Las Leyendas de los Judíos IV·Capítulo primero1 / 12

Capítulo primero

Yehoshúa

El servidor de Moshé

La historia temprana del primer conquistador judío se parece en algunos aspectos a la del primer legislador judío. Moshé fue rescatado de una tumba de agua y criado en la corte de Mitsraim. A Yehoshúa, siendo niño de pecho, se lo tragó una ballena y —cosa admirable— no pereció. En un punto lejano de la costa el monstruo lo escupió ileso. Lo encontraron transeúntes compasivos, y creció sin saber nada de su origen. El gobierno lo nombró para el oficio de verdugo. Quiso la suerte que tuviera que ejecutar a su propio padre. Por la ley del país, la esposa del muerto pasaba a manos de su verdugo, y Yehoshúa estaba a punto de sumar al parricidio otro crimen igual de atroz. Lo salvó una señal milagrosa. Cuando se acercó a su madre, brotó leche de sus pechos. Le surgieron sospechas, y a través de las averiguaciones que emprendió sobre su origen, la verdad quedó manifiesta.

Más tarde Yehoshúa, que era tan ignorante que lo llamaban necio, se convirtió en el ministro de Moshé, y Dios recompensó su fiel servicio haciéndolo sucesor de Moshé. Fue designado como tal ante Moshé cuando, por orden de su maestro, llevaba adelante la guerra contra los amalecitas. En esa campaña se vio con claridad el cuidado de Dios sobre Yehoshúa. Yehoshúa había condenado a muerte por sorteo a una parte de los amalecitas, y la espada celestial los escogió para el exterminio. Con todo, había entre Moshé y Yehoshúa tanta diferencia como entre el sol y la luna. Dios no retiró su ayuda a Yehoshúa, pero de ningún modo estuvo tan cerca de él como de Moshé. Esto se hizo patente en cuanto Moshé partió de este mundo. En el momento en que el caudillo israelita se disponía a emprender su viaje al gran más allá, llamó a su sucesor y le mandó que le preguntara todo aquello sobre lo que se sintiera inseguro. Consciente de su propia aplicación y devoción, Yehoshúa respondió que no tenía preguntas que hacer, puesto que había estudiado con cuidado las enseñanzas de Moshé. En el acto olvidó trescientas halajot, y le asaltaron dudas sobre otras setecientas. El pueblo amenazó la vida de Yehoshúa, porque no era capaz de resolver sus dificultades en la ley. Era inútil recurrir a Dios, pues la Torá, una vez revelada, quedaba sujeta a la autoridad humana, no a la celestial. Justo después de la muerte de Moshé, Dios ordenó a Yehoshúa ir a la guerra, para que el pueblo olvidara su rencor contra él. Pero es falso pensar que el gran conquistador no fuera más que un héroe militar. Cuando Dios se le apareció para darle instrucciones sobre la guerra, lo encontró con el Libro de Devarim en la mano, y entonces Dios le dijo: «Sé fuerte y valiente; el libro de la ley no se apartará de tu boca».

La entrada a la Tierra Prometida

El primer paso en la preparación para la guerra fue la elección de espías. Para evitar que se repitiera lo ocurrido con Moshé, Yehoshúa escogió como mensajeros a Kalev y a Pinjás, en quienes podía confiar en toda circunstancia. Los acompañaron en su misión dos demonios, los esposos de las diablesas Lilit y Mahlá. Cuando Yehoshúa planeaba su campaña, estos demonios le ofrecieron sus servicios; propusieron ser enviados a reconocer la tierra. Yehoshúa rechazó el ofrecimiento, pero les dio un aspecto tan espantoso que los habitantes de Yerijó quedaron atemorizados de ellos. En Yerijó los espías se alojaron con Rajav. Ella había llevado una vida licenciosa durante cuarenta años, pero al acercarse Israel rindió homenaje al Dios verdadero, vivió la vida de una conversa piadosa y, como esposa de Yehoshúa, llegó a ser antepasada de ocho profetas y de la profetisa Juldá. Tuvo ocasión, en su propia casa, de contemplar las maravillas de Dios. Cuando los alguaciles del rey vinieron a hacer sus pesquisas y Rajav quiso ocultar a los espías israelitas, Pinjás la tranquilizó con estas palabras: «Yo soy sacerdote, y los sacerdotes son como los ángeles: visibles cuando quieren ser vistos, invisibles cuando no quieren serlo».

Tras el regreso de los espías, Yehoshúa decidió cruzar el Yardén. El paso del río fue ocasión de maravillas, cuyo propósito era revestirlo de autoridad a ojos del pueblo. Apenas los sacerdotes —que en aquel momento solemne ocuparon el lugar de los leviim como portadores del Arca— pusieron pie en el Yardén, las aguas del río se amontonaron hasta una altura de trescientas millas. Todos los pueblos de la tierra fueron testigos del prodigio. En el lecho del Yardén, Yehoshúa reunió al pueblo en torno al Arca. Un milagro divino hizo que el estrecho espacio entre sus varas contuviera a toda la multitud. Yehoshúa proclamó entonces las condiciones bajo las cuales Dios daría la Tierra de Israel a los israelitas, y añadió que, si esas condiciones no se aceptaban, las aguas del Yardén caerían de golpe sobre ellos. Entonces marcharon a través del río. Cuando el pueblo llegó a la otra orilla, el Arca sagrada, que todo ese tiempo había permanecido de pie en el lecho del río, se puso en marcha por sí misma y, arrastrando tras de sí a los sacerdotes, alcanzó al pueblo.

El día siguió lleno de acontecimientos. Sin ser atacados, los israelitas marcharon setenta millas hasta el monte Guerizim y el monte Eval, y allí cumplieron la ceremonia ordenada por Moshé en Devarim: seis de las tribus subieron al monte Guerizim y seis al monte Eval. Los sacerdotes y los leviim se agruparon en torno al Arca sagrada, en el valle entre las dos cumbres. Con el rostro vuelto hacia Guerizim, los leviim pronunciaron estas palabras: «Feliz el hombre que no hace ídolo, abominación para Adonái», y todo el pueblo respondió Amén. Tras recitar doce bendiciones semejantes a esta en su forma, los leviim se volvieron hacia el monte Eval y recitaron doce maldiciones, contrapartida de las bendiciones, a cada una de las cuales el pueblo respondió de nuevo con Amén. Acto seguido se erigió un altar en el monte Eval con las piedras —cada una del peso de cuarenta seim— que los israelitas habían tomado del lecho del río al cruzar el Yardén. El altar se recubrió de cal, y sobre él se escribió la Torá en setenta idiomas, para que las naciones paganas tuvieran ocasión de aprender la ley. Al final se dijo de manera explícita que los paganos de fuera de la Tierra de Israel, con solo abandonar el culto a los ídolos, serían recibidos con benevolencia por los judíos.

Todo esto ocurrió en un solo día: el mismo día en que se cruzó el Yardén, se celebró la asamblea en Guerizim y Eval, y el pueblo llegó a Guilgal, donde dejaron las piedras con las que se había construido el altar. En Guilgal, Yehoshúa practicó el rito de la circuncisión sobre los nacidos en el desierto, que habían quedado incircuncisos a causa del clima riguroso y por otras razones. Y fue aquí donde se acabó el maná. Había dejado de caer con la muerte de Moshé, pero la provisión que se había guardado duró algún tiempo más. En cuanto el pueblo se vio en la necesidad de proveer a sus necesidades diarias, se volvió negligente en el estudio de la Torá. Por eso el ángel amonestó a Yehoshúa a que se quitara las sandalias de los pies, pues debía guardar duelo por el declive del estudio de la Torá, y los pies descalzos son señal de luto. El ángel le reprochó a Yehoshúa en particular haber permitido que los preparativos de guerra estorbaran el estudio de la Torá y el servicio ritual. La negligencia de lo segundo podía ser un pecado leve, pero la de lo primero es digna del castigo merecido. Al mismo tiempo, el ángel aseguró a Yehoshúa que había venido a ayudarlo, y le rogó que no se apartara de él como Moshé, que había rechazado los buenos oficios del ángel. Quien hablaba con Yehoshúa no era otro que el arcángel Mijael.

La conquista de la tierra

La primera victoria de Yehoshúa fue la maravillosa toma de Yerijó. Toda la ciudad fue declarada anatema, porque había sido conquistada en día de Shabat. Yehoshúa razonó que, así como el Shabat es santo, también lo conquistado en Shabat debía ser santo. A la brillante victoria siguió la desdichada derrota en Ai. En ese combate pereció Yair, hijo de Menashé, cuya pérdida fue tan grande como si se hubiera destruido la mayoría del Sanhedrín. Pronto descubrió Yehoshúa que la causa de la derrota era la culpa de Israel, atraída sobre él por Ajan, que había echado mano a parte del botín de Yerijó. Ajan era un transgresor y criminal empedernido de antiguo. Durante la vida de Moshé se había apropiado varias veces, para su propio uso, de cosas declaradas anatema, y había cometido otros crímenes dignos de pena de muerte. Antes de que los israelitas cruzaran el Yardén, Dios no había hecho recaer los pecados de Ajan sobre el pueblo en su conjunto, porque en aquel tiempo aún no formaba una unidad nacional. Pero cuando Ajan sustrajo un ídolo con todos sus aderezos de Yerijó, la desgracia de Ai siguió de inmediato.

Yehoshúa preguntó a Dios por qué había sobrevenido la calamidad a Israel, pero Dios se negó a responder. Él no es delator; el malhechor que había causado el desastre tendría que ser señalado por sorteo. Yehoshúa convocó ante todo al Sumo Sacerdote de entre la asamblea del pueblo. Resultó que, mientras las demás piedras de su pectoral resplandecían brillantes, la que representaba a la tribu de Yehudá estaba apagada. Por sorteo, Ajan fue separado de los miembros de su tribu. Ajan, sin embargo, se negó a someterse a la decisión del sorteo. Le dijo a Yehoshúa: «Entre todos los hombres vivos, tú y Pinjás sois los más piadosos. Y sin embargo, si se echaran suertes sobre vosotros dos, uno u otro sería declarado culpable. Tu maestro Moshé apenas lleva un mes muerto, y tú ya has empezado a extraviarte, pues has olvidado que la culpa de un hombre solo puede probarse mediante dos testigos».

Dotado del espíritu santo, Yehoshúa adivinó que la tierra habría de repartirse entre las tribus y familias de Israel por sorteo, y comprendió que nada debía hacerse para desacreditar ese método de decisión. Por eso trató de persuadir a Ajan de que confesara sin rodeos su transgresión. Entretanto, los de Yehudá, los de la tribu de Ajan, se agruparon en torno a él y, arrojándose sobre las otras tribus, causaron espantosa carnicería y derramamiento de sangre. Esto decidió a Ajan a confesar sus pecados. La confesión le costó la vida, pero lo salvó de perder su parte en el mundo venidero.

A pesar de los reveses en Ai, el terror que inspiraban los israelitas creció entre los pueblos cananeos. Los gabaonitas tramaron burlar a los invasores y hacer una alianza con ellos. Ahora bien, antes de que Yehoshúa emprendiera su campaña, había lanzado tres proclamas: la nación que quisiera abandonar Kena’an podría marcharse sin estorbo; la nación que quisiera concluir la paz con los israelitas debía hacerlo de inmediato; y la nación que eligiera la guerra debía preparar sus disposiciones. Si los gabaonitas hubieran pedido la amistad de los judíos cuando la proclama llegó a sus oídos, no habría habido necesidad de subterfugios más tarde. Pero los cananeos tuvieron que ver con sus propios ojos qué clase de enemigo los aguardaba, y todas las naciones se prepararon para la guerra. El resultado fue que los treinta y un reyes de la Tierra de Israel perecieron, así como los sátrapas de muchos reyes extranjeros que se enorgullecían de poseer bienes en la Tierra Santa. Solo los guirgasitas salieron de la Tierra de Israel, y como recompensa por su docilidad, Dios les dio África en heredad.

Los gabaonitas no merecían mejor suerte que todos los demás, pues el pacto hecho con ellos se apoyaba en un engaño; y sin embargo Yehoshúa les mantuvo su promesa, para santificar el nombre de Dios, mostrando al mundo cuán sagrado es un juramento para los israelitas. En el curso de los acontecimientos se hizo evidente que los gabaonitas de ningún modo eran dignos de ser recibidos en la comunidad judía, y David, siguiendo el ejemplo de Yehoshúa, los excluyó para siempre, sentencia que seguirá en vigor incluso en el tiempo mesiánico.

El sol obedece a Yehoshúa

La tarea de proteger a los gabaonitas, implicada en la alianza ofensiva y defensiva hecha con ellos, la cumplió Yehoshúa escrupulosamente. Había vacilado un instante entre socorrer o no a los gabaonitas en su apuro, pero las palabras de Dios bastaron para recordarle su deber. Dios le dijo: «Si no acercas a los que están lejos, alejarás a los que están cerca». Dios concedió a Yehoshúa un favor singular en su conflicto con los agresores de los gabaonitas. Las ardientes piedras de granizo que, por intercesión de Moshé, habían quedado suspendidas en el aire cuando estaban a punto de caer sobre los egipcios, fueron ahora arrojadas sobre los cananeos. Entonces ocurrió el gran prodigio de detenerse el sol, la sexta de las grandes maravillas desde la creación del mundo.

La batalla tuvo lugar un viernes. Yehoshúa sabía que al pueblo le dolería profundamente verse obligado a profanar el santo día de Shabat. Además, advirtió que los paganos usaban la hechicería para que las huestes celestiales intercedieran por ellos en la lucha contra los israelitas. Por eso pronunció el Nombre de HaShem, y el sol, la luna y las estrellas se detuvieron. El sol se negó al principio a obedecer el mandato de Yehoshúa, alegando que era más viejo que el hombre por dos días. Yehoshúa replicó que no había razón para que un joven nacido libre se abstuviera de imponer silencio a un viejo esclavo suyo, y que acaso no había dado Dios el cielo y la tierra a nuestro padre Avraham. Es más: ¿acaso el sol mismo no se había inclinado como un esclavo ante Yosef? «Pero —dijo el sol— ¿quién alabará a Dios si yo callo?». A lo que respondió Yehoshúa: «Calla tú, que yo entonaré un canto de alabanza». Y cantó así:

1. Cosas poderosas has hecho, oh Adonái; grandes hazañas has realizado. ¿Quién como Tú? Mis labios cantarán a Tu nombre.

2. Bondad mía y fortaleza mía, refugio mío, un cántico nuevo te cantaré; con acción de gracias te cantaré, Tú eres la fuerza de mi salvación.

3. Todos los reyes de la tierra te alabarán, los príncipes del mundo te cantarán, los hijos de Israel se regocijarán en Tu salvación, cantarán y alabarán Tu poder.

4. En Ti, oh Dios, confiamos; dijimos: Tú eres nuestro Dios, pues Tú fuiste nuestro amparo y nuestra torre fuerte contra nuestros enemigos.

5. A Ti clamamos, y no fuimos avergonzados; en Ti confiamos, y fuimos librados; cuando clamamos a Ti, oíste nuestra voz, libraste nuestras almas de la espada.

6. Nos mostraste Tu misericordia, nos diste Tu salvación, alegraste nuestros corazones con Tu fuerza.

7. Saliste para nuestra salvación; con la fuerza de Tu brazo redimiste a Tu pueblo; nos consolaste desde los cielos de Tu santidad, nos salvaste de decenas de millares.

8. El sol y la luna se detuvieron en el cielo, y Tú te alzaste en Tu ira contra nuestros opresores, y ejecutaste sobre ellos Tus juicios.

9. Todos los príncipes de la tierra se levantaron, los reyes de las naciones se habían reunido, no se conmovieron ante Tu presencia, desearon Tus batallas.

10. Te alzaste contra ellos en Tu enojo, y descargaste Tu ira sobre ellos, los destruiste en Tu furor, y los arruinaste en Tu cólera.

11. Las naciones se enfurecieron por temor de Ti, los reinos se tambalearon a causa de Tu ira, heriste a reyes en el día de Tu enojo.

12. Derramaste Tu furor sobre ellos, Tu airada cólera se apoderó de ellos, volviste su iniquidad contra ellos, y los segaste en su maldad.

13. Tendieron una trampa, y en ella cayeron; en la red que escondieron quedó preso su pie.

14. Tu mano halló a todos Tus enemigos, que decían: por su espada poseyeron la tierra, por su brazo habitaron la ciudad.

15. Llenaste de vergüenza sus rostros, abatiste sus cuernos hasta el suelo.

16. Los aterraste en Tu ira, y los destruiste de delante de Ti.

17. La tierra se estremeció y tembló con el estruendo de Tu trueno contra ellos; no retuviste sus almas sobre la tierra, y bajaste sus vidas al sepulcro.

18. Los perseguiste en Tu tormenta, los consumiste en el torbellino, cambiaste su lluvia en granizo, cayeron a raudales, de modo que no pudieron levantarse.

19. Sus cadáveres quedaron como basura arrojada en medio de las calles.

20. Fueron consumidos, y perecieron delante de Ti; libraste a Tu pueblo con Tu poder.

21. Por eso nuestros corazones se regocijan en Ti, nuestras almas exultan en Tu salvación.

22. Nuestras lenguas relatarán Tu poder, cantaremos y alabaremos Tus obras maravillosas.

23. Pues nos salvaste de nuestros enemigos, nos libraste de los que se alzaron contra nosotros, los destruiste de delante de nosotros, y los abatiste bajo nuestros pies.

24. Así perecerán todos Tus enemigos, oh Adonái, y los malvados serán como paja llevada por el viento, y Tus amados serán como árboles plantados junto a las aguas.

La guerra con los armenios

El curso victorioso de Yehoshúa no terminó con la conquista de la tierra. Su guerra con los armenios, después de sometida la Tierra de Israel, marcó el punto culminante de sus hazañas heroicas. Entre los treinta y un reyes que Yehoshúa había matado, había uno cuyo hijo, llamado Shobaj, era rey de Armenia. Con el propósito de hacer la guerra a Yehoshúa, unió a los cuarenta y cinco reyes de Persia y Media, y se les sumó el renombrado héroe Yéfet. Los reyes aliados informaron a Yehoshúa de su designio contra él en una carta que decía así: «El noble y distinguido consejo de los reyes de Persia y Media a Yehoshúa, ¡paz! Tú, lobo del desierto, bien sabemos lo que hiciste a nuestros parientes. Destruiste nuestros palacios; sin piedad mataste a jóvenes y viejos; a nuestros padres los segaste con la espada; y sus ciudades las convertiste en desierto. Sabe, pues, que en el plazo de treinta días vendremos a ti, nosotros, los cuarenta y cinco reyes, cada uno con sesenta mil guerreros bajo su mando, todos armados con arcos y flechas, ceñidos de espadas, todos diestros en las artes de la guerra, y con nosotros el héroe Yéfet. Prepárate ahora para el combate, y no digas después que te tomamos por sorpresa».

El mensajero que llevaba la carta llegó la víspera de la Fiesta de las Semanas. Aunque Yehoshúa quedó muy alterado por el contenido de la carta, guardó su consejo hasta pasada la fiesta, para no perturbar la alegría del pueblo. Entonces, al concluir la fiesta, comunicó al pueblo el mensaje que había recibido, tan aterrador que incluso él, el veterano guerrero, temblaba ante la anunciada aproximación del enemigo. No obstante, Yehoshúa resolvió aceptar el desafío. Desde las primeras palabras, su respuesta fue redactada para mostrar a los paganos cuán poco el temor a ellos lo dominaba a él, que tenía puesta su confianza en Dios. La introducción a su epístola dice así: «En el Nombre de HaShem, el Dios de Israel, que quiebra la fuerza del guerrero inicuo y da muerte al pecador rebelde. Él disuelve las asambleas de transgresores saqueadores, y reúne en consejo a los piadosos y a los justos dispersos, Él, el Dios de todos los dioses, el Señor de todos los señores, el Dios de Avraham, Yitsjak y Yaakov. ¡Dios es el Señor de la guerra! De mí, Yehoshúa, el servidor de Dios, y de la santa y elegida congregación, a las naciones impías que rinden culto a las imágenes y se postran ante los ídolos: ¡No haya paz para vosotros, dice mi Dios! Sabed que obrasteis neciamente al despertar al león dormido, al provocar al cachorro del león, al excitar su ira. Estoy dispuesto a pagaros vuestro merecido. Preparaos a enfrentaros conmigo, pues dentro de una semana estaré con vosotros para matar a vuestros guerreros hasta el último hombre».

Yehoshúa pasa luego a recitar todas las maravillas que Dios había hecho por Israel, que no debe temer a poder alguno sobre la tierra; y termina su misiva con estas palabras: «Si el héroe Yéfet está con vosotros, nosotros tenemos en medio de nosotros al Héroe de los héroes, el Altísimo por encima de todos los altos».

Los paganos no se alarmaron poco ante el tono de la carta de Yehoshúa. Su terror creció cuando el mensajero contó la disciplina ejemplar que se mantenía en el ejército israelita, la gigantesca estatura de Yehoshúa, que medía cinco codos de alto, su regia vestidura, su corona grabada con el Nombre de Dios. Al cabo de siete días, Yehoshúa apareció con doce mil hombres. Cuando la madre del rey Shobaj, que era una poderosa bruja, divisó la hueste, ejerció su arte mágico y encerró al ejército israelita dentro de siete murallas. Yehoshúa envió entonces una paloma mensajera para comunicar su apuro a Nabíah, el rey de las tribus de allende el Yardén. Lo instó a acudir presto en su ayuda y a traer consigo al sacerdote Pinjás y las trompetas sagradas. Nabíah no se demoró. Antes de que llegara el destacamento de auxilio, la madre de Shobaj le informó de que veía surgir del Oriente una estrella contra la cual sus maquinaciones eran vanas. Shobaj arrojó a su madre desde la muralla, y él mismo fue muerto poco después por Nabíah. Entretanto llegó Pinjás y, al sonido de sus trompetas, la muralla se derrumbó. Se trabó una batalla campal, y los paganos fueron aniquilados.

El reparto de la tierra

Al cabo de siete años de guerra, Yehoshúa pudo por fin aventurarse a repartir la tierra conquistada entre las tribus. Lo hizo de esta manera. El Sumo Sacerdote Elazar, acompañado por Yehoshúa y todo el pueblo, y revestido de los Urim veTumim, se paró ante dos urnas. Una de las urnas contenía los nombres de las tribus, la otra los nombres de los distritos en que se dividía la tierra. El espíritu santo le hizo exclamar: «Zevulún». Cuando metió la mano en la primera urna, he aquí que sacó la palabra Zevulún, y de la otra salió la palabra Ako, es decir, el distrito de Ako. Así ocurrió con cada tribu por turno. Para que las fronteras quedaran fijas, Yehoshúa había mandado plantar la jazubá entre los distritos. Una vez que el cepellón de esta planta se establece en un lugar, solo con la mayor dificultad puede extirparse. El arado puede trazar profundos surcos sobre ella, y aun así echa nuevos brotes, y vuelve a crecer entre el grano, marcando todavía las viejas líneas de división.

Con ocasión del reparto de la tierra, Yehoshúa promulgó diez ordenanzas destinadas, en cierta medida, a restringir los derechos de propiedad privada: el pasto en los bosques había de ser libre para todo el público. A cualquiera le estaba permitido recoger trozos de leña en el campo. La misma autorización para recoger toda clase de hierbas, dondequiera que crecieran, salvo que estuvieran en un campo sembrado de fenogreco, que necesita la hierba para su protección. Para injertar podían cortarse ramitas de cualquier planta, excepto de los olivos. Los manantiales pertenecían a toda la ciudad. Le era lícito a cualquiera pescar en el mar de Tiberíades, con tal de no impedir la navegación. La franja adyacente al lado exterior de la cerca de un campo podía ser usada por cualquier transeúnte para hacer sus necesidades. Desde el fin de la cosecha hasta el día diecisiete de Marjeshván podían cruzarse los campos. Un viajero que se perdiera entre viñedos no podía ser tenido por responsable del daño causado en el empeño de recobrar el buen camino. Un cadáver hallado en un campo había de ser enterrado en el sitio mismo donde se encontrara.

El reparto de la tierra entre las tribus, y la subdivisión de cada distrito entre los miembros de la tribu, tomó tanto tiempo como la conquista de la tierra.

Cuando las dos tribus y media de la tierra de allende el Yardén regresaron a casa tras una ausencia de catorce años, no se asombraron poco al oír que los muchachos que habían sido demasiado jóvenes para ir a las guerras con ellos se habían mostrado entretanto dignos de sus padres. Habían logrado rechazar a las tribus ismaelitas que se habían aprovechado de la ausencia de los hombres capaces de portar armas para asaltar a sus mujeres y a sus hijos.

Tras una jefatura de veintiocho años, señalada por el éxito en la guerra y en la paz, Yehoshúa partió de esta vida. Sus seguidores pusieron en su tumba los cuchillos que había usado para circuncidar a los israelitas, y sobre ella erigieron una columna como memorial del gran prodigio de haberse detenido el sol sobre Ayalón. Sin embargo, el duelo por Yehoshúa no fue tan grande como con justicia cabía esperar. El cultivo de la tierra recién conquistada ocupaba tanto la atención de las tribus que estuvieron a punto de olvidar al hombre a quien principalmente debían su posesión. Como castigo por su ingratitud, Dios, poco después de la muerte de Yehoshúa, puso también fin a la vida del Sumo Sacerdote Elazar y de los demás ancianos, y el monte en que había sido sepultado el cuerpo de Yehoshúa empezó a temblar y amenazó con tragarse a los judíos.