Libro cuarto
Combate de los hebreos contra los cananeos sin el consentimiento de Moshé, y su derrota
A los hebreos les pesaba la vida del desierto, desabrida y dura, y aunque Dios les prohibía medirse con los cananeos, quisieron probar suerte. No se avenían a obedecer las palabras de Moshé y quedarse quietos: convencidos de que ellos solos, aun sin el empeño de él, vencerían a sus enemigos, lo acusaban y sospechaban que maquinaba mantenerlos sin recursos para que necesitaran siempre su auxilio.
Se lanzaron, pues, a guerrear contra los cananeos, diciendo que Dios los socorría no por hacerle un favor a Moshé, sino porque cuidaba en común de su nación, por causa de los antepasados de quienes había sido tutor y por la virtud de ellos mismos —que antes les había dado la libertad y ahora, si querían esforzarse, sería siempre su aliado.
Afirmaban que también por sí mismos eran capaces de someter a los pueblos, aunque Moshé quisiera enemistarlos con Dios; que, en definitiva, les convenía ser dueños de sí mismos, y no —alegrándose de haber escapado a la insolencia de los egipcios— soportar a Moshé como tirano y vivir engañados según su voluntad, como si a él solo le revelara lo divino nuestros asuntos, por el afecto que le tiene, cual si no todos fuésemos del linaje de Avraham, sino que Dios lo hubiese hecho a él el único encargado de conocer cuanto ha de venir, aprendiéndolo directamente de Dios.
Pasarían por hombres sensatos —decían— si condenaban su arrogancia y, confiando en Dios, se disponían a conquistar la tierra que Él les había prometido, en lugar de hacer caso a quien, con ese pretexto y en nombre de Dios, se lo impedía.
Así, pensando en la penuria y en el desierto —que aún les hacía parecer peor aquella penuria—, se lanzaron a la batalla contra los cananeos, poniendo a Dios por general, pero sin esperar la colaboración del legislador.
Cuando juzgaron que esto sería lo mejor y atacaron al enemigo, los cananeos no se amedrentaron ni por el ímpetu ni por el número, y los recibieron con valentía. Muchos de los hebreos mueren; el resto del ejército, deshecha su falange, es perseguido en desorden y huye en tropel al campamento.
Abatidos por completo ante aquel descalabro imprevisto, ya no esperaban nada bueno, pensando que también aquello lo padecían por la ira de Dios, por haberse arrojado a la guerra antes de tiempo, contra Su voluntad.
Moshé, viendo a los suyos anonadados por la derrota y temiendo que el enemigo, envalentonado por la victoria y ansioso de más, cayera sobre ellos, resolvió alejar el ejército de los cananeos, adentrándolo en el desierto.
Y como la multitud volvió a confiarse a él —pues comprendió que sin su previsión no podía salir adelante en nada—, levantó el campamento y avanzó al desierto, pensando que allí se aquietarían y no llegarían a las manos con los cananeos antes de recibir de Dios el momento oportuno para ello.
La sedición de Kóraj y de la multitud contra Moshé y contra su hermano, a propósito del sacerdocio
Lo que suele suceder en los grandes ejércitos —difíciles de gobernar y de convencer, sobre todo en la adversidad— le ocurrió también a los judíos. Siendo seiscientos mil, y quizá por su mismo número reacios a someterse a los mejores aun en tiempos buenos, entonces, por la penuria y la desgracia, se exasperaban todavía más, unos contra otros y contra su jefe.
Se apoderó de ellos una sedición como no sabemos que se haya dado ni entre griegos ni entre bárbaros, por la que todos estuvieron a punto de perecer; y a todos los salvó Moshé, sin guardar rencor, aunque poco faltó para que muriera lapidado por ellos.
Tampoco Dios se despreocupó de librarlos de todo mal; pues, aun habiendo ultrajado a su legislador y los mandamientos que Él mismo, por medio de Moshé, les había impuesto, los rescató de las desgracias que la sedición les habría acarreado de no haberlo previsto. Voy a narrar, pues, la sedición y cuanto Moshé dispuso después de ella, tras exponer primero la causa que la originó.
Cierto Kóraj, de los hebreos más notables por linaje y por riqueza, hábil orador y de lo más persuasivo al dirigirse al pueblo, veía a Moshé instalado en un honor extraordinario y lo llevaba a mal por envidia —pues resultaba ser de su misma tribu y pariente suyo—, dolido de que, no siéndole inferior en linaje y siendo más rico, no gozara él con más derecho de aquella gloria.
Ante los leviim —que eran de su tribu— y sobre todo ante sus parientes, clamaba diciendo que era intolerable que Moshé, buscando fama para sí y amañándola con malas artes, la hubiera conseguido con el pretexto de Dios: contra las leyes había dado el sacerdocio a su hermano Aharón, no por decreto común de la multitud, sino por decisión propia, y, a la manera de los tiranos, repartía los honores como favores a quien quería. Era ya algo peor que la violencia abierta este ultraje encubierto, porque despojaba de su fuerza no solo a quienes no consentían, sino a quienes ni siquiera advertían la maquinación.
Pues quien se sabe merecedor de recibir algo persuade para obtenerlo y no recurre entonces a la fuerza, por no atreverse; en cambio, aquellos a quienes es imposible ser honrados con justicia, si quieren parecer buenos, no emplean la violencia, pero son diestros en dañar con astucia.
Convenía a la multitud castigar a tales hombres mientras aún se creen inadvertidos, y no dejar que lleguen al poder y tenerlos luego por enemigos declarados. Pues ¿qué razón podía dar Moshé para haber entregado el sacerdocio a Aharón y a sus hijos?
«Si Dios decidió conceder este honor a alguien de la tribu de Leví, con más derecho me corresponde a mí, que soy del mismo linaje que Moshé y lo aventajo en riqueza y en edad. Y si había de recaer en la más antigua de las tribus, razonable sería que lo tuviera la de Reuvén, y lo recibieran Datán, Aviram y Falú, pues son los de más edad entre los de esa tribu y poderosos por su abundancia de bienes.»
Al decir esto, Kóraj quería aparentar que velaba por el bien común, cuando en realidad maquinaba trasladar hacia sí mismo el honor que estaba en manos de la multitud. Todo esto lo decía con malicia y buenas apariencias a los de su tribu.
Pero, como el rumor iba pasando poco a poco a los más, y los que lo escuchaban engrosaban las calumnias contra Aharón, todo el ejército se llenó de ellas. Los alineados con Kóraj eran doscientos cincuenta de los hombres principales, empeñados en arrebatar el sacerdocio al hermano de Moshé y en deshonrarlo a él mismo.
Se sublevó también la multitud, y se lanzaron a apedrear a Moshé. Se reunieron en asamblea desordenadamente, con tumulto y confusión, y, plantados ante la Tienda de Dios, gritaban que había llegado el tirano y que la multitud debía librarse de la esclavitud bajo él, que con el pretexto de Dios imponía órdenes violentas; pues Dios, si era Él quien elegía al que había de ser sacerdote, habría presentado para el honor al digno, y no lo habría conferido a uno muy inferior a muchos; y si juzgaba concederlo a Aharón, habría hecho la donación ante la multitud, y no la habría dejado en manos de su hermano.
Moshé, que desde hacía tiempo había previsto la calumnia de Kóraj y veía al pueblo enardecido, no se atemorizó, sino que, confiado en lo bien que había deliberado sobre los asuntos y sabiendo que su hermano había obtenido el sacerdocio por elección de Dios y no por favor suyo, se presentó en la asamblea.
A la multitud no le dirigió palabra alguna; a Kóraj, en cambio, gritando cuanto podía —pues era diestro en todo y hábil por naturaleza para hablar a las masas—, le dijo: «A ti, Kóraj, y a cada uno de estos —señalaba a los doscientos cincuenta hombres— os tengo por dignos de honor, y no privo de igual honor a toda esta gente, aunque queden por debajo de lo que a vosotros os da la riqueza y el resto de vuestra posición.
»Y no le di ahora a Aharón el sacerdocio porque aventajase en riqueza —pues tú nos superas a ambos en cuantía de bienes—, ni tampoco por nobleza, ya que en eso nos hizo Dios iguales al darnos un mismo antepasado, ni tampoco por amor fraterno concedí a mi hermano lo que otro con justicia habría de llevar;
»pues si, despreocupándome de Dios y de las leyes, hubiera otorgado el honor por favor, no me habría pasado por alto a mí mismo para dárselo a otro, siendo yo más pariente de mí que de mi hermano y estando mejor dispuesto hacia mí que hacia él. Y ni siquiera era sensato que, exponiéndome a los peligros de transgredir la ley, regalase a otro la felicidad que ello reporta.
»Pero yo estoy por encima de obrar mal, y Dios no habría consentido verse a sí mismo despreciado, ni a vosotros ignorar que, al hacer esto, es a Él a quien complacéis; sino que Él mismo, eligiendo al que había de ser su sacerdote, nos liberó de la responsabilidad en ello.
»Y para que quede claro que no lo recibió por favor mío, sino por juicio de Dios, Aharón lo pone en medio, sometido a disputa para quienes lo pretendan; no reclama, por haber sido ya preferido, que se le permita conservarlo ni que se le conceda ahora ese privilegio,
»pues prefiere, antes que retener la dignidad, veros a vosotros sin sedición, aun obteniéndola con vuestro propio consentimiento. Porque lo que Dios dio, no obramos mal al recibirlo, aunque a vosotros os pesara.
»Sería impío, por lo demás, no aceptar el honor cuando Él lo ofrecía; y pretender conservarlo para siempre, sin que Dios nos garantice su seguridad, sería del todo insensato. Que juzgue, pues, otra vez Él mismo a quiénes quiere que ofrezcan por nosotros los sacrificios y presidan la piedad;
»pues es absurdo que Kóraj, ambicionando el honor, le quite a Dios la potestad de otorgarlo a quien Él quiera. Cesad, pues, de la sedición y del alboroto que por ella hay, y mañana temprano, cuantos reclaméis el sacerdocio, venid cada uno trayendo de casa un incensario con incienso y fuego.
»Y tú, Kóraj, cede el juicio a Dios y aguarda su veredicto sobre esto, mas no te hagas superior a Dios; preséntate para ser juzgado así acerca de la dignidad. Nadie tendrá por injusto, creo, que también Aharón sea admitido a la comparación, siendo del mismo linaje y sin que pueda reprochársele nada de lo hecho en torno al sacerdocio.
»Ofreceréis, pues, incienso reunidos a la vista de todo el pueblo, y mientras ofrecéis, aquel cuyo sacrificio juzgue Dios más grato, ése os será proclamado sacerdote; y así me libro de la calumnia de haber favorecido a mi hermano con ese honor.»
Cómo los que provocaron esta sedición fueron destruidos conforme a la voluntad de Dios; y cómo Aharón, hermano de Moshé, conservó el sacerdocio, tanto él como su descendencia
Dicho esto por Moshé, cesa la multitud del alboroto y de la sospecha contra él, y aprobó lo dicho, pues era y parecía bueno para el pueblo. Entonces disuelven la reunión, y al día siguiente se congregaron en la asamblea para asistir al sacrificio y al juicio que por él se haría de los que se disputaban el sacerdocio.
Resultaba tumultuosa la asamblea, con la multitud en vilo por la esperanza de lo que iba a suceder: unos lo tomaban a gusto, por si Moshé quedaba convicto de fraude; los sensatos, por si se veían libres de líos y agitación, pues temían que, al avanzar la sedición, se les desvaneciera más bien el orden de su régimen.
Y toda la muchedumbre, que por naturaleza goza en clamar contra los que mandan y vuelve su ánimo a lo que cada cual dice, estaba alborotada. Moshé, por su parte, envió emisarios a Aviram y a Datán ordenándoles que vinieran según lo convenido y aguardasen el rito sagrado.
Como respondieron que no obedecerían a los mensajeros y que no consentirían que Moshé se engrandeciera a costa de todo el pueblo con malas artes, Moshé, al oír aquello, pidió a los notables que lo acompañaran y se fue hacia el grupo de Datán, sin creer indigno acudir a quienes lo habían desdeñado; y ellos, sin oponer nada, lo siguieron.
Los de Datán, al enterarse de que Moshé venía hacia ellos con los más respetados de la multitud, salieron con sus mujeres y sus hijos delante de las tiendas, y observaban qué iba a hacer Moshé; y todavía tenían a su alrededor sirvientes, para defenderse si Moshé empleaba alguna violencia.
Él, cuando estuvo cerca, alzando las manos al cielo y gritando con voz más potente, de modo que fuera oído por toda la multitud, dijo: «Señor de cuanto hay en el cielo, en la tierra y en el mar: Tú eres para mí el testigo más autorizado de cuanto he hecho, de que todo sucede por tu designio y de que Tú proporcionaste los medios a las obras, apiadándote de los hebreos en todas sus desgracias; ven a escuchar estas palabras.
»Pues nada de lo que se hace ni de lo que se piensa se te oculta, de modo que no me negarás la verdad, anteponiéndole la ingratitud de estos. Lo anterior a mi nacimiento Tú lo conoces con más exactitud, no por haberlo oído, sino por haberlo visto, presente entonces cuando ocurría; pero de lo posterior, que ellos conocen bien y sin embargo injustamente sospechan, hazte Tú mi testigo.
»Yo, que había labrado una vida sin sobresaltos por mi propio esfuerzo y por tu designio —vida que me había dejado mi suegro Reuel—, renuncié al disfrute de aquellos bienes y me entregué a las fatigas por este pueblo. Antes por su libertad, ahora por su salvación, he soportado grandes trabajos y he opuesto mi entrega a todo peligro.
»Ahora, pues, cuando se me sospecha de mala fe por parte de hombres a quienes de mis fatigas les vino el sobrevivir, con razón Tú mismo —que me mostraste aquel fuego en el Sinaí y me hiciste entonces oyente de tu voz y espectador de cuantos prodigios aquel lugar me concedió ver; que me mandaste ser enviado a Mitsraim y manifestarles tu voluntad;
»que sacudiste la prosperidad de los egipcios y nos diste la huida de la esclavitud bajo ellos, y rebajaste por debajo de mí el poder de Paró; que hiciste tierra el mar para nosotros, ignorantes de los caminos, y precipitaste sobre la ruina de los egipcios el agua abierta y luego vuelta a cerrar; que a nosotros, que estábamos desarmados, nos otorgaste la seguridad frente a las armas;
»que hiciste manar potables para nosotros unas fuentes corrompidas, y a quienes carecían por completo de agua les procuraste bebida de las rocas; que a quienes faltaba el sustento de la tierra los salvaste con lo del mar, y hasta del cielo enviaste un alimento nunca antes conocido; que nos inspiraste la invención de las leyes y la organización de un Estado—:
»ven, Señor del universo, como juez mío y testigo insobornable, de que ni acepté regalo de ningún hebreo contra la justicia, ni condené a la pobreza cuando la riqueza podía imponerse, ni gobernando en daño del común me lanzo a intrigas del todo ajenas a mi conducta, como si no fuera por mandato tuyo, sino por favor propio, que di el sacerdocio a Aharón.
»Muestra también ahora que todo se administra por tu providencia y que nada llega a su término al azar, sino resuelto por tu voluntad, y que te cuidas de quienes han de beneficiar a los hebreos: castiga a Aviram y a Datán, que te acusan de insensibilidad, como si te dejaras vencer por mi artificio.
»Haz manifiesto el castigo sobre ellos, enloquecidos así contra tu gloria: no los apartes de la vida de manera común, ni dejes que parezcan haber salido de ella por ley humana, como quienes mueren, sino que la tierra que pisan se abra en torno a ellos, junto con su descendencia y sus bienes;
»pues esto sería para todos una demostración de tu fuerza y una enseñanza de prudencia para quienes piensan de ti cosas impías; y así se me hallaría a mí buen servidor de lo que Tú ordenas.
»Pero si han hecho ciertas sus calumnias contra mí, guárdalos libres de todo mal, y la ruina que les he imprecado hazla caer sobre mí; y, tomando venganza de quien ha querido dañar a tu pueblo, arbitra en adelante la concordia y la paz, y salva a la multitud que sigue tus mandatos, manteniéndola ilesa y sin parte en el castigo de los que han pecado; pues Tú mismo sabes que no es justo que por la maldad de aquellos paguen en común todos los israelitas.»
Apenas dijo esto y rompió a llorar, se sacude de pronto la tierra; movida por un temblor como oleaje agitado por la fuerza del viento, todo el pueblo se atemorizó; y, con un estruendo y un ruido áspero que estalló, la tierra se hundió bajo las tiendas de aquellos y arrastró hacia sí cuanto les era querido.
Desaparecidos así, hasta el punto de que ni siquiera pudo reconocerse a ninguno, se cerró de nuevo la boca de la tierra que se había abierto en torno a ellos y quedó firme, de modo que ni rastro de lo dicho era visible para los que miraban. Y así perecieron, convertidos en demostración de la fuerza de Dios.
Cabría lamentarlos no solo por su desgracia, digna de lástima en sí misma, sino porque, aun padeciendo tales cosas, sus parientes se alegraron; pues, olvidando a los que se habían alineado con ellos, ante la vista de lo ocurrido confirmaron el juicio, y, teniendo por criminales a los del grupo de Datán, ni siquiera se afligieron.
Moshé convocó a los que rivalizaban por el sacerdocio para la prueba de los sacerdotes, a fin de que fuera proclamado aquel cuyo sacrificio aceptara Dios de mejor grado. Reunidos doscientos cincuenta hombres, honrados entre el pueblo tanto por la virtud de sus padres como por la suya propia, en la que aventajaban a aquellos, se presentaron también Aharón y Kóraj, y ante la Tienda todos ofrecieron sobre los incensarios cuanto habían llevado.
Y brilló un fuego tal como nadie recuerda que se haya visto: ni hecho por mano de hombre, ni surgido de la tierra por una acometida de calor, ni encendido por sí solo por la fuerza de los vientos al frotarse la materia contra él, sino como aquel que, por mandato de Dios, se enciende, resplandeciente y llameante en extremo; y por él, todos —los doscientos cincuenta y Kóraj—, al lanzarse sobre ellos, fueron destruidos, hasta el punto de que sus mismos cuerpos se hicieron invisibles. Solo Aharón se salva, sin recibir daño alguno del fuego, porque era Dios quien lo había enviado a quemar a quienes debía.
Moshé, muertos aquellos y queriendo que su castigo se transmitiera a la memoria y que las generaciones venideras lo conocieran, ordenó a Elazar, el hijo de Aharón, que depositara sus incensarios junto al altar de bronce, para que fuese recordatorio, a los que vinieran después, de lo que aquellos habían padecido y de que habían creído que la fuerza de Dios podía ser engañada. Y Aharón, que ya no parecía tener el sumo sacerdocio por favor de Moshé, sino por juicio de Dios hecho manifiesto, gozó desde entonces con firmeza de aquel honor junto con sus hijos.
Lo que sucedió a los hebreos durante treinta y ocho años en el desierto
Sin embargo, ni siquiera así cesó la sedición, sino que mucho más creció y brotó de nuevo, y tomó una causa más grave de agravamiento, por la que era verosímil que el mal no cesara nunca, sino que se prolongase largo tiempo.
Pues los hombres, convencidos ya de que nada sucede sin la providencia de Dios, no querían que aquello hubiese ocurrido sin el favor de Dios hacia Moshé, y lo acusaban de que la ira de Dios había sido tan grande no tanto por la injusticia de los castigados cuanto por las intrigas de Moshé; decían que aquellos habían perecido sin haber pecado en nada, salvo en haberse afanado por el culto de Dios, y que él, tras castigar al pueblo con la ruina de tales hombres, los mejores de todos, y sin sufrir por ello pena alguna, encima concedía el sacerdocio, ya sin disputa, a su hermano; pues nadie más lo reclamaría ya, viendo a los primeros tan miserablemente destruidos. Más aún: hubo de parte de los allegados a los muertos gran insistencia en que la multitud rebajara algo de la altivez de Moshé, pues eso les daría seguridad.
Moshé —que oía formarse el tumulto desde hacía tiempo— temiendo que se sublevaran otra vez y sobreviniese algo grande y grave, reunió a la multitud en asamblea; y, sobre lo que oía, no se puso a defenderse, para no exasperar a la multitud, sino que se limitó a ordenar a los jefes de tribu que trajeran los nombres de las tribus grabados en unas varas.
Pues recibiría el sacerdocio aquel en cuya vara Dios pusiera una señal. Aprobado esto, las traen, tanto los demás como Aharón, que grabó «Leví» en su vara, y Moshé las deposita en la Tienda de Dios. Al día siguiente sacó las varas; eran reconocibles, pues las habían marcado tanto los hombres que las llevaban como la multitud.
Y las demás las veían tal como Moshé las había recibido, sin cambio; pero de la de Aharón vieron brotar renuevos y ramas, y un fruto maduro —eran almendras—, pues de ese árbol se había hecho la vara.
Atónitos ante lo asombroso del espectáculo, aunque a algunos les fueran odiosos Moshé y Aharón, dejando eso de lado empezaron a admirar el juicio de Dios sobre ellos, y desde entonces, aclamando lo decidido por Dios, reconocieron que a Aharón le correspondía justamente el sumo sacerdocio. Y él, ordenado por Dios tres veces, poseyó con firmeza aquel honor, y la sedición de los hebreos, que había durado largo tiempo en su apogeo, cesó de este modo.
Moshé, puesto que la tribu de los leviim quedaba exenta de la guerra y de la campaña, dedicada al servicio de Dios, para que no descuidaran el santuario por penuria o por la búsqueda de lo necesario para vivir, ordenó a los hebreos que, cuando hubieran conquistado Kena’an conforme a la voluntad de Dios, repartieran a los leviim cuarenta y ocho ciudades buenas y hermosas, y que, delimitando la tierra en torno a ellas, les dejaran dos mil codos desde las murallas.
Además, dispuso que el pueblo pagase el diezmo de los frutos anuales tanto a los propios leviim como a los sacerdotes. Y esto es lo que la tribu recibe de la multitud; pero he creído necesario declarar lo que a los sacerdotes les corresponde en particular de parte de todos.
Ordenó que los leviim les cedieran a ellos trece de las cuarenta y ocho ciudades, y que les apartaran la décima parte del diezmo que reciben del pueblo cada año.
Además, que el pueblo, con justicia, ofreciera a Dios las primicias de todos los frutos que crecen de la tierra, y que, de los cuadrúpedos destinados por costumbre a los sacrificios, el primer nacido, si es macho, lo entregara a los sacerdotes para sacrificarlo, de modo que estos comieran con toda su casa en la ciudad sagrada.
De los animales que entre ellos no está permitido comer según las leyes patrias, los dueños habían de entregarles un siclo y medio; por el primogénito humano, cinco siclos. Habían de tener también primicias del esquileo de las ovejas, y quienes cocían el trigo y hacían pan debían aportarles algunos de los panes.
Cuantos se consagran a sí mismos habiendo hecho un voto —a estos se los llama nazireos, que se dejan crecer el cabello y no prueban el vino—, cuando consagran su cabello en un sacrificio y se lo cortan, han de entregar el pelo cortado a los sacerdotes.
Y los que se llaman a sí mismos «korbán» ante Dios —lo cual significa «ofrenda» en lengua griega—, si quieren librarse de esa obligación, han de pagar dinero a los sacerdotes: la mujer treinta siclos, el hombre cincuenta. Y a quienes tengan menos dinero de lo fijado, les es lícito a los sacerdotes resolver sobre ello como quieran.
También quienes sacrifican en casa por su propio festín, y no por culto, tienen la obligación de llevar a los sacerdotes el cuajar, la quijada y el brazuelo derecho de la víctima. Tal fue la abundancia que Moshé ideó para los sacerdotes, aparte de lo que el pueblo les da al sacrificar por sus pecados, como hemos declarado en el libro anterior a este.
Y dispuso que de todo lo que se paga a los sacerdotes participaran también sus criados, sus hijas y sus mujeres, salvo de los sacrificios ofrecidos por los pecados; pues estos solo los consumen en el santuario, en el mismo día, los varones de entre los sacerdotes.
Cuando Moshé hubo dispuesto esto después de la sedición, partió con todo el ejército y llegó a las fronteras de Idumea; y, enviando embajadores al rey de los idumeos, le pidió que le concediera el paso, prometiendo dar cuantas garantías él quisiera tomar de que no sufriría daño alguno, y proveer un mercado para el ejército, con orden de que ellos pagaran el precio del agua.
Pero el rey, disgustado con lo que Moshé le proponía y sin conceder el paso, sacó su ejército armado y salió al encuentro de Moshé, dispuesto a impedirles el cruce si osaban forzarlo. Y Moshé —pues Dios, cuando lo consultó, no le aconsejó iniciar la batalla— retiró su fuerza y dio un rodeo por el desierto.
Fue entonces cuando el fin de la vida alcanza a su hermana Miriam, cumplido el año cuadragésimo desde que había dejado Mitsraim, en el novilunio del mes Xántico según la luna. La entierran con solemnidad pública sobre cierto monte que llaman Sin, y, tras haber guardado el pueblo treinta días de duelo, Moshé lo purificó de este modo: una novilla, sin experiencia de arado ni de labranza, sin tacha, toda rojiza, la llevó el sumo sacerdote un poco lejos del campamento, a un paraje purísimo, la sacrificó y roció con el dedo, siete veces, la sangre frente a la Tienda de Dios.
Después, mientras ardía entera la res, con la piel y las entrañas, arrojan al centro del fuego madera de cedro, hisopo y lana escarlata; y un hombre puro, recogiendo toda su ceniza, la deposita en un paraje purísimo.
Así, a los contaminados por un cadáver, echando un poco de esa ceniza en agua de manantial y mojando hisopo, los rociaban con esa ceniza el tercer día y el séptimo, y en adelante quedaban puros. Ordenó que hicieran esto también cuando hubieran bajado a sus lotes de tierra.
Tras esta purificación por el duelo de la hermana del caudillo, condujo la fuerza a través del desierto y, llegando por Arabia a un lugar que los árabes tienen por su metrópoli —antes llamado Arce y ahora Petra—, allí, rodeando el sitio un alto monte, Aharón subió a él, habiéndole Moshé revelado que iba a morir; a la vista de todo el ejército —pues el lugar quedaba en cuesta y era visible—, se despoja del atuendo del sumo sacerdote y, entregándolo a Elazar su hijo, a quien por edad correspondía el sumo sacerdocio, muere mientras la multitud lo contemplaba, falleciendo en el mismo año en que había perdido a su hermana, tras haber vivido en total ciento veintitrés años. Muere según la luna, en el novilunio del mes llamado Hecatombeón entre los atenienses, Loo entre los macedonios y Sab entre los hebreos.
Cómo Moshé venció a Sijón y a Og, reyes de los amorreos, destruyó todo su ejército y luego repartió por sorteo su tierra a dos tribus y media de los hebreos
Guardando el pueblo treinta días de duelo por él, cuando este cesó, Moshé, levantando de allí el ejército, se plantó junto al río Arnón, que, naciendo de los montes de Arabia y corriendo por todo el desierto, desemboca en el lago Asfaltites, marcando el límite entre la tierra moabita y la amorrea. Esta tierra es fértil y capaz de alimentar a una gran población con sus bienes.
Moshé, pues, envió a Sijón, que reinaba en aquella región, a pedir paso para el ejército con las garantías que él quisiera, de modo que nada sufriera daño, ni la tierra ni los habitantes que Sijón gobernaba, y a proponer que usarían el mercado en provecho de aquellos, aunque les vendieran incluso el agua. Pero Sijón se negó, armó a su propio ejército y estuvo del todo dispuesto a impedir que los hebreos cruzaran el Arnón.
Moshé, viendo al amorreo hostil hacia ellos, resolvió que no debía tolerar ser despreciado, y decidió librar a los hebreos de la inacción y de la penuria que de ella se seguía —por la que antes habían caído en sedición y entonces estaban descontentos—, y preguntó a Dios si le concedía hacerle la guerra.
Como Dios le indicó también la victoria, se sintió confiado para el combate y arengó a los soldados, juzgándolos ahora dignos de gozar del placer de guerrear, cuando la divinidad les permitía usarlo. Y ellos, alcanzada la licencia que anhelaban y tomando toda su armadura, marcharon enseguida a la acción.
El amorreo ya no era el mismo cuando lo atacaron: él mismo se quedó pasmado ante los hebreos, y su tropa, que se presentaba como esforzada, quedó al punto convicta de estar aterrada. Así, sin aguantar el primer encuentro para resistir y recibir a los hebreos, se dan a la fuga, suponiendo que eso les daría más salvación que combatir; pues confiaban en la solidez de sus ciudades. Mas de nada les sirvieron, perseguidos como fueron hasta ellas; pues los hebreos, en cuanto los vieron ceder, se les echaron encima y, deshaciendo su orden, los llenaron de terror.
Y aquellos, dispersos, huían hacia las ciudades, pero los hebreos no se cansaban de perseguirlos; resueltos a añadir a lo ya penado un esfuerzo más, siendo excelentes con la honda y diestros en el manejo de toda arma arrojadiza, y ágiles para la persecución por su armamento ligero, corrían tras el enemigo y, con hondas y flechas, alcanzaban incluso a los que habían quedado más lejos.
Hubo, pues, gran matanza, y los que escapaban penaban con las heridas, y sufrían por la sed más que por nada de la guerra —pues era estación de verano— y por el ansia de beber. Así, precipitándose la mayoría hacia un río, y cuanto huía en grupo compacto, los hebreos, rodeándolos, los acribillaban, y a todos los mataron a la vez con jabalinas y flechas.
Muere entre ellos también el rey Sijón. Los hebreos despojaron los cadáveres, tomaron botín y tuvieron gran abundancia de los frutos de la tierra, que aún estaba llena de cosechas; y el ejército recorría todo sin temor, saqueando a placer, tomadas también las ciudades, pues de estas no había ya estorbo alguno, perecida toda la fuerza combatiente. Tal desastre se abatió sobre los amorreos, que no resultaron ni hábiles para pensar ni buenos en la acción, y los hebreos tomaron posesión de su tierra.
Hay un paraje que, situado entre tres ríos, es por naturaleza semejante a una isla: el Arnón lo limita por el sur, el Yabok bordea su lado norte —río que, desembocando en el Yardén, le transmite también su nombre—, y por el oeste del paraje lo rodea el propio Yardén.
Estando así las cosas, ataca a los israelitas Og, rey de Guilad y de la Gaulanítide, al frente de un ejército; acudía como en socorro de Sijón, que era su amigo, pero, hallándolo ya destruido de antemano, aun así decidió trabar batalla con los hebreos, pensando vencer y queriendo poner a prueba su valor; pero, frustrada su esperanza, muere él mismo en el combate y todo su ejército es destruido. Moshé, cruzando el río Yabok, recorrió el reino de Og, arrasando las ciudades y matando a todos sus habitantes, los cuales aventajaban en riqueza a todos los del continente de aquella región, por la bondad de la tierra y la abundancia de bienes.
Og era de una talla y una belleza como pocos hay, y también hombre valiente de brazo, de modo que sus hazañas igualaban a las ventajas de su estatura y su apostura. Su fuerza y su tamaño los infirieron al tomar su lecho en Rabá, ciudad regia de los amonitas: de hierro en su hechura, de cuatro codos de ancho y, de largo, un codo mayor que el doble.
Con la caída de este, no solo mejoraron para lo presente los asuntos de los hebreos, sino que, muerto, fue también causa de bienes para ellos de cara al futuro; pues se apoderaron de sesenta ciudades espléndidamente amuralladas que le estaban sometidas, y todos se hicieron de mucho botín, privada y públicamente.
Acerca de Bilam el profeta y qué clase de hombre era
Moshé, pues, acampa y, llevando la fuerza hasta el Yardén, se sitúa en la gran llanura frente a Yerijó —ciudad próspera esta, buena para dar palmeras y donde se cultiva el bálsamo. Empezaban los israelitas a tenerse en mucho y desbordaban su afán de guerra.
Y Moshé, tras ofrecer durante unos pocos días sacrificios de acción de gracias a Dios y agasajar al pueblo, envió una parte de los soldados a devastar la tierra de los madianitas y a expugnar sus ciudades. Y para hacerles la guerra tuvo la siguiente causa.
El rey de los moabitas, Balak —unido a los madianitas por amistad heredada de sus padres y por alianza—, cuando vio a los israelitas crecer tanto, temió mucho por sus propios asuntos; y, aunque no sabía que Dios había prohibido a los hebreos codiciar otra tierra una vez conquistada la de los cananeos, decidió atacarlos con palabras, más deprisa que prudentemente. No juzgó acertado hacerles la guerra —envalentonados ellos por sus éxitos, y él abatido por la mala fortuna—, pero, pensando en impedir, si podía, que se hicieran grandes, resolvió enviar embajada a los madianitas acerca de ellos. Y estos —pues había junto al Éufrates un tal Bilam, el mejor adivino de aquel tiempo y bien dispuesto hacia ellos— envían con los embajadores de Balak a varones distinguidos de los suyos, a rogar al adivino que viniera para lanzar maldiciones y traer la ruina de los israelitas.
Bilam recibe con amable hospitalidad a los embajadores que llegan y, tras darles de cenar, consultó cuál era el pensamiento de Dios acerca de lo que los madianitas pedían. Y como Dios se opuso, va a los embajadores mostrándoles su propia buena voluntad y su empeño en que lograran lo que deseaban, pero declarando que Dios se oponía a su propósito —Dios, que lo había llevado a tanta fama por su veracidad y por la predicción que de ella nacía—; pues el ejército al que lo llaman a maldecir gozaba del favor de Dios. Y por esta causa les aconsejaba volver a los suyos, deponiendo la enemistad contra los israelitas. Y dicho esto, despidió a los embajadores.
Pero, como Balak insistiera con fuerza y le presentara súplica pertinaz, los madianitas envían de nuevo a Bilam. Y este, queriendo complacer en algo a aquellos hombres, consultó a Dios; y Dios, molesto también por esta prueba, le ordena no contradecir en nada a los embajadores. Él, sin sospechar que Dios se lo mandaba con engaño, partió con ellos. Pero, en el camino, cuando un ángel divino le salió al paso en un lugar estrecho cercado por dobles tapias de piedra, la asna sobre la que Bilam cabalgaba, percibiendo el espíritu divino que le venía al encuentro, desvió a Bilam hacia una de las paredes, insensible a los golpes que él le daba, angustiado por la presión contra el muro. Y como, insistiendo el ángel, la asna golpeada se derrumbara, por voluntad de Dios emitió voz humana y reprochó a Bilam su injusticia: que, no teniendo nada de qué acusarla por sus servicios anteriores, le descargaba golpes sin comprender que ahora, por designio de Dios, se le impedía servir a aquello mismo a lo que él se apresuraba.
Y estando él turbado por la voz humana de la asna, se le apareció también el ángel, manifiesto, y le reprochó los golpes, pues no era culpable la bestia, sino que le estorbaba un camino emprendido contra la voluntad de Dios. Aterrado Bilam, estaba dispuesto a volverse, pero Dios lo instó a seguir el camino comenzado, ordenándole que anunciara solo lo que él mismo le pusiera en la mente.
Y él, habiéndoselo así mandado Dios, llega ante Balak. Recibido por el rey espléndidamente, pidió ser llevado a uno de los montes para observar cómo estaba el campamento de los hebreos. Y Balak en persona va, conduciendo al adivino con séquito real y con honor, a un monte que quedaba sobre el campamento de ellos, a sesenta estadios de distancia. Al verlos, aquel mandó al rey levantar siete altares y presentar otros tantos toros y carneros; y, habiéndolo cumplido el rey con rapidez, ofrece en holocausto las víctimas sacrificadas. Y cuando vio la señal de que Dios se mostraba propicio, dijo:
«Dichoso este pueblo, a quien Dios da la posesión de infinitos bienes y a quien ha concedido su propia providencia como aliada en todo y como guía. No hay linaje humano al que no superéis vosotros en virtud y en el afán de las mejores prácticas, puras de maldad; y esto dejaréis a hijos aún mejores que vosotros, pues Dios os mira solo a vosotros entre los hombres y os procura ser más dichosos que todos cuantos hay bajo el sol. Poseeréis, pues, la tierra a la que él mismo os envió, que servirá siempre a vuestros hijos, y de la fama sobre ellos se llenará toda la tierra y el mar; y bastaréis para dar al mundo, a cada tierra, moradores de vuestro linaje.
Asombraos, pues, oh ejército bienaventurado, de haber llegado a ser tantos de un solo padre. Pero a los que ahora sois os contendrá la pequeña tierra de los cananeos; sabed, en cambio, que la tierra habitada os está reservada como morada por los siglos, y vuestra muchedumbre vivirá tanto en las islas como en el continente, cuanto no es el número de las estrellas en el cielo. Y siendo tantos, la divinidad no dejará de proveeros: en la paz, abundancia de toda clase de bienes; en la guerra, victoria y poder. Que a los hijos de los enemigos les tome el deseo de guerrear contra vosotros y se atrevan a venir a las armas y a vuestras manos; pues ninguno volvería vencedor, ni siquiera para alegrar a hijos y mujeres. Tan grande es la superioridad de valor que os viene de la providencia de Dios, quien tiene fuerza para disminuir lo excesivo y dar lo que falta.»
Y él profetizaba tales cosas no estando en sí mismo, sino vencido por el espíritu divino en favor de ellas. Pero como Balak se enojara y lo acusara de violar los pactos por los cuales lo había traído a cambio de grandes dones de parte de los aliados —pues, habiendo venido a maldecir a los enemigos, cantaba sus alabanzas y los proclamaba los más dichosos de los hombres—, dijo:
«Balak, ¿piensas en el conjunto de las cosas y crees que está en nuestra mano callar o hablar sobre tales asuntos cuando nos toma el espíritu de Dios? Pues él lanza las voces que quiere y las palabras, sin que nosotros sepamos nada. Yo me acuerdo bien de aquello que tú y los madianitas me rogasteis, y por lo que me trajisteis aquí con empeño, y por lo que hice el viaje; y era mi deseo en nada frustrar tu anhelo. Pero Dios es más fuerte que aquello que yo había resuelto conceder; y completamente débiles son quienes suponen que por sí mismos conocen de antemano lo que atañe a los hombres, hasta el punto de no decir lo que la divinidad les dicta, sino de forzar la voluntad de ella; pues nada en nosotros es ya nuestro una vez que aquel ha entrado. Así que yo ni me propuse alabar a este ejército, ni recorrer los bienes que Dios ha dispuesto para su linaje, sino que él, benévolo con ellos y presuroso por darles una vida dichosa y gloria eterna, me inspiró el anuncio de tales palabras. Pero ahora —pues me es empeño complacerte a ti y a los madianitas, cuya petición no es decoroso rechazar— vamos, levantemos de nuevo otros altares y ofrezcamos sacrificios semejantes a los de antes, por si pudiera persuadir a Dios de que me permita atar a estos hombres con maldiciones.»
Consintiendo Balak, aunque Bilam hubo sacrificado dos veces, la divinidad no asintió a las maldiciones contra los israelitas; y habiendo sacrificado también una tercera vez, levantados de nuevo otros altares, tampoco entonces maldijo a los israelitas, sino que, caído de bruces, predijo cuántos sufrimientos habría para los reyes y cuántos para las ciudades más ilustres —algunas de las cuales ni siquiera estaban aún habitadas—, y cuanto ya había sucedido en tiempos anteriores a los hombres por tierra o por mar, hasta llegar a mi propia memoria. Y como todo ello tuvo el fin que aquel predijo, cualquiera podría conjeturar por ello lo que también sería en el porvenir.
Balak, indignado por que los israelitas no hubieran sido maldecidos, despide a Bilam sin juzgarlo digno de honor alguno. Pero este, ya de partida y estando a punto de cruzar el Éufrates, mandó llamar a Balak y a los jefes de los madianitas, y dijo:
«Balak, y vosotros, madianitas aquí presentes —pues es preciso complaceros aun contra la voluntad de Dios—, al linaje de los hebreos no lo alcanzará ruina total, ni en la guerra, ni en la peste, ni en la escasez de los frutos de la tierra, ni ninguna otra causa imprevista lo destruirá. Pues Dios tiene providencia de ellos para salvarlos de todo mal y no dejar que les sobrevenga ninguna calamidad tal que por ella pudieran perecer todos. Les ocurrirán cosas pequeñas y por poco tiempo, por las que, pareciendo abatidos, luego florecerán, para espanto de quienes les causaron los daños. Vosotros, en cambio, si anheláis ganar sobre ellos alguna victoria por breve tiempo, la lograríais haciendo esto: enviad a las más hermosas de vuestras hijas, capaces por su belleza de forzar y vencer la templanza de quienes las miren, tras realzar aún más su gracia con adorno, para que estén cerca del campamento de aquellos; y, cuando los jóvenes de ellos deseen unirse a ellas, ordenadles consentir. Y cuando las vean rendidas a sus deseos, que las abandonen; y, aunque les rueguen que se queden, que no accedan antes de haberlos persuadido de que, dejando las leyes patrias y al Dios que se las dio, honren a los dioses de los madianitas y de los moabitas; pues así se irritará Dios contra ellos.» Y habiéndoles sugerido esto, se marchó.
Enviando los madianitas a sus hijas conforme al consejo de aquel, los jóvenes de los hebreos quedan cautivos de su hermosura y, viniendo a conversar con ellas, les rogaban que no les negaran el goce de su belleza ni el trato de su intimidad. Y ellas, acogiendo de buen grado sus palabras, se unían a ellos. Y, habiéndolos atado con el amor hacia ellas, cuando el deseo estaba en su apogeo, se disponían a marcharse. A ellos les sobrevino gran abatimiento por la retirada de las mujeres, y con súplicas insistían en que no los abandonaran, sino que se quedaran allí para ser sus esposas y ser declaradas señoras de todo cuanto poseían. Y esto decían jurando y poniendo a Dios por mediador de lo que prometían, y llorando, y haciéndose de todos modos dignos de lástima ante las mujeres. Y ellas, cuando los comprendieron esclavizados y del todo presos por la intimidad, comenzaron a decirles:
«Nosotras, oh los mejores de los jóvenes, tenemos casas paternas y abundante posesión de bienes, y el afecto y cariño de nuestros padres y allegados; y no por falta de ninguno de ellos hemos venido aquí a este trato, ni acogimos vuestra petición para traficar con la flor de nuestro cuerpo, sino que, tomándoos por hombres buenos y justos, nos dejamos persuadir de honraros con tal hospitalidad a vuestro ruego. Y ahora, ya que decís tenernos afecto y os afligís porque vamos a partir, tampoco nosotras rechazamos vuestra súplica; pero, tomada la única prenda de vuestra buena voluntad que consideramos digna de estima, aceptaremos de buen grado pasar la vida con vosotros como esposas. Pues tememos que, saciados de nuestro trato, luego nos ultrajéis y nos despidáis deshonradas a nuestros padres.» Y pedían que se les disculpara por tomar tales precauciones.
Y como ellos prometieran dar la prenda que quisieran y no contradecir en nada, por la pasión que hacia ellas sentían, «puesto que —dijeron— así lo habéis resuelto, y usáis costumbres y una vida del todo ajenas a las de todos los demás, hasta el punto de que vuestros alimentos son de índole propia y vuestras bebidas no comunes con las de los otros, es necesario, si queréis convivir con nosotras, que veneréis también a nuestros dioses; y no habría otra prueba de la buena voluntad que ahora decís tener hacia nosotras y de la venidera, sino que adoréis a los mismos dioses que nosotras. Nadie os reprocharía que, en la tierra a la que habéis llegado, os volváis hacia sus propios dioses, siendo además nuestros dioses comunes a todos, mientras que el vuestro no lo es para nadie.» Decían, pues, que era preciso o tener por dioses los mismos que todos, o buscar otro mundo habitado en el que vivieran solos según sus propias leyes.
Y ellos, por el amor hacia ellas, teniendo esto por dicho de la mejor manera y entregándose a lo que aquellas los incitaban, transgredieron las tradiciones patrias: creyendo que había muchos dioses y proponiéndose sacrificarles según la costumbre del país propia de quienes los habían establecido, se complacían en manjares extranjeros y no cesaban de hacer todo para placer de las mujeres, al contrario de lo que su ley ordenaba, de modo que ya por todo el ejército se extendía la transgresión de los jóvenes, y les cayó encima una sedición mucho peor que la anterior y el peligro de la ruina total de sus propias costumbres. Pues, una vez que la juventud gustó de usos extranjeros, se hartaba de ellos con avidez; y si algunos de los principales varones eran ilustres por las virtudes de sus padres, se corrompían junto con los demás. Y Zimrí, jefe de la tribu de Shimón, uniéndose a Kozbí, madianita, hija de Ur —hombre poderoso entre aquellos—, a instancias de la mujer y anteponiéndolo a lo que Moshé había decretado, servía a cuanto a ella le resultara grato.
Estando así las cosas, Moshé, temiendo que sucediera algo peor, convocó al pueblo en asamblea; y no acusaba a nadie por su nombre, no queriendo llevar a la desesperación a quienes, por permanecer ocultos, podían arrepentirse, pero decía que obraban de modo indigno de sí mismos y de sus padres al anteponer el placer a Dios y a la vida conforme a él. Convenía, mientras aún estaban a tiempo y bien les iría, cambiar de rumbo, teniendo por hombría no el forzar las leyes, sino el no ceder a los deseos. Además de esto, decía que no era razonable que, habiendo sido moderados en el desierto, ahora, estando en la abundancia, se comportaran con desenfreno, ni que lo adquirido en la penuria se perdiera por la prosperidad. Y él, diciendo esto, procuraba enderezar a los jóvenes y llevarlos al arrepentimiento de lo que hacían.
Pero, levantándose después de él, Zimrí dijo: «Tú, Moshé, sírvete de las leyes por las que te has afanado, dándoles firmeza gracias a la simpleza de estos; pues, si no fueran ellos de tal índole, muchas veces ya, castigado, habrías sabido que los hebreos no son fáciles de engañar. Pero a mí no me tendrás por sumiso a lo que tú ordenas tiránicamente; pues hasta ahora no has hecho otra cosa que, con el pretexto de leyes y de Dios, maquinar servidumbre para nosotros y poder para ti mismo, quitándonos el placer y la libertad de vivir a nuestro arbitrio, que es propia de los libres y de quienes no tienen amo. Más duro con los hebreos que los egipcios serías, si pretendes castigar según las leyes la voluntad de cada cual respecto de lo que le agrada. Mucho más justamente sufrirías tú mismo el castigo, tú que te has propuesto abolir lo que entre todos se reconoce por bueno, y has erigido, contra el parecer de todos, tu propio disparate como algo fuerte. Yo, en cambio, con razón me vería privado de lo que ahora hago, habiéndolo juzgado bueno; y luego no vacilaría en confesarlo ante estos. He tomado, como dices, una mujer extranjera; pues de mí mismo oirás mis actos, como de un hombre libre, ya que ni siquiera me propuse ocultarlo; y sacrifico a los dioses a los que juzgo justo sacrificar, teniendo por bueno procurarme yo mismo la verdad a partir de muchos, y no vivir como bajo una tiranía, colgando toda la esperanza de la vida entera de uno solo; y nadie se alegraría de proclamarse más señor que yo de mi propio juicio sobre lo que yo haga.»
Habiendo dicho Zimrí estas cosas acerca de sus propias injusticias y de las de algunos otros, el pueblo callaba, por temor de lo que iba a venir y viendo que el legislador no quería llevar más lejos, mediante un enfrentamiento abierto, la locura de aquel; pues receló que muchos, hechos imitadores de la insolencia de sus palabras, perturbaran a la multitud. Y con esto se disolvió la asamblea. Y habría avanzado más aún la prueba del mal, de no haberse adelantado Zimrí a morir por una causa como la que sigue.
Pinjás, varón superior a los demás jóvenes en todo, y que aventajaba a los de su edad por la dignidad de su padre —pues era hijo de Elazar el sumo sacerdote—, muy dolido por lo hecho por Zimrí, resuelto a cobrarle en persona con la obra el castigo antes de que la afrenta se hiciera más fuerte por la impunidad, y a impedir que la transgresión pasara a más al no ser castigados los que la habían iniciado, y sobresaliendo tanto por audacia y por el valor de alma y cuerpo que, si se enfrentaba a algún peligro, no se apartaba de él antes de vencerlo y obtener sobre él la victoria, llegándose a la tienda de Zimrí, lo mató a él con la espada, y también a Kozbí. Y todos los jóvenes que aspiraban a la virtud y al amor del bien, hechos imitadores de la audacia de Pinjás, daban muerte a quienes habían incurrido en la misma culpa que Zimrí. Perecieron, pues, también por el valor de estos, muchos de los transgresores; pero perecieron todos, además, por la peste, enviándoles Dios esta enfermedad; y cuantos, siendo parientes que debían impedirlo, los habían incitado a estas cosas, murieron por parecer que ofendían a Dios. Perecieron, pues, de entre las filas, hombres no menos de catorce mil.
Irritado por esta causa, Moshé envió el ejército a la destrucción de los madianitas, sobre cuya expedición contra ellos hablaremos dentro de poco, tras haber referido primero algo que dejamos atrás; pues es justo, en este punto, no pasar sin elogio el proceder del legislador. Pues, aunque Bilam, requerido por los madianitas para maldecir a los hebreos, no pudo hacerlo por providencia divina, sí sugirió el plan usando el cual los enemigos estuvieron a punto de corromper a la multitud de los hebreos por aquellas prácticas —enfermando en efecto algunos en estas cosas—; y Moshé lo honró grandemente registrando sus vaticinios. Y, pudiendo apropiarse la gloria sobre ellos y hacerlos suyos, sin que hubiera testigo alguno que lo desmintiera, dio a aquel el testimonio y lo juzgó digno de que se lo recordara. Y sobre esto que cada cual opine como le parezca.
Cómo los hebreos combatieron a los madianitas y los vencieron
Moshé, por lo que ya antes dije, envió a la tierra de los madianitas un ejército de doce mil en total, escogiendo igual número de cada tribu, y designó como su general a Pinjás, de quien poco antes hicimos mención, que había guardado las leyes para los hebreos y castigado a Zimrí, que las transgredía. Los madianitas, informados de antemano de que el ejército marchaba contra ellos y de que estaría presente en cualquier momento, se reunían y, tras asegurar las entradas del país por donde esperaban a los enemigos, los aguardaban. Y, llegados estos y trabado el combate, cae de los madianitas una muchedumbre incontable y superior a todo número, y todos sus reyes; eran cinco: Oco y Sures, además Robees y Ures, y el quinto Rékemo, cuya ciudad epónima tiene toda la dignidad de la tierra de los árabes y hasta hoy es llamada por todos los árabes, con el nombre del rey que la fundó, Réqueme, la que los griegos llaman Petra.
Puestos en fuga los enemigos, los hebreos saquearon su país y, tomando mucho botín y dando muerte a los moradores junto con las mujeres, dejaron con vida solo a las doncellas, habiéndolo ordenado así Moshé a Pinjás. El cual vino trayendo el ejército indemne y un botín abundante: cincuenta y dos mil bueyes; seiscientas setenta y cinco mil ovejas; sesenta mil asnos; y de oro y plata una cantidad inmensa de ajuar del que se servían en casa —pues, por su prosperidad, vivían con mucho lujo—. Fueron traídas también las doncellas, unas treinta y dos mil. Moshé, repartido el botín, da la quincuagésima parte de una mitad a Elazar y a los sacerdotes, y a los leviim la quincuagésima parte de la otra, y el resto lo reparte al pueblo. Y en adelante vivían dichosamente, habiéndoles venido por su valor abundancia de bienes, sin que nada sombrío les estorbara el gozarla.
Moshé, siendo ya anciano, establece como sucesor suyo a Yehoshúa, tanto para las profecías como para ser general si en algún lugar hiciera falta, habiendo mandado también Dios que a este se le confiara la dirección de los asuntos. Y Yehoshúa había sido instruido en toda la enseñanza acerca de las leyes y de lo divino, habiéndoselo enseñado Moshé.
En esto, dos tribus, la de Gad y la de Reuvén, y la mitad de la de Menashé, prósperas por la muchedumbre de ganado y por todo lo demás, tras deliberar en común, rogaron a Moshé que les concediera aparte la tierra amorrea, conquistada por la lanza, pues era buena para criar ganado. Y él, suponiendo que, por miedo al combate contra los cananeos, habían hallado como pretexto decoroso el cuidado del ganado, los llamó cobardísimos y, tras haber ideado un pretexto honorable de su cobardía, dijo que ellos querían holgar viviendo sin fatiga, cuando todos habían padecido por adquirir la tierra que ellos pedían, y que no querían, tomando parte en los combates restantes, apoderarse de la tierra que Dios había prometido entregarles una vez que cruzaran el Yardén, sometiendo a los que aquel nos ha señalado como enemigos. Ellos, viéndolo airado y suponiendo que con justicia se había irritado por su petición, se defendían diciendo que no por miedo a los peligros ni por blandura ante la fatiga habían hecho la solicitud, sino para que, dejando el botín en lugar apropiado, pudieran ir ligeros a los combates y las batallas; y decían estar dispuestos, tras fundar ciudades para guarda de los hijos, las mujeres y los bienes, a marchar con el ejército, si él lo concedía.
Y Moshé, complacido con el razonamiento, llamando a Elazar el sumo sacerdote, a Yehoshúa y a todos los magistrados, les concedió la tierra amorrea a condición de que combatieran junto a sus parientes hasta que todo quedara establecido. Tomando, pues, con estas condiciones el país y fundando ciudades fuertes, depositaron en ellas a los hijos, las mujeres y todo cuanto, si lo llevaran consigo, les sería estorbo para la fatiga.
Edifica también Moshé las diez ciudades que serían del número de cuarenta y ocho, de las cuales señaló tres para los que hubieran de huir por homicidio involuntario; y fijó que el tiempo del destierro fuera el mismo que el del sumo sacerdote bajo el cual alguien, habiendo cometido el homicidio, huyó. Muerto este, permitía el regreso, teniendo los parientes del muerto autoridad para matar al homicida si lo cogían fuera de los límites de la ciudad a la que había huido; a ningún otro se le permitía. Las ciudades señaladas para los refugios eran estas: Bósora, en los confines de Arabia; Arimán, de la tierra de Guilad; y Golán, en la Batanea. Y, una vez que hubieran conquistado también la tierra de los cananeos, otras tres ciudades de las ciudades levíticas habrían de destinarse a los fugitivos para su residencia, según ordenó Moshé.
A Moshé, habiéndosele acercado los principales de la tribu de Menashé y declarándole que había muerto uno de la tribu, varón insigne llamado Tselofjad, sin dejar hijos varones sino hijas, y preguntándole si la heredad sería de estas, dijo: si van a casarse con alguno de la tribu, que la heredad pase a estos con ellas; pero, si se casaran con alguno de otra tribu, que dejaran la heredad en la tribu paterna. Y entonces dispuso que la heredad de cada uno permaneciera en su tribu.
La constitución establecida por Moshé; y cómo desapareció de entre los hombres
Cumplidos los cuarenta años menos treinta días, Moshé, reunida una asamblea junto al Yardén —donde ahora está la ciudad de Abila, y el lugar está plantado de palmeras—, congregado todo el pueblo, dice lo siguiente:
«Varones compañeros de armas y partícipes de la larga fatiga: puesto que, siendo ya voluntad de Dios y de la vejez —cumplido un tiempo de ciento veinte años—, debo partir de la vida, y no voy a ser vuestro auxilio ni aliado en lo que se haga más allá del Yardén, impedido por Dios, juzgué justo no abandonar tampoco ahora mi empeño por vuestra dicha, sino procuraros el goce perpetuo de los bienes, y para mí memoria de que llegasteis a la abundancia de lo mejor. Vamos, pues: tras aconsejaros de qué modo seríais dichosos y dejaríais a vuestros hijos posesión perpetua de bienes, me iré así de la vida. Y merezco ser creído, tanto por mi anterior celo en favor vuestro como porque las almas, al llegar a su fin, conversan con toda virtud.
Oh hijos de Israel, una sola es para todos los hombres la causa de la posesión de bienes: Dios propicio; pues solo él es capaz de darlos a los dignos y de quitárselos a quienes pecan contra él. Si os ofrecéis a él tales cuales él mismo quiere —y yo, que conozco claramente su pensamiento, os lo aconsejo—, no dejaríais nunca de ser envidiados por todos como bienaventurados, ni caeríais en desgracia; sino que la posesión de los bienes que ahora tenéis permanecerá firme, y de los ausentes tendréis pronta la venida. Solo obedeced a aquello a lo que Dios quiere que sigáis, y ni antepongáis a las leyes presentes otra disposición, ni, despreciando la piedad que ahora tenéis hacia Dios, os paséis a otro modo. Haciendo esto, seréis los más fuertes de todos para sostener batallas y no fácilmente vencidos por ningún enemigo. Pues, estando presente Dios como auxilio vuestro, es razonable despreciar a todos.
Y para la virtud os aguardan grandes premios a lo largo de toda la vida, si la poseéis: ella misma es el primero de los bienes, el más venerable, y luego procura además la abundancia de los demás, de modo que, usándola entre vosotros, hagáis dichosa la vida, y, más gloriosos que los extranjeros, tengáis buena fama incontestada también entre los venideros. Y a esto podríais llegar si fuerais obedientes y guardianes de las leyes que, dictándomelas Dios, redacté, y os ejercitarais en la comprensión de ellas. Yo mismo parto, alegre por vuestros bienes, encomendándoos a la moderación de las leyes, al orden de la constitución y a las virtudes de los generales, que tendrán providencia de vuestro provecho.
Y Dios, que hasta ahora nos ha guiado y por cuya voluntad también yo os fui útil, no detendrá aquí su providencia, sino que, durante todo el tiempo que vosotros queráis tenerlo por protector —permaneciendo en las prácticas de la virtud—, otro tanto os serviréis de su cuidado. Y os propondrán los mejores consejos, siguiendo los cuales tendréis la dicha: el sumo sacerdote Elazar, y Yehoshúa, y el consejo de ancianos, y los magistrados de las tribus, a quienes escuchad sin enojo, sabiendo que todos los que saben ser bien gobernados sabrán también gobernar cuando lleguen a la autoridad. Y tened por libertad no el indignaros por lo que vuestros jefes os pidan hacer; pues ahora ponéis vuestra franqueza en ultrajar a los bienhechores, lo cual, si en adelante os guardáis de ello, mejor os irán las cosas; y nunca toméis contra ellos la misma cólera que tantas veces os atrevisteis a usar contra mí; pues sabéis que corrí más veces peligro de morir por obra vuestra que por la de los enemigos.
Esto no me lo propuse para reprocharos —pues no querría, al salir de la vida, dejaros disgustados trayéndolo al recuerdo, ni, en el momento en que lo padecía, me encolericé—, sino para que, precisamente por ello, seáis prudentes en el porvenir, y esto os sea seguridad, y en nada ultrajéis a vuestros gobernantes por la riqueza que, mucha, os rodeará una vez que crucéis el Yardén y conquistéis Kena’an. Pues, si, llevados por ella al desprecio y al menosprecio de la virtud, perderéis también la benevolencia de parte de Dios; y, hecho este enemigo, tanto la tierra que conquistaréis la perderéis, vencidos más tarde por las armas de otros, con las mayores afrentas, como, dispersados por el mundo habitado, llenaréis toda tierra y mar de vuestra servidumbre. Y a vosotros, cuando hagáis la prueba de esto, os será inútil el arrepentimiento y el recuerdo de las leyes no guardadas. Por lo cual, si queréis que estas os permanezcan, no dejéis con vida a ninguno de los enemigos, una vez vencidos, sino juzgad conveniente destruirlos a todos, para que, gustando de las prácticas de algunos, no corrompáis la constitución patria. Además, os aconsejo derribar cuantos altares, bosques sagrados y templos tengan, y consumir con fuego su linaje y su memoria; pues solo así os quedaría firme la seguridad de vuestros propios bienes. Y para que, por ignorancia de lo mejor, vuestra naturaleza no se incline hacia lo peor, os he compuesto también leyes, dictándomelas Dios, y una constitución, cuyo orden si guardáis, seríais juzgados los más dichosos de todos.»
Dicho esto, les da en un libro las leyes y la disposición de la constitución por escrito. Y ellos lloraban y hacían gran añoranza del general, acordándose de los peligros que había corrido y del celo que había puesto por la salvación de ellos, y desesperando acerca del porvenir, pensando que no habría otro caudillo semejante y que Dios menos proveería por ellos, por ser Moshé quien lo invocaba. Y, arrepentidos de aquello que en el desierto le habían dicho con cólera, se dolían, de modo que todo el pueblo, prorrumpiendo en lágrimas, hacía el dolor por él superior a todo consuelo de palabra. Pero Moshé los consolaba, y, apartándolos de tenerlo por digno de lágrimas, los exhortaba a servirse de la constitución. Y entonces así se disolvieron.
Quiero, tras haber expuesto primero la constitución —acorde con la dignidad de la virtud de Moshé, y que dará a conocer, a través de ella, a quienes lo lean cómo eran nuestros asuntos desde el principio—, pasar al relato de lo demás. Está escrito todo tal como aquel lo dejó, sin que nosotros hayamos añadido nada para embellecerlo ni nada que Moshé no dejara. Se ha innovado por nuestra parte el ordenar cada cosa por materias; pues fueron dejadas por aquel dispersas por escrito, según cada cosa la aprendía de Dios. Por esto juzgué necesario advertirlo de antemano, no fuera que nos viniera algún reproche de parte de nuestros compatriotas que se topen con el escrito, como si hubiéramos errado. Así es, pues, la disposición de nuestras leyes que atañen a la constitución. Las que nos dejó comunes y para nuestro trato mutuo, esas las he pospuesto para la exposición sobre costumbres y sus razones, que, con la ayuda de Dios, me propongo componer después de esta obra.
«Cuando, conquistada la tierra de los cananeos y teniendo ocio en el uso de los bienes, resolváis ya en adelante fundar ciudades, haciendo esto obraréis cosas gratas a Dios y tendréis firme la dicha. Sea una sola ciudad sagrada de la tierra de los cananeos, en el lugar más hermoso e ilustre por su excelencia, la que Dios elija para sí mediante profecía; y haya en ella un solo templo, y un solo altar de piedras no labradas, sino reunidas a mano, escogidas, que, untadas de argamasa, sean vistosas y limpias a la vista. Y el acceso a él no sea por gradas, sino por un terraplén en pendiente suave hecho ante él. En otra ciudad no haya ni altar ni templo; pues uno solo es Dios y uno solo el linaje de los hebreos.
El que blasfeme contra Dios, lapidado, quede colgado durante un día y sea enterrado sin honor y sin ser visto.
Reúnanse en la ciudad que designen para el templo, tres veces al año, los que vienen de los confines de la tierra que los hebreos dominen, para dar gracias a Dios por lo concedido y suplicarle acerca del porvenir, y para que, reuniéndose y banqueteando juntos, se hagan queridos unos a otros; pues es bueno que no se ignoren entre sí, siendo de un mismo linaje y partícipes de las mismas prácticas, y esto les vendrá de esa misma convivencia, imprimiendo en ellos el recuerdo mutuo por la vista y el trato; pues, permaneciendo sin trato unos con otros, serían tenidos por completamente extraños entre sí.
Haya también para vosotros una separación del diezmo de los frutos, aparte del que dispuse dar a los sacerdotes y a los leviim, el cual se venda en las tierras patrias y sirva para los banquetes y los sacrificios en la ciudad sagrada; pues es justo gozar de lo que produce la tierra que Dios les concedió poseer, en honra de quien lo dio.
No se ofrezcan sacrificios del salario de mujer prostituida; pues la divinidad no se complace en nada que proceda de la afrenta, y no habría cosa peor que la vergüenza sobre los cuerpos. Igualmente, si alguien toma salario por la monta de un perro, sea de caza o guardián de rebaños, que no sacrifique a Dios de ello.
Que nadie blasfeme contra los dioses que otras ciudades tienen por tales; ni saquee templos extranjeros, ni tome tesoro alguno que esté consagrado con el nombre de algún dios.
Que ninguno de vosotros lleve vestidura tejida de lana y lino; pues eso se ha asignado solo a los sacerdotes.»
Cuando el pueblo se reúna en la ciudad santa para los sacrificios, cada siete años, al llegar la fiesta de Sukot, que el sumo sacerdote se ponga en pie sobre una tribuna alta desde donde su voz alcance a todos, y lea las leyes a la asamblea entera. Que no se aparte a nadie de escucharlas —ni a las mujeres ni a los niños—, y ni siquiera a los esclavos; pues es bueno que queden grabadas en el alma y guardadas en la memoria, de modo que jamás puedan borrarse. Así nadie caerá en falta, ya que no podrá alegar ignorancia de lo que las leyes determinan; y las leyes tendrán plena autoridad para reprender al que peque, pues le habrán anunciado de antemano lo que sufrirá y habrán inscrito en su alma, por el oído, lo que mandan. De este modo su prescripción estará siempre dentro de cada uno: al despreciarla, obraron mal y se hicieron ellos mismos culpables del castigo. Que también los niños aprendan primero las leyes, el más hermoso de los saberes y causa de la felicidad.
Dos veces al día, al comenzar la jornada y al llegar la hora de entregarse al sueño, que den testimonio a Dios de los dones que les concedió al librarlos de la tierra de Mitsraim; pues el agradecimiento es justo por naturaleza, y se ofrece tanto en pago de lo ya recibido como para atraer lo por venir. Que inscriban también en las jambas de sus puertas los mayores beneficios que Dios les ha hecho, y que cada uno los lleve visibles en los brazos; y todo aquello que pueda mostrar el poder de Dios y su benevolencia hacia ellos, que lo lleve escrito sobre la cabeza y sobre el brazo, para que por todas partes se vea patente la solicitud de Dios hacia ellos.
Que en cada ciudad gobiernen siete hombres que se hayan ejercitado antes en la virtud y en el celo por la justicia; y que a cada magistratura se le asignen dos hombres como auxiliares, de la tribu de los leviim. Y que quienes reciban por suerte el oficio de juzgar en las ciudades gocen de todo honor, de modo que en su presencia a nadie le sea lícito injuriar ni insolentarse; pues el respeto ante hombres de dignidad hace a los demás más reverentes, hasta el punto de no despreciar a Dios. Que los jueces tengan autoridad para pronunciar según su parecer, salvo que alguien demuestre que recibieron dinero para corromper la justicia, o presente cualquier otra causa por la cual quede probado que no juzgaron rectamente; pues no conviene que dicten sus sentencias por afán de lucro ni por consideración a la dignidad de alguien, sino poniendo la justicia por encima de todo. De otro modo parecería que se desprecia a Dios y se le juzga más débil que aquellos a quienes, por miedo a su fuerza, se les diera el voto; porque la fuerza de Dios es la justicia. Y quien la regala a los que gozan de dignidad, hace a esos hombres más poderosos que Dios.
Si los jueces no aciertan a pronunciarse sobre los casos que se les presentan —y a los hombres les suceden muchas cosas de esta clase—, que remitan la causa a la ciudad santa; y, reunidos el sumo sacerdote, el profeta y el consejo de ancianos, dicten lo que les parezca.
Que no se dé crédito a un solo testigo, sino a tres, o a lo sumo a dos, cuya vida anterior confirme la verdad de su testimonio. Que no valga el testimonio de las mujeres, por la ligereza y el atrevimiento propios de su sexo; y que tampoco testifiquen los esclavos, por la bajeza de su condición, pues es probable que, por lucro o por miedo, no digan la verdad. Y si alguno es sorprendido dando falso testimonio y se descubre, que sufra lo mismo que iba a padecer aquel contra quien había atestiguado.
Si se comete un homicidio en algún lugar y no se encuentra al autor, ni se sospecha de nadie que haya matado por odio, que lo busquen con toda diligencia, ofreciendo recompensa a quien lo denuncie. Y si nadie lo denuncia, que los magistrados de las ciudades vecinas a la comarca donde se cometió el crimen, junto con el consejo de ancianos, se reúnan y midan la distancia desde el lugar donde yace el muerto. La ciudad que resulte más próxima, que sus hombres públicos compren una novilla y la lleven a una hondonada, a un paraje impropio para el arado y para el cultivo, y allí corten los tendones del cuello de la res. Entonces los sacerdotes, los leviim y el consejo de ancianos de aquella ciudad, tomando agua y vertiéndola sobre la cabeza de la res, proclamen en voz alta que tienen las manos limpias de aquel homicidio, que ni lo cometieron ni estuvieron presentes cuando se cometía, e invoquen a Dios propicio, para que jamás vuelva a sobrevenir a la tierra semejante desgracia.
La aristocracia es, pues, la mejor forma de gobierno, y también la vida conforme a ella; que no os invada el deseo de otro régimen, sino amad este, y teniendo por señores a las leyes, obrad en todo según ellas; pues basta Dios por caudillo. Y si os viniera el anhelo de un rey, que sea de vuestra misma estirpe, y que ponga siempre su cuidado en la justicia y en la demás virtud. Que este ceda a las leyes y a Dios lo más de su propio juicio, y no haga nada sin el sumo sacerdote y el parecer de los ancianos; que no tome muchas mujeres, ni acumule riquezas ni caballos en abundancia, pues, teniéndolos, se volvería soberbio y despreciaría las leyes. Y si pusiera empeño en alguna de estas cosas, que se le impida llegar a ser más poderoso de lo que os conviene.
Que a nadie le sea lícito mover los mojones de la tierra, ni los propios ni los ajenos, si con aquellos estáis en paz; que se guarde de arrancar, como si fuera decisión firme de Dios establecida para siempre, aquello de donde nacen guerras y sediciones, por el deseo de los codiciosos de avanzar más allá de sus lindes. Pues no anda lejos de traspasar también las leyes quien cambia de sitio el mojón.
Quien plante en una tierra: si los plantíos dan fruto antes de los cuatro años, que no ofrezca de ahí primicias a Dios ni las use él mismo; pues no las han producido en su sazón, sino que, forzada la naturaleza a destiempo, no cuadra ofrecerlas a Dios ni servirse de ellas el propietario. En el cuarto año que recoja todo lo producido, pues entonces está maduro, y reuniéndolo llévelo a la ciudad santa; y junto con el diezmo del demás fruto, que lo consuma en banquetes con sus amigos, y con los huérfanos y las viudas. En el quinto año, sea ya dueño de recoger para sí el fruto de los plantíos.
La tierra plantada de viñas, que no la siembre; pues le basta a esa tierra nutrir esta planta y quedar exenta de los trabajos del arado. Que se are la tierra con bueyes, sin uncir bajo el yugo con ellos ningún animal de otra especie, sino que también con las demás bestias se haga la labranza por especies afines. Que las semillas sean puras y sin mezcla, y que no se siembren juntas dos o tres clases; pues la naturaleza no se complace en la unión de lo desemejante. Que tampoco se apareen ganados que no sean de la misma raza; pues hay peligro de que, a partir de esto, la deshonra hacia la propia estirpe pase incluso a los asuntos humanos, tomando su comienzo primero en las cosas pequeñas y viles. No debe consentirse nada de esa clase, de lo cual, por imitación, pudiera surgir alguna desviación en el orden público; antes bien, las leyes, que saben proveer, no han descuidado ni las cosas más insignificantes, para que en ellas todo sea irreprochable.
Cuando seguéis y recojáis las mieses, que no se espiguen del todo, sino que se deje algo de las gavillas para los que carecen de sustento, como hallazgo con que alimentarse. Del mismo modo, en la vendimia, dejad los racimos rezagados para los pobres, y omitid parte del fruto de los olivos para que lo recojan quienes no tienen de lo propio de qué tomar. Pues no sería tan grande la abundancia que a los dueños les viniera de una recolección minuciosa, como el favor que les llegaría de los necesitados; y la Providencia hará la tierra más pronta a criar los frutos, si no se atiende solo al propio provecho, sino que se tiene cuenta también del sustento de los demás. Que tampoco, cuando los bueyes trillen las espigas, se les ate la boca en la era; pues no es justo apartar del fruto a los que han trabajado juntos y se han fatigado en producirlo. Que tampoco se impida a los que van de camino tocar la fruta madura, sino que se les permita hartarse de ella como si fuera suya, ya sean del lugar, ya extranjeros, alegrándose de darles parte de lo sazonado; pero que no les sea lícito llevarse nada. Que tampoco los vendimiadores impidan a quienes se encuentran en el camino comer de lo que llevan a los lagares; pues es injusto negar a los que lo desean parte de los bienes que, por voluntad de Dios, han venido a la vida, cuando la sazón está en su punto y se apresura a pasar. Sería, en cambio, grato a Dios; y si algunos, por vergüenza, vacilan en tocarlos, que los inviten a tomar: a los israelitas como copartícipes y dueños, por el parentesco; y a los hombres venidos de otra parte, dignándolos a recibir como huéspedes de aquello que Dios les concedió según la estación. Pues no ha de tenerse por gasto cuanto uno deja tomar a los hombres por bondad, ya que Dios provee la abundancia de bienes no para que solo unos la disfruten, sino también para repartir generosamente con los demás; y quiere, de este modo, manifestar también a los otros pueblos su benevolencia hacia el pueblo de Israel y la largueza de su felicidad, dándoles parte, de lo mucho que les sobra, también a aquellos. Y el que obre en contra de esto, que reciba, como hombre libre, cuarenta azotes menos uno con el látigo público, castigo el más vergonzoso, por haberse hecho esclavo del lucro y haber ultrajado su propia dignidad. Pues os conviene a vosotros, que habéis probado las desgracias en Mitsraim y en el desierto, tener cuidado de los que se hallan en semejante estado; y, habiendo alcanzado la prosperidad por la misericordia y la providencia de Dios, repartir esa misma, salidos de igual padecer, entre los necesitados.
En cuanto a los dos diezmos que antes ordené pagar cada año —el uno para los leviim y el otro para los banquetes—, conviene que cada tres años se añada un tercero, destinado a repartirse entre los necesitados, las viudas y los huérfanos. De los frutos, lo primero que a cada uno le madure, que lo lleve al santuario; y, bendiciendo a Dios por la tierra que lo produjo, la que les concedió poseer, tras cumplir los sacrificios que la Torá les manda ofrecer, entreguen a los sacerdotes las primicias de estos. Y cuando alguien, hecho esto y llevados los diezmos de todo, juntamente con los de los leviim y los de los banquetes, esté a punto de partir a su casa, que se detenga frente al recinto sagrado y dé gracias a Dios porque, librándolos del ultraje de los egipcios, les dio una tierra buena y extensa para disfrutarla; y, atestiguando que ha pagado los diezmos conforme a las leyes de Moshé, pida a Dios que le sea benévolo y propicio siempre, a él y a todos los hebreos en común, que les conserve los bienes que les ha dado y les añada cuantos pueda otorgarles.
Que se casen, al llegar a la edad del matrimonio, con doncellas libres, de padres honrados. El que no piense tomar a una doncella, que no se una a la que convive con otro, deshonrándola, ni cause pesar a su primer marido. Que las esclavas no se casen con hombres libres, ni aunque algunos, forzados por la pasión, se vean arrastrados a ello; que domine el deseo lo decoroso y lo conforme a la propia dignidad. Que tampoco se despose a una prostituta, cuyos sacrificios de boda Dios no aceptaría, por el ultraje de su cuerpo; pues así los ánimos de los hijos serían libres y rectos hacia la virtud, si no nacieran de matrimonios vergonzosos, ni de padres unidos por la pasión y no por decoro.
Si alguno, habiéndose desposado con una mujer como doncella, después no la encuentra tal, que la lleve a juicio y la acuse, valiéndose para la prueba de los indicios que tenga; y que la defiendan el padre de la muchacha, o su hermano, o quien después de estos parezca el pariente más cercano. Si se juzga que la muchacha no ha faltado, que conviva con el que la acusó, sin que este tenga ningún poder de repudiarla, salvo que ella le dé graves motivos contra los cuales no pueda alegar nada. Pero por haber presentado con temeridad y ligereza acusación y calumnia, que pague como multa cuarenta azotes menos uno y cincuenta siclos al padre. Mas si prueba que la muchacha estaba corrompida: siendo del pueblo, por no haber guardado castamente su virginidad hasta las nupcias legítimas, que sea lapidada; y si es hija de sacerdotes, que sea quemada viva.
Si alguno tiene dos mujeres —una tenida en gran honor y afecto, ya por amor y belleza, ya por otra causa, y la otra en menor estima—, y el hijo nacido de la amada, siendo menor que el nacido de la otra, pretende, por el amor del padre a su madre, obtener los derechos de primogenitura, de modo que reciba doble parte de la hacienda paterna —pues así lo dispuse en las leyes—, que no se le conceda. Pues es injusto que el mayor por nacimiento, porque lo de su madre pesa menos en el ánimo del padre, sea privado de lo que le corresponde.
El que corrompa a una muchacha prometida a otro: si la persuadió y obtuvo su consentimiento para la deshonra, que muera con ella; pues ambos son igualmente perversos: él, por haber persuadido a la muchacha a soportar voluntariamente lo más vergonzoso y a preferirlo a un matrimonio honroso; y ella, por haberse dejado convencer a entregarse al ultraje, por placer o por lucro. Pero si, hallándola sola, la forzó no estando presente nadie que la socorriera, que muera él solo. El que corrompa a una doncella aún no prometida, que se case él mismo con ella; y si al padre de la muchacha no le parece bien dársela por esposa, que pague cincuenta siclos como precio del ultraje.
El que quiera separarse de la mujer con quien convive, por cualquier causa que sea —y muchas de estas suelen darse entre los hombres—, que asegure por escrito que jamás volverá a unirse con ella; pues así ella podrá casarse con otro, ya que antes no le está permitido. Y si también con aquel fuera maltratada, y, muerto este, el primer marido quisiera casarse de nuevo con ella, no le sea lícito a ella volver a él.
A la que quede sin hijos al morir su marido, que se case con ella el hermano de aquel, y que al hijo que nazca le ponga el nombre del difunto y lo críe como heredero de la herencia; pues esto será provechoso también para el bien público, al no extinguirse las casas y quedar los bienes entre los parientes, y traerá a las mujeres alivio de su desgracia, al convivir con los más cercanos de sus primeros maridos. Y si el hermano no quiere casarse con ella, que la mujer se presente ante el consejo de ancianos y atestigüe que, queriendo ella permanecer en la casa y tener hijos de él, él no la acepta, ultrajando la memoria de su hermano difunto. Y al preguntarle el consejo por qué causa rehúsa el matrimonio, ya alegue una razón pequeña, ya mayor, que se atengan a ello: la mujer, tras descalzarle las sandalias al hermano y escupirle en el rostro, diga que es digno de recibir de ella esto por haber ultrajado la memoria del difunto. Y él salga del consejo llevando este oprobio para toda su vida; y ella cásese con quien de sus pretendientes quiera.
Si alguno toma cautiva a una doncella, o a una casada, y quiere convivir con ella, que no le sea lícito tocar su lecho ni unirse a ella antes de que ella, rapada la cabeza y tomando vestidura de luto, haya llorado a los parientes y amigos perdidos en la batalla; para que, saciado así el dolor por ellos, pueda luego entregarse a los banquetes y a las nupcias. Pues es honroso y justo que quien la toma para engendrar hijos atienda a lo que ella desea, y no que, persiguiendo solo su propio placer, descuide lo que a ella agrada. Pasados treinta días de luto —pues estos bastan a las mujeres prudentes para las lágrimas por sus seres más queridos—, que proceda entonces al matrimonio. Y si, saciado su deseo, desdeña tenerla por esposa, que ya no tenga poder de esclavizarla, sino que ella pueda ir adonde quiera, teniendo esta libertad.
A cuantos jóvenes menosprecien a sus padres y no les den el honor debido, ultrajándolos por vergüenza o por presunción, que primero los amonesten los padres de palabra —pues estos son jueces suficientes sobre sus hijos—, diciéndoles: «No nos unimos el uno al otro por placer, ni por acrecentar las riquezas, juntando lo de cada cual, sino para tener hijos que nos cuidaran en la vejez y de quienes recibiéramos cuanto necesitáramos; y cuando naciste, con alegría y con la mayor gratitud a Dios, te criamos con desvelo, sin escatimar nada de cuanto parecía útil para tu salvación y para tu educación en lo mejor. Ahora bien —pues hay que perdonar las faltas de los jóvenes—, básteme cuanto has descuidado del honor que nos debes; cambia a un proceder más sensato, considerando que también Dios se irrita por las osadías contra los padres, ya que él mismo es padre de todo el género humano, y le parece ser ultrajado junto con aquellos que llevan su misma denominación cuando no reciben de sus hijos lo que les corresponde; y la ley se hace castigadora inexorable de tales culpas: ojalá tú no la experimentes». Y si con esto se corrige la altanería de los jóvenes, que queden libres de los reproches por sus yerros; pues así el legislador será bueno y los padres afortunados, al no ver castigado ni a un hijo ni a una hija. Pero si las palabras y su enseñanza para la cordura resultan no ser nada, y él, por sus continuas osadías contra sus progenitores, se hace enemigo irreconciliable de las leyes, entonces, llevado por estos mismos padres fuera de la ciudad, siguiéndolo el pueblo, que sea lapidado; y, dejado a la vista de todos durante el día entero, que se le sepulte de noche. Del mismo modo también los que, por cualquier motivo, hayan sido condenados por las leyes a morir. Que se sepulte también a los enemigos, y que ningún cadáver quede sin parte de tierra, pagando así un castigo más allá de lo justo.
Que a nadie le sea lícito prestar a interés a un hebreo, ni alimento ni bebida; pues no es justo sacar provecho de la fortuna del compatriota, sino que, socorriendo sus necesidades, se ha de tener por ganancia la gratitud de aquellos y la recompensa que vendrá de Dios por la bondad. Y quienes reciben, ya sea dinero, ya algún fruto, húmedo o seco, cuando por gracia de Dios les hayan ido las cosas a su gusto, que lo devuelvan con gozo a quienes se lo dieron, como quien lo depositó en lo suyo propio y volverá a tenerlo si de nuevo lo necesita. Pero si actúan con desvergüenza en la devolución, que no se entre en su casa a tomar prenda antes de que haya juicio sobre ello; que la prenda se pida fuera, y que el deudor la lleve por sí mismo, sin oponerse en nada a quien viene contra él con el amparo de la ley. Y si el que ha dado prenda es acomodado, que el prestamista la retenga hasta la devolución; pero si es pobre, que se la devuelva antes de la puesta del sol, sobre todo si la prenda es un manto, para que lo tenga al dormir, ya que Dios por naturaleza concede misericordia a los menesterosos. Que no sea lícito tomar en prenda la muela ni los utensilios propios de ella, para que no queden privados también de los instrumentos para preparar el alimento, ni padezcan algo peor por la indigencia.
Por el robo de un hombre, sea la pena la muerte; el que sustraiga oro o plata, que pague el doble. El que mate a uno sorprendido robando en su casa, quede impune, aunque sea junto a un boquete abierto en la pared. El que robe ganado, que pague la pena cuádruple, salvo si es un buey, por el cual pagará el quíntuplo. Y el que, por indigencia, no pueda satisfacer la multa, quede como esclavo de los que lo condenaron.
El que sea vendido a un compatriota, que sirva seis años, y al séptimo quede libre. Y si, habiéndole nacido hijos de una esclava en casa del comprador, quiere seguir sirviendo por afecto y amor a los suyos, al llegar el año del jubileo —que es el año quincuagésimo— quede libre, llevándose consigo libres a sus hijos y a su mujer.
Si alguno encuentra oro o plata en el camino, que busque al que lo perdió, y, pregonando el lugar en que lo halló, se lo devuelva, teniendo por no buena la ganancia que viene del daño ajeno. Igualmente con los ganados que alguno encuentre errantes por un descampado: si no aparece el dueño de inmediato, que los guarde consigo, poniendo a Dios por testigo de que no se apropia de lo ajeno.
Que no sea lícito pasar de largo ante bestias que padecen, caídas en el lodo por el temporal, sino ayudar a salvarlas, teniendo por propia la fatiga. Que se indiquen también los caminos a los que los ignoran, y que nadie, buscando risa a costa de otro, le estorbe su necesidad con un extravío. Del mismo modo, que nadie injurie al ausente ni al mudo.
Si en una riña uno es golpeado sin hierro y muere en el acto, que se le vengue padeciendo el que golpeó lo mismo. Pero si, llevado a su casa y enfermo durante muchos días, muere después, quede impune el que lo golpeó; y si sanó, pero gastó mucho en su curación, que pague todo cuanto gastó durante el tiempo que estuvo en cama y cuanto dio a los médicos. El que dé una coz a una mujer encinta: si la mujer aborta, que los jueces le impongan multa en dinero, por haber disminuido la población con lo que se malogró en el vientre, y que dé además dinero al marido de la mujer; pero si ella muere del golpe, que muera también él, pues la ley juzga justo pagar vida por vida.
Que ningún israelita tenga veneno, ni mortal ni de los preparados para otros daños; y si se descubre que alguno lo posee, que muera, sufriendo lo mismo que habría infligido a aquellos contra quienes el veneno estaba preparado.
El que mutile a otro, que padezca lo mismo, siendo privado de aquello mismo de que privó al otro, a no ser que el mutilado prefiera recibir dinero, pues la ley hace al que sufrió el daño dueño de tasar el mal que le sobrevino, y se lo permite, si no quiere mostrarse más severo.
Al buey que hiera con los cuernos, que su dueño lo degüelle. Y si en la era mata a alguno de una cornada, que sea lapidado y muera, sin que se le juzgue útil siquiera para alimento; y si se prueba que el dueño conocía de antemano su índole y no lo guardó, que muera también, por haberse hecho culpable de la muerte del que el buey mató. Si el buey mata a un esclavo o a una esclava, que sea lapidado, y que el dueño del buey pague treinta siclos al amo del muerto. Y si un buey muere corneado así, que se vendan tanto el muerto como el que lo corneó, y que sus dueños se repartan el precio de ambos.
Los que caven un pozo o una cisterna, que pongan cuidado en tenerlos cerrados con tablas, no para impedir a nadie sacar agua, sino para que no haya peligro de que alguien caiga dentro. Y si en semejante hoyo, no cerrada, cae y perece el ganado de alguno, que se pague su precio al dueño. Que se pongan también parapetos en las azoteas, los cuales, sirviendo como de muro, impidan que alguien ruede y perezca.
El depósito que uno reciba, que lo guarde como cosa sagrada y divina, y que nadie se atreva a defraudar al que se lo confió, ni hombre ni mujer, ni aunque hubiera de ganar oro sin cuento, despreciando la ley porque no haya quien lo descubra. Pues, en general, conviene que cada uno obre bien conociéndolo su propia conciencia, y, contentándose con este testigo, haga todo aquello que le granjee el elogio de los demás; y sobre todo a Dios, a quien nadie que sea malvado le pasa inadvertido. Y si el depositario, sin haber tramado nada, pierde el depósito, que se presente ante los siete jueces y jure por Dios que nada se perdió por su voluntad ni por su malicia, ni por haber usado él parte alguna de ello, y así se marche sin culpa. Pero si usó, aunque fuera la mínima parte de lo confiado, y luego perdió el resto, que sea condenado a devolver todo cuanto recibió. Del mismo modo que en lo de los depósitos, sea aborrecido también quien defraude el jornal a los que trabajan con su propio cuerpo. Por eso no se ha de defraudar el jornal a un hombre pobre, sabiendo que, en lugar de tierra y demás bienes, Dios le concedió esto; y que ni siquiera se difiera el pago, sino que se abone el mismo día, pues Dios no quiere que el trabajador quede privado del disfrute de aquello por lo que se ha fatigado.
Que no se castigue a los hijos por las injusticias de los padres, sino que, por la virtud propia de ellos, se les tenga más bien por dignos de compasión, por haber nacido de padres malvados, que de odio, por descender de gente vil. Ni tampoco ha de imputarse a los padres el pecado de los hijos, ya que muchas veces los jóvenes, contra nuestra enseñanza, se lo permiten a sí mismos por soberbia de dejarse instruir.
Apartaos de los eunucos y huid de todo trato con ellos, pues se despojaron a sí mismos de su virilidad y del fruto de la procreación, que Dios concedió a los hombres para el crecimiento de la especie; expulsadlos como si hubieran dado muerte a hijos y, además, destruido la causa de engendrarlos. Pues es evidente que, afeminada su alma, transformaron a ese estado también su cuerpo. Del mismo modo tratad todo lo que se tenga por monstruoso a los ojos de quienes lo ven. Y que no sea lícito hacer castrados, ni entre los hombres ni entre los demás animales.
Sea, pues, esta la disposición pacífica de las leyes según vuestro régimen; y que Dios, propicio, mantenga su orden sin sedición, y ojalá no llegue tiempo alguno que innove algo de esto y lo mude a lo contrario. Mas, puesto que es forzoso que lo humano caiga en perturbaciones y peligros, involuntarios o buscados, dispongamos también sobre estos brevemente, para que, sabiendo de antemano lo que hay que hacer, tengáis a mano los remedios en la necesidad, y no os sorprendan los momentos desprevenidos, buscando entonces lo que conviene hacer.
Que la tierra que Dios os dio, a vosotros que despreciáis las fatigas y tenéis las almas ejercitadas para la virtud, os la conceda habitarla sin guerra, sin que los extraños marchen contra ella para dañarla ni os apodere la sedición interna, por la cual, obrando lo contrario de vuestros padres, echaríais a perder lo que ellos establecieron. Perseverad usando las leyes que Dios, tras aprobarlas como buenas, os entrega; y toda obra de guerra que ahora hagáis vosotros, o más tarde vuestros hijos, que se lleve a cabo fuera de las fronteras.
Cuando estéis a punto de guerrear, enviad una embajada y heraldos a quienes voluntariamente os hacen la guerra; pues, antes de las armas, es honroso usar de palabras con ellos, declarándoles que, aunque tenéis un ejército numeroso, caballos y armas, y por encima de esto a Dios propicio y aliado, pretendéis, no obstante, no veros forzados a combatirlos, ni, arrebatándoles lo suyo, tomar una ganancia no deseada. Y si obedecen, os conviene guardar la paz; pero si, confiando en sí mismos como superiores en fuerza, quieren cometer injusticia, conducid el ejército contra ellos, sirviéndoos de Dios como general supremo, y eligiendo por lugarteniente a uno solo, el más excelente en virtud; pues el mando de muchos, además de estorbar a quienes han de obrar con presteza, suele dañar a los que lo emplean. Que se lleve un ejército puro, formado por hombres que sobresalgan por el vigor del cuerpo y la valentía del alma, apartando a los cobardes, no sea que, si en plena acción se vuelven en fuga, aprovechen al enemigo. A los que hace poco han construido casa y aún no han disfrutado de ella un año, y a los que han plantado y aún no han gozado de sus frutos, dejadlos en su lugar; y también a los que se han desposado y a los recién casados, no sea que, por añoranza de ellos, ahorren su vida y, guardándose para el disfrute de esto, se acobarden por sus mujeres.
Cuando acampéis, cuidad de no cometer ninguna acción de las más groseras. Y al asediar, aun faltos de madera para la construcción de máquinas, no taléis la tierra cortando árboles cultivados, sino perdonadlos, considerando que fueron hechos para provecho de los hombres, y que, si tuvieran voz, alegarían en su defensa ante vosotros que, no habiendo sido en nada causa de la guerra, padecen mal contra justicia, y que, si pudieran, se trasladarían y pasarían a otra tierra. Y una vez vencidos en la batalla los que se os opusieron, matadlos; pero a los demás conservadlos para que os paguen tributos, salvo al pueblo de los cananeos, pues a estos hay que exterminarlos con casa y familia.
Guardaos sobre todo, en los combates, de que una mujer use vestimenta de hombre ni un hombre atavío de mujer.
Tal fue, pues, el régimen que Moshé dejó; y transmite además las leyes, escritas ya antes, en el año cuadragésimo, de las cuales hablaremos en otra obra. En los días siguientes —pues reunió la asamblea de continuo— les da bendiciones y maldiciones contra los que no vivieran conforme a las leyes, sino que transgredieran lo determinado en ellas. Después les leyó un poema en hexámetros, que dejó también escrito en un libro en el santuario, y que contiene la predicción de lo que había de suceder, conforme a la cual todo ha sucedido y sucede, sin que él se apartara en nada de la verdad. Entrega, pues, estos libros a los sacerdotes, junto con el arca, en la que había depositado también las diez palabras escritas en dos tablas, y el Mishkán; y exhortó al pueblo a que, una vez conquistada la tierra y establecidos en ella, no olvidaran el ultraje de los amalecitas, sino que, marchando contra ellos, tomaran venganza por el mal que les habían hecho cuando estaban en el desierto. Y, tras conquistar la tierra de los cananeos y destruir toda la muchedumbre que en ella había, como conviene, que levantaran el altar orientado hacia el sol naciente, no lejos de la ciudad de Shejem, entre dos montes: el Guerizim, situado a la derecha, y el llamado Bulé a la izquierda; y que el ejército, dividido en seis tribus, se apostara sobre los dos montes, y con ellos los leviim y los sacerdotes. Los primeros, los que estuvieran sobre el Guerizim, invocarían las mejores bendiciones para los que se esforzaran en el culto de Dios y en la guarda de las leyes, y no desoyeran lo que Moshé dijo; y las otras tribus aclamarían, y, orando de nuevo aquellas, alabarían a las que iban delante. Luego, del mismo modo, pronunciarían maldiciones contra los transgresores, respondiéndose unas a otras para la ratificación de lo dicho. Él mismo escribió las bendiciones y las maldiciones, para que su enseñanza jamás decayera con el tiempo; y estas, al fin, las inscribió también en el altar, en cada uno de sus lados, junto al cual, dice, el pueblo, puesto en pie, ofreció sacrificios y holocaustos, y después de aquel día no ofreció otra víctima, pues no era lícito. Esto, pues, ordenó Moshé, y el pueblo de los hebreos sigue obrando en conformidad con ello.
Al día siguiente reunió al pueblo en asamblea, con las mujeres y los niños juntamente, de modo que estuvieran presentes también los esclavos, y les hizo jurar que guardarían las leyes y que, haciéndose escrupulosos escrutadores de la voluntad de Dios, en nada las transgredirían, ni por favorecer a un pariente, ni por ceder al miedo, ni teniendo por causa alguna, en absoluto, más poderosa que la guarda de las leyes. Y que, si alguno de su misma sangre intentara turbar y derribar el régimen conforme a ellas, o si lo intentara una ciudad, se defendieran de él en común y en particular; y, una vez vencidos, los arrancaran de raíz y, de ser posible, no dejaran ni el suelo de los insensatos; y, si fueran demasiado débiles para tomar venganza, mostraran al menos que esto no sucedía por voluntad propia. Y el pueblo lo juró. Les enseñó también cómo los sacrificios serían más gratos a Dios, y cómo los que fueran a la guerra habían de salir sirviéndose de las piedras como señal, según antes he mostrado. Profetizó también Yehoshúa, estando presente Moshé. Luego, recordando cuanto había hecho por la salvación del pueblo, en la guerra y en la paz, componiendo leyes y disponiendo el orden del régimen, predijo que la divinidad le había revelado que, si transgredían el culto debido a él, experimentarían males: que la tierra se llenaría de armas enemigas, que las ciudades serían arrasadas y el Templo incendiado, y que, vendidos, servirían a hombres que no tendrían compasión alguna de sus desgracias; y que se arrepentirían de padecer esto sin provecho ninguno. «Sin embargo —dijo—, Dios, que os creó, devolverá a vuestros conciudadanos las ciudades y el Templo; y esta pérdida no ocurrirá una sola vez, sino muchas.» Tras exhortar, pues, a Yehoshúa a conducir el ejército contra los cananeos, asegurándole que Dios cooperaría en cuanto emprendiera, y bendecir a toda la muchedumbre, dijo: «Puesto que parto hacia nuestros antepasados, y Dios me ha fijado este día para reunirme con ellos,
«Confieso que, mientras aún vivo y estoy presente entre vosotros, guardo gratitud hacia Él por la providencia con que os ha cuidado —una providencia que no ejerció solo para libraros de vuestros males, sino también para concederos bienes mayores—, pues, cuando yo me afanaba y ponía todo mi empeño en pensar el modo de mejorar vuestra suerte, Él combatió a mi lado y se mostró benévolo con vosotros en todo.
Más aún: fue Él mismo quien dirigió la marcha de aquellos afanes y quien otorgó los resultados, sirviéndose de mí como lugarteniente y servidor de los beneficios con que quiso favorecer a nuestro pueblo.
Por todo ello, al partir, me pareció bien bendecir de antemano el poder de Dios —que velará también por vuestro porvenir—: pago yo mismo esta deuda de gratitud y os dejo grabado en la memoria que os corresponde reverenciarlo y honrarlo a Él, y guardar las leyes, el más hermoso don de cuanto os ha dado y de cuanto, si permanece benévolo, aún os dará.
Porque temible enemigo es ya un legislador humano cuando se ultrajan sus leyes y quedan en vano; no vayáis, pues, a probar a Dios airado por unas leyes descuidadas, las que Él mismo, tras engendrarlas, os entregó.»
Cuando Moshé hubo dicho esto al término de su vida, y hubo profetizado, con una bendición para cada una de las tribus, aquello que en efecto llegó a suceder, la muchedumbre rompió en llanto —hasta el punto de que las mujeres, golpeándose el pecho, dejaban ver el dolor por su muerte inminente—. También los niños, con lamentos aún mayores, mostraban ser demasiado débiles para dominar la pena, pues, pese a su corta edad, comprendían su virtud y la grandeza de sus obras.
Había como una rivalidad de dolor entre los jóvenes y los mayores: quienes sabían de qué protector quedaban privados lloraban por el futuro; los otros se afligían por eso mismo y, además, porque les tocaba perderlo cuando aún no habían gustado bien de su virtud.
La desmesura del gemido y de los lamentos del pueblo podría medirse por lo que le ocurrió al propio legislador. Él, que en todo tiempo estaba persuadido de que no hay que abatirse ante una muerte que se acerca —pues se la padece por voluntad de Dios y por ley de la naturaleza—, ante lo que hacía el pueblo se dejó vencer y lloró.
Mientras marchaba de allí hacia el lugar donde había de desaparecer, todos lo seguían deshechos en llanto; y Moshé, a los que iban lejos les hacía señas con la mano para que se quedaran quietos, y a los cercanos les rogaba con palabras que no le hicieran llorosa la despedida siguiéndolo.
Ellos, juzgando que también en esto le complacían —dejándolo partir a su gusto, como él quería—, se contuvieron, llorando unos sobre otros. Solo el consejo de ancianos lo acompañó en su marcha, junto con el sumo sacerdote Elazar y el general Yehoshúa.
Cuando llegó al monte llamado Abarim —que se alza, elevado, frente a Yerijó, y ofrece a quien está en él contemplar la mejor y más extensa tierra de los cananeos—, despidió al consejo de ancianos.
Y mientras se despedía de Elazar y de Yehoshúa y aún conversaba con ellos, una nube se detuvo de repente sobre él, y desapareció en cierta hondonada. Pero él escribió en los libros sagrados que había muerto, por temor a que, a causa de la desmesura de su virtud, se atrevieran a decir que había ascendido junto a la divinidad.
Vivió en total ciento veinte años, de los cuales gobernó la tercera parte menos un mes. Murió en el último mes del año, el que los macedonios llaman Distro y nosotros Adar, en el novilunio, habiendo superado en inteligencia a cuantos hombres han existido y habiendo usado del mejor modo lo que concebía; grato para hablar y para tratar con las multitudes, y, entre otras cosas, dueño de sus pasiones, hasta el punto de que parecía que estas ni siquiera existían en su alma, y que solo conocía su nombre por verlas en otros más que en sí mismo. General como pocos, y profeta como ningún otro, de suerte que, cuanto pronunciaba, parecía que se oyera hablar a Dios mismo.
El pueblo, pues, lo lloró durante treinta días; y ninguna otra pena de tal magnitud sobrecogió a los hebreos como aquella de entonces, a la muerte de Moshé.
Lo añoraron no solo quienes lo habían conocido de cerca, sino que también los que se encontraban con sus leyes hacían intensa su búsqueda, calculando por ellas cuán superior era su virtud. Y quede así expuesto por nosotros el final de Moshé.