Las Leyendas de los Judíos IV·Capítulo undécimo11 / 12

Capítulo undécimo

El retorno del cautiverio

El festín de Baltasar

Cuando Dios resolvió tomar venganza de Bavel por todos los sufrimientos que había infligido a Israel, eligió a Darío y a Ciro como agentes de esa venganza. Ciro, rey de Persia, y su suegro Darío, rey de Media, marcharon juntos contra Baltasar, señor de los caldeos. La guerra se prolongó bastante tiempo, y la fortuna favoreció primero a un bando y luego al otro, hasta que al fin los caldeos obtuvieron una victoria decisiva. Para celebrar el hecho, Baltasar dispuso un gran banquete, servido en los utensilios que su padre había sacado del Templo de Yerushaláyim. Mientras el rey y sus invitados festejaban, el ángel enviado por Dios trazó sobre el muro el «Mené, Mené, Tekel, Ufarsín» —palabras arameas en caracteres hebreos, escritas con tinta roja—. Nadie vio al ángel salvo el rey. Sus grandes y los príncipes del reino, presentes en la orgía, no percibieron nada. El propio rey no vio la figura del ángel; solo le fueron visibles sus dedos sobrecogedores mientras trazaban las palabras.

La interpretación que Daniel dio a las enigmáticas palabras puso fin al regocijo de los comensales. Se dispersaron llenos de espanto y temor, y no quedó nadie salvo el rey y sus servidores. Esa misma noche el rey fue asesinado por un viejo criado que conocía a Daniel desde los tiempos de Nabucodonosor, y que no dudaba de que su siniestra profecía se cumpliría. Con la cabeza del rey Baltasar se presentó ante Darío y Ciro, y les contó cómo su señor había profanado los vasos sagrados —les habló de la maravillosa escritura sobre el muro y del modo en que Daniel la había interpretado—. Conmovidos por su relato, los dos reyes juraron solemnemente que permitirían a los judíos regresar a la Tierra de Israel y les concederían el uso de los vasos del Templo.

Reanudaron la guerra contra Bavel con mayor energía, y Dios les otorgó la victoria. Conquistaron todo el reino de Baltasar y tomaron posesión de la ciudad de Bavel, cuyos habitantes, jóvenes y ancianos, fueron condenados a muerte. Las tierras sometidas se repartieron entre Ciro y Darío: este recibió Bavel y Media; aquel, Caldea, Persia y Ashur.

Pero esta no es toda la historia de la caída de Bavel. El impío rey Baltasar dispuso el banquete en que se profanaron los vasos sagrados en el quinto año de su reinado, porque creyó del todo seguro que ya había pasado el peligro de que se cumpliera la profecía de Yirmiyahu, la que anunciaba el retorno de los judíos a la Tierra de Israel al cabo de setenta años de dominio babilonio sobre ellos. Nabucodonosor había gobernado veinticinco años, y Evil-Merodaj veintitrés, quedando cinco años en el reinado de Baltasar para el cumplimiento del plazo señalado. No le bastó con burlarse de Dios usando los vasos del Templo: quiso además que la repostería del banquete —ofrecido el segundo día de la fiesta de Pésaj— se hiciera con harina de trigo más fina que la que ese día se empleaba en el Templo para el Ómer.

El castigo siguió de cerca a la atrocidad. Ciro y Darío hacían de porteros del palacio real la noche del banquete. Habían recibido de Baltasar la orden de no admitir a nadie, aunque dijera ser el rey en persona. Baltasar se vio obligado a dejar sus aposentos por un breve momento, y salió sin que lo advirtieran los dos porteros. A su regreso, cuando pidió que le abrieran, lo abatieron muerto —aun mientras aseguraba que era el rey—.

Daniel bajo los reyes persas

Daniel dejó a Baltasar y huyó a Shushtar, donde lo recibió con benevolencia Ciro, quien le prometió hacer devolver los vasos del Templo a Yerushaláyim, con tal de que Daniel rogara a Dios que le concediera el éxito en su guerra contra el rey de Mosul. Dios escuchó con favor la oración de Daniel, y Ciro cumplió su promesa.

Daniel recibió entonces el encargo divino de instar a Ciro a reconstruir el Templo. Para ello debía presentar al rey a Ezrá y a Zerubavel. Ezrá fue de un lugar a otro llamando al pueblo a volver a la Tierra de Israel. Triste es decirlo, pero solo una tribu y media atendieron su llamado. Es más, la mayoría del pueblo se enfureció tanto contra Ezrá que buscaron matarlo. Escapó del peligro de muerte solo por un milagro divino.

También Daniel se vio expuesto a mucho sufrimiento en ese tiempo. El rey Ciro lo arrojó a un foso de leones porque se negó a postrarse ante el ídolo del rey. Durante siete días Daniel yació entre las fieras, y no se tocó ni un cabello de su cabeza. Cuando el rey, al término de la semana, halló vivo a Daniel, no pudo menos que reconocer la soberana grandeza de Dios. Ciro liberó a Daniel, y en su lugar hizo arrojar a los leones a sus calumniadores. En un instante fueron despedazados.

En general, Ciro estuvo muy lejos de estar a la altura de lo que se esperaba de él en piedad y justicia. Aunque concedió a los judíos permiso para reconstruir el Templo, no debían usar más material que la madera, de modo que fuera fácil de destruir si a los judíos se les ocurría rebelarse contra él. Incluso en lo moral, el rey persa no estaba libre de reproche.

En otra ocasión, Ciro instó con insistencia a Daniel a rendir homenaje al ídolo Bel. Como prueba de la divinidad del ídolo, el rey aducía el hecho de que comía los platos que se le ponían delante —un rumor difundido por los sacerdotes de Bel, que entraban de noche en el templo del ídolo por pasadizos subterráneos, ellos mismos devoraban los platos y luego atribuían su desaparición al apetito del dios—. Pero Daniel era demasiado astuto para dejarse engañar por una historia fabricada. Hizo esparcir ceniza por el suelo del templo, y las huellas visibles a la mañana siguiente convencieron al rey del engaño de los sacerdotes.

Las cordiales relaciones no se mantuvieron para siempre entre Ciro y Darío. Estalló una guerra entre ellos, en la que Ciro perdió la vida y las tierras. Temiendo a Darío, Daniel huyó a Persia. Pero un ángel de Dios se le apareció con este mensaje: «No temas al rey; no te entregaré en sus manos». Poco después recibió una carta de Darío que decía así: «Ven a mí, Daniel. No temas nada; seré aún más bondadoso contigo de lo que fue Ciro». En consecuencia, Daniel regresó a Shushtar y fue recibido con gran consideración por Darío.

Cierto día el rey recordó por azar las vestiduras sagradas que Nabucodonosor había llevado del Templo de Yerushaláyim a Bavel. Habían desaparecido, y no podía hallarse rastro de ellas. El rey sospechó que Daniel tenía algo que ver con su desaparición. De poco le sirvió proclamar su inocencia: fue arrojado a prisión. Dios envió un ángel que había de cegar a Darío, diciéndole a la vez que se le privaba de la luz de sus ojos porque mantenía preso al piadoso Daniel, y que la vista solo le sería restituida si Daniel intercedía por él. El rey liberó de inmediato a Daniel, y juntos viajaron a Yerushaláyim para orar en el lugar sagrado por la curación del rey. Un ángel se apareció a Daniel y le anunció que su oración había sido escuchada. El rey no tenía más que lavarse los ojos, y la visión volvería a ellos. Así ocurrió. Darío dio gracias a Dios, y en su gratitud asignó el diezmo de su grano a los sacerdotes y a los leviim. Además, mostró su aprecio a Daniel colmándolo de regalos, y ambos regresaron a Shushtar. La curación del rey convenció a muchos de sus súbditos de la omnipotencia de Dios, y se convirtieron al judaísmo.

Siguiendo el consejo de Daniel, Darío nombró un triunvirato para hacerse cargo de la administración de su reino, y Daniel fue puesto a la cabeza del consejo de los tres. Su alta dignidad —en la que solo el rey mismo estaba por encima de él— lo expuso a la envidia y la hostilidad por todas partes. Sus enemigos tramaron su ruina. Con astucia indujeron al rey a firmar una orden que imponía la pena de muerte a toda plegaria dirigida a cualquier dios u hombre que no fuera Darío. Aunque la orden no obligaba a Daniel a cometer un pecado, él prefirió dar su vida por el honor del Dios único antes que omitir sus devociones a Él. Cuando sus celosos enemigos lo sorprendieron durante sus oraciones, no se interrumpió. Fue arrastrado ante el rey, que se negó a dar crédito a la acusación contra Daniel. Entretanto llegó la hora de la oración de la tarde, y en presencia del rey y de sus príncipes Daniel comenzó a cumplir sus devociones. Naturalmente, esto dejó sin efecto todos los esfuerzos del rey por salvar a su amigo de la muerte. Daniel fue arrojado a un foso lleno de leones. La entrada del foso se cerró con una roca que, por su propia voluntad, había rodado desde la Tierra de Israel para protegerlo de todo daño que sus enemigos pudieran tramar. Las fieras dieron la bienvenida al piadoso Daniel como perros que halagan a su amo al volver a casa, lamiéndole las manos y moviendo la cola.

Mientras esto ocurría en Bavel, un ángel se apareció al profeta Javakuk en Yehudá. Ordenó al profeta que llevara a Daniel la comida que estaba a punto de llevar a sus jornaleros en el campo. Asombrado, Javakuk preguntó al ángel cómo podría llevarla a tan gran distancia, y al punto fue tomado por el cabello y en un momento depositado ante Daniel. Comieron juntos, y luego el ángel transportó a Javakuk de vuelta a su lugar en la Tierra de Israel. Muy de mañana Darío fue al foso de los leones para averiguar la suerte de Daniel. El rey lo llamó por su nombre, pero no recibió respuesta, porque Daniel recitaba en ese momento el Shemá, tras haber pasado la noche alabando y adorando a Dios. Al ver que aún vivía, el rey convocó al foso a los enemigos de Daniel. Estos opinaron que los leones no habían tenido hambre, y por eso Daniel seguía ileso. El rey les ordenó poner a prueba a las fieras con sus propias personas. El resultado fue que los ciento veintidós enemigos de Daniel, junto con sus mujeres e hijos —doscientas cuarenta y cuatro personas—, fueron hechos pedazos por mil cuatrocientos sesenta y cuatro leones.

La milagrosa salvación de Daniel le trajo una consideración más distinguida y honores mayores que antes. El rey publicó las maravillas que Dios había obrado en todas las partes de su reino, y llamó al pueblo a dirigirse a Yerushaláyim y ayudar en la erección del Templo.

Daniel suplicó al rey que lo relevara de los deberes de su cargo, para cuyo desempeño ya no se sentía apto a causa de su avanzada edad. El rey consintió con la condición de que Daniel designara un sucesor digno de él. Su elección recayó en Zerubavel. Colmado de ricos presentes y entre manifestaciones públicas dispuestas para honrarlo, Daniel se retiró de la vida pública. Se estableció en la ciudad de Shushán, donde permaneció hasta su fin. Aunque no era profeta, Dios le concedió un conocimiento del «fin de los tiempos» que no otorgó a sus amigos, los profetas Hageo, Zejariá y Malají; pero aun él, en la plenitud de sus años, perdió toda memoria de la revelación con que había sido favorecido.

La tumba de Daniel

Daniel fue sepultado en Shushán, a causa de lo cual se encendió una áspera disputa entre los habitantes de la ciudad. Shushán está dividida en dos partes por un río. El lado que contenía la tumba de Daniel lo ocupaban los habitantes ricos, y los ciudadanos pobres vivían al otro lado del río. Estos sostenían que también ellos serían ricos si la tumba de Daniel estuviera en su barrio. Las frecuentes disputas y conflictos se zanjaron al fin con un acuerdo: un año el féretro de Daniel reposaba a un lado del río, y al siguiente al otro. Cuando el rey persa Sanjar llegó a Shushán, puso fin a la práctica de arrastrar el féretro de aquí para allá. Recurrió a otro recurso para guardar la paz de la ciudad. Hizo suspender el féretro de cadenas exactamente en medio del puente que salvaba el río. En ese mismo sitio erigió una casa de oración para todas las confesiones, y por respeto a Daniel prohibió pescar en el río a una milla de distancia a cada lado del edificio conmemorativo. La santidad del lugar se hizo patente cuando los impíos intentaban pasar cerca: se ahogaban, mientras que los piadosos quedaban indemnes. Además, los peces que nadaban cerca tenían la cabeza reluciente como el oro.

Junto a la casa de Daniel yacía una piedra bajo la cual él había ocultado los vasos sagrados del Templo. Una vez se intentó hacer rodar la piedra de su sitio, pero todo el que se atrevía a tocarla caía muerto. La misma suerte alcanzó a cuantos más tarde intentaron hacer excavaciones cerca del lugar: estallaba una tormenta y los segaba a todos.

Zerubavel

El sucesor de Daniel al servicio del rey, Zerubavel, gozó de igual consideración y afecto reales. Ocupaba una posición más alta que todos los demás servidores y oficiales, y junto con otros dos formaba la guardia personal del rey. Una vez, mientras el rey yacía envuelto en profundo sueño, sus guardias resolvieron escribir cada uno lo que consideraba la cosa más poderosa del mundo, y a quien escribiera la sentencia más sabia el rey le daría ricos presentes y recompensas. Lo que escribieron lo pusieron bajo la almohada en que descansaba la cabeza del rey, para que no tardara en decidir al despertar. El primero escribió: «El vino es la cosa más poderosa que hay»; el segundo escribió: «El rey es el más poderoso de la tierra»; y el tercero, Zerubavel, escribió: «Las mujeres son lo más poderoso del mundo, pero la verdad prevalece sobre todo lo demás». Cuando el rey despertó y leyó el documento, convocó a los grandes de su reino y también a los tres jóvenes. Se pidió a cada uno de los tres que justificara su sentencia. Con palabras elocuentes, el primero describió el poder del vino: cuando se apodera de los sentidos de un hombre, este olvida la pena y el pesar. Aún más bellas y convincentes fueron las palabras del segundo orador, cuando le llegó el turno de establecer la verdad de su dicho: que el rey era el más poderoso de la tierra. Por último, Zerubavel pintó con palabras encendidas el poder de la mujer, que gobierna incluso sobre los reyes. «Pero —continuó—, la verdad es suprema sobre todo. La tierra entera pide la verdad, los cielos cantan las alabanzas de la verdad, toda la creación se estremece y tiembla ante la verdad, no puede hallarse mal alguno en la verdad. A la verdad pertenecen el poder, el dominio, la fuerza y la gloria de todos los tiempos. Bendito sea el Dios de la verdad». Cuando Zerubavel dejó de hablar, la asamblea prorrumpió en estas palabras: «¡Grande es la verdad; es más poderosa que todo lo demás!». Tanto encantó al rey la sabiduría de Zerubavel, que le dijo: «Pide lo que quieras, y te será concedido». Zerubavel no pidió nada para sí; solo solicitó del rey permiso para restaurar Yerushaláyim, reconstruir el santuario y devolver los vasos sagrados del Templo al lugar de donde habían sido llevados. No solo concedió Darío lo que Zerubavel deseaba, no solo le dio cartas de salvoconducto, sino que además otorgó numerosos privilegios a los judíos que acompañaron a Zerubavel a la Tierra de Israel, y envió abundantes presentes al Templo y a sus oficiales.

Como a su predecesor Daniel, así también a Zerubavel Dios le concedió un conocimiento de los secretos del porvenir. En particular, el arcángel Metatrón se mostró benévolo con él. Además de revelarle el tiempo en que el Mesías aparecería, propició un encuentro entre el Mesías y Zerubavel.

En realidad, Zerubavel no era otro que Nejemyá, a quien se le dio este segundo nombre porque había nacido en Bavel. Por muy ricamente dotado que estuviera Zerubavel-Nejemyá de cualidades admirables, no carecía de defectos. Era en exceso complaciente consigo mismo, y no vaciló en marcar públicamente con un estigma a sus predecesores en el cargo de gobernador de la tierra de Yehudá, entre los cuales había un hombre tan excelente como Daniel. Para castigarlo por estas transgresiones, el Libro de Ezrá no lleva el nombre de su verdadero autor, Nejemyá.

Cuando Darío sintió que se acercaba su fin, nombró a su yerno Ciro —que hasta entonces solo había reinado sobre Persia— gobernante también de su reino. Su deseo fue honrado por los príncipes de Media y de Persia. Después de que Darío partió de esta vida, Ciro fue proclamado rey.

En el primerísimo año de su reinado, Ciro convocó ante sí a los más distinguidos de los judíos y les dio permiso para regresar a la Tierra de Israel y reconstruir el Templo de Yerushaláyim. Más aún: se comprometió a contribuir al servicio del Templo en proporción a sus medios, y a rendir honor al Dios que lo había investido de fuerza para someter a los caldeos. Estos actos de Ciro brotaron en parte de sus propias inclinaciones piadosas, y en parte se debieron a su deseo de cumplir la última voluntad de Darío, que le había encarecido dar a los judíos la oportunidad de reconstruir el Templo.

Cuando la compañía de judíos que regresó a Yerushaláyim bajo la conducción de Ezrá, y se puso a restaurar el Templo, iba a ofrecer el primer sacrificio, echaron de menos el fuego celestial que había descendido del cielo sobre el altar en tiempos de Moshé y no se había extinguido mientras el Templo estuvo en pie. Se volvieron en súplica a Dios para que los instruyera. El fuego celestial había sido escondido por Yirmiyahu en el tiempo de la destrucción de la Ciudad Santa, y la ley no les permitía llevar «fuego extraño» sobre el altar de Dios. Un anciano recordó de pronto el sitio en que Yirmiyahu había enterrado el fuego sagrado, y condujo allí a los ancianos. Apartaron la piedra que cubría el lugar, y de debajo apareció un manantial que no manaba agua, sino una especie de aceite. Ezrá ordenó rociar este líquido sobre el altar, y al instante se elevó una llama que todo lo consumía. Los propios sacerdotes se dispersaron de miedo. Pero después de que el Templo y sus vasos fueron purificados por la llama, esta se ciñó al altar para no dejarlo ya nunca más, pues el sacerdote la guardaba para que no se extinguiera.

Entre la banda de exiliados que regresó estaban los profetas Hageo, Zejariá y Malají. Cada uno de ellos tenía un papel de la mayor importancia que cumplir en la reconstrucción del Templo. El primero mostró al pueblo el plano del altar, que era mayor que el que había estado en el Templo de Shlomo. El segundo les informó de la ubicación exacta del altar, y el tercero les enseñó que los sacrificios podían ofrecerse en el lugar sagrado aun antes de la conclusión del Templo. Por autoridad de uno de los profetas, los judíos, a su regreso de Bavel, abandonaron sus caracteres hebreos originales y volvieron a escribir la Torá en los caracteres «asirios» todavía en uso hoy día.

Mientras avanzaba la obra del Templo, los constructores hallaron el cráneo de Aravná, dueño del solar del Templo en tiempos de David. Los sacerdotes, ignorantes como eran, no supieron decidir hasta qué punto el cadáver que allí yacía había profanado el lugar sagrado. Por esto derramó Hageo sus reproches sobre ellos.

Ezrá

El completo repoblamiento de la Tierra de Israel se llevó a cabo bajo la dirección de Ezrá, o, como a veces lo llaman las Escrituras, Malají. No había estado presente en los intentos anteriores de restaurar el santuario, porque no podía dejar a su viejo maestro Baruj, demasiado entrado en años para aventurarse en el difícil viaje a la Tierra Santa.

A pesar de los persuasivos esfuerzos de Ezrá, fue solo una porción comparativamente pequeña del pueblo la que se unió a la procesión que se encaminaba hacia el oeste, a la Tierra de Israel. Por esta razón el espíritu profético no se manifestó durante la existencia del Segundo Templo. Hageo, Zejariá y Malají fueron los últimos representantes de la profecía. Nada fue más sorprendente que la apatía de los leviim. No mostraron deseo alguno de regresar a la Tierra de Israel. Su castigo fue la pérdida de los diezmos, que más tarde se dieron al sacerdote, aunque los leviim tenían el primer derecho sobre ellos.

Al restaurar el Estado judío en la Tierra de Israel, Ezrá abrigaba dos esperanzas: preservar la pureza de la raza judía y difundir el estudio de la Torá hasta que llegara a ser propiedad común del pueblo entero. Para favorecer su primer propósito, se alzó contra los matrimonios entre los judíos y las naciones de alrededor. Él mismo había trazado con cuidado su propia genealogía antes de consentir en dejar Bavel, y a fin de perpetuar la pureza de las familias y grupos que quedaban en Oriente, se llevó consigo a la Tierra de Israel a todos los «no aptos».

En la realización de su segunda esperanza, la difusión de la Torá, Ezrá fue tan celoso y eficaz que con razón se dijo de él: «Si Moshé no se le hubiera adelantado, Ezrá habría recibido la Torá». En cierto sentido fue, en efecto, un segundo Moshé. La Torá había caído en el descuido y el olvido en sus días, y él la restauró y la reafirmó en la mente de su pueblo. A él se debe principalmente que se dividiera en porciones, para leerse anualmente, Shabat tras Shabat, en las sinagogas; y fue él, asimismo, quien concibió la idea de volver a escribir el Pentateuco en caracteres «asirios». Para favorecer todavía más su propósito, ordenó que se establecieran por todas partes escuelas adicionales para los niños, aunque las antiguas bastaban para satisfacer la demanda. Pensaba que la rivalidad entre las instituciones antiguas y las nuevas redundaría en beneficio de los alumnos.

Ezrá es el creador de las instituciones conocidas como «las diez ordenanzas de Ezrá». Son las siguientes: 1. Lecturas de la Torá en las tardes de Shabat. 2. Lecturas de la Torá los lunes y los jueves. 3. Sesiones del tribunal los lunes y los jueves. 4. Hacer la colada los jueves, no los viernes. 5. Comer ajo el viernes por su acción saludable. 6. Cocer el pan temprano por la mañana, para que esté listo para los pobres cuando pidan algo. 7. Que las mujeres cubran las partes inferiores de su cuerpo con una prenda llamada Sinar. 8. Antes de tomar un baño ritual, peinarse el cabello. 9. El baño ritual prescrito para el impuro alcanza también al que desea ofrecer plegaria o estudiar la ley. 10. Permiso a los buhoneros para vender cosméticos a las mujeres en las ciudades.

Ezrá no fue solo un gran maestro de su pueblo y su sabio conductor; fue también su abogado ante los seres celestiales, con quienes mantenía una relación de índole singularmente íntima. Una vez dirigió a Dios una plegaria en la que se quejaba del infortunio de Israel y de la prosperidad de las naciones paganas. Entonces se le apareció el ángel Uriel, que le enseñó cómo el mal tiene su tiempo señalado para seguir su curso, así como los muertos tienen su tiempo señalado para morar en el mundo inferior. Ezrá no pudo darse por satisfecho con esta explicación, y en respuesta a su ulterior pregunta se le concedieron siete visiones proféticas, que el ángel le interpretó. Representaban todo el curso de la historia hasta su día, y le descubrían el futuro a los ojos. En la séptima visión oyó una voz que salía de una zarza, como Moshé en otro tiempo, y lo exhortaba a guardar en su corazón los secretos que le habían sido revelados. La misma voz había dado a Moshé una orden semejante: «Estas palabras publicarás, aquellas guardarás en secreto». Entonces se le anunció su temprana partida de la tierra. Suplicó a Dios que dejara descender sobre él el espíritu santo antes de morir, para poder consignar todo lo que había sucedido desde la creación del mundo tal como estaba puesto por escrito en la Torá, y guiar a los hombres por la senda que lleva a Dios.

A esto Dios le mandó tomar consigo a los cinco escribas experimentados —Sargá, Dabriá, Seleucia, Etán y Aziel— y retirarse con ellos, y dictarles durante cuarenta días. Después de un día pasado con estos escritores en aislamiento, lejos de la ciudad y de los hombres, una voz lo exhortó: «Ezrá, abre tu boca y bebe lo que te doy de beber». Abrió la boca, y se le tendió un cáliz lleno hasta el borde de un líquido que fluía como agua, pero que en color se asemejaba al fuego. Su boca se abrió para beber, y durante cuarenta días no se cerró. Todo ese tiempo, los cinco escribas pusieron por escrito —«en signos que no comprendían», que eran los caracteres hebreos recién adoptados— todo lo que Ezrá les dictaba, y con ello se hicieron noventa y cuatro libros. Al término del período de cuarenta días, Dios habló así a Ezrá: «Los veinticuatro libros de las Sagradas Escrituras publicarás, para que los lean por igual los dignos y los indignos; pero los setenta últimos libros los apartarás del pueblo, para la lectura de los sabios de tu pueblo». A causa de su actividad literaria, se le llama «el Escriba de la ciencia del Ser Supremo por toda la eternidad».

Habiendo terminado su tarea, Ezrá fue apartado de este mundo terrenal, y entró en la vida eterna. Pero su muerte no ocurrió en la Tierra Santa. Le sobrevino en Juzistán, en Persia, en su viaje al rey Artajshasta.

En Raccia, en Mesopotamia, se alzaba todavía, hasta el siglo XII, la sinagoga fundada por Ezrá cuando viajaba de Bavel a la Tierra de Israel.

Junto a su tumba, sobre la cual a menudo se ven flotar de noche columnas de fuego, ocurrió una vez un milagro. Un pastor se quedó dormido al lado de ella. Ezrá se le apareció y le encargó decir a los judíos que trasladaran su féretro a otro sitio. Si el dueño del nuevo lugar se negaba a consentir, se le debía advertir que otorgara el permiso, pues de lo contrario perecerían todos los habitantes de su lugar. Al principio el dueño se negó a permitir que se hicieran las excavaciones necesarias. Solo después de que un gran número de los habitantes no judíos del lugar cayeran muertos de repente, consintió en que se trasladara allí el cadáver. Tan pronto como se abrió la tumba, cesó la plaga.

Poco antes de la muerte de Ezrá, la ciudad de Bavel fue totalmente destruida por los persas. No quedó más que una parte del muro, inexpugnable por la fuerza humana. Todas las profecías lanzadas contra la ciudad por los profetas se cumplieron. Hasta hoy hay en su emplazamiento un sitio que ningún animal puede cruzar a menos que se esparza sobre él algo de la tierra del lugar.

Los hombres de la Gran Asamblea

Al mismo tiempo que Ezrá, o, para hablar con más exactitud, bajo su dirección, la Gran Asamblea desplegó sus benéficas actividades, que echaron los cimientos del judaísmo rabínico y constituyeron el eslabón vinculante entre el Profeta judío y el Sabio judío. Los grandes hombres que pertenecían a esta augusta asamblea lograron una vez, por la eficacia de sus oraciones, poner las manos sobre los seductores al pecado y confinarlos, para impedirles hacer más daño. Así desterraron del mundo «el deseo de la idolatría». Intentaron hacer lo mismo con «el deseo de la lujuria». Este malvado adversario les advirtió que no lo eliminaran, pues el mundo dejaría de existir sin él. Durante tres días lo mantuvieron prisionero, pero luego tuvieron que soltarlo y dejarlo en libertad. Descubrieron que ni siquiera podía conseguirse un huevo, pues el apetito sexual había desaparecido del mundo. Sin embargo, no escapó del todo indemne. Le sellaron los ojos, y desde entonces dejó de inflamar las pasiones de los hombres contra sus parientes de sangre.

Entre los decretos y ordenanzas de la Gran Asamblea, el más destacado es la fijación de la oración de las Dieciocho Bendiciones. Las diversas bendiciones que componen esta oración se remontan a tiempos remotos y antiguos. Los Patriarcas fueron sus autores, y la labor de la Gran Asamblea consistió en reunirlas en el orden en que ahora las tenemos. Sabemos cómo se originó cada una de las bendiciones: 1. Cuando Avraham fue salvado del horno, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, Escudo de Avraham», que es la esencia de la primera de las Dieciocho. 2. Cuando Yitsjak yacía aturdido de espanto sobre el monte Moriá, Dios envió su rocío para reanimarlo, y entonces los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que revives a los muertos». 3. Cuando Yaakov llegó a las puertas del cielo y proclamó la santidad de Dios, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, Dios santo». 4. Cuando el Paró estaba por hacer a Yosef gobernante de Mitsraim, y se vio que este no conocía las setenta lenguas que un soberano egipcio debe saber, vino el ángel Gavriel y le enseñó aquellos idiomas, y entonces los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que graciosamente otorgas el conocimiento». 5. Cuando Reuvén cometió la transgresión contra su padre, se pronunció en los cielos sentencia de muerte sobre él. Pero cuando se arrepintió, se le permitió seguir viviendo, y los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que te complaces en la teshuvá». 6. Cuando Yehudá había cometido una falta contra Tamar y, confesando su culpa, obtuvo el perdón, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que perdonas con largueza». 7. Cuando Israel estaba sumamente oprimido por Mitsraim, y Dios proclamó su redención, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que redimes a Israel». 8. Cuando el ángel Rafael vino a Avraham a aliviar el dolor de su circuncisión, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que sanas a los enfermos». 9. Cuando la siembra de Israel en la tierra de los filisteos dio una abundante cosecha, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que bendices los años». 10. Cuando Yaakov se reunió con Yosef y Shimón en Mitsraim, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que reúnes a los dispersos de tu pueblo Israel». 11. Cuando la Torá fue revelada y Dios comunicó el código de leyes a Moshé, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que amas la rectitud y la justicia». 12. Cuando los egipcios se ahogaron en el mar de los Juncos, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que quebrantas al enemigo y humillas al soberbio». 13. Cuando Yosef puso sus manos sobre los ojos de su padre Yaakov, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que eres el sostén y el apoyo de los piadosos». 14. Cuando Shlomo edificó el Templo, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que edificas Yerushaláyim». 15. Cuando los hijos de Israel, cantando himnos de alabanza a Dios, atravesaron el mar de los Juncos, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que haces brotar la hora de la salvación». 16. Cuando Dios prestó oído benévolo a la plegaria de los israelitas que sufrían en Mitsraim, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que escuchas nuestra oración». 17. Cuando la Shejiná descendió entre los querubines en el Mishkán, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que restaurarás tu Divina Presencia en Yerushaláyim». 18. Cuando Shlomo consagró su Templo, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, cuyo Nombre es digno de alabanza». 19. Cuando Israel entró en la Tierra Santa, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que estableces la paz».