Libro quinto

Cómo Yehoshúa, caudillo de los hebreos, hizo la guerra a los cananeos, los venció, los destruyó y repartió su tierra por sorteo entre las tribus de Israel

Muerto Moshé de entre los hombres del modo que ya se ha contado, y cumplidos todos los ritos que la costumbre prescribía en su honor —una vez calmado el duelo—, Yehoshúa ordenó al pueblo que estuviera listo para la campaña. Envía espías a Yerijó para averiguar las fuerzas de sus habitantes y qué ánimo tenían; él, por su parte, pasaba revista al ejército, dispuesto a cruzar el Yardén en cuanto se presentara la ocasión. Llamó a los jefes de la tribu de Reuvén y a los que estaban al frente de las de Gad y Menashé —pues también a la mitad de esta tribu se le había concedido habitar la tierra amorrea, que es la séptima parte del país de los cananeos— y les recordó lo que habían prometido a Moshé, y los exhortó a que, en agradecimiento a la providencia de aquel —que no se había cansado de velar por ellos ni siquiera al morir— y por el bien común, se mostraran prontos a lo que se les mandara. Y, con cincuenta mil hombres de armas que lo seguían, salió de Abela hacia el Yardén, sesenta estadios.

Apenas hubo acampado, se presentaron los espías, que no habían dejado escapar nada de cuanto tenían los cananeos. Pues, entrados en la ciudad, la habían recorrido entera con toda tranquilidad: observaron qué tramos de la muralla eran fuertes y cuáles no ofrecían tanta seguridad, y qué portezuelas, por su debilidad, convenían para dar entrada al ejército. Quienes se cruzaban con ellos y los veían no se preocupaban, pues creían que examinaban cada cosa de la ciudad por la curiosidad propia de forasteros, y no con intención de enemigos. Mas al llegar la tarde se retiraron a cierta posada próxima a la muralla, adonde habían subido tras cenar, y ya no pensaban sino en cómo marcharse.

Pero, mientras el rey cenaba, le avisaron de que unos hombres venidos del campamento de los hebreos habían llegado a espiar la ciudad y estaban en la posada de Rajav, con gran cuidado de pasar inadvertidos. Al punto mandó gente a por ellos, con orden de prenderlos y traérselos, para que, sometiéndolos a tormento, averiguara qué buscaban. Cuando Rajav supo que venían —pues estaba secando en la azotea unas gavillas de lino—, escondió allí a los espías; y a los enviados por el rey les dijo que unos forasteros desconocidos habían cenado en su casa poco antes de ponerse el sol y se habían ido, y que, si a la ciudad le parecían temibles o venían con peligro para el rey, fácil sería atraparlos persiguiéndolos. Ellos, engañados así por la mujer, sin sospechar treta alguna, se marcharon sin registrar la posada. Y como se lanzaron por los caminos que juzgaban más probables para la huida y por los que llevaban al río, y no dieron con rastro ninguno, cesaron en su empeño.

Sosegado el alboroto, Rajav hizo bajar a los hombres y les contó el peligro que había afrontado por la salvación de ellos: pues, de haber sido sorprendida escondiéndolos, no habría escapado al castigo del rey, sino que habría perecido miserablemente con toda su casa. Y, tras rogarles que tuvieran presente —cuando fueran dueños de la tierra de los cananeos y pudieran pagar la deuda de aquel socorro— que la salvaran, les mandó volver a los suyos, no sin que antes juraran que en verdad la salvarían a ella y lo suyo cuando tomaran la ciudad y aniquilaran a cuantos había en ella, conforme al decreto acordado entre ellos; pues eso lo sabía, instruida por señales venidas de Dios. Ellos reconocieron su gratitud por el favor presente y juraron corresponderle con obras en lo por venir. Y le aconsejaron que, en cuanto advirtiese que la ciudad estaba a punto de caer, metiera en la posada sus bienes y a todos los suyos, y allí los encerrara, colgando telas de púrpura delante de las puertas, para que el general, conociendo la casa, se guardara de causarle daño. «Pues se lo advertiremos —dijeron—, por tu empeño en salvarnos. Y si alguno de los tuyos cayera en el combate, no podrás echarnos a nosotros la culpa; y rogamos a Dios, por quien hemos jurado, que no se irrite con nosotros como si hubiéramos quebrantado el juramento.» Convenido esto, se fueron descolgándose por la muralla con una cuerda; y llegados sanos y salvos a los suyos, contaron todo lo que habían hecho en la ciudad. Yehoshúa refirió al sumo sacerdote Elazar y al consejo de ancianos lo que los exploradores habían pactado con Rajav, y ellos confirmaron el juramento.

Como el ejército temía el paso —pues el río venía crecido de corriente y no era vadeable por puentes, ya que antes no se había tendido ninguno, y suponían que, de querer construirlo, los enemigos no les darían tregua, y tampoco había barcas—, Dios les promete hacer el río transitable menguando su caudal. Yehoshúa, tras esperar dos días, hizo pasar al ejército y a toda la multitud de este modo: iban delante los sacerdotes llevando el arca; luego los leviim, portando el Mishkán y los utensilios para el servicio de los sacrificios; y detrás de los leviim seguía por tribus toda la muchedumbre, con los niños y las mujeres en medio, por temor de que la corriente se los llevara. Y cuando, entrados primero los sacerdotes, el río se mostró transitable —contenida la hondura, y quedando la grava en lugar de suelo, pues la corriente no era ni tan caudalosa ni tan rápida que la arrastrase con violencia—, todos cruzaron ya con audacia el río, comprobando que era tal como Dios había predicho que lo haría. Los sacerdotes permanecieron en medio hasta que la multitud pasó y alcanzó lugar seguro. Cruzados todos, salieron los sacerdotes, dejando ya correr libremente la corriente según su costumbre. Y el río, en cuanto los hebreos salieron de él, creció y recobró su tamaño propio.

Adelantados cincuenta estadios, acamparon a diez estadios de Yerijó. Yehoshúa levantó un altar con las piedras que cada uno de los jefes de tribu había sacado del fondo por orden del profeta —para que fuera testimonio de la detención de la corriente— y sacrificó sobre él a Dios; y celebraron el Pésaj en aquel lugar, con abundancia entonces de todo aquello que antes les escaseaba; pues segaban el trigo de los cananeos, ya en sazón, y se llevaban lo demás como botín. Fue también entonces cuando les faltó el alimento del maná, del que se habían servido durante cuarenta años.

Y como, mientras los israelitas hacían esto, los cananeos no salían a atacarlos, sino que se estaban quietos tras sus murallas, Yehoshúa resolvió sitiarlos. El primer día de la fiesta, los sacerdotes llevaban el arca, y en torno a ella, en círculo, iba una parte de los hombres de armas custodiándola; estos avanzaban tocando sus siete cuernos y animaban al ejército al esfuerzo, y dieron la vuelta a la muralla, siguiéndolos el consejo de ancianos; y, tras haber tocado solo los sacerdotes —pues nada más hicieron que esto—, regresaron al campamento. Y hecho esto durante seis días, al séptimo Yehoshúa reunió a las tropas y a todo el pueblo y les anunció como buena nueva la toma de la ciudad, diciéndoles que aquel día se la entregaría Dios por sí sola, y que, sin esfuerzo suyo, las murallas se vendrían abajo. Los exhortó a matar a todo aquel que apresaran, a no desistir de la matanza de los enemigos por cansancio, a no ceder a la compasión ni, ocupados en el saqueo, dejar escapar a los adversarios; antes bien, a destruir todos los animales, sin tomar nada en provecho propio; y cuanta plata y oro hubiese, mandó que lo reunieran y guardasen como primicia escogida de sus victorias para Dios, tomada de la primera ciudad conquistada; y que salvaran solo a Rajav y a su linaje, por los juramentos que los espías le habían hecho.

Dicho esto y ordenado el ejército, lo condujo contra la ciudad; y de nuevo la rodearon, con el arca al frente y los sacerdotes incitando a la tropa a la obra con sus cuernos. Y cuando la hubieron rodeado siete veces y se detuvieron un instante, cayó la muralla, sin que los hebreos le hubieran aplicado máquina ni fuerza alguna. Entrados en Yerijó, mataron a todos, pues los que estaban dentro quedaron pasmados ante el increíble derrumbe de la muralla y su ánimo había quedado inútil para la defensa; así perecían, degollados en las calles y sorprendidos en sus casas. Nada les valía de excusa, sino que todos perecieron, hasta mujeres y niños; la ciudad quedó llena de cadáveres y nada escapó. Y prendieron fuego a toda la ciudad y a su comarca. A Rajav, que con los suyos se había refugiado en la posada, la salvaron los espías; y, llevada ante él, Yehoshúa le declaró su agradecimiento por haber salvado a los exploradores y dijo que aquel beneficio no aparecería menor a la hora de la recompensa; al punto la obsequió con tierras y la tuvo en toda estima.

Cuanto de la ciudad había respetado el fuego, lo arrasó; y contra quienes fueran a habitarla —si alguno quisiera reedificar la ciudad devastada— lanzó una maldición: que, al echar los cimientos de las murallas, quedara privado de su primogénito, y, al acabarla, perdiera al menor de sus hijos. Y la divinidad no descuidó la maldición; mas en pasajes posteriores narraremos la desgracia que sobre ello sobrevino. Un sinfín de plata y oro, y además de bronce, se reunió del saqueo, sin que nadie infringiera lo decretado ni lo arrebatara en provecho propio, sino que se abstuvieron de ello como de cosa ya consagrada a Dios. Todo esto lo entregó Yehoshúa a los sacerdotes para que lo depositaran en los tesoros. Y así pereció Yerijó.

Pero cierto Ajar, hijo de Zavdí, de la tribu de Yehudá, halló un manto real todo tejido de oro y una masa de oro que pesaba doscientos siclos; y, teniendo por cosa dura privarse del provecho que con riesgo había ganado, para llevárselo a Dios, que no lo necesitaba, hizo un hoyo profundo en su tienda y allí lo enterró, creyendo que pasaría inadvertido a sus compañeros de armas, y con ellos también a Dios. Y el lugar donde Yehoshúa acampó se llamó Guilgal, nombre que significa «libertad»; pues, cruzado el río, se sabían ya libres de los egipcios y de la miseria del desierto.

Pocos días después del desastre de Yerijó, Yehoshúa envió tres mil hombres de armas a Ai, ciudad situada más arriba de Yerijó, para tomarla; pero, al trabar combate los de Ai con ellos, fueron puestos en fuga y perdieron treinta y seis hombres. Anunciado esto a los israelitas, les produjo gran pesar y terrible abatimiento, no tanto por el parentesco de los caídos —aunque todos los que perecieron eran hombres valientes y dignos de aprecio— cuanto por la desesperación. Pues, convencidos de que ya eran dueños de la tierra y de que conservarían intacto su ejército en los combates, según Dios lo había prometido de antemano, veían ahora, contra toda expectativa, envalentonados a los enemigos. Y, vistiendo sacos sobre sus ropas, pasaron el día entero en lágrimas y duelo, sin buscar alimento alguno, y llevaban con mayor pena lo sucedido.

Yehoshúa, viendo al ejército así abatido y concibiendo ya una pobre esperanza sobre el conjunto, tomó libertad para hablar a Dios: «Nosotros —dijo— no nos hemos lanzado por soberbia a someter esta tierra con las armas, sino que a ello nos movió Moshé, tu siervo, a quien por muchas señales prometiste concedernos la posesión de este país y hacer siempre a nuestro ejército superior en armas a sus enemigos. Algunas cosas, en efecto, nos han salido conforme a tus promesas; pero ahora, habiendo tropezado contra lo esperado y perdido a algunos de nuestra tropa, nos afligimos por ello como si no fueran firmes tus dones ni lo que Moshé predijo; y la esperanza de lo por venir nos angustia aún más, al habernos topado con semejante prueba en el primer intento. Mas tú, HaShem —pues en tu poder está hallar remedio a esto—, otórganos la victoria sobre nuestra presente pena y arranca así de nuestro ánimo el desaliento respecto de lo por venir.»

Esto pedía Yehoshúa a Dios, postrado de bruces. Y Dios le respondió que se levantara y purificara al ejército, pues había caído en él una mancha y se había cometido el robo de los bienes que le estaban consagrados —por eso les había sobrevenido la presente derrota—, y que, una vez buscado y castigado el culpable, siempre les procuraría la victoria sobre los enemigos. Yehoshúa refiere esto al pueblo, y, llamando al sumo sacerdote Elazar y a los magistrados, echó suertes por tribus. Como esto señaló que el hecho procedía de la tribu de Yehudá, volvió a echar la suerte por clanes de esta tribu. Y la verdad del delito resultó estar en la parentela de Ajar. Hecho el escrutinio hombre por hombre, prenden a Ajar; y él, no pudiendo negarlo, pues Dios lo había cercado de modo terrible, confesó el robo y sacó a la vista lo hurtado. Al punto fue ajusticiado, y de noche recibió una sepultura infame, propia de un condenado.

Yehoshúa, purificado el ejército, lo condujo en persona contra Ai; y, habiendo apostado de noche emboscadas en torno a la ciudad, al amanecer trabó combate con los enemigos. Como estos avanzaban contra ellos con audacia por su anterior victoria, fingió retirarse y así los arrastró lejos de la ciudad, creídos ellos de perseguirlo y despreciándolo como si ya vencieran. Luego, dando media vuelta a sus tropas, las puso frente a ellos, y, haciendo las señales convenidas con los de las emboscadas, los levantó al combate. Estos irrumpieron en la ciudad, mientras los de dentro estaban en las murallas y algunos tenían su atención distraída en la contemplación de lo que ocurría fuera. Aquellos tomaron la ciudad y mataban a cuantos hallaban; y Yehoshúa, forzando a los que llegaban a las manos, los puso en fuga. Empujados hacia la ciudad como hacia lugar intacto, cuando la vieron también tomada y ardiendo junto con mujeres y niños, fueron sorprendidos, dispersos por los campos e incapaces de defenderse por su aislamiento. Caída tal desgracia sobre los de Ai, fue apresada una muchedumbre de niños y mujeres, y de siervos y del resto de la impedimenta una cantidad inmensa; los hebreos se llevaron rebaños de ganado y muchas riquezas —pues el lugar era próspero—, y todo ello lo repartió Yehoshúa entre los soldados cuando volvió a Guilgal.

Pero los gabaonitas, que habitaban muy cerca de Yerushaláyim, viendo los males que habían caído sobre los de Yerijó y sobre los de Ai, y sospechando que la desgracia pasaría también a ellos, no resolvieron acudir a Yehoshúa; pues suponían que no obtendrían nada razonable, ya que él guerreaba por la destrucción de toda la nación cananea. En cambio, llamaron en su ayuda a los de Kefirá y a los de Kiriat-Yearim, vecinos suyos, diciéndoles que tampoco ellos escaparían al peligro si primero eran tomados los gabaonitas por los israelitas, y que, uniendo sus escudos a los suyos, esperaban esquivar aquel poder. Aceptadas por aquellos sus razones, envían a Yehoshúa embajadores para pactar amistad, escogiendo a los ciudadanos que juzgaban más capaces de lograr lo conveniente para el pueblo. Estos, teniendo por arriesgado confesarse cananeos, y creyendo que por ello escaparían del peligro si decían que en nada tenían que ver con los cananeos, sino que moraban lejísimos de ellos, afirmaban haber venido —por la fama de su valía— tras recorrer un largo camino, y mostraban como prueba de sus palabras su atuendo: pues sus vestidos, que estaban nuevos al partir, se les habían gastado con el tiempo del viaje —ya que a propósito se habían puesto ropas raídas para dar crédito a ello—.

Puestos, pues, en medio, dijeron que habían sido enviados por los gabaonitas y las ciudades vecinas —muy alejadas de esta tierra— para hacer amistad con ellos según los pactos que entre ellos eran de tradición; pues, habiendo sabido que por gracia y don de Dios se les había dado en posesión la tierra de los cananeos, decían que se alegraban de ello y estimaban justo hacerse conciudadanos suyos. Y ellos, diciendo esto y exhibiendo las señales de su viaje, instaban a los hebreos a un tratado y amistad; y Yehoshúa, dando crédito a que no eran de la nación cananea, pactó amistad con ellos, y el sumo sacerdote Elazar, con el consejo de ancianos, juró tenerlos por amigos y aliados y no maquinar contra ellos nada injusto, asintiendo el pueblo a los juramentos. Y ellos, conseguido con engaño lo que querían, se volvieron a los suyos. Yehoshúa, tras avanzar hacia la región montañosa de Kena’an y enterarse de que los gabaonitas habitaban no lejos de Yerushaláyim y eran del linaje de los cananeos, mandó llamar a sus magistrados y les reprochó el engaño. Como ellos alegaban no tener otro recurso de salvación que aquel, y que por necesidad habían acudido a él, convocó al sumo sacerdote Elazar y al consejo de ancianos; y, como estos juzgaron justo hacerlos siervos públicos para no quebrantar el juramento, dispuso que lo fueran. Así hallaron ellos, contra la desgracia que los amenazaba, tal amparo y seguridad.

El rey de los de Yerushaláyim, llevando a mal que los gabaonitas se hubieran pasado a Yehoshúa y habiendo llamado a los reyes de los pueblos vecinos a sumarse a la guerra contra ellos —cuando los gabaonitas vieron a estos, cuatro en número, presentes con él y acampados junto a cierta fuente no lejos de la ciudad y disponiéndose al asedio—, invocaron como aliado a Yehoshúa; pues su situación era tal que esperaban perecer a manos de aquellos, mas se figuraban que serían salvados por quienes habían marchado para la destrucción de la raza cananea, en razón de la amistad contraída. Y Yehoshúa, acudiendo en su auxilio con todo el ejército y cubriendo la marcha de día y de noche, al alba cayó sobre los enemigos, y, puestos en fuga, los persiguió por una comarca en pendiente que se llama Bet-Jorón. Allí experimentó también la ayuda de Dios, que la manifestó con truenos y con el lanzamiento de rayos y una caída de granizo mayor de lo acostumbrado; y aún más, sucedió que el día se alargó más de lo debido, para que la noche, al caer, no atajase el ardor de los hebreos —de suerte que Yehoshúa apresó también a los reyes, escondidos en cierta cueva junto a Makedá, y los castigó a todos—. Que la duración del día creció entonces y sobrepasó lo habitual, lo declaran los escritos guardados en el santuario.

Derrotados así los reyes que habían salido en campaña para combatir a los gabaonitas, Yehoshúa regresó de nuevo a la montaña de Kena’an y, tras hacer gran matanza entre sus habitantes y tomar botín, volvió al campamento de Guilgal. Y como corría mucha fama del valor de los hebreos entre los pueblos vecinos, el espanto se apoderaba de quienes oían la cantidad de los aniquilados; y los reyes de en torno al monte Líbano, que eran cananeos, y los cananeos de las llanuras, tomando consigo a los filisteos, marchan contra ellos y acampan cerca de la ciudad de Berot, en la Galilea alta, no lejos de Kédesh —también este lugar pertenece a los galileos—. El ejército entero contaba con trescientos mil hombres de armas, diez mil jinetes y veinte mil carros. La multitud de los enemigos asombró al propio Yehoshúa y a los israelitas, y se mostraban más recelosos ante la esperanza de vencer, por el exceso del miedo. Mas Dios, reprochándoles su temor y preguntándoles qué más deseaban que su auxilio, les prometió vencer a los enemigos y les mandó inutilizar los caballos y quemar los carros; y Yehoshúa, cobrando confianza ante las promesas de Dios, se lanzó contra los enemigos, y, al quinto día, llegando hasta ellos, entabla combate; y se traba una batalla encarnizada y una matanza que supera lo que darían por cierto quienes la oyen. Persiguiéndolos larguísimo trecho, se adentró y destruyó todo el ejército enemigo salvo unos pocos; y cayeron todos los reyes, de modo que, agotados los hombres a los que matar, Yehoshúa daba muerte a sus caballos y quemaba los carros, y recorría el país sin sobresalto, sin que nadie osara salir a combatir; sino que tomaba las ciudades por asedio y mataba cuanto apresaba.

Había transcurrido ya el quinto año, y no quedaba ninguno de los cananeos, salvo quienes se habían salvado por la solidez de sus murallas. Y Yehoshúa, levantando el campamento de Guilgal hacia la región montañosa, erigió el Mishkán sagrado en la ciudad de Siló, pues el lugar parecía apropiado por su hermosura, hasta que las circunstancias les permitieran edificar un Templo. Y, marchando de allí a Shejem con todo el pueblo, levanta un altar donde Moshé había indicado, y, dividiendo el ejército, coloca la mitad en el monte Guerizim y la mitad en el Eval —donde están el altar, los leviim y los sacerdotes—. Y, tras sacrificar y pronunciar imprecaciones —dejándolas grabadas en el altar—, volvieron a Siló.

Yehoshúa, ya anciano y viendo que las ciudades de los cananeos no eran fáciles de tomar, tanto por lo escarpado de los emplazamientos en que se hallaban como por la fortaleza de las murallas —que, sumadas a la ventaja natural de las plazas, les hacían esperar que los enemigos, desesperando de conquistarlas, se abstendrían del asedio; pues los cananeos, sabedores para su propia ruina de que los israelitas habían hecho la salida de Mitsraim, habían pasado todo aquel tiempo reforzando sus ciudades—, convocó al pueblo a una asamblea en Siló. Y, como acudieran presurosos, les dijo que lo ya logrado y las hazañas realizadas eran excelentes y dignas de la divinidad que se las había otorgado y de la bondad de las leyes que seguían, y les hizo ver que treinta y un reyes que se habían atrevido a venir a las manos con ellos habían sido vencidos, y que cuanto ejército, confiando alguna vez en su propia fuerza, había trabado batalla, había perecido por entero, de suerte que ni descendencia les quedaba.

Y en cuanto a las ciudades —pues unas ya estaban tomadas, mientras que contra otras hacían falta tiempo y un gran asedio por la solidez de las murallas y la confianza de sus moradores—, estimó justo dar ya licencia para volver a sus casas a los que, procedentes del otro lado del Yardén, habían salido con ellos y compartido los peligros, siendo parientes, agradeciéndoles los trabajos que con ellos habían sobrellevado; y enviar a un hombre por cada tribu, reconocido por sobresalir en mérito, para que, midiendo la tierra con lealtad y sin cometer fraude alguno, nos declararan sin engaño su extensión. Y Yehoshúa, hechos estos discursos, obtuvo el asentimiento de la multitud y envió a los hombres que habían de medir el país, poniendo a su lado a algunos versados en geometría, a quienes, por su arte, no se les escaparía la verdad, con el encargo de calcular por separado la medida de la tierra fértil y la de la menos buena. Pues la naturaleza de la tierra de los cananeos es tal que podría verse en ella grandes llanuras aptísimas para dar frutos, las cuales, comparadas con otra tierra, se tendrían por dichosísimas, mas puestas junto a los campos de los de Yerijó y a los de los de Yerushaláyim parecerían nada; y con todo, sucede que su tierra es en conjunto pequeña, y montañosa en su mayor parte, pero a ninguna otra cede en abundancia para la crianza de frutos y en hermosura. Por ello juzgó que los lotes debían tasarse por su valor más que por su medida, pues muchas veces un solo pletro llegaba a valer tanto como mil. Y los hombres enviados —eran diez—, tras recorrerla y tasar la tierra, se presentaron ante él en el mes séptimo, en la ciudad de Siló, donde habían erigido el Mishkán.

Y Yehoshúa, tomando consigo a Elazar, al consejo de ancianos y a los jefes de tribu, la reparte entre las nueve tribus y la mitad de los de Menashé, haciendo la medición según el tamaño de cada tribu. Echadas las suertes, la de Yehudá, al tocarle su parte, se queda con toda la Idumea alta, que se extiende hasta Yerushaláyim y llega en anchura hasta el lago de Sedom; y en este lote estaban las ciudades de Ascalón y Gaza. La de Shimón —pues era la segunda— obtuvo la parte de Idumea lindante con Mitsraim y con Arabia. Los benjaminitas recibieron la tierra que va desde el río Yardén, en longitud hasta el mar, y en anchura delimitada por Yerushaláyim y Bet-El; y este lote fue el más angosto, por la excelencia de la tierra, pues les correspondieron Yerijó y la ciudad de los de Yerushaláyim. La tribu de Efráyim obtuvo la tierra que se prolonga desde el río Yardén hasta Guézer, y en anchura desde Bet-El hasta terminar en la gran llanura; y la mitad de los de Menashé, desde el Yardén hasta la ciudad de Dora, y en anchura hasta Bet-Sheán, que ahora se llama Escitópolis. Y tras estos, la de Yisajar, poniendo como término de su longitud el monte Carmelo y el río, y del ancho el monte Tabor. Los de Zevulún obtuvieron la tierra que llega hasta Genesaret y se extiende en torno al Carmelo y al mar. Los de Asher reciben todo el valle que se denomina «del Carmelo» —por ser efectivamente un valle— vuelto hacia Sidón; y tenían en su lote la ciudad de Arké, que es también Ecdipa. Y las regiones vueltas hacia el levante, hasta la ciudad de Damasco y la parte superior de Galilea, las tomaron los de Naftalí, hasta el monte Líbano y las fuentes del Yardén, que brotan del monte, partiendo del confín que linda por el norte con la vecina ciudad de Arké. Y los de Dan obtienen las tierras de la vega vueltas hacia el poniente, delimitadas por Ashdod y Dora, y toda Yavne y Gat, desde Ekrón hasta el monte donde comenzaba la tribu de Yehudá.

Y de este modo dividió Yehoshúa a los seis pueblos que llevan el nombre de los hijos de Kena’an, y dio la tierra a las nueve tribus y media para que la ocuparan. Pues la tierra amorrea —llamada también así por uno de los hijos de Kena’an— la había tomado de antemano Moshé y repartido entre las dos tribus y media; esto ya lo hemos expuesto antes. Mas las regiones en torno a Sidón y las de los arqueos, los amateos y los aradeos quedaron sin repartir. Y Yehoshúa, como la vejez le impedía ya realizar cuanto concebía, y como los que después de él tomaron el mando velaron con negligencia por el bien común, ordenó a cada tribu no dejar nada de la raza cananea en la tierra que le había tocado en suerte; pues solo en esto estribaba su seguridad y la guarda de las costumbres patrias —así también se lo había predicho Moshé, y de ello estaban persuadidos—. Y ordenó dar a los leviim las treinta y ocho ciudades —pues ya de antemano habían recibido diez en el país amorreo—. De estas, señala tres para que sirvan de asilo a los fugitivos, a fin de que habiten en ellas —grande era el cuidado de no omitir nada de lo que Moshé había dispuesto—: de la tribu de Yehudá, Jevrón; de la de Efráyim, Shejem; y de la de Naftalí, Kédesh, lugar que pertenece a la Galilea alta. Reparte también cuanto quedaba aún del botín —que había resultado muy cuantioso—, y se habían rodeado de grandes riquezas, en común todos y en particular cada uno, en oro, plata, vestidos y demás enseres, con tal cantidad de ganado añadida que ni por número podía saberse.

Y después de esto, reunió en asamblea al ejército de los establecidos al otro lado del Yardén, en el país amorreo —que en la campaña les habían aportado cincuenta mil hombres de armas—, y les habló así: «Puesto que Dios, padre y soberano del linaje de los hebreos, nos ha dado en posesión esta tierra y, una vez poseída, ha prometido guardárnosla para siempre, y como vosotros, cuando por mandato suyo necesitábamos vuestra ayuda, os entregasteis del todo prontos a cuanto se ofrecía, es justo —ya que no os aguarda ninguna dificultad más— que alcancéis ahora descanso, por miramiento a vuestro ardor, para que, si de nuevo lo necesitáramos, lo tengamos sin demora para lo urgente y no más lento la segunda vez, agotado por las fatigas de ahora. Os quedaremos, pues, agradecidos por los peligros que compartisteis, y no solo ahora, sino siempre y del todo, ya que somos capaces de recordar a los amigos y de conservar en el ánimo cuanto de ellos nos vino: que aplazasteis el disfrute de vuestros propios bienes por nosotros y que, tras haberos afanado por lo que ahora, por la benevolencia de Dios, hemos alcanzado, resolvisteis después tomar parte de ello. Y, además de los bienes que ya poseíais, os ha llegado, de los trabajos compartidos con nosotros, riqueza sin tasa —os llevaréis mucho botín, oro y plata, y, más que esto, de nuestra parte buena voluntad y disposición a corresponder en aquello que quisierais—. Pues no faltasteis a lo que Moshé predijo, despreciándolo por haber partido de entre los hombres, ni hay nada por lo que no os debamos gratitud. Por eso os despedimos gozosos hacia vuestras heredades, y os rogamos que no consideréis límite alguno para el parentesco con nosotros, ni, porque este río quede en medio, nos tengáis por otros y no por hebreos. Pues todos somos de Avraham, tanto los que moramos aquí como los de allá, y uno es Dios, que trajo a la vida a nuestros antepasados y a los vuestros; cuidad de su culto y guardad enteramente el régimen que Él mismo dispuso por medio de Moshé; pues, si permanecéis en ello, también Dios se os mostrará benévolo y aliado, pero, si os desviáis a imitar a otros pueblos, apartará de sí a vuestro linaje.» Dicho esto, y tras abrazar uno por uno a los que ejercían cargos y en común a toda su multitud, él se quedó, y el pueblo los acompañó en su partida no sin lágrimas, y a duras penas se separaron unos de otros.

Y la tribu de Reuvén, la de Gad y cuantos de los de Menashé los acompañaban, tras cruzar el río, erigen un altar en la ribera del Yardén, para que fuera memorial a los venideros y símbolo de su afinidad con los establecidos al otro lado. Y los de este lado, al oír que las tribus despedidas habían levantado un altar —no con la intención con que ellas lo habían erigido, sino para sublevación e introducción de dioses extranjeros—, no se resistían a creerlo, sino que, teniendo por verosímil la acusación por tocar al culto divino, se pusieron en armas, dispuestos a cruzar el río para vengarse de los que habían construido el altar y castigarlos por su desvío de las costumbres patrias. Pues estimaban que no había que atender al parentesco ni a la dignidad de quienes habían caído en la acusación, sino a la voluntad de Dios y al modo en que, honrado, se complace. Y salieron en campaña movidos por la ira, pero Yehoshúa, el sumo sacerdote Elazar y el consejo de ancianos los contuvieron, aconsejándoles de palabra que primero pusieran a prueba su intención, y luego, si descubrían malicia en su ánimo, entonces marcharan contra ellos con las armas.

Envían, pues, como embajadores a Pinjás, hijo de Elazar, y con él a diez de los tenidos en honor entre los hebreos, para averiguar qué se habían propuesto al erigir el altar en la ribera del río, tras haber cruzado. Y cuando, tras haber cruzado y llegado hasta ellos, se reunió una asamblea, Pinjás se levantó y dijo que habían pecado demasiado gravemente para ser corregidos de cara al futuro con solo la reprensión de palabras; pero que, no mirando a la magnitud de la transgresión y lanzándose sin más a las armas y al castigo de propia mano, sino considerando el parentesco y que acaso también con palabras entrarían en razón, habían dispuesto así la embajada; «para que, sabida la causa por la que os movisteis a construir el altar, ni parezcamos temerarios yendo contra vosotros con armas —si es que erigisteis el altar por un piadoso propósito—, ni, en cambio, dejemos de castigaros con justicia si la acusación resulta verdadera. Pues no juzgábamos posible que vosotros —que habéis llegado a experimentar la voluntad de Dios y sois oidores de las leyes que Él mismo nos dio—, ahora que os habéis separado de nosotros y marchado a vuestro propio lote, que por gracia de Dios y por su providencia para con nosotros obtuvisteis, os olvidarais de Él y, abandonando el Mishkán, el arca y el altar que nos es patrio, introdujerais dioses extranjeros, pasándoos a los males de los cananeos. Mas se tendrá por no haber obrado mal alguno si os arrepentís y no lleváis más adelante la locura, sino que tomáis vergüenza y memoria de las leyes patrias. Pero si persistís en vuestras faltas, no rehuiremos el esfuerzo en defensa de las leyes, sino que, cruzado el Yardén, acudiremos en ayuda de ellas —y, antes que de ellas, de Dios—, teniéndoos en nada distintos de los cananeos y destruyéndoos igual que a ellos.»

No penséis que por haber cruzado el río habéis quedado fuera del poder de Dios: en todas partes estáis dentro de su dominio, y escapar de su autoridad y del castigo que de ella viene es imposible. Y si creéis que nuestra presencia aquí os estorba para conduciros con cordura, nada impide que os repartamos de nuevo la tierra y dejemos ésta como pasto de rebaños.

Pero haréis bien en recobrar el juicio y en corregir vuestras faltas mientras son recientes. Y os suplicamos, por vuestros hijos y vuestras mujeres, que no nos pongáis en la necesidad de castigaros. Deliberad, pues, como quienes tienen en juego en esta asamblea su propia salvación y la de sus seres más queridos, y considerad que os conviene más ser vencidos por palabras que aguardar la prueba de los hechos y de la guerra.

Cuando Pinjás hubo hablado así, los jefes de la asamblea y toda la multitud misma comenzaron a defenderse de las acusaciones que se les hacían, y dijeron que ni renunciarían al parentesco con ellos ni habían levantado el altar por afán de novedad, sino que reconocían a un solo Dios, común a todos los hebreos, y al altar de bronce que está ante el Mishkán, donde harían sus sacrificios; y que el que ahora habían erigido —por el cual habían caído en sospecha— no lo habían fundado por culto, sino para que fuera signo y prueba perpetua de su vínculo con vosotros y de la obligación de conducirse con cordura y de permanecer fieles a las costumbres de los padres, y no como comienzo de transgresión, según sospecháis.

Testigo nos sea Dios, digno de crédito, de que erigimos el altar por tal motivo; por lo cual, teniendo mejor opinión de nosotros, no nos condenéis por nada de esto, cosas por las que sería justo que perecieran todos cuantos, siendo del linaje de Avraham, emprenden costumbres nuevas y apartadas del modo habitual.

Alabando lo que habían dicho, Pinjás se presentó ante Yehoshúa y comunicó al pueblo lo que ellos respondían. Éste, gozoso de que no habría necesidad alguna de reclutar tropas ni de sacarlos a las armas y a la guerra contra hombres de su sangre, ofreció por ello a Dios sacrificios de acción de gracias. Y disuelta después la multitud hacia sus propias heredades, Yehoshúa mismo residió en Shejem.

Veinte años después, siendo ya muy anciano, mandó llamar a los de mayor dignidad de las ciudades, a los magistrados y al consejo de ancianos, y reunió cuanto pudo de la multitud; y cuando estuvieron presentes, les recordó todos los beneficios de Dios —que eran muchos para quienes desde una condición humilde habían llegado a tal gloria y prosperidad—, y los exhortó a conservar la voluntad de Dios, así dispuesta hacia ellos, y la piedad, la única con que la divinidad seguiría siéndoles propicia; pues a él, que estaba a punto de partir de la vida, le parecía bien dejarles tal consejo, y les pedía que guardaran en la memoria esa exhortación.

Y habiendo hablado tanto a los presentes, murió tras vivir ciento diez años, de los cuales pasó cuarenta junto a Moshé en el aprendizaje de lo provechoso, y fue caudillo veinticinco tras la muerte de aquél; hombre que ni carecía de inteligencia ni era inexperto en exponer con claridad a la multitud lo que había concebido, sino sobresaliente en ambas cosas; valeroso y de gran audacia para las obras y los peligros, muy hábil para gobernar en tiempo de paz, y con una virtud ajustada a toda ocasión.

Es sepultado en la ciudad de Timná, de la tribu de Efráyim. Muere por ese mismo tiempo también Elazar, el sumo sacerdote, dejando el sacerdocio a su hijo Pinjás; y su monumento y su tumba están en la ciudad de Guivá.

Cómo, tras la muerte de Yehoshúa, su caudillo, los israelitas quebrantaron las leyes de su país y padecieron grandes calamidades; y cómo, al surgir una sedición, la tribu de Binyamín quedó destruida salvo seiscientos hombres

Tras la muerte de éstos, Pinjás profetiza, conforme a la voluntad de Dios, que el mando para la destrucción del linaje de los cananeos se confiara a la tribu de Yehudá; pues el pueblo tenía empeño en saber qué le parecía también a Dios. Y ésta tomó consigo a la de Shimón, con la condición de que, una vez exterminados los enemigos del territorio de aquélla, hicieran otro tanto en la heredad propia.

Los cananeos, floreciendo por entonces sus asuntos, los aguardaban con un gran ejército junto a Bézek, habiendo confiado el mando a Adoni-Vézek, rey de los de Bézek —este nombre significa «señor de los de Bézek», pues adoní en lengua de los hebreos quiere decir «señor»—; y esperaban vencer a los israelitas por haber muerto Yehoshúa.

Al trabar combate con ellos, los israelitas, con las dos tribus antes dichas, lucharon brillantemente y matan de ellos más de diez mil; y poniendo en fuga al resto y persiguiéndolo, capturan a Adoni-Vézek, quien, mutilado por ellos, dice: «Al fin no iba a ocultarse del todo a Dios, según parece, que yo padeciera esto mismo que antes no me avergoncé de hacer con setenta y dos reyes.»

Y vivo lo llevan hasta Yerushaláyim, y muerto lo sepultan en tierra. Y recorrían tomando las ciudades; y tras capturar muchísimas, sitiaron Yerushaláyim. Tomada la ciudad baja con el tiempo, mataron a todos sus habitantes; pero la parte alta les resultaba difícil de tomar por la solidez de las murallas y la naturaleza del lugar.

Por eso trasladaron el campamento a Jevrón, y tomándola matan a todos. Quedaba todavía una raza de gigantes que, por el tamaño de sus cuerpos y unas formas en nada semejantes a las de los demás hombres, eran un espectáculo asombroso y algo terrible de oír. Aún hoy se muestran huesos suyos que en nada se parecen a los de ningún ser conocido.

Esta ciudad la dieron a los leviim como privilegio escogido, junto con dos mil codos a la redonda; pero la tierra la dieron en don a Kalev, según los mandatos de Moshé —éste era uno de los espías que Moshé envió a la tierra de Kena’an—. Dan también tierra para que la habitaran a los descendientes de Yitró el madianita —pues era suegro de Moshé—; porque, dejando su patria, habían seguido a aquéllos y estuvieron con ellos en el desierto.

La tribu de Yehudá y la de Shimón tomaron las ciudades de la región montañosa de Kena’an, y de las de la llanura y junto al mar, Ascalón y Ashdod. Se les escapan Gaza y Ekrón, pues, por ser llanuras y haber abundancia de carros, maltrataban a los que las atacaban. Y estas tribus, tras haber prosperado grandemente con la guerra, se retiraron a sus propias ciudades y deponen las armas.

Los benjaminitas —pues suya era Yerushaláyim— consintieron a sus habitantes pagar tributos. Y así, cesando todos, unos de matar y otros de correr peligro, tuvieron ocio para labrar la tierra. Lo mismo hicieron también las demás tribus, imitando a la de Binyamín, y, contentándose con los tributos que se les pagaban, permitían a los cananeos vivir sin guerra.

Los de Efráyim, que sitiaban Bet-El, no hallaban resultado alguno digno del tiempo y las fatigas del asedio; pero, aunque molestos por aquella permanencia, persistían. Después, tras apresar a uno de los de la ciudad que había salido a por provisiones, le dieron ciertas garantías de que, si entregaba la ciudad, lo salvarían a él y a sus parientes. Y aquél juró, con esas condiciones, ponerles la ciudad en las manos. Así, habiendo traicionado de este modo, se salva con los suyos, y ellos, matando a todos los habitantes, tuvieron la ciudad.

Y después de esto, los israelitas se mostraban blandos con los enemigos, y cuidaban de la tierra y de sus labores. Al aumentarles la riqueza, por molicie y placer descuidaron el buen orden y ya no eran atentos escuchadores de las leyes de su régimen. Irritada por ello, la divinidad les anuncia, primero, que habían perdonado, contra su parecer, a los cananeos; y luego, que aquéllos usarían de mucha crueldad contra ellos en cuanto tuvieran ocasión.

Pero ellos tanto ante lo que venía de Dios estaban desanimados como ante la guerra estaban desganados, pues habían recibido muchos bienes de los cananeos y, por la molicie, estaban ya relajados para las fatigas. Y sucedía que ya la aristocracia se había corrompido: no designaban ni consejos de ancianos ni ninguna otra magistratura de las antes establecidas por ley, sino que estaban en los campos atados al placer de la ganancia. Y, por la mucha impunidad, de nuevo los toma una sedición terrible, y fueron llevados a guerrear entre sí por tal causa.

Un levita del pueblo llano de la heredad de Efráyim, que habitaba en ella, toma por mujer a una joven de Bet-Léjem —este lugar es de la tribu de Yehudá—. Amando ardientemente a la mujer y vencido por su belleza, era desdichado al no hallar en ella una disposición semejante. Como ella se mostraba esquiva, y por eso él se abrasaba más en su pasión, había entre ellos continuos reproches; y al fin la mujer, agobiada por ellos, dejó al marido y se va con sus padres, en el cuarto mes. Llevándolo mal el marido a causa de su amor, fue a casa de los suegros y, deshechos los reproches, se reconcilia con ella.

Y se queda allí cuatro días, agasajándolo los padres; y al quinto, decidido a volver a su casa, parte al caer la tarde —pues tardíamente dejaban ir los padres a su hija, y hacían pasar el día—. Los seguía un solo criado, y tenían un asno sobre el que iba montada la mujer. Cuando estuvieron a la altura de Yerushaláyim, habiendo ya recorrido treinta estadios, el criado aconsejaba hospedarse en algún sitio, no fuera que, caminando de noche, les sobreviniera algún percance, y más no estando lejos de enemigos, pues la ocasión a menudo vuelve peligroso y sospechoso hasta lo amigo.

Pero a él no le agradó la idea de alojarse entre hombres de otra raza —pues la ciudad era de los cananeos—, sino que quería que, avanzando veinte estadios, se hospedaran en una ciudad propia; e imponiéndose su parecer, llegó a Guivá, de la tribu de Binyamín, siendo ya entrada la noche. Y como nadie de los de la plaza lo invitaba a hospedarse, un anciano que bajaba del campo —de la tribu de Efráyim, pero que residía en Guivá—, encontrándose con él, le preguntó quién era y por qué motivos, ya en la oscuridad, tomaba lo necesario para la cena.

Él respondió que era levita, y que llevaba a su casa a una joven traída de casa de sus padres; y le indicó que su morada estaba en la heredad de Efráyim. El anciano, por el parentesco, por pertenecer a la misma tribu y por el encuentro, lo llevó a hospedarse en su casa.

Unos jóvenes de Guivá, que habían visto a la mujer en la plaza y admirado su hermosura, cuando supieron que se había hospedado en casa del anciano, despreciando su debilidad y su escaso número, vinieron a las puertas. Y como el anciano les rogaba que se marcharan y no emplearan violencia ni ultraje, exigían que, entregándoles a la forastera, se librara de complicaciones. Diciendo el anciano que era pariente suya y levita, y que ellos cometerían acciones terribles pecando por placer contra las leyes, hicieron poco caso de la justicia y se burlaban, y amenazaban con matarlo si estorbaba sus deseos.

Reducido a la necesidad y no queriendo ver ultrajados a sus huéspedes, les cedía a su propia hija, diciéndoles que satisfarían su deseo de modo más conforme a la ley, sin el ultraje a los huéspedes, y creyendo que él mismo así no haría ningún agravio a quienes había acogido. Pero como en nada cedían de su empeño sobre la forastera, sino que insistían pretendiendo llevársela, él suplicaba que no osaran nada contra la ley; ellos, sin embargo, arrebatándola y entregándose más aún a lo violento del placer, se llevaron a la mujer consigo, y saciados de ultraje durante toda la noche la soltaron al comenzar el día.

Ella, extenuada por lo sucedido, llegó al alojamiento y, por el dolor de lo que había padecido y por no atreverse, de vergüenza, a presentarse a la vista de su marido —pues juzgaba que él, sobre todo, quedaría inconsolable por lo ocurrido—, se desplomó y entrega el alma. Su marido, creyendo que la mujer estaba dominada por un sueño profundo y sin sospechar nada sombrío, intentaba despertarla, resuelto a consolarla, pensando que no se había entregado por voluntad propia a los que la ultrajaron, sino que se la habían arrebatado tras venir ellos al alojamiento.

Cuando supo que había muerto, sobreponiéndose con entereza a la magnitud de la desgracia, colocó a la mujer muerta sobre la bestia y la lleva a su casa; y dividiéndola miembro a miembro en doce partes, la envió a cada tribu, encargando a los portadores que dijeran quiénes eran los culpables de la muerte de la mujer y el desafuero de aquella tribu.

Y ellos, hondamente afligidos por la vista y el relato de las violencias —pues antes no habían tenido experiencia de nada semejante—, movidos de una cólera pura y justa, reunidos en Siló y congregados ante el Mishkán, al punto se lanzaban a tomar las armas y a tratar a los de Guivá como enemigos. Pero los contuvo el consejo de ancianos, persuadiéndolos de que no debían llevar tan precipitadamente la guerra contra los de su propio pueblo antes de tratar de palabra sobre las acusaciones —pues ni siquiera contra extraños permite la ley conducir un ejército contra quienes parecen haber obrado mal sin una embajada y sin tal intento de moverlos al arrepentimiento—; conviene, pues, obedeciendo a la ley, enviar mensajeros a los de Guivá reclamando a los culpables, y, si los entregan, contentarse con su castigo; y si lo desdeñan, entonces defenderse con las armas.

Envían, pues, a los de Guivá acusando a los jóvenes de lo relativo a la mujer y pidiendo, para el castigo, a los autores de aquellas acciones ilícitas, que en justicia debían morir ellos en lugar de todos los demás. Pero los de Guivá ni entregaron a los jóvenes y tenían por indignante obedecer, por miedo a la guerra, órdenes ajenas, considerándose no inferiores a nadie en las armas, ni por número ni por valor. Estaban en gran preparación también con las demás gentes de su tribu, pues éstas se habían obstinado junto a ellos, dispuestas a rechazar a quienes los forzaran.

Cuando tales respuestas de los de Guivá se anunciaron a los israelitas, hacen juramentos de que ninguno de ellos daría su hija en matrimonio a un hombre benjaminita, y de que marcharían contra ellos, estando más airados contra ellos que —según hemos recibido de nuestros antepasados que lo estuvieron— contra los cananeos. Y al punto sacaban contra ellos el ejército: cuarenta miríadas de hombres armados. Y la fuerza armada de los benjaminitas era de unos veinticinco mil seiscientos, de los cuales había hasta quinientos óptimos en tirar con honda con la mano izquierda, de modo que, habiéndose dado también batalla junto a Guivá, los benjaminitas ponen en fuga a los israelitas, y caen de ellos hasta veintidós mil hombres; y quizá habrían perecido aún más si la noche no los hubiera detenido y separado en la lucha.

Los benjaminitas se retiraban gozosos a la ciudad, y los israelitas, consternados por la derrota, al campamento. Al día siguiente, trabando de nuevo combate, los benjaminitas vencen, y mueren de los israelitas dieciocho mil, y, temiendo la matanza, abandonaron el campamento. Y llegando a Bet-El, ciudad muy próxima, y ayunando al día siguiente, suplicaban a Dios, por medio de Pinjás el sumo sacerdote, que cesara de su ira contra ellos y, satisfecho con sus dos derrotas, les diera victoria y poder sobre los enemigos. Y Dios lo promete por medio de la profecía de Pinjás.

Dividiendo, pues, el ejército en dos partes, apostan de noche la mitad como emboscada alrededor de la ciudad, mientras la otra mitad trabó combate con los benjaminitas y se retiraba ante su empuje; y los benjaminitas perseguían a los hebreos, que huían despacio a propósito y por largo trecho, queriendo sacarlos del todo, y seguían a los que se retiraban, de suerte que también los ancianos y jóvenes que habían quedado en la ciudad salieron corriendo, aun con dificultad por su debilidad, queriendo aplastar en masa a los enemigos. Pero cuando estuvieron lejos de la ciudad, los hebreos dejaron de huir y, volviéndose, se plantan para la batalla y alzan a los que estaban en las emboscadas la señal convenida.

Éstos, saltando con gritería, se lanzaban sobre los enemigos. Y ellos, apenas advirtieron que habían sido engañados, quedaron sin recursos; y empujados a un lugar hueco y quebrado por barrancos, los rodearon y los asaetearon, de modo que todos perecieron salvo seiscientos. Éstos, agrupándose y cerrando sus filas, y abriéndose paso por medio de los enemigos, huyeron a los montes cercanos, y, ocupándolos, se establecieron. Todos los demás, que eran unos veinticinco mil, murieron.

Los israelitas incendian Guivá y pasan a cuchillo a las mujeres y a los varones que no estaban en la flor de la edad; y hacen lo mismo con las demás ciudades de los benjaminitas. Y estaban tan irritados que, contra Yavesh de Guilad —porque no había combatido a su lado contra los benjaminitas—, enviando doce mil de sus filas, ordenaron aniquilarla. Y los enviados matan lo aguerrido de la ciudad, con niños y mujeres, salvo cuatrocientas doncellas. A tal punto los llevó la cólera, sumando al ultraje sobre la mujer también la aniquilación de sus hombres de armas.

Pero les sobreviene arrepentimiento por la desgracia de los benjaminitas, y proclamaron un ayuno por ellos, aunque juzgaran que habían padecido justamente por haber pecado contra las leyes; y a los seiscientos de ellos que habían escapado los llamaban por medio de embajadores, pues se habían asentado sobre cierta roca llamada Roá, en el desierto. Los embajadores, lamentándose de que no sólo a aquéllos les había sobrevenido la desgracia, sino también a ellos mismos, al haber perdido a sus parientes, los persuadían con suavidad a sobrellevarlo, a reunirse todos en uno y a no dictar, en cuanto de ellos dependía, la ruina total de la tribu de Binyamín. «Os concedemos —decían— la tierra de toda la tribu y cuanto botín podáis llevaros.»

Y ellos, reconociendo que lo que les había ocurrido había sido por sentencia de Dios y por su propia injusticia, bajaron a la tribu de sus padres, obedeciendo a los que los invitaban. Y los israelitas les dieron por mujeres a las cuatrocientas doncellas de Yavesh; y sobre los doscientos restantes deliberaban cómo también aquéllos, provistos de mujeres, engendraran hijos. Como habían hecho juramentos de no casar con ningún benjaminita a hija alguna antes de la guerra, unos aconsejaban hacer poco caso de lo jurado, por haberlo jurado bajo la ira, no con reflexión y juicio, y que en nada obrarían contra Dios si podían salvar a una tribu entera en peligro de perecer; y que los perjurios no son graves ni peligrosos cuando se cometen por necesidad, sino cuando se osan con malicia.

Como el consejo de ancianos se indignara ante el nombre de perjurio, alguien dijo que podía indicarles a la vez abundancia de mujeres y la observancia de los juramentos. Y preguntándole por la idea, dijo: «Cuando nosotros nos reunimos tres veces al año en Siló, nos acompañan, con motivo de la fiesta, las mujeres y las hijas. Que se permita a los benjaminitas casar por rapto a cuantas de ellas puedan, sin que nosotros ni las incitemos ni lo impidamos. Y a sus padres, si se irritan y pretenden tomar venganza, les diremos que ellos mismos son culpables por haber descuidado la guarda de sus hijas, y que conviene aflojar la ira contra los benjaminitas, ya que se ha usado de ella incluso más allá de la medida.»

Y ellos, persuadidos por esto, decretan para los benjaminitas el matrimonio por rapto. Llegada la fiesta, los doscientos, de dos en dos y de tres en tres, se apostaban ante la ciudad para acechar a las doncellas que iban a llegar, en viñedos y lugares donde pasarían inadvertidos, y ellas, entre juegos, sin sospechar nada de lo que iba a suceder, caminaban sin guardarse; y ellos, cuando se dispersaron, saltando las apresaron. Y así, casados de este modo, se dedicaron a las labores de la tierra y pusieron cuidado en volver de nuevo a su anterior prosperidad.

La tribu de los benjaminitas, pues, que había estado en peligro de perecer por completo, se salva del modo referido por la sabiduría de los israelitas, y floreció al punto e hizo un rápido incremento en número y en todo lo demás. De este modo, pues, terminó aquella guerra.

Cómo los israelitas, tras esta desgracia, se volvieron perversos y sirvieron a los asirios; y cómo Dios los libró por medio de Otniel, que gobernó cuarenta años

Algo semejante a esto le tocó padecer también a la tribu de Dan, llevada a ello por una causa como la siguiente. Habiendo abandonado ya los israelitas el ejercicio de la guerra y estando entregados a las labores de la tierra, los cananeos, despreciándolos, reunieron una fuerza, sin esperar ellos mismos padecer nada, sino que, cobrando firme esperanza de hacer mal a los hebreos, pretendían habitar en adelante sus ciudades con seguridad.

Preparaban, pues, carros y reunían la fuerza armada; sus ciudades se conjuraban, y de la tribu de Yehudá arrebataron Ascalón y Ekrón y otras muchas de las de la llanura, y a los danitas los forzaron a refugiarse en el monte, sin dejarles ni un poco de la llanura por donde pisar. Ellos, no siendo capaces de guerrear ni teniendo tierra suficiente, envían de entre sí a cinco hombres al interior a explorar una tierra a la que emigrar. Éstos, avanzando no lejos del monte Líbano y de las fuentes del Yardén menor, por la gran llanura a una jornada de camino de la ciudad de Sidón, y habiendo observado una tierra buena y muy fértil, la indican a los suyos. Ellos, poniéndose en marcha con un ejército, fundan allí una ciudad, Dan, del mismo nombre que el hijo de Yaakov, y epónima de su propia tribu.

A los israelitas les iba de mal en peor, tanto por la inexperiencia en el sufrir males como por su negligencia hacia lo divino; pues, alterado una vez el buen orden de su régimen, se dejaban llevar a vivir según su placer y su propia voluntad, hasta llenarse también de los males habituales entre los cananeos. Se irrita, pues, contra ellos Dios, y la prosperidad que con innumerables fatigas habían adquirido, ésa la perdieron por la molicie. Pues, habiendo marchado contra ellos Kushán-Rishatáyim, rey de los asirios, perdieron a muchos de los que se pusieron en línea de batalla, y, sitiados, fueron tomados por la fuerza; y hubo quienes, por miedo, se pasaron voluntariamente a él; y, impuestos tributos mayores de lo posible, los pagaban y soportaban toda clase de ultrajes durante ocho años, tras los cuales de este modo se libraron de los males.

Un hombre de la tribu de Yehudá, de nombre Kenaz, varón enérgico y de ánimo noble, tras habérsele dado un oráculo de que no mirara con indiferencia a los israelitas sumidos en tal aprieto, sino que se atreviera a rescatarlos para la libertad, exhortando a algunos a compartir con él los peligros —eran pocos aquellos a quienes tocaba la vergüenza por la situación presente y el ansia de un cambio—, primero destruye la guarnición de Kushán-Rishatáyim que había entre ellos; y, sumándose más combatientes al no haber fracasado en los primeros pasos de la empresa, traban batalla con los asirios y, rechazándolos por completo, los obligaron a cruzar el Éufrates. Kenaz, como quien había dado prueba con hechos de su valentía, recibe de la multitud, en premio por ella, el mando, de modo que juzgara al pueblo. Y tras gobernar cuarenta años, acaba su vida.

Cómo nuestro pueblo sirvió a los moabitas dieciocho años, y luego fue librado de la esclavitud por un tal Ehud, que retuvo el mando ochenta años

Muerto éste, de nuevo los asuntos de los israelitas enfermaban por la anarquía, y, por no tener en honor a Dios ni obedecer ya las leyes, padecían aún mayores males, de suerte que Eglón, rey de los moabitas, despreciando el desorden de su régimen, les llevó la guerra, y, tras vencerlos en muchas batallas y someter a los que sobresalían de los demás por su ánimo, abatió por completo su fuerza y les impuso pagar tributos. Y habiendo fijado su residencia real en Yerijó, sin descuidar nada del maltrato a la multitud, los sumió en la pobreza durante dieciocho años. Pero Dios, apiadado de los israelitas por lo que padecían y ablandado por sus súplicas, los libró del ultraje bajo los moabitas. Se libraron de este modo.

Un joven de la tribu de Binyamín, de nombre Ehud, hijo de Guerá, muy audaz para atreverse y capaz de servirse del cuerpo para las obras, mejor de la mano izquierda y teniendo en ella toda su fuerza, habitaba también él en Yerijó, y se hace familiar de Eglón, cultivándolo con regalos y adulándolo, de modo que por ello llegaba a ser grato también a los que rodeaban al rey. Y una vez, llevando regalos al rey con dos criados, tras ceñirse a escondidas un puñal en el muslo derecho, entraba a él. Era estación de verano y, mediado ya el día, estaban relajadas las guardias, tanto por el calor como por hallarse vueltos al almuerzo.

Habiendo dado, pues, el joven los regalos a Eglón —que pasaba el tiempo en cierta salita bien dispuesta para el verano—, se pusieron a conversar. Estaban solos, pues el rey había ordenado a los criados que entraban que se retiraran, por estar conversando con Ehud. Estaba sentado en su trono, y entraba temor a Ehud de errar y no dar un golpe mortal. Lo hace, pues, levantarse, diciéndole que tenía un sueño que revelarle por mandato de Dios. Y él, por la alegría del sueño, saltó del trono; y Ehud, golpeándolo en el corazón y dejando dentro el puñal, sale entornando la puerta. Y los criados se estaban quietos, creyendo que el rey se había entregado al sueño.

Ehud, haciendo señas en secreto a los de Yerijó, los exhortaba a recobrar la libertad. Ellos, oyéndolo con gusto, tanto acudían ellos mismos a las armas como enviaban por la región a los que hacían señas con cuernos de carneros —pues con éstos es costumbre patria convocar a la multitud—. Los de Eglón mucho tiempo ignoraron la desgracia que le había sobrevenido; pero cuando llegó la tarde, temiendo que le hubiera ocurrido algo grave, entraron en la salita y, hallándolo muerto, quedaron sin saber qué hacer; y antes de que la guarnición se reagrupara, la multitud de los israelitas se les echa encima.

Y unos son muertos al punto, y otros se dan a la fuga con ánimo de salvarse hacia el país de Moav —eran más de diez mil—. Y los israelitas, que habían ocupado de antemano el paso del Yardén, persiguiéndolos los mataban, y en el paso aniquilan a muchos de ellos, y ninguno escapó de sus manos. Los hebreos, de este modo, se libraron de la esclavitud bajo los moabitas; y Ehud, honrado por este hecho con el mando de toda la multitud, murió tras retener el poder ochenta años, varón digno de alabanza aun aparte de la acción antes referida. Y después de él, Shamgar, hijo de Anat, elegido para gobernar, acabó su vida en el primer año de su mando.

Cómo los cananeos sometieron a los israelitas a esclavitud durante veinte años; tras lo cual fueron librados por Barak y Devorá, que los gobernaron cuarenta años

Los israelitas de nuevo —pues nada aprendían para su enmienda de las desgracias anteriores, por no venerar a Dios ni obedecer las leyes— antes aun de haber respirado, siquiera un poco, de la esclavitud bajo los moabitas, son sometidos por Yavín, rey de los cananeos. Pues éste, partiendo de la ciudad de Jatsor —que está por encima del lago Semaconítide—, mantenía un ejército de trescientos mil de infantería y diez mil de caballería, y disponía de tres mil carros. General de esta fuerza era Sisrá, que gozaba del primer honor ante el rey; y a los israelitas, que se le enfrentaron, maltrató terriblemente, hasta imponerles pagar tributos.

Padeciendo esto, pues, cumplieron veinte años, no siendo ellos mismos capaces de tener juicio por la desdicha, y queriendo Dios domeñar todavía más su soberbia por la ingratitud hacia él, para que, mudándose en adelante, se condujeran con cordura, enseñados de que las desgracias les venían del desprecio de las leyes; y a cierta profetisa, Devorá —este nombre significa «abeja» en lengua de los hebreos—, suplicaban que rogara a Dios que se apiadara de ellos y no los mirara perecer a manos de los cananeos. Dios les concedió la salvación y elige por general a Barak, de la tribu de Naftalí —«barak» es «relámpago» en lengua de los hebreos—.

Devorá, mandando llamar a Barak, le ordenó escoger diez mil de los jóvenes y marchar contra los enemigos, pues bastaban tantos, según había predicho Dios anunciando la victoria. Diciendo Barak que no acaudillaría si ella no acaudillaba con él, indignada, dijo: «Tú cedes a una mujer la dignidad que Dios te ha dado, pero yo no la rehúso.» Y reuniendo diez mil, acamparon junto al monte Tabor.

Les salió al encuentro Sisrá, por orden del rey, y acampan no lejos de los enemigos. A los israelitas y a Barak, aterrados por la multitud de los enemigos y resueltos a retirarse, Devorá los retenía, ordenando trabar el combate aquel mismo día, pues vencerían y Dios les ayudaría. Vinieron, pues, a las manos; y al chocar sobreviene un gran aguacero, mucha agua y granizo, y el viento impulsaba la lluvia contra el rostro de los cananeos, oscureciéndoles la vista, de modo que les resultaban inútiles los disparos de arco y las hondas; y los soldados de a pie, por el frío, no podían servirse de las espadas.

A los israelitas, en cambio, la tempestad, que les venía por detrás, los dañaba menos, y, ante la idea de la ayuda de Dios, cobraban valor, de suerte que, lanzándose al medio de los enemigos, mataron a muchos de ellos. Y unos por los israelitas, otros perturbados por su propia caballería, caían, de modo que muchos de ellos murieron bajo los carros. Sisrá, saltando del carro cuando vio que se producía la derrota, huyendo llega junto a una mujer de los quenitas, de nombre Yael, que lo acoge cuando le pide esconderse, y, al pedirle bebida, le da leche ya cortada.

Él, bebiendo más de la medida, se entrega al sueño. Y Yael, mientras dormía, clavando con un mazo un clavo de hierro por la boca y la mandíbula, lo atravesó hasta el suelo, y a los de Barak, que llegaron poco después, se lo mostró clavado en tierra. Y así esta victoria recayó en una mujer, conforme a lo dicho por Devorá. Barak, marchando contra Jatsor, mata a Yavín, que le salió al encuentro; y, caído el general, arrasó hasta los cimientos la ciudad, y fue general de los israelitas durante cuarenta años.

Cómo los madianitas y otras naciones combatieron contra los israelitas y los vencieron, y asolaron su país durante siete años, y cómo fueron librados por Guidón, que gobernó a la multitud cuarenta años

Muertos Barak y Devorá por el mismo tiempo, después de esto los madianitas, tras convocar a los amalecitas y a los árabes, marchan contra los israelitas y vencen en batalla a los que les hicieron frente, y, devastando la cosecha, se llevaban el botín. Haciendo esto durante siete años, la multitud de los israelitas se replegó a los montes y se retiraban de las llanuras, y, haciéndose galerías subterráneas y cuevas, guardaban en ellas todo lo que escapaba de los enemigos.

Pues los madianitas, guerreando en la estación del verano, permitían a los israelitas cultivar en invierno, para tener, tras haberse fatigado ellos, lo que dañar. Había hambre y escasez de alimento, y se vuelven a la súplica a Dios, rogándole que los salvara. Y Guidón, el hijo de Yoash, de la tribu de Menashé, llevando en secreto, entre unos pocos, unas gavillas de espigas, las trillaba en el lagar, pues temía a los enemigos para hacerlo abiertamente en la era. Presentándosele una aparición en forma de joven y diciéndole que era dichoso y amado de Dios, replicando dijo: «¡Buena prueba de su favor, la más grande, que ahora me sirva del lagar en vez de la era!»

Exhortándolo aquél a tener ánimo e intentar recobrar la libertad, decía que le era imposible, pues la tribu de la que provenía carecía de gente, y él era joven y demasiado débil para asuntos tan grandes. Pero Dios mismo prometía suplir lo que faltaba y dar la victoria a los israelitas bajo su mando.

Guidón contó esto a algunos de los jóvenes y le creyeron, y al punto el ejército estuvo listo para el combate: diez mil hombres. Pero Dios se le presentó a Guidón mientras dormía y le mostró que la naturaleza humana es amiga de sí misma y hostil hacia los que sobresalen en virtud —de modo que, dejando de lado que la victoria es de Dios, la tendrían por propia, creyéndose un ejército numeroso y capaz de medirse con el enemigo—. Para que aprendieran, pues, que la obra era fruto de su ayuda, le aconsejó llevar la tropa al río hacia el mediodía, en lo más fuerte del calor, y tener por esforzados a cuantos se echaran a beber con calma, pero por cobardes y espantados ante el enemigo a cuantos bebieran de prisa y con desorden. Guidón hizo según las indicaciones de Dios, y se halló que trescientos hombres, con miedo, se llevaban el agua a la boca con las manos, atropelladamente; y Dios le dijo que con esos atacara al enemigo. Acamparon junto al Yardén, dispuestos a cruzarlo al día siguiente.

Como Guidón estaba lleno de temor —pues Dios le había anunciado que atacara de noche—, queriendo librarlo de ese miedo le ordenó acercarse, con uno de sus soldados, a las tiendas de los madianitas: de ellos mismos sacaría ánimo y valor. Obedeció y fue, llevando consigo a su siervo Purá; y al acercarse a una tienda sorprendió despiertos a los que en ella estaban, y a uno de ellos contándole un sueño a su compañero de tienda, de modo que Guidón lo oyó. El sueño era este: le parecía que una torta de cebada, tan basta que ni los hombres la comerían, rodaba por el campamento y derribaba la tienda del rey y las de todos los soldados.

El otro juzgó que la visión anunciaba la ruina del ejército, y explicó por qué se le ocurría entenderlo así: la semilla llamada cebada es reconocidamente la más vil, y de todo lo asiático es cosa sabida que ahora lo de los israelitas ha venido a ser lo más despreciado, semejante al género de la cebada. Y lo que ahora tiene grandeza de ánimo entre los israelitas sería esto: Guidón y la tropa que lo acompaña. «Puesto que dices haber visto la torta derribando nuestras tiendas, temo que Dios haya concedido a Guidón la victoria sobre nosotros.»

Al oír el sueño, a Guidón lo invadieron buena esperanza y valor, y mandó a los suyos ponerse sobre las armas, tras contarles también la visión de los enemigos; y ellos, envalentonados por lo revelado, estaban prestos a cumplir las órdenes.

Hacia la cuarta vigilia, más o menos, Guidón acercó su tropa dividida en tres partes, de cien hombres cada una. Todos llevaban cántaros vacíos con antorchas encendidas dentro —para que su avance no fuera advertido por el enemigo— y en la mano derecha un cuerno de carnero, que usaban a modo de trompeta. El ejército enemigo ocupaba un vasto terreno, pues tenían muchísimos camellos; y, aunque repartidos por naciones, estaban todos dentro de un mismo círculo.

A los hebreos se les había ordenado que, en cuanto estuvieran cerca del enemigo, a una señal convenida hicieran sonar las trompetas, quebraran los cántaros y se lanzaran con las antorchas dando el grito de guerra, y que vencerían porque Dios socorría a Guidón; y así lo hicieron. Se apoderó de aquellos hombres, aún dormidos, la confusión y el espanto —pues era de noche y Dios así lo quería—. Pocos cayeron a manos del enemigo; los más, a manos de sus propios aliados, por no entenderse en la lengua. Una vez sumidos en el desorden, mataban a todo el que se les ponía delante, creyéndolo enemigo, y hubo gran matanza. Cuando llegó a los israelitas la noticia de la victoria de Guidón, tomaron las armas, y persiguiendo a los enemigos los alcanzaron en un valle hondo, ceñido de barrancos que no podían cruzarse; rodeándolos, los mataron a todos, y a dos de los reyes, Orev y Zeev.

Los demás jefes, llevando a los soldados que habían quedado —eran dieciocho mil—, acamparon muy lejos de los israelitas. Pero Guidón no cedió por el cansancio, sino que, persiguiéndolos con todo el ejército y trabando combate, aniquiló a todos los enemigos y, apresando a los otros dos jefes, Zévaj y Tsalmuná, se los llevó. En aquella batalla murieron, entre madianitas y los árabes que combatían con ellos, unos ciento veinte mil; y los hebreos tomaron mucho botín: oro, plata, tejidos, camellos y bestias de carga. Guidón, de vuelta en Ofrá, su patria, dio muerte a los reyes de los madianitas.

La tribu de Efráyim, molesta por la buena fortuna de Guidón, resolvió hacerle la guerra, reprochándole no haberles anunciado de antemano la empresa contra el enemigo. Pero Guidón, hombre mesurado y consumado en toda virtud, dijo que no había atacado a los enemigos sin ellos por decisión propia, sino porque Dios lo había ordenado; y que la victoria no era menos de ellos que de los que habían combatido. Con estas palabras aplacó su ira, y prestó a los hebreos mayor servicio con ese discurso que con el éxito sobre los enemigos, pues los libró de iniciar una guerra civil que estaban a punto de emprender. De todos modos, esa tribu pagó después el castigo de tal insolencia, lo cual expondremos en su momento oportuno. Guidón, que quería dejar el mando, se vio forzado a conservarlo, y lo ejerció cuarenta años administrándoles justicia; y en sus diferencias acudían a él, y cuanto él decía tenía plena autoridad. Murió anciano y fue sepultado en Ofrá, su patria.

De cómo los jueces que sucedieron a Guidón guerrearon largo tiempo con las naciones vecinas

Tenía setenta hijos legítimos, pues se casó con muchas mujeres, y uno bastardo, de una concubina, Drumá, llamado Avimélej. Este, tras la muerte de su padre, se retiró a Shejem, con los parientes de parte de madre —pues de allí era ella—, y, tomando dinero de ellos, que eran famosos por la multitud de sus injusticias, llega con ellos a la casa paterna y mata a todos sus hermanos, salvo a Yotam, que tuvo la suerte de escapar y se salvó. Avimélej convirtió el poder en tiranía, erigiéndose en dueño de hacer cuanto quisiera al margen de las leyes, y ensañándose terriblemente con los que defendían la justicia.

Y cierta vez, celebrándose en Shejem una fiesta pública y estando allí reunida toda la multitud, su hermano Yotam —el que dijimos que había escapado— subió al monte Guerizim, que domina la ciudad de los siquemitas, y a grandes voces, cuando el gentío le concedió silencio, pidió que atendieran a lo que iba a decir. Hecho el silencio, contó que los árboles, dotados de voz humana, se reunieron y pidieron a la higuera que reinara sobre ellos. Como ella se negó, porque prefería gozar de la honra propia de sus frutos y no de la que otros le trajeran de fuera, los árboles no desistieron del empeño de tener rey, y les pareció ofrecer la dignidad a la vid. La vid, elegida, se excusó del mando con las mismas razones que la higuera. Lo mismo hizo el olivo, y entonces rogaron a la zarza que asumiera el reino. La zarza, que da buena yesca para el fuego, prometió aceptar el mando y no ser remisa; pero debían cobijarse bajo su sombra, y, si tramaban su ruina, perecerían por el fuego que hay en ella. «No digo esto para provocar risa —añadió—, sino porque, habiendo recibido muchos bienes de Guidón, consentís que Avimélej se enseñoree de todos los asuntos, ayudándole a matar a sus hermanos: él en nada se diferenciará del fuego.» Dicho esto, se retiró y vivió oculto en los montes tres años, por temor a Avimélej.

No mucho después de la fiesta, los siquemitas —pues se arrepintieron de la muerte de los hijos de Guidón— expulsaron a Avimélej de la ciudad y de la tribu; y él se puso a maquinar cómo dañar la ciudad. Llegada la época de la vendimia, temían salir a recoger el fruto, no fuera que Avimélej les hiciera algún mal. Y, como se presentara entre ellos uno de sus jefes, Gaal, con hombres armados y sus parientes, los siquemitas le pidieron que les diera protección hasta que vendimiaran. Aceptó él la petición, y salieron, y con ellos Gaal llevando su propia tropa armada. Así se recogió el fruto con seguridad; y, banqueteando por grupos, ya se atrevían abiertamente a injuriar a Avimélej, mientras los jefes, apostando emboscadas en torno a la ciudad, prendían y mataban a muchos de los de Avimélej.

Un tal Zevul, magistrado de los siquemitas y huésped de Avimélej, le comunicaba por medio de mensajeros cuanto Gaal excitaba al pueblo, y le aconsejaba emboscarse delante de la ciudad: él persuadiría a Gaal de salir contra él, y lo demás quedaría en su mano para vengarse; y, hecho esto, le negociaría la reconciliación con el pueblo. Así pues, Avimélej se apostó al acecho, y Gaal, sin gran cautela, se demoraba en el arrabal, y con él Zevul. Al ver Gaal que unos hombres armados avanzaban, dijo a Zevul que venían contra ellos hombres en armas. Este respondió que eran sombras de las peñas; pero, cuando ya se acercaban, Gaal, observando con exactitud, dijo que no eran sombras, sino una emboscada de hombres. Y Zevul le dijo: «¿No eras tú el que reprochabas cobardía a Avimélej? ¿Por qué, pues, no muestras la grandeza de tu valor trabando combate con él?» Gaal, turbado, se enfrentó a los de Avimélej, y cayeron algunos de los suyos, y él huyó a la ciudad llevándose a los demás. Y Zevul maniobró políticamente para que Gaal fuera expulsado de la ciudad, acusándolo de haber peleado con flojedad contra los soldados de Avimélej.

Avimélej, sabedor de que los siquemitas volverían a salir para la vendimia, tendió de nuevo emboscadas en torno a la ciudad, y cuando salieron, la tercera parte del ejército tomó las puertas para cortar la entrada a los ciudadanos, y los demás persiguieron a los que se dispersaban; y por todas partes hubo matanza. Arrasó la ciudad hasta los cimientos —pues no resistió el asedio—, sembró sal sobre sus ruinas y siguió adelante. Así perecieron todos los siquemitas. Cuantos, dispersos por el campo, escaparon del peligro, hallaron una peña fuerte, se establecieron en ella y se disponían a fortificarla. Pero Avimélej se les adelantó: enterado de su propósito, marchó contra ellos con sus fuerzas, y, rodeando el lugar con haces de leña seca —él mismo los llevaba y ordenó a la tropa hacer lo mismo—, cercada rápidamente la peña con la madera, le prendieron fuego, arrojando cuanto por naturaleza arde más, y levantaron una inmensa llamarada. Nadie escapó de la peña: perecieron todos, con mujeres y niños, unos mil quinientos hombres, y buena parte del resto del gentío. Tal desgracia cayó sobre los siquemitas, mayor que el propio duelo que suscitó —salvo que fue merecida, pues habían tramado un mal tan enorme contra un hombre que los había beneficiado—.

Avimélej, tras aterrar a los israelitas con la ruina de los siquemitas, mostraba a las claras que aspiraba a mayores cosas y que en ningún punto pondría límite a su violencia hasta destruirlos a todos. Marchó, pues, contra Tevets y tomó la ciudad de un asalto; pero, como había en ella una gran torre a la que se había refugiado todo el gentío, se dispuso a sitiarla. Cuando se lanzaba cerca de las puertas, una mujer, arrojándole un pedazo de muela contra la cabeza, lo acertó; y Avimélej, caído, pidió a su escudero que lo matara, para que su muerte no pareciera obra de una mujer. Y aquel hizo lo mandado. Así pagó él la pena de su crimen contra los hermanos y de sus atrocidades contra los siquemitas; y a estos les sobrevino la desgracia conforme a la profecía de Yotam. El ejército que estaba con Avimélej, caído él, se dispersó y se volvió cada uno a su casa.

El mando de los israelitas lo recibió Yaír el galadita, de la tribu de Menashé, hombre dichoso en todo lo demás y padre de buenos hijos —treinta en número, diestrísimos jinetes, a quienes se habían confiado los gobiernos de las ciudades de Guilad—. Este retuvo el mando veintidós años, murió anciano y fue juzgado digno de sepultura en Kamón, ciudad de Guilad.

Todo lo de los hebreos se deslizaba hacia el desorden y el ultraje de Dios y de las leyes; y, despreciándolos, los amonitas y los filisteos saquearon el país con un gran ejército, y, ocupada toda la Perea, se atrevían ya a pasar a apoderarse de lo restante. Pero los hebreos, aleccionados por las desgracias, se volvieron a suplicar a Dios y le ofrecieron sacrificios, rogándole que se moderara y, cediendo a su súplica, cesara en su cólera; y Dios, mudándose a mayor mansedumbre, se dispuso a socorrerlos.

Como los amonitas hubieran hecho campaña contra la región de Guilad, los del lugar les salieron al encuentro junto al monte, buscando quien los acaudillara. Había un tal Yiftaj, hombre poderoso por la virtud paterna y por una tropa propia de mercenarios que él mismo mantenía. A este, pues, enviaron a pedirle que fuera su aliado, prometiéndole entregarle para siempre el mando. Pero él no aceptó su petición, reprochándoles que no lo hubieran socorrido cuando sus hermanos lo agraviaban a la vista de todos; pues, por no ser de la misma madre que ellos, sino ajeno en cuanto a la madre —a quien, por un capricho amoroso, el padre les había impuesto—, lo habían expulsado, despreciando su desamparo. Vivía él en la comarca llamada Galadítide, acogiendo a sueldo a cuantos de cualquier parte acudían a él. Y, como le suplicaran con insistencia y juraran darle el mando para siempre, salió a campaña.

Y, poniendo en los asuntos aguda diligencia, tras acampar el ejército en la ciudad de Mitspá, envió una embajada al amonita reclamándole por la invasión. Este, respondiendo, culpaba a los israelitas de la salida de Mitsraim y les exigía que le cedieran la tierra de los amorreos, por ser suya desde el principio. Yiftaj replicó que ni con razón acusaban a sus antepasados por lo de los amorreos, y que más bien debían estarles agradecidos por la tierra amonita que les habían dejado —pues Moshé bien pudo tomarla también—; y, diciendo que no cedería una tierra propia, que por concesión de Dios poseían desde hacía trescientos años, declaró que combatiría contra ellos.

Despedidos con estas palabras los embajadores, él mismo hizo voto de victoria y prometió, si volvía sano a su casa, ofrecer en sacrificio lo primero que le saliera al encuentro; y, trabado el combate, venció con gran ventaja, y persiguiendo y matando llegó hasta la ciudad de Maniat, y, pasando a la tierra amonita, arrasó muchas ciudades, se llevó botín y libró a los suyos de la servidumbre que habían soportado durante dieciocho años. Pero, al regresar, cayó en una desgracia en nada semejante a sus triunfos: le salió al encuentro su hija —era hija única, aún doncella—. Él, prorrumpiendo en llanto por la magnitud de la desdicha, reprochó a su hija el afán con que había salido a recibirlo, pues la había consagrado a Dios. A ella no le cayó mal lo que iba a suceder, ya que moriría por la victoria de su padre y la libertad de los ciudadanos; y le pidió que le concediera dos meses para llorar su juventud con las ciudadanas, y que entonces cumpliera lo del voto. Concedido el plazo antedicho, pasado este, sacrificó a la muchacha y la ofreció en holocausto, cumpliendo una ofrenda ni conforme a la ley ni grata a Dios, sin haber sopesado con el juicio cómo parecería a los que lo oyeran semejante hecho, una vez consumado.

Como la tribu de Efráyim marchara contra él, porque no les había hecho partícipes de la expedición contra los amonitas, sino que él solo se quedaba con el botín y con la gloria de lo realizado, primero les dijo que ni les había pasado inadvertido que sus parientes eran atacados, ni, llamados a la alianza, habían acudido, cuando debían haberse apresurado incluso antes de ser rogados, sabiéndolo; luego, que intentaban cometer una injusticia, al no haberse atrevido a venir a las manos con los enemigos y en cambio haberse lanzado contra sus parientes; y les amenazó con tomar de ellos venganza, con la ayuda de Dios, si no volvían a la cordura. Como no los persuadía, sino que trabó combate con ellos, que habían venido, sirviéndose del ejército llegado por convocatoria desde la región de Guilad; hizo en ellos gran matanza, y, persiguiendo a los que huían, con una parte de la tropa enviada por delante para ocupar los vados del Yardén, mató a unos cuarenta y dos mil.

Él mismo, tras gobernar seis años, murió y fue sepultado en su patria, Sevé, que es de la región de Guilad.

Muerto Yiftaj, recibió el mando Ivtsán, de la tribu de Yehudá, de la ciudad de Bet-Léjem. Tenía sesenta hijos, treinta varones y las demás hijas, a los que dejó a todos vivos, habiendo casado a las hijas con maridos y traído mujeres para los varones. Sin haber hecho en el septenio nada digno de mención, murió anciano y recibió sepultura en su patria.

Muerto así Ivtsán, tampoco el que tras él tomó el mando, Elón, que lo retuvo diez años y era de la tribu de Zevulún, hizo cosa digna de estima.

Avdón, hijo de Elón, de la tribu de Efráyim y de la ciudad de los piratonitas, nombrado caudillo con plenos poderes tras Elón, solo por su buena prole podría ser recordado, ya que tampoco él realizó obra alguna brillante, por la paz y la seguridad de los asuntos. Tenía cuarenta hijos, y estos le dejaron una descendencia de treinta; y cabalgaba con ellos —setenta en total—, todos diestrísimos jinetes; y, dejándolos a todos con vida, murió anciano y obtuvo espléndida sepultura en Piratón.

De la fortaleza de Shimshón y de los males que causó a los filisteos

Muerto este, los filisteos dominaron a los israelitas y les cobraron tributos durante cuarenta años. De esta opresión se libraron de este modo. Un tal Manóaj, de los danitas, de los mejores entre pocos y reconocidamente el primero de su patria, tenía una mujer notable por su hermosura y superior a las de su tiempo. Como no le nacían hijos, apesadumbrado por la falta de descendencia, suplicaba a Dios, acudiendo sin cesar con su mujer al arrabal, que les diera una sucesión legítima; y es aquel un gran llano.

Era además locamente enamorado de su mujer y por eso desmedidamente celoso. A la mujer, cuando estaba sola, se le apareció un fantasma de Dios semejante a un joven hermoso y grande, que le anunció el nacimiento de un hijo por providencia de Dios, hermoso y de fuerza insigne, bajo cuyo brazo, ya hombre, penarían los filisteos. Y le advirtió que no le cortara los cabellos, y que se apartara de toda otra bebida —así lo ordenaba Dios— y solo tuviera familiaridad con el agua. Dicho esto, se marchó, habiendo venido por voluntad de Dios.

Ella refirió a su marido, cuando llegó, lo del ángel, admirando la belleza y la estatura del joven, de modo que él, por los elogios, cayó en turbación a causa de los celos y en la sospecha que tal pasión suscita. Ella, queriendo disipar la insensata pena de su marido, suplicó a Dios que enviara de nuevo al ángel, para que también su marido lo viera. Y de nuevo, por gracia de Dios, se presentó el ángel estando ellos en el arrabal, y se apareció a la mujer estando sola, sin su marido. Ella le rogó que aguardara mientras iba a traer a su esposo, y, concedido esto, fue a buscar a Manóaj.

Él, aun viéndolo, ni así cesaba en su sospecha, y le pidió que también a él le revelara cuanto había declarado a la mujer. Como aquel dijera que bastaba que ella sola lo supiera, le pidió que dijera quién era, para que, nacido el niño, le dieran las gracias y un obsequio. Respondió el otro que no necesitaba de nada, pues no había traído aquella buena nueva del nacimiento del niño por interés propio. Y como le rogara quedarse y participar de la hospitalidad, no accedió; pero, persuadido al fin por su insistencia, se quedó para que le trajera algún presente de hospitalidad. Manóaj sacrificó un cabrito y ordenó a la mujer asarlo; y, cuando todo estuvo dispuesto, el ángel mandó colocar sobre la peña los panes y las carnes, sin las vasijas. Así lo hicieron, y él tocó las carnes con la vara que llevaba; y estas, al brillar el fuego, ardían junto con los panes, y el ángel, subiendo al cielo por el humo como en un carro, se les hizo visible. A Manóaj, que temía que algo funesto les sobreviniera por la visión de Dios, su mujer lo animaba a tener valor, pues Dios se les había aparecido para bien suyo.

Ella concibió y guardó los mandamientos; y, nacido el niño, lo llamaron Shimshón, nombre que significa «fuerte». El niño crecía con facilidad, y se veía que sería profeta por la sobriedad de su régimen de vida y por dejar crecer sus cabellos.

Habiendo ido con sus padres a Timná, ciudad de los filisteos, mientras se celebraba una feria, se enamoró de una doncella del lugar y pidió a sus padres que se la trajeran en matrimonio. Como ellos se negaran por no ser ella de su pueblo, Dios, que planeaba la boda en provecho de los hebreos, hizo prevalecer que se desposara a la doncella. Yendo una y otra vez a casa de los padres de ella, se topó con un león y, desarmado, lo recibió, lo estranguló con las manos y arrojó a la fiera al soto, más adentro del camino. Y otra vez, marchando hacia la muchacha, encontró un enjambre de abejas que habían anidado en el pecho de aquel león, y, recogiendo tres panales de miel, se los dio a la muchacha junto con los demás regalos que llevaba.

Los de Timná, durante el banquete de bodas —pues los agasajaba a todos—, por temor a la fuerza del joven le dieron a los treinta más vigorosos, de palabra como compañeros, pero de hecho como guardianes, no fuera que quisiera intentar algún desmán. Avanzada la bebida y con el jolgorio propio de tales ocasiones, Shimshón dijo: «Os propongo un enigma; si lo resolvéis en el plazo de siete días de indagación, llevaréis cada uno de mí, como premio de vuestro ingenio, lienzos y vestidos.» Y, deseosos a la vez de parecer sagaces y de sacar provecho, y pidiéndole que hablara, dijo que el que todo lo devora había engendrado de sí un alimento dulce, siendo él muy desagradable.

Como durante tres días no pudieran hallar lo que significaba, pidieron a la muchacha que, enterándose de su marido, se lo revelara —pues incluso la amenazaron con quemarla si no lo lograba—. Shimshón, rogándoselo la muchacha, al principio intentó resistirse; pero, como ella insistía y rompía a llorar y ponía como prueba de su mala voluntad hacia ella el que no se lo dijera, le reveló lo de la muerte del león y cómo había llevado los tres panales de miel formados en él. Y él, sin sospechar engaño alguno, se lo declaró todo; y ella llevó el dicho a los que se lo habían pedido. Así, al séptimo día, en que debía explicárseles el enigma propuesto, reunidos antes de ponerse el sol, dijeron: «Nada hay más desagradable que un león para quienes se lo topan, ni más dulce que la miel para quienes la usan.» Y Shimshón dijo: «Ni hay nada más engañoso que una mujer, que os ha llevado nuestro dicho.» Y les dio lo prometido, tras despojar de botín a los de Ascalón que se topó por el camino —que también son filisteos—; pero rehusó aquella boda, y la muchacha, despreciándolo por su cólera, se unió a un amigo suyo que había hecho de padrino.

Irritado por este ultraje, Shimshón resolvió vengarse de todos los filisteos junto con ella. Como era verano y los frutos estaban ya en sazón para la siega, tomó trescientas zorras, ató a sus colas antorchas encendidas y las soltó por los sembrados de los filisteos. Así se les echó a perder la cosecha; y los filisteos, sabedores de que la obra era de Shimshón y de la causa por la que lo hizo, enviaron a los jefes a Timná y quemaron vivas a la que había sido su mujer y a sus parientes, por haber sido causantes de los males.

Shimshón, tras matar a muchos filisteos en la llanura, se estableció en Etam, que es una peña fuerte de la tribu de Yehudá. Los filisteos marcharon contra la tribu; y, como estos dijeran que no era justo que se les exigiera castigo por las faltas de Shimshón, siendo ellos tributarios, respondieron que, si no querían tener culpa, les entregaran a Shimshón en su poder. Ellos, queriendo quedar libres de reproche, se presentaron ante la peña, tres mil hombres armados, y, reprochándole las osadías cometidas contra los filisteos —hombres capaces de acarrear desgracia a toda la nación de los hebreos—, y diciendo que venían para prenderlo y entregarlo a aquellos, le pidieron que lo soportara de buen grado. Él, tras recibir de ellos juramento de que no harían nada más que eso, sino solo entregarlo a los enemigos, bajó de la peña y se puso en manos de sus tribuales; y ellos, atándolo con dos cuerdas, lo llevaban para entregarlo a los filisteos. Y, llegados a un lugar que ahora se llama Siagón —por la hazaña de Shimshón allí realizada, pues antes era anónimo—, habiendo acampado los filisteos no lejos, y saliéndoles al encuentro con alegría y griterío como por el logro de lo que querían, Shimshón rompió las ataduras, arrebató una quijada de asno que había a sus pies, se lanzó contra los enemigos y, golpeándolos con la quijada, mató a unos mil, y a los demás, sobrecogidos, los puso en fuga.

Shimshón, ensoberbecido más de lo debido por esto, dijo que no había sucedido por cooperación de Dios, sino que atribuyó lo ocurrido a su propia virtud, jactándose de que de los enemigos unos habían caído y otros huido por el terror que él inspiraba. Pero, sobrecogido por una sed violenta, reconociendo que la virtud humana no es nada, dio testimonio de que todo era de Dios y le suplicó que no tomara a mal nada de lo dicho ni lo entregara a los enemigos, sino que le prestara auxilio en el trance y lo librara del mal. Y Dios, conmovido por sus ruegos, hizo brotar de cierta peña una fuente dulce y abundante; por eso Shimshón llamó al lugar Siagón, y así se le llama hasta hoy.

Después de esta batalla, Shimshón, despreciando a los filisteos, llegó a Gaza y se hospedó en uno de los mesones. Los jefes de los gazeos, sabedores de su presencia allí, ocuparon con emboscadas el espacio ante las puertas, para que no escapara al salir. Pero Shimshón —pues no se le ocultó lo que tramaban— se levantó hacia la medianoche, embistió las puertas y, arrancándolas con sus jambas y cerrojos y toda la demás armazón que las rodeaba, las cargó al hombro y las llevó al monte que domina Jevrón, donde las depositó.

Ya transgredía las costumbres patrias y adulteraba su propio régimen de vida imitando usos extranjeros, y esto le fue principio de su ruina: pues se enamoró de una mujer que se prostituía entre los filisteos, llamada Delilá, y se unió a ella. Y los jefes de la comunidad de los filisteos, acudiendo a ella, la persuadieron con promesas de que averiguara de Shimshón la causa de su fuerza, por la cual era inasible para sus enemigos. Ella, durante la bebida y semejante trato, admirando sus hazañas, maquinaba averiguar de qué modo tanto sobresalía en valor.

Shimshón —pues aún era fuerte de juicio— engañó a su vez a Delilá diciéndole que, si lo ataban con siete sarmientos de vid aún capaces de enroscarse, quedaría el más débil de todos. Ella, por el momento, se calló; pero, dando aviso a los jefes de los filisteos, apostó dentro a algunos soldados y, estando él ebrio, lo ató con los sarmientos con toda firmeza; luego lo despertó y le hizo saber que venían algunos contra él. Él rompió los sarmientos e intentó defenderse, como si algunos lo asaltaran. Y la mujer, tratándolo Shimshón sin cesar, le decía que llevaba muy a mal que, por desconfiar de su afecto, no le dijera lo que ella le pedía, como si ella fuera a callar cuanto le conviniera a él que no se supiera. Él, engañándola de nuevo y diciendo que, atado con siete cuerdas, perdería su fuerza, como tampoco eso diera resultado al hacerlo, le indicó en tercer lugar que entretejiera sus cabellos. Y, como ni al hacerse esto resultara verdad, rogándoselo ella por última vez, Shimshón —pues debía caer en desgracia—, queriendo complacer a Delilá, dijo: «Dios cuida de mí, y, nacido por su providencia, dejo crecer esta cabellera porque Dios me encargó no cortarla; pues mi fuerza está en su crecimiento y permanencia.»

Sabido esto, y habiéndolo privado de la cabellera, lo entregó a los enemigos, ya sin fuerza para rechazar su asalto. Ellos le sacaron los ojos y lo entregaron para llevarlo atado. Con el paso del tiempo, la cabellera le crecía a Shimshón; y, celebrándose entre los filisteos una fiesta pública y banqueteando juntos los jefes y los más notables —era una casa cuyo techo sostenían dos columnas—, mandaron traer a Shimshón al convite para ultrajarlo durante la bebida. Él, teniendo por más grave de los males el no poder vengarse del ultraje, persuadió al muchacho que lo llevaba de la mano —diciéndole que necesitaba descansar por el cansancio— de acercarlo a las columnas. Cuando llegó, arremetiendo contra ellas, derribó la casa sobre tres mil hombres, al venirse abajo las columnas; todos ellos murieron, y entre ellos Shimshón. Tal fin lo alcanzó, tras haber gobernado a los israelitas veinte años.

Es justo admirar al varón por su virtud, su fuerza y la magnanimidad de su muerte, y por su cólera contra los enemigos hasta el morir. El haber sido vencido por una mujer hay que atribuirlo a la naturaleza humana, propensa a las faltas; pero da testimonio de él la sobreabundancia de virtud en todo lo demás. Sus parientes recogieron su cuerpo y lo sepultaron en Sarasá, su patria, con sus parientes.

De cómo, bajo el gobierno de Elí sobre los israelitas, Bóaz se casó con Rut, de quien vino Oved, el abuelo de David

Tras la muerte de Shimshón presidió a los israelitas Elí, el sumo sacerdote. En su tiempo, afligido el país por el hambre, Avimélej, de Bet-Léjem —ciudad esta de la tribu de Yehudá—, incapaz de resistir la calamidad, se trasladó a la tierra de Moav llevando consigo a su mujer Naamí y a los hijos que de ella había tenido, Kilyón y Majlón. Y, como las cosas le salieran a medida de su deseo, tomó para sus hijos mujeres moabitas: para Kilyón, Orpá, y para Majlón, Rut. Pasados diez años, murieron a poco Avimélej y, tras él, los hijos.

Y Naamí, llevando amargamente lo sucedido y no soportando la soledad, ante sus ojos, de sus seres más queridos —por la cual también había salido de su patria—, se volvía de nuevo a ella; pues ya se enteraba de que allí las cosas iban bien. No aguantaban separarse de ella sus nueras, ni, aun rogándoselo, podía persuadirlas de su voluntad de partir con ella; sino que, como insistieran, deseándoles un matrimonio más venturoso que aquel en que habían fracasado al casarse con sus hijos, y la adquisición de otros bienes, ya que así estaban las cosas para con ella, las exhortaba a quedarse allí y a no querer compartir con ella asuntos inciertos, dejando su tierra patria. Orpá, pues, se quedó; pero a Rut, que no se dejó persuadir, se la llevó, para que fuera compañera de todo cuanto le sobreviniera.

Llegada Rut con su suegra a Bet-Léjem, Bóaz, pariente de Avimélej, la acogió con hospitalidad. Y Naamí, cuando la llamaban por su nombre, dijo: «Con más justicia me llamaríais Mará»; pues en lengua de los hebreos naamí significa buena fortuna, y mará, dolor.

Tras la siega, Rut salió a espigar con el permiso de su suegra, para que tuvieran con qué alimentarse, y por casualidad llegó al campo de Bóaz. Bóaz se presentó poco después y, al ver a la muchacha, preguntó al capataz por ella. Este, que un momento antes se había informado de todo por boca de la propia joven, se lo declaró a su señor.

Bóaz, por el afecto que le inspiraba la suegra y por la memoria del hijo de ella con quien Rut había estado casada, la saludó y le deseó que conociera días prósperos. No consintió que anduviera espigando, sino que le permitió recoger y llevarse cuanto pudiera segar, y ordenó al capataz que en nada le estorbara la recolección, y que le diera de comer y de beber siempre que alimentara a los segadores.

Rut recibió de él harina de cebada y la guardó para su suegra, y volvió ya entrada la tarde trayéndola junto con las espigas. También Naamí le había reservado porciones de algunos alimentos con que los vecinos la habían atendido. Y Rut le contó cuanto Bóaz le había dicho.

Cuando Naamí le reveló que aquel hombre era pariente suyo y que quizá, por piedad, velaría por ellas, Rut volvió a salir los días siguientes a recoger espigas con las criadas de Bóaz.

No muchos días después llegó Bóaz y, aventada ya la cebada, se echó a dormir sobre la era. Al saberlo, Naamí ideó recostar a Rut junto a él, pues sería bueno para ambas que él tuviera trato con la muchacha; y envió a la joven a dormir allí, a los pies de Bóaz.

Rut, que tenía por impío contradecir en nada lo que su suegra le ordenaba, se presentó allí. Al principio pasó inadvertida para Bóaz, que dormía profundamente; pero él, al despertarse hacia la medianoche y advertir que una mujer yacía a su lado, le preguntó quién era.

Ella dijo su nombre y le rogó que, como señor suyo, la amparara. Entonces él guardó silencio, y de madrugada, antes de que los criados empezaran a moverse para el trabajo, la despertó y le mandó que tomara de la cebada cuanto pudiera y se fuera a casa de su suegra antes de que alguien la viera haber pasado allí la noche, pues era prudente precaverse de la murmuración en tales asuntos, sobre todo cuando nada había ocurrido.

«En cuanto al conjunto del asunto —le dijo—, se hará así: preguntaré al que resulta ser mi pariente más cercano si te quiere por esposa; si dice que sí, lo seguirás a él; pero si lo rehúsa, yo te tomaré para vivir contigo conforme a la ley.»

Cuando Rut declaró esto a su suegra, las embargó la alegría, con la esperanza de que Bóaz velaría por ellas. Y él, ya mediado el día, bajó a la ciudad, reunió al consejo de ancianos y, mandando llamar a Rut, convocó también al pariente; y al llegar este le dijo:

«¿Posees tú las porciones de herencia de Avimélej y de sus hijos?» Al reconocerlo aquel, ya que las leyes se lo concedían por derecho de parentesco, dijo Bóaz: «Pues bien, no hay que acordarse de las leyes a medias, sino cumplirlas en todo. Porque aquí ha venido la mujer de Majlón, y si quieres poseer los campos, debes casarte con ella conforme a las leyes.»

El pariente cedió a Bóaz tanto la herencia como la mujer, siendo también él pariente de los difuntos, alegando que ya tenía esposa e hijos.

Bóaz, entonces, poniendo por testigo al consejo de ancianos, mandó a la mujer que se acercara y, según la ley, le quitara la sandalia y le escupiera en el rostro. Hecho esto, Bóaz se casa con Rut, y al cabo de un año les nace un niño varón.

A este lo crió Naamí y, por consejo de las mujeres, lo llamó Oved, para que fuera criado en cuidado de su vejez; porque «oved» significa en lengua de los hebreos «el que sirve». De Oved nace un hijo, Yishái, y de este, David, el que reinó y dejó el poder a sus propios descendientes durante veintiuna generaciones de hombres.

He referido lo tocante a Rut porque era necesario, con el deseo de mostrar el poder de Dios: que le es posible elevar a espléndida dignidad aun a gentes de humilde condición, como elevó a David, nacido de tales antepasados.

El nacimiento de Shemuel; y cómo predijo la desgracia que cayó sobre los hijos de Elí

Habiendo decaído sus asuntos, los hebreos vuelven a emprender guerra contra los filisteos, y por esta causa: Elí, el sumo sacerdote, tenía dos hijos, Jofní y Pinjás.

Estos, insolentes con los hombres e impíos con lo divino, no se abstenían de ningún crimen. Parte de las ofrendas se la llevaban a título del honor debido a su cargo, pero otra parte la tomaban al modo del saqueo; y a las mujeres que acudían al culto las deshonraban corrompiéndolas, a unas por la fuerza, a otras seduciéndolas con regalos. Su vida en nada quedaba por debajo de una tiranía.

El propio padre estaba consternado por ello, esperando de un momento a otro que les llegara de Dios el castigo por sus obras; y el pueblo estaba indignado. Y cuando Dios anuncia la desgracia venidera —a Elí y a Shemuel el profeta, que entonces era un niño— sobre sus hijos, Elí hizo abierto duelo por ellos.

Pero quiero exponer primero lo referente al profeta, y contar luego lo de los hijos de Elí y la desdicha que cayó sobre todo el pueblo de los hebreos.

Elkaná, un levita de condición media entre los ciudadanos del territorio de Efráyim, que habitaba en la ciudad de Ramatá, estaba casado con dos mujeres, Janá y Peniná. De esta última tenía hijos; a la otra, que era estéril, no dejaba de amarla.

Fue Elkaná con sus mujeres a la ciudad de Siló para ofrecer sacrificio —pues allí estaba plantado el Mishkán de Dios, como antes hemos dicho—, y mientras, durante el banquete, repartía porciones de carne a sus mujeres y a sus hijos, Janá, al ver a los hijos de la otra sentados alrededor de su madre, se echó a llorar y se lamentaba de su falta de hijos y de su soledad.

Y sobreponiéndose a su pena, pese al consuelo de su marido, se dirigió al Mishkán suplicando a Dios que le concediera descendencia y la hiciera madre, y prometiendo consagrar al servicio de Dios al primero que le naciera, que llevaría un género de vida distinto del de los hombres comunes.

Como se demoraba largo rato en sus plegarias, Elí, el sumo sacerdote —pues estaba sentado ante el Mishkán—, le mandó retirarse creyéndola ebria. Pero ella dijo que solo había bebido agua y que, afligida por la falta de hijos, suplicaba a Dios; y él la exhortó a tener ánimo, anunciándole que Dios le concedería hijos.

Volvió llena de esperanza junto a su marido y tomó alimento con alegría, y cuando regresaron a su tierra comenzó a concebir, y les nace un niño, al que llamaron Shemuel —que podría traducirse «pedido a Dios»—. Acudieron, pues, a ofrecer sacrificio por el nacimiento del niño y llevaron los diezmos.

La mujer, recordando el voto que había hecho a propósito del niño, se lo entregaba a Elí, consagrándolo a Dios para que llegara a ser profeta; por eso se le dejó crecer el cabello y su bebida era el agua. Shemuel se criaba, pues, en el santuario, y a Elkaná le nacen de Janá otros hijos y tres hijas.

Shemuel, cumplidos ya los doce años, comenzó a profetizar. Una vez, mientras dormía, Dios lo llamó por su nombre; él, creyendo que lo llamaba el sumo sacerdote, se presenta ante él. Al negar el sumo sacerdote haberlo llamado, Dios lo hace hasta tres veces.

Entonces Elí, comprendiéndolo, le dice: «Yo, Shemuel, guardaba silencio como antes; es Dios quien te llama. Dile, pues, que estoy presto.» Y cuando Dios volvió a hablar, Shemuel, al oírlo, le pidió que dijera lo que quería, pues no faltaría en ningún servicio que Él deseara.

Y Dios dijo: «Puesto que estás presto, entérate de una desgracia que ha de venir sobre los israelitas, mayor de lo que las palabras y la fe de quienes la presencien puedan abarcar: los hijos de Elí morirán en un solo día, y el sacerdocio pasará a la casa de Elazar; porque Elí amó a sus hijos más que a mi servicio, y más de lo que a ellos les convenía.»

Cuando Elí forzó con juramentos al profeta a decírselo —pues Shemuel no quería afligirlo con sus palabras—, tuvo aún más firme la expectativa de la perdición de sus hijos. Y la fama de Shemuel crecía cada vez más, al verse cumplirse como verdadero cuanto profetizaba.

Lo que ocurrió a los hijos de Elí, al Arca y al pueblo; y cómo el propio Elí murió miserablemente

Por aquel tiempo los filisteos, marchando contra los israelitas, acamparon junto a la ciudad de Afek. Cuando los israelitas les hicieron frente, al poco se trabaron en combate al día siguiente, y vencen los filisteos: matan a unos cuatro mil de los hebreos y persiguen al resto de la multitud hasta el campamento.

Temiendo por su suerte entera, los hebreos envían al consejo de ancianos y al sumo sacerdote la orden de traer el Arca de Dios, para que, presente esta, al disponerse en línea de batalla prevalecieran sobre los enemigos; ignoraban que mayor es Aquel que había decretado su desgracia que el Arca misma, y que por Él precisamente sucedía que esta existiera.

Llegó, pues, el Arca, y con ella los hijos del sumo sacerdote, aunque su padre les había ordenado que, si querían seguir vivos en caso de que el Arca fuera capturada, no se presentaran ante su vista. Pinjás oficiaba ya como sacerdote, pues su padre le había cedido el cargo a causa de la vejez.

Gran ánimo se apodera entonces de los hebreos, como si por la llegada del Arca fueran a imponerse a los enemigos, y los enemigos quedaban aterrados, temiendo la presencia del Arca entre los israelitas. Pero el resultado no correspondió a lo que unos y otros esperaban.

Trabado el combate, la victoria sobre los filisteos que los hebreos esperaban fue la de estos; y la derrota que los filisteos temían, esa la sufrieron los hebreos, que comprendieron cuán en vano habían confiado en el Arca. Pues, apenas llegaron a las manos con los enemigos, fueron puestos en fuga y perdieron a unos treinta mil hombres, entre los que cayeron también los hijos del sumo sacerdote; y el Arca fue llevada por los enemigos.

Cuando se anunció en Siló la derrota y el cautiverio del Arca —pues llegó a ellos como mensajero cierto joven benjaminita que había estado presente en lo sucedido—, toda la ciudad se llenó de duelo.

Y Elí, el sumo sacerdote —pues estaba sentado junto a una de las puertas, en un trono elevado—, al oír el clamor y creyendo que algo grave había ocurrido a los suyos, mandó llamar al joven; y cuando supo lo de la batalla, sobrellevó con más entereza lo que había caído sobre sus hijos en el campamento, como quien de antemano había conocido por Dios lo que iba a suceder y lo había anunciado; pues los males que sobrevienen tal como se esperaban se soportan con más firmeza.

Pero cuando oyó que también el Arca había sido capturada por los enemigos, traspasado de dolor porque esto le sobrevenía contra toda esperanza, se desplomó del trono y murió, tras haber vivido en total noventa y ocho años, y de estos haber ejercido el mando durante cuarenta.

Aquel mismo día muere también la mujer de Pinjás, su hijo, incapaz de sobrevivir a la desgracia de su marido. Estando encinta le llegó la noticia de lo sucedido a su esposo; da a luz un niño de siete meses que, aunque vivió, llamaron Ikavod, nombre que significa «deshonra», por la infamia que entonces había caído sobre el ejército.

Elí fue el primero en ejercer el sacerdocio de la casa de Itamar, el otro de los hijos de Aharón; pues la casa de Elazar lo había ejercido al principio, recibiendo cada hijo de su padre el honor. Aquel lo transmite a su hijo Pinjás, tras el cual Aviézer, su hijo, tomó el honor y lo dejó a su hijo llamado Bukí, de quien lo heredó su hijo Uzí; después de este obtuvo el sacerdocio Elí, de quien tratamos ahora, y su linaje lo conservó hasta los tiempos del reinado de Shlomo. Entonces los descendientes de Elazar lo recibieron de nuevo.