, y diez veces Laván trató de engañarlo, Dios lo recompensó de este modo. Pero su buena suerte con los rebaños no era sino lo que Yaakov merecía. Todo jornalero fiel es recompensado por Dios en este mundo, con total independencia de lo que le aguarde en el mundo venidero. Con las manos vacías había llegado Yaakov a Laván, y lo dejó con hatos que sumaban seiscientos mil. Su multiplicación había sido asombrosa, una multiplicación que solo se igualará en el tiempo mesiánico.

La riqueza y la buena fortuna de Yaakov despertaron la envidia de Laván y de sus hijos, que no podían ocultar su enojo en el trato con él. Y HaShem dijo a Yaakov: «El rostro de tu suegro ya no es contigo como antes, ¿y aun así te demoras con él? Vuelve más bien a la tierra de tus padres, y allí dejaré reposar sobre ti mi Shejiná, pues no puedo permitir que la Shejiná resida fuera de la Tierra de Israel». De inmediato Yaakov envió al veloz mensajero Naftalí a Rajel y a Leá para convocarlas a una consulta, y eligió como lugar de encuentro el campo abierto, donde nadie pudiera oír lo que se dijera.

Sus dos esposas aprobaron el plan de volver a su hogar, y Yaakov resolvió partir enseguida con toda su hacienda, sin siquiera poner a Laván al corriente de su intención. Laván había ido a esquilar sus ovejas, de modo que Yaakov podía ejecutar su plan sin demora.

Para que su padre no supiera de su huida por sus terafim, Rajel se los robó, y los tomó y los escondió sobre el camello en que iba sentada, y siguió su camino. Y este era el modo en que fabricaban las imágenes: tomaban a un hombre que fuera primogénito, lo mataban y le quitaban el cabello de la cabeza, luego salaban la cabeza y la ungían con aceite, después escribían «el Nombre» sobre una pequeña tablilla de cobre o de oro, y la colocaban bajo su lengua. La cabeza, con la tablilla bajo la lengua, se ponía entonces en una casa donde ardían luces ante ella, y en el momento en que se prosternaban ante ella, les hablaba de todos los asuntos que le preguntaban, y eso se debía al poder del Nombre que estaba escrito sobre ella.

El pacto con Laván

Yaakov partió y cruzó el Éufrates, y puso rumbo a Guilad, pues el espíritu santo le reveló que Dios traería allí socorro a sus hijos en los días de Yiftaj. Entretanto, los pastores de Jarán observaron que el pozo, que había estado colmado hasta rebosar desde la llegada de Yaakov a su lugar, se secó de repente. Durante tres días velaron y esperaron, con la esperanza de que las aguas volvieran en la misma abundancia que antes. Defraudados, al fin dieron cuenta a Laván de la desgracia, y él adivinó al instante que Yaakov se había marchado de allí, pues sabía que la bendición había sido conferida a Jarán solo por los méritos de su yerno.

A la mañana siguiente Laván se levantó temprano, reunió a toda la gente de la ciudad, y persiguió a Yaakov con la intención de matarlo cuando le diera alcance. Pero el arcángel Mijael se le apareció, y le mandó guardarse de hacer a Yaakov el menor daño, so pena de sufrir él mismo la muerte. Este mensaje del cielo llegó a Laván durante la noche, pues cuando, en casos extraordinarios, Dios halla necesario revelarse a los paganos, lo hace solo en la oscuridad, como a escondidas, mientras que a los profetas de los judíos se muestra abiertamente, a plena luz del día.

Laván recorrió en un solo día el camino para el que Yaakov había empleado siete, y le dio alcance en el monte de Guilad. Cuando llegó junto a Yaakov, lo encontró en el acto de orar y dar alabanza a Dios. De inmediato Laván se puso a reconvenir a su yerno por haberse escabullido a hurtadillas de él. Mostró su verdadero carácter cuando dijo: «Está en el poder de mi mano haceros daño, pero el Dios de tu padre me habló anoche, diciendo: "Guárdate de hablar a Yaakov ni bien ni mal"». Así es como obran los malvados: se jactan del mal que pueden hacer. Laván quería dar a entender a Yaakov que solo el sueño que lo prevenía de hacer nada dañino a Yaakov le impedía llevar a cabo el perverso designio que había fraguado contra él.

Laván siguió reprendiendo a Yaakov, y concluyó con estas palabras: «Y ahora, aunque necesariamente hubieras de irte, porque ansiabas ardientemente la casa de tu padre, ¿por qué me has robado mis dioses?». Cuando pronunció estas últimas palabras, sus nietos lo interrumpieron, diciendo: «Nos avergonzamos de ti, abuelo, de que en tu vejez uses palabras como "mis dioses"». Laván registró todas las tiendas en busca de sus ídolos, yendo primero a la tienda de Yaakov, que era al mismo tiempo la de Rajel, pues Yaakov siempre moraba con su esposa predilecta. Sin hallar nada, pasó de allí a la tienda de Leá, y a las tiendas de las dos siervas, y al advertir que Rajel palpaba de acá para allá, se le despertaron las sospechas, y entró en su tienda por segunda vez. Habría hallado ahora lo que buscaba, si no se hubiera producido un milagro. Los terafim quedaron transformados en vasos para beber, y Laván tuvo que desistir de su infructuosa búsqueda.

Ahora bien, Yaakov, que no sabía que Rajel había robado los terafim de su padre para apartarlo de sus caminos idólatras, se irritó con Laván, y empezó a reñir con él. En la disputa entre ambos se manifestó el noble carácter de Yaakov. A pesar de su agitación, no dejó escapar una sola palabra impropia. Solo le recordó a Laván la lealtad y la entrega con que lo había servido, haciendo por él lo que ningún otro habría querido ni podido hacer. Dijo: «Cargué yo con el perjuicio del león, pues Dios había asignado de las ovejas de Laván para el sustento diario del león, y yo se lo privé. ¿Podría otro pastor haber obrado así? Sí, la gente me injuriaba, llamándome ladrón y ratero furtivo, pues pensaban que solo robando de día y robando de noche podía yo reponer los animales despedazados por las fieras. Y en cuanto a mi honradez —continuó—, ¿es acaso probable que haya otro yerno que, habiendo vivido con su suegro, no haya tomado alguna pequeñez de la casa de su suegro, un cuchillo o cualquier otra menudencia? Pero tú has palpado todos mis enseres, ¿qué has hallado de todos los enseres de tu casa? Ni siquiera una aguja o un clavo».

En su indignación, y consciente de su inocencia, Yaakov exclamó: «Aquel en cuyo poder halles tus dioses, no vivirá», palabras que encerraban una maldición —el ladrón quedaba maldito con muerte prematura, y por eso Rajel hubo de morir al dar a luz a Binyamín—. En verdad, la maldición habría surtido efecto de inmediato, de no haber sido voluntad de Dios que Rajel diera a Yaakov su hijo menor.

Tras la disputa, los dos hombres sellaron un pacto, y con su fuerza descomunal Yaakov levantó una enorme roca por memorial, y un montón de piedras como señal de su alianza. En esto Yaakov siguió el ejemplo de sus padres, que también habían pactado con naciones paganas —Avraham con los jebuseos, y Yitsjak con los filisteos—. Por eso Yaakov no dudó en hacer un tratado con los arameos. Yaakov convocó a sus hijos, llamándolos hermanos, pues eran sus iguales en piedad y en fuerza, y les mandó apilar montones de piedras. Entonces juró a su suegro que no tomaría más esposas fuera de sus cuatro hijas, ni mientras vivieran ni después de su muerte, y Laván, por su parte, juró que no pasaría los montones ni la columna hacia Yaakov con intención hostil, y tomó el juramento por el Dios de Avraham y el Dios de Najor, mientras que Yaakov invocó al Temor de Yitsjak. Se abstuvo de usar la expresión «el Dios de Yitsjak», porque Dios nunca une Su nombre con el de una persona viva, por la razón de que, mientras un hombre no ha cerrado sus años, no cabe poner en él confianza alguna, no sea que lo seduzca la inclinación al mal. Es cierto que, cuando se le apareció a Yaakov en Bet-El, Dios se llamó a Sí mismo «el Dios de Yitsjak». Había una razón para esa expresión insólita. Ciego, Yitsjak llevaba una vida retirada, dentro de su tienda, y la inclinación al mal ya no tenía poder sobre él. Pero, aunque Dios tenía plena confianza en Yitsjak, Yaakov no se atrevió a acoplar el nombre de Dios con el nombre de un hombre vivo, por lo cual tomó su juramento por «el Temor de Yitsjak».

Temprano por la mañana, al día siguiente del pacto, Laván se levantó, besó a sus nietos y a sus hijas, y los bendijo. Pero estos actos y palabras suyos no venían del corazón; en lo más hondo de su pensamiento lamentaba que Yaakov, su familia y sus bienes se le hubieran escapado. Sus verdaderos sentimientos los delató en el mensaje que envió a Esav apenas regresó a Jarán, por mano de su hijo Beor y diez compañeros de su hijo. El mensaje decía: «¿Has oído lo que Yaakov, tu hermano, me ha hecho? Vino a mí primero desnudo y desvalido, y yo salí a su encuentro, lo llevé a mi casa con honor, lo crié, le di a mis dos hijas por esposas y también a dos de mis siervas. Y Dios lo bendijo por causa mía, y creció en abundancia, y tuvo hijos e hijas y siervas, y también un ganado extraordinario de rebaños y hatos, camellos y asnos, y además plata y oro en abundancia. Pero cuando vio que su riqueza crecía, me dejó mientras yo iba a esquilar mis ovejas, y se levantó y huyó a escondidas. Puso a sus esposas y a sus hijos sobre camellos, se llevó todo su ganado y todos los bienes que había adquirido en mi tierra, y resolvió ir a su padre Yitsjak, a la tierra de Kena’an. Y no me permitió besar a mis hijos y a mis hijas, y se llevó a mis hijas como cautivas de la espada, y también robó mis dioses, y huyó. Y ahora lo he dejado en la montaña del arroyo de Yabok, a él y a todo lo suyo, sin que le falte ni un ápice de su hacienda. Si es tu deseo ir contra él, ve, y allí lo hallarás, y podrás hacerle lo que tu alma desee».

Yaakov no tenía por qué temer ni a Laván ni a Esav, pues en su viaje lo acompañaban dos huestes de ángeles: una iba con él desde Jarán hasta las fronteras de la Tierra Santa, donde lo recibió la otra hueste, los ángeles de la Tierra de Israel. Cada una de estas huestes constaba de no menos de seiscientos mil ángeles, y al contemplarlos Yaakov dijo: «Vosotros no pertenecéis ni a la hueste de Esav, que se dispone a salir a la guerra contra mí, ni a la hueste de Laván, que está a punto de perseguirme de nuevo. Sois las huestes de los santos ángeles enviados por HaShem». Y dio el nombre de Majanáyim, Doble Hueste, al lugar donde el segundo ejército relevó al primero.

Yaakov y Esav se preparan para el encuentro

El mensaje de Laván despertó el viejo odio de Esav hacia Yaakov con furia acrecentada, y reunió a su casa, que constaba de sesenta hombres. Con ellos y trescientos cuarenta habitantes de Seír, salió a dar batalla a Yaakov y matarlo. Dividió a sus guerreros en siete cohortes, dando a su hijo Elifaz su propia división de sesenta, y poniendo las otras seis divisiones bajo otros tantos horeos.

Mientras Esav se apresuraba a salir al encuentro de Yaakov, los mensajeros que Laván había enviado a Esav llegaron a Rivká y le contaron que Esav y sus cuatrocientos hombres estaban por hacer guerra a Yaakov, con el propósito de matarlo y apoderarse de todo lo que tenía. Angustiada de que Esav ejecutara su plan mientras Yaakov aún estaba de viaje, envió apresuradamente a setenta y dos de los criados de la casa de Yitsjak, para darle ayuda. Yaakov, que se demoraba a orillas del arroyo Yabok, se alegró al ver a estos hombres, y los saludó con las palabras: «Esta es la hueste de socorro de Dios», por lo cual llamó Majanáyim, Hueste, al lugar de su encuentro.

Después de que los guerreros enviados por Rivká hubieron satisfecho sus preguntas sobre el bienestar de sus padres, le entregaron el mensaje de su madre, así: «He oído, hijo mío, que tu hermano Esav ha salido contra ti en el camino, con hombres de los hijos de Seír el horeo, y por eso, hijo mío, escucha mi voz, y toma consejo contigo mismo sobre lo que harás, y cuando venga hacia ti, suplícale, y no le hables con dureza, y dale un presente de lo que posees, y de aquello con que Dios te ha favorecido. Y cuando te pregunte por tus asuntos, no le ocultes nada, quizá se aparte de su ira contra ti, y así salvarás tu alma, tú y todos los tuyos, pues es tu deber honrarlo, ya que es tu hermano mayor».

Y cuando Yaakov oyó las palabras de su madre que los mensajeros le habían transmitido, alzó su voz y lloró amargamente, e hizo como su madre le había mandado.

Envió mensajeros a Esav para aplacarlo, y le dijeron: «Así habla tu siervo Yaakov: Señor mío, no pienses que la bendición que mi padre me otorgó me haya aprovechado. Veinte años serví a Laván, y me engañó, y cambió mi salario diez veces, como bien sabes. Con todo, trabajé duramente en su casa, y Dios vio mi aflicción, mi trabajo y la obra de mis manos, y después hizo que hallara gracia y favor a los ojos de Laván. Y por la gran misericordia y bondad de Dios adquirí bueyes y asnos y ganado y siervos y siervas. Y ahora vengo a mi país y a mi hogar, a mi padre y a mi madre, que están en la tierra de Kena’an. Y he enviado a hacer saber todo esto a mi señor para hallar favor a sus ojos, para que no imagine que me he vuelto un hombre de fortuna, ni que la bendición con que mi padre me bendijo me haya beneficiado».

Además dijeron los mensajeros: «¿Por qué me envidias a causa de la bendición con que mi padre me bendijo? ¿Es que el sol brilla en mi tierra y no en la tuya? ¿O acaso el rocío y la lluvia caen solo sobre mi tierra y no sobre la tuya? Si mi padre me bendijo con el rocío del cielo, a ti te bendijo con la grosura de la tierra, y si a mí me dijo, Pueblos te servirán, a ti te ha dicho, Por tu espada vivirás. ¿Hasta cuándo, pues, seguirás envidiándome? Ven ahora, hagamos un pacto entre nosotros, de compartir por igual todas las adversidades que puedan sobrevenir».

Esav no quiso acceder a esta propuesta, sus amigos lo disuadieron de ello, diciendo: «No aceptes estas condiciones, pues Dios ha dicho a Avraham, Sabe de cierto que tu descendencia será extranjera en una tierra que no es suya, y servirá a los pueblos de ella, y los extraños los afligirán cuatrocientos años. Espera, pues, hasta que Yaakov y su familia bajen a Mitsraim a pagar esta deuda».

Yaakov también envió a decir a Esav: «Aunque habité con aquel pagano de los paganos, Laván, no he olvidado a mi Dios, sino que cumplo los seiscientos trece mandamientos de la Torá. Si tu mente está puesta en la paz, me hallarás dispuesto a la paz. Pero si tu deseo es la guerra, me hallarás dispuesto a la guerra. Tengo conmigo hombres de valor y fuerza, no tienen más que pronunciar una palabra, y Dios la cumple. Me demoré con Laván hasta que naciera Yosef, aquel que está destinado a someterte. Y aunque mis descendientes sean tenidos en servidumbre en este mundo, vendrá un día en que gobernarán sobre sus gobernantes».

En respuesta a todas estas palabras amables, Esav habló con arrogancia: «De cierto he oído, y en verdad me han contado lo que Yaakov ha sido para Laván, que lo crió en su casa, y le dio a sus hijas por esposas, y engendró hijos e hijas, y creció abundantemente en riqueza y bienes en casa de Laván y con su ayuda. Y cuando vio que su riqueza era abundante y sus bienes grandes, huyó con todo lo suyo de la casa de Laván, y se llevó a las hijas de Laván de junto a su padre como cautivas de la espada, sin decirle nada. Y no solo a Laván le ha hecho Yaakov esto, sino también a mí me lo ha hecho, y me ha suplantado dos veces, ¿y he de callar? Ahora bien, hoy he venido con mi campamento a su encuentro, y le haré conforme al deseo de mi corazón».

Los mensajeros enviados por Yaakov regresaron entonces a él, y le refirieron estas palabras de Esav. También le contaron que su hermano avanzaba contra él con un ejército compuesto de cuatrocientas cabezas coronadas, cada una al frente de una hueste de cuatrocientos hombres. «Es cierto, tú eres su hermano, y lo tratas como debe tratarse a un hermano —le dijeron a Yaakov—, pero él es un Esav, has de ser advertido de su villanía».

Yaakov tenía presente la promesa de Dios, de que lo devolvería a la casa de su padre en paz, pero el informe sobre el propósito de su hermano lo alarmó grandemente. Un hombre piadoso nunca puede fiarse de promesas de bienes terrenales. Dios no cumple la promesa si uno es culpable de la más pequeña transgresión imaginable, y Yaakov temía haber perdido la dicha por razón de algún pecado cometido por él. Además, le inquietaba que Esav fuera el favorecido por Dios, puesto que durante estos veinte años había estado cumpliendo dos mandamientos divinos que Yaakov había tenido que descuidar. Esav había vivido en la Tierra Santa, Yaakov fuera de ella; el primero había estado al cuidado de sus padres, el segundo morando lejos de ellos. Y por mucho que temía la derrota, Yaakov temía también lo contrario, que pudiera vencer a Esav, o incluso matar a su hermano, lo cual sería tan malo como ser muerto por él. Y lo deprimía otro temor, que su padre hubiera muerto, pues razonaba que Esav no daría tales pasos guerreros contra su propio hermano si su padre aún viviera.

Cuando sus esposas vieron la angustia que dominaba a Yaakov, empezaron a reñir con él, y a reprocharle haberlas apartado de la casa de su padre, aun sabiendo que semejante peligro amenazaba de parte de Esav. Entonces Yaakov resolvió aplicar los tres medios que podían salvarlo del destino inminente: clamaría a Dios por ayuda, aplacaría la ira de Esav con presentes, y se mantendría listo para la guerra si lo peor llegaba a ocurrir.

Oró a Dios: «Oh Tú, Dios de mi padre Avraham, y Dios de mi padre Yitsjak, Dios de todos los que andan por los caminos de los piadosos y obran como ellos. No soy digno de la menor de todas las mercedes, ni de toda la verdad, que has mostrado a Tu siervo. Oh Señor del mundo, así como no permitiste que Laván ejecutara sus malvados designios contra mí, así también frustra el propósito de Esav, que desea matarme. Oh Señor del mundo, en Tu Torá que nos darás en el monte Sinaí está escrito, Y sea vaca u oveja, no la degollaréis a ella y a su cría en un mismo día. Si este miserable viniera y asesinara a mis hijos y a sus madres al mismo tiempo, ¿quién desearía entonces leer Tu Torá que nos darás en el monte Sinaí? Y sin embargo Tú dijiste, Por causa de tus méritos y de los méritos de tus padres te haré bien, y en el mundo venidero tus hijos serán tan numerosos como la arena del mar».

Así como Yaakov oró por su propia liberación, así también oró por la salvación de sus descendientes, para que no fueran aniquilados por los descendientes de Esav.

Tal fue la oración de Yaakov cuando vio a Esav acercarse desde lejos, y Dios oyó su súplica y miró sus lágrimas, y le dio la seguridad de que, por causa suya, sus descendientes también serían redimidos de toda angustia.

Entonces HaShem envió tres ángeles, y fueron delante de Esav, y se aparecieron a Esav y a su gente como cientos y miles de hombres montados a caballo. Iban provistos de toda clase de armas, y divididos en cuatro columnas. Y una división avanzó, y encontraron a Esav que venía con cuatrocientos hombres, y la división corrió hacia ellos y los aterró. Esav cayó de su caballo, presa del espanto, y todos sus hombres se apartaron de él con gran miedo, mientras la columna que se acercaba les gritaba: «En verdad, somos los siervos de Yaakov, el siervo de Dios, ¿y quién puede sostenerse ante nosotros?». Esav les dijo entonces: «Oh, entonces mi señor y hermano Yaakov es vuestro señor, a quien no he visto en estos veinte años, y ahora que hoy he venido a verlo, ¿me tratáis de esta manera?». Los ángeles respondieron: «Vive HaShem, que si no fueras Yaakov tu hermano, no habríamos dejado uno solo de ti y de tu gente, pero por causa de Yaakov no te haremos nada». Esta división se apartó de Esav, y cuando este se hubo alejado de allí como una legua, la segunda división vino hacia él, e hizo también a Esav y a sus hombres como la primera les había hecho, y cuando le permitieron seguir, vino la tercera e hizo como la primera, y cuando la tercera también hubo pasado, y Esav aún continuaba con sus hombres por el camino hacia Yaakov, vino la cuarta división y les hizo como las otras habían hecho. Y Esav temió grandemente a su hermano, porque pensó que las cuatro columnas del ejército con que se había topado eran los siervos de Yaakov.

Después de que Yaakov terminó de orar, dividió a todos los que viajaban con él en dos compañías, y puso al frente de ellas a Damések y a Alinus, los dos hijos de Eliézer, el siervo de Avraham, y a sus hijos. El ejemplo de Yaakov nos enseña a no ocultar toda nuestra fortuna en un solo escondite, no sea que corramos el peligro de perderlo todo de un solo golpe.

De su ganado envió una parte a Esav como presente, dividiéndolo primero en tres hatos para impresionar más a su hermano. Cuando Esav recibiera el primer hato, pensaría que tenía todo el regalo que le habían enviado, y de pronto se asombraría con la aparición de la segunda porción, y de nuevo con la tercera. Yaakov conocía la avaricia de su hermano demasiado bien.

Los hombres que llevaban el presente de Yaakov a Esav fueron encargados del siguiente mensaje: «Esta es una ofrenda para mi señor Esav de parte de su esclavo Yaakov». Pero Dios tomó a mal estas palabras de Yaakov, diciendo: «Profanas lo que es santo cuando llamas señor a Esav». Yaakov se excusó; solo estaba adulando al malvado para escapar de la muerte a sus manos.

Yaakov lucha con el ángel

Los siervos de Yaakov iban delante de él con el presente para Esav, y él seguía con sus esposas y sus hijos. Cuando estaba por cruzar el vado del Yabok, observó a un pastor, que también tenía ovejas y camellos. El extraño se acercó a Yaakov y le propuso que vadearan juntos el arroyo, y se ayudaran mutuamente a pasar su ganado, y Yaakov consintió, con la condición de que sus posesiones fueran cruzadas primero. En un abrir y cerrar de ojos el pastor trasladó las ovejas de Yaakov a la otra orilla del arroyo. Luego Yaakov había de mover los rebaños del pastor, pero por más que cruzaba a la ribera opuesta, siempre quedaban algunos en la orilla de acá. No había fin al ganado, aunque Yaakov trabajó toda la noche. Al fin perdió la paciencia, se abalanzó sobre el pastor y lo agarró por la garganta, gritando: «¡Oh hechicero, hechicero, de noche ningún encantamiento prospera!». El ángel pensó: «Muy bien, que sepa de una vez por todas con quién ha estado tratando», y con su dedo tocó la tierra, de donde brotó fuego. Pero Yaakov dijo: «¡Cómo! ¿Así piensas atemorizarme a mí, que estoy hecho todo de fuego?».

El pastor no era menos personaje que el arcángel Mijael, y en su combate con Yaakov lo asistía toda la hueste de ángeles bajo su mando. Estaba a punto de infligir a Yaakov una herida peligrosa, cuando Dios apareció, y todos los ángeles, incluso el propio Mijael, sintieron que su fuerza se les escurría. Viendo que no podía prevalecer contra Yaakov, el arcángel tocó la coyuntura de su muslo, y lo lastimó, y Dios lo reprendió, diciendo: «¿Obras como es debido, cuando causas una tara a Mi sacerdote Yaakov?». Mijael dijo con asombro: «Pero ¡si soy yo Tu sacerdote!». Mas Dios dijo: «Tú eres Mi sacerdote en el cielo, y él es Mi sacerdote en la tierra». Entonces Mijael convocó al arcángel Rafael, diciendo: «Compañero mío, te ruego, ayúdame a salir de mi apuro, pues a ti está encomendada la sanación de toda dolencia», y Rafael curó a Yaakov de la herida que Mijael le había infligido.

HaShem siguió reprochando a Mijael, diciendo: «¿Por qué hiciste daño a Mi hijo primogénito?», y el arcángel respondió: «Lo hice solo para glorificarte», y entonces Dios nombró a Mijael ángel guardián de Yaakov y de su descendencia hasta el fin de todas las generaciones, con estas palabras: «Tú eres fuego, y también Yaakov es fuego; tú eres la cabeza de los ángeles, y él es la cabeza de las naciones; tú eres supremo sobre todos los ángeles, y él es supremo sobre todos los pueblos. Por eso, quien es supremo sobre todos los ángeles será designado para aquel que es supremo sobre todos los pueblos, a fin de que interceda por misericordia en su favor ante el Supremo sobre todo».

Entonces Mijael dijo a Yaakov: «¿Cómo es posible que tú, que pudiste prevalecer contra mí, el más distinguido de los ángeles, temas a Esav?».

Cuando rompió el día, Mijael dijo a Yaakov: «Déjame ir, porque despunta el alba», pero Yaakov lo retuvo, diciendo: «¿Eres un ladrón, o un jugador de dados, que temes la luz del día?». En ese momento aparecieron muchas huestes distintas de ángeles, y llamaron a Mijael: «Asciende, oh Mijael, ha llegado la hora del canto, y si no estás en el cielo para guiar el coro, nadie cantará». Y Mijael suplicó a Yaakov con ruegos que lo dejara ir, pues temía que los ángeles de Aravot lo consumieran con fuego, si no estaba allí para entonar los cánticos de alabanza a su debido tiempo. Yaakov dijo: «No te dejaré ir, a menos que me bendigas», a lo cual Mijael replicó: «¿Quién es mayor, el siervo o el hijo? Yo soy el siervo, y tú eres el hijo. ¿Por qué, pues, ansías mi bendición?». Yaakov adujo como argumento: «Los ángeles que visitaron a Avraham no se fueron sin bendecirlo», pero Mijael sostuvo: «Ellos fueron enviados por Dios para ese mismo fin, y yo no». Aun así Yaakov insistió en su demanda, y Mijael le imploró, diciendo: «Los ángeles que revelaron un secreto celestial fueron desterrados de su lugar por ciento treinta y ocho años. ¿Deseas que te dé a conocer lo que causaría igualmente mi destierro?». Al final el ángel tuvo, no obstante, que ceder; a Yaakov no había quien lo moviera, y Mijael tomó consejo consigo mismo así: «Le revelaré un secreto, y si Dios exige saber por qué lo revelé, responderé: Tus hijos se plantan en sus deseos ante Ti, y Tú cedes a ellos. ¿Cómo, entonces, podía yo haber dejado sin cumplir el deseo de Yaakov?».

Entonces Mijael habló a Yaakov, diciendo: «Vendrá un día en que Dios se te revelará, y cambiará tu nombre, y yo estaré presente cuando lo cambie. Tu nombre ya no se llamará Yaakov, sino Israel, pues dichoso tú, nacido de mujer, que entraste en el palacio celestial, y escapaste de allí con vida». Y Mijael bendijo a Yaakov con las palabras: «Sea la voluntad de Dios que tus descendientes sean tan piadosos como tú lo eres».

Al mismo tiempo el arcángel recordó a Yaakov que había prometido dar un diezmo de sus posesiones a Dios, y al punto Yaakov apartó quinientas cincuenta cabezas de ganado de sus hatos, que contaban cinco mil quinientas. Entonces Mijael prosiguió: «Pero tienes hijos, y de ellos no has apartado el décimo». Yaakov pasó revista a sus hijos: Reuvén, Yosef, Dan y Gad, primogénitos, cada uno de su madre, quedaban exentos, y restaban solo ocho hijos, y cuando los hubo nombrado, hasta Binyamín, tuvo que volver atrás y empezar de nuevo con Shimón, el noveno, y terminar con Leví como el décimo.

Mijael llevó a Leví consigo al cielo, y lo presentó ante Dios, diciendo: «Oh Señor del mundo, este es Tu lote, y el décimo que Te pertenece», y Dios extendió Su mano y bendijo a Leví con la bendición de que sus hijos fueran los servidores de Dios en la tierra como los ángeles eran Sus servidores en lo alto. Mijael habló de nuevo: «¿No provee acaso un rey el sustento de sus servidores?», por lo cual Dios asignó a los leviim todo lo que era santo para HaShem.

Entonces Yaakov habló al ángel: «Mi padre me confirió la bendición que estaba destinada a Esav, y ahora deseo saber si tú reconocerás la bendición como mía, o si me acusarás a causa de ella». Y el ángel dijo: «Reconozco que la bendición es tuya por derecho. No la ganaste con astucia y engaño, y yo y todas las potestades celestiales la reconocemos válida, pues te has mostrado dueño de las poderosas potestades de los cielos como sobre Esav y sus legiones».

Y aun entonces Yaakov no dejó partir al ángel; este tuvo que revelarle primero su nombre, y el ángel le hizo saber que era Israel, el mismo nombre que Yaakov había de llevar un día.

Al fin el ángel partió, después de que Yaakov lo hubo bendecido, y Yaakov llamó al lugar de la lucha Penuel, el mismo lugar al que antes había dado el nombre de Majanáyim, pues ambas palabras tienen un solo significado, el lugar del encuentro con los ángeles.

El encuentro entre Esav y Yaakov

Al romper el día el ángel dejó de luchar con Yaakov. El alba de aquel día fue de duración particularmente corta. El sol salió dos horas antes de su tiempo, a modo de compensación por haberse puesto temprano, el día en que Yaakov pasó por el monte Moriá en su viaje a Jarán, para inducirlo a apartarse y pasar la noche en el futuro lugar del Templo. En verdad, el poder del sol aquel mismo día fue del todo notable. Brilló con el fulgor y el ardor de que fue investido durante los seis días de la creación, y como brillará al fin de los días, para sanar al cojo y al ciego entre los judíos y para consumir a los paganos. Esta misma propiedad sanadora y devastadora tuvo aquel día también, pues Yaakov fue curado, mientras que Esav y sus príncipes por poco fueron abrasados por su terrible calor.

Yaakov tenía apremiante necesidad de ungüentos curativos por la herida que había sufrido en el encuentro con el ángel. El combate entre ellos había sido feroz, el polvo que levantó la refriega subió hasta el mismísimo trono de Dios. Aunque Yaakov prevaleció contra su enorme adversario, tan grande como un tercio del mundo entero, derribándolo al suelo y manteniéndolo sujeto, con todo el ángel lo había lastimado al aferrar el tendón de la cadera que está sobre la coyuntura del muslo, de modo que se dislocó, y Yaakov quedó cojo de su muslo. El poder sanador del sol lo restableció; no obstante, sus hijos se impusieron no comer el tendón de la cadera que está sobre la coyuntura del muslo, pues se reprochaban haber sido la causa de su percance, no debían haberlo dejado solo aquella noche.

Ahora bien, aunque Yaakov se había preparado para lo peor, incluso para hostilidades abiertas, cuando vio a Esav y a sus hombres juzgó prudente hacer divisiones separadas de las familias de Leá, Rajel y las siervas, y repartir los hijos entre cada una de ellas. Y puso a las siervas y a sus hijos delante, y a Leá y sus hijos detrás, y a Rajel y a Yosef los últimos. Fue la estratagema que la zorra usó con el león. Érase una vez que el rey de las bestias estaba airado con sus súbditos, y ellos buscaban por todas partes un portavoz que dominara el arte de apaciguar a su gobernante. La zorra se ofreció para la empresa, diciendo: «Sé trescientas fábulas que aplacarán su furia». Su ofrecimiento fue aceptado con alegría. En el camino hacia el león, la zorra se detuvo de pronto, y en respuesta a las preguntas que le hicieron dijo: «He olvidado cien de las trescientas fábulas». «No importa —dijeron los que la acompañaban—, doscientas servirán al propósito». Un poco más adelante la zorra se detuvo de nuevo de golpe, y, preguntada otra vez, confesó que había olvidado la mitad de las doscientas fábulas restantes. Los animales que iban con ella aún la consolaban diciendo que las cien que sabía bastarían. Pero la zorra se detuvo una tercera vez, y entonces admitió que la memoria le había fallado por completo, y que había olvidado todas las fábulas que sabía, y aconsejó que cada animal se acercara al rey por su propia cuenta y procurara apaciguar su ira. Al principio Yaakov había tenido valor suficiente para entrar en liza con Esav en favor de todos los que iban con él. Ahora llegó a la conclusión de dejar que cada uno intentara hacer lo que pudiera por sí mismo.

Sin embargo, Yaakov era demasiado tierno padre para exponer a su familia al primer embate del peligro. Él mismo pasó delante de todos los demás, diciendo: «Es mejor que me ataquen a mí que a mis hijos». Tras él vinieron las siervas y sus hijos. Su razón para colocarlas allí era que, si Esav se dejaba dominar por la pasión hacia las mujeres, e intentaba violarlas, se toparía así primero con las siervas, y entretanto Yaakov tendría ocasión de prepararse para una resistencia más decidida en defensa del honor de sus esposas. Yosef y Rajel vinieron los últimos, y Yosef caminaba delante de su madre, aunque Yaakov había ordenado lo contrario. Pero el hijo conocía tanto la belleza de su madre como la lujuria de su tío, y por eso intentó ocultar a Rajel de la vista de Esav.

En la vehemencia de su furia contra Yaakov, Esav juró que no lo mataría con arco y flecha, sino que lo mordería hasta darle muerte con su boca, y le chuparía la sangre. Pero estaba condenado a una amarga decepción, pues el cuello de Yaakov se volvió tan duro como el marfil, y en su rabia impotente Esav no pudo sino rechinar los dientes. Los dos hermanos eran como el carnero y el lobo. Un lobo quería despedazar a un carnero, y el carnero se defendió con sus cuernos, hundiéndolos hondo en la carne del lobo. Ambos empezaron a aullar, el lobo porque no podía asegurar su presa, y el carnero por miedo a que el lobo renovara sus ataques. Esav bramaba porque sus dientes se lastimaban con la carne marfileña del cuello de Yaakov, y Yaakov temía que su hermano hiciera un segundo intento de morderlo.

Esav dirigió una pregunta a su hermano. «Dime —le dijo—, ¿qué ejército fue el que encontré?», pues en su marcha contra Yaakov había tenido una experiencia de lo más peculiar con una gran hueste de cuarenta mil guerreros. La componían diversas clases de tropas, soldados revestidos de armadura que iban a pie, montados a caballo y sentados en carros, y todos se arrojaron sobre Esav cuando se toparon con él. Exigió saber de dónde venían, y los extraños soldados apenas interrumpieron su salvaje embestida para responder que pertenecían a Yaakov. Solo cuando Esav les dijo que Yaakov era su hermano cesaron, diciendo: «Ay de nosotros si nuestro amo se entera de que te hicimos daño». Este era el ejército y el encuentro por el que Esav preguntó apenas se topó con su hermano. Pero el ejército era una hueste de ángeles, que a Esav y a sus hombres les parecían guerreros. También los mensajeros enviados por Yaakov a Esav habían sido ángeles, pues no había ser humano alguno que pudiera ser inducido a salir a enfrentarse con el traidor.

Yaakov dio entonces a Esav los presentes destinados a él, un diezmo de todo su ganado, y también perlas y piedras preciosas, y, además, un halcón para la caza. Pero hasta los animales se negaban a abandonar a su apacible amo Yaakov y hacerse propiedad del villano Esav. Todos huyeron cuando Yaakov quiso entregarlos a su hermano, y el resultado fue que los únicos que llegaron a Esav fueron los débiles y los cojos, todos los que no lograron escapar.

Al principio Esav rechazó los presentes que se le ofrecían. Naturalmente, aquello era mero fingimiento. Mientras rechazaba los regalos con palabras, mantenía la mano extendida, presta a recibirlos. Yaakov captó la señal, e insistió en que los aceptara, diciendo: «No, te ruego, si ahora he hallado gracia a tus ojos, recibe mi presente de mi mano, porque he visto tu rostro como quien ve el rostro de los ángeles, y te has complacido en mí». Las palabras finales fueron escogidas con propósito bien calculado. Yaakov quería que Esav dedujera que él tenía trato con ángeles, y que quedara sobrecogido de temor. Yaakov era como el hombre invitado a un banquete por su enemigo mortal, que ha estado buscando ocasión de matarlo. Cuando el invitado adivina el propósito para el que ha sido llevado allí, dice al anfitrión: «¡Qué comida tan magnífica y deliciosa es esta! Pero solo una vez antes en mi vida participé de una igual, y fue cuando el rey me convidó a su mesa» —bastante para llevar el terror al corazón del aspirante a asesino—. ¡Bien se guarda de hacer daño a un hombre en términos tan íntimos con el rey como para ser invitado a su mesa!

Yaakov tenía razón válida para recordar su encuentro con el ángel, pues era el ángel de Esav quien había medido su fuerza con la de Yaakov, y había sido vencido.

Así como Esav aceptó de buen grado los presentes de Yaakov en esta primera ocasión, así siguió aceptándolos durante todo un año; a diario Yaakov le daba presentes como en el día de su encuentro, pues, decía: «“Un regalo ciega los ojos de los sabios”, ¿y cuánto más no ciega a los malvados? Por eso le daré presentes sobre presentes, quizá me deje en paz». Además, no daba mucho valor a las posesiones que había adquirido fuera de la Tierra Santa. Tales posesiones no son una bendición, y no vaciló en desprenderse de ellas.

Aparte de los presentes que Yaakov dio a Esav, también le pagó una gran suma de dinero por la cueva de Majpelá. Nada más llegar a la Tierra Santa, vendió todo lo que había traído consigo de Jarán, y un montón de oro fue el producto de la venta. Habló a Esav, diciendo: «Como yo, tú tienes una parte en la cueva de Majpelá, ¿tomarás este montón de oro por tu porción en ella?». «¿Qué me importa a mí la cueva? —respondió Esav—. Oro es lo que quiero», y por su parte en Majpelá tomó el oro obtenido de la venta de las posesiones que Yaakov había acumulado fuera de la Tierra Santa. Pero Dios «llenó el vacío sin demora», y Yaakov fue tan rico como antes.

La riqueza no era objeto de deseo para Yaakov. De buena gana se habría contentado, por su parte y por la de su familia, con renunciar a todos los tesoros terrenales en favor de Esav y su familia. Dijo a Esav: «Preveo que en días futuros tus hijos infligirán sufrimiento a los míos. Pero no me opongo, puedes ejercer tu dominio y llevar tu corona hasta el tiempo en que el Mesías brote de mis lomos, y reciba de ti el gobierno». Estas palabras dichas por Yaakov se cumplirán en días venideros, cuando todas las naciones se levanten contra el reino de Edom, y le arrebaten una ciudad tras otra, un reino tras otro, hasta llegar a Bet-Gubrín, y entonces aparecerá el Mesías y asumirá su reinado. El ángel de Edom huirá a refugiarse a Botsrá, pero Dios aparecerá allí, y lo matará, pues, aunque Botsrá es una de las ciudades de refugio, HaShem ejercerá en ella el derecho del vengador. Agarrará al ángel por sus cabellos, y Eliyahu lo degollará, dejando que la sangre salpique las vestiduras de Dios. Todo esto tenía Yaakov en mente cuando dijo a Esav: «Pase, te ruego, mi señor delante de su siervo, hasta que yo llegue a mi señor a Seír». Yaakov mismo nunca fue a Seír. Lo que quería decir era el tiempo mesiánico en que Israel irá a Seír, y tomará posesión de él.

Yaakov se demoró en Sucot todo un año, y abrió allí una casa de estudio. Luego prosiguió su viaje hacia Shejem, mientras que Esav se fue a Seír, diciéndose a sí mismo: «¿Hasta cuándo he de ser una carga para mi hermano?», pues fue durante la estancia de Yaakov en Sucot cuando Esav recibía a diario presentes de Yaakov.

Y Yaakov, tras morar tantos años en tierra extraña, llegó a Shejem en paz, íntegro de mente y de cuerpo. No había olvidado nada del conocimiento que había adquirido antes; los regalos que dio a Esav no mermaron su riqueza; la herida infligida por el ángel que luchó con él había sanado, y asimismo sus hijos estaban sanos y salvos.

Yaakov entró en Shejem un viernes, avanzada la tarde, y su primer cuidado fue trazar los límites de la ciudad, para que no se transgredieran las leyes del Shabat. En cuanto se hubo establecido en el lugar, envió presentes a los notables. Un hombre debe estar agradecido a una ciudad de la que obtiene beneficios. No menos disfrutó el pueblo llano de su generosidad. Para ellos abrió un mercado donde vendía toda mercancía a bajos precios.

También no perdió tiempo en comprar una parcela de terreno, pues es el deber de todo hombre de fortuna que llega a la Tierra Santa desde fuera hacerse poseedor de tierra allí. Dio cien corderos por su heredad, cien ovejas de un año y cien piezas de dinero, y recibió a cambio una escritura de venta, a la que puso su firma, usando para ello las letras Yod-He. Y entonces erigió un altar a Dios sobre su tierra, y dijo: «Tú eres el Señor de todas las cosas celestiales, y yo soy el señor de todas las cosas terrenales». Pero Dios dijo: «Ni siquiera el supervisor de la sinagoga se arroga privilegios en la sinagoga, ¿y tú asumes señorío con mano altiva? A fe que, mañana, tu hija saldrá afuera, y será humillada».

El ultraje en Shejem

Mientras Yaakov y sus hijos estaban sentados en la casa de estudio, ocupados en el estudio de la Torá, Diná salió afuera a ver a las mujeres que danzaban y cantaban, a quienes Shejem había contratado para que bailaran y tocaran en las calles a fin de atraerla a salir. De haberse quedado en casa, nada le habría sucedido. Pero era mujer, y a todas las mujeres les gusta mostrarse en la calle. Cuando Shejem la divisó, la agarró por la fuerza, joven como era, y la violó de manera bestial.

Esta desgracia le sobrevino a Yaakov como castigo por su excesiva confianza en sí mismo. En sus negociaciones con Laván, había usado la expresión: «Mi rectitud responderá por mí en adelante». Además, a su regreso a la Tierra de Israel, cuando se preparaba para encontrarse con su hermano, escondió a su hija Diná en un arca, no fuera que Esav deseara tenerla por esposa, y él se viera obligado a dársela. Dios le habló, diciendo: «En esto has obrado sin bondad hacia tu hermano, y por eso Diná tendrá que casarse con Iyov, uno que no es ni circunciso ni prosélito. Te negaste a dársela a uno que es circunciso, y uno que es incircunciso la tomará. Te negaste a dársela a Esav en matrimonio legítimo, y ahora caerá víctima de la pasión ilícita del violador».

Cuando Yaakov supo que Shejem había mancillado a su hija, envió a doce siervos a traer a Diná de la casa de Shejem, pero Shejem salió a su encuentro con sus hombres y los echó de la casa —no consintió que se acercaran a Diná— y la besó y la abrazó ante sus ojos. Entonces Yaakov envió a dos doncellas, hijas de sus siervos, para que se quedaran con Diná en la casa de Shejem. Shejem mandó a tres de sus amigos donde su padre Hamor, hijo de Hadakum, hijo de Péred, con estas palabras: «Conséguidme a esta muchacha por esposa». Hamor intentó al principio persuadir a su hijo de que no tomara por esposa a una mujer hebrea, pero como Shejem insistió en su ruego, hizo conforme a la palabra de su hijo y salió a tratar el asunto con Yaakov. Entretanto, los hijos de Yaakov volvieron del campo y, encendidos de ira, hablaron a su padre: «De verdad que la muerte le corresponde a este hombre y a su casa, porque HaShem, Dios de toda la tierra, ordenó a Nóaj y a sus hijos que el hombre jamás robara ni cometiera adulterio. Y ahora, mira, Shejem ha violado y fornicado con nuestra hermana, y ni uno solo de toda la gente de la ciudad le dijo una palabra». Y mientras hablaban, llegó Hamor a decirle a Yaakov las palabras de su hijo acerca de Diná, y cuando terminó de hablar, vino el propio Shejem donde Yaakov y repitió el ruego hecho por su padre. Shimón y Leví respondieron a Hamor y a Shejem con engaño, diciendo: «Todo lo que nos habéis dicho lo haremos. Y mirad, nuestra hermana está en vuestra casa, pero apartaos de ella hasta que enviemos a preguntar a nuestro padre Yitsjak sobre este asunto, pues nada podemos hacer sin su consejo. Él conoce los caminos de nuestro padre Avraham, y lo que él nos diga os lo diremos; nada os ocultaremos».

Shejem y su padre se fueron después a casa, satisfechos con el resultado obtenido, y cuando se hubieron ido, los hijos de Yaakov le pidieron que buscara un consejo y un pretexto para matar a todos los habitantes de la ciudad, que habían merecido este castigo por su maldad. Entonces Shimón les dijo: «Tengo un buen consejo que daros. Pedidles que se circunciden. Si no consienten, tomaremos a nuestra hermana y nos iremos. Y si consienten en hacerlo, entonces, cuando estén doloridos, los atacaremos y los mataremos». A la mañana siguiente, Shejem y su padre vinieron otra vez donde Yaakov, para hablar acerca de Diná, y los hijos de Yaakov les hablaron con engaño, diciendo: «Le contamos a nuestro padre Yitsjak todas vuestras palabras, y vuestras palabras le agradaron, pero dijo que así se lo ordenó de parte de Dios su padre Avraham: que todo hombre que no sea de su descendencia, y desee tomar por esposa a una de sus hijas, ha de hacer circuncidar a todo varón que le pertenezca».

Shejem y su padre se apresuraron a cumplir los deseos de los hijos de Yaakov, y persuadieron también a los hombres de la ciudad de que hicieran lo mismo, pues eran muy estimados por ellos, ya que eran los príncipes de la tierra.

Al día siguiente, Shejem y su padre se levantaron temprano por la mañana, reunieron a todos los hombres de la ciudad, llamaron a los hijos de Yaakov y circuncidaron a Shejem, a su padre, a sus cinco hermanos y a todos los varones de la ciudad —seiscientos cuarenta y cinco hombres y doscientos setenta y seis muchachos—. Hadakum, el abuelo de Shejem, y sus seis hermanos no quisieron circuncidarse, y se enfurecieron grandemente contra la gente de la ciudad por someterse a los deseos de los hijos de Yaakov.

Al anochecer del segundo día, Shejem y su padre mandaron traer a ocho niños pequeños que sus madres habían escondido, para que fueran circuncidados. Hadakum y sus seis hermanos se lanzaron sobre los mensajeros y trataron de matarlos, y buscaron matar también a Shejem, a Hamor y a Diná. Reprocharon a Shejem y a su padre haber hecho una cosa que sus padres nunca habían hecho, que despertaría la ira de los habitantes de la tierra de Kena’an contra ellos, así como la ira de todos los hijos de Jam, y todo por una mujer hebrea. Hadakum y sus hermanos concluyeron diciendo: «Mirad, mañana iremos y reuniremos a nuestros hermanos cananeos, y vendremos y os heriremos a vosotros y a todos aquellos en quienes confiáis, de modo que no quede un resto ni de vosotros ni de ellos».

Cuando Hamor y su hijo Shejem y toda la gente de la ciudad oyeron esto, sintieron gran temor, y se arrepintieron de lo que habían hecho, y Shejem y su padre respondieron a Hadakum y a sus hermanos: «Porque vimos que los hebreos no accederían a nuestros deseos respecto de su hija, hicimos esto; pero cuando hayamos obtenido de ellos nuestro ruego, entonces les haremos lo que está en vuestros corazones y en los nuestros, tan pronto como nos hagamos fuertes».

Diná, que oyó sus palabras, se apresuró y despachó a una de sus doncellas —a la que su padre había enviado para cuidarla en la casa de Shejem— e informó a Yaakov y a sus hijos de la conspiración tramada contra ellos. Cuando los hijos de Yaakov oyeron esto, se llenaron de ira, y Shimón y Leví juraron, diciendo: «Vive HaShem, que para mañana no quedará un resto en toda la ciudad».

Comenzaron el exterminio matando a dieciocho de los veinte jóvenes que se habían escondido y no estaban circuncidados, y dos de ellos huyeron y escaparon a unos pozos de cal que había en la ciudad. Entonces Shimón y Leví mataron a toda la ciudad, sin dejar un solo varón, y mientras buscaban despojos fuera de la ciudad, trescientas mujeres se alzaron contra ellos y les arrojaron piedras y polvo, pero Shimón, él solo, las mató a todas, y regresó a la ciudad, donde se juntó con Leví. Luego tomaron de la gente de fuera de la ciudad sus ovejas, sus bueyes, su ganado, y también a las mujeres y a los niños pequeños, y se los llevaron a todos, y los condujeron a la ciudad donde estaba su padre Yaakov. El número de mujeres que no mataron, sino que solo tomaron cautivas, fue de ochenta y cinco vírgenes, entre ellas una joven muchacha de gran belleza llamada Buná, a la que Shimón tomó por esposa. El número de varones que tomaron cautivos y no mataron fue de cuarenta y siete, y todos estos hombres y mujeres fueron siervos de los hijos de Yaakov, y de sus hijos después de ellos, hasta el día en que salieron de Mitsraim.

Una guerra frustrada

Cuando Shimón y Leví se hubieron ido de la ciudad, los dos jóvenes que se habían escondido en los pozos de cal, y no fueron muertos entre la gente de la ciudad, se levantaron, y hallaron la ciudad desolada, sin un hombre, solo mujeres que lloraban, y clamaron, diciendo: «Mirad, este es el mal que hicieron los hijos de Yaakov, que destruyeron una de las ciudades de los cananeos y no temieron a toda la tierra de Kena’an».

Dejaron la ciudad y fueron a Tapúaj, y contaron a los habitantes todo lo que los hijos de Yaakov habían hecho a la ciudad de Shejem. Yashuv, el rey de Tapúaj, envió a Shejem para ver si estos jóvenes decían la verdad, pues no les creía, diciendo: «¿Cómo podrían dos hombres destruir una ciudad tan grande como Shejem?». Los mensajeros de Yashuv regresaron e informaron: «La ciudad está destruida, no queda allí un hombre, solo mujeres que lloran, y tampoco hay allí rebaños ni ganado, pues todo lo que había en la ciudad se lo llevaron los hijos de Yaakov».

Yashuv se maravilló de ello, pues cosa semejante no se había oído desde los días de Nimrod, ni siquiera desde los tiempos más remotos —que dos hombres fueran capaces de destruir una ciudad tan grande—, y decidió ir a la guerra contra los hebreos y vengar la causa de la gente de Shejem. Sus consejeros le dijeron: «Si dos de ellos asolaron una ciudad entera, de seguro, si vas contra ellos, todos se alzarán contra nosotros y nos destruirán. Por tanto, envía a los reyes de alrededor, para que todos juntos peleemos contra los hijos de Yaakov y prevalezcamos contra ellos».

Los siete reyes de los amorreos, cuando oyeron el mal que los hijos de Yaakov habían hecho a la ciudad de Shejem, se reunieron con todos sus ejércitos —diez mil hombres con espadas desenvainadas— y vinieron a pelear contra los hijos de Yaakov. Y Yaakov tuvo gran temor, y dijo a Shimón y a Leví: «¿Por qué me habéis traído semejante mal? Yo estaba en paz, y vosotros habéis provocado con vuestros actos a los habitantes de la tierra contra mí».

Entonces Yehudá habló a su padre: «¿Acaso fue en vano que Shimón y Leví mataron a los habitantes de Shejem? En verdad, fue porque Shejem deshonró a nuestra hermana y transgredió el mandato de nuestro Dios a Nóaj y a sus hijos, y ni uno solo de los habitantes de la ciudad intervino en el asunto. Ahora bien, ¿por qué temes, y por qué estás disgustado con mis hermanos? De seguro, nuestro Dios, que entregó en sus manos la ciudad de Shejem y a su gente, también entregará en nuestras manos a todos los reyes cananeos que vienen contra nosotros. Aparta, pues, tus temores, y ruega a Dios que nos asista y nos libre».

Luego Yehudá se dirigió a sus hermanos, diciendo: «¡HaShem, nuestro Dios, está con nosotros! ¡No temáis, pues! Poneos en pie, cada hombre ceñido con sus armas de guerra, su arco y su espada, e iremos a pelear contra los incircuncisos. HaShem es nuestro Dios, Él nos salvará».

Yaakov, sus once hijos y cien siervos pertenecientes a Yitsjak, que habían venido en su ayuda, avanzaron para salir al encuentro de los amorreos, un pueblo sumamente numeroso, como la arena a la orilla del mar. Los hijos de Yaakov enviaron a su abuelo Yitsjak, a Jevrón, pidiéndole que rogara a HaShem que los protegiera de la mano de los cananeos, y él oró así: «Oh HaShem, Dios, Tú prometiste a mi padre, diciendo: multiplicaré tu simiente como las estrellas del cielo, y también a mí me prometiste que establecerías Tu palabra a mi padre. Ahora, oh HaShem, Dios del mundo entero, frustra, te lo ruego, el consejo de estos reyes, para que no peleen contra mis hijos, e infunde en los corazones de sus reyes y de su pueblo el terror de mis hijos, y abate su orgullo para que se aparten de mis hijos. Libra a mis hijos y a sus siervos de ellos con Tu mano fuerte y Tu brazo extendido, pues el poder y la fuerza están en Tus manos para hacer todo esto».

Yaakov también oró a Dios, y dijo: «Oh HaShem, Dios, Dios poderoso y excelso, que has reinado desde los días antiguos, desde entonces hasta ahora y para siempre. Tú eres quien suscita las guerras y quien las hace cesar. En Tu mano están el poder y la fuerza para exaltar y para abatir. Oh, sea aceptable mi oración ante Ti, para que te vuelvas a mí con Tus misericordias, para infundir en los corazones de estos reyes y de su pueblo el terror de mis hijos, y aterrar a ellos y a sus campamentos, y con Tu gran bondad librar a todos los que confían en Ti, pues Tú eres quien somete a los pueblos bajo nosotros, y a las naciones bajo nuestros pies».

Dios oyó las oraciones de Yitsjak y de Yaakov, y llenó los corazones de todos los consejeros de los reyes cananeos de gran miedo y terror, y cuando los reyes, que estaban indecisos sobre si emprender una campaña contra los hijos de Yaakov, los consultaron, ellos dijeron: «¿Sois necios, o no hay entendimiento en vosotros, que proponéis pelear con los hebreos? ¿Por qué os complacéis en vuestra propia destrucción este día? Mirad, dos de ellos llegaron a la ciudad de Shejem sin miedo ni terror, y pasaron a espada a todos los habitantes de la ciudad, y ningún hombre se alzó contra ellos; ¿y cómo podréis vosotros pelear con todos ellos?».

Los consejeros reales pasaron entonces a enumerar todas las cosas poderosas que Dios había hecho por Avraham, por Yaakov y por los hijos de Yaakov, cosas tales como no se habían hecho desde los días antiguos ni por ninguno de los dioses de las naciones. Cuando los reyes oyeron todas las palabras de sus consejeros, temieron a los hijos de Yaakov y no quisieron pelear contra ellos. Aquel día regresaron con sus ejércitos, cada uno a su propia ciudad. Pero los hijos de Yaakov mantuvieron su posición aquel día hasta el anochecer, y viendo que los reyes no avanzaban para presentarles batalla a fin de vengar a los habitantes de Shejem a quienes habían matado, regresaron a casa.

La ira de HaShem descendió hasta el extremo sobre los habitantes de Shejem a causa de su maldad. Pues habían pretendido hacer a Sará y a Rivká lo que hicieron a Diná, pero HaShem lo había impedido. También habían perseguido a Avraham cuando era forastero, y habían maltratado a sus rebaños cuando estaban preñados, y a Eblaen, uno nacido en su casa, lo habían tratado del modo más vergonzoso. Y así hacían a todos los forasteros, tomándoles a sus mujeres por la fuerza.

La guerra con los ninivitas

La destrucción de Shejem por Shimón y Leví aterró a los paganos de todo alrededor. Si dos hijos de Yaakov habían logrado arruinar una gran ciudad como Shejem, razonaban, ¿qué no lograrían Yaakov y todos sus hijos actuando juntos? Yaakov, entretanto, salió de Shejem sin que nadie se lo impidiera, y con todas sus posesiones se puso en marcha para dirigirse a su padre Yitsjak. Pero, tras una marcha de ocho días, se topó con un poderoso ejército que había sido enviado desde Ninve para imponer tributo al mundo entero y someterlo. Al llegar a las cercanías de Shejem, este ejército oyó a lo que la ciudad había sido expuesta a manos de los hijos de Yaakov, y la furia se apoderó de los hombres, que resolvieron hacer guerra contra Yaakov.

Pero Yaakov dijo a sus hijos: «No temáis, Dios será vuestro auxilio, y Él peleará por vosotros contra vuestros enemigos. Solo debéis apartar de vosotros los dioses extraños que tenéis en vuestro poder, y purificaros, y lavar bien vuestras vestiduras».

Ceñido con su espada, Yaakov avanzó contra el enemigo, y en la primera embestida mató a doce mil de los débiles del ejército. Entonces Yehudá le habló, diciendo: «Padre, estás cansado y agotado; déjame pelear yo solo contra el enemigo». Y Yaakov respondió, diciendo: «Yehudá, hijo mío, conozco tu fuerza y tu valentía, que son sobremanera grandes, de modo que nadie en el mundo es como tú en ello». Con su rostro como el de un león e inflamado de ira, Yehudá atacó al ejército y mató a doce miríadas de guerreros probados y famosos. La batalla ardía con furia por delante y por detrás, y Leví, su hermano, se apresuró en su ayuda, y juntos alcanzaron la victoria sobre los ninivitas. Yehudá, él solo, mató a otros cinco mil soldados, y Leví repartía golpes a diestra y siniestra con tal vigor que los hombres del ejército enemigo caían como el grano bajo la guadaña del segador.

Alarmada por su suerte, la gente de Ninve dijo: «¿Hasta cuándo pelearemos con estos demonios? Volvamos a nuestra tierra, no sea que nos exterminen de raíz, sin dejar un resto». Pero su rey quiso contenerlos, y dijo: «Oh héroes, hombres de fuerza y de valor, ¿habéis perdido el juicio, que pedís volver a vuestra tierra? ¿Es esta vuestra valentía? Después de haber sometido a muchos reinos y países, ¿no podéis resistir contra doce hombres? Si las naciones y los reyes a quienes hemos hecho tributarios oyen esto, se alzarán contra nosotros como un solo hombre, y harán de nosotros un hazmerreír, y harán con nosotros conforme a su deseo. Cobrad ánimo, hombres de la gran ciudad de Ninve, para que vuestro honor y vuestro nombre sean exaltados, y no os convirtáis en burla en la boca de vuestros enemigos».

Estas palabras de su rey inspiraron a los guerreros a continuar la campaña. Enviaron mensajeros a todas las tierras para pedir ayuda, y, reforzados por sus aliados, los ninivitas asaltaron a Yaakov por segunda vez. Él habló a sus hijos, diciendo: «Cobrad ánimo y sed hombres, pelead contra vuestros enemigos». Sus doce hijos tomaron entonces posición en doce lugares distintos, dejando intervalos considerables entre uno y otro, y Yaakov, una espada en su mano derecha y un arco en la izquierda, avanzó al combate. Fue para él un encuentro desesperado. Tenía que rechazar al enemigo por la derecha y por la izquierda. No obstante, asestó un golpe severo, y cuando una banda de dos mil hombres lo cercó, saltó por el aire por encima de ellos y desapareció de su vista. Veintidós miríadas mató aquel día, y cuando llegó la tarde, planeó huir al amparo de la oscuridad. Pero de pronto aparecieron noventa mil hombres, y se vio obligado a proseguir la pelea. Se lanzó sobre ellos con su espada, pero esta se quebró, y tuvo que defenderse triturando enormes rocas hasta hacerlas polvo de cal, y esto arrojaba al enemigo y lo cegaba, de modo que no podían ver nada. Por fortuna, la oscuridad estaba a punto de caer, y pudo permitirse descansar por la noche.

Por la mañana, Yehudá dijo a Yaakov: «Padre, peleaste todo el día de ayer, y estás cansado y agotado. Déjame pelear yo este día». Cuando los guerreros divisaron el rostro de león de Yehudá y sus dientes de león, y oyeron su voz de león, sintieron gran temor. Yehudá brincaba y saltaba sobre el ejército como una pulga, de un guerrero al siguiente, haciendo llover golpes sobre ellos sin cesar, y para la tarde había matado a ochenta mil noventa y seis hombres, armados con espadas y arcos. Pero la fatiga lo venció, y Zevulún tomó posición a la izquierda de su hermano, y segó a ochenta mil del enemigo. Entretanto Yehudá recobró algo de su fuerza, y, alzándose con ira y furor, y rechinando sus dientes con un ruido semejante al de los truenos en pleno verano, puso en fuga al ejército. Este corrió una distancia de dieciocho millas, y Yehudá pudo disfrutar de un respiro aquella noche.

Pero el ejército reapareció al día siguiente, listo para la batalla de nuevo, para vengarse de Yaakov y de sus hijos. Tocaron sus trompetas, y entonces Yaakov habló a sus hijos: «Salid y pelead con vuestros enemigos». Yisajar y Gad dijeron que aquel día tomarían ellos el combate sobre sí, y su padre les mandó hacerlo mientras sus hermanos montaban guardia y se mantenían listos para auxiliar y relevar a los dos combatientes cuando dieran señales de cansancio y agotamiento.

Los jefes de aquel día mataron a cuarenta y ocho mil guerreros y pusieron en fuga a otras doce miríadas, que se escondieron en una cueva. Yisajar y Gad trajeron árboles del bosque, apilaron los troncos frente a la entrada de la cueva y les prendieron fuego. Cuando el fuego ardía con llama feroz, los guerreros hablaron, diciendo: «¿Por qué hemos de quedarnos en esta cueva y perecer con el humo y el calor? Mejor saldremos y pelearemos con nuestros enemigos; así quizá tengamos oportunidad de salvarnos». Salieron de la cueva por aberturas laterales, y atacaron a Yisajar y a Gad por delante y por detrás. Dan y Naftalí vieron el aprieto de sus hermanos y corrieron en su auxilio. Repartieron golpes con sus espadas, abriéndose paso hasta Yisajar y Gad, y, unidos a ellos, también ellos se enfrentaron al enemigo.

Era el tercer día del conflicto, y los ninivitas fueron reforzados por un ejército tan numeroso como la arena a la orilla del mar. Todos los hijos de Yaakov se unieron para oponérsele, y derrotaron a la hueste. Pero cuando persiguieron al enemigo, los fugitivos se volvieron y reanudaron la batalla, diciendo: «¿Por qué hemos de huir? Peleemos más bien contra ellos; quizá venzamos, ahora que están cansados». Se entabló un combate encarnizado, y cuando Yaakov vio el vehemente ataque contra sus hijos, él mismo se lanzó al fragor de la batalla y repartió golpes a diestra y siniestra. No obstante, los paganos vencieron y lograron separar a Yehudá de sus hermanos. Tan pronto como Yaakov advirtió el peligro de su hijo, silbó, y Yehudá respondió, y sus hermanos se apresuraron en su ayuda. Yehudá estaba fatigado y reseco de sed, y no había agua para que bebiera, pero clavó su dedo en la tierra con tal fuerza que brotó agua a la vista de todo el ejército. Entonces un guerrero dijo a otro: «Huiré ante estos demonios, pues Dios pelea de su lado», y él y todo el ejército huyeron precipitadamente, perseguidos por los hijos de Yaakov. Mataron a soldados sin número, y luego volvieron a sus tiendas. Al regresar, notaron que faltaba Yosef, y temieron que hubiera sido muerto o tomado cautivo. Naftalí corrió tras el enemigo en retirada, para buscar a Yosef, y lo halló todavía peleando contra el ejército ninivita. Se unió a Yosef, y mató a soldados incontables, y de los fugitivos muchos se ahogaron, y los hombres que cercaban a Yosef huyeron y lo dejaron a salvo.

Al término de la guerra, Yaakov continuó su viaje, sin estorbo, hacia su padre Yitsjak.

La guerra con los amorreos

Al principio, la gente que vivía en los alrededores de Shejem no hizo intento alguno de molestar a Yaakov, que había regresado allí al cabo de un tiempo, junto con su casa, para fijar su morada y establecerse. Pero al cabo de siete años los paganos empezaron a hostigarlo. Los reyes de los amorreos se reunieron contra los hijos de Yaakov para matarlos en el Valle de Shejem. «¿No basta —decían— con que hayan matado a todos los hombres de Shejem? ¿Se les ha de permitir ahora tomar posesión también de su tierra?», y avanzaron para presentar batalla.

Yehudá saltó en medio de las filas de los soldados de a pie de los reyes aliados, y mató primero de todos a Yashuv, el rey de Tapúaj, que estaba revestido de hierro y bronce de pies a cabeza. El rey iba montado, y desde su caballo arrojaba sus lanzas hacia abajo con ambas manos, por delante y por detrás, sin errar jamás su blanco, pues era un guerrero poderoso, y podía lanzar jabalinas con una mano o con la otra. No obstante, Yehudá no temió ni a él ni a su destreza. Corrió hacia él, arrebatando del suelo una piedra de sesenta selaím y arrojándosela. Yashuv estaba a una distancia de ciento setenta y siete codos y un tercio de codo, y, protegido con armadura de hierro y arrojando lanzas, avanzaba sobre Yehudá. Pero Yehudá lo golpeó en su escudo con la piedra y lo derribó del caballo. Cuando el rey intentó levantarse, Yehudá se apresuró a su lado para matarlo antes de que pudiera ponerse en pie. Pero Yashuv era ágil, se puso listo para atacar a Yehudá, escudo contra escudo, y desenvainó su espada para cortarle la cabeza a Yehudá. Rápidamente Yehudá alzó su escudo para recibir el golpe sobre él, pero se hizo pedazos. ¿Qué hizo Yehudá entonces? Le arrancó el escudo a su adversario y blandió su espada contra los pies de Yashuv, cortándoselos por encima de los tobillos. El rey cayó de bruces, su espada se le escapó de la mano, y Yehudá se apresuró a él y le separó la cabeza del cuerpo.

Mientras Yehudá quitaba la armadura de su adversario muerto, aparecieron nueve de los seguidores de Yashuv. Yehudá lanzó una piedra contra la cabeza del primero de ellos que se le acercó, con tal fuerza que este dejó caer su escudo, que Yehudá arrebató del suelo y usó para defenderse de sus ocho asaltantes. Su hermano Leví vino y se colocó junto a él, y disparó una flecha que mató a Elón, rey de Gaash, y entonces Yehudá mató a los ocho hombres. Y su padre Yaakov vino y mató a Zerorí, rey de Shiló. Ninguno de los paganos pudo prevalecer contra estos hijos de Yaakov; no tuvieron el valor de plantarse ante ellos, sino que se dieron a la fuga, y los hijos de Yaakov los persiguieron, y cada uno mató a mil hombres de los amorreos aquel día, antes de la puesta del sol. Y los demás hijos de Yaakov partieron del Cerro de Shejem, donde habían tomado posición, y también ellos los persiguieron hasta Jatsor. Ante esta ciudad tuvieron otro severo encuentro con el enemigo, más severo que el del Valle de Shejem. Yaakov soltó sus flechas, y mató a Piratón, rey de Jatsor, y luego a Pasusi, rey de Sartán, a Laván, rey de Aram, y a Shevir, rey de Majanáyim.

Yehudá fue el primero en escalar los muros de Jatsor. Al acercarse a lo alto, cuatro guerreros lo atacaron, pero él los mató sin detener su ascenso, y antes de que su hermano Naftalí pudiera prestarle socorro. Naftalí lo siguió, y los dos se plantaron sobre el muro, Yehudá a la derecha y Naftalí a la izquierda, y desde allí repartieron muerte a los guerreros. Los demás hijos de Yaakov siguieron a su vez a sus dos hermanos, y acabaron de exterminar la hueste pagana aquel día. Sometieron a Jatsor, mataron a sus guerreros, no dejaron escapar a nadie con vida, y despojaron a la ciudad de todo cuanto había en ella.

Al día siguiente fueron a Sartán, y de nuevo se libró una batalla sangrienta. Sartán estaba situada sobre terreno alto, y la colina que había ante la ciudad era asimismo muy alta, de modo que nadie podía acercarse a ella, y tampoco podía nadie acercarse a la ciudadela, porque su muro era alto. No obstante, se hicieron dueños de la ciudad. Escalaron los muros de la ciudadela: Yehudá, por el lado oriental, fue el primero en subir; luego Gad por el lado occidental; Shimón y Leví por el norte, y Reuvén y Dan por el sur, y Naftalí y Yisajar prendieron fuego a los goznes sobre los que colgaban las puertas de la ciudad.

Del mismo modo los hijos de Yaakov sometieron otras cinco ciudades —Tapúaj, Arbel, Shiló, Majanáyim y Gaash—, acabando con todas ellas en cinco días. Al sexto día todos los amorreos se reunieron, y vinieron donde Yaakov y sus hijos desarmados, se postraron ante ellos y suplicaron la paz. Y los hijos de Yaakov hicieron la paz con los paganos, que les cedieron Timná y toda la tierra de Hararía. Aquel día también Yaakov concertó la paz con ellos, y le hicieron restitución a los hijos de Yaakov por todo el ganado que habían tomado, dos cabezas por una, y devolvieron todo el botín que se habían llevado. Y Yaakov se volvió para ir a Timná, y Yehudá fue a Arbel, y desde entonces los amorreos no los molestaron más.

Yitsjak bendice a Leví y a Yehudá

Si un hombre hace un voto, y no lo cumple a su debido tiempo, tropezará en tres graves pecados: la idolatría, la impureza y el derramamiento de sangre. Yaakov había sido culpable de no cumplir con prontitud el voto que había tomado sobre sí en Bet-El, y por eso lo alcanzó el castigo: su hija fue deshonrada, sus hijos mataron hombres, y guardaron los ídolos hallados entre los despojos de Shejem. Por tanto, cuando Yaakov se postró ante Dios tras el sangriento ultraje de Shejem, Él le mandó levantarse e ir a Bet-El y cumplir el voto que había hecho allí. Antes de que Yaakov partiera hacia el lugar santo para hacer lo que Dios le mandaba, tomó los ídolos que estaban en poder de sus hijos, y los terafim que Rajel había robado a su padre, y los hizo añicos, y enterró los pedazos bajo un roble en el monte Gerizim, arrancando el árbol con una mano, ocultando los restos de los ídolos en el hueco que quedó en la tierra, y plantando de nuevo el roble con una mano.

Entre los ídolos destruidos había uno con forma de paloma, y a este lo desenterraron después los samaritanos y lo adoraron.

Al llegar a Bet-El erigió un altar a HaShem, y sobre una columna colocó la piedra en la que había reposado su cabeza durante la noche que había pasado allí en su viaje a Jarán. Luego pidió a sus padres que vinieran a Bet-El y tomaran parte en su sacrificio. Pero Yitsjak le envió un mensaje, diciendo: «Oh hijo mío Yaakov, ¡ojalá pudiera verte antes de morir!», ante lo cual Yaakov se apresuró a ir donde sus padres, llevando consigo a Leví y a Yehudá. Cuando sus nietos se presentaron ante Yitsjak, la oscuridad que velaba sus ojos se desvaneció, y dijo: «Hijo mío, ¿son estos tus hijos, pues se parecen a ti?». Y el espíritu de profecía entró en su boca, y tomó a Leví con su mano derecha y a Yehudá con la izquierda para bendecirlos, y dijo estas palabras a Leví: «Que HaShem te acerque a Él, a ti y a tu simiente, por encima de toda carne, para que sirváis en Su santuario como el Ángel de la Faz y los Ángeles Santos. Príncipes, jueces y gobernantes serán para toda la simiente de los hijos de Yaakov. La palabra de Dios proclamarán con rectitud, y todos Sus juicios ejecutarán con justicia, y darán a conocer Sus caminos a los hijos de Yaakov, y a Israel Sus sendas». Y a Yehudá le habló, diciendo: «Sed príncipes, tú y uno de tus hijos, sobre los hijos de Yaakov. En ti estará el socorro de Yaakov, y la salvación de Israel se hallará en ti. Y cuando te sientes sobre el trono de la gloria de tu justicia, una paz perfecta reinará sobre toda la simiente de los hijos de mi amado Avraham».

A la mañana siguiente, Yitsjak dijo a su hijo que no lo acompañaría a Bet-El a causa de su gran edad, pero le mandó no demorar más el cumplimiento de su voto, y le dio permiso para llevar consigo a su madre Rivká al lugar santo. Y Rivká y su nodriza Devorá fueron a Bet-El con Yaakov.

Gozo y dolor en la casa de Yaakov

Devorá, la nodriza de Rivká, y algunos de los siervos de Yitsjak habían sido enviados a Yaakov por su madre, cuando aún moraba con Laván, para llamarlo a casa al término de sus catorce años de servicio. Como Yaakov no obedeció de inmediato el mandato de su madre, los dos siervos de Yitsjak regresaron donde su amo, pero Devorá se quedó con Yaakov entonces y siempre. Por eso, cuando Devorá murió en Bet-El, Yaakov guardó luto por ella, y la enterró más abajo de Bet-El, bajo la palmera, la misma bajo la cual se sentó más tarde la profetisa Devorá, cuando los hijos de Israel acudían a ella para juicio.

Pero pasó poco tiempo tras la muerte de la nodriza Devorá, y Rivká murió también. Su fallecimiento no fue ocasión de luto público. La razón era que, como Avraham había muerto, Yitsjak estaba ciego y Yaakov lejos de casa, no quedaba sino Esav como único doliente para aparecer en público y representar a su familia, y se temía que, al contemplar a aquel villano, algún espectador se viera tentado a exclamar: «Malditos sean los pechos que te amamantaron». Para evitar esto, el entierro de Rivká se llevó a cabo de noche.

Dios se apareció a Yaakov para consolarlo en su aflicción, y con Él apareció la familia celestial. Fue una señal de gracia, pues todo el tiempo en que los hijos de Yaakov habían llevado ídolos consigo, HaShem no se le había revelado a Yaakov. En esta ocasión Dios anunció a Yaakov el nacimiento de Binyamín, próximo a ocurrir, y el nacimiento de Menashé y de Efráyim, que también habrían de ser fundadores de tribus, y además le dijo que estos tres contarían reyes entre sus descendientes: Shaúl e Ish-bóshet, de la simiente de Binyamín, Yerovam el efraimita, y Yehú de la tribu de Menashé. En esta visión, Dios confirmó el cambio de su nombre de Yaakov a Israel, prometido por el ángel con quien había luchado al entrar en la Tierra de Israel, y finalmente Dios le reveló que él sería el último de los tres con cuyos nombres aparecería unido el Nombre de Dios, pues Dios es llamado solo el Dios de Avraham, el Dios de Yitsjak y el Dios de Yaakov, y nunca el Dios de ningún otro.

En señal de esta revelación de Dios, Yaakov erigió una columna de piedra, y derramó sobre ella una libación, como en un día posterior los sacerdotes habrían de ofrecer libaciones en el Templo en la Fiesta de las Cabañas, y la libación traída por Yaakov en Bet-El fue tanta como todas las aguas del mar de Tiberíades.

En el tiempo en que murieron Devorá y Rivká, ocurrió también la muerte de Rajel, a la edad de treinta y seis años, pero no antes de que su oración fuera escuchada —que le diera a Yaakov un segundo hijo—, pues murió al dar a luz a Binyamín. Doce años no había tenido hijo alguno; entonces ayunó doce días, y su petición le fue concedida. Dio a luz al hijo menor de Yaakov, a quien él llamó Binyamín, el hijo de los días, porque nació en la vejez de su padre, y con él nació una hermana gemela.

Rajel fue enterrada en el camino a Efrat, porque Yaakov, dotado de espíritu profético, previó que los desterrados pasarían por este lugar en su marcha hacia Bavel, y que, al pasar, Rajel imploraría la misericordia de Dios por los pobres proscritos.

Yaakov prosiguió su viaje hacia Yerushaláyim.

Durante la vida de Rajel, su lecho había estado siempre en la tienda de Yaakov. Tras su muerte, él ordenó que se llevara allí el lecho de su sierva Bilhá. Reuvén se disgustó grandemente por ello, y dijo: «No basta con que Rajel, en vida, recortara los derechos de mi madre; ¡ha de causarle molestia también después de muerta!». Fue y tomó el lecho de su madre Leá y lo colocó en la tienda de Yaakov en lugar del lecho de Bilhá. Los hermanos de Reuvén se enteraron de su acto irrespetuoso por Asher. Este lo había averiguado de un modo u otro, y se lo había contado a sus hermanos, quienes rompieron sus relaciones con él, pues nada querían tener que ver con un delator, y no se reconciliaron con Asher hasta que el propio Reuvén confesó su transgresión. Pues no pasó mucho tiempo antes de que Reuvén reconociera que había obrado reprensiblemente para con su padre, y ayunó y se vistió de cilicio, y se arrepintió de su fechoría. Fue el primero entre los hombres en hacer penitencia, y por eso Dios le dijo: «Desde el comienzo del mundo no había sucedido que un hombre pecara y luego se arrepintiera de ello. Tú eres el primero en hacer penitencia, y, como que vives, un profeta de tu simiente, Hoshéa, será el primero en proclamar: “Oh Israel, vuelve”».

La campaña de Esav contra Yaakov

Cuando Yitsjak sintió que se acercaba su fin, llamó a sus dos hijos, les encomendó su última voluntad y su testamento, y les dio su bendición. Dijo: «Os conjuro por el Nombre excelso —el alabado, honrado, glorioso, inmutable y poderoso, que ha hecho el cielo y la tierra y todas las cosas juntas— a que le temáis, y le sirváis, y cada cual ame a su hermano con misericordia y justicia, y ninguno desee mal al otro, ahora y en adelante por toda la eternidad, todos los días de vuestra vida, para que gocéis de buena fortuna en todas vuestras empresas, y no perezcáis».

Además les mandó que lo sepultaran en la cueva de Majpelá, al lado de su padre Avraham, en la tumba que él había cavado para sí mismo con sus propias manos. Luego dividió sus posesiones entre sus dos hijos, dando a Esav la porción mayor, y a Yaakov la menor. Pero Esav dijo: «Vendí mi primogenitura a Yaakov, y se la cedí, y le pertenece a él». Yitsjak se alegró grandemente de que Esav reconociera por su propia voluntad los derechos de Yaakov, y cerró los ojos en paz.

El funeral de Yitsjak no fue perturbado por acto indecoroso alguno, pues Esav estaba seguro de su herencia conforme a la última voluntad expresada por su padre. Pero cuando llegó el momento de dividir las posesiones de Yitsjak entre los dos hermanos, Esav dijo a Yaakov: «Divide los bienes de nuestro padre en dos porciones, pero yo, como el mayor, reclamo el derecho de escoger la porción que desee». ¿Qué hizo Yaakov? Sabía bien que «el ojo del malvado nunca contempla tesoros suficientes para saciarlo», así que dividió su herencia común de la siguiente manera: todas las posesiones materiales de su padre formaban una porción, y la otra consistía en el derecho de Yitsjak sobre la Tierra de Israel, junto con la cueva de Majpelá, la tumba de Avraham y de Yitsjak. Esav escogió el dinero y las demás cosas pertenecientes a Yitsjak como herencia suya, y a Yaakov le quedaron la cueva y el título sobre la Tierra de Israel. Se redactó por escrito un acuerdo a tal efecto en debida forma, y sobre la base del documento Yaakov insistió en que Esav abandonara la Tierra de Israel. Esav accedió, y él, sus mujeres, sus hijos y sus hijas viajaron al monte Seír, donde fijaron su morada.

Aunque Esav cedió ante Yaakov por el momento, volvió a la tierra para hacer guerra a su hermano. Leá acababa de morir, y Yaakov y los hijos que ella le había dado la lloraban, mientras el resto de sus hijos —los que le habían dado sus otras mujeres— intentaban consolarlos, cuando Esav cayó sobre ellos con una hueste poderosa de cuatro mil hombres, bien pertrechados para la guerra, cubiertos de armaduras de hierro y bronce, todos provistos de escudos, arcos y espadas. Rodearon la ciudadela donde Yaakov y sus hijos habitaban entonces con sus siervos, sus niños y sus casas —pues todos se habían reunido para consolar a Yaakov por la muerte de Leá—, y allí estaban sentados sin recelo, sin que nadie sospechara que hombre alguno tramara un asalto contra ellos. Y el gran ejército ya había cercado su castillo, y aún nadie dentro sospechaba mal alguno, ni Yaakov ni sus hijos ni los doscientos siervos. Entonces, cuando Yaakov vio que Esav se atrevía a hacerles guerra, y buscaba matarlos en la ciudadela, y les disparaba dardos, subió a la muralla de la ciudadela y habló a Esav palabras de paz, de amistad y de amor fraternal. Le dijo: «¿Es este el consuelo que has venido a traerme, para confortarme por mi mujer, a quien la muerte se ha llevado? ¿Es esto conforme al juramento que dos veces hiciste a tu padre y a tu madre antes de que murieran? Has violado tu juramento, y en la hora en que juraste a tu padre, fuiste juzgado». Pero Esav respondió: «Ni los hijos de los hombres ni las bestias del campo juran un juramento para guardarlo por toda la eternidad; antes bien, cada día traman el mal unos contra otros, cuando se dirige contra un enemigo, o cuando buscan matar a un adversario. Si el jabalí muda su piel y vuelve sus cerdas tan suaves como la lana, o si logra hacer brotar cuernos en su cabeza como los cuernos de un ciervo o de un carnero, entonces guardaré yo el vínculo de hermandad contigo».

Entonces habló Yehudá a su padre Yaakov, diciendo: «¿Hasta cuándo seguirás gastando en él palabras de paz y de amistad? Nos ataca a traición, como un enemigo, con sus guerreros revestidos de malla, buscando matarnos». Al oír estas palabras, Yaakov empuñó su arco y mató a Adoram el edomita, y por segunda vez tensó su arco, y la flecha alcanzó a Esav en el muslo derecho. La herida era mortal, y sus hijos alzaron a Esav y lo pusieron sobre su asno, y llegó a Adora, y allí murió.

Yehudá hizo una salida por el sur de la ciudadela, y con él iban Naftalí y Gad, ayudados por cincuenta de los siervos de Yaakov; hacia el este salieron Leví y Dan con cincuenta siervos; Reuvén, Yisajar y Zevulún con cincuenta siervos, hacia el norte; y Shimón, Binyamín y Janoj —este último hijo de Reuvén— con cincuenta siervos, hacia el oeste. Yehudá fue en extremo valiente en la batalla. Junto con Naftalí y Gad se abrió paso entre las filas del enemigo, y capturó una de sus torres de hierro. Sobre sus escudos recibían los agudos proyectiles que les arrojaban en tal número que la luz del sol se oscurecía a causa de las piedras, los dardos y las rocas. Yehudá fue el primero en romper las filas del enemigo, del cual mató a seis hombres valientes, acompañado a la derecha por Naftalí y a la izquierda por Gad. Ellos también abatieron a dos soldados cada uno, mientras que su tropa de siervos mató a un hombre cada uno. Con todo, no lograron apartar al ejército del sur de la ciudadela, ni siquiera cuando todos juntos, Yehudá y sus hermanos, hicieron un ataque unido contra el enemigo, escogiendo cada uno una víctima y matándola. Y todavía fracasaron en un tercer ataque conjunto, aunque esta vez cada uno mató a dos hombres.

Cuando Yehudá vio ahora que el enemigo permanecía dueño del campo, y que era imposible desalojarlo, se revistió de fuerza, y un espíritu heroico lo animó. Yehudá, Naftalí y Gad se unieron, y juntos atravesaron las filas del enemigo, matando Yehudá a diez de ellos, y sus hermanos a ocho cada uno. Al ver esto, los siervos cobraron ánimo, y se unieron a sus jefes y pelearon a su lado. Yehudá repartía golpes a diestra y siniestra, siempre ayudado por Naftalí y Gad, y así lograron forzar al enemigo un ris más hacia el sur, lejos de la ciudadela. Pero el ejército enemigo se rehízo, y sostuvo un valiente frente contra todos los hijos de Yaakov, que estaban exhaustos por las fatigas del combate y no podían seguir peleando. Entonces Yehudá se volvió a Dios en oración, y Dios escuchó su súplica, y los ayudó. Soltó una tormenta de una de sus cámaras de tesoros, y sopló contra los rostros del enemigo, y les llenó los ojos de tinieblas, de modo que no veían cómo pelear. Pero Yehudá y sus hermanos veían con claridad, pues el viento soplaba sobre sus espaldas. Entonces Yehudá y sus dos hermanos hicieron estragos entre ellos: abatían al enemigo como el segador siega los tallos de grano y los amontona en gavillas.

Después de haber derrotado a la división del ejército que les había tocado por el sur, se apresuraron a socorrer a sus hermanos, que defendían el este, el norte y el oeste de la ciudadela con tres compañías. Por cada lado sopló el viento contra los rostros del enemigo, y así los hijos de Yaakov lograron aniquilar su ejército. Cuatrocientos cayeron en la batalla, y seiscientos huyeron, entre estos últimos los cuatro hijos de Esav: Reuel, Yeúsh, Lotán y Kóraj. El mayor de sus hijos, Elifaz, no tomó parte en la guerra, porque era discípulo de Yaakov y por eso no quiso alzar armas contra él.

Los hijos de Yaakov persiguieron al resto fugitivo del ejército hasta Adora. Allí los hijos de Esav abandonaron el cuerpo de su padre, y continuaron su huida hacia el monte Seír. Pero los hijos de Yaakov permanecieron en Adora aquella noche, y por respeto a su padre sepultaron los restos de su hermano Esav. Por la mañana siguieron en persecución del enemigo, y los sitiaron en el monte Seír. Entonces los hijos de Esav y todos los demás fugitivos vinieron y cayeron ante ellos, se inclinaron y les rogaron sin cesar, hasta que hicieron las paces con ellos. Pero los hijos de Yaakov les impusieron tributo.

Los descendientes de Esav

El más digno entre los hijos de Esav era su primogénito Elifaz. Se había criado bajo los ojos de su abuelo Yitsjak, de quien había aprendido el modo de vida piadoso. HaShem incluso lo halló digno de ser dotado con el espíritu de profecía, pues Elifaz el hijo de Esav no es otro que el profeta Elifaz, el amigo de Iyov. Fue de la vida de los Patriarcas de donde sacó las amonestaciones que dirigió a Iyov en sus disputas con él. Elifaz habló: «Te tenías por igual a Avraham, y te maravillabas, por tanto, de que Dios te tratara como a la generación de la confusión de las lenguas. Pero Avraham resistió la prueba de diez tentaciones, y tú desfalleces cuando una sola te toca. Cuando alguno que no estaba entero venía a ti, tú lo consolabas. Al ciego le decías: si te construyeras una casa, sin duda le pondrías ventanas; y si Dios te ha negado la luz, es solo para que Él sea glorificado a través de ti en el día en que “los ojos de los ciegos serán abiertos”. Al sordo le decías: si fabricaras un cántaro de agua, sin duda no olvidarías hacerle asas; y si Dios te creó sin oído, es solo para que Él sea glorificado a través de ti en el día en que “los oídos de los sordos serán destapados”. De tal manera te esforzabas por consolar a los débiles y a los tullidos. Pero ahora te ha llegado a ti, y estás turbado. Dices: soy un hombre recto, ¿por qué me castiga? Mas ¿quién, dime, pereció jamás siendo inocente? Nóaj fue salvado del diluvio, Avraham del horno de fuego, Yitsjak del cuchillo del sacrificio, Yaakov de los ángeles, Moshé de la espada del Paró, e Israel de los mitsritas que se ahogaron en el mar. Así les irá a todos los malvados».

Iyov respondió a Elifaz y dijo: «¡Mira a tu padre Esav!».

Pero Elifaz replicó: «Nada tengo yo que ver con él; el hijo no ha de cargar con la iniquidad del padre. Esav será destruido, porque no obró buenas acciones, y así también perecerán sus caudillos. Pero en cuanto a mí, soy profeta, y mi mensaje no es para Esav, sino para ti, para hacerte rendir cuentas de ti mismo». Pero Dios reprendió a Elifaz y dijo: «Has hablado palabras duras a Mi siervo Iyov. Por tanto, Ovadiá, uno de tus descendientes, pronunciará una profecía de denuncia contra la casa de tu padre, los edomitas».

La concubina de Elifaz era Timna, una princesa de sangre real, que había pedido ser recibida en la fe de Avraham y su familia, pero todos ellos —Avraham, Yitsjak y Yaakov— la habían rechazado, y ella dijo: «Antes seré sierva de la escoria de esta nación que señora de otra nación», y así consintió en ser concubina de Elifaz. Para castigar a los Patriarcas por la afrenta que le habían hecho, se la hizo madre de Amalek, que causó gran daño a Israel.

Otro de los descendientes de Esav, Aná, tuvo una experiencia de lo más insólita. Una vez, mientras apacentaba los asnos de su padre en el desierto, los condujo a uno de los páramos de las orillas del mar de los Juncos, frente al desierto de las naciones, y mientras alimentaba a las bestias, una tormenta muy recia vino del otro lado del mar, y los asnos no podían moverse. Entonces unos ciento veinte animales grandes y terribles salieron del desierto del otro lado del mar, y todos vinieron al lugar donde estaban los asnos, y allí se apostaron. De la cintura para abajo estos animales tenían forma de hombre, y de la cintura para arriba unos tenían semejanza de osos, otros de simios, y todos ellos tenían por detrás una cola como la cola del dukipat, que desde entre sus hombros les bajaba hasta la tierra. Los animales montaron los asnos, y se alejaron cabalgando con ellos, y hasta el día de hoy ningún ojo los ha visto. Uno de ellos se acercó a Aná, y lo golpeó con su cola, y luego escapó corriendo.

Cuando Aná vio todo esto, sintió gran temor por su vida, y huyó a la ciudad, donde relató todo lo que le había sucedido. Muchos salieron a buscar los asnos, pero ninguno pudo encontrarlos. Aná y sus hermanos no volvieron más a aquel lugar desde aquel día, pues temían grandemente por sus vidas.

Este Aná era fruto de un matrimonio incestuoso; su madre era al mismo tiempo la madre de su padre Tsibón. Y así como él nació de una unión antinatural, así trató de provocar uniones antinaturales entre los animales. Fue el primero en cruzar la raza del caballo y el asno y producir el mulo. Como castigo, Dios cruzó la serpiente y el lagarto, y engendraron el habarbar, cuya mordedura es muerte segura, como la mordedura de la mula blanca.

Los descendientes de Esav tuvieron ocho reyes antes de que reinara rey alguno sobre los descendientes de Yaakov. Pero llegó un tiempo en que los judíos tuvieron ocho reyes durante cuyo reinado los edomitas no tuvieron ninguno y estuvieron sujetos a los reyes judíos. Este fue el tiempo que medió entre Shaúl, el primer rey israelita, que gobernó sobre Edom, y Yehoshafat, pues Edom no se independizó del dominio judío hasta el tiempo de Yoram, el hijo de Yehoshafat. Había una diferencia entre los reyes de la simiente de Esav y los reyes de la simiente de Yaakov. El pueblo judío siempre sacaba sus reyes de su propio seno, mientras que los edomitas tenían que acudir a pueblos extraños para conseguir los suyos. El primer rey edomita fue el arameo Bilam, llamado Bela en su condición de gobernante de Edom. Su sucesor Iyov, llamado también Iovav, vino de Botsrá, y por haber dado a Edom un rey, esta ciudad será castigada en el tiempo por venir. Cuando Dios se siente en juicio sobre Edom, Botsrá será la primera en sufrir el castigo.

El dominio de Edom fue de corta duración, mientras que el dominio de Israel será por todos los tiempos, pues el estandarte del Mashíaj ondeará por siempre jamás.