Libro octavo

Cómo Shlomo, tras recibir el reino, eliminó a sus enemigos

Sobre David, su valor, cuántos bienes procuró a sus compatriotas, cuántas guerras y batallas condujo con éxito y cómo murió anciano, lo hemos expuesto en el libro anterior a éste.

Cuando Shlomo, su hijo, siendo aún de corta edad, recibió el reino —al cual, todavía en vida, David lo había designado señor del pueblo conforme a la voluntad de Dios— y se sentó en el trono, toda la multitud lo aclamó, como es natural ante un rey que comienza, deseándole que sus asuntos acabaran bien y que alcanzara una vejez próspera y un gobierno del todo feliz.

Pero Adoniyahu —quien ya en vida del padre había intentado hacerse con el poder— acudió a la madre del rey, Bat-Sheva, y la saludó con afecto. Ella le preguntó si venía por alguna necesidad y le pidió que lo dijera, pues con gusto se lo concedería; y él comenzó a hablar. Dijo que también ella sabía bien que el reino le pertenecía a él, tanto por su edad como por la voluntad del pueblo; pero que, habiendo pasado a Shlomo, su hijo, conforme al designio de Dios, él lo aceptaba con agrado, amaba la sujeción bajo él y se complacía en la situación presente. Le pedía, pues, que intercediera ante su hermano y lo persuadiera de darle en matrimonio a Avishag, la que había compartido el lecho con el padre —pues el padre no se había unido a ella por la vejez, y ella permanecía aún virgen—.

Bat-Sheva prometió tanto interceder con empeño como llevar a cabo el matrimonio, por dos razones: porque el rey querría concederle algún favor y porque ella misma se lo pediría con insistencia. Él se marchó lleno de esperanza sobre el enlace, y la madre de Shlomo se dirigió enseguida a su hijo para hablarle de lo que había prometido a Adoniyahu. El hijo salió a su encuentro y la abrazó; luego la condujo a la sala donde estaba su trono real, se sentó y ordenó que colocaran otro asiento a la derecha para su madre. Sentada Bat-Sheva, dijo: «Un solo favor te pido, hijo mío; concédemelo y no me causes el disgusto ni el ceño de una negativa.» Shlomo la invitó a pedir —pues era piadoso conceder todo a una madre—, y le reprochó un poco al inicio que hiciera su petición sin la esperanza firme de obtener lo que pedía, sino recelando una negativa. Ella le pidió que diera la virgen Avishag en matrimonio a su hermano Adoniyahu.

El rey tomó a mal estas palabras, despidió a su madre diciendo que Adoniyahu aspiraba a cosas mayores, y que se admiraba de cómo no le pedía también que le cediera el reino, ya que era el mayor, cuando le pedía para él el matrimonio con Avishag y tenía amigos poderosos, Yoav el general y Evyatar el sacerdote. Y mandando llamar a Benayahu, el jefe de los guardias de corps, le ordenó matar a su hermano Adoniyahu.

Y llamando a Evyatar el sacerdote, le dijo: «De la muerte te libran las fatigas que compartiste con mi padre y el arca, que trasladaste junto con él. Esta pena te impongo por haberte alineado con Adoniyahu y compartido sus designios: no estés aquí ni te presentes ante mi vista, sino marcha a tu patria y vive en los campos, y conserva esta vida hasta la muerte, ya que has faltado como para no seguir siendo justamente digno de tu rango.»

Así, la casa de Itamar fue depuesta del honor sacerdotal por la causa antedicha, tal como Dios había anunciado a Elí, abuelo de Evyatar; y pasó al linaje de Pinjás, a Tsadok. Los que del linaje de Pinjás habían vivido como particulares durante el tiempo en que el sumo sacerdocio pasó a la casa de Itamar —al recibirlo Elí el primero— fueron éstos: Bokías, hijo del sumo sacerdote Yeshúa; de éste, Yotam; de Yotam, Merayot; de Merayot, Arofeo; de Arofeo, Ajituv; de Ajituv, Tsadok, quien fue el primero en ser sumo sacerdote bajo el rey David.

Yoav el general, al oír de la muerte de Adoniyahu, se llenó de temor —pues era más amigo suyo que del rey Shlomo—, y sospechando, no sin razón, el peligro que le venía por su afecto a aquél, se refugió en el altar, pensando procurarse seguridad gracias a la piedad del rey hacia Dios. El rey, cuando algunos le informaron del propósito de Yoav, envió a Benayahu con orden de levantarlo y llevarlo al tribunal para que se defendiera. Pero Yoav dijo que no abandonaría el santuario, y que prefería morir allí antes que en otro lugar. Cuando Benayahu comunicó su respuesta al rey, Shlomo ordenó cortarle allí mismo la cabeza, como él quería, y que recibiera esta pena por los dos generales a quienes Yoav había matado impíamente; y que sepultaran su cuerpo, para que los pecados nunca abandonaran su linaje, y que él y su padre quedaran inocentes de la muerte de Yoav. Benayahu, tras ejecutar lo ordenado, fue él mismo nombrado general de todo el ejército, y el rey hizo a Tsadok único sumo sacerdote en lugar de Evyatar, a quien había depuesto.

A Shimí le ordenó que, tras construirse una casa, permaneciera en Yerushaláyim junto a él y no tuviera licencia de cruzar el torrente Cedrón; y que, si desobedecía, la pena sería la muerte. Y por la gravedad de la amenaza le obligó a prestar juramentos. Shimí, tras decir que se complacía en lo que Shlomo le ordenaba y jurar que lo cumpliría, dejó su patria y fijó su residencia en Yerushaláyim. Pasados tres años, al enterarse de que dos esclavos habían huido de él y se hallaban en Gat, corrió tras los siervos. Cuando regresó con ellos, el rey advirtió que había despreciado sus órdenes y, lo más grave, que ningún cuidado había tenido de los juramentos hechos ante Dios; se irritó, lo llamó y dijo: «¿No juraste no abandonarme ni salir jamás de esta ciudad a otra? No escaparás, pues, del castigo por el perjurio, sino que te castigaré por él y por las afrentas con que ultrajaste a mi padre durante su huida, ahora que te has mostrado malvado, para que sepas que los malos nada ganan por no ser castigados en el momento mismo de sus injusticias, sino que en todo el tiempo en que se creen sin temor por no haber sufrido nada, se acrecienta y se hace mayor el castigo que el que habrían pagado al instante de la falta.» Y Benayahu, por orden suya, mató a Shimí.

Sobre la esposa de Shlomo; sobre su sabiduría y riquezas; y sobre lo que obtuvo de Jiram para la construcción del Templo

Ya con el reino firmemente asegurado y castigados sus enemigos, Shlomo tomó por esposa a la hija de Paró, rey de los egipcios. Y tras levantar los muros de Yerushaláyim mucho mayores y más fuertes que los anteriores, gobernó en adelante los asuntos en gran paz, sin dejarse dañar por la juventud en cuanto a justicia, guarda de las leyes y memoria de lo que su padre al morir le había encargado, sino cumpliendo con gran esmero todo cuanto harían los avanzados en años y en la plenitud de su juicio.

Decidió ir a Guivón y sacrificar a Dios sobre el altar de bronce construido por Moshé; y ofreció en holocausto mil víctimas. Con ello pareció haber honrado grandemente a Dios, pues éste se le apareció aquella noche en sueños y le mandó elegir qué dones le concedería a cambio de su piedad. Shlomo pidió a Dios lo más hermoso, lo más grande, lo más grato de dar para Dios y lo más provechoso de recibir para un hombre; pues no pidió que le sobrevinieran oro ni plata ni las demás riquezas, como haría un hombre y joven —cosas que casi todos tienen por lo único digno de afán y por dones de Dios—, sino que dijo: «Dame, HaShem, un entendimiento sano y una buena prudencia, con los que, al recibir al pueblo, pueda juzgarlo según la verdad y la justicia.»

Dios se complació en estas peticiones y prometió darle además todo lo demás que no había mencionado en su elección: riqueza, gloria, victoria sobre los enemigos y, por encima de todo, una inteligencia y sabiduría cuales no había tenido ningún otro hombre, ni rey ni particular; y prometió conservar el reino para sus descendientes por larguísimo tiempo, si permanecía justo, obediente a Él e imitando a su padre en aquello en que fue excelente. Al oír esto de Dios, Shlomo saltó enseguida del lecho y, tras adorarlo, regresó a Yerushaláyim; y ofreciendo grandes sacrificios ante el Mishkán, dio un banquete a todos los judíos.

En aquellos días se le presentó un juicio difícil, cuyo desenlace era penoso de hallar. He considerado necesario exponer el asunto sobre el que versaba el pleito, para que a los lectores les resulte conocida la dificultad del caso y, hallándose en medio de asuntos semejantes, tomen —como de una imagen— de la sagacidad del rey la capacidad de pronunciarse con facilidad sobre lo que se investiga. Dos mujeres de vida de rameras acudieron a él. La que parecía haber sido agraviada comenzó primera a hablar: «Vivo, oh rey —dijo—, con ésta en una misma habitación; y sucedió que ambas dimos a luz el mismo día, a la misma hora, sendos niños varones. Pasados tres días, ésta, tras acostarse sobre su propio niño, lo mata; y tomando el mío de mis rodillas, lo pasó a su lado, y mientras yo dormía puso el cadáver en mis brazos. Por la mañana, queriendo dar el pecho al niño, no encontré el mío, y veo junto a mí el suyo muerto; pues examinándolo con atención lo reconocí. Por eso reclamo a mi hijo, y al no recuperarlo me he refugiado, Señor, en tu ayuda; porque, al estar solas y no haber nadie que pueda desmentirla, ella, sin temor, con desprecio y negándolo con firmeza, persiste.»

Dicho esto, el rey interrogó a la otra sobre qué tenía que replicar a lo dicho. Como ella negaba haberlo hecho, y decía que el niño vivo era el suyo y el muerto el de su adversaria, y como nadie atinaba con el juicio, sino que —como ante un enigma— todos tenían la mente cegada para su solución, sólo el rey ideó algo semejante a esto: mandó traer tanto al niño muerto como al vivo, hizo venir a uno de los guardias de corps y, tras desenvainar la espada, le ordenó partir en dos a ambos niños, para que cada una de las mujeres recibiera la mitad del vivo y del muerto. Ante esto, todo el pueblo, a escondidas, se burlaba del rey como de un muchacho. Pero entre tanto, la verdadera madre, la que reclamaba, gritó que no lo hiciera, sino que entregara el niño a la otra como suyo, pues le bastaba con que viviera y con verlo, aunque pareciera ajeno; mientras la otra estaba dispuesta a ver partido al niño y pedía además que también a ella la torturaran. El rey, reconociendo que las voces de una y otra procedían de la verdad, adjudicó el niño a la que había gritado, pues ella era verdaderamente la madre, y condenó la maldad de la otra, que había matado a su propio hijo y se afanaba por ver perecer también el de su amiga. La multitud tuvo esto por gran prueba e indicio de la prudencia y sabiduría del rey; y desde aquel día en adelante le prestaban atención como a quien tenía un juicio divino.

Sus generales y gobernadores de todo el país eran éstos: de la heredad de Efráyim, Ures; de la toparquía de Bitiemes, Diocleros; la región de Dora y la costa la tenía Avinadav, casado con la hija de Shlomo, bajo su mando. La gran llanura estaba bajo Benayahu, hijo de Ajilud, quien además gobernaba toda la región hasta el Yardén; la Galaadítide y la Gaulanítide, hasta el monte Líbano, con sesenta ciudades grandes y muy fortificadas bajo su mando, las administraba Gabares; Ajinadav gobernaba toda la Galilea hasta Sidón, casado también él con una hija de Shlomo, de nombre Basima. La costa junto a Aco la tenía Banacates; a Safates se le había encomendado todo el monte Tabor y el Carmelo y la baja Galilea, hasta el río Yardén; a Shimí se le había confiado la heredad de Binyamín; Gabares tenía la región del otro lado del Yardén; y sobre todos éstos se había designado, de nuevo, un solo jefe.

Notable incremento tuvieron el pueblo de los hebreos y la tribu de Yehudá, entregados a la agricultura y al cuidado de la tierra; pues gozando de paz, sin ser distraídos por guerras ni turbulencias, y saciándose además sin freno de la ansiadísima libertad, cada uno se dedicaba a acrecentar lo suyo y a hacerlo de mayor valor. Tenía también el rey otros gobernadores, que mandaban sobre la tierra de los sirios y de los extranjeros, la que se extendía desde el río Éufrates hasta la de Mitsraim, recaudando para él tributos de las naciones.

Contribuían también cada día a la mesa y a la cena del rey treinta coros de flor de harina y sesenta de harina común, diez bueyes cebados y veinte bueyes de pasto, cien corderos cebados. Todo esto, aparte de lo de la caza —me refiero a ciervos, búfalos, aves y peces—, se le traía cada día al rey de parte de los extranjeros. Tan grande era la multitud de carros de Shlomo, que había cuarenta mil pesebres de caballos uncidos; y aparte de éstos había doce mil jinetes, de los cuales la mitad estaban al servicio del rey en Yerushaláyim, y los demás permanecían dispersos por las aldeas reales. El mismo gobernador encargado del gasto del rey proveía también a los caballos lo necesario, reuniéndolo en el lugar donde el rey se hallaba.

Tanta era la prudencia y sabiduría que Dios dio a Shlomo, que superaba a los hombres antiguos, y ni siquiera los egipcios —de quienes se dice que sobresalen por su inteligencia sobre todos— quedaban, comparados con él, apenas por debajo, sino que se revelaban muy alejados de la prudencia del rey. Superó y aventajó en sabiduría incluso a los que en su mismo tiempo gozaban entre los hebreos de fama por su habilidad, cuyos nombres no pasaré por alto: eran Etán, Hemán, Kalkol y Darda, hijos de Majol. Compuso además libros: sobre cánticos y melodías, mil cinco; y de parábolas e imágenes, tres mil libros. Pues sobre cada especie de árbol dijo una parábola, desde el hisopo hasta el cedro; y del mismo modo sobre las bestias y todos los animales terrestres, los acuáticos y los aéreos; pues no ignoró ninguna naturaleza ni la dejó sin examinar, sino que en todas filosofó y mostró un conocimiento supremo de sus propiedades.

Dios le concedió también aprender el arte contra los demonios, para provecho y curación de los hombres; y compuso ensalmos con los que se alivian las enfermedades, y dejó modos de exorcismos con los que quienes los emplean expulsan a los demonios de suerte que ya no vuelvan. Y esta terapia tiene entre nosotros grandísima fuerza hasta hoy; pues vi a cierto Elazar, de nuestro pueblo, que en presencia de Vespasiano, de sus hijos, de los tribunos y de otra muchedumbre de soldados, liberaba de los demonios a los poseídos por ellos. El modo de la curación era éste: acercando a las narices del endemoniado el anillo que tenía bajo el sello una raíz de las que había indicado Shlomo, extraía luego, al olerla el enfermo por las fosas nasales, al demonio; y caído el hombre al instante, le conjuraba a no volver más a él, invocando a Shlomo y recitando los ensalmos que aquél había compuesto. Y queriendo Elazar persuadir y demostrar a los presentes que tenía esta fuerza, colocaba un poco delante una copa llena de agua o un lavapiés, y ordenaba al demonio que, al salir del hombre, los volcara y diera así a los espectadores prueba de haber abandonado al hombre. Sucedido esto, quedaba manifiesta la inteligencia y sabiduría de Shlomo; por la cual, para que todos conozcan la grandeza de su naturaleza y cuán amado era de Dios, y para que no pase inadvertida a nadie bajo el sol la excelencia del rey en toda forma de virtud, nos hemos visto llevados a hablar de estas cosas.

Jiram, rey de los tirios, al oír que Shlomo había sucedido a su padre en el reino, se alegró mucho —pues era amigo de David—, y enviándole mensajeros lo saludó y se congratuló con él por los bienes presentes. Shlomo le envió una carta que decía lo siguiente: «El rey Shlomo al rey Jiram. Sabe que mi padre quiso edificar a Dios un templo, mas se lo impidieron las guerras y las continuas campañas; pues no cesó de someter a sus enemigos antes de haberlos hecho a todos tributarios. Yo, en cambio, doy gracias a Dios por la paz presente, y disponiendo por ella de ocio, quiero edificar a Dios la Casa; pues Dios predijo a mi padre que esta Casa sería edificada por mí. Por ello te pido que envíes a algunos con los míos al monte Líbano a cortar madera; pues los sidonios son más expertos que los nuestros en el corte de madera. La paga que fijes, yo se la daré a los leñadores.»

Jiram, tras leer la carta y complacido con lo escrito, responde a Shlomo: «El rey Jiram al rey Shlomo. Justo es bendecir a Dios porque te ha entregado el gobierno de tu padre a ti, hombre sabio y dotado de toda virtud. Yo, gozoso por ello, cumpliré todo lo que me pides: cortando mucha y gran madera de cedro y de ciprés por medio de los míos, la enviaré hasta el mar, y ordenaré a los míos que, tras armar una balsa, naveguen hasta el lugar de tu país que quieras y la depositen allí; luego los tuyos la transportarán a Yerushaláyim. Cuida tú de proporcionarnos, a cambio de esto, trigo, del que tenemos necesidad por habitar una isla.»

Perduran hasta el día de hoy las copias de estas cartas, conservadas no sólo en nuestros libros, sino también entre los tirios; de modo que si alguien quisiera saberlo con exactitud, pidiéndolo a los encargados del archivo público de los tirios, hallaría que lo suyo concuerda con lo que hemos dicho. He referido esto queriendo que los lectores sepan que en nada decimos algo fuera de la verdad, ni que, entretejiendo la historia con ciertos elementos verosímiles, seductores para el engaño y el deleite, intentemos eludir el examen y pretendamos ser creídos de inmediato; ni se nos permite, apartándonos de lo que conviene a la obra, quedar impunes, sino que pedimos no obtener aceptación alguna si no somos capaces de manifestar la verdad con demostración y pruebas sólidas.

El rey Shlomo, cuando le llegaron las cartas del rey de los tirios, alabó su prontitud y buena voluntad, y le retribuyó con aquello que había pedido: enviándole cada año veinte mil coros de trigo y otros tantos batos de aceite —el bato equivale a setenta y dos sextarios—; y la misma medida le proporcionaba también de vino. Así, la amistad de Jiram y de Shlomo creció aún más a partir de esto, y juraron mantenerla para siempre. El rey impuso a todo el pueblo un tributo de treinta mil obreros, a quienes hizo llevadero el trabajo repartiéndolo con cordura: hizo que diez mil cortaran durante un mes en el monte Líbano y descansaran dos meses, volviendo a sus casas, hasta que de nuevo los veinte mil completaran el trabajo en el tiempo fijado; luego, así, tocaba a los primeros diez mil acudir a la obra al cuarto mes. Fue supervisor de este tributo Adóramo. De los residentes extranjeros que David había dejado, había setenta mil que transportaban la piedra y la demás materia, y ochenta mil canteros, y de éstos tres mil trescientos capataces. Les había ordenado cortar grandes piedras para los cimientos del templo, y que, tras ajustarlas y unirlas primero en el monte, las bajaran así a la ciudad. Esto lo hacían no sólo los constructores del país, sino también los artesanos que Jiram había enviado.

Sobre la construcción del Templo

Shlomo comenzó la construcción del templo teniendo ya el cuarto año de su reinado, en el segundo mes, que los macedonios llaman Artemisio y los hebreos Iar, quinientos noventa y dos años después de la salida de los israelitas de Mitsraim, mil veinte años después de la llegada de Avraham desde Mesopotamia a Kena’an, y mil cuatrocientos cuarenta después del diluvio; y desde el primer creado, Adam, hasta que Shlomo edificó el templo, habían transcurrido en total tres mil ciento dos años. En el tiempo en que el templo comenzó a edificarse, corría ya el año undécimo del reinado de Jiram en Tiro; y desde la fundación de Tiro hasta la edificación del templo había transcurrido un tiempo de doscientos cuarenta años.

El rey echa los cimientos del templo a grandísima profundidad en la tierra, con material de piedras robustas y capaces de resistir al tiempo, las cuales, unidas a la tierra, habían de ser suelo y sostén de la construcción que se levantaría encima, y por su fuerza desde abajo soportarían sin fatiga tanto la magnitud de lo que se les pondría encima como la suntuosidad de la belleza, cuyo peso no había de ser menor que el de las demás cosas que, para altura y para volumen, así como para ornato y grandiosidad, se proyectaban. Lo levantó hasta el techo, hecho de piedra blanca. La altura era de sesenta codos, y otro tanto la longitud, y la anchura veinte. Sobre éste se había erigido otro igual en medidas, de modo que la altura total del templo era de ciento veinte codos.

Estaba orientado hacia el oriente. Delante levantaron su vestíbulo, de veinte codos de longitud, extendido a lo ancho de la casa, con diez codos de fondo, y erigido a una altura de ciento veinte codos. Rodeó el templo en círculo con treinta cámaras pequeñas, que habían de ser la trabazón del conjunto por su densidad y número, ceñidas por fuera; y además dispuso las entradas de unas a otras. Cada una de estas cámaras tenía cinco codos de ancho, otros tantos de largo y veinte de alto. Sobre éstas se habían edificado otras cámaras, y de nuevo otras sobre aquéllas, iguales en medidas y en número, de modo que en total alcanzaban una altura semejante a la de la cámara de abajo; pues el piso superior no estaba rodeado de edificación. Se les había puesto encima un techo de cedro; y para las cámaras éste era propio de cada una, sin unirse con las vecinas; para las demás había una cubierta común, construida entre unas y otras con vigas larguísimas que atravesaban todas, de modo que los muros intermedios, sostenidos por las mismas maderas, se hacían por ello más firmes.

El cielo raso bajo las vigas lo hizo todo de la misma materia, labrado en artesonados y con aplicación de oro. Los muros, revestidos de tablas de cedro, les incrustó oro, de modo que todo el templo relucía y las miradas de quienes entraban quedaban deslumbradas por el resplandor del oro que se difundía por todas partes. Toda la construcción del templo se hizo con gran arte, de piedras talladas a plomo, ensambladas de modo tan armonioso y liso que no se revelaba a quienes las examinaban obra de martillo ni de ningún otro instrumento de carpintería, sino que, sin el uso de éstos, toda la materia se ajustaba tan naturalmente que la armonía parecía más bien voluntaria que fruto de la necesidad de las herramientas. El rey ideó con arte una subida a la cámara superior a través del espesor del muro; pues ésta no tenía una gran puerta al oriente como la tenía la cámara de abajo, sino que por los costados había entradas por puertas muy pequeñas. Trabó el templo, por dentro y por fuera, con maderas de cedro unidas por gruesas cadenas, de modo que esto sirviera de fortificación y firmeza.

Dividiendo el templo en dos, hizo de la cámara interior, de veinte codos, un santuario inaccesible, y designó la de cuarenta codos como santo templo. Abriendo el muro intermedio, colocó puertas de cedro, labrándoles mucho oro y variado relieve. Las cubrió con velos de tejidos vistosísimos, hechos de jacinto, púrpura y grana, y también de lino finísimo y suavísimo. Consagró en el santuario, de veinte codos de ancho y otros tantos de largo, dos querubines de oro macizo, de cinco codos de altura cada uno; y cada uno tenía dos alas extendidas cinco codos. Por eso los erigió no lejos uno de otro, para que con una de las alas tocaran, uno el muro situado al sur del santuario, y el otro el del norte; y las otras alas, uniéndose entre sí, sirvieran de cobertura al arca colocada entre ellos. En cuanto a los querubines, nadie puede decir ni conjeturar qué forma tenían.

Recubrió también el suelo del templo con láminas de oro, y puso en el portal del templo puertas proporcionadas a la altura del muro, de veinte codos de ancho, y también éstas las revistió de oro. En suma, no dejó parte alguna del templo, ni por fuera ni por dentro, que no fuera de oro. Cubrió también estas puertas con velos semejantes a los del interior. La puerta del vestíbulo no tenía nada de esto.

Shlomo hace venir de Tiro, de parte de Jiram, a un artesano de nombre Jiram, de madre de linaje de Neftalí —pues era de esta tribu— y de padre de linaje israelita, Uriyá. Éste era entendido en toda obra, pero sobre todo era artesano en trabajar el oro, la plata y el bronce, por el cual se fabricó todo lo relativo al templo según la voluntad del rey. Este Jiram fabricó también dos columnas de bronce, de cuatro dedos de grosor por dentro. La altura de las columnas era de dieciocho codos, y el perímetro de doce codos; sobre cada capitel se alzaba, de fundición, un lirio de cinco codos de altura, en torno al cual había una red trenzada con follaje de bronce que cubría los lirios. De ésta colgaban, en doble hilera, doscientas granadas. De estas columnas, la una la colocó a la derecha del propileo como jamba, llamándola Yajín, y la otra a la izquierda, nombrándola Bóaz.

Fundió también un mar de bronce en forma de hemisferio; se llamó «mar» esta obra de bronce por su magnitud, pues la pila tenía diez codos de diámetro y estaba fundida con un palmo de grosor. Se apoyaba por su parte más central sobre una espiral que giraba en diez volutas; cada una era de un codo de diámetro; y en torno a ella estaban dispuestos doce bueyes, vueltos hacia las regiones de los cuatro vientos, tres por cada una, inclinados hacia atrás, de modo que el hemisferio se asentaba sobre ellos, volcado hacia dentro en su giro. El mar contenía tres mil batos.

Hizo también diez basas de bronce cuadradas para las pilas. Cada una tenía cinco codos de largo, cuatro de ancho y seis de alto. La obra estaba ensamblada, labrada por partes de este modo: había cuatro columnillas cuadradas que se erguían en cada ángulo, teniendo ajustados en sí, por uno y otro lado, los costados de la basa. Éstas estaban divididas en tres partes; cada espacio lo ocupaba un borde dispuesto a modo de peldaño, sobre los que había labrado aquí un león, allá un toro y un águila; y sobre las columnillas se había trabajado del mismo modo que en los costados labrados. Toda la obra descansaba, suspendida, sobre cuatro ruedas. Éstas eran de fundición, con cubos y llantas de codo y medio de diámetro. Se admiraría cualquiera que contemplara las curvaturas de las ruedas, cómo estaban labradas junto con los costados de las basas y unidas armoniosamente a las llantas; y sin embargo así estaban. Las esquinas, por arriba, las cerraban hombros de manos alzadas, sobre los que se asentaba una espiral, colocada en forma cóncava, que sostenía con las manos la pila reposada sobre ellos, con un águila y un león ajustados a ellos, de modo que parecieran a los espectadores connaturales. Entre éstos había palmeras labradas. Tal era la fábrica de las diez basas.

Fabricó además diez pilas redondas de bronce, en forma de calderos, cada una de las cuales cabían cuarenta congios; pues tenía cuatro codos de altura, y en otros tantos distaban entre sí sus bordes. Coloca estas pilas sobre las diez basas llamadas Mekenot. Cinco pilas colocó al lado izquierdo del templo —el cual estaba vuelto hacia el viento del norte— y otras tantas a la derecha, hacia el sur, mirando al oriente; y en ese mismo lado colocó también el mar. Tras llenarlos de agua, destinó el mar a que en él se lavaran las manos y los pies los sacerdotes que entraban al templo y se disponían a subir al altar, y las pilas para limpiar las entrañas de los animales que se ofrecían en holocausto, y sus patas.

Fabricó también un altar de bronce de veinte codos de largo, otros tantos de ancho y diez de alto, para los holocaustos. Hizo también todos sus utensilios de bronce: paletas y aventadores; y además de éstos, Jiram fabricó calderos, garfios y todo utensilio de bronce de resplandor y belleza semejantes al oro. El rey consagró también gran número de mesas: una grande, de oro, sobre la que ponían los panes de Dios, y semejantes a ésta otras diez mil, hechas de otra manera, sobre las que se colocaban los utensilios: copas y vasos de libación, veinte mil de oro y cuarenta mil de plata. Hizo también diez mil candelabros según el mandato de Moshé, de los cuales consagró uno en el templo, para que ardiera cada día conforme a la Torá, y una mesa con panes encima hacia la parte norte del templo, frente al candelabro; pues éste lo colocó al sur, y el altar de oro quedaba en medio de ambos. Todas estas cosas las tenía la cámara de cuarenta codos, delante del velo del santuario; y en éste había de estar el arca.

El rey fabricó ochenta mil jarras de vino, y cien mil copas de oro, y el doble de plata; y de fuentes de oro para ofrecer en ellas al altar la flor de harina amasada, ochenta mil, y el doble de éstas de plata; y crateras en las que amasaban la flor de harina con aceite, sesenta mil de oro y el doble de plata. Las medidas, semejantes a las que Moshé llama «hin» e «issarón», veinte mil de oro y el doble de plata. Incensarios de oro, en los que se llevaba el incienso al templo, veinte mil; e igualmente otros incensarios con los que llevaban fuego del gran altar al pequeño altar que había en el templo, cincuenta mil. Vestiduras sacerdotales para los sumos sacerdotes, con túnicas talares, efods, pectoral y piedras, mil; y la diadema, en la que Moshé grabó el nombre de Dios, era una y perduró hasta el día de hoy. Las vestiduras sacerdotales las hizo de lino, y cintos de púrpura, diez mil para cada uno. Y trompetas, según el mandato de Moshé, doscientas mil; y vestiduras para los leviim cantores, de lino, doscientas mil; y los instrumentos musicales inventados para el canto de himnos, que se llaman nablas y kinnyras, los fabricó de electro, cuarenta mil.

Todas estas cosas las fabricó Shlomo para honra de Dios con suntuosidad y magnificencia, sin escatimar nada, sino empleando todo empeño en el ornato del templo; y las depositó en los tesoros de Dios. Rodeó el templo, en círculo, de una cornisa —llamada en la lengua del país «gisón» y entre los griegos «trinco»—, elevándola a tres codos de altura, que había de apartar a la multitud de la entrada al recinto sagrado y señalar que éste estaba reservado sólo a los sacerdotes. Por fuera de ésta edificó un recinto sagrado: levantando, en forma cuadrada, pórticos grandes y anchos, abiertos con puertas altas, cada una de las cuales estaba vuelta hacia cada uno de los vientos y se cerraba con puertas de oro. En éste entraban todos los del pueblo que se distinguían por su pureza y por la observancia de las prescripciones. Pero mostró algo admirable y mayor que toda palabra, y aun que la vista misma, el recinto sagrado exterior a éstos; pues rellenando grandes barrancos, que por su inmensa profundidad no era posible mirar sin esfuerzo al asomarse, y elevándolos hasta cuatrocientos codos de altura, a nivel de la cumbre del monte sobre la que estaba edificado el templo, así lo construyó; y por ello el recinto exterior, siendo a cielo abierto, quedaba al mismo nivel que el templo.

Cómo Shlomó trasladó el arca al Templo, cómo suplicó a Dios y le ofreció sacrificios públicos

Lo rodeó, además, con pórticos de doble estructura, cuyas columnas —de piedra viva— sostenían la altura; los techos eran de cedro, labrados con artesonados. Y todas las puertas de este recinto sagrado las revistió de plata.

Estas obras, con la magnitud y la belleza de los edificios y de las ofrendas consagradas al Templo, las remató el rey Shlomó en siete años, dando muestra de su riqueza y de su empeño. Tanto, que cualquiera que lo viese habría pensado que semejante empresa habría necesitado el tiempo entero para levantarse, y que, sin embargo, se había concluido en tan poco tiempo si se lo comparaba con la grandeza del Templo. Entonces escribió a los jefes y a los ancianos de los hebreos, y les ordenó reunir a todo el pueblo en Yerushaláyim, para que contemplaran el Templo y trasladaran a él el arca de Dios.

Cuando se pregonó por todas partes esta convocatoria a Yerushaláyim, apenas en el mes séptimo se congregaron —el mes que los naturales llaman Athyri y los macedonios Hiperbereteo—. Coincidió por esos mismos días la ocasión de la fiesta de Sukot, festividad sumamente sagrada y de las mayores entre los hebreos.

Levantaron, pues, el arca y el Mishkán que había montado Moshé, junto con todos los utensilios destinados al servicio de los sacrificios de Dios, y lo trasladaron todo al Templo. Iban en cabeza, con sacrificios, el propio rey y todo el pueblo y los leviim, regando el camino con libaciones y con la sangre de innumerables víctimas, y quemando una cantidad infinita de perfumes —tanta, que todo el aire de alrededor quedó saturado, y hasta a quienes se hallaban a mucha distancia les llegaba grato y les hacía reconocer la presencia de Dios y su morada, según el modo de entender humano, en aquel lugar recién construido y consagrado para Él—. Y es que no se cansaron de entonar himnos ni de danzar hasta que llegaron al Templo.

De esta manera, pues, trasladaron el arca. Y cuando había que introducirla en el Lugar Santísimo, la demás muchedumbre se apartó, y solo los sacerdotes la llevaron y la depositaron entre los dos querubim; estos, entrelazando sus alas —pues así los había fabricado el artífice—, cubrieron el arca como bajo una especie de tienda y de bóveda.

No contenía el arca ninguna otra cosa sino dos tablas de piedra, que conservaban grabadas en ellas las diez palabras que Dios había pronunciado a Moshé en el monte Sinaí. El candelabro, la mesa y el altar de oro los colocaron en el Templo, delante del Lugar Santísimo, en los mismos sitios que también antes ocupaban cuando estaban en el Mishkán, y ofrecían allí los sacrificios diarios. El altar de bronce lo levantó delante del Templo, frente a la puerta, de modo que, al abrirse esta, quedara de cara y se vieran los oficios sagrados y la magnificencia de los sacrificios. Los demás utensilios, todos, los recogió y los depositó dentro, en el Templo.

Cuando los sacerdotes, tras disponerlo todo en torno al arca, hubieron salido, de pronto se formó una densa nube —no espesa, ni cargada de lluvia como en época de invierno—, que, extendiéndose y difundiéndose, penetró en el Templo; oscureció la vista de los sacerdotes, de suerte que no se distinguían unos a otros, y a la mente de todos les infundió la imagen y la convicción de que Dios había descendido al santuario y había puesto en él con gusto su morada.

Mientras ellos permanecían absortos en este pensamiento, el rey Shlomó se levantó —pues estaba sentado— y dirigió a Dios palabras que juzgaba dignas de la naturaleza divina y convenía que él pronunciase: «Sabemos, oh HaShem —dijo—, que tienes por casa eterna y digna de Ti al cielo, el aire, la tierra y el mar, que Tú creaste; y que a través de todo ello te extiendes sin contentarte siquiera con eso. Y sin embargo, te he edificado este Templo que lleva tu nombre, para que desde él te enviemos hacia lo alto, sacrificando y ofreciendo, nuestras plegarias, y vivamos persuadidos de que estás presente y no te has apartado lejos. Pues Tú, que todo lo miras y todo lo oyes, ni aun ahora que habitas donde te es lícito dejas de estar cerquísima de todos —más aún, a cada uno, mientras delibera, le asistes de noche y de día—».

Tras invocar así a Dios, volvió su discurso hacia el pueblo, mostrándoles el poder y la providencia de Dios: que a su padre David le había revelado de antemano todo lo por venir —de lo cual mucho se había ya cumplido, y se cumpliría lo restante—; que Él mismo le había puesto el nombre cuando aún no había nacido, prediciendo cómo habría de llamarse, y que él edificaría el Templo, tras hacerse rey después de la muerte de su padre. «Viéndolo cumplido según aquella profecía —les dijo—, alaben a Dios y no desconfíen de nada de cuanto ha prometido para su felicidad, creyendo, por lo que ya se ve, que también se realizará».

Dicho esto a la multitud, el rey vuelve de nuevo la mirada al Templo y, alzando la diestra hacia el pueblo, dijo: «Con obras no les es posible a los hombres devolver a Dios la gratitud por los bienes que han recibido, pues lo divino de nada carece y está por encima de tal correspondencia. Pero con aquello en lo que, gracias a Ti, oh HaShem, hemos llegado a ser superiores a los demás seres vivos, con eso es forzoso bendecir tu grandeza y darte gracias por los favores concedidos a nuestra casa y a la de los hebreos. Pues ¿con qué otra cosa mejor y más apropiada podemos aplacarte cuando estás airado e indignado, y volverte benévolo, que con la voz, que del aire recibimos y que sabemos que de nuevo por él asciende? Con ella, pues, te confieso mi gratitud: primero por mi padre, a quien de la oscuridad elevaste a tan gran gloria; después por mí mismo, que hasta el día de hoy he cumplido cuanto predijiste. Y te ruego que en adelante nos concedas cuanto está en el poder de Dios para con los hombres a quienes Tú has honrado, y que acrecientes nuestra casa por siempre, tal como prometiste a mi padre David, en vida y a la hora de su muerte: que entre nosotros permanecerá el reino y que su linaje lo transmitirá por incontables sucesiones. Concédenos, pues, esto, y otorga a mis hijos aquella virtud de la que Tú te complaces.

Y, además de esto, te suplico que hagas morar una parte de tu espíritu en el Templo, para que parezca que también en la tierra estás con nosotros. Pues para Ti pequeña morada es toda la bóveda del cielo y cuanto en él existe, no ya este humilde Templo; pero te ruego que lo guardes por siempre libre del saqueo de los enemigos, como cosa propia, y que veles por él como por posesión tuya. Y si alguna vez el pueblo peca y luego es herido por algún mal a causa del pecado —esterilidad de la tierra, plaga mortífera o cualquiera de esos castigos con que Tú persigues a los que transgreden algo de lo santo—, y todos, reunidos, se refugian en el Templo suplicándote y pidiéndote salvación, escúchalo, y, como estando dentro, apiádate y líbralos de las desgracias.

Y esta ayuda no la pido de Ti solo para los hebreos cuando caigan, sino también si desde los confines de la tierra vienen algunos, de donde sea, dirigiéndose a Ti y rogando alcanzar algún bien: dáselo, escuchándolos. Pues así aprenderán todos que Tú mismo quisiste que se te edificara la casa entre nosotros, y que nosotros no somos de índole inhumana ni nos comportamos con hostilidad hacia los que no son de nuestra raza, sino que hemos querido que la ayuda que viene de Ti y el disfrute de los bienes sean comunes a todos».

Dicho esto, se arrojó a tierra y, tras adorar largo rato, se levantó y ofreció sacrificios a Dios. Y cuando hubo colmado el altar de víctimas enteras, conoció con toda claridad que Dios recibía con agrado el sacrificio: pues un fuego atravesó el aire y, a la vista de todos, se lanzó sobre el altar, arrebató todo el sacrificio y lo consumió.

Producida esta manifestación, el pueblo la interpretó como señal de que Dios habría de habitar en el Templo, y, lleno de gozo, se postró en tierra en adoración. El rey empezó a bendecir y exhortó a la multitud a hacer lo mismo, pues ya tenían pruebas de la benevolencia de Dios hacia ellos, y a rogar que siempre les llegasen de Él tales dones; a mantener su ánimo puro de toda maldad, en la justicia, en el culto y en la observancia de los mandamientos que Dios les había dado por medio de Moshé y que perduraban. «Pues así —dijo— será dichosa la nación de los hebreos, y más venturosa que todo el género humano». Y los exhortó a recordar que, con aquellas mismas cosas con que habían adquirido los bienes presentes, con esas los conservarían firmes y los harían mayores y más numerosos; que debían entender que no solo por su piedad y su justicia los habían recibido, sino que por lo mismo los mantendrían; y que para los hombres no es tan grande adquirir algo de lo que no tenían como conservar lo ganado y no cometer falta alguna en perjuicio de ello.

Habiendo dicho esto a la multitud, el rey disolvió la asamblea, tras concluir los sacrificios por sí mismo y por todos los hebreos: sacrificó doce mil bueyes y ciento veinte mil ovejas. Fue entonces cuando por primera vez el Templo probó los oficios sagrados, y todos los hebreos, con sus mujeres e hijos, celebraron en él un banquete. Además, la fiesta llamada de Sukot la celebró el rey ante el Templo con esplendor y magnificencia durante dos veces siete días, banqueteando junto con todo el pueblo.

Cuando ya tuvieron de todo esto suficiente y nada faltó a la piedad de cada cual para con Dios, el rey los despidió, y se marcharon dando gracias al rey por su solicitud hacia ellos y por las obras que había realizado, y rogando a Dios que les conservara por mucho tiempo a Shlomó como rey. Hicieron el camino con alegría y regocijo, cantando himnos a Dios, de suerte que, por el placer, todos recorrieron sin fatiga el camino de vuelta a sus casas. Así, tras haber introducido el arca en el Templo, contemplado su magnitud y su belleza y participado en él de grandes sacrificios y festividades, regresaron cada uno a sus ciudades.

Un sueño se apareció al rey mientras dormía y le anunció que Dios había escuchado su plegaria: que guardaría el Templo y permanecería siempre en él, mientras sus descendientes, él mismo y toda la multitud obraran con justicia; y que a él, en particular, si perseveraba primero en los preceptos de su padre, lo elevaría a una cima y grandeza de felicidad sin límites, y que reinarían siempre sobre el país los de su linaje y de la tribu de Yehudá. Pero que, si traicionaba las buenas costumbres, las echaba en olvido y se pasaba a rendir culto a dioses extranjeros, lo arrancaría de raíz, y no dejaría resto alguno de su estirpe ni pasaría por alto impune al pueblo de los israelitas, sino que los aniquilaría con guerras y con males incontables; que los expulsaría de la tierra que había dado a sus padres y establecería en ella a advenedizos extraños; que entregaría a las llamas y al saqueo de los enemigos el Templo ahora edificado; que arrasaría también la ciudad por mano de los enemigos, y haría que las calamidades de aquel pueblo llegaran a ser dignas de fábula por su enorme magnitud y por su increíble desmesura, de modo que los pueblos vecinos, al oír la desgracia, se asombraran e indagaran con curiosidad la causa por la que unos hebreos, antes conducidos por Dios a tanta gloria y riqueza, habían sido después así aborrecidos por Él; y que oirían de boca de los supervivientes la confesión de sus pecados y de sus transgresiones de las leyes patrias. Esto es lo que se ha dejado escrito que Dios le dijo mientras dormía.

Cómo Shlomó se edificó un palacio real, muy costoso y espléndido, y cómo resolvió los enigmas que Jiram le envió

Después de la construcción del Templo, terminada en siete años como ya dijimos, emprendió la edificación del palacio real, que apenas acabó en trece años; pues no se trabajó con el mismo afán que en el santuario. Este último, aunque grande y de obra admirable y sorprendente, con la ayuda además de Dios, a quien estaba dedicado, se concluyó en los años dichos; los palacios, en cambio, muy inferiores a la dignidad del Templo —porque ni el material se había preparado durante tanto tiempo y con el mismo empeño, y porque era morada de reyes y no de Dios—, se remataron más despacio.

Fueron construidos, con todo, de manera digna de mención y acorde con la prosperidad del país de los hebreos y del rey; pero es necesario describir toda su disposición y traza, para que por ella puedan conjeturar y comprender su magnitud quienes lleguen a leer esta obra.

Había una sala grande y hermosa, sostenida por muchas columnas, que dispuso para los juicios y el examen de los pleitos, capaz de acoger y contener a la multitud reunida para las causas: cien codos de largo, cincuenta de ancho y treinta de alto, apoyada toda en columnas cuadrangulares de cedro, con techumbre de estilo corintio, provista de jambas de igual medida y de portales de triglifos, sólida a la vez que embellecida.

Había otra sala en medio, dispuesta a lo ancho de todo el conjunto, cuadrada, de treinta codos de anchura, que tenía enfrente un vestíbulo alzado sobre gruesas columnas; y en ella una exedra soberbia, en la que, sentado, el rey administraba justicia. Junto a esta se hallaba construida otra sala para la reina, y las demás dependencias destinadas al vivir cotidiano y al descanso una vez despachados los asuntos, todas ellas revestidas de tablas talladas de cedro.

Unas partes las edificó con piedras de diez codos, y los muros los recubrió de otra piedra aserrada y costosa, de la que se extrae de la tierra para el ornato de los templos y de las mansiones reales, célebre en los lugares que la producen. Su hermosura estaba tramada en tres hileras, y una cuarta parte ofrecía admirar la maestría de los grabadores, que habían representado árboles y plantas de toda clase, tan sombreados por sus ramas y por las hojas que colgaban de ellas, que se creería que hasta se estremecían, por lo extremado de su finura, ocultando la piedra que había debajo. El resto, hasta el techo, estaba estucado y adornado con colores y tintes.

Añadió a esto otras estancias para el recreo y, en fin, pórticos larguísimos, situados en la parte más bella del palacio, entre los cuales una sala espléndida para banquetes y festines, colmada de oro; y todos los demás utensilios que tal sala debía tener para el servicio de los comensales estaban fabricados de oro. Difícil es enumerar la magnitud y la variedad del palacio: cuántas eran sus salas mayores, cuántas las menores, cuántas las subterráneas y ocultas; y las bellezas de los espacios abiertos al aire, y los bosquecillos, dispuestos para el más grato deleite de la vista y para refugio y sombra de los cuerpos en el verano.

En resumen, toda la construcción la hizo de piedra blanca, de cedro, de oro y de plata, engalanando los techos y los muros con piedras engarzadas en oro, de la misma manera que había adornado el Templo de Dios. Hizo también un trono de marfil, grandísimo, en forma de estrado, que tenía seis gradas; a cada lado de cada una de ellas se erguían dos leones, y arriba había otros tantos junto a él. El asiento del trono lo formaban unas manos que recibían al rey; su respaldo se recostaba en una cabeza de becerro que miraba hacia atrás, y todo él estaba recubierto de oro.

Estas cosas las construyó Shlomó en veinte años. Y como Jiram, rey de los tirios, había aportado para la obra mucho oro y aún más plata, y además maderas de cedro y de pino, también él correspondió a Jiram con grandes dones, enviándole cada año trigo, vino y aceite, de los que este continuamente tenía necesidad por habitar una isla, como ya hemos dicho antes. Además de esto, le regaló veinte ciudades de Galilea, situadas no lejos de Tiro; pero Jiram, al ir a verlas y examinarlas, quedó descontento con el regalo, y envió a decir a Shlomó que no necesitaba aquellas ciudades. Desde entonces fueron llamadas «tierra de Chabalón»; y «chabalón», traducido según la lengua de los fenicios, significa «lo que no agrada».

El rey de los tirios envió también a Shlomó agudezas y sentencias enigmáticas, rogándole que se las aclarara y lo librara de la dificultad de cuanto en ellas se indagaba. Pero, siendo Shlomó hombre hábil y sagaz, ninguna de ellas se le escapó, sino que las venció todas con su razonamiento, y, penetrando su sentido, las esclareció.

Cómo Shlomó fortificó la ciudad de Yerushaláyim y edificó grandes ciudades, cómo sometió a algunos de los cananeos y agasajó a la reina de Mitsraim y de Etiopía

De estos dos reyes hace memoria también Menandro, el que tradujo los archivos de los tirios de la lengua fenicia a la griega, y dice así: «Muerto Abíbalo, le sucedió en el reino su hijo Jiram, quien, habiendo vivido cincuenta y tres años, reinó treinta y cuatro. Este terraplenó el Euríchoro y consagró la columna de oro que hay en el templo de Zeus; fue además a talar madera del monte llamado Líbano para los techos de los templos; y, derribando los santuarios antiguos, edificó un templo a Heracles y a Astarté, y fue el primero en celebrar la resurrección de Heracles en el mes de Peritio. Hizo una expedición contra los de Utica, que no pagaban los tributos, y, tras someterlos de nuevo, regresó. En su tiempo vivió un joven, hijo de Abdemón, que siempre resolvía los problemas que le proponía Shlomó, el rey de Yerushaláyim».

Lo menciona también Dío, que dice así: «Muerto Abíbalo, reinó su hijo Jiram. Este terraplenó las partes orientales de la ciudad y agrandó la urbe; y el santuario de Zeus Olímpico, que estaba aislado, lo unió a la ciudad rellenando de tierra el espacio intermedio y lo adornó con ofrendas de oro; y, subiendo al Líbano, taló madera para la construcción de los templos. Cuentan que Shlomó, el que gobernaba en Yerushaláyim, envió enigmas a Jiram y pidió recibir otros de él, con la condición de que quien no lograra resolverlos pagara dinero al que los resolviera. Jiram aceptó, y, al no poder descifrar los enigmas, gastó gran parte de su fortuna en la multa. Luego un tal Abdemón, varón tirio, resolvió los propuestos y, a su vez, planteó otros que, al no resolverlos Shlomó, le hicieron pagar mucho dinero a Jiram». Así lo ha referido Dío.

Cuando el rey vio que las murallas de Yerushaláyim necesitaban torres para su seguridad, y otras defensas más, pues consideraba que también el recinto debía corresponder a la dignidad de la ciudad, las reparó y las realzó con grandes torres. Edificó, además, ciudades que se contaban entre las más importantes: Jatsor, Meguidó y, la tercera, Guézer, la cual, siendo del país de los filisteos, Paró, rey de los egipcios, había tomado por la fuerza tras atacarla y sitiarla; y, después de matar a todos sus habitantes, la había arrasado, para luego dársela como dote a su hija, casada con Shlomó. Por eso el rey la reconstruyó, pues era fuerte por naturaleza y podía resultar útil en las guerras y en las mudanzas de los tiempos. No lejos de ella edificó otras dos ciudades: una tenía por nombre Bet-Jorón, y la otra se llamaba Baalat.

Además de estas, construyó otras, apropiadas para el placer y el recreo, favorecidas por la templanza del aire, fértiles en frutos de estación y frescas por sus manantiales de agua. Penetró también en el desierto de la Alta Siria y, tras apoderarse de él, fundó allí una gran ciudad, distante dos jornadas de la Alta Siria, una del Éufrates y seis de la gran Bavel. La razón de que esta ciudad se hallara tan apartada de las regiones habitadas de Siria era que en ningún lugar más abajo había agua en la tierra, y solo en aquel sitio se encontraban fuentes y pozos. Habiendo, pues, edificado esta ciudad y ceñídola de murallas fortísimas, la llamó Tadamora, y así se sigue llamando aún hoy entre los sirios, aunque los griegos la denominan Palmira.

En esto se ocupaba el rey Shlomó por aquel tiempo. A los que preguntan por qué todos los reyes de los egipcios, desde Mineo —el que edificó Menfis, y que vivió muchos años antes de nuestro antepasado Avraham—, hasta Shlomó, a lo largo de más de mil trescientos años transcurridos entre medias, fueron llamados «Paró», tomando la denominación de un rey llamado Paró que gobernó entre ellos en los tiempos intermedios, he creído necesario responder, para disipar su ignorancia y aclarar la causa del nombre: que «Paró», en egipcio, significa «rey».

Pienso que ellos, teniendo desde niños otros nombres, al hacerse reyes cambiaban su nombre por el que expresaba su autoridad en la lengua patria. Así, también los reyes de Alejandría, que antes se llamaban con otros nombres, cuando recibieron el reino fueron llamados «Tolomeos», por el primero de sus reyes. Y los emperadores de los romanos, que de nacimiento habían sido designados con otros nombres, se llaman «Césares», tomando esta denominación de su mando y de su dignidad, y no manteniendo aquellos con que sus padres los habían nombrado. Creo que también Heródoto de Halicarnaso, por esta causa, cuando dice que después de Mineo, el que edificó Menfis, hubo trescientos treinta reyes de los egipcios, no señaló sus nombres, porque en común eran llamados «Paró»; pues, muerto estos, al reinar una mujer, dice su nombre, llamándola Nicaulé, dando a entender que los reyes varones podían tener la misma denominación, pero la mujer ya no participaba de ella, y por eso mencionó el nombre que le correspondía por naturaleza. Yo mismo he hallado también en nuestros libros patrios que después de Paró, el suegro de Shlomó, ningún rey de los egipcios se llamó ya con este nombre; y que más tarde vino a Shlomó la mencionada mujer, que reinaba sobre Mitsraim y Etiopía. De ella hablaremos dentro de poco; ahora la he recordado para mostrar que nuestros libros y los de los egipcios concuerdan en muchas cosas.

El rey Shlomó, a los cananeos que aún no le obedecían —los que moraban en el monte Líbano y hasta la ciudad de Amata—, tras someterlos, les impuso tributo, y cada año escogía de entre ellos a quienes le sirviesen, cumplieran las tareas domésticas y trabajasen la tierra. Pues ninguno de los hebreos era esclavo, ni era razonable, habiéndoles dado Dios el dominio sobre muchos pueblos, y debiendo sacar de estos la servidumbre, rebajarlos a ellos a tal condición; antes bien, todos, en armas, sobre carros y caballos, pasaban el tiempo haciendo la guerra más que sirviendo. De los cananeos, a quienes redujo a servidumbre, nombró quinientos cincuenta jefes en número, que recibieron del rey la supervisión total sobre ellos, para enseñarles las labores y las obras en que los necesitara.

Construyó el rey en el golfo egipcio, en el mar de los Juncos, muchas naves, en un lugar llamado Etsión-Guéver, no lejos de la ciudad de Elat, que ahora se llama Berenice; pues aquel país era antaño de los judíos. Recibió además de Jiram, rey de los tirios, el regalo apropiado para las naves: le envió hombres pilotos y expertos en las cosas del mar en número suficiente, a quienes ordenó navegar, junto con sus propios administradores, a la que antes se llamaba Sofira y ahora «tierra del oro» —está en la India— y traerle oro. Y, tras reunir unos cuatrocientos talentos, regresaron de nuevo junto al rey.

La mujer que entonces reinaba sobre Mitsraim y Etiopía, ejercitada en la sabiduría y admirable en lo demás, al oír la virtud y la prudencia de Shlomó, sintió el deseo de verlo, por lo que a diario se decía acerca de aquellas tierras. Queriendo persuadirse por la experiencia y no por lo que había oído —pues lo que se oye es fácil que se acomode también a una opinión falsa y luego se cambie, ya que todo depende de quienes lo cuentan—, resolvió ir a él, deseando sobre todo poner a prueba su sabiduría, proponiéndole ella misma cuestiones y pidiéndole que le resolviese lo intrincado del pensamiento. Llegó a Yerushaláyim con gran fasto y despliegue de riqueza, pues trajo consigo camellos cargados de oro, de aromas variados y de piedras preciosas. Cuando llegó, el rey la recibió con agrado, y, además de mostrarse solícito en lo demás con ella, resolvía con facilidad, gracias a su ingenio, las agudezas que le proponía, más rápido de lo que nadie esperaba.

Ella quedó pasmada, tanto al comprobar por la experiencia que la sabiduría de Shlomó la superaba de aquel modo y era mayor de lo que se oía, como, sobre todo, al admirar el palacio por su belleza y su magnitud, y no menos por la disposición de sus edificios; pues también en ella advertía mucha prudencia del rey. La dejaban sobre todo atónita la casa llamada «Bosque del Líbano», la magnificencia de los banquetes diarios y su preparación y servicio, el vestido de los sirvientes y la pericia con que atendían el servicio con decoro, y no en último lugar los sacrificios que a diario se ofrecían a Dios y el esmero de los sacerdotes y de los leviim en torno a ellos. Viendo esto día tras día, se maravillaba en extremo, y, no pudiendo contener el asombro por lo que contemplaba, dejó ver claramente cuán prendada estaba de admiración; pues se adelantó a dirigir al rey unas palabras en las que se mostró rendida por completo, en su entendimiento, ante lo que había visto:

«Todo cuanto llega al conocimiento por el oído, oh rey —dijo—, viene acompañado de incredulidad; pero de tus bienes, los que tú mismo posees en ti —me refiero a la sabiduría y a la prudencia— y los que el reino te concede, no era, pues, falsa la fama que hasta nosotros llegó, sino que, siendo verdadera, mostraba una felicidad muy inferior a la que ahora veo presente. Pues aquella solo intentaba persuadir al oído, y no hacía tan patente la excelencia de las cosas como la vista y el hallarse uno entre ellas lo confirma. Yo, desde luego, que ni siquiera daba crédito a lo que se contaba, por la cantidad y la magnitud de lo que oía, he comprobado cosas mucho mayores que estas. Y juzgo dichoso al pueblo de los hebreos, y a tus siervos y amigos, que a diario disfrutan de tu presencia y viven escuchando tu sabiduría. Bien podría uno bendecir a Dios, que amó de tal modo este país y a los que en él habitan, que te hizo su rey».

Cómo Shlomó se hizo rico y se enamoró perdidamente de mujeres, y cómo Dios, irritado por ello, suscitó contra él a Hadad y a Yerovam. Sobre la muerte de Shlomó

Habiendo manifestado con sus palabras cuánto la había impresionado el rey, hizo aún más patente su disposición con los regalos: le dio veinte talentos de oro, una cantidad incalculable de aromas y piedras preciosas. Dicen que también la raíz del opobálsamo, que todavía hoy produce nuestro país, la tenemos por habérnosla dado esta mujer. Shlomó, a su vez, la correspondió con muchos bienes, y sobre todo con lo que ella escogió según su deseo; pues no había nada que, al pedirlo, no le concediera, sino que, con más presteza que las cosas que él mismo le regalaba por propia iniciativa, le entregaba cuanto ella pedía alcanzar, mostrando así su magnanimidad. Y la reina de los egipcios y de Etiopía, tras obtener lo que hemos dicho y hacer al rey partícipe, a su vez, de lo suyo, regresó a su tierra.

Por aquel mismo tiempo, habiéndose traído al rey desde la llamada «tierra del oro» piedra preciosa y maderas de pino, empleó las maderas como sostén del Templo y de los palacios, y para la fabricación de instrumentos musicales, kinorot y nevalim, con los que los leviim cantaran himnos a Dios. De todo cuanto se le había traído alguna vez, lo aportado aquel día sobresalía en magnitud y en belleza. Y que nadie suponga que aquellas maderas de pino son semejantes a las que hoy llaman así y que reciben ese nombre de quienes las venden para deslumbrar a los compradores; pues aquellas, aunque de aspecto parecido a las del sicómoro, son más blancas y más lustrosas. Esto lo hemos dicho para que nadie ignore la diferencia ni la naturaleza del verdadero pino, ya que, al mencionarlo por causa del uso que de él hizo el rey, nos pareció oportuno y provechoso aclararlo.

El peso del oro que se le trajo era de seiscientos sesenta y seis talentos, sin contar el comprado por los mercaderes ni los dones que le enviaban los toparcas y reyes de Arabia. Fundió el oro para fabricar doscientos escudos, de a seiscientos siclos cada uno. Hizo también trescientos broqueles, de tres minas de oro cada uno, y los colocó llevándolos a la casa llamada «Bosque del Líbano». Y además de esto fabricó, trabajándolas con el mayor primor, las copas de oro y de piedra preciosa para los festines, y todo el demás abundante ajuar lo ideó todo de oro.

Pues no había nada que se vendiera o se comprara con plata, ya que eran muchas las naves que el rey había establecido en el llamado mar de Tarsis y a las que ordenó traer toda clase de mercancías a las regiones más apartadas de los pueblos; con lo que de ellas se obtenía, llegaban al rey plata y oro, y abundante marfil, etíopes y monos. La travesía, de ida y vuelta, la cumplían en tres años.

Una fama brillante recorría toda la tierra en torno, pregonando la virtud y la sabiduría de Shlomó, de suerte que los reyes de todas partes deseaban presentarse ante él, no dando crédito, por su exceso, a lo que se contaba, y manifestaban con grandes regalos su afán por él; pues le enviaban vasos de oro y de plata, vestidos de púrpura, muchas clases de aromas, y caballos y carros, y cuantas mulas de carga escogían por su fuerza y su belleza para agradar a la vista del rey. De este modo, añadiendo a los carros y caballos que ya tenía los que le enviaban, hizo que el número de carros fuera cuatrocientos mayor —pues antes tenía mil— y el de caballos dos mil mayor —pues tenía veinte mil caballos—.

Estos estaban adiestrados para la hermosura y la rapidez, de manera que no se les podía comparar otros ni más gallardos ni más veloces, sino que se los veía como los más bellos de todos, y su presteza era incomparable. Los realzaban también los jinetes que los montaban, en la primera flor de una juventud gratísima, muy altos y muy por encima de los demás, con larguísimas cabelleras sueltas, vestidos de túnicas de púrpura de Tiro. Cada día espolvoreaban polvo de oro sobre sus cabellos, de modo que sus cabezas resplandecían al reflejar hacia el sol el brillo del oro.

Rodeado de estos, armados y provistos de arcos, el rey, montado en un carro y vestido de blanco, tenía la costumbre de salir de paseo. Había un paraje a dos schoenos de Yerushaláyim, llamado Etam, ameno a la vez que rico en jardines y corrientes de agua; hacia allí hacía, paseando, sus salidas. Sirviéndose en todo de un ingenio y un empeño casi divinos, y siendo en extremo amante de lo bello, tampoco descuidó los caminos, sino que también pavimentó con piedra negra los que conducían a Yerushaláyim, capital del reino, tanto para comodidad de los caminantes como para mostrar la magnitud de su riqueza y de su poder.

Repartió y distribuyó los carros de modo que en cada ciudad hubiese un número fijo de ellos, y él retuvo pocos junto a sí; a estas ciudades las llamó «de los carros». Y de plata hizo el rey en Yerushaláyim tanta abundancia como de piedras, y de maderas de cedro, que antes no existían, como de sicómoros, de los que están llenas las llanuras de Judea. Ordenó también a los mercaderes de Mitsraim que le traían mercancía que le vendieran cada carro con dos caballos por seiscientas dracmas de plata, y él, a su vez, los remitía a los reyes de Siria y a los de más allá del Éufrates.

Habiendo llegado Shlomo a ser el más ilustre de todos los reyes, el más amado de Dios, superando en sabiduría y en riqueza a cuantos antes que él habían tenido el gobierno de los hebreos, no perseveró en ello hasta el fin: abandonó la guarda de las costumbres de sus padres y no acabó su vida de modo semejante a lo que antes hemos referido de él. Enloquecido por las mujeres y por el desenfreno de los placeres, no se contentó con las de su propia tierra, sino que tomó por esposas a muchas de naciones extrañas —sidonias, tirias, amonitas e idumeas—, y con ello quebrantó las leyes de Moshé, que había prohibido convivir con las que no fueran del mismo pueblo. Y empezó a rendir culto a los dioses de aquellas, por complacer a sus mujeres y al amor que les tenía —justamente lo que el legislador había previsto cuando ordenó no casarse con extranjeras, para que, enredados en costumbres ajenas, no se apartaran de las de sus padres, ni adoraran los dioses de aquellas dejando de honrar al propio.

Pero Shlomo descuidó todo esto, arrastrado a un placer irracional: tomó setecientas mujeres, hijas de príncipes y de personas de rango, y trescientas concubinas, y además de estas a la hija del rey de los egipcios. Al punto quedó dominado por ellas, hasta imitar sus prácticas, y se vio forzado a darles prueba de su afecto y ternura viviendo como era costumbre entre ellas. Y al avanzar en edad, debilitándose con el tiempo su juicio para resistir el recuerdo de las prácticas patrias, aún más descuidó a su propio Dios y siguió honrando a los dioses de aquellos matrimonios traídos de fuera. Ya antes de esto le había ocurrido pecar y faltar en la guarda de las leyes, cuando fabricó las imágenes de los bueyes de bronce que sostenían el mar consagrado, y las de los leones que rodeaban su propio trono; pues tampoco fue piadoso obrar tales cosas. Teniendo el más hermoso y cercano ejemplo de virtud en su padre y en la gloria que a este le tocó dejar por su piedad hacia Dios, no lo imitó —y eso que dos veces se le apareció Dios en sueños y le exhortó a imitar a su padre—: murió sin gloria.

Vino, pues, en seguida el profeta, enviado por Dios, diciéndole que no se le ocultaban sus transgresiones y amenazándole con que no gozaría por mucho tiempo de lo que hacía. Que en vida no le sería quitado el reino, pues Dios había prometido a su padre David hacerle su sucesor; pero que, muerto él, dispondría estas cosas contra su hijo —no apartando de él a todo el pueblo, sino entregando diez tribus a su siervo, y dejando solo dos al nieto de David, por consideración a David mismo, porque amó a Dios, y por la ciudad de Yerushaláyim, en la que quiso tener su Templo.

Al oír esto, Shlomo se afligió y quedó hondamente turbado, viendo que casi todos los bienes por los que era envidiado se encaminaban a un cambio funesto. No pasó mucho tiempo desde que el profeta le anunció lo que iba a suceder, cuando Dios suscitó al punto contra él a un enemigo llamado Hadad, cuyo motivo de enemistad fue el siguiente. Era este un muchacho idumeo, de estirpe real. Cuando Yoav, general de David, sometió Idumea y en seis meses hizo perecer a todos los que estaban en edad y podían llevar armas, él huyó y llegó ante Paró, rey de los egipcios. Este lo acogió con benevolencia, le dio una casa y tierras para su sustento, y cuando llegó a la edad adulta lo amó tanto que le dio en matrimonio a la hermana de su propia mujer, de nombre Tafines, de la cual le nació un hijo que se crió junto con los hijos del rey.

Habiendo oído en Mitsraim la muerte de David y la de Yoav, se presentó ante Paró y le pidió que le permitiera marchar a su patria. Preguntándole el rey de qué carecía o qué mal había padecido para tener tanta prisa en dejarlo, y molestándolo muchas veces y rogándole, por entonces no fue dejado partir. Pero en aquel tiempo en que ya los asuntos de Shlomo empezaban a ir mal por las transgresiones antes dichas y por la cólera de Dios a causa de ellas, con el permiso de Paró, Hadad vino a Idumea. Y como no lograra apartarla de Shlomo —pues estaba ocupada por muchas guarniciones y por causa de ellas no había libertad ni la revuelta podía hacerse con seguridad—, partiendo de allí llegó a Siria. Encontrándose allí con un tal Rezón —así se llamaba—, que había huido de Hadad'ézer, rey de Tsová, su señor, y andaba saqueando la región, trabó amistad con él, que tenía en torno suyo una banda de bandidos, y con ellos subió: se apoderó de aquella parte de Siria, se hizo proclamar rey de ella, y haciendo incursiones por la tierra de los israelitas la maltrataba y saqueaba, viviendo aún Shlomo. Esto es lo que los hebreos sufrieron de parte de Hadad.

También se levantó contra Shlomo uno de su mismo pueblo, Yerovam, hijo de Nevat, que fundaba grandes esperanzas en una profecía que le había sido hecha tiempo atrás. Pues cuando aún era un muchacho, dejado por su padre y educado bajo su madre, Shlomo, viendo que era noble y de ánimo audaz, lo puso como encargado de la construcción de las murallas, cuando rodeó Yerushaláyim con su cerca. Cuidó tan bien de las obras que el rey lo aprobó y le dio como recompensa el mando sobre la tribu de Yosef. Y cuando Yerovam salía por aquel tiempo de Yerushaláyim, se encontró con él un profeta de la ciudad de Siló, de nombre Ajiyá; y tras saludarlo, lo apartó del camino, desviándose un poco hacia un lugar donde no había nadie más.

Desgarrando en doce jirones el manto que llevaba puesto, ordenó a Yerovam tomar diez, diciéndole que así lo quería Dios: «Voy a desgarrar el reino de Shlomo, y al hijo de este —por el pacto hecho con David— le doy una tribu y la que le sigue; a ti, en cambio, las diez, porque Shlomo pecó contra mí y se entregó a las mujeres y a los dioses de ellas. Conociendo, pues, la causa por la que Dios cambia su designio apartándolo de Shlomo, procura ser justo y guarda las leyes, pues se te propone, como premio de tu piedad y de tu honra hacia Dios, la mayor de todas las recompensas: llegar a ser tan grande como sabes que llegó a ser David.»

Cómo, a la muerte de Shlomo, el pueblo abandonó a su hijo Rejavam y proclamó rey a Yerovam sobre las diez tribus

Enardecido, pues, por las palabras del profeta, Yerovam —joven ardiente por naturaleza y ávido de grandes empresas— no se estaba quieto. Ya en su cargo militar, y recordando lo que Ajiyá le había revelado, en seguida se puso a persuadir al pueblo de que se apartara de Shlomo, a agitarlo y a atraer hacia sí el poder. Al enterarse Shlomo de su intención y de su designio, buscó prenderlo y matarlo. Pero Yerovam, sabiéndolo a tiempo, huyó a Mitsraim, ante Shishak, rey de los egipcios, y quedándose allí hasta la muerte de Shlomo, ganó no sufrir nada de él y conservarse para el reino.

Muere Shlomo, ya anciano, tras reinar ochenta años y haber vivido noventa y cuatro. Fue sepultado en Yerushaláyim, superando en dicha, en riqueza y en sabiduría a cuantos habían reinado, salvo en lo que, hacia la vejez, engañado por las mujeres, transgredió; sobre lo cual, y sobre los males que por causa de ellas cayeron sobre los hebreos, tendremos ocasión más oportuna de explicarnos.

Después de la muerte de Shlomo, habiéndole sucedido en el reino su hijo Rejavam —nacido de una mujer amonita llamada Naamá—, los jefes de las multitudes enviaron al punto a Mitsraim a llamar a Yerovam. Y cuando este llegó ante ellos a la ciudad de Shejem, también Rejavam se presentó allí, pues los israelitas, reunidos en aquel lugar, habían decidido proclamarlo rey. Acercándose, pues, a él los jefes del pueblo y Yerovam, le pidieron que les aliviara algo de la servidumbre y se mostrara más benigno que su padre; pues bajo aquel habían soportado un yugo pesado, y le serían más adictos y amarían el servirle por su clemencia más que por temor. Él les dijo que al cabo de tres días les respondería sobre lo que pedían; y al punto se hizo sospechoso por no haberles concedido en seguida lo que les agradaba —pues esperaban que la bondad y la humanidad fueran prontas, y más en un joven—; con todo, parecía que también el deliberar, en vez de negarse de inmediato, daba lugar a buena esperanza.

Convocando a los amigos de su padre, deliberaba con ellos qué clase de respuesta debía dar a la muchedumbre. Ellos —como era propio de hombres leales y conocedores de la naturaleza de las multitudes— le aconsejaron hablar al pueblo con afabilidad y de manera más llana de lo que corresponde a la majestad real; pues así se lo ganaría para su afecto, ya que los súbditos aman por naturaleza el trato amable y que casi los iguala a sus reyes. Pero él rechazó ese consejo, tan bueno y quizá provechoso para todo, o al menos para aquel momento en que debía hacerse rey —haciendo Dios, según creo, que fuera condenado por él lo que convenía—; y llamando a los jóvenes que se habían criado con él, les expuso el consejo de los ancianos y les mandó decir qué les parecía hacer. Y ellos —pues ni la juventud ni Dios los dejaban comprender lo mejor— le aconsejaron responder al pueblo que su dedo más pequeño era más grueso que los lomos de su padre; y que, si habían experimentado a aquel muy duro, mucho más lo hallarían a él difícil; y que, si aquel los corregía con azotes, esperaran que él lo haría con escorpiones.

Complacido con esto el rey, y pareciéndole que la respuesta convenía a la dignidad del mando, cuando al tercer día se reunió la muchedumbre para escuchar —estando todo el pueblo en suspenso y deseoso de oír algo del rey, esperando incluso algo benigno—, dejando a un lado el consejo de los amigos, respondió conforme al de los jóvenes. Y esto sucedía según la voluntad de Dios, para que tuvieran cumplimiento las cosas que Ajiyá había profetizado.

Heridos por estas palabras y doloridos como ante una afrenta, se indignaron y todos a una gritaron en voz alta que ya no tenían nada, ni parentesco alguno, con David y sus descendientes desde aquel día; y diciendo que solo le dejaban el Templo que su abuelo había construido, amenazaron con abandonarlo. Tan amargamente se sintieron y de tal modo guardaron su ira, que, habiendo él enviado a Adoram, el encargado de los tributos, para apaciguarlos y ablandarlos —perdonando lo que se había dicho, si algo había habido de precipitado y áspero en ello—, no lo soportaron, sino que a pedradas lo mataron. Viendo esto Rejavam, y creyéndose alcanzado él mismo por las piedras con que la muchedumbre había matado a su servidor, temiendo sufrir de hecho la desgracia, subió al punto a un carro y huyó a Yerushaláyim. Y la tribu de Yehudá y la de Binyamín lo eligieron rey, mientras el resto de la muchedumbre, apartándose desde aquel día de los hijos de David, proclamó a Yerovam señor de los asuntos.

Rejavam, hijo de Shlomo, convocando en asamblea a las dos tribus que tenía por súbditas, estaba en condiciones de sacar de ellas ciento ochenta mil soldados escogidos y salir contra Yerovam y el pueblo, para forzarlos por la guerra a servirle. Pero, impedido por Dios, por medio del profeta, de emprender la campaña —pues este decía que no era justo hacer la guerra a los del mismo pueblo, y más habiéndose producido la defección de la muchedumbre por designio de Dios—, ya no salió. Referiré primero cuanto hizo Yerovam, rey de los israelitas, y luego, a continuación de esto, expondré lo hecho por Rejavam, rey de las dos tribus; pues así se conservaría hasta el fin el buen orden de la historia.

Yerovam, pues, habiendo edificado un palacio en la ciudad de Shejem, moraba en ella; y construyó otro también en la ciudad llamada Penuel. Y no mucho después, estando por llegar la fiesta de los Tabernáculos, pensó que, si permitía a la muchedumbre ir a adorar a Dios a Yerushaláyim y pasar allí la fiesta, quizá se arrepentiría y, seducida por el Templo y por el culto de Dios en él, lo abandonaría y se pasaría al primer rey; y que, de ocurrir esto, correría peligro de perder la vida. Por ello ideó algo así: hizo dos becerras de oro y edificó otros tantos pequeños santuarios, uno en la ciudad de Bet-El y el otro en Dan —que está junto a las fuentes del pequeño Yardén—; colocó las becerras en cada uno de los santuarios de las ciudades dichas, y convocando a las diez tribus que gobernaba, arengó al pueblo con estas palabras:

«Varones de mi pueblo, creo que sabéis esto: que todo lugar tiene a Dios, y que no hay un solo sitio señalado en el que esté presente, sino que en todas partes oye y vela por los que le rinden culto. Por eso no me parece que debáis ahora apresuraros a ir a Yerushaláyim, a la ciudad de vuestros enemigos, para adorar tras camino tan largo. Pues un hombre construyó aquel Templo; y también yo he hecho dos becerras de oro dedicadas a Dios, y he consagrado una en la ciudad de Bet-El y otra en Dan, para que los de vosotros que habitáis más cerca de estas ciudades vayáis a ellas a adorar a Dios. Os designaré además algunos sacerdotes de entre vosotros mismos, y leviim, para que no tengáis necesidad de la tribu de Leví ni de los hijos de Aharón; antes bien, el que de vosotros quiera ser sacerdote, ofrezca a Dios un novillo y un carnero, que es lo que dicen hizo también el primer sacerdote, Aharón.»

Diciendo esto engañó al pueblo y, apartándolos del culto patrio, hizo que transgredieran las leyes. Este fue el principio de los males para los hebreos, y de que, vencidos en la guerra por los extranjeros, cayeran en cautiverio. Pero esto lo expondremos a su tiempo.

Cómo el profeta Yadón fue persuadido por otro profeta mentiroso y regresó a Bet-El, y después fue muerto por un león; y también con qué palabras el profeta malvado persuadió al rey y apartó su mente de Dios

Llegada la fiesta en el mes séptimo, queriendo también él celebrarla en Bet-El, tal como la celebraban las dos tribus en Yerushaláyim, edificó un altar delante de la becerra y, hecho él mismo sumo sacerdote, subió al altar con sus propios sacerdotes. Cuando estaba por ofrecer los sacrificios y los holocaustos a la vista de todo el pueblo, se presentó ante él, venido de Yerushaláyim, un profeta de nombre Yadón, enviado por Dios; el cual, puesto en medio de la muchedumbre y oyéndolo el rey, dijo así, dirigiendo sus palabras al altar: «Dios anuncia que nacerá uno de la estirpe de David, de nombre Yoshiyahu, el cual sacrificará sobre ti a los falsos sacerdotes que habrá en aquel tiempo, y quemará sobre ti los huesos de estos embaucadores del pueblo, impostores e impíos. Y para que crean que así será, os anunciaré de antemano una señal que sucederá: se romperá el altar al instante, y toda la grasa de las víctimas que hay sobre él se derramará por tierra.»

Dicho esto por el profeta, irritado Yerovam extendió la mano ordenando prenderlo. Pero la mano extendida al punto se le paralizó, y ya no fue capaz de recogerla hacia sí, sino que la tenía colgando, entumecida y muerta. Y se rompió también el altar, y todo cayó de él, tal como el profeta había predicho. Comprendiendo que el hombre era veraz y tenía conocimiento divino de lo futuro, le rogó que pidiera a Dios que le devolviera la vida a la diestra. Y él suplicó a Dios que se lo concediera; y habiendo recobrado la mano su estado natural, el rey, alegre por ello, invitó al profeta a comer con él. Pero Yadón dijo que no soportaba entrar en su casa ni probar pan ni agua en aquella ciudad, pues Dios se lo había prohibido, y le había mandado no volver por el mismo camino por el que había venido, sino por otro. El rey se maravillaba de su templanza, aunque él mismo estaba temeroso, sospechando por lo dicho un cambio no favorable de sus asuntos.

Sobre Rejavam, y cómo Dios lo castigó por su impiedad por medio de Shishak, rey de los egipcios

Había en la ciudad un anciano malvado, un falso profeta, a quien Yerovam tenía en estima, engañado por él porque le decía cosas agradables. Este entonces estaba en cama por la debilidad de la vejez; pero cuando sus hijos le contaron lo del profeta llegado de Yerushaláyim y las señales ocurridas, y cómo, habiéndosele paralizado la diestra a Yerovam, la había recobrado viva al rogar de nuevo aquel, temiendo que el forastero lo eclipsara ante el rey y gozara de mayor honra, ordenó al punto a sus hijos que le aparejaran el asno y se lo prepararan listo para salir. Y como ellos se apresuraron a hacer lo mandado, montó y persiguió al profeta; y hallándolo descansando bajo un árbol frondoso y sombreado, una encina de buen porte, lo saludó primero, y luego le reprochó que no hubiera entrado en su casa a participar de su hospitalidad.

Al decir aquel que Dios le había prohibido probar bocado en casa de nadie de aquella ciudad, «pero no en la mía, desde luego —dijo—, te ha prohibido Dios sentarte a la mesa; pues también yo soy profeta, y comparto contigo el mismo culto hacia Él, y ahora vengo enviado por Él para llevarte conmigo a mi casa, a que seas mi huésped.» Y aquel, dejándose persuadir por el mentiroso, se volvió. Mientras aún almorzaban y se agasajaban, se aparece Dios a Yadón y le dice que, por haber transgredido sus mandatos, sufriría castigo; y le mostraba cuál: le anunciaba que en el camino, al partir, se toparía con un león, por el cual sería muerto y quedaría privado de sepultura en los sepulcros de sus padres. Esto sucedió, según creo, conforme a la voluntad de Dios, para que Yerovam no prestara atención a las palabras de Yadón, convicto de mentira. Así pues, cuando Yadón marchaba de nuevo hacia Yerushaláyim, le salió al encuentro un león y, derribándolo de su cabalgadura, lo mató; y al asno no le hizo ningún daño, sino que, sentándose a su lado, lo guardaba a él y al cuerpo del profeta, hasta que algunos viandantes que lo vieron fueron a la ciudad y se lo contaron al falso profeta.

Este, enviando a sus hijos, hizo traer el cuerpo a la ciudad y lo honró con un sepelio suntuoso, encargando a sus hijos que, al morir él, lo enterraran junto a aquel, diciendo que era verdad todo cuanto había profetizado contra aquella ciudad, contra el altar, contra los sacerdotes y contra los falsos profetas; y que él mismo no sufriría ultraje después de su muerte si era sepultado junto a aquel, pues sus huesos no serían distinguidos. Habiendo, pues, sepultado al profeta y dado estos encargos a sus hijos, malvado e impío como era, se presentó ante Yerovam y le dijo: «¿Por qué te turbaste con las palabras de aquel insensato?» Y cuando el rey le refirió lo del altar y lo de su propia mano, llamándolo verdaderamente divino y profeta excelente, comenzó a deshacer aquella fama suya, obrando con malicia y valiéndose de razones verosímiles sobre lo ocurrido para dañar su verdad.

Pues intentaba persuadirlo de que su mano se había entumecido de cansancio, por sostener los sacrificios, y luego, descansada, había vuelto a su estado natural; y que el altar, por ser nuevo y haber recibido muchos y grandes sacrificios, se había roto y caído por el peso de lo que se le había echado encima. Y le manifestaba también la muerte del que había predicho aquellas señales, cómo había perecido por un león: así, nada tenía ni había proferido de profeta. Diciendo esto, persuadió al rey, y apartando por completo su mente de Dios y de las obras santas y justas, lo empujó a las acciones impías. De tal modo se insolentó contra la divinidad y transgredió la ley, que cada día no buscaba otra cosa sino qué novedad, más execrable que las ya osadas, podría cometer. Y baste con lo dicho por ahora sobre Yerovam.

El hijo de Shlomo, Rejavam, rey de las dos tribus, como antes dijimos, edificó ciudades fuertes y grandes: Bet-Léjem, Etam, Tecoa, Bet-Tsur, Sojó, Adulam, Ipán, Marisá, Zif, Adoráyim, Láquis, Azeca, Saram, Elón y Jevrón. Estas edificó primero, en la tribu y heredad de Yehudá; y construyó otras grandes en la heredad de Binyamín. Amurallándolas, puso en todas guarniciones y gobernadores, y en cada una de las ciudades almacenó en abundancia mucho trigo, vino y aceite y lo demás para el sustento, y además de esto escudos y lanzones por muchas decenas de millar. Se reunieron con él en Yerushaláyim los sacerdotes que había entre todos los israelitas, y los leviim, y cuantos otros del pueblo eran buenos y justos, dejando sus ciudades para rendir culto a Dios en Yerushaláyim; pues no soportaban de buen grado ser forzados a adorar las becerras que Yerovam había fabricado. Y engrandecieron el reino de Rejavam durante tres años.

Casado con una parienta suya, de la cual tuvo tres hijos, tomó después también a Maajá —hija de Tamar, la hija de Avshalom—, que era asimismo parienta suya; y de ella le nace un hijo varón, al que llamó Aviyá. Engendró también de otras muchas mujeres, pero a Maajá la amó más que a todas. Tenía dieciocho mujeres unidas a él según la ley y treinta concubinas; y le habían nacido veintiocho hijos y sesenta hijas. Designó como sucesor del reino a Aviyá, el hijo de Maajá, y le confió los tesoros y las ciudades más fuertes.

Causa, según creo, de males y de transgresión suele ser muchas veces para los hombres la magnitud de sus asuntos y su vuelta a mejor fortuna; pues Rejavam, viendo así crecer su reino, se desvió a acciones injustas e impías y despreció el culto de Dios, hasta el punto de que también el pueblo bajo su mando se hizo imitador de sus iniquidades. Porque las costumbres de los gobernados se corrompen a la par con los modos de los que gobiernan; y, dejando a un lado su propia templanza como si fuera un reproche del desenfreno de aquellos, siguen sus vicios como si fueran virtud; pues no es posible parecer que se aprueban las obras de los reyes sin hacer uno lo mismo. Esto, pues, les sucedía también a los que estaban bajo Rejavam, empeñados en secundar su impiedad y sus transgresiones, no fuera que, queriendo ser justos, chocaran con el rey. Y Dios, como vengador de las afrentas contra Él, les envió al rey de los egipcios, Shishak —acerca del cual, equivocándose, Heródoto atribuye sus hazañas a Sesostris.

Pues este Shishak, en el año quinto del reinado de Rejavam, marchó contra él con muchas decenas de millar de los suyos: le seguían mil doscientos carros, sesenta mil jinetes y cuatrocientos mil de a pie. La mayoría de estos los llevaba de entre los libios y los etíopes. Invadiendo, pues, la tierra de los hebreos, tomó sin combate las ciudades más fuertes del reino de Rejavam, y, tras asegurarlas, marchó por último contra Yerushaláyim, estando encerrados en ella Rejavam y la muchedumbre a causa de la campaña de Shishak, suplicando a Dios que les diera victoria y salvación; pero no persuadieron a Dios a ponerse de su parte. Antes bien, el profeta Shemayá les dijo que Dios los amenazaba con abandonarlos, así como ellos habían abandonado su culto. Al oír esto, al punto se desanimaron y, no viendo ya ninguna salvación, todos se apresuraron a confesar que justamente Dios los despreciaría, por haberse hecho impíos para con Él y trastornar las leyes. Viéndolos Dios en tal disposición y confesando sus pecados, dijo al profeta que no los destruiría, pero que los haría súbditos de los egipcios, para que aprendieran si es más llevadero servir a un hombre o a Dios.

Shishak, tomando la ciudad sin combate, pues Rejavam se la entregó por miedo, no se atuvo a los pactos hechos, sino que saqueó el Templo y vació los tesoros de Dios y los del rey, llevándose incontables decenas de millar de oro y de plata, sin dejar absolutamente nada. Se llevó también los escudos de oro y los broqueles que había fabricado el rey Shlomo; ni dejó siquiera las aljabas de oro que David había consagrado a Dios, tomándolas del rey de Tsová; y hecho esto, se volvió a su tierra. Menciona también esta campaña Heródoto de Halicarnaso, equivocándose solo en el nombre del rey, y dice que atacó a otros muchos pueblos y que sometió la Siria Palestina, tomando sin combate a los hombres que había en ella.

Es evidente que quiere señalar que nuestro pueblo fue sometido por el egipcio; pues añade que dejó estelas en la tierra de los que se le entregaron sin combate, grabando en ellas las partes pudendas de mujeres. Y Rejavam, nuestro rey, le entregó la ciudad sin combate. Dice también que los etíopes aprendieron de los egipcios la circuncisión de las partes pudendas: «pues los fenicios y los sirios de Palestina —dice— reconocen haberla aprendido de los egipcios». Es claro, pues, que ninguno de los sirios de Palestina se circuncida sino solo nosotros. Pero sobre esto, que cada cual diga lo que le parezca.

Retirado Shishak, el rey Rejavam, en lugar de los escudos de oro y los broqueles, hizo otros de bronce en igual número y los entregó a los guardias del palacio real. Y en vez de pasar el tiempo con mando glorioso y con brillantez en los asuntos, reinó en gran quietud y temor toda su vida, enemigo de Yerovam. Murió tras vivir cincuenta y siete años y reinar diecisiete de ellos, hombre de carácter jactancioso e insensato, que perdió el poder por no atender a los amigos de su padre. Fue sepultado en Yerushaláyim, en los sepulcros de los reyes. Le sucedió en el reino su hijo Aviyá, cuando Yerovam llevaba ya reinando dieciocho años sobre las diez tribus. Y estas cosas tuvieron tal fin; en cuanto a Yerovam, a continuación de esto podemos exponer cómo acabó su vida; pues no cesó ni se estuvo quieto en insolentarse contra Dios, sino que cada día levantaba altares sobre los montes elevados y no dejaba de nombrar sacerdotes de entre la muchedumbre.

Sobre la muerte de un hijo de Yerovam; cómo Yerovam fue derrotado por Aviyá, que murió poco después y fue sucedido en su reino por Asá; y cómo, tras la muerte de Yerovam, Bashá destruyó a su hijo Nadav y a toda la casa de Yerovam

Pero no tardaría la divinidad en volver estas impiedades y el castigo por ellas sobre su cabeza y la de toda su descendencia. Estando enfermo por aquel tiempo un hijo suyo, al que llamaban Ovime, ordenó a su mujer que, quitándose sus ropas y tomando el aspecto de una persona común, fuera al profeta Ajiyá; pues era un hombre admirable para predecir el futuro —de hecho, también acerca del reino se lo había revelado a él—; y le mandó que, al llegar, preguntara sobre el niño como si fuera una extraña, si escaparía de la enfermedad. Ella, disfrazada como le había ordenado su marido, llegó a la ciudad de Siló, pues allí residía Ajiyá. Y cuando estaba por entrar en su casa —teniendo él la vista debilitada por la vejez—, se le apareció Dios y le reveló ambas cosas: que la mujer de Yerovam había venido a él, y qué debía responder sobre aquello por lo que venía.

Entrando la mujer en la casa como persona común y extraña, él gritó: «Entra, mujer de Yerovam; ¿por qué te ocultas? No te escondes de Dios, que me reveló que vendrías y me ordenó qué palabras había de decir. Vuelve, pues, a tu marido y dile que Él dice así: Puesto que te hice grande de pequeño y de nada que eras, y arrancando el reino de la estirpe de David te lo di a ti, y tú te has olvidado de esto y, abandonando mi culto, has fabricado dioses de fundición y a ellos honras, por eso te derribaré de nuevo, y exterminaré toda tu estirpe, y haré que seas pasto de perros y de aves. Pues por mí es suscitado un rey de todo el pueblo, que no dejará con vida a nadie de la estirpe de Yerovam. Y participará del castigo también la muchedumbre, expulsada de la buena tierra y dispersada por las regiones del otro lado del Éufrates, porque siguió las impiedades del rey y adora a los dioses que él hizo, abandonando mi sacrificio. Y tú, mujer, apresúrate a llevar este mensaje a tu marido. Al niño lo hallarás muerto; pues, al entrar tú en la ciudad, se le acabará la vida. Será sepultado, llorado por toda la muchedumbre y honrado con duelo común; pues fue el único bueno de la estirpe de Yerovam.»

Habiendo él profetizado esto, la mujer salió de un salto, turbada y hondamente dolida por la anunciada muerte del niño; gimiendo por el camino y golpeándose el pecho por la inminente muerte de su hijo, desdichada en su padecer, se apresuraba entre males irremediables —con prisa desgraciada por causa de su hijo, pues, al apurar el paso, antes lo vería muerto, y con prisa forzosa por causa de su marido. Y al llegar halló al niño expirado, como había dicho el profeta, y refirió al rey todo.

Yerovam, sin preocuparse de nada de esto, reuniendo un gran ejército, salió a campaña para hacer la guerra contra Aviyá, el hijo de Rejavam, que había sucedido a su padre en el reino de las dos tribus; pues lo despreciaba por su juventud. Pero este, al oír la acometida de Yerovam contra él, no se atemorizó, sino que, sobreponiéndose con su ánimo tanto a su juventud como a la esperanza del enemigo, escogió un ejército de las dos tribus y salió al encuentro de Yerovam en un lugar llamado el monte Tsemaráyim; y acampando cerca de él, disponía lo necesario para la batalla. Su fuerza era de cuatrocientos mil hombres, y el ejército de Yerovam el doble de aquel. Cuando los ejércitos se formaron frente a frente para la acción y los peligros, y estaban por trabar combate, puesto Aviyá en un lugar elevado y haciendo señas con la mano, pidió que la muchedumbre y Yerovam lo escucharan primero en silencio.

Hecho el silencio, comenzó a hablar: «Que Dios concedió el mando a David y a sus descendientes para todo tiempo, tampoco vosotros lo ignoráis; pero me admiro de cómo, apartándoos de mi padre, os habéis unido al siervo Yerovam, y estáis ahora con él para hacer la guerra a quienes Dios ha juzgado que reinen, y para arrebatarles el poder que poseen —cuando la mayor parte la tiene aún injustamente Yerovam. Mas no creo que él la disfrute por más tiempo, sino que, pagando también a Dios la pena de lo pasado, cesará de su transgresión y de las afrentas con que no ha dejado de ultrajarlo, habiéndoos persuadido a hacer lo mismo a vosotros, que, sin haber recibido de mi padre agravio alguno —sino porque en una asamblea no os habló según vuestro gusto, dejándose persuadir por el consejo de hombres malvados—, lo abandonasteis en apariencia por ira contra él, pero en verdad os apartasteis de Dios y de sus leyes. Y sin embargo, os habría estado bien perdonar no solo unas palabras ásperas en un hombre joven e inexperto en el trato con el pueblo, sino aun si la juventud y la impericia en los asuntos lo hubieran arrastrado a algún acto enojoso, en atención a Shlomo, su padre, y a los beneficios de aquel; pues los buenos servicios de los padres deben ser excusa de los pecados de los hijos. Pero vosotros nada de esto tuvisteis en cuenta, ni entonces ni ahora, sino que ha venido contra nosotros un ejército tan grande. ¿Y en qué confiáis para la victoria? ¿Acaso en las becerras de oro y en los altares sobre los montes, que son pruebas de vuestra impiedad y no de vuestro culto? ¿O es la muchedumbre la que os hace concebir buenas esperanzas, por superar en número a nuestro ejército?»

Ni tampoco hay fuerza en unas miríadas de ejército que combaten con injusticias; pues solo en la justicia y en la piedad hacia lo divino se cifra la esperanza más firme de vencer a los adversarios —esperanza que está de nuestra parte, que desde el principio hemos guardado las tradiciones y veneramos a nuestro propio Dios, a quien no hicieron manos de materia corruptible, ni fabricó la invención de un rey malvado para engaño de las multitudes, sino que es obra de sí mismo, y principio y fin de todas las cosas—. Os aconsejo, pues, que aun ahora os arrepintáis y que, adoptando un mejor juicio, ceséis de guerrear y reconozcáis las tradiciones de vuestros padres y aquello que os condujo a tan gran magnitud de prosperidad.

Esto expuso Aviyá a la multitud. Mientras aún hablaba, Yerovam envió en secreto a algunos de sus soldados para que rodearan a Aviyá desde ciertas partes no visibles del campamento. Al quedar él cercado en medio por los enemigos, el ejército se atemorizó y decayó en sus ánimos; pero Aviyá los alentó y los exhortó a poner sus esperanzas en Dios —pues Él no estaba cercado por los enemigos—. Y todos juntos, invocando el auxilio de Dios, al dar señal los cohanim con la trompeta, avanzaron con gran clamor contra los enemigos. A unos les quebró Dios los ánimos y les debilitó el vigor, mientras que al ejército de Aviyá lo hizo superior.

Pues tal matanza cual nunca se recordó haber ocurrido en guerra alguna, ni de griegos ni de bárbaros, tantos mataron del ejército de Yerovam, que fueron dignos de recibir de Dios una victoria admirable y célebre: abatieron a quinientos mil de los enemigos y saquearon sus ciudades, tomando por la fuerza las más fortificadas —Bet-El y su toparquía, y Yeshaná y su toparquía—.

Y Yerovam ya no tuvo fuerza después de esta derrota mientras Aviyá vivió. Este murió tras sobrevivir poco tiempo a la victoria, habiendo reinado tres años, y es sepultado en Yerushaláyim, en los sepulcros de sus antepasados. Dejó veintidós hijos y dieciséis hijas; a todos estos los engendró de catorce mujeres. Le sucedió en el reino su hijo Asá, cuya madre, la del joven, se llamaba Maajá. Bajo su gobierno, el país de los israelitas gozó de paz durante diez años.

Y así hemos recibido lo relativo a Aviyá, el hijo de Rejavam, el de Shlomo. Murió también Yerovam, el rey de las diez tribus, tras gobernar veintidós años. Le sucede su hijo Nadav, cuando ya había transcurrido el segundo año del reinado de Asá. El hijo de Yerovam gobernó dos años, semejante a su padre en impiedad y maldad. En estos dos años, habiendo hecho campaña contra Guibetón, ciudad de los filisteos, se propuso tomarla por asedio; pero, siendo objeto de una conjura allí por parte de un amigo llamado Bashá, hijo de Sidó, muere. Y este, tras tomar el reino después de su muerte, destruyó todo el linaje de Yerovam. Y sucedió, conforme a la profecía de Dios, que los parientes de Yerovam que murieron en la ciudad fueron despedazados y devorados por los perros, y los que estaban en los campos, por las aves. Así, la casa de Yerovam pagó el castigo merecido por su impiedad y sus transgresiones.

Cómo Zéraj, rey de los etíopes, fue derrotado por Asá; y cómo Asá, cuando Bashá le hizo la guerra, invitó al rey de los damascenos a ayudarlo; y cómo, destruida la casa de Bashá, Zimrí obtuvo el reino, igual que su hijo Ajav tras él

El rey de Yerushaláyim, Asá, era excelente en su carácter y atento a lo divino, sin hacer ni pensar nada que no tuviera por referencia la piedad y la observancia de las leyes. Enderezó su reino extirpando cuanto había de malo en él y purificándolo de toda mancha. Tenía un ejército de hombres escogidos, armados con escudo y lanza: de la tribu de Yehudá, trescientos mil; y de la de Binyamín, portadores de broquel y arqueros, doscientos cincuenta mil.

Cuando ya llevaba diez años reinando, marcha contra él con gran fuerza Zéraj, el rey de Etiopía, con novecientos mil infantes, cien mil jinetes y trescientos carros. Y habiendo avanzado hasta la ciudad de Mareshá —esta pertenece a la tribu de Yehudá— con su propia fuerza, le salió al encuentro Asá. Disponiendo frente a él su ejército en un valle llamado Sabatá, no lejos de la ciudad, cuando vio la multitud de los etíopes, alzando la voz pidió a Dios la victoria y el aniquilamiento de las muchas miríadas de los enemigos; pues decía que en ningún otro había puesto su confianza sino en el auxilio de Él, capaz de hacer superiores los pocos a los muchos y de que los débiles salieran al combate contra los que los aventajaban, contra Zéraj.

Mientras Asá decía esto, Dios le anunció la victoria; y trabando combate con alegría por lo que Dios le había predicho, mata a muchos de los etíopes y, puestos en fuga, los persiguió hasta la región de Guerar. Y dejando la matanza, se dedicaron al saqueo de las ciudades —pues Guerar fue tomada— y de su campamento, de modo que se llevaron mucho oro y mucha plata, y arrastraron como botín camellos, bestias de carga y rebaños de ganado.

Así pues, Asá y el ejército que estaba con él, tras recibir de Dios semejante victoria y provecho, regresaban a Yerushaláyim. Al llegar, les salió al encuentro en el camino un profeta llamado Azaryá. Este, tras ordenarles detener la marcha, comenzó a decirles que habían alcanzado aquella victoria de parte de Dios porque se habían mostrado justos y santos y habían hecho todo conforme a la voluntad de Dios. Afirmaba que, si perseveraban, Dios les concedería siempre vencer a sus enemigos y vivir con felicidad; pero que, si abandonaban el culto, todo lo contrario les sobrevendría, y llegaría aquel tiempo en que ningún verdadero profeta se hallaría entre vuestra gente, ni sacerdote que dictara sentencias justas, sino que también las ciudades quedarían asoladas y la nación sería dispersada por toda la tierra, para vivir una vida de extranjeros y de errantes. Les aconsejaba que, mientras tenían oportunidad, se hicieran buenos y no se privaran de la benevolencia de Dios para con ellos. Al oír esto, el rey y el pueblo se alegraron, y todos, en común y en particular, pusieron gran cuidado en la justicia; y el rey envió por todo el país a quienes velaran por la observancia de las leyes.

Y las cosas del rey Asá, de las dos tribus, estaban en este punto. Vuelvo ahora a la multitud de los israelitas y a su rey Bashá, el que mató a Nadav, hijo de Yerovam, y se apoderó del poder. Pues este, residiendo en la ciudad de Tirtsá y haciendo de ella su morada, reinó veinticuatro años; y siendo malvado e impío más que Yerovam y su hijo, causó muchos males a la multitud y ultrajó a Dios. Este, enviándole al profeta Yehú, le predijo que destruiría todo su linaje y lo envolvería en las mismas desgracias con que había cubierto la casa de Yerovam, porque, hecho rey por Él, no correspondió al beneficio gobernando a la multitud con justicia y piedad —lo cual es, ante todo, un bien para quienes así obran, y luego grato a Dios—, sino que imitó al perversísimo Yerovam y, aunque el alma de aquel había perecido, mostró viva su maldad. Decía, pues, que con razón experimentaría una desgracia semejante, por haberse hecho semejante a él.

Pero Bashá, aun habiendo oído de antemano los males que le sobrevendrían junto con toda su descendencia por sus atrevimientos, no se sosegó para lo que quedaba —de modo de no morir con fama de ser aún más malvado y de alcanzar entonces al menos perdón por lo pasado, arrepintiéndose—, sino que, como quienes, teniendo premios ante sí, cuando se afanan por algo no dejan de trabajar en ello, así también Bashá, aunque el profeta le había predicho lo que sucedería, se volvió peor —como si los mayores males, la ruina de su linaje y la destrucción de su casa, fueran los mayores bienes— y cada día, como un atleta de la maldad, sumaba esfuerzos a los que ella exige.

Y por último, tomando el ejército, marchó de nuevo contra cierta ciudad no oscura, llamada Ramá, distante de Yerushaláyim cuarenta estadios; y tomándola, la fortificó, habiendo decidido dejar en ella una guarnición, para que, lanzándose desde allí, dañaran el reino de Asá. Temeroso Asá del ataque del enemigo, y considerando que muchos males causaría a todo el reino sujeto a él el ejército dejado en Ramá, envió al rey de los damascenos embajadores, oro y plata, pidiéndole alianza y recordándole que existía entre ellos una amistad heredada de sus padres. Este aceptó de buen grado la abundancia de riquezas e hizo alianza con él, rompiendo la amistad con Bashá; y enviando a las ciudades sujetas a este los comandantes de su propia fuerza, les ordenó dañarlas. Ellos, marchando, a unas las incendiaron y a otras las saquearon: la llamada Iyón, y Dan, y Avel-Bet-Maajá, y otras muchas.

Al oír esto el rey de los israelitas, cesó de edificar y fortificar Ramá, y con premura regresó para socorrer a los suyos, que estaban siendo dañados. Y Asá, con el material que aquel había preparado para la construcción, levantó en ese mismo lugar dos ciudades fuertes: una se llamaba Geva; la otra, Mitspá. Y después de esto Bashá no tuvo oportunidad para la campaña contra Asá, pues se le adelantó el destino; y es sepultado en la ciudad de Tirtsá. Toma su poder su hijo Elá. Este, tras gobernar dos años, muere, asesinado por conjura de Zimrí, comandante de la mitad de la caballería. Pues, habiéndose él embriagado en casa de su mayordomo, llamado Osá, tras persuadir a algunos de los jinetes bajo su mando a lanzarse contra él, lo mató por medio de ellos, aislado como estaba de los soldados y comandantes que lo rodeaban; pues todos estos se hallaban ocupados en el asedio de Guibetón, la de los filisteos.

Tras asesinar a Elá, el comandante de caballería Zimrí reina él mismo, y destruye toda la descendencia de Bashá conforme a la profecía de Yehú; pues del mismo modo sucedió que su casa pereciera de raíz por la impiedad, como hemos escrito que fue destruida la de Yerovam. El ejército que asediaba Guibetón, al enterarse de lo del rey y de que Zimrí, tras matarlo, tenía el reino, proclamó a su vez rey a su propio jefe, Omrí; el cual, levantando el ejército de Guibetón, llega a Tirtsá, la sede real, y atacando la ciudad la toma por la fuerza. Zimrí, viendo la ciudad tomada, se refugió en lo más recóndito del palacio y, prendiéndole fuego, se quemó a sí mismo junto con él, tras haber reinado siete días. Al punto se dividió el pueblo de los israelitas: unos querían que reinara Tivní, otros Omrí. Pero los que juzgaban que este debía gobernar, tras vencer, matan a Tivní, y Omrí reina sobre toda la multitud.

En el año treinta del reinado de Asá comenzó a gobernar Omrí, y lo hizo doce años: seis de ellos en la ciudad de Tirtsá, y los restantes en la ciudad llamada Shomrón —por los griegos llamada Samaría—. La llamó él mismo Shomrón, por Shémer, de quien había comprado el monte sobre el que edificó la ciudad. En nada se diferenciaba de los que habían reinado antes que él, salvo en ser peor que ellos; pues todos buscaban cómo apartar de Dios al pueblo con sus impiedades cotidianas, y por eso Dios hizo que se destruyeran unos a otros y que no quedara nadie de su linaje. Murió también este en Shomrón, y le sucede su hijo Ajav.

Se puede aprender de esto cuánta atención presta lo divino a los asuntos humanos, y cómo ama a los buenos y odia a los malvados, destruyéndolos de raíz. Pues los reyes de los israelitas, uno tras otro, por su transgresión e injusticias, en poco tiempo, muchos de ellos, perecieron miserablemente, y con ellos su linaje, según se ha sabido; mientras que el rey de Yerushaláyim y de las dos tribus, Asá, por su piedad y su justicia fue conducido por Dios a una larga y feliz vejez, y tras gobernar cuarenta y un años murió dichosamente. Muerto él, le sucedió en el mando su hijo Yehoshafat, nacido de una mujer llamada Abidá. A este todos, por sus obras, lo tuvieron por imitador de David, su bisabuelo, en valentía y en piedad. Pero de este rey no urge ahora hablar.

Cómo Ajav, tras tomar por esposa a Izével, se hizo más malvado que todos los reyes anteriores a él; sobre los hechos del profeta Eliyahu, y lo que le ocurrió a Navot

Ajav, el rey de los israelitas, habitaba en Shomrón, y mantuvo el poder hasta veintidós años, sin innovar nada respecto de los reyes anteriores a él, salvo cuanto ideó para lo peor, en exceso de maldad. Imitó todas sus fechorías y su ultraje contra lo divino, y sobre todo emuló la transgresión de Yerovam; pues también este adoró las terneras fabricadas por aquel, y a estas añadió con artificio otras cosas insólitas. Tomó por mujer a una hija de Etbaal, rey de tirios y sidonios, llamada Izével, de quien aprendió a adorar a sus propios dioses. Era esta mujer enérgica y audaz, y cayó en tal desenfreno y locura que edificó un templo al dios de los tirios, al que llaman Belías, y plantó un bosque sagrado de árboles de toda clase. Estableció también sacerdotes y falsos profetas para este dios; y el propio rey mantenía a muchos de tales en torno a sí, superando a todos los anteriores en insensatez y maldad.

Un profeta del gran Dios, de la ciudad de Tishbé, de la región de Guilad, presentándose ante Ajav, le dijo que Dios le anunciaba que no llovería en aquellos años ni enviaría rocío sobre la tierra, sino cuando él apareciera. Y jurándolo, se retiró a las partes del sur, morando junto a cierto torrente, del que también obtenía la bebida; pues el alimento se lo llevaban cada día los cuervos. Habiéndose secado el río por la falta de lluvias, va —por orden de Dios— a Tsarfat, ciudad no lejos de Sidón y Tiro, pues está situada entre ambas; porque allí, le dijo, hallaría a una mujer viuda que le proporcionaría alimentos.

Estando no lejos de la puerta, ve a una mujer jornalera recogiendo leña. Habiéndole revelado Dios que esta era la que iba a alimentarlo, se acercó, la saludó y le pidió que le trajera agua para beber; y cuando ella iba, la volvió a llamar y le pidió que le trajera también pan. Como ella jurase que no tenía sino un puñado de harina y un poco de aceite, y que iba recogiendo la leña para amasar y hacer pan para sí y para su hijo, tras el cual perecerían consumidos por el hambre, pues ya no había nada más, [el profeta le dijo:] «Pero ten ánimo —dijo—: ve y espera cosas mejores; y haciendo primero un poco para mí, tráemelo. Pues te anuncio que nunca faltará harina en aquel recipiente ni aceite en la vasija, hasta que Dios haga llover.» Dicho esto por el profeta, ella, volviendo a su casa, hizo lo dicho, y tuvo con qué sustentarse ella, su hijo y el profeta; y nada de esto les faltó, hasta que cesó la sequía.

Menciona esta falta de lluvias también Menandro en los hechos de Etbaal, rey de los tirios, diciendo así: «Hubo en su tiempo una sequía, desde el mes de Hiperbereteo hasta el Hiperbereteo del año siguiente; pero, habiendo él hecho súplicas, cayeron abundantes rayos.» Este fundó la ciudad de Botris en Fenicia y Auza en Libia. Y al referir esto, Menandro dejó consignada la sequía ocurrida en tiempos de Ajav —pues por entonces también Etbaal reinaba sobre los tirios—.

La mujer de la que hablamos antes, la que sustentaba al profeta, cayendo su hijo en enfermedad —hasta el punto de exhalar el alma y parecer muerto—, llorando y golpeándose con las manos y profiriendo las voces que le dictaba el dolor, culpaba al profeta de su presencia en su casa, como si hubiera puesto al descubierto sus pecados y por ello hubiera muerto su hijo. Él la exhortó a tener ánimo y a entregarle a su hijo, pues se lo devolvería vivo. Habiéndoselo entregado ella, lo llevó a la habitación en que él moraba y, depositándolo sobre el lecho, clamó a Dios que no había recompensado bien a la que lo había acogido y alimentado, al quitarle a su hijo; y le rogaba que enviara de nuevo el alma al niño y le concediera la vida. Y Dios, compadeciéndose de la madre y queriendo también complacer al profeta —para que no pareciera que había venido a ella para su mal—, contra toda expectativa lo hizo revivir. Ella daba gracias al profeta y entonces decía haber comprendido claramente que lo divino hablaba con él.

Pasado poco tiempo, se presenta ante el rey Ajav, por voluntad de Dios, para anunciarle la lluvia que iba a venir. El hambre entonces dominaba todo el país y había gran escasez de lo necesario, de modo que no solo escaseaban los hombres, sino que la tierra tampoco producía, por la falta de lluvias, ni siquiera lo que sirve de pasto a los caballos y a las demás bestias. El rey, llamando al encargado de sus bienes, Ovadyá, le dijo que quería ir con él a los manantiales de agua y a los torrentes, para que, si en algún lugar se hallaba hierba, la segaran como alimento para el ganado; y que, habiendo enviado por toda la tierra habitada a quienes buscaran al profeta Eliyahu, no lo habían hallado. Y le ordenó que también aquel lo acompañara.

Habiéndoles parecido bien partir, dividiéndose los caminos, Ovadyá y el rey se alejaron, cada uno por un camino distinto. Había sucedido que, en el tiempo en que la reina Izével mataba a los profetas, este había ocultado a cien profetas en las cuevas de Garis, y los alimentaba proporcionándoles solo pan y agua. Estando Ovadyá separado del rey, le salió al encuentro el profeta Eliyahu; y preguntándole quién era, y al saberlo, se postró ante él. Este le ordenó ir al rey y decirle que estaba presente ante él. Pero él le decía: ¿qué mal había sufrido de su parte para enviarlo hacia quien buscaba matarlo y había registrado toda la tierra? ¿O acaso ignoraba que no había dejado lugar alguno adonde no hubiera enviado a quienes lo condujeran a la muerte, si lo apresaban? Pues decía temer que, si Dios se le aparecía y se marchaba de nuevo a otro lugar, entonces, al no encontrarlo —habiéndolo enviado el rey—, incapaz de hallar dónde estaría en la tierra, él muriera.

Le pedía, pues, que velara por su salvación, aduciendo su celo por sus compañeros de oficio, diciendo que había salvado a cien profetas cuando Izével había matado a todos los demás, y que los tenía ocultos y alimentados por él. Pero Eliyahu le ordenó ir sin temor alguno al rey, dándole garantías bajo juramento de que sin falta se mostraría a Ajav aquel mismo día. Habiendo Ovadyá anunciado al rey la presencia de Eliyahu, salió Ajav a su encuentro y le preguntó con ira si era él quien había dañado al pueblo de los hebreos y había sido causa de la esterilidad de la tierra. Pero él, sin adularlo en nada, dijo que eran él y su linaje quienes habían hecho todos los males, introduciendo en el país dioses extranjeros y adorándolos, y abandonando al propio, que es el único Dios, sin ocuparse ya de Él en modo alguno.

Y ahora le ordenaba subir y reunir junto a él, en el monte Carmelo, a todo el pueblo, y a sus profetas y a los de su mujer —diciendo cuántos eran en número— y a los profetas de los bosques sagrados, que eran unos cuatrocientos. Cuando todos acudieron corriendo al mencionado monte, por haberlos convocado Ajav, el profeta Eliyahu, puesto en medio de ellos, les dijo: ¿hasta cuándo viviréis así, divididos en vuestro pensamiento y en vuestras creencias? Pues si tenían por verdadero y único al Dios del país, les exhortaba a seguirlo a Él y a sus mandamientos; pero si no lo tenían en nada y suponían de los extranjeros que a aquellos había que rendir culto, les aconsejaba seguirlos a ellos.

Como la multitud nada respondiera a esto, pidió Eliyahu, para poner a prueba tanto el poder de los dioses extranjeros como el del suyo propio —siendo él solo profeta de este, mientras que aquellos tenían cuatrocientos—, tomar él mismo un toro y, tras sacrificarlo, ponerlo sobre leña sin prenderle fuego; y que ellos, haciendo lo mismo, invocaran a sus propios dioses para que encendieran la leña; pues, sucediendo esto, conocerían la verdadera naturaleza de Dios. Agradando la propuesta, Eliyahu ordenó a los profetas que, escogiendo un toro, sacrificaran primero e invocaran a sus dioses. Como nada respondiera a la plegaria y a la invocación de los profetas, después de haber sacrificado, burlándose Eliyahu, les ordenó llamar a gritos a sus dioses; pues o estaban de viaje o dormían.

Como ellos hicieran esto desde el amanecer hasta el mediodía, cortándose con cuchillos y lanzas según su costumbre patria, cuando él iba a realizar su sacrificio, ordenó que unos se retiraran y que otros, acercándose, lo vigilaran, para que no metiera a escondidas fuego en la leña. Acercándose la multitud, tomó doce piedras, una por cada tribu del pueblo de los hebreos, y con ellas erigió un altar, y en torno a él cavó una zanja profundísima. Y colocando los leños sobre el ara y poniendo encima de ellos las víctimas, ordenó verter sobre el altar cuatro cántaros de agua de la fuente, de modo que rebosó y toda la zanja se llenó de agua, como si brotara un manantial. Hecho esto, comenzó a orar a Dios y a invocarlo, y a pedirle que mostrara al pueblo, extraviado ya por largo tiempo, su propio poder de manera manifiesta. Y mientras decía esto, de repente cayó fuego del cielo, viéndolo la multitud, sobre el ara, y consumió el sacrificio, de modo que se quemó incluso el agua y el lugar quedó reseco.

Los israelitas, viendo esto, cayeron a tierra y adoraban a un solo Dios, llamándolo el más grande y el único verdadero, y a los demás [los declaraban] hechos de mero nombre por una opinión vil y necia. Y prendiendo también a sus profetas, los mataron, por consejo de Eliyahu. Dijo además al rey que fuera a comer sin preocuparse ya de nada, pues dentro de poco vería a Dios hacer llover. Ajav se marchó, y Eliyahu, subiendo a la cima del monte Carmelo y sentándose en tierra, apoyó la cabeza sobre las rodillas, y ordenó a su siervo subir a cierto observatorio y mirar hacia el mar, y, si veía alzarse una nube por alguna parte, decírselo; pues hasta entonces el aire estaba despejado. Habiendo subido este y afirmado muchas veces que no veía nada, a la séptima vez que fue dijo que había visto oscurecerse algo del aire, no mayor que la huella de un pie humano. Eliyahu, al oír esto, envía a decir a Ajav que marchara a la ciudad antes de que se desatara el aguacero.

Y él llega a la ciudad de Yizreel; y no mucho después, habiéndose el aire nublado y cubierto de nubes, sobrevino un viento violento y mucha lluvia. El profeta, poseído por el espíritu divino, corrió junto al carro del rey hasta la ciudad de Yizreel. Al enterarse Izével, la mujer de Ajav, de los prodigios obrados por Eliyahu y de que había matado a los profetas de ellos, encolerizada envía mensajeros hacia él, amenazando por medio de ellos con matarlo, como también él había destruido a sus profetas. Temeroso Eliyahu, huye a una ciudad llamada Beer-Sheva —está esta en el extremo del país de los que tienen la tribu de Yehudá, junto a la tierra de los idumeos—; y dejando allí a su siervo, se retiró al desierto, rogando morir; pues no era mejor que sus padres, para que, habiendo perecido aquellos, él ansiara vivir.

Habiéndose dormido junto a cierto árbol, tras despertarlo alguien, se levanta y encuentra puestos junto a sí alimento y agua. Comiendo y recobrando con aquel alimento las fuerzas, llega al monte llamado Sinaí, donde se dice que Moshé recibió las leyes de parte de Dios. Encontrando en él una gruta hueca, entra y permanecía haciendo en ella su morada. Preguntándole cierta voz desde lo invisible por qué estaba allí, habiendo dejado la ciudad, dijo que era porque había matado a los profetas de los dioses extranjeros y había persuadido al pueblo de que solo era Dios Aquel que es, a quien desde el principio habían rendido culto; pues por ello era buscado para castigo por la mujer del rey. Habiendo oído de nuevo que saliera al aire libre al día siguiente —pues así sabría lo que debía hacer—, salió de la gruta de día, y oye un terremoto y ve un resplandor brillante de fuego.

Y hecho el silencio, una voz divina lo exhorta a no turbarse por lo que sucedía, pues ninguno de sus enemigos prevalecería; y le mandó que, regresando a su patria, designara rey de la multitud a Yehú, hijo de Nimshí, y de Damasco, sobre los sirios, a Jazael; y que en lugar suyo se haría profeta, por él, Elishá, de la ciudad de Abela; y que, de la multitud impía, a unos los destruiría Jazael y a otros Yehú. Eliyahu, al oír esto, regresa a la tierra de los hebreos, y encontrando a Elishá, hijo de Shafat, arando —y con él algunos otros conduciendo doce yuntas—, se acercó y le arrojó encima su propio manto. Elishá al punto comenzó a profetizar y, dejando los bueyes, siguió a Eliyahu. Habiendo pedido que le permitiera despedirse de sus padres, ordenándole aquel hacerlo, se despidió de ellos y lo siguió, y fue de Eliyahu, todo el tiempo de su vida, discípulo y servidor. Y tales eran las cosas relativas a este profeta.

Cierto Navot, de la ciudad de Yizreel, vecino de campo del rey —que le pedía venderle, por el precio que quisiera, el campo suyo colindante, para que, uniéndolo, hiciera de él una sola finca, y, si no quería tomar dinero, le permitía escoger alguno de los campos de aquel—, dijo que no lo haría, sino que él mismo cosecharía su propia tierra, que había heredado de su padre. Afligido el rey como por una afrenta, por no tomar lo ajeno, no tomó ni baño ni alimento. Al preguntarle Izével, su mujer, qué le afligía y por qué ni se bañaba ni se hacía servir almuerzo ni cena, le contó la terquedad de Navot y cómo, habiendo empleado con él palabras razonables e inferiores a la autoridad real, había sido ultrajado al no conseguir lo que pedía. Ella le pidió que no se acongojara por esto, sino que, cesando de la aflicción, volviera al acostumbrado cuidado de su cuerpo; pues ella se encargaría del castigo de Navot.

Y al instante envía cartas a los principales de los israelitas, en nombre de Ajav, ordenándoles ayunar y, celebrando una asamblea, sentar a Navot al frente de ellos —pues era de linaje ilustre—, y, disponiendo a tres hombres audaces que testificaran contra él como que había blasfemado contra Dios y contra el rey, lapidarlo y darle muerte de ese modo. Y Navot, tal como escribió la reina, así, acusado con falso testimonio de haber blasfemado contra Dios y contra Ajav, apedreado por la multitud, murió. Al oír esto Izével, entra ante el rey y le manda heredar gratis el viñedo de Navot. Ajav se alegró de lo sucedido y, saltando del lecho, fue a ver el viñedo de Navot.

Pero Dios, indignado, envía al profeta Eliyahu al terreno de Navot para que se encontrara con Ajav y le pidiera cuentas de lo hecho: que, tras matar al verdadero dueño del terreno, lo había heredado él injustamente. Cuando llegó ante él, tras decir el rey qué quería hacer de él —pues era vergonzoso ser sorprendido por él en un delito—, dijo Eliyahu que en aquel mismo lugar, donde había ocurrido que el cadáver de Navot fuera devorado por los perros, se derramaría la sangre suya y la de su mujer, y todo su linaje perecería, por haberse atrevido a tales impiedades y haber matado injustamente a un ciudadano contra las leyes patrias. Sobrevino a Ajav pesar por lo hecho y arrepentimiento; y vistiéndose de saco, andaba con los pies descalzos, sin tocar alimento, confesando sus pecados y aplacando así a Dios. Este dijo al profeta que, mientras Ajav viviera, aplazaría el castigo de su linaje, por lo que se arrepentía de sus atrevimientos, pero que cumpliría la amenaza sobre el hijo de Ajav. Y el profeta reveló esto al rey.

Cómo Adad, rey de Damasco y de Siria, hizo dos expediciones contra Ajav y fue derrotado

Estando así las cosas de Ajav, por el mismo tiempo el hijo de Adad, que reinaba sobre los sirios y sobre Damasco, reuniendo un ejército de todo el país y haciéndose aliados a treinta y dos reyes de allende el Éufrates, marchó contra Ajav. Él, no siendo igual a aquel en ejército, no se dispuso para la batalla, sino que, encerrando en las ciudades más fortificadas todo lo que había en el país, permaneció él mismo en Shomrón; pues esta estaba rodeada de murallas muy fuertes y por lo demás parecía difícil de tomar. El sirio, tomando su fuerza, llegó contra Shomrón y, cercándola con el ejército, la asediaba.

Y enviando un heraldo a Ajav, le pedía recibir embajadores de su parte, por medio de los cuales le declararía lo que quería. Permitiéndolo el rey de los israelitas, los embajadores, llegando, decían por orden de su rey que la riqueza de Ajav, sus hijos y sus mujeres pertenecían a Adad; y que, si lo reconocía y le permitía tomar de estas cuanto quisiera, retiraría el ejército y cesaría de asediarlo. Ajav ordenó a los embajadores ir y decir a su rey que tanto él como todo lo suyo eran posesiones de aquel. Comunicado esto, envía de nuevo hacia él pidiendo que, habiendo reconocido que todo era de aquel, recibiera al día siguiente a los siervos que le enviaría, a los cuales —que registrarían el palacio y las casas de sus amigos y parientes— ordenó dar todo lo más hermoso que en ellas hallaran, «y lo que no les agrade te lo dejarán».

Ajav, asombrado ante la segunda embajada del rey de los sirios, reuniendo a la multitud en asamblea, dijo que él, por su parte, estaba dispuesto, en aras de la salvación y la paz de ellos, a entregar al enemigo incluso a sus propias mujeres y a sus hijos, y a ceder toda su hacienda —pues eso pedía el sirio al enviar su primera embajada—; pero que ahora exigía enviar siervos a registrar las casas de todos y no dejar en ellas ninguna de las más hermosas posesiones, queriendo tomar pretexto de guerra, sabiendo que de lo mío no me privaría por vosotros, sino buscando ocasión, a partir de lo desagradable acerca de lo vuestro, para hacer la guerra. «Con todo, haré lo que os parezca.» La multitud decía que no debía hacerle caso, sino despreciarlo y estar dispuesta a la guerra. Así pues, respondiendo a los embajadores, les dijo que se marcharan y dijeran que en lo que él primero le había pedido persistía, por la seguridad de los ciudadanos, pero que a la segunda exigencia no accedía. Y los despidió.

Adad, al oír esto y disgustado, envió por tercera vez a los embajadores hacia Ajav, amenazando con levantar contra sus murallas, que despreciaba, un terraplén más alto que ellas, tomando su ejército un puñado de tierra cada uno —dándole a conocer la magnitud de su fuerza y tratando de atemorizarlo—. Habiendo respondido Ajav que no debía jactarse el que está armado, sino el que resulta vencedor en la batalla, los embajadores, llegando y encontrando al rey banqueteando con treinta y dos reyes aliados, le comunicaron la respuesta. Y él al punto ordenó esto: rodear la ciudad con una empalizada, levantar terraplenes y no abandonar de ningún modo el asedio.

Mientras esto ocurría, Ajav estaba, junto con todo el pueblo, en terrible angustia; pero cobra ánimo y se libra de sus temores cuando se le acerca un profeta y le dice que Dios le promete poner en sus manos a las incontables miríadas del enemigo. Al preguntarle él por medio de quiénes vendría la victoria, le respondió: «Por los jóvenes hijos de los jefes, y conduciéndolos tú mismo, a causa de la inexperiencia de aquellos». Convocó entonces a los hijos de los jefes —resultaron ser unos doscientos treinta y dos— y, sabiendo que el sirio se había entregado al banquete y al descanso, abrió las puertas y envió fuera a los muchachos.

Cuando los centinelas se lo comunicaron a Ben-Hadad, este manda a algunos a salirles al encuentro, con la orden de que, si habían salido para pelear, los apresaran y se los llevaran atados, y que hicieran lo mismo si venían en son de paz. Pero Ajav tenía preparado también el resto del ejército dentro de las murallas. Los hijos de los jefes, al chocar con la guardia, matan a muchos de ellos y persiguen a los demás hasta el campamento. Viéndolos vencer, el rey lanza también a todo el resto del ejército, que, cayendo de improviso sobre los sirios, los dominó —pues no esperaban que salieran a atacar, y por eso los sorprendieron desarmados y ebrios—, de modo que abandonaron sus armaduras huyendo de los campamentos, y el propio rey a duras penas se salvó emprendiendo la fuga a caballo.

Ajav, persiguiendo a los sirios largo trecho, avanzó dándoles muerte y saqueó lo que había en el campamento —una riqueza no escasa, sino gran cantidad de oro y de plata—, y, tomando los carros y los caballos de Ben-Hadad, regresó a la ciudad. Como el profeta le dijera que se preparase y tuviera lista la tropa, pues al año siguiente el sirio volvería a marchar contra él, en esto andaba Ajav.

Ben-Hadad, salvado de la batalla con cuanto ejército pudo reunir, deliberó con sus amigos sobre cómo hacer la guerra a los israelitas. Ellos le aconsejaron no trabar combate en los montes, pues el Dios de aquellos era poderoso en tales lugares, y por eso ahora había sido vencido por ellos; en cambio, dijeron, prevalecería si daba la batalla en la llanura. Le aconsejaron además despedir a sus casas a los reyes que había traído como aliados, retener a los ejércitos de estos poniendo sátrapas en su lugar, y reclutar, para cubrir las bajas, tropas de su propio país, con caballos y carros. Aprobando que aquello estaba bien dicho, dispuso así sus fuerzas.

Al comenzar la primavera, tomó el ejército y lo condujo contra los hebreos, y, llegando a cierta ciudad —la llaman Afeká—, acampa en una gran llanura. Ajav, saliéndole al encuentro con su fuerza, acampó enfrente; pero su tropa era muy escasa comparada con la del enemigo. Se le acercó de nuevo el profeta y le dijo que Dios le concedía la victoria, para mostrar que su propia fuerza no está solo en los montes, sino también en las llanuras —lo cual no les parecía así a los sirios—. Siete días permanecieron acampados frente a frente en calma, y al último de ellos, al alba, cuando el enemigo salió del campamento y se formó en orden de batalla, también Ajav sacó su propia fuerza. Trabado el combate, y siendo la lucha encarnizada, pone en fuga al enemigo y lo persigue acosándolo. Aquellos perecían tanto bajo los carros como unos a otros, y pocos lograron escapar hasta su ciudad de Afeká. Y aun estos murieron al desplomarse las murallas sobre ellos, siendo veintisiete mil. En aquella batalla fueron destruidos otros cien mil. El rey de los sirios, Ben-Hadad, huyendo con algunos de sus servidores más fieles, se escondió en una casa subterránea.

Cuando estos le dijeron que los reyes de los israelitas eran humanos y compasivos, y que podría, valiéndose del modo acostumbrado de súplica, obtener de Ajav la salvación, si les permitía ir a él, los dejó marchar. Ellos, vistiéndose de saco y ciñéndose cuerdas a las cabezas —pues así suplicaban antiguamente los sirios—, se presentaron ante Ajav y le dijeron que Ben-Hadad le rogaba que le perdonara la vida, y que sería para siempre esclavo de aquel favor. Él respondió que se alegraba con él de que siguiera con vida y no hubiera sufrido nada en la batalla, y le prometió el honor y la benevolencia que se dispensarían a un hermano. Recibiendo de él juramentos de que no le haría daño alguno cuando apareciera, lo sacan de la casa en que estaba escondido y lo conducen ante Ajav, que estaba sentado en su carro; y aquel se postró ante él. Ajav, tendiéndole la diestra, lo hace subir al carro y, besándolo, le mandó tener ánimo y no esperar nada malo. Ben-Hadad le daba las gracias y se comprometía a recordar aquel beneficio toda su vida, y prometió devolver las ciudades de los israelitas que los reyes anteriores a él habían arrebatado, y conceder Damasco de modo que Ajav pudiera entrar y comerciar libremente en ella, tal como los padres de aquel habían tenido ese derecho en Shomrón. Hechos entre ellos juramentos y pactos, Ajav lo colmó de regalos y lo envió a su propio reino. Y así tuvo tal fin la campaña de Ben-Hadad, rey de los sirios, contra Ajav y los israelitas.

Un profeta llamado Mijáyehu, acercándose a uno de los israelitas, le ordenó que lo golpease en la cabeza, pues así lo haría por voluntad de Dios. Como aquel no obedeció, le predijo que, por desatender las órdenes de Dios, toparía con un león y sería destruido. Cumplido esto en el hombre, el profeta se acerca de nuevo a otro dándole la misma orden. Aquel lo golpeó y le rompió el cráneo, y él, vendándose la cabeza, se presentó ante el rey diciéndole que había ido con él a la campaña y que había recibido del oficial a uno de los cautivos para custodiarlo, pero que, habiendo huido este, corría peligro de ser muerto por quien se lo había entregado, pues lo había amenazado con matarlo si el cautivo escapaba. Cuando Ajav dijo que la muerte era justa, se soltó la venda de la cabeza y fue reconocido por él como Mijáyehu el profeta. Había empleado esa estratagema con él a propósito de lo que iba a decirle. Pues dijo que Dios, por haber dejado escapar del castigo a Ben-Hadad, que había blasfemado contra Él, se volvería contra él y haría que él mismo muriera a manos de aquel, y el pueblo a manos de su ejército. Irritado Ajav contra el profeta, ordenó que se lo encerrara y custodiara, y él mismo, turbado por las palabras de Mijáyehu, se retiró a su casa.

Sobre Yehoshafat, rey de Yerushaláyim, y cómo Ajav hizo una expedición contra los sirios, asistido en ella por Yehoshafat, pero fue vencido en la batalla y pereció en ella

En esto andaba Ajav; pero vuelvo a Yehoshafat, rey de Yerushaláyim, que había engrandecido su reino y establecido guarniciones en las ciudades del territorio de sus súbditos, no menos que su abuelo Aviyá: pues instaló también guarniciones en el lote de Efráyim, que había sido tomado cuando Yerovam reinaba sobre las diez tribus. Tenía propicio y aliado a lo divino, por ser justo y piadoso y buscar cada día qué hacer que resultara grato y agradable a Dios. Los pueblos de alrededor lo honraban con presentes regios, de manera que llegó a acumular una riqueza profundísima y a alcanzar grandísima gloria.

En el tercer año de su reinado, convocando a los jefes del país y a los sacerdotes, les ordenó recorrer la tierra y enseñar a todo el pueblo de ella, ciudad por ciudad, las leyes de Moshé, y guardarlas, y aplicarse al culto de Dios. Y se alegró todo el pueblo de tal modo, que a nada aspiraba ni nada amaba tanto como a observar los preceptos. Los vecinos seguían queriendo a Yehoshafat y manteniendo paz con él; los filisteos le pagaban tributos fijos, y los árabes le suministraban cada año trescientos sesenta corderos y otros tantos cabritos. Fortificó grandes ciudades, y también otras plazas fuertes, y preparó una fuerza militar para la guerra. Había, de la tribu de Yehudá, un ejército de trescientos mil hoplitas, cuyo mando tenía Ednáyo, y otros doscientos mil bajo Yojanán. Este mismo jefe tenía además, de la tribu de Binyamín, doscientos mil arqueros de a pie, y otro jefe de nombre Jávato asignó al rey ciento ochenta mil hoplitas, aparte de los que distribuyó en las ciudades más fortificadas.

Casó a su hijo Yehoram con la hija de Ajav, rey de las diez tribus, de nombre Ataliá. Habiendo ido este, tiempo después, a Shomrón, Ajav lo recibió afablemente y agasajó con esplendidez al ejército que lo acompañaba, con abundancia de trigo, vino y víctimas para el sacrificio, y lo exhortó a aliarse con él contra el rey de los sirios, para arrebatarle Ramot, en la tierra de Guilad; pues esa ciudad, que primero pertenecía a su propio padre, se la había quitado el padre de aquel. Yehoshafat le prometió su ayuda —pues tenía una fuerza no menor que la de aquel— y, mandando traer la tropa desde Yerushaláyim a Shomrón, los dos reyes salieron delante de la ciudad y, sentándose cada uno en su propio trono, repartían la paga a sus respectivos soldados.

Yehoshafat ordenó que, si había algunos profetas, se los llamara y se les consultase acerca de la salida contra el sirio, si aconsejaban emprender en aquel momento la campaña; pues por entonces había entre Ajav y el sirio paz y amistad, que llevaba tres años en pie, desde que, habiéndolo tomado cautivo, lo había soltado, hasta aquel día. Ajav, llamando a sus profetas, unos cuatrocientos en número, les ordenó preguntar a Dios si le concedía, al marchar contra Ben-Hadad, la victoria y la destrucción de la ciudad por la que iba a hacer la guerra. Como los profetas le aconsejaron salir a campaña —pues vencería al sirio y lo tomaría en su poder como la primera vez—, Yehoshafat, comprendiendo por sus palabras que eran falsos profetas, preguntó a Ajav si había también algún otro profeta de Dios, «para que aprendamos con más exactitud sobre lo que ha de venir». Ajav respondió que lo había, pero que lo odiaba por profetizarle males y por haberle predicho que moriría vencido por el sirio, y que ahora lo tenía en prisión; que se llamaba Mijáyehu, hijo de Yimlá. Al ordenar Yehoshafat que se lo trajera, envió un eunuco y hace venir a Mijáyehu.

Por el camino, el eunuco le contó que todos los demás profetas habían predicho la victoria para el rey. Él respondió que no le era lícito mentir acerca de Dios, sino que diría lo que Él mismo le dijera sobre el rey; y, al llegar ante Ajav y adjurarlo este a decir la verdad, dijo que Dios le había mostrado a los israelitas huyendo, perseguidos por los sirios y dispersados por ellos hacia los montes, como rebaños privados de sus pastores. Y añadió que esto significaba que ellos regresarían en paz a sus casas, pero que solo él caería en la batalla. Cuando Mijáyehu dijo esto a Yehoshafat, Ajav intervino: «Pero yo, hace un momento, te mostré la disposición de este hombre hacia mí, y que me profetizó lo peor». Al decir Mijáyehu que le convenía escuchar todo lo anunciado por Dios, y que los falsos profetas lo impulsaban a hacer la guerra con la esperanza de la victoria, pero que él debía caer combatiendo, quedó Ajav pensativo. Entonces cierto Tsidkiyahu, uno de los falsos profetas, acercándose, le aconsejó no hacer caso a Mijáyehu, pues no decía nada verdadero. Y adujo como prueba lo que había profetizado Eliyahu, mejor que este para discernir el porvenir: pues decía que aquel, profetizando en la ciudad de Yizreel, en el campo de Navot, había predicho que los perros lamerían la sangre de Ajav, tal como habían lamido la de Navot, apedreado por la muchedumbre por causa de él.

«Está claro, pues, que este miente, diciendo lo contrario que el profeta superior, al afirmar que dentro de tres días morirá. Y sabréis si es veraz y tiene el poder del espíritu divino: que ahora mismo, golpeado por mí, dañe mi mano, como Yadón secó la diestra del rey Yerovam cuando este quiso apresarlo; pues has oído, creo, que esto sucedió sin falta». Mas como, habiéndolo golpeado a Mijáyehu, no le ocurrió sufrir nada, Ajav, cobrando ánimo, estaba deseoso de llevar el ejército contra el sirio; pues vencía, según creo, el destino, y hacía más persuasivos que la verdad a los falsos profetas, para tomar la ocasión de su fin. Tsidkiyahu, fabricándose unos cuernos de hierro, dice a Ajav que Dios le anuncia con ellos que arrasará toda Siria. Y como Mijáyehu, no muchos días después, dijera que Tsidkiyahu andaría escondiéndose de aposento en aposento buscando huir de la pena de su falsa profecía, el rey ordenó que se lo llevara y lo guardara Amón, el gobernador de la ciudad, y que no se le suministrase nada más que pan y agua.

Ajav y Yehoshafat, rey de Yerushaláyim, tomando sus fuerzas, marcharon hacia Ramot, ciudad de la tierra de Guilad. El rey de los sirios, al oír de su expedición, condujo contra ellos su propio ejército y acampó no lejos de Ramot. Acordaron Ajav y Yehoshafat que Ajav se despojara de la vestidura real, y que el rey de Yerushaláyim permaneciese en la formación con su propia vestidura, burlando así lo predicho por Mijáyehu. Pero el destino lo halló aun sin la vestidura; pues Ben-Hadad, rey de los sirios, había ordenado al ejército, por medio de los jefes, no matar a ningún otro, sino solo al rey de los israelitas. Los sirios, al trabarse el combate, viendo a Yehoshafat de pie ante la formación y conjeturando que era Ajav, se lanzaron contra él y lo rodearon; pero, al estar cerca, reconocieron que no era él y se retiraron. Y aunque combatieron y vencieron desde que despuntaba el alba hasta la tarde, no mataron a nadie, conforme a la orden del rey, buscando dar muerte solo a Ajav, sin poder encontrarlo. Pero cierto joven de la casa real de Ben-Hadad, de nombre Amanós, disparando contra el enemigo, hiere al rey a través de la coraza, en el pulmón.

Ajav resolvió no hacer patente lo sucedido al ejército, para que no se diera a la fuga, y ordenó al auriga que, volviendo el carro, lo sacara de la batalla, pues estaba herido de gravedad y de muerte. Dolorido, permaneció en pie sobre el carro hasta la puesta del sol y, desangrado, murió. El ejército de los sirios, llegada ya la noche, se retiró a su campamento, y, cuando el heraldo anunció que Ajav había muerto, levantaron el campo hacia sus tierras. Llevando el cadáver de Ajav a Shomrón, allí lo entierran. Y al lavar el carro, ensangrentado con la muerte del rey, en la fuente de Yizreel, reconocieron como verdadera la profecía de Eliyahu; pues los perros lamieron la sangre, y las rameras siguieron desde entonces bañándose en aquella fuente. Murió en Ramot, tal como Mijáyehu lo había predicho.

Cumplidas, pues, en Ajav las cosas dichas por los dos profetas, conviene tener por grande a lo divino, y venerarlo y honrarlo en todas partes, y no juzgar más creíble lo que halaga el gusto y el deseo que la verdad, y comprender que nada hay más provechoso que la profecía y el conocimiento anticipado que por ella se obtiene, pues Dios señala así de qué debe uno guardarse. Conviene además razonar, conjeturando a partir de lo sucedido con el rey, la fuerza del destino: que ni aun conociéndolo de antemano es posible escapar de él, sino que se desliza sobre las almas humanas halagándolas con buenas esperanzas, por las cuales las conduce hasta donde ha de prevalecer sobre ellas. Se ve, pues, que también Ajav fue engañado por él en su entendimiento, hasta el punto de desconfiar de quienes le anunciaban la derrota y, persuadido por los que profetizaban a su gusto, morir. A este, entonces, lo sucedió su hijo Ajazyahu.