Libro tercero

Cómo Moshé, tras sacar al pueblo de Mitsraim, lo condujo hasta el monte Sinaí, aunque no sin padecer mucho en el camino

Después de que la salvación llegara a los hebreos de aquel modo tan asombroso, pronto volvieron a sufrir, pues, mientras marchaban hacia el monte Sinaí, la comarca era por completo un desierto: sin nada de qué alimentarse y falta de agua hasta el extremo. No solo carecía de lo necesario para los hombres, sino que ni siquiera bastaba para apacentar a los demás animales, porque era una tierra árida, sin la menor humedad capaz de hacer brotar fruto alguno. Y aun siendo así aquella tierra, la atravesaban por necesidad, pues no tenían otra por donde ir.

Llevaban agua traída de la etapa anterior, por orden de su caudillo; pero, agotada esta, sacaban agua de pozos con gran esfuerzo, por la dureza del terreno, y lo poco que hallaban era amargo, no potable, y aun eso escaso.

Caminando así llegaron, ya al caer la tarde, a un lugar llamado Mar —nombre que le pusieron por la mala calidad del agua, pues mar significa «amargura»—. Allí, extenuados por lo continuo de la marcha y por la falta de alimento, que en ese momento se les había acabado del todo, hicieron alto.

Había allí un pozo —razón por la cual se detuvieron más tiempo—, aunque no bastaba para un ejército tan numeroso; con todo, les dio una breve alegría por haberlo encontrado en semejantes parajes, ya que los exploradores les advertían que más adelante no había nada. Pero aquella agua era amarga e imbebible, insoportable no solo para los hombres, sino también para las bestias de carga.

Al ver Moshé el desánimo de la gente y que la cosa no admitía réplica —pues no era un ejército de hombres endurecidos que pudiera oponer su valor a la presión de la necesidad, sino que la nobleza de ánimo de aquellos quedaba deshecha por la muchedumbre de niños y mujeres, demasiado débil para dejarse convencer con razones—, se hallaba en apuros aún mayores, haciendo suya la desgracia de todos. Pues no acudían a ningún otro sino a él, suplicándole: las mujeres por sus pequeños, los hombres por ellas, que no los abandonara, sino que les procurara algún medio de salvación. Se volvió entonces a Dios en súplica, para que cambiara el agua de su mal estado y se la diera potable.

Concedido esto por Dios, tomó el extremo de una vara que yacía a sus pies, la partió por la mitad rajándola a lo largo y luego la arrojó al pozo; y persuadió a los hebreos de que Dios había escuchado sus ruegos y prometía darles el agua tal como la deseaban, con tal de que sirvieran a lo que él les mandara no con desgana, sino de buen grado. Cuando le preguntaron qué debían hacer para que el agua mejorase, ordenó a los más vigorosos que se pusieran alrededor y la sacaran, diciendo que, una vez vaciada la mayor parte, la que quedara les sería potable. Se pusieron a la faena, y el agua, batida y ya purificada por los golpes continuos, quedó buena para beber.

Levantando el campamento de allí, llegaron a Elim, lugar que de lejos parecía hermoso, pues estaba plantado de palmeras, pero que de cerca se revelaba pobre: las palmeras, que no pasaban de setenta, crecían mal y raquíticas por falta de agua, ya que todo el paraje era árido. De las doce fuentes que había no manaba humedad alguna que, regando la tierra, sirviera de esperanza; incapaces de brotar y de aflorar, apenas dejaban unas gotas, y al escarbar la arena nada aparecía, y si tomaban en las manos alguna que goteara, la hallaban inútil por ser turbia. Los árboles daban fruto escaso por la falta del agua que los alimentara y estimulara. Culpaban, pues, a su caudillo y clamaban contra él, diciendo que por su causa padecían aquella miseria y aquella prueba de males; pues era ya el trigésimo día de marcha, habían consumido cuanto llevaban y, sin encontrar nada por el camino, desesperaban por completo. Con el ánimo puesto en el mal presente, impedidos de recordar los beneficios que habían recibido de Dios y de la virtud y prudencia de Moshé, se enfurecían contra su caudillo y se lanzaron a apedrearlo como principal culpable de la calamidad que tenían delante.

Pero él, aunque la muchedumbre estaba así soliviantada y amargamente enardecida contra él, confiando en Dios y en la conciencia de haber velado por sus compatriotas, se presentó en medio de ellos; y mientras clamaban y aún tenían las piedras en las manos —él, grato a la vista y muy persuasivo para hablar a las multitudes—, empezó a calmar su ira. Les rogaba que no dejaran, por acordarse de las presentes penalidades, que se les borrara el recuerdo de los beneficios anteriores, ni que, porque ahora sufrían, expulsaran de su pensamiento las gracias y dones de Dios, grandes y logrados de manera asombrosa; que esperaran también librarse de la actual estrechez por la solicitud de Dios, quien probablemente, para poner a prueba su virtud —cuánta entereza tenían y cuánta memoria de lo ya recibido—, los ejercitaba ahora con estas dificultades, por ver si no se volvían contra Él a causa de los males que tenían delante. Les decía que quedaban en evidencia como no buenos, ni en la paciencia ni en el recuerdo de lo bueno recibido, al despreciar así a Dios y su designio, por el cual habían salido de Mitsraim, y al tratar de este modo a su propio servidor, que en nada los había engañado en cuanto había dicho y ordenado hacer por mandato de Dios.

Y les enumeraba todo: cómo habían perecido los egipcios por retenerlos a la fuerza contra la voluntad de Dios; de qué manera aquel mismo río fue para ellos sangre e imbebible, mientras que para los hebreos era potable y dulce; cómo, al retirarse el mar muy lejos y abrirles un camino nuevo, por esa misma ruta se salvaron ellos y vieron perecer a sus enemigos; cómo, faltos de armas, Dios los proveyó también de ellas; y cuántas otras cosas, cuando ya se creían al borde de la ruina, Dios les había concedido, salvándolos contra toda lógica y según su poder. Les pedía que tampoco ahora desconfiaran de su providencia, sino que aguardaran sin ira, considerando que su socorro no llegaba tarde aunque no viniera al instante y antes de padecer alguna dificultad, y teniendo por cierto que Dios no demoraba por desdén, sino para probar su valor y su amor a la libertad: para saber si erais capaces de soportar con nobleza la falta de alimento y la escasez de agua por ella, o si más bien preferíais servir como el ganado a quienes lo dominan y lo ceban en abundancia para su propio provecho.

Y les dijo que temía, no tanto por su propia salvación —pues ningún mal padecería muriendo injustamente—, cuanto por ellos, no fuera que, con las piedras que le arrojaban, se los tuviera por condenar a Dios. Con esto los aplacó y contuvo su impulso de apedrearlo, llevándolos a arrepentirse de lo que iban a hacer. Y juzgando que no sin motivo padecían aquello a causa de la necesidad, decidió que debía acudir a la súplica y ruego de Dios; subiendo a un altozano, pedía algún recurso para el pueblo y el fin de su penuria, pues en Él estaba su salvación y en ningún otro. Rogaba que perdonara lo que ahora hacía el pueblo forzado por la necesidad, ya que el género humano es por naturaleza descontentadizo y dado a las quejas cuando le va mal. Y Dios prometió proveer y darles el recurso que anhelaban.

Moshé, oído esto de Dios, bajó hacia la muchedumbre. Al verlo alegre por las promesas de Dios, ellos pasaron del abatimiento a un talante más risueño; y él, puesto en medio, les decía que venía trayéndoles de parte de Dios el remedio para los apuros presentes. Poco después, una bandada de codornices —ave que el golfo Arábigo cría como ninguna otra región— cruzó volando el mar que hay en medio y, fatigada del vuelo y volando además más a ras de tierra que las demás aves, se abatió sobre los hebreos. Ellos las cogieron y remediaron su carencia, como alimento que Dios les había procurado; y Moshé se volvió a dar gracias a Dios, que tan pronto y aun antes de lo prometido les había traído el socorro.

En seguida, tras este primer recurso de alimento, Dios les envió un segundo. Mientras Moshé alzaba las manos en oración, cayó un rocío que se cuajó en sus manos; y Moshé, sospechando que también aquello les venía de Dios como alimento, lo probó y quedó complacido. La muchedumbre, ignorándolo y creyendo que nevaba y que era cosa propia de aquella estación del año, fue instruida por él: no caía del cielo aquel rocío según ellos suponían, sino para su salvación y sustento; y les daba a probarlo para que lo creyeran. Ellos, imitando a su caudillo, se deleitaron con aquel manjar, pues en dulzura y sabor se parecía a la miel, era semejante al bedelio de los aromas y del tamaño de la semilla del cilantro. Y se afanaban mucho en recogerlo.

Se les mandó a todos por igual recoger cada día un asarón —que es una medida—, en la seguridad de que no les faltaría aquel manjar, para que a los débiles no les fuera imposible obtenerlo por la fuerza de los más fuertes, que se llevarían más de la cuenta en la recolección. Ahora bien, quienes juntaban más de la medida prescrita no sacaban otro provecho que el de fatigarse, pues no encontraban más de un asarón; y lo que dejaban para el día siguiente no servía de nada, echado a perder por los gusanos y por su amargura: tan divino y prodigioso era aquel alimento. A quienes se sustentan de este alimento los libra de la escasez de todo lo demás; y aún hoy llueve en todo aquel lugar, igual que entonces la Providencia divina, por favor a Moshé, envió el sustento. Los hebreos llaman a este manjar maná, pues man es en nuestra lengua una pregunta, la que inquiere «¿qué es esto?». Y ellos continuaron gozosos con lo que del cielo se les había enviado; de este alimento se sirvieron cuarenta años, todo el tiempo que estuvieron en el desierto.

Cuando, levantando de allí el campamento, llegaron a Refidim, extenuados de sed hasta el extremo —pues en los días anteriores solo habían dado con unos pocos manantiales y ahora hallaron la tierra del todo sin agua—, se vieron en apuros y de nuevo se enfurecieron contra Moshé. Él, esquivando por un momento el ímpetu de la muchedumbre, se volvió a la súplica de Dios, rogándole que, así como había dado alimento a quienes carecían de él, les diera también bebida, pues sin bebida se malograba incluso el favor del alimento. Dios no dilató por mucho tiempo su don, sino que prometió a Moshé darle una fuente y abundancia de agua de donde no la esperaran, y le ordenó que, golpeando con su vara la roca que veían allí cerca, obtuviera de ella el caudal que necesitaban; pues cuidaba también de que la bebida no les costara fatiga ni trabajo. Moshé, recibida de Dios esta orden, se presentó ante el pueblo, que lo esperaba con los ojos puestos en él, pues ya lo veían venir desde el altozano. Al llegar, les dijo que Dios los libraría también de aquella necesidad y les concedería una salvación ni siquiera esperada, diciendo que de la roca les brotaría un río. Espantados ellos al oírlo —pensando que, agotados por la sed y la marcha, tendrían aún que romper la roca—, Moshé la golpeó con su vara, y, al abrirse, manó agua abundante y clarísima. Quedaron pasmados ante lo asombroso de lo ocurrido, y a su sola vista se les calmó la sed; bebían aquel manantial dulce y grato, tal como debía de ser el don de Dios cuando Él lo daba. Admiraban, pues, a Moshé, tan honrado por Dios, y con sacrificios correspondían a la providencia de Dios para con ellos. Un escrito depositado en el Templo declara que Dios había predicho a Moshé que de la roca brotaría el agua de aquel modo.

Cómo los amalecitas y las naciones vecinas hicieron la guerra a los hebreos, fueron vencidos y perdieron gran parte de su ejército

Como el nombre de los hebreos era ya muy pregonado por todas partes y la fama sobre ellos corría, sucedió que los pueblos de la comarca sentían un temor no pequeño; y, enviándose embajadas unos a otros, se exhortaban a defenderse y a intentar destruir a aquellos hombres. Los que impulsaban a esto eran los que habitaban la Gobolítide y Petra, llamados amalecitas, los más belicosos de las naciones de allí. Sus reyes, enviando mensajeros unos a otros y a los pueblos vecinos, los incitaban a la guerra contra los hebreos, diciendo que un ejército extraño, huido de la esclavitud de los egipcios, se cernía sobre ellos, y que no convenía dejarlo pasar, sino que, antes de que cobrara fuerza y llegara a la prosperidad y él mismo diera comienzo a la lucha contra nosotros —envalentonado al ver que de nuestra parte nada le sale al paso—, era seguro y prudente aniquilarlo, exigiéndole cuentas también por el desierto y por lo obrado en él, y no cuando ya haya puesto sus manos sobre nuestras ciudades y bienes. Pues quienes tratan de destruir la fuerza de un enemigo cuando apenas empieza obran con más acierto que quienes le impiden crecer una vez ya adelantada: los primeros parece que se irritan por lo superfluo; los segundos no dejan que se le dé ninguna ocasión contra ellos. Con tales embajadas a los vecinos y entre sí, resolvieron ir al combate contra los hebreos.

A Moshé, que no esperaba enemigo alguno, la actitud de aquellos pueblos le causaba desconcierto y turbación; y cuando ya se presentaron para la batalla y hubo que exponerse al peligro, cundió gravemente la alarma entre la muchedumbre de los hebreos, que, careciendo de todo, iban a combatir contra hombres bien pertrechados de cuanto hacía falta. Comenzó, pues, Moshé a alentarlos y a exhortarlos a tener valor confiados en el favor de Dios, por el cual, alzados a la libertad, vencerían a quienes se les enfrentaban en batalla por ella. Debían tener por cierto que su ejército era numeroso y no le faltaba nada —armas, dinero, alimento y lo demás con que, cuando lo tienen, combaten los hombres con seguridad—, juzgando que todo eso lo tenían en la alianza de Dios; y que el de los enemigos, en cambio, era escaso, desarmado y débil, tal que, por voluntad de Dios, no podía vencer a hombres como ellos sabían que eran. Sabían por muchas y más terribles pruebas que la guerra les había deparado qué clase de auxiliar era Él: pues este combate era contra hombres, mientras que lo que para ellos fue insuperable —el hambre, la sed, las montañas y el mar sin camino de huida— todo eso lo habían vencido por la benevolencia de Dios. Ahora los exhortaba a mostrarse animosísimos, pues la abundancia de todo estaba en vencer a los enemigos.

Con tales palabras Moshé infundía ánimo a la muchedumbre. Convocando a los jefes de tribu y a los que ocupaban cargos, a cada uno y a todos juntos, exhortaba a los más jóvenes a obedecer a los mayores, y a estos a escuchar a su caudillo. Ellos tenían el ánimo dispuesto para el peligro y prontos a afrontar lo temible, esperando librarse al fin de sus males, y pedían a Moshé que los llevara ya contra los enemigos y no demorara, pues la tardanza estorbaba su ardor. Él, apartando de la multitud a todos los aptos para el combate, puso al frente a Yehoshúa, hijo de Nun, de la tribu de Efráyim, hombre valerosísimo, noble para soportar fatigas, muy capaz de concebir y de expresar, que veneraba a Dios de manera insigne, que tenía a Moshé por maestro de piedad hacia Él y era honrado entre los hebreos. Apostó también un pequeño número de soldados junto al agua, para guardia de niños y mujeres y de todo el campamento. Toda la noche estuvieron en los preparativos: reparando las armas si algo estaba dañado y atentos a sus jefes, dispuestos a lanzarse al combate en cuanto Moshé se lo ordenara. Y Moshé velaba también, instruyendo a Yehoshúa sobre cómo desplegar el ejército.

Al comenzar a despuntar el día, exhortó de nuevo a Yehoshúa a no mostrarse en la acción inferior a la esperanza puesta en él y a ganarse gloria, con el mando de aquella jornada, entre los que gobernaba por las hazañas realizadas; y en privado animó a los más notables de los hebreos, y ya a toda la muchedumbre, armada, la incitaba al combate. Habiendo dispuesto así al ejército con sus palabras y con la preparación de las obras, se retiró al monte, encomendando a Dios y a Yehoshúa el ejército.

Trababan combate los enemigos y la lucha era cuerpo a cuerpo; y mientras unos y otros se animaban con ardor y voces de mando, en tanto que Moshé mantenía alzadas las manos, los hebreos iban dominando a los amalecitas. Como Moshé no soportaba la fatiga de tener así los brazos en alto —pues cuantas veces los bajaba, otras tantas sucedía que los suyos llevaban la peor parte—, ordenó a su hermano Aharón y a Jur, marido de su hermana Miriam, que, puestos uno a cada lado, le sostuvieran las manos y no dejaran que se le cansaran, ayudándole. Hecho esto, los hebreos vencieron por completo a los amalecitas, y todos habrían perecido de no haberse abstenido de matar al sobrevenir la noche.

Una victoria hermosísima y muy oportuna alcanzaron nuestros antepasados: derrotaron a los que los habían atacado y atemorizaron a los pueblos vecinos, y con su esfuerzo obtuvieron grandes y espléndidos bienes al tomar el campamento de los enemigos; consiguieron grandes riquezas, en común y en particular, ellos que antes no tenían siquiera el alimento indispensable. Aquella batalla, ganada así, fue causa de bienes no solo para el momento, sino también para siempre; pues no sometieron solo los cuerpos de los agresores, sino también sus ánimos, y, tras la derrota de aquellos, se hicieron temibles a todos los vecinos, y ellos mismos adquirieron gran poder por su riqueza. Pues mucha plata y mucho oro se hallaron en el campamento, y vasijas de bronce que usaban en su vida diaria, y gran cantidad de piezas labradas de una y otra clase, tejidos y adornos en torno a las armas, y todo el demás ajuar y aderezo de aquellos, y botín de toda especie de ganado y cuanto suele acompañar a los campamentos que salen de expedición. Los hebreos se llenaron de orgullo por su valor, y hubo en ellos una gran mudanza hacia la virtud: se aplicaban siempre al esfuerzo, convencidos de que por él todo era alcanzable. Y este fue el fin de aquella batalla.

Al día siguiente, Moshé despojó a los muertos de los enemigos y recogió las armaduras completas de los que habían huido; concedió honras a los más valientes y elogió al general Yehoshúa, cuyas hazañas atestiguaba todo el ejército. No murió ninguno de los hebreos, mientras que de los enemigos cayeron tantos que no era posible conocer su número. Ofrecido un sacrificio de acción de gracias, erigió un altar que llamó «de la victoria», invocando a Dios, y profetizó que los amalecitas perecerían en total ruina, sin que quedara ninguno de ellos para el futuro, por haber atacado a los hebreos y eso en tierra desierta y estando ellos extenuados; y reanimó al ejército con festines. Esta fue la primera batalla que libraron y así combatieron contra quienes se atrevieron a atacarlos tras su salida de Mitsraim. Cuando celebraron la fiesta de la victoria, Moshé, después de dar descanso unos pocos días a los hebreos tras la batalla, los hizo avanzar en formación. Era ya numerosa su tropa armada; y, avanzando poco a poco, a los tres meses de su partida de Mitsraim llegó al monte Sinaí, donde ya antes hemos referido que le habían acontecido lo de la zarza y las demás visiones.

Cómo Moshé recibió amablemente a su suegro Yitró cuando vino a él al monte Sinaí

Reuel, su suegro, al enterarse de su prosperidad, salió gozoso a su encuentro, acogiendo a Moshé, a Séfora y a los hijos de ambos. Se alegró Moshé con la llegada de su suegro y, tras ofrecer un sacrificio, dio un banquete a la muchedumbre junto a la zarza que había escapado a las llamas del fuego. La muchedumbre, por familias, tomaba parte cada cual en el festín; y Aharón, con los presentes, acompañando a Reuel, cantaban himnos a Dios como al autor y proveedor de su salvación y de su libertad, y elogiaban a su caudillo porque, gracias a la virtud de él, todo les había salido a medida de su deseo. Reuel dedicaba muchos elogios a la muchedumbre por su gratitud hacia Moshé, y admiraba también a Moshé por el valor con que había obrado en pro de la salvación de los suyos.

Cómo Reuel sugirió a Moshé que ordenara a su pueblo bajo jefes de millares y de centenas, que antes vivían sin orden, y cómo Moshé siguió en todo el consejo de su suegro

Al día siguiente, viendo Reuel a Moshé abrumado por la multitud de asuntos —pues dirimía los pleitos de cuantos se lo pedían, acudiendo todos a él por creer que solo obtendrían justicia si él era su árbitro; y a los que perdían les parecía llevadero ceder, pensando que era por justicia y no por codicia lo que padecían—, por entonces guardó silencio, no queriendo estorbar a quienes deseaban servirse de la virtud de su caudillo. Pero, cesado el ajetreo, lo tomó aparte, a solas, y le enseñó lo que debía hacer. Le aconsejó dejar a otros la fatiga de los asuntos menores, y reservarse él la providencia sobre los mayores y sobre la salvación de la muchedumbre; pues para juzgar podían hallarse otros hombres buenos entre los hebreos, pero para velar por la salvación de tantas miríadas nadie era capaz sino Moshé. «Conociendo, pues —le dijo—, tu propia virtud y lo que has llegado a ser sirviendo a Dios para salvar al pueblo, deja que la resolución de las querellas la lleven otros, y tú, dedicado solo al servicio de Dios, prosigue buscando cómo librar a la muchedumbre de su presente apuro. Siguiendo mis consejos sobre las cosas humanas, pasarás revista con cuidado al ejército, y nombrarás jefes elegidos sobre grupos de diez mil, luego sobre millares; después los dividirás en quinientos, de nuevo en cien y luego en cincuenta. Sobre estos pondrás jefes, que los repartan y ordenen por grupos de treinta, de veinte y de diez, contados juntos; y sobre estos haya uno que reciba su título del número de los que gobierna, hombres aprobados por toda la muchedumbre como buenos y justos, que juzguen los litigios entre ellos; y si hay algo mayor, remitan su decisión a los de más rango, y si también a estos se les escapa la dificultad del asunto, te lo remitirán a ti. Así se logrará una y otra cosa: los hebreos obtendrán justicia, y tú, dedicado a Dios, lo harás más benévolo para con el ejército.»

Aconsejado esto por Reuel, Moshé aceptó con agrado el consejo y obró conforme a su indicación; y no ocultó de quién había sido la idea ni se la apropió, sino que hizo público ante la muchedumbre a quien la había concebido. Más aún, en sus libros dejó escrito que Reuel había hallado aquella disposición, pues juzgaba honroso dar testimonio verdadero a quienes lo merecen, aunque ello fuera a traer fama a otro por lo hallado por él, para que también por esto se comprenda la virtud de Moshé. Pero de esto trataremos oportunamente en otro lugar de la obra.

Cómo Moshé subió al monte Sinaí, recibió leyes de Dios y las entregó a los hebreos

Moshé, convocando a la muchedumbre, les dijo que él iba a subir al monte Sinaí para estar con Dios y, recibido de Él algo provechoso, regresar a ellos; y les ordenó acampar cerca del monte, prefiriendo la vecindad de Dios. Dicho esto, subió al Sinaí, que era el más alto de los montes de aquellos parajes y que, por lo excesivo de su tamaño y lo escarpado de sus precipicios, no solo era inaccesible a los hombres, sino que ni siquiera podía mirarse sin fatiga de la vista, tanto más cuanto que corría la voz de que Dios moraba en él, y por ello resultaba temible e inaccesible. Los hebreos, según las órdenes de Moshé, mudaron el campamento y ocuparon las faldas del monte, con el ánimo alzado por la esperanza de los bienes que él les había prometido a su regreso de junto a Dios. Aguardando a su caudillo, celebraban fiesta, purificándose con toda pureza y absteniéndose del trato con mujeres tres días, según él les había dicho, y rogando a Dios que, benévolo al encontrarse con Moshé, les diera un don con el que vivieran bien. Se servían de comidas más suntuosas, y con sus galas mujeres e hijos por igual se adornaban espléndidamente.

Durante dos días pasaron banqueteando, pero al tercero, antes de salir el sol, una nube se alzó por encima de todo el campamento de los hebreos, que nunca antes habían visto tal cosa, y envolvió el lugar donde tenían plantadas sus tiendas. Mientras todo lo demás permanecía sereno, vientos violentos desataron una lluvia recia, hubo relámpagos espantosos para quienes los veían, y rayos que caían anunciaban la presencia de Dios, con la cual se alegraba Moshé por haberle sido propicia. Sobre esto piense cada uno de mis lectores como quiera; a mí me es forzoso referirlo tal como está escrito en los libros sagrados. A los hebreos, lo que veían y el estruendo que hería sus oídos los turbaba terriblemente, pues no estaban acostumbrados a ello, y la voz que se había difundido sobre el monte —que a él mismo acudía Dios— sobrecogía en extremo su ánimo. Se retenían junto a sus tiendas, angustiados, creyendo que Moshé había perecido por la ira de Dios y esperando para sí algo semejante.

Hallándose ellos en tal disposición, se les apareció Moshé, ufano y de gran ánimo. Al verlo, se les disipó el miedo, y les infundió esperanzas mejores sobre el porvenir; y el aire quedó sereno y limpio de los trastornos de poco antes con la llegada de Moshé. Entonces convocó a la muchedumbre en asamblea para que oyera lo que Dios le había dicho; y, reunidos, puesto en pie sobre una altura desde donde todos podían oírlo, dijo: «Dios, oh hebreos, como también antes, me acogió benévolo, y, tras dictarme para vosotros una vida feliz y un buen orden de gobierno, Él mismo se ha hecho presente en el campamento. Por Él, pues, y por las obras que ya por Él se han realizado en favor nuestro, no despreciéis lo que se os dice fijándoos en mí, el que habla, ni en que os hable una lengua humana; considerando la excelencia de estas palabras reconoceréis la grandeza de quien las concibió y quien, para provecho vuestro, no se negó a comunicármelas. Pues no es Moshé, el hijo de Amram y de Yojébed, sino Aquel que forzó al Nilo a correr ensangrentado por vosotros y domó con diversos males la soberbia de los egipcios; el que os abrió un camino por el mar; el que trazó que os llegara alimento del cielo cuando carecíais de él; el que hizo brotar bebida de la roca a los sedientos; por quien Adam participa de los frutos de la tierra y del mar; por quien Nóaj escapó del diluvio; por quien Avram, nuestro antepasado, de errante se hizo dueño de la tierra de Kena’an; por quien Yitsjak nació de padres ancianos; por quien Yaakov fue honrado con las virtudes de doce hijos; por quien Yosef llegó a mandar sobre el poder de los egipcios: Él es quien os concede estas palabras por medio de mí, su intérprete. Séanos venerables y más dignas de defenderse que hijos y mujeres; pues llevaréis una vida feliz siguiéndolas, gozando de una tierra fecunda y de un mar sin tempestades, de hijos que os nacerán conforme a la naturaleza, y seréis temibles a vuestros enemigos; porque yo, llegado a la presencia de Dios, me hice oyente de una voz incorruptible: tanto le importan a Él la subsistencia de nuestro linaje y su permanencia.»

Dicho esto, hizo avanzar al pueblo, con mujeres e hijos, para que oyeran a Dios hablándoles acerca de lo que debían hacer, a fin de que la excelencia de lo dicho no se menoscabara al transmitírseles débilmente por una lengua humana. Todos oyeron una voz que llegaba de lo alto hasta todos, de modo que a nadie se le escapara, y las palabras que Moshé dejó escritas en las dos tablas; no nos es lícito enunciarlas abiertamente palabra por palabra, pero sí declararemos su contenido.

Nos enseña, pues, el primer mandamiento que Dios es uno y que solo a Él se debe adorar. El segundo ordena no hacer imagen de ningún ser vivo para adorarla. El tercero, no jurar por Dios en cosa vana. El cuarto, guardar las semanas descansando de toda obra. El quinto, honrar a los padres. El sexto, abstenerse del homicidio. El séptimo, no cometer adulterio. El octavo, no cometer robo. El noveno, no dar falso testimonio. El décimo, no codiciar nada ajeno.

La muchedumbre, tras oír del propio Dios lo que Moshé les había expuesto, gozosa por lo dicho, se disolvió la asamblea. En los días siguientes, acudiendo a la tienda, le pedían que les trajera también leyes de parte de Dios. Él las estableció, y sobre todos los asuntos indicó de qué modo debían obrarse en los tiempos venideros, cosas que mencionaré en su momento oportuno. La mayoría de las leyes las reservo para otra obra, en la que haré de ellas una exposición aparte.

Estando así las cosas, Moshé subió de nuevo al monte Sinaí, tras avisar a los hebreos, y ante los ojos de ellos hizo su ascensión. Como el tiempo se prolongaba —pues pasó cuarenta días lejos de ellos—, se apoderó de los hebreos el temor de que a Moshé le hubiera ocurrido algo; y de cuantas desgracias les habían sobrevenido, no hubo ninguna que tanto los afligiera como el creer que Moshé había perecido. Había entre ellos disputa: unos decían que había muerto devorado por las fieras —y sostenían este parecer sobre todo los que le eran hostiles—, otros que se había retirado junto a la divinidad. Pero a los sensatos, que no tomaban ninguna de las dos versiones como propia complacencia, sino que juzgaban humano el morir devorado por las fieras y verosímil que Dios lo hubiera trasladado junto a sí por la virtud que en él había, este razonamiento los mantenía serenos. Con todo, considerando que se habían quedado sin un jefe y protector cual no podrían hallar otro, no dejaban de afligirse hondamente, y ese pensar no les permitía ni abrigar esperanza alguna favorable sobre él ni dejar de entristecerse y abatirse. Pero no se atrevían a mover el campamento, pues Moshé les había dicho de antemano que permanecieran allí.

Transcurridos ya cuarenta días y otras tantas noches, se presentó Moshé sin haber probado ninguno de los alimentos acostumbrados entre los hombres. Al aparecer, colmó de alegría a la tropa, y les manifestó la providencia que Dios tenía sobre ellos, diciendo que en aquellos días Él le había indicado el modo en que vivirían felices bajo buen gobierno; y que Dios quería que se le hiciese una tienda, a la cual bajaría al venir a ellos, «para que, aun mudándonos a otro lugar, la llevemos con nosotros y no necesitemos ya subir al Sinaí, sino que Él mismo, frecuentando la tienda, se halle presente a nuestras oraciones. La tienda se hará con las medidas y la hechura que Él mismo ha mostrado, con tal de que os apliquéis sin desgana a la obra.» Dicho esto, les mostró dos tablas que llevaban grabadas las diez palabras, cinco en cada una. Y la escritura era de la mano de Dios.

Sobre el Mishkán que Moshé construyó en el desierto en honor de Dios y que parecía un templo

Ellos, alegres por lo que veían y por lo que oían de su caudillo, no escatimaron su empeño según sus posibilidades, sino que aportaban plata, oro y bronce, maderas de la más hermosa calidad e incapaces de sufrir menoscabo por la putrefacción, pelo de cabra y pieles de oveja, unas teñidas de jacinto, otras de escarlata; unas ofrecían el matiz de la púrpura, otras un color blanco; lanas teñidas con los tintes antes dichos y lino de biso, y piedras engastadas en ellos, de esas que los hombres, encerrándolas en oro, usan como adorno suntuoso; y aportaban gran cantidad de perfumes, pues de tal materia dispuso el Mishkán. En nada se diferenciaba de un templo portátil que se traslada y va de un lado a otro.

Reunidos, pues, con diligencia todos estos materiales —esmerándose cada cual incluso más allá de sus fuerzas—, Moshé puso al frente de las obras a los maestros de obra que Dios le había ordenado, los mismos que el pueblo habría elegido de haber quedado la decisión en sus manos. Sus nombres —pues también están escritos en los libros sagrados— eran estos: Betsalel, hijo de Uri, de la tribu de Yehudá, hijo de Miriam, la hermana del caudillo; y Oholiav, hijo de Ajisamaj, de la tribu de Dan.

El pueblo acometió lo emprendido con tal ardor que Moshé tuvo que contenerlos, haciendo proclamar que bastaba con los que ya trabajaban —así lo habían advertido los artesanos—. Se aplicaron, pues, a la construcción del Mishkán, y Moshé les fue instruyendo en cada detalle sobre las medidas, conforme a la indicación de Dios, y sobre el tamaño y la cantidad de utensilios que debía albergar para el servicio de los sacrificios. También las mujeres rivalizaban en celo por las vestiduras sacerdotales y por cuanto la obra requería, tanto para su ornato como para el culto de Dios.

Cuando todo estuvo dispuesto —el oro, el bronce y los tejidos—, Moshé anunció una fiesta con sacrificios según las posibilidades de cada cual y procedió a levantar el Mishkán. Primero delimitó un atrio a cielo abierto, de cincuenta codos de ancho y cien de largo. Plantó postes de bronce de cinco codos de alto a cada lado —veinte en los costados más largos y diez en el ancho de la parte de atrás—, y a cada poste iban adosadas anillas. Los capiteles eran de plata; las basas, semejantes a los regatones de una lanza, eran de bronce, firmemente hincadas en el suelo.

De las anillas colgaban cuerdas atadas por un extremo a clavos de bronce de un codo de largo, que, hincados en el suelo junto a cada poste, mantenían el Mishkán inmóvil frente a la fuerza de los vientos. Una tela de lino finísimo, de labor muy variada, corría todo alrededor, cayendo desde el capitel hasta la basa en abundantes pliegues y cercando por completo el recinto, de modo que no parecía diferir en nada de una muralla. Así estaban tres de los lados del cerco. En cuanto al cuarto lado —pues, midiendo cincuenta codos como el opuesto, formaba el frente de todo el conjunto—, veinte codos quedaban abiertos a modo de puertas, en las que se alzaban de dos en dos los postes, imitando pórticos.

Estos postes estaban todos revestidos de plata sobre bronce, salvo las basas, que eran de bronce. A uno y otro lado de la entrada había tres postes plantados, encajados y afianzados en sus quicios, y sobre ellos se ceñía un tejido de lino fino. El cortinaje de las puertas, de veinte codos de largo y cinco de fondo, era un tejido de púrpura escarlata con azul y lino, floreado con muchos y variados adornos, salvo que no se figuraba en él forma alguna de animales. Dentro de las puertas había una pila de bronce, con su pie del mismo metal, de la que los sacerdotes podían lavarse las manos y derramar agua sobre sus pies. De este modo estaba dispuesto el recinto del atrio.

Levantó el Mishkán en el centro, orientado hacia levante, para que el sol, al salir, arrojara sobre él sus primeros rayos. Su largo se elevaba a treinta codos y su ancho se extendía diez; uno de sus muros daba al mediodía y el otro al norte, y a su espalda quedaba el poniente. Debía elevarse en altura en la misma medida en que se extendía a lo ancho. Había columnas de madera a cada costado, veinte, labradas en forma cuadrada, de codo y medio de ancho y cuatro dedos de fondo. Estaban recubiertas de láminas de oro por todas partes, por dentro y por fuera. Cada una llevaba dos espigas que encajaban en dos basas de plata, y cada basa tenía un encaje que recibía la espiga.

En el muro de poniente había seis columnas, todas tan ajustadas entre sí que, cerradas las junturas, su ensamblaje parecía un solo muro, dorado por dentro y por fuera. Pues el número de columnas concordaba: en los costados eran veinte, y como cada una medía codo y medio de ancho, entre todas completaban los treinta codos. En cuanto al muro posterior: como las seis columnas juntas dan nueve codos, añadieron otras dos, talladas de un codo, que colocaron en los ángulos, labradas iguales a las mayores.

Cada columna tenía en su cara exterior una anilla de oro, prendida como por raíces entretejidas, dispuestas en hilera unas frente a otras a lo largo del contorno; y por ellas pasaban barras doradas, de cinco codos de largo cada una, que servían de trabazón a las columnas, entrando la cabeza de cada barra en la siguiente mediante un ingenioso gozne labrado a modo de rosca. En el muro posterior había una sola barra que recorría todas las columnas, en la que encajaban de través las últimas barras de cada uno de los muros más largos, y quedaban sujetas por goznes, ensamblando la hembra con el macho. Esto mantenía el Mishkán a salvo de ser sacudido por los vientos o por cualquier otra causa, y había de conservarlo inmóvil en gran quietud.

Dividiendo por dentro su largo en tres partes, a diez codos del fondo levantó cuatro columnas, labradas como las demás y asentadas sobre basas semejantes, separadas un poco entre sí. Lo que quedaba dentro de ellas era el recinto vedado; el resto del Mishkán quedaba reservado a los sacerdotes. Esta disposición del Mishkán venía a ser una imitación de la naturaleza del universo: la tercera parte, la de dentro de las cuatro columnas, vedada a los sacerdotes, estaba consagrada a Dios como el cielo; y los veinte codos restantes, así como la tierra y el mar son transitables para los hombres, se confiaban solo a los sacerdotes.

En el frente, por donde habían hecho la entrada, se alzaban columnas de oro sobre basas de bronce, cinco en número. Cubrían el Mishkán con tejidos de lino y de púrpura, de azul y de tinte escarlata mezclados. El primero, de diez codos por todos lados, cubría las columnas que, dividiendo el santuario, encerraban dentro de sí el recinto vedado; y esto era lo que lo hacía invisible a todos. A todo el santuario se le llamaba el Santo, y a la parte inaccesible, dentro de las cuatro columnas del Santo, el Santo de los Santos.

Era hermoso aquel paño, floreado con toda suerte de flores que brotan de la tierra y entretejido con cuanto pudiera darle adorno, salvo formas de animales. Otro semejante a este en tamaño, tejido y color envolvía las cinco columnas de la entrada, sujetándolo una anilla en el ángulo de cada columna, desde lo alto hasta la mitad de la columna. El resto quedaba libre como entrada para los sacerdotes que pasaban por debajo. Sobre este había un paño de lino del mismo tamaño, tirado con cuerdas hacia un lado; las anillas servían tanto al tejido como a la cuerda para desplegarlo y, al recogerlo, dejarlo apartado en un ángulo sin estorbar la vista, sobre todo en los días señalados. En los demás días, y en especial cuando había nieve, tendido por delante, el tejido teñido lo hacía impermeable. De ahí quedó la costumbre, incluso después de que edificáramos el Templo, de poner una tela semejante en las entradas.

Otros diez paños, de cuatro codos de ancho y veintiocho de largo, con goznes de oro que ensamblaban hembra y macho, se unían de modo que parecían uno solo; luego, tendidos sobre el santuario, daban sombra a la techumbre y a los muros de los costados y de la espalda, quedando alzados del suelo cosa de un codo. Iguales en anchura, había otras telas, una más en número y mayores en largo —pues eran de treinta codos—, tejidas de pelo con la misma finura que las de lana, que caían hasta el suelo; ante las puertas ofrecían algo semejante a un frontón y a un pórtico, empleándose para ello la undécima tela. Otras por encima de estas, hechas de pieles, iban de sobrecubierta como abrigo y amparo de las tejidas, dispuestas contra los calores y cuando venía la lluvia. Gran asombro se apoderaba de quienes las contemplaban de lejos, pues su color no parecía diferir en nada de los tonos del cielo. Las de pelo y las de pieles descendían igual que el tejido de las puertas, defendiendo del calor y de la furia de las lluvias. Y de este modo se armaba el Mishkán.

Se hizo también para Dios un arca de una madera fuerte por naturaleza e incapaz de pudrirse; en nuestra lengua se llama arón, y su hechura era la siguiente: tenía cinco palmos de largo, y tres de ancho y otros tres de fondo. Estaba enteramente revestida de oro por dentro y por fuera, de modo que quedaba oculta la madera; y la tapa se unía a ella con goznes de oro de manera admirable, pareja por todas partes, sin que en ninguna hubiera saliente que estropeara el ajuste. A cada uno de los lados más largos iban dos anillas de oro que atravesaban todo el maderamen, y por ellas se pasaban barras doradas a lo largo de cada lado, para que por medio de ellas se la llevara, cuando fuera menester, al moverla; pues no se transportaba en carro, sino que la portaban los sacerdotes.

Sobre su tapa había dos figuras en relieve, a las que los hebreos llaman Keruvim: son criaturas aladas, pero de una forma que no se parece a ninguna de las vistas por los hombres. Moshé afirma haberlas visto figuradas junto al trono de Dios. En ella depositó las dos tablas en que estaban escritos los diez mandamientos, cinco en cada una, dos y medio por cara. Y colocó el arca en el recinto vedado.

En el santuario dispuso una mesa semejante a las de Delfos, de dos codos de largo, un codo de ancho y tres palmos de alto. Tenía patas rematadas por completo en su mitad inferior, como las que los dorios ponen a los divanes; y la parte que ascendía hacia ella era de labor cuadrada. Cada costado se ahuecaba, hundiendo el borde cosa de un palmo, mientras una moldura en espiral corría por la parte alta y la baja del cuerpo; y en cada pata, también aquí, iba clavada una anilla no lejos de la tapa, por las que pasaban vástagos dorados, de madera por dentro, no desmontables; pues llevaban un hueco por donde se juntaban con las anillas. Estos vástagos no eran de una pieza continua, sino que, antes de unirse hasta el fondo, remataban por un extremo en pasadores: uno entraba en la parte saliente de la mesa y el otro en la pata; y con ellos se la llevaba por los caminos.

Sobre esta —pues se colocaba en el santuario mirando al norte, no lejos del fondo— disponían doce panes ázimos, en dos hileras de seis, de flor de harina purísima, de dos assarones, medida hebrea que equivale a siete cotilas áticas. Encima de los panes se ponían dos copas de oro llenas de incienso; y al cabo de siete días se traían otros panes, en el día que nosotros llamamos Shabat —pues al séptimo día lo llamamos Shabat—; la razón por la que esto se instituyó la diremos en otro lugar.

Frente a la mesa, junto al muro que da al mediodía, se alza un candelabro de oro fundido, hueco, con un peso de cien minas; los hebreos lo llaman kínjares, palabra que, vertida a la lengua griega, significa «talento». Está labrado con bolas, azucenas, granadas y copitas —setenta piezas en total—, con las que se compuso en altura desde una sola base, hecho de tantas partes como las que asignan a los planetas y al sol. Remata en siete brazos dispuestos en hilera, correspondientes entre sí. Sobre ellos van siete lámparas que imitan el número de los planetas; miran hacia levante y hacia el mediodía, pues el candelabro está colocado de forma oblicua.

Entre él y la mesa, dentro, como dije antes, había un altar del incienso, de madera —la misma de que eran los utensilios anteriores, que no se pudre—, revestido de una lámina sólida, de un codo de ancho por cada lado y del doble de alto. Encima llevaba un fogón de oro que sobresalía, con una corona en cada ángulo y otra de oro que lo rodeaba, donde iban anillas y barras con las que los sacerdotes lo llevaban por los caminos. También delante del Mishkán se erigía un altar de bronce con alma de madera, medido asimismo en cinco codos por cada lado y tres codos de alto, adornado igual que el de oro, guarnecido de láminas de bronce, con el fogón a modo de reja; pues la tierra recibía el fuego que caía del fogón, ya que por debajo no había base alguna en todo su ámbito. Enfrente del altar de oro se colocaban jarras de vino y copas junto con incensarios y crateras; y cuanto se había hecho para el servicio sagrado era todo de oro. Tal era el Mishkán y los utensilios que lo acompañaban.

Las vestiduras de los sacerdotes y del sumo sacerdote

Se hicieron también vestiduras para los sacerdotes —para todos los demás, a los que llaman cohanim, y muy en especial para el sumo sacerdote, al que llaman arabajén, palabra que significa «sumo sacerdote»—. La vestidura de los demás es la que sigue.

Cuando el sacerdote se acerca al servicio sagrado, purificado con la pureza que la Torá prescribe, se pone primero lo que llaman manajasén —quiere decir «ceñidor»—: es un paño interior en torno a las partes pudendas, cosido de lino torcido, en el que los pies entran como en unos calzones; está cortado por encima de la mitad y, terminando a la altura de las ingles, se ciñe apretado en torno a ellas. Sobre esto lleva una prenda de lino de doble tela de biso, que se llama jetoméne —«lino» significa esto, pues al lino nosotros lo llamamos jéton—. Esta prenda es una túnica hasta los pies, ajustada al cuerpo, con las mangas ceñidas en torno a los brazos; la ciñen a la altura del pecho, un poco por encima de la axila, pasando alrededor un cinturón ancho como de cuatro dedos, tejido de forma tan calada que parece la muda de una serpiente; en él van entretejidas flores bordadas de escarlata y púrpura con azul y biso, siendo la urdimbre solo de biso.

Tomando el comienzo de la vuelta a la altura del pecho y dando la vuelta de nuevo, se anuda, y cae en abundancia hasta los tobillos mientras el sacerdote no hace nada —pues así resulta hermoso a la vista de los que miran—; pero cuando ha de aplicarse a los sacrificios y al servicio, para no verse estorbado en la faena por su movimiento, lo echa sobre el hombro izquierdo y lo lleva colgado. Moshé la llamó abaíth, pero nosotros, habiéndolo aprendido de los babilonios, la llamamos emián, pues así se la nombra entre ellos. Esta túnica no forma pliegue por ninguna parte, y, dejando holgada la abertura del cuello, se sujeta con cordones prendidos del borde y de las partes del pecho y de la espalda, atados por encima de cada clavícula; se llama masabanés.

Sobre la cabeza lleva un gorro no puntiagudo, que no cubre toda la cabeza sino que pasa un poco de la mitad; se llama masnaeftés, y por su hechura es tal que parece una diadema hecha de una cinta gruesa de tejido de lino, pues se pliega y se cose muchas veces. Después, un paño de lino lo rodea por arriba, llegando hasta la frente, cubriendo la costura de la cinta y lo que en ella resultaría impropio, y quedando liso sobre todo el cráneo; está ajustado con precisión, para que no se le resbale mientras se afana en el servicio. Y ya hemos mostrado cómo es la vestidura de los sacerdotes ordinarios.

El sumo sacerdote se engalana también con ella, sin omitir nada de lo dicho, pero poniéndose encima una túnica hecha de azul —también esta hasta los pies, que en nuestra lengua se llama meír—, ceñida con un cinturón bordado de los mismos tintes con que florecía el anterior, con oro entretejido; de su orla colgaban, cosidos, flecos imitados en tinte a modo de granadas, y campanillas de oro con mucho esmero de belleza, de suerte que entre cada dos campanillas quedaba prendida una granada, y entre las granadas una campanilla. Esta túnica no es de dos piezas cosidas por los hombros y los costados, sino un solo paño largo tejido, abierto de arriba abajo por delante, hacia el pecho, y por el medio de la espalda; se le cose una orla para que no se note lo impropio del corte; e igualmente está abierta por donde salen los brazos.

Encima de todo esto se pone, en tercer lugar, lo que llaman efod, semejante a la epomis griega. Se hace de este modo: tejido de un codo de profundidad, entreverado de toda suerte de colores y de oro, deja sin cubrir el medio del pecho, provisto de mangas y hecho en toda su forma como una túnica. En la abertura de la prenda encaja una pieza de un palmo de tamaño, floreada de oro y de los mismos tintes que el efod; se llama essén, que en la lengua de los griegos significa «oráculo»; llena con exactitud lo que, al tejer el efod, dejaron sin cubrir a la altura del pecho, y se une a él por anillas de oro puestas en cada ángulo de uno y otro, tomándose un hilo de azul para atar las anillas entre sí. Y para que no quedara flojo lo que media entre las anillas, idearon coserlo con hilos de azul. Sujetan la epomis dos sardónices sobre cada hombro, con un remate de oro que corre por encima de ellos, dispuesto para las trabillas.

En ellos están grabados los nombres de los hijos de Yaakov, en letras propias de nuestra lengua, seis nombres en cada piedra; los mayores van sobre el hombro derecho. Recorren también el essén doce piedras que sobresalen en tamaño y hermosura, un adorno que los hombres no pueden poseer por lo excesivo de su valor; estas, dispuestas de tres en tres en cuatro hileras, van engastadas en el tejido, rodeándolas el oro que introduce sus engarces en el tejido, hecho de tal modo que no se desprendan. La primera tríada es sardónice, topacio, esmeralda; la segunda ofrece carbunclo, jaspe y zafiro; de la tercera abre el ligurio, luego la amatista y el ágata en tercer lugar, siendo la novena de todas; de la cuarta hilera va delante el crisólito, tras él el ónice y después el berilo, esta la última. En todas estaban grabados con letras los nombres de los hijos de Yaakov, a quienes tenemos por cabezas de las tribus, honrada cada piedra con un nombre según el orden en que a cada uno le tocó nacer.

Como las anillas eran demasiado débiles para sostener el peso de las piedras, hacen otras dos anillas mayores, encajadas en el tejido, en la orla del essén, por donde asciende hacia el cuello, para recibir unas cadenas labradas que se juntaban en lo alto de los hombros con cordones trenzados de oro; su extremo, vuelto hacia atrás, entraba en una anilla que sobresalía de la orla dorsal del efod. Y esto daba firmeza al essén para que no se escurriera. Al essén se le cosía un cinturón, semejante en los tintes que antes dije, con oro, que tras dar la vuelta se ata de nuevo sobre la costura y cuelga; y unos canutillos de oro, recogiendo los flecos por cada extremo, los envuelven todos.

El gorro era el mismo que antes, labrado igual que el de todos los sacerdotes, pero, cosido bajo él, otro bordado de azul; lo rodea una corona de oro forjada en tres hileras. Florece sobre ella un cáliz de oro que imita la planta que entre nosotros llaman sakjar, y que los griegos entendidos en el corte de raíces llaman beleño. Y si alguien, por no haber visto la planta, ignora su naturaleza, o, conociendo su nombre, no la ha visto y quiere reconocerla, a quienes así se hallen les indicaré cómo es: es una planta que a menudo crece más de tres palmos de alto; su raíz se asemeja al nabo —pues no erraría quien la comparase con él—, y sus hojas a las de la oruga. De sus ramas brota un cáliz pegado al tallo, rodeado de una vaina que se desprende de él cuando empieza a mudar en fruto; el cáliz es del tamaño del hueso del dedo meñique y semejante a una cratera en su contorno. Indicaré también esto a los que no lo saben: cortada una esfera en dos, en torno a su fondo tiene la otra mitad; nace de la raíz redondeado; luego, estrechándose poco a poco, mientras el hueco se hunde con gracia, vuelve a ensancharse suavemente hacia el borde, cortado a semejanza del ombligo de una granada.

Una tapa hemisférica le está adherida —diría uno que labrada al torno con exactitud—, con las hendiduras sobresaliendo, las cuales, como dije, brotan a la manera de la granada, espinosas y rematadas por completo en punta aguda. Sobre esa tapa guarda el fruto, que permanece dentro del cáliz, semejante a la simiente de la planta llamada sideritis; y echa una flor que puede parecer semejante a la de la amapola. De aquí se forja una corona que va desde la nuca hasta cada una de las sienes. La frente no la cubre la efielís —así se llame el cáliz—; hay allí una lámina de oro grabada con caracteres sagrados con el nombre de Dios. Y tal es el ornato del sumo sacerdote.

Podría uno asombrarse de la aversión que los hombres nos tienen, que han mantenido sin cesar como si nosotros menospreciáramos lo divino que ellos mismos han elegido venerar; pues si alguien reparara en el armazón del Mishkán y viera la vestidura del sacerdote y los utensilios que empleamos en el servicio sagrado, hallará que el legislador fue un varón divino y que en vano oímos de los demás sus injurias; porque cada una de estas cosas, si se quiere mirarlas sin envidia y con inteligencia, se verá hecha a imitación y semejanza del universo: así, el Mishkán, que tenía treinta codos, dividiéndolo en tres y dejando dos partes a todos los sacerdotes como lugar profano y común, representa la tierra y el mar, pues también estos son transitables para todos; y la tercera parte la reservó solo a Dios, porque también el cielo es inaccesible a los hombres.

Al poner los doce panes sobre la mesa, señala el año dividido en otros tantos meses. Al hacer el candelabro compuesto de setenta piezas, aludió a las decenas de los planetas; y las siete lámparas sobre él, al curso de los planetas, pues tantos son en número. Las telas, tejidas de cuatro materias, muestran la naturaleza de los elementos: el biso parece señalar la tierra, porque de ella brota el lino; la púrpura, el mar, por estar teñida con la sangre de los peces; el azul quiere indicar el aire; y la escarlata sería prueba del fuego. También la túnica del sumo sacerdote señala la tierra, por ser de lino; el azul, la bóveda celeste, asemejándose por las granadas a los relámpagos y por el son de las campanillas a los truenos. Y el manto representa la naturaleza del universo, hecha de cuatro elementos, entretejido con oro, según creo, en atención al resplandor presente en todas las cosas.

Y el essén, que está en medio del manto, lo dispuso a modo de tierra, pues también ella ocupa el lugar más central; ciñéndolo con el cinturón, señala el océano, pues también este abarca todas las cosas. Y el sol y la luna los indican cada uno de los sardónices con que prendió al sumo sacerdote. Y la docena de piedras, ya se quiera entender los meses, ya el número de astros que los griegos llaman círculo zodiacal, no erraría uno en cuanto a la intención de aquello. Y el gorro me parece que atestigua el cielo, por estar hecho de azul, pues de otro modo no se habría puesto sobre él el nombre de Dios, resplandeciente con la corona, y esta de oro, por el brillo con que más se complace la divinidad. Y baste con lo dicho hasta aquí, ya que los hechos nos darán muchas veces y en muchos lugares ocasión de exponer la virtud del legislador.

El sacerdocio de Aharón

Cuando lo antedicho quedó concluido, aún sin consagrar las ofrendas, Dios se presentó a Moshé y le mandó dar el sacerdocio a Aharón, su hermano, por ser, gracias a su virtud, el más justo de todos para alcanzar esa dignidad. Y reuniendo en asamblea a la multitud, refirió su virtud y su buena voluntad y los peligros que había soportado por ellos. Dando todos testimonio en su favor y mostrando su afecto hacia él, dijo: «Israelitas: la obra ya tiene el término que era del mayor agrado para Dios mismo y posible para nosotros; y puesto que hemos de recibirlo en el Mishkán, nos hace falta primero quien ejerza el sacerdocio y sirva en los sacrificios y en las plegarias por nosotros.

Y yo, de haberse dejado a mi juicio esta decisión, me habría creído digno de tal honor —tanto porque por naturaleza todos nos amamos a nosotros mismos, como porque me consta cuánto he penado por vuestra salvación—; pero ahora el propio Dios ha juzgado a Aharón digno de ese honor y lo ha elegido sacerdote, sabiéndolo más justo que nosotros, de modo que él vestirá la vestidura consagrada a Dios, tendrá a su cargo los altares y el cuidado de las víctimas, y elevará por nosotros las plegarias a Dios, que las oirá con agrado, porque cuida de nuestro linaje y las acepta por venir de un hombre a quien él mismo escogió.»

Los hebreos quedaron complacidos con lo dicho y consintieron en la elección de Dios, pues Aharón, por su linaje, su don profético y la virtud de su hermano, era el más digno de honra entre todos. Tenía por entonces cuatro hijos: Nadav, Avihú, Elazar e Itamar. Cuanto de lo preparado para la construcción del Mishkán sobraba, mandó gastarlo en paños que sirvieran de cubierta al propio Mishkán, al candelabro, al altar del incienso y a los demás utensilios, para que en el camino no sufrieran daño ni por la lluvia ni por el polvo.

Reuniendo de nuevo a la multitud, les ordenó aportar una contribución de medio siclo por cabeza —el siclo es una moneda hebrea que equivale a cuatro dracmas áticas—. Ellos obedecieron de buen grado lo que Moshé mandaba, y el número de los que contribuyeron fue de seiscientos cinco mil quinientos cincuenta. Aportaban la plata los hombres libres de veinte a cincuenta años. Lo recaudado se gastó en las necesidades del Mishkán.

Purificaba también el Mishkán y a los sacerdotes de esta manera, haciendo su consagración así: quinientos siclos de mirra escogida y otros tantos de iris, y de canela y de cálamo —también este una clase de perfume—, molidos a la mitad del peso de los anteriores, y de aceite de oliva un hin —medida local que equivale a dos coas áticas—, mandó mezclarlo, cocerlo y prepararlo, con el arte de los perfumistas, como un ungüento fragantísimo. Y luego, tomándolo, ungió a los propios sacerdotes y todo el Mishkán y los purificó; y los perfumes —que son muchos y variados— se quemaban en el Mishkán, sobre el altar de oro del incienso, siendo de grandísimo valor; de su naturaleza omito dar cuenta pormenorizada, para no resultar enojoso a los lectores. Dos veces al día, antes de salir el sol y hacia el ocaso, había que quemar incienso, y guardar aceite purificado para las lámparas, de las cuales tres debían alumbrar cada día ante Dios en el candelabro sagrado, y las restantes encenderse al caer la tarde.

Concluido ya todo, se tuvo por los mejores de los artesanos a Betsalel y Oholiav, pues se esmeraron en perfeccionar lo hallado por los primeros y fueron los más capaces de idear aquello cuya construcción antes ignoraban; de estos, sin embargo, se juzgó a Betsalel el más excelente. Todo el tiempo empleado en la obra transcurrió en siete meses, y con ello se completaba el primer año desde que salieron de Mitsraim. Al comenzar el segundo año, en el mes que los macedonios llaman Xántico y los hebreos Nisán, en la luna nueva, consagran el Mishkán y todos los utensilios que en torno a él he descrito.

Mostró Dios que se complacía con la obra de los hebreos y que no habían penado en vano, desdeñando servirse de ella, sino que se hospedó y moró en este santuario. Su presencia la manifestó así: el cielo estaba despejado, pero solo sobre el Mishkán se hizo una neblina que no lo envolvía en nube muy densa y espesa, como para parecer invernal, ni tan tenue que la vista pudiera distinguir algo a su través; de ella fluía un dulce rocío que revelaba la presencia de Dios a quienes lo querían y lo creían.

Moshé, tras honrar a los artífices con las dádivas que era justo dar a quienes tales cosas habían hecho, ofreció sacrificio en el atrio del Mishkán, por mandato de Dios: un toro, un carnero y un cabrito por los pecados; y en efecto —pues voy a exponer en lo tocante a los sacrificios lo que se hace en el servicio sagrado, mostrando allí sobre qué manda hacer holocausto entero y de qué permite la Torá tomar para comer—, con la sangre de las víctimas roció la vestidura de Aharón y a él mismo con sus hijos, purificándolos con aguas de manantial y ungüento, para que fueran de Dios. Durante siete días, de esta manera, atendió a ellos y a las vestiduras, y al Mishkán y a los utensilios que lo rodean, ungiéndolos con aceite, como dije, y con la sangre de los toros y carneros degollados cada día, uno de cada especie; y al octavo anunció una fiesta al pueblo y ordenó sacrificar según sus posibilidades.

Ellos, rivalizando unos con otros y ansiosos por superarse en los sacrificios que cada cual traía, obedecieron lo dicho. Y estando las ofrendas sobre el altar, de pronto se prendió en él un fuego por sí solo, que, visto como el fulgor de un relámpago, consumió con su llama todo lo que había sobre el altar. Sobrevino también a Aharón, a raíz de esto, una desgracia, considerada como propia de un hombre y de un padre, pero sobrellevada por él con nobleza, pues era firme de ánimo ante lo que acontecía y tenía por cierto que la desdicha había ocurrido por voluntad de Dios; porque, siendo cuatro sus hijos, como dije antes, los dos mayores, Nadav y Avihú, llevando al altar no las ofrendas que Moshé había prescrito, sino las que antes usaban, quedaron abrasados: el ímpetu del fuego se lanzó sobre ellos y empezó a quemarles el pecho y el rostro, sin que nadie pudiera apagarlo.

Y así murieron. Moshé ordena a su padre y a sus hermanos que alcen los cuerpos, los saquen fuera del campamento y los sepulten con magnificencia. La multitud los lloró amargamente, muy afligida por una muerte sobrevenida tan contra lo esperado. Pero Moshé pidió únicamente a los hermanos y al padre de ellos que no se ocuparan del duelo por ellos, anteponiendo la honra a Dios a la tristeza por los suyos; pues Aharón ya vestía la vestidura sagrada.

Moshé, declinando toda honra que veía a la multitud dispuesta a ofrecerle, se consagraba por entero al solo servicio de Dios. Se abstenía de subir al Sinaí, y, entrando en el Mishkán, recibía respuesta de parte de Dios sobre lo que necesitaba, conduciéndose como un hombre corriente tanto en el vestido como en todo lo demás, más llanamente, sin querer parecer en nada distinto de la mayoría, sino solo ser visto como quien vela por ellos. Escribía además su constitución y sus leyes, conforme a las cuales vivirían de manera grata a Dios, sin tener nada que reprocharse unos a otros; y esto lo redactaba según el dictado de Dios. Paso ahora, pues, a tratar de la constitución y de las leyes.

La manera en que ofrecemos los sacrificios

Lo que dejé sin exponer acerca de la vestidura del sumo sacerdote, quiero ahora tratarlo. Pues Moshé no dejó por parte alguna ocasión a las malas artes de falsos profetas: si algunos de esa clase pretendieran usurpar la dignidad de Dios, dispuso que fuera Dios, como soberano, quien asistiera a los ritos sagrados cuando quisiera, o no estuviera presente; y esto quiso que fuera manifiesto no solo a los hebreos, sino también a los extranjeros que se hallaran allí.

De las piedras que dije que el sumo sacerdote lleva sobre los hombros —eran sardónices, y creo superfluo señalar su naturaleza, pues todos las conocen— sucedía que resplandecía, cuando Dios asistía a los sacrificios, la que estaba prendida sobre el hombro derecho: saltaba de ella un fulgor visible incluso para los más lejanos, brillo que antes la piedra no tenía.

Ya esto es asombroso para quienes no han ejercitado su ingenio en menospreciar lo divino; pero diré algo aún más asombroso. Pues por medio de las doce piedras que el sumo sacerdote lleva sobre el pecho, cosidas al essén, Dios anunciaba de antemano la victoria a los que iban a combatir. Tan gran resplandor centelleaba de ellas cuando el ejército aún no se había movido, que era patente para toda la multitud que Dios estaba presente para socorrerlos. De ahí que los griegos que veneran nuestras costumbres, por no poder contradecir esto, llaman al essén «oráculo».

Ahora bien, tanto el essén como el sardónice dejaron de brillar doscientos años antes de que yo compusiera este escrito, por haberse indignado Dios ante la transgresión de las leyes —de lo cual hablaremos en momento más oportuno—. Pero volveré ya al relato que sigue.

Consagrado el Mishkán y ordenado todo lo relativo a los sacerdotes, la multitud juzgó que Dios moraba con ellos en la misma tienda, y se entregó a sacrificios y a descansos, como quien ya había alejado toda expectativa de mal; y, deseando para el porvenir cosas mejores, ofrecían dones a Dios, unos en común y otros en particular, por tribus. Los jefes de tribu, reuniéndose de dos en dos, trajeron un carro y dos bueyes —eran, pues, seis estos carros, y transportaban el Mishkán en los viajes—. Además, cada uno trae una copa, una escudilla y un incensario: este, con capacidad de diez daricos y lleno de perfumes. La escudilla y la copa —eran de plata— pesaban las dos juntas doscientos siclos, de los cuales en la copa sola se habían empleado setenta; estaban llenas de harina amasada con aceite, la que se usa sobre el altar para los ritos sagrados; y un becerro y un carnero, junto con un cordero de un año, para ser quemados enteros, y con ellos un cabrito para la remisión de los pecados.

Cada uno de los jefes ofrecía además otros sacrificios, llamados «de salvación», cada día: dos bueyes y cinco carneros, con corderos de un año y cabritos. Y estos sacrificaban durante doce días, uno cada día. Moshé, en cambio, ya no subía al Sinaí, sino que, entrando en el Mishkán, aprendía de Dios lo que debía hacerse y la ordenación de las leyes. Estas leyes, superiores a lo que alcanza la inteligencia humana, sucedió que se guardaron firmemente por toda la eternidad, teniéndose por don de Dios, de modo que ni en la paz por molicie ni en la guerra por necesidad transgredieron los hebreos ninguna de ellas. Pero sobre esto dejo de hablar, pues he resuelto componer otro escrito acerca de las leyes.

Ahora recordaré unas pocas cosas de las establecidas sobre las purificaciones y los ritos sagrados, pues ha venido a presentárseme el discurso sobre los sacrificios. Hay dos clases de ritos: uno lo realizan los particulares, otro el pueblo; y se hacen de dos maneras. En uno se quema por entero todo lo sacrificado, y por eso recibió tal nombre; el otro es de acción de gracias y se hace para el banquete de los que han sacrificado. Hablaré del primero.

Un hombre particular que ofrece holocausto sacrifica un buey, un cordero y un cabrito; estos, de un año, mientras que los bueyes se permite sacrificarlos ya crecidos. Todo lo que se quema por entero ha de ser macho. Degollados estos, los sacerdotes rocían con la sangre el contorno del altar; luego, tras limpiarlos, los descuartizan, y espolvoreándolos con sal los colocan sobre el altar, ya cargado de leña y con el fuego ardiendo. Las patas de las víctimas y las entrañas, tras limpiarlas cuidadosamente, las añaden a lo demás que ha de consumirse, tomando los sacerdotes las pieles. Y esta es la manera del holocausto.

Al celebrar los sacrificios de acción de gracias sacrifican los mismos animales, pero íntegros y más viejos que los de un año, machos apareados con hembras. Sacrificados estos, enrojecen con la sangre el altar, y ponen sobre él los riñones, el redaño y toda la grasa junto con el lóbulo del hígado, y con ellos la cola del cordero. El pecho y la pierna derecha se los entregan a los sacerdotes; durante dos días banquetean con lo que queda de las carnes, y lo que sobra lo queman.

Sacrifican también por los pecados, y de modo semejante al ya dicho se realiza el rito por los pecados. Los que no pueden procurarse víctimas perfectas ofrecen dos palomas o dos tórtolas, de las cuales una se quema por entero para Dios y la otra la dan a los sacerdotes para comer; con más detalle hablaremos del sacrificio de estos animales en el tratado sobre los sacrificios. Pues quien ha caído en falta por ignorancia ofrece una cordera y una cabrita hembra, de un año; y el sacerdote rocía con la sangre el altar, no como en el primer caso, sino las salientes de las esquinas; y ponen sobre el altar los riñones y la demás grasa junto con el lóbulo del hígado. Los sacerdotes se llevan las pieles y las carnes, para consumirlas ese mismo día en el santuario, pues la ley no permite dejar nada para el día siguiente.

El que ha pecado siendo consciente de ello, sin tener a nadie que lo acuse, sacrifica un carnero, según lo manda la ley, cuyas carnes igualmente comen los sacerdotes en el santuario el mismo día. Los jefes, cuando expían las faltas en que incurrieron, traen lo mismo que los particulares, pero se diferencian en que ofrecen como víctimas un toro y un cabrito machos.

Es ley que, tanto en los sacrificios privados como en los públicos, se aporte además harina purísima: por un cordero, la medida de un assarón; por un carnero, dos; por un toro, tres. La consagran sobre el altar amasada con aceite. Pues los que sacrifican traen también aceite: por un buey, medio hin; por un carnero, la tercera parte de esa medida; y una cuarta parte por un cordero. El hin es una antigua medida hebrea, equivalente a dos congios áticos. La misma medida que del aceite aportaban también de vino, y derraman el vino en torno al altar. Y si alguno, sin celebrar sacrificio, aportara flor de harina en cumplimiento de un voto, arroja de ella al altar una primicia, un puñado, y el resto lo toman los sacerdotes para alimento, ya cocida —pues está amasada con aceite— o hecha panes. Y si un sacerdote la aporta, es necesario quemarla por entero, sea cuanta sea.

La ley prohíbe sacrificar un animal el mismo día que a su progenitor en el mismo lugar, ni de otro modo antes de que hayan pasado ocho días desde su nacimiento. Se hacen también otros sacrificios por escapar de las enfermedades o por otras causas, en los cuales se consumen tortas junto con las víctimas, de las que no es lícito dejar nada para el día siguiente, tomando los sacerdotes su propia parte.

Las fiestas y cómo ha de observarse cada día de ellas

Con cargo al gasto público es ley que se degüelle cada día un cordero de un año, al comenzar y al terminar el día; y en el séptimo día, que se llama Shabat, degüellan dos, celebrando el rito de la misma manera. En el novilunio celebran los sacrificios diarios y sacrifican dos bueyes con siete corderos de un año y un carnero, y un cabrito para remisión de los pecados, si algo se hubiera cometido por olvido.

En el séptimo mes, que los macedonios llaman Hiperberetayo, añadiendo a lo dicho un toro, un carnero y siete corderos, sacrifican también un cabrito por los pecados. En el día décimo del mismo mes según la luna, ayunando hasta la tarde, sacrifican en ese día un toro, dos carneros y siete corderos, y por los pecados un cabrito. Y añaden a esto dos cabritos, de los cuales uno se envía vivo al desierto de allende las fronteras, para ser expiación y ruego de todo el pueblo por los pecados; al otro lo llevan a un lugar purísimo en las afueras y allí mismo lo queman con su propia piel, sin haberlo limpiado en absoluto.

Se quema juntamente un toro, no aportado por el pueblo, sino con cargo a los gastos propios del sumo sacerdote. Degollado este, lleva al Templo de su sangre junto con la del cabrito y rocía con el dedo el techo siete veces; con la misma rocía también el suelo, otras tantas veces, en el Templo y en torno al altar de oro; y el resto lo lleva al patio, en torno al altar mayor. Además, ponen sobre el altar las salientes, los riñones y la grasa junto con el lóbulo del hígado. El sumo sacerdote ofrece también un carnero como holocausto a Dios.

En el día decimoquinto del mismo mes, cuando el resto de la estación se vuelve ya hacia el tiempo invernal, manda que cada uno levante tiendas junto a su casa, precaviéndose del frío para guardarse durante el año; y que, cuando alcanzaran su patria, acudiendo a aquella ciudad que por el Templo tendrán como metrópoli, celebren fiesta durante ocho días y ofrezcan holocaustos y sacrifiquen entonces a Dios ofrendas de acción de gracias, llevando en las manos un ramo de mirto y sauce con una rama de palmera, a la que va unido el fruto del perseo. El primero de los días, el sacrificio de holocausto sea de trece bueyes, catorce corderos —uno más que los bueyes— y dos carneros, añadiéndose un cabrito por la remisión de los pecados. En los días siguientes se sacrifica el mismo número de corderos y de carneros con el cabrito, pero, quitando cada día uno de los bueyes, descienden hasta siete. Descansan de toda obra en el octavo día, y a Dios, como hemos dicho, sacrificamos un becerro, un carnero y siete corderos, y por la remisión de los pecados un cabrito. Y esto es lo que es tradición patria que celebren los hebreos al levantar las tiendas.

En el mes Xántico, que entre nosotros se llama Nisán y es el comienzo del año, el día catorce según la luna, estando el sol en Aries —pues en este mes fuimos liberados de la esclavitud bajo los egipcios—, estableció que se ofreciera cada año el sacrificio que mandó ofrecer cuando salíamos de Mitsraim, llamado Pésaj; y en efecto lo celebramos por familias, sin guardar nada de lo sacrificado para el día siguiente. El día quince sucede al Pésaj la fiesta de los Ácimos, que dura siete días, en la cual se alimentan de panes sin levadura, y cada día se degüellan dos toros, un carnero y siete corderos. Y estos se queman por entero, añadiéndose a todo también un cabrito por los pecados, para el banquete diario de los sacerdotes.

En el segundo día de los Ácimos, que es el dieciséis, participan de los frutos que segaron —pues antes no los habían tocado—, y, considerando justo honrar primero a Dios, de quien recibieron la abundancia de ellos, le ofrecen las primicias de la cebada de esta manera: tras tostar el manojo de espigas, majarlo y limpiar la cebada para molerla, ofrecen al altar un assarón para Dios, y, arrojando de él un puñado, dejan el resto para uso de los sacerdotes; y entonces ya es lícito a todos segar, tanto en público como en privado. Sacrifican, sobre las primicias de los frutos, un corderito en holocausto a Dios.

Cumplida la séptima semana después de este sacrificio —y estos son los días de las semanas, cuarenta y nueve—, en el día quincuagésimo, que los hebreos llaman Asartá —lo cual significa «quincuagésimo»—, ofrecen a Dios un pan de sémola de trigo, dos assarones hechos con levadura, y como víctimas dos corderos. Pues solo es ley ofrecer estos a Dios, mas se preparan para la cena de los sacerdotes, y no es lícito dejar nada de ellos para el día siguiente. Sacrifican como holocaustos tres becerros, dos carneros y catorce corderos, y dos cabritos por los pecados. No hay ninguna de las fiestas en que no ofrezcan holocaustos ni concedan descanso de las fatigas del trabajo; sino que en todas es ley tanto la clase de sacrificio como el reposo sin penalidad, y están en banquetes tras haber sacrificado.

Del erario común, además, se aporta pan cocido sin levadura, y se gastan en esto veinticuatro assarones. Se cuecen de dos en dos, dispuestos el día antes del Shabat, y, llevados en la mañana del Shabat, se colocan sobre la mesa sagrada, de seis en seis, vueltos unos hacia otros. Y, colocados encima dos platos de oro llenos de incienso, permanecen hasta el otro Shabat; entonces se traen otros en lugar de aquellos, y estos se dan a los sacerdotes para alimento, y, quemándose el incienso en el fuego sagrado —en el que también queman todo por entero—, se añade otro incienso en lugar de aquel, por los panes. El sacerdote sacrifica de sus propios gastos, y esto lo hace dos veces cada día: harina amasada con aceite y solidificada por breve cocción; y es un assarón de harina, del cual la mitad por la mañana y la otra por la tarde ofrece al fuego. El tratado sobre esto lo expondremos con más detalle en otra ocasión; me parece bastante lo dicho ya ahora sobre ello.

Las purificaciones

Moshé, apartando a la tribu de Leví de la convivencia con el pueblo para que fuera sagrada, la purificó con aguas de manantial y perennes y con los sacrificios que en tales casos se ofrecen a Dios según la ley; y les entregó el Mishkán, los utensilios sagrados y todo lo demás que se había hecho para cubrir el Mishkán, a fin de que sirvieran bajo la dirección de los sacerdotes, pues ya estaba consagrado a Dios. Y acerca de los animales distinguió cada uno, cuáles habían de comer y de cuáles debían abstenerse siempre; sobre lo cual, cuando tengamos ocasión en el escrito, hablaremos añadiendo las causas, movido por las cuales mandó que unos nos fueran comestibles y ordenó abstenernos de otros. Prohibió, sin embargo, el uso de toda sangre para alimento, considerándola alma y espíritu; y vedó comer la carne del animal muerto por sí mismo; y mandó abstenerse del redaño y de la grasa de la cabra, de la oveja y de los bueyes.

Expulsó también de la ciudad a los afligidos en sus cuerpos por la lepra y a los que padecen flujo seminal; y a las mujeres a quienes sobreviene la secreción natural las apartó hasta el séptimo día, tras el cual les permite habitar en la ciudad como ya puras. De igual modo, a los que han enterrado un muerto les es ley habitar en ella pasados otros tantos días; pero al que, superado ese número de días, permanece retenido en la impureza, es ley que sacrifique dos corderas, de las cuales una hay que consagrar y la otra la toman los sacerdotes. De modo semejante sacrifican también por el que padece flujo seminal. Y quien durante el sueño emite semen, sumergiéndose en agua fría, queda con licencia igual que los que según la ley se han unido a una mujer.

A los leprosos los expulsó por completo de la ciudad, sin que convivieran con nadie y sin diferir en nada de un muerto; pero si alguno, tras suplicar a Dios, quedara libre de la enfermedad y recobrara el color sano, este tal corresponde a Dios con variados sacrificios, de los que hablaremos después. Por lo cual bien podría uno reírse de los que dicen que Moshé, afligido él mismo por la lepra, huyó de Mitsraim, y que, puesto al frente de los expulsados por esta causa, los condujo a Kena’an. Pues si esto fuera verdad, no habría legislado Moshé para su propia deshonra tales cosas, a las que era razonable que se opusiera aun cuando otros las propusieran; y esto habiendo entre muchos pueblos leprosos que gozan de honor, no solo libres de ultraje y destierro, sino que hacen las más señaladas campañas militares, se les confían magistraturas y tienen licencia para entrar en templos y santuarios. De modo que nada impedía a Moshé, si él o la multitud que con él estaba hubiera sido menoscabada por algún accidente semejante en el color de la piel, legislar sobre ello lo más hermoso y no establecer castigo alguno de esa clase. Pero es claro que dicen esto sobre nosotros llevados por la envidia; Moshé, estando limpio de ello, entre compatriotas limpios legislaba sobre los enfermos, haciéndolo en honor de Dios. Pero sobre esto que cada cual juzgue como le parezca.

A las mujeres, después de dar a luz, les prohibió entrar en el santuario y tocar los sacrificios hasta cuarenta días, si lo nacido fuera varón; pues sucede que los días son el doble en los nacimientos de hembra. Entrando, sin embargo, tras el plazo dicho, celebran sacrificios que los sacerdotes reparten para Dios. Y si alguno sospechara que su mujer ha cometido adulterio, trae un assarón de cebada molida, y, arrojando de ella un puñado a Dios, el resto lo dan a los sacerdotes para alimento. Uno de los sacerdotes coloca a la mujer junto a las puertas, que están vueltas hacia el Templo, y, quitándole el manto de la cabeza, escribe el nombre de Dios en una piel; le manda jurar que en nada ha agraviado a su marido, y que, si ha violado la castidad, se le disloque la pierna derecha y, hinchándosele el vientre, muera así; pero, si el marido, movido por mucho amor y por los celos que de él nacen, la hubiera acusado temerariamente por la sospecha, que al décimo mes le nazca un niño varón. Cumplidos los juramentos, borrando el nombre de la piel lo exprime en una copa, y, trayendo del santuario algo de tierra, la que hallara a mano, y espolvoreándola, se la da a beber. Y ella, si fue acusada injustamente, queda encinta y lleva a término la gestación en su vientre; pero si engañó a su marido en el matrimonio y a Dios en los juramentos, acaba su vida con vergüenza, dislocándosele la pierna y apoderándose la hidropesía de su vientre. Y esto es lo que sobre los sacrificios y la purificación relativa a ellos previó Moshé para sus compatriotas; y les puso además tales leyes.

Diversas leyes

Prohibió del todo el adulterio, considerando dichoso que los hombres sean sanos en lo relativo al matrimonio, y provechoso para las ciudades y las casas que los hijos sean legítimos. También prohibió la ley, como el mayor de los males, unirse a las madres; e igualmente aborreció el yacer con la esposa del padre, con las tías, con las hermanas y con las mujeres de los hijos, por encerrar una injusticia contra natura. Prohibió también acercarse a una mujer manchada según la naturaleza, y frecuentar la unión con bestias, y estimar el ayuntamiento con varones, buscando por su lozanía un placer contrario a la ley. Y contra los que llegaran a tales ultrajes fijó la muerte como castigo.

De los sacerdotes hizo doble la pureza: pues de estas cosas los aparta igual que a los demás, y además les prohibió casarse con meretrices, con esclava o cautiva, con las que se han ganado la vida con el comercio y la posada, y con las repudiadas de sus anteriores maridos por cualquier causa que sea. Al sumo sacerdote no le permitió tomar ni siquiera la mujer de un hombre muerto, cosa que concede a los demás sacerdotes; solo le dio casarse con una virgen y guardarla. De ahí que el sumo sacerdote ni siquiera se acerque a un muerto, no estándoles prohibido a los demás acercarse a hermanos, padres e hijos propios que hayan fallecido. Manda que sean sencillos con toda sencillez. Al sacerdote que no esté íntegro le ordenó recibir de los sacerdotes las porciones, pero le prohibió subir al altar y entrar en el Templo. Y no solo que sean puros en los ritos sagrados, sino también que se esmeren en su propio modo de vida, de suerte que sea irreprochable. Y por esta causa los que llevan la vestidura sacerdotal son sin tacha, puros en todo y sobrios, teniendo prohibido beber vino mientras llevan la vestidura; y además sacrifican víctimas íntegras y en nada mutiladas.

Estas cosas, que ya se hacían durante el tiempo de su vida, las transmitió Moshé; y de las que habrían de venir proveyó de antemano, aunque vivía en el desierto, para que, cuando tomaran Kena’an, hicieran lo siguiente. Cada séptimo año concede reposo a la tierra, del arado y de la plantación, así como también ordenó a ellos el descanso de las obras cada séptimo día. Y de lo que brote por sí mismo de la tierra, sea común el uso para quienes quieran, tanto de los compatriotas como de los de otras tierras, sin guardar nada de ello; y que hagan esto también después de la séptima semana de años. Esto son cincuenta años en total, y los hebreos llaman al año quincuagésimo yovel, en el cual los deudores quedan libres de sus deudas y los siervos son puestos en libertad —aquellos que, siendo compatriotas y habiendo transgredido algo de las leyes, castigó con la condición de esclavitud sin acarrearles la muerte.

Devuelve también los campos a sus dueños originarios de esta manera: llegado el yovel —el nombre significa «libertad»—, se juntan el que vendió la heredad y el que la compró, y, calculando los frutos y los gastos hechos en la heredad, si se hallara que los frutos exceden, el que vendió recupera el campo; pero si excediera el gasto, el que vendió, pagando lo que falta, recobra la posesión; y, si se computan iguales los frutos y los gastos, la devuelve a los que antes la poseían. Lo mismo quiso que tuviera fuerza de ley respecto a las casas vendidas en las aldeas; pues respecto a las vendidas en la ciudad dispuso de otra manera: si antes de cumplirse el año paga el dinero, obliga al comprador a devolverla; pero si el año se cumple, confirma la posesión al comprador. Esta ordenación de las leyes la aprendió Moshé de Dios cuando había asentado el ejército al pie del Sinaí, y se la entrega por escrito a los hebreos.

Y, como le pareciera que lo relativo a la legislación estaba bien, se volvió por lo demás a la revista del ejército, teniendo ya en mente ocuparse de los asuntos de la guerra; y ordena a los jefes de tribu —excepto la tribu de Leví— que averigüen con exactitud el número de los capaces de servir en las armas, pues los leviim eran sagrados y exentos de toda carga. Hecha la revista, se hallaron seiscientos mil de los capaces de portar armas, con edad de veinte a cincuenta años, y, además, tres mil seiscientos cincuenta. En lugar de Leví incluyó entre los jefes de tribu a Menashé, hijo de Yosef, y a Efráyim en lugar de Yosef; pues esta había sido la petición de Yaakov a Yosef: que le concediera a sus hijos como adoptivos, según ya dije antes.

Al plantar el Mishkán en medio, lo rodeaban tres tribus acampadas a cada lado; se abrían caminos por el centro, y había orden de mercado, y cada una de las mercancías estaba dispuesta en su lugar, y artesanos de todo oficio estaban en sus talleres; y a nada se parecía sino a una ciudad que se traslada y se asienta. Lo que estaba en torno al Mishkán lo ocupaban primero los sacerdotes, y luego los leviim, que en total eran veintidós mil ochocientos ochenta —pues también estos fueron contados, todo varón desde que tenía treinta días de nacido—. Y mientras la nube se detenía sobre el Mishkán, les parecía que debían permanecer, como si Dios estuviera presente; pero cuando esta se movía, se trasladaban.

Inventó también una especie de trompeta hecha de plata, que es así: tiene de largo poco menos de un codo, es un tubo estrecho, algo más grueso que una flauta, y ofrece en la boca anchura suficiente para recibir el aliento, terminando en una campana semejante a las trompetas; se llama asosrá en lengua de los hebreos. Son dos, y una de ellas la usaban para la exhortación y para reunir a la multitud en las asambleas; al toque de una debían reunirse los jefes para deliberar sobre los asuntos propios, y con ambas se congregaba a toda la multitud. Cuando se trasladaba el Mishkán, sucedía esto: al primer toque se levantaban los que habían acampado al oriente, y al segundo, a su vez, los establecidos al mediodía. Luego el Mishkán, desmontado, era transportado en medio de las seis tribus que iban delante y las seis que seguían, y los leviim estaban todos en torno a él. Al tercer toque se movía la parte de los acampados vuelta hacia el poniente, y al cuarto, la vuelta hacia el norte. Usaban las trompetas también en los ritos sagrados, al presentar los sacrificios, en los Shabatot y en los demás días. Y sacrifica entonces por primera vez, tras la partida de Mitsraim, el llamado Pésaj, en el desierto.

Moshé parte del monte Sinaí y conduce al pueblo a las fronteras de los cananeos

Y, tras breve demora, parte del monte Sinaí y, atravesando ciertos lugares de los que hablaremos, llegó a un sitio llamado Esermot; y allí de nuevo la multitud comienza a amotinarse y a culpar a Moshé de las penalidades que habían experimentado en la marcha, y de que, habiéndolos persuadido a partir de una tierra buena, la habían perdido, y de que, en lugar de la felicidad que prometió darles, andaban errantes en estas miserias, faltos de agua; y, si sucediera que también el maná les faltara, perecerían por completo. Diciendo muchas y terribles cosas contra el hombre, uno de ellos les aconsejaba no olvidar a Moshé ni sus fatigas por la salvación común, ni desesperar del auxilio de Dios. Pero la multitud se irritó más con esto y, alborotándose, se encendió aún más contra Moshé.

Moshé, animándolos aun estando ellos tan desesperados, prometió —aunque vergonzosamente ultrajado por ellos— procurarles abundancia de carnes, no para un solo día, sino para muchos. Y, como no lo creyeran, y alguien preguntara de dónde proveería tanto a tantas miríadas, dijo: «Dios y yo, aunque somos mal tratados por vosotros, no dejaríamos de fatigarnos por vosotros; y esto no tardará en cumplirse». Al mismo tiempo que decía esto, se llena todo el campamento de codornices, y ellos, rodeándolas, las recogían. Sin embargo, Dios no tardó en tomar venganza de los hebreos por su insolencia y ultraje contra Él: pues murió no poca multitud de ellos, y aún hoy el lugar se llama, por sobrenombre, Kabrotabá, que podría traducirse «monumentos del deseo».

Cómo Moshé envió a algunos a explorar la tierra de los cananeos y la magnitud de sus ciudades; y cómo, al regresar los enviados a los cuarenta días e informar de que no podrían enfrentarse a ellos, ensalzando la fuerza de los cananeos, la multitud se turbó y cayó en la desesperación, y resolvió apedrear a Moshé y volver de nuevo a Mitsraim y servir a los egipcios

Conduciéndolos Moshé desde allí a la llamada Faranga, cercana a las fronteras de los cananeos y difícil de habitar, reúne a la multitud en asamblea y, puesto en pie, dice: «Habiendo Dios juzgado darnos dos bienes, la libertad y la posesión de una tierra dichosa, el uno ya os lo ha dado y lo tenéis, el otro lo recibiréis en breve. Pues estamos asentados en las fronteras de los cananeos, y de aquí en adelante no nos impedirán avanzar ni un rey ni una ciudad, ni aunque se reúna todo el pueblo entero. Preparémonos, pues, para la empresa; porque no nos cederán la tierra sin combate, sino que se la arrebataremos en grandes luchas. Enviemos exploradores que reconozcan la bondad de esta tierra y cuánta fuerza tienen ellos. Y, ante todo, mantengamos la concordia y honremos a Dios, que es para todos nosotros socorredor y aliado».

Dicho esto por Moshé, la multitud le corresponde con honores, y elige doce exploradores de los más notables, uno de cada tribu; los cuales, atravesando desde los confines de Mitsraim toda Kena’an hasta la ciudad de Amate y el monte Líbano, e indagando la naturaleza de la tierra y de sus habitantes, se presentaron a los cuarenta días, habiendo empleado en toda la tarea ese tiempo. Traían además frutos de los que la tierra producía; y, con la hermosura de estos y la abundancia de bienes que contaban que tenía la tierra, incitaban a la multitud a combatir; pero de nuevo la atemorizaban con la dificultad de la conquista, diciendo que había ríos imposibles de vadear por su magnitud y profundidad, montañas intransitables para los caminantes, y ciudades fuertes por sus murallas y por la solidez de sus recintos. Y en Jevrón afirmaban haber hallado a los descendientes de los gigantes. Así que los exploradores, habiendo visto que todo lo de Kena’an era mayor que cuanto habían encontrado tras la salida de Mitsraim, quedaron ellos mismos consternados e intentaban convencer a la multitud de que así era.

Estos, por lo que oyeron, tenían por imposible la conquista de la tierra; y, disueltos de la asamblea, pasaban el tiempo lamentándose con sus mujeres e hijos, como si Dios en nada los ayudara con obras, sino que solo prometía de palabra. De nuevo culpaban a Moshé y clamaban contra él y contra su hermano Aharón, el sumo sacerdote; y pasan la noche de mala manera y con blasfemias contra ambos. Por la mañana corren a la asamblea, teniendo en mente apedrear a Moshé y a Aharón y volver a Mitsraim. Pero, de los exploradores, Yehoshúa, hijo de Nun, de la tribu de Efráyim, y Kalev, de la tribu de Yehudá, temerosos, se colocan en medio y contenían a la multitud, rogándoles tener ánimo y no condenar a Dios de mentira, ni creer a los que, por no haber dicho la verdad sobre los cananeos, los habían aterrado, sino a los que los animaban hacia la felicidad y la posesión de los bienes. Pues ni la magnitud de las montañas ni la profundidad de los ríos serían obstáculo a las empresas para quienes han ejercitado la virtud, y máxime estando Dios dispuesto a colaborar y a combatir por ellos. «Vayamos, pues —decían—, contra los enemigos, sin recelo alguno, confiando en Dios como caudillo y siguiéndolo a Él, que nos guía». Y ellos, diciendo esto, intentaban apaciguar la ira de la multitud; y Moshé y Aharón, cayendo a tierra, suplicaban a Dios, no por su propia salvación, sino para que hiciera cesar la insensatez de la multitud y serenara su ánimo, turbado por la impotencia del sufrimiento que les había sobrevenido. Y se presentó la nube y, deteniéndose sobre el Mishkán, señalaba la manifestación de Dios.

Cómo Moshé se disgustó por esto y predijo que Dios estaba airado, y que permanecerían en el desierto cuarenta años, y que durante ese tiempo ni volverían a Mitsraim ni tomarían posesión de Kena’an

Moshé, cobrando valor, se presenta ante la multitud y les declaraba que Dios, movido por su insolencia, les impondría un castigo, no digno de sus pecados, sino como el que los padres imponen a los hijos para corregirlos. Pues, habiendo entrado él al Mishkán y llorando ante Dios por la destrucción que estos iban a sufrir, Dios le recordó cuántos bienes habían recibido de Él y de cuán grandes beneficios habían participado, para hacerse ingratos hacia Él; y que ahora, seducidos por la cobardía de los exploradores, habían tenido las palabras de aquellos por más verdaderas que su promesa. Y por esta causa no los destruirá a todos ni hará desaparecer su linaje, al que tuvo en honor más que a todos los hombres; pero no les concederá tomar la tierra de Kena’an ni la felicidad que de ella viene, sino que los hará sin hogar y sin ciudad, y que pasen la vida en el desierto durante cuarenta años, pagando esta pena por su iniquidad. «A vuestros hijos, sin embargo, prometió entregarles la tierra, y a ellos hacerlos dueños de los bienes de los que vosotros, por vuestra incontinencia, os privasteis de participar».

Después de que Moshé les habló así, conforme a la voluntad de Dios, la multitud cayó en el dolor y el abatimiento, y suplicaban a Moshé que se hiciera su intercesor ante Dios y que, librándolos del vagar por el desierto, les procurase ciudades. Pero él respondió que Dios no accedería a semejante intento —pues no había sido llevado a la ira contra ellos por ligereza humana, sino que los había condenado con pleno juicio.

Y no hay que dudar de que Moshé, siendo un solo hombre, aplacara a tantas decenas de millares encolerizadas y las condujera a la mansedumbre; porque Dios, que estaba a su lado, disponía a la multitud a dejarse vencer por sus palabras, y muchas veces, tras haberlo desoído, reconocían —al caer en la desgracia— que su rebeldía había sido en perjuicio propio.

Admirable fue este hombre por su virtud y por la fuerza que tenía para ser creído en cuanto decía, y no solo durante el tiempo en que vivió, sino también ahora; pues no hay hebreo alguno que no obedezca las leyes por él dictadas como si él estuviera presente y fuera a castigar cualquier desorden, aun cuando pudiera hacerlo a escondidas.

Muchas otras pruebas hay de su poder por encima de lo humano. Ya algunos, incluso de los que viven más allá del Éufrates, tras recorrer un camino de cuatro meses en honor de nuestro Templo, con muchos peligros y gastos, y después de haber ofrecido sacrificios, no pudieron participar de las cosas sagradas, pues Moshé lo tenía prohibido a causa de algo que no era conforme a la costumbre ni concordaba con nuestras leyes ancestrales.

Y unos, sin haber siquiera sacrificado; otros, dejando sus sacrificios a medias; y muchos, sin haber podido entrar en absoluto en el Templo, se marchan, prefiriendo obedecer los mandatos de Moshé antes que obrar según su propia voluntad, y sin temer a nadie que pudiera reprenderlos por ello, sino solo recelosos de su propia conciencia.

Así, la legislación tenida por de Dios ha hecho que este hombre sea considerado superior a su propia naturaleza. Más aún: poco antes de esta guerra, cuando Claudio gobernaba a los romanos e Ismael era entre nosotros sumo sacerdote, y el hambre se apoderó de nuestra tierra —hasta el punto de venderse el asarón a cuatro dracmas—, y habiéndose traído harina, en la fiesta de los Ázimos, por valor de setenta coros —que son trescientos un medimnos sicilianos, o cuarenta y uno áticos—, ninguno de los sacerdotes se atrevió a comer ni una miga, pese a la enorme carestía que dominaba el país, por temor a la Torá y a la ira que lo divino guarda siempre contra las injusticias, aun contra las que no pueden ser probadas.

De modo que no hay por qué asombrarse de lo que entonces se hizo, cuando todavía hoy los escritos dejados por Moshé tienen tanta fuerza que aun quienes nos odian confiesan que fue Dios quien nos estableció nuestro régimen por medio de Moshé y de la virtud de aquel. Pero sobre esto que cada cual juzgue como le parezca.