Las Leyendas de los Judíos I·Capítulo quinto6 / 7

Capítulo quinto

Avraham

Las generaciones malvadas

Diez generaciones hubo de Nóaj a Avraham, para mostrar cuán grande es la clemencia de Dios, pues todas ellas provocaron Su ira —hasta que vino Avraham nuestro padre y recibió la recompensa de todas. Por amor a Avraham, Dios se había mostrado paciente y sufrido durante la vida de estas diez generaciones. Más aún: el mundo mismo había sido creado por sus méritos. Su venida había sido anunciada a su antepasado Reú, quien pronunció esta profecía al nacer su hijo Serug: «De este niño nacerá, en la cuarta generación, aquel que fijará su morada por encima de lo más alto, y será llamado perfecto e inmaculado, y será padre de naciones, y su alianza no se disolverá, y su simiente se multiplicará para siempre».

Ya era hora, en verdad, de que el «amigo de Dios» apareciera sobre la tierra. Los descendientes de Nóaj se hundían de depravación en depravación, cada vez más hondo. Empezaban a reñir y a matar, a comer sangre, a levantar ciudades fortificadas y murallas y torres, a poner a un solo hombre como rey sobre toda la nación, a librar guerras —pueblo contra pueblo, nación contra nación, ciudad contra ciudad—, a cometer toda clase de maldad, a fabricar armas y a enseñar a sus hijos el arte de la guerra. Comenzaron también a tomar cautivos y a venderlos como esclavos. Y se hicieron imágenes de fundición, que adoraban, cada uno el ídolo que había fundido para sí, pues los espíritus malignos, bajo su jefe Mastemá, los extraviaban hacia el pecado y la impureza. Por esta razón llamó Reú a su hijo Serug, porque toda la humanidad se había desviado hacia el pecado y la transgresión. Cuando el niño llegó a hombre, se vio que el nombre había sido bien escogido, pues él también adoraba ídolos; y cuando a su vez tuvo un hijo, Najor de nombre, le enseñó las artes de los caldeos: cómo ser adivino y practicar la magia según las señales de los cielos. Cuando, con el tiempo, le nació un hijo a Najor, Mastemá envió cuervos y otras aves para arrasar la tierra y robar a los hombres el fruto de su trabajo. Apenas dejaban caer la semilla en los surcos, y antes de que pudieran cubrirla con tierra, las aves la arrancaban de la superficie del suelo; y llamó Najor a su hijo Téraj, porque los cuervos y las demás aves plagaban a los hombres, devoraban su semilla y los reducían a la miseria.

El nacimiento de Avraham

Téraj se casó con Emtelái, hija de Karnebó, y el fruto de esa unión fue Avraham. Su nacimiento lo había leído Nimrod en las estrellas, pues este rey impío era astrólogo consumado, y le resultó manifiesto que en sus días nacería un hombre que se alzaría contra él y desmentiría triunfante su religión. Aterrado por la suerte que le anunciaban las estrellas, mandó llamar a sus príncipes y gobernadores y les pidió consejo en el asunto. Ellos respondieron y dijeron: «Nuestro parecer unánime es que edifiques una gran casa, apostes una guardia a su entrada y proclames en todo tu reino que todas las mujeres encinta acudan allí junto con sus parteras, que han de permanecer con ellas hasta el parto. Cuando se cumplan los días de una mujer y nazca la criatura, será deber de la partera matarla si es varón. Pero si la criatura es niña, se le dejará vivir, y la madre recibirá dones y vestiduras costosas, y un heraldo proclamará: “¡Así se hace con la mujer que da a luz una hija!”».

Agradó al rey este consejo, e hizo publicar un bando por todo su reino convocando a todos los arquitectos para que le edificaran una gran casa, de sesenta codos de alto y ochenta de ancho. Terminada la obra, promulgó un segundo bando convocando allí a todas las mujeres encinta, que habían de quedarse hasta el alumbramiento. Se designaron oficiales para llevar a las mujeres a la casa, y se apostaron guardias dentro y alrededor para impedir que huyeran. Envió además parteras a la casa y les ordenó degollar a los niños varones sobre el pecho de sus madres. Pero si una mujer daba a luz una niña, la vestían de lino fino, de seda y de ropas bordadas, y la sacaban de la casa de reclusión entre grandes honores. Nada menos que setenta mil niños fueron así degollados. Entonces los ángeles se presentaron ante Dios y hablaron: «¿No ves lo que hace ese pecador y blasfemo, Nimrod hijo de Kena’an, que mata a tantos inocentes que ningún mal han hecho?». Dios respondió y dijo: «Santos ángeles, lo sé y lo veo, pues ni dormito ni duermo. Contemplo y conozco las cosas ocultas y las cosas reveladas, y seréis testigos de lo que haré a este pecador y blasfemo, pues volveré Mi mano contra él para castigarlo».

Fue por este tiempo cuando Téraj tomó por esposa a la madre de Avraham, y ella quedó encinta. Cuando su cuerpo se agrandó al cabo de tres meses de embarazo, y su rostro palideció, Téraj le dijo: «¿Qué te aqueja, mujer, que tu rostro está tan pálido y tu cuerpo tan hinchado?». Ella respondió y dijo: «Cada año padezco este mal». Pero Téraj no se dejó despachar así. Insistió: «Muéstrame tu cuerpo. Me parece que estás encinta. Si es así, no nos corresponde violar el mandato de nuestro dios Nimrod». Cuando pasó la mano por su cuerpo, ocurrió un milagro. La criatura subió hasta quedar bajo sus pechos, y Téraj no pudo palpar nada con las manos. Dijo a su mujer: «Hablaste con verdad», y nada se hizo visible hasta el día del parto.

Cuando se acercó su hora, salió de la ciudad presa de gran terror y vagó hacia el desierto, caminando por el borde de un valle, hasta que dio con una cueva. Entró en aquel refugio, y al día siguiente le sobrevinieron los dolores, y dio a luz un hijo. Toda la cueva se llenó con la luz del rostro del niño, como con el resplandor del sol, y la madre se alegró en gran manera. La criatura que dio a luz era Avraham nuestro padre.

Su madre se lamentó y dijo a su hijo: «¡Ay de mí, que te di a luz en tiempos en que Nimrod es rey! Por tu causa fueron degollados setenta mil niños varones, y me estremezco de terror por ti, no sea que oiga de tu existencia y te mate. Mejor que perezcas aquí, en esta cueva, a que mis ojos te vean muerto sobre mi pecho». Tomó la vestidura que llevaba puesta y envolvió con ella al niño. Luego lo abandonó en la cueva, diciendo: «Que HaShem esté contigo, que no te falle ni te desampare».

El niño proclama a Dios

Así quedó Avraham abandonado en la cueva, sin nodriza, y empezó a gemir. Dios envió a Gavriel a darle leche para beber, y el ángel la hizo brotar del meñique de la mano derecha del niño, y él la mamó hasta cumplir diez días. Entonces se levantó y echó a andar, salió de la cueva y fue por el borde del valle. Cuando el sol se puso y aparecieron las estrellas, dijo: «¡Estos son los dioses!». Pero llegó el alba, y ya no se veían las estrellas, y entonces dijo: «No rendiré culto a estas, pues no son dioses». Enseguida salió el sol, y habló: «Este es mi dios, a él ensalzaré». Pero de nuevo se puso el sol, y dijo: «No es dios»; y al ver la luna, la llamó su dios, a quien rendiría homenaje divino. Entonces la luna se oscureció, y clamó: «¡Tampoco esta es dios! Hay Uno que los pone a todos en movimiento».

Aún meditaba consigo mismo cuando el ángel Gavriel se le acercó y lo saludó: «La paz sea contigo». Y Avraham respondió: «Contigo sea la paz», y preguntó: «¿Quién eres tú?». Y Gavriel respondió y dijo: «Yo soy el ángel Gavriel, el mensajero de Dios». Y llevó a Avraham a un manantial de agua cercano, y Avraham se lavó el rostro, las manos y los pies, y oró a Dios, inclinándose y postrándose.

Entretanto, la madre de Avraham pensaba en él con dolor y lágrimas, y salió de la ciudad a buscarlo en la cueva donde lo había abandonado. Al no hallar a su hijo, lloró amargamente y dijo: «¡Ay de mí, que te di a luz solo para que fueras presa de las fieras, de los osos, los leones y los lobos!». Fue al borde del valle, y allí encontró a su hijo. Pero no lo reconoció, pues había crecido mucho. Se dirigió al muchacho: «¡La paz sea contigo!», y él respondió: «¡Contigo sea la paz!», y continuó: «¿A qué has venido al desierto?». Ella replicó: «Salí de la ciudad a buscar a mi hijo». Avraham siguió preguntando: «¿Quién trajo aquí a tu hijo?», y la madre respondió: «Quedé encinta de mi marido Téraj, y cuando se cumplieron los días de mi parto, me angustié por el hijo que llevaba en el vientre, no fuera que nuestro rey, el hijo de Kena’an, viniera y lo matara como había matado a los otros setenta mil niños varones. Apenas había llegado a la cueva de este valle cuando me sobrevinieron los dolores del parto, y di a luz un hijo, a quien dejé en la cueva, y volví a casa. Ahora he venido a buscarlo, pero no lo encuentro».

Avraham entonces habló: «Ese niño de que hablas, ¿qué edad tenía?».

La madre: «Tenía unos veinte días».

Avraham: «¿Hay en el mundo mujer que abandone a su hijo recién nacido en el desierto y venga a buscarlo al cabo de veinte días?».

La madre: «¡Quizá Dios se muestre un Dios misericordioso!».

Avraham: «¡Yo soy el hijo que has venido a buscar a este valle!».

La madre: «Hijo mío, ¡cómo has crecido! Apenas veinte días, ¡y ya sabes andar y hablar con tu boca!».

Avraham: «Así es; y de este modo, madre mía, se te da a conocer que hay en el mundo un Dios grande, temible, vivo y eterno, que ve, pero que no puede ser visto. Está en los cielos, en lo alto, y toda la tierra está llena de Su gloria».

La madre: «Hijo mío, ¿hay un Dios aparte de Nimrod?».

Avraham: «Sí, madre, el Dios de los cielos y el Dios de la tierra, Él es también el Dios de Nimrod hijo de Kena’an. Ve, pues, y lleva este mensaje a Nimrod».

La madre de Avraham volvió a la ciudad y contó a su marido Téraj cómo había encontrado a su hijo. Téraj, que era príncipe y magnate en la casa del rey, se dirigió al palacio real y se postró ante el rey rostro en tierra. La regla era que quien se postraba ante el rey no podía alzar la cabeza hasta que el rey se lo ordenara. Nimrod dio permiso a Téraj para levantarse y exponer su petición. Entonces Téraj relató todo lo ocurrido con su mujer y su hijo. Al oír Nimrod su relato, un miedo abyecto se apoderó de él, y preguntó a sus consejeros y príncipes qué hacer con el muchacho. Ellos respondieron y dijeron: «¡Nuestro rey y nuestro dios! ¿Por qué temes a causa de un niño pequeño? Hay miríadas y miríadas de príncipes en tu reino, jefes de miles, jefes de cientos, jefes de cincuentenas y jefes de decenas, y capataces sin número. Que el más insignificante de los príncipes vaya a traer al muchacho y lo eche en prisión». Pero el rey intervino: «¿Habéis visto alguna vez a un niño de veinte días andar con sus pies, hablar con su boca y proclamar con su lengua que hay un Dios en el cielo, que es Uno, y ninguno fuera de Él, que ve y no es visto?». Todos los príncipes reunidos quedaron horrorizados ante estas palabras.

En ese momento apareció el Satán en forma humana, vestido con ropas de seda negra, y se postró ante el rey. Nimrod dijo: «Alza la cabeza y expón tu petición». El Satán preguntó al rey: «¿Por qué estás aterrado, y por qué estáis todos temiendo a causa de un pequeño muchacho? Te aconsejaré lo que has de hacer: abre tu arsenal y entrega armas a todos los príncipes, jefes y gobernadores, y a todos los guerreros, y envíalos a traerlo a tu servicio y bajo tu dominio».

Este consejo del Satán lo aceptó el rey y lo siguió. Envió una gran hueste armada a traerle a Avraham. Cuando el muchacho vio acercarse al ejército, tuvo gran miedo, y entre lágrimas imploró a Dios ayuda. En respuesta a su oración, Dios le envió al ángel Gavriel, que le dijo: «No temas ni te turbes, pues Dios está contigo. Él te librará de las manos de todos tus adversarios». Dios ordenó a Gavriel poner nubes espesas y oscuras entre Avraham y sus atacantes. Espantados por las densas nubes, huyeron y volvieron a Nimrod, su rey, y le dijeron: «Partamos y dejemos este reino»; y el rey dio dinero a todos sus príncipes y siervos, y junto con el rey partieron y viajaron a Bavel.

La primera aparición pública de Avraham

Ahora bien, por mandato de Dios, el ángel Gavriel ordenó a Avraham seguir a Nimrod hasta Bavel. Objetó él que en modo alguno estaba equipado para emprender una campaña contra el rey, pero Gavriel lo tranquilizó con estas palabras: «No necesitas provisiones para el camino, ni caballo en que montar, ni guerreros para hacer la guerra a Nimrod, ni carros, ni jinetes. Siéntate tan solo sobre mi hombro, y yo te llevaré a Bavel».

Avraham hizo lo que se le ordenó, y en un abrir y cerrar de ojos se halló ante las puertas de la ciudad de Bavel. Por mandato del ángel, entró en la ciudad y clamó a sus habitantes con voz potente: «HaShem, Él es el Único Dios, y no hay otro fuera de Él. Él es el Dios de los cielos, y el Dios de los dioses, y el Dios de Nimrod. Reconoced esto como la verdad, todos vosotros, hombres, mujeres y niños. Reconoced también que yo soy Avraham, Su siervo, el mayordomo de confianza de Su casa».

Avraham encontró a sus padres en Bavel, y también vio al ángel Gavriel, que le mandó proclamar la verdadera fe a su padre y a su madre. Por eso Avraham les habló y dijo: «Servís a un hombre de vuestra propia especie, y rendís culto a una imagen de Nimrod. ¿No sabéis que tiene boca, pero no habla; ojo, pero no ve; oído, pero no oye; ni anda sobre sus pies, y no hay provecho en ella, ni para sí misma ni para los demás?».

Cuando Téraj oyó estas palabras, persuadió a Avraham de que lo siguiera a la casa, donde su hijo le contó todo lo sucedido: cómo en un solo día había hecho un viaje de cuarenta días. Téraj fue entonces a Nimrod y le informó de que su hijo Avraham había aparecido de pronto en Bavel. El rey mandó llamar a Avraham, y él se presentó ante el rey con su padre. Avraham pasó junto a los magnates y dignatarios hasta llegar al trono real, del que se asió, sacudiéndolo y clamando con voz potente: «Oh Nimrod, miserable despreciable, que niegas la esencia de la fe, que niegas al Dios vivo e inmutable, y a Avraham Su siervo, el mayordomo de confianza de Su casa. Reconócelo, y repite conmigo estas palabras: HaShem es Dios, el Único, y no hay otro fuera de Él; Él es incorpóreo, vivo, eterno; no dormita ni duerme, y ha creado el mundo para que los hombres crean en Él. Y confiesa también acerca de mí, y di que yo soy el siervo de Dios y el mayordomo de confianza de Su casa».

Mientras Avraham proclamaba esto con voz potente, los ídolos cayeron de bruces, y con ellos también el rey Nimrod. Por espacio de dos horas y media yació el rey sin vida, y cuando su alma volvió a él, habló y dijo: «¿Es tu voz, oh Avraham, o la voz de tu Dios?». Y Avraham respondió y dijo: «Esta voz es la voz de la más ínfima de todas las criaturas que Dios ha llamado a la existencia». Entonces Nimrod dijo: «En verdad, el Dios de Avraham es un Dios grande y poderoso, el Rey de todos los reyes»; y ordenó a Téraj que tomara a su hijo y se lo llevara, y volviera de nuevo a su propia ciudad; y padre e hijo hicieron como el rey había ordenado.

El predicador de la verdadera fe

Cuando Avraham llegó a la edad de veinte años, su padre Téraj cayó enfermo. Habló así a sus hijos Harán y Avraham: «Os conjuro por vuestras vidas, hijos míos, vendedme estos dos ídolos, pues no tengo dinero suficiente para cubrir nuestros gastos». Harán cumplió el deseo de su padre, pero si alguien se acercaba a Avraham a comprarle un ídolo y le preguntaba el precio, él respondía «Tres manés», y luego preguntaba a su vez: «¿Cuántos años tienes?». «Treinta», era la respuesta. «¿Tienes treinta años, y aun así adorarías este ídolo que fabriqué hoy mismo?». El hombre se marchaba y seguía su camino, y otro se acercaba a Avraham y preguntaba: «¿Cuánto cuesta este ídolo?», y «Cinco manés» era la respuesta, y de nuevo Avraham planteaba la pregunta: «¿Cuántos años tienes?». «Cincuenta». «¿Y tú, que tienes cincuenta años, te inclinarías ante este ídolo que fue hecho hoy mismo?». Entonces el hombre se marchaba y seguía su camino. Avraham tomó entonces dos ídolos, les puso una soga al cuello y, con los rostros vueltos hacia abajo, los arrastró por el suelo, clamando en voz alta todo el tiempo: «¿Quién comprará un ídolo en el que no hay provecho, ni para sí mismo ni para quien lo compra a fin de adorarlo? Tiene boca, pero no habla; ojos, pero no ve; pies, pero no anda; oídos, pero no oye».

La gente que oía a Avraham quedaba grandemente asombrada de sus palabras. Mientras iba por las calles, se encontró con una anciana que se le acercó con el propósito de comprar un ídolo, bueno y grande, para adorarlo y amarlo. «Anciana, anciana —dijo Avraham—, no conozco provecho alguno en ellos, ni en los grandes ni en los pequeños, ni para sí mismos ni para los demás». Y siguió hablándole: «¿Y qué ha sido de la gran imagen que compraste a mi hermano Harán para adorarla?». «Ladrones —respondió ella— vinieron de noche y la robaron, mientras yo aún estaba en el baño». «Si es así —siguió preguntándole Avraham—, ¿cómo puedes rendir homenaje a un ídolo que no puede salvarse a sí mismo de los ladrones, y mucho menos salvar a otros, como tú, necia anciana, de la desgracia? ¿Cómo te es posible decir que la imagen que adoras es un dios? Si es un dios, ¿por qué no se salvó a sí mismo de las manos de esos ladrones? No, en el ídolo no hay provecho, ni para sí mismo ni para quien lo adora».

La anciana replicó: «Si lo que dices es verdad, ¿a quién he de servir?». «Sirve al Dios de todos los dioses —respondió Avraham—, el Señor de señores, que ha creado el cielo y la tierra, el mar y cuanto en él hay: el Dios de Nimrod y el Dios de Téraj, el Dios del oriente, del occidente, del sur y del norte. ¿Quién es Nimrod, el perro, que se llama a sí mismo dios, para que se le rinda culto?».

Avraham logró abrir los ojos de la anciana, y ella se hizo celosa misionera del Dios verdadero. Cuando descubrió a los ladrones que se habían llevado su ídolo, y ellos se lo devolvieron, lo hizo pedazos con una piedra, y mientras andaba por las calles, clamaba en voz alta: «Quien quiera salvar su alma de la destrucción y prosperar en todos sus actos, que sirva al Dios de Avraham». Así convirtió a muchos hombres y mujeres a la verdadera creencia.

Los rumores de las palabras y los hechos de la anciana llegaron al rey, y él mandó llamarla. Cuando compareció ante él, la reprendió con dureza, preguntándole cómo se atrevía a servir a otro dios que no fuera él mismo. La anciana respondió: «Tú eres un mentiroso, tú niegas la esencia de la fe, el Único y Solo Dios, fuera del cual no hay otro dios. Vives de Su generosidad, pero rindes culto a otro, y a Él lo repudias, y a Sus enseñanzas, y a Avraham Su siervo».

La anciana tuvo que pagar con su vida su celo por la fe. Con todo, gran temor y espanto se apoderaron de Nimrod, porque el pueblo se apegaba cada vez más a las enseñanzas de Avraham, y no sabía cómo tratar al hombre que socavaba la antigua fe. Por consejo de sus príncipes, organizó una fiesta de siete días, a la que todo el pueblo fue convocado para presentarse con sus vestiduras de gala, sus atavíos de oro y plata. Con semejante despliegue de riqueza y poder esperaba intimidar a Avraham y traerlo de vuelta a la fe del rey. Por medio de su padre Téraj, Nimrod invitó a Avraham a comparecer ante él, para que tuviera ocasión de ver su grandeza y su riqueza, y la gloria de su dominio, y la multitud de sus príncipes y servidores. Pero Avraham rehusó presentarse ante el rey. En cambio, concedió a su padre lo que este le pedía: que en su ausencia se sentara junto a los ídolos de la casa y los del rey y cuidara de ellos.

A solas con los ídolos, y mientras repetía las palabras «¡HaShem, Él es Dios; HaShem, Él es Dios!», derribó de sus tronos a los ídolos del rey y empezó a golpearlos con un hacha. Comenzó por el más grande y terminó por el más pequeño. A uno le cortó los pies, a otro lo decapitó. A este le sacó los ojos, a aquel le trituró las manos. Después de que todos quedaron mutilados, se fue, no sin antes poner el hacha en la mano del ídolo mayor.

Terminada la fiesta, el rey volvió, y cuando vio todos sus ídolos hechos añicos, preguntó quién había perpetrado el estropicio. Se señaló a Avraham como el culpable del ultraje, y el rey lo mandó llamar y lo interrogó sobre el motivo de su acto. Avraham respondió: «Yo no lo hice; fue el mayor de los ídolos quien destrozó a todos los demás. ¿No ves que aún tiene el hacha en la mano? Y si no quieres creer mis palabras, pregúntale a él y te lo dirá».

En el horno de fuego

Ahora bien, el rey se enfureció en gran manera contra Avraham y ordenó que lo echaran a prisión, donde mandó al carcelero no darle ni pan ni agua. Pero Dios escuchó la oración de Avraham y le envió a Gavriel a su calabozo. Durante un año moró el ángel con él y lo proveyó de toda clase de alimentos, y un manantial de agua fresca brotó ante él, y de él bebía. Al cabo de un año, los magnates del reino se presentaron ante el rey y le aconsejaron arrojar a Avraham al fuego, para que el pueblo creyera en Nimrod para siempre. Entonces el rey promulgó un decreto por el que todos sus súbditos en todas sus provincias, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, trajeran leña durante cuarenta días; y la hizo echar en un gran horno y le prendió fuego. Las llamas se alzaron hasta los cielos, y el pueblo tuvo gran miedo del fuego. Se ordenó entonces al carcelero sacar a Avraham y arrojarlo a las llamas. El carcelero recordó al rey que Avraham llevaba un año entero sin comida ni bebida, y que por tanto debía de estar muerto; pero Nimrod, con todo, quiso que se pusiera frente a la prisión y lo llamara por su nombre. Si respondía, lo sacarían a la pira. Si había perecido, sus restos recibirían sepultura, y su memoria sería borrada en adelante.

Grandemente asombrado quedó el carcelero cuando su grito, «Avraham, ¿estás vivo?», recibió por respuesta: «Vivo estoy». Preguntó además: «¿Quién te ha estado trayendo comida y bebida todos estos muchos días?», y Avraham respondió: «Comida y bebida me han sido concedidas por Aquel que está sobre todas las cosas, el Dios de todos los dioses y el Señor de todos los señores, el único que hace maravillas; Él, que es el Dios de Nimrod, y el Dios de Téraj, y el Dios del mundo entero. Él dispensa comida y bebida a todos los seres. Ve, pero no puede ser visto; está en los cielos, en lo alto, y está presente en todos los lugares, pues Él mismo supervisa todas las cosas y provee para todas».

El milagroso rescate de Avraham de la muerte por hambre y sed convenció al carcelero de la verdad de Dios y de Su profeta Avraham, y confesó públicamente su fe en ambos. La amenaza de muerte del rey, si no se retractaba, no pudo apartarlo de su nueva y verdadera fe. Cuando el verdugo alzó la espada y se la puso a la garganta para matarlo, exclamó: «HaShem, Él es Dios, el Dios del mundo entero, tanto como del blasfemo Nimrod». Pero la espada no pudo cortar su carne. Cuanto más se apretaba contra su garganta, más se quebraba en pedazos.

Nimrod, sin embargo, no se dejaba disuadir de su propósito de hacer sufrir a Avraham la muerte por fuego. Se envió a uno de los príncipes a sacarlo. Pero apenas se disponía el mensajero a la tarea de arrojarlo al fuego, la llama saltó del horno y lo consumió. Muchos más intentos se hicieron de echar a Avraham al horno, pero siempre con el mismo resultado: quienquiera que lo agarraba para lanzarlo dentro ardía él mismo, y un gran número perdió la vida. El Satán apareció en forma humana y aconsejó al rey colocar a Avraham en una catapulta y lanzarlo al fuego. Así nadie tendría que acercarse a la llama. El Satán mismo construyó la catapulta. Tras probarla apta tres veces con piedras puestas en la máquina, ataron a Avraham de pies y manos y se disponían a entregarlo a las llamas. En ese momento el Satán, aún disfrazado de hombre, se acercó a Avraham y le dijo: «Si quieres librarte del fuego de Nimrod, inclínate ante él y cree en él». Pero Avraham rechazó al tentador con estas palabras: «¡Que HaShem te reprenda, vil, despreciable y maldito blasfemo!», y el Satán se apartó de él.

Entonces la madre de Avraham vino a él y le imploró que rindiera homenaje a Nimrod y escapara de la desgracia inminente. Pero él le dijo: «Oh madre, el agua puede apagar el fuego de Nimrod, pero el fuego de Dios no se extinguirá jamás. El agua no puede sofocarlo». Cuando su madre oyó estas palabras, dijo: «¡Que el Dios a quien sirves te rescate del fuego de Nimrod!».

Avraham fue finalmente colocado en la catapulta, y alzó los ojos al cielo y dijo: «Oh HaShem, Dios mío, ¡Tú ves lo que este pecador se propone hacerme!». Su confianza en Dios era inquebrantable. Cuando los ángeles recibieron el permiso divino para salvarlo, y Gavriel se le acercó y le preguntó: «Avraham, ¿te salvo del fuego?», él respondió: «Dios, en quien confío, el Dios del cielo y de la tierra, me rescatará»; y Dios, viendo el espíritu sumiso de Avraham, ordenó al fuego: «Enfríate y trae sosiego a Mi siervo Avraham».

No hizo falta agua para apagar el fuego. Los leños reventaron en brotes, y todas las distintas clases de madera dieron fruto, cada árbol el suyo propio. El horno se transformó en un jardín de recreo real, y los ángeles se sentaron en él con Avraham. Cuando el rey vio el milagro, dijo: «¡Gran brujería! Das a conocer que el fuego no tiene poder sobre ti, y a la vez te muestras al pueblo sentado en un jardín de placer». Pero los príncipes de Nimrod intervinieron todos a una voz: «No, señor nuestro, esto no es brujería, es el poder del gran Dios, el Dios de Avraham, fuera del cual no hay otro dios; y reconocemos que Él es Dios, y Avraham es Su siervo». Todos los príncipes y todo el pueblo creyeron en Dios en aquella hora, en HaShem, el Dios de Avraham, y todos clamaron: «HaShem, Él es Dios en el cielo arriba y sobre la tierra abajo; no hay otro».

Avraham era superior no solo al impío rey Nimrod y a sus servidores, sino también a los hombres piadosos de su tiempo: Nóaj, Shem, Éver y Ashur. Nóaj no se dio ninguna preocupación en el asunto de difundir la fe pura en Dios. Se interesaba por plantar su viñedo, y estaba inmerso en placeres materiales. Shem y Éver se mantenían escondidos, y en cuanto a Ashur, dijo: «¿Cómo puedo vivir entre tales pecadores?», y se marchó de la tierra. El único que permaneció inconmovible fue Avraham. «No abandonaré a Dios», dijo; y por eso Dios no lo abandonó a él, que no había escuchado ni a su padre ni a su madre.

La milagrosa liberación de Avraham del horno de fuego, junto con su suerte posterior, fue el cumplimiento y la explicación de lo que su padre Téraj había leído en las estrellas. Había visto la estrella de Harán consumida por el fuego y, al mismo tiempo, llenar y regir el mundo entero. Ahora el sentido era claro. Harán era irresoluto en su fe: no lograba decidir si adherirse a Avraham o a los idólatras. Cuando sucedió que a quienes no querían servir a los ídolos se los arrojaba al horno de fuego, Harán razonó de esta manera: «A Avraham, por ser mayor que yo, lo llamarán antes que a mí. Si sale triunfante de la prueba de fuego, declararé mi lealtad a él; de lo contrario, me pondré en contra suya». Después de que Dios mismo rescató a Avraham de la muerte, y le llegó a Harán el turno de hacer su confesión de fe, anunció su adhesión a Avraham. Pero apenas se acercó al horno, fue apresado por las llamas y consumido, porque le faltaba fe firme en Dios. Bien había leído Téraj las estrellas, así se vio ahora: Harán ardió, y su hija Sará se convirtió en la esposa de Avraham, cuyos descendientes llenan la tierra. En otro sentido, la muerte de Harán fue notable. Fue el primer caso, desde la creación del mundo, de un hijo que moría estando su padre todavía vivo.

El rey, los príncipes y todo el pueblo, que habían sido testigos de las maravillas hechas por Avraham, vinieron a él y se postraron ante él. Pero Avraham dijo: «No os inclinéis ante mí, sino ante Dios, el Dueño del universo, que os ha creado. Servidle y andad en Sus caminos, pues fue Él quien me libró de las llamas, y es Él quien ha creado el alma y el espíritu de todo ser humano, quien forma al hombre en el vientre de su madre y lo trae al mundo. Él salva de toda enfermedad a quienes ponen su confianza en Él».

El rey despidió entonces a Avraham, tras colmarlo de abundantes y preciosos dones, entre ellos dos esclavos que se habían criado en el palacio real. Ogui era el nombre de uno, Eliézer el del otro. Los príncipes siguieron el ejemplo del rey, y le dieron plata, oro y piedras preciosas. Pero todos estos dones no alegraron el corazón de Avraham tanto como los trescientos seguidores que se le unieron y se hicieron adeptos de su religión.

Avraham emigra a Jarán

Durante un período de dos años pudo Avraham dedicarse sin estorbo a la tarea que había elegido: volver los corazones de los hombres hacia Dios y Sus enseñanzas. En su piadoso empeño lo ayudó su esposa Sará, con quien se había casado entretanto. Mientras él exhortaba a los hombres y buscaba convertirlos, Sará se dirigía a las mujeres. Era una compañera digna de Avraham. En verdad, en dones proféticos ella estaba por encima de su marido. Por eso a veces se la llamaba Iská, «la vidente».

Al cabo de dos años sucedió que Nimrod tuvo un sueño. En su sueño se hallaba con su ejército junto al horno de fuego, en el valle en que Avraham había sido arrojado. Un hombre semejante a Avraham salió del horno y corrió tras el rey con la espada desenvainada, huyendo el rey ante él, aterrado. Mientras corría, el perseguidor arrojó un huevo a la cabeza de Nimrod, y de él brotó un caudaloso torrente en el que se ahogó toda la hueste del rey. Solo el rey sobrevivió, con tres hombres. Cuando Nimrod examinó a sus compañeros, observó que vestían atavío real, y que en forma y estatura se le parecían. El torrente volvió a convertirse en huevo, y de él salió un pollito, que echó a volar, se posó sobre la cabeza del rey y le saltó uno de los ojos.

El rey quedó confundido en su sueño, y cuando despertó, su corazón latía como un martillo pilón, y su miedo era grandísimo. Por la mañana, al levantarse, mandó llamar a sus sabios y a sus magos y les contó su sueño. Uno de sus sabios, Anokó de nombre, se puso en pie y dijo: «Sabe, oh rey, que este sueño señala la desgracia que Avraham y sus descendientes traerán sobre ti. Vendrá un tiempo en que él y sus seguidores harán la guerra a tu ejército, y lo aniquilarán. Tú y los tres reyes, tus aliados, seréis los únicos en escapar de la muerte. Pero más adelante perderás la vida a manos de uno de los descendientes de Avraham. Considera, oh rey, que tus sabios leyeron esta suerte tuya en las estrellas hace cincuenta y dos años, al nacer Avraham. Mientras Avraham viva sobre la tierra, ni tú ni tu reino estaréis afianzados». Nimrod tomó a pecho las palabras de Anokó y despachó a algunos de sus siervos a apresar a Avraham y matarlo. Sucedió que Eliézer, el esclavo que Avraham había recibido como regalo de Nimrod, se hallaba en aquel tiempo en la corte real. Con gran prisa corrió hacia Avraham para inducirlo a huir ante los alguaciles del rey. Su amo aceptó su consejo y se refugió en la casa de Nóaj y Shem, donde permaneció escondido un mes entero. Los oficiales del rey informaron de que, pese a sus celosos esfuerzos, Avraham no aparecía por ninguna parte. Desde entonces el rey no volvió a preocuparse por Avraham.

Cuando Téraj visitó a su hijo en su escondite, Avraham propuso que dejaran la tierra y fijaran su morada en Kena’an, para escapar de la persecución de Nimrod. Dijo: «Considera que no fue por tu bien que Nimrod te colmó de honores, sino por su propio provecho. Aunque siga otorgándote los mayores beneficios, ¿qué son sino vanidad terrenal? Pues las riquezas y las posesiones de nada aprovechan en el día de la ira y la furia. Escucha mi voz, oh padre mío: partamos hacia la tierra de Kena’an y sirvamos al Dios que te creó, para que te vaya bien».

Nóaj y Shem apoyaron y secundaron los esfuerzos de Avraham por persuadir a Téraj, con lo que Téraj consintió en dejar su país; y él, y Avraham, y Lot, el hijo de Harán, partieron hacia Jarán con sus casas. Encontraron agradable la tierra, y también a sus habitantes, que de buen grado cedieron al influjo del espíritu humano de Avraham y de su piedad. Muchos de ellos obedecieron sus preceptos y se hicieron temerosos de Dios y buenos.

La resolución de Téraj de abandonar su tierra natal por amor a Avraham y fijar su morada en tierras extrañas, y su impulso de hacerlo aun antes de que la llamada divina visitara al propio Avraham, esto lo contó HaShem como un gran mérito a Téraj, y se le permitió ver a su hijo Avraham reinar como rey sobre el mundo entero. Pues cuando ocurrió el milagro, y Yitsjak nació de sus ancianos padres, el mundo entero acudió a Avraham y a Sará y quiso saber qué habían hecho para que tan gran cosa se cumpliera en ellos. Avraham les contó todo lo sucedido entre Nimrod y él: cómo había estado dispuesto a ser quemado por la gloria de Dios, y cómo HaShem lo había rescatado de las llamas. En señal de admiración por Avraham y sus enseñanzas, lo nombraron su rey, y en conmemoración del prodigioso nacimiento de Yitsjak, la moneda acuñada por Avraham llevaba la figura de un marido y una mujer ancianos en el anverso, y la de un joven y su mujer en el reverso, pues tanto Avraham como Sará rejuvenecieron al nacer Yitsjak: los cabellos blancos de Avraham se volvieron negros, y las arrugas del rostro de Sará se alisaron.

Durante muchos años siguió viviendo Téraj como testigo de la gloria de su hijo, pues su muerte no ocurrió hasta que Yitsjak fue un joven de treinta y cinco años. Y una recompensa aún mayor aguardaba a su buena acción. Dios aceptó su arrepentimiento, y cuando partió de esta vida, entró en el Paraíso, y no en el infierno, aunque había pasado en pecado el mayor número de sus días. En efecto, había sido culpa suya que Avraham estuviera a punto de perder la vida a manos de Nimrod.

La estrella en el oriente

Téraj había sido un alto funcionario en la corte de Nimrod, y el rey y su séquito lo tenían en gran estima. Le nació un hijo, al que llamó Avram, porque el rey lo había elevado a un puesto encumbrado. La noche en que nació Avraham, los astrólogos y los sabios de Nimrod vinieron a casa de Téraj, y comieron y bebieron, y se alegraron con él aquella noche. Al salir de la casa, alzaron los ojos al cielo para mirar las estrellas, y vieron, y he aquí que una gran estrella salió del oriente y recorrió los cielos y se tragó cuatro estrellas en los cuatro puntos. Todos quedaron asombrados ante aquello, pero comprendieron el asunto y conocieron su significado. Se dijeron unos a otros: «Esto no significa sino que el niño que le ha nacido a Téraj esta noche crecerá y será fecundo, y se multiplicará y poseerá toda la tierra, él y sus hijos para siempre, y él y su descendencia darán muerte a grandes reyes y heredarán sus tierras».

Aquella noche se fueron a sus casas, y por la mañana se levantaron temprano y se reunieron en su casa de asambleas. Hablaron y se dijeron unos a otros: «Mirad, la visión que vimos anoche está oculta al rey, no se le ha dado a conocer, y si este asunto llegara a saberse en los días venideros, nos dirá: ¿Por qué me ocultasteis esto?, y entonces todos moriremos. Vayamos ahora y contémosle al rey la visión que vimos, y su interpretación, y así quedaremos libres de este asunto». Y fueron al rey y le contaron la visión que habían visto, y su interpretación, y añadieron el consejo de que pagara a Téraj el valor del niño y matara a la criatura.

Así pues, el rey mandó llamar a Téraj, y cuando llegó, le habló: «Se me ha dicho que anoche te nació un hijo, y que en los cielos se observó un signo prodigioso en su nacimiento. Dame, pues, al muchacho, para que lo matemos antes de que nos venga de él algún mal, y yo te daré tu casa llena de plata y oro a cambio de él». Téraj respondió: «Eso que me prometes es como las palabras que un hombre dijo a un mulo: "Te daré un gran montón de cebada, una casa llena, a condición de que te corte la cabeza". El mulo respondió: "¿De qué me servirá toda la cebada si me cortas la cabeza? ¿Quién la comerá cuando me la des?". Pues lo mismo digo yo: ¿qué haré con la plata y el oro después de la muerte de mi hijo? ¿Quién me heredará?». Pero cuando Téraj vio cómo ardía en el rey la ira por estas palabras, añadió: «Cuanto el rey desee hacer a su siervo, que lo haga; hasta mi hijo está a disposición del rey, sin valor ni cambio, él y sus dos hermanos mayores».

Mas el rey habló, diciendo: «Compraré a tu hijo menor por un precio». Y Téraj respondió: «Que mi rey me conceda tres días de plazo para pensar el asunto y consultarlo con mi familia». El rey accedió a esta condición, y al tercer día mandó decir a Téraj: «Dame a tu hijo por un precio, como te dije, y si no lo haces, enviaré y mataré todo cuanto hay en tu casa, y no te quedará ni un perro».

Entonces Téraj tomó un niño que su sierva le había dado a luz aquel día, y llevó a la criatura al rey, y recibió su valor, y el rey tomó al niño y le estrelló la cabeza contra el suelo, pues creía que era Avraham. Pero Téraj tomó a su hijo Avraham, junto con la madre del niño y su nodriza, y los escondió en una cueva, y allí les llevaba provisiones una vez al mes, y HaShem estaba con Avraham en la cueva, y creció; mas el rey y todos sus siervos creían que Avraham había muerto.

Y cuando Avraham tuvo diez años, él y su madre y su nodriza salieron de la cueva, pues el rey y sus siervos habían olvidado el asunto de Avraham.

En aquel tiempo todos los habitantes de la tierra, con la excepción de Nóaj y su casa, se rebelaron contra HaShem, y cada uno se hizo su propio dios, dioses de madera y de piedra, que ni hablaban, ni oían, ni libraban de la angustia. El rey y todos sus siervos, y Téraj con su casa, fueron los primeros en adorar imágenes de madera y de piedra. Téraj hizo doce dioses de gran tamaño, de madera y de piedra, correspondientes a los doce meses del año, y a cada uno rendía homenaje en su mes, por turno.

El verdadero creyente

Cierta vez Avraham entró en el templo de los ídolos de la casa de su padre, para ofrecerles sacrificios, y encontró a uno de ellos, Marumat de nombre, tallado en piedra, tendido boca abajo ante el dios de hierro de Najor. El ídolo pesaba demasiado para levantarlo él solo, y llamó a su padre para que lo ayudara a poner a Marumat de nuevo en su lugar. Mientras manejaban la imagen, se le desprendió la cabeza, y Téraj tomó una piedra y cinceló otro Marumat, colocando la cabeza del primero sobre el cuerpo nuevo. Luego Téraj siguió e hizo cinco dioses más, y todos ellos se los entregó a Avraham, y le ordenó que los vendiera por las calles de la ciudad.

Avraham ensilló su mulo y fue a la posada donde se hospedaban, camino de Mitsraim, unos mercaderes de Fandana, en Siria. Esperaba deshacerse allí de su mercancía. Cuando llegó a la posada, uno de los camellos de los mercaderes eructó, y el ruido espantó a su mulo, que salió disparado y rompió tres de los ídolos. Los mercaderes no solo le compraron los dos ídolos intactos, sino que le pagaron también el precio de los rotos, pues Avraham les había contado cuánto le apenaba presentarse ante su padre con menos dinero del que esperaba recibir por su obra.

Este incidente hizo a Avraham reflexionar sobre lo poco que valían los ídolos, y se dijo: «¿Qué son estas malas cosas que hace mi padre? ¿No es él el dios de sus dioses, pues no llegan a existir sino por su tallar y cincelar y componer? ¿No sería más propio que ellos le rindieran culto a él que él a ellos, siendo obra de sus manos?». Meditando así, llegó a la casa de su padre, y entró y le entregó el dinero de las cinco imágenes, y Téraj se alegró y dijo: «Bendito seas por mis dioses, porque me trajiste el precio de los ídolos, y mi trabajo no fue en vano». Pero Avraham respondió: «Oye, padre mío Téraj: benditos sean tus dioses por ti, pues tú eres su dios, ya que tú los formaste; y su bendición es destrucción y su ayuda es vanidad. Los que no se ayudan a sí mismos, ¿cómo pueden ayudarte a ti o bendecirme a mí?».

Téraj se enfureció mucho contra Avraham por pronunciar tales palabras contra sus dioses, y Avraham, pensando en la ira de su padre, lo dejó y salió de la casa. Pero Téraj lo llamó de vuelta y le dijo: «Recoge las astillas de la madera de roble con que hice imágenes antes de que volvieras, y prepárame la comida». Avraham se dispuso a cumplir el mandato de su padre, y al recoger las astillas encontró entre ellas un pequeño dios, en cuya frente estaba la inscripción "Dios Barisat". Echó las astillas al fuego y colocó a Barisat junto a él, diciendo: «¡Atención! Cuida, Barisat, de que el fuego no se apague hasta que yo vuelva. Si mengua, sopla en él y hazlo arder de nuevo». Diciendo esto, salió. Cuando volvió a entrar, encontró a Barisat tendido de espaldas, muy quemado. Sonriendo, se dijo: «En verdad, Barisat, sabes mantener vivo el fuego y preparar la comida», y mientras hablaba, el ídolo quedó reducido a cenizas. Luego llevó los platos a su padre, y este comió y bebió y se alegró y bendijo a su dios Marumat. Pero Avraham dijo a su padre: «No bendigas a tu dios Marumat, sino más bien a tu dios Barisat, pues fue él quien, por su gran amor a ti, se arrojó al fuego para que se cocinara tu comida». «¿Dónde está ahora?», exclamó Téraj, y Avraham respondió: «Se ha vuelto ceniza en la furia del fuego». Téraj dijo: «¡Grande es el poder de Barisat! Me haré otro hoy, y mañana me preparará la comida».

Estas palabras de su padre hicieron reír a Avraham por dentro, pero su alma se afligía por aquella obstinación, y prosiguió exponiendo su parecer sobre los ídolos, diciendo: «Padre, no importa a cuál de los dos ídolos bendigas, tu conducta es insensata, pues las imágenes que están en el templo sagrado son más dignas de adoración que las tuyas. Zuqueo, el dios de mi hermano Najor, es más venerable que Marumat, porque está hecho con arte de oro, y cuando envejezca, se trabajará de nuevo. Pero cuando tu Marumat se deslustre, o se haga añicos, no será renovado, porque es de piedra. Y el dios Joauv, que se yergue sobre los demás dioses junto con Zuqueo, es más venerable que Barisat, que es de madera, porque está forjado en plata y adornado por los hombres para mostrar su magnificencia. Pero tu Barisat, antes de que lo formaras dios con tu hacha, estaba arraigado en la tierra, alzándose allí grande y maravilloso, con la gloria de sus ramas y sus flores. Ahora está seco, y se fue su savia. De su altura ha caído a tierra, de la grandeza pasó a la pequeñez, y el aspecto de su rostro se ha marchitado, y él mismo ardió en el fuego, y fue consumido hasta las cenizas, y ya no existe. Y entonces dijiste: "Me haré otro hoy, y mañana me preparará la comida". Padre —continuó Avraham—, el fuego es más digno de adoración que tus dioses de oro y plata y madera y piedra, porque los consume. Pero tampoco al fuego llamo dios, porque está sujeto al agua, que lo apaga. Pero tampoco al agua llamo dios, porque la absorbe la tierra, y llamo a la tierra más venerable, porque vence al agua. Pero tampoco a la tierra llamo dios, porque la seca el sol, y llamo al sol más venerable que la tierra, porque ilumina el mundo entero con sus rayos. Pero tampoco al sol llamo dios, porque su luz se oscurece cuando sube la tiniebla. Ni llamo dioses a la luna y a las estrellas, porque también su luz se apaga cuando pasa su tiempo de brillar. Mas escucha esto, padre mío Téraj, que voy a declararte: el Dios que ha creado todas las cosas, ese es el Dios verdadero; Él ha purpurado los cielos, y dorado el sol, y dado resplandor a la luna y también a las estrellas, y Él seca la tierra en medio de muchas aguas, y también a ti te ha puesto sobre la tierra, y a mí me ha buscado en la confusión de mis pensamientos».

El iconoclasta

Pero Téraj no se dejaba convencer, y en respuesta a la pregunta de Avraham —quién era el Dios que había creado el cielo y la tierra y a los hijos de los hombres— lo llevó a la sala donde estaban doce grandes ídolos y un gran número de ídolos pequeños, y señalándolos dijo: «He aquí a los que han hecho todo cuanto ves en la tierra, los que nos crearon a mí y a ti y a todos los hombres de la tierra», y se postró ante sus dioses, y salió de la sala con su hijo.

Avraham fue de allí adonde su madre, y le habló diciendo: «Mira, mi padre me ha mostrado a los que hicieron el cielo y la tierra y a todos los hijos de los hombres. Ahora, pues, date prisa y trae un cabrito del rebaño, y prepara con él un guiso sabroso, para que yo lo lleve a los dioses de mi padre; quizá así me haga aceptable a ellos». Su madre hizo conforme a su petición, pero cuando Avraham llevó la ofrenda a los dioses, vio que no tenían voz, ni oído, ni movimiento, y que ninguno de ellos extendía la mano para comer. Avraham se burló de ellos y dijo: «Sin duda, el guiso sabroso que preparé no os agrada, ¿o acaso es poco para vosotros? Por eso prepararé mañana un guiso fresco, mejor y más abundante que este, para ver qué resulta de ello». Pero los dioses siguieron mudos y sin movimiento ante la segunda ofrenda de guiso excelente, igual que ante la primera, y el espíritu de Dios vino sobre Avraham, y clamó diciendo: «¡Ay de mi padre y de su generación malvada, cuyos corazones se inclinan todos a la vanidad, que sirven a estos ídolos de madera y de piedra, que no pueden comer, ni oler, ni oír, ni hablar, que tienen bocas sin habla, ojos sin vista, oídos sin oído, manos sin tacto, y piernas sin movimiento!».

Entonces Avraham tomó un hacha en su mano y rompió todos los dioses de su padre, y cuando acabó de romperlos puso el hacha en la mano del mayor de todos ellos, y salió. Téraj, al oír el golpe del hacha sobre la piedra, corrió a la sala de los ídolos, y llegó en el momento en que Avraham salía de ella, y cuando vio lo que había ocurrido, se apresuró tras Avraham y le dijo: «¿Qué desaguisado es este que has hecho a mis dioses?». Avraham respondió: «Puse ante ellos un guiso sabroso, y cuando me acerqué a ellos para que comieran, todos extendieron las manos para tomar de la carne, antes de que el mayor hubiera adelantado la suya para comer. Este, enfurecido contra ellos por su conducta, tomó el hacha y los rompió a todos, y he aquí que el hacha aún está en sus manos, como puedes ver».

Entonces Téraj se volvió con ira contra Avraham y le dijo: «¡Me dices mentiras! ¿Acaso hay espíritu, alma o poder en estos dioses para hacer todo lo que me has contado? ¿No son madera y piedra? ¿Y no los hice yo mismo? Fuiste tú quien puso el hacha en la mano del dios grande, y dices que él los golpeó a todos». Avraham respondió a su padre y dijo: «¿Cómo, pues, puedes servir a estos ídolos en los que no hay poder para hacer nada? ¿Pueden estos ídolos en los que confías librarte? ¿Pueden oír tus oraciones cuando los invocas?». Tras haber dicho estas palabras y otras semejantes, amonestando a su padre a que enmendara su camino y se abstuviera de adorar ídolos, se levantó de un salto ante Téraj, tomó el hacha de manos del ídolo grande, lo rompió con ella, y echó a correr.

Téraj se apresuró a ir ante Nimrod, se postró ante él y le rogó que escuchara su relato: sobre su hijo, que le había nacido cincuenta años atrás, y lo que había hecho a sus dioses, y lo que había dicho. «Ahora, pues, señor mío y rey —dijo—, manda a buscarlo para que comparezca ante ti, y júzgalo tú conforme a la ley, para que nos veamos libres de su maldad». Cuando Avraham fue llevado ante el rey, le contó la misma historia que había contado a Téraj, sobre el dios grande que rompió a los más pequeños, pero el rey respondió: «Los ídolos ni hablan, ni comen, ni se mueven». Entonces Avraham le reprochó que adorara a dioses incapaces de hacer nada, y lo amonestó a que sirviera al Dios del universo. Sus últimas palabras fueron: «Si tu corazón malvado no escucha mis palabras, para hacerte abandonar tus malos caminos y servir al Dios eterno, entonces morirás con vergüenza en los días venideros, tú, tu pueblo y todos los que se relacionan contigo, que oyen tus palabras y andan en tus malos caminos».

El rey ordenó que Avraham fuera puesto en prisión, y al cabo de diez días hizo comparecer ante sí a todos los príncipes y grandes del reino, y les expuso el caso de Avraham. Su veredicto fue que debía ser quemado, y, en consecuencia, el rey mandó preparar un fuego durante tres días y tres noches en su horno de Kasdim, y Avraham había de ser llevado allí desde la prisión para ser quemado.

Todos los habitantes de la tierra, unos novecientos mil hombres, además de las mujeres y los niños, acudieron a ver qué se haría con Avraham. Y cuando lo sacaron, los astrólogos lo reconocieron y dijeron al rey: «Sin duda, este es el hombre a quien conocimos de niño, en cuyo nacimiento la gran estrella se tragó las cuatro estrellas. He aquí que su padre traspasó tu mandato, y se burló de ti, pues te trajo otro niño, y a aquel diste muerte».

Téraj se aterró mucho, pues temía la ira del rey, y admitió que había engañado al rey; y cuando el rey dijo: «Dime quién te aconsejó hacer esto. No ocultes nada, y no morirás», acusó falsamente a Harán —que tenía treinta y dos años al tiempo del nacimiento de Avraham— de haberle aconsejado engañar al rey. Por orden del rey, Avraham y Harán, despojados de todas sus ropas salvo los calzones, y atadas las manos y los pies con cordones de lino, fueron arrojados al horno. Harán, porque su corazón no era perfecto con HaShem, pereció en el fuego, y también los hombres que los arrojaron al horno fueron quemados por las llamas que saltaron sobre ellos, y solo Avraham fue salvado por HaShem, y no se quemó, aunque los cordones con que estaba atado se consumieron. Durante tres días y tres noches Avraham anduvo en medio del fuego, y todos los siervos del rey vinieron y le dijeron: «He aquí que hemos visto a Avraham paseándose en medio del fuego».

Al principio el rey no quiso creerlos, pero cuando algunos de sus príncipes fieles corroboraron las palabras de sus siervos, se levantó y fue a verlo por sí mismo. Entonces ordenó a sus siervos que sacaran a Avraham del fuego, pero no pudieron, porque las llamas saltaban hacia ellos desde el horno, y cuando intentaron de nuevo, por orden del rey, acercarse al horno, las llamas se dispararon y les quemaron el rostro, de modo que ocho de ellos murieron. Entonces el rey llamó a Avraham y dijo: «¡Oh siervo del Dios que está en el cielo, sal de en medio del fuego, y ven acá y ponte ante mí!», y Avraham vino y se puso ante el rey. Y el rey habló a Avraham y dijo: «¿Cómo es que no te quemaste en el fuego?». Y Avraham respondió: «El Dios del cielo y de la tierra, en quien confío, y que tiene todas las cosas en su poder, Él me libró del fuego en que me arrojaste».

Avraham en Kena’an

Con diez pruebas fue probado Avraham, y a todas resistió, mostrando cuán grande era el amor de Avraham. La primera prueba a que fue sometido fue la partida de su tierra natal. Muchas y duras fueron las penalidades que encontró, y, además, le costaba dejar su hogar. Habló a Dios y dijo: «¿No hablará la gente de mí y dirá: "Se esfuerza por traer a las naciones bajo las alas de la Shejiná, y sin embargo deja a su anciano padre en Jarán y se marcha"?». Pero Dios le respondió y dijo: «Aparta de tus pensamientos toda preocupación por tu padre y tus parientes. Aunque te hablen palabras de bondad, todos son de un mismo parecer: arruinarte».

Entonces Avraham dejó a su padre en Jarán y viajó a Kena’an, acompañado por la bendición de Dios, que le dijo: «Haré de ti una gran nación, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre». Estas tres bendiciones venían a contrarrestar las malas consecuencias que, temía él, seguirían a la emigración, pues viajar de un lugar a otro estorba el crecimiento de la familia, mengua los bienes y disminuye la consideración de que uno goza. Con todo, la mayor de todas las bendiciones fue la palabra de Dios: «Y sé tú una bendición». Su sentido era que todo aquel que entrara en contacto con Avraham quedaba bendecido. Hasta los marineros del mar le debían a él sus travesías prósperas. Además, Dios le tendió la promesa de que en el tiempo venidero su nombre sería mencionado en las Bendiciones: Dios sería alabado como el Escudo de Avraham, distinción concedida a ningún otro mortal salvo a David. Pero las palabras «Y sé tú una bendición» solo se cumplirán en el mundo futuro, cuando la descendencia de Avraham sea conocida entre las naciones y su prole entre los pueblos como «la simiente que Adonái bendijo».

Cuando por primera vez se le ordenó a Avraham dejar su hogar, no se le dijo a qué tierra había de viajar —tanto mayor sería su recompensa por ejecutar el mandato de Dios—. Y Avraham mostró su confianza en Dios, pues dijo: «Estoy dispuesto a ir a dondequiera que me envíes». Entonces HaShem le mandó ir a una tierra en la que Él se le revelaría, y cuando más tarde fue a Kena’an, Dios se le apareció, y él supo que era la tierra prometida.

Al entrar en Kena’an, Avraham aún no sabía que era la tierra señalada como su heredad. Sin embargo, se alegró al llegar a ella. En Mesopotamia y en Aram Naharáyim, cuyos habitantes había visto comer, beber y obrar con desenfreno, siempre había deseado: «Ojalá mi porción no esté en esta tierra»; pero cuando llegó a Kena’an, observó que las gentes se dedicaban con diligencia al cultivo de la tierra, y dijo: «¡Ojalá mi porción esté en esta tierra!». Entonces Dios le habló y dijo: «A tu descendencia daré esta tierra». Feliz con estas alegres nuevas, Avraham erigió un altar a HaShem para darle gracias por la promesa, y luego prosiguió su camino hacia el sur, en dirección al lugar donde un día había de alzarse el Templo. En Jevrón erigió de nuevo un altar, tomando así, en cierta medida, posesión de la tierra. Y asimismo levantó un altar en Ai, porque preveía que allí sobrevendría una desgracia a su descendencia, en la conquista de la tierra bajo Yehoshúa. El altar, esperaba, evitaría los malos resultados que pudieran seguir.

Cada altar que levantaba era un centro para su actividad como misionero. Tan pronto como llegaba a un lugar en el que deseaba morar, tendía una tienda primero para Sará y luego para sí mismo, y en seguida se ponía a hacer prosélitos y a traerlos bajo las alas de la Shejiná. Así cumplía su propósito de inducir a todos los hombres a proclamar el Nombre de Dios.

Por el momento, Avraham no era sino un extranjero en su tierra prometida. Tras el reparto de la tierra entre los hijos de Nóaj, cuando todos habían ido a las porciones que les tocaron, sucedió que Kena’an, hijo de Jam, vio que la tierra que se extendía desde el Líbano hasta el río de Mitsraim era hermosa a la vista, y se negó a ir a su propia porción, al occidente junto al mar. Se estableció en la tierra sobre el Líbano, al oriente y al occidente desde la frontera del Yardén y la frontera del mar. Y Jam, su padre, y sus hermanos Kush y Mitsráyim le hablaron y dijeron: «Vives en una tierra que no es tuya, pues no nos fue asignada cuando se echaron las suertes. ¡No hagas así! Pero si persistes, vosotros, tú y tus hijos, caeréis malditos en la tierra, en una rebelión. Tu asentamiento aquí fue rebelión, y por rebelión serán abatidos tus hijos, y tu descendencia será destruida por toda la eternidad. No mores en la tierra de Shem, pues a Shem y a los hijos de Shem les fue repartida por suerte. Maldito eres, y maldito serás ante todos los hijos de Nóaj a causa de la maldición, pues prestamos juramento ante el santo Juez y ante nuestro padre Nóaj».

Pero Kena’an no escuchó las palabras de su padre y de sus hermanos. Habitó en la tierra del Líbano, desde Jamat hasta la entrada de Mitsraim, él y sus hijos. Aunque los cananeos habían tomado posesión ilegítima de la tierra, Avraham respetó, con todo, sus derechos; proveía a sus camellos de bozales, para impedir que pastaran en la propiedad ajena.

Su estancia en Mitsraim

Apenas se había establecido Avraham en Kena’an, cuando estalló una hambruna devastadora —una de las diez hambrunas que Dios dispuso para el castigo de los hombres—. La primera de ellas vino en tiempo de Adam, cuando Dios maldijo el suelo por su causa; la segunda fue esta, en tiempo de Avraham; la tercera obligó a Yitsjak a fijar su morada entre los filisteos; los estragos de la cuarta llevaron a los hijos de Yaakov a Mitsraim a comprar grano para comer; la quinta vino en tiempo de los Jueces, cuando Elimélej y su familia hubieron de buscar refugio en la tierra de Moav; la sexta ocurrió durante el reinado de David, y duró tres años; la séptima sucedió en los días de Eliyahu, que había jurado que ni lluvia ni rocío caerían sobre la tierra; la octava fue la de los tiempos de Elishá, cuando una cabeza de asno se vendía por ochenta piezas de plata; la novena es la hambruna que viene sobre los hombres poco a poco, de tiempo en tiempo; y la décima azotará a los hombres antes de la llegada del Mashíaj, y esta última será «no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír las palabras de Adonái».

La hambruna de los tiempos de Avraham prevaleció solo en Kena’an, y había sido infligida a la tierra para probar su fe. Superó esta segunda tentación como había superado la primera. No murmuró, ni mostró señal de impaciencia hacia Dios, que poco antes le había mandado abandonar su tierra natal por una tierra de hambre. La hambruna lo obligó a dejar Kena’an por un tiempo, y se dirigió a Mitsraim, para conocer allí la sabiduría de los sacerdotes y, si era necesario, instruirlos en la verdad.

En este viaje de Kena’an a Mitsraim, Avraham reparó por primera vez en la belleza de Sará. Casto como era, jamás la había mirado antes, pero ahora, cuando vadeaban un arroyo, vio el reflejo de su hermosura en el agua, como el resplandor del sol. Por lo cual le habló así: «Los egipcios son muy sensuales, y te pondré en un cofre para que no me venga daño por tu causa». En la frontera de Mitsraim, los recaudadores de impuestos le preguntaron por el contenido del cofre, y Avraham les dijo que llevaba cebada. «No —dijeron—, contiene trigo». «Muy bien —respondió Avraham—, estoy dispuesto a pagar el impuesto del trigo». Entonces los funcionarios aventuraron: «¡Contiene pimienta!». Avraham accedió a pagar el impuesto de la pimienta, y cuando lo acusaron de esconder oro en el cofre, no rehusó pagar el impuesto del oro, y por fin el de las piedras preciosas. Viendo que no ponía reparo a ningún cargo, por alto que fuera, los recaudadores, ya del todo suspicaces, insistieron en que abriera el cofre y les dejara examinar el contenido. Cuando lo forzaron, todo Mitsraim resplandeció con la belleza de Sará. En comparación con ella, todas las demás bellezas eran como monos junto a hombres. Superaba a la misma Javá. Los siervos del Paró pujaban unos con otros por hacerse con ella, aunque eran del parecer de que hermosura tan radiante no debía seguir siendo propiedad de un particular. Comunicaron el asunto al rey, y el Paró envió una poderosa fuerza armada para llevar a Sará al palacio, y de tal modo lo hechizaron sus encantos, que quienes le habían traído la noticia de su llegada a Mitsraim fueron colmados de espléndidos regalos.

Entre lágrimas, Avraham elevó una oración. Suplicó a Dios con estas palabras: «¿Es esta la recompensa por mi confianza en Ti? Por amor de tu gracia y de tu misericordia, no dejes que mi esperanza sea avergonzada». También Sará imploró a Dios, diciendo: «Oh Dios, Tú mandaste a mi señor Avraham dejar su hogar, la tierra de sus padres, y viajar a Kena’an, y le prometiste hacerle bien si cumplía tus mandatos. Y ahora hemos hecho como nos ordenaste. Dejamos nuestro país y nuestra parentela, y viajamos a una tierra extraña, a un pueblo que antes no conocíamos. Vinimos aquí para salvar a nuestra gente del hambre, y ahora ha sobrevenido esta terrible desgracia. Oh HaShem, ayúdame y sálvame de la mano de este enemigo, y por amor de tu gracia muéstrame el bien».

Un ángel se apareció a Sará mientras estaba en presencia del rey —a quien no era visible—, y le mandó cobrar ánimo, diciendo: «No temas nada, Sará, pues Dios ha oído tu oración». El rey preguntó a Sará por el hombre en cuya compañía había venido a Mitsraim, y Sará llamó a Avraham su hermano. El Paró se comprometió a hacer a Avraham grande y poderoso, a hacer por él cuanto ella deseara. Envió a Avraham mucho oro y plata, y diamantes y perlas, ovejas y bueyes, y esclavos y esclavas, y le asignó una residencia dentro del recinto del palacio real. En el amor que sentía por Sará, le extendió un contrato matrimonial, traspasándole cuanto poseía en oro y plata, y esclavos y esclavas, y además la provincia de Goshen —la provincia que en días posteriores ocuparían los descendientes de Sará, porque era su propiedad—. Y lo más notable de todo: le dio a su propia hija Hagar como esclava, pues prefería ver a su hija sierva de Sará que reinando como señora en otro harén.

Su generosidad sin límites no sirvió de nada. Durante la noche, cuando iba a acercarse a Sará, se apareció un ángel armado con un bastón, y si el Paró apenas tocaba el zapato de Sará para quitárselo del pie, el ángel le asestaba un golpe en la mano, y cuando le agarraba el vestido, seguía un segundo golpe. A cada golpe que iba a descargar, el ángel preguntaba a Sará si debía dejarlo caer, y si ella le pedía que diera al Paró un momento para recobrarse, esperaba y hacía como ella deseaba. Y sucedió otro gran milagro. El Paró, y sus nobles, y sus siervos, las mismísimas paredes de su casa y su lecho, fueron afligidos con lepra, y no pudo satisfacer sus deseos carnales. Esta noche, en que el Paró y su corte sufrieron su bien merecido castigo, fue la noche del quince de Nisán, la misma noche en que Dios, en un tiempo posterior, hirió a los egipcios para redimir a Israel, los descendientes de Sará.

Horrorizado por la plaga que le había sido enviada, el Paró preguntó cómo podría librarse de ella. Recurrió a los sacerdotes, por quienes averiguó la verdadera causa de su aflicción, lo cual fue corroborado por Sará. Entonces mandó llamar a Avraham y le devolvió a su mujer, pura e intacta, y se disculpó por lo ocurrido, diciendo que había tenido la intención de emparentar por matrimonio con él, a quien había creído hermano de Sará. Colmó de ricos regalos al marido y a la mujer, y estos partieron para Kena’an, tras una estancia de tres meses en Mitsraim.

Llegados a Kena’an, buscaron los mismos albergues nocturnos en que habían descansado antes, a fin de saldar sus cuentas, y también para enseñar con su ejemplo que no es propio buscar nuevo alojamiento a menos que uno se vea forzado a ello.

La estancia de Avraham en Mitsraim fue de gran provecho para los habitantes del país, porque les demostró a los sabios de la tierra cuán vacías y vanas eran sus opiniones, y también les enseñó astronomía y astrología, desconocidas en Mitsraim antes de su tiempo.

El primer Paró

El gobernante egipcio, cuyo encuentro con Avraham había resultado un suceso tan aciago, fue el primero en llevar el nombre de Paró. Los reyes que le sucedieron se llamaron así en pos de él. El origen del nombre está ligado a la vida y las andanzas de Rakyon —Nada-tengo—, un hombre sabio, apuesto y pobre, que vivía en la tierra de Shinar. Viéndose incapaz de sostenerse en Shinar, resolvió partir hacia Mitsraim, donde esperaba desplegar su sabiduría ante el rey, Ashverosh, hijo de Anam. Quizá hallara gracia a los ojos del rey, que daría a Rakyon la oportunidad de sostenerse y de llegar a ser un gran hombre. Cuando llegó a Mitsraim, se enteró de que era costumbre del país que el rey permaneciera retirado en su palacio, apartado de la vista del pueblo. Solo un día del año se mostraba en público y recibía a todos los que tenían una petición que presentarle. Más rico por una decepción, Rakyon no sabía cómo ganarse el sustento en el país extraño. Se vio forzado a pasar la noche en una ruina, hambriento como estaba. Al día siguiente decidió intentar ganar algo vendiendo verduras. Por una feliz casualidad dio con unos vendedores de verduras, pero como no conocía las costumbres del país, su nueva empresa no fue favorecida por la fortuna. Unos rufianes lo asaltaron, le arrebataron la mercancía e hicieron de él un hazmerreír. La segunda noche, que se vio obligado a pasar de nuevo en la ruina, un astuto plan maduró en su mente. Se levantó y reunió una cuadrilla de treinta mozos robustos. Los llevó al cementerio y les ordenó, en nombre del rey, cobrar doscientas piezas de plata por cada cuerpo que enterraran. De lo contrario, se impediría el entierro. De este modo logró amasar una gran fortuna en ocho meses. No solo adquirió plata, oro y piedras preciosas, sino que además agregó a su persona una fuerza considerable, armada y montada.

El día en que el rey se mostraba ante el pueblo, comenzaron a quejarse de este impuesto sobre los muertos. Dijeron: «¿Qué es esto que infliges a tus siervos, no permitir que nadie sea enterrado a menos que te pague plata y oro? ¿Ha ocurrido cosa semejante en el mundo desde los días de Adam, que no se dé sepultura a los muertos si no se paga dinero por ello? Bien sabemos que es privilegio del rey tomar un impuesto anual de los vivos. Pero tú tomas tributo también de los muertos, y lo exiges día tras día. Oh rey, no podemos soportar esto por más tiempo, pues toda la ciudad queda arruinada por ello».

El rey, que no había tenido sospecha alguna de los manejos de Rakyon, montó en gran cólera cuando el pueblo le dio noticia de ellos. Ordenó que él y su fuerza armada comparecieran ante él. Rakyon no vino con las manos vacías. Lo precedían mil jóvenes y doncellas, montados en corceles y ataviados con vestiduras de gala. Eran un presente para el rey. Cuando él mismo se plantó ante el rey, le entregó oro, plata y diamantes en gran abundancia, y un magnífico corcel de guerra. Estos regalos y el despliegue de esplendor no dejaron de surtir efecto en el rey, y cuando Rakyon, con palabras bien medidas y lengua flexible, describió la empresa, ganó para su lado no solo al rey, sino también a toda la corte, y el rey le dijo: «Ya no te llamarás Rakyon, Nada-tengo, sino Paró, Pagador, pues cobraste impuestos de los muertos».

Tan profunda fue la impresión que causó Rakyon, que el rey, los grandes y el pueblo, todos juntos, resolvieron poner el gobierno del reino en manos del Paró. Bajo la soberanía de Ashverosh administró la ley y la justicia durante todo el año; solo en el único día en que se mostraba al pueblo daba el rey mismo sentencia y decidía los casos. Por el poder que así se le confirió y por prácticas astutas, el Paró logró usurpar la autoridad real, y cobraba impuestos de todos los habitantes de Mitsraim. Con todo, era amado del pueblo, y se decretó que todo gobernante de Mitsraim llevara en adelante el nombre de Paró.

La guerra de los reyes

A su regreso de Mitsraim, las relaciones de Avraham con su propia familia se vieron perturbadas por circunstancias enojosas. Surgió una contienda entre los pastores de su ganado y los pastores del ganado de Lot. Avraham proveía a sus rebaños de bozales, pero Lot no tomaba tal precaución, y cuando los pastores que apacentaban los rebaños de Avraham reprendieron a los de Lot por la omisión, estos replicaron: «Es sabido de cierto que Dios dijo a Avraham: "A tu descendencia daré la tierra". Pero Avraham es un mulo estéril. Jamás tendrá hijos. Mañana morirá, y Lot será su heredero. Así que los rebaños de Lot no consumen sino lo que les pertenece a ellos o a su amo». Pero Dios habló: «En verdad, dije a Avraham que daría la tierra a su descendencia, mas solo después de que las siete naciones hayan sido destruidas de la tierra. Hoy los cananeos están en ella, y los perizeos. Aún tienen derecho de habitación».

Ahora bien, cuando la contienda se extendió de los siervos a los amos, y Avraham en vano llamó a cuentas a su sobrino Lot por su comportamiento indecoroso, decidió que tendría que separarse de su pariente, aunque hubiera de obligar a Lot a ello por la fuerza. Lot se separó entonces no solo de Avraham, sino también del Dios de Avraham, y se dirigió a una comarca donde la inmoralidad y el pecado reinaban por completo; por lo cual el castigo lo alcanzó, pues su propia carne lo sedujo más tarde al pecado.

A Dios le desagradó que Avraham no viviera en paz y armonía con su propia parentela, como sí vivía con todo el resto del mundo. Por otro lado, Dios también tomó a mal que Avraham aceptara tácitamente a Lot como heredero, cuando Él le había prometido, con palabras claras e inequívocas: «A tu descendencia daré esta tierra». Después de separarse de Lot, Avraham recibió de nuevo la garantía de que Kena’an pertenecería un día a su descendencia, que Dios multiplicaría como la arena que está a la orilla del mar. Así como la arena llena toda la tierra, la descendencia de Avraham se esparciría por toda la tierra, de un extremo al otro; y así como la tierra solo es bendecida cuando se la humedece con agua, su descendencia sería bendecida por medio de la Torá, que se compara al agua; y así como la tierra dura más que el metal, su descendencia perduraría para siempre, mientras que los paganos se desvanecerían; y así como la tierra es pisada, su descendencia sería pisada por los cuatro reinos.

La partida de Lot tuvo una consecuencia grave, pues la guerra que Avraham libró contra los cuatro reyes está íntimamente ligada a ella. Lot quiso establecerse en el bien regado círculo del Yardén, pero la única ciudad de la llanura que lo acogió fue Sedom, cuyo rey admitió al sobrino de Avraham por consideración a este. Los cinco reyes impíos planearon primero hacer la guerra a Sedom a causa de Lot, y luego avanzar contra Avraham. Pues uno de los cinco, Amrafel, no era otro que Nimrod, el viejo enemigo de Avraham. La ocasión inmediata de la guerra fue esta: Quedorlaomer, uno de los generales de Nimrod, se rebeló contra él después de que los constructores de la torre fueran dispersados, y se erigió a sí mismo como rey de Elam. Luego sometió a las tribus camitas que habitaban en las cinco ciudades de la llanura del Yardén, y las hizo tributarias. Durante doce años le fueron fieles a su soberano Quedorlaomer, pero después se negaron a pagar el tributo, y persistieron en su rebeldía trece años. Aprovechando el apuro de Quedorlaomer, Nimrod condujo una hueste de siete mil guerreros contra su antiguo general. En la batalla librada entre Elam y Shinar, Nimrod sufrió una derrota desastrosa: perdió seiscientos de sus hombres, y entre los caídos estaba Mardón, el hijo del rey. Humillado y abatido, regresó a su país, y se vio forzado a reconocer la soberanía de Quedorlaomer, quien procedió entonces a formar una alianza con Arioc, rey de Elasar, y Tidal, rey de varias naciones, con el fin de aplastar las ciudades del círculo del Yardén. Las fuerzas unidas de estos reyes, que sumaban ochocientos mil hombres, marcharon contra las cinco ciudades, sometiendo cuanto encontraban a su paso y aniquilando a los descendientes de los gigantes. Plazas fortificadas, ciudades sin murallas y campo llano y abierto, todo cayó en sus manos. Avanzaron por el desierto hasta el manantial que brota de la roca en Kadesh, el sitio señalado por Dios como el lugar donde se pronunciaría el juicio contra Moshé y Aharón a causa de las aguas de la discordia. Desde allí giraron hacia la parte central de la Tierra de Israel, la tierra de los dátiles, donde se toparon con los cinco reyes impíos: Bera, el villano, rey de Sedom; Birshá, el pecador, rey de Gomorra; Shinav, el que odia a su padre, rey de Admá; Shemever, el voluptuoso, rey de Tseboim; y el rey de Bela, la ciudad que devora a sus habitantes. Los cinco fueron derrotados en el fértil valle de Sidim, cuyos canales formaron más tarde el mar Muerto. Los que quedaron de la tropa huyeron a los montes, pero los reyes cayeron en los pozos de asfalto y allí quedaron atrapados. Solo el rey de Sedom fue rescatado, milagrosamente, con el propósito de que convirtiera a la fe en Dios a aquellos paganos que no habían creído en la maravillosa liberación de Avraham del horno de fuego.

Los vencedores despojaron a Sedom de todos sus bienes y provisiones, y se llevaron a Lot, jactándose: «Hemos hecho cautivo al hijo del hermano de Avraham», delatando así el verdadero objetivo de su empresa; su deseo más íntimo era herir a Avraham.

Era la primera noche de Pésaj, y Avraham comía del pan ácimo, cuando el arcángel Mijael le trajo la noticia del cautiverio de Lot. Este ángel lleva además otro nombre, Palit, «el que escapó», porque cuando Dios arrojó a Samael y a su hueste de su lugar sagrado en el cielo, el jefe rebelde se aferró a Mijael y trató de arrastrarlo consigo hacia abajo, y Mijael solo se libró de caer del cielo por la ayuda de Dios.

Cuando la noticia de la desdicha de su sobrino llegó a Avraham, apartó de inmediato de su mente todo pensamiento de sus desavenencias con Lot, y solo consideró los modos y los medios de su rescate. Convocó a sus discípulos, a quienes había enseñado la verdadera fe, y que todos se llamaban a sí mismos con el nombre de Avraham. Les dio oro y plata, diciéndoles a la vez: «Sabed que vamos a la guerra con el propósito de salvar vidas humanas. Por tanto, no pongáis vuestros ojos en el dinero; aquí tenéis ante vosotros oro y plata». Además los amonestó con estas palabras: «Nos disponemos a ir a la guerra. Que no se una a nosotros nadie que haya cometido una falta y tema que el castigo divino descienda sobre él». Alarmados por su advertencia, ni uno solo obedeció su llamada a las armas: temían a causa de sus pecados. Solo Eliézer permaneció con él, por lo cual Dios habló y dijo: «Todos te abandonaron salvo Eliézer. En verdad, lo revestiré con la fuerza de los trescientos dieciocho hombres cuya ayuda buscaste en vano».

La batalla librada contra las poderosas huestes de los reyes, de la que Avraham salió victorioso, ocurrió el quince de Nisán, la noche destinada a los hechos milagrosos. Las flechas y las piedras que le arrojaban no surtían efecto alguno, pero el polvo de la tierra, la paja y el rastrojo que él lanzaba contra el enemigo se transformaban en jabalinas y espadas mortíferas. Avraham —alto como setenta hombres puestos de pie, y necesitado de tanta comida y bebida como setenta hombres— avanzaba a pasos de gigante, midiendo cada una de sus zancadas cuatro millas, hasta que alcanzó a los reyes y aniquiló sus tropas. Más allá no pudo ir, pues había llegado a Dan, donde un día Yerovam levantaría los becerros de oro, y en ese lugar aciago la fuerza de Avraham menguó.

Su victoria solo fue posible porque los poderes celestiales tomaron su partido. El planeta Júpiter hizo brillar la noche para él, y un ángel, llamado Lailá, combatió a su favor. En verdad, fue una victoria de Dios. Todas las naciones reconocieron su hazaña más que humana, y le fabricaron un trono a Avraham, y lo erigieron en el campo de batalla. Cuando intentaron sentarlo en él, entre exclamaciones de «¡Tú eres nuestro rey! ¡Tú eres nuestro príncipe! ¡Tú eres nuestro dios!», Avraham los rechazó y dijo: «¡El universo tiene su Rey, y tiene su Dios!». Declinó todos los honores, y devolvió a cada hombre sus bienes. Solo se quedó con los niños pequeños. Los crió en el conocimiento de Dios, y más tarde ellos expiaron la infamia de sus padres.

Con cierta arrogancia salió el rey de Sedom al encuentro de Avraham. Estaba orgulloso de que también para él se hubiera obrado un gran milagro, su rescate del pozo de asfalto. Le hizo a Avraham la propuesta de que se quedara para sí los bienes saqueados. Pero Avraham los rechazó y dijo: «He alzado mi mano a Adonái, Dios Altísimo, que ha creado el mundo por causa de los piadosos, jurando que no tomaré ni un hilo, ni una correa de sandalia, ni nada de lo que es tuyo. No tengo derecho a bien alguno tomado como botín, salvo lo que los jóvenes han comido, y la parte de los hombres que se quedaron junto al bagaje, aunque no bajaron a la batalla misma». El ejemplo de Avraham, al dar una parte del botín incluso a los hombres que no habían tomado parte directa en la batalla, fue seguido más tarde por David, que no atendió a la protesta de los hombres malvados y de la gente vil que lo acompañaban —que sostenían que los que se habían quedado guardando el bagaje no tenían derecho a partes iguales con los guerreros que habían bajado a la batalla.

A pesar de su gran éxito, Avraham quedó, no obstante, inquieto por el desenlace de la guerra. Temía haber transgredido la prohibición de derramar la sangre del hombre, y también temía el resentimiento de Shem, cuyos descendientes habían perecido en el enfrentamiento. Pero Dios lo tranquilizó y dijo: «¡No temas! No has hecho más que arrancar las espinas, y en cuanto a Shem, él te bendecirá antes que maldecirte». Y así fue. Cuando Avraham volvió de la guerra, Shem —o, como a veces se lo llama, Malki-Tsédek, el rey de justicia, sacerdote del Dios Altísimo y rey de Yerushaláyim— salió a su encuentro con pan y vino. Y este sumo sacerdote instruyó a Avraham en las leyes del sacerdocio y en la Torá, y para probarle su amistad lo bendijo, y lo llamó socio de Dios en la posesión del mundo, viendo que a través de él el Nombre de Dios se había dado a conocer por primera vez entre los hombres. Pero Malki-Tsédek dispuso las palabras de su bendición de manera indebida: nombró primero a Avraham y después a Dios. Como castigo, Dios lo depuso de la dignidad sacerdotal, y en su lugar esta pasó a Avraham, con cuyos descendientes permaneció para siempre.

Como recompensa por la santificación del Nombre Sagrado, que Avraham había realizado al negarse a quedarse con nada de los bienes tomados en la batalla, sus descendientes recibieron dos preceptos: el precepto de los flecos en los bordes de sus vestiduras, y el precepto de las correas que han de atarse sobre sus manos y llevarse como frontales entre sus ojos. Así conmemoran que su antepasado se negó a tomar siquiera un hilo o una correa. Y porque no quiso tocar una correa de sandalia del botín, sus descendientes lanzan su calzado sobre Edom.

El pacto de las porciones

Poco después de la guerra, Dios se reveló a Avraham para calmar su conciencia respecto al derramamiento de sangre inocente, pues era un escrúpulo que le causaba mucha angustia de espíritu. Al mismo tiempo, Dios le aseguró que haría surgir hombres piadosos entre sus descendientes, que, como él mismo, serían un escudo para su generación. Como distinción adicional, Dios le concedió pedir lo que quisiera —gracia rara, otorgada a ninguno más, salvo a Yaakov, Shlomo, Ajaz y el Mesías. Avraham habló y dijo: «Señor del mundo, si en tiempos venideros mis descendientes provocaran tu ira, mejor sería que yo quedara sin hijos. Lot, por quien viajé hasta Damasco, donde Dios fue mi protección, con gusto sería mi heredero. Además, he leído en las estrellas: “Avraham, no engendrarás hijos”». Entonces Dios elevó a Avraham por encima de la bóveda de los cielos y dijo: «¡Eres un profeta, no un astrólogo!». Ahora Avraham no pidió señal alguna de que sería bendecido con descendencia. Sin gastar una palabra más, creyó en HaShem, y fue recompensado por su fe sencilla con una parte en este mundo y una parte también en el mundo venidero; y, además, la redención de Israel del exilio tendrá lugar como recompensa por su firme confianza.

Pero aunque creyó la promesa que se le hizo con fe plena y perdurable, aun así deseó saber por qué mérito de ellos se sostendrían sus descendientes. Por eso Dios le mandó que le trajera un sacrificio de tres becerras, tres cabras, tres carneros, una tórtola y un pichón, indicándole así a Avraham los diversos sacrificios que un día habrían de ofrecerse en el Templo, para expiar los pecados de Israel y favorecer su bienestar. «Pero ¿qué será de mis descendientes —preguntó Avraham— después de que el Templo sea destruido?». Dios respondió y dijo: «Si leen el orden de los sacrificios tal como quedará consignado en las Escrituras, se lo tendré en cuenta como si hubieran ofrecido los sacrificios, y perdonaré todos sus pecados». Y Dios prosiguió y le reveló a Avraham el curso de la historia de Israel y la historia del mundo entero: la becerra de tres años señala el dominio de Bavel; la cabra de tres años representa el imperio de los griegos; el carnero de tres años, el poder medo-persa; el dominio de Yishmael está representado por el carnero, e Israel es la paloma inocente.

Avraham tomó estos animales y los partió por la mitad. De no haberlo hecho, Israel no habría podido resistir el poder de los cuatro reinos. Pero las aves no las partió, para indicar que Israel permanecerá entero. Y las aves de rapiña bajaron sobre los cadáveres, y Avraham las ahuyentó. Así se anunció la venida del Mesías, que hará pedazos a los paganos; pero Avraham le mandó al Mesías esperar hasta el tiempo que le está señalado. Y así como el tiempo mesiánico se le dio a conocer a Avraham, también el tiempo de la resurrección de los muertos: cuando puso las mitades de las porciones una frente a la otra, los animales volvieron a la vida, al pasar el ave volando sobre ellos.

Mientras preparaba estos sacrificios, le fue concedida a Avraham una visión de gran importancia. El sol se puso, y cayó sobre él un profundo sueño, y contempló un horno humeante, el Gehinom, el horno que Dios prepara para el pecador; y contempló una antorcha encendida, la revelación en el Sinaí, donde todo el pueblo vio antorchas de fuego; y contempló los sacrificios que Israel había de ofrecer; y un horror de gran oscuridad cayó sobre él, el dominio de los cuatro reinos. Y Dios le habló: «Avraham, mientras tus hijos cumplan los dos deberes de estudiar la Torá y realizar el servicio en el Templo, se les ahorrarán las dos aflicciones, el Gehinom y el dominio extranjero. Pero si descuidan los dos deberes, tendrán que sufrir los dos castigos; solo que a ti te toca elegir si serán castigados por medio del Gehinom o por medio del dominio del extraño». Todo el día vaciló Avraham, hasta que Dios lo llamó: «¿Hasta cuándo vacilarás entre dos opiniones? Decídete por una de las dos, ¡y que sea por el dominio del extraño!». Entonces Dios le dio a conocer los cuatrocientos años de servidumbre de Israel en Mitsraim, contados desde el nacimiento de Yitsjak; pues al propio Avraham se le dio la promesa de que él iría a sus padres en paz, y no sentiría nada de la arrogancia del opresor extranjero. Al mismo tiempo, se le dio a conocer a Avraham que su padre Téraj tendría una parte en el mundo venidero, pues había hecho penitencia por sus actos pecaminosos. Además se le reveló que su hijo Yishmael se volvería al camino de la justicia mientras aún vivía su padre, y que su nieto Esav no comenzaría su modo de vida impío hasta que él mismo hubiera partido. Y así como recibió la promesa de su liberación junto con el anuncio de la esclavitud de su descendencia en una tierra que no sería suya, también se le dio a conocer que Dios juzgaría a los cuatro reinos y los destruiría.

El nacimiento de Yishmael

El pacto de las porciones, por el cual se le revelaron a Avraham las fortunas de sus descendientes, se hizo en un tiempo en que aún no tenía hijos. Mientras Avraham y Sará moraron fuera de la Tierra Santa, consideraron su falta de hijos como un castigo por no habitar dentro de ella. Pero cuando una estancia de diez años en la Tierra de Israel la halló estéril como antes, Sará comprendió que la culpa estaba en ella. Sin rastro de celos, estuvo dispuesta a dar a Avraham como esposa a su sierva Hagar, tras hacerla primero mujer libre. Pues Hagar era propiedad de Sará, no de su marido: la había recibido del Paró, el padre de Hagar. Enseñada y criada por Sará, caminaba por la misma senda de justicia que su señora, y así era una compañera apropiada para Avraham; e, instruido por el espíritu santo, él accedió a la propuesta de Sará.

Apenas se hubo consumado la unión de Hagar con Avraham, y ella sintió que estaba encinta, comenzó a tratar con desdén a su antigua señora, aunque Sará se mostraba particularmente tierna con ella en el estado en que se hallaba. Cuando venían nobles matronas a visitar a Sará, ella solía instarlas a hacer también una visita a «la pobre Hagar». Las damas complacían su sugerencia, pero Hagar aprovechaba la ocasión para desacreditar a Sará. «Mi señora Sará —decía— no es por dentro lo que aparenta ser por fuera. Da la impresión de ser una mujer justa y piadosa, pero no lo es, pues si lo fuera, ¿cómo se explicaría su esterilidad tras tantos años de matrimonio, mientras que yo quedé encinta enseguida?».

Sará desdeñó reñir con su sierva, pero la ira que sentía halló salida en estas palabras a Avraham: «Eres tú quien me agravia. Oyes las palabras de Hagar y no dices nada para oponerte a ellas, y yo esperaba que tomaras mi parte. Por tu causa dejé mi tierra natal y la casa de mi padre, y te seguí a una tierra extraña con confianza en Dios. En Mitsraim fingí ser tu hermana, para que ningún daño te sobreviniera. Cuando vi que no daría a luz hijos, tomé a la egipcia, mi sierva Hagar, y te la di por esposa, contentándome con la idea de que criaría a los hijos que ella diera a luz. Ahora me trata con desdén en tu presencia. ¡Ojalá Dios mire la injusticia que se me ha hecho, para juzgar entre tú y yo, y se apiade de nosotros, restaure la paz en nuestro hogar y nos conceda descendencia, para que no tengamos necesidad de hijos de Hagar, la sierva egipcia, del linaje de los paganos que te arrojaron al horno de fuego!».

Avraham, modesto y sin pretensiones como era, estaba dispuesto a hacer justicia a Sará, y le confirió pleno poder para disponer de Hagar a su gusto. Solo añadió una advertencia: «Habiéndola hecho una vez señora, no podemos volver a reducirla a la condición de sierva». Sin atender a esta advertencia, Sará le exigió a Hagar los servicios de una sierva. Y no solo eso: la atormentó, y finalmente le echó un mal de ojo, de modo que el hijo aún no nacido se le malogró, y ella huyó. En su huida la encontraron varios ángeles, que le mandaron volver, al tiempo que le daban a conocer que daría a luz un hijo que se llamaría Yishmael —uno de los seis hombres a quienes Dios ha dado nombre antes de su nacimiento, siendo los otros Yitsjak, Moshé, Shlomo, Yoshiyahu y el Mesías.

Trece años después del nacimiento de Yishmael, se le dio a Avraham el mandato de que pusiera la señal de la alianza sobre su cuerpo y sobre los cuerpos de los varones de su casa. Avraham fue al principio reacio a cumplir el mandato de Dios, pues temía que la circuncisión de su carne levantara una barrera entre él y el resto de la humanidad. Pero Dios le dijo: «Bástete que Yo soy tu Dios y tu Señor, como le basta al mundo que Yo soy su Dios y su Señor».

Avraham consultó entonces con sus tres verdaderos amigos, Aner, Eshkol y Mamré, acerca del mandato de la circuncisión. El primero habló y dijo: «Estás cerca de los cien años, ¿y piensas infligirte semejante dolor?». El consejo del segundo fue también contrario. «¿Qué —dijo Eshkol—, eliges marcarte de modo que tus enemigos puedan reconocerte sin falta?». Mamré, el tercero, fue el único en aconsejar obediencia al mandato de Dios. «Dios te socorrió del horno de fuego —dijo—, te ayudó en el combate con los reyes, proveyó por ti durante el hambre, ¿y vacilas en ejecutar su orden acerca de la circuncisión?». En consecuencia, Avraham hizo como Dios le había mandado, en pleno día, desafiando a todos, para que nadie pudiera decir: «Si lo hubiéramos visto intentarlo, se lo habríamos impedido».

La circuncisión se realizó el décimo día de Tishrí, el Día de la Expiación, y sobre el sitio en que más tarde había de erigirse el altar en el Templo, pues el acto de Avraham sigue siendo una expiación que nunca cesa para Israel.

La visita de los ángeles

Al tercer día de su circuncisión, cuando Avraham padecía dolores terribles, Dios les habló a los ángeles diciendo: «Vamos, hagamos una visita al enfermo». Los ángeles se negaron y dijeron: «¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él? ¿Y el hijo del hombre, para que lo visites? ¿Y deseas dirigirte a un lugar de impureza, un lugar de sangre e inmundicia?». Pero Dios les respondió: «Así habláis vosotros. Por vuestra vida, el aroma de esta sangre me es más dulce que la mirra y el incienso, y si no queréis visitar a Avraham, iré Yo solo».

El día en que Dios lo visitó fue extremadamente caluroso, pues Él había abierto un agujero en el Gehinom, para que su calor llegara hasta la tierra, y ningún viajero se aventurara por los caminos, y Avraham quedara sin ser molestado en su dolor. Pero la ausencia de forasteros le causó a Avraham gran contrariedad, y envió a su siervo Eliézer a otear en busca de viajeros. Cuando el siervo volvió de su búsqueda infructuosa, el propio Avraham, a pesar de su enfermedad y del calor abrasador, se dispuso a salir al camino y ver si no tendría éxito allí donde Eliézer había fracasado —de quien, en todo caso, no se fiaba del todo, teniendo presente el conocido dicho: «No hay verdad entre los esclavos». En ese momento Dios se le apareció, rodeado de los ángeles. Prontamente Avraham intentó levantarse de su asiento, pero Dios contuvo toda muestra de respeto, y cuando Avraham protestó que era impropio estar sentado en presencia de HaShem, Dios dijo: «Por tu vida, tus descendientes, a la edad de cuatro y cinco años, se sentarán en días venideros en las escuelas y en las sinagogas mientras Yo more en ellas».

Entre tanto Avraham vio a tres hombres. Eran los ángeles Mijael, Gavriel y Rafael. Habían tomado forma de seres humanos para cumplir su deseo de tener huéspedes con quienes ejercer la hospitalidad. A cada uno de ellos, además, Dios le había encomendado una misión especial que ejecutar en la tierra. Rafael había de sanar la herida de Avraham; Mijael, de traerle a Sará la buena nueva de que daría a luz un hijo; y Gavriel, de llevar la destrucción a Sedom y Gomorra. Llegados a la tienda de Avraham, los tres ángeles advirtieron que él estaba ocupado en curarse a sí mismo, y se retiraron. Avraham, sin embargo, se apresuró tras ellos por otra puerta de la tienda, que tenía entradas anchas y abiertas por todos lados. Consideraba el deber de la hospitalidad más importante que el deber de recibir a la Shejiná. Volviéndose a Dios, dijo: «Señor, que te plazca no dejar a tu siervo mientras se ocupa de agasajar a sus huéspedes». Luego se dirigió al forastero que caminaba en medio de los otros dos, a quien por esta señal tuvo por el más distinguido —era el arcángel Mijael—, y le rogó a él y a sus compañeros que se apartaran hacia su tienda. El trato de sus huéspedes, que se comportaban corteses unos con otros, le causó a Avraham buena impresión. Quedó seguro de que eran hombres de valía a quienes agasajaba. Pero como por fuera parecían árabes, y aquel pueblo adoraba el polvo de sus pies, les rogó que primero se lavaran los pies, para que no contaminaran su tienda.

No se fiaba de su propio juicio para leer el carácter de sus huéspedes. Junto a su tienda había plantado un árbol, que extendía sus ramas sobre todos los que creían en Dios, y les daba sombra. Pero si algún idólatra pasaba bajo el árbol, las ramas se volvían hacia arriba, y no arrojaban sombra alguna sobre el suelo. Cada vez que Avraham veía esta señal, se ponía de inmediato a la tarea de convertir a los adoradores de los dioses falsos. Y así como el árbol hacía distinción entre los piadosos y los impíos, también la hacía entre los puros y los impuros. Se les negaba su sombra mientras se abstuvieran de tomar el baño ritual prescrito en el manantial que brotaba de sus raíces, cuyas aguas subían enseguida para aquellos cuya impureza era de carácter leve y podía removerse en el acto, mientras que otros tenían que esperar siete días a que el agua ascendiera. Por eso Avraham les rogó a los tres hombres que se recostaran contra el tronco del árbol. Así sabría pronto su valía o su indignidad.

Siendo de los verdaderamente piadosos, «que prometen poco, pero cumplen mucho», Avraham solo dijo: «Traeré un bocado de pan, y confortad vuestro corazón, ya que acertasteis a pasar junto a mi tienda a la hora de comer. Luego, después de que hayáis dado gracias a Dios, podréis seguir vuestro camino». Pero cuando la comida se sirvió a los huéspedes, fue un banquete real, que superaba al de Shlomo en el momento de su más espléndida magnificencia. El propio Avraham corrió al rebaño, a buscar reses para la carne. Degolló tres terneros, para poder poner una «lengua con mostaza» ante cada uno de sus huéspedes. Para acostumbrar a Yishmael a las obras que agradan a Dios, le hizo preparar los terneros, y le mandó a Sará hornear el pan. Pero como sabía que las mujeres suelen tratar a los huéspedes con mezquindad, fue explícito en su petición a ella. Dijo: «Prepara pronto tres medidas de harina, sí, harina fina». Sucedió que el pan no llegó a la mesa, porque accidentalmente se había vuelto impuro, y nuestro padre Avraham acostumbraba comer su pan de cada día solo en estado puro. El propio Avraham sirvió a sus huéspedes, y le pareció que los tres hombres comían. Pero esto era una ilusión. En realidad los ángeles no comieron; solo Avraham, sus tres amigos, Aner, Eshkol y Mamré, y su hijo Yishmael participaron del banquete, y las porciones puestas ante los ángeles fueron devoradas por un fuego celestial.

Aunque los ángeles seguían siendo ángeles incluso bajo su disfraz humano, con todo, la persona de Avraham era tan excelsa que en su presencia los arcángeles se sentían insignificantes.

Después de la comida, los ángeles preguntaron por Sará, aunque sabían que estaba retirada en su tienda, pero era propio que presentaran sus respetos a la señora de la casa y le enviaran la copa de vino sobre la cual se había dicho la bendición. Mijael, el mayor de los ángeles, anunció entonces el nacimiento de Yitsjak. Trazó una línea sobre la pared, diciendo: «Cuando el sol cruce este punto, Sará estará encinta, y cuando cruce el punto siguiente, dará a luz un hijo». Esta comunicación, que iba dirigida a Sará y no a Avraham, a quien la promesa se le había revelado mucho antes, la hicieron los ángeles a la entrada de su tienda; pero Yishmael se interponía entre el ángel y Sará, pues no habría sido decoroso entregar el mensaje en secreto, sin nadie más presente. Con todo, tan radiante era la belleza de Sará que un rayo de ella alcanzó al ángel y le hizo alzar la vista. En el acto de volverse hacia ella, la oyó reír para sus adentros: «¿Es posible que estas entrañas aún puedan dar a luz un hijo, que estos pechos marchitos amamanten? Y aunque yo pudiera concebir, ¿acaso no es viejo mi señor Avraham?».

Y HaShem le dijo a Avraham: «¿Soy Yo demasiado viejo para hacer maravillas? ¿Y por qué se ríe Sará, diciendo: “¿De veras daré a luz un hijo, siendo vieja?”?». El reproche que hizo Dios iba dirigido tanto contra Avraham como contra Sará, pues él, también, se había mostrado de poca fe cuando se le dijo que le nacería un hijo. Pero Dios mencionó solo la incredulidad de Sará, dejando que Avraham tomara conciencia de su propia falta por sí mismo.

Cuidadoso de la paz de su vida familiar, Dios no le había repetido a Avraham con exactitud las palabras de Sará. Avraham podría haber tomado a mal lo que su esposa había dicho sobre sus años avanzados, y tan preciosa es la paz entre esposo y esposa que hasta Hakadosh Baruj Hu la preservó a costa de la verdad.

Después de haber agasajado a sus huéspedes, Avraham fue con ellos a acompañarlos en su camino, pues, por importante que sea el deber de la hospitalidad, aún más importante es el deber de despedir al huésped que parte. Su camino iba en dirección a Sedom, adonde se dirigían dos de los ángeles, uno a destruirla y el segundo a salvar a Lot, mientras que el tercero, cumplida su encomienda a Avraham, regresó al cielo.

Las ciudades del pecado

Los habitantes de Sedom y Gomorra y de las otras tres ciudades de la llanura eran pecadores e impíos. En su país había un extenso valle donde se reunían cada año con sus mujeres, sus hijos y todo cuanto les pertenecía, para celebrar una fiesta que duraba varios días y consistía en las orgías más repugnantes. Si un mercader forastero pasaba por su territorio, todos, grandes y pequeños por igual, lo asediaban y le robaban cuanto poseía. Cada uno se apropiaba de una bagatela, hasta que el viajero quedaba despojado por completo. Si la víctima se atrevía a protestar ante uno o ante otro, este le mostraba que solo había tomado una nadería, no digna de mención. Y el final era que lo echaban de la ciudad.

Cierta vez sucedió que un hombre que viajaba desde Elam llegó a Sedom al caer la tarde. No se halló a nadie que le concediera cobijo para la noche. Finalmente, un zorro astuto llamado Hedor lo invitó cordialmente a seguirlo a su casa. Al sodomita lo había atraído una alfombra de rara magnificencia, atada al asno del forastero con una cuerda. Se proponía hacerse con ella. Las persuasiones amistosas de Hedor indujeron al forastero a quedarse con él dos días, aunque había esperado pernoctar solo una noche. Cuando llegó el momento de continuar su viaje, le pidió a su anfitrión la alfombra y la cuerda. Hedor dijo: «Has tenido un sueño, y esta es la interpretación de tu sueño: la cuerda significa que tendrás una vida larga, larga como una cuerda; la alfombra de muchos colores indica que poseerás un huerto en el cual plantarás toda clase de árboles frutales». El forastero insistió en que su alfombra era una realidad, no una fantasía de sueño, y siguió reclamando su devolución. Hedor no solo negó haberle tomado nada a su huésped, sino que hasta exigió pago por haberle interpretado el sueño. Su precio habitual por tales servicios, dijo, era de cuatro piezas de plata, pero en vista de que era su huésped, se contentaría, como favor, con tres piezas de plata.

Tras mucho porfiar, llevaron su caso ante uno de los jueces de Sedom, de nombre Sherek, y este le dijo al demandante: «Hedor es conocido en esta ciudad como intérprete fiable de sueños, y lo que te dice es verdad». El forastero se declaró insatisfecho con el veredicto, y siguió defendiendo su parte del caso. Entonces Sherek echó de la sala del tribunal tanto al demandante como al demandado. Al ver esto, los habitantes se juntaron y persiguieron al forastero fuera de la ciudad, y, lamentando la pérdida de su alfombra, tuvo que seguir su camino.

Así como Sedom tenía un juez digno de ella, también lo tenían las otras ciudades: Sharkar en Gomorra, Zabnak en Admá y Manon en Tseboim. Eliézer, el siervo de Avraham, alteró ligeramente los nombres de estos jueces, conforme a la naturaleza de lo que hacían: al primero lo llamó Shakará, «Mentiroso»; al segundo, Shakrurá, «Gran embustero»; al tercero, Kazbán, «Falsificador»; y al cuarto, Mazle-Din, «Pervertidor del juicio». Por sugerencia de estos jueces, las ciudades pusieron camas en sus ejidos. Cuando llegaba un forastero, tres hombres lo agarraban por la cabeza y tres por los pies, y lo forzaban sobre una de las camas. Si era demasiado corto para encajar en ella exactamente, sus seis servidores le tiraban y le retorcían los miembros hasta que la llenaba; si era demasiado largo para ella, trataban de embutirlo con toda su fuerza combinada, hasta que la víctima quedaba al borde de la muerte. Sus gritos eran respondidos con las palabras: «Así se hará a todo hombre que venga a nuestra tierra».

Al cabo de un tiempo, los viajeros evitaban estas ciudades, pero si algún pobre diablo era engañado en ocasiones y llevado a entrar en ellas, le daban oro y plata, pero jamás pan alguno, de modo que estaba condenado a morir de hambre. Una vez muerto, los residentes de la ciudad venían y recuperaban el oro y la plata marcados que le habían dado, y se peleaban por el reparto de sus ropas, pues lo enterraban desnudo.

Cierta vez, Eliézer, el siervo de Avraham, fue a Sedom, por encargo de Sará, a inquirir por el bienestar de Lot. Entró en la ciudad justo en el momento en que la gente despojaba a un forastero de sus vestiduras. Eliézer tomó la causa del pobre desdichado, y los sodomitas se volvieron contra él; uno le arrojó una piedra a la frente y le causó una considerable pérdida de sangre. Al instante, el agresor, viendo brotar la sangre, exigió pago por haber realizado la sangría. Eliézer se negó a pagar por la herida que le habían infligido, y fue llevado ante el juez Shakará. La decisión fue en su contra, pues la ley de aquella tierra le daba al agresor el derecho a exigir pago. Rápidamente Eliézer recogió una piedra y se la arrojó a la frente al juez. Cuando vio que la sangre manaba en abundancia, le dijo al juez: «Paga mi deuda a ese hombre y dame el resto».

La causa de su crueldad era su enorme riqueza. Su suelo era de oro, y en su avaricia y su codicia por más y más oro, querían impedir que los forasteros disfrutaran nada de sus riquezas. Por eso inundaban los caminos con corrientes de agua, de modo que las rutas hacia su ciudad quedaban borradas, y nadie podía hallar el camino hasta allí. Eran tan despiadados con las bestias como con los hombres. Envidiaban a las aves lo que comían, y por eso las exterminaban. Se comportaban impíamente también unos con otros, sin retroceder ante el asesinato para hacerse con más oro. Si observaban que un hombre poseía grandes riquezas, dos de ellos conspiraban contra él. Lo atraían a las inmediaciones de unas ruinas, y mientras el uno lo retenía en el sitio con conversación amena, el otro socavaba el muro junto al cual estaba de pie, hasta que este se desplomaba de repente sobre él y lo mataba. Entonces los dos conspiradores se repartían su riqueza entre ambos.

Otro método de enriquecerse con la propiedad ajena estaba en boga entre ellos. Eran ladrones diestros. Cuando resolvían cometer un robo, primero le pedían a su víctima que le guardara una suma de dinero, la cual untaban con aceite de olor fuerte antes de entregársela. A la noche siguiente irrumpían en su casa y le robaban sus tesoros ocultos, guiados hasta el lugar del escondite por el olor del aceite.

Sus leyes estaban calculadas para dañar al pobre. Cuanto más rico era un hombre, más favorecido estaba ante la ley. El dueño de dos bueyes estaba obligado a prestar un día de servicio de pastoreo, pero si tenía un solo buey, debía dar dos días de servicio. Un pobre huérfano, forzado así a apacentar los rebaños más tiempo que quienes eran bendecidos con grandes hatos, mató a todo el ganado que le habían encomendado para vengarse de sus opresores, e insistió, cuando se repartieron las pieles, en que el dueño de dos cabezas de ganado tuviera una sola piel, pero el dueño de una cabeza recibiera dos pieles, en correspondencia con el método seguido para repartir el trabajo. Por el uso de la barca, un viajero tenía que pagar cuatro zuz, pero si vadeaba el agua, tenía que pagar ocho zuz.

La crueldad de los sodomitas fue aún más lejos. Lot tenía una hija, Paltit, así llamada porque había nacido poco después de que él escapara del cautiverio por la ayuda de Avraham. Paltit vivía en Sedom, donde se había casado. Una vez llegó un mendigo a la ciudad, y el tribunal proclamó que nadie le diera nada de comer, para que muriera de hambre. Pero Paltit se compadeció del infeliz desdichado, y cada día, cuando iba al pozo a sacar agua, le llevaba un trozo de pan, que escondía en su cántaro. Los habitantes de las dos ciudades pecadoras, Sedom y Gomorra, no lograban entender por qué el mendigo no perecía, y sospecharon que alguien le daba comida en secreto. Tres hombres se ocultaron cerca del mendigo, y sorprendieron a Paltit en el acto de darle algo de comer. Tuvo que pagar su humanidad con la muerte: fue quemada en una pira.

Los habitantes de Admá no eran mejores que los de Sedom. Una vez llegó un forastero a Admá, con la intención de pasar la noche y seguir su camino a la mañana siguiente. La hija de un hombre rico se encontró con el forastero y, a petición suya, le dio agua para beber y pan para comer. Cuando la gente de Admá supo de esta infracción de la ley del lugar, prendieron a la muchacha y la llevaron ante el juez, que la condenó a muerte. La untaron de miel de la cabeza a los pies y la expusieron donde las abejas se sintieran atraídas por ella. Los insectos la mataron a picotazos, y aquella gente insensible no hizo caso de sus gritos desgarradores. Fue entonces cuando Dios resolvió destruir a estos pecadores.

Avraham intercede por los pecadores

Cuando Dios vio que no había un solo hombre justo entre los habitantes de las ciudades pecadoras —ni lo habría entre sus descendientes, por cuyos méritos pudiera tratarse al resto con clemencia—, resolvió aniquilarlos a todos. Pero antes de ejecutar el juicio, HaShem dio a conocer a Avraham lo que iba a hacer con Sedom, Amorá y las demás ciudades de la llanura, pues formaban parte de Kena’an, la tierra prometida a Avraham; y por eso dijo Dios: «No las destruiré sin el consentimiento de Avraham».

Como un padre compasivo, Avraham imploró la gracia de Dios en favor de los pecadores. Habló a Dios y dijo: «Tú juraste que nunca más toda carne sería exterminada por las aguas de un diluvio. ¿Es justo que eludas tu juramento y destruyas ciudades con fuego? ¿No hará justicia el propio Juez de toda la tierra? En verdad, si quieres mantener el mundo, has de renunciar a la línea estricta de la justicia. Si insistes solo en el derecho, no puede haber mundo». A lo que Dios dijo a Avraham: «Te complaces en defender a mis criaturas y no las llamarías culpables. Por eso no hablé con nadie salvo contigo durante las diez generaciones desde Nóaj». Avraham se atrevió a usar palabras aún más fuertes para asegurar la salvación de los impíos. «Lejos esté de Ti —dijo— matar al justo con el malvado, para que los habitantes de la tierra no digan: ‹Es su oficio destruir de manera cruel a las generaciones de los hombres; pues destruyó la generación de Enosh, luego la generación del diluvio, y después envió la confusión de las lenguas. Siempre se aferra a su oficio›».

Dios respondió: «Haré pasar ante ti todas las generaciones que he destruido, para que veas que no sufrieron el castigo extremo que merecían. Pero si crees que no obré con justicia, entonces instrúyeme en lo que debo hacer, y procuraré actuar conforme a tus palabras». Y Avraham tuvo que reconocer que Dios no había rebajado en nada la justicia debida a cada criatura en este mundo o en el otro. Sin embargo, siguió hablando y dijo: «¿Consumirás las ciudades si hay diez hombres justos en cada una?». Y Dios dijo: «No; si encuentro cincuenta justos en ellas, no destruiré las ciudades».

Avraham: «He osado hablar a HaShem, yo que hace mucho me habría convertido en polvo de la tierra a manos de Amrafel y en cenizas a manos de Nimrod, de no haber sido por tu gracia. Acaso falten cinco para los cincuenta justos de Tsóar, la más pequeña de las cinco ciudades. ¿Destruirás toda la ciudad por falta de cinco?».

Dios: «No la destruiré si encuentro allí cuarenta y cinco».

Avraham: «Acaso haya diez piadosos en cada una de las cuatro ciudades; entonces perdona a Tsóar en tu gracia, pues sus pecados no son tan numerosos como los de las otras».

Dios concedió su petición, pero Avraham siguió suplicando, y preguntó si Dios no se daría por satisfecho con que hubiera solo treinta justos —diez en cada una de las tres ciudades mayores— y perdonaría las dos más pequeñas, aunque no hubiera en ellas justos cuyos méritos intercedieran por ellas. También esto concedió HaShem, y además prometió no destruir las ciudades si tan solo se hallaban en ellas veinte justos; más aún, Dios accedió a preservar las cinco ciudades por diez justos que hubiera en ellas. Avraham no pidió más, pues sabía que ocho justos —Nóaj y su mujer, sus tres hijos y las mujeres de estos— no habían bastado para apartar la sentencia de la generación del diluvio; y además esperaba que Lot, su mujer y sus cuatro hijas, junto con los maridos de sus hijas, completaran el número de diez. Lo que no sabía era que hasta los justos de estas ciudades cargadas de pecado, aun siendo mejores que el resto, distaban mucho de ser buenos.

Avraham no dejó de rogar por la liberación de los pecadores ni siquiera después de que la Shejiná se hubiera apartado de él. Pero sus súplicas e intercesiones fueron en vano. Durante cincuenta y dos años Dios había advertido a los impíos; había hecho temblar y estremecerse las montañas. Pero ellos no escucharon la voz de la amonestación. Persistieron en sus pecados, y su merecido castigo los alcanzó. Dios perdona todos los pecados, salvo una vida inmoral. Y como todos estos pecadores llevaban una vida de libertinaje, fueron consumidos por el fuego.

La destrucción de las ciudades pecadoras

Los ángeles dejaron a Avraham al mediodía y llegaron a Sedom al caer la tarde. Por regla general, los ángeles anuncian su encargo con la rapidez del relámpago, pero estos eran ángeles de misericordia, y vacilaban en ejecutar su obra de destrucción, esperando siempre que el mal se apartara de Sedom. Con la llegada de la noche, la suerte de Sedom quedó sellada de manera irrevocable, y los ángeles llegaron allí.

Criado en la casa de Avraham, Lot había aprendido de él la hermosa costumbre de dar hospitalidad, y cuando vio ante sí a los ángeles con forma humana, creyéndolos caminantes, les pidió que se desviaran y pasaran la noche en su casa. Pero como el acoger forasteros estaba prohibido en Sedom bajo pena de muerte, no se atrevió a invitarlos sino al amparo de la oscuridad de la noche, y aun así tuvo que tomar toda clase de precauciones, indicando a los ángeles que lo siguieran por caminos apartados.

Los ángeles, que habían aceptado sin demora la hospitalidad de Avraham, se negaron al principio a acceder a la petición de Lot, pues es regla de buena educación mostrar reticencia cuando invita un hombre común, pero aceptar de inmediato la invitación de un gran hombre. Lot, sin embargo, insistió y los metió en su casa a la fuerza. En casa tuvo que vencer la oposición de su mujer, pues ella decía: «Si los habitantes de Sedom se enteran de esto, te matarán».

Lot dividió su vivienda en dos partes, una para él y sus huéspedes, la otra para su mujer, de modo que, si algo sucedía, su mujer se salvara. Sin embargo, fue ella quien lo traicionó. Fue a casa de una vecina y le pidió prestada un poco de sal, y a la pregunta de si no podía haberse abastecido de sal durante las horas del día, respondió: «Teníamos sal suficiente, hasta que nos llegaron unos huéspedes; para ellos necesitábamos más». Así se divulgó por la ciudad la presencia de forasteros.

Al principio los ángeles se inclinaban a escuchar la petición de Lot en favor de los pecadores, pero cuando toda la gente de la ciudad, grandes y pequeños, se agolpó en torno a la casa de Lot con el propósito de cometer un crimen monstruoso, los ángeles rechazaron sus ruegos, diciendo: «Hasta ahora podías interceder por ellos, pero ya no». No era la primera vez que los habitantes de Sedom querían perpetrar un crimen de esta clase. Tiempo atrás habían dictado una ley según la cual todos los forasteros debían ser tratados de esta horrible manera. Lot, nombrado juez principal el mismo día de la llegada de los ángeles, trató de persuadir a la gente de que desistiera de su propósito, diciéndoles: «Hermanos míos, la generación del diluvio fue exterminada a causa de pecados como los que vosotros queréis cometer, ¿y volveríais a ellos?». Pero ellos respondieron: «¡Atrás! Y aunque el mismo Avraham viniera aquí, no tendríamos consideración con él. ¿Acaso vas a dejar sin efecto una ley que administraron tus predecesores?».

Ni siquiera el sentido moral de Lot era lo que debía ser. Es deber de un hombre arriesgar su vida por el honor de su mujer y de sus hijas, pero Lot estaba dispuesto a sacrificar el honor de sus hijas, por lo cual fue castigado severamente más adelante.

Los ángeles dijeron a Lot quiénes eran y cuál era la misión que los había traído a Sedom, y le encargaron que huyera de la ciudad con su mujer y sus cuatro hijas —dos de ellas casadas y dos prometidas—. Lot comunicó su mandato a sus yernos, y estos se burlaron de él y dijeron: «¡Oh necio! Violines, címbalos y flautas resuenan en la ciudad, ¿y tú dices que Sedom será destruida?». Tal escarnio no hizo sino apresurar la ejecución de la sentencia de Sedom. El ángel Mijael tomó de la mano a Lot, a su mujer y a sus hijas, mientras que con el meñique el ángel Gavriel tocó la roca sobre la que estaban edificadas las ciudades pecadoras y las volcó. Al mismo tiempo, la lluvia que caía sobre las dos ciudades se transformó en azufre.

Cuando los ángeles hubieron sacado a Lot y a su familia y los pusieron fuera de la ciudad, les ordenó que corrieran por sus vidas y no miraran atrás, no fuera que contemplaran la Shejiná, que había descendido para obrar la destrucción de las ciudades. La mujer de Lot no pudo dominarse. Su amor de madre la hizo mirar atrás para ver si sus hijas casadas la seguían. Contempló la Shejiná y se convirtió en una columna de sal. Esta columna existe hasta el día de hoy. El ganado la lame todo el día, y al atardecer parece haber desaparecido, pero cuando llega la mañana está allí, tan grande como antes.

El ángel salvador había instado al propio Lot a refugiarse con Avraham. Pero él se negó y dijo: «Mientras viví apartado de Avraham, Dios comparaba mis actos con los de mis conciudadanos, y entre ellos yo aparecía como un hombre justo. Si volviera a Avraham, Dios vería que sus buenas obras superan a las mías con creces». El ángel entonces le concedió lo que pedía: que Tsóar quedara sin destruir. Esta ciudad había sido fundada un año después que las otras cuatro; tenía solo cincuenta y un años, y por eso la medida de sus pecados no estaba tan colmada como la de los pecados de las ciudades vecinas.

La destrucción de las ciudades de la llanura ocurrió al amanecer del día dieciséis de Nisán, por la razón de que entre los habitantes había adoradores de la luna y del sol. Dios dijo: «Si los destruyo de día, los adoradores de la luna dirán: ‹Si la luna estuviera aquí, se mostraría como nuestra salvadora›; y si los destruyo de noche, los adoradores del sol dirán: ‹Si el sol estuviera aquí, se mostraría como nuestro salvador›. Por eso haré que su castigo los alcance el día dieciséis de Nisán, a una hora en que la luna y el sol estén ambos en el cielo».

Los pecadores habitantes de las ciudades de la llanura no solo perdieron su vida en este mundo, sino también su parte en el mundo venidero. En cuanto a las ciudades mismas, sin embargo, serán restauradas en el tiempo mesiánico.

La destrucción de Sedom sucedió en el momento en que Avraham realizaba sus oraciones de la mañana, y por su causa quedó establecida esa como la hora propia de la oración matutina para todos los tiempos. Cuando volvió los ojos hacia Sedom y contempló el humo que se alzaba, oró por la liberación de Lot, y Dios concedió su petición —la cuarta vez que Lot quedó profundamente en deuda con Avraham—. Avraham lo había llevado consigo a la Tierra de Israel, lo había hecho rico en rebaños, ganados y tiendas, lo había rescatado del cautiverio, y con su oración lo salvó de la destrucción de Sedom. Los descendientes de Lot, los amonitas y los moabitas, en lugar de mostrar gratitud a los israelitas —la posteridad de Avraham—, cometieron cuatro actos de hostilidad contra ellos. Buscaron provocar la destrucción de Israel mediante las maldiciones de Bilam, le hicieron guerra abierta en tiempos de Yiftaj y también en tiempos de Yehoshafat, y por último manifestaron su odio contra Israel en la destrucción del Templo. De ahí que Dios designara a cuatro profetas —Yeshayahu, Yirmiyahu, Yejezkel y Tsefanyá— para proclamar el castigo contra los descendientes de Lot, y cuatro veces está registrado su pecado en la Escritura Sagrada.

Aunque Lot debió su liberación a la petición de Avraham, fue al mismo tiempo su recompensa por no haber traicionado a Avraham en Mitsraim, cuando este fingió ser el hermano de Sará. Pero una recompensa aún mayor lo aguarda. El Mashíaj será descendiente suyo, pues la moabita Rut es la bisabuela de David, y la amonita Naamá es la madre de Rejavam, y el Mashíaj es del linaje de estos dos reyes.

Entre los filisteos

La destrucción de Sedom movió a Avraham a viajar a Guerar. Acostumbrado a dar hospitalidad a viajeros y caminantes, ya no se sentía a gusto en una región en la que todo tránsito había cesado a causa de las ciudades arruinadas. Había otra razón para que Avraham dejara su lugar: la gente hablaba demasiado del feo incidente con las hijas de Lot.

Llegado a la tierra de los filisteos, de nuevo, como antes en Mitsraim, se puso de acuerdo con Sará en que ella se llamaría su hermana. Cuando el rumor de su belleza llegó al rey, este ordenó que la trajeran ante él, y le preguntó quién era su acompañante, y ella le dijo que Avraham era su hermano. Cautivado por su belleza, el rey Avimélej tomó a Sará por mujer y colmó de honores a Avraham, conforme a los justos derechos del hermano de la reina. Al caer la tarde, antes de retirarse, mientras aún estaba sentado en su trono, Avimélej cayó en un sueño, y durmió hasta la mañana, y en el sueño soñó que veía a un ángel de HaShem alzando su espada para asestarle un golpe mortal. Muy asustado, preguntó la causa, y el ángel respondió y dijo: «Morirás a causa de la mujer que has tomado en tu casa este día, pues es la esposa de Avraham, el hombre a quien mandaste llamar ante ti. ¡Devuélvele su mujer! Pero si no la restituyes, ciertamente morirás, tú y todo lo tuyo».

Aquella noche se oyó la voz de un gran clamor en toda la tierra de los filisteos, pues vieron la figura de un hombre que andaba de un lado a otro, con la espada en la mano, matando a todo el que se le cruzaba. Al mismo tiempo sucedió que, tanto en los hombres como en las bestias, se cerraron todos los orificios del cuerpo, y la tierra quedó presa de una agitación indescriptible. Por la mañana, cuando el rey despertó, con angustia y terror, llamó a todos sus siervos y contó su sueño a sus oídos. Uno de ellos dijo: «¡Oh señor y rey! Devuelve esta mujer al hombre, pues es su esposo. Es solo su costumbre, en tierra extraña, fingir que ella es su hermana. Así hizo también con el rey de Mitsraim, y Dios envió graves aflicciones sobre el Paró cuando tomó a la mujer para sí. Considera también, oh señor y rey, lo que ha acontecido esta noche en la tierra: hubo gran dolor, lamento y confusión, y sabemos que vino sobre nosotros solo a causa de esta mujer».

Había algunos entre sus siervos que decían: «¡No temas los sueños! Lo que los sueños dan a conocer al hombre no es más que falsedad». Entonces Dios se apareció de nuevo a Avimélej y le mandó dejar libre a Sará, pues de lo contrario sería hombre muerto. Avimélej respondió: «¿Es este tu proceder? Entonces, supongo, ¡también eran inocentes la generación del diluvio y la generación de la confusión de las lenguas! El hombre mismo me dijo: ‹Es mi hermana›, y ella, ella misma dijo: ‹Es mi hermano›, y toda la gente de su casa dijo las mismas palabras». Y Dios le dijo: «Sí, yo sé que aún no has cometido transgresión, pues yo te retuve de pecar. No sabías que Sará era mujer de un hombre. Pero ¿es propio interrogar a un forastero, apenas pone el pie en tu territorio, acerca de la mujer que lo acompaña, si es su esposa o su hermana? Avraham, que es profeta, sabía de antemano el peligro que corría si revelaba toda la verdad. Pero, siendo profeta, sabe también que no tocaste a su mujer, y él orará por ti, y vivirás».

El humo aún se alzaba de las ruinas de Sedom, y Avimélej y su pueblo, al verlo, temieron que una suerte semejante los alcanzara. El rey llamó a Avraham y le reprochó haber causado tan gran desgracia con sus falsas declaraciones acerca de Sará. Avraham excusó su conducta por su temor de que, no habiendo temor de Dios en aquel lugar, los habitantes de la tierra lo mataran por su mujer. Avraham prosiguió y contó la historia de toda su vida, y dijo: «Cuando habitaba en la casa de mi padre, las naciones del mundo buscaban hacerme daño, pero Dios se mostró mi Redentor. Cuando las naciones del mundo intentaron desviarme hacia la idolatría, Dios se me reveló y dijo: ‹Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre›. Y cuando las naciones del mundo estaban por extraviarse, Dios envió a dos profetas, mis parientes Shem y Éver, para amonestarlas».

Avimélej dio ricos regalos a Avraham, y en esto obró de otro modo que el Paró en circunstancias semejantes. El rey egipcio dio regalos a Sará, pero Avimélej era temeroso de Dios y deseaba que Avraham orara por él. A Sará le dio una costosa túnica que cubría toda su persona, ocultando sus seductores encantos a la vista de quienes la miraban. Al mismo tiempo, era un reproche a Avraham por no haber vestido a Sará con el esplendor debido a su esposa.

Aunque Avimélej le había hecho gran daño, Avraham no solo le concedió el perdón que anhelaba, sino que también oró por él a Dios. Así es un ejemplo para todos. «El hombre debe ser flexible como la caña, no duro como el cedro». Debe apaciguarse con facilidad y ser lento para la ira, y tan pronto como quien ha pecado contra él le pide perdón, debe perdonarlo de todo corazón. Aun cuando se le haya hecho un daño hondo y grave, no debe ser vengativo ni guardar rencor a su hermano en su corazón.

Avraham oró así por Avimélej: «¡Oh Señor del mundo! Tú creaste al hombre para que se multiplique y propague su especie. ¡Concede que Avimélej y su casa se multipliquen y aumenten!». Dios cumplió la petición de Avraham en favor de Avimélej y su pueblo, y fue la primera vez que sucedió en la historia de la humanidad que Dios cumplió la oración de un ser humano por el bien de otro. Avimélej y sus súbditos fueron sanados de todas sus dolencias, y tan eficaz fue la oración ofrecida por Avraham que la mujer de Avimélej, hasta entonces estéril, tuvo un hijo.

El nacimiento de Yitsjak

Cuando la oración de Avraham por Avimélej fue escuchada, y el rey de los filisteos sanó, los ángeles alzaron un fuerte clamor y hablaron así a Dios: «¡Oh Señor del mundo! Todos estos años ha estado Sará estéril, como lo estaba la mujer de Avimélej. Ahora Avraham te ha orado, y a la mujer de Avimélej le ha sido concedido un hijo. Es justo y equitativo que Sará sea recordada y se le conceda un hijo». Estas palabras de los ángeles, pronunciadas el día de Año Nuevo —cuando en el cielo se determinan las suertes de los hombres para todo el año—, dieron fruto. Apenas siete meses después, el primer día de Pésaj, nació Yitsjak.

El nacimiento de Yitsjak fue un acontecimiento dichoso, y no solo en la casa de Avraham. El mundo entero se regocijó, pues Dios se acordó de todas las mujeres estériles al mismo tiempo que de Sará. Todas dieron a luz. Y todos los ciegos recobraron la vista, todos los cojos quedaron sanos, los mudos hablaron y los locos volvieron a la razón. Y un milagro aún mayor sucedió: el día del nacimiento de Yitsjak el sol brilló con un esplendor como no se había visto desde la caída del hombre, y como solo volverá a brillar en el mundo venidero.

Para acallar a quienes preguntaban con intención: «¿Puede uno de cien años engendrar un hijo?», Dios ordenó al ángel encargado de los embriones que les diera forma y figura, que modelara a Yitsjak exactamente según el modelo de Avraham, de modo que todos, al ver a Yitsjak, exclamaran: «Avraham engendró a Yitsjak».

Que Avraham y Sará fueran bendecidos con descendencia solo después de haber alcanzado edad tan avanzada tenía una razón importante. Era necesario que Avraham llevara la señal de la alianza en su cuerpo antes de engendrar al hijo destinado a ser el padre de Israel. Y como Yitsjak fue el primer hijo nacido a Avraham después de que fuera marcado con la señal, no dejó de celebrar su circuncisión con mucha pompa y ceremonia al octavo día. Shem, Éver, Avimélej rey de los filisteos y todo su séquito, Pijol el capitán de su ejército entre ellos —todos estaban presentes—, y también Téraj y su hijo Najor; en una palabra, todos los grandes de los alrededores. En esta ocasión Avraham pudo al fin poner fin a las habladurías de la gente, que decía: «¡Mirad a esta vieja pareja! Recogieron a un expósito en el camino y pretenden que es su propio hijo, y para dar crédito a lo que dicen organizan un banquete en su honor». Avraham había invitado a la celebración no solo a hombres, sino también a las esposas de los notables con sus criaturas, y Dios permitió que se obrara un milagro. Sará tenía en sus pechos leche suficiente para amamantar a todos los bebés allí presentes, y quienes mamaron de sus pechos mucho tuvieron que agradecerle. Aquellos cuyas madres solo habían albergado pensamientos piadosos en su mente cuando les dejaron beber la leche que fluía de los pechos de la piadosa Sará, se hicieron prosélitos cuando crecieron; y aquellos cuyas madres dejaron que Sará los amamantara solo para ponerla a prueba, crecieron para ser poderosos gobernantes, y perdieron su dominio solo en la revelación del monte Sinaí, porque no quisieron aceptar la Torá. Todos los prosélitos y los gentiles piadosos son descendientes de estas criaturas.

Entre los invitados de Avraham estaban los treinta y un reyes y los treinta y un virreyes de la Tierra de Israel que fueron vencidos por Yehoshúa en la conquista de la Tierra Santa. Hasta Og rey de Bashán estaba presente, y tuvo que soportar las burlas de los demás invitados, que le echaban en cara haber llamado a Avraham mula estéril que nunca tendría descendencia. Og, por su parte, señaló al niñito con desprecio y dijo: «Si pusiera mi dedo sobre él, quedaría aplastado». A lo que Dios le dijo: «¡Te burlas del don concedido a Avraham! Por tu vida, contemplarás a millones y miríadas de sus descendientes, y al final caerás en sus manos».

Yishmael es repudiado

Cuando Yitsjak creció, estallaron disputas entre él y Yishmael a causa de los derechos del primogénito. Yishmael insistía en que debía recibir una porción doble de la herencia tras la muerte de Avraham, y que Yitsjak recibiera una sola porción. Yishmael, acostumbrado desde su juventud a usar el arco y la flecha, tenía por hábito dirigir sus proyectiles en dirección a Yitsjak, diciendo al mismo tiempo que solo bromeaba. Sará, sin embargo, insistió en que Avraham traspasara a Yitsjak todo cuanto poseía, para que no surgieran disputas tras su muerte, «pues —dijo— Yishmael no es digno de ser heredero junto con mi hijo, ni con un hombre como Yitsjak, y ciertamente no con mi hijo Yitsjak». Además, Sará insistió en que Avraham se separara de Hagar, la madre de Yishmael, y despidiera a la mujer y a su hijo, de modo que no hubiera nada en común entre ellos y su propio hijo, ni en este mundo ni en el mundo venidero.

De todas las pruebas que Avraham hubo de sufrir, ninguna fue tan dura de soportar como esta, pues le afligía profundamente separarse de su hijo. Dios se le apareció la noche siguiente y le dijo: «Avraham, ¿no sabes que Sará fue destinada a ser tu esposa desde el vientre de su madre? Ella es tu compañera y la mujer de tu juventud, y yo no nombré a Hagar como tu esposa, ni a Sará como tu sierva. Lo que Sará te dijo no fue sino la verdad, y no te resulte penoso a la vista por causa del muchacho y de tu sierva». A la mañana siguiente Avraham se levantó temprano, dio a Hagar su carta de divorcio y la despidió con su hijo, atándole primero una cuerda a la cintura para que todos vieran que era una sierva.

La mirada maligna que Sará lanzó sobre su hijastro lo puso enfermo y febril, de modo que Hagar tuvo que cargarlo, con lo crecido que estaba. En su fiebre bebía a menudo del agua del odre que Avraham le había dado al salir de su casa, y el agua se agotó pronto. Para no ver la muerte de su hijo, Hagar arrojó a Yishmael bajo los sauces que crecían en el mismo lugar donde los ángeles habían hablado una vez con ella y le habían anunciado que tendría un hijo. En la amargura de su corazón, habló a Dios y dijo: «Ayer me dijiste: ‹Multiplicaré en gran manera tu descendencia, que no podrá contarse por su multitud›, y hoy mi hijo muere de sed». El propio Yishmael clamó a Dios, y su oración y los méritos de Avraham les trajeron ayuda en su necesidad, aunque los ángeles se presentaron contra Yishmael ante Dios. Decían: «¿Harás brotar un pozo de agua para aquel cuyos descendientes dejarán perecer de sed a tus hijos de Israel?». Pero Dios respondió y dijo: «¿Qué es Yishmael en este momento: justo o malvado?»; y cuando los ángeles lo llamaron justo, Dios continuó: «Trato al hombre según sus merecimientos en cada momento».

En aquel momento Yishmael era piadoso en verdad, pues oraba a Dios con estas palabras: «¡Oh Señor del mundo! Si es tu voluntad que yo perezca, déjame morir de algún otro modo, no de sed, pues los tormentos de la sed son grandes por encima de todos los demás». Hagar, en lugar de orar a Dios, dirigía sus súplicas a los ídolos de su juventud. La oración de Yishmael fue aceptable ante Dios, y Él ordenó que brotara el pozo de Miriam, el pozo creado en el crepúsculo del sexto día de la creación. Aun después de este milagro, la fe de Hagar no era más firme que antes. Llenó el odre de agua, porque temía que volviera a agotarse y no hubiera otra cerca. Luego viajó a Mitsraim con su hijo, pues «arroja el palo al aire como quieras, siempre caerá sobre su punta». Hagar había venido de Mitsraim, y a Mitsraim volvió, para escoger una esposa para su hijo.

Las dos esposas de Yishmael

La esposa de Yishmael dio a luz cuatro hijos y una hija, y después Yishmael, su madre, su mujer y sus hijos fueron y volvieron al desierto. Se hicieron tiendas en el desierto en el que moraban, y siguieron acampando y viajando, mes tras mes y año tras año. Y Dios dio a Yishmael rebaños, ganados y tiendas, a causa de Avraham su padre, y el hombre aumentó en ganado. Y algún tiempo después, Avraham dijo a Sará, su mujer: «Iré a ver a mi hijo Yishmael; anhelo contemplarlo, pues hace mucho que no lo veo». Y Avraham cabalgó sobre uno de sus camellos hacia el desierto, a buscar a su hijo Yishmael, pues había oído que moraba en una tienda en el desierto con todo lo suyo. Y Avraham fue al desierto, y llegó a la tienda de Yishmael cerca del mediodía, y preguntó por él. Encontró a la mujer de Yishmael sentada en la tienda con sus hijos, y su esposo y su madre no estaban con ellos. Y Avraham preguntó a la mujer de Yishmael, diciendo: «¿Adónde ha ido Yishmael?». Y ella dijo: «Ha ido al campo a cazar». Y Avraham seguía montado en el camello, pues no quería descender al suelo, ya que había jurado a su mujer Sará que no se bajaría del camello. Y Avraham dijo a la mujer de Yishmael: «Hija mía, dame un poco de agua para beber, pues estoy fatigado y cansado del viaje». Y la mujer de Yishmael respondió y dijo a Avraham: «No tenemos ni agua ni pan», y seguía sentada en la tienda, y no hizo caso alguno de Avraham. Ni siquiera le preguntó quién era. Pero todo el rato estuvo golpeando a sus hijos en la tienda, y los maldecía, y maldijo también a su esposo Yishmael, y habló mal de él; y Avraham oyó las palabras de la mujer de Yishmael a sus hijos, y fue cosa mala a sus ojos. Y Avraham llamó a la mujer a que saliera de la tienda hacia él, y la mujer salió y se puso cara a cara con Avraham, mientras Avraham seguía montado en el camello. Y Avraham dijo a la mujer de Yishmael: «Cuando tu esposo Yishmael vuelva a casa, dile estas palabras: Un hombre muy anciano de la tierra de los filisteos vino aquí a buscarte, y su aspecto era tal y su figura era cual. Yo no le pregunté quién era, y viendo que no estabas aquí, me habló y dijo: Cuando Yishmael, tu esposo, vuelva, dile: Así dijo el hombre: Cuando llegues a casa, quita esta estaca de tienda que has puesto aquí, y pon otra estaca en su lugar». Y Avraham terminó sus instrucciones a la mujer, se volvió y partió en el camello hacia su casa. Y cuando Yishmael volvió a la tienda, oyó las palabras de su mujer, y supo que era su padre, y que su mujer no lo había honrado. Y Yishmael comprendió las palabras de su padre que había dicho a su mujer, y escuchó la voz de su padre, y se divorció de su mujer, y ella se marchó. Y Yishmael fue después a la tierra de Kena’an, y tomó otra mujer, y la llevó a su tienda, al lugar donde moraba.

Y al cabo de tres años, Avraham dijo: «Iré de nuevo a ver a Yishmael, mi hijo, pues hace mucho que no lo veo». Y cabalgó sobre su camello y fue al desierto, y llegó a la tienda de Yishmael cerca del mediodía. Y preguntó por Yishmael, y su mujer salió de la tienda y dijo: «No está aquí, mi señor, pues ha ido a cazar a los campos y a apacentar los camellos»; y la mujer dijo a Avraham: «Entra, mi señor, en la tienda y come un bocado de pan, pues tu alma debe de estar fatigada a causa del viaje». Y Avraham le dijo: «No me detendré, pues tengo prisa por seguir mi camino, pero dame un poco de agua para beber, que tengo sed»; y la mujer se apresuró y corrió a la tienda, y sacó agua y pan a Avraham, que puso ante él, instándolo a comer y beber; y él comió y bebió, y su corazón se alegró, y bendijo a su hijo Yishmael. Y terminó su comida, y bendijo a HaShem, y dijo a la mujer de Yishmael: «Cuando Yishmael venga a casa, dile estas palabras: Un hombre muy anciano de la tierra de los filisteos vino aquí y preguntó por ti, y tú no estabas, y le saqué pan y agua, y comió y bebió, y su corazón se alegró. Y me dijo estas palabras: Cuando Yishmael, tu esposo, venga a casa, dile: La estaca de tienda que tienes es muy buena, no la quites de la tienda». Y Avraham terminó de dar órdenes a la mujer, y partió a caballo hacia su casa, a la tierra de los filisteos; y cuando Yishmael llegó a su tienda, su mujer salió a su encuentro con alegría y corazón contento, y le contó las palabras del anciano. Yishmael supo que era su padre, y que su mujer lo había honrado, y alabó a HaShem. Y Yishmael tomó entonces a su mujer, a sus hijos, a su ganado y todo lo suyo, y partió de allí, y fue a su padre a la tierra de los filisteos. Y Avraham relató a Yishmael todo lo que había pasado entre él y la primera mujer que Yishmael había tomado, según lo que ella había hecho. Y Yishmael y sus hijos moraron con Avraham muchos días en aquella tierra, y Avraham moró en la tierra de los filisteos largo tiempo.

La alianza con Avimélej

Tras una estancia de veintiséis años en la tierra de los filisteos, Avraham partió de allí y se estableció en las cercanías de Jevrón. Allí lo visitó Avimélej con veinte de sus grandes, que le pidieron que hiciera una alianza con los filisteos.

Mientras Avraham no tuvo hijos, los gentiles no creían en su piedad, pero cuando nació Yitsjak, le dijeron: «Dios está contigo». Pero de nuevo albergaron dudas de su piedad cuando repudió a Yishmael. Decían: «Si fuera un hombre justo, no expulsaría de su casa a su primogénito». Pero cuando observaron los actos impíos de Yishmael, dijeron: «Dios está contigo en todo lo que haces». Que Avraham era el favorito de Dios lo vieron también en esto: que, aunque Sedom fue destruida y todo tránsito se había detenido en aquella región, las cámaras del tesoro de Avraham estaban llenas. Por estas razones, los filisteos buscaron formar una alianza con él, que permaneciera en vigor por tres generaciones venideras, pues es hasta la tercera generación que se extiende el amor de un padre.

Antes de concluir la alianza con Avimélej, rey de los filisteos, Avraham lo reprendió a causa de un pozo, pues «la corrección lleva al amor» y «no hay paz sin corrección». Los pastores de Avraham y los de Avimélej habían dejado su disputa sobre el pozo a decisión por ordalía: el pozo pertenecería a la parte por cuyas ovejas subieran las aguas de modo que pudieran beber de ellas. Pero los pastores de Avimélej no respetaron el acuerdo y se apoderaron del pozo para su propio uso. Como testimonio y señal perpetua de que el pozo le pertenecía, Avraham apartó siete ovejas, correspondientes a las siete leyes noájidas que obligan por igual a todos los hombres. Pero Dios dijo: «Le has dado siete ovejas. Por tu vida, los filisteos matarán un día a siete hombres justos —Shimshón, Jofní, Pinjás, y Shaúl con sus tres hijos—, y destruirán siete lugares santos, y guardarán el Arca sagrada en su país como botín de guerra por un período de siete meses, y además solo la séptima generación de tus descendientes podrá regocijarse en la posesión de la tierra que les fue prometida». Tras concluir la alianza con Avimélej, que reconoció el derecho de Avraham sobre el pozo, Avraham llamó al lugar Beer-Sheva, porque allí ambos juraron una alianza de amistad.

En Beer-Sheva moró Avraham muchos años, y desde allí se esforzó por difundir la ley de Dios. Plantó allí un gran bosque e hizo para él cuatro puertas, orientadas hacia los cuatro lados de la tierra —este, oeste, norte y sur—, y plantó en él una viña. Si un viajero pasaba por aquel camino, entraba por la puerta que le quedaba enfrente, y se sentaba en el bosque, y comía y bebía hasta quedar satisfecho, y luego se marchaba. Pues la casa de Avraham siempre estaba abierta para todos los que pasaban, y venían a diario a comer y beber allí. Si alguien tenía hambre y acudía a Avraham, este le daba lo que necesitaba, para que comiera y bebiera y quedara satisfecho; y si alguien estaba desnudo y acudía a Avraham, este lo vestía con las prendas que el pobre eligiera, y le daba plata y oro, y le daba a conocer a HaShem, que lo había creado y puesto sobre la tierra. Después de que los caminantes habían comido, solían dar gracias a Avraham por su amable acogida, a lo que él respondía: «¿Cómo, me dais gracias a mí? Antes bien, dad gracias a vuestro anfitrión, Aquel que por sí solo provee alimento y bebida a todas las criaturas». Entonces la gente preguntaba: «¿Dónde está Él?», y Avraham les respondía y decía: «Él es el Soberano del cielo y de la tierra. Él hiere y Él sana, Él forma el embrión en el vientre de la madre y lo trae al mundo, Él hace crecer las plantas y los árboles, Él mata y Él da vida, Él hace bajar al Sheol y hace subir». Cuando la gente oía tales palabras, preguntaba: «¿Cómo daremos gracias a Dios y le manifestaremos nuestra gratitud?». Y Avraham los instruía con estas palabras: «Decid: ¡Bendito sea HaShem, que es bendito! ¡Bendito sea Aquel que da pan y alimento a toda carne!». De esta manera Avraham enseñaba a quienes habían disfrutado de su hospitalidad a alabar y dar gracias a Dios. Así, la casa de Avraham llegó a ser no solo un albergue para el hambriento y el sediento, sino también un lugar de enseñanza donde se impartía el conocimiento de Dios y de su ley.

El Satán acusa a Avraham

En medio de la generosa hospitalidad que se practicaba en casa de Avraham, ocurrió una vez que un pobre —o más bien un supuesto pobre— fue despedido con las manos vacías, y esto fue la causa inmediata de la última de las pruebas de Avraham: el sacrificio de su hijo predilecto, Yitsjak. Era el día en que Avraham celebraba el nacimiento de Yitsjak con un gran banquete, al que estaban invitados todos los magnates de la época con sus esposas. El Satán, que siempre acude a la fiesta en la que no participa ningún pobre, y se mantiene lejos de aquellas a las que se invita a comensales pobres, se presentó en el banquete de Avraham disfrazado de mendigo que pide limosna a la puerta. Había notado que Avraham no había invitado a ningún pobre, y sabía que su casa era el lugar apropiado para él.

Avraham estaba ocupado atendiendo a sus distinguidos invitados, y Sará se esforzaba por convencer a las esposas, las matronas, de que Yitsjak era verdaderamente su hijo, y no un hijo supuesto. Nadie se ocupó del mendigo de la puerta, quien por ello acusó a Avraham ante Dios.

Sucedió un día que los hijos de Dios vinieron a presentarse ante HaShem, y el Satán vino también entre ellos. Y dijo HaShem al Satán: «¿De dónde vienes?». Y el Satán respondió a HaShem, y dijo: «De recorrer la tierra de un lado a otro, y de andar por ella». Y dijo HaShem al Satán: «¿Qué tienes que decir acerca de todos los hijos de la tierra?». Y el Satán respondió a HaShem, y dijo: «He visto que todos los hijos de la tierra te sirven y te recuerdan cuando necesitan algo de ti. Y cuando les das lo que te piden, entonces te abandonan y no te recuerdan más. ¿Has visto a Avraham, el hijo de Téraj, que al principio no tenía hijos, y te sirvió y te levantó altares dondequiera que llegaba, y ofrecía sobre ellos ofrendas, y proclamaba tu nombre de continuo a todos los hijos de la tierra? Y ahora que le ha nacido su hijo Yitsjak, te ha abandonado. Hizo un gran festín para todos los habitantes de la tierra, y a HaShem lo ha olvidado. Pues, en medio de todo lo que ha hecho, no te trajo ofrenda alguna, ni holocausto ni ofrenda de paz, ni un solo cordero ni cabrito de todo lo que degolló el día en que su hijo fue destetado. Aun desde el tiempo del nacimiento de su hijo hasta ahora, siendo treinta y siete años, no te edificó altar alguno, ni te trajo ofrenda, pues vio que le dabas lo que te pedía, y por eso te abandonó». Y dijo HaShem al Satán: «¿Te has fijado en mi siervo Avraham? Pues no hay otro como él en la tierra, hombre perfecto y recto ante Mí para un holocausto, temeroso de Dios y apartado del mal. Vivo Yo, que si le dijera: Ofrece a Yitsjak tu hijo ante Mí, no me lo negaría, y mucho menos si le dijera que me trajera un holocausto de sus rebaños o vacadas». Y el Satán respondió a HaShem, y dijo: «Habla ahora a Avraham como has dicho, y verás si no transgrede y desecha tus palabras en este día».

Dios quiso probar también a Yitsjak. Cierta vez Yishmael se jactó ante Yitsjak, diciendo: «Yo tenía trece años cuando HaShem habló a mi padre para que nos circuncidara, y no transgredí su palabra, la que ordenó a mi padre». Y Yitsjak respondió a Yishmael, diciendo: «¿Por qué te jactas ante mí de esto, de un pedacito de tu carne que quitaste de tu cuerpo, acerca del cual HaShem te ordenó? Vive HaShem, el Dios de mi padre Avraham, que si HaShem dijera a mi padre: Toma ahora a tu hijo Yitsjak y ofrécelo en holocausto ante Mí, yo no me negaría, sino que accedería a ello con alegría».

El viaje a Moriá

Y HaShem pensó probar a Avraham y a Yitsjak en este asunto. Y dijo a Avraham: «Toma ahora a tu hijo».

Avraham: «Tengo dos hijos, y no sé cuál de ellos me ordenas tomar».

Dios: «Tu único hijo».

Avraham: «El uno es el único hijo de su madre, y el otro es el único hijo de su madre».

Dios: «Al que amas».

Avraham: «Amo a este y amo a aquel».

Dios: «A Yitsjak».

Avraham: «¿Y adónde iré?».

Dios: «A la tierra que te mostraré, y ofrece allí a Yitsjak en holocausto».

Avraham: «¿Soy yo apto para realizar el sacrificio, soy acaso sacerdote? ¿No debería más bien hacerlo Shem, el Sumo Sacerdote?».

Dios: «Cuando llegues a aquel lugar, Yo te consagraré y te haré sacerdote».

Y Avraham se dijo dentro de sí: «¿Cómo separaré a mi hijo Yitsjak de Sará, su madre?». Y entró en la tienda, y se sentó ante Sará, su mujer, y le habló estas palabras: «Nuestro hijo Yitsjak ha crecido, y todavía no ha estudiado el servicio de Dios. Mañana iré y lo llevaré donde Shem y Éver, su hijo, y allí aprenderá los caminos de HaShem, pues le enseñarán a conocer a HaShem, y a saber orar a HaShem para que le responda, y a conocer el modo de servir a HaShem, su Dios». Y dijo Sará: «Bien has hablado. Ve, mi señor, y haz con él como has dicho, pero no lo alejes mucho de mí, ni dejes que permanezca allí demasiado tiempo, pues mi alma está ligada a su alma». Y Avraham dijo a Sará: «Hija mía, oremos a HaShem, nuestro Dios, para que obre bien con nosotros». Y Sará tomó a su hijo Yitsjak, y él permaneció con ella toda aquella noche, y ella lo besó y lo abrazó, y le hizo encargos hasta la mañana, y dijo a Avraham: «Oh, mi señor, te ruego, cuida de tu hijo y pon tus ojos sobre él, pues no tengo otro hijo ni hija sino a él. No lo descuides. Si tiene hambre, dale pan; y si tiene sed, dale agua a beber; no lo dejes ir a pie, ni dejes que se siente al sol, ni dejes que vaya solo por el camino, ni lo apartes de nada que desee, sino haz con él como él te diga».

Después de pasar toda la noche llorando por Yitsjak, se levantó por la mañana y escogió una vestidura muy fina y hermosa de entre las que Avimélej le había dado. Y con ella vistió a Yitsjak, y le puso un turbante en la cabeza, y prendió una piedra preciosa en lo alto del turbante, y les dio provisiones para el camino. Y Sará salió con ellos, y los acompañó por el camino para despedirlos, y ellos le dijeron: «Vuelve a la tienda». Y cuando Sará oyó las palabras de su hijo Yitsjak, lloró amargamente, y Avraham lloró con ella, y su hijo lloró con ellos, un gran llanto; también los siervos que iban con ellos lloraron mucho. Y Sará se aferró a Yitsjak, y lo sostuvo en sus brazos, y lo abrazó, y siguió llorando con él, y dijo Sará: «¿Quién sabe si volveré a verte alguna vez después de este día?».

Avraham partió con Yitsjak en medio de un gran llanto, mientras Sará y los siervos volvían a la tienda. Tomó consigo a dos de sus criados, Yishmael y Eliézer, y mientras caminaban por el camino, los jóvenes se hablaban el uno al otro estas palabras. Dijo Yishmael a Eliézer: «Ahora mi padre Avraham va con Yitsjak para ofrecerlo en holocausto a HaShem, y cuando regrese me dará todo lo que posee, para heredarlo después de él, pues yo soy su primogénito». Eliézer respondió: «Ciertamente, Avraham te expulsó con tu madre, y juró que no heredarías nada de todo lo que posee. ¿Y a quién dará todo lo que tiene, todas sus cosas preciosas, sino a su siervo, que ha sido fiel en su casa, a mí, que lo he servido de noche y de día, y he hecho todo lo que me pidió?». El espíritu santo respondió: «Ni el uno ni el otro heredarán a Avraham».

Y mientras Avraham y Yitsjak avanzaban por el camino, el Satán vino y se apareció a Avraham en la figura de un anciano, humilde y de espíritu contrito, y le dijo: «¿Eres necio o insensato, que vas a hacerle esto a tu único hijo? Dios te dio un hijo en tus últimos días, en tu vejez, ¿y vas a ir a degollarlo, a él que no cometió violencia alguna, y harás perecer de la tierra el alma de tu único hijo? ¿No sabes ni comprendes que esto no puede venir de HaShem? Pues HaShem no le haría al hombre semejante mal, mandarle: Ve y degüella a tu hijo». Avraham, al oír estas palabras, supo que era el Satán, que se empeñaba en desviarlo del camino de HaShem, y lo reprendió, y se fue. Y el Satán volvió y vino a Yitsjak, y se le apareció en la figura de un joven, apuesto y de buen parecer, diciéndole: «¿No sabes que tu necio y viejo padre te lleva hoy al degüello en vano? Ahora, hijo mío, no lo escuches, pues es un viejo necio, y no dejes que tu preciosa alma y tu hermosa figura se pierdan de la tierra». Y Yitsjak refirió estas palabras a su padre, pero Avraham le dijo: «Ten cuidado con él, y no escuches sus palabras, pues es el Satán que se empeña en desviarnos de los mandatos de nuestro Dios». Y Avraham reprendió de nuevo al Satán, y el Satán se apartó de ellos, y, viendo que no podía prevalecer sobre ellos, se transformó en un gran arroyo de agua en el camino. Y cuando Avraham, Yitsjak y los dos jóvenes llegaron a aquel lugar, vieron un arroyo grande y caudaloso como las aguas poderosas. Y entraron en el arroyo, tratando de cruzarlo, pero cuanto más avanzaban, más hondo se hacía el arroyo, de modo que el agua les llegó hasta el cuello, y todos quedaron aterrorizados a causa del agua. Pero Avraham reconoció el lugar, y supo que antes no había habido allí agua, y dijo a su hijo: «Conozco este lugar, en el que no había ni arroyo ni agua. Ahora, ciertamente, es el Satán quien nos hace todo esto, para apartarnos hoy de los mandatos de Dios». Y Avraham reprendió al Satán, diciéndole: «¡Que HaShem te reprenda, oh Satán! Apártate de nosotros, pues vamos por mandato de Dios». Y el Satán se aterrorizó ante la voz de Avraham, y se apartó de ellos, y el lugar volvió a ser tierra seca como antes. Y Avraham siguió con Yitsjak hacia el lugar que Dios le había dicho.

Entonces el Satán se apareció a Sará en la figura de un anciano, y le dijo: «¿Adónde fue tu marido?». Ella dijo: «A su trabajo». «¿Y adónde fue tu hijo Yitsjak?», preguntó además, y ella respondió: «Fue con su padre a un lugar de estudio de la Torá». El Satán dijo: «Oh, pobre anciana, tus dientes se estremecerán a causa de tu hijo, pues no sabes que Avraham llevó consigo a su hijo por el camino para sacrificarlo». En esa hora los lomos de Sará temblaron, y todos sus miembros se estremecieron. Ya no era de este mundo. Sin embargo, se rehízo, y dijo: «Todo lo que Dios ha dicho a Avraham, que lo cumpla para vida y para paz».

Al tercer día de su viaje, Avraham alzó los ojos y vio a lo lejos el lugar que Dios le había dicho. Observó sobre el monte una columna de fuego que iba de la tierra al cielo, y una densa nube en la que se veía la gloria de Dios. Avraham dijo a Yitsjak: «Hijo mío, ¿ves sobre aquel monte que divisamos a lo lejos lo que yo veo en él?». Y Yitsjak respondió, y dijo a su padre: «Veo, y, he aquí, una columna de fuego y una nube, y la gloria de HaShem se ve sobre la nube». Avraham supo entonces que Yitsjak era aceptado ante HaShem como ofrenda. Preguntó a Yishmael y a Eliézer: «¿Veis también vosotros lo que vemos sobre el monte?». Respondieron: «No vemos nada más que como los otros montes», y Avraham supo que no eran aceptados ante HaShem para ir con ellos. Avraham les dijo: «Quedaos aquí con el asno; sois como el asno: tan poco como él ve, tan poco veis vosotros. Yo y Yitsjak, mi hijo, iremos hasta aquel monte, y adoraremos allí ante HaShem, y esta tarde volveremos a vosotros». Una profecía inconsciente había venido a Avraham, pues profetizó que él y Yitsjak volverían ambos del monte. Eliézer y Yishmael se quedaron en aquel lugar, como Avraham había ordenado, mientras él y Yitsjak seguían adelante.

La akedá

Y mientras caminaban, Yitsjak habló a su padre: «He aquí el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto ante HaShem?». Y Avraham respondió a Yitsjak, diciendo: «HaShem te ha escogido a ti, hijo mío, como holocausto perfecto, en lugar del cordero». Y Yitsjak dijo a su padre: «Haré todo lo que HaShem te ha dicho con gozo y alegría de corazón». Y de nuevo Avraham dijo a Yitsjak, su hijo: «¿Hay en tu corazón algún pensamiento o intención acerca de esto que no sea recta? Dímelo, hijo mío, te lo ruego. Oh, hijo mío, no me lo ocultes». Y Yitsjak respondió: «Vive HaShem, y vive tu alma, que no hay nada en mi corazón que me haga desviar ni a la derecha ni a la izquierda de la palabra que Él te ha dicho. Ni miembro ni músculo se ha movido ni estremecido por esto, ni hay en mi corazón pensamiento ni mala intención acerca de ello. Al contrario, estoy gozoso y alegre de corazón en este asunto, y digo: Bendito sea HaShem, que me ha escogido hoy para ser holocausto ante Él».

Avraham se alegró grandemente con las palabras de Yitsjak, y siguieron adelante y llegaron juntos a aquel lugar que HaShem le había dicho. Y Avraham se dispuso a edificar el altar en aquel lugar, y Avraham lo edificó, mientras Yitsjak le alcanzaba piedras y argamasa, hasta que terminaron de levantar el altar. Y Avraham tomó la leña y la dispuso sobre el altar, y ató a Yitsjak, para ponerlo sobre la leña que estaba sobre el altar, para degollarlo como holocausto ante HaShem. Yitsjak habló entonces: «Padre, date prisa, descubre tu brazo, y ata mis manos y mis pies con firmeza, pues soy joven, de solo treinta y siete años, y tú eres un anciano. Cuando vea el cuchillo del degüello en tu mano, quizá comience a temblar ante la vista y empuje contra ti, pues el deseo de vivir es audaz. También podría hacerme una herida y volverme inapto para ser sacrificado. Por eso te conjuro, padre mío, date prisa, ejecuta la voluntad de tu Creador, no te demores. Recoge tu vestidura, ciñe tus lomos, y después de haberme degollado, quémame hasta reducirme a finas cenizas. Luego recoge las cenizas y llévalas a Sará, mi madre, y ponlas en un cofre en su aposento. A todas horas, cuando entre en su aposento, recordará a su hijo Yitsjak y llorará por él».

Y de nuevo habló Yitsjak: «Tan pronto como me hayas degollado, y te hayas separado de mí, y vuelvas a Sará, mi madre, y ella te pregunte: ¿Dónde está mi hijo Yitsjak?, ¿qué le responderás, y qué haréis los dos en vuestra vejez?». Avraham respondió, y dijo: «Sabemos que solo podemos sobrevivirte unos pocos días. Aquel que fue nuestro Consuelo antes de que tú nacieras, nos consolará ahora y en adelante».

Después de haber dispuesto la leña en orden, y de haber atado a Yitsjak sobre el altar, sobre la leña, Avraham afirmó sus brazos, se arremangó las vestiduras, y apoyó sus rodillas sobre Yitsjak con todas sus fuerzas. Y Dios, sentado sobre su trono, alto y sublime, vio cómo los corazones de ambos eran uno mismo, y las lágrimas rodaban de los ojos de Avraham sobre Yitsjak, y de Yitsjak sobre la leña, hasta el punto de quedar esta sumergida en lágrimas. Cuando Avraham extendió su mano, y tomó el cuchillo para degollar a su hijo, Dios habló a los ángeles: «¿Veis cómo Avraham, mi amigo, proclama la unidad de mi Nombre en el mundo? Si os hubiera escuchado a vosotros en el tiempo de la creación del mundo, cuando dijisteis: ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes? ¿Y el hijo del hombre para que lo visites?, ¿quién habría habido para dar a conocer la unidad de mi Nombre en este mundo?». Los ángeles rompieron entonces en fuerte llanto, y exclamaron: «Los caminos están desolados, cesó el caminante, ha quebrantado el pacto. ¿Dónde está la recompensa de Avraham, aquel que acogía a los viajeros en su casa, les daba de comer y de beber, e iba con ellos para encaminarlos? El pacto se quebranta, aquel del que le hablaste, diciendo: “Pues por Yitsjak será llamada tu descendencia”, y diciendo: “Estableceré mi pacto con Yitsjak”, pues el cuchillo del degüello está puesto sobre su garganta».

Las lágrimas de los ángeles cayeron sobre el cuchillo, de modo que este no pudo cortar la garganta de Yitsjak, pero del terror su alma se le escapó. Entonces Dios habló al arcángel Mijael, y dijo: «¿Por qué te quedas ahí parado? No dejes que sea degollado». Sin demora, Mijael, con angustia en la voz, clamó: «¡Avraham! ¡Avraham! No pongas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada». Avraham respondió, y dijo: «Dios me mandó degollar a Yitsjak, ¡y tú me mandas no degollarlo! Las palabras del Maestro y las palabras del discípulo, ¿a las palabras de quién se atiende?». Entonces Avraham oyó que se le decía: «Por Mí mismo he jurado, dice HaShem, que por cuanto has hecho esto, y no has rehusado a tu hijo, tu único hijo, de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá la puerta de sus enemigos, y en tu descendencia serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto has obedecido mi voz».

Al instante Avraham dejó a Yitsjak, quien volvió a la vida, reanimado por la voz celestial que amonestaba a Avraham a no degollar a su hijo. Avraham soltó sus ataduras, y Yitsjak se puso en pie, y pronunció la bendición: «Bendito eres Tú, Adonái, que resucitas a los muertos».

Entonces habló Avraham a Dios: «¿Me iré de aquí sin haber ofrecido un sacrificio?». A lo cual Dios respondió, y dijo: «Alza tus ojos, y mira el sacrificio detrás de ti». Y Avraham alzó los ojos, y, he aquí, detrás de él un carnero trabado en la maleza, que Dios había creado en el crepúsculo de la víspera de Shabat, en la semana de la creación, y preparado desde entonces como holocausto en lugar de Yitsjak. Y el carnero había estado corriendo hacia Avraham, cuando el Satán lo atrapó y le enredó los cuernos en la maleza, para que no pudiera llegar hasta Avraham. Y Avraham, al ver esto, lo sacó de la maleza, y lo puso sobre el altar como ofrenda en lugar de su hijo Yitsjak. Y Avraham roció la sangre del carnero sobre el altar, y exclamó, y dijo: «Esto es en lugar de mi hijo, y que sea considerado como la sangre de mi hijo ante HaShem». Y cada cosa que Avraham hacía junto al altar, exclamaba, y decía: «Esto es en lugar de mi hijo, y que sea considerado ante HaShem en lugar de mi hijo». Y Dios aceptó el sacrificio del carnero, y fue contado como si hubiera sido Yitsjak.

Así como la creación de este carnero había sido extraordinaria, así también lo fue el uso que se dio a todas las partes de su cuerpo. Ni una sola cosa se desperdició. Las cenizas de las partes quemadas sobre el altar formaron el cimiento del altar interior, sobre el cual se traía la ofrenda expiatoria una vez al año, en Yom Kipur, el día en que tuvo lugar la ofrenda de Yitsjak. De los tendones del carnero, David hizo diez cuerdas para su arpa, en la que tocaba. La piel sirvió a Eliyahu de cinturón, y de sus dos cuernos, el uno fue tocado al final de la revelación en el monte Sinaí, y el otro será usado para proclamar el fin del Exilio, cuando «se tocará el gran shofar, y vendrán los que estaban perdidos en la tierra de Ashur, y los que estaban desterrados en la tierra de Mitsraim, y adorarán a Adonái en el monte santo, en Yerushaláyim».

Cuando Dios ordenó al padre que desistiera de sacrificar a Yitsjak, Avraham dijo: «Un hombre prueba a otro porque no sabe lo que hay en el corazón de su prójimo. Pero Tú de cierto sabías que yo estaba dispuesto a sacrificar a mi hijo».

Dios: «Me era manifiesto, y lo sabía de antemano, que no me negarías ni siquiera tu alma».

Avraham: «¿Y por qué, entonces, me afligiste así?».

Dios: «Era mi deseo que el mundo llegara a conocerte, y supiera que no sin buena razón te he escogido de entre todas las naciones. Ahora ha quedado atestiguado ante los hombres que temes a Dios».

Con esto Dios abrió los cielos, y Avraham oyó las palabras: «¡Por Mí mismo juro!».

Avraham: «Tú juras, y también yo juro: no me apartaré de este altar hasta haber dicho lo que tengo que decir».

Dios: «¡Di cuanto tengas que decir!».

Avraham: «¿No me prometiste que harías salir uno de mis propias entrañas, cuya descendencia llenaría el mundo entero?».

Dios: «Sí».

Avraham: «¿A quién te referías?».

Dios: «A Yitsjak».

Avraham: «¿No me prometiste hacer mi descendencia tan numerosa como la arena de la orilla del mar?».

Dios: «Sí».

Avraham: «¿Por medio de cuál de mis hijos?».

Dios: «Por medio de Yitsjak».

Avraham: «Podría haberte reprochado, y haber dicho: Oh Señor del mundo, ayer me dijiste: Por Yitsjak será llamada tu descendencia, y ahora dices: Toma a tu hijo, tu único hijo, a Yitsjak, y ofrécelo en holocausto. Pero me contuve, y no dije nada. Así, cuando los hijos de Yitsjak cometan faltas y por ellas caigan en tiempos aciagos, acuérdate Tú de la ofrenda de su padre Yitsjak, y perdona sus pecados y líbralos de su sufrimiento».

Dios: «Has dicho lo que tenías que decir, y ahora Yo diré lo que tengo que decir. Tus hijos pecarán ante Mí en tiempos venideros, y me sentaré en juicio sobre ellos en el día de Año Nuevo. Si desean que les conceda perdón, tocarán el shofar en ese día, y Yo, acordándome del carnero que fue sustituido por Yitsjak como sacrificio, les perdonaré sus pecados».

Además, HaShem reveló a Avraham que el Templo, que se erigiría en el sitio de la ofrenda de Yitsjak, sería destruido; y así como el carnero sustituto de Yitsjak se soltó de un árbol para quedar atrapado en otro, así sus hijos pasarían de reino en reino: liberados de Bavel serían sometidos por Media, rescatados de Media serían esclavizados por Grecia, escapados de Grecia servirían a Roma; pero al fin serían redimidos en una redención final, al son del shofar, cuando «HaShem, Dios, tocará la trompeta, e irá con los torbellinos del sur».

El lugar sobre el cual Avraham había erigido el altar era el mismo en el que Adam había traído el primer sacrificio, y donde Káyin y Hével habían ofrecido sus dones a Dios; el mismo donde Nóaj levantó un altar a Dios después de salir del arca. Y Avraham, que sabía que era el lugar destinado al Templo, lo llamó Yiré, pues sería la morada del temor y del servicio de Dios. Pero como Shem le había dado el nombre de Shalem, Lugar de Paz, y Dios no quería agraviar ni a Avraham ni a Shem, unió los dos nombres, y llamó a la ciudad con el nombre de Yerushaláyim.

Después del sacrificio en el monte Moriá, Avraham regresó a Beer-Sheva, escenario de tantas de sus alegrías. Yitsjak fue llevado por ángeles al Paraíso, y allí residió tres años. Así, Avraham volvió a casa solo, y cuando Sará lo vio, exclamó: «El Satán dijo la verdad cuando dijo que Yitsjak había sido sacrificado», y tan afligida quedó su alma que huyó de su cuerpo.

La muerte y sepultura de Sará

Mientras Avraham estaba ocupado en el sacrificio, el Satán fue a Sará, y se le apareció en la figura de un anciano, muy humilde y manso, y le dijo: «¿No sabes todo lo que Avraham ha hecho hoy a tu único hijo? Tomó a Yitsjak, y edificó un altar, lo degolló, y lo ofreció en sacrificio. Yitsjak gritaba y lloraba ante su padre, pero él no lo miró, ni tuvo compasión de él». Después de decir estas palabras a Sará, el Satán se apartó de ella, y ella lo tuvo por un anciano de entre los hijos de los hombres que había estado con su hijo. Sará alzó su voz, y lloró amargamente, diciendo: «¡Oh, hijo mío, Yitsjak, hijo mío! ¡Ojalá hubiera muerto yo hoy en tu lugar! ¡Me duele por ti! Después de haberte criado y educado, mi gozo se convierte en duelo por ti. En mi anhelo de un hijo, clamé y oré, hasta que te di a luz a los noventa años. Ahora has servido hoy para el cuchillo y el fuego. Pero me consuelo, siendo palabra de Dios, y tú cumpliste el mandato de tu Dios, pues ¿quién puede transgredir la palabra de nuestro Dios, en cuyas manos está el alma de toda criatura viviente? Justo eres, oh HaShem, nuestro Dios, pues todas tus obras son buenas y rectas, pues yo también me alegro con la palabra que ordenaste, y mientras mi ojo llora amargamente, mi corazón se regocija». Y Sará reclinó su cabeza sobre el pecho de una de sus criadas, y quedó inmóvil como una piedra.

Se levantó después y anduvo haciendo averiguaciones acerca de su hijo, hasta que llegó a Jevrón, y nadie pudo decirle qué le había sucedido a su hijo. Sus siervos fueron a buscarlo en la casa de Shem y Éver, y no lo hallaron, y lo buscaron por toda la tierra, y no estaba allí. Y, he aquí, el Satán vino a Sará en la figura de un anciano, y le dijo: «Te hablé con falsedad, pues Avraham no mató a su hijo, y no está muerto». Y cuando oyó la palabra, su gozo fue tan sumamente violento que su alma se le fue de gozo.

Cuando Avraham con Yitsjak regresaron a Beer-Sheva, buscaron a Sará y no la hallaron, y cuando hicieron averiguaciones acerca de ella, les dijeron que había ido hasta Jevrón a buscarlos. Avraham y Yitsjak fueron a ella, a Jevrón, y cuando hallaron que estaba muerta, lloraron amargamente sobre ella, y Yitsjak dijo: «Oh, madre mía, madre mía, ¿cómo me has dejado, y adónde te has ido? Oh, ¿adónde te has ido, y cómo me has dejado?». Y Avraham y todos sus siervos lloraron y guardaron duelo por ella, un duelo grande y pesado, tanto que Avraham no oraba, sino que pasaba el tiempo en duelo y llanto por Sará. Y, en verdad, tenía gran razón para llorar su pérdida, pues aun en su vejez Sará había conservado la belleza de su juventud y la inocencia de su niñez.

La muerte de Sará fue una pérdida no solo para Avraham y su familia, sino para todo el país. Mientras ella vivió, todo iba bien en la tierra. Después de su muerte sobrevino la confusión. El llanto, las lamentaciones y los gemidos por su partida fueron universales, y Avraham, en lugar de recibir consuelo, tuvo que ofrecer consuelo a los demás. Habló a la gente que guardaba duelo, y dijo: «Hijos míos, no toméis demasiado a pecho la partida de Sará. Un mismo destino aguarda a todos, al piadoso y al impío por igual. Os ruego ahora, dadme un lugar de sepultura entre vosotros, no como regalo, sino por dinero».

En estas últimas palabras se expresaba la sencilla modestia de Avraham. Dios le había prometido toda la tierra, y sin embargo, cuando llegó a sepultar a su muerta, tuvo que pagar por la tumba, y no le entró en el corazón lanzar reproche alguno contra los caminos de Dios. Con toda humildad habló a la gente de Jevrón, diciendo: «Forastero y peregrino soy entre vosotros». Por eso le habló Dios, y dijo: «Te has comportado con modestia. Vives Tú, que te nombraré señor y príncipe sobre ellos».

A la gente misma les pareció un ángel, y respondieron a sus palabras, diciendo: «Príncipe de Dios eres entre nosotros. En el mejor de nuestros sepulcros sepulta a tu muerta, entre los ricos si quieres, o entre los pobres si quieres».

Avraham ante todo dio gracias a Dios por el sentimiento amistoso que le mostraron los hijos de Jet, y luego prosiguió sus negociaciones por la cueva de Majpelá. Desde hacía tiempo conocía el valor peculiar de aquel lugar. Adam lo había escogido como sepultura para sí mismo. Había temido que su cuerpo fuera usado para fines idolátricos después de su muerte; por eso designó la cueva de Majpelá como el lugar de su sepultura, y en las profundidades fue depositado su cadáver, para que nadie lo hallara. Cuando enterró allí a Javá, quiso cavar más hondo, porque percibía la dulce fragancia del Paraíso, cerca de cuya entrada se hallaba, pero una voz celestial le llamó: ¡Basta! El propio Adam fue sepultado allí por Shet, y hasta el tiempo de Avraham el lugar fue guardado por ángeles, que mantenían junto a él un fuego encendido perpetuamente, de modo que nadie osaba acercarse y sepultar allí a sus muertos. Ahora bien, sucedió el día en que Avraham recibió a los ángeles en su casa, y quiso degollar un buey para su convite, que el buey se escapó, y en su persecución de él Avraham entró en la cueva de Majpelá. Allí vio a Adam y a Javá tendidos sobre lechos, con velas ardiendo a la cabecera de sus lugares de reposo, mientras un dulce aroma impregnaba la cueva.

Por eso Avraham deseaba adquirir la cueva de Majpelá de los hijos de Jet, los habitantes de la ciudad de Yevús. Le dijeron: «Sabemos que en tiempos venideros Dios dará estas tierras a tu descendencia, y ahora jura tú un pacto con nosotros de que Israel no arrebatará la ciudad de Yevús a sus habitantes sin su consentimiento». Avraham accedió a la condición, y adquirió el campo de Efrón, en cuya posesión se hallaba.

Esto sucedió el mismo día en que Efrón había sido nombrado jefe de los hijos de Jet, y había sido elevado a esa posición para que Avraham no tuviera que tratar con un hombre de bajo rango. Fue también ventajoso para Avraham, pues Efrón al principio se negó a vender su campo, y solo la amenaza de los hijos de Jet de destituirlo de su cargo, a menos que cumpliera el deseo de Avraham, pudo inducirlo a cambiar de disposición.

Disimulando con engaño, Efrón ofreció entonces dar a Avraham el campo sin compensación, pero cuando Avraham insistió en pagarlo, Efrón dijo: «Señor mío, escúchame. Una parcela de tierra que vale cuatrocientos siclos de plata, ¿qué es eso entre tú y yo?», mostrando demasiado bien que el dinero era para él de la mayor importancia. Avraham comprendió sus palabras, y cuando fue a pagar el campo, pesó la suma convenida entre ellos en la mejor moneda corriente. Se redactó una escritura, firmada por cuatro testigos, y el campo de Efrón, que estaba en Majpelá, el campo, y la cueva que en él había, quedaron asegurados para Avraham y sus descendientes para siempre.

La sepultura de Sará tuvo lugar entonces, con gran magnificencia y la simpatía de todos. Shem y su hijo Éver, Avimélej rey de los filisteos, Aner, Eshcol y Mamré, así como todos los grandes de la tierra, siguieron su féretro. Se guardó por ella un duelo de siete días, y todos los habitantes de la tierra vinieron a dar el pésame a Avraham y a Yitsjak.

Cuando Avraham entró en la cueva para depositar allí el cuerpo de Sará, Adam y Javá se negaron a permanecer allí, «porque —dijeron—, tal como están las cosas, estamos avergonzados ante Dios a causa del pecado que cometimos, y ahora estaremos aún más avergonzados a causa de vuestras buenas obras». Avraham calmó a Adam. Le prometió orar a Dios por él, para que le fuera quitada la necesidad de avergonzarse. Adam volvió a ocupar su lugar, y Avraham sepultó a Sará, y al mismo tiempo llevó a Javá, que se resistía, de vuelta a su lugar.

Un año después de la muerte de Sará, también murió Avimélej rey de los filisteos, a la edad de ciento noventa y tres años. Su sucesor en el trono fue su hijo de doce años Benmélej, que tomó el nombre de su padre tras su ascensión. Avraham no dejó de hacer una visita de pésame en la corte de Avimélej.

Lot también murió por ese tiempo, a la edad de ciento cuarenta y dos años. Sus hijos, Moav y Amón, se casaron ambos con mujeres cananeas. Moav engendró un hijo, y Amón tuvo seis hijos, y los descendientes de ambos fueron sumamente numerosos.

Avraham sufrió por esos mismos días una grave pérdida con la muerte de su hermano Najor, cuyos días terminaron en Jarán, cuando había alcanzado la edad de ciento setenta y dos años.

La misión de Eliézer

La muerte de Sará asestó a Avraham un golpe del que no se recuperó. Mientras ella vivió, se sentía joven y vigoroso, pero después de que ella hubo partido, la vejez lo alcanzó de pronto. Fue él mismo quien pidió que la edad se delatara con signos y señales apropiadas. Antes del tiempo de Avraham un anciano no se distinguía externamente de un joven, y como Yitsjak era la imagen de su padre, ocurría con frecuencia que padre e hijo fueran confundidos el uno con el otro, y una petición dirigida al uno se hacía al otro. Avraham oró, por tanto, para que la vejez tuviera marcas que la distinguieran de la juventud, y Dios concedió su petición, y desde el tiempo de Avraham el aspecto de los hombres cambia en la vejez. Esta es una de las siete grandes maravillas que han ocurrido en el curso de la historia.

La bendición de Dios tampoco abandonó a Avraham en la vejez. Para que no se dijera que le había sido concedida solo por causa de Sará, Dios lo prosperó también después de la muerte de ella. Hagar le dio una hija, y Yishmael se arrepintió de sus malos caminos y se subordinó a Yitsjak. Y así como Avraham gozaba de una felicidad imperturbable en su familia, así también fuera, en el mundo. Los reyes del oriente y del occidente asediaban con avidez la puerta de su casa para sacar provecho de su sabiduría. De su cuello pendía una piedra preciosa, que poseía el poder de sanar a los enfermos que la miraban. A la muerte de Avraham, Dios la fijó a la rueda del sol. La mayor bendición de que gozó, y ninguno además de él sino su hijo Yitsjak y Yaakov el hijo de Yitsjak, fue que la inclinación al mal no tenía poder sobre él, de modo que en esta vida tuvo un anticipo del mundo venidero.

Pero todas estas bendiciones divinas derramadas sobre Avraham no eran inmerecidas. Era limpio de manos y puro de corazón, uno que no elevaba su alma a la vanidad.

Cumplió todos los mandatos que fueron revelados más tarde, incluso las prescripciones rabínicas, como, por ejemplo, la relativa a los límites del recorrido permitido en Shabat, por lo cual su recompensa fue que Dios le reveló las nuevas enseñanzas que Él exponía a diario en la academia celestial.

Pero una sola cosa faltaba para completar la felicidad de Avraham: el matrimonio de Yitsjak. Por eso llamó a su viejo siervo Eliézer ante sí. Eliézer se asemejaba a su amo no solo externamente, en su apariencia, sino también espiritualmente. Como Avraham, poseía pleno dominio sobre la inclinación al mal, y como el amo, el siervo era experto en la ley. Avraham habló a Eliézer estas palabras: «Estoy entrado en años, y no sé el día de mi muerte. Por tanto, prepárate, y ve a mi tierra, y a mi parentela, y trae de allí una mujer para mi hijo». Así habló a causa de la resolución que había tomado inmediatamente después del sacrificio de Yitsjak en Moriá, pues allí se había dicho dentro de sí que, si el sacrificio se hubiera ejecutado, Yitsjak habría partido de este mundo sin hijos. Estaba incluso dispuesto a escoger una mujer para su hijo de entre las hijas de sus tres amigos, Aner, Eshcol y Mamré, porque los sabía piadosos, y no daba mucha importancia al linaje aristocrático. Entonces le habló Dios, y dijo: «No te preocupes por una mujer para Yitsjak. Una ya ha sido provista para él», y le fue dado a conocer a Avraham que Milká, la mujer de su hermano Najor, sin hijos hasta el nacimiento de Yitsjak, había sido entonces recordada por Dios y hecha fecunda. Ella dio a luz a Betuel, y este, a su vez, en el tiempo del sacrificio de Yitsjak, engendró a la hija destinada a ser la mujer de Yitsjak.

Atento al proverbio «Aunque el trigo de tu propio lugar sea cizaña, úsalo para simiente», Avraham resolvió tomar una mujer para Yitsjak de su propia familia. Razonaba que, como cualquier mujer que escogiera tendría que hacerse prosélita, lo mejor sería usar su propia estirpe, que tenía sobre él el primer derecho.

Eliézer dijo entonces a su señor: —Tal vez ninguna mujer quiera seguirme hasta esta tierra. ¿Podré entonces casar a mi propia hija con Yitsjak? —No —respondió Avraham—, tú eres de la estirpe maldita, y mi hijo es de la estirpe bendita, y maldición y bendición no pueden unirse. Pero cuídate de no llevar a mi hijo de vuelta a la tierra de la que salí, pues si lo llevaras allá, sería como si lo llevaras al infierno. Dios, que pone los cielos en movimiento, Él enderezará también este asunto; y Aquel que me sacó de la casa de mi padre, y que me habló, y que me juró en Jarán y en el pacto de las partes que daría esta tierra a mi descendencia, Él enviará su ángel excelso delante de ti, y tomarás de allá una esposa para mi hijo. Eliézer juró entonces a su señor sobre el asunto, y Avraham le hizo prestar el juramento por la seña del pacto.

El cortejo de Rivká

Acompañado de diez hombres, montados sobre diez camellos cargados de joyas y alhajas, Eliézer se dirigió a Jarán bajo la escolta de dos ángeles: uno encargado de guardar a Eliézer, el otro de guardar a Rivká.

El viaje a Jarán no llevó más que unas pocas horas; al atardecer de ese mismo día llegó, porque la tierra se apresuró a su encuentro de un modo prodigioso. Hizo un alto en el pozo de agua, y rogó a Dios que le permitiera distinguir, entre las doncellas que venían a sacar agua, a la esposa destinada a Yitsjak, por esta señal: que ella sola, y no las otras, le diera de beber. A decir verdad, este deseo suyo era impropio, pues ¿y si le hubiera dado agua una esclava? Pero Dios le concedió su petición. Todas las doncellas dijeron que no podían darle de su agua, porque tenían que llevarla a casa. Entonces apareció Rivká, viniendo al pozo contra su costumbre, pues era hija de un rey —Betuel, su padre, era rey de Jarán—. Cuando Eliézer dirigió a esta niña joven e inocente su petición de agua para beber, no solo estuvo ella dispuesta a hacer lo que pedía, sino que reprendió a las demás muchachas por su descortesía con un extraño. Eliézer notó también cómo el agua subía hacia ella por sí sola desde el fondo del pozo, de modo que no tenía que esforzarse para sacarla. Habiéndola examinado con cuidado, quedó seguro de que era la esposa elegida para Yitsjak. Le dio un aro para la nariz, en el que había engastada una piedra preciosa de medio siclo de peso, que prefiguraba el medio siclo que sus descendientes habrían de traer un día al santuario año tras año. Le dio también dos brazaletes para las manos, de diez siclos de oro de peso, en señal de las dos tablas de piedra y los Diez Mandamientos grabados en ellas.

Cuando Rivká, portando las joyas, llegó a su madre y a su hermano Laván, este se apresuró hacia Eliézer con el fin de matarlo y apoderarse de sus bienes. Pronto comprendió Laván que no podría hacer mucho daño a un gigante como Eliézer. Lo halló en el momento en que Eliézer aferraba dos camellos y los cargaba a través del arroyo. Además, por el gran parecido de Eliézer con Avraham, Laván creyó tener a Avraham delante, y dijo: —¡Entra, bendito de HaShem! No conviene que te quedes fuera; he limpiado mi casa de ídolos.

Pero cuando Eliézer llegó a la casa de Betuel, trataron de matarlo con astucia. Le pusieron delante comida envenenada. Por fortuna, se negó a comer antes de haber cumplido su encargo. Mientras contaba su historia, Dios dispuso que el plato destinado a él fuera a quedar frente a Betuel, quien comió de él y murió.

Eliézer mostró el documento que llevaba, en el que Avraham legaba todas sus posesiones a Yitsjak, e hizo saber a los parientes de Avraham cuán hondamente apegado a ellos estaba su señor, a pesar de los largos años de separación. Sin embargo, les dio a entender al mismo tiempo que Avraham no dependía por completo de ellos: bien podía buscar esposa para su hijo entre las hijas de Yishmael o de Lot. Al principio los parientes de Avraham consintieron en dejar ir a Rivká con Eliézer, pero como Betuel había muerto entretanto, no querían dar a Rivká en matrimonio sin consultarla. Además, les parecía justo que se quedara en casa al menos durante la semana de duelo por su padre. Pero Eliézer, viendo al ángel esperarlo, no toleraba demora alguna, y dijo: —El hombre que vino conmigo y prosperó mi camino me espera fuera. Y como Rivká se declaró dispuesta a partir de inmediato con Eliézer, su madre y su hermano accedieron a su deseo y la despidieron con sus bendiciones. Pero sus bendiciones no salían del fondo del corazón. En efecto, por regla general, la bendición de los impíos es una maldición, y por eso Rivká permaneció estéril durante años.

El regreso de Eliézer a Kena’an fue tan prodigioso como lo había sido su ida a Jarán. Un viaje de diecisiete días lo cumplió en tres horas. Salió de Jarán a mediodía y llegó a Jevrón a las tres de la tarde, la hora de la oración de Minjá, que había sido instituida por Yitsjak. Estaba en actitud de orar cuando Rivká posó por primera vez los ojos en él, y por eso preguntó a Eliézer quién era ese hombre. Vio que no era una persona corriente. Notó la belleza inusitada de Yitsjak, y también que un ángel lo acompañaba. Así, su pregunta no nacía de mera curiosidad. En ese momento supo, por el espíritu santo, que estaba destinada a ser la madre del impío Esav. El terror se apoderó de ella al saberlo y, temblando, cayó del camello y se hizo una herida.

Después de que Yitsjak oyera las prodigiosas aventuras de Eliézer, llevó a Rivká a la tienda de su madre Sará, y ella se mostró digna de sucederla. Volvió a aparecer la nube que había sido visible sobre la tienda durante la vida de Sará y que se había esfumado a su muerte; volvió a brillar en la tienda de Rivká la luz que Sará había encendido a la llegada del Shabat y que había ardido milagrosamente durante toda la semana; volvió con Rivká la bendición que había reposado sobre la masa amasada por Sará; y las puertas de la tienda se abrieron para los necesitados, anchas y espaciosas, como lo habían sido en vida de Sará.

Durante tres años Yitsjak había guardado duelo por su madre, y no hallaba consuelo en la academia de Shem y Éver, su morada durante ese tiempo. Pero Rivká lo consoló tras la muerte de su madre, pues era el reflejo de Sará en persona y en espíritu.

Como recompensa por haber ejecutado a plena satisfacción la misión que le había encomendado, Avraham dio la libertad a su siervo. La maldición que pesaba sobre Eliézer, como sobre todos los descendientes de Kena’an, se transformó en bendición, porque había servido a Avraham con lealtad. Y la mayor recompensa de todas: Dios lo halló digno de entrar vivo al Paraíso, distinción que cupo a muy pocos.

Los últimos años de Avraham

Rivká vio a Yitsjak por primera vez cuando venía del camino de Beer-lajai-roi, la morada de Hagar, adonde él había ido tras la muerte de su madre con el propósito de reunir a su padre con Hagar —o, como también se la llama, Keturá—.

Hagar le dio seis hijos que, sin embargo, poca honra hicieron a su padre, pues todos eran idólatras. Por eso Avraham, aún en vida, los apartó de la presencia de Yitsjak, para que no se quemaran con la llama de Yitsjak, y les dio instrucción de viajar hacia el oriente lo más lejos posible. Allí les edificó una ciudad, rodeada de un muro de hierro tan alto que el sol no podía alumbrar dentro de la ciudad. Pero Avraham los proveyó de enormes gemas y perlas, de brillo más resplandeciente que la luz del sol, que se usarán en el tiempo mesiánico, cuando «la luna se avergonzará y el sol se cubrirá de rubor». También les enseñó Avraham el arte negro, con el que dominaban demonios y espíritus. Es de esta ciudad del oriente de donde Laván, Bilam y Beor, el padre de Bilam, sacaron sus hechicerías.

Éfer, uno de los nietos de Avraham y Keturá, invadió Libia con una fuerza armada y se apoderó del país. De este Éfer toma su nombre toda la tierra de África. Aram es también un país hecho habitable por un pariente de Avraham. En su vejez, Téraj contrajo nuevo matrimonio con Pelilá, y de esta unión brotó un hijo, Zobá, que a su vez fue padre de tres hijos. El mayor de estos, Aram, era en extremo rico y poderoso, y el viejo hogar de Jarán no bastaba para él y sus parientes, los hijos de Najor, el hermano de Avraham. Por eso Aram, con sus hermanos y todo lo que le pertenecía, partió de Jarán, y se establecieron en un valle, y allí se edificaron una ciudad que llamaron Aram-Zobá, para perpetuar el nombre del padre y de su primogénito. Otra Aram, Aram-naharaim, sobre el Éufrates, fue edificada por Aram, hijo de Kemuel, sobrino de Avraham. Su verdadero nombre era Petor, por el hijo de Aram, pero se la conoce mejor como Aram-naharaim. Los descendientes de Késed, otro sobrino de Avraham, hijo de su hermano Najor, se asentaron frente a Shinar, donde fundaron la ciudad de Késed, la ciudad por la cual a los caldeos se los llama kasdim.

Aunque Avraham sabía muy bien que Yitsjak merecía su bendición paterna por encima de todos sus hijos, se la negó, para que no se despertaran sentimientos de hostilidad entre sus descendientes. Habló, y dijo: —No soy más que carne y sangre, hoy aquí, mañana en la tumba. Lo que pude hacer por mis hijos, lo he hecho. En adelante, que venga lo que Dios quiera hacer en su mundo. Y sucedió que, inmediatamente después de la muerte de Avraham, Dios mismo se apareció a Yitsjak y le dio su bendición.

Un heraldo de la muerte

Cuando se acercó el día de la muerte de Avraham, HaShem dijo a Mijael: —Levántate y ve a Avraham y dile: «Has de partir de la vida». Así podría poner en orden su casa antes de morir. Y Mijael fue y llegó a Avraham y lo halló sentado ante sus bueyes de labranza. Avraham, al ver a Mijael, pero sin saber quién era, lo saludó y le dijo: —Siéntate un momento, y mandaré que traigan una bestia, e iremos a mi casa, para que descanses conmigo, pues cae la tarde; levántate por la mañana y ve adonde quieras. Y Avraham llamó a uno de sus siervos y le dijo: —Ve y tráeme una bestia, para que el forastero se siente sobre ella, pues está fatigado de su viaje. Pero Mijael dijo: —Me abstengo de sentarme jamás sobre bestia de cuatro patas; caminemos, pues, hasta llegar a la casa.

De camino a la casa pasaron junto a un árbol enorme, y Avraham oyó una voz que cantaba entre sus ramas: «Santo eres, porque has guardado el propósito para el que fuiste enviado». Avraham escondió el misterio en su corazón, pensando que el forastero no lo había oído. Llegado a su casa, ordenó a los siervos que prepararan una comida, y mientras ellos se ocupaban de su labor, llamó a su hijo Yitsjak y le dijo: —Levántate y pon agua en la vasija, para que lavemos los pies del forastero. Y él la trajo como se le había ordenado, y Avraham dijo: —Presiento que en esta jofaina nunca más lavaré los pies de ningún hombre que venga a nosotros como huésped. Al oír esto, Yitsjak se echó a llorar, y Avraham, al ver llorar a su hijo, también lloró, y Mijael, al verlos llorar, lloró también, y las lágrimas de Mijael cayeron en el agua y se volvieron piedras preciosas.

Antes de sentarse a la mesa, Mijael se levantó, salió un momento como para aliviar su cuerpo, y ascendió al cielo en un abrir y cerrar de ojos, y se presentó ante HaShem, y le dijo: —Señor y Dueño, sepa tu poder que no soy capaz de recordarle su muerte a ese hombre justo, pues no he visto sobre la tierra un hombre como él: compasivo, hospitalario, justo, veraz, devoto, que se abstiene de toda mala obra. Entonces HaShem dijo a Mijael: —Baja a mi amigo Avraham, y todo lo que él te diga, hazlo tú también, y todo lo que él coma, come tú también con él, y yo pondré el pensamiento de la muerte de Avraham en el corazón de Yitsjak, su hijo, en un sueño, y Yitsjak contará el sueño, y tú lo interpretarás, y él mismo conocerá su fin. Y Mijael dijo: —Señor, todos los espíritus celestiales son incorpóreos, y ni comen ni beben, y este hombre ha puesto delante de mí una mesa con abundancia de todas las cosas buenas, terrenales y corruptibles. Ahora, Señor, ¿qué haré? HaShem le respondió: —Baja a él y no te preocupes por esto, pues cuando te sientes con él, enviaré sobre ti un espíritu devorador, y consumirá de tus manos y por tu boca todo lo que haya en la mesa.

Entonces Mijael entró en la casa de Avraham, y comieron y bebieron y se alegraron. Y cuando terminó la cena, Avraham oró según su costumbre, y Mijael oró con él, y cada uno se recostó a dormir en su lecho en una misma habitación, mientras Yitsjak se fue a su cámara para no importunar al huésped. Hacia la séptima hora de la noche, Yitsjak despertó y vino a la puerta de la cámara de su padre, gritando y diciendo: —Abre, padre, para que te toque antes de que te lleven lejos de mí. Y Avraham lloró junto con su hijo, y cuando Mijael los vio llorar, lloró igualmente. Y Sará, al oír el llanto, llamó desde su alcoba, diciendo: —Mi señor Avraham, ¿por qué este llanto? ¿Te ha dicho el forastero que Lot, el hijo del hermano tuyo, ha muerto? ¿O nos ha sobrevenido algo? Mijael respondió y le dijo: —No, hermana mía Sará, no es como dices, sino que tu hijo Yitsjak, según creo, tuvo un sueño y vino a nosotros llorando, y nosotros, al verlo, nos conmovimos en el corazón y lloramos. Sará, al oír hablar a Mijael, supo de inmediato que era un ángel de HaShem, uno de los tres ángeles que habían hospedado en su casa una vez antes, y por eso hizo una seña a Avraham para que saliera hacia la puerta, a fin de informarle de lo que sabía. Avraham dijo: —Bien lo has percibido, pues yo también, cuando le lavé los pies, supe en mi corazón que eran los pies que había lavado junto al encinar de Mamré, y que fueron a salvar a Lot. Avraham, al volver a su cámara, hizo que Yitsjak contara su sueño, que Mijael les interpretó, diciendo: —Tu hijo Yitsjak ha dicho la verdad, pues has de ir y ser elevado a los cielos, pero tu cuerpo permanecerá en la tierra hasta que se cumplan siete mil edades, pues entonces toda carne resucitará. Ahora, pues, Avraham, pon tu casa en orden, porque has oído lo que está decretado acerca de ti. Avraham respondió: —Ahora sé que eres un ángel de HaShem, y que fuiste enviado a tomar mi alma, pero no iré contigo; haz tú lo que se te ha mandado. Mijael volvió al cielo y contó a Dios la negativa de Avraham a obedecer su llamado, y de nuevo se le ordenó bajar y amonestar a Avraham a que no se rebelara contra Dios, que le había concedido muchas bendiciones, y le recordó que nadie que haya venido de Adam y de Javá puede escapar de la muerte, y que Dios, en su gran bondad hacia él, no había permitido que la hoz de la muerte lo alcanzara, sino que le había enviado a su capitán principal, Mijael. —¿Por qué, entonces —concluyó—, has dicho al capitán principal: «No iré contigo»? Cuando Mijael dirigió estas exhortaciones a Avraham, este vio que era inútil oponerse a la voluntad de Dios, y consintió en morir, pero deseó que se le cumpliera un deseo mientras aún estaba vivo. Dijo a Mijael: —Te ruego, señor, si he de partir de mi cuerpo, deseo ser elevado en mi cuerpo, para ver las criaturas que HaShem ha creado en el cielo y en la tierra. Mijael subió al cielo y habló ante HaShem acerca de Avraham, y HaShem respondió a Mijael: —Ve y eleva a Avraham en el cuerpo y muéstrale todas las cosas, y todo lo que él te diga, hazle como a mi amigo.

Avraham contempla la tierra y el cielo

El arcángel Mijael descendió y tomó a Avraham sobre un carro de los querubines, y lo elevó por el aire del cielo, y lo condujo sobre la nube, junto con sesenta ángeles, y Avraham ascendió sobre el carro por encima de toda la tierra, y vio todas las cosas que hay abajo en la tierra, tanto las buenas como las malas. Mirando hacia abajo, a la tierra, vio a un hombre cometiendo adulterio con una mujer casada, y volviéndose hacia Mijael dijo: —Envía fuego del cielo para consumirlos. Al instante bajó fuego y los consumió, pues Dios había ordenado a Mijael que hiciera cualquier cosa que Avraham le pidiera. Volvió a mirar y vio ladrones horadando una casa, y Avraham dijo: —Que salgan fieras del desierto y los despedacen. Y de inmediato salieron fieras del desierto y los devoraron. De nuevo miró hacia abajo, y vio a gentes disponiéndose a cometer un asesinato, y dijo: —Que se abra la tierra y los trague. Y, mientras hablaba, la tierra los tragó vivos. Entonces Dios habló a Mijael: —Aparta a Avraham hacia su propia casa y no lo dejes recorrer toda la tierra, porque no tiene compasión de los pecadores, mas yo tengo compasión de los pecadores, para que se vuelvan y vivan y se arrepientan de sus pecados, y sean salvados.

Así pues, Mijael dio vuelta al carro y llevó a Avraham al lugar del juicio de todas las almas. Allí vio dos puertas, una ancha y otra estrecha; la puerta estrecha, la de los justos, que conduce a la vida —los que entran por ella van al Paraíso—. La puerta ancha es la de los pecadores, que lleva a la perdición y al castigo eterno. Entonces Avraham lloró, diciendo: —¡Ay de mí!, ¿qué haré? Pues soy un hombre de gran cuerpo, ¿y cómo podré entrar por la puerta estrecha? Mijael respondió y dijo a Avraham: —No temas ni te aflijas, pues por ella entrarás sin estorbo, y todos los que son como tú. Avraham, al percibir que un alma había sido sentenciada a quedar en el medio, preguntó a Mijael la razón de ello, y Mijael respondió: —Porque el juez halló iguales sus pecados y su justicia, no la entregó al juicio ni a la salvación. Avraham dijo a Mijael: —Oremos por esta alma, y veamos si Dios nos escucha. Y cuando se levantaron de su oración, Mijael informó a Avraham que el alma se había salvado por la oración, y que un ángel la había tomado y llevado arriba, al Paraíso. Avraham dijo a Mijael: —Invoquemos aún a HaShem y supliquemos su compasión e imploremos su misericordia por las almas de los pecadores a quienes yo antes, en mi ira, maldije y destruí, a quienes la tierra tragó, y las fieras despedazaron, y el fuego consumió, por mis palabras. Ahora sé que he pecado ante HaShem, nuestro Dios.

Tras la oración conjunta del arcángel y de Avraham, vino una voz del cielo, diciendo: —Avraham, Avraham, he escuchado tu voz y tu oración, y te perdono tu pecado, y a aquellos que tú crees que destruí, los he llamado de nuevo y los he traído a la vida por mi inmensa bondad, porque por un tiempo les he dado su merecido en juicio; mas a aquellos que destruyo cuando viven sobre la tierra, no se los cobraré en la muerte.

Cuando Mijael trajo a Avraham de vuelta a su casa, hallaron a Sará muerta. Al no ver qué había sido de Avraham, la consumió el dolor y entregó su alma. Aunque Mijael había cumplido el deseo de Avraham, y le había mostrado toda la tierra y el juicio y la recompensa, este aún se negaba a entregar su alma a Mijael, y el arcángel volvió a ascender al cielo, y dijo a HaShem: —Así habla Avraham: «No iré contigo»; y me abstengo de poner mis manos sobre él, porque desde el principio fue tu amigo, y ha hecho todo cuanto agrada a tus ojos. No hay hombre como él sobre la tierra, ni siquiera Iyov, el hombre admirable. Pero cuando se acercó el día de la muerte de Avraham, Dios ordenó a Mijael que ataviara a la Muerte con gran hermosura y la enviara así a Avraham, para que la viera con sus ojos.

Mientras estaba sentado bajo el encinar de Mamré, Avraham percibió un destello de luz y un olor de suave fragancia, y volviéndose vio a la Muerte que venía hacia él con gran gloria y hermosura. Y la Muerte dijo a Avraham: —No pienses, Avraham, que esta hermosura es mía, ni que así vengo a todo hombre. No; sino que, si alguien es justo como tú, tomo así una corona y vengo a él; pero si es pecador, vengo con gran corrupción, y de sus pecados hago una corona para mi cabeza, y los sacudo con gran espanto, de modo que quedan consternados. Avraham le dijo: —¿Y eres tú, en verdad, el que se llama Muerte? Ella respondió y dijo: —Yo soy el nombre amargo. Pero Avraham respondió: —No iré contigo. Y Avraham dijo a la Muerte: —Muéstranos tu corrupción. Y la Muerte reveló su corrupción, mostrando dos cabezas: una tenía el rostro de una serpiente, la otra cabeza era como una espada. Todos los siervos de Avraham, al mirar el feroz semblante de la Muerte, murieron, pero Avraham oró a HaShem, y los resucitó. Como la mirada de la Muerte no logró hacer que el alma de Avraham partiera de él, Dios apartó el alma de Avraham como en un sueño, y el arcángel Mijael la elevó al cielo. Después de que los ángeles que llevaban el alma de Avraham hubieran tributado gran alabanza y gloria a HaShem, y después de que Avraham se inclinara en adoración, vino entonces la voz de Dios, diciendo así: —Lleva a mi amigo Avraham al Paraíso, donde están las moradas de mis justos y las estancias de mis santos Yitsjak y Yaakov en su seno, donde no hay pena, ni aflicción, ni gemido, sino paz y regocijo y vida sin fin.

La actividad de Avraham no cesó con su muerte, y así como en este mundo intercedió por los pecadores, así intercederá por ellos en el mundo venidero. En el día del juicio se sentará a la puerta del infierno, y no permitirá que entren allí quienes guardaron la ley de la circuncisión.

El patrono de Jevrón

Érase una vez unos judíos que vivían en Jevrón, pocos en número, pero piadosos y buenos, y particularmente hospitalarios. Cuando venían forasteros a la cueva de Majpelá a orar allí, los habitantes del lugar reñían de veras entre sí por el privilegio de agasajar a los huéspedes, y el que se alzaba con la victoria se regocijaba como si hubiera hallado un gran botín.

En la víspera de Yom Kipur resultó que, a pesar de todos sus esfuerzos, los moradores de Jevrón no lograban reunir al décimo hombre necesario para el servicio divino público, y temían quedarse sin él en el día santo. Hacia el atardecer, cuando el sol estaba a punto de ponerse, divisaron a un anciano de barba blanca como la plata, que llevaba un saco al hombro, la ropa hecha jirones y los pies muy hinchados de tanto caminar. Corrieron a su encuentro, lo llevaron a una de las casas, le dieron comida y bebida y, tras proveerlo de nuevas vestiduras blancas, fueron todos juntos a la sinagoga para el rezo. Preguntado por su nombre, el forastero respondió: Avraham.

Al terminar el ayuno, los residentes de Jevrón echaron suertes por el privilegio de agasajar al huésped. La fortuna favoreció al bedel, quien, para envidia de los demás, se llevó a su huésped a su casa. En el camino, este desapareció de repente, y el bedel no pudo hallarlo por ninguna parte. En vano salieron todos los judíos del lugar a buscarlo. Su noche en vela, pasada en la búsqueda, no dio resultado. Al forastero no se lo pudo encontrar. Pero apenas se hubo acostado el bedel, hacia la mañana, cansado y angustiado, para arrancar algo de sueño, vio ante sí al huésped perdido, el rostro luminoso como el relámpago, y las vestiduras magníficas y tachonadas de gemas radiantes como el sol. Antes de que el bedel, pasmado de miedo, pudiera abrir la boca, el forastero habló y dijo: —Yo soy Avraham el hebreo, vuestro antepasado, que reposa aquí en la cueva de Majpelá. Cuando vi cuán afligidos estabais por no tener el número de hombres prescrito para un servicio público, salí hacia vosotros. ¡No temáis! ¡Alegraos y sea alegre vuestro corazón!

En otra ocasión, Avraham concedió su auxilio al pueblo de Jevrón. El señor de la ciudad era un hombre desalmado, que oprimía duramente a los judíos. Un día les ordenó pagar una gran suma de dinero a sus arcas, la suma entera en monedas uniformes, todas acuñadas con el mismo año. No era más que un pretexto para matar a los judíos. Sabía que su exigencia era imposible de cumplir.

Los judíos proclamaron un ayuno y día de oración pública, en el que suplicar a Dios que apartara la espada suspendida sobre ellos. La noche siguiente, el bedel vio en sueños a un anciano imponente, que se dirigió a él con estas palabras: —¡Arriba, deprisa! Corre a la puerta del patio, donde yace el dinero que necesitáis. Yo soy vuestro padre Avraham. He contemplado la aflicción con que los gentiles os oprimen, pero Dios ha oído vuestros gemidos. Con gran terror se levantó el bedel, pero no vio a nadie; aun así, fue al sitio señalado por la visión, y halló el dinero y lo llevó a la congregación, contando su sueño al mismo tiempo. Asombrados, contaron el oro: exactamente la cantidad que les exigía el príncipe, ni más ni menos. Le entregaron la suma, y aquel que había tenido por imposible el cumplimiento de su exigencia reconoció ahora que Dios está con los judíos, y desde entonces hallaron gracia a sus ojos.