Libro séptimo
Cómo David reinó sobre una sola tribu en Jevrón mientras el hijo de Shaúl reinaba sobre el resto del pueblo; y cómo, en la guerra civil que entonces surgió, murieron Asael y Avner
Aquella batalla vino a darse el mismo día en que David, tras vencer a los amalecitas, regresaba a Tsiklag. Llevaba ya dos días en Tsiklag cuando, al tercero, llegó el hombre que había dado muerte a Shaúl, salvado de la batalla contra los filisteos, con las ropas desgarradas y la cabeza cubierta de ceniza. Se postró ante David, y al preguntarle este de dónde venía en tal estado, respondió que de la batalla de los israelitas. Le hizo saber que su desenlace había sido desgraciado: muchas decenas de miles de los hebreos habían caído, y con ellos también su rey, Shaúl, junto con sus hijos. Afirmaba conocer todo esto porque él mismo se había hallado presente en la derrota de los hebreos y había estado al lado del rey en su huida. Y confesaba que, cuando este iba a ser capturado por los enemigos, él mismo lo había matado a instancias suyas: pues Shaúl se había arrojado sobre su propia espada, y como por la gravedad de sus heridas estaba ya sin fuerzas para acabar consigo mismo, le pidió que lo rematara. Como prueba de la muerte, le mostraba el oro que el rey llevaba en los brazos y la corona, que había arrancado del cadáver de Shaúl para traérselos. David, ya sin poder dudar, viendo pruebas evidentes de la muerte de Shaúl, desgarró sus vestiduras y pasó el día entero llorando y lamentándose junto con sus compañeros.
Le hacía el dolor aún más amargo el pensar en Yonatán, el hijo de Shaúl, que había sido su amigo más fiel y el causante de su salvación. Tal virtud mostró David, y tal lealtad hacia Shaúl, que no solo llevó con pena su muerte —él, a quien tantas veces Shaúl había puesto en peligro de perder la vida—, sino que castigó también a quien lo había matado. Pues cuando aquel hombre le dijo que él mismo había dado muerte al rey, haciéndose así su propio acusador, y David supo que era de linaje de padre amalecita, ordenó que fuese ejecutado. Escribió además cantos fúnebres y elogios de duelo por Shaúl y Yonatán, que perduran hasta mi tiempo.
Después de haber honrado así al rey y de poner fin al luto, preguntó a Dios por medio del profeta qué ciudad de la tribu llamada de Yehudá le concedía para habitar. Al responderle Dios que le daba Jevrón, abandonó Tsiklag y se trasladó a aquella ciudad, llevando consigo a sus mujeres, que eran dos, y a los guerreros que lo acompañaban. Acudió a él todo el pueblo de la tribu mencionada y lo proclamó rey. Y al oír que los habitantes de Yavesh de Guilad habían dado sepultura a Shaúl y a sus hijos, envió mensajeros a alabarlos y a aprobar su obra, prometiendo recompensarlos por el celo mostrado hacia los muertos, y haciéndoles saber a la vez que la tribu de Yehudá lo había elegido rey.
Avner, hijo de Ner, jefe del ejército de Shaúl, hombre enérgico y de buena índole, cuando supo que habían caído el rey, Yonatán y los otros dos hijos, se apresuró al campamento, arrebató al hijo que quedaba con vida —se llamaba Ish-Bóshet— y lo pasó al otro lado del Yardén, proclamándolo rey de todo el pueblo salvo de la tribu de Yehudá. Estableció su residencia real en la ciudad llamada, en la lengua del país, Mánalis, y en la de los griegos, «los Campamentos». Desde allí se lanzó Avner con tropas escogidas, resuelto a enfrentarse con los de la tribu de Yehudá, pues estaba irritado con ellos por haber elegido rey a David. Le salió al encuentro, enviado por David, Yoav —hijo de Tseruyá, de padre Surí, nacido de la hermana de David y jefe de su ejército— junto con sus hermanos Avishái y Asael y todos los guerreros de David. Al topárselo en una fuente, en la ciudad de Guivón, se dispuso en orden de batalla.
Avner le dijo que quería saber cuál de los dos tenía soldados más valientes, y acordaron que se enfrentaran doce combatientes de cada bando. Avanzaron, pues, al espacio entre las dos formaciones los elegidos para la lucha por cada uno de los jefes, y tras arrojarse las lanzas unos a otros, desenvainaron los cuchillos, y agarrándose de la cabeza y sujetándose, se hirieron mutuamente en los costados y los flancos con las espadas, hasta que todos, como por concierto, perecieron. Caídos estos, chocaron también los dos ejércitos restantes, y tras una recia batalla fueron derrotados los de Avner. Yoav no dejó de perseguir a los que huían, sino que él mismo los acosaba exhortando a sus guerreros a seguirlos de cerca y a no cansarse de matar.
Los hermanos combatieron con ardor, y el más destacado de todos fue el más joven, Asael, célebre por la ligereza de sus pies: pues no solo vencía a los hombres, sino que, según cuentan, puesto a competir con un caballo lo dejaba atrás. Perseguía a Avner con ímpetu, y en su carrera recta no se desviaba ni a uno ni a otro lado. Avner se volvió e intentó frustrar su acometida con astucia: primero le dijo que dejara la persecución y tomara las armas de uno de sus soldados; y como no lograra persuadirlo de que lo hiciera, le aconsejó de nuevo que se contuviera y no lo persiguiera, no fuera que, si lo mataba, perdiera la buena relación con su hermano. Mas Asael no admitió sus palabras, sino que insistió en la persecución. Entonces Avner, huyendo tal como estaba, lo golpeó hacia atrás con la lanza en un punto mortal y lo mató en el acto.
Los que con él perseguían a Avner, al llegar al lugar donde yacía Asael, se detuvieron en torno al cadáver y ya no persiguieron a los enemigos. Pero el propio Yoav y su hermano Avishái pasaron de largo junto al cuerpo, y tomando por acicate para su mayor empeño contra Avner la ira por el muerto, con increíble rapidez y ardor lo persiguieron hasta cierto lugar que llaman Ómaton, cuando el sol se ponía ya. Avner subió a una colina que hay en aquel paraje, con la tribu de Binyamín, y observaba tanto a sus perseguidores como a los suyos. Alzó la voz y dijo que no convenía que hombres del mismo pueblo se enconaran en discordia y lucha; que también su hermano Asael había obrado mal, pues no le había hecho caso cuando le aconsejaba que no lo persiguiera, y por eso había muerto de un golpe. Yoav, comprendiéndolo y tomando aquellas palabras como una exhortación, hizo la señal con la trompeta para llamar a los soldados y detuvo la larga persecución.
Yoav acampó aquella noche en aquel lugar, mientras Avner, caminando toda la noche y atravesando el río Yardén, llegó junto a Ish-Bóshet, el hijo de Shaúl, a «los Campamentos». Al día siguiente Yoav contó todos los muertos y les dio sepultura. De los soldados de Avner cayeron unos trescientos sesenta; de los de David, diecinueve, y Asael, cuyo cuerpo llevaron de allí Yoav y Avishái a Bet-Léjem, y tras enterrarlo en el sepulcro de sus padres, se presentaron ante David en Jevrón. Desde aquel tiempo comenzó entre los hebreos una guerra civil que se prolongó largamente, haciéndose los de David cada vez más fuertes y saliendo mejor librados en los peligros, mientras que el hijo de Shaúl y sus súbditos iban a menos casi cada día.
Le nacieron a David por aquel entonces seis hijos, de otras tantas mujeres. El mayor, nacido de la madre Ajinóam, se llamó Amnón; el segundo, de la mujer Avigail, Daniel; al tercero, nacido de Maajá, hija de Talmái, rey de Guesur, le puso por nombre Avshalom; al cuarto lo llamó Adoniyahu, de la mujer Jaguit; al quinto, Shefatiá, de Avital; y al sexto lo nombró Yitream, de Eglá. Mientras duraba la guerra civil, con encuentros y batallas frecuentes por parte de ambos reyes, Avner, el jefe del ejército del hijo de Shaúl, hombre sagaz y muy querido por el pueblo, dispuso que todos permanecieran fieles a Ish-Bóshet; y durante bastante tiempo se mantuvieron de su parte.
Pero más tarde Avner cayó en falta y fue acusado de haberse unido a una concubina de Shaúl, llamada Ritspá, hija de Ayá. Reprendido por Ish-Bóshet, se dolió en extremo y se enfureció por no recibir de él trato justo cuando le prodigaba toda solicitud. Amenazó, pues, con pasar el reino a David, y con demostrarle que no reinaba sobre las tierras del otro lado del Yardén por su propia fuerza y prudencia, sino por la generalía y la lealtad de Avner. Y enviando mensajeros a Jevrón, ante David, pidió recibir juramentos y garantías de que lo tendría por compañero y amigo, una vez que persuadiera al pueblo de apartarse del hijo de Shaúl y lo proclamara a él rey de todo el país.
David hizo los pactos —pues se alegró de aquello que Avner le proponía por medio de sus embajadores—, y pidió como primera prueba de lo acordado que le devolviera a su mujer Mijal, comprada por él a costa de grandes peligros y de seiscientas cabezas de filisteos, que había llevado a su padre Shaúl como precio por ella. Se la envió Avner, arrancándola de Paltiel, con quien entonces convivía; y en esto colaboró también Ish-Bóshet, pues David le había escrito reclamando que se le devolviera con justicia a su mujer. Avner reunió a los ancianos del pueblo y a los capitanes y jefes de millares, y les habló, recordándoles que ellos mismos habían estado dispuestos a apartarse de Ish-Bóshet y unirse a David, y que él los había disuadido de ese impulso; que ahora, en cambio, les permitía ir por donde quisieran; pues sabía que Dios, por medio del profeta Shemuel, había elegido a David rey de todos los hebreos, y había predicho que sería él precisamente quien castigaría a los filisteos y, tras vencerlos, los sometería.
Al oír esto los ancianos y jefes, como coincidía con el parecer que ellos mismos tenían antes sobre los asuntos y con la opinión de Avner, se pasaron al bando de David. Persuadidos estos, Avner convocó a la tribu de Binyamín —pues todos los de ella eran guardias personales de Ish-Bóshet—, y tras hablarles del mismo modo, cuando vio que no se oponían, sino que se sumaban a lo que él quería, tomó consigo unos veinte de sus compañeros y fue a David para recibir en persona los juramentos —pues cuanto hace cada uno por sí mismo parece más digno de fe que lo realizado por medio de otro—, y además para informarle de lo que había hablado con los jefes y con toda la tribu. Lo acogió David con benevolencia y lo agasajó durante muchos días con mesa espléndida y suntuosa. Avner pidió entonces que se le dejara ir para traer al pueblo, a fin de que en presencia suya, viéndolo, le entregaran el poder.
Cómo, muerto Ish-Bóshet por la traición de sus amigos, David recibió todo el reino
Cuando David despidió a Avner, no había pasado mucho tiempo cuando llegó a Jevrón Yoav, su jefe de ejército. Al saber que Avner había estado con David y que poco antes se había marchado, tras pactos y acuerdos sobre el mando, temió que David lo pusiera en honor y en el primer rango, por haber de ser colaborador del reino y por ser hombre además hábil para juzgar los asuntos y aprovechar las ocasiones, mientras que él quedaría rebajado y sería apartado de la generalía; y tomó un camino malvado y perverso. Primero intentó calumniarlo ante el rey, aconsejándole que se guardara y no atendiera a lo que Avner pactaba, pues todo lo hacía para afianzar el mando del hijo de Shaúl; y que había venido a él con engaño y astucia, para marcharse con la esperanza que quería y con el plan de sus maquinaciones. Como no persuadiera a David con esto ni lo viera irritarse, se volvió a un camino más audaz: decidió matar a Avner y envió mensajeros a perseguirlo, a quienes ordenó, cuando lo alcanzaran, que lo llamaran en nombre de David, como si este tuviera algo que tratar con él sobre los asuntos que había olvidado decirle estando presente.
Cuando Avner oyó lo que le decían los mensajeros —que lo alcanzaron en cierto lugar llamado Beserá, a veinte estadios de Jevrón—, sin recelar nada de lo que iba a suceder, se volvió. Yoav le salió al encuentro junto a la puerta y lo saludó como si fuera el más benévolo y amigo —pues muchas veces, para no despertar sospecha de la trama, quienes emprenden acciones perversas fingen bien las maneras de los que de veras son buenos—. Lo apartó de los suyos como para hablarle en secreto y, llevándolo a la parte más solitaria de la puerta, estando solo con su hermano Avishái, desenvainó el cuchillo y lo hirió bajo el costado. Así murió Avner, víctima de esta emboscada de Yoav, según él decía por vengar a su hermano Asael, a quien Avner había matado al ser perseguido en la batalla de Guivón, pero en verdad por temor a su generalía y al honor que tenía junto al rey, no fuera que se los arrebataran a él y Avner recibiera de David el primer rango.
Por esto puede advertirse cuántas y cuán grandes cosas osan los hombres por codicia, por el poder y por no ceder a nadie en ello: pues, ansiando adquirirlos, los alcanzan a través de innumerables males, y, temerosos de perderlos, se aseguran su permanencia con actos mucho peores; como si no fuera cosa tan terrible procurarse tamaña magnitud de poder, cuanto lo es, una vez acostumbrado a sus bienes, perderlo después —siendo esto el colmo de la desgracia—. Por eso todos, cuando temen perder lo alcanzado, traman y osan actos más crueles. Mas sobre esto baste con lo dicho en pocas palabras.
David, al oír que Avner había sido asesinado, sintió dolor en el alma, y ante todos, alzando la diestra hacia Dios, protestó a voces que ni había sido cómplice de la muerte de Avner ni este había muerto por mandato o voluntad suya. Lanzó terribles maldiciones contra el que lo había matado, e hizo responsables de la pena por el muerto a toda su casa y a sus cómplices; pues le importaba no parecer haber obrado esto en contra de las garantías y los juramentos que había dado a Avner. Ordenó, además, a todo el pueblo que llorara y guardara luto por aquel hombre, y que honrara su cuerpo con los ritos acostumbrados, rasgándose las vestiduras y vistiendo cilicios, y que así fueran delante del féretro. Él mismo lo siguió, con los ancianos y los que ejercían el mando, golpeándose el pecho y mostrando con sus lágrimas tanto el afecto hacia el vivo como el dolor por el muerto, y que no había sido matado por decisión suya.
Tras enterrarlo en Jevrón con magnificencia y componer cantos fúnebres, él mismo, de pie junto al sepulcro, fue el primero en romper en llanto y luego dio ejemplo a los demás. Tanto le afligió la muerte de Avner que ni aun forzándolo sus compañeros quiso tomar alimento, sino que juró no probar nada hasta la puesta del sol. Esto le granjeó el favor del pueblo. Pues los que sentían afecto por Avner apreciaron mucho la honra que David le rindió muerto y el respeto de su lealtad, porque lo había juzgado digno de todos los ritos acostumbrados, como a pariente y amigo, y no lo había ultrajado, como a enemigo, con sepultura indigna y descuidada. Y todo el resto se alegraba, como ante un hombre bueno y de índole apacible, calculando cada uno que hallaría en el rey igual solicitud hacia sí, al ver la que había mostrado con el cadáver de Avner.
Por esto sobre todo se esmeraba David en procurarse, como es natural, buena fama: para que nadie sospechara que Avner había sido asesinado por él. Dijo también al pueblo que no era pequeño su dolor por la muerte de un hombre bueno, y que no era escaso el daño para los asuntos de los hebreos al verse privados de quien podía mantenerlos unidos y salvarlos con los mejores consejos y con la fuerza de sus brazos en las obras de la guerra. «Pero Dios —dijo—, a quien todo importa, no dejará esto sin castigo para nosotros. En cuanto a mí, sabéis que nada puedo hacer contra Yoav y Avishái, los hijos de Tseruyá, que tienen más poder que yo; mas la Divinidad les dará la paga por lo que han osado.» Y así llegó Avner al fin de su vida.
Al oír su muerte, el hijo de Shaúl, Ish-Bóshet, no la llevó con calma, privado de un hombre que era pariente suyo y que le había procurado el reino; antes bien sufrió en exceso, y la muerte de Avner lo llenó de dolor. Mas tampoco él sobrevivió mucho tiempo, sino que, víctima de una conjura de los hijos de Rimón —uno llamado Baaná y el otro Rejav—, fue muerto. Estos, siendo de linaje benjaminita y del primer rango, razonaron que, si mataban a Ish-Bóshet, obtendrían de David grandes recompensas, y que aquella obra les valdría la generalía o algún otro cargo de confianza junto a él. Al hallar a Ish-Bóshet solo, durmiendo la siesta, sin los guardias presentes ni la portera despierta —pues también ella, por la fatiga, por la labor que traía entre manos y por el calor, había caído en el sueño—, entraron en la alcoba donde dormía el hijo de Shaúl y lo mataron.
Cortándole la cabeza y haciendo el camino toda la noche y todo el día, como quienes huyen de los agraviados hacia el que había de recibir el favor y ofrecerles seguridad, llegaron a Jevrón. Mostrando a David la cabeza de Ish-Bóshet, se presentaban como bienintencionados y como quienes habían dado muerte a su enemigo y rival del reino. Pero él no acogió su obra como esperaban, sino que dijo: «¡Miserables, que al punto vais a sufrir castigo! ¿No sabéis cómo castigué al asesino de Shaúl, al que me trajo su corona de oro, y eso que le daba muerte por complacerlo, para que no lo capturaran los enemigos? ¿Acaso sospechasteis que yo había cambiado y ya no era el mismo, como para alegrarme con hombres malhechores y tener por favor vuestras acciones de matar a vuestro señor —habiendo dado muerte, en su propio lecho, a un hombre justo que a nadie había causado mal alguno, y que a vosotros os había tenido en mucha benevolencia y honra? Por ello pagaréis a él la pena, siendo castigados, y me daréis a mí satisfacción por haber creído que yo recibiría con gusto la muerte de Ish-Bóshet, al matarlo; pues no podíais agraviar más mi reputación que suponiendo tal cosa.» Dicho esto, tras infligirles todo tormento, los ejecutó; y la cabeza de Ish-Bóshet la sepultó en el sepulcro de Avner, con todos los honores.
Llegados los asuntos a tal desenlace, acudieron todos los principales del pueblo de los hebreos ante David, a Jevrón, con los jefes de millares y sus caudillos, y se le entregaron, recordándole la benevolencia que ya en vida de Shaúl le tenían y el honor con que no habían dejado de tratarlo cuando era jefe de mil; y le hacían presente que había sido elegido rey por Dios, por medio del profeta Shemuel, él y sus hijos, y que Dios le había dado la tierra de los hebreos para que la salvara venciendo a los filisteos. Él aceptó su buena disposición y, exhortándolos a mantenerse firmes —pues no tendrían de qué arrepentirse—, los festejó y los trató con afecto, y despidió al pueblo para que le trajeran a todos los suyos.
Se reunieron: de la tribu de Yehudá, unos seis mil ochocientos guerreros armados con escudo y lanza —estos habían permanecido con el hijo de Shaúl, pues sin ellos la tribu de Yehudá había proclamado rey a David—; de la tribu de Shimón, siete mil cien; de la de Leví, cuatro mil setecientos, con Yodam por jefe, y con ellos el sumo sacerdote Tsadok, con veintidós parientes suyos que eran jefes; de la tribu de Binyamín, cuatro mil guerreros —pues la tribu aún esperaba que reinara alguno del linaje de Shaúl—; de la tribu de Efráyim, veinte mil ochocientos de los más fuertes y sobresalientes en vigor; de la media tribu de Menashé, dieciocho mil de los más fuertes; de la tribu de Isajar, doscientos que conocían de antemano el porvenir, y veinte mil guerreros; de la tribu de Zevulún, cincuenta mil guerreros escogidos —pues solo esta tribu acudió entera a David—, todos con el mismo armamento que los de la tribu de Gad; de la tribu de Neftalí, mil hombres ilustres y caudillos, armados con escudo y lanza, seguidos de una tribu innumerable; de la tribu de Dan, veintisiete mil seiscientos hombres escogidos; de la tribu de Asher, cuarenta mil; de las dos tribus de más allá del Yardén y del resto de la tribu de Menashé, armados con escudo, lanza, casco y espada, ciento veinte mil; y las tribus restantes usaban espadas.
Toda esta multitud se reunió en Jevrón, ante David, con gran provisión de víveres, vino y todo lo necesario para el sustento, y con un solo parecer ratificaron que David reinase. Después de que el pueblo celebrara fiesta durante tres días y banqueteara en Jevrón, David, partiendo de allí con todos, llegó a Yerushaláyim.
Cómo David puso sitio a Yerushaláyim; y cómo, tomada la ciudad, expulsó de ella a los cananeos e introdujo a los judíos para que la habitaran
Los yebuseos que habitaban la ciudad —son estos de linaje de los cananeos— le cerraron las puertas, y a los ciegos, a los cojos y a todos los lisiados los apostaron sobre la muralla en burla del rey, diciendo que los inválidos le impedirían entrar. Esto hacían por desprecio, confiados en la solidez de sus murallas. Irritado David, comenzó a asediar Yerushaláyim, y empleando gran empeño y ardor —para, tomándola, mostrar de inmediato su fuerza y sobrecoger a cuantos otros estuvieran dispuestos hacia él del mismo modo que aquellos—, tomó por asalto la ciudad baja. Quedando aún la ciudadela, el rey decidió disponer a sus soldados más animosos para la empresa con la promesa de honores y recompensas, y prometió que a quien subiera a la ciudadela por los barrancos que había debajo y la tomara le daría el mando de todo el ejército. Rivalizando todos por subir y no rehuyendo esfuerzo alguno por el deseo de la generalía, Yoav, hijo de Tseruyá, se adelantó a los demás, y una vez arriba gritó al rey reclamando el mando.
Tras expulsar a los yebuseos de la ciudadela, David reconstruyó Yerushaláyim y la llamó Ciudad de David, y en ella pasó todo el tiempo reinando. El tiempo durante el cual reinó solo sobre la tribu de Yehudá en Jevrón fue de siete años y seis meses. Habiendo establecido su capital en Yerushaláyim, sus asuntos iban siempre a mejor y más brillantes, pues Dios en su providencia los hacía prosperar y crecer. Le envió también mensajeros Jiram, rey de los tirios, y concertó con él amistad y alianza; y le mandó como regalos maderas de cedro y artesanos, carpinteros y albañiles, que le construyeron un palacio en Yerushaláyim. David tomó la ciudad alta y, uniéndole la ciudadela, hizo de ambas un solo cuerpo; y tras rodearla de muralla, puso a Yoav como encargado de las murallas.
Así que fue David el primero que, expulsando a los yebuseos de Yerushaláyim, dio a la ciudad su propio nombre; pues en tiempos de Avraham, nuestro antepasado, se llamaba Solyma, y después, según dicen algunos, también Homero la nombró así, Hierosolyma, pues en la lengua de los hebreos nombró como «hierón» a Solyma, que significa «seguridad». Todo el tiempo transcurrido desde la campaña de Yehoshúa, el caudillo, contra los cananeos, y la guerra en que, tras vencerlos, repartió esta tierra entre los hebreos —sin que ya los israelitas pudieran expulsar a los cananeos de Yerushaláyim hasta que David los venció por asedio—, fue de quinientos quince años.
Haré también mención de Aravná, hombre rico de entre los yebuseos, que no fue muerto por David en el asedio de Yerushaláyim, por la benevolencia que mostraba hacia los hebreos y por cierto favor y solicitud que tuvo con el rey mismo, lo cual señalaré un poco más adelante, en ocasión más oportuna. David tomó también otras mujeres, además de las que tenía, y tuvo concubinas. Engendró nueve hijos, a los que llamó Shamúa, Shovav, Natán, Shlomo, Yivjar, Elishúa, Nefeg, Yafía, Elishamá, Elyadá y Elifélet; y además una hija, Tamar. De estos, nueve nacieron de mujeres nobles, y los dos últimos que hemos nombrado, de las concubinas. Tamar era hermana de Avshalom por parte de madre.
Cómo, tras vencer David a los filisteos que le hicieron la guerra en Yerushaláyim, trasladó el Arca a Yerushaláyim y tuvo el propósito de edificar un Templo
Al saber los filisteos que David había sido proclamado rey por los hebreos, hicieron campaña contra él, sobre Yerushaláyim; y ocupando el valle llamado de los Gigantes —lugar no lejos de la ciudad—, acamparon en él. El rey de los judíos —pues nada emprendía sin profecía, sin el mandato de Dios y sin hacer de Él su garante respecto del porvenir— ordenó al sumo sacerdote que le predijera qué parecía a Dios y cuál sería el desenlace de la batalla. Como este profetizara victoria y triunfo, sacó su ejército contra los filisteos; y trabada la lucha, cayendo de improviso sobre los enemigos por la retaguardia, mató a unos y puso a otros en fuga.
Que nadie suponga que fue pequeño el ejército de los filisteos que vino contra los hebreos, conjeturando su lentitud y bajeza por la rapidez de la derrota y por no haber realizado ninguna hazaña noble ni digna de mención; sepa, al contrario, que toda Siria, Fenicia y, además de estas, otros muchos pueblos aguerridos hicieron con ellos la campaña y participaron en la guerra —lo cual era la única causa de que, tras ser vencidos tantas veces y perder muchas decenas de miles, acometieran a los hebreos con mayor fuerza cada vez—. En efecto, aun después de fracasar en aquellas batallas, un ejército tres veces mayor cayó sobre David y acampó en el mismo paraje. Preguntando de nuevo el rey de los israelitas a Dios sobre la salida a la batalla, profetizó el sumo sacerdote que mantuviera el ejército en los sotos llamados de los Llantos, no lejos del campamento enemigo, y que no se moviera ni comenzara la batalla antes de que los sotos se agitaran sin soplar el viento. Cuando los sotos se agitaron y llegó el momento que Dios le había anunciado, sin demora alguna salió a una victoria ya dispuesta y segura; pues no lo resistieron las falanges enemigas, sino que, vueltas en fuga desde el primer choque, las acosó matando. Los persiguió hasta la ciudad de Guézer, que es límite de su territorio, saqueó su campamento y, hallando en él mucha riqueza, destruyó sus dioses.
Habiendo tenido también esta batalla tal desenlace, David resolvió, tras deliberar con los ancianos, los caudillos y los jefes de millares, mandar llamar de todo el país, ante él, a los de su pueblo que estaban en la flor de la edad, y luego a los sacerdotes y leviim, para que fueran a Kiryat-Yearim y trasladaran de allí el Arca de Dios a Yerushaláyim, y para tenerla ya consigo y rendirle culto con sacrificios y los demás honores que agradan a la Divinidad; pues, si esto lo hubieran hecho ya en tiempos del reinado de Shaúl, no habrían sufrido ningún mal. Reunido, pues, todo el pueblo, tal como habían decidido, se dirigió el rey al Arca, que los sacerdotes sacaron de la casa de Aminadav y colocaron sobre un carro nuevo, encomendando tirar de él a los hermanos e hijos de este, junto con los bueyes.
Iba delante el rey y con él toda la multitud, cantando himnos a Dios y entonando toda clase de melodías del país, con variado son de instrumentos, danzas y salmos, y aun de trompeta y címbalos, mientras conducían el Arca hacia Yerushaláyim. Al llegar hasta la era de Kidón —un lugar así llamado—, murió Uzá por ira de Dios; pues cuando los bueyes hicieron inclinarse el Arca, él extendió la mano queriendo sostenerla, y por haberla tocado sin ser sacerdote, Dios lo hizo morir. El rey y el pueblo se afligieron por la muerte de Uzá, y el lugar donde murió se llama Rompimiento. David, temeroso y pensando que le sucedería lo mismo que a Uzá si recibía el Arca junto a sí en la ciudad —pues aquel, solo por haber extendido la mano hacia ella, había muerto así—, no la introdujo consigo en la ciudad, sino que, desviándola a cierta heredad de un hombre justo, de nombre Oved-Edom, levita de linaje, depositó allí el Arca. Permaneció allí tres meses enteros, y engrandeció la casa de Oved-Edom y le concedió muchos bienes.
Al oír el rey que esto le había sucedido a Oved-Edom, y que, de la pobreza y la humildad, se había vuelto de golpe próspero y envidiado por cuantos veían e indagaban acerca de su casa, cobró ánimo, seguro de que no experimentaría mal alguno, y trasladó el Arca junto a sí, llevándola los sacerdotes, precedidos de siete coros que el rey había dispuesto, tocando él mismo la lira y batiendo palmas, de modo que su mujer Mijal, hija de Shaúl, el primer rey, al verlo hacer esto, se burló. Introducida el Arca, la colocaron bajo la tienda que David le había levantado, y ofreció sacrificios de holocausto y de paz, y festejó a todo el pueblo, repartiendo a mujeres, hombres y niños una torta de pan, una porción cocida al horno, una hojaldra frita en sartén y una parte de la víctima. Y tras haber agasajado así al pueblo, lo despidió, y él mismo se retiró a su casa.
Su mujer Mijal, hija de Shaúl, se presentó ante él y, entre otros buenos deseos, pedía a Dios que le concediera cuanto le fuera posible otorgarle, siéndole propicio; pero le reprochó que se hubiera comportado sin decoro al danzar, siendo un rey tan grande, y al quedar desnudo por la danza ante siervos y esclavas. Él respondió que no se avergonzaba de haber hecho aquello en honor de lo que agrada a Dios, quien lo había honrado por encima de su padre y de todos los demás; que jugaba y danzaba a menudo, sin dar importancia a que pareciera vergonzoso a las esclavas ni a ella lo que hacía. Esta Mijal, que convivió con David, no tuvo hijos; pero casada más tarde con aquel a quien su padre Shaúl la entregó —y de quien luego David la arrancó para tenerla consigo— dio a luz cinco hijos. Sobre estos hablaremos en su lugar.
Viendo el rey que casi cada día sus asuntos iban a mejor por voluntad de Dios, pensaba que pecaba si él mismo habitaba en casas altas hechas de cedro y de bellísima factura, mientras dejaba el Arca yaciendo en una tienda. Quería, pues, edificar un Templo a Dios, como Moshé había dicho; y habiendo tratado de esto con el profeta Natán, cuando este le ordenó hacer cuanto se había propuesto, teniendo a Dios por colaborador presente en todo, se dispuso ya con mayor ardor a la construcción del Templo. Pero aquella misma noche se apareció Dios a Natán y le mandó decir a David que aceptaba su propósito y su deseo, ya que nadie antes había puesto en su mente edificarle un Templo, sino que él había concebido tal idea; mas que no le permitía, por haber librado muchas guerras y estar manchado con la sangre de sus enemigos, edificarle un Templo. Tras su muerte, sin embargo, cuando hubiera envejecido y cumplido larga vida, se levantaría el Templo por obra del hijo que había de sucederle en el reino, que se llamaría Shlomo, de quien Dios prometía cuidar y proveer como un padre a un hijo, conservando el reino para los descendientes de sus hijos y transmitiéndoselo, y castigándolo a él, si acaso pecara, con enfermedad y esterilidad de la tierra. Sabido esto por el profeta, David, lleno de gozo al conocer con certeza que el poder permanecería en sus descendientes y que su casa sería ilustre y célebre, se dirigió al Arca, Y postrándose sobre su rostro, comenzó a adorar y a dar gracias a Dios por todo: por lo que ya le había concedido —elevándolo de humilde pastor a tan alta grandeza de mando y de gloria— y por lo que había prometido a sus descendientes, la providencia que había dispuesto en favor de los hebreos y de su libertad. Dicho esto, y tras entonar un himno a Dios, se retira.
Cómo David sometió en guerra a los filisteos, a los moabitas y a los reyes de Sofene y de Damasco, y a los sirios, así como a los idumeos; cómo hizo alianza con el rey de Jamat; y cómo recordó la amistad que Yonatán, hijo de Shaúl, le había profesado
Dejando pasar poco tiempo, comprendió que debía marchar en campaña contra los filisteos y no permitir que nada quedara ocioso ni descuidado en los asuntos, para que —una vez sometidos los enemigos, tal como la divinidad le había predicho— dejara en adelante a sus descendientes reinando en paz.
Y convocando de nuevo al ejército y ordenándole estar pronto y preparado para la guerra, cuando le pareció que estaba en buen estado, partió de Yerushaláyim y marchó contra los filisteos.
Tras vencerlos en batalla y arrebatarles buena parte del territorio, que anexó al de los hebreos, trasladó la guerra contra los moabitas. A dos tercios de su ejército los aniquiló venciéndolos en combate, y al resto lo tomó cautivo.
Les impuso el pago de un tributo anual y marchó contra Hadad'ézer, hijo de Arao y rey de Sofene. Trabando combate con él junto al río Éufrates, le destruyó unos veinte mil infantes y unos cinco mil jinetes. Le tomó además mil carros; destruyó la mayoría de ellos y ordenó que solo cien se guardaran para sí.
Al enterarse Hadad, rey de Damasco y de los sirios, de que David hacía la guerra a Hadad'ézer —de quien era amigo—, acudió con un fuerte ejército para socorrerlo. Pero trabando combate junto al río Éufrates, no logró lo que esperaba: derrotado en la batalla, perdió a muchos de sus soldados, pues cayeron muertos a manos de los hebreos veinte mil hombres de las fuerzas de Hadad, y todos los demás huyeron.
Menciona también a este rey Nicolao, en el libro cuarto de sus Historias, con estas palabras: «Mucho tiempo después de aquello, uno de los naturales del país, de nombre Hadad, alcanzó gran poder y reinó sobre Damasco y sobre el resto de Siria, salvo Fenicia. Hizo la guerra a David, rey de Judea, y tras medir sus fuerzas en muchas batallas —la última junto al Éufrates, en la que fue derrotado—, pareció el más excelente de los reyes en fuerza y en valentía.»
Además de esto, dice también acerca de sus descendientes que, tras la muerte de aquel, se transmitían unos a otros el reino y el nombre, con estas palabras: «Muerto aquel, sus descendientes reinaron durante diez generaciones, recibiendo cada uno de su padre, junto con el poder, también el nombre, como los Tolomeos en Mitsraim.»
«Y el tercero de ellos, que fue el más poderoso de todos, queriendo desquitarse de la derrota de su antepasado, marchó en campaña contra los judíos y devastó la tierra que ahora se llama Shomrón.» Y no se apartó de la verdad, pues este es el Hadad que marchó contra Shomrón cuando Ajav reinaba sobre los israelitas, de quien hablaremos en su lugar.
David, por su parte, marchó contra Damasco y sometió toda la demás Siria; puso guarniciones en el territorio y les fijó el pago de tributos, y regresó. Las aljabas de oro y las armaduras completas que llevaban los guardias de Hadad, las consagró a Dios en Yerushaláyim; más tarde las tomó Shishak, rey de los egipcios, cuando marchó contra su nieto Rejavam, y se llevó de Yerushaláyim mucha otra riqueza —esto lo expondremos cuando lleguemos al lugar que le corresponde—. Y el rey de los hebreos, ayudándolo Dios y dándole el éxito en sus guerras, atacó también las más hermosas ciudades de Hadad'ézer, Bataia y Majón, y tomándolas por la fuerza las saqueó.
En ellas se halló muchísimo oro y plata, y también bronce, que decían mejor que el oro; con él Shlomo hizo el gran recipiente llamado el Mar, y aquellas hermosísimas pilas, cuando construyó el Templo para Dios.
Cuando el rey de Jamat se enteró de lo sucedido a Hadad'ézer y oyó que su ejército había sido destruido, temiendo por sí mismo y decidiendo ligarse a David con amistad y lealtad antes de que este marchara contra él, le envió a su hijo Hadoram, reconociéndose agradecido por haber combatido a Hadad'ézer, que le era enemigo, y estableciendo con él alianza y amistad.
Le envió también como regalos objetos de antigua labor, de oro, de plata y de bronce. David, habiendo hecho la alianza con Toí —pues tal era el nombre del rey de Jamat— y aceptado los regalos, despidió a su hijo con el honor que a ambos convenía. Y lo que este le había enviado, junto con el demás oro y plata que había tomado de las ciudades y de los pueblos sometidos, lo llevó y lo consagró a Dios.
Y no solo le concedía Dios vencer y triunfar cuando él mismo guerreaba y mandaba el ejército, sino que también, cuando envió a Idumea con un contingente a Avishái, hermano de Yoav el comandante en jefe, por medio de él dio la victoria sobre los idumeos, pues Avishái aniquiló a dieciocho mil de ellos en la batalla. Y el rey, ocupando toda Idumea con guarniciones, recibía de ellos tributos por el territorio y por cada persona.
Era además justo por naturaleza, y dictaba sus sentencias mirando a la verdad. Tenía por general de todo el ejército a Yoav; al frente de los registros puso a Yehoshafat, hijo de Ajilud; nombró sumo sacerdote, de la casa de Pinjás, a Tsadok, junto con Evyatar, pues era amigo suyo; hizo escriba a Sisán; a Benayahu, hijo de Yehoyadá, le entregó el mando de la guardia personal; y sus hijos mayores estaban en torno a su persona y a su custodia.
Se acordó también del pacto y los juramentos hechos con Yonatán, hijo de Shaúl, y de la amistad y el afecto que aquel le había mostrado; pues, entre todas las demás virtudes que tenía, era también el más agradecido de los hombres con quienes le habían hecho bien en el pasado.
Ordenó, pues, indagar si sobrevivía alguien de su linaje, a quien pudiera pagar la recompensa que debía a Yonatán por su amistad. Le llevaron a uno que había sido liberado por Shaúl y que podía conocer a los que quedaban de aquel linaje, y le preguntó si podía nombrar a algún pariente vivo de Yonatán capaz de recibir la retribución de los beneficios que él mismo había recibido de Yonatán.
Cuando aquel dijo que sobrevivía un hijo suyo, de nombre Mefivóshet, lisiado de los pies —pues, al anunciarse que el padre y el abuelo del niño habían caído en la batalla, su nodriza lo tomó en brazos y huyó, y al caérsele de los hombros quedó dañado de los pies—, David, sabiendo dónde y en casa de quién se criaba, envió a Majir, a la ciudad de Lo-Devar —pues en casa de este se criaba el hijo de Yonatán—, y lo mandó traer a su presencia.
Llegado Mefivóshet ante el rey, se postró sobre su rostro y lo adoró. David lo animó a tener confianza y a esperar cosas mejores; le dio la casa paterna y toda la hacienda que su abuelo Shaúl había poseído, y ordenó que fuera su comensal, que comiera a su mesa y que ningún día faltara a la vida en común con él.
Habiéndose postrado el joven por tales palabras y dádivas, David llamó a Tsivá y le dijo que había regalado al joven la casa paterna y toda la propiedad de Shaúl; le ordenó cultivar la tierra, ocuparse de todo y llevar la renta a Yerushaláyim, y conducir cada día a su mesa a él mismo. A Tsivá y a sus hijos —que eran quince— y a sus veinte siervos se los entregó al joven Mefivóshet.
Dispuesto esto por el rey, Tsivá se postró, prometió cumplirlo todo y se retiró. Y el hijo de Yonatán habitaba en Yerushaláyim, comiendo a la mesa del rey y recibiendo, como si fuera su hijo, toda clase de atenciones. Le nació también un hijo, al que llamó Mijá.
Cómo se hizo la guerra contra los amonitas y se concluyó felizmente
Los que sobrevivían del linaje de Shaúl y de Yonatán recibieron, pues, tales honores de parte de David. Por aquel tiempo murió Najash, rey de los amonitas, que era amigo suyo, y le sucedió en el reino su hijo Janún; David le envió mensajeros para consolarlo, exhortándolo a sobrellevar con serenidad la muerte de su padre y a esperar que se mantuviera con él la misma amistad que había habido con aquel.
Pero los príncipes de los amonitas recibieron esto con malicia, no al modo de David, e incitaron al rey diciéndole que David había enviado espías a explorar el país y sus fuerzas con el pretexto de la benevolencia; le aconsejaban ponerse en guardia y no prestar oído a sus palabras, no fuera a caer, engañado, en una desgracia sin remedio.
Pareciéndole, pues, al rey de los amonitas, Janún, que los príncipes hablaban con más verosimilitud que la verdad, ultrajó gravemente a los embajadores enviados por David: les rapó la mitad de la barba y les cortó la mitad de los vestidos, y así los despidió, llevando las respuestas en los hechos y no en palabras.
Al ver esto, el rey de los israelitas se indignó, y era evidente que no pasaría por alto el ultraje y la afrenta, sino que haría la guerra a los amonitas y exigiría al rey el castigo por su atropello contra los embajadores.
Comprendiendo los allegados y los jefes que habían violado el pacto y que debían pagar por ello, se prepararon de antemano para la guerra. Enviaron mensajeros al rey sirio de Mesopotamia con mil talentos, pidiéndole que fuera su aliado por esa paga, y también a Tsová; estos reyes tenían veinte mil infantes. Contrataron además al rey de la región llamada Maajá y, en cuarto lugar, a uno de nombre Ish-Tov, y estos tenían doce mil hombres de armas.
No se atemorizó David ni por la alianza ni por las fuerzas de los amonitas, sino que, confiado en Dios y en que iba a combatirlos con justicia por el ultraje recibido, dio a Yoav el comandante en jefe lo más aguerrido del ejército y lo envió contra ellos.
Este acampó junto a Rabá, la capital de los amonitas. Salieron los enemigos y se formaron, no en un solo cuerpo sino en dos: las tropas mercenarias se apostaron aparte en la llanura, mientras que el ejército de los amonitas se situó junto a las puertas, frente a los hebreos. Al ver esto, Yoav ideó una maniobra: escogió a los más valientes y los formó frente al sirio y a los reyes que estaban con él; el resto lo entregó a su hermano Avishái y le ordenó formar frente a los amonitas, diciéndole que, si veía a los sirios forzándolo y superándolo, trasladara la falange y acudiera en su ayuda, y que él haría lo mismo si lo veía a él abrumado por los amonitas.
Tras animar a su hermano y exhortarlo a luchar con brío y ardor, como corresponde a hombres que temen la deshonra, lo despidió para combatir a los amonitas, y él mismo se enfrentó a los sirios.
Y aunque estos resistieron con firmeza un poco, Yoav mató a muchos de ellos y a todos los obligó a darse a la fuga. Al ver esto los amonitas, y temiendo a Avishái y al ejército que estaba con él, no aguantaron, sino que, imitando a sus aliados, huyeron a la ciudad. Vencidos, pues, los enemigos, Yoav regresó brillantemente a Yerushaláyim, ante el rey.
Este descalabro no convenció a los amonitas de quedarse quietos, ni, conociendo a los que eran más fuertes, de mantenerse en paz; antes bien, enviaron mensajeros a Jalamán, rey de los sirios de más allá del Éufrates, y lo contrataron como aliado; tenía por comandante en jefe a Shovaj, y ochenta mil infantes y diez mil jinetes.
Al enterarse el rey de los hebreos de que los amonitas habían reunido de nuevo contra él tan gran fuerza, decidió no combatirlos ya por medio de generales, sino que él mismo, con todo el ejército, cruzó el río Yardén y, saliéndoles al encuentro, trabó combate y los venció. Aniquiló a unos cuarenta mil de sus infantes y a unos siete mil jinetes, e hirió también a Shovaj, el general de Jalamán, que murió de la herida.
Los mesopotámicos, tenido tal fin la batalla, se entregaron a David y le enviaron regalos. Y él, en la estación del invierno, regresó a Yerushaláyim; pero al comenzar la primavera envió al comandante en jefe Yoav a guerrear contra los amonitas. Este recorrió todo su territorio y lo devastó, y encerrándolos en su capital, Rabá, la puso sitio.
Cómo David se enamoró de Bat-Sheva y dio muerte a su marido Uriyá, por lo cual Natán lo reprende
Le sobrevino también a David un grave tropiezo, siendo por naturaleza justo y piadoso y guardando con firmeza las leyes patrias. Pues, contemplando al caer la tarde desde la azotea del palacio —donde a aquella hora tenía por costumbre pasear— a una mujer que se bañaba con agua fría en su propia casa, de bellísima figura y superior a todas, de nombre Bat-Sheva, quedó vencido por la belleza de la mujer; y, no pudiendo dominar el deseo, se unió a ella.
Al quedar encinta la mujer, envió a decir al rey que buscara algún modo de ocultar el pecado, pues, según las leyes patrias, ella debía morir por haber cometido adulterio. El rey mandó llamar del asedio al escudero de Yoav —marido de la mujer, de nombre Uriyá— y, cuando llegó, le preguntó por el ejército y por el sitio.
Como este dijera que todo marchaba conforme a sus deseos, el rey tomó porciones de su cena y se las dio, y le ordenó que fuera a su casa a descansar con su mujer. Pero Uriyá no lo hizo, sino que durmió junto al rey con los demás escuderos.
Cuando el rey lo supo, le preguntó por qué no había ido a su casa ni a su mujer después de tanto tiempo, siendo esa la naturaleza de todos los hombres cuando vuelven de un viaje. Uriyá respondió que no era justo que, mientras sus compañeros de armas y su general dormían en el suelo, en el campamento y en tierra enemiga, él descansara y se regalara con su mujer.
Al decir esto, el rey le ordenó quedarse allí aquel día, con la intención de despedirlo al siguiente hacia el comandante en jefe. Invitado a cenar por el rey, Uriyá llegó hasta la embriaguez, pues en la bebida el rey lo agasajaba a propósito con brindis; y no por ello dejó de dormir de nuevo ante las puertas del rey, sin sentir ningún deseo de su mujer.
Irritado por esto, el rey escribió a Yoav ordenándole que castigara a Uriyá —le indicaba que había faltado— y, para que no quedara manifiesto que él lo había querido, le sugirió el modo del castigo: le ordenó apostarlo en la parte más peligrosa del frente enemigo, allí donde correría riesgo combatiendo, dejándolo solo; pues mandó que sus compañeros de fila se retiraran cuando arreciara la batalla. Escrito esto y sellada la carta con su propio sello, se la dio a Uriyá para que la llevara a Yoav.
Recibida la carta y leída la voluntad del rey, Yoav apostó a Uriyá en el lugar donde sabía que los enemigos se le harían más duros, dándole a algunos de los mejores del ejército; y dijo que él mismo acudiría en su ayuda con todas las fuerzas, si lograban derribar algo de la muralla y entrar en la ciudad.
Y como Uriyá era un soldado valeroso y gozaba de renombre por su valor ante el rey y ante todos sus compatriotas, le pidió que se alegrara de los grandes esfuerzos y no se enojara por ellos. Emprendiendo Uriyá la empresa con ardor, Yoav ordenó en privado a los que se formaban con él que lo abandonaran cuando vieran a los enemigos lanzarse.
Al atacar, pues, los hebreos la ciudad, los amonitas, temiendo que por aquel lugar donde estaba apostado Uriyá los enemigos se les adelantaran y subieran, pusieron al frente a sus más valientes y, abriendo la puerta, salieron de improviso contra los enemigos con ímpetu y a la carrera.
Al verlos, todos los que estaban con Uriyá se retiraron hacia atrás, tal como Yoav les había advertido; pero Uriyá, avergonzado de huir y abandonar su puesto, aguardó a los enemigos. Recibiendo su embestida, mató a no pocos; pero, cercado y sorprendido en medio, murió, y con él otros más, cayendo juntos varios.
Sucedidas así las cosas, Yoav envió mensajeros al rey, encargándoles decirle que se había apresurado a tomar pronto la ciudad, pero que, al atacar la muralla y perder a muchos hombres, se había visto obligado a retirarse; y que añadieran a esto, si lo veían irritado por ello, también la muerte de Uriyá.
Al oír el rey esto de labios de los mensajeros, se disgustó y dijo que habían obrado mal atacando la muralla, cuando debían haber intentado tomar la ciudad con minas y máquinas, teniendo además el ejemplo de Avimélej, hijo de Guidón —que, al querer tomar por la fuerza la torre de Tevets, alcanzado por la piedra de una anciana cayó, y con ser valentísimo murió vergonzosamente por lo arriesgado de la empresa—; recordando lo cual, no debían acercarse a la muralla de los enemigos; pues de todo lo hecho en la guerra, tanto lo bien logrado como lo que salió de otro modo con peligro, conviene conservar la memoria, para imitar unas cosas y guardarse de otras.
Pero cuando el mensajero le reveló también la muerte de Uriyá, cesó de su ira, y ordenó a Yoav que le dijera —al regresar aquel— que lo sucedido era propio de los hombres y que la guerra es de tal naturaleza que a veces el éxito favorece a un bando y a veces al otro; que en adelante, sin embargo, cuidara del asedio, para no sufrir ya ningún revés en él, sino que, tomándola con terraplenes y máquinas y sometiéndola, arrasara la ciudad y matara a todos los que en ella estaban. Y el mensajero se apresuró a llevar a Yoav lo ordenado por el rey.
La mujer de Uriyá, Bat-Sheva, al enterarse de la muerte de su marido, lo lloró durante muchos días; y, cesada su aflicción y las lágrimas por Uriyá, el rey al punto la tomó por mujer, y le nació de ella un hijo varón.
Este matrimonio no lo miró Dios con agrado, sino que, airado contra David, se apareció en sueños al profeta Natán y reprochó al rey. Natán, siendo hombre cortés y sensato, y considerando que los reyes, cuando caen en la ira, se dejan llevar por ella más que por la justicia, decidió callar las amenazas que venían de Dios, y le expuso otras palabras convenientes, invitándolo a pronunciarse de tal modo que el rey mismo dejara claro qué pensaba sobre cierto asunto. «Dos hombres —dijo— habitaban en una misma ciudad; uno era rico y tenía muchos rebaños de acémilas, de ganado menor y de bueyes; el pobre tenía una sola corderita.
»La criaba junto con sus hijos, compartiendo con ella el alimento y tratándola con el mismo cariño con que se trataría a una hija. Llegado un huésped al rico, este no quiso sacrificar nada de su propio ganado para agasajar al amigo, sino que mandó arrebatar la corderita del pobre, y, preparándola, dio de comer al huésped.»
Mucho apenó este relato al rey, y declaró ante Natán que aquel hombre que se había atrevido a tal cosa era un malvado, y que era justo que pagara cuádruple la corderita y que además fuera castigado con la muerte. Natán, tomando la palabra, le dijo que él mismo era el digno de sufrir eso, según su propio juicio, por haberse atrevido a una acción grande y terrible.
Y le descubrió y le puso al desnudo la ira de Dios, que lo había hecho rey de toda la fuerza de los hebreos y señor de todas las muchas y grandes naciones de alrededor, que además antes de eso lo había librado de las manos de Shaúl, y le había dado mujeres que había desposado justa y legalmente; y que, con todo, había sido despreciado y ofendido por él, que había tomado en matrimonio a la mujer ajena y había hecho matar a su marido, entregándolo a los enemigos.
Que pagaría, pues, por ello penas a Dios: que sus mujeres serían violadas por uno de sus hijos, que también él sería objeto de una conspiración por parte de aquel, y que, habiendo cometido este pecado a escondidas, sufriría el castigo por él en público; «y morirá también al instante el hijo tuyo nacido de ella.»
Turbado el rey por esto y bastante sobrecogido, diciendo entre lágrimas y dolor que había pecado —pues era, según reconocían todos, temeroso de Dios y en nada había faltado en toda su vida sino en lo tocante a la mujer de Uriyá—, Dios se apiadó y se reconcilió, prometiéndole conservarle la vida y el reino; pues, arrepintiéndose de lo sucedido, decía que ya no estaría airado con él. Y Natán, habiendo profetizado esto al rey, regresó a su casa.
Al hijo nacido a David de la mujer de Uriyá le envió la divinidad una grave enfermedad. Afligido por ella, el rey no probó alimento durante siete días, aunque los suyos lo forzaban; y, vestido de negro, se echó sobre un saco en el suelo, suplicando a Dios por la salvación del niño, pues amaba mucho a su madre.
Al séptimo día murió el niño; los servidores no se atrevían a anunciárselo al rey, temiendo que, al saberlo, se privara aún más del alimento y de todo cuidado, como quien ha perdido un hijo querido, ya que incluso estando enfermo el niño se maltrataba así de dolor.
Advirtiendo el rey que los servidores estaban turbados y padecían lo que suele ocurrir cuando se quiere ocultar algo, comprendió que el niño había muerto; y, dirigiéndose a uno de los servidores y sabida la verdad, se levantó, se lavó, tomó un vestido blanco y se presentó en el Mishkán.
Y ordenando que le sirvieran de comer, causó gran asombro por lo insólito a sus parientes y servidores, porque, no habiendo hecho nada de esto mientras el niño estaba enfermo, lo hacía todo una vez muerto. Le pidieron —rogándole primero que les permitiera preguntar— que les dijera la causa de lo sucedido.
Él, llamándolos ignorantes, les explicó que, mientras el niño vivía y tenía esperanza de su salvación, hacía todo lo debido, pensando que con ello haría propicio a Dios; pero, muerto ya, no había necesidad de un duelo vano. Al decir esto, alabaron la sabiduría y el buen juicio del rey. Y, uniéndose a su mujer Bat-Sheva, la dejó encinta; y, nacido un niño varón, lo llamó Shlomo, según lo había ordenado el profeta Natán.
Yoav, en el asedio, castigaba duramente a los amonitas, cortándoles el agua y el abasto de lo demás, de modo que padecían mucho por falta de bebida y de alimento; pues dependían de un pequeño pozo y de unas cisternas, y usaban de la fuente con moderación para que no se les agotara del todo.
Escribió, pues, al rey exponiéndole esto y exhortándolo a venir a la toma de la ciudad, para que a él mismo se le atribuyera la victoria. Escrito esto por Yoav, el rey, aprobando su buena voluntad y su lealtad, tomó consigo las fuerzas que tenía y llegó al asalto de Rabá; y, tomándola por la fuerza, dejó que los soldados la saquearan.
Él mismo tomó la corona del rey de los amonitas, que pesaba un talento de oro y llevaba en el centro una piedra preciosa de sardónice; y David la llevó siempre sobre su cabeza. Encontró en la ciudad muchos otros despojos espléndidos y valiosos; y a los hombres los hizo perecer entre tormentos. Lo mismo hizo con las demás ciudades de los amonitas, tomándolas por la fuerza.
Cómo Avshalom asesinó a Amnón, que había forzado a su propia hermana; y cómo fue desterrado y luego llamado de vuelta por David
Al regresar el rey a Yerushaláyim, un desastre cayó sobre su casa por la siguiente causa. Tenía una hija, virgen todavía y de hermosa figura, hasta superar a todas las mujeres más bellas, de nombre Tamar, hermana de Avshalom por parte de la misma madre.
Enamorado de ella Amnón, el mayor de los hijos de David, como no podía alcanzar su deseo ni por la virginidad de ella ni por su recato, se hallaba en penoso estado: el cuerpo se le consumía, devorándolo el dolor, y le cambiaba el color.
Se hizo evidente que padecía esto a un tal Yonatán, pariente y amigo suyo, hombre de los más sagaces y de agudo entendimiento. Viéndolo, pues, cada mañana con el cuerpo no según su natural, se le acercó y le rogó que le dijera la causa, aunque conjeturaba —dijo— que padecía de un deseo amoroso.
Confesando Amnón su pasión —que amaba a su hermana, siendo del mismo padre—, Yonatán le indicó un camino y una traza para alcanzar lo que ansiaba: le aconsejó fingir una enfermedad y, cuando su padre viniera a verlo, pedirle que le enviara a su hermana a servirlo; pues así se aliviaría y se libraría pronto de la enfermedad.
Echándose, pues, Amnón en la cama, fingió estar enfermo, según las indicaciones de Yonatán. Llegado el padre y preguntándole cómo se hallaba, le pidió que le enviara a su hermana; y él al punto ordenó que la trajeran. Cuando llegó, le mandó que le hiciera unas tortas fritas con sus propias manos, pues las tomaría con más gusto de manos de ella.
Ella, a la vista de su hermano, amasó la harina, formó unos bollos, los frió y se los ofreció; pero él entonces no los probó, sino que ordenó a los servidores que despidieran a todos de la habitación, pues quería descansar libre de bullicio y de ruido.
Cumplido lo ordenado, pidió a su hermana que le llevara la comida a la estancia interior; y, habiéndolo hecho la muchacha, la agarró e intentó persuadirla de que se uniera a él. Dando un grito, la joven dijo: «No; no me fuerces a esto ni cometas impiedad, hermano, transgrediendo las leyes y cubriéndote de terrible vergüenza. Cesa de este deseo tan injusto e inmundo, del que nuestra casa cosechará oprobio y mala fama.»
Y le aconsejaba que hablara de ello con su padre, pues aquel lo consentiría. Esto decía queriendo escapar de momento al ímpetu de su apetito. Pero él no se dejó persuadir, sino que, ardiendo de amor y aguijoneado por los estímulos de la pasión, forzó a su hermana.
Y al punto, tras el estupro, se apoderó de Amnón un odio, y, cubriéndola de injurias, le ordenó que se levantara y se fuera. Como ella replicara que aquel ultraje era aún peor —si, tras forzarla, ni siquiera le permitía quedarse hasta la noche, sino que le mandaba marchar al instante, en pleno día y a plena luz, para que se topara con testigos de su deshonra—, ordenó al servidor que la echara.
Ella, dolidísima por el ultraje y la violencia, rasgó su túnica —pues las vírgenes de los antiguos llevaban túnicas de mangas hasta los tobillos, para no ser vistas—, y, echándose ceniza sobre la cabeza, iba por medio de la ciudad gritando y lamentando la violencia.
Encontrándola su hermano Avshalom, le preguntó qué desgracia le había sobrevenido para estar así; y, habiéndole contado ella el ultraje, la consoló, exhortándola a callar y a sobrellevarlo con mesura, y a no considerarse ultrajada por haber sido forzada por un hermano. Persuadida, pues, cesó de gritar y de divulgar la violencia ante muchos, y permaneció mucho tiempo, en soledad, junto a su hermano Avshalom.
Sabido esto por su padre David, se afligió por lo ocurrido; pero, amando mucho a Amnón —pues era su hijo mayor—, se vio forzado a no apenarlo. Avshalom, en cambio, lo odiaba profundamente, y en secreto acechaba la ocasión propicia para vengar en él aquel pecado.
Había transcurrido ya el segundo año desde el ultraje contra su hermana, y, disponiéndose Avshalom a salir para el esquileo de sus propios rebaños en Baal-Jatsor —ciudad que está en la heredad de Efráyim—, invitó a su padre a ir con él, junto con sus hermanos, a un banquete.
Al excusarse el padre, para no serle gravoso, le pidió que enviara a sus hermanos. Habiéndolos enviado, ordenó a sus propios criados que, en cuanto vieran a Amnón vencido por la embriaguez y el sopor, a una señal suya lo mataran sin temer a nadie.
Cuando cumplieron lo ordenado, el espanto y la turbación se apoderaron de los hermanos, y, atemorizados, saltando sobre sus caballos, se lanzaron hacia el padre. Pero alguien se les adelantó y anunció al padre que todos habían sido asesinados por Avshalom.
Él, ante la pérdida de tantos hijos a la vez —y esto a manos de un hermano, lo que hacía el dolor más amargo aún que el hecho mismo de la muerte—, arrebatado por la pena, no indagó la causa ni aguardó a saber otra cosa, como era natural ante el anuncio de tan gran desgracia y por lo increíble de su exceso, sino que, rasgando su vestido y arrojándose al suelo, yacía llorando a todos sus hijos, tanto a los que se decía muertos como al que los había matado.
Pero Yonatán, hijo de su hermano Shimá, le rogó que aflojara algo en su dolor y que, respecto de los demás, no creyera que habían muerto —pues no hallaba motivo para suponerlo—, pero que sobre Amnón sí convenía indagar; pues era verosímil que, por el ultraje de Tamar, Avshalom se hubiera atrevido a darle muerte.
Entretanto, un ruido de caballos y el alboroto de algunos que se acercaban los hizo volverse: eran los hijos del rey que habían escapado del banquete. Su padre les salió al encuentro, dolorido, entre llantos, viendo contra toda esperanza a los que poco antes había oído que habían muerto.
De parte de todos había lágrimas y gemidos: de ellos, como por un hermano fallecido; del rey, como por un hijo degollado. Y Avshalom huyó a Gueshur, junto a su abuelo materno, que gobernaba aquella tierra, y permaneció con él tres años enteros.
Teniendo David el propósito de enviar por su hijo Avshalom —no para hacerlo bajar al castigo, sino para que estuviera con él, pues también la ira se le había calmado con el tiempo—, a esto lo impulsó más aún Yoav, el comandante en jefe.
Pues hizo que se le acercara una mujer ya entrada en años, en actitud de duelo, la cual decía que, habiéndose peleado en el campo sus hijos y llegado a la contienda, sin que apareciera nadie capaz de apaciguarlos, uno de ellos, herido por el otro, había muerto; y rogaba que, habiéndose lanzado los parientes contra el matador y buscando darle muerte, el rey le concediera la salvación de su hijo y no la privara de las últimas esperanzas de sostén para su vejez; que, impidiéndoselo, apartaría a los que querían matar a su hijo, pues nada los contendría en su empeño sino el temor de él.
Habiendo asentido el rey a lo que la mujer suplicaba, esta, tomando de nuevo la palabra ante él, dijo: «Gracias ya a tu bondad, que se ha apiadado de mi vejez y de mi casi orfandad de hijos; pero, para que me sea firme lo que viene de tu benevolencia, reconcíliate primero con tu propio hijo y depón la ira contra él.
»Pues ¿cómo podría yo persuadirme de que de veras me has concedido esta gracia, cuando tú mismo sigues hasta ahora enemistado con tu hijo por cosas semejantes?
»Y sería del todo insensato añadir voluntariamente otro hijo al que murió contra tu voluntad.» Comprendió el rey que la súplica era una añagaza urdida por Yoav y por su empeño; y, cuando, preguntando a la anciana, supo que así era la verdad, mandó llamar a Yoav y le dijo que había logrado su propósito conforme a su deseo, y le ordenó traer a Avshalom, pues ya no estaba airado con él, sino que había depuesto la ira y el enojo.
El propio Yoav, tras inclinarse ante el rey y agradecer sus palabras, partió al instante hacia Gueshur; recogió a Avshalom y regresó con él a Yerushaláyim.
El rey mandó recado por adelantado a su hijo —pues supo que había llegado— ordenándole retirarse a su propia casa: aún no estaba dispuesto a verlo apenas volviera. Y Avshalom, por mandato de su padre, se apartó de su vista y siguió viviendo atendido por los suyos.
Ni el pesar ni la falta de los cuidados propios de un hijo de rey habían dañado su belleza: seguía sobresaliendo y descollando en todo, tanto por su figura como por la altura de su cuerpo, y superaba incluso a quienes viven entre grandes lujos. Tan espesa era su cabellera que a duras penas la recortaba cada ocho días, y pesaba doscientos siclos —es decir, cinco minas.
Pasó dos años en Yerushaláyim; fue padre de tres varones y de una hija de hermosura extraordinaria, a la que más tarde tomó por esposa Rejavam, hijo de Shlomo, y de ella nació un niño llamado Aviyá.
El propio Avshalom envió recado a Yoav rogándole que apaciguara del todo a su padre y le suplicara que le permitiera presentarse ante él para verlo y saludarlo. Como Yoav lo descuidó, Avshalom mandó a algunos de los suyos y prendió fuego al campo que lindaba con el de Yoav. Este, al enterarse de lo ocurrido, fue a ver a Avshalom, se lo reprochó y le preguntó el motivo.
Avshalom respondió: «Ideé esta estratagema para hacerte venir, ya que descuidabas los encargos que te di para que reconciliaras a mi padre conmigo. Así pues, ahora que estás aquí, te ruego que me ablandes a quien me engendró; porque yo juzgo mi regreso más penoso que el destierro mientras mi padre siga enojado.»
Yoav, convencido y compadecido de su apuro, medió ante el rey; y al hablarle del muchacho lo dispuso tan gratamente que enseguida lo mandó llamar. Avshalom se arrojó al suelo y pidió perdón por sus culpas; David lo levantó y le prometió el olvido de todo lo sucedido.
Sobre la sublevación de Avshalom contra David; sobre Ajitófel y Jushái; sobre Tsivá y Shimí; y cómo Ajitófel se ahorcó
Habiéndole salido así las cosas con su padre, Avshalom se procuró en muy poco tiempo muchos caballos y muchos carros, y a su alrededor había cincuenta hombres armados.
Cada mañana, muy temprano, se presentaba en el palacio; y, hablando con agrado a quienes acudían a los juicios y salían perdiendo —como si hubieran sido derrotados injustamente por no tener el rey buenos consejeros—, se granjeaba el favor de todos, diciendo que, si él tuviera esa potestad, les impartiría abundante justicia.
Con estas artes de demagogo, ya creía segura la benevolencia de la multitud. Cuatro años después de su reconciliación con el padre, se acercó a pedirle que le dejara ir a Jevrón para ofrecer un sacrificio a Dios, pues durante su huida lo había prometido. David accedió a la petición y Avshalom partió; y se le juntó un gran gentío, porque había mandado aviso a muchos.
Estaba presente también Ajitófel el guilonita, consejero de David, y unos doscientos hombres de la propia Yerushaláyim que ignoraban la conjura y habían sido convocados como para un sacrificio. Y por todos fue proclamado rey Avshalom, que había maquinado que así ocurriera.
Cuando esto se le comunicó a David y la noticia de su hijo le llegó cuando menos lo esperaba, sintió miedo y a la vez quedó asombrado ante su impiedad y su osadía —pues ni siquiera se acordaba del perdón de sus culpas, sino que se lanzaba a algo mucho peor y más criminal: una realeza que, en primer lugar, Dios no le había concedido y que, en segundo, buscaba despojar a quien lo había engendrado—; y resolvió huir al otro lado del Yardén.
Reunió a los más allegados de sus amigos, deliberó con ellos sobre la locura de su hijo y, encomendándolo todo a Dios como juez, dejó diez concubinas para custodiar el palacio y salió de Yerushaláyim. Con él partieron el resto de la multitud y los seiscientos soldados de a pie que ya habían compartido su primera huida, cuando vivía Shaúl.
A los sumos sacerdotes Evyatar y Tsadok, que estaban decididos a marchar con él, y a todos los leviim, los persuadió de quedarse con el arca, pues Dios lo salvaría aun sin trasladarla.
Les encargó que le informaran en secreto de cada cosa que ocurriese; y tuvo como fieles servidores para todo a los muchachos Ajimáats, hijo de Tsadok, y Yonatán, hijo de Evyatar. También Itái el gatita se lanzó a acompañarlo, forzando la voluntad de David —pues este intentaba convencerlo de que se quedara—, y precisamente por eso se mostró aún más leal.
Mientras subía descalzo por el monte de los Olivos, y todos los que iban con él lloraban, le anunciaron que también Ajitófel estaba con Avshalom y compartía su causa. Al oírlo, se le agravó el pesar, e invocó a Dios rogándole que apartara de Ajitófel el ánimo de Avshalom; pues temía que aquel hombre, sagaz y agudísimo para ver lo conveniente, lo convenciera con consejos contrarios a sus intereses.
Al llegar a la cima del monte, contempló la ciudad y, con muchas lágrimas, oró a Dios como quien ha caído de un reino. Salió a su encuentro un amigo suyo, fiel, llamado Jushái.
Viéndolo con la ropa rasgada y la cabeza cubierta de ceniza, lamentando el cambio de fortuna, David lo consoló y lo instó a dejar el duelo; y al fin le suplicó que fuera junto a Avshalom, fingiéndose de su bando, para conocer los secretos de su pensamiento y contrarrestar los consejos de Ajitófel: no lo ayudaría tanto acompañándolo como estando al lado de Avshalom. Convencido por David, se separó de él y marchó a Yerushaláyim; y poco después llegó también allí Avshalom.
Cuando David había avanzado un poco, salió a su encuentro Tsivá, el siervo de Mefivóshet —a quien había enviado a administrar los bienes que había regalado al hijo de Yonatán, el hijo de Shaúl—, con un par de asnos cargados de provisiones, de las que le dijo que tomara cuanto necesitasen él y los suyos.
Al preguntarle David dónde había dejado a Mefivóshet, respondió que en Yerushaláyim, esperando ser elegido rey a causa de la presente agitación, en recuerdo de los favores que Shaúl les había hecho. Indignado por esto, David concedió a Tsivá todo cuanto había cedido a Mefivóshet, convencido de que él lo merecía con mucha mayor justicia que el otro; y Tsivá quedó rebosante de alegría.
Al llegar David a un lugar llamado Jorán, salió contra él un pariente de Shaúl, de nombre Shimí, hijo de Guerá, que le arrojaba piedras y lo injuriaba. Y aunque sus amigos lo rodeaban y lo protegían, Shimí seguía blasfemando más y más, llamándolo hombre sanguinario y autor de muchos males.
Le mandaba además salir del país como maldito y execrable, y daba gracias a Dios por haberle quitado el reino y por cobrarle, mediante su propio hijo, el castigo de los agravios que había cometido contra su señor. Todos se irritaron contra él de rabia —y sobre todo Avishái, que quería matar a Shimí—, pero David contuvo su cólera:
«No añadamos —dijo— a los males presentes otro motivo aún más reciente de desgracia. No es respeto ni cuidado alguno lo que me inspira este perro que ladra rabioso contra mí: cedo ante Dios, por cuya causa este hombre ha perdido el juicio contra nosotros. Y nada tiene de extraño que padezca esto de su parte, cuando lo he sufrido incluso de un hijo impío. Pero tendremos alguna compasión de parte de Dios, y venceremos a nuestros enemigos si Él lo quiere.»
Así continuó su camino sin hacer caso de Shimí, que corría por la otra ladera del monte lanzándole toda clase de injurias. Al llegar al Yardén, dejó descansar a los suyos, que estaban allí rendidos.
Cuando Avshalom y su consejero Ajitófel llegaron a Yerushaláyim con todo el pueblo, también acudió a ellos Jushái, el amigo de David, y, postrándose ante Avshalom, le deseó que su reino durara para siempre y perviviera por todos los tiempos. Avshalom le dijo: ¿cómo, siendo de los más íntimos amigos de su padre y teniendo fama de fiel en todo, no estaba ahora con él, sino que lo había abandonado para pasarse a su bando? Y Jushái respondió con destreza y prudencia: dijo que había que seguir a Dios y a toda la multitud. «Puesto que ellos están contigo, señor, con razón te sigo yo también; pues has recibido el reino de manos de Dios. Y la misma lealtad y la misma buena voluntad que —bien lo sabes— presté a tu padre, esa mostraré yo, si se me tiene por amigo de confianza. Nada hay por qué disgustarse de la situación presente: el reino no ha pasado a otra casa, sino que ha permanecido en la misma al recibirlo el hijo.»
Con estas palabras lo convenció, pues lo tenía por sospechoso. Luego llamó a Ajitófel y le consultó qué debía hacer. Este le aconsejó unirse a las concubinas de su padre: de ese modo, dijo, el pueblo comprendería, convencido de que la enemistad con él era irreconciliable, y se sumaría con mucho ardor a la campaña contra el padre; pues hasta entonces temían declararse abiertamente enemigos, esperando que ambos os reconciliarais.
Convencido del consejo, mandó a sus criados que le levantaran una tienda sobre el palacio, a la vista de la multitud, y allí entró y se unió a las concubinas de su padre. Esto sucedió conforme a la profecía de Natán, quien, anunciándole a David la agresión que le vendría de su hijo, así lo había predicho.
Tras hacer lo que Ajitófel le había aconsejado, Avshalom le pidió que lo asesorase por segunda vez acerca de la guerra contra su padre. Ajitófel le pidió diez mil hombres escogidos y le prometió que mataría a su padre y traería vivos a los que lo acompañaban, y le aseguró que el reino quedaría entonces afianzado, muerto ya David; complacido con la idea, Avshalom mandó llamar también a Jushái, el amigo principal de David —así lo llamaba este—; y, exponiéndole el parecer de Ajitófel, le preguntó qué opinaba él al respecto. Jushái, dándose cuenta de que, si se hacía lo que Ajitófel aconsejaba, David correría peligro de ser apresado y muerto, procuró presentar un parecer contrario:
«No ignoras, oh rey —dijo—, el valor de tu padre y de los que están con él: ha librado muchas guerras y siempre ha salido vencedor de sus enemigos. Y ahora es probable que se mantenga en un campamento, pues es hábil como el que más para mandar tropas y para prever las emboscadas de los enemigos que se acercan.
Pero al caer la tarde dejará a los suyos y se ocultará en alguno de los barrancos, o tenderá una emboscada junto a una roca. Y cuando nuestras tropas traben combate, los de él se retirarán un poco; luego, cobrando ánimo al saber a su rey cerca, plantarán cara; y mientras estos luchan, el padre, apareciendo de repente, infundirá coraje ante el peligro a los suyos y sembrará el espanto entre los tuyos.
Sopesa, pues, también mi consejo en tu reflexión y, reconociéndolo como el mejor, descarta el parecer de Ajitófel. Manda por toda la tierra de los hebreos y convócalos a la campaña contra tu padre; toma tú mismo el mando del ejército, sé el general de la guerra y no confíes este cargo a otro.
Cuenta con vencerlo fácilmente, si lo sorprendes en campo abierto con pocos hombres mientras tú dispones de muchas decenas de millares deseosos de mostrarte su empeño y su fervor. Y si el padre se encierra a resistir un asedio, con máquinas y galerías subterráneas derribaremos aquella ciudad.»
Con estas palabras logró más crédito que Ajitófel, pues Avshalom prefirió su parecer al de aquel. Mas fue Dios quien inspiró en la mente de Avshalom que el consejo de Jushái pareciera el mejor.
Corriendo a ver a los sumos sacerdotes Tsadok y Evyatar, les expuso tanto el parecer de Ajitófel como el suyo, y que se había decidido hacer lo que él aconsejaba; y les mandó que enviaran aviso a David, le revelaran lo deliberado y le encarecieran que cruzara pronto el Yardén, no fuera que el hijo se arrepintiese, se lanzara a perseguirlo y lo alcanzara antes de ponerse a salvo.
Los sumos sacerdotes tenían adrede a sus hijos escondidos fuera de la ciudad, para llevar a David cuanto sucediera; enviaron, pues, a una criada de confianza que les comunicase lo que Avshalom había resuelto, y les ordenaron transmitirlo a David con toda prisa.
Ellos no lo aplazaron ni un instante, sino que, recibidas las órdenes de sus padres, se hicieron servidores piadosos y fieles a la vez; y, juzgando que lo mejor era la rapidez y prontitud del servicio, se apresuraron a reunirse con David.
Cuando estaban a dos estadios de la ciudad, unos jinetes los vieron y los delataron ante Avshalom, que al punto mandó gente a prenderlos. Al advertirlo, los hijos de los sumos sacerdotes se desviaron del camino y se metieron enseguida en una aldea cercana a Yerushaláyim —Bajurim era el nombre de aquel lugar— y pidieron a una mujer que los escondiera y les diera seguridad.
Ella descolgó a los jóvenes a un pozo y cubrió la boca con vellones de lana; y, cuando llegaron los perseguidores y le preguntaron por ellos, si los había visto, no negó haberlos visto —pues habían bebido en su casa y se habían vuelto a marchar—, y les vaticinó que, si perseguían con brío, los alcanzarían. Mas, tras perseguirlos largo trecho sin darles caza, se volvieron atrás.
Cuando la mujer los vio retirarse y comprendió que ya no había peligro de captura para los jóvenes por parte de aquellos, los sacó y los animó a proseguir el camino que tenían por delante. Con mucho empeño y rapidez en la marcha, llegaron ante David y le expusieron con exactitud todo lo que Avshalom había resuelto. Él ordenó a los suyos cruzar el Yardén, aunque ya era de noche, y no vacilar por ello.
Ajitófel, viendo desestimado su parecer, montó en su cabalgadura y partió a Guiló, su patria; y, reuniendo a toda su familia, les refirió lo que había aconsejado a Avshalom, y que, al no haber sido escuchado, era evidente que no tardaría en morir; en cambio, David vencería y recobraría el reino.
Por eso —dijo— más valía quitarse la vida con libertad y grandeza de ánimo que entregarse al castigo de David, contra quien todo lo había tramado junto a Avshalom. Dicho esto, se retiró al rincón más apartado de la casa y se ahorcó. Así Ajitófel se convirtió en juez de su propia muerte; y sus allegados lo descolgaron de la soga y le dieron sepultura.
David, tras cruzar el Yardén como antes dijimos, llegó a Majanáyim, ciudad hermosísima y muy bien fortificada; y todos los principales de aquella región lo acogieron con la mayor alegría, tanto por respeto ante su presente huida como en honor de su antigua prosperidad. Eran estos Barzilái el guiladita, Sifar, señor del país de los amonitas, y Majir, el principal de la tierra de Guilad.
Estos les proporcionaron a él y a los suyos toda abundancia de provisiones, de suerte que no faltaron camas dispuestas, ni pan, ni vino; es más, les surtieron de reses en abundancia y, a hombres ya extenuados, les brindaron cuanto convenía para el descanso y el sustento.
Cómo Avshalom, derrotado, quedó prendido de un árbol por su cabellera y fue muerto
En esto se hallaban. Avshalom, tras reunir un gran ejército de los hebreos contra su padre y cruzar el río Yardén, acampó no lejos de Majanáyim, en el país de los guiladitas; y puso como general de toda la tropa a Amasá, en el puesto de su pariente Yoav. El padre de Amasá era Yitrá y su madre Avigáyil; y esta y Tseruyá, la madre de Yoav, eran hermanas de David.
Cuando David, tras contar a los que estaban con él, los halló en unos cuatro mil, decidió no aguardar a que Avshalom viniera contra él; les asignó jefes de mil y de cien y, dividiéndolos en tres cuerpos, dio uno al general Yoav, otro a su hermano Avishái, y confió el tercero a Itái, compañero y amigo suyo, natural de la ciudad de Gat.
Aunque quería salir a combatir con ellos, sus amigos no se lo permitieron, reteniéndolo con un consejo muy sabio: si eran derrotados a su lado, decían, perderían toda esperanza favorable; pero si, vencidos en una parte del ejército, podían refugiarse junto a él con el resto, este les procuraría mayor fuerza; y era también probable que los enemigos sospecharan que había con él otro ejército.
Convencido de este consejo, decidió quedarse él en Majanáyim; y, al despedir a sus amigos y generales rumbo a la guerra, los exhortó a mostrar empeño, lealtad y memoria de cualquier trato justo que hubieran recibido de él; y les rogó que, si vencían, respetaran a su hijo Avshalom, no fuera que, muerto este, él se causara a sí mismo algún daño. Y, deseándoles la victoria, envió al ejército.
Cuando Yoav hubo formado su tropa frente al enemigo en una gran llanura cercada por detrás de un bosque, también Avshalom sacó su ejército a su encuentro. Trabado el combate, ambos bandos desplegaron grandes hazañas de brazo y de audacia: unos, arriesgándolo todo y poniendo todo su ardor para que David recobrara el reino; los otros, sin vacilar en hacer ni en sufrir nada con tal de que a Avshalom no le fuera arrebatado y no pagara su castigo al padre por lo que había osado.
Y como, además, los más numerosos se afanaban en no ser vencidos por Yoav y los generales que lo acompañaban, que eran pocos —pues esto sería para ellos la mayor deshonra—, mientras que los soldados de David ansiaban derrotar a tantas decenas de millares, se produjo una lucha encarnizada; y vencieron los de David, superiores en fuerza y en pericia militar.
Persiguiendo a los que huían por bosques y barrancos, a unos los apresaban y a muchos los mataban, de modo que cayeron más huyendo que combatiendo: perecieron aquel día unos veinte mil. Y todos los hombres de David se lanzaron contra Avshalom, pues era bien reconocible para ellos por su belleza y su estatura.
Temiendo que los enemigos lo alcanzaran, montó en la mula real y huyó; y, arrastrado con ímpetu y llevado ligero por el vaivén y el movimiento, se le enredó la cabellera en un áspero árbol de grandes ramas muy extendidas, y quedó colgado de manera insólita. La bestia, por su rapidez, siguió adelante como si aún llevara encima a su dueño, mientras él, suspendido de las ramas, quedaba en poder de los enemigos.
Uno de los soldados de David, al verlo, se lo comunicó a Yoav; y, como el general dijera que le habría dado cincuenta siclos si lo hubiera abatido de un flechazo matando a Avshalom, el hombre replicó: «Ni aunque fueras a darme mil le haría yo eso al hijo de mi señor, y menos cuando él, oyéndolo todos nosotros, te pidió que respetaras al muchacho.»
Mandándole que le mostrara dónde había visto colgado a Avshalom, Yoav le disparó al corazón y lo mató. Y los que llevaban las armas de Yoav, rodeando en círculo el árbol, bajaron el cadáver; y, arrojándolo a una sima honda y abierta, echaron piedras sobre él hasta colmarla, de suerte que tomó la forma y el tamaño de una tumba. Luego Yoav tocó a retirada y contuvo a sus propios soldados de seguir persiguiendo a las tropas enemigas, para perdonar a sus compatriotas.
Avshalom había erigido en el valle real una estela de mármol, a dos estadios de Yerushaláyim, a la que llamó «su propia mano», diciendo que, aun cuando sus hijos perecieran, su nombre perduraría en la estela; pues tenía tres varones y una hija, de nombre Tamar, como antes hemos dicho.
Cuando esta se casó con Rejavam, hijo de Shlomo, nació un hijo, Aviyá, que heredó el reino. Sobre estos asuntos hablaremos más adelante en el lugar más propio de la historia. Tras la muerte de Avshalom, el pueblo se dispersó a sus casas.
Ajimáats, hijo del sumo sacerdote Tsadok, se acercó a Yoav y le rogó que le permitiera ir a anunciar la victoria a David y a llevarle la buena nueva de que había obtenido el auxilio y la providencia de Dios.
Yoav, diciendo que no era conveniente que él, que siempre había sido mensajero de buenas noticias, fuera ahora a anunciar al rey la muerte de su hijo, le pidió que se quedara; y, llamando al cusita, le encargó a él la misión, para que comunicara al rey lo que había visto.
Como Ajimáats insistiera de nuevo en que se le confiara el aviso —pues solo daría cuenta de la victoria y callaría acerca de la muerte de Avshalom—, Yoav le permitió partir hacia David. Y, tomando el más corto de los caminos, que solo él conocía, se adelantó al cusita.
Mientras David estaba sentado entre las puertas, aguardando a que alguien llegara del combate y le informara de lo ocurrido, uno de los centinelas, al ver a Ajimáats que corría, sin poder aún reconocer quién era, dijo a David que veía acercarse a alguien.
Al decir David que era mensajero de buenas nuevas, poco después el centinela le avisó de que otro venía detrás. Como también de este dijera David que era mensajero, el centinela, viendo a Ajimáats ya cerca, señaló que era el hijo de Tsadok el sumo sacerdote quien se acercaba corriendo. David, lleno de alegría, dijo que aquel era mensajero de buenas noticias y le traía de la batalla algo de lo que deseaba.
Aún hablaba el rey cuando apareció Ajimáats, se postró ante él y, a su pregunta sobre la batalla, le anunció la victoria y el triunfo. Al preguntarle David si tenía algo que decir sobre su hijo, respondió que él mismo había partido hacia allí en cuanto se produjo la derrota de los enemigos, pero que había oído un gran clamor de quienes perseguían a Avshalom y no había podido saber nada más, porque se apresuró, enviado por Yoav a anunciar la victoria.
Cuando llegó el cusita, se postró y comunicó la victoria; David lo interrogó sobre su hijo. Y él respondió: «Que a tus enemigos les suceda lo que le ha sucedido a Avshalom.»
Estas palabras no permitieron que perdurase la alegría por la victoria, con lo grande que era, ni en él ni en los soldados; pues subió a la parte más alta de la ciudad y lloraba a su hijo, golpeándose el pecho, mesándose los cabellos y maltratándose de mil modos, mientras gritaba: «¡Hijo mío! ¡Ojalá me hubiera llegado a mí la muerte y hubiera muerto junto a ti!» Pues, siendo de natural cariñoso, sentía por él una compasión más honda.
El ejército y Yoav, al oír que el rey lloraba así a su hijo, sintieron vergüenza de entrar en la ciudad con aire de vencedores, y todos pasaron cabizbajos y llorosos, como quien vuelve de una derrota.
Mientras el rey se cubría el rostro y gemía por su hijo, entró a verlo Yoav y, para consolarlo, le dijo: «Señor, sin darte cuenta te difamas a ti mismo con lo que haces; pues das a entender que odias a quienes te aman y se exponen por ti —a ti mismo y a tu linaje—, y que amas a tus mayores enemigos y añoras a quienes ya no existen, muertos con toda justicia.
Pues, si Avshalom hubiera vencido y afianzado el reino, no habría quedado rastro de ninguno de nosotros, sino que todos, empezando por ti y por tus hijos, habríamos perecido miserablemente, sin que los enemigos nos lloraran, antes bien alegrándose y castigando a quienes se apiadaran de nuestras desgracias. ¿Y no te avergüenzas de hacer esto por un enemigo, porque, siendo hijo tuyo, llegó a tal impiedad?
Deja, pues, ese duelo injusto; sal, muéstrate a tus soldados y agradéceles la victoria y el ardor que pusieron en los combates. Porque yo, hoy mismo, si persistes en lo que ahora haces, persuadiré al pueblo de que te abandone y entregue el reino a otro; y entonces te haré el duelo más amargo y verdadero.»
Con estas palabras, Yoav apartó al rey de su pesar y lo llevó a ocuparse de los asuntos del reino; pues David, mudando su aspecto y disponiéndose para presentarse ante la multitud, se sentó junto a las puertas, de modo que todo el pueblo, al enterarse, acudió corriendo a su encuentro y lo saludó. Y así fue como sucedió esto.
Cómo David, recobrado el reino, se reconcilió con Shimí y con Tsivá; mostró gran afecto a Barzilái; y cómo, al estallar una sedición, nombró a Amasá jefe de su ejército para perseguir a Sheva, y cómo Yoav mató a Amasá
Los hebreos que se habían retirado de la batalla, tras haber estado con Avshalom, ya cada cual en su casa, se enviaban mensajes de ciudad en ciudad recordándose los beneficios que David les había hecho y la libertad que, habiéndolos librado de muchas y grandes guerras, les había otorgado; y se reprochaban que, habiéndolo expulsado del reino para ponerlo en manos de otro, ahora, muerto el caudillo que ellos mismos habían nombrado, no llamaran a David para que depusiera su ira, se mostrara benévolo con ellos y, recobrado el reino, velara por los asuntos públicos como ya antes había hecho.
Esto se le comunicaba a David con creciente insistencia; y él, por su parte, mandó recado a los sumos sacerdotes Tsadok y Evyatar para que hablaran con los jefes de la tribu de Yehudá: qué vergüenza era para ellos que otras tribus eligieran rey a David antes que aquella, y eso siendo vosotros sus parientes y compartiendo con él una misma sangre.
Les encargó decir lo mismo a Amasá, el general: que, siendo hijo de la hermana de David, no persuadiera a la multitud de devolverle el reino; y que aguardara de él no solo la reconciliación —pues eso ya había ocurrido—, sino también el mando de todo el pueblo, el mismo que también Avshalom le había concedido.
Los sumos sacerdotes dijeron unas cosas a los jefes de la tribu y persuadieron a Amasá transmitiéndole las palabras del rey, de suerte que este emprendió las gestiones en su favor. Y enseguida convenció a la tribu de que enviara embajadores a David rogándole que volviera a su propio reino. Lo mismo hicieron también todos los israelitas, a instancias de Amasá.
Cuando llegaron a él los embajadores, se dirigió a Yerushaláyim. Pero la tribu de Yehudá se adelantó a todas las demás para salir al encuentro del rey junto al río Yardén, y también Shimí, hijo de Guerá, con mil hombres que traía de la tribu de Binyamín, y Tsivá, el liberto de Shaúl, con sus hijos, quince en número, y veinte siervos.
Estos, junto con la tribu de Yehudá, tendieron un puente sobre el río para que el rey cruzara con toda facilidad con los suyos. Cuando llegó al Yardén, la tribu de Yehudá lo saludó; y Shimí, arrojándose ante él en el momento en que subía al puente y agarrándose a sus pies, le rogaba que le perdonara las ofensas que le había hecho, que no fuera severo con él ni tomara como primera medida la venganza ahora que estaba en el poder, y que considerara que, arrepentido de sus faltas, se había apresurado a ser el primero en presentarse ante él.
Mientras él suplicaba y se lamentaba, Avishái, el hermano de Yoav, dijo: «¿Y por esto no habrá de morir, después de haber injuriado a quien Dios estableció para reinar?» Pero David, volviéndose hacia él, replicó: «¿No cesaréis, hijos de Tseruyá? No nos suscitéis de nuevo, sobre las primeras, nuevas turbaciones y discordias.
Pues no os conviene ignorar que hoy comienzo mi reinado. Por eso juro condonar los castigos a todos los que obraron impíamente y no proceder contra ninguno de los que pecaron. Y tú, Shimí —dijo—, ten ánimo y no temas por tu vida.» Y Shimí, postrándose ante él, se adelantó.
Salió también a su encuentro Mefivóshet, el nieto de Shaúl, vestido con ropas mugrientas y con la cabellera larga y descuidada; pues, tras la huida de David, ni se había cortado el pelo en señal de duelo ni había lavado sus ropas, imponiéndose a sí mismo esta desgracia por el cambio de fortuna del rey; y, además, había sido injustamente calumniado ante él por su administrador, Tsivá.
Cuando lo hubo saludado y se hubo postrado ante él, David empezó a preguntarle por qué no había salido con él ni había compartido su huida. Respondió que aquello había sido culpa de Tsivá: pues, habiéndosele ordenado disponer lo necesario para la partida, no se ocupó, sino que lo desatendió como si fuera un esclavo cualquiera.
«En verdad, si mis pies estuvieran sanos, no me habría quedado atrás, pudiendo servirme de ellos para esa huida. Y no solo en esto agravió mi lealtad hacia ti, señor: además me calumnió y mintió sobre mí con malicia. Pero sé bien que tu ánimo no da cabida a nada de eso, pues es justo, quiere que la verdad prevalezca y ama lo divino.
Pues, aun habiendo estado en peligro de padecer cosas peores a manos de mi abuelo, y debiendo perecer por aquello toda nuestra estirpe, tú fuiste entonces, más que en ninguna otra ocasión, moderado y benévolo, echando al olvido todo aquello cuando el recuerdo tenía el poder de vengarlo. Me tuviste por amigo y me sentabas a tu mesa cada día, y en nada me hallé por debajo del más honrado de tus parientes.»
Dicho esto, David resolvió no castigar a Mefivóshet ni condenarlo como si Tsivá hubiera mentido sobre él; pero, por no haber venido con Tsivá, dijo que a aquel le había regalado todo; prometió, con todo, ser indulgente, mandando que se le devolviera la mitad de la hacienda. Mas Mefivóshet respondió: «Quédeselo todo Tsivá; a mí me basta con que tú hayas recobrado el reino.»
A Barzilái el guiladita —hombre grande y noble, que mucho le había suministrado en Majanáyim y lo había escoltado hasta el Yardén— lo invitó David a acompañarlo hasta Yerushaláyim; le prometía cuidar de su vejez con toda honra, atenderlo como a un padre y velar por él.
Pero él, por la añoranza de los suyos, rehusó quedarse con David; y, alegando que su vejez era tal que ya no podía disfrutar de los placeres, avanzado como estaba a los ochenta años, sino que más bien debía pensar ya en el reposo y en la sepultura, le pidió que, si quería complacerlo, lo dejara marchar conforme a su deseo; pues, por su edad, ni distinguía la comida ni la bebida, y también tenía ya cerrados los oídos al son de las flautas y a las melodías de los demás instrumentos con que se deleitan quienes conviven con los reyes. Como suplicara con tanta insistencia, David dijo: «A ti te dejo ir; pero déjame a tu hijo Kimham, pues le haré partícipe de todos mis bienes.» Y Barzilái, dejando a su hijo, postrándose ante el rey y deseándole el logro de cuanto ansiaba en su alma, regresó a su casa. David llegó a Guilgal teniendo ya en torno suyo la mitad de todo el pueblo y a la tribu de Yehudá.
Acudieron a él en Guilgal los principales de cada tribu con gran multitud, y reprochaban a la tribu de Yehudá haber ido a su encuentro a escondidas, alegando que todos juntos, de común acuerdo, debían haber hecho el recibimiento. Los jefes de la tribu de Yehudá les pedían que no se enojaran por haberse ellos adelantado; pues, siendo parientes de David y precisamente por ello más solícitos y afectuosos, se habían apresurado a ser los primeros; y no, por cierto, que por adelantarse hubieran recibido regalos, para que los que llegaron después tuvieran motivo de queja por ello.
Cuando los caudillos de la tribu de Yehudá dijeron esto, los jefes de las demás no callaron, sino que replicaron: «Nosotros, hermanos, nos asombramos de que llaméis pariente al rey solo de vosotros; pues quien recibió de Dios la autoridad sobre todos es tenido por pariente de todos nosotros. Por eso el pueblo tiene once partes y vosotros una; y somos más antiguos, y no obrasteis con justicia yendo a escondidas al encuentro del rey.»
Mientras los caudillos disputaban así entre sí, un hombre malvado que se complacía en la sedición —de nombre Sheva, hijo de Bijrí, de la tribu de Binyamín—, plantándose en medio, gritó con fuerza a la multitud y dijo: «¡Ninguno de nosotros tiene parte en David ni heredad en el hijo de Yishái!»
Cómo los hebreos fueron librados de una hambruna cuando los gabaonitas obtuvieron reparación por los suyos que habían sido muertos; y las grandes hazañas que David y sus hombres valientes realizaron contra los filisteos
Y tras estas palabras, tocando el cuerno dio la señal de guerra contra el rey, y todos lo siguieron a él abandonando a David; solo le quedó la tribu de Yehudá, que lo restableció en su palacio de Yerushaláyim. En cuanto a las concubinas con las que su hijo Avshalom se había unido, las trasladó a otra casa, ordenando a los encargados que les proveyeran de todo lo necesario, pero él ya no se acercó a ellas.
Nombra también general a Amasá y le da el rango que tenía Yoav, y le ordenó reunir cuanto ejército pudiera de la tribu de Yehudá y presentarse ante él al cabo de tres días, para entregarle todas las tropas y enviarlo a combatir al hijo de Bijrí.
Pero como Amasá había salido y se demoraba en reunir el ejército, y al tercer día no había vuelto, el rey dijo a Yoav que no convenía dar tregua a Sheva, no fuera que, ganando tiempo para prepararse mejor, se convirtiera en causa de males y desórdenes mayores que los que Avshalom les había provocado.
«Así que no esperes a nadie —le dijo—, sino toma las tropas que hay y los seiscientos, y con Avishái tu hermano persigue al enemigo. Y dondequiera que lo alcances, procura trabar combate; date prisa en adelantarte a él, no sea que se apodere de ciudades fortificadas y nos prepare batallas y muchos sudores.»
Yoav decidió no demorarse más: tomó a su hermano y a los seiscientos, ordenó que lo siguieran cuantas tropas quedaban en Yerushaláyim y se lanzó contra Sheva. Ya en Guiv'ón —una aldea que dista cuarenta estadios de Yerushaláyim—, y trayendo Amasá una gran fuerza, Yoav salió a su encuentro ceñido con la espada y vestido con la coraza.
Al acercarse Amasá para saludarlo, Yoav se las ingenió para que la espada cayera como por sí sola de la vaina; la recogió del suelo y, cuando Amasá estuvo cerca, con la otra mano lo tomó de la barba como para besarlo y, sin que él lo previera, lo hirió en el vientre y lo mató —cometiendo un acto impío y del todo abominable, matando por celos a un joven valiente, pariente suyo y que en nada lo había agraviado, envidioso del mando y de la igualdad de honor que junto al rey se le concedía.
Por esta misma causa había asesinado también a Avner. Pero aquella transgresión suya parecía perdonable, con un pretexto decoroso —pues se creía que vengaba a su hermano Asael—, mientras que el asesinato de Amasá no tuvo semejante encubrimiento.
Tras matar a su compañero de mando, siguió persiguiendo a Sheva, dejando junto al cadáver a un hombre con el encargo de gritar al ejército que Amasá había muerto con justicia y con causa que merecía castigo; «y si sois del partido del rey, seguid a su general Yoav y a Avishái su hermano».
Como el cuerpo yacía en el camino y toda la multitud se agolpaba en torno a él y —como suele hacer el gentío— lo miraban con asombro y lástima, deteniéndose ante él, el guardia lo levantó de allí, lo llevó a un lugar bien apartado del camino, lo depositó y lo cubrió con un manto. Hecho esto, todo el pueblo siguió a Yoav.
Persiguiendo a Sheva por toda la tierra de los israelitas, alguien le informó de que estaba en una ciudad fortificada llamada Abel-Bet-Maajá. Llegado allí, cercó la ciudad con el ejército, clavó una empalizada a su alrededor y ordenó a los soldados socavar las murallas y derribarlas —pues, como los de la ciudad no lo habían recibido, estaba muy irritado contra ellos.
Una mujer sensata y prudente, viendo ya a su patria al borde de la ruina, subió a la muralla y, por medio de los soldados, llamó a Yoav. Cuando este se acercó, ella empezó a decir que Dios había puesto reyes y generales para que quitaran de en medio a los enemigos de los hebreos y les procuraran paz frente a ellos; «y tú, en cambio, te empeñas en derribar y saquear una metrópoli de los israelitas que en nada ha delinquido».
Él rogó que Dios le siguiera siendo propicio, y dijo que su intención no era matar a nadie del pueblo, ni mucho menos destruir una ciudad tan grande; que, si le entregaban al que se había alzado contra el rey, a Sheva hijo de Bijrí, para castigarlo, levantaría el asedio y retiraría el ejército.
Cuando la mujer oyó de Yoav estas palabras, le pidió que aguardara un poco —pues enseguida le sería arrojada la cabeza del enemigo—, bajó hacia sus conciudadanos y les dijo: «¿Queréis perecer miserablemente, malvados, con vuestros hijos y mujeres, por un hombre perverso, del que ni siquiera se sabe quién es, y tenerlo a él por rey en lugar de David, que tantos beneficios os ha hecho, y que una sola ciudad se alce contra un poder tan grande y tan considerable?»
Los persuadió de cortar la cabeza de Sheva y arrojarla al ejército de Yoav. Hecho esto, el general del rey tocó a retirada, levantó el asedio y, llegado a Yerushaláyim, fue nombrado de nuevo general de todo el pueblo.
El rey puso además a Benayahu al frente de la guardia personal y de los seiscientos, hizo a Adoram encargado de los tributos y a Yehoshafat, hijo de Ajilud, encargado de los registros; a Susá lo nombró escriba, y a Tsadok y Evyatar los designó sacerdotes.
Cómo, al censar David al pueblo, fue castigado, y cómo la compasión divina detuvo aquel castigo
Después de esto, como la tierra se consumía por el hambre, David suplicó a Dios que se apiadara del pueblo y le revelara la causa y el remedio de aquel mal. Y como los profetas dijeran que Dios quería que los gabaonitas obtuvieran reparación —pues el rey Shaúl había cometido impiedad al matarlos, engañándolos y no guardando los juramentos que el caudillo Yehoshúa y el consejo de ancianos les habían hecho—, prometió, por tanto, que si concedía a los gabaonitas la satisfacción que ellos mismos quisieran tomar por los que les habían sido muertos, se reconciliaría y libraría al pueblo de sus males.
Así pues, cuando esto aprendió de los profetas al consultar a Dios, mandó llamar a los gabaonitas y les preguntó qué querían obtener. Como pidieran, para su venganza, recibir siete hijos del linaje de Shaúl, el rey los buscó y se los entregó, perdonando a Mefivóshet, el hijo de Yonatán.
Los gabaonitas, tomando a aquellos hombres, los castigaron como quisieron. Y al punto empezó Dios a enviar lluvia, y a devolver a la tierra la fecundidad de los frutos, librándola de la sequía anterior; y de nuevo prosperó la tierra de los hebreos.
No mucho después, el rey emprendió campaña contra los filisteos; trabó batalla con ellos y los puso en fuga, pero, quedándose solo en la persecución y agotado, fue visto por uno de los enemigos, de nombre Acmón, hijo de Arafá.
Este era descendiente de los gigantes; llevaba una lanza cuya asta pesaba trescientos siclos, una coraza de malla y una espada, y se volvió y arremetió con la intención de matar al rey de los enemigos, pues estaba rendido de fatiga. Pero, apareciendo de pronto Avishái, el hermano de Yoav, cubrió con su escudo al rey plantándose sobre él, que yacía en tierra, y dio muerte al enemigo.
La tropa llevó a mal que el rey hubiera corrido tan de cerca semejante peligro, y los jefes le hicieron jurar que no volvería a salir con ellos al combate, no fuera que, por su valor y su ardor, sufriera algún mal y privara al pueblo de los bienes que por él recibía —tanto los que ya le había procurado como los que aún compartirían con él si vivía largo tiempo.
Reunidos de nuevo los filisteos en la ciudad de Gázara, el rey, al saberlo, envió tropas contra ellos. Se distinguió entonces sobremanera Sibecai el hitita, uno de los más valientes de los que rodeaban a David, pues mató a muchos de los que se jactaban de tener por antepasados a los gigantes y se enorgullecían de su valor, y fue la causa de la victoria de los hebreos.
Después de aquella derrota, los filisteos volvieron a hacer la guerra; y, enviando David tropas contra ellos, se distinguió Efán, su pariente, pues, batiéndose en duelo con el más valiente de todos los filisteos, lo mató y puso en fuga a los demás, y muchos de ellos murieron combatiendo.
Pasado un breve tiempo, acamparon junto a una ciudad no lejos de las fronteras de la tierra de los hebreos. Tenían entre ellos un hombre de seis codos de estatura, que tenía en cada uno de los pies y de las manos un dedo más de lo natural.
Del ejército que David envió contra ellos, Yonatán, hijo de Shimá, se batió en duelo con este, lo mató y, siendo el fiel de la balanza de toda la victoria, se llevó fama de campeón; pues también este filisteo se jactaba de ser descendiente de los gigantes. Después de esta batalla, ya no volvieron a hacer la guerra a los israelitas.
Libre ya de guerras y peligros, y gozando en adelante de una paz profunda, David compuso cantos e himnos a Dios en metros variados: unos los hizo en trímetros y otros en pentámetros. Fabricó también instrumentos y enseñó a los leviim a alabar a Dios con ellos, tanto en el día llamado del Shabat como en las demás festividades.
La forma de los instrumentos es, en su hechura, la siguiente: la kinor, tendida con diez cuerdas, se pulsa con un plectro; el nével, que tiene doce sonidos, se tañe con los dedos; y había además platillos anchos y grandes, de bronce. Baste lo dicho sobre esto, para no ignorar del todo la naturaleza de los instrumentos mencionados.
Todos los que rodeaban al rey eran hombres valientes; los más señalados y brillantes por sus hazañas eran treinta y ocho, de los cuales relataré las proezas de solo cinco —pues estos bastarán para poner de manifiesto también el valor de los demás—, porque eran capaces de someter regiones y de dominar grandes naciones.
El primero, pues, fue Isebo, hijo de Ajemai, que muchas veces, lanzándose en medio de las filas de los enemigos, no cesaba de combatir hasta abatir a novecientos de ellos. Después de él estaba Elazar, hijo de Dodó, que se hallaba con el rey en Erasamo.
Este, en cierta ocasión en que los israelitas, atemorizados ante la multitud de los filisteos, huían, permaneció solo, y cayendo sobre los enemigos mató a muchos de ellos, de modo que la espada se le quedó pegada a la mano derecha por la sangre; y los israelitas, viendo a los filisteos puestos en fuga por él, bajaron a perseguirlos y alcanzaron entonces una victoria admirable y famosa, matando Elazar y siguiéndolo la multitud, que despojaba a los caídos.
El tercero era hijo de Elú y se llamaba Sabías. También este, en los combates contra los filisteos, cuando estos formaron en un lugar llamado Siagona y los hebreos, atemorizados de nuevo ante su fuerza, no resistieron, se plantó solo como un ejército y una formación entera: a unos los abatió y a otros, que no soportaron su fuerza y su ímpetu, sino que se volvieron en fuga, los persiguió.
Estas fueron las proezas de mano y de combate que mostraron los tres. En cierta ocasión en que, estando el rey en Yerushaláyim, sobrevino el ejército de los filisteos para hacer la guerra, David subió a la ciudadela, como antes dijimos, para consultar a Dios sobre la guerra.
El campamento de los enemigos se hallaba en el valle que se extiende hasta la ciudad de Bet-Léjem, que dista veinte estadios de Yerushaláyim. Y David dijo a sus compañeros: «Buena agua tenemos en mi patria —admirando sobre todo la del pozo que hay junto a la puerta—; ¡si alguien me trajera de ella para beber!», más que si le dieran muchas riquezas.
Oído esto, aquellos tres hombres salieron al instante corriendo, se lanzaron por en medio del campamento enemigo y llegaron a Bet-Léjem; y, sacando el agua, volvieron de nuevo a través del campamento hacia el rey, de modo que los filisteos, pasmados de su audacia y valor, se quedaron quietos y nada se atrevieron a hacer contra ellos, despreciando su corto número.
Traída el agua, el rey no la bebió, diciendo que había sido traída con peligro y con sangre de hombres, y que por eso no le correspondía beberla; en cambio la derramó como libación a Dios y le dio gracias por la salvación de aquellos hombres. Después de estos venía Avishái, el hermano de Yoav, pues también este, en un solo día, mató a seiscientos de los enemigos. El quinto fue Nabeo, de linaje sacerdotal, quien, desafiado por dos hermanos ilustres en la tierra de Moav, los venció con su valor. Y de nuevo, cuando lo desafió un hombre de raza egipcia, de asombrosa estatura, él, desarmado, lo derribó con la propia lanza de aquel y lo mató; pues, tras arrebatarle la jabalina y despojarlo estando aún vivo y peleando, lo remató con sus propias armas.
Podría contarse también esto entre las hazañas antes mencionadas, ya como la primera de ellas por valentía, ya como igual a ellas: nevando Dios, un león resbaló y cayó en un pozo; como la boca era estrecha, era evidente que quedaría oculto al taparse con la nieve; no viendo, pues, salida alguna de escape y salvación, rugía.
Al oír a la fiera Nabeo —pues iba entonces de camino—, y acudiendo al rugido, bajó a la boca del pozo, lo hirió mientras aquel se defendía con el madero que llevaba en la mano y al punto lo mató. Y los demás eran de semejante valor.
Cómo, al censar David al pueblo, fueron castigados, y cómo la compasión divina refrenó aquel castigo
El rey David, queriendo saber cuántas miríadas de hombres había en el pueblo, olvidándose de los mandamientos de Moshé —que había ordenado de antemano que, si se contaba a la multitud, se pagara a Dios por cada cabeza medio siclo—, mandó a Yoav, el general, que fuera y contara a todo el pueblo.
Y como este dijera que no era necesario hacerlo, no se dejó persuadir, sino que le ordenó ponerse en marcha sin demora para el censo de los hebreos. Yoav, tomando a los jefes de las tribus y a los escribas, recorrió la tierra de los israelitas, tomó nota de cuánta era la multitud y volvió a Yerushaláyim, ante el rey, al cabo de nueve meses y veinte días, y le entregó el número del pueblo, salvo la tribu de Binyamín; pues no había alcanzado a contarla, ni tampoco la tribu de Leví, ya que el rey se había arrepentido de aquello en que había pecado contra Dios. El número de los demás israelitas capaces de tomar las armas y hacer la guerra era de novecientos mil, y la tribu de Yehudá, por sí sola, era de cuatrocientos mil.
Cuando los profetas revelaron a David que Dios estaba airado con él, comenzó a suplicar y a rogar que le fuera benévolo y perdonara su pecado. Y Dios le envió al profeta Gad, que le traía tres opciones para que eligiera de ellas la que aprobara: si quería que hubiera hambre en la tierra durante siete años, o ser derrotado por sus enemigos tras tres meses de guerra, o que se abatiera una peste y una enfermedad sobre los hebreos durante tres días.
Él, caído en una imposible elección entre grandes males, se afligía y estaba muy turbado. Y como el profeta le dijera que aquello había de suceder por fuerza, y le ordenara responder pronto, para anunciar su elección a Dios, el rey razonó que, si pedía el hambre, parecería haberlo hecho a costa de los demás y sin temor por sí mismo —pues él tenía mucho grano almacenado—, pero con daño para ellos; y que, si sucedía que fueran vencidos durante los tres meses, se diría que, teniendo a los más valientes en torno suyo y fortalezas, y por ello sin temor a nada, había elegido la guerra. Pidió, pues, una calamidad común a reyes y a súbditos, en la que el temor de todos fuera igual, añadiendo que era mucho mejor caer en manos de Dios que en las de los enemigos.
Oído esto, el profeta lo anunció a Dios; y este envió la peste y la mortandad sobre los hebreos. Y morían no de un solo modo, ni de manera que fuera fácil reconocer la enfermedad, sino que el mal era uno solo, pero los arrebataba por mil causas y motivos que ni siquiera podían concebir.
Pues unos morían tras otros, y el mal, sobreviniendo sin ser advertido, traía una muerte rápida: unos entregaban el alma de súbito, con dolores violentos y amarga angustia; otros se consumían en sus padecimientos y no quedaba de ellos ni para el sepelio, sino que en el mismo penar se agotaban por completo; otros, cuando de pronto las tinieblas les nublaban la vista, gemían ahogados; y algunos, mientras sepultaban a alguno de los suyos, morían allí mismo antes de concluir el entierro. Y desde que la enfermedad pestilente comenzó de madrugada a diezmarlos hasta la hora de la comida, perecieron setenta mil.
El ángel extendió la mano también sobre Yerushaláyim, enviando allí el azote. El rey, vestido de saco, yacía en tierra suplicando a Dios y pidiéndole que ya cesara y que, contentándose con los que habían perecido, se detuviera. Y alzando la vista al aire, el rey vio al ángel que por él se dirigía hacia Yerushaláyim con la espada desenvainada, y dijo a Dios que él, el pastor, era el justo merecedor del castigo, y que el rebaño, que en nada había pecado, debía salvarse; y le suplicaba que descargara la ira sobre él y sobre toda su descendencia, y perdonara al pueblo.
Escuchada la súplica, Dios detuvo la peste, y enviando al profeta Gad, le ordenó subir al instante a la era de Oroná el jebuseo y, edificando allí un altar a Dios, ofrecer un sacrificio. David, al oírlo, no lo descuidó, sino que enseguida se apresuró al lugar que le había sido indicado.
Oroná, que estaba trillando el grano, cuando vio al rey que se acercaba con todos sus hijos, corrió hacia él y se postró. Era de linaje jebuseo, pero de los más íntimos amigos de David; y por eso no le había hecho ningún mal cuando destruyó la ciudad, como poco antes hemos referido.
Al preguntar Oroná a qué venía el señor donde su siervo, dijo que quería comprarle la era, para levantar en ella un altar a Dios y ofrecer un sacrificio. Y aquel le dijo que le regalaba la era, los arados y los bueyes para el holocausto, y que rogaba a Dios que aceptara con agrado el sacrificio.
El rey dijo que lo apreciaba por su sencillez y su generosidad, y que aceptaba el favor, pero que le pedía recibir el precio de todo; pues no era justo ofrecer un sacrificio de balde. Y como Oroná dijera que hiciera lo que quisiera, le compró la era por cincuenta siclos.
Y edificando el altar, ofició, presentó holocaustos y ofrendas de paz. Con esto se aplaca la divinidad y de nuevo se torna benévola. Sucedió que a aquel mismo lugar había llevado Avraham a su hijo Yitsjak para ofrecerlo en holocausto, y que, cuando estaba a punto de degollar al muchacho, apareció de pronto junto al altar un carnero, que Avraham sacrificó en lugar de su hijo, como antes dijimos.
Viendo el rey David que Dios había escuchado su plegaria y aceptado con agrado el sacrificio, decidió llamar a todo aquel lugar «altar de todo el pueblo» y edificar allí un Templo a Dios. Y pronunció esta palabra con acierto respecto a lo que había de suceder; pues Dios, enviándole al profeta, le dijo que allí edificaría el Templo su hijo, el que había de sucederle en el reino.
Cómo David hizo grandes preparativos para la Casa de Dios, y cómo, ante el intento de Adoniyahu de hacerse con el reino, designó rey a Shlomo
Después de esta profecía, el rey mandó contar a los extranjeros residentes, y se hallaron ciento ochenta mil. De ellos designó a ochenta mil como canteros, al resto de la multitud para acarrear las piedras, y puso a tres mil quinientos al frente de los que trabajaban. Preparó también mucho hierro y bronce para las obras, y maderas de cedro en gran cantidad y de enorme tamaño, que le enviaban los tirios y los sidonios —pues les había encargado el suministro de la madera.
Y decía a sus amigos que preparaba todo esto ahora para dejar listo el material de la construcción al hijo que había de reinar después de él, y que este no tuviera entonces que allegarlo, siendo joven e inexperto en tales cosas por su edad, sino que, teniéndolo a mano, llevara a cabo la obra.
Y llamando a su hijo Shlomo, le ordenó edificar un Templo a Dios cuando heredara el reino, diciéndole que a él, aunque lo quería, Dios se lo había impedido por estar manchado de sangre y de guerras, pero que le había predicho que Shlomo lo edificaría —un hijo menor que llevaría ese nombre—; de él prometía Dios cuidar como un padre, y hacer próspera la tierra de los hebreos bajo su reinado con toda clase de bienes y, sobre todo, con el mayor de todos: la paz, la liberación de las guerras y de las discordias civiles.
«Tú, pues, ya que aun antes de tu nacimiento fuiste designado rey por Dios, procura ser en todo digno de su providencia, siendo piadoso, justo y valiente; guarda sus mandamientos y las leyes que nos dio por medio de Moshé, y no permitas que los demás las transgredan.
Y el Templo, que Él ha querido que se construya durante tu reinado, empéñate en rendírselo a Dios, sin acobardarte ante la magnitud de la obra ni desanimarte frente a ella; pues todo te lo dejaré preparado antes de mi muerte.
Sabe que ya tengo reunidos diez mil talentos de oro y cien mil talentos de plata, y he acumulado bronce y hierro en cantidad incontable, y madera y piedra en abundancia; tienes también muchas miríadas de canteros y carpinteros. Y si algo de esto hiciera falta, tú lo añadirás. Sé, pues, el mejor, teniendo a Dios por protector.»
Exhortó además a los jefes del pueblo a ayudar a su hijo en la construcción y a que, libres de todos los males, se dedicaran al servicio de Dios; pues, a cambio de ello, cosecharían la paz y el buen orden, con que Dios recompensa a los hombres piadosos y justos.
Y ordenó que, una vez edificado el Templo, depositaran en él el Arca y los utensilios sagrados, que ya hacía mucho debían tener un Templo, si nuestros padres no hubieran desatendido los mandamientos de Dios, que había ordenado edificarle un Templo tras haber tomado posesión de esta tierra. Esto expuso David a los jefes y a su hijo.
Siendo ya anciano y enfriándose su cuerpo con el tiempo, era friolero, hasta el punto de que ni con el abrigo de muchas ropas encima entraba en calor. Reunidos los médicos, aconsejaron que, escogida de toda la región una doncella hermosa, durmiera con el rey, pues eso le serviría de remedio contra el frío, dándole calor la muchacha.
Se encontró en una ciudad a una mujer, la más bella de todas, de nombre Avishag, que, acostándose solamente con el rey, le daba calor; pues, por la vejez, estaba débil para el trato conyugal y la unión con mujer. Sobre esta doncella hablaremos poco después.
El cuarto hijo de David, un joven apuesto y de gran estatura, nacido de una mujer suya llamada Aguit y llamado Adoniyahu, semejante a Avshalom, se envanecía en su ánimo como si fuera a reinar, y decía a sus amigos que debía tomar el poder; preparó muchos carros, caballos y cincuenta hombres como corredores de vanguardia.
Viendo esto el padre, no lo reprendía ni lo apartaba de su propósito, ni llegó siquiera a preguntarle por qué obraba así. Tenía Adoniyahu como cómplices al general Yoav y al sumo sacerdote Evyatar; y solo se le oponían el sumo sacerdote Tsadok, el profeta Natán, Benayahu, el jefe de la guardia personal, Shimí, el amigo de David, y todos los más valientes.
Habiendo preparado Adoniyahu un banquete fuera de la ciudad, junto a la fuente del jardín real, e invitando a todos sus hermanos salvo a Shlomo, y tomando consigo al general Yoav, a Evyatar y a los jefes de la tribu de Yehudá, pero sin invitar al banquete ni al sumo sacerdote Tsadok, ni al profeta Natán, ni a Benayahu, el jefe de la guardia personal, ni a ninguno del partido contrario, el profeta Natán denunció esto a Bat-Sheva, la madre de Shlomo —que Adoniyahu quería reinar—, y le aconsejó que se salvara a sí misma y a su hijo Shlomo, por si Adoniyahu tomaba ya el poder, y que preguntara al rey sobre ello.
Y dijo el profeta que, mientras ella hablara de esto con el rey, él mismo entraría y corroboraría sus palabras. Bat-Sheva, persuadida por Natán, se presenta ante el rey, y postrándose y pidiendo licencia para hablar, le expone todo tal como el profeta le había sugerido: le denuncia el banquete de Adoniyahu y a los que este había invitado —Evyatar, el sumo sacerdote, Yoav, el jefe del ejército, y sus hijos, salvo Shlomo y los amigos íntimos de él—; y decía que todo el pueblo tenía puesta la mirada en a quién designaría rey, y le rogaba que tuviera presente que, tras su muerte, Adoniyahu, ya rey, la mataría a ella y a Shlomo, su hijo.
Mientras la mujer aún hablaba, los encargados de la cámara anunciaron que Natán quería verlo. Cuando el rey ordenó que entrara, este, ya dentro, le preguntó si aquel día había designado rey a Adoniyahu y le había entregado el poder; pues, dando este un espléndido banquete, había invitado a todos sus hijos salvo a Shlomo, y al general Yoav, quienes, festejando entre aplausos y mucha algazara, le deseaban un mando eterno; «pero no me invitó ni a mí, ni al sumo sacerdote Tsadok, ni a Benayahu, el jefe de la guardia personal; y es justo que todos sepan si esto se ha hecho según tu voluntad».
Dicho esto por Natán, el rey mandó llamar a Bat-Sheva ante sí, pues ella había salido a toda prisa de la cámara al llegar el profeta. Venida la mujer, le dijo: «Te juro por el Dios altísimo que en verdad tu hijo Shlomo reinará, como también antes juré, y que él se sentará en mi trono; y esto será hoy.»
Postrándose la mujer ante él y deseándole larga vida, mandó llamar a Tsadok, el sumo sacerdote, y a Benayahu, el jefe de la guardia personal, y a los que llegaron les ordena tomar a Natán, el profeta, y a los soldados de la corte, montar a su hijo Shlomo sobre la mula real, llevarlo fuera de la ciudad, a la fuente llamada Guijón, ungirlo con el óleo sagrado y proclamarlo rey; y encargó que hicieran esto Tsadok, el sumo sacerdote, y Natán, el profeta.
Y les ordenó que, siguiéndolo por en medio de la ciudad, tocando los cuernos, gritaran «¡Viva por siempre el rey Shlomo, sentado en el trono real!», para que todo el pueblo supiera que había sido designado rey por su padre, y que a Shlomo se le había encomendado el gobierno, para que presidiera con piedad y justicia a toda la nación de los hebreos y a la tribu de Yehudá.
Rogando Benayahu a Dios que fuera propicio a Shlomo, sin demorarse ni un poco montan a Shlomo sobre la mula, y llevándolo fuera de la ciudad, a la fuente, y ungiéndolo con el óleo, lo introdujeron en la ciudad entre aclamaciones, deseándole un reinado de muchos años, y conduciéndolo a la casa real, lo sientan en el trono; y todo el pueblo se entregó al punto al banquete y a la fiesta, danzando y deleitándose con las flautas, de modo que, por la multitud de instrumentos, resonaba toda la tierra y el aire.
Cuando oyeron el clamor, Adoniyahu y los presentes en el banquete se turbaron, y el general Yoav dijo que no le agradaban aquellos sones ni la trompeta. Estando servido el banquete y sin que nadie lo probara, sumidos todos en sus pensamientos, entra corriendo hacia ellos Yonatán, el hijo del sumo sacerdote Evyatar.
Al ver Adoniyahu al joven con agrado y llamarlo mensajero de buenas noticias, este les reveló todo lo referente a Shlomo y a la decisión del rey David; y, saltando del convite, Adoniyahu y todos los invitados huyeron cada uno a lo suyo.
Temiendo Adoniyahu al rey por lo sucedido, se hace suplicante de Dios y, agarrándose a los cuernos del altar, que sobresalían, se hace saber a Shlomo que ha hecho esto, y pide recibir garantías de que no le guardará rencor ni le hará ningún mal.
Él, con toda mansedumbre y prudencia, lo dejó libre de culpa por su falta de entonces, pero, diciéndole que si de nuevo era sorprendido tramando algo nuevo sería él mismo la causa de su castigo, envió a levantarlo de su súplica; y cuando llegó y se postró, le ordenó marcharse a su propia casa sin recelar nada, y le pidió que en adelante se mostrara hombre de bien, pues eso le convenía.
Queriendo David designar rey a su hijo ante todo el pueblo, convoca a Yerushaláyim a los jefes, a los sacerdotes y a los leviim. Contando primero a estos, halla que los de treinta a cincuenta años eran treinta y ocho mil.
De ellos designó veinticuatro mil como encargados de la construcción del Templo, seis mil como jueces del pueblo y escribas, cuatro mil como porteros y otros tantos como cantores de Dios que cantaban con los instrumentos que David había fabricado, como antes dijimos.
Los distribuyó también por casas paternas y, separando de la tribu a los sacerdotes, halló entre ellos veinticuatro casas paternas —dieciséis de la casa de Elazar y ocho de la de Itamar—, y dispuso que una casa paterna sirviera a Dios durante ocho días, de Shabat a Shabat.
Y así todas las casas paternas echaron suertes, hallándose presentes David, Tsadok y Evyatar, los sumos sacerdotes, y todos los jefes; y la primera casa paterna que salió fue inscrita la primera, y la segunda a continuación, hasta las veinticuatro; y esta distribución ha perdurado hasta el día de hoy.
Hizo también veinticuatro secciones de la tribu de Leví, y, echadas las suertes, subieron del mismo modo, según los turnos de los sacerdotes, por ocho días. A los descendientes de Moshé los honró, pues los hizo guardianes de los tesoros de Dios y de las ofrendas votivas que los reyes habían consagrado; y dispuso que todos los de la tribu de Leví y los sacerdotes sirvieran de noche y de día a Dios, según Moshé les había ordenado.
Después de esto, dividió el ejército en doce cuerpos, con sus jefes, centuriones y comandantes. Cada uno de los cuerpos tenía veinticuatro mil hombres, a los que ordenó estar de servicio, por treinta días, del primero al último, junto al rey Shlomo, con los jefes de mil y de cien.
Puso también al frente de cada cuerpo a quien conocía como bueno y justo, y designó a otros como administradores de los tesoros, de las aldeas, de los campos y del ganado, cuyos nombres no he juzgado necesario mencionar.
Cuando hubo dispuesto cada una de estas cosas del modo antes dicho, convocando a asamblea a los jefes de los hebreos, a los jefes de tribu, a los comandantes de las divisiones y a los encargados de todo asunto o posesión del rey, el rey, de pie sobre un estrado muy alto, habló a la multitud:
«Hermanos y compatriotas, quiero que sepáis que, habiendo yo pensado edificar un Templo a Dios, preparé mucho oro y cien mil talentos de plata; pero Dios me lo impidió, por medio del profeta Natán, por las guerras que sostuve en vuestro favor y por tener manchada la diestra con la sangre de los enemigos, y ordenó que fuera el hijo que había de sucederme en el reino quien le edificara el Templo.
Ahora bien, así como sabéis que, de los doce hijos que tuvo nuestro antepasado Yaakov, Yehudá fue designado rey, y que a mí, siendo seis mis hermanos, se me prefirió y recibí de Dios el mando, sin que ninguno de ellos se indignara, así también yo pido a mis propios hijos que no se enfrenten entre sí, ahora que Shlomo ha recibido el reino, sino que, sabiendo que Dios lo ha elegido, lo acepten con agrado como señor.»
No es cosa terrible, si Dios lo quiere, servir incluso a un soberano extraño; al contrario, convenía alegrarse por un hermano que ha alcanzado este honor, como partícipes de él. Ruego, pues, que las promesas de Dios lleguen a cumplirse, que esta prosperidad se siembre por toda la tierra y permanezca en ella todo el tiempo —la que Él mismo prometió otorgar bajo el rey Shlomo—. Esto será firme y tendrá buen término si te muestras piadoso y justo, y guardián de las leyes de nuestros padres, hijo mío; y si no, que espere lo peor quien las transgrede.
Con estas palabras el rey terminó, y a la vista de todos entregó a Shlomo el plano y la disposición de la construcción del Templo —los cimientos, las salas y las cámaras altas, cuántas en número y de qué altura y anchura habrían de ser—, y fijó cuántos utensilios de oro y plata habría, y el peso de cada uno. Lo animó además con sus palabras a poner todo su empeño en la obra, y exhortó a los jefes y a la tribu de los leviim a colaborar con él, por su juventud y porque Dios lo había elegido como protector tanto de la construcción del Templo como del reino.
Les hacía ver que la construcción sería fácil y no muy penosa, pues él ya tenía preparados muchos talentos de oro y más aún de plata, y maderas, y multitud de carpinteros y canteros, y esmeraldas y toda clase de piedras preciosas; y decía que, aún ahora, como primicia de su propio servicio, entregaría otros tres mil talentos de oro puro para el santuario interior y para el carro de Dios, los querubim, que habrían de alzarse cubriendo el Arca. Y cuando David calló, hubo gran entusiasmo entre los jefes, los sacerdotes y la tribu de Leví, que contribuyeron e hicieron promesas espléndidas y magníficas: se comprometieron a aportar cinco mil talentos de oro y diez mil estateres, diez mil talentos de plata y muchas decenas de miles de talentos de hierro; y quien tenía una piedra preciosa la trajo y la entregó a los tesoros, de los cuales era administrador Íalo, descendiente de Moshé.
Ante esto se alegró todo el pueblo, y David, al ver el celo y la magnanimidad de los jefes, los sacerdotes y todos los demás, comenzó a bendecir a Dios en alta voz, llamándolo padre y origen de todas las cosas, y artífice de lo humano y lo divino con que Él lo había adornado, protector y guardián del pueblo de los hebreos, de su prosperidad y del reino que le había concedido. Tras esto, pidiendo bienes para todo el pueblo y, para su hijo Shlomo, una mente sana, justa y firme en todas las partes de la virtud, ordenó también a la multitud bendecir a Dios. Y ellos, cayendo a tierra, se postraron, y dieron gracias también a David por todo lo que habían disfrutado desde que él tomó el reino.
Al día siguiente presentaron sacrificios a Dios: mil terneros, otros tantos carneros y mil corderos, que ofrecieron en holocausto; y ofrecieron también muchos sacrificios de paz, degollando decenas de miles de víctimas. Durante todo el día festejó el rey junto con todo el pueblo, y ungieron a Shlomo por segunda vez con el óleo y lo proclamaron rey, y a Tsadok sumo sacerdote de toda la multitud. Y llevando a Shlomo al palacio real y sentándolo en el trono de su padre, desde aquel día le obedecieron.
Qué encargo dio David a su hijo Shlomo al acercarse su muerte, y cuántas cosas le dejó para la construcción del Templo
Poco tiempo después, David cayó enfermo a causa de la vejez y, consciente de que iba a morir, llamó a su hijo Shlomo y le habló de este modo: «Yo, hijo mío, parto ya hacia el destino y hacia mis padres, recorriendo el camino común de todos, los que ahora existen y los que existirán, del cual ya no es posible regresar para saber qué sucede en la vida. Por eso, mientras aún vivo y estoy al borde de la muerte, te aconsejo lo mismo que ya antes te aconsejé: sé justo con tus súbditos y piadoso con el Dios que te dio el reino; guarda sus mandamientos y las leyes que Él mismo nos envió por medio de Moshé, y no las descuides cediendo al favor, ni a la adulación, ni al deseo, ni a ninguna otra pasión; pues perderás la benevolencia de la divinidad hacia ti si transgredes algo de lo prescrito, y apartarás de todos tus asuntos su buena providencia. Pero si te muestras tal como debes ser y como yo te exhorto, conservarás el reino en nuestro linaje, y ninguna otra casa de los hebreos gobernará, sino nosotros mismos por toda la eternidad.
»Acuérdate también de la iniquidad de Yoav, el general, que por celos mató a dos generales justos y buenos, a Avner hijo de Ner y a Amasá hijo de Yitrá; venga su muerte como te parezca, ya que Yoav, por ser más fuerte y más poderoso que yo, hasta ahora ha escapado del castigo. Te encomiendo asimismo a los hijos de Barzilái el guiladita, a quienes tendrás en todo honor y cuidado, haciéndome con ello este favor; pues no somos los primeros en obrar bien, sino que saldamos la deuda de cuanto su padre nos ofreció durante la huida. Y en cuanto a Shimí hijo de Guera, de la tribu de Binyamín, que me insultó mucho durante la huida, cuando yo marchaba hacia Majanáyim, y luego salió a mi encuentro junto al Yardén y recibió mi juramento de que entonces no sufriría nada, ahora, buscando un motivo razonable, castígalo.»
Tras aconsejar a su hijo sobre todos los asuntos, sobre los amigos y sobre quienes sabía que se habían hecho merecedores de castigo, murió, habiendo vivido setenta años y reinado siete años y seis meses en Jevrón sobre la tribu de Yehudá, y treinta y tres en Yerushaláyim sobre todo el país. A un varón que fue el mejor, dotado de toda virtud, y a quien se había confiado como rey la salvación de tantas naciones, era justo alabarlo además por el vigor de su fuerza y la sensatez de su moderación; pues fue valiente como ningún otro, y en los combates por sus súbditos era el primero en lanzarse a los peligros, incitando a los soldados a esforzarse y a luchar en las batallas con su propio trabajo y su propio combate, y no ordenándoles como un amo. Fue capacísimo para pensar y comprender tanto lo por venir como la administración de lo presente; moderado, ecuánime, benévolo con quienes se hallaban en desgracia, justo, humano —cualidades que con toda justicia convienen únicamente a los reyes—, sin haber cometido, en medio de tan gran magnitud de poder, falta alguna, salvo la referente a la mujer de Uriyá. Y dejó tanta riqueza como ningún otro rey, ni de los hebreos ni de otras naciones.
Su hijo Shlomo lo enterró en Yerushaláyim con toda magnificencia, con todos los demás ritos que se acostumbran en un funeral regio, y en especial sepultó con él mucha y abundante riqueza, cuyo exceso podría inferirse fácilmente de lo que se va a decir: pues, transcurridos mil trescientos años, Hircano el sumo sacerdote, sitiado por Antíoco —llamado el Piadoso, hijo de Demetrio—, queriendo darle dinero para levantar el asedio y retirar el ejército, y no teniendo recursos de otra parte, abrió una de las cámaras del sepulcro de David y, sacando tres mil talentos, dio una parte a Antíoco y así puso fin al asedio, como también hemos expuesto en otro lugar. Y después de esto, transcurridos muchos años, de nuevo el rey Herodes abrió otra cámara y sacó mucho dinero. Sin embargo, ninguno de ellos dio con los ataúdes de los reyes, pues estaban sepultados bajo tierra con tal ingenio que no resultaban visibles a quienes entraban en el sepulcro. Pero sobre esto nos basta con lo dicho.