Libro noveno
De nuevo sobre Yehoshafat; cómo estableció jueces y, con la ayuda de Dios, venció a sus enemigos
Cuando el rey Yehoshafat regresó a Yerushaláyim de la alianza que había prestado a Ajav, rey de los israelitas, en su guerra contra Ben-Hadad, rey de los sirios —según ya lo hemos referido—, le salió al encuentro el profeta Yehú y le reprochó haberse aliado con Ajav, hombre impío y perverso. Le dijo que Dios estaba disgustado por ello; pero que, aun habiendo pecado, lo libraría de sus enemigos, por ser buena la propia índole del rey.
Entonces el rey se volcó en acciones de gracias y sacrificios a Dios. Después se lanzó a recorrer en círculo todo el país sobre el que reinaba, para enseñar al pueblo las leyes que Dios había dado por medio de Moshé y la piedad debida hacia Él.
Nombró jueces en cada una de las ciudades de su reino, y les encareció que, al juzgar a las multitudes, por nada velaran tanto como por la justicia —ni por dádivas ni por el rango de quienes pasan por eminentes a causa de la riqueza o del linaje—, sino que supieran dispensar a todos por igual, pues Dios ve cada una de las cosas que se hacen en secreto.
Habiendo enseñado esto en cada ciudad de las dos tribus, volvió a Yerushaláyim, y también allí estableció jueces sacados de entre los sacerdotes, los leviim y los principales del pueblo, exhortándolos a hacer cuidadosos y justos todos sus juicios. Y si algunos de sus compatriotas, teniendo pleito sobre asuntos mayores, se los remitían desde las demás ciudades, que con mayor diligencia se pronunciaran con justicia sobre esos casos —pues convenía sobre todo que fueran diligentes y justísimos los juicios de aquella ciudad en la que se halla el Templo de Dios y en la que el rey tiene su residencia—. Nombró como jefes de ellos a Amasyá el sacerdote y a Zevadyá, de la tribu de Yehudá, cada uno al frente de los suyos. De este modo disponía el rey los asuntos.
Por aquel mismo tiempo marcharon contra él los moabitas y los amonitas, llevando consigo también una gran parte de los árabes, y acamparon junto a Engadí, ciudad situada a orillas del lago Asfaltites, a trescientos estadios de Yerushaláyim —allí crece la más hermosa palmera y el opobálsamo—. Al oír Yehoshafat que el enemigo, tras cruzar el lago, había invadido ya el país sobre el que reinaba, atemorizado convocó en asamblea al pueblo de los habitantes de Yerushaláyim en el Templo; y, de pie ante el santuario, oraba e invocaba a Dios para que le concediera fuerza y poder con que castigar a los que habían marchado contra él. Pues eso mismo —decía— habían pedido quienes le construyeron el Templo: que combatiera en favor de aquella ciudad y rechazara a los que se atrevieran a venir contra ella, a los que ahora se presentaban para arrebatarle la tierra que Él había dado en morada. Orando así, lloraba, y toda la multitud, junto con las mujeres y los niños, suplicaba.
Un profeta llamado Yajaziel, adelantándose al centro de la asamblea, exclamó ante la multitud y ante el rey que Dios había escuchado sus oraciones y prometía combatir por él contra sus enemigos. Y ordenó que al día siguiente el ejército saliera al encuentro del enemigo: los hallarían en la subida que hay entre Yerushaláyim y Engadí, llamada Exoqué; pero que no trabaran combate con ellos, sino que se limitaran a estar quietos y a mirar cómo pelea por ellos lo divino. Cuando el profeta dijo esto, el rey y la multitud, cayendo de bruces, daban gracias a Dios y se postraban, mientras los leviim proseguían con sus instrumentos entonando himnos.
Al despuntar el día, el rey salió al desierto que hay debajo de la ciudad de Tecoa y dijo a la multitud que debían creer en lo dicho por el profeta, y no formarse en orden de batalla, sino, poniendo al frente a los sacerdotes con las trompetas y a los leviim, dar gracias como a Quien ya había librado nuestro país de los enemigos. Agradó el parecer del rey, e hicieron cuanto había aconsejado. Y Dios infundió miedo y confusión en los amonitas, de modo que, creyéndose enemigos unos a otros, se mataron entre sí, hasta el punto de que, de tan gran ejército, no se salvó nadie.
Yehoshafat, mirando hacia la hondonada donde había acampado el enemigo y viéndola llena de cadáveres, se alegró ante lo asombroso de la ayuda de Dios —que, sin fatiga alguna de ellos, por sí mismo les había dado la victoria—, y permitió al ejército saquear el campamento de los enemigos y despojar a los muertos. Durante tres días se afanaron en el despojo, y aun se cansaron: tan grande era la multitud de los caídos. Al cuarto día, reunido todo el pueblo en cierto lugar hueco y hondo, bendijeron el poder de Dios y su alianza; y de ahí el lugar recibió el nombre de «valle de la Bendición».
Desde allí el rey condujo el ejército de vuelta a Yerushaláyim y se entregó a festines y sacrificios durante muchos días. Y, después de que la destrucción de sus enemigos llegara a oídos de los pueblos extranjeros, todos ellos quedaron sobrecogidos ante él, viendo que Dios manifiestamente lo asistía en adelante. Yehoshafat, desde entonces, vivió con espléndida gloria por su justicia y su piedad hacia lo divino. Era también amigo del hijo de Ajav que reinaba sobre los israelitas; y, asociándose con él para construir naves que navegaran hacia el Ponto y los mercados de Tracia, fracasó en la empresa, pues por su gran tamaño las embarcaciones se perdieron; y por ello ya no volvió a poner su afán en las naves. Así estaban las cosas en torno a Yehoshafat, rey de Yerushaláyim.
Sobre Ajazyahu, rey de Israel; y de nuevo sobre el profeta Eliyahu
El hijo de Ajav, Ajazyahu, reinaba sobre los israelitas fijando su residencia en Shomrón, siendo perverso y en todo semejante a ambos progenitores y a Yerovam, el primero que transgredió y empezó a engañar al pueblo. Cuando ya llevaba el segundo año de reinado, el rey de los moabitas se apartó de él y dejó de aportar los tributos que antes pagaba a su padre Ajav. Sucedió que Ajazyahu, al bajar de la azotea de su casa, cayó y, enfermo, mandó a preguntar por su curación al dios de Ekrón —Mosca, pues tal era el nombre de aquella deidad—.
Pero el Dios de los hebreos, apareciéndose al profeta Eliyahu, le ordenó salir al encuentro de los mensajeros enviados y preguntarles si es que el pueblo de los israelitas no tiene Dios propio, para que su rey envíe a uno ajeno a preguntar por su curación; y que les mandara volver y decir al rey que no escaparía de la enfermedad. Habiendo hecho Eliyahu lo que Dios le ordenó, los mensajeros, oídas sus palabras, regresaron al punto ante el rey. Extrañado este de la prontitud del regreso y preguntando la causa, dijeron que les había salido al paso cierto hombre y les había impedido seguir adelante, mandándoles volver y decirte, por orden del Dios de los israelitas, que la enfermedad irá a peor.
Cuando el rey les mandó que le describieran a quien esto había dicho, respondieron que era un hombre velludo y ceñido con un cinturón de cuero. Comprendiendo por ello que el señalado por los mensajeros era Eliyahu, envió contra él a un capitán con cincuenta soldados y ordenó que se lo trajeran. El capitán enviado, hallando a Eliyahu sentado en la cima del monte, le ordenó bajar y presentarse ante el rey —pues aquel así lo mandaba—, y que si no quería, lo forzaría contra su voluntad. Eliyahu, para poner a prueba si era verdadero profeta, le dijo que rogaría que un fuego caído del cielo destruyera a los soldados y a él mismo; y rogó, y un rayo, precipitándose, aniquiló al capitán y a los que iban con él.
Comunicada al rey la muerte de estos, irritado, envió otro capitán contra Eliyahu con tantos soldados como con el primero. Y como también este amenazara al profeta con llevárselo por la fuerza si no bajaba de buen grado, Eliyahu rogó contra él, y el fuego lo consumió igual que al capitán anterior. Enterado el rey también de esto, envió un tercero. Este, hombre sensato y de talante muy comedido, llegado al lugar donde estaba Eliyahu, se dirigió a él con afabilidad; le dijo que sabía que no por gusto, sino cumpliendo una orden real, había venido a él, y que también los enviados antes que él no habían acudido por su voluntad, sino por la misma causa; le rogaba, pues, que se apiadara de él y de los soldados que lo acompañaban, y que bajara y lo siguiera hasta el rey. Aprobando Eliyahu la cortesía de sus palabras y la finura de su talante, bajó y lo siguió. Presentándose ante el rey, le profetizó y le declaró que Dios dice: «Puesto que lo has condenado como si no fuera Dios y como incapaz de predecir la verdad acerca de tu enfermedad, y enviaste al dios de los de Ekrón a preguntarle cuál sería el desenlace de tu mal, sábete que morirás.»
Y él, transcurrido muy poco tiempo, murió tal como Eliyahu había predicho, y le sucedió en el reino su hermano Yehoram, pues acabó su vida sin hijos. Este Yehoram, semejante en la maldad a su padre Ajav, reinó doce años, entregado a toda clase de iniquidad e impiedad hacia Dios, pues, dejándolo a Él, veneraba a los dioses extranjeros; por lo demás, era hombre enérgico. Por aquel tiempo Eliyahu desapareció de entre los hombres, y nadie hasta el día de hoy conoce su fin. Dejó por discípulo a Elishá, como ya antes lo señalamos. Acerca de Eliyahu y de Janoj, que vivió antes del diluvio, está escrito en los libros sagrados que se hicieron invisibles, y nadie sabe de su muerte.
Cómo Yehoram y Yehoshafat hicieron una expedición contra los moabitas; y también sobre los prodigios de Elishá; y la muerte de Yehoshafat
Tomado el reino, Yehoram resolvió marchar contra el rey de los moabitas, llamado Meshá, pues este, como antes dijimos, se había apartado, dejando de pagar a su padre Ajav como tributo doscientas mil ovejas con sus vellones. Reuniendo, pues, sus propias fuerzas, envió a Yehoshafat rogándole —ya que desde el principio había sido amigo de su padre— que se aliara con él, que estaba a punto de emprender guerra contra los moabitas que se habían apartado de su reino. Y él no solo prometió acudir en persona en su ayuda, sino también obligar a que se les uniera en campaña el rey de los idumeos, que estaba sujeto a él.
Yehoram, llegadas de parte de Yehoshafat tales respuestas sobre la alianza, tomó su ejército y fue a Yerushaláyim; y, hospedado espléndidamente por el rey de los habitantes de Yerushaláyim, les pareció bien hacer la marcha contra el enemigo a través del desierto de Idumea —pues el enemigo no esperaría que hicieran el ataque por allí—. Así, los tres reyes partieron de Yerushaláyim: el de estos mismos, el de los israelitas y el de Idumea. Y, dando un rodeo de siete días de camino, cayeron en falta de agua para las bestias y el ejército, al extraviarse de las rutas sus guías, de modo que todos se angustiaban, y sobre todo Yehoram, quien, de pena, clamó a Dios: ¿qué mal le imputaba, para conducir a los tres reyes a entregarse sin combate al rey de los moabitas?
Yehoshafat, hombre justo, lo animó, y le mandó que enviara al campamento a averiguar si algún profeta de Dios había venido con ellos, para que por él aprendamos de Dios qué debemos hacer. Habiendo dicho cierto sirviente de Yehoram que había visto allí a Elishá, hijo de Shafat, el discípulo de Eliyahu, los tres reyes se dirigieron a él por consejo de Yehoshafat. Llegados a la tienda del profeta —que se había alojado fuera del campamento—, le preguntaban acerca del porvenir del ejército, sobre todo Yehoram. Y como él le dijera que no lo importunara, sino que fuera a los profetas de su padre y de su madre, pues aquellos eran verdaderos, Yehoram le rogaba que profetizara y los salvara. Él, jurando por Dios que no le respondería sino por Yehoshafat, que es santo y justo, mandó traer a un hombre que supiera tañer —pues él mismo lo pidió—; y, quedando inspirado con el son del salmo, ordenó a los reyes cavar muchos hoyos en el torrente. «Pues, sin que haya nube ni viento ni lluvia que se desate, veréis el río lleno de agua, de modo que tanto el ejército como las bestias de carga se salven con la bebida. Y no será esto lo único que tendréis de parte de Dios, sino que además venceréis a los enemigos y tomaréis las más hermosas y fuertes ciudades de los moabitas, y talaréis sus árboles frutales, devastaréis el país y cegaréis las fuentes y los ríos.»
Dicho esto por el profeta, al día siguiente, antes de que saliera el sol, el torrente corrió abundante, pues sucedió que Dios había hecho llover con fuerza a tres días de camino, en Idumea, de suerte que el ejército y las bestias de carga hallaron bebida en abundancia. Cuando los moabitas oyeron que los tres reyes marchaban contra ellos y hacían el ataque por el desierto, su rey, reuniendo al punto un ejército, ordenó plantar el campamento en las fronteras, para que el enemigo no invadiera el país sin que ellos lo advirtieran. Pero, al ver a la salida del sol el agua del torrente —pues no estaba lejos del territorio moabita— semejante en color a la sangre (ya que entonces, sobre todo, con la luz el agua se enrojece), se formaron una falsa idea acerca del enemigo: que se habían dado muerte unos a otros por la sed, y que el río les corría sangre. Suponiendo, pues, que así era, pidieron al rey que los enviara a saquear a los enemigos; y todos, lanzándose como hacia un botín ya dispuesto, llegaron al campamento de los enemigos como si estuvieran muertos. Pero esta esperanza los engañó, y, rodeándolos el enemigo, unos fueron acuchillados y otros se dispersaron huyendo a su propio país.
Invadiendo el territorio moabita, los reyes derribaron las ciudades que había en él, saquearon y arrasaron sus campos llenándolos de las piedras de los torrentes, talaron los más hermosos árboles, cegaron las fuentes de agua y demolieron los muros hasta los cimientos. El rey de los moabitas, acosado por el asedio y viendo que la ciudad corría peligro de ser tomada al asalto, se lanzó con setecientos hombres a intentar abrirse paso a caballo por el campamento de los enemigos, por la parte donde creía que aflojaban la guardia. Pero, tras intentarlo, no pudo huir, pues dio con un lugar cuidadosamente vigilado. De vuelta a la ciudad, ejecutó una obra de desesperación y de terrible extremidad: a su hijo mayor, que había de reinar después de él, lo subió sobre la muralla, de modo que quedara a la vista de todos los enemigos, y lo ofreció en holocausto a su dios. Al verlo, los reyes se compadecieron de su extremidad y, movidos por algo humano y digno de lástima, levantaron el asedio, y cada uno volvió a su tierra.
Yehoshafat, llegado a Yerushaláyim y pasando su vida en paz, sobrevivió poco tiempo después de aquella campaña y murió, habiendo vivido sesenta años y reinado de ellos veinticinco. Obtuvo una sepultura magnífica en Yerushaláyim, pues había sido imitador de las obras de David.
Yehoram sucede a Yehoshafat; cómo Yehoram, su tocayo, rey de Israel, combatió a los sirios; y qué prodigios obró el profeta Elishá
Dejó también bastantes hijos, y designó como sucesor al mayor, Yehoram —que tenía el mismo nombre que el hermano de su esposa, el que reinaba sobre los israelitas, hijo de Ajav—. Llegado a Shomrón desde el territorio moabita, el rey de los israelitas tenía consigo al profeta Elishá, cuyos hechos quiero referir, pues son brillantes y dignos de historia, según los hemos conocido en los libros sagrados.
Cuentan que la mujer de Ovadyá, el mayordomo de Ajav, acudió a él y le dijo que no ignoraba cómo su marido había salvado a los profetas que la mujer de Ajav, Izével, mandaba matar —pues cien de ellos, decía, habían sido alimentados a escondidas con dinero que él tomó prestado—; y que, tras la muerte de su marido, ahora los acreedores se los llevaban a ella y a sus hijos a la esclavitud; y le rogaba que, por aquel servicio de su marido, se apiadara y le prestara alguna ayuda. Al preguntarle él qué tenía en la casa, respondió que ninguna otra cosa, sino muy poco aceite en una vasija. El profeta le mandó ir y tomar prestadas de los vecinos muchas vasijas vacías, y que, cerradas las puertas de la habitación, trasvasara el aceite a todas ellas, pues Dios las llenaría. Haciendo la mujer lo que se le ordenó y mandando a sus hijos que le acercaran cada una de las vasijas, cuando todas quedaron llenas y ninguna vacía, fue al profeta y se lo comunicó. Él le aconsejó ir a vender el aceite y pagar a los acreedores lo que les debía; y que algo sobraría del precio del aceite, que emplearía para el sustento de sus hijos. Así, Elishá libró a la mujer de sus deudas y la libertó del ultraje de los acreedores.
Elishá mandó aviso enseguida a Yehoram, aconsejándole que guardara cierto lugar, pues había en él unos sirios apostados para matarlo. Y el rey ya no salió a aquella cacería, obedeciendo al profeta. Ben-Hadad, fallida su emboscada, creyendo que los suyos habían delatado a Yehoram el acecho, se enojó y, mandándolos llamar, los llamó traidores de sus secretos y les amenazó con la muerte, ya que la abierta empresa que solo a ellos había confiado había llegado a conocimiento del enemigo. Cuando uno de los presentes dijo que se equivocaba, y que no sospechara que ellos hubieran denunciado a su enemigo el envío de quienes lo matarían, sino que supiera que es Elishá el profeta quien todo se lo revela y le hace manifiestos los planes que trama, ordenó enviar a averiguar en qué ciudad se hallaba Elishá.
Los enviados regresaron anunciando que estaba en Dotán. Así pues, Ben-Hadad mandó a la ciudad una gran fuerza de jinetes y carros para apoderarse de Elishá. Estos, de noche, rodearon toda la ciudad y la tuvieron bajo vigilancia. Al amanecer, enterado de esto el sirviente del profeta —y de que el enemigo buscaba prender a Elishá—, se lo comunicó corriendo hacia él con gritos y sobresalto. Él animó al criado a no temer, e invocó a Dios —en cuya alianza, despreocupado, estaba sin miedo— para que mostrara al criado su poder y su presencia, a fin de que cobrara un ánimo lleno de esperanza. Y Dios, atento a las súplicas del profeta, concedió al criado ver una multitud de carros y caballos que rodeaban a Elishá, de modo que abandonó el temor y cobró valor ante la visión de aquella supuesta alianza.
Después de esto, Elishá pidió a Dios que oscureciera la vista de los enemigos, echando sobre ellos una bruma que les impidiera reconocerlo. Sucedido también esto, avanzó hasta en medio de los enemigos y les preguntó a quién habían venido buscando; y, diciendo ellos que al profeta Elishá, prometió entregárselo si lo seguían hasta la ciudad en la que se hallaba. Ellos, con el profeta por guía, entenebrecidos por Dios en la vista y en el entendimiento, lo seguían con presteza. Y Elishá, conduciéndolos a Shomrón, ordenó al rey Yehoram cerrar las puertas y rodear a los sirios con su fuerza, y rogó a Dios que aclarara la vista de los enemigos y les quitara la bruma. Librados de aquella ceguera, se vieron en medio de los enemigos. Estando los sirios en terrible espanto y desconcierto —como era natural ante algo tan divino y asombroso—, y preguntando el rey Yehoram al profeta si mandaba abatirlos a flechazos, Elishá se lo prohibió, pues dijo que es justo matar a los que se toman por ley de guerra, pero que estos ningún mal habían hecho a su país, y habían venido a ellos, sin saberlo, por poder divino. Y aconsejó que, dándoles hospedaje y mesa, los soltaran ilesos. Así pues, Yehoram, obedeciendo al profeta, tras agasajar muy espléndida y generosamente a los sirios, los despidió hacia Ben-Hadad, su rey.
Cuando llegaron y le declararon lo sucedido, Ben-Hadad, maravillado de aquel portento y de la manifestación y el poder del Dios de los israelitas, y del profeta a quien lo divino asistía tan claramente, ya no resolvió atacar en secreto al rey de los israelitas, por temor a Elishá, sino que decidió hacerle la guerra abiertamente, pensando que por la multitud del ejército y su fuerza vencería a los enemigos. Y marchó con gran fuerza contra Yehoram, quien, no considerándose capaz de medirse con los sirios, se encerró en Shomrón, confiado en la solidez de las murallas. Ben-Hadad, calculando que tomaría la ciudad —si no con las máquinas, sí por el hambre y la escasez de víveres, con que rendiría a los samaritanos—, atacándola, la puso sitio.
De tal modo llegó a faltar a Yehoram la provisión de lo necesario, que, por el exceso de la penuria, en Shomrón se vendió una cabeza de asno en ochenta piezas de plata, y por cinco piezas de plata compraban los hebreos un sextario de estiércol de paloma en lugar de sal. Yehoram temía que, por causa del hambre, alguien entregara la ciudad a los enemigos, y cada día recorría las murallas y a los centinelas, examinando si había dentro algún traidor entre ellos, y, con hacerse ver y mostrar su preocupación, arrancaba tanto el deseo de semejante cosa como la obra misma, si alguno se había adelantado ya a concebir tal propósito. Al gritar cierta mujer «¡Señor, ten piedad!», creyendo él que iba a pedirle algo de comer, encolerizado la maldijo por Dios y le dijo que ni era suya la era ni el lagar, de donde pudiera darle algo de lo que en su necesidad pedía. Cuando ella dijo que de nada de eso tenía necesidad, ni lo importunaba por comida, sino que pedía ser juzgada frente a otra mujer, y él le mandó hablar y exponer aquello que reclamaba, dijo que había hecho un pacto con la otra mujer —vecina y amiga suya—: que, ya que el hambre y la penuria eran insoportables, sacrificaran a sus hijos —cada una tenía un niño varón— y se alimentaran una a la otra un día cada vez. «Y yo —dijo— fui la primera en degollar al mío, y el día pasado ambas nos alimentamos del mío; pero ahora ella no quiere hacer lo mismo, sino que quebranta el pacto y ha ocultado a su hijo.»
Esto afligió sobremanera a Yehoram al oírlo, y, rasgándose la vestidura y prorrumpiendo en un grito terrible, luego, henchido de ira contra el profeta Elishá, se lanzó a matarlo, porque no rogaba a Dios que les diera un recurso y una salida de los males que los cercaban; y al punto envió a uno a cortarle la cabeza. Y aquel se apresuraba a la muerte del profeta; pero a Elishá no se le ocultó la ira del rey, y, sentado en su casa con sus discípulos, les reveló que Yehoram, el hijo del asesino, había enviado a quien le quitaría la cabeza. «Pero vosotros —dijo—, cuando llegue el encargado de esto, vigiladlo cuando esté a punto de entrar, apretadlo contra la puerta y retenedlo; pues tras él vendrá a mí el rey, arrepentido.» Y ellos hicieron lo mandado cuando llegó el enviado por el rey a dar muerte a Elishá. Yehoram, condenando su ira contra el profeta y temiendo que el encargado se le adelantara matándolo, se apresuró a impedir que se cometiera el crimen y a salvar al profeta. Llegado a él, le reprochó que no pidiera a Dios una liberación de los males presentes, sino que los mirara con indiferencia mientras así perecían. Elishá le prometió que al día siguiente, a aquella misma hora en que el rey había llegado a él, habría gran abundancia de alimento, y se vendería en el mercado dos satas de cebada por un siclo, y una sata de flor de harina por un siclo.
Esto movió a alegría a Yehoram y a los presentes, pues no vacilaban en creer al profeta por la verdad de lo antes experimentado, y lo escaso y penoso de aquel día se lo aligeraba la abundancia esperada. Pero el capitán de la tercera parte del ejército, que era amigo del rey y que entonces lo llevaba apoyado sobre él, dijo: «Cosas increíbles dices, oh profeta; y así como es imposible que Dios derrame del cielo cataratas de cebada o de flor de harina, así es imposible que se cumpla lo que ahora dices.» Y el profeta le replicó: «Esto verás que llega a su cumplimiento, pero de nada de lo que haya participarás.»
Y se cumplió de este modo lo predicho por Elishá. Había en Shomrón una ley de que los que tuvieran lepra y no estuvieran limpios en sus cuerpos de tales males permanecieran fuera de la ciudad. Cuatro hombres, pues, que por esta causa se hallaban ante las puertas —sin que ya nadie les sacara alimento a causa del exceso del hambre—, impedidos por la ley de entrar en la ciudad, y calculando que, aun cuando se les permitiera, perecerían miserablemente de hambre, y que esto mismo sufrirían aun si se quedaban allí por falta de comida, resolvieron entregarse a los enemigos, de modo que, si los perdonaban, vivirían, y si los mataban, tendrían una buena muerte. Confirmada esta decisión, de noche llegaron al campamento de los enemigos. Ya comenzaba Dios a atemorizar y turbar a los sirios, y a hacer resonar en sus oídos un estrépito de carros y caballos como de un ejército que se acercaba, y a acercarles cada vez más esa sospecha. Y de tal modo quedaron dispuestos por ello que, abandonando las tiendas, corrieron en masa hacia Ben-Hadad diciendo que Yehoram, el de los israelitas, tras contratar aliados —al rey de los egipcios y al de las islas—, los conducía contra ellos, pues al aproximarse aquellos oían el estruendo. Ben-Hadad dio crédito a lo que decían —pues también a él le zumbaban ya los oídos igual que a la multitud—; y, con mucho desorden y tumulto, dejando en el campamento los caballos, las bestias de carga y una riqueza abundante, se dieron a la fuga.
Los leprosos que de Shomrón se habían pasado al campamento de los sirios, a quienes poco antes mencionamos, al llegar al campamento vieron que reinaba mucha quietud y silencio; y, entrando dentro y precipitándose en una tienda, no vieron a nadie: comieron y bebieron, se llevaron ropa y mucho oro, y, sacándolo fuera del campamento, lo escondieron. Luego, entrando en otra tienda, sacaron igualmente lo que en ella había, y esto hicieron cuatro veces, sin que absolutamente nadie los encontrara. De donde, conjeturando que el enemigo se había retirado, se reprocharon a sí mismos no comunicar esto a Yehoram y a los ciudadanos. Y ellos, yendo a la muralla de Shomrón y llamando a voces a los centinelas, les revelaron lo tocante a los enemigos; aquellos lo transmitieron a los guardias del rey, de quienes, enterándose Yehoram, mandó llamar a sus amigos y comandantes. A ellos, cuando vinieron, les dijo que sospechaba que la retirada del rey de los sirios era una emboscada y un ardid —pues había desesperado de destruirnos con el hambre—, para que, cuando nosotros, como si ellos hubieran huido, saliéramos del campamento al saqueo, cayera de improviso sobre nosotros, nos matara y tomara la ciudad sin combate; «por lo cual os aconsejo tenerla bajo guardia, sin confiaros porque el enemigo se haya retirado».
Cuando uno dijo que sospechaba con gran acierto y agudeza, pero aconsejó, no obstante, enviar a dos de los jinetes a explorar todo el camino hasta el Yardén, para que, si eran apresados por los enemigos que acechaban y perecían, sirvieran de salvaguarda al ejército contra sufrir algo semejante al avanzar sin sospecha; «y contarás —dijo— entre los muertos por el hambre a los jinetes, aun si son apresados por los enemigos y perecen». Complacido con el parecer, envió entonces a los exploradores; y ellos recorrieron el camino vacío de enemigos, pero lo hallaron lleno de víveres y armas que, por estar ligeros para huir, [los sirios] habían arrojado y dejado. Oído esto, el rey soltó a la multitud al saqueo de lo que había en el campamento. Y no sacaron provecho de cosa alguna vil ni escasa, sino mucho oro, mucha plata, rebaños de toda clase de ganado y, además, miríadas de trigo y cebada que ni en sueños habían esperado; y, habiéndolo hallado, quedaron libres de sus antiguos males y tuvieron tal abundancia que dos satas de cebada se compraban por un siclo, y una sata de flor de harina por un siclo, según la profecía de Elishá —y la sata equivale a un modio y medio itálico—. Solo uno no gozó de estos bienes: el capitán de la tercera parte del ejército, pues, apostado en la puerta por el rey para contener el gran ímpetu de la multitud y que no perecieran empujados y pisoteados unos por otros, esto mismo padeció y murió de tal modo, habiéndole profetizado Elishá su fin cuando, de todos, solo él no creyó en lo que dijo acerca de la venidera abundancia de víveres.
El rey de los sirios, Ben-Hadad, escapado a salvo a Damasco y enterado de que lo divino lo había sumido a él y a todo su ejército en aquel miedo y confusión, y que ello no había venido de un ataque enemigo, se desanimó grandemente al ver a Dios hostil hacia él y cayó enfermo. Hallándose por aquel tiempo el profeta Elishá de viaje en Damasco, Ben-Hadad, enterado de ello, envió a Jazael, el más fiel de sus servidores, a salirle al encuentro llevándole regalos, con orden de preguntarle acerca de la enfermedad y si escaparía del peligro de ella. Jazael, con cuarenta camellos que portaban los más hermosos y valiosos regalos de cuanto se produce en Damasco y hay en el palacio, se topó con Elishá, lo saludó con afabilidad y le dijo que había sido enviado por el rey Ben-Hadad para llevarle regalos y preguntar acerca de la enfermedad y si se aliviaría de ella. El profeta ordenó a Jazael que no anunciara al rey nada malo, pero dijo que moriría. El servidor del rey se afligió al oírlo, y Elishá lloraba y se deshacía en muchas lágrimas, previendo los males que el pueblo había de padecer tras la muerte de Ben-Hadad. Preguntándole Jazael la causa de su turbación, dijo: «Lloro compadeciendo a la multitud de los israelitas por los terribles males que sufrirán de tu mano; pues matarás a sus mejores hombres, incendiarás sus más fuertes ciudades, y a los niños los destruirás estrellándolos contra las rocas, y a las mujeres encintas les abrirás el vientre.» Y diciendo Jazael: «¿Qué poder tan grande tengo yo para hacer esto?», respondió que Dios le había revelado que él habría de reinar sobre Siria. Así pues, Jazael, llegado ante Ben-Hadad, le anunció lo mejor acerca de la enfermedad, pero al día siguiente, echándole encima una red mojada, lo estranguló con un lazo, y él mismo tomó el mando, siendo hombre enérgico y con mucha benevolencia por parte de los sirios y del pueblo de los damascenos —por quienes hasta hoy tanto el propio Ben-Hadad como Jazael, que gobernó después de él, son honrados como dioses por sus beneficios y por la construcción de los templos con que embellecieron la ciudad de los damascenos—. Y celebran procesiones cada día en honor de estos reyes y se ufanan de su antigüedad, sin saber que son recientes, y sin que estos reyes tengan mil cien años de antigüedad. En cuanto al rey de los israelitas, Yehoram, al oír la muerte de Ben-Hadad, respiró de los temores y del pavor que por causa de él sentía, acogiéndose de buen grado a la paz.
Sobre la maldad de Yehoram, rey de Yerushaláyim; su derrota y su muerte
Yehoram, el rey de Yerushaláyim —pues también él tenía, como antes dijimos, el mismo nombre—, tomado el mando, al punto procedió a la matanza de sus hermanos y de los amigos de su padre, que eran también gobernadores, haciendo de ahí el comienzo y la muestra de su maldad, y sin diferir en nada de los reyes del pueblo que primero transgredieron las costumbres ancestrales de los hebreos y el culto de Dios.
Quien lo indujo tanto a los demás males como, en particular, a adorar a los dioses extranjeros fue Atalyá, hija de Ajav, con quien estaba casado. Pero Dios, por la promesa hecha a David, no quiso hacer desaparecer su linaje; sin embargo, Yehoram no dejaba de innovar cada día en su impiedad y en la corrupción de las costumbres patrias.
Por aquel tiempo se apartaron de él los idumeos y, dando muerte a su rey anterior —que estaba sujeto a su padre—, pusieron por rey al que ellos mismos quisieron. Yehoram, con los jinetes que tenía consigo y los carros, invadió Idumea de noche; destruyó a los que había alrededor de su reino, pero no avanzó más adelante.
Con hacer esto no obtuvo, sin embargo, provecho alguno, pues todos se apartaron de él, también los que habitaban la comarca llamada Lavená. Y era tal su furor que forzaba al pueblo a subir a las más altas cumbres de los montes y adorar a los dioses extranjeros.
Mientras él obraba así y había arrojado por completo de su mente las leyes patrias, le llegó de parte del profeta Eliyahu una carta que le declaraba que Dios tomaría de él gran castigo, porque no había imitado a sus propios padres, sino que había seguido las impiedades de los reyes de los israelitas, y había forzado a la tribu de Yehudá y a los ciudadanos de Yerushaláyim a que, abandonando la santidad debida al Dios del país, veneraran a los ídolos, tal como también Ajav había obligado a los israelitas; y porque había dado muerte a sus hermanos y matado a hombres buenos y justos. El profeta le indicaba en la carta el castigo que por ello había de sufrir: la ruina del pueblo, la destrucción de las mujeres y de los hijos del propio rey,
y que él mismo moriría de una enfermedad de las entrañas, atormentado largamente, mientras sus intestinos, por el exceso de la corrupción interior, se le derramaban, de modo que, viendo su propia desgracia sin poder valerse en nada, así al fin muriera. Esto declaraba Eliyahu por medio de la carta.
No mucho después, un ejército de árabes de los que habitan junto a Etiopía, con los filisteos, irrumpió en el reino de Yehoram, saqueó el país y la casa del rey, y además degolló a sus hijos y a sus mujeres. Solo uno de sus hijos le quedó, escapado de los enemigos, llamado Ajazyahu.
Tras esta desgracia, él mismo, enfermo por larguísimo tiempo de la dolencia predicha por el profeta —pues Dios descargó su ira sobre su vientre—, murió miserablemente, viendo cómo se le derramaban las entrañas. Y el pueblo ultrajó también su cadáver;
pues, pensando —creo yo— que quien así había muerto por la cólera de Dios ni siquiera merecía obtener las honras fúnebres propias de los reyes, ni lo sepultó en los sepulcros de sus padres ni lo juzgó digno de otro honor, sino que lo enterró como a un particular, tras haber vivido cuarenta años y reinado ocho. Y el pueblo de los habitantes de Yerushaláyim entrega el reino a su hijo Ajazyahu.
Cómo Yehú fue ungido rey y dio muerte a Yoram y a Ajazyahu; y qué hizo para castigar a los impíos
Yehoram, el rey de los israelitas, después de la muerte de Ben-Hadad, esperando arrebatar a los sirios la ciudad de Ramot de Guilad, marchó contra ella con gran aparato; pero, herido de flecha por uno de los sirios durante el asedio —aunque no de muerte—, se retiró a la ciudad de Yizreel para curarse allí la herida, dejando en Ramot todo el ejército y por jefe a Yehú, hijo de Amasí; pues ya la había tomado por la fuerza.
Se proponía, tras la curación, hacer la guerra a los sirios. Pero el profeta Elishá, entregando a uno de sus discípulos el óleo sagrado, lo envió a Ramot para que ungiera a Yehú y le declarara que lo divino lo había elegido rey; y, encargándole que dijera además otras cosas, le mandó hacer el viaje a modo de fuga, para pasar inadvertido a todos al partir de allí.
Llegado a la ciudad, el joven encuentra a Yehú sentado en medio de los jefes del ejército, tal como Elishá le había predicho; y, acercándose, dijo que quería tratar con él ciertos asuntos.
Levantándose Yehú y siguiéndolo hasta un aposento interior, el joven, tomando el óleo, se lo derramó sobre la cabeza y dijo que Dios lo nombraba rey para la ruina del linaje de Ajav, y para que vengara la sangre de los profetas muertos ilegalmente por Izével,
a fin de que la casa de aquellos desapareciera de raíz, del mismo modo que la de Yerovam, hijo de Nevat, y la de Basá, por su impiedad, y no quedara descendencia alguna de la estirpe de Ajav. Dicho esto, el joven salió de un salto del aposento, procurando no ser visto por ninguno de los del ejército.
Yehú salió y volvió al lugar donde estaba sentado con los jefes. Como estos le preguntaran y le rogaran que les dijera a qué había venido el joven, y añadieran incluso que estaba loco, respondió: «Bien lo habéis adivinado, pues sus palabras fueron de un loco.»
Y como se afanaban por oír y se lo pedían, dijo que Dios le había hecho saber que lo había elegido rey del pueblo. Dicho esto, cada uno, despojándose de su manto, se lo tendía debajo, y, tocando los cuernos, proclamaban que Yehú era rey.
Él, reunido el ejército, estaba a punto de lanzarse contra Yehoram, en la ciudad de Yizreel, donde —como dije— se curaba de la herida que había recibido en el asedio de Ramot. Se hallaba también allí Ajazyahu, rey de los habitantes de Yerushaláyim, que había llegado ante Yehoram; pues era hijo de su hermana, como ya dijimos, y había venido, por el parentesco, a visitarlo y ver cómo estaba de la herida.
Yehú, queriendo caer de improviso sobre los de Yehoram, pidió que ninguno de los soldados escapara y fuera a delatar aquello a Yehoram; pues sería esto una espléndida muestra de su lealtad y prueba de que lo habían proclamado rey de tan buena disposición.
Ellos, satisfechos con lo dicho, guardaban los caminos, no fuera que alguno se deslizara a Yizreel y lo delatara a los de allí. Yehú, tomando a los mejores de los jinetes y montando en su carro, marchaba hacia Yizreel; y, cuando estaba cerca, el vigía, que el rey Yehoram había apostado para observar a los que venían a la ciudad, al ver a Yehú avanzar con una multitud, anunció a Yehoram que se acercaba un escuadrón de jinetes.
Este, al punto, mandó que se enviara a uno de los jinetes a su encuentro para averiguar quién era el que venía. Llegado, pues, ante Yehú, el jinete le preguntó por lo que ocurría en el campamento, pues eso quería saber el rey. Pero él le ordenó no ocuparse de tales cosas, sino seguirle.
Viendo esto el vigía, anunció a Yehoram que el jinete se había mezclado con la multitud de los que venían y llegaba con ellos. Enviado por el rey un segundo jinete, Yehú le ordenó hacer lo mismo.
Cuando también esto declaró el vigía a Yehoram, este, por último, montando él mismo en su carro con Ajazyahu, rey de los habitantes de Yerushaláyim —que estaba allí, como antes dije, para verlo, por el parentesco, cómo seguía de la herida—, salió a su encuentro. Yehú avanzaba con lentitud y en buen orden. Y cuando lo alcanzó en el campo de Navot, Yehoram le preguntó si todo iba bien en el campamento; pero, como Yehú lo injuriara con amargura, llegando a llamar hechicera a su madre, el rey, temiendo su intención y sospechando que nada bueno tramaba, volvió el carro como pudo y huyó, diciendo a Ajazyahu que había sido burlado por emboscada y engaño. Yehú, disparándole una flecha, lo derribó, atravesándole el dardo el corazón.
Yehoram cayó al punto de rodillas y exhaló el alma; y Yehú ordenó a Bidkar, el jefe de la tercera parte del ejército, arrojar el cadáver de Yehoram al campo de Navot, recordándole la profecía de Eliyahu, que había vaticinado a Ajav, su padre, cuando dio muerte a Navot, que perecería tanto él como su linaje en la heredad de aquel;
pues esto lo había oído él mismo del profeta, sentado detrás del carro cuando Ajav lo dijo. Y así sucedió que ocurriera, según la predicción de aquel. Caído Yehoram, Ajazyahu, temiendo por su vida, desvió el carro por otro camino, suponiendo que pasaría inadvertido a Yehú.
Pero este, persiguiéndolo y alcanzándolo en cierta subida, lo hirió de flecha; y aquel, dejando el carro y montando a caballo, huye de Yehú a Meguidó, y allí, tratado de la herida, poco después muere de ella. Trasladado a Yerushaláyim, obtiene sepultura en aquel lugar, tras reinar un año, habiendo sido perverso y aun peor que su padre.
Cuando Yehú entró en Yizreel, Izével, ataviada y de pie sobre la torre, dijo: «¡Buen esclavo, el que mata a su señor!» Él, alzando la vista hacia ella, preguntó quién era y le mandó bajar y venir a su lado; y, al fin, ordenó a los eunucos que la arrojaran desde la torre.
Precipitada, salpicó el muro con su sangre y, pisoteada por los caballos, así murió. Sucedido esto, Yehú, entrando en el palacio con sus amigos, se repuso del camino con lo demás y con la mesa. Y ordenó a los servidores que recogieran a Izével y la enterraran, por su linaje, pues era de estirpe real.
Pero los encargados de las honras fúnebres no hallaron de su cuerpo sino las extremidades solas, pues todo lo demás había sido devorado por los perros. Al oírlo Yehú, admiró la profecía de Eliyahu, pues este había predicho en Yizreel que ella perecería de tal modo.
Teniendo Ajav setenta hijos, criados en Shomrón, Yehú envía dos cartas: una a los ayos, y otra a los magistrados de los samaritanos, diciéndoles que proclamaran rey al más valiente de los hijos de Ajav, pues tenían multitud de carros, caballos, armas y ejército, y poseían ciudades fuertes; y que, hecho esto, tomaran venganza en favor de su señor.
Esto lo escribió queriendo sondear el ánimo de los samaritanos. Al leer la carta, tanto los magistrados como los ayos se llenaron de miedo y, considerando que nada podían hacer frente a él —pues había vencido a dos reyes poderosísimos—, respondieron por escrito reconociéndolo por señor y que harían cuanto ordenara.
Él, a esto, les respondió mandándoles que le obedecieran y, cortando las cabezas de los hijos de Ajav, se las enviaran. Los magistrados, llamando a los ayos de los niños, les ordenaron matarlos, cortarles las cabezas y enviarlas a Yehú. Ellos, sin perdonar a ninguno en absoluto, así lo hicieron y, metiendo las cabezas en unos cestos de mimbre, las enviaron a Yizreel.
Llegadas estas, se anuncia a Yehú, que cenaba con sus amigos, que habían traído las cabezas de los hijos de Ajav. Él mandó que, delante de la puerta y a uno y otro lado, se levantaran con ellas dos montones.
Hecho esto, al despuntar el día salió a verlo y, tras contemplarlo, comenzó a decir al pueblo presente que él mismo había marchado contra su señor y le había dado muerte, pero que a aquellos no los había matado él; y les pedía que reconocieran, acerca de la estirpe de Ajav, que todo había sucedido según la profecía de Dios, y que su casa, tal como también Eliyahu había predicho, había perecido.
Y, dando muerte además a cuantos jinetes de la parentela de Ajav se hallaron entre los de Yizreel, marchaba hacia Shomrón. Por el camino, encontrándose con los allegados de Ajazyahu, rey de los habitantes de Yerushaláyim, les preguntó a qué habían venido.
Ellos dijeron que venían a saludar a Yehoram y a su propio rey Ajazyahu; pues no sabían que ambos habían sido asesinados por él. Yehú mandó también prender y matar a estos, que eran cuarenta y dos en número.
Tras estos, sale a su encuentro un hombre bueno y justo, de nombre Yehonadav, amigo suyo desde antaño, quien, saludándolo, empezó a alabarlo por haber hecho en todo la voluntad de Dios, haciendo desaparecer la casa de Ajav.
Yehú le rogó que subiera al carro y entrara con él en Shomrón, diciendo que le mostraría cómo no perdonaría a ningún malvado, sino que castigaría a los falsos profetas, a los falsos sacerdotes y a los que habían engañado al pueblo para que abandonara el culto del Dios altísimo y adorara a los dioses extranjeros; pues nada hay más hermoso ni más grato de contemplar, para un hombre honrado y justo, que ver castigados a los malvados.
Persuadido por esto, Yehonadav sube al carro y llega a Shomrón. Yehú, buscando a todos los parientes de Ajav, los mata. Y, queriendo que ninguno de los falsos profetas ni de los sacerdotes de los dioses de Ajav escapara al castigo, los prendió a todos con maña y engaño;
pues, reunido el pueblo, dijo que quería adorar el doble de dioses de los que Ajav había introducido, y pidió que se presentaran los sacerdotes y profetas de aquellos, y sus servidores, pues iba a ofrecer sacrificios costosos y grandes a los dioses de Ajav; y amenazó con la muerte al sacerdote que faltara. El dios de Ajav se llamaba Baal.
Fijado el día en que había de hacer los sacrificios, envió por todo el país de los israelitas a quienes le trajeran a los sacerdotes de Baal. Yehú ordenó al sacerdote que diera a todos vestiduras; y, cuando las recibieron, entrando en el templo con su amigo Yehonadav, mandó registrar si había entre ellos algún extraño o forastero, pues no quería que ninguno ajeno estuviera presente en sus ritos.
Como dijeran que no había presente ningún forastero, y comenzados los sacrificios, apostó a ochenta hombres, a quienes tenía por los más fieles de sus soldados, ordenándoles matar a los falsos profetas y vengar por fin las costumbres patrias, largo tiempo descuidadas; y les amenazó con que se les quitaría la vida en lugar de la de cualquiera que escapase.
Ellos degollaron a todos aquellos hombres y, prendiendo fuego al templo de Baal, purificaron así Shomrón de las costumbres extranjeras. Este Baal era un dios de los tirios. Pues Ajav, queriendo agradar a su suegro Etbaal, rey de los tirios y de los sidonios, le había edificado un templo en Shomrón, le había nombrado profetas y lo había honrado con todo culto.
Abolido este dios, Yehú permitió a los israelitas adorar a las becerras de oro. Y a él, que había hecho estas cosas y provisto al castigo de los impíos, Dios le predijo por medio del profeta que sus hijos reinarían sobre los israelitas hasta la cuarta generación. Y así estaban las cosas en torno a Yehú.
Cómo Atalyá reinó sobre Yerushaláyim durante seis años, cuando el sumo sacerdote Yehoyadá la mató e hizo rey a Yoash, hijo de Ajazyahu
Atalyá, la hija de Ajav, al oír la muerte de su hermano Yehoram, la de su hijo Ajazyahu y la ruina del linaje de los reyes, se afanó por no dejar a nadie de la casa de David e hizo desaparecer toda la estirpe, para que ni uno solo de ella llegara ya a ser rey.
Y esto lo consiguió, según creía; pero se salvó un hijo de Ajazyahu, que escapó de la muerte de este modo. Tenía Ajazyahu una hermana de padre, de nombre Yehosheva; casada con esta estaba el sumo sacerdote Yehoyadá.
Esta, entrando en el palacio y hallando a Yoash —pues así se llamaba el niño, de un año de edad— escondido entre los degollados con su nodriza, lo tomó consigo y con ella, y lo encerró en el aposento de las camas; y, ocultos, lo criaron ella y su marido Yehoyadá en el templo durante los seis años en que Atalyá reinó sobre Yerushaláyim y las dos tribus.
Al séptimo año, Yehoyadá, tras confiarse a algunos —cinco jefes de cien en número— y persuadirlos a colaborar en el ataque contra Atalyá y a asegurar el reino al niño, tomándoles juramentos con que quedaba garantizada la seguridad por parte de los cómplices, cobró en adelante ánimo en sus esperanzas contra Atalyá.
Los hombres que el sacerdote Yehoyadá había tomado por partícipes de la empresa, recorriendo todo el país, reunieron de él a los sacerdotes, a los leviim y a los jefes de las tribus, y vinieron trayéndolos a Yerushaláyim, ante el sumo sacerdote.
Este les pidió una garantía bajo juramento: que guardarían el secreto que de él supieran, que necesitaba a la vez silencio y colaboración. Cuando, ya prestado el juramento, le fue seguro hablar, presentando al que del linaje de David había criado, dijo: «Este es nuestro rey, de aquella casa que sabéis que Dios nos profetizó que reinaría para siempre.
Os aconsejo que una tercera parte de vosotros lo guarde en el templo, otra tercera parte se aposte en todas las puertas del recinto, y la que sigue a esta tenga la guardia de la puerta que se abre y da al palacio; y el resto de la multitud esté sin armas en el templo; y no dejéis entrar a ningún soldado armado, sino solo al sacerdote.»
Dispuso además que una parte de los sacerdotes y de los leviim estuviera en torno al propio rey, dándole escolta con las espadas desenvainadas, y que se matara al instante a quien se atreviera a entrar armado en el templo; y que, sin temer nada, permanecieran en la guardia del rey. Ellos, persuadidos por lo que el sumo sacerdote les aconsejó, mostraron con la obra su decisión. Yehoyadá, abriendo el arsenal que había en el templo, el que David había construido, distribuyó entre los jefes de cien, y con ellos a los sacerdotes y leviim, todo cuanto en él halló: lanzas, aljabas y cualquier otra clase de arma que encontró, y a los armados los apostó en círculo alrededor del templo, trabados de la mano, para cerrar así la entrada a los que no debían pasar.
Reunido el niño en medio, le pusieron la corona real, y Yehoyadá, ungiéndolo con el óleo, lo declaró rey; y la multitud, alegre y batiendo palmas, gritaba: «¡Viva el rey!»
Atalyá, oyendo contra toda esperanza el tumulto y las aclamaciones, muy turbada en su ánimo, salió de un salto del palacio con su propia tropa. Y, al llegar ella al templo, los sacerdotes la reciben, pero a los soldados que la seguían les impidieron entrar los que estaban apostados en círculo por orden del sumo sacerdote.
Al ver Atalyá al niño de pie sobre el estrado, con la corona real puesta, se rasgó las vestiduras y, gritando de forma terrible, mandó matar al que había conspirado contra ella y se había afanado por arrebatarle el mando. Pero Yehoyadá, llamando a los jefes de cien, les ordenó llevar a Atalyá al valle del Cedrón y matarla allí; pues no quería manchar el templo dando muerte allí mismo a la malvada.
Mandó además que, si alguien se acercaba en su ayuda, también a aquel lo mataran. Así pues, los encargados de darle muerte, prendiendo a Atalyá, la llevaron hasta la puerta de las mulas del rey y allí la mataron.
Cuando así se hubo resuelto lo tocante a Atalyá, Yehoyadá, convocando al pueblo y a los soldados en el templo, les hizo jurar que serían leales al rey y velarían por su salvación y por la duración de su reino; y luego obligó al propio rey a dar garantía de que honraría a Dios y no traspasaría las leyes de Moshé.
Después de esto, entrando de golpe en el templo de Baal —que Atalyá y su marido Yehoram habían construido para ultraje del Dios patrio y honra de Ajav—, lo derribaron y mataron a Matán, que tenía su sacerdocio.
Yehoyadá encomendó a los sacerdotes y a los leviim el cuidado y la guarda del templo, conforme a la disposición del rey David, mandándoles ofrecer dos veces al día los sacrificios de holocausto prescritos y quemar incienso según la Ley. Y designó a algunos de los leviim como porteros para la guarda del recinto, de modo que ningún impuro entrara sin ser advertido.
Dispuesta cada una de estas cosas, con los jefes de cien, los caudillos y todo el pueblo, tomando a Yoash del templo, lo lleva al palacio; y, cuando se sentó en el trono real, la multitud lo aclamó y, entregándose a festines, celebraron durante muchos días. Y la ciudad, con la muerte de Atalyá, quedó en calma.
Tenía Yoash siete años cuando recibió el reino; su madre se llamaba Tsivyá, de patria Beer Sheva. Guardó con gran cuidado las leyes y puso su celo en el culto de Dios todo el tiempo que Yehoyadá vivió.
Casó también con dos mujeres, llegado a la edad conveniente, por dárselas el sumo sacerdote, y de ellas tuvo hijos varones y hembras. Así, pues, hemos declarado lo tocante al rey Yoash: cómo escapó de la conjura de Atalyá y recibió el reino.
Cómo Jazael hizo una expedición contra el pueblo de Israel y los habitantes de Yerushaláyim; cómo Yehú murió y Yehoajaz le sucedió en el gobierno; cómo Yoash, rey de Yerushaláyim, fue al principio cuidadoso del culto de Dios pero después se volvió impío y mandó lapidar a Zejaryá; y cómo, muerto Yoash, Amatsyahu le sucedió en el reino
Jazael, el rey de los sirios, haciendo la guerra a los israelitas y a su rey Yehú, devastó la parte oriental del país de allende el Yardén, la de los rubenitas, los gaditas y los de Menashé, y además la Guilad y la Basán, incendiándolo y saqueándolo todo y ejerciendo violencia contra cuantos le salían al paso.
Pues Yehú no se apresuró a rechazarlo cuando maltrataba el país, sino que, hecho despreciador de lo divino y menospreciando la santidad y las leyes, murió tras reinar sobre los israelitas veintisiete años. Fue sepultado en Shomrón, dejando por sucesor del reino a su hijo Yehoajaz.
A Yoash, el rey de los habitantes de Yerushaláyim, le vino el impulso de renovar el templo de Dios; y, llamando al sumo sacerdote Yehoyadá, le ordenó enviar por todo el país a los leviim y a los sacerdotes a pedir por cada persona medio siclo de plata para la reparación y renovación del templo, derribado por Yehoram y Atalyá y sus hijos.
Pero el sumo sacerdote no lo hizo, comprendiendo que nadie adelantaría el dinero; y, en el año vigésimo tercero del reinado, habiendo el rey mandado llamarlos a él y a los leviim, y reprochándoles haber desoído lo que había ordenado, y mandándoles proveer en adelante a la reparación del templo, el sumo sacerdote recurrió, para la recaudación de fondos, a un ardid con el que el pueblo se avino de buen grado, de este modo:
fabricó un arca de madera, la cerró por todas partes y le abrió un solo orificio. Luego, poniéndola en el templo junto al altar, mandó que cada uno echara en ella por el orificio cuanto quisiera para la reparación del templo. A esto se dispuso bien todo el pueblo, y con celo, aportando y contribuyendo, reunieron mucha plata y oro.
Vaciando el arca, y presente el rey, contaban lo reunido el escriba y el sacerdote de los tesoros, y luego la volvían a poner en el mismo lugar. Y esto hacían cada día. Cuando pareció suficiente la suma de los fondos, el sumo sacerdote Yehoyadá y el rey Yoash enviaron a contratar canteros y albañiles, y a por grandes maderos y de la más hermosa madera.
Reparado el templo, el oro y la plata que sobraron —que no era poco— lo emplearon en crateras, jarras, copas y los demás utensilios, y no cesaban de engordar el altar con costosos sacrificios cada día. Y esto tuvo el debido esmero todo el tiempo que Yehoyadá vivió.
Cuando este murió —tras vivir ciento treinta años, hombre justo y en todo bueno, y fue sepultado en los sepulcros reales de Yerushaláyim por haber restaurado el reino al linaje de David—, el rey descuidó el cuidado debido a Dios.
Con él se corrompieron también los principales del pueblo, de modo que pecaban contra lo que entre ellos se tenía por justo y legal como lo mejor. Disgustado Dios por la mudanza del rey y de los demás, envía a los profetas para dar testimonio de lo que se hacía y hacerlos cesar de su maldad.
Pero ellos tenían de esta un amor tan fuerte y un deseo tan terrible, que ni por lo que padecieron, castigados con toda su casa, los que antes de ellos habían ultrajado las leyes, ni por lo que los profetas les predecían, se dejaron persuadir a arrepentirse y apartarse de las transgresiones a que se habían vuelto; antes bien, el rey mandó lapidar en el templo a Zejaryá, hijo del sumo sacerdote Yehoyadá, olvidado de los beneficios de su padre,
porque, tras haberlo Dios designado para profetizar, de pie en medio de la multitud, aconsejaba tanto al rey como al pueblo obrar con justicia, y les predecía que sufrirían gran castigo si no obedecían. Al morir, Zejaryá puso a Dios por testigo y juez de lo que padecía a cambio de su buen consejo y de lo que su padre había hecho por Yoash, pereciendo amarga y violentamente.
No mucho después el rey pagó la pena de sus transgresiones; pues, habiendo invadido su país Jazael, rey de los sirios, y arrasado y saqueado Gat, y disponiéndose a marchar contra él a Yerushaláyim, Yoash, atemorizado, vació todos los tesoros de Dios y los del palacio, y, quitando las ofrendas votivas, se las envió al sirio, comprando con ellas no ser asediado ni peligrar por completo.
Aquel, persuadido por la abundancia de los fondos, ya no condujo el ejército contra Yerushaláyim. Sin embargo, Yoash, cayendo en una enfermedad grave, y conjurados contra él sus amigos —que, vengando la muerte de Zejaryá, hijo de Yehoyadá, tramaron contra el rey—, fue muerto por ellos;
y es sepultado en Yerushaláyim, pero no en los sepulcros de sus antepasados, por haber sido impío. Vivió cuarenta y siete años, y le sucede en el reino su hijo Amatsyahu.
En el año vigésimo primero del reinado de Yoash, tomó el gobierno de los israelitas Yehoajaz, hijo de Yehú, en Shomrón, y lo retuvo diecisiete años; tampoco él fue imitador de su padre, sino que fue impío como los primeros que despreciaron a Dios.
Lo humilló y lo redujo, de tan grande poder, a diez mil soldados y cincuenta jinetes, el rey de los sirios, marchando contra él, arrebatándole ciudades grandes y muchas y destruyendo su ejército.
Esto padeció el pueblo de los israelitas según la profecía de Elishá, cuando predijo que Jazael reinaría sobre los sirios y los damascenos tras matar a su señor. Hallándose Yehoajaz en males tan sin salida, se acogió a la súplica y ruego de Dios, pidiéndole que lo librara de las manos de Jazael y no consintiera que quedara bajo su poder.
Y Dios, acogiendo el arrepentimiento como virtud y pareciéndole mejor amonestar a los que aún podían enmendarse que destruirlos por completo, le concede el alivio de la guerra y de los peligros. Y la tierra, alcanzada la paz, volvió a su estado anterior y prosperó.
Tras la muerte de Yehoajaz, recibe el mando su hijo Yoash. En el año trigésimo séptimo del reinado de Yoash de la tribu de Yehudá, tomó el mando este Yoash sobre los israelitas en Shomrón —pues él tenía el mismo nombre que el rey de los habitantes de Yerushaláyim—, y lo retuvo dieciséis años.
Era bueno y en nada semejante a su padre por naturaleza. Por aquel tiempo, hallándose ya anciano el profeta Elishá y caído en enfermedad, fue a visitarlo el rey de los israelitas.
Y, encontrándolo en trance de muerte, empezó a llorar viéndolo, a lamentarse, y a llamarlo padre y arma suya; pues gracias a él nunca había tenido que usar armas contra los enemigos, sino que, por sus profecías, vencía sin combate a los adversarios; y ahora aquel partía de la vida y lo dejaba a él desarmado frente a los sirios y a los enemigos que de ellos vinieran.
Decía, pues, que ya tampoco a él le era seguro vivir, sino que bien estaría partir juntos y salir a la vez de la vida. A este, que así se lamentaba, Elishá lo consolaba y le mandó traer un arco y tensarlo. Preparado por el rey el arco, Elishá, tomándole las manos, le ordenó disparar. Y, tras haber lanzado tres flechas, se detuvo.
«Si hubieras disparado más —le dijo—, habrías arrancado de raíz el reino de los sirios; pero, ya que te contentaste con solo tres, en otras tantas batallas vencerás a los sirios al trabar combate, hasta recobrar el país que arrebataron a tu padre.» Oído esto, el rey se retiró.
No mucho después murió también el profeta, hombre célebre por su justicia y manifiestamente favorecido por Dios; pues por su profecía obró hechos asombrosos y prodigiosos, dignos de esplendorosa memoria entre los hebreos. Obtuvo también una sepultura magnífica, y cual convenía a quien tan amado de Dios había sido.
Sucedió también entonces que, arrojando unos bandidos al sepulcro de Elishá a uno que habían matado, el cadáver, al tocar el cuerpo de aquel, revivió. Y ya hemos declarado lo tocante al profeta Elishá: cuanto predijo en vida y cómo, aun después de su muerte, conservaba poder divino.
Muerto Jazael, rey de los sirios, el reino pasa a su hijo Ben-Hadad. Contra este traba guerra Yoash, rey de los israelitas, y, venciéndolo en tres batallas, le arrebató todo el país y cuantas ciudades y aldeas del reino de los israelitas había tomado su padre Jazael.
Esto, sin embargo, sucedió según la profecía de Elishá. Y como sucediera que también Yoash muriera, es sepultado en Shomrón, y el mando recayó en su hijo Yerovam.
Cómo Amatsyahu hizo una expedición contra los idumeos y los amalecitas y los venció; pero, cuando después hizo la guerra a Yoash, fue derrotado y, no mucho después, muerto, y Uziyahu le sucedió en el gobierno
En el segundo año del reinado de Yoash de los israelitas, reinó Amatsyahu sobre la tribu de Yehudá en Yerushaláyim, siendo su madre de nombre Yehoadán y de linaje ciudadana. Cuidaba admirablemente de la justicia, y eso siendo joven. Llegado a los asuntos y al mando, juzgó que debía, primero, vengar a su padre Yoash y castigar a los amigos que lo habían atacado.
Y, prendiéndolos a todos, los mató; pero a los hijos de aquellos no les hizo ningún mal, obrando conforme a las leyes de Moshé, que no juzgó justo castigar a los hijos por los pecados de los padres.
Después, escogiendo un ejército de la tribu de Yehudá y de la de Binyamín, de los que estaban en la flor de la edad y en torno a los veinte años, y reuniendo unos trescientos mil, les puso jefes de cien; y, enviando además al rey de los israelitas, contrata cien mil soldados por cien talentos de plata; pues había resuelto marchar contra los pueblos de los amalecitas, de los idumeos y de los gabalitas.
Preparado para la campaña y a punto de partir, el profeta le aconsejó despedir al ejército de los israelitas, pues eran impíos y Dios le predecía la derrota si se servía de aquellos como aliados; pero que vencería a los enemigos aun combatiendo con pocos, si Dios lo quería.
Como el rey se afligiera por haber ya adelantado la paga a los israelitas, el profeta le exhortó a hacer lo que a Dios pareciera, pues muchos bienes le vendrían de Él. Y así los despide, diciéndoles que les regalaba la paga, y él, con sus propias fuerzas, marchó contra los pueblos antedichos;
y, venciéndolos en batalla, mató a diez mil y tomó vivos a otros tantos, a los que, llevándolos a la gran roca que está en Arabia, despeñó desde ella, y se llevó mucho botín y abundante riqueza de aquellos pueblos.
Mientras Amatsyahu estaba en esto, los israelitas a quienes había despedido tras contratarlos, indignados por ello y creyendo un ultraje la licencia —pues no habrían sufrido tal cosa de no haber sido condenados—, cayeron sobre su reino y, avanzando hasta Bet Shémesh, saquearon el país, tomaron muchas acémilas y mataron a tres mil hombres.
Amatsyahu, envanecido por la victoria y sus triunfos, empezó a menospreciar al Dios que se los había dado, y siguió rindiendo culto a los ídolos que había traído del país de los amalecitas. El profeta se le acercó y le dijo que se admiraba de que tuviera por dioses a aquellos que ni siquiera a los suyos —entre quienes eran honrados— habían servido de nada ni habían librado de sus manos, sino que los habían dejado perecer en gran número y ser llevados cautivos; pues a Yerushaláyim habían venido del mismo modo que quien conduce a un prisionero de guerra capturado vivo. Estas palabras encolerizaron al rey, que ordenó callar al profeta y lo amenazó con castigarlo si seguía entrometiéndose. El profeta dijo que callaría, pero le anunció que Dios no pasaría por alto lo que él intentaba con sus impiedades.
Amatsyahu, incapaz de contenerse en su prosperidad —que, recibida de Dios, volvía insolentemente contra Él—, sino ensoberbecido, escribió a Yoash, rey de los israelitas, ordenándole que se le sometiera con todo su pueblo, como antes se habían sometido a sus antepasados David y Shlomo, o que, si no quería avenirse, supiera que la cuestión del mando se dirimiría por la guerra.
Yoash le respondió así: «El rey Yoash al rey Amatsyahu. Había en el monte Líbano un ciprés altísimo y un cardo. El cardo mandó a decir al ciprés que le diera a su hija en matrimonio para su propio hijo. Mientras esto decía, una fiera que pasaba pisoteó el cardo. Que esto te sirva, pues, de ejemplo para no aspirar a cosas mayores, y para que no, por haber tenido la fortuna de vencer en la batalla contra los amalecitas, te enorgullezcas de ello y atraigas peligros sobre ti y sobre tu reino.»
Al leer esto, Amatsyahu se enardeció aún más para la campaña —empujado a ella, creo, por Dios mismo, para que pagara la pena de los agravios cometidos contra Él—. Cuando salió con su ejército contra Yoash y estaban a punto de trabar batalla, un miedo repentino y un espanto como los que Dios infunde cuando no es propicio pusieron en fuga al ejército de Amatsyahu; y, antes de llegar a las manos, dispersados por el terror, sucedió que Amatsyahu quedó solo y fue apresado por los enemigos. Yoash lo amenazó de muerte si no persuadía a los habitantes de Yerushaláyim de que le abrieran las puertas y lo recibieran con su ejército en la ciudad.
Amatsyahu, por necesidad y por miedo a su vida, hizo que se admitiera al enemigo; y este, abriendo una brecha de unos cuatrocientos codos en la muralla, entró en Yerushaláyim en su carro por el boquete, llevando cautivo a Amatsyahu. Dueño así de los habitantes de Yerushaláyim, se apoderó de los tesoros de Dios y se llevó cuanto oro y plata había en el palacio de Amatsyahu, y de este modo lo liberó del cautiverio y se retiró a Shomrón.
Esto les ocurrió a los habitantes de Yerushaláyim en el año decimocuarto del reinado de Amatsyahu, quien después, víctima de una conjura de sus amigos, huyó a la ciudad de Lajish, pero fue muerto por los conjurados, que enviaron allí a hombres para matarlo. Trasladaron su cuerpo a Yerushaláyim y lo sepultaron con honras reales. Así acabó su vida Amatsyahu, también a causa de su novedosa negligencia para con Dios, habiendo vivido cincuenta y cuatro años y reinado veintinueve. Le sucede su hijo, de nombre Uziyahu.
Sobre Yerovam, rey de Israel, y el profeta Yoná; cómo, muerto Yerovam, su hijo Zejaryá tomó el gobierno; y cómo Uziyahu, rey de Yerushaláyim, sometió a las naciones vecinas y qué le ocurrió al intentar ofrecer incienso a Dios
En el año decimoquinto del reinado de Amatsyahu, Yerovam, hijo de Yoash, reinó sobre los israelitas en Shomrón durante cuarenta años. Este rey fue, para con Dios, terriblemente insolente e impío —adoraba ídolos y se entregaba a muchas obras extrañas y ajenas—, pero para el pueblo de los israelitas fue causa de innumerables bienes. A él le profetizó un tal Yoná que debía guerrear contra los sirios y vencería su poder y ensancharía su reino: por el norte, hasta la ciudad de Jamat; y por el sur, hasta el lago Asfaltites; pues antiguamente esos eran los límites de Kena’an, tal como los había fijado el caudillo Yehoshúa. Así pues, Yerovam, tras marchar contra los sirios, sometió toda su tierra, como había profetizado Yoná.
Y como había prometido transmitir con exactitud los hechos, juzgué necesario exponer también cuanto sobre este profeta hallé consignado en los libros hebreos. Pues habiéndole ordenado Dios que fuera al reino de Ninve y proclamara allí, en la ciudad, que perdería su dominio, por miedo no fue, sino que huyó de Dios a la ciudad de Yafo y, hallando una nave, embarcó y navegó hacia Tarso de Cilicia.
Sobrevino una tempestad violentísima y, en peligro de hundirse la nave, los marineros, los pilotos y el propio patrón hacían votos de acción de gracias por si escapaban del mar; pero Yoná, cubriéndose, se había echado a un lado, sin imitar nada de lo que veía hacer a los demás.
Como el oleaje crecía todavía más y el mar se embravecía por los vientos, sospechando que alguno de los que iban a bordo pudiera ser la causa de la tempestad, convinieron en averiguar por sorteo quién era. Echadas, pues, las suertes, le tocó al profeta; y al preguntarle de dónde era y a qué se dedicaba, dijo que era hebreo de nacimiento y profeta del Dios supremo. Les aconsejó entonces que, si querían escapar del peligro presente, lo arrojaran al mar, pues él era la causa de la tempestad.
Ellos, al principio, no se atrevían, pues juzgaban una impiedad monstruosa arrojar a una perdición manifiesta a un forastero que les había confiado su vida; pero, al fin, cuando el mal arreciaba y la nave estaba a punto de anegarse, incitados tanto por el propio profeta como por el temor por su propia salvación, lo lanzaron al mar.
Y la tempestad cesó; y cuenta el relato que, tragado por el cetáceo, al cabo de tres días y otras tantas noches fue arrojado vivo al ponto Euxino, sin que ninguna parte de su cuerpo hubiera sufrido daño. Allí, tras suplicar a Dios que le concediera el perdón de sus pecados, marchó a la ciudad de Ninve y, puesto donde pudieran oírlo, proclamó que dentro de poco perderían de nuevo el dominio de Asia; y, tras anunciar esto, se volvió. He expuesto el relato acerca de él tal como lo hallé consignado.
El rey Yerovam, tras pasar la vida en toda prosperidad y gobernar cuarenta años, murió y fue sepultado en Shomrón, y le sucede en el reino su hijo Zejaryá. Del mismo modo, también Uziyahu, hijo de Amatsyahu, reinó sobre las dos tribus en Yerushaláyim —cuando ya corría el año decimocuarto del reinado de Yerovam—, de madre llamada Ajiá, ciudadana de nacimiento. Era bueno y justo por naturaleza, magnánimo y muy diligente en atender los asuntos. Emprendió campaña contra los filisteos y, venciéndolos en batalla, tomó por la fuerza sus ciudades de Gat y Yavne y arrasó sus murallas. Después de esta campaña marchó contra los árabes vecinos de Mitsraim y, fundando una ciudad junto al mar de los Juncos, le puso una guarnición.
Luego, sometidos los amonitas y fijándoles el pago de tributos, y habiendo dominado todo hasta las fronteras de los egipcios, empezó a ocuparse en adelante de Yerushaláyim: cuanto de las murallas había caído por el tiempo o por la negligencia de los reyes anteriores a él, lo reconstruyó y reparó, así como cuanto había derribado el rey de los israelitas cuando, tras apresar a su padre Amatsyahu, entró en la ciudad.
Levantó además muchas torres, de cincuenta codos cada una. Amuralló guarniciones en los parajes desiertos y cavó muchos canales de agua. Tenía también una inmensa multitud de acémilas y demás ganado, pues la región era muy apropiada para los pastos.
Como era muy aficionado a la agricultura, cuidaba la tierra, plantándola y nutriéndola con toda clase de semillas. Tenía en torno a sí un ejército selecto de trescientos setenta mil hombres, cuyos jefes —comandantes y jefes de mil, valientes e irresistibles en su fuerza— eran dos mil en número.
Distribuyó todo el ejército en falanges y lo armó, dando a cada uno una espada, escudos, corazas de bronce, arcos y hondas. Y, además de esto, dispuso muchas máquinas para asedios: lanzapiedras, lanzadardos, garfios, aparejos y cuanto se les asemeja.
Pero, hallándose en este orden y aparejo, se le corrompió el entendimiento por la soberbia y, envanecido por una abundancia mortal, descuidó la fuerza inmortal y bastante para todo tiempo: esto es, la piedad para con Dios y la observancia de los preceptos. Resbaló por la prosperidad y cayó en los pecados de su padre, a los cuales también a aquel lo había arrastrado el brillo de sus bienes y la magnitud de sus asuntos, sin poder gobernarlos bien. Llegado un día señalado, con fiesta pública, se vistió una túnica sacerdotal y entró en el recinto sagrado para ofrecer sacrificio a Dios sobre el altar de oro.
El sumo sacerdote Azaryahu, con ochenta sacerdotes que estaban con él, se lo impedía —pues decían que no le era lícito sacrificar, y que eso solo estaba permitido a los del linaje de Aharón—, y le gritaban que saliera y no cometiera impiedad contra Dios; pero él, encolerizado, los amenazó de muerte si no guardaban silencio.
En esto, un gran terremoto sacudió la tierra y, abriéndose el templo, un rayo luminoso del sol brilló y cayó sobre el rostro del rey, de suerte que al punto le sobrevino la lepra; y delante de la ciudad, junto al paraje del monte llamado Erogué, se desgajó la mitad de la parte occidental y, rodando cuatro estadios hasta el monte oriental, se detuvo, de modo que quedaron obstruidos los caminos y los jardines reales.
Cuando los sacerdotes vieron el rostro del rey tomado por la lepra, le declararon la desgracia y le ordenaron que saliera de la ciudad como hombre impuro. Y él, por vergüenza de lo terrible que le había sucedido y porque ya no le quedaba libertad para presentarse en público, hizo lo que se le mandaba, sufriendo así una pena tan miserable y digna de lástima por su pensamiento por encima de lo humano y por las impiedades contra Dios que de ello nacieron.
Durante algún tiempo vivió fuera de la ciudad, llevando una vida de particular, mientras su hijo Yotam se hacía cargo del gobierno; luego, de pena y desaliento por lo ocurrido, murió, habiendo vivido sesenta y ocho años, de los cuales reinó cincuenta y dos. Fue sepultado, solo, en sus propios jardines.
Cómo Zejaryá, Shalum, Menajem, Pekajyá y Pékaj tomaron el gobierno sobre los israelitas; cómo Pul y Tiglat-Pileser hicieron campaña contra los israelitas; cómo Yotam, hijo de Uziyahu, reinó sobre la tribu de Yehudá; y qué profetizó Najum contra los asirios
El hijo de Yerovam, Zejaryá, tras reinar seis meses sobre los israelitas, murió asesinado a traición por un amigo suyo llamado Shalum, hijo de Yavesh, quien, tomando el reino después de él, no lo retuvo más de treinta días. Pues el general Menajem, que en aquel momento estaba en la ciudad de Tirtsá y se enteró de lo ocurrido a Zejaryá, partió con todo el ejército y llegó a Shomrón, y trabando batalla mata a Shalum y, proclamándose rey a sí mismo, marcha de allí a la ciudad de Tifsáj.
Los de la ciudad, cerrando las puertas con una tranca, no admitieron al rey. Él, en represalia, devastó la comarca de alrededor y toma la ciudad por la fuerza mediante asedio. Y, llevando muy a mal lo que habían hecho los de Tifsáj, los mató a todos, sin perdonar siquiera a los niños de pecho, sin dejar exceso de crueldad ni de fiereza; pues lo que ni siquiera respecto de algunos extranjeros hechos súbditos sería perdonable hacer, eso hizo él con los de su propia sangre.
Habiendo reinado de este modo, Menajem permaneció durante diez años torvo y el más cruel de todos. Cuando Pul, rey de los asirios, hizo campaña contra él, no salió a combate ni a batalla con los asirios, sino que, tras persuadirlo de que se retirara recibiendo mil talentos de plata, puso fin a la guerra. Esta suma la aportó a Menajem la multitud, recaudándose cincuenta dracmas por cabeza. Muerto después, es sepultado en Shomrón, y deja como sucesor del reino a su hijo Pekajyá, quien, siguiendo la crueldad de su padre, gobernó solo dos años.
Luego, asesinado a traición en un banquete con amigos, murió a manos de un tal Pékaj, que era jefe de mil y había conspirado contra él, hijo de Remalyahu. Y también este Pékaj, tras retener el poder veinte años, fue impío y transgresor de la Ley.
El rey de los asirios, llamado Tiglat-Pileser, tras hacer campaña contra los israelitas y someter toda Guilad y la tierra de más allá del Yardén y la región contigua a ella llamada Galilea, y Kédesh y Jatsor, cautivó a sus habitantes y los trasladó a su propio reino. Y quede esto por dicho por nosotros acerca del rey de los asirios.
Yotam, hijo de Uziyahu, reinó sobre la tribu de Yehudá en Yerushaláyim, nacido de madre ciudadana llamada Yerushá. Este rey no carecía de ninguna virtud, sino que era piadoso en lo tocante a Dios, justo en lo tocante a los hombres y diligente en los asuntos de la ciudad; pues cuanto necesitaba reparación y ornato, lo llevó a cabo con esmero: erigió los pórticos del templo y los propileos, levantó las partes caídas de las murallas edificando torres enormes y difíciles de tomar, y a todo lo demás que en el reino se hubiera descuidado le prestó mucha atención.
Emprendió también campaña contra los amonitas y, venciéndolos en batalla, les impuso pagarle cada año cien talentos de tributo, diez mil coros de trigo y otros tantos de cebada. Acrecentó de tal modo el reino que llegó a ser temible para los enemigos y próspero para los suyos.
Había por aquel tiempo un profeta llamado Najum, quien, profetizando acerca de la destrucción de los asirios y de Ninve, decía: «Ninve será un estanque de agua agitada; así también todo el pueblo, turbado y zarandeado como por el oleaje, se irá huyendo, diciéndose unos a otros: “Deteneos y quedaos, y arrebatad para vosotros el oro y la plata.” Pero no habrá nadie que quiera hacerlo, pues preferirán salvar sus vidas antes que sus bienes; porque una terrible discordia los dominará entre sí, y el llanto y la flojedad de los miembros, y sus rostros, por el miedo, se les pondrán del todo negros. ¿Y dónde estará la morada de los leones y la madre de los cachorros? Dios te dice, Ninve: te haré desaparecer, y ya no saldrán de ti leones que impongan su ley al mundo.»
Y muchas otras cosas, además de estas, profetizó este profeta acerca de Ninve, que no juzgué necesario referir, y las omití para no parecer fastidioso a los lectores. Todo lo predicho acerca de Ninve se cumplió al cabo de ciento quince años. Sobre estas cosas hemos hablado ya suficientemente.
Cómo, muerto Yotam, Ajaz reinó en su lugar; cómo Retsín, rey de Siria, y Pékaj, rey de Israel, le hicieron la guerra; y cómo Tiglat-Pileser, rey de Ashur, acudió en auxilio de Ajaz, asoló Siria y, trasladando a los damascenos a Media, puso otras naciones en su lugar
Yotam murió tras vivir cuarenta y un años, de los cuales reinó dieciséis, y es sepultado en los sepulcros reales. El reino pasa a su hijo Ajaz, quien, siendo impiísimo para con Dios y transgrediendo las leyes patrias, imitó a los reyes de los israelitas: levantó altares en Yerushaláyim y sacrificaba sobre ellos a los ídolos, a los que incluso ofreció en holocausto a un hijo propio según los usos de los cananeos, y perpetraba otras cosas parecidas a estas.
Estando así las cosas y él fuera de juicio, hicieron campaña contra él el rey de los sirios y damascenos, Retsín, y Pékaj, el de los israelitas —pues eran amigos—; y, empujándolo hacia Yerushaláyim, la sitiaron largo tiempo, sin conseguir nada por la solidez de las murallas.
El rey de los sirios, tomando la ciudad de Elat, junto al mar de los Juncos, y matando a sus habitantes, asentó en ella a sirios. Y, destruyendo igualmente a los de las fortalezas y a los judíos de los alrededores, y arreando mucho botín, se retiró a Damasco con el ejército.
El rey de los habitantes de Yerushaláyim, al saber que los sirios se habían retirado a su tierra y creyéndose capaz de medirse con el rey de los israelitas, sacó su ejército contra él, y trabando batalla fue vencido, conforme a la cólera de Dios, que la tenía contra él por sus impiedades, muchas y grandes a la vez; pues ciento veinte mil hombres fueron muertos aquel día por los israelitas. El general de estos, llamado Amatsyá, mató en el combate a Zejaryá, hijo del rey Ajaz; y apresaron a Erkam, el mayordomo de todo el reino, y a Elkaná, el general de la tribu de Yehudá; y de la tribu de Binyamín se llevaron mujeres y niños, y, tras saquear mucho botín, se retiraron a Shomrón.
Un tal Oded, que por aquel tiempo era profeta en Shomrón, saliendo al encuentro del ejército delante de las murallas, con gran voz les declaró que la victoria no les había llegado por su propia fuerza, sino por la ira que Dios tenía contra el rey Ajaz. Y les reprochaba que, no contentos con el éxito obtenido contra él, se hubieran atrevido a cautivar a sus parientes de la tribu de Yehudá y de Binyamín. Les aconsejaba dejarlos volver a su tierra sin daño, pues, si desobedecían a Dios, pagarían la pena.
El pueblo de los israelitas, reunido en asamblea, deliberaba sobre esto. Y, levantándose un tal Berejyá, de los de buena reputación en la comunidad, y otros tres con él, dijeron que no permitirían a los soldados introducir a los cautivos en la ciudad, «para que no perezcamos todos a manos de Dios; pues basta con que hayamos pecado contra Él, como dicen los profetas, y no que cometamos impiedades más nuevas que estas.»
Al oír esto, los soldados concedieron a aquellos hombres hacer lo que juzgaran conveniente. Así pues, los mencionados, tomando a los cautivos, los liberaron y los trataron con esmero, y, dándoles provisiones, los enviaron a su tierra sin daño; y no menos los cuatro mismos los acompañaron y, escoltándolos hasta Yerijó, no lejos de Yerushaláyim, regresaron a Shomrón.
El rey Ajaz, tras sufrir esto de los israelitas, envió a decir al rey de los asirios, Tiglat-Pileser, rogándole que le prestara alianza para la guerra contra los israelitas, los sirios y los damascenos, y prometiéndole dar mucho dinero; y le envió, además, espléndidos presentes.
Este, llegados los embajadores ante él, vino como aliado de Ajaz, y, haciendo campaña contra los sirios, devastó su tierra, tomó Damasco por la fuerza y mató al rey Retsín. A los damascenos los deportó a la alta Media y, trasladando a algunos de los pueblos de los asirios, los asentó en Damasco.
Y, tras maltratar la tierra de los israelitas, tomó de ella muchos cautivos. Realizado esto por él contra los sirios, el rey Ajaz, tomando el oro que había en los tesoros reales y la plata del templo de Dios y cuanta ofrenda votiva más hermosa había, se la llevó a Damasco y se la dio al rey de los asirios según lo pactado; y, tras declararle su agradecimiento por todo, regresó a Yerushaláyim.
Tan insensato era el rey y tan incapaz de calcular lo que le convenía, que ni siquiera atacado por los sirios dejó de adorar a los dioses de ellos, sino que seguía venerándolos como si fueran a darle la victoria. Y, vencido de nuevo, empezó a honrar a los dioses de los asirios, y parecía dispuesto a honrar a todos antes que al Dios patrio y verdadero, el cual, airado con él, era la causa misma de su derrota.
Llegó a tal grado de negligencia y desprecio que hasta cerró por completo el templo, prohibió que se ofrecieran los sacrificios prescritos y lo despojó de sus ofrendas votivas. Tras ultrajar así a Dios, murió, habiendo vivido treinta y seis años y reinado dieciséis de ellos, dejando por sucesor a su hijo Jizkiyahu.
Cómo Pékaj murió por la traición de Hoshéa, que poco después fue sometido por Salmanasar; cómo Jizkiyahu reinó en lugar de Ajaz; y qué actos de piedad y justicia realizó
Murió por el mismo tiempo también el rey de los israelitas, Pékaj, tras conspirar contra él un amigo suyo llamado Hoshéa, quien, reteniendo el reino nueve años, fue malvado y negligente en lo tocante a Dios. El rey de los asirios, Salmanasar, hace campaña contra él y lo vence —pues Hoshéa no tenía a Dios propicio— y lo hizo aliado suyo y le impuso pagar tributos fijados.
En el cuarto año del reinado de Hoshéa, reinó en Yerushaláyim Jizkiyahu, hijo de Ajaz y de Aviyá, ciudadana de nacimiento. Su naturaleza era buena, justa y piadosa; pues al entrar en el reino no consideró nada más importante, ni más necesario, ni más provechoso para sí mismo y para sus súbditos, que dar culto a Dios. Así, convocando al pueblo, a los sacerdotes y a los leviim, les dirigió una arenga, diciendo:
«No ignoráis que, por los pecados de mi padre, que quebrantó la santidad y la honra debidas a Dios, experimentasteis muchos y grandes males, corrompido vuestro entendimiento por él y persuadidos a adorar a aquellos que él tenía por dioses. Os exhorto, ya que habéis aprendido por la experiencia cuán terrible es la impiedad, a hacer ya olvido de ello y a purificaros de las anteriores inmundicias, tanto vosotros como los sacerdotes y los leviim; y, reunidos así, a abrir el santuario, y, purificándolo con los sacrificios acostumbrados, a restituirlo a su antigua y patria honra. Pues de este modo haríamos a Dios propicio, para que deponga su ira.»
Dicho esto por el rey, los sacerdotes abren el santuario y, tras abrirlo, sacan los utensilios de Dios, echan fuera las inmundicias y ofrecen sobre el altar los sacrificios acostumbrados. Y el rey, enviando mensajeros por toda la región bajo su mando, llamaba al pueblo a Yerushaláyim para celebrar la fiesta de los ácimos, pues durante mucho tiempo se había dejado de celebrar a causa de las transgresiones de los reyes antedichos.
Envió también mensajeros a los israelitas, exhortándolos a abandonar su presente modo de vida y volver a la antigua costumbre y dar culto a Dios; pues les permitía también, si acudían a Yerushaláyim, celebrar la fiesta de los ácimos y festejar junto con ellos. Decía que aconsejaba esto no para que le obedecieran si no querían, sino por el propio bien de ellos, pues serían dichosos.
Pero los israelitas, cuando llegaron los mensajeros y les declararon lo que venía de parte de su propio rey, no solo no se dejaron persuadir, sino que hasta se burlaron de los mensajeros como de necios; y también a los profetas, que igualmente los aconsejaban y les predecían lo que padecerían si no se volvían a la piedad de Dios, los escarnecieron y, por último, prendiéndolos, los mataron.
Y ni siquiera hasta ahí les bastó en sus transgresiones, sino que maquinaban cosas peores que las dichas, y no cesaron antes de que Dios, castigándolos por su impiedad, los pusiera en manos de los enemigos. Y sobre esto hablaremos de nuevo más adelante.
Sin embargo, muchos de la tribu de Menashé, de Zevulún y de Yisajar, persuadidos por lo que los profetas aconsejaban, se convirtieron a la piedad. Y todos estos acudieron juntos a Yerushaláyim, ante Jizkiyahu, para adorar a Dios.
Llegados estos, el rey Jizkiyahu subió al templo con los jefes y todo el pueblo y sacrificó por sí mismo siete toros, otros tantos carneros, siete corderos y otros tantos cabritos. Y, poniendo las manos sobre las cabezas de las víctimas, tanto el propio rey como los jefes encomendaron a los sacerdotes la celebración del sacrificio.
Y mientras unos sacrificaban y ofrecían holocaustos, los leviim, dispuestos alrededor en círculo con los instrumentos musicales, cantaban himnos a Dios y salmodiaban como les había enseñado David, y los demás sacerdotes, con trompetas, tocaban acompañando a los que cantaban los himnos. Sucediendo esto, el rey y la multitud, arrojándose de bruces, adoraban a Dios.
Luego sacrifica setenta bueyes, cien carneros, doscientos corderos, y para el banquete de la multitud regaló seiscientos bueyes y tres mil cabezas de otro ganado; y los sacerdotes hicieron todo conforme a la Torá. El rey, complacido con ello, banqueteaba con el pueblo, dando gracias a Dios.
Llegada la fiesta de los ácimos, tras sacrificar el llamado Pésaj, celebraron durante siete días los demás sacrificios. Y a la multitud, aparte de lo que ellos mismos sacrificaron, el rey le regaló dos mil toros y siete mil cabezas de ganado. Lo mismo hicieron los jefes, pues les dieron mil toros y mil cuarenta cabezas de ganado.
Y de este modo, la fiesta —que no se había celebrado desde el rey Shlomo— se cumplió entonces por primera vez con esplendor y magnificencia. Cuando lo relativo a la fiesta llegó a su término, salieron al campo y lo santificaron; y limpiaron la ciudad de toda inmundicia de ídolos, y el rey dispuso que los sacrificios diarios se costearan de sus propios bienes conforme a la Torá, y fijó que la multitud diera a los sacerdotes y a los leviim los diezmos y las primicias de los frutos, para que permanecieran siempre en el culto y fueran inseparables del servicio de Dios.
Y la multitud aportaba toda clase de frutos a los sacerdotes y a los leviim, y el rey, tras construir almacenes y depósitos para ellos, repartió a cada uno de los sacerdotes y leviim y a sus hijos y mujeres; y así volvieron de nuevo al antiguo culto. Tras disponer estas cosas del modo dicho, el rey emprendió guerra contra los filisteos y, venciendo, tomó todas las ciudades de los enemigos desde Gaza hasta Gat. El rey de los asirios envió a amenazarlo con derribar todo su reino si no le pagaba los tributos que su padre había pagado al principio.
Pero Jizkiyahu no hizo caso de las amenazas, sino que confiaba en su piedad para con la Divinidad y en el profeta Yeshayahu, de quien se informaba con exactitud de todo lo por venir. Y quede por ahora lo que a este rey concierne.
Cómo Salmanasar tomó Shomrón por la fuerza, trasplantó a las diez tribus a Media y llevó a la nación de los cuteos a su país en su lugar
Salmanasar, rey de los asirios, cuando se le anunció que el rey de los israelitas, Hoshéa, había enviado en secreto a Só, rey de los egipcios, pidiéndole alianza contra él, indignado hizo campaña contra Shomrón en el séptimo año del reinado de Hoshéa.
Como el rey no lo recibiera, tras sitiarla tres años tomó Shomrón por la fuerza —en el noveno año del reinado de Hoshéa y el séptimo de Jizkiyahu, rey de los habitantes de Yerushaláyim—, y aniquiló por completo el gobierno de los israelitas y deportó a todo el pueblo a Media y a Persia, entre los cuales tomó vivo también al rey Hoshéa.
Y, trasladando otros pueblos desde un lugar llamado Kutá —pues hay en Persia un río que lleva ese nombre—, los asentó en Shomrón y en la tierra de los israelitas.
Así emigraron las diez tribus de los israelitas fuera de Judea, al cabo de novecientos cuarenta y siete años desde el tiempo en que sus antepasados salieron de Mitsraim; y desde que tomaron posesión de esta tierra bajo el mando del caudillo Yehoshúa son ochocientos años; y desde que, apartándose de Rejavam, el nieto de David, entregaron el reino a Yerovam, como también antes he mostrado, son doscientos cuarenta años, siete meses y siete días.
Y tal fin alcanzó a los israelitas por haber transgredido las leyes y desoído a los profetas, que les predecían esta desgracia si no cesaban de sus impiedades. El principio de sus males fue la sedición que hicieron contra Rejavam, el nieto de David, al proclamar rey suyo a Yerovam, esclavo de aquel; el cual, pecando contra la Divinidad, la hizo enemiga de ellos, que imitaron su transgresión. Pero él pagó la pena de que era digno.
El rey de los asirios marchó guerreando contra toda Siria y Fenicia, y el nombre de este rey está también consignado en los archivos de los tirios; pues hizo campaña contra Tiro cuando reinaba en ella Eluleo. De esto da testimonio también Menandro, que compuso el registro de las crónicas y tradujo los archivos de los tirios a la lengua griega, quien lo expuso así:
«Y Eluleo, a quien pusieron por nombre Pías, reinó treinta y seis años. Este, cuando se rebelaron los citios, navegó contra ellos y los sometió de nuevo. En su tiempo, Selampsas, rey de los asirios, marchó guerreando contra toda Fenicia, y, tras pactar la paz con todos, se retiró; y se apartaron de los tirios Sidón, Arce y la vieja Tiro, y otras muchas ciudades que se entregaron al rey de los asirios. Por lo cual, no sometiéndose los tirios, el rey volvió de nuevo contra ellos, habiéndole aprestado los fenicios sesenta naves y ochocientos remeros. Contra estas los tirios, saliendo con doce naves y dispersando las naves adversarias, hacen prisioneros a unos quinientos hombres; y con ello se acrecentó en Tiro la honra de todos. Por esto, el rey de los asirios, tras retirarse, puso guardias sobre el río y los acueductos, para impedir que los tirios sacaran agua; y esto, que duró cinco años, lo soportaron bebiendo de pozos excavados.» Esto es lo escrito en los archivos de los tirios contra Salmanasar, rey de los asirios.
Los cuteos, trasladados a Shomrón —pues de este apelativo se sirven hasta hoy, por haber sido traídos de la región llamada Kutá, que está en Persia y da nombre también a un río—, habiendo llevado cada nación su propio dios a Shomrón (y eran cinco), y venerándolos según les era ancestral, provocan a ira y cólera al Dios supremo.
Pues se abatió sobre ellos una peste, por la que, viéndose diezmados y sin hallar remedio alguno de sus males, aprendieron por un oráculo a dar culto al Dios supremo, como cosa que les traería la salvación. Enviando, pues, embajadores al rey de los asirios, le pedían que les enviara sacerdotes de entre aquellos israelitas que había tomado cautivos al hacerles la guerra.
Y, habiéndoselos enviado él, e instruidos en los ritos y en la santidad concerniente a este Dios, le rindieron culto con celo y al punto cesó la peste. Y, sirviéndose todavía hoy de las mismas costumbres, continúan llamándose, en la lengua de los hebreos, cuteos, y en la de los griegos, samaritanos, quienes, dados a mudar, llaman parientes a los judíos cuando los ven prosperar, como nacidos de Yosef y teniendo de allí el origen de su afinidad con ellos; pero cuando los ven en desgracia, dicen que en nada les atañen y que no les asiste ningún derecho de benevolencia ni de linaje, sino que se declaran a sí mismos colonos de otra nación. Pero sobre esto tendremos ocasión más oportuna de hablar.