Las Leyendas de los Judíos IV·Capítulo duodécimo12 / 12

Capítulo duodécimo

Ester

El festín para los magnates

El Libro de Ester es el último de los escritos de la Escritura. La historia posterior de Israel y todo su padecer los conocemos solo por tradición oral. Por eso la heroína del último libro canónico recibió el nombre de Ester —esto es, Venus, el lucero del alba—, que derrama su luz cuando todas las demás estrellas han dejado de brillar y el sol aún tarda en salir. Así, los hechos de la reina Ester lanzan un rayo de luz hacia adelante, sobre la historia de Israel en su hora más oscura.

Los judíos en tiempos de Ajashverosh eran como la paloma que se dispone a entrar en su nido, donde yace enroscada una serpiente. Y sin embargo no puede retirarse, porque afuera aguarda un halcón para lanzarse sobre ella. En Shushán los judíos estaban en las garras de Hamán, y en otras tierras quedaban a merced de muchos enemigos sanguinarios de su raza, dispuestos a cumplir el mandato de Hamán de destruirlos, matarlos y hacerlos perecer.

Pero el rescate de los judíos de la mano de sus adversarios es solo una parte de este capítulo admirable de la historia de Israel. No menos importante es la posición encumbrada a la que se elevaron en el reino de Ajashverosh tras la caída de Hamán —en especial el poder y la dignidad que alcanzó la propia Ester—. Por eso el magnífico festín que Ajashverosh preparó para sus súbditos pertenece a la historia de Ester.

El esplendor de su festín es la medida por la que calcular la riqueza y el poder de que ella gozaría después.

Ajashverosh no era rey de Persia por derecho de nacimiento. Debía su posición a su vasta riqueza, con la que compró el dominio sobre el mundo entero.

Tenía varias razones para dar un festín fastuoso. El tercer año de su reinado era el septuagésimo desde el comienzo del gobierno de Nabucodonosor, y Ajashverosh tenía por muy seguro que había pasado ya el tiempo para el cumplimiento de la profecía de Yirmiyahu, que anunciaba el retorno de Israel a la Tierra de Israel. El Templo seguía en ruinas, y Ajashverosh estaba convencido de que el reino judío jamás se restauraría. Huelga decir que no fue Yirmiyahu quien erró. El plazo de años del profeta no había comenzado con el ascenso del rey Nabucodonosor, sino con la destrucción de Yerushaláyim. Contados así, los setenta años de desolación terminaban justo en el tiempo en que Darío, hijo de Ajashverosh, permitió la reconstrucción del Templo.

Además de este motivo equivocado para una celebración, había razones personales por las que Ajashverosh deseaba dar expresión a su alegría. Poco antes había aplastado una rebelión contra su persona, y esa victoria quería celebrarla con pompa y ceremonia. La primera parte de la celebración se dedicó a los ciento veintisiete gobernantes de las ciento veintisiete provincias de su imperio. Su propósito era ganarse la lealtad de aquellos con quienes de otro modo no tenía trato directo. Pero ¿puede decirse con certeza que fuera buena política? Si no se había asegurado antes la fidelidad de su capital, ¿no era peligroso tener a esos gobernantes cerca en caso de una insurrección?

Durante seis meses enteros celebró el festín para los magnates, los nobles y los altos funcionarios —estos últimos, según la constitución, habían de ser todos medos bajo el rey persa Ajashverosh, como habrían tenido que ser persas bajo un rey medo—.

Este era el programa del festín: en el primer mes Ajashverosh mostró sus tesoros a sus huéspedes; en el segundo, los vieron los delegados de los vasallos reales del rey; en el tercero se expusieron los presentes a la vista; en el cuarto se invitó a los huéspedes a admirar sus posesiones literarias, entre ellas el rollo sagrado; en el quinto se exhibieron sus ornamentos de oro tachonados de perlas y diamantes; y en el sexto desplegó los tesoros que le habían sido dados como tributo. Con todo, toda esta vasta riqueza pertenecía a la corona; no era su propiedad personal. Cuando Nabucodonosor sintió acercarse su fin, resolvió hundir sus inmensos tesoros en el Éufrates antes que dejarlos pasar a su hijo Evil-Merodaj: tan grande era su avaricia. Pero, de nuevo, cuando Ciro dio a los judíos permiso para edificar el Templo, su recompensa dispuesta por lo Alto fue que descubrió el punto del río en que estaban hundidos los tesoros, y le fue permitido tomar posesión de ellos. Estos eran los tesoros de los que Ajashverosh se sirvió para glorificar su festín. Tan prodigiosos eran que, durante los seis meses del festín, abría cada día seis cámaras del tesoro para mostrar su contenido a los huéspedes.

Cuando Ajashverosh se jactaba de su riqueza —cosa que no tenía derecho a hacer, pues sus tesoros venían del Templo—, Dios dijo: «En verdad, ¿acaso la criatura de carne y sangre posee bienes propios? Solo yo poseo tesoros, pues ‹mía es la plata y mío es el oro›».

Entre los tesoros exhibidos estaban los vasos del Templo, que Ajashverosh había profanado en sus borracheras. Cuando los judíos nobles que habían sido invitados a la capital los vieron, se echaron a llorar y se negaron a seguir participando en las fiestas. Entonces el rey ordenó que se asignara un lugar aparte a los judíos, para que sus ojos se ahorraran aquella visión dolorosa.

No fue este el único incidente que despertó en ellos recuerdos punzantes, pues Ajashverosh se ataviaba con las vestiduras de gala que en otro tiempo habían pertenecido a los sumos sacerdotes de Yerushaláyim, y esto también hacía escocer de amargura a los judíos. El rey persa había querido además subir al trono de Shlomo, pero en esto se vio frustrado, porque su ingeniosa construcción era un enigma para él. Artífices egipcios intentaron fabricar un trono según el modelo del de Shlomo, pero en vano. Tras dos años de trabajo lograron producir una imitación endeble, y sobre ella se sentó Ajashverosh durante su espléndido festín.

Las fiestas en Shushán

Al cabo de los ciento ochenta días asignados al festín para los nobles, Ajashverosh dispuso una gran celebración para los habitantes de Shushán, la ciudad capital de Elam. Desde la creación del mundo y hasta después del diluvio había estado en vigor la ley no escrita de que el hijo primogénito de los patriarcas fuera el gobernante del mundo. Así, Shet fue el sucesor de Adam, y a él lo siguió a su vez Enosh, y de ese modo continuó la sucesión, de hijo primogénito en hijo primogénito, hasta Nóaj y su hijo mayor Shem. Ahora bien, el hijo primogénito de Shem era Elam, y, según la costumbre, debería habérsele dado el dominio universal que era su herencia. Shem, siendo profeta, sabía que Avraham y su posteridad, los israelitas, no brotarían de la familia de Elam, sino de la de Arpajshad. Por eso nombró a Arpajshad como su sucesor, y a través de él la soberanía descendió hasta Avraham, y así a Yitsjak, Yaakov y Yehudá, y a David y su posteridad, hasta el último rey de Yehudá, Tsidkiyahu, a quien Nabucodonosor despojó de su soberanía.

Fue entonces cuando Dios habló así: «Mientras el gobierno estuvo en manos de mis hijos, estuve dispuesto a ejercer paciencia. Las fechorías de uno eran compensadas por el otro. Si uno de ellos era malvado, el otro era piadoso. Pero ahora que el dominio ha sido arrebatado a mis hijos, que al menos revierta a sus poseedores originales. Elam fue el hijo primogénito de Shem, y a su descendencia se le dará el mando». Y así ocurrió que Shushán, la ciudad capital de Elam, se convirtió en sede del gobierno.

Que hubiera celebración alguna en Shushán se debió a Hamán, que ya en aquellos días tempranos tramaba intrigas contra los judíos. Se presentó ante Ajashverosh y dijo: «Oh rey, este pueblo es un pueblo peculiar. Que te plazca destruirlo». Ajashverosh respondió: «Temo al Dios de este pueblo; es muy poderoso, y tengo presente lo que le sucedió al Paró por su trato perverso a los israelitas». «Su Dios —dijo Hamán— aborrece la vida licenciosa. Prepara, pues, festines para ellos, y ordénales tomar parte en las diversiones. Haz que coman, beban y obren como su corazón desee, para que su Dios se enfurezca contra ellos».

Cuando Mordejái oyó de los festines que se planeaban, aconsejó a los judíos que no se sumaran a ellos. Todos los hombres prominentes de su pueblo y muchos de las clases más bajas tomaron a pecho su consejo. Huyeron de Shushán para evitar verse obligados a participar en las fiestas. Los demás permanecieron en la ciudad y cedieron a la fuerza; tomaron parte en las celebraciones, y hasta se permitieron comer alimentos preparados por los gentiles, aunque el rey había tenido cuidado de no ofender la conciencia religiosa de los judíos en tales detalles. Había sido tan escrupuloso que no había necesidad de que bebieran vino tocado por la mano de un idólatra, y mucho menos de que comieran alimento prohibido. La organización del festín estaba enteramente a cargo de Hamán y de Mordejái, de modo que ni judío ni gentil pudiera ausentarse por motivos religiosos.

El propósito del rey era dejar que cada huésped siguiera la inclinación de su corazón. Cuando Ajashverosh dio la orden de que los oficiales de su casa obraran «conforme al gusto de cada hombre», Dios se irritó con él. «Villano —dijo—, ¿puedes tú cumplir el gusto de cada hombre? Supón que dos hombres aman a la misma mujer, ¿pueden casarse ambos con ella? Dos naves zarpan juntas de un puerto, la una desea viento del sur, la otra viento del norte. ¿Puedes tú producir un viento que satisfaga a las dos? Mañana comparecerán ante ti Hamán y Mordejái. ¿Podrás ponerte de parte de ambos?».

El escenario de las fiestas fueron los jardines reales. Se hizo que las ramas altas de los árboles se entrelazaran unas con otras, formando arcos abovedados, y los árboles menores de follaje aromático fueron sacados de la tierra y colocados en tiendas artificiosamente construidas. De árbol en árbol se tendían cortinas de biso —blancas y de azul zafiro, de verde intenso y de púrpura real—, sujetas a sus soportes por cuerdas que colgaban de vigas redondas de plata, que a su vez descansaban sobre columnas de mármol rojo, verde, amarillo, blanco y de reluciente azul. Los divanes estaban hechos de delicados tapices, sus armazones se alzaban sobre pies de plata, y las varas que los ceñían eran de oro. El suelo estaba enlosado de cristal y mármol, perfilado con piedras preciosas cuyo brillo iluminaba la escena a lo largo y a lo ancho.

El vino y las demás bebidas se bebían solo en vasos de oro, y con todo era Ajashverosh tan rico que ninguna copa se usaba más de una sola vez. Pero, por magníficos que fueran estos utensilios suyos, cuando se trajeron los vasos sagrados del Templo, el esplendor dorado de los otros se apagó: se volvió opaco como el plomo. El vino era en cada caso más viejo que quien lo bebía. Para prevenir la embriaguez por bebidas desacostumbradas, a cada huésped se le servía el vino propio de su lugar natal. En general, Ajashverosh seguía la usanza judía antes que la persa. Era un banquete más que una borrachera. En Persia regía la costumbre de que todo participante en un banquete de vino tuviera que apurar una copa enorme, muy por encima de la capacidad de cualquier ser humano, y hacerlo debía aunque perdiera la razón y la vida. El oficio de copero era, por ello, muy lucrativo, pues los huéspedes en tales orgías solían sobornarlo para comprar la libertad de beber tan poco como quisieran o se atrevieran. Esta costumbre persa de forzar el exceso en la bebida se dejó de lado en el banquete de Ajashverosh; cada huésped obraba a su antojo.

La generosidad real no se mostraba solo en la comida y la bebida. Los huéspedes del rey podían entregarse también a los placeres de la danza, si así lo deseaban. Había bailarines dispuestos, que encantaban a la concurrencia con sus artísticas figuras desplegadas sobre el suelo cubierto de púrpura. Para que el goce de los participantes no se viera empañado en modo alguno —por ejemplo, por la separación de sus familias—, a todos se les permitió traer consigo a los de su casa, y a los mercaderes se los eximió de los impuestos que pesaban sobre ellos.

Tan seguro estaba Ajashverosh de su éxito como anfitrión que se atrevió a decir a sus huéspedes judíos: «¿Podrá vuestro Dios igualar este banquete en el mundo venidero?». A lo cual respondieron los judíos: «El banquete que Dios preparará para los justos en el mundo venidero es aquel del que está escrito: ‹Ningún ojo lo ha visto, salvo el de Dios; Él lo hará cumplir para quienes esperan en Él›. Si Dios nos ofreciera un banquete semejante al tuyo, oh rey, diríamos: como este comimos a la mesa de Ajashverosh».

El banquete de Vashtí

El banquete que la reina Vashtí ofreció a las mujeres difería solo levemente del de Ajashverosh. Ella buscó emular el ejemplo de su marido hasta en el detalle de exhibir tesoros. Seis cámaras del tesoro mostraba cada día a las mujeres a quienes había invitado como huéspedes; más aún, no se retrajo siquiera de ataviarse con las vestiduras del sumo sacerdocio. Las carnes y los platos, como en la mesa de Ajashverosh, eran de la Tierra de Israel; solo que, en vez de vino, se servían licores y dulces.

Como el sexo débil está sujeto a súbitos accesos de indisposición, el banquete se dio en las salas del palacio, para que las huéspedas pudieran, si lo precisaban, retirarse a las estancias contiguas. Además, los aposentos del palacio, lujosamente ornamentados, resultaban más atractivos al gusto femenino que las bellezas naturales de los jardines reales, «pues una mujer preferiría residir en hermosos aposentos y poseer hermosos vestidos antes que comer terneros cebados». Nada interesaba más a las mujeres que conocer la disposición del interior del palacio, «pues las mujeres son curiosas por saberlo todo». Vashtí satisfizo su deseo. Les mostró cuanto había que ver, describiendo cada lugar a medida que llegaba a él: esta es la sala del comedor, esta la del vino, esta la alcoba.

También a Vashtí la movía un motivo político cuando resolvió dar su banquete. Al invitar a las esposas de rehenes por si los hombres se alzaban en insurrección contra el rey. Pues Vashtí conocía las artes del gobierno. No solo era esposa de un rey, sino también hija de un rey, de Baltasar. La noche del asesinato de Baltasar en su propio palacio, Vashtí, alarmada por la confusión que se produjo y sin saber de la muerte de su padre, huyó a los aposentos en que él solía sentarse. El medo Darío ya había subido al trono de Baltasar, y así ocurrió que Vashtí, en lugar de hallar el refugio esperado junto a su padre, fue a caer directamente en manos de su sucesor. Pero él tuvo compasión de ella y la dio por esposa a su hijo Ajashverosh.

El destino de Vashtí

Aunque Ajashverosh había tomado toda precaución para prevenir el desenfreno en el vino, su banquete reveló la diferencia esencial entre las fiestas judías y las paganas. Cuando los judíos se reúnen en torno a una mesa festiva, discuten una halajá, o una agadá, o, cuando menos, un simple versículo de la Escritura. Ajashverosh y sus compañeros de placer remataron el banquete con conversaciones lascivas. Los persas alababan los encantos de las mujeres de su pueblo, mientras que los medos no admitían ninguna superior a las mujeres medas. Entonces «el necio» de Ajashverosh se levantó y habló: «Mi esposa no es ni persa ni meda, sino caldea, y sin embargo aventaja a todas en belleza. ¿Queréis convenceros de la verdad de mis palabras?». «Sí —clamó la concurrencia, ya hundida en sus copas—, pero, para poder juzgar como es debido de sus encantos naturales, que comparezca ante nosotros sin adornos, sí, sin atavío alguno», y Ajashverosh accedió a la vergonzosa condición.

Aquello venía de Dios: que el rey planteara a Vashtí una exigencia tan insensata. Una semana entera había pasado Mordejái en ayuno y oración, suplicando a Dios que impusiera castigo a Ajashverosh por su profanación de los utensilios del Templo. Al séptimo día de la semana, en Shabat, cuando Mordejái tras su largo ayuno tomó alimento —porque ayunar está prohibido en día de Shabat—, Dios escuchó su oración y la oración del Sanhedrín. Envió abajo siete Ángeles de la Confusión para poner fin al placer de Ajashverosh. Se llamaban: Mehumán, Confusión; Biztá, Destrucción de la Casa; Jarboná, Aniquilación; Bigtá y Avagtá, los Pisadores del Lagar, pues Dios había resuelto triturar la corte de Ajashverosh como se prensa el zumo de las uvas en un lagar; Zetar, Observador de la Inmoralidad; y Karkás, el que Golpea.

Hubo una razón particular por la que esta interrupción del festín tuvo lugar en Shabat. Vashtí tenía por costumbre forzar a doncellas judías a hilar y tejer en día de Shabat, y, para colmo de su crueldad, las despojaba de todas sus ropas. Fue en Shabat, por tanto, cuando su castigo la alcanzó, y por la misma razón se puso en el corazón del rey el hacerla comparecer en público despojada de toda vestidura.

Vashtí retrocedió ante la repugnante orden del rey. Pero no ha de suponerse que se resistió a cumplirla porque ofendiera su sentido moral. No era ni un ápice mejor que su marido. En realidad se recreaba en la ocasión que su mandato le daba de entregarse una vez más a los placeres carnales, pues hacía exactamente una semana que había dado a luz un hijo. Pero Dios envió al ángel Gavriel para desfigurarle el rostro. De pronto aparecieron signos de lepra en su frente, y las marcas de otras enfermedades en su cuerpo. En tal estado le era imposible mostrarse ante el rey. Hizo de la necesidad virtud, y formuló con arrogancia su negativa a comparecer ante él: «Decid a Ajashverosh: ‹¡Oh necio y demente! ¿Has perdido la razón de tanto beber? Yo soy Vashtí, hija de Baltasar, que fue hijo de Nabucodonosor, aquel Nabucodonosor que se burlaba de los reyes y para quien los príncipes eran objeto de irrisión; y ni siquiera tú habrías sido considerado digno de correr como heraldo delante del carro de mi padre. De haber vivido él, jamás se me habría dado a ti por esposa. Ni siquiera a quienes sufrieron la pena de muerte durante el reinado de mi antepasado Nabucodonosor se los despojaba desnudos de sus ropas, ¡y tú exiges que yo comparezca desnuda en público! Es por tu propio bien que me niego a acatar tu orden. O el pueblo decidirá que no respondo a la descripción que de mí haces, y te proclamará mentiroso, o, hechizado por mi belleza, te matará para hacerse con mi persona, diciendo: ¿ha de ser este necio el dueño de tanta hermosura?›».

La primera dama de la aristocracia persa alentó a Vashtí a mantenerse en su resolución. «Mejor —le dijo su consejera, cuando le fue entregada a Vashtí la segunda citación de Ajashverosh, junto con su amenaza de matarla si no obedecía—, mejor es que el rey te mate y aniquile tu belleza, y no que tu persona sea admirada por otros ojos que los de tu marido, y así quede deshonrado tu nombre, y el nombre de tus antepasados».

Cuando Vashtí se negó a obedecer la orden repetida de comparecer ante el rey y los ciento veintisiete príncipes coronados del reino, Ajashverosh se volvió hacia los sabios judíos y les pidió que dictaran sentencia sobre su reina. Los pensamientos de ellos corrían así: si condenamos a muerte a la reina, lo pagaremos en cuanto Ajashverosh recobre la sobriedad y oiga que fue por consejo nuestro que ella fue ejecutada. Pero si ahora, mientras está embriagado, lo exhortamos a la clemencia, nos acusará de no rendir el debido acatamiento a la majestad del rey. Resolvieron, por tanto, la neutralidad. «Desde la destrucción del Templo —dijeron al rey—, desde que no habitamos en nuestra tierra, hemos perdido el poder de dar consejo sabio, en particular en asuntos de vida o muerte. Mejor busca consejo con los sabios de Amón y de Moav, que siempre han morado con holgura en su tierra, como el vino que ha reposado sobre sus heces y no ha sido trasegado de vasija en vasija».

Entonces Ajashverosh planteó su acusación contra Vashtí ante los siete príncipes de Persia —Karshená, Shetar, Admatá, Tarshish, Méres, Marsená y Memján—, que provenían de África, la India, Edom, Tarso, Mursa, Resen y Yerushaláyim, respectivamente. Los nombres de estos siete oficiales, cada uno representando su país, aludían a su cargo. Karshená tenía a su cuidado los animales; Shetar, el vino; Admatá, la tierra; Tarshish, el palacio; Méres, las aves de corral; Marsená, la panadería; y Memján proveía a las necesidades de todos en el palacio, y su esposa hacía de ama de llaves.

Este Memján, natural de Yerushaláyim, no era otro que Daniel, llamado Memján, «el designado», porque fue designado por Dios para obrar milagros y provocar la muerte de Vashtí.

Cuando el rey pidió consejo a estos siete nobles, Memján fue el primero en tomar la palabra, aunque en rango era inferior a los otros seis, como se ve por el lugar que su nombre ocupa en la lista. Sin embargo, es costumbre, tanto entre persas como entre judíos, al dictar sentencia de muerte, comenzar la votación por el más joven de los jueces del tribunal, para impedir que los menores y los menos prominentes se dejen intimidar por la opinión de los más influyentes.

Fue consejo de Memján al rey hacer un escarmiento de Vashtí, para que en adelante ninguna mujer osara negar obediencia a su marido. Daniel-Memján había tenido experiencias desagradables en su vida conyugal. Se había casado con una acaudalada dama persa, que se empeñaba en hablarle únicamente en su propia lengua. Además, existía entre Daniel y Vashtí una antipatía personal. Él había sido en cierta medida la causa de que ella se negara a comparecer ante el rey y sus príncipes. Vashtí odiaba a Daniel, porque fue él quien había profetizado su muerte a su padre, y la extinción de su dinastía. No podía soportar su vista, por lo cual no quiso mostrarse a la corte en su presencia. También fue Daniel quien, pronunciando el Nombre de Dios, había hecho desvanecerse la belleza de Vashtí y afeado su rostro. En consecuencia de todo ello, Daniel aconsejó no solo que Vashtí fuera repudiada, sino que se la volviera inofensiva para siempre por mano del verdugo. Su consejo fue respaldado por sus colegas y aprobado por el rey. Para que el rey no demorara la ejecución de la sentencia de muerte, y no corriera así el propio Daniel peligro de su vida, hizo que Ajashverosh jurara el más solemne juramento conocido entre los persas: que se llevaría a cabo de inmediato. Al mismo tiempo se promulgó un edicto real que imponía a las esposas el deber de obedecer a sus maridos. Con especial referencia a las dificultades domésticas de Daniel, se especificó que la esposa debía hablar la lengua de su señor y dueño.

La ejecución de Vashtí trajo consigo las consecuencias más funestas. Su imperio entero —lo que equivale a decir el mundo entero— se alzó contra Ajashverosh. La rebelión, muy extendida, solo fue sofocada tras su matrimonio con Ester, pero no antes de haberle infligido la pérdida de ciento veintisiete provincias, la mitad de su reino. Tal fue su castigo por negar el permiso para reconstruir el Templo. Solo después de la caída de Hamán, cuando Mordejái fue nombrado canciller del imperio, logró Ajashverosh someter las provincias rebeladas.

La muerte de Vashtí no fue castigo inmerecido, pues había sido ella quien había impedido que el rey diera su consentimiento a la reconstrucción del Templo. «¿Vas a reconstruir el Templo —le decía ella, en tono de reproche— que mis antepasados destruyeron?».

Las necedades de Ajashverosh

Ajashverosh es el prototipo del gobernante inestable y necio. Sacrificó a su esposa Vashtí en aras de su amigo Hamán-Memján, y más tarde, de nuevo, a su amigo Hamán en aras de su esposa Ester. También lo poseyó la necedad cuando dispuso fiestas extravagantes para huéspedes venidos de lejos, antes de haberse granjeado, mediante un trato benévolo, la amistad de quienes lo rodeaban, de los habitantes de su capital. Ridículo es el término que describe su edicto que mandaba a las esposas obedecer a sus maridos. Todo el que lo leía exclamaba: «¡Vaya, un hombre es el amo en su propia casa!». Con todo, el decreto necio cumplió su propósito. Reveló su verdadero carácter a los súbditos de Ajashverosh, y desde entonces dieron poca importancia a sus edictos. Esta fue la razón por la que el decreto de aniquilación dirigido contra los judíos no surtió el efecto que esperaban Hamán y Ajashverosh. La gente lo tuvo por una más de las necias ocurrencias del rey, y por eso estuvo dispuesta a aceptar la revocación del edicto cuando llegó.

El verdadero carácter del rey se hizo patente cuando recobró la sobriedad después del episodio con Vashtí. Al enterarse de que la había mandado ejecutar, estalló furioso contra sus siete consejeros y, a su vez, los condenó a muerte.

Necio es también la única palabra para describir el modo en que se propuso descubrir a la mujer más hermosa de sus dominios. El rey David, en una ocasión semejante, envió sabiamente mensajeros que habían de traerle a la doncella más hermosa del país, y no hubo nadie que no ansiara gozar el honor de dar una hija suya al rey. El método de Ajashverosh consistió en hacer que sus servidores reunieran una multitud de doncellas y mujeres hermosas de todas partes, y entre ellas se proponía hacer su elección. El resultado de este sistema fue que las mujeres se ocultaban para no ser llevadas al harén del rey, cuando no era seguro que fueran halladas dignas de convertirse en su reina.

A su estupidez unía Ajashverosh la lascivia. Ordenó que se empleara la fuerza para arrancar a las doncellas de sus padres y a las esposas de sus maridos, y luego las encerraba en su harén. Por otro lado, el sentido moral de los paganos estaba tan degradado que muchas doncellas exhibían sus encantos a la vista de todos, para asegurarse de atraer la mirada admirada de los emisarios reales.

En cuanto a Ester, durante cuatro años la mantuvo Mordejái oculta en una cámara, para que los batidores del rey no pudieran descubrirla. Pero su belleza era desde hacía tiempo célebre, y cuando ellos regresaron a Shushán tuvieron que confesar al rey que la mujer más soberbiamente hermosa del país escapaba a su búsqueda. Entonces Ajashverosh promulgó un decreto que ordenaba la pena de muerte para la mujer que se ocultara de sus emisarios. No le quedó a Mordejái otra que sacar a Ester de su escondite, y al instante fue avistada y llevada al palacio del rey.

Mordejái

El linaje de Mordejái y de su sobrina Ester se despacha en pocas palabras en la Escritura. Pero él podía remontarlo todo el camino atrás hasta el patriarca Yaakov, del que lo separaban cuarenta y cinco grados. Fuera del padre de Mordejái, el único antepasado suyo mencionado por su nombre es Shimí, y se lo menciona por una razón concreta. Este Shimí no es otro que el tristemente célebre hijo de Guerá, el rebelde que tanto había escarnecido y burlado a David cuando huía de Avshalom, y que habría sido muerto por Avishái de no haber intercedido David generosamente en su favor. El ojo profético de David discernió en Shimí al antepasado del salvador de Israel en tiempos de Ajashverosh. Por esta razón lo trató con indulgencia, y en su lecho de muerte encargó a su hijo Shlomo que reservara la venganza hasta que Shimí hubiera llegado a la vejez y no pudiera engendrar más hijos. Así merece Mordejái ambos apelativos, el de benjaminita y el de yehudita, pues debía su existencia no solo a sus verdaderos antepasados benjaminitas por parte de su padre, sino también al yehudita David, que mantuvo con vida a su antepasado Shimí.

La distinción de Shimí como antepasado del redentor de Israel se debió a los méritos de su esposa. Cuando Yonatán y Ajimáats, los espías de David en su guerra contra su hijo, huían delante de los sicarios de Avshalom, hallaron abierta la puerta de la casa de Shimí. Al entrar, se escondieron en el pozo. Que escaparan a ser descubiertos se debió a la astucia de la piadosa esposa de Shimí. Ella transformó rápidamente el pozo en una cámara de mujer. Cuando los hombres de Avshalom llegaron y miraron alrededor, desistieron de registrar el lugar, porque razonaron que hombres tan santos como Yonatán y Ajimáats no se habrían refugiado en el aposento privado de una mujer. Dios determinó que, por haber rescatado a dos hombres piadosos, la recompensaría con dos descendientes piadosos, que a su vez apartarían la ruina de Israel.

Por parte de madre, Mordejái era, en verdad, miembro de la tribu de Yehudá. En todo caso, era hijo de Yehudá en el sentido pleno de la palabra: se reconocía públicamente como judío, y se negó a probar el alimento prohibido que Ajashverosh puso ante sus huéspedes en su banquete.

Sus demás apelativos apuntan asimismo a su piedad y a sus excelencias. Su nombre Mordejái, por ejemplo, se compone de Mor, que significa «mirra», y Dejái, «puro», pues era tan refinado y noble como la mirra pura. Además, se lo llama Ben Yaír, porque «iluminaba los ojos de Israel»; y Ben Kish, porque cuando llamaba a las puertas de la misericordia divina, se le abrían, lo cual es también el origen de su nombre Ben Shimí, pues era escuchado por Dios cuando elevaba su oración. Otro más de los epítetos de Mordejái era Bilshán, «maestro de lenguas». Siendo miembro del gran Sanhedrín, entendía las setenta lenguas que se hablan en el mundo. Más aún: conocía la lengua de los sordomudos. Ocurrió una vez que no pudo conseguirse grano nuevo en tiempo de Pésaj. Vino un sordomudo y señaló con una mano al techo y con la otra a la choza. Mordejái comprendió que estas señas indicaban una localidad llamada Gagot-Tserifim, «Techos de Chozas», y, en efecto, allí se halló grano nuevo para la ofrenda del Ómer. En otra ocasión un sordomudo señaló con una mano su ojo y con la otra el pasador del cerrojo de la puerta. Mordejái comprendió que se refería a un lugar llamado En-Soker, «pozo seco», pues «ojo» y «manantial» son la misma palabra, En, en arameo, y Sikra tiene también un doble sentido: pasador y agotamiento.

Mordejái pertenecía a la más alta aristocracia de Yerushaláyim, era de sangre real, y fue deportado a Bavel junto con el rey Yejoniá por Nabucodonosor, que en aquel tiempo desterraba solo a los grandes del país. Más tarde regresó a la Tierra de Israel, pero permaneció solo un tiempo. Prefirió vivir en la Diáspora y velar por la educación de Ester. Cuando Ciro y Darío tomaron Bavel, Mordejái, Daniel y la comunidad judía de la ciudad conquistada acompañaron al rey Ciro a Shushán, donde Mordejái estableció su academia.

La belleza y la piedad de Ester

El nacimiento de Ester causó la muerte de su madre. Su padre había muerto poco antes, de modo que quedó enteramente huérfana. Mordejái y su esposa se interesaron por la pobre criatura. La esposa se hizo su nodriza, y él mismo no vaciló, cuando hubo necesidad de ello, en prestar a la niña servicios que de ordinario solo hacen las mujeres.

Ambos nombres suyos, tanto Ester como Hadasá, describen sus virtudes. Se la llama Hadasá, o «Mirto», porque sus buenas obras extendían su fama a lo lejos, como la dulce fragancia del mirto impregna el aire en que crece. En general, el mirto es símbolo de los piadosos, porque, así como el mirto está siempre verde, lo mismo en verano que en invierno, así los santos nunca padecen deshonra, ni en este mundo ni en el venidero. En otro sentido se parecía Ester al mirto, que, a pesar de su agradable aroma, tiene un sabor amargo. Ester era agradable para los judíos, pero pura amargura para Hamán y todos los suyos.

El nombre de Ester es igualmente significativo. En hebreo significa «la que oculta», nombre apropiado para la sobrina de Mordejái, la mujer que tan bien supo guardar un secreto, y largo tiempo ocultó al rey y a la corte su linaje y su fe. Ella misma había sido mantenida oculta durante años en la casa de su tío, apartada de los ojos escrutadores de los espías del rey. Por encima de todo, era la luz escondida que de pronto brilló sobre Israel en su tiniebla sin rayo de luz.

De estatura, Ester no era ni alta ni baja: era exactamente de talla media, otra razón para llamarla «Mirto», planta que tampoco es ni grande ni pequeña. En realidad, Ester no era una belleza en el sentido propio de la palabra. Al que la contemplaba lo hechizaban su gracia y su encanto, y ello a pesar de su tez algo cetrina, semejante al mirto. Más aún: su gracia cautivadora no era la gracia de la juventud, pues tenía setenta y cinco años cuando llegó a la corte y cautivó los corazones de cuantos la veían, desde el rey hasta el eunuco. Esto fue en cumplimiento de la profecía que Dios hizo a Avraham cuando dejaba la casa de su padre: «Dejas la casa de tu padre a los setenta y cinco años. Como que vivo, el libertador de tus hijos en Media también tendrá setenta y cinco años».

Otro acontecimiento histórico apuntaba de antemano al logro de Ester. Cuando los judíos, tras la destrucción de Yerushaláyim, prorrumpieron en el lamento «Somos huérfanos y sin padre», Dios dijo: «En verdad, la redentora que os enviaré a Media será también huérfana, sin padre ni madre».

Ajashverosh puso a Ester entre dos grupos de bellezas: bellezas medas a su derecha, y bellezas persas a su izquierda. Y sin embargo la hermosura de Ester las eclipsaba a todas. Ni siquiera Yosef podía rivalizar en gracia con la reina judía. Sobre él la gracia estaba suspendida, pero Ester iba literalmente cargada de ella. Todo el que la veía la proclamaba el ideal de belleza de su propia nación. La exclamación general era: «Esta es digna de ser reina». En vano había buscado Ajashverosh esposa durante cuatro años; en vano habían gastado padres tiempo y dinero trayéndole a sus hijas, con la esperanza de que alguna cautivara su fantasía. Ninguna entre las doncellas, ninguna entre las mujeres, agradó a Ajashverosh. Pero apenas puso los ojos en Ester se estremeció con la sensación de que al fin había hallado lo que largo tiempo había anhelado.

Todos aquellos años el retrato de Vashtí había colgado en su cámara. No había olvidado a su reina repudiada. Pero en cuanto contempló a Ester, el retrato de Vashtí fue reemplazado por el de ella. La gracia de la doncella y el encanto de la mujer se unían en ella.

El cambio en su posición mundana no obró cambio alguno en las maneras y el modo de ser de Ester. Como conservó su belleza hasta la vejez, así la reina permaneció tan pura de mente y de alma como lo había sido siempre la sencilla doncella. Todas las demás mujeres que entraban por las puertas del palacio real hacían exigencias desmedidas; el porte de Ester siguió siendo modesto y sin pretensiones. Las otras insistían en que las siete jóvenes pajes asignadas a ellas tuvieran ciertas cualidades peculiares, como que no difirieran de su señora, cada una, en tez y en estatura. Ester no expresó deseo alguno.

Pero sus maneras sin pretensiones distaban de agradar a Hegai, jefe de los eunucos del harén. Temía que el rey descubriera que Ester no hacía nada por conservar su belleza, y que le echara a él la culpa de ello, acusación que podía llevarlo a la horca. Para evitar tal suerte, colmó a Ester de joyas resplandecientes, distinguiéndola por encima de todas las demás mujeres reunidas en el palacio, como Yosef, mediante costosos regalos prodigados sobre él, había singularizado a su antepasado Binyamín de entre sus hermanos.

Hegai prestaba particular atención a lo que Ester comía. Le traía platos de la mesa real que, sin embargo, ella se negaba obstinadamente a tocar. Solo pasaban por sus labios las cosas permitidas a los judíos. Vivía enteramente de alimento vegetal, como Jananiá, Mishael y Azariá lo habían hecho antaño en la corte de Nabucodonosor. Los bocados prohibidos se los pasaba a los servidores no judíos. Sus asistentes personales eran siete doncellas judías tan constantemente piadosas como ella misma, de cuya devoción a la ley ritual podía Ester fiarse.

Por lo demás, Ester estaba apartada de todo trato con judíos, y corría el peligro de olvidar cuándo llegaba el baño de Shabat. Ideó entonces un recurso: dio a sus siete criadas nombres peculiares, para tener presente el paso del tiempo. La primera se llamaba Hultá, «Día de labor», y atendía a Ester los domingos. Los lunes la servía Rokitá, para recordarle a Rekiá, «el Firmamento», que fue creado en el segundo día del mundo. La criada del martes se llamaba Genunitá, «Jardín», pues el tercer día de la creación produjo el mundo de las plantas. El miércoles, el nombre de Nehoritá, «la Luminosa», le recordaba que era el día en que Dios había hecho las grandes lumbreras, para derramar su luz en el cielo; el jueves, con Rujshitá, «Movimiento», porque en el quinto día fueron creados los primeros seres animados; el viernes, día en que vinieron a la existencia las bestias, con Jurfitá, «Corderilla»; y en Shabat cumplía sus órdenes Regoitá, «Descanso». Así se aseguraba de recordar el día de Shabat semana tras semana.

Las visitas diarias de Mordejái a la puerta del palacio tenían un propósito semejante. Así se le daba a Ester la oportunidad de recibir de él instrucción sobre todas las dudas rituales que pudieran asaltarla. Este vivo interés que mostraba Mordejái por el bienestar físico y espiritual de Ester no se debe del todo al desvelo de un tío y tutor por una sobrina huérfana. Un lazo mucho más estrecho, el lazo entre marido y mujer, los unía, pues cuando Ester había llegado a la doncellez, Mordejái la había desposado. Naturalmente, Ester habría estado dispuesta a defender su honor conyugal con su vida. De buena gana habría sufrido la muerte a manos de los alguaciles del rey antes que entregarse a un hombre que no fuera su esposo. Por fortuna, no hubo necesidad de tal sacrificio, pues su matrimonio con Ajashverosh no fue sino una unión fingida. Dios había hecho descender un espíritu femenino con la apariencia de Ester para ocupar su lugar junto al rey. La propia Ester nunca convivió con Ajashverosh como su esposa.

Por consejo de su tío, Ester mantuvo en secreto su linaje y su fe. La orden de Mordejái obedecía a varios motivos. Ante todo, fue su modestia la que aconsejó el secreto. Pensaba que el rey, si oía de Ester que ella había sido criada por él, podría ofrecerle instalarlo en algún alto cargo. De hecho, Mordejái acertaba en su conjetura; Ajashverosh se había comprometido a hacer señores, príncipes y reyes a los amigos y parientes de Ester, con solo que ella los nombrase.

Otra razón para mantener en secreto los vínculos judíos de Ester era el temor de Mordejái a que la suerte de Vashtí alcanzara también a Ester. Si eso le estaba reservado, deseaba al menos evitar que los judíos se convirtieran en sus compañeros de desdicha. Además, Mordejái conocía demasiado bien los sentimientos hostiles que los paganos abrigaban contra los judíos, desde su exilio de la Tierra de Israel, y temía que los enemigos de los judíos, para saciar su hostilidad contra ellos, provocaran la ruina de Ester y de su casa.

Atento a los peligros a los que Ester estaba expuesta, Mordejái no dejaba pasar un solo día sin cerciorarse de su bienestar. Su recompensa por ello vino de Dios: «Haces del bienestar de una sola alma tu íntima preocupación. Por tu vida, el bienestar y el bien de toda tu nación Israel te serán confiados como tu tarea». Y para premiarlo por su modestia, Dios dijo: «Te retiras de la grandeza; por tu vida, te honraré más que a todos los hombres de la tierra».

Vanos fueron los esfuerzos de Ajashverosh por arrancarle a Ester su secreto. Dispuso grandes festividades con ese fin, pero ella lo guardó bien. Tenía una respuesta lista para sus preguntas más insistentes: «No conozco ni a mi pueblo ni a mi familia, pues perdí a mis padres en mi más temprana infancia». Mas como el rey deseaba mucho mostrarse benévolo con la nación a la que pertenecía la reina, eximió a todos los pueblos bajo su dominio del pago de tributos e impuestos. De este modo, pensaba, la nación de ella saldría por fuerza beneficiada.

Cuando el rey vio que la bondad y la generosidad la dejaban intacta, buscó arrancarle el secreto con amenazas. Una vez, cuando ella esquivó sus preguntas del modo acostumbrado, diciendo: «Soy huérfana, y Dios, el Padre de los huérfanos, en su misericordia, me ha criado», él replicó: «Reuniré doncellas por segunda vez». Su propósito era provocar los celos de Ester, «pues de nada está una mujer tan celosa como de una rival».

Cuando Mordejái advirtió que se traía de nuevo mujeres a la corte, lo dominó la angustia por su sobrina. Pensando que la suerte de Vashtí pudiera haberle sobrevenido, se sintió impulsado a hacer indagaciones acerca de ella.

En cuanto a la propia Ester, no hacía sino seguir el ejemplo de su estirpe. Sabía callar con toda modestia, como Rajel, la madre de Binyamín, había guardado un modesto silencio cuando su padre dio a su hermana Leá por esposa a Yaakov en lugar de ella, y como Shaúl el benjaminita se mostró modestamente reservado cuando, interrogado por su tío, le habló del hallazgo de sus asnas, pero nada de su elevación al reinado. Rajel y Shaúl fueron recompensados por su abnegación con que se les diera un descendiente como Ester.

La conspiración

Cierta vez tuvo lugar la siguiente conversación entre Ajashverosh y Ester. El rey preguntó a Ester: «¿De quién eres hija?».

Ester: «¿Y tú de quién eres hijo?».

Ajashverosh: «Soy un rey, e hijo de rey».

Ester: «Y yo soy una reina, hija de reyes, descendiente de la familia real de Shaúl. Si de veras eres un verdadero príncipe, ¿cómo pudiste dar muerte a Vashtí?».

Ajashverosh: «No fue por satisfacer mi propio deseo, sino por consejo de los grandes príncipes de Persia y Media».

Ester: «Tus predecesores no tomaban consejo de inteligencias ordinarias; se guiaban por consejo profético. Arioc llevó a Daniel ante Nabucodonosor, rey de Bavel, y también Baltasar convocó a Daniel ante sí».

Ajashverosh: «¿Queda algo de aquellos sabrosos bocados? ¿Hay todavía profetas por el mundo?».

Ester: «Busca y hallarás».

El resultado fue que a Mordejái se le dio el puesto en la corte que antes ocupaban los chambelanes Bigtán y Téresh. Indignados de que un lugar antes ocupado por senadores se diera a un bárbaro, los funcionarios destituidos resolvieron vengarse del rey y quitarle la vida. Su plan era administrarle veneno, cosa que parecía fácil de lograr, pues eran los coperos reales y podían hallar muchas ocasiones de echar veneno en una copa de agua antes de entregársela al rey. Llevado el plan a buen término, habría satisfecho sus ansias de venganza no solo respecto del rey, sino también respecto de Mordejái. Habría hecho creer que la muerte de Ajashverosh se debía a la circunstancia de haber confiado su persona al cuidado del judío, ya que su vida había estado segura bajo Bigtán y Téresh. Discutían sus planes en presencia de Mordejái, obrando bajo la injustificada suposición de que él no entendería la lengua que hablaban, el tarsio, su lengua materna. Ignoraban que Mordejái era miembro del Sanhedrín y, como tal, conocía todas las setenta lenguas del mundo. Así su propia lengua los traicionó hacia la ruina.

Sin embargo, Mordejái no tuvo necesidad de valerse de su gran conocimiento de lenguas; obtuvo su información acerca del complot de los dos chambelanes por vías proféticas. Así, apareció una noche en el palacio. Por un milagro los guardias de las puertas no lo habían visto, y pudo entrar sin impedimento. De ese modo alcanzó a oír la conversación entre los dos conspiradores.

Mordejái tenía más de una razón para impedir la muerte de Ajashverosh. En primer lugar, deseaba asegurarse la amistad del rey para los judíos, y más en particular su permiso para la reconstrucción del Templo. Además temía que, si el rey era asesinado poco después de su ascenso a un alto puesto en el Estado, los paganos atribuyeran la causa del desastre a su vínculo con los judíos: su matrimonio con Ester y el nombramiento de Mordejái para el cargo.

La confianza de Ester en la piedad de Mordejái era tan grande que sin vacilar dio crédito al mensaje que recibió de él acerca del malicioso complot urdido contra el rey. Creía que Dios ejecutaría los deseos de Mordejái. Aunque Bigtán y Téresh no tuvieran los planes que su tío les atribuía, los concebirían entonces para que las palabras de Mordejái se cumplieran. Que la confianza de Ester estaba justificada se vio de inmediato. Los conspiradores tuvieron noticia de su delación al rey, y a tiempo retiraron el veneno que ya habían puesto en la copa de Ajashverosh. Pero para que no se desmintiera a Mordejái, Dios hizo aparecer veneno donde no lo había, y los conspiradores quedaron convictos de su crimen. El rey mandó analizar el agua que se le daba a beber, y se puso de manifiesto que contenía veneno. Existían además otras pruebas contra los dos conjurados. Se estableció que ambos se habían ocupado a la vez de la persona del rey, aunque el reglamento del palacio asignaba al uno horas de servicio distintas de las asignadas al otro. Esto dejaba claro que se proponían perpetrar juntos una obra tenebrosa.

Los dos conspiradores buscaron escapar del castigo legítimo por su vil acción quitándose la vida. Pero su intención se frustró, y fueron clavados en la cruz.

Hamán el enemigo de los judíos

La conspiración de Bigtán y Téresh decidió al rey a no tener nunca más dos chambelanes que guardaran su persona. En adelante confiaría su seguridad a un solo individuo, y nombró a Hamán para el puesto. Fue un acto de ingratitud hacia Mordejái, quien, como salvador del rey, tenía los títulos más convincentes al cargo. Pero Hamán poseía una ventaja importante: era dueño de una gran riqueza. Con excepción de Kóraj, era el hombre más rico que jamás había vivido, pues se había apropiado de los tesoros de los reyes de Yehudá y del Templo.

Ajashverosh tenía una razón adicional para distinguir a Hamán. Sabía bien del ardiente deseo de Mordejái de ver restaurado el Templo, e instintivamente sentía que no podía negar el deseo del hombre que lo había arrancado de una muerte prematura. Y sin embargo no estaba dispuesto a concederlo. Para escapar del dilema, procuró que Hamán obrara como contrapeso frente a Mordejái, de modo que «lo que uno edificara, el otro lo derribara».

Ajashverosh conocía desde hacía tiempo los sentimientos de Hamán contra los judíos. Cuando estalló entre los judíos y sus adversarios paganos la disputa sobre la reconstrucción del Templo, y los hijos de Hamán denunciaron a los judíos ante Ajashverosh, las dos partes en pugna acordaron enviar cada una un representante ante el rey, para defender su causa. Mordejái fue designado delegado judío, y no podía hallarse enemigo más rabioso de los judíos que Hamán para abogar por la causa de los adversarios de los constructores del Templo.

En cuanto a su carácter, también el rey Ajashverosh había tenido ocasión de verlo bajo su verdadera luz, porque Hamán no es sino otro nombre de Memucán, el príncipe a quien en última instancia cabe imputar la muerte de Vashtí. En el momento de la ira del rey contra la reina, Memucán era aún el más bajo en rango entre los siete príncipes de Persia y, sin embargo, arrogante como era, fue el primero en hablar cuando el rey planteó su pregunta sobre el castigo que merecía Vashtí —ejemplo del dicho popular: «El hombre vulgar se lanza al frente»—. La hostilidad de Hamán hacia Vashtí databa del banquete de la reina, al que ella no había invitado a la esposa de él. Es más, ella lo había insultado una vez dándole un golpe en la cara. Además, Hamán calculaba que, con solo lograr el repudio de Vashtí, podría conseguir casar a su propia hija con el rey. No era el único hombre defraudado en la corte. En parte, la conspiración de Bigtán y Téresh fue una medida de venganza contra Ajashverosh por haber elegido a Ester en lugar de una parienta suya.

Una vez casada Ester con el rey, sin embargo, Hamán se resignó al mal negocio. Intentó por todos los medios a su alcance ganarse la amistad de la reina. Fuera judía o pagana, deseaba reclamar parentesco con ella: como judía, por el lazo fraterno entre Esav y Yaakov; como pagana, con bastante facilidad, «pues todos los paganos están emparentados entre sí».

El orgullo de Mordejái

Cuando Ajashverosh elevó a Hamán a su alto cargo, dictó al mismo tiempo la orden de que todos los que lo vieran se postraran ante él y le rindieran honores divinos. Para dejar manifiesto que el homenaje que se le debía tenía un carácter idolátrico, Hamán mandó fijar la imagen de un ídolo a sus ropas, de modo que quien se inclinara ante él adoraba a la vez a un ídolo. Solo Mordejái, entre todos los de la corte, se negó a obedecer la orden real. Los más altos funcionarios, incluso los jueces más encumbrados, mostraban a Hamán la reverencia ordenada por el rey. Los propios judíos suplicaban a Mordejái que no provocara la furia de Hamán y causara con ello la ruina de Israel. Mordejái, sin embargo, permaneció firme; ninguna persuasión pudo moverlo a rendir a un mortal el tributo debido a la Divinidad.

También los siervos del rey que se sentaban a la puerta del palacio real dijeron a Mordejái: «¿En qué eres tú mejor que nosotros, para que nosotros rindamos reverencia a Hamán y nos postremos, y tú no hagas nada de cuanto se nos ha mandado en el asunto?». Mordejái respondió, diciendo: «¡Oh necios sin entendimiento! Oíd mis palabras y dadles conveniente respuesta. ¿Qué es el hombre para que obre con soberbia y arrogancia, hombre nacido de mujer y de pocos días? En su nacimiento hay llanto y dolores de parto, en su juventud dolor y gemidos, todos sus días están 'llenos de aflicción', y al fin vuelve al polvo. ¿Ante uno así habría yo de postrarme? Solo ante Dios doblo la rodilla, el único Viviente en el cielo, Él que es el fuego que consume todos los demás fuegos; que sostiene la tierra en sus brazos; que despliega los cielos con su poder; que oscurece el sol cuando le place, e ilumina las tinieblas; que ordenó a la arena poner límites a los mares; que hizo saladas las aguas del mar, e hizo que sus olas esparcieran un aroma como de vino; que encadenó el mar como con grilletes, y lo sujetó firme en las profundidades del abismo para que no anegara la tierra; brama, mas no puede pasar sus límites. Con su palabra creó el firmamento, que extendió como una nube en el aire; lo arrojó sobre el mundo como una bóveda oscura, como una tienda está desplegado sobre la tierra. Con su fuerza sostiene todo cuanto hay arriba y abajo. El sol, la luna y las Pléyades corren delante de Él, las estrellas y los planetas no están ociosos ni un solo instante; no descansan, se precipitan ante Él como sus mensajeros, yendo a la derecha y a la izquierda, para hacer la voluntad de Aquel que los creó. A Él se debe la alabanza, ante Él debemos postrarnos».

Los funcionarios de la corte hablaron y dijeron: «Y bien sabemos que tu antepasado Yaakov se postró ante Esav, el antepasado de Hamán».

A lo cual respondió Mordejái: «Soy descendiente de Binyamín, que aún no había nacido cuando su padre Yaakov y sus hermanos se echaron a tierra ante Esav. Mi antepasado nunca rindió tal honor a un mortal. Por eso la porción de tierra de Binyamín en la Tierra de Israel tuvo el privilegio de contener el Templo. El lugar donde Israel y todos los pueblos de la tierra se postraron ante Dios pertenecía a aquel que nunca se había postrado ante hombre mortal. Por eso no doblaré mi rodilla ante este malvado Hamán, ni me echaré a tierra ante él».

Hamán intentó al principio aplacar a Mordejái con una muestra de modestia. Como si no hubiera reparado en la conducta de Mordejái, se le acercó y lo saludó con estas palabras: «¡La paz sea contigo, señor mío!». Pero Mordejái respondió sin rodeos: «No hay paz, dice mi Dios, para los malvados».

El odio a Mordejái que abrigaba Hamán se debía a más que a la enemistad hereditaria entre los descendientes de Shaúl y Agag. Ni siquiera la pública negativa de Mordejái a rendir el homenaje debido a Hamán basta para explicar su virulencia. Mordejái tenía conocimiento de cierto incidente del pasado de Hamán. Si lo hubiera divulgado, la revelación habría sido de lo más penosa para este. Esto explica la intensidad de su sentimiento.

Sucedió una vez que una ciudad de la India se rebeló contra Ajashverosh. Con gran premura se despacharon tropas hacia allá bajo el mando de Mordejái y Hamán. Se calculó que la campaña requeriría tres años, y todos los preparativos se hicieron en consecuencia. Al término del primer año, Hamán había dilapidado las provisiones acopiadas para abastecer a la parte del ejército que él mandaba durante todo el plazo de la campaña. Muy apurado, pidió a Mordejái que lo ayudara. Mordejái, sin embargo, le negó socorro; a ambos se les había concedido la misma cantidad de provisiones para igual número de hombres. Hamán se ofreció entonces a tomar prestado de Mordejái y pagarle interés. Esto también se lo negó Mordejái, y por dos razones. Si Mordejái hubiera abastecido de provisiones a los hombres de Hamán, los suyos habrían tenido que sufrir, y en cuanto al interés, la ley lo prohíbe, diciendo: «A tu hermano no le prestarás con usura», y Yaakov y Esav, los respectivos antepasados de Mordejái y Hamán, habían sido hermanos.

Cuando el hambre los miró a la cara, las tropas mandadas por Hamán lo amenazaron de muerte si no les daba sus raciones. Hamán recurrió de nuevo a Mordejái, y prometió pagarle hasta un diez por ciento de interés. El general judío siguió rechazando la oferta. Pero se declaró dispuesto a sacarlo de su apuro con una condición: que Hamán se vendiera a Mordejái como su esclavo. Acorralado, accedió, y el contrato se escribió sobre la rótula de Mordejái, porque no había papel en todo el campamento.

La escritura de venta decía así: «Yo, Hamán, hijo de Hamdata de la familia de Agag, fui enviado por el rey Ajashverosh a hacer guerra contra una ciudad de la India, con un ejército de sesenta mil soldados, provisto de las provisiones necesarias. Exactamente la misma comisión dio el rey a Mordejái, hijo de Shimí de la tribu de Binyamín. Pero yo dilapidé las provisiones que el rey me confió, de modo que no tuve raciones que dar a mis tropas. Quise tomar prestado de Mordejái a interés, pero, en atención a que Yaakov y Esav fueron hermanos, él se negó a prestarme con usura, y me vi forzado a venderme como esclavo suyo. Si ahora, en algún momento, me negara a servirle como esclavo, o negara que soy su esclavo, o si mis hijos y los hijos de mis hijos hasta el fin de todos los tiempos rehusaran servirle, aunque solo fuera un día de la semana; o si yo obrara con hostilidad hacia él a causa de este contrato, como Esav obró hacia Yaakov después de venderle su primogenitura; en todos estos casos, se arrancará una viga de madera de la casa del recalcitrante, y será colgado de ella. Yo, Hamán, hijo de Hamdata de la familia de Agag, sin coacción alguna, consiento por la presente con mi propia voluntad, y me obligo a ser esclavo a perpetuidad de Mordejái, conforme al contenido de este documento».

Más tarde, cuando Hamán alcanzó alto rango en el Estado, Mordejái, siempre que lo encontraba, tenía por costumbre estirar la rodilla hacia él, para que pudiera ver la escritura de venta. Esto lo enfureció de tal modo contra Mordejái y contra los judíos que resolvió exterminar al pueblo judío.

El echar las suertes

El odio de Hamán, dirigido al principio solo contra Mordejái, creció sin cesar hasta abarcar a los colegas de Mordejái, todos los estudiosos, a quienes buscaba destruir, y no contento ni siquiera con esto, tramó el aniquilamiento de todo el pueblo de Mordejái, los judíos.

Antes de comenzar a trazar sus planes, quiso determinar el momento más favorable para su empresa, lo cual hizo echando suertes.

Ante todo quería decidir el día de la semana. El escriba Shimshái empezó a echar suertes. El domingo pareció inapropiado, por ser el día en que Dios creó el cielo y la tierra, cuya permanencia depende de la existencia de Israel. De no ser por la alianza de Dios con Israel, no habría ni día ni noche, ni cielo ni tierra. El lunes se mostró igualmente poco propicio para las maquinaciones de Hamán, pues fue el día en que Dios efectuó la separación entre las aguas celestiales y las terrestres, símbolo de la separación entre Israel y los paganos. El martes, día en que fue creado el mundo vegetal, se negó a prestar su ayuda para provocar la ruina de Israel, que adora a Dios con ramas de palmera. También el miércoles protestó contra el aniquilamiento de Israel, diciendo: «En mí fueron creadas las lumbreras celestes, y a semejanza de ellas Israel está destinado a iluminar el mundo entero. Destrúyeme primero a mí, y luego podrás destruir a Israel». El jueves dijo: «Oh Adonái, en mí fueron creadas las aves, que se usan para las ofrendas por el pecado. Cuando Israel ya no exista, ¿quién traerá ofrendas? Destrúyeme primero a mí, y luego podrás destruir a Israel». El viernes fue desfavorable a las suertes de Hamán, porque fue el día de la creación del hombre, y Adonái Dios dijo a Israel: «Vosotros sois hombres». Menos que ninguno se inclinó el día de Shabat a hacerse servil a los perversos planes de Hamán. Dijo: «El Shabat es una señal entre Israel y Dios. ¡Destrúyeme primero a mí, y luego podrás destruir a Israel!».

Desconcertado, Hamán abandonó toda idea de fijar un día favorable de la semana. Se aplicó a la tarea de buscar el mes adecuado para su siniestra empresa. Según le pareció, Adar era el único de los doce que no poseía nada que pudiera interpretarse a favor de los judíos. Los demás parecían estar alistados de su lado. En Nisán fue Israel redimido de Mitsraim; en Iyar fue vencido Amalek; en Siván fue derrotado el etíope Zéraj en la guerra con Asá; en Tamuz fueron sometidos los reyes amorreos; en Av vencieron los judíos a Arad, el cananeo; en Tishrí quedó firmemente establecido el reino judío con la dedicación del Templo de Shlomo, mientras que en Jeshván se completó la construcción del Templo de Yerushaláyim; Kislev y Tevet fueron los meses durante los cuales Sijón y Og fueron vencidos por los israelitas, y en Shevat ocurrió la sangrienta campaña de las once tribus contra los impíos hijos de Binyamín. No solo era Adar un mes sin significación favorable en la historia judía, sino en verdad un mes de infortunio, el mes en que murió Moshé. Lo que Hamán no sabía era que Adar fue también el mes en que ocurrió el nacimiento de Moshé.

Entonces Hamán investigó los doce signos del zodíaco en relación con Israel, y de nuevo resultó que Adar era el mes más desfavorable para los judíos. La primera constelación, el Carnero, dijo a Hamán: «'Israel es una oveja descarriada', ¿y cómo puedes esperar que un padre ofrezca a su hijo para el degüello?».

El Toro dijo: «El antepasado de Israel fue 'el primogénito del toro'».

Los Gemelos: «Así como nosotros somos gemelos, así Tamar dio a luz gemelos a Yehudá».

El Cangrejo: «Así como me llaman Saratán, el que araña, así se dice de Israel: 'A todos los que lo opriman, los arañará dolorosamente'».

El León: «A Dios se le llama el león, ¿y es acaso probable que el león permita que la zorra muerda a sus crías?».

La Virgen: «Así como yo soy virgen, así se compara a Israel con una virgen».

La Balanza: «Israel obedece la ley contra las balanzas injustas de la Torá, y por eso debe ser protegido por la Balanza».

El Escorpión: «Israel es semejante a mí, pues también a él se le llama escorpión».

El Arquero: «Los hijos de Yehudá son maestros del arco, y los arcos de los poderosos dirigidos contra ellos serán quebrados».

La Cabra: «Fue una cabra la que trajo bendición a Yaakov, el antepasado de Israel, y es de razón que la bendición del antepasado no pueda causar infortunio al descendiente».

El Aguador: «Su dominio se compara con un cubo, y por eso el Aguador no puede sino traerle bien».

Los Peces fueron la única constelación que, al menos según la interpretación de Hamán, hacía pronósticos desfavorables sobre la suerte de los judíos. Decía que los judíos serían tragados como peces. Dios, sin embargo, habló: «¡Oh villano! A veces los peces son tragados, pero a veces ellos tragan, y tú serás tragado por los tragadores». Y cuando Hamán empezó a echar las suertes, Dios dijo: «¡Oh villano, hijo de villano! Lo que tus suertes te han mostrado es tu propia suerte, que serás colgado».

La denuncia de los judíos

Tomada su resolución de arruinar a los judíos, Hamán se presentó ante Ajashverosh con su acusación contra ellos. «Hay un cierto pueblo —dijo—, los judíos, esparcido y disperso entre los pueblos en todas las provincias del reino. Son orgullosos y presuntuosos. En Tevet, en lo más crudo del invierno, se bañan en agua caliente, y en verano se sientan en agua fría. Su religión es distinta de la religión de todo otro pueblo, y sus leyes de las leyes de toda otra tierra. A nuestras leyes no prestan atención, nuestra religión no halla favor con ellos, y los decretos del rey no ejecutan. Cuando su ojo cae sobre nosotros, escupen ante nosotros, y nos consideran como vasijas inmundas. Cuando los reclutamos para el servicio del rey, o bien saltan sobre el muro y se esconden en las estancias, o bien abren brecha en las paredes y escapan. Si nos apresuramos a arrestarlos, se vuelven contra nosotros, nos clavan la mirada con sus ojos, rechinan los dientes, patean con los pies, y así nos intimidan de modo que no podemos sujetarlos. No nos dan a sus hijas por esposas, ni toman a nuestras hijas por esposas. Si uno de ellos ha de hacer el servicio del rey, holgazanea todo el santo día. Si quieren comprarnos algo, dicen: 'Este es día para hacer negocios'. Pero si nosotros queremos comprarles algo, dicen: 'Hoy no podemos hacer negocios', y así no podemos comprarles nada en sus días de mercado.

»Su tiempo lo pasan de este modo: la primera hora del día, dicen, la necesitan para recitar el Shemá; la segunda para orar; la tercera para comer; la cuarta para dar gracias, para agradecer a Dios por la comida y la bebida que les ha concedido; la quinta hora la dedican a sus asuntos de negocios; en la sexta ya sienten la necesidad de descansar; en la séptima sus mujeres los llaman, diciendo: '¡Volved a casa, fatigados, que tan agotados estáis por el servicio del rey!'.

»El séptimo día lo celebran como su Shabat; van a las sinagogas ese día, leen de sus libros, traducen pasajes de sus Profetas, maldicen a nuestro rey y execran a nuestro gobierno, diciendo: 'Este es el día en que descansó el gran Dios; así nos conceda Él descanso de los paganos'.

»Las mujeres contaminan las aguas con sus baños rituales, que toman después de los siete días de su impureza. Al octavo día del nacimiento de los hijos varones, los circuncidan sin piedad, diciendo: 'Esto nos distinguirá de todas las demás naciones'. Al cabo de treinta días, y a veces veintinueve, celebran el comienzo del mes. En el mes de Nisán observan ocho días de Pésaj, iniciando la celebración encendiendo un fuego de leña menuda para quemar la levadura. Ponen toda la levadura de sus casas fuera de la vista antes de usar el pan sin levadura, diciendo: 'Este es el día en que nuestros padres fueron redimidos de Mitsraim'. Tal es la fiesta que llaman Pésaj. Van a sus sinagogas, leen de sus libros, y traducen de los escritos de los Profetas, diciendo: 'Así como la levadura ha sido quitada de nuestras casas, así sea quitado de sobre nosotros este dominio malvado'.

»De nuevo, en Siván, celebran dos días, en los que van a sus sinagogas, recitan el Shemá y ofrecen oraciones, leen de la Torá, y traducen de los libros de sus Profetas, maldicen a nuestro rey y execran a nuestro gobierno. Esta es la festividad que llaman Atséret, la fiesta de clausura. Suben a los tejados de sus sinagogas, y arrojan manzanas, que son recogidas por los de abajo, con las palabras: 'Así como se recogen estas manzanas, así seamos nosotros reunidos de nuestra dispersión entre los paganos'. Dicen que observan esta fiesta porque en estos días la Torá fue revelada a sus antepasados en el monte Sinaí.

»El primero de Tishrí celebran el Año Nuevo; de nuevo van a sus sinagogas, leen de sus libros, traducen pasajes de los escritos de sus Profetas, maldicen a nuestro rey, execran a nuestro gobierno, y hacen sonar las trompetas, diciendo: 'En este Día del Recuerdo seamos recordados para el bien, y nuestros enemigos para el mal'.

»El noveno día del mismo mes degüellan reses, gansos y aves de corral, comen y beben y se regalan con manjares, ellos y sus mujeres, sus hijos y sus hijas. Pero el décimo día del mismo mes lo llaman el Gran Ayuno, y todos ellos ayunan, ellos junto con sus mujeres, sus hijos y sus hijas, más aún, hasta atormentan a sus pequeños sin piedad, forzándolos a abstenerse de comer. Dicen: 'En este día nuestros pecados son perdonados, y se añaden a la suma de los pecados cometidos por nuestros enemigos'. Van a sus sinagogas, leen de sus libros, traducen de los escritos de sus Profetas, maldicen a nuestro rey y execran a nuestro gobierno, diciendo: 'Sea borrado este imperio de la faz de la tierra como nuestros pecados'. Suplican y ruegan que el rey muera, y que su gobierno cese.

»El quince del mismo mes celebran la Fiesta de las Cabañas. Cubren de follaje los tejados de sus casas, acuden a nuestros parques, donde cortan ramas de palmera para sus guirnaldas festivas, arrancan el fruto del Etrog, y hacen estragos entre los sauces del arroyo, derribando los setos en su búsqueda de Hoshanot, diciendo: 'Como hace el rey en la procesión triunfal, así hacemos nosotros'. Luego se dirigen a sus sinagogas a orar, y leen de sus libros, y hacen circuitos con sus Hoshanot, todo el tiempo saltando y brincando como cabras, de modo que no hay manera de saber si nos maldicen o nos bendicen. Esto es Sukot, como ellos lo llaman, y mientras dura, no hacen nada del servicio del rey, pues, sostienen, todo trabajo les está prohibido en estos días.

»De este modo malgastan el año entero con tonterías y bagatelas, solo para evitar hacer el servicio del rey. Al expirar cada período de cincuenta años tienen un año de jubileo, y cada séptimo año es un año de reposo, durante el cual la tierra queda en barbecho, pues ni siembran ni cosechan en ella, y no nos venden ni frutos ni otros productos del campo, de modo que aquellos de nosotros que vivimos entre ellos morimos de hambre. Al final de cada período de doce meses observan el Año Nuevo, al final de cada treinta días la Luna Nueva, y cada séptimo día es el Shabat, el día en que, según dicen, descansó el Señor del mundo».

Después de que Hamán hubo concluido su acusación contra los judíos, Dios dijo: «Bien enumeraste las festividades de los judíos, mas omitiste las dos, Purim y Shushán-Purim, que los judíos celebrarán para conmemorar tu caída».

Por ingeniosa que fuera la acusación de Hamán, la vindicación de los judíos no fue en nada menos ingeniosa. Pues hallaron un defensor en el arcángel Mijael. Mientras Hamán pronunciaba su acusación, este habló así a Dios: «¡Oh Señor del mundo! Bien sabes que a los judíos no se les acusa de idolatría, ni de conducta inmoral, ni de derramar sangre; se les acusa solo de observar tu Torá». Dios lo apaciguó: «Por tu vida, no los he abandonado, no los abandonaré».

Las denuncias de Hamán contra el pueblo judío hallaron un eco pronto en el corazón del rey. Respondió: «Yo también deseo el aniquilamiento de los judíos, pero temo a su Dios, pues es poderoso sin comparación, y ama a su pueblo con un gran amor. A quienquiera que se alce contra ellos, Él lo aplasta bajo sus pies. ¡Piensa tan solo en el Paró! ¿No debería su ejemplo servirnos de advertencia? Gobernaba el mundo entero y, sin embargo, por haber oprimido a los judíos, fue visitado con plagas espantosas. Dios los libró de los egipcios, y hendió el mar para ellos, un milagro nunca hecho por ninguna otra nación, y cuando el Paró los persiguió con un ejército de seiscientos mil guerreros, él y su hueste juntos se ahogaron en el mar. Tu antepasado Amalek, oh Hamán, los atacó con cuatrocientos mil héroes, y a todos ellos Dios los entregó en manos de Yehoshúa, que los mató. Sisrá tenía cuarenta mil generales bajo su mando, cada uno comandante de cien mil hombres, y sin embargo todos fueron aniquilados. El Dios de los judíos ordenó a las estrellas consumir a los guerreros de Sisrá, y luego hizo que el gran general cayera en poder de una mujer, para convertirse en objeto de burla y oprobio para siempre. Muchos y valerosos gobernantes se han alzado contra ellos, y todos fueron abatidos por su Dios y aplastados hasta su eterna deshonra. Ahora bien, ¿podemos entonces aventurar algo contra ellos?».

Hamán, sin embargo, insistió. Día tras día apremiaba al rey a consentir en su plan. Ajashverosh entonces convocó un consejo de los sabios de todas las naciones y lenguas. Les sometió la cuestión de si no debían ser destruidos los judíos, viendo que se diferenciaban de todos los demás pueblos. Los sabios consejeros preguntaron: «¿Quién es el que desea inducirte a dar un paso tan fatal? Si la nación judía es destruida, el mundo mismo dejará de existir, pues el mundo existe solo por causa de la Torá que estudia Israel. Más aún, el propio sol y la luna derraman su luz solo por causa de Israel, y de no ser por él, no habría ni día ni noche, ni rocío ni lluvia humedecerían la tierra. Y más todavía: todas las demás naciones fuera de Israel son designadas 'extraños' por Dios, pero a Israel lo llamó Él en su amor 'un pueblo cercano a Él', y sus 'hijos'. Si los hombres no consienten que sus hijos y parientes sean atacados impunemente, ¡cuánto menos se quedará Dios sentado en silencio cuando Israel es asaltado! Dios, el Soberano sobre todas las cosas, sobre las potestades en el cielo arriba y en la tierra abajo, sobre los espíritus y las almas; Dios, en cuya mano está exaltar y degradar, dar muerte y devolver la vida».

Hamán tenía lista una réplica a estas palabras de los sabios: «El Dios que ahogó al Paró en el mar, y que hizo todos los prodigios y señales que habéis referido, ese Dios está ahora en su chochez, no puede ni ver ni proteger. Pues ¿acaso no destruyó Nabucodonosor su casa, no quemó su palacio y no dispersó a su pueblo por todos los rincones de la tierra, y Él no fue capaz de hacer nada contra ello? Si hubiera tenido poder y fuerza, ¿no los habría desplegado? Esta es la mejor prueba de que ha envejecido y se ha vuelto débil».

Cuando los sabios paganos oyeron estos argumentos expuestos por Hamán, accedieron a su plan, y pusieron su firma a un edicto que decretaba la persecución de los judíos.

El decreto de aniquilación

Este es el texto del decreto que Hamán promulgó ante los jefes de todas las naciones acerca del exterminio de los judíos: «Esto que aquí sigue lo escribo yo, el gran oficial del rey, su segundo en rango, el primero entre los grandes, uno de los siete príncipes y el más distinguido entre los nobles del reino. Yo, de común acuerdo con los gobernadores de las provincias, los príncipes del rey, los caudillos y los señores, los reyes de Oriente y los sátrapas —todos de una misma lengua—, os escribo por orden del rey Ajashverosh este escrito sellado con su anillo, para que no pueda ser revocado, acerca de la gran águila Israel. La gran águila había extendido sus alas sobre el mundo entero; ni ave ni bestia podía resistirla. Pero vino el gran león Nabucodonosor y asestó a la gran águila un golpe punzante. Sus alas se quebraron, sus plumas fueron arrancadas y sus patas cortadas. El mundo entero ha gozado de descanso, alegría y sosiego desde el momento en que el águila fue expulsada de su nido hasta el día de hoy. Ahora advertimos que emplea todos sus esfuerzos por recobrar sus alas. Deja crecer sus plumas con la intención de cubrirnos a nosotros y al mundo entero, como hizo con nuestros antepasados. Por instancia del rey Ajashverosh, todos los magnates del rey de Media y Persia están reunidos, y os escribimos nuestro consejo unánime, que es este: "Tended trampas al águila y capturadla antes de que renueve sus fuerzas y remonte de vuelta a su nido." Os aconsejamos arrancarle el plumaje, romperle las alas, dar su carne a las aves del cielo, partir los huevos que yacen en su nido y aplastar a sus crías, para que su memoria desaparezca del mundo. Nuestro consejo no es como el del Paró, que quiso destruir solo a los varones de Israel y a las mujeres no hizo daño. No es como el plan de Esav, que quería matar a su hermano Yaakov y quedarse con sus hijos como esclavos. No es como la táctica de Amalek, que persiguió a Israel e hirió a los rezagados y débiles, pero dejó ilesos a los fuertes. No es como la política de Nabucodonosor, que los llevó al destierro y los asentó cerca de su propio trono. Y no es como el proceder de Senaquerib, que asignó a los judíos una tierra tan hermosa como la suya había sido. Nosotros, reconociendo con claridad cuál es la situación, hemos resuelto matar a los judíos, aniquilarlos, jóvenes y viejos, para que su nombre y su memoria no existan más, y su descendencia sea cortada para siempre.»

El edicto promulgado por Ajashverosh contra los judíos decía así: «A todos los pueblos, naciones y razas: ¡La paz sea con vosotros! Se os hace saber que vino a nosotros uno que no es de nuestra nación ni de nuestra tierra, un amalecita, hijo de grandes antepasados, y su nombre es Hamán. Me hizo una petición insignificante, diciendo: "Entre nosotros habita un pueblo, el más despreciable de todos, que en todo tiempo es piedra de tropiezo. Son en extremo presuntuosos, y conocen nuestra debilidad y nuestras faltas. Maldicen al rey con estas palabras, que tienen siempre en la boca: 'Dios es el Rey del mundo por los siglos de los siglos: Él hará perecer a los paganos de su tierra: Él ejecutará venganza y castigos sobre los pueblos.' Desde el principio de los tiempos han sido ingratos, como atestigua su conducta con el Paró. Con bondad los recibió a ellos, a sus mujeres y a sus hijos, en tiempo de hambre. Les cedió lo mejor de su tierra. Les proveyó de alimento y de cuanto necesitaban. Luego el Paró quiso edificar un palacio y pidió a los judíos que se lo hicieran. Comenzaron la obra de mala gana, entre murmuraciones, y hasta el día de hoy no está terminada. En mitad de ella, se acercaron al Paró con estas palabras: 'Deseamos ofrecer sacrificios a nuestro Dios en un lugar que está a tres días de camino de aquí, y te pedimos que nos prestes vasijas de plata y de oro, y ropas y vestiduras.' Tanto pidieron prestado, que cada uno se llevó consigo noventa cargas de asno, y Mitsraim quedó vaciada. Cuando, pasados los tres días, no regresaron, el Paró los persiguió para recuperar los tesoros robados. ¿Qué hicieron los judíos? Tenían entre ellos a un hombre llamado Moshé, hijo de Amram, un archihechicero que se había criado en la casa del Paró. Al llegar al mar, este hombre alzó su vara, hendió las aguas y condujo a los judíos por ellas a pie enjuto, mientras el Paró y su hueste se ahogaban.

»'Su Dios los ayuda mientras observan su ley, de modo que nadie puede prevalecer contra ellos. A Bilam, el único profeta que jamás tuvimos los paganos, lo mataron a espada, como hicieron con Sijón y Og, los poderosos reyes de Kena’an, cuya tierra tomaron tras darles muerte. Del mismo modo arruinaron a Amalek, el grande y glorioso soberano, ellos, y Shaúl su rey, y Shemuel su profeta. Más tarde tuvieron un rey despiadado, David de nombre, que hirió a los filisteos, a los amonitas y a los moabitas, y ninguno de ellos pudo vencerlo. Shlomo, hijo de este rey, siendo sabio y sagaz, les edificó una casa de culto en Yerushaláyim, para que no se dispersaran por todas partes del mundo. Pero después de que fueran culpables de muchos crímenes contra su Dios, Él los entregó en manos del rey Nabucodonosor, que los deportó a Bavel.

»'Hasta el día de hoy están entre nosotros, y aunque están bajo nuestra mano, no somos nada a sus ojos. Su religión y sus leyes son distintas de la religión y las leyes de todas las demás naciones. Sus hijos no se casan con nuestras hijas, no adoran a nuestros dioses, no tienen consideración por nuestro honor y se niegan a doblar la rodilla ante nosotros. Llamándose a sí mismos hombres libres, no quieren servirnos, y no atienden a nuestras órdenes.'

»Por tanto, los grandes, los príncipes y los sátrapas se han reunido ante nosotros, hemos deliberado juntos y hemos resuelto una resolución irrevocable, conforme a las leyes de los medos y los persas, de extirpar a los judíos de entre los habitantes de la tierra. Hemos enviado el edicto a las ciento veintisiete provincias de mi imperio, para matarlos a ellos, a sus hijos, a sus mujeres y a sus pequeños, el día trece del mes de Adar; ninguno ha de escapar. Como hicieron a nuestros antepasados, y quisieron hacernos a nosotros, así se hará con ellos, y sus posesiones han de entregarse a los saqueadores. Así lo haréis, para que halléis gracia ante mí. Este es el texto de la carta que os envío, Ajashverosh, rey de Media y Persia.»

El precio que Hamán ofreció al rey por los judíos fue de diez mil quintales de plata. Tomó el número de los judíos a su salida de Mitsraim, seiscientos mil, como base de su cálculo, y ofreció medio shekel por cada alma de ellos, la suma que cada israelita debía pagar anualmente para el mantenimiento del santuario. Aunque la suma era tan enorme que Hamán no podía encontrar moneda suficiente para pagarla, sino que prometió entregarla en forma de lingotes de plata, Ajashverosh rechazó el rescate. Cuando Hamán hizo la oferta, dijo: «Echemos suertes. Si tú sacas a Israel y yo saco el dinero, la venta queda como transacción válida. Si al revés, no es válida.» A causa de los pecados de los judíos, la venta quedó confirmada por las suertes. Pero Hamán no quedó demasiado complacido con su propio éxito. Le disgustaba desprenderse de una suma de dinero tan grande. Al observar su mal humor, Ajashverosh dijo: «Quédate con el dinero; no me importa ni ganar ni perder dinero a causa de los judíos.»

Para los judíos fue una fortuna que el rey no aceptara dinero por ellos, pues de lo contrario sus súbditos no habrían obedecido su segundo edicto, el favorable a los judíos. Habrían podido alegar el argumento de que el rey, al aceptar una suma de dinero por ellos, había renunciado a sus derechos sobre los judíos en favor de Hamán, quien, por tanto, podía disponer de ellos a su antojo.

El acuerdo entre Ajashverosh y Hamán se cerró en una borrachera, a modo de castigo por el crimen de los hijos de Yaakov, que sin compasión vendieron a su hermano Yosef como esclavo a los ismaelitas mientras comían y bebían.

La alegría de esta pareja odiadora de judíos —pues Ajashverosh odiaba a los judíos con un odio no menos feroz que el de Hamán— no la compartió nadie. La ciudad capital de Shushán estaba de luto y sumamente perpleja. Apenas se había promulgado el edicto de exterminio contra los judíos, cuando toda suerte de desgracias empezaron a suceder en la ciudad. Las mujeres que tendían la ropa a secar en los tejados de las casas caían muertas; los hombres que iban a sacar agua caían en los pozos y perdían la vida. Mientras Ajashverosh y Hamán se solazaban en el palacio, la ciudad estaba sumida en la consternación y el luto.

El Satán acusa a los judíos

La situación de los judíos, una vez que se conoció el edicto real, supera toda descripción. Si un judío se aventuraba a salir a la calle para hacer una compra, casi lo estrangulaban los persas, que lo escarnecían con estas palabras: «No importa, mañana llegará pronto, y entonces te mataré y te quitaré tu dinero.» Si un judío se ofrecía a venderse como esclavo, era rechazado; ni siquiera el sacrificio de su libertad podía protegerlo contra la pérdida de su vida.

Mordejái, sin embargo, no se desesperó; confiaba en la ayuda divina. De camino desde la corte, después de que Hamán y los suyos le hubieran comunicado con maligna alegría el deseo del rey respecto a los judíos, se encontró con unos niños judíos que salían de la escuela. Preguntó al primer niño qué versículo de las Escrituras había estudiado ese día en la escuela, y la respuesta fue: «No temas el pavor repentino, ni la ruina de los malvados cuando llegue.» El versículo aprendido de memoria por el segundo fue: «Tomad consejo juntos, y será desbaratado; proferid la palabra, y no se sostendrá, porque Dios está con nosotros.» Y el versículo que había aprendido el tercero era: «Y hasta vuestra vejez yo soy el mismo, y hasta las canas yo os sostendré: yo lo hice, y yo os llevaré; sí, yo os cargaré y os libraré.»

Cuando Mordejái oyó estos versículos, prorrumpió en júbilo, con no poco asombro de Hamán. Mordejái le dijo: «Me alegro por las buenas nuevas que me anuncian los niños de la escuela.» Hamán, ante esto, cayó en tal furia que exclamó: «En verdad, ellos serán los primeros en sentir el peso de mi mano.»

Lo que mayor inquietud causaba a Mordejái era la certeza de que el peligro había sido provocado por los propios judíos, con su conducta pecaminosa en relación con los banquetes ofrecidos por Ajashverosh. Dieciocho mil quinientos judíos habían tomado parte en ellos; comieron y bebieron, se embriagaron y cometieron actos de inmoralidad, como Hamán había previsto —esa fue, en efecto, la razón misma por la que había aconsejado al rey celebrar los banquetes.

Fue entonces cuando el Satán acusó a los judíos. Las imputaciones que presentó contra ellos eran de tal naturaleza que Dios ordenó de inmediato que se le trajeran materiales de escritura para el decreto de exterminio, y este fue escrito y sellado.

Cuando la Torá oyó que los designios del Satán contra los judíos habían triunfado, prorrumpió en amargo llanto ante Dios, y sus lamentos despertaron a los ángeles, que también comenzaron a gemir, diciendo: «Si Israel ha de ser destruido, ¿de qué sirve el mundo entero?»

El sol y la luna oyeron los lamentos de los ángeles, y se vistieron sus ropas de luto y también lloraron amargamente y se lamentaron, diciendo: «¿Ha de ser destruido Israel, Israel que vaga de ciudad en ciudad y de tierra en tierra, solo por el estudio de la Torá; que sufre gravemente bajo la mano del pagano, solo porque observa la Torá y la señal de la alianza?»

Con gran premura, el profeta Eliyahu corrió a los Patriarcas y a los demás profetas, y a los santos de Israel, y les dirigió estas palabras: «¡Oh vosotros, padres del mundo! Los ángeles, y el sol y la luna, y el cielo y la tierra, y todas las huestes celestiales lloran amargamente. El mundo entero está preso de dolores como los de una mujer de parto, a causa de vuestros hijos, que han perdido su vida por sus pecados, y vosotros permanecéis quietos y tranquilos.» Ante esto, Moshé dijo a Eliyahu: «¿Conoces a algún santo en la generación presente de Israel?» Eliyahu nombró a Mordejái, y Moshé envió al profeta a él, con el encargo de que él, el «santo de la generación viva», uniera sus oraciones a las oraciones de los santos entre los muertos, y tal vez la condena pudiera apartarse de Israel. Pero Eliyahu vaciló. «Oh pastor fiel —dijo—, el edicto de exterminio promulgado por Dios está escrito y sellado.» Moshé, sin embargo, no desistió; instó a los Patriarcas: «Si el edicto está sellado con cera, vuestras oraciones serán oídas; si con sangre, entonces todo es en vano.»

Eliyahu se apresuró hacia Mordejái, quien, al oír por primera vez lo que Dios había resuelto, rasgó sus vestiduras y quedó poseído de un gran temor, aunque antes había esperado con confianza que la ayuda vendría de Dios. Reunió a todos los niños de la escuela y los hizo ayunar, para que el hambre los moviera a gemir y a plañir. Fue entonces cuando Israel habló a Dios: «¡Oh Señor del mundo! Cuando los paganos se enfurecen contra mí, no desean mi plata ni mi oro, desean solo que yo sea exterminado de la faz de la tierra. Tal fue el designio de Nabucodonosor cuando quiso obligar a Israel a adorar el ídolo. De no ser por Jananiá, Mishael y Azariá, yo habría desaparecido del mundo. Ahora es Hamán quien desea arrancar de raíz la vid entera.»

Entonces Mordejái se dirigió a todo el pueblo así: «¡Oh pueblo de Israel, tan querido y precioso a los ojos de tu Padre celestial! ¿No sabes lo que ha ocurrido? ¿No has oído que el rey y Hamán han resuelto quitarnos de la faz de la tierra, destruirnos de debajo del sol? No tenemos rey en quien apoyarnos, ni profeta que interceda por nosotros con oraciones. No hay lugar adonde podamos huir, ni tierra en la que podamos hallar seguridad. Somos como ovejas sin pastor, como una nave en el mar sin timonel. Somos como un huérfano nacido tras la muerte de su padre, a quien la muerte le arrebata también a su madre, cuando apenas ha comenzado a mamar de su pecho.»

Tras este discurso se convocó una gran asamblea de oración fuera de Shushán. El Arca que contenía el rollo de la ley, cubierta de saco y esparcida de ceniza, fue llevada allí. El rollo se desenrolló, y se leyeron de él los siguientes versículos: «Cuando estés en tribulación, y todas estas cosas vengan sobre ti, en los postreros días te volverás a Adonái tu Dios, y escucharás su voz, porque Adonái tu Dios es un Dios misericordioso: no te desamparará, ni te destruirá, ni olvidará la alianza de tus padres que les juró.»

A esto añadió Mordejái palabras de exhortación: «Oh pueblo de Israel, eres querido y precioso a tu Padre en el cielo; sigamos el ejemplo de los habitantes de Ninve, haciendo lo que ellos hicieron cuando el profeta Yoná vino a ellos a anunciar la destrucción de la ciudad. El rey se levantó de su trono, se quitó su corona, se cubrió de saco, y se sentó en la ceniza, e hizo proclamar y pregonar por Ninve por decreto del rey y de sus nobles, diciendo: 'Que ni el hombre ni la bestia, ni el ganado ni el rebaño, prueben cosa alguna; que no coman, ni beban agua, sino que se cubran de saco, tanto el hombre como la bestia, y que clamen con fuerza a Dios; sí, que se vuelva cada uno de su mal camino, y de la violencia que hay en sus manos.' Entonces Dios se arrepintió del mal que había pensado hacerles, y no lo hizo. Ahora, pues, sigamos su ejemplo, hagamos un ayuno, quizá Dios tenga misericordia de nosotros.»

Además, dijo Mordejái: «¡Oh Señor del mundo! ¿No juraste a nuestros padres hacernos tantos como las estrellas de los cielos? Y ahora somos como ovejas en el matadero. ¿Qué ha sido de tu juramento?» Clamó en voz alta, aunque sabía que Dios oye el más leve susurro, pues dijo: «Oh Padre de Israel, ¿qué me has hecho? Un solo grito de angustia proferido por Esav lo recompensaste con la bendición de su padre Yitsjak, 'Por tu espada vivirás', y ahora nosotros mismos quedamos abandonados a merced de la espada.» Lo que Mordejái no advertía era que él, descendiente de Yaakov, era llevado al llanto y al lamento por Hamán, descendiente de Esav, como castigo, porque el propio Yaakov había llevado a Esav al llanto y al lamento.

El sueño de Mordejái cumplido

Ester, que nada sabía de lo que ocurría en la corte, se alarmó grandemente cuando sus sirvientas le contaron que Mordejái había aparecido en los alrededores del palacio vestido de saco y ceniza. Quedó tan sobrecogida de espanto que se vio privada de los gozos de la maternidad que aguardaba con feliz expectación. Envió ropas a Mordejái, quien, sin embargo, se negó a dejar de lado su atavío de luto hasta que Dios permitiera que se obraran milagros para Israel, en lo cual seguía el ejemplo de grandes hombres de Israel como Yaakov, David y Ajav, y de los habitantes gentiles de Ninve en tiempos de Yoná. De ninguna manera se vestiría con atuendo de corte mientras su pueblo estuviera expuesto a un sufrimiento seguro. La reina mandó llamar a Daniel, llamado también Hataj en las Escrituras, y le encargó que averiguara de Mordejái por qué estaba de luto.

Para escapar de todo peligro de oídos espías, Hataj y Mordejái mantuvieron su conversación a cielo abierto, como Yaakov cuando deliberó con sus mujeres Leá y Rajel acerca de abandonar a su padre Laván. Por medio de Hataj, Mordejái hizo saber a la reina que Hamán era un amalecita que, como su antepasado, buscaba destruir a Israel. Le pidió que se presentara ante el rey y abogara por los judíos, recordándole al mismo tiempo un sueño que él había tenido una vez y le había contado.

Una vez, cuando Mordejái había pasado largo tiempo llorando y lamentándose por la miseria de los judíos en la Dispersión, y había orado fervientemente a Dios para que redimiera a Israel y reconstruyera el Templo, se quedó dormido, y en su sueño lo visitó una visión. Soñó que era transportado a un lugar desierto que nunca antes había visto. Muchas naciones vivían allí revueltas unas con otras, y solo una nación pequeña y despreciada se mantenía aparte, a corta distancia. De pronto, una serpiente se irguió de en medio de las naciones, elevándose más y más, y volviéndose más fuerte y grande a medida que ascendía. Se lanzó en dirección al lugar donde estaba aquella diminuta nación e intentó arrojarse sobre ella. Nubes impenetrables y tinieblas envolvieron a la pequeña nación, y cuando la serpiente estaba a punto de apresarla, se alzó un huracán de los cuatro rincones del mundo, cubriendo a la serpiente como las ropas cubren a un hombre, y la deshizo en pedazos. Los fragmentos se dispersaron de acá para allá como paja ante el viento, hasta que no quedó por ninguna parte ni una mota del monstruo. Entonces la nube y las tinieblas se desvanecieron de sobre la pequeña nación, y el esplendor del sol la envolvió de nuevo.

Este sueño lo registró Mordejái en un libro, y cuando la tormenta empezó a bramar contra los judíos, lo recordó, y exigió que Ester fuera ante el rey como defensora de su pueblo. Al principio ella no se sintió inclinada a acceder a los deseos de Mordejái. Por medio de su mensajero le recordó que él mismo había insistido en que mantuviera en secreto su ascendencia judía. Además, ella siempre había procurado abstenerse de comparecer ante el rey por iniciativa propia, para no ser instrumento de que cayera pecado sobre su alma, pues bien recordaba la enseñanza de Mordejái de que «una mujer judía, cautiva entre los paganos, que por su propia voluntad va a ellos, pierde su parte en la nación judía.» Se había estado alegrando de que sus peticiones hubieran sido concedidas, y de que el rey no se hubiera acercado a ella este último mes. ¿Iba ahora a presentarse ante él voluntariamente? Además, hizo que su mensajero informara a Mordejái de que Hamán había introducido una nueva norma de palacio. Cualquiera que compareciera ante el rey sin haber sido convocado por Hamán sufriría la pena de muerte. Por tanto, no podía, aunque quisiera, ir al rey a abogar por la causa de los judíos.

Ester instó a su tío a que se abstuviera de irritar a Hamán y de darle un pretexto para descargar el odio de Esav a Yaakov sobre Mordejái y su nación. Mordejái, sin embargo, estaba firmemente convencido de que Ester estaba destinada por Dios a salvar a Israel. ¿De qué otro modo podía explicarse su milagrosa historia? En el momento mismo en que Ester fue llevada a la corte, él había pensado: «¿Es concebible que Dios forzara a una mujer tan piadosa a desposarse con un pagano, de no ser porque está designada para salvar a Israel de peligros amenazantes?»

Por firme que fuera Mordejái en su determinación de hacer que Ester tomara parte en los asuntos, no le resultaba, con todo, cosa sencilla comunicarse con ella. Pues Hataj fue muerto por Hamán tan pronto como se descubrió que actuaba de mediador entre Mordejái y Ester. No había nadie que lo reemplazara, hasta que Dios envió a los arcángeles Mijael y Gavriel para llevar mensajes del uno al otro y de vuelta.

Mordejái le hizo saber que, si dejaba pasar la oportunidad de ayudar a Israel, tendría que rendir cuentas por la omisión ante el tribunal celestial. A Israel en apuros, sin embargo, la ayuda le vendría de otra parte. Nunca había abandonado Dios a su pueblo en tiempo de necesidad. Además, le advirtió que, como descendiente de Shaúl, era su deber reparar el pecado de su antepasado por no haber dado muerte a Agag. Si él hubiera hecho lo que se le mandó, los judíos no tendrían ahora que temer las maquinaciones de Hamán, la simiente de Agag. Le encargó que suplicara a su Padre celestial que tratara a los enemigos presentes de Israel como había tratado a sus enemigos en épocas anteriores. Para darle ánimo, Mordejái prosiguió: «¿Es Hamán tan sumamente grande que su plan contra los judíos deba triunfar? ¿Pretendes decir que es superior a su propio antepasado Amalek, a quien Dios aplastó cuando se precipitó sobre Israel? ¿Es más poderoso que los treinta y un reyes que combatieron contra Israel y a quienes Yehoshúa mató 'con la palabra de Dios'? ¿Es más fuerte que Sisrá, que salió contra Israel con novecientos carros de hierro, y sin embargo halló la muerte a manos de una simple mujer, castigo por haber privado a los israelitas del uso de los manantiales de agua e impedido que sus mujeres tomaran los baños rituales prescritos y cumplieran así con su deber conyugal? ¿Es más poderoso que Goliat, que injurió a los guerreros de Israel, y fue muerto por David? ¿O es más invencible que los hijos de Orpá, que hicieron guerra contra Israel, y fueron muertos por David y sus hombres? Por tanto, no retengas tu boca de la oración, ni tus labios de la súplica, porque por los méritos de nuestros padres, Israel ha sido siempre y siempre arrebatado de las fauces de la muerte. Aquel que en todo tiempo ha obrado maravillas por Israel entregará al enemigo en nuestras manos ahora, para que hagamos con él lo que mejor nos parezca.»

Lo que se empeñaba en inculcar a Ester en particular era que Dios traería ayuda a Israel sin su intermediación, pero que a ella le convenía aprovechar la oportunidad —la única razón por la que había alcanzado su elevado lugar— para reparar las transgresiones cometidas por su casa, Shaúl y sus descendientes.

Cediendo por fin a los argumentos de Mordejái, Ester estuvo dispuesta a arriesgar la vida en este mundo para asegurarse la vida en el mundo venidero. Solo hizo una petición a su tío. Debía hacer que los judíos pasaran tres días en oración y ayuno en su favor, para que ella hallara gracia a los ojos del rey. Al principio Mordejái se oponía a la proclamación de un ayuno, porque era tiempo de Pésaj, y la ley prohíbe ayunar en las fiestas. Pero al fin asintió al razonamiento de Ester: «¿De qué sirven las fiestas si no hay Israel que las celebre, y sin Israel no habría siquiera Torá? Por tanto, es aconsejable transgredir una ley, para que Dios tenga misericordia de nosotros.»

La oración de Ester

En consecuencia, Mordejái dispuso lo necesario para un ayuno y una asamblea de oración. El mismísimo día de la festividad, hizo que lo cruzaran en barca al otro lado de Shushán, donde todos los judíos de la ciudad podían observar el ayuno juntos. Era importante que los residentes judíos de Shushán, por encima de todos los demás judíos, hicieran penitencia y buscaran el perdón de Dios, porque habían cometido el pecado de participar en el banquete de Ajashverosh. Doce mil sacerdotes marchaban en la procesión, con trompetas en la mano derecha y los santos rollos de la ley en la izquierda, llorando y de luto, y clamando ante Dios: «Aquí está la Torá que nos diste. Tu pueblo amado está a punto de ser destruido. Cuando eso suceda, ¿quién quedará para leer la Torá y hacer mención de tu nombre? El sol y la luna se negarán a derramar su luz por el mundo, pues fueron creados solo por causa de Israel.» Entonces cayeron sobre sus rostros y dijeron: «Respóndenos, Padre nuestro, respóndenos, Rey nuestro.» Todo el pueblo se unió a su clamor, y los seres celestiales lloraron con ellos, y los Padres salieron de sus sepulcros.

Tras un ayuno de tres días, Ester se levantó de la tierra y el polvo, e hizo los preparativos para dirigirse al rey. Se ataviaba con una vestidura de seda, bordada con oro de Ofir y tachonada de diamantes y perlas que le habían sido enviados desde África; una corona de oro ceñía su cabeza, y en sus pies llevaba zapatos de oro.

Después de haber completado su atavío, pronunció la siguiente oración: «Tú eres el gran Dios, el Dios de Avraham, Yitsjak y Yaakov, y el Dios de mi padre Binyamín. No porque me considere sin tacha me atrevo a comparecer ante el rey necio, sino para que el pueblo de Israel no sea cortado del mundo. ¿No fue solo por causa de Israel que se creó el mundo entero, y si Israel dejara de existir, quién vendría a exclamar 'Santo, santo, santo' tres veces al día ante ti? Como salvaste a Jananiá, Mishael y Azariá del horno ardiente, y a Daniel de la fosa de los leones, así sálvame de la mano de este rey necio, y hazme aparecer encantadora y agraciada a sus ojos. Te suplico que prestes oído a mi oración en este tiempo de exilio y destierro de nuestra tierra. A causa de nuestros pecados se cumplen sobre nosotros las palabras amenazantes de las Sagradas Escrituras: 'Os venderéis a vuestros enemigos por siervos y por siervas, y no habrá quien os compre.' El decreto de matarnos ha sido promulgado. Somos entregados a la espada para el exterminio, de raíz y rama. Los hijos de Avraham se cubrieron de saco y ceniza, pero aunque los ancianos pecaron, ¿qué agravios han cometido los hijos, y aunque los hijos cometieron agravios, qué han hecho los lactantes? Los nobles de Yerushaláyim salieron de sus sepulcros, porque sus hijos fueron entregados a la espada.

»¡Qué rápido han volado los días de nuestra alegría! El malvado Hamán nos ha entregado a nuestros enemigos para la matanza.

»Voy a recontar ante ti las obras de tus amigos, y por Avraham comenzaré. Lo probaste con todas las tentaciones, y sin embargo lo hallaste fiel. Ojalá sostuvieras a sus amados hijos por su causa, y los ayudaras, de modo que los llevaras como un sello indeleble sobre tu diestra. Pide cuentas a Hamán por el mal que quiere hacernos, y véngate del hijo de Hamedata. Exige el desquite de Hamán y no de tu pueblo, porque buscó aniquilarnos a todos de un solo golpe, él, el enemigo y opresor de tu pueblo, al que se empeña en acorralar por todos lados.

»Con un vínculo eterno nos ataste a ti. Ojalá nos sostuvieras por causa de Yitsjak, que fue atado. Hamán ofreció al rey diez mil talentos de plata por nosotros. Alza tú nuestra voz, y respóndenos, y sácanos del lugar angosto a la anchura. Tú que quebrantas a los más poderosos, aplasta a Hamán, para que nunca más se levante de su caída. Estoy dispuesta a comparecer ante el rey, a implorar gracia por mi heredad. Envía tú un ángel de compasión conmigo en mi misión, y sean la gracia y el favor mis compañeros. Que la rectitud de Avraham vaya delante de mí, que la atadura de Yitsjak me eleve, que el encanto de Yaakov sea puesto en mi boca, y la gracia de Yosef sobre mi lengua. Dichoso el hombre que pone su confianza en Dios; no es confundido. Él me tenderá su diestra y su siniestra, con las que creó el mundo entero. Vosotros, todos vosotros de Israel, orad por mí como yo oro en vuestro favor. Pues cualquier cosa que un hombre pida a Dios en el tiempo de su angustia le es concedida. Miremos las obras de nuestros padres y hagamos como ellos, y Él responderá a nuestras súplicas. La mano izquierda de Avraham sujetaba a Yitsjak por la garganta, y su mano derecha empuñaba el cuchillo. De buena gana cumplía tu mandato, ni se demoró en ejecutar tu orden. El cielo abrió sus ventanas para dar espacio a los ángeles, que clamaban amargamente y decían: '¡Ay del mundo si esto llegara a suceder!' ¡Yo también te invoco! Oh, respóndeme, porque prestas oído a todos los afligidos y oprimidos. Eres llamado el Misericordioso y el Clemente; eres lento para la ira y grande en bondad y verdad. Oye nuestra voz y respóndenos, y sácanos de la angustia a la anchura. Durante tres días he ayunado, conforme al número de días que Avraham caminó para atar a su hijo sobre el altar ante ti. Hiciste con él una alianza, y le prometiste: 'Cuando tus hijos estén en apuros, recordaré la atadura de Yitsjak favorablemente para ellos, y los libraré de sus tribulaciones.' De nuevo, ayuné tres días en correspondencia con las tres clases de Israel, sacerdotes, leviim e israelitas, que estuvieron al pie del Sinaí y dijeron: 'Todo lo que Adonái ha hablado haremos, y obedeceremos.'»

Ester concluyó su oración y dijo: «¡Oh Dios, Señor de los ejércitos! Tú que escudriñas el corazón y las entrañas, en esta hora recuerda los méritos de Avraham, Yitsjak y Yaakov, para que mi petición ante ti no sea rechazada, ni mi ruego quede sin cumplir.»

Ester intercede

Tras terminar su oración, Ester se dirigió al rey, acompañada de tres sirvientas, una caminando a su derecha, la segunda al otro lado, y la tercera llevando su cola, cargada con las piedras preciosas de que estaba tachonada. Su principal adorno era el espíritu santo que se derramaba sobre ella. Pero apenas entró en la cámara que contenía los ídolos, el espíritu santo se apartó de ella, y clamó en gran angustia: «¡Elí, Elí, lamá azabtaní! ¿He de ser castigada por actos que hago contra mi voluntad, y solo en obediencia a los apremios de una dura necesidad? ¿Por qué habría de ser mi suerte distinta de la de la Madre? Cuando el Paró apenas intentó acercarse a Sará, cayeron plagas sobre él y su casa, pero a mí se me ha obligado durante años a vivir con este pagano, y tú no me libras de su mano. ¡Oh Señor del mundo! ¿No he prestado escrupulosa atención a los tres mandamientos que ordenaste especialmente para las mujeres?»

Para llegar al rey, Ester tuvo que atravesar siete estancias, cada una de diez codos de largo. Las tres primeras las recorrió sin estorbo; estaban demasiado lejos para que el rey observara su paso por ellas. Pero apenas había cruzado el umbral de la cuarta cámara, cuando Ajashverosh la divisó y, dominado por la ira, exclamó: «¡Oh, por la que se fue, su semejante no vuelve a hallarse en la tierra! Cómo insté y supliqué a Vashtí que compareciera ante mí, pero se negó, y por ello la mandé matar. Esta Ester viene aquí sin invitación, como una prostituta pública.»

Consternada y desesperada, Ester quedó clavada en el centro de la cuarta cámara. Habiéndole permitido ya pasar por las puertas a su cargo, los guardias de las cuatro primeras salas habían perdido su autoridad sobre ella; y a los guardias de las otras tres salas aún no les había dado motivo para interferir con ella. Sin embargo, los cortesanos estaban tan seguros de que Ester estaba a punto de sufrir la pena de muerte, que los hijos de Hamán andaban ya atareados repartiéndose sus joyas y echando suertes por su púrpura real. La propia Ester era perfectamente consciente de su peligrosa posición. En su necesidad, imploró a Dios: «Elí, Elí, lamá azabtaní», y le rezó las palabras que han encontrado su lugar en el salterio compuesto por el rey David. Porque puso su confianza en Dios, Él respondió a su petición, y le envió tres ángeles para ayudarla: el uno envolvió su rostro con «los hilos de la gracia», el segundo le levantó la cabeza, y el tercero extendió el cetro de Ajashverosh hasta que la tocó. El rey volvió la cabeza para no ver a Ester, pero los ángeles lo forzaron a mirar hacia ella y a quedar rendido ante su seductor encanto.

A causa de su largo ayuno, Ester estaba tan débil que no podía extender su mano hacia el cetro del rey. El arcángel Mijael tuvo que acercarla a él. Ajashverosh dijo entonces: «Veo que has de tener una petición muy importante que presentar, pues de lo contrario no habrías arriesgado deliberadamente tu vida. Estoy dispuesto a concedértela, hasta la mitad del reino. Solo hay una petición que no puedo otorgar, y es la reconstrucción del Templo. Hice mi juramento a Guéshem el árabe, a Sanbalat el joronita y a Toviyá el amonita de no permitir que se reconstruyera, por temor a los judíos, no fuera que se levantaran contra mí.»

Por el momento, Ester se abstuvo de proferir su petición. Todo cuanto pidió fue que el rey y Hamán acudieran a un banquete que ella se proponía dar. Tenía buenas razones para esta singular manera de proceder. Deseaba desarmar las sospechas de Hamán acerca de su ascendencia judía, y llevar a sus hermanos judíos a fijar su esperanza en Dios y no en ella. Al mismo tiempo, era su plan despertar celos de Hamán tanto en el rey como en los príncipes. Estaba muy dispuesta a sacrificar su propia vida, con tal de que sus estratagemas implicaran también la vida de Hamán. En el banquete, por tanto, favoreció a Hamán de tal manera que Ajashverosh no pudo menos que sentir celos. Acercó su silla a la de Hamán, y cuando Ajashverosh le tendió su copa de vino, para que ella bebiera de ella primero, la pasó a su ministro.

Después del banquete, el rey repitió su pregunta, y de nuevo hizo la aseveración de que cumpliría todos sus deseos a cualquier precio, salvo únicamente la reconstrucción del Templo. Ester, sin embargo, aún no estaba lista; prefirió esperar otro día antes de emprender el conflicto con Hamán. Tenía ante sus ojos el ejemplo de Moshé, que también reclamó un día de preparación antes de salir contra Amalek, el antepasado de Hamán.

Engañado por la atención y la distinción que Ester le dispensaba, Hamán se sentía seguro en su posición, envaneciéndose no solo del amor del rey, sino también del respeto de la reina. Se sentía el ser más privilegiado de todo el vasto reino gobernado por Ajashverosh.

Lleno de arrogante suficiencia, pasó junto a Mordejái, quien no solo se negó a rendirle los honores decretados en su favor, sino que además señaló su rodilla, inscrita con el contrato de venta por el cual Hamán había pasado a ser esclavo de Mordejái. Doble y triplemente enfurecido, resolvió hacer un escarmiento con el judío. Pero no se contentó con infligir la muerte mediante una simple patada.

Al llegar a su casa, se llevó el chasco de no encontrar a su mujer Zéresh, la hija del sátrapa persa Tatenai. Como siempre que Hamán estaba en la corte, ella se había ido con sus amantes. Mandó llamarla a ella y a sus trescientos sesenta y cinco consejeros, y con ellos deliberó sobre lo que había de hacerse con Mordejái. Señalando una representación de su cámara del tesoro, que llevaba sobre el pecho, dijo: «Y todo esto no vale nada a mis ojos cuando miro a Mordejái, el judío. Lo que como y bebo pierde su sabor si tan solo pienso en él.»

Entre sus consejeros y sus hijos, que eran doscientos ocho, ninguno era tan astuto como Zeresh, su mujer. Ella habló así: «Si el hombre del que hablas es judío, nada podrás hacerle sino por la sagacidad. Si lo arrojas al fuego, no le hará efecto, pues Jananiá, Mishael y Azariá salieron ilesos del horno ardiente; Yosef quedó libre de la prisión; Menashé oró a Dios, y Él lo escuchó, y lo salvó del horno de hierro; expulsarlo al desierto es inútil, bien sabes que el desierto no hizo daño a los israelitas que lo atravesaron; sacarle los ojos no sirve de nada, pues Shimshón ciego causó más estragos que Shimshón con vista. Por tanto, cuélgalo, porque ningún judío ha escapado jamás de la muerte en la horca».

Hamán quedó muy complacido con las palabras de su mujer. Ella mandó traer artesanos de la madera y del hierro —los unos para levantar la cruz, los otros para hacer los clavos—. Sus hijos danzaban alrededor con gran regocijo mientras Zeresh tañía la cítara, y Hamán, en su placentera excitación, dijo: «A los que trabajan la madera les daré paga abundante, y a los que trabajan el hierro los invitaré a un banquete».

Cuando la cruz estuvo terminada, el propio Hamán la probó, para ver que todo funcionaba en orden. Se oyó una voz celestial: «Buena es para Hamán el malvado, y para el hijo de Hamedata resulta apropiada».

La noche turbada

La noche en que Hamán levantó la cruz para Mordejái era la primera noche de Pésaj, la misma noche en que se habían obrado milagros sin número para los Padres y para Israel. Pero esta vez la noche de alegría se trocó en noche de duelo y noche de temores. Dondequiera que hubiera judíos, pasaron la noche llorando y lamentándose. Los mayores terrores encerraba para Mordejái, porque su propio pueblo lo acusaba de haber provocado sus desgracias con su altiva conducta hacia Hamán.

La agitación y la consternación reinaban tanto en el cielo como en la tierra. Cuando Hamán se hubo cerciorado de que la cruz destinada a su enemigo estaba bien construida, se dirigió al Bet ha-Midrash, donde encontró a Mordejái y a todos los niños judíos de la escuela —veintidós mil en número— entre lágrimas y pesadumbre. Ordenó que los pusieran en cadenas, diciendo: «Primero acabaré con estos, y luego colgaré a Mordejái». Las madres acudieron presurosas con pan y agua, y trataban de convencer a sus hijos de que tomaran algo antes de tener que afrontar la muerte. Los niños, sin embargo, pusieron sus manos sobre sus libros y dijeron: «Por la vida de nuestro maestro Mordejái, no comeremos ni beberemos, sino que pereceremos extenuados por el ayuno». Enrollaron sus rollos sagrados y los entregaron a sus maestros con estas palabras: «Por nuestra devoción al estudio de la Torá habíamos esperado ser recompensados con una larga vida, según la promesa que ofrecen las Sagradas Escrituras. Como no somos dignos de ello, ¡llevaos los libros!». Los clamores de los niños y de los maestros en el Bet ha-Midrash, y el llanto de las madres afuera, unidos a las súplicas de los Padres, llegaron hasta el cielo en la tercera hora de la noche, y Dios dijo: «¡Oigo la voz de tiernos corderos y ovejas!». Se levantó Moshé y se dirigió a Dios así: «Bien sabes que las voces no son de corderos ni de ovejas, sino de los pequeños de Israel, que durante tres días han ayunado y languidecido entre grillos, solo para ser degollados mañana para deleite del archienemigo».

Entonces Dios sintió compasión de Israel, por amor de sus inocentes pequeños. Rompió el sello con que había sido lacrado el decreto celestial de aniquilación, y el decreto mismo lo hizo pedazos. Desde ese momento Ajashverosh quedó desasosegado, y se hizo huir el sueño de sus ojos, con el fin de que se cumpliera la redención de Israel. Dios envió abajo a Mijael, el capitán de las huestes de Israel, que había de mantener alejado el sueño del rey, y el arcángel Gavriel descendió y arrojó al rey de su lecho al suelo, nada menos que trescientas sesenta y cinco veces, susurrándole sin cesar al oído: «Oh, ingrato, recompensa a quien merece ser recompensado».

Para explicarse su insomnio, Ajashverosh pensó que quizá lo habían envenenado, y estaba a punto de ordenar la ejecución de los encargados de preparar su comida. Pero ellos lograron convencerlo de su inocencia, llamándole la atención sobre el hecho de que Ester y Hamán habían compartido con él la cena de la tarde, y sin embargo no habían sentido ningún efecto desagradable. Entonces comenzaron a surgir en su mente sospechas contra su mujer y contra su amigo. Los acusaba en su interior de haber conspirado juntos para quitarlo de en medio. Buscó desterrar este pensamiento con la reflexión de que, si hubiera existido una conjura contra él, sus amigos le habrían advertido de ella. Pero la reflexión trajo otras consigo: ¿tenía él acaso amigos? ¿No sería posible que, por dejar sin recompensa servicios valiosos, hubiera perdido los sentimientos de amistad hacia él? Ordenó, por tanto, que le leyeran las crónicas de los reyes de Persia. Compararía sus propios actos con lo que habían hecho sus predecesores, e intentaría averiguar si podía contar con amigos.

Lo que le leyeron no le devolvió la tranquilidad de espíritu, pues vio ante sí a un hombre pobre —nada menos que el ángel Mijael— que le gritaba sin cesar: «Hamán quiere matarte y hacerse rey en tu lugar. Que esto te sirva de prueba de que te digo la verdad: mañana temprano se presentará ante ti y te pedirá permiso para matar a quien salvó tu vida. Y cuando le preguntes qué honra debe hacerse al hombre a quien el rey se complace en honrar, pedirá que se le den el atavío, la corona y el caballo del rey como señales de distinción».

La excitación de Ajashverosh solo se apaciguó cuando se llegó en las crónicas al pasaje que describía la lealtad de Mordejái. De haberse consultado los deseos del lector, Ajashverosh nunca habría oído esta entrada, pues era un hijo de Hamán quien ejercía el oficio de lector, y deseaba pasar el incidente en silencio. Pero se obró un milagro: ¡las palabras se oyeron aunque no fueron pronunciadas!

Los nombres de Mordejái y de Israel tuvieron un efecto sosegador sobre el rey, y se quedó dormido. Soñó que Hamán, espada en mano, se le acercaba con mala intención, y cuando, temprano por la mañana, Hamán, de improviso, sin ser anunciado, entró en la antecámara y despertó al rey, Ajashverosh quedó persuadido de la verdad de su sueño. El rey se predispuso aún más contra Hamán por la respuesta que este dio a la pregunta de cómo debía honrarse al hombre a quien el rey se complace en honrar. Creyéndose a sí mismo el objeto de la benevolencia del rey, aconsejó a Ajashverosh que hiciera vestir a su favorito con las ropas de coronación del rey, y que le pusieran la corona real sobre la cabeza. Delante de él había de correr uno de los grandes del reino, haciendo oficio de heraldo, proclamando que a todo aquel que no se postrara e inclinara ante aquel a quien el rey se complace en honrar, le sería cortada la cabeza y su casa entregada al saqueo.

Hamán no tardó en advertir que había cometido un error, pues vio mudarse el color del semblante del rey ante la mención de la palabra corona. Se cuidó, por tanto, muy bien de volver a referirse a ella. A pesar de esta precaución, Ajashverosh vio en las palabras de Hamán una llamativa confirmación de su visión, y quedó convencido de que Hamán abrigaba planes contra su vida y su trono.

La caída de Hamán

Hamán pronto habría de descubrir que se había ido muy lejos al suponerse el hombre a quien el rey se complacía en honrar. La orden del rey decía así: «Date prisa hacia las cámaras del tesoro real; trae de allí un manto de fina púrpura, una vestidura de delicada seda, guarnecida de campanillas de oro y granadas y cuajada de diamantes y perlas, y la gran corona de oro que me fue traída de Macedonia el día en que ascendí al trono. Trae, además, de allí la espada y la cota de malla que me enviaron de Etiopía, y los dos velos bordados de perlas que fueron el don de África. Luego dirígete a las caballerizas reales, y saca el caballo negro sobre el que me senté en mi coronación. Con todas estas insignias de honor, ¡busca a Mordejái!».

Hamán: «¿Cuál Mordejái?».

Ajashverosh: «Mordejái el judío».

Hamán: «Hay muchos judíos llamados Mordejái».

Ajashverosh: «El judío Mordejái que se sienta a la puerta del rey».

Hamán: «Hay muchas puertas reales; no sé a cuál te refieres».

Ajashverosh: «La puerta que lleva del harén al palacio».

Hamán: «Este hombre es mi enemigo y el enemigo de mi casa. Antes le daría diez mil talentos de plata que hacerle esta honra».

Ajashverosh: «Se le darán diez mil talentos de plata, y será hecho señor sobre tu casa, pero estas honras habrás de mostrarle».

Hamán: «Tengo diez hijos. Antes preferiría que corrieran delante de su caballo que hacerle esta honra».

Ajashverosh: «Tú, tus hijos y tu mujer seréis esclavos de Mordejái, pero estas honras habrás de mostrarle».

Hamán: «Oh, mi señor y rey, Mordejái es un hombre común. Nómbralo gobernante de una ciudad, o, si quieres, hasta de una provincia, antes que yo le haga esta honra».

Ajashverosh: «Lo nombraré gobernante sobre ciudades y provincias. Todos los reyes de la tierra y del mar le rendirán obediencia, pero estas honras habrás de mostrarle».

Hamán: «Antes que yo le haga esta honra, manda acuñar monedas que lleven tu nombre junto con el suyo, en lugar del mío como hasta ahora».

Ajashverosh: «El hombre que salvó la vida del rey merece que su nombre se ponga en la moneda del reino. No obstante, estas honras habrás de mostrarle».

Hamán: «Se han expedido edictos y escritos a todas las partes del reino, ordenando que la nación a la que pertenece Mordejái sea destruida. Revócalos antes que yo le haga esta honra».

Ajashverosh: «Los edictos y escritos serán revocados, mas estas honras habrás de mostrar a Mordejái».

Viendo que todos los ruegos y súplicas eran ineficaces, y que Ajashverosh insistía en la ejecución de su orden, Hamán fue a las cámaras del tesoro real, caminando con la cabeza inclinada como la de un doliente, las orejas caídas, los ojos apagados, la boca contraída, el corazón endurecido, las entrañas hechas pedazos, los lomos debilitados y las rodillas chocando una contra otra. Reunió las insignias reales y se las llevó a Mordejái, acompañado en su camino por Harboná y Abzur, quienes, por orden del rey, debían vigilar si Hamán cumplía sus deseos al pie de la letra.

Cuando Mordejái vio acercarse a su enemigo, pensó que había llegado su última hora. Instó a sus discípulos a que huyeran, para que no se «quemaran con sus brasas». Pero ellos se negaron, diciendo: «En la vida como en la muerte deseamos estar contigo». Los pocos instantes que le quedaban, según creía, los pasó Mordejái en devoción. Con palabras de oración en los labios deseaba partir. Hamán, por tanto, hubo de dirigirse a los discípulos de Mordejái: «¿Cuál fue el último tema que os enseñó vuestro maestro Mordejái?». Le dijeron que habían estado tratando la ley del Ómer, el sacrificio que se ofrecía en ese mismo día mientras el Templo estuvo en pie. A petición suya, describieron algunos de los detalles de la ceremonia en el Templo relacionada con la ofrenda. Él exclamó: «Dichosos vosotros, que vuestras diez moneditas, con las que comprasteis el trigo para el Ómer, produjeron mejor efecto que mis diez mil talentos de plata, que ofrecí al rey para la destrucción de los judíos».

Entretanto, Mordejái había terminado su oración. Hamán se acercó a él y dijo: «Levántate, piadoso hijo de Avraham, Yitsjak y Yaakov. Tu saco y tu ceniza valieron más que mis diez mil talentos de plata, que prometí al rey. Ellos no fueron aceptados, pero tus oraciones fueron aceptadas por tu Padre en el cielo».

Mordejái, todavía no desengañado de la idea de que Hamán había venido a llevarlo a la cruz, pidió la gracia de unos minutos para su última comida. Solo las repetidas protestas de Hamán lo tranquilizaron. Cuando Hamán se dispuso a ataviarlo con el atavío real, Mordejái se negó a ponérselo hasta haberse bañado y arreglado el cabello. El atavío real armonizaba mal con su estado después de tres días de saco y ceniza. Quiso la suerte que Ester hubiera dado la orden de que los bañeros y los barberos no ejercieran sus oficios ese día, y no le quedó a Hamán otra cosa que prestar los servicios serviles que Mordejái requería. Hamán intentó jugar con los sentimientos de Mordejái. Lanzando un hondo suspiro, dijo: «¡El más grande del reino del rey hace ahora de bañero y barbero!». Mordejái, sin embargo, no se dejó impresionar. Conocía demasiado bien el origen de Hamán para ser engañado; recordaba a su padre, que había sido bañero y barbero en una aldea.

La humillación de Hamán no era aún completa. Mordejái, extenuado por su ayuno de tres días, estaba demasiado débil para montar en su caballo sin ayuda. Hamán tuvo que servirle de escabel, y Mordejái aprovechó la ocasión para darle una patada. Hamán le recordó el versículo de la Escritura: «No te alegres cuando caiga tu enemigo, ni se regocije tu corazón cuando tropiece». Mordejái, sin embargo, se negó a aplicárselo a sí mismo, pues no castigaba a un enemigo personal, sino al enemigo de su pueblo, y de tales dice la Escritura: «Y tú pisarás sobre las alturas de tus enemigos».

Por último, Hamán hizo que Mordejái cabalgara por las calles de la ciudad, y proclamaba delante de él: «Así se hará al hombre a quien el rey se complace en honrar». Delante de ellos marchaban veintisiete mil jóvenes destinados a este servicio desde la corte. En su mano derecha llevaban copas de oro, y jarras de oro en la izquierda, y ellos también proclamaban: «Así se hará al hombre a quien el rey se complace en honrar». La procesión se engrosó, además, con la presencia de judíos. Ellos, sin embargo, hacían una proclama de distinto tenor. «Así se hará —clamaban— al hombre cuya honra desea el Rey que ha creado el cielo y la tierra».

Mientras cabalgaba, Mordejái alababa a Dios: «Te ensalzaré, oh Adonái, porque me has levantado, y no dejaste que mis enemigos se alegraran de mí. Oh Adonái, Dios mío, a Ti clamé, y me sanaste. Oh Adonái, hiciste subir mi alma del Sheol; me diste vida, para que no descendiera a la fosa». Ante lo cual sus discípulos se unieron con: «Cantad a Adonái, oh santos suyos, y dad gracias a su santo nombre. Porque su ira es solo por un momento; en su favor está la vida; por la noche podrá durar el llanto, pero al amanecer viene la alegría». Hamán añadió a ello el versículo: «En cuanto a mí, dije en mi prosperidad: jamás seré movido. Tú, Adonái, por tu favor habías afirmado mi monte con fuerza. Escondiste tu rostro; quedé turbado». La reina Ester continuó: «A Ti clamé, oh Adonái; y a Adonái supliqué. ¿Qué provecho hay en mi sangre, cuando descienda a la fosa? ¿Te alabará el polvo? ¿Anunciará tu verdad?». Y toda la concurrencia de judíos presentes clamó: «Has cambiado mi duelo en danza; soltaste mi saco y me ceñiste de alegría, para que mi gloria te cante alabanza y no calle. Oh Adonái, Dios mío, te daré gracias para siempre».

Cuando esta procesión pasó ante la casa de Hamán, su hija miraba por la ventana. Tomó al hombre sobre el caballo por su padre, y al que lo conducía, por Mordejái. Alzando un recipiente lleno de inmundicia, lo vació sobre el que conducía —su propio padre—. Apenas había salido el recipiente de su mano, cuando comprendió la verdad, y se arrojó desde la ventana, y quedó destrozada, muerta, en la calle de abajo.

A pesar del súbito cambio en su fortuna, Mordejái terminó aquel accidentado día como lo había comenzado: en oración y ayuno. No bien hubo pasado la procesión, se quitó las ropas reales y, cubriéndose de nuevo con el saco, oró hasta que cayó la noche.

Hamán quedó sumido en el duelo, en parte por la profunda deshonra a la que había sido sometido, en parte por la muerte de su hija. Ni su mujer ni sus amigos pudieron aconsejarle cómo remediar su triste fortuna. Solo podían ofrecerle un pobre consuelo: «Si este Mordejái es de la simiente de los santos, no podrás prevalecer contra él. Con certeza correrás la misma suerte que los reyes en su batalla con Avraham, y Avimélej en su querella con Yitsjak. Como Yaakov venció al ángel con quien luchó, y Moshé y Aharón causaron el ahogamiento del Paró y de su hueste, así Mordejái te vencerá al final».

Mientras aún hablaban, llegaron los chambelanes del rey, y se llevaron a toda prisa a Hamán al banquete que Ester había preparado, para impedir que él y sus influyentes hijos conspiraran contra el rey. Ajashverosh repitió su promesa de dar a Ester cuanto deseara —esperando siempre la restauración del Templo—. Esta vez, alzando los ojos al cielo, Ester respondió: «Si he hallado gracia ante tus ojos, oh Rey Supremo, y si te place, oh Rey del mundo, séame concedida mi vida, y sea rescatado mi pueblo de la mano de su enemigo». Ajashverosh, creyendo que estas palabras iban dirigidas a él, preguntó irritado: «¿Quién es, y dónde está, ese presuntuoso conspirador que pensó obrar así?». Estas fueron las primeras palabras que el rey había dirigido nunca a la propia Ester. Hasta entonces siempre se había comunicado con ella a través de un intérprete. No había quedado del todo convencido de que ella fuera bastante digna de ser dirigida por el rey. Ahora, sabedor del hecho de que era judía, y de estirpe real por añadidura, le habló directamente, sin la intervención de otros.

Ester extendió la mano para señalar al hombre que había buscado quitarle la vida, como en efecto había quitado la de Vashtí, pero en la excitación del momento señaló al rey. Por fortuna, el rey no advirtió su error, porque un ángel guió su mano en el acto en dirección a Hamán, a quien sus palabras describían: «Este es el adversario y el enemigo, el que quiso asesinarte en tu cámara de dormir durante la noche que acaba de pasar; el que este mismo día quiso ataviarse con el atavío real, cabalgar sobre tu caballo y llevar tu corona de oro sobre la cabeza, para alzarse contra ti y despojarte de tu soberanía. Pero Dios frustró su empresa, y las honras que buscaba para sí mismo recayeron en la parte de mi tío Mordejái, a quien este opresor y enemigo pensaba colgar».

La ira del rey ardía ya con tal fiereza que insinuó a Ester que, fuera Hamán el adversario que ella tenía en mente o no, lo designara como tal. Para enfurecerlo aún más, Dios envió diez ángeles con la apariencia de los diez hijos de Hamán, para talar los árboles del parque real. Cuando Ajashverosh volvió los ojos hacia el interior del parque, vio la despiadada destrucción de la que eran culpables. En su furia salió al jardín. Este fue el instante que aprovechó Hamán para implorar gracia para sí mismo a Ester. Gavriel intervino, y arrojó a Hamán sobre el diván en una postura como si fuera a hacer violencia a la reina. En ese momento reapareció Ajashverosh. Enfurecido más allá de toda descripción por lo que vio, gritó: «¡Hamán atenta contra el honor de la reina en mi propia presencia! ¡Venid, pues, oh pueblos, naciones y razas, y pronunciad sentencia sobre él!».

Cuando Harboná —originalmente amigo de Hamán y adversario de Mordejái— oyó la airada exclamación del rey, le dijo: «Ni es este el único crimen cometido por Hamán contra ti, pues fue cómplice de los conspiradores Bigtán y Teresh, y su enemistad hacia Mordejái se remonta al tiempo en que Mordejái descubrió sus viles complots. En venganza por ello, ha levantado una cruz para él». Las palabras de Harboná ilustran el dicho: «Una vez que el buey ha sido derribado, se hallan con facilidad cuchillos de degollar». Sabiendo que Hamán había caído de su alta posición, Harboná estaba empeñado en ganarse la amistad de Mordejái. Harboná tenía toda la razón, pues Ajashverosh ordenó de inmediato que Hamán fuera colgado. Se encargó a Mordejái la ejecución de la orden del rey, y las lágrimas y súplicas de Hamán no lo conmovieron en lo más mínimo. Insistió en colgarlo como al más vil de los criminales, en lugar de ejecutarlo con la espada, el modo de castigo aplicado a los hombres de rango culpables de faltas graves.

La cruz que Hamán, por consejo de su mujer Zeresh y de sus amigos, había levantado para Mordejái, se usó ahora para él mismo. Estaba hecha de madera de un espino. Dios convocó a todos los árboles y preguntó cuál permitiría que la cruz para Hamán se hiciera de él. La higuera dijo: «Estoy dispuesta a servir, pues soy símbolo de Israel, y, además, mis frutos eran llevados al Templo como primicias». La vid dijo: «Estoy dispuesta a servir, pues soy símbolo de Israel y, además, mi vino se lleva al altar». El manzano dijo: «Estoy dispuesto a servir, pues soy símbolo de Israel». El nogal dijo: «Estoy dispuesto a servir, pues soy símbolo de Israel». El árbol del etrog dijo: «A mí me correspondería el privilegio, pues con mi fruto Israel alaba a Dios en Sukot». El sauce del arroyo dijo: «Deseo servir, pues soy símbolo de Israel». El cedro dijo: «Deseo servir, pues soy símbolo de Israel». La palmera dijo: «Deseo servir, pues soy símbolo de Israel». Finalmente vino el espino y dijo: «Yo soy apto para prestar este servicio, pues los impíos son como espinos que pinchan». La oferta del espino fue aceptada, después de que Dios diera una bendición a cada uno de los demás árboles por su disposición a servir.

Una viga de espino lo bastante larga solo pudo hallarse en la casa de Hamán, que hubo de ser demolida para obtenerla. La cruz era lo bastante alta para colgar en ella a Hamán y a sus diez hijos. Se plantó tres codos de hondo en la tierra, cada una de las víctimas requería tres codos de espacio en longitud, se dejó un codo de espacio vacío entre los pies del de arriba y la cabeza del de abajo, y el hijo menor, Vaizata, tenía los pies a cuatro codos del suelo mientras colgaba.

Hamán y sus diez hijos permanecieron colgados largo tiempo, para consternación de quienes lo consideraban una violación de la prohibición bíblica de Devarim, de no dejar un cuerpo humano colgado en un árbol durante la noche. Ester señaló un precedente: los descendientes de Shaúl, a quienes los gabaonitas dejaron colgados medio año, con lo cual se santificó el nombre de Dios, pues cada vez que los peregrinos los contemplaban, decían a los gentiles que aquellos hombres habían sido colgados porque su padre Shaúl había puesto la mano sobre los gabaonitas. «Cuánto más, entonces —continuó Ester—, estamos justificados en permitir que Hamán y su familia cuelguen, ellos que quisieron destruir la casa de Israel».

Además de estos diez hijos, que habían sido gobernadores en varias provincias, Hamán tenía otros veinte, diez de los cuales murieron, y los otros diez quedaron reducidos a la mendicidad. La vasta fortuna que Hamán poseía al morir se dividió en tres partes. La primera parte se dio a Mordejái y a Ester, la segunda a los estudiantes de la Torá, y la tercera se aplicó a la restauración del Templo. Mordejái se convirtió así en un hombre rico. Fue también instituido rey de los judíos. Como tal, hizo acuñar monedas que llevaban la figura de Ester en el anverso, y su propia figura en el reverso. Sin embargo, en la medida en que Mordejái ganaba en poder y consideración mundanos, perdía espiritualmente, porque los asuntos ligados a su alto cargo político no le dejaban tiempo para el estudio de la Torá. Antes ocupaba el sexto lugar entre los eminentes sabios de Israel; ahora descendió al séptimo lugar entre ellos. Ajashverosh, en cambio, salió ganando con el cambio. Tan pronto como Mordejái entró en el oficio de gran canciller, logró someter a su dominio las provincias que se habían rebelado a causa de la ejecución de Vashtí.

El edicto del rey

El edicto expedido contra los judíos fue revocado por Ajashverosh en los siguientes términos:

«El rey Ajashverosh envía esta carta a todos los habitantes del agua y de la tierra, a todos los gobernantes de provincias, y a los generales del ejército, que moran en cada país; ¡sea grande vuestra paz! Os escribo esto para informaros de que, aunque gobierno sobre muchas naciones, sobre los habitantes de la tierra y del mar, no me enorgullezco de mi poder, sino que caminaré más bien en humildad y mansedumbre de espíritu todos mis días, a fin de procuraros una gran paz. A todos los que moran bajo mi dominio, a todos los que buscan ejercer el comercio por tierra o por mar, a todos los que desean exportar mercancías de una nación a otra, de un pueblo a otro —para todos ellos soy el mismo, de un extremo de la tierra al otro, y que nadie busque causar agitación por tierra o por mar, ni enemistades entre una nación y otra, entre un pueblo y otro—. Escribo esto porque, a pesar de la sinceridad y honestidad con que amamos a todas las naciones, veneramos a todos los gobernantes y hacemos el bien a todos los potentados, hay, sin embargo, personas que estaban cerca del rey, y en cuya mano se confió el gobierno, que con sus intrigas y falsedades engañaron al rey, y escribieron cartas que no son rectas ante el cielo, que son malas ante los hombres y perjudiciales para el imperio. Esta fue la petición que solicitaron del rey: que hombres justos fueran muertos, y que se derramara la sangre más inocente, de quienes no habían hecho ningún mal, ni eran reos de muerte —gente tan justa como Ester, célebre por todas las virtudes, y Mordejái, sabio en toda rama de la sabiduría; no hay mancha que hallar en ellos ni en su nación—. Yo pensé que se me pedía respecto de otra nación, y no sabía que era respecto de los judíos, que son llamados los Hijos del Señor de Todo, que creó el cielo y la tierra, y que los condujo a ellos y a sus padres a través de grandes y poderosos imperios. Y ahora, como él, Hamán, el hijo de Hamedata, de Judea, descendiente de Amalek, que vino a nosotros y disfrutó de mucha bondad, alabanza y dignidad de nuestra parte, a quien engrandecimos y llamamos "padre del rey", y sentamos a la derecha del rey, no supo apreciar la dignidad, ni cómo conducir los asuntos del Estado, sino que abrigó pensamientos de matar al rey y arrebatarle su reino, por tanto ordenamos que el hijo de Hamedata fuera colgado, y todo lo que él deseaba lo hemos hecho recaer sobre su cabeza; y el Creador del cielo y de la tierra hizo recaer sus maquinaciones sobre su cabeza».

Como memorial de la maravillosa liberación de las manos de Hamán, los judíos de Shushán celebraron el día que su archienemigo había señalado para su exterminio, y su ejemplo fue seguido por los judíos de las demás ciudades del imperio persa, y por los de otros países. Con todo, los sabios, cuando Ester se lo rogó, se negaron al principio a hacer de él una fiesta para todos los tiempos, no fuera que se excitara el odio de los gentiles contra los judíos. Cedieron solo después de que Ester les señalara que los sucesos en que se basaba la festividad estaban perpetuados en los anales de los reyes de Persia y Media, y así el mundo de afuera no podría malinterpretar la alegría de los judíos.

Ester dirigió otra petición a los sabios. Les rogó que el libro que contenía su historia fuese incorporado a las Sagradas Escrituras. Como se resistían a añadir nada al triple Canon, compuesto de la Torá, los Profetas y los Hagiógrafos, se negaron de nuevo, y de nuevo hubieron de ceder ante el argumento de Ester. Ella citó las palabras de Shemot: «Escribe esto como memorial en un libro», dichas por Moshé a Yehoshúa después de la batalla de Refidim con los amalecitas. Vieron que era voluntad de Dios inmortalizar la guerra librada con el amalecita Hamán. Ni es el Libro de Ester una historia ordinaria. Sin la ayuda del espíritu santo no habría podido componerse, y por ello su canonización resuelta «abajo» fue ratificada «arriba». Y así como el Libro de Ester llegó a ser parte integral e indestructible de las Sagradas Escrituras, así la Fiesta de Purim se celebrará por siempre, ahora y en el mundo venidero, y la propia Ester, por sus piadosas obras, se ganó un buen nombre tanto en este mundo como en el mundo por venir.