Libro sexto

La destrucción que cayó sobre los filisteos y su tierra por la ira de Dios, por haberse llevado cautiva el arca; y de qué modo la devolvieron a los hebreos

Los filisteos, tras tomar cautiva el arca de sus enemigos —como dije poco antes—, la llevaron a la ciudad de Ashdod y la colocaron junto a su dios, llamado Dagón, como si fuera un despojo de guerra.

Al día siguiente, todos, al comenzar el día, entraron al templo para adorar a su dios, y lo hallaron haciéndole esto mismo al arca: yacía caído de la base sobre la que había permanecido erguido. Lo levantaron y volvieron a colocarlo sobre ella, disgustados por lo ocurrido. Pero como acudían muchas veces junto a Dagón y lo encontraban del mismo modo, postrado ante el arca en actitud de adoración, quedaron sumidos en gran desconcierto y confusión.

Y al fin la divinidad descargó sobre la ciudad de los ashdoditas y sobre su tierra destrucción y enfermedad. Morían de disentería —dolencia penosa que trae la muerte muy rápida—, antes de que el alma se les desprendiera plácidamente del cuerpo, vomitando sus entrañas roídas y del todo corrompidas por la enfermedad. Y en los campos, una multitud de ratones brotó de la tierra y la asoló, sin perdonar ni plantas ni frutos.

Sumidos en estos males, los ashdoditas, incapaces de resistir las calamidades, comprendieron que provenían del arca, y que la victoria y su captura no habían sido para su bien. Envían, pues, a los ascalonitas, pidiéndoles que reciban el arca entre ellos.

A estos no les desagradó la súplica de los ashdoditas, sino que les concedieron el favor; pero, al recibir el arca, se hallaron en los mismos males, pues el arca trajo consigo los sufrimientos de los ashdoditas a quienes la recibían de ellos. Y los ascalonitas la enviaron lejos, a otros.

Tampoco permanece entre aquellos: empujados por los mismos sufrimientos, la despachan a las ciudades vecinas. Y de este modo el arca recorrió las cinco ciudades de los filisteos, como exigiendo a cada una un tributo por su llegada: lo que padecían por su causa.

Agotados por los males, los que los habían experimentado —y sirviendo de lección a quienes los oían, para no recibir jamás el arca entre sí a semejante precio y con semejante final— buscaban en adelante un medio y una vía de librarse de ella.

Reunidos los jefes de las cinco ciudades —Gat, Ecrón y Ascalón, y además Gaza y Ashdod—, consideraban qué había que hacer. Al principio parecía bien devolver el arca a los suyos, ya que Dios la defendía sobradamente, y por eso las calamidades habían venido con ella y habían irrumpido junto a ella en sus ciudades.

Pero había quienes decían que no se hiciera eso, ni se engañaran atribuyéndole a ella la causa de los males; pues no era ese su poder ni su fuerza, ya que, si Dios cuidara de ella, nunca habría caído en manos de los hombres. Aconsejaban estar tranquilos y tomar con calma lo sucedido, sin considerar de ello otra causa que la naturaleza sola, la cual, en los cuerpos, la tierra, las plantas y todo lo que de ella se compone, produce, según los ciclos del tiempo, tales cambios.

Pero vence a las opiniones antedichas el consejo de unos hombres tenidos en tiempos anteriores por sobresalientes en sagacidad y prudencia, y que también entonces parecieron hablar con acierto sobre lo presente. Estos decían que ni se devolviera el arca ni se retuviera, sino que se ofrecieran a Dios cinco estatuas de oro, una por cada ciudad, en acción de gracias por haber velado por su salvación y haberlos librado en vida de los sufrimientos que de él los perseguían, a los que ya no podían hacer frente; y otros tantos ratones de oro, semejantes a los que se habían esparcido por su tierra y la habían destruido.

Después, que los metieran en un cofre y, poniéndolo sobre el arca, le fabricaran un carro nuevo; y que, unciendo vacas recién paridas, encerraran y retuvieran a las terneras, para que no siguieran a sus madres estorbándolas, sino que, por la añoranza de ellas, hicieran las vacas más veloz su marcha; y que, sacando a las vacas que llevaban el arca hasta una encrucijada, las dejaran allí, permitiéndoles ir por el camino que quisieran.

Y si iban hacia los hebreos y subían a su tierra, que dedujeran que el arca era la causa de los males; pero si tomaban otro rumbo —decían—, la perseguiremos, sabiendo que no tiene ninguna fuerza tal.

Juzgaron que aquello estaba bien dicho, y al punto confirmaron con los hechos la decisión. Hicieron lo antedicho, condujeron el carro hasta la encrucijada, lo dejaron y se retiraron. Y como las vacas tomaran el camino recto, cual si alguien las guiara, los jefes de los filisteos las siguieron, queriendo saber dónde se detendrían y a quiénes llegarían.

Hay una aldea de la tribu de Yehudá llamada Bet. A ella llegan las vacas; y, aunque una llanura grande y hermosa se abría a su paso, dejaron de avanzar más adelante y detuvieron allí el carro. Fue un espectáculo para los de la aldea, y se llenaron de alegría; pues, siendo tiempo de verano, todos estaban en los campos recogiendo la cosecha, y cuando vieron el arca, arrebatados de gozo, dejaron el trabajo de sus manos y corrieron enseguida hacia el carro.

Y bajando el arca y el cofre que contenía las estatuas y los ratones, los colocaron sobre una roca que había en la llanura; y, ofreciendo espléndido sacrificio a Dios y celebrando un banquete, quemaron en holocausto el carro y las vacas. Al ver esto, los jefes de los filisteos se volvieron atrás.

Pero la ira y el enojo de Dios alcanza a setenta hombres de la aldea de Bet, quienes, no siendo dignos de tocar el arca —pues no eran sacerdotes—, se acercaron a ella; e, hiriéndolos, los mató. Los aldeanos lloraron a los que así habían sufrido, y levantaron por ellos un duelo cual corresponde a una desgracia enviada por Dios, y cada uno lamentaba al suyo.

Y, declarándose indignos de que el arca permaneciera entre ellos, enviaron a la comunidad de los hebreos y les hicieron saber que el arca había sido devuelta por los filisteos. Aquellos, al enterarse, la trasladaron a Kiryat-Yearim, ciudad vecina de la aldea de Bet.

Allí, un levita de linaje, llamado Avinadav, que tenía fama de justicia y vivía en la piedad, llevó el arca a su casa —como a un lugar propio para Dios, en el que habitaba un hombre justo—. Los hijos de este atendían el arca y estuvieron a cargo de este cuidado durante veinte años; pues tanto tiempo permaneció en Kiryat-Yearim, después de haber estado cuatro meses entre los filisteos.

La expedición de los filisteos contra los hebreos, y la victoria de los hebreos bajo el mando de Shemuel el profeta, que fue su caudillo

Durante todo aquel tiempo en que la ciudad de los de Kiryat-Yearim tuvo el arca, el pueblo entero se entregó a plegarias y sacrificios a Dios, mostrando gran devoción y celo hacia él. El profeta Shemuel, viendo su buena disposición y juzgando oportuno hablar a quienes así estaban acerca de la libertad y de los bienes que en ella hay, empleó palabras con las que pensaba atraer y persuadir sobre todo su ánimo:

«Hombres —dijo— para quienes todavía ahora los filisteos son enemigos pesados, mientras Dios comienza a haceros propicio y amigo: no basta con desear la libertad, sino que hay que obrar también aquello por lo que os llegue; ni basta con querer libraros de los amos, mientras seguís haciendo aquello por lo que estos perduran.

Sed, pues, justos: expulsad la maldad de vuestras almas, purificadlas y volveos con todo el ánimo hacia la divinidad, y honradla sin cesar. Pues, obrando así, os vendrán los bienes: liberación de la esclavitud y victoria sobre los enemigos, que no es posible alcanzar ni con armas, ni con la fuerza de los cuerpos, ni con multitud de aliados; pues no por eso promete Dios concederlos, sino por ser buenos y justos. Y yo me hago garante de sus promesas.»

Dicho esto, la multitud aclamó, complacida por la exhortación, y prometió entregarse a lo que fuera grato a Dios. Shemuel los reúne en cierta ciudad llamada Mitspá —que en lengua de los hebreos significa «atalaya»—. Allí sacaron agua y la derramaron en libación a Dios, y, tras ayunar todo el día, se entregaron a las plegarias.

Pero no les pasó inadvertido a los filisteos que se habían reunido allí; sino que, al saber de su concentración, marchan contra los hebreos con un gran ejército y con fuerzas, en la esperanza de caer sobre ellos cuando no lo esperaran ni estuvieran preparados.

Esto los aterra y los sume en turbación y miedo, y, corriendo hacia Shemuel, decían que sus almas habían decaído por el temor y por la derrota anterior, y que por eso se mantenían quietos, «para no provocar la fuerza de los enemigos; pero, habiéndonos tú conducido a plegarias, sacrificios y juramentos, los enemigos han marchado contra nosotros desarmados e inermes. No nos queda, pues, otra esperanza de salvación que la que venga de ti y de Dios, suplicado por ti, de concedernos escapar de los filisteos.»

Él los exhorta a tener ánimo y les promete que Dios los socorrerá; y, tomando un cordero de leche, lo sacrifica en favor de la multitud, y ruega a Dios que extienda sobre ellos su diestra en la batalla contra los filisteos y no los deje ser desdichados por segunda vez. Dios escucha las plegarias y, acogiendo el sacrificio con ánimo propicio y aliado, les concede victoria y poder.

Mientras Dios aún tenía el sacrificio sobre el altar y no lo había recibido todo por la llama sagrada, avanzó del campamento la fuerza de los enemigos y se dispuso en orden de batalla, con la esperanza de vencer, como si los judíos estuvieran atrapados sin salida, sin armas y sin haber acudido allí para combatir; pero cayeron en lo que, aunque alguien se lo hubiera predicho, no habrían creído fácilmente.

Pues primero Dios los sacude con un terremoto, y hace la tierra bajo ellos temblorosa y resbaladiza, de modo que, al agitarse, se les iban los pies, y, al abrirse, algunos caían en las grietas; después, atronándolos con truenos y relumbrando en torno con encendidos relámpagos, como para abrasarles la vista, y arrancándoles las armas de las manos, los volvió a la fuga desarmados.

Shemuel sale en su persecución con la multitud, y, matando a muchos, los persigue hasta un lugar llamado Corra; y, clavando allí una piedra como límite de la victoria y de la fuga de los enemigos, la llama «poderosa», símbolo de la fuerza que de Dios les había venido contra los enemigos.

Aquellos, después de aquel golpe, no volvieron a hacer campaña contra los israelitas, sino que, por el miedo y el recuerdo de lo sucedido, se mantenían quietos; y el valor que antes tenían los filisteos frente a los hebreos, ese pasó a estos tras la victoria.

Y Shemuel, haciendo campaña contra ellos, mata a muchos, abate por completo su soberbia y les arrebata la tierra que antes habían cortado de los judíos al vencerlos en batalla; esta se extendía desde los límites de Gat hasta la ciudad de Ecrón. Por aquel tiempo, lo que quedaba de los cananeos era amigo de los israelitas.

Cómo Shemuel, tan debilitado por la vejez que ya no podía atender los asuntos públicos, los confió a sus hijos; y cómo, ante la mala administración del gobierno por parte de ellos, la multitud se irritó tanto que exigió tener un rey que la gobernara, aunque Shemuel se disgustó mucho por ello

El profeta Shemuel, tras organizar al pueblo y darle una ciudad, les ordenó que se reunieran en ella para juzgar las diferencias que tuvieran entre sí; y él, recorriendo año tras año las ciudades, les impartía justicia y procuró un gran orden legal durante mucho tiempo.

Después, agobiado por la vejez e impedido de hacer lo acostumbrado, entrega a sus hijos el mando y el gobierno de la nación. De ellos, el mayor se llamaba Yoel y el menor tenía por nombre Aviyá. Ordenó que uno se estableciera en la ciudad de Bet-El para juzgar, y al otro en Beer-Sheva, dividiendo entre ambos el pueblo que debía obedecer a cada uno.

Estos se convirtieron en claro ejemplo y prueba de que algunos no resultan semejantes en carácter a quienes los engendraron, sino que unos, quizá, se vuelven honrados y moderados a partir de padres malvados, mientras que aquellos, entonces, se mostraron ruines habiendo nacido de un padre bueno.

Pues, apartándose de las prácticas de su padre y tomando el camino opuesto, por dádivas y torpes ganancias traicionaban la justicia, y dictaban sus fallos no según la verdad, sino según el lucro; y, entregados al lujo y a un modo de vida fastuoso, obraban, en primer lugar, en contra de Dios, y, en segundo, del profeta, su padre, que tanto empeño y providencia ponía en que el pueblo fuera justo.

El pueblo, ante los desafueros de los hijos del profeta contra el orden y la constitución anteriores, llevaba mal lo que hacían y acuden juntos a él —residía en la ciudad de Ramá—; y le referían las iniquidades de sus hijos, y que él mismo, siendo ya anciano y agotado por el tiempo, no podía seguir presidiendo los asuntos del mismo modo. Le rogaban y suplicaban que les designara a alguien como rey, que gobernara la nación y castigara a los filisteos, que aún les debían pena por sus agravios anteriores.

Estas palabras entristecieron mucho a Shemuel, por su justicia innata y por su aversión a los reyes; pues era profundamente adicto a la aristocracia, como cosa divina que hace felices a quienes usan de su régimen.

Por la preocupación y el tormento que le causaba lo dicho, no se acordó ni de comida ni de sueño, sino que, dando vueltas toda la noche a los pensamientos sobre estos asuntos, resistía en vela.

Estando así, se le manifiesta la divinidad y lo consuela para que no se aflija por lo que la multitud pedía, pues no lo despreciaban a él, sino a Dios mismo, al no querer que él solo reinara; y que esto lo venían maquinando desde el día en que los sacó de Mitsraim. «Pero no tardarán en tomar un arrepentimiento penoso, por el cual, aunque nada de lo que ha de suceder dejará de suceder, quedarán convictos de haber despreciado y de haber tomado resoluciones ingratas hacia mí y hacia tu profecía.

Te ordeno, pues, que les designes por rey a aquel que yo te indique, no sin antes declararles de qué males harán experiencia siendo gobernados por reyes, y advertirles solemnemente a qué mudanza se apresuran.»

Oído esto, Shemuel, al despuntar el alba, convocó a los judíos y les prometió que les designaría un rey; pero dijo que primero debía exponerles lo que vendría de parte de los reyes y con cuántos males toparían: «Sabed que, ante todo, os arrancarán a vuestros hijos, y a unos les mandarán ser aurigas, a otros jinetes y guardias de corps, a otros correos, comandantes de mil y de cien; harán también de ellos artesanos fabricantes de armas y de carros, constructores de máquinas, labradores y encargados de sus propios campos, y cavadores de viñas.

Y no hay nada que no hagan por mandato, a la manera de esclavos comprados con dinero. A vuestras hijas las harán perfumistas, cocineras y panaderas, y todo trabajo que las siervas, por necesidad y por temor a los golpes y a los tormentos, prestan. Os arrebatarán vuestras posesiones y las regalarán a eunucos y guardias, y adjudicarán a los suyos los rebaños de ganado.

En una palabra: seréis esclavos del rey, con todo lo vuestro, junto con vuestros propios siervos. Él, cuando llegue, os hará recordar estas palabras, y, al padecerlas, arrepentidos, suplicaréis a Dios que se apiade de vosotros y os conceda pronta liberación de los reyes; pero él no acogerá vuestras súplicas, sino que, desoyéndolas, os dejará pagar la pena de vuestra mala decisión.»

Mas la multitud fue insensata también ante las predicciones de lo que había de suceder, y difícil de sacar de su ánimo un juicio ya asentado en su razonamiento; pues ni se volvieron ni les importaron las palabras de Shemuel, sino que insistían con porfía y exigían que ya se les designara el rey, sin preocuparse de lo futuro.

«Pues para castigar a los enemigos es necesario tener con nosotros a quien combata, y nada tiene de extraño que, estando gobernados por reyes los pueblos vecinos, tengamos nosotros la misma constitución.» Viendo Shemuel que ni siquiera por lo antedicho se apartaban, sino que persistían, dijo: «Ahora id cada uno a los vuestros; os haré llamar cuando convenga, en cuanto sepa de Dios a quién os da por rey.»

El nombramiento de un rey sobre los israelitas, cuyo nombre era Shaúl, y esto por mandato de Dios

Había un hombre de la tribu de Binyamín, de buena cuna y de carácter noble, llamado Kish. Tenía un hijo, joven de aspecto excelente y de gran estatura, y de ánimo y entendimiento mejores que lo que se veía. Lo llamaban Shaúl.

Este Kish, habiéndosele extraviado del pasto unas hermosas asnas —pues se deleitaba en ellas como en ninguna otra de sus posesiones—, envió a su hijo con un criado en busca de los animales. Este, cuando hubo recorrido la tribu paterna y llegó a las otras, al no hallarlas tampoco en ellas, había resuelto regresar, para no causar ya a su padre preocupación por sí mismo.

Pero como el criado que lo acompañaba, cuando llegaron cerca de la ciudad de Ramá, dijera que había allí un profeta verdadero y le aconsejara ir a él —pues por él conocería el desenlace acerca de las asnas—, Shaúl respondió que, si iban, no tenían nada que darle a cambio de la profecía, pues ya se les habían agotado las provisiones.

Como el criado dijera que tenía consigo un cuarto de siclo y que lo daría —pues por ignorancia andaban errados, creyendo que el profeta recibía paga—, se presentan; y, al toparse junto a las puertas con unas muchachas que iban a por agua, les preguntan por la casa del profeta. Ellas se la indican y los exhortaron a darse prisa, antes de que se reclinara para la cena; pues agasajaba a muchos y se reclinaba antes que los invitados.

Shemuel había reunido entonces a muchos para el banquete por esta razón: como cada día rogaba a Dios que le predijera a quién haría rey, y el día anterior se lo había revelado —que le enviaría un joven de la tribu de Binyamín a aquella hora—, él mismo, sentado en la azotea, aguardaba a que llegara el momento; y, cumplido este, bajó y se encaminó a la cena.

Se encuentra con Shaúl, y Dios le indica que este es el que ha de reinar. Shaúl se acerca a Shemuel y, saludándolo, le pedía que le indicara la casa del profeta, pues, siendo forastero, decía no conocerla.

Y como Shemuel le dijera que él era, y lo condujera al banquete, y le anunciara que las asnas por cuya búsqueda había sido enviado estaban a salvo, y que todos los bienes le estaban asegurados, Shaúl respondió: «Pero yo, señor, soy demasiado poco para tal esperanza, y de una tribu menor que para dar reyes, y de una familia más humilde que las demás familias. Tú bromeas y me pones en ridículo, hablándome de cosas mayores que las de mi condición.»

El profeta, conduciéndolo al banquete, lo reclina —a él y a su acompañante— por encima de los invitados, que eran setenta en número; y ordena a los sirvientes que sirvan a Shaúl la porción real. Cuando llegó la hora del descanso, los demás se levantaron y se retiraron cada uno a los suyos, mientras que Shaúl durmió junto al profeta, con su criado.

Al despuntar el día, Shemuel lo levantó del lecho y lo acompañó a la salida; y, ya fuera de la ciudad, le mandó hacer que el criado se adelantara, pero que él se quedara atrás, pues tenía algo que decirle sin que nadie más estuviera presente.

Y Shaúl despide a su acompañante; y el profeta, tomando el óleo sagrado, lo derrama sobre la cabeza del joven y, tras besarlo, le dice: «Sabe que has sido designado rey por Dios contra los filisteos y para la defensa de los hebreos. De ello tendrás esta señal, que quiero que conozcas de antemano: cuando partas de aquí, encontrarás en el camino a tres hombres que van a adorar a Dios en Bet-El; de ellos verás al primero llevando tres panes, al segundo un cabrito, y el tercero seguirá cargando un odre de vino. Estos te saludarán, te tratarán con afecto y te darán dos panes, y tú los tomarás.

Y de allí llegarás al llamado sepulcro de Rajel, donde te toparás con quien te anuncie la buena nueva de que tus asnas están a salvo. Después, yendo de allí a Guivá, te encontrarás con unos profetas reunidos en asamblea, y, poseído por Dios, profetizarás con ellos, de modo que todo el que te vea se asombre y admire, diciendo: “¿De dónde le ha venido tal ventura al hijo de Kish?” Cuando te sucedan estas señales, sabe que Dios está contigo. Saluda a tu padre y a tus parientes. Vendrás, llamado por mí, a Guilgal, para que ofrezcamos por ello sacrificios de acción de gracias a Dios.» Dicho y predicho esto, despide al joven; y a Shaúl todo le salió al encuentro conforme a la profecía de Shemuel.

Cuando llegó a la casa de su pariente Avner —pues a este lo quería más que a los demás allegados—, al preguntarle este por el viaje y por lo que le había ocurrido, no le ocultó nada de lo demás, ni que había ido junto a Shemuel el profeta, ni que aquel le había dicho que las asnas estaban a salvo; pero acerca del reino y de lo tocante a él, cosas que pensaba que, oídas, suscitarían envidia e incredulidad, calla ante él; y ni siquiera a quien parecía serle muy favorable y a quien amaba más que a los de su propia sangre le pareció seguro ni prudente revelarlo, considerando —creo yo— cuál es en verdad la naturaleza humana: que nadie, ni de los amigos ni de los parientes, guarda firmemente su afecto hasta el punto de tolerar los favores brillantes que vienen de Dios, sino que ante las grandezas ajenas se vuelven ya malévolos y envidiosos.

Shemuel convoca al pueblo a la ciudad de Mitspá y les dirige un discurso que decía pronunciar por mandato de Dios: que, habiéndoles concedido él la libertad y sometido a los enemigos, se habían olvidado de sus beneficios, y rechazaban a Dios de la realeza, sin saber cuán ventajoso es ser presididos por el mejor de todos

—y Dios es el mejor de todos—, y preferían tener por rey a un hombre, que usará de los súbditos como de una posesión, según su voluntad, su capricho y el ímpetu de sus demás pasiones, saciándose sin freno de su poder, y no se afanará por conservar la raza de los hombres como obra y hechura propia, según haría Dios, que por esa causa cuidaría de ella. «Pero, ya que así lo habéis resuelto y ha prevalecido el ultraje contra Dios, poneos todos en orden por tribus y por cetros, y echad suertes.»

Al hacer esto los hebreos, salió la suerte de la tribu de Binyamín; y, sorteada esta, tocó a la familia llamada de Matri; y, sorteada esta hombre por hombre, le cae en suerte reinar a Shaúl, hijo de Kish.

Sabido esto, el joven se adelantó a apartarse y a esconderse, no queriendo, creo yo, dar la impresión de tomar de buen grado el poder, sino que mostró tanta contención y templanza que —cuando la mayoría no puede contener la alegría ni siquiera ante pequeños éxitos, sino que se precipita a hacerse notoria a todos— él no solo no dejó traslucir nada de eso ante el reino y ante haber sido designado señor de tantos y tan grandes pueblos, sino que se hurtó a la vista de aquellos a quienes iba a reinar, y los obligó a buscarlo y a afanarse por ello.

Como estuvieran perplejos y preocupados de que Shaúl hubiera desaparecido, el profeta suplicó a Dios que mostrara dónde estaba y que sacara al joven a la vista.

Y, sabido de Dios el lugar donde Shaúl se ocultaba, envía a quienes lo trajeran, y, una vez presente, lo pone en medio de la multitud. Sobresalía entre todos, y por su estatura tenía el porte más regio.

Dice el profeta: «Este os ha dado Dios por rey; ved cómo es superior a todos y digno del mando.» Cuando el pueblo aclamó al rey deseándole salvación, el profeta, poniendo por escrito lo que había de suceder, lo leyó oyéndolo el rey, y coloca el libro en el Mishkán de Dios, como testimonio para las generaciones futuras de lo que había predicho.

Cumplido esto, Shemuel despide a la multitud. Y él mismo se dirige a la ciudad de Ramá, pues era su patria; y a Shaúl, que se retiraba a Guivá, de donde procedía, lo acompañaban muchos: los buenos, rindiéndole el honor que corresponde a un rey; pero los ruines, en mayor número, que lo despreciaban, se burlaban de él, no le ofrecían dádivas ni ponían empeño y consideración en agradar a Shaúl.

La expedición de Shaúl contra la nación de los amonitas, su victoria sobre ellos y el botín que les tomó

Un mes después, el honor unánime hacia él tuvo su comienzo en la guerra contra Najash, rey de los amonitas. Pues este causaba muchos males a los judíos que habitaban al otro lado del río Yardén, tras haber cruzado contra ellos con un ejército numeroso y aguerrido.

Y sometía a esclavitud sus ciudades, dominándolas por el momento con fuerza y violencia, pero, con astucia e ingenio, debilitándolas para que ni siquiera, sublevándose de nuevo, pudieran escapar de la esclavitud bajo él. Pues a los que acudían a él por pacto, o eran capturados por ley de guerra, les arrancaba el ojo derecho.

Hacía esto para que, cubierta la vista izquierda por los escudos, quedaran del todo inútiles.

El rey de los amonitas, hecho esto a los del otro lado del Yardén, marchó contra los llamados galaaditas; y, acampando junto a la metrópoli de los enemigos —que es Yavesh—, les envía embajadores ordenándoles que se rindieran de inmediato a cambio de que se les arrancara el ojo derecho, o amenazaba con sitiarlos y arrasar sus ciudades. La elección estaba en sus manos: si preferían cortar una pequeña parte del cuerpo o perecer del todo.

Los galaaditas, aterrados, no se atrevieron a decir nada sobre ninguna de las dos cosas, ni si se rendían ni si combatían, sino que pidieron una tregua de siete días, para enviar embajadores a sus hermanos de raza y pedirles que los socorrieran; y, si venía ayuda, combatir, pero, si lo de aquellos resultaba impracticable, decían que se rendirían para padecer lo que a él le pareciera.

Najash, despreciando a la multitud de los galaaditas y su respuesta, les concede la tregua y les permite enviar por los aliados que quisieran. Envían, pues, enseguida por las ciudades a los israelitas, quienes anunciaban lo de Najash y el apuro en que se hallaban.

Aquellos se vieron llevados a lágrimas y aflicción al oír lo tocante a los de Yavesh, y el miedo no les permitía hacer nada más allá de eso. Cuando los mensajeros llegaron también a la ciudad de Shaúl el rey y refirieron los peligros en que se hallaban los de Yavesh, el pueblo padecía lo mismo que los primeros, pues se lamentaba por la desgracia de sus parientes.

Shaúl, que llegaba a la ciudad de vuelta de las labores del campo, se topa con sus conciudadanos llorando; y, al indagar la causa de su turbación y abatimiento, se entera de lo que traían los mensajeros.

Y, poseído por Dios, despide a los de Yavesh prometiéndoles que acudiría en su ayuda al tercer día y que, antes de salir el sol, vencería a los enemigos, para que el sol, al despuntar, los viera ya vencedores y libres de temores; y mandó que algunos de ellos se quedaran para guiarlo por el camino.

Queriendo, por temor al castigo, mover al pueblo a la guerra contra los amonitas y hacer que se reunieran con más prontitud, cortó los tendones de sus propias vacas y amenazó con tratar igual las de todos, si no acudían armados al Yardén al día siguiente y no lo seguían a él y a Shemuel el profeta adondequiera que los condujeran.

Como aquellos, por cautela ante el castigo anunciado, se reunieran en el tiempo señalado, cuenta a la multitud en la ciudad de Bala; y halla que el número, sin la tribu de Yehudá, sumaba setecientos mil reunidos, y de aquella tribu había setenta mil.

Y cruzando el Yardén, tras recorrer un camino de diez esquenos durante toda la noche, se adelanta al sol naciente; y, dividiendo el ejército en tres, cae de improviso por todas partes sobre los enemigos, que no lo esperaban, y, trabando batalla, mata a muchos otros de los amonitas y a Najash, su rey.

Esta hazaña, gloriosa, la llevó a cabo Shaúl, y lo hizo famoso ante todos los hebreos, elogiado y gozando de admirable renombre por su valentía; pues, aunque antes hubo algunos que lo despreciaban, entonces cambiaron a honrarlo y a tenerlo por el mejor de todos. Pues no le bastó con haber salvado solo a los de Yavesh, sino que, marchando también contra la tierra de los amonitas, la somete toda, y, tomando mucho botín, regresó glorioso a su patria.

El pueblo, por el placer de los éxitos de Shaúl, se alegraba de haber elegido tal rey; y contra los que decían que no sería de ningún provecho para los asuntos, gritaban: «¿Dónde están ahora esos? ¡Que paguen la pena!» —y todo cuanto suele decir una muchedumbre exaltada por los éxitos contra quienes poco antes menospreciaban a los causantes de ellos.

Shaúl acogía la benevolencia de estos y su celo por él, pero juró que no permitiría que ningún compatriota fuera muerto en aquel día; pues era absurdo manchar con sangre la victoria dada por Dios y celebrarla con la matanza de parientes entre sí.

Como Shemuel dijera que era preciso confirmar el reino a Shaúl con una segunda designación, se reúnen todos en la ciudad de Guilgal, pues allí les había mandado ir. Y de nuevo, a la vista de la multitud, el profeta unge a Shaúl con el óleo sagrado y lo proclama rey por segunda vez. Y así la constitución de los hebreos mudó en realeza.

Pues en tiempos de Moshé y de su discípulo Yehoshúa, que era su caudillo, vivían gobernados por la aristocracia; y tras la muerte de aquel, durante dieciocho años en total, la anarquía se apoderó de su multitud.

Después volvieron a la constitución anterior, confiando el juicio de todos los asuntos a quien pareciera el mejor en la guerra y sobresaliente en valentía; y por eso a este tiempo de su gobierno lo llamaron «de los jueces».

El profeta Shemuel, celebrando una asamblea de los hebreos, dijo: «Os pongo por testigo al Dios altísimo, que trajo a la vida a aquellos hermanos —me refiero a Moshé y Aharón— y arrancó a nuestros padres de los egipcios y de la esclavitud bajo ellos: decid, sin condescender por respeto, ni retraeros por miedo, ni ceder a ninguna otra pasión, si algo he hecho torcido e injusto por lucro, o por codicia, o por favor hacia otros; probadme si acaso he aceptado de tales cosas un ternero o una oveja —que parece cosa no reprochable tomar para el sustento—, o si, arrebatando la bestia de carga de alguno para mi provecho, lo agravié: denunciad alguna de estas cosas ante vuestro rey aquí presente.» Ellos exclamaron que nada de eso había hecho, y que había presidido a la nación santa y justamente.

Shemuel, obtenido de todos este testimonio en su favor, dijo: «Ya que me habéis concedido que no podéis decir nada indebido acerca de mí, ea, escuchadme ahora con franqueza cuando os digo que habéis cometido gran impiedad contra Dios al pedir un rey.

Os conviene recordar que con solo setenta de nuestro linaje bajó a Mitsraim, por causa del hambre, el abuelo Yaakov, y que allí, engendradas muchas miríadas —a las que los egipcios llevaron a la esclavitud y a duros ultrajes—, Dios, habiéndolo suplicado los padres, sin rey concedió a la multitud librarse de aquella opresión, enviándoles a los hermanos Moshé y Aharón, que os condujeron a esta tierra que ahora tenéis.

Y tras haber gozado de estos bienes que os venían de Dios, traicionasteis el culto y la piedad. Pese a todo, cuando caísteis en poder de los enemigos, Él os liberó: primero os hizo superiores a los asirios y a su fuerza; luego os concedió vencer a los amonitas y a los moabitas, y por último a los filisteos. Y todo esto lo llevasteis a cabo sin un rey al frente, sino con Yiftaj y Guidón como caudillos.

¿Qué locura, entonces, os poseyó para huir de Dios y querer estar bajo un rey? Yo, por mi parte, he designado a este que Él mismo eligió. Pero, para dejar bien claro que Dios está airado y molesto con vuestra elección de una monarquía, haré que Él os lo muestre con toda evidencia por medio de señales: lo que ninguno de vosotros ha visto jamás suceder aquí —en pleno verano, una tormenta de invierno—, tras pedírselo a Dios, os lo daré a reconocer ahora mismo.

Y apenas hubo dicho esto Shemuel a la muchedumbre, lo divino confirma con truenos, relámpagos y una descarga de granizo la verdad del profeta sobre todas las cosas. De modo que, atónitos y sobrecogidos de temor, reconocieron haber pecado y haber caído en ello por ignorancia, y suplicaron al profeta que, como padre bondadoso e indulgente, les hiciera propicio a Dios y les perdonara este pecado, que habían añadido a los otros ultrajes y transgresiones que ya habían cometido.

Él les promete que rogará a Dios que se lo perdone y que lo persuadirá; pero les aconsejó ser justos y buenos y tener siempre presentes los males que les habían sobrevenido por apartarse de la virtud, y las señales de Dios y la Torá de Moshé, si es que anhelan la salvación y la prosperidad junto con el rey.

Y si descuidaban todo esto, les dijo, un gran golpe de Dios caería sobre ellos y sobre el rey. Así profetizó Shemuel a los hebreos y los despidió a sus casas, tras haber confirmado por segunda vez la realeza a Shaúl.

Cómo los filisteos emprendieron otra campaña contra los hebreos y fueron derrotados

Este, escogiendo de entre el pueblo unos tres mil hombres, tomó dos mil como guardia personal y permaneció él mismo en la ciudad de Bet-El; los restantes se los dio a su hijo Yonatán para que le sirvieran de escolta, y lo envió a Gueva. Y Yonatán toma por asalto un fuerte de los filisteos no lejos de Gueva.

Pues los filisteos, al someter a los judíos, les quitaban las armas y ocupaban con guarniciones los lugares más fortificados del país, y les prohibían terminantemente portar hierro y servirse de él. Por causa de esta prohibición, los labradores, siempre que necesitaban componer alguna de sus herramientas —una reja de arado, un azadón o cualquier otro útil de labranza—, acudían a los filisteos para que se lo hicieran.

Cuando llegó a oídos de los filisteos la destrucción de la guarnición, indignados y considerando aquel desprecio un ultraje intolerable, marchan contra los judíos con trescientos mil hombres de a pie, treinta mil carros, y llevaban consigo seis mil jinetes. Y cuando acamparon junto a la ciudad de Mijmash, Shaúl, el rey de los judíos, al saberlo, baja a la ciudad de Guilgal y proclama por todo el país, convocando al pueblo, en nombre de la libertad, a la guerra contra los filisteos —menospreciando su fuerza y desdeñándola como cosa sin importancia, no digna de temerse ni de arriesgar un enfrentamiento con ellos.

Pero al reparar en la multitud de los filisteos, los hombres de Shaúl quedaron aterrados: unos se escondieron en cuevas y galerías subterráneas, y la mayoría huyó a la tierra del otro lado del Yardén, que era la de Gad y Reuvén.

Shaúl, enviando a llamar al profeta, lo convocó junto a sí para deliberar sobre la guerra y la situación. Él le mandó que lo aguardara allí y que preparara víctimas para el sacrificio, pues al cabo de siete días vendría a él, de modo que sacrificaran el séptimo día y solo entonces trabaran combate con el enemigo. Y Shaúl aguarda, tal como el profeta le había ordenado; pero ya no cumple el mandato, sino que, al ver que el profeta se demoraba y que él mismo iba quedándose abandonado por los soldados, tomó las víctimas y llevó a cabo el sacrificio. Y cuando oyó que Shemuel se acercaba, salió a su encuentro.

Él le dijo que no había obrado bien, pues había desoído lo que le había mandado y se había anticipado a su llegada —la cual, sucediendo por voluntad de lo divino para las plegarias y los sacrificios en favor del pueblo, la había atropellado él oficiando mal y precipitándose. Se defendía Shaúl diciendo que sí había esperado los días que le había fijado, pero que la necesidad, la deserción de sus soldados por miedo, el campamento de los enemigos en Mijmash y la noticia de que descendían contra él a Guilgal lo habían apremiado a hacer el sacrificio.

Shemuel replicó: «Pues bien, si hubieras sido justo y no me hubieras desobedecido ni hubieras menospreciado lo que Dios me encomendó acerca de la situación presente, mostrándote más apresurado de lo que convenía a los asuntos, a ti mismo te habría sido dado reinar por muchísimo tiempo, y también a tus descendientes.»

Y Shemuel, apesadumbrado por lo ocurrido, se retiró a su casa. Shaúl, en cambio, llegó a la ciudad de Guivá con solo seiscientos hombres, junto a Yonatán su hijo. De estos, la mayoría no tenía armas, pues el país escaseaba de hierro y de quienes supieran forjar armas, ya que los filisteos no permitían que los hubiera, como poco antes hemos señalado.

Los filisteos, dividiendo su ejército en tres cuerpos y avanzando por otras tantas rutas, saqueaban la tierra de los hebreos, mientras Shaúl, su rey, y su hijo Yonatán lo contemplaban sin poder defender el país, pues no eran más que seiscientos. Sentados en lo alto de una colina —él mismo, su hijo y el sumo sacerdote Ajiyá, descendiente de Elí el sumo sacerdote—, y viendo la tierra devastada, se hallaban en una angustia terrible. Entonces el hijo de Shaúl se concierta con su escudero para adentrarse a escondidas en el campamento enemigo, provocar allí desconcierto y alboroto.

Como el escudero le dijera que lo seguiría de buena gana adondequiera que lo condujese, aunque hubiera que morir, se valió de la ayuda del joven y, bajando de la colina, avanzó hacia los enemigos. El campamento enemigo estaba sobre un despeñadero, ceñido en derredor por una roca afilada en tres crestas finas y alargadas que, como baluartes, rechazaban cualquier ataque. Por eso ocurría que la vigilancia del campamento estaba descuidada, porque la seguridad del lugar era natural y todos juzgaban imposible no ya subir por aquellas peñas, sino siquiera acercarse.

Así pues, cuando llegaron cerca del campamento, Yonatán animó al escudero y le dijo: «Ataquemos al enemigo; y si al vernos nos ordenan subir hacia ellos, toma esto como señal de victoria; pero si no dicen nada, como quien no nos llama, volvámonos.» Al acercarse ellos al campamento enemigo, ya cuando el día despuntaba, los filisteos, al verlos, se decían unos a otros que los hebreos salían de las galerías y las cuevas, y gritaron a Yonatán y a su escudero: «¡Venid, subid hasta nosotros, para que os castiguemos como merece vuestra osadía!»

El hijo de Shaúl saludó aquella voz como señal de victoria. Al punto se retiraron del sitio donde los enemigos los habían divisado, y rodeándolo llegaron a la roca, que estaba desierta de guardias por su misma solidez. Trepando desde allí con enorme fatiga, forzaron la naturaleza del terreno para subir sobre los enemigos, y cayendo sobre ellos mientras dormían, matan a unos veinte y los llenaron de tal confusión y espanto que algunos huyeron arrojando su armamento. Los más, no reconociéndose entre sí —pues el ejército enemigo se componía de muchas naciones— y sospechando unos de otros, se lanzaron a pelear entre ellos, ya que conjeturaban que habían subido contra ellos no solo dos hebreos. Y así, unos morían acuchillados y otros, huyendo, eran empujados por las rocas y despeñados al abismo.

Cuando los exploradores de Shaúl le avisaron al rey de que el campamento de los filisteos estaba en desorden, Shaúl preguntó si faltaba alguno de los suyos. Y al oír que su hijo y con él el escudero estaban ausentes, ordena al sumo sacerdote que, tomando la vestidura sacerdotal, le profetice sobre lo que había de suceder. Como aquel le anunciara que habría victoria y dominio sobre los enemigos, sale contra los filisteos, se lanza sobre ellos en su confusión y se matan unos a otros. Afluyen también hacia él los que antes se habían refugiado en las galerías y las cuevas, al oír que Shaúl vencía; y llegando a ser ya unos diez mil los hebreos, persigue a los enemigos, dispersos por todo el país.

Pero, ya fuera por la alegría de una victoria tan inesperada —pues suele ocurrir que quienes gozan de tanta fortuna no dominan su juicio—, ya fuera por ignorancia, incurre en un acto terrible y muy reprochable. Queriendo vengarse y tomar satisfacción de los filisteos, lanza una maldición sobre los hebreos: que quien, absteniéndose de matar al enemigo, comiese algo, y no siguiera hasta que cayese la noche en la matanza y persecución de los enemigos, ese quedase maldito. Dicho esto por Shaúl, como llegaran a cierto bosque espeso y lleno de abejas, en el lote de Efráyim, el hijo de Shaúl, que no había oído la maldición de su padre ni el asentimiento del pueblo a ella, exprimió un panal de miel y comió.

Mas al enterarse entretanto de que su padre había prohibido con terrible maldición que nadie probara bocado antes de la puesta del sol, dejó de comer y dijo que no había hecho bien su padre en prohibirlo; pues, con mayores fuerzas y ánimo en la persecución, si hubieran tomado alimento, habrían capturado y matado a muchos más enemigos.

En efecto, tras haber abatido a muchas decenas de miles de filisteos, ya caída la tarde se lanzan al saqueo del campamento de los filisteos, y tomando abundante botín y ganado, lo degollaban y lo comían aún con la sangre. Los escribas le informan al rey de que el pueblo está pecando contra Dios, pues sacrifica y come antes de lavar bien la sangre y purificar las carnes. Entonces Shaúl manda rodar al medio una gran piedra y proclama que la gente sacrifique sobre ella las reses y no se banquetee con la carne acompañada de la sangre, pues esto no es grato a Dios. Y habiéndolo hecho todos según la orden del rey, Shaúl levanta allí un altar y ofreció sobre él un holocausto a Dios. Este fue el primer altar que construyó.

Queriendo conducir de inmediato al ejército, antes del día, contra el campamento enemigo para saquear cuanto había en él —y no vacilando los soldados en seguirlo, sino mostrando gran ardor para lo que ordenaba—, el rey llamó a Ajituv, el sumo sacerdote, y le manda averiguar si Dios les concede y permite ir contra el campamento de los enemigos y destruir a los que allí se hallasen. Como el sacerdote dijera que Dios no respondía, y no sin motivo, exclamó Shaúl: «A nosotros, que le preguntamos, Dios no nos da voz, Él que antes nos anunciaba todo por sí mismo y, aun sin preguntarle, se adelantaba a hablarnos; hay, pues, algún pecado nuestro, oculto, contra Él, causa de este silencio. Y juro por Él mismo que, aunque sea mi propio hijo Yonatán quien haya cometido este pecado, lo mataré y así aplacaré a Dios, como si tomara la satisfacción por él de un extraño en nada emparentado conmigo.»

Cuando la multitud clamó que así lo hiciera, al instante los coloca a todos en un lugar, y se sitúa él mismo con su hijo en otra parte, y buscaba averiguar por sorteo al que había pecado; y la suerte parece señalar a Yonatán. Interrogado por su padre sobre qué había hecho mal y de qué falta contra la rectitud y la santidad se sabía culpable en su vida, respondió: «Padre, nada, salvo que ayer, ignorando tu maldición y tu juramento, mientras perseguía a los enemigos probé un panal de miel.» Shaúl jura darle muerte, y antepuso el juramento a su propia sangre y al amor natural.

Pero él no se amedrenta ante la amenaza de muerte, sino que, comportándose con nobleza y grandeza de ánimo, dice: «Tampoco yo te suplicaré, padre, que me perdones la vida; dulcísima me es la muerte, viniendo por tu piedad y sobre una victoria tan brillante; pues es el mayor consuelo dejar a los hebreos habiendo vencido a los filisteos.» Ante esto, todo el pueblo se dolió y compartió su sufrimiento, y juró no permitir que muriese Yonatán, el artífice de la victoria. Y así lo arrancan de la maldición de su padre, y ellos mismos hacen votos a Dios por el joven, para que lo librara del pecado.

Y Shaúl regresó a su ciudad, tras haber aniquilado a unos sesenta mil enemigos. Reina con fortuna, y guerreando contra las naciones vecinas las somete: la de los amonitas y los moabitas, los filisteos, los idumeos, los amalecitas y el rey de Tsová. Tenía tres hijos varones: Yonatán, Yishví y Malki-Shúa, y dos hijas: Merav y Mijal. Como jefe de su ejército tenía al hijo de su tío, Avner —aquel se llamaba Ner, y Ner y Kish, el padre de Shaúl, eran hermanos, hijos de Aviel—. Tenía Shaúl también gran número de carros y de jinetes, y contra quienquiera que combatiese salía vencedor; elevó a los hebreos a la prosperidad y a una gran dicha, los mostró más poderosos que las demás naciones y, de entre los jóvenes, a los que sobresalían por su estatura y hermosura los hacía guardias de su persona.

La guerra de Shaúl contra los amalecitas y la conquista de estos

Shemuel, presentándose ante Shaúl, le declaró que Dios lo enviaba a él para recordarle que Dios, prefiriéndolo por encima de todos, lo había designado rey, y que por ello debía obedecerle y someterse a Él, pues él tenía el gobierno de las naciones, pero Dios tenía el gobierno sobre él y sobre todas las cosas. Le dijo, pues, que Dios hablaba así: «Puesto que los amalecitas causaron muchos males a los hebreos en el desierto, cuando, habiendo salido de Mitsraim, marchaban hacia el país que ahora poseen, ordeno que, tomando venganza en guerra de los amalecitas y venciéndolos, no dejes a ninguno de ellos con vida, sino que pases por toda edad, comenzando por matar a las mujeres y a los niños, y tomes tal represalia por lo que hicieron a vuestros antepasados. No perdones ni bestias de carga ni ninguna otra res para provecho o posesión propia, sino conságralo todo a Dios y, siguiendo los mandatos de Moshé, borra el nombre de Amalek.»

Shaúl acepta hacer lo que se le manda, y considerando que la obediencia a Dios no consiste solo en emprender la campaña contra los amalecitas, sino que muestra aún más su prontitud y rapidez sin admitir demora alguna, reúne todas sus fuerzas, y al pasarles revista en Guilgal halla, de los israelitas —fuera de la tribu de Yehudá—, unos cuatrocientos mil; pues esta tribu, ella sola, es de treinta mil soldados. Shaúl, invadiendo el país de los amalecitas, coloca numerosas emboscadas y partidas en torno al torrente, para no solo dañarlos combatiéndolos a campo abierto, sino también caer sobre ellos por sorpresa por los caminos y, cercándolos, aniquilarlos; y en efecto, trabando batalla con ellos, pone en fuga a los enemigos y los destruye a todos, persiguiéndolos mientras huyen.

Y como aquella empresa le resultó conforme a la profecía de Dios, atacó las ciudades de los amalecitas: unas las tomó con máquinas, otras con galerías excavadas y contramuros levantados por fuera, otras con hambre y sed, y otras por diversos medios; y tras rendirlas y tomarlas por la fuerza, procedió a la matanza de mujeres y niños, sin considerar que hacía nada cruel ni más duro que la naturaleza humana —primero, porque lo hacía a enemigos; después, por mandato de Dios, a quien desobedecer entrañaba peligro—. Toma también cautivo a Agag, el rey de los enemigos, cuya belleza y estatura admiró y juzgó digno de salvarse; mas ya no obraba en esto según la voluntad de Dios, sino vencido por su propia pasión y complaciéndose inoportunamente en la piedad, en asunto en que no tenía autoridad sin riesgo.

Pues Dios odió de tal modo a la nación de los amalecitas que mandó no perdonar ni siquiera a los niños, hacia quienes la compasión es más natural; pero Shaúl salvó a su rey, cabecilla de los males contra los hebreos, anteponiendo la hermosura del enemigo al recuerdo de lo que Dios le había encomendado. Pecó con él también la muchedumbre: pues también aquellos perdonaron las bestias de carga y el ganado y lo saquearon, aun habiendo mandado Dios no conservarlos, y se llevaron los demás bienes y riquezas, mientras que destruían lo que no valía la pena poseer.

Vencedor Shaúl, aniquiló a todos los enemigos que se extendían desde Pelusio de Mitsraim hasta el mar de los Juncos, dejando aparte a la nación de los siquemitas, pues estos habitaban en medio del país de Madián. Antes de la batalla, enviándoles aviso, les mandó retirarse, para que no compartieran la desgracia con los amalecitas; pues, siendo parientes de Reuel, el suegro de Moshé, tenía razón para salvarlos.

Y Shaúl, como quien nada había desoído de lo que el profeta le había encomendado al ir a emprender la guerra contra los amalecitas, sino como si hubiera guardado con exactitud todo aquello, tras vencer a los enemigos regresó a su casa gozoso por sus logros. Pero Dios se irrita por la salvación del rey de los amalecitas y por el saqueo del ganado por parte de la muchedumbre, porque se hizo sin su consentimiento; pues consideraba intolerable que venciesen y prevaleciesen sobre sus enemigos gracias a la fuerza que Él les daba, y que en cambio fuera menospreciado y desobedecido ni siquiera como un rey humano.

Dijo, pues, al profeta Shemuel que se arrepentía de haber elegido rey a Shaúl, que nada de lo que Él ordena cumplía, sino que seguía su propia voluntad. Al oír esto, Shemuel quedó hondamente turbado, y durante toda la noche comenzó a rogar a Dios que se reconciliara con Shaúl y no se mostrara severo. Pero Él no concedió el perdón para Shaúl que el profeta le pedía, razonando que no era justo condonar los pecados con la intercesión; pues de ninguna otra cosa nacen más que de la blandura de los agraviados, que, buscando fama de indulgencia y bondad, sin advertirlo engendran estos males.

Así pues, cuando Dios rechazó la súplica del profeta y era manifiesto que persistía en su decisión, al despuntar el día Shemuel llega a Guilgal, ante Shaúl. Al verlo, el rey corre a su encuentro y, abrazándolo, dice: «Doy gracias a Dios, que me ha dado la victoria; todo cuanto Él ordenó ha sido cumplido.» Shemuel, replicando a esto, dijo: «¿De dónde, entonces, oigo balidos de reses y mugidos de bestias de carga en el campamento?» Él respondió que el pueblo las había reservado para sacrificios; que, sin embargo, todo el linaje de los amalecitas había sido exterminado conforme al mandato y que no quedaba ningún otro, salvo que le había traído solo a su rey, conservado con vida, y que respecto de él debían deliberar juntos qué hacer.

El profeta le dijo que lo divino no se complace en los sacrificios, sino en los hombres buenos y justos. Y estos son los que siguen su voluntad y sus mandatos y no creen hacer bien nada por sí mismos sino aquello que hacen por orden de Dios; pues Él es despreciado no cuando alguien no le ofrece sacrificio, sino cuando parece desobedecer. De aquellos que no se someten ni practican el culto verdadero, el único grato a Dios, ni aunque inmolen muchas y pingües víctimas, ni aunque presenten un aparato de ofrendas labradas en plata y oro, recibe Él nada con agrado, sino que lo rechaza y lo tiene por muestra de maldad, no de piedad. En cambio, de aquellos que guardan en su memoria esta sola cosa —cuanto Dios pronuncie y ordene— y prefieren morir antes que transgredir nada de ello, se complace; y ni les exige sacrificio, y de los que sacrifican, aun cuando sea humilde, acoge con más agrado el honor de la pobreza que el de los más ricos.

«Sábete, pues, que estás bajo la ira de Dios; porque despreciaste y descuidaste lo que Él te encomendó. ¿Cómo crees, entonces, que Él mirará el sacrificio hecho de aquello que condenó a perecer? A no ser que juzgues que inmolarlo a Dios es lo mismo que su destrucción. Espera, por tanto, que se te arrebatarán la realeza y el poder, valiéndote de los cuales descuidaste al Dios que te los otorgó.»

Shaúl reconocía haber obrado mal y no negaba el pecado, pues había transgredido los mandatos del profeta; pero, por temor y miedo a los soldados, no había impedido ni contenido que saquearan el botín. «Perdóname, sin embargo, y sé benévolo, pues me guardaré de pecar en adelante.» Y rogaba al profeta que, volviendo con él, ofreciese a Dios sacrificios de acción de gracias; pero él, como no veía que Dios se reconciliara, se marchaba a su casa. Shaúl, queriendo retenerlo, se aferra a su manto, y como el tirón se hizo violento porque Shemuel se alejaba con ímpetu, rasga la vestidura. Dijo el profeta que así le sería arrancada la realeza, y la recibiría un hombre bueno y justo, pues Dios se atiene a lo que ha decidido acerca de él, ya que cambiar y mudar de parecer es cosa de pasión humana, no de poder divino.

Shaúl confesaba haber obrado impíamente, pero que no podía deshacer lo ya hecho; le rogaba al menos que lo honrase, viniendo con él a la vista del pueblo a postrarse ante Dios. Shemuel le concede esto, y yendo juntos se postra ante Dios. Es traído también ante él Agag, el rey de los amalecitas; y cuando este preguntaba cuán amarga era la muerte, le dijo: «Como tú hiciste que muchas madres de hebreos lloraran por sus hijos y guardaran luto, así harás gemir a tu madre por ti, ahora destruido.» Y ordena que sea ejecutado allí mismo, en Guilgal. Y él mismo se retira a la ciudad de Ramá.

Cómo, tras la transgresión por Shaúl de los mandatos del profeta, Shemuel ungió en privado a otro por rey, de nombre David, según Dios se lo ordenó

El rey Shaúl, dándose cuenta de los males que padecía por haberse hecho enemigo a Dios, sube a su residencia real de Guivá —el nombre significa, traducido, «colina»—, y a partir de aquel día ya no vuelve a presentarse ante el profeta. A Shemuel, que se afligía por él, Dios le ordenó cesar en su preocupación y, tomando el óleo sagrado, ir a la ciudad de Bet-Léjem, junto a Yishái, hijo de Oved, y ungir de entre sus hijos a aquel que Él mismo señalara como el que había de llegar a ser rey. Él dijo que temía que Shaúl, al enterarse, lo matara tendiéndole una emboscada o incluso a las claras; pero, con la indicación de Dios, que le dio un camino seguro, llegó a la ciudad ya dicha.

Todos lo saludaron y le preguntaron el motivo de su llegada, y él dijo que venía a sacrificar a Dios. Tras hacer el sacrificio, llama a Yishái con sus hijos a los ritos sagrados, y al ver a su hijo mayor, bien crecido y hermoso, conjeturó por su buena figura que este era el que había de reinar. Pero se equivoca respecto de la providencia de Dios; pues al preguntarle si debía ungir con el óleo al joven que él mismo admiraba y juzgaba digno de la realeza, Él le dijo que no ven lo mismo los hombres y Dios: «Tú, fijándote en la hermosura del joven, lo tienes ya por digno de reinar; pero yo no hago de la realeza un premio a la belleza del cuerpo, sino a la virtud del alma, y busco a quien sea del todo hermoso en esto, adornado de piedad, justicia, valentía y obediencia, en lo cual consiste la belleza del alma.»

Dicho esto por Dios, Shemuel ordenó a Yishái que le mostrara a todos sus hijos. Este hizo venir a otros cinco, de los cuales el mayor era Eliav; el segundo, Avinadav; Shamá el tercero; el cuarto, Netanel; el quinto se llamaba Raddái, y el sexto, Otsem. Al verlos también a estos el profeta, en nada inferiores en figura al mayor, preguntó a Dios a cuál de ellos elegía por rey. Como respondiera que a ninguno, inquiere de Yishái si aún tiene otros hijos además de estos. Al decir aquel que había uno, de nombre David, pero que apacentaba y se ocupaba de la guarda del ganado, le manda que lo llame enseguida, pues no les era posible reclinarse al banquete sin que él estuviera presente.

Cuando llegó David, mandado buscar por su padre —un muchacho de tez rubia, de mirada viva y por lo demás hermoso—, Shemuel, diciéndose en voz baja para sí «Este es el que place a Dios para reinar», se reclina él mismo y hace reclinarse a su lado al joven, y a Yishái con sus hijos. Luego, tomando el óleo, a la vista de David lo unge, le habla quedamente al oído y le da a entender esto: que Dios lo ha elegido para reinar; y le exhortó a ser justo y obediente a sus mandatos, pues así le permanecería la realeza por largo tiempo y su casa se volvería ilustre y célebre, y sometería a los filisteos, y contra cualquier nación que guerreara, venciendo y prevaleciendo en el combate, tendría gloria digna de ser cantada, en vida, y la dejaría a los que vinieran después de él.

Y Shemuel se marcha, tras estas exhortaciones, y lo divino pasa a David, abandonando a Shaúl. Y David comenzó a profetizar, habiéndose trasladado a él el espíritu divino; en cambio, a Shaúl lo rondaban ciertos padecimientos y demonios que le provocaban ahogos y sofocos, de modo que los médicos no lograban idear para él otro remedio, sino que mandaron buscar, si lo había, a alguien capaz de entonar salmos y tañer el arpa, para que, cuando los demonios se le acercaran y lo perturbaran, lo pusieran de pie a su lado, sobre su cabeza, a tañer y recitar los himnos.

Él no lo descuidó, sino que ordenó buscar a tal hombre; y como uno de los presentes le dijera que había visto en la ciudad de Bet-Léjem a un hijo de Yishái, aún niño de edad, apuesto y hermoso y por lo demás digno de estima, y que además sabía tañer y cantar himnos y era un guerrero consumado, envió a Yishái y le mandó que le remitiera a David, apartándolo de los rebaños; pues deseaba verlo, habiendo oído hablar de la buena figura y el valor del joven. Yishái envía a su hijo y le da presentes para que se los llevara a Shaúl. Cuando llegó, le agradó, y haciéndolo su escudero lo tuvo en toda honra; pues David le cantaba, y contra la perturbación de los demonios, cuando le sobrevenían, era su único médico, recitando los himnos, tañendo el arpa y haciendo que Shaúl volviera a ser dueño de sí. Envía, pues, a Yishái, el padre del muchacho, con la orden de que dejara a David con él, pues le placía verlo y tenerlo cerca; y aquel no contradijo a Shaúl, sino que consintió en que lo retuviera.

Cómo los filisteos emprendieron otra campaña contra los hebreos bajo el reinado de Shaúl, y cómo fueron vencidos al matar David a Goliat en combate singular

No mucho tiempo después, los filisteos, reuniéndose de nuevo y juntando una gran fuerza, avanzan contra los israelitas y, situándose entre Sojó y Azeká, acampan. Shaúl saca también su ejército contra ellos y, acampando sobre cierto monte, obliga a los filisteos a abandonar su primer campamento y a acampar igualmente sobre otro monte, enfrente del que había ocupado Shaúl. Separaba a los campamentos, uno de otro, un valle en medio de los montes en que se hallaban.

Bajó, pues, uno de los del campamento filisteo, de nombre Goliat, hombre de la ciudad de Gat, descomunal; pues medía cuatro codos y un palmo, revestido de un armamento proporcionado a la magnitud de su cuerpo: llevaba puesta una coraza que pesaba cinco mil siclos, y un casco y unas grebas de bronce cuales convenían para cubrir los miembros de un hombre de tan asombrosa talla; y su lanza no era carga ligera para la diestra, sino que la portaba al hombro, y tenía además una punta de seiscientos siclos; y lo seguían muchos cargando con sus armas. Plantado, pues, este Goliat entre las dos líneas de batalla, lanza un gran grito y dice a Shaúl y a los hebreos: «Os libro del combate y de sus peligros; ¿qué necesidad hay de que nuestros ejércitos, al chocar, sufran daño? Dad a uno cualquiera de los vuestros que luche conmigo, y la suerte de la guerra la decidirá el único que venza: pues aquellos servirán a los otros, de quienes sea el vencedor. Mucho mejor y más sensato es alcanzar lo que queréis con el riesgo de uno solo que con el de todos.»

Dicho esto, se retiró al campamento de los suyos. Al día siguiente, viniendo de nuevo, repitió las mismas palabras, y durante cuarenta días no cesó de desafiar al enemigo en los términos dichos, hasta llenar de espanto al propio Shaúl y a su ejército. Y formaban como para el combate, pero no llegaban a las manos.

Estando trabada la guerra entre los hebreos y los filisteos, Shaúl había enviado de vuelta a David junto a su padre Yishái, contentándose con sus tres hijos, a quienes había mandado para la alianza y los peligros. David va primero de nuevo a los rebaños y a los pastos del ganado, pero al poco llega al campamento de los hebreos, enviado por su padre para llevar provisiones a sus hermanos y averiguar qué hacían. Como Goliat viniera otra vez, desafiando y echando en cara que no había entre ellos un solo valiente que se atreviera a bajar a combatir con él, David, que conversaba entretanto con sus hermanos sobre lo que su padre le había encomendado, al oír al filisteo injuriar al ejército y denostarlo, se indignó y dijo a sus hermanos que estaba dispuesto a batirse en duelo con el enemigo.

Ante esto, el mayor de sus hermanos, Eliav, lo reprendió, tachándolo de más osado de lo propio de su edad e ignorante de lo que convenía, y le mandó volver a los rebaños y a su padre. Avergonzado ante su hermano, se retiró y comentó a algunos de los soldados que quería luchar contra el que desafiaba. En cuanto le revelaron a Shaúl la resolución del joven, el rey manda llamarlo, y al preguntarle qué quería decir: «Que no decaiga tu ánimo ni se acobarde, oh rey; pues yo abatiré la arrogancia del enemigo, saliendo a su encuentro en combate y derribando bajo mí a ese hombre alto y grande. Así él quedará ridículo, y tu ejército, cubierto de gloria, si muere no a manos de un hombre ya capaz de guerrear y digno de confianza en la formación y en las batallas, sino de uno que aún parece un muchacho y tiene esta edad.»

Como Shaúl admirara su audacia y valentía, pero no confiara en él a causa de su edad, sino que dijera que por ello era demasiado débil para pelear contra alguien experto en la guerra, dijo David: «Esto prometo confiando en Dios, que está conmigo; pues tengo experiencia de su ayuda. Cuando un león atacó una vez mis rebaños y arrebató un cordero, lo perseguí y lo alcancé, y le arranqué el cordero de las fauces a la fiera; y al lanzarse él contra mí, lo agarré por la cola, lo estrellé contra el suelo y lo maté. Y lo mismo hago con el oso al defenderme. Téngase, pues, también al enemigo por una de aquellas fieras, él que desde hace tanto injuria a nuestro ejército y blasfema de nuestro Dios, el cual lo pondrá en mis manos.»

Así pues, Shaúl, rogando que de Dios viniera un final acorde con el ardor y la audacia del muchacho, dijo: «Ve al combate.» Y ciñéndole su propia coraza, ceñido el ceñidor con la espada y ajustándole un casco, lo despidió.

David, agobiado por el peso de las armas —pues no estaba adiestrado ni había aprendido a llevarlas—, dijo: «Que esto, oh rey, sea adorno tuyo, que puedes cargarlo; a mí permíteme, como a siervo tuyo, combatir como yo quiero». Deja, pues, las armas, toma su cayado, echa cinco piedras del torrente en el zurrón de pastor y, llevando una honda en la mano derecha, marchó contra Goliat.

El enemigo, al verlo venir así, lo desprecia y se burla: que con las armas con que se ahuyenta y se guarda uno de los perros, y no las que se usan contra un hombre, venía a pelear; ¿acaso lo tomaba por un perro en vez de por un hombre? David respondió que no lo tenía por tal, sino por algo aún peor que un perro. Esto enciende en cólera a Goliat, que lo maldice en el nombre de Dios y le amenaza con dar su carne a las bestias de la tierra y del aire para que la despedacen.

David le replica: «Tú vienes contra mí con espada, lanza y coraza; yo, en cambio, avanzando hacia ti, voy armado de Dios, que te destruirá a ti y a todo vuestro ejército por nuestras manos. Pues hoy te cortaré la cabeza y arrojaré el resto de tu cuerpo a los perros de tu misma especie, y todos aprenderán que lo divino ampara a los hebreos —esa es nuestra arma y nuestra fuerza, su cuidado—, mientras que todo otro pertrecho y poder es inútil cuando Dios no está presente».

El filisteo, estorbado por el peso de las armas para la rapidez y la carrera, avanza al paso hacia David, despreciándolo y confiado en que sin esfuerzo mataría a quien estaba desarmado y era todavía un niño por la edad.

Pero el joven le sale al encuentro con un aliado invisible para el enemigo —y ese aliado era Dios—. Y sacando del zurrón una de las piedras que había recogido del torrente, y ajustándola a la honda, la dispara contra la frente de Goliat; y el proyectil penetró hasta el cerebro, de modo que al instante Goliat, aturdido, cayó de bruces.

Corriendo, se planta sobre el enemigo caído y, con la propia espada de aquel —pues él no tenía ninguna—, le corta la cabeza.

Con la caída de Goliat sobreviene la derrota y la fuga de los filisteos. Pues al ver por tierra a su más reputado campeón, y temiendo por el conjunto, resolvieron no permanecer más, sino que, entregándose a una fuga vergonzosa y desordenada, intentaban arrancarse de los peligros. Pero Shaúl y todo el ejército de los hebreos, con gran alarido, se lanzan sobre ellos y, degollando a muchos, los persiguen hasta los confines de Gat y las puertas de Ascalón.

Mueren de los filisteos hasta treinta mil, y el doble quedan heridos. Shaúl, volviendo al campamento de ellos, saquea la empalizada y le prende fuego; y la cabeza de Goliat la llevó David a su propia tienda, y la espada la consagró a Dios.

Shaúl envidia a David por su glorioso éxito y busca ocasión de perderlo con la promesa de darle a su hija en matrimonio, pero a condición de que le trajera seiscientas cabezas de los filisteos

La envidia y el odio de Shaúl hacia él lo azuzan las mujeres. Pues al salir al encuentro del ejército victorioso con címbalos, tambores y toda clase de alegría, cantaban las mujeres que Shaúl había destruido muchos miles de filisteos, y las doncellas que David había aniquilado a decenas de miles.

Oyendo esto el rey —que a él le tocaba la parte menor del elogio, mientras la muchedumbre de las decenas de miles se atribuía al joven— y calculando que, tras tan brillante fama, nada le faltaba a David sino el reino, empezó a temer y a sospechar de él.

Y del primer rango —pues por su temor le parecía que David estaba cerca, demasiado próximo, ya que lo había hecho su escudero— lo aparta y lo nombra jefe de mil hombres, dándole un puesto mejor, pero más seguro, según creía, para sí mismo; pues quería enviarlo contra los enemigos y a los combates, para que muriese en medio de los peligros.

David, llevando consigo a Dios por todas partes adondequiera que fuese, tenía éxito y se mostraba afortunado, de suerte que, por la excelencia de su valor, tanto el pueblo como la hija de Shaúl, todavía doncella, se enamoraron de él; y como la pasión de ella se hiciese más fuerte, se volvió manifiesta y fue denunciada al padre.

Este, sirviéndose de ello como base para su asechanza contra David, lo oyó con gusto y dijo a quienes le revelaron el amor de ella que de buena gana le daría la muchacha —pues ello se convertiría en causa de perdición y de peligros para quien la tomase—: «Pues le prometo —dijo— el matrimonio con mi hija, si me trae seiscientas cabezas de los enemigos».

«Él, con recompensa tan espléndida puesta ante sí, y queriendo ganar gloria con una hazaña arriesgada e increíble, se lanzará a la acción, pero será destruido por los filisteos, y su asunto se me resolverá convenientemente; pues me libraré de él habiéndolo matado por medio de otros y no por mi propia mano».

Ordena, pues, a sus servidores tantear la disposición de David, cómo se siente respecto a casarse con la muchacha. Ellos empezaron a hablar con él: que el rey Shaúl lo aprecia, y todo el pueblo, y que quiere darle su hija en matrimonio.

Él dijo: «¿Os parece cosa pequeña llegar a ser yerno de un rey? A mí no me lo parece, y sobre todo siendo humilde y sin parte en la gloria y el honor». Shaúl, cuando los servidores le comunicaron las respuestas de David, dijo: «Decidle que no necesito dinero ni presentes de boda —pues así se vende a una hija más que se la casa—, sino un yerno que tenga valentía y toda la demás virtud, que veo presente en él.

»Quiero, pues, recibir de él, a cambio del matrimonio con mi hija, no oro ni plata, ni que traiga esto de la casa de su padre, sino castigo de los filisteos y seiscientas cabezas de ellos.

»Pues para mí ningún regalo podría ser más deseable, ni más espléndido, ni más preciado que este; y para mi hija es mucho más envidiable que los presentes acostumbrados convivir con un hombre así, avalado por la derrota de los enemigos».

Llevadas estas palabras a David, complacido, creyendo que Shaúl anhelaba de veras el parentesco, sin esperar siquiera a deliberar ni ponderar con el juicio si la empresa propuesta era posible o difícil, se lanzó al punto con su compañía contra los enemigos y la acción anunciada para la boda; y —pues Dios era quien todo lo hacía fácil y posible para David— matando a muchos y cortando seiscientas cabezas, llegó ante el rey exigiendo, con la exhibición de estas, el matrimonio a cambio.

Shaúl, sin modo de escapar de lo prometido —pues juzgaba vergonzoso o parecer que mentía, o que, por una asechanza, había ofrecido la boda para que David muriese acometiendo lo imposible—, le da a su hija, llamada Mijal.

Cómo David, pese a las asechanzas que Shaúl le tendía, escapó de los peligros gracias al afecto y cuidado de Yonatán y a las artimañas de su mujer Mijal, y cómo llegó ante el profeta Shemuel

No iba a mantenerse Shaúl mucho tiempo en lo hecho. Pues viendo a David bien reputado ante Dios y ante las multitudes, se llenó de miedo, y como no lograba ocultar ese temor —que era por cosas grandes, el reino y la vida, de cualquiera de las cuales verse privado es terrible desgracia—, decidió matar a David y encarga su muerte a Yonatán su hijo y a los más fieles de sus servidores.

Pero él, asombrado del cambio de su padre respecto a David —de tanta benevolencia a la muerte, y no por motivos moderados—, y amando al joven y respetando su valor, le revela el secreto y el propósito del padre.

Le aconseja, sin embargo, guardarse quitándose de en medio el día siguiente; pues él mismo saludará a su padre y, en cuanto se le presente la ocasión, hablará con él acerca de David y averiguará la causa, y la desacreditará, mostrando que no se debía por ella matar a quien tantos bienes había hecho a la multitud y se había convertido en su benefactor —por lo cual con razón hallaría perdón aun de los mayores yerros—. «Y te haré saber la intención de mi padre». David, persuadido por el buen consejo, se retira de la vista del rey.

Al día siguiente, Yonatán, llegando ante Shaúl y hallándolo alegre y contento, empezó a dirigirle palabras acerca de David: «¿Qué agravio, padre, pequeño o grande, le has imputado, para ordenar que se dé muerte a un hombre que ha sido de gran provecho para tu propia salvación, y mayor aún para el castigo de los filisteos,

»y que libró al pueblo de los hebreos del ultraje y la burla que durante cuarenta días soportó, siendo el único que se atrevió a resistir el desafío del enemigo? Y después trajo cuantas cabezas de los enemigos le fueron ordenadas, y recibió por ello, como premio, a mi hermana en matrimonio, de suerte que su muerte nos sería dolorosa no solo por su valor, sino también por el parentesco. Pues junto con su muerte queda agraviada también tu hija, condenada a probar la viudez antes de llegar al provecho de la vida conyugal.

»Considerando esto, cambia a una disposición más benigna y no hagas ningún mal a un hombre que primero te hizo un gran beneficio —tu salvación—, cuando, asentados sobre ti el espíritu maligno y los demonios, echó a algunos fuera y procuró paz de ellos a tu alma; y en segundo lugar, la venganza sobre los enemigos. Pues es vergonzoso haber olvidado estas cosas».

Con estas palabras Shaúl se apacigua y jura a su hijo no hacer ningún mal a David; pues una palabra justa es más fuerte que la ira y el miedo. Yonatán, mandando llamar a David, le comunica lo bueno y salvador que venía de su padre, y lo lleva ante él, y David permaneció junto al rey como antes.

Por este tiempo, habiendo hecho campaña de nuevo los filisteos contra los hebreos, envía a David con un ejército a combatir contra ellos, y trabando batalla mató a muchos y, victorioso, regresa al rey. Shaúl lo recibe no como cabía esperar de tal éxito, sino apenado por su buena fortuna, como si él mismo, por las hazañas de aquel, quedase más en peligro.

Y cuando de nuevo el espíritu demoníaco vino sobre él y lo agitaba y turbaba, llamando a David a la estancia en que yacía, empuñando la lanza, le mandó cantar al son del salmo y de los himnos. Y mientras aquel hacía lo ordenado, tensando el brazo arroja la lanza; pero David, previéndolo, se apartó, huye a su propia casa y allí permaneció el día entero.

De noche, el rey, enviando gente, ordenó vigilarlo hasta el amanecer, no fuese que se le escapase del todo sin ser visto, para llevarlo al tribunal y, entregándolo a juicio, darle muerte. Pero Mijal, la mujer de David e hija del rey, enterada de la intención de su padre, se pone al lado de su marido, con temerosas esperanzas por él y angustiada por su propia vida; pues no soportaría vivir privada de él.

«Que no te sorprenda el sol —le dice— aquí, pues no volverá a verte. Huye mientras esta noche presente pueda concedértelo; y que Dios te la haga más larga. Pues sábete que, si te encuentra mi padre, perecerás». Y descolgándolo por una ventana lo salvó.

Luego, arreglando la cama como para un enfermo y poniendo bajo las mantas un hígado de cabra, al alba —cuando el padre envió a buscar a David— dijo a los enviados que había estado mal durante la noche, mostrándoles el lecho cubierto y, con el palpitar del hígado que sacudía la cobija, convenciéndolos de que el que yacía allí, David, jadeaba.

Cuando los enviados informaron que durante la noche se había puesto más débil, ordenó que lo trajesen tal como estaba; pues quería matarlo. Pero al llegar y descubrir el lecho y hallar el ardid de la mujer, se lo comunicaron al rey.

Reprochándole el padre que hubiese salvado a su enemigo y lo hubiese burlado con astucia, ella alega una excusa plausible: dijo que él, amenazándola con matarla, obtuvo del miedo su colaboración para escapar; por lo cual estaba bien perdonarla, ya que había sido por necesidad y no por elección. «Pues no creo —dijo— que buscases tanto que el enemigo muriera como que yo me salvara». Y Shaúl perdona a la muchacha.

David, escapado del peligro, llegó ante el profeta Shemuel a Ramá, y le reveló la asechanza del rey y cómo por poco muere alcanzado por él con la lanza, no habiendo sido malo en su trato con él ni cobarde en los combates contra los enemigos, sino en todo afortunado, junto con su arrojo. Y esto era la causa de la aversión de Shaúl hacia David.

Enterado el profeta de la injusticia del rey, deja la ciudad de Ramá y, llevando a David a cierto lugar llamado Galbuat, allí residía con él. Cuando se le comunicó a Shaúl que David se hallaba junto al profeta, enviando soldados les ordenó traérselo, apresándolo.

Pero ellos, llegando ante Shemuel y encontrando una asamblea de profetas, participan del espíritu divino y comenzaron a profetizar. Shaúl, al oírlo, envió a otros contra David; y padeciendo estos lo mismo que los primeros, mandó de nuevo a otros; y profetizando también los terceros, al fin, encolerizado, partió él en persona.

Cuando ya estaba cerca, Shemuel, antes de verlo, hizo que profetizase. Y Shaúl, al llegar a él, arrastrado por el mucho espíritu, se queda fuera de sí, y despojándose del vestido cayó por tierra y quedó tendido el día entero y la noche, mientras Shemuel y David lo miraban.

Yonatán, el hijo de Shaúl —cuando David vino a él desde allí y se lamentaba de la asechanza de su padre, diciendo que, sin haber cometido injusticia ni pecado, era buscado por su padre para ser asesinado—, le rogaba que no diese crédito ni a sus propias sospechas ni a los calumniadores, si es que hay algunos que hacen esto, sino que le prestase atención a él y tuviera valor; pues su padre nada semejante tramaba contra él, ya que se lo diría y lo tomaría por consejero, en decisión común, en todo cuanto hiciera.

David juraba que así era en verdad, y le pedía que, creyéndolo, cuidase de él, en vez de que, despreciando palabras verdaderas, las tuviera por ciertas solo cuando lo viera asesinado o lo oyera; y afirmaba que su padre nada le decía de estas cosas por conocer la amistad y el afecto que le tenía.

Apenado Yonatán de que, habiendo garantizado el propósito de Shaúl, no lograra convencerlo, le preguntó qué deseaba obtener de él. David dijo: «Sé que quieres complacerme en todo y darme cuanto pueda. Mañana es luna nueva, y tengo por costumbre cenar con el rey, sentado a la mesa;

»si te parece bien, saldré fuera de la ciudad y me quedaré oculto en la llanura, y tú, cuando él pregunte por mí, di que fui a mi patria, Bet-Léjem, porque mi tribu celebra una fiesta, añadiendo que tú me lo permitiste. Y si, como es natural y usual decir de los amigos que se ausentan, dice “ha ido por buen motivo”, sábete que no hay en él nada solapado ni hostil; pero si responde de otro modo, esto será prueba de lo que ha tramado contra mí.

»Me revelarás la intención de tu padre, concediéndomelo por compasión y por amistad, en razón de la cual tú mismo pediste recibir de mí garantías y dármelas, siendo mi señor. Y si hallas en mí algo perverso, mátame tú mismo y anticípate a tu padre».

Contrariado por lo último de sus palabras, Yonatán prometió hacerlo, y que, si su padre respondía algo sombrío que delatase su odio, se lo revelaría. Y para que tuviera más ánimo, sacándolo al aire libre y despejado, juró no omitir nada en favor de la salvación de David:

«Pues a este Dios —dijo— a quien ves inmenso y derramado por todas partes, y que aun antes de que yo exprese con palabras mi pensamiento ya lo conoce, lo pongo por testigo de mis pactos contigo: que no dejaré en paz a mi padre, tomando muchas veces prueba de su propósito, hasta averiguar cuál es y llegar a los secretos de su alma.

»Y una vez lo haya averiguado no te lo ocultaré, sino que te lo revelaré, esté suave o mal dispuesto. Bien sabe este Dios cómo ruego que él esté contigo por siempre; pues lo está ahora y no te abandonará, y te hará más fuerte que tus enemigos, sea mi padre, sea yo.

»Tú solo recuerda esto, y si me llegara a suceder morir, salva a mis hijos, y deposita en ellos la recompensa por lo que ahora hago». Habiendo hecho estos juramentos, despide a David diciéndole que fuera a cierto lugar de la llanura, en el que suele ejercitarse; pues, sabido lo que venía de su padre, dijo que iría allí con él, llevando solo a un criado.

«Y arrojando tres jabalinas al blanco, ordenaré al muchacho traerme las jabalinas, pues quedan delante de él. Y si oyes esto —dice—, sabe que no hay nada malo de parte de mi padre; pero si me oyes decir lo contrario de esto, espera también del rey lo contrario.

»De todos modos, obtendrás seguridad de mi parte y no sufrirás nada extraño; pero cuida de acordarte de esto en el tiempo de tu prosperidad, y sé útil a mis hijos». Así pues, David, recibidas de Yonatán estas garantías, se retiró al lugar convenido.

Al día siguiente —era luna nueva—, el rey, purificado como era su costumbre, vino a la cena, y sentados junto a él su hijo Yonatán a la derecha y Avner, el general en jefe, al otro lado, al ver vacío el asiento de David guardó silencio, sospechando que faltaba por no hallarse puro de trato conyugal.

Pero cuando tampoco el segundo día de la luna nueva se presentó, preguntó a su hijo Yonatán por qué, en el día pasado y en este, el hijo de Yishái había faltado a la cena y al banquete. Él dijo que había ido, conforme a lo acordado, a su propia patria, celebrando su tribu una fiesta, con su permiso; «y me invitó también a mí a ir al sacrificio, y, si se me consintiera —dice—, a partir; pues conoces mi afecto hacia él».

Entonces reconoció Yonatán la hostilidad de su padre hacia David y vio con claridad toda su intención; pues Shaúl no contuvo la ira, sino que, injuriándolo, lo llamó hijo de desertores y enemigo, y decía que era cómplice y colaborador de David, y que ni a él ni a su madre respetaba pensando así, y que ni siquiera quería convencerse de esto: de que, mientras David siga con vida, los asuntos del reino están en peligro para ellos. «Manda, pues, a buscarlo —dijo—, para que pague su culpa».

Al replicar Yonatán «¿de qué injusticia quieres castigarlo?», Shaúl ya no llevó su ira a palabras e injurias, sino que, agarrando la lanza, saltó sobre él queriendo matarlo. Y el hecho no lo llevó a cabo, impedido por sus amigos, pero se hizo manifiesto para su hijo que odiaba a David y ansiaba destruirlo, hasta el punto de que por poco, a causa de aquel, había llegado a ser asesino de su propio hijo.

Y entonces el hijo del rey, saltando de la cena e incapaz de probar bocado por la pena, llorando —por sí mismo, por haber estado a punto de perecer, y por David, por estar condenado a morir—, pasó la noche. Al amanecer sale delante de la ciudad, a la llanura, como para ejercitarse, pero para revelar a su amigo la disposición de su padre, según habían convenido.

Yonatán, cumpliendo lo pactado, despide a la ciudad al muchacho que lo seguía —y quedó vía libre para que David se le presentase a la vista y a la palabra—. Apareciendo este, cae ante los pies de Yonatán y, postrándose, lo llamaba salvador de su vida.

Él lo levanta del suelo, y abrazándose uno a otro se saludaron largamente y entre lágrimas, deplorando su juventud, la amistad que se les envidiaba y la separación inminente, que no les parecía en nada distinta de la muerte. A duras penas, recobrándose de los llantos y exhortándose mutuamente a recordar los juramentos, se separaron.

Cómo David huyó ante Ajimélej y después ante los reyes de los filisteos y de los moabitas, y cómo Shaúl mató a Ajimélej y a su familia

David, huyendo del rey y de la muerte que de él venía, llega a la ciudad de Nov, ante Ajimélej el sumo sacerdote, quien se asombró de verlo llegar solo, sin que lo acompañara amigo ni servidor alguno, y quiso averiguar la causa de que nadie estuviera con él.

Él dijo que el rey le había encomendado una tarea secreta, para la que, queriendo pasar inadvertido, no debía llevar comitiva; «a mis criados, sin embargo, les ordené acudir a este lugar». Pidió recibir provisiones, pues obraría como amigo si se las daba y le ayudaba en el asunto que traía entre manos.

Obtenido esto, pidió también algún arma para la mano, una espada o una lanza. Estaba presente también un siervo de Shaúl, sirio de nación, Doeg de nombre, que apacentaba las mulas del rey. El sumo sacerdote dijo que él no tenía nada de eso, pero que allí estaba la espada de Goliat, la cual, tras haber muerto al filisteo, David mismo había consagrado a Dios.

Tomándola David, huyó fuera del territorio de los hebreos a Gat, ciudad de los filisteos, sobre la que reinaba Ajish. Reconocido por los servidores del rey y hecho manifiesto ante él —pues aquellos denunciaron que era David, el que había matado a muchos millares de filisteos—, temiendo morir a manos de este y sufrir de aquel el mismo peligro que había escapado de Shaúl, finge locura y furia, con espuma corriéndole por la boca y todo lo demás que compone la demencia, para dar al rey de Gat crédito de la enfermedad.

Y el rey, irritado con sus servidores por haberle llevado un hombre fuera de juicio, ordenó echar a David cuanto antes.

Puesto a salvo desde Gat, llega a la tribu de Yehudá y, morando en una cueva junto a la ciudad de Adulam, envía a sus hermanos a revelarles dónde estaba. Ellos vinieron a él con toda la parentela; y de los demás, cuantos tenían necesidad o miedo del rey Shaúl afluyeron hacia él y decían estar dispuestos a hacer lo que le pareciese bien. Eran en total unos cuatrocientos.

Cobrando ánimo, como quien ya contaba con brazos y ayuda, partiendo de allí llega ante el rey de los moabitas, y le rogó que acogiera a sus padres en su propia tierra hasta que él supiera el desenlace de sus asuntos; y aquel, accediendo al favor, colmó de todo honor a los padres de David durante el tiempo que estuvieron con él.

Y él mismo —ordenándole el profeta abandonar el desierto y, marchando a la heredad de la tribu de Yehudá, vivir en ella— obedece, y llegado a la ciudad de Sarís permanecía en ella.

Shaúl, al oír que David había sido visto con una multitud, cayó en no pequeño alboroto y turbación, pues, conociendo el temple del hombre y su audacia, sospechó que de él no surgiría empresa pequeña, por la cual él ciertamente habría de llorar y penar.

Y convocando junto a sí a sus amigos, a los jefes y a la tribu de la que él mismo procedía, en la colina donde tenía el palacio, y sentado en Arura —era un lugar de honor—, con un orden ciudadano de guardias en torno suyo, les dice: «Hombres de mi tribu, os acordáis, lo sé, de mis beneficios: que a algunos os hice dueños de campos y os juzgué dignos de honores y rangos entre la multitud.

»Pregunto, pues, si esperáis del hijo de Yishái dádivas mayores y más numerosas que estas; porque sé que todos os habéis unido a él, habiéndolo así resuelto mi propio hijo Yonatán y habiéndoos persuadido de ello.

»Pues no ignoro los juramentos y los pactos que él ha hecho con David, ni que Yonatán es consejero y colaborador de los que se han conjurado contra mí, y que a ninguno de vosotros le importan estas cosas,

»sino que, callados, aguardáis a ver lo que resulte». Al callar el rey, ningún otro de los presentes respondió, salvo Doeg el sirio, el que apacentaba sus mulas, que dijo haber visto a David llegar a la ciudad de Nov, ante Ajimélej el sumo sacerdote, y aprender de este, que profetizaba, lo por venir, y recibir provisiones y la espada de Goliat, y ser escoltado con seguridad hacia quienes él quería.

Mandando llamar, pues, al sumo sacerdote y a toda su descendencia, Shaúl dijo: «¿Qué agravio terrible e ingrato has sufrido de mí, para que acogieras al hijo de Yishái y le dieras comida y armas, siendo él un conjurado contra mi reino? ¿Y por qué le consultaste sobre lo futuro? Pues seguro que no se te ocultaba que iba huyendo de mí y odiando mi casa».

El sumo sacerdote no se volvió a negar lo sucedido, sino que con franqueza confesó haberle proporcionado aquellas cosas, no por complacer a David, sino a él, Shaúl; pues dijo que no lo conocía como enemigo suyo, sino como un siervo fidelísimo entre todos, jefe de mil hombres y, mayor que esto, ya yerno y pariente.

«Y estas cosas los hombres no las prestan a los enemigos, sino a los mejores por su benevolencia y respeto hacia ellos. Y no le profeticé ahora por primera vez, sino que muchas otras veces lo había hecho; y al decir él que era enviado por ti con gran premura a una tarea, negándole lo que buscaba habría contradicho más bien a ti que a él en aquel punto.

»Por eso, no pienses nada perverso contra mí, ni, a partir de lo que ahora oyes que David emprende, sospeches de la benevolencia que entonces me pareció mostrarle; pues se lo di a un amigo, a tu yerno y jefe de mil hombres, no a un enemigo».

Diciendo esto, el sumo sacerdote no persuadió a Shaúl; pues terrible es el miedo, que no cree ni una defensa verdadera. Ordena a los soldados que lo rodeaban matarlo. Pero como aquellos no se atrevían a poner mano en el sumo sacerdote, y respetaban lo divino más que desobedecer al rey, encarga el crimen a Doeg el sirio.

Y aquel, tomando consigo a otros tan malvados como él, mata a Ajimélej y a su descendencia; eran en total unos trescientos cinco. Y Shaúl, enviando gente también a la ciudad de los sacerdotes, Nov, mató a todos, sin perdonar mujeres ni niños de pecho ni ninguna otra edad, y la incendió.

Se salva un solo hijo de Ajimélej, Evyatar de nombre. Esto, por lo demás, sucedió tal como Dios había profetizado al sumo sacerdote Elí, cuando dijo que, por las dos transgresiones de sus hijos, sus descendientes serían destruidos.

El rey Shaúl, tras haber ejecutado obra tan cruel y degollado una familia entera de dignidad sacerdotal, sin tomar ni piedad de los niños ni respeto de los ancianos, y tras arrasar además la ciudad —que lo divino había escogido allí como patria y nodriza de los sacerdotes y profetas, y designado como la única para engendrar tales hombres—, dio a todos motivo para aprender y comprender el modo de ser humano: que, mientras son gentes privadas y humildes, por no poder servirse de su naturaleza ni atreverse a cuanto quieren, son razonables y moderados, y persiguen solo la justicia, y hacia ella tienen entonces toda su benevolencia y empeño, y acerca de lo divino han creído que está presente en todo lo que sucede en la vida, y que no solo ve las obras que se ejecutan, sino que ya conoce con claridad los pensamientos de los que estas han de brotar; pero cuando llegan a la autoridad y al poder, entonces, despojándose de todo aquello y, como quien deja las máscaras en la escena, dejando a un lado sus caracteres y costumbres, toman en su lugar audacia, insensatez, desprecio de lo humano y de lo divino, y cuando más necesitan de la piedad y de la justicia —al haber llegado a lo más cerca de ser envidiados y a ser manifiestos a todos en cuanto piensen o hagan—, entonces, como si Dios ya no los viera o los temiera a causa de su autoridad, así atropellan desmesuradamente los asuntos.

Y todo aquello que, al oírlo, temen, o que, por antojo, odian, o que aman sin razón, les parece firme, seguro, verdadero y grato a los hombres y a Dios; pero del porvenir no tienen ni un solo pensamiento; y honran a los que mucho se afanaron, y tras honrarlos los envidian, y tras conducirlos a la eminencia no solo privan de esta a quienes la alcanzaron, sino que, por causa de ella, los privan también de la vida, con acusaciones perversas y —por lo excesivo de estas— inverosímiles; y castigan no por obras dignas de justicia, sino por calumnias y acusaciones no probadas, y no a cuantos debían padecerlo, sino a cuantos pueden matar.

Esto lo puso de manifiesto Shaúl, el hijo de Kish, el primero que reinó sobre los hebreos tras la aristocracia y el gobierno bajo los jueces, matando a trescientos sacerdotes y profetas por su sospecha contra Ajimélej, y arrasando además sobre ellos la ciudad y, en cierto modo, el santuario, empeñado en dejarlo desierto de sacerdotes y profetas: aniquilando a tantos, y no dejando subsistir ni siquiera su patria, para que después de aquellos surgieran otros.

Pero Evyatar, el hijo de Ajimélej, el único que de la estirpe de los sacerdotes muertos por Shaúl pudo huir, escapando junto a David, le reveló la desgracia de los suyos y el asesinato de su padre.

Él dijo que no ignoraba que esto les habría de suceder, por haber visto a Doeg; pues sospechó que el sumo sacerdote sería calumniado por él ante el rey, y se culpaba a sí mismo de aquella desdicha. Le rogaba que se quedase allí y pasara el tiempo con él, como quien en ningún otro lugar quedaría tan bien oculto.

Cómo David, teniendo dos veces la ocasión de matar a Shaúl, no lo mató; y también sobre la muerte de Shemuel y de Naval

Por este tiempo, David, al oír que los filisteos habían invadido la tierra de Keilá y la saqueaban, se ofrece a hacer campaña contra ellos, tras averiguar de Dios por medio del profeta si le concedía la victoria. Y diciendo este que se lo señalaba, se lanzó contra los filisteos con sus compañeros, hizo entre ellos gran matanza y arreó botín.

Y quedándose con los de Keilá hasta que hubieron recogido las eras y la cosecha, sin temor, es denunciado al rey Shaúl como que estaba entre ellos; pues la hazaña y el éxito no permanecieron con aquellos entre quienes se produjo, sino que la fama los llevó por doquier a oídos de los demás y a los del rey, dando testimonio a la vez del hecho y de quien lo había realizado.

Shaúl se alegra al oír que David estaba en Keilá, y diciendo «Dios lo ha puesto ya en mis manos, pues lo ha forzado a entrar en una ciudad con murallas, puertas y cerrojos», ordenó a todo el pueblo salir contra Keilá y, tras sitiarla y tomarla, matar a David.

Percatándose David de esto y sabiendo por Dios que, si permanecía con ellos, los de Keilá lo entregarían a Shaúl, tomando a los cuatrocientos partió de la ciudad al desierto que está por encima del lugar llamado Ein Guedi. Y el rey, al oír que había huido de manos de los de Keilá, cesó en su campaña contra él.

David, alzándose de allí, llega a cierto lugar llamado Kainé, en la región de Zif, adonde Yonatán, el hijo de Shaúl, saliéndole al encuentro y abrazándolo, lo exhortaba a tener valor y buenas esperanzas sobre lo por venir, y a no dejarse abatir por lo presente; pues reinaría y tendría bajo su mando todo el poder de los hebreos, y que tales cosas suelen alcanzarse con grandes fatigas.

Y de nuevo, haciendo juramentos de benevolencia y fidelidad mutua para toda la vida, y llamando a Dios por testigo —con las maldiciones que invocaba sobre sí mismo si transgredía lo pactado y se volvía a lo contrario—, lo deja allí, habiéndole aligerado un poco de sus cuitas y de su miedo, y él mismo regresa a los suyos.

Pero los de Zif, por complacer a Shaúl, le comunican que David residía entre ellos y afirmaron que se lo entregarían si iba contra él; pues, ocupados los desfiladeros de Zif, no le sería posible huir hacia otros.

El rey los elogió, declarándose agradecido por haberle denunciado a su enemigo, y prometiendo recompensarles su buena voluntad en breve, los envió a buscar a David y a rastrear el desierto, y respondió que él mismo los seguiría.

Los zifitas, pues, empujaban al rey a la caza y captura de David, ansiosos no solo de mostrarle su lealtad denunciando a su enemigo, sino de hacerla más patente entregándolo en su poder. Erraron, no obstante, en su injusto y perverso designio, pues ningún peligro habrían corrido por no revelar aquello a Shaúl; por adulación y por esperanza de ganancia calumniaron ante el rey a un varón amado de Dios, buscado contra toda justicia para darle muerte y capaz de pasar inadvertido, y prometieron entregarlo. Porque David, al conocer la maldad de los zifitas y la llegada del rey, abandona los desfiladeros de aquella comarca y huye hacia la gran peña que está en el desierto de Simón.

Hacia allí se lanzó Shaúl a perseguirlo; pues supo por el camino que David, retirado de los desfiladeros, había pasado al otro lado de la peña, y allá marchó. Pero cuando David estaba ya a punto de ser capturado, apartaron a Shaúl de la persecución los filisteos, de quienes se oyó que de nuevo habían hecho campaña contra la tierra de los hebreos —pues volvió contra ellos, juzgando más necesario rechazar a enemigos que lo eran por naturaleza que descuidar su propia tierra maltratada por afán de atrapar a un enemigo personal.

Así David, escapando por caso imprevisto del peligro, llega a los desfiladeros de En-Gedi; y a Shaúl, tras expulsar a los filisteos, vinieron algunos a anunciarle que David se hallaba en los términos de En-Gedi.

Tomando tres mil hoplitas escogidos, marchó apresurado contra él; y llegado no lejos de aquellos parajes, ve junto al camino una cueva profunda y honda, abierta en gran longitud y anchura, donde justamente David se había ocultado con cuatrocientos hombres. Apremiado por las necesidades naturales, entró en ella solo, y lo vio uno de los que estaban con David. Cuando el que lo había visto le dijo que tenía, de parte de Dios, ocasión de vengarse de su enemigo, y le aconsejó cortarle la cabeza a Shaúl y librarse así de tanto vagar y penalidad, David se levantó, cortó únicamente el borde del manto que Shaúl llevaba puesto, y al punto, arrepentido, dijo: «No es justo dar muerte al propio señor, ni a quien Dios ha juzgado digno del reino; pues aunque él sea perverso con nosotros, no debo yo serlo con él.»

Cuando Shaúl salió de la cueva, David avanzó y gritó, pidiendo que Shaúl lo escuchara. Vuelto el rey, se postró rostro en tierra ante él, según la costumbre, y dijo: «No debes, oh rey, prestar oídos a hombres malvados que forjan calumnias falsas, dándoles el crédito de creerles y albergando en cambio sospechas contra los más queridos; sino examinar por los hechos la disposición de cada uno. Pues la calumnia engaña, mientras que las obras son prueba clara de la lealtad; y la palabra, por su naturaleza, sirve para ambas cosas, verdadera y falsa, pero las obras ponen el pensamiento desnudo ante los ojos.»

«Reconoce, pues, por esto que estoy bien dispuesto hacia ti y hacia tu casa, y debes creerme a mí y no unirte a los que me acusan de cosas que jamás pasaron por mi mente ni pueden suceder, para perseguir mi vida y no tener otro cuidado, ni de día ni de noche, que mi muerte, que persigues injustamente.»

«¿Cómo, si no, has concebido de mí la falsa idea de que quiero matarte? ¿O cómo no ofendes a Dios, cuando un hombre que hoy podía vengarse y tomar de ti justicia no ha querido hacerlo ni ha aprovechado la ocasión —ocasión que, si a ti se te hubiera presentado contra mí, no la habrías dejado pasar, ansioso de acabar conmigo y teniéndome por enemigo?»

«Pues cuando corté el borde de tu manto, entonces también pude cortarte la cabeza.» Y mostrándole el jirón, le dio con qué creerlo al verlo. «Pero yo me abstuve de una venganza justa —dice—, y tú no te avergüenzas de alimentar contra mí un odio injusto. Que Dios juzgue esto y ponga a prueba el carácter de cada uno de nosotros.»

Shaúl, admirado por lo inesperado de su salvación y asombrado de la mesura y el natural del joven, prorrumpió en llanto; y como también David hiciera lo mismo, respondió que era él quien tenía justo motivo para gemir: «Pues tú —dice— has sido causa de bienes para mí, y yo, de desgracias para ti. Has mostrado hoy que posees la justicia de los antiguos, que ordenaban salvar a los enemigos cogidos en despoblado.»

«Estoy ahora convencido de que Dios te guarda el reino y te espera el dominio sobre todos los hebreos. Dame juramentos de fe de que no extinguirás mi linaje ni, por rencor contra mí, destruirás a mis descendientes, sino que conservarás y salvarás mi casa.» Habiendo jurado David como Shaúl le pedía, despidió a Shaúl a su propio reino, y él subió con los suyos al desfiladero de Masterón.

Por este mismo tiempo murió también el profeta Shemuel, varón que gozaba entre los hebreos de no pequeña honra; pues su virtud y el afecto del pueblo hacia él se manifestaron en el duelo que la gente guardó por largo tiempo, y en el celo y esmero con que atendieron a su sepultura y al cumplimiento de los ritos acostumbrados. Lo sepultaron en su patria, Armatá, y lo lloraron muchísimos días, no con dolor común, como por la muerte de un extraño, sino añorándolo cada uno como cosa propia y suya. Fue varón justo y bondadoso por naturaleza, y por ello muy amado de Dios. Gobernó y presidió al pueblo tras la muerte del sumo sacerdote Elí: solo, doce años, y con el rey Shaúl, dieciocho más. Y así llegó a su fin lo tocante a Shemuel.

Había entre los zifitas un hombre de la ciudad de Emán, rico y de muchos ganados: pacían para él un rebaño de tres mil ovejas y mil cabras. David ordenó a los suyos guardar aquel ganado indemne y sin daño, y no perjudicarlo ni por codicia, ni por necesidad, ni al amparo del despoblado y de poder pasar inadvertidos, sino poner por encima de todo esto el no hacer mal a nadie y tener por cosa terrible, y ofensiva a Dios, echar mano a lo ajeno. Esto les enseñaba creyendo hacer un favor a un hombre bueno y digno de tal cuidado. Pero Naval —que así se llamaba— era duro y perverso en su conducta, pues había hecho su vida a la manera de la escuela cínica, aunque le había tocado en suerte una mujer buena, sensata y de hermosa figura.

A este Naval, pues, en la temporada en que esquilaba las ovejas, envió David a diez de sus hombres, y por medio de ellos lo saluda y le desea seguir haciéndolo por muchos años; y le rogaba que le diera de lo que pudiese, sabiendo por los pastores que en nada los habían perjudicado, sino que habían sido guardianes de ellos y de los rebaños durante el mucho tiempo que llevaban en el desierto; y que no se arrepentiría de dar algo a David.

Cuando los enviados cumplieron su encargo ante Naval, este los recibió de modo muy inhumano y áspero; pues preguntándoles quién era David, y al oír que era el hijo de Yishái, dijo: «Ahora, por lo visto, tienen mucho orgullo de sí mismos los fugitivos, y se dan importancia los que han abandonado a sus señores.» Al referírselo, David se irrita, y ordenando que lo siguieran cuatrocientos hombres armados y dejando doscientos de guardia del bagaje —pues tenía ya seiscientos—, marchaba contra Naval, jurando que aquella misma noche aniquilaría su casa y toda su hacienda; pues no solo le pesaba que se hubiera mostrado ingrato con ellos, sin darles nada tras haberlo tratado ellos con mucha bondad, sino que además los había injuriado y maltratado de palabra sin haber recibido de ellos agravio alguno.

Pero uno de los siervos que guardaban los rebaños de Naval refirió a su señora —la mujer de aquel— que David había enviado gente a su marido y no había obtenido ninguna respuesta razonable, sino que hasta lo habían ultrajado con terribles insultos, a pesar de haber velado con todo cuidado por ellos y por la guarda de los rebaños; y que esto había sido para desgracia de su señor. Dicho esto, Avigáyil —pues así se llamaba— cargó los asnos, los llenó de toda clase de provisiones, y sin decir nada a su marido, que por la embriaguez estaba insensible, se puso en camino hacia David. Al bajar ella los desfiladeros del monte, le salió al encuentro David, que venía contra Naval con los cuatrocientos.

Al verlo, la mujer saltó del asno, cayó rostro en tierra y se postró, y le rogaba que no se acordara de las palabras de Naval —pues no ignoraba él que era semejante a su nombre, ya que Naval, en la lengua de los hebreos, significa «insensatez»—; y ella se disculpaba de no haber visto a los que él había enviado. «Por eso, perdóname —dice—, y da gracias a Dios, que te impide mancharte con sangre humana; pues, manteniéndote puro, Él mismo te vengará de los malvados. Y los males que aguardan a Naval, que caigan también sobre las cabezas de tus enemigos.»

«Séme benévolo, juzgándome digna de que recibas esto de mi mano, y depón, en honor mío, la ira y el enojo contra mi marido y su casa; pues conviene que seas manso y bondadoso, sobre todo estando destinado a reinar.»

Él, aceptando los dones, dijo: «Pero a ti, mujer, un Dios benévolo te ha traído hoy hasta nosotros; pues no habrías visto el día que viene, tras haber yo jurado esta noche destruir la casa de Naval y no dejar con vida a ninguno de vosotros, desde el hombre hasta la bestia, por haber sido él perverso e ingrato conmigo y con mis compañeros. Pero ahora te has adelantado a aplacar mi cólera, cuidando Dios de ti. Con todo, Naval, aunque por ti quede ahora libre del castigo, no escapará a la justicia: su propio carácter lo perderá, tomando otra ocasión.»

Dicho esto, despide a la mujer. Ella, al llegar a casa y hallar a su marido banqueteando con muchos y ya aturdido por el vino, no le declaró nada de lo ocurrido en aquel momento; pero al día siguiente, ya sereno él, se lo contó todo, y le causó tal quebranto que su cuerpo entero quedó paralizado y como muerto por aquellas palabras y por la pena que le dieron; y no sobreviviendo más de diez días, Naval acabó su vida.

Al oír David su muerte, decía que Dios lo había vengado como era debido: pues Naval había muerto por su propia maldad y pagado la pena, quedando limpia la mano de David; y comprendió también entonces que a los malvados los persigue Dios, que no descuida ninguna de las cosas humanas, sino que da a los buenos lo semejante y a los malvados les acarrea castigo veloz.

Y enviando David a la mujer para que conviviera con él y fuera su esposa, la llamó a su lado. Ella dijo a los presentes que no era digna ni de tocar los pies de aquel; con todo, vino con todo su séquito. Y se unió a él, alcanzando esta honra tanto por ser de carácter sensato y justo como, lográndolo también, por su belleza.

Tenía David antes otra mujer, con quien se había casado en la ciudad de Abisar; y a Mijal, la hija del rey Shaúl que había sido esposa de David, el padre la había unido a Falti, hijo de Lish, de la ciudad de Gétla.

Después de esto, vinieron algunos de los zifitas y anunciaron a Shaúl que David estaba de nuevo en su comarca, y que podían capturarlo si él quería colaborar. Y él marchaba contra él con tres mil hoplitas, y, caída la noche, acampó en un lugar llamado Tsiklag.

David, oyendo que Shaúl venía contra él, envió espías y les ordenó que le informaran hasta qué punto de la comarca había avanzado ya Shaúl. Cuando los de Tsiklag le dijeron que pasaba allí la noche, sin que lo advirtieran los suyos, se llegó al campamento de Shaúl llevando consigo a Avishái, hijo de su hermana Tseruyá, y a Avimélej el hitita.

Mientras Shaúl dormía, y en torno suyo yacían en círculo los hoplitas y el general Avner, David entró en el campamento del rey, y ni él mismo mató a Shaúl —tras reconocer su lecho por la lanza clavada junto a él—, ni permitió a Avishái, que quería matarlo y ya se había lanzado a ello; sino que, diciendo que era cosa terrible dar muerte al rey elegido por Dios aunque fuera perverso —pues con el tiempo le llegaría el castigo de parte de quien le había dado el poder—, contuvo su impulso.

Y como señal de que, pudiendo matarlo, se había abstenido, tomó su lanza y la vasija de agua que estaba junto a Shaúl, y, sin que ninguno de los del campamento lo advirtiera, pues todos dormían profundamente, salió, habiendo hecho sin miedo con la gente del rey todo cuanto la ocasión y su audacia le permitieron.

Cruzando el torrente y subiendo a la cima del monte, desde donde podía ser oído, gritó a los soldados de Shaúl y al general Avner, y lo despertó de su sueño, llamándolo a él y al pueblo. Cuando el general lo oyó y preguntó quién era el que lo llamaba, David dijo:

«Yo, el hijo de Yishái, vuestro fugitivo. Pero ¿cómo es que, siendo tú grande y teniendo el primer honor junto al rey, guardas tan descuidadamente el cuerpo de tu señor, y te es más dulce el sueño que su salvación y cuidado? Esto merece muerte y castigo, pues no os disteis cuenta de que hace poco entraron algunos en el campamento. Busca, pues, la lanza del rey y la vasija de agua, y sabrás qué gran mal os pasó inadvertido estando dentro.» Shaúl, reconociendo la voz de David y sabiendo que, habiéndolo tenido a su merced por el sueño y el descuido de los guardias, no lo había matado, sino que lo había perdonado cuando con justicia podía haberlo aniquilado, le decía que le agradecía su salvación, y lo exhortaba a retirarse a los suyos con ánimo y sin temer ya sufrir de él ningún mal; pues estaba convencido de que ni él mismo se amaba a sí tanto como era amado por aquel: por él, que expulsaba a quien podía protegerlo y le había dado tantas pruebas de lealtad, y lo había forzado a vivir tanto tiempo en el destierro y en angustias por su vida, privado de amigos y parientes; mientras que él no cesaba de ser salvado por David, ni de recibir la vida que a las claras estaba perdiendo.

David ordenó que enviara a recoger la lanza y la vasija de agua, añadiendo que Dios sería juez del carácter de cada uno y de lo obrado conforme a él; «Él, que sabe que también en el día de hoy, pudiendo matarte, me abstuve.»

Y Shaúl, escapado por segunda vez de las manos de David, se retiró a su palacio y a su casa. Pero David, temiendo ser capturado por Shaúl si permanecía allí, juzgó conveniente subir a tierra de los filisteos y morar en ella; y con los seiscientos que lo rodeaban, se llega a Ajish, rey de Gat, una de las cinco ciudades.

Habiéndolo acogido el rey con sus hombres y dádole morada, vivía en Gat teniendo consigo también a sus dos mujeres, Ajinóam y Avigáyil. Y a Shaúl, al oír esto, ya no le pareció razón enviar contra él ni ir en persona; pues dos veces ya había estado a punto de caer en peligro por su afán de capturarlo.

A David no le pareció bien quedarse en la ciudad de Gat, sino que rogó al rey de aquellos que, ya que lo había recibido con tanta bondad, le concediera también esto: darle algún lugar de la comarca para habitarlo; pues le daba reparo, viviendo en la ciudad, resultarle gravoso y molesto.

Ajish le da una aldea llamada Tsiklag, que David, ya rey, apreciando, honró como propiedad suya, y también sus hijos. Pero de esto trataremos en otra parte. El tiempo que David habitó en Tsiklag, en tierra de los filisteos, fue de cuatro meses y veinte días.

Atacando en secreto a los gesuritas y amalecitas, vecinos de los filisteos, saqueaba su tierra y regresaba llevando mucho botín de ganado y camellos; pues de las personas se abstenía, temiendo que lo denunciaran ante el rey Ajish; aunque le enviaba a él, como regalo, una parte del botín.

Cuando el rey le preguntaba a quiénes había atacado para llevarse el botín, decía que a los que están vueltos hacia el sur de los judíos y habitan en la llanura, y persuadía así a Ajish; pues este esperaba que David hubiese cobrado odio a su propio pueblo y que lo tendría por siervo todo el tiempo que viviera, quedándose en sus dominios.

Por este mismo tiempo, habiendo resuelto los filisteos hacer campaña contra los israelitas, y enviado mensajeros a todos sus aliados para que se les unieran en la guerra en Regán —de donde, una vez reunidos, iban a lanzarse contra los hebreos—, el rey de Gat, Ajish, ordenó a David que combatiera a su lado con sus propios hoplitas. Como este prometiera de buen grado y dijera que había llegado la ocasión en que le pagaría el favor y la hospitalidad, el rey le prometió hacerlo también guardián de su persona después de la victoria, si los combates contra los enemigos salían conforme a su deseo, acrecentando con la promesa de honor y confianza el ardor de David.

Cómo Shaúl, al no responderle Dios sobre la batalla con los filisteos, recurrió a una mujer nigromante para que le alzara el alma de Shemuel; y cómo murió con sus hijos al ser derrotados los hebreos en el combate

Ocurría que Shaúl, el rey de los hebreos, había expulsado del país a los adivinos, a los ventrílocuos y a todo arte semejante, salvo a los profetas. Al oír que los filisteos estaban ya presentes y acampados muy cerca de la ciudad de Shunem, en la llanura, se lanzó contra ellos con su ejército. Y llegado a un monte llamado Guilboa, plantó su campamento frente a los enemigos. Lo turbaba no poco la fuerza de los enemigos, muy numerosa y que se suponía superior a la propia, y consultaba a Dios por medio de los profetas sobre la batalla y sobre cuál sería su desenlace, para que se lo predijera.

Como Dios no le respondiera, Shaúl se atemorizó aún más y desfalleció en su ánimo, previendo el mal, como era natural, al no tener a su lado la mano de Dios. Ordena que le busquen alguna mujer de las ventrílocuas y de las que evocan las almas de los muertos, con la idea de conocer así hacia dónde iban a marchar sus asuntos; pues el linaje de los ventrílocuos, alzando por su medio las almas de los muertos, predice a quienes lo piden lo que ha de suceder. Cuando uno de sus servidores le indicó que había tal mujer en la ciudad de En-Dor, sin que lo advirtiera ninguno de los del campamento y despojándose de la vestidura real, tomó consigo a dos servidores que sabía muy fieles y fue a En-Dor, a casa de la mujer, y le rogaba que adivinara y le alzase el alma de quien él le dijera.

Como la mujer se resistía y decía que no despreciaría al rey, que había expulsado ese género de adivinos, y que él no obraba bien, cuando ella en nada lo había agraviado, tendiéndole una trampa para sorprenderla en lo prohibido y hacerla castigar, él le juró que nadie lo sabría ni llevaría a otro noticia de su adivinación, y que estaría fuera de peligro.

Cuando con sus juramentos la persuadió a no temer, le ordena que le alce el alma de Shemuel. Ella, sin saber quién era Shemuel, lo llama del Hades; y aparecido este, la mujer, al ver un varón venerable y de aspecto divino, se turba, y espantada por la visión, dice: «¿No eres tú el rey Shaúl?» —pues Shemuel se lo había revelado.

Al asentir él y preguntarle de dónde le venía su turbación, dijo que veía subir a alguien semejante a Dios en su forma. Y como él le mandara describir la imagen, el aspecto y la edad del que había aparecido, ella indicó que era ya un anciano ilustre, ceñido con un doble manto sacerdotal. Por esto reconoció el rey que era Shemuel, y cayendo en tierra lo saludó y se postró. Y como el alma de Shemuel le preguntara por qué la había perturbado y forzado a subir, se lamentaba de que los enemigos lo apremiaban con dureza, y de que él se hallaba sin recursos ante la situación, abandonado por Dios y sin obtener predicción alguna, ni por profetas ni por sueños; «y por eso me he refugiado en ti, para que veles por mí.»

Shemuel, viéndolo ya al término de su mudanza, dijo: «En vano quieres aún aprender de mí, cuando Dios te ha abandonado; escucha, con todo, que David ha de reinar y llevar a buen fin la guerra, y que tú perderás el reino y la vida, por haber desobedecido a Dios en la guerra contra los amalecitas y no haber guardado sus mandamientos, tal como te profeticé también en vida. Sabe, pues, que también el pueblo caerá en manos de los enemigos, y que tú mismo, con tus hijos, cayendo mañana en la batalla, estarás conmigo.»

Al oír esto Shaúl quedó sin voz por la pena, y derribado al suelo —fuera por el dolor que le sobrevino de lo revelado, fuera por la debilidad, pues no había tomado alimento el día y la noche anteriores—, yacía sin fuerzas como un cadáver.

Vuelto apenas en sí, la mujer lo forzó a probar bocado, pidiéndole ese favor a cambio de la arriesgada adivinación que, no siéndole lícito practicar por miedo a él —ignorando ella quién era—, con todo había afrontado y le había prestado. A cambio de ello le rogaba que le pusiera mesa y alimento, para que, recobrando fuerzas, se pusiera a salvo en el campamento de los suyos; y como él se resistía y estaba del todo apartado por el desaliento, ella lo obligó y lo persuadió.

Tenía la mujer un solo ternero, familiar y bien atendido y criado en su casa —como mujer trabajadora que era, y que solo en esa posesión hallaba descanso—; lo degolló, preparó la carne y la sirvió a los servidores de Shaúl y a él mismo. Y Shaúl, durante la noche, volvió al campamento.

Es justo alabar la generosidad de esta mujer: aunque el rey le había impedido ejercer el arte del que le habrían venido mejores y más abundantes medios para su casa, y aunque nunca antes lo había visto, no le guardó rencor por haber él condenado su ciencia, ni lo rechazó como a un extraño y a alguien con quien jamás había tenido trato, sino que compartió su pena, lo consoló, lo animó frente a aquello que tan mal lo tenía, y lo único que poseía —en su pobreza— se lo ofreció con largueza y afecto, sin corresponder a beneficio alguno recibido ni ir a la caza de un favor futuro —pues sabía que iba a morir—, siendo así que los hombres, por naturaleza, o bien se muestran generosos con quienes les han hecho algún bien, o bien cortejan de antemano a aquellos de quienes pueden sacar provecho.

Es, pues, hermoso imitar a esta mujer y hacer bien a todos los necesitados, y no juzgar que haya nada mejor ni más propio del género humano que esto, ni nada por lo que hayamos de tener a Dios benévolo y dispensador de bienes. Y basta con lo dicho acerca de la mujer.

Voy a hacer ahora un discurso provechoso para ciudades, pueblos y naciones, propio de los hombres buenos, por el cual todos serán movidos a perseguir la virtud y a anhelar una gloria y una memoria eterna; capaz de infundir en los reyes de las naciones y en los gobernantes de las ciudades un gran deseo y afán de las cosas bellas, de impulsarlos hacia los peligros y hacia la muerte por la patria, y de enseñarles a despreciar todo lo terrible.

Tengo para este discurso motivo en Shaúl, el rey de los hebreos; pues este, aunque sabía lo que iba a sucederle y la muerte que se le venía encima, predicha por el profeta, no decidió huir de ella ni, por apego a la vida, entregar a los suyos a los enemigos ni deshonrar la dignidad de la realeza; sino que, entregándose con toda su casa y con sus hijos a los peligros, tuvo por hermoso caer con ellos combatiendo por sus súbditos, y que sus hijos murieran siendo valientes antes que dejarlos con la incertidumbre de qué carácter llegarían a tener; pues tendría por sucesor y linaje la alabanza y una memoria que no envejece.

Este, pues, justo, valeroso y sensato, me parece a mí ser el único —y quienquiera que haya sido o llegue a ser así— digno de cosechar de todos el testimonio de su virtud. Pues a los que salen a la guerra con esperanzas, como quienes van a vencer y a volver sanos, y luego, tras realizar algo brillante, otros los llaman valientes en las historias y demás escritos, no me parece que obren bien; porque justo es también que aquellos alcancen aprobación; pero solo con razón podrían llamarse esforzados, de gran audacia y despreciadores de los peligros todos los que imitaron a Shaúl. Pues no ablandarse en la guerra sin saber lo que va a ocurrir, entregándose a un futuro incierto y bamboleándose en él, no es aún cosa noble, aunque acierten a realizar muchas hazañas; pero no esperar en el ánimo nada bueno, sino saber de antemano que hay que morir y sufrir eso combatiendo, y luego no temer ni espantarse ante lo terrible, sino marchar hacia ello conociéndolo de antemano: eso juzgo yo prueba de verdadero valor.

Esto, pues, hizo Shaúl, mostrando que todos los que ansían la buena fama después de la muerte deben obrar de modo que se la dejen a sí mismos, y sobre todo los reyes, a quienes, por la grandeza de su poder, no les es lícito ser malos con sus súbditos, ni siquiera moderadamente buenos.

Aún más que esto podría decir sobre Shaúl y su valor, pues el asunto me brinda materia; pero, para no parecer que uso sus elogios sin mesura, vuelvo de nuevo a aquello de lo que me desvié al entrar en ellos.

Acampados, pues, los filisteos, como antes dije, y contando su fuerza por naciones, reinos y satrapías, el último en desfilar fue el rey Ajish con su propio ejército, y David lo seguía con los seiscientos hoplitas.

Al verlo los generales de los filisteos, preguntaban al rey de dónde habían venido los hebreos y quién los había llamado. Él decía que era David, el que había huido de Shaúl, su señor, y que, habiendo acudido a él, lo había acogido; y que ahora, queriendo pagarle el favor y vengarse de Shaúl, combatía como aliado suyo.

Pero los generales le reprocharon haber acogido como aliado a un enemigo, y le aconsejaban despedirlo, no fuera que sin advertirlo causara por él un gran mal a sus amigos; «pues así le dará ocasión de reconciliarse con su señor tras hacer daño a nuestra fuerza.» Y por prever esto, le ordenaban despedirlo al lugar que le había dado para habitar, con los seiscientos hoplitas; «pues este es aquel David a quien cantan las doncellas por haber destruido a muchas miríadas de filisteos.» Oyendo esto el rey de Gat, y juzgando que estaba bien dicho, llamó a David y le dijo:

«Yo, por mi parte, doy testimonio de tu mucho celo y lealtad hacia mí, y por eso te traía como aliado; pero no les parece lo mismo a los generales. Vete, pues, mañana al lugar que te di, sin sospechar nada extraño, y guárdame allí la comarca, no sea que algunos de los enemigos irrumpan en ella. También esto es parte de la alianza.»

Y David, tal como le ordenó el rey de Gat, se fue a Tsiklag. En el tiempo en que había salido de ella para ayudar a los filisteos, el pueblo de los amalecitas, cayendo sobre Tsiklag, la tomó por la fuerza, y, tras incendiarla y coger mucho botín de ella misma y del resto de la tierra de los filisteos, se retiraron.

Hallando David Tsiklag devastada, todo saqueado y sus propias mujeres —pues eran dos— y las mujeres de sus compañeros, junto con los hijos, cautivas, se rasgó al punto la vestidura. Llorando y lamentándose con sus amigos, quedó tan postrado por los males que hasta le faltaron ya las lágrimas, y estuvo en peligro de morir apedreado por sus compañeros, doloridos por el cautiverio de sus mujeres e hijos; pues lo culpaban a él de lo ocurrido.

Reponiéndose de la pena y alzando el pensamiento hacia Dios, rogó al sumo sacerdote Evyatar que se vistiera la estola sacerdotal y consultara a Dios y profetizara si, persiguiendo a los amalecitas, le concedía alcanzarlos y salvar a las mujeres y a los hijos y vengarse de los enemigos.

Como el sumo sacerdote le ordenara perseguir, saltó fuera con los seiscientos hoplitas y siguió a los enemigos; y llegado a cierto torrente llamado Besor, y topando con un hombre errante, egipcio de raza, extenuado por la privación y el hambre —pues tres días había resistido vagando en ayunas por el despoblado—, lo reanimó primero con bebida y comida, y, tras reponerlo, le preguntó quién era y de dónde.

Este declaró que era egipcio de raza, y que había sido abandonado por su amo, al no poder seguirlo por enfermedad; y le reveló que era de los que habían incendiado y saqueado, entre otros lugares de Judea, también Tsiklag.

Sirviéndose David de él como guía contra los amalecitas y hallándolos tendidos por el suelo —unos almorzando, otros ya borrachos y sueltos por el vino, disfrutando del botín y de la presa—, cayendo de improviso hizo gran matanza de ellos; pues, estando desarmados y sin esperar nada semejante, sino todos vueltos a beber y banquetear, eran fáciles de vencer.

Y algunos de ellos, sorprendidos aún junto a las mesas puestas, eran muertos allí mismo, y la sangre arrastraba consigo sus viandas y su comida; a otros los mataba mientras se brindaban unos a otros con sus copas, y a algunos incluso caídos en sueño por el vino puro. Y a cuantos alcanzaron a ponerse las armaduras y plantársele enfrente, a esos los degollaban no menos fácilmente que a los desarmados que yacían.

Los de David continuaron ellos mismos matando desde la primera hora hasta la tarde, de modo que no quedaron con vida de los amalecitas más de cuatrocientos; y estos escaparon montando en camellos veloces. Recobró todo lo demás que sus enemigos les habían saqueado, y a sus propias mujeres y a las de sus compañeros.

Cuando, al regreso, llegaron al lugar donde habían dejado, junto al bagaje, a doscientos que no podían seguirlos, los cuatrocientos no querían repartir con ellos el resto del provecho y del botín, diciendo que, por no haberlos acompañado, sino haber flaqueado en la persecución, debían darse por contentos con recobrar a salvo a sus mujeres. Pero David declaró perversa e injusta esa opinión suya: pues, habiéndoles concedido Dios rechazar a los enemigos y recobrar todo lo suyo, era justo repartir el provecho por igual entre todos los que habían salido a campaña juntos, y esto siendo así que aquellos habían permanecido de guardia del bagaje.

Y desde entonces prevaleció entre ellos esta ley: que los que guardan el bagaje reciban lo mismo que los que combaten. Y estando ya en Tsiklag, David repartió porciones del botín a todos sus conocidos y amigos de la tribu de Yehudá. Y así ocurrió lo tocante al saqueo de Tsiklag y a la matanza de los amalecitas.

Trabados los filisteos en combate y librada una recia batalla, vencen los filisteos y matan a muchos de sus adversarios; pero Shaúl, el rey de los israelitas, y sus hijos, luchando valerosamente y empleando todo su ardor —como que en solo morir con honor y arrostrar con audacia el peligro frente a los enemigos tenían cifrada toda su gloria, pues nada más que esto les quedaba—, atraen sobre sí toda la falange de los enemigos, y, cercados, mueren tras derribar a muchos de los filisteos. Eran sus hijos Yonatán, Avinadav y Malki-Shúa. Caídos estos, se vuelve en fuga la multitud de los hebreos, y sobrevienen el desorden, la confusión y la matanza, echándoseles encima los enemigos.

Shaúl huye con lo más aguerrido de su gente en torno suyo, pero los palestinos lanzan contra él a todos sus arqueros y tiradores de jabalina, y pierde a los suyos salvo unos pocos. Él mismo peleó con brillantez y recibió tantas heridas que ya no podía resistir ni aguantar los golpes. Sin fuerzas para darse muerte, ordenó a su escudero que desenvainara su espada y lo atravesara con ella, antes de que los enemigos lo tomaran vivo.

Como el escudero no se atrevía a matar a su señor, Shaúl desenvainó la suya propia, la afirmó sobre la punta y se arrojó sobre ella. Pero no lograba ni sostenerse en pie ni clavarse el hierro apoyándose en él, de modo que se volvió; y al ver a un joven que estaba allí de pie le preguntó quién era, y al saber que era amalecita le rogó que empujara la espada por él, ya que con sus propias manos no era capaz de darse la muerte que quería.

El joven lo hizo, y despojándolo del oro que llevaba en el brazo y de la corona real, se marchó. Cuando el escudero vio muerto a Shaúl, se dio muerte a sí mismo. No sobrevivió ninguno de los guardias del rey, sino que todos cayeron en torno al llamado monte Guilboa.

Los hebreos que habitaban en el valle al otro lado del Yardén y los que tenían sus ciudades en la llanura, al oír que Shaúl había caído junto con sus hijos y que la multitud que estaba con él había perecido, abandonaron sus propias ciudades y huyeron a las más fortificadas. Y los palestinos, hallando desiertas las que habían quedado atrás, se instalaron en ellas.

Al día siguiente, mientras despojaban a los muertos de los enemigos, los palestinos dieron con los cuerpos de Shaúl y de sus hijos. Los despojaron, les cortaron las cabezas y enviaron mensajeros que pregonaran por todo el país que los enemigos habían caído. Sus armaduras las consagraron en el templo de Astarté, y sus cuerpos los colgaron de los muros de la ciudad de Bet-Sheán, que ahora se llama Escitópolis.

Pero cuando los que habitaban en la ciudad de Yavesh de Guilad oyeron que habían ultrajado el cadáver de Shaúl y los de sus hijos, teniendo por cosa terrible dejarlos así, sin sepultura, salieron los más valientes y de mayor arrojo —pues esa ciudad da hombres esforzados de cuerpo y de ánimo—, y marchando durante toda la noche llegaron a Bet-Sheán.

Acercándose al muro de los enemigos, descolgaron el cuerpo de Shaúl y los de sus hijos y los llevaron a Yavesh, sin que los enemigos se atrevieran a impedírselo, por el valor de aquellos hombres.

Los de Yavesh, llorando todos a una, sepultaron los cuerpos en el lugar más hermoso de la región, el llamado Arura, y guardaron duelo por ellos durante siete días, con sus mujeres e hijos, golpeándose el pecho y lamentando al rey y a sus hijos, sin probar alimento ni bebida.

Tal fue el fin que tuvo Shaúl, según lo había profetizado Shemuel, por haber desobedecido las órdenes de Dios acerca de los amalecitas y por haber exterminado a la familia de Ajimélej el sumo sacerdote, y a Ajimélej mismo, y a la ciudad de los sacerdotes. Reinó dieciocho años en vida de Shemuel, y veintidós después de su muerte. Así acabó Shaúl su vida.