Capítulo segundo
Los jueces
El primer juez
Tras la muerte de Yehoshúa, los israelitas preguntaron a Dios si debían subir a la guerra contra los cananeos. Se les dio esta respuesta: «Si sois puros de corazón, salid al combate; pero si vuestros corazones están manchados de pecado, absteneos». Preguntaron además cómo poner a prueba el corazón del pueblo. Dios les ordenó echar suertes y apartar a los que la suerte señalara, pues esos serían los pecadores entre ellos. Más tarde, cuando el pueblo suplicó a Dios que le diera un guía y un caudillo, un ángel respondió: «Echad suertes en la tribu de Kalev». La suerte señaló a Kenaz, y fue hecho príncipe sobre Israel.
Su primer acto fue determinar por suertes quiénes eran los pecadores en Israel, y cuál su pensamiento oculto. Declaró ante el pueblo: «Si yo y mi casa somos señalados por la suerte, tratadnos como merecemos, quemadnos con fuego». El pueblo asintió, se echaron las suertes, y fueron señalados 345 de la tribu de Yehudá, 560 de Reuvén, 775 de Shimón, 150 de Leví, 665 de Yisajar, 545 de Zevulún, 380 de Gad, 665 de Asher, 480 de Menashé, 448 de Efráyim y 267 de Binyamín. Así, 6110 personas fueron encerradas en prisión, hasta que Dios diera a conocer qué debía hacerse con ellas. Las oraciones unidas de Kenaz, de Elazar el sumo sacerdote y de los ancianos de la congregación recibieron esta respuesta: «Pedid ahora a estos hombres que confiesen su iniquidad, y serán quemados con fuego». Kenaz entonces los exhortó: «Sabéis que Aján, hijo de Zavdi, cometió la transgresión de tomar de lo consagrado al anatema, pero la suerte cayó sobre él, y confesó su pecado. Confesad vosotros del mismo modo vuestros pecados, para que vengáis a la vida con aquellos a quienes Dios hará revivir en el día de la resurrección».
Uno de los pecadores, un hombre llamado Elá, respondió a esto: «Si deseas sacar a la luz la verdad, dirígete a cada una de las tribus por separado». Kenaz empezó por la suya, la tribu de Yehudá. Los malvados de Yehudá confesaron el pecado de haber adorado el Becerro de Oro, como sus antepasados en el desierto. Los de Reuvén habían quemado sacrificios a los ídolos. Los leviim dijeron: «Quisimos comprobar si el Mishkán es santo». Los de la tribu de Yisajar respondieron: «Consultamos a los ídolos para saber qué sería de nosotros». Los pecadores de Zevulún: «Quisimos comer la carne de nuestros hijos e hijas, para saber si HaShem los ama». Los de Dan admitieron que habían enseñado a sus hijos con los libros de los amorreos, que luego habían escondido bajo el monte Abarim, donde Kenaz en efecto los halló. Los de Naftalí confesaron la misma transgresión, solo que ellos habían ocultado los libros en la tienda de Elá, y allí los encontró Kenaz. Los de Gad reconocieron haber llevado una vida inmoral, y los pecadores de Asher, que habían hallado, y escondido bajo el monte Shejem, los siete ídolos de oro que los amorreos llamaban las ninfas sagradas —los mismos siete ídolos que habían sido fabricados de manera milagrosa tras el diluvio por los siete pecadores: Kena’an, Put, Shélaj, Nimrod, Elat, Diul y Shúaj—. Eran de piedras preciosas de Javilá, que irradiaban luz, tornando la noche clara como el día. Además, poseían una virtud rara: si un amorreo ciego besaba uno de los ídolos, y al mismo tiempo tocaba sus ojos, recobraba la vista. Después de los pecadores de Asher, los de Menashé hicieron su confesión: habían profanado el Shabat. Los de Efráyim reconocieron haber sacrificado a sus hijos a Mólej. Por último, los de Binyamín dijeron: «Quisimos comprobar si la ley procedía de Dios o de Moshé».
Por orden de Dios, estos pecadores y todas sus posesiones fueron quemados con fuego junto al arroyo Pishón. Solo los libros de los amorreos y los ídolos de piedras preciosas quedaron intactos. Ni el fuego ni el agua podían dañarlos. Kenaz decidió consagrar los ídolos a Dios, pero le llegó una revelación que decía: «Si Dios aceptara lo que ha sido declarado anatema, ¿por qué no habría de hacerlo el hombre?». Se le aseguró que Dios destruiría aquellas cosas sobre las que las manos humanas no tenían poder. Kenaz, obrando bajo instrucción divina, los llevó a la cumbre de una montaña, donde se erigió un altar. Se colocaron sobre él los libros y los ídolos, y el pueblo ofreció muchos sacrificios y celebró el día entero como una fiesta. Durante la noche siguiente, Kenaz vio subir un rocío del hielo del Paraíso y descender sobre los libros. Las letras de su escritura quedaron borradas por él, y luego vino un ángel y aniquiló lo que quedaba. Durante esa misma noche, un ángel se llevó las siete gemas y las arrojó al fondo del mar. Entretanto, un segundo ángel trajo otras doce gemas, grabando en ellas los nombres de los doce hijos de Yaakov, un nombre en cada una. No había dos de estas gemas iguales: la primera, que llevaba el nombre de Reuvén, era como el sardio; la segunda, la de Shimón, como el topacio; la tercera, la de Leví, como la esmeralda; la cuarta, la de Yehudá, como el carbunclo; la quinta, la de Yisajar, como el zafiro; la sexta, la de Zevulún, como el jaspe; la séptima, la de Dan, como el jacinto; la octava, la de Naftalí, como la amatista; la novena, la de Gad, como el ágata; la décima, la de Asher, como el crisólito; la undécima, la de Yosef, como el berilo; y la duodécima, la de Binyamín, como el ónice.
Entonces Dios ordenó a Kenaz depositar las doce piedras en el Arca sagrada, y allí habían de permanecer hasta el momento en que Shlomo edificara el Templo y las fijara a los querubines. Además, esta comunicación divina le fue hecha a Kenaz: «Y sucederá que, cuando el pecado de los hijos de los hombres se haya consumado al profanar Mi Templo —el Templo que ellos mismos edificarán—, Yo tomaré estas piedras, junto con las tablas de la ley, y las pondré en el lugar de donde fueron sacadas antiguamente, y allí permanecerán hasta el fin de todos los tiempos, cuando visite a los habitantes de la tierra. Entonces las tomaré, y serán luz eterna para quienes me aman y guardan mis mandamientos».
Cuando Kenaz llevó las piedras al santuario, iluminaron la tierra como el sol al mediodía.
Las campañas de Kenaz
Tras estos preparativos, Kenaz salió al campo contra el enemigo, con trescientos mil hombres. El primer día mató a ocho mil del enemigo, y el segundo día a cinco mil. Pero no todo el pueblo le era leal. Algunos murmuraban contra él, y calumniándolo, decían: «Kenaz se queda en casa, mientras nosotros nos exponemos en el campo». Los servidores de Kenaz le refirieron estas palabras. Ordenó encarcelar a los treinta y siete hombres que se habían quejado de él, y juró matarlos, con tal de que Dios le concediera ayuda por amor a Su pueblo.
Entonces reunió a trescientos hombres de su séquito, los proveyó de caballos, y les ordenó estar preparados para hacer un ataque repentino durante la noche, pero sin revelar a nadie los planes que guardaba en su mente. Los exploradores enviados por delante para reconocer el terreno informaron de que los amorreos eran demasiado poderosos para arriesgar un combate. Kenaz, sin embargo, se negó a apartarse de su propósito. A medianoche, él y sus trescientos fieles del séquito avanzaron sobre el campamento amorreo. Ya cerca de él, ordenó a sus hombres detenerse, pero reanudar la marcha y seguirlo cuando oyeran los toques de la trompeta. Si la trompeta no sonaba, debían regresar a casa.
Solo, Kenaz se aventuró en el mismo campamento del enemigo. Orando fervientemente a Dios, pidió que se le diera una señal: «Sea esta la señal de la salvación que obrarás para mí en este día: sacaré mi espada de su vaina, y la blandiré de modo que centellee en el campamento de los amorreos. Si el enemigo la reconoce como la espada de Kenaz, entonces sabré que los entregarás en mi mano; si no, comprenderé que no has concedido mi oración, sino que te propones entregarme en manos del enemigo por mis pecados».
Oyó a los amorreos decir: «Avancemos a dar batalla a los israelitas, pues nuestros dioses sagrados, las ninfas, están en sus manos, y causarán su derrota». Cuando oyó estas palabras, el espíritu de Dios vino sobre Kenaz. Se levantó y blandió su espada por encima de la cabeza. Apenas habían visto los amorreos su destello en el aire cuando exclamaron: «En verdad, esta es la espada de Kenaz, que ha venido a infligir heridas y dolor. Pero sabemos que nuestros dioses, que están en poder de los israelitas, los entregarán en nuestras manos. ¡Arriba, pues, a la batalla!». Sabiendo que Dios había oído su petición, Kenaz se arrojó sobre los amorreos, y segó a cuarenta y cinco mil de ellos, y otros tantos perecieron a manos de sus propios hermanos, pues Dios había enviado al ángel Gavriel en su ayuda, y este había herido a los amorreos con ceguera, de modo que caían unos sobre otros. A causa de los vigorosos golpes que Kenaz asestaba por todas partes, su espada se le quedó pegada a la mano. Un amorreo que huía, a quien detuvo para preguntarle cómo soltarla, le aconsejó matar a un hebreo y dejar que su sangre caliente corriera sobre su mano. Kenaz aceptó su consejo, pero solo en parte: en lugar de a un hebreo, mató al propio amorreo, y su sangre liberó la mano de la espada.
Cuando Kenaz volvió a sus hombres, los encontró sumidos en un sueño profundo, que los había vencido para que no vieran las maravillas obradas en favor de su caudillo. No poco se asombraron, al despertar, de contemplar toda la llanura sembrada de los cadáveres de los amorreos. Entonces Kenaz les dijo: «¿Son los caminos de Dios como los caminos del hombre? Por medio de mí, HaShem ha enviado la liberación a este pueblo. Levantaos ahora y volved a vuestras tiendas». El pueblo reconoció que había ocurrido un gran milagro, y dijo: «Ahora sabemos que Dios ha obrado la salvación para Su pueblo; no tiene necesidad de números, sino solo de santidad».
A su regreso de la campaña, Kenaz fue recibido con gran regocijo. Todo el pueblo dio ahora gracias a Dios por haberlo puesto sobre ellos como caudillo. Deseaban saber cómo había logrado la gran victoria. Kenaz solo respondió: «Preguntad por mis hazañas a quienes estuvieron conmigo». Sus hombres se vieron así forzados a confesar que nada sabían; solo que, al despertar, habían visto la llanura llena de cadáveres, sin poder explicarse por qué estaban allí. Entonces Kenaz se volvió hacia los treinta y siete hombres que había encarcelado antes de partir a la guerra, por haberlo difamado. «Bien —dijo—, ¿qué cargo tenéis que hacerme?». Viendo que la muerte era inevitable, confesaron que eran de la clase de pecadores a quienes Kenaz y el pueblo habían ejecutado, y que Dios los había entregado ahora a él por sus fechorías. También ellos fueron quemados con fuego.
Kenaz reinó por un período de cincuenta y siete años. Cuando sintió que su fin se acercaba, mandó llamar a los dos profetas, Pinjás y Yavets, junto con el sacerdote Pinjás, hijo de Elazar. A estos les habló: «Conozco el corazón de este pueblo; se apartará de seguir a HaShem. Por eso testifico contra él». Pinjás, hijo de Elazar, respondió: «Como Moshé y Yehoshúa testificaron, así testifico yo contra él; pues Moshé y Yehoshúa profetizaron acerca de la viña, la hermosa plantación de HaShem, que no supo quién la había plantado, ni reconoció a Aquel que la cultivó, de modo que la viña fue destruida y no dio fruto. Estas son las palabras que mi padre me mandó decir a este pueblo».
Kenaz prorrumpió en un gran lamento, y con él los ancianos y el pueblo, y lloraron hasta el atardecer, diciendo: «¿Ha de perecer el pastor por la iniquidad del rebaño? Que HaShem tenga compasión de Su heredad, para que no trabaje en vano».
El espíritu de Dios descendió sobre Kenaz, y contempló una visión. Profetizó que este mundo solo existiría siete mil años, y que luego le seguiría el Reino de los Cielos. Dichas estas palabras, el espíritu profético se apartó de él, y al instante olvidó lo que había pronunciado durante su visión. Antes de expirar, habló una vez más, diciendo: «Si tal es el descanso que los justos obtienen tras su muerte, mejor les sería morir que vivir en este mundo corrupto y ver sus iniquidades».
Como Kenaz no dejó herederos varones, Zevul fue nombrado su sucesor. Consciente del gran servicio que Kenaz había prestado a la nación, Zevul obró como un padre para con las tres hijas solteras de su predecesor. A instancia suya, el pueblo asignó una rica dote a cada una de ellas; se les dieron grandes dominios como propiedad. A la mayor de las tres, llamada Etemá, la casó con Elitsafán; a la segunda, Peilá, con Odihel; y a la menor, Zilpá, con Doel.
Zevul, el juez, instituyó un tesoro en Shiló. Ordenó al pueblo traer contribuciones, ya fueran de oro o de plata. Solo debían cuidar de no llevar allí nada que hubiera pertenecido originalmente a un ídolo. Sus esfuerzos se vieron coronados por el éxito. Las ofrendas voluntarias para el tesoro del santuario ascendieron a veinte talentos de oro y doscientos cincuenta talentos de plata.
El reinado de Zevul duró veinticinco años. Antes de su muerte, amonestó al pueblo solemnemente a ser temeroso de Dios y observante de la ley.
Otniel
Otniel fue un juez de un tipo muy distinto. Sus contemporáneos decían que, antes de que se pusiera el sol de Yehoshúa, el sol de Otniel, su sucesor en el liderazgo del pueblo, aparecía en el horizonte. El verdadero nombre del nuevo caudillo era Yehudá; Otniel era uno de sus epítetos, como Yavets era otro.
Entre los jueces, Otniel representa la clase de los estudiosos. Su agudeza era tan grande que fue capaz, a fuerza de razonamiento dialéctico, de restaurar las mil setecientas tradiciones que Moshé había enseñado al pueblo, y que habían caído en el olvido durante el tiempo de duelo por Moshé. Ni su celo por promover el estudio de la Torá era inferior a su erudición. Los descendientes de Yitró dejaron Yerijó, el distrito que se les había asignado, y viajaron a Arad, solo para poder sentarse a los pies de Otniel. Su esposa, la hija de su medio hermano Kalev, no estaba tan satisfecha con él. Se quejó a su padre de que la casa de su marido estaba desprovista de todo bien terrenal, y su única posesión era el conocimiento de la Torá.
El primer hecho digno de mención en los cuarenta años del reinado de Otniel es su victoria sobre Adoni-Bézek. Este jefe no ocupaba una posición prominente entre los gobernantes cananeos. Ni siquiera se le tenía por rey, y sin embargo había conquistado a setenta reyes extranjeros. El hecho siguiente fue la toma de Luz por los israelitas. La única manera de entrar en Luz era por una cueva, y el camino a la cueva pasaba a través de un almendro hueco. Si la entrada secreta a la ciudad no hubiera sido delatada por uno de sus habitantes, habría sido imposible para los israelitas alcanzarla. Dios recompensó al delator que puso a los israelitas en el camino de tomar Luz. La ciudad que este fundó quedó indemne tanto ante Senaquerib como ante Nabucodonosor, y ni siquiera el Ángel de la Muerte tiene poder sobre sus habitantes. Nunca mueren, a menos que, hastiados de la vida, abandonen la ciudad.
La misma buena fortuna no marcó todo el reinado de Otniel. Durante ocho años, Israel sufrió opresión a manos de Kushán, el malhechor que en días pasados había amenazado con destruir al patriarca Yaakov, y que ahora se afanaba por destruir a los descendientes de Yaakov, pues Kushán no es sino otro nombre de Laván.
A Otniel, sin embargo, se le tenía por tan poco responsable de las causas que habían traído el castigo del pueblo, que Dios le concedió la vida eterna; es uno de los pocos que llegaron al Paraíso vivos.
Bóaz y Rut
La historia de Rut sucedió cien años después del reinado de Otniel. Las condiciones en la Tierra de Israel eran de tal naturaleza que, si un juez decía a un hombre: «Quita la mota de tu ojo», su respuesta era: «Quita tú la viga del tuyo». Para castigar a los israelitas, Dios les envió una de las diez épocas de hambre que había ordenado como medidas disciplinarias para la humanidad, desde la creación del mundo hasta la venida del Mesías. Elimélej y sus hijos, que pertenecían a la aristocracia de la tierra, no intentaron ni corregir a la generación pecadora cuyas transgresiones habían provocado el hambre, ni aliviar la miseria que reinaba en torno a ellos. Dejaron la Tierra de Israel, y así se apartaron de los necesitados que habían contado con su ayuda. Volvieron el rostro hacia Moav. Allí, a causa de su riqueza y alta cuna, fueron hechos oficiales del ejército. Majlón y Kilión, los hijos de Elimélej, se alzaron a una distinción aún mayor: se casaron con las hijas del rey moabita Eglón. Pero esto no ocurrió hasta después de la muerte de Elimélej, que se oponía al matrimonio con los paganos. Ni la riqueza ni las alianzas familiares de los dos hombres los ayudaron ante Dios. Primero cayeron en la pobreza, y, como persistían en sus caminos pecaminosos, Dios les quitó la vida.
Noemí, su madre, resolvió volver a su hogar. Sus dos nueras le eran muy queridas por el amor que habían tenido a sus hijos, un amor fuerte aun en la muerte, pues se negaban a casarse de nuevo. Con todo, no quiso llevarlas consigo a la Tierra de Israel, porque preveía el trato despreciativo que les aguardaba por ser mujeres moabitas. A Orpá se la persuadió con facilidad de que se quedara. Acompañó a su suegra una distancia de cuatro millas, y luego se despidió de ella, derramando solo cuatro lágrimas al darle el adiós. Los hechos posteriores mostraron que no había sido digna de entrar en la comunión judía, pues apenas se hubo separado de Noemí se abandonó a una vida inmoral. Pero con Dios nada queda sin recompensa. Por las cuatro millas que Orpá recorrió con Noemí, fue recompensada dando a luz a cuatro gigantes: Goliat y sus tres hermanos.
El porte y la historia de Rut fueron muy distintos. Estaba decidida a hacerse judía, y su decisión no pudo ser quebrantada por lo que Noemí, conforme al precepto judío, le contó de las dificultades de la ley judía. Noemí le advirtió que a los israelitas se les había mandado guardar los shabatot y los días festivos, y que las hijas de Israel no tenían por costumbre frecuentar los teatros y circos de los paganos. Rut solo afirmó su disposición a seguir las costumbres judías. Y cuando Noemí dijo: «Tenemos una sola Torá, una sola ley, un solo mandamiento; HaShem nuestro Dios es uno, no hay otro fuera de Él», Rut respondió: «Tu pueblo será mi pueblo, tu Dios mi Dios». Así, las dos mujeres viajaron juntas a Bet-Léjem. Llegaron allí el mismo día en que era enterrada la esposa de Bóaz, y la multitud reunida para el funeral vio a Noemí al regresar a su hogar.
Rut se sostenía a sí misma y a su suegra escasamente con las espigas de grano que recogía en los campos. El trato con una mujer tan piadosa como Noemí ya había ejercido gran influencia en su vida y su conducta. Bóaz se asombró de notar que, si los segadores dejaban caer más de dos espigas, ella, a pesar de su necesidad, no las recogía, pues el espigueo asignado a los pobres por la ley no se refiere a cantidades de más de dos espigas dejadas caer inadvertidamente de una vez. Bóaz admiró también su gracia, su conducta decorosa, su porte modesto. Cuando supo quién era, la elogió por su apego al judaísmo. A su elogio ella replicó: «Tus antepasados no hallaron deleite ni siquiera en Timná, la hija de una casa real. En cuanto a mí, soy miembro de un pueblo bajo, aborrecido por tu Dios, y excluido de la asamblea de Israel». Por un momento, Bóaz no acertó a recordar la halajá referente a los moabitas y amonitas. Una voz del cielo le recordó que solo los varones estaban afectados por el mandamiento de exclusión. Esto se lo dijo a Rut, y también le contó de una visión que había tenido acerca de sus descendientes. Por el bien que ella había hecho a su suegra, reyes y profetas brotarían de su seno.
Bóaz mostró bondad no solo con Rut y Noemí, sino también con sus muertos. Tomó a su cargo el entierro decoroso de los restos de Elimélej y sus dos hijos. Todo esto engendró en Noemí la idea de que Bóaz abrigaba la intención de casarse con Rut. Buscó sonsacar el secreto, si es que lo había, a Rut. Cuando halló que nada podía obtener de su nuera, hizo a Rut partícipe de un plan para forzar a Bóaz a dar un paso decisivo. Rut se atuvo a las indicaciones de Noemí en cada detalle, salvo que no se lavó ni se ungió ni se puso finos ropajes hasta después de haber llegado a su destino. Temía atraer la atención de los lujuriosos si caminaba por el camino ataviada con galas inusuales.
Las condiciones morales de aquellos días eran muy reprensibles. Aunque Bóaz era de alta cuna y hombre de fortuna, dormía sin embargo en la era, para que su presencia sirviera de freno contra el libertinaje. En medio de su sueño, Bóaz se sobresaltó al hallar a alguien junto a él. Al principio pensó que era un demonio. Rut calmó su inquietud con estas palabras: «Tú eres la cabeza del tribunal, tus antepasados fueron príncipes, tú mismo eres un hombre honorable, y pariente de mi difunto esposo. En cuanto a mí, que estoy en la flor de mis años, desde que dejé la casa de mis padres, donde se rinde homenaje a los ídolos, he estado constantemente amenazada por los jóvenes disolutos de alrededor. Por eso he venido aquí, para que tú, que eres el redentor, extiendas tu manto sobre mí». Bóaz le dio la seguridad de que, si su hermano mayor Tov le fallaba, él asumiría los deberes de redentor. Al día siguiente compareció ante el tribunal del Sanhedrín para arreglar el asunto. Tov pronto hizo su aparición, pues un ángel lo condujo al lugar donde se le requería, para que Bóaz y Rut no tuvieran que esperar mucho. Tov, que no era versado en la Torá, no sabía que la prohibición contra los moabitas se refería solo a los varones. Por eso rehusó casarse con Rut. Así, fue tomada por esposa por el octogenario Bóaz. La propia Rut tenía cuarenta años en el momento de su segundo matrimonio, y era contra toda expectativa que su unión con Bóaz fuera bendecida con descendencia, un hijo, Oved el piadoso. Rut vivió para ver la gloria de Shlomo, pero Bóaz murió al día siguiente de la boda.
Devorá
No mucho después de Rut, otra mujer ideal surgió en Israel, la profetisa Devorá.
Cuando murió Ehud, no hubo quien tomara su lugar como juez, y el pueblo se apartó de Dios y de Su ley. Dios, por tanto, les envió un ángel con el siguiente mensaje: «De entre todas las naciones de la tierra, escogí un pueblo para Mí, y pensé: mientras el mundo exista, Mi gloria reposará sobre ellos. Les envié a Moshé, Mi siervo, para enseñarles bondad y justicia. Pero se desviaron de Mis caminos. Y ahora suscitaré a sus enemigos contra ellos, para que los dominen, y clamarán: “Porque abandonamos los caminos de nuestros padres, esto ha venido sobre nosotros”. Entonces les enviaré una mujer, y ella brillará para ellos como una luz durante cuarenta años».
El enemigo que Dios levantó contra Israel fue Yavín, el rey de Jatsor, que lo oprimía duramente. Pero peor que el rey mismo era su general Sisrá, uno de los mayores héroes que la historia conoce. Cuando tenía treinta años, había conquistado el mundo entero. Al sonido de su voz, las murallas más fuertes caían en montón, y los animales salvajes de los bosques quedaban encadenados al sitio por el miedo. Las proporciones de su cuerpo eran vastas más allá de toda descripción. Si tomaba un baño en el río y se sumergía bajo la superficie, se atrapaban en su barba peces suficientes para alimentar a una multitud, y no se requerían menos de novecientos caballos para tirar del carro en que iba.
Para librar a Israel de este tirano, Dios designó a Devorá y a su esposo Barak. Barak era un ignorante, como la mayoría de sus contemporáneos. Era una época singularmente falta de estudiosos. Para hacer algo meritorio en relación con el servicio divino, él llevaba velas, a instancia de su esposa, al santuario, por lo cual se le llamaba Lapidot, «Llamas». Devorá tenía por costumbre hacer las mechas de las velas muy gruesas, para que ardieran largo tiempo. Por eso Dios la distinguió. Dijo: «Tú te esfuerzas por dar luz en Mi casa, y Yo haré que tu luz, tu llama, brille por toda la tierra». Así sucedió que Devorá llegó a ser profetisa y jueza. Dispensaba justicia al aire libre, pues no era decoroso que los hombres visitaran a una mujer en su casa.
Aunque era profetisa, no estaba exenta de las flaquezas de su sexo. Su amor propio era desmedido. Mandó llamar a Barak para que viniera a ella en lugar de ir ella a él, y en su canto habló de sí misma más de lo que era conveniente. El resultado fue que el espíritu profético se apartó de ella por un tiempo mientras componía su canto.
La salvación de Israel se logró solo después de que el pueblo, reunido en el monte de Yehudá, hubo confesado sus pecados públicamente ante Dios y suplicado Su ayuda. Se proclamó un ayuno de siete días para hombres y mujeres, para jóvenes y ancianos. Entonces Dios resolvió ayudar a los israelitas, no por causa de ellos, sino por causa de mantener el juramento que había hecho a sus antepasados, de no abandonar jamás a su simiente. Por eso les envió a Devorá.
La tarea encomendada a Devorá y a Barak, la de dirigir el ataque contra Sisrá, no era en modo alguno leve. No se le puede comparar con nada menos que con la empresa de Yehoshúa de conquistar Kena’an. Yehoshúa había triunfado sobre solo treinta y uno de los sesenta y dos reyes de la Tierra de Israel, dejando en libertad tantos como había sometido. Bajo el mando de Sisrá, estos treinta y un reyes no conquistados se opusieron a Israel. No menos de cuarenta mil ejércitos, cada uno de cien mil guerreros, se alinearon contra Devorá y Barak. Dios ayudó a Israel con agua y con fuego. El río Kishón y todas las huestes ígneas del cielo, salvo la estrella Merós, combatieron contra Sisrá. El Kishón había sido comprometido mucho antes a desempeñar su parte en la caída de Sisrá. Cuando los egipcios se ahogaron en el mar de los Juncos, Dios ordenó al Ángel del Mar arrojar sus cadáveres a tierra, para que los israelitas se convencieran de la destrucción de sus enemigos, y los de poca fe no dijeran después que los egipcios, como los israelitas, habían alcanzado tierra seca. El Ángel del Mar se quejó de la impropiedad de retirar un don. Dios lo apaciguó con la promesa de una compensación futura. El Kishón fue ofrecido como garantía de que recibiría una vez y media los cuerpos que ahora entregaba. Cuando las tropas de Sisrá buscaron alivio del fuego abrasador de los cuerpos celestes en la frescura de las aguas del Kishón, Dios ordenó al río redimir su prenda. Y así los paganos fueron arrastrados hacia el mar por las olas del río Kishón, ante lo cual los peces del mar exclamaron: «Y la verdad de Adonái permanece para siempre».
La suerte de Sisrá no fue mejor que la suerte de sus hombres. Huyó de la batalla a caballo tras presenciar el aniquilamiento de su vasto ejército. Cuando Yael lo vio acercarse, salió a su encuentro ataviada con ricas vestiduras y joyas. Era de una belleza fuera de lo común, y su voz era la más seductora que jamás poseyó mujer. Estas son las palabras que le dirigió: «Entra y refréscate con comida, y duerme hasta la tarde, y luego enviaré a mis servidores contigo para acompañarte, pues sé que no me olvidarás, y tu recompensa no faltará». Cuando Sisrá, al entrar en su tienda, vio el lecho sembrado de rosas que Yael había preparado para él, resolvió llevarla a casa de su madre como esposa, tan pronto como su seguridad estuviera asegurada.
Le pidió leche para beber, diciendo: «Mi alma arde con la llama que vi en las estrellas contendiendo por Israel». Yael salió a ordeñar su cabra, suplicando entretanto a Dios que le concediera Su ayuda: «Te ruego, oh HaShem, que fortalezcas a Tu sierva contra el enemigo. Por esta señal sabré que me ayudarás: si, cuando entre en la casa, Sisrá despierta y pide agua para beber». Apenas había cruzado Yael el umbral cuando Sisrá despertó y pidió agua para saciar su sed ardiente. Yael le dio vino mezclado con agua, lo que lo hizo caer de nuevo en un sueño profundo. La mujer tomó entonces una estaca de madera en su mano izquierda, se acercó al guerrero dormido, y dijo: «Sea esta la señal de que lo entregarás en mi mano: si lo arrastro del lecho hasta el suelo sin que despierte». Tiró de Sisrá, y en verdad no despertó ni siquiera cuando cayó del lecho al suelo. Entonces Yael oró: «Oh Dios, fortalece hoy el brazo de Tu sierva, por Tu causa, por la causa de Tu pueblo, y por la causa de los que esperan en Ti». Con un martillo clavó la estaca en la sien de Sisrá, quien gritó al expirar: «¡Que haya de perder la vida a manos de una mujer!». La réplica burlona de Yael fue: «Desciende al infierno y reúnete con tus padres, y diles que caíste a manos de una mujer».
Barak se hizo cargo del cuerpo del guerrero muerto, y lo envió a la madre de Sisrá, Temaj, con este mensaje: «Aquí tienes a tu hijo, a quien esperabas ver volver cargado de botín». Tenía en mente la visión de Temaj y sus damas de compañía. Cuando Sisrá había salido a la batalla, sus artes de adivinación se lo habían mostrado tendido en el lecho de una mujer judía. Esto lo habían interpretado como que volvería con cautivas judías. «Una doncella, dos doncellas para cada hombre», habían dicho. Grande, por tanto, fue la decepción de la madre de Sisrá. No menos de cien gritos profirió por él.
Devorá y Barak entonaron entonces un canto de alabanza, dando gracias a Dios por la liberación de Israel del poder de Sisrá, y repasando la historia del pueblo desde el tiempo de Avraham.
Tras trabajar por el bien de su nación durante cuarenta años, Devorá partió de esta vida. Sus últimas palabras al pueblo que lloraba fueron una exhortación a no depender de los muertos. Ellos nada pueden hacer por los vivos. Mientras un hombre está vivo, sus oraciones son eficaces para sí mismo y para los demás. Una vez muerto, de nada sirven.
Toda la nación guardó un período de duelo de setenta días en honor de Devorá, y la tierra estuvo en paz durante siete años.
Guidón
Exaltado por la victoria sobre Sisrá, Israel cantó un himno de alabanza, el canto de Devorá, y Dios, para recompensarlos por sus piadosos sentimientos, perdonó la transgresión del pueblo. Pero pronto recayeron en los viejos caminos, y los viejos males los acosaron. Su recaída se debió a la hechicería de un sacerdote madianita llamado Aud. Hizo brillar el sol a medianoche, y así convenció a los israelitas de que los ídolos de Midián eran más poderosos que Dios, y Dios los castigó entregándolos en manos de los madianitas. Adoraban sus propias imágenes reflejadas en el agua, y fueron heridos con una pobreza espantosa. No podían traer ni siquiera una ofrenda de harina, la ofrenda del pobre. En la víspera de un Pésaj, Guidón profirió esta queja: «¿Dónde están todas las obras maravillosas que Dios hizo por nuestros padres en esta noche, cuando mató a los primogénitos de los egipcios, e Israel salió de la esclavitud con el corazón alegre?». Dios se le apareció, y dijo: «Tú, que eres lo bastante valiente para defender a Israel, eres digno de que Israel sea salvado por tu causa».
Un ángel apareció, y Guidón le pidió una señal de que él lograría la liberación de Israel. Excusó su petición con el precedente de Moshé, el primer profeta, que igualmente había pedido una señal. El ángel le mandó verter agua sobre la roca, y luego le dio a elegir cómo quería que el agua se transformara. Guidón deseó ver una mitad convertida en sangre, y una mitad en fuego. Así sucedió. La sangre y el fuego se mezclaron uno con otro, y sin embargo la sangre no apagó el fuego, ni el fuego secó la sangre. Animado por esta y otras señales, Guidón emprendió llevar la guerra contra los madianitas con una banda de trescientos hombres temerosos de Dios, y tuvo éxito. Del enemigo, ciento veinte mil cadáveres cubrieron el campo, y todos los demás huyeron precipitadamente.
Guidón gozó del privilegio de traer la salvación a Israel porque fue un buen hijo. Su anciano padre temía trillar su grano a causa de los madianitas, y Guidón salió una vez a él en el campo y dijo: «Padre, eres demasiado viejo para hacer este trabajo; vete a casa, y yo terminaré tu tarea por ti. Si los madianitas me sorprendieran aquí fuera, puedo huir, cosa que tú no puedes hacer, a causa de tu edad».
El día en que Guidón obtuvo su gran victoria fue durante Pésaj, y la torta de pan de cebada que puso patas arriba el campamento del enemigo, con la que soñó el madianita, era una señal de que Dios abrazaría la causa de Su pueblo para recompensarlo por traer una torta de pan de cebada como ofrenda del Ómer.
Después de que Dios hubo favorecido a Israel con gran ayuda por medio de él, Guidón mandó hacer un efod. En el pectoral del sumo sacerdote, Yosef estaba representado entre las doce tribus solo por Efráyim, no también por Menashé. Para borrar este desaire a su propia tribu, Guidón hizo un efod que llevaba el nombre de Menashé. Lo consagró a Dios, pero tras su muerte se le rindió homenaje como a un ídolo. En aquellos días los israelitas estaban tan entregados a la adoración de Báal-Zevuv que llevaban constantemente consigo pequeñas imágenes de este dios en sus bolsillos, y de vez en cuando tenían la costumbre de sacar la imagen y besarla fervientemente. De tales idólatras eran los hombres vanos y ligeros que ayudaron a Avimélej, el hijo de Guidón por su concubina de Shejem, a asesinar a los demás hijos de su padre. Pero Dios es justo. Así como Avimélej asesinó a sus hermanos sobre una piedra, así el propio Avimélej halló su muerte a causa de una piedra de molino. Era justo, entonces, que Yotam, en su parábola, comparara a Avimélej con un zarzal, mientras caracterizaba a sus predecesores, Otniel, Devorá y Guidón, como un olivo, una higuera o una vid. Este Yotam, el menor de los hijos de Guidón, era más que un contador de parábolas. Sabía ya entonces que mucho tiempo después los samaritanos reclamarían santidad para el monte Guerizim, a causa de la bendición pronunciada desde él sobre la tribu. Por esta razón eligió el Guerizim desde el cual lanzar su maldición sobre Shejem y sus habitantes.
El sucesor de Avimélej igualó, si no superó, su maldad. Yair erigió un altar a Báal, y bajo pena de muerte forzó al pueblo a postrarse ante él. Solo siete hombres permanecieron firmes en la fe verdadera, y rehusaron hasta el fin cometer idolatría. Sus nombres eran Deuel, Avit Yisreel, Yekutiel, Shalom, Ashur, Yehonadav y Shemiel. Dijeron a Yair: «Somos conscientes de las lecciones que nos dieron nuestros maestros y nuestra madre Devorá. “Cuidaos —dijeron— de que vuestro corazón no os extravíe a la derecha o a la izquierda. Día y noche os consagraréis al estudio de la Torá.” ¿Por qué, entonces, buscas corromper al pueblo de HaShem, diciendo: ‘Báal es Dios, adorémoslo’? Si de verdad es lo que dices, que hable entonces como un dios, y le rendiremos culto». Por la blasfemia que habían proferido contra Báal, Yair ordenó que los siete hombres fueran quemados. Cuando sus servidores estaban a punto de ejecutar su orden, Dios envió al ángel Natanael, el señor sobre el fuego, y este extinguió el fuego, aunque no antes de que los servidores de Yair fueran consumidos por él. No solo escaparon los siete hombres del peligro de sufrir la muerte por fuego, sino que el ángel les permitió huir inadvertidos, hiriendo con ceguera a todo el pueblo presente. Entonces el ángel se acercó a Yair, y le dijo: «Escucha las palabras de HaShem antes de que mueras. Te designé como príncipe sobre Mi pueblo, y tú quebrantaste Mi pacto, sedujiste a Mi pueblo, y buscaste quemar a Mis siervos con fuego, pero fueron animados y liberados por el fuego vivo, el fuego celestial. En cuanto a ti, morirás, y morirás por fuego, un fuego en el que permanecerás para siempre».
Acto seguido, el ángel lo quemó junto con mil hombres, a quienes había sorprendido en el acto de rendir homenaje a Báal.
Yiftaj
El primer juez de importancia después de Guidón fue Yiftaj. Tampoco él llegó a ser el gobernante judío ideal. Su padre se había casado con una mujer de otra tribu —algo insólito en una época en que a la mujer que abandonaba su tribu se la miraba con desprecio—. Yiftaj, fruto de esa unión, tuvo que cargar con las consecuencias de la conducta irregular de su madre. Le hicieron tantas afrentas que se vio obligado a dejar su hogar y establecerse en una región pagana.
Al principio Yiftaj rehusó aceptar el mando que el pueblo le ofreció en una asamblea en Mitspá, pues no había olvidado los agravios que había sufrido. Al final, sin embargo, cedió y se puso al frente del pueblo en la guerra contra Getal, el rey de los amonitas. Al partir, hizo voto ante Dios de sacrificarle lo primero que saliera por las puertas de su casa a su encuentro cuando volviera victorioso de la guerra.
Dios se irritó y dijo: «¡Conque Yiftaj ha hecho voto de ofrecerme lo primero que salga a su encuentro! Si un perro fuera el primero en salirle al paso, ¿habría de sacrificárseme un perro? Ahora el voto de Yiftaj recaerá sobre su primogénito, sobre su propia descendencia; sí, su plegaria recaerá sobre su hija única. Pero ciertamente salvaré a mi pueblo, no por Yiftaj, sino por las plegarias de Israel».
La primera en salir a su encuentro tras la exitosa campaña fue su hija Sheilah. Abrumado por la angustia, el padre exclamó: «Con razón se te puso el nombre de Sheilah, "la reclamada", para que fueras ofrecida en sacrificio. ¿Quién pondrá mi corazón en la balanza y mi alma como peso, para que yo pueda detenerme y ver si lo que me ha ocurrido es alegría o dolor? Pero como abrí mi boca ante HaShem y pronuncié un voto, no puedo retractarme». Entonces habló Sheilah, diciendo: «¿Por qué te afliges por mi muerte, si el pueblo ha sido salvado? ¿No recuerdas lo que sucedió en los días de nuestros antepasados, cuando el padre ofreció a su hijo en holocausto, y el hijo no se negó, sino que consintió con gozo, y tanto el que ofrecía como el ofrecido rebosaban de alegría? Haz, pues, conforme a lo que has dicho. Pero antes de morir te pediré un favor. Concédeme ir con mis compañeras a los montes, morar entre las colinas y pisar las rocas para derramar allí mis lágrimas y dejar el duelo por mi juventud perdida. Los árboles del campo llorarán por mí, y las bestias del campo harán duelo por mí. No me aflijo por mi muerte, ni porque deba entregar mi vida, sino porque, cuando mi padre pronunció su voto irreflexivo, no me tenía a mí en mente. Temo, por eso, no ser un sacrificio aceptable, y que mi muerte sea en vano». Sheilah y sus compañeras fueron y expusieron su caso a los sabios del pueblo, pero ninguno de ellos pudo prestarle ayuda. Entonces subió al monte Telag, donde HaShem se le apareció de noche y le dijo: «He cerrado la boca de los sabios de mi pueblo en esta generación, de modo que no puedan responder ni una palabra a la hija de Yiftaj; para que mi voto se cumpla y nada de lo que he pensado quede sin hacer. Sé que ella es más sabia que su padre y que todos los sabios, y ahora su alma será aceptada conforme a su petición, y su muerte será muy preciosa ante mi rostro por siempre». Sheilah empezó a llorar su suerte con estas palabras: «Escuchad, montes, mis lamentos; y vosotras, colinas, las lágrimas de mis ojos; y vosotras, rocas, dad testimonio del llanto de mi alma. Mis palabras subirán al cielo, y mis lágrimas quedarán escritas en el firmamento. No se me ha concedido la alegría de las bodas, ni se completó la guirnalda de mi desposorio. No me han engalanado con adornos, ni me han perfumado con mirra y aromas fragantes. No me han ungido con el aceite que se preparó para mí. Ay, madre, en vano me diste a luz: la tumba estaba destinada a ser mi cámara nupcial. El aceite que preparaste para mí se derramará, y las vestiduras blancas que mi madre cosió para mí, la polilla las comerá; la guirnalda nupcial que mi nodriza trenzó para mí se marchitará, y mis vestidos de azul y púrpura, los gusanos los destruirán, y mis compañeras harán duelo por mí todos sus días. Y ahora, árboles, inclinad vuestras ramas y llorad por mi juventud; bestias del bosque, venid y pisad mi virginidad, porque mis años están segados, y los días de mi vida envejecen en tinieblas».
Sus lamentos fueron tan inútiles como sus razones ante el padre. En vano intentó probarle desde la Torá que la ley habla solo de sacrificios de animales, nunca de sacrificios humanos. En vano citó el ejemplo de Yaakov, que había hecho voto de dar a Dios el diezmo de todas sus posesiones, y sin embargo no intentó después sacrificar a uno de sus hijos. Yiftaj fue inflexible. Lo único que concedió fue un plazo durante el cual su hija podría visitar a diversos eruditos, que habrían de decidir si estaba obligado por su voto. Según la Torá, su voto era del todo inválido. Ni siquiera estaba obligado a pagar en dinero el valor de su hija. Pero los eruditos de su tiempo habían olvidado esta halajá, y decidieron que debía cumplir su voto. El olvido de los eruditos venía de Dios, dispuesto como castigo sobre Yiftaj por haber dado muerte a miles de la tribu de Efráyim.
Vivía por entonces un hombre que, de haber sido consultado sobre el caso, habría podido dar un dictamen. Era el Sumo Sacerdote Pinjás. Pero dijo con orgullo: «¡Cómo! ¿Yo, Sumo Sacerdote e hijo de Sumo Sacerdote, he de humillarme y acudir a un ignorante?». Yiftaj, por su parte, dijo: «¡Cómo! ¿Yo, jefe de las tribus de Israel, primer príncipe de la tierra, he de humillarme y acudir a un cualquiera?». Así, solo la rivalidad entre Yiftaj y Pinjás causó la pérdida de una vida joven. El castigo no los pasó por alto. Yiftaj murió una muerte horrible: miembro a miembro su cuerpo fue desmembrado. En cuanto al Sumo Sacerdote, el espíritu santo se apartó de él, y hubo de renunciar a su dignidad sacerdotal.
Así como Yiftaj había tenido la tarea de rechazar a los amonitas, su sucesor Avdón se ocupó de proteger a Israel contra los moabitas. El rey de Moav envió mensajeros a Avdón, que hablaron así: «Bien sabes que Israel se apoderó de ciudades que me pertenecían. Devuélvelas». La respuesta de Avdón fue: «¿No sabéis cómo les fue a los amonitas? La medida de los pecados de Moav, al parecer, aún no se ha colmado». Y salió contra el enemigo, dio muerte a cuarenta y cinco mil de ellos y puso en fuga a los demás.
Shimshón
El penúltimo de los jueces, Shimshón, no fue el más importante de ellos, pero sí el mayor héroe de su época y, salvo Goliat, el mayor héroe de todos los tiempos. Fue hijo de Manóaj, de la tribu de Dan, y de su esposa Tselalponit, de la tribu de Yehudá, y les nació cuando ya habían perdido toda esperanza de tener hijos. El nacimiento de Shimshón es una notable muestra de la cortedad de vista de los seres humanos. El juez Ivtsán no había invitado a Manóaj ni a Tselalponit a ninguno de los ciento veinte banquetes en honor de las bodas de sus sesenta hijos, celebrados en su casa y en la de los suegros, porque pensaba que «la mula estéril» jamás estaría en condiciones de devolverle la cortesía. Y resultó que los padres de Shimshón fueron bendecidos con un hijo extraordinario, mientras que Ivtsán vio morir a sus sesenta hijos en vida.
La fuerza de Shimshón era sobrehumana, y las dimensiones de su cuerpo, gigantescas: medía sesenta codos entre los hombros. Sin embargo, tenía una imperfección: estaba lisiado de ambos pies. La primera prueba de su fuerza descomunal la dio cuando arrancó de raíz dos grandes montañas y las frotó una contra otra. Tales proezas podía realizarlas cada vez que el espíritu de Dios se derramaba sobre él. Y siempre que esto ocurría, lo anunciaba su cabello: empezaba a moverse y a emitir un sonido como de campana, que se oía a lo lejos. Además, mientras el espíritu reposaba sobre él, podía de una sola zancada cubrir una distancia igual a la que hay entre Tsorá y Eshtaol. Fue la fuerza sobrenatural de Shimshón lo que hizo pensar a Yaakov que él sería el Mesías. Cuando Dios le mostró el final de Shimshón, comprendió que la nueva era no la inauguraría el juez-héroe.
Shimshón obtuvo su primera victoria sobre los filisteos con la quijada del asno sobre el cual Avraham había hecho su camino hasta el monte Moriá. Se había conservado de forma milagrosa. Tras esta victoria ocurrió un gran prodigio. Shimshón estaba a punto de perecer de sed, cuando de su propia boca empezó a manar agua como de un manantial.
Además de proezas físicas, Shimshón poseía también dones espirituales. Era desprendido en grado sumo. Había prestado enorme ayuda a los israelitas, pero nunca pidió para sí el menor servicio. Cuando Shimshón le dijo a Delilá que era «nazir de Dios», ella tuvo la certeza de que le había revelado el verdadero secreto de su fuerza. Conocía demasiado bien su carácter para imaginar que uniría el nombre de Dios a una mentira. También había un lado débil en su carácter: dejaba que los placeres sensuales lo dominaran. La consecuencia fue que «quien se extravió tras sus ojos, perdió los ojos». Ni siquiera este severo castigo obró en él un cambio de corazón. Siguió llevando en la cárcel su antigua vida de disipación, y a ello lo alentaban los filisteos, que dejaban de lado toda consideración de pureza familiar con la esperanza de descendientes que igualaran a Shimshón en fuerza y estatura de gigante.
Como a lo largo de su vida Shimshón había dado pruebas de poder sobrehumano, así también en el momento de la muerte. Suplicó a Dios que realizara en él la bendición de Yaakov y lo dotara de fuerza divina. Expiró con estas palabras en los labios: «¡Señor del mundo! Concédeme en esta vida una recompensa por la pérdida de uno de mis ojos. Por la pérdida del otro, esperaré a ser recompensado en el mundo venidero». Aun después de su muerte, Shimshón fue un escudo para los israelitas. El temor que les inspiraba había amedrentado tanto a los filisteos que durante veinte años no se atrevieron a atacar a los israelitas.
El crimen de los benjaminitas
Una parte del dinero que Delilá recibió de los príncipes filisteos como precio del secreto de Shimshón se la dio a su hijo Mijá, y él lo empleó en hacerse un ídolo. Este pecado era tanto más imperdonable cuanto que Mijá debía la vida a un milagro obrado por Moshé. En tiempos de la opresión egipcia, si los israelitas no entregaban el número prescrito de ladrillos, se empleaba a sus hijos como material de construcción. Tal habría sido la suerte de Mijá si no hubiera sido salvado de manera milagrosa. Moshé escribió el Nombre de Dios y puso las palabras sobre el cuerpo de Mijá. El niño muerto volvió a la vida, y Moshé lo sacó del muro del que formaba parte. Mijá no se mostró digno del prodigio obrado en su favor. Aun antes de que los israelitas salieran de Mitsraim, hizo su ídolo, y fue él quien modeló el Becerro de Oro. En tiempos del juez Otniel, fijó su morada a no más de tres millas del santuario de Shiló, y ganó al nieto de Moshé para que oficiara como sacerdote ante su ídolo.
El santuario que Mijá erigió albergaba varios ídolos. Tenía tres imágenes de muchachos y tres de becerros, un león, un águila, un dragón y una paloma. Cuando venía un hombre que deseaba esposa, se le indicaba que invocara a la paloma. Si su deseo eran las riquezas, adoraba al águila. Para tener hijos e hijas, a los becerros; al león, para la fuerza; y al dragón, para una larga vida. A estos ídolos se ofrecían por igual sacrificios e incienso, y ambas cosas había que comprárselas a Mijá con dinero contante: didracmas por un sacrificio, y una por el incienso.
La rápida degeneración en la familia de Moshé se explica por el hecho de que Moshé había desposado a la hija de un sacerdote que servía a los ídolos. Con todo, el nieto de Moshé no era un idólatra del calibre ordinario. Su conducta pecaminosa no carecía de cierta apariencia de moralidad. De su abuelo había oído la regla de que un hombre debe hacer «avodá zará» a sueldo antes que depender de sus semejantes. El sentido de «avodá zará» aquí es, naturalmente, trabajo «ajeno», en la acepción de «insólito»; pero él tomó el término en su acepción corriente de «servicio a dioses ajenos». Lejos de ser un idólatra de alma entera, adoptó métodos ideados para dañar la causa del culto a los ídolos. Cada vez que alguien venía trayendo un animal con intención de sacrificarlo, decía: «¿Qué bien puede hacerte el ídolo? No puede ver, ni oír, ni hablar». Pero como le preocupaba su propio sustento y no quería ofender demasiado groseramente a los idólatras, añadía: «Si traes un plato de harina y unos pocos huevos, bastará». Y esa ofrenda se la comía él mismo.
Bajo David ocupó el cargo de tesorero. David lo nombró porque pensaba que un hombre dispuesto a hacerse sacerdote de un ídolo solo para ganarse el pan debía de ser digno de confianza. Por sincero que fuera su arrepentimiento, recayó en su antigua vida cuando fue apartado de su cargo por Shlomo, que al subir al trono cubrió todos los puestos con nuevos titulares. Finalmente abandonó del todo sus caminos idólatras y llegó a ser un hombre tan puro que Dios lo favoreció con el don de la profecía. Esto ocurrió el día en que el hombre de Dios venido de Yehudá llegó ante Yerovam, pues el nieto de Moshé no es otro que el viejo profeta de Bet-El que invitó al hombre de Dios venido de Yehudá a ir a su casa.
El mal causado por Mijá se extendió cada vez más. Los benjaminitas, en especial, se distinguieron por su celo en rendir homenaje a sus ídolos. Por eso Dios resolvió hacer recaer sobre ellos los pecados de Israel y de Binyamín. La ocasión no tardó en llegar. Poco después los benjaminitas cometieron el ultraje de Guivá. Ante la casa de Betac, un anciano venerable, imitaron la conducta vergonzosa de los sodomitas ante la casa de Lot. Cuando las demás tribus exigieron reparación a los benjaminitas y esta les fue negada, se desataron sangrientos combates. Al principio los benjaminitas prevalecieron, a pesar de que los Urim veTumim, consultados por Pinjás, habían animado a los israelitas a emprender el conflicto con estas palabras: «Subid a la guerra, que yo los entregaré en vuestras manos». Después de que las tribus sufrieran una y otra vez la derrota, reconocieron la intención de Dios de abandonarlos como castigo por sus pecados. Ordenaron entonces un día de ayuno y convocación ante el arca sagrada, y Pinjás, hijo de Elazar, suplicó a Dios en su favor: «¿Qué significa esto, que nos extravías? ¿Acaso el acto de los benjaminitas es recto a tus ojos? Entonces, ¿por qué no nos mandaste desistir del combate? Pero si lo que han hecho nuestros hermanos es malo a tu vista, ¿por qué haces que caigamos ante ellos en la batalla? Oh Dios de nuestros padres, escucha mi voz. Da a conocer hoy a tu siervo si la guerra que se libra contra Binyamín te agrada, o si deseas castigar a tu pueblo por sus pecados. Entonces los pecadores que hay entre nosotros enmendarán sus caminos. Tengo presente lo que sucedió en los días de mi juventud, en tiempos de Moshé. En el celo de mi alma di muerte a dos por el pecado de Zimrí, y cuando los allegados de este buscaron matarme, tú enviaste un ángel que abatió a veinticuatro mil de ellos y me salvó. Pero ahora once de tus tribus han salido a cumplir tu mandato, a vengar y a matar, y, mira, han sido ellas mismas las abatidas, de modo que se las lleva a creer que tus revelaciones son mentira y engaño. Oh HaShem, Dios de nuestros antepasados, nada te está oculto. Manifiesta por qué nos ha sobrevenido esta desgracia».
Dios respondió a Pinjás largamente, exponiendo por qué once tribus habían sufrido con tanta dureza. HaShem había querido castigarlas por haber permitido que Mijá y su madre Delilá siguieran sus malos caminos sin estorbo, aun cuando eran celosas sin medida en vengar el agravio hecho a la mujer en Guivá. Tan pronto como perecieron todos los que eran culpables de haber ayudado y secundado a Mijá en sus prácticas idólatras, directa o indirectamente, Dios se dispuso a ayudarlas en sus luchas con los benjaminitas.
Y así fue. En la batalla que se libró poco después, cayeron muertos setenta y cinco mil benjaminitas. Solo seiscientos de la tribu sobrevivieron. Temiendo permanecer en la Tierra de Israel, el pequeño grupo emigró a Italia y Alemania.
Al mismo tiempo, el castigo que Dios les había prometido alcanzó a los dos principales pecadores. Mijá perdió la vida por el fuego, y su madre se pudrió en vida: de su cuerpo brotaban gusanos.
A pesar del gran mal causado por Mijá, tenía una buena cualidad, y Dios permitió que abogara por él cuando los ángeles se alzaron contra él como acusadores. Era sumamente hospitalario. Su casa siempre estaba abierta de par en par al caminante, y a su hospitalidad debió que se le concediera una parte en el mundo venidero. En el Guehinom, Mijá es el primero de la sexta división, que está bajo la guía del ángel Hadriel, y es el único de la división a quien se le ahorran los tormentos del Guehinom. El hijo de Mijá fue Yerovam, cuyos becerros de oro fueron pecaminosos mucho más allá de cuanto hizo su padre.
En aquellos días Dios habló a Pinjás: «Tienes ciento veinte años, has alcanzado el término natural de la vida del hombre. Ve ahora, retírate al monte Danaben y permanece allí muchos años. Mandaré a las águilas que te sustenten con alimento, de modo que no vuelvas a los hombres hasta el tiempo en que cierres con llave las nubes y las abras de nuevo. Entonces te llevaré al lugar donde están los que te precedieron, y allí morarás hasta que yo visite el mundo y te lleve allá a gustar la muerte».