Capítulo primero
La creación del mundo
Las primeras cosas creadas
En el principio, dos mil años antes que el cielo y la tierra, fueron creadas siete cosas: la Torá, escrita con fuego negro sobre fuego blanco y reposando en el regazo de Dios; el Trono Divino, erigido en el cielo que más tarde estaría sobre las cabezas de las jayot; el Paraíso, a la derecha de Dios, y el Infierno, a la izquierda; el Santuario Celestial, justo enfrente de Dios, con una piedra preciosa sobre su altar grabada con el Nombre del Mesías, y una Voz que clama en alto: «Volved, hijos de los hombres».
Cuando Dios resolvió crear el mundo, se aconsejó con la Torá. Su consejo fue este: «Oh HaShem, un rey sin ejército, sin cortesanos ni servidores, apenas merece el nombre de rey, pues no hay nadie cerca que le rinda el homenaje debido». La respuesta agradó sobremanera a Dios. Así enseñó Él, con Su ejemplo divino, a todos los reyes de la tierra a no emprender nada sin consultar antes a sus consejeros.
El consejo de la Torá vino con ciertas reservas. Ella dudaba del valor de un mundo terrenal, a causa de la maldad de los hombres, que sin falta desatenderían sus preceptos. Pero Dios disipó sus dudas. Le dijo que la teshuvá había sido creada mucho antes, y que los pecadores tendrían la ocasión de enmendar su camino. Además, el servicio del Templo estaría dotado de poder expiatorio, y el Paraíso y el Infierno servirían de recompensa y de castigo. Por último, el Mesías había sido designado para traer la salvación, que pondría fin a toda maldad.
Ni siquiera este mundo habitado por el hombre es lo primero terrenal que Dios creó. Hizo varios mundos antes del nuestro, pero a todos los destruyó, porque ninguno le complació hasta que creó el nuestro. Y aun este último mundo no habría tenido permanencia si Dios hubiera ejecutado Su plan original de regirlo según el principio de la justicia estricta. Solo cuando vio que la justicia por sí sola socavaría el mundo asoció la misericordia a la justicia, y las hizo reinar juntas. Así, desde el comienzo de todas las cosas prevaleció la bondad divina, sin la cual nada habría podido seguir existiendo. De no ser por ella, las miríadas de espíritus malignos habrían acabado pronto con las generaciones de los hombres. Pero la bondad de Dios ha ordenado que en cada Nisán, en el tiempo del equinoccio de primavera, los serafines se acerquen al mundo de los espíritus y los intimiden, para que teman hacer daño a los hombres. Y también, si Dios en Su bondad no hubiera dado protección a los débiles, los animales mansos habrían sido exterminados hace mucho por las fieras. En Tammuz, en el tiempo del solsticio de verano, cuando la fuerza de behemot está en su apogeo, ruge tan fuerte que todos los animales lo oyen, y durante un año entero quedan asustados y temerosos, y sus actos se vuelven menos feroces que su naturaleza. Y también, en Tishrí, en el tiempo del equinoccio de otoño, la gran ave ziz bate sus alas y lanza su grito, de modo que las aves de rapiña —las águilas y los buitres— palidecen, y temen abatirse sobre las otras y aniquilarlas en su avidez. Y, de nuevo, si no fuera por la bondad de Dios, la enorme cantidad de peces grandes habría acabado pronto con los pequeños. Pero en el tiempo del solsticio de invierno, en el mes de Tevet, el mar se agita, pues entonces leviatán arroja agua a chorros, y los peces grandes se inquietan. Refrenan su apetito, y los pequeños escapan de su rapacidad.
Por último, la bondad de Dios se manifiesta en la preservación de Su pueblo Israel. No habría sobrevivido a la enemistad de las naciones si Dios no le hubiera designado protectores, los arcángeles Mijael y Gavriel. Siempre que Israel desobedece a Dios y es acusado de faltas por los ángeles de las otras naciones, es defendido por sus guardianes designados, con tan buen resultado que los demás ángeles conciben temor de ellos. Una vez que los ángeles de las otras naciones quedan aterrados, las naciones mismas no se atreven a llevar a cabo sus perversos designios contra Israel.
Para que la bondad de Dios reine en la tierra como en el cielo, a los Ángeles de la Destrucción se les asigna un lugar en el extremo más lejano de los cielos, de donde jamás pueden moverse, mientras que los Ángeles de la Misericordia rodean el Trono de Dios, a Su mandato.
El alfabeto
Cuando Dios estaba a punto de crear el mundo por Su palabra, las veintidós letras del alfabeto descendieron de la terrible y augusta corona de Dios, donde estaban grabadas con una pluma de fuego llameante. Se pusieron en torno a Dios, y una tras otra hablaron y suplicaron: «¡Crea el mundo a través de mí!». La primera en dar un paso adelante fue la letra Tav. Dijo: «¡Oh HaShem del mundo! Sea Tu voluntad crear Tu mundo a través de mí, pues es por mí que darás la Torá a Israel por mano de Moshé, como está escrito: “Moshé nos ordenó la Torá”». Hakadosh Baruj Hu respondió y dijo: «¡No!». Tav preguntó: «¿Por qué no?», y Dios respondió: «Porque en los días venideros te pondré como señal de muerte sobre las frentes de los hombres». En cuanto Tav oyó estas palabras salir de la boca de Hakadosh Baruj Hu, se retiró de Su presencia decepcionada.
Entonces la Shin dio un paso adelante y suplicó: «¡Oh HaShem del mundo, crea Tu mundo a través de mí, pues Tu propio nombre Shadai comienza conmigo!». Por desgracia, es también la primera letra de Shav, vanidad, y de Shéker, falsedad, y eso la descalificó. La Resh no tuvo mejor suerte. Se le hizo ver que era la letra inicial de Ra, malo, y de Rashá, perverso, y después de eso, la distinción de que goza por ser la primera letra en el Nombre de Dios, Rajum, el Misericordioso, no contó para nada. La Kof fue rechazada, porque Kelalá, maldición, pesa más que la ventaja de ser la primera en Kadosh, el Santo. En vano llamó la Tsade la atención sobre Tsadik, el Justo; ahí estaba Tsarot, las desgracias de Israel, para testificar en su contra. La Pe tenía a su favor Podé, redentor, pero Peshá, transgresión, reflejaba deshonra sobre ella. La Áyin fue declarada inhábil porque, aunque comienza Anavá, humildad, presta el mismo servicio a Ervá, inmoralidad. La Sámej dijo: «Oh HaShem, sea Tu voluntad comenzar la creación conmigo, pues eres llamado Sámej, según mí, el Sostén de todos los que caen». Pero Dios dijo: «Se te necesita en el lugar en que estás; debes seguir sosteniendo a todos los que caen». La Nun introduce Ner, «la lámpara de HaShem», que es «el espíritu del hombre», pero también introduce Ner, «la lámpara del malvado», que será apagada por Dios. La Mem inicia Mélej, rey, uno de los títulos de Dios. Como es también la primera letra de Mehumá, confusión, no tuvo ocasión de cumplir su deseo. El reclamo de la Lámed llevaba en sí mismo su refutación. Adujo el argumento de que era la primera letra de Lujot, las tablas celestiales de los Diez Mandamientos; olvidó que las tablas fueron hechas pedazos por Moshé. La Kaf estaba segura de la victoria: Kisé, el trono de Dios, Kavod, Su honor, y Kéter, Su corona, todos comienzan con ella. Dios tuvo que recordarle que golpearía juntas Sus manos, Kaf, en desesperación por las desgracias de Israel. La Yod, a primera vista, parecía la letra apropiada para el comienzo de la creación, por su asociación con Yah, Dios, si tan solo Yétser haRá, la inclinación al mal, no comenzara también con ella. La Tet se identifica con Tov, el bien. Sin embargo, el bien verdadero no está en este mundo; pertenece al mundo por venir. La Jet es la primera letra de Janún, el Clemente; pero esta ventaja queda contrarrestada por su lugar en la palabra para pecado, Jatat. La Zayin sugiere Zajor, memoria, pero es ella misma la palabra para arma, la que hace el daño. La Vav y la He componen el Nombre Inefable de Dios; son, por tanto, demasiado excelsas para ser puestas al servicio del mundo terrenal. Si la Dálet solo hubiera representado Davar, la Palabra Divina, habría sido usada, pero representa también Din, justicia, y bajo el imperio de la ley sin amor el mundo se habría desmoronado en ruinas. Por último, a pesar de recordar a Gadol, grande, la Guímel no serviría, porque Guemul, retribución, comienza con ella.
Después de que los reclamos de todas estas letras fueron desestimados, la Bet se presentó ante Hakadosh Baruj Hu y suplicó ante Él: «¡Oh HaShem del mundo! Sea Tu voluntad crear Tu mundo a través de mí, pues todos los habitantes del mundo te dan alabanza a diario a través de mí, como se dice: “Bendito sea Adonái para siempre. Amén y amén”». Hakadosh Baruj Hu concedió al instante la petición de la Bet. Dijo: «Bendito el que viene en el nombre de Adonái». Y creó Su mundo a través de la Bet, como se dice: «Bereshit, Dios creó el cielo y la tierra». La única letra que se había abstenido de instar su reclamo fue la modesta Álef, y Dios la recompensó más tarde por su humildad dándole el primer lugar en el Decálogo.
El primer día
En el primer día de la creación, Dios produjo diez cosas: los cielos y la tierra, Tohu y Bohu, la luz y la oscuridad, el viento y el agua, la duración del día y la duración de la noche.
Aunque los cielos y la tierra constan de elementos por completo distintos, fueron creados como una unidad, «como la olla y su tapa». Los cielos fueron labrados de la luz de la vestidura de Dios, y la tierra, de la nieve que hay bajo el Trono Divino. Tohu es una banda verde que envuelve el mundo entero y dispensa la oscuridad, y Bohu consta de piedras en el abismo, las que producen las aguas. La luz creada al comienzo mismo no es la misma que la luz emitida por el sol, la luna y las estrellas, que aparecieron solo en el cuarto día. La luz del primer día era de una índole que habría permitido al hombre ver el mundo de una sola mirada, de un extremo al otro. Anticipando la maldad de las generaciones pecadoras del diluvio y de la Torre de Bavel, que no eran dignas de gozar de la bendición de tal luz, Dios la ocultó, pero en el mundo por venir aparecerá a los piadosos en toda su gloria prístina.
Se crearon varios cielos —siete, de hecho—, cada uno para servir a un propósito propio. El primero, el visible al hombre, no tiene más función que la de cubrir la luz durante la noche; por eso desaparece cada mañana. Los planetas están sujetos al segundo de los cielos; en el tercero se prepara el maná para los piadosos en el más allá; el cuarto contiene la Yerushaláyim celestial junto con el Templo, en el que Mijael oficia como sumo sacerdote y ofrece las almas de los piadosos como sacrificios. En el quinto cielo residen las huestes de ángeles y cantan la alabanza de Dios, aunque solo durante la noche, pues de día es tarea de Israel en la tierra dar gloria a Dios en lo alto. El sexto cielo es un paraje inquietante; allí se originan la mayoría de las pruebas y calamidades ordenadas para la tierra y sus habitantes. Allí yace la nieve amontonada, y el granizo; hay desvanes llenos de rocío nocivo, almacenes surtidos de tormentas, y bodegas que guardan reservas de humo. Puertas de fuego separan estas cámaras celestiales, que están bajo la supervisión del arcángel Metatrón. Su pernicioso contenido contaminó los cielos hasta los tiempos de David. El piadoso rey rogó a Dios que purgara Su excelsa morada de todo lo que estuviera preñado de mal; no era propio que tales cosas existieran cerca del Clemente. Solo entonces fueron trasladadas a la tierra.
El séptimo cielo, en cambio, no contiene sino lo bueno y lo hermoso: el derecho, la justicia y la misericordia, los depósitos de la vida, la paz y la bendición, las almas de los piadosos, las almas y los espíritus de las generaciones aún no nacidas, el rocío con que Dios revivirá a los muertos en el día de la resurrección, y, por encima de todo, el Trono Divino, rodeado por los serafines, los ofanim, las santas jayot y los ángeles ministrantes.
En correspondencia con los siete cielos, Dios creó siete tierras, cada una separada de la siguiente por cinco capas. Sobre la tierra más baja, la séptima, llamada Érets, yacen en sucesión el abismo, el Tohu, el Bohu, un mar y las aguas. Luego se alcanza la sexta tierra, la Adamá, escenario de la magnificencia de Dios. Del mismo modo, la Adamá está separada de la quinta tierra, la Arká, que contiene el Guehinom, y los Shaaré Mávet, y los Shaaré Tsalmávet, y Beer Shájat, y Tit haYaven, y Abadón, y el Sheol, y allí las almas de los malvados son guardadas por los Ángeles de la Destrucción. Del mismo modo, a Arká le sigue Jarabá, la seca, lugar de arroyos y corrientes a pesar de su nombre, como la siguiente, llamada Yabashá, la tierra firme, contiene los ríos y los manantiales. Tével, la segunda tierra, es la primera tierra firme habitada por criaturas vivientes, trescientas sesenta y cinco especies, todas esencialmente distintas de las de nuestra propia tierra. Algunas tienen cabezas humanas sobre el cuerpo de un león, o de una serpiente, o de un buey; otras tienen cuerpos humanos rematados por la cabeza de alguno de estos animales. Además, Tével está habitada por seres humanos con dos cabezas y cuatro manos y pies, en efecto con todos sus órganos duplicados salvo únicamente el tronco. Sucede a veces que las partes de estas personas dobles riñen entre sí, sobre todo al comer y beber, cuando cada una reclama para sí las porciones mejores y más grandes. Esta especie de humanidad se distingue por su gran piedad, otra diferencia entre ella y los habitantes de nuestra tierra.
Nuestra propia tierra se llama Jéled, y, como las demás, está separada de Tével por un abismo, el Tohu, el Bohu, un mar y las aguas.
Así, una tierra se eleva sobre la otra, de la primera a la séptima, y sobre la séptima tierra se abovedan los cielos, del primero al séptimo, el último de ellos sujeto al brazo de Dios. Los siete cielos forman una unidad, las siete clases de tierra forman una unidad, y los cielos y la tierra juntos forman también una unidad.
Cuando Dios hizo nuestros cielos presentes y nuestra tierra presente, «los cielos nuevos y la tierra nueva» fueron también producidos, sí, y los ciento noventa y seis mil mundos que Dios creó para Su propia gloria.
Se necesitan quinientos años para caminar de la tierra a los cielos, y de un extremo de un cielo al otro, y también de un cielo al siguiente, y se necesita el mismo lapso de tiempo para viajar del este al oeste, o del sur al norte. De todo este vasto mundo solo una tercera parte está habitada; las otras dos terceras partes se reparten por igual entre el agua y el yermo desierto.
Más allá de las partes habitadas, hacia el este, está el Paraíso con sus siete divisiones, cada una asignada a los piadosos de cierto grado. El océano se sitúa al oeste, y está salpicado de islas sobre islas, habitadas por muchos pueblos distintos. Más allá, a su vez, se extienden las estepas sin límite, llenas de serpientes y escorpiones, y desprovistas de toda clase de vegetación, ya sean hierbas o árboles. Al norte están las reservas del fuego del infierno, de la nieve, el granizo, el humo, el hielo, la oscuridad y las tempestades de viento, y en esa vecindad moran toda clase de diablos, demonios y espíritus malignos. Su morada es una gran extensión de tierra; se tardaría quinientos años en atravesarla. Más allá yace el infierno. Al sur está la cámara que contiene las reservas de fuego, la cueva del humo, y la fragua de las ráfagas y los huracanes. Así ocurre que el viento que sopla del sur trae calor y bochorno a la tierra. Si no fuera por el ángel Ben Nez, el Alado, que contiene el viento del sur con sus alas, el mundo quedaría consumido. Además, la furia de su ráfaga es templada por el viento del norte, que siempre aparece como moderador, cualquiera que sea el otro viento que sople.
En el este, el oeste y el sur, el cielo y la tierra se tocan, pero el norte lo dejó Dios sin terminar, para que a cualquier hombre que se proclamara dios se le pudiera imponer la tarea de suplir la carencia, y quedara convicto de impostor.
La construcción de la tierra se comenzó por el centro, con la piedra fundamental del Templo, la Even Shetiyá, pues la Tierra Santa está en el punto central de la superficie de la tierra, Yerushaláyim está en el punto central de la Tierra de Israel, y el Templo se sitúa en el centro de la Ciudad Santa. En el santuario mismo, el Heijal es el centro, y la santa Arca ocupa el centro del Heijal, edificada sobre la piedra fundamental, que así está en el centro de la tierra. De allí brotó el primer rayo de luz, penetrando hasta la Tierra Santa, e iluminando desde allí la tierra entera. La creación del mundo, sin embargo, no pudo tener lugar hasta que Dios hubo desterrado al soberano de la oscuridad. «Retírate», le dijo Dios, «pues deseo crear el mundo por medio de la luz». Solo después de que la luz fue labrada surgió la oscuridad, reinando la luz en el cielo y la oscuridad en la tierra. El poder de Dios se mostró no solo en la creación del mundo de las cosas, sino igualmente en los límites que impuso a cada una. Los cielos y la tierra se extendieron a lo largo y a lo ancho como si aspiraran a la infinitud, y fue menester la palabra de Dios para poner freno a sus avances.
El segundo día
En el segundo día, Dios produjo cuatro creaciones: el firmamento, el infierno, el fuego y los ángeles. El firmamento no es lo mismo que los cielos del primer día. Es el cristal extendido sobre las cabezas de las jayot, del cual los cielos derivan su luz, como la tierra deriva su luz del sol. Este firmamento salva a la tierra de ser tragada por las aguas de los cielos; forma la partición entre las aguas de arriba y las aguas de abajo. Se hizo que cristalizara en el sólido que es por el fuego celestial, que rompió sus límites y condensó la superficie del firmamento. Así el fuego hizo una división entre lo celestial y lo terrestre en el tiempo de la creación, como la hizo en la revelación del monte Sinaí. El firmamento no tiene más de tres dedos de grosor; sin embargo, divide dos cuerpos tan pesados como las aguas de abajo, que son los cimientos del mundo inferior, y las aguas de arriba, que son los cimientos de los siete cielos, del Trono Divino y de la morada de los ángeles.
La separación de las aguas en aguas superiores e inferiores fue el único acto de esa clase realizado por Dios en relación con la obra de la creación. Todos los demás actos fueron unificadores. Por eso causó ciertas dificultades. Cuando Dios ordenó: «Reúnanse las aguas en un solo lugar, y aparezca lo seco», ciertas partes se negaron a obedecer. Se abrazaron unas a otras con más fuerza aún. En Su ira contra las aguas, Dios determinó dejar que la creación entera se resolviera de nuevo en caos. Convocó al Ángel de la Faz y le ordenó destruir el mundo. El ángel abrió los ojos de par en par, y fuegos abrasadores y espesas nubes rodaron de ellos, mientras clamaba: «¡Aquel que divide el mar de los Juncos en dos!», y las aguas rebeldes se detuvieron. El todo, sin embargo, seguía en peligro de destrucción. Entonces comenzó el cantor de las alabanzas de Dios: «Oh HaShem del mundo, en los días venideros Tus criaturas te cantarán alabanzas sin fin, te bendecirán sin medida y te glorificarán sin límite. Apartarás a Avraham de toda la humanidad como Tuyo; a uno de sus hijos lo llamarás “Mi primogénito”; y sus descendientes tomarán sobre sí el yugo de Tu reino. En santidad y pureza les otorgarás Tu Torá, con las palabras: “Yo soy Adonái tu Dios”, a lo que responderán: “Todo lo que Dios ha dicho, haremos”. Y ahora te suplico, ten piedad de Tu mundo, no lo destruyas, pues si lo destruyes, ¿quién cumplirá Tu voluntad?». Dios se aplacó; retiró la orden que ordenaba la destrucción del mundo, pero las aguas las puso bajo las montañas, para que permanecieran allí para siempre. La objeción de las aguas inferiores a la división y la separación no fue su única razón para rebelarse. Las aguas habían sido las primeras en dar alabanza a Dios, y cuando se decretó su separación en superiores e inferiores, las aguas de arriba se regocijaron, diciendo: «Benditas seamos nosotras, que tenemos el privilegio de morar cerca de nuestro Creador y cerca de Su Santo Trono». Jubilosas así, volaron hacia arriba y elevaron canto y alabanza al Creador del mundo. La tristeza cayó sobre las aguas de abajo. Se lamentaron: «¡Ay de nosotras, no hemos sido halladas dignas de morar en la presencia de Dios y de alabarlo junto con nuestras compañeras!». Por eso intentaron subir, hasta que Dios las repelió y las oprimió bajo la tierra. Sin embargo, no quedaron sin recompensa por su lealtad. Siempre que las aguas de arriba desean dar alabanza a Dios, deben primero pedir permiso a las aguas de abajo.
El segundo día de la creación fue un día aciago en más de un sentido, además de que introdujo una brecha donde antes no había habido sino unidad; pues fue el día que vio también la creación del infierno. Por eso Dios no pudo decir de este día, como de los otros, que «vio que era bueno». Una división puede ser necesaria, pero no puede llamarse buena, y el infierno, desde luego, no merece el atributo de bueno. El infierno tiene siete divisiones, una debajo de la otra. Se llaman Sheol, Abadón, Beer Shájat, Tit haYaven, Shaaré Mávet, Shaaré Tsalmávet y Guehinom. Se requieren trescientos años para recorrer la altura, o la anchura, o la profundidad de cada división, y se tardarían seis mil trescientos años en recorrer una extensión de tierra igual en amplitud a las siete divisiones.
Cada una de las siete divisiones tiene a su vez siete subdivisiones, y en cada compartimiento hay siete ríos de fuego y siete de granizo. La anchura de cada uno es de mil codos, su profundidad de mil, y su longitud de trescientos, y fluyen uno del otro, y son supervisados por noventa mil Ángeles de la Destrucción. Hay, además, en cada compartimiento siete mil cavernas, en cada caverna hay siete mil grietas, y en cada grieta siete mil escorpiones. Cada escorpión tiene trescientos anillos, y en cada anillo siete mil bolsas de veneno, de las que fluyen siete ríos de ponzoña mortal. Si un hombre lo toca, revienta al instante, cada miembro le es arrancado del cuerpo, sus entrañas se hienden en dos, y cae de bruces. Hay también cinco clases distintas de fuego en el infierno. Uno devora y absorbe, otro devora y no absorbe, mientras que el tercero absorbe y no devora, y hay todavía otro fuego que ni devora ni absorbe, y además un fuego que devora fuego. Hay carbones grandes como montañas, y carbones grandes como colinas, y carbones tan grandes como el mar Muerto, y carbones como enormes piedras, y hay ríos de pez y de azufre que fluyen y hierven como brasas vivas.
La tercera creación del segundo día fueron las huestes de ángeles, tanto los ángeles ministrantes como los ángeles de la alabanza. La razón de que no fueran llamados a la existencia en el primer día fue para que los hombres no creyeran que los ángeles asistieron a Dios en la creación de los cielos y la tierra. Los ángeles que están hechos de fuego tienen formas de fuego, pero solo mientras permanecen en el cielo. Cuando descienden a la tierra, a cumplir el mandato de Dios aquí abajo, o se convierten en viento, o toman la apariencia de hombres. Hay diez rangos o grados entre los ángeles.
Los más excelsos en rango son los que rodean el Trono Divino por todos lados —a la derecha, a la izquierda, delante y detrás—, bajo la jefatura de los arcángeles Mijael, Gavriel, Uriel y Rafael.
Todos los seres celestiales alaban a Dios con las palabras: «Santo, santo, santo es Adonái de los ejércitos», pero los hombres tienen precedencia sobre los ángeles en esto. No pueden comenzar su canto de alabanza hasta que los seres terrenales hayan rendido su homenaje a Dios. Israel, en especial, es preferido a los ángeles. Cuando rodean el Trono Divino en forma de montañas de fuego y colinas llameantes, e intentan alzar sus voces en adoración del Creador, Dios los silencia con las palabras: «Callad hasta que haya oído los cantos, las alabanzas, las plegarias y las dulces melodías de Israel». Por eso, los ángeles ministrantes y todas las demás huestes celestiales esperan hasta que los últimos tonos de las doxologías de Israel, que ascienden desde la tierra, se hayan extinguido, y entonces proclaman en alta voz: «Santo, santo, santo es Adonái de los ejércitos». Cuando la hora de la glorificación de Dios por los ángeles se acerca, el augusto heraldo divino, el ángel Shamiel, se acerca a las ventanas del cielo más bajo para escuchar los cantos, las plegarias y las alabanzas que ascienden de las sinagogas y las casas de estudio, y cuando terminan, anuncia el final a los ángeles en todos los cielos. Los ángeles ministrantes, los que entran en contacto con el mundo sublunar, se retiran entonces a sus cámaras para tomar su baño de purificación. Se sumergen en una corriente de fuego y llama siete veces, y trescientas sesenta y cinco veces se examinan con cuidado, para asegurarse de que ninguna mancha se adhiere a sus cuerpos. Solo entonces se sienten dignos de subir la escalera de fuego y unirse a los ángeles del séptimo cielo, y rodear el trono de Dios con Jashmal y todas las santas jayot. Adornados con millones de coronas de fuego, ataviados con vestiduras de fuego, todos los ángeles al unísono, con las mismas palabras y con la misma melodía, entonan cantos de alabanza a Dios.
El tercer día
Hasta este momento la tierra era una llanura, y estaba toda cubierta de agua. Apenas se hicieron oír las palabras de Dios, «Reúnanse las aguas», cuando aparecieron montañas por todas partes, y colinas, y el agua se recogió en las cuencas hondas. Pero el agua se mostró recalcitrante, resistió la orden de ocupar los lugares bajos, y amenazó con desbordar la tierra, hasta que Dios la forzó a retroceder al mar, y ciñó el mar con arena. Ahora, cada vez que el agua se ve tentada a transgredir sus límites, contempla la arena, y retrocede.
Las aguas no hicieron sino imitar a su jefe Rajav, el Ángel del Mar, que se rebeló en la creación del mundo. Dios había ordenado a Rajav que recogiera el agua. Pero él se negó, diciendo: «Tengo bastante». El castigo por su desobediencia fue la muerte. Su cuerpo reposa en las profundidades del mar, y el agua disipa el hedor pútrido que emana de él.
La creación principal del tercer día fue el reino de las plantas, las plantas terrestres tanto como las plantas del Paraíso. Ante todo se hicieron los cedros del Líbano y los demás grandes árboles. En su orgullo por haber sido puestos primero, se dispararon muy alto en el aire. Se consideraban los favorecidos entre las plantas. Entonces Dios habló: «Odio la arrogancia y el orgullo, pues solo Yo soy excelso, y ninguno más», y creó el hierro ese mismo día, la sustancia con que se talan los árboles. Los árboles se echaron a llorar, y cuando Dios preguntó la razón de sus lágrimas, dijeron: «Lloramos porque has creado el hierro para arrancarnos de raíz con él. Todo este tiempo nos habíamos creído los más altos de la tierra, y ahora el hierro, nuestro destructor, ha sido llamado a la existencia». Dios replicó: «Vosotros mismos proveeréis al hacha de un mango. Sin vuestra ayuda, el hierro no podrá hacer nada contra vosotros».
La orden de dar semilla según su especie fue dada solo a los árboles. Pero las diversas clases de hierba razonaron que, si Dios no hubiera deseado divisiones según las clases, no habría instruido a los árboles a dar fruto según su especie con la semilla del mismo en él, sobre todo estando los árboles inclinados por su propia cuenta a dividirse en especies. Las hierbas, por tanto, se reprodujeron también según sus especies. Esto suscitó la exclamación del Príncipe del Mundo: «Perdure la gloria de Adonái para siempre; alégrese Adonái en Sus obras».
La obra más importante realizada en el tercer día fue la creación del Paraíso. Dos puertas de carbunclo forman la entrada al Paraíso, y sesenta miríadas de ángeles ministrantes montan guardia sobre ellas. Cada uno de estos ángeles brilla con el lustre de los cielos. Cuando el justo comparece ante las puertas, le quitan las ropas con que fue sepultado, y los ángeles lo revisten con siete vestiduras de nubes de gloria, y le ponen sobre la cabeza dos coronas, una de piedras preciosas y perlas, y la otra de oro de Parvaim, y le ponen ocho mirtos en la mano, y elevan alabanzas ante él y le dicen: «Ve tu camino, y come tu pan con alegría». Y lo conducen a un lugar lleno de ríos, rodeado de ochocientas clases de rosas y mirtos. Cada uno tiene un dosel según sus méritos, y bajo él fluyen cuatro ríos, uno de leche, el otro de bálsamo, el tercero de vino y el cuarto de miel. Cada dosel está cubierto por una vid de oro, y treinta perlas penden de ella, cada una brillando como Venus. Bajo cada dosel hay una mesa de piedras preciosas y perlas, y sesenta ángeles se yerguen a la cabecera de cada justo, diciéndole: «Ve y come con alegría de la miel, pues te has ocupado de la Torá, y ella es más dulce que la miel, y bebe del vino conservado en la uva desde los seis días de la creación, pues te has ocupado de la Torá, y ella es comparada al vino». El menos hermoso de los justos es bello como Yosef y como Rabí Yojanán, y como los granos de una granada de plata sobre la que caen los rayos del sol. No hay luz, «pues la luz de los justos es la luz que resplandece». Y sufren cuatro transformaciones cada día, pasando por cuatro estados. En el primero, el justo es cambiado en niño. Entra en la división de los niños, y gusta de las alegrías de la infancia. Luego es cambiado en joven, y entra en la división de los jóvenes, con quienes goza de los deleites de la juventud. Después se hace adulto, en la plenitud de la vida, y entra en la división de los hombres, y goza de los placeres de la madurez. Por último, es cambiado en anciano. Entra en la división de los ancianos, y goza de los placeres de la vejez.
Hay ochenta miríadas de árboles en cada rincón del Paraíso, el más humilde de ellos más selecto que todos los árboles de especias. En cada rincón hay sesenta miríadas de ángeles cantando con dulces voces, y el árbol de la vida se yergue en medio y da sombra a todo el Paraíso. Tiene quince mil sabores, cada uno distinto del otro, y sus perfumes varían igualmente. Sobre él penden siete nubes de gloria, y los vientos soplan sobre él por los cuatro lados, de modo que su aroma se lleva de un extremo del mundo al otro. Debajo se sientan los eruditos y explican la Torá. Sobre cada uno de ellos se extienden dos doseles, uno de estrellas, el otro de sol y luna, y una cortina de nubes de gloria separa un dosel del otro. Más allá del Paraíso comienza el Edén, que contiene trescientos diez mundos y siete compartimientos para siete clases distintas de piadosos. En el primero están «las víctimas mártires del gobierno», como Rabí Akivá y sus colegas; en el segundo, los que se ahogaron; en el tercero, Rabí Yojanán ben Zakái y sus discípulos; en el cuarto, los que fueron arrebatados en la nube de gloria; en el quinto, los penitentes, que ocupan un lugar que ni siquiera un hombre perfectamente piadoso puede obtener; en el sexto están los jóvenes que no han gustado del pecado en su vida; en el séptimo están aquellos pobres que estudiaron la Biblia y la Mishná, y llevaron una vida de decencia digna. Y Dios se sienta en medio de ellos y les expone la Torá.
En cuanto a las siete divisiones del Paraíso, cada una de ellas tiene doce miríadas de millas de anchura y doce miríadas de millas de longitud. En la primera división moran los prosélitos que abrazaron el judaísmo por su libre voluntad, no por coacción. Las paredes son de vidrio y el revestimiento de cedro. El profeta Ovadiá, él mismo un prosélito, es el supervisor de esta primera división. La segunda división está construida de plata, y su revestimiento es de cedro. Aquí moran los que se han arrepentido, y Menashé, el hijo penitente de Jizkiyahu, preside sobre ellos. La tercera división está construida de plata y oro. Aquí moran Avraham, Yitsjak y Yaakov, y todos los israelitas que salieron de Mitsraim, y toda la generación que vivió en el desierto. También David está allí, junto con todos sus hijos salvo Avshalom, y uno de ellos, Kilav, aún con vida. Y todos los reyes de Yehudá están allí, con la excepción de Menashé, el hijo de Jizkiyahu, que preside en la segunda división, sobre los penitentes. Moshé y Aharón presiden la tercera división. Aquí hay vasijas preciosas de plata y oro, y joyas, y doseles, y lechos, y tronos, y lámparas, de oro, de piedras preciosas y de perlas, lo mejor de todo cuanto hay en el cielo. La cuarta división está construida de hermosos rubíes, y su revestimiento es de madera de olivo. Aquí moran los perfectos y los firmes en la fe, y su revestimiento es de madera de olivo, porque sus vidas fueron amargas como olivas para ellos. La quinta división está construida de plata y oro, y de oro refinado, y del oro más fino, y de vidrio y bedelio, y por en medio de ella fluye el río Guijón. El revestimiento es de plata y oro, y por ella respira un perfume más exquisito que el perfume del Líbano. Los cobertores de los lechos de plata y oro están hechos de púrpura y azul, tejidos por Javá, y de escarlata y pelo de cabras, tejidos por ángeles. Aquí mora el Mesías en un palanquín hecho de la madera del Líbano, «sus columnas de plata, el fondo de oro, el asiento de púrpura». Con él está Eliyahu. Toma la cabeza del Mesías, y la coloca en su regazo, y le dice: «Calla, pues el fin se acerca». Cada lunes y jueves, y en Shabat y en las festividades, los Patriarcas vienen a él, y los doce hijos de Yaakov, y Moshé, Aharón, David, Shlomo, y todos los reyes de Israel y de Yehudá, y lloran con él y lo consuelan, y le dicen: «Calla y pon tu confianza en tu Creador, pues el fin se acerca». También Kóraj y su compañía, y Datán, Aviram y Avshalom vienen a él cada miércoles, y le preguntan: «¿Cuánto falta para que llegue el fin lleno de maravillas? ¿Cuándo nos devolverás a la vida, y de los abismos de la tierra nos levantarás?». El Mesías les responde: «Id a vuestros padres y preguntadles»; y cuando oyen esto, se avergüenzan, y no preguntan a sus padres.
En la sexta división moran los que murieron mientras realizaban un acto piadoso, y en la séptima división, los que murieron de una enfermedad infligida como expiación por los pecados de Israel.
El cuarto día
La cuarta jornada de la creación produjo el sol, la luna y las estrellas. Estos cuerpos celestes no fueron formados en realidad ese día; fueron creados el primer día, y en el cuarto solo se les asignó su lugar en los cielos. Al principio, el sol y la luna gozaban de poderes y prerrogativas iguales. La luna habló a Dios y dijo: «Señor, ¿por qué creaste el mundo con la letra bet?». Dios respondió: «Para que sea sabido de mis criaturas que hay dos mundos». La luna: «Señor, ¿cuál de los dos mundos es el mayor, este mundo o el mundo por venir?». Dios: «El mundo por venir es el mayor». La luna: «Señor, creaste dos mundos, uno mayor y otro menor; creaste el cielo y la tierra, y el cielo excede a la tierra; creaste el fuego y el agua, y el agua es más fuerte que el fuego, porque puede apagarlo; y ahora has creado el sol y la luna, y conviene que uno de ellos sea mayor que el otro». Entonces habló Dios a la luna: «Bien sé que querrías que te hiciera mayor que el sol. Como castigo, decreto que conserves solo una sexagésima parte de tu luz». La luna suplicó: «¿Seré castigada con tal severidad por haber dicho una sola palabra?». Dios se aplacó: «En el mundo futuro te devolveré tu luz, para que vuelva a ser como la luz del sol». Pero la luna aún no quedó satisfecha. «Señor —dijo—, y la luz del sol, ¿cuán grande será en aquel día?». Entonces se encendió otra vez la ira de Dios: «¿Cómo, todavía tramas contra el sol? Por tu vida, en el mundo por venir su luz será siete veces la que ahora derrama». El sol recorre su camino como un novio. Se sienta en un trono con una guirnalda en la cabeza. Noventa y seis ángeles lo acompañan en su viaje diario, en relevos de ocho cada hora, dos a su izquierda y dos a su derecha, dos delante y dos detrás. Con toda su fuerza, podría completar su curso de sur a norte en un solo instante, pero trescientos sesenta y cinco ángeles lo retienen con otros tantos garfios. Cada día uno afloja su agarre, y así el sol ha de emplear trescientos sesenta y cinco días en su recorrido. El avance del sol en su circuito es un canto de alabanza ininterrumpido a Dios. Y es solo ese canto lo que hace posible su movimiento. Por eso, cuando Yehoshúa quiso ordenar al sol que se detuviera, tuvo que mandarle que callara. Acallado su canto de alabanza, el sol se detuvo.
El sol tiene dos caras; una, de fuego, mira hacia la tierra, y otra, de granizo, hacia el cielo, para enfriar el calor prodigioso que mana de la otra cara —de lo contrario, la tierra ardería—. En invierno el sol vuelve hacia arriba su cara de fuego, y así se produce el frío. Cuando el sol desciende por el occidente al atardecer, se sumerge en el océano y toma un baño; su fuego se extingue, y por eso durante la noche no reparte ni luz ni calor. Pero en cuanto alcanza el oriente por la mañana, se lava en una corriente de llama que le devuelve calor y luz, y estos los derrama sobre la tierra. Del mismo modo, la luna y las estrellas toman un baño en una corriente de granizo antes de entrar en su servicio de la noche.
Cuando el sol y la luna se disponen a comenzar su ronda de deberes, comparecen ante Dios y le ruegan que los libre de su tarea, para que se les ahorre la vista de la humanidad que peca. Solo por obligación prosiguen su curso diario. Al salir de la presencia de Dios, quedan cegados por el resplandor de los cielos y no aciertan a hallar su camino. Por eso Dios dispara flechas, y con su luz centelleante son guiados. Es a causa de la maldad del hombre —que el sol se ve forzado a contemplar en sus rondas— por lo que se debilita a medida que se acerca la hora de su ocaso, pues los pecados tienen un efecto que mancha y enflaquece; y cae del horizonte como una esfera de sangre, porque la sangre es la señal de la corrupción. Cuando el sol emprende su curso por la mañana, sus alas rozan las hojas de los árboles del Paraíso, y su vibración se comunica a los ángeles y a las santas jayot, a las demás plantas, y también a los árboles y plantas de la tierra, y a todos los seres de la tierra y del cielo. Es la señal para que todos alcen los ojos. En cuanto ven el Nombre Inefable, grabado en el sol, elevan sus voces en cantos de alabanza a Dios. En ese mismo instante se oye una voz celestial que dice: «¡Ay de los hijos de los hombres, que no atienden a la honra de Dios como estas criaturas, cuyas voces ahora se elevan en adoración!». Estas palabras, naturalmente, los hombres no las oyen; tan poco como perciben el roce del sol contra la rueda a la que están sujetos todos los cuerpos celestes, aunque el estruendo que produce es extraordinariamente fuerte. Esta fricción del sol y la rueda produce las motas que danzan en los rayos del sol. Son las portadoras de la curación para los enfermos, las únicas creaciones saludables de la cuarta jornada —en conjunto un día desdichado, sobre todo para los niños, a quienes aflige con enfermedades—. Cuando Dios castigó a la luna envidiosa disminuyendo su luz y su esplendor, de modo que dejó de ser igual al sol como lo había sido en un principio, ella cayó, y de su cuerpo se soltaron hilos diminutos. Estas son las estrellas.
La quinta jornada
En la quinta jornada de la creación, Dios tomó fuego y agua, y de estos dos elementos hizo los peces del mar. Los animales del agua son mucho más numerosos que los de la tierra. Por cada especie de la tierra —a excepción únicamente de la comadreja— hay una especie correspondiente en el agua, y, además, hay muchas que solo se encuentran en el agua.
El soberano de los animales marinos es el leviatán. Con todos los demás peces fue hecho en la quinta jornada. En un principio fue creado macho y hembra, como todos los demás animales. Pero cuando se vio que una pareja de estos monstruos podría aniquilar la tierra entera con su fuerza unida, Dios mató a la hembra. Tan enorme es el leviatán que, para apagar su sed, necesita toda el agua que fluye del Yardén al mar. Su alimento son los peces que van entre sus fauces por su propia voluntad. Cuando tiene hambre, un aliento ardiente sopla de sus fosas nasales y hace que las aguas del gran mar hiervan. Por formidable que sea behemot, el otro monstruo, se siente inseguro hasta estar cierto de que el leviatán ha saciado su sed. Lo único que puede tenerlo a raya es el espinoso, un pececillo creado para ese fin, al que tiene gran pavor. Pero el leviatán es más que solo grande y fuerte; está además maravillosamente hecho. Sus aletas irradian una luz brillante —el mismísimo sol queda oscurecido por ella—, y también sus ojos derraman tal esplendor que con frecuencia el mar se ilumina de súbito. No es de extrañar que esta bestia prodigiosa sea el juguete de Dios, con quien Él se recrea.
Solo hay una cosa que hace repulsivo al leviatán: su hedor, tan fuerte que, si penetrara allí, haría del Paraíso mismo una morada imposible.
El verdadero propósito del leviatán es ser servido como manjar a los piadosos en el mundo por venir. La hembra fue puesta en salmuera tan pronto como fue muerta, para conservarla hasta el tiempo en que su carne haga falta. El macho está destinado a ofrecer un espectáculo deleitoso a todos los que lo contemplen antes de ser consumido. Cuando llegue su última hora, Dios convocará a los ángeles para que entren en combate con el monstruo. Pero apenas el leviatán fije en ellos su mirada, huirán del campo de batalla llenos de miedo y espanto. Volverán a la carga con espadas, mas en vano, pues sus escamas rechazan el acero como si fuera paja. Igual de infructuosos serán al intentar matarlo arrojándole dardos y lanzándole piedras; tales proyectiles rebotarán sin dejar la menor huella en su cuerpo. Desalentados, los ángeles abandonarán el combate, y Dios ordenará al leviatán y a behemot que se batan en duelo el uno con el otro. El desenlace será que ambos caerán muertos: behemot, degollado por un golpe de las aletas del leviatán, y el leviatán, muerto por un latigazo de la cola de behemot. Con la piel del leviatán, Dios construirá tiendas para cobijar a las compañías de los piadosos mientras disfrutan de los platos hechos con su carne. La porción asignada a cada uno de los piadosos será proporcional a sus méritos, y ninguno envidiará ni escatimará al otro su parte mejor. Lo que quede de la piel del leviatán será extendido sobre Yerushaláyim como un dosel, y la luz que de ella emane iluminará el mundo entero; y lo que quede de su carne, después de que los piadosos hayan aplacado su apetito, se repartirá entre el resto de los hombres, para que comercien con ella.
El mismo día que los peces, fueron creadas las aves, pues estas dos clases de animales están estrechamente emparentadas. Los peces se forman a partir del agua, y las aves a partir del suelo pantanoso saturado de agua.
Así como el leviatán es el rey de los peces, así el ziz está designado para reinar sobre las aves. Su nombre viene de la variedad de sabores que tiene su carne: sabe a esto, zeh, y a aquello, zeh. El ziz es tan monstruoso de tamaño como el leviatán mismo. Sus tobillos descansan sobre la tierra, y su cabeza alcanza el mismísimo cielo.
Ocurrió una vez que unos viajeros a bordo de una nave repararon en un ave. Estando en el agua, esta apenas le cubría los pies, y su cabeza chocaba contra el cielo. Los que la vieron pensaron que en aquel punto el agua no podía tener profundidad, y se dispusieron a bañarse allí. Una voz celestial les advirtió: «¡No os detengáis aquí! Una vez el hacha de un carpintero se le escurrió de la mano en este lugar, y tardó siete años en tocar el fondo». El ave que los viajeros vieron no era otra que el ziz. Sus alas son tan enormes que, desplegadas, oscurecen el sol. Protegen la tierra contra las tormentas del sur; sin su ayuda, la tierra no podría resistir los vientos que soplan de allí. Una vez, un huevo del ziz cayó al suelo y se rompió. El líquido que salió de él inundó sesenta ciudades, y la sacudida aplastó trescientos cedros. Por fortuna, tales accidentes no ocurren con frecuencia. Por regla general, el ave deja resbalar suavemente sus huevos en el nido. Este único percance se debió a que el huevo estaba podrido, y el ave lo arrojó con descuido. El ziz tiene otro nombre, Renanín, porque es el cantor celestial. Por su relación con las regiones celestes se le llama también Sekwi, el vidente, y, además, se le llama «hijo del nido», porque sus polluelos rompen la cáscara sin ser incubados por la madre; brotan directamente del nido, por así decirlo. Como el leviatán, el ziz es una exquisitez que se servirá a los piadosos al fin de los tiempos, para compensarlos de las privaciones que les impuso el abstenerse de las aves impuras.
La sexta jornada
Así como los peces fueron formados del agua, y las aves de la tierra cenagosa bien mezclada con agua, así los mamíferos fueron formados de la tierra sólida; y así como el leviatán es el representante más notable de la especie de los peces, y el ziz de la de las aves, así behemot es el representante más notable de la de los mamíferos. Behemot iguala al leviatán en fuerza, y hubo que impedirle, como al leviatán, que se multiplicara y aumentara, pues de otro modo el mundo no habría podido seguir existiendo; después de haberlo creado macho y hembra, Dios lo privó al punto del deseo de propagar su especie. Es tan monstruoso que requiere el producto de mil montañas para su alimento diario. Toda el agua que fluye por el lecho del Yardén en un año le basta exactamente para un solo trago. Por eso fue necesario darle una corriente entera para su propio uso, una corriente que mana del Paraíso, llamada Yubal. También behemot está destinado a ser servido a los piadosos como sabroso manjar, pero antes de gozar de su carne, se les permitirá presenciar el combate mortal entre el leviatán y behemot, como recompensa por haberse negado a sí mismos los placeres del circo y sus luchas de gladiadores.
El leviatán, el ziz y behemot no son los únicos monstruos; hay muchos otros, y prodigiosos, como el reem, un animal gigantesco del que solo existe una pareja, macho y hembra. Si hubiera habido más, el mundo apenas habría podido mantenerse frente a ellos. El acto de apareamiento ocurre entre ellos una sola vez cada setenta años, pues Dios lo ha dispuesto así, que el macho y la hembra del reem estén en extremos opuestos de la tierra, el uno en el oriente, la otra en el occidente. El acto de apareamiento causa la muerte del macho. La hembra lo muerde y él muere de la mordedura. La hembra queda preñada y permanece en ese estado nada menos que doce años. Al cabo de ese largo período da a luz mellizos, un macho y una hembra. El año anterior a su parto no puede moverse. Moriría de hambre si no fuera porque su propia saliva, que le fluye en abundancia de la boca, riega y fecunda la tierra cercana, y hace que produzca lo suficiente para su sustento. Durante un año entero, el animal solo puede rodar de un lado a otro, hasta que por fin su vientre se rompe y salen los mellizos. Su aparición es, pues, la señal de la muerte de la madre reem. Ella deja sitio a la nueva generación, que a su vez está destinada a sufrir la misma suerte que la generación que la precedió. Inmediatamente después de nacer, uno va hacia el oriente y el otro hacia el occidente, para encontrarse solo tras el transcurso de setenta años, propagarse y perecer. Un viajero que vio una vez un reem de un día de vida describió su altura como de cuatro parasangas, y la longitud de su cabeza como de una parasanga y media. Sus cuernos miden cien codos, y su altura es mucho mayor.
Una de las criaturas más notables es el «hombre de la montaña», Adné Sadé o, en breve, Adam. Su forma es exactamente la de un ser humano, pero está sujeto al suelo por medio de un cordón umbilical, del cual depende su vida. Roto el cordón, muere. Este animal se mantiene vivo con lo que produce el suelo a su alrededor, hasta donde su atadura le permite arrastrarse. Ninguna criatura puede aventurarse a acercarse dentro del radio de su cordón, pues agarra y destroza cuanto queda a su alcance. Para matarlo, no se puede uno acercar a él: hay que cortar el cordón umbilical desde lejos, por medio de un dardo, y entonces muere entre gemidos y quejidos. Érase una vez un viajero que llegó a la región donde se encuentra este animal. Oyó por casualidad a su anfitrión consultar con su esposa qué hacer para honrar a su huésped, y resolver que servirían «a nuestro hombre», según dijo. Creyendo que había caído entre caníbales, el forastero echó a correr de su anfitrión tan rápido como sus pies lo llevaban, mientras aquel intentaba en vano retenerlo. Después descubrió que no había habido intención de agasajarlo con carne humana, sino solo con la carne del extraño animal llamado «hombre». Así como el «hombre de la montaña» está fijado al suelo por su cordón umbilical, así el ganso percebe crece prendido a un árbol por su pico. Es difícil decir si es un animal, y ha de ser degollado para ser apto como alimento, o si es una planta, y no hace falta ninguna ceremonia ritual antes de comerlo.
Entre las aves, el fénix es la más maravillosa. Cuando Javá dio a todos los animales algo del fruto del árbol del conocimiento, el fénix fue la única ave que se negó a comer de él, y fue recompensada con la vida eterna. Cuando ha vivido mil años, su cuerpo se encoge y las plumas se le desprenden, hasta que queda tan pequeño como un huevo. Este es el núcleo del nuevo pájaro.
El fénix se llama también «el guardián de la esfera terrestre». Corre con el sol en su circuito, y despliega sus alas y atrapa los rayos ardientes del sol. Si no estuviera allí para interceptarlos, ni el hombre ni ningún otro ser animado seguiría con vida. En su ala derecha están inscritas las siguientes palabras, en letras enormes, de unos cuatro mil estadios de alto: «Ni la tierra me produce, ni los cielos, sino solo las alas del fuego». Su alimento consiste en el maná del cielo y el rocío de la tierra. Su excremento es un gusano, cuyo excremento a su vez es la canela que usan los reyes y los príncipes. Janoj, que vio a las aves fénix cuando fue trasladado, las describe como criaturas voladoras, maravillosas y extrañas de aspecto, con patas y colas de leones y cabezas de cocodrilos; su aspecto es de color púrpura, como el arco iris; su tamaño, novecientas medidas. Sus alas son como las de los ángeles, cada una con doce, y escoltan el carro del sol y van con él, trayendo calor y rocío según se lo ordena Dios. Por la mañana, cuando el sol emprende su curso diario, los fénix y los jalkidri cantan, y cada ave bate sus alas, alegrando al Dador de la luz, y cantan un canto por mandato de HaShem. Entre los reptiles, la salamandra y el shamir son los más prodigiosos. La salamandra se origina en un fuego de madera de mirto que se ha mantenido ardiendo sin cesar durante siete años por medio de artes mágicas. No mayor que un ratón, está sin embargo dotada de propiedades peculiares. Quien se unta con su sangre queda invulnerable, y la tela tejida por ella es un talismán contra el fuego. Las gentes que vivieron en el diluvio se jactaban de que, si venía una inundación de fuego, se protegerían con la sangre de la salamandra.
El rey Jizkiyahu debe la vida a la salamandra. Su malvado padre, el rey Ajaz, lo había entregado a los fuegos de Moloc, y habría ardido si su madre no lo hubiera pintado con la sangre de la salamandra, de modo que el fuego no pudo hacerle daño.
El shamir fue hecho al crepúsculo de la sexta jornada de la creación, junto con otras cosas extraordinarias. Es aproximadamente del tamaño de un grano de cebada, y posee la notable propiedad de cortar los diamantes más duros. Por esta razón se empleó para las piedras del pectoral que llevaba el Sumo Sacerdote. Primero se trazaban con tinta los nombres de las doce tribus sobre las piedras que iban a engastarse en el pectoral, luego se pasaba el shamir sobre las líneas, y así quedaban grabadas. Lo maravilloso era que la fricción no desprendía partícula alguna de las piedras. El shamir se usó también para labrar las piedras con que se edificó el Templo, porque la ley prohibía emplear herramientas de hierro en la obra del Templo. El shamir no puede guardarse en un recipiente de hierro, ni en ningún recipiente de metal, pues reventaría en pedazos tal receptáculo. Se conserva envuelto en un paño de lana, y este a su vez se coloca en una cesta de plomo llena de salvado de cebada. El shamir estuvo custodiado en el Paraíso hasta que Shlomo lo necesitó. Envió allá al águila a buscar el gusano. Con la destrucción del Templo, el shamir desapareció. Una suerte semejante corrió el tajash, que había sido creado solo para que su piel se usara en el Mishkán. Una vez completado el Mishkán, el tajash desapareció. Tenía un cuerno en la frente, estaba vistosamente coloreado como el pavo, y pertenecía a la clase de los animales puros. Entre los peces hay también criaturas maravillosas, las cabras marinas y los delfines, por no hablar del leviatán. Un hombre de mar vio una vez una cabra marina en cuyos cuernos estaban inscritas las palabras: «Soy un pequeño animal marino, y sin embargo recorrí trescientas parasangas para ofrecerme como alimento al leviatán». Los delfines son medio hombre y medio pez; incluso tienen trato carnal con seres humanos; por eso se les llama también «hijos del mar», pues en cierto sentido representan a la especie humana en las aguas.
Aunque toda especie del mundo animal fue creada durante las dos últimas de las seis jornadas de la creación, muchas características de ciertos animales aparecieron más tarde. El gato y el ratón, enemigos ahora, fueron amigos en un principio. Su enemistad posterior tuvo una causa precisa. En cierta ocasión, el ratón compareció ante Dios y dijo: «El gato y yo somos socios, pero ahora no tenemos nada que comer». HaShem respondió: «Intrigas contra tu compañera solo para poder devorarla. Como castigo, ella te devorará a ti». Entonces el ratón: «Señor del mundo, ¿en qué he obrado mal?». Dios respondió: «Reptil impuro, deberías haber escarmentado con el ejemplo de la luna, que perdió parte de su luz por haber hablado mal del sol, y lo que perdió fue dado a su adversario. Las malas intenciones que abrigaste contra tu compañera serán castigadas del mismo modo. En vez de devorarla tú, ella te devorará a ti». El ratón: «Señor del mundo, ¿será destruida toda mi especie?». Dios: «Me encargaré de que se salve un resto de ti». En su furia, el ratón mordió al gato, y el gato a su vez se echó sobre el ratón y lo despedazó a dentelladas hasta dejarlo muerto. Desde ese momento, el ratón tiene tal pavor al gato que ni siquiera intenta defenderse de los ataques de su enemigo, y siempre se mantiene escondido. De manera semejante, el perro y el gato mantenían una relación amistosa, y solo más tarde se hicieron enemigos. Un perro y un gato eran socios, y compartían entre sí cuanto tenían. Ocurrió una vez que ninguno pudo hallar nada que comer durante tres días. Entonces el perro propuso que disolvieran su sociedad. El gato iría a casa de Adam, donde sin duda habría comida suficiente para él, mientras que el perro buscaría su fortuna en otra parte. Antes de separarse, juraron no ir nunca al mismo amo. El gato fijó su morada con Adam, y encontró en su casa ratones suficientes para satisfacer su apetito. Al ver lo útil que era para ahuyentar y exterminar ratones, Adam lo trató con la mayor bondad. El perro, en cambio, pasó malos tiempos. La primera noche tras su separación la pasó en la cueva del lobo, que le había concedido alojamiento por una noche. De noche, el perro percibió el ruido de pasos y se lo comunicó a su anfitrión, que le mandó rechazar a los intrusos. Eran animales salvajes. Por poco el perro perdió la vida. Consternado, el perro huyó de la casa del lobo y se refugió con el mono. Pero este no quiso concederle ni una sola noche de alojamiento; y el fugitivo se vio forzado a apelar a la hospitalidad de la oveja. De nuevo oyó el perro pasos en medio de la noche. Obedeciendo el mandato de su anfitrión, se levantó para ahuyentar a los merodeadores, que resultaron ser lobos. Los ladridos del perro advirtieron a los lobos de la presencia de la oveja, de modo que el perro causó inocentemente la muerte de la oveja. Ahora había perdido a su último amigo. Noche tras noche pedía cobijo, sin hallar jamás un hogar. Por fin, decidió acudir a la casa de Adam, que también le concedió refugio por una noche. Cuando unos animales salvajes se acercaron a la casa al amparo de la oscuridad, el perro comenzó a ladrar, Adam despertó, y con su arco y su flecha los ahuyentó. Reconociendo la utilidad del perro, le mandó quedarse con él para siempre. Pero en cuanto el gato divisó al perro en la casa de Adam, empezó a reñir con él y a reprocharle haber roto su juramento. Adam hizo cuanto pudo por apaciguar al gato. Le dijo que él mismo había invitado al perro a hacer allí su hogar, y le aseguró que en modo alguno saldría perdiendo con la presencia del perro; quería que ambos se quedaran con él. Pero fue imposible aplacar al gato. El perro le prometió no tocar nada destinado al gato. Este insistió en que no podía vivir en una misma casa con un ladrón como el perro. Las disputas entre el perro y el gato se hicieron cosa de todos los días. Al fin, el perro no pudo soportarlo más, y dejó la casa de Adam y se marchó a la de Shet. Shet lo acogió con bondad, y desde la casa de Shet siguió haciendo esfuerzos por reconciliarse con el gato. En vano. Sí, la enemistad entre el primer perro y el primer gato se transmitió a toda su descendencia hasta el día de hoy.
Incluso las peculiaridades físicas de ciertos animales no fueron rasgos originales suyos, sino que debieron su existencia a algo ocurrido con posterioridad a los días de la creación. El ratón tenía al principio una boca muy distinta de la que tiene ahora. En el arca de Nóaj —en la que todos los animales, para asegurar la preservación de cada especie, vivían juntos en paz— la pareja de ratones estaba una vez sentada junto al gato. De pronto, este recordó que su padre tenía por costumbre devorar ratones y, pensando que no había mal en seguir su ejemplo, saltó sobre el ratón, que en vano buscó un agujero por donde escabullirse. Entonces ocurrió un milagro: apareció un agujero donde antes no había ninguno, y el ratón se refugió en él. El gato persiguió al ratón y, aunque no pudo seguirlo dentro del agujero, sí pudo meter la pata e intentar sacarlo de su escondrijo. El ratón abrió rápidamente la boca con la esperanza de que la pata entrara en ella y el gato no pudiera clavarle las garras en la carne. Pero como la cavidad de la boca no era bastante grande, el gato logró arañarle las mejillas al ratón. No es que le sirviera de mucho: solo ensanchó la boca del ratón, y su presa al fin escapó del gato. Tras su feliz huida, el ratón acudió a Nóaj y le dijo: «Hombre piadoso, ten la bondad de coserme la mejilla, donde mi enemigo, el gato, me ha hecho un desgarrón». Nóaj le mandó traer un pelo de la cola del cerdo, y con él reparó el daño. De ahí la pequeña línea, como una costura, junto a la boca de todo ratón hasta el día de hoy.
El cuervo es otro animal que cambió de aspecto durante su estancia en el arca. Cuando Nóaj quiso enviarlo a averiguar el estado de las aguas, se escondió bajo las alas del águila. Nóaj, sin embargo, lo encontró y le dijo: «Ve y mira si las aguas han menguado». El cuervo alegó: «¿No tienes a ningún otro entre todas las aves para enviar a este recado?». Nóaj: «Mi poder no se extiende más allá de ti y la paloma». Pero el cuervo no quedó satisfecho. Dijo a Nóaj con gran insolencia: «Me envías solo para que encuentre la muerte, y deseas mi muerte para que mi esposa quede a tu servicio». Entonces Nóaj maldijo al cuervo así: «Que tu boca, que ha hablado mal de mí, sea maldita, y que tu trato con tu esposa sea solo a través de ella». Todos los animales del arca dijeron amén. Y esta es la razón por la que una masa de saliva corre de la boca del cuervo macho a la boca de la hembra durante el acto de apareamiento, y solo así queda fecundada la hembra. En conjunto, el cuervo es un animal poco atractivo. Es cruel con sus propias crías mientras sus cuerpos no están cubiertos de plumas negras, aunque por regla general los cuervos se aman unos a otros. Por eso Dios toma a las crías del cuervo bajo su especial protección. De su propio excremento salen gusanos, que les sirven de alimento durante los tres días que transcurren tras su nacimiento, hasta que sus plumas blancas se vuelven negras y sus padres los reconocen como su prole y cuidan de ellos.
El cuervo tiene que culparse también a sí mismo del torpe brinco de su andar. Observó el paso grácil de la paloma y, envidioso de ella, trató de imitarlo. El resultado fue que por poco se rompe los huesos sin lograr en lo más mínimo parecerse a la paloma, por no hablar de que atrajo sobre sí el desdén de los demás animales. Su fracaso provocó su burla. Entonces decidió volver a su andar original, pero en el intervalo lo había desaprendido, y ya no podía caminar bien ni de un modo ni de otro. Su paso se había convertido en un brinco a medio camino entre ambos. Así vemos cuán cierto es que quien no se contenta con su pequeña porción pierde lo poco que tiene por afanarse en pos de cosas mayores y mejores.
El buey es también uno de los animales que han sufrido un cambio con el correr del tiempo. En un principio su cara estaba enteramente cubierta de pelo, pero ahora no lo tiene en el hocico, y ello se debe a que Yehoshúa lo besó en el hocico durante el asedio de Yerijó. Yehoshúa era un hombre sumamente pesado. Caballos, asnos y mulas, ninguno podía llevarlo; todos se derrumbaban bajo su peso. Lo que ellos no pudieron, lo logró el buey. Sobre su lomo cabalgó Yehoshúa al asedio de Yerijó, y en agradecimiento le dio un beso en el hocico.
La serpiente, también, es distinta de lo que fue al principio. Antes de la caída del hombre era el más astuto de todos los animales creados, y en forma se parecía mucho al hombre. Se erguía sobre sus patas y era de tamaño extraordinario. Después perdió las ventajas mentales que había poseído en comparación con los demás animales, y degeneró también físicamente; fue privada de sus patas, de modo que no pudiera perseguir a otros animales y matarlos. Al topo y a la rana hubo que hacerlos inofensivos de maneras semejantes; el primero no tiene ojos, pues de otro modo sería irresistible, y la rana no tiene dientes, pues de otro modo ningún animal del agua tendría segura su vida.
Mientras que la astucia de la serpiente labró su propia perdición, la astucia de la zorra le sirvió de mucho en más de un aprieto. Después de que Adam cometió el pecado de desobediencia, Dios entregó todo el mundo animal al poder del Ángel de la Muerte, y le ordenó arrojar al agua una pareja de cada especie. Él y el leviatán juntos tienen así dominio sobre todo lo que tiene vida. Cuando el Ángel de la Muerte estaba a punto de ejecutar el mandato divino sobre la zorra, esta empezó a llorar amargamente. El Ángel de la Muerte le preguntó la razón de sus lágrimas, y la zorra respondió que estaba de duelo por la triste suerte de su amiga. Al mismo tiempo señaló la figura de una zorra en el mar, que no era sino su propio reflejo. El Ángel de la Muerte, persuadido de que ya se había arrojado al agua a una representante de la familia de las zorras, la dejó en libertad. La zorra contó su treta al gato, y este a su vez se la jugó al Ángel de la Muerte. Así ocurrió que ni el gato ni la zorra están representados en el agua, mientras que todos los demás animales sí lo están.
Cuando el leviatán pasó revista a los animales y, echando en falta a la zorra, se enteró de la astuta manera en que había eludido su autoridad, despachó a peces grandes y poderosos con el encargo de atraer a la desertora al agua. La zorra, caminando por la orilla, divisó el gran número de peces y exclamó: «¡Dichoso el que siempre pueda saciar su hambre con la carne de estos!». Los peces le dijeron que, si tan solo los seguía, su apetito podría ser fácilmente satisfecho. Al mismo tiempo le informaron de que la aguardaba un gran honor. El leviatán, dijeron, estaba a las puertas de la muerte, y les había encargado instalar a la zorra como su sucesora. Estaban dispuestos a llevarla sobre sus lomos, de modo que no tuviera nada que temer del agua, y así la conducirían hasta el trono, que se alzaba sobre una enorme roca. La zorra cedió a estas persuasiones y descendió al agua. Al poco, se apoderó de ella una sensación de desazón. Empezó a sospechar que se habían vuelto las tornas: era ella quien estaba siendo objeto de burla, en vez de burlarse de otros como de costumbre. Urgió a los peces a que le dijeran la verdad, y estos admitieron que habían sido enviados a apresarla para el leviatán, que quería su corazón, para volverse tan sabio como la zorra, cuya sabiduría había oído ensalzar a muchos. La zorra dijo con reproche: «¿Por qué no me dijisteis la verdad de una vez? Entonces podría haber traído mi corazón conmigo para el rey Leviatán, que me habría colmado de honores. Tal como están las cosas, seguramente sufriréis castigo por traerme sin mi corazón. Las zorras, ¿veis?, no llevan su corazón consigo. Lo guardan en un lugar seguro, y cuando lo necesitan, van a buscarlo allí». Los peces nadaron rápidamente hasta la orilla y desembarcaron a la zorra, para que fuera por su corazón. Apenas sintió tierra firme bajo sus pies, empezó a saltar y a gritar, y cuando la instaron a ir en busca de su corazón y a seguirlos, dijo: «Necios, ¿podría haberos seguido al agua si no hubiera llevado mi corazón conmigo? ¿O existe acaso una criatura capaz de andar por ahí sin su corazón?». Los peces respondieron: «Vamos, vamos, te estás burlando de nosotros». A lo que la zorra: «Necios, si pude jugarle una treta al Ángel de la Muerte, ¡cuánto más fácil fue burlarme de vosotros!». Así que tuvieron que regresar, sin cumplir su encargo, y al leviatán no le quedó sino confirmar el mordaz veredicto de la zorra: «En verdad, la zorra es sabia de corazón, y vosotros sois necios».
Todas las cosas alaban a HaShem
«Cuanto Dios creó tiene valor». Incluso los animales y los insectos que a primera vista parecen inútiles y dañinos tienen una vocación que cumplir. El caracol, que arrastra tras de sí un rastro húmedo al reptar, y agota así su vitalidad, sirve de remedio para los forúnculos. El aguijón de un avispón se cura con la mosca doméstica, machacada y aplicada sobre la herida. El mosquito, criatura endeble que toma alimento pero nunca lo excreta, es específico contra el veneno de la víbora, y este mismo reptil venenoso cura las erupciones, mientras que la lagartija es el antídoto contra el escorpión. No solo sirven todas las criaturas al hombre y contribuyen a su bienestar, sino que además Dios «nos enseña por medio de las bestias de la tierra, y nos hace sabios por medio de las aves del cielo». Dotó a muchos animales de admirables cualidades morales como modelo para el hombre. Si la Torá no nos hubiera sido revelada, habríamos podido aprender el respeto por el decoro de la vida del gato, que cubre su excremento con tierra; el respeto por los bienes ajenos de las hormigas, que nunca invaden los depósitos unas de otras; y el respeto por la conducta decorosa del gallo, que, cuando desea unirse a la gallina, promete comprarle un manto lo bastante largo para llegar al suelo, y cuando la gallina le recuerda su promesa, sacude su cresta y dice: «Que me priven de la cresta si no lo compro en cuanto tenga con qué». También el saltamontes tiene una lección que enseñar al hombre. Todo el verano canta, hasta que su vientre revienta, y la muerte lo reclama. Aunque conoce la suerte que le aguarda, sigue cantando. Así debe el hombre cumplir su deber para con Dios, sean cuales fueren las consecuencias. La cigüeña debe tomarse como modelo en dos aspectos. Guarda celosamente la pureza de su vida familiar, y para con sus semejantes es compasiva y misericordiosa. Incluso la rana puede ser maestra del hombre. Junto al agua vive una especie de animales que se sustentan únicamente de criaturas acuáticas. Cuando la rana advierte que uno de ellos tiene hambre, va a él por su propia voluntad y se ofrece como alimento, cumpliendo así el precepto: «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer pan; y si tiene sed, dale de beber agua».
Toda la creación fue llamada a la existencia por Dios para su gloria, y cada criatura tiene su propio himno de alabanza con que ensalzar al Creador. El cielo y la tierra, el Paraíso y el infierno, el desierto y el campo, los ríos y los mares —todos tienen su propia manera de rendir homenaje a Dios—. El himno de la tierra es: «Desde el confín de la tierra oímos cantos: gloria al Justo». El mar exclama: «Por encima de las voces de muchas aguas, de los recios oleajes del mar, Adonái en las alturas es poderoso».
También los cuerpos celestes y los elementos proclaman la alabanza de su Creador: el sol, la luna y las estrellas, las nubes y los vientos, el relámpago y el rocío. El sol dice: «El sol y la luna se detuvieron en su morada, a la luz de tus flechas al cruzar, al resplandor de tu lanza fulgurante»; y las estrellas cantan: «Tú, Adonái, solo tú; tú hiciste el cielo, el cielo de los cielos, con todo su ejército, la tierra y cuanto hay en ella, los mares y cuanto en ellos hay, y tú los conservas a todos; y el ejército de los cielos te adora».
Además, cada planta tiene un canto de alabanza. El árbol fructífero canta: «Entonces todos los árboles del bosque cantarán de júbilo delante de Adonái, porque viene; porque viene a juzgar la tierra»; y las espigas de grano en el campo cantan: «Los prados se cubren de rebaños, y los valles se visten de trigo; dan voces de júbilo, y aun cantan».
Grandes entre los cantores de alabanza son las aves, y la mayor de todas es el gallo. Cuando Dios, a medianoche, va hacia los piadosos en el Paraíso, todos los árboles que allí hay prorrumpen en adoración, y sus cantos despiertan al gallo, que empieza a su vez a alabar a Dios. Siete veces canta, y cada vez recita un versículo. El primer versículo es: «Alzad, oh puertas, vuestras cabezas; alzaos, portones eternos, y entrará el Rey de la gloria. ¿Quién es este Rey de la gloria? Adonái, fuerte y poderoso; Adonái, poderoso en la batalla». El segundo versículo: «Alzad, oh puertas, vuestras cabezas; alzadlas, portones eternos, y entrará el Rey de la gloria. ¿Quién es este Rey de la gloria? Adonái de los ejércitos, Él es el Rey de la gloria». El tercero: «Levantaos, justos, y ocupaos en la Torá, para que vuestra recompensa sea abundante en el mundo venidero». El cuarto: «¡He esperado tu salvación, oh Adonái!». El quinto: «¿Hasta cuándo dormirás, perezoso? ¿Cuándo te levantarás de tu sueño?». El sexto: «No ames el sueño, para que no llegues a la pobreza; abre tus ojos, y te saciarás de pan». Y el séptimo versículo que canta el gallo dice: «Tiempo es de obrar por Adonái, porque han anulado tu ley».
El canto del buitre es: «Les silbaré y los reuniré, porque los he redimido, y se multiplicarán como se multiplicaron» —el mismo versículo con el que el ave anunciará, en el tiempo por venir, la llegada del Mashíaj; con la única diferencia de que, cuando anuncie al Mashíaj, se posará sobre la tierra para cantar su versículo, mientras que en todas las demás ocasiones está posado en otro lugar cuando lo canta.
Tampoco los demás animales alaban a Dios menos que las aves. Hasta las bestias de presa entonan su adoración. El león dice: «Adonái saldrá como un valiente; despertará su celo como un hombre de guerra; gritará, sí, dará grandes voces; prevalecerá contra sus enemigos». Y la zorra exhorta a la justicia con estas palabras: «¡Ay del que edifica su casa con injusticia y sus aposentos con iniquidad; del que hace trabajar a su prójimo sin paga y no le da su salario!».
Sí, hasta los peces mudos saben proclamar la alabanza de su Señor. «La voz de Adonái está sobre las aguas —dicen—; el Dios de gloria truena, Adonái sobre las muchas aguas»; mientras que la rana exclama: «Bendito sea el nombre de la gloria de su reino por siempre jamás».
Por despreciables que sean, hasta los reptiles alaban a su Creador. El ratón ensalza a Dios con estas palabras: «Mas tú eres justo en todo lo que ha venido sobre mí, porque rectamente has obrado, pero yo he obrado con maldad». Y el gato canta: «Todo lo que respira alabe a Adonái. ¡Alabad a Adonái!».