Prefacio

Was sich nie und nirgends hat begeben, das allein veraltet nie.

El término «rabínica» fue aplicado a la literatura judía de los tiempos posbíblicos por quienes concebían el judaísmo de la época tardía como algo distinto del judaísmo de la Biblia, algo en realidad opuesto a él. Tales observadores sostenían que la nación judía dejó de existir en el momento en que su independencia política fue destruida. Para ellos, el judaísmo de la época tardía ha sido un judaísmo de la Sinagoga, cuyos portavoces han sido los eruditos, los rabinos. Y lo que produjo esta fase del judaísmo lo han considerado producto de las escuelas más que producto de la vida práctica y palpitante. Fantasmagorías poéticas —a menudo los desvaríos de visionarios enfermizos— son el material con que estos eruditos construyen el sistema teológico de los rabinos; y los cuentos de hadas, creaciones espontáneas del pueblo que en la literatura judía toman la forma de leyenda sagrada, se denominan exégesis escrituraria de los rabinos y se condenan sin más como nugae rabbinorum.

Así como el nombre de un hombre se le adhiere, los hombres se adhieren a los nombres. Para el salvaje primitivo, el nombre es parte de la esencia de una persona o de una cosa, y aun en las etapas más avanzadas de la cultura los juicios no siempre se forman de acuerdo con los hechos tal como son, sino más bien según los nombres con que se los designa. La estimación corriente de la literatura rabínica es un caso al respecto. Con la etiqueta «rabínica», las edades posteriores heredaron de las anteriores cierta visión distorsionada de la literatura así designada. Hasta el día de hoy, e incluso entre los eruditos que abordan su investigación con mente libre de prejuicios, prevalece la opinión de que se trata de un producto puramente erudito. Y sin embargo, la verdad es que el rasgo más destacado de la literatura rabínica es su carácter popular.

La escuela y el hogar no se oponen mutuamente en la concepción de los judíos. Estudian en sus hogares y viven en sus escuelas. Del mismo modo, no hay entre ellos una clase distinta de eruditos, una clase que se retire de la participación en los asuntos de la vida práctica. Aun en el dominio de la halajá, los rabinos no se ocupaban tanto de los principios teóricos del derecho como de los fenómenos concretos de la existencia cotidiana. A estos buscaban asir y dar forma. Y lo que es cierto de la halajá lo es con mayor énfasis de la agadá, que es popular en el doble sentido de apelar al pueblo y de ser producida en lo esencial por el pueblo. Hablar de la agadá de los tanaím y los amoraím es tan ajeno a los hechos como hablar de las leyendas de Shakespeare y Scott. Los autores antiguos y sus hermanos modernos del gremio elaboran por igual el material legendario que hallaron a mano.

Algunos han sostenido que la agadá no contiene leyendas populares, que es por entero un producto artificial y académico. Una mirada somera a la literatura seudoepigráfica de los judíos —más antigua que la literatura agádica por varios siglos— muestra cuán insostenible es esta opinión. Que una literatura haya bebido de la otra queda descartado por los hechos históricos. En época muy temprana la Sinagoga renegó de la literatura seudoepigráfica, que era la lectura predilecta de los sectarios y los cristianos. No obstante, la relación interna entre ambas es de la índole más estrecha. La única diferencia esencial es que en la agadá prevalece la forma midráshica, y en los seudoepígrafos la forma parenética o apocalíptica. El elemento común debe, por tanto, ser distinto del midrash por un lado y de la parénesis por el otro.

El folclore, los cuentos de hadas, las leyendas y todas las formas de relato afines a estas se comprenden, en la terminología de la literatura posbíblica de los judíos, bajo la descripción abarcadora de agadá, un nombre que puede explicarse mediante un rodeo, pero no traducirse. Aquello a lo que se aplica queda caracterizado, primero, como derivado de las Sagradas Escrituras, y luego, como de la naturaleza de un relato. Y, de hecho, este dualismo resume los rasgos distintivos de la leyenda judía. Hace más de dieciocho siglos, el historiador judío Josefo observó que «aunque se nos prive de nuestra riqueza, de nuestras ciudades o de las demás ventajas que tenemos, nuestra ley permanece inmortal». La palabra que quería usar no era ley, sino Torá, solo que no pudo hallar un equivalente para ella en griego. Un cantor de la Sinagoga, mil años después de Josefo, que expresó sus sentimientos en hebreo, formuló el mismo pensamiento: «La Ciudad Santa y todas sus ciudades hijas están profanadas, yacen en ruinas, despojadas de sus ornamentos, su esplendor oscurecido a la vista. Nada nos queda salvo un solo tesoro eterno: la santa Torá». Cuanto más triste era la vida del pueblo judío, más sentía la necesidad de refugiarse en su pasado. La Escritura —o, para usar el término judío, la Torá— era el único vestigio de su antigua independencia nacional, y la Torá era el medio mágico de hacer que una realidad sórdida retrocediera ante un recuerdo glorioso. A la Escritura se le asignó la tarea de nutrir tanto la mente como el alma, tanto el intelecto como la imaginación, y el resultado son la halajá y la agadá.

La fantasía del pueblo no se extinguió en el tiempo posbíblico, pero la inclinación de su actividad quedó determinada por el pasado.

Los hombres ansiaban entretenimiento en los tiempos posteriores tanto como en los primeros, solo que, en lugar de recurrir para su materia a lo que ocurría ante sus ojos, bebían del manantial del pasado. Los sucesos de la historia antigua de Israel —que no solo se estudiaba, sino que se revivía a diario— estimulaban el deseo de juzgarla. Las reflexiones religiosas sobre la naturaleza consignadas en los mitos del pueblo, los cuentos de hadas —cuyo único objeto es agradar— y las leyendas —que son el veredicto del pueblo sobre la historia—: todo ello se fundió en un solo producto. La fantasía del pueblo judío estaba absorta en el pasado reflejado en la Biblia, y por esta razón todas sus creaciones llevan un tinte bíblico. Esto explica la forma peculiar de la agadá.

Pero lo que el pueblo produce espontáneamente a menudo se conserva solo en la forma que le imprimen el sentimiento y el pensamiento del poeta, o las especulaciones de los eruditos. También las leyendas judías rara vez se han transmitido en su forma original. Se han perpetuado en la forma del midrash, es decir, la exégesis escrituraria. Los maestros de la agadá, llamados en el Talmud Rabbanan d'Aggadta, no eran folcloristas, de quienes cabría esperar una reproducción fiel del material legendario. Eran ante todo homiletas, que usaban las leyendas con fines didácticos, y su objetivo principal era establecer una estrecha conexión entre la Escritura y las creaciones de la fantasía popular, dar a estas una base firme y asegurarles un largo período de vida.

Una de las tareas más importantes de la investigación moderna de la agadá es hacer una separación limpia entre los elementos originales y las adiciones eruditas posteriores. Apenas se ha dado un comienzo en esta dirección. Pero mientras no se haya llevado a cabo la tarea de distinguirlos, es imposible poner por escrito las leyendas bíblicas de los judíos sin incluir la obra suplementaria de los eruditos en los productos de la fantasía popular.

En la presente obra, «Las Leyendas de los Judíos», he hecho el primer intento de reunir de las fuentes originales todas las leyendas judías, en la medida en que se refieren a personajes y sucesos bíblicos, y de reproducirlas con la mayor completitud y exactitud alcanzables. Uso la expresión «judías», más que «rabínicas», porque las fuentes de las que he recaudado aportes no se limitan a la literatura rabínica. Como espero tener ocasión de entrar en otra parte en una descripción detallada de las fuentes, los siguientes datos han de bastar por ahora.

Las obras de la literatura talmúdico-midráshica son de primera importancia. Abarcando el período del siglo segundo al decimocuarto, contienen la mayor parte del material legendario judío. Afín a esto en el contenido, si no siempre en la forma, es lo derivado de los Targumim, cuyas versiones más antiguas no se produjeron antes del siglo cuarto, y las más recientes no después del décimo. La literatura midráshica se ha conservado solo en forma fragmentaria. Muchas agadot que no se encuentran en nuestras colecciones existentes son citadas por los autores de la Edad Media. En consecuencia, un número nada desdeñable de las leyendas aquí impresas está tomado de comentaristas bíblicos y homiletas medievales. Tuve la fortuna de poder valerme también de fragmentos de midrashim de los que solo subsisten copias manuscritas.

Las obras de la Cábala más antigua son igualmente tesoros de citas de midrashim perdidos, y fue entre los cabalistas, y más tarde entre los jasidim, donde surgieron nuevas leyendas. Las literaturas producidas en estos dos círculos son, por tanto, de gran importancia para el presente propósito.

Además, las leyendas judías pueden espigarse no solo en los escritos de la Sinagoga; aparecen también en los de la Iglesia. Ciertas obras judías repudiadas por la Sinagoga fueron acogidas y amparadas por la Iglesia. Es la literatura que suele denominarse apócrifo-seudoepigráfica. Desde el punto de vista de las leyendas, los libros apócrifos son de importancia subordinada, mientras que los seudoepígrafos son de valor fundamental. Aun cuantitativamente, estos últimos son una masa imponente. Además de los escritos griegos de los judíos helenistas, contienen productos latinos, sirios, etíopes, arameos, árabes, persas y eslavos antiguos, traducidos directa o indirectamente de obras judías de origen palestinense o helenístico. El uso de estos seudoepígrafos exige gran cautela. Casi todos ellos están adornados con interpolaciones cristianas, y en algunos casos las porciones insertadas han sofocado la forma original tan por completo que resulta imposible determinar a primera vista si lo que se examina es una leyenda judía o una cristiana. Creo, sin embargo, que el material seudoepigráfico del que me he servido es judío más allá de toda duda, y por ello no podía dejarse fuera de consideración en una obra como la presente.

No obstante, en la apreciación de las leyendas judías, son los escritores rabínicos los que deben constituir el punto de partida, y no los seudoepígrafos. Los primeros representan la corriente principal del pensamiento y el sentimiento judíos; los segundos, solo una corriente subterránea. Si la Sinagoga expulsó los seudoepígrafos y la Iglesia los adoptó con gran muestra de favor, estas respectivas actitudes no se determinaron de manera arbitraria ni por azar. Los seudoepígrafos se originaron en círculos que albergaban los gérmenes de los que más tarde se desarrolló el cristianismo. La Iglesia pudo así apropiárselos como suyos con razón justa.

En el uso de algunos de los escritos apócrifos y seudoepigráficos, me pareció conveniente citar las traducciones inglesas que otros hicieron de ellos, en la medida en que podían armonizarse con el estilo general del libro, propósito para el cual me permití la libertad de leves cambios verbales. En los pormenores me guié, naturalmente, por mi propia concepción del tema, que las Notas justifican en detalle.

Además de los seudoepígrafos, hay otras fuentes judías con ropaje cristiano. En la rica literatura de los Padres de la Iglesia yace embalsamada más de una leyenda judía que en vano se buscaría en los libros judíos. Fue, por tanto, mi especial empeño usar los escritos de los Padres hasta donde fue posible.

La lujuriante abundancia del material por presentar hizo imposible dar una versión literal de cada leyenda. Ello habría requerido más del triple del espacio de que dispongo. Solo puedo, por tanto, reivindicar la completitud de mi obra en cuanto al contenido. En la forma, hubo de sufrir recortes. Cuando existían varias versiones en conflicto de una misma leyenda, di solo una en el texto, reservando la otra —o las otras varias— para las Notas, o bien, cuando resultaba practicable, se fundieron en una leyenda típica cuyas partes componentes se analizan en las Notas. En otros casos recurrí al expediente de citar una versión en un lugar y las demás en otros lugares apropiados, en aras de mi propósito de dar una presentación fluida del asunto, con las menos interrupciones posibles al curso del relato. Por esta razón evité frases de transición como «Algunos dicen», «Se ha sostenido», etc. Que mi método a veces separe cosas que van juntas no puede considerarse una desventaja grave, ya que el Índice al final de la obra presentará una reordenación lógica del material en beneficio del estudiante interesado. Tampoco vacilé en tratar del mismo personaje en distintos capítulos, como, por ejemplo, muchas de las leyendas relativas a Yaakov: las conectadas con los últimos años del Patriarca no aparecen en el capítulo que lleva su nombre, sino que se hallarán en las secciones dedicadas a Yosef, por la razón de que, una vez que el hijo entra en escena, se convierte en la figura central, a la cual quedan subordinados la vida y los hechos del padre. Asimismo, en consideración a la falta de espacio, hubo que omitir los relatos bíblicos que subyacen a las leyendas —sin duda no una omisión grave en un tema cuyo amplio conocimiento puede presuponerse como cosa natural.

Como tercera consecuencia de la amplitud del material, se juzgó aconsejable dividirlo en varios volúmenes. Las referencias, las explicaciones de las fuentes usadas y las interpretaciones dadas, y, en especial, numerosas enmiendas del texto de los midrashim y los seudoepígrafos —que determinaron mi concepción de los pasajes así enmendados— se hallarán en el último volumen, el cuarto, que contendrá también una Introducción a la Historia de las Leyendas Judías, cierto número de Excursos y el Índice.

Como los tres primeros volúmenes están en manos del impresor casi por entero, me atrevo a expresar la esperanza de que la obra completa aparezca dentro de un plazo mensurable, siguiéndose las partes unas a otras a breves intervalos.

LOUIS GINZBERG.

Nueva York, 24 de marzo de 1909