Volumen tercero
Moshé en el desierto
La ruta larga
El éxodo habría sido imposible si los huesos de Yosef se hubieran quedado atrás. Por eso Moshé se ocupó de buscar su lugar de reposo, mientras el pueblo no tenía más que un pensamiento: recoger los tesoros de los egipcios. Pero encontrar el cuerpo de Yosef no era cosa fácil. Moshé sabía que había sido sepultado en el mausoleo de los reyes de Mitsraim, pero había allí tantos otros cuerpos que era imposible identificarlo. Yojéved, la madre de Moshé, vino en su ayuda. Lo condujo al sitio exacto donde yacían los huesos de Yosef. En cuanto se acercó a ellos, supo que eran lo que buscaba, por la fragancia que exhalaban y esparcían alrededor. Pero sus dificultades no habían terminado. Se planteaba la cuestión de cómo hacerse con los restos. El féretro de Yosef había sido hundido muy hondo en la tierra, y no sabía cómo levantarlo de las profundidades. De pie al borde de la tumba, pronunció estas palabras: «Yosef, ha llegado el tiempo del que dijiste: ‹Ciertamente Dios os visitará, y haréis subir de aquí mis huesos›.» Apenas había caído de sus labios este recordatorio, el féretro se movió y subió a la superficie.
Y aun así las dificultades en el camino de Moshé no quedaron del todo despejadas. Los magos de Mitsraim habían apostado dos perros de oro junto al féretro de Yosef, para montar guardia, y ladraban con furia si alguien se atrevía a acercarse. El ruido que hacían era tan fuerte que se oía por toda la tierra, de un extremo al otro, una distancia igual a un viaje de cuarenta días. Cuando Moshé se acercó al féretro, los perros emitieron su señal de alarma, pero él los acalló al instante con palabras: «¡Venid, pueblo, y contemplad el milagro! Los perros de verdad, los vivos, no ladraron, ¡y estos perros falsos, hechos por magia, lo intentan!» Lo que dijo sobre los perros vivos y de verdad, y sobre su abstenerse de ladrar, aludía al hecho de que los perros de los egipcios no movieron su lengua contra ninguno de los hijos de Israel, aunque habían ladrado todo el tiempo mientras el pueblo se ocupaba de enterrar los cuerpos de sus primogénitos abatidos. Como recompensa, Dios dio a los israelitas la ley de arrojar a los perros la carne que a ellos mismos les está prohibida comer, pues HaShem no niega la debida recompensa a ninguna de Sus criaturas. Es más, los perros recibieron doble recompensa, porque sus excrementos se usan para curtir las pieles con que se hacen los rollos de la Torá, así como las mezuzot y los tefilín.
Ya en poder de Moshé el féretro de Yosef, la marcha de los israelitas pudo comenzar. Los egipcios no les pusieron obstáculo alguno. El Paró mismo los acompañó, para cerciorarse de que en verdad abandonaban la tierra, y ahora estaba tan enfurecido con sus consejeros por haberle aconsejado que no dejara partir a los israelitas, que los mató.
Por varias razones Dios no permitió que los israelitas viajaran por la ruta recta hacia la tierra prometida. Deseaba que fueran primero al Sinaí y allí tomaran sobre sí la ley y, además, aún no había transcurrido el tiempo divinamente fijado para que los gentiles ocuparan la tierra. Por encima de todo esto, la larga permanencia en el desierto encerraba provecho para los israelitas, en lo espiritual y en lo material. Si hubieran llegado a la Tierra de Israel directamente tras salir de Mitsraim, se habría dedicado cada uno por entero al cultivo de su parcela de tierra asignada, y no habría quedado tiempo para el estudio de la Torá. En el desierto quedaban libres de la necesidad de proveer a sus necesidades diarias, y podían entregar todo su esfuerzo a adquirir la ley. En conjunto, no habría sido ventajoso avanzar de inmediato hacia la Tierra Santa y tomar posesión de ella, pues cuando los cananeos oyeran que los israelitas se dirigían a la Tierra de Israel, quemaron las cosechas, talaron los árboles, destruyeron los edificios y cegaron los manantiales, todo para volver la tierra inhabitable. Ante esto habló Dios y dijo: «No prometí a sus padres dar una tierra devastada a su simiente, sino una tierra llena de todo bien. Los llevaré errantes por el desierto durante cuarenta años, y entretanto los cananeos tendrán tiempo de reparar el daño que han hecho.» Además, los muchos milagros obrados en favor de los israelitas durante el viaje por el desierto hicieron caer sobre las demás naciones su terror, y sus corazones se derritieron, y no quedó más ánimo en ningún hombre. No se atrevieron a atacar a los israelitas, y la conquista de la tierra resultó mucho más fácil.
Ni siquiera con esto se agota la lista de razones para preferir la ruta más larga por el desierto. Avraham había jurado un juramento solemne de vivir en paz con los filisteos durante cierto período, y el fin del plazo aún no había llegado. Además, estaba el temor de que la vista de la tierra de los filisteos despertara en los israelitas recuerdos tristes, y los hiciera volver de prisa a Mitsraim, pues en otro tiempo había sido escenario de una amarga decepción para ellos. Habían pasado ciento ochenta años en Mitsraim, en paz y prosperidad, sin ser molestados en lo más mínimo por el pueblo. De pronto vino Ganón, un descendiente de Yosef, de la tribu de Efráyim, y dijo: «HaShem se me ha aparecido, y me ha ordenado sacaros de Mitsraim.» Los efraimitas fueron los únicos en atender sus palabras. Orgullosos de su linaje real como descendientes directos de Yosef, y confiados en su valor en la guerra, pues eran grandes héroes, dejaron la tierra y se encaminaron a la Tierra de Israel. Llevaban solo armas y oro y plata. No habían tomado provisiones, porque esperaban comprar comida y bebida en el camino, o tomarlas por la fuerza si los dueños no querían desprenderse de ellas por dinero.
Tras una jornada de marcha se hallaron en las cercanías de Gat, en el lugar donde se reunían con los rebaños los pastores empleados por los habitantes de la ciudad. Los efraimitas les pidieron que les vendieran algunas ovejas, que pensaban degollar para saciar con ellas su hambre, pero los pastores se negaron a hacer tratos con ellos, diciendo: «¿Acaso son nuestras las ovejas, o nos pertenece el ganado, para que nos desprendamos de él por dinero?» Viendo que no lograrían su propósito por las buenas, los efraimitas usaron la fuerza. Los gritos de los pastores trajeron en su ayuda a la gente de Gat. Un choque violento, que duró un día entero, se libró entre los israelitas y los filisteos. La gente de Gat comprendió que sola no podría oponer resistencia victoriosa a los efraimitas, y convocó a la gente de las otras ciudades filisteas para que se les uniera. Al día siguiente un ejército de cuarenta mil se alzó dispuesto a enfrentarse a los efraimitas. Debilitados como estaban por su ayuno de tres días, fueron exterminados de raíz. Solo diez de ellos escaparon con vida, y volvieron a Mitsraim para llevar a Efráyim noticia del desastre que había caído sobre su descendencia, y él guardó luto muchos días.
Este intento fallido de los efraimitas de salir de Mitsraim fue la primera ocasión para oprimir a Israel. En adelante los egipcios emplearon la fuerza y la vigilancia para retenerlos en su tierra. En cuanto al desastre de los efraimitas, fue un castigo bien merecido, porque no habían prestado atención al deseo de su padre Yosef, quien en su lecho de muerte había conjurado solemnemente a sus descendientes a no pensar en abandonar la tierra hasta que apareciera el redentor. A su muerte siguió la deshonra, pues sus cuerpos quedaron sin sepultar durante muchos años en el campo de batalla cerca de Gat, y el propósito de Dios al dirigir a los israelitas a elegir la ruta más larga de Mitsraim a Kena’an fue ahorrarles la vista de aquellos cadáveres deshonrados. Su valor podría haberlos abandonado y, por temor a compartir la suerte de sus hermanos, podrían haber corrido de vuelta a la tierra de esclavitud.
El Paró persigue a los hebreos
Cuando el Paró permitió a Israel partir, tenía la impresión de que iban solo un viaje de tres días al desierto con el fin de ofrecer sacrificios. Envió con ellos oficiales, cuya misión era traerlos de vuelta al tiempo señalado. El éxodo tuvo lugar un jueves. El domingo siguiente los vigías del rey advirtieron que los israelitas, lejos de prepararse para el regreso, tomaban disposiciones propias de una larga permanencia en el desierto. Protestaron y los instaron a volver. Los israelitas sostenían que el Paró los había despedido para siempre, pero los oficiales no se dejaron convencer con meras afirmaciones. Dijeron: «De grado o por fuerza, tendréis que hacer lo que mandan los que tienen el poder.» A tal arrogancia los israelitas no se sometieron, y cayeron sobre los oficiales, matando a unos e hiriendo a otros. Los supervivientes maltrechos regresaron a Mitsraim, y dieron parte al Paró de la rebeldía de los israelitas. Entretanto Moshé, que no quería que la partida de su pueblo tuviera apariencia de huida ante los egipcios, dio la señal de volver hacia Pi-hahirot. Los de poca fe entre los israelitas se mesaban los cabellos y rasgaban sus vestiduras de desesperación, aunque Moshé les aseguraba que por la palabra de Dios eran hombres libres, y ya no esclavos del Paró. Así pues, desandaron sus pasos hasta Pi-hahirot, donde dos rocas rectangulares forman una abertura, dentro de la cual se hallaba el gran santuario de Báal-tsefón. Las rocas tienen forma de figuras humanas, la una un hombre y la otra una mujer, y no fueron talladas por manos humanas, sino por el Creador mismo. El lugar se había llamado Pitom en tiempos anteriores, pero más tarde, a causa de los ídolos allí erigidos, recibió el nombre de Hahirot. De propósito había dejado Dios a Báal-tsefón indemne, único entre todos los ídolos de Mitsraim. Quería que el pueblo egipcio pensara que este ídolo poseía un poder inmenso, que ejercía para impedir que los israelitas siguieran su camino. Para afianzarlos en su creencia ilusoria, Dios hizo que fieras salvajes obstruyeran el camino del desierto, y ellos dieron por sentado que su ídolo Báal-tsefón había ordenado su aparición.
Pi-hahirot era famoso, además, por los tesoros allí amontonados. La riqueza del mundo que Yosef había reunido mediante la venta del grano que había almacenado durante los siete años de abundancia, la había dividido en tres partes. La primera parte la entregó al Paró. La segunda la ocultó en el desierto, donde la encontró Kóraj, aunque desapareció de nuevo, para no salir a la luz hasta el tiempo mesiánico, y entonces será en beneficio de los piadosos. La tercera parte la escondió Yosef en el santuario de Báal-tsefón, de donde los hebreos se la llevaron como botín.
Cuando Amalek y los magos trajeron al Paró la noticia de que los israelitas habían resuelto no volver a Mitsraim, su corazón y el corazón de todo su pueblo se volvió contra ellos. Los mismos consejeros que lo habían persuadido de despedir a los hijos de Israel hablaron ahora así: «Si solo hubiéramos sido heridos con las plagas, habríamos podido resignarnos a nuestra suerte. O si, además de ser heridos con las plagas, hubiéramos sido obligados a dejar partir a los hebreos de la tierra, eso también habríamos podido soportarlo con paciencia. Pero ser heridos con las plagas, ser obligados a dejar partir a nuestros esclavos, y quedarnos sentados viéndolos irse con nuestras riquezas, eso es más de lo que podemos aguantar.»
Ahora que los hijos de Israel se habían ido de ellos, los egipcios reconocieron qué valioso elemento habían sido en su país. En general, el tiempo del éxodo de Israel fue desastroso para sus antiguos amos. Además de perder su dominio sobre los israelitas, los egipcios tuvieron que vérselas con motines que estallaron entre muchas otras naciones que les pagaban tributo, pues hasta entonces el Paró había sido el soberano del mundo entero. El rey recurrió a halagos y promesas para inducir al pueblo a hacer guerra contra los israelitas, diciendo: «Por regla general el ejército marcha primero, y el rey lo sigue a seguro, pero yo iré delante de vosotros; y por regla general el rey tiene la primera elección del botín, y cuanto de él desea, pero yo no tomaré más que cualquiera de vosotros, y a mi regreso de la guerra dividiré entre vosotros mis tesoros de plata, oro y piedras preciosas.»
En su celo el Paró no esperó a que le prepararan su carro: lo hizo con sus propias manos, y sus nobles siguieron su ejemplo. Samael concedió ayuda al Paró, poniendo a su disposición seiscientos carros tripulados por sus propias huestes. Estos formaron la vanguardia, y a ellos se unieron todos los egipcios, con sus vastas multitudes de carros y guerreros, no menos de trescientos de sus hombres por cada uno de los hijos de Israel, cada cual equipado con sus distintas clases de armas. La costumbre general era que dos aurigas se turnaran para conducir un carro, pero para alcanzar a los israelitas con más seguridad y rapidez, el Paró ordenó que se asignaran tres a cada uno. El resultado fue que cubrieron en un día el terreno que a los israelitas les había llevado tres recorrer.
La mente de los egipcios no se dirigía en modo alguno al despojo y el saqueo en esta expedición. Su único y firme propósito era exterminar a Israel, hasta la última raíz. Como los paganos dan gran importancia a los presagios cuando están a punto de emprender una campaña, Dios hizo que todos sus preparativos transcurrieran sin tropiezos, sin la menor circunstancia adversa. Todo apuntaba a un desenlace feliz. El Paró, él mismo experto en magia, tuvo el presentimiento de que una terrible desgracia caería sobre los hijos de Israel en el desierto, de que allí perderían a Moshé, y allí toda la generación que había salido de Mitsraim hallaría su sepultura. Por eso habló a Datán y Aviram, que se quedaron atrás en Mitsraim, diciendo: «Moshé los conduce, pero él mismo no sabe adónde. En verdad, la congregación de Israel alzará su voz en el desierto, y clamará, y allí serán destruidos.» Pensaba naturalmente que estas visiones se referían a un futuro inminente, al tiempo de su encuentro con sus esclavos despedidos. Pero su error era profundo: se precipitaba hacia su propia destrucción.
Cuando llegó al santuario de Báal-tsefón, el Paró, en su alegría de hallarlo a salvo mientras todos los demás ídolos de Mitsraim habían sido aniquilados, no perdió tiempo, sino que se apresuró a ofrecerle sacrificios, y quedó consolado, pues, dijo: «Báal-tsefón aprueba mi propósito de ahogar a los hijos de Israel en el mar.»
Cuando los israelitas contemplaron los enormes destacamentos del ejército egipcio avanzando sobre ellos, y cuando consideraron que en Migdol había apostadas otras tropas, además, más numerosas, en verdad, que ellos mismos —hombres, mujeres y niños todos juntos—, un gran terror los sobrecogió. Lo que más los espantó fue la vista del Ángel de Mitsraim lanzándose por el aire mientras volaba en auxilio del pueblo bajo su tutela. Se volvieron a Moshé, diciendo: «¿Qué nos has hecho? Ahora nos harán pagar por todo lo que ha sucedido: que sus primogénitos fueron heridos, y que nosotros huimos con su dinero, lo cual fue culpa tuya, pues tú nos mandaste pedir prestado oro y plata a nuestros vecinos egipcios y partir con sus bienes.»
La situación de los israelitas era desesperada. Ante ellos estaba el mar, detrás los egipcios, a ambos lados las fieras del desierto. Los malvados entre ellos hablaron a Moshé, diciendo: «Cuando estábamos en Mitsraim, te dijimos a ti y a Aharón: ‹Adonái os mire y os juzgue, porque nos habéis hecho abominables a los ojos del Paró y a los ojos de sus siervos, poniendo una espada en su mano para matarnos›. Luego murieron muchos de nuestros hermanos durante los días de tinieblas, que fueron peores que la servidumbre en que nos tenían los egipcios. Con todo, nuestra suerte en el desierto será más triste que la suya. A ellos al menos se los lloró, y sus cuerpos fueron sepultados, pero nuestros cadáveres quedarán a la intemperie, consumidos de día por la sequía y de noche por la escarcha.»
Moshé, en su sabiduría, supo apaciguar a los miles y miríadas bajo su mando. Los impresionó con las palabras: «No temáis, estad firmes, y ved la salvación de Adonái.» «¿Cuándo vendrá Su salvación?», preguntó el pueblo, y él les dijo que aparecería al día siguiente, pero protestaron: «No podemos esperar hasta mañana.» Entonces Moshé oró a Dios, y HaShem le mostró las huestes angélicas dispuestas y prestas a apresurarse en auxilio del pueblo.
No estaban de acuerdo sobre qué debían hacer. Había cuatro bandos en pugna. La opinión del primer bando era que buscaran la muerte ahogándose en el mar; la del segundo, que volvieran a Mitsraim; el tercero era partidario de una batalla campal con el enemigo, y el cuarto pensaba que sería buen plan intimidar a los egipcios con ruido y un gran alboroto. Al primero dijo Moshé: «Estad firmes, y ved la salvación de Adonái»; al segundo: «A los egipcios que hoy habéis visto, no los volveréis a ver nunca jamás»; al tercero: «Adonái peleará por vosotros»; y al cuarto: «Vosotros callaréis.» «¿Qué haremos, entonces?», preguntaron estos a su líder, y Moshé les respondió, diciendo: «¡Bendeciréis, alabaréis, ensalzaréis, adoraréis y glorificaréis a Aquel que es el Señor de la guerra!» En lugar de la espada y las cinco clases de armas que portaban, hicieron uso de su boca, y fue de mayor provecho que todas las armas de guerra posibles. HaShem escuchó su oración, que no había hecho sino esperar.
Moshé se dirigió también a Dios, diciendo: «¡Oh Señor del mundo! Soy como el pastor que, habiéndose comprometido a apacentar un rebaño, ha sido tan imprudente como para llevar sus ovejas al borde de un precipicio, y luego se ve desesperado por cómo bajarlas de nuevo. El Paró va detrás de mi rebaño Israel, al sur está Báal-tsefón, al norte Migdol, y ante nosotros el mar se extiende abierto. Tú sabes, oh Señor, que está más allá de la fuerza humana y del ingenio humano superar las dificultades que se alzan en nuestro camino. Tuya sola es la obra de procurar liberación a este ejército, que salió de Mitsraim por Tu designio. Desesperamos de cualquier otro auxilio o recurso, y no acudimos sino a nuestra esperanza en Ti. Si hay alguna huida posible, alzamos los ojos a Tu providencia para que la lleve a cabo por nosotros.» Con tales palabras siguió Moshé haciendo ferviente súplica a Dios para que socorriera a Israel en su necesidad. Pero Dios cortó en seco su oración, diciendo: «Moshé, Mis hijos están en apuros: el mar les cierra el paso, el enemigo los persigue de cerca, y tú estás aquí de pie orando. A veces una oración larga es buena, pero a veces es mejor ser breve. Si reuní las aguas en un solo lugar, e hice aparecer la tierra seca para Adam, un solo ser humano, ¿no haría lo mismo por esta santa congregación? Los salvaré aunque solo sea por los méritos de Avraham, que estuvo dispuesto a sacrificarme a su hijo Yitsjak, y por Mi promesa a Yaakov. El sol y la luna son testigos de que hendiré el mar por la simiente de los hijos de Israel, que merecen Mi ayuda por haberme seguido al desierto sin cuestionar. Cuídate tú solo de que abandonen su mal pensamiento de volver a Mitsraim, y entonces no será necesario recurrir a Mí ni implorar Mi ayuda.»
Moshé, sin embargo, seguía muy turbado en su ánimo, a causa de Samael, que no había dejado de presentar acusaciones ante Dios contra Israel desde el éxodo de Mitsraim. HaShem adoptó con el acusador el mismo proceder que el pastor experto quien, en el momento de pasar sus ovejas a través de un arroyo, se vio enfrentado por un lobo voraz. El pastor arrojó al lobo un carnero robusto y, mientras los dos trababan combate, el resto del rebaño fue llevado al otro lado del agua, y luego el pastor volvió y arrebató al lobo su supuesta presa. Samael dijo a HaShem: «Hasta este momento los hijos de Israel han sido adoradores de ídolos, ¿y ahora Te propones algo tan grande como dividir el mar por ellos?» ¿Qué hizo HaShem? Entregó a Iyov a Samael, diciendo: «Mientras él se ocupa de Iyov, Israel pasará por el mar ileso, y en cuanto estén a salvo, rescataré a Iyov de las manos de Samael.»
Israel tenía, además, otros ángeles adversarios. Uzá, el Ángel tutelar de los egipcios, se presentó ante Dios y dijo: «¡Oh Señor del mundo! Tengo un pleito con esta nación que has sacado de Mitsraim. Si bien Te parece, que comparezca su ángel Mijael, y contienda conmigo ante Ti.» HaShem convocó a Mijael, y Uzá expuso sus cargos contra Israel: «¡Oh Señor del mundo! Tú decretaste acerca de este pueblo de Israel que fuera retenido en servidumbre por mi pueblo, los egipcios, por un período de cuatrocientos años. Pero solo tuvieron dominio sobre ellos ochenta y seis años, por tanto el tiempo de su salida aún no ha llegado. Si es Tu voluntad, dame permiso para llevarlos de vuelta a Mitsraim, para que sigan en esclavitud los trescientos catorce años que quedan, y Tu palabra se cumpla. Como Tú eres inmutable, así sea inmutable Tu decreto.»
Mijael guardó silencio, pues no sabía cómo rebatir estas palabras, y parecía que Uzá había ganado su pleito. Pero HaShem mismo abrazó la causa de Israel, y dijo a Uzá: «El deber de servir a tu nación fue impuesto a Mis hijos solo a causa de una palabra impropia pronunciada por Avraham. Cuando le hablé, diciendo: ‹Yo soy Adonái que te sacó de Ur de los caldeos, para darte esta tierra en heredad›, él respondió: ‹¿En qué conoceré que he de heredarla?›. Por eso le dije: ‹Tu simiente será extranjera›. Pero es bien sabido y manifiesto ante Mí que fueron ‹extranjeros› desde el día del nacimiento de Yitsjak y, contando desde entonces, el período de cuatrocientos años ha transcurrido, y no tienes derecho a mantener a Mis hijos en servidumbre por más tiempo.»
El mar dividido
Dios habló a Moshé, diciendo: «¿Por qué te quedas aquí orando? La oración de Mis hijos se ha adelantado a la tuya. Para ti no hay nada que hacer sino alzar tu vara y extender tu mano sobre el mar, y dividirlo.» Moshé respondió: «Me mandas dividir el mar, y dejar al descubierto el suelo seco en medio de él y, sin embargo, Tú mismo hiciste decreto perpetuo de que la arena sea puesta por límite del mar.» Y de nuevo Dios habló a Moshé: «No has leído el comienzo de la Torá. Yo, sí, Yo, dije: ‹Reúnanse las aguas de debajo del cielo en un solo lugar, y aparezca la tierra seca›, y en aquel tiempo puse la condición de que las aguas se dividieran ante Israel. Toma la vara que te di, y ve al mar en Mi encargo, y habla así: ‹¡Yo soy el mensajero enviado por el Creador del mundo! Descubre tus sendas, oh mar, para Mis hijos, para que pasen por en medio de ti sobre suelo seco›.»
Moshé habló al mar como Dios le había ordenado, pero este respondió: «No haré según tus palabras, pues no eres más que un hombre nacido de mujer, y, además, soy tres días mayor que tú, oh hombre, pues fui creado el tercer día de la creación, y tú el sexto.» Moshé no perdió tiempo, sino que llevó de vuelta a Dios las palabras que el mar había dicho, y HaShem dijo: «Moshé, ¿qué hace un amo con un siervo indócil?» «Lo golpea con una vara», dijo Moshé. «¡Hazlo así!», ordenó Dios. «Alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar y divídelo.»
Entonces Moshé alzó su vara —la vara que había sido creada al comienzo mismo del mundo, en la que estaban grabados en letras claras el Nombre grande y excelso, los nombres de las diez plagas infligidas a los egipcios, y los nombres de los tres Padres, las seis Madres y las doce tribus de Yaakov—. Esta vara alzó, y la extendió sobre el mar.
El mar, sin embargo, persistió en su terquedad, y Moshé rogó a Dios que diera Su orden directamente a él. Pero Dios se negó, diciendo: «Si yo mandara al mar dividirse, jamás volvería a su estado anterior. Por tanto, transmítele tú Mi orden, para que no quede seco para siempre. Pero dejaré que un asomo de Mi fuerza te acompañe, y eso obligará su obediencia.» Cuando el mar vio la Fuerza de Dios a la diestra de Moshé, habló a la tierra, diciendo: «Haz para mí lugares huecos, para que pueda esconderme en ellos ante el Señor de todas las cosas creadas, bendito sea.» Notando el terror del mar, Moshé le dijo: «Durante un día entero te hablé por mandato del Santo, que deseaba que te dividieras, pero te negaste a atender mis palabras; aun cuando te mostré mi vara, permaneciste obstinado. ¿Qué ha sucedido ahora que huyes de aquí?» El mar respondió: «Huyo, no ante ti, sino ante el Señor de todas las cosas creadas, para que Su Nombre sea magnificado en toda la tierra.» Y las aguas del mar de los Juncos se dividieron, y no ellas solas, sino todas las aguas del cielo y de la tierra, en cualquier vasija que estuvieran, en cisternas, en pozos, en cuevas, en toneles, en cántaros, en copas de beber y en vasos, y ninguna de estas aguas volvió a su estado anterior hasta que Israel hubo pasado por el mar sobre tierra seca.
El ángel Gavriel estaba ansioso por ahogar a los egipcios durante esa misma noche, pero Dios le mandó esperar hasta la madrugada del día siguiente, hasta la hora de la vigilia de la mañana, cuando Avraham se había dispuesto a partir para el sacrificio de su hijo. Gavriel logró, sin embargo, contener las aguas turbulentas a punto de arrasar sobre Israel. A la muralla de agua de la derecha, le gritó: «Guárdate de Israel, que en tiempos venideros recibirá la ley de la mano derecha de HaShem», y volviéndose a la muralla de agua de la izquierda, dijo: «Guárdate de Israel, que en tiempos venideros se ceñirá los tefilín en torno a su mano izquierda.» Al agua de detrás la amonestó: «Guárdate de Israel, que en tiempos venideros dejará caer los tsitsit sobre su espalda», y al agua que se alzaba delante de ellos, le gritó: «Guárdate de Israel, que lleva la señal de la alianza sobre su cuerpo.»
Dios hizo retroceder el mar con un fuerte viento del este, el viento del que siempre se sirve cuando castiga a las naciones. El mismo viento del este había traído el diluvio; había dejado en ruinas la torre de Bavel; había de causar la destrucción de Shomrón, Yerushaláyim y Tiro; y será, en el futuro, el instrumento para castigar a Roma ebria de placer; y del mismo modo los pecadores en el Guehinom son castigados por medio del viento del este. Toda la noche lo hizo Dios soplar sobre el mar. Para impedir que el enemigo causara daño a los israelitas, envolvió a los egipcios en profundas tinieblas, tan impenetrables que podían palparse, y ninguno podía moverse ni cambiar de postura. El que estaba sentado cuando cayeron no podía levantarse de su sitio, y el que estaba de pie no podía sentarse. No obstante, los egipcios podían ver que los israelitas estaban rodeados de luz brillante, y disfrutaban de un banquete donde se hallaban y, cuando intentaban lanzar dardos y flechas contra ellos, los proyectiles eran atrapados por la nube y por los ángeles que se cernían entre los dos campamentos, y ningún daño llegó a Israel.
El paso por el mar de los Juncos
En la mañana siguiente a aquella noche memorable, aunque el mar no se había convertido aún en tierra seca, los israelitas, llenos de confianza en Dios, estaban dispuestos a arrojarse a sus aguas. Las tribus contendían entre sí por el honor de ser la primera en saltar. Sin aguardar el desenlace de la disputa de palabras, la tribu de Binyamín se lanzó, y los príncipes de Yehudá se indignaron tanto de haber sido privados de la primacía en el peligro que apedrearon a los benjaminitas. Dios sabía que los de Yehudá y los benjaminitas estaban animados por un propósito loable. Los unos como los otros no deseaban sino magnificar el Nombre de Dios, y Él recompensó a ambas tribus: en el lote de Binyamín estableció la Shejiná su morada, y la realeza de Israel fue conferida a Yehudá.
Cuando Dios vio a las dos tribus entre las olas del mar, llamó a Moshé y dijo: «Mis amados están en peligro de ahogarse, y tú estás al lado orando. Manda a Israel que avance, y tú alza tu vara sobre el mar, y divídelo.» Así sucedió, e Israel pasó por el mar con sus aguas hendidas en dos.
La división del mar fue solo el primero de diez milagros ligados al paso de los israelitas por él. Los otros fueron: que las aguas se unieron en una bóveda sobre sus cabezas; que se abrieron doce sendas, una para cada una de las tribus; que el agua se volvió transparente como el cristal, y cada tribu podía ver a las demás; que el suelo bajo sus pies estaba seco, pero se tornaba barro en cuanto los egipcios lo pisaban; que las murallas de agua se convirtieron en rocas, contra las cuales los egipcios eran arrojados y estrellados hasta morir, mientras que ante los israelitas las aguas les permitían saciar su sed; y, por último, la décima maravilla fue que esta agua de beber se congelaba en el corazón del mar en cuanto habían saciado su necesidad.
Y hubo otros milagros, además. El mar daba a los israelitas cuanto su corazón deseaba. Si un niño lloraba mientras yacía en brazos de su madre, a ella le bastaba con extender la mano y arrancar una manzana o algún fruto y calmarlo. Las aguas se apilaban hasta la altura de mil seiscientas millas, y podían verlas todas las naciones de la tierra.
La gran maravilla del paso de Israel por el mar tuvo lugar en presencia de los tres Padres y las seis Madres, pues Dios los había sacado de sus tumbas a las orillas del mar de los Juncos, para que fueran testigos de las prodigiosas obras realizadas en favor de sus hijos.
Por maravillosos que fueran los milagros ligados al rescate de los israelitas de las aguas del mar, los obrados cuando los egipcios se ahogaron no fueron menos notables. Antes que nada, Dios se vio llamado a defender la causa de Israel ante Uzá, el Ángel de los egipcios, que no consentía que su pueblo pereciera en las aguas del mar. Apareció en el lugar en el momento mismo en que Dios quería ahogar a los egipcios, y habló: «¡Oh Señor del mundo! Eres llamado justo y recto, y ante Ti no hay injusticia, ni olvido, ni acepción de personas. ¿Por qué, entonces, deseas hacer perecer a mis hijos en el mar? ¿Puedes acaso decir que mis hijos ahogaron o mataron a uno solo de los Tuyos? Si es a causa de la rigurosa esclavitud que mis hijos impusieron sobre Israel, considera entonces que Tus hijos han recibido su paga, en que tomaron de ellos sus vasijas de plata y oro.»
Entonces Dios convocó a todos los miembros de Su familia celestial, y habló a las huestes angélicas: «Juzgad con verdad entre Mí y ese Uzá, el Ángel de los egipcios. Al principio traje una hambruna sobre su pueblo, y puse a Mi amigo Yosef al frente de ellos, quien los salvó por su sagacidad, y todos se hicieron sus esclavos. Luego Mis hijos bajaron a su tierra como extranjeros, a consecuencia de la hambruna, e hicieron servir a los hijos de Israel con rigor en toda clase de trabajo duro que hay en el mundo. Gimieron a causa de su amargo servicio, y su clamor subió hasta Mí, y envié a Moshé y a Aharón, Mis fieles mensajeros, al Paró. Cuando comparecieron ante el rey de Mitsraim, le hablaron: ‹Así dijo Adonái, el Dios de Israel: Deja partir a Mi pueblo, para que Me celebre una fiesta en el desierto›. En presencia de los reyes del Oriente y del Occidente, el pecador empezó a jactarse, diciendo: ‹¿Quién es Adonái, para que yo escuche Su voz, y deje partir a Israel? ¿Por qué no viene ante mí, como todos los reyes del mundo, y por qué no me trae un presente como los demás? A este Dios de quien habláis, no lo conozco en absoluto. Esperad y dejadme buscar en mis listas, y ver si puedo hallar Su Nombre›. Pero sus siervos dijeron: ‹Hemos oído que es el hijo de los sabios, el hijo de reyes antiguos›. Entonces el Paró preguntó a Mis mensajeros: ‹¿Cuáles son las obras de este Dios?›, y ellos respondieron: ‹Es el Dios de dioses, el Señor de señores, que creó el cielo y la tierra›. Pero el Paró dudó de sus palabras, y dijo: ‹No hay Dios en todo el mundo que pueda realizar tales obras aparte de mí, pues yo me hice a mí mismo, y yo hice el río Nilo›. Porque así Me negó, envié diez plagas sobre él, y fue obligado a dejar partir a Mis hijos. Sin embargo, a pesar de todo, no cesó en sus malvados caminos, e intentó volver a someterlos bajo su yugo. Ahora, viendo todo lo que le ha sucedido, y que no me reconocerá como Dios y Señor, ¿no merece ser ahogado en el mar con su hueste?»
La familia celestial exclamó, cuando HaShem terminó su defensa: «¡Tienes todo el derecho a ahogarlo en el mar!».
Uzza oyó su veredicto y dijo: «¡Señor de todos los mundos! Sé que mi pueblo merece el castigo que has decretado, pero dígnate tratarlos según tu atributo de misericordia, y apiádate de la obra de tus manos, porque tu ternura se extiende sobre todas tus obras».
Casi había cedido HaShem a las súplicas de Uzza, cuando Mijael hizo una seña a Gavriel que lo mandó volar de prisa a Mitsraim y traer de allí un ladrillo en cuya mezcla se había usado a un niño hebreo. Sosteniendo aquel objeto incriminador en la mano, Gavriel se presentó ante Dios y dijo: «¡Señor del mundo! ¿Tendrás compasión de la nación maldita que ha degollado a tus hijos con tal crueldad?». Entonces HaShem se apartó de su atributo de misericordia y, sentándose en su trono de justicia, resolvió ahogar a los egipcios en el mar.
El primero sobre quien se ejecutó el juicio fue el Ángel de Mitsraim: Uzza fue arrojado al mar. Suerte parecida corrió Rahav, el Ángel del Mar, con sus huestes. Rahav había intercedido ante Dios en favor de los egipcios. Había dicho: «¿Por qué habrías de ahogar a los egipcios? Baste a los israelitas que los hayas salvado de la mano de sus amos». Ante esto, Dios asestó a Rahav y a su ejército un golpe bajo el cual se tambalearon y cayeron muertos, y luego arrojó sus cadáveres al mar —de ahí su olor desagradable.
La destrucción de los egipcios
En el momento en que el último de los israelitas salió del lecho del mar, el primero de los egipcios puso el pie en él, pero en ese mismo instante las aguas volvieron con fuerza a su lugar acostumbrado, y todos los egipcios perecieron.
Pero el ahogamiento no fue el único castigo que Dios les decretó. Emprendió contra ellos una campaña a fondo. Cuando el Paró se preparaba para perseguir a los israelitas, preguntó a su ejército cuál de las bestias de silla era la más veloz, pues esa usaría, y le respondieron: «No hay ninguna más veloz que tu yegua pía, cuyo igual no se halla en ningún lugar del mundo». Así pues, el Paró montó la yegua y persiguió a los israelitas hacia el mar. Y mientras el Paró preguntaba a su ejército por el animal más veloz para montar, Dios preguntaba a los ángeles por la criatura más veloz para usar en perjuicio del Paró. Y los ángeles respondieron: «¡Señor del mundo! Todas las cosas son tuyas, y todas son obra de tus manos. Bien sabes, y está manifiesto ante ti, que entre todas tus criaturas no hay ninguna tan rápida como el viento que sale de debajo del trono de tu gloria». Y HaShem voló veloz sobre las alas del viento.
Los ángeles avanzaron entonces para apoyar a HaShem en su guerra contra los egipcios. Unos traían espadas, otros flechas y otros lanzas. Pero Dios los rechazó, diciendo: «¡Atrás! ¡No necesito ayuda!». A las flechas que el Paró lanzaba contra los hijos de Israel, HaShem respondía con dardos de fuego dirigidos contra los egipcios. El ejército del Paró avanzaba con espadas relucientes, y HaShem enviaba relámpagos que desconcertaban a los egipcios. El Paró arrojaba proyectiles, y HaShem descargaba contra él granizo y brasas de fuego. Con trompetas, sacabuches y cuernos hacían los egipcios su asalto, y HaShem tronaba en los cielos, y el Altísimo dejaba oír su voz. En vano marchaban los egipcios en ordenada formación de batalla; HaShem los privó de sus estandartes, y quedaron sumidos en salvaje confusión. Para atraerlos al agua, HaShem hizo que corceles de fuego nadaran mar adentro, y los caballos de los egipcios los siguieron, cada uno con un jinete sobre el lomo.
Los egipcios trataron entonces de huir a su tierra en sus carros tirados por mulas. Como habían tratado a los hijos de Israel de un modo contrario a la naturaleza, así los trató ahora HaShem. No eran las mulas las que tiraban de los carros, sino que los carros —aunque el fuego del cielo había consumido sus ruedas— arrastraban a los hombres y a las bestias hacia el agua. Los carros iban cargados de plata, oro y toda suerte de cosas preciosas, que el río Pishón, al brotar del Paraíso, arrastra hasta el Guijón. De allí los tesoros flotan hasta el mar de los Juncos, y por sus aguas fueron lanzados a los carros de los egipcios. Era el deseo de Israel, y por esta razón hizo Él que los carros rodaran al mar, y que el mar a su vez los arrojara a la orilla opuesta, a los pies de los israelitas.
Y HaShem combatió a los egipcios también con la columna de nube y la columna de fuego. La primera volvía cenagoso el suelo, y el cieno era calentado hasta el punto de ebullición por la segunda, de modo que los cascos de los caballos se les desprendían de las patas, y no podían moverse del sitio.
La angustia y el tormento que Dios trajo sobre los egipcios en el mar de los Juncos les causaron un dolor mucho más atroz que las plagas que habían padecido en Mitsraim, pues en el mar los entregó en manos de los Ángeles de la Destrucción, que los atormentaron sin piedad. De no haber dotado Dios a los egipcios de una doble porción de fuerza, no habrían podido soportar el dolor un solo instante.
El último juicio ejecutado sobre los egipcios correspondió a los designios malvados que contra Israel abrigaban los tres partidos distintos entre ellos cuando salieron en persecución de sus esclavos liberados. El primer partido había dicho: «Traeremos a Israel de vuelta a Mitsraim»; el segundo había dicho: «Los despojaremos por completo», y el tercero había dicho: «Los mataremos a todos». Sobre el primero sopló HaShem con su aliento, y el mar los cubrió; al segundo lo sacudió dentro del mar, y al tercero lo lanzó a las profundidades del abismo. Los zarandeó como se agitan las lentejas de arriba abajo en una cazuela: las de arriba caen al fondo, las de abajo vuelan a la cima. Tal fue la experiencia de los egipcios. Y peor todavía: primero el jinete y su bestia eran lanzados a lo alto por los aires, y luego los dos juntos —el jinete sentado sobre el lomo de la bestia— eran despeñados al fondo del mar.
Los egipcios se esforzaron por salvarse del mar mediante ensalmos y conjuros, pues eran grandes magos. De las diez medidas de magia repartidas por el mundo, ellos habían tomado nueve para sí. Y, en efecto, lo lograron por un momento: escaparon del mar. Pero enseguida se dijo el mar: «¿Cómo he de permitir que me arrebaten la prenda que Dios me confió?». Y el agua se lanzó tras los egipcios y arrastró de vuelta a cada uno de ellos.
Entre los egipcios estaban los dos archimagos Janes y Jambres. Se hicieron alas con las que volaron hasta el cielo. Y dijeron al Paró: «Si es Dios mismo quien ha hecho esto, nada podemos lograr. Pero si esta obra ha sido puesta en manos de su ángel, entonces sacudiremos a sus lugartenientes dentro del mar». Al punto emplearon sus artificios mágicos, con los que arrastraron a los ángeles hacia abajo. Estos clamaron a Dios: «¡Sálvanos, oh Dios, porque las aguas nos llegan hasta el alma! Pronuncia tu palabra, la que hará que los magos se ahoguen en las aguas poderosas». Y Gavriel clamó a Dios: «Por la grandeza de tu gloria, haz pedazos a tus adversarios». Entonces Dios ordenó a Mijael ir y ejecutar el juicio sobre los dos magos. El arcángel agarró a Janes y a Jambres por los mechones de su cabello y los estrelló contra la superficie del agua.
Así se ahogaron todos los egipcios. Solo uno se salvó: el Paró mismo. Cuando los hijos de Israel alzaron la voz para cantar un cántico de alabanza a Dios en las orillas del mar de los Juncos, el Paró lo oyó mientras las olas lo zarandeaban de un lado a otro, y señaló con el dedo hacia el cielo y exclamó: «¡Creo en ti, oh Dios! Tú eres justo, y yo y mi pueblo somos malvados, y reconozco ahora que no hay dios en el mundo fuera de ti». Sin un instante de demora, Gavriel descendió y echó una cadena de hierro al cuello del Paró y, sujetándolo firmemente, le habló así: «¡Villano! Ayer decías: "¿Quién es HaShem para que yo escuche su voz?", y ahora dices: "HaShem es justo"». Con eso lo dejó caer a las profundidades del mar, y allí lo atormentó durante cincuenta días, para darle a conocer el poder de Dios. Al cabo de ese tiempo lo instaló como rey de la gran ciudad de Ninve, y tras el transcurso de muchos siglos, cuando Yoná llegó a Ninve y profetizó la destrucción de la ciudad a causa del mal cometido por el pueblo, fue el Paró quien, presa del miedo y del terror, se cubrió de saco, se sentó en la ceniza y con su propia boca hizo la proclama y publicó este decreto por toda Ninve: «Que ni hombre ni bestia, ni ganado mayor ni menor prueben cosa alguna; que no coman ni beban agua; porque yo sé que no hay dios fuera de Él en todo el mundo, todas sus palabras son verdad, y todos sus juicios son ciertos y fieles».
El Paró nunca murió, y nunca morirá. Está siempre de pie en el umbral del infierno, y cuando los reyes de las naciones entran, al instante les da a conocer el poder de Dios con estas palabras: «¡Necios! ¿Por qué no habéis aprendido de mí? Yo negué a HaShem Dios, y Él trajo diez plagas sobre mí, me envió al fondo del mar, me tuvo allí cincuenta días, me soltó después y me hizo subir. Así no pude menos que creer en Él».
Dios hizo que los egipcios fueran arrojados a la orilla en su agonía de muerte. Hubo cuatro razones para ello. Los israelitas no debían decir que, así como ellos mismos habían escapado, también los egipcios habían atravesado el mar a pie enjuto, solo que estos habían ido en otra dirección y por eso se habían perdido de vista. Los egipcios, por su parte, no debían pensar que los hijos de Israel se habían ahogado en el mar como ellos. En tercer lugar, los israelitas habían de tener, como botín, la plata, el oro y las demás cosas preciosas con que los egipcios iban engalanados; y, por último, los israelitas habían de gozar la satisfacción de ver sufrir a sus enemigos. Con el dedo podían señalarlos uno por uno, diciendo: «Este era mi capataz, que me golpeaba con esos puños suyos que ahora roen los perros, y aquel egipcio de allá, los perros le mordisquean los pies con que me pateaba».
Mientras yacían en la orilla en su última agonía, tuvieron que presenciar su propia destrucción y la victoria de los israelitas, y contemplaron también el sufrimiento de sus hermanos que habían quedado atrás en Mitsraim, pues Dios derramó su castigo sobre todo el pueblo, ya en Mitsraim, ya en el mar de los Juncos. En cuanto a los cadáveres de las orillas del mar, no quedaron sin sepultura: la tierra se los tragó, en recompensa por haber reconocido el Paró la justicia del castigo infligido al rey y al pueblo. Antes de que sus cadáveres fueran dispuestos de este modo, hubo una disputa entre la tierra y el mar. El mar dijo a la tierra: «Toma a tus hijos para ti», y la tierra replicó: «Guarda tú a los que has matado». El mar vacilaba en hacer lo que la tierra mandaba, por temor a que Dios los reclamara de vuelta en el día del juicio; y la tierra vacilaba, porque recordaba con terror la maldición que se había pronunciado sobre ella por haber sorbido la sangre de Hével. Solo después de que Dios prestara juramento de no castigarla por recibir los cadáveres de los egipcios, accedió la tierra a tragarlos.
El cántico junto al mar
Poderosa es la fe, pues el espíritu de Dios vino sobre los israelitas en recompensa por su confianza en Dios y en su siervo Moshé; y fue en esta exaltación como cantaron a HaShem un cántico que lo movió a conceder el perdón de todos sus pecados. Este cántico fue el segundo de los nueve cánticos que Israel cantó a su Dios a lo largo de su historia. El primero lo cantaron reunidos en Mitsraim, la noche en que fueron liberados del cautiverio; el segundo fue el cántico de triunfo junto al mar de los Juncos; el tercero, cuando el pozo brotó en el desierto; el cuarto lo cantó Moshé antes de su muerte; el quinto fue el cántico de Yehoshúa tras su victoria sobre los cinco reyes amorreos; Devorá y Barak cantaron el sexto cuando vencieron a Sisrá; el séptimo fue el salmo de acción de gracias de David a Dios por su liberación de la mano de todos sus enemigos; el octavo fue el cántico de Shlomo en la dedicación del Templo; el noveno lo cantó Yehoshafat cuando, confiando en Dios, fue a la batalla contra los moabitas y los amonitas. El décimo y último cántico, sin embargo, será aquel grandioso y poderoso cántico, cuando Israel alce la voz en triunfo por su liberación venidera, pues esa será la liberación final de Israel para siempre.
Cuando Israel se dispuso a elevar sus alabanzas a Dios por haberlos librado de la destrucción en el mar de los Juncos, Dios, para mostrar su reconocimiento del cumplimiento por parte de Israel de la señal de la alianza de Avraham, ordenó a los ángeles que venían a entonar su cántico que esperaran: «Que canten primero mis hijos», dijo. Este episodio con los ángeles es como la historia del rey que, al regresar de una campaña victoriosa, fue informado de que su hijo y su siervo lo aguardaban con guirnaldas en las manos, preguntando quién debía coronarlo primero. Dijo el rey: «¡Necios! ¿Cómo dudar si mi siervo ha de ir delante de mi hijo? ¡No, que venga primero mi hijo!».
Era la segunda vez que los ángeles se veían obligados a retirarse ante Israel. Cuando Israel estaba junto al mar de los Juncos —ante ellos las aguas encrespadas, y tras ellos las huestes de Mitsraim—, también entonces aparecieron los ángeles para cantar su cántico diario de alabanza a HaShem, pero Dios les gritó: «¡Deteneos! Mis hijos están en apuros, ¡y vosotros queréis cantar!».
Pero aun después de que los hombres hubieran terminado su cántico, todavía no les fue dado a los ángeles alzar la voz, pues tras los hombres siguieron las mujeres de Israel, y solo entonces llegó el turno de los ángeles. Entonces empezaron a murmurar y dijeron: «¿No basta con que los hombres nos hayan precedido? ¿Han de venir también las mujeres antes que nosotros?». Pero Dios respondió: «Tan cierto como que vivís, así es».
Al principio Israel pidió a su líder Moshé que comenzara el cántico, pero él se negó, diciendo: «No, comenzadlo vosotros, pues es mayor honra ser alabado por la multitud que por uno solo». Al punto el pueblo cantó: «Glorificaremos a HaShem, porque nos ha mostrado señales y prodigios. Cuando los egipcios promulgaron el decreto contra nosotros y dijeron: "Todo hijo que nazca lo arrojaréis al río", nuestras madres salieron al campo, y Tú hiciste caer sobre ellas un sueño, y nos dieron a luz sin dolor alguno; y los ángeles descendieron del cielo, nos lavaron y nos ungieron, nos vistieron con ropas de seda de muchos colores y pusieron en nuestras manos dos porciones, una de mantequilla y otra de miel. Cuando nuestras madres despertaron y nos vieron lavados, ungidos y vestidos de seda, te alabaron y dijeron: "Alabado sea Dios, que no ha apartado su gracia y su amor perdurable de la simiente de nuestro padre Avraham; y ahora, ¡mira!, están en tu mano, haz con ellos lo que quieras". Y se marcharon. Cuando los egipcios nos vieron, se acercaron para matarnos, pero Tú, en tu gran misericordia, ordenaste a la tierra que nos tragara y nos pusiera en otro lugar, donde los egipcios no nos veían, y, ¡mira!, así nos salvaste de su mano. Cuando crecimos, marchamos en tropas hacia Mitsraim, donde cada uno reconoció a sus padres y a su familia. Todo esto has hecho por nosotros, por eso cantaremos de ti».
Entonces dijo Moshé: «Vosotros habéis dado gracias a Hakadosh Baruj Hu, y ahora yo alabaré su nombre, pues también a mí me ha mostrado señales y prodigios. "Adonái es mi fortaleza y mi canción, y ha venido a ser mi salvación; Él es mi Dios, y le prepararé una morada; el Dios de mi padre, y lo exaltaré"».
El cántico junto al mar de los Juncos fue tanto el cántico de Moshé como el de todo Israel, pues el gran líder contaba por no menos que todos los demás israelitas juntos y, además, había compuesto buena parte del cántico. En virtud del espíritu de Dios que los poseía mientras cantaban, Moshé y el pueblo se complementaban mutuamente, de modo que, apenas Moshé decía la mitad del versículo, el pueblo lo repetía y le enlazaba la segunda parte complementaria. Así, Moshé empezó con el medio versículo: «Cantaré a Adonái, porque se ha cubierto de gloria», a lo que el pueblo respondió: «Al caballo y a su jinete arrojó al mar». Y de esta manera se fue desarrollando todo el cántico.
Pero no solo los adultos tomaron parte en este cántico; hasta los niños de pecho soltaron el pecho de sus madres para unirse al canto; más aún, hasta los fetos en el vientre se sumaron a la melodía, y las voces de los ángeles engrosaron el cántico. Tanto distinguió Dios a Israel durante el paso por el mar de los Juncos, que hasta los niños contemplaron su gloria; sí, incluso la mujer esclava vio más de la presencia de Dios junto al mar de los Juncos que cuanto al profeta Yejezkel le fue jamás permitido contemplar.
Cerraron el cántico con estas palabras: «Pongamos la corona de gloria sobre la cabeza de nuestro Libertador, que hace perecer todas las cosas, pero Él mismo no se corrompe; que cambia todas las cosas, pero Él mismo es inmutable. Suya es la diadema de la soberanía, pues Él es el Rey de reyes en este mundo, y suya es la soberanía del mundo venidero; es suya y será suya por toda la eternidad». Entonces habló Moshé a Israel: «Habéis visto todas las señales, todos los milagros y las obras de gloria que Hakadosh Baruj Hu ha realizado por vosotros, pero aún más hará por vosotros en el mundo venidero; pues no es este mundo como el mundo del más allá; porque en este mundo reinan la guerra y el sufrimiento, la mala inclinación, el Satán y el Ángel de la Muerte; pero en el mundo futuro no habrá ni sufrimiento ni enemistad, ni el Satán ni el Ángel de la Muerte, ni gemidos ni opresión, ni mala inclinación».
Así como Moshé y la generación que salió de Mitsraim con él cantaron un cántico a HaShem junto al mar de los Juncos, así cantarán de nuevo en el mundo venidero. En el mundo venidero, todas las generaciones desfilarán ante HaShem y le preguntarán quién debe entonar primero el cántico de alabanza, a lo que Él responderá: «En el pasado fue la generación de Moshé la que me ofreció un cántico de alabanza. Que lo hagan una vez más ahora, y así como Moshé dirigió el cántico junto al mar de los Juncos, así lo hará en el mundo del más allá».
También en otros aspectos será el mundo venidero como fue en tiempos del cántico junto al mar. Pues cuando Israel entonó el cántico de alabanza, Dios se vistió un manto de fiesta, en el que estaban bordadas todas las promesas de un porvenir feliz para Israel. Entre ellas estaba escrito: «Entonces brotará tu luz como la aurora»; «Entonces dijeron entre las naciones: "Grandes cosas ha hecho Adonái por ellos"», y muchas otras promesas semejantes. Pero cuando Israel pecó, Dios rasgó el manto de fiesta, y no lo restaurará ni se lo pondrá hasta la llegada del mundo futuro.
Después de que los hombres hubieran completado el cántico, las mujeres, bajo la guía de Miriam, cantaron el mismo cántico acompañadas de música y danza. Los israelitas habían tenido fe perfecta en que Dios obraría para ellos milagros y hazañas de gloria, y por eso se habían provisto de panderos y de flautas, para tenerlos a mano y glorificar los milagros que aguardaban. Entonces dijo Miriam a las mujeres: «Cantemos a HaShem, porque suyas son la fuerza y la sublimidad; Él domina a los poderosos y aborrece la soberbia. Arrojó al mar los caballos y los carros del Paró, y los ahogó, porque el malvado Paró, en su soberbia, persiguió al pueblo de Dios, a Israel».
El desierto pavoroso
Así como Israel había mostrado hosquedad y falta de fe al acercarse al mar, así la mostró al dejarlo. Apenas habían visto que los egipcios hallaron la muerte en las aguas del mar, hablaron a Moshé y dijeron: «Dios nos ha sacado de Mitsraim solo para concedernos cinco señales: darnos la riqueza de Mitsraim, hacernos caminar en nubes de gloria, hendir el mar para nosotros, tomar venganza de los egipcios y dejarnos cantarle un cántico de alabanza. Ahora que todo esto ha sucedido, volvamos a Mitsraim». Moshé respondió: «HaShem ha dicho: "A los egipcios que hoy habéis visto, no los volveréis a ver nunca jamás"». Pero el pueblo aún no estaba conforme, y dijo: «Ahora los egipcios están todos muertos, y por tanto podemos volver a Mitsraim». Entonces dijo Moshé: «Ahora debéis cumplir vuestra promesa, pues Dios dijo: "Cuando hayas sacado al pueblo de Mitsraim, serviréis a Dios en este monte"». Aun así el pueblo siguió obstinado y, sin prestar oído a Moshé, se puso en camino hacia Mitsraim, bajo la guía de un ídolo que habían traído consigo de Mitsraim y que incluso habían conservado durante su paso por el mar. Solo a viva fuerza pudo Moshé refrenarlos de su pecaminosa transgresión. Esta fue la segunda de las diez tentaciones con que Israel tentó a Dios durante sus andanzas por el desierto.
Hubo otra dificultad con el pueblo que Moshé tuvo que superar: el mar arrojó muchas joyas, perlas y otros tesoros que habían pertenecido a los egipcios ahogados en sus olas, e Israel se resistía a arrancarse del lugar que tales riquezas le traía. Moshé, sin embargo, dijo: «¿De veras creéis que el mar seguirá rindiéndoos perlas y joyas?».
Del mar pasaron al desierto de Shur, una tierra baldía horrible y pavorosa, llena de serpientes, lagartos y escorpiones, que se extendía por cientos de millas. Tan mortífera es la naturaleza de las serpientes que habitan el desierto, que si una de ellas se desliza apenas por la sombra de un ave en vuelo, el ave cae hecha pedazos. Fue en este desierto donde le sucedió lo siguiente al rey Sapor: una cohorte que envió a través de este desierto fue devorada por una serpiente, y la misma suerte corrieron una segunda y una tercera cohorte. Por consejo de sus sabios, llenó entonces los cueros de unos animales con carbones ardientes envueltos en paja, e hizo que se los arrojaran a la serpiente hasta que expiró.
Fue entonces prueba de la gran fe de Israel en su Dios que obedecieran a Moshé y, sin murmurar ni demorarse, lo siguieran a este espantoso yermo. Por eso los recompensó Dios por su confianza en Él, pues no solo no sufrieron daño de las serpientes y los escorpiones durante sus muchos años de estancia en el desierto, sino que hasta se vieron libres del temor a los reptiles, ya que, en cuanto las serpientes veían a los israelitas, se echaban mansamente sobre la arena. Durante tres días marcharon por el desierto sin quejarse, pero cuando se les acabó la provisión de agua, el pueblo murmuró contra Moshé, diciendo: «¿Qué beberemos?». Al cruzar el mar de los Juncos se habían provisto de agua, pues, milagrosamente, el mar había fluido dulce para ellos; y ahora, cuando la provisión se agotaba, empezaron a dar expresión a su descontento. En esta ocasión traicionaron de nuevo su pusilanimidad, pues, en lugar de buscar consejo de su líder Moshé, empezaron a murmurar contra él y contra Dios, aunque de momento aún no habían padecido por falta de agua. Tan mal soportaron la prueba a que Dios los había sometido, pues, de hecho, el mismísimo suelo que pisaban tenía agua corriente por debajo, pero ellos no lo sabían. Dios había querido ver cómo actuarían en estas condiciones.
El pueblo se exasperó aún más porque su alegría, cuando avistaron los manantiales y se apresuraron a sacar de ellos, se tornó en la más aguda decepción al probar el agua y hallarla amarga. Estas esperanzas frustradas los abatieron tanto espiritual como físicamente, y los afligieron, no tanto por ellos mismos como por sus pequeños, a cuyas súplicas de agua no podían atender sin lágrimas. Algunos de los irreflexivos y de fe voluble entre ellos lanzaron la acusación de que incluso la bondad anterior no se les había concedido tanto como un beneficio, sino más bien con vistas a la privación presente, mucho mayor. Decían que la muerte a manos del enemigo es tres veces preferible a perecer de sed; pues, para el sabio, una partida de la vida rápida e indolora no se distingue en nada de la inmortalidad; la única muerte verdadera, en cambio, es el morir lento y doloroso, pues el espanto no está en estar muerto, sino en morir.
Mientras se entregaban a estos lamentos, Moshé oró a Dios para que perdonara a los pusilánimes sus palabras impropias y, además, para que remediara la carencia general. Atento a la angustia del pueblo, Moshé no oró largamente, sino que expresó su petición en unas pocas palabras; y, con la misma rapidez con que había orado, fue respondida su oración. Dios le ordenó tomar un trozo de un laurel, escribir sobre él el grande y glorioso nombre de Dios y arrojarlo al agua, con lo cual el agua se volvería potable y dulce.
Los caminos de Hakadosh Baruj Hu difieren de los caminos del hombre: el hombre vuelve dulce lo amargo por medio de alguna sustancia dulce, pero Dios transformó el agua amarga por medio del amargo laurel. Cuando Israel contempló este milagro, pidió perdón a su Padre celestial y dijo: «¡Señor del mundo! Pecamos contra ti cuando murmuramos por el agua». Mas no solo por este milagro se ha vuelto Mará un lugar significativo para Israel, sino, sobre todo, porque allí dio Dios a Israel preceptos importantes, como el descanso del Shabat, las leyes del matrimonio y las leyes civiles, y dijo al pueblo: «Si observáis estos estatutos, recibiréis muchos más: los Diez Mandamientos, las halajot y las agadot; la Torá, en cambio, os traerá felicidad y vida. Si os esforzáis diligentemente por caminar rectamente por la vida, de modo que seáis virtuosos en vuestro trato con los hombres, lo estimaré como si hubierais cumplido todos los mandamientos, y no pondré sobre vosotros ninguna de aquellas enfermedades que traje sobre Mitsraim. Pero si no tenéis presente mis leyes y sois visitados por enfermedades, entonces seré vuestro médico y os sanaré, pues tan pronto como observéis las leyes, desaparecerán las enfermedades».
La causa de la falta de agua en Mará había sido que durante tres días el pueblo había descuidado el estudio de la Torá, y fue por esta razón por la que los profetas y ancianos de Israel instituyeron la costumbre de leer la Torá el sábado, el lunes y el jueves, en el servicio público, para que nunca más pasaran tres días sin una lectura de la Torá.
De Mará avanzaron a Elim. Desde lejos las palmeras hacían que el lugar pareciera bastante atractivo, pero cuando el pueblo se acercó, quedó de nuevo decepcionado: no había más de setenta palmeras, y eran de crecimiento raquítico por falta de agua, pues, a pesar de la presencia de doce pozos de agua, el suelo era tan estéril y arenoso que los pozos no bastaban para regarlo. También aquí se muestra la maravillosa intercesión de Dios en favor de la suerte de Israel, pues la escasa provisión de agua de Elim, que apenas había bastado para setenta palmeras, sació a sesenta miríadas del pueblo errante que allí se detuvo varios días.
Los hombres de entendimiento podían ver en este lugar una clara alusión a la suerte del pueblo; pues doce son las tribus del pueblo, y cada una de ellas, si resulta temerosa de Dios, será un pozo de agua, por cuanto su piedad producirá constante y continuamente bellas obras; los jefes del pueblo, en cambio, son setenta, y evocan la noble palmera, pues, tanto en su aspecto exterior como en sus frutos, es el más hermoso de los árboles, cuyo asiento de vida no yace enterrado en lo hondo de las raíces, como en las demás plantas, sino que se eleva a lo alto, colocado como el corazón en medio de sus ramas, por las que está rodeada como una reina bajo la protección de su guardia. El alma de quien ha gustado la piedad posee un espíritu semejante: ha aprendido a mirar arriba y a ascender, y, ocupada ella misma sin cesar en cosas espirituales y en la investigación de la belleza divina, desdeña las cosas terrenas y las considera solo un juego infantil, mientras que únicamente aquella aspiración le parece seria.
Fue en Elim, donde, en la creación del mundo, Dios había hecho los doce pozos de agua y las setenta palmeras, para que correspondieran a las doce tribus y a los setenta ancianos de Israel, donde Israel emprendió por primera vez el estudio de la ley, pues allí estudiaron las leyes que se les habían dado en Mará.
El alimento celestial
El pan que Israel había sacado consigo de Mitsraim les bastó para treinta y un días, y cuando lo hubieron consumido, toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra su líder Moshé. No era solo la carencia inmediata lo que los oprimía, sino la desesperación por el sustento futuro; pues, al ver ante sí el vasto, extenso y totalmente estéril yermo, se les vino abajo el ánimo, y dijeron: «Emigramos esperando la libertad, y ahora ni siquiera estamos libres de los afanes del sustento; no somos, como nos prometió nuestro líder, los más felices, sino, en verdad, los más desdichados de los hombres. Después de que las palabras de nuestro líder nos elevaran a la más alta cima de la expectación y nos llenaran los oídos de vanas esperanzas, nos atormenta con el hambre y no provee ni siquiera el alimento necesario. Con el nombre de un nuevo asentamiento ha engañado a esta gran multitud; tras haber logrado sacarnos de una tierra conocida a una despoblada, planea ahora enviarnos al inframundo, el último camino de la vida. ¡Ojalá hubiéramos muerto a manos de HaShem durante los tres días de tinieblas en la tierra de Mitsraim, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos!». En su exasperación decían falsedades, pues en realidad también en Mitsraim habían padecido por falta de alimento, ya que los egipcios no les habían dado de comer lo suficiente.
A pesar de las invectivas contra él, Moshé no se indignó tanto por sus palabras como por la volubilidad del pueblo. Tras aquellas muchas experiencias del todo extraordinarias, no tenían derecho a esperar meramente lo natural y lo probable, sino que debían haber confiado en él de buen grado; pues, verdaderamente, a la vista de todos, se les habían mostrado las pruebas más tangibles de su fiabilidad. Cuando, por otra parte, Moshé consideraba su angustia, los perdonaba; pues se decía a sí mismo que una multitud es por naturaleza voluble, y se deja influir con facilidad por las impresiones del momento, que echan el pasado al olvido y engendran desesperación del futuro.
También Dios perdonó la conducta indigna de Israel y, en vez de irritarse con ellos porque murmuraban contra Él, cuando su deber habría sido orarle, estuvo dispuesto a concederles auxilio, diciendo a Moshé: «Ellos obran según su entender, y Yo obraré según el mío; no más tarde que mañana por la mañana descenderá maná del cielo».
Como recompensa por la prontitud de Avraham, cuando, al ser llamado a sacrificar a Yitsjak, dijo: «Aquí estoy», Dios prometió el maná a los descendientes de Avraham con esas mismas palabras: «Aquí estoy». Del mismo modo, durante sus andanzas por el yermo, Dios pagó a los descendientes de Avraham lo que su antepasado había hecho por los ángeles que lo visitaron. Él mismo les había traído pan, y así también Dios mismo hizo llover pan del cielo; él mismo corrió delante de ellos en su camino, y así también Dios se movió delante de Israel; él hizo traer agua para ellos, y así también Dios, por medio de Moshé, hizo brotar agua de la roca; él les rogó que buscaran sombra bajo el árbol, y así también Dios extendió una nube sobre Israel. Entonces habló Dios a Moshé: «Me revelaré de inmediato sin Yaakov: "Haré llover pan de mi tesoro en el cielo para vosotros; y el pueblo saldrá y recogerá cada día una ración determinada"».
Había buenas razones para no exceder la ración de un día en el diluvio diario de maná. Primero, para ahorrarles la necesidad de acarrearlo en sus andanzas; segundo, para que lo recibieran caliente cada día; y, por último, para que día tras día dependieran del auxilio de Dios, y así se ejercitaran en la fe.
Mientras el pueblo aún estaba en el lecho, Dios cumplió su deseo e hizo llover maná para ellos. Pues este alimento había sido creado en el segundo día de la creación y, molido por los ángeles, descendió más tarde para los errantes del yermo. Los molinos están apostados en el tercer cielo, donde el maná se muele sin cesar para el uso futuro de los piadosos; pues en el mundo venidero se les pondrá delante el maná. El maná merece su nombre, «pan de los ángeles», no solo porque ellos lo preparan, sino porque quienes lo comen se vuelven iguales a los ángeles en fuerza y, además, como ellos, no tienen necesidad de aliviar el vientre, pues el maná se disuelve por completo en el cuerpo. Solo cuando pecaron tuvieron que aliviarse como los mortales corrientes.
El maná mostraba también su origen celestial en el sabor milagroso que poseía. No hacía falta cocerlo ni hornearlo, ni requería preparación alguna, y con todo contenía el sabor de cuanto plato pueda concebirse. Bastaba con desear cierto plato, y no bien lo pensaba uno, el maná tenía el sabor del plato deseado. El mismo alimento tenía un sabor distinto para cada quien que lo comía, según su edad: a los niños pequeños les sabía a leche, a los jóvenes robustos a pan, a los ancianos a miel, a los enfermos a cebada macerada en aceite y miel.
Tan milagroso como el sabor del maná era su descenso del cielo. Primero venía un viento del norte a barrer el suelo del desierto; luego una lluvia a lavarlo del todo; después descendía sobre él el rocío, que el viento congelaba en una sustancia sólida, para que sirviera de mesa al oro que descendía del cielo. Pero, para que ningún insecto ni sabandija se posara sobre el maná, el rocío helado formaba no solo un mantel, sino también una cubierta para el maná, de modo que quedaba encerrado allí como en un cofre, protegido de toda suciedad o contaminación por arriba y por abajo.
La recolección del maná
Con ánimo sereno podía cada uno rezar su oración de la mañana en su casa y recitar el Shemá, luego dirigirse a la entrada de su tienda y recoger maná para sí y para toda su familia. La recolección del maná daba poco trabajo, y aquellos del pueblo que eran demasiado perezosos para hacer siquiera la más leve tarea salían mientras caía el maná, de modo que este les caía derecho en las manos. El maná duraba hasta la cuarta hora del día, cuando se derretía; pero ni siquiera el maná derretido se desperdiciaba, pues de él se formaban los ríos de los que beberán los piadosos en el más allá. Los gentiles intentaban ya entonces beber de estas corrientes, pero el maná, que tan deliciosamente sabía a los judíos, tenía un sabor del todo amargo en la boca de los gentiles. Solo de manera indirecta podían participar del disfrute del maná: solían atrapar a los animales que bebían el maná derretido, y aun en esta forma era tan delicioso que los gentiles exclamaban: «Feliz el pueblo a quien así le va». Pues el descenso del maná no era un secreto para los gentiles, ya que se posaba a alturas tan enormes que los reyes de Oriente y de Occidente podían ver cómo recibía Israel su alimento milagroso.
La masa del maná era proporcional a su altura, pues descendía a diario tanto cuanto habría bastado para satisfacer las necesidades de sesenta miríadas de personas durante dos mil años. Tal profusión de maná caía sobre el cuerpo de Yehoshúa solo, cuanta habría bastado para el mantenimiento de toda la congregación. El maná, en efecto, tenía la particularidad de caer para cada individuo en la misma medida; y cuando, tras recogerlo, lo medían, hallaban que había un ómer para cada hombre.
Muchos pleitos se resolvían amistosamente por medio de la caída del maná. Si una pareja casada se presentaba ante Moshé, acusándose cada uno al otro de infidelidad, Moshé les decía: «Mañana por la mañana se dará el juicio». Si entonces el maná descendía para la esposa ante la casa de su marido, se sabía que él tenía razón; pero si su parte descendía ante la casa de sus propios padres, era ella quien tenía razón.
Los únicos días en que no descendía el maná eran los Shabatot y las festividades sagradas; pero entonces caía una porción doble en la víspera. Esos días tenían además una distinción particular: mientras duraban, el color del maná brillaba más que de costumbre, y su sabor era más exquisito. El pueblo, sin embargo, era pusilánime, y ya el primer Shabat quiso salir como de ordinario a recoger maná por la mañana, aunque se había proclamado que Dios no les enviaría alimento ese día. Moshé, no obstante, los contuvo. Volvieron a intentarlo al caer la tarde, y de nuevo Moshé los detuvo con estas palabras: «Hoy no lo hallaréis en el campo». Al oírlas se alarmaron muchísimo, pues temían no recibirlo ya nunca más, pero su guía los tranquilizó diciendo: «Hoy no hallaréis nada de él, pero mañana con toda certeza; en este mundo no recibiréis maná en Shabat, pero en el mundo venidero con toda certeza».
Los incrédulos entre ellos no escucharon la palabra de Dios, y salieron en Shabat a buscar maná. Entonces Dios dijo a Moshé: «Proclama estas palabras a Israel: os saqué de Mitsraim, hendí el mar por vosotros, os envié maná, hice brotar el pozo de agua para vosotros, mandé que las codornices subieran hasta vosotros, combatí por vosotros contra Amalek y obré por vosotros otros prodigios, y aun así no obedecéis Mis estatutos ni Mis mandamientos. Ni siquiera tenéis la excusa de que os impusiera mandamientos en abundancia, pues todo lo que os ordené en Mará fue observar el Shabat, y lo habéis violado». «Si —continúa Moshé— observáis el Shabat, Dios os dará tres festividades en los meses de Nisán, Siván y Tishrí; y como recompensa por la observancia del Shabat, recibiréis seis dones de Dios: la Tierra de Israel, el mundo venidero, el mundo nuevo, la soberanía de la dinastía de David, y la institución de los sacerdotes y los leviim; y además, como recompensa por la observancia del Shabat, seréis librados de las tres grandes aflicciones: de los sufrimientos de los tiempos de Gog y Magog, de los dolores del tiempo mesiánico, y del día del gran Juicio».
Cuando Israel oyó estas exhortaciones y promesas, resolvió observar el Shabat, y así lo hizo. Cierto es que no sabían lo que habían perdido al violar el primer Shabat. Si Israel lo hubiera observado entonces, ninguna nación habría podido jamás ejercer autoridad alguna sobre ellos.
Este, además, no fue el único pecado que Israel cometió durante aquel tiempo, pues algunos entre ellos quebrantaron también el otro mandamiento acerca del maná: el de no guardarlo de un día para otro. Estos pecadores no fueron otros que la pareja infame, Datán y Aviram, que no escucharon la palabra de Dios, sino que reservaron el maná para el día siguiente. Pero si imaginaban que podían ocultar su acción pecaminosa, se equivocaban, pues del maná criaron grandes enjambres de gusanos, y estos se movían en larga hilera desde sus tiendas hasta las demás tiendas, de modo que todos percibieron lo que aquellos dos habían hecho.
Para servir a las generaciones futuras como prueba tangible del poder infinito de Dios, HaShem ordenó a Moshé colocar una vasija de barro llena de maná ante el Arca Sagrada, y este mandato fue cumplido por Aharón en el segundo año de las peregrinaciones por el desierto. Cuando, muchos siglos después, el profeta Yirmiyahu exhortó a sus contemporáneos a estudiar la Torá, y ellos respondieron a sus exhortaciones diciendo: «¿Y cómo entonces habremos de sustentarnos?», el profeta sacó la vasija con el maná y les habló diciendo: «Oh generación, ved vosotros la palabra de Adonái; ved qué fue lo que sirvió de alimento a vuestros padres cuando se aplicaban al estudio de la Torá. También a vosotros os sostendrá Dios del mismo modo, con tal que os consagréis al estudio de la Torá».
Cuando se anunció al rey Yoshiyahu la inminente destrucción del Templo, ocultó el Arca Sagrada, y con ella también la vasija con el maná, así como el jarro lleno del aceite sagrado con que Moshé ungía los utensilios sagrados, y otros objetos sagrados. En el tiempo mesiánico el profeta Eliyahu restaurará todos estos objetos ocultos.
Israel recibió tres dones durante sus peregrinaciones por el desierto: el pozo, las nubes de gloria y el maná; el primero por los méritos de Miriam, el segundo por los de Aharón, y el tercero por los de Moshé. Cuando Miriam murió, el pozo desapareció por un tiempo, pero reapareció como recompensa por los méritos de Aharón y Moshé; cuando Aharón murió, las nubes de gloria desaparecieron por un tiempo, pero reaparecieron por los méritos de Moshé. Mas cuando este último murió, el pozo, las nubes de gloria y el maná desaparecieron para siempre. Durante cuarenta años, sin embargo, el maná les sirvió no solo de alimento, sino también de forraje para su ganado, pues el rocío que precedía la caída del maná durante la noche traía grano para sus animales. El maná les hacía también las veces de perfume, pues derramaba una excelente fragancia sobre quienes lo comían.
A pesar de todas las excelentes cualidades del maná, no quedaban satisfechos con él, y exigieron que Moshé y Aharón les dieran carne para comer. Estos respondieron: «Podríamos tolerarlo si murmuraseis solo contra nosotros, pero murmuráis contra HaShem. Presentaos, para que oigáis el juicio de Dios». Al punto Dios se apareció a Moshé y le dijo: «Me es revelado lo que la congregación de Israel ha dicho, y lo que dirá, pero diles esto: habéis pedido dos cosas; deseasteis pan, y os lo di, porque el hombre no puede subsistir sin él; pero ahora, hartos de saciedad, pedís carne; también esta os la daré, para que no digáis, si vuestro deseo fuese negado: “Dios no puede concederlo”; mas en algún tiempo futuro habréis de expiarlo; yo soy juez y asignaré el castigo por ello».
Entretanto, sin embargo, Dios concedió su deseo, y al caer la tarde subieron del mar densos enjambres de codornices que cubrieron todo el campamento, volando muy bajo, a no más de dos codos del suelo, de modo que podían atraparse con facilidad. A diferencia del maná, que caía por la mañana, las codornices no llegaban antes del anochecer; con rostro radiante daba Dios el primero, pues su deseo de pan era justo, pero con semblante sombrío, al amparo de la noche, enviaba las codornices. Ahora bien, como el primer alimento venía por la mañana y el segundo por la tarde, Moshé instituyó entre su pueblo la costumbre de hacer dos comidas al día, una por la mañana y otra por la tarde; y fijó para la tarde la comida en que se usa la carne. Al mismo tiempo les enseñó la oración con que debían dar gracias tras comer el maná, que decía así: «Bendito seas Tú, oh Dios, HaShem nuestro, Rey del mundo, que en Tu generosidad provees a todo el mundo; que, en Tu gracia, benevolencia y misericordia, otorgas alimento a toda criatura, porque Tu gracia es eterna. Gracias a Tu generosidad nunca nos ha faltado el alimento, ni jamás nos faltará, por amor de Tu gran nombre. Pues Tú abasteces y provees a todos; Tú eres generoso, y nutres a todas Tus criaturas que has hecho. Bendito seas Tú, oh Dios, que provees a todos».
El pozo de Miriam
Liberados como estaban de todas las cargas del sustento gracias al don del maná, era claramente deber de los israelitas consagrarse exclusivamente al estudio de la Torá. Por eso, cuando se relajaron en el cumplimiento de este deber, el castigo en forma de falta de agua los alcanzó de inmediato. Fue esta la primera vez que experimentaron realmente esa carencia, pues en Mará nada más que el temor de que tal necesidad pudiera sobrevenirles los había movido a murmurar y quejarse. En su angustia volvieron una vez más a lanzar reproches sin razón contra su guía, y disputaron con él, diciendo: «¿Por qué, hijos, nos has hecho subir de Mitsraim, para matarnos de sed a nosotros, y a nuestros hijos, y a nuestros ganados?». Moshé respondió: «Cuantas veces reñís conmigo, tentáis a Dios, pero Dios obra maravillas y hechos excelentes por vosotros cada vez que disputáis conmigo, para que Su nombre resuene en gloria por todo el mundo».
A pesar del agravio que le habían hecho, Moshé oró a Dios para que los socorriera en su angustia y también lo sostuviera a él. «¡Oh Señor del mundo! —dijo—, ciertamente estoy condenado a morir. Tú me ordenas no ofenderme con ellos, pero si obedezco Tus palabras, de seguro me matarán». Dios, sin embargo, respondió: «Procura tú obrar como Yo; así como Yo devuelvo bien por mal, devuélveles tú bien por mal, y perdona su ofensa; ve delante del pueblo, y veremos quién se atreve a tocarte». Apenas se había mostrado Moshé al pueblo, cuando todos se levantaron de sus asientos con reverencia, tras lo cual Dios dijo a Moshé: «¿Cuántas veces te he dicho que no te enojes con ellos, sino que los guíes como un pastor guía su rebaño? Por causa de ellos te he puesto en esta altura, y solo por causa de ellos hallarás gracia, benevolencia y misericordia ante Mis ojos».
Entonces Dios le ordenó ir con algunos ancianos a la roca en Jorev, y sacar agua de ella. Los ancianos debían acompañarlo allí, para que se convencieran de que no traía agua de un pozo, sino que la hacía brotar de una roca. Para realizar este milagro, Dios le ordenó golpear la roca con su vara, pues el pueblo vivía bajo la impresión de que esa vara solo podía traer destrucción, ya que por medio de ella Moshé había traído las diez plagas sobre los egipcios en Mitsraim y en el mar de los Juncos; ahora habían de ver que también podía obrar el bien. Por mandato de Dios, Moshé dijo al pueblo que eligiera de qué roca deseaba que manara agua, y apenas había tocado Moshé con su vara de zafiro la roca que ellos habían escogido, cuando brotó de ella agua abundante. Al lugar donde esto ocurrió Dios lo llamó Masá y Merivá, porque allí Israel había puesto a prueba a su Dios, diciendo: «Si Dios es Señor sobre todo, como lo es sobre nosotros; si satisface nuestras necesidades, y nos muestra además que conoce nuestros pensamientos, entonces le serviremos, pero no de otro modo».
El agua que manó para ellos en aquel lugar no sirvió solo de alivio para su necesidad presente, sino que en esa ocasión se les reveló un pozo de agua que no los abandonó en todos sus cuarenta años de peregrinación, sino que los acompañó en todas sus marchas. Dios obró este gran milagro por los méritos de la profetisa Miriam, por lo cual también se lo llamó «el pozo de Miriam». Pero este pozo se remonta al comienzo del mundo, pues Dios lo creó en el segundo día de la creación, y en cierto tiempo estuvo en posesión de Avraham. Fue este mismo pozo el que Avraham reclamó a Avimélej, rey de los filisteos, después de que los siervos del rey se lo hubieran arrebatado con violencia. Pero cuando Avimélej fingió no saber nada de ello, diciendo: «No sé quién haya hecho esto», Avraham dijo: «Tú y yo enviaremos ovejas al pozo, y será declarado dueño legítimo del pozo aquel para cuyas ovejas brote el agua a fin de abrevarlas. Y —continuó Avraham— de ese mismo pozo sacará su provisión la séptima generación después de mí, los peregrinos del desierto».
Este pozo tenía la forma de una roca semejante a un tamiz, de la que el agua brota como de un surtidor. Los seguía en todas sus peregrinaciones, cuesta arriba y cuesta abajo, y dondequiera que se detenían, se detenía también, y se instalaba frente al Mishkán. Entonces se presentaban los jefes de las doce tribus, cada uno con su cayado, y entonaban al pozo estas palabras: «Sube, oh pozo, cantadle; los nobles del pueblo lo cavaron por indicación del legislador, con sus cayados». Entonces el agua brotaba de las profundidades del pozo y se disparaba a lo alto como columnas, para luego derramarse en grandes corrientes navegables; y por estos ríos los judíos navegaban hasta el océano y sacaban de él todos los tesoros del mundo.
Las distintas partes del campamento estaban separadas por estos ríos, de modo que las mujeres, al visitarse unas a otras, se veían obligadas a servirse de barcas. Luego el agua se derramaba más allá del campamento, donde rodeaba una gran llanura en la que crecía toda especie imaginable de planta y de árbol; y estos árboles, gracias al agua milagrosa, daban a diario frutos frescos. Este pozo traía consigo hierbas fragantes, de modo que las mujeres no tenían necesidad de perfumes en la marcha, pues las hierbas que recogían cumplían ese fin. Este pozo arrojaba además hierbas suaves y fragantes que servían de agradable lecho a los pobres, que no tenían almohadas ni ropa de cama. Al entrar en la Tierra Santa este pozo desapareció y quedó escondido en cierto paraje del mar de Tiberíades. De pie sobre el Carmelo, mirando el mar, puede distinguirse allí una roca semejante a un tamiz, y ese es el pozo de Miriam. Sucedió una vez que un leproso se bañó en aquel lugar del mar de Tiberíades, y apenas entró en contacto con las aguas del pozo de Miriam quedó al instante curado.
La guerra de Amalek contra Israel
Como castigo por no haber tenido fe suficiente en Dios, por haber dudado de que Él pudiera cumplir todos sus deseos, y por haberse vuelto negligentes en el estudio de la Torá y en la observancia de las leyes, Dios volvió a Amalek contra ellos durante su estancia en Refidim, donde habían cometido estos pecados. Dios obró con ellos como aquel hombre con su hijo, a quien llevaba sobre los hombros al cruzar el río. Cada vez que el niño veía algo deseable, decía: «Padre, cómpramelo», y él cumplía el deseo del niño. Después de haber recibido de su padre, de este modo, muchas cosas hermosas, el hijo gritó a un desconocido que pasaba con estas palabras: «¿Has visto acaso a mi padre?». Entonces, indignado, dijo el padre a su hijo: «¡Oh necio, que vas sentado sobre mi hombro! Todo cuanto deseaste te lo procuré, ¿y ahora preguntas a ese hombre: “¿Has visto a mi padre?”?». Tras lo cual el padre arrojó al niño de su hombro, y vino un perro y lo mordió. Así le fue a Israel. Cuando salieron de Mitsraim, Dios los envolvió en siete nubes de gloria; desearon pan, y Él les dio maná; desearon carne, y Él les dio codornices. Después de que todos sus deseos hubieron sido concedidos, empezaron a dudar, diciendo: «¿Está HaShem entre nosotros, o no?». Entonces Dios respondió: «Dudáis de Mi poder; tan cierto como que vivís, lo descubriréis; pronto el perro os morderá». Entonces vino Amalek.
Este enemigo de Israel llevaba el nombre de Amalek para denotar la rapidez con que se movía contra Israel, pues como un enjambre de langostas se abalanzó sobre ellos; y el nombre designa además el propósito de este enemigo, que vino a chupar la sangre de Israel. Este Amalek era hijo de Elifaz, el primogénito de Esav, y aunque los descendientes de Yaakov habían sido más débiles e insignificantes en tiempos anteriores, Amalek los había dejado en paz, pues tenía excelentes razones para diferir su ataque. Dios había revelado a Avraham que su simiente tendría que servir en la tierra de los egipcios, y había impuesto el pago de esta deuda sobre Yitsjak, y tras su muerte, sobre Yaakov y sus descendientes. El malvado Amalek se dijo entonces a sí mismo: «Si destruyo a Yaakov y a sus descendientes, Dios me impondrá a mí la servidumbre de los egipcios, a mí, nieto de Esav, descendiente de Avraham». Por eso se contuvo mientras Israel habitó en Mitsraim, y solo después de que la servidumbre predicha a la simiente de Avraham hubo sido cumplida por entero, se dispuso a llevar a cabo la guerra de exterminio contra Israel que su abuelo Esav le había encomendado.
Apenas hubo oído de la partida de Israel de Mitsraim, se puso en marcha contra ellos y los encontró junto al mar de los Juncos. Allí, en verdad, no pudo hacerles mal alguno, pues Moshé pronunció contra él el Nombre Inefable; y tan grande fue su confusión, que se vio forzado a retirarse sin haber logrado su objetivo. Luego, durante algún tiempo, probó a mantenerse oculto en emboscada, molestando así a Israel, pero al fin abandonó este juego de escondite, y con frente audaz se reveló como enemigo declarado de Israel. Mas no solo declaró él mismo la guerra a Israel, sino que sedujo también a todas las naciones paganas para que lo ayudaran en su empresa contra Israel. Aunque estas rehusaron guerrear contra Israel, temiendo correr la misma suerte que los egipcios, accedieron al siguiente plan de Amalek. Dijo él: «Seguid mi expedición. Si Israel me vence, todavía tendréis tiempo de sobra para huir, pero si el éxito corona mi intento, unid vuestra suerte a la mía en mi empresa contra Israel». Así, Amalek marchó desde su asentamiento en Seír, que no distaba menos de cuatrocientas parasangas del campamento de los judíos; y aunque cinco naciones —los heteos, los heveos, los jebuseos, los amorreos y los cananeos— tenían sus moradas entre su tierra y el campamento de los judíos, él insistió en ser el primero en declarar la guerra a Israel.
Dios castigó a Israel, que se había mostrado un pueblo ingrato, enviando contra ellos un enemigo que era ingrato también, pues jamás recordó que debía la vida a los hijos de Yaakov, que lo habían tenido en su poder tras su brillante victoria sobre Esav y sus seguidores.
En su expedición contra Israel se sirvió de su parentesco. Antes de pasar al ataque abierto, atrajo a la muerte a muchos judíos incautos con palabras amables. Había traído de Mitsraim el registro de la descendencia de los judíos; pues allí cada judío debía marcar su nombre en los ladrillos que fabricaba, y estas listas yacían en los archivos egipcios. Familiarizado con los nombres de las distintas familias judías, Amalek se presentó ante el campamento judío, y llamando al pueblo por su nombre, los invitaba a dejar el campamento y salir hacia él. «¡Reuvén! ¡Shimón! ¡Leví!», y así por el estilo, gritaba, «salid hacia mí, vuestro hermano, y haced negocios conmigo».
Los que respondían a la llamada seductora hallaban muerte segura a sus manos; y no solo los mataba Amalek, sino que además mutilaba sus cadáveres, siguiendo el ejemplo de su abuelo Esav, cortando cierta parte del cuerpo y arrojándola hacia el cielo con las palabras burlonas: «Aquí tienes lo que deseabas». De este modo se mofaba de la señal de la alianza de Avraham.
Mientras los judíos permanecían dentro del campamento, no podía, por supuesto, hacerles ningún daño, pues la nube los envolvía, y bajo su amparo estaban tan bien fortificados como una ciudad rodeada de un muro sólido. La nube, sin embargo, cubría solo a los que eran puros, mas los impuros tenían que permanecer fuera de ella hasta que se purificaran con un baño ritual, y a estos Amalek los atrapaba y mataba. Los pecadores, también, en particular la tribu de Dan, que eran todos adoradores de ídolos, no estaban protegidos por la nube, y por ello quedaban expuestos a los ataques de Amalek.
Moshé no salió él mismo a combatir contra este peligroso enemigo de Israel, sino que envió a su servidor Yehoshúa, y por buenas razones. Moshé sabía que solo un descendiente de Rajel, como el efraimita Yehoshúa, podía vencer al descendiente de Esav. Todos los hijos de Yaakov habían tomado parte en el acto poco fraternal de vender a Yosef como esclavo, de modo que ninguno de sus descendientes podía alzarse en batalla contra el descendiente de Esav; pues quienes habían obrado de manera antinatural con un hermano difícilmente podían esperar la ayuda de Dios en una lucha con los poco fraternales edomitas. Solo los descendientes de Yosef, el hombre que había sido generoso y bueno con sus hermanos, podían esperar que Dios les concediera auxilio contra los poco fraternales descendientes de Esav. En muchos otros aspectos, también, Yosef fue lo opuesto de Esav, y sus méritos favorecieron a sus descendientes en sus batallas contra los descendientes de Esav. Esav era el primogénito de su padre, pero por sus malas obras perdió su primogenitura; Yosef, en cambio, era el menor de los hijos de su padre, y por sus buenas obras fue hallado digno de gozar de los derechos de un primogénito. Yosef tenía fe en la resurrección, mientras que Esav la negaba; por eso dijo Dios: «Yosef, el devoto, será quien inflija el merecido castigo a Esav, el incrédulo». Yosef se relacionó con dos hombres malvados, Potifar y el Paró, y sin embargo no siguió su ejemplo; Esav se relacionó con dos hombres piadosos, su padre y su hermano, y sin embargo no siguió su ejemplo. «Por tanto —dijo Dios—, Yosef, que no siguió el ejemplo de hombres malvados, infligirá castigo a quien no siguió el ejemplo de hombres piadosos». Esav manchó su vida con lujuria y homicidio; Yosef fue casto y rehuyó el derramamiento de sangre, por eso Dios entregó a los descendientes de Esav en manos de los descendientes de Yosef. Y así como en el curso de la historia solo los descendientes de Yosef vencieron a los descendientes de Esav, así será en el futuro, en el ajuste final entre el ángel de Esav y los ángeles de los judíos. El ángel de Reuvén será rechazado por el ángel de Esav con estas palabras: «Tú representas a quien tuvo relaciones ilícitas con la mujer de su padre»; los ángeles de Shimón y Leví tendrán que escuchar este reproche: «Vosotros representáis a gente que dio muerte a los habitantes de Shejem»; el ángel de Yehudá será rechazado con las palabras: «Yehudá tuvo relaciones ilícitas con su nuera». Y los ángeles de las demás tribus serán rechazados por el ángel de Esav, cuando les señale que todos ellos tomaron parte en la venta de Yosef. El único al que no podrá rechazar será el ángel de Yosef, a quien será entregado y por quien será destruido; Yosef será la llama y Esav la paja quemada en la llama.
Amalek derrotado
Moshé instruyó entonces a Yehoshúa acerca de su campaña contra Amalek, diciendo: «Escógenos hombres y sal a pelear contra Amalek». Las palabras «escógenos» caracterizan la modestia de Moshé, que trataba a su discípulo Yehoshúa como a un igual; con estas palabras nos ha enseñado que la honra de nuestros discípulos debe estar tan alta como la nuestra. Yehoshúa no quería al principio exponerse al peligro y abandonar la protección de la nube, pero Moshé le dijo: «Deja la nube y sal contra Amalek, si acaso esperas ceñir alguna vez la corona sobre tu cabeza». Le mandó escoger a sus guerreros de entre los piadosos y temerosos de Dios, y le prometió que fijaría un día de ayuno para el día siguiente, e imploraría a Dios, en virtud de las buenas obras de los Patriarcas y de las esposas de los Patriarcas, que asistiera a Israel en esta guerra.
Yehoshúa obró conforme a estos mandatos y salió contra Amalek, para vencer al cual se requería no solo hábil estrategia, sino también destreza en el arte de la magia. Pues Amalek era un gran mago y conocía la hora propicia y la hora aciaga de cada individuo, y de este modo regulaba sus ataques contra Israel; atacaba de noche a aquel cuya muerte había sido predicha para una noche, y a aquel cuya muerte había sido preordenada para un día lo atacaba de día.
Pero también en este arte Yehoshúa fue rival suyo, pues él también sabía cómo calcular debidamente el momento del ataque sobre los individuos, y destruyó a Amalek, a sus hijos, a los ejércitos que él mismo comandaba, y a los que estaban bajo el mando de sus hijos. Mas en el ardor mismo de la batalla, Yehoshúa trató humanamente a sus enemigos, no pagó con la misma moneda. Lejos estuvo de seguir el ejemplo de Amalek al mutilar los cadáveres del enemigo. En cambio, con una espada afilada cortaba las cabezas de los enemigos, ejecución que no deshonra.
Pero solo con la ayuda de Moshé alcanzó Yehoshúa su victoria. Moshé no salió a la batalla, pero por medio de su oración y de su influencia sobre el pueblo, al inspirarle fe, se ganó la batalla. Mientras la batalla ardía entre Israel y Amalek, Moshé estaba apostado en una altura, donde, sostenido por el leví Aharón y por Jur, de Yehudá —los representantes de las dos nobles tribus de Leví y Yehudá—, imploraba fervorosamente el auxilio de Dios. Decía: «¡Oh Señor del mundo! Por mí has sacado a Israel de Mitsraim, por mí has hendido el mar, y por mí has obrado milagros; obra, pues, ahora milagros por mí, y concede la victoria a Israel, porque bien sé que, mientras todas las demás naciones pelean solo hasta la sexta hora del día, esta nación pecadora se mantiene en formación de batalla hasta la puesta del sol». Moshé no consideró suficiente orar él solo a Dios, sino que alzó las manos hacia el cielo como señal para que toda la nación siguiera su ejemplo y confiara en Dios. Cada vez que alzaba las manos al cielo y el pueblo oraba con él, confiando en que Dios les concedería la victoria, en efecto vencían; mas cada vez que Moshé bajaba las manos y el pueblo cesaba la oración, flaqueando en su fe en Dios, Amalek vencía. Pero le resultaba difícil a Moshé mantener las manos alzadas de continuo. Este era el modo en que Dios lo castigaba por haber sido algo negligente en los preparativos de la guerra contra Amalek. Por eso Aharón y Jur se vieron obligados a sostenerle los brazos y ayudarlo en su oración. Y como, además, no podía estar de pie todo aquel tiempo, se sentó sobre una piedra, desdeñando un asiento blando y cómodo, diciendo: «Mientras Israel esté en aflicción, la compartiré con ellos».
Al caer la tarde, la batalla aún no estaba decidida; por eso Moshé oró a Dios para que detuviera la puesta del sol y así permitiera a Israel llevar la batalla a su término. Dios concedió esta oración, pues el sol no se puso hasta que Israel hubo destruido por completo a su enemigo. Tras lo cual Moshé bendijo a Yehoshúa con estas palabras: «Algún día el sol se detendrá por tu causa, como hoy se ha detenido por la mía», y esta bendición se cumplió más tarde en Gabaón, cuando el sol se detuvo para ayudar a Yehoshúa en su batalla contra los amorreos.
Aunque Amalek no había recibido el merecido castigo de manos de Yehoshúa, con todo su empresa contra Israel no había sido del todo inútil. El milagroso éxodo de Israel de Mitsraim, y en especial la hendidura del mar, había suscitado tal alarma entre los paganos, que ninguno de ellos se había atrevido a acercarse a Israel. Pero este temor se desvaneció en cuanto Amalek intentó medirse en batalla con Israel. Aunque fue terriblemente derrotado, con todo, el temor a la inaccesibilidad de Israel había desaparecido. Sucedió con Amalek como con aquel temerario que se lanzó a una tina de agua hirviendo. Se escaldó terriblemente, pero la tina se enfrió con su zambullida. Por eso Dios no se contentó con el castigo que Amalek recibió en tiempos de Moshé, sino que juró por Su trono y por Su diestra que jamás olvidaría las fechorías de Amalek, que tanto en este mundo como en el tiempo del Mesías descargaría el castigo sobre él, y que lo exterminaría por completo en el mundo venidero. Mientras exista la simiente de Amalek, el rostro de Dios queda, por así decirlo, cubierto, y solo entonces vendrá a la vista, cuando la simiente de Amalek haya sido enteramente exterminada.
Dios había dejado al principio la guerra contra Amalek en manos de Su pueblo, por eso ordenó a Yehoshúa, el futuro guía del pueblo, que nunca olvidara la guerra contra Amalek; y si Moshé hubiera escuchado con atención, habría percibido de este mandato de Dios que Yehoshúa estaba destinado a conducir al pueblo a la tierra prometida. Pero más tarde, cuando Amalek tomó parte en la destrucción de Yerushaláyim, Dios mismo emprendió la guerra contra Amalek, diciendo: «Por Mi trono juro no dejar un solo descendiente de Amalek bajo los cielos; sí, nadie podrá siquiera decir que esta oveja o aquel carnero pertenecieron a un amalecita».
Dios ordenó a Moshé inculcar a los judíos que no rechazaran a ningún pagano que deseara convertirse, pero que nunca aceptaran a un amalecita como prosélito. Fue en consideración de esta palabra de Dios que David dio muerte al amalecita que le anunció la muerte de Shaúl y Yonatán; pues no vio en él más que a un pagano, aunque se presentase con el aspecto de un judío.
Parte de la culpa de la destrucción de Amalek recae sobre su padre, Elifaz. Solía decir a Amalek: «Hijo mío, ¿sabes acaso quién poseerá este mundo y el mundo venidero?». Amalek no prestó atención a su alusión a la fortuna futura de Israel, y su padre no se lo insistió con más fuerza, aunque habría sido su deber instruir a su hijo clara y plenamente. Debió haberle dicho: «Hijo mío, Israel poseerá este mundo lo mismo que el mundo venidero; cava, pues, pozos para su uso y construye caminos para ellos, para que seas juzgado digno de participar en el mundo venidero». Pero como Amalek no había sido suficientemente instruido por su padre, en su desenfreno emprendió la destrucción del mundo entero. Dios, que escudriña los riñones y el corazón, le dijo: «¡Oh necio! Te creé después de todas las setenta naciones, pero por tus pecados serás el primero en descender al infierno».
Para glorificar la victoria sobre Amalek, Moshé edificó un altar, al que Dios llamó «Mi Milagro», pues el milagro que Dios obró contra Amalek en la guerra de Israel fue, por así decirlo, un milagro para Dios. Porque mientras los israelitas moran en aflicción, Dios siente con ellos, y una alegría para Israel es una alegría para Dios, de ahí que también la milagrosa victoria sobre el enemigo de Israel fuera una victoria para Dios.
Yitró
«Golpea al escarnecedor, y el simple escarmentará». La destrucción de Amalek hizo entrar en razón a Yitró. Yitró estaba en un principio en la misma conjura con Amalek, pues ambos habían incitado al Paró contra Israel, pero cuando vio que Amalek perdió este mundo y el otro, se arrepintió de sus caminos pecaminosos, diciendo: «No me queda otra cosa que pasarme al Dios de Israel»; y aunque vivía en la mayor riqueza y honra, resolvió partir hacia el desierto, hacia Moshé y su Dios. Llegado al campamento de Israel, no pudo entrar en él, pues estaba envuelto por una nube que nadie podía atravesar, de modo que escribió una carta a Moshé y la disparó con una flecha, para que cayera dentro del campamento. La carta decía: «Te conjuro, por tus dos hijos y por tu Dios, que salgas a mi encuentro y me recibas con benevolencia. Si no lo haces por mí, hazlo por tu esposa; y si no lo haces por ella, hazlo por tus hijos». Pues Yitró traía consigo a su hija Tsiporá, de quien Moshé se había divorciado, así como a los dos hijos de ella, sus únicos hijos, pues tras su separación de Moshé no se había desposado con ningún otro hombre.
Al principio Moshé se inclinaba a no prestar oído a esta carta, pero Dios le dijo: «Yo, por cuya palabra el mundo vino a la existencia, atraigo a los hombres hacia Mí y no los rechazo. Permití que Yitró se acercara a Mí, y no lo aparté de Mí. Haz tú, pues, lo mismo: recibe a este hombre, que desea acogerse bajo las alas de la Shejiná; deja que se acerque, y no lo rechaces». Con esto enseñó Dios a Moshé que se debe rechazar con la mano izquierda y hacer señas de acercamiento con la derecha.
Moshé, Aharón, Nadav y Avihú, junto con los setenta ancianos de Israel, llevando consigo el Arca sagrada, se apresuraron a dar la bienvenida a Yitró con benevolencia; y Moshé honró tanto a su suegro que se inclinó ante él y lo besó. Antes de contarle a su suegro los grandes milagros que Dios había obrado por Mitsraim —tales como el éxodo de Mitsraim, la hendidura del mar, la lluvia de maná, y lo demás—, le ofreció el saludo de paz; pues grande es la paz, que precede incluso a la alabanza de Dios. Tras el saludo de paz, Moshé, para acercar a su suegro a la verdadera fe en Dios y en Su revelación, comenzó a relatarle los milagros que Dios había obrado por ellos en el éxodo de Mitsraim, durante el paso por el mar de los Juncos, y durante la guerra con Amalek. Dijo, además: «En el maná que Dios nos da percibimos el sabor del pan, de la carne, del pescado; en suma, de todos los manjares que existen. Del pozo que Dios nos da sacamos una bebida que posee el sabor del vino añejo lo mismo que del nuevo, de la leche y de la miel; en suma, de todas las bebidas que existen». «Recibiremos —continuó Moshé— otros seis dones de Dios: la Tierra de Israel, el mundo venidero, el mundo nuevo, la soberanía de David, la institución de los sacerdotes y la de los leviim».
Cuando Yitró oyó todo esto, resolvió hacerse judío y creer en el único Dios, y aunque sintió una punzada en el corazón al oír que los egipcios habían perecido —pues nadie debe mofarse de un pagano ante un prosélito que no es judío de diez generaciones de antigüedad—, con todo prorrumpió en un canto de alabanza a Dios por los hechos que había obrado por Su pueblo. En verdad, es una vergüenza para Moshé y para las sesenta miríadas de judíos que no hubieran dado gracias a Dios por la liberación de Mitsraim, hasta que vino Yitró y lo hizo. Dijo: «Alabado sea Dios, que libró a Moshé y a Aharón, así como a toda la nación de Israel, de la servidumbre del Paró, aquel gran dragón, y de los egipcios. Verdaderamente, grande es HaShem por encima de todos los dioses, pues mientras que antes ni un solo esclavo lograba escapar de Mitsraim, Él sacó a sesenta miríadas de Mitsraim. No hay dios al que yo no haya adorado en algún momento de mi vida, pero ahora he de reconocer que ninguno es como el Dios de Israel. Este Dios no me era desconocido hasta ahora, pero ahora lo conozco mejor, pues Su fama resonará por todo el mundo, porque descargó sobre los egipcios exactamente lo que ellos habían planeado emprender contra Israel. Quisieron destruir a Israel por el agua, y por el agua fueron destruidos».
Con sacrificios y un festín se celebró la llegada de Yitró, pues después de haber ofrecido el holocausto no lejos del zarzal que había quedado indemne del fuego, Yitró preparó un festín de regocijo para todo el pueblo, en el que Moshé no consideró indigno de su dignidad servir en persona a los invitados. En esto siguió el ejemplo de Avraham, que sirvió en persona a los tres ángeles, aunque se presentaron con el aspecto de árabes idólatras.
Avraham, al igual que Moshé, procuraba andar por los caminos de HaShem, proveer a cada uno según sus necesidades, y otorgar a cada cual lo que le falta, ya sea un hombre justo o un idólatra que con sus pecados atrae sobre sí la ira de Dios.
A este festín se sentó el pueblo según sus tribus. Comieron, bebieron y se alegraron, mientras Aharón y Yitró con sus parientes cantaban cánticos de acción de gracias a Dios, y lo alababan como Creador y Dador de sus vidas y de su libertad. Al mismo tiempo daban el debido reconocimiento a Moshé, por cuyo valor todo había llegado felizmente a buen término. En sus palabras de gratitud a Moshé, Yitró expresó también muchos gloriosos elogios al pueblo de Israel, pero ensalzó en especial a Moshé, que a través de dificultades y peligros había mostrado tanto valor en la salvación de sus amigos.
La institución de los ancianos
Yitró, que había venido a Moshé poco antes de la revelación en el monte Sinaí, permaneció con su yerno más de un año. En los primeros meses, sin embargo, no tuvo ocasión de observar a Moshé en su función de juez, pues Moshé pasó el tiempo desde el día de la revelación hasta el décimo día de Tishrí casi enteramente en el cielo. De ahí que Yitró no pudiera estar presente en un proceso judicial suyo antes del undécimo día de Tishrí, el primer día tras el regreso de Moshé del cielo. Yitró advirtió entonces cómo Moshé se sentaba como un rey en su trono, mientras el pueblo, que traía sus pleitos ante él, permanecía de pie a su alrededor. Esto le desagradó tanto que dijo a su yerno: «¿Por qué te sientas tú solo, y todo el pueblo está de pie junto a ti desde la mañana hasta la tarde?». Moshé respondió: «Porque el pueblo viene a mí para consultar a Dios. No es en mi honor que están de pie, sino en honor de Dios, cuyo juicio quieren conocer. Cuando están en duda ante un caso de lo puro o lo impuro, o cuando hay una disputa entre dos partes que desean resolver exactamente conforme a la ley, o en conformidad con un compromiso, vienen a mí; y cuando las partes en litigio se apartan de mí, se separan como amigos y ya no como enemigos. Les expongo, además, las palabras de Dios y Sus decisiones».
El día en que Moshé retomó su tarea de juez, y Yitró tuvo por primera vez ocasión de observarlo, se presentó la multitud mixta con la queja de que ellos, como los demás israelitas, querían su parte del botín de los egipcios. El método de Moshé, que ahora veía en la práctica por primera vez, le pareció a Yitró de lo más absurdo, y por eso le dijo: «Lo que haces no es bueno» —suavizando por delicadeza lo que de veras pensaba, «Es malo», hasta convertirlo en «No es bueno»—. «El pueblo —continuó— acabará por reprochártelo a ti y a Aharón, a sus dos hijos Nadav y Avihú, y a los setenta ancianos, si sigues por este camino. Pero si ahora escuchas mi voz, te irá bien, con tal de que Dios apruebe mi plan. Y es este: que tú seas “el recipiente de las revelaciones de Dios”, y que expongas las revelaciones de Dios ante el pueblo cada vez que las recibas; de modo que entiendan tanto la exposición de la Torá como sus decisiones. Y les enseñarás cómo orar en las sinagogas, cómo cuidar a los enfermos, cómo enterrar a sus muertos, cómo prestarse mutuamente los servicios de la amistad, cómo practicar la justicia y cómo, en ciertos casos, no exigir la justicia estricta. Pero en cuanto a juzgar al pueblo, debes escoger, según tu clarividencia profética, hombres dotados de sabiduría, temor de Dios, modestia, odio a la codicia, amor a la verdad, amor a la humanidad y buen nombre, y estos consagrarán todo su tiempo a los juicios y al estudio de la Torá. Si Dios aprueba mi plan, entonces tú y Aharón, sus hijos y los setenta ancianos, y todo el pueblo, moraréis en paz».
Este consejo de Yitró halló mucho favor a los ojos de Moshé, pues él bien conocía las dificultades y los sinsabores contra los que había tenido que lidiar. El pueblo era muy pleiteante: estaba dispuesto a gastar setenta monedas de plata en costas judiciales con tal de ganar una sola moneda, y hacía cuanto podía por alargar sus litigios. Cuando uno veía que Moshé estaba a punto de fallar en su contra, pedía que se aplazara su causa, alegando que tenía testigos y otras pruebas que presentaría en la siguiente ocasión. Pero no solo eran litigiosos y pendencieros; eran también rencorosos, y descargaban su malhumor sobre Moshé. Si Moshé salía temprano, decían: «Miren al hijo de Amram, que madruga a la recogida del maná para llevarse los granos más grandes». Si salía tarde, decían: «Miren al hijo de Amram, que pasa entre la multitud para cosechar muestras de honra». Pero si tomaba un camino apartado del gentío, decían: «Miren al hijo de Amram, que nos hace imposible cumplir el sencillo mandamiento de honrar a un sabio». Entonces Moshé dijo: «Si hacía esto no estabais contentos, y si hacía aquello tampoco lo estabais. Ya no puedo llevaros yo solo. “HaShem, vuestro Dios, os ha multiplicado, y he aquí que sois hoy tan numerosos como las estrellas del cielo. Adonái, Dios de vuestros padres, os haga mil veces más numerosos de lo que sois, y os bendiga como os ha prometido”».
Los israelitas no se contentaron con esta bendición de Moshé, y le dijeron: «Oh Moshé, maestro nuestro, no queremos que tú nos bendigas; se nos han dado bendiciones mucho mayores. Dios le habló a nuestro padre Avraham: “Yo te bendeciré, y multiplicando multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar”, ¡y tú limitas nuestras bendiciones!». Moshé exclamó: «Yo no soy más que una criatura de carne y hueso, limitada en sus fuerzas; de ahí que mi bendición sea limitada. Yo os doy mi bendición, pero la bendición de Dios queda reservada para vosotros, y Él os bendecirá sin límite, y os multiplicará como los peces del mar y las arenas de la orilla, como las estrellas del cielo y las plantas de la tierra».
Después de haberles impartido su bendición, les pidió que propusieran hombres capaces y piadosos, para nombrarlos jueces y guías sobre ellos. Dijo: «Si un hombre se me presentara como candidato a este cargo de honor, yo solo no podría decidir a qué tribu pertenece ni de dónde viene; pero vosotros los conocéis, y por eso conviene que vosotros los propongáis. No penséis, sin embargo, que me creo obligado a atenerme a vuestra elección, pues depende únicamente de mí nombrarlos o no».
El pueblo estaba muy ansioso por llevar a cabo este plan de Moshé, y le pidió que resolviera el asunto lo antes posible. Pero su motivo era interesado, pues cada uno de ellos se decía: «Moshé va a nombrar ahora unos ochenta mil funcionarios. Si yo mismo no estoy entre ellos, seguro que lo estará mi hijo, y si no él, mi nieto, y con un regalo cualquiera será cosa fácil inducir a semejante juez a velar por mis intereses en el tribunal». Moshé, por supuesto, no se engañaba sobre sus verdaderos sentimientos; aun así, no les prestó más atención y escogió a los mejores hombres del pueblo, aunque no poseían ni con mucho todas las buenas cualidades que Yitró había juzgado esenciales para los jueces y guías del pueblo. Con palabras amables los invitó a asumir sus cargos, y dijo: «Dichosos vosotros, que sois hallados dignos de guiar a los hijos de Avraham, Yitsjak y Yaakov, a un pueblo al que Dios llamó Sus amigos, Sus hermanos, Su rebaño y otros títulos de amor». Les inculcó que debían tener mucha paciencia, y no impacientarse si una causa se les presentaba más de una vez. «Hasta ahora —dijo— os pertenecíais a vosotros mismos, pero de ahora en adelante pertenecéis al pueblo; pues juzgáis entre cada hombre y su hermano y su prójimo. Si habéis de nombrar jueces, hacedlo sin acepción de personas. No digáis: “Nombraré a ese hombre porque es apuesto o porque es fuerte, porque es pariente mío o porque domina lenguas”. Tales jueces declararán culpable al inocente e inocente al culpable, no por maldad, sino por ignorancia; y Dios os imputará el nombramiento de tales jueces como una perversión de la justicia, a causa de vuestra acepción de personas. Si un hombre rico y un hombre pobre comparecen ante vosotros en juicio, no digáis: “¿Por qué he de afrentar al rico por tan poca cosa? Mejor fallaré a su favor, y luego, fuera del tribunal, le diré que dé al pobre lo que reclama, pues está en su derecho”. Pero tampoco, por otra parte, si el pobre está en el error, digáis: “El rico tiene de todos modos la obligación de socorrer al pobre; fallaré ahora en favor del pobre, para que de manera decorosa pueda, sin mendigar, obtener dinero de su prójimo rico”. Ni digáis tampoco: “Temo dictar sentencia, no sea que ese hombre mate a mi hijo, queme mi granero o destruya mis plantas”, pues el juicio es de Dios».
Tras estas amonestaciones, Moshé instruyó a los nuevos jueces en el procedimiento legal, tanto en las causas civiles como en las penales, y al mismo tiempo exhortó al pueblo a no negar a los jueces la veneración que les es debida. Porque grande es la importancia de la justicia. Para quien la odia no hay remedio; pero el juez que decide a conciencia es el verdadero pacificador, para el bien de Israel, de la comunidad y, en verdad, de todas las criaturas vivientes.
Yitró recompensado
Aunque el nombramiento de los ancianos por parte de Moshé se llevó a cabo conforme al mandato de Dios, fue por consejo de Yitró que Moshé rogó a Dios aligerar su carga y permitirle transferir en parte la conducción del pueblo a otros. Por eso no ocultó el nombre de quien le había aconsejado, sino que lo anunció ante todo el pueblo y lo inmortalizó como tal en las Sagradas Escrituras; pues juzgaba loable reconocer debidamente los méritos ajenos. Formaba parte, sin embargo, del designio de Dios recompensar a Yitró por el amor que profesaba a la Torá; y por esta razón permitió que ocurriera que a Moshé le tuviera que llamar la atención sobre el plan de nombrar a los ancianos su propio suegro, para que las Sagradas Escrituras pudieran dedicar todo un capítulo al plan de Yitró.
Mas no es esta la única recompensa por la piedad de Yitró, quien, en su amor a la Torá, superó a todos los prosélitos. Un milagro ocurrió el primerísimo día de su llegada al campamento, pues en su honor descendió el maná a la hora del mediodía, la hora de su llegada; y además en tan gran cantidad como solía llover para las sesenta miríadas de israelitas. No tuvo que esforzarse por recogerlo, pues le llegaba hasta el cuerpo, de modo que solo le quedaba llevarse la mano a la boca para comerlo. Con todo, Yitró no permaneció con Moshé, sino que regresó a su tierra natal. Moshé, por supuesto, trató de persuadir a su suegro de que se quedara. Le dijo: «No pienses que seguiremos avanzando así de despacio por el desierto; no, ahora marcharemos directamente a la tierra prometida». Solo para instar a Yitró a quedarse más tiempo con ellos empleó Moshé las palabras «marcharemos», de modo que su suegro creyera que también Moshé entraría en la tierra prometida, pues de otro modo difícilmente se habría dejado persuadir de unirse a la marcha hacia la Tierra de Israel. Moshé continuó: «No quiero engañarte, así que te diré que la tierra se repartirá solo entre las doce tribus, y que tú no tienes derecho a posesión de tierras; pero Dios nos ordenó ser bondadosos con los prosélitos, y contigo seremos más bondadosos que con todos los demás prosélitos». Yitró, sin embargo, no se dejó persuadir por su yerno, pues se consideraba obligado por deber a regresar a su tierra natal. Porque los habitantes de su ciudad tenían desde hacía muchos años la costumbre de confiarle la custodia de sus objetos de valor, ya que nadie gozaba de su confianza en tal medida como él. Si se hubiera quedado más tiempo con Moshé, la gente habría dicho que se había fugado con todas esas cosas y había huido junto a Moshé para repartirlas con él, y eso habría sido una mancha en su buen nombre y en el de Moshé. Yitró, además, había contraído muchas deudas durante el año en que vino a Moshé, pues, a causa del granizo que Dios había enviado sobre Mitsraim antes del éxodo de Israel, había surgido también en la tierra de Yitró una gran hambruna, y él se había visto obligado a prestar dinero para el sustento de los pobres. Si no regresara ahora a su hogar, la gente diría que había huido para eludir a sus acreedores, y semejantes habladurías sobre un hombre piadoso habrían sido una profanación del Nombre Divino. Así que le dijo a Moshé: «Hay quienes tienen una patria, pero no propiedades en ella; hay también dueños de propiedades que no tienen familia; pero yo tengo una patria, y tengo en ella propiedades tanto como familia; de ahí que desee regresar a mi patria, a mis propiedades y a mi familia». Pero Moshé no cedía tan pronto, y le dijo a su suegro: «Si no nos acompañas por tu voluntad, te lo ordenaré, para que los israelitas no digan que te convertiste a nuestra religión solo con la esperanza de recibir una parte en la tierra prometida, y que regresaste a tu hogar cuando descubriste que los prosélitos no tienen derecho a propiedad en la Tierra Santa. Con tu negativa a marchar con nosotros, darás a los paganos ocasión de decir que los judíos no aceptan prosélitos, ya que ni siquiera aceptaron al suegro de su propio rey, sino que lo dejaron regresar a su tierra. Tu negativa dañará la gloria de Dios, pues los paganos se apartarán de la fe verdadera. Pero si peregrinas con nosotros, te aseguro que tu descendencia compartirá con nosotros el Templo, la Torá y la recompensa futura de los piadosos. ¿Cómo puedes, además, tú que has visto todos los milagros que Dios obró por nosotros durante la marcha por el desierto, tú que fuiste testigo de cómo hasta los egipcios llegaron a tomarnos cariño, cómo puedes ahora apartarte de nosotros? Motivo suficiente tienes para quedarte con nosotros: oficiar como miembro del Sanhedrín y enseñar la Torá. Nosotros, por nuestra parte, queremos retenerte solo para que en los casos difíciles ilumines nuestros ojos; pues tú fuiste el hombre que nos dio un consejo bueno y justo, al que el propio Dios no pudo negar Su asentimiento». Yitró respondió: «Una vela puede brillar en la oscuridad, pero no cuando resplandecen el sol y la luna; ¿de qué serviría la luz de mi vela? Mejor, pues, regreso a mi ciudad natal, para hacer prosélitos de sus habitantes, instruirlos en la Torá y conducirlos bajo las alas de la Shejiná». Entre grandes muestras de honor, y provisto de ricos regalos, Yitró regresó a su hogar, donde convirtió a sus parientes y a sus compatriotas a la creencia en el Dios verdadero, tal como había pretendido.
Los descendientes de Yitró se establecieron más tarde en la Tierra de Israel, donde la fértil tierra de Yerijó les fue asignada como morada. Tras la conquista de la Tierra de Israel, las tribus, de común acuerdo, convinieron en que la fértil franja de tierra de Yerijó recayera en la parte de la tribu en cuyo territorio se erigiera el Templo. Pero como su erección se postergó largo tiempo, acordaron adjudicar este pedazo de tierra a los hijos de Yitró, porque ellos, por ser prosélitos, no tenían otra posesión en la Tierra Santa. Cuatrocientos ochenta años moraron los descendientes de Yitró en Yerijó, hasta que, al erigirse el Templo en Yerushaláyim, se la cedieron a la tribu de Yehudá, que la reclamó como indemnización por el emplazamiento del Templo.
Los descendientes de Yitró heredaron su devoción por la Torá, consagrando, como él, sus vidas por entero a su estudio. Mientras vivió Yehoshúa, se sentaron a los pies de este maestro, pero cuando murió, dijeron: «Dejamos nuestra patria y vinimos aquí solo por el bien del estudio de la Torá; si ahora fuéramos a pasar el tiempo cultivando la tierra, ¿cuándo estudiaríamos la Torá?». Por eso abandonaron su morada en Yerijó y se trasladaron al frío y árido desierto, donde estaba Yabets, que allí tenía su casa de estudio. Pero cuando allí contemplaron a los sacerdotes, a los leviim y a los más nobles de los judíos, dijeron: «¿Cómo podemos nosotros, prosélitos, atrevernos a sentarnos junto a estos?». En lugar de sentarse dentro de la casa de estudio, permanecían a su entrada, donde escuchaban las lecciones, y de este modo hacían nuevos progresos en el estudio de la Torá. Fueron recompensados por su piedad: su oración fue escuchada por Dios, y sus buenas obras sirvieron de protección a Israel; y a causa de sus acciones piadosas fueron llamados «las familias de los escribas», los tirateos, los shimateos y los sucateos, nombres que designaban su piedad y su devoción por la Torá.
Uno de los descendientes de Yitró fue Yonadav, hijo de Rejav, quien, al oír de boca de un profeta que Dios destruiría el Templo, ordenó a todos sus hijos, en señal de duelo, no beber vino, no usar aceite para ungirse, no cortarse el cabello ni morar en casas. Los rejabitas obedecieron este mandato de su antepasado, y como recompensa por ello Dios hizo con ellos un pacto de que sus descendientes serían siempre miembros del Sanhedrín y maestros de Israel. El pacto con los rejabitas fue aún más firme que el pacto con David, pues a la casa de este último Dios prometió guardar el pacto solo si sus descendientes eran piadosos, mientras que con los rejabitas hizo un pacto incondicional. Dios los recompensó así por su devoción hacia Él, aunque no pertenecían a la nación judía. De aquí se puede colegir cuán grande habría sido su recompensa si hubieran sido israelitas.
El tiempo está cerca
Moshé envió de vuelta a su hogar a su suegro Yitró poco antes de la revelación en el monte Sinaí. Pensó: «Cuando Dios nos dio un solo mandamiento de la Torá en Mitsraim, el de Pésaj, dijo: “Ningún extraño comerá de él”. Sin duda Yitró no debe estar presente cuando Dios nos otorgue toda la Torá». Moshé tenía razón: Dios no quería que Yitró estuviera presente en la revelación. Dijo: «Israel estaba en Mitsraim, obligado a trabajar con barro y ladrillos, al mismo tiempo que Yitró se hallaba sentado en su casa en paz y sosiego. Quien sufre con la comunidad compartirá sus alegrías futuras, pero quien no comparte los sufrimientos de la comunidad no tomará parte en su regocijo».
Dios no solo tenía buenos motivos para demorar la entrega de la Torá hasta después de la partida de Yitró, sino que también el momento que eligió para otorgarla fue escogido por una buena razón. Así como una prosélita, o una mujer liberada del cautiverio, o una esclava emancipada, no puede contraer matrimonio antes de haber vivido tres meses como judía libre, así también Dios esperó tres meses tras la liberación de Israel de la servidumbre y la esclavitud de Mitsraim, antes de Su unión con Israel en el monte Sinaí. Dios trató además a Su novia como aquel rey que solo acudió a la ceremonia de bodas después de haber colmado de muchos regalos a la novia que había escogido. Así, Israel recibió primero el maná, el pozo y las codornices, y solo entonces se le concedió la Torá. Moshé, que había recibido esta promesa cuando Dios se le apareció por primera vez —a saber, «Cuando hayas sacado al pueblo de Mitsraim, serviréis a Dios sobre este monte»—, aguardaba con el mayor anhelo el tiempo prometido, diciendo: «¿Cuándo llegará ese tiempo?». Cuando el tiempo se acercó, Dios dijo a Moshé: «Está cerca el tiempo en que haré surgir algo enteramente nuevo».
Este nuevo milagro del que habló Dios era la curación de todos los enfermos entre los judíos. Dios había querido dar la Torá a los judíos inmediatamente después del éxodo de Mitsraim, pero entre ellos se hallaban muchos que eran cojos, tullidos o sordos; por lo cual Dios dijo: «La Torá está sin defecto, de ahí que no la otorgue a una nación que cuenta entre los suyos con quienes están agobiados de tachas. Ni quiero esperar hasta que sus hijos hayan llegado a la adultez, pues no deseo demorar más el deleite de la Torá». Por estas razones no le quedó otra cosa que hacer sino sanar a los aquejados de enfermedad. En el tiempo transcurrido entre el éxodo de Mitsraim y la revelación en el monte Sinaí, todos los ciegos de entre los israelitas recobraron la vista, todos los tullidos quedaron sanos, para que la Torá pudiera darse a un pueblo entero y saludable. Dios obró para aquella generación el mismo milagro que traerá en lo por venir en el mundo futuro, cuando «los ojos de los ciegos se abrirán, los oídos de los sordos se destaparán, el cojo saltará como un ciervo, y la lengua de los mudos cantará». No solo físicamente estaba esta generación libre de defectos, sino que también espiritualmente se hallaba en un plano elevado, y fueron los méritos combinados de semejante pueblo los que lo hicieron digno de su alta vocación. Nunca antes ni después vivió una generación tan digna como esta de recibir la Torá. De haber faltado uno solo, Dios no les habría dado la Torá: «pues Él reserva sabiduría para los rectos; es escudo para los que caminan con integridad».
Por otra razón más demoró Dios la revelación de la Torá. Había tenido la intención de darles la Torá inmediatamente después de su éxodo de Mitsraim, pero al comienzo de la marcha por el desierto reinaba entre ellos gran discordia. Ni se restableció la concordia hasta la luna nueva del tercer mes, cuando llegaron al monte Sinaí; con lo cual Dios dijo: «Los caminos de la Torá son caminos de deleite, y todas sus sendas son sendas de paz; concederé la Torá a una nación que mora en paz y armonía». Esta decisión de Dios, de darles ahora la Torá, muestra también cuán poderoso es el influjo de la teshuvá. Pues habían sido pecadores a su llegada al monte Sinaí, y seguían tentando a Dios y dudando de Su omnipotencia. Al cabo de poco tiempo, sin embargo, cambiaron de espíritu; y apenas se hubieron enmendado, Dios los halló dignos de revelarles la Torá.
Se eligió el tercer mes para la revelación, porque todo lo que está estrechamente ligado a la Torá y a Israel es triple en número. La Torá consta de tres partes: el Pentateuco, los Profetas y los Hagiógrafos; de igual modo la ley oral consta de midrash, halajá y agadá. Las comunicaciones entre Dios e Israel se llevaron a cabo por medio de tres: Moshé, Aharón y Miriam. También Israel se divide en tres estamentos: sacerdotes, leviim y laicos; y son, además, los descendientes de los tres Patriarcas, Avraham, Yitsjak y Yaakov. Pues Dios tiene predilección por «el tercero»: fue el tercero de los hijos de Adam, Shet, quien llegó a ser el antepasado de la humanidad, y así también fue el tercero de los hijos de Nóaj, Shem, quien alcanzó alta posición. También entre los reyes judíos fue el tercero, Shlomo, a quien Dios distinguió por encima de todos los demás. El número tres desempeña un papel especialmente importante en la vida de Moshé. Pertenecía a la tribu de Leví, que no solo es la tercera de las tribus, sino que tiene un nombre compuesto de tres letras. Él mismo era el tercero de los hijos de la familia; su propio nombre consta de tres letras; en su infancia había sido ocultado por su madre a lo largo de tres meses; y en el tercer mes del año, tras una preparación de tres días, recibió la Torá en un monte cuyo nombre consta de tres letras.
Los gentiles rechazan la Torá
El monte en el que Dios hizo Su revelación lleva seis nombres: se llama el Desierto de Sin, porque allí anunció Dios Sus mandamientos; se llama el Desierto de Kadesh, porque allí fue santificado Israel; el Desierto de Kadmut, porque allí se reveló la Torá preexistente; el Desierto de Parán, porque allí Israel se multiplicó grandemente; el Desierto de Sinaí, porque allí comenzó el aborrecimiento de Dios contra los paganos, por la razón de que no quisieron aceptar la Torá; y por esta misma razón se llama Jorev, porque allí decretó Dios la aniquilación de los paganos. Pues la ira de Dios contra los paganos data de su negativa a aceptar la Torá que se les ofreció.
Antes de que Dios diera la Torá a Israel, se acercó a cada tribu y nación, y les ofreció la Torá, para que en adelante no tuvieran excusa para decir: «Si Hakadosh Baruj Hu hubiera querido darnos la Torá, la habríamos aceptado». Fue a los hijos de Esav y dijo: «¿Aceptaréis la Torá?». Ellos le respondieron, diciendo: «¿Qué hay escrito en ella?». Él les respondió: «No matarás». Entonces todos dijeron: «¿Acaso quieres quitarnos la bendición con que fue bendecido nuestro padre Esav? Pues fue bendecido con las palabras: “De tu espada vivirás”. No queremos aceptar la Torá». Acto seguido fue a los hijos de Lot y les dijo: «¿Aceptaréis la Torá?». Dijeron: «¿Qué hay escrito en ella?». Él respondió: «No cometerás lascivia». Dijeron: «De la lascivia venimos; no queremos aceptar la Torá». Entonces fue a los hijos de Yishmael y les dijo: «¿Queréis aceptar la Torá?». Le dijeron: «¿Qué hay escrito en ella?». Él respondió: «No robarás». Dijeron: «¿Quieres quitarnos la bendición con que fue bendecido nuestro padre? Dios le prometió: “Su mano será contra todo hombre”. No queremos aceptar Tu Torá». De allí fue a todas las demás naciones, que igualmente rechazaron la Torá, diciendo: «No podemos renunciar a la ley de nuestros padres; no queremos Tu Torá, dásela a Tu pueblo Israel». Ante esto llegó a Israel y les habló: «¿Aceptaréis la Torá?». Le dijeron: «¿Qué hay escrito en ella?». Él respondió: «Seiscientos trece mandamientos». Dijeron: «Todo lo que Adonái ha dicho haremos y obedeceremos». «¡Oh Señor del mundo! —continuaron—, obramos conforme a Tus mandamientos antes de que se nos revelaran. Yaakov cumplió el primero de los Diez Mandamientos al mandar a sus hijos apartar los dioses ajenos que había entre ellos. Avraham obedeció el mandamiento de no tomar en vano el nombre de Adonái, pues dijo: “He alzado mi mano a Adonái, el Dios Altísimo”. Yosef cumplió el mandamiento de recordar el Shabat y santificarlo; y cuando sus hermanos vinieron a él, tuvo todo dispuesto para su recibimiento el viernes. Yitsjak observó la ley de honrar a su padre y a su madre, cuando permitió que Avraham lo atara sobre el altar como sacrificio. Yehudá observó el mandamiento de no matar cuando dijo a sus hermanos: “¿Qué provecho hay en que matemos a nuestro hermano y encubramos su sangre?”. Yosef observó la ley: “No cometerás adulterio”, cuando repelió el deseo de la esposa de Potifar. Los demás hijos de Yaakov observaron el mandamiento: “No robarás”, diciendo: “¿Cómo, pues, habríamos de robar de la casa de tu señor plata y oro?”. Avraham observó el mandamiento: “No darás falso testimonio”, pues fue un testigo veraz, y dio testimonio ante todo el mundo de que Tú eres el Señor de toda la creación. Fue Avraham, también, quien observó el último de los Diez Mandamientos: “No codiciarás”, diciendo: “No tomaré ni un hilo ni la correa de un calzado”».
La contienda de los montes
Mientras las naciones y los pueblos rehusaban aceptar la Torá, los montes entre sí pugnaban por el honor de ser elegidos como el lugar de la revelación. Uno decía: «Sobre mí reposará la Shejiná de Dios, y mía será esta gloria», a lo que otro monte replicaba: «Sobre mí reposará la Shejiná, y mía será esta gloria». El monte Tabor le dijo al monte Hermón: «Sobre mí reposará la Shejiná, mía será esta gloria, pues en tiempos antiguos, cuando en los días de Nóaj vino el diluvio sobre la tierra, todos los montes que hay bajo los cielos quedaron cubiertos de agua, mientras que a mí no me alcanzó la cabeza, ni siquiera el hombro. Toda la tierra quedó sumergida bajo las aguas, pero yo, el más alto de los montes, me erguía muy por encima de ellas; de ahí que esté llamado a portar la Shejiná». El monte Hermón le respondió al monte Tabor: «Sobre mí reposará la Shejiná, yo soy el destinado, pues cuando Israel quiso pasar por el mar de los Juncos, fui yo quien se lo permití, ya que me asenté entre las dos orillas del mar, y pasaron de un lado a otro con mi ayuda, de modo que ni siquiera sus ropas se mojaron». El monte Carmel guardaba completo silencio, pero se asentó a la orilla del mar, pensando: «Si la Shejiná ha de reposar sobre el mar, reposará sobre mí, y si ha de reposar sobre tierra firme, reposará sobre mí». Entonces una voz salió de las alturas de los cielos y dijo: «La Shejiná no reposará sobre estos altos montes que tan soberbios son, pues no es voluntad de Dios que la Shejiná repose sobre altos montes que riñen entre sí y se miran unos a otros con desdén. Él prefiere los montes bajos, y a Sinaí entre estos, porque es el más pequeño e insignificante de todos. Sobre él dejará reposar la Shejiná». Los demás montes dijeron entonces a Dios: «¿Es posible que seas parcial, y no nos des recompensa alguna por nuestra buena intención?». Dios respondió: «Porque habéis pugnado en Mi honor, os recompensaré. Sobre el Tabor prestaré ayuda a Israel en tiempos de Devorá, y sobre el Carmel prestaré ayuda a Eliyahu».
Al monte Sinaí se le dio la preferencia no solo por su humildad, sino también porque sobre él no había habido adoración de ídolos; en cambio los demás montes, a causa de su altura, habían sido empleados como santuarios por los idólatras. El monte Sinaí tiene, además, otro significado, pues había sido en su origen una parte del monte Moriá, sobre el cual Yitsjak había de ser sacrificado; pero Sinaí se separó de él y vino al desierto. Entonces Dios dijo: «Porque su padre Yitsjak yació sobre este monte, atado como sacrificio, es propio que sobre él reciban sus hijos la Torá». Por eso escogió ahora Dios este monte para una breve estancia durante la revelación, pues después de haberse otorgado la Torá se retiró de nuevo al cielo. En el mundo futuro, Sinaí volverá a su lugar original, el monte Moriá, cuando «el monte de la casa de Adonái será establecido en la cumbre de los montes, y será exaltado por encima de las colinas».
Así como Sinaí fue escogido como lugar de la revelación por su humildad, así también lo fue Moshé. Cuando Dios le dijo a Moshé: «Ve, libera a Israel», él, en su gran humildad, dijo: «¿Quién soy yo para ir al Paró y sacar a los hijos de Israel de Mitsraim? Los hay más nobles y más ricos que yo». Pero Dios respondió: «Tú eres un gran hombre; a ti te he escogido de entre todo Israel. De ti dirá el profeta del futuro: “He puesto socorro sobre uno que es poderoso; he ensalzado a uno escogido de entre el pueblo”». Moshé, en su humildad, sin embargo, aún se mantenía apartado y no aceptaba el cargo que se le ofrecía, hasta que Dios le dijo: «¿Por qué te mantienes apartado? Si no son liberados por ti, por ningún otro serán liberados». Asimismo, cuando por mandato de Dios Moshé hubo erigido el Mishkán, no entró en él, por su gran humildad, hasta que Dios le dijo: «¿Por qué te quedas fuera? Digno eres de servirme».
La Torá ofrecida a Israel
El segundo día del tercer mes, Moshé recibió de Dios la orden de encaminarse al monte Sinaí, pues sin esta convocatoria directa no habría ido allí. Esta vez, como todas las veces en que Dios deseaba hablar con Moshé, lo llamó dos veces por su nombre, y después de que él hubo respondido «Aquí estoy», siguió la revelación de Dios. Cuando Moshé fue llevado hasta Dios en una nube —que siempre estaba dispuesta a portarlo hacia Dios y a devolverlo luego a los hombres—, Dios le dijo: «Ve y da a conocer a las mujeres de Israel los principios del judaísmo, y trata con palabras amables de persuadirlas a aceptar la Torá; pero a los hombres exponles el contenido íntegro de la Torá, y háblales de ella con palabras solemnes».
Hubo varias razones para que fuera primero a las mujeres. Dios dijo: «Cuando creé el mundo, di Mi mandamiento acerca del fruto prohibido solo a Adam, y no a su esposa Javá, y esta omisión tuvo por efecto que ella tentara a Adam a pecar. De ahí que parezca aconsejable que las mujeres oigan primero Mis mandamientos, y los hombres seguirán luego su consejo». Dios, además, sabía que las mujeres son más escrupulosas en la observancia de los preceptos religiosos, y por eso se dirigió primero a ellas. Y también esperaba Dios que las mujeres instruyeran a sus hijos en los caminos de la Torá, por lo cual les envió primero a ellas Su mensajero.
Las palabras que Moshé había de dirigir tanto a las mujeres como a los hombres, tanto al Sanhedrín como al pueblo, eran estas: «Vosotros mismos habéis visto —pues no es por escritos, ni por tradición, ni de boca de otros que lo aprendéis— lo que hice por vosotros en Mitsraim; pues aunque eran idólatras, homicidas y hombres de vida lasciva, aun así no los castigué por estos pecados, sino solo por el agravio que os hicieron a vosotros. Mas a vosotros os llevaré sobre alas de águila, el día de la revelación en Sinaí, y a vosotros os traeré a Mí cuando se erija el Templo. Puesto que he obrado para vosotros tantos milagros, aun antes de que hubierais recibido la Torá y observado las leyes, ¡cuántos más milagros obraré para vosotros cuando hayáis recibido la Torá y observado las leyes! El comienzo de todas las cosas es difícil, pero tan pronto como os hayáis acostumbrado a la obediencia, todo lo demás os será fácil. Si observáis ahora el pacto de Avraham, el Shabat y el mandamiento contra la idolatría, entonces seréis Mi posesión; pues aunque todo Me pertenece, Israel será Mi posesión especial, porque los saqué de Mitsraim y los liberé de la servidumbre. Con respecto a Israel, Dios es como quien recibe muchos campos en herencia, pero uno lo compró él mismo, y el que ganó por sí mismo era el más querido a su corazón. Yo reinaré solo sobre vosotros, como posesión Mía, Yo y ningún otro, mientras os mantengáis apartados de otros pueblos. De lo contrario, otros pueblos reinarán sobre vosotros. Pero si Me obedecéis, seréis una nación no solo libre de cuitas, sino también una nación de sacerdotes, y una nación santa».
Si Israel no hubiera pecado con la adoración del Becerro de Oro, no habría entre ellos casta de sacerdotes; la nación habría sido una nación de sacerdotes, y fue solo tras su pecado cuando la mayor parte del pueblo perdió el derecho al sacerdocio.
Dios instruyó ahora a Moshé para que transmitiera al pueblo Sus palabras sin añadir ni quitar nada de ellas, en el orden preciso y en la misma lengua, el hebreo. Moshé se encaminó acto seguido hacia el pueblo para entregar su mensaje, sin ver antes a su familia. Dirigió primero la palabra de Dios a los ancianos, pues nunca olvidó el honor debido a los ancianos. Luego, en forma sencilla y bien ordenada, la repitió a todo el pueblo, incluidas las mujeres. Con júbilo y por su propio impulso, cada israelita se declaró dispuesto a aceptar la Torá, con lo cual Moshé regresó a Dios para informarle de la decisión del pueblo. Pues aunque Dios, siendo omnisciente, no tenía necesidad de oír de Moshé la respuesta del pueblo, aun así la corrección exige que quien es enviado con un mensaje regrese a rendir cuenta de su éxito a quien lo envió. Dios dijo entonces a Moshé: «Vendré a ti en una nube espesa y te repetiré los mandamientos que te di en Mará, para que lo que les digas les parezca al pueblo tan importante como lo que oyen de Mí. Mas no solo en ti tendrán fe, sino también en los profetas y sabios que vendrán después de ti».
Moshé regresó entonces al pueblo una vez más, y les explicó los graves efectos que el desacato de la ley tendría sobre ellos. La primera vez que les habló de la Torá, les expuso sus excelencias, para inducirlos a aceptarla; pero ahora les habló de los terribles castigos que atraerían sobre sí mismos si no observaban las leyes. El pueblo, sin embargo, no alteró su resolución, sino que rebosaba de alegría en la expectativa de recibir la Torá. Solo deseaban que Moshé expresara ante Dios su anhelo de oírlo impartir Sus palabras directamente a ellos, así que le dijeron a Moshé: «Queremos oír las palabras de nuestro Rey de Él mismo». Ni siquiera con esto se contentaron, sino que quisieron ver la presencia Divina, pues «oír no es como ver». Dios concedió ambos deseos, y ordenó a Moshé que les dijera que se prepararan durante los dos días siguientes para recibir la Torá.
Israel se prepara para la revelación
Así como quien ha de ser admitido en el judaísmo debe someterse primero a las tres ceremonias de la circuncisión, la inmersión y el sacrificio, así Israel no recibió la Torá hasta haber cumplido estas tres ceremonias. Ya se habían sometido a la circuncisión en Mitsraim. La inmersión les fue impuesta dos días antes de la revelación en el monte Sinaí. El día anterior a la revelación, Moshé consignó en un libro el pacto entre Israel y su Dios, y en la mañana del día de la revelación se ofrecieron sacrificios como afianzamiento del pacto.
Como no había sacerdotes en aquel tiempo, el servicio lo realizaron los ancianos de Israel, quienes, a pesar de su edad, cumplieron su deber con vigor juvenil. Moshé erigió un altar en el monte Sinaí, así como doce columnas conmemorativas, una por cada tribu, y luego les mandó traer toros, como holocausto y como ofrenda de paz. La sangre de estos animales fue entonces separada exactamente en dos mitades. De ello se ocupó el ángel Mijael, que guio la mano de Moshé, y así llevó a cabo la separación de la sangre de modo que no hubiera ni una gota más en una mitad que en la otra. Dios dijo entonces a Moshé: «Rocía la una mitad de la sangre sobre el pueblo, como señal de que no trocarán Mi gloria por los ídolos de otros pueblos; y rocía la otra mitad sobre el altar, como señal de que Yo no los cambiaré por ninguna otra nación». Moshé hizo como se le ordenó, y ¡he aquí que ocurrió el milagro de que la sangre de unos pocos animales bastó para rociar a cada israelita, uno por uno!
Antes de que se sellara esta alianza entre Dios e Israel, Moshé leyó en voz alta al pueblo toda la Torá, para que supieran con exactitud qué tomaban sobre sí. Esta alianza se selló una segunda vez en el desierto de Moav, por Moshé, y una tercera vez por Yehoshúa, tras la entrada en la tierra prometida, sobre los montes Guerizim y Eval.
Aunque el pueblo había expresado ya con claridad su deseo de recibir la Torá, aun así Dios vaciló en dársela, y dijo: «¿Os la voy a entregar sin más? No: traedme fiadores de que la observaréis, y os daré la Torá». Israel: «¡Amo del mundo! Nuestros padres son fiadores por nosotros». Dios: «Vuestros padres son deudores míos, y por eso no son buenos fiadores. Avraham dijo: “¿En qué he de saberlo?”, y así demostró que le faltaba fe. Yitsjak amó a Esav, a quien yo aborrecía, y Yaakov, al volver de Padán-Aram, no cumplió enseguida el voto que había hecho al partir. Traedme buenos fiadores y os daré la Torá». Israel: «Nuestros profetas serán nuestros fiadores». Dios: «Tengo reclamos contra ellos, pues “como zorras en los desiertos fueron vuestros profetas”. Traedme buenos fiadores y os daré la Torá». Israel: «Te daremos a nuestros hijos como fiadores». Dios: «Bien, estos sí son buenos fiadores; por su fianza os daré la Torá». Entonces los israelitas trajeron a sus mujeres con sus bebés al pecho, y a sus mujeres encintas, y Dios hizo los cuerpos de las embarazadas transparentes como el vidrio, y se dirigió a los niños en el seno con estas palabras: «Mirad, voy a dar la Torá a vuestros padres. ¿Seréis vosotros garantía de que la observarán?». Ellos respondieron: «Sí». Y añadió: «Yo soy vuestro Dios». Respondieron: «Sí». «No tendréis otros dioses». Dijeron: «No». De este modo los niños en el seno respondieron a cada mandamiento con un «Sí», y a cada prohibición con un «No». Y como fue por la fianza de los pequeños que Dios dio la Torá a su pueblo, sucede que muchos niños pequeños mueren cuando Israel no observa la Torá.
La revelación en el monte Sinaí
Desde el primer día del tercer mes —el día en que Israel llegó al monte Sinaí— una nube densa se posó sobre ellos, y a todos, salvo a Moshé, se les prohibió subir al monte; más aún, no se atrevían siquiera a permanecer cerca de él, no fuera que Dios hiriera con granizo o flechas de fuego a quienes se adelantaran. El día de la revelación se anunció como un día temible ya desde la mañana, pues diversos estruendos brotaban del monte Sinaí. Relámpagos, acompañados de un clamor de cuernos que crecía sin cesar, sacudieron al pueblo con enorme temor y temblor. Dios inclinó los cielos, conmovió la tierra y estremeció los confines del mundo, de modo que los abismos temblaron y los cielos se atemorizaron. Su esplendor pasó por los cuatro portales del fuego, el terremoto, la tormenta y el granizo. Los reyes de la tierra temblaron en sus palacios, y todos acudieron al malvado Bilam, y le preguntaron si Dios les destinaba la misma suerte que a la generación del diluvio. Pero Bilam les dijo: «¡Necios! Hakadosh Baruj Hu prometió hace mucho a Nóaj no volver a castigar el mundo con un diluvio». Con todo, los reyes de los gentiles no se calmaron, y añadieron: «Dios ha prometido, sí, no traer otra vez un diluvio sobre el mundo, pero acaso ahora se proponga destruirlo por medio del fuego». Bilam dijo: «No, Dios no destruirá el mundo ni por fuego ni por agua. Toda esta conmoción de la naturaleza se debe únicamente a esto: a que está por otorgar la Torá a su pueblo. “Adonái dará fortaleza a su pueblo”». Al oírlo, todos los reyes exclamaron: «¡Bendiga Adonái a su pueblo con la paz!», y cada uno, sosegado en su espíritu, se fue a su casa.
Así como los habitantes de la tierra se alarmaron ante la revelación y creyeron que había llegado el fin de los tiempos, también se alarmó la tierra. Pensó que iba a tener lugar la resurrección de los muertos, y que ella tendría que rendir cuentas de la sangre de los caídos que había absorbido, y de los cuerpos de los asesinados que había cubierto. La tierra no se apaciguó hasta que oyó las primeras palabras del Decálogo.
Aunque desde la mañana ya se percibían fenómenos en el monte Sinaí, Dios no se reveló al pueblo hasta el mediodía. Pues, por lo breve de las noches de verano y lo grato del sueño matinal en esa estación, el pueblo aún dormía cuando Dios descendió sobre el monte Sinaí. Moshé fue al campamento y los despertó con estas palabras: «Levantaos de vuestro sueño, que el novio está cerca y espera para llevar a su novia bajo el palio nupcial». Moshé, al frente de la procesión, condujo entonces a la nación hacia su novio, Dios, al Sinaí, y él mismo subió al monte. Dijo a Dios: «Anuncia tus palabras, tus hijos están prontos a obedecerlas». Estas palabras de Moshé resonaron cerca y lejos, pues en aquella ocasión su voz, cuando repetía al pueblo las palabras de Dios, tenía tanta fuerza como la voz divina que él oía.
No fue del todo por su libre voluntad que Israel se declaró dispuesto a recibir la Torá, pues cuando toda la nación —en dos divisiones, hombres y mujeres— se acercó al Sinaí, Dios levantó el monte y lo sostuvo sobre las cabezas del pueblo como un cesto, diciéndoles: «Si aceptáis la Torá, bien está; de lo contrario, hallaréis vuestra tumba bajo este monte». Todos rompieron en llanto y derramaron su corazón con contrición ante Dios, y luego dijeron: «Todo lo que Adonái ha dicho, lo haremos y obedeceremos». Apenas hubieron pronunciado estas palabras de sumisión a Dios, descendieron ciento veinte miríadas de ángeles, y proveyeron a cada israelita de una corona y un cinturón de gloria —dones divinos que no perdieron hasta que adoraron el Becerro de Oro, cuando los ángeles vinieron y les quitaron los dones—. Al mismo tiempo que estas coronas y cinturones de gloria, un resplandor celestial se derramó sobre sus rostros, pero también esto lo perdieron después por sus pecados. Solo Moshé lo conservó, y su rostro brillaba con tal fulgor que, si aun hoy se abriera una grieta en su tumba, la luz que emana de su cuerpo sería tan poderosa que no podría sino destruir el mundo entero.
Después de que Dios hubo otorgado a Israel estos dones maravillosos, quiso proceder al anuncio de la Torá, pero no deseaba hacerlo mientras Moshé estaba con Él, para que el pueblo no dijera que había sido Moshé quien había hablado desde la nube. Buscó, pues, un pretexto para librarse de él. Por eso dijo a Moshé: «Baja, advierte al pueblo que no se adelante para mirar, pues si aun uno solo de ellos pereciera, la pérdida sería para Mí tan grande como si toda la creación hubiese sido destruida. Advierte también a Nadav y a Avihú, y a los primogénitos que han de cumplir funciones sacerdotales, que se guarden de adelantarse». Moshé, sin embargo, deseoso de permanecer con Dios, respondió: «Ya he advertido al pueblo y he fijado los límites que no pueden traspasar». Dios entonces dijo a Moshé: «Ve, desciende y llama a Aharón para que suba contigo, pero que se quede detrás de ti, mientras el pueblo no rebase las posiciones que le has asignado». Apenas hubo dejado Moshé el monte, Dios reveló la Torá al pueblo.
Esta fue la sexta revelación de Dios sobre la tierra desde la creación del mundo. La décima y última tendrá lugar en el Día del Juicio.
Los cielos se abrieron y el monte Sinaí, desprendido de la tierra, se elevó por el aire, de modo que su cima se alzaba hasta los cielos, mientras una nube espesa cubría sus laderas y tocaba los pies del Trono divino. Acompañando a Dios por un lado, aparecieron veintidós mil ángeles con coronas para los leviim, la única tribu que se mantuvo fiel a Dios mientras el resto adoraba el Becerro de Oro. Por el segundo lado había sesenta miríadas, tres mil quinientos cincuenta ángeles, cada uno portando una corona de fuego para cada israelita en particular. El doble de este número de ángeles había por el tercer lado, mientras que por el cuarto eran sencillamente innumerables. Pues Dios no apareció desde una sola dirección, sino desde las cuatro a la vez, lo cual, sin embargo, no impedía que su gloria llenara tanto el cielo como toda la tierra. A pesar de estas huestes innumerables de ángeles, no hubo apretura en el monte Sinaí, ni gentío: había sitio para todos los ángeles que habían aparecido en honor de Israel y de la Torá. Habían recibido, no obstante, al mismo tiempo la orden de destruir a Israel en caso de que pretendiera rechazar la Torá.
El primer mandamiento
La primera palabra de Dios en el Sinaí fue Anoji, «Yo soy». No era una palabra hebrea, sino una palabra egipcia lo que Israel oyó primero de Dios. Los trató como aquel rey a su hijo que regresa a casa, a quien, al volver de una larga estancia allende el mar, se dirige en la lengua que el hijo había adquirido en tierra extranjera. Así se dirigió Dios a Israel en egipcio, porque era la lengua que hablaban. Y a la vez reconoció Israel en esta palabra «Anoji» que era Dios quien les hablaba. Pues cuando Yaakov había reunido a sus hijos en torno a su lecho de muerte, les advirtió que fueran conscientes de la gloria de Dios, y les confió los secretos que Dios habría de revelarles más adelante con la palabra «Anoji». Dijo: «Con la palabra “Anoji” se dirigió a mi abuelo Avraham; con la palabra “Anoji” se dirigió a mi padre Yitsjak, y con la palabra “Anoji” se dirigió a mí. Sabed, pues, que cuando venga a vosotros y así os hable, será Él, y no otro».
Cuando el primer mandamiento salió de la boca de Dios, truenos y relámpagos procedieron de su boca, una antorcha a su derecha y otra a su izquierda, y su voz voló por el aire, diciendo: «¡Pueblo mío, pueblo mío, Casa de Israel! Yo soy Adonái, tu Dios, que te sacó de la tierra de Mitsraim». Cuando Israel oyó la voz terrible, retrocedió de espanto doce millas, hasta que sus almas los abandonaron. Ante esto, la Torá se volvió a Dios y dijo: «¡Amo del mundo! ¿Me has dado a los vivos o a los muertos?». Dios dijo: «A los vivos». La Torá: «Pero todos están muertos». Dios: «Por tu causa los volveré a la vida». Entonces dejó caer sobre ellos el rocío que en el porvenir revivirá a los muertos, y volvieron a la vida.
El temblor del cielo y de la tierra que sobrevino al percibirse la voz divina alarmó a Israel de tal modo que apenas podían sostenerse en pie. Dios envió entonces a cada uno de ellos dos ángeles: uno le ponía la mano sobre el corazón, para que su alma no partiera, y otro le alzaba la cabeza, para que contemplara el esplendor de su Hacedor. Contemplaron la gloria de Dios, y también la palabra, por lo demás invisible, cuando emanaba de la visión divina y avanzaba rodando hasta sus oídos; y percibieron entonces estas palabras: «¿Aceptarás la Torá, que contiene doscientos cuarenta y ocho mandamientos, correspondientes al número de los miembros de tu cuerpo?». Respondían: «Sí, sí». Entonces la palabra pasaba del oído a la boca; besaba la boca, y de nuevo rodaba hasta el oído, y le decía: «¿Aceptarás la Torá, que contiene trescientas sesenta y cinco prohibiciones, correspondientes a los días del año?». Y cuando respondían «Sí, sí», otra vez la palabra pasaba del oído a la boca y la besaba. Después de que los israelitas hubieron tomado así sobre sí los mandamientos y las prohibiciones, Dios abrió los siete cielos y las siete tierras, y dijo: «Mirad, estos son mis testigos de que no hay nadie como Yo en las alturas ni en la tierra. Ved que soy el Único, y que me he revelado en mi esplendor y en mi resplandor. Si alguno os dijera: “Id, servid a otros dioses”, entonces decid: “¿Puede quien ha visto a su Hacedor cara a cara, en su esplendor, en su gloria y en su fuerza, dejarlo y volverse idólatra?”. Ved, soy Yo quien os sacó de la casa de servidumbre; soy Yo quien hendió los mares ante vosotros y os condujo por tierra seca, mientras sumergía a vuestros enemigos en las profundidades. Yo soy el Dios de la tierra seca y también del mar, del pasado y también del futuro, el Dios de este mundo y también de los mundos venideros. Soy el Dios de todas las naciones, pero solo con Israel está aliado mi nombre. Si cumplen mis deseos, Yo, Adonái, soy misericordioso, clemente y paciente, y abundante en bondad y verdad; pero si sois desobedientes, entonces seré un juez severo. Si no hubierais aceptado la Torá, ningún castigo podría caer sobre vosotros por no cumplirla; pero ahora que la habéis aceptado, debéis obedecerla».
Para convencer a Israel de la unidad y la unicidad de Dios, ordenó a toda la naturaleza detenerse, para que todos vieran que no hay nada fuera de Él. Cuando Dios otorgó la Torá, ningún ave cantó, ningún buey mugió, los ofanim no volaron, los serafines no pronunciaron su «Santo, santo, santo», el mar no rugió, ninguna criatura emitió sonido alguno: todos escucharon en un silencio absorto las palabras anunciadas por una voz sin eco: «Yo soy Adonái, tu Dios».
Estas palabras, así como las demás que Dios dio a conocer en el monte Sinaí, no fueron oídas solo por Israel, sino por los habitantes de toda la tierra. La voz divina se dividió en las setenta lenguas de los hombres, para que todos pudieran entenderla; pero mientras que Israel podía escuchar la voz sin sufrir daño, a los gentiles casi se les escapaba el alma cuando la oían. Cuando la voz divina sonó, todos los muertos del Sheol revivieron y se encaminaron al Sinaí; pues la revelación tuvo lugar en presencia tanto de los vivos como de los muertos; más aún, incluso las almas de los que aún no habían nacido estaban presentes. Todo profeta, todo sabio, recibió en el Sinaí su parte de la revelación, que en el curso de la historia ellos anunciaron a la humanidad. Todos oyeron, en efecto, las mismas palabras, pero la misma voz, ajustada a la individualidad de cada uno, era el modo de Dios de hablar con ellos. Y así como la misma voz sonaba distinta a cada uno, también la visión divina aparecía distinta a cada cual; por eso Dios les advirtió que no atribuyeran las diversas formas a diversos seres, diciendo: «No creáis que, porque me habéis visto en diversas formas, hay diversos dioses. Yo soy el mismo que se os apareció en el mar de los Juncos como un Dios de guerra, y en el Sinaí como un maestro».
Los demás mandamientos revelados en el Sinaí
Después de que Israel hubo aceptado el primer mandamiento con un «Sí», Dios dijo: «Ya que me habéis reconocido como vuestro soberano, puedo ahora daros órdenes: No reconocerás como tales a los dioses de otras naciones, pues ninguna ventaja traen a quienes los adoran; y esto no lo harás mientras Yo exista. Os he dado mi Torá para conferiros soberanía; por eso no habéis de encender mi ira quebrantando mi alianza con la idolatría. No adoraréis ídolos muertos, sino a Aquel que mata y devuelve a la vida, y en cuya mano están todos los seres vivos. No aprendáis las obras de otras naciones, pues sus obras son vanidad. Yo, Adonái, tu Dios, gobierno el celo y no soy gobernado por él; espero hasta la cuarta generación para imponer el castigo. Pero a quienes me aman, o me temen, los recompensaré hasta la milésima generación».
Cuando Moshé oyó estas palabras, según las cuales Dios visitaría sobre los descendientes los pecados de sus padres solo si las generaciones sucesivas eran una tras otra pecadoras, se postró en el suelo y dio gracias a Dios por ello; pues sabía que jamás sucedía en Israel que tres generaciones consecutivas fueran pecadoras.
El tercer mandamiento decía: «Pueblo mío de Israel, ninguno de vosotros pronunciará el nombre de Adonái en vano, pues quien jure en falso por el nombre de Adonái no quedará impune en el gran Día del Juicio». Jurar en falso tiene consecuencias terribles no solo para quien lo hace, sino que pone en peligro al mundo entero. Pues cuando Dios creó el mundo, colocó sobre el abismo un tiesto en el que está grabado el Nombre Inefable, para que el abismo no irrumpa y destruya el mundo. Mas cada vez que alguien jura en falso en nombre de Dios, las letras del Nombre Inefable vuelan lejos, y como entonces no hay nada que contenga el abismo, las aguas irrumpen de él para destruir el mundo. Esto sucedería de seguro, si Dios no enviara al ángel Yaasriel, que tiene a su cargo los setenta punzones, para grabar de nuevo el Nombre Inefable en el tiesto.
Dijo entonces Dios a Israel: «Si aceptáis mi Torá y observáis mis leyes, os daré para toda la eternidad algo muy precioso que poseo». «¿Y qué —respondió Israel— es esa cosa preciosa que nos darás si obedecemos tu Torá?». Dios: «El mundo venidero». Israel: «Pero ya en este mundo quisiéramos tener un anticipo de aquel otro». Dios: «El Shabat os dará ese anticipo. Recordad el Shabat en el séptimo día de la creación del mundo». Pues cuando el mundo fue creado, el séptimo día vino ante Dios y le dijo: «Todo lo que has creado está en parejas, ¿por qué yo no?». A lo cual Dios respondió: «La comunidad de Israel será tu esposa». De esta promesa que Dios había hecho al séptimo día recordó al pueblo en el monte Sinaí, cuando les dio el cuarto mandamiento, de guardar santo el Shabat.
Cuando las naciones de la tierra oyeron el primer mandamiento, dijeron: «No hay rey que no guste de verse reconocido como soberano, y justamente así desea Dios que su pueblo le prometa lealtad». Al segundo mandamiento dijeron: «Ningún rey tolera a otro rey junto a sí, ni tampoco el Dios de Israel». Al tercer mandamiento dijeron: «¿Hay algún rey a quien le agrade que la gente jure en falso por su nombre?». Al cuarto mandamiento dijeron: «A ningún rey le desagrada ver celebrado su cumpleaños». Pero cuando el pueblo oyó el quinto mandamiento, «Honra a tu padre y a tu madre», dijeron: «Según nuestras leyes, si un hombre se inscribe como siervo del rey, con ello reniega de sus padres. Dios, en cambio, hace un deber de honrar al padre y a la madre; en verdad, porque este es honor debido a Él».
Con estas palabras se recalcó el quinto mandamiento: «Honra a tus padres, a quienes debes la existencia, como me honras a Mí. Honra al cuerpo que te llevó, y a los pechos que te amamantaron; sustenta a tus padres, pues tus padres tomaron parte en tu creación». Pues el hombre debe su existencia a Dios, a su padre y a su madre, en cuanto recibe de cada uno de sus padres cinco de las partes de su cuerpo, y diez de Dios. Los huesos, las venas, las uñas, el cerebro y el blanco del ojo vienen del padre. La madre le da la piel, la carne, la sangre, el cabello y la pupila del ojo. Dios le da lo siguiente: el aliento, el alma, la luz del semblante, la vista, el oído, el habla, el tacto, el sentido, la sagacidad y el entendimiento. Cuando un ser humano honra a sus padres, Dios dice: «Lo tengo por como si Yo hubiera morado entre los hombres y ellos me hubieran honrado»; pero si la gente no honra a sus padres, Dios dice: «Es bueno que no more entre los hombres, o también a Mí me habrían tratado con desdén».
Dios no solo mandó amar y temer a los padres como a Él mismo, sino que en ciertos aspectos coloca el honor debido a los padres aún por encima del que se le debe a Él. El hombre solo está obligado a socorrer al pobre o a cumplir ciertas ceremonias religiosas si dispone de los medios; pero es deber de cada uno mendigar incluso a las puertas ajenas, si de otro modo no puede sustentar a sus padres.
El sexto mandamiento decía: «Pueblo mío de Israel, no seáis homicidas, no os asociéis con asesinos, y evitad su compañía, para que vuestros hijos no aprendan el oficio del homicidio». Como castigo por los actos de homicidio, Dios enviará una guerra devastadora sobre la humanidad. Hay dos divisiones en el Sheol, una interior y otra exterior. En esta última están todos los que fueron muertos antes de su tiempo. Allí permanecen hasta que se cumple el curso del tiempo que se les había predestinado; y cada vez que se comete un asesinato, Dios dice: «¿Quién ha matado a esta persona y me ha forzado a retenerla en el Sheol exterior, de modo que debo parecer despiadado por haberla quitado de la tierra antes de su tiempo?». En el Día del Juicio, el muerto comparecerá ante Dios y le implorará: «¡Amo del mundo! Tú me formaste, Tú me desarrollaste, Tú fuiste clemente conmigo mientras estuve en el seno, de modo que salí de él ileso. Tú, en tu gran misericordia, proveíste para mí. ¡Amo de todos los mundos! Concédeme reparación de este malvado que no tuvo piedad de mí». Entonces se encenderá la ira de Dios contra el asesino, y a Guehinom lo arrojará y lo condenará por toda la eternidad, mientras el muerto verá que se le da reparación, y se alegrará.
El séptimo mandamiento dice: «Pueblo mío de Israel, no seáis adúlteros, ni cómplices ni compañeros de adúlteros, para que vuestros hijos después de vosotros no sean adúlteros. No cometáis actos impuros con vuestras manos, pies, ojos u oídos, pues como castigo por ello la plaga vendrá sobre el mundo».
Este es el octavo mandamiento: «No seas ladrón, ni cómplice ni compañero de ladrones, para que vuestros hijos no lleguen a ser ladrones». Como castigo por el robo y el hurto, el hambre vendrá sobre el mundo. Dios puede perdonar la idolatría, pero nunca el hurto, y siempre está dispuesto a escuchar las quejas contra falsarios y ladrones.
El noveno mandamiento reza: «Pueblo mío de Israel, no deis falso testimonio contra vuestros compañeros, pues en castigo por ello las nubes se dispersarán, de modo que no habrá lluvia, y sobrevendrá el hambre por la sequía». Dios es particularmente severo con el falso testigo, porque la falsedad es la única cualidad que Dios no creó, sino que es algo que los hombres mismos producen.
El contenido del décimo mandamiento es: «Pueblo mío de Israel, no codiciéis las posesiones de vuestros prójimos, pues por este pecado el gobierno les quitará a las gentes sus posesiones, de modo que hasta el más rico se volverá pobre y tendrá que marchar al exilio». El décimo mandamiento se dirige contra un pecado que a veces lleva a la transgresión de los Diez Mandamientos todos. Si un hombre codicia a la mujer de su prójimo y comete adulterio, descuida el primer mandamiento: «Yo soy Adonái, tu Dios», pues comete su crimen en la oscuridad y piensa que nadie lo ve, ni siquiera HaShem, cuyos ojos recorren todo el mundo y ven tanto el bien como el mal. Traspasa el segundo mandamiento: «No tendrás dioses extraños junto a Mí…, Yo soy un Dios celoso», que se irrita contra la deslealtad, sea hacia Mí o hacia los hombres. Quebranta el tercer mandamiento: «No tomarás el nombre de Adonái en vano», pues jura que no ha cometido adulterio, y sí lo cometió. Es causa de profanación del Shabat, cuya consagración manda Dios en el cuarto mandamiento, porque en su relación ilícita engendra descendientes que cumplirán funciones sacerdotales en el Templo en Shabat, cosa que, siendo bastardos, no tienen derecho a hacer. El quinto mandamiento será quebrantado por los hijos del adúltero, que honrarán como padre a un hombre extraño, y ni siquiera conocerán a su verdadero padre. Quebranta el sexto mandamiento: «No matarás», si es sorprendido por el marido legítimo, pues cada vez que un hombre va a una mujer ajena, lo hace con la conciencia de que esto puede llevar a su muerte o a la muerte de su prójimo. La transgresión del séptimo mandamiento: «No cometerás adulterio», es el fruto directo de una codicia prohibida. El octavo mandamiento: «No robarás», lo quebranta el adúltero, pues roba a otro hombre su fuente de felicidad. El noveno mandamiento: «No darás falso testimonio», lo quebranta la mujer adúltera, que finge que el fruto de sus relaciones criminales es el hijo de su marido. De este modo, el quebrantamiento del décimo mandamiento no solo ha conducido a todos los demás pecados, sino que tiene además el efecto perverso de que el marido engañado deja toda su propiedad a uno que no es su hijo, de suerte que el adúltero lo despoja tanto de sus posesiones como de su mujer.
La unidad de los Diez Mandamientos
Los Diez Mandamientos están tan estrechamente entretejidos que el quebrantamiento de uno lleva al quebrantamiento de otro. Pero hay un vínculo de unión particularmente fuerte entre los primeros cinco mandamientos, que están escritos en una tabla, y los últimos cinco, que estaban en la otra tabla. El primer mandamiento: «Yo soy Adonái, tu Dios», corresponde al sexto: «No matarás», pues el asesino da muerte a la imagen de Dios. El segundo: «No tendrás dioses extraños ante Mí», corresponde al séptimo: «No cometerás adulterio», pues la deslealtad conyugal es un pecado tan grave como la idolatría, que es deslealtad a Dios. El tercer mandamiento: «No tomarás el nombre de Adonái en vano», corresponde al octavo: «No robarás», pues el hurto lleva al juramento en falso. El cuarto mandamiento: «Recuerda el día de Shabat, para santificarlo», corresponde al noveno: «No darás falso testimonio contra tu prójimo», pues quien da falso testimonio contra su prójimo comete un pecado tan grave como si lo hubiera dado contra Dios, diciendo que no creó el mundo en seis días ni reposó el séptimo, el Shabat. El quinto mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre», corresponde al décimo: «No codiciarás la mujer de tu prójimo», pues quien se entrega a este deseo produce hijos que no honrarán a su verdadero padre, sino que tendrán por padre a un extraño.
Los Diez Mandamientos, que Dios reveló primero en el monte Sinaí, corresponden por su carácter a las diez palabras de las que se sirvió en la creación del mundo. El primer mandamiento: «Yo soy Adonái, tu Dios», corresponde a la primera palabra de la creación: «Sea la luz», pues Dios es la luz eterna. El segundo mandamiento: «No tendrás dioses extraños ante Mí», corresponde a la segunda palabra: «Haya un firmamento en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas». Pues Dios dijo: «Escoged entre Mí y los ídolos; entre Mí, la fuente de aguas vivas, y los ídolos, las aguas estancadas». El tercer mandamiento: «No tomarás el nombre de tu Dios en vano», corresponde a la palabra: «Reúnanse las aguas», pues así como las aguas no pueden reunirse en un recipiente agrietado, tampoco puede un hombre conservar la posesión que ha obtenido mediante juramentos falsos. El cuarto mandamiento: «Recuerda guardar santo el Shabat», corresponde a la palabra: «Produzca la tierra hierba», pues quien de veras observa el Shabat recibirá bienes de Dios sin tener que trabajar por ellos, así como la tierra produce hierba que no necesita ser sembrada. Pues en la creación del hombre era intención de Dios que estuviera libre de pecado, fuera inmortal y pudiera sustentarse de los frutos del suelo sin fatiga. El quinto mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre», corresponde a la palabra: «Haya lumbreras en el firmamento del cielo», pues Dios dijo al hombre: «Te di dos lumbreras, tu padre y tu madre; trátalos con cuidado». El sexto mandamiento: «No matarás», corresponde a la palabra: «Bullan las aguas de seres vivientes que se mueven», pues Dios dijo: «No seáis como los peces, entre los cuales los grandes se tragan a los pequeños». El séptimo mandamiento: «No cometerás adulterio», corresponde a la palabra: «Produzca la tierra seres vivientes según su especie», pues Dios dijo: «Escogí para ti una esposa, permanece con ella». El octavo mandamiento: «No robarás», corresponde a la palabra: «He aquí, os he dado toda hierba que da semilla», pues nadie —dijo Dios— debe tocar los bienes de su prójimo, sino solo lo que crece libre como la hierba, que es propiedad común de todos. El noveno mandamiento: «No darás falso testimonio contra tu prójimo», corresponde a la palabra: «Hagamos al hombre a nuestra imagen». Tú, como tu prójimo, estás hecho a mi imagen; por eso, no des falso testimonio contra tu prójimo. El décimo mandamiento: «No codiciarás la mujer de tu prójimo», corresponde a la décima palabra de la creación: «No es bueno que el hombre esté solo», pues Dios dijo: «Te creé una esposa, y que ninguno de vosotros codicie la mujer de su prójimo».
Moshé elegido como intermediario
Después de que Israel hubo oído los Diez Mandamientos, supusieron que Dios les revelaría en esta ocasión todo el resto de la Torá. Pero la visión terrible del monte Sinaí, donde oyeron lo visible y vieron lo audible —les fue concedido el privilegio de que hasta las esclavas entre ellos vieran más que el más grande profeta de los tiempos posteriores—, esta visión los había agotado de tal modo que sin duda habrían perecido de haber oído otra palabra de Dios. Fueron, pues, a Moshé y le imploraron que fuera el intermediario entre ellos y Dios. Dios halló justo su deseo, de suerte que no solo empleó a Moshé como su intermediario, sino que determinó, en todos los tiempos venideros, enviar profetas a Israel como mensajeros de sus palabras. Volviéndose a Moshé, Dios dijo: «Todo lo que han dicho es bueno. Si fuera posible, despediría ahora mismo al Ángel de la Muerte, pero la muerte contra la humanidad ya ha sido decretada por Mí, y por eso ha de quedar. Ve, diles: “Volved a vuestras tiendas”, pero tú quédate conmigo». Con estas palabras indicó Dios a Israel que podían reanudar las relaciones conyugales, de las que se habían abstenido durante tres días, mientras que Moshé habría de negarse para siempre todo goce terrenal.
Moshé, en su gran sabiduría, supo entonces cómo, en pocas palabras, sosegar la gran agitación de las miríadas de hombres, diciéndoles: «Dios os dio la Torá y obró maravillas por vosotros, para, con esto y con la observancia de las leyes que os impuso, distinguiros por encima de todas las demás naciones de la tierra. Considerad, sin embargo, que si hasta ahora habéis sido ignorantes, y vuestra ignorancia os servía de excusa, ahora sabéis con exactitud qué hacer y qué no hacer. Hasta ahora no sabíais que los justos serán recompensados y los impíos castigados en el mundo venidero, pero ahora lo sabéis. Y mientras conservéis un sentido de la vergüenza, no cometeréis pecados a la ligera». Ante esto el pueblo se retiró doce millas del monte Sinaí, mientras Moshé se acercó del todo ante HaShem.
En la inmediata proximidad de Dios están las almas de los piadosos; algo más lejos, la Misericordia y la Justicia; y junto a estas se hallaba el lugar que a Moshé se le permitió ocupar. La visión de Moshé, por su cercanía a Dios, era clara y nítida, a diferencia de la de los demás profetas, que veían solo de manera borrosa. Se distingue, además, de todos los demás profetas en que era consciente de sus revelaciones proféticas, mientras que ellos quedaban sin conciencia en los momentos de profecía. Una tercera distinción de Moshé, que compartió, eso sí, con Aharón y con Shemuel, fue que Dios se le reveló en una columna de nube.
A pesar de estas grandes muestras de favor hacia Moshé, el pueblo percibía aún la diferencia entre los dos primeros mandamientos, que oyeron directamente de Dios, y los que aprendieron por intercesión de Moshé. Pues cuando oyeron las palabras: «Yo soy Adonái, tu Dios», la comprensión de la Torá echó raíces profundas en sus corazones, de modo que nunca olvidaron lo que así aprendieron. Pero olvidaron algunas de las cosas que Moshé les enseñó, porque, siendo el hombre un ser de carne y sangre, y por tanto efímero, también sus enseñanzas son efímeras. Vinieron entonces a Moshé, diciendo: «¡Oh, si Él se revelara una vez más! ¡Oh, si una vez más nos besara con los besos de su boca! ¡Oh, si la comprensión de la Torá permaneciera firme en nuestros corazones como antes!». Moshé respondió: «Ya no es posible ahora, pero sucederá en el mundo venidero, cuando ponga su ley en su interior y la escriba en sus corazones».
Israel tenía otra razón para lamentar la elección de un intermediario entre ellos y Dios. Cuando oyeron el segundo mandamiento: «No tendrás dioses extraños junto a Mí», el mal impulso les fue arrancado del corazón. Pero tan pronto como pidieron a Moshé que intercediera por ellos, el mal impulso se asentó de nuevo en su antiguo lugar. En vano, sin embargo, suplicaron a Moshé que restableciera la anterior comunicación directa entre ellos y Dios, para que el mal impulso les fuera quitado. Pues él dijo: «Ya no es posible ahora, pero en el mundo venidero Él “quitará de vuestra carne el corazón de piedra”».
Aunque Israel había oído ahora solo los dos primeros mandamientos directamente de Dios, aun así la aparición divina tuvo un influjo enorme sobre esta generación. Nunca en el curso de sus vidas se oyó de impureza física alguna entre ellos, ni logró ninguna alimaña infestar sus cuerpos, y cuando murieron, sus cadáveres quedaron libres de gusanos e insectos.
Moshé y los ángeles pugnan por la Torá
El día en que Dios se reveló en el monte Sinaí fue dos veces más largo que los días ordinarios. Pues aquel día el sol no se puso, milagro que se repitió otras cuatro veces por causa de Moshé. Cuando este largo día tocó a su fin, Moshé ascendió al monte santo, donde pasó una semana para librarse de toda impureza mortal, a fin de poder encaminarse hacia Dios, al cielo. Al término de sus preparativos, Dios lo llamó para que viniera a Él. Entonces apareció una nube y se tendió ante él, pero no supo si cabalgar sobre ella o simplemente asirse a ella. De pronto la boca de la nube se abrió, y él entró en ella, y anduvo por el firmamento como un hombre anda por la tierra. Allí se topó con Kemuel, el portero, el ángel que está a cargo de doce mil ángeles de destrucción, apostados en los portales del firmamento. Este habló con dureza a Moshé, diciendo: «¿Qué haces aquí, hijo de Amram, en este lugar que pertenece a los ángeles de fuego?». Moshé respondió: «No vengo aquí por impulso propio, sino con permiso de Hakadosh Baruj Hu, para recibir la Torá y bajarla a Israel». Como Kemuel no quería dejarlo pasar, Moshé lo golpeó y lo borró del mundo, tras lo cual siguió su camino hasta que apareció el ángel Hadarniel.
Este ángel es sesenta miríadas de parasangas más alto que sus compañeros, y con cada palabra que sale de su boca brotan doce mil relámpagos de fuego. Cuando vio a Moshé, le rugió: «¿Qué haces aquí, hijo de Amram, aquí, en el lugar del Santo y Excelso?». Al oír su voz, Moshé se atemorizó en extremo, sus ojos derramaron lágrimas, y por poco cae de la nube. Pero al instante se despertó la piedad de Dios por Moshé, y dijo a Hadarniel: «Vosotros, los ángeles, sois pendencieros desde el día en que os creé. Al principio, cuando quise crear a Adam, alzasteis queja ante Mí y dijisteis: “¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes?”, y se encendió mi ira contra vosotros y quemé a decenas de vosotros con mi dedo meñique. Y ahora otra vez trabáis pelea con el fiel de mi casa, a quien he mandado subir aquí para recibir la Torá y bajarla a mis hijos elegidos, Israel, aunque sabéis que, si Israel no recibiera la Torá, ya no se os permitiría morar en el cielo». Cuando Hadarniel oyó esto, dijo enseguida a HaShem: «¡Amo del mundo! Manifiesto y claro te es que yo no sabía que él venía aquí con tu permiso; pero ahora que lo sé, seré su mensajero e iré delante de él como un discípulo delante de su maestro». Hadarniel entonces, en actitud humilde, corrió delante de Moshé como un discípulo delante de su maestro, hasta que llegó al fuego de Sandalfón, cuando dijo a Moshé: «Ve, da la vuelta, pues yo no puedo quedarme en este lugar, o el fuego de Sandalfón me abrasará».
Este ángel se alza por encima de sus compañeros a tal altura, que cruzarla llevaría quinientos años. Está detrás del Trono Divino y teje coronas para su Señor. Sandalfón tampoco conoce el lugar donde HaShem reside, de modo que pudiera ceñirle la corona; pero la encanta, y ella asciende por sí sola hasta reposar sobre la cabeza de HaShem. En cuanto Sandalfón le ordena a la corona que suba, las huestes de lo alto tiemblan y se estremecen, los animales sagrados prorrumpen en cánticos, y los serafines santos rugen como leones y dicen: «Santo, santo, santo es Adonái de los ejércitos; toda la tierra está llena de Su gloria». Cuando la corona alcanza el Trono de la Gloria, las ruedas del Trono se ponen al instante en movimiento, los cimientos de su escabel tiemblan, y todos los cielos son presa de temblor y espanto. Y en cuanto la corona rebasa el Trono de la Gloria para asentarse en su lugar, todas las huestes celestiales abren la boca y dicen: «Bendita sea la gloria de HaShem desde Su morada». Y cuando la corona llega a su destino, todos los animales sagrados, los serafines, las ruedas del Trono, las huestes de lo alto, los querubines y los jashmalim hablan a una voz: «HaShem reina, HaShem reinó, HaShem reinará por toda la eternidad».
Cuando Moshé vio a Sandalfón, se aterró, y del sobresalto estuvo a punto de caer de la nube. Entre lágrimas suplicó a Dios que tuviera misericordia, y fue escuchado. En Su generoso amor por Israel, Él mismo descendió del Trono de Su gloria y se puso delante de Moshé, hasta que este hubo pasado las llamas de Sandalfón.
Después de pasar a Sandalfón, Moshé se topó con el Riguión, el río de fuego, cuyas brasas queman a los ángeles que se sumergen en ellas cada mañana: se abrasan, y luego resurgen renovados. Este río de brasas ardientes se genera bajo el Trono de la Gloria a partir del sudor de las jayot santas, que sudan fuego por temor de Dios. Pero Dios hizo pasar a Moshé junto al Riguión con rapidez, sin que sufriera daño alguno.
Al seguir adelante, se encontró con el ángel Galitsur, llamado también Raziel. Es él quien revela las enseñanzas a su Hacedor, y da a conocer en el mundo lo que Dios decreta. Pues está detrás de las cortinas tendidas ante el Trono de Dios, y todo lo ve y todo lo oye. Eliyahu, en el Jorev, escucha lo que Raziel pregona hacia el mundo, y transmite su saber. Este ángel cumple otras funciones en el cielo. Se yergue ante el Trono con las alas extendidas, y así detiene el aliento de las jayot, cuyo calor, de otro modo, chamuscaría a todos los ángeles. Además, pone las brasas del Riguión en un brasero incandescente, que sostiene en alto ante reyes, señores y príncipes, y de él reciben sus rostros un fulgor que hace que los hombres los teman. Cuando Moshé lo vio, tembló, pero Dios lo hizo pasar sin daño.
Llegó entonces a una hueste de Ángeles del Terror que rodean el Trono de la Gloria, y son los más fuertes y poderosos entre los ángeles. Estos quisieron chamuscar a Moshé con su aliento de fuego, pero Dios extendió sobre él Su resplandor de esplendor y le dijo: «Aférrate con firmeza al Trono de Mi Gloria, y respóndeles». Pues en cuanto los ángeles advirtieron la presencia de Moshé en el cielo, dijeron a Dios: «¿Qué hace aquí uno nacido de mujer?». Y la respuesta de Dios fue esta: «Ha venido a recibir la Torá». Ellos añadieron: «Señor, conténtate con los seres celestiales, deja que ellos tengan la Torá; ¿qué quieres Tú con los moradores del polvo?». Moshé respondió entonces a los ángeles: «Está escrito en la Torá: “Yo soy Adonái, tu Dios, que te saqué de la tierra de Mitsraim, de la casa de esclavitud”. ¿Acaso estuvisteis vosotros esclavizados en Mitsraim y luego fuisteis liberados, para que necesitéis la Torá? Está escrito además en la Torá: “No tendrás otros dioses”. ¿Acaso hay idólatras entre vosotros, para que necesitéis la Torá? Está escrito: “No pronunciarás el nombre de Adonái, tu Dios, en vano”. ¿Acaso hay tratos de negocios entre vosotros, para que necesitéis la Torá que os enseñe la forma debida de invocación? Está escrito: “Acuérdate de santificar el Shabat”. ¿Acaso hay trabajo entre vosotros, para que necesitéis la Torá? Está escrito: “Honra a tu padre y a tu madre”. ¿Acaso tenéis padres, para que necesitéis la Torá? Está escrito: “No matarás”. ¿Acaso hay asesinos entre vosotros, para que necesitéis la Torá? Está escrito: “No cometerás adulterio”. ¿Acaso hay mujeres entre vosotros, para que necesitéis la Torá? Está escrito: “No robarás”. ¿Acaso hay dinero en el cielo, para que necesitéis la Torá? Está escrito: “No darás falso testimonio contra tu prójimo”. ¿Acaso hay algún falso testigo entre vosotros, para que necesitéis la Torá? Está escrito: “No codicies la casa de tu prójimo”. ¿Acaso hay casas, campos o viñas entre vosotros, para que necesitéis la Torá?». Los ángeles renunciaron entonces a su oposición a que la Torá fuera entregada en manos de Israel, y reconocieron que Dios tenía razón al revelarla a los hombres, y dijeron: «HaShem, Señor nuestro, ¡cuán glorioso es Tu nombre en toda la tierra!, Tú que has puesto Tu gloria sobre los cielos».
Moshé permaneció ahora cuarenta días en el cielo para aprender la Torá de Dios. Pero cuando empezó a descender y contempló a las huestes de los ángeles del terror, los ángeles del temblor, los ángeles del estremecimiento y los ángeles del espanto, entonces, por el miedo, olvidó todo lo que había aprendido. Por esta razón llamó Dios al ángel Yefefiyá, el príncipe de la Torá, quien entregó a Moshé la Torá, «ordenada en todo y segura». También todos los demás ángeles se hicieron sus amigos, y cada uno le concedió un remedio, así como el secreto de los Nombres Sagrados, tal como están contenidos en la Torá y tal como se aplican. Incluso el Ángel de la Muerte le dio un remedio contra la muerte. Las aplicaciones de los Nombres Sagrados que los ángeles le enseñaron por medio de Yefefiyá, el príncipe de la Torá, y de Metatrón, el príncipe del Rostro, Moshé las transmitió al sumo sacerdote Elazar, quien las transmitió a su hijo Pinjás, conocido también como Eliyahu.
Moshé recibe la Torá
Cuando Moshé llegó al cielo, halló a Dios ocupado en ornamentar las letras con las que estaba escrita la Torá, con pequeños adornos en forma de coronas, y él miraba sin decir palabra. Dios le dijo entonces: «En tu tierra, ¿no conoce la gente el saludo de paz?». Moshé: «¿Corresponde a un siervo dirigir la palabra a su Amo?». Dios: «Al menos podrías haberme deseado éxito en Mi labor». Moshé dijo entonces: «Sea grande el poder de mi Señor, conforme a lo que has dicho». Luego preguntó Moshé por el significado de las coronas sobre las letras, y le respondieron: «En el futuro vivirá un hombre llamado Akivá, hijo de Yosef, que fundará sobre cada punto de estas letras una montaña gigantesca de halajot en su interpretación». Moshé dijo a Dios: «Muéstrame a ese hombre». Dios: «Retrocede dieciocho filas». Fue Moshé adonde se le ordenó, y pudo oír las discusiones del maestro sentado con sus discípulos en la fila decimoctava, pero no logró seguirlas, lo cual lo afligió mucho. Mas justo entonces oyó a los discípulos preguntar a su maestro acerca de cierto asunto: «¿De dónde sabes esto?». Y él respondió: «Es una halajá dada a Moshé en el monte Sinaí», y con ello Moshé quedó satisfecho. Volvió Moshé a Dios y le dijo: «Tienes un hombre como Akivá, ¿y sin embargo das la Torá a Israel por medio de mí?». Pero Dios respondió: «Calla, así lo he decretado». Dijo entonces Moshé: «¡Señor del mundo! Me has permitido contemplar el saber de este hombre; déjame ver también la recompensa que le será otorgada». Dios dijo: «Ve, vuelve y mira». Vio Moshé cómo vendían la carne del mártir Akivá en el mercado de la carne. Dijo a Dios: «¿Es esta la recompensa de tal erudición?». Pero Dios replicó: «Calla, así lo he decretado».
Vio entonces Moshé cómo Dios escribía en la Torá la palabra «paciente», y preguntó: «¿Significa esto que tienes paciencia con los piadosos?». Pero Dios respondió: «No; también con los pecadores soy paciente». «¡Cómo!», exclamó Moshé, «¡que perezcan los pecadores!». Dios no dijo nada más; pero cuando Moshé imploró la misericordia de Dios, rogándole que perdonara el pecado del pueblo de Israel, Dios le respondió: «Tú mismo me aconsejaste que no tuviera paciencia con los pecadores y que los destruyera». «Sí», dijo Moshé, «pero Tú declaraste que también con los pecadores eres paciente; sea, pues, grande la paciencia de HaShem, conforme a lo que has dicho».
Los cuarenta días que Moshé pasó en el cielo los dedicó por entero al estudio de la Torá; aprendió tanto la enseñanza escrita como la oral, y aun le fueron reveladas las doctrinas que algún día expondría un estudioso capaz. Halló un deleite especial en escuchar las enseñanzas del tanná Rabí Eliézer, y recibió la gozosa noticia de que este gran estudioso sería uno de sus descendientes.
El estudio de Moshé estaba dispuesto de tal modo para los cuarenta días, que de día Dios estudiaba con él las enseñanzas escritas, y de noche las orales. De este modo podía distinguir entre la noche y el día, pues en el cielo «la noche resplandece como el día». Había también otras señales por las que podía distinguir la noche del día; pues si oía a los ángeles alabar a Dios con «Santo, santo, santo es Adonái de los ejércitos», sabía que era de día; pero si lo alababan con «Bendito sea HaShem, a quien se debe la bendición», sabía que era de noche. Además, si veía al sol comparecer ante Dios y postrarse ante Él, sabía que era de noche; pero si la luna y las estrellas se arrojaban a Sus pies, sabía que era de día. También podía saber la hora por la ocupación de los ángeles, pues de día preparaban el maná para Israel, y de noche lo hacían descender a la tierra. Las plegarias que oía en el cielo le servían como otra señal para conocer la hora, pues si oía que el rezo del Shemá precedía a la oración, sabía que era de día; pero si la oración precedía al rezo del Shemá, entonces era de noche.
Durante su estancia con Él, Dios mostró a Moshé los siete cielos, el templo celestial, y los cuatro colores que había de emplear para disponer el Mishkán. A Moshé le resultaba difícil retener los colores, por lo que Dios le dijo: «Vuélvete a la derecha», y al volverse vio una hueste de ángeles con vestiduras del color del mar. «Este», dijo Dios, «es el violeta». Luego mandó Dios a Moshé que se volviera a la izquierda, y allí vio ángeles vestidos de rojo, y Dios dijo: «Este es el púrpura real». Moshé se volvió entonces hacia atrás, y vio ángeles ataviados de un color que no era ni púrpura ni violeta, y Dios le dijo: «Este color es el carmesí». Moshé se volvió después y vio ángeles vestidos de blanco, y Dios le dijo: «Este es el color del lino torcido».
Aunque Moshé consagraba ahora noche y día al estudio de la Torá, seguía sin aprender nada, pues apenas aprendía algo de Dios cuando ya lo olvidaba de nuevo. Dijo entonces Moshé a Dios: «¡Señor del mundo! Cuarenta días he dedicado al estudio de la Torá, sin haber sacado provecho alguno de ello». Por eso otorgó Dios la Torá a Moshé, y ahora pudo descender a Israel, pues recordaba todo lo que había aprendido.
Apenas había descendido Moshé del cielo con la Torá, cuando el Satán se presentó ante HaShem y dijo: «¿Dónde, pues, está el lugar en que se guarda la Torá?». Pues el Satán nada sabía de la revelación de Dios en el Sinaí, ya que Dios lo había ocupado adrede en otra parte, para que no compareciera ante Él como acusador, diciendo: «¿Darás la Torá a un pueblo que cuarenta días después adorará el Becerro de Oro?». En respuesta a la pregunta del Satán sobre el paradero de la Torá, Dios dijo: «Di la Torá a la Tierra». A la tierra, pues, se dirigió el Satán con su pregunta: «¿Dónde está la Torá?». La tierra dijo: «Dios conoce su camino, Él sabe su morada, pues “Él mira hasta los confines de la tierra, y ve bajo todos los cielos”». Pasó entonces el Satán al mar en busca de la Torá, pero también el mar dijo: «No está conmigo», y el abismo dijo: «No está en mí». La Destrucción y la Muerte dijeron: «Su fama hemos oído con nuestros oídos». Volvió el Satán a Dios y dijo: «¡Señor del mundo! Por todas partes he buscado la Torá, y no la he hallado». Dios replicó: «Ve, busca al hijo de Amram». Se apresuró entonces el Satán hacia Moshé y le preguntó: «¿Dónde está la Torá que Dios te ha dado?». A lo cual respondió Moshé: «¿Quién soy yo, para que Hakadosh Baruj Hu me haya dado la Torá?». Dios habló entonces a Moshé: «Moshé, dices una falsedad». Pero Moshé respondió: «¡Señor del mundo! Tú posees un tesoro escondido que cada día Te deleita. ¿Osaré yo pretender que es posesión mía?». Dijo entonces Dios: «Como recompensa por tu humildad, la Torá llevará tu nombre, y en adelante se la conocerá como la Torá de Moshé».
Moshé partió de los cielos con las dos tablas en las que estaban grabados los Diez Mandamientos; y así como las palabras que contienen son por naturaleza divinas, así también lo son las tablas en que están grabadas. Estas fueron creadas por la propia mano de Dios en el crepúsculo del primer Shabat, al cierre de la creación, y estaban hechas de una piedra semejante al zafiro. En cada una de las dos tablas están los Diez Mandamientos, repetidos cuatro veces, y grabados de tal manera que las letras eran legibles por ambos lados, pues, como las tablas, también la escritura y los estilos para inscribirla eran de origen celestial. Entre un mandamiento y otro quedaban anotados todos los preceptos de la Torá en todos sus pormenores, aunque las tablas no medían más de seis palmos de largo y otro tanto de ancho. Otro de los atributos de las tablas es que, aun estando labradas de la piedra más dura, podían enrollarse como un pergamino. Cuando Dios entregó las tablas a Moshé, las asió por el tercio superior, mientras Moshé las tomaba por el tercio inferior, pero un tercio quedaba libre, y fue de este modo que el resplandor divino se derramó sobre el rostro de Moshé.
El Becerro de Oro
Cuando Dios se reveló sobre el monte Sinaí, todo Israel entonó un canto de júbilo a HaShem, pues su fe en Dios fue en esta ocasión sin límites y sin igual, salvo quizá en los tiempos del Mesías, cuando también albergarán esta fe firme. También los ángeles se regocijaron con Israel; solo Dios estaba abatido en este día, y envió Su voz «de en medio de la más espesa tiniebla», en señal de Su pesar. Los ángeles dijeron entonces a Dios: «¿No es Tuya la alegría que Tú has creado?». Pero Dios replicó: «Vosotros no sabéis lo que traerá el futuro». Pues Él sabía que cuarenta días después Israel desmentiría las palabras de Dios: «No tendrás otros dioses delante de Mí», y adoraría el Becerro de Oro. Y en verdad tenía Dios sobrado motivo para entristecerse ante este pensamiento, pues la adoración del Becerro de Oro tuvo para Israel consecuencias más funestas que ninguno de sus otros pecados. Dios había resuelto dar vida eterna a la nación que aceptara la Torá; por eso Israel, al aceptar la Torá, obtuvo dominio sobre el Ángel de la Muerte. Pero perdieron este poder cuando adoraron el Becerro de Oro. Como castigo por este, su pecado, quedaron condenados a estudiar la Torá en sufrimiento y servidumbre, en exilio e inquietud, entre los cuidados de la vida y sus cargas, hasta que, en los tiempos mesiánicos y en el mundo venidero, Dios los compense por todos sus padecimientos. Pero hasta ese tiempo no hay dolor que le toque en suerte a Israel que no sea, en parte, un castigo por su adoración del Becerro de Oro.
Por extraño que parezca que Israel se dispusiera a adorar este ídolo justamente cuando Dios estaba ocupado en la preparación de las dos tablas de la ley, hay que considerar, con todo, las circunstancias siguientes. Cuando Moshé se apartó del pueblo para apresurarse hacia Dios a recibir la Torá, les dijo: «Dentro de cuarenta días, a contar desde hoy, os traeré la Torá». Pero al mediodía del cuadragésimo día vino el Satán, y con un truco de mago conjuró para el pueblo la visión de Moshé tendido, muerto, sobre unas andas que flotaban a media altura entre la tierra y el cielo. Señalándolo con los dedos, gritaron: «Este es aquel hombre, Moshé, que nos sacó de la tierra de Mitsraim». Bajo el liderazgo de los magos Yanés y Yambrés, se presentaron ante Aharón y dijeron: «Los egipcios solían llevar consigo a sus dioses, para danzar y jugar delante de ellos, de modo que cada cual pudiera contemplar a sus dioses; y ahora deseamos que nos hagas un dios como el que tenían los egipcios». Cuando Jur, el hijo de Miriam —a quien Moshé, durante su ausencia, había nombrado jefe del pueblo junto con Aharón, por su linaje, que lo situaba entre los notables de más alto rango—, vio esto, les dijo: «¡Oh, frívolos! Ya no os acordáis de los muchos milagros que Dios obró por vosotros». En su furor, el pueblo dio muerte a este hombre piadoso y noble; y, señalando su cadáver a Aharón, le dijeron con amenaza: «Si nos haces un dios, bien está; si no, dispondremos de ti como de él». Aharón no temía por su vida, pero pensó: «Si Israel cometiera un pecado tan terrible como matar a su sacerdote y profeta, Dios jamás los perdonaría». Prefería cargar él mismo con un pecado antes que echar sobre el pueblo el peso de un acto tan malvado. Por eso les concedió su deseo de hacerles un dios, pero lo hizo de tal modo que aún abrigaba la esperanza de que la cosa no llegara a suceder. Así, no les exigió sus propios adornos para la fabricación del ídolo, sino los adornos de sus mujeres, sus hijos y sus hijas, pensando: «Si les dijera que me trajeran oro y plata, lo harían de inmediato; por eso les exigiré los pendientes de sus mujeres, sus hijos y sus hijas, para que, con su negativa a desprenderse de sus adornos, el asunto quede en nada». Pero la suposición de Aharón solo se cumplió en parte; las mujeres, en efecto, se negaron con firmeza a entregar sus joyas para hacer un monstruo que de nada sirve a quienes lo adoran. Como recompensa por ello, Dios dio a las mujeres las lunas nuevas como fiestas, y en el mundo venidero también serán recompensadas por su fe firme en Dios, en que, como las lunas nuevas, también ellas podrán rejuvenecer cada mes. Pero cuando los hombres vieron que de las mujeres no salía oro ni plata para el ídolo, se quitaron sus propios pendientes, que llevaban a la usanza árabe, y se los llevaron a Aharón.
Ningún becerro vivo se habría formado del oro de estos pendientes, de no haber ocurrido un desastre por un descuido de Aharón. Pues cuando Moshé, en el éxodo de Israel de Mitsraim, se empeñó en sacar el féretro de Yosef de las profundidades del Nilo, empleó el siguiente recurso: tomó cuatro láminas de plata, y grabó en cada una la imagen de uno de los seres representados en el Trono Celestial: el león, el hombre, el águila y el toro. Arrojó luego al río la lámina con la imagen del león, y las aguas del río se agitaron y rugieron como un león. Echó después la lámina con la imagen del hombre, y los huesos dispersos de Yosef se unieron en un cuerpo entero; y cuando arrojó la tercera lámina, con la imagen del águila, el féretro flotó hasta la superficie. Como no tenía uso para la cuarta lámina de plata, con la imagen del toro, pidió a una mujer que se la guardara mientras él se ocupaba del traslado del féretro, y más tarde olvidó reclamar la lámina de plata. Esta se hallaba ahora entre los adornos que el pueblo llevó a Aharón, y fue exclusivamente por virtud de esta imagen del toro, dotada de propiedades mágicas, que un toro de oro surgió del fuego en el que Aharón echó el oro y la plata.
Cuando la multitud abigarrada que se había unido a Israel en su éxodo de Mitsraim vio a este ídolo comportarse como un ser vivo, dijeron a Israel: «Este es tu Dios, oh Israel». El pueblo acudió entonces a los setenta miembros del Sanhedrín y exigió que adoraran al toro que había sacado a Israel de Mitsraim. «Dios», decían, «no nos sacó de Mitsraim, sino solo a Sí mismo, que en Mitsraim había estado cautivo». Los miembros del Sanhedrín se mantuvieron fieles a su Dios, y por ello fueron abatidos por la turba. Los doce cabezas de las tribus no respondieron a la exigencia del pueblo, como tampoco los miembros del Sanhedrín, y fueron por ello recompensados al ser hallados dignos de contemplar la visión divina.
Pero el pueblo no adoró solamente el Becerro de Oro; hicieron trece ídolos de esos, uno para cada una de las doce tribus, y uno para todo Israel. Más aún, emplearon el maná —que Dios, en Su bondad, no les negó ni siquiera en este día— como ofrenda a sus ídolos. La entrega de Israel a esta adoración del toro se explica en parte por la circunstancia de que, al pasar por el mar de los Juncos, contemplaron el Trono Celestial, y de las cuatro criaturas en torno al Trono, la que vieron con mayor nitidez fue el buey. Fue por esta razón que dieron en la idea de que el buey había ayudado a Dios en el éxodo de Mitsraim, y por esta razón quisieron adorar al buey junto a Dios.
El pueblo quiso entonces erigir un altar para su ídolo, pero Aharón trató de impedirlo diciéndoles: «Será más reverente para vuestro dios que yo mismo construya el altar en persona», pues esperaba que Moshé pudiera aparecer entretanto. Su expectativa, sin embargo, quedó defraudada, pues a la mañana del día siguiente, cuando Aharón hubo por fin terminado el altar, Moshé aún no estaba a la vista, y el pueblo comenzó a ofrecer sacrificios a su ídolo y a entregarse a la lascivia.
Se culpa a Moshé del pecado de Israel
Cuando el pueblo se apartó de su Dios, Él dijo a Moshé, que aún estaba en el cielo: «“Anda, desciende; porque tu pueblo, que sacaste de la tierra de Mitsraim, se ha corrompido”». Moshé, que hasta entonces había sido superior a los ángeles, ahora, a causa de los pecados de Israel, los temía grandemente. Los ángeles, al oír que Dios se proponía apartarlo de Su presencia, quisieron matarlo, y solo aferrándose al Trono de Dios, que lo cubrió con Su manto, escapó de las manos de los ángeles, para que no le hicieran daño. Tuvo una lucha particularmente dura con los cinco Ángeles de la Destrucción: Ketsef, Af, Hemá, Mashjit y Jarón, a quienes Dios había enviado a aniquilar a Israel. Se apresuró entonces Moshé hacia los tres Patriarcas, Avraham, Yitsjak y Yaakov, y les dijo: «Si sois hombres que participáis de la vida futura, sostenedme en esta hora, pues vuestros hijos son como oveja llevada al matadero». Los tres Patriarcas unieron sus oraciones a las de Moshé, quien dijo a Dios: «¿No hiciste voto a estos tres de multiplicar su descendencia como las estrellas? ¿Y han de ser ahora destruidos?». En reconocimiento de los méritos de estos tres varones piadosos, Dios retiró a tres de los Ángeles de la Destrucción, dejando solo dos; con lo cual Moshé siguió importunando a Dios: «Por el voto que hiciste a Israel, aparta de ellos al ángel Mashjit»; y Dios concedió su ruego. Moshé continuó: «Por el voto que me hiciste, aparta de ellos también al ángel Jarón». Dios se puso entonces del lado de Moshé, de modo que este pudo vencer a este ángel, y lo hundió profundamente en la tierra, en un lugar que es posesión de la tribu de Gad, y allí lo mantuvo cautivo.
Mientras Moshé vivió, este ángel se mantuvo bajo su control; y si intentaba, cuando Israel pecaba, alzarse de las profundidades, abrir de par en par su boca y destruir a Israel con su resuello, todo lo que Moshé debía hacer era pronunciar el nombre de Dios, y Jarón —o, como a veces se lo llama, Peor— era arrastrado de nuevo a las profundidades de la tierra. A la muerte de Moshé, Dios lo sepultó frente al lugar donde Peor está atado. Pues si Peor, cuando Israel pecara, llegara al mundo de arriba y abriera su boca para destruir a Israel con su resuello, al ver la tumba de Moshé quedaría tan sobrecogido de espanto que caería de nuevo a las profundidades.
Moshé, en efecto, logró dominar a los Ángeles de la Destrucción, pero apaciguar a Dios en Su ira fue asunto más difícil. Se dirigió a Moshé con dureza, exclamando: «Los graves pecados de los hombres me hicieron una vez descender del cielo para ver sus obras. Desciende tú también ahora del cielo. Es justo que el siervo sea tratado como su amo. Desciende ahora. Solo por amor a Israel hice que este honor te tocara en suerte, pero ahora que Israel me ha sido desleal, ya no tengo motivo para distinguirte así». Moshé respondió entonces: «¡Señor del mundo! No hace mucho me dijiste: “Ven ahora, pues, y te enviaré para que saques a Mi pueblo de Mitsraim”; y ahora los llamas mi pueblo. No; sean piadosos o pecadores, siguen siendo Tu pueblo». Moshé continuó: «¿Qué harás ahora con ellos?». Dios respondió: «Los consumiré, y de ti haré una gran nación». «¡Señor del mundo!», replicó Moshé, «si el banquillo de tres patas no tiene estabilidad, ¿cómo se sostendrá el de una sola? No cumplas, Te lo imploro, las profecías de los magos egipcios, que predijeron a su rey que el astro ‘Raá’ se movería como heraldo de sangre y muerte delante de los israelitas». Luego comenzó a implorar misericordia por Israel: «Considera su disposición a aceptar la Torá, mientras que los hijos de Esav la rechazaron». Dios: «Pero transgredieron los preceptos de la Torá; un día me fueron leales, y al instante se pusieron a fabricarse el Becerro de Oro». Moshé: «Considera que cuando en Tu nombre vine a Mitsraim y les anuncié Tu nombre, en seguida creyeron en mí, e inclinaron sus cabezas y Te adoraron». Dios: «Pero ahora inclinan sus cabezas ante su ídolo». Moshé: «Considera que Te enviaron a sus jóvenes para ofrecerte holocaustos». Dios: «Ahora ofrecieron sacrificios al Becerro de Oro». Moshé: «Considera que en el Sinaí reconocieron que Tú eres su Dios». Dios: «Ahora reconocen que el ídolo es su dios».
Todos estos argumentos con Dios no ayudaron a Moshé; hasta tuvo que soportar que se cargara sobre sus hombros la culpa del Becerro de Oro. «Moshé», dijo Dios, «cuando Israel estaba todavía en Mitsraim, te di el encargo de sacarlos de la tierra, pero no de llevar contigo a la multitud abigarrada que quería unírseles. Pero tú, en tu clemencia y humildad, me persuadiste de aceptar a los arrepentidos que hacen teshuvá, y llevaste contigo a la multitud abigarrada. Hice como me rogaste, aunque yo sabía cuáles serían las consecuencias, y es ahora esta gente, ‘tu pueblo’, la que ha seducido a Israel a la idolatría». Pensó entonces Moshé que sería inútil intentar obtener el perdón de Dios para Israel, y estaba dispuesto a abandonar su intercesión, cuando Dios —que en realidad se proponía preservar a Israel, y solo gustaba de oír orar a Moshé— le habló ahora con bondad, para hacerle ver que no era del todo inaccesible a sus exhortaciones, diciendo: «Ya en Mitsraim previ lo que este pueblo haría después de su liberación. Tú solo previste la recepción de la Torá en el Sinaí, pero yo previ también la adoración del Becerro». Con estas palabras, Dios dejó que Moshé comprendiera que la defección de Israel no lo había sorprendido, pues la había considerado ya antes del éxodo de Mitsraim; de modo que Moshé cobró ahora nuevo valor para interceder por Israel. Dijo: «¡Señor del mundo! Israel, en verdad, ha creado un rival Tuyo en su ídolo, y por eso estás airado con ellos. El Becerro, supongo, mandará aparecer a las estrellas y a la luna, mientras Tú haces salir el sol; Tú envías el rocío, y él hará soplar el viento; Tú haces caer la lluvia, y él manda crecer a las plantas». Dios: «Moshé, estás equivocado, como ellos, y no sabes que el ídolo no es absolutamente nada». «Si es así», dijo Moshé, «¿por qué estás airado con Tu pueblo por lo que no es nada?». «Además», continuó, «Tú mismo dijiste que fue principalmente mi pueblo, la multitud abigarrada, el culpable de este pecado; ¿por qué, entonces, estás airado con Tu pueblo? Si estás airado con ellos solo porque no han observado la Torá, entonces déjame responder yo de su observancia de parte de mis compañeros, como Aharón y sus hijos, Yehoshúa y Kalev, Yaír y Majir, así como muchos varones piadosos entre ellos, y yo mismo». Pero Dios dijo: «He jurado que “el que ofreciere sacrificios a cualquier dios, salvo únicamente a Adonái, será del todo destruido”, y un voto que una vez ha pasado por Mis labios no puedo retractarlo». Moshé replicó: «¡Señor del mundo! ¿No nos has dado Tú la ley de la absolución de un voto, por la cual se otorga a un hombre docto el poder de absolver a cualquiera de sus votos? Pero todo juez que desee que sus fallos se tengan por válidos debe someterse él mismo a la ley; y Tú, que has prescrito la ley de la absolución de votos por medio de un hombre docto, debes someterte a esta ley, y ser absuelto de Tu voto por medio de mí». Moshé se envolvió entonces en su manto, se sentó, y pidió a Dios que le dejara absolverlo de Su voto, pidiéndole que dijera: «Me arrepiento del mal que había resuelto traer sobre Mi pueblo». Luego Moshé clamó a Él: «Quedas absuelto de Tu juramento y voto».
El castigo de los pecadores
Cuando Moshé descendió del Sinaí, halló allí a su fiel servidor Yehoshúa, que lo había esperado en la ladera del monte durante los cuarenta días en que Moshé permaneció en el cielo, y juntos se encaminaron al campamento. Al acercarse a él, oyeron los gritos del pueblo, y Yehoshúa observó a Moshé: «Hay ruido de guerra en el campamento»; pero Moshé replicó: «¿Es posible que tú, Yehoshúa, que un día estás destinado a ser el guía de sesenta miríadas de personas, no sepas distinguir entre las distintas clases de estruendos? Este no es grito de Israel venciendo, ni de su enemigo derrotado, sino su adoración de un ídolo». Cuando Moshé se hubo acercado lo suficiente al campamento para ver lo que allí ocurría, pensó para sí: «¿Cómo voy a entregarles ahora las tablas e imponerles la prohibición de la idolatría, cuando por la sola transgresión de ella el Cielo les infligirá pena capital?». Por eso, en lugar de entregarles las tablas, intentó volverse atrás, pero los setenta ancianos lo persiguieron e intentaron arrebatarle las tablas. Mas su fuerza superaba a la de los otros setenta, y mantuvo las tablas en sus manos, aunque pesaban setenta seá. De pronto, sin embargo, vio la escritura desvanecerse de las tablas, y al mismo tiempo advirtió su enorme peso; pues mientras la escritura celestial estaba sobre ellas, llevaban su propio peso y no agobiaban a Moshé, pero con la desaparición de la escritura todo esto cambió. Ahora, con mayor razón, sintió Moshé repugnancia a dar a Israel las tablas sin su contenido, y además pensó: «Si Dios prohibió a un solo israelita idólatra participar del banquete de Pésaj, ¡cuánto más se airaría si yo diera ahora toda la Torá a un pueblo idólatra!». Por eso, sin consultar a Dios, rompió las tablas. Dios, sin embargo, dio gracias a Moshé por romperlas.
Apenas había roto Moshé las tablas, cuando el océano quiso salir de su lecho para inundar el mundo. Moshé entonces «tomó el Becerro que habían hecho, lo quemó en el fuego, lo molió hasta reducirlo a polvo, y lo esparció sobre las aguas», diciendo a las aguas: «¿Qué queréis sobre la tierra seca?». Y las aguas dijeron: «El mundo se sostiene solo por la observancia de la Torá, pero Israel no le ha sido fiel». Moshé les dijo entonces a las aguas: «Todos los que hayan cometido idolatría serán vuestros. ¿Os dais ahora por satisfechas con estos miles?». Pero las aguas no se dejaban apaciguar con los pecadores que Moshé arrojaba en ellas, y el océano no se retiraría a su lecho hasta que Moshé hizo que los hijos de Israel bebieran de él.
El beber de estas aguas fue una de las formas de pena capital que infligió a los pecadores. Cuando, en respuesta al llamado de Moshé —«¿Quién está de parte de HaShem? ¡Que venga a mí!»—, todos los hijos de Leví se reunieron en torno a él —ellos, que no habían tomado parte en la adoración del Becerro de Oro—, Moshé nombró a estos leviim como jueces, cuyo deber inmediato era infligir el castigo legal de la decapitación a todos aquellos de quienes hubiera testigos de que habían sido seducidos a la idolatría después de habérseles advertido que no lo hicieran. Moshé dio la orden como si hubiera sido comisionado por Dios para ello. No era así en realidad, pero lo hizo para que los jueces por él nombrados pudieran castigar a todos los culpables en el curso de un solo día, lo cual de otro modo, por el procedimiento de la jurisprudencia judía, no habría sido bien posible. Aquellos que, según el testimonio de testigos, habían sido seducidos a la idolatría, pero de quienes no podía probarse que hubieran sido advertidos de antemano, no fueron castigados por la justicia temporal: murieron por el agua que Moshé los obligó a beber; pues esta agua tuvo sobre ellos el mismo efecto que el agua que acarrea la maldición sobre la mujer adúltera. Pero tampoco aquellos pecadores contra quienes no comparecía ningún testigo escaparon a su destino, pues sobre ellos envió Dios la plaga para llevárselos.
Moshé intercede por el pueblo
Los que fueron ejecutados por estos juicios sumaban tres mil, de modo que Moshé dijo a Dios: «¡Señor del mundo! Justo y misericordioso eres Tú, y todas Tus obras son obras de integridad. ¿Han de perecer seiscientos mil hombres —sin contar a todos los menores de veinte años, ni a los muchos prosélitos y esclavos— por causa de tres mil pecadores?». Dios no pudo ya retener Su misericordia, y resolvió perdonar a Israel sus pecados. Solo tras largas y fervientes oraciones logró Moshé propiciar del todo a Dios; y apenas había regresado del cielo, cuando de nuevo se encaminó allí para presentar ante Dios su intercesión por Israel. Estaba dispuesto a sacrificarse por Israel, y tan pronto como el castigo hubo caído sobre los pecadores, se volvió a Dios con estas palabras: «¡Señor del mundo! Ya he destruido tanto el Becerro de Oro como a sus idólatras; ¿qué motivo de rencor contra Israel puede quedar ahora? Los pecados que estos cometieron sucedieron porque Tú habías amontonado sobre ellos oro y plata, de modo que la culpa no es enteramente suya. “Mas ahora, si quieres, perdona su pecado; y si no, bórrame, Te ruego, de Tu libro que has escrito”».
Estas audaces palabras de Moshé no quedaron sin consecuencias para él, pues aunque Dios le respondió: «Al que ha pecado contra Mí, a ese borraré de Mi libro», con todo, fue por causa de esto que su nombre quedó omitido en una sección del Pentateuco. Pero en favor de Israel sus palabras produjeron en Dios un vuelco inmediato de sentimiento, quien ahora le habló con bondad, y prometió que enviaría a Su ángel, que conduciría al pueblo a la tierra prometida. Estas palabras indicaron a Moshé que Dios aún no estaba enteramente apaciguado, y pudo verlo además en el castigo que cayó sobre Israel aquel día. Sus armas, que cada hombre entre ellos había recibido en la revelación del Sinaí, y que tenían virtudes milagrosas, por llevar grabado el nombre de Dios, les fueron quitadas por los ángeles, y también sus vestiduras de púrpura. Cuando Moshé vio por esto que la ira de Dios seguía sobre Israel, y que Él no deseaba tener nada más que ver con ellos, apartó su tienda a una milla del campamento, diciéndose a sí mismo: «El discípulo no debe tener trato con quienes el maestro ha excomulgado».
No solo el pueblo salía de esta tienda cada vez que buscaba a HaShem, sino también los ángeles, los serafines y las huestes celestiales acudían allí —el sol, la luna y los demás cuerpos celestes—, todos ellos sabedores de que a Dios se lo hallaba allí, y de que la tienda de Moshé era el lugar donde debían presentarse ante su Creador. A Dios, sin embargo, no le complacía en absoluto ver que Moshé se mantenía apartado del pueblo, y le dijo: «Según nuestro acuerdo, Yo había de aplacarte cada vez que te enojaras con el pueblo, y tú habías de aplacarme a Mí cuando mi ira se encendiera contra ellos. ¿Qué será ahora de este pobre pueblo, si ambos nos enojamos con él? Vuelve, pues, al campamento, junto al pueblo. Pero si no obedeces, recuerda que Yehoshúa está en el campamento, en el santuario, y bien puede ocupar tu lugar». Moshé respondió: «Es por Tu causa que me enojo con ellos, y ahora veo que aun así Tú no puedes abandonarlos». «Ya te he dicho», dijo Dios, «que enviaré un ángel delante de ellos». Pero Moshé, nada satisfecho con esta promesa, siguió importunando a Dios para que no confiara a Israel a un ángel, sino que los condujera y guiara Él mismo en persona.
Cuarenta días y cuarenta noches, desde el día dieciocho de Tamuz hasta el día veintiocho de Av, estuvo Moshé en el cielo, rogando e implorando a Dios que devolviera a Israel del todo a su favor. Pero todas sus plegarias y exhortaciones fueron en vano, hasta que, al cabo de los cuarenta días, le imploró a Dios que pusiera las obras piadosas de los tres Patriarcas y de los doce hijos de Yaakov a cuenta de sus descendientes; y solo entonces fue escuchada su plegaria. Dijo: «Si estás enojado con Israel porque transgredieron los Diez Mandamientos, acuérdate en su favor de las diez pruebas a las que sometiste a Avraham, y de las que él salió con nobleza. Si Israel merece de Tu mano el castigo por fuego por su pecado, acuérdate del fuego del horno de cal en el que Avraham se dejó arrojar por la gloria de Tu nombre. Si Israel merece la muerte por espada, acuérdate de la prontitud con que Yitsjak tendió su cuello sobre el altar para ser sacrificado a Ti. Si merecen el castigo del destierro, acuérdate en su favor de cómo su padre Yaakov marchó al destierro desde la casa paterna hacia Jarán». Moshé además le dijo a Dios: «¿Serán los muertos alguna vez devueltos a la vida?». Dios, sorprendido, replicó: «¿Te has vuelto hereje, Moshé, que dudas de la resurrección?». «Si los muertos nunca despiertan a la vida», dijo Moshé, «entonces en verdad tienes razón en tomar venganza sobre Israel; pero si los muertos han de ser devueltos a la vida en el porvenir, ¿qué les dirás entonces a los padres de esta nación, si Te preguntan qué ha sido de la promesa que les hiciste? Nada más pido para Israel», continuó Moshé, «que lo que Tú estuviste dispuesto a conceder a Avraham cuando intercedió por Sedom. Estuviste dispuesto a dejar que Sedom sobreviviera si tan solo hubiera diez justos en ella, y ahora voy a enumerarte diez justos entre los israelitas: yo mismo, Aharón, Elazar, Itamar, Pinjás, Yehoshúa y Kalev». «Pero eso son solo siete», objetó Dios. Moshé, sin amilanarse en absoluto, respondió: «Pero Tú has dicho que los muertos serán en el porvenir devueltos a la vida; cuenta, pues, con estos a los tres Patriarcas, para completar el número de diez». La mención que hizo Moshé de los nombres de los tres Patriarcas valió más que todo lo demás, y Dios concedió su plegaria, perdonó a Israel su transgresión y prometió conducir al pueblo Él mismo en persona.
Los caminos insondables de HaShem
Moshé abrigaba todavía otros tres deseos: que la Shejiná morara con Israel; que la Shejiná no morara con las demás naciones; y, por último, que él llegara a conocer los caminos de HaShem por los cuales ordena el bien y el mal en el mundo —causando a veces sufrimiento a los justos y dejando a los injustos gozar de la dicha, mientras que otras veces ambos eran felices, o ambos estaban destinados a sufrir—. Moshé expuso estos deseos ante Dios en el momento de Su ira; por eso Dios le mandó a Moshé esperar hasta que Su ira se hubiera disipado, y entonces le concedió por entero sus dos primeros deseos, pero el tercero solo en parte. Dios le mostró los grandes tesoros en los que están almacenadas las diversas recompensas para los piadosos y los justos, explicándole cada uno por separado en detalle: en este estaban las recompensas de quienes dan limosna; en aquel, las de quienes crían huérfanos. De este modo le mostró el destino de cada uno de los tesoros, hasta que al fin llegaron a uno de tamaño gigantesco. «¿Para quién es este tesoro?», preguntó Moshé, y Dios respondió: «De los tesoros que te he mostrado doy recompensas a quienes las han merecido por sus obras; pero de este tesoro doy a quienes no lo merecen, pues soy también benévolo con aquellos que no pueden reclamar mi benevolencia, y soy generoso con quienes no son merecedores de mi generosidad».
Moshé hubo de contentarse ahora con la certeza de que los piadosos tenían asegurado su merecido; sin llegar, no obstante, a saber de Dios cómo sucede a veces que también los malhechores son felices. Pues Dios se limitó a declarar que Él se muestra bondadoso también con quienes no lo merecen, pero sin asignar más el porqué ni las razones. Mas la recompensa de los piadosos tampoco le fue revelada sino en parte, pues contempló las delicias del Paraíso de las que habían de participar, pero no la verdadera recompensa que ha de seguir al festín en el Paraíso; porque en verdad «ojo no ha visto, fuera de Adonái, lo que Él ha preparado para el que en Él espera».
Por medio del siguiente suceso le mostró Dios a Moshé cuán poco puede el hombre penetrar los caminos insondables de HaShem. Cuando Moshé estaba en el Sinaí, vio desde aquel puesto a un hombre que se llegó a un río, se inclinó a beber, perdió su bolsa y, sin advertirlo, siguió su camino. Poco después llegó otro hombre, encontró el dinero, se lo embolsó y echó a correr. Cuando el dueño de la bolsa reparó en su pérdida, volvió al río, donde no halló su dinero, pero vio a un hombre que había llegado allí por azar a buscar agua. A este le dijo: «Devuélveme el dinero que hace un rato dejé aquí, pues nadie ha podido tomarlo sino tú». Cuando el hombre declaró que no había encontrado nada del dinero ni lo había visto, el dueño lo mató. Mirando con horror y asombro esta injusticia sobre la tierra, Moshé le dijo a Dios: «Te ruego, muéstrame Tus caminos. ¿Por qué este hombre, que era del todo inocente, ha sido muerto, y por qué el verdadero ladrón ha quedado impune?». Dios respondió: «El hombre que encontró el dinero y se lo quedó no hizo sino recuperar lo suyo, pues aquel que había perdido la bolsa junto al río se la había robado antes a él; pero el que parece haber sido muerto inocentemente no hace sino expiar el haber asesinado en otro tiempo al padre de quien lo mató». De este modo concedió Dios la petición de Moshé, «mostrarle Sus caminos», solo en parte. Le dejó mirar hacia el porvenir, y le dejó ver cada generación y sus sabios, cada generación y sus profetas, cada generación y sus expositores de las Escrituras, cada generación y sus dirigentes, cada generación y sus hombres piadosos. Pero cuando Moshé dijo: «¡Oh Señor del mundo! Déjame ver con qué ley gobiernas el mundo; pues veo que muchos justos son afortunados, pero muchos no lo son; muchos malvados son afortunados, pero muchos no lo son; muchos ricos son felices, pero muchos no lo son; muchos pobres son felices, pero muchos no lo son», entonces Dios respondió: «No puedes abarcar todos los principios que aplico al gobierno del mundo, pero algunos de ellos te impartiré. Cuando veo seres humanos que no tienen derecho a esperar nada de Mí, ni por sus propias obras ni por las de sus padres, pero que me rezan y me imploran, entonces concedo sus plegarias y les doy lo que necesitan para el sustento».
Aunque Dios le había concedido ya todos sus deseos, aun así Moshé recibió la siguiente respuesta a su plegaria, «Te ruego, muéstrame Tu gloria»: «No puedes contemplar mi gloria, o de lo contrario perecerías, pero en consideración a mi voto de concederte todos tus deseos, y en vista de que posees el secreto de mi nombre, iré a tu encuentro en la medida de satisfacer tu deseo en parte. Levanta la abertura de la cueva, y haré que todos los ángeles que me sirven pasen en revista ante ti; pero tan pronto como oigas el Nombre que te he revelado, sabe entonces que allí estoy, y compórtate con valentía y sin temor».
Dios tiene una razón para no mostrarle Su gloria a Moshé. Le dijo: «Cuando me revelé a ti en la zarza ardiente, no quisiste mirarme; ahora estás dispuesto, pero Yo no».
Los trece atributos de Dios
La cueva en la que Moshé se ocultó mientras Dios pasaba en revista ante él con Su séquito celestial era la misma en la que se albergó Eliyahu cuando Dios se le reveló en el Jorev. Si hubiera habido en ella una abertura, aunque fuera tan diminuta como la punta de una aguja, tanto Moshé como Eliyahu habrían sido consumidos por la luz divina que pasaba, cuya intensidad era tan grande que Moshé, aunque bien encerrado en la cueva, captó no obstante su reflejo, de modo que por su resplandor su rostro comenzó a brillar. Mas no sin gran peligro obtuvo Moshé esta distinción; pues tan pronto como los ángeles oyeron a Moshé pedirle a Dios que le mostrara Su gloria, se indignaron enormemente contra él y le dijeron a Dios: «Nosotros, que Te servimos noche y día, no podemos ver Tu gloria, ¡y él, que es nacido de mujer, pide verla!». En su cólera se dispusieron a matar a Moshé, que ciertamente habría perecido si la mano de Dios no lo hubiera protegido de los ángeles. Entonces Dios apareció en la nube.
Era la séptima vez que aparecía sobre la tierra y, tomando la figura de un oficiante de una congregación, le dijo a Moshé: «Cada vez que Israel haya pecado y me invoque por los trece atributos siguientes, le perdonaré sus pecados. Yo soy el Dios Todopoderoso que provee a todas las criaturas. Yo soy el Misericordioso que aparta el mal del género humano. Yo soy el Clemente que socorre en el momento de la necesidad. Yo soy el Paciente con los rectos tanto como con los malvados. Yo soy Generoso con aquellos cuyas propias obras no les dan derecho a reclamar recompensas. Yo soy Fiel con quienes tienen derecho a esperar el bien de Mí; y guardo la gracia hasta la generación número dos mil. Perdono las malas acciones e incluso los actos atroces, perdonando a quienes se arrepienten». Cuando Moshé oyó esto, y en particular que Dios es paciente con los pecadores, rezó: «Oh, perdona, pues, el pecado de Israel que cometieron al adorar el Becerro de Oro». De haber rezado Moshé entonces: «Perdona los pecados de Israel hasta el fin de todos los tiempos», Dios habría concedido también eso, pues era un momento de misericordia; pero como Moshé pidió el perdón solo de este único pecado, solo este fue perdonado, y Dios dijo: «He perdonado conforme a tu palabra».
El día en que Dios se mostró misericordioso con Moshé y con Su pueblo fue el día décimo de Tishrí, el día en que Moshé había de recibir las tablas de la ley de manos de Dios por segunda vez, y todo Israel lo pasó entre plegarias y ayuno, para que el espíritu del mal no volviera a extraviarlos. Sus ardientes lágrimas y exhortaciones, unidas a las de Moshé, llegaron al cielo, de modo que Dios se apiadó de ellos y les dijo: «Hijos míos, juro por mi excelso Nombre que estas lágrimas vuestras serán para vosotros lágrimas de regocijo; que este día será para vosotros un día de perdón, de indulgencia y de anulación de los pecados, para vosotros, para vuestros hijos y para los hijos de vuestros hijos hasta el fin de todas las generaciones».
Este día fue fijado nada menos que como el Yom Kipur anual, sin el cual el mundo no podría existir, y que perdurará incluso en el mundo venidero, cuando todos los demás días santos hayan de cesar. El Yom Kipur, sin embargo, no es solo un recuerdo del día en que Dios se reconcilió con Israel y les perdonó sus pecados, sino que es también el día en que Israel recibió finalmente la Torá. Pues después de que Moshé hubiera pasado cuarenta días en oración, hasta que Dios perdonó al fin a Israel sus pecados, empezó a reprocharse el haber roto las tablas de la ley, diciendo: «Israel me pidió que intercediera por ellos ante Dios, pero ¿quién, a causa de mi pecado, intercederá ante Dios por mí?». Entonces Dios le dijo: «No te aflijas por la pérdida de las dos primeras tablas, que contenían solo los Diez Mandamientos. Las segundas tablas que ahora estoy dispuesto a darte contendrán halajot, midrash y agadot».
En el novilunio del mes de Elul, Moshé hizo sonar la trompeta por todo el campamento, anunciando al pueblo que se dirigiría una vez más a Dios durante cuarenta días para recibir de Él las segundas tablas, de modo que no se alarmaran por su ausencia; y permaneció en el cielo hasta el día décimo de Tishrí, en cuyo día regresó con la Torá y se la entregó a Israel.
Las segundas tablas
Mientras que las primeras tablas habían sido dadas en el monte Sinaí en medio de grandes ceremonias, la entrega de las segundas tablas tuvo lugar en silencio, pues Dios dijo: «No hay nada más hermoso que la humildad silenciosa. Las grandes ceremonias con ocasión de la entrega de las primeras tablas tuvieron el mal efecto de dirigir un mal de ojo hacia ellas, de modo que al fin se rompieron». También en esto se diferenciaron las segundas tablas de las primeras: en que aquellas eran obra de Dios, y estas, obra del hombre. Dios trató con Israel como el rey que tomó por esposa a una mujer y redactó el contrato matrimonial de su propia mano. Un día el rey notó que su esposa mantenía una conversación muy íntima con un esclavo; y, enfurecido por su indigna conducta, la echó de su casa. Entonces aquel que había entregado a la novia en la boda se presentó ante el rey y le dijo: «Oh señor, ¿no sabes de dónde tomaste a tu novia? Se crió entre los esclavos, y de ahí que sea íntima con ellos». El rey se dejó aplacar, diciendo al otro: «Toma papel y que un escriba redacte un nuevo contrato matrimonial, y toma aquí mi autorización, firmada de mi propia mano». Justo así les sucedió a Israel con su Dios cuando Moshé ofreció la siguiente excusa por su adoración del Becerro de Oro: «Oh HaShem, ¿no sabes de dónde has traído a Israel, de una tierra de idólatras?». Dios respondió: «Deseas que los perdone. Bien, pues, así lo haré; ahora tráeme aquí tablas en las que pueda escribir las palabras que estaban escritas en las primeras. Pero para recompensarte por haber ofrecido tu vida por ellos, en el porvenir te enviaré junto con Eliyahu, para que ambos juntos preparéis a Israel para la redención final».
Moshé sacó las tablas de una cantera de diamante que Dios le señaló, y las esquirlas que caían, durante el labrado, de la piedra preciosa hicieron de Moshé un hombre rico, de modo que ahora poseía todas las cualidades de un profeta: riqueza, fuerza, humildad y sabiduría. Respecto a esta última, dígase que Dios puso al cuidado de Moshé las cincuenta puertas de la sabiduría, salvo una.
Así como las esquirlas que caían de la piedra preciosa estaban destinadas solo a Moshé, así también la Torá, escrita en estas tablas, había sido originalmente destinada solo a Moshé y a sus descendientes; pero él era de espíritu benévolo, e impartió la Torá a Israel. La riqueza que Moshé se procuró al labrar la Torá fue una recompensa por haberse encargado del cuerpo de Yosef mientras todo el pueblo se apropiaba de los tesoros de los egipcios. Dios dijo entonces: «Moshé merece las esquirlas de las tablas. Israel, que no se ocupó en labores de piedad, se llevó lo mejor de Mitsraim en el momento de su éxodo. ¿Ha de quedar pobre Moshé, que veló por el cuerpo de Yosef? Por eso lo haré rico mediante estas esquirlas».
Durante los cuarenta días que pasó en el cielo, Moshé recibió, además de las dos tablas, toda la Torá —la Biblia, la Mishná, el Talmud y la Agadá—; más aún, incluso todo cuanto los eruditos ingeniosos habrían de preguntar alguna vez a su maestro le fue revelado. Cuando recibió entonces de Dios la orden de enseñar todo esto a Israel, le pidió a Dios que pusiera por escrito toda la Torá y que se la diera a Israel de ese modo. Pero Dios dijo: «Con gusto se la daría toda por escrito, pero está revelado ante Mí que las naciones del mundo leerán en el porvenir la Torá traducida al griego, y dirán: “Nosotros somos el verdadero Israel, nosotros somos los hijos de Dios”. Entonces les diré a las naciones: “Pretendéis ser mis hijos; ¿no sabéis que solo son mis hijos aquellos a quienes he confiado mi secreto, la enseñanza oral?”». Esta fue la razón por la que solo el Pentateuco le fue dado a Moshé por escrito, y las demás partes de la Torá de palabra. De ahí que la alianza que Dios hizo con Israel diga: «Os di una Torá escrita y una Torá oral. Mi alianza con vosotros dice que habéis de estudiar la Torá escrita como cosa escrita, y la oral como oral; pero si confundís la una con la otra, no seréis recompensados. Solo por causa de la Torá he hecho una alianza con vosotros; si no hubierais aceptado la Torá, no os habría reconocido por delante de todas las demás naciones. Antes de que aceptarais la Torá, erais igual que todas las demás naciones, y solo por causa de la Torá os he elevado por encima de las otras. Incluso vuestro rey, Moshé, debe la distinción de que goza en este mundo y en el mundo venidero a la Torá tan solo. Si no hubierais aceptado la Torá, entonces habría disuelto los mundos de arriba y de abajo en el caos».
Cuarenta días y cuarenta noches dedicó ahora Moshé al estudio de la Torá, y en todo ese tiempo no comió pan ni bebió agua, obrando conforme al proverbio: «Si entras en una ciudad, observa sus leyes». Los ángeles siguieron esta máxima cuando visitaron a Avraham, pues allí comieron como hombres; y así hizo Moshé que, hallándose entre ángeles, como los ángeles no probó alimento alguno. Recibió su sustento del resplandor de la Shejiná, que también sostiene a las santas jayot que llevan el Trono. Moshé pasaba el día aprendiendo la Torá de Dios, y la noche repasando lo que había aprendido. De este modo dio ejemplo a Israel, para que se ocuparan de la Torá de noche y de día.
Durante este tiempo Moshé también puso por escrito la Torá, aunque a los ángeles les pareció extraño que Dios le hubiera dado el encargo de escribir la Torá, y expresaron su asombro con las siguientes palabras, que dirigieron a Dios: «¿Cómo es que le das a Moshé permiso para escribir, de modo que pueda escribir lo que quiera y decirle a Israel: “Yo os di la Torá, yo mismo la escribí, y luego os la di”?». Pero Dios respondió: «Lejos esté de Moshé hacer tal cosa, ¡es un siervo fiel!».
Cuando Moshé hubo completado la escritura de la Torá, limpió su pluma en el cabello de su frente, y de esta tinta celestial que se adhirió a su frente se originaron los haces de luz que irradiaban de ella. De este modo cumplió Dios a Moshé la promesa: «Ante todo tu pueblo haré maravillas, como no han sido hechas en toda la tierra, ni en nación alguna». A la vuelta de Moshé del cielo, el pueblo quedó grandemente asombrado de ver su rostro brillar, y había también temor en su asombro. Este temor era consecuencia de su pecado, pues antes habían podido soportar sin temor la vista de «la gloria de Adonái, que era como fuego devorador», aunque constaba de siete envolturas de fuego, superpuestas una sobre otra; pero tras su transgresión ya no podían siquiera soportar mirar el semblante del hombre que había sido el intermediario entre ellos y Dios. Pero Moshé los tranquilizó, y al instante se puso a impartir al pueblo la Torá que había recibido de Dios.
Su método de enseñanza era el siguiente: primero venía Aharón, a quien le impartía la palabra de Dios, y tan pronto como acababa con Aharón, venían los hijos de Aharón, Elazar e Itamar, y los instruía, mientras Aharón se sentaba a su derecha, escuchando. Cuando había acabado con los hijos de Aharón, aparecían los ancianos a recibir instrucción, mientras Elazar se sentaba a la derecha de su padre e Itamar a la izquierda de Moshé, y escuchaban; y cuando había acabado con los ancianos, venía el pueblo y recibía instrucción, tras lo cual Moshé se retiraba. Entonces Aharón repasaba lo que se había enseñado, y sus hijos igualmente, y los ancianos, hasta que cada uno, desde Aharón hasta cada hombre del pueblo, había repetido cuatro veces lo que había aprendido, pues de este modo le había mandado Dios a Moshé grabar la Torá cuatro veces en Israel.
El censo del pueblo
A la vista de los rayos que emanaban del rostro de Moshé, el pueblo le dijo: «Fuimos humillados por Dios a causa de aquel pecado que habíamos cometido. Dios, según dices, nos ha perdonado y está reconciliado con nosotros. Tú, Moshé, estuviste incluido en nuestra humillación, y vemos que Él te ha exaltado una vez más, mientras que nosotros, pese a la reconciliación con Dios, seguimos humillados». Ante esto Moshé se dirigió a Dios y dijo: «Cuando los humillaste, me humillaste también a mí; por tanto, deberías ahora elevarlos también a ellos, si me has elevado a mí». Dios respondió: «En verdad, así como te he exaltado a ti, así los exaltaré también a ellos; registra su número, y con ello muestra al mundo cuán cerca de mi corazón está la nación que antes que todas las demás me reconoció como su rey, cantando junto al mar de los Juncos: “Este es mi Dios, y Lo exaltaré”». Moshé le dijo entonces a Dios: «¡Oh Señor del mundo! Tienes tantas naciones en Tu mundo, pero no Te importa nada registrar sus números, y solo a Israel me mandas contar». Dios respondió: «Todas esas multitudes no me pertenecen, están condenadas a la destrucción del Guehinom, pero Israel es mi posesión, y así como un hombre aprecia sobre todo la posesión por la que más caro pagó, así Israel me es de lo más querido, porque con grandes esfuerzos lo he hecho mío». Moshé le dijo además a Dios: «¡Oh Señor del mundo! A nuestro padre Avraham le hiciste las siguientes promesas: “Y haré tu simiente como las estrellas de los cielos”, pero ahora me mandas contar a Israel. Si su antepasado Avraham no pudo contarlos, ¿cómo he de poder yo?». Pero Dios tranquilizó a Moshé, diciendo: «No necesitas contarlos realmente, sino que, si quieres determinar su número, suma el valor numérico de los nombres de las tribus, y el resultado será su número». Y en verdad de este modo obtuvo Moshé la suma total de los judíos, que ascendía a sesenta miríadas menos tres mil, pues los tres mil habían sido arrebatados por la plaga en castigo por su adoración del Becerro de Oro. De ahí la diferencia entre el número en el éxodo de Mitsraim, cuando Moshé los había contado por primera vez, y el número en el segundo censo, tras las pérdidas sufridas por la plaga. Dios trató a Israel como aquel rey a su rebaño, que ordenó a los pastores hacer el recuento de las ovejas cuando oyó que había habido lobos entre ellas y habían matado a algunas, mandando hacer este cómputo para determinar la cuantía de su pérdida.
Las ocasiones en las que, en el curso de la historia, Israel fue contado son las siguientes: Yaakov contó a su casa al entrar en Mitsraim; Moshé contó a Israel en el éxodo de Mitsraim; después de la adoración del Becerro de Oro; en la disposición de las divisiones del campamento; y en el reparto de la tierra prometida. Shaúl instituyó dos veces un censo del pueblo: la primera vez cuando salió contra Najash, el amonita, y la segunda vez cuando salió en guerra contra Amalek. Es revelador del enorme cambio en la prosperidad de los judíos durante el reinado de Shaúl que, en el primer censo, cada hombre depositaba un guijarro, para que los guijarros pudieran contarse, pero en el segundo censo el pueblo era tan próspero que, en lugar de depositar un guijarro, cada hombre traía un cordero. Hubo un censo en el reinado de David que, sin embargo, por no haber sido ordenado por Dios, tuvo desdichadas consecuencias tanto para el rey como para el pueblo. Ezrá instituyó el último censo cuando el pueblo regresó de Bavel a la Tierra Santa. Aparte de estos nueve censos, Dios mismo contará a Su pueblo en el tiempo venidero, cuando su número será tan grande que ningún mortal podrá contarlo.
Hubo una ofrenda al santuario ligada al segundo censo en tiempos de Moshé, cuando todo aquel que pasaba de los veinte años de edad había de ofrecer medio siclo. Pues Dios le dijo a Moshé: «Ciertamente merecen la muerte por haber hecho el Becerro de Oro, pero que cada uno ofrezca a HaShem dinero de expiación por su alma, y de este modo se rescate del castigo capital». Cuando el pueblo oyó esto, se afligió grandemente, pues pensaban: «En vano nos esforzamos en tomar botín de los egipcios, si no hemos de entregar nuestras posesiones tan duramente ganadas como dinero de expiación. La ley prescribe que un hombre pague cincuenta siclos de plata por deshonrar a una mujer, y nosotros, que hemos deshonrado la palabra de Dios, deberíamos pagar al menos una cantidad igual. La ley decreta además que, si un buey mata a un siervo, su dueño pague treinta siclos de plata; por tanto, cada israelita debería desembolsar tal suma, pues “cambiamos nuestra gloria por la imagen de un buey que come hierba”. Pero estas dos multas no bastarían, pues calumniamos a Dios, Él que nos sacó de Mitsraim, al gritarle al Becerro: “Este es tu Dios, que te sacó de Mitsraim”, y la calumnia es punible por la ley con cien siclos de plata». Dios, que conocía sus pensamientos, le dijo a Moshé: «Pregúntales por qué tienen miedo. No les pido que paguen una multa tan alta como quien deshonra o seduce a una mujer, ni la pena de un calumniador, ni la del dueño de un buey acorneador; todo lo que les pido es esto», y acto seguido le mostró a Moshé, en el fuego, una pequeña moneda que representaba el valor de medio siclo. Cada uno de los que habían pasado por el mar de los Juncos había de dar esta moneda como ofrenda.
Había varias razones por las que Dios pidió en particular el valor de medio siclo como pena. Como cometieron su pecado, la adoración del Becerro de Oro, en la mitad, es decir, en el mediodía, habían de pagar medio siclo; y, además, como cometieron su pecado en la sexta hora del día, habían de pagar medio siclo, que son seis granos de plata. Este medio siclo, además, contiene diez guerás, y es por tanto la multa correspondiente para quienes transgredieron los Diez Mandamientos. El medio siclo había de ser también una expiación por el pecado cometido por los diez hijos de Yaakov, que vendieron como esclavo a su hermano Yosef, por quien cada uno había recibido medio siclo como su parte.
La orden de erigir el Mishkán
Cuando, en aquel memorable Yom Kipur, Dios indicó Su perdón a Israel con las palabras: «Los he perdonado conforme a lo que he dicho», Moshé dijo: «Ahora me siento convencido de que has perdonado a Israel, pero quisiera que mostraras también a las naciones que estás reconciliado con Israel». Pues estas decían: «¿Cómo puede una nación que oyó la palabra de Dios en el Sinaí, “No tendrás otros dioses delante de Mí”, y que cuarenta días después le gritó al Becerro, “Este es tu dios, oh Israel”, esperar que Dios se reconcilie jamás con ella?». Por eso Dios le dijo a Moshé: «Tan cierto como que vives, dejaré que mi Shejiná more entre ellos, para que todos sepan que he perdonado a Israel. Mi santuario en medio de ellos será un testimonio de mi perdón de sus pecados, y de ahí que bien pueda llamarse un “Mishkán del Testimonio”».
La erección de un santuario en medio de Israel se emprendió en respuesta a una petición directa del pueblo, que le dijo a Dios: «¡Oh Señor del mundo! Los reyes de las naciones tienen palacios en los que se disponen una mesa, candelabros y otras insignias reales, para que su rey sea reconocido como tal. ¿No habrás Tú también, nuestro Rey, Redentor y Auxiliador, de emplear insignias reales, para que todos los habitantes de la tierra reconozcan que Tú eres su Rey?». Dios respondió: «Hijos míos, los reyes de carne y sangre necesitan todas estas cosas, pero Yo no, pues no necesito ni comida ni bebida; ni me es necesaria la luz, como bien puede verse en esto: que mis servidores, el sol y la luna, iluminan todo el mundo con la luz que reciben de Mí; por tanto, no necesitáis hacer ninguna de estas cosas por Mí, pues sin estas señales de honor haré que todos los bienes os toquen en suerte en reconocimiento de los méritos de vuestros padres». Pero Israel respondió: «¡Oh Señor del mundo! No queremos depender de nuestros padres. “Sin duda Tú eres nuestro Padre, aunque Avraham no nos conozca e Israel no nos reconozca”». Ante esto Dios dijo: «Si insistís ahora en llevar a cabo vuestro deseo, hacedlo, pero hacedlo del modo que os mando. Es costumbre en el mundo que quienquiera que tenga un hijo pequeño cuida de él, lo unge, lo lava, lo alimenta y lo lleva en brazos, pero tan pronto como el hijo llega a la mayoría de edad, provee a su padre de una hermosa morada, una mesa y un candelabro. Mientras fuisteis jóvenes, Yo proveí por vosotros, os lavé, os alimenté con pan y carne, os di agua para beber y os llevé sobre alas de águila; pero ahora que habéis llegado a la mayoría de edad, deseo que me construyáis una casa, dispongáis en ella una mesa y un candelabro, y hagáis dentro de ella un altar de incienso». Dios les dio entonces instrucciones detalladas para amueblar el Mishkán, diciéndole a Moshé: «Dile a Israel que les ordeno construirme un Mishkán no porque me falte una morada, pues, aun antes de que el mundo hubiera sido creado, Yo había erigido mi templo en los cielos; sino solo como muestra de mi afecto por vosotros dejaré mi templo celestial y moraré entre vosotros: “me harán un santuario, para que yo more entre ellos”».
Ante estas últimas palabras, Moshé fue presa de un gran temor, como el que se había apoderado de él solo en otras dos ocasiones. Una vez, cuando Dios le dijo: «Que cada uno dé un rescate por su alma», y él, muy alarmado, dijo: «Si un hombre diera todo cuanto tiene por su alma, no bastaría». Dios lo tranquilizó con las palabras: «No pido lo que se me debe, sino solo lo que pueden cumplir; medio siclo bastará». Luego, de nuevo, se agitó en Moshé el temor cuando Dios le dijo: «Habla a Israel acerca de mi ofrenda, y de mi pan para mis sacrificios hechos por fuego», y él dijo temblando: «¿Quién puede traerte ofrendas suficientes? “El Líbano no basta para el fuego, ni sus bestias bastan para un holocausto”». Entonces, de nuevo, Dios lo tranquilizó con las palabras: «No exijo según lo que se me debe, sino solo lo que pueden cumplir; un cordero como sacrificio matutino y un cordero como sacrificio vespertino». La tercera vez, Dios estaba en medio de darle a Moshé instrucciones acerca de la construcción del santuario, cuando Moshé exclamó con temor: «He aquí que el cielo y el cielo de los cielos no pueden contenerte, ¿cuánto menos este santuario que hemos de construirte?». Y también esta vez Dios lo tranquilizó con las palabras: «No pido lo que se me debe, sino solo lo que pueden cumplir; veinte tablones al norte, otros tantos al sur, ocho al oeste, y entonces recogeré así mi Shejiná para que encuentre sitio bajo ellos». Dios estaba en verdad ansioso de que se le erigiera un santuario, era la condición con la que los sacó de Mitsraim; más aún, en cierto sentido la existencia de todo el mundo dependía de la construcción del santuario, pues, cuando el santuario hubo sido erigido, el mundo quedó firmemente fundado, mientras que hasta entonces siempre había estado oscilando de un lado a otro. De ahí que el Mishkán, en sus partes separadas, correspondiera también al cielo y a la tierra, que habían sido creados el primer día. Así como el firmamento había sido creado el segundo día para dividir las aguas que estaban debajo del firmamento de las aguas que estaban por encima, así había en el Mishkán una cortina para dividir entre lo santo y lo más santo. Así como Dios creó el gran mar el tercer día, así dispuso la fuente en el santuario para simbolizarlo, y así como aquel día había destinado el reino vegetal como alimento para el hombre, así requirió ahora una mesa con pan en el Mishkán. El candelabro en el Mishkán correspondía a los dos cuerpos luminosos, el sol y la luna, creados el cuarto día; y las siete ramas del candelabro correspondían a los siete planetas, el Sol, Venus, Mercurio, la Luna, Saturno, Júpiter y Marte. Correspondiendo a las aves creadas el quinto día, el Mishkán contenía los querubines, que tenían alas como las aves. En el sexto, el último día de la creación, el hombre había sido creado a imagen de Dios para glorificar a su Creador, y del mismo modo fue ungido el Sumo Sacerdote para oficiar en el Mishkán ante HaShem y Creador.
Los materiales para la construcción del Mishkán
Cuando, en el Yom Kipur, Dios le dijo a Moshé: «Que me hagan un santuario, para que yo more entre ellos», para que las naciones del mundo vieran que Él había perdonado a Israel su pecado, la adoración del Becerro de Oro, fue oro lo que les mandó traer para el adorno del santuario. Dios dijo: «El oro del Mishkán servirá como expiación por el oro que emplearon en la construcción del Becerro de Oro. Además del oro, que me traigan otros doce materiales para la construcción del Mishkán: “plata, bronce, y azul, y púrpura, y escarlata, lino fino, y pelo de cabra, y pieles de carnero teñidas de rojo, y pieles de tejón, y madera de acacia, aceite para la luz, especias para el aceite de la unción y para el incienso aromático, piedras de ónice y piedras para engastar en el efod y en el pectoral”». A estas instrucciones, Dios añadió estas palabras: «Pero no penséis que me estáis dando estos trece objetos como regalos, pues trece obras realicé por vosotros en Mitsraim, que estos trece objetos ahora reintegran. Pues “os vestí con obra bordada, y os calcé con pieles de tejón, y os ceñí con lino fino, y os cubrí con seda. Os adorné también con ornamentos, y puse brazaletes en vuestros brazos, y cadenas alrededor de vuestros cuellos. Y puse joyas en vuestras frentes, y aretes en vuestras orejas, y una hermosa corona sobre vuestras cabezas”. Pero en el mundo venidero, a cambio de estas trece ofrendas al Mishkán, recibiréis trece dones de Mí, cuando “crearé sobre todo lugar de morada del monte Tsiyón, y sobre sus asambleas, una nube y humo de día, y el resplandor de un fuego llameante de noche, pues sobre toda la gloria habrá una defensa. Y habrá un Mishkán como sombra en el día contra el calor, y como refugio, y como amparo, contra las tormentas y contra la lluvia”». Dios continuó: «Dad vuestras contribuciones al santuario con corazón dispuesto. No penséis que necesitáis dar nada de vuestros bolsillos, pues todo lo que tenéis me pertenece, por medio de quien lo recibisteis en vuestro paso por el mar de los Juncos, cuando tomasteis su riqueza de los egipcios. No exijo nada de las demás naciones, pero de vosotros sí lo hago, porque fui Yo quien os sacó de Mitsraim. Pero habréis de erigirme un santuario no solo en este mundo, sino también en el mundo venidero. Al principio la Torá moraba conmigo, pero ahora que está en vuestra posesión, debéis dejar que Yo more entre vosotros con la Torá».
A través de los diversos objetos que Dios les mandó dedicar al santuario, quedó indicado el curso de su historia. El oro significaba su yugo bajo Bavel, «la cabeza de oro»; la plata apuntaba hacia la soberanía de Persia y Media, que por medio de la plata intentaron provocar la destrucción de Israel; el bronce representaba al Imperio griego, que como este metal es de calidad inferior, su dominio fue también menos significativo que el de sus predecesores en la soberanía sobre el mundo; las pieles de carnero teñidas de rojo indican la soberanía de «la Roma roja». Dios le dijo entonces a Israel: «Aunque ahora contempláis las cuatro naciones que os dominarán, aun así os enviaré ayuda para salir de vuestra servidumbre, “aceite para la luz”, el Mesías, que iluminará los ojos de Israel, y que hará uso de “especias para el aceite de la unción”, pues ungirá al Sumo Sacerdote, para que una vez más “yo os acepte con vuestro dulce aroma”».
Cuando Moshé estuvo en el cielo, Dios le mostró el Mishkán, junto con los modelos de todos los vasos sagrados que había en él; por eso Moshé supuso, como era natural, que estaba destinado a ser el constructor del Mishkán. Pero se equivocaba, pues, cuando estaba a punto de abandonar el cielo, Dios le dijo: «Te he nombrado rey, y no corresponde a un rey ejecutar las obras en persona, sino dar directrices a la gente. Por eso no eres tú quien ha de ejecutar en persona la construcción del Mishkán, sino que has de dar tus directrices para que otros las ejecuten». Moshé preguntó entonces a Dios a quién debía elegir como el hombre que cumpliera sus órdenes, y Dios sacó el libro de Adam y lo puso ante Moshé. En este libro halló registradas todas las generaciones, desde la creación del mundo hasta la resurrección de los muertos, y anotados junto a cada generación los reyes, los caudillos y los profetas. Entonces Dios le dijo a Moshé: «En aquella hora decreté la vocación de cada hombre, y Betsalel fue nombrado entonces para su tarea».
Betsalel
Betsalel era, ante todo, de noble linaje. Su padre Hur era hijo de Kalev y de su unión con Miriam, la hermana de Moshé —aquel Hur que entregó su vida por apartar a Israel de la adoración del Becerro de Oro—. Como recompensa por su martirio, su hijo Betsalel habría de construir el Mishkán, y uno de sus descendientes posteriores, el rey Shlomo, habría de construir el Templo en Yerushaláyim. Betsalel no solo era de familia distinguida; él mismo era un hombre distinguido, dotado de sabiduría, discernimiento y entendimiento. Por medio de estos tres Dios creó el mundo; con ellos Betsalel erigió el Mishkán. Con su ayuda quedó completo el Templo, y aun en el mundo futuro serán la sabiduría, el discernimiento y el entendimiento —estos tres— los que Dios empleará para levantar el nuevo Templo. Betsalel, además, tenía sabiduría en la Torá, discernimiento en la halajá y entendimiento en el Talmud, pero más aún: estaba versado en el saber secreto, pues conocía la combinación de letras por medio de la cual Dios creó el cielo y la tierra. El nombre Betsalel, «a la sombra de Dios», era de lo más apropiado para este hombre cuya sabiduría le esclarecía lo que nadie podía saber salvo quien morara «a la sombra de Dios».
Moshé tuvo enseguida ocasión de poner a prueba la sabiduría de este constructor designado por Dios. Dios había ordenado a Moshé erigir primero el Mishkán, luego el Arca Sagrada y, por último, preparar el mobiliario del Mishkán; pero Moshé, para poner a prueba la sabiduría de Betsalel, le ordenó construir primero el Arca Sagrada, luego el mobiliario del Mishkán y solo entonces el santuario. Ante esto, el sabio Betsalel le dijo a Moshé: «Maestro nuestro Moshé, es propio del hombre construir primero su casa y solo después proveerla de su mobiliario. Tú me mandas proveer primero el mobiliario y luego construir un santuario. ¿Qué haré con el mobiliario si no hay un santuario listo para recibirlo?». Moshé, encantado con la sabiduría de Betsalel, respondió: «En verdad, la orden se me dio tal como tú dices. ¿Acaso estuviste tú 'a la sombra de Dios', que lo has sabido?».
Aunque Dios sabía que Betsalel era el hombre indicado para la erección del Mishkán, con todo preguntó a Moshé: «¿Consideras a Betsalel apto para esta tarea?». Moshé respondió: «¡Señor del mundo! Si Tú lo consideras apto, con toda seguridad yo también». Pero Dios dijo: «Ve, no obstante, y pregunta a Israel si aprueban mi elección de Betsalel». Moshé hizo como se le ordenó, y el pueblo asintió con estas palabras: «Si Dios y tú juzgan a Betsalel lo bastante bueno, sin duda queda aprobado también por nosotros». Como constructor del Mishkán, Dios dio a Betsalel otros cinco nombres para llevar. Lo llamó Reayá, «contemplar», porque Betsalel fue contemplado por Dios, por Moshé y por Israel como aquel que había sido decretado para su labor desde el comienzo del mundo. Lo llamó «hijo de Shoval», porque había erigido el Mishkán que se alzaba en lo alto, como un palomar. Lo llamó Yájat, «el que tiembla», porque hizo el santuario, morada del temor de Dios. Lo llamó Ajamai, porque, mediante su obra, quedaron unidos el santuario, Israel y Dios; y, por último, Láhad, como aquel que trajo esplendor y elevación a Israel, pues el santuario es el orgullo y el esplendor de Israel.
Al lado de Betsalel, el noble de Yehudá, trabajó Oholiav, de la insignificante tribu de Dan, para mostrar que «ante Dios, el grande y el humilde son iguales». Y así como el Mishkán se alzó gracias a los esfuerzos combinados de un hombre de Yehudá y uno de Dan, así también el Templo de Yerushaláyim, que fue construido por orden de Shlomo, de Yehudá, por Jiram, de Dan. Así como los maestros de obra del Mishkán fueron colmados del santo espíritu de Dios para llevar a cabo su tarea rectamente, así también lo fueron todos los que ayudaron en su construcción; sí, hasta las bestias que se emplearon en esta ocasión poseyeron sabiduría, discernimiento y entendimiento.
El arca con los querubines
Lo primerísimo que construyó Betsalel fue el Arca de la Alianza, en contra de la orden de Moshé de erigir primero el Mishkán y luego proveer su mobiliario por separado. Logró convencer a Moshé de que lo propio era empezar por el Arca, diciendo: «¿Cuál es el propósito de este Mishkán?». Moshé: «Que Dios haga reposar en él su Shejiná, y así enseñe la Torá a su pueblo Israel». Betsalel: «¿Y dónde guardas la Torá?». Moshé: «En cuanto el Mishkán esté completo, haremos el Arca para guardar la Torá». Betsalel: «Maestro nuestro Moshé, no corresponde a la dignidad de la Torá que entre tanto ande por ahí de este modo; hagamos más bien primero el Arca, pongamos la Torá dentro y luego continuemos con la erección del Mishkán, pues el Mishkán existe únicamente por causa de la Torá». Moshé vio lo justo de este argumento, y Betsalel comenzó su obra con la construcción del Arca. En esto siguió el ejemplo de Dios, que creó la luz antes que todo el resto de la creación. Así, Betsalel construyó primero el Arca que contiene la Torá, la luz que ilumina este mundo y el otro; y solo entonces siguió lo demás. El Arca constaba de tres cofres: uno de oro, de diez palmos y una fracción de largo; dentro de este, uno de madera, de nueve palmos de largo; y dentro de este de madera, uno de oro, de ocho palmos de largo, de modo que por dentro y por fuera el de madera quedaba revestido por los cofres de oro. El Arca contenía las dos tablas de los Diez Mandamientos, así como el Nombre Inefable y todos sus demás epítetos. El Arca era imagen del Trono celestial y era, por ello, la parte más esencial del Mishkán, tanto que incluso durante la marcha se la cubría con un paño enteramente de azul, porque este color se asemeja al color del Trono celestial. Fue también por medio del Arca que se obraron todos los milagros en el camino por el desierto. Dos chispas brotaban de los querubines que daban sombra al Arca, y estas mataban a todas las serpientes y escorpiones que cruzaban el camino de los israelitas, y quemaban además todas las espinas que amenazaban con herir a los caminantes en su marcha por el desierto. El humo que se alzaba de estas espinas chamuscadas, por otra parte, subía recto como una columna y esparcía una fragancia que perfumaba todo el mundo, de modo que las naciones exclamaban: «¿Quién es esta que sube del desierto como columnas de humo, perfumada de mirra e incienso, con todos los aromas del mercader?».
Aparte de esta Arca, que se guardaba en el Mishkán, tenían otra arca, en la que se hallaban las tablas quebradas por Moshé, que llevaban consigo cada vez que iban a la guerra. El Arca que construyó Betsalel se usó también de nuevo en el Templo de Shlomo, pues él conservó el Arca usada por Moshé en el Mishkán, aunque todo el resto del mobiliario del Templo se hizo de nuevo. Permaneció allí hasta el tiempo de la destrucción del Templo por Nabucodonosor, cuando fue ocultada bajo el pavimento de la leñera, para que no cayera en manos del enemigo. Aquel lugar quedó en secreto para siempre. Una vez, un sacerdote, al advertir en la leñera que algo yacía escondido bajo ella, llamó a sus colegas, pero cayó muerto de repente antes de revelar el secreto.
Sobre el Arca estaban los querubines, con sus rostros de niños y sus alas. Su número era dos, en correspondencia con las dos tablas y con los dos nombres sagrados de Dios, Adonái y Elohim, que lo caracterizan como benévolo y como poderoso. El rostro de cada querubín medía un palmo, y las alas se extendían diez palmos cada una, veintidós palmos en total, en correspondencia con las veintidós letras del alfabeto hebreo. Era «de entre los dos querubines» desde donde Dios se comunicaba con Moshé, pues la Shejiná nunca descendió del todo a la tierra, como tampoco ningún mortal ascendió jamás por completo al cielo; hasta Moshé y Eliyahu se detuvieron a escasa distancia del cielo, pues «los cielos, los cielos son de Adonái; mas la tierra la ha dado a los hijos de los hombres». Por eso Dios eligió a los querubines, que estaban diez palmos por encima de la tierra, como el lugar adonde la Shejiná se dirigía para comunicarse con Moshé. Las cabezas de los querubines estaban ligeramente vueltas hacia atrás, como la de un discípulo que se despide de su maestro; pero, en señal del deleite de Dios en su pueblo Israel, los rostros de los querubines, por milagro, «se miraban el uno al otro» cada vez que Israel se consagraba a HaShem; sí, hasta se abrazaban como una pareja de enamorados. Durante las fiestas de peregrinación, el sacerdote solía levantar la cortina del Santo de los Santos para mostrar a los peregrinos cuánto los amaba su Dios, como podían verlo en el abrazo de los dos querubines.
Un doble milagro sucedió cuando los querubines fueron llevados al Templo por Shlomo: las dos varas que estaban unidas al Arca se extendieron hasta tocar la cortina, de modo que en la parte posterior de esta se hicieron visibles dos protuberancias como pechos de mujer, y las alas de los querubines, además, se extendieron hasta alcanzar el techo del Santo de los Santos.
La mesa y el candelabro
Mientras que el número de querubines fue el mismo en el Templo que en el Mishkán, Shlomo, en cambio, mandó poner diez mesas en el Templo en lugar de la única hecha por Moshé. Esto se debía a que una sola mesa bastaba para traer sustento a Israel mientras se mantenían con el maná en el desierto; pero, como la demanda de alimento fue mayor tras asentarse en la tierra prometida, Shlomo mandó poner diez mesas. Con todo, también en el Templo conservó la mesa de Moshé su antigua significación, pues solo sobre ella se colocaba el pan de la proposición, y ella estaba en el centro, mientras que las mesas hechas por Shlomo estaban cinco al sur y cinco al norte. Pues del sur vienen «los rocíos de bendición y las lluvias de abundancia», mientras que todo mal viene del norte; de ahí que Shlomo dijera: «Las mesas del lado sur harán venir sobre la tierra las lluvias de abundancia y los rocíos de bendición, mientras que las mesas del lado norte apartarán todo mal de Israel».
Moshé tuvo gran dificultad con la construcción del candelabro, pues, aunque Dios le había dado instrucciones sobre él, las olvidó por completo al descender del cielo. Ante esto, se dirigió de nuevo a Dios para que se lo mostrara, pero en vano, pues apenas hubo llegado a la tierra, volvió a olvidarlo. Cuando se dirigió a Dios por tercera vez, Dios tomó un candelabro de fuego y le mostró claramente cada uno de sus detalles, para que ya pudiera reconstruir el candelabro para el Mishkán. Como aun así le resultaba difícil formarse una idea clara de la naturaleza del candelabro, Dios lo tranquilizó con estas palabras: «Ve a Betsalel, él lo hará bien». Y, en efecto, Betsalel no tuvo dificultad alguna en hacerlo, y ejecutó al instante el encargo de Moshé. Moshé exclamó, maravillado: «Dios me mostró una y otra vez cómo hacer el candelabro, y sin embargo no acababa de captar la idea; pero tú, sin que Dios te lo mostrara, has sabido darle forma con tu propio caudal de conocimiento. En verdad mereces tu nombre Betsalel, 'a la sombra de Dios', pues obras como si hubieras estado 'a la sombra de Dios' mientras Él me mostraba el candelabro».
El candelabro fue erigido más tarde en el Templo de Shlomo, y, aunque él erigió otros diez candelabros, este fue con todo el primero en encenderse. Shlomo eligió el número diez porque corresponde al número de las Palabras reveladas en el Sinaí; y cada uno de estos candelabros tenía siete lámparas, setenta en total, en correspondencia con las setenta naciones. Pues mientras estas lámparas ardían, el poder de estas naciones se mantenía a raya, pero el día en que estas lámparas se apaguen, el poder de las naciones aumenta. El candelabro estaba hacia el sur, y la mesa al norte del santuario: la mesa, para indicar las delicias de las que participarán los piadosos en el Paraíso, que se halla al norte; la luz del candelabro, para simbolizar la luz de la Shejiná, pues en el mundo futuro no habrá más que un deleite: contemplar la luz de la Shejiná. A causa de su santidad, el candelabro fue uno de los cinco objetos sagrados que Dios ocultó en la destrucción del Templo por Nabucodonosor, y que restaurará cuando, en su bondad amorosa, erija su casa y su Templo. Estos objetos sagrados son: el Arca, el candelabro, el fuego del altar, el Espíritu Santo de la profecía y los querubines.
El altar
Una de las partes más milagrosas del Mishkán era el altar. Pues, cuando Dios ordenó a Moshé hacer un altar de madera de shitim y revestirlo de bronce, Moshé le dijo a Dios: «¡Señor del mundo! Me mandaste hacer el altar de madera y revestirlo de bronce, pero también me mandaste mantener 'un fuego ardiendo perpetuamente sobre el altar'. ¿No destruirá el fuego el revestimiento de bronce y consumirá luego la madera del altar?». Dios respondió: «Moshé, tú juzgas según las leyes que se aplican a los hombres, pero ¿acaso se me aplican también a Mí? Mira los ángeles, que son de llama ardiente. Junto a ellos están mis almacenes de nieve y mis almacenes de granizo. ¿Acaso el agua apaga su fuego, o su fuego consume el agua? Mira también las jayot, que son de fuego. Sobre sus cabezas se extiende un terrible mar de hielo que ningún mortal puede atravesar en menos de quinientos años. Y sin embargo, ¿acaso el agua apaga su fuego, o su fuego consume el agua? Pues 'Yo soy HaShem, que hago paz entre estos elementos en mis alturas'. Pero tú, porque te he mandado mantener 'un fuego ardiendo perpetuamente sobre el altar', temes que la madera pueda ser consumida por el fuego. Cosas muertas vienen ante Mí y me dejan colmadas de vida, ¡y tú temes que la madera del altar pueda consumirse! Tu propia experiencia ya debería haberte enseñado algo mejor: tú atravesaste las cámaras de fuego del cielo, tú entraste entre las huestes de fuego de lo alto; sí, hasta te acercaste a Mí, que 'soy fuego consumidor'. Sin duda tendrías que haber sido consumido por el fuego, pero saliste ileso porque entraste en el fuego por orden mía; tampoco el revestimiento de bronce del altar será dañado por el fuego, aunque no sea más grueso que un denario».
Con las palabras «cosas muertas vienen ante Mí y me dejan colmadas de vida», Dios aludía a los tres incidentes siguientes. La vara de Aharón, después de haber estado una noche en el santuario, «echó brotes, y produjo flores, y hasta dio almendras». Los cedros que Jiram, rey de Tiro, envió a Shlomo para la construcción del Templo, en cuanto los alcanzó el incienso del santuario, reverdecieron de nuevo, y durante siglos dieron frutos, con los que los jóvenes sacerdotes se sustentaban. No fue hasta que Menashé introdujo el ídolo en el Santo de los Santos cuando estos cedros se secaron y dejaron de dar fruto. El tercer incidente al que Dios alude fue la extensión de las varas del Arca cuando Shlomo las colocó en el Santo de los Santos, y las varas, después de haber sido parte del Arca durante cuatrocientos ochenta años, se extendieron de repente hasta tocar la cortina.
Shlomo erigió un nuevo altar para las ofrendas, pero, sabiendo cuán querido era para Dios el altar erigido por Moshé, el altar de bronce, conservó al menos el mismo nombre para su altar. Y en las siguientes palabras se hace evidente cuánto apreciaba Dios el altar erigido por Moshé, pues dijo: «Para recompensar a Israel por haber mantenido 'un fuego ardiendo perpetuamente sobre el altar', castigaré 'al reino cargado de crímenes' con fuego 'que no se apagará ni de noche ni de día; su humo subirá para siempre'».
Junto al altar de bronce había también uno de oro, que correspondía al alma humana, mientras que el primero correspondía al cuerpo; y así como el oro es más valioso que el bronce, así también el alma es más grande que el cuerpo. Pero ambos altares se usaban a diario, pues el hombre también ha de servir a su Hacedor con el cuerpo y con el alma. Sobre el altar de bronce se ofrecían sacrificios, como el cuerpo del hombre, asimismo, se nutre de alimento; pero sobre el altar de oro, especias y dulce incienso, pues el alma se deleita solo en los perfumes.
Los materiales empleados para la construcción del Mishkán, las pieles y la madera, no eran de la clase común. Dios creó al animal Tájash exclusivamente para las necesidades del Mishkán, pues era tan enorme que de una sola piel podía hacerse una cortina de treinta codos de largo. Esta especie de animal desapareció en cuanto quedaron satisfechas las demandas de pieles del Mishkán. También los cedros para el Mishkán se obtuvieron de un modo nada común, pues ¿de dónde iban a sacar cedros en el desierto? Se los debían a su antepasado Yaakov. Cuando llegó a Mitsraim, plantó un bosque de cedros y exhortó a sus hijos a hacer lo mismo, diciendo: «En el futuro seréis liberados de la esclavitud en Mitsraim, y Dios exigirá entonces que le erijáis un santuario para agradecerle haberos librado. Plantad, pues, cedros, para que, cuando Dios os mande construirle un santuario, tengáis en vuestro poder los cedros que su construcción requiere». Sus hijos obraron conforme al mandato de su padre, y al salir de Mitsraim se llevaron los cedros para la anhelada erección del santuario. Entre estos cedros estaba también aquel cedro maravilloso del que se labró «la barra del medio en el centro de los tablones, que iba de un extremo al otro», y que Yaakov se llevó consigo de la Tierra de Israel cuando emigró a Mitsraim, y que luego dejó para que permaneciera entre sus descendientes. Cuando los cedros fueron elegidos para la construcción del Mishkán, entonaron un cántico de alabanza a Dios por esta distinción.
Pero no todas las veinticuatro especies de cedro podían usarse para el Mishkán; más aún, ni siquiera las siete más excelentes entre ellas fueron halladas dignas, sino que solo la especie shitim podía usarse. Pues Dios, que todo lo prevé, sabía que Israel cometería en el futuro un gran pecado en Shitim, y por eso ordenó que se usara madera de shitim para el Mishkán, para que sirviera de expiación por el pecado cometido en Shitim. Shitim significa además «locuras», de ahí que Israel hubiera de construir el lugar de penitencia por su locura al adorar el Becerro de Oro con madera de shitim, para expiar esta «locura». Y, por último, las letras de las que se compone la madera «shitim» representan Shalom, «paz»; Tová, «bien»; Yeshuá, «salvación»; y Mejilá, «perdón». Los tablones que se hicieron para el Mishkán con madera de shitim jamás se pudrieron, sino que perduran por toda la eternidad.
El significado simbólico del Mishkán
Las partes por separado del Mishkán tenían cada una un significado simbólico, pues a todo lo que hay arriba corresponde algo abajo. Hay estrellas arriba, pero asimismo abajo, donde «una estrella saldrá de Yaakov»; Dios tiene sus huestes arriba, y asimismo abajo, su pueblo Israel, «las huestes de Adonái»; arriba hay ofanim, y en la tierra asimismo hay un ofán; arriba, Dios tiene querubines, y asimismo abajo, en el santuario de Israel; Dios tiene su morada arriba, pero asimismo abajo; y, por último, Dios ha extendido los cielos arriba como una cortina, y abajo, en el santuario, había cortinas de pelo de cabra.
También el número de cortinas corresponde a las que hay en el cielo, pues, así como hay once cielos superiores, así también había once cortinas de pelo de cabra. El tamaño del Mishkán era de setenta codos, en correspondencia con los setenta días santos que los judíos celebran anualmente, a saber: cincuenta y dos Shabatot, siete días de Pésaj, ocho de Sukot, y un día cada uno para Shavuot, Yom Kipur y Rosh HaShaná. El número de vasos ascendía también a setenta; como asimismo Dios, Israel y Yerushaláyim llevan setenta nombres; y como, correspondientemente, en el tiempo transcurrido entre la construcción del primer y el segundo Templo, hubo setenta Sanhedrín consecutivos.
Como el Mishkán, también el altar tenía su significado simbólico. Su largo y su ancho eran de cinco codos cada uno, en correspondencia respectiva con los cinco Mandamientos de cada una de las dos tablas de la ley. Su altura era de tres codos, en correspondencia con los tres libertadores que Dios envió para librar a Israel de Mitsraim: Moshé, Aharón y Miriam. Tenía cuatro cuernos en sus esquinas, para expiar los pecados del pueblo, que en el Sinaí recibió cuatro cuernos: «el cuerno de la Torá», «el cuerno de la Shejiná», «el cuerno del Sacerdocio» y «el cuerno del Reino».
En el Mishkán, como más tarde en el Templo, se emplearon oro, plata y bronce, pero no hierro. Con la exclusión del hierro Dios quiso indicar que «en el tiempo futuro», «la áurea Bavel, la argéntea Media y la broncínea Grecia» tendrían permiso para ofrendar dones al nuevo Templo, pero no «la férrea Roma». Es cierto que Bavel también destruyó el santuario de Dios, como Roma, pero no con tal furia ni con tan absoluta saña como Roma, cuyos hijos gritaron: «¡Arrasadla, arrasadla hasta sus cimientos!», y por esta razón Roma no puede contribuir al Templo mesiánico. Y así como Dios rechazará los dones de Roma, así también lo hará el Mesías, a quien todas las naciones de la tierra habrán de ofrecer dones. Mitsraim vendrá con sus dones, y aunque el Mesías al principio se negará a aceptar nada del antiguo capataz de Israel, Dios le dirá: «Los egipcios concedieron a mis hijos morada en su tierra; no los rechaces». Entonces el Mesías aceptará su don. Tras Mitsraim seguirá su vecina, Etiopía, con sus dones, pensando que, si el Mesías aceptó dones del antiguo capataz de Israel, también aceptará dones de ella. Entonces el Mesías aceptará también los dones de Etiopía. Tras estos dos reinos seguirán todos los demás con sus dones, y todos serán aceptados salvo los de Roma. Este reino quedará amargamente decepcionado, pues, confiando en su parentesco con Israel, esperará un trato benévolo del Mesías, que había recibido con gracia a las demás naciones no emparentadas con Israel. Pero Dios clamará al Mesías: «Ruge contra este monstruo que devora la grosura de las naciones, que justifica su pretensión de reconocimiento por ser descendiente de Avraham a través de su nieto Esav, la nación que todo lo perdona por dinero, que apartó a Israel del estudio de la Torá y lo tentó a abismos que concuerdan con los deseos del Satán».
Las vestiduras sacerdotales
Al mismo tiempo que la construcción del Mishkán y sus vasos, se confeccionaron las vestiduras sacerdotales para Aharón y sus hijos. Fue en este tiempo cuando Dios dio a conocer el nombramiento de Aharón para el oficio de Sumo Sacerdote, diciendo: «Ve y nombra un Sumo Sacerdote». Moshé: «¿De qué tribu?». Dios: «De la tribu de Leví». Moshé se puso muy contento al oír que el Sumo Sacerdote había de elegirse de su tribu, y su gozo aumentó cuando Dios añadió: «Nombra Sumo Sacerdote a tu hermano Aharón». Esta elección de Aharón fue, desde luego, también una decepción para Moshé, que había esperado que Dios lo nombrara a él su Sumo Sacerdote, pero Dios había destinado esta dignidad a Aharón para recompensarlo por sus actos piadosos cuando Israel adoró el Becerro de Oro. Pues cuando Moshé volvió del Sinaí y vio el Becerro hecho por Aharón, pensó que su hermano no era mejor que el resto del pueblo y que, como ellos, se había entregado a la idolatría. Pero Dios sabía que la participación de Aharón en la construcción del Becerro se debía únicamente al piadoso motivo de retrasar al pueblo hasta que Moshé volviera, de ahí que ya entonces le dijera a Aharón: «Conozco plenamente tu motivo, y, tan cierto como que vives, te nombraré guardián de los sacrificios que mis hijos me ofrezcan». En consideración a los sentimientos de Moshé, Dios puso en sus manos el nombramiento de Aharón, diciéndole: «Podría haber instalado a tu hermano como Sumo Sacerdote sin haberte informado de ello, pero te cedo su nombramiento, para que tengas ocasión de mostrar al pueblo tu humildad, al no buscar este alto oficio para ti mismo». Por orden de Dios, Aharón y sus dos hijos fueron elegidos entonces como sacerdotes, y, además, no por un período limitado, sino que Aharón y su casa quedaron investidos del sacerdocio por toda la eternidad. En cuanto estos fueron instalados como sacerdotes, Moshé se puso a instruirlos a fondo en las leyes sacerdotales.
Dios ordenó las ocho prendas siguientes como atavío de Aharón: túnica, calzones, mitra, faja, pectoral, efod, manto y lámina de oro; pero sus hijos solo necesitaban las primeras cuatro prendas. Todas estas prendas tenían virtudes expiatorias, y cada una expiaba un pecado definido. La túnica expiaba el homicidio; los calzones, la lujuria; la mitra, la soberbia; la faja, el robo; el pectoral, los veredictos parciales; el efod, la idolatría; las campanillas del manto, la calumnia; y la lámina de oro, la insolencia.
El pectoral y el efod estaban engastados con piedras preciosas, que eran los dones de los nobles al santuario, aunque, para ser exactos, eran en realidad un don de Dios. Pues piedras preciosas y perlas habían llovido junto con el maná, que los nobles de Israel habían recogido y guardado hasta que se erigió el Mishkán, cuando las ofrecieron como dones.
El efod tenía solo dos piedras preciosas, una en cada hombro, y en cada una de estas piedras estaban grabados los nombres de las seis tribus en el orden siguiente: Reuvén, Leví, Yisajar, Naftalí, Gad, Yehosef, en la hombrera derecha; Shimón, Yehudá, Zevulún, Dan, Asher, Binyamín, en el hombro izquierdo. El nombre Yosef se escribía Yehosef, un recurso por el cual las dos piedras tenían grabado exactamente el mismo número de letras. En el pectoral había doce piedras preciosas, en las que los nombres de los tres Patriarcas precedían a los de las doce tribus, y al final estaban grabadas las palabras: «Todas estas son las doce tribus de Israel».
Las piedras del pectoral
Las doce piedras diferían no solo en color, sino también en ciertas cualidades propias de cada una, y tanto la cualidad como el color tenían especial referencia a la tribu cuyo nombre llevaba la piedra. La piedra de Reuvén era el rubí, que tiene la propiedad, cuando una mujer lo ralla y lo prueba, de favorecer el embarazo, pues fue Reuvén quien halló las mandrágoras que inducen el embarazo.
La piedra de Shimón era la esmeralda, que tiene la propiedad de romperse en cuanto una mujer impúdica la mira, piedra adecuada para la tribu cuyo progenitor, Shimón, se encendió en ira por la acción impúdica de Shejem. Era al mismo tiempo una advertencia a la tribu de Shimón, que cometió fornicación en Shitim con las hijas de Moav, para que fuera cuidadosa de la castidad y, como su piedra, no tolerara prostitución alguna.
La piedra de Leví era el carbunclo, que resplandece como el relámpago, así como, asimismo, los rostros de aquella tribu resplandecían de piedad y erudición. Esta piedra tiene la virtud de hacer sabio a quien la lleva; pero la verdadera sabiduría es el temor de Dios, y fue esta tribu la única que no se unió a la adoración del Becerro de Oro.
La piedra de Yehudá era la esmeralda verde, que tiene el poder de hacer victorioso en la batalla a su dueño, piedra adecuada para esta tribu de la que surge la dinastía judía de reyes, que derrotó a sus enemigos. El color verde alude a la vergüenza que puso verde el semblante de Yehudá cuando confesó públicamente su falta con Tamar.
La piedra de Yisajar era el zafiro, pues esta tribu se dedicó por completo al estudio de la Torá, y es de esta misma piedra, el zafiro, de la que fueron labradas las dos tablas de la ley. Esta piedra aumenta la fuerza de la visión y cura muchas enfermedades, como la Torá, asimismo, a la que esta tribu era tan devota, ilumina el ojo y sana el cuerpo.
La perla blanca es la piedra de Zevulún, pues con sus naves mercantes surcaba el mar y sacaba su sustento del océano del que también se saca la perla. La perla tiene además la cualidad de traer sueño a su dueño, y tanto más mérito tiene esta tribu que, pese a ello, pasaba sus noches en empresas comerciales para mantener a su tribu hermana Yisajar, que vivía solo para el estudio de la Torá. La perla es, además, redonda, como la fortuna de los ricos, que gira como una rueda, y de este modo la próspera tribu de Zevulún se mantenía consciente de la volubilidad de la fortuna.
La piedra de Dan era una especie de topacio, en la que se veía el rostro invertido de un hombre, pues los danitas eran pecadores, que tornaban el bien en mal, de ahí el rostro invertido en su piedra.
La turquesa era la piedra de Naftalí, pues da a su dueño rapidez en la cabalgada, y Naftalí era «una cierva suelta».
La piedra de Gad era el cristal, que dota a su dueño de valor en la batalla, y por eso servía a esta tribu belicosa que combatía por HaShem como una exhortación a no temer a nadie y a edificar sobre Dios.
El crisólito era la piedra de Asher, y así como esta piedra ayuda a la digestión y hace a su dueño robusto y recio, así los productos agrícolas de la tribu de Asher eran de tan excelente calidad que engordaban a quienes comían de ellos.
La piedra de Yosef era el ónice, que tiene la virtud de dotar de gracia a quien lo lleva, y en verdad, por su gracia, halló Yosef favor a los ojos de todos.
El jaspe era la piedra de Binyamín, y así como esta piedra cambia de color —ora roja, ora verde, ora incluso negra—, así variaban los sentimientos de Binyamín hacia sus hermanos. A veces se enojaba con ellos por haber vendido como esclavo a Yosef, el único otro hermano por parte de su madre Rajel, y en este ánimo estuvo a punto de delatar su acción a su padre; pero, para no deshonrar a sus hermanos, no reveló su secreto. A esta discreción suya alude el nombre hebreo de su piedra, Yashpé, que significa «hay una boca», pues Binyamín, aunque tenía boca, no pronunció las palabras que habrían cubierto de deshonra a sus hermanos.
Las doce piedras del pectoral, con sus vivos colores, eran de gran importancia en las sentencias oraculares del Sumo Sacerdote, quien por medio de estas piedras hacía que los Urim veTumim ejercieran sus funciones. Pues cada vez que el rey o el cabeza del Sanhedrín deseaba obtener directrices de los Urim veTumim, se dirigía al Sumo Sacerdote. Este, revestido con su pectoral y su efod, le mandaba mirar su rostro y presentar su consulta. El Sumo Sacerdote, bajando la vista a su pectoral, miraba entonces a ver cuál de las letras grabadas en las piedras brillaba con más intensidad, y luego componía la respuesta con esas letras. Así, por ejemplo, cuando David consultó a los Urim veTumim si Shaúl lo perseguiría, el Sumo Sacerdote Evyatar vio destellar la letra Yod en el nombre de Yehudá, Resh en el nombre de Reuvén y Dálet en el nombre de Dan, de ahí que la respuesta rezara así: Yered, «perseguirá».
La información de este oráculo era siempre fidedigna, pues el sentido del nombre Urim veTumim está en el hecho de que «estas respuestas difunden luz y verdad»; pero no todo Sumo Sacerdote lograba obtenerlas. Solo un Sumo Sacerdote impregnado del Espíritu Santo, y sobre quien reposara la Shejiná, podía obtener una respuesta, pues en los demás casos las piedras retenían su poder. Pero si el Sumo Sacerdote era digno, recibía respuesta a toda consulta, pues en estas piedras estaban grabadas todas las letras del alfabeto, de modo que de ellas podían componerse todas las palabras concebibles.
La conclusión del Mishkán
El día once de Tishrí, Moshé reunió al pueblo y le informó de que era voluntad de Dios tener un santuario entre ellos, y a cada hombre se le pidió que trajera al santuario cualquier ofrenda que quisiera. Al mismo tiempo les inculcó que, por muy piadoso que fuera participar en la construcción del Mishkán, bajo ninguna circunstancia podían quebrantar el Shabat para apresurar la construcción del santuario. Moshé les expuso a continuación qué clase de trabajo era permitido en Shabat y cuál estaba prohibido, pues no había menos de treinta y nueve ocupaciones cuyo ejercicio en Shabat se castigaba con la muerte. Dada la importancia de guardar el Shabat, Moshé impartió los preceptos relativos a él directamente a las grandes masas del pueblo que había reunido, y no solo a los ancianos. En esto obró conforme a la orden de Dios, que le dijo: «Ve, Moshé, convoca grandes asambleas y anúnciales las leyes del Shabat, para que las generaciones futuras sigan tu ejemplo y, en los días de Shabat, reúnan al pueblo en las sinagogas y lo instruyan en la Torá, para que sepan qué está prohibido y qué está permitido, y para que mi nombre sea glorificado entre mis hijos». En el espíritu de esta orden, Moshé instituyó que en cada día santo hubiera predicación en las sinagogas e instrucción sobre el significado del día santo particular. Convocaba al pueblo a estas enseñanzas con estas palabras: «Si seguís mi ejemplo, Dios os lo contará como si hubierais reconocido a Dios como vuestro rey en todo el mundo».
El énfasis puesto en la observancia de las leyes del Shabat era del todo necesario, pues el pueblo estaba tan ansioso por entregar sus contribuciones que en Shabat Moshé tuvo que hacer proclamar un anuncio de que no sacaran nada de sus casas, pues el transporte de cosas en Shabat está prohibido. Porque Israel es un pueblo singular, que respondió a la convocatoria de traer oro para el Becerro de Oro, y con no menor celo respondió a la convocatoria de Moshé de dar contribuciones para el Mishkán. No se contentaban con traer cosas de sus casas y tesoros, sino que arrebataban por la fuerza los adornos de sus mujeres, sus hijas y sus hijos, y los llevaban a Moshé para la construcción del Mishkán. De este modo creían poder anular su pecado de haber hecho el Becerro de Oro; antes habían usado sus adornos en la construcción del ídolo, y ahora los empleaban para el santuario de Dios.
Las mujeres, sin embargo, no estaban menos ansiosas por aportar su óbolo, y fueron especialmente diligentes en producir los tapices de lana. Lo hicieron de un modo que no era menos que milagroso: hilaban la lana mientras esta seguía todavía sobre las cabras. Al principio Moshé no quería aceptar donativos de las mujeres, pero estas trajeron sus mantos y sus espejos, diciendo: «¿Por qué rechazas nuestros presentes? Si lo haces porque no quieres en el santuario nada de lo que las mujeres usan para realzar sus encantos, mira, aquí están nuestros mantos, que usamos para ocultarnos de los ojos de los hombres. Y si temes aceptar de nosotras algo que quizá no sea nuestra propiedad, sino de nuestros maridos, mira, aquí están nuestros espejos, que nos pertenecen solo a nosotras y no a nuestros maridos». Cuando Moshé vio los espejos, se enojó mucho y ordenó que apartaran de él a las mujeres, exclamando: «¿Qué lugar tienen en el santuario estos espejos, que existen solo para despertar deseos sensuales?». Pero Dios dijo a Moshé: «En verdad, más queridos me son estos espejos que todos los demás donativos, pues fueron estos espejos los que me dieron mis huestes. Cuando en Mitsraim los hombres quedaban agotados por sus pesadas labores, las mujeres solían venir a ellos con comida y bebida, sacaban sus espejos y decían con ternura a sus maridos: “Mírate en el espejo, yo soy mucho más hermosa que tú”, y de este modo la pasión se apoderaba de los hombres, de suerte que olvidaban sus penas y se unían con sus esposas, las cuales luego traían al mundo muchos hijos. Toma ahora estos espejos y haz con ellos la fuente que contiene el agua para la santificación de los sacerdotes». Además, de esta fuente se sacaba el agua que una mujer sospechosa de adulterio debía beber para probar su inocencia. Así como antaño los espejos habían servido para encender el afecto conyugal, así de ellos se hizo el recipiente para el agua que había de restablecer la paz rota entre marido y mujer.
Cuando Moshé, por orden de Dios, dio a conocer al pueblo que todo aquel que fuera de corazón dispuesto, hombre o mujer, podía traer una ofrenda, el celo de las mujeres fue tan grande que apartaron a los hombres y se adelantaron con sus presentes, de modo que en dos días todo lo necesario para la construcción del Mishkán estuvo en manos de Moshé. Los príncipes de las tribus llegaron casi demasiado tarde con sus contribuciones, y en el último momento trajeron las piedras preciosas para las vestiduras de Aharón, para no quedar del todo sin representación en el santuario. Pero Dios tomó a mal su tardanza, y por esta razón más adelante buscaron ser los primeros en ofrecer sacrificios en el santuario.
Después de que se hubo provisto todo para la construcción del Mishkán, Betsalel se puso a la obra con la entrega de toda su alma, y como recompensa por ello las Sagradas Escrituras hablan de él solo como el constructor del santuario, aunque muchos otros lo asistieron en esta labor. Comenzó su trabajo dando forma a las tablas, luego atendió a su revestimiento, y cuando hubo terminado estas cosas, se puso a preparar las cortinas, después completó el Arca con la cubierta de expiación que le corresponde, y por último la mesa para el pan de la proposición y el candelabro.
El levantamiento del Mishkán
La obra del Mishkán avanzó con rapidez, pues todo estuvo listo en el mes de Kislev, pero no se levantó hasta tres meses después. El pueblo estaba de hecho ansioso por levantar el santuario de inmediato y dedicarlo, pero Dios ordenó a Moshé esperar hasta el primer día del mes de Nisán, porque ese era el día del nacimiento de Yitsjak, y Dios quería que el gozo de la dedicación tuviera lugar en este día de alegría. Los burlones de Israel, por supuesto, a quienes esto no les era conocido, se mofaban de Moshé, diciendo: «Vaya, ¿es posible que la Shejiná repose sobre la obra de los hijos de Amram?».
En lo tocante al Mishkán, Moshé tuvo que sufrir mucho también a causa de los criticones y las lenguas malvadas. Si se mostraba por la calle, se decían unos a otros: «¡Mira qué cuello tan bien nutrido, qué piernas tan robustas tiene el hijo de Amram, que come y bebe de nuestro dinero!». El otro respondía: «¿Acaso crees que quien tiene entre manos la construcción del Mishkán va a seguir siendo un hombre pobre?». Moshé nada decía, pero resolvió que, en cuanto el Mishkán estuviera terminado, rendiría al pueblo una cuenta exacta, cosa que hizo. Pero al llegar el momento de dar la cuenta, olvidó una partida de setecientos setenta y cinco siclos que había gastado en los ganchos de los que colgaban las cortinas del Mishkán. Entonces, al alzar de pronto los ojos, vio a la Shejiná reposando sobre los ganchos y recordó su omisión de este gasto. A partir de entonces todo Israel quedó convencido de que Moshé era un administrador fiel y digno de confianza.
Como el pueblo había traído mucho más material del necesario para el Mishkán, Moshé erigió un segundo Mishkán fuera del campamento, en el sitio donde Dios acostumbraba revelársele, y este «Mishkán de la revelación» era en todos sus detalles igual al santuario original del campamento.
Cuando todo estuvo listo, el pueblo quedó muy decepcionado de que la Shejiná no reposara sobre su obra, y acudieron a los sabios que habían trabajado en la erección del Mishkán, y les dijeron: «¿Por qué os quedáis así sentados, ociosos? Levantad el Mishkán, para que la Shejiná pueda morar entre nosotros». Estos intentaron entonces alzar el Mishkán, pero no lo lograron, pues apenas creían que estaba en pie, se venía de nuevo abajo. Fueron entonces todos a Betsalel y a su ayudante Oholiav, diciéndoles: «Levantad ahora vosotros el Mishkán, vosotros que lo construisteis, y quizá así se sostenga». Pero cuando ni siquiera estos dos maestros constructores lograron levantar el Mishkán, el pueblo empezó a poner reparos, y a decir: «Mirad ahora lo que el hijo de Amram ha traído sobre nosotros. Gastamos nuestro dinero y pasamos muchísimos trabajos, todo porque nos aseguró que Hakadosh Baruj Hu descendería de su lugar con los ángeles y moraría entre nosotros bajo “los tapices de pelo de cabra”, pero todo ha sido en vano». El pueblo fue entonces a Moshé, diciendo: «Oh, maestro nuestro Moshé, hemos hecho todo lo que nos mandaste hacer, dimos todo lo que nos pediste. Mira ahora esta obra terminada, y dinos si hemos omitido algo, o si hemos hecho algo de lo que debiéramos habernos abstenido; examínala con cuidado y respóndenos». Moshé tuvo que admitir que todo se había hecho conforme a sus instrucciones. «Pero si es así —continuó el pueblo—, ¿por qué entonces no se sostiene el Mishkán? ¡Betsalel y Oholiav no lograron levantarlo, ni tampoco todos los sabios!». Esta declaración afligió hondamente a Moshé, que no podía entender por qué el Mishkán no se sostenía. Pero Dios le dijo: «Te dolió no haber tenido parte en la erección del Mishkán, que el pueblo proveyó de material, y en el que Betsalel, Oholiav y los demás sabios trabajaron con la obra de sus manos. Por esta razón ha sucedido que nadie pudo levantar el Mishkán, pues quiero que todo Israel vea que no puede sostenerse si tú no lo levantas». Moshé respondió: «¡Oh, Señor del mundo! No sé cómo levantarlo». Pero Dios contestó: «Ve, ocúpate de levantarlo, y mientras estés ocupado en ello, se alzará por sí solo». Y así sucedió. Apenas Moshé puso la mano sobre el Mishkán, este se irguió, y cesaron para siempre los rumores del pueblo de que Moshé había levantado el Mishkán a su arbitrio, sin la orden de Dios.
La consagración de los sacerdotes
Antes de que el santuario y sus vasos fueran dedicados al servicio, se los ungió con aceite sagrado. En esta ocasión ocurrió el milagro de que doce logim de aceite bastaron no solo para ungir el santuario y sus vasos, y a Aharón y a sus dos hijos durante los siete días de su consagración, sino que con este mismo aceite fueron ungidos todos los sucesores de Aharón en el oficio de Sumo Sacerdote, y varios reyes hasta los días de Yoshiyahu.
Un milagro especial ocurrió cuando Aharón fue ungido, y en su barba puntiaguda quedaron colgando dos gotas de aceite sagrado como dos perlas. Estas gotas no desaparecieron ni siquiera cuando se recortaba la barba, sino que ascendían hasta las raíces del cabello. Moshé al principio temió que el desperdicio inútil de estas gotas de aceite sagrado en la barba de Aharón pudiera considerarse sacrilegio, pero una voz Divina lo tranquilizó. Una voz Divina tranquilizó también a Aharón, quien asimismo temía por el accidente que había vuelto el aceite sagrado a su uso personal.
La unción de Aharón y de sus dos hijos no fue la única ceremonia que los consagró como sacerdotes, pues durante una semana entera tuvieron que vivir cerca del Mishkán, apartados del mundo exterior. Durante este tiempo Moshé desempeñó todos los deberes sacerdotales, incluso trayendo sacrificios por Aharón y sus hijos, y rociándolos con la sangre de estos sacrificios. Fue el vigesimotercer día de Adar cuando Dios ordenó a Moshé consagrar a Aharón y a sus hijos como sacerdotes, diciéndole: «Ve, persuade a Aharón de que acepte su oficio sacerdotal, pues es un hombre que rehúye las distinciones. Pero efectúa su nombramiento ante todo Israel, para que sea honrado de este modo, y al mismo tiempo advierte al pueblo que, tras la elección de Aharón, nadie puede arrogarse derechos sacerdotales. Reúne a toda la congregación a la puerta del Mishkán». Ante estas últimas palabras Moshé exclamó: «¡Oh, Señor del mundo! ¿Cómo podré yo reunir ante la puerta del Mishkán, un espacio que mide apenas dos seá, a sesenta miríadas de hombres adultos y otros tantos jóvenes?». Pero Dios respondió: «¿Te asombras de esto? Milagros mayores que este he realizado. El cielo era originalmente tan fino y tan pequeño como la retina del ojo, y aun así hice que se extendiera sobre todo el mundo de un extremo a otro. También en el mundo venidero, cuando todos los hombres desde Adam hasta el tiempo de la Resurrección estén reunidos en Tsiyón, y la multitud sea tan grande que uno grite al otro: “El lugar es demasiado estrecho para mí, cédeme sitio para que pueda morar”, en ese día extenderé de tal modo la ciudad santa que todos hallarán en ella holgadamente lugar».
Moshé hizo lo que se le había mandado, y en presencia de todo el pueblo tuvo lugar la elección de Aharón y de sus hijos como sacerdotes, tras lo cual estos se retiraron por una semana a la puerta del Mishkán. Durante esta semana, al preparar la ofrenda quemada y la ofrenda por el pecado, Moshé mostró a su hermano Aharón y a los hijos de Aharón cómo desempeñar las distintas funciones sacerdotales en el santuario. Moshé hizo una ofrenda por el pecado porque temía que entre los dones con los que se había construido el santuario pudiera haber habido ganancias mal habidas, y como Dios ama la justicia y aborrece el botín como ofrenda, Moshé, mediante una ofrenda por el pecado, buscó obtener perdón por un posible agravio. Durante esta semana, sin embargo, el santuario se usó solo de manera provisional. Moshé lo levantaba por las mañanas y por las tardes, y luego volvía a plegarlo, y no fue hasta que hubo pasado esta semana que el santuario quedó destinado al uso general. Después de eso no se volvió a plegar sino cuando se trasladaban de un campamento a otro.
Estos siete días de retiro fueron asignados a Aharón y a sus hijos no solo como preparación para su servicio regular; tenían también otro significado. Dios, antes de traer el diluvio sobre la tierra, observó los siete días precedentes como una semana de duelo, y del mismo modo ordenó a Aharón y a sus hijos vivir en retiro absoluto durante una semana, como es deber de quienes están de luto, pues los aguardaba una pérdida grave: la muerte de Nadav y Avihú, que tuvo lugar en el gozoso día de su dedicación.
El día de las diez coronas
El primer día de Nisán fue un día lleno de acontecimientos, «un día que se distinguió por diez coronas». Fue el día en que los príncipes de las tribus comenzaron a traer sus ofrendas; el primer día en que la Shejiná vino a morar entre Israel; el primer día en que se prohibió sacrificar en cualquier lugar que no fuera el señalado; el primer día en que los sacerdotes otorgaron su bendición sobre Israel; el primer día del servicio sacrificial regular; el primer día en que los sacerdotes participaron de ciertas porciones de la ofrenda; el primer día en que se vio el fuego celestial sobre el altar; era, además, el primer día de la semana, un domingo, el primer día del primer mes del año.
Fue en este día, tras «la semana de instrucción» de Aharón y de sus hijos, cuando Dios dijo a Moshé: «¿Piensas que has de ser tú Sumo Sacerdote por haber atendido a los deberes sacerdotales durante esta semana? No es así; llama a Aharón y anúnciale que ha sido nombrado Sumo Sacerdote, y al mismo tiempo llama a los ancianos y en su presencia anuncia su elevación a esta dignidad, para que nadie diga que Aharón mismo se arrogó esta dignidad». Siguiendo el ejemplo de Dios, quien en el Sinaí distinguió a Aharón por encima de todos los demás, diciendo: «Y subirás tú, y Aharón contigo, pero que los sacerdotes y el pueblo no irrumpan», Moshé fue primero a Aharón, luego a los hijos de Aharón, y solo entonces a los ancianos, para discutir con ellos los preparativos de la instalación de Aharón en el oficio.
Cuando Moshé se acercó a Aharón con la noticia de la comisión de Dios de nombrarlo Sumo Sacerdote, Aharón dijo: «¡Cómo! ¿Tuviste tú todo el trabajo de erigir el Mishkán, y ahora he de ser yo su Sumo Sacerdote?». Pero Moshé respondió: «Tan cierto como que vives, aunque tú hayas de ser Sumo Sacerdote, yo estoy tan feliz como si me hubieran elegido a mí. Así como tú te regocijaste con mi elevación, así me regocijo yo ahora con la tuya». Moshé continuó: «Hermano mío Aharón, aunque Dios se ha reconciliado con Israel y les ha perdonado su pecado, aun así, mediante tu ofrenda debes cerrar la boca del Satán, para que no te aborrezca cuando entres en el santuario. Toma, pues, un ternero joven como ofrenda por el pecado, pues así como estuviste a punto de perder tu derecho a la dignidad del Sumo Sacerdocio a causa de un becerro, así ahora, mediante el sacrificio de un ternero, quedarás confirmado en tu dignidad». Entonces Moshé se volvió al pueblo, diciendo: «Tenéis dos pecados que expiar: la venta de Yosef, cuya túnica vuestros padres untaron con la sangre de un cabrito para convencer a su padre de que su dueño había sido despedazado por una bestia salvaje, y el pecado que cometisteis con la adoración del Becerro de Oro. Tomad, pues, un cabrito para expiar la culpa que atrajisteis sobre vosotros con un cabrito, y tomad un ternero para expiar el pecado que cometisteis con un becerro. Pero, para aseguraros de que Dios se ha reconciliado con vosotros, ofreced también un toro, y reconoced así que estáis degollando ante Dios vuestro ídolo, el toro que en otro tiempo habíais adorado». El pueblo, sin embargo, dijo a Moshé: «¿De qué le sirve a esta nación rendir homenaje a su rey, que es invisible?». Moshé respondió: «Por esta misma razón os mandó Dios ofrecer estos sacrificios, para poder mostrarse a vosotros». Ante estas palabras se regocijaron grandemente, pues por ellas supieron que Dios estaba ahora del todo reconciliado con ellos, y se apresuraron a traer las ofrendas al santuario. Moshé los amonestó con estas palabras: «Cuidad ahora de expulsar el impulso maligno de vuestros corazones, de tener ya un solo pensamiento y una sola resolución, la de servir a Dios; y que vuestro servicio, sin división, esté consagrado única y exclusivamente al Dios único, pues Él es el Dios de dioses y el Señor de señores. Si obráis conforme a mis palabras, “la gloria de Adonái se os aparecerá”».
Pero Aharón, en su humildad, aún no se atrevía a emprender sus actividades sacerdotales. El aspecto del altar de cuernos lo llenaba de temor, pues le recordaba la adoración del toro por Israel, un episodio en el que sentía que no había estado del todo libre de culpa. Moshé tuvo que animarlo a acercarse al altar y ofrecer los sacrificios. Después de que Aharón hubo ofrecido los sacrificios prescritos, otorgó su bendición sobre el pueblo con las manos alzadas, diciendo: «Adonái te bendiga y te guarde: Adonái haga resplandecer su rostro sobre ti y te sea propicio: Adonái alce sobre ti su semblante y te dé paz».
A pesar de las ofrendas y las bendiciones, aún no había señal de la Shejiná, de modo que Aharón, con el corazón apesadumbrado, pensó: «Dios está airado conmigo, y es culpa mía que la Shejiná no haya descendido entre Israel; solo a mi hermano Moshé debo el haber entrado, para mi confusión, en el santuario, pues mi servicio no bastó para hacer descender a la Shejiná». Ante esto Moshé entró con su hermano en el santuario una segunda vez, y sus oraciones unidas surtieron el efecto deseado: salió «un fuego de delante de Adonái, y consumió sobre el altar» durante casi ciento dieciséis años, y ni la madera del altar se consumió, ni se derritió su revestimiento de bronce.
Cuando el pueblo vio el fuego celestial, la señal evidente de la gracia de Dios y de su reconciliación con ellos, gritaron, cayeron sobre sus rostros y alabaron a Dios, entonando en su honor un cántico de alabanza. Reinó el gozo no solo en la tierra, sino también en el cielo, pues en este día el gozo de Dios por la erección del santuario fue tan grande como había sido su gozo el primer día de la creación por sus obras, el cielo y la tierra. Pues, en cierto sentido, la erección del Mishkán fue el toque final de la creación del mundo. Porque el mundo existe en virtud de tres cosas: la Torá, el servicio Divino y las obras de amor. Desde la creación del mundo hasta la revelación en el Sinaí, el mundo debía su existencia al amor y a la gracia de Dios; desde la revelación hasta la erección del santuario, el mundo debía su existencia a la Torá y al amor, pero solo con la erección del Mishkán aseguró el mundo su fundamento firme, pues ahora tenía tres pies sobre los que descansar: la Torá, el servicio Divino y el amor. Desde otro punto de vista, también, el día de la consagración del santuario ha de contarse entre los días de la creación, pues en la creación del mundo Dios moraba con los mortales y retiró la Shejiná al cielo solo a causa del pecado de los dos primeros seres humanos. Pero en el día de la consagración del Mishkán la Shejiná volvió a su antigua morada, la tierra. Los ángeles, por tanto, se lamentaron en este día, diciendo: «Ahora Dios dejará las huestes celestiales y morará entre los mortales». Dios en verdad los tranquilizó con las palabras: «Tan cierto como que vivís, mi verdadera morada permanecerá en las alturas», pero no hablaba del todo en serio al decirlo, pues en verdad la tierra es su morada principal. Solo después de que se hubo erigido el Mishkán en la tierra ordenó Dios a los ángeles construir uno igual en el cielo, y es en este Mishkán donde Metatrón ofrece las almas de los piadosos ante Dios como expiación por Israel, en el tiempo del exilio, cuando su santuario terrenal está destruido.
Este día marca un cambio importante en el trato entre Dios y Moshé. Antes de esto, la voz de Dios golpeaba el oído de Moshé como si se condujera por un tubo, y en tal ocasión el mundo exterior solo reconocía, por el rostro enrojecido de Moshé, que estaba recibiendo una revelación; ahora, en la consagración del santuario, esto cambió. Pues cuando, en este día, entró en el santuario, una voz dulce, agradable y encantadora resonó hacia él, ante lo cual dijo: «Escucharé lo que Dios, Adonái, hablará». Entonces oyó las palabras: «Antes reinaba enemistad entre Mí y mis hijos, antes reinaba ira entre Mí y mis hijos, antes reinaba odio entre Mí y mis hijos; pero ahora reina amor entre Mí y mis hijos, reina amistad entre Mí y mis hijos, reina paz entre Mí y mis hijos».
Era evidente que reinaba la paz, pues en este día se les retiró a los demonios la libertad de movimiento sin trabas por el mundo que hasta entonces se les había concedido. Hasta entonces se los encontraba con tanta frecuencia que Moshé recitaba regularmente una oración especial siempre que iba al monte Sinaí, suplicando a Dios que lo protegiera de los demonios. Pero en cuanto se hubo erigido el Mishkán, desaparecieron. No del todo, es cierto, pues aún ahora estas criaturas perniciosas pueden matar a una persona, especialmente en el período que va del decimoséptimo día de Tamuz al noveno día de Av, cuando los demonios ejercen su poder. El más peligroso de entre ellos es Ketev, cuya vista mata tanto a hombres como a animales. Rueda como una bola y tiene la cabeza de un ternero con un solo cuerno en la frente.
Así como Dios destruyó el poder de estos demonios mediante el Mishkán, así también, mediante la bendición sacerdotal que otorgó sobre su pueblo antes de la consagración del santuario, rompió el hechizo del mal de ojo, que de otro modo podría haberlos dañado ahora como lo había hecho en la revelación del Sinaí. Las grandes ceremonias de aquella ocasión habían vuelto los ojos de todo el mundo hacia Israel, y el mal de ojo de las naciones provocó la circunstancia de la rotura de las dos tablas. Así como Dios bendijo a su pueblo en esta ocasión, así también lo hizo Moshé, quien, al terminarse el Mishkán, bendijo a Israel con las palabras: «Adonái, Dios de vuestros padres, os haga mil veces más numerosos de lo que sois, y os bendiga, como os ha prometido». El pueblo respondió a esta bendición, diciendo: «Sea sobre nosotros la hermosura de Adonái nuestro Dios: y confirma sobre nosotros la obra de nuestras manos; sí, la obra de nuestras manos, confírmala Tú».
El gozo interrumpido
La más feliz de las mujeres en este día fue Elishéva, hija de Aminadav, pues, además del regocijo general por la dedicación del santuario, cinco alegrías particulares le tocaron en suerte: su marido, Aharón, era Sumo Sacerdote; su cuñado, Moshé, rey; su hijo, Elazar, jefe de los sacerdotes; su nieto, Pinjás, sacerdote de la guerra; y su hermano, Najshón, príncipe de su tribu. ¡Pero qué pronto se le tornó el gozo en dolor! Sus dos hijos, Nadav y Avihú, arrastrados por el regocijo universal ante el fuego celestial, se acercaron al santuario con los incensarios en las manos, para acrecentar el amor de Dios por Israel mediante este acto de sacrificio, pero pagaron con sus vidas esta ofrenda. Del Santo de los Santos salieron dos llamas de fuego, tan finas como hilos, que luego se dividieron en cuatro, y dos de cada una atravesaron las fosas nasales de Nadav y Avihú, cuyas almas quedaron quemadas, aunque ninguna herida externa era visible.
La muerte de estos sacerdotes no fue, sin embargo, inmerecida, pues, a pesar de su piedad, habían cometido más de un pecado. Ya en el Sinaí no se habían conducido como debían, pues, en lugar de seguir el ejemplo de Moshé, que había apartado el rostro de la visión Divina en la zarza ardiente, ellos se recrearon en la visión Divina del monte Sinaí. Su destino había quedado incluso decretado, pero Dios no quiso ensombrecer el gozo de la Torá con su muerte, por lo que esperó a la dedicación del Mishkán. En esta ocasión Dios obró como el rey que, descubriendo el día de la boda de su hija que el padrino era culpable de un pecado mortal, dijo: «Si hago ejecutar al padrino en el acto, arrojaré una sombra sobre el gozo de mi hija. Prefiero hacerlo ejecutar en mi día de alegría antes que en el de ella». Dios infligió el castigo a Nadav y a Avihú «en el día de la alegría de su corazón», y no en el día en que la Torá desposó a Israel.
Entre los pecados que tuvieron que expiar estaba su gran soberbia, que se manifestó de varias maneras. No se casaban, porque no consideraban a ninguna mujer bastante buena para ellos, diciendo: «El hermano de nuestro padre es rey, nuestro padre es Sumo Sacerdote, el hermano de nuestra madre es príncipe de su tribu, y nosotros somos jefes de los sacerdotes. ¿Qué mujer es digna de nosotros?». Y más de una mujer quedó sin casar, aguardando a que estos jóvenes la cortejaran. En su soberbia llegaron incluso a tanto en sus pensamientos pecaminosos que anhelaban el tiempo en que Moshé y Aharón murieran y ellos tuvieran en sus manos la conducción del pueblo. Pero Dios dijo: «“No te jactes del día de mañana”; más de un potro ha muerto, y su piel se ha usado como manta para el lomo de su madre». Incluso en la ejecución del acto que les acarreó la muerte mostraron su soberbia, pues no pidieron permiso ni a Moshé ni a Aharón para tomar parte en el servicio sacrificial. Es más, Nadav y Avihú ni siquiera se consultaron entre sí antes de emprender esta acción fatal, sino que la ejecutaron cada uno con independencia del otro. De haberse aconsejado antes mutuamente, o de haber preguntado a su padre y a su tío, muy probablemente nunca habrían ofrecido el desastroso sacrificio. Pues no estaban ni en la condición apropiada para hacer una ofrenda, ni era apropiada su ofrenda. Bebieron vino antes de entrar en el santuario, lo cual está prohibido a los sacerdotes; no llevaban las vestiduras sacerdotales prescritas, y, además, no se habían santificado con agua de la fuente para el lavado. Hicieron su ofrenda, por añadidura, en el Santo de los Santos, cuya entrada estaba prohibida, y usaron «fuego extraño», y la ofrenda estaba del todo fuera de lugar, pues no habían recibido de Dios orden alguna de ofrecer incienso en ese momento. Aparte de esta lista de pecados, sin embargo, eran hombres muy piadosos, y su muerte afligió a Dios más que a su padre Aharón, no solo porque a Dios le duele ver a un padre piadoso perder a sus hijos, sino porque en verdad eran jóvenes dignos y piadosos.
Cuando Aharón supo de la muerte de sus hijos, dijo: «Todo Israel te vio en el mar de los Juncos, y también en el Sinaí, sin sufrir daño después; pero mis hijos, a quienes ordenaste morar en el Mishkán, un lugar en el que un lego no puede entrar sin ser castigado con la muerte, mis hijos entraron en el Mishkán para contemplar tu fuerza y tu poder, ¡y murieron!». Dios dijo entonces a Moshé: «Di a Aharón lo siguiente: “Te he mostrado gran favor y te he concedido gran honor con esto, con que tus hijos hayan sido quemados. Os asigné a ti y a tus hijos un lugar más cercano al santuario, antes que a todos los demás, incluso antes que a tu hermano Moshé. Pero también he decretado que todo aquel que entre en el Mishkán sin haber sido mandado, será herido de lepra. ¿Habrías querido que tus hijos, a quienes se les habían asignado los lugares más recónditos, se sentaran como leprosos fuera del campamento como castigo por haber entrado en el Santo de los Santos?”». Cuando Moshé comunicó estas palabras a su hermano, Aharón dijo: «Te doy gracias, oh Dios, por lo que me has mostrado al hacer morir a mis hijos antes que dejarlos malgastar sus vidas como leprosos. Me corresponde darte gracias y alabarte, “porque tu misericordia es mejor que la vida, mis labios te alabarán”».
Moshé se esforzó por consolar a su hermano de otra manera todavía, diciendo: «Tus hijos murieron para glorificar el nombre de Adonái, bendito sea su nombre, pues en el Sinaí me dijo Dios: “Y allí me encontraré con los hijos de Israel, y el Mishkán será santificado por aquellos que me glorifican”. Yo sabía que este santuario de Dios había de ser santificado por la muerte de aquellos que estuvieran cerca de él, pero pensaba que tú o yo estábamos destinados a ello; ahora, en cambio, comprendo que tus hijos estaban más cerca de Dios que nosotros». Estas últimas palabras bastaron para inducir a Aharón a dominar su dolor por la pérdida de sus hijos, y, como el verdadero sabio, soportó en silencio el pesado golpe del destino, sin murmurar ni lamentarse. Dios lo recompensó por su silencio dirigiéndose a él directamente y comunicándole una importante ley sacerdotal.
Aharón no pudo tomar parte en el entierro de Nadav y Avihú, pues a un Sumo Sacerdote no se le permite participar en un cortejo fúnebre, aunque el difunto sea un pariente cercano. Tampoco a Elazar e Itamar, los hijos supervivientes de Aharón, se les permitió hacer duelo ni asistir al funeral en el día de su dedicación como sacerdotes, de modo que los primos de Aharón, los leviim Mishael y Eltsafán, los parientes más próximos después de estos, tuvieron que ocuparse del entierro. Estos dos leviim eran hijos de un padre muy digno, que no solo era por linaje un pariente cercano de Aharón, sino que también estaba estrechamente emparentado con Aharón en el carácter. Así como Aharón perseguía la paz, así también lo hacía su tío Uziel, padre de Mishael y Eltsafán. Al ser leviim, no podían entrar en el lugar donde el fuego celestial había alcanzado a sus primos, por lo que un ángel había empujado a Nadav y a Avihú fuera de la cámara sacerdotal, y no murieron hasta estar fuera de ella, para que Mishael y Eltsafán pudieran acercarse a ellos.
Mientras que a toda la casa de Israel se le ordenó llorar la muerte de Nadav y Avihú, pues «la muerte de un hombre piadoso es mayor desgracia para Israel que la reducción del Templo a cenizas», a Aharón y a sus hijos, en cambio, se les permitió no tomar parte alguna en el duelo, y Moshé les mandó comer de las porciones de la ofrenda que les correspondían, como si nada hubiera ocurrido. Ahora bien, cuando Moshé vio que Aharón había reducido a cenizas una de las tres ofrendas por el pecado que se habían ofrecido aquel día, sin que él ni sus hijos hubieran participado de ella, se encendió su ira contra su hermano, pero, en consideración a la edad de Aharón y a su oficio, Moshé dirigió sus violentas palabras no a Aharón mismo, sino a sus hijos. Les reprochó haber ofendido el mandamiento de Dios al quemar una ofrenda por el pecado y comer de las otras dos. Les preguntó, además, si no eran lo bastante sabios para aprovechar el ejemplo de sus hermanos difuntos, que pagaron con sus vidas sus acciones arbitrarias, tanto más cuanto que ellos también habían estado condenados a muerte, y debían la vida únicamente a su oración, que había tenido el poder de conservar para su padre la mitad del número de sus hijos. El reproche de Moshé, sin embargo, era injustificado, pues Aharón y sus hijos habían hecho lo que los estatutos requerían, pero Moshé, en esta ocasión, como en otras dos, a causa de su ira había olvidado las leyes que él mismo había enseñado a Israel. Por ello Aharón se le opuso con decisión y le señaló su error. Moshé, lejos de tomar a mal la reprensión de Aharón, hizo que un heraldo proclamara por todo el campamento: «He interpretado erróneamente la ley, y Aharón, mi hermano, me ha corregido. Elazar e Itamar también conocían la ley, pero callaron por consideración a mí». Como recompensa por su discreción, Dios reveló entonces importantes leyes a Moshé, con el encargo especial de comunicarlas tanto a Aharón como a Elazar e Itamar.
Los dones de los príncipes
Cuando Moshé llamó al pueblo a hacer sus ofrendas para la erección del santuario, mucho contrarió a los príncipes de las tribus que no los hubiera convocado en particular. Por ello retuvieron sus contribuciones, aguardando a que el pueblo diera según sus posibilidades, para poder intervenir ellos y suplir la deficiencia, de modo que todos observaran que sin ellos el Mishkán no habría podido completarse. Pero se equivocaron, pues, en su presta devoción, el pueblo proveyó todas las cosas necesarias para el santuario, y cuando los príncipes de las tribus advirtieron su error y trajeron sus contribuciones, ya era demasiado tarde. Todo lo que pudieron hacer fue proveer las joyas para las vestiduras del Sumo Sacerdote, pero ya no pudieron tomar parte en la erección del Mishkán. En el día de la dedicación intentaron enmendar en parte el haber dejado escapar su oportunidad, siguiendo el consejo de la tribu de Yisajar, renombrada por su sabiduría y erudición, de traer carros para el transporte del Mishkán. Estos príncipes de las tribus no eran advenedizos ni hombres recién elevados al honor; eran hombres que ya en Mitsraim habían tenido cargo y habían estado expuestos a la ira de los egipcios; también habían estado al lado de Moshé cuando este emprendió el censo del pueblo. Trajeron ahora como ofrenda a Moshé seis carros cubiertos, plenamente equipados, e incluso pintados de azul, el color del cielo, y también doce bueyes para tirar de los carros. El número de carros, así como el de bueyes, había sido fijado con un propósito. Los seis carros correspondían a los seis días de la creación; a las seis Madres: Sará, Rivká, Rajel, Leá, Bilhá y Zilpá; a las seis leyes que la Torá prescribe exclusivamente para el rey; a los seis órdenes de la Mishná; y a los seis cielos. El número de los bueyes correspondía a las doce constelaciones y a las doce tribus. Moshé al principio no quería aceptar los tiros, pero Dios no solo le ordenó aceptarlos, sino que le mandó también dirigirse amablemente a los príncipes y darles las gracias por sus dones. Moshé llegó incluso a pensar que la Shejiná lo había abandonado y reposaría sobre los príncipes de las tribus, suponiendo que estos habían recibido comunicación directa de Dios para hacer esta ofrenda al santuario. Pero Dios dijo a Moshé: «Si hubiera sido una orden directa mía, entonces te habría mandado a ti decírselo, pero ellos lo hicieron por iniciativa propia, la cual, en efecto, concuerda con mi deseo». Moshé aceptó entonces los dones, no sin recelos, temiendo que un carro se rompiera, o un buey muriera, dejando a tal o cual tribu sin representación en el don. Pero Dios le aseguró que ningún accidente les ocurriría ni al carro ni al buey; más aún, un gran milagro se cumplió respecto de estos carros y bueyes, pues los animales viven para siempre sin enfermar ni envejecer, y los carros asimismo perduran por toda la eternidad.
Moshé distribuyó entonces los carros entre los leviim, de modo que la división de los hijos de Gershón recibió dos carros, con el transporte de las porciones más ligeras, mientras que a los hijos de Merarí, encargados del transporte de las porciones pesadas del Mishkán —tablas, barras y cosas semejantes—, se les dieron cuatro carros. La tercera división de los leviim, los hijos de Kehat, no recibió carros, pues se les confió el transporte del Arca Sagrada, que no podía alzarse sobre un carro, sino que debía llevarse sobre sus hombros. David, que olvidó observar esta ley e hizo alzar el Arca sobre un carro, pagó caro su descuido, pues los sacerdotes que intentaron llevar el Arca al carro fueron arrojados por tierra. Ajitófel llamó entonces la atención de David sobre la necesidad de seguir el ejemplo de los hijos de Kehat, que llevaron el Arca sobre sus hombros a través del desierto, y David les ordenó hacer lo mismo.
Pero los príncipes de las tribus no se contentaron con haber provisto los medios para transportar el santuario; querían ser los primeros, en el día de la dedicación, en presentar ofrendas. Como con los carros, Moshé dudaba si permitirles o no traer sus ofrendas, pues estas eran de un tipo inusual que ordinariamente no era admisible. Pero Dios le ordenó aceptar las ofrendas de dedicación de los príncipes, aunque Moshé aún dudaba si dejar que los doce príncipes hicieran sus ofrendas el mismo día, o fijar un día especial para cada uno, y, en tal caso, en qué orden habían de hacer sus ofrendas. Dios le reveló entonces que cada uno de los príncipes de las tribus había de sacrificar en un día especial, y que Najshón, el príncipe de Yehudá, había de comenzar. Fue recompensado de este modo por la devoción que había mostrado a Dios durante el paso por el mar de los Juncos. Cuando Israel, acosado por los egipcios, llegó al mar, las tribus empezaron a disputar entre sí sobre quién debía entrar primero en el mar. Entonces, de pronto, Najshón, el príncipe de Yehudá, se lanzó al mar, confiando firmemente en que Dios asistiría a Israel en su necesidad.
La ofrenda de Najshón fue una fuente de plata labrada para el santuario, cuyo peso era de ciento treinta shekels; un cuenco del mismo tamaño, pero de peso menor, de setenta shekels; ambos llenos de flor de harina amasada con aceite para una oblación. Además, una cuchara de diez shekels de oro, llena de incienso; un novillo, el escogido de su ganado; un carnero excelente y un cordero de un año —estos tres para un holocausto—; y un cabrito de las cabras para una ofrenda por el pecado, para expiar una posible impureza en el santuario. Estos sacrificios y ofrendas los presentó Najshón de sus propios bienes, no de los de su tribu. Que Dios aceptara las ofrendas de los príncipes de las tribus muestra cuán queridos le eran; pues en ningún otro momento se le permitió a un particular ofrecer incienso, como hicieron Najshón y sus compañeros. También trajeron ofrendas por el pecado, lo cual de ordinario no se permite a menos que uno sea consciente de haber cometido un pecado. Por último, el príncipe de la tribu de Efráyim trajo su ofrenda el séptimo día de la dedicación, que caía en Shabat, aunque de ordinario en Shabat solo pueden ofrecerse los sacrificios diarios.
Las ofrendas de todos los príncipes de las tribus eran idénticas, pero tenían un significado distinto para cada tribu. Desde los días de Yaakov, que se lo predijo, cada tribu conocía su historia futura hasta los tiempos del Mesías; por eso, en la dedicación, cada príncipe trajo ofrendas que simbolizaban la historia de su tribu.
Najshón, el príncipe de Yehudá, trajo una fuente de plata y un cuenco de plata: la una representaba el mar; el otro, la tierra firme —señal de que de su tribu brotarían hombres como Shlomo y el Mesías, que gobernarían el mundo entero, tanto la tierra como el mar. La cuchara de oro de diez shekels significaba las diez generaciones desde Péretz, hijo de Yehudá, hasta David, primero de los reyes de Yehudá, cuyas acciones todas fueron dulces como el incienso que la cuchara contenía. Los tres holocaustos —el novillo, el carnero y el cordero— correspondían a los tres Patriarcas, Avraham, Yitsjak y Yaakov, mientras que el cabrito de las cabras había de expiar el pecado de Yehudá, que quiso engañar a su padre con la sangre de un cabrito. Los dos bueyes de la ofrenda de paz apuntaban a David y Shlomo, y el ganado menor de la ofrenda de paz —los carneros, los machos cabríos y los corderos— correspondía a los descendientes y sucesores de estos dos reyes de Yehudá, que también pueden clasificarse en tres grupos: los muy piadosos, los muy malvados y los que no eran ni piadosos ni malvados.
El segundo día de la dedicación se presentó el príncipe de la tribu de Reuvén y quiso ofrecer su ofrenda, diciendo: «Basta con que a Yehudá se le permitiera ofrecer sacrificio antes que a mí; sin duda ya es hora de que nuestra tribu presente sus ofrendas». Pero Moshé le hizo saber que Dios había dispuesto que las tribus presentaran sus ofrendas en el orden en que marchaban por el desierto, de modo que la tribu de Yisajar seguía a Yehudá. Esta tribu tenía sobrados méritos para estar entre las primeras en ofrecer sacrificios, pues, en primer lugar, se entregaba por entero al estudio de la Torá, de suerte que los grandes sabios de Israel se contaban entre sus filas; y, además, fue esta tribu la que propuso a las demás traer las ofrendas de la dedicación. Como era la tribu de la erudición, sus dones simbolizaban cosas atinentes a la Torá. La fuente de plata y el cuenco de plata correspondían a la Torá escrita y a la Torá oral; y ambos recipientes están llenos por igual de flor de harina, pues las dos leyes no se oponen, sino que forman una unidad y encierran las enseñanzas más altas. La flor de harina estaba amasada con aceite, tal como el conocimiento de la Torá debe unirse a las buenas obras; pues quien se ocupa de la Torá, obra el bien y se mantiene apartado del pecado, colma de deleite a su Creador. La cuchara de oro de diez shekels simboliza las dos tablas en que Dios, con la palma de su mano, escribió los Diez Mandamientos, y que entre los mandamientos contenían todos los pormenores de la Torá, así como la cuchara estaba llena de incienso. Los tres holocaustos —el novillo, el carnero y el cordero— correspondían a los tres grupos: sacerdotes, leviim e israelitas, mientras que el cabrito de las cabras aludía a los prosélitos, pues la Torá fue revelada no solo para Israel, sino para todo el mundo; y «un prosélito que estudia la Torá no es menos que un Sumo Sacerdote». Los dos bueyes de la ofrenda de paz correspondían a la Torá oral y a la escrita, cuyo estudio trae paz en la tierra y paz en el cielo.
Tras Najshón, el rey temporal, y Netanel, el rey espiritual, llegó el turno de Eliav, el príncipe de la tribu de Zevulún. Esta tribu debía su distinción a que se dedicaba al comercio y, con las ganancias de este, podía mantener a la tribu de Yisajar, la cual, entregada por completo al estudio, no podía sostenerse a sí misma. La fuente y el cuenco que presentó al santuario simbolizan el alimento y la bebida con que Zevulún proveía a la tribu estudiosa de Yisajar. La cuchara señalaba la costa del mar, que Yaakov, en su bendición, había otorgado a Zevulún como heredad, y los diez shekels de su peso correspondían a las diez palabras de que constaba esa bendición. Los dos bueyes apuntan a las dos bendiciones que Moshé otorgó a Zevulún, y el ganado menor —el carnero, el macho cabrío y el cordero— correspondía a las tres cosas que hacían célebres las tierras de Zevulún por encima de todas las demás: el atún, el caracol de la púrpura y el vidrio blanco.
Después de que las tribus pertenecientes al campamento de Yehudá hubieron traído sus ofrendas, siguieron Reuvén y las tribus de su división. Las ofrendas de la tribu de Reuvén simbolizaban los sucesos de la vida de su antepasado Reuvén. La fuente de plata recordaba las palabras de Reuvén cuando salvó la vida de Yosef, a quien los otros hermanos querían matar, pues «la lengua del justo es plata escogida». El cuenco de plata, con que se rociaba la sangre del sacrificio, recordaba el mismo suceso, pues fue Reuvén quien aconsejó a sus hermanos que arrojaran a Yosef al pozo en lugar de matarlo. La cuchara de diez shekels de oro simbolizaba la acción de Reuvén, que apartó a los hijos de Yaakov del derramamiento de sangre; por eso el oro con que se labró la cuchara tenía un color rojo como la sangre. La cuchara estaba llena de incienso, y así también Reuvén llenó sus días de ayuno y oración hasta que Dios le perdonó su pecado con Bilhá, y «su oración se elevó ante Dios como incienso». Como penitencia por esta falta, Reuvén ofreció el cabrito de las cabras como ofrenda por el pecado, mientras que los dos bueyes de la ofrenda de paz correspondían a las dos grandes obras de Reuvén: la liberación de Yosef y la larga penitencia por su pecado.
Así como Reuvén intercedió para salvar la vida de su hermano Yosef, así Shimón se alzó por su hermana Diná cuando tomó venganza de los habitantes de Shejem por el agravio que le habían hecho. Por eso el príncipe de la tribu de Shimón siguió al príncipe de la tribu de Reuvén. Como el santuario estaba destinado a castigar la impureza sexual en Israel, así las ofrendas de la tribu cuyo progenitor había sido el vengador de tal impureza simbolizaban las distintas partes del Mishkán. La fuente correspondía al atrio que rodeaba el Mishkán y por eso pesaba ciento treinta shekels, para corresponder a las dimensiones del atrio, que medía cien codos, de los cuales el Mishkán ocupaba treinta. El cuenco de setenta shekels correspondía al espacio vacío del Mishkán. Estos dos, la fuente y el cuenco, estaban llenos de flor de harina amasada con aceite, porque en el atrio del Mishkán se ofrecían las oblaciones amasadas con aceite, mientras que dentro del Mishkán estaban el pan de la proposición, de flor de harina, y el candelabro, lleno de aceite. La cuchara de diez shekels de oro correspondía al rollo de la Torá y a las tablas con los Diez Mandamientos que reposaban en el Arca. Los animales del sacrificio —el novillo, el carnero, el cordero y el cabrito— correspondían a las cuatro clases de cortinas y colgaduras que se usaban en el santuario, hechas de las pieles de estos animales. Los dos bueyes de la ofrenda de paz apuntaban a las dos cortinas, la una delante del Mishkán, la otra delante del atrio, mientras que las tres clases de ganado menor que se ofrecían correspondían a las tres cortinas del atrio —una al norte, otra al sur y otra al oeste—; y como cada una de estas medía cinco codos de largo, así se presentaron cinco de cada clase como ofrenda.
Así como Shimón, espada en mano, combatió por su hermana, así, por la fuerza de las armas, la tribu de Gad salió a conquistar para sus hermanos la tierra al otro lado del Yardén. Por eso su príncipe siguió con sus ofrendas a Shelumiel, príncipe de Shimón. Esta tribu, tan activa en la conquista de la tierra prometida, simbolizaba en sus ofrendas la salida de Mitsraim, que fue la única que hizo posible la marcha hacia la Tierra de Israel. La fuente, de ciento treinta shekels de peso, aludía a Yojéved, que a la edad de ciento treinta años dio a luz a Moshé, quien guardaba relación simbólica con el cuenco, pues fue arrojado al Nilo. Este cuenco pesaba setenta shekels, pues Moshé extendió su espíritu profético sobre los setenta ancianos; y así como el cuenco estaba lleno de flor de harina, así el espíritu profético de Moshé no menguó en nada porque los setenta ancianos participaran de la profecía. Los tres holocaustos recordaban las tres virtudes que Israel poseía en Mitsraim y que obraron su liberación: no cambiaron sus nombres hebreos, no cambiaron su lengua hebrea y vivieron una vida de pureza. Las ofrendas por el pecado habían de expiar la idolatría a que estaban entregados en Mitsraim, de modo que Dios no permitió su liberación hasta que renunciaron a la idolatría. Los dos bueyes de la ofrenda de paz correspondían a Yaakov y a Yosef, por cuya causa Dios había librado a Israel de Mitsraim. Trajeron, además, quince cabezas de ganado menor como sacrificio, porque Dios se acordó de su promesa a los tres Patriarcas y a los doce padres de las tribus, y sacó a Israel de la servidumbre.
Una distinción especial se concedió a la tribu de Efráyim, pues Dios permitió a su príncipe presentar su ofrenda en Shabat, día en que de otro modo solo se permitía ofrecer los sacrificios diarios. Esta distinción la debía la tribu de Efráyim a su antepasado Yosef, en reconocimiento de su estricta observancia del Shabat siendo gobernador de Mitsraim. Las ofrendas de esta tribu representan la historia de Yaakov y de Yosef, pues los descendientes de este debían mucho al amor de Yaakov por su hijo Yosef. La fuente aludía a Yaakov; el cuenco, a Yosef, y así como ambos recipientes estaban llenos de flor de harina amasada con aceite, así también Yaakov y Yosef fueron hombres muy piadosos, y el curso de sus vidas transcurrió parejo. La cuchara simbolizaba la mano derecha de Yaakov, que puso sobre la cabeza de Efráyim para bendecirlo; la cuchara estaba llena de incienso; Yaakov puso su mano derecha sobre Efráyim y no sobre su hermano mayor Menashé porque sabía que aquel era digno de la distinción. Los tres holocaustos correspondían a los tres Patriarcas, mientras que el cabrito de las cabras representaba a Yosef, cuya túnica había sido untada con la sangre de un cabrito. Los dos bueyes de la ofrenda de paz señalaban las dos bendiciones que los hijos de Yosef habían recibido de su abuelo Yaakov, y las tres clases de ganado menor que se ofrecían como ofrendas de paz correspondían a las tres generaciones de Efráyim que a Yosef le fue dado ver antes de su muerte.
Yosef no solo observaba el Shabat: era también casto —no se dejó tentar por la mujer de Potifar— y fiel en el servicio de su amo. Por eso Dios dijo a Yosef: «Has guardado el séptimo mandamiento, ‹No cometerás adulterio›, y no adulteraste con la mujer de Potifar; y también has guardado el mandamiento siguiente, el octavo, ‹No robarás›, pues no robaste ni el dinero de Potifar ni su dicha conyugal; por eso llegará un tiempo en que te daré la recompensa que mereces. Cuando, más adelante, los príncipes de las tribus ofrezcan sus ofrendas en la dedicación del altar, los dos príncipes de entre tus descendientes ofrecerán las suyas uno tras otro —el uno el séptimo día, el otro el octavo día de la dedicación—, en recompensa por haber observado tú el séptimo y el octavo mandamiento». El príncipe de la tribu de Menashé siguió ahora al de Efráyim, procurando, como el anterior, representar simbólicamente las vidas de Yaakov y de Yosef. La fuente, de ciento treinta shekels de peso, señalaba que Yaakov, a la edad de ciento treinta años, emigró a Mitsraim por causa de Yosef. El cuenco de setenta shekels correspondía a Yosef, que hizo emigrar a Mitsraim a setenta almas de los hebreos. La cuchara de diez shekels de oro señalaba las diez porciones de tierra que tocaron a Menashé. Los tres holocaustos correspondían a las tres generaciones de Menashé que a Yosef le fue dado ver antes de su muerte, mientras que el cabrito de las cabras recordaba a Yaír, hijo de Menashé, que murió sin hijos. Los dos bueyes de la ofrenda de paz señalaban que las heredades de la tribu de Menashé se dividirían en dos partes, una de este lado del Yardén y otra al otro lado. Las tres clases de ganado menor para las ofrendas de paz correspondían al triple intento de Yosef de inclinar a su padre en favor de Menashé, mientras que las cinco cabezas de cada clase señalaban las cinco hijas de Tselofjad, las únicas mujeres que, como los hombres, recibieron su parte en el reparto de la tierra prometida.
Como el santuario estuvo primero en Shiló, heredad de Yosef, y luego en Yerushaláyim, heredad de Binyamín, así esta tribu, con sus sacrificios, siguió a las tribus de Yosef. La fuente significaba a Rajel, la madre de Binyamín, que lo dio a luz a Yaakov cuando este tenía cien años, y en memoria de esto, así como de los treinta años que Binyamín había cumplido cuando llegó a Mitsraim, el peso de la fuente ascendía a ciento treinta shekels. El cuenco señalaba la copa que Yosef empleó para descubrir los sentimientos de sus hermanos hacia Binyamín, y ambos recipientes, fuente y copa, estaban llenos de flor de harina, pues tanto las tierras de Yosef como las de Binyamín fueron halladas dignas de ser sede del santuario de Dios. La cuchara de diez shekels de oro, llena de incienso, correspondía a los diez hijos de Binyamín, todos ellos hombres piadosos. Los tres holocaustos correspondían a los tres templos erigidos en Yerushaláyim, propiedad de Binyamín: el Templo de Shlomo, el Templo de los desterrados que volvieron de Bavel y el Templo que ha de erigir el Mesías. La ofrenda por el pecado, el cabrito de las cabras, apunta a la edificación del Templo por el malvado rey Herodes, que expió la ejecución de los sabios con la erección del santuario. Los dos bueyes de la ofrenda de paz correspondían a los dos libertadores de los judíos que brotaron de la tribu de Binyamín: Mordejái y Ester. Las cinco cabezas de cada una de las tres clases de ganado menor para la ofrenda de paz simbolizaban la triple distinción de Binyamín y su tribu mediante cinco regalos. El presente de honor que Yosef dio a su hermano Binyamín superó cinco veces el de todos sus otros hermanos; cuando Yosef se dio a conocer a sus hermanos, dio a Binyamín cinco mudas de ropa, y así también el benjaminita Mordejái recibió de Ajashverosh cinco vestiduras de gala.
En su bendición, Yaakov comparó a Dan con Yehudá; por eso la tribu de Dan iba a la cabeza del cuarto campamento de Israel, y su príncipe ofreció sus dones antes que los de Asher y Naftalí. Yaakov, en su bendición a Dan, pensaba principalmente en el gran héroe Shimshón; por eso los dones de esta tribu aluden sobre todo a la historia de este juez danita. Shimshón era nazareo, y a esto aludía la fuente de plata para guardar pan, pues es deber del nazareo, al expirar el período de su voto, presentar pan como ofrenda. También a Shimshón aludía el cuenco, llamado en hebreo mizrak, «que se arrastra», pues era cojo de ambos pies y por eso solo podía arrastrarse y reptar. La cuchara de diez shekels de oro recordaba las diez leyes que se imponen a los nazareos y que Shimshón había de cumplir. Los tres holocaustos tenían un significado semejante, pues la madre de Shimshón recibió tres mandatos del ángel, que dijo a su marido, Manóaj: «No comerá nada que proceda de la vid, ni beberá vino ni licor, ni comerá cosa impura». La ofrenda por el pecado, que consistía en un cabrito, llamado en hebreo saír, correspondía a la advertencia dada a la madre de Shimshón de no rasurar su cabello, en hebreo seár. Los dos bueyes correspondían a las dos columnas de que se asió Shimshón para derribar la casa de los filisteos, mientras que las tres clases de ganado menor que se presentaron como ofrenda simbolizaban las tres batallas que Shimshón libró contra los filisteos.
El juez debe pronunciar la sentencia antes de que se ejecute; por eso también la tribu de Asher, «los ejecutores de la justicia», seguía a Dan, los jueces. El nombre Asher significa también «buena fortuna», en alusión a la buena fortuna de Israel, que fue elegido para ser el pueblo de Dios, y conforme a este nombre también los dones del príncipe de la tribu de Asher aluden a la distinción de Israel. La fuente, de ciento treinta shekels de plata de peso, corresponde a las naciones del mundo, a las que, sin embargo, Dios repudió, eligiendo a Israel en su lugar. El cuenco de setenta shekels corresponde a las setenta almas piadosas de que constaba Israel cuando bajó a Mitsraim. Ambos recipientes estaban llenos de flor de harina. Dios envió sus profetas a las demás naciones tanto como a Israel, pero solo Israel se declaró dispuesto a aceptar la Torá. Esta nación aceptó «la cuchara de diez shekels de oro llena de incienso», pues cada uno de sus hombres estaba dispuesto a aceptar los Diez Mandamientos y la Torá. Los tres holocaustos correspondían a las tres coronas que Israel recibió de su Dios: la corona de la Torá, la corona del Sacerdocio y la corona del Reino, razón por la cual se labraron también coronas de oro en el Arca en que se guardaba la Torá, en el altar en que los sacerdotes ofrecían los sacrificios y en la mesa que simbolizaba el reino. Pero la más alta de todas es la corona del buen nombre, que el hombre gana con las buenas obras, pues la prueba decisiva no es el estudio de la Torá, sino la vida conforme a ella. Por esta razón hubo también una ofrenda por el pecado entre las ofrendas, correspondiente a la corona de las buenas obras, pues solo estas pueden servir de expiación. Los dos bueyes señalan las dos Torot que Dios dio a su pueblo, la escrita y la oral, mientras que las quince ofrendas de paz de ganado menor corresponden a los tres Patriarcas y a los doce padres de las tribus, pues a estos quince había elegido Dios.
Así como Yaakov bendijo a Asher y luego a Naftalí, así también estas dos tribus se sucedieron en las ofrendas de la dedicación del Mishkán. Naftalí, hijo de Yaakov, era un hijo muy afectuoso, siempre presto a cumplir toda orden de su padre. El príncipe de la tribu de Naftalí siguió el ejemplo de su antepasado y, con sus dones al santuario, buscó recordar a los tres Patriarcas y a sus esposas. «Una fuente de plata, cuyo peso era de ciento treinta shekels», simbolizaba a Sará, única entre las de su sexo por su piedad, que casi alcanzó la edad de ciento treinta años. Un cuenco de plata para rociar la sangre recordaba a Avraham, que fue arrojado lejos de su hogar. El peso del cuenco era de setenta shekels, pues también Avraham tenía setenta años cuando Dios hizo con él el pacto entre las partes. La fuente y el cuenco estaban ambos llenos de flor de harina amasada con aceite, así como también Avraham y Sará estaban imbuidos del amor a las obras buenas y piadosas. La cuchara de diez shekels de oro alude también a Avraham, pues Avraham venció al yétser hará y resistió las diez pruebas, mientras que los tres holocaustos y la ofrenda por el pecado correspondían a las ofrendas que hizo Avraham en el pacto entre las partes. Los dos bueyes de la ofrenda de paz señalan a Yitsjak y a Rivká, mientras que las tres clases de ganado menor aluden a Yaakov, Leá y Rajel, pero el total de las ofrendas de estas tres especies era quince, correspondiente a estos tres y a los doce padres de las tribus.
Aparte del significado que las ofrendas de los príncipes tribales tenían para cada tribu en particular, simbolizaban también la historia del mundo desde los días de Adam hasta la erección del Mishkán. La fuente de plata señalaba a Adam, que vivió novecientos treinta años, y el valor numérico de las letras de kaarat késef, «fuente de plata», asciende a lo mismo. En correspondencia con el peso de «ciento treinta shekels», Adam engendró a su hijo Shet, verdadero padre de las generaciones venideras, a la edad de ciento treinta años. El cuenco de plata alude a Nóaj, pues, así como pesaba setenta shekels, así también de Nóaj brotaron setenta naciones. Ambos recipientes estaban llenos de flor de harina, pues Adam y Nóaj estaban ambos llenos de buenas obras. La cuchara «de diez shekels de oro» correspondía a las diez palabras de Dios con que fue creado el mundo, a las diez Sefirot, a las diez listas de generaciones de las Escrituras, a las diez partes esenciales que componen el cuerpo humano, a los diez milagros que Dios obró para Israel en Mitsraim y a los diez milagros que Israel experimentó junto al mar de los Juncos. Los tres holocaustos habían de recordar a los tres Patriarcas. El cabrito de las cabras señalaba a Yosef; los dos bueyes correspondían a Moshé y Aharón; los cinco carneros, a los cinco hijos ilustres de Zéraj: Zimrí, Eitán, Hemán, Kalkol y Dara; mientras que los cinco machos cabríos y los cinco corderos simbolizaban los cinco sentidos del hombre, por cuyo medio se determina la existencia de las cosas.
El total de los dones de los doce príncipes de las tribus tenía también un significado simbólico. Las doce fuentes corresponden a las doce constelaciones; los doce cuencos, a los doce meses; las doce cucharas, a los doce guías del hombre, que son: el corazón, que da entendimiento y discernimiento; los riñones, que dan consejos, tanto buenos como malos; la boca, que corta toda clase de alimento; la lengua, que hace posible el habla; el paladar, que gusta los sabores del alimento; la tráquea, que hace posible la respiración y la emisión de sonidos; el esófago, que traga el alimento y la bebida; los pulmones, que absorben los líquidos; el hígado, que promueve la risa; la molleja, que muele todo el alimento; y el estómago, que procura un sueño placentero. «Toda la plata de los recipientes, que pesaba dos mil cuatrocientos shekels», correspondía a los años transcurridos desde la creación del mundo hasta la aparición de Moshé en el cuadragésimo año de su vida. Todo el oro de las cucharas, cuyo peso era de ciento veinte shekels, corresponde a los años de la vida de Moshé, pues murió a la edad de ciento veinte.
Las distintas especies de animales ofrecidos en sacrificio correspondían a los distintos rangos de los jefes de Israel. Los doce novillos, a los reyes; los doce carneros, a los príncipes de las tribus; los doce cabritos de las cabras, a los gobernadores; y los doce corderos, a los funcionarios del gobierno. Los veinticuatro bueyes de la ofrenda de paz correspondían a los libros de las Escrituras y a las divisiones de los sacerdotes, y habían de servir también de expiación por los veinticuatro mil hombres que, por su culto a Peor, murieron en la plaga. Los sesenta carneros de la ofrenda de paz correspondían a las sesenta miríadas de las huestes combatientes de Israel; los sesenta machos cabríos, a los sesenta imperios; y los sesenta corderos, a la edificación del segundo Templo, que medía sesenta codos de alto y sesenta de ancho.
Los dones de los doce príncipes de las tribus no solo eran iguales en número, sino también en el tamaño y la anchura de los objetos ofrecidos: cada tribu hacía exactamente la misma ofrenda al santuario. Ninguno de ellos quería aventajar a los demás, sino que reinaba entre ellos tal armonía y tal unidad de espíritu que Dios valoró el servicio de cada uno como si hubiera traído no solo sus propios dones, sino también los de sus compañeros. Como recompensa por este mutuo aprecio y amistad, Dios les concedió la distinción de permitirles presentar sus ofrendas aun en Shabat.
Las revelaciones en el Mishkán
«El honor persigue a quien trata de esquivarlo». Moshé, en su humildad, sentía que su misión como guía del pueblo terminaba con la erección del Mishkán, pues Israel podía ya satisfacer todas sus necesidades espirituales sin su ayuda. Pero Dios dijo: «Tan cierto como que vives, tengo para ti una tarea mucho mayor que cuantas has llevado a cabo hasta ahora, pues instruirás a mis hijos acerca de ‹lo puro y lo impuro› y les enseñarás a ofrecerme ofrendas». Dios llamó entonces a Moshé al Mishkán para revelarle allí las leyes y las enseñanzas. Moshé, en su humildad, no se atrevía a entrar en el Mishkán, de modo que Dios tuvo que llamarlo a entrar. Moshé, sin embargo, no podía entrar en el santuario mientras una nube reposaba sobre él —señal de «que los demonios tenían dominio»—, sino que esperó hasta que la nube se hubo apartado. La voz que llamaba a Moshé venía del cielo en forma de un tubo de fuego y reposaba sobre los dos querubines, desde donde Moshé percibía su sonido. Esta voz era tan poderosa como en la revelación del Sinaí, cuando las almas de todo Israel huyeron de terror, y aun así no era audible sino para Moshé. Ni siquiera los ángeles la oían, pues las palabras de Dios estaban destinadas exclusivamente a Moshé. También Aharón, salvo en tres casos en que Dios se le reveló, nunca recibió sus mandatos sino por medio de las comunicaciones de Moshé. Dios llamaba a Moshé dos veces por su nombre, con cariño, y cuando este había respondido «Aquí estoy», las palabras de Dios se le revelaban, y cada mandamiento como una revelación especial. Dios dejaba siempre que mediara una pausa entre las distintas leyes que había de impartir, para que Moshé tuviera tiempo de captar bien lo que se le decía.
En el primer día de la dedicación del Mishkán, no menos de ocho importantes secciones de leyes fueron comunicadas por Dios a Moshé. Como recompensa por su piedad, Aharón y sus descendientes por toda la eternidad recibieron las leyes de santidad, que son una distinción especial de los sacerdotes, y estas leyes se revelaron en este día. Fue también en este día cuando Aharón y sus hijos recibieron los dones de los sacerdotes, pues, aunque ya en la revelación del Sinaí Israel los había apartado, no se dieron a Aharón y a sus hijos hasta este día en que fue ungido el santuario.
La segunda ley revelada en este día fue la separación de los leviim de entre los hijos de Israel, para que fueran consagrados al santuario. «Pues Dios no elevó a nadie a un cargo sin antes haberlo probado y hallado digno de su llamado». No dijo «y los leviim serán míos» antes de haber probado a esta tribu y hallarla digna. En Mitsraim, solo la tribu de Leví observó la Torá y se aferró a la señal de la alianza de Avraham, mientras que las demás tribus, abandonando tanto la Torá como la señal de la alianza, practicaban la idolatría como los egipcios. También en el desierto fue esta tribu la única que no tomó parte en el culto al Becerro de Oro. Con justicia, pues, recayó la elección de Dios sobre esta tribu piadosa, que en este día fue consagrada como servidora de Dios y de su santuario.
Las ceremonias relacionadas con la consagración de los leviim tenían mucho en común con las reglas para la purificación de los leprosos. En un principio, los primogénitos habían sido los servidores del santuario, pero, a causa del culto al Becerro de Oro, perdieron esta prerrogativa, y los leviim los reemplazaron. Por esta razón los leviim quedaban obligados a observar reglas semejantes a las de la purificación de los leprosos, porque ocupaban el lugar de hombres que con sus pecados se habían contaminado. Las ofrendas que los leviim trajeron en esta ocasión consistían en dos novillos: uno para un holocausto, para siempre que la congregación, seducida por otros, cometa idolatría; y es que Israel no habría adorado el Becerro de Oro si la multitud mezclada no lo hubiera extraviado. «Pero todo el que adora un ídolo, con ese acto renuncia a toda la Torá»; por eso los leviim debían ofrecer otro novillo como ofrenda por el pecado, conforme a la ley: «Si toda la congregación de Israel hubiere errado en alguno de los mandamientos de Adonái acerca de cosas que no deben hacerse, y fueren culpables, ofrecerán un novillo por el pecado». Como los leviim habían sido elegidos «para hacer el servicio de los hijos de Israel en el Mishkán de la congregación y para hacer expiación por los hijos de Israel», Dios ordenó que toda la congregación de Israel estuviera presente en la consagración de los leviim, pues todo el que tuviera una ofrenda por el pecado que presentar por sí mismo debía traerla en persona al Mishkán. Por eso también los ancianos de Israel debían poner sus manos sobre los leviim, según la prescripción de que los ancianos deben poner sus manos sobre el pecado de la congregación. Aharón, como los ancianos, participó en la ceremonia de la consagración, alzando a cada uno de los leviim en señal de que quedaba ahora consagrado al santuario. La extraordinaria fuerza de Aharón se prueba por el hecho de que pudo alzar a veintidós mil hombres en un solo día.
La purificación del campamento
La tercera ley revelada en este día fue el mandato de que los hijos de Israel echaran fuera del campamento a todo leproso y a toda persona impura. Cuando Israel salió de Mitsraim, la mayoría del pueblo padecía defectos físicos y enfermedades, contraídos durante su trabajo en las construcciones que se les había obligado a levantar en Mitsraim. A uno le había aplastado la mano una piedra al caer; a otro le había cegado un ojo una salpicadura de barro. Fue una hueste maltrecha y tullida la que llegó al Sinaí, ansiosa de recibir la Torá, pero Dios dijo: «¿Conviene a la gloria de la Torá que la otorgue a una raza de lisiados? Tampoco quiero aguardar la venida de otra generación sana, pues no deseo más demora en la revelación de la Torá». Entonces Dios envió ángeles a sanar a todos los de Israel que estaban enfermos o aquejados de defectos, de modo que todos los hijos de Israel estaban sanos y enteros cuando recibieron la Torá. Permanecieron en esta condición hasta que adoraron el Becerro de Oro, cuando todas sus enfermedades volvieron como castigo por su apostasía de Dios. Solo las mujeres, durante su estancia en el desierto, quedaron exentas de los males habituales a que las mujeres están sujetas, en recompensa por haber sido las primeras en declararse dispuestas a aceptar la Torá. Consagrado ya el Mishkán, Dios dijo entonces a Moshé: «Mientras no habíais erigido aún el Mishkán, no me opuse a que los impuros y los leprosos se mezclaran con el resto del pueblo; pero ahora que el santuario está erigido y que mi Shejiná mora entre vosotros, insisto en que separéis a todos estos de entre vosotros, para que no contaminen el campamento en medio del cual habito».
La ley respecto a los leprosos era particularmente severa, pues se les negaba el derecho de permanecer dentro del campamento, mientras que a los impuros solo se les prohibía permanecer cerca del santuario. Los leprosos eran precisamente los que habían adorado el Becerro de Oro y en consecuencia habían sido heridos con esta enfermedad, y por esta razón Dios los separó de la comunidad. Trece pecados castiga Dios con la lepra: la blasfemia, la lujuria, el asesinato, la sospecha falsa, el orgullo, la apropiación ilícita de los derechos ajenos, la calumnia, el robo, el perjurio, la profanación del Nombre Divino, la idolatría, la envidia y el desprecio de la Torá. Goliat fue herido de lepra porque ultrajó a Dios; las hijas de Tsiyón se volvieron leprosas en castigo de su lujuria; la lepra fue el castigo de Káyin por el asesinato de Hével. Cuando Moshé dijo a Dios: «Pero he aquí que no me creerán», Dios respondió: «Oh Moshé, ¿estás seguro de que no te creerán? Son creyentes e hijos de creyentes. Tú, que sospechaste de ellos sin razón, mete ahora tu mano en tu seno…»; y metió su mano en su seno, y cuando la sacó, he aquí que su mano estaba leprosa como la nieve. Uziyahu se arrogó los derechos del sacerdocio y entró en el Templo a quemar incienso sobre el altar del incienso. Estaba a punto de cometer la ofensa cuando «la lepra le brotó en la frente». La lepra cayó sobre Naamán, que se había vuelto arrogante por sus hazañas heroicas. Por calumniar a Moshé, Miriam se volvió leprosa como la nieve; y Guejazí fue castigado con la lepra porque frustró el propósito de Elishá, que no quería aceptar nada de Naamán para que la curación redundara en gloria de Dios.
Otra ley importante revelada en este día se refería a la celebración del «segundo Pésaj». Mishael y Eltsafán, que se habían ocupado de la sepultura de Nadav y Avihú, eran hombres piadosos, deseosos de cumplir los mandamientos de Dios; por eso fueron a la casa donde Moshé y Aharón instruían al pueblo y les dijeron: «Estamos contaminados por el cuerpo muerto de un hombre; ¿por qué se nos impide presentar la ofrenda de Adonái en su tiempo señalado entre los hijos de Israel?». Moshé respondió al principio que no podían celebrar el Pésaj a causa de su estado de impureza, pero ellos discutieron con él, pidiendo que, aun cuando por su estado no pudieran comer de la carne del sacrificio, se les permitiera al menos participar en la ofrenda del cordero pascual haciendo que se rociara por ellos la sangre de la ofrenda. Moshé admitió que no podía dictar sentencia sobre este caso antes de recibir de Dios instrucción al respecto. Pues Moshé tenía el raro privilegio de estar seguro de recibir revelaciones de Dios siempre que a Él acudía. Por eso pidió a Mishael y a Eltsafán que aguardaran el juicio de Dios sobre su caso, y la sentencia fue en efecto revelada de inmediato.
Fue también en este día cuando Dios dijo a Moshé: «Un duro golpe del destino ha caído hoy sobre Aharón, pero, en lugar de murmurar, me dio gracias por la muerte que le arrebató a sus dos hijos, lo cual prueba su confianza en mi justicia para con ellos, que habían merecido un castigo más severo. Ve, pues, y consuélalo; y dile al mismo tiempo ‹que no entre en todo tiempo en el lugar santo, tras el velo, ante el propiciatorio que está sobre el Arca›». Estas últimas palabras afligieron mucho a Moshé, que ahora pensaba: «¡Ay de mí! Pues parece como si Aharón hubiera perdido su rango, ya que no puede entrar en todo tiempo en el santuario. La indicación de los tiempos de su admisión en el santuario es además tan imprecisa que no estoy nada seguro de si han de repetirse cada hora, cada día o cada año, cada doce años, quizá incluso cada setenta, o nunca». Pero Dios respondió: «Te equivocas: no pensaba fijar un tiempo determinado, ni hora, ni día, ni año, pues Aharón puede entrar en el santuario en cualquier momento; mas, cuando lo haga, debe observar ciertas ceremonias». Las ceremonias que Aharón, así como todo otro Sumo Sacerdote, debía realizar en Yom Kipur antes de entrar en el Santo de los Santos simbolizaban a los tres Patriarcas, a las cuatro esposas de los Patriarcas y a las doce tribus. Solo apoyándose en los méritos de estos hombres y mujeres piadosos podía el Sumo Sacerdote aventurarse a entrar en el Santo de los Santos sin tener que temer a los ángeles que llenaban este espacio. Estos se veían obligados a retirarse ante la entrada del Sumo Sacerdote, y hasta el Satán había de huir cuando veía al Sumo Sacerdote, y no se atrevía a acusar a Israel ante Dios.
El dolor de Aharón por la muerte de sus hijos se trocó en alegría cuando Dios, el mismo día de su muerte, le concedió el honor de recibir una revelación directa de HaShem, que les prohibía tanto a él como a sus hijos beber vino o bebida fuerte al entrar en el Mishkán.
Ese mismo día, Moshé recibió también la revelación acerca de la vaca roja, cuyo sentido nunca le fue concedido a ningún otro ser humano fuera de él. Al día siguiente, bajo la supervisión de Elazar, hijo de Aharón, la vaca fue degollada y quemada. Aunque, además de esta, se prepararon otras vacas rojas en las generaciones venideras, esta se distinguió porque sus cenizas se conservarían para siempre —mezcladas con las cenizas de las demás vacas rojas, se emplearon siempre para la purificación de Israel—. Pero es solo en este mundo donde el sacerdote puede purificar al impuro rociándolo con esta agua de purificación, mientras que en el mundo venidero Dios rociará agua limpia sobre Israel, «para que queden limpios de todas sus inmundicias y de todos sus ídolos».
El encendido del candelabro
La octava ley revelada ese día fue el encendido del candelabro. Después de que todos los príncipes de las tribus hubieran llevado sus ofrendas al santuario, y de que Dios hubiera ordenado a Moshé que dejara ofrecer a cada uno su ofrenda, uno por día, durante doce días, Aharón, hondamente turbado, pensó: «¡Ay de mí! Parece que, por causa de mi pecado, Dios ha excluido a mi tribu de participar en la dedicación del santuario». Entonces Dios dijo a Moshé: «Ve a Aharón y dile: “No temas que se te margine ni que se te considere inferior a los demás príncipes de las tribus. Al contrario, gozarás de una gloria mayor que la de todos ellos, pues a ti te toca encender las lámparas del candelabro en el santuario”». Cuando Israel oyó la orden de Dios de encender las luces del santuario, dijo: «¡Señor del mundo! Nos mandas hacer una luz para Ti, que eres la luz del mundo y en quien la luz habita». Pero Dios respondió: «No porque necesite vuestra luz os mando encender lámparas ante Mí, sino solo para distinguiros así a los ojos de las naciones, que dirán: “Mirad al pueblo de Israel, que sostiene una luz ante Aquel que concede luz al mundo”. Por vuestra propia vista podéis ver cuán poco necesito de vuestra luz. Tenéis lo blanco del ojo y lo negro del ojo, y es por medio de esa parte oscura del ojo como podéis ver, y no por la parte clara de lo blanco del ojo. ¿Cómo habría Yo, que soy todo luz, de tener necesidad de vuestra luz?». Dijo además Dios: «Un mortal de carne y hueso enciende una luz por medio de otra que ya arde; Yo he sacado la luz de las tinieblas: “En el principio, las tinieblas cubrían la faz del abismo”, y entonces dije: “Que haya luz; y hubo luz”. ¿Habría Yo ahora de necesitar vuestra iluminación? No; os mandé encender las velas en el santuario para distinguiros y daros otra oportunidad de cumplir una obra piadosa, cuya ejecución recompensaré en el mundo venidero haciendo brillar ante vosotros una gran luz; y, más aún, si hacéis brillar las velas ante Mí en Mi santuario, protegeré de todo mal vuestro espíritu, “la lámpara de Adonái”».
Al mismo tiempo que la orden de encender el santuario, Moshé recibió la instrucción de celebrar el Shabat con el encendido de velas, pues Dios le dijo: «Habla a los hijos de Israel; si observáis Mi mandato de encender las velas del Shabat, os permitiré vivir para ver a Tsiyón iluminada, cuando ya no necesitaréis la luz del sol, sino que Mi gloria brillará ante vosotros, de modo que las naciones seguirán vuestra luz».
Aharón se distinguió no solo por haber sido elegido para dedicar el santuario mediante el encendido de las velas; Dios ordenó a Moshé comunicar a su hermano la siguiente revelación: «El santuario será también dedicado en otra ocasión mediante el encendido de las velas, y entonces lo harán tus descendientes, los Hasmoneos, por quienes obraré milagros y a quienes concederé gracia. Por eso hay una gloria mayor destinada a ti que a todos los demás príncipes de las tribus, pues sus ofrendas al santuario se emplearán solo mientras este perdure, pero las luces de la fiesta de Janucá brillarán para siempre; y, además, tus descendientes impartirán la bendición sacerdotal sobre Israel aun después de la destrucción del Templo».
El candelabro que Aharón encendió en el santuario no fue obra corriente de manos mortales, sino que se hizo por un milagro. Cuando Dios ordenó a Moshé fabricar un candelabro, este halló difícil ejecutar la orden, pues no sabía cómo ponerse a construirlo en todos sus detalles complicados. Por eso Dios dijo a Moshé: «Te mostraré un modelo». Tomó entonces fuego blanco, fuego rojo, fuego verde y fuego negro, y de estas cuatro clases de fuego formó un candelabro con sus copas, sus botones y sus flores. Ni aun así pudo Moshé copiar el candelabro, por lo que Dios dibujó su diseño sobre la palma de su mano, diciéndole: «Mira esto e imita el diseño que he trazado en tu palma». Pero ni siquiera eso bastó para enseñar a Moshé cómo ejecutar el encargo, por lo que Dios le ordenó arrojar al fuego un talento de oro. Moshé hizo lo que se le mandó, y el candelabro se dio forma a sí mismo saliendo del fuego. Como en esta ocasión, también en otras tuvo Dios que presentar las cosas de manera tangible ante Moshé para hacerle inteligibles ciertas leyes. Así, por ejemplo, en la revelación sobre los animales puros e impuros, Dios mostró un ejemplar de cada uno a Moshé, diciéndole: «Esto comeréis, y esto no comeréis».
Los doce príncipes de las tribus
Dios, en Su amor por Israel, hizo censarlos con frecuencia, para poder estimar con exactitud Su posesión. En apenas medio año fueron contados dos veces: una poco antes de erigir el Mishkán, y la segunda un mes después de su dedicación. El primer día del mes de Iyar, Moshé recibió instrucciones de hacer un censo de todos los hombres mayores de veinte años que estuvieran físicamente aptos para ir a la guerra. Se le ordenó que tomara a Aharón como ayudante, para que, en caso de pasar por alto a algunos de los hombres, Aharón se los recordara, pues «dos son mejor que uno». También habían de tomar como ayudantes subordinados a Elazar e Itamar, hijos de Aharón, y a un hombre de cada una de las tribus. Estos doce hombres fueron nombrados no solo para dirigir el censo, sino también para velar por el bienestar espiritual de sus respectivas tribus, cuyos pecados recaerían sobre sus cabezas a menos que, con todas sus fuerzas, se esforzaran por impedirlos. Con todo, Moshé y Aharón conjuraron a los príncipes de las tribus a que, a pesar de su alto rango, no tiranizaran al pueblo, mientras que, por otro lado, amonestaron al pueblo a que rindiera todo el respeto debido a sus superiores.
Los nombres de estos doce príncipes de las tribus señalaban la historia de las tribus que representaban. El príncipe de la tribu de Reuvén se llamaba Elitsur, «mi Dios es una roca», en referencia al antepasado de esta tribu, Reuvén, hijo de Yaakov, que pecó, pero, gracias a su penitencia, fue perdonado por Dios, quien sostuvo su pecado como una roca sostiene la casa edificada sobre ella. El nombre del padre de Elitsur era Shedeur, «arrojado al fuego», porque Reuvén fue llevado al arrepentimiento y a la expiación por Yehudá, quien confesó su pecado cuando su nuera Tamar estaba a punto de ser arrojada al fuego.
El príncipe de la tribu de Shimón se llamaba Shelumiel, «mi Dios es paz», para indicar que, a pesar del pecado de Zimrí, cabeza de esta tribu, por quien murieron veinticuatro mil hombres de Israel, Dios hizo, no obstante, las paces con esta tribu.
El príncipe de la tribu de Yehudá llevaba el nombre de Najshón, «ola del mar», hijo de Aminadav, «príncipe de Mi pueblo», porque el príncipe recibió esta dignidad como recompensa por haberse lanzado a las olas del mar de los Juncos para glorificar el nombre de Dios.
La tribu de Yisajar tuvo por príncipe a Netanel, «Dios dio», pues esta tribu consagró su vida a la Torá dada por Dios a Moshé. Por eso Netanel fue llamado hijo de Tsuar, «carga», pues Yisajar asumió la carga de dictaminar en los pleitos de las demás tribus.
En correspondencia con la ocupación de la tribu de Zevulún, su príncipe se llamaba Eliav, «el barco», hijo de Jelón, «la arena», pues esta tribu pasaba su vida en los barcos, buscando «tesoros escondidos en la arena».
Elishamá, hijo de Amihud, el nombre del príncipe de la tribu de Efráyim, remite a la historia de Yosef, su antepasado. Dios dijo: «Elishamá, “Me obedeció”, cuando le mandé ser casto y no codiciar a la mujer de su amo, que quería tentarlo a pecar, y Amihud, “a Mí me honró”, y a ningún otro».
La otra tribu de Yosef, Menashé, también dio a su príncipe un nombre en referencia a su antepasado, llamándolo Gamliel, hijo de Pedahtsur, que significa: «Dios recompensó a Yosef por su piedad liberándolo de la esclavitud y haciéndolo gobernante sobre Mitsraim».
El príncipe de la tribu de Binyamín se llamaba Avidán, «mi padre decretó», hijo de Guidoni, «poderosos ejércitos», en referencia al siguiente episodio. Cuando Rajel comprendió que moriría al dar a luz a su hijo, lo llamó «hijo de mi flaqueza», suponiendo que un destino semejante lo alcanzaría a él, y que por debilidad estaba condenado a morir joven. Pero Yaakov, el padre del niño, decretó otra cosa, y lo llamó Binyamín, «hijo de la fuerza y de muchos años».
El príncipe de la tribu de Dan llevaba el nombre de Ajiézer, «hermano de la ayuda», hijo de Amishadai, «juez de Mi pueblo», porque estuvo aliado con la servicial tribu de Yehudá en la erección del Mishkán, y, como esa tribu gobernante, dio origen a un juez poderoso en la persona de Shimshón.
La tribu de Asher se distinguía por la belleza de sus mujeres, tan extraordinaria que hasta las ancianas entre ellas eran más hermosas y vigorosas que las jóvenes de las demás tribus. Por esta razón los reyes escogían a las hijas de esta tribu por esposas, y ellas, por su intercesión ante los reyes, salvaron la vida de muchos que habían sido condenados a muerte. De ahí el nombre del príncipe de la tribu de Asher, Paguiel, «el intercesor», hijo de Ojrán, «el afligido», pues las mujeres de la tribu de Asher, por su intercesión, obtenían gracia para el afligido.
El príncipe de la tribu de Gad llevaba el nombre de Eliasaf, «Dios multiplicó», hijo de Deuel, «Dios es testigo». Para recompensarlos por haber pasado el Yardén y no haber regresado a sus propiedades de este lado del río hasta que se conquistó la tierra prometida, Dios multiplicó su riqueza; pues cuando, al regresar, hallaron al enemigo en sus tierras, Dios los ayudó y ganaron todas las posesiones de sus enemigos. Dios fue además testigo de que esta tribu no tuvo ninguna intención perversa cuando erigió un altar en su tierra.
El príncipe de la tribu de Naftalí se llamaba Ajirá, «prado deseable», hijo de Enán, «nubes»; pues la tierra de esta tribu se distinguía por su extraordinaria excelencia. Sus productos eran exactamente lo que sus dueños «deseaban», y todo ello gracias a la abundancia de agua, pues las «nubes» derramaban lluvia copiosa sobre su tierra.
En el censo del pueblo, las tribus quedaron consignadas en el orden en que levantaban su campamento y avanzaban en sus marchas. Las tribus de Yehudá, Yisajar y Zevulún formaban el primer grupo: la tribu real de Yehudá asociada a la tribu de los hombres de estudio, Yisajar, y a Zevulún, que con su generosidad permitía a Yisajar consagrarse al estudio de la Torá. El segundo grupo lo componían Reuvén, Shimón y Gad. La pecadora tribu de Shimón quedaba sostenida a la derecha por la penitencia de Reuvén y a la izquierda por la fuerza de Gad. Las tribus de Efráyim, Menashé y Binyamín formaban un grupo aparte, pues estas, antes que todas las demás tribus, estaban destinadas a alzarse gloriosamente contra Amalek. El efraimita Yehoshúa fue el primero que venció a Amalek; el benjaminita Shaúl siguió su ejemplo en su guerra contra Agag, rey de Amalek; y, bajo la dirección de hombres de la tribu de Menashé, la tribu de Shimón, en tiempos del rey Yehoshafat, logró destruir al resto de los amalecitas y tomar posesión. Las tribus de Dan, Asher y Naftalí formaban el último grupo, y por la razón siguiente quedaron unidas de este modo. La tribu de Dan había abrigado ya, en tiempos del éxodo de Mitsraim, el pensamiento pecaminoso de fabricar un ídolo. Para contrarrestar este «pensamiento oscuro» se le dio por compañera a Asher, de cuyo suelo venía «el aceite para el alumbrado»; y para que Dan participara de la bendición, Naftalí, «lleno de la bendición de Adonái», llegó a ser su segundo compañero.
En este tercer censo, el número de hombres aptos para ir a la guerra resultó ser exactamente el mismo que en el segundo censo, hecho ese mismo año. Ni uno solo de Israel había muerto en ese lapso, desde el comienzo de la erección del Mishkán hasta su dedicación, cuando tuvo lugar el tercer censo. Pero de este número de hombres aptos para ir a la guerra no puede sacarse ninguna conclusión definitiva sobre el total de cada una de las tribus, porque la proporción de ambos sexos variaba entre las distintas tribus, como, por ejemplo, el sexo femenino en la tribu de Naftalí superaba con mucho al masculino.
El censo de los leviim
En el censo, Moshé no tuvo en cuenta a la tribu de Leví, porque Dios no le había ordenado elegir un príncipe para esta tribu como para todas las demás, de donde dedujo que no debían ser contados. Naturalmente, no estaba seguro de su decisión en este asunto, y vacilaba entre incluir o no a los leviim en la cuenta, cuando Dios le dijo: «No pases revista a la tribu de Leví, ni los cuentes entre los hijos de Israel». Ante estas palabras, Moshé se asustó, pues temió que su tribu fuera considerada indigna de ser contada con las demás, y que por eso Dios la excluyera. Pero Dios lo tranquilizó, diciendo: «No cuentes a los leviim entre los hijos de Israel; cuéntalos por separado». Había varias razones para contar a los leviim por separado. Dios previó que, a causa del pecado de los espías enviados a explorar la tierra, todos los hombres aptos para ir a la guerra perecerían en el desierto, «todos los que de ellos fueron contados, según su número total, de veinte años arriba». Ahora bien, si los leviim hubieran sido incluidos en el total de Israel, el Ángel de la Muerte habría tenido poder también sobre ellos, por lo que Dios los excluyó del censo de todas las tribus, para que en el futuro quedaran exentos del castigo que caería sobre los demás y pudieran entrar en la tierra prometida. Los leviim eran, además, la guardia personal de Dios, a cuyo cuidado se confiaba el santuario: otra razón para contarlos por separado. Dios se condujo en este caso como el rey que ordenó a uno de sus oficiales contar sus legiones, pero añadió: «Cuenta todas las legiones, excepto la legión que está en torno a mí».
La medida del amor de Dios por Leví se hace patente en la orden dada a Moshé de contar en la tribu de Leví «a todos los varones de un mes de edad arriba», mientras que en las demás tribus solo se contaba a los hombres aptos para ir a la guerra, de veinte años arriba. En otras ocasiones, Dios hizo contar incluso a los embriones entre los leviim. Así ocurrió a la entrada de Yaakov en Mitsraim, cuando el número de setenta para su familia solo se alcanzó incluyendo a Yojéved, que estaba aún en el vientre; y de igual modo en un tiempo posterior, al regreso de los desterrados de Bavel. Pues en aquel momento solo regresaron veintitrés de las secciones sacerdotales, de manera que, para completar su número, tuvieron que incluir a Bigvai, que pertenecía a la sección que faltaba, aunque estaba todavía en el vientre.
Cuando se ordenó a Moshé contar entre los leviim a todos los niños de un mes de edad arriba, dijo a Dios: «Me mandas contarlos de un mes de edad arriba. ¿He de andar ahora por sus patios y sus casas contando a cada niño, ya que Tú me das semejante orden?». Pero Dios respondió: «Haz tú lo que puedas hacer, y Yo haré lo que Yo puedo hacer». Sucedió entonces que, cada vez que Moshé se acercaba a una tienda de leviim, hallaba a la Shejiná aguardándolo, que le decía el número exacto de niños sin que tuviera que contarlos.
En la elección de esta tribu, Dios mostró Su predilección por el séptimo, pues Leví era el séptimo varón piadoso, contando desde Adam, a saber: Adam, Nóaj, Janoj, Avraham, Yitsjak, Yaakov y Leví. Como en este caso, así en muchos otros mostró Dios Su amor por el séptimo. Él está entronizado en el séptimo cielo; de los siete mundos, solo el séptimo está habitado por seres humanos; de las primeras generaciones, la séptima fue la más excelente, pues produjo a Janoj. Moshé, séptimo entre los Patriarcas, fue juzgado digno de recibir la Torá. David, séptimo hijo de Yishai, fue escogido como rey. También en los períodos de tiempo, el séptimo era el favorito. El séptimo día es el Shabat; el séptimo mes, Tishrí, es el mes de los días santos; el séptimo año es el año sabático de reposo, y cada séptimo año sabático de reposo es el año del jubileo.
Otra razón para contar incluso a los niños más pequeños entre los leviim era que la tribu de Leví, en su conjunto, tenía la responsabilidad de expiar el pecado de los primogénitos entre los hijos de Israel. Pues eran estos quienes, hasta el tiempo del culto al Becerro de Oro, desempeñaban los servicios del sacerdocio, y su privilegio les fue quitado a causa de este, su pecado. Esta prerrogativa fue conferida entonces a la tribu de Leví, quienes, además, consagrándose hombre por hombre al servicio de HaShem, sirvieron de expiación por los primogénitos de Israel, para que no fueran destruidos como merecían.
Sin embargo, el canje de los leviim en lugar de los primogénitos presentaba una dificultad. Pues Dios había comunicado el número de los leviim a Moshé de esta manera: «Su número asciende a tantos como el número de Mi legión». En efecto, cuando Dios descendió sobre el Sinaí, veintidós mil ángeles lo rodeaban, y otros tantos hombres contaban los leviim. Aparte de estos, había trescientos primogénitos entre los leviim que no podían ofrecerse en canje por los primogénitos de las demás tribus, porque su condición era la misma que la de ellos. Como el número de primogénitos de las demás tribus excedía el número de los leviim en doscientos setenta y tres, este excedente quedaba sin expiación efectiva. Por eso Dios ordenó a Moshé que tomara de ellos cinco siclos por cabeza como dinero de rescate, y lo diera a los sacerdotes. La suma fue fijada por Dios, que dijo: «Vendisteis al primogénito de Rajel por cinco siclos, y por esta razón daréis como dinero de rescate por cada primogénito de entre vosotros cinco siclos».
Para evitar disputas entre los primogénitos —pues de otro modo cada uno intentaría cargar el pago del dinero de rescate sobre su prójimo—, Moshé escribió sobre veintidós mil papeletas la palabra «Leví», y sobre doscientas setenta y tres las palabras «cinco siclos», y todas ellas fueron echadas luego en una urna y mezcladas. Después, cada primogénito tuvo que sacar una de las papeletas. Si sacaba una papeleta con «Leví», no estaba obligado a entregar pago alguno, pero si sacaba «cinco siclos», tenía que pagar esa suma a los sacerdotes.
Las cuatro divisiones de los leviim
Aparte del censo de todos los leviim varones, Moshé hizo ahora otro censo de los hombres de treinta a cincuenta años, pues solo a esta edad se permitía a los leviim prestar servicio en el Mishkán durante su marcha por el desierto, ley que, en efecto, dejó de tener vigencia cuando Israel se estableció en la Tierra Santa. Estos leviim en funciones, así como los sacerdotes, fueron divididos por Moshé en ocho secciones, número que no se duplicó hasta que el profeta Shemuel lo aumentó a dieciséis, a las que David añadió de nuevo ocho, de modo que más tarde hubo veinticuatro divisiones entre los leviim y los sacerdotes.
Los más distinguidos entre los leviim eran los hijos de Kehat, cuyo cargo durante la marcha por el desierto era el Santo de los Santos, y, entre los objetos, en particular el Arca Sagrada. Esta última era un encargo peligroso, pues de las varas fijadas a ella salían chispas que consumían a los enemigos de Israel, pero de vez en cuando este fuego causaba estragos entre los portadores del Arca. Por eso se hizo costumbre que, cuando el campamento estaba a punto de moverse, los hijos de Kehat se apresuraran a entrar en el santuario y procuraran embalar sus distintas partes, planeando cada uno con cautela pasar a otro el transporte del Arca. Pero esto encendía aún más la ira de Dios contra ellos, y Él mató a muchos de los kehatitas porque servían al Arca con corazón renuente. Para evitar el peligro que los amenazaba, Dios ordenó a Aharón y a sus hijos que entraran primero en el santuario, y «asignaran a los kehatitas, a cada uno, su servicio y su carga, para que no entraran a ver cuando se cubren las cosas santas, no sea que mueran». Esto se hizo porque, antes de esta orden, los hijos de Kehat solían recrear sus ojos en la contemplación del Arca, lo que les acarreaba la muerte instantánea. Pero, conforme a esta orden, Aharón y sus hijos desmontaban primero las distintas partes del santuario, cubrían el Arca, y solo entonces llamaban a los hijos de Kehat para llevar la carga.
Durante la marcha, los leviim no podían llevar calzado, sino que tenían que caminar descalzos, porque cargaban y servían a objetos sagrados. Los kehatitas tenían, además, que caminar de espaldas, pues no podían dar la espalda al Arca Sagrada. Además, por sus funciones de portadores del Arca, se distinguieron por ser los primeros de los leviim en ser contados en el censo, aunque en otros aspectos los hijos de Gershón iban a la cabeza, pues Gershón era el primogénito de Leví.
Al dar la orden de contar a los hijos de Kehat, Dios mencionó expresamente que Moshé debía realizar el censo junto con Aharón, pero no lo hizo cuando ordenó contar a los hijos de Gershón. Pensó entonces Moshé que Dios lo había hecho a propósito, porque los primeros estaban directamente bajo la supervisión de Aharón, mientras que los gershonitas no. No obstante, por respeto a su hermano, le pidió a este, así como, por cortesía, a los príncipes de las tribus, que estuvieran presentes en el recuento de los leviim, pero no le dijo a Aharón que lo hacía en nombre de Dios. En esto erró Moshé, pues Dios deseaba que Aharón estuviera presente en el recuento de los leviim. Por esta razón, cuando ordenó tomar el censo de la tercera división, los hijos de Merarí, mencionó expresamente el nombre de Aharón. Al repartir el servicio entre los distintos leviim, sin embargo, Aharón solo se ocupó de los hijos de Kehat, a cada uno de los cuales se le asignó su tarea especial, mientras que Moshé fijó sus tareas a los hijos de Gershón y de Merarí. El jefe supremo de los leviim, con todo, era Elazar, que había de «tener la vigilancia de los que guardan el cuidado del santuario». Pero, a pesar de su alta posición, Elazar era lo bastante modesto para participar en el servicio en persona. Durante sus marchas de un lugar a otro, él mismo llevaba todo lo necesario para la ofrenda diaria. En su mano derecha llevaba el aceite para el candelabro, en la izquierda el incienso, en el brazo las cosas que se preparaban en las sartenes, y, sujeta a su cinturón, la ampolla con el aceite de la unción. Itamar, hermano de Elazar, también tenía un deber en el santuario, pues era a él a quien se había asignado la dirección del servicio de los hijos de Gershón y de Merarí. Pues estos no debían desempeñar sino el servicio que Dios les había asignado especialmente, de modo que ningún gershonita podía cumplir el deber de un merarita, ni al revés, y cada individuo, también, tenía su deber especial, para que no surgiera ninguna disputa entre ellos.
Los cuatro estandartes
Cuando Dios apareció sobre el Sinaí, estaba rodeado de veintidós mil ángeles, todos en plena formación y divididos en grupos, cada uno de los cuales tenía su propio estandarte. Al contemplar estas huestes de ángeles, Israel deseó, como ellos, quedar dividido en grupos con estandartes, y Dios cumplió su deseo. Después de que Moshé hubo completado el censo del pueblo, Dios le dijo: «Cumple su deseo y dótalos de estandartes como desean. “Cada hombre de los hijos de Israel acampará junto a su propio estandarte, con la enseña de la casa de sus padres; acamparán frente al Mishkán de la congregación, a cierta distancia alrededor”». Este encargo agitó mucho a Moshé, que pensó: «Ahora habrá mucha discordia entre las tribus. Si mando a la tribu de Yehudá acampar al este, seguramente manifestará su preferencia por el sur, y cada tribu escogerá igualmente cualquier dirección menos la que se le asigne». Pero Dios dijo a Moshé: «No te preocupes por la posición de los estandartes de las tribus, pues no necesitan de tu indicación. Su padre Yaakov, antes de su muerte, les ordenó agruparse en torno al Mishkán tal como sus hijos habían de agruparse en torno a su féretro en el cortejo fúnebre». Cuando Moshé dijo entonces al pueblo que se dividiera en grupos en torno al Mishkán, lo hicieron del modo en que Yaakov les había mandado.
«Adonái con sabiduría fundó la tierra; con inteligencia estableció los cielos». La división de las tribus de Israel según cuatro estandartes, así como su subdivisión en cada estandarte, no es arbitraria ni fortuita: corresponde al mismo plan y disposición de que Dios se sirvió en el cielo. El Trono celestial está rodeado de cuatro ángeles: a la derecha Mijael, delante Gavriel, a la izquierda Uriel, y detrás Rafael. A estos cuatro ángeles correspondían las cuatro tribus de Reuvén, Yehudá, Dan y Efráyim, las portadoras de estandarte. Mijael ganó su nombre, «Quién como Dios», al exclamar durante el paso de Israel por el mar de los Juncos: «¿Quién como Tú, oh Adonái, entre los dioses?», y pronunció una declaración semejante cuando Moshé completó la Torá, diciendo: «No hay ninguno como el Dios de Yeshurún». Del mismo modo, Reuvén llevaba sobre su estandarte las palabras «Escucha, oh Israel: Adonái nuestro Dios, Adonái es Uno», de manera que la posición de Reuvén con su estandarte a la derecha del santuario correspondía exactamente al puesto de Mijael a la derecha del Trono celestial. Gavriel, «Dios es poderoso», está delante del Trono, como Yehudá, «el más poderoso entre sus hermanos», era el portador del estandarte delante del campamento. Dan, la tribu «de la que emanó el pecado oscuro», estaba al lado izquierdo del campamento con su estandarte, en correspondencia con el ángel Uriel, «Dios es mi luz», pues Dios iluminó la oscuridad del pecado con la revelación de la Torá, en cuyo estudio este ángel instruyó a Moshé, y cuya práctica es penitencia por el pecado. La tribu de Efráyim era la portadora del estandarte a la retaguardia del campamento, ocupando la misma posición que Rafael, «Dios sana», ocupa en el Trono celestial; pues esta tribu, de la que brotó Yerovam, necesitaba la sanación de Dios para la herida que este rey malvado infligió a Israel.
Dios tenía otras razones para las divisiones de las tribus que decretó, pues dijo a Moshé: «Al este, de donde viene la luz, acampará la tribu de Yehudá, de la que surge la luz de la soberanía, y con ella la tribu de Yisajar, en quien mora la luz de la Torá, y Zevulún, que resplandece por su riqueza. Del sur vienen los rocíos de la bendición y las lluvias de la abundancia, por eso acampará Reuvén de este lado, pues esta tribu debe su existencia a los actos penitentes de su antepasado, siendo la penitencia lo que mueve a Dios a enviar Su bendición sobre el mundo. Junto a Reuvén estará la belicosa tribu de Gad, y entre estas dos, Shimón, para que esta tribu, debilitada por sus pecados, quede protegida a ambos lados por la piedad de Reuvén y el heroísmo de Gad. En el oeste están los almacenes de la nieve, los almacenes del granizo, del frío y del calor, y tan impotentes como son los mortales frente a estas fuerzas de la naturaleza, así de ineficaces serán los enemigos de las tribus de Efráyim, Menashé y Binyamín, razón por la cual su puesto estaba al oeste del campamento. Del norte viene la oscuridad del pecado, pues solo esta tribu se declarará dispuesta a aceptar los ídolos de Yerovam, de ahí que su lugar esté al norte del campamento. Para iluminar su oscuridad, poned a su lado a la resplandeciente Asher, y a Naftalí, colmado de la abundancia de Dios».
Los cuatro estandartes se distinguían unos de otros por sus distintos colores, y por las inscripciones y figuras labradas en cada uno. El color del estandarte de Yehudá correspondía al color de las tres piedras del pectoral del Sumo Sacerdote, en las que estaban grabados los nombres de Yehudá, Yisajar y Zevulún, y se componía de rojo, verde y rojo encendido. El nombre de Yehudá, así como el de Yisajar y el de Zevulún, estaba inscrito en el estandarte, y junto a los nombres iba esta inscripción: «Levántate, Adonái, y sean dispersados Tus enemigos; y huyan de Tu presencia los que Te aborrecen». El estandarte de Reuvén, en torno al cual se agrupaban también las tribus de Shimón y Gad, tenía el color de la esmeralda, el zafiro y el shabhalom, pues en estas tres piedras estaban grabados en el pectoral del Sumo Sacerdote los nombres de estas tribus. Además de los nombres de Reuvén, Shimón y Gad, se labró en el segundo estandarte esta divisa: «Escucha, oh Israel: Adonái nuestro Dios, Adonái es Uno». El tercer estandarte, en torno al cual se congregaban las tribus de Efráyim, Menashé y Binyamín, llevaba el color del diamante, la turquesa y la amatista, pues en estas tres piedras del pectoral del Sumo Sacerdote estaban grabados los nombres de estas tres tribus. En este estandarte, junto a los nombres de estas tres tribus, iba el lema: «Y la nube de Adonái estaba sobre ellos de día, cuando salían del campamento». Así como en el pectoral del Sumo Sacerdote las piedras crisólito, berilo y piedra de pantera llevaban los nombres de Dan, Asher y Naftalí, así también el cuarto estandarte, en torno al cual se reunían estas tres tribus, llevaba un color semejante a estas tres piedras. Este estandarte contenía los nombres de Dan, Asher y Naftalí, y la divisa: «Vuelve, Adonái, a los millares de millares de Israel».
Los estandartes tenían también otros rasgos distintivos. El estandarte de Yehudá llevaba en su parte superior la figura de un león, pues Yaakov había caracterizado a su antepasado como «cachorro de león», y también ganchos de oro en forma de espada. Sobre estos ganchos Dios permitía que reposara una franja de la séptima nube de gloria, en la que eran visibles las iniciales de los nombres de los tres Patriarcas, Avraham, Yitsjak y Yaakov, siendo las letras irradiaciones de la Shejiná. El estandarte de Reuvén tenía en su parte superior la figura de un hombre, en correspondencia con las mandrágoras que Reuvén, antepasado de esta tribu, había hallado, pues esta planta tenía la forma de un hombrecillo. Los ganchos de este estandarte eran como los del estandarte de Yehudá, pero las segundas letras de los nombres de los tres Patriarcas, bet, tsade y ayin, se veían sobre ellos en la nube. En el estandarte de Efráyim estaba formada la figura de un pez, pues Yaakov había bendecido al antepasado de esta tribu diciéndole que se multiplicara como un pez; en todo lo demás era como los otros dos estandartes, salvo que sobre los ganchos de oro en forma de espada se veían las terceras letras de los nombres de los Patriarcas, resh, jet y kof. El estandarte de Dan contenía la figura de una serpiente, pues «Dan será una serpiente junto al camino» fue la bendición de Yaakov para esta tribu; y las letras relucientes sobre los ganchos eran: mem por Avraham, kof por Yitsjak, y bet por Yaakov. La letra he del nombre de Avraham no era, en verdad, visible sobre los estandartes, sino que Dios la reservaba para un honor aún mayor. Pues, sobre el Arca Sagrada, Dios hacía reposar una columna de nube, y en ella eran visibles las letras yod y he, que deletrean el nombre Yah, por medio del cual Dios había creado el mundo. Esta columna de nube derramaba luz de sol de día y luz de luna de noche, para que Israel, rodeado de nubes, pudiera distinguir entre la noche y el día. Estas dos letras sagradas, yod y he, revoloteaban en días de entre semana por el aire sobre los cuatro estandartes, posándose ora sobre este, ora sobre aquel. Pero tan pronto como terminaba el viernes y comenzaba el Shabat, estas letras quedaban inmóviles en el sitio donde por azar se hallaban en aquel momento, y permanecían en esa posición rígida desde el primer instante del Shabat hasta el último.
Siempre que Dios quería que Israel levantara el campamento y se pusiera en marcha, enviaba desde su lugar sobre el Arca la nube en la que brillaban las dos letras sagradas yod y he, en la dirección en que Israel debía marchar, y las cuatro franjas de nube sobre los estandartes la seguían. Tan pronto como los sacerdotes veían las nubes en movimiento, tocaban las trompetas como señal de partida, y los vientos exhalaban entonces por todas partes mirra e incienso.
Aunque eran las nubes las que daban la señal para desmontar y plantar las tiendas, con todo, siempre aguardaban la palabra de Moshé. Antes de partir, la columna de nube se contraía y se detenía ante Moshé, esperando a que dijera: «Levántate, Adonái, y sean dispersados Tus enemigos; y huyan de Tu presencia los que Te aborrecen», tras lo cual la columna de nube se ponía en movimiento. Lo mismo ocurría cuando plantaban el campamento. La columna de nube se contraía y se detenía ante Moshé, esperando a que dijera: «Vuelve, Adonái, a los millares de millares de Israel», tras lo cual se expandía primero sobre las tribus que pertenecían al estandarte de Yehudá, y luego sobre el santuario, por dentro y por fuera.
El campamento
El campamento tenía forma de cuadrado, de doce mil codos por cada lado, y en el centro estaba el espacio, de cuatro mil codos, para el santuario y la morada de sacerdotes y leviim. Al este del santuario vivían Moshé, Aharón y los hijos de Aharón; los leviim de la familia de Kehat vivían al sur, los hijos de Gershón al oeste, y los hijos de Merarí al norte. Cada una de estas divisiones tenía por morada un espacio de cien codos, mientras que cada grupo de tres tribus que se unía bajo un estandarte tenía un espacio de cuatro mil codos. Esto era solo para la morada del pueblo; el ganado quedaba fuera del campamento, y la nube de gloria separaba las moradas de los seres humanos de las de los animales. Los ríos rodeaban el campamento por fuera, y así también los distintos grupos quedaban separados unos de otros por ríos. Pero, para que en Shabat, cuando estaba prohibido cabalgar, el trato entre las distintas partes del campamento no resultara imposible, había puentes de tablas sobre los ríos. El color púrpura de la nube de gloria se reflejaba en las aguas de los ríos, de modo que esparcía a lo lejos un resplandor como el del sol y las estrellas. Los paganos, siempre que contemplaban estas aguas prodigiosas y radiantes, se atemorizaban y temían a Israel, pero al mismo tiempo alababan a Dios por los milagros que obraba para Israel.
Estos eran milagros visibles también al mundo exterior, pero había otros que solo Israel conocía. Durante sus cuarenta años de marcha no tuvieron necesidad de mudar de ropa. El manto de púrpura con que los ángeles habían vestido a cada uno de ellos en su éxodo de Mitsraim permanecía siempre nuevo; y, como la concha de un caracol crece con él, así sus vestidos crecían con ellos. El fuego no podía dañar estos vestidos, y aunque llevaban las mismas prendas a lo largo de cuarenta años, no eran molestados por parásitos; más aún, hasta los cadáveres de esta generación fueron respetados por los gusanos.
Durante las marchas, lo mismo que en su estancia en un lugar determinado, no solo tenían los cuatro estandartes que los dividían en cuatro grupos de tres tribus cada uno: cada tribu, además, tenía su propio sitio y su propia enseña. La bandera de Reuvén era roja, y en ella se pintaban mandrágoras. La de Shimón era verde, con la imagen de la ciudad de Shejem, pues el antepasado de la tribu había conquistado esa ciudad. La de Yehudá era azul celeste, y llevaba la figura de un león. La de Yisajar era negra, y tenía dos figuras, el sol y la luna, porque de esta tribu salieron los sabios que se ocupaban de la astronomía y de la ciencia del calendario. La de Zevulún era blanca, con la figura de una nave, pues esta tribu se dedicaba a la navegación. La bandera de Dan tenía un color como el zafiro, con la figura de una serpiente. La de Naftalí era de un rojo apagado, color de vino, y en ella había la figura de una cierva, en memoria de su antepasado, que era como «una cierva suelta». La bandera de Asher era roja como el fuego, y tenía por emblema un olivo, porque esta tribu poseía mucho aceite de oliva de excelente calidad. Las dos tribus descendientes de Yosef —Efráyim y Menashé— tenían ambas banderas del mismo negro profundo, con una representación de Mitsraim, pero llevaban además otras figuras. La de Efráyim tenía la imagen de un toro, para simbolizar a Yehoshúa, salido de esta tribu, cuya gloria era como «la del primogénito de su toro, que empuja a los pueblos hasta los confines de la tierra»; mientras que la de Menashé era la de un unicornio, que simbolizaba al juez Guidón, salido de esta tribu, «que con sus cuernos de unicornio empujó a los pueblos». La bandera de Binyamín tenía un color compuesto de los otros once colores, y por emblema un lobo, pues Yaakov había descrito a esta tribu como «un lobo que despedaza». Los distintos colores de las banderas correspondían a los colores de las piedras engastadas en el pectoral del Sumo Sacerdote, en las que estaban grabados los nombres de las doce tribus. La piedra de Reuvén tenía un color rojo como su bandera, la bandera de Shimón era verde como el color de su piedra, y de este modo, en todas las tribus, el color de las piedras y el de las banderas armonizaban.
El blasfemo y el profanador del Shabat
Cuando Israel recibió la Torá de Dios, todas las demás naciones les tuvieron envidia y dijeron: «¿Por qué fueron estos elegidos por Dios de entre todas las naciones?». Pero Dios les cerró la boca, respondiendo: «Traedme vuestros registros de familia, y Mis hijos traerán los suyos». Las naciones no pudieron probar la pureza de sus familias, pero Israel se presentó sin mancha, cada hombre entre ellos dispuesto a probar su descendencia pura, de modo que las naciones prorrumpieron en alabanzas de la pureza familiar de Israel, que Dios recompensó con la Torá por esta su excelencia.
Cuán verdaderamente reinaban la castidad y la pureza en Israel se mostró en la división del pueblo en grupos y tribus. Entre todos aquellos millares se halló un solo hombre que no era de descendencia pura, y que por ello, al plantarse los estandartes, no pudo agregarse a ninguno de los grupos. Este hombre era el hijo de Shelomit, una mujer de la tribu de Dan, y del egipcio a quien Moshé, siendo un joven de dieciocho años, había dado muerte por haber violentado a Shelomit —el incidente que había obligado a Moshé a huir de Mitsraim—. Había ocurrido así: cuando Moshé llegó a Goshen a visitar a sus padres, presenció cómo un egipcio golpeaba a un israelita, y este, sabiendo que Moshé gozaba de gran favor en la corte del Paró, buscó su ayuda, apelando a él con estas palabras: «Oh, señor mío, este egipcio se metió de noche por la fuerza en mi casa, me ató con cadenas y en mi presencia violentó a mi mujer. Y ahora, encima, quiere matarme». Indignado por esta infame acción del egipcio, Moshé le dio muerte, para que el atormentado israelita pudiera volver a su casa. Este, al llegar a su hogar, informó a su mujer de que pensaba divorciarse de ella, pues no era propio de un miembro de la casa de Yaakov convivir con una mujer que había sido mancillada. Cuando la mujer contó a sus hermanos las intenciones de su marido, estos quisieron matar a su cuñado, que solo se les escapó por una huida a tiempo.
La violencia del egipcio no quedó sin consecuencias, pues Shelomit dio a luz un hijo al que crió como judío, aunque su padre había sido egipcio. Cuando tuvo lugar la división del pueblo según los cuatro estandartes, este hijo de Shelomit se presentó entre los de la tribu de Dan, en cuya división pretendía ser admitido, haciéndoles ver que su madre era una mujer de la tribu de Dan. Los de Dan, sin embargo, lo rechazaron, diciendo: «El mandamiento de Dios dice: "cada hombre junto a su estandarte, con la enseña de la casa de su padre". La descendencia paterna, no la materna, decide la admisión de un hombre a una tribu». Como este hombre no se contentó con esta respuesta, su caso fue llevado ante el tribunal de Moshé, que también falló en su contra. Esto lo amargó de tal modo que blasfemó el Nombre Inefable que había oído en el monte Sinaí, y maldijo a Moshé. Al mismo tiempo se burló de la ley recién promulgada sobre el pan de la proposición, que debía colocarse sobre la mesa del santuario cada Shabat, diciendo: «A un rey le corresponde comer pan fresco a diario, y no pan duro».
Al mismo tiempo que el hijo de Shelomit cometía el crimen de blasfemia, Tselofjad cometía otro crimen capital. En un día de Shabat arrancó árboles del suelo, aunque testigos le habían advertido que no profanara el Shabat. Los inspectores que Moshé había nombrado para hacer cumplir la observancia del descanso del Shabat lo prendieron y lo llevaron a la casa de estudio, donde Moshé, Aharón y otros dirigentes del pueblo estudiaban la Torá.
En ambos casos Moshé estaba inseguro de cómo dictar sentencia, pues, aunque sabía que la profanación del Shabat debía acarrear la pena capital, todavía no se le había revelado el modo de la pena capital en este caso. Entretanto, Tselofjad quedó en prisión hasta que Moshé conociera los detalles del caso, pues la ley dice que a un hombre acusado de un delito capital no se le puede dejar en libertad. La sentencia que Moshé recibió de Dios fue ejecutar a Tselofjad en presencia de toda la comunidad, apedreándolo. Así se hizo, y tras la ejecución su cuerpo estuvo colgado un breve tiempo del patíbulo.
El pecado del profanador del Shabat fue la ocasión que dio origen al mandamiento de Dios sobre los tsitsit para Israel. Pues Él dijo a Moshé: «¿Sabes cómo llegó a suceder que este hombre profanara el Shabat?». Moshé: «No lo sé». Dios: «En los días de entre semana llevaba tefilín en la cabeza y tefilín en el brazo para recordar sus deberes, pero en el día de Shabat, en que no pueden llevarse tefilín, no tenía nada que le trajera sus deberes a la memoria, y profanó el Shabat. Ve ahora, Moshé, y halla para Israel un mandamiento cuyo cumplimiento no se limite solo a los días de entre semana, sino que los influya también en los días de Shabat y en los días santos». Moshé eligió el mandamiento de los tsitsit, cuya vista recordará a los israelitas todos los demás mandamientos de Dios.
Mientras que en el caso del profanador del Shabat Moshé había tenido la certeza de que el pecado era punible con la muerte, y solo había dudado del modo de ejecución, en el caso del blasfemo las cosas eran distintas. Aquí Moshé dudaba de la naturaleza misma del crimen, pues ni siquiera estaba seguro de si se trataba en absoluto de un delito capital. Por eso no mandó encarcelar juntos a estos dos hombres, porque uno de ellos era claramente un criminal, mientras que la condición del otro estaba por determinar. Pero Dios instruyó a Moshé que el blasfemo también debía morir apedreado, y que este había de ser en adelante el castigo para los blasfemos.
Hubo otros dos casos, además de estos, en la carrera de Moshé, sobre los que no pudo dictar sentencia sin apelar a Dios. Eran las pretensiones de las hijas de Tselofjad a la herencia de su padre, y el caso de los impuros que no podían participar en la ofrenda del cordero pascual. Moshé se apresuró en su apelación a Dios en los dos últimos casos, pero se tomó su tiempo con los dos primeros, pues de ellos dependían vidas humanas. En esto Moshé sentó el precedente para los jueces de Israel de despachar los casos civiles con toda celeridad, pero de proceder despacio en los casos criminales. En todos estos casos, sin embargo, confesó abiertamente que en su momento no conocía la decisión adecuada, enseñando así a los jueces de Israel a no considerar una deshonra, cuando fuera necesario, consultar a otros en los casos en que no estuvieran seguros del juicio verdadero.
La multitud ingrata
Cuando Dios ordenó a Israel partir del Sinaí y continuar su marcha, los israelitas se alegraron, pues durante su estancia en aquel lugar habían recibido, a lo largo de once días, nuevas leyes cada día, y esperaban que, tras alejarse del monte santo, no recibirían más leyes. Por eso, en vez de hacer una jornada de marcha desde el Sinaí, como Dios les había ordenado, marcharon sin cesar durante tres días, para estar lo más lejos posible del lugar santo. Se comportaron como un muchacho que sale corriendo tras salir de la escuela, para que su maestro no pueda llamarlo de vuelta. Aunque esta antipatía por Sus leyes disgustó a Dios, no por ello los abandonó, sino que dejó que el arca se moviera ante ellos todo el tiempo que quisieran continuar la marcha. Pues era por esta señal por la que los israelitas sabían que la Shejiná estaba entre ellos, como Dios les había prometido. Cada vez que levantaban el campamento o lo asentaban, Moshé les decía: «Haced lo que la Shejiná dentro del arca os manda hacer». Pero no creían a Moshé que la Shejiná moraba entre ellos a menos que pronunciara las palabras: «Levántate, Adonái, y sean dispersados Tus enemigos; y huyan de Tu presencia los que Te aborrecen», con lo cual el arca comenzaba a moverse, y quedaban convencidos de la presencia de la Shejiná. El arca, además, daba la señal para levantar el campamento remontándose a lo alto, y luego avanzando rápidamente ante el campamento a una distancia de tres jornadas de marcha, hasta que hallaba un lugar apropiado en el que Israel pudiera acampar.
Apenas habían partido del Sinaí cuando otra vez empezaron a llevar la vida perversa que por un tiempo habían abandonado. Empezaron a buscar un pretexto para renegar de Dios y entregarse de nuevo a la idolatría. Se quejaban de las marchas forzadas que por orden de Dios habían tenido que hacer tras su partida del Sinaí, y de este modo mostraban su ingratitud hacia Dios, que quería que llegaran lo antes posible a la Tierra de Israel, y que por esta razón les permitió cubrir en tres días una distancia de once jornadas. Sus murmuraciones y quejas, sin embargo, no eran calladas, sino bien altas, pues estaban ansiosos de que Dios oyera sus perversas palabras. En castigo por su difamación de la gloria divina, Dios envió sobre ellos un fuego que emanaba de la gloria misma.
En doce ocasiones envió Dios un fuego divino sobre la tierra: seis veces como señal de honor y distinción, y otras tantas como castigo. A la primera clase pertenecen el fuego en la consagración del Mishkán, en la ofrenda de Guidón como en la de Manóaj y en la de David; en la dedicación del Templo de Shlomo, y en la ofrenda de Eliyahu sobre el monte Carmel. Los seis fuegos fatales son los siguientes: el fuego que consumió a Nadav y Avihú; el que causó estragos entre la multitud que murmuraba y se quejaba; el fuego que consumió a la banda de Kóraj; el fuego que destruyó las ovejas de Iyov, y los dos fuegos que quemaron a las dos primeras tropas que Ajaziá envió contra Eliyahu.
Este fuego celestial causó los mayores estragos entre la idólatra tribu de Dan, y entre la multitud abigarrada que se había unido a los israelitas en su éxodo de Mitsraim. Los ancianos del pueblo se volvieron a Moshé, diciendo: «Antes entréganos como oveja al matadero, pero no a un fuego celestial que consume al fuego terrenal». De derecho, ellos mismos deberían haber orado a Dios, pero en esta ocasión eran como el hijo del rey que había encendido la ira de su padre contra sí, y que corrió al amigo de su padre, rogándole que intercediera por él. Así dijo Israel a Moshé: «Ve tú a Dios y ora por nosotros». Moshé accedió al instante a su deseo, y Dios sin demora oyó la oración de Moshé y detuvo el fuego destructor. Pero Dios no se limitó a apartar el fuego de Israel y ponerlo en otra parte, pues era de tal naturaleza que gradualmente se habría extendido por todos lados y finalmente lo habría destruido todo. De esta manera había causado la destrucción en Israel, pues, empezando por un extremo del campamento, se propagaba tan rápidamente que en ningún momento se podía saber cuánto había avanzado. Para que la presencia de este fuego divino siguiera reteniendo a Israel del pecado, Dios no permitió que remontara de vuelta al cielo, sino que halló su lugar en el altar del Mishkán, donde consumía todas las ofrendas que se traían durante la estancia de Israel en el desierto. Este es el mismo fuego que destruyó a los hijos de Aharón así como a la banda de Kóraj, y es el fuego divino que todo mortal contempla en el momento de su muerte.
También en esta ocasión se hizo evidente que los hombres piadosos son mayores que los ángeles, pues Moshé tomó vellones de lana y los puso sobre el fuego divino, que con ello se apagó. Luego dijo al pueblo: «Si os arrepentís de vuestro pecado, el fuego se apagará, pero si no, estallará y os consumirá».
Las ollas de carne de Mitsraim
Sin tener presente el castigo por el fuego, Israel aún no enmendó su camino, sino que pronto volvió a murmurar contra Dios. Como tantas veces antes, fue de nuevo la multitud abigarrada la que se rebeló contra Dios y Moshé, diciendo: «¿Quién nos dará carne para comer? Nos acordamos del pescado que comíamos de balde en Mitsraim; de los pepinos, y los melones, y los puerros, y las cebollas, y los ajos. Pero ahora nuestra alma se seca: nada hay en absoluto, fuera de este maná ante nuestros ojos». Pero toda esta murmuración y estas quejas eran solo un pretexto para apartarse de Dios, pues, en primer lugar, poseían de hecho muchos rebaños y mucho ganado, suficiente para satisfacer con creces su ansia de carne si de veras la hubieran sentido; y el maná, además, tenía el sabor de toda clase concebible de alimento, de modo que, mientras lo comían, todo lo que tenían que hacer era desear un cierto plato y al instante percibían en el maná el sabor del alimento deseado. Es cierto que el maná nunca les dio el sabor de las cinco verduras que mencionaban, pero debían haber estado agradecidos a Dios por librarlos del sabor de estas verduras dañinas para la salud. Aquí mostraron su perversidad al estar descontentos con disposiciones por las que debían haber estado agradecidos a Dios. El maná les desagradaba porque no contenía el sabor dañino para la salud, y también lo objetaban porque permanecía en sus cuerpos, por lo que decían: «El maná se hinchará en nuestros estómagos, pues ¿acaso puede haber un ser humano que tome alimento sin excretarlo?». Dios, como señal especial de distinción, les había dado este alimento de los ángeles, que se disuelve por completo en el cuerpo, y del que siempre podían participar sin daño para su salud. Es prueba clara del excelente sabor del maná que, en un tiempo posterior, cuando el último maná cayó el día de la muerte de Moshé, comieron de él durante cuarenta días, y no quisieron usar otro alimento hasta que el maná se hubo agotado hasta el último grano, mostrando claramente que tomar cualquier alimento distinto les resultaba desagradable. Pero mientras el maná estaba a mano en abundancia, se quejaban de no ver ante sí, mañana y tarde, otro alimento que el maná.
El verdadero estado de las cosas era que sentían un descontento latente con el yugo de la ley. Es seguro que en Mitsraim no habían tenido mejor comida por la que ahora suspiraran, pues sus capataces, lejos de darles manjares, no les daban ni siquiera paja para hacer ladrillos. Pero en Mitsraim habían vivido sin ser molestados por leyes, y era esa vida sin trabas la que deseaban recuperar. Especialmente duras les resultaban las nuevas leyes sobre el matrimonio, pues en Mitsraim se habían acostumbrado a casarse con parientes cercanos de sangre, de quienes ahora estaban obligados a separarse. Ahora se agrupaban en familias, y esperando el momento en que Moshé, al salir de la casa de estudio, tuviera que pasar junto a ellos, empezaron a murmurar públicamente, acusándolo de ser el culpable de todos los sufrimientos que habían tenido que soportar. Por consejo suyo, decían, habían abandonado una tierra fertilísima, y en vez de disfrutar de la gran fortuna que se les había prometido, ahora andaban errantes en la miseria, padeciendo sed por falta de agua, y temían morir de hambre en caso de que cesara el suministro de maná. Cuando estos y semejantes reproches se profirieron contra Moshé, uno de entre el pueblo se adelantó y los exhortó a no olvidar tan pronto los muchos beneficios que habían conocido de Moshé, y a no desesperar de la ayuda y el sostén de Dios. Pero la multitud con esto se excitó aún más, y bramó y gritó con más violencia que nunca contra Moshé. Esta conducta de Israel provocó la ira de Dios, pero Moshé, en vez de interceder por el pueblo, empezó a quejarse del trato que le daban, y anunció a Dios que ahora no podía llevar a cabo la misión que había emprendido en Mitsraim, a saber, conducir a Israel a pesar de todos los reveses, hasta que hubiera alcanzado la tierra prometida. Ahora rogaba a Dios que lo aliviara de algún modo del liderazgo del pueblo, y al mismo tiempo que lo asistiera en su presente aprieto, para que pudiera satisfacer el deseo de carne del pueblo.
El nombramiento de los setenta ancianos
El triste aprieto de Moshé en esta ocasión se debe en parte a que tuvo que afrontar solo las murmuraciones y quejas del pueblo, sin la acostumbrada asistencia de los setenta ancianos. Desde el éxodo de Mitsraim, los setenta ancianos del pueblo habían estado siempre a su lado, pero estos habían muerto hacía poco por el fuego del cielo en Taberá, de modo que ahora se hallaba completamente solo. Esta muerte alcanzó a los ancianos porque, como Nadav y Avihú, no habían mostrado suficiente reverencia al subir al monte Sinaí el día de la revelación, cuando, a la vista de la visión divina, se condujeron de manera impropia. Como Nadav y Avihú, los ancianos habrían recibido castigo instantáneo por su ofensa, de no haber sido porque Dios no quiso arruinar el gozoso día de la revelación con su muerte. Pero de todos modos tuvieron que pagar la pena: Nadav y Avihú, siendo quemados en la consagración del Mishkán, y los ancianos de igual modo, en Taberá.
Como Moshé ahora se negaba en absoluto a llevar solo la carga del pueblo, Dios le dijo: «Te di entendimiento y sabiduría suficientes para guiar solo a Mis hijos, para que fueras distinguido con este honor. Tú, sin embargo, deseas compartir esta guía con otros. Ve, pues, y no esperes ayuda de Mí, "sino que tomaré del espíritu que hay sobre ti y lo pondré sobre ellos; y llevarán contigo la carga del pueblo, para que no la lleves tú solo"».
Dios mandó a Moshé que eligiera como ayudantes suyos en la guía del pueblo a hombres que ya hubieran sido dirigentes y oficiales activos en Mitsraim. En los días de la esclavitud egipcia sucedía con frecuencia que los oficiales de los hijos de Israel eran golpeados si el pueblo no había cumplido su tarea de hacer ladrillos, pero «el que está dispuesto a sacrificarse por el bien de Israel será recompensado con honor, dignidad y el don del Espíritu Santo». Los oficiales sufrieron en Mitsraim por Israel, y ahora fueron hallados dignos de que el Espíritu Santo viniera sobre ellos. Dios, además, dijo a Moshé: «Con palabras amables da la bienvenida a los ancianos a su nueva dignidad, diciendo: "Salud a vosotros, que sois considerados por Dios dignos de este cargo". Al mismo tiempo, sin embargo, háblales también con seriedad, diciendo: "Sabed que los israelitas son un pueblo díscolo y de dura cerviz, y que debéis estar siempre dispuestos a que os maldigan o os arrojen piedras"».
Dios ordenó que la selección de los ancianos tuviera lugar en el Mishkán, para que Israel los reverenciara, diciendo: «Seguramente estos son hombres dignos», pero no se les permitió entrar con Moshé en el Mishkán y oír la palabra de Dios. El pueblo, sin embargo, se equivocaba al suponer que la palabra de Dios llegaba a los oídos de los ancianos, pues Él habló con Moshé solo, aunque el espíritu profético vino también sobre ellos.
Ahora bien, cuando Moshé quiso proceder a la selección de los setenta ancianos, se halló en un grave aprieto, porque no podía dividir de manera pareja el número setenta entre las doce tribus, y le preocupaba no mostrar parcialidad por una tribu sobre otra, lo que llevaría al descontento entre Israel. Betsalel, hijo de Uri, sin embargo, dio a Moshé un buen consejo. Tomó setenta papeletas en las que estaba escrito «anciano», y con ellas dos papeletas en blanco, y mezcló todas en una urna. Setenta y dos ancianos, seis por cada tribu, se adelantaron ahora y cada uno sacó una papeleta. Aquellos cuyas papeletas estaban marcadas con «anciano» quedaban elegidos, mientras que los que habían sacado papeletas en blanco quedaban rechazados, pero de tal modo que no podían acusar a Moshé de parcialidad.
Por este método de nombramiento, sucedió que hubo seis ancianos por cada tribu excepto la tribu de Leví. Los nombres de los elegidos fueron: de la tribu de Reuvén, Janoj, Karmí, Palú, Zacur, Eliav, Nemuel; de la tribu de Shimón, Yamín, Yajín, Tsójar, Óhad, Shaúl, Zimrí; de la tribu de Leví, Amram, Jananiá, Netanel, Sitrí; de la tribu de Yehudá, Zéraj, Dan, Yonadav, Betsalel, Shefatiá, Najshón; de la tribu de Yisajar, Tsuar, Uzá, Igal, Paltí, Otniel, Haguí; de la tribu de Zevulún, Séred, Elón, Sodí, Oholiav, Eliyahu, Nimshí; de la tribu de Binyamín, Senaá, Kislón, Elidad, Ajituv, Yediael, Mataniá; de la tribu de Yosef, Yaír, Yoézer, Malkiel, Adoniram, Aviram, Setur; de la tribu de Dan, Guedaliá, Yoglí, Ajinóam, Ajiézer, Daniel, Serayá; de la tribu de Naftalí, Eljanán, Elyakim, Elishamá, Semajiá, Zavdí, Yojanán; de la tribu de Gad, Jaguái, Zarjí, Kení, Matitiá, Zejariá, Shuní; de la tribu de Asher, Pashjur, Shelomí, Shemuel, Shalom, Shejaniá, Avihú.
Moshé reunió a estos setenta ancianos, de nueva extracción y de carácter elevado y piadoso, en torno a la tienda en que Dios solía revelarse, mandando a treinta de ellos que se apostaran en el lado sur, treinta en el norte, y diez en el este, mientras que él mismo se colocó en el lado oeste. Pues esta tienda tenía treinta codos de largo y diez de ancho, de modo que a cada anciano le correspondía un codo. Dios se complació tanto con el nombramiento de los ancianos que, igual que en el día de la revelación, descendió del cielo y permitió que el espíritu de profecía viniera sobre los ancianos, de modo que recibieron el don profético hasta el fin de sus días, pues Dios había puesto sobre ellos del espíritu de Moshé. Pero el espíritu de Moshé no disminuyó por ello: era como una vela encendida de la que se encienden muchas otras, pero que no por eso mengua; y así también la sabiduría de Moshé quedó intacta. Aun después del nombramiento de los ancianos, Moshé siguió siendo el dirigente del pueblo, pues era la cabeza de este Sanhedrín de setenta miembros, al que guiaba y dirigía.
La posición de los ancianos no era del mismo rango que la de Moshé, pues él era el rey de Israel, y por esta razón Dios le había mandado procurarse trompetas, para usarlas en la convocatoria de la asamblea, para que este instrumento se hiciera sonar ante él como ante un rey. Por eso, poco antes de la muerte de Moshé, estas trompetas fueron retiradas del uso, pues su sucesor Yehoshúa no heredó de él ni su dignidad regia ni estas insignias reales. No fue hasta los tiempos de David cuando volvieron a usarse las trompetas que Moshé había fabricado en el desierto.
Eldad y Medad
Cuando Moshé hubo completado el nombramiento de los ancianos y les pidió que lo acompañaran al Mishkán, para recibir allí el Espíritu Santo, Eldad y Medad, dos de estos ancianos, en su humildad, no obedecieron su llamamiento, sino que se escondieron, teniéndose por indignos de esta distinción. Dios los recompensó por su humildad distinguiéndolos cinco veces por encima de los demás ancianos. Estos profetizaron lo que iba a suceder al día siguiente, anunciando la aparición de las codornices, pero Eldad y Medad profetizaron lo que aún estaba velado en el futuro lejano. Los ancianos profetizaron solo en aquel único día, pero Eldad y Medad conservaron el don de por vida. Los ancianos murieron en el desierto, mientras que Eldad y Medad fueron los dirigentes del pueblo tras la muerte de Yehoshúa. Los ancianos no son mencionados por su nombre en las Escrituras, mientras que estos dos son llamados por su nombre. Los ancianos, además, habían recibido el don profético de Moshé, mientras que Eldad y Medad lo recibieron directamente de Dios.
Eldad comenzó ahora a hacer profecías, diciendo: «Moshé morirá, y Yehoshúa hijo de Nun será su sucesor como dirigente del pueblo, a quien conducirá a la tierra de Kena’an, y a quien se la dará en posesión». La profecía de Medad fue la siguiente: «Vendrán codornices del mar y cubrirán el campamento de Israel, pero traerán mal al pueblo». Además de estas profecías, ambos juntos anunciaron la siguiente revelación: «Al final de los días subirá de la tierra de Magog un rey al que todas las naciones rendirán homenaje. Reyes coronados, príncipes y guerreros con escudos se congregarán para hacer guerra contra los que hayan vuelto del exilio a la tierra de Israel. Pero Dios, HaShem, estará junto a Israel en su necesidad y matará a todos sus enemigos arrojando una llama de debajo de Su glorioso Trono. Esta consumirá las almas en las huestes del rey de Magog, de modo que sus cuerpos caerán sin vida sobre los montes de la tierra de Israel, y serán presa de las bestias del campo y de las aves del cielo. Entonces todos los muertos de entre Israel se levantarán y se regocijarán en el bien que al comienzo del mundo se les había reservado, y recibirán la recompensa por sus buenas obras».
Cuando Guershón, hijo de Moshé, oyó estas profecías de Eldad y Medad, corrió a su padre y se las contó. Yehoshúa quedó ahora muy agitado por la profecía de que Moshé iba a morir en el desierto y de que él iba a ser su sucesor, y dijo a Moshé: «Oh señor, ¡destruye a estos hombres que profetizan tan malas nuevas!». Pero Moshé respondió: «Oh Yehoshúa, ¿acaso puedes creer que envidio tu espléndido futuro? Es mi deseo que seas honrado tanto como yo lo he sido y que todo Israel sea honrado como tú».
Eldad y Medad se distinguían no solo por su don profético, sino también por su noble cuna, siendo medio hermanos de Moshé y Aharón. Cuando se revelaron las leyes del matrimonio, todos los que se habían casado con parientes de sangre tuvieron que divorciarse de ellos, de modo que Amram, también, tuvo que separarse de su esposa Yojéved, que era su tía, y se casó con otra mujer. De esta unión nacieron Eldad, «no de una tía», y Medad, «en lugar de una tía», así llamados por Amram para explicar con estos nombres por qué se había divorciado de su primera esposa, su tía.
Las codornices
La profecía de estos hombres acerca de las codornices resultó como habían predicho, pues las codornices no fueron, tal como Dios había anunciado a Moshé, ninguna bendición para el pueblo. Pues Dios dijo a Moshé: «Di al pueblo que se prepare para el castigo inminente: comerán carne hasta saciarse, pero luego la aborrecerán más de lo que ahora la ansían. Sé, sin embargo, cómo llegaron a tener tales deseos. Porque Mi Shejiná está entre ellos, creen que pueden presumir cualquier cosa. Si hubiera apartado Mi Shejiná de en medio de ellos, jamás habrían albergado deseo tan insensato». Moshé, sabiendo que conceder el deseo del pueblo les sería desastroso, dijo a Dios: «Oh HaShem, ¿por qué, dime, les das primero carne, y luego, en castigo por su pecado, los matas? ¿Quién ha oído jamás decir a un asno: "Aquí tienes una medida de trigo; cómela, porque queremos cortarte la cabeza"? ¿O a un hombre: "Aquí tienes una hogaza de pan; tómala, y vete al infierno con ella"?». Dios respondió: «Bien, entonces, ¿qué harías tú?». Moshé: «Iré a ellos y razonaré con ellos para que desistan de su ansia de carne». Dios: «Puedo decirte de antemano que tus esfuerzos en este asunto serán infructuosos». Moshé se dirigió al pueblo, diciéndoles: «¿Se ha acortado acaso la mano de Adonái? He aquí, hirió la roca, y brotaron las aguas, y se desbordaron los arroyos; también puede dar pan; ¿no puede proveer de carne a Su pueblo?». El pueblo, sin embargo, dijo: «Solo intentas aplacarnos; Dios no puede conceder nuestro deseo». Pero se equivocaban mucho, pues apenas se habían retirado a sus tiendas los piadosos de entre ellos, cuando sobre los impíos, que se habían quedado a la intemperie, cayeron codornices en masas tan espesas como copos de nieve, de modo que muchos más murieron por la caída de las codornices que después por comerlas. Las codornices vinieron en tales masas que llenaron por completo el espacio entre el cielo y la tierra, hasta el punto de cubrir incluso el disco del sol, y se posaron en el lado norte y en el lado sur del campamento, como a una jornada de camino, quedando, sin embargo, no directamente sobre el suelo, sino a dos codos por encima de él, para que la gente no tuviera que agacharse a recogerlas. Considerando esta abundancia, no es de extrañar que hasta el cojo, que no podía ir lejos, y el perezoso, que no quería, recogieran cada uno cien kor. Estas enormes cantidades de carne, sin embargo, no les aprovecharon, pues apenas la habían probado cuando entregaban el alma. Este fue el castigo para los grandes pecadores, mientras que los mejores de entre ellos disfrutaron del sabor de la carne durante un mes antes de morir, en tanto que los piadosos, sin sufrir daño, atrapaban las codornices, las degollaban y comían de ellas. Este fue el golpe más duro que había caído sobre Israel desde su éxodo de Mitsraim, y en memoria de los muchos hombres que habían muerto a causa de su ansia prohibida de carne, cambiaron el nombre del lugar donde ocurrió esta desgracia por el de Kivrot-Hataavá, «Sepulcros de los que ansiaron». El viento que salió a traer las codornices fue una tormenta tan poderosa que podría haber destruido el mundo, tan grande era la ira de Dios contra el pueblo ingrato, y solo gracias a los méritos de Moshé y Aharón aquel viento finalmente dejó el mundo sobre sus goznes.
Aharón y Miriam calumnian a Moshé
Cuando fueron nombrados los setenta ancianos, y el espíritu de HaShem vino sobre ellos, todas las mujeres encendieron las velas de la alegría, para celebrar con esta iluminación la elevación de estos hombres a la dignidad de profetas. Tsiporá, la esposa de Moshé, vio la iluminación y pidió a Miriam que se la explicara. Ella le dijo la razón, y añadió: «Dichosas las mujeres que ven con sus ojos cómo sus maridos son elevados a la dignidad». Tsiporá respondió: «Más apropiado sería decir: "¡Ay de las esposas de estos hombres, que ahora deben abstenerse de toda dicha conyugal!"». Miriam: «¿Cómo sabes esto?». Tsiporá: «Lo juzgo así por la conducta de tu hermano, pues desde que fue elegido para recibir las revelaciones divinas, ya no conoce a su esposa». Miriam entonces fue a Aharón y le dijo: «Yo también recibí revelaciones divinas, pero sin verme obligada a separarme de mi marido», con lo cual Aharón asintió, diciendo: «Yo también recibí revelaciones divinas, sin verme, sin embargo, obligado a separarme de mi esposa». Luego ambos dijeron: «Nuestros padres también recibieron revelaciones, pero sin interrumpir su vida conyugal. Moshé se abstiene de los goces conyugales solo por orgullo, para mostrar cuán santo es». No solo hablaron mal de Moshé entre sí, sino que se apresuraron a él y le dijeron a la cara su opinión sobre su conducta. Pero él, que sabía ser seguro de sí y severo cuando se trataba de un asunto relativo a la gloria de Dios, calló ante los reproches inmerecidos que amontonaron sobre él, sabiendo que por mandato de Dios había renunciado a los placeres terrenales. Dios, por tanto, dijo: «Moshé es muy manso y no presta atención a la injusticia que se le hace, como sí lo hizo cuando se menoscababa Mi gloria, y se adelantó audazmente y exclamó: "¿Quién está de parte de Adonái? Venga a mí". Por eso ahora Yo estaré de su parte».
Es bien cierto que esta no fue la única ocasión en que Moshé se mostró humilde y apacible, pues era parte de su carácter. Nunca entre los mortales, contando incluso a los tres Patriarcas, hubo hombre más manso que él. Solo los ángeles lo superaban en humildad, pero ningún ser humano; pues los ángeles son tan humildes y mansos que, cuando se reúnen para alabar a Dios, cada ángel llama al otro y le pide que lo preceda, diciéndose entre sí: «Ve tú primero, que eres más digno que yo».
Dios llevó a cabo Su propósito de sostener el honor de Moshé, pues justo cuando Aharón estaba con su esposa y Miriam con su marido, una llamada divina alcanzó de pronto a los tres hijos de Amram, una sola voz que a la vez llamó: «¡Aharón!», «¡Moshé!» y «¡Miriam!» —un milagro que solo la voz de Dios puede realizar—. La llamada llegó también a Moshé, para que el pueblo no pensara que Aharón y Miriam habían sido elegidos para ocupar el lugar de Moshé. Él estaba dispuesto a escuchar las palabras de Dios, pero no así su hermano y su hermana, que habían sido sorprendidos en estado de impureza, y que por ello, al oír la llamada de Dios, gritaron: «¡Agua, agua!», para purificarse antes de comparecer ante Dios. Luego dejaron sus tiendas y siguieron la voz hasta que Dios apareció en una columna de nube, distinción que se confirió también a Shemuel. La columna de nube no apareció, sin embargo, en el Mishkán, donde siempre reposaba cada vez que Dios se revelaba a Moshé, y esto se debió a las siguientes razones. En primer lugar, Dios no quiso dar la impresión de haber destituido a Moshé de su dignidad, y de dársela a su hermano y a su hermana, por lo que no se les apareció en el lugar santo. Al mismo tiempo, además, a Aharón se le ahorró la deshonra de ser reprendido por Dios en presencia de su hermano, pues Moshé no siguió a su hermano y a su hermana, sino que aguardó la palabra de Dios en el santuario. Pero había todavía otra razón por la que Dios no quiso que Moshé estuviera presente durante Su conferencia con Aharón y Miriam: «Nunca alabes a un hombre en su cara». Como Dios quería alabar a Moshé ante Aharón y Miriam, prefirió hacerlo en su ausencia.
Apenas había Dios dirigido la palabra a Aharón y Miriam, cuando empezaron a interrumpirlo, con lo cual Él les dijo: «Os ruego que os contengáis hasta que Yo haya hablado». Con estas palabras enseñó a la gente la regla de cortesía de nunca interrumpir. Luego dijo: «Desde la creación del mundo, ¿ha aparecido acaso la palabra de Dios a algún profeta de otro modo que en sueños? No así con Moshé, a quien he mostrado lo que está arriba y lo que está abajo; lo que está delante y lo que está detrás; lo que fue y lo que será. A él le he revelado todo lo que hay en el agua y todo lo que hay sobre la tierra seca; a él le confié el santuario y lo puse por encima de los ángeles. Yo mismo le ordené abstenerse de la vida conyugal, y la palabra que recibió le fue revelada con claridad y no en discursos oscuros; vio la presencia divina por detrás cuando pasó junto a él. ¿Cómo, pues, no tuvisteis miedo de hablar contra un hombre como Moshé, que es, además, Mi siervo? Vuestra censura se dirige a Mí, más que a él, pues "el que recibe no es mejor que el ladrón", y si Moshé no es digno de su llamamiento, Yo, su Amo, merezco censura».
El envío de los espías
Dios reprendió con suavidad a Aharón y a Miriam por su falta, y no dio rienda suelta a Su ira hasta haberles mostrado su pecado. Fue esta una lección para el hombre: no mostrar nunca su enojo al prójimo antes de darle la razón de ese enojo. Los efectos de la ira de Dios se manifestaron apenas Él se apartó de ellos, pues mientras estuvo con ellos Su misericordia superaba a Su ira y nada les sucedía; pero cuando ya no estuvo con ellos, comenzó el castigo. Tanto Aharón como Miriam quedaron leprosos, pues este es el castigo dispuesto para quienes hablan mal de su prójimo. La lepra de Aharón, sin embargo, duró apenas un instante, pues su pecado no había sido tan grande como el de su hermana, que fue quien inició la murmuración contra Moshé. Su mal se desvaneció apenas miró su propia lepra. No así con Miriam. En vano intentó Aharón dirigir los ojos sobre la lepra de ella para curarla así, pues en su caso el efecto era el contrario: apenas la miraba, la lepra aumentaba, y no quedó más remedio que pedir la ayuda de Moshé —quien estaba dispuesto a darla antes aún de que se la pidieran—. Aharón se volvió entonces hacia su hermano con estas palabras: «No pienses que la lepra está solo sobre el cuerpo de Miriam; es como si estuviera sobre el cuerpo de nuestro padre Amram, de cuya carne y sangre ella es». Aharón, sin embargo, no trató de atenuar su pecado, y dijo a Moshé: «¿Acaso Miriam y yo hemos hecho jamás daño a un ser humano?». Moshé: «No». Aharón: «Si a ningún pueblo extraño hemos hecho mal, ¿cómo puedes creer que quisimos dañarte a ti? Solo por un instante nos olvidamos de nosotros mismos y obramos de manera impropia hacia nuestro hermano. ¿Habremos por eso de perder a nuestra hermana? Si la lepra de Miriam no se desvanece ahora, deberá pasar toda su vida como leprosa, pues solo un sacerdote que no sea pariente de sangre del leproso puede, bajo ciertas condiciones, declararla pura; y todos los sacerdotes —mis hijos y yo— somos parientes suyos de sangre. La vida de un leproso es como la de un muerto, pues así como un cadáver hace impuro todo lo que entra en contacto con él, así también el leproso. ¡Ay! —así cerró Aharón su intercesión—, ¿habrá nuestra hermana, que estuvo con nosotros en Mitsraim, que entonó con nosotros el cántico junto al mar de los Juncos, que tomó sobre sí la enseñanza de las mujeres mientras nosotros enseñábamos a los hombres, habrá ahora, cuando estamos a punto de dejar el desierto y entrar en la tierra prometida, de quedar excluida del campamento?».
Estas palabras de Aharón, sin embargo, resultaban del todo superfluas, pues Moshé había resuelto, apenas su hermana enfermó, interceder por ella ante Dios, diciéndose: «No es justo que mi hermana sufra mientras yo vivo en el contento». Trazó entonces un círculo a su alrededor, se puso en pie y elevó una breve oración a Dios, que cerró con estas palabras: «No me moveré de este lugar hasta que hayas sanado a mi hermana. Y si Tú no la sanas, lo haré yo mismo, pues ya me has revelado cómo surge la lepra y cómo desaparece». Fue esta una oración ferviente, dicha con toda el alma y el corazón, aunque muy breve. De haber orado largamente, algunos habrían dicho: «Su hermana sufre terriblemente y él, sin atenderla, gasta su tiempo en oraciones». Y otros habrían dicho: «Por su hermana ora largo, pero por nosotros ora breve». Dios dijo a Moshé: «¿Por qué gritas así?». Moshé: «Sé cuánto sufre mi hermana. Recuerdo la cadena con que fue atada mi mano, pues yo mismo padecí una vez esta enfermedad». Dios: «Si un rey, o si su padre, le hubiera escupido en el rostro, ¿no habría de avergonzarse siete días? Yo, el Rey de reyes, le he escupido en el rostro, y debería avergonzarse al menos dos veces siete días. Por tu bien le serán perdonados siete días, pero los otros siete quede excluida del campamento». A falta de un sacerdote que, según los preceptos de la ley, debe declarar puro al leproso tras la curación, Dios mismo asumió ese papel, declarando a Miriam impura por una semana y pura una vez transcurrido ese plazo.
Aunque la lepra le sobrevino a Miriam como castigo por su pecado, esta ocasión sirvió también para mostrar cuán eminente personaje era. Pues el pueblo levantaba el campamento y se ponía en marcha cuando, tras haber aparejado sus bestias de carga, al volverse para ver la columna de nube que avanzaba delante de ellos, no la hallaron. Miraron de nuevo para ver si Moshé y Aharón iban en la procesión, pero tampoco estaban; ni había en parte alguna rastro del pozo que los acompañaba en sus marchas. Se vieron así obligados a volver al campamento, donde permanecieron hasta que Miriam sanó. Las nubes y el pozo, el santuario y las sesenta miríadas del pueblo, todos tuvieron que esperar una semana en aquel lugar hasta que Miriam se recuperó. Luego la columna de nube volvió a avanzar, y el pueblo supo que no se les había permitido proseguir la marcha únicamente por causa de esta piadosa profetisa. Fue esta una recompensa por la buena acción que Miriam había hecho cuando el niño Moshé fue arrojado a las aguas. Entonces Miriam había caminado un tiempo de un lado a otro por la orilla para aguardar la suerte del niño; y por esta razón esperó el pueblo por ella, ni pudo ponerse en marcha hasta que ella se recuperó.
El castigo que Dios trajo sobre Miriam quiso ser una lección de la severidad con que Dios castiga la calumnia. Pues Miriam no habló mal de Moshé en presencia de nadie salvo de su hermano Aharón. No tenía, además, mal propósito, sino una intención bondadosa: solo deseaba mover a Moshé a reanudar su vida conyugal. Ni siquiera se atrevió a reprender a Moshé cara a cara y, aun así, pese a su gran piedad, a Miriam no le fue ahorrado este duro castigo. Su experiencia, con todo, no arredró a los hombres malvados que, poco después de este incidente, dieron un mal informe de la tierra prometida y, con sus lenguas perversas, incitaron a todo el pueblo a rebelarse contra Dios, de modo que prefirieron volver a Mitsraim antes que entrar en la Tierra de Israel. El castigo que Dios infligió tanto a los espías como al pueblo que habían seducido fue bien merecido, pues de no haber sido advertidos contra la calumnia por el ejemplo de Miriam, aún cabría alguna excusa. En ese caso podrían haber ignorado la gravedad del pecado de la calumnia; pero ahora no tenían excusa alguna que ofrecer.
Cuando Israel se acercó a los confines de la Tierra de Israel, se presentaron ante Moshé, diciendo: «Enviaremos hombres delante de nosotros para que exploren la tierra y nos traigan noticia del camino por el que debemos subir y de las ciudades a las que hemos de llegar». Este deseo hizo exclamar a Dios: «¡Cómo! Cuando atravesabais una tierra de desiertos y de fosos, no deseabais exploradores; pero ahora que estáis a punto de entrar en una tierra llena de bienes, ahora queréis enviar exploradores». No solo el deseo en sí era impropio, sino también el modo en que presentaron su petición a Moshé; pues en lugar de acercarse como acostumbraban —dejando que los mayores fueran los portavoces de los más jóvenes—, se presentaron en esta ocasión sin guía ni orden, atropellando los jóvenes a los viejos, y estos a su vez apartando a sus jefes. Su mala conciencia tras hacer esta petición —pues sabían que su verdadero motivo era la falta de fe en Dios— los llevó a inventar toda suerte de pretextos para sus planes. Dijeron a Moshé: «Mientras estamos en el desierto, las nubes nos sirven de exploradoras, pues avanzan delante de nosotros y nos muestran el camino; pero como estas no entrarán con nosotros en la tierra prometida, queremos hombres que exploren la tierra por nosotros». Otro argumento que esgrimieron para su deseo fue este. Dijeron: «Los cananeos temen un ataque nuestro y por eso han escondido sus tesoros. Esta es la razón por la que queremos enviar espías a tiempo, para que descubran dónde ocultan sus tesoros». Buscaron por otros medios dar a Moshé la impresión de que su único deseo era precisamente cumplir la ley. Dijeron: «¿No nos has enseñado que un ídolo al que ya no se rinde culto puede aprovecharse, pero que de lo contrario debe destruirse? Si ahora entramos en la Tierra de Israel y hallamos ídolos, no sabremos cuáles eran adorados por los cananeos y deben destruirse, y cuáles ya no se adoraban, de modo que podamos aprovecharlos». Por último, dijeron a Moshé lo siguiente: «Tú, maestro nuestro, nos has enseñado que Dios "iría expulsando poco a poco a los cananeos ante nosotros". Si es así, debemos enviar espías para averiguar qué ciudades hemos de atacar primero». Moshé se dejó influir por sus palabras, y también a él le agradó la idea de enviar espías; pero no queriendo obrar arbitrariamente, sometió a Dios el deseo del pueblo. Dios respondió: «No es la primera vez que descreen de Mis promesas. Ya en Mitsraim se burlaron de Mí; se ha vuelto en ellos un hábito, y sé cuál es su motivo al enviar espías. Si quieres enviar espías, hazlo, pero no finjas que Yo te lo he ordenado».
Moshé escogió entonces un hombre de cada tribu, con excepción de Leví, y envió a estos hombres a explorar la tierra. Estos doce hombres eran los más distinguidos y los más piadosos de sus respectivas tribus, de modo que hasta Dios dio Su aprobación a la elección de cada uno de ellos. Pero apenas fueron nombrados para su cargo, tomaron la perversa resolución de traer un mal informe de la tierra y disuadir al pueblo de trasladarse a la Tierra de Israel. Su motivo era puramente personal, pues pensaban para sí que conservarían sus cargos al frente de las tribus mientras permanecieran en el desierto, pero que se verían privados de ellos al entrar en la Tierra de Israel.
Nombres significativos
Reveladores de la maldad de estos hombres son sus nombres, todos los cuales apuntan a su acción impía. El representante de la tribu de Reuvén se llamaba Shamúa, hijo de Zakur, porque no obedeció a Dios, lo cual le fue tenido en cuenta como si se hubiera dedicado a la hechicería. Shafat, hijo de Jorí, era el representante de Shimón. Su nombre significa: «No venció su mala inclinación y por eso salió con las manos vacías, sin haber recibido posesión en la tierra de Israel». La tribu de Yisajar estaba representada por Igal, hijo de Yosef. Llevaba este nombre porque mancilló la fama de la Tierra Santa y por eso murió antes de tiempo. El representante de Binyamín era Palti, hijo de Rafú, así llamado porque «escupió las buenas cualidades que antes eran suyas y por eso se consumió». El nombre de Gadiel, hijo de Sodí, representante de Zevulún, significa: «Habló cosas infames contra Dios al ejecutar el plan secreto de los espías». El representante de Menashé, Gadí, hijo de Susí, fue así llamado porque blasfemó contra Dios y provocó Su ira; pues fue él quien dijo de la tierra que «devora a sus habitantes». Pero el peor de todos fue Amiel, hijo de Guemalí, representante de Dan, pues fue él quien dijo: «La tierra es tan fuerte que ni siquiera Dios podría subir contra ella»; de ahí su nombre, que significa «arrojó una sombra sobre la fuerza de Dios»; y fue castigado conforme a sus perversas palabras, pues no entró en la tierra prometida. El representante de Asher era Setur, hijo de Mijael, que había resuelto obrar contra Dios y, en lugar de decir «¿Quién como Dios?», dijo «¿Quién es Dios?». El representante de Naftalí se llamaba Najbí, hijo de Vofsí, pues ocultó la verdad, y la fe no halló cabida en su boca, ya que profería mentiras contra Dios. El último de estos espías, representante de Gad, llevaba el nombre de Gueuel, hijo de Mají, pues fue humillado por sostener falsedades contra Dios.
Así como los diez pecadores fueron nombrados conforme a sus acciones, también los nombres de los dos espías piadosos entre ellos correspondían a sus piadosas acciones. El representante de Yehudá se llamaba Kalev, hijo de Yefuné, porque «dijo lo que sentía en su corazón y se apartó del consejo de los demás espías». El piadoso representante de Efráyim era Hoshéa, hijo de Nun, nombre que le convenía, pues estaba lleno de entendimiento y no se dejó atrapar como un pez por los espías. Moshé, que percibió, ya al enviar a los espías, las malas intenciones que albergaban, cambió el nombre de Hoshéa por el de Yehoshúa, diciendo: «Que Dios te asista, para que no sigas el consejo de los espías».
Este cambio de nombre, obrado al anteponer la letra yod, acalló por fin los lamentos de esta letra. Pues desde que Dios había cambiado el nombre de Saray por el de Sará, la letra yod solía revolotear en torno al Trono celestial y lamentarse: «¿Acaso porque soy la más pequeña entre las letras me has quitado del nombre de la piadosa Sará?». Dios apaciguó a esta letra, diciendo: «Antes estabas en el nombre de una mujer y, además, al final. Ahora te fijaré en el nombre de un hombre y, además, al principio». Esta promesa se cumplió cuando el nombre de Hoshéa fue cambiado por el de Yehoshúa.
Cuando los espías se pusieron en camino, recibieron de Moshé instrucciones sobre cómo comportarse y qué debían observar en particular. Les ordenó no ir por los caminos principales, sino por senderos apartados, pues aunque la Shejiná los acompañaría, no debían por ello exponerse a peligro innecesario. Si entraban en una ciudad, sin embargo, no debían escurrirse como ladrones por los callejones, sino mostrarse en público y responder a quienes les preguntaran qué querían: «Solo hemos venido a comprar unas granadas y unas uvas». Debían negar con énfasis que tuvieran intención alguna de destruir los ídolos o de talar los árboles sagrados. Moshé dijo además: «Observad con cuidado qué clase de tierra es, pues unas tierras producen gente fuerte y otras débil, unas producen mucha gente y otras poca. Si halláis a los habitantes morando en lugares abiertos, sabed entonces que son guerreros poderosos que, confiados en su fuerza, no temen ataque enemigo. Si, en cambio, viven en un lugar fortificado, son débiles que, por miedo a los extraños, buscan refugio tras sus murallas. Examinad también la naturaleza del suelo. Si es duro, sabed entonces que es fértil; pero si es blando, es pobre». Por último les mandó averiguar si Iyov vivía aún, pues si había muerto, entonces con seguridad no tenían que temer a los cananeos, ya que no había entre ellos un solo hombre piadoso cuyos méritos pudieran protegerlos. Y en verdad, cuando los espías llegaron a la Tierra de Israel, Iyov murió, y hallaron a los habitantes de la tierra junto a su tumba, participando del banquete fúnebre.
Los espías en la Tierra de Israel
El día veintisiete de Siván, Moshé envió a los espías desde Kadesh-Barnéa, en el desierto de Parán, y siguiendo sus indicaciones fueron primero al sur de la Tierra de Israel, la parte más pobre de la Tierra Santa. Moshé hizo como los mercaderes, que primero muestran la mercancía más pobre y luego la mejor; así quiso Moshé que los espías vieran las mejores partes de la tierra cuanto más se adentraran en ella. Cuando llegaron a Jevrón, pudieron juzgar cuán bendita era la tierra que se les había prometido, pues aunque Jevrón era la comarca más pobre de toda la Tierra de Israel, seguía siendo mucho mejor que Tsóan, la parte más excelente de Mitsraim. Por eso, cuando los hijos de Jam edificaron ciudades en varias tierras, fue Jevrón la que erigieron primero, por su excelencia, y no Tsóan, que construyeron en Mitsraim siete años más tarde.
Su avance por la tierra fue, en conjunto, fácil, pues Dios lo había querido así: apenas los espías entraban en una ciudad, la peste la golpeaba, y los habitantes, atareados con el entierro de sus muertos, no tenían ni tiempo ni ánimo para ocuparse de los extraños. Aunque no sufrieron mal alguno de parte de los habitantes, la vista de los tres gigantes —Ajimán, Sheshái y Talmái— los llenó de terror. Eran tan inmensamente altos que el sol solo les llegaba a los tobillos, y recibieron sus nombres conforme a su tamaño y su fuerza. El más fuerte de ellos era Ajimán; al contemplarlo, uno se imaginaba al pie de una montaña a punto de derrumbarse y exclamaba sin querer: «¿Qué es esto que se me viene encima?». De ahí el nombre Ajimán. Fuerte como el mármol era el segundo hermano, por lo que se le llamó Sheshái, «mármol». Las poderosas zancadas del tercer hermano levantaban surcos del suelo cuando caminaba, por lo que se le llamó Talmái, «surcos». No solo los hijos de Anak eran de tal fuerza y tamaño, sino también sus hijas, a las que los espías vieron por casualidad. Pues cuando estos llegaron a la ciudad habitada por Anak, llamada Kiriat-Arbá, «Ciudad de Cuatro», porque allí moraban el gigante Anak y sus tres hijos, quedaron tan aterrados por ellas que buscaron dónde esconderse. Pero lo que habían creído una cueva era solo la cáscara de una granada enorme que la hija del gigante había desechado, como más tarde descubrieron, para su horror. Pues esta muchacha, tras comer la fruta, recordó que no debía enojar a su padre dejando allí la cáscara, así que la recogió con los doce hombres dentro como quien recoge una cáscara de huevo, y la arrojó al jardín, sin advertir que había arrojado con ella a doce hombres, cada uno de sesenta codos de altura. Cuando salieron de su escondite, se dijeron unos a otros: «¡Mirad la fuerza de estas mujeres, y juzgad por ellas a los hombres!».
Pronto tuvieron ocasión de probar la fuerza de los hombres, pues apenas los tres gigantes supieron de la presencia de los israelitas, los persiguieron; pero los israelitas descubrieron con qué clase de hombres trataban aun antes de que los gigantes les dieran alcance. Uno de los gigantes lanzó un grito, y los espías cayeron como muertos, de modo que a los cananeos les costó mucho tiempo devolverlos a la vida con fricciones y aire fresco. Los cananeos les dijeron entonces: «¿Por qué venís aquí? ¿No es del mundo entero vuestro Dios, y no lo repartió Él a Su voluntad? ¿Habéis venido con el propósito de talar los árboles sagrados?». Los espías declararon su inocencia, tras lo cual los cananeos les permitieron seguir su camino sin molestarlos. Como recompensa por esta buena acción, la nación a la que pertenecían estos gigantes se ha conservado hasta el día de hoy.
Ciertamente no habrían escapado de las manos de los gigantes si Moshé no les hubiera dado dos armas contra ellos: su vara y el secreto del Nombre Divino. Estas dos les traían la salvación cada vez que se sentían en peligro ante los gigantes. Pues estos no eran otros que la simiente de los ángeles caídos en la era anterior al diluvio. Nacidos de su unión con las hijas de los hombres, y siendo mitad ángeles, mitad hombres, estos gigantes eran solo medio mortales. Vivían muchísimo, y luego la mitad de su cuerpo se marchitaba. Amenazados por la perpetuación eterna de esta condición —media vida y media muerte—, preferían o bien arrojarse al mar, o bien poner fin a su existencia mediante una hierba mágica que conocían. Eran, además, de un tamaño tan enorme que los espías, escuchando un día mientras los gigantes hablaban de ellos, los oyeron decir, señalando a los israelitas: «Hay junto a los árboles unos saltamontes que tienen apariencia de hombres», pues «así eran a sus ojos».
Los espías, con excepción de Yehoshúa y Kalev, habían resuelto desde el principio prevenir al pueblo contra la Tierra de Israel, y tan grande era su influencia que Kalev temió ceder a ella. Por eso se apresuró a ir a Jevrón, donde yacen los tres Patriarcas, y de pie ante sus tumbas dijo: «Yehoshúa está a salvo de la perniciosa influencia de los espías, pues Moshé oró a Dios por él. Elevad ahora oraciones, padres míos, por mí, para que Dios en Su misericordia me mantenga lejos del consejo de los espías».
Siempre había habido un choque entre Kalev y sus compañeros durante su travesía por la Tierra de Israel. Pues mientras él insistía en llevarse los frutos de la tierra para mostrar al pueblo su excelencia, ellos se oponían con fuerza a esa idea, deseosos de impedir que el pueblo se formara una impresión de la excelencia de la tierra. Por eso cedieron solo cuando Kalev desenvainó su espada, diciendo: «Si no tomáis de los frutos, o yo os mato, o vosotros me matáis». Cortaron entonces una vid tan pesada que ocho de ellos tuvieron que cargarla, recayendo sobre cada uno el peso de ciento veinte seás. El noveno espía llevó una granada, y el décimo un higo, que trajeron de un lugar que en otro tiempo había pertenecido a Eshkol, uno de los amigos de Avraham; pero Yehoshúa y Kalev no llevaron nada en absoluto, porque no cuadraba con su dignidad cargar un fardo. Esta vid era de tamaño tan gigantesco que el vino prensado de sus uvas bastó para todas las libaciones sacrificiales de Israel durante los cuarenta años de marcha.
Transcurridos cuarenta días, regresaron a Moshé y al pueblo, tras haber atravesado la Tierra de Israel de un extremo a otro. Por medios naturales no habría sido posible, desde luego, recorrer toda la tierra en tan poco tiempo, pero Dios lo hizo posible «mandando al suelo que saltara ante ellos», y cubrieron una gran distancia en breve lapso. Dios sabía que Israel habría de errar por el desierto cuarenta años —un año por cada día que los espías habían pasado en la Tierra de Israel—, por eso apresuró su avance por la tierra, para que Israel no tuviera que permanecer demasiado tiempo en el desierto.
El informe calumnioso
Cuando Moshé supo que los espías habían vuelto de su empresa, fue a su gran casa de estudio, donde también se congregó todo Israel, pues era un cuadrado de doce millas, con sitio para todos. Allí acudieron también los espías, y se les pidió que dieran su informe. Siguiendo la táctica de los calumniadores, comenzaron por ensalzar la tierra, no fuera que con un informe demasiado desfavorable despertaran la sospecha de la comunidad. Dijeron: «Llegamos a la tierra a la que nos enviaste, y en verdad mana leche y miel». No era esto una exageración, pues la miel manaba de los árboles bajo los cuales pastaban las cabras, de cuyas ubres brotaba la leche, de modo que tanto la leche como la miel humedecían el suelo. Pero usaron estas palabras solo como introducción, y pasaron luego a su verdadero informe, que habían elaborado durante aquellos cuarenta días y con el cual esperaban poder inducir al pueblo a desistir de su plan de entrar en la Tierra de Israel. «Sin embargo —prosiguieron—, es fuerte el pueblo que habita la tierra, y las ciudades están amuralladas y son muy grandes; y además vimos allí hijos de Anak». Acerca de estos últimos dijeron una falsedad con la intención de infundir miedo a Israel, pues los hijos de Anak moraban en Jevrón, adonde solo Kalev había ido a orar ante las tumbas de los Patriarcas, al mismo tiempo que la Shejiná acudía allí para anunciar a los Patriarcas que sus hijos iban ya de camino a tomar posesión de la tierra que antaño se les había prometido. Para intensificar al máximo su miedo a los habitantes de la Tierra de Israel, dijeron además: «Los amalecitas habitan en la tierra del sur». Amenazaban a Israel con Amalek como se amenaza a un niño con la correa que una vez sirvió para castigarlo, pues habían tenido amargas experiencias con Amalek. La afirmación acerca de Amalek se fundaba en un hecho, pues aunque el sur de la Tierra de Israel no había sido originalmente su hogar, se habían asentado allí recientemente en obediencia al último deseo de su antepasado Esav, que les había mandado cortar a Israel el paso hacia la tierra prometida. «Si, en cambio —continuaron los espías en su informe—, pensáis entrar en la tierra por la región montañosa para esquivar a Amalek, os informamos de que los hititas, los jebuseos y los amorreos habitan en las montañas; y si pensáis ir allá por el mar, os informamos de que los cananeos habitan junto al mar y a lo largo del Yardén».
Apenas los espías completaron su informe, Yehoshúa se levantó para contradecirlos, pero no le dieron ocasión de hablar, gritándole: «¿Con qué derecho pretendes hablar, hombre necio? No tienes hijos ni hijas, así que ¿qué te importa a ti si perecemos en nuestro intento de conquistar la tierra? Nosotros, en cambio, hemos de velar por nuestros hijos y nuestras mujeres». Yehoshúa, por tanto, muy a su pesar, tuvo que callar. Kalev pensó entonces de qué modo podría lograr que lo escucharan sin que lo acallaran a gritos como habían hecho con Yehoshúa.
Kalev había dado a sus compañeros una impresión enteramente falsa acerca de sus sentimientos, pues cuando estos formaron el plan de intentar que Israel desistiera de entrar en la Tierra de Israel, lo hicieron partícipe de su consejo, y él fingió estar de acuerdo con ellos, mientras que ya entonces había resuelto interceder por la Tierra de Israel. Por eso, cuando Kalev se levantó, los espías callaron, suponiendo que corroboraría sus afirmaciones, suposición que sus palabras iniciales tendían a reforzar. Comenzó: «Callad, yo revelaré la verdad. Esto no es todo lo que tenemos que agradecer al hijo de Amram». Pero, para asombro de los espías, sus siguientes palabras alabaron a Moshé en vez de censurarlo. Dijo: «Moshé... él es quien nos sacó de Mitsraim, quien partió el mar por nosotros, quien nos dio el maná por alimento». De este modo continuó su elogio de Moshé, cerrando con estas palabras: «¡Habríamos de obedecerle aunque nos mandara subir al cielo por escaleras!». Estas palabras de Kalev las oyó todo el pueblo, pues su voz era tan poderosa que podía oírse a doce millas de distancia. Fue esta misma voz poderosa la que había salvado la vida de los espías. Pues cuando los cananeos repararon por primera vez en ellos y sospecharon que eran espías, los tres gigantes —Ajimán, Sheshái y Talmái— los persiguieron y les dieron alcance en la llanura de Yehudá. Cuando Kalev, oculto tras una cerca, vio que los gigantes les pisaban los talones, lanzó tal grito que los gigantes cayeron desvanecidos por el espantoso estruendo. Cuando se recuperaron, los gigantes declararon que habían perseguido a los israelitas no por los frutos, sino porque los habían sospechado del deseo de incendiar sus ciudades.
La poderosa voz de Kalev, sin embargo, no impresionó lo más mínimo ni al pueblo ni a los espías, pues estos, lejos de retractarse de sus afirmaciones anteriores, llegaron a decir: «No podemos subir contra ese pueblo, porque es más fuerte que nosotros; son tan fuertes que ni siquiera Dios puede alcanzarlos. La tierra que fuimos a explorar es una tierra que devora a sus habitantes con enfermedades; y toda la gente que vimos en ella son hombres de perversa condición. Y vimos allí hombres a cuya vista casi nos desmayamos de espanto: los gigantes, los hijos de Anak, que descienden de gigantes; y éramos a nuestros propios ojos como saltamontes, y así éramos a los ojos de ellos». Ante estas últimas palabras, Dios dijo: «No tengo objeción a que digáis "éramos a nuestros propios ojos como saltamontes", pero me disgusta que digáis "y así éramos a los ojos de ellos", pues ¿cómo podéis saber cómo os hice aparecer a sus ojos? ¿Cómo sabéis si acaso no les parecisteis ángeles?».
La noche del llanto
Las palabras de los espías hallaron oídos complacientes. El pueblo los creyó a pie juntillas y, reprendido por Moshé, respondió: «Oh, Moshé, maestro nuestro, si hubieran sido solo dos espías o tres, habríamos tenido que dar crédito a sus palabras, pues la ley nos manda considerar suficiente el testimonio de dos; ¡pero en este caso son diez enteros! Nuestros hermanos nos han acobardado el corazón. Porque HaShem nos aborrecía, nos ha sacado de la tierra de Mitsraim para entregarnos en manos de los amorreos y destruirnos». Con estas palabras revelaron los israelitas que odiaban a Dios, y por esta razón creían ser odiados por Él, pues «lo que un hombre desea a su prójimo, eso mismo cree que su prójimo le desea a él». Hasta intentaron convencer a Moshé de que Dios los odiaba. Dijeron: «Si un rey terrenal tiene dos hijos y dos campos, uno regado por un río y el otro dependiente de las lluvias, ¿no dará al hijo predilecto el que riega el río, y al otro hijo el campo menos excelente? Dios nos sacó de Mitsraim, tierra que no depende de la lluvia, solo para darnos la tierra de Kena’an, que produce en abundancia únicamente si caen las lluvias».
No solo expresaron los espías, en presencia de Moshé y Aharón, su opinión de que no era aconsejable intentar conquistar la Tierra de Israel, sino que emplearon todos los medios para incitar al pueblo a la rebelión contra Moshé y contra Dios. A la noche siguiente, cada uno de ellos se retiró a su casa, se vistió de luto y empezó a llorar amargamente y a lamentarse. Los de su casa corrieron enseguida hacia ellos y, atónitos, les preguntaron la razón de aquellas lágrimas y lamentos. Sin interrumpir sus gemidos, respondían: «¡Ay de mí por vosotros, hijos míos, y ay de mí por vosotras, hijas y nueras mías, condenadas a ser deshonradas por los incircuncisos y entregadas como presa a sus apetitos! Estos hombres que hemos contemplado no son como los mortales. Fuertes y poderosos como ángeles son; uno solo de ellos bien podría matar a mil de nosotros. ¿Cómo osaremos mirar los rostros de hierro de hombres tan poderosos que una sola uña suya basta para taponar un manantial de agua?». Ante estas palabras, toda la casa —hijos, hijas y nueras— rompió en llanto y en fuertes lamentos. Los vecinos acudieron corriendo y se sumaron a los gemidos y sollozos, hasta que estos se extendieron por todo el campamento, y las sesenta miríadas de personas lloraban. Cuando el sonido de su llanto llegó al cielo, Dios dijo: «Hoy lloráis sin causa; Yo haré que en el futuro tengáis causa para llorar en este día». Fue entonces cuando Dios decretó destruir el Templo el día nueve de Av, el día en que Israel, en el desierto, lloró sin causa, de modo que este día quedó para siempre como día de lágrimas.
El pueblo, sin embargo, no se contentó con lágrimas: resolvió poner como jefes, en lugar de Moshé y Aharón, a Datán y a Aviram, y bajo su guía volver a Mitsraim. Pero, peor aún, no solo renegaron de su jefe, sino también de su Dios, pues lo negaron y quisieron erigir un ídolo por Dios suyo. No solo los malvados entre ellos, como la multitud mestiza, protestaron contra Moshé y Aharón, sino también los que hasta entonces habían sido piadosos, diciendo: «¡Ojalá hubiéramos muerto en la tierra de Mitsraim! ¡O ojalá hubiéramos muerto en este desierto!». Cuando Yehoshúa y Kalev oyeron estos discursos del pueblo, plagados de blasfemia, rasgaron sus vestiduras e intentaron apartar al pueblo de su empresa pecaminosa, exhortándolos en particular a no temer a los cananeos, porque estaba cerca el tiempo en que Dios había prometido a Avraham dar la tierra de Kena’an a sus descendientes, y porque no había hombres piadosos entre los habitantes de la tierra por cuya causa Dios hubiera estado dispuesto a dejarla más tiempo en su poder. Aseguraron también al pueblo que Dios había arrojado del cielo al ángel guardián de los habitantes de la Tierra de Israel, de modo que ahora estaban indefensos. El pueblo, sin embargo, replicó: «No os creemos; los otros espías tienen más a pecho nuestro bien y nuestro mal que vosotros». Tampoco las amonestaciones de Moshé sirvieron de más, aunque les trajo un mensaje directo de Dios para que no temieran a los cananeos. En vano les dijo: «Aquel que obró todos esos milagros por vosotros en Mitsraim y durante vuestra estancia en el desierto obrará también milagros por vosotros cuando entréis en la tierra prometida. En verdad, el pasado debería inspiraros confianza en el porvenir». La única respuesta que el pueblo tuvo a esto fue: «Si hubiéramos oído este informe de la tierra de labios de extraños, no le habríamos dado crédito; pero lo hemos oído de hombres cuyos hijos son nuestros hijos y cuyas hijas son nuestras hijas». En su amargura contra sus jefes, quisieron poner las manos sobre Moshé y Aharón, ante lo cual Dios envió Su nube de gloria como protección, bajo la que ellos buscaron refugio. Pero lejos de que esta aparición divina los hiciera tomar conciencia de su perversa empresa, arrojaron piedras contra la nube, esperando matar así a Moshé y a Aharón. Este ultraje suyo agotó por completo la paciencia de Dios, que resolvió la destrucción de los espías y un severo castigo del pueblo por ellos extraviado.
La ingratitud castigada
Entonces Dios se apareció a Moshé y le ordenó transmitir estas palabras al pueblo: «Provocáis Mi ira precisamente por los favores que os concedí. Cuando partí el mar para vosotros, para que pasarais mientras los egipcios quedaban atascados en el fango del fondo, os decíais unos a otros: "En Mitsraim pisábamos barro, y nos sacó de Mitsraim solo para que volviéramos a pisarlo." Os di el maná por alimento, que os hizo fuertes y robustos, pero vosotros, al comerlo, dijisteis: "¿Cómo puede ser? A los veinte días muere un ser humano si al cabo de cuatro o cinco no expulsa el alimento que ha tomado. De seguro estamos condenados a morir." Cuando los espías llegaron a la Tierra de Israel, dispuse que, en cuanto entraran en una ciudad, muriera su rey o su gobernador, para que los habitantes, ocupados en enterrar a su señor, no repararan en la presencia de los espías y los mataran. En lugar de agradecerlo, los espías volvieron e informaron: "La tierra que hemos recorrido para explorarla es una tierra que devora a sus habitantes." A vosotros os di la Torá; por vosotros dije al Ángel de la Muerte: "Sigue dominando al resto del mundo, pero no a esta nación que he elegido como Mi pueblo." En verdad tenía la esperanza de que, después de todo esto, no pecarais más y, como Yo mismo y los ángeles, vivierais eternamente, sin gustar jamás la muerte. Vosotros, sin embargo, a pesar de la gran ocasión que os ofrecí, os comportasteis como Adam. También a él le impuse un mandamiento, prometiéndole vida eterna a condición de que lo cumpliera, pero se acarreó la ruina al quebrantar Mi mandamiento y comer del árbol. A él le dije: "Polvo eres, y al polvo volverás." Lo mismo Me pasó con vosotros. Dije: "Sois ángeles", pero os comportasteis como Adam en vuestros pecados, y por eso, como Adam, habéis de morir. Pensaba y esperaba que siguierais el ejemplo de los Patriarcas, pero obráis como los habitantes de Sedom, que en castigo por sus pecados fueron consumidos por el fuego.»
«Si —continuó Dios, volviéndose hacia Moshé— suponen que necesito espadas o lanzas para destruirlos, se equivocan. Así como creé el mundo mediante la palabra, así puedo destruirlo con ella, lo cual sería un castigo adecuado para ellos. Como con sus palabras y su parloteo Me irritaron, así la palabra los matará, y tú serás su heredero, pues "haré de ti una nación mayor y más poderosa que ellos."»
Moshé dijo: «Si una silla de tres patas no pudo resistir el momento de Tu ira, ¿cómo resistirá una silla que solo tiene una pata? Estás a punto de destruir la simiente de los tres Patriarcas; ¿cómo he de esperar que a mi simiente le vaya mejor? Y no es esta la única razón por la que debes preservar a Israel, pues hay otras consideraciones para hacerlo. Si destruyeras a Israel, los edomitas, los moabitas y todos los habitantes de Kena’an dirían que lo hiciste solo porque no fuiste capaz de sostener a Tu pueblo, y por eso lo destruiste. Declararán además que los dioses de Kena’an son más poderosos que los de Mitsraim, que en verdad triunfaste sobre los dioses de los ríos de Mitsraim, pero que no estabas a la altura de los dioses de la lluvia de Kena’an. Y peor aún: las naciones del mundo te acusarán de crueldad continua, diciendo: "Destruyó a la generación del diluvio por medio del agua; arrasó hasta el suelo a los constructores de la torre, así como a los habitantes de Sedom; y no fue mejor que la de ellos la suerte de los egipcios, a quienes ahogó en el mar. Ahora también ha arruinado a Israel, a quien había llamado 'Mi hijo primogénito', como Lilit, que, cuando no encuentra niños ajenos, mata a los suyos. Así mató a su propio hijo."»
Moshé dijo además: «Todo hombre piadoso se empeña en cultivar una virtud especial. Haz Tú también, en este caso, valer Tu virtud especial.» Dios: «¿Y cuál es Mi virtud especial?» Moshé: «La paciencia, el amor y la misericordia, pues sueles ser paciente con quienes provocan Tu ira, y tener misericordia de ellos. En Tu misericordia misma se muestra mejor Tu fuerza. Mide, pues, a Tus hijos la justicia en pequeña medida, pero la misericordia en gran medida.»
Bien sabía Moshé que la misericordia era la principal virtud de Dios. Recordaba haber preguntado a Dios, cuando intercedió por Israel tras el pecado del Becerro de Oro: «Dime, te ruego, con qué atributo Tuyo gobiernas el mundo.» Dios respondió: «Gobierno el mundo con bondad, misericordia y paciencia.» «¿Acaso —dijo Moshé— Tu paciencia deja impunes a los pecadores?» A esta pregunta Moshé no había recibido respuesta, así que sintió que ahora podía decirle a Dios: «Obra ahora como entonces consentiste. La justicia, que exige la destrucción de Israel, está en un platillo de la balanza, pero mi oración la equilibra exactamente en el otro. Veamos, pues, cómo se inclina la balanza.» Dios respondió: «Tan cierto como que vives, Moshé, tu oración inclinará la balanza del lado de la misericordia. Por tu causa he de revocar Mi decisión de aniquilar a los hijos de Israel, de modo que los egipcios exclamarán: 'Dichoso el siervo a cuyo deseo cede su amo.' Cobraré, sin embargo, Mi deuda, pues aunque no aniquile a Israel de una sola vez, harán pagos parciales cada año durante los cuarenta años venideros. Diles: 'Vuestros cadáveres caerán en este desierto; todos los que fuisteis contados según vuestro número entero, de veinte años para arriba, que murmurasteis contra Mí. Y vuestros hijos andarán errantes por el desierto cuarenta años, y cargarán con vuestras infidelidades, hasta que vuestros cadáveres se consuman en el desierto.'»
Este castigo, con todo, no fue tan severo como podría parecer, pues ninguno de ellos murió por debajo de los sesenta años, mientras que quienes al tiempo del éxodo de Mitsraim tenían menos de veinte o más de sesenta quedaron por completo exentos de él. Además, solo fueron heridos los que habían seguido el consejo de los espías, mientras que los demás, y los leviim y las mujeres, quedaron exentos. La muerte, por otra parte, visitaba a los transgresores de tal manera que sabían que era castigo por sus pecados. Durante todo el año no moría ninguno de ellos. El día octavo del mes de Av, Moshé hacía que un heraldo proclamara por todo el campamento: «Que cada uno prepare su sepultura.» Cavaban sus sepulturas y pasaban en ellas la noche siguiente, la misma noche en que, siguiendo el consejo de los espías, se habían rebelado contra Dios y Moshé. Por la mañana, un heraldo aparecía de nuevo y gritaba: «Que los vivos se separen de los muertos.» Los que aún vivían se levantaban, pero unos quince mil de ellos quedaban muertos en sus sepulturas. Al cabo de cuarenta años, sin embargo, cuando el heraldo repitió su llamada acostumbrada el día noveno de Av, todos se levantaron, y no hubo entre ellos un solo muerto. Al principio pensaron que habían errado en el cálculo al observar la luna, que no era en absoluto el día noveno de Av, y que por eso se les había perdonado la vida. Por eso repitieron sus preparativos para la muerte hasta el día decimoquinto de Av. Entonces la vista de la luna llena los convenció de que el día noveno de Av había pasado, y que su castigo había quedado abolido. En conmemoración del alivio de este castigo, instituyeron el día decimoquinto de Av como día santo.
Los años de disfavor
Aunque Dios había revocado ya Su resolución de aniquilar a Israel, no estaba todavía del todo reconciliado con ellos, y durante los años siguientes de su marcha por el desierto permanecieron sin Su favor, como pusieron de manifiesto varias circunstancias. Durante estos años de disfavor no soplaba el viento del norte, con lo cual los niños que nacían en el desierto no podían ser circuncidados, pues la ausencia del viento producía una temperatura excesivamente alta, condición que hacía muy peligroso practicarles esa operación. Y como la ley prohíbe ofrecer el cordero pascual a menos que los niños hayan sido circuncidados, Israel no pudo celebrar debidamente la fiesta de Pésaj después del incidente de los espías. También Moshé sintió los efectos del disfavor, pues durante este tiempo no recibió de Dios sino las instrucciones absolutamente imprescindibles, y ninguna otra revelación. Esto era porque Moshé, como todos los demás profetas, recibía esta distinción solo por causa de Israel, y cuando Israel estaba en desgracia, Dios no se comunicaba con él con afecto. En efecto, la suerte de Moshé —morir en el desierto sin entrar en la tierra prometida— había sido decretada al mismo tiempo que la suerte de la generación que él sacó de Mitsraim.
Pero el más terrible de todos los castigos cayó sobre los espías que, con sus lenguas malvadas, habían provocado todo el desastre. Dios les pagó medida por medida. Sus lenguas se alargaron tanto que les llegaban al ombligo; y de sus lenguas salían arrastrándose gusanos que les perforaban el ombligo; de este modo horrible murieron estos hombres. Yehoshúa y Kalev, en cambio, que habían permanecido fieles a Dios y no habían seguido el malvado consejo de sus compañeros, no solo quedaron exentos de la muerte, sino que además Dios los recompensó, dándoles en la Tierra Santa la propiedad que había sido asignada a los otros espías. Kalev tenía cuarenta años cuando fue enviado como espía. Se había casado joven, y a los diez años había engendrado un hijo; aun así, a los ochenta y cinco años seguía siendo lo bastante robusto para disfrutar de su posesión en la Tierra Santa.
La misericordia de Dios se extiende también a los pecadores; por eso ordenó a Moshé decir al pueblo: «Los amalecitas y los cananeos habitan ahora en el valle; mañana volveos y marchad al desierto por el camino del mar de los Juncos.» Dios lo hizo porque había resuelto firmemente, en caso de guerra entre Israel y los habitantes de la Tierra de Israel, no ayudar a los primeros. Sabiendo que en tal caso su aniquilación era segura, les ordenó no intentar entrar en la tierra por la fuerza. «Mi intención había sido —dijo Dios— enalteceros, pero ahora, si intentarais hacer guerra a los habitantes de la Tierra de Israel, sufriríais humillación.» El pueblo, sin embargo, no atendió a las palabras de Dios que Moshé les comunicó, y de golpe se formó en orden de batalla para avanzar contra los amorreos. Pensaban que, tras haber confesado su pecado de haberse dejado engañar por los espías, Dios los asistiría en sus batallas, así que dijeron a Moshé: «De seguro estas pocas gotas no han llenado el cubo.» Su transgresión contra Dios les parecía solo una nimiedad perdonada hacía ya tiempo. Se equivocaban, sin embargo. Como abejas se abatieron sobre ellos los enemigos, y mientras que antes estos caían muertos de espanto al oír los nombres de los israelitas, ahora un solo golpe suyo bastaba para matar a los israelitas. Su intento de hacer la guerra sin la Santa Arca en medio de ellos resultó un fracaso miserable. Muchos de ellos, y entre estos Tselofjad, hallaron la muerte, y otros tantos volvieron al campamento cubiertos de heridas. Los lamentos y el llanto del pueblo de nada sirvieron; Dios persistió en Su resolución, y ellos se acarrearon grave castigo por esta nueva prueba de desobediencia, pues Dios dijo a Moshé: «Si los tratara ahora conforme a estricta justicia, jamás entrarían en la tierra. Al cabo de un tiempo, sin embargo, les dejaré 'poseer la tierra que juré a sus padres darles.'»
Para consolar y animar a Israel en su abatimiento, Moshé recibió instrucciones de anunciar la ley de los sacrificios y otros preceptos establecidos para la vida en la Tierra Santa, a fin de que el pueblo viera que Dios no pretendía estar enojado con ellos para siempre. Cuando Moshé les anunció las leyes, surgió una disputa entre los israelitas y los prosélitos, porque los primeros declaraban que solo ellos, y no los otros, debían hacer ofrendas a Dios en Su santuario. Dios entonces llamó a Moshé y le dijo: «¿Por qué riñen estos siempre unos con otros?» Moshé respondió: «Tú sabes por qué.» Dios: «¿No te he dicho: 'Una misma ley y una misma norma habrá para vosotros y para el extranjero que reside entre vosotros'?»
Aunque la marcha de cuarenta años por el desierto fue castigo por el pecado de Israel, tuvo con todo una ventaja. En el tiempo en que Israel salió de Mitsraim, la Tierra de Israel estaba en mal estado; los árboles plantados en tiempos de Nóaj estaban viejos y marchitos. Por eso dijo Dios: «¡Cómo! ¿Voy a permitir que Israel entre en una tierra inhabitable? Les mandaré vagar por el desierto cuarenta años, para que entretanto los cananeos talen los árboles viejos y planten otros nuevos, de modo que Israel, al entrar en la tierra, la halle rebosante de abundancia.» Así sucedió, pues cuando Israel conquistó la Tierra de Israel, halló la tierra no solo recién cultivada, sino también rebosante de tesoros. Los habitantes de esta tierra eran tan avaros que no se permitían ni una gota de aceite para sus gachas; si se rompía un huevo, no lo usaban, sino que lo vendían por dinero. Los tesoros atesorados por estos avaros cananeos los dio Dios más tarde a Israel para que los disfrutara y usara.
La rebelión de Kóraj
No fueron los cananeos los únicos que no disfrutaron de su riqueza y su dinero, pues una suerte semejante fue decretada para Kóraj. Había sido el tesorero del Paró y poseía tesoros tan vastos que empleaba trescientas mulas blancas para llevar las llaves de sus tesoros; pero «no se jacte el rico de sus riquezas», pues Kóraj, por su pecado, perdió a la vez la vida y los bienes. Kóraj había llegado a poseer sus riquezas de esta manera: cuando Yosef, durante los años de escasez, amasó grandes tesoros con la venta del grano, levantó tres grandes edificios —de cien codos de ancho, cien codos de largo y cien de alto—, los llenó de dinero y los entregó al Paró, demasiado honrado para dejar siquiera cinco siclos de plata de ese dinero a sus hijos. Kóraj descubrió una de estas tres tesorerías. A causa de su riqueza se volvió soberbio, y su soberbia le acarreó la caída. Creía que Moshé lo había desairado al nombrar a su primo Elitsafán jefe de la división levítica de los kehatitas. Dijo: «Mi abuelo tuvo cuatro hijos: Amram, Yitshar, Jevrón y Uziel. Amram, como primogénito, tuvo privilegios de los que se valieron sus hijos, pues Aharón es sumo sacerdote y Moshé es rey; pero ¿no tengo yo, hijo de Yitshar, el segundo hijo de Kehat, el derecho legítimo a ser príncipe de los kehatitas? Moshé, sin embargo, me pasó por alto y nombró a Elitsafán, cuyo padre fue Uziel, el hijo menor de mi abuelo. Por eso suscitaré ahora una rebelión contra Moshé y derribaré todas las instituciones fundadas por él.» Kóraj era un hombre demasiado sabio para creer que Dios permitiría el éxito de una rebelión contra Moshé y se quedaría mirando con indiferencia; pero la misma perspicacia que le permitía escrutar el futuro se convirtió en su perdición. Vio con su ojo profético que Shemuel, un hombre tan grande como Aharón y Moshé juntos, sería uno de sus descendientes; y además que veinticuatro descendientes suyos, inspirados por el Espíritu Santo, compondrían salmos y los cantarían en el Templo. Este brillante futuro de sus descendientes le infundió gran confianza en su empresa, pues pensó para sí que Dios no permitiría perecer al padre de hombres tan piadosos. Su ojo, sin embargo, no escrutó el futuro con suficiente agudeza, pues de lo contrario habría sabido también que sus hijos se arrepentirían de la rebelión contra Moshé, y que por esta razón serían tenidos por dignos de llegar a ser padres de profetas y cantores del Templo, mientras que él había de perecer en esta rebelión.
Los nombres de este desdichado rebelde correspondían a su acción y a su fin. Se llamaba Kóraj, «calvicie», pues con la muerte de su horda causó una calvicie en Israel. Era hijo de Yitshar, «el ardor del mediodía», porque hizo que la tierra hirviera «como el ardor del mediodía»; y además se le designaba como hijo de Kehat, pues Kehat significa «embotamiento», y con su pecado hizo que «los dientes de sus hijos se destemplaran». Su descripción como hijo de Leví, «conducir», apunta a su fin, pues fue conducido al infierno.
Kóraj, con todo, no fue el único que se afanó por derribar a Moshé. Con él estaban, ante todo, los reuvenitas Datán y Aviram, que bien merecen sus nombres, pues el uno significa «transgresor de la ley divina» y el otro «el obstinado». Había, además, doscientos cincuenta hombres que, por su rango e influencia, pertenecían a los más prominentes de Israel; entre ellos, incluso los príncipes de las tribus. En la unión de los reuvenitas con Kóraj se cumplió el proverbio: «Ay del malvado, ay de su vecino.» Pues Kóraj, uno de los hijos de Kehat, tenía su puesto al sur del Mishkán, y como los reuvenitas también acampaban allí, se trabó entre ellos una amistad, de modo que lo siguieron en su empresa contra Moshé.
El odio que Kóraj sentía contra Moshé fue avivado aún más por su mujer. Cuando, tras la consagración de los leviim, Kóraj volvió a casa, su mujer reparó en que le habían rasurado los cabellos de la cabeza y el vello del cuerpo, y le preguntó quién le había hecho todo aquello. Él respondió: «Moshé», ante lo cual su mujer observó: «Moshé te odia e hizo esto para deshonrarte.» Kóraj, sin embargo, replicó: «Moshé rasuró también todo el cabello de sus propios hijos.» Pero ella dijo: «¿Qué le importaba la deshonra de sus propios hijos con tal de deshonrarte a ti? Estaba muy dispuesto a hacer ese sacrificio.» Como en casa, así le fue a Kóraj con los demás, pues, lampiño como estaba, nadie lo reconocía al principio, y cuando por fin la gente descubría quién tenía delante, le preguntaban con asombro quién lo había desfigurado así. En respuesta a sus preguntas decía: «Esto lo hizo Moshé, que además me tomó de las manos y de los pies para alzarme, y después de alzarme dijo: 'Estás puro.' Pero a su hermano Aharón lo engalanó como a una novia y le mandó ocupar su lugar en el Mishkán.» Amargados por lo que consideraban un insulto que Moshé le había hecho, Kóraj y los suyos exclamaron: «Moshé es rey, a su hermano lo nombró sumo sacerdote, a sus sobrinos, jefes de los sacerdotes; asigna al sacerdote la ofrenda elevada y otros muchos tributos.» Luego intentó hacer que Moshé pareciera ridículo a los ojos del pueblo. Poco antes de esto Moshé había leído al pueblo la ley de los flecos en los bordes de sus vestiduras. Kóraj mandó entonces confeccionar vestiduras de púrpura para los doscientos cincuenta hombres que lo seguían, todos los cuales eran jueces principales. Ataviados así, Kóraj y su compañía se presentaron ante Moshé y le preguntaron si debían atar flecos a las esquinas de estas vestiduras. Moshé respondió: «Sí.» Kóraj inició entonces este razonamiento: «Si —dijo— un solo fleco de púrpura basta para cumplir este mandamiento, ¿no debería una vestidura entera de púrpura satisfacer las exigencias de la ley, aunque no haya un fleco especial de púrpura en las esquinas?» Continuó planteando a Moshé preguntas capciosas semejantes: «¿Debe fijarse una mezuzá a la jamba de una casa llena de libros sagrados?» Moshé respondió: «Sí.» Entonces Kóraj dijo: «¡Las doscientas setenta secciones de la Torá no bastan, y en cambio bastan las dos secciones fijadas a la jamba!» Kóraj planteó todavía otra pregunta: «Si en la piel de un hombre aparece una mancha brillante, del tamaño de media haba, ¿es puro o impuro?» Moshé: «Impuro.» «Y —prosiguió Kóraj— si la mancha se extiende y cubre toda su piel, ¿es entonces puro o impuro?» Moshé: «Puro.» «Unas leyes tan irracionales —dijo Kóraj— no pueden en modo alguno tener su origen en Dios. La Torá que enseñaste a Israel no es, por tanto, obra de Dios, sino obra tuya; ¡así que ni tú eres profeta ni Aharón es sumo sacerdote!»
Kóraj ultraja a Moshé y a la Torá
Entonces Kóraj se dirigió al pueblo para incitarlo a la rebelión contra Moshé, y en particular contra los tributos a los sacerdotes que él había impuesto al pueblo. Para que el pueblo pudiera formarse ahora una idea cabal de la carga opresiva de estas obligaciones, Kóraj les contó el siguiente relato que había inventado: «Vivía en mi vecindad una viuda con dos hijas, que poseían para su sustento un campo cuyo rendimiento apenas les bastaba para mantenerse con vida. Cuando esta mujer se disponía a arar su campo, apareció Moshé y dijo: 'No ararás con buey y asno juntos.' Cuando empezó a sembrar, apareció Moshé y dijo: 'No sembrarás con semillas mezcladas.' Cuando asomaron las primicias en el campo de la pobre viuda, apareció Moshé y le mandó llevarlas a los sacerdotes, pues a ellos les corresponden 'las primicias de todos los frutos de la tierra'; y cuando por fin llegó el tiempo de segarlo, apareció Moshé y le ordenó 'no segar del todo los rincones del campo, no recoger las espigas caídas de la cosecha, sino dejarlas para los pobres.' Cuando hubo hecho todo lo que Moshé le había mandado, y estaba a punto de trillar el grano, apareció Moshé una vez más y dijo: 'Dame las ofrendas elevadas, el primero y el segundo diezmos para el sacerdote.' Cuando por fin la pobre mujer cayó en la cuenta de que ya no podía de ningún modo mantenerse con el rendimiento del campo tras descontar todos los tributos que Moshé le había impuesto, vendió el campo y con lo obtenido compró ovejas, con la esperanza de disfrutar ahora sin estorbo tanto de la lana como de las crías de las ovejas. Se equivocaba, sin embargo. Cuando nació el primer cordero de las ovejas, apareció Aharón y lo reclamó, pues el primogénito pertenece al sacerdote. Otro tanto le pasó con la lana. Al tiempo de la esquila reapareció Aharón y reclamó 'las primicias del vellón de las ovejas', que, según la ley de Moshé, le pertenecían. Pero no contento con esto, reapareció más tarde y reclamó una oveja de cada diez como diezmo, al que de nuevo, según la ley, tenía derecho. Esto, sin embargo, fue demasiado para la sufrida mujer, que degolló las ovejas, suponiendo que ahora podría sentirse segura, en plena posesión de la carne. ¡Pero muy lejos de eso! Apareció Aharón y, fundando su reclamación en la Torá, exigió la espaldilla, las dos quijadas y el cuajar. '¡Ay! —exclamó la mujer—, ¡ni degollar las ovejas me libró de tus manos! Que la carne, pues, sea consagrada al santuario.' Aharón dijo: 'Todo lo consagrado en Israel es mío. Será, pues, todo mío.' Se marchó, llevándose la carne de las ovejas y dejando atrás a la viuda y a sus hijas llorando amargamente. Tales hombres —dijo Kóraj, concluyendo su relato— son Moshé y Aharón, que hacen pasar sus crueles disposiciones por leyes divinas.»
Aguijoneada por discursos como estos, la horda de Kóraj se presentó ante Moshé y Aharón, diciendo: «Más pesada es la carga que nos imponéis que la de los egipcios; y además, ya que desde el incidente de los espías nos vemos forzados a ofrecer cada año como tributo a la muerte quince mil hombres, mejor nos habría ido de quedarnos en Mitsraim.» También reprocharon a Moshé y a Aharón un injustificado afán de poder, diciendo: «En el Sinaí todo Israel oyó las palabras de Dios: 'Yo soy Adonái, tu Dios.' ¿Por qué, pues, os alzáis por encima de la congregación de Adonái?» No conocían límites en sus ataques contra Moshé; lo acusaban de llevar una vida inmoral y hasta advertían a sus mujeres que se mantuvieran lejos de él. No se detuvieron, además, en las palabras, sino que intentaron apedrear a Moshé, hasta que este por fin buscó la protección de Dios y le clamó por ayuda. Dijo: «No me importa que me insulten a mí o a Aharón, pero insisto en que se vengue el insulto a la Torá. 'Si estos hombres mueren de la muerte común de todos los hombres', yo mismo me volveré incrédulo y declararé que la Torá no fue dada por Dios.»
Moshé suplica en vano a Kóraj
Moshé se tomó muy a pecho la transgresión de Kóraj, pues pensaba para sí que quizá, después de los muchos pecados de Israel, no lograría obtener de Dios el perdón para ellos. Por eso no hizo decidir el asunto de inmediato, sino que exhortó al pueblo a esperar hasta el día siguiente, abrigando la persistente esperanza de que la horda de Kóraj, dado tiempo para una reflexión serena, percibiera por sí misma el pecado al que un exceso de bebida podría haberla arrastrado. Por eso les dijo: «No puedo presentarme ahora ante HaShem, pues aunque Él no toma ni comida ni bebida, no juzgará actos nuestros como los que hemos cometido después de festejar y jaranear. Pero 'mañana mostrará Adonái quiénes son los suyos'. Sabed ahora que, así como Dios ha puesto en la naturaleza límites precisos entre el día y la noche, entre la luz y las tinieblas, así también ha separado a Israel de las demás naciones, y así también ha separado a Aharón del resto de Israel. Si podéis borrar el límite entre la luz y las tinieblas, solo entonces quitaréis el límite de separación entre Israel y los demás, pero no de otro modo. Las demás naciones tienen muchas religiones, muchos sacerdotes y rinden culto en muchos templos, pero nosotros tenemos un solo Dios, una sola Torá, una sola ley, un solo altar y un solo sumo sacerdote, mientras que vosotros sois doscientos cincuenta hombres, cada uno de los cuales está imbuido del deseo de llegar a ser sumo sacerdote, como también yo quisiera serlo, si tal cosa fuera posible. Pero para probar el derecho de Aharón a su dignidad, 'haced esto: tomad incensarios, Kóraj y toda su compañía; poned fuego en ellos y colocad sobre ellos incienso ante Adonái mañana.' La ofrenda de incienso es la ofrenda más grata ante HaShem, pero para quien no ha sido llamado esta ofrenda encierra un veneno mortal, pues consumió a Nadav y a Avihú. Pero os exhorto a no cargar vuestras almas con un pecado mortal, pues nadie sino aquel de entre vosotros a quien Dios elija como sumo sacerdote quedará con vida; todos los demás pagarán con la vida la ofrenda del incienso.» Estas últimas palabras de Moshé, sin embargo, lejos de contenerlos, no hicieron sino reforzar a Kóraj en su resolución de llevar a cabo su empresa, pues estaba seguro de que Dios lo elegiría a él y a ningún otro. Tenía el presentimiento profético de que estaba destinado a ser el antepasado de profetas y cantores del Templo, y por esta razón se creía especialmente favorecido por Dios.
Cuando Moshé se dio cuenta de que Kóraj era irrecuperable, dirigió el resto de su advertencia a aquellos otros leviim, los hombres de la tribu de Kóraj, que, temía, se unirían a Kóraj en su rebelión. Los exhortó a contentarse con los honores que Dios les había concedido y a no ambicionar la dignidad sacerdotal. Concluyó su discurso con un último llamamiento a Kóraj para que no causara cisma en Israel, diciendo: «Si Aharón hubiera asumido arbitrariamente la dignidad sacerdotal, harías bien en oponerte a su presunción, pero fue Dios, cuyos atributos son la sublimidad, la fuerza y la soberanía, quien revistió a Aharón de esta dignidad, de modo que quienes están contra Aharón están en realidad contra Dios.» Kóraj no respondió nada a todas estas palabras, pensando que lo mejor que podía hacer era evitar entrar en discusión con un sabio tan grande como Moshé, seguro de que en tal disputa saldría derrotado y, contra su propia convicción, se vería forzado a ceder ante Moshé.
Moshé, viendo que era inútil razonar con Kóraj, envió un mensajero a Datán y Aviram, citándolos a comparecer ante su tribunal. Lo hizo porque la ley exigía que el acusado fuera citado a comparecer ante el juez antes de que se dictara sentencia sobre él, y Moshé no quería que estos hombres fueran castigados sin ser oídos. Estos, sin embargo, respondieron al mensajero enviado por Moshé: «¡No subiremos!» Esta respuesta desvergonzada encerraba una profecía inconsciente. No subieron, sino que, como mostró su fin, bajaron, al infierno. No solo, además, se negaron a acceder a la demanda de Moshé, sino que enviaron a Moshé el siguiente mensaje: «¿Por qué te eriges en amo sobre nosotros? ¿Qué provecho nos trajiste? Nos sacaste de Mitsraim, una tierra 'como el jardín de Adonái', pero no nos has traído a Kena’an, dejándonos en el desierto donde a diario nos visita la plaga. Ya en Mitsraim intentaste asumir el liderazgo, igual que haces ahora. Engañaste al pueblo en su éxodo de Mitsraim, cuando prometiste conducirlo a una tierra que mana leche y miel; en su ilusión te siguieron y quedaron defraudados. Ahora intentas persuadirnos como los persuadiste a ellos, pero no lo lograrás, pues no acudiremos ni obedeceremos tu citación.»
La desvergüenza de estos dos hombres, que se negaban incluso a hablar de su transgresión con Moshé, encendió su ira hasta el extremo, pues un hombre saca cierta satisfacción de discutir la disputa con sus adversarios, mientras que se siente mal si no puede tratar el asunto. En su enojo dijo a Dios: «¡Oh Señor del mundo! Bien sé que estos pecadores participaron en las ofrendas de la congregación que se ofrecían por todo Israel, pero, ya que se han apartado de la comunidad, no aceptes Tú su parte de la ofrenda y no dejes que la consuma el fuego celestial. Fui yo a quien trataron así, yo que no tomé del pueblo dinero alguno por mis trabajos, aun cuando la paga me era debida. Es costumbre que quien trabaja para el santuario reciba paga por su labor, pero yo viajé a Mitsraim en mi propio asno, y no tomé ninguno de los suyos, aunque emprendí el viaje en interés de ellos. Es costumbre que quienes tienen un litigio acudan ante un juez, pero yo no esperé a esto, y fui derecho a ellos para dirimir sus pleitos, sin declarar jamás culpable al inocente ni inocente al culpable.»
Cuando vio ahora que sus palabras no surtían efecto en Kóraj y su horda, concluyó con una amenaza a los cabecillas: «Presentaos tú y toda tu compañía ante Adonái, tú y ellos, y Aharón, mañana.»
Kóraj pasó la noche anterior al juicio tratando de ganarse al pueblo para su bando, y lo consiguió. Fue a todas las demás tribus, diciéndoles: «No penséis que busco un puesto de honor para mí. No, solo deseo que este honor recaiga por turno en cada uno, mientras que ahora Moshé es rey y su hermano, sumo sacerdote.» A la mañana siguiente, todo el pueblo, y no solo la compañía original de Kóraj, se presentó ante el Mishkán y empezó a buscar querella con Moshé y Aharón. Moshé temió entonces que Dios destruyera a todo el pueblo por haberse unido a Kóraj, así que dijo a Dios: «¡Oh Señor del mundo! Si una nación se rebela contra un rey de carne y hueso porque diez o veinte hombres han maldecido al rey o a sus embajadores, este envía sus huestes a masacrar a los habitantes de la tierra, tanto inocentes como culpables, pues no puede saber con certeza quiénes de ellos honraron al rey y quiénes lo maldijeron. Pero Tú conoces el pensamiento del hombre, y lo que su corazón y sus riñones le aconsejan hacer; los adentros de la mente de Tus criaturas están patentes ante Ti, de modo que conoces el espíritu de cada uno. ¿Pecará un solo hombre, y Te airarás contra toda la congregación?» Dios entonces dijo a Moshé: «He escuchado la oración por la congregación. Diles, pues: 'Apartaos de en torno a la morada de Kóraj, Datán y Aviram.'»
Moshé no ejecutó de inmediato estas instrucciones, pues intentó una vez más advertir a Datán y Aviram del castigo que se cernía sobre ellos, pero ellos se negaron a hacer caso a Moshé y permanecieron dentro de sus tiendas. «Ahora —dijo Moshé— he hecho todo lo que podía, y ya no puedo hacer más.» Así que, volviéndose a la congregación, dijo: «Apartaos, os ruego, de las tiendas de estos hombres malvados, que ya en su juventud merecieron la muerte como castigo por sus actos. En Mitsraim delataron el secreto de que yo había dado muerte a un egipcio; en el mar de los Juncos fueron ellos quienes airaron a Dios con su deseo de volver a Mitsraim; en Alush profanaron el Shabat, y ahora se han agrupado para rebelarse contra Dios. Bien merecen ahora la excomunión y la destrucción de todos sus bienes. 'No toquéis, por tanto, nada de lo suyo, para que no seáis consumidos por todos sus pecados.'»
La comunidad obedeció las palabras de Moshé y se retiró de las moradas de Datán y Aviram. Estos, nada acobardados, no desistieron de su malvada intención, sino que se plantaron a las puertas de sus tiendas, injuriando y calumniando a Moshé. Moshé entonces dijo a Dios: «Si estos hombres mueren en sus lechos como todos los hombres, después de que los médicos los hayan atendido y los conocidos los hayan visitado, entonces confesaré públicamente 'que Adonái no me ha enviado' a hacer todas estas obras, sino que las he hecho por mi propia cuenta.» Dios respondió: «¿Qué quieres que haga?» Moshé: «Si HaShem ya ha provisto a la tierra de una boca para tragarlos, bien está; si no, te ruego que lo hagas ahora.» Dios dijo: «Decretarás una cosa, y te será cumplida.»
Moshé no fue el único en insistir en un castigo ejemplar de la horda de Kóraj. El Sol y la Luna se presentaron ante Dios, diciendo: «Si das satisfacción al hijo de Amram, emprenderemos nuestro curso alrededor del mundo, pero no de otro modo.» Dios, sin embargo, arrojó rayos tras ellos para que atendieran a sus obligaciones, diciéndoles: «Nunca habéis defendido Mi causa, pero ahora salís en defensa de una criatura de carne y hueso.» Desde entonces, al Sol y a la Luna hay que empujarlos siempre a su tarea, pues nunca la cumplen voluntariamente, porque no quieren contemplar los pecados del hombre sobre la tierra.
Kóraj y su horda castigados
Dios no negó satisfacción a Su fiel servidor. La boca del infierno se acercó al lugar donde estaban Datán, Aviram y sus familias, y el suelo bajo sus pies se hizo tan escarpado que no podían mantenerse en pie, sino que rodaron hacia la abertura y cayeron rápidamente al pozo. No solo estos malvados fueron tragados por la tierra, sino también sus posesiones. Hasta su ropa que estaba en casa del lavandero, o un alfiler que les perteneciera, rodaba hacia la boca de la tierra y desaparecía en ella. En ningún lugar de la tierra quedó rastro de ellos ni de sus posesiones, y hasta sus nombres desaparecieron de los documentos en que estaban escritos. No hallaron, sin embargo, una muerte inmediata, sino que se hundieron poco a poco en la tierra, cuya abertura se ajustaba al contorno de cada individuo. Primero desaparecían las extremidades inferiores, luego la abertura se ensanchaba y seguía el abdomen, hasta que de este modo el cuerpo entero quedaba tragado. Mientras se hundían así, lenta y dolorosamente, seguían gritando: «Moshé es verdad y su Torá es verdad. Reconocemos que Moshé es rey legítimo y verdadero profeta, que Aharón es sumo sacerdote legítimo, y que la Torá ha sido dada por Dios. ¡Líbranos ahora, oh Moshé, maestro nuestro!» Estas palabras se oyeron por todo el campamento, para que todos quedaran convencidos de la maldad de la empresa de Kóraj.
Aparte de esta banda de Kóraj, a la que la tierra se tragó, los doscientos cincuenta hombres que habían ofrecido incienso con Aharón hallaron la muerte en el fuego celestial que descendió sobre su ofrenda y los consumió. Mas quien murió de la forma más terrible fue Kóraj. Consumido en la ofrenda de incienso, rodó luego en forma de bola de fuego hasta la abertura de la tierra, y desapareció. Este doble castigo de Kóraj tenía su razón. De haber recibido solo el castigo del fuego, entonces los que habían sido tragados por la tierra —y que no habían visto a Kóraj herido por el mismo castigo— se habrían quejado de la injusticia de Dios, diciendo: «Fue Kóraj quien nos hundió en la destrucción, y sin embargo él mismo se libró de ella». Y de haber sido tragado por la tierra sin morir por el fuego, entonces aquellos a quienes el fuego había consumido se habrían quejado de la injusticia de Dios, que dejaba impune al autor de su destrucción. Ahora, en cambio, tanto los que perecieron por el fuego como los que fueron tragados por la tierra vieron a su cabecilla compartir su castigo.
Esta muerte terrible, sin embargo, no bastó para expiar los pecados de Kóraj y su banda, pues su castigo continúa en el Guehinom. Son atormentados en el Guehinom y, al cabo de treinta días, el Guehinom los arroja de nuevo cerca de la superficie de la tierra, al lugar donde habían sido tragados. Quien ese día apoya el oído en el suelo, en aquel sitio, oye el grito: «Moshé es verdad, y su Torá es verdad, pero nosotros somos mentirosos». Su castigo no cesará hasta después de la Resurrección, pues, a pesar de su grave pecado, no fueron entregados a la condenación eterna.
Durante un tiempo Kóraj y su banda creyeron que nunca conocerían alivio de estos tormentos del Guehinom, pero las palabras de Janá los animaron a no desesperar. Refiriéndose a ellos, ella pronunció la profecía: «Adonái hace descender al Sheol, y hace subir». Al principio no tenían verdadera fe en esta profecía, pero cuando Dios destruyó el Templo y hundió sus portales en lo hondo de la tierra hasta que alcanzaron el Guehinom, Kóraj y su banda se aferraron a los portales, diciendo: «Si estos portales vuelven a subir, entonces por ellos también subiremos nosotros». Entonces Dios los nombró guardianes de esos portales, sobre los cuales habrán de montar guardia hasta que regresen al mundo de arriba.
Salvación de On y de los tres hijos de Kóraj
Dios castigó con dureza la discordia, pues, aunque por lo demás el decreto del Cielo no castiga a nadie menor de veinte años, en la rebelión de Kóraj la tierra tragó vivos incluso a niños de un solo día —hombres, mujeres y niños, todos juntos—. De toda la banda de Kóraj y sus familias solo cuatro personas escaparon a la ruina, a saber: On, hijo de Pélet, y los tres hijos de Kóraj. Así como fue la mujer de Kóraj quien con sus palabras instigadoras hundió a su marido en la destrucción, así también a su mujer debe On su salvación. En verdad, a estas dos mujeres se aplica el proverbio: «Toda mujer sabia edifica su casa, mas la necia con sus propias manos la derriba». On, cuyas dotes le habían valido una distinción muy por encima de la de su padre, se había unido en un principio a la rebelión de Kóraj. Cuando llegó a casa y se lo contó a su mujer, ella le dijo: «¿Qué provecho sacarás de ello? O bien Moshé sigue siendo el amo y tú eres su discípulo, o bien Kóraj se vuelve el amo y tú eres su discípulo». On vio la verdad de este argumento, pero declaró que se sentía obligado a mantenerse fiel a Kóraj porque le había dado su juramento, que ya no podía retirar. Su mujer, no obstante, lo tranquilizó, rogándole que se quedara en casa. Y para estar bien segura de él, le dio a beber vino, con lo que cayó en un profundo sueño de embriaguez. Su mujer llevó entonces a cabo su obra de salvación, diciéndose: «Toda la congregación es santa y, siéndolo, no se acercarán a ninguna mujer que lleve el cabello descubierto». Se mostró entonces a la puerta de la tienda con el cabello suelto, y cada vez que alguno de la banda de Kóraj, a punto de acudir a On, veía a la mujer en tal estado, retrocedía; y gracias a esta astuta esposa, el marido no tuvo parte en la rebelión. Cuando la tierra se abrió para tragar a la banda de Kóraj, el lecho en que On aún dormía empezó a mecerse y a rodar hacia la abertura de la tierra. Pero la mujer de On lo agarró, diciendo: «¡Oh Señor del mundo! Mi marido hizo un voto solemne de no volver jamás a tomar parte en disputas. Tú, que vives y perduras por toda la eternidad, puedes castigarlo más adelante si alguna vez falta a su voto». Dios escuchó su súplica, y On se salvó. Ella le pidió entonces que fuera a ver a Moshé, pero él se negó, pues le daba vergüenza mirar a la cara a Moshé después de haberse rebelado contra él. Su mujer fue entonces a ver a Moshé en su lugar. Moshé al principio la esquivó, pues no quería tratar con mujeres, pero como ella lloraba y se lamentaba amargamente, fue admitida y contó a Moshé todo lo ocurrido. Él la acompañó entonces hasta su casa y, a la entrada, exclamó: «On, hijo de Pélet, sal fuera, Dios te perdonará tus pecados». Es en referencia a esta liberación milagrosa y a la vida que pasó haciendo penitencia por lo que este antiguo seguidor de Kóraj fue llamado On, «el penitente», hijo de Pélet, «milagro». Su verdadero nombre era Nemuel, hijo de Eliav, hermano de Datán y Aviram.
Más maravillosa aún que la de On fue la salvación de los tres hijos de Kóraj. Pues cuando la tierra se abrió para tragar a Kóraj y su banda, ellos clamaron: «¡Ayúdanos, Moshé!». La Shejiná dijo entonces: «Si estos hombres se arrepintieran, se salvarían; arrepentimiento es lo que deseo, y ninguna otra cosa». Los tres hijos de Kóraj resolvieron entonces, a la vez, arrepentirse de su pecado, pero no pudieron abrir la boca, pues a su alrededor ardía el fuego y bajo ellos se abría el Guehinom. Dios, sin embargo, se dio por satisfecho con su buen propósito y, a la vista de todo Israel, para salvarlos, se alzó en el Guehinom una columna sobre la que se sentaron. Allí quedaron sentados, cantando alabanzas y cánticos a HaShem, más dulces que cuanto jamás oyó oído mortal, de modo que Moshé y todo Israel los escuchaban con avidez. Fueron además distinguidos por Dios al recibir de Él el don profético, y anunciaron entonces en sus cánticos acontecimientos que habrían de suceder en el mundo venidero. Dijeron: «No temáis el día en que HaShem "tome los extremos de la tierra, y los malvados sean sacudidos de ella", pues los piadosos se aferrarán al Trono de la Gloria y hallarán amparo bajo las alas de la Shejiná. No temáis, hombres piadosos, el Día del Juicio, pues el juicio de los pecadores tendrá tan poco poder sobre vosotros como lo tuvo sobre nosotros cuando todos los demás perecieron y nosotros nos salvamos».
Israel convencido del sacerdocio de Aharón
Tras la muerte de los doscientos cincuenta seguidores de Kóraj, que perecieron en la ofrenda de incienso, se ordenó a Elazar, hijo de Aharón, «recoger los incensarios de en medio del incendio» —en el que ardieron las almas, y no los cuerpos, de los pecadores—, para que de aquellas planchas de bronce hiciera un revestimiento para el altar. Fue Elazar, y no su padre, el Sumo Sacerdote, quien recibió este encargo, pues Dios dijo: «El incensario trajo la muerte sobre dos de los hijos de Aharón; que sea, pues, el tercero quien ahora saque el incensario y obtenga expiación para los pecadores». El revestimiento del altar, forjado con el bronce de estos incensarios, había de ser «un memorial para los hijos de Israel, a fin de que ningún extraño, que no sea de la simiente de Aharón, se acerque a quemar incienso ante Adonái». Uno así, sin embargo, no había de ser castigado como Kóraj y su banda, sino del mismo modo en que Dios había castigado una vez a Moshé: con lepra. Este castigo recayó sobre el rey Uziyahu, que intentó quemar incienso en el Templo, alegando que era tarea del rey oficiar el servicio ante el Rey de todos. Los cielos se apresuraron a la escena para consumirlo, tal como el fuego celestial había consumido una vez a los doscientos cincuenta hombres que habían usurpado indebidamente los derechos del sacerdocio; la tierra pugnó por tragarlo como había tragado antaño a Kóraj y su banda. Pero una voz celestial anunció: «Sobre nadie salvo sobre Kóraj y su banda vinieron castigos como estos, sobre ningún otro. El castigo de este hombre será la lepra». Y así Uziyahu se volvió leproso.
Con todo, la paz no quedó establecida con la destrucción de Kóraj y su banda, pues el mismísimo día que siguió a la terrible catástrofe surgió contra Moshé una rebelión aún más violenta que la anterior. Pues, aunque el pueblo estaba ya convencido de que nada ocurría sin la voluntad de Dios, pensaban con todo que Dios hacía todo aquello por causa de Moshé. Por eso le achacaban a él la violenta cólera de Dios contra ellos, culpando no a la maldad de los que habían sido castigados, sino a Moshé, quien —decían— había excitado la sed de venganza de Dios contra ellos. Acusaban a Moshé de haber provocado la muerte de tantos de los más nobles entre ellos como castigo para el pueblo, solo para que no se atrevieran de nuevo a pedirle cuentas, y para asegurar así a su hermano la posesión del cargo sacerdotal, ya que en adelante nadie lo codiciaría, viendo que por su causa los más nobles entre ellos habían corrido tan terrible suerte. Los parientes de los que habían perecido atizaban la llama del resentimiento y espoleaban al pueblo a poner límite al afán de poder de Moshé, insistiendo en que el bien público y la seguridad de Israel exigían tales medidas. Estos discursos impropios y su perversidad incesante e incorregible atrajeron sobre ellos la ira de Dios a tal grado que Él quiso destruirlos a todos, y mandó a Moshé y a Aharón apartarse de la congregación para poder ponerse al instante a su ruina.
Cuando Moshé vio que «había salido ira de parte de Adonái, y comenzado la plaga», llamó a Aharón y le dijo: «Toma tu incensario y pon en él fuego del altar, y echa incienso, y llévalo aprisa a la congregación, y haz expiación por ellos». Este remedio contra la muerte lo había aprendido Moshé del propio Ángel de la Muerte cuando permanecía en el cielo para recibir la Torá. En aquella ocasión había recibido un regalo de cada uno de los ángeles, y el del Ángel de la Muerte había sido la revelación del secreto de que el incienso puede mantenerlo a raya. Al aplicar este remedio, Moshé tenía también el propósito de mostrar al pueblo lo injusto de su superstición acerca de la ofrenda de incienso. La llamaban portadora de muerte porque había traído la muerte sobre Nadav y Avihú, así como sobre los doscientos cincuenta seguidores de Kóraj. Ahora quería convencerlos de que era ese mismo incienso el que atajaba la plaga, y enseñarles que es el pecado lo que trae la muerte. Aharón, sin embargo, no sabía por qué empleaba el incienso, y por eso dijo a Moshé: «Oh mi señor Moshé, ¿acaso buscas mi muerte? Mis hijos ardieron por poner fuegos extraños en los incensarios. ¿He de sacar ahora fuego sagrado del altar y llevarlo afuera? ¡De seguro hallaré la muerte por este fuego!». Moshé replicó: «Ve aprisa y haz como te he mandado, pues mientras estás ahí parado hablando, ellos mueren». Aharón se apresuró a cumplir la orden que se le había dado, diciendo: «Aunque sea mi muerte, obedezco de buen grado si con ello puedo servir a Israel».
Entretanto, el Ángel de la Muerte había hecho terribles estragos entre el pueblo, como un segador que abate hilera tras hilera, sin dejar escapar a ninguno de la fila que tocaba, mientras que, por otra parte, ni un solo hombre moría antes de que él llegara a la fila en que ese hombre estaba. Aharón, incensario en mano, apareció entonces y se plantó entre las filas de los vivos y las de los muertos, manteniendo a raya al Ángel de la Muerte. Este se dirigió a Aharón, diciendo: «Déjame con mi trabajo, pues Dios me ha enviado a hacerlo, mientras que tú me mandas parar en nombre de una criatura que no es más que carne y sangre». Aharón, no obstante, no cedió, sino que dijo: «Moshé actúa solo como Dios le ordena y, si no quieres fiarte de él, mira, Dios y Moshé están ambos en el Mishkán; vayamos allá los dos». El Ángel de la Muerte se negó a atender su llamado, con lo que Aharón lo agarró por la fuerza y, metiéndole el incensario bajo la cara, lo arrastró hasta el Mishkán, donde lo encerró, de modo que la muerte cesó.
De este modo Aharón saldó una deuda con Moshé. Tras la adoración del Becerro de Oro —que no ocurrió sin cierta culpa por parte de Aharón—, Dios había decretado que los cuatro hijos de Aharón habían de morir, pero Moshé se plantó entre los vivos y los muertos y, con su oración, logró salvar a dos de los cuatro. Del mismo modo, Aharón se plantó ahora entre los vivos y los muertos para apartar de Israel al Ángel de la Muerte.
Dios, en su bondad, quiso ahora que el pueblo quedara convencido de una vez por todas de la verdad de que Aharón era el elegido, y su casa la casa del sacerdocio; por eso mandó a Moshé convencerlos de la siguiente manera. Por orden de Dios, tomó una viga de madera, la dividió en doce varas, mandó a cada príncipe de tribu escribir de su puño y letra su nombre en una de las varas respectivamente, y depositó las varas durante la noche ante el santuario. Entonces se produjo el milagro de que la vara de Aharón, príncipe de la tribu de Leví, llevaba el Nombre Inefable, que hizo que la vara floreciera durante la noche y diera almendras maduras. Cuando el pueblo, que toda la noche había estado cavilando cuál tribu quedaría probada a la mañana siguiente, por la vara de su príncipe, como la elegida, acudió temprano al santuario y vio las flores y las almendras sobre la vara de Aharón, quedó por fin convencido de que Dios había destinado el sacerdocio para su casa. Las almendras, que maduran más deprisa que cualquier otro fruto, les hicieron saber a la vez que Dios traería pronto el castigo sobre quienes se atrevieran a usurpar los poderes del sacerdocio. La vara de Aharón fue depositada entonces por Moshé ante el Arca Santa. Fue esta vara la que usaron los reyes hasta el tiempo de la destrucción del Templo, cuando, de manera milagrosa, desapareció. Eliyahu la sacará en el futuro y la entregará al Mesías.
Las aguas de Merivá
La rebelión de Kóraj tuvo lugar durante la estancia de Israel en Kadesh-Barnea, de donde, poco antes, habían sido enviados los espías. Permanecieron en este lugar diecinueve años, y después, durante otro tanto tiempo, vagaron sin cesar de un sitio a otro por el desierto. Cuando al fin se cumplió el tiempo decretado por Dios para su estancia en el yermo, y la generación que Dios había dicho que debía morir en el desierto hubo pagado la pena de su pecado, regresaron de nuevo a Kadesh-Barnea. Se complacían en este lugar, que largos años de morada les habían hecho querido, y se asentaron a la espera de un tiempo alegre y grato. Pero he aquí que muere la profetisa Miriam, y la pérdida de esta mujer —que ocupaba un lugar tan alto como el de sus hermanos, Moshé y Aharón— se hizo enseguida evidente de un modo que percibieron tanto los piadosos como los impíos. Fue la única mujer que murió durante la marcha por el desierto, y esto ocurrió por las razones siguientes. Era caudilla del pueblo junto con sus hermanos y, como a estos dos no se les permitió conducir al pueblo a la tierra prometida, ella hubo de compartir su suerte. Además, el pozo que había abastecido de agua a Israel durante la marcha por el desierto había sido un regalo de Dios al pueblo como recompensa por las buenas obras de esta profetisa y, como este regalo se había limitado al tiempo de la marcha por el desierto, ella tuvo que morir poco antes de la entrada en la tierra prometida.
Apenas hubo muerto Miriam, el pozo desapareció también y sobrevino una escasez de agua, para que todo Israel supiera que solo por los méritos de la piadosa profetisa se les había ahorrado la falta de agua durante los cuarenta años de la marcha. Mientras Moshé y Aharón estaban sumidos en hondo duelo por la muerte de su hermana, una turba del pueblo se juntó para reñir con ellos por la escasez de agua. Moshé, viendo acercarse a lo lejos a las multitudes, dijo a su hermano Aharón: «¿Qué querrán todas estas multitudes?». El otro respondió: «¿No son acaso los hijos de Avraham, Yitsjak y Yaakov gente de buen corazón, y descendientes de gente de buen corazón? Vienen a expresar su condolencia». Pero Moshé dijo: «Tú no sabes distinguir entre una procesión bien ordenada y esta muchedumbre abigarrada; si esta gente estuviera reunida en procesión ordenada, marcharían bajo la conducción de los jefes de millares y los jefes de centenas, pero mira, avanzan en tropeles desordenados. ¿Cómo, pues, van a ser sus intenciones consolarnos?».
Los dos hermanos no habían de permanecer mucho en la duda sobre el propósito de la multitud, pues esta se les acercó y empezó a buscar pleito con Moshé, diciendo: «Duro golpe fue para nosotros que catorce mil setecientos de nuestros hombres murieran de la plaga; más duro aún de soportar fue la muerte de los que fueron tragados por la tierra y perdieron la vida de forma antinatural; pero el golpe más duro de todos fue la muerte de los que fueron consumidos en la ofrenda de incienso, cuyo terrible fin nos recuerda de continuo el revestimiento del altar, forjado con las planchas de bronce que salieron de los incensarios que usaron aquellos desdichados. Pero soportamos todos estos golpes, y hasta desearíamos haber perecido todos a la vez con ellos en lugar de caer víctimas de los tormentos de la muerte por sed».
Al principio dirigían sus reproches solo contra Moshé, pues Aharón, por su extraordinario amor a la paz y su buen corazón, era el favorito del pueblo; pero, una vez arrastrados por el sufrimiento y la rabia, empezaron a lanzar sus acusaciones contra ambos hermanos, diciendo: «Antes vuestra respuesta era siempre que los pesares nos venían, y que Dios no nos amparaba, porque había entre nosotros hombres pecadores e impíos. Ahora que somos "una congregación de Adonái", ¿por qué nos habéis traído, con todo, a este lugar miserable donde no hay agua, sin la cual ni el hombre ni la bestia pueden vivir? ¿Por qué no exhortáis a Dios a que se apiade de nosotros, ya que el pozo de Miriam se ha esfumado con su muerte?».
«El justo atiende a la vida de su bestia», y el hecho de que esta gente, tan próxima a la muerte, aún se preocupara por los sufrimientos de sus bestias muestra que eran, pese a su actitud hacia Moshé y Aharón, hombres realmente piadosos. Y, en verdad, Dios no tomó a mal sus palabras contra Moshé y Aharón, «pues Dios no pide cuentas a nadie de lo que profiere en la angustia». Por esa misma razón, ni Moshé ni Aharón respondieron a las acusaciones que se les lanzaban, sino que corrieron al santuario a implorar la misericordia de Dios para su pueblo. Consideraban también que el lugar santo los ampararía en caso de que el pueblo pretendiera ponerles las manos encima. Dios, en efecto, apareció al punto y les dijo: «Apresuraos a salir de este lugar; mis hijos mueren de sed, ¡y vosotros no tenéis nada mejor que hacer que llorar la muerte de una vieja!». Les mandó entonces a Moshé «hablar a la roca para que dé su agua», pero les grabó el mandato de no sacar de la roca ni miel ni aceite, sino agua solamente. Esto era para probar el poder de Dios, que puede verter de la roca no solo los líquidos que ella contiene, sino también agua, que de otro modo nunca brota de una roca. Le ordenó también a Moshé hablar a la roca, pero no golpearla con su vara. «Pues —dijo Dios— los méritos de los que duermen en la cueva de Majpelá bastan para que sus hijos reciban agua de la roca».
Moshé sacó entonces del Mishkán la vara sagrada en la que estaba el Nombre Inefable de Dios y, acompañado de Aharón, se dirigió a la roca para sacar agua de ella. Camino de la roca, todo Israel lo seguía, deteniéndose ante cualquier roca del camino, imaginando que quizá de ella pudieran sacar agua. Los descontentos andaban ahora incitando al pueblo contra Moshé, diciendo: «¿No sabéis que el hijo de Amram fue en otro tiempo pastor de Yitró, y que todos los pastores conocen los parajes del yermo ricos en agua? Moshé intentará ahora llevarnos a un lugar así, donde haya agua, y luego nos engañará y declarará que ha hecho brotar el agua de una roca. Si de veras es capaz de sacar agua de las rocas, que la saque entonces de cualquiera de las rocas que nosotros señalemos». Moshé podría haberlo hecho sin dificultad, pues Dios le había dicho: «Que vean el agua brotar de la roca que ellos han escogido»; pero cuando, camino de la roca, se volvió y advirtió que, en vez de seguirlo, se agrupaban en torno a distintas rocas —cada grupo alrededor de alguna roca de su predilección—, les mandó seguirlo hasta la roca que él había fijado. Ellos, sin embargo, dijeron: «Exigimos que nos saques agua de la roca que hemos escogido, y si no quieres, no nos importa sacar agua de otra roca».
La ira de Moshé causa su perdición
Durante cuarenta años Moshé se había esforzado por abstenerse de dirigirse con dureza al pueblo, sabiendo que, si una sola vez perdía la paciencia, Dios lo haría morir en el desierto. En esta ocasión, sin embargo, lo dominó la rabia, y gritó a Israel estas palabras: «¡Oh insensatos, oh testarudos, que queréis enseñar a vuestro maestro, vosotros que disparáis flechas contra vuestros propios guías! ¿Pensáis que de esta roca que habéis escogido podremos sacar agua? Juro que solo haré brotar agua de aquella roca que yo he escogido». Dirigió estas duras palabras no a unos pocos de entre Israel, sino a todo el pueblo, pues Dios había obrado el milagro de que el reducido espacio frente a la roca diera cabida a todo Israel. Arrastrado por la ira, Moshé se olvidó aún más de sí mismo y, en lugar de hablar a la roca como Dios le había ordenado, golpeó una roca escogida por él mismo. Como Moshé no había obrado según el mandato de Dios, la roca no obedeció de inmediato, y solo despidió unas pocas gotas de agua, de modo que los burlones gritaron: «Hijo de Amram, ¿es esto para los que maman y para los que están destetados de la leche?». Moshé se enfureció entonces más todavía y, por segunda vez, golpeó la roca, de la que brotaron corrientes tan impetuosas que muchos de sus enemigos hallaron la muerte en ellas, y al mismo tiempo el agua manó de todas las piedras y rocas del desierto. Dios dijo entonces a Moshé: «Tú y Aharón no me creísteis; os prohibí golpear la roca, pero tú la golpeaste; no me santificasteis a los ojos de los hijos de Israel, porque no sacasteis agua de ninguna de las rocas, como el pueblo quería; pecasteis contra mí cuando dijisteis: "¿Acaso os sacaremos agua de esta roca?", y obrasteis en contra de mi mandato, porque no hablasteis a la roca como yo os había ordenado. Juro, por tanto, que "no meteréis a esta asamblea en la tierra que les he dado", y hasta el tiempo mesiánico no conduciréis vosotros dos a Israel a la Tierra Santa». Dios dijo además a Moshé: «Deberías haber aprendido de la vida de Yishmael a tener mayor fe en mí; hice brotar el pozo para él, aun siendo un solo ser humano, por los méritos de su padre Avraham. ¿Cuánto más tenías tú derecho a esperar, tú que podías invocar los méritos de los tres Patriarcas y también los del propio pueblo, pues aceptaron la Torá y obedecieron muchos mandamientos? Más aún, de tu propia experiencia deberías haber sacado mayor fe en mi voluntad de socorrer a Israel. Cuando en Refidim me dijiste: "Están casi a punto de apedrearme", ¿no te respondí yo: "¿Por qué acusas a mis hijos? Pasa con tu vara delante del pueblo, y golpearás la roca, y saldrá agua de ella"? Si obré para ellos milagros como estos cuando aún no habían aceptado la Torá y todavía no tenían fe en mí, ¿no habrías de saber cuánto más haría por ellos ahora?».
Dios «prende a los sabios en su propia astucia». Mucho antes de esto había decretado que Moshé muriera en el desierto, y la falta de Moshé en Kadesh no fue más que un pretexto del que Dios se sirvió para no parecer injusto. Pero al propio Moshé le dio la verdadera razón por la que no le permitía entrar en la tierra prometida, diciendo: «¿Acaso redundaría en tu gloria que condujeras a la tierra a una nueva generación, después de haber sacado de Mitsraim a las sesenta miríadas y haberlas sepultado en el desierto? La gente diría que la generación del desierto no tiene parte en el mundo venidero; quédate, pues, con ellos, para que a su cabeza entres, tras la Resurrección, en la tierra prometida». Moshé dijo entonces a Dios: «Has decretado que muera en el desierto como la generación del desierto que te irritó. Te imploro que escribas en tu Torá por qué he sido así castigado, para que las generaciones futuras no digan que fui como las generaciones del desierto». Dios concedió este deseo y, en varios pasajes de las Escrituras, expuso cuál había sido en realidad la falta por la que a Moshé se le había prohibido entrar en la tierra prometida. Se debió únicamente a la transgresión junto a la roca en Kadesh, donde Moshé no santificó a Dios a los ojos de los hijos de Israel; y Dios fue santificado al dejar que la justicia siguiera su curso sin acepción de personas, castigando a Moshé. Por eso este lugar fue llamado Kadesh, «santidad», y En Mishpat, «fuente de justicia», porque en este sitio se dictó sentencia contra Moshé, y con esta sentencia el nombre de Dios fue santificado.
Como el agua había sido la ocasión del castigo de Moshé, Dios no dijo que lo que había creado en el segundo día de la creación «era bueno», pues en aquel día había creado las aguas, y lo que provocó la muerte de Moshé no era bueno.
Si la muerte a que fue condenado Moshé en esta ocasión fue un castigo severísimo, del todo desproporcionado a su falta, más aún lo fue la muerte destinada a Aharón al mismo tiempo. Pues no había cometido otra falta que la de sumarse a Moshé en su transgresión, y «quien se une a un transgresor es tan malo como el transgresor mismo». En esta ocasión, como de costumbre, Aharón mostró su absoluta entrega y su fe en la justicia de Dios. Podría haber dicho: «Yo no he pecado; ¿por qué he de ser castigado?», pero se dominó y no opuso defensa alguna, por lo cual Moshé lo alabó grandemente.
La actitud poco fraternal de Edom hacia Israel
Desde Kadesh, Moshé envió embajadores al rey de Edom, pidiéndole que permitiera a Israel atravesar su territorio. «Pues —pensó Moshé—, cuando nuestro padre Yaakov, con solo una pequeña tropa de hombres, se propuso volver a la casa de su padre, que no se hallaba en las posesiones de Esav, le mandó de antemano un mensajero para pedirle permiso. ¡Cuánto más nos corresponde a nosotros, un pueblo de gran número, abstenernos de entrar en territorio de Edom antes de recibir su venia para hacerlo!».
Los embajadores de Moshé habían sido comisionados para llevar al rey de Edom el siguiente mensaje: «Desde el tiempo de nuestro abuelo Avraham había un pagaré que redimir, pues Dios se lo había impuesto: que en Mitsraim su simiente sería esclavizada y atormentada. Deber tuyo era, tanto como nuestro, redimir este pagaré, y sabes que nosotros hemos cumplido con nuestra parte, mientras que tú no quisiste. Dios, como sabes, había prometido a Avraham que quienes hubiesen estado en servidumbre en Mitsraim recibirían Kena’an en posesión como recompensa. Esa tierra, por tanto, es nuestra, de los que estuvimos en Mitsraim, y tú, que eludiste la redención de la deuda, no tienes ahora derecho sobre nuestra tierra. Déjanos, pues, pasar por tu tierra hasta llegar a la nuestra. Sabe también que los Patriarcas, en su sepulcro, se compadecieron de nuestros sufrimientos en Mitsraim y, cada vez que clamábamos a Dios, Él nos oía y nos enviaba a uno de sus ángeles servidores para sacarnos de Mitsraim. Considera, pues, que todas tus armas de nada te servirán si imploramos el auxilio de Dios, que al punto te derribará a ti y a tus huestes, pues esta es nuestra herencia, y "la voz de Yaakov" nunca resulta ineficaz. Mas, para que no puedas alegar que nuestro paso por tu tierra solo te acarreará molestias y ningún provecho, te prometo que, aunque bebemos de un pozo que nos acompaña en nuestros viajes y estamos provistos de alimento por medio del maná, con todo, pagaremos por el agua y el alimento a tu pueblo, para que os aprovechéis de nuestro paso».
No era esta una promesa vana, pues Moshé había pedido en efecto al pueblo que fuera generoso con su dinero, para que los edomitas no los tomaran por pobres esclavos, sino que se convencieran de que, pese a su estancia en Mitsraim, Israel era una nación acaudalada. Moshé se comprometió también a poner bozal al ganado durante su paso por Edom, para que no causaran daño alguno a la tierra de sus habitantes. Con estas palabras cerró su mensaje al rey de Edom: «A la derecha y a la izquierda de tu tierra bien podríamos saquear y matar, pero, conforme a las palabras de Dios, no tocaremos tu posesión». Pero todas estas súplicas y ruegos de Moshé fueron en vano, pues la respuesta de Edom tomó la forma de una amenaza: «Vosotros os apoyáis en vuestra herencia, en "la voz de Yaakov" que Dios responde, y yo también me apoyaré en mi herencia, "la mano y la espada de Esav"». Israel hubo entonces de renunciar a su intento de llegar a su tierra a través del territorio de Edom, no, empero, por miedo, sino porque Dios les había prohibido llevar la guerra contra los edomitas, aun antes de que hubieran sabido por la embajada que Edom les había negado el derecho de paso.
La vecindad de los impíos trae desgracia, como Israel había de experimentar, pues perdieron al piadoso Aharón en la frontera de Edom, y lo sepultaron en el monte Hor. La nube que solía preceder a Israel tenía por costumbre allanar todas las montañas, para que avanzaran por caminos llanos, pero Dios retuvo tres montes en el desierto: el Sinaí, como lugar de la revelación; el Nebo, como sepultura de Moshé; y el Hor, formado por un monte gemelo, como sepultura de Aharón. Fuera de estos tres montes no había ninguno en el desierto, pero la nube dejaba pequeñas elevaciones en el lugar donde Israel acampaba, para que sobre ellas se erigiera el santuario.
Los tres pastores
Aharón murió cuatro meses después de la muerte de su hermana Miriam, mientras que Moshé murió casi un año después que su hermana. La muerte de ella tuvo lugar el primer día de Nisán, y la de Moshé el séptimo día de Adar del mismo año. Aunque la muerte de estos tres no ocurrió en el mismo mes, Dios habló de ellos diciendo: «Y quité a los tres pastores en un mes», pues había determinado su muerte en un solo mes. Es propio de Dios clasificar a las personas en grupos afines, y la muerte de estos tres piadosos no se determinó junto con la de la generación pecadora de los que vagaban por el desierto, sino que solo después de que esta generación hubo muerto quedó sellada la suerte de los tres. Miriam murió primero, y la misma suerte se decretó para sus hermanos a consecuencia de su muerte.
La muerte de Miriam sumió a todos en profundo duelo: Moshé y Aharón lloraban en sus aposentos, y el pueblo lloraba en las calles. Durante seis horas Moshé ignoró que el pozo de Miriam había desaparecido con la muerte de Miriam, hasta que los israelitas fueron a él, diciendo: «¿Hasta cuándo vas a quedarte aquí sentado, llorando?». Él respondió: «¿No he de llorar por mi hermana, que ha muerto?». Ellos replicaron: «Mientras lloras por una sola alma, llora al mismo tiempo por todos nosotros». «¿Por qué?», preguntó él. Dijeron: «No tenemos agua que beber». Entonces se levantó del suelo, salió y vio el pozo sin una gota de agua. Empezó entonces a reñir con ellos, diciendo: «¿No os lo he dicho: "No puedo yo solo llevaros"? Tenéis jefes de millares, jefes de centenas, jefes de cincuenta y jefes de diez, príncipes, caudillos, ancianos y magnates; que ellos atiendan vuestras necesidades». Israel, sin embargo, dijo: «Todo recae en ti, pues eres tú quien nos sacó de Mitsraim y nos trajo "a este mal lugar; no es lugar de sementera, ni de higueras, ni de vides, ni de granados; ni siquiera hay agua para beber". Si nos das agua, bien está; si no, te apedrearemos». Cuando Moshé oyó esto, huyó de ellos y se refugió en el Mishkán. Allí Dios le dijo: «¿Qué te aflige?», y Moshé respondió: «¡Oh Señor del mundo! Tus hijos quieren apedrearme, y de no haber escapado, ya me habrían apedreado». Dios dijo: «Moshé, ¿cuánto tiempo más vas a seguir calumniando a mis hijos? ¿No basta con que en Jorev dijeras: "Están a punto de apedrearme", a lo que yo te respondí: "Ponte delante de ellos y veré si te apedrean o no"? "Toma la vara y reúne a la congregación, tú y tu hermano Aharón, y hablad a la roca ante sus ojos, para que dé su agua"».
Moshé fue entonces a buscar la roca, seguido de todo Israel, pues no sabía cuál era la roca de la que Dios había dicho que brotaría el agua. Porque la roca de la que manaba el pozo de Miriam había desaparecido entre las demás rocas de tal modo que Moshé no era capaz de distinguirla entre las otras. Por el camino vieron una roca que goteaba, y se apostaron frente a ella. Cuando Moshé vio que el pueblo se detenía, se volvió, y ellos le dijeron: «¿Hasta cuándo vas a llevarnos de un lado a otro?». Moshé: «Hasta que os saque agua de la roca». El pueblo: «Danos agua al instante, para que bebamos». Moshé: «¿Hasta cuándo vais a porfiar? ¿Hay en todo el mundo criatura que se rebele así contra su Hacedor como vosotros, cuando es seguro que Dios os dará agua de una roca, aunque yo no sepa cuál pueda ser?». El pueblo: «Tú eras profeta y nuestro pastor durante nuestra marcha por el desierto, y ahora dices: "No sé de cuál roca os dará Dios agua"».
Moshé reunió entonces al pueblo en torno a una roca, diciéndose a sí mismo: «Si ahora hablo a la roca, ordenándole que dé agua, y no la da, quedaré humillado ante toda la comunidad, pues dirán: “¿Dónde está tu sabiduría?”». Por eso dijo al pueblo: «Sabéis que Dios puede obrar milagros por vosotros, pero me ha ocultado de qué roca hará brotar el agua. Porque cuando llega el momento en que Dios quiere que un hombre no sepa algo, de nada le sirven su sabiduría y su entendimiento». Moshé alzó entonces su vara y la dejó deslizarse suavemente sobre la roca en que la apoyó, pronunciando, como si se dirigiera a Israel, estas palabras: «¿Acaso os haremos brotar agua de esta roca?». La roca, por sí sola, comenzó a dar agua; pero entonces Moshé la golpeó con su vara, y ya no manó agua, sino sangre. Moshé dijo entonces a Dios: «Esta roca no da agua», y Dios al instante se volvió hacia la roca con esta pregunta: «¿Por qué no das agua, sino sangre?». La roca respondió: «¡Señor del mundo! ¿Por qué me golpeó Moshé?». Cuando Dios preguntó a Moshé por qué había golpeado la roca, él respondió: «Para que diera agua». Pero Dios dijo a Moshé: «¿Acaso te ordené golpear la roca? Solo dije: “Háblale”». Moshé trató de defenderse diciendo: «Sí le hablé, pero no dio nada». «Tú —replicó Dios— diste a Israel la enseñanza: “Con justicia juzgarás a tu prójimo”; ¿por qué entonces no juzgaste “con justicia” a la roca, la roca que en Mitsraim te sustentó, cuando de ella sacabas semejante miel? ¿Es esta la manera en que le pagas? No solo fuiste injusto con la roca, sino que además llamaste necios a Mis hijos. Si eres un hombre sabio, no le conviene a un sabio seguir tratando con necios, y por eso no aprenderás con ellos a conocer la tierra de Israel». Y a la vez Dios añadió: «Ni tú, ni tu hermano, ni tu hermana pondréis el pie sobre la tierra de Israel». Pues ya en Mitsraim Dios había advertido a Moshé y a Aharón que se abstuvieran de llamar necios a los israelitas, y como Moshé, sin que Aharón protestara, en las aguas de Kadesh los llamó necios, se decretó la pena de muerte para él y su hermano. Cuando Dios hubo informado a Moshé del castigo que le esperaba a él y a su hermano, se volvió hacia la roca, diciendo: «Convierte tu sangre en agua», y así fue.
Aharón es preparado para su muerte inminente
Como señal de especial favor, Dios comunica a los piadosos el día de su muerte, para que puedan transmitir sus coronas a sus hijos. Pero Dios consideró particularmente adecuado preparar a Moshé y a Aharón para su muerte inminente, diciendo: «Estos dos hombres piadosos, a lo largo de toda su vida, no hicieron nada sin consultarme; no los sacaré, pues, de este mundo sin avisarles antes».
Cuando, por tanto, se acercó el tiempo de Aharón, Dios dijo a Moshé: «Mi siervo Moshé, que has sido “fiel en toda Mi casa”, tengo un asunto importante que comunicarte, pero me pesa mucho». Moshé: «¿Qué es?». Dios: «Aharón será reunido con su pueblo, pues no entrará en la tierra que he dado a los hijos de Israel, porque os rebelasteis contra Mi palabra en las aguas de Merivá». Moshé respondió: «¡Señor del mundo! Manifiesto y sabido es ante el Trono de Tu gloria que Tú eres Señor de todo el mundo y de Tus criaturas, que en este mundo has creado, de modo que estamos en Tu mano, y en Tu mano está hacer con nosotros según Tu voluntad. Pero no me siento capaz de ir a mi hermano y repetirle Tu encargo, pues es mayor que yo. ¿Cómo he de atreverme a subir hasta mi hermano mayor y decirle: “Sube al monte Hor y muere allí”?». Dios respondió a Moshé: «No con los labios has de tocar este asunto, sino “toma a Aharón y a Elazar su hijo, y súbelos al monte Hor”. Asciende tú también con ellos, y allí habla con tu hermano palabras dulces y suaves, cuyo peso, sin embargo, lo prepare para lo que le aguarda. Después, cuando los tres estéis en el monte, “despoja a Aharón de sus vestiduras, y ponlas sobre Elazar su hijo; y Aharón será reunido con su pueblo, y morirá allí”. Como favor hacia Mí, prepara a Aharón para su muerte, pues Me da vergüenza decírselo Yo mismo».
Cuando Moshé oyó esto, se le agitó el corazón, y no supo qué hacer. Lloró con tal pasión que su dolor por la pérdida inminente de su hermano lo llevó a él mismo al borde de la muerte. Pero, como fiel siervo de Dios, no le quedaba otra cosa que cumplir el mandato de su Señor; y así se dirigió a Aharón, al Mishkán, para anunciarle su muerte.
Ahora bien, durante los cuarenta años de marcha por el desierto había sido costumbre que el pueblo se reuniera cada día, primero ante los setenta ancianos, luego, bajo la guía de estos, ante los príncipes de las tribus, y después todos juntos ante Elazar y Aharón, y con estos ir a Moshé a presentarle su saludo matinal. Pero aquel día Moshé introdujo un cambio en esta costumbre, y tras haber llorado toda la noche, al canto del gallo llamó a Elazar ante él y le dijo: «Ve y convócame a los ancianos y a los príncipes, pues he de transmitirles un encargo de HaShem». Acompañado de estos hombres, Moshé se dirigió entonces a Aharón, quien, al ver a Moshé cuando se levantó, preguntó: «¿Por qué has cambiado la costumbre acostumbrada?». Moshé: «Dios me ha ordenado hacerte una comunicación». Aharón: «Dímela». Moshé: «Espera hasta que estemos fuera». Aharón se vistió entonces con sus ocho vestiduras sacerdotales, y ambos salieron.
Ahora bien, siempre había sido costumbre que Moshé, cuando iba de su casa al Mishkán, caminara en el centro, con Aharón a su derecha, Elazar a su izquierda, luego los ancianos a ambos lados, y el pueblo siguiendo detrás. Al llegar al interior del Mishkán, Aharón se sentaba como el más cercano a la derecha de Moshé, Elazar a su izquierda, y los ancianos y príncipes delante. Pero aquel día Moshé cambió este orden: Aharón caminaba en el centro, Moshé a su derecha, Elazar a su izquierda, los ancianos y príncipes a ambos lados, y el resto del pueblo siguiendo detrás.
Cuando los israelitas vieron esto, se alegraron mucho, diciendo: «Aharón tiene ahora un grado más alto del Espíritu Santo que Moshé, y por eso Moshé le cede el lugar de honor en el centro». El pueblo amaba a Aharón más que a Moshé. Pues desde que Aharón se había dado cuenta de que, con la construcción del Becerro de Oro, había provocado la transgresión de Israel, su empeño, a lo largo del resto de su vida, fue expiar su pecado. Iba de casa en casa, y cuando encontraba a alguien que no sabía recitar su Shemá, le enseñaba el Shemá; si alguien no sabía orar, le enseñaba a orar; y si encontraba a alguien incapaz de adentrarse en el estudio de la Torá, lo iniciaba en él. Sin embargo, no consideraba que su tarea se limitara a «establecer la paz entre Dios y el hombre», sino que se esforzaba por establecer la paz entre los israelitas doctos y los ignorantes, entre los propios sabios, entre los ignorantes, y entre marido y mujer. Por eso el pueblo lo amaba entrañablemente, y se alegró cuando creyó que ahora había alcanzado un rango más alto que Moshé.
Ya en el Mishkán, Aharón quiso entrar, pero Moshé lo detuvo, diciendo: «Ahora iremos más allá del campamento». Cuando estuvieron fuera del campamento, Aharón dijo a Moshé: «Dime el encargo que Dios te ha dado». Moshé respondió: «Espera hasta que lleguemos al monte». Al pie del monte, Moshé dijo al pueblo: «Quedaos aquí hasta que volvamos a vosotros; yo, Aharón y Elazar subiremos a la cima del monte, y regresaremos cuando hayamos oído la revelación divina». Los tres ascendieron entonces.
La muerte de Aharón
Moshé quería anunciar a su hermano su muerte inminente, pero no sabía cómo hacerlo. Al fin le dijo: «Aharón, hermano mío, ¿ha puesto Dios algo bajo tu custodia?». «Sí», respondió Aharón. «¿Qué, dime?», preguntó Moshé. Aharón: «El altar y la mesa sobre la que están los panes de la proposición ha puesto a mi cargo». Moshé: «Puede que ahora te reclame todo lo que ha puesto bajo tu custodia». Aharón: «¿Qué, dime?». Moshé: «¿No te ha confiado una luz?». Aharón: «No una luz sola, sino las siete del candelabro que ahora arden en el santuario». Moshé, por supuesto, había querido dirigir la atención de Aharón hacia el alma, «la lámpara de HaShem», que Dios había puesto bajo su custodia y que ahora reclamaba. Como Aharón, en su sencillez, no captó la alusión, Moshé no entró en más detalles, sino que le comentó: «Con justicia te ha llamado Dios hombre inocente y de corazón sencillo».
Mientras así conversaban, se abrió ante ellos una cueva, con lo cual Moshé pidió a su hermano que entrara en ella, y Aharón accedió al instante. Moshé se hallaba ahora en un aprieto penoso, pues, para cumplir el mandato de Dios, debía despojar a Aharón de sus vestiduras y ponerlas sobre Elazar, pero no sabía cómo abordar el asunto con su hermano. Finalmente dijo a Aharón: «Hermano mío Aharón, no es propio entrar en la cueva a la que ahora queremos descender vestidos con las vestiduras sacerdotales, pues podrían allí volverse impuras; la cueva es muy hermosa, y por eso es posible que haya en ella tumbas antiguas». Aharón respondió: «Tienes razón». Moshé despojó entonces a su hermano de sus vestiduras sacerdotales, y las puso sobre Elazar, hijo de Aharón.
Como habría sido impropio que Aharón fuera enterrado completamente desnudo, Dios obró el milagro de que, tan pronto como Moshé le quitaba una de las vestiduras a Aharón, una vestidura celestial correspondiente se extendía sobre él; y cuando Moshé lo hubo despojado de todas sus vestiduras sacerdotales, Aharón se encontró revestido de ocho vestiduras celestiales. Un segundo milagro se produjo en el despojo de las vestiduras de Aharón, pues Moshé pudo quitarle las prendas de más abajo antes que las de arriba. Esto se hizo para satisfacer la ley de que los sacerdotes nunca pueden usar sus vestiduras superiores como interiores, cosa que Elazar habría tenido que hacer si Moshé le hubiera quitado primero a Aharón las vestiduras exteriores y con estas hubiera investido a su hijo.
Después de que Elazar se hubo puesto las vestiduras del Sumo Sacerdote, Moshé y Aharón le dijeron: «Espéranos aquí hasta que regresemos de la cueva», y ambos entraron en ella. Al entrar, vieron un lecho tendido, una mesa preparada y una lámpara encendida, mientras ángeles ministradores rodeaban el lecho. Aharón dijo entonces a Moshé: «¿Hasta cuándo, hermano mío, seguirás ocultando el encargo que Dios te ha confiado? Sabes que Él mismo, cuando por primera vez te habló, declaró de mí con Sus propios labios: “Cuando te vea, se alegrará en su corazón”. ¿Por qué, entonces, ocultas el encargo que Dios te ha confiado? Aunque se refiriera a mi muerte, lo tomaría sobre mí con rostro alegre». Moshé respondió: «Ya que tú mismo hablas de la muerte, reconoceré que las palabras de Dios a mí conciernen tu muerte, pero tenía miedo de dártela a conocer. Pero mira ahora: tu muerte no es como la de las demás criaturas de carne y hueso; y no solo es tu muerte extraordinaria, sino que, ¡mira!, los ángeles ministradores han venido a acompañarte en tu hora de partida».
Cuando habló de la extraordinaria muerte que aguardaba a Aharón, Moshé aludía al hecho de que Aharón, como su hermana Miriam y más tarde Moshé, iba a morir no a manos del Ángel de la Muerte, sino por un beso de Dios. Aharón, sin embargo, dijo: «Hermano mío Moshé, ¿por qué no me hiciste esta comunicación en presencia de mi madre, mi mujer y mis hijos?». Moshé no respondió al instante a esta pregunta, sino que trató de dirigir a Aharón palabras de consuelo y aliento, diciendo: «¿No sabes, hermano mío, que hace cuarenta años merecías encontrar la muerte cuando modelaste el Becerro de Oro, pero yo me presenté ante HaShem en oración y ruego, y te salvé de la muerte? ¡Y ahora ruego que mi muerte fuera como la tuya! Pues cuando tú mueres, yo te entierro, pero cuando yo muera, no tendré hermano que me entierre. Cuando tú mueres, tus hijos heredan tu puesto, pero cuando yo muera, extraños heredarán mi lugar». Con estas y semejantes palabras Moshé alentó a su hermano, hasta que este, al fin, contempló su final con serenidad.
Aharón se recostó sobre el lecho engalanado, y Dios recibió su alma. Moshé salió entonces de la cueva, que al instante desapareció, para que nadie pudiera saber ni comprender cómo había ocurrido. Cuando Elazar vio regresar a Moshé solo, le dijo: «¡Oh maestro mío!, ¿dónde está mi padre?». Moshé respondió: «Ha entrado en el Paraíso». Luego ambos descendieron del monte al campamento. Cuando el pueblo vio regresar a Moshé y a Elazar sin Aharón, no estaba en absoluto dispuesto a dar crédito a la noticia de la muerte de Aharón. No podían creer de ninguna manera que un hombre que había vencido al Ángel de la Muerte fuera ahora vencido por él. Se formaron entonces tres opiniones entre el pueblo acerca de la ausencia de Aharón. Unos declaraban que Moshé había matado a Aharón porque estaba celoso de su popularidad; otros pensaban que Elazar había matado a su padre para sucederle como Sumo Sacerdote; y había también quienes declaraban que había sido apartado de la tierra para ser trasladado al cielo. El Satán había incitado tanto al pueblo contra Moshé y Elazar que querían apedrearlos. Moshé oró entonces a Dios, diciendo: «Líbrame a mí y a Elazar de esta sospecha inmerecida, y muéstrale también al pueblo el féretro de Aharón, para que no lo crean todavía vivo, pues en su admiración sin límites por Aharón podrían incluso hacer de él un dios». Dios dijo entonces a los ángeles: «Alzad en lo alto el féretro sobre el que yace Mi amigo Aharón, para que Israel sepa que está muerto y no pongan la mano sobre Moshé y Elazar». Los ángeles hicieron lo que se les ordenó, e Israel vio entonces el féretro de Aharón flotando en el aire, mientras Dios delante de él y los ángeles detrás entonaban un canto fúnebre por Aharón. Dios se lamentaba con estas palabras: «Entra en la paz; descansan en sus lechos los que andan en su rectitud», mientras que los ángeles decían: «La ley de la verdad estaba en su boca, y no se halló iniquidad en sus labios: anduvo conmigo en paz y rectitud, y apartó a muchos de la iniquidad».
El duelo general por Aharón
Cuando Israel contempló los ritos fúnebres preparados en honor de Aharón por Dios y por los ángeles, ellos también prepararon una ceremonia de duelo de treinta días, en la que participó todo el pueblo, hombres y mujeres, adultos y niños. Este duelo universal tenía su fundamento no solo en el afán de Israel de emular el duelo divino y las ceremonias dispuestas por Moshé y Elazar, ni en su deseo de mostrar reverencia por el difunto Sumo Sacerdote, sino ante todo en la verdad de que el pueblo amaba profundamente a Aharón y sintió hondamente su muerte. Lo lloraron incluso más de lo que después lloraron a Moshé; pues por este último solo una parte del pueblo derramó lágrimas, pero por Aharón, todos. Moshé, como juez, estaba obligado a impartir justicia a los culpables, de modo que tenía enemigos entre el pueblo, hombres que no podían olvidar que los había declarado culpables ante el tribunal. Además, Moshé era a veces severo con Israel cuando les echaba en cara sus pecados, pero Aharón nunca. Este «amaba la paz y perseguía la paz, amaba a los hombres y los acercaba a la Torá». En su humildad, no consideraba lesionada su dignidad por saludar primero incluso al más humilde; es más, no dejaba de ofrecer su saludo aun cuando estuviera seguro de que el hombre que tenía delante era malvado e impío. El lamento de los ángeles por Aharón como aquel «que apartó a muchos de la iniquidad» estaba, por tanto, bien justificado. Esta bondad suya llevó a muchos pecadores a enmendarse, quienes, en el momento en que iban a cometer un pecado, pensaban para sí: «¿Cómo podré alzar los ojos al rostro de Aharón? Yo, con quien Aharón fue tan bondadoso, me avergüenzo de hacer el mal». Aharón reconocía como tarea especialmente suya la de pacificador. Si descubría que dos hombres habían reñido, se apresuraba primero hacia uno, luego hacia el otro, diciendo a cada uno: «Hijo mío, ¿no sabes lo que hace aquel con quien has reñido? Se golpea el pecho, se rasga las vestiduras de dolor y dice: “¡Ay de mí! ¿Cómo podré alzar de nuevo los ojos y mirar a mi compañero, contra quien he obrado así?”». Aharón hablaba entonces con cada uno por separado hasta que los antiguos enemigos se perdonaban mutuamente, y en cuanto volvían a encontrarse cara a cara se saludaban como amigos. Si Aharón oía que marido y mujer vivían en discordia, se apresuraba hacia el marido, diciendo: «Vengo a ti porque oigo que tú y tu mujer vivís en discordia, por lo cual debes divorciarte de ella. Ten en cuenta, sin embargo, que si en lugar de tu mujer actual te casaras con otra, es muy dudoso que tu segunda mujer sea tan buena como esta; pues en vuestra primera riña te echará en cara que eres un hombre pendenciero, como lo demostró tu divorcio de tu primera mujer». Muchos miles de uniones se salvaron de una ruptura inminente por los esfuerzos y las súplicas de Aharón, y los hijos nacidos de las parejas reunidas de nuevo recibían por lo general el nombre de Aharón, debiendo, como debían, su existencia a su intercesión. No menos de ochenta mil jóvenes que llevaban su nombre participaron en el duelo por Aharón.
Cuando Moshé contempló el dolor tan hondamente sentido de los seres celestiales y de los hombres por Aharón, prorrumpió en un llanto apasionado y dijo: «¡Ay de mí, que ahora me quedo completamente solo! Cuando murió Miriam, nadie vino a rendirle las últimas muestras de honor, y solo yo, Aharón y sus hijos estuvimos junto a su féretro, la lloramos, la guardamos duelo y la enterramos. A la muerte de Aharón, yo y sus hijos estuvimos presentes junto a su féretro para rendirle las últimas muestras de honor. Pero ¡ay!, ¿qué será de mí? ¿Quién estará presente en mi muerte? No tengo ni padre ni madre, ni hermano ni hermana; ¿quién, entonces, llorará por mí?». Pero Dios le dijo: «No temas, Moshé, Yo mismo te enterraré entre gran esplendor; y así como la cueva en que yace Aharón ha desaparecido, para que nadie sepa el lugar donde Aharón está enterrado, así tampoco ningún mortal conocerá tu lugar de sepultura. Como el Ángel de la Muerte no tuvo poder sobre Aharón, que murió “por el beso”, así tampoco tendrá el Ángel de la Muerte poder sobre ti, y morirás “por el beso”». Moshé se serenó con estas palabras, sabiendo al fin que tenía su lugar entre los piadosos bienaventurados. Bienaventurados ellos, pues no solo Dios en persona los reúne consigo, sino que, tan pronto como mueren, los ángeles van gozosos a su encuentro y con rostros radiantes acuden a saludarlos, diciendo: «Entra en la paz».
Los falsos amigos
Cuando Moshé y Elazar regresaron del monte sin Aharón, Israel dijo a Moshé: «No te dejaremos ir de este lugar hasta que nos muestres a Aharón, vivo o muerto». Moshé oró a Dios, y Él abrió la cueva, y todo Israel vio dentro de ella a Aharón, yaciendo muerto sobre un féretro. Al instante sintieron lo que habían perdido en Aharón, pues cuando se volvieron a mirar el campamento, vieron que las nubes de gloria que habían cubierto el lugar del campamento durante los cuarenta años de marcha habían desaparecido. Comprendieron, por tanto, que Dios había enviado esas nubes solo por causa de Aharón y, por eso, con la muerte de Aharón, había hecho que se desvanecieran. Aquellos de Israel que habían nacido en el desierto, al ver ahora por primera vez, a causa de la partida de las nubes de gloria, el sol y la luna, quisieron postrarse ante ellos y adorarlos, pues las nubes siempre les habían ocultado el sol y la luna, y su visión les causó una impresión sobrecogedora. Pero Dios les dijo: «¿No os he ordenado en Mi Torá: “Guardaos, pues, mucho por vuestras almas… no sea que alces tus ojos al cielo y, viendo el sol, la luna y las estrellas, todo el ejército de los cielos, seas arrastrado a inclinarte ante ellos y a servirlos”? Pues es Dios quien te sacó del horno de Mitsraim, para que fueras el pueblo de Su heredad».
La desaparición de las nubes de gloria llenó a Israel de terror, pues ahora quedaban sin ayuda ante los ataques de los enemigos, mientras que nadie había podido entrar en el campamento de Israel mientras las nubes los cubrían. Este temor no era, en verdad, infundado, pues apenas se enteró Amalek de que Aharón había muerto y de que las nubes de gloria habían desaparecido, cuando de inmediato se puso a hostigar a Israel. Amalek obraba conforme al consejo que su abuelo Esav le había dado, pues las palabras de este a su nieto habían sido: «A pesar de todos mis esfuerzos, no logré matar a Yaakov; por tanto, cuídate de vengarme sobre sus descendientes». «Pero ¿cómo, ay —dijo Amalek—, podré medirme con Israel?». Esav respondió: «Observa bien, y en cuanto veas a Israel tropezar, salta sobre ellos». Amalek tomó este legado como la estrella que guiaba sus actos. Cuando Israel pecó, diciendo con poca fe: «¿Está HaShem entre nosotros, o no?», Amalek apareció al instante. Apenas había sido Israel tentado por sus espías a exclamar malvadamente: «Nombremos un capitán y volvamos a Mitsraim», cuando Amalek estaba ya en escena para combatir a Israel. También en tiempos posteriores siguió Amalek esta política, y cuando Nabucodonosor avanzó sobre Yerushaláyim para destruirla, Amalek tomó posición a una milla de la ciudad santa, diciendo: «Si Israel venciera, declararé que había venido a ayudarlos, pero si Nabucodonosor resulta victorioso, entonces cortaré la huida a los israelitas que huyan». Sus esperanzas se cumplieron, pues Nabucodonosor venció, y él, apostado en la encrucijada, abatió a los israelitas que huían, y agravó el ultraje lanzando invectivas contra Dios y el pueblo, y burlándose de ellos.
Cuando, tras la muerte de Aharón, Amalek ya no consideró peligroso a Israel, puesto que las nubes habían desaparecido, se puso al instante a hacerles la guerra. Pero Amalek no fue a la guerra abierta contra Israel, sino que trató de alcanzar mediante la astucia lo que no osaba esperar en batalla franca. Ocultando sus armas en las vestiduras, los amalecitas se presentaron en el campamento de Israel como si quisieran darles el pésame por la muerte de Aharón, y de improviso los atacaron. No contentos con esto, los amalecitas se disfrazaron con atuendo cananeo y hablaron la lengua de estos, para que los israelitas no pudieran discernir si tenían delante a amalecitas, como parecía indicar su aspecto, o a cananeos, como indicaban su vestimenta y su habla. La razón de este disfraz era que Amalek sabía que Israel había heredado de su antepasado Yitsjak el legado de que Dios siempre respondía a su oración; por eso Amalek dijo: «Si ahora nos presentamos como cananeos, implorarán a Dios que les envíe ayuda contra los cananeos, y los mataremos». Pero todas estas astucias de Amalek de nada sirvieron. Israel formuló su oración a Dios con estas palabras: «¡Señor del mundo! No sabemos con qué nación estamos ahora en guerra, si con Amalek o con Kena’an, pero sea cual sea la nación, te rogamos que la castigues». Dios oyó su oración y, prometiendo asistirlos, les ordenó aniquilar por completo a su enemigo, diciendo: «Aunque ahora tratáis con Amalek, no lo tratéis como a los demás hijos de Esav, contra quienes no podéis guerrear, sino tratad de destruirlos por completo, como si fueran cananeos». Israel obró conforme a este mandato, matando a los amalecitas en batalla y consagrando sus ciudades a Dios. La única ganancia de Amalek en esta empresa fue que, al comienzo de la guerra, apresaron a una esclava que en otro tiempo les había pertenecido, pero que después había pasado a poder de los israelitas.
Para Israel, este ataque de Amalek tuvo, en efecto, graves consecuencias, pues en cuanto percibieron la aproximación del enemigo, temieron continuar la marcha hacia la Tierra de Israel, al no estar ya bajo la protección de las nubes, que se habían desvanecido con la muerte de Aharón; por eso decidieron regresar a Mitsraim. De hecho, llevaron a cabo parte de este proyecto retrocediendo ocho etapas, pero los leviim los persiguieron, y en Moserá surgió una amarga disputa entre quienes querían regresar a Mitsraim y los leviim, que insistían en continuar la marcha hacia la Tierra de Israel. De los primeros, ocho divisiones tribales fueron destruidas en esta disputa: cinco de Binyamín, y una de cada una de las divisiones de Shimón, de Gad y de Asher, mientras que de los leviim una división fue completamente exterminada, y otras tres diezmadas de tal modo que no se recuperaron hasta los días de David. Los leviim vencieron finalmente, pues incluso sus adversarios reconocieron que había sido una locura por su parte desear regresar a Mitsraim, y que su pérdida no había sido más que un castigo por no haber dispuesto una ceremonia de duelo digna de honrar a un hombre de la piedad de Aharón. Celebraron entonces una gran ceremonia de duelo por Aharón en Moserá, y es por esta razón por la que después se habló de este lugar como el sitio donde murió Aharón, porque allí tuvieron lugar los grandes ritos fúnebres.
La serpiente de bronce
Como el rey de Edom se negaba a permitir que Israel pasara por su tierra, se vieron obligados, justo en el momento en que se creían al final de su marcha, a continuarla, para rodear la tierra de Edom. El pueblo, agotado por los muchos años de marcha, se puso ahora malhumorado, diciendo: «¡Ya habíamos estado cerca de la tierra prometida, y ahora tenemos que volver atrás una vez más! Lo mismo les pasó a nuestros padres, que, cerca de su meta, tuvieron que volverse y andar errantes treinta y ocho años. ¡Así será con nosotros!». En su abatimiento se pusieron a murmurar contra Dios y contra Moshé, «siendo para ellos señor y siervo una misma cosa». Se quejaban de que dependían por completo del maná como único medio de sustento. Esta última queja provenía de aquellos respecto de los cuales Dios había jurado que nunca verían la tierra que había prometido a los Patriarcas. Estas personas no podían soportar la vista de los frutos del suelo de la Tierra de Israel, y morían tan pronto como los contemplaban. Ahora que habían llegado a los aledaños de la tierra prometida, los mercaderes traían al campamento de los israelitas los productos del país, pero estos, incapaces de comerlos, aún tenían que seguir procurándose el sustento exclusivamente del maná.
Entonces una voz que sonaba desde los cielos se hizo audible sobre la tierra, haciendo este anuncio: «¡Venid aquí y ved, hombres! Venid aquí y escuchad. A la serpiente le dije: “Polvo comerás”, y sin embargo no se quejó de su alimento. Pero vosotros, pueblo mío, que os saqué de Mitsraim, por quienes hice llover maná del cielo, y volar codornices desde el mar, y brotar un manantial del abismo, vosotros murmuráis contra Mí a causa del maná, diciendo: “Nuestra alma aborrece este pan liviano”. Que vengan ahora las serpientes, que no se quejaron aunque cualquier alimento que comían solo les sabía a polvo, y que muerdan a los que murmuran aun teniendo un alimento que posee todo sabor imaginable. La serpiente, que fue la primera criatura en calumniar a su Hacedor y por ello fue castigada, castigará ahora a este pueblo que, sin aprovechar el ejemplo del castigo de la serpiente, blasfema de su Creador al declarar que el alimento celestial que Él les envía acabaría por acarrearles la muerte». Las mismas serpientes que durante los cuarenta años de marcha habían sido abrasadas por la nube de gloria y yacían amontonadas en lo alto alrededor del campamento, esas mismas serpientes mordieron ahora al pueblo tan terriblemente que su veneno abrasaba las almas de aquellos a quienes atacaban.
Cuando Moshé se dirigió a los que habían sido mordidos, al oír que estaban demasiado enfermos para acudir a él, ellos, conscientes de su culpa, le dijeron: «Hemos pecado, porque hemos hablado contra HaShem y contra ti; ruega a HaShem que aparte de nosotros las serpientes». Tal era la mansedumbre de Moshé que al instante perdonó la transgresión del pueblo respecto de sí mismo, e inmediatamente imploró la ayuda de Dios. También Dios, sin embargo, perdonó su pecado tan pronto como mostraron arrepentimiento, dando así ejemplo también al hombre de conceder el perdón cuando se le pide.
Como remedio para los que habían sido mordidos, Dios ordenó entonces a Moshé hacer una serpiente de bronce y ponerla sobre un asta, para que sucediera que todo el que fuera mordido pudiera mirarla y vivir. Moshé hizo lo que se le ordenó, e hizo una serpiente de bronce. Tan pronto como la lanzó en alto, quedó flotando en el aire, para que todos pudieran mirarla. Hizo la serpiente de bronce porque en hebreo Najash significa «serpiente» y Nejóshet, «bronce»; así, Moshé hizo la serpiente de una sustancia cuyo nombre sonaba parecido al del objeto que con ella modeló. No era, sin embargo, la vista de la serpiente de bronce lo que traía consigo la curación y la vida; sino que, cada vez que los que habían sido mordidos por las serpientes alzaban los ojos hacia lo alto y sometían su corazón a la voluntad del Padre celestial, quedaban curados; si no dedicaban un pensamiento a Dios, perecían.
Mirar la serpiente de bronce traía la curación no solo a los que habían sido mordidos por serpientes, sino también a los que habían sido mordidos por perros u otros animales. La cura de estos últimos se lograba incluso más rápidamente que la de los primeros, pues a ellos les bastaba una mirada casual, mientras que los primeros solo se curaban tras una mirada larga e insistente.
En el Arnón
Las murmuraciones del pueblo, a causa de las cuales Dios les envió las serpientes, ocurrieron en Tsalmoná, un lugar donde solo crecían espinos y cardos. De allí siguieron su camino hacia Punón, donde el castigo de Dios los alcanzó. También en las dos etapas siguientes, en Ovot y en Iyé-Abarim, prosiguieron sus actos hostiles contra Dios, quien por esta razón estaba lleno de ira contra ellos, y no volvió a mirarlos con favor hasta que llegaron al Arnón. El favor de Dios se manifestó al instante durante el paso de Israel por el valle del Arnón, donde obró para Israel milagros tan grandes como los de antaño en el paso del mar de los Juncos. Este valle estaba formado por dos elevados montes que se hallaban tan próximos entre sí que quienes estaban en sus dos cumbres podían conversar. Pero para pasar de un monte al otro había que cubrir una distancia de siete millas, teniendo primero que descender al valle y luego volver a ascender el otro monte. Los amorreos, sabiendo que Israel tendría ahora que pasar por el valle, se reunieron en multitudes innumerables, y una parte de ellos se ocultó en las cuevas, de las cuales había muchas en las laderas del monte, mientras que otra parte aguardaba a Israel abajo, en el valle, esperando atacarlos y destruirlos por sorpresa desde arriba y desde abajo a su paso por el valle. Pero Dios frustró este plan, haciendo que Israel no descendiera en absoluto al valle, sino que permaneciera arriba, mediante el siguiente milagro. Pues mientras que el monte de un lado del valle estaba lleno de cuevas, el otro consistía enteramente en rocas puntiagudas; y Dios acercó este monte rocoso tanto al otro que las rocas salientes del uno entraron en las cuevas del otro, y todos los amorreos que se ocultaban dentro quedaron aplastados.
Fue el monte rocoso el que se movió, y no el otro, pues este mismo monte rocoso era el comienzo de la tierra prometida, y al acercarse Israel desde el otro monte, que era moabita, la tierra saltó a su encuentro, pues los aguardaba con enorme anhelo.
Un antiguo proverbio dice: «Si le das un trozo de pan a un niño, díselo a su madre». Dios, del mismo modo, quiso que Israel conociera los grandes milagros que había obrado por su causa, pues no tenían la menor idea del ataque que los paganos habían planeado hacerles. Por eso Dios ordenó al pozo que había reaparecido desde su estancia en Beerot que fluyera junto a las cuevas y arrastrara fuera partes de los cadáveres en gran número. Cuando Israel se volvió a mirar el pozo, lo divisó en el valle del Arnón, brillando como la luna, arrastrando cadáveres consigo. Solo entonces descubrieron los milagros que se habían obrado por ellos. No solo se habían movido al principio los montes para dejarlos pasar, y luego se habían separado de nuevo, sino que Dios los había salvado de un gran peligro. Entonaron entonces un canto de alabanza al pozo que les había revelado el gran milagro.
Cuando, en el paso del mar de los Juncos, Israel quiso entonar un canto de alabanza, Moshé no los dejó hacerlo solos, sino que primero les cantó el canto que debían cantar a HaShem. Pues entonces Israel era joven, y solo podía repetir lo que su maestro Moshé cantaba ante ellos, pero cuando la nación llegó al Arnón, era ya adulta, tras sus cuarenta años de marcha por el desierto. Ahora los israelitas cantaron su propio canto, diciendo: «¡Señor del mundo! A Ti te toca obrar milagros por nosotros, mientras que a nosotros nos corresponde entonarte cantos de alabanza». Moshé no tomó parte en el canto de alabanza al pozo, pues el pozo había dado ocasión a su muerte en el desierto, y no puede esperarse de un hombre que cante sobre su verdugo. Como Moshé no quería tener nada que ver con este canto, Dios pidió que Su propio nombre tampoco se mencionara en él, obrando en esta ocasión como el rey que fue invitado a la mesa de un príncipe, pero rehusó la invitación al saber que su amigo no estaría presente en el banquete. El canto al pozo fue así: «Este es el pozo que los Patriarcas del mundo, Avraham, Yitsjak y Yaakov, cavaron, que los príncipes de tiempos antiguos exploraron, y las cabezas del pueblo, los legisladores de Israel, Moshé y Aharón, hicieron correr su agua con sus báculos. En el desierto Israel lo recibió como un don, y después de recibirlo, siguió a Israel en todas sus andanzas, a los altos montes y a los valles profundos. No desapareció hasta que llegaron a la frontera de Moav, porque Israel no observó las palabras de la Torá».
Israel cantó un canto al pozo solamente, y no al maná, porque en varias ocasiones habían maldecido el alimento celestial, y por eso Dios dijo: «No quiero que reprochéis al maná, ni tampoco que lo alabéis ahora», y no les permitió cantar un canto de alabanza al maná.
Sijón, rey de los amorreos
El aplastamiento de los ocultos en las cuevas del monte, en el Arnón, no fue más que el comienzo de los milagros que Dios obró para Israel durante su conquista de la tierra. Fue también en el Arnón donde Sijón, rey de los amorreos, y su pueblo, que apenas un mes después de la muerte de Aharón se lanzaron sobre Israel, fueron completamente destruidos por ellos. Este rey amorreo, y asimismo Og, rey de Bashán, eran hijos de Ajiá, cuyo padre Shemjazai era uno de los ángeles caídos. Conforme a su origen celestial, Sijón era un gigante al que nadie podía resistir, pues era de estatura enorme, más alto que cualquier torre de todo el mundo, midiendo solo el hueso de su muslo dieciocho codos, según el codo grande de aquel tiempo. A pesar de su enorme tamaño, era también veloz de pies, por lo cual se le llamó Sijón, «potro», para indicar la celeridad con que se movía, pues su verdadero nombre era Arad.
Moshé tenía mucho miedo de guerrear contra este gigante, pero Dios puso en cadenas a los ángeles guardianes de Sijón y de Og, y luego dijo a Moshé: «Mira, he comenzado a entregar a Sijón y su tierra ante ti: comienza a tomar posesión, para que heredes su tierra». Pues, en efecto, después de que los ángeles de Sijón y de su pueblo hubieron caído, Moshé ya no tenía nada que temer, pues sus enemigos quedaban así entregados en sus manos. Dios aseguró a Moshé que «comenzaría a poner el pavor y el temor de él sobre los pueblos que están bajo todo el cielo», ordenando al sol que se detuviera durante su guerra contra Sijón, para que todo el mundo viera que Dios combatía por Moshé.
Moshé preguntó entonces si, antes de librar la guerra, podía enviar embajadores a Sijón para pedirle que dejara pasar a Israel por su tierra. Dios respondió: «¿Cómo así? Yo te ordené: "Levántate, entra en batalla con él, comienza a tomar posesión de su tierra", ¿y tú quieres enviarle mensajeros de paz?». Pero Moshé replicó: «Solo deseo seguir Tu ejemplo. Cuando quisiste sacar a Israel de Mitsraim, me enviaste al Paró con el mensaje de que dejara salir a Israel, Tu pueblo —aunque bien podrías haber consumido todo Mitsraim con un solo relámpago—. Y cuando revelaste la Torá, también la ofreciste a las naciones paganas para que la aceptaran antes de dársela a Israel». Dios vio la justicia de las palabras de Moshé, y le ordenó que en adelante nunca declarara la guerra a una ciudad sin antes instar a su gente a rendirse en paz.
Moshé envió entonces un mensaje a Sijón en el que le pedía permiso para que Israel pasara por su tierra, prometiéndole que cuidaría de que el pueblo marchara por el camino real, de modo que no tuviera motivo alguno de temer actos de violencia contra mujeres casadas ni seducciones de muchachas. «Es más —continuaba Moshé—, pagaremos el agua que en otras partes se da de balde, y también te compraremos víveres a buen precio». Sin embargo, esta carta a Sijón contenía al final la advertencia de que los israelitas le harían la guerra si no los dejaba pasar. Pero la sola idea de Moshé —que Sijón permitiera pasar a Israel— sonó en los oídos de Sijón como pedirle al guardián de una viña que dejara vendimiarla. La respuesta de Sijón, por tanto, fue esta: «Mi hermano Og y yo recibimos tributo de todos los demás reyes cananeos para mantener a sus enemigos lejos del acceso a la tierra, ¡y ahora tú me pides que te dé libre paso a Kena’an!».
Estalló la guerra entre Sijón y Moshé, y terminó en una brillante victoria para Israel. Sijón y su hijo, que lo igualaba en fuerza heroica, hallaron la muerte en esta refriega. Dios lo había dispuesto de tal manera que Israel no tuviera que guerrear penosamente ciudad tras ciudad en la tierra de Sijón: había reunido a todas las huestes de este rey amorreo en Jeshbón. Así, al ser destruida esta ciudad y las huestes que había dentro, todo el resto de la tierra de Sijón quedó abierto ante ellos. La victoria de Israel fue tanto más prodigiosa cuanto que Jeshbón era una ciudad excepcionalmente bien fortificada —tanto que, aunque sus habitantes hubieran sido mosquitos, no habría podido tomarse por medios humanos, y mucho menos defendida por el héroe Sijón y sus guerreros—. Esta victoria solo fue posible porque Dios los afligió con convulsiones tan terribles que se retorcían y se contorsionaban de dolor, incapaces de mantenerse en las líneas de batalla, de modo que Israel pudo abatirlos mientras estaban medio muertos por los espasmos. Dios también echó máscaras sobre sus rostros, de manera que no veían con claridad y, tomándose unos a otros por israelitas, mataban a los suyos.
Con la caída de Jeshbón, Israel entró en posesión de toda la tierra de Sijón, con la excepción de Yazer, y por eso Moshé envió espías a esa ciudad. Los hombres que envió allí, Kalev y Pinjás, no solo eran guerreros capaces, sino también hombres piadosos. Dijeron: «Moshé envió una vez espías que trajeron gran desgracia sobre todas sus generaciones; nosotros atacaremos esta ciudad confiando en Dios, y estamos seguros de que no pereceremos, porque Moshé ha rezado por nuestro bienestar». Acto seguido atacaron Yazer, la conquistaron y, cuando al día siguiente de haberlos enviado Moshé regresaron ante él, le informaron de que habían conquistado Yazer y dado muerte a sus habitantes.
El gigante Og
La guerra con Sijón tuvo lugar en el mes de Elul. En el mes siguiente, Tishrí, descansaron a causa de los días santos, pero inmediatamente después salieron a la batalla contra Og. Este rey no se apresuró a socorrer a su hermano, aunque estaba a un solo día de distancia de él, pues tenía la certeza de que Sijón podía vencer a Israel sin su ayuda. Se equivocó en esto, sin embargo, como en algunas otras cosas. En la guerra de los cuatro reyes contra los cinco, fue Og quien llevó a Avraham la noticia de la cautividad de su sobrino Lot, suponiendo que Avraham sin duda correría en ayuda de su pariente, moriría en la batalla, y así permitiría a Og hacerse con la hermosa Sará. Pero Dios no deja a ningún hombre sin recompensa ni sin castigo. Para recompensarlo por haber corrido con paso ligero a avisar a Avraham de la cautividad de Lot, Dios le concedió vida por quinientos años; pero al final murió, porque solo un motivo perverso lo había movido a prestar ese servicio a Avraham. No consiguió a Sará, como había esperado, sino que fue muerto por el descendiente de ella, Moshé.
La batalla contra Og tuvo lugar en Edrei, a cuyas afueras llegó Israel al caer la noche. A la mañana siguiente, sin embargo, apenas al despuntar el alba gris, Moshé se levantó y se dispuso a atacar la ciudad, pero, mirando hacia la muralla, exclamó asombrado: «¡Mira, en la noche han levantado una muralla nueva en torno a la ciudad!». Moshé no veía con claridad en la bruma de la mañana, pues no había muralla alguna, sino solo el gigante Og, que estaba sentado sobre el muro con los pies tocando el suelo de abajo. Dada la enorme estatura de Og, el error de Moshé era disculpable, pues, como relató un sepulturero de tiempos posteriores, solo el fémur de Og medía más de tres parasangas. «Una vez —cuenta Abá Shaúl— perseguía yo a un ciervo que huyó al interior del fémur de un muerto. Lo perseguí y corrí a lo largo de tres parasangas de aquel fémur, y aún no había llegado a su extremo». Ese fémur, como se estableció más tarde, era el de Og.
Este gigante jamás en todos sus días usó silla ni cama de madera, pues se habrían quebrado bajo su peso, sino que se sentaba en sillas de hierro y se acostaba en camas de hierro. No solo era de talla y fuerza gigantescas, sino también de una anchura por completo desproporcionada incluso respecto a su altura, pues su anchura era la mitad de su altura, mientras que la proporción normal de anchura a altura es de uno a tres. En su juventud, Og había sido esclavo de Avraham, que lo había recibido como regalo de Nimrod, pues Og no es otro que Eliézer, el mayordomo de Avraham. Un día, cuando Avraham lo reprendió y le gritó, Eliézer se asustó tanto que se le cayó uno de los dientes, y Avraham labró con él una cama en la que dormía siempre. Og devoraba cada día mil bueyes, o un número igual de otros animales, y bebía en proporción, requiriendo a diario no menos de mil medidas de líquidos. Permaneció al servicio de Avraham hasta el casamiento de Yitsjak, cuando Avraham le dio la libertad como recompensa por haber emprendido la tarea de pedir a Rivká en matrimonio para su hijo y de traerla a su casa. Dios también lo recompensó en este mundo, para que este malvado no pudiera reclamar recompensa en el mundo venidero. Por eso hizo de él un rey. Durante su reinado fundó sesenta ciudades, que rodeó de altas murallas, la más baja de las cuales no medía menos de sesenta millas de altura.
Moshé temió entonces guerrear contra Og, no solo a causa de su fuerza gigantesca y su enorme tamaño, que ahora había presenciado con sus propios ojos, sino que también pensó: «Yo solo tengo ciento veinte años, mientras que él tiene más de quinientos. Sin duda jamás habría alcanzado edad tan grande si no hubiera hecho obras meritorias». Moshé recordó además que Og era el único gigante que había escapado de la mano de Amrafel, y vio en ello una señal del favor especial de Dios hacia Og. Temió, por otra parte, que Israel, en la reciente guerra contra Sijón, hubiera cometido pecados, de modo que Dios ya no estuviera de su lado. «Los piadosos siempre temen las consecuencias del pecado, y por eso no se fían de las garantías que Dios les ha dado»; de ahí que Moshé temiera ahora avanzar contra Og, aun cuando Dios le había prometido ayuda contra sus enemigos. Pero Dios le dijo: «¿Qué es tu mano? Su destrucción quedó decretada desde el momento en que miró con malos ojos a Yaakov y a su familia cuando llegaron a Mitsraim». Pues ya entonces Dios le había dicho: «Oh tú, villano perverso, ¿por qué los miras con ojo malvado? En verdad, tu ojo estallará, porque caerás en sus manos».
Og halló la muerte de la manera siguiente. Cuando descubrió que el campamento de Israel tenía tres parasangas de circunferencia, dijo: «Ahora arrancaré una montaña de tres parasangas, la arrojaré sobre el campamento de Israel y los aplastaré». Hizo como había planeado: arrancó una montaña de tres parasangas, se la puso sobre la cabeza y vino marchando en dirección al campamento israelita para lanzársela encima. Pero ¿qué hizo Dios? Hizo que unas hormigas perforaran la montaña, de modo que esta se le deslizó de la cabeza al cuello y, cuando intentó sacudírsela, se le salieron los dientes y se le extendieron a izquierda y derecha, y no dejaron pasar la montaña, de manera que quedó allí de pie con la montaña, incapaz de arrojarla lejos de sí. Cuando Moshé vio esto, tomó un hacha de doce codos de largo, saltó diez codos en el aire y le asestó un golpe en el tobillo a Og, lo que causó la muerte del gigante.
Este fue el fin del último de los gigantes, que no solo fue el último en el tiempo, sino también en importancia, pues, a pesar de su altura y su fuerza, era el más insignificante de los gigantes que perecieron en el diluvio.
Con la muerte de Og, todas sus tierras cayeron en suerte a los israelitas sin otro golpe de espada, pues Dios lo había dispuesto de tal manera que todos los guerreros de Og estuvieran con él en su encuentro con Israel, y, una vez que Israel los venció, solo quedaron mujeres y niños en toda la tierra. Si Israel se hubiera visto obligado a avanzar sobre cada ciudad por separado, jamás habrían terminado, a causa del número de las ciudades y de la fuerza de las huestes de los amorreos.
No solo Sijón y Og, los reyes de los amorreos, eran tales gigantes y héroes, sino todos los amorreos. Cuando Adriano conquistó Yerushaláyim, se jactó de su victoria, y entonces Rabá Yojanán, hijo de Zakái, le dijo: «No te jactes de tu victoria sobre Yerushaláyim, pues, si Dios no la hubiera conquistado para ti, jamás la habrías ganado». Acto seguido condujo a Adriano a una cueva donde le mostró los cadáveres de los amorreos, cada uno de los cuales medía dieciocho codos, y le dijo: «Cuando éramos dignos de la victoria, estos caían en nuestras manos, pero ahora, a causa de nuestros pecados, tú dominas sobre nosotros».
La victoria sobre Sijón y sus huestes fue tan grande como la que se obtuvo sobre el Paró y sus huestes, y otro tanto lo fue la victoria sobre Og y sus huestes. Cada una de estas victorias fue tan importante como la que se logró sobre los treinta y un reyes que Yehoshúa capturó después, y bien le habría correspondido a Israel entonar cantos de alabanza a HaShem, como tras la destrucción del Paró. David subsanó más tarde esta omisión, pues entonó un canto de alabanza en gratitud por la victoria que Dios había concedido a Israel sobre Sijón y Og.
Sin la asistencia directa de Dios, estas victorias no habrían sido posibles, pero Él envió avispones contra ellos, y su destrucción fue irrevocable. Dos avispones perseguían a cada amorreo: uno le picaba en un ojo, el segundo en el otro, y el veneno de estas pequeñas criaturas consumía a los que picaban. Estos avispones permanecieron en la orilla oriental del Yardén y no siguieron la marcha de Israel a las regiones al oeste del Yardén; sin embargo, causaron grandes estragos entre los cananeos de la región al oeste del Yardén. Los avispones se apostaban en la ribera oriental del Yardén y escupían su veneno hasta la ribera opuesta, de modo que los cananeos alcanzados quedaban ciegos y desarmados.
Cuando Dios prometió a Moshé enviar un ángel a Israel, él declinó el ofrecimiento con estas palabras: «Si Tu presencia no ha de ir conmigo, no nos hagas subir de aquí», a lo que Dios respondió: «Te quejas porque solo quiero enviar un ángel a ayudarte a conquistar la tierra. Tan cierto como que vives, ahora no te enviaré ni siquiera un ángel, sino un avispón para destruir a los enemigos de Israel. Es, sin embargo, únicamente por tu bien que entrego al enemigo en manos de Israel, y no como si Israel lo mereciera por sus propias buenas obras».
La cama de Og, labrada en marfil, que medía nueve largos de brazo —tomando por medida el brazo del gigante—, la había guardado Og en la ciudad amonita de Rabá, pues sabía que Israel no penetraría ni en la tierra de los amonitas ni en la de los moabitas, porque Dios les había prohibido acercarse demasiado a los descendientes de Lot. Del mismo modo les prohibió guerrear con los edomitas; así fue recompensado Esav, un hijo bondadoso con su padre Yitsjak, al no permitir que sus descendientes, los edomitas, fueran hostigados por Israel. Dios dijo a Israel: «En este mundo no tendréis dominio sobre el monte Seír, el reino de Edom, pero en el mundo venidero, cuando seáis liberados, entonces obtendréis su posesión. Hasta entonces, sin embargo, guardaos de los hijos de Esav, aun cuando os teman, y mucho más cuando habitéis dispersos entre ellos».
El discurso de amonestación de Moshé
Así como Avraham, antes de su muerte, habló a su hijo Yitsjak, y este a su hijo Yaakov, y Yaakov a su vez a sus hijos, palabras que los exhortaban a andar por los caminos de HaShem, así también Moshé no partió de este mundo sin antes llamar a cuentas a Israel por sus pecados y exhortarlos a observar los mandamientos de HaShem. El discurso de amonestación de Moshé tuvo mayor efecto que la revelación del Decálogo en el monte Sinaí, pues, mientras que Israel, poco después de haber dicho en el Sinaí «Haremos conforme a lo que hemos oído», transgredió adorando el Becerro de Oro, las palabras de amonestación de Moshé dejaron en ellos una impresión poderosa, y él los devolvió a Dios y a la Torá. Por eso dijo Dios: «Como recompensa a ti, porque tus palabras de exhortación han llevado a Israel a seguirme, designaré estas palabras como tuyas, aunque las pronunciaste solo en cumplimiento de Mi mandato».
Sin embargo, Moshé no pronunció su discurso de exhortación al pueblo hasta después de la victoria sobre Sijón y Og, pues pensó: «Si los hubiera llamado a cuentas antes de estas victorias, habrían respondido: "Trata de recordarnos nuestros pecados porque es incapaz de llevarnos a la tierra prometida contra Sijón y Og, y busca nuestros pecados como excusa"». Pero, una vez que Moshé hubo demostrado lo que podía hacer, pudo aventurarse sin riesgo a recordar al pueblo sus pecados. Reunió entonces a todas las clases de Israel, los nobles tanto como la gente común, y les dijo: «Ahora os haré un severo reproche por vuestros pecados, y si alguno tiene algo que ofrecer como excusa, que lo presente ahora». De este modo cerró la posibilidad de que dijeran más tarde: «Si hubiéramos oído las palabras del hijo de Amram, habríamos respondido a cada palabra el cuádruple y el quíntuple».
Moshé enumeró entonces las diez veces que tentaron a Dios: cómo en el mar de los Juncos se habían arrepentido de haberlo seguido, y hasta habían retrocedido tres etapas del camino de vuelta a Mitsraim; cómo, incluso después del milagro que partió para ellos el mar de los Juncos, tan poca fe tenían en Dios que decían: «Igual que en este lugar cruzamos ilesos el mar de los Juncos, así también lo hicieron los egipcios en otra parte de él». En Mará y en Refidim tentaron a Dios a causa de la escasez de agua, y, así como dos veces se rebelaron contra Dios a causa del agua, así también lo hicieron a causa del maná. Quebrantaron las dos leyes que Dios les había dado respecto al maná, guardándolo de un día para otro y saliendo a recogerlo en Shabat, aunque Dios había prohibido estrictamente ambas cosas. También por su ansia de carne transgredieron dos veces, murmurando por carne al mismo tiempo que recibían el maná, aunque el maná satisfacía por completo sus necesidades; y, después de que Dios accediera a su deseo y les enviara codornices, quedaron contentos solo por poco tiempo, y luego volvieron a exigir codornices, hasta que Dios les concedió también ese deseo. «Pero lo peor de todo —les dijo Moshé— fue la adoración del Becerro de Oro. Y no solo eso, sino que, de nuevo en Parán, engañados por los espías, transgredisteis al desear hacer un ídolo y volver a Mitsraim bajo su guía».
Moshé les señaló entonces que era a causa de su pecado que habían vagado por el desierto durante cuarenta años, pues de otro modo Dios los habría llevado a la Tierra de Israel el mismo día en que los sacó de Mitsraim. No solo reprochó a Israel los pecados que habían cometido contra Dios, sino también el mal que le habían hecho a él mismo, recordándoles cómo le habían arrojado a los niños de pecho al regazo, diciendo: «¿Qué alimento tienes para estos?». En esta ocasión se hizo evidente qué buena y piadosa era la nación que estaba ante Moshé, pues todos los pecados que les enumeró no los habían cometido ellos, sino sus padres, todos los cuales habían muerto entretanto; y, no obstante, callaron y no dieron respuesta alguna a este severo reproche que les hacía su guía. Sin embargo, Moshé no se limitó a amonestar al pueblo a andar por los caminos de HaShem, sino que dijo a Israel: «Estoy próximo a la muerte; quien haya aprendido de mí un versículo, un capítulo o una ley, que venga a mí y lo aprenda de nuevo», tras lo cual repitió toda la Torá, y eso, además, en las setenta lenguas del mundo, para que no solo Israel, sino también todos los pueblos paganos, pudieran oír las enseñanzas de Dios.
Balak, rey de Moav
«Dios no deja nada sin recompensa, ni siquiera una palabra digna queda sin su recompensa». La mayor de las dos hijas de Lot había llamado Moav, «del padre», al hijo concebido en culpa, mientras que la menor, por pudor, llamó a su hijo Amón, «hijo de mi pueblo», y fue recompensada por su sentido del decoro. Pues, cuando Moshé quiso arrollar con la guerra a los descendientes de Lot, Dios le dijo: «Mis planes difieren de los tuyos. Dos palomas brotarán de esta nación, la moabita Rut y la amonita Noemí, y por esta razón deben ser perdonadas estas dos naciones».
El trato que Dios ordenó a Israel dar a estas dos naciones no fue, sin embargo, uniforme. Respecto a Moav, Dios dijo: «No molestes a Moav ni entres con ellos en batalla», lo cual significaba que Israel no había de guerrear contra los moabitas, aunque sí podía despojarlos o reducirlos a servidumbre. Respecto a los hijos de Amón, en cambio, Dios prohibió a Israel mostrar a estos descendientes de la hija menor de Lot ni siquiera la más leve señal de hostilidad, ni alarmarlos de modo alguno, de manera que Israel ni siquiera se presentó en orden de batalla ante los amonitas.
La actitud hostil de Israel hacia Moav, aunque no guerrera, infundió a este pueblo y a sus reyes un gran temor, tanto que parecían extranjeros en su propia tierra, temiendo que hubieran de correr la suerte de los egipcios; pues los israelitas habían llegado a Mitsraim como extranjeros, pero con el tiempo se habían apoderado de la tierra, de modo que los egipcios tuvieron que alquilarles sus propias viviendas. Su temor aumentó todavía más por la creencia de que Israel no haría caso del mandato de Dios de no guerrear contra los descendientes de Lot. Esta suposición suya se basaba en el hecho de que Israel se había apoderado de los reinos de Sijón y Og, aun cuando estos habían sido originalmente parte de las posesiones de Amón y de Moav. Jeshbón, la ciudad capital de Sijón, había pertenecido antes a Moav; pero los amorreos, gracias al apoyo de Bilam y de su padre Beor, habían arrebatado a Moav estas y algunas otras regiones. Los amorreos habían contratado a estos dos hechiceros para maldecir a Moav, con el resultado de que los moabitas fueron miserablemente derrotados en la guerra contra Sijón. «¡Ay de ti, Moav! ¡Estás perdido, oh pueblo de Kemosh!». Estas y semejantes expresiones fueron las palabras aciagas que Bilam y su padre emplearon contra Moav. Kemosh era una piedra negra con forma de mujer que los moabitas adoraban como su dios.
Así como una parte de Moav pasó a posesión de Sijón, así también una parte de Amón cayó en manos de Og, y, como Israel se había apropiado de estas tierras, los moabitas temieron que les arrebataran toda su tierra. Muy alarmados, se reunieron por ello en sus fortalezas, en las que se sabían a salvo de los ataques de Israel. En realidad su temor carecía por completo de fundamento, pues Israel jamás soñó con transgredir el mandato de Dios guerreando contra los descendientes de Lot. Bien podían quedarse sin escrúpulo con las antiguas provincias de Moav y de Amón, porque no las tomaron de estos, sino de Sijón y Og, que las habían conquistado.
En aquel tiempo el rey de Moav era Balak, que antes había sido vasallo de Sijón, y en tal condición se lo conocía como Tsur. Tras la muerte de Sijón fue elegido rey, aunque no era digno de rango tan alto. Favorecido por la fortuna, recibió la dignidad real, un puesto que su padre nunca había ocupado. Balak era un nombre apropiado para este rey, pues se propuso destruir al pueblo de Israel; por eso también se lo llamó hijo de Tsipor, porque voló tan raudo como un pájaro a maldecir a Israel. Balak era un gran mago, que empleaba para su hechicería el siguiente instrumento. Construyó un pájaro con las patas, el tronco y la cabeza de oro, el pico de plata y las alas de bronce, y por lengua le puso la lengua del ave Yadúa. Este pájaro se colocaba junto a una ventana donde daba el sol de día y la luna de noche, y allí permanecía siete días, durante los cuales se ofrecían holocaustos ante él y se celebraban ceremonias. Al cabo de esa semana, la lengua del pájaro empezaba a moverse y, si se la pinchaba con una aguja de oro, revelaba grandes secretos. Fue este pájaro el que había impartido a Balak todo su saber oculto. Un día, sin embargo, una llama que de pronto se alzó quemó las alas de este pájaro, lo cual alarmó mucho a Balak, pues pensó que la proximidad de Israel había destruido su instrumento de hechicería.
Los moabitas, al advertir ahora que Israel vencía a sus enemigos por medios sobrenaturales, dijeron: «Su caudillo fue criado en Midián; consultemos, pues, a los madianitas acerca de sus características». Cuando se consultó a los ancianos de Midián, respondieron: «Su fuerza reside en su boca». «Entonces —dijeron los moabitas— le opondremos a un hombre cuya fuerza resida asimismo en su boca», y resolvieron recurrir al apoyo de Bilam. La unión de Moav y Midián confirma la verdad del proverbio: «La Comadreja y el Gato celebraron un banquete de regocijo sobre la carne del desdichado Perro». Pues siempre había habido entre Moav y Midián una enemistad irreconciliable, pero se unieron para llevar la ruina sobre Israel, así como la Comadreja y el Gato se habían unido para acabar con su enemigo común, el Perro.
Bilam, el profeta pagano
El hombre que moabitas y madianitas creían igual a Moshé no era otro que Laván, el archienemigo de Israel, que en tiempos antiguos había querido extirpar por completo a Yaakov y a toda su familia, y que más tarde había incitado al Paró y a Amalek contra el pueblo de Israel para provocar su destrucción. De ahí, también, el nombre Bilam, «Devorador de Naciones», pues estaba decidido a devorar a la nación de Israel. Justo en aquel momento Bilam estaba en la cima de su poder, pues su maldición había traído sobre los moabitas su derrota a manos de Sijón, y su profecía de que su compatriota Balak ceñiría la corona real acababa de cumplirse, de modo que todos los reyes enviaban embajadores a buscar consejo suyo. Había pasado gradualmente de intérprete de sueños a hechicero, y había alcanzado la dignidad aún mayor de profeta, superando así incluso a su padre, que en verdad también había sido profeta, pero no tan notable como su hijo.
Dios no permitiría que los paganos tuvieran fundamento alguno para excusarse, para decir en el mundo venidero: «Nos mantuviste lejos de Ti». A ellos, igual que a Israel, les dio reyes, sabios y profetas; pero, mientras que los primeros se mostraron dignos de su alta encomienda, los segundos se mostraron indignos de ella. Tanto Shlomo como Nabucodonosor fueron soberanos de todo el mundo: el primero construyó el Templo y compuso muchos himnos y oraciones; el segundo destruyó el Templo y maldijo y blasfemó contra HaShem, diciendo: «Subiré por encima de las alturas de las nubes; seré semejante al Altísimo». Tanto David como Hamán recibieron de Dios grandes tesoros, pero el primero los empleó para asegurar un sitio para el santuario de Dios, mientras que el segundo, con los suyos, trató de destruir a toda la nación. Moshé fue el profeta de Israel, y Bilam fue el profeta de los paganos: ¡pero qué gran contraste entre estos dos! Moshé exhortaba a su pueblo a apartarse del pecado, mientras que Bilam aconsejaba a las naciones abandonar su rumbo moral de vida y entregarse a la lujuria. Bilam se diferenciaba también del profeta israelita en su crueldad. Estos sentían tal compasión por las naciones que la desgracia entre los paganos les causaba sufrimiento y pena, mientras que Bilam era tan cruel que quería destruir a una nación entera sin causa alguna.
El rumbo de vida de Bilam y sus actos muestran de forma convincente por qué Dios retiró de los paganos el don de la profecía. Pues Bilam fue el último de los profetas paganos. Shem había sido el primero a quien Dios había encargado comunicar Sus palabras a los paganos. Esto fue después del diluvio, cuando Dios dijo a Shem: «Shem, si Mi Torá hubiera existido entre las diez generaciones anteriores, supongo que no habría destruido el mundo con el diluvio. Ve ahora, anuncia a las naciones de la tierra Mis revelaciones, pregúntales si no aceptarán Mi Torá». Durante cuatrocientos años anduvo Shem como profeta, pero las naciones de la tierra no le hicieron caso. Los profetas que trabajaron después de él entre los paganos fueron Iyov y sus cuatro amigos, Elifaz, Tsofar, Bildad y Elihú, así como Bilam, todos los cuales eran descendientes de Najor, hermano de Avraham, de su unión con Milká. Para que los paganos no pudieran decir: «Si hubiéramos tenido un profeta como Moshé, habríamos recibido la Torá», Dios les dio a Bilam por profeta, que en modo alguno era inferior a Moshé ni en sabiduría ni en el don de la profecía. Moshé fue, en verdad, el mayor profeta entre los israelitas, pero Bilam fue su igual entre los paganos. Y, aunque Moshé superaba al profeta pagano en que Dios lo llamó sin ninguna preparación previa, mientras que el otro solo podía obtener revelaciones divinas mediante sacrificios, aun así Bilam tenía una ventaja sobre el profeta israelita. Moshé tenía que rezar a Dios «que le mostrara Sus caminos», mientras que Bilam era el hombre que podía declarar de sí mismo que «conocía el conocimiento del Altísimo». Pero, como, a pesar de su alta dignidad profética, Bilam nunca había hecho nada bueno ni bondadoso, sino que con su lengua perversa casi había destruido el mundo entero, Dios hizo un voto a Su pueblo de que jamás lo cambiaría por ningún otro pueblo o nación, y de que jamás permitiría que habitara en tierra alguna que no fuera la Tierra de Israel.
Los mensajeros de Balak a Bilam
Balak envió entonces mensajeros a Bilam con el siguiente mensaje: «No pienses que pido tu ayuda contra Israel solo en mi propio interés, y que únicamente de mí puedes esperar honor y recompensas por tu servicio; ten por seguro que todas las naciones te honrarán entonces, que tanto los cananeos como los egipcios se arrojarán a tus pies cuando hayas destruido a Israel. Este pueblo que ha salido de Mitsraim ha cubierto de tierra a Sijón y a Og, los ojos que guardaban toda la tierra, y ahora se disponen a destruirnos también a nosotros. No es que sean héroes mayores que nosotros, ni que sus huestes sean más numerosas que las nuestras, pero vencen tan pronto como abren los labios en oración, y eso nosotros no podemos hacerlo. Intenta ahora ver si no puedo, poco a poco, llegar a ser su señor, para al menos llevar a la destrucción a un cierto porcentaje de ellos, aunque sea solo una vigesimocuarta parte».
El propio Balak era mago y adivino aún mayor que Bilam, pero le faltaba el don de captar debidamente las observaciones proféticas. Sabía por su hechicería que él iba a ser la causa de la muerte de veinticuatro mil israelitas, pero no sabía de qué manera sufriría Israel pérdida tan grande; de ahí que pidiera a Bilam que maldijera a Israel, esperando con esta maldición poder impedir que Israel entrara en la Tierra Santa.
Los mensajeros de Balak a Bilam se componían de los ancianos de Moav y de Midián. Estos últimos eran ellos mismos grandes magos, y por su arte establecieron la verdad de que, si Bilam obedecía la citación de Balak, su misión contra Israel tendría éxito, pero, si vacilaba aunque fuera un instante en seguirlos, nada cabía esperar de él. Cuando llegaron ante Bilam y este les pidió que pasaran la noche para aguardar su respuesta, los ancianos de Midián regresaron al instante, pues sabían que ya no tenían nada que esperar de él. Dijeron: «¿Hay acaso un padre que odie a su hijo? Dios es el padre de Israel, los ama. ¿Acaso, a causa de una maldición de Bilam, va ahora a trocar Su amor en odio?». En efecto, si el asunto hubiera dependido de los deseos de Bilam, sin duda habría accedido al instante y habría seguido la citación de Balak, pues odiaba a Israel más que Balak, y le complacía mucho el encargo del rey moabita. Los ancianos que Balak había enviado tenían además en su poder todos los instrumentos de magia necesarios, de modo que Bilam no tuviera excusa para no seguirlos al instante; pero Bilam, por supuesto, tenía que aguardar su momento y averiguar primero si Dios le permitiría ir a donde Balak; de ahí que pidiera a los mensajeros moabitas que pasaran la noche, porque Dios nunca se aparece a los profetas paganos salvo de noche. Como Bilam esperaba, Dios se le apareció de noche y le preguntó: «¿Quiénes son estas gentes que están contigo?».
Bilam fue uno de los tres hombres a quienes Dios puso a prueba y que miserablemente no la superaron. Cuando Dios se apareció a Káyin y le preguntó: «¿Dónde está Hével, tu hermano?», él intentó engañar a Dios. Debería haber respondido: «¡Señor del mundo! Lo oculto y lo manifiesto, ambos por igual Te son conocidos. ¿Por qué, entonces, preguntas por mi hermano?». Pero, en lugar de esto, respondió: «No lo sé. ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?». Por eso Dios le dijo: «Tú mismo has pronunciado tu sentencia. La voz de la sangre de tu hermano clama a Mí desde la tierra, y ahora maldito eres tú». Jizkiyahu obró como Káyin cuando llegaron a él los mensajeros del rey de Bavel, y el profeta Yeshayahu le preguntó: «¿Qué dijeron estos hombres? ¿Y de dónde vinieron a ti?». Jizkiyahu debería haber respondido: «Tú eres un profeta de Dios, ¿por qué me lo preguntas?». Pero, en lugar de dar esta respuesta, contestó con altivez y jactancia: «De un país lejano han venido a mí, nada menos que de Bavel». A causa de esta respuesta altiva, Yeshayahu anunció al rey esta profecía: «He aquí que vienen días en que todo lo que hay en tu casa será llevado a Bavel; y de tus hijos que saldrán de ti, serán eunucos en el palacio del rey de Bavel».
El canalla de Bilam, también, debería haber respondido a la pregunta de Dios, «¿Qué hombres son estos que están contigo?», diciendo: «¡Señor del mundo! Todo yace abierto ante Ti, y nada Te está oculto, ¿por qué, entonces, me lo preguntas?». Pero él, por el contrario, dio una respuesta muy distinta y se puso a jactarse, diciendo a Dios: «Aunque Tú no me distingues ni difundes mi fama por el mundo, aun así los reyes me buscan: Balak, el rey de Moav, ha enviado a pedirme que maldiga a Israel». Entonces Dios dijo: «Porque hablas así, no maldecirás a este pueblo», y añadió: «¡Oh tú, bribón perverso! Yo dije de Israel: "Quien los toca, toca la niña de Mi ojo", ¡y tú quieres tocarlos y maldecirlos! Por eso tu ojo quedará cegado». Así quedó Bilam ciego de un ojo, como ya era cojo de un pie. Bilam, al advertir ahora que Dios no quería que maldijera a Israel, dijo: «Si es así, entonces los bendeciré». Dios: «No tienen necesidad de tu bendición, pues son benditos». Dios dijo a Bilam como se le dice a una abeja: «Ni tu miel ni tu aguijón».
Bilam acepta la invitación de Balak
A la mañana siguiente, Bilam dio a los ancianos de Moav su respuesta, diciendo que no seguiría la llamada de Balak, pero sin revelarles la verdad: que Dios le había prohibido maldecir a Israel. Dijo, en cambio: «Dios me dijo: "No vayas con estos hombres, pues sería indigno de tu dignidad, sino aguarda a embajadores más nobles"». El plan de Bilam era ofender a Balak, para que no le enviara más mensajeros y nadie descubriera que él no podía lograr nada más allá de la palabra de Dios. Pero sus expectativas se vieron frustradas. Los embajadores, por su parte, no muy escrupulosos en su exposición de la verdad, dijeron a su rey que Bilam consideraba indigno de su dignidad presentarse en su escolta, sin mencionar a Dios, sino hablando como si la negativa procediera simple y exclusivamente de Bilam.
Balak envió entonces embajadores más honorables a Bilam, hasta que este se vio por fin obligado a admitir que no podía emprender nada contra el mandato de Dios. Aun entonces, es cierto, no admitió que su aceptación o rechazo de la invitación de Balak dependiera enteramente de Dios, sino que declaró que podía, si quería, hacer lo que le pluguiera, pero que no quería transgredir la prohibición de Dios. En su segunda embajada, Balak prometió a Bilam más por su servicio de lo que le había ofrecido la primera vez. La respuesta de Bilam fue esta: «Aunque Balak me diera su casa llena de plata y oro, no puedo ir más allá de la palabra de Adonái, mi Dios». Estas palabras retratan al hombre, que tenía tres malas cualidades: un ojo envidioso, un espíritu altivo y un alma codiciosa. Su envidia era la razón por la que quería maldecir a Israel, a quien envidiaba por su buena fortuna; en su altivez, dijo a los primeros mensajeros la falsedad de que Dios no lo dejaba ir con ellos porque sería indigno de su dignidad; y su avaricia se expresó en su respuesta a la segunda embajada, en la que no solo mencionó de manera solapada el oro y la plata de Balak, sino que dijo lo que pensaba al explicarles que su señor no podía compensarlo adecuadamente por su servicio, diciendo: «Aunque Balak contratara huestes contra Israel, su éxito seguiría siendo dudoso, ¡mientras que el éxito estaría asegurado si me contratara a mí!».
No dio, sin embargo, ni siquiera a la segunda embajada una respuesta decisiva, sino que también les dijo: «No puedo ir más allá de la palabra de Adonái, mi Dios, para hacer menos o más. Ahora, pues, os ruego que también vosotros paséis aquí esta noche, para que yo sepa qué más me dirá Adonái». Estas palabras suyas encerraban profecías inconscientes: «No puedo ir más allá de la palabra de Adonái» equivalía a decir que no podía reducir a la nada las bendiciones de Dios a Israel. «Pasad también vosotros aquí esta noche» contenía la profecía de que esta segunda embajada quedaría tan defraudada como la primera, pues, aunque Bilam acompañara a los segundos mensajeros, no tenía poder para maldecir a Israel, sino solo para bendecirlos. Por último, las palabras «qué más me dirá Adonái» encerraban la predicción de que Dios otorgaría, por medio de él, aún más bendiciones a los israelitas.
«Dios permite al hombre andar por el camino que elige andar». Cuando Dios se apareció a Bilam la primera vez, le dijo: «No irás con ellos»; pero, cuando Bilam aun así no renunció a su deseo de ir a donde Balak, Dios no se lo impidió. De ahí que, en Su segunda aparición, Dios dijera a Bilam: «Si los hombres han venido a llamarte, levántate, ve con ellos; pero solo la palabra que Yo te diga, esa harás».
«La audacia se impone incluso ante Dios.» La insistencia terca de Bilam en su deseo le arrancó a Dios el consentimiento para que viajara a Moav. Dios le advirtió de las consecuencias, diciéndole: «No me complace la destrucción de los pecadores, pero si estás empeñado en marchar hacia tu perdición, ¡hazlo! ¡Quien extravía a los justos por un mal camino caerá en el foso que él mismo cavó!» A Bilam lo engañó la conducta de Dios hacia él, y así se precipitó a su ruina. Cuando Dios se le apareció por primera vez y le preguntó: «¿Qué hombres son estos que están contigo?», este blasfemo pensó: «Dios no los conoce. Está claro que hay momentos en que Él no advierte lo que ocurre, y ahora podré hacer con sus hijos lo que me plazca.» Dios engañó a Bilam porque este, con sus palabras, había arrastrado a la lascivia a gentes que hasta entonces habían vivido en pureza. El aparente cambio de decisión de Dios —que primero le prohibió ir a Balak y luego se lo permitió— lo desconcertó por completo, de modo que pensó: «Dios me dijo al principio: “No vayas con ellos”, pero la segunda vez me dijo: “Ve con ellos”. Así también cambiará sus palabras: convertirá el “No los maldigas” en “Maldícelos”.» Y así como Bilam quedó confundido por Dios, también lo quedaron los magos que Balak le había enviado. En la primera visita, estos habían establecido por su saber mágico que él aceptaría la invitación de Balak, pero Dios le hizo rechazarla; en la segunda, en cambio, establecieron que no la aceptaría, y Dios le hizo obedecer su llamado.
La asna de Bilam
Bilam apenas podía esperar a que amaneciera, alegrándose no menos que los mensajeros de Balak por el consentimiento de Dios a su viaje, y esperando aún que lograra traer la desgracia sobre Israel. En su prisa por partir, él mismo ensilló su asna, aunque no le faltaban siervos, ante lo cual Dios dijo: «Oh malvado, su antepasado Avraham se te adelantó, pues también él se levantó de mañana y en persona ensilló su asno para llevar a Yitsjak al sacrificio, en cumplimiento de la orden que le había llegado.»
El asna que Bilam llevó consigo había sido creada en el sexto día de la creación. La había recibido como regalo de Yaakov, para que no diera mal consejo al Paró respecto a los hijos de Yaakov. Sin embargo, fue por su consejo que el Paró obligó a los israelitas a fabricar ladrillos. Se llevó a sus dos hijos, Yanés y Yambrés, pues conviene a un hombre noble tener siempre al menos dos compañeros en cualquier viaje que emprenda.
Aunque Dios le había concedido ahora permiso para hacer el viaje, su ira se encendió cuando partió. Dios dijo: «¡Mira a este hombre! Sabe que Yo leo el corazón de cada uno, y sabe también que parte solo para maldecir a Israel.» Esta maldad suya tuvo por consecuencia que incluso el Ángel de la Misericordia se volviera contra él como enemigo, cerrándole el paso. Al principio solo el asna percibió al ángel, y no Bilam, pues Dios ha dispuesto que los seres humanos no perciban a los ángeles que los rodean, o de lo contrario perderían la razón por el terror. El asna, en cambio, percibió al ángel al instante. Este se detuvo primero en su camino cuando ella iba por el centro del sendero, de modo que podía apartarse a ambos lados; luego lo percibió cuando el camino se estrechó, y solo podía volverse hacia un lado; y por fin llegó a un lugar donde no había camino alguno al que pudiera desviarse ni a un lado ni al otro. Esto era para enseñar a Bilam la siguiente lección: si quería maldecir a los hijos de Avraham, tendría margen a ambos lados, los hijos de Yishmael y los hijos de Keturá; si quería maldecir a los hijos de Yitsjak, aún le quedaría abierto un lado, los hijos de Esav; pero si quería maldecir a los hijos de Yaakov, jamás lo lograría, pues están protegidos por ambos lados, de una parte por Avraham y Yitsjak, de la otra por Yaakov y Leví, mientras Dios vela sobre ellos desde lo alto. «El muro de este lado y el de aquel lado», por donde tuvo que pasar, le indicaban además que no podría enseñorearse de Israel, que posee las tablas de la ley, «escritas por ambas caras». Cuando el asna llegó al muro que Yaakov y Laván habían erigido como señal de que «nunca lo traspasarían para hacerse daño», empujó sus patas contra él, para castigarlo por haber roto su pacto con Yaakov.
Bilam, que a golpes había intentado hacer que el asna caminara derecho, montó en cólera cuando ella se echó del todo y no quiso moverse del sitio, de modo que la golpeó aún más. Entonces HaShem abrió la boca del asna y le permitió hablar, un don que había poseído desde su creación, pero que hasta entonces no había usado. Ella dijo: «¿Qué te he hecho, para que me hayas golpeado estas tres veces?» Las primeras palabras del asna fueron escogidas de modo que llamaran la atención de Bilam sobre la maldad y la inutilidad de su empresa contra Israel; «tres veces» era para recordarle que quería maldecir a una nación que «tres veces» al año realizaba peregrinaciones a HaShem. El habla del asna había de servir por entero como advertencia a Bilam para que cuidara de su boca y no maldijera a Israel. El asna, al hablar, debía enseñarle que la boca y la lengua están en manos de Dios.
Bilam respondió al asna en la lengua en que ella le había hablado, en hebreo, aunque no lo hablaba con soltura. Dijo: «Porque te has burlado de mí: ¡ojalá tuviera una espada en la mano, que ahora mismo te mataría!» El asna replicó entonces: «No puedes matarme sino con una espada en la mano; ¿cómo, pues, destruirás a toda una nación con tu boca?» Bilam calló, sin hallar respuesta. El asna no solo lo puso en ridículo a los ojos de los ancianos de Moav que lo acompañaban, sino que también lo desenmascaró como mentiroso. Pues cuando los emisarios le preguntaron por qué no había elegido un caballo en vez de un asna para su viaje, él respondió que su caballo de silla estaba en el pastizal. Entonces el asna lo interrumpió, diciendo: «¿No soy yo tu asna, sobre la que has cabalgado toda tu vida?» Bilam: «Te uso como bestia de carga, pero no para la silla.» El asna: «No, sobre mí has cabalgado desde tus primeros días, y siempre me has tratado con tanto afecto como un hombre trata a su mujer.» Bilam tuvo entonces que admitir que el asna había dicho la verdad.
Los príncipes de Balak quedaron muy asombrados ante este milagro extraordinario, pero el asna murió en el momento en que hubo dicho lo que tenía que decir. Dios hizo esto por dos razones: primero, porque temía que los paganos adoraran a esta asna si permanecía viva; y segundo, porque Dios quiso ahorrar a Bilam la deshonra de que la gente señalara a su asna y dijera: «Esta es la que venció a Bilam.» Por este acto puede verse cuán alto estima Dios el honor de los hombres piadosos, si hasta procuró preservar el honor de este malvado. Es también por consideración a la humanidad que Dios ha cerrado la boca de los animales, pues si hablaran, el hombre no podría servirse bien de ellos, ya que el asna, el más estúpido de todos los animales, cuando habló, confundió a Bilam, el más sabio de los sabios.
Bilam corre hacia su propia perdición
Mientras todo esto ocurría, Bilam aún no percibía que el ángel de Dios estaba ante él. Dios quería mostrarle que en su mano está no solo la lengua del hombre, sino también su ojo, de modo que, mientras Él lo quiera, el hombre no verá lo que tiene delante de sus propias narices. Pero Dios permitió de pronto a Bilam ver al ángel con una espada desenvainada en la mano, y Bilam cayó de bruces. Pues, siendo incircunciso, Bilam no podía escuchar de pie las palabras de Dios ni de un ángel; por eso, al percibir al ángel, que de inmediato empezó a dirigirse a él, Bilam se echó a tierra. La espada en la mano del ángel no significaba que pretendiera herir a Bilam, pues un soplo de su boca habría bastado para matar a miríadas, sino que era para señalarle a Bilam la siguiente verdad: «La boca fue dada a Yaakov, pero a Esav y a las demás naciones, la espada. Tú estás a punto de cambiar de oficio y salir contra Israel con su propia arma, y por eso hallarás la muerte por la espada, que es tu propia arma.»
El ángel dijo entonces a Bilam: «Si he sido comisionado para exigirte reparación por la injusticia que ofreciste al asna, que no puede mostrar méritos propios ni de sus padres, cuánto más debo alzarme como vengador de toda una nación, que tiene méritos propios y puede invocar los méritos de sus padres. Pero volviendo al asna, ¿por qué la golpeaste, si se apartó del camino solo porque me vio y se asustó?» Bilam era un pecador astuto, pues sabía que el castigo divino solo podía evitarse con la teshuvá, y que los ángeles no tienen poder para tocar a un hombre que, tras pecar, dice: «He pecado.» Por eso dijo al ángel: «He pecado», pero añadió: «No partí hasta que Dios me dijo: “Levántate, ve con ellos”; y ahora tú me dices: “Vuelve.” Pero este es el modo de proceder de HaShem. ¿No le dijo también al principio a Avraham que sacrificara a su hijo, y luego hizo que un ángel le gritara: “No pongas tu mano sobre el muchacho”? Es su costumbre dar primero una orden y después revocarla por medio de un ángel. Así también me dijo en verdad: “Ve con ellos”; pero si te desagrada, me volveré.» El ángel respondió: «Todo lo que he hecho ha sido para tu provecho, pero si estás empeñado en precipitarte a la ruina, hazlo, ve con esta gente, mas la destrucción está decretada para todos vosotros. No pienses, sin embargo, que harás lo que quieras, pues tendrás que decir lo que Yo desee que hables, y callar lo que Yo quiera que quede sin pronunciar.»
A pesar de las advertencias que había recibido de Dios y del ángel, no hubo modo de refrenarlo de dar este paso fatal, sino que, en su odio hacia Israel, aún abrigaba la esperanza de conseguir el consentimiento de Dios para maldecir a Israel, y prosiguió su viaje con esa dichosa expectativa.
Bilam ante Balak
Cuando Dios quiere humillar a un malhechor, primero lo ensalza, para llenarlo de orgullo. Así también humilló a Bilam después de haberlo ensalzado, pues al principio Balak le había enviado príncipes de poca importancia, ante lo cual Dios le dijo: «No irás con ellos.» Pero cuando le envió muchos príncipes de renombre, Dios le dijo a Bilam: «Ve con ellos», y este viaje no le trajo sino humillación y ruina, pues le sucedió conforme al proverbio: «El orgullo precede a la destrucción, y el espíritu altivo a la caída.» Dios hace esto para que los hombres no digan: «¿A quién ha destruido Dios? Sin duda no a ese personaje insignificante»; por eso Dios ensalza a los pecadores antes de su caída.
Cuando Bilam se acercó a las fronteras de Moav, envió mensajeros a Balak para anunciar su llegada, y Balak salió hasta la frontera de su país a recibirlo. Señalando las líneas fronterizas, Balak dijo a Bilam: «Estas han quedado fijadas desde los días de Nóaj, para que ninguna nación invada el reino de otra, pero Israel se propuso destruir las fronteras, como muestra su actitud hacia Sijón y Og, en cuyos reinos entraron.» Luego lo saludó con estas palabras: «¿No envié dos veces a llamarte? ¿Por qué no viniste a mí? ¿Acaso no soy capaz, en verdad, de promoverte a la honra?» Balak, sin saberlo, pronunció una profecía, pues en verdad Bilam se marchó de allí con desgracia y deshonor, y no cubierto de gloria, ya que no pudo cumplir el deseo del otro de maldecir a Israel. Ahora habría sido deber de Bilam, si de veras hubiera querido servir al rey de Moav, decirle: «¿Por qué intentas hacer lo que te traerá desgracia y, al final, la ruina total?» Pero, en cambio, habló de muy otro modo, jactándose con arrogancia de su don de profecía, señalando que era el último profeta entre los paganos. «Y —continuó— yo, el último profeta entre los paganos, te aconsejaré así. El antepasado de esa nación erigió a Dios un altar sobre el cual, tres veces al año, ofrecía siete bueyes y siete carneros; erige tú, pues, siete altares, y ofrece sobre cada uno siete bueyes y siete carneros.» Dios rió cuando oyó este consejo, diciendo: «Mía es toda bestia del bosque, y el ganado sobre mil colinas. Conozco todas las aves de los montes, y las fieras del campo son mías. Si tuviera hambre, no te lo diría a ti, pues mío es el mundo y cuanto lo llena. ¿Acaso he de comer carne de toros o beber sangre de machos cabríos?»
Balak condujo a su huésped desde la línea fronteriza hacia el interior del país, esforzándose por mostrarle grandes multitudes de gente, para lo cual hizo levantar bazares. Señalando a estas multitudes, entre las que había también muchos niños, Balak dijo: «Mira cómo Israel se propone destruir a estas multitudes de gente que no les han hecho ningún daño.»
Balak sacrificó para la bienvenida de Bilam un buey y una oveja, probando el proverbio: «Los piadosos prometen poco y hacen mucho; los malvados prometen mucho y hacen poco.» Balak había enviado a decir a Bilam: «Te promoveré a muy grande honra»; sin embargo, cuando llegó, solo le ofreció como alimento un buey y una oveja. Reprimiendo su ira, Bilam pensó: «¿Es esto todo lo que me ofrece? Mañana tendrá que pagármelo», pues resolvió al instante hacerle ofrecer muchos sacrificios al día siguiente, para castigarlo por haberlo tratado de manera tan mezquina.
Los sacrificios de Bilam rechazados
A la mañana siguiente, Balak tomó a Bilam y lo subió a las alturas de Báal. Pues Balak era un mago y adivino aún mayor que Bilam, quien se dejaba guiar por él como un ciego. Lo condujo a este lugar porque, por su saber mágico, sabía que Israel había de sufrir una gran desgracia sobre las alturas de Báal-Peor, y pensó que sería la maldición de Bilam la que provocaría este desastre sobre ellos. La relación entre estos dos hombres era como la que hay entre dos hombres, uno de los cuales tiene un cuchillo en la mano, pero no sabe qué parte del cuerpo golpear para matar, y el otro conoce la parte del cuerpo, pero no tiene cuchillo. Balak conocía el lugar donde la desgracia aguardaba a Israel, pero no sabía cómo provocarla, mientras que Bilam sabía cómo se conjura el mal, pero no conocía los lugares señalados para la desgracia, a los que Balak debía conducirlo. La superioridad de Bilam sobre Balak y los demás magos consistía en esto: que podía determinar con exactitud el instante en que Dios se aíra, y era por esta razón que su maldición siempre resultaba eficaz, pues sabía cómo maldecir en el preciso instante de la ira de Dios. Es cierto que Dios se aíra un instante cada día, a saber, durante la tercera hora del día, cuando los reyes con coronas sobre la cabeza adoran al sol, pero este momento es de una duración infinitesimalmente breve. Ochenta y cinco mil ochenta y ocho de tales momentos hacen una hora, de modo que ningún mortal salvo Bilam había sido jamás capaz de fijar ese momento, aunque este punto del tiempo tiene sus manifestaciones externas en la naturaleza, pues mientras dura, la cresta del gallo se vuelve absolutamente blanca, sin la más mínima franja de rojo. El amor de Dios por Israel, sin embargo, es tan grande que durante el tiempo en que Bilam se preparaba para maldecir a Israel, Él no se airó en absoluto, de modo que Bilam esperó en vano el momento de la ira.
Bilam intentó entonces obtener el consentimiento de Dios para la maldición de Israel mediante sacrificios, y por eso mandó a Balak erigir siete altares sobre la altura de Báal, correspondientes a los siete altares que desde Adam habían erigido siete hombres piadosos, a saber: Adam, Hével, Nóaj, Avraham, Yitsjak, Yaakov y Moshé. Cuando los altares hubieron sido erigidos, dijo a Dios: «¿Por qué favoreciste a este pueblo, si no fue por los sacrificios que te ofrecían? ¿No sería mejor para Ti ser adorado por setenta naciones que por una sola?» Pero el Espíritu Santo respondió: «“Mejor es un bocado seco y con él la tranquilidad, que una casa llena de sacrificios y contiendas.” Más querida me es una ofrenda seca de harina que todas estas numerosas ofrendas de carne con las que te empeñas en suscitar contienda entre Mí e Israel.»
Ahora quedó decidida la suerte de Bilam, pues con su conducta se puso en oposición directa a Dios, y por ello se decretó su destrucción, y desde ese momento el santo espíritu de profecía lo abandonó y no fue más que un mago. No obstante, por amor a Israel, Dios le concedió el honor de su revelación, pero lo hizo a regañadientes, como quien aborrece tocar algo impuro. Por eso no permitió que Bilam viniera a Él, sino que más bien Él se le apareció a Bilam. El trato distinto de Dios hacia Bilam y hacia Moshé en la revelación es evidente, pues mientras el segundo se dirigía al santuario para oír las palabras de Dios, el primero recibía la revelación de Dios en cualquier lugar. Ello caracteriza la actitud de Dios hacia ellos. Dos hombres llamaron una vez a la puerta de un magnate: uno era un amigo que tenía una petición que hacer, y el otro un mendigo leproso. El magnate dijo: «Que entre mi amigo, pero al mendigo le enviaré su limosna a la puerta, para que no entre y contamine mi palacio.» Dios llamó a Moshé a Sí, mientras que a Bilam no deseó que viniera a Él, sino que Él mismo se dirigió allí.
Halló a Bilam ante los siete altares que había erigido, y le dijo: «¿Qué haces aquí?», a lo cual Bilam respondió: «He erigido para Ti tantos altares como los tres padres de Israel, y he ofrecido sobre ellos toros y carneros.» Pero Dios le dijo: «“Mejor es una comida de hortalizas donde hay amor, que un buey cebado donde hay odio.” Más grata me es la comida de pan ácimo y hierbas que los israelitas tomaron en Mitsraim, que los toros que ofreces por enemistad. Oh bribón, si Yo quisiera ofrendas, ordenaría a Mijael y a Gavriel que me las trajeran; te equivocas si crees que Yo aceptaría ofrendas de las naciones del mundo, pues he hecho voto de aceptarlas solo de Israel.» Dios lo entregó entonces a un ángel que entró y se instaló en su garganta, y no permitía a Bilam hablar cuando quería maldecir a Israel.
Bilam ensalza a Israel
Bilam volvió entonces hacia Balak, que lo esperaba con sus príncipes. Quiso ahora empezar a maldecir a Israel, pero su boca, lejos de poder pronunciar las palabras, se vio por el contrario obligada a alabar y bendecir a Israel. Dijo: «Me encontraba en las alturas, en compañía de los Patriarcas, y tú, Balak, me has derribado de las cimas; por tu culpa perdí el don de profecía. Ambos somos hombres ingratos si queremos emprender el mal contra Israel, pues, de no haber sido por su padre Avraham, por cuya causa Dios salvó a Lot de la ruina de las ciudades, no habría Balak alguno, pues tú eres uno de los descendientes de Lot. Y de no haber sido por Yaakov, yo, descendiente de Laván, no estaría ahora sobre la tierra, pues no le nacieron hijos a Laván hasta después de que Yaakov entró en su casa. Me trajiste de Aram para maldecir a Israel, pero esta es la tierra que su padre Avraham dejó, cargado de bendiciones, y es también la tierra en que su padre Yaakov entró, cargado de bendiciones. ¿Ha de venir ahora una maldición sobre ellos desde esta tierra? ¿Cómo he de maldecirlos, si quien los maldice atrae sobre sí una maldición? Tú, además, quieres incluso que maldiga a Yaakov. Si me hubieras instado a maldecir a una nación que fuera solo descendiente de Avraham o de Yitsjak, quizá habría podido hacerlo; pero maldecir a los descendientes de Yaakov es tan grave como si un hombre fuera a un rey y le dijera: “La corona que llevas sobre la cabeza no vale nada.” ¿Se le permitiría vivir a semejante hombre? “La porción de Adonái es su pueblo; Yaakov es la parte de su heredad.” “En Israel —dijo Adonái— seré glorificado.” ¿Cómo, pues, he de maldecirlos? ¿Cómo maldeciré a quien Dios no ha maldecido? Aun cuando han sido dignos de maldición, no han sido maldecidos. Cuando Yaakov entró a recibir las bendiciones, entró con astucia y dijo a su padre: “Soy Esav, tu primogénito.” ¿No merece maldición aquel de cuya boca sale una mentira? Sin embargo, lejos de ser maldecido, fue incluso bendecido. Ordinariamente, una legión que promueve sedición contra su rey es declarada reo de muerte, pero Israel había negado a Dios, diciendo: “Estos son tus dioses, oh Israel.” ¿No debieron entonces ser destruidos? Dios, sin embargo, ni siquiera en ese momento les retiró su amor, sino que les dejó las nubes de gloria, el maná y el pozo, aun después de que hubieran adorado al Becerro. Por más veces que pecaran y Dios los amenazara con una maldición, Él nunca dijo que la traería sobre ellos, mientras que en sus promesas de bendiciones siempre les dice que Él mismo las enviaría sobre Israel. ¿Cómo he de maldecir cuando Dios no maldice?
»Israel es una nación en la que Dios pensó incluso antes de la creación del mundo. Es la roca sobre la que el mundo está fundado. Pues, cuando Dios consideraba el plan de la creación, pensó: “¿Cómo puedo crear el mundo si la generación idólatra de Enosh y la generación del diluvio provocarán mi ira?” Estaba a punto de desistir de la creación del mundo, cuando vio ante Sí la figura de Avraham, y dijo: “Ahora tengo una roca sobre la que puedo edificar, una sobre la que puedo fundar el mundo.” ¿Cómo, además, he de maldecir a esta nación, protegida y rodeada por los méritos de los Patriarcas y de las esposas de los Patriarcas como por altas montañas y empinadas colinas, de modo que, si Israel peca, Dios los perdona tan pronto como Moshé le ruega que recuerde a los Patriarcas?
»Estaba en un error cuando creía que se podía atacar fácilmente a Israel, pero ahora sé que han echado profundas raíces en la tierra y no pueden ser arrancados. Dios les perdona muchos pecados en consideración a que han preservado la señal del pacto de Avraham; y así como soy impotente para maldecirlos solos, del mismo modo soy impotente para maldecirlos junto con otra nación, pues “es un pueblo que morará solo, y no será contado entre las naciones”. Israel se distingue de todas las demás naciones por su costumbre, por su alimento, por la señal del pacto sobre sus cuerpos y por la señal sobre sus dinteles, por lo cual Dios no los juzga al mismo tiempo que a las otras naciones, pues a estas las juzga en la oscuridad de la noche, pero a aquel en la clara luz del día. Israel es un pueblo aparte; solos disfrutan de las bendiciones que Dios les da, ninguna otra nación se regocija con Israel. Así también, en el tiempo mesiánico, Israel se regocijará del todo a solas en deleites y placeres, mientras que en el mundo presente puede participar también del bienestar universal de las naciones.
»No soy capaz de lograr nada contra una nación que cumple celosamente los mandamientos de Dios, y que debe su existencia a la devoción con que las esposas de los Patriarcas obedecieron los mandamientos de Dios. “¡Muera yo la muerte de los justos, y sea mi fin como el suyo!”» Con estas palabras, Bilam pronunció una profecía inconsciente, a saber, que tendría derecho a participar de la suerte de los justos, a su parte en el mundo venidero, si moría la muerte de los justos, una muerte natural, pero no de otro modo. Sin embargo, murió una muerte violenta, y así perdió su parte en el mundo venidero.
Las esperanzas de Bilam frustradas
Cuando Balak vio que Bilam, en vez de maldecir, alababa y ensalzaba a Israel, lo llevó a la cima del Pisgá, esperando que allí lograra maldecir a Israel. Por medio de su hechicería, Balak había descubierto que el Pisgá había de ser un lugar de desgracia para Israel, y por eso pensó que Bilam pronunciaría allí su maldición contra Israel. Estaba, sin embargo, equivocado; el desastre que allí aguardaba a Israel era la muerte de su líder Moshé, que murió allí, y Dios se negó a conceder el deseo de Bilam también en este lugar.
Dios, en efecto, se apareció a Bilam, pero lo que le dijo fue: «Vuelve a Balak, y bendice a Israel.» Bilam no quería ahora volver a Balak en absoluto, para no decepcionarlo una segunda vez, pero Dios lo obligó a volver a Balak y a comunicarle las bendiciones de Israel. Bilam volvió entonces hacia Balak, a quien encontró de pie junto a su holocausto. Pero mientras que en la primera ocasión el rey había esperado a Bilam rodeado de todos sus príncipes, ahora Bilam solo vio a unos pocos notables rodeando a Balak. La mayoría de los príncipes había abandonado a su rey sin esperar a Bilam, pues no esperaban ya nada de él tras la primera decepción que les había causado. Balak tampoco lo recibió ahora con tanta amabilidad, sino que le preguntó con burla: «¿Qué ha dicho Adonái?», insinuando de este modo que Bilam era incapaz de decir lo que quería, sino solo lo que Dios quería.
Bilam respondió a estas palabras despectivas de Balak: «Levántate, Balak. No debes estar sentado cuando se pronuncian las palabras de Dios. Dios no es como un hombre de carne y sangre, que hace amigos y los reniega tan pronto como encuentra a otros mejores que ellos. Dios no es así, pues no cancela el voto que hizo a los Patriarcas, ya que prometió otorgar Kena’an a sus descendientes, y cumple su promesa. Siempre cumple lo que ha prometido a Israel, pero deja sin cumplir el mal con que los amenaza tan pronto como se arrepienten de sus pecados. Dios no ve sus pecados, pero sí ve sus buenas obras. Tú, Balak, me dices: “Ven, maldíceme a Yaakov”, pero un ladrón solo puede entrar en una viña que tiene guardián si el guardián duerme, mas “el que guarda a Israel no se adormece ni duerme”, ¿y cómo entonces puedo entrar en su viña? Si, con todo, piensas que no puedo dañar a Israel a causa de Moshé, que es su guardián, sabe entonces que su sucesor será tan invencible como él, pues con el sonido de las trompetas derribará los muros de Yerijó.
»Tú, Balak, dices además: “Un pueblo ha salido de Mitsraim”, pero no solo han salido, sino que “Dios los sacó de Mitsraim”, Él que combina en Sí los poderes de los ángeles y de los demonios invisibles. Veloz como el vuelo de un ave viene sobre Israel tanto la fortuna como la desgracia; si pecan, Dios los precipita de pronto, pero si obran bien a los ojos de HaShem, Dios los ensalza tan rápidamente como una nube. Tú, Balak, has intentado repetidamente descubrir en qué lugar podrías causarles daño, pero ellos no quieren nada con hechicerías; frustran y reducen a nada las hechicerías y profecías de otras naciones con sus obras piadosas. Cuando salen a la batalla, no practican magia alguna, sino que el Sumo Sacerdote, revestido de los Urim veTumim, consulta a Dios sobre el resultado de la batalla. Habrá incluso un tiempo en que Israel se sentará ante HaShem como un alumno ante su maestro, y recibirá de Él la revelación de los secretos de la Torá, de modo que hasta los ángeles consultarán a Israel acerca de los secretos que Dios les reveló, pues a los ángeles no se les permite acercarse a Dios tanto como a los israelitas en el tiempo mesiánico.
»No hay, en verdad, sobre la tierra una nación como Israel. Lo último que hacen antes de dormir es entregarse al estudio de la Torá y al cumplimiento de sus leyes, y esta es también su primera ocupación al despertar. Tan pronto como se levantan, recitan el Shemá y adoran a Dios, y solo después de haber hecho esto se ocupan de sus asuntos. Si vienen espíritus malignos a atacarlos, o si la desgracia los amenaza, adoran a su Dios, y tan pronto como pronuncian las palabras “Adonái, nuestro Dios, Adonái es uno”, los espíritus dañinos quedan impotentes contra ellos y susurran tras ellos las palabras “Bendito sea el Nombre de la Gloria de su Reino, por siempre jamás”. Cuando por la noche se retiran, recitan de nuevo el Shemá, tras lo cual los ángeles del día pasan a los ángeles de la noche el encargo de guardarlos, y cuando, al despertar, vuelven a adorar a su Señor, los ángeles de la noche los pasan de nuevo para que los guarden los ángeles del día.»
Cuando Balak vio por segunda vez que Bilam, en vez de maldecir, bendecía a Israel, lo llevó a la cima del Peor, pensando que quizá agradaría a Dios que los maldijera desde allí. Pues por su hechicería Balak había descubierto que un gran desastre había de caer sobre Israel en la cima del Peor, y pensó que este desastre podría ser su maldición de parte de Bilam. Estaba, sin embargo, equivocado en esta suposición, pues el desastre en aquel lugar no era otro que el pecado de Israel con las hijas de Moav, y el castigo de Dios por ello.
Maldiciones convertidas en bendiciones
Bilam, por su parte, no hizo más intentos de inducir a Dios a maldecir a Israel, sino que pensó que quizá podría traer la desgracia sobre Israel enumerando los pecados que habían cometido en el desierto, y de este modo conjurar la ira de Dios contra ellos. Pero el desierto había sido también el lugar donde Israel había aceptado la Torá; por eso, la mención del desierto suscitó el amor de Dios en vez de su ira. El propio Bilam, cuando dejó que sus ojos recorrieran el campamento de Israel y percibió cómo sus tiendas estaban dispuestas de modo que nadie pudiera ver lo que ocurría en los hogares de los demás, se vio obligado a prorrumpir en alabanzas de Israel; y, bajo la inspiración del espíritu profético, las maldiciones que había pretendido pronunciar se cambiaron en su boca en bendiciones, y habló de la extensión y la importancia del reino de Israel. Pero mientras que Moshé bendecía a su pueblo en voz baja y serena, Bilam pronunció sus palabras de bendición en voz muy alta, para que todas las demás naciones oyeran y, por envidia, hicieran la guerra a Israel. Por eso las bendiciones de Bilam no le fueron contadas como bendiciones, sino como maldiciones. Dios dijo: «He prometido a Avraham: “Y bendeciré a los que te bendigan, y al que te maldiga lo maldeciré”; por eso contaré las bendiciones de Bilam como maldiciones.» Y, en efecto, todas las bendiciones de Bilam se convirtieron después en maldiciones, excepto su bendición de que nunca faltaran entre Israel casas de estudio y de oración.
Las palabras que Bilam pronunció fueron oídas por todos los habitantes de la tierra, tal poder prestó Dios a su voz, pues sabía que en algún tiempo futuro nacería de mujer un hombre que se haría pasar por dios y engañaría a todo el mundo. Por eso Dios permitió que todo el mundo oyera las palabras de Bilam, que decían: «Dios no es un hombre, y el hombre que se hace pasar por Dios miente. Pero el que engañe al mundo declarando que desaparecerá por un tiempo y luego reaparecerá promete lo que nunca podrá cumplir. ¡Ay, pues, de aquella nación que preste oído al hombre que se hará pasar por Dios!» Bilam anunció además los sucesos que ocurrirían en tiempos de la soberanía de David; y también lo que sucederá al fin de los días, en el tiempo del Mesías, cuando Roma y todas las demás naciones sean destruidas por Israel, excepto solo los descendientes de Yitró, que participarán en las alegrías y las penas de Israel. Sí, los kenitas serán los que anuncien a Israel la llegada del Mesías, y los hijos del kenita Yonadav serán los primeros, en el tiempo del Mesías, en traer ofrendas al Templo y anunciar a Yerushaláyim su liberación. Esta fue la última profecía de Bilam. Después de esto, el espíritu profético abandonó a Bilam, y Dios concedió así el deseo de Moshé de reservar el don de profecía como distinción especial para Israel. Bilam fue el último profeta de las naciones.
El consejo malvado de Bilam
Aunque Bilam no había podido cumplir el deseo de Balak y maldecir a Israel, no lo dejó, con todo, antes de darle consejo sobre cómo podría traer la ruina sobre Israel, diciendo: «El Dios de este pueblo aborrece la lascivia; pero ellos ansían mucho poseer vestiduras de lino. Levanta, pues, tiendas, y en sus entradas haz que ancianas ofrezcan estos artículos a la venta. Indúcelos así a entrar en el interior de las tiendas, donde serán sorprendidos por jóvenes rameras que los seducirán a la lascivia, para que Dios los castigue por su pecado.»
«Lanza el palo al aire y siempre volverá a su lugar de origen.» La nación moabita, que debe su existencia a las relaciones ilícitas de Lot con su hija, no pudo negar su origen, y siguió el consejo de Bilam de tentar a Israel a la lascivia. Levantaron tiendas, las llenaron de mujeres hermosas, a las que proveyeron de cosas valiosas, e hicieron que ancianas ocuparan sus puestos a las puertas de las tiendas, cuya tarea era atraer al interior a los israelitas que pasaban. Si un israelita pasaba para comprar algo a los moabitas, las ancianas a la entrada de la tienda le hablaban así: «¿No quieres comprar vestiduras de lino hechas en Bet-Shán?» Entonces le mostraban una muestra del género y decían el precio, y por fin añadían: «Entra, y verás mercancías aún más hermosas.» Si entraba, lo recibía una joven ricamente adornada y perfumada, que al principio le fijaba un precio mucho más bajo que el valor de la mercancía, y luego lo invitaba a hacer como si estuviera en su casa y a escoger el artículo que más le gustara. Mientras él se sentaba allí, lo agasajaban con vino, y la joven lo invitaba a beber con estas palabras: «¿Por qué os amamos nosotros mientras vosotros nos odiáis? ¿No somos todos descendientes de un solo hombre? ¿No fue Téraj nuestro antepasado tanto como el vuestro? Si no quieres comer de nuestros sacrificios o de lo que hemos cocinado, aquí hay terneros y aves que puedes degollar conforme a tu ley.» Pero tan pronto como el israelita se dejaba persuadir a beber, quedaba por completo en manos de la desvergonzada mujer. Embriagado por el vino, pronto se encendía su pasión por la mujer, pero ella solo accedía a satisfacer sus deseos después de que él hubiera adorado primero a Peor, el dios de los moabitas. Ahora bien, la adoración de este ídolo no consistía en otra cosa que en el completo desnudamiento del cuerpo, por lo cual los israelitas, no viendo en ello mal alguno, se declaraban dispuestos a seguir la invitación de las mujeres moabitas; y de este modo eran seducidos tanto a la lascivia como a la idolatría por las mujeres moabitas. Al principio los hombres se avergonzaban y cometían esta fornicación con las mujeres moabitas en secreto, pero pronto perdieron este sentimiento de vergüenza y se entregaban de dos en dos a sus actos lascivos.
La degeneración moral de Israel se explica en parte por esto: que el lugar donde se hallaban era propicio para tentarlos a la lujuria. Pues hay manantiales cuyas aguas tienen efectos diversos sobre quienes beben de ellas. Un tipo de agua fortalece, otro debilita; una embellece, otra afea; una hace casto, otra provoca la lujuria. Ahora bien, había en Shitim, donde entonces moraban los israelitas, el «Pozo de la Lujuria», del cual los habitantes de Sedom habían sacado agua antaño, pero del cual, desde la destrucción de las ciudades pecadoras, nadie había bebido, y por esta razón el pueblo había sido casto hasta entonces. Pero Israel, tan pronto como probó de esta agua, abandonó su casto modo de vida. Este desastroso manantial solo perderá su fuerza en el tiempo mesiánico, cuando Dios haga que se seque.
Pinjás, celoso por Dios
Cuando la desvergüenza del pueblo se hizo cada vez más extendida, Dios ordenó a Moshé que nombrara jueces para castigar a los pecadores, y como era difícil descubrirlos por medio de testigos, Dios los marcó haciendo que la nube de gloria que se extendía sobre el campamento de Israel desapareciera de sobre los pecadores. Aquellos que no quedaban cubiertos por la nube de gloria quedaban así claramente señalados como pecadores. Dios nombró como jueces y ejecutores a los setenta y ocho mil seiscientos oficiales del pueblo, dándoles la orden de que cada uno de ellos ejecutara a dos pecadores. Estos cumplieron la orden de Moshé y apedrearon a los pecadores, cuyos cadáveres colgaron luego de la horca por unos minutos. Este era el castigo legal, pues estos pecadores no solo habían cometido fornicación con las mujeres de Moav, sino que habían adorado al ídolo moabita Peor; y la idolatría es punible con la muerte por lapidación.
Mientras los jueces cumplían su severa tarea, la tribu de Shimón se acercó a su príncipe, Zimrí, y le dijo: «Están ejecutando a la gente, y tú te quedas sentado como si nada ocurriera». Entonces tomó consigo a veinticuatro mil hombres y se dirigió a Kozbí, la hija de Balak, y sin reparar en Dios ni en los hombres, le pidió delante de mucha gente que se entregara a él, para saciar sus malos deseos. Ahora bien, Balak había ordenado a su hija Kozbí que empleara su belleza solo para seducir a Moshé, pues pensaba: «Cualquier mal que Dios decrete contra Israel, Moshé lo dejará en nada; pero si mi hija logra arrastrarlo al pecado, entonces todo Israel estará en mi mano». Por eso Kozbí dijo a Zimrí: «Mi padre me ordenó obedecer solo a los deseos de Moshé, y a nadie más; porque él es un rey, y mi padre también, y la hija de un rey no conviene sino a un rey». Zimrí, sin embargo, replicó: «Yo soy más grande que Moshé, pues él es solo jefe de la tercera tribu de Israel, mientras que yo soy príncipe de la tribu de Shimón, la segunda de las tribus de Israel; y si quieres, te demostraré que soy más grande que Moshé, porque te tomaré para mí en su presencia, sin hacer caso de su prohibición».
Zimrí agarró entonces a Kozbí por los mechones de su cabello y la llevó ante Moshé, a quien se dirigió así: «Dime, hijo de Amram, ¿me está permitida esta mujer, o me está prohibida?». Moshé dijo: «Te está prohibida». Zimrí respondió: «¿Eres tú de veras el fiel intérprete de la Torá, cuya lealtad alabó Dios con las palabras: "Es fiel en toda Mi casa"? ¿Cómo puedes entonces afirmar que ella me está prohibida? Pues en tal caso también tu mujer te estaría prohibida a ti, porque es madianita como esta mujer —y esta es una mujer noble, de familia noble, mientras que tu esposa es hija de un sacerdote idólatra». Ante esas palabras, Moshé, Elazar y los ancianos rompieron a llorar, pues no sabían qué responder a las insolencias de Zimrí, ni qué hacer para apartar a aquel pecador de la consumación de su pecado. Dios dijo a Moshé: «¿Dónde está tu sabiduría? Bastó que pronunciaras una sola palabra, y Kóraj con toda su compañía fue tragado por la tierra. ¿No sabes ahora hacer nada mejor que llorar?». El espíritu santo exclamó ante la perplejidad y el silencio de Moshé: «Los fuertes de corazón fueron despojados, durmieron su sueño».
Dios, que pide cuenta estricta a los piadosos, castigó a Moshé por la falta de decisión que mostró en esta ocasión, dejando su lugar de sepultura oculto a los hombres. Mientras Moshé y otros hombres piadosos vacilaban y deliberaban si Zimrí merecía o no la muerte, Pinjás dijo a Moshé: «Tío abuelo mío, ¿no me enseñaste, cuando bajaste del monte Sinaí, que le corresponde al celoso, por amor a la ley de Dios, dar muerte a quienes fornican con mujeres no judías?». Pinjás se tomó la libertad de recordarle la ley a su maestro Moshé, que la había olvidado, porque «cuando se profana el nombre de Dios, nadie debe reparar en el respeto debido a un maestro»; por eso Pinjás pensaba ahora solo en hacer valer la ley de Dios, y para ello era necesario traerla de nuevo a la memoria de Moshé. Moshé, en verdad, no lo tomó a mal, sino que dijo a Pinjás: «Que quien lee la carta sea también quien la entregue» —palabras con las que encomendaba al propio Pinjás ejecutar el castigo de los pecadores.
Pinjás dudó por un tiempo si se atrevería a castigar a los pecadores, pues era de esperar que acabara hallando así la muerte, siendo uno contra dos: Zimrí y su amante Kozbí. Pero cuando la plaga que Dios había enviado sobre Israel a causa de sus pecados se propagó cada vez con mayor rapidez, Pinjás resolvió arriesgar su vida en el intento de dar muerte a los pecadores. «Pues —se dijo a sí mismo—, el caballo marcha de buena gana a la batalla y está dispuesto a morir con tal de servir a su amo. ¡Cuánto más me corresponde a mí exponerme a la muerte para santificar el nombre de Dios!». Se sentía tanto más impulsado a obrar así por cuanto no podía, en buena conciencia, dejar el castigo de los pecadores en manos ajenas. Dijo: «La tribu de Reuvén nada puede en este caso, porque su antepasado Reuvén fue él mismo sospechoso de un acto impuro; nada cabe esperar de la tribu de Shimón, pues sigue el ejemplo pecaminoso de su príncipe Zimrí; la tribu de Yehudá tampoco puede servir en este asunto, porque su antepasado Yehudá fornicó con su nuera Tamar; y el propio Moshé está condenado a la impotencia, porque su mujer Tsiporá es madianita. Así pues, no queda sino que yo intervenga».
Doce milagros
Pinjás, dispuesto ya a castigar el pecado de Zimrí a riesgo de su propia vida, salió de la casa de estudio donde hasta entonces había debatido el caso de Zimrí con Moshé y los demás hombres piadosos, y se proveyó de una lanza —pues no llevaba ninguna consigo, ya que ningún hombre armado puede entrar en una casa de estudio. Para que su arma no lo delatara, desprendió la parte superior de hierro de la lanza y la escondió en su seno, y se apoyó en el asta de madera como si fuera un bastón. Cuando llegó a la casa donde Zimrí y Kozbí daban rienda desenfrenada a sus pasiones, la gente le dijo: «¿De dónde vienes, Pinjás, y adónde vas?». Él respondió: «¿No sabéis que la tribu de Leví siempre se halla donde está la tribu de Shimón?». Entonces le permitieron entrar en la casa, pero dijeron: «Parece que hasta los fariseos permiten ya el trato con las mujeres paganas». Cuando Pinjás hubo entrado, sacó su lanza «y los atravesó a ambos, al hombre de Israel y a la mujer por el vientre».
El temor de Pinjás de que aquellos dos lo atacaran no se cumplió, pues Dios obró nada menos que doce milagros en su favor, que no solo hicieron imposible que los pecadores lo atacaran, sino que también mostraron al pueblo que su acción hallaba favor a los ojos de HaShem. El primer milagro fue que un ángel no permitió que la pareja pecadora se separara cuando Pinjás los sorprendió; el segundo milagro fue que el ángel les tapó la boca, de modo que no pudieron gritar pidiendo auxilio; el tercer milagro fue que la lanza de Pinjás alcanzó las partes pudendas del hombre y de la mujer; el cuarto milagro fue que la parte superior de hierro de la lanza se alargó, de modo que Pinjás pudo con una sola estocada atravesar tanto al hombre como a la mujer; el quinto milagro fue que el brazo de Pinjás tuvo fuerza suficiente para levantar a ambos en la punta de su lanza; el sexto milagro fue que el asta de madera de la lanza sostuvo el peso de dos personas; el séptimo milagro fue que los dos cuerpos se mantuvieron en equilibrio sobre la lanza y no cayeron; el octavo milagro fue que el ángel volvió a la desvergonzada pareja, de modo que todos pudieran ver que Pinjás los había sorprendido in fraganti; el noveno milagro fue que no manó sangre de ellos aunque habían sido atravesados, pues de otro modo Pinjás habría quedado impuro; el décimo milagro fue que la desvergonzada pareja no expiró mientras Pinjás los llevó en la punta de su lanza, pues de lo contrario él habría quedado impuro por sus cadáveres; el undécimo milagro fue que el ángel levantó los postes de la puerta del cuarto, para que Pinjás pudiera pasar con los pecadores en la punta de su lanza; y el duodécimo milagro fue que, cuando la tribu de Shimón se disponía a vengar en Pinjás la muerte del príncipe Zimrí, el ángel envió sobre ellos una plaga, de modo que quedaron impotentes contra él.
Pinjás, sin embargo, no se contentó con haber castigado a los pecadores, sino que trató también de reconciliar a Dios con Israel. Arrojó los dos cadáveres al suelo y dijo a Dios: «¡Ay! ¿Por qué, a causa de los pecados de estos dos, has dado muerte a veinticuatro mil israelitas?». Pues ese fue el número que se había llevado la plaga que Dios había enviado sobre Israel por sus pecados. Los ángeles quisieron entonces precipitar a Pinjás en la muerte por sus palabras atrevidas, pero Dios les ordenó desistir, diciendo: «Dejadlo en paz; es un celoso, hijo de un celoso, y un aplacador de la ira, hijo de un aplacador de la ira».
La recompensa de Pinjás
Aunque Dios expresó su plena satisfacción con el acto de Pinjás, este halló muchos adversarios en Israel, que le gritaban con desprecio: «¡Miren a este hombre, nieto de uno que engordaba becerros para ofrecerlos a un ídolo, atreviéndose a dar muerte a un príncipe de Israel!». Este comentario malicioso aludía a que Pinjás descendía, por parte de madre, no solo de Yosef, sino también de Yitró, quien, antes de convertirse al judaísmo, había sido sacerdote de ídolos. Por eso dijo Dios a Moshé: «Pinjás, hijo de Elazar, hijo de Aharón el sacerdote, ha apartado Mi ira de los hijos de Israel; por eso le ofrezco Mi saludo de paz, pues fue él quien, celoso por Mí, preservó la simiente de Avraham». Dios designó a Pinjás como hijo de Elazar y nieto de Aharón para cerrar la boca a sus detractores, que pretendían que no era más que nieto del sacerdote pagano Yitró, pasando por alto que era al mismo tiempo nieto de Aharón, el Sumo Sacerdote ante HaShem. Dios no se contentó con el saludo de paz, sino que ordenó a Moshé que dijera a Pinjás: «Con tu boca defendiste a Israel; por eso, como porción sacerdotal, recibirás la quijada de los animales. Con tu lanza apuntaste al vientre de la pareja desvergonzada; por eso recibirás el vientre de los animales. Y como con tu brazo te esforzaste por dar muerte a los pecadores, por porción tuya recibirás la espaldilla de los animales. Y puesto que, además, te afanaste por hacer la paz entre los hombres, otorgarás la bendición sacerdotal a Mis hijos y los bendecirás con paz». Como recompensa por su acto piadoso, Dios nombró a Pinjás sacerdote con todos los derechos del sacerdocio, lo que le permitía reclamar los veinticuatro tributos debidos a los sacerdotes.
Pero la mayor recompensa para Pinjás fue que Dios le concedió el sacerdocio eterno. Pues Pinjás no es otro que el profeta Eliyahu. Su tarea es hacer expiación por Israel; y sin gustar la muerte, cumple sin cesar los deberes de su sacerdocio eterno hasta la resurrección de los muertos, ofreciendo cada día dos sacrificios por los hijos de Israel y anotando sobre las pieles de esos animales los acontecimientos de cada jornada. Dios dijo además a Pinjás: «En este mundo has establecido la paz entre Mí e Israel; también en el mundo venidero establecerás la paz entre Mí y ellos». Estaba destinado, por tanto, a ser el precursor del Mesías, para establecer la paz en la tierra antes de su venida.
Cuando Israel se entregó a una vida inmoral en Shitim, las naciones del mundo se regocijaron en gran manera, pues sabían que Dios había distinguido a Israel por encima de todas las demás naciones, y les había dado la Torá, solo porque su vida había sido íntegra. «Ahora —decían— la corona ha sido quitada de la cabeza de Israel, su orgullo se ha desvanecido, pues ya no son mejores que nosotros». Pero Dios levantó a Israel de su caída enviando la plaga sobre los pecadores de Shitim, y así purificó a Israel de ellos, de modo que pudieran de nuevo, como antaño, enorgullecerse de la pureza de su linaje, por la que habían sido distinguidos de todas las demás naciones.
Por eso Dios les ordenó hacer un censo, para mostrar así que Israel se mantenía fiel a las tradiciones de su antepasado Avraham al conservar puro el linaje de sus familias. Este censo reveló que varias tribus habían perdido divisiones enteras en el tiempo transcurrido entre la entrada de Israel en Mitsraim y su entrada en la tierra prometida. Entre los que habían perecido se contaban quienes ya habían perdido la vida en Mitsraim: aquellos que murieron durante los días de oscuridad, porque eran tan pecadores que no quisieron salir de Mitsraim. Pero las pérdidas más graves fueron las de las tribus de Binyamín y de Shimón, pues en la batalla entre los leviim y las demás tribus tras la muerte de Aharón —cuando estas, por miedo a los cananeos, quisieron volver a Mitsraim— los benjaminitas perdieron nada menos que siete divisiones. Todos los veinticuatro mil hombres que murieron en la plaga de Shitim pertenecían, sin embargo, a la tribu de Shimón, que al final de la marcha por el desierto había quedado reducida a menos de la mitad de su número. La tribu de Dan, en cambio, había resultado muy fecunda: mientras que a la entrada en Mitsraim constaba de una sola división, más tarde superó en número a todas las demás tribus, salvo la de Yehudá.
Las hijas de Tselofjad
Pero había otro propósito, además del de establecer la pureza del linaje de Israel, en la realización del censo en Arvot-Moav. Pues cuando Dios, en el éxodo de Mitsraim, puso a su pueblo en manos de Moshé, se lo confió después de haberlo contado; y ahora, cuando Moshé estaba a punto de partir de este mundo, quería devolver a la mano de Dios el rebaño que este le había confiado, debidamente contado.
Una vez determinado el número de la nación, Dios ordenó a Moshé repartir la tierra prometida entre ellos según su número. Yaakov, en verdad, había determinado en su lecho de muerte qué partes de la tierra tocarían a cada tribu; pero para que las tribus no riñeran entre sí, Dios decretó que las asignaciones se hicieran por sorteo. Tras la conquista de la tierra, Yehoshúa y Elazar se encargaron del sorteo. En esa ocasión ocurrió el milagro de que, cada vez que Elazar sacaba una suerte de la urna, la suerte misma anunciaba estas palabras: «Yo soy la suerte de fulano de tal». De este modo se evitaba la posibilidad de que los descontentos declarasen que Elazar, en el sorteo, había favorecido a sus amigos asignándoles las suertes que deseaban.
Cuando las hijas de Tselofjad, que habían vivido con piedad y sabiduría como su padre y sus antepasados, oyeron que la tierra se repartía entre los varones de la tribu, pero no entre las mujeres, deliberaron juntas sobre qué podían hacer para no quedarse con las manos vacías. Dijeron: «El amor de Dios no es como el amor de un padre mortal; este prefiere a sus hijos varones antes que a sus hijas, pero Aquel que creó el mundo extiende su amor tanto a las mujeres como a los hombres: "Su ternura se extiende sobre todas Sus obras"». Esperaban ahora que Dios se apiadara de ellas y les diera su parte de la tierra prometida, que amaban con tan gran devoción como su antepasado Yosef, quien en su lecho de muerte había exhortado a sus hijos a trasladar su cuerpo a la Tierra Santa.
Como eran sabias e instruidas, aguardaron un momento propicio para exponer su causa ante Moshé —ocasión que encontraron cuando Moshé, en la casa de estudio, recitaba la ley sobre el matrimonio levirato. Se adelantaron entonces y dijeron: «Si valemos tanto como nuestros hermanos, reclamamos la herencia de nuestro padre y su parte de la tierra; pero si no se nos ha de considerar como hijos varones, entonces nuestra madre debería casarse con su cuñado, ya que nuestro padre no ha dejado descendencia, puesto que nosotras no contamos». Señalaron además que su padre no había sido ni uno de los espías ni uno de los seguidores de Kóraj —que, por sus pecados, habían perdido el derecho a su parte de la tierra—, sino que había hallado la muerte cuando un grupo de hombres, pese a las advertencias de Moshé, se atrevió a asaltar la montaña ocupada por los amalecitas y los cananeos. «Si nuestro padre —prosiguieron— hubiera dejado un hijo varón, y este hubiera muerto también, no reclamaríamos herencia alguna si tal hijo hubiese dejado un descendiente vivo, aunque fuera una hija; pero como somos las únicas descendientes de nuestro padre, danos, te rogamos, "una posesión entre los hermanos de nuestro padre"».
El ferviente anhelo de estas mujeres de tener parte en la Tierra Santa muestra cuánto mejores y más piadosas eran las mujeres de aquella generación que los hombres. Estos decían: «Nombremos un capitán y volvamos a Mitsraim», mientras que las mujeres decían: «Danos una posesión entre los hermanos de nuestro padre». Pero no solo durante la rebelión que encendieron los espías se mantuvieron las mujeres fieles a Moshé y a su Dios, sino que en otras ocasiones también fueron ellas las que trataron de edificar lo que los hombres habían derribado. En la adoración del Becerro de Oro también trataron de apartar a los hombres del pecado; por eso solo los hombres tuvieron que morir en el desierto, por haber sido inducidos a la rebelión por los espías, mientras que las mujeres entraron en la tierra prometida. Entre ellas se hallaba incluso una mujer tan anciana como Yojéved —hija de Leví por su unión con Otá—, que sobrevivió a sus hijos Moshé y Aharón, así como a su hija Miriam, y a quien se le permitió entrar en la tierra prometida a la edad de doscientos cincuenta años.
Las hijas de Tselofjad no llevaron su petición directamente a Moshé, sino que primero expusieron su súplica ante los oficiales de menor rango, los jefes de decenas. Estos, sin embargo, dijeron: «Este es un asunto importante, pues atañe a las leyes de la herencia; no nos corresponde, por tanto, decidirlo: hombres mayores que nosotros deben resolverlo». Así que las enviaron a los jefes de cincuentenas. Cuando estos vieron que, por deferencia hacia ellos, los jefes de decenas no habían querido juzgar, remitieron a las hijas de Tselofjad a los jefes de centenas, que eran sus superiores. Pero también estos, por deferencia hacia los jueces superiores, no quisieron resolver el asunto, de modo que las hijas de Tselofjad llegaron a los jefes de millares, quienes las enviaron a los príncipes de las tribus, hasta que llegaron por fin a la autoridad suprema, a Moshé. Ahora bien, Moshé podría muy bien haber decidido el caso sin más, pero en su humildad pensó: «Todavía hay una autoridad más alta que yo, a saber, Dios», y les pidió que aguardaran el juicio de Dios. La respuesta que recibió de Dios fue esta: «Las hijas de Tselofjad tienen la ley de su parte, pues lo que desean concuerda con la ley que Yo escribí en el cielo; dales, por tanto, la herencia de su padre, y también dos partes de las posesiones de su abuelo Jéfer, pues su padre Tselofjad era su primogénito y tenía por ello derecho a una porción doble».
Las hijas de Tselofjad, que a pesar de su edad —la menor de ellas había cumplido cuarenta años— aún no se habían casado, contrajeron ahora matrimonio; y conforme al mandato de Dios que Moshé les comunicó, se casaron con los hijos de su tío, aunque eran libres de casarse con quien quisieran.
«Dios obra el bien por medio de los buenos, y el mal por medio de los malos». El capítulo de las leyes de Dios que Moshé promulgó como añadido al episodio de las hijas de Tselofjad se habría dado también sin ellas, pero Dios recompensó a estas mujeres por su piedad haciéndolas ocasión directa de este capítulo de la ley. Al mismo tiempo, el caso de estas mujeres había de enseñar varias lecciones a Moshé. Él, que desde que fue hecho mensajero de Dios ante el pueblo había vivido apartado de su mujer, no debía envanecerse demasiado por el sacrificio que había hecho a su sagrada vocación; por eso, en el último año de su vida, se presentaron ante él las hijas de Tselofjad, que por su propia voluntad no se habían casado, porque no habían encontrado esposos que juzgaran adecuados. Además, Moshé no supo responder a la cuestión legal que las hijas de Tselofjad le habían planteado, y tuvo que pedir consejo a Dios, lo cual fue una segunda lección para Moshé. En el nombramiento de los ancianos, Moshé les había dicho con firmeza: «La causa que sea demasiado difícil para vosotros, traédmela a mí, y yo la oiré»; y en castigo de estas palabras jactanciosas, Dios dispuso que no pudiera dar respuesta a esta petición de las mujeres, tras lo cual le dijo: «¿No dijiste tú: "La causa que sea demasiado difícil para vosotros, traédmela a mí"? Y ahora no eres capaz de resolver como es debido esta cuestión legal de las mujeres».
Un castigo semejante por una falta semejante recayó sobre David, quien, muy consciente de su erudición, dijo: «Las leyes de la Torá las capto con tanta facilidad y rapidez como cantos». Entonces Dios dijo: «Tan cierto como que vives, en adelante olvidarás una ley bíblica que hasta los niños de la escuela conocen». Y así sucedió que, cuando hizo traer el Arca Sagrada de Guivá a Tsiyón, olvidó la instrucción bíblica de que el Arca solo puede llevarse sobre los hombros, y la hizo colocar sobre un carro. Entonces ocurrió el milagro de que el Arca saltó por sí misma en el aire, mientras que los bueyes que tiraban del carro cayeron; ante lo cual Uzá, a quien se había encomendado el transporte del Arca, extendió la mano para impedir que el Arca cayera, y él mismo cayó muerto en tierra —pues «un pecado que se comete por ignorancia de la ley se cuenta como si hubiera sido intencionado». Uzá debería haber tenido presente la ley de que el Arca no debía transportarse sobre un carro; de ahí su castigo. Dios dijo entonces a David: «¿No dijiste tú: "Tus estatutos han sido mis cantos"? Y ni siquiera dominas las palabras de la Escritura: "A los hijos de Kehat no les dio nada, porque el servicio del santuario les correspondía a ellos: lo llevaban sobre sus hombros"».
El nombramiento de Yehoshúa
Cuando Moshé oyó la decisión de Dios en el caso de las hijas de Tselofjad, que resultó a su favor, de modo que heredaron los bienes de su padre, pensó: «Este es un momento propicio para presentar una súplica ante HaShem, pues si las hijas han de heredar a su padre, entonces mis hijos han de heredar mi cargo». Entonces comenzó a rogar a Dios que sus sucesores —que, según esperaba, serían también sus descendientes— fueran dignos guías de su pueblo. Dijo: «Señor mío, ante quien comparecen los espíritus de todos los seres humanos, de modo que conoces el espíritu de cada uno —qué espíritu es soberbio y cuál es humilde, cuál es paciente y cuál es rebelde—: pon al frente de Tu comunidad a un hombre dotado de fuerza, de sabiduría, de hermosura y de decoro, para que su conducta no ofenda al pueblo. ¡Señor del mundo! Tú conoces el parecer de cada hombre, y sabes que cada uno tiene un parecer propio; por eso, ya que estoy a punto de partir de este mundo, Te ruego que nombres sobre ellos a un guía que sepa tratar a cada hombre según su parecer».
Moshé, como hombre verdaderamente piadoso, al ver acercarse su fin no pensó en sí mismo, sino en el bienestar de la comunidad, para la cual imploraba un guía bueno y digno. Por eso dijo además a Dios: «Que mi sucesor no comparta mi suerte, pues, aunque acepté la conducción del pueblo solo tras larga vacilación, movido por Tus insistencias y ruegos, con todo no se me permitirá llevarlos a la tierra prometida. Trata, pues, a mi sucesor de otro modo que a mí, y permítele no solo guiar al pueblo por el desierto, sino introducirlo en la tierra prometida. Pero él ha de ser un hombre "que salga delante de ellos", que, a diferencia de los reyes de los paganos —que enviaban sus legiones a la guerra mientras ellos permanecían en casa—, conduzca él mismo a Israel al combate. Pero ha de ser también un hombre "que entre delante de ellos"; que le sea concedido ver el número de los que vuelven de la guerra no menor que el de los que salen a ella. ¡Señor del mundo! —continuó Moshé—, sacaste a Israel de Mitsraim no para castigarlo por sus pecados, sino para perdonarlo; y no lo sacaste de Mitsraim para que quede sin guías, sino precisamente para que tenga guías. Insisto, pues, en que me digas si les concederás o no un guía».
Esta es una de las cinco ocasiones en que Moshé imploró a Dios que le diera respuesta a su pregunta. Cuando vio que su comparecencia ante el Paró solo servía para atraer sobre Israel crueldades cada vez mayores, dijo a Dios: «Dime si vas a librarlos ahora, o no». También exigió la respuesta de Dios a la pregunta «¿Voy a caer ahora en sus manos, o no?», cuando en Refidim, a causa de la escasez de agua, el pueblo lo amenazó. La tercera ocasión fue cuando rogó a Dios por la curación de Miriam y dijo: «Dime, ¿la sanarás o no?». Y por último, cuando, tras una larga y ferviente oración, preguntó a Dios si se le permitiría entrar en la Tierra Santa, dijo: «Hazme saber si he de entrar en la Tierra Santa o no».
Dios cumplió este deseo de Moshé, diciendo: «Has pedido ser informado acerca de tu sucesor inmediato. Yo haré más que eso, y te mostraré a todos los jueces y profetas que dejaré surgir para Mis hijos desde ahora hasta la resurrección de los muertos». Entonces mostró a Moshé a su sucesor Yehoshúa, al sucesor de su sucesor, Otniel, y a todos los demás jueces y profetas. Luego Dios añadió estas palabras: «De todos estos que te he mostrado, cada uno tendrá su espíritu propio y su saber propio; pero un hombre como el que ahora deseas para tu sucesor, cuyo espíritu abarque en sí los espíritus de las sesenta miríadas de Israel, de modo que pueda hablar a cada uno de ellos según su entendimiento, un hombre así no surgirá hasta el fin de los tiempos. El Mesías será inspirado con un espíritu que abarcará en sí los espíritus de toda la humanidad».
«Pero ahora, en cuanto a tu sucesor inmediato, sabe que quien guarda la higuera comerá de sus frutos, y quien sirve a su amo será elevado a honra; y tus hijos no heredarán el liderazgo, porque poco se ocuparon de la Torá. Yehoshúa será tu sucesor, que te sirvió con devoción y te mostró gran veneración, pues por la mañana y por la tarde disponía los bancos en tu casa de estudio y extendía las alfombras sobre ellos; te sirvió cuanto pudo, e Israel sabrá ahora que por ello recibirá su recompensa. Toma, pues, a Yehoshúa, un hombre como el que deseabas por sucesor, a quien has probado y que sabe tratar a gente de toda índole, "y pon tu mano sobre él". Dale ocasión, mientras aún vives, de hablar en público y de pronunciar la ley, para que Israel no diga con desdén de tu sucesor, tras tu muerte: "Mientras vivió su maestro, no se atrevía a dictar sentencia, ¡y ahora quiere hacerlo!". Aunque Yehoshúa, que no es de tu linaje, ha de ser tu sucesor, tendré, sin embargo, presente la ley de que "ninguna herencia pase de una tribu a otra tribu", pues la dignidad del liderazgo ha de reservarse para tu familia; Yehoshúa "se presentará ante Elazar el sacerdote, hijo de tu hermano, quien consultará por él según el juicio de los Urim"».
Después de que Moshé, con palabras amables, indujera a Yehoshúa a aceptar el liderazgo tras su muerte, señalándole las grandes recompensas que en el mundo venidero aguardan a los guías de Israel, «tomó a Yehoshúa y lo puso ante Elazar el sacerdote y ante toda la congregación», para que todos lo reconocieran en adelante como su sucesor. Luego ordenó a Yehoshúa, que había estado sentado en el suelo como todos los demás, que se levantara y se sentara en un banco junto a él. Yehoshúa se sentó con estas palabras: «Bendito sea HaShem, que por medio de Moshé otorgó la Torá a Israel». Moshé honró además a Yehoshúa interrumpiendo su discurso en cuanto Yehoshúa entraba en la casa de estudio, y reanudándolo solo cuando este había tomado asiento. Moshé mandó también a un heraldo que proclamara por todo el campamento: «Este hombre, Yehoshúa, es digno de ser nombrado por Dios como su pastor».
Moshé distinguió a Yehoshúa no porque Dios se lo hubiera ordenado, sino porque se alegraba sinceramente de transmitirle su dignidad, así como un padre se alegra de dejar sus bienes a su hijo. Así también, mientras que Dios había ordenado a Moshé poner una sola mano sobre la cabeza de Yehoshúa y conferirle de ese modo su honor, Moshé cumplió el mandato de Dios poniendo ambas manos sobre Yehoshúa, y con ese gesto le otorgó no solo perspicacia y entendimiento, sino también un rostro radiante como el de Moshé, de cuya faz brotaban rayos como los del sol. Al dar todas estas cualidades a Yehoshúa, Moshé nada perdió. La sabiduría de Moshé era como una antorcha, mientras que la de Yehoshúa solo puede compararse a una vela; y así como una antorcha no pierde nada de su intensidad cuando de ella se enciende una vela, así de poco menguó la sabiduría de Moshé por la que dio a Yehoshúa. También los rayos que emanaban del rostro de Yehoshúa eran más débiles que los de Moshé, y no fue hasta el paso del Yardén cuando alcanzaron toda su intensidad, de modo que, al verlos, «el pueblo lo temió como había temido a Moshé».
El nombramiento de Yehoshúa por Dios como sucesor de Moshé había sido el deseo más querido de Moshé, pero no se había atrevido a expresarlo, pues tenía presente el castigo que Dios le había enviado cuando le suplicó que enviara a Aharón en su lugar para librar a Israel de Mitsraim; y desde entonces temía hacer a Dios propuesta alguna. Era como el niño que, habiéndose quemado una vez con una brasa, al ver luego una joya de vivo destello la tomó por una brasa ardiente y no se atrevió a tocarla.
El legado de Moshé a Yehoshúa
Después de que Moshé anunciara a Yehoshúa como su sucesor ante toda la congregación, le reveló que el curso de su propia vida había terminado, y que ahora partiría con sus padres. Como herencia dio a Yehoshúa un libro de profecía, que Yehoshúa debía ungir con aceite de cedro y depositar, en una vasija de barro, en el lugar que desde la creación del mundo Dios había creado para él, para que allí se invocara su nombre. Este libro contenía, en breve bosquejo, la historia de Israel desde la entrada en la tierra prometida hasta el establecimiento del reino de Dios sobre la tierra, cuando, con ira e indignación a causa de sus hijos, HaShem se alzará de su trono de poder y saldrá de su santa morada.
Cuando Yehoshúa oyó las palabras de Moshé, tal como están escritas en sus Sagradas Escrituras, rasgó sus vestiduras y cayó a los pies de Moshé, quien, aun bañado en lágrimas, lo consoló. Yehoshúa, sin embargo, dijo: «¿Cómo puedes consolarme acerca de la amarga palabra que has pronunciado, palabra colmada de sollozos y lágrimas: que vas a partir de tu pueblo? ¿Qué lugar te recibirá? ¿Qué monumento señalará tu tumba? ¿O quién se atreverá a trasladar tu cuerpo de un lugar a otro como si fuera el de un mortal cualquiera? Todos los hombres al morir reciben una sepultura en la tierra según su rango, pero tu sepultura se extiende de oriente a poniente, de sur a norte; el mundo entero es tu tumba. Tú te vas. ¿Quién, ahora, maestro, cuidará de este pueblo? ¿Quién se apiadará de ellos y será guía en su camino? ¿Quién rogará por ellos sin cesar, para que yo pueda conducirlos a la tierra de sus padres? ¿Cómo les proveeré alimento a su gusto, o bebida a su deseo? Desde el comienzo sumaban sesenta miríadas, y ahora, gracias a tus oraciones, se han multiplicado en gran manera. ¿De dónde sacaré perspicacia y entendimiento para darles juicio y consejo? Hasta los reyes de los amorreos, al oír que queremos atacarlos, dirán: "No salgamos contra ellos, pues ya no hay entre ellos aquel espíritu múltiple, incomprensible y sagrado, digno de HaShem —el maestro siempre fiel de la palabra, el divino profeta del mundo entero, el más consumado maestro de esta era. Si ahora sus enemigos vuelven a transgredir ante HaShem, no tendrán defensor que ofrezca oraciones por ellos ante Dios, como había hecho Moshé, el gran mensajero que a todas horas del día se arrodillaba y oraba, alzando los ojos a Aquel que gobierna el mundo entero, recordándole sin cesar su alianza con los Patriarcas y aplacándolo con la invocación". Pues así hablarán los amorreos, diciendo: "Ya no está entre ellos; levantémonos, pues, y borrémoslos de la faz de la tierra". Pero entonces, señor mío Moshé, ¿qué será de este pueblo?».
Cuando Yehoshúa hubo dicho estas palabras, se arrojó una vez más a los pies de Moshé. Moshé le tomó la mano, lo levantó a un asiento delante de ellos y le respondió, diciendo: «No te menosprecies, Yehoshúa, sino ten el corazón sereno y presta atención a mis palabras. Todas las naciones que habitan el universo las creó Dios, y a nosotros también. A ellas y a nosotros nos previó desde el comienzo de la creación del universo hasta el fin del mundo, y nada pasó por alto, ni siquiera lo más pequeño, sino que al mismo tiempo lo previó y lo predeterminó todo. Todo lo que había de suceder en este universo lo previó y lo predeterminó Dios, ¡y he aquí que se cumple! Me designó para ellos y para sus pecados, a fin de que por ellos hiciera oración y exhortación. No fui elegido por mi aptitud ni por mi fuerza, sino solo por la gracia de su misericordia y su paciencia. Pues te aseguro, Yehoshúa, que no será por la excelencia de este pueblo por lo que destruirás a los paganos; todas las fortalezas del cielo y los cimientos del universo fueron creados y aprobados por Dios, y están bajo el anillo de su diestra. Por eso, quienes guardan y cumplen los mandamientos de Dios medran y prosperan, pero quienes pecan y descuidan los mandamientos no recibirán las posesiones prometidas, y serán castigados por los paganos con muchas plagas. Pero que Él los destruya o los abandone del todo es imposible, pues intervendrá Dios, que todo lo previó hasta la eternidad, y cuya alianza está firmemente fundada, conforme al juramento que hizo a los Patriarcas. Entonces se colmarán las manos del ángel, y será nombrado jefe, y al punto los vengará de sus enemigos».
La última campaña de Moshé
La profecía de Bilam, «no se echará hasta que devore la presa y beba la sangre de los caídos», se cumplió muy pronto. Poco antes de su muerte, antes de acostarse en el sueño eterno, le fue concedido a Moshé regocijarse en la muerte de Bilam y de los cinco reyes madianitas aliados suyos. La pecaminosa profanación de Israel en Shitim, provocada por el perverso consejo de Bilam, hería hondamente el corazón de Moshé. Dios había designado a Moshé como señor de los ángeles —que a través del fuego y de la nube debían apartarse para dejarle sitio y permitirle pasar; más aún, a su aparición se levantaban de sus asientos para honrarlo—. Y así como tenía poder sobre los ángeles, gobernaba también el mar, que hendía a voluntad para luego ordenarle recobrar su forma anterior, y los tesoros del granizo, que empleó para lanzarlo sobre los egipcios. Ahora bien, este hombre, soberano sobre los ángeles y sobre las fuerzas de la naturaleza, no podía sino llorar cuando Israel se prostituía con las hijas de Moav y de Midián. Para consolar a Moshé, Dios le dijo entonces: «Tan cierto como que vives, no partirás de este mundo hasta que hayas vengado a quienes tentaron a Israel al pecado. "Venga a los hijos de Israel de los madianitas; después serás reunido con tu pueblo."» Al mismo tiempo, Dios reprochó a Moshé su desesperación y su falta de energía en Shitim, diciendo: «Cuando todas las tribus de Israel, salvo la tribu de Leví, estaban contra ti, no te faltó entonces coraje para plantarte frente a todo el pueblo a causa del culto al Becerro de Oro; ¡cuánto más en Shitim, cuando todo Israel salvo una sola tribu, la tribu de Shimón, estaba de tu parte, debías haberte mostrado bastante fuerte para apartar a los pecadores de su pecado!» Cuando Moshé recibió la orden de hacer la guerra al pueblo que había tentado a Israel al pecado, dijo a Dios: «Ayer me dijiste "no hostigues a Moav", y ahora dices "venga a los hijos de Israel".» Pero Dios respondió: «Cuando dije "no hostigues a Moav", nombré a ese pueblo por su antepasado, el hijo de Lot; mas ahora que por su propia culpa han perdido el derecho a un trato benévolo de Israel, ya no pensaré en su antepasado, el pariente de Avraham, sino que los llamaré midianim, "los que perdieron su derecho".»
Los descendientes de Lot ya no solo carecían de todo derecho a la exención, sino que se dio a Moshé la orden de tratarlos con hostilidad aún mayor que a las demás naciones. Hasta entonces había sido deber de Israel no combatir contra una ciudad de los paganos a menos que primero le hubiese proclamado la paz y los paganos se hubiesen negado a aceptarla; pero ahora debían pasar de inmediato a las hostilidades; y mientras que antes se les había prohibido destruir los árboles que rodeaban una ciudad, ahora debían destruir sin piedad todo lo que hallaran en su camino. Esta ira de Dios contra quienes habían tentado a Israel al pecado era justa, pues «el que tienta al pecado priva a otro solo de este mundo, pero el que tienta a otro lo priva de este mundo y del mundo venidero». Dos naciones, los egipcios y los edomitas, atacaron a Israel con la espada, y sin embargo Dios dijo: «No aborrecerás al edomita; no aborrecerás al egipcio.» Los moabitas y los amonitas, en cambio, tentaron a Israel al pecado, de ahí que la palabra de Dios acerca de ellos fuera esta: «No entrará el amonita ni el moabita en la asamblea de Adonái, ni aun en la décima generación.»
Israel recibió la orden de hacer la guerra a los madianitas al mismo tiempo que la de combatir a los moabitas; pero mientras Moshé hizo la guerra a Midián de inmediato, no fue sino hasta los tiempos de David cuando se libró una guerra implacable contra Moav. Había varias razones por las que los madianitas debían recibir su castigo antes que los moabitas. En primer lugar, el odio de Moav contra Israel no carecía del todo de fundamento, pues aunque los israelitas no los habían atacado en guerra, sí les habían infundido gran temor saqueando la región moabita, de modo que los moabitas trataron por todos los medios de librarse de Israel. Midián, en cambio, no tenía motivo alguno para emprender hostilidades contra Israel, y sin embargo no solo se unieron a los moabitas, sino que los superaron en su odio contra Israel. Además, Moav quería matar a Israel, pero Midián quería tentarlo al pecado, lo cual es peor que la muerte. La demora en castigar a Moav respondía también, de otras maneras, al plan de Dios, pues la moabita Rut estaba destinada a ser la madre de la dinastía de David; por eso Dios dijo a Israel: «Aguardad todavía un poco en este asunto de la guerra contra los moabitas: he perdido algo valioso entre ellos. En cuanto lo haya encontrado, os vengaréis de ellos.»
Dios indicó que la guerra contra Midián sería la última de Moshé con estas palabras: «Venga a los hijos de Israel de los madianitas; después serás reunido con tu pueblo.» La relación entre la guerra y la muerte de Moshé es la siguiente. Cuando Dios anunció a Moshé que había de morir de este lado del Yardén, Moshé le imploró con estas palabras: «¡Oh, Señor del mundo! ¿Es justo que la muerte me alcance tan pronto, a mí que he visto Tus caminos, Tus obras y Tu senda?» Dios respondió: «Moshé, si una larga vida fuera mejor para los hombres, ciertamente no habría permitido que tus antepasados gustaran la muerte; pero es mejor para ti ser sacado de este mundo que permanecer en él.» Moshé, sin embargo, no quedó satisfecho con esta respuesta de Dios, ante lo cual Dios dijo: «Pues bien, puedes vivir muchos años más; sí, vivirás incluso hasta los mil años, pero sabe que entonces Israel no vencerá a sus enemigos, y que Midián no será sometido a su yugo.» De esta manera hizo Dios que Moshé cediera, pues pensó: «Que muera hoy o mañana poco importa, pues la muerte al fin me llegará. Prefiero ver a Israel vencer a sus enemigos y someter a Midián a su yugo antes que vivir más tiempo.» Dios, por tanto, mandó a Moshé vengar a Israel de los madianitas, si estaba dispuesto a morir después de ello.
Moshé pensó entonces: «Sé que si ahora fuera a la batalla contra los madianitas, el pueblo declararía que yo deseaba mi propia muerte, ya que Dios la hizo depender del castigo de los madianitas, y mi vida me está asegurada mientras yo quiera aplazarla.» Pero esta consideración no lo determinó, pues, plenamente consciente de que su empresa de guerra apresuraría su muerte, se dispuso no obstante a llevar a cabo esta guerra en cuanto Dios se lo ordenó. Siempre que se trataba de la ejecución de un mandato divino, o de la posibilidad de favorecer la causa de Israel, Moshé no pensaba en sí mismo, aun cuando fuera en juego su vida. No así Yehoshúa. Cuando llegó a Kena’an, pensó: «Si hago una guerra incesante contra los cananeos, ciertamente moriré en cuanto los haya vencido, pues también Moshé murió inmediatamente después de su conquista de Midián.» Por eso procedió muy lentamente en su conquista de la Tierra Santa, para asegurarse de una larga vida. Pero «por muchos que sean los pensamientos en el corazón del hombre, la palabra de Dios prevalece», y mientras Yehoshúa esperaba llegar a muy anciano, murió diez años antes del tiempo que Dios le había asignado originalmente, pues, aunque de otro modo habría alcanzado la edad de su maestro, murió a los ciento diez años.
La aniquilación completa de Midián
Mientras que Moshé, sin reparar en las consecuencias que la guerra tendría sobre sí mismo, marchaba gustoso a la batalla, Israel no quiso obedecer su llamada a las armas. El pueblo del que Moshé había dicho una vez «poco falta para que me apedreen», al enterarse ahora de que su líder Moshé había de morir al término de esta guerra, trató de eludirla, diciendo que prefería renunciar a la victoria inminente antes que perder a su líder, y cada uno se escondía para no ser elegido para esta guerra. Dios mandó entonces a Moshé echar suertes para decidir quiénes irían a la batalla, y aquellos cuya suerte salía debían acudir al llamado a las armas aun contra su voluntad. La convocatoria de Moshé a la batalla fue esta: «Armad de entre vosotros hombres para la guerra, para ejecutar la venganza de Adonái sobre Midián.» Moshé habló de la venganza de HaShem, mientras que Dios había designado esta guerra contra Midián como la venganza de Israel. Pues Moshé dijo a Dios: «¡Señor del mundo! Si hubiéramos adorado a las estrellas y los planetas, los madianitas no nos habrían odiado; nos odian solo a causa de la Torá y de los mandamientos que Tú nos has dado, de modo que eres Tú quien debe vengarse de ellos.»
Moshé no dirigió en persona la guerra contra Midián, pues tenía presente el proverbio «no eches piedra al pozo del que has bebido agua», y quien como fugitivo de Mitsraim había buscado refugio en Midián no quiso hacer la guerra a esa tierra. Cedió el mando del pueblo a Pinjás, pues «el que comienza una buena obra, también la ha de completar», y había sido Pinjás quien había comenzado la guerra de Dios contra los madianitas al matar a la princesa Cozbí, amante de Zimrí, de ahí que la tarea de completar esta guerra le tocara en suerte. Pinjás, como descendiente de Yosef, tenía además una razón especial para querer vengarse de los madianitas, pues habían sido madianitas quienes habían vendido a Yosef como esclavo en Mitsraim.
Las fuerzas al mando de Pinjás constaban de treinta y seis mil hombres: un tercio para tomar parte activa en la batalla, un tercio para custodiar el bagaje y un tercio para orar, cuyo deber era, en el curso de la batalla, implorar a Dios que concediera la victoria a los guerreros de Israel. Moshé entregó a Pinjás no solo el Arca sagrada, que Israel lleva siempre a la batalla, sino también los Urim veTumim, para que pudiera, si era necesario, consultar a Dios. Además de esto, Pinjás recibió también la lámina de oro de la mitra que iba sobre la frente del Sumo Sacerdote, pues Moshé le dijo: «El bellaco de Bilam volará por los aires mediante sus hechicerías, y hará incluso que los cinco reyes madianitas vuelen con él; por tanto, alzaréis ante ellos la lámina de oro puro en la que está grabado el nombre de Dios, y caerán a tierra.» Hicieron como Moshé mandó, y en verdad Bilam y los cinco reyes cayeron a tierra. Ejecutaron entonces a Bilam según las cuatro formas prescritas por las leyes judías. Lo colgaron, encendieron un fuego bajo la horca, le cortaron la cabeza con una espada y luego lo dejaron caer desde la horca al fuego de abajo. Aunque Israel emprendió la guerra contra Midián por mandato de Dios, para tomar venganza del agravio que se les había hecho, su modo de combatir fue muy humano. Atacaron las ciudades de los madianitas solo por tres lados, para no cortar del todo la huida. La victoria estuvo del lado de Israel, en cuyo poder cayeron las ciudades con todos sus templos, ídolos y palacios. La misma suerte alcanzó a los cinco reyes de Midián. Todos fueron muertos por igual, así como todos habían hecho causa común en el deseo de destruir a Israel. Bilam, que había venido a Midián desde su hogar en Mesopotamia para recibir su recompensa por el consejo de no combatir a Israel, sino de tentarlo al pecado, en lugar de recompensa halló la muerte a manos de los judíos.
El espantoso fin de Bilam
Este archimago trató al principio de escapar del poder de Israel mediante la hechicería. Pues cuando vio a Pinjás y a los jefes de las huestes de Israel, voló por los aires, hazaña que logró por artes mágicas, pero sobre todo con la ayuda de sus hijos brujos, Yanes y Yambres. Al ver a Bilam volando alto en el aire, Pinjás gritó a su ejército: «¿Hay alguno entre nosotros capaz de volar tras este villano?» El danita Zaliá, consumado maestro en el arte de la hechicería, respondió a este llamado y voló alto por los aires. Bilam, sin embargo, lo superó, y tomó por el aire una ruta que Zaliá no pudo seguir, y después de que aquel se hubo remontado a través de cinco capas distintas de aire, había desaparecido por completo de la vista de Zaliá, que no sabía qué hacer. Pinjás, no obstante, vino en su ayuda. Mediante una invocación mágica disipó las nubes que cubrían a Bilam, y entonces Zaliá obligó a Bilam a descender a tierra y comparecer ante Pinjás. Este empezó a implorar a Pinjás que le perdonara la vida, prometiendo no volver a intentar jamás maldecir a Israel, pero Pinjás respondió: «¿No eres tú el arameo Laván, que trató de destruir a nuestro padre Yaakov? Luego pasaste a Mitsraim para destruir la simiente de Yaakov, y cuando salieron de Mitsraim incitaste al perverso Amalek a hostigarnos, y otra vez intentaste maldecir a Israel. Pero cuando viste que tu empeño en maldecirlos era en vano, ya que Dios no quería escucharte, diste a Balak el consejo despreciable de entregar a las hijas de su tierra a la prostitución, y así tentar a Israel al pecado, y en parte lo lograste, pues veinticuatro mil israelitas murieron a consecuencia de su pecado con las hijas de Moav. En vano, pues, suplicas que se te perdone la vida.» Ordenó entonces a Zaliá matar a Bilam, advirtiéndole, sin embargo, que se cuidara de no matarlo mediante el nombre santo de Dios, ya que no correspondía a tan gran pecador hallar la muerte de tal modo. Zaliá intentó entonces en vano matar a Bilam, pues por sus ardides mágicos estaba a prueba de toda arma, hasta que Pinjás por fin dio a Zaliá una espada en cuyos dos lados había grabada una serpiente, con las palabras: «Mátalo con aquello a lo que pertenece; por esto morirá», y con esta espada fue muerto Bilam.
Su cadáver no fue enterrado, sino que sus huesos se pudrieron, y de ahí surgieron varias especies de serpientes dañinas, que traen desdicha a los seres humanos; e incluso los gusanos que devoraron su carne se convirtieron en serpientes. Los magos se sirvieron de estas serpientes para tres tipos distintos de encantamiento, pues las cabezas, los cuerpos y las colas tenían cada uno un efecto diferente. Una de las preguntas que la reina de Sabá planteó a Shlomo fue cómo resistir estas tres clases distintas de encantamiento, y el sabio rey conocía incluso este secreto, que luego le reveló.
El regreso victorioso de la guerra
Tras el fin de la campaña contra Midián, los guerreros regresaron con ricos despojos al campamento de Israel, pero eran hombres tan piadosos y honorables que no reclamaron el botín para sí, sino que lo entregaron todo, para que se repartiera imparcialmente entre todos. Así como eran honestos y concienzudos en sus relaciones de hombre a hombre, así también eran muy estrictos en la observancia de los preceptos religiosos. Durante todo el tiempo de la guerra ni uno solo de ellos descuidó ni la más leve ceremonia religiosa, aunque fuera solo ponerse la filacteria de la frente antes que la del brazo. Pero tuvieron especial cuidado de no dejarse tentar de nuevo por las mujeres madianitas. Si entraban en una casa para tomar de ella sus tesoros, lo hacían de dos en dos: uno ennegrecía los rostros de las mujeres y el otro se apoderaba de sus joyas. En vano clamaban las mujeres madianitas: «¿Acaso no somos criaturas de Dios, para que nos tratéis así?», a lo que los israelitas respondían: «¿No fuisteis vosotras la causa de que tantos de nosotros hallaran la muerte?» Con justicia, pues, pudieron estos hombres piadosos decir a Moshé: «Tus siervos han contado el total de los hombres de guerra que están a nuestro cargo, y ni uno solo entre nosotros ha cometido pecado ni acción impura. Por eso hemos traído la ofrenda de Adonái para expiar nuestras almas.» Moshé dijo entonces, sorprendido: «Os contradecís: ¿qué necesidad de expiación hay si ningún hombre entre vosotros es culpable de pecado?» Ellos respondieron: «Es verdad, maestro nuestro Moshé, de dos en dos nos acercábamos a las mujeres, uno ennegreciendo sus rostros y el otro quitándoles los pendientes, pero aunque no cometimos pecado con las mujeres madianitas, aun así el ardor de la pasión se encendió en nosotros cuando las tomamos, y por eso, mediante una ofrenda, buscamos expiar.» Moshé se dispuso entonces a alabarlos, diciendo: «Hasta los hombres más comunes entre vosotros están llenos de buenas y piadosas obras, pues un hombre que se hallaba en condiciones que le permitían pecar, pero se dominó, ha realizado una obra piadosa; ni qué decir de los hombres piadosos y castos entre vosotros, cuyas obras piadosas son legión.»
Como entre los muertos en Midián había un apóstata judío, los guerreros quedaron impuros y, por tanto, no podían entrar en el campamento, sino que debían quedarse fuera. Moshé, en su mansedumbre, no esperó, sin embargo, a que vinieran a él, sino que se apresuró hacia ellos. Pero cuando oyó que habían matado solo a los hombres y no a las mujeres, se encendió su ira contra los jefes del ejército, pues «sobre los jefes recae la culpa de las faltas del pueblo». Los reprendió, señalándoles que habían sido las mujeres las que en realidad habían traído la desdicha sobre Israel en Shitim. Pero Pinjás respondió: «Maestro nuestro Moshé, obramos según tus instrucciones: tú nos mandaste solo "vengarnos de los madianitas", pero no hiciste mención de las mujeres de Midián.» Moshé les ordenó entonces ejecutar a todas las mujeres de los madianitas que estuvieran en edad de casarse, pero perdonar a las jóvenes. Para determinar la diferencia de edad, todas fueron llevadas ante la lámina de oro de la mitra sobre la frente del Sumo Sacerdote, y esto tuvo el efecto de hacer palidecer a las que estaban condenadas a muerte.
En castigo por el arrebato de ira de Moshé, Dios hizo que olvidara comunicar a los soldados que estaban fuera del campamento las leyes de la purificación. Estas fueron entonces anunciadas por Elazar, hijo de Aharón. No era, sin embargo, propio que él pronunciara una ley en presencia de su maestro Moshé, y fue en consecuencia castigado por su falta de reverencia hacia su maestro Moshé. Dios había dicho antes que, siempre que Yehoshúa quisiera consultar a Dios, había de «presentarse ante Elazar el sacerdote, y consultarle por el juicio de los Urim veTumim». Pero esto no llegó a suceder. En toda su larga trayectoria, Yehoshúa no tuvo necesidad de pedir el consejo de Elazar, de modo que este perdió el honor que se había destinado para él.
La ocasión que llevó a la guerra contra Midián había sido la seducción de Israel por las mujeres madianitas, pero estas lo habían logrado solo tras haber embriagado antes a los pecadores con vino. Pinjás, para asegurarse de que esto no se repitiera en el futuro, puso el veredicto terrenal y también el celestial sobre todos aquellos que bebieran el vino de los paganos, pues estos lo usaban solo como libaciones a sus ídolos y para fines inmorales. Al pronunciar este veredicto, invocó el Nombre Inefable y la escritura santa de las dos tablas contra sus transgresores.
La riqueza que trae destrucción
Dios dio tres dones al mundo: la sabiduría, la fuerza y la riqueza. Si vienen de Dios, son una bendición; de lo contrario, traen la ruina. El mundo tuvo dos grandes sabios, Bilam entre los gentiles y Ajitófel entre los judíos, pero ambos, a causa de su sabiduría, perdieron este mundo y también el mundo venidero. Hubo dos grandes héroes en el mundo, Shimshón en Israel y Goliat entre los gentiles, pero ambos hallaron la muerte a causa de su fuerza. Hubo dos hombres ricos en el mundo, Kóraj entre los judíos y Hamán entre los gentiles, y ambos perecieron a causa de su riqueza. Una suerte semejante alcanzó a las dos tribus y media que se quedaron de este lado del Yardén. Estas se habían enriquecido mucho en ganado con los despojos de los madianitas, y por eso prefirieron como heredad las tierras de pasto de este lado del Yardén. Pero más tarde su riqueza les trajo la destrucción, porque, escogiendo apartarse de sus hermanos, fueron después los primeros en ser arrancados de su morada al exilio.
Cuán volcados estaban estos hombres en sus posesiones lo muestran las palabras con que presentaron su deseo a Moshé, diciendo: «Construiremos aquí apriscos para nuestro ganado y ciudades para nuestros pequeños», mostrando que valoraban el ganado por encima de sus hijos, pues pensaban en los animales antes de considerar a sus hijos. Moshé no los llamó, ciertamente, a rendir cuentas por ello, pero les mostró con palabras inequívocas que su deber era considerar primero a los hombres y luego a los animales, al decir en su respuesta a estas tribus: «Construid ciudades para vuestros pequeños y apriscos para vuestras ovejas.»
La tierra que estas tribus habían elegido era en verdad de gran excelencia, como lo indican incluso los nombres de las ciudades. Una se llamaba Atarot, «coronada de frutos»; una segunda, Divón, «que mana miel»; una tercera, Yazer, «ayuda», pues su posesión era una gran ayuda para quienes la poseían. Otras ciudades de esta región que recibieron su nombre por la excelencia del suelo fueron: Nimrá, «de vivos colores», pues el terreno de esta ciudad estaba vivamente coloreado de frutos; Sevam, «perfume», cuyos frutos esparcían una fragancia como de perfume; y Nevó, «producto», porque se distinguía por su excelente producción. Esta última ciudad mencionada, al igual que Báal-Meón, no conservó su nombre cuando pasó a posesión de Israel, pues no querían tener ciudades que llevaran los nombres de ídolos, y por eso les dieron nombres nuevos. Muchas otras ciudades recibieron también un nombre nuevo de los israelitas, así como Nóvaj dio su propio nombre a la ciudad de Kenat que había conquistado por las armas, esperando de este modo inmortalizar su nombre, pues no tenía hijos. Su nombre, sin embargo, no se preservó de esta manera, pues tras la muerte del conquistador volvió otra vez el antiguo nombre de Kenat.
Fue también entre las posesiones de estas dos tribus y media donde Moshé, poco antes de su muerte, fundó las ciudades de refugio. Moshé ilustra en este caso el proverbio: «Quien ama las obras piadosas nunca se sacia de ellas.» Aunque Dios le había dicho que jamás cruzaría al otro lado del Yardén, insistió no obstante en al menos fijar el emplazamiento del asilo en la región del Yardén oriental. Dios dio a Moshé la ley sobre las ciudades de refugio conforme al deseo de Israel. Pues el pueblo dijo a Dios: «¡Señor del mundo! Tú nos prometiste un largo curso de vida como recompensa por cumplir los mandamientos, pero supongamos ahora que un hombre haya matado a otro sin intención, y el vengador de la sangre lo mate: morirá antes de su tiempo.» Dios dijo entonces a Moshé: «Tan cierto como que vives, hablan sabiamente. Designa, pues, varias ciudades como ciudades de refugio, "para que huya allá el homicida que mate a su prójimo sin advertirlo".» Moshé se regocijó grandemente con este estatuto, y al instante se dispuso a ejecutarlo, pues «el que ha gustado de un alimento conoce su sabor», y Moshé, que en otro tiempo se había visto obligado a huir por haber matado a un egipcio, conocía los sentimientos del hombre perseguido a causa de un homicidio que había cometido sin advertirlo.
La muerte de Moshé, irrevocablemente sellada
Cuando Dios, airado contra Moshé y Aharón, juró: «Por tanto, no llevaréis a esta asamblea a la tierra que les he dado», Moshé se abstuvo de implorar a Dios que anulara esta sentencia, obrando conforme al precepto: «No intentes disolver el voto de tu prójimo en el momento en que lo ha hecho.» Moshé esperó cuarenta años antes de acercarse a Dios con la petición de permitirle entrar en la tierra prometida con Israel. Esto ocurrió cuando había recibido la orden de Dios de nombrar a Yehoshúa como su sucesor, pues percibió entonces que Dios había resuelto de veras ejecutar Su sentencia. Pues aunque Dios había decretado diez veces que Moshé había de morir en el desierto, Moshé no se había inquietado mucho por ello, ni siquiera cuando la resolución había sido sellada en el tribunal celestial. Pensaba: «¡Cuántas veces pecó Israel, y sin embargo, cuando oré por ellos, Él anuló el castigo que había decretado; sin duda Dios aceptará mi oración si yo —un hombre que nunca pecó— le rezo!» Moshé tenía además una razón especial para suponer que Dios había cambiado Su determinación respecto de él, y que no le permitiría entrar en la tierra prometida: le había sido permitido entrar en la parte de la Tierra de Israel que se hallaba de este lado del Yardén, la tierra de Sijón y de Og, y de esto razonaba que Dios no había decretado su castigo de manera irrevocable, y que por tanto podía ahora revocarse. Se afianzaba en esta suposición por el hecho de que, tras la conquista de la región del Yardén oriental, Dios le reveló las instrucciones sobre cómo había de repartirse la tierra, y le pareció como si fuera él en persona quien llevaría a cabo estas instrucciones. Estaba, sin embargo, equivocado, pues poco después de que estas leyes le hubieran sido reveladas, Dios le informó de que había de contemplar la tierra prometida desde el monte Abarim, ya que nunca entraría en ella.
Cuando Dios vio que Moshé no estaba muy preocupado por el castigo inminente, selló la orden que había dictado contra él, y juró por Su Nombre Inefable que Moshé no entraría en la tierra. Moshé entonces se vistió de saco, se echó sobre las cenizas y elevó no menos de mil quinientas oraciones por la anulación de la resolución divina contra él. Trazó un círculo en torno a sí, se paró en el centro y dijo: «No me moveré de este sitio hasta que el juicio quede suspendido.» El cielo y la tierra, así como todas las formas de la creación, temblaron y dijeron: «Quizá sea la voluntad de Dios destruir este mundo, para crear un universo nuevo.» Pero una voz sonó desde el cielo y dijo: «El deseo de Dios de destruir el mundo aún no ha llegado; la conmoción en la naturaleza se debe a que "en la mano de Dios está el alma de todo viviente y el espíritu de toda carne", también el espíritu del hombre Moshé, cuyo fin no está aún cercano.»
Dios mandó entonces que proclamaran en el cielo, y en todos los tribunales celestiales de justicia, que no aceptaran las oraciones de Moshé, y que ningún ángel llevara ante Él la oración de Moshé, porque la sentencia de muerte de Moshé había sido sellada por Él. Dios llamó rápidamente ante Sí al ángel Akraziel, que es el heraldo celestial, y le mandó proclamar lo siguiente en el cielo: «Desciende al instante y cierra con llave cada una de las puertas del cielo, para que la oración de Moshé no ascienda hasta él.» Entonces, ante la oración de Moshé, temblaron el cielo y la tierra, todos sus cimientos y las criaturas que hay en ellos, pues su oración era como una espada que hiende y desgarra, y que de ningún modo puede pararse, porque en ella estaba el poder del Nombre Inefable que Moshé había aprendido de su maestro Zagzaguel, el maestro y escriba de los seres celestiales. Pero cuando los galgalim y los serafines vieron que Dios no aceptaba la oración de Moshé, y que sin miramiento hacia él no concedía su ruego de una vida más larga, todos abrieron la boca, diciendo: «Bendita sea la gloria de Adonái desde su lugar, pues no hay injusticia ante Él, ni olvido, ni acepción de personas para con el pequeño o el grande.»
La oración de Moshé por la suspensión del juicio
Moshé comenzó su larga pero infructuosa oración diciendo: «¡Señor del mundo! Considera cuánto hube de soportar por Israel hasta que llegaron a ser el pueblo de Tu reclamo y de Tu posesión. Sufrí con ellos, ¿no he de tomar parte, entonces, en su regocijo? Mira: al prohibirme entrar en la tierra prometida, desmientes Tu Torá, pues ella dice: "En su día darás al jornalero su salario." ¿Dónde, pues, está mi salario por los cuarenta años durante los cuales trabajé por Tus hijos, y por ellos padecí mucha aflicción en Mitsraim, en el desierto y en la entrega de la Torá y de los mandamientos? Con ellos sufrí dolor, ¿no he de contemplar también su buena fortuna? ¡Pero Tú me dices que no puedo cruzar el Yardén! Todo el tiempo que estuvimos en el desierto no pude sentarme tranquilo en la academia, enseñando y pronunciando juicio, y ahora que podría hacerlo, Tú me dices que no puedo.»
Continuó: «Que la misericordia en Ti preceda a Tu justicia, para que mi oración sea escuchada, pues bien sé que "no hay misericordia en la justicia". Tú mismo me dijiste, cuando Te pregunté cómo conducías el mundo: "Nada debo a criatura alguna, y lo que hago por ellas es un don gratuito de Mi parte"; por tanto, como don gratuito, concédeme ahora mi oración. Tú mismo me señalaste que es Tu deseo que la gente Te rece para cancelar el castigo que se les ha impuesto. Cuando Israel cometió aquel terrible pecado, el culto al Becerro de Oro, Tú me dijiste: "Déjame, para que los destruya y borre su nombre de debajo del cielo." Yo pensé entonces: "¿Quién puede refrenar a Dios, para que diga 'déjame'? Está claro que desea que yo rece por Sus hijos"; y recé, y fui respondido. ¡La oración del individuo por la comunidad fue respondida, pero no así la oración de la comunidad por un solo individuo! ¿Es porque llamé a Israel "rebeldes"? Pero en esto solo seguí Tu ejemplo, pues Tú también los llamaste "los hijos de la rebelión".
»Tú me llamaste, a mí como al Leviatán, siervo Tuyo; yo elevé oraciones a Ti, y el Leviatán también, y a él lo respondiste, pues hiciste con él una alianza que mantienes, pero la alianza que hiciste conmigo la quebrantas, pues dijiste: "Muere en el monte al que subes." En la Torá Tus palabras son: "Si el siervo dijere claramente: amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos, no quiero salir libre; entonces su señor lo llevará ante los jueces, y le servirá para siempre." Te imploro ahora: "escucha mi clamor, oh Dios; atiende a mi oración." Tú no estás en la posición de un juez de carne y hueso que, al conceder una petición, ha de considerar que quizá sea obligado por su superior a revocar su respuesta; Tú puedes hacer lo que quieras, pues ¿dónde en la tierra o en el cielo hay uno tan poderoso que pueda hacer obras como las Tuyas en Mitsraim, o que pueda realizar hazañas tan grandes como las que Tú hiciste en el mar de los Juncos? Te ruego, por tanto, déjame contemplar la tierra que, a pesar de la calumnia de los espías, alabé, y Yerushaláyim y el Templo también.
»Cuando, en respuesta a la propuesta que me hiciste de ir a Mitsraim a librar a Israel, dije: "No puedo hacerlo, pues hice a Yitró el voto de nunca dejarlo", Tú me liberaste de aquel voto. ¡Oh, Señor del mundo! Así como entonces me absolviste de mi voto, diciendo "ve, vuelve a Mitsraim", absuélvete ahora Tú de Tu voto, y permíteme entrar en la tierra de Israel.» Entonces Dios respondió: «Tú tienes un maestro que te absuelva de tu voto, pero Yo no tengo maestro.» Moshé dijo entonces: «Tu juicio contra mí dice que no entraré como rey en la tierra prometida, pues a mí y a Aharón nos dijiste: "No llevaréis a esta asamblea a la tierra que les he dado." Permíteme, pues, al menos, entrar en ella como un ciudadano común.» «Eso —dijo HaShem— es imposible. El rey no ha de entrar en ella degradado al rango de un ciudadano común.» «Pues bien —dijo Moshé—, si no puedo entrar en la tierra ni siquiera como ciudadano común, déjame al menos entrar en la tierra prometida por la gruta de Paneas, que va de la ribera oriental a la ribera occidental del Yardén.» Pero también esta petición se la negó Dios, diciendo: «No pasarás de esta ribera del Yardén a la otra.» «Si también esta petición ha de negárseme —rogó Moshé—, concédeme al menos que, tras mi muerte, mis huesos sean llevados al otro lado del Yardén.» Pero Dios dijo: «No, ni siquiera tus huesos cruzarán el Yardén.» «¡Oh, Señor del mundo! —exclamó Moshé—, si a los huesos de Yosef se les permitió ser llevados a la tierra prometida, ¿por qué no a los míos?» Dios respondió: «Quien reconoce su tierra será sepultado en ella, pero quien no reconoce su tierra no será sepultado en ella. Yosef proclamó lealtad a su tierra cuando dijo: "Pues en verdad fui robado de la tierra de los hebreos", y por eso también merece que sus huesos sean llevados a la tierra de Israel; pero tú oíste en silencio a las hijas de Yitró decir a su padre: "Un egipcio nos libró de manos de los pastores", sin corregirlas diciendo: "Soy hebreo"; y por eso ni siquiera tus huesos serán llevados a la tierra de Israel.»
Moshé dijo además a Dios: «¡Oh, Señor del mundo! Con la palabra "he aquí" comencé Tu alabanza, diciendo: "He aquí, de Adonái son los cielos y los cielos de los cielos", y con esa misma palabra, "he aquí", sellas mi muerte, diciendo: "He aquí, se acercan tus días en que has de morir."» Dios respondió a esto: «Un hombre perverso, en su envidia, ve solo las ganancias, pero no los gastos de su prójimo. ¿No recuerdas que cuando quise enviarte a Mitsraim, también declinaste Mi petición con la palabra "he aquí", diciendo: "He aquí, no me creerán"? Por eso dije: "He aquí, se acercan tus días en que has de morir."» «Y además —continuó Dios—, así como dijiste a los hijos de Leví cuando pidieron tu perdón: "¡Basta, os tomáis demasiado, hijos de Leví!", así también responderé Yo a tu oración de perdón: "Bástate; no me hables más de este asunto."»
«¡Oh, Señor del mundo! —suplicó de nuevo Moshé—, ¿no recordarás el tiempo en que me dijiste: "Ven ahora, pues, y te enviaré al Paró, para que saques a Mi pueblo, los hijos de Israel, de Mitsraim"? Que sean conducidos por mí a su tierra, así como los conduje fuera de la tierra de servidumbre.» Pero también a esto halló Dios respuesta: «Moshé, ¿no recordarás tú el tiempo en que me dijiste: "Oh, Señor mío, envía, Te ruego, por mano de aquel a quien has de enviar"? "Con la medida que un hombre usa, se le medirá." Te anuncio la muerte con la palabra "he aquí", diciendo: "He aquí, se acercan tus días en que has de morir", porque quise señalarte que mueres solo porque eres descendiente de Adam, sobre cuyos hijos pronuncié la muerte con la palabra "he aquí", diciendo a los ángeles: "He aquí, el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; y ahora, no sea que extienda su mano y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre."»
Moshé dijo entonces: «¡Oh, Señor del mundo! Al primer hombre le diste un mandato que fácilmente podía obedecerse, y sin embargo lo desobedeció, y con ello mereció la muerte; pero yo no he transgredido ninguno de Tus mandamientos.» Dios: «He aquí, también Avraham, que santificó Mi nombre en el mundo, murió.» Moshé: «Sí, pero de Avraham salió Yishmael, cuyos descendientes provocan Tu ira.» Dios: «También Yitsjak, que puso su cuello sobre el altar para ser ofrecido como sacrificio a Mí, murió.» Moshé: «Pero de Yitsjak salió Esav, que destruirá el Templo y quemará Tu casa.» Dios: «De Yaakov salieron doce tribus que no me provocaron, y aun así él murió.» Moshé: «Pero él no ascendió al cielo, sus pies no hollaron las nubes, Tú no hablaste con él cara a cara, y no recibió la Torá de Tu mano.» Dios: «"Bástate; no me hables más de este asunto", no digas muchas palabras, pues solo "el necio multiplica las palabras".» Moshé: «¡Oh, Señor del mundo! Las generaciones futuras dirán quizá: "Si Dios no hubiera hallado maldad en Moshé, no lo habría sacado del mundo."» Dios: «Ya he escrito en Mi Torá: "Y no se ha levantado después profeta en Israel como Moshé."» Moshé: «Las generaciones futuras dirán quizá que probablemente obré conforme a Tu voluntad en mi juventud, mientras estuve activo como profeta, pero que en mi vejez, cuando cesaron mis actividades proféticas, ya no hice Tu voluntad.»
Moshé: «¡Señor del mundo! Permíteme, Te lo ruego, entrar en la Tierra, vivir allí dos o tres años, y morir después». Dios: «He resuelto que no vayas allá». Moshé: «Si no puedo entrar en ella en vida, déjame alcanzarla después de mi muerte». Dios: «No; ni muerto ni vivo entrarás en la tierra». Moshé: «¿Por qué esta ira contra mí?». Dios: «Porque no me santificasteis en medio de los hijos de Israel». Moshé: «Con todas Tus criaturas obras según Tu atributo de misericordia, perdonándoles sus pecados una, dos y tres veces; ¡y a mí no me perdonas ni un solo pecado!». Dios: «Aparte de este pecado que conoces, has cometido otros seis con los que hasta ahora no te he reprochado. Al principio de todo, cuando me aparecí a ti, dijiste: "Te ruego, Señor mío, que envíes por mano de aquel a quien has de enviar", y rehusaste obedecer mi orden de ir a Mitsraim. En segundo lugar dijiste: "Pues desde que vine al Paró a hablar en Tu nombre, él ha maltratado a este pueblo; y Tú no has librado a Tu pueblo en absoluto", acusándome así de no haber hecho sino daño a Israel, en vez de ayudarlo. En tercer lugar dijiste: "Si estos hombres mueren de la muerte común a todos los hombres, entonces Adonái no me ha enviado", suscitando así dudas entre Israel de si de veras eras mi enviado. En cuarto lugar dijiste: "Mas si Adonái hace algo nuevo", dudando de que Dios pudiera hacerlo. En quinto lugar dijiste a Israel: "Escuchad ahora, rebeldes", y de este modo insultaste a mis hijos. En sexto lugar dijiste: "Y he aquí que os habéis levantado en lugar de vuestros padres, una cría de hombres pecadores". ¿Acaso Avraham, Yitsjak y Yaakov, los padres de Israel, eran hombres pecadores, para que así te dirigieras a sus hijos?». Moshé: «No hice sino seguir Tu ejemplo, pues también Tú dijiste: "Los incensarios de estos pecadores"». Dios: «Pero yo no califiqué de pecadores a sus padres».
Moshé: «¡Oh Señor del mundo! ¡Cuántas veces pecó Israel ante Ti, y cuando rogué e imploré misericordia por ellos, Tú los perdonaste; y a mí no me perdonas! Por mi causa perdonaste los pecados de sesenta miríadas, ¿y no perdonarás mi pecado?». Dios: «El castigo que recae sobre la comunidad es distinto del que recae sobre el individuo, pues no soy tan severo en mi trato con la comunidad como al tratar con un individuo. Mas sabe, además, que hasta ahora el destino estuvo en tu poder, pero ya el destino no está en tu poder». Moshé: «¡Oh Señor del mundo! Levántate del Trono de la Justicia, y siéntate en el Trono de la Misericordia, para que en Tu misericordia me concedas vida, durante la cual pueda expiar mis pecados con el sufrimiento que Tú traigas sobre mí. No me entregues a la espada del Ángel de la Muerte. Si atiendes mi oración, entonces proclamaré Tus alabanzas a todos los habitantes de la tierra; no quiero morir, "sino vivir y contar las obras de Adonái"». Dios respondió: «"Esta es la puerta de Adonái; los justos entrarán por ella"; esta es la puerta por la que los justos han de entrar, como también las demás criaturas, pues la muerte fue decretada para el hombre desde el comienzo del mundo».
Moshé, sin embargo, siguió importunando a Dios, diciendo: «Con justicia y con misericordia creaste el mundo y a la humanidad; venza ahora la misericordia a la justicia. En mi juventud comenzaste mostrándome Tu poder en la zarza de espinos, y ahora, en mi vejez, Te suplico: no me trates como un rey terrenal trata a su siervo. Cuando un rey de carne y hueso tiene un siervo, lo ama mientras es joven y fuerte, pero lo desecha cuando envejece. Mas Tú, "no me deseches en el tiempo de la vejez". Mostraste Tu poder en la revelación de los Diez Mandamientos, y Tu mano fuerte en las diez plagas que trajiste sobre Mitsraim. Todo lo creaste, y en Tu mano está matar y dar vida; no hay quien pueda hacer estas obras, ni hay fuerza como la Tuya en el mundo venidero. Déjame, pues, proclamar Tu majestad a las generaciones que vengan, y contarles que por mí hendiste el mar de los Juncos, y diste la Torá a Israel, que durante cuarenta años hiciste llover maná del cielo para Israel, y brotar agua del pozo». Pues Moshé pensaba que, si se le perdonaba la vida, podría por siempre apartar a Israel del pecado y mantenerlo eternamente en la fe en el Dios único. Pero Dios dijo: «"Bástate ya". Si se te perdonara la vida, los hombres se equivocarían contigo, harían de ti un dios y te adorarían». «¡Señor del mundo! —respondió Moshé—, ya me pusiste a prueba cuando se hizo el Becerro de Oro y yo lo destruí. ¿Por qué, pues, he de morir?». Dios: «¿De quién eres hijo?». Moshé: «Hijo de Amram». Dios: «¿Y de quién era hijo Amram?». Moshé: «Hijo de Yitshar». Dios: «¿Y de quién era hijo él?». Moshé: «Hijo de Kehat». Dios: «¿Y de quién era hijo él?». Moshé: «Hijo de Leví». Dios: «¿Y de quién descendieron todos estos?». Moshé: «De Adam». Dios: «¿Se le perdonó la vida a alguno de ellos?». Moshé: «Todos murieron». Dios: «¿Y tú deseas seguir viviendo?». Moshé: «¡Señor del mundo! Adam robó el fruto prohibido y comió de él, y por eso lo castigaste con la muerte; pero ¿acaso yo alguna vez te robé algo? Tú mismo escribiste de mí: "Mi siervo Moshé, que es fiel en toda Mi casa"». Dios: «¿Eres más digno que Nóaj?». Moshé: «Sí; cuando enviaste el diluvio sobre su generación, él no rogó Tu misericordia por ellos; pero yo sí te dije: "Y ahora, si perdonas su pecado…; y si no, bórrame, Te ruego, de Tu libro que has escrito"».
Dios: «¿Acaso fui yo quien te aconsejó matar al egipcio?». Moshé: «Tú mataste a todos los primogénitos de Mitsraim, ¿y he de morir yo por un solo egipcio que maté?». Dios: «¿Acaso eres mi igual? Yo mato y devuelvo la vida; pero ¿puedes tú acaso revivir a los muertos?».
Dios intenta consolar a Moshé por su muerte
Para que Moshé no se tomara demasiado a pecho su fin cercano, Dios trató de consolarlo señalándole que en su vida había recibido de su Creador distinciones como ningún hombre antes que él, y que aún mayores distinciones lo aguardaban en el mundo venidero. Dijo Dios: «¿No recuerdas el gran honor que te mostré? Me dijiste: "Levántate", y me levanté; dijiste: "Vuélvete", y me volví; por tu causa también invertí el orden del cielo y de la tierra, pues el orden del cielo es enviar rocío y lluvia, y el orden de la tierra es producir pan, pero tú me dijiste: "No lo quiero así, sino manda al cielo que envíe pan, y a la tierra que dé agua", y obré según tu deseo; hice llover pan del cielo, y el pozo "brotó". Dijiste: "Si Adonái hace algo nuevo, y la tierra abre su boca y los traga, entonces entenderéis que Adonái me ha enviado", y cumplí tu deseo, y los tragó. También había dicho yo: "El que sacrifique a cualquier dios, salvo únicamente a Adonái, será totalmente destruido"; pero cuando Israel pecó con el Becerro de Oro y yo me proponía tratarlos conforme a mis palabras, tú no me lo permitiste, diciendo: "Perdona, Te ruego, la iniquidad de este pueblo", y los perdoné como me pediste. Más aún: la Torá lleva mi nombre, es la Torá de HaShem, pero yo la nombré según tu nombre, diciendo: "Es la Torá de Mi siervo Moshé". También los hijos de Israel llevan mi nombre, "porque para Mí los hijos de Israel son siervos; son Mis siervos", pero yo los llamé según tu nombre. Todavía más te distinguí, pues así como para Mí no hay comida ni bebida, así también tú permaneciste en el cielo cuarenta días y cuarenta noches, y en todo ese tiempo "no comiste pan ni bebiste agua". Yo soy Dios, y mira: "te he hecho un dios para el Paró"; yo tengo profetas, y tú tienes un profeta, pues te dije: "y Aharón, tu hermano, será tu profeta". Además, ningún ser puede verme, y a ti también te hice de modo que "el pueblo tuvo miedo de acercarse a ti", y como te dije: "verás Mis espaldas, pero Mi rostro no será visto", así también el pueblo vio tus espaldas. Glorifiqué la Torá con veintidós letras, y con todas esas letras te glorifiqué a ti. Te envié al Paró, y sacaste a Israel de Mitsraim; por medio de ti concedí el Shabat a Israel, y la ley de la circuncisión; te di los Diez Mandamientos, te cubrí con la nube, te di las dos tablas de piedra, que rompiste; te hice único en el mundo; te di la Torá por herencia, y te honré más que a todos los setenta ancianos».
Moshé hubo de reconocer que le habían sido concedidas señales extraordinarias de honor. Dijo: «¡Señor del mundo! Me encumbraste, y me otorgaste tantos beneficios que no puedo enumerar uno entre mil, y todo el mundo sabe cómo me exaltaste y me honraste, y todo el mundo sabe igualmente que Tú eres el Dios único, el único en Tu mundo, que no hay otro fuera de Ti, y que no hay nada como Tú. Creaste a los de arriba y a los de abajo, Tú eres el principio y el fin. ¿Quién puede enumerar Tus obras de gloria? Haz una de estas, Te lo suplico, para que pueda pasar el Yardén». Dios dijo: «"Bástate ya, no me hables más de este asunto". Mejor es para ti morir aquí, que cruzar el Yardén y morir en la tierra de Israel. Allí serías sepultado en una tumba labrada por hombres, sobre unas andas hechas por hombres, y por manos de hombres; pero ahora serás sepultado en una tumba labrada por Dios, sobre unas andas hechas por Dios, y serás sepultado por las manos de Dios. Oh Moshé, hijo mío, mucho honor te ha sido guardado en el mundo venidero, pues tomarás parte en todas las delicias del Paraíso, donde están preparados trescientos diez mundos, que he creado para todo hombre piadoso que por amor a Mí se consagró a la Torá. Y así como en este mundo te puse sobre las sesenta miríadas de Israel, así en el mundo venidero te pondré sobre las cincuenta y cinco miríadas de hombres piadosos. Tus días, oh Moshé, pasarán cuando estés muerto, pero tu luz no se apagará, pues nunca tendrás necesidad de la luz del sol, ni de la luna, ni de las estrellas, ni requerirás vestido ni cobijo, ni aceite para tu cabeza, ni sandalias para tus pies, pues mi majestad brillará ante ti, mi resplandor hará radiar tu rostro, mi dulzura deleitará tu paladar, los carros de mi séquito te servirán de vehículos, y uno de mis muchos cetros —en el que está grabado el Nombre Inefable, uno que empleé en la creación del mundo— te daré, cuya imagen ya te había dado en este mundo».
Las intercesiones por Moshé
Cuando Moshé vio que Dios no prestaba oído a sus oraciones, buscó invocar la misericordia de Dios por medio de los ruegos de otros. «Para todo hay una sazón, y un tiempo para cada propósito debajo del cielo». Mientras el curso de los días de Moshé no había llegado a su término, todo estaba en su poder, pero cuando su tiempo se acabó, buscó a alguien que apelara por él a la misericordia de Dios. Se dirigió entonces a la Tierra y dijo: «Oh Tierra, te ruego, implora por mí la misericordia de Dios. Quizás por tu causa se apiade de mí y me deje entrar en la tierra de Israel». Mas la Tierra respondió: «Yo soy "sin forma y vacía", y además pronto "me envejeceré como un vestido". ¿Cómo, pues, habría de atreverme a comparecer ante el Rey de reyes? No; tu suerte es como la mía, pues "polvo eres, y al polvo volverás"».
Moshé corrió al Sol y a la Luna, y les imploró que intercedieran por él ante Dios, pero ellos respondieron: «Antes de orar a Dios por ti, hemos de orar por nosotros mismos, pues "la luna se avergonzará, y el sol se abochornará"».
Moshé llevó entonces su ruego a las Estrellas y los Planetas, pero también estos respondieron: «Antes de atrevernos a interceder por ti, hemos de interceder por nosotros mismos, pues "todo el ejército de los cielos se disolverá"».
Moshé fue entonces a los Cerros y las Montañas, suplicándoles: «Apelad, os ruego, a la misericordia de Dios por mí», y también ellos respondieron: «También nosotros hemos de implorar la misericordia de Dios por nosotros mismos, pues Él dijo: "Los montes se apartarán, y las colinas serán removidas"».
Presentó luego su súplica al monte Sinaí, pero este dijo: «¿No viste con tus propios ojos y consignaste en la Torá que "el monte Sinaí humeaba todo él, porque Adonái había descendido sobre él en fuego"? ¿Cómo, pues, habría yo de acercarme a HaShem?».
Fue entonces a los Ríos, y buscó su intercesión ante HaShem, pero respondieron: «"Adonái abrió camino en el mar, y senda en las aguas impetuosas". No podemos salvarnos de Su mano; ¿cómo, pues, habríamos de ayudarte?».
Fue luego a los Desiertos, y a todos los Elementos de la Naturaleza, mas en vano buscó lograr su ayuda. Su respuesta fue: «Todo va a un mismo lugar; todo es del polvo, y al polvo vuelve».
El Gran Mar fue el último al que llevó su petición, pero este respondió: «Hijo de Amram, ¿qué te aqueja hoy? ¿No eres tú el hijo de Amram que antaño vino a mí con un báculo, me golpeó, y me hendió en doce partes, mientras yo era impotente contra ti, porque la Shejiná te acompañaba a tu diestra? ¿Qué ha pasado, pues, que ahora vienes ante mí a suplicar?». Al recordarle los milagros que había realizado en su juventud, Moshé rompió a llorar y dijo: «¡Ojalá fuera yo como en los meses pasados, como en los días en que Dios me guardaba!». Y volviéndose al mar, respondió: «En aquellos días, cuando estaba junto a ti, era yo rey del mundo, y mandaba; pero ahora soy un suplicante cuyas oraciones no reciben respuesta».
Cuando Moshé advirtió que el Cielo y la Tierra, el Sol y la Luna, las Estrellas y los Planetas, las Montañas y los Ríos hacían oídos sordos a sus oraciones, trató de implorar a los hombres que intercedieran por él ante Dios. Fue primero a su discípulo Yehoshúa, diciéndole: «Oh hijo mío, ten presente el amor con que te traté de día y de noche, enseñándote mishná y halajá, y todas las artes y ciencias, e implora ahora por mí la misericordia de Dios, pues quizás por medio de ti se apiade de mí, y me permita entrar en la tierra de Israel». Yehoshúa comenzó a llorar amargamente, y se golpeó las palmas de dolor, pero cuando quiso empezar a orar, apareció Samael y le cerró la boca, diciendo: «¿Por qué buscas oponerte al mandato de Dios, que es "la Roca, cuya obra es perfecta, y todos cuyos caminos son justicia"?». Yehoshúa fue entonces a Moshé y dijo: «Maestro, Samael no me deja orar». Ante estas palabras Moshé prorrumpió en fuertes sollozos, y también Yehoshúa lloró amargamente.
Moshé fue entonces al hijo de su hermano, Elazar, a quien dijo: «Oh hijo mío, ten presentes los días en que Dios se airó contra tu padre por la hechura del Becerro de Oro, y yo lo salvé con mi oración. Ora tú ahora a Dios por mí, y quizás Dios se apiade de mí, y me deje entrar en la tierra de Israel». Pero cuando Elazar, conforme al deseo de Moshé, comenzó a orar, apareció Samael y le cerró la boca, diciéndole: «¿Cómo puedes pensar en desatender el mandato de Dios?». Entonces Elazar comunicó a Moshé que no podía orar por él.
Trató entonces de invocar la ayuda de Kalev, pero también a él le impidió Samael orar a Dios. Moshé fue entonces a los setenta ancianos y a los demás jefes del pueblo; imploró incluso a cada hombre de Israel que orara por él, diciendo: «Recordad la ira que HaShem abrigó contra vuestros padres, mas yo logré que Dios desistiera de su plan de destruir a Israel, y perdonara a Israel sus pecados. Ahora, os ruego, id al santuario de Dios y exhortad Su compasión por mí, para que me permita entrar en la tierra de Israel, pues "Dios nunca rechaza la oración de la multitud"».
Cuando el pueblo y sus jefes oyeron estas palabras de Moshé, prorrumpieron en llanto lastimero, y en el Mishkán, con amargas lágrimas, suplicaron a Dios que respondiera a la oración de Moshé, de modo que sus clamores subieron hasta el Trono de la Gloria. Pero entonces ciento ochenta y cuatro miríadas de ángeles, bajo el mando de los grandes ángeles Zakún y Lahash, descendieron y arrebataron las palabras de los suplicantes, para que no llegaran a Dios. El ángel Lahash, en verdad, trató de devolver a su lugar las palabras que los otros ángeles habían arrebatado, para que llegaran a Dios; pero cuando Samael supo de esto, encadenó a Lahash con cadenas de fuego y lo llevó ante Dios, donde recibió sesenta golpes de fuego y fue expulsado de la cámara interior de Dios porque, contra la voluntad de Dios, había intentado ayudar a Moshé a cumplir su deseo. Cuando Israel vio ahora cómo los ángeles trataban sus oraciones, fueron a Moshé y dijeron: «Los ángeles no nos dejan orar por ti».
Cuando Moshé vio que ni el mundo ni la humanidad podían ayudarlo, se dirigió al Ángel del Rostro, a quien dijo: «Ora por mí, para que Dios se apiade de mí, y para que yo no muera». Pero el ángel respondió: «¿Por qué, Moshé, te esfuerzas en vano? Estando detrás de la cortina que se tiende ante HaShem, oí que tu oración en este caso no ha de ser respondida». Moshé puso entonces la mano sobre su cabeza y lloró amargamente, diciendo: «¿A quién iré ahora, para que implore por mí la misericordia de Dios?».
Dios estaba ahora muy airado con Moshé porque no se resignaba a la sentencia que había sido sellada, pero Su ira se desvaneció tan pronto como Moshé pronunció las palabras: «Adonái, Adonái, Dios lleno de compasión y clemente, tardo para la ira y abundante en misericordia y verdad; que guarda misericordia por millares, que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado». Dios dijo entonces bondadosamente a Moshé: «He registrado dos juramentos: uno, que tú has de morir; y el segundo, que Israel ha de perecer. No puedo anular ambos juramentos; si, por tanto, eliges vivir, Israel ha de perecer». «¡Señor del mundo! —respondió Moshé—, me abordas con astucia; ases la cuerda por ambos extremos, de modo que yo mismo he de decir ahora: "¡Que perezcan Moshé y mil como él, antes que una sola alma de Israel!". Pero ¿no exclamarán todos los hombres: "¡Ay! ¡Los pies que hollaron los cielos, el rostro que contempló el Rostro de la Shejiná, y las manos que recibieron la Torá, no serán cubiertos de polvo!"?». Dios respondió: «No; el pueblo dirá: "Si un hombre como Moshé, que ascendió al cielo, que fue par de los ángeles, con quien Dios habló cara a cara, y a quien dio la Torá; si tal hombre no puede justificarse ante Dios, ¡cuánto menos podrá un mortal ordinario de carne y hueso, que comparece ante Dios sin haber hecho buenas obras ni estudiado la Torá, justificarse a sí mismo!". Quiero saber —añadió— por qué te afliges tanto por tu muerte inminente». Moshé: «Temo la espada del Ángel de la Muerte». Dios: «Si esa es la razón, no hables más en este asunto, pues no te entregaré en su mano». Moshé, sin embargo, no cedía, sino que dijo además: «¿Habrá de sufrir también mi madre Yojéved, a quien mi vida trajo tanto pesar, dolor después de mi muerte?». Dios: «Así estaba en mi mente aun antes de crear el mundo, y así es el curso del mundo; cada generación tiene sus sabios, cada generación tiene sus jefes, cada generación tiene sus guías. Hasta ahora fue tu deber guiar al pueblo, pero ahora ha madurado el tiempo para que tu discípulo Yehoshúa te releve del cargo que le está destinado».
Moshé sirve a Yehoshúa
Moshé se dijo entonces: «Si Dios ha determinado que no entre yo en la tierra de Israel, y he de perder así la recompensa por los muchos preceptos que solo pueden observarse en la Tierra Santa, sin más razón que porque ha llegado el momento de que mi discípulo Yehoshúa se ponga al frente de Israel y lo conduzca a la tierra, entonces mejor sería para mí seguir vivo, entrar en la tierra, y ceder a Yehoshúa el liderazgo del pueblo». ¿Qué hizo entonces Moshé? Desde el primer día de Shevat hasta el sexto de Adar, la víspera de su muerte, fue y sirvió a Yehoshúa de la mañana a la noche, como un discípulo a su maestro. Estos treinta y seis días durante los cuales Moshé sirvió a su antiguo discípulo correspondían al mismo número de años durante los cuales él había sido servido por Yehoshúa.
La manera en que Moshé atendía a Yehoshúa era la siguiente. Durante ese período se levantaba a medianoche, iba a la puerta de Yehoshúa, la abría con una llave, y tomando una camisa de la que sacudía el polvo, la dejaba junto a la almohada de Yehoshúa. Luego limpiaba las sandalias de Yehoshúa y las colocaba junto a la cama. Después tomaba su túnica interior, su manto, su turbante, su yelmo de oro y su corona de perlas, los examinaba para ver si estaban en buen estado, los limpiaba y los pulía, los disponía como debía, y los ponía sobre una silla de oro. Luego traía un cántaro de agua y una jofaina de oro y los colocaba ante la silla de oro, para que Yehoshúa se lavara. Después mandaba barrer y poner en orden las habitaciones de Yehoshúa —que amueblaba como las suyas propias—, y mandaba traer el trono de oro, que cubría con un paño de lino y otro de lana, y con otras vestiduras hermosas y costosas, como es costumbre entre los reyes. Después de hechos todos estos preparativos, ordenaba al heraldo que proclamara: «Moshé está a la puerta de Yehoshúa y anuncia que quien desee oír la palabra de Dios acuda a Yehoshúa, pues él, conforme a la palabra de Dios, es el jefe de Israel».
Cuando el pueblo oía al heraldo, temblaba y se estremecía, y fingía tener dolor de cabeza, para no tener que ir a Yehoshúa. Cada uno de ellos decía, entre lágrimas: «¡Ay de ti, tierra, cuando tu rey es un niño!». Pero una voz del cielo resonaba, clamando: «Cuando Israel era niño, yo lo amé», y la Tierra, también, abría su boca y decía: «Joven fui, y ahora soy viejo, y no he visto al justo desamparado». Mientras el pueblo se negaba a prestar oído a la convocatoria del heraldo, los ancianos de Israel, los jefes de las tropas, los príncipes de las tribus, y los capitanes de millares, de centenas y de decenas se presentaban ante la tienda de Yehoshúa, y Moshé asignaba a cada uno su lugar según su rango.
Entretanto se acercaba la hora en que Yehoshúa solía levantarse, y entonces Moshé entraba en su habitación y le tendía la mano. Cuando Yehoshúa vio que Moshé lo servía, se avergonzó de que su maestro lo atendiera, y tomando la camisa de la mano de Moshé, y vistiéndose, tembloroso, se echó a los pies de Moshé y dijo: «Oh maestro mío, no seas tú la causa de que yo muera antes de cumplirse la mitad de mi tiempo, a causa de la soberanía que Dios me ha impuesto». Pero Moshé respondió: «No temas, hijo mío; no pecas si eres servido por mí. Con la medida con que me mediste, te mido a ti; como con rostro amable me serviste, así te serviré yo. Fui yo quien te enseñó: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo", y también: "Sea el honor de tu discípulo tan querido para ti como el tuyo propio"». Moshé no descansó hasta que Yehoshúa se sentó en la silla de oro, y entonces Moshé sirvió a Yehoshúa, que aún se resistía, en todo lo necesario. Después de terminar con todo esto, puso sobre Yehoshúa, que aún se resistía, sus rayos de majestad, que había recibido de su maestro celestial Zagzaguel, escriba de los ángeles, al término de su instrucción en todos los secretos de la Torá.
Cuando Yehoshúa estuvo completamente vestido y listo para salir, comunicaron a él y a Moshé que todo Israel los aguardaba. Moshé puso entonces la mano sobre Yehoshúa para conducirlo fuera de la tienda, y muy en contra del deseo de Yehoshúa insistió en darle la precedencia al salir. Cuando Israel vio que Yehoshúa precedía a Moshé, todos temblaron, se levantaron, e hicieron sitio para que ambos avanzaran al lugar de los grandes, donde estaba el trono de oro, en el que Moshé sentó a Yehoshúa contra su voluntad. Todo Israel rompió a llorar cuando vio a Yehoshúa sobre el trono de oro, y él dijo entre lágrimas: «¿Por qué toda esta grandeza y honor para mí?».
De este modo pasó Moshé el tiempo desde el primer día de Shevat hasta el sexto de Adar, durante el cual expuso la Torá a las sesenta miríadas de Israel en setenta lenguas.
El último día de la vida de Moshé
El séptimo día de Adar, Moshé supo que ese día habría de morir, pues una voz celestial resonó, diciendo: «Ten cuidado de ti, oh Moshé, pues solo te queda un día más de vida». ¿Qué hizo entonces Moshé? Ese día escribió trece rollos de la Torá, doce para las doce tribus, y uno lo puso en el Arca Sagrada, para que, si querían falsificar la Torá, el del Arca quedara intacto. Moshé pensó: «Si me ocupo de la Torá, que es el árbol de la vida, este día llegará a su fin, y la sentencia inminente quedará en nada». Dios, sin embargo, hizo una señal al sol, que se opuso firmemente a Moshé, diciendo: «No me pondré mientras Moshé viva». Cuando Moshé hubo terminado de escribir los rollos de la Torá, no había pasado ni la mitad del día. Mandó entonces a las tribus venir a él, y recibir de su mano los rollos de la Torá, amonestando por separado a los hombres y a las mujeres a obedecer la Torá y sus mandamientos. El más excelente de los trece rollos fue traído por Gavriel, que lo llevó al más alto tribunal celestial para mostrar la piedad de Moshé, que había cumplido todo lo que está escrito en la Torá. Gavriel pasó con él por todos los cielos, para que todos pudieran atestiguar la piedad de Moshé. Es este rollo de la Torá del que las almas de los piadosos leen el lunes y el jueves, así como en Shabat y en los días festivos.
Moshé, ese día, mostró gran honor y distinción a su discípulo Yehoshúa a la vista de todo Israel. Un heraldo pasó ante Yehoshúa por todo el campamento, proclamando: «¡Venid y oíd las palabras del nuevo profeta que hoy se ha levantado para nosotros!». Todo Israel se acercó a honrar a Yehoshúa. Moshé dio entonces la orden de traer un trono de oro, una corona de perlas, un yelmo real y un manto de púrpura. Él mismo dispuso las filas de bancos para el Sanhedrín, para los jefes del ejército, y para los sacerdotes. Luego Moshé se dirigió a Yehoshúa, lo vistió, le puso la corona en la cabeza, y le mandó sentarse en el trono de oro para pronunciar desde él un discurso al pueblo. Yehoshúa pronunció entonces las siguientes palabras, que primero susurró a Kalev, quien luego las anunció en voz alta al pueblo. Dijo: «Despertad, regocijaos, cielos de los cielos, vosotros de lo alto; resonad con júbilo, cimientos de la tierra, vosotros de abajo. Despertad y proclamad en voz alta, órdenes de la creación; despertad y cantad, montañas eternas. Exultad y gritad de gozo, colinas de la tierra; despertad y prorrumpid en cantos de triunfo, huestes del cielo. Cantad y narrad, tiendas de Yaakov; cantad, moradas de Israel. Cantad y escuchad todas las palabras que vienen de vuestro Rey, inclinad vuestro corazón a todas Sus palabras, y tomad de buen grado sobre vosotros y vuestras almas los mandamientos de vuestro Dios. Abrid vuestra boca, hable vuestra lengua, y dad honra a HaShem, que es vuestro Auxilio; dad gracias a vuestro Señor y poned en Él vuestra confianza. Porque Él es Uno, y no tiene segundo; no hay como Él entre los dioses, ninguno entre los ángeles es como Él, y fuera de Él no hay quien sea vuestro Señor. A Su alabanza no hay límites; a Su fama, no hay confín ni fin; a Sus milagros, no hay hondura que sondear; a Sus obras, no hay número. Guardó el juramento que juró a los Patriarcas, por medio de nuestro maestro Moshé. Cumplió el pacto con ellos, y el amor y el voto que les había hecho, pues nos libró por medio de muchos milagros, nos llevó de la esclavitud a la libertad, hendió para nosotros el mar, y nos otorgó seiscientos trece mandamientos».
Cuando Yehoshúa hubo terminado su discurso, una voz resonó desde el cielo y dijo a Moshé: «Solo te quedan cinco horas más de vida». Moshé exclamó a Yehoshúa: «¡Permanece sentado como un rey ante el pueblo!». Entonces ambos comenzaron a hablar ante todo Israel; Moshé leía el texto y Yehoshúa lo exponía. No hubo discrepancia entre ellos, y las palabras de ambos se ajustaban como las perlas en una corona real. Pero el rostro de Moshé brillaba como el sol, y el de Yehoshúa como la luna.
Mientras Yehoshúa y todo Israel aún estaban sentados ante Moshé, una voz del cielo se hizo audible y dijo: «Moshé, solo te quedan ahora cuatro horas de vida». Entonces Moshé comenzó a implorar de nuevo a Dios: «¡Oh Señor del mundo! Si he de morir solo por causa de mi discípulo, considera que estoy dispuesto a conducirme como si fuera su alumno; sea como si él fuera sumo sacerdote, y yo un sacerdote común; él es rey, y yo su siervo». Dios respondió: «He jurado por mi gran nombre, que "el cielo y el cielo de los cielos no pueden contener", que no cruzarás el Yardén». Moshé: «¡Señor del mundo! Déjame al menos, por el poder del Nombre Inefable, volar como un ave por el aire; o hazme como un pez, transforma mis dos brazos en aletas y mi cabello en escamas, para que como un pez salte por encima del Yardén y vea la tierra de Israel». Dios: «Si accedo a tu deseo, quebrantaré mi voto». Moshé: «¡Señor del mundo! Condúceme sobre las alas de las nubes a unas tres parasangas de altura más allá del Yardén, de modo que las nubes queden debajo de mí, y yo desde arriba pueda ver la tierra». Dios respondió: «Esto, también, me parece un quebrantamiento de mi voto». Moshé: «¡Señor del mundo! Córtame, miembro a miembro, arrójame al otro lado del Yardén, y luego revíveme, para que vea la tierra». Dios: «Eso, también, sería como si hubiese quebrantado mi voto». Moshé: «Déjame recorrer la tierra con la mirada». Dios: «En este punto accederé a tu deseo. "Verás la tierra ante ti; pero no entrarás allá"». Dios le mostró entonces toda la tierra de Israel, y aunque era un cuadrado de cuatrocientas parasangas, Dios impartió tal fuerza a los ojos de Moshé que pudo abarcar toda la tierra. Lo que yacía en lo hondo se le aparecía en lo alto, lo oculto estaba claramente a la vista, lo distante estaba al alcance de la mano, y lo vio todo.
Moshé contempla el futuro
Señalando la tierra, Dios dijo: «"Esta es la tierra que juré a Avraham, a Yitsjak y a Yaakov, diciendo: A tu descendencia la daré"; a ellos se la prometí, pero a ti te la muestro». Pero no vio solo la tierra. Dios señaló con Su dedo cada parte de la Tierra Santa, y se la describió con exactitud a Moshé, diciendo: «Esta es la porción de Yehudá, esta la de Efráyim», y de este modo lo instruyó acerca del reparto de la tierra. Moshé aprendió de Dios la historia de toda la tierra, y la historia de cada una de sus partes. Dios se la mostró como se vería en su gloria, y como se vería bajo el dominio de extraños. Dios le reveló no solo la historia completa de Israel que habría de suceder en la Tierra Santa, sino que también le reveló toda su creación hasta el Día del Juicio, cuando tenga lugar la resurrección de los muertos. La guerra de Yehoshúa con los cananeos, la liberación de Israel de manos de los filisteos por medio de Shimshón, la gloria de Israel en el reinado de David, la construcción del Templo bajo Shlomo, y su destrucción, la línea de reyes de la casa de David, y la línea de profetas de la casa de Rajav, la destrucción de Gog y Magog en la llanura de Yerijó, todo esto y mucho más le fue dado ver a Moshé. Y así como Dios le mostró los acontecimientos del mundo, también le mostró el Paraíso con sus moradores de piedad, y el infierno con los malvados que lo llenan.
El lugar desde el cual Moshé contempló la Tierra Santa era un monte que llevaba cuatro nombres: Nevo, Avarim, Hor y Pisgá. Las distintas denominaciones se deben a que los reinos tenían por especial honor poseer territorios en la Tierra Santa. Este monte estaba dividido entre cuatro reinos, y cada reino tenía un nombre especial para sus partes. El nombre más apropiado parece ser Nevo, pues sobre él murieron tres nevi'im —"profetas"— sin pecado: Moshé, Aharón y Miriam.
A este monte, por mandato de Dios, se dirigió Moshé al mediodía del día en que murió. En esta ocasión, como en otras dos, Dios hizo ejecutar sus órdenes al mediodía para mostrar a la humanidad que no podían estorbar la ejecución de las órdenes de Dios, aunque quisieran hacerlo. Si Moshé hubiera ido a morir al monte Nevo de noche, Israel habría dicho: «Bien pudo hacerlo de noche, cuando nada sabíamos. De haber sabido que iba a ir al Nevo a morir, no lo habríamos dejado ir. En verdad, no habríamos permitido morir a quien nos sacó de Mitsraim, quien hendió el mar por nosotros, quien hizo llover el maná y brotar el pozo, quien mandó a las codornices volar hasta nosotros, y realizó muchos otros grandes milagros». Por eso Dios mandó a Moshé ir a su tumba en el monte Nevo a plena luz del día, a la hora del mediodía, diciendo: «Quien quiera impedirlo, que intente hacerlo».
Por una razón semejante tuvo lugar el éxodo de Israel de Mitsraim a la hora del mediodía, pues, de haber partido de noche, los egipcios habrían dicho: «Pudieron hacer esto en la oscuridad de la noche porque nada sabíamos de ello. De haberlo sabido, no les habríamos permitido partir, sino que los habríamos obligado por la fuerza de las armas a quedarse en Mitsraim». Por eso dijo Dios: «Sacaré a Israel a la hora del mediodía. Quien quiera impedirlo, que intente hacerlo».
También Nóaj entró en el arca a la hora del mediodía por una razón semejante. Dios dijo: «Si Nóaj entra en el arca de noche, su generación declarará: "Pudo hacerlo porque no lo advertimos, o no le habríamos permitido entrar solo en el arca, sino que habríamos tomado nuestros mazos y hachas, y hecho pedazos el arca". Por eso —dijo Dios— quiero que entre en el arca a la hora del mediodía. Quien quiera impedirlo, que intente hacerlo».
La orden de Dios a Moshé de dirigirse al monte Nevo, y morir allí, estaba formulada en las siguientes palabras —que no significan destrucción, sino elevación—: «"Muere en el monte al cual subes"; sube completamente solo, y que nadie te acompañe. Elazar, hijo de Aharón, lo acompañó a su tumba, pero ningún hombre presenciará la distinción y la recompensa que te aguardan en tu muerte. Allí serás reunido con tu pueblo, con los padres de Israel, Avraham, Yitsjak y Yaakov, y con tus padres, Kehat y Amram, así como con tu hermano Aharón y tu hermana Miriam, tal como tu hermano Aharón murió en el monte Hor, y fue reunido con su pueblo». Pues cuando Aharón hubo de morir, Moshé le quitó una por una sus vestiduras, con las que revistió a Elazar, hijo de Aharón, y después de haberle quitado todas las vestiduras, lo vistió con su túnica mortuoria. Entonces dijo a Aharón: «Aharón, hermano mío, entra en la cueva», y él entró. «Sube al lecho», dijo Moshé, y Aharón lo hizo. «Cierra los ojos», y los cerró. «Extiende los pies», y Aharón lo hizo, y expiró. Al ver esta muerte indolora y apacible, Moshé dijo: «¡Bienaventurado el hombre que muere tal muerte!». Por eso, cuando el fin de Moshé se acercaba, Dios dijo: «Morirás la muerte que deseaste, tan apaciblemente y con tan poco dolor como tu hermano Aharón».
Moshé se encuentra con el Mesías en el cielo
Moshé recibió aún otra distinción especial el día de su muerte, pues ese día Dios le permitió ascender al elevado lugar del cielo, y le mostró la recompensa que lo aguardaba en el cielo, y el futuro. El atributo divino de la Misericordia apareció allí ante él y le dijo: «Te traigo buenas nuevas, de las que te alegrarás. Vuélvete al Trono de la Misericordia y contempla». Moshé se volvió al Trono de la Misericordia y vio a Dios edificar el Templo de joyas y perlas, mientras entre las gemas y perlas separadas rielaba el resplandor de la Shejiná, más brillante que todas las joyas. Y en este Templo contempló al Mesías, hijo de David, y a su propio hermano Aharón, de pie, erguido, y vestido con el manto del sumo sacerdote. Aharón dijo entonces a Moshé: «No te acerques, pues este es el lugar donde mora la Shejiná, y sabe que nadie puede entrar aquí antes de haber gustado la muerte y de que su alma haya sido entregada al Ángel de la Muerte».
Moshé cayó entonces sobre su rostro ante Dios y dijo: «Permíteme hablar con Tu Mesías antes de morir». Dios le respondió: «Ven, te enseñaré Mi gran nombre, para que las llamas de la Shejiná no te consuman». Cuando el Mesías, hijo de David, y Aharón vieron acercarse a Moshé, supieron que Dios le había enseñado el gran nombre; por eso salieron a su encuentro y lo saludaron: «Bendito el que viene en el nombre de Adonái». Moshé le dijo entonces al Mesías: «Dios me dijo que Israel había de erigirle un Templo en la tierra, ¡y ahora lo veo edificar Su propio Templo, y además en el cielo!». El Mesías respondió: «Tu padre Yaakov vio el Templo que se erigirá en la tierra, y también el Templo que Dios levanta con Su propia mano en el cielo, y comprendió con claridad que era el Templo que Dios construyó con Su propia mano en el cielo —casa de piedras preciosas, de perlas y de la luz de la Shejiná— el que se guardaría para Israel por toda la eternidad, hasta el fin de todas las generaciones. Fue en la noche en que Yaakov durmió sobre una piedra y en su sueño contempló una Yerushaláyim en la tierra y otra en el cielo. Dios le dijo entonces a Yaakov: "Hijo mío Yaakov, hoy estoy sobre ti como en el futuro tus hijos estarán ante Mí". Al ver estas dos Yerushaláyim, la terrenal y la celestial, Yaakov dijo: "La Yerushaláyim de la tierra no es nada; no es esta la casa que se guardará para mis hijos por todas las generaciones, sino en verdad aquella otra casa de Dios, la que Él edifica con Sus propias manos". Pero si dices —continuó el Mesías— que Dios con Sus propias manos se edifica un Templo en el cielo, sabe entonces que también con Sus manos edificará el Templo en la tierra».
Cuando Moshé oyó estas palabras de boca del Mesías, se alegró en gran manera y, alzando el rostro hacia Dios, dijo: «¡Señor del mundo! ¿Cuándo descenderá a la tierra este Templo edificado aquí en el cielo?». Dios respondió: «El tiempo de este suceso no lo he revelado a ninguna criatura, ni a las primeras ni a las últimas, ¿cómo entonces habría de decírtelo a ti?». Moshé dijo: «Dame una señal, para que de lo que ocurra en el mundo pueda yo saber cuándo se acerca ese tiempo». Dios: «Primero esparciré a Israel como con una pala por toda la tierra, de modo que queden dispersos entre todas las naciones en los cuatro confines del mundo, y entonces "volveré a poner Mi mano por segunda vez" y reuniré a los que emigraron con Yoná, hijo de Amitái, a la tierra de Patrós, y a los que habitan en la tierra de Shinar, Jamat, Elam y las islas del mar».
Cuando Moshé oyó esto, partió del cielo con el ánimo alegre. El Ángel de la Muerte lo siguió a la tierra, pero no pudo apoderarse del alma de Moshé, pues él se negó a entregársela y no la puso en manos de nadie sino de Dios mismo.
Las últimas horas de Moshé
Cuando Moshé terminó de contemplar la tierra y el porvenir, estaba una hora más cerca de la muerte. Una voz sonó desde el cielo y dijo: «No hagas esfuerzos vanos por vivir». Moshé, sin embargo, no cesó de orar, diciéndole a Dios: «¡Señor del mundo! Déjame quedar de este lado del Yardén con los hijos de Reuvén y los hijos de Gad, para ser como uno de ellos, mientras Yehoshúa entra como rey al frente de Israel en la tierra del otro lado del Yardén». Dios respondió: «¿Quieres que reduzca a nada las palabras que están en la Torá, que dicen: "Tres veces al año comparecerán todos tus varones ante Adonái Dios"? Si Israel ve que tú no peregrinas al santuario, dirán: "Si Moshé, por medio de quien nos fueron dadas la Torá y las leyes, no peregrina al santuario, ¡cuánto menos tenemos que hacerlo nosotros!". Serías entonces causa de que no se guarden Mis mandamientos. Además, por medio de ti escribí en la Torá: "Al cabo de cada siete años, en el tiempo señalado del año de la remisión, cuando todo Israel venga a comparecer ante Adonái tu Dios, en el lugar que Él escoja, leerás esta ley delante de todo Israel, a sus oídos". Si tú vivieras, anularías la autoridad de Yehoshúa a los ojos de todo Israel, pues dirían: "En vez de aprender la Torá y oírla de boca del discípulo, mejor vayamos al maestro y aprendamos de él". Israel abandonaría entonces a Yehoshúa y acudiría a ti, con lo que serías causa de rebeldía contra Mi Torá, en la que está escrito que el rey ha de leer la Torá delante de todo Israel en el tiempo señalado del año de la remisión».
Entre tanto había pasado otra hora, y una voz sonó desde el cielo y dijo: «¿Hasta cuándo intentarás en vano evitar la sentencia? No te quedan sino dos horas de vida». El malvado Samael, cabeza de los espíritus malignos, había esperado con ansia el momento de la muerte de Moshé, pues confiaba en tomar su alma como la de todos los demás mortales, y decía sin cesar: «¿Cuándo llegará el momento en que Mijael llore y yo triunfe?». Cuando ya solo faltaban dos horas para la muerte de Moshé, Mijael, el ángel guardián de Israel, se echó a llorar, y Samael se llenó de júbilo, pues ya estaba muy cerca el momento que tanto había esperado. Pero Mijael le dijo a Samael: «"No te alegres de mí, enemiga mía: cuando caiga, me levantaré; cuando me siente en tinieblas, Adonái será mi luz". Aunque yo caiga por causa de la muerte de Moshé, me levantaré de nuevo por medio de Yehoshúa cuando conquiste a los treinta y un reyes de la Tierra de Israel. Aunque me siente en tinieblas por la destrucción del primer y del segundo Templo, Adonái será mi luz en el día del Mesías».
Entre tanto había pasado otra hora, y una voz resonó desde el cielo y dijo: «Moshé, ¡no te queda sino una hora de vida!». Moshé dijo entonces: «¡Señor del mundo! Aunque no me dejes entrar en la tierra de Israel, déjame al menos en este mundo, para que viva y no muera». Dios respondió: «Si no te dejara morir en este mundo, ¿cómo podría revivirte después para el mundo venidero? Además, desmentirías la Torá, pues por medio de ti escribí en ella: "ni hay quien libre de Mi mano"». Moshé siguió orando: «¡Señor del mundo! Si no me permites entrar en la tierra de Israel, déjame vivir como las bestias del campo, que se alimentan de hierbas y beben agua; déjame vivir y ver el mundo: hazme como una de ellas». Pero Dios dijo: «¡Baste ya!». Aun así, Moshé continuó: «Si no me concedes esto, déjame al menos vivir en este mundo como el ave que vuela en las cuatro direcciones del mundo, y cada día recoge su alimento de la tierra, bebe agua de los arroyos y al atardecer vuelve a su nido». Pero incluso esta última súplica suya le fue negada, pues Dios dijo: «Ya has hablado demasiado».
Moshé alzó entonces la voz llorando y dijo: «¿A quién acudiré, que ahora implore misericordia por mí?». Fue a cada obra de la creación y dijo: «Implora misericordia por mí». Pero todas respondieron: «No podemos siquiera implorar misericordia por nosotras mismas, pues Dios "hizo todo hermoso en su tiempo", pero después "todo va a un mismo lugar, todo es del polvo, y todo vuelve al polvo", "porque los cielos se desvanecerán como humo, y la tierra se envejecerá como un vestido"».
Cuando Moshé vio que ninguna de las obras de la creación podía socorrerlo, dijo: «Él es "la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos Sus caminos son justicia: Dios de fidelidad y sin iniquidad, justo y recto es Él"».
Cuando Moshé vio que no podía escapar de la muerte, llamó a Yehoshúa y, en presencia de todo Israel, le habló así: «Mira, hijo mío, el pueblo que entrego en tus manos es el pueblo de HaShem. Está todavía en su juventud y por eso es inexperto en la observancia de sus mandamientos; guárdate, pues, de hablarles con dureza, porque son los hijos de Hakadosh Baruj Hu, que los llamó: "Mi hijo primogénito, Israel", y los amó más que a todas las demás naciones». Pero Dios, en cambio, le dijo enseguida a Yehoshúa: «Yehoshúa, tu maestro Moshé te ha transferido su cargo. Sigue ahora sus pasos, toma una vara y golpea en la cabeza; "Israel es un niño, por eso lo amo", y "no rehúses la corrección al niño"».
Yehoshúa le dijo entonces a Moshé: «¡Oh, maestro mío Moshé! ¿Qué va a ser de mí? Si le doy a uno su parte en un monte, seguro que querrá una en el valle, y aquel a quien le dé su parte en el valle la querrá en un monte». Moshé, sin embargo, lo tranquilizó, diciendo: «No temas, pues Dios me ha asegurado que habrá paz en el reparto de la tierra». Luego Moshé dijo: «Pregúntame por todas las leyes que no te queden del todo claras, pues seré tomado de tu lado y ya no me verás más». Yehoshúa respondió: «¿Cuándo, maestro mío, de noche o de día, me he apartado de ti, para que tenga duda sobre nada de lo que me has enseñado?». Moshé dijo: «Aunque no tengas preguntas que hacerme, acércate, para que te bese». Yehoshúa se acercó a Moshé, que lo besó y lloró sobre su cuello, y por segunda vez lo bendijo diciendo: «Que tengas paz, y que Israel tenga paz contigo».
La bendición de Moshé
El pueblo se acercó entonces a Moshé y dijo: «La hora de tu muerte está cerca», y él respondió: «Esperad hasta que haya bendecido a Israel. En toda mi vida no tuvieron experiencias gratas conmigo, pues los reprendía constantemente y los exhortaba a temer a Dios y a cumplir los mandamientos; por eso no quiero ahora partir de este mundo sin haberlos bendecido». En verdad, Moshé siempre había alimentado el deseo de bendecir a Israel, pero el Ángel de la Muerte nunca le había permitido satisfacer ese anhelo; así que, poco antes de morir, encadenó al Ángel de la Muerte, lo arrojó bajo sus pies y bendijo a Israel a pesar de su enemigo, diciendo: «Salva a Tu pueblo y bendice a Tu heredad: apaciéntalos y sostenlos para siempre».
Moshé no fue el primero en otorgar bendiciones, pues las generaciones anteriores también lo habían hecho, pero ninguna bendición fue tan eficaz como la suya. Nóaj bendijo a sus hijos, pero fue una bendición dividida, destinada a Shem, mientras que Jam, en lugar de ser bendecido, fue maldecido. Yitsjak bendijo a sus hijos, pero sus bendiciones dieron lugar a una disputa, pues Esav envidió a Yaakov sus bendiciones. Yaakov bendijo a sus hijos, pero aun su bendición no estuvo sin mácula, pues al bendecir reprendió a Reuvén y le pidió cuentas por los pecados que había cometido. Incluso el número de las bendiciones de Moshé superó al de sus predecesores. Pues cuando Dios creó el mundo, bendijo a Adam y a Javá, y esta bendición permaneció sobre el mundo hasta el diluvio, cuando cesó. Cuando Nóaj salió del arca, Dios se le apareció y le otorgó de nuevo la bendición que se había desvanecido durante el diluvio, y esta bendición reposó sobre el mundo hasta que Avraham vino al mundo y recibió una segunda bendición de Dios, que dijo: «Y haré de ti una gran nación, y bendeciré a los que te bendigan, y maldeciré al que te maldiga». Dios le dijo entonces a Avraham: «De ahora en adelante ya no me corresponde bendecir a Mis criaturas en persona, sino que dejaré las bendiciones en tus manos: aquel a quien tú bendigas, será bendecido por Mí». Avraham, sin embargo, no bendijo a su propio hijo Yitsjak, para que el villano Esav no tuviera parte en aquella bendición. Yaakov, en cambio, recibió no solo dos bendiciones de su padre, sino además otra del ángel con quien luchó, y una de Dios; y también la bendición que a Avraham le tocaba otorgar a su casa fue a parar a Yaakov. Cuando Yaakov bendijo a sus hijos, les transmitió las cinco bendiciones que había recibido, y añadió otra más. En realidad, Bilam debería haber bendecido a Israel con siete bendiciones, correspondientes a los siete altares que había erigido, pero envidiaba grandemente a Israel, y los bendijo con solo tres. Dios dijo entonces: «¡Tú, villano que le escatimas a Israel sus bendiciones! No te permitiré otorgarle a Israel todas las bendiciones que le corresponden. Moshé, que tiene "un ojo generoso", bendecirá a Israel». Y así, en efecto, sucedió. Moshé añadió una séptima bendición a las seis con que Yaakov había bendecido a sus doce hijos. Esta no fue, sin embargo, la primera vez que Moshé bendijo al pueblo. Lo bendijo al erigirse el Mishkán, luego en su consagración, una tercera vez en la instalación de los jueces, y una cuarta vez el día de su muerte.
Antes de otorgar su bendición a Israel, sin embargo, Moshé entonó un cántico en alabanza de Dios, pues conviene glorificar el nombre de Dios antes de pedirle un favor, y como Moshé estaba a punto de pedirle a Dios que bendijera a Israel, proclamó primero Su grandeza y Su majestad.
Dijo: «Cuando Dios se reveló por primera vez a Israel para otorgarle la Torá, no se les apareció desde una sola dirección, sino desde las cuatro a la vez. "Vino del Sinaí", que está en el Sur, "y de Seír les amaneció", que está en el Este; "resplandeció desde el monte Parán", que está en el Norte, "y vino de entre diez mil santos" ángeles que habitan en el Oeste. Proclamó la Torá no solo en la lengua del Sinaí, que es el hebreo, sino también en la lengua de Seír, que es el romano, así como en el habla de Parán, que es el árabe, y en el habla de Kadesh, que es el arameo, pues ofreció la Torá no solo a Israel, sino a todas las naciones de la tierra. Estas, sin embargo, no quisieron aceptarla; de ahí Su ira contra ellas, y Su amor especial por Israel, que, a pesar de su temor reverente y su temblor ante la aparición de Dios en el Sinaí, aun así aceptó la Torá. ¡Señor del mundo! —continuó Moshé—, cuando Israel haya sido expulsado de su tierra, acuérdate todavía de los méritos de sus Patriarcas y sostenlos, líbralos en Tu misericordia "del yugo de las naciones" y de la muerte, y guíalos en el mundo venidero como los guiaste en el desierto».
Ante estas palabras Israel exclamó: «La Torá que Moshé nos trajo a riesgo de su vida es nuestra novia, y ninguna otra nación puede reclamarla. Moshé fue nuestro rey cuando se reunieron los setenta ancianos, y en el futuro el Mesías será nuestro rey, rodeado de siete pastores, y reunirá una vez más a las tribus dispersas de Israel». Entonces Moshé dijo: «Dios apareció primero en Mitsraim para librar a Su pueblo, luego en el Sinaí para darle la Torá, y aparecerá una tercera vez para tomar venganza en Edom, y finalmente aparecerá para destruir a Gog».
Después de que Moshé alabó y glorificó a Dios, comenzó a implorar Su bendición para las tribus. Su primera oración a Dios fue por Reuvén, por quien imploró el perdón de su pecado con Bilhá. Dijo: «Que Reuvén vuelva a la vida en el mundo venidero por su buena obra de salvar a Yosef, y que no permanezca muerto para siempre por su pecado con Bilhá. Que los descendientes de Reuvén sean también héroes en la guerra, y héroes en su conocimiento de la Torá». Dios concedió esta oración y perdonó el pecado de Reuvén conforme al deseo de las demás tribus, que le rogaron a Dios que concediera el perdón a su hermano mayor. Moshé percibió enseguida que Dios había concedido su oración, pues las doce piedras del pectoral del Sumo Sacerdote comenzaron a resplandecer, mientras que antes la piedra de Reuvén no había dado luz alguna. Cuando Moshé vio que Dios había perdonado el pecado de Reuvén, se dispuso enseguida a tratar de obtener el perdón de Dios para Yehudá, diciendo: «¿No fue Yehudá quien, por su confesión penitente de su pecado con su nuera Tamar, indujo también a Reuvén a buscar la expiación y la teshuvá?». El pecado por el que Moshé le pidió a Dios que perdonara a Yehudá era que nunca había cumplido su promesa de traer a Binyamín de regreso a su padre. A causa de este pecado, su cadáver se deshizo en pedazos, de modo que sus huesos rodaban dentro del féretro durante los cuarenta años de marcha por el desierto. Pero tan pronto como Moshé oró a Dios, diciendo: «Oye, Adonái, la voz de Yehudá», los huesos volvieron a unirse; su pecado, sin embargo, no quedó del todo perdonado, pues aún no era admitido a la academia celestial. Por eso Moshé continuó orando: «Tráelo a su pueblo», y fue admitido. En realidad no le sirvió de nada, pues, en castigo de su pecado, Dios hizo que no pudiera seguir la discusión de los sabios en el cielo, y mucho menos tomar parte en ella; ante lo cual Moshé oró: «Que sus manos le basten», y entonces ya no se sentó como uno mudo en la academia celestial. Pero aun así su pecado no quedó del todo perdonado, pues Yehudá no lograba salir victorioso en las disputas de los doctos; por eso Moshé oró: «Y Tú serás su ayuda contra sus adversarios». Solo entonces quedó del todo perdonado el pecado de Yehudá, y logró triunfar en las disputas con sus contrincantes en la academia celestial.
Así como Moshé oró por Yehudá, así también oró por su descendencia, y en especial por David y la dinastía real de David. Dijo: «Cuando David, rey de Israel, esté necesitado y te ore, entonces "oye, Adonái, su voz, y sé Tú su ayuda contra sus adversarios"; "tráelo" entonces de regreso "a su pueblo" en paz; y cuando salga solo a la batalla contra Goliat, "que sus manos le basten, y sé Tú su ayuda contra sus adversarios"». Al mismo tiempo, Moshé le rogó a Dios que sostuviera a la tribu de Yehudá, cuya arma principal en la guerra era el arco, para que sus «manos bastaran», para que con vigor y buena puntería lanzaran la flecha.
Como Moshé nunca les había perdonado a los de Shimón su pecado con las hijas de Moav, no les otorgó bendición alguna, pero tampoco esta tribu quedó del todo olvidada, pues la incluyó en su bendición para Yehudá, rogándole a Dios que oyera la voz de Yehudá cada vez que orara por la tribu de Shimón cuando estuviera en apuros, y que además les diera su posesión en la Tierra Santa junto a la de Yehudá.
Shimón y Leví «bebieron de la misma copa», pues ambos juntos, en su furor, mataron a los habitantes de Shejem; pero mientras que Leví reparó su pecado, Shimón añadió uno nuevo. Fueron los leviim quienes, en su celo por Dios, mataron a los que adoraron el Becerro de Oro; fue un levita, Pinjás, además, quien en su celo por Dios mató al malvado príncipe de la tribu de Shimón y a su amante. Por eso Moshé alabó y bendijo a la tribu de Leví, mientras que ni siquiera dedicó una palabra a Shimón.
Sus palabras se refirieron primero a Aharón, príncipe de la tribu de Leví. Dijo: «Bien pueden Tus Urim veTumim pertenecer a Aharón, que rindió servicios de amor a Tus hijos, que superó toda prueba que le pusiste, y que en las "aguas de la rebeldía" fue víctima de una acusación injusta». Dios había decretado entonces contra Aharón que muriera en el desierto, aunque no él, sino Moshé, había transgredido contra Él al decirle a Israel: «Oíd ahora, rebeldes». Así como Aharón, príncipe de la tribu de Leví, cuando Israel estaba todavía en Mitsraim, se pronunció apasionadamente contra el pueblo porque adoraba ídolos, así también toda la tribu de Leví se puso junto al estandarte de Dios cuando Israel adoró el Becerro de Oro en el desierto, y mató a los idólatras, aunque fueran sus medio hermanos o los hijos de sus hijas. Los leviim fueron también los únicos que, tanto en Mitsraim como en el desierto, permanecieron fieles a Dios y a Sus enseñanzas, no abandonaron la señal de la alianza y no fueron tentados a la rebeldía por los espías. «Por eso —continuó Moshé—, los leviim serán los únicos de cuya boca saldrán el juicio y la instrucción para Israel. "Pondrán incienso" en el Santo de los Santos, "y holocaustos enteros sobre Su altar". Sus sacrificios reconciliarán a Israel con Dios, y ellos mismos serán bendecidos con bienes terrenales. Tú, HaShem, "hieres a través de los lomos de los que se levantan contra ellos", de los que disputan los derechos sacerdotales de esta tribu; Tú destruiste a Kóraj, y los "que los odiaron", como el rey Uziyahu, "no volverán a levantarse". "Bendice, HaShem, la hacienda" de los leviim, que de los diezmos que reciben dan una décima parte a los sacerdotes. Que aceptes el sacrificio de manos del sacerdote Eliyahu sobre el monte Carmel, "hiere los lomos" de su enemigo Ajav, quiebra el cuello de los falsos profetas de este, y que los enemigos del Sumo Sacerdote Yojanán no vuelvan a levantarse».
«Binyamín —dijo Moshé— es el amado de HaShem, a quien Él protegerá siempre, y en cuya posesión estará el santuario, tanto en este mundo como en el tiempo del Mesías, y en el mundo venidero».
Moshé bendijo a la tribu de Yosef con la bendición de que su posesión fuera la tierra más fértil y bendita de la tierra; que hubiera allí siempre rocío, y brotaran muchos manantiales. Que estuviera constantemente expuesta a los suaves influjos del sol y de la luna, para que los frutos maduraran temprano. «Le deseo —dijo Moshé— que se cumplan las bendiciones que le dieron los Patriarcas y las esposas de los Patriarcas». Y así, en efecto, sucedió, pues la tierra de la tribu de Yosef lo poseía todo, y nada le faltaba. Esta fue la recompensa a Yosef por haber cumplido la voluntad de Dios que le fue revelada a Moshé en la zarza de espinos; y también porque, como rey de Mitsraim, trató a sus hermanos con grandes honores, aunque ellos lo habían apartado de su lado. Moshé bendijo además a Yosef prometiéndole que, así como había sido el primero de los hijos de Yaakov en llegar a Mitsraim, sería también el primero en el mundo venidero en aparecer en la Tierra Santa. Moshé proclamó el heroísmo de la descendencia de Yosef con estas palabras: «Así como es vano intentar forzar al toro primogénito a trabajar, así de poco serán uncidos los hijos de Yosef al servicio de los imperios; como el toro salvaje con sus cuernos aparta a todos los demás animales, así también los hijos de Yosef dominarán a las naciones, hasta los confines de la tierra. El efraimita Yehoshúa destruirá miríadas de paganos, y el manasita Guidón, millares de ellos».
Zevulún fue la tribu que, antes que todas las demás, se dedicó al comercio, y de este modo actuó como agente entre Israel y las demás naciones, vendiéndoles a estas los productos de la Tierra de Israel, y a aquel las mercancías extranjeras. De ahí la bendición que Moshé les otorgó: «"Alégrate, Zevulún, en tu salida" a las empresas comerciales; por tu intercesión muchas naciones orarán en el monte sagrado del Templo y ofrecerán sus sacrificios». Pues la gente que llegaba a los dominios de Zevulún por asuntos de negocios solía ir de allí a Yerushaláyim a contemplar el santuario de los judíos, y muchos de ellos se convertían por la gran impresión que la vida en la ciudad santa les causaba. Moshé bendijo además a esta tribu dándoles una heredad junto al mar, que podía brindarles peces costosos y el caracol de la púrpura, y cuya arena de las costas podía proporcionarles el material para el vidrio. Las demás tribus dependían, por tanto, de Zevulún para estos artículos, que no podían obtener de ningún otro, pues quienquiera que intentara despojar de ellos a Zevulún estaba condenado a la mala suerte en los negocios. Es también el «mar de Jaifa», dentro del territorio de Zevulún, adonde eran llevados a la costa todos los tesoros del océano; pues cada vez que una nave naufraga en el mar, el océano la envía con sus tesoros al mar de Jaifa, donde se atesora para los piadosos hasta el Día del Juicio. Otra bendición de Zevulún fue que siempre sería victorioso en la batalla, mientras que la tribu de Yisajar, estrechamente unida a él, fue bendecida por su distinción en las «tiendas del estudio». Pues Yisajar era «la tribu de los sabios y de los jueces», por lo cual Moshé los bendijo diciendo que en «el tiempo futuro» la gran casa de instrucción de Israel, así como el gran Sanhedrín, estarían ubicados en esta tribu.
La tribu de Gad, que moraba en la frontera de la tierra de Israel, recibió la bendición de que en «el tiempo futuro» sería tan fuerte en la batalla como lo había sido en la primera conquista de la Tierra de Israel, y de que en adelante estaría al frente de Israel en su regreso a la Tierra Santa, como lo había estado en su primera entrada en la tierra. Moshé alabó a esta tribu por elegir su sitio de este lado del Yardén, porque ese lugar había sido escogido para albergar la tumba de Moshé. Moshé, en efecto, murió en el monte Nevó, que es posesión de Reuvén, pero su cuerpo fue tomado del Nevó por las alas de la Shejiná y llevado al territorio de Gad, a una distancia de cuatro millas, entre las lamentaciones de los ángeles, que decían: «Entrará en la paz y descansará en su lecho».
Dan, que como Gad tenía su territorio en la frontera de la tierra, fue también bendecido con fuerza y poder, para poder rechazar los ataques de los enemigos de Israel. Fue también bendecido al recibir su territorio en la Tierra Santa en dos secciones diferentes de ella.
La bendición de Naftalí decía: «Oh Naftalí, saciado de favor, y lleno de la bendición de Adonái: posee tú el occidente y el sur». Esta bendición se cumplió, pues la tribu de Naftalí tenía en su posesión abundancia de peces y de setas, de modo que podían mantenerse sin mucho trabajo; y además el valle de Guinosar era su posesión, cuyos frutos eran célebres por su extraordinaria dulzura. Pero Naftalí no fue bendecido solo con bendiciones materiales, sino también con espirituales; pues fue a la gran casa de instrucción de Tiberíades a la que Moshé aludió cuando dijo de Naftalí: «está "lleno de las bendiciones de Adonái"».
Moshé llamó a Asher el favorito de sus hermanos, pues fue esta tribu la que, en los años de la remisión, proveía sustento a todo Israel, ya que su suelo era tan productivo que lo que crecía por sí solo bastaba para sostenerlos a todos. Pero Moshé bendijo a Asher en particular con una tierra rica en olivos, de modo que el aceite corría a raudales por la tierra de Asher. De ahí que Moshé lo bendijera con estas palabras: «Los tesoros de todas las tierras fluirán a ti, pues las naciones te darán oro y plata a cambio de tu aceite». Bendijo además a Asher con muchos hijos, y con hijas que conservaban los encantos de la juventud en su vejez.
Así como Moshé pronunció once bendiciones, así también compuso once salmos, correspondientes a las once tribus bendecidas por él. Estos salmos de Moshé fueron recibidos más tarde en el salterio de David, donde también hallaron su lugar los salmos de Adam, Malki-Tsédek, Avraham, Shlomo, Asaf y los tres hijos de Kóraj. El primer salmo de Moshé dice: «"Haces volver al hombre al polvo, y dices: Volved, hijos de los hombres", y perdonas al antepasado de la tribu de Reuvén, que pecó, pero volvió de nuevo a Dios». Otro de los salmos de Moshé dice: «El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Todopoderoso», que corresponde a la tribu de Leví, que moraba en el santuario, la sombra del Todopoderoso. A la tribu de Yehudá, cuyo nombre significa «Alabad a Adonái», pertenece el salmo: «Bueno es dar gracias a Adonái». El salmo: «Adonái reina, se ha vestido de majestad», es de Binyamín, pues el santuario estaba en su posesión; de ahí que este salmo se cierre con las palabras: «La santidad conviene a Tu casa, oh Adonái, por siempre jamás». El salmo: «Oh Adonái, Dios de las venganzas; Dios de las venganzas, muéstrate», fue compuesto por Moshé para la tribu de Gad; pues Eliyahu, miembro de esta tribu, había de destruir los cimientos de los paganos y de ejecutar sobre ellos la venganza de HaShem. A la tribu de los hombres doctos, Yisajar, corresponde el salmo: «Venid, cantemos a Adonái: aclamemos con júbilo a la roca de nuestra salvación», pues es esta tribu la que se ocupa de la Torá, el libro de la alabanza.
Moshé ruega la muerte
Moshé tenía aún muchas otras bendiciones para cada tribu, pero cuando percibió que su tiempo tocaba a su fin, las incluyó todas en una sola bendición, diciendo: «Dichoso tú, oh Israel: ¿quién como tú, pueblo salvado por Adonái, escudo de tu socorro y espada de tu excelencia?». Con estas palabras respondió al mismo tiempo a una pregunta que Israel le había hecho, diciendo: «Oh, dinos, maestro nuestro Moshé, ¿cuál es la bendición que Dios nos otorgará en el mundo venidero?». Él respondió: «No puedo describírosla, pero todo lo que puedo decir es: ¡dichosos vosotros, que tal cosa os está decretada!». Moshé al mismo tiempo le rogó a Dios que en el mundo venidero restituyera a Israel el arma celestial que les había quitado después de la adoración del Becerro de Oro. Dios dijo: «Juro que se la restituiré».
Cuando Moshé terminó su bendición, le pidió a Israel que perdonara su severidad para con ellos, diciendo: «Mucho habéis tenido que soportar de mí en cuanto al cumplimiento de la Torá y sus mandamientos, pero perdonadme ahora». Ellos respondieron: «Maestro nuestro, señor nuestro, está perdonado». No les tocaba a ellos pedir su perdón, cosa que hicieron con estas palabras: «A menudo hemos encendido tu ira y hemos puesto sobre ti muchas cargas, pero perdónanos ahora». Él dijo: «Está perdonado».
Entre tanto, unas personas se acercaron a él y dijeron: «Ha llegado la hora en que partes del mundo». Moshé dijo: «¡Bendito sea Su nombre, que vive y permanece por toda la eternidad!». Volviéndose hacia Israel, dijo entonces: «Os ruego que, cuando hayáis entrado en la tierra de Israel, os acordéis todavía de mí, y de mis huesos, y digáis: "Ay del hijo de Amram, que corría delante de nosotros como un caballo, pero cuyos huesos quedaron en el desierto"». Israel le dijo a Moshé: «Oh, maestro nuestro, ¿qué va a ser de nosotros cuando te hayas ido?». Él respondió: «Mientras estuve con vosotros, Dios estuvo con vosotros; pero no penséis que todas las señales y milagros que Él obró por medio de mí se hicieron por mi causa, pues mucho más bien se hicieron por vuestra causa, y por Su amor y Su misericordia; y si tenéis fe en Él, Él cumplirá vuestros deseos. "No pongáis vuestra confianza en príncipes, ni en hijo de hombre, en quien no hay salvación", pues ¿cómo podríais esperar ayuda de un hombre, criatura de carne y sangre, que no puede librarse a sí mismo de la muerte? Poned, por tanto, vuestra confianza en Aquel por cuya palabra surgió el mundo, pues Él vive y permanece por toda la eternidad. Ya estéis cargados de pecado o no, "derramad vuestro corazón ante Él", y volveos a Él». Israel dijo: «"Adonái, Él es Dios; Adonái, Él es Dios". Dios es nuestra fuerza y nuestro refugio».
Entonces una voz sonó desde el cielo y dijo: «¿Por qué, Moshé, te esfuerzas en vano? No te queda sino media hora de vida en el mundo». Moshé, a quien Dios había mostrado ahora la recompensa de los piadosos en el mundo venidero, y las puertas de la salvación y del consuelo que en adelante abriría a Israel, dijo entonces: «Dichoso tú, oh Israel: ¿quién como tú, pueblo salvado por Adonái?». Luego se despidió del pueblo, llorando a gritos. Dijo: «Morad en paz, os veré de nuevo en la Resurrección», y así partió de ellos, llorando a gritos. Israel también prorrumpió en fuertes lamentaciones, de modo que su llanto ascendió hasta los cielos más altos.
Moshé se quitó la vestidura exterior, rasgó su túnica, esparció polvo sobre su cabeza, se la cubrió como un enlutado, y en esta condición se dirigió a su tienda entre lágrimas y lamentos, diciendo: «¡Ay de mis pies, que no podrán entrar en la tierra de Israel; ay de mis manos, que no podrán recoger de sus frutos! ¡Ay de mi paladar, que no podrá probar los frutos de la tierra que mana leche y miel!».
Moshé tomó entonces un rollo, escribió en él el Nombre Inefable y el libro del cántico, y se dirigió a la tienda de Yehoshúa para entregárselo. Cuando llegó a la tienda de Yehoshúa, este estaba sentado, y Moshé permaneció de pie ante él en actitud inclinada, sin ser advertido por Yehoshúa. Pues Dios hizo que así fuera para que Moshé, a causa de este trato irrespetuoso, deseara él mismo la muerte. Porque cuando Moshé le había orado a Dios que lo dejara vivir, aunque solo fuera como un particular, Dios concedió su oración, diciéndole: «Si no tienes reparo en subordinarte a Yehoshúa, entonces podrás vivir»; y conforme a este acuerdo, Moshé se había dirigido a escuchar el discurso de Yehoshúa.
El pueblo, que se había reunido como de costumbre ante la tienda de Moshé para oír de él la palabra de Dios, no lo halló allí, y al enterarse de que había ido adonde Yehoshúa, se dirigió igualmente allá, donde hallaron a Moshé de pie y a Yehoshúa sentado. «¿En qué estás pensando —le gritaron a Yehoshúa—, que estás sentado, mientras tu maestro Moshé está de pie ante ti en actitud inclinada y con las manos juntas?». En su ira e indignación contra Yehoshúa, lo habrían matado al instante, si no hubiera descendido una nube que se interpuso entre el pueblo y Yehoshúa. Cuando Yehoshúa notó que Moshé estaba de pie ante él, se levantó al instante y exclamó entre lágrimas: «¡Oh, padre y maestro mío Moshé, que como un padre me criaste desde mi juventud y me instruiste en la sabiduría! ¿Por qué haces algo que traerá sobre mí un castigo divino?». El pueblo le rogó entonces a Moshé, como de costumbre, que los instruyera en la Torá, pero él respondió: «No tengo permiso para hacerlo». No cesaron, sin embargo, de importunarlo, hasta que una voz sonó desde el cielo y dijo: «Aprended de Yehoshúa». El pueblo consintió entonces en reconocer a Yehoshúa como su maestro, y se sentaron ante él para oír su discurso. Yehoshúa comenzó entonces su discurso con Moshé sentado a su derecha, y los hijos de Aharón, Elazar e Itamar, a su izquierda. Pero apenas había comenzado Yehoshúa su lección con las palabras «Alabado sea Dios, que se complace en los piadosos y en sus enseñanzas», cuando los tesoros de la sabiduría se desvanecieron de Moshé y pasaron a posesión de Yehoshúa, de modo que Moshé ni siquiera pudo seguir el discurso de su discípulo Yehoshúa. Cuando Yehoshúa hubo terminado su lección, Israel le pidió a Moshé que repasara con ellos lo que Yehoshúa había enseñado, pero él dijo: «¡No sé cómo responder a vuestra petición!». Comenzó a exponerles la lección de Yehoshúa, pero no pudo, pues no la había entendido. Le dijo entonces a Dios: «¡Señor del mundo! Hasta ahora deseaba la vida, pero ahora anhelo morir. Mejor cien muertes que un solo celo».
Samael escarmentado por Moshé
Cuando Dios percibió que Moshé estaba dispuesto a morir, le dijo al ángel Gavriel: «Ve, tráeme el alma de Moshé». Pero él respondió: «¿Cómo habría de presumir de acercarme y tomar el alma de aquel que pesa más que sesenta miríadas de mortales?». Dios encargó entonces al ángel Mijael que trajera el alma de Moshé, pero él, entre lágrimas, se negó por las mismas razones que Gavriel. Dios le dijo entonces al ángel Zagzaguel: «¡Tráeme el alma de Moshé!». Él respondió: «¡Señor del mundo! Yo fui su maestro y él mi discípulo, ¿cómo entonces habría de tomar su alma?». Entonces Samael se presentó ante Dios y dijo: «¡Señor del mundo! ¿Es Moshé, el maestro de Israel, acaso mayor que Adam, a quien creaste a Tu imagen y semejanza? ¿Es Moshé, tal vez, mayor que Tu amigo Avraham, que para glorificar Tu nombre se arrojó al horno de fuego? ¿Es Moshé, tal vez, mayor que Yitsjak, que permitió ser atado sobre el altar como sacrificio para Ti? ¿O es mayor que Tu primogénito Yaakov, o que sus doce hijos, Tus retoños? Ni uno solo de ellos se me escapó; dame, pues, permiso para traer el alma de Moshé». Dios respondió: «Ni uno solo de todos estos lo iguala. Y, además, ¿cómo tomarías su alma? ¿De su rostro? ¿Cómo podrías acercarte a su rostro, que ha contemplado Mi Rostro? ¿De sus manos? Esas manos recibieron la Torá, ¿cómo entonces habrías de poder acercarte a ellas? ¿De sus pies? Sus pies tocaron Mis nubes, ¿cómo entonces habrías de poder acercarte a ellos? No, no puedes acercarte a él en modo alguno». Pero Samael dijo: «Sea como sea, Te ruego, ¡permíteme traer su alma!». Dios dijo: «Tienes Mi consentimiento».
Samael partió entonces de la presencia de Dios lleno de regocijo, tomó su espada, se ciñó de crueldad, se envolvió en ira, y con gran furor se dirigió a Moshé. Cuando Samael divisó a Moshé, este estaba ocupado en escribir el Nombre Inefable. Dardos de fuego salían de su boca, el resplandor de su rostro y de sus ojos brillaba como el sol, de modo que parecía un ángel de las huestes de HaShem, y Samael, temeroso y tembloroso, pensó: «¡Era verdad cuando los otros ángeles declararon que no podían apoderarse del alma de Moshé!».
Moshé, que había sabido de la llegada de Samael aun antes de que este apareciera, alzó ahora los ojos y miró a Samael, y al punto los ojos de Samael se nublaron ante el resplandor del rostro de Moshé. Cayó sobre su faz y le sobrevinieron los dolores de una mujer de parto, de modo que, aterrado, no acertaba a abrir la boca. Moshé se dirigió entonces a él y le dijo: «¡Samael, Samael! "¡No hay paz —dice mi Dios— para los malvados!" ¿Por qué te presentas ante mí? Vete de aquí ahora mismo, o te cortaré la cabeza». Temblando de miedo, Samael respondió: «¿Por qué te enojas conmigo, maestro mío? Entrégame tu alma, pues tu hora de partir del mundo ha llegado». Moshé: «¿Quién te ha enviado a mí?». Samael: «Aquel que creó el mundo y las almas». Moshé: «No te entregaré mi alma». Samael: «Todas las almas, desde la creación del mundo, han sido puestas en mis manos». Moshé: «Yo soy mayor que todos los demás que vinieron al mundo; he tenido comunión con el espíritu de Dios mayor que tú y todos los tuyos juntos». Samael: «¿En qué consiste tu preeminencia?». Moshé: «¿Acaso no sabes que soy el hijo de Amram, que salí circuncidado del vientre de mi madre, que a los tres días no solo caminaba, sino que hasta hablaba con mis padres, que no tomé leche de mi madre hasta que ella recibió su paga de la hija del Paró? Cuando tenía tres meses, mi sabiduría era tan grande que profeticé y dije: "En adelante recibiré la Torá de la diestra de Dios". A los seis meses entré en el palacio del Paró y le quité la corona de la cabeza. Cuando tenía ochenta años, traje las diez plagas sobre el Paró y los egipcios, di muerte a su ángel guardián y saqué de Mitsraim a las sesenta miríadas de Israel. Luego partí el mar en doce partes, conduje a Israel por en medio de ellas y ahogué en él a los egipcios —y no fuiste tú quien tomó sus almas, sino yo—. Fui yo también quien tornó dulce el agua amarga, quien subió a los cielos y allí habló cara a cara con Dios. Labré dos tablas de piedra, sobre las cuales, a petición mía, Dios escribió la Torá. Ciento veinte días y otras tantas noches moré en los cielos, donde habité bajo el Trono de la Gloria; como un ángel, durante todo ese tiempo no comí pan ni bebí agua. Vencí a los habitantes del cielo, revelé allí secretos a la humanidad, recibí la Torá de la diestra de Dios y, por mandato suyo, escribí seiscientos trece mandamientos, que luego enseñé a Israel. Aún más: hice la guerra a los héroes de Sijón y de Og, que habían sido creados antes del diluvio y eran tan altos que las aguas del diluvio no les llegaban siquiera a los tobillos. En la batalla contra ellos ordené al sol y a la luna que se detuvieran, y con mi vara di muerte a los dos héroes. ¿Dónde, acaso, hay en el mundo un mortal capaz de hacer todo esto? ¿Cómo te atreves, malvado, a pretender apoderarte de mi alma pura, que me fue dada en santidad y pureza por el Señor de la santidad y la pureza? No tienes poder para sentarte donde yo me siento, ni para estar donde yo estoy. Vete de aquí, no te entregaré mi alma».
Samael, aterrado, volvió entonces ante Dios y le refirió las palabras de Moshé. La ira de Dios se encendió contra Samael, y le dijo: «Ve, tráeme el alma de Moshé, pues si no lo haces, te destituiré de tu oficio de tomar las almas de los hombres e investiré a otro con él». Samael imploró a Dios, diciendo: «Oh, Señor del mundo, cuyas obras son temibles: mándame ir al Gehinom y allí volver lo de arriba abajo y lo de abajo arriba, y al instante lo haré sin un momento de vacilación, pero no puedo presentarme ante Moshé». Dios: «¿Y por qué no, dime?». Samael: «No puedo hacerlo, porque él es como los príncipes de tu gran carroza. Relámpagos y dardos de fuego salen de su boca cuando habla conmigo, tal como sucede con los serafines cuando te alaban, te ensalzan y te glorifican. Te ruego, pues, que no me envíes a él, porque no puedo presentarme ante su presencia». Pero Dios, airado, dijo a Samael: «Ve, tráeme el alma de Moshé», y mientras este se disponía a ejecutar el mandato de Dios, HaShem añadió: «¡Malvado! Del fuego del infierno fuiste creado, y al fuego del infierno habrás de volver al fin. Al principio saliste con gran alegría a matar a Moshé, pero cuando percibiste su grandeza y su majestad, dijiste: "No puedo emprender nada contra él". Claro y manifiesto está ante Mí que ahora volverás de él por segunda vez, avergonzado y humillado».
Samael desenvainó entonces su espada y, en un arrebato de furia, se dirigió hacia Moshé, diciendo: «O lo mato yo a él, o él me mata a mí». Cuando Moshé lo percibió, se levantó airado y, con su vara en la mano —sobre la cual estaba grabado el Nombre Inefable—, se dispuso a expulsar a Samael. Samael huyó despavorido, pero Moshé lo persiguió, y al alcanzarlo lo golpeó con su vara, lo cegó con el resplandor de su rostro y luego lo dejó escapar, cubierto de vergüenza y confusión. Poco faltó para que lo matara, pero una voz resonó desde el cielo y dijo: «Déjalo vivir, Moshé, pues el mundo tiene necesidad de él»; así que Moshé hubo de contentarse con el castigo de Samael.
Dios besa el alma de Moshé
Entretanto, la hora de Moshé había llegado a su fin. Una voz del cielo resonó, diciendo: «¿Por qué, Moshé, te esfuerzas en vano? Tu último instante está próximo». Al punto Moshé se puso en pie para orar, y dijo: «¡Señor del mundo! Acuérdate del día en que te revelaste a mí en la zarza de espinos, y acuérdate también del día en que subí a los cielos y durante cuarenta días no probé alimento ni bebida. Tú, Clemente y Misericordioso, no me entregues en manos de Samael». Dios respondió: «He escuchado tu oración. Yo mismo me ocuparé de ti y te sepultaré». Moshé se santificó entonces como lo hacen los serafines que rodean la Majestad Divina, y en ese momento Dios, desde los cielos más altos, se reveló para recibir el alma de Moshé. Cuando Moshé contempló a Hakadosh Baruj Hu, bendito sea su Nombre, cayó sobre su faz y dijo: «¡Señor del mundo! Con amor creaste el mundo, y con amor lo guías. Trátame también a mí con amor, y no me entregues en manos del Ángel de la Muerte». Una voz celestial se dejó oír y dijo: «Moshé, no temas. "Tu justicia irá delante de ti; la gloria de Adonái será tu recompensa"».
Con Dios descendieron del cielo tres ángeles: Mijael, Gavriel y Zagzaguel. Gavriel dispuso el lecho de Moshé, Mijael extendió sobre él un manto de púrpura y Zagzaguel colocó una almohada de lana. Dios se situó a la cabecera de Moshé, Mijael a su derecha, Gavriel a su izquierda y Zagzaguel a sus pies, y entonces Dios se dirigió a Moshé: «Cruza los pies», y Moshé así lo hizo. Luego le dijo: «Junta las manos y ponlas sobre tu pecho», y Moshé así lo hizo. Después Dios dijo: «Cierra los ojos», y Moshé así lo hizo. Entonces Dios habló al alma de Moshé: «Hija mía, ciento veinte años decreté que morases en el cuerpo de este hombre justo, pero no vaciles ahora en abandonarlo, pues tu tiempo se ha cumplido». El alma respondió: «Sé que Tú eres el Dios de los espíritus y de las almas, y que en tu mano están las almas de los vivos y de los muertos. Tú me creaste y me pusiste en el cuerpo de este hombre justo. ¿Hay acaso en el mundo un cuerpo tan puro y santo como este? Jamás se posó en él una mosca, jamás se manifestó en él la lepra. Por eso lo amo, y no deseo dejarlo». Dios respondió: «¡No vaciles, hija mía! Tu fin ha llegado. Yo mismo te llevaré a los cielos más altos y te haré morar bajo el Trono de mi Gloria, como los serafines, los ofanim, los querubines y los demás ángeles». Pero el alma respondió: «¡Señor del mundo! Deseo quedarme con este hombre justo; pues mientras los dos ángeles Azza y Azael, cuando descendieron del cielo a la tierra, corrompieron su modo de vivir y amaron a las hijas de la tierra, de suerte que en castigo Tú los suspendiste entre el cielo y la tierra, el hijo de Amram, criatura de carne y sangre, desde el día en que Tú te revelaste desde la zarza de espinos, ha vivido apartado de su mujer. Déjame, pues, permanecer donde estoy». Cuando Moshé vio que su alma se negaba a dejarlo, le dijo: «¿Es esto porque el Ángel de la Muerte quiso mostrar su poder sobre ti?». El alma respondió: «No, Dios no quiere entregarme en manos de la muerte». Moshé: «¿Llorarás acaso cuando los demás lloren en mi partida?». El alma: «HaShem "ha librado mis ojos de las lágrimas"». Moshé: «¿Irás acaso al infierno cuando yo haya muerto?». El alma: «Andaré delante de Adonái en la tierra de los vivos». Cuando Moshé oyó estas palabras, permitió a su alma dejarlo, diciéndole: «Vuelve, alma mía, a tu reposo, porque Adonái te ha colmado de bienes». Y entonces Dios tomó el alma de Moshé besándolo en la boca.
La actividad de Moshé no cesó, sin embargo, con su muerte, pues en el cielo es uno de los servidores de HaShem. Dios sepultó el cuerpo de Moshé en un lugar que permaneció desconocido aun para el propio Moshé. Solo esto se sabe acerca de él: que un pasadizo subterráneo lo comunica con las tumbas de los Patriarcas. Aunque el cuerpo de Moshé yace muerto en su sepultura, está aún tan fresco como cuando vivía.
El duelo por Moshé
Cuando Moshé murió, una voz resonó desde el cielo por todo el campamento de Israel —que medía doce millas de largo por doce de ancho— y dijo: «¡Ay! Moshé ha muerto. ¡Ay! Moshé ha muerto». Todo Israel, que durante los treinta días anteriores a la muerte de Moshé había llorado su muerte inminente, dispuso ahora un tiempo de tres meses de duelo por él. Pero no fue Israel el único que hizo duelo por Moshé: Dios mismo lloró por Moshé, diciendo: «¿Quién se levantará por Mí contra los malhechores? ¿Quién se pondrá de mi parte contra los obradores de iniquidad?». Metatrón se presentó ante Dios y dijo: «Moshé era tuyo cuando vivía, y tuyo es en su muerte». Dios respondió: «No lloro por Moshé, sino por la pérdida que Israel sufre con su muerte. Cuántas veces me irritaron, pero él oraba por ellos y aplacaba mi ira». Los ángeles lloraron con Dios, diciendo: «Mas ¿dónde se hallará la sabiduría?». Los cielos se lamentaron: «El hombre piadoso ha perecido de la tierra». La tierra lloró: «Y no hay un recto entre los hombres». Las estrellas, los planetas, el sol y la luna gimieron: «Perece el justo, y no hay quien lo tome a pecho», y Dios ensalzó la excelencia de Moshé con estas palabras: «Tú dijiste de Mí: "Adonái, Él es Dios; no hay otro", y por eso Yo diré de ti: "Y no se levantó en Israel otro profeta como Moshé"».
Entre los mortales, fueron en particular Yojéved, la madre de Moshé, y Yehoshúa, su discípulo, quienes hondamente lloraron la muerte de Moshé. No estaban, en verdad, seguros de si Moshé había muerto, y por eso lo buscaron por todas partes. Yojéved fue primero a Mitsraim y dijo a aquella tierra: «Mitsraim, Mitsraim, ¿has visto acaso a Moshé?». Pero Mitsraim respondió: «Tan cierto como que vives, Yojéved, no lo he visto desde el día en que dio muerte aquí a todos los primogénitos». Yojéved se dirigió entonces al Nilo, diciendo: «Nilo, Nilo, ¿has visto acaso a Moshé?». Pero el Nilo respondió: «Tan cierto como que vives, Yojéved, no he visto a Moshé desde el día en que tornó mis aguas en sangre». Luego Yojéved fue al mar y dijo: «Mar, mar, ¿has visto acaso a Moshé?». El mar respondió: «Tan cierto como que vives, Yojéved, no lo he visto desde el día en que condujo a las doce tribus a través de mí». Yojéved se dirigió entonces al desierto y dijo: «Desierto, desierto, ¿has visto acaso a Moshé?». El desierto respondió: «Tan cierto como que vives, Yojéved, no lo he visto desde el día en que hizo llover el maná sobre mí». Luego Yojéved fue al Sinaí y dijo: «Sinaí, Sinaí, ¿has visto acaso a Moshé?». El Sinaí dijo: «Tan cierto como que vives, Yojéved, no lo he visto desde el día en que descendió de mí con las dos tablas de la ley». Yojéved fue por fin a la roca y dijo: «Roca, roca, ¿has visto acaso a Moshé?». La roca respondió: «Tan cierto como que vives, no lo he visto desde el día en que con su vara me golpeó dos veces».
También Yehoshúa buscó en vano a su maestro Moshé, y en su dolor por la desaparición de Moshé rasgó sus vestiduras y, clamando a voces, llamaba sin cesar: «"¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y su caballería!". "Mas ¿dónde se hallará la sabiduría?"». Pero Dios dijo a Yehoshúa: «¿Hasta cuándo seguirás buscando a Moshé en vano? Ha muerto, pero en verdad soy Yo quien lo ha perdido, y no tú».
La búsqueda infructuosa de Samael
Samael, el Ángel de la Muerte, no había oído que Dios había tomado el alma de Moshé de su cuerpo y la había recibido bajo el Trono de la Gloria. Creyendo que Moshé estaba aún entre los vivos, se dirigió a la casa de Moshé para apoderarse de su alma, pues temía volver ante Dios sin haber ejecutado su mandato de tomar el alma de Moshé. No lo halló, sin embargo, en su lugar acostumbrado, de modo que se apresuró hacia la Tierra de Israel, pensando: «Mucho oró Moshé para que se le permitiera entrar en esta tierra; quizá esté allí». Dijo a la Tierra de Israel: «¿Está Moshé acaso contigo?». Pero la tierra respondió: «No, no se le halla en la tierra de los vivos».
Samael pensó entonces: «Sé que Dios dijo una vez a Moshé: "Alza tu vara y divide el mar"; quizá, pues, esté junto al mar». Se apresuró al mar y dijo: «¿Está Moshé aquí?». El mar respondió: «No está aquí, y no lo he visto desde el día en que me partió en doce partes y con las doce tribus pasó a través de mí».
Samael se dirigió entonces al Gehinom, preguntando: «¿Has visto a Moshé, el hijo de Amram?». El Gehinom respondió: «Con mis oídos he oído el clamor, pero no lo he visto».
Se dirigió al Sheol, al Abadón y al Tit-haYaven, a los que dijo: «¿Habéis visto al hijo de Amram?». Ellos respondieron: «Por medio del Paró, rey de Mitsraim, hemos oído su clamor, pero no lo hemos visto».
Se dirigió al Abismo y preguntó: «¿Has visto al hijo de Amram?». Surgió la respuesta: «No lo he visto, pero sí he oído su clamor».
Preguntó a los hijos de Kóraj, que moran junto al Abismo: «¿Habéis visto al hijo de Amram?». Ellos respondieron: «No lo hemos visto desde el día en que, por orden de Moshé, la tierra abrió su boca y nos tragó».
Se dirigió a las nubes de gloria y preguntó: «¿Está Moshé acaso con vosotras?». Ellas respondieron: «Está oculto a los ojos de todo ser viviente».
Fue a los cielos y preguntó: «¿Habéis visto al hijo de Amram?». La respuesta fue: «No lo hemos visto desde que, por mandato de Dios, subió a nosotros para recibir la Torá».
Se apresuró al Paraíso, pero cuando los ángeles que guardan sus puertas vieron a Samael, lo echaron de allí y le dijeron: «¡Malvado! ¡Malvado! "Esta es la puerta de Adonái; por ella entrarán los justos"». Samael voló entonces por encima de las puertas del Paraíso y preguntó al Paraíso: «¿Has visto acaso a Moshé?». El Paraíso respondió: «Desde que, en compañía de Gavriel, me visitó para contemplar la recompensa de los piadosos, no lo he visto».
Fue al árbol de la vida, pero aun a la distancia de trescientas parasangas, este le gritó: «No te acerques a mí». Preguntó, pues, desde lejos: «¿Has visto al hijo de Amram?». El árbol respondió: «Desde el día en que vino a mí para cortarse una vara, no lo he visto».
Se dirigió al árbol del conocimiento del bien y del mal, y dijo: «¿Has visto al hijo de Amram?». El árbol respondió: «Desde el día en que vino a mí para obtener una caña de escribir con la que escribir la Torá, no lo he visto».
Se dirigió a las montañas con su pregunta. Estas respondieron: «Desde que labró de nosotras las dos tablas, no lo hemos visto».
Fue a los desiertos y preguntó: «¿Habéis visto al hijo de Amram?». Estos respondieron: «Desde que dejó de llevar a Israel a pastar sobre nosotros, no lo hemos visto».
Se dirigió al monte Sinaí, pues pensó que Dios había ordenado antes a Moshé ascender a él, y que quizá estuviera ahora allí. Preguntó al Sinaí: «¿Has visto al hijo de Amram?». El Sinaí dijo: «Desde el día en que, de la diestra de Dios, recibió sobre mí la Torá, no lo he visto».
Se dirigió a las aves y dijo: «¿Habéis visto a Moshé?». Ellas respondieron: «Desde el día en que separó las aves en puras e impuras, no lo hemos visto». Fue a los cuadrúpedos y preguntó: «¿Habéis visto a Moshé?». Ellos respondieron: «Desde el día en que determinó qué bestias podían comerse y cuáles no, no lo hemos visto». La respuesta de las aves y las bestias se refería al día en que Dios reunió todas las especies de animales, las condujo ante Moshé y le enseñó cuáles de ellas eran puras y cuáles no, cuáles podían comerse y cuáles no.
Samael se dirigió entonces al «Tribunal de los Muertos», donde el ángel Dumá guarda las almas de los difuntos, y preguntó al ángel: «¿Has visto al hijo de Amram?». Este respondió: «Oí en el cielo las palabras de lamentación por él, pero no lo he visto».
Se dirigió a los ángeles y preguntó: «¿Habéis visto al hijo de Amram?». Estos dieron la misma respuesta que Dumá, y le aconsejaron ir a los mortales, que quizá pudieran darle noticia del paradero de Moshé.
Se dirigió a los mortales y preguntó: «¿Dónde está Moshé?». Estos respondieron: «Nuestro maestro Moshé no es como los seres humanos. Es igual a los ángeles del ministerio, pues ascendió a los cielos y moró en el cielo como los ángeles; "ha recogido el viento en sus puños" como un ángel, y Dios tomó su alma para Sí en el lugar de su santidad. ¿Qué tienes tú, pues, que ver con el hijo de Amram?».
Moshé sobresale por encima de todos los hombres piadosos
La distinción especial que Dios concedió a Moshé en su muerte fue bien merecida, pues Moshé pesaba más que todos los demás hombres piadosos. Cuando Moshé murió, apareció Adam y dijo: «Yo soy mayor que tú, porque fui creado a imagen de Dios». Pero Moshé respondió: «Con todo, soy superior a ti, porque la gloria que recibiste de Dios te fue quitada, mientras que yo conservé para siempre el resplandor de mi rostro».
Nóaj dijo entonces a Moshé: «Yo soy mayor que tú, porque fui preservado de la generación del diluvio». Moshé respondió: «Yo soy superior a ti, porque tú te salvaste solo a ti mismo, y no tuviste poder para salvar a tus generaciones, mientras que yo me salvé a mí mismo y salvé también a mi generación cuando pecó con el Becerro de Oro».
Avraham dijo a Moshé: «Yo soy mayor que tú, porque daba de comer a los caminantes». Moshé: «Yo soy superior a ti, porque tú dabas de comer a los incircuncisos, mientras que yo daba de comer a los circuncisos; y tú, además, los alimentabas en una tierra de moradas, mientras que yo alimenté a Israel en el desierto».
Yitsjak dijo a Moshé: «Yo soy mayor que tú, porque desnudé mi cuello sobre el altar y contemplé el Rostro de la Shejiná». Moshé respondió: «Aun así soy superior a ti, porque tú, en verdad, contemplaste el Rostro de la Shejiná, pero tus ojos se nublaron, mientras que yo hablé con la Shejiná cara a cara, y ni mis ojos se nublaron ni mi fuerza menguó».
Yaakov dijo: «Yo soy mayor que tú, porque luché con el ángel y lo vencí». Moshé respondió: «Tú luchaste con el ángel en tu propio territorio, pero yo subí hasta los ángeles, a su propio territorio, y aun así me temieron».
Yosef dijo a Moshé: «Yo soy mayor que tú, porque la mujer de mi amo no pudo inducirme a pecar». Moshé respondió: «Aun así soy superior a ti, porque tú te contuviste ante una mujer ajena, mientras que yo me abstuve del trato con mi propia mujer».
El grado de la superioridad de Moshé sobre los demás hombres piadosos puede verse por lo siguiente. Adam murió porque había sido seducido por la serpiente, mientras que Moshé forjó una serpiente de bronce, a cuya vista sanaba todo aquel que había sido mordido por una serpiente. Nóaj ofreció a Dios un sacrificio que fue aceptado, pero él mismo no fue admitido a la presencia de Dios. Cuando Moshé, en cambio, ofreció un sacrificio en nombre de Israel, Dios le dijo: «Sabe que dos veces al día moraré con vosotros». Avraham había sido la causa de la esclavitud de Israel en Mitsraim, pues ese fue el castigo por sus palabras: «"¿En qué conoceré que he de heredar la tierra?"». Moshé, en cambio, fue quien libró a Israel de la esclavitud egipcia. Yaakov, ciertamente, venció en su lucha con el ángel, pero el golpe que el ángel le asestó le descoyuntó el muslo para siempre, mientras que Moshé infundió tal temor en los ángeles que, en cuanto lo veían en el cielo, huían.
Pero Moshé no solo superó a todos los demás seres humanos, sino que superó también a toda la creación que Dios había producido en seis días. El primer día Dios creó la luz, pero Moshé subió a los cielos y se apoderó de la luz espiritual, la Torá. El segundo día Dios creó el firmamento, con lo cual decretó que la tierra no entrara en el dominio del firmamento, ni el firmamento en el dominio de la tierra; pero Moshé escaló el firmamento aunque pertenecía a la tierra. El tercer día Dios creó el mar, pero en cuanto el mar divisó a Moshé, retrocedió despavorido ante él. El cuarto día Dios creó el sol y la luna para iluminar la tierra, pero Moshé dijo a Dios: «No quiero que el sol y la luna den luz a Israel; Tú mismo has de hacerlo», y Dios atendió su ruego. El quinto día Dios creó los animales, pero Moshé sacrificó cuantos animales quiso para las necesidades de Israel. Por eso, cuando Dios puso todos los objetos de la creación en un platillo de la balanza y a Moshé en el otro, Moshé pesó más que todos ellos. Con razón fue llamado Moshé «el hombre de Dios», pues era mitad hombre y mitad Dios.
Pero no solo en este mundo fue Moshé el gran caudillo y maestro de su pueblo: lo será también en el mundo venidero, conforme a la promesa que Dios le hizo poco antes de su muerte. Dijo Dios: «Tú, que condujiste a mis hijos en este mundo, los conducirás también en el mundo venidero».