Capítulo cuarto
Moshé en Mitsraim
El comienzo de la servidumbre en Mitsraim
Apenas murió Yaakov, se cerraron los ojos de los israelitas, y también sus corazones. Empezaron a sentir el dominio del extraño, aunque la servidumbre verdadera no los esclavizó hasta algún tiempo después. Mientras vivió uno solo de los hijos de Yaakov, los egipcios no se atrevieron a acercarse a los israelitas con malas intenciones. Solo cuando Leví, el último de ellos, partió de esta vida, comenzó su sufrimiento. Un cambio en la relación de los egipcios hacia los israelitas se había notado, es cierto, inmediatamente después de la muerte de Yosef —pero no se quitaron la máscara del todo hasta que Leví ya no estuvo. Entonces la esclavitud de los israelitas sobrevino de veras.
El primer acto hostil por parte de los egipcios fue despojar a los israelitas de sus campos, de sus viñas y de los dones que Yosef había enviado a sus hermanos. No contentos con estas enemistades, buscaron dañarlos también de otras maneras. La razón del odio de los egipcios era la envidia y el miedo. Los israelitas se habían multiplicado de un modo milagroso. A la muerte de Yaakov, las setenta personas que había hecho descender con él habían crecido hasta el número de seiscientos mil, y su fuerza física y su heroísmo eran extraordinarios —y por eso alarmantes para los egipcios. Hubo entonces muchas ocasiones para el despliegue de valentía. No mucho después de la muerte de Leví ocurrió la del rey egipcio Magrón, que había sido criado por Yosef y por eso no carecía del todo de un recuerdo agradecido de lo que él y su familia habían logrado para el bienestar de Mitsraim. Pero su hijo y sucesor Malol, junto con toda su corte, no conocían a los hijos de Yaakov ni sus hazañas, y no tuvieron reparo en oprimir a los hebreos.
La ruptura final entre ellos y los egipcios tuvo lugar durante las guerras que Malol libró contra Tsefó, el nieto de Esav. En el curso de ellas, los israelitas habían salvado a los egipcios de una derrota aplastante —pero en vez de estar agradecidos, solo buscaron la perdición de sus bienhechores, por temor a que la fuerza gigantesca de los hebreos se volviera contra ellos.
La astucia del Paró
Los consejeros y los ancianos de Mitsraim vinieron ante el Paró y le hablaron, diciendo: «Mira, el pueblo de los hijos de Israel es más grande y más poderoso que nosotros. Has visto su fuerza recia, que han heredado de sus padres, pues unos pocos de ellos se alzaron contra un pueblo tan numeroso como la arena del mar, y ninguno cayó. Ahora, pues, danos consejo sobre qué hacer con ellos, hasta que poco a poco los destruyamos de entre nosotros, no sea que lleguen a ser demasiado numerosos en la tierra, porque si se multiplican y estalla alguna guerra, se unirán también con su gran fuerza a nuestros enemigos, y pelearán contra nosotros, nos destruirán de la tierra y se marcharán de ella».
El rey respondió a los ancianos, diciendo: «Este es el plan que yo aconsejo contra Israel, y de él no nos apartaremos. Mirad, Pitom y Ramsés son ciudades no fortificadas contra la batalla. Nos conviene fortificarlas. Ahora, id y obrad con astucia contra los hijos de Israel, y proclamad en Mitsraim y en Goshen, diciendo: “¡Todos vosotros, hombres de Mitsraim, de Goshen y de Patrós! El rey nos ha ordenado edificar Pitom y Ramsés y fortificarlas contra la batalla. Aquellos de entre vosotros en todo Mitsraim, de los hijos de Israel y de todos los habitantes de las ciudades, que estén dispuestos a edificar con nosotros, recibirán su paga cada día, por orden del rey”.
»Id entonces primero vosotros y comenzad a edificar Pitom y Ramsés, y haced que la proclama del rey se pregone cada día, y cuando algunos de los hijos de Israel vengan a edificar, dadles su paga cada día; y después de que hayan edificado con vosotros por su paga diaria, apartaos de ellos día tras día, y uno a uno, en secreto. Entonces os alzaréis y os haréis sus capataces y sus oficiales, y después los tendréis para que edifiquen sin paga. Y si se niegan, forzadlos con todas vuestras fuerzas a edificar. Si hacéis esto, nos irá bien, pues así fortificaremos nuestra tierra de esta manera, y a los hijos de Israel les irá mal, porque disminuirán en número a causa del trabajo, ya que les impediréis estar con sus mujeres».
Los ancianos, los consejeros y todo Mitsraim hicieron conforme a la palabra del rey. Durante un mes los siervos del Paró edificaron con Israel, y luego se retiraron poco a poco, mientras los hijos de Israel seguían trabajando y recibiendo su paga diaria, pues algunos hombres de Mitsraim aún proseguían la obra con ellos. Al cabo de un tiempo, todos los egipcios se habían retirado, y habían pasado a ser los oficiales y capataces de los israelitas. Entonces dejaron de darles paga alguna, y cuando algunos de los hebreos se negaron a trabajar sin salario, sus capataces los golpearon y los obligaron por la fuerza a volver a la labor con sus hermanos. Y los hijos de Israel tuvieron gran temor de los egipcios, y volvieron y trabajaron sin paga, todos excepto la tribu de Leví, que no fue empleada en la obra con sus hermanos. Los hijos de Leví sabían que la proclama del rey se había hecho para engañar a Israel, por eso se abstuvieron de escucharla; y los egipcios no los molestaron después, ya que no habían estado con sus hermanos al principio, y aunque los egipcios amargaron la vida de los demás israelitas con trabajo servil, no importunaron a los hijos de Leví. Los israelitas llamaron a Malol, el rey de Mitsraim, Maror, «Amargura», porque en sus días los egipcios amargaron sus vidas con toda clase de servicios penosos.
Pero el Paró no se dio por satisfecho con su proclama y con la aflicción que imponía a los israelitas. Se colgó del propio cuello un molde de ladrillos y él mismo tomó parte en la obra de Pitom y Ramsés. Después de esto, cada vez que un hebreo se negaba a venir y ayudar con la edificación, alegando que no era apto para servicio tan duro, los egipcios le replicaban, diciendo: «¿Pretendes hacernos creer que eres más delicado que el Paró?».
El rey mismo azuzaba a los israelitas con palabras suaves, diciendo: «Hijos míos, os ruego que hagáis esta obra y me levantéis estos pequeños edificios. Os daré por ello gran recompensa». Por medio de tales artificios y palabras astutas, los egipcios lograron dominar a los israelitas, y una vez que los tuvieron en su poder, los trataron con brutalidad sin disimulo. A las mujeres se las obligaba a hacer trabajo de hombres, y a los hombres, trabajo de mujeres.
La edificación de Pitom y Ramsés no resultó de ningún provecho para los egipcios, pues apenas quedaban terminadas las estructuras, se derrumbaban, o eran tragadas por la tierra; y los obreros hebreos, además de tener que sufrir penalidades durante su levantamiento, perdían la vida al ser precipitados desde alturas enormes cuando los edificios caían en montón.
Pero a los egipcios poco les importaba si sacaban o no provecho del trabajo forzado de los hijos de Israel. Su objetivo principal era impedir su aumento, y por eso el Paró dio una orden: que no se les permitiera dormir en sus propias casas, para que quedaran privados de la ocasión de yacer con sus mujeres. Los oficiales ejecutaron la voluntad del rey, diciendo a los hebreos que la razón era la pérdida de demasiado tiempo en ir y venir, lo cual les impediría completar la cuenta requerida de ladrillos. Así, los maridos hebreos fueron mantenidos apartados de sus mujeres, y se los obligaba a dormir en el suelo, lejos de sus moradas.
Pero Dios habló, diciendo: «A su padre Avraham le di la promesa de que haría a sus hijos tan numerosos como las estrellas de los cielos, y vosotros urdís planes para impedir que se multipliquen. Ya veremos qué palabra se sostiene, si la mía o la vuestra». Y sucedió que cuanto más los afligían los egipcios, más se multiplicaban y más se extendían. Y siguieron aumentando a pesar de la orden del Paró de que quienes no completaran la cuenta requerida de ladrillos fueran emparedados en los edificios, entre las hiladas de ladrillos, y grande fue el número de israelitas que perdieron la vida de este modo. Muchos de sus hijos, además, fueron degollados como sacrificios a los ídolos de los egipcios. Por esta razón Dios trajo castigo sobre los ídolos en el tiempo de la salida de los israelitas de Mitsraim. Habían causado la muerte de los niños hebreos, y a su vez fueron hechos pedazos y se desmenuzaron en polvo.
Las parteras piadosas
Cuando ahora, a pesar de todas sus tribulaciones, los hijos de Israel seguían multiplicándose y extendiéndose, de suerte que la tierra estaba llena de ellos como de espesa maleza —pues las mujeres daban a luz muchos hijos de un solo parto—, los egipcios comparecieron de nuevo ante el Paró y lo apremiaron a idear algún otro modo de librar la tierra de los hebreos, viendo que aumentaban poderosamente aunque se los hacía penar y trabajar duro. El Paró no pudo inventar ninguna nueva traza; pidió a sus consejeros que le dieran su parecer sobre el asunto. Entonces habló uno de ellos, Iyov de la tierra de Uts, que está en Aram-Naharáyim, así: «El plan que el rey inventó, de poner una gran carga de trabajo sobre los israelitas, fue bueno en su momento, y debe ejecutarse también en adelante; pero para asegurarnos contra el temor de que, si llegara a estallar una guerra, nos abrumen por razón de su número y nos expulsen de la tierra, que el rey promulgue un decreto: que todo hijo varón de los israelitas sea muerto al nacer. Entonces no tendremos que temerlos si nos sorprende la guerra. Ahora, que el rey convoque a las parteras hebreas, que vengan aquí, y que les ordene conforme a este plan».
El consejo de Iyov halló favor a los ojos del Paró y de los egipcios. Preferían que las parteras asesinaran a los inocentes, pues temían el castigo de Dios si ponían ellos mismos las manos sobre ellos. El Paró citó ante sí a las dos parteras de los hebreos y les ordenó matar a todos los hijos varones, pero dejar con vida a las hijas de las mujeres hebreas, pues a los egipcios les interesaba tanto conservar a las niñas como provocar la muerte de los varones. Eran muy sensuales, y deseaban tener a su servicio la mayor cantidad posible de mujeres.
Sin embargo, el plan, aun de haberse llevado a cabo, no era sabio, pues aunque un hombre puede casarse con muchas mujeres, cada mujer solo puede casarse con un hombre. Así, un número menguado de hombres y un aumento correspondiente en el número de mujeres no constituía una amenaza tan grave para la continuidad de la nación de los israelitas como habría sido el caso contrario.
Las dos parteras hebreas eran Yojéved, la madre de Moshé, y Miriam, su hermana. Cuando comparecieron ante el Paró, Miriam exclamó: «¡Ay de este hombre cuando Dios le traiga castigo por sus malas obras!». El rey la habría matado por estas palabras audaces, si Yojéved no hubiera aplacado su ira diciendo: «¿Por qué haces caso de sus palabras? No es más que una niña, y no sabe lo que dice». Sin embargo, aunque Miriam tenía por entonces solo cinco años, acompañaba a su madre y la ayudaba en sus oficios con las mujeres hebreas, dando de comer a los recién nacidos mientras Yojéved los lavaba y los bañaba.
La orden del Paró decía así: «Al nacer la criatura, si es varón, matadlo; pero si es hembra, no hace falta que la matéis, sino que podéis dejarla con vida». Las parteras replicaron: «¿Cómo hemos de saber si la criatura es varón o hembra?», pues el rey les había mandado matarla mientras estaba naciendo. El Paró respondió: «Si la criatura sale del vientre con el rostro por delante, es varón, pues mira hacia la tierra, de donde fue tomado el hombre; pero si aparecen primero los pies, es hembra, pues mira hacia la costilla de la madre, y de una costilla fue hecha la mujer».
El rey empleó toda clase de ardides para doblegar a las parteras a sus deseos. Se les acercó con propuestas amorosas, que ambas rechazaron, y luego las amenazó con la muerte por fuego. Pero ellas se dijeron para sus adentros: «Nuestro padre Avraham abrió una posada para alimentar a los caminantes, aunque fueran idólatras, ¿y nosotras hemos de descuidar a los niños, más aún, matarlos? No, nos cuidaremos de mantenerlos con vida». Así dejaron de ejecutar lo que el Paró había ordenado. En vez de asesinar a los pequeños, atendían todas sus necesidades. Si una madre que había dado a luz carecía de comida y bebida, las parteras iban a las mujeres pudientes y hacían una colecta, para que la criatura no padeciera carencia. Aún más hacían por los pequeñitos. Suplicaban a Dios, orando: «Tú sabes que no estamos cumpliendo las palabras del Paró, sino que nuestro afán es cumplir las tuyas. Ojalá sea tu voluntad, Señor nuestro, dejar que la criatura venga al mundo sana y salva, no sea que caigamos bajo la sospecha de que intentamos matarla y la lisiamos en el intento». HaShem escuchó su oración, y ninguna criatura nacida bajo los cuidados de Shifrá y Puá —o Yojéved y Miriam, como también se llama a las parteras— vino al mundo coja ni ciega ni aquejada de ningún otro defecto.
Viendo que su orden resultaba ineficaz, el Paró convocó a las parteras por segunda vez y les pidió cuentas de su desobediencia. Ellas respondieron: «Esta nación es comparada a un animal y a otro, y, en verdad, los hebreos son como los animales. Tan poco como los animales necesitan de los oficios de las parteras». Estas dos mujeres temerosas de Dios fueron recompensadas de muchas maneras por sus buenas obras. No solo el Paró no les hizo daño, sino que fueron hechas antepasadas de sacerdotes y de leviim, y de reyes y de príncipes. Yojéved llegó a ser la madre del sacerdote Aharón y del levita Moshé, y de la unión de Miriam con Kalev brotó la casa real de David. La mano de Dios se hizo visible en su vida conyugal. Contrajo una enfermedad grave, y aunque todos los que la veían pensaban que la muerte la alcanzaría con certeza, se recobró, y Dios le restituyó la juventud y le concedió una hermosura inusitada, de modo que una dicha renovada aguardaba a su esposo, que había sido privado de los placeres de la vida conyugal durante su larga enfermedad. Sus alegrías inesperadas fueron la recompensa de su piedad y de su confianza en Dios. Y otra recompensa le fue otorgada a Miriam: se le concedió el privilegio de dar a luz a Betsalel, el constructor del Mishkán, que fue dotado de sabiduría celestial.
Los tres consejeros
En el año ciento treinta después del descenso de Israel a Mitsraim, el Paró soñó que estaba sentado sobre su trono, y alzó sus ojos y vio ante sí a un anciano con una balanza en la mano, y lo vio tomar a todos los ancianos, nobles y grandes de Mitsraim, atarlos juntos y ponerlos en un platillo de la balanza, mientras en el otro colocaba un tierno cabrito. El cabrito hizo bajar el platillo en que yacía hasta que quedó más abajo que el otro, con los egipcios atados. El Paró se levantó temprano por la mañana y reunió a todos sus siervos y a sus sabios para interpretar su sueño, y los hombres tuvieron gran temor a causa de su visión. Bilam, hijo de Beor, habló entonces y dijo: «Esto no significa sino que un gran mal ha de surgir contra Mitsraim, pues le nacerá a Israel un hijo que destruirá toda nuestra tierra y a todos sus habitantes, y sacará a los israelitas de Mitsraim con mano poderosa. Ahora, pues, oh rey, toma consejo sobre este asunto, para que la esperanza de Israel quede frustrada antes de que este mal se alce contra Mitsraim».
El rey dijo a Bilam: «¿Qué haremos a Israel? Hemos probado varios ardides contra este pueblo, pero no hemos podido prevalecer sobre él. Ahora déjame oír tu parecer».
A instancias de Bilam, el rey mandó llamar a sus dos consejeros, Reuel el madianita e Iyov el de Uts, para oír su consejo. Reuel habló: «Si al rey le parece bien, que desista de los hebreos y que no extienda su mano contra ellos, pues HaShem los eligió en los días de antaño y los tomó como la porción de su heredad de entre todas las naciones de la tierra; ¿y quién ha osado extender su mano contra ellos impunemente, sin que su Dios vengara el mal que les fue hecho?». Reuel pasó luego a enumerar algunas de las cosas poderosas que Dios había realizado por Avraham, Yitsjak y Yaakov, y cerró su amonestación con estas palabras: «En verdad, tu abuelo, el Paró de los días de antaño, encumbró a Yosef, hijo de Yaakov, por encima de todos los príncipes de Mitsraim, porque discernió su sabiduría, pues por su sabiduría rescató de la hambruna a todos los habitantes de la tierra, tras lo cual invitó a Yaakov y a sus hijos a descender a Mitsraim, para que la tierra de Mitsraim y la tierra de Goshen fueran libradas de la hambruna por sus virtudes. Ahora, pues, si te parece bien a tus ojos, deja de destruir a los hijos de Israel, y si no es tu voluntad que moren en Mitsraim, envíalos fuera de aquí, para que vayan a la tierra de Kena’an, la tierra donde peregrinaron sus antepasados».
Cuando el Paró oyó las palabras de Yitró-Reuel, se enfureció mucho con él, y fue despedido con deshonra de la presencia del rey, y se fue a Midián.
Habló entonces el rey a Iyov, y dijo: «¿Qué dices tú, Iyov, y cuál es tu consejo respecto a los hebreos?». Iyov respondió: «Mira, todos los habitantes de la tierra están en tu poder. Que el rey haga lo que le parezca bien a sus ojos».
Bilam fue el último en hablar, por mandato del rey, y dijo: «De todo lo que el rey pueda tramar contra los hebreos, serán librados. Si piensas menguarlos con el fuego llameante, no prevalecerás sobre ellos, pues su Dios libró a Avraham, su padre, del horno en que lo arrojaron los caldeos. Quizá pienses destruirlos con la espada, pero su padre Yitsjak fue librado de ser degollado por la espada. Y si piensas reducirlos mediante trabajo duro y penoso, tampoco prevalecerás, pues su padre Yaakov sirvió a Laván en toda clase de labores duras, y aun así prosperó. Si al rey le place, que ordene que todos los hijos varones que nazcan en Israel de este día en adelante sean arrojados al agua. Con ello podrás borrar su nombre, pues ni ninguno de ellos ni ninguno de sus padres fue probado de esta manera».
La matanza de los inocentes
El consejo de Bilam fue aceptado por el Paró y los egipcios. Sabían que Dios paga medida por medida, por eso creyeron que ahogar a los hijos varones sería el medio más seguro de exterminar a los hebreos, sin acarrearse daño a sí mismos, pues HaShem había jurado a Nóaj no volver jamás a destruir el mundo con agua. Así, supusieron, quedarían exentos de castigo, en lo cual, sin embargo, se equivocaban. En primer lugar, aunque HaShem había jurado no traer un diluvio sobre los hombres, nada impedía traer a los hombres a un diluvio. Además, el juramento de Dios se aplicaba a toda la humanidad, no a una sola nación. El fin de los egipcios fue que hallaron la muerte en las olas del mar de los Juncos. «Medida por medida»: así como habían ahogado a los hijos varones de los israelitas, así fueron ahogados.
El Paró dio ahora los pasos encaminados a la fiel ejecución de su decreto. Envió a sus alguaciles a las casas de los israelitas, para descubrir a todos los recién nacidos, dondequiera que estuviesen. Para asegurarse de que los hebreos no lograran mantener ocultos a los niños, los egipcios tramaron un plan diabólico. Sus mujeres habían de llevar a sus pequeños a las casas de las mujeres israelitas de quienes se sospechaba que tenían criaturas. Cuando los niños egipcios empezaban a llorar o a gorjear, los niños hebreos que se mantenían escondidos se les unían, a la manera de los bebés, y delataban su presencia, con lo cual los egipcios los apresaban y se los llevaban.
Además, el Paró ordenó que las mujeres israelitas no emplearan sino parteras egipcias, que debían obtener información precisa sobre el momento de su parto, y ejercer gran vigilancia, y no dejar escapar con vida a ningún hijo varón. Si hubiera padres que eludieran la orden y guardaran en secreto a un varón recién nacido, ellos y todos los suyos serían muertos.
¿Es de extrañar, entonces, que muchos de los hebreos se mantuvieran apartados de sus mujeres? Sin embargo, quienes ponían su confianza en Dios no fueron abandonados por Él. Las mujeres que seguían unidas a sus maridos salían al campo cuando llegaba el tiempo de su parto, y daban a luz a sus hijos y los dejaban allí, mientras ellas mismas regresaban a casa. HaShem, que había jurado a sus antepasados multiplicarlos, enviaba a uno de sus ángeles a lavar a los recién nacidos, ungirlos, estirarles los miembros y fajarlos. Luego les daba dos guijarros lisos, de uno de los cuales chupaban leche, y del otro miel. Y Dios hacía crecer el cabello de las criaturas hasta las rodillas, para que les sirviera de vestidura protectora, y luego ordenaba a la tierra que recibiera a los recién nacidos, para que quedaran cobijados en ella hasta el tiempo de su crecimiento, cuando la tierra abriría su boca y arrojaría a los niños, y ellos brotarían como la hierba del campo y la yerba del bosque. Después cada uno regresaba a su familia y a la casa de su padre.
Cuando los egipcios vieron esto, salieron, cada hombre a su campo, con su yunta de bueyes, y araron la tierra como se ara en tiempo de siembra. Pero no pudieron hacer daño a las criaturas de los hijos de Israel que habían sido tragadas y yacían en el seno de la tierra. Así el pueblo de Israel aumentó y se acrecentó en gran manera. Y el Paró ordenó a sus oficiales ir a Goshen, a buscar a los niños varones de los hijos de Israel, y cuando descubrían a uno, lo arrancaban del pecho de su madre por la fuerza y lo arrojaban al río. Pero nadie es tan valeroso como para poder frustrar los designios de Dios, aunque urda diez mil sutiles ardides con ese fin. El niño anunciado por los sueños del Paró y por sus astrólogos fue criado y mantenido oculto de los espías del rey. Sucedió de la manera siguiente.
Los padres de Moshé
Cuando se promulgó la proclama del Paró, decretando que los hijos varones de los hebreos fueran arrojados al río, Amram, que era el presidente del Sanhedrín, decidió que, en tales circunstancias, lo mejor era que los maridos vivieran del todo separados de sus mujeres. Él dio el ejemplo. Se divorció de su mujer, y todos los hombres de Israel hicieron lo mismo, pues él ocupaba un lugar de gran consideración entre su pueblo, siendo una de las razones que pertenecía a la tribu de Leví, la tribu que fue fiel a su Dios aun en la tierra de Mitsraim, mientras que las demás tribus vacilaban en su lealtad e intentaban aliarse con los egipcios, llegando incluso a renunciar a la seña de la alianza de Avraham. Para castigar a los hebreos por su impiedad, Dios tornó en odio el amor que los egipcios les tenían, de modo que resolvieron su destrucción. Consciente de todo lo que él y su pueblo debían al sabio gobierno de Yosef, el Paró se negó al principio a considerar los planes maliciosos que los egipcios proponían contra los hebreos. Habló a su pueblo: «Necios, a estos hebreos les debemos cuanto disfrutamos, ¿y ahora deseáis alzaros contra ellos?». Pero a los egipcios no se los pudo apartar de su propósito de arruinar a Israel. Depusieron a su rey y lo encarcelaron durante tres meses, hasta que se declaró dispuesto a ejecutar con firmeza lo que habían resuelto, y buscó llevar a la ruina a los hijos de Israel por todos los medios imaginables. Tal fue el castigo que se habían atraído sobre sí por sus propios actos.
En cuanto a Amram, no solo pertenecía a la tribu de Leví, distinguida por su piedad, sino que, por razón de su extraordinaria piedad, sobresalía incluso entre los piadosos de la tribu. Fue uno de los cuatro que fueron inmaculados, no manchados por el pecado, sobre quienes la muerte no habría tenido poder, si la mortalidad no hubiera sido decretada contra cada ser humano a causa de la caída del primer hombre y de la primera mujer. Los otros tres que llevaron la misma vida sin pecado fueron Binyamín, Yishai, el padre de David, y Kilav, el hijo de David. Si la Shejiná fue atraída de nuevo cerca de la morada de los mortales, se debió a la piedad de Amram. Originalmente la residencia verdadera de la Shejiná estaba entre los hombres, pero cuando Adam cometió su pecado, ella se retiró al cielo, al principio al más bajo de los siete cielos. De allí fue desterrada por el crimen de Káyin, y se retiró al segundo cielo. Los pecados de la generación de Enosh la alejaron aún más de los hombres, y estableció su morada en el tercer cielo; luego, sucesivamente, en el cuarto, a causa de los malvados de la generación del diluvio; en el quinto, durante la edificación de la torre de Bavel y la confusión de las lenguas; en el sexto, por razón de los inicuos egipcios en tiempos de Avraham; y, finalmente, en el séptimo, a consecuencia de las abominaciones de los habitantes de Sedom. Seis hombres justos —Avraham, Yitsjak, Yaakov, Leví, Kehat y Amram— atrajeron a la Shejiná de vuelta, uno por uno, desde el séptimo hasta el primer cielo, y por medio del séptimo hombre justo, Moshé, se la hizo descender a la tierra y morar entre los hombres como antaño.
La sagacidad de Amram iba a la par de su piedad y de su saber. Los egipcios lograron esclavizar a los hebreos con promesas seductoras. Al principio les daban un shekel por cada ladrillo que hacían, tentándolos a esfuerzos sobrehumanos con la perspectiva de ganar mucho dinero. Después, cuando los egipcios los forzaron a trabajar sin paga, insistieron en tener tantos ladrillos como los hebreos habían hecho cuando se les pagaba su labor, pero de Amram solo podían exigir un único ladrillo al día, pues él había sido el único a quien no habían extraviado con su artificio. Se había contentado con un solo shekel al día, y por eso había hecho solo un ladrillo al día, que luego tuvieron que aceptar como la medida de su jornada de trabajo.
Como compañera de su vida, Amram escogió a su tía Yojéved, que había nacido el mismo día que él. Era hija de Leví, y debía su nombre, «Esplendor Divino», a la luz celestial que irradiaba de su rostro. Era digna de ser la ayuda de su esposo, pues era una de las parteras que habían puesto en peligro su propia vida para salvar a los pequeños bebés hebreos. En verdad, si Dios no hubiera permitido que sucediera un milagro, ella y su hija Miriam habrían sido muertas por el Paró por haberse resistido a sus órdenes y haber dejado con vida a los niños hebreos. Cuando el rey envió a sus verdugos por las dos mujeres, Dios hizo que se volvieran invisibles, y los alguaciles tuvieron que regresar sin cumplir su cometido.
El primer hijo de la unión entre Amram y Yojéved, su mujer, que tenía ciento veintiséis años en el tiempo de su casamiento, fue una niña, y la madre la llamó Miriam, «Amargura», pues fue en el tiempo de su nacimiento cuando los egipcios comenzaron a emponzoñar la vida de los hebreos. El segundo hijo fue un varón, llamado Aharón, que significa «¡Ay de este embarazo!», porque las instrucciones del Paró a las parteras, de matar a los hijos varones de los hebreos, se proclamaron durante los meses anteriores al nacimiento de Aharón.
El nacimiento de Moshé
Cuando Amram se separó de su mujer a causa del edicto publicado contra los hijos varones de los hebreos, y su ejemplo fue seguido por todos los israelitas, su hija Miriam le dijo: «Padre, tu decreto es peor que el del Paró. Los egipcios buscan destruir solo a los hijos varones, pero tú incluyes también a las niñas. El Paró priva a sus víctimas de la vida en este mundo, pero tú impides que los niños nazcan, y así los privas también de la vida futura. Él resuelve la destrucción, pero ¿quién sabe si la intención del malvado ha de perdurar? Tú eres un hombre justo, y las disposiciones de los justos son cumplidas por Dios, de modo que tu decreto se mantendrá en pie».
Amram reconoció la justicia de su alegato, y se dirigió al Sanhedrín y puso el asunto ante este cuerpo. Los miembros del tribunal hablaron y dijeron: «Fuiste tú quien separó a maridos y mujeres, y de ti debe salir el permiso para volver a casarse». Amram propuso entonces que cada uno de los miembros del Sanhedrín volviera con su mujer y la desposara clandestinamente, pero sus colegas rechazaron el plan, diciendo: «¿Y quién lo dará a conocer a todo Israel?».
Por ello, Amram se plantó públicamente bajo el palio nupcial con su mujer divorciada Yojéved, mientras Aharón y Miriam danzaban alrededor y los ángeles proclamaban: «¡Que la madre de los hijos se alegre!». Su nuevo casamiento se solemnizó con gran ceremonia, con el fin de que los hombres que habían seguido su ejemplo al divorciarse de sus mujeres lo imitaran ahora al tomarlas de nuevo consigo. Y así sucedió.
Con lo anciana que era Yojéved, recobró su juventud. Su piel se volvió tersa, las arrugas de su rostro desaparecieron, los cálidos tintes de la belleza virginal retornaron, y en poco tiempo quedó encinta.
Amram estaba muy inquieto por el embarazo de su mujer; no sabía qué hacer. Se volvió a Dios en oración y le suplicó que se compadeciera de quienes en modo alguno habían transgredido las leyes de su culto, y les concediera liberación de la miseria que padecían, mientras dejaba baldía la esperanza de sus enemigos, que ansiaban la destrucción de su nación. Dios tuvo misericordia de él y se le presentó en el sueño, y lo exhortó a no desesperar de sus futuros favores. Dijo además que no olvidaba su piedad, y que siempre los recompensaría por ella, como en otros días había concedido su favor a sus antepasados. «Sabe, pues —siguió hablando HaShem—, que os proveeré a todos juntos lo que es para vuestro bien, y a ti en particular aquello que te hará célebre; pues el niño por temor a cuyo nacimiento los egipcios han condenado a la destrucción a los hijos israelitas será este hijo tuyo, y quedará oculto de quienes acechan para destruirlo, y cuando haya sido criado, de un modo milagroso, librará a la nación hebrea de la aflicción en que se halla por razón de los egipcios. Su memoria será celebrada mientras dure el mundo, y no solo entre los hebreos, sino también entre los extraños. Y todo esto será el efecto de mi favor hacia ti y hacia tu posteridad. También su hermano será tal que obtendrá para sí mi sacerdocio, y para su posteridad después de él, hasta el fin del mundo».
Después de haber sido informado de estas cosas por la visión, Amram despertó y se lo contó todo a su mujer Yojéved.
Su hija Miriam tuvo asimismo un sueño profético, y se lo relató a sus padres, diciendo: «Esta noche vi a un hombre vestido de lino fino. “Di a tu padre y a tu madre —dijo él— que aquel que les nacerá será arrojado a las aguas, y por medio de él las aguas se secarán, y prodigios y milagros se obrarán por medio de él, y salvará a mi pueblo Israel, y será su guía para siempre”».
Durante su embarazo, Yojéved observó que el niño en su seno estaba destinado a grandes cosas. En todo ese tiempo no sufrió dolor alguno, y tampoco sufrió ninguno al dar a luz a su hijo, pues las mujeres piadosas no están incluidas en la maldición pronunciada sobre Javá, que decretó dolor en la concepción y en el alumbramiento.
En el momento de la aparición del niño, toda la casa se llenó de un resplandor igual al esplendor del sol y de la luna. Un milagro aún mayor siguió. La criatura no tenía todavía un día de nacida cuando comenzó a caminar y a hablar con sus padres, y, como si fuera un adulto, se negó a beber leche del pecho de su madre.
Yojéved dio a luz al niño seis meses después de la concepción. Los alguaciles egipcios, que mantenían estrecha vigilancia sobre todas las mujeres encintas para estar en el sitio a tiempo de llevarse a sus recién nacidos varones, no esperaban su parto hasta tres meses más tarde. Durante estos tres meses los padres lograron mantener oculta a la criatura, aunque toda casa israelita estaba guardada por dos mujeres egipcias, una apostada dentro y otra fuera. Al cabo de este tiempo resolvieron exponer al niño, pues Amram temía que tanto él como su hijo fueran entregados a la muerte si el secreto se filtraba, y le pareció mejor confiar la suerte del niño a la Providencia Divina. Estaba convencido de que Dios protegería al muchacho y cumpliría su palabra en verdad.
Moshé rescatado de las aguas
Yojéved tomó, pues, un arca de juncos, la untó con brea por fuera y la revistió de arcilla por dentro. La razón por la que usó juncos fue que flotan en la superficie del agua, y puso brea solo por fuera, para proteger al niño en lo posible contra la molestia de un olor desagradable. Sobre el niño, mientras yacía en el arca, extendió un diminuto palio, para dar sombra al bebé, con las palabras: «Quizá no viva para verlo bajo el palio nupcial». Y luego abandonó el arca en las orillas del mar de los Juncos. Sin embargo, no la dejó sin custodia. Su hija Miriam se quedó cerca, para descubrir si se cumpliría una profecía que había pronunciado. Antes del nacimiento del niño, su hermana había predicho que su madre daría a luz a un hijo que redimiría a Israel. Cuando nació, y la casa se llenó de luz brillante, Amram la besó en la cabeza, pero cuando se vio forzado al recurso de exponer al niño, la golpeó en la cabeza, diciendo: «Hija mía, ¿qué ha sido de tu profecía?». Por eso Miriam se quedó, y anduvo a lo largo de la orilla, para observar cuál sería la suerte del bebé y qué resultaría de su profecía acerca de él.
El día en que se expuso al niño fue el veintiuno del mes de Nisán, el mismo en que los hijos de Israel, más tarde, bajo el liderazgo de Moshé, cantaron el canto de alabanza y gratitud a Dios por la redención de las aguas del mar. Los ángeles se presentaron ante Dios y hablaron: «Oh Señor del mundo, aquel que está destinado a cantarte un canto de alabanza en este día de Nisán, para agradecerte el haberlo rescatado a él y a su pueblo del mar, ¿ha de hallar hoy su muerte en el mar?». HaShem respondió: «Bien sabéis que yo veo todas las cosas. La maquinación del hombre nada puede para cambiar lo que ha sido resuelto en mi consejo. No alcanzan su fin quienes usan astucia y malicia para asegurar su propia salvación y se afanan por traer la ruina sobre sus semejantes. Pero aquel que confía en mí en su peligro será llevado de la más profunda aflicción a una dicha inesperada. Así mi omnipotencia se revelará en la fortuna de este bebé».
En el tiempo del abandono del niño, Dios envió un calor abrasador para plagar a los egipcios, y todos padecieron de lepra y de llagas ardientes. Termutis, la hija del Paró, buscó alivio del ardor doloroso en un baño en las aguas del Nilo. Pero el malestar físico no era su única razón para dejar el palacio de su padre. Estaba resuelta a limpiarse también de la impureza del culto a los ídolos que allí imperaba.
Cuando vio la pequeña arca flotando entre los juncos en la superficie del agua, supuso que contenía a uno de los pequeños expuestos por orden de su padre, y ordenó a sus doncellas que la trajeran. Pero ellas protestaron, diciendo: «Oh señora nuestra, sucede a veces que un decreto dictado por un rey es desatendido, y sin embargo lo observan al menos sus hijos y los miembros de su casa, ¿y tú deseas transgredir el edicto de tu padre?». Al punto apareció el ángel Gavriel, prendió a todas las doncellas salvo a una, a la que permitió que la princesa conservara para su servicio, y las sepultó en las entrañas de la tierra.
La hija del Paró obró entonces según su voluntad. Extendió el brazo y —aunque el arca flotaba a sesenta codos de distancia— logró asirla, porque su brazo se alargó por milagro. Apenas la tocó, la lepra que la aquejaba la abandonó. Aquella curación repentina la movió a examinar el contenido del arca, y cuando lo abrió, su asombro fue grande. Vio a un niño de belleza exquisita —pues Dios había formado el cuerpo del pequeño hebreo con singular esmero— y junto a él percibió la Shejiná. Al notar que el niño llevaba la señal de la alianza de Avraham, supo que era uno de los hijos de los hebreos; y recordando el decreto de su padre sobre los varones de los israelitas, estuvo a punto de abandonar a la criatura a su suerte. En ese momento vino el ángel Gavriel y dio al niño un golpe vigoroso, y este rompió a llorar con voz de hombre joven. Su llanto vehemente y el llanto de Aharón, que yacía a su lado, conmovieron a la princesa, y por compasión resolvió salvarlo. Mandó traer a una mujer egipcia para que amamantara al niño, pero el pequeño rehusó el pecho —igual que lo rehusó de una tras otra de las egipcias que trajeron allí—. Así lo había dispuesto Dios, para que ninguna pudiera jactarse después y decir: «Yo amamanté al que ahora habla con la Shejiná». Ni convenía que la boca destinada a hablar con Dios se nutriera del cuerpo impuro de una mujer egipcia.
Entonces Miriam se presentó ante Termutis, como si estuviera allí por casualidad mirando al niño, y habló a la princesa diciendo: «En vano, oh reina, llamas a nodrizas que en nada son parientes del niño; pero si mandas traer a una mujer de los hebreos, quizá acepte su pecho, pues es de su misma nación». Termutis mandó, pues, a Miriam traer a una hebrea, y con pasos alados, veloz como un joven vigoroso, corrió y trajo a su propia madre —la madre del niño—, porque sabía que nadie de los presentes la conocía. La criatura, sin resistirse, tomó el pecho de su madre y se aferró a él con fuerza. La princesa confió el niño al cuidado de Yojéved con estas palabras, que encerraban una profecía inconsciente: «Aquí tienes lo que es tuyo. Cría al niño de ahora en adelante, y yo te daré dos monedas de plata como salario».
El retorno de su hijo, sano y salvo, después de haberlo expuesto, fue la recompensa que Dios dio a Yojéved por sus servicios como una de las parteras que habían desafiado la orden del Paró y salvado con vida a los niños hebreos.
Al exponer a su hijo al peligro, Amram y Yojéved lograron que se retirara la orden del Paró que mandaba exterminar a los varones hebreos. El día en que Moshé fue puesto a la deriva en la pequeña arca, los astrólogos habían acudido al Paró y le habían dado la buena nueva: que el peligro que amenazaba a los egipcios por causa de un niño —cuya perdición estaba en el agua— quedaba ya conjurado. Por eso el Paró puso fin al ahogamiento de los niños de su imperio. Los astrólogos habían visto algo, pero no sabían qué, y anunciaron un mensaje cuyo sentido no comprendían. El agua, en efecto, era la perdición de Moshé, pero no en el sentido de que fuera a morir en las aguas del Nilo. Se refería a las aguas de Merivá, las aguas de la contienda, y a cómo causarían su muerte en el desierto, antes de que completara su tarea de conducir al pueblo a la tierra prometida. El Paró, engañado por la oscura visión de sus astrólogos, pensó que el futuro redentor de Israel perdería la vida ahogado; y para asegurarse de que el niño cuya aparición predecían los astrólogos no escapara a su destino, había ordenado arrojar al agua a todos los niños —incluso a los hijos de los egipcios— nacidos en un lapso de nueve meses.
Por los méritos de Moshé, los seiscientos mil varones de los hebreos concebidos la misma noche que él y arrojados al agua el mismo día fueron rescatados milagrosamente junto con él; no fue, pues, jactancia vana que dijera más tarde: «El pueblo que salió del agua por mis méritos son seiscientos mil hombres».
La infancia de Moshé
Durante dos años, el niño rescatado por la hija del Paró permaneció con sus padres y parientes. Le dieron varios nombres. Su padre lo llamó Jéver, porque fue por causa de este niño que se había «reunido» con su esposa. Su madre lo llamó Yekutiel, «porque —dijo— puse mi esperanza en Dios, y Él me lo devolvió». Para su hermana Miriam era Yéred, porque ella había «descendido» al río para averiguar su suerte. Su hermano Aharón lo llamó Aví Zanóaj, porque su padre, que había «repudiado» a su madre, la había tomado de nuevo por causa del niño que iba a nacer. Su abuelo Kehat lo conocía como Aví Gedor, porque el Padre Celestial había «reparado» la brecha en Israel al rescatarlo, y así impidió que los egipcios arrojaran al agua a los varones hebreos. Su nodriza lo llamó Aví Sojó, porque había permanecido oculto en una «tienda» durante tres meses, librándose de la persecución de los egipcios. E Israel lo llamó Shemayá ben Netanel, porque en sus días Dios «escucharía» los suspiros del pueblo y lo libraría de sus opresores, y por medio de él le «daría» su propia ley.
Sus parientes y todo Israel sabían que el niño estaba destinado a grandes cosas, pues apenas tenía cuatro meses cuando empezó a profetizar, diciendo: «En días venideros recibiré la Torá de la antorcha ardiente».
Cuando, al cabo de dos años, Yojéved llevó al niño al palacio, la hija del Paró lo llamó Moshé, porque lo había «sacado» del agua, y porque él «sacaría» a los hijos de Israel de la tierra de Mitsraim en un día por venir. Y este fue el único nombre con que Dios llamó al hijo de Amram: el nombre que le dio la hija del Paró. Dijo a la princesa: «Moshé no era tu hijo, y sin embargo lo trataste como tal. Por eso te llamaré hija Mía, aunque no eres hija Mía»; y por ello la princesa, la hija del Paró, lleva el nombre de Batiá, «la hija de Dios». Más tarde se casó con Kalev, que fue un esposo adecuado para ella. Así como ella se opuso a los perversos consejos de su padre, así Kalev se opuso al consejo de sus compañeros enviados a espiar la tierra de Kena’an. Por haber rescatado a Moshé y por sus demás obras piadosas, se le permitió entrar viva en el Paraíso.
Para que Moshé recibiera en la corte el trato que se daba a un príncipe, Batiá fingió estar encinta durante un tiempo antes de mandar que lo trajeran de la casa de sus padres. Su madre adoptiva, la princesa, lo acariciaba y besaba sin cesar, y a causa de su belleza extraordinaria no le permitía salir nunca del palacio. Quienquiera que posaba los ojos en él no podía dejar de mirarlo, por lo que Batiá temía perderlo de vista.
El entendimiento de Moshé superaba con mucho su edad; sus maestros observaban que mostraba una comprensión más aguda de lo habitual en sus años. Todos sus actos de niño prometían otros mayores cuando llegara a la edad adulta, y cuando apenas tenía tres años, Dios le concedió una estatura notable. En cuanto a su belleza, era tan cautivadora que a menudo quienes lo encontraban mientras lo llevaban por el camino se veían forzados a volverse y mirarlo fijamente. Dejaban lo que estaban haciendo y se quedaban largo rato inmóviles, siguiéndolo con la vista, pues la hermosura del niño era tan prodigiosa que retenía la mirada del que lo contemplaba. La hija del Paró, viendo que Moshé era un muchacho extraordinario, lo adoptó como hijo, pues no tenía hijos propios. Comunicó a su padre su propósito acerca de él con estas palabras: «He criado a un niño de forma divina y de mente excelente; y como lo recibí por la generosidad del río de un modo maravilloso, he juzgado propio adoptarlo como hijo mío y como heredero de tu reino». Y cuando hubo hablado así, puso al niño en manos de su padre, y este lo tomó y lo estrechó contra su pecho.
Moshé salvado por Gavriel
Cuando Moshé tenía tres años, el Paró comía un día con la reina Alfaranit a su derecha, su hija Batiá con el pequeño Moshé en el regazo a su izquierda, y Bilam hijo de Beor, junto con sus dos hijos y todos los príncipes del reino, sentados a la mesa en presencia del rey. Sucedió que el niño tomó la corona de la cabeza del rey y se la puso sobre la suya. Cuando el rey y los príncipes vieron esto, se aterraron, y cada uno a su turno expresó su asombro. El rey dijo a los príncipes: «¿Qué opináis y qué decís, oh príncipes, sobre este asunto, y qué ha de hacerse con este niño hebreo por este acto?».
Bilam habló y dijo: «Recuerda ahora, oh mi señor y rey, el sueño que soñaste hace muchos días, y cómo tu siervo te lo interpretó. Este es un niño de los hebreos, y en él está el espíritu de Dios. No imagine mi señor el rey en su corazón que, por ser un niño, hizo lo que hizo sin conocimiento. Porque es un niño hebreo, y hay en él sabiduría y entendimiento, aunque todavía es un niño; y con sabiduría ha hecho esto, y ha elegido para sí el reino de Mitsraim. Pues así es la costumbre de todos los hebreos: engañar a los reyes y a sus grandes, y obrarlo todo con astucia para hacer tropezar a los reyes de la tierra y a sus hombres.
»De cierto sabes que así obró Avraham, su padre, que hizo tropezar a los ejércitos de Nimrod, rey de Bavel, y de Avimélej, rey de Guerar, y se apoderó de la tierra de los hijos de Het y de todo el reino de Kena’an. Su padre Avraham descendió a Mitsraim y dijo de Sará, su mujer: “Es mi hermana”, para hacer tropezar a Mitsraim y a su rey.
»Su hijo Yitsjak hizo lo mismo cuando fue a Guerar y habitó allí, y su fuerza prevaleció sobre el ejército de Avimélej; y se propuso hacer tropezar al reino de los filisteos diciendo que Rivká, su mujer, era su hermana.
»También Yaakov obró con engaño contra su hermano, y le quitó la primogenitura y la bendición. Luego fue a Padán-Aram, a Laván, hermano de su madre, y obtuvo de él astutamente a sus hijas, y también su ganado y todos sus bienes, y huyó y volvió a la tierra de Kena’an, a su padre.
»Sus hijos vendieron a su hermano Yosef, y él descendió a Mitsraim y se hizo esclavo, y fue puesto en prisión doce años, hasta que el Paró anterior lo sacó de la cárcel y lo engrandeció por encima de todos los príncipes de Mitsraim por haber interpretado los sueños del rey. Cuando Dios hizo caer el hambre sobre todo el mundo, Yosef mandó llamar a su padre, e hizo descender a Mitsraim a su padre, a sus hermanos y a toda la casa de su padre, y los proveyó de alimento sin pago ni recompensa, mientras se adueñaba de Mitsraim y hacía esclavos a todos sus habitantes.
»Ahora, pues, mi señor el rey, he aquí que este niño se ha levantado en su lugar en Mitsraim, para obrar conforme a sus obras y burlarse de todo hombre, sea rey, príncipe o juez. Si al rey le place, derramemos ahora su sangre en tierra, no sea que crezca y arrebate el gobierno de tu mano, y la esperanza de Mitsraim quede cortada después de que él reine. Convoquemos, además, a todos los jueces y sabios de Mitsraim, para que sepamos si a este niño le corresponde la sentencia de muerte, como he dicho, y entonces lo mataremos».
El Paró mandó llamar a todos los sabios de Mitsraim, y vinieron, y el ángel Gavriel iba disfrazado como uno de ellos. Cuando les pidieron su parecer sobre el asunto, Gavriel tomó la palabra y dijo: «Si al rey le place, póngase ante el niño una piedra de ónice y una brasa de fuego. Si extiende la mano y agarra la piedra de ónice, sabremos que el niño ha hecho con sabiduría todo lo que ha hecho, y lo mataremos. Pero si extiende la mano y agarra la brasa de fuego, sabremos que no obró con conciencia, y vivirá».
El consejo pareció bueno a los ojos del rey; y cuando hubieron puesto la piedra y la brasa ante el niño, Moshé extendió la mano hacia la piedra de ónice e intentó tomarla, pero el ángel Gavriel apartó su mano de ella y la posó sobre la brasa encendida. La brasa le quemó la mano, y él se la llevó a la boca, y se quemó parte de los labios y parte de la lengua, y por el resto de su vida quedó torpe de habla y de lengua tarda.
Al ver esto, el rey y los príncipes supieron que Moshé no había obrado con conocimiento al tomar la corona de la cabeza del rey, y se abstuvieron de matarlo. Dios mismo, que protegía a Moshé, inclinó a la clemencia el ánimo del rey; y su madre adoptiva lo arrebató de allí y lo hizo educar con gran esmero, de modo que los hebreos confiaban en él y alentaban la esperanza de que por su medio se harían grandes cosas. Pero los egipcios recelaban de lo que resultaría de una educación como la suya.
A gran costo se invitó a maestros de tierras vecinas a venir a Mitsraim para educar al niño Moshé. Algunos vinieron por su propia voluntad, a instruirlo en las ciencias y en las artes liberales. Por sus admirables dotes de entendimiento, pronto superó a sus maestros en saber. Su aprendizaje parecía un mero acto de recordar; y cuando había diferencia de opinión entre los sabios, escogía la correcta por instinto, pues su mente rehusaba almacenar nada falso.
Pero merece más elogio por su inusitada fuerza de voluntad que por su capacidad natural, pues logró transformar una disposición originalmente malvada en un carácter noble y elevado —cambio al que también ayudó su determinación, como él mismo reconoció más tarde—. Después del prodigioso éxodo de los israelitas de Mitsraim, un rey de Arabia envió a un artista ante Moshé para que pintara su retrato, y así tener siempre ante sí la imagen del hombre divino. El pintor volvió con su obra, y el rey reunió a sus sabios, en particular a los versados en la ciencia de la fisiognomía. Les mostró el retrato y les pidió su juicio sobre él. El parecer unánime fue que representaba a un hombre codicioso, altivo, sensual; en suma, afeado por todos los rasgos viles posibles. El rey se indignó de que pretendieran ser maestros en fisiognomía, viendo que declaraban que el retrato de Moshé —el hombre santo y divino— era el retrato de un malvado. Ellos se defendieron acusando a su vez al pintor de no haber producido un retrato fiel de Moshé, pues de otro modo no habrían caído en el juicio erróneo que habían expresado. Pero el artista insistía en que su obra se parecía mucho al original.
Sin poder decidir quién tenía razón, el rey de Arabia fue a ver a Moshé, y no pudo menos que admitir que el retrato pintado para él era una obra maestra. El Moshé que veía en carne y hueso era el Moshé del lienzo. No cabía duda de que el tan encomiado saber de sus expertos en fisiognomía era pura palabrería. Contó a Moshé lo sucedido y lo que pensaba de ello. Este respondió: «Tanto tu artista como tus expertos son maestros, cada cual en lo suyo. Si mis buenas cualidades fueran producto de la naturaleza, no valdría más que un leño, que permanece para siempre tal como la naturaleza lo produjo al principio. Sin vergüenza te confieso que por naturaleza poseía todos los rasgos reprensibles que tus sabios leyeron en mi retrato y me atribuyeron, quizá en grado aún mayor de lo que piensan. Pero dominé mis malos impulsos con mi firme voluntad, y el carácter que adquirí mediante una severa disciplina se ha vuelto lo opuesto de la disposición con que nací. Por este cambio, obrado en mí por mi propio esfuerzo, he ganado honra y alabanza tanto en la tierra como en el cielo».
La juventud de Moshé
Un día —ya crecido, pasados los años de la niñez— Moshé fue a la tierra de Goshen, donde vivían los hijos de Israel. Allí vio las cargas bajo las cuales gemía su pueblo, y preguntó por qué se les había impuesto tan pesado trabajo. Los israelitas le contaron todo lo que había ocurrido: le hablaron del cruel edicto que el Paró había promulgado poco antes de su nacimiento, y de los perversos consejos que Bilam había dado contra ellos y contra su propia persona cuando él era apenas un niño pequeño y se había puesto la corona del Paró sobre la cabeza. La ira de Moshé se encendió contra el rencoroso consejero, y buscó la manera de dejarlo sin poder de dañar. Pero Bilam, al enterarse de su animosidad, huyó de Mitsraim con sus dos hijos y se dirigió a la corte de Kikanos, rey de Etiopía.
La vista de su pueblo esclavizado conmovió a Moshé hasta las lágrimas, y dijo: «¡Ay de mí por vuestra angustia! Antes moriría que veros sufrir tan gravemente». No desdeñó ayudar a sus desdichados hermanos en sus pesadas tareas cuanto estaba en su poder. Apartó todo pensamiento de su alta posición en la corte, echó sobre sus hombros parte de las cargas impuestas a los israelitas y se afanó en lugar de ellos. El resultado fue que no solo alivió a los agobiados obreros, sino que también ganó el favor del Paró, que creía que Moshé tomaba parte en el trabajo para favorecer el cumplimiento de la orden real. Y Dios dijo a Moshé: «Dejaste todas tus demás ocupaciones y te uniste a los hijos de Israel, a quienes tratas como hermanos; por eso yo también dejaré ahora a un lado todos los asuntos celestiales y terrenales, y hablaré contigo».
Moshé siguió haciendo cuanto podía para aliviar el sufrimiento de sus hermanos con todas sus fuerzas. Les dirigía palabras de aliento, diciendo: «Queridos hermanos míos, ¡sobrellevad vuestra suerte con entereza! No perdáis el ánimo, y no dejéis que vuestro espíritu se fatigue con la fatiga de vuestro cuerpo. Vendrán tiempos mejores, cuando la tribulación se torne en alegría. A las nubes sigue el sol, a las tormentas la calma; todas las cosas del mundo tienden hacia sus contrarios, y nada es más inconstante que la fortuna del hombre».
El favor real, que el rey le concedía en medida cada vez mayor, lo aprovechó para aligerar la carga impuesta a los hijos de Israel. Un día se presentó ante el Paró y dijo: «Oh mi señor, tengo una petición que hacerte, y espero que no me la niegues». «Habla», respondió el rey. «Es cosa admitida —dijo Moshé— que si a un esclavo no se le da descanso al menos un día a la semana, morirá de agotamiento. Tus esclavos hebreos sin duda perecerán, a menos que les concedas un día de cese del trabajo». El Paró cumplió la petición presentada por Moshé, y el edicto del rey se publicó en todo Mitsraim y en Goshen, así: «¡A los hijos de Israel! Así dice el rey: Haced vuestro trabajo y cumplid vuestro servicio durante seis días, pero en el séptimo día descansaréis; en él no haréis labor alguna. Así haréis en todo tiempo, conforme a la orden del rey y la orden de Moshé, hijo de Batiá». Y el día que Moshé señaló como día de descanso fue el sábado, que Dios daría más tarde a los israelitas como el día de Shabat.
Mientras Moshé moraba en Goshen, ocurrió un incidente de gran importancia. Para supervisar el trabajo de los hijos de Israel, se ponía un oficial de entre ellos al frente de cada diez, y diez de tales oficiales estaban bajo la vigilancia de un capataz egipcio. Uno de estos oficiales hebreos, llamado Datán, tenía una esposa, Shelomit, hija de Divrí, de la tribu de Dan, de belleza extraordinaria, pero inclinada a ser muy locuaz. Siempre que el capataz egipcio puesto sobre su marido venía a la casa por asuntos de su cargo, ella lo abordaba con amabilidad y trababa conversación con él. La hermosa israelita encendió en el pecho de él una pasión desenfrenada, y buscó —y halló— una manera astuta de satisfacer su deseo lujurioso. Un día se presentó al despuntar el alba en casa de Datán, lo despertó de su sueño y le ordenó apresurar a su cuadrilla de hombres al trabajo. Apenas perdido de vista el marido, ejecutó la vileza que había tramado y deshonró a la mujer; y el fruto de esta relación ilícita fue el que blasfemó el Nombre, a quien Moshé mandó ejecutar durante la marcha por el desierto.
En el momento en que el egipcio se deslizaba fuera de la alcoba de Shelomit, Datán volvía a casa. Molesto de que su crimen hubiera llegado al conocimiento del marido agraviado, el capataz lo apremió al trabajo con excesivo rigor y le asestó golpe tras golpe con la intención de matarlo. El joven Moshé vino a pasar por el lugar donde trabajaba el hebreo tan maltratado y torturado. Datán corrió hacia él y se quejó de todo el agravio y el sufrimiento que el egipcio le había infligido. Lleno de ira, Moshé —a quien el espíritu santo había revelado el ultraje que el capataz egipcio había hecho al oficial hebreo— gritó a aquel, diciendo: «¿No te basta con haber deshonrado a la mujer de este hombre, que también pretendes matarlo?». Y volviéndose a Dios, prosiguió: «¿Qué será de Tu promesa a Avraham, de que su descendencia será tan numerosa como las estrellas, si sus hijos son entregados a la muerte? ¿Y qué será de la revelación en el Sinaí, si los hijos de Israel son exterminados?».
Moshé quiso ver si alguien daba un paso adelante y, movido por el celo por la causa de Dios y por la ley de Dios, se declaraba dispuesto a vengar el ultraje. Esperó en vano. Entonces resolvió actuar él mismo. Como es natural, vaciló en quitar la vida a un ser humano. No sabía si el malhechor no podría acaso ser llevado al arrepentimiento y luego llevar una vida de piadoso empeño. Consideró también que quizá hubiera, entre los descendientes que salieran del egipcio, algunos por cuya causa su malvado antepasado pudiera con derecho reclamar clemencia. El espíritu santo disipó todas sus dudas. Se le hizo ver que no existía la menor esperanza de que saliera bien alguno ni del malhechor mismo ni de su descendencia. Entonces Moshé estuvo dispuesto a pagarle por sus malas obras. No obstante, consultó primero a los ángeles para oír lo que dijeran, y estos convinieron en que el egipcio merecía la muerte, y Moshé obró conforme a su parecer.
No hicieron falta ni fuerza física ni arma alguna para llevar a cabo su propósito. Simplemente pronunció el Nombre de Dios, y el egipcio quedó cadáver. A los presentes, los israelitas, Moshé dijo: «HaShem os comparó con la arena de la orilla del mar; y así como la arena se mueve de un lugar a otro sin ruido, así os ruego que guardéis en secreto entre vosotros lo que ha sucedido. Que nada se oiga acerca de ello».
El deseo expresado por Moshé no fue atendido. La muerte del egipcio no quedó en secreto, y quienes la delataron fueron israelitas: Datán y Aviram, los hijos de Palú, de la tribu de Reuvén, célebres por su descaro y su afán de pendencia. Al día siguiente de ocurrir el asunto del egipcio, los dos hermanos empezaron con malicia premeditada a reñir entre sí, solo para arrastrar a Moshé a la disputa y crear ocasión de delatarlo. El plan tuvo un éxito admirable. Al ver que Datán alzaba la mano contra Aviram para asestarle un golpe, Moshé exclamó: «¡Malvado eres, por levantar la mano contra un israelita, aunque no sea mejor que tú!». Datán respondió: «Joven, ¿quién te ha puesto por juez sobre nosotros, tú que aún no has llegado a los años de madurez? Bien sabemos que eres el hijo de Yojéved, aunque la gente te llame hijo de la princesa Batiá; y si intentas hacer de amo y juez nuestro, divulgaremos lo que le hiciste al egipcio. ¿O acaso abrigas la intención de matarnos como lo mataste a él, pronunciando el Nombre de Dios?».
No satisfechos con estas pullas, el noble par de hermanos se fueron al Paró y hablaron ante él: «Moshé deshonra tu manto real y tu corona», a lo cual el Paró repuso: «¡Buen provecho le haga!». Pero ellos insistieron en el asunto. «Ayuda a tus enemigos, Paró», prosiguieron, ante lo cual él respondió, como antes: «¡Buen provecho le haga!». Aun así continuaron: «No es el hijo de tu hija». Estas últimas palabras no dejaron de causar impresión en el Paró. Se dictó una orden real para arrestar a Moshé, y fue condenado a muerte por la espada.
Los ángeles vinieron a Dios y dijeron: «Moshé, el familiar de Tu casa, está bajo arresto», y Dios respondió: «Yo tomaré su causa». «Pero —insistieron los ángeles— su sentencia de muerte ha sido pronunciada; sí, lo llevan ya a la ejecución», y de nuevo Dios respondió, como antes: «Yo tomaré su causa».
Moshé subió al cadalso, y una espada, afilada como ninguna, se posó diez veces sobre su cuello, pero siempre resbalaba, porque su cuello era duro como el marfil. Y sucedió un milagro aún mayor. Dios hizo descender al ángel Mijael con figura de verdugo, y el verdugo humano encargado por el Paró de la ejecución fue transformado en la figura de Moshé. A este falso Moshé lo mató el ángel con la misma espada con que el verdugo se había propuesto dar muerte a la víctima. Entretanto, Moshé emprendió la huida. El Paró ordenó su persecución, pero fue en vano. Las tropas del rey quedaron heridas en parte de ceguera y en parte de mudez. Los mudos no podían dar noticia del paradero de Moshé, y los ciegos, aunque sabían dónde estaba, no podían llegar a él.
La huida
Un ángel de Dios llevó a Moshé a un lugar apartado a cuarenta días de camino de Mitsraim, tan lejos que todo temor se desvaneció de su mente. En verdad, su inquietud nunca había sido por su propia persona, sino solo por el futuro de Israel. El sometimiento de su pueblo siempre había sido para él un enigma sin resolver. ¿Por qué —se preguntaba— había de sufrir Israel más que todas las demás naciones? Pero cuando sus apuros personales lo iniciaron en la maledicencia y las calumnias que reinaban entre los israelitas, entonces se preguntó: ¿Merece este pueblo ser redimido? Las condiciones religiosas entre los hijos de Israel eran por entonces tales que no les permitían esperar la ayuda divina. Se negaban a escuchar a Aharón y a los cinco hijos de Zéraj, que actuaban entre ellos como profetas y los exhortaban al temor de Dios. Fue a causa de su impiedad que la pesada mano del Paró se posaba sobre ellos cada vez con mayor opresión, hasta que Dios tuvo misericordia de ellos y envió a Moshé para librarlos de la esclavitud de Mitsraim.
Cuando logró escapar de las manos del verdugo, Moshé no tenía idea de que lo aguardaba un trono real. Sin embargo, así era. Estalló por este tiempo una guerra entre Etiopía y las naciones del Oriente que hasta entonces le habían estado sujetas. Kikanos, el rey, avanzó contra el enemigo con un gran ejército. Dejó atrás a Bilam y a los dos hijos de Bilam, Janes y Jambres, para que custodiaran su capital y quedaran a cargo de la gente que permanecía en casa. La ausencia del rey dio a Bilam la ocasión de ganarse a los súbditos para su bando, y fue puesto en el trono, y sus dos hijos fueron puestos sobre el ejército como generales. Para cortar a Kikanos el acceso a su capital, Bilam y sus hijos sitiaron la ciudad, de modo que nadie pudiera entrar contra su voluntad. Por dos lados alzaron más los muros; por el tercero cavaron una red de canales, a los que condujeron las aguas del río que ciñe toda la tierra de Etiopía; y por el cuarto lado sus artes mágicas reunieron un gran enjambre de serpientes y escorpiones. Así, nadie podía salir y nadie podía entrar.
Entretanto, Kikanos logró someter a las naciones rebeldes. Cuando regresó al frente de su ejército victorioso y divisó desde lejos el alto muro de la ciudad, él y sus hombres dijeron: «Los habitantes de la ciudad, viendo que la guerra nos retuvo largo tiempo lejos, han levantado los muros y los han fortificado, para que los reyes de Kena’an no puedan entrar». Al acercarse a las puertas de la ciudad, que estaban atrancadas, gritaron a los guardias que las abrieran, pero por instrucciones de Bilam no se les permitió pasar. Se trabó una escaramuza en la que Kikanos perdió ciento treinta hombres. Al día siguiente se reanudó el combate, hallándose el rey con sus tropas en la orilla opuesta del río. Ese día perdió a sus treinta jinetes, que, montados en sus corceles, habían intentado cruzar el río a nado. Entonces el rey mandó construir balsas para transportar a sus hombres. Cuando las embarcaciones llegaron a los canales, se hundieron, y las aguas, arremolinándose una y otra vez como movidas por ruedas de molino, arrastraron a doscientos hombres, veinte de cada balsa. Al tercer día emprendieron el asalto de la ciudad por el lado donde pululaban las serpientes y los escorpiones, pero no lograron alcanzarla, y los reptiles mataron a ciento setenta hombres. El rey desistió de atacar la ciudad, pero durante nueve años la mantuvo cercada, de modo que nadie podía salir ni entrar.
Mientras proseguía el asedio, Moshé apareció en el campamento del rey en su huida ante el Paró, y al instante halló favor con Kikanos y con todo su ejército. Ejercía atracción sobre todos los que lo veían, pues era esbelto como una palmera, su rostro brillaba como el sol de la mañana y su fuerza igualaba la de un león. Tan hondo era el afecto del rey por él que lo nombró comandante en jefe de sus fuerzas.
Al cabo de los nueve años, Kikanos fue presa de una enfermedad mortal, y murió al séptimo día de su dolencia. Sus siervos lo embalsamaron, lo sepultaron frente a la puerta de la ciudad que da hacia la tierra de Mitsraim, y sobre su tumba erigieron una estructura magnífica, fuerte y alta, en cuyos muros grabaron todas las poderosas hazañas y batallas del rey muerto.
Ahora bien, tras la muerte de Kikanos, sus hombres se afligieron grandemente a causa de la guerra. Se decían unos a otros: «Aconséjanos, ¿qué haremos ahora? Nueve años llevamos morando en el desierto, lejos de nuestros hogares. Si combatimos contra la ciudad, muchos de nosotros caerán muertos; y si permanecemos aquí sitiándola, también moriremos. Porque ahora todos los príncipes de Aram y de los hijos del Oriente oirán que nuestro rey ha muerto, y nos atacarán de improviso, y pelearán contra nosotros hasta que no quede un solo resto. Ahora, pues, vayamos y pongamos un rey sobre nosotros, y permaneceremos aquí sitiando la ciudad hasta que se nos rinda».
El rey de Etiopía
No hallaron a ninguno sino a Moshé digno de ser su rey. Se apresuraron y cada hombre se despojó de su manto superior, y los echaron todos en un montón sobre el suelo, formando una elevación en cuya cima colocaron a Moshé. Luego tocaron las trompetas y clamaron ante él: «¡Viva el rey! ¡Viva el rey!». Y todo el pueblo y los nobles le juraron darle por esposa a Adoniá, la reina etíope, la viuda de Kikanos. Y aquel día hicieron a Moshé rey sobre ellos.
También promulgaron una proclama, mandando a cada hombre dar a Moshé de lo que poseía; y sobre la elevación tendieron una sábana, en la que cada uno echó algo: este un anillo de oro para la nariz, aquel una moneda, y piedras de ónice, bedelio, perlas, oro y plata en gran abundancia.
Moshé tenía veintisiete años cuando llegó a ser rey de Etiopía, y reinó cuarenta años. Al séptimo día de su reinado, todo el pueblo se reunió y se presentó ante él para pedirle consejo sobre qué debía hacerse con la ciudad que sitiaban. El rey les respondió y dijo: «Si escucháis mis palabras, la ciudad será entregada en nuestras manos. Proclamad con voz fuerte por todo el campamento, a todo el pueblo, diciendo: “¡Así dice el rey! Id al bosque y traed de las crías de la cigüeña, cada hombre un polluelo en su mano. Y si hubiere algún hombre que traspase la palabra del rey y no traiga un ave, morirá, y el rey tomará todo lo que le pertenece”. Y cuando las hayáis traído, quedarán a vuestro cuidado. Las criaréis hasta que crezcan, y les enseñaréis a volar como vuela el halcón».
Todo el pueblo obró conforme a la palabra de Moshé, y una vez que las jóvenes cigüeñas alcanzaron su pleno tamaño, mandó que las tuvieran en ayuno tres días. Al tercer día, el rey les dijo: «Póngase cada hombre su armadura y ciña su espada. Monte cada uno su caballo, y ponga cada uno su cigüeña sobre la mano, y nos levantaremos y pelearemos contra la ciudad por el lado de las serpientes».
Cuando llegaron al lugar señalado, el rey les dijo: «Suelte cada hombre su cigüeña, para que se lance sobre las serpientes». Así lo hicieron, y las aves se abatieron y devoraron todos los reptiles y los destruyeron. Retiradas de este modo las serpientes, los hombres pelearon contra la ciudad, la sometieron y mataron a todos sus habitantes; pero del pueblo que la sitiaba no murió ni uno solo.
Cuando Bilam vio que la ciudad había caído en manos de los sitiadores, ejerció sus artes mágicas, que le permitían volar por el aire, y llevó consigo a sus dos hijos, Janes y Jambres, y a sus ocho hermanos, y todos se refugiaron en Mitsraim.
Viendo que habían sido salvados por el rey, y que la ciudad había sido tomada por su buen consejo, el pueblo se apegó a él más que nunca. Le pusieron la corona real sobre la cabeza y le dieron por esposa a Adoniá, la viuda de Kikanos. Pero Moshé temía al severo Dios de sus padres, y no se llegó a Adoniá ni volvió los ojos hacia ella, pues recordaba cómo Avraham había hecho jurar a su siervo Eliézer, diciéndole: «No tomarás para mi hijo mujer de las hijas de los cananeos, entre quienes habito». También recordaba lo que hizo Yitsjak cuando Yaakov huía ante su hermano Esav: cómo mandó a su hijo, diciendo: «No tomarás mujer de las hijas de Kena’an, ni te unirás por matrimonio con ninguno de los hijos de Jam, porque HaShem, nuestro Dios, dio a Jam, hijo de Nóaj, y a toda su descendencia como esclavos a los hijos de Shem y de Yéfet para siempre».
Por aquel tiempo, Aram y los hijos del Oriente oyeron que Kikanos, el rey de Etiopía, había muerto, y se alzaron contra los etíopes; pero Moshé salió con un poderoso ejército a pelear contra las naciones rebeldes, y las sometió, primero a los hijos del Oriente y después a Aram.
Moshé siguió prosperando en su reino. Condujo el gobierno con justicia, rectitud e integridad, y su pueblo lo amaba y lo temía.
En el cuadragésimo año de su reinado, mientras un día estaba sentado en su trono, rodeado de todos los nobles, la reina Adoniá, que estaba sentada ante él, se levantó y habló: «¿Qué es esto que vosotros, el pueblo de Etiopía, habéis hecho durante tantos días? De cierto sabéis que en los cuarenta años que este hombre ha reinado sobre vosotros, no se ha llegado a mí ni ha adorado a los dioses de Etiopía. Ahora, pues, no reine más este hombre sobre vosotros, porque no es de nuestra carne. He aquí que Monarcos, mi hijo, ya ha crecido; reine él sobre vosotros. Mejor os es servir al hijo de vuestro señor que a un extraño, a un esclavo del rey de Mitsraim».
Un día entero estuvieron el pueblo y los nobles disputando entre sí sobre si debían atender las palabras de la reina. Los oficiales del ejército permanecieron fieles a Moshé, pero la gente de las ciudades se inclinaba por coronar como rey al hijo de su antiguo señor. A la mañana siguiente se levantaron e hicieron rey sobre ellos a Monarcos, el hijo de Kikanos, pero tuvieron miedo de alzar su mano contra Moshé, porque HaShem estaba con él. Recordaban también el juramento que le habían hecho a Moshé, y por eso no le causaron daño. Es más, le dieron muchos presentes y lo despidieron con grandes honores.
Cuando Moshé salió de Etiopía, a los sesenta y siete años de edad, era el momento fijado por Dios desde tiempos antiguos para sacar a Israel de la aflicción de los hijos de Jam. Pero, temiendo volver a Mitsraim a causa del Paró, Moshé se encaminó a Midián.
Yitró
En la ciudad de Midián —llamada así por un hijo de Avraham y Keturá— había vivido durante muchos años el hombre Yitró, sirviendo como sacerdote ante los ídolos. Con el paso del tiempo, se convenció cada vez más de la vanidad del culto a los ídolos. Su sacerdocio se le hizo repugnante, y resolvió abandonar su cargo. Se presentó ante sus paisanos y dijo: «Hasta ahora he cumplido vuestro servicio ante los ídolos, pero me he vuelto demasiado viejo para los deberes del oficio. Escoged, pues, a quien queráis en mi lugar». Al hablar así, entregó al pueblo todos los enseres pertenecientes al culto de los ídolos, y les mandó que los traspasaran a aquel a quien, según su criterio, confiaran su puesto. Sospechando los motivos ocultos de Yitró, el pueblo lo puso bajo interdicto, y nadie se atrevía a prestarle el menor servicio. Ni siquiera los pastores apacentaban sus rebaños, y no le quedó más remedio que imponer esa tarea a sus siete hijas.
La transformación de Yitró, de sacerdote idólatra en hombre temeroso de Dios, se refleja en sus siete nombres. Se le llamó Yéter, porque la Torá contiene una sección «añadida» acerca de él; Yitró, porque «rebosaba» de buenas obras; Jovav, «el hijo amado de Dios»; Reuel, «el amigo de Dios»; Jéver, «el asociado de Dios»; Putiel, «el que ha renunciado a la idolatría»; y Keni, el que fue «celoso» por Dios y «adquirió» la Torá.
A causa de la relación hostil entre Yitró y los habitantes de la ciudad, sus hijas tenían por costumbre presentarse en los abrevaderos antes de que llegaran allí los demás pastores. Pero la treta no daba resultado. Los pastores las expulsaban y abrevaban sus propios rebaños en las pilas que las muchachas habían llenado. Cuando Moshé llegó a Midián, fue junto al pozo donde hizo alto, y su experiencia fue la misma que la de Yitsjak y la de Yaakov. Como ellos, allí halló a su compañera. Rivká había sido elegida por Eliézer como esposa de Yitsjak mientras sacaba agua para él; Yaakov había visto a Rajel por primera vez mientras abrevaba sus ovejas, y en este pozo de Midián Moshé conoció a su futura esposa, Tsiporá.
La rudeza de los pastores llegó a su colmo el mismo día de la llegada de Moshé. Primero privaron a las muchachas del agua que ellas mismas habían sacado, e intentaron ultrajarlas, y luego las arrojaron al agua con intención de matarlas. En ese momento apareció Moshé, sacó a las muchachas del agua y dio de beber a los rebaños —primero al de Yitró y después a los de los pastores—, aunque estos no merecían sus buenos oficios. Cierto es que les prestó el servicio con muy poco esfuerzo, pues no tuvo más que sacar un cubo, y el agua manaba tan copiosamente que bastó para todos los rebaños, y no dejó de manar hasta que Moshé se apartó del pozo —el mismo pozo junto al cual Yaakov había encontrado a Rajel, su futura esposa, y el mismo pozo que Dios creó al principio del mundo, cuya boca abrió en el crepúsculo de la primera víspera de Shabat.
Las hijas de Yitró le agradecieron a Moshé la ayuda que les había prestado. Pero Moshé rechazó su gratitud, diciendo: «Vuestro agradecimiento se lo debéis al egipcio que maté, por cuya causa tuve que huir de Mitsraim. De no haber sido por él, yo no estaría aquí ahora».
Moshé se casa con Tsiporá
Una de las siete muchachas que Moshé vio en el pozo llamó su atención en particular por su porte recatado, y le hizo una propuesta de matrimonio. Pero Tsiporá lo rechazó, diciendo: «Mi padre tiene un árbol en su jardín con el que pone a prueba a todo hombre que expresa el deseo de casarse con una de sus hijas, y en cuanto el pretendiente toca el árbol, este lo devora».
Moshé: «¿De dónde le vino el árbol?».
Tsiporá: «Es la vara que Hakadosh Baruj Hu creó en el crepúsculo de la primera víspera de Shabat y le dio a Adam. Él se la transmitió a Janoj, de él descendió a Nóaj, luego a Shem, y a Avraham, y a Yitsjak, y finalmente a Yaakov, que la llevó consigo a Mitsraim y se la dio a su hijo Yosef. Cuando Yosef murió, los egipcios saquearon su casa, y la vara, que estaba en su botín, la llevaron al palacio del Paró. En aquel tiempo mi padre era uno de los más prominentes escribas sagrados del rey, y como tal tuvo ocasión de ver la vara. Sintió un gran deseo de poseerla, la robó y se la llevó a su casa. Sobre esta vara está grabado el Nombre Inefable, y también las diez plagas que Dios traerá sobre los egipcios en un día futuro. Durante muchos años estuvo en casa de mi padre. Un día paseaba por su jardín llevándola, y la clavó en la tierra. Cuando intentó sacarla de nuevo, halló que había retoñado y estaba echando flores. Esa es la vara con la que prueba a cualquiera que desea casarse con sus hijas. Insiste en que nuestros pretendientes intenten arrancarla de la tierra, pero en cuanto la tocan, los devora».
Habiéndole dado esta explicación sobre la vara de su padre, Tsiporá se fue a casa, acompañada de sus hermanas, y Moshé las siguió.
Yitró no se asombró poco al ver que sus hijas volvían tan pronto de los abrevaderos. Por lo general, las triquiñuelas que sufrían de los pastores las retenían hasta tarde. En cuanto oyó el relato acerca del egipcio hacedor de maravillas, exclamó: «Acaso sea uno de los descendientes de Avraham, de quien brota bendición para el mundo entero». Reprendió a sus hijas por no haber invitado a entrar en su casa al forastero que les había prestado un servicio tan valioso, y les ordenó que fueran a buscarlo, con la esperanza de que tomara por esposa a una de sus hijas.
Moshé había permanecido fuera todo ese tiempo, y había dejado que las hijas de Yitró lo describieran como un egipcio, sin protestar ni afirmar su nacimiento hebreo. Por esto Dios lo castigó haciéndolo morir fuera de la tierra prometida. Yosef, que había proclamado en público que era hebreo, halló su último lugar de reposo en la tierra de los hebreos, y Moshé, que al parecer no tuvo reparo en ser tenido por egipcio, hubo de vivir y morir fuera de aquella tierra.
Tsiporá se apresuró a cumplir el deseo de su padre, y apenas lo hubo hecho pasar, Moshé pidió su mano en matrimonio. Yitró respondió: «Si eres capaz de traerme la vara que hay en mi jardín, te la daré». Moshé salió, halló la vara de zafiro que Dios le había otorgado a Adam cuando fue expulsado del Paraíso —la vara que había llegado a Yitró tras múltiples vicisitudes y que él había plantado en el jardín. Moshé la arrancó de raíz y se la llevó a Yitró, a quien de inmediato le vino la idea de que él era el profeta en Israel acerca del cual todos los sabios de Mitsraim habían predicho que destruiría su tierra y a sus habitantes. En cuanto lo asaltó este pensamiento, agarró a Moshé y lo arrojó a un foso, esperando que allí encontrara la muerte.
Y, en efecto, habría perecido si Tsiporá no hubiera ideado una estratagema para salvarle la vida. Le dijo a su padre: «Ojalá fuera tu voluntad escuchar mi consejo. No tienes esposa, sino solo siete hijas. ¿Deseas que mis seis hermanas gobiernen tu casa? Entonces saldré yo con las ovejas. Y si no, que mis hermanas apacienten los rebaños, y yo cuidaré de la casa». Su padre dijo: «Bien has hablado. Tus seis hermanas saldrán con las ovejas, y tú te quedarás en la casa y cuidarás de ella y de todo lo mío que en ella hay».
Ahora Tsiporá podía proveer a Moshé de toda clase de golosinas mientras yacía en el foso, y así lo hizo durante siete años. Al cabo de este tiempo, le dijo a su padre: «Recuerdo que una vez arrojaste a aquel foso a un hombre que te había traído la vara del jardín, y con ello cometiste una gran falta. Si te parece bien, destapa el foso y mira dentro. Si el hombre está muerto, arroja su cadáver lejos, para que no llene la casa de hedor. Pero si está vivo, entonces debes convencerte de que es uno de los que son enteramente piadosos, pues de otro modo habría muerto de hambre».
La respuesta de Yitró fue: «Sabiamente has hablado. ¿Recuerdas su nombre?». Y Tsiporá replicó: «Recuerdo que se llamaba a sí mismo Moshé, hijo de Amram». Yitró no perdió tiempo: abrió el foso y llamó: «¡Moshé! ¡Moshé!». Moshé respondió y dijo: «¡Aquí estoy!». Yitró lo sacó del foso, lo besó y dijo: «Bendito sea Dios, que te guardó siete años en el foso. Reconozco que Él da muerte y hace revivir, que tú eres uno de los enteramente piadosos, que por medio de ti Dios destruirá a Mitsraim en el tiempo venidero, sacará a Su pueblo de la tierra y ahogará al Paró y a todo su ejército en el mar».
Acto seguido, Yitró le dio mucho dinero a Moshé, y le concedió a su hija Tsiporá por esposa, entregándosela con la condición de que los hijos nacidos del matrimonio en casa de Yitró se dividieran en dos clases iguales, la una israelita y la otra egipcia. Cuando Tsiporá le dio un hijo, Moshé lo circuncidó y lo llamó Guershom, como recuerdo de la maravilla que Dios había hecho con él, pues, aunque vivía en tierra «extraña», HaShem no le había negado auxilio ni siquiera «allí».
Tsiporá amamantó a su primer hijo durante dos años, y al tercer año dio a luz un segundo hijo. Recordando su pacto con Yitró, Moshé comprendió que su suegro no le permitiría circuncidar también a este, y resolvió volver a Mitsraim, para tener la oportunidad de criar a su segundo hijo como israelita. En el camino de ida, el Satán se le apareció bajo la forma de una serpiente, y se tragó a Moshé hasta las extremidades. Tsiporá supo por esta señal que aquello había sucedido porque su segundo hijo no había sido circuncidado, y se apresuró a subsanar la omisión. En cuanto roció la sangre de la circuncisión sobre los pies de su marido, se oyó una voz celestial que gritaba a la serpiente, ordenándole: «¡Escúpelo!», y Moshé salió y se puso en pie. Así Tsiporá salvó la vida de Moshé dos veces, primero del foso y luego de la serpiente.
Cuando Moshé llegó a Mitsraim, se le acercaron Datán y Aviram, los jefes de los israelitas, y dijeron: «¿Vienes aquí para matarnos, o te propones hacer con nosotros lo mismo que hiciste con el egipcio?». Esto hizo que Moshé volviera de inmediato a Midián, y allí permaneció dos años más, hasta que Dios se le reveló en el Jorev y le dijo: «Ve y saca a Mis hijos de la tierra de Mitsraim».
Un remedio sangriento
Los últimos años de la servidumbre de Israel en Mitsraim fueron los peores. Para castigar al Paró por su crueldad hacia los hijos de Israel, Dios lo afligió con una plaga de lepra que le cubrió todo el cuerpo, desde la coronilla de la cabeza hasta las plantas de los pies. En lugar de escarmentar con su enfermedad, el Paró siguió obstinado, y trató de recobrar la salud asesinando niños israelitas. Consultó con sus tres consejeros —Bilam, Yitró e Iyov— cómo podría sanar del terrible mal que se había apoderado de él. Bilam habló, diciendo: «Solo podrás recobrar la salud si degüellas a niños israelitas y te bañas en su sangre». Yitró, reacio a tener parte en semejante atrocidad, dejó al rey y huyó a Midián. Iyov, por su parte, aunque también desaprobaba el consejo de Bilam, guardó silencio y en modo alguno protestó contra él, por lo cual Dios lo castigó con un año de sufrimiento. Pero después lo colmó de todas las dichas de esta vida, y le concedió muchos años, para que este piadoso gentil fuera recompensado en este mundo por sus buenas obras y no tuviera derecho a reclamar la bienaventuranza de la vida futura.
Siguiendo el sanguinario consejo de Bilam, el Paró hizo que sus alguaciles arrancaran a los niños israelitas del pecho de sus madres y los degollaran, y en la sangre de esos inocentes se bañaba. Su enfermedad lo afligió durante diez años, y cada día se mataba un niño israelita para él. Todo fue en vano; es más, al cabo de aquel tiempo su lepra se convirtió en llagas, y sufrió más que antes.
Mientras estaba en esta agonía, le llegó la noticia de que los hijos de Israel en Goshen andaban descuidados y ociosos en su trabajo forzado. La nueva agravó su sufrimiento, y dijo: «Ahora que estoy enfermo, se vuelven y se burlan de mí. Enganchad mi carro, e iré a Goshen a ver el escarnio con que los hijos de Israel se mofan de mí». Y lo tomaron y lo pusieron sobre un caballo, pues no podía montarlo por sí mismo. Cuando él y sus hombres hubieron llegado a la frontera entre Mitsraim y Goshen, el corcel del rey pasó por un lugar angosto. Los demás caballos, corriendo velozmente por el desfiladero, se apretujaron unos contra otros hasta que el caballo del rey cayó mientras él iba montado en él, y al caer, el carro se volcó sobre su rostro, y también el caballo quedó tendido sobre él. La carne del rey se le desgarró, porque esto venía de HaShem: Él había oído los clamores de Su pueblo y su aflicción. Los siervos del rey lo llevaron sobre sus hombros, lo trajeron de vuelta a Mitsraim y lo pusieron en su lecho.
Supo que había llegado su fin, que iba a morir, y la reina Alfaranit y sus nobles se congregaron en torno a su lecho, y lloraron con él un gran llanto.
Los príncipes y sus consejeros aconsejaron al rey que eligiera un sucesor, para que reinara en su lugar, aquel de entre sus hijos que él escogiera. Tenía tres hijos y dos hijas de la reina Alfaranit, además de hijos de concubinas. El nombre de su primogénito era Atro, el del segundo Adikam, y el del tercero Morión. El nombre de la hija mayor era Bitiá, y el de la otra, Akuzit. El primogénito de los hijos del rey era un idiota, precipitado e imprudente en todos sus actos. Adikam, el segundo hijo, era un hombre astuto y hábil, versado en toda la sabiduría de Mitsraim, pero de aspecto desgarbado, corpulento y de baja estatura; su altura era de un codo y un palmo, y su barba le caía hasta los tobillos.
El rey resolvió que Adikam reinaría en su lugar tras su muerte. Cuando este segundo hijo suyo tenía apenas diez años, le había dado por esposa a Guedidá, la hija de Avilat, y ella le dio cuatro hijos. Después Adikam fue y tomó otras tres esposas, y engendró ocho hijos y tres hijas.
La dolencia del rey se agravó grandemente, y su carne despedía un hedor como el de un cadáver arrojado al campo en verano bajo el calor del sol. Cuando vio que su mal lo tenía aferrado con fuerza, ordenó que le trajeran a su hijo Adikam, y lo hicieron rey sobre la tierra en su lugar.
Al cabo de tres años, el viejo rey murió en oprobio y deshonra, objeto de repugnancia para todos los que lo veían, y lo sepultaron en el sepulcro de los reyes de Mitsraim en Tsóan, pero no lo embalsamaron, como era usual con los reyes, pues su carne estaba putrefacta, y no podían acercarse a su cuerpo a causa del hedor, y lo sepultaron a toda prisa. Así HaShem le pagó con mal el mal que había hecho en sus días a Israel, y murió en terror y oprobio tras haber reinado noventa y cuatro años.
Adikam tenía veinte años cuando sucedió a su padre, y reinó cuatro años. El pueblo de Mitsraim lo llamó Paró, como era su costumbre con todos sus reyes, pero sus sabios lo llamaban Akuz, pues Akuz es la palabra que significa «corto» en la lengua egipcia, y Adikam era en extremo torpe y menudo. El nuevo Paró superó a su padre Malol y a todos los reyes anteriores en maldad, y agravó el yugo sobre los hijos de Israel. Fue a Goshen con sus siervos, y aumentó su trabajo, y les dijo: «Completad vuestra labor, la tarea de cada día, y que vuestras manos no aflojen en el trabajo de hoy en adelante, como hacíais en los días de mi padre». Puso sobre ellos oficiales de entre los hijos de Israel, y sobre esos oficiales puso capataces de entre sus siervos. Y les fijó una medida de ladrillos, según el número que debían hacer día por día, y cada vez que se descubría una falta en la medida de sus ladrillos diarios, los capataces del Paró iban a las mujeres de los hijos de Israel y les quitaban sus criaturas, tantas como el número de ladrillos que faltaba en la medida, y a esos niños los metían en la construcción en lugar de los ladrillos que faltaban. Los capataces obligaban a cada hombre de los israelitas a poner a su propio hijo en la obra. El padre colocaba a su hijo en el muro y lo cubría con argamasa, llorando todo el tiempo, con las lágrimas corriéndole sobre su hijo.
Los hijos de Israel gemían cada día a causa de su terrible sufrimiento, pues habían pensado que tras la muerte del Paró su hijo aligeraría su fatiga, pero el nuevo rey era peor que su padre. Y Dios vio la carga de los hijos de Israel, y su pesado trabajo, y determinó librarlos.
Sin embargo, no fue por su propio mérito por lo que Dios resolvió la liberación de los hijos de Israel, pues estaban vacíos de buenas obras, y HaShem sabía de antemano que, una vez redimidos, se alzarían contra Él, y hasta adorarían el Becerro de Oro. Con todo, tuvo misericordia de ellos, pues recordó Su alianza con los Padres, y consideró su arrepentimiento por sus pecados, y aceptó su promesa de cumplir la palabra de Dios tras su salida de Mitsraim, aun antes de haberla oído.
Después de todo, los hijos de Israel no carecían por completo de méritos. En alto grado poseían cualidades de extraordinaria excelencia. No había entre ellos relaciones incestuosas, no eran maldicientes, no cambiaban sus nombres, se aferraban a la lengua hebrea, sin abandonarla jamás, y reinaba entre ellos un gran afecto fraternal. Si a alguno le tocaba terminar su cuenta de ladrillos antes que sus vecinos, tenía por costumbre ayudar a los demás. Por eso Dios dijo: «Merecen que Yo tenga misericordia de ellos, pues si un hombre muestra misericordia a otro, Yo tengo misericordia de él».
El pastor fiel
Cuando Yitró le concedió su hija Tsiporá por esposa a Moshé, le dijo a su futuro yerno: «Sé que tu padre Yaakov tomó a sus esposas, las hijas de Laván, y se marchó con ellas contra la voluntad de su padre. Ahora júrame que no harás lo mismo conmigo», y Moshé juró no dejarlo sin su consentimiento, y se quedó con Yitró, que lo hizo pastor de sus rebaños. Por el modo en que cuidaba las ovejas, Dios vio su idoneidad para ser el pastor de Su pueblo, pues Dios nunca da un cargo elevado a un hombre hasta haberlo probado en cosas pequeñas. Así, Moshé y David fueron probados como pastores de rebaños, y solo después de que demostraron su capacidad como tales, les dio dominio sobre los hombres.
Moshé velaba por los rebaños con amoroso cuidado. Llevaba primero a pastar a los animales jóvenes, para que tuvieran la hierba tierna y jugosa como alimento; a los algo mayores los sacaba después, y los dejaba pacer las hierbas apropiadas para ellos; y por último venían los vigorosos, que habían alcanzado su pleno desarrollo, y a ellos les daba la hierba dura que quedaba, la que los otros no podían comer, pero que a ellos les servía de buen alimento. Entonces Dios dijo: «El que sabe apacentar ovejas, proveyendo a cada una de lo que le conviene, ese apacentará a Mi pueblo».
Una vez se escapó un cabrito del rebaño, y cuando Moshé lo siguió, vio cómo se detenía en todos los cursos de agua, y le dijo: «Pobre cabrito, no sabía que tenías sed y corrías tras el agua. Estás cansado, me parece», y lo llevó de vuelta al rebaño sobre su hombro. Entonces dijo Dios: «¡Tienes compasión de un rebaño que pertenece a un hombre de carne y hueso! Por tu vida, tú apacentarás a Israel, Mi rebaño».
Moshé no solo cuidaba de que ningún daño les sobreviniera a los rebaños a su cargo, sino que también velaba por que ellos no causaran perjuicio a los hombres. Escogía siempre una pradera abierta como lugar de pastoreo, para evitar que sus ovejas pacieran en propiedades ajenas.
Yitró no tenía motivo para estar descontento con los servicios que le prestaba su yerno. Durante los cuarenta años en que Moshé fue su pastor, ni una sola oveja fue atacada por fieras, y los rebaños se multiplicaron hasta un grado increíble. Una vez condujo las ovejas por el desierto durante cuarenta días, sin hallar un lugar de pastoreo para ellas. Sin embargo, no perdió una sola oveja.
El anhelo de Moshé por el desierto era irresistible. Su espíritu profético le hacía prever que allí se manifestarían su propia grandeza y la grandeza de Israel. En el desierto aparecerían las maravillas de Dios, aunque fuera al mismo tiempo la sepultura del rebaño humano que se le confiaría en el futuro, y también su propio último lugar de reposo. Así, tuvo un presentimiento, desde el mismísimo comienzo de su carrera, de que el desierto sería el escenario de su actividad, lo cual no solo se cumplió en el orden presente de las cosas, sino que también se cumplirá en los días postreros, cuando aparezca de nuevo en el desierto para conducir a la tierra prometida a la generación —surgida de sus tumbas— que él sacó de la servidumbre de Mitsraim.
Andando por el desierto, llegó al monte Jorev, que es llamado por seis nombres, cada uno de los cuales expresa una de sus distinciones. Es «el monte de Dios», donde HaShem reveló Su ley; «Bashán», porque Dios «vino allí»; «monte de jorobas», porque HaShem declaró todos los demás montes inaptos para la revelación, así como los animales «jorobados» se declaran inaptos para los sacrificios; «monte de morada», porque es el monte que Dios deseó para Su «morada»; Sinaí, porque el «odio» de Dios contra los paganos comenzó en el momento en que Israel recibió allí la ley; y Jorev, «espada», porque allí se desenvainó la espada de la ley sobre los pecadores.
La zarza ardiente
Cuando Moshé se acercó al monte Jorev, advirtió de inmediato que era un lugar sagrado, pues notó que las aves que pasaban no se posaban en él. Al acercarse él, el monte empezó a moverse, como para adelantarse y salirle al encuentro, y volvió a la quietud solo cuando su pie se posó sobre él. Lo primero que Moshé notó fue la maravillosa zarza ardiente, cuya parte superior era una llama flameante que ni consumía la zarza ni le impedía dar flores mientras ardía, pues el fuego celestial tiene tres cualidades peculiares: produce flores, no consume el objeto en torno al cual juega, y es de color negro. El fuego que Moshé vio en la zarza era la aparición del ángel Mijael, que había descendido como precursor de la propia Shejiná, que había de bajar en breve. Era el deseo de Dios departir con Moshé, quien, sin embargo, no estaba dispuesto a permitir interrupción alguna del trabajo a su cargo. Por eso Dios lo sobresaltó con el maravilloso fenómeno de la zarza ardiente. Aquello hizo que Moshé se detuviera, y entonces Dios habló con él.
Había buenas razones para escoger la zarza como recipiente de una visión divina. Era «pura», pues los paganos no podían usarla para hacer ídolos. Que Dios eligiera morar en la raquítica zarza le transmitía a Moshé el conocimiento de que Él sufre junto con Israel. Además, se le enseñó a Moshé que no hay nada en la naturaleza, ni siquiera la insignificante zarza, que pueda existir sin la presencia de la Shejiná. Por otra parte, la zarza puede tomarse como símbolo de Israel en varios sentidos. Así como la zarza es la más humilde de todas las especies de árboles, así la condición de Israel en el exilio es la más humilde comparada con la de todas las demás naciones; pero, así como la zarza no suelta a ningún ave que se pose en ella sin desgarrarle las alas, así las naciones que subyugan a Israel serán castigadas. También, así como con la zarza se hace un seto de jardín, así Israel forma el seto para el mundo, el jardín de Dios, pues sin Israel el mundo no podría perdurar. Además, así como la zarza da a la vez espinas y rosas, así Israel tiene miembros piadosos e impíos; y así como la zarza requiere agua abundante para su crecimiento, así Israel solo puede prosperar por medio de la Torá, el agua celestial. Y la zarza, cuya hoja consta de cinco foliolos, había de indicarle a Moshé que Dios había resuelto redimir a Israel solo por los méritos de cinco hombres piadosos: Avraham, Yitsjak, Yaakov, Aharón y Moshé. Los números representados por las letras que componen la palabra hebrea para zarza, seneh, suman ciento veinte, para transmitir que Moshé alcanzaría la edad de ciento veinte años, y que la Shejiná reposaría sobre el monte Jorev durante ciento veinte días. Por último, para darle a Moshé una muestra de Su modestia, Dios descendió de los excelsos cielos y le habló desde una humilde zarza en lugar de la cima de un monte elevado o la copa de un majestuoso cedro.
La ascensión de Moshé
La visión de la zarza ardiente se le apareció solo a Moshé; los demás pastores que iban con él no vieron nada de ella. Dio cinco pasos en dirección a la zarza, para verla de cerca, y cuando Dios contempló el semblante de Moshé, desencajado por la aflicción y la angustia ante el sufrimiento de Israel, dijo: «Este es digno del cargo de apacentar a Mi pueblo».
Moshé era todavía novicio en la profecía, por eso Dios se dijo a Sí mismo: «Si me revelo a él en tono fuerte, lo alarmaré, pero si me revelo con voz suave, tendrá la profecía en poca estima», y entonces se dirigió a él con la voz de su padre Amram. Moshé se llenó de gozo al oír hablar a su padre, pues le daba la certeza de que aún vivía. La voz llamó su nombre dos veces, y él respondió: «¡Aquí estoy! ¿Qué desea mi padre?». Dios replicó, diciendo: «No soy tu padre. Solo quise abstenerme de aterrarte, por eso hablé con la voz de tu padre. Soy el Dios de tu padre, el Dios de Avraham, el Dios de Yitsjak y el Dios de Yaakov». Estas palabras alegraron mucho a Moshé, pues no solo se pronunció el nombre de su padre Amram en el mismo aliento que los nombres de los tres Patriarcas, sino que vino antes que los de ellos, como si él estuviera por encima de ellos.
Moshé no dijo palabra. En silenciosa reverencia ante la visión divina, se cubrió el rostro, y cuando Dios le reveló la misión que le encomendaba, la de sacar a los israelitas de la tierra de Mitsraim, respondió con humildad: «¿Quién soy yo para ir al Paró y sacar a los hijos de Israel de Mitsraim?». Entonces dijo Dios: «Moshé, tú eres manso, y te recompensaré por tu modestia. Entregaré toda la tierra de Mitsraim en tu mano, y, además, te haré ascender hasta el trono de Mi gloria, y contemplarás a todos los ángeles de los cielos».
Acto seguido, Dios le ordenó a Metatrón, el Ángel de la Faz, que condujera a Moshé a las regiones celestiales entre el son de la música y el canto, y le ordenó además que convocara a treinta mil ángeles, para que sirvieran de guardia personal, quince mil a su derecha y quince mil a su izquierda. En abyecto terror, Moshé le preguntó a Metatrón: «¿Quién eres tú?», y el ángel respondió: «Soy Janoj, el hijo de Yéred, tu antepasado, y Dios me ha encargado acompañarte hasta Su trono». Pero Moshé objetó, diciendo: «No soy más que carne y hueso, y no puedo mirar el semblante de un ángel», con lo cual Metatrón transformó la carne de Moshé en antorchas de fuego, sus ojos en ruedas de la Merkabá, su fuerza en la de un ángel y su lengua en una llama, y lo llevó al cielo con un séquito de treinta mil ángeles, una mitad moviéndose a su derecha y la otra mitad a su izquierda.
En el primer cielo Moshé vio corrientes sobre corrientes de agua, y observó que todo el cielo estaba compuesto de ventanas, en cada una de las cuales había ángeles apostados. Metatrón le nombró y le señaló todas las ventanas del cielo: la ventana de la oración y la ventana de la súplica; del llanto y del gozo; de la abundancia y del hambre; de la riqueza y de la pobreza; de la guerra y de la paz; de la concepción y del nacimiento; de los aguaceros y de las lluvias suaves; del pecado y del arrepentimiento; de la vida y de la muerte; de la peste y de la sanación; de la enfermedad y de la salud; y muchas ventanas más.
En el segundo cielo Moshé vio al ángel Nuriel, de trescientas parasangas de alto, con su séquito de cincuenta miríadas de ángeles, todos formados de agua y fuego, y todos manteniendo sus rostros vueltos hacia la Shejiná mientras cantaban un canto de alabanza a Dios. Metatrón le explicó a Moshé que estos eran los ángeles puestos sobre las nubes, los vientos y las lluvias, que regresan velozmente, en cuanto han ejecutado la voluntad de su Creador, a su estación en el segundo de los cielos, para proclamar allí la alabanza de Dios.
En el tercer cielo Moshé vio un ángel tan alto que a un ser humano le tomaría quinientos años trepar hasta su altura. Tenía setenta mil cabezas, cada cabeza con otras tantas bocas, cada boca con otras tantas lenguas, y cada lengua con otras tantas sentencias, y él, junto con su comitiva de setenta mil miríadas de ángeles hechos de fuego blanco, alababa y ensalzaba a HaShem. «Estos», le dijo Metatrón a Moshé, «se llaman erelim, y están puestos sobre la hierba, los árboles, los frutos y el grano, pero en cuanto han hecho la voluntad de su Creador, regresan al lugar que les fue asignado y alaban a Dios».
En el cuarto cielo Moshé vio un Templo, cuyas columnas eran de fuego rojo, sus varas de fuego verde, sus umbrales de fuego blanco, las tablas y los broches de fuego flameante, las puertas de carbunclos y los pináculos de rubíes. Los ángeles entraban en el Templo y allí daban alabanza a Dios. En respuesta a una pregunta de Moshé, Metatrón le dijo que ellos presidían la tierra, el sol, la luna, las estrellas y los demás cuerpos celestes, y que todos ellos entonan cantos ante Dios. En este cielo Moshé notó también los dos grandes planetas, Venus y Marte, cada uno tan grande como toda la tierra, y acerca de ellos preguntó con qué fin habían sido creados. Metatrón explicó entonces que Venus yace sobre el sol para refrescarlo en verano, pues de lo contrario abrasaría la tierra, y Marte yace sobre la luna para impartirle calor, no sea que ella congele la tierra.
Llegado al quinto cielo, Moshé vio huestes de ángeles cuyas partes inferiores eran de nieve y sus partes superiores de fuego, y sin embargo la nieve no se derretía ni el fuego se extinguía, pues Dios había establecido perfecta armonía entre los dos elementos. Estos ángeles, llamados ishim, no han tenido nada que hacer desde el día de su creación sino alabar y ensalzar a HaShem.
En el sexto de los cielos había millones y miríadas de ángeles alabando a Dios; se llamaban irin y kadishim, «Vigilantes» y «Santos», y su jefe estaba hecho de granizo, y era tan alto que se tardaría quinientos años en recorrer una distancia igual a su altura.
En el último cielo Moshé vio dos ángeles, cada uno de quinientas parasangas de altura, forjados con cadenas de fuego negro y fuego rojo: los ángeles Af, «Ira», y Hemá, «Furor», a quienes Dios creó al principio del mundo para ejecutar Su voluntad. Moshé se inquietó al mirarlos, pero Metatrón lo abrazó y dijo: «Moshé, Moshé, favorito de Dios, no temas ni te aterres», y Moshé se calmó. Había otro ángel en el séptimo cielo, distinto en apariencia de todos los demás, y de aspecto espantoso. Su altura era tan grande que se habría tardado quinientos años en cubrir una distancia igual a ella, y desde la coronilla de su cabeza hasta las plantas de sus pies estaba tachonado de ojos deslumbrantes, ante cuya visión el que lo contemplaba caía postrado de pavor. «Este», dijo Metatrón dirigiéndose a Moshé, «es Samael, que arrebata el alma al hombre». «¿Adónde va ahora?», preguntó Moshé, y Metatrón respondió: «A recoger el alma de Iyov el piadoso». Entonces Moshé oró a Dios con estas palabras: «Sea Tu voluntad, Dios mío y Dios de mis padres, no dejarme caer en manos de este ángel».
Aquí, en el cielo más alto, vio también a los serafines con sus seis alas. Con dos cubren su rostro, para no posar la mirada sobre la Shejiná; y con dos sus pies, que, siendo como pezuñas de becerro, ocultan, para mantener en secreto la transgresión de Israel con el Becerro de Oro. Con el tercer par de alas vuelan y hacen el servicio de HaShem, exclamando todo el tiempo: «Santo, santo, santo es Adonái de los ejércitos; toda la tierra está llena de Su gloria». Las alas de estos ángeles son de tamaño prodigioso; a un hombre le tomaría quinientos años recorrer su largo y su ancho, como de un extremo de la tierra al otro.
Y Moshé vio en el séptimo cielo a las santas jayot, que sostienen el trono de Dios; y contempló también al ángel Zagzagel, el príncipe de la Torá y de la sabiduría, que enseña la Torá en setenta lenguas a las almas de los hombres, y en adelante ellas atesoran los preceptos contenidos en ella como leyes reveladas por Dios a Moshé en el Sinaí. De este ángel de los cuernos de gloria el propio Moshé aprendió los diez misterios.
Habiendo visto lo que hay en los siete cielos, le habló a Dios, diciendo: «No dejaré los cielos a menos que me concedas un regalo», y Dios respondió: «Te daré la Torá, y los hombres la llamarán la Ley de Moshé».
Moshé visita el Paraíso y el infierno
Cuando Moshé estaba a punto de partir del cielo, una voz celestial anunció: «Moshé, viniste hasta aquí y viste el trono de Mi gloria. Ahora verás también el Paraíso y el infierno», y Dios despachó a Gavriel con el encargo de mostrarle el infierno. Aterrado por sus fuegos, cuando los divisó al entrar por los portales del infierno, Moshé se negó a seguir adelante. Pero el ángel lo animó, diciendo: «Hay un fuego que no solo quema, sino que también consume, y ese fuego te protegerá contra el fuego del infierno, de modo que podrás pisar sobre él y no te chamuscarás».
Cuando Moshé entró en el infierno, el fuego se retiró una distancia de quinientas parasangas, y el Ángel del Infierno, Nasarguiel, le preguntó: «¿Quién eres tú?», y él respondió: «Soy Moshé, el hijo de Amram».
Nasarguiel: «Este no es tu lugar; tú perteneces al Paraíso».
Moshé: «He venido aquí para ver la manifestación del poder de Dios».
Entonces dijo Dios al Ángel del Infierno: «Ve y muéstrale a Moshé el infierno, y cómo son tratados allí los malvados». Al instante fue con Moshé, caminando delante de él como un discípulo delante de su maestro, y así entraron juntos en el infierno. Y Moshé vio a hombres sometidos a tormento por los Ángeles de la Destrucción: a algunos de los pecadores los tenían colgados de los párpados, a otros de las orejas, a otros de las manos y a otros de la lengua, y gritaban amargamente. Y había mujeres colgadas del cabello y de los pechos, y de otras maneras, todas en cadenas de fuego. Nasarguiel explicó: «Estos cuelgan de los ojos porque miraron con lujuria a las mujeres de sus prójimos, y con ojo codicioso los bienes de sus semejantes. Estos cuelgan de las orejas porque escucharon palabras vanas y vacías, y apartaron el oído de oír la Torá. Estos cuelgan de la lengua porque hablaron calumnias, y acostumbraron su lengua a la cháchara necia. Estos cuelgan de los pies porque los usaron para espiar a sus semejantes, pero no caminaron a la sinagoga a ofrecer oración a su Creador. Estos cuelgan de las manos porque con ellas robaron a sus prójimos sus bienes, y cometieron asesinato. Estas mujeres cuelgan del cabello y de los pechos porque los descubrieron ante hombres jóvenes, de modo que estos concibieran deseo por ellas, y cayeran en el pecado».
Moshé oyó al infierno gritar con voz fuerte y amarga, diciéndole a Nasarguiel: «Dame algo de comer, tengo hambre». —Nasarguiel: «¿Qué he de darte?». —El infierno: «Dame las almas de los piadosos». —Nasarguiel: «Hakadosh Baruj Hu no te entregará las almas de los piadosos».
Moshé vio el lugar llamado Alucá, donde los pecadores estaban colgados de los pies, cabeza abajo, y sus cuerpos cubiertos de gusanos negros, cada uno de quinientas parasangas de largo. Se lamentaban y gritaban: «¡Ay de nosotros por el castigo del infierno! ¡Danos la muerte, para que muramos!». Nasarguiel explicó: «Estos son los pecadores que juraron en falso, profanaron el Shabat y los días santos, despreciaron a los sabios, llamaron a sus prójimos por apodos indignos, agraviaron al huérfano y a la viuda, y dieron falso testimonio. Por eso los ha entregado Dios a estos gusanos».
Moshé fue de allí a otro lugar, y vio allí a pecadores tendidos boca abajo, con dos mil escorpiones azotándolos, picándolos y atormentándolos, mientras las víctimas torturadas gritaban amargamente. Cada uno de los escorpiones tenía setenta mil cabezas, cada cabeza setenta mil bocas, cada boca setenta mil aguijones, y cada aguijón setenta mil bolsas de ponzoña y veneno, que los pecadores se ven forzados a beber, aunque la angustia es tan atroz que sus ojos se derriten en las cuencas. Nasarguiel explicó: «Estos son los pecadores que hicieron perder su dinero a los israelitas, que se ensalzaron por encima de la comunidad, que avergonzaron a sus prójimos en público, que entregaron a sus hermanos israelitas en manos de los gentiles, que negaron la Torá de Moshé, y que sostuvieron que Dios no es el Creador del mundo».
Entonces Moshé vio el lugar llamado Tit ha-Yaván, en el que los pecadores están de pie en el lodo hasta el ombligo, mientras los Ángeles de la Destrucción los azotan con cadenas de fuego, y les rompen los dientes con piedras de fuego, de la mañana a la tarde, y durante la noche les hacen crecer los dientes de nuevo, hasta el largo de una parasanga, solo para rompérselos otra vez a la mañana siguiente. Nasarguiel explicó: «Estos son los pecadores que comieron carroña y carne prohibida, que prestaron su dinero a usura, que escribieron el Nombre de Dios en amuletos para gentiles, que usaron pesas falsas, que robaron dinero a sus hermanos israelitas, que comieron en Yom Kipur, que comieron grasa prohibida, y animales y reptiles que son una abominación, y que bebieron sangre».
Entonces Nasarguiel dijo a Moshé: «Ven y mira cómo son quemados los pecadores en el infierno», y Moshé respondió: «No puedo ir allí», pero Nasarguiel replicó: «Deja que la luz de la Shejiná vaya delante de ti, y el fuego del infierno no tendrá poder sobre ti». Moshé cedió, y vio cómo eran quemados los pecadores: una mitad de sus cuerpos sumergida en el fuego y la otra mitad en la nieve, mientras gusanos criados en su propia carne se arrastraban sobre ellos, y los Ángeles de la Destrucción los golpeaban sin cesar. Nasarguiel explicó: «Estos son los pecadores que cometieron incesto, asesinato e idolatría, que maldijeron a sus padres y a sus maestros, y que, como Nimrod y otros, se llamaron a sí mismos dioses». En este lugar, que se llama Abadón, vio a los pecadores tomar nieve a hurtadillas y ponérsela bajo las axilas, para aliviar el dolor causado por el fuego abrasador, y quedó convencido de que era cierto el dicho: «Los malvados no enmiendan sus caminos ni siquiera a la puerta del infierno».
Al partir del infierno, Moshé oró a Dios: «Sea Tu voluntad, oh Adonái, Dios mío y Dios de mis padres, salvarme a mí y al pueblo de Israel de los lugares que he visto en el infierno». Pero Dios le respondió, y dijo: «Moshé, ante Mí no hay acepción de personas ni se aceptan dádivas. Quien hace buenas obras entra al Paraíso, y quien hace el mal ha de ir al infierno».
Por orden de Dios, Gavriel condujo entonces a Moshé al Paraíso. Al entrar, dos ángeles vinieron hacia él y le dijeron: «Aún no ha llegado tu hora de dejar el mundo», y Moshé respondió: «Es cierto lo que decís, pero he venido a ver la recompensa de los piadosos en el Paraíso». Entonces los ángeles ensalzaron a Moshé, diciendo: «¡Salve, Moshé, siervo de Dios! ¡Salve, Moshé, nacido de mujer, que has sido hallado digno de ascender a los siete cielos! ¡Salve a la nación a la que perteneces!».
Bajo el árbol de la vida Moshé vio al ángel Shamshiel, el príncipe del Paraíso, que lo condujo a través de él y le mostró todo cuanto en él hay. Vio setenta tronos hechos de piedras preciosas, apoyados sobre pies de oro fino, cada trono rodeado de setenta ángeles. Pero uno de ellos era mayor que todos los demás, y estaba ceñido por ciento veinte ángeles. Este era el trono de Avraham, y cuando Avraham vio a Moshé, y oyó quién era, y cuál era su propósito al visitar el Paraíso, exclamó: «¡Alabad a Adonái, porque es bueno, porque para siempre es Su misericordia!».
Moshé preguntó a Shamshiel por el tamaño del Paraíso, pero ni siquiera él, que es su príncipe, pudo responder a la pregunta, pues no hay quien pueda medirlo. No se puede ni medir ni sondear ni contar. Pero Shamshiel le explicó a Moshé lo de los tronos: que eran diferentes unos de otros, unos de plata, otros de oro, otros de piedras preciosas y perlas y rubíes y carbunclos. Los tronos hechos de perlas son para los estudiosos que estudian la Torá día y noche por ella misma; los de piedras preciosas para los piadosos, los de rubíes para los justos, los de oro para los pecadores arrepentidos, y los de plata para los prosélitos justos. «El mayor de todos —continuó Shamshiel— es el trono de Avraham, luego en tamaño los tronos de Yitsjak y Yaakov, después vienen los tronos de los profetas, los santos y los justos, cada uno conforme al valor de cada hombre, y a su rango, y a las buenas obras que ha realizado en su vida». Moshé preguntó entonces para quién estaba destinado el trono de cobre, y el ángel respondió: «Para el pecador que tiene un hijo piadoso. Por los méritos de su hijo lo recibe como parte suya».
De nuevo Moshé miró, y vio un manantial de agua viva que brotaba de debajo del árbol de la vida y se dividía en cuatro corrientes, que pasaban bajo el Trono de la Gloria, y desde allí rodeaban el Paraíso de un extremo al otro. Vio también cuatro ríos que fluían bajo cada uno de los tronos de los piadosos: uno de miel, el segundo de leche, el tercero de vino, y el cuarto de bálsamo puro.
Al contemplar todas estas cosas deseables y placenteras, Moshé sintió gran gozo, y dijo: «¡Oh, cuán grande es Tu bondad, que has guardado para los que Te temen, que has obrado para los que en Ti confían, ante los hijos de los hombres!». Y Moshé dejó el Paraíso, y volvió a la tierra.
En el momento de su partida, una voz celestial clamó en voz alta: «Moshé, siervo de Adonái, tú que eres fiel en Su casa: así como has visto la recompensa que está reservada para los piadosos en el mundo por venir, así también serás digno de ver la vida del mundo que existirá en el tiempo futuro. Tú y todo Israel veréis la reconstrucción del Templo y la venida del Mesías, contemplaréis la hermosura de Adonái y meditaréis en Su Templo».
En el mundo por venir Moshé, además de compartir las alegrías de Israel, continuará su actividad como maestro de Israel, pues el pueblo irá ante Avraham y le pedirá que lo instruya en la Torá. Él los enviará a Yitsjak, diciendo: «Id a Yitsjak, él ha estudiado más de la Torá de lo que yo jamás estudié», pero Yitsjak, a su vez, los enviará a Yaakov, diciendo: «Id a Yaakov, él ha conversado más con los sabios de lo que yo jamás conversé». Y Yaakov los enviará a Moshé, diciendo: «Id a Moshé, él fue instruido en la Torá por Dios mismo».
En el tiempo mesiánico, Moshé será uno de los siete pastores que serán los líderes de Israel junto con el Mesías.
Moshé rehúsa la misión
Cuando Moshé se apartó para ver el gran espectáculo de que la zarza no se consumía, oyó una voz que lo llamaba: «No te acerques aquí». Estas palabras venían a decir que la dignidad que le sería conferida Dios la destinaba a Moshé en persona, no a sus descendientes; y además se le advertía que no se apropiara de honores destinados a otros, como el sacerdocio, que habría de pertenecer a Aharón y a los descendientes de Aharón, o la realeza, que habría de corresponder a David y a la casa de David.
De nuevo habló la voz: «Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar en que estás es tierra santa». Estas palabras expresaban el deseo de Dios de que cortara todo vínculo que lo unía a los asuntos terrenales; había de renunciar incluso a su vida conyugal. Ante esto, el ángel Mijael habló a Dios: «Oh Señor del mundo, ¿acaso es Tu propósito destruir a la humanidad? La bendición solo puede prevalecer si el varón y la hembra se unen, y sin embargo Tú mandas a Moshé separarse de su mujer». Dios respondió, diciendo: «Moshé ha engendrado hijos, ha cumplido su deber para con el mundo. Deseo que se una ahora con la Shejiná, para que ella descienda a la tierra por causa de él».
Habló Dios además, dirigiéndose a Moshé: «Tú solo ves lo que ha de suceder en el futuro cercano, que Israel ha de recibir la Torá en el monte Sinaí, pero Yo contemplo lo que viene después: cómo el pueblo adorará al novillo, cuya figura verán en Mi carroza, aun mientras Mi revelación se hace en el Sinaí. Así excitarán Mi ira. Sin embargo, aunque conozco toda la perversidad de sus corazones, con que se rebelarán contra Mí en el desierto, los redimiré ahora, pues Yo doy al hombre el trato que merece por sus actos presentes, no por lo que merecerá en el futuro. Prometí a su padre Yaakov: “Descenderé contigo a Mitsraim, y ciertamente también volveré a hacerte subir”, y ahora Me dirigiré allá, para hacer subir a Israel conforme a Mis palabras a Yaakov, y llevarlos a la tierra que juré a sus padres, que su descendencia la heredaría. Mientras no hubiera pasado el tiempo de aflicción que había fijado para su descendencia en Mi revelación a Avraham, no atendí a la súplica ni al gemido de sus hijos, pero ahora ha llegado el fin. Por tanto, ve ante el Paró, para que despida a Mi pueblo. Si tú no llevas a cabo la redención, ningún otro lo hará, pues no hay ningún otro que pueda hacerlo. En ti espera Israel, y a ti aguarda Israel. El asunto reposa solo en tus manos».
Moshé, sin embargo, se negó a tomar la misión sobre sí. Dijo a Dios: «Tu promesa a Yaakov fue: “Ciertamente volveré a hacerte subir de Mitsraim”. Tú Te comprometiste a hacerlo Tú mismo, y ahora es Tu propósito enviarme a mí allá. Y ¿cómo, en verdad, me sería posible cumplir este gran asunto, sacar a los hijos de Israel de Mitsraim? ¿Cómo les procuraría comida y bebida? Muchas son entre ellos las mujeres que dan a luz, muchas las embarazadas y los niños pequeños. ¿De dónde sacaré manjares para las que han parido, de dónde dulces para las embarazadas, y de dónde golosinas para los pequeños? ¿Y cómo me atrevería a ir entre los bandidos y asesinos egipcios? Pues me mandas ir a mis enemigos, a los que acechan para quitarme la vida. ¿Por qué habría de arriesgar la seguridad de mi persona, sabiendo que ignoro si Israel posee méritos que lo hagan digno de la redención? He calculado los años con cuidado, y he hallado que solo han transcurrido doscientos diez desde la alianza de los trozos hecha con Avraham, y en aquel momento Tú ordenaste cuatrocientos años de opresión para su descendencia».
Pero Dios refutó todas sus objeciones. Habló a Moshé, diciendo: «Yo estaré contigo. Todo lo que desees lo haré, de modo que la redención en verdad se realizará por medio de Mí, conforme a Mi promesa a Yaakov. A los pequeños que Israel sacará de Mitsraim los proveeré de alimento durante treinta días. Esto te probará de qué manera supliré las necesidades de todos. Y como Yo estaré a tu lado, no tienes que temer a ningún hombre. En cuanto a tu duda, si Israel merece ser redimido, esta es Mi respuesta: se les permitirá salir de Mitsraim por los méritos que adquirirán en este monte, donde recibirán la Torá por medio de ti. Y tu cálculo del fin no es correcto, pues los cuatrocientos años de servidumbre comenzaron con el nacimiento de Yitsjak, no con el descenso de Yaakov a Mitsraim. Por tanto, ha llegado el fin señalado».
Persuadido ya de la resolución inalterable de Dios de usarlo como Su instrumento en la redención de Israel de Mitsraim, Moshé rogó a Dios que le impartiera el conocimiento de Su Gran Nombre, para no quedar confundido si los hijos de Israel lo pedían. Dios respondió, diciendo: «¿Deseas conocer Mi Nombre? Mi Nombre es según Mis actos. Cuando juzgo a Mis criaturas, soy llamado Elohim, “juez”; cuando me levanto a hacer batalla contra los pecadores, soy Adonái Tsevaot, “Adonái de los ejércitos”; cuando espero con longánime paciencia la enmienda del pecador, Mi nombre es El Shadai; cuando tengo misericordia del mundo, soy Adonái. Pero a los hijos de Israel les dirás que Yo soy el que fue, el que es, y el que siempre será, y Yo soy el que está con ellos ahora en su servidumbre, y el que estará con ellos en la servidumbre del tiempo por venir».
En respuesta a estas últimas palabras de Dios, Moshé dijo: «Basta a cada día su propio afán», y Dios asintió a ello. Reconoció que no era propio imponer a Israel el conocimiento del sufrimiento futuro en un presente que ya estaba lleno de mal y de dolor. Y HaShem dijo a Moshé: «Mis palabras sobre el futuro eran para ti solo, no también para ellos. Diles a los hijos de Israel, además, que a Mi mandato un ángel puede extender su mano desde el cielo y tocar con ella la tierra, y tres ángeles pueden encontrar sitio bajo un solo árbol, y Mi majestad puede llenar el mundo entero, pues cuando fue Mi voluntad, se le apareció a Iyov en su cabello, y, de nuevo, cuando quise de otro modo, apareció en una zarza».
Pero la comunicación más importante de Dios a Moshé acerca de los Nombres Divinos fueron las palabras que siguen: «Con misericordia creé el mundo; con misericordia lo guío; y con misericordias volveré a Yerushaláyim. Pero a los hijos de Israel les dirás que Mi misericordia sobre ellos es por causa de los méritos de Avraham, Yitsjak y Yaakov».
Cuando Moshé oyó estas palabras, habló a Dios, diciendo: «¿Hay hombres que transgredan después de la muerte?», y cuando Dios le aseguró que no era posible que los muertos pecaran, Moshé preguntó de nuevo: «¿Por qué, entonces, Te revelaste a mí al principio como el Dios de mi padre, y ahora lo pasas por alto?». A lo que Dios dijo: «Al principio fue Mi propósito dirigirme a ti con palabras halagüeñas, pero ahora oyes la verdad entera y exacta: Yo soy solamente el Dios de Avraham, el Dios de Yitsjak y el Dios de Yaakov».
Moshé oró a Dios, rogándole que le revelara Su Gran y Santo Nombre, para poder invocarlo con él y asegurar el cumplimiento de todos sus deseos. HaShem concedió la oración de Moshé, y cuando los celestiales supieron que había revelado el secreto del Nombre Inefable, clamaron: «¡Bendito eres Tú, Adonái, gracioso Dador del conocimiento!».
Dios siempre atiende al honor de los ancianos de un pueblo, y mandó a Moshé reunir a los de Israel y anunciarles la redención cercana. Y como Dios sabía de antemano cómo se manifestaría la obstinación del Paró, se lo hizo saber a Moshé de inmediato, no fuera que este reprochara luego a Dios la terquedad del rey egipcio.
Moshé castigado por su obstinación
A pesar de todas estas garantías, Moshé aún no estaba dispuesto a aceptar la misión que Dios deseaba imponerle. Persistió en aducir sus temores, diciendo: «Pero he aquí que no me creerán, ni escucharán mi voz, pues dirán: “No se te ha aparecido Adonái”». Y Adonái le dijo: «¿Qué es eso que tienes en la mano?». Y él dijo: «Una vara». Y Adonái dijo: «Mereces ser castigado con ella. Si no tenías intención de tomar Mi misión sobre ti, deberías haberlo dicho desde el principio. En cambio, retuviste tu negativa hasta que te revelé el gran secreto del Nombre Inefable, para que lo conocieras por si los hijos de Israel te preguntaban acerca de él. Y ahora dices: no iré. Ahora, por tanto, si no ejecutas Mi encargo, será ejecutado por esta vara. Era Mi deseo distinguirte y hacerte Mi instrumento para obrar muchos milagros. Pero mereces un castigo por haber sospechado que Mis hijos carecen de fe. Los hijos de Israel son creyentes e hijos de creyentes, pero tú te mostrarás de poca fe en tu camino, y como sigues el ejemplo de la serpiente calumniadora, así serás castigado con lepra, con la que fue castigada la serpiente».
HaShem mandó ahora a Moshé meter la mano en su seno y sacarla de nuevo, y cuando la sacó, he aquí que su mano estaba leprosa, blanca como la nieve. Y Dios le mandó meter la mano de nuevo en su seno, y volvió a ser como el resto de su carne. Además de ser un castigo por sus palabras precipitadas, la plaga en su mano había de enseñarle que, así como el leproso contamina, así los egipcios habían contaminado a Israel, y que así como Moshé fue sanado de su impureza, así Dios limpiaría a los hijos de Israel de la contaminación que los egipcios habían traído sobre ellos.
El segundo prodigio ligado a la vara de Moshé encerraba igualmente un doble sentido, pues apuntaba a la redención venidera de Israel y enseñaba a Moshé una lección concreta. Por orden de Dios, Moshé arrojó su vara al suelo, y se convirtió en serpiente, para mostrarle que cuando difamaba a Israel seguía el ejemplo de la serpiente injuriosa, y también para mostrarle que el gran dragón que yace en medio de los ríos de Mitsraim, aunque ahora hincaba sus dientes en Israel, quedaría inofensivo como la vara de madera, que no tiene poder para morder.
Y, de nuevo, mediante el tercer milagro que se le mandó realizar, Dios comunicó a Moshé lo que sucedería en los últimos años de su propia vida. La señal que le dio era para hacerle saber que, antes de que brotara el agua, saldría sangre de la roca en Merivá, cuando Moshé la golpeara tras pronunciar las palabras precipitadas e impacientes que estaban destinadas a atraer la muerte sobre él.
Durante siete días Dios instó a Moshé a emprender la misión que deseaba que ejecutara. Recurrió a la persuasión, para que los paganos no dijeran que abusaba de Su poder como Gobernante del mundo, forzando a los hombres a servirle contra su voluntad. Pero Moshé permaneció obstinado, no se dejaba convencer. Dijo: «Me haces un agravio al enviarme al Paró. En el palacio del rey egipcio hay personas que saben hablar las setenta lenguas del mundo. No importa qué lengua use un hombre, hay alguien que lo entiende. Si yo fuera como Tu representante, y descubrieran que no soy capaz de conversar en las setenta lenguas, se burlarían de mí, y dirían: “Miren a este hombre, pretende ser el embajador del Creador del mundo, y no sabe hablar las setenta lenguas”». A esto Dios respondió así: «Adam, que no fue enseñado por nadie, supo dar nombres a las bestias en las setenta lenguas. ¿No fui Yo quien lo hizo hablar?».
Moshé aún no estaba satisfecho, siguió aduciendo objeciones, y dijo: «Oh Señor del mundo, Tú me encargarías la tarea de castigar a Mitsraim y redimir a Israel, y yo estoy dispuesto a ser Tu mensajero. Pero ¿es propio que un hombre ejecute dos encargos a la vez? No, mi Señor, pues para esto se necesitan dos hombres». Dios respondió, y dijo: «Moshé, bien sé a quién tienes en mente con tu petición, para que sea tu compañero en la misión que te asigno. Sabe, pues, que el espíritu santo ya ha venido sobre tu hermano Aharón, y aun ahora te aguarda en el camino de Mitsraim, y cuando sus ojos se posen sobre ti se regocijará».
Habló Dios además a Moshé, diciendo: «Cuando me aparecí a ti la primera vez, eras humilde, y escondiste tu rostro para no ver la visión. ¿De dónde viene ahora este descaro tuyo, que te diriges a Mí como un siervo a su amo? Hablas demasiadas palabras. Acaso piensas que no tengo mensajeros, huestes, serafines, ofanim, ángeles ministrantes y ruedas de la Merkabá que enviar a Mitsraim, para traer de allí a Mis hijos, que dices: “Envía por mano de aquel a quien has de enviar”. En verdad, mereces severo castigo. Pero ¿qué puedo hacer, siendo Yo el Dueño de la misericordia? Si escapas sin castigo, se lo debes a tu padre Amram, que rindió grandes servicios en pro de la preservación del pueblo israelita en Mitsraim».
Pero Moshé replicó: «Oh Señor del mundo, yo, profeta e hijo de profeta, obedecí Tus palabras solo tras mucha vacilación, y no puedo esperar que el Paró, un hombre malvado e hijo de hombre malvado, y los egipcios, un pueblo desobediente e hijos de un pueblo desobediente, presten oído a mis palabras. Oh Señor del mundo, Tú me envías a Mitsraim para redimir a sesenta miríadas de Tu pueblo de la opresión de los egipcios. Si se tratara de liberar a un par de cientos de hombres, ya sería una empresa bastante difícil. ¡Cuánto más ardua es la tarea de liberar a sesenta miríadas del dominio del Paró! Si hubieras llamado a los egipcios a abandonar sus malos caminos poco después de que empezaran a esclavizar a Israel, quizá habrían atendido Tus amonestaciones. Pero si yo fuera y les hablara ahora, después de que han estado gobernando a Israel estos doscientos diez años, el Paró diría: “Si un esclavo ha servido a su amo durante diez años, y no se ha oído protesta alguna de ningún lado, ¿cómo puede un hombre concebir de pronto la idea de ponerlo en libertad?”. En verdad, oh Señor del mundo, la tarea que me impones es demasiado pesada para mis fuerzas».
Moshé dijo además: «No soy hombre elocuente, ni veo de qué pueden servir las palabras en este asunto. Me envías a uno que es él mismo un esclavo, al Paró de la tribu de Jam, y a un esclavo no se le corrige con palabras. Consiento en ir en Tu encargo solo si me investes del poder de castigar al Paró con fuerza bruta». A estas palabras dichas por Moshé, Dios respondió: «Que no te aflija no ser un orador elocuente. Soy Yo quien hizo la boca de todo el que habla, y Yo quien hizo a los hombres mudos. A uno lo hago ver, a otro lo hago ciego; a uno lo hago oír, a otro lo hago sordo. Si Yo lo hubiera querido así, habrías sido hombre de palabra pronta. Pero deseé mostrar un prodigio por medio de ti. Cuando Yo lo quiera, las palabras que ponga en tu boca saldrán sin titubeo. Pero lo que dices de un esclavo, que no se le puede corregir con palabras, es cierto, y por eso te doy Mi vara para el castigo del Paró».
Pero Moshé aún se mantuvo firme. Planteó otras objeciones. «Un nieto —dijo— está más cerca de un hombre que un sobrino. Sin embargo, cuando Lot fue tomado cautivo, Tú enviaste ángeles en ayuda del sobrino de Avraham. Pero ahora, cuando está en juego la vida de sesenta miríadas de descendientes directos de Avraham, me envías a mí, y no a los ángeles. Cuando la esclava egipcia Hagar estaba en apuros, Tú despachaste cinco ángeles para asistirla, y para redimir a sesenta miríadas de los hijos de Sará me despachas a mí. Oh Señor, envía, Te ruego, por mano de aquel a quien has de enviar en días venideros». A esto Dios respondió, diciendo: «No dije que te enviaría a Israel, sino al Paró, y a aquel que has mencionado lo enviaré a Israel al fin de los días: Eliyahu se les aparecerá antes del día grande y terrible».
Si Moshé rehusaba hacer el encargo de HaShem, había una razón. Dios le había revelado los tesoros de la Torá, de la sabiduría y del conocimiento, y todo el futuro del mundo. Ahora contemplaba en la cámara interior de Dios filas de estudiosos y jueces interpretando la Torá de cuarenta y nueve maneras diferentes mientras se sentaban en el patio de las piedras labradas; y vio, además, a Rabí Akivá explicando el significado de las coronas sobre las letras. Entonces dijo Moshé: «No me interesa ser el mensajero de Dios. Que envíe más bien a uno de estos grandes estudiosos». Entonces Dios ordenó al Ángel de la Sabiduría llevar a Moshé a un lugar de miríadas de estudiosos, todos interpretando la Torá, y todos haciendo uso de la fórmula: Esta es una halajá revelada a Moshé en el monte Sinaí. Ahora Moshé reconoció que incluso los más grandes estudiosos de las generaciones futuras dependerían de él, y entonces, por fin, estuvo dispuesto a ejecutar la misión que Dios deseaba imponerle.
Pero Moshé tuvo que pagar caro el haber vacilado en la ejecución del mandato Divino. Dios le dijo: «Estaba designado que tú fueras sacerdote, y Aharón fuera el levita. Porque te has negado a ejecutar Mi voluntad, tú serás el levita, y Aharón será sacerdote» —un castigo que no recayó sobre Moshé personalmente, sino solo sobre sus descendientes, todos los cuales son leviim. En cuanto a él mismo, desempeñó un servicio de sacerdote en el Mishkán.
Moshé le había dicho a Dios: «Llevas ya muchos días hablándome, y sin embargo sigo siendo torpe de boca y de lengua tarda». Por esto recibió otro castigo. Dios le dijo: «Yo podría transformarte en un hombre nuevo, y sanarte de tu habla imperfecta, pero porque has pronunciado tales palabras, me abstengo de curarte».
El regreso a Mitsraim
Cuando Moshé finalmente cedió, y se declaró dispuesto a ir a Mitsraim como mensajero de Dios, su aceptación quedaba aún condicionada a la promesa de Dios de cumplir todos sus deseos, y Dios le concedió cuanto deseaba, salvo la inmortalidad y la entrada a la Tierra Santa. Dios también calmó sus temores respecto al peligro que lo amenazaba de parte de sus antiguos enemigos Datán y Aviram, por causa de quienes había tenido que huir de Mitsraim. Le dijo que estos habían caído a la condición de hombres pobres e insignificantes, privados del poder de hacerle daño.
Moshé era leal al juramento que había dado a su suegro Yitró, de no volver jamás a Mitsraim sin obtener su consentimiento. Su primera preocupación fue, por tanto, regresar a Midián y obtener su permiso, que Yitró le dio de buen grado. Entonces Moshé pudo emprender su viaje. Se demoró solo para llevar consigo a su mujer y a sus hijos, lo que hizo decir a su suegro: «Los que están en Mitsraim han de salir de allí, ¿y tú quieres llevar más hacia allá?». Moshé respondió: «Muy pronto los esclavos retenidos en servidumbre en Mitsraim serán redimidos, y saldrán de la tierra, y se reunirán en el monte Sinaí, y oirán las palabras: “Yo soy Adonái tu Dios”, ¿y no habrían de estar presentes allí mis hijos?». Yitró reconoció la justicia de las palabras de Moshé, y le dijo: «Ve en paz, entra en Mitsraim en paz, y deja la tierra en paz».
Por fin Moshé se lanzó a su viaje a Mitsraim, acompañado de su mujer y sus hijos. Iba montado en el mismísimo asno que había llevado a Avraham a la Akedá en el monte Moriá, el asno sobre el cual aparecerá cabalgando el Mesías al fin de los días. Aun ahora, ya comenzado su viaje, Moshé estaba solo a medias entregado a su misión. Viajaba sin prisa, pensando: «Cuando llegue a Mitsraim y anuncie a los hijos de Israel que ha llegado el fin del término de la esclavitud egipcia, dirán: “Sabemos muy bien que nuestra servidumbre debe durar cuatrocientos años, y el fin aún no ha llegado”; pero si yo pusiera esta objeción ante Dios, estallaría en ira contra mí. Lo mejor para mí es consumir en el camino hacia allá el mayor tiempo posible».
Dios quedó disgustado con Moshé por este ardid, y le habló, diciendo: «Yosef profetizó hace mucho que la opresión de Mitsraim duraría solo doscientos diez años». Por su falta de fe Moshé fue castigado mientras iba de camino a Mitsraim. Los ángeles Af y Hemá aparecieron y se tragaron todo su cuerpo hasta los pies, y lo soltaron solo después de que Tsiporá, ágil como un «pájaro», circuncidara a su hijo Gershom, y tocara los pies de su marido con la sangre de la circuncisión. La razón por la que su hijo había permanecido incircunciso hasta entonces era que Yitró había puesto como condición, cuando consintió en el matrimonio de su hija con Moshé, que el primer hijo de su unión fuera criado como gentil.
Cuando Moshé fue liberado por los ángeles, los atacó, y mató a Hemá, cuya hueste de ángeles, sin embargo, resistió al asaltante.
La voz Divina oída por Moshé en Midián, que le decía que volviera a sus hermanos en Mitsraim, cayó al mismo tiempo sobre el oído de Aharón, que moraba en Mitsraim, y le mandó «ir al desierto al encuentro de Moshé». Dios habla de manera maravillosa con Su voz, y por eso la misma revelación pudo entenderse de un modo en Midián y de otro en Mitsraim.
El saludo de los dos hermanos fue muy cordial. La envidia y los celos no tenían lugar entre ellos. Aharón se alegraba de que Dios hubiera escogido a su hermano menor para ser el redentor de Israel, y Moshé se alegraba de que su hermano mayor hubiera sido divinamente designado sumo sacerdote en Israel. Dios conocía sus corazones, pues cuando lo encargó de la misión egipcia, Moshé había dicho: «Todos estos años Aharón ha actuado como profeta en Israel, ¿y habría yo ahora de invadir su terreno y causarle disgusto?». Pero Dios lo tranquilizó, diciendo: «Moshé, tu hermano Aharón ciertamente no se disgustará, más bien se regocijará por tu misión; sí, saldrá a tu encuentro».
Aharón mostró libremente su alegría al ver a su hermano una vez más, tras su separación de muchos años. En cuanto a su gozo por la distinción concedida a Moshé, era demasiado grande para expresarlo en toda su profundidad y extensión. Por su espíritu bondadoso y generoso, recibió una recompensa de Dios, en que le fue permitido llevar los Urim veTumim sobre su corazón, «pues —dijo Dios— el corazón que se regocijó por el enaltecimiento de un hermano llevará los Urim veTumim».
Aharón corrió al encuentro de su hermano, y lo abrazó, y le preguntó dónde había pasado todos los años de su separación. Cuando le dijeron que en Midián, siguió interrogándolo, diciendo: «¿Quiénes son estos que viajan contigo?».
Moshé: «Mi mujer y mis hijos».
Aharón: «¿Adónde vas con ellos?».
Moshé: «A Mitsraim».
Aharón: «¡Cómo! Bastante grande es nuestro dolor por los que han estado en Mitsraim desde el principio, ¿y tú llevas más a la tierra?».
Moshé reconoció que Aharón tenía razón, y envió a su mujer y a sus hijos de vuelta a su suegro Yitró.
No era menos magnánimo que Aharón. Si el hermano mayor no sentía envidia por la dignidad del hermano menor, el hermano menor no le negó al otro las enseñanzas y revelaciones que había recibido. Inmediatamente después de encontrarse con Aharón, Moshé le contó todo lo que Dios le había enseñado, incluso el terrible secreto del Nombre Inefable que se le había comunicado en el monte Jorev.
En obediencia al mandato de Dios, se reunió a los ancianos del pueblo, y ante ellos Moshé realizó los prodigios que habían de ser sus credenciales como el redentor enviado a liberar al pueblo. Sin embargo, las obras que hizo no fueron tan poderosas para convencerlos de la realidad de la misión como las palabras con que Dios le había anunciado la redención cercana, que él repitió a sus oídos. Los ancianos sabían que Yaakov había transmitido a Yosef la señal secreta que designaba al redentor, y Yosef, a su vez, la había confiado a sus hermanos antes de su muerte. El último superviviente de los hermanos, Asher, se la había revelado a su hija Séraj, con estas palabras: «Aquel que venga y proclame la redención con las palabras de Dios, “Ciertamente os he visitado, y he visto lo que se os hace en Mitsraim”, ese es el verdadero redentor». Séraj vivía aún al regreso de Moshé, y los ancianos acudieron a ella, y le contaron las palabras de Moshé anunciando la redención. Cuando oyó que sus palabras habían sido las mismas que Asher había citado, supo que él era el redentor prometido, y todo el pueblo creyó en él.
Entonces Moshé invitó a los ancianos a ir con él ante el Paró, pero les faltó el valor para presentarse ante el rey. Aunque partieron con Moshé, se fueron escabullendo a hurtadillas por el camino, uno a uno, y cuando Moshé y Aharón se hallaron en presencia del rey, se encontraron solos, abandonados por todos los demás. Los ancianos no salieron impunes. Su castigo fue que Dios no les permitió ascender al monte santo con Moshé. Solo se atrevieron a acompañarlo en el camino hacia Dios hasta donde lo habían acompañado en el camino hacia el Paró, y luego tuvieron que quedarse aguardando hasta que él volviera.
Moshé y Aharón ante el Paró
El día en que Moshé y Aharón hicieron su aparición ante el Paró resultó ser el aniversario de su nacimiento, y estaba rodeado de muchos reyes, pues era el soberano del mundo entero, y esta era la ocasión en que los reyes de la tierra venían a rendirle homenaje. Cuando los sirvientes anunciaron a Moshé y a Aharón, el Paró preguntó si los dos ancianos le habían traído coronas, y, al recibir una respuesta negativa, ordenó que no se les admitiera a su presencia hasta que hubiera visto y despedido a todos los demás que deseaban presentarle sus respetos.
El palacio del Paró estaba rodeado por un vasto ejército. Estaba construido con cuatrocientas entradas, cien en cada lado, y cada una de ellas guardada por sesenta mil soldados. Moshé y Aharón quedaron sobrecogidos ante este despliegue de poder, y tuvieron miedo. Pero el ángel Gavriel apareció, y los condujo al interior del palacio, sin que ninguno de los guardias los observara, y el Paró decretó severo castigo para los centinelas distraídos por haber admitido a los ancianos sin su permiso. Fueron destituidos, y otros puestos en su lugar. Pero lo mismo sucedió al día siguiente. Moshé y Aharón estaban dentro del palacio, y la nueva guardia no había podido impedir su paso. El Paró interrogó a sus sirvientes cómo había sido posible que los dos ancianos entraran, y ellos dijeron: «¡No lo sabemos! Por las puertas no entraron. Seguramente han de ser magos».
No bastaba con que el palacio estuviera guardado por una hueste; en cada entrada había apostados dos leones, y por temor a ser despedazado nadie osaba acercarse a las puertas, y nadie podía entrar hasta que llegaba el domador y se llevaba a las fieras. Ahora bien, Bilam y todos los demás escribas sagrados de Mitsraim aconsejaron que los guardianes soltaran a los leones al acercarse Moshé y Aharón. Pero su consejo no sirvió de nada. A Moshé le bastó levantar su vara, y los leones saltaron hacia él gozosos, y lo siguieron a sus pies, retozando como perros ante su amo cuando vuelve a casa.
Dentro del palacio, Moshé y Aharón encontraron a setenta secretarios ocupados con la correspondencia del Paró, que se llevaba en setenta lenguas. Al ver a los mensajeros de Israel, se sobresaltaron llenos de temor, pues los dos hombres parecían ángeles. Su estatura era como la de los cedros del Líbano, sus rostros irradiaban un resplandor como el del sol, las pupilas de sus ojos eran como la esfera del lucero del alba, sus barbas como ramas de palmera, y sus bocas despedían llamas cuando las abrían para hablar. Aterrados, los secretarios soltaron pluma y papel, y se postraron ante Moshé y Aharón.
Entonces los dos representantes de los hijos de Israel se presentaron ante el Paró, y dijeron: «El Dios de los hebreos se ha encontrado con nosotros; déjanos ir, te rogamos, camino de tres días al desierto, y ofrecer sacrificios a Adonái nuestro Dios, no sea que Él nos hiera con peste o con espada». Pero el Paró respondió: «¿Cuál es el nombre de vuestro Dios? ¿En qué consisten Su fuerza y Su poder? ¿Cuántos países, cuántas provincias, cuántas ciudades tiene bajo Su dominio? ¿En cuántas campañas venció? ¿Cuántas tierras sometió a Sí mismo? ¿Cuántas ciudades tomó? Cuando va a la guerra, ¿cuántos guerreros, jinetes, carros y aurigas saca al frente?». A lo cual Moshé y Aharón respondieron: «Su fuerza y Su poder llenan el mundo entero. Su voz talla llamas de fuego; Sus palabras hacen pedazos las montañas. El cielo es Su trono, y la tierra el estrado de Sus pies. Su arco es fuego, Sus flechas son llamas, Sus lanzas antorchas, Su escudo nubes, y Su espada relámpagos. Él creó las montañas y los valles, Él trajo a la existencia espíritus y almas, Él extendió la tierra con una palabra, Él hizo las montañas con Su sabiduría, Él forma el embrión en el vientre de la madre, Él cubre los cielos de nubes, a Su palabra el rocío y la lluvia descienden a la tierra, Él hace crecer las plantas del suelo, Él nutre y sostiene al mundo entero, desde los cuernos del rem hasta los huevos de las alimañas. Cada día hace morir a los hombres, y cada día llama a los hombres a la vida».
El Paró respondió, y dijo: «No tengo necesidad de Él. Yo me creé a mí mismo, y si decís que Él hace descender el rocío y la lluvia, yo tengo el Nilo, el río que tiene su fuente bajo el árbol de la vida, y la tierra impregnada por sus aguas da un fruto tan enorme que hacen falta dos asnos para cargarlo. Y es sabroso más allá de toda descripción, pues tiene trescientos sabores distintos».
Entonces el Paró mandó traer de sus archivos los libros de las crónicas de su reino, donde están registrados los nombres de los dioses de todas las naciones, para ver si el nombre del Dios de los hebreos estaba entre ellos. Fue leyendo: «Los dioses de Moav, los dioses de Amón, los dioses de Sidón... ¡No encuentro a vuestro Dios inscrito en los archivos!». Moshé y Aharón exclamaron: «¡Oh necio! Buscas al Viviente en las tumbas de los muertos. Estos que has leído son los nombres de ídolos mudos, pero nuestro Dios es el Dios de la vida y el Rey de la vida eterna».
Cuando el Paró dijo las palabras «No conozco a HaShem», Dios mismo respondió, diciendo: «¡Oh canalla! ¿Le dices a Mis embajadores: “No conozco la fuerza ni el poder de vuestro Dios”? He aquí que te haré comparecer, para mostrarte Mi poder, y para que Mi Nombre sea proclamado por toda la tierra».
Tras haber buscado en vano en su lista de los dioses de las naciones una mención del Dios de los hebreos, el Paró hizo comparecer ante él a los sabios de Mitsraim, y les dijo: «¿Habéis oído alguna vez el nombre del Dios de este pueblo?». Ellos respondieron: «Nos han dicho que es hijo de los sabios, el hijo de reyes antiguos». Entonces habló Dios, diciendo: «¡Oh necios! Os llamáis a vosotros mismos sabios, pero a Mí me llamáis solo hijo de los sabios. En verdad, reduciré a nada toda vuestra sabiduría y vuestro entendimiento».
El Paró persistió en su terquedad, aun después de que Moshé y Aharón hubieron hecho el milagro de la vara. Cuando los dos hebreos lograron entrar en el palacio, guardado como estaba por leones, el Paró había mandado llamar a sus magos, a la cabeza Bilam y sus dos hijos Janes y Jambres, y cuando comparecieron ante él, les contó el suceso extraordinario, cómo los leones habían seguido a los dos ancianos como perros, y les hacían fiestas. Bilam opinó que no eran más que magos como él y sus compañeros, y rogó al rey que los hiciera comparecer junto con ellos mismos, para poner a prueba quiénes eran los maestros de la magia, si los egipcios o los hebreos.
El Paró mandó llamar a Moshé y Aharón, y les dijo: «¿Quién os creerá cuando decís que sois los embajadores de Dios, como pretendéis ser, si no convencéis a los hombres realizando prodigios?». Entonces Aharón arrojó su vara al suelo, y se convirtió en serpiente. El Paró se echó a reír a carcajadas. «¿Cómo?», exclamó, «¿esto es todo lo que vuestro Dios sabe hacer? Es propio de los mercaderes llevar mercancía a un lugar donde no la hay, pero ¿acaso alguien llevaría salmuera a España o pescado a Acco? Se ve que no sabéis que yo soy experto en toda clase de magia». Ordenó que trajeran a niños pequeños de la escuela, y estos repitieron el prodigio hecho por Moshé y Aharón; es más, la propia esposa del Paró lo hizo. Janes y Jambres, los hijos de Bilam, se burlaron de Moshé, diciendo: «¡Lleváis paja a Efráyim!», a lo cual Moshé respondió: «Al lugar donde abundan las hortalizas, allí se llevan hortalizas».
Para mostrar a los egipcios que Aharón podía hacer con su vara algo que sus magos no podían imitar, Dios hizo que la serpiente en que se había transformado Su vara se tragara todas las varas de los magos. Pero Bilam y sus asociados dijeron: «No hay nada maravilloso ni asombroso en esta hazaña. Tu serpiente no ha hecho más que devorar a nuestras serpientes, lo cual está de acuerdo con una ley de la naturaleza: un ser vivo devora a otro. Si quieres que reconozcamos que el espíritu de Dios obra en ti, arroja entonces tu vara a la tierra, y si, siendo madera, se traga nuestras varas de madera, entonces reconoceremos que el espíritu de Dios está en ti». Aharón superó la prueba. Después de que su vara hubo recobrado su forma original, se tragó las varas de los egipcios, y sin embargo su grosor no aumentó en nada. Esto hizo reflexionar al Paró: si acaso aquella vara prodigiosa de Aharón no se lo tragaría también a él y a su trono. No obstante, se negó a obedecer el mandato de Dios de dejar ir a Israel, diciendo: «Si tuviera aquí ante mí al mismísimo Yaakov-Israel, le pondría paleta y cubo sobre los hombros». Y a Moshé y Aharón les dijo: «Porque vosotros, como todo el resto de la tribu de Leví, no estáis obligados a trabajar, por eso decís: “Vayamos a ofrecer sacrificios a HaShem”. Si hubierais pedido mil personas, o dos mil, habría cumplido vuestra petición, pero jamás consentiré en dejar marchar a seiscientos mil hombres».
El sufrimiento aumenta
Además de negarse a despedir a los hijos de Israel, ordenó, el mismo día de la audiencia de Moshé y Aharón con él, que se exigiera al pueblo entregar la cantidad prescrita de ladrillos, aunque los capataces ya no les darían paja para hacerlos, como hasta entonces. Otro decreto fue que a los hijos de Israel no se les permitiera descansar en Shabat, pues el Paró sabía que aprovechaban el tiempo libre para leer los rollos que describían su redención. Todo esto era parte del plan de Dios: la opresión de Israel había de aumentar cuanto más se acercaba el final. Mientras andaban de un lado a otro de la tierra de Mitsraim recogiendo la paja que necesitaban para la debida cantidad de ladrillos, eran maltratados por los egipcios si los sorprendían en sus campos. Tales actos crueles, cometidos por el pueblo entero, hicieron imposible echar toda la culpa de la esclavitud de Israel solo sobre el Paró. Todos los egipcios mostraron crueldad con los israelitas en sus expediciones en busca de paja, y por eso el castigo divino descendió sobre todos por igual.
Este tiempo espantoso del extremo sufrimiento de Israel duró seis meses. Entretanto, Moshé fue a Midián, dejando a Aharón solo en Mitsraim. Cuando Moshé regresó al final del reinado del terror, dos de los oficiales israelitas lo abordaron a él y a Aharón, y los colmaron de reproches por haber aumentado las desgracias de su pueblo en vez de disminuirlas. Dijeron: «Si de verdad sois los embajadores de Dios, que Él juzgue entre nosotros y el Paró. Pero si buscáis lograr la redención de Israel por vuestra propia cuenta, que Dios juzgue entre vosotros e Israel. Sois responsables del hedor que ahora se extiende por todas partes, salido de los cadáveres israelitas usados como ladrillos para construir cuando no completábamos la cuota. Los egipcios apenas sospechaban vagamente que esperábamos nuestra redención. Es culpa vuestra que ahora sean plenamente conscientes de ello. Estamos en el apuro de la pobre oveja que ha sido arrastrada por un lobo. El pastor persigue al ladrón, lo alcanza, e intenta arrancar la oveja de sus fauces, y la desdichada víctima, tirada por un lado por el lobo y por el otro por el pastor, queda hecha pedazos. Así le va a Israel entre vosotros y el Paró».
Los dos oficiales que pronunciaron estas palabras hirientes fueron Datán y Aviram, y no fue ni la primera ni la última vez que causaron un daño a Moshé. Los demás oficiales israelitas eran mansos y bondadosos; se dejaban golpear por los capataces antes que aguijonear a los trabajadores de su propio pueblo puestos bajo su vigilancia.
El cruel sufrimiento al que estaba expuesto su pueblo llevó a Moshé a hablar así a Dios: «He leído entero el libro de Bereshit, y encontré en él la condena pronunciada sobre la generación del diluvio. Fue un juicio justo. Encontré también los castigos decretados contra la generación de la confusión de las lenguas, y contra los habitantes de Sedom. También esos fueron justos. Pero ¿qué te ha hecho esta nación de Israel, para que sea oprimida más que cualquier otra nación de la historia? ¿Es porque Avraham dijo: “¿En qué conoceré que he de heredar la tierra?”, y Tú lo reprendiste por su poca fe, diciendo: “Ten por cierto que tu descendencia será extranjera en una tierra que no es suya”? ¿Por qué, entonces, no están también los descendientes de Esav y de Yishmael en servidumbre? ¿No son igualmente de la descendencia de Avraham? Pero si Tú dijeras: “¿Qué me importa eso a Mí?”, entonces yo te pregunto: ¿Por qué me enviaste aquí como Tu mensajero? Tu grande, excelso y temible Nombre es temido en toda la tierra, y sin embargo el Paró me oyó pronunciarlo, y se niega a obedecer. Sé que redimirás a Israel a Tu debido tiempo, y poco te importa que ahora estén emparedando a israelitas vivos en estos edificios».
Si fuera solo un Dios de justicia, HaShem habría dado muerte a Moshé por la osadía de sus últimas palabras, pero en vista de que había hablado como lo hizo únicamente por compasión de Israel, HaShem lo trató con benevolencia. Le respondió a Moshé, diciendo: «Verás lo que haré al Paró», palabras que le daban a entender a Moshé que, aunque sería testigo del castigo del Paró, no estaría presente en el de los treinta y un reyes de Kena’an. Así fue reprendido por el lenguaje impropio que había usado al dirigirse a Dios. Al mismo tiempo, las palabras de Dios eran una réplica a otro dicho de Moshé. Este había dicho: «Oh Señor del mundo, bien sé que sacarás a Tus hijos de Mitsraim. Ojalá te sirvieras de otro instrumento, pues no soy digno de ser el redentor de Tus hijos». Dios le respondió a esto: «Sí, Moshé, tú eres digno de ello. Por tu mano serán sacados Mis hijos de Mitsraim. Verás lo que haré al Paró».
Al mismo tiempo Dios le pidió cuentas por haber tenido tan poca fe. Dijo: «¡Ay de los que ya no están, no se hallará más quien sea como ellos! Yo me aparecí a Avraham, Yitsjak y Yaakov como El Shaddai, Dios Todopoderoso, pero no fui conocido por ellos con Mi nombre Adonái, Dios Todomisericordioso, como me aparecí a ti. Y sin embargo ellos no pusieron reparos a Mis actos. Le dije a Avraham: “A ti te daré la tierra”, pero cuando fue a sepultar a Sará, tuvo que pagar plata y comprar un lugar de reposo para su cuerpo; y aun así no me reprochó nada. Le dije a Yitsjak: “A ti y a tu descendencia daré todas estas tierras”, pero cuando quiso agua para beber, tuvo que disputar con los pastores de Guerar; y aun así no me reprochó nada. Le dije a Yaakov: “La tierra sobre la que estás acostado, a ti te la daré, y a tu descendencia”, pero cuando quiso plantar su tienda, tuvo que adquirir una parcela de terreno por cien monedas; y aun así no me reprochó nada. Ninguno de ellos pidió conocer Mi Nombre. Pero tú exigiste conocerlo desde el primer momento, cuando quise enviarte a Mitsraim, y después de que te lo revelé, hablaste diciendo: “Me dijiste que te llamas Compasivo y Clemente, Paciente y Misericordioso, pero apenas pronuncié este Nombre ante el Paró, la desgracia cayó sobre el pueblo de Israel”. Ahora quiero cumplir Mi alianza con los tres Patriarcas, y dar a su posteridad la tierra prometida, como recompensa por la fe sin vacilaciones de los Padres, y también como recompensa al pueblo que, a pesar de su sufrimiento, no puso reparos a Mis obras. Por esto les daré la tierra, que por otros motivos no merecen poseer. ¡Juro que así lo haré!». Dios pronunció este juramento para desterrar todo temor de la mente de Moshé: el de que Él actuara únicamente conforme a Su atributo de justicia, y así retrasara por un tiempo la redención de Israel a causa de los pecados del pueblo.
Ahora la redención de Israel era un hecho consumado. Pero antes de que Moshé y Aharón pudieran emprender la obra de liberar a su pueblo, Dios les señaló varios puntos que debían tener presentes en su empresa. Les habló, diciendo: «Mis hijos son obstinados, apasionados y difíciles. Debéis estar dispuestos a soportar sus insultos, hasta el punto de que os apedreen. Os envío al Paró, y aunque yo lo castigaré según merece, no debéis faltar al respeto que le corresponde como gobernante. Además, cuidad de tomar en vuestro consejo a los ancianos del pueblo, y que vuestro primer paso hacia la redención sea hacer que el pueblo abandone el culto a los ídolos».
Lo último era una tarea dificilísima, y las palabras de Dios al respecto le arrancaron a Moshé la exclamación: «Mira, los hijos de Israel no me escucharán. ¿Cómo, entonces, me habrá de escuchar el Paró?». Era la tercera vez que Moshé rehusaba ir en la misión de Dios. Ahora la paciencia divina se agotó, y Moshé fue sometido a castigo. Al principio Dios se había revelado solo a Moshé, y la intención original había sido que él solo realizara todos los milagros, pero de allí en adelante la palabra de Dios se dirigió también a Aharón, y se le dio parte en la realización de los prodigios.
Medida por medida
Dios dividió en cuatro partes los diez castigos decretados para Mitsraim: tres de las plagas las encomendó a Aharón, tres a Moshé, una a los dos hermanos juntos, y tres las reservó para Sí mismo. A Aharón le encargó aquellas que procedían de la tierra y del agua, los elementos compuestos de partes más o menos sólidas, de los que se forman todas las entidades corpóreas y distintas, mientras que las tres confiadas a Moshé fueron las que procedían del aire y del fuego, los elementos más pródigos en vida.
HaShem es un guerrero, y así como un rey de carne y hueso urde diversas estratagemas contra su enemigo, así Dios atacó a los egipcios de diversas maneras. Trajo diez plagas sobre ellos. Cuando una provincia se levanta en rebelión, su soberano señor primero envía su ejército contra ella, para rodearla y cortarle el suministro de agua. Si la gente se arrepiente, muy bien; si no, lanza contra ella a los que hacen ruido en el campo de batalla. Si la gente se arrepiente, muy bien; si no, ordena que le disparen dardos. Si la gente se arrepiente, muy bien; si no, ordena a sus legiones que la asalten. Si la gente se arrepiente, muy bien; si no, provoca entre ella derramamiento de sangre y matanza. Si la gente se arrepiente, muy bien; si no, dirige contra ella un chorro de nafta ardiente. Si la gente se arrepiente, muy bien; si no, le arroja proyectiles con sus catapultas. Si la gente se arrepiente, muy bien; si no, hace levantar escalas de asalto contra sus murallas. Si la gente se arrepiente, muy bien; si no, la echa en calabozos. Si la gente se arrepiente, muy bien; si no, da muerte a sus notables.
Así procedió Dios contra los egipcios. Primero les cortó el suministro de agua convirtiendo sus ríos en sangre. Se negaron a dejar ir a los israelitas, y Él envió las ranas ruidosas y croadoras a sus entrañas. Se negaron a dejar ir a los israelitas, y Él trajo contra ellos los piojos, que atravesaban su carne como dardos. Se negaron a dejar ir a los israelitas, y Él envió contra ellos legiones bárbaras, hordas mezcladas de bestias salvajes. Se negaron a dejar ir a los israelitas, y Él trajo sobre ellos la matanza, una peste gravísima. Se negaron a dejar ir a los israelitas, y Él derramó nafta sobre ellos, úlceras ardientes. Se negaron a dejar ir a los israelitas, y Él hizo descender sobre ellos Sus proyectiles, el granizo. Se negaron a dejar ir a los israelitas, y Él apoyó escalas de asalto contra la muralla para las langostas, que las treparon como hombres de guerra. Se negaron a dejar ir a los israelitas, y Él los echó en las tinieblas del calabozo. Se negaron a dejar ir a los israelitas, y Él dio muerte a sus notables, sus hijos primogénitos.
Las plagas que Dios envió sobre los egipcios se correspondían con los actos que ellos habían cometido contra los hijos de Israel. Porque forzaban a los israelitas a sacarles agua, y además les impedían usar los baños rituales, Él convirtió su agua en sangre.
Porque les habían dicho a los israelitas: «Id a pescarnos peces», Él trajo ranas contra ellos, haciendo que pulularan en sus artesas de amasar y en sus alcobas, y que anduvieran saltando y croando en sus entrañas. Fue la más severa de las diez plagas.
Porque les habían dicho a los israelitas: «Id a barrer y limpiar nuestras casas, nuestros patios y nuestras calles», Él convirtió el polvo del aire en piojos, de modo que las alimañas quedaban amontonadas en pilas de un codo de altura, y cuando los egipcios se ponían ropa limpia, al instante quedaban infestados de insectos.
La cuarta plaga fue una invasión de la tierra por hordas de toda clase de animales salvajes: leones, lobos, panteras, osos y otros. Invadían las casas de los egipcios, y cuando estos cerraban sus puertas para dejarlos fuera, Dios hacía salir de la tierra un animalillo que entraba por las ventanas, reventaba las puertas y abría paso a los osos, panteras, leones y lobos, que irrumpían en masa y devoraban a la gente hasta los niños de cuna. Si un egipcio confiaba sus diez hijos a un israelita para que saliera de paseo con ellos, venía un león y arrebataba a uno de los niños, un oso se llevaba al segundo, una serpiente al tercero, y así sucesivamente, y al final el israelita regresaba a casa solo. Esta plaga se les impuso porque tenían la costumbre de mandar a los israelitas a cazar lobos y leones para sus circos, y los enviaban a tales recados para hacerlos morar en desiertos lejanos, donde quedaban separados de sus esposas y no podían propagar su raza.
Entonces Dios trajo una grave peste sobre su ganado, porque habían forzado a los israelitas a su servicio como pastores, asignándoles pastizales remotos para mantenerlos alejados de sus esposas. Por eso vino la peste y se llevó todo el ganado de los rebaños que los israelitas apacentaban.
La sexta plaga fue una llaga que brotaba con úlceras sobre el hombre y sobre la bestia. Este fue el castigo de los egipcios, porque solían decirles a los hijos de Israel: «Id a prepararnos un baño para deleite de nuestra carne y nuestros huesos». Por eso fueron condenados a sufrir con llagas que inflamaban su carne, y a causa de la comezón no podían dejar de rascarse. Mientras los egipcios sufrían así, los hijos de Israel usaban sus baños.
Porque habían enviado a los israelitas a los campos, a arar y sembrar, se hizo caer granizo sobre ellos, y sus árboles y cosechas quedaron destruidos.
Habían tenido la costumbre de decirles a los israelitas: «Salid, plantadnos árboles y guardad su fruto». Por eso Dios trajo las langostas al territorio de Mitsraim, para que comieran lo que había quedado, lo que les había escapado del granizo, pues los dientes de la langosta son dientes de león, y tiene las muelas de un gran león.
Porque solían echar a los israelitas en calabozos, Dios trajo tinieblas sobre ellos, las tinieblas del infierno, de modo que tenían que andar a tientas. El que estaba sentado no podía levantarse sobre sus pies, y el que estaba de pie no podía sentarse. La imposición de las tinieblas sirvió a otro propósito. Entre los israelitas había muchos hombres malvados que se negaban a salir de Mitsraim, y Dios determinó quitarlos de en medio. Pero para que los egipcios no dijeran que habían sucumbido a la plaga como ellos mismos, Dios les dio muerte al amparo de las tinieblas, y en las tinieblas fueron sepultados por sus propios hermanos israelitas, sin que los egipcios supieran nada de lo ocurrido. Pero el número de estos hombres malvados había sido muy grande, y los hijos de Israel que se salvaron para salir de Mitsraim eran solo una pequeña fracción de la población israelita original.
La décima plaga fue la muerte de los primogénitos, y vino sobre los egipcios a causa de su intención de asesinar a los hijos varones de los israelitas al nacer, y, por último, el Paró y su hueste se ahogaron en el mar de los Juncos, porque los egipcios habían hecho arrojar a las aguas a los hijos varones de los israelitas.
Cada una de las plagas infligidas a Mitsraim tenía otro paralelo en el trato cruel dado a los israelitas. La primera fue un castigo por las palabras arrogantes que había pronunciado el Paró: «Mío es mi río Nilo, y yo me lo he hecho para mí mismo».
La plaga de las ranas la hizo descender Dios sobre los egipcios, «porque», dijo, «las ranas, que a veces habitan en el agua, se vengarán de los egipcios por haber querido destruir a la nación destinada a ser portadora de la Torá, y la Torá se compara con el agua».
Dios envió alimañas sobre ellos, diciendo: «Que los piojos, hechos del polvo de la tierra, se venguen de los egipcios por haber querido destruir a la nación cuya descendencia es como el polvo de la tierra».
Hordas de bestias —leones y lobos— y enjambres de serpientes descendieron sobre ellos, «porque», dijo Dios, «estos animales se vengarán de los egipcios por haber querido destruir a la nación que se compara con leones, lobos y serpientes».
Se trajo sobre ellos una peste mortal, «porque», dijo Dios, «la muerte se vengará de los egipcios por haber querido destruir a la nación que afronta la muerte por la glorificación del Nombre de Dios».
Se los hizo sufrir con úlceras ardientes, «porque», dijo Dios, «las llagas venidas de las cenizas del horno se vengarán de los egipcios por haber querido destruir a la nación cuyo antepasado Avraham entró en el horno de fuego por la glorificación del Nombre de Dios».
Hizo descender granizo sobre ellos, «porque», dijo, «el granizo blanco se vengará de los egipcios por haber querido destruir a una nación cuyos pecados se volverán blancos».
Las langostas vinieron sobre ellos, «porque», dijo Dios, «las langostas, que son Mi gran ejército, se vengarán de los egipcios por haber querido destruir a la nación que se llama Mis huestes».
«Las tinieblas», dijo Dios, «que están separadas de la luz, vendrán y se vengarán de los egipcios por haber querido destruir a la nación sobre la que brilla la luz de HaShem, mientras densas tinieblas cubren a los demás pueblos».
La décima plaga, la muerte de los primogénitos, la infligió Dios diciendo: «Me vengaré de los egipcios por haber querido destruir a la nación que es Mi primogénito. Como la noche se dividió para Avraham, para que sus enemigos fueran vencidos, así pasaré yo por Mitsraim en medio de la noche, y como Avraham fue probado con diez pruebas, así enviaré diez plagas sobre Mitsraim, el enemigo de sus hijos».
Las plagas traídas por medio de Aharón
Desde que se infligió la primera de las plagas hasta que pasó la última, tras la cual los egipcios cedieron a todo lo que Moshé y Aharón exigían, transcurrió un año entero, pues doce meses es el plazo fijado por Dios para la expiación de los pecados. El diluvio duró un año; Iyov sufrió un año; los pecadores deben soportar los tormentos del infierno durante un año, y el juicio sobre Gog al final de los tiempos se ejecutará durante el lapso de un año.
Moshé anunció la primera plaga al Paró una mañana en que el rey se paseaba a la orilla del río. Este paseo matutino le permitía practicar un engaño. Se hacía llamar dios, y pretendía no sentir ninguna necesidad humana. Para mantener la ilusión, iba cada mañana al borde del río y allí hacía sus necesidades, mientras estaba solo y sin ser visto. En uno de esos momentos fue cuando Moshé se le apareció, y le gritó: «¿Acaso hay un dios que tenga necesidades humanas?». «En verdad, no soy ningún dios», respondió el Paró, «solo finjo serlo ante los egipcios, que son tan idiotas que más valdría tenerlos por asnos que por seres humanos».
Entonces Moshé le hizo saber que Dios convertiría el agua en sangre si se negaba a dejar ir a Israel. En la advertencia podemos discernir la diferencia entre Dios y el hombre. Cuando un mortal alberga la intención de hacer daño a un enemigo, acecha el momento en que puede asestar un golpe inesperado. Pero Dios habla sin rodeos. Advertía al Paró y a los egipcios en público cada vez que una plaga estaba por descender, y cada advertencia la repetía Moshé durante un período de tres semanas, aunque la plaga misma durara solo una semana.
Como el Paró no quiso tomar en serio la advertencia, la plaga anunciada por Moshé se desató sobre él y su pueblo: las aguas se convirtieron en sangre. Es un proverbio muy conocido: «Golpea a los ídolos, y los sacerdotes tiemblan». Dios hirió el río Nilo, que los egipcios adoraban como su dios, a fin de aterrorizar al Paró y a su pueblo y forzarlos a hacer la voluntad divina.
Para producir la plaga, Aharón tomó su vara y extendió su mano sobre las aguas de Mitsraim. Moshé no tuvo parte en la realización del milagro, pues Dios le había dicho: «El agua que veló por tu seguridad cuando fuiste expuesto en el Nilo no sufrirá daño por tu mano».
Apenas hubo ejecutado Aharón el mandato divino, toda el agua de Mitsraim se convirtió en sangre, incluso la que se guardaba en vasijas de madera y en vasijas de piedra. La saliva misma de un egipcio se volvía sangre no bien la echaba de la boca, y también goteaba sangre de los ídolos de los egipcios.
La transformación de las aguas en sangre estaba pensada principalmente como castigo para los opresores, pero fue al mismo tiempo una fuente de provecho para los oprimidos. Dio a los israelitas la oportunidad de amasar una gran riqueza. Los egipcios les pagaban grandes sumas por su agua, pues si un egipcio y un israelita sacaban agua del mismo abrevadero, la porción que se llevaba el egipcio quedaba inservible: se convertía en sangre. Y, en verdad, nada aliviaba a los egipcios en su apuro, pues aunque bebieran agua de la misma copa que un israelita, se les volvía sangre en la boca.
Sin embargo, esta plaga no impresionó al Paró como un castigo infligido en nombre de Dios, porque con ayuda de los Ángeles de la Destrucción los magos de Mitsraim produjeron el mismo fenómeno de convertir el agua en sangre. Por eso no atendió a las palabras de Moshé.
La siguiente fue la plaga de las ranas, y de nuevo fue Aharón quien realizó el prodigio. Extendió su mano con su vara sobre los ríos, e hizo subir ranas sobre la tierra de Mitsraim. A Moshé, cuya vida había sido preservada por el agua, se le apartó de envenenar a su salvadora con los reptiles. Al principio apareció una sola rana, pero empezó a croar, convocando a tantas compañeras que toda la tierra de Mitsraim pululaba con ellas. Dondequiera que un egipcio se plantara, aparecían ranas, y de algún modo misterioso eran capaces de atravesar los metales más duros, y ni siquiera los palacios de mármol de los nobles egipcios les servían de protección. Si una rana se les acercaba, los muros se partían al instante. «¡Abre paso», gritaban las ranas a la piedra, «para que yo cumpla la voluntad de mi Creador!», y de inmediato el mármol mostraba una grieta por la que entraban las ranas, y entonces atacaban a los egipcios en su propio cuerpo, y los mutilaban y los abrumaban. En su ardor por cumplir el mandato de Dios, las ranas se arrojaban a las llamas al rojo vivo de los hornos y devoraban el pan. Siglos después, los tres santos jóvenes, Jananiá, Mishael y Azariá, recibieron de Nabucodonosor la orden de rendir culto a sus ídolos so pena de muerte en el horno ardiente, y dijeron: «Si las ranas, que no tenían obligación alguna de glorificar el Nombre de Dios, se arrojaron sin embargo al fuego para ejecutar la voluntad divina sobre el castigo de los egipcios, ¡cuánto más debemos estar nosotros dispuestos a exponer nuestra vida al fuego por la mayor gloria de Su Nombre!». Y a las celosas ranas no se las dejó sin recompensa. Mientras las demás eran destruidas de sobre el Paró y las casas egipcias en el momento señalado como el fin de la plaga, Dios salvó con vida a las que estaban en los hornos: el fuego no tuvo poder para hacerles el menor daño.
Ahora bien, aunque los magos egipcios también hicieron subir ranas sobre la tierra de Mitsraim con la ayuda de demonios, el Paró no obstante se declaró dispuesto a dejar ir al pueblo a ofrecer sacrificios a HaShem. La diferencia entre esta plaga y la primera fue que el agua convertida en sangre no le había causado ninguna molestia personal, mientras que los enjambres de ranas le infligían un sufrimiento físico, y le dio la promesa a Moshé de dejar ir a Israel, con la esperanza de librarse del dolor que padecía. Y Moshé, a su vez, prometió suplicar a Dios por él al día siguiente. No se podía hacer de inmediato, porque el plazo de los siete días aún no había transcurrido. La oración ofrecida por Moshé en favor del Paró fue concedida: todas las ranas perecieron, y su destrucción fue demasiado rápida para que se retiraran al agua. En consecuencia, toda la tierra se llenó del hedor de las ranas en descomposición, pues habían sido tan numerosas que cada egipcio juntó cuatro montones de ellas. Aunque las ranas habían llenado todas las plazas, establos y viviendas, se retiraban ante los hebreos como si hubieran podido distinguir entre las dos naciones, y hubieran sabido a cuál convenía maltratar y a cuál tratar con consideración. Además de respetar a los hebreos en la tierra de Mitsraim, las ranas se mantuvieron dentro de los límites del país, sin invadir en modo alguno el territorio de las naciones vecinas. Es más, fueron el medio para zanjar pacíficamente una vieja disputa de fronteras entre Mitsraim y Etiopía. Dondequiera que aparecían, hasta allí se extendía el dominio egipcio; todo lo que quedaba más allá de su línea pertenecía a Etiopía.
El Paró era como los malvados que claman a Dios en su aflicción, y cuando su fortuna prospera vuelven a recaer en sus antiguas costumbres impías. No bien se hubieron apartado de él las ranas, de sus casas, de sus siervos y de su pueblo, endureció de nuevo su corazón y se negó a dejar ir a Israel. Entonces Dios envió la plaga de los piojos, la última de las traídas sobre Mitsraim por mediación de Aharón. Moshé no podía tener parte en ella, «pues», dijo Dios, «la tierra que te dio protección cuando te permitió ocultar al egipcio muerto no sufrirá por tu mano».
Los magos egipcios, que se habían jactado de ser capaces de producir las dos primeras plagas —jactancia vacía, pues no las provocaron con sus encantamientos, sino solo porque Moshé quiso que lo hicieran—, fueron avergonzados por Dios con la tercera plaga. Intentaron en vano imitarla. Los demonios no pudieron ayudarlos, pues su poder se limita a la producción de cosas más grandes que un grano de cebada, y los piojos son más pequeños. Los magos tuvieron que admitir: «Este es el dedo de Dios». Su fracaso puso fin de una vez por todas a sus intentos de hacer lo que hacía Moshé.
Pero el corazón del Paró se endureció, y Dios le habló a Moshé, diciendo: «Este malvado sigue teniendo el corazón duro, a pesar de las tres plagas. La cuarta será mucho peor que las que la han precedido. Ve, pues, a él, y adviértele: más le valdría dejar ir a Mi pueblo, para que la plaga no venga sobre él».
Las plagas traídas por medio de Moshé
La cuarta plaga también se le anunció al rey de madrugada a la orilla del río. El Paró iba allí con regularidad, pues era uno de los magos, que necesitan agua para sus encantamientos. Las visitas matutinas diarias de Moshé empezaban a molestarlo, y salía temprano de casa con la esperanza de burlar a su amonestador. Pero Dios, que conoce los pensamientos del hombre, enviaba a Moshé al Paró justo en el momento de su salida.
Como la advertencia de la plaga inminente no había surtido efecto alguno en el Paró, Dios envió la cuarta plaga sobre Mitsraim: una horda mezclada de animales salvajes —leones, osos, lobos y panteras—, y tantas aves de rapiña de distintas clases que la luz del sol y de la luna se oscurecía mientras revoloteaban por el aire. Estas bestias vinieron sobre los egipcios como castigo por haber querido forzar a la descendencia de Avraham a mezclarse con las demás naciones. Dios se lo devolvió trayendo sobre ellos una mezcla que les costó la vida.
Así como el Paró había sido el primero de los egipcios en tramar planes malvados contra los hijos de Israel, así fue el primero sobre quien descendió el castigo. En su casa entró antes que en ninguna la horda mezclada de bestias, y luego en las casas del resto de los egipcios. Goshen, la tierra habitada por los israelitas, fue completamente respetada, pues Dios puso una división entre los dos pueblos. Es cierto que los israelitas habían cometido pecados suficientes para merecer castigo, pero Hakadosh Baruj Hu permitió que los egipcios sirvieran de rescate por Israel.
De nuevo el Paró expresó su disposición a dejar que los hijos de Israel ofrecieran sacrificios a su Dios, pero habían de quedarse en la tierra y hacerlo allí, sin salir al desierto. Moshé le hizo ver al Paró cuán impropio sería que los israelitas sacrificaran, ante los ojos mismos de su pueblo, los animales que los egipcios adoraban como dioses. Entonces el Paró consintió en dejarlos ir más allá de las fronteras de su tierra, solo que no debían alejarse mucho, y Moshé, para despistarlo, pidió un camino de tres días al desierto. Pero, una vez más, cuando Moshé hubo suplicado a Dios en favor del Paró, y la horda de bestias salvajes se hubo desvanecido, el rey endureció su corazón y no dejó ir al pueblo.
El cese de la cuarta plaga fue tan milagroso como la plaga misma. Los animales mismos que habían sido matados por los egipcios en defensa propia volvieron a la vida y partieron de la tierra con el resto. Esto se dispuso para impedir que los malvados opresores sacaran provecho del castigo ni siquiera por el valor de las pieles y la carne de los animales muertos. No había sido así con las inútiles ranas: estas habían muerto en el sitio, y sus cadáveres habían quedado donde cayeron.
La quinta plaga que Dios descargó sobre los egipcios fue una peste terrible, que segó sobre todo el ganado y las bestias, aunque tampoco perdonó del todo a los hombres. Esta peste era una plaga aparte, pero acompañaba también a todas las demás, y a ella se debió la muerte de muchos egipcios. Los israelitas salieron una vez más ilesos. Es más: si un israelita tenía un derecho legítimo sobre una bestia en poder de un egipcio, esa bestia también quedaba a salvo —y la misma suerte alcanzaba al ganado que era propiedad común de israelitas y egipcios.
La sexta plaga, la de las llagas, la produjeron Moshé y Aharón juntos, de modo milagroso. Cada uno tomó un puñado de ceniza del horno; luego Moshé sostuvo el contenido de los dos montones en el hueco de una sola de sus manos, y esparció la ceniza hacia el cielo, y voló tan alto que llegó hasta el Trono divino. Al volver hacia la tierra, se dispersó sobre toda la tierra de Mitsraim, un espacio de cuatrocientas parasangas cuadradas. El polvo fino de la ceniza produjo lepra en la piel de los egipcios, y unas pústulas de índole peculiar, blandas por dentro y secas por encima.
Las primeras cinco plagas los magos habían intentado imitarlas, y en parte lo habían logrado. Pero en esta sexta plaga no pudieron mantenerse ante Moshé, y desde entonces renunciaron a hacer lo que él hacía. Su arte les había sido dañino a ellos mismos todo el tiempo. Aunque podían producir las plagas, no podían imitar a Moshé haciéndolas desaparecer. Metían las manos en el pecho y las sacaban blancas de lepra, exactamente como Moshé —pero su carne quedaba leprosa hasta el día de su muerte. Y lo mismo ocurría con todas las demás plagas que imitaban: hasta el día de su muerte padecían los males que producían.
Como el Paró había endurecido su corazón a sabiendas con cada una de las primeras cinco plagas, y se negaba a apartarse de su propósito pecaminoso, Dios lo castigó de ahí en adelante de tal manera que ya no pudiera enmendar su camino aunque quisiera. Dijo Dios: «Aunque ahora deseara arrepentirse, endureceré su corazón hasta que pague la deuda entera».
El Paró había observado que, cada vez que paseaba por la orilla del Nilo, Moshé le salía al paso. Por eso renunció a su paseo matutino. Pero Dios ordenó a Moshé que buscara al rey en su palacio en las primeras horas del día y lo instara a arrepentirse de sus malos caminos. Así pues, Moshé le habló de este modo, en nombre de Dios: «¡Oh, malvado! Crees que no puedo borrarte del mundo. Considera: si lo hubiera deseado, en vez de herir al ganado, te habría herido a ti y a tu pueblo con la peste, y habrías sido cortado de la tierra. He infligido la plaga solo en la medida necesaria para mostrarte Mi poder, y para que Mi Nombre sea proclamado por toda la tierra. Pero tú no dejas de pisotear a Mi pueblo. He aquí que mañana, cuando el sol pase por este punto» —y en eso Moshé trazó una marca en la pared— «haré caer un granizo tan terrible como no habrá otro, salvo una vez más, cuando aniquile a Gog con granizo, fuego y azufre».
Pero la bondad de Dios es tan grande que aun en Su ira tiene misericordia de los malvados, y como Su objeto principal no era dañar a hombres y bestias, sino arruinar la vegetación en los campos de los egipcios, ordenó a Moshé que advirtiera al Paró que hiciera recoger y poner a resguardo aprisa su ganado y todo lo que tenía en el campo. Pero la advertencia cayó en oídos sordos. Solo Iyov la tomó a pecho, mientras que el Paró y su pueblo no hicieron caso de la palabra de HaShem. Por eso HaShem dejó que el granizo hiriera tanto al hombre como a la bestia, en vez de limitarlo a las hierbas y los árboles del campo, como había sido Su intención desde el principio.
Por regla general, el fuego y el agua son elementos en guerra entre sí, pero en las piedras de granizo que hirieron la tierra de Mitsraim se reconciliaron. Un fuego reposaba dentro del granizo como la mecha encendida flota en el aceite de una lámpara: el líquido que la rodea no puede extinguir la llama. Los egipcios eran heridos ora por el granizo, ora por el fuego. En un caso como en el otro, su carne quedaba abrasada, y los cuerpos de los muchos que morían por el granizo eran consumidos por el fuego. Las piedras de granizo se amontonaban como un muro, de modo que los cadáveres de las bestias muertas no podían retirarse; y si la gente lograba despedazar a los animales muertos y llevarse su carne, las aves de rapiña los atacaban de camino a casa y les arrebataban su botín. Pero la vegetación del campo sufrió aún más que el hombre y la bestia, pues el granizo caía como un hacha sobre los árboles y los quebraba. Que el trigo y la espelta no quedaran aplastados fue un milagro.
Ahora, por fin, el Paró lo reconoció, y dijo: «HaShem es justo, y yo y mi pueblo somos malvados. Justo fue cuando nos mandó recoger aprisa nuestro ganado ante el granizo, y yo y mi pueblo fuimos malvados, pues no atendimos Su advertencia, y hombres y bestias fueron sorprendidos en el campo por el granizo, y muertos». De nuevo rogó a Moshé que suplicara a Dios en su favor, que apartara la plaga, y prometió dejar ir a los hijos de Israel. Moshé accedió a hacer su voluntad, aunque le dijo: «No creas que ignoro lo que sucederá una vez detenida la plaga. Sé que tú y tus siervos temeréis a HaShem, Dios, tan poco después de retirado Su castigo como lo temíais antes. Pero para mostrar Su grandeza, Le rogaré que haga cesar el granizo».
Moshé salió un breve trecho de la ciudad, lejos del Paró, y extendió las manos hacia HaShem, pues no quería orar a Dios dentro, donde había muchos ídolos e imágenes. Al instante el granizo quedó suspendido en el aire. Parte de él cayó mientras Yehoshúa combatía contra los amorreos, y el resto lo enviará Dios en Su furia contra Gog. También los truenos cesaron ante la intercesión de Moshé, y quedaron reservados para un tiempo posterior, pues eran el estruendo que HaShem hizo oír al ejército de los sirios en el asedio de Shomrón, por lo cual se levantaron y huyeron al anochecer.
Tal como Moshé lo había previsto, así ocurrió. Apenas cesó el granizo, el Paró abandonó su resolución y se negó a dejar ir a Israel. Moshé no perdió tiempo en anunciarle la octava plaga, la de las langostas. Al notar que sus palabras habían hecho mella en los consejeros del rey, se volvió y salió de la presencia del Paró, para darles la oportunidad de discutir el asunto entre ellos. Y, en efecto, sus siervos instaron al Paró a dejar ir a los israelitas para que sirvieran a HaShem, su Dios. Pero, de nuevo, cuando Moshé insistió en que todo el pueblo debía ir —los jóvenes y los viejos, los hijos y las hijas—, el Paró puso reparos, diciendo: «Sé que es costumbre que jóvenes y ancianos tomen parte en los sacrificios, pero de ningún modo los niños pequeños; y al exigir también su presencia delatas tu mal propósito. No es más que un pretexto eso de que iréis camino de tres días al desierto y luego volveréis. Lo que pretendéis es escapar y no volver jamás. No quiero saber nada más del asunto. Mi dios Báal-Tsefón se os opondrá en el camino, y os estorbará en vuestra marcha». Las últimas palabras del Paró fueron un vago presentimiento. Como mago, previó que, al salir de Mitsraim, los hijos de Israel se hallarían en aprietos desesperados ante el santuario de Báal-Tsefón.
El Paró no se contentó con negar sin más la petición presentada por Moshé y Aharón. Ordenó que los expulsaran del palacio por la fuerza. Entonces Dios envió la plaga de las langostas que Moshé había anunciado. Comieron toda hierba de la tierra y todo el fruto de los árboles que el granizo había dejado, y no quedó nada verde. Y de nuevo el Paró mandó llamar a Moshé y a Aharón para pedirles perdón, tanto por su pecado contra HaShem, Dios, al no haber escuchado Su palabra, como por su pecado contra ellos, al haberlos echado y haber querido maldecirlos. Moshé, como antes, oró a Dios en favor del Paró, y su petición fue concedida: la plaga fue apartada, y de un modo bastante sorprendente. Cuando los enjambres de langostas empezaron a oscurecer la tierra, los egipcios las atrapaban y las conservaban en salmuera como manjar para comer. Entonces HaShem hizo soplar un viento del oeste sumamente fuerte, que se llevó las langostas y las arrojó al mar de los Juncos. Hasta las que guardaban en sus vasijas alzaron el vuelo y se fueron, y no obtuvieron el provecho esperado.
La penúltima plaga, como las que la habían precedido, duró siete días. Todo ese tiempo la tierra quedó envuelta en tinieblas, solo que no siempre del mismo grado de densidad. Durante los tres primeros días, no eran tan espesas como para impedir que los egipcios cambiaran de postura cuando lo deseaban. Si estaban sentados, podían levantarse, y si estaban de pie, podían sentarse. En los días cuarto, quinto y sexto, las tinieblas eran tan densas que no podían moverse de su sitio. O bien permanecían sentados todo el tiempo, o bien de pie; como estaban al principio, así quedaban hasta el fin. El último día de tinieblas alcanzó a los egipcios no en su propia tierra, sino en el mar de los Juncos, en su persecución de Israel. Las tinieblas no eran de la clase común y terrena; venían del guehinom, y podían palparse. Eran espesas como un dinar, y todo el tiempo que reinaron una luz celestial alumbraba las moradas de los hijos de Israel, gracias a la cual podían ver lo que hacían los egipcios al amparo de la oscuridad. Esto les fue de gran ventaja, pues cuando estaban a punto de salir de la tierra, y pidieron a sus vecinos que les prestaran ropas y objetos de oro y de plata para el viaje, los egipcios intentaron negar tener tales cosas en su poder. Pero los hijos de Israel, que habían espiado todos sus tesoros durante los días de tinieblas, podían describir con exactitud los objetos que necesitaban y señalar sus escondrijos. Los egipcios razonaron que las palabras de los israelitas podían tomarse al pie de la letra tal como las decían, pues si hubieran tenido la menor intención de engañarlos —pidiendo prestado cuando pensaban quedarse con lo que echaran mano—, bien podrían haber tomado sin ser vistos, durante los días de tinieblas, cuanto hubieran deseado. Por eso los egipcios no sintieron reparo alguno en prestar a los hijos de Israel todos los tesoros que pedían.
Las tinieblas eran de tal naturaleza que no podían disiparse por medios artificiales. La luz del fuego encendido para usos domésticos, o bien la apagaba la violencia de la tormenta, o bien quedaba invisible y tragada por la densidad de la oscuridad. La vista, el más indispensable de todos los sentidos externos, aunque intacta, quedaba privada de su función, pues nada podía distinguirse, y todos los demás sentidos quedaban derribados como súbditos cuyo jefe ha caído. Nadie era capaz de hablar ni de oír, ni se atrevía nadie a tomar alimento, sino que se echaban en silencio y con hambre, sus sentidos externos como en trance. Así permanecían, abrumados por la aflicción, hasta que Moshé se compadeció de ellos de nuevo, y suplicó a Dios en su favor, quien le concedió el poder de restaurar el buen tiempo, luz en vez de tinieblas y día en vez de noche.
Intimidado por esta aflicción, el Paró permitió que el pueblo se fuera —los pequeños tanto como los hombres y las mujeres—, solo pidió que dejaran quedarse sus rebaños y sus manadas. Pero Moshé dijo: «Por tu vida, también nuestro ganado irá con nosotros. Es más: si aunque sea la pezuña de un animal pertenece a un israelita, la bestia no quedará atrás en Mitsraim». Este discurso exasperó al Paró a tal punto que amenazó a Moshé con la muerte el día en que volviera a ver su rostro.
En ese mismo momento HaShem se apareció a Moshé, y le mandó informar al Paró de la última plaga, la muerte de los primogénitos. Fue la primera y la última vez que Dios se reveló en el palacio real. Eligió en esta ocasión la residencia del Paró para que Moshé no quedara tildado de mentiroso, pues a la amenaza del Paró de matarlo si volvía a ver su rostro, él había respondido con estas palabras: «Bien has hablado; no volveré a ver tu rostro nunca más».
Con voz potente Moshé proclamó la última plaga, cerrando su anuncio con las palabras: «Y todos estos siervos tuyos descenderán a mí y se inclinarán ante mí, diciendo: “Sal tú, y todo el pueblo que te sigue”; y después de eso saldré». Moshé sabía muy bien que el Paró mismo vendría a rogarle que sacara a Israel con la mayor prisa posible, pero mencionó solo a los siervos del rey, y no al rey mismo, porque nunca olvidaba el respeto debido a un gobernante.
El primer Pésaj
Cuando se acercó el tiempo en que, conforme a la promesa hecha a Avraham, sus hijos serían redimidos, se vio que no tenían obras piadosas en su haber por cuyo mérito merecieran la liberación de la esclavitud. Por eso Dios les dio dos mandamientos: uno que les mandaba sacrificar el cordero pascual y otro circuncidar a sus hijos. Junto con el primero recibieron el calendario en uso entre los judíos, pues la fiesta de Pésaj ha de celebrarse el día quince del mes de Nisán, y con este mes ha de comenzar el año. Pero los cómputos del calendario son tan intrincados que Moshé no pudo entenderlos hasta que Dios le mostró con claridad los movimientos de la luna. Había otras tres cosas igualmente difíciles, que Moshé solo pudo comprender después de que Dios se las hiciera ver con claridad. Eran la composición del aceite santo de la unción, la construcción del candelabro del Mishkán, y los animales cuya carne está permitida o prohibida. También la determinación de la luna nueva fue objeto de enseñanza divina especial. Para que Moshé conociera el procedimiento exacto, Dios se le apareció con una vestidura que llevaba flecos en las esquinas, mandó a Moshé situarse a Su derecha y a Aharón a Su izquierda, y luego, citando a Mijael y a Gavriel como testigos, dirigió preguntas escrutadoras a los ángeles sobre cómo se les había aparecido la luna nueva. Entonces HaShem se dirigió a Moshé y a Aharón, diciendo: «Así proclamarán Mis hijos la luna nueva, sobre el testimonio de dos testigos y por medio del presidente del tribunal».
Cuando Moshé se presentó ante los hijos de Israel y les transmitió el mensaje divino, diciéndoles que su redención llegaría en este mes de Nisán, ellos dijeron: «¿Cómo es posible que seamos redimidos? ¿No está todo Mitsraim lleno de nuestros ídolos? Y no tenemos obras piadosas que mostrar que nos hagan dignos de la redención». Moshé respondió y dijo: «Como Dios desea vuestra redención, no repara en vuestros ídolos; pasa de largo junto a ellos. Ni mira vuestras malas obras, sino solo las buenas obras de los piadosos entre vosotros».
En verdad, Dios no habría liberado a Israel si no hubieran abandonado su culto a los ídolos. Con este fin les mandó sacrificar el cordero pascual. Así habían de mostrar que habían renunciado a la idolatría de los egipcios, que consistía en el culto al carnero. La ley primera era distinta de la práctica de tiempos posteriores, pues se les mandó escoger el animal del sacrificio cuatro días antes del día señalado para la ofrenda, y designarlo públicamente como tal, para mostrar que no sentían temor de los egipcios.
Con el corazón oprimido, los egipcios observaban los preparativos de los israelitas para sacrificar a los animales que ellos adoraban. Sin embargo, no se atrevían a poner objeción, y cuando llegó el momento de hacer la ofrenda, los hijos de Israel pudieron cumplir las ceremonias sin un temblor, viendo que sabían, por la experiencia de muchos días, que los egipcios temían acercárseles con intención hostil. Había otra práctica ligada a la degollación del cordero pascual que había de mostrar a los egipcios cuán poco los temían los israelitas. Tomaban de la sangre del animal y la ponían abiertamente en los dos postes laterales y en el dintel de las puertas de sus casas.
Moshé comunicó a los ancianos las leyes que regían el sacrificio de Pésaj, y ellos a su vez las dieron a conocer al pueblo entero. Los ancianos fueron alabados por haber respaldado al líder en su primera aparición, pues su fe en Moshé hizo que todo el pueblo se le adhiriera al instante. Por eso Dios habló, diciendo: «Recompensaré a los ancianos por infundir al pueblo confianza en Moshé. Tendrán el honor de liberar a Israel. Conducirán al pueblo al sacrificio de Pésaj, y por medio de esto se obrará la redención».
Las ceremonias ligadas al sacrificio de Pésaj tenían el propósito de transmitir a Israel enseñanza sobre el pasado y el futuro por igual. La sangre puesta en los dos postes laterales y en el dintel de sus puertas había de recordarles a Avraham, a Yitsjak y a Yaakov; y el manojo de hisopo para rociar la sangre en las puertas había de dar a entender que, aunque la posición de Israel entre los pueblos de la tierra es tan humilde como la del hisopo entre las plantas, esta pequeña nación está unida como el manojo de hisopo, pues es el tesoro peculiar de Dios.
El sacrificio pascual le brindó a Moshé la ocasión de inducir a los hijos de Israel a someterse a la circuncisión, cosa que muchos se habían negado a hacer hasta entonces, pese a sus apremiantes llamamientos. Pero Dios tiene medios de persuasión. Hizo soplar un viento que llevó los dulces aromas del Paraíso hacia el cordero pascual de Moshé, y la fragancia penetró en todas las partes de Mitsraim, a la distancia de un viaje de cuarenta días. La gente acudía en muchedumbre al cordero de Moshé, y deseaba participar de él. Pero él dijo: «Este es el mandato de Dios: “Ningún incircunciso comerá de él”», y todos decidieron someterse a la circuncisión. Cuando HaShem pasó por la tierra de Mitsraim, bendijo a cada israelita por su cumplimiento de los dos mandatos: el mandato del sacrificio pascual y el mandato relativo a la circuncisión.
HaShem obró un gran milagro en favor de los israelitas. Como ningún sacrificio puede comerse fuera de los confines de la Tierra Santa, todos los hijos de Israel fueron transportados allá sobre nubes, y después de comer del sacrificio, fueron llevados de vuelta a Mitsraim del mismo modo.
La muerte de los primogénitos
Cuando Moshé anunció la muerte de los primogénitos, todas las víctimas designadas acudieron a sus padres y dijeron: «Todo lo que Moshé ha predicho se ha cumplido. Dejad ir a los hebreos, o moriremos todos». Pero los padres respondieron: «Más vale que muera uno de cada diez de nosotros a que los hebreos ejecuten su propósito». Entonces los primogénitos acudieron al Paró, para inducirlo a despedir a los hijos de Israel. Lejos de conceder su deseo, ordenó a sus siervos que cayeran sobre los primogénitos y los golpearan, para castigarlos por su exigencia insolente. Viendo que no podían lograr su fin por medios pacíficos, intentaron conseguirlo por la fuerza.
El Paró y todos los que se oponían a los deseos de los primogénitos eran de la opinión de que la pérdida de un porcentaje tan insignificante de la población era cosa de poca monta. Se equivocaban en su cálculo, pues el decreto divino comprendía no solo a los hijos primogénitos, sino también a las hijas primogénitas, y no solo a los primogénitos de los matrimonios entonces existentes, sino también a los primogénitos nacidos de anteriores uniones de los padres y las madres; y como los egipcios llevaban vidas disolutas, no era raro que cada uno de los diez hijos de una misma mujer fuera el primogénito de su padre. Por último, Dios decretó que la muerte hiriera al miembro de mayor edad de cada casa, fuera o no el primogénito de sus padres. Lo que Dios resuelve se ejecuta. En el instante exacto que marca la mitad de la noche —tan preciso que solo Dios mismo podía determinarlo y discernirlo—, apareció en Mitsraim, acompañado de nueve mil miríadas de los Ángeles de la Destrucción, que están formados unos de granizo y otros de llamas, y cuyas miradas infunden terror y temblor al corazón de quien las contempla. Estos ángeles estaban a punto de lanzarse a la obra de aniquilación, pero Dios los contuvo, diciendo: «Mi ira no se aplacará hasta que Yo mismo ejecute venganza sobre los enemigos de Israel».
Aquellos entre los egipcios que dieron crédito a las palabras de Moshé, e intentaron proteger de la muerte a sus hijos primogénitos, los enviaron a sus vecinos hebreos, para que pasaran con ellos la noche fatídica, con la esperanza de que Dios eximiera de la plaga a las casas de los hijos de Israel. Pero por la mañana, cuando los israelitas se levantaron de su sueño, hallaron junto a ellos los cadáveres de los fugitivos egipcios. Esa fue la noche en que los israelitas rezaron antes de acostarse: «Haznos, HaShem, Dios nuestro, acostarnos en paz, aparta al Satán de delante de nosotros y de detrás de nosotros, y guarda nuestra salida y nuestra entrada para vida y para paz», pues fue el Satán quien había causado espantosa mortandad entre los egipcios.
Entre los muertos había, además de los primogénitos egipcios, también los primogénitos de otras nacionalidades residentes en Mitsraim, así como los primogénitos egipcios que moraban fuera de su propia tierra. Ni siquiera los primogénitos muertos hacía tiempo fueron perdonados. Los perros arrastraban sus cadáveres fuera de las sepulturas en las casas, pues era costumbre egipcia enterrar a los muertos en el hogar. Ante el espantoso espectáculo, los egipcios se lamentaban como si la pérdida les acabara de sobrevenir. Los mismos monumentos y estatuas erigidos en memoria de los primogénitos muertos se convirtieron en polvo, que se dispersó y voló hasta perderse de vista. Es más: sus esclavos hubieron de compartir la suerte de los egipcios, y no menos el primogénito del cautivo que estaba en la mazmorra, pues nadie había tan bajo que no odiara a los hebreos y se alegrara cuando los egipcios decretaron su persecución. Las esclavas que molían grano entre las piedras del molino solían decir: «No lamentamos nuestra servidumbre, con tal de que los israelitas también sean amordazados».
Al repartir el castigo entre estos extranjeros en la tierra de Mitsraim, Dios mostró que era a la vez el Amo de la tierra y el Señor sobre todos los dioses de las naciones, pues si los esclavos y los cautivos de guerra no hubieran sido heridos, habrían dicho: «Poderoso es nuestro dios, que nos ayudó en esta plaga». Por la misma razón, todos los ídolos de los egipcios fueron barridos de la existencia aquella noche. Los ídolos de piedra fueron reducidos a polvo, los ídolos de madera se pudrieron, y los hechos de metal se derritieron, y así se impidió que los egipcios atribuyeran su castigo a la ira de sus propios dioses. Del mismo modo, HaShem, Dios, mató a los primogénitos del ganado, pues los egipcios rendían culto a los animales, y les habrían atribuido a ellos sus desgracias. Por todos estos medios HaShem les mostró que sus dioses no eran sino vanidad.
La redención de Israel de la esclavitud egipcia
El Paró se levantó en la noche de la muerte de los primogénitos. No esperó a la tercera hora de la mañana, cuando los reyes suelen levantarse, ni esperó a que lo despertaran, sino que él mismo sacó del sueño a sus esclavos, y a todos los demás egipcios, y juntos salieron a buscar a Moshé y a Aharón. Sabía que Moshé nunca había dicho una falsedad, y como este había dicho: «No volveré a ver tu rostro nunca más», no podía contar con que Moshé viniera a él. No le quedaba otra cosa que hacer sino salir en busca del líder israelita. No sabía dónde vivía Moshé, y le costó gran trabajo y perdió mucho tiempo buscando su casa, pues los muchachos hebreos a quienes preguntaba cuando los encontraba en la calle le gastaban bromas, lo mandaban en dirección equivocada y lo extraviaban. Así anduvo errante largo rato, todo el tiempo llorando y clamando: «¡Oh, Moshé, amigo mío, ruega por mí a Dios!».
Entretanto, Moshé y Aharón y todo Israel con ellos estaban en la comida pascual, bebiendo vino sentados y reclinados hacia un lado, y cantando cánticos en alabanza a Dios —el Halel—, que ellos fueron los primeros en recitar. Cuando el Paró por fin llegó a la puerta de la casa donde Moshé moraba, lo llamó, y de Moshé le llegó la pregunta: «¿Quién eres tú, y cómo te llamas?». «Soy el Paró, que está aquí humillado». Moshé preguntó de nuevo: «¿Por qué vienes a mí en persona? ¿Es costumbre de los reyes demorarse a las puertas de la gente común?». «Te ruego, señor mío», repuso el Paró, «sal e intercede por nosotros, o no quedará un solo ser con vida en Mitsraim». «No puedo salir, pues Dios nos ha ordenado: “Ninguno de vosotros saldrá de la puerta de su casa hasta la mañana”». Pero el Paró siguió suplicando: «Acércate al menos a la ventana, y habla conmigo»; y cuando Moshé cedió a sus ruegos y apareció en la ventana, el rey le dirigió estas palabras: «Ayer dijiste: “Todos los primogénitos en la tierra de Mitsraim morirán”, pero ahora han perecido nada menos que las nueve décimas partes de los habitantes».
Al Paró lo acompañaba su hija Bitiá, madre adoptiva de Moshé. Ella le reprochó su ingratitud, por haber traído el mal sobre ella y sobre sus compatriotas. Y Moshé respondió y dijo: «Diez plagas trajo HaShem sobre Mitsraim. ¿Te ha sobrevenido mal por alguna de ellas? ¿Te afectó una sola?». Y cuando Bitiá reconoció que ningún daño la había tocado, Moshé prosiguió: «Aunque eres la primogénita de tu madre, no morirás, y ningún mal te alcanzará en medio de Mitsraim». Pero Bitiá dijo: «¿De qué me sirve mi seguridad, cuando veo al rey, mi hermano, y a toda su casa, y a sus siervos en esta desdicha, y contemplo a sus primogénitos pereciendo con todos los primogénitos de Mitsraim?». Y Moshé replicó: «En verdad, tu hermano y su casa y los demás egipcios no quisieron escuchar las palabras de HaShem, por eso les sobrevino este mal».
Volviéndose al Paró, Moshé dijo: «A pesar de todo lo que ha sucedido, te enseñaré algo, si deseas aprenderlo, y serás librado, y no morirás. Alza tu voz y di: “Hijos de Israel, sois vuestros propios dueños. Preparaos para vuestro viaje, y partid de en medio de mi pueblo. Hasta ahora fuisteis esclavos del Paró, pero de aquí en adelante estáis bajo la autoridad de Dios. ¡Servid a HaShem, vuestro Dios!”». Moshé le hizo decir estas palabras tres veces, y Dios hizo que la voz del Paró se oyera por toda la tierra de Mitsraim, de modo que todos los habitantes, los nacidos en la tierra y los extranjeros, supieron que el Paró había liberado a los hijos de Israel de la esclavitud en que habían languidecido. Y todo Israel cantó: «Halelu-Ya, alabad, siervos de HaShem, alabad el Nombre de HaShem», pues pertenecían a HaShem, y ya no eran los esclavos del Paró.
Ahora el rey de Mitsraim insistía en que abandonaran la tierra sin demora. Pero Moshé objetó y dijo: «¿Somos acaso ladrones, para escabullirnos al amparo de la noche? Espera hasta la mañana». El Paró, sin embargo, apremiaba y rogaba a Moshé que partiera, confesando que temía por su propia persona, pues era hijo primogénito, y lo aterraba que la muerte también lo abatiera a él. Moshé disipó su alarma, aunque la sustituyó por un nuevo espanto, con las palabras: «No temas, ¡algo peor te aguarda!». El pavor se apoderó de todo el pueblo; cada uno de los egipcios temía perder la vida, y todos unieron sus ruegos a los del Paró, y suplicaron a Moshé que se llevara de allí a los israelitas. Y Dios habló: «¡Todos hallaréis vuestro fin, no aquí, sino en el mar de los Juncos!».
El Éxodo
El Paró y los egipcios dejaron a sus muertos sin sepultar, mientras se apresuraban a ayudar a los israelitas a cargar sus posesiones en carros, para sacarlos de la tierra con la menor demora posible. Cuando partieron, se llevaron consigo, además de su propio ganado, las ovejas y los bueyes que el Paró había ordenado a sus nobles darles como presentes. El rey también obligó a sus magnates a pedir perdón a los israelitas por todo lo que habían sufrido, sabiendo como sabía que Dios perdona el agravio que un hombre hace a su prójimo solo después de que el ofensor ha recuperado la buena voluntad de su víctima confesando y lamentando su falta. «Ahora, ¡partid!», dijo el Paró a los israelitas, «no quiero nada de vosotros salvo que oréis a Dios por mí, para que me salve de la muerte».
El odio de los egipcios hacia los israelitas se trocó ahora en su contrario. Concibieron por ellos afecto y amistad, y prácticamente les impusieron ropas y objetos de plata y de oro, para que se los llevaran consigo en su viaje, aunque los hijos de Israel aún no habían devuelto los artículos que habían tomado prestados de sus vecinos tiempo atrás. Esta conducta se explica en parte por la vanidad del Paró y de su pueblo. Deseaban aparentar ante el mundo que eran inmensamente ricos, como todos concluirían al ver desplegada ante los ojos de los observadores semejante riqueza en manos de sus meros esclavos. En efecto, los israelitas se llevaron tanto de Mitsraim que uno solo de ellos habría podido costear la construcción y el ajuar del Mishkán.
Al salir de la tierra, solo la riqueza privada de los egipcios estaba en sus manos, pero cuando llegaron al mar de los Juncos entraron en posesión también del tesoro público, pues el Paró, como todos los reyes, llevaba consigo los caudales del Estado en sus campañas, a fin de estar preparado para contratar un relevo de mercenarios en caso de derrota. Por grande que fuera el otro tesoro, el botín capturado en el mar lo superó con creces.
Pero si los israelitas se cargaron de bienes, joyas y dinero, no fue por complacer un amor a las riquezas, ni, como diría cualquier usurero, porque codiciaran las posesiones de sus vecinos. En primer lugar, podían considerar su botín como salario que se les debía por parte de aquellos a quienes habían servido tanto tiempo; y, en segundo lugar, tenían derecho a desquitarse de aquellos a cuyas manos habían sufrido agravio. Y aun así, les correspondían con una aflicción mucho más leve que cualquiera de todas las que ellos mismos habían padecido.
Las plagas no frenaron la crueldad de los opresores egipcios hacia los hebreos. Continuó sin merma hasta el final mismo de su estancia en la tierra. El día del éxodo, Rajel, hija de Shutélaj, dio a luz un niño mientras ella y su esposo pisaban juntos el barro para los ladrillos. El bebé se le desprendió del vientre y cayó en el barro, y se hundió hasta perderse de vista. Apareció Gavriel, moldeó un ladrillo con el barro que contenía al niño, y lo llevó al más alto de los cielos, donde lo hizo escabel ante el Trono divino. Fue en esa noche cuando Dios miró el sufrimiento de Israel, e hirió a los primogénitos de los egipcios, y es una de las cuatro noches que Dios ha inscrito en el Libro del Memorial. La primera de las cuatro es aquella en que Dios apareció para crear el mundo; todo era caos y vacío, y las tinieblas cernían sobre el abismo, hasta que HaShem vino y esparció luz en torno por Su palabra. La segunda noche es aquella en que Dios se apareció a Avraham en la alianza de las partes. En la tercera noche apareció en Mitsraim, matando a los primogénitos de los egipcios con Su diestra, y protegiendo a los primogénitos de los israelitas con Su izquierda. La cuarta noche registrada será aquella en que se cumplirá el fin de la redención, cuando el yugo de hierro del reino malvado sea quebrado, y los malhechores sean destruidos. Entonces vendrá Moshé del desierto, y el Mashíaj de Roma, cada uno al frente de su rebaño, y la palabra de Dios mediará entre ellos, haciendo que ambos caminen de común acuerdo en la misma dirección.
La redención de Israel en los días venideros ocurrirá el quince de Nisán, la noche de la redención de Israel de Mitsraim, pues así dijo Moshé: «En esta noche protegió Dios a Israel contra los Ángeles de la Destrucción, y en esta noche redimirá también a las generaciones del futuro».
Aunque la liberación efectiva de Mitsraim tuvo lugar en esa noche, los hebreos no dejaron la tierra hasta el día siguiente.
Durante esa misma noche, Dios dio a los egipcios el pago de sus malas obras a la vista de todo el pueblo, siendo la noche tan clara como el día en el momento del solsticio de verano. Ni uno solo pudo escapar al castigo general, pues por disposición divina ninguno estuvo ausente de casa en aquel momento, de modo que ninguno pudiera dejar de ver el castigo.
Los ángeles en el cielo se enteraron de lo que sucedía en la tierra. Cuando estaban a punto de empezar su cántico de alabanza a Dios, Él los acalló con las palabras: «Mis hijos en la tierra están cantando ahora», y las huestes celestiales hubieron de detenerse y escuchar el cántico de Israel.
Por grande que fuera el gozo de los hebreos al liberarse de la esclavitud egipcia, lo superó el del pueblo del Paró al ver partir a sus esclavos, pues con ellos se iba el pavor de la muerte que los había obsesionado. Eran como el señor corpulento que cabalga sobre un asno. El jinete se siente incómodo y ansía el momento de apearse, pero su ansia no puede compararse en intensidad con la del asno que gime bajo la carga rolliza, y cuando llegan al final de su viaje, el asno se alegra más que su amo. Así, los egipcios eran más felices de deshacerse de los hebreos de lo que estos eran de quedar libres.
En general, los israelitas no estaban de humor gozoso. Las fuerzas del hombre se agotan pronto, mental y físicamente, por la tensión de un cambio súbito de la esclavitud a la libertad. No recobraron vigor ni fuerza hasta que oyeron a las huestes angélicas cantar cánticos de alabanza y gozo por la redención de Israel y por la redención de la Shejiná, pues mientras el pueblo elegido está en el exilio, la Shejiná, que mora entre Israel, está también, por así decirlo, en el exilio. Al mismo tiempo, Dios hizo que la tierra exhalara y elevara una fragancia sanadora, que los curó de todas sus dolencias.
El éxodo de los israelitas comenzó en Ramsés, y aunque la distancia de allí a la ciudad de Mitsraim, donde Moshé moraba, era un viaje de cuarenta días, oyeron la voz de su líder instándolos a dejar la tierra. Cubrieron la distancia de Ramsés a Sukot, una marcha de tres días, en un instante. En Sukot, Dios los envolvió en siete nubes de gloria: cuatro cerniéndose delante, detrás y a los dos costados de ellos, una suspendida sobre ellos, para apartar la lluvia, el granizo y los rayos del sol, y una debajo de ellos para protegerlos de espinas y serpientes. La séptima nube los precedía y les preparaba el camino, alzando los valles y rebajando todo monte y colina. Así anduvieron errantes por el desierto durante cuarenta años. En todo ese tiempo no hizo falta luz artificial: un haz de la nube celestial los seguía hasta la más oscura de las cámaras, y si alguien del pueblo tenía que salir fuera del campamento, aun allá lo acompañaba un pliegue de la nube, cubriéndolo y protegiéndolo. Solo que, para que hubiera diferencia entre el día y la noche, una columna de fuego ocupaba el lugar de la nube al atardecer. Ni por un instante quedaba el pueblo sin la una o la otra para guiarlo: la columna de fuego brillaba delante de ellos antes de que la columna de nube se retirara, y por la mañana la nube estaba allí antes de que el fuego se desvaneciera. Las nubes de gloria y la columna de fuego fueron enviadas para protección de Israel únicamente, para ningún otro: ni para los paganos ni para la multitud mezclada que subió con ellos; estos tenían que caminar fuera del recinto de las nubes.
La comitiva la formaban seiscientos mil cabezas de familia a pie, cada uno acompañado de cinco hijos a caballo, y a estos hay que añadir la multitud mezclada, que superaba con creces en número a los hebreos.
Tan honda era la fe de Israel en HaShem, que siguieron a Moshé sin una queja hacia el desierto, sin proveerse de vituallas. Lo único comestible que llevaron fueron los restos del pan ácimo y las hierbas amargas —y no para saciar el hambre, sino porque no querían separarse de aquello que habían preparado con amor por orden de Dios—. Tan queridas les eran estas cosas, que no las confiaron a las bestias de carga: las llevaron sobre sus propios hombros.