Libro segundo
Cómo Esav y Yaakov, hijos de Yitsjak, repartieron su morada; y Esav poseyó Idumea, y Yaakov, Kena’an
Tras la muerte de Yitsjak, sus hijos se repartieron entre ellos el lugar donde habitar, pero no conservaron el que en un principio habían tomado. Esav cedió a su hermano la ciudad de Jevrón y se estableció en Seír, donde gobernó Idumea —así llamó a aquella tierra por sí mismo, pues su otro nombre era Adom—. Y recibió ese sobrenombre por lo siguiente.
Siendo aún niño, volvió una vez de la caza extenuado por el hambre y por la fatiga del acecho. Se encontró con su hermano, que se había preparado para el almuerzo un guiso de lentejas de un color rojo muy vivo, y precisamente por ese color el deseo se le avivó todavía más y le pidió que se lo diera para comer. Yaakov, aprovechando el hambre como aliada, obligó a su hermano a venderle la primogenitura a cambio de la comida; y aquel, empujado por el apetito, le cedió sus derechos de primogénito con juramentos. Desde entonces, por el color rojo de aquel plato, sus compañeros de edad lo apodaron Adom en broma —pues los hebreos llaman «adoma» a lo rojo—, y con ese nombre bautizó a la tierra; los griegos, para darle mayor prestigio, la llamaron Idumea.
Fue también padre de cinco hijos. De ellos, Yaús, Yolam y Kóreo nacieron de una sola mujer, llamada Alibama; de los restantes, Alifaz nació de Adasa, y Reuel, de Basamata. Estos eran los hijos de Esav. A Alifaz le nacieron cinco hijos legítimos: Teimán, Ómero, Ófus, Yótam y Kanaz; pues Amalek era bastardo, nacido de una concubina suya llamada Tamna. Estos habitaron la parte de Idumea llamada Gobolítide y la que, por Amalek, se llamó Amalekítide. Idumea, que en otro tiempo llegó a ser muy extensa, conservó tanto el nombre que la abarcaba toda como las denominaciones que, en cada comarca, procedían de sus pobladores.
Cómo Yosef, el menor de los hijos de Yaakov, fue envidiado por sus hermanos cuando ciertos sueños anunciaron su futura dicha
A Yaakov le tocó alcanzar una prosperidad tan grande como difícilmente la logró ningún otro. En riqueza superaba a los del país, y por las virtudes de sus hijos era envidiado y admirado, pues en nada quedaban por debajo de nadie: para el trabajo de sus manos y para soportar la fatiga eran esforzados, y agudos para entender. Tanto cuidado puso lo divino en su bienestar y en su dicha, que incluso de lo que le pareció motivo de tristeza le hizo brotar una abundancia extraordinaria de bienes, y a él y a sus descendientes los convirtió en causa de la salida de Mitsraim de nuestros antepasados —y ello por el siguiente motivo—.
Yaakov había tenido de Rajel a Yosef, y lo amaba más que a sus otros hijos, tanto por la nobleza de su cuerpo como por la virtud de su alma, pues sobresalía en discernimiento. Este cariño del padre despertó en los hermanos envidia y odio hacia él, a lo que se sumó la dicha que anunciaban unos sueños que Yosef, al tenerlos, contó a su padre y a ellos —pues los hombres sienten celos hasta de los éxitos de sus seres más cercanos—. Las visiones que Yosef vio durante el sueño fueron estas.
Enviado por su padre, junto con sus hermanos, a recoger los frutos en pleno verano, tuvo una visión muy distinta de los sueños que suelen visitarnos en el reposo. Al despertar, la expuso a sus hermanos para que le interpretaran su significado: dijo que la noche anterior había visto que su gavilla de trigo permanecía inmóvil en el lugar donde la había puesto, mientras las de ellos acudían corriendo a inclinarse ante la suya, como los siervos ante sus señores. Los hermanos comprendieron que la visión le presagiaba poder y grandeza en sus asuntos, y un dominio futuro sobre ellos mismos; pero nada de esto le declararon a Yosef, fingiendo que el sueño no les resultaba claro, y por dentro pedían que nada de lo que sospechaban llegara a cumplirse, y cada vez lo trataban con mayor aversión.
Como oponiéndose a la envidia de ellos, lo divino envió a Yosef una segunda visión, mucho más asombrosa que la primera: le pareció que el sol, acompañado de la luna y de las demás estrellas, bajaba a la tierra y se inclinaba ante él. Esta visión se la contó a su padre, sin sospechar ninguna malicia por parte de sus hermanos, que estaban presentes, y le rogó que le explicara qué quería anunciar. El padre se alegró con el sueño, pues captó en su mente lo que presagiaba y, con sabiduría, no lo interpretó sin fundamento: se gozaba con lo mucho que aquello anunciaba, pues auguraba dicha para su hijo y la llegada de un tiempo, si Dios lo concedía, en que sería honrado por sus padres y sus hermanos y digno de reverencia. La luna y el sol los comparaba con la madre y el padre —aquella que a todo hace crecer y alimenta, este que da forma y aporta la demás fuerza—, y las estrellas, con los hermanos, pues también estos eran once, como las estrellas, y del sol y de la luna reciben su fuerza.
Así interpretó Yaakov la visión, no sin acierto. Pero a los hermanos de Yosef aquellas palabras los afligieron sobremanera, y quedaron como quien piensa que los bienes anunciados por los sueños iban a ser para un extraño y no para un hermano —bienes de los que era natural que ellos disfrutaran también con él, siendo, como eran, compañeros de su nacimiento, y por tanto también de su dicha—. Y se lanzaron a matar al muchacho. Firme ya esta decisión, cuando terminaron la cosecha se dirigieron a Shejem —comarca buena para apacentar ganado y de pastos abundantes— y allí se ocupaban de los rebaños, sin avisar a su padre de que habían ido allí. Este, por ignorancia, y porque nadie llegaba desde los rebaños que pudiera decirle la verdad sobre sus hijos, cada vez con ánimo más sombrío y lleno de temor por ellos, envió a Yosef a los rebaños para que se informara de cómo estaban sus hermanos y qué hacían, y se lo comunicara.
Cómo Yosef fue así vendido por sus hermanos a Mitsraim, por el odio que le tenían; y cómo allí se hizo famoso e ilustre y tuvo a sus hermanos bajo su poder
Cuando vieron llegar a su hermano, se alegraron, pero no como por la venida de un familiar enviado por su padre, sino como por la de un enemigo entregado en sus manos por designio divino, y ya se lanzaban a matarlo sin dejar pasar la ocasión que tenían delante. Al verlos así dispuestos y de acuerdo para llevarlo a cabo, Reuvén, el mayor de ellos, intentó contenerlos poniéndoles ante los ojos la enormidad del atrevimiento y el horror que suponía: parecía cosa malvada, impía ante Dios y ante los hombres, verter con las propias manos la sangre incluso de un hombre no emparentado; pero mucho más execrable era ser vistos como autores de la muerte de un hermano, con cuya desaparición también se agravia al padre y se arrastra a la madre al duelo y a una pérdida de hijo contraria a toda ley humana.
Por eso les rogaba que se avergonzaran ante estas cosas, que sopesaran con su propio juicio qué sufrirían de morir a sus manos un hermano bueno y el más joven de todos, y que renunciaran a semejante atrevimiento; que temieran a Dios, que ya era espectador y testigo del plan que habían tramado contra su hermano, y que se apartaran de la acción: los amaría por su arrepentimiento y por haber cedido a la cordura; pero, si seguían adelante con la obra, no había castigo por el crimen de fratricidio que Él no fuera a exigirles, por haber mancillado su Providencia, presente en todas partes y que no se ausenta ni de lo que se hace en el desierto ni de lo que ocurre en las ciudades —pues dondequiera que haya un hombre, hay que dar por seguro que también allí está presente Dios—. Les decía además que tendrían por enemigo a su propia conciencia por lo osado, y de esa conciencia no hay modo de huir: ni para quienes la tienen buena, ni menos para quienes, tras matar a un hermano, cargarán con una tal como la suya.
Añadía a lo dicho que ni siquiera contra un hermano que hubiera cometido injusticia era lícito matar, y que hermoso era además no guardar rencor a personas tan queridas por aquello en que parecían haber errado; pero es que a Yosef, que ni siquiera se había portado mal con ellos, iban a darle muerte —a Yosef, cuya débil edad reclama más bien compasión y cuidado de nuestra parte—. Y la causa misma de la muerte hacía la acción mucho peor, pues por envidia de los bienes que a él le esperaban se habían resuelto a quitarle la vida, bienes de los que igualmente disfrutarían compartiendo su participación, ya que no eran extraños, sino de la familia. Debían considerar propio suyo cuanto Dios diera a Yosef; y esto avivaba más su ira, y por ello convenía —pensaban— que el mal fuera aún más grave, pues, si mataban a quien Él había juzgado digno de los bienes esperados, se los arrebatarían al mismo Dios que se los iba a otorgar.
Reuvén, diciendo esto y aún mucho más, y suplicándoles, trataba de apartarlos del fratricidio. Pero, al ver que sus palabras no los habían vuelto más moderados, sino que se apresuraban a la matanza, les aconsejó que al menos hicieran el mal menos cruel por el modo de darle muerte. Decía que habría sido mejor dejarse persuadir por lo que primero les había recomendado, pero que, ya que se empeñaban en matar a su hermano, no serían tan malvados si obedecían a lo que ahora les proponía: en ello estaba también la obra que ansiaban, aunque no de tal modo, sino, entre soluciones difíciles, la más llevadera. Les pidió que no fueran ellos mismos, con sus manos, quienes mataran a su hermano, sino que lo arrojaran al pozo cercano y así lo dejaran morir, ganando al menos el no manchar sus manos. Consintieron en ello los jóvenes, y Reuvén, tomando al muchacho y atándolo con una cuerda, lo descolgó suavemente al pozo —pues estaba bastante seco—. Hecho esto, se alejó en busca de parajes apropiados para los pastos.
Yehudá, otro de los hijos de Yaakov, vio a unos mercaderes árabes de la estirpe de los ismaelitas que, desde Guilad, transportaban aromas y mercancías sirias hacia los egipcios. Tras la marcha de Reuvén, aconsejó a sus hermanos que sacaran a Yosef del pozo y lo vendieran a los árabes, pues, llevado lo más lejos posible, moriría entre extranjeros, y ellos así se librarían de la mancha. Aprobada la idea, sacaron a Yosef del pozo y se lo vendieron a los mercaderes por veinte minas; tenía diecisiete años. Reuvén, llegado de noche al pozo, había resuelto salvar a su hermano a escondidas de los demás; pero, al llamarlo y no obtener respuesta, temiendo que lo hubieran matado tras su partida, reprochó a sus hermanos lo ocurrido. Cuando le contaron lo que habían hecho, Reuvén dejó su duelo.
Después de obrar así con Yosef, se preguntaron qué hacer para quedar libres de sospecha ante su padre. Tomaron la túnica con que Yosef había llegado hasta ellos y que le habían quitado al descolgarlo al pozo, y decidieron desgarrarla, mancharla con sangre de macho cabrío y llevársela a su padre para mostrársela, de modo que le pareciera que había muerto devorado por fieras. Así lo hicieron y se presentaron ante el anciano, que ya tenía noticia de lo de su hijo. Le dijeron que no habían visto a Yosef ni sabían qué desgracia le había ocurrido, pero que habían encontrado esa túnica ensangrentada y desgarrada, por lo cual sospechaban que había perecido cayendo entre fieras, si es que había salido de casa vestido con ella.
Yaakov, que hasta entonces abrigaba la esperanza más leve de que su hijo hubiera sido reducido a esclavitud, abandonó ese pensamiento al tomar la túnica como prueba evidente de su muerte —pues reconoció que era la misma con que lo había enviado a sus hermanos—, y desde entonces quedó como quien llora a un muerto, en duelo por el muchacho. Y como si fuera padre de uno solo, privado del consuelo de los demás, tan hundido estaba en su desdicha que, antes aún de encontrarse con los hermanos, ya imaginaba que Yosef había desaparecido devorado por fieras. Se sentó ceñido de saco y tan agobiado por el dolor que ni los hijos que lo consolaban lograban aliviarlo, ni él, agotado por las penas, cedía a la fatiga.
Sobre la insigne castidad de Yosef
A Yosef, vendido por los mercaderes, lo compró Potifar, un egipcio que era jefe de los cocineros del rey Paró, y lo tenía en toda estima: le daba una educación liberal, le permitía llevar un régimen de vida mejor que el que corresponde a la suerte de un esclavo y le confió el cuidado de su casa. Yosef disfrutaba de todo ello, y la virtud que había en él ni siquiera con el cambio de fortuna lo abandonó, sino que mostró que la nobleza de ánimo puede vencer las dificultades de la vida cuando de verdad se halla en alguien y no está ajustada solo a la prosperidad del momento.
Pues la mujer de su señor, prendada de él por su hermosura y por su destreza en los asuntos, se enamoró; y creyendo que, si se lo hacía patente, fácilmente lo persuadiría a mantener trato con ella —pensando él que sería una fortuna que su señora se lo pidiera—, y fijándose ella en la condición servil de aquel momento y no en el carácter, que permanecía firme a pesar del cambio, le manifestó su deseo y le habló de yacer con ella. Pero él rechazó la petición, pues no juzgaba lícito concederle un favor semejante, en el que resultaba haber injusticia y ultraje contra quien lo había comprado y lo había honrado con tanta estima. La exhortó más bien a dominar su pasión, poniéndole por delante la imposibilidad de alcanzar lo que deseaba, pues aquel arrebato se le pasaría en cuanto faltara la esperanza; y decía que él antes soportaría cualquier cosa que consentir en aquello: pues aunque, siendo esclavo, no debía hacer nada contrario a su señora, la negativa a mandatos de esa índole tenía mucho de disculpa.
Este rechazo, cuando ella no esperaba que Yosef resistiera, encendió aún más su amor; y, terriblemente asediada por su mal, se propuso lograrlo con un segundo intento. Llegada, pues, una fiesta pública en la que era costumbre que también las mujeres acudieran a la celebración, fingió estar enferma ante su marido, buscando soledad y ocasión para rogar a Yosef. Conseguido esto, le dirigió palabras aún más insistentes que las primeras: le decía que habría estado bien que él cediera ya tras el ruego inicial y no la hubiera contradicho, por respeto a quien se lo pedía y por lo desmesurado de su pasión, que la había forzado, siendo señora, a rebajarse por debajo de la dignidad de su rango; pero que con cordura, cediendo ahora, corregiría el desatino de lo pasado. Pues si él esperaba una segunda súplica, ahí la tenía, y hecha con mayor empeño, ya que había pretextado enfermedad y había preferido el trato con él a la fiesta y a la celebración; y si a las primeras razones se había resistido por incredulidad, el que ella persistiera en lo mismo era señal de que no había en ello malicia alguna.
Le decía que esperara provecho de los bienes presentes de que ya gozaba —y aún mayores— si se plegaba a su amor y se hacía obediente; pero que solo obtendría venganza y odio de su parte si rechazaba su ruego y anteponía la apariencia de continencia al favor de complacer a su señora. Pues eso de nada le serviría, ya que ella se volvería contra él, lo acusaría y mentiría a su marido imputándole un intento; y Potifar atendería antes a sus palabras que a las de él, por muy conformes con la verdad que estas fueran.
Aunque la mujer decía esto entre lágrimas, ni la compasión lo indujo a faltar a la cordura ni el miedo lo forzó, sino que resistió a las súplicas y no cedió a las amenazas, y prefirió padecer injustamente y soportar lo más duro antes que gozar de lo presente concediendo aquello por lo que sabía que justamente merecería perecer. Le recordaba su matrimonio y la vida en común con su marido, y la exhortaba a dar más valor a eso que al placer pasajero del deseo: pues este le acarrearía luego un arrepentimiento que le traería dolor, no enmienda de lo mal hecho, y el temor de ser descubierta, teniendo que agradecer que el mal quedara ignorado; mientras que la unión con su marido le ofrecía un goce sin peligro y, además, mucha franqueza ante Dios y ante los hombres nacida de la buena conciencia; y que, permaneciendo pura, ejercería más bien de señora sobre él y usaría con él su autoridad de dueña, en vez de compartir con él la vergüenza del pecado. Pues mucho mejor era tener confianza apoyándose en una vida honesta y sabida que en una maldad oculta.
Diciendo esto y otras muchas cosas parecidas, intentaba refrenar el ímpetu de la mujer y volver su pasión a la razón. Pero ella recurrió a un empeño más violento y, echándole las manos encima, quiso obligarlo por la fuerza, desesperando ya de persuadirlo. Cuando Yosef, indignado, escapó dejándole hasta el manto —pues ella lo retenía por él y él, soltándolo, saltó fuera de la habitación—, ella, sobrecogida de miedo de que la denunciara a su marido y dolida por la afrenta, resolvió adelantarse y mentir a Potifar acusando a Yosef; y con este modo juzgó, a la vez taimado y propio de mujer, vengarse del que la había despreciado tan gravemente y anticiparse a la calumnia.
Se sentó abatida y turbada, fingiendo con rabia como dolor por un intento de violación lo que era pena por haber fracasado en su deseo. Cuando llegó su marido, alterado ante aquel aspecto, y preguntó la causa, ella empezó su acusación contra Yosef: «Ojalá mueras, esposo», dijo, «o castiga al esclavo malvado que quiso mancillar tu lecho, que no se ha portado con la cordura debida al recordar en qué estado llegó a nuestra casa ni lo que obtuvo de tu bondad; que, siendo un ingrato de no habernos mostrado en todo su lealtad, tramó ultrajar tu matrimonio, y eso durante la fiesta, aprovechando tu ausencia. Así que cuanto antes parecía moderado, lo estaba por miedo a ti, y no por bondad natural. Fue el haber sido elevado a un honor que no merecía y que no esperaba lo que lo puso así: como quien, habiendo recibido la confianza de tus bienes y la administración de tu casa, y siendo preferido a los criados más antiguos, hasta se atrevió a poner las manos en tu mujer». Terminadas sus palabras, le mostró el manto, como dejado por él al intentar forzarla.
Potifar, sin poder desconfiar de su mujer, que lloraba, ni de lo que decía y él veía, y dando más peso a su amor por ella, no se volvió hacia una averiguación de la verdad, sino que, alabando la cordura de su mujer y condenando a Yosef por malvado, lo arrojó a la cárcel de los criminales; y de su mujer pensó aún mejor, dando testimonio de su decoro y su castidad.
Lo que le sobrevino a Yosef en la prisión
Yosef, poniéndolo todo en manos de Dios, no se dedicó a defenderse ni a dar una explicación exacta de lo ocurrido, sino que soportó en silencio las cadenas y la coacción, confiado en que sería más fuerte que quienes lo habían encadenado, pues Dios conocía la causa de su desgracia y la verdad; y muy pronto tuvo prueba de su Providencia. En efecto, el carcelero, al advertir su diligencia y su fidelidad en todo lo que le encomendaba, y la dignidad de su porte, le aflojó las cadenas y le hizo más leve y llevadero aquel trance, permitiéndole un régimen de vida mejor que el de los presos.
Cuando los que compartían prisión, si acaso descansaban de la fatiga de sus tareas, se ponían a conversar, como suele ocurrir por la comunión en una misma desgracia, y se preguntaban unos a otros las causas por las que habían sido condenados, el copero del rey, que había gozado de gran estima ante él y estaba encadenado por su enojo, y que compartía las cadenas con Yosef, se hizo más cercano a él; y como parecía que este lo aventajaba en discernimiento, le contó un sueño que había tenido y le rogó que le declarara si algo significaba, quejándose de que a los males venidos del rey lo divino le añadía todavía las inquietudes de los sueños.
Decía, pues, que había visto en sueños una vid crecida con tres sarmientos, y de cada uno colgaban grandes racimos, ya maduros para la vendimia; y que él mismo los exprimía en una copa que el rey sostenía, y que, tras colar el mosto, se lo daba a beber al rey, y este lo recibía complacido. Tal era lo visto, y le pidió que, si había recibido algo de discernimiento, le declarara lo que la visión presagiaba. Yosef lo exhortó a tener ánimo y a esperar que en tres días quedaría libre de las cadenas, pues el rey echaría de menos su servicio y lo restablecería en él. Le explicó que el fruto de la vid lo daba Dios a los hombres para bien: con él se le hacen libaciones a Él mismo, y entre los hombres es prenda de confianza y amistad, pues disipa enemistades y aparta padecimientos y penas de quienes lo toman, llevándolos al placer. «Dices, pues, que exprimido de tres racimos con tus manos el rey lo aceptó. Sábete, entonces, que la visión ha sido buena para ti y anuncia la liberación de tu presente aprieto en tantos días cuantos fueron los sarmientos de los que vendimiaste el fruto en sueños. Pero acuérdate de mí, ahora que has tenido prueba de quien te anunció los bienes, y, cuando estés en el poder, no nos olvides en la situación en que nos dejas al partir hacia lo que te hemos anunciado; pues no por delito alguno hemos venido a dar en cadenas, sino que por nuestra virtud y nuestra continencia fuimos condenados a padecer lo de los criminales, por no haber querido, con placer propio, ultrajar a quien tal cosa nos hacía». El copero, como es natural, se alegró al oír semejante interpretación del sueño y quedó a la espera del cumplimiento de lo anunciado.
Otro esclavo, encargado de los panaderos del rey, encadenado junto con el copero, viendo la explicación que Yosef había dado a aquel sobre su visión, cobró buenas esperanzas —pues también él había tenido un sueño— y le pidió a Yosef que le dijera qué querían anunciarle las cosas vistas la noche anterior. Eran estas: «Me pareció», dijo, «llevar tres canastas sobre la cabeza, dos llenas de panes y la tercera de manjares y viandas variadas, de las que se preparan para los reyes; y unas aves, bajando en picado, lo devoraron todo, sin hacer caso de mí, que las espantaba». Él esperaba que el pronóstico fuera semejante al del copero; pero Yosef, tras sopesar con su juicio el sueño, y diciéndole que habría querido ser para él intérprete de bienes y no de lo que el sueño le anunciaba, le declaró que le quedaban en total dos días de vida, pues eso significaban las canastas: al tercero sería crucificado y serviría de pasto a las aves, sin poder defenderse. Y, en efecto, la cosa tuvo para ambos un desenlace igual al que Yosef había dicho, pues en el día anunciado el rey, celebrando con sacrificio su cumpleaños, hizo crucificar al jefe de los panaderos y, soltando de las cadenas al copero, lo restableció en el mismo servicio.
A Yosef, que sufría en las cadenas durante dos años sin recibir del copero ayuda alguna, pese al recuerdo de lo dicho, Dios lo liberó de la prisión valiéndose de la siguiente ocasión. El rey Paró, una misma noche, contempló dos visiones en sueños y, junto con ellas, la interpretación de cada una; pero de esta última se olvidó, y retuvo los sueños. Angustiado por lo visto —pues aquello le parecía sombrío—, al día siguiente convocó a los egipcios más doctos, deseando conocer la interpretación de los sueños. Y como estos no acertaban a resolverlo, el rey se turbaba aún más. El copero, viendo la turbación de Paró, recordó de pronto a Yosef y su perspicacia con los sueños, y, acercándose, se lo mencionó al rey, junto con la visión que él mismo había tenido en la prisión y su cumplimiento tal como aquel se lo había predicho: que el jefe de los panaderos había sido crucificado ese mismo día, y a él le había sucedido lo que había sucedido, según la interpretación del sueño anunciada de antemano por Yosef. Añadió que este estaba encarcelado por Potifar, el jefe de los cocineros, como esclavo, pero que decía ser de linaje hebreo, de los principales, e hijo de un padre ilustre. «Manda, pues, traerlo, y sin desdeñarlo por su reciente desgracia, sabrás lo que los sueños te anuncian».
Ordenó, pues, el rey que llevaran a Yosef a su presencia, y los encargados lo trajeron tras haberlo aseado, según el mandato del rey. El rey, tomándolo de la mano derecha, le dijo: «Joven, tú, a quien mi propio criado ha atestiguado como el mejor y el más capaz de entender, concédeme a mí también los mismos bienes que le diste a él y declárame cuanto me presagian, en sueños, las visiones que se me han mostrado. Y quiero que en nada te retraigas por miedo, ni me halagues con palabras falsas o dichas para agradar, si la verdad resultara más sombría. Me pareció que, caminando junto a un río, veía siete vacas gordas y de tamaño extraordinario que subían de la corriente hacia el pantano; y otras, en número parecido a aquellas, salían a su encuentro desde el pantano, muy escuálidas y espantosas a la vista, las cuales devoraban a las gordas y grandes sin sacar provecho alguno, atormentadas cruelmente por el hambre. Después de esta visión, despertado del sueño y turbado, y considerando conmigo mismo qué podría ser aquella aparición, volví a caer en el sueño y vi un segundo, mucho más asombroso que el primero, que aún más me atemoriza y me turba. Veía siete espigas brotadas de una sola raíz, ya cargadas e inclinadas por el peso del grano y por hallarse en sazón para la siega; y junto a ellas, otras siete espigas ralas y débiles por falta de riego, que, echándose a consumir y devorar las lozanas, me dejaron atónito».
Yosef, tomando la palabra, dijo: «Este sueño, oh rey, aunque se te haya mostrado en dos formas, anuncia un solo y mismo desenlace de lo que ha de venir. El ver que aquellas vacas, animal nacido para la fatiga del arado, eran devoradas por las peores, y las espigas consumidas por las más débiles, anuncia para Mitsraim hambre y esterilidad por otros tantos años cuantos antes fue próspera, de modo que la abundancia de estos años quedará consumida por la carestía de otros tantos que vendrán después. Habrá, pues, una escasez de lo necesario muy difícil de remediar. La señal es esta: las vacas escuálidas, tras devorar a las mejores, no lograron saciarse. Pero Dios no muestra a los hombres el futuro por afligirlos, sino para que, conociéndolo de antemano, hagan con discernimiento más llevaderas las pruebas de lo anunciado. Así que tú, guardando los bienes que se producirán en el primer tiempo, harás que a los egipcios les pase inadvertida la desgracia que ha de venir».
Admirado el rey de la prudencia y la sabiduría de Yosef, le preguntó de qué modo debería administrar de antemano, en los tiempos de la buena cosecha, lo relativo a los que vendrían después, para que la esterilidad resultara más llevadera. Yosef le propuso y aconsejó que ahorrara los bienes y no permitiera a los egipcios usarlos con derroche, sino que cuanto fueran a gastar por lujo en exceso lo reservaran para el tiempo de la penuria; y le recomendó que tomara el grano de los labradores, entregándoles solo lo suficiente para su sustento. Paró, admirado de Yosef por ambas cosas —la interpretación del sueño y el consejo—, le confió aquella administración, para que hiciera cuanto juzgara conveniente tanto para la multitud de los egipcios como para el rey, considerando que quien había hallado el camino del asunto sería también su mejor rector. Con esta autoridad concedida por el rey, usando su sello y vestido de púrpura, recorría en carro toda la tierra, recogía de los labradores el grano y repartía a cada uno lo bastante para la siembra y el sustento, sin revelar a nadie la causa por la que hacía aquello.
Cómo Yosef, hecho famoso en Mitsraim, tuvo a sus hermanos bajo su dependencia
Había cumplido ya el trigésimo año de su edad y gozaba de toda honra por parte del rey, que lo llamó Psontonfáneco atendiendo a lo extraordinario de su discernimiento —pues el nombre significa «descubridor de secretos»—. Contrajo también un matrimonio de lo más distinguido: por gestión del propio rey tomó como esposa, aún virgen, a la hija de Potifar, uno de los sacerdotes de Heliópolis, llamada Asenat. De ella tuvo también hijos antes de la esterilidad: el mayor, Menashé —que significa «que hace olvidar», porque, alcanzada la dicha, halló olvido de sus desdichas—; el menor, Efráyim —que significa «que restituye», porque le fue restituida la libertad de sus antepasados—.
Mientras Mitsraim pasaba dichosamente siete años, según la interpretación de los sueños hecha por Yosef, al octavo año se abatió el hambre; y como el mal cayó sobre ellos sin haberlo previsto, todos, gravemente afligidos, acudían en tropel a las puertas del rey. Este llamaba a Yosef, y él les repartía el grano, convertido, por reconocimiento de todos, en salvador de la multitud. Y no ponía la venta solo a disposición de los del país, sino que también los extranjeros podían comprar, pues Yosef estimaba que todos los hombres, por el parentesco de la sangre, debían recibir socorro de quienes gozan de prosperidad.
Envió también Yaakov —pues Kena’an se hallaba gravemente extenuada, ya que la calamidad había alcanzado todo el continente— a todos sus hijos a Mitsraim a comprar grano, al saber que la venta se había abierto también a los extranjeros; solo retuvo a Binyamín, nacido de Rajel, hermano de Yosef por parte de madre. Llegados a Mitsraim, se presentaron ante Yosef pidiendo comprar, pues nada se hacía sin su decisión; y el modo de servir entonces al rey era ganarse la buena voluntad hacia Yosef. Él reconoció a sus hermanos, que nada sospechaban de él —pues él se había separado de ellos siendo un muchacho, y había llegado a tal edad, y con los rasgos cambiados les resultaba irreconocible, y por la grandeza de su dignidad ni siquiera podían concebir la idea—, y los puso a prueba para ver qué pensaban del conjunto de las cosas. No les vendía el grano y les decía que habían venido como espías de los asuntos del rey, reunidos de muchos lugares y pretextando parentesco; pues no era posible que a un hombre particular se le hubieran criado hijos tales y de aspecto tan destacado, siendo difícil una crianza semejante incluso para los reyes. Y hacía esto por conocer lo relativo a su padre y lo que le había sucedido tras su propia partida, y también por saber de Binyamín, su hermano, pues temía que también a este lo hubieran apartado de la familia como se habían atrevido a hacer con él.
Ellos estaban turbados y temerosos, creyendo que se cernía sobre ellos el mayor peligro, y sin sospechar nada respecto a su hermano. Puestos ante las acusaciones, se defendían por boca de Reuvén, que era el mayor de ellos. «Nosotros», dijo, «no hemos venido aquí con intención injusta ni para dañar los asuntos del rey, sino buscando salvarnos y un refugio de los males que oprimen nuestra tierra, confiando en vuestra humanidad, de quienes oíamos que habíais abierto la venta del grano no solo a vuestros propios conciudadanos, sino también a los extranjeros, resueltos a dar la salvación a cuantos la necesitan. Que somos hermanos y de una misma sangre lo muestra el aire de familia de nuestro semblante, que no difiere mucho. Nuestro padre es Yaakov, un hombre hebreo, de quien nacimos doce hijos de cuatro mujeres; y mientras todos vivíamos, éramos dichosos. Pero al morir uno de los hermanos, Yosef, nuestra suerte cambió a peor, pues nuestro padre lleva por él un largo duelo, y nosotros padecemos tanto por la desgracia del muerto como por el sufrimiento del anciano. Ahora hemos venido a comprar grano, tras confiar el cuidado de nuestro padre y el gobierno de la casa a Binyamín, el más joven de los hermanos. Puedes, enviando a nuestra casa, averiguar si algo de lo que decimos es falso».
Con estas palabras intentaba Reuvén persuadir a Yosef a pensar mejor de ellos. Pero él, sabiendo ya que Yaakov vivía y que su hermano no había perecido, por el momento los arrojó a la cárcel, como para interrogarlos con calma; y al tercer día los sacó de allí, Puesto que —dijo Yosef— insistís en que no habéis venido a dañar los asuntos del rey, y en que sois hermanos e hijos del padre que decís, me convenceréis de que es así si dejáis conmigo a uno de vosotros, que no sufrirá ningún ultraje, y, llevado el grano a vuestro padre, volvéis de nuevo a mí trayendo con vosotros al hermano que decís haber dejado allí; pues esto será la prueba de la verdad.
Ellos se hallaban en males mayores. Lloraban y sin cesar se lamentaban unos con otros por la desgracia de Yosef, convencidos de que, por lo que habían tramado contra él, Dios los castigaba haciéndolos caer en esto. Reuvén los reprendía largamente por su arrepentimiento, del que ningún provecho resultaba ya para Yosef, y les exigía soportar con firmeza cuanto padecieran, pues era Dios mismo quien lo hacía en venganza de aquel.
Esto decían entre sí sin pensar que Yosef entendía su lengua. El desaliento se apoderó de todos ante las palabras de Reuvén, y el pesar por lo obrado, como si también ellos hubieran votado aquello, por lo cual juzgaban con razón ser castigados por Dios.
Yosef, viéndolos así sin salida, quebrantado por la emoción, rompió a llorar; y, no queriendo hacerse reconocer por sus hermanos, se retiró, y tras un rato volvió de nuevo a ellos.
Y, reteniendo a Shimón como rehén del regreso de los hermanos, les mandó partir después de tomar su parte del grano comprado, ordenando al criado que pusiera a escondidas en sus cargas la plata que habían traído para la compra del grano y los despidiera llevándola también. Y él cumplió lo mandado.
Los hijos de Yaakov, llegados a Kena’an, contaron a su padre lo que les había sucedido en Mitsraim: que habían parecido llegar como espías del rey, y que, al decir que eran hermanos y que habían dejado al undécimo en casa con el padre, no habían sido creídos; que habían dejado a Shimón con el gobernador hasta que Binyamín, yendo allá, fuese para él prueba de lo dicho. Y pedían al padre que, sin temer nada, enviara con ellos al joven. Pero a Yaakov nada le agradaba de lo hecho por sus hijos y, llevando con dolor la retención de Shimón, juzgaba insensato añadir también a Binyamín.
Y él, ni aun rogándoselo Reuvén y ofreciendo a cambio a sus propios hijos —para que, si algo le sucedía a Binyamín en el viaje, el abuelo los matara—, se dejó persuadir por sus palabras. Ellos estaban sin salida ante los males, y aún más los turbó la plata hallada escondida en los sacos del grano.
Como el grano traído por ellos se agotara y el hambre apretara más, forzado por la necesidad, Yaakov resolvió enviar a Binyamín con los hermanos; pues no les era posible ir a Mitsraim si no partían con las promesas. Y, haciéndose el sufrimiento peor cada día y rogándoselo los hijos, no tenía qué hacer ante lo presente.
Yehudá, hombre por naturaleza audaz en lo demás, le habló con franqueza: que no le convenía temer por el hermano ni tomar por sospechoso lo que no era terrible, pues nada le sucedería al hermano a quien no asistiera Dios, y eso mismo le ocurriría también quedándose junto a él; que no condenara así su manifiesta perdición ni les quitara sin razón la abundancia de sustento venida de Paró, por temer irracionalmente por el muchacho, y que atendiera también a la salvación de Shimón, no fuera que, por escatimar el viaje de Binyamín, aquel pereciera; que confiara respecto de él en Dios, que también a él se lo aconsejaba, pues o le devolvería sano al hijo, o le haría acabar la vida junto con aquel.
Persuadido Yaakov, entregó a Binyamín y el precio del grano por duplicado, y de lo que se cría entre los cananeos —el ungüento de bálano, estacte, terebinto y miel— para llevarlo como regalo a Yosef. Muchas fueron las lágrimas del padre a la partida de los hijos, y de ellos mismos: pues él se preocupaba de si recobraría a los hijos salvos del viaje, y ellos, de si hallarían al padre firme y en nada dañado por la pena a causa de ellos. Su duelo duró un día; el anciano, agotado, se contuvo, y ellos marcharon a Mitsraim, curando con mejor esperanza la pena por lo presente.
Cuando llegaron a Mitsraim, se hospedaron en casa de Yosef. Un temor no pequeño los turbaba: no fueran a recibir acusaciones por el precio del grano, como si ellos hubieran cometido algún fraude; y ante el mayordomo de Yosef hacían larga defensa, diciendo que en casa habían hallado la plata en los sacos y que ahora venían a devolverla. Pero él, diciendo que ni siquiera sabía de qué hablaban, los libró del temor. Y, soltando a Shimón, lo atendió para que estuviera con los hermanos. Llegado en esto también Yosef del servicio del rey, le presentaron los regalos; y, preguntando él por el padre, dijeron que lo habían hallado con salud.
Él, sabiendo que vivía, y preguntando por Binyamín si aquel era su hermano menor —pues lo había visto—, los interrogó. Diciendo ellos que lo era, dijo que Dios era protector de todo; y, llevado por la emoción a las lágrimas, se apartó, no queriendo hacerse reconocer por los hermanos. Los tomó para el banquete, y se reclinaron tal como junto al padre. Yosef, agasajándolos a todos, honraba a Binyamín con porciones dobles de las que a él le servían.
Después del banquete, cuando se entregaron al sueño, ordena al mayordomo darles el grano medido y ocultar de nuevo el precio en los sacos, y poner en la carga de Binyamín una copa de plata con la que gozaba de beber, y dejarla allí. Hacía esto queriendo poner a prueba a los hermanos: si acaso socorrerían a Binyamín, llevado por robo y en apariencia en peligro, o si, dejándolo como quienes en nada habían delinquido, se irían junto al padre.
Hecho por el criado lo mandado, al día siguiente los hijos de Yaakov, sin saber nada de esto, partían, habiendo recobrado a Shimón y gozando de doble alegría —por esto y por llevar a Binyamín al padre, según habían prometido—. Pero los alcanzan unos jinetes que llevaban al criado que había puesto la copa en la carga de Binyamín. Turbados por el inesperado ataque de los jinetes, preguntaron la causa por la que habían venido contra hombres que poco antes habían recibido de su señor honra y hospitalidad. El criado los llamaba malvadísimos, que, ni siquiera guardando memoria de esa misma hospitalidad y afabilidad de Yosef, no vacilaron en ser injustos con él, sino que, llevándose la copa con la que él había brindado en su amistad, la portaban por ganancia injusta, poniendo en segundo lugar tanto la amistad con Yosef como su propio peligro si eran descubiertos. Y les amenazaba con que sufrirían castigo, pues no habían pasado inadvertidos a Dios ni escapado con el robo, aunque hubieran engañado al criado que los servía. «Y ahora preguntáis por qué hemos venido, como si no lo supierais; pero lo sabréis siendo al punto castigados.» Esto y más que esto les decía el criado, ultrajándolos.
Ellos, por ignorancia de lo suyo, se burlaban de lo dicho y se admiraban de la ligereza del criado, que se atrevía a lanzar acusación contra hombres que ni siquiera habían retenido el precio del grano hallado en sus sacos, sino que lo habían traído sin que nadie supiera lo ocurrido: tan lejos estaban de haber obrado mal a sabiendas. Considerando la búsqueda más digna de fe que la negativa, mandaron valerse de ella y que, si se hallaba a alguno que hubiera robado, se castigara a todos; pues, no teniendo conciencia de nada, mostraban una franqueza, según creían, sin riesgo. Pero él juzgó oportuno hacer la búsqueda, si bien dijo que el castigo sería de uno solo, aquel en quien se hallara cometido el robo.
Haciendo el registro y recorriendo a todos los demás en la búsqueda, llegaron al último, Binyamín, no ignorando que en su saco habían escondido la copa, sino queriendo dar la apariencia de hacer una búsqueda minuciosa. Los demás, librados de su propio temor, estaban ya en la sola preocupación por Binyamín, y confiaban en que ni en él se hallaría el delito, y reprochaban a los perseguidores el haberles estorbado el camino cuando ya podían haber avanzado. Pero, cuando, registrando la carga de Binyamín, encuentran la copa, al punto se volvieron a gemidos y lamentos; y, rasgándose las vestiduras, lloraban por el hermano ante el castigo que le esperaba por el robo, y porque habrían engañado al padre acerca de la salvación de Binyamín. Acrecentaba su desgracia el que, cuando ya creían haber escapado de lo penoso, fueran envidiados de ello; y decían que ellos mismos serían culpables de los males del hermano y de la pena del padre por él, por haber forzado al padre, contra su voluntad, a enviarlo con ellos.
Los jinetes, tomando a Binyamín, lo llevaron ante Yosef, siguiéndolos los hermanos. Él, viéndolo a él bajo custodia y a ellos en actitud de duelo, dice: «¿Qué habéis pensado, malvadísimos, de mi filantropía o de la providencia de Dios, para atreveros a obrar así contra un bienhechor y anfitrión?» Ellos se entregaban al castigo con tal de que Binyamín se salvara, y de nuevo recordaban lo que habían osado contra Yosef, y lo llamaban más dichoso: si había muerto, porque estaba librado de las tristezas de la vida; y si vivía, porque alcanzaba de Dios la venganza contra ellos. Decían que eran malditos para con su padre, porque a la pena que hasta ahora tenía por aquel añadirían la de Binyamín. Y también aquí Reuvén los increpaba con fuerza.
Yosef soltaba a los demás —pues en nada le hacían injusticia— y decía que se contentaba con el solo castigo del muchacho: pues ni era sensato, decía, soltar a este por causa de los que en nada habían pecado, ni castigar a aquellos junto con quien había cometido el robo; y prometía dar seguridad a los que se marcharan. A los demás los tomó el estupor y el enmudecimiento ante el dolor. Pero Yehudá —el que había persuadido al padre de enviar al muchacho, y hombre por lo demás emprendedor— decidió arriesgarse por la salvación del hermano, y dijo:
«Cosas terribles, general, hemos osado contra ti, dignas de castigo, y es justo que todos suframos pena, aunque el delito no sea de otro, sino de uno solo, el más joven. Sin embargo, a nosotros, que hemos desesperado de su salvación, nos queda una esperanza en tu bondad, que garantiza la huida del peligro. Y ahora, no mirando a lo nuestro ni considerando el delito, sino tomando por consejera tu propia naturaleza y tu virtud en lugar de la ira —de la cual se sirven los que en lo demás son pequeños respecto de la fuerza, usándola no solo en las cosas grandes, sino también en las de poca monta—, sé magnánimo ante ella y no te dejes vencer por ella hasta matar a quienes ya ni siquiera reclaman como propia la salvación, sino que piden recibirla de ti.
Pues no es esta la primera vez que nos la concederás: antes, cuando vinimos a comprar grano, nos otorgaste la abundancia de sustento, dándonos para llevar también a los nuestros cuanto los salvó de perecer en peligro por el hambre. En nada difiere no dejar perecer a quienes se pierden por falta de lo necesario, y no castigar a quienes parecen haber pecado y han sido envidiados por el beneficio espléndido venido de ti: es el mismo favor, aunque dado de otra manera. Pues salvarás a quienes con este fin también alimentaste, y conservarás con tus dones las vidas que no dejaste desfallecer de hambre; de modo que es admirable a la vez y grande darnos las vidas y proporcionarnos aquello con lo que estas, en la penuria, subsistirán.
Y creo que Dios, queriendo procurar ocasión para mostrar tu virtud sobreabundante, nos ha reducido a tal desgracia, para que aparezcas perdonando también a los que han faltado en las injusticias contra ti mismo, y no parezcas filántropo solo con quienes por otro motivo necesitan auxilio. Pues, aunque es grande hacer bien a algunos caídos en necesidad, más regio es salvar a quienes deben pena por lo osado contra uno mismo. Porque, si perdonar a quienes yerran en daños pequeños trajo alabanza a los que los pasaron por alto, el no airarse por aquellas cosas en que la vida de los culpables queda sujeta al castigo se atribuye a la naturaleza de Dios.
Y yo, si no tuviéramos un padre que muestra cuánto padece por la pérdida de hijos —por la pena que lleva por Yosef—, no habría hecho, por lo que a nosotros toca, discursos sobre la salvación, salvo en cuanto, complaciendo a tu carácter, fuese bueno salvarlo por él; y aun a estos, que se afligirían no teniendo ya a los muertos, nos ofreceríamos a sufrir lo que quisieras. Pero ahora, no por compadecernos a nosotros mismos —si acaso, jóvenes y sin haber aún gozado de la vida, hemos de morir—, sino considerando lo del padre y compadeciendo su vejez, te dirigimos estas súplicas y te pedimos por nuestras propias vidas, que nuestro delito te entregó para el castigo.
Ni él mismo es malvado, ni engendró hijos que hubieran de serlo, sino que, siendo bueno, no merece experimentar tales cosas; y ahora, estando nosotros ausentes, sufre por las preocupaciones a causa nuestra; pero, si supiera que hemos perecido, y la causa, no lo soportará, sino que por ello mucho más abandonará la vida, y la deshonra de nuestra ruina se adelantará a consumirlo, y le hará amargo el paso desde la vida: antes de que llegue a otros lo nuestro, se apresurará a llevarse a sí mismo a la insensibilidad.
Así pues, puesto en esta reflexión, aunque nuestra maldad te irrite ahora, otorga al padre lo que es justo contra ella, y pueda más la compasión hacia él que nuestra maldad; respeta la vejez que ha de vivir en soledad y morir si nosotros perecemos, concediendo este don al nombre de padre. Pues en esto honras también al que te engendró y a ti mismo te lo das, gozando ya del apelativo y siendo guardado en él sin daño por Dios, el padre de todos; hacia el cual, por la comunión que también tú tienes en el nombre, parecerás ser piadoso, tomando compasión de nuestro padre por lo que sufrirá privado de sus hijos.
Es tuyo, pues, teniendo poder para quitar lo que Dios nos dio, darlo, y en nada diferir de él en el favor; pues, habiendo alcanzado el poder en ambos sentidos, es hermoso mostrarlo en las cosas buenas, y, pudiendo también destruir, olvidar el poder para ello como si ni siquiera existiera, y creer que solo se te ha confiado salvar; y cuantos más lo reciban, tanto más aparecerá uno como dador. Tú a todos nos salvarás perdonando al hermano por aquello en que fue desdichado; pues ni para nosotros la vida es soportable si este es castigado, ya que no nos está permitido volver salvos a solas junto al padre, sino que aquí hemos de compartir con este el mismo fin de la vida.
Y te rogaremos, general, que, condenado a morir nuestro hermano, nos castigues también a nosotros como partícipes del delito; pues no querremos matarnos a nosotros mismos por la pena de su muerte, sino morir así por haber sido igualmente malvados que él. Y en cuanto a que pecó siendo joven y sin tener aún firme el juicio, y a que es humano conceder perdón a tales, dejándotelo a ti dejo de hablar más allá, para que, si nos condenas, parezca que lo no dicho nos ha dañado hacia lo más severo; y, si nos absuelves, se juzgue que, viendo también aquello por tu propia bondad, lo has desestimado, no solo salvándonos, sino concediéndonos aquello por lo que apareceremos más justos al alcanzarlo, habiendo pensado en nuestra salvación más que nosotros mismos. Así pues, si quieres matarlo, castígame a mí en su lugar y envíalo de vuelta al padre; y, si te parece retenerlo como esclavo, yo te soy más útil para las necesidades, siendo, como ves, mejor para cualquiera de los dos casos.»
Yehudá, dispuesto de buen grado a soportar todo por la salvación del hermano, se arroja ante los pies de Yosef, esforzándose por ablandar y aplacar su ira; y se postraron también todos los hermanos, llorando y entregándose a morir por la vida de Binyamín. Yosef, vencido por la emoción y ya no pudiendo mantener la ficción de la ira, manda salir a los presentes, para hacerse manifiesto solo a los hermanos; y, retirados aquellos, se da a conocer a los hermanos y dice:
«Alabo vuestra virtud y vuestra benevolencia hacia el hermano, y os encuentro mejores de lo que esperaba a partir de lo que en otro tiempo tramasteis en torno a mí; todo esto lo hice para probar vuestro amor fraterno. No creo que por naturaleza hayáis sido malvados ni siquiera conmigo, sino que fue por voluntad de Dios, que dispone el disfrute presente de los bienes y el futuro, si nos permanece propicio. Sabiendo, pues, la salvación del padre, ni siquiera esperada, y viéndoos tales para con el hermano, ya ni recuerdo aquello en que parecéis haber pecado contra mí; cesaré del rencor por ello y confieso teneros gratitud, como a coautores, para lo presente, de lo dispuesto por Dios.
Y quiero que también vosotros, tomando olvido de aquello, os alegréis más de que la insensatez de entonces haya venido a tal fin, que afligiros avergonzados por lo pecado. No os parezca, pues, motivo de pena el haber pronunciado contra mí un voto malvado, ni el arrepentimiento por ello, ya que lo tramado no salió adelante. Alegrándoos, pues, por lo sucedido de parte de Dios, id a declararlo al padre, no sea que, consumido por las preocupaciones por vosotros, malogre lo más hermoso de mi dicha muriendo antes de venir a mi vista y participar de lo presente. Y, tomando a este mismo, y a vuestras mujeres, a los hijos y a toda vuestra parentela, trasladaos aquí; pues no conviene que estén ausentes de nuestros bienes los que me son más queridos, sobre todo aguardando el hambre aún un lustro más.»
Dicho esto, Yosef abraza a los hermanos; y ellos estaban entre lágrimas y pena por lo que habían tramado contra él, mientras la benevolencia del hermano no les dejaba, según parecía, castigo alguno. Y entonces estaban en festín. El rey, al oír que los hermanos habían llegado junto a Yosef, se alegró grandemente y, dispuesto como ante un bien propio, les proporcionó carros llenos de grano, y oro y plata para llevar al padre. Recibiendo más aún de su hermano —parte para llevar al padre, parte para tener cada uno como regalos propios, siendo Binyamín tenido por más digno que ellos—, partieron.
El traslado del padre de Yosef, con toda su familia, junto a él, a causa del hambre
Cuando, llegados los hijos, Yaakov supo lo de Yosef —que no solo había escapado de la muerte por la que vivía en duelo, sino que vivía en espléndida dicha, gobernando con el rey Mitsraim y teniendo encomendado casi todo el cuidado de ella—, nada de lo anunciado le pareció increíble, considerando la grandeza de las obras de Dios y su benevolencia hacia él, aunque hubiera cesado por el tiempo intermedio; y al punto se lanzó hacia Yosef.
Cuando se detuvo en el pozo del Juramento, tras sacrificar allí a Dios, y temiendo —a causa de la prosperidad en Mitsraim— que, aficionados los hijos a la morada en ella, ya no volvieran sus descendientes a Kena’an para poseerla, como Dios había prometido; y a la vez, no fuera que, hecha la partida a Mitsraim sin voluntad de Dios, pereciera su linaje; y además, temiendo salir de la vida antes de llegar a la vista de Yosef, se durmió dando vueltas en sí mismo a esta reflexión.
Presentándose Dios ante él y llamándolo dos veces por su nombre, al preguntar él quién era, dijo: «No es justo que Yaakov ignore a Dios, que siempre ha sido asistente y auxiliador de tus antepasados y, después de ellos, de ti. Pues, cuando eras privado del mando por tu padre, yo te lo procuré; y por mi benevolencia, enviado solo a Mesopotamia, alcanzaste buenas bodas y regresaste trayendo multitud de hijos y de bienes. Toda tu descendencia permaneció por mi providencia; y a aquel de tus hijos que creías perdido, a Yosef, lo conduje al disfrute de mayores bienes y lo hice señor de Mitsraim, de modo que difiere poco del rey. Y vengo ahora a ser guía de este camino, y a anunciarte de antemano que el fin de tu vida sucederá en manos de Yosef, y a proclamarte una larga era de tus descendientes en dominio y gloria, y a establecerlos en la tierra que he prometido.»
Confiado por este sueño, marchó con mayor ánimo a Mitsraim con sus hijos y los hijos de estos. Eran todos setenta y cinco. Los nombres de estos no me pareció bien exponer, sobre todo por su dificultad; sin embargo, para demostrar a los que no suponen que somos de Mesopotamia, sino egipcios, juzgué necesario mencionar los nombres. Los hijos de Yaakov eran doce; de estos, Yosef había llegado ya antes; declararemos, pues, a los que vinieron después de él y a los nacidos de ellos.
De Reuvén eran cuatro hijos: Anoj, Falús, Esarón y Jármiso. De Shimón, seis: Yumelo, Yámino, Pútodo, Yajino, Sóaro y Saarás. De Leví nacieron tres hijos: Golgomes, Kaat y Meraris. De Yehudá eran tres hijos: Salá, Fáreso y Ezeloós, y dos nietos nacidos de Fáreso: Esrón y Ámuro. De Yisajar, cuatro: Tulá, Frurás, Yobo y Samarón. Zevulún traía tres hijos: Sárado, Helón y Yánelo. Este es el linaje de Lea; y con ella subía también su hija Diná. Estos, treinta y tres.
De Rajel eran dos hijos: de estos, a Yosef le habían nacido hijos, Menashé y Efráyim; y al otro, Binyamín, diez: Bolo, Bákaris, Asabelo, Gelas, Neemanes, Yes, Aros, Nomftes, Opais y Arodo. Estos catorce, con los antes enumerados, llegan al número de cuarenta y siete. Y este era el linaje legítimo de Yaakov. De Bilhá, la sierva de Rajel, le nacen Dan y Naftalí, a quien seguían cuatro hijos: Elielo, Gunis, Sares y Selimo; y Dan tenía un único hijo, Usis. Añadidos estos a los antedichos, completan el número de cincuenta y cuatro. Gad y Asher eran de Zilpá —esta era sierva de Lea—, y traían hijos: Gad, siete: Zofonías, Ugis, Sunis, Zabrón, Irene, Eroídes y Arieles; y de Asher había una hija y varones en número de seis, cuyos nombres eran: Yomnes, Isusio, Eyubes, Bares, Abaró y Melquielo. Siendo estos dieciséis y añadidos a los cincuenta y cuatro, se completa el número antes dicho, sin contar entre ellos a Yaakov.
Sabiendo Yosef que su padre se acercaba —pues, adelantándose, su hermano Yehudá le había anunciado la llegada—, sale a su encuentro y se topó con él junto a la ciudad de Heroópolis. Aquel, por la alegría inesperada y grande, casi desfalleció; pero lo reanimó Yosef, que tampoco él pudo dominarse para no padecer lo mismo por el gozo, aunque no del mismo modo que el padre quedó vencido por la emoción. Después, mandándole caminar despacio, él mismo, tomando a cinco de los hermanos, se apresuró hacia el rey para anunciarle que Yaakov había llegado con su linaje. Este lo oyó con alegría y mandó a Yosef que le dijera de qué modo de vida se complacían en vivir, para permitirles llevarlo. Él dijo que eran buenos pastores y que a ninguna otra cosa se dedicaban sino solo a esta, procurando que, no separados sino hallándose en un mismo lugar, cuidaran del padre, y que fueran gratos a los egipcios no haciendo nada de lo que ellos hacían; pues a los egipcios les estaba vedado ocuparse de pastoreos.
Presentándose Yaakov ante el rey, y saludándolo y haciendo votos por su reino, Paró le preguntó cuánto tiempo llevaba ya de vida. Diciendo él que tenía ciento treinta años, se admiró Paró de la longitud de la vida de Yaakov. Y, al decir aquel que había vivido menos años que sus antepasados, le concedió vivir con sus hijos en Heliópolis; pues en ella también sus pastores tenían los pastos.
El hambre se agravaba para los egipcios y el mal se les hacía más y más sin salida, ni regando el río —pues no crecía— ni lloviendo Dios, y no habiendo ellos, por ignorancia, hecho ninguna previsión. Y, como Yosef les diera el grano por dinero, cuando esto se les agotó, compraban el grano con sus ganados y sus esclavos; y quienes tenían alguna parte de tierra, la cedían por el precio del sustento. Así, habiéndose hecho el rey dueño de toda su hacienda, fueron trasladados unos a un lugar y otros a otro, para que fuese firme para el rey la posesión de la tierra de estos, salvo la de los sacerdotes, pues para estos permanecía su tierra. Y el mal no solo esclavizaba sus cuerpos, sino también sus mentes, y en adelante los forzaba a un vergonzoso recurso para el sustento. Pero, aliviado el mal, y subiendo el río sobre la tierra y produciendo esta abundantemente sus frutos, Yosef, presentándose en cada ciudad y reuniendo en ellas a la multitud, les otorgó a perpetuidad la tierra que, por cesión de ellos, el rey podía tener y disfrutar solo; y, teniéndola por propiedad propia, los exhortó a trabajarla con celo, pagando al rey la quinta parte de los frutos por la tierra que les da, siendo suya. Ellos, constituidos contra toda esperanza en dueños de la tierra, se llenaron de alegría y aceptaron los mandatos. Y de este modo hace Yosef mayor su propia dignidad ante los egipcios, y aún mayor la benevolencia hacia el rey por parte de ellos; y la ley de pagar la quinta parte de los frutos permaneció hasta los reyes posteriores.
De la muerte de Yaakov y de Yosef
Yaakov, tras pasar diecisiete años en Mitsraim y caer enfermo, murió en presencia de sus hijos, tras haber pedido para ellos la adquisición de bienes y haberles predicho por profecía cómo cada uno de su descendencia había de habitar Kena’an —lo cual, en efecto, sucedió muchos tiempos después—; y, tras extenderse en elogio de Yosef —porque no guardó rencor a los hermanos, sino que, más aún que esto, fue benévolo con ellos, agraciándolos con bienes con los que algunos ni a sus propios bienhechores retribuyen—, ordenó a sus propios hijos que admitieran a los hijos de Yosef, Efráyim y Menashé, en su propio número, repartiendo con ellos Kena’an, de lo cual hablaremos después. Pidió, además, alcanzar sepultura en Jevrón. Muere habiendo vivido en total ciento cuarenta y siete años, sin quedar atrás de ninguno de sus antepasados en piedad hacia Dios, y alcanzando la recompensa que era justa para quienes habían sido tan buenos. Yosef, con permiso del rey, llevando el cuerpo del padre a Jevrón, lo sepulta allí con gran magnificencia.
No queriendo los hermanos volver con él —pues los tenía el temor de que, muerto el padre, se vengara de la conjura contra él, ya no existiendo aquel a quien complacía con la moderación hacia ellos—, los persuade a no recelar en nada ni tenerlo por sospechoso; y, llevándolos consigo, les otorgó gran hacienda y no dejó de emplear todo esmero para con ellos.
Muere también él, tras vivir ciento diez años, admirable en virtud, gobernándolo todo con razón y administrando con mesura el poder —lo cual, en efecto, fue causa de tal dicha para él entre los egipcios, viniendo de otra parte y tras tal infortunio como el que antes hemos referido—. Mueren también, tras él, los hermanos, habiendo vivido dichosamente en Mitsraim. Y los cuerpos de estos, transportados tiempo después por sus descendientes e hijos, los sepultaron en Jevrón; pero los huesos de Yosef, más tarde, cuando los hebreos emigraron de Mitsraim, los llevaron a Kena’an; pues así se lo había hecho jurar Yosef. De cada uno de estos, cómo le fue y con qué fatigas se apoderaron de Kena’an, lo indicaré tras haber narrado antes la causa por la que abandonaron Mitsraim.
Sobre las aflicciones que sobrevinieron a los hebreos en Mitsraim durante cuatrocientos años
A los egipcios, siendo muelles y perezosos para las fatigas, inferiores a los demás placeres y en especial al de la codicia, les ocurrió disponerse terriblemente contra los hebreos por envidia de su prosperidad. Pues, viendo el linaje de los israelitas floreciente y ya, por su virtud y su buena disposición para el trabajo, ilustre por abundancia de bienes, suponían que estos crecían en contra suya; y, olvidados por la longitud del tiempo de los beneficios que habían recibido de Yosef, y habiendo pasado el reino a otra casa, ultrajaban terriblemente a los israelitas y les ideaban penalidades variadas. Pues les mandaron cortar el río en muchos canales, y edificar murallas para las ciudades y diques, para que contuvieran el río y no se desbordara formando lagunas; y, edificando pirámides, agotaban a nuestro linaje, de modo que se ejercitaban en toda clase de artes y se hacían habituados a las fatigas. Y durante un tiempo de cuatrocientos años sobrellevaron las penalidades; pues rivalizaban: los egipcios, queriendo aniquilar a los israelitas con las fatigas, y estos, mostrándose siempre superiores a lo mandado.
Estando ellos en tal situación, sobrevino a los egipcios una causa como esta para afanarse más por la desaparición de nuestro linaje: uno de los escribas sagrados —pues son hábiles para decir la verdad sobre lo futuro— anuncia al rey que en aquel tiempo nacería entre los israelitas alguien que humillaría el dominio de los egipcios y engrandecería a los israelitas; que, criado en virtud, sobrepasaría a todos y ganaría una gloria memorable para siempre. Temeroso el rey, por consejo de aquel, manda que todo varón nacido de los israelitas sea destruido, arrojándolo al río, y que las parteras egipcias vigilen los partos de las mujeres hebreas y observen sus alumbramientos; pues ordenaba que estas fueran asistidas por aquellas, las cuales, por parentesco, no habían de transgredir la voluntad del rey. A quienes despreciaran el mandato y se atrevieran a salvar a escondidas al recién nacido, ordenó que fueran ejecutados junto con su descendencia.
Terrible era, pues, el sufrimiento para quienes lo padecían: no solo porque eran privados de sus hijos y, siendo ellos mismos padres, colaboraban en la destrucción de los que nacían, sino que también la idea de la extinción de su linaje —destruidos los que nacían y habiendo ellos mismos de desaparecer— les hacía dura e inconsolable la desgracia. Y ellos estaban en este mal; pero nadie prevalecería sobre el designio de Dios, ni aunque tramara para ello mil ardides. Pues el niño que predijo el escriba sagrado se cría escapando a la vigilancia del rey, y el que lo había predicho resultó veraz respecto de lo que de él había de venir. Y sucede así.
Amram, de los bien nacidos entre los hebreos, temiendo por toda la nación —no fuera que, por falta de juventud que se criara, desfalleciera—, y llevándolo con dificultad, pues su mujer estaba encinta, se hallaba sin salida, y se vuelve a la súplica de Dios, rogándole que tuviera ya alguna compasión de hombres que en nada habían transgredido el culto hacia él, y les diera liberación de los males que en aquel tiempo padecían y de la esperanza de la destrucción de su linaje. Y Dios, apiadándose de él y conmovido por la súplica, se le presenta durante el sueño y lo exhortaba a no desesperar de lo futuro, y decía que tenía en memoria la piedad de ellos y que siempre daría recompensa por ella, habiendo ya también agraciado a sus antepasados con el hacerse, de pocos, tan gran multitud.
«Y Avram, llegado él solo desde Mesopotamia a Kena’an, prosperó tanto en lo demás como en esto: su mujer, antes estéril para la descendencia, se volvió después, conforme a la voluntad de él, fecunda, y engendró hijos; y dejó a Yishmael y a los suyos la tierra de los árabes, a los nacidos de Keturá la comarca de los trogloditas, y a Yitsjak Kena’an.
Y cuantas hazañas realizó peleando bajo mi alianza —aunque vosotros parezcáis impíos y no lo tengáis en la memoria—. A Yaakov le sucedió ser conocido incluso por los de otra estirpe, por la grandeza de la prosperidad con que vivió y que dejó a sus hijos; él, que llegó a Mitsraim con setenta en total, y de él ya habéis llegado a ser más de seiscientos mil.
Ahora sabed que yo velo por vuestro provecho común y por tu gloria. Pues este niño, cuyo nacimiento temieron los egipcios cuando decretaron destruir a los que nacieran de los israelitas, será tuyo y pasará inadvertido a los que acechan para darle muerte; y, criado contra toda expectativa, librará al pueblo de los hebreos de la opresión que sufre entre los egipcios, y alcanzará memoria por todo el tiempo que dure el universo, no solo entre los hebreos, sino también entre los extranjeros: esto os lo concedo a ti y a los que de ti nazcan. Y su hermano será tal, que tendrá mi sacerdocio, él y sus descendientes por todo el tiempo.»
Cuando la visión le hubo revelado esto, Amram, al despertar, se lo contó a Yojéved, que era su mujer; y el temor se les hizo aún mayor a causa del anuncio del sueño. Pues no solo estaban inquietos como por un hijo, sino también por la magnitud de tamaña prosperidad que le esperaba.
Con todo, el parto de la mujer dio crédito a lo que Dios había predicho, pues pasó inadvertida a los guardias por lo benigno de los dolores y porque las molestias no cayeron sobre ella con violencia. Y durante tres meses lo criaron en su casa sin ser descubiertos.
Después Amram, temiendo ser sorprendido y que, cayendo bajo la ira del rey, pereciera él mismo junto con el niño y quedara anulada la promesa de Dios, resolvió confiar más bien a Dios la salvación y el cuidado del niño, antes que, fiándose de un ocultamiento que era incierto, arriesgarse no solo con el niño criado a escondidas, sino también consigo mismo; pues consideraba que Dios proveería toda seguridad para que nada de lo dicho resultara falso. Tomada esta decisión, idean una cesta de mimbre de papiro, semejante en su hechura a una cuna, del tamaño suficiente para que el niño reposara en ella con holgura; luego, tras untarla con betún
—porque el betún tapa por naturaleza la entrada del agua a través del trenzado—, meten dentro al niño y, echándolo al río, dejaron su salvación en manos de Dios. Y el río lo recibió y lo llevaba, mientras Miriam, hermana del niño, por orden de su madre, caminaba a la par por la orilla, vigilando adónde iría a parar la cesta arrastrada por la corriente.
Allí mostró Dios que la inteligencia humana no es nada, y que cuanto Él quiera hacer alcanza un final feliz; y que fracasan quienes, por su propia seguridad, condenan a otros a la ruina y ponen en ello mucho empeño, mientras que, contra toda expectativa, se salvan y hallan el bien casi en medio de los males los que corren peligro, por la voluntad de Dios. Que algo así ocurriera también con este niño manifiesta el poder de Dios.
Termutis era hija del rey. Ella, jugando junto a las riberas del río y viendo la cesta arrastrada por la corriente, envía nadadores con la orden de traérsela. Cuando llegaron con la cesta los enviados a ello, al ver al niño lo amó en extremo por su tamaño y su hermosura; pues Dios puso tanto empeño en Moshé que, por los mismos que habían decretado, a causa de su nacimiento, la destrucción de los demás de la estirpe de los hebreos, fue juzgado digno de crianza y cuidado. Y Termutis manda traer a una mujer que diera el pecho al niño.
Pero como él no aceptaba el pecho, sino que se apartaba, y esto lo hizo con muchas mujeres, Miriam, que se hallaba presente ante lo que ocurría —no como de propósito, sino al parecer por mera curiosidad—, dijo: «En vano, oh reina, llamas a estas mujeres para criar al niño, pues ninguna tiene parentesco con él. Pero si hicieras traer a alguna de las mujeres hebreas, quizá aceptaría el pecho de una de su propia raza.»
Pareciéndole que hablaba bien, le ordena procurarlo y ir a buscar a una de las nodrizas. Y ella, tomando semejante encargo, se presentó trayendo a la madre, a quien nadie conocía. Y el niño, complacido de algún modo, se prende al pecho, y a ruego de la reina se le confía por entero la crianza del pequeño.
Y a partir de esos mismos sucesos le puso ese sobrenombre, por haber caído al río; pues los egipcios llaman al agua «mou», y «eses» a los salvados del agua. Componiendo, pues, de ambas palabras la denominación, le dan este nombre: Moshé.
Y era, reconocidamente, conforme a la predicción de Dios, el mejor de los hebreos por la grandeza de su ánimo y su desprecio de las fatigas. Pues Avram era su séptimo padre: él era hijo de Amram, hijo de Kehat; y el padre de Kehat era Leví, el hijo de Yaakov, que había nacido de Yitsjak, y este era de Avram.
Le crecía un entendimiento no acorde con su edad, sino muy superior a la medida de esta; en sus juegos mostraba una madurez mayor que sus años, y lo que entonces hacía anunciaba cosas mayores para cuando fuese hombre. Cuando tenía tres años, Dios elevó su estatura a una talla admirable; y en cuanto a la belleza, nadie era tan insensible que, al ver a Moshé, no quedara pasmado de su hermosura; y sucedía que muchos, al encontrarlo por el camino mientras lo llevaban, se volvían ante la vista del niño y, dejando sus asuntos, se demoraban a contemplarlo; pues la gracia infantil, abundante y pura en él, cautivaba a quienes lo miraban.
Siendo él tal, Termutis lo hace hijo suyo, pues no le había tocado descendencia propia; y una vez, llevando a Moshé ante su padre, se lo mostró y le contó cómo había pensado en un sucesor, por si, por voluntad de Dios, no llegaba a tener hijo legítimo. Y le decía: «He criado a un niño divino en la forma y noble en el ánimo; como lo recibí de manera admirable, por gracia del río, pensé hacerlo hijo mío y sucesor de tu reino.»
Diciendo esto, ponía al niño en las manos de su padre; y él, tomándolo y estrechándolo contra su pecho por afecto, para complacer a su hija, le pone encima la diadema. Pero Moshé la echa a tierra, quitándosela —al parecer por su tierna edad—, y la pisoteaba con los pies.
Y esto pareció presagio acerca del reino. El escriba sagrado, que también había predicho que el nacimiento de aquel sería para el abatimiento del poder de los egipcios, al verlo se lanzó a matarlo, y, gritando terriblemente, dijo: «Este, oh rey, es aquel niño que Dios nos mostró que podíamos matar sin temor; confirma el vaticinio al haber puesto el pie sobre tu dominio y pisotear la diadema. Mátalo, pues, y libra a los egipcios del temor que viene de él, y quita a los hebreos la esperanza del valor que por él conciben.» Pero Termutis se le adelantó, arrebatándoselo, y el rey fue remiso al asesinato, pues Dios así lo dispuso, Él, cuya providencia velaba por la salvación de Moshé. Se criaba, pues, recibiendo mucho cuidado, y los hebreos tenían puesta en él su esperanza para todo el pueblo, mientras que los egipcios miraban con recelo su crianza. Pero, como no había nada manifiesto por lo cual el rey fuera a matarlo —pues no era nada suyo, ni pariente por adopción ni otra cosa—, y como a nadie asistía, en provecho de los egipcios y por conocer de antemano el porvenir, mayor motivo para atreverse a ello, se abstuvieron de darle muerte.
Cómo Moshé hizo la guerra a los etíopes
Moshé, nacido y criado del modo antes dicho, y llegado a la edad, mostró a los egipcios su valía y que había nacido para el abatimiento de ellos y el engrandecimiento de los hebreos, tomando la siguiente ocasión.
Los etíopes, que son vecinos de los egipcios, irrumpiendo en su tierra, saqueaban y se llevaban los bienes de los egipcios. Estos, indignados, marchan contra ellos para vengar el desprecio, y, vencidos en la batalla, unos cayeron y otros se salvaron huyendo vergonzosamente a su propia tierra.
Los etíopes los persiguieron de cerca y, teniendo por cobardía no dominar toda la comarca de Mitsraim, avanzaron aún más; y, gustado el sabor de aquellos bienes, ya no se apartaron de ellos. Y como las regiones vecinas, al ser invadidas primero, no se atrevieron a hacerles frente en campaña, progresaron hasta Menfis y el mar, sin que ninguna ciudad pudiera resistir.
Agobiados por este mal, los egipcios recurren a oráculos y adivinaciones. Y como Dios les aconsejó valerse del hebreo como aliado, el rey ordena a su hija entregar a Moshé para que fuera su general.
Ella lo entrega después de que él prestó juramento de no hacerle ningún daño, juzgando la alianza un gran beneficio y reprochando a los sacerdotes que, habiendo antes ordenado matarlo como enemigo, no se avergonzaran ahora de necesitar su auxilio.
Moshé, exhortado por Termutis y por el rey, acepta gustoso el encargo; y se alegraban los escribas sagrados de ambos pueblos: los egipcios, porque vencerían a los enemigos con el valor de aquel y acabarían con Moshé por el mismo ardid; los de los hebreos, porque podrían huir de los egipcios al tener a Moshé por general.
Pero él, adelantándose antes de que los enemigos siquiera se enteraran de su avance, tomó el ejército y lo condujo, haciendo la marcha no por el río, sino por tierra. Allí hizo una admirable demostración de su ingenio.
Pues siendo la tierra difícil de recorrer por la multitud de reptiles —ya que es fecundísima en ellos, hasta el punto de que solo ella cría los que no existen en otras partes, distintos por su fuerza, su malignidad y lo insólito de su aspecto; y algunos de ellos son incluso alados, de modo que dañan sin ser vistos desde el suelo y hieren a los desprevenidos volando por encima—, idea un estratagema admirable para la seguridad y el paso indemne del ejército: pues, fabricando cestas de papiro semejantes a arcas y llenándolas de ibis, las llevaba consigo. Este animal es el mayor enemigo de las serpientes; pues estas huyen cuando los ven acercarse, y las que se detienen son atrapadas y devoradas como por ciervos; y los ibis son mansos, y feroces solo con la raza de las serpientes.
De estas cosas dejo ahora de escribir, pues los griegos no ignoran la figura del ibis. Así que, cuando entró en la tierra criadora de fieras, con estos ibis combatía la naturaleza de los reptiles, soltándolos contra ellos y sirviéndose de ellos como avanzada. Habiendo marchado de este modo, cayó sobre los etíopes sin que estos lo supieran de antemano, y trabando batalla con ellos vence en el combate, les arrebata las esperanzas que tenían contra los egipcios, avanzó arrasando sus ciudades, y se hizo gran matanza de los etíopes. Y el ejército de los egipcios, gustado el bien que Moshé le procuraba, no se cansaba de la fatiga, de suerte que para los etíopes el peligro era de esclavitud y de ruina total; y al fin, acorralados en Saba, ciudad regia de Etiopía —a la que después Cambises llamó Meroé, por una hermana suya de tal nombre—, eran sitiados. Era el lugar muy difícil de asediar, pues el Nilo lo rodeaba, y lo ceñían otros ríos, el Astapo y el Astáboras, que hacían arduo el paso de la corriente a quienes intentaban cruzarla; pues la ciudad, situada dentro, se habita como una isla, con una muralla fuerte trazada en torno; y, teniendo por defensa contra los enemigos a los ríos, y grandes terraplenes entre la muralla y ellos para no ser inundada por las aguas que bajan con más fuerza en la crecida, todo lo cual hacía imposible la toma de la ciudad aun a quienes cruzaban los ríos.
Así pues, llevando Moshé con disgusto la inactividad del ejército —porque los enemigos no se atrevían a venir a las manos—, le sucedió algo semejante a esto.
Tarbis era hija del rey de los etíopes. Ella, observando a Moshé acercar el ejército a las murallas y combatir valerosamente, y admirando el ingenio de sus empresas, y considerándolo causa —para los egipcios, que ya desesperaban de su libertad, de su prosperidad; y para los etíopes, que se ufanaban de sus triunfos contra aquellos, del peligro extremo—, cayó en un terrible amor por él; y, dominada por la pasión, le envía a los más fieles de sus criados para tratar del matrimonio.
Y él, aceptando la propuesta a condición de que le entregara la ciudad, y dando garantías bajo juramento de que en verdad la tomaría por esposa y de que, tras apoderarse de la ciudad, no quebrantaría lo pactado, adelanta el hecho a las palabras. Y tras la destrucción de los etíopes, dando gracias a Dios, Moshé celebró la boda y condujo a los egipcios de vuelta a su tierra.
Cómo Moshé huyó de Mitsraim a Madián
Aquellos que por Moshé se habían salvado concibieron por ello odio contra él, y juzgaban conveniente emprender con mayor ardor los planes en su contra, sospechando que, por su prosperidad, promoviese una revuelta en Mitsraim, e instigando al rey a matarlo.
Y él ya de por sí abrigaba el propósito de la cosa, por envidia del mando de Moshé y por miedo a verse abatido; y, urgido por los escribas sagrados, estaba dispuesto a emprender la muerte de Moshé.
Pero Moshé, adelantándose a conocer la conjura, se retira a escondidas; y, estando vigilados los caminos, hace su fuga por el desierto y por donde no había sospecha de que lo apresaran los enemigos; y, faltándole el alimento, seguía adelante despreciando la penuria con su entereza, y, llegado a una ciudad, Madián, situada junto al mar de los Juncos y llamada así por uno de los hijos que Avram tuvo de Keturá, se sentó junto a cierto pozo, agotado por la fatiga y la penalidad, y descansaba, siendo mediodía, no lejos de la ciudad. Allí le sucedió también un hecho, nacido de la costumbre de los lugareños, que puso de manifiesto su virtud y le brindó ocasión de mejor fortuna.
Pues, siendo aquellos parajes escasos de agua, los pastores se adelantaban a ocupar los pozos, para que, agotada de antemano el agua por otros, no faltara bebida a sus ganados. Llegan, pues, al pozo siete doncellas, hermanas, hijas de Reuel, sacerdote y hombre tenido en mucha honra entre los del país, las cuales, cuidando de los rebaños de su padre —porque este servicio es también propio de las mujeres entre los trogloditas—, adelantándose sacaron del pozo agua suficiente para los rebaños, en unos abrevaderos hechos para recibir el agua.
Y como unos pastores se plantaron sobre las doncellas para adueñarse ellos del agua, Moshé, teniendo por indigno consentir que las muchachas fueran agraviadas y dejar que la violencia de los hombres prevaleciera sobre el derecho de las doncellas, contuvo a los que querían abusar y prestó a ellas la ayuda debida.
Y ellas, favorecidas, se presentaron ante su padre, contándole la insolencia de los pastores y el socorro del forastero, y le rogaban que su buena obra no le quedara en balde ni sin recompensa. Él aprobó a sus hijas por su solicitud hacia el bienhechor, y mandó que trajeran a Moshé a su presencia para que obtuviera justa gratitud.
Cuando llegó, le refirió el testimonio de sus hijas acerca del socorro, y, admirando su virtud, le dijo que no había prestado su auxilio a gente insensible a los beneficios, sino a quienes podían pagar el favor y sobrepujar con la grandeza de la recompensa la medida de la buena obra.
Y lo hace hijo suyo, le da en matrimonio a una de sus hijas, y lo nombra cuidador y señor de los rebaños —pues en estos consistía antiguamente toda la riqueza de los bárbaros—.
Sobre la zarza ardiente y la vara de Moshé
Y Moshé, habiendo obtenido tales cosas de Yitró —pues tal era el sobrenombre de Reuel—, vivía allí apacentando los rebaños. Tiempo después, pastoreando, lleva los rebaños al monte llamado Sinaí; este es el más alto de los montes de aquella región y el mejor para el pasto, por la buena hierba que en él crece, y, por tener fama de que Dios moraba en él, no había sido pacido antes, pues los pastores no osaban poner el pie en él. Allí, en efecto, le sale al paso un prodigio admirable.
Pues un fuego que devoraba una zarza pasó de largo, sin dañarlos, sobre el verdor que la rodeaba y sobre su flor, y no destruyó ninguna de las ramas cargadas de fruto, y esto siendo la llama grande y vivísima.
Y él temió la visión misma, prodigiosa como era, pero se turbó aún más cuando el fuego emitió una voz, lo llamó por su nombre y pronunció palabras con las que le reprochaba su audacia por atreverse a entrar en un lugar al que ningún hombre había llegado antes por ser divino, y le aconsejaba apartarse cuanto pudiera de la llama y contentarse con lo que había visto, siendo él bueno y descendiente de grandes varones, y no indagar en nada más; con estas palabras le anunciaba, además, la gloria y la honra que tendría entre los hombres, con la asistencia de Dios; y le ordenaba que, cobrando ánimo, marchara a Mitsraim para ser general y guía de la multitud de los hebreos y librar a sus parientes de los ultrajes de allí;
«pues habitarán —dice— esta tierra feliz que Avram, vuestro antepasado, habitó, y disfrutarán de todos los bienes, guiándolos tú y tu prudencia hacia ellos. Y una vez que hayas sacado a los hebreos de Mitsraim, te ordeno que, al llegar a este lugar, ofrezcas sacrificios de acción de gracias.» Tanto oye de la divinidad desde el fuego.
Pero Moshé, atónito por lo que veía y mucho más por lo que oía, dijo: «Dudar de tu poder, HaShem, que yo mismo venero y sé que se manifestó a mis antepasados, lo tengo por más insensato de lo que mi propio juicio consentiría.
Solo que no acierto a ver cómo un hombre particular, sin fuerza alguna a su alcance, o persuadirá con palabras a los suyos a dejar la tierra que ahora habitan y seguirme adonde yo los guíe, o, aun cuando ellos se dejen persuadir, cómo forzaré a Paró a permitir la salida de estos, con cuyos trabajos y labores los egipcios acrecientan su propia prosperidad.»
Y Dios le aconsejaba tener ánimo en todo, prometiendo que Él mismo estaría presente y que, donde hicieran falta palabras, le daría persuasión, y donde obras, le suministraría fuerza; y le ordenó que, arrojando el bastón a tierra, recibiera prueba de lo que le prometía. Y al hacerlo, una serpiente se arrastraba y, enroscándose en espirales como para defenderse de quien la persigue, alzaba la cabeza; luego volvía a ser bastón.
Después de esto, le mandó meter la mano derecha en el seno. Obedeciendo, la sacó blanca y de color parecido a la cal; luego volvió a su estado habitual. Y, ordenándole tomar agua de la que había cerca y verterla en tierra, ve que su color se torna como de sangre.
Y como él se maravillaba de estas cosas, le exhortaba a cobrar ánimo y a saber que tendría en Él al mayor auxiliar, y a valerse de señales para ser creído por todos, «de que, enviado por mí, todo lo haces según mis mandatos. Y te ordeno que, sin demorarte ya, te apresures a Mitsraim, marchando noche y día sin perder tiempo, para no prolongarlo más a los hebreos que padecen en la esclavitud.»
Moshé, no pudiendo dudar de lo que la divinidad le prometía, habiéndose hecho espectador y oyente de tales confirmaciones, tras orar y pedir experimentar también este poder en Mitsraim, le rogaba que no le negara el conocimiento de su propio nombre, sino que, habiéndolo hecho partícipe de su voz y su visión, le dijera además su denominación, para que, al sacrificar, lo invocara por su nombre a asistir a los ritos sagrados.
Y Dios le revela su propia denominación, que no había llegado antes a los hombres, sobre la cual no me es lícito hablar. A Moshé estas señales le sucedieron no solo entonces, sino de continuo, siempre que las necesitaba; y de todas ellas, dando más crédito al fuego acerca de la verdad y creyendo que tendría a Dios por benévolo protector, esperaba salvar a los suyos y envolver a los egipcios en males.
Cómo Moshé y Aharón volvieron a Mitsraim ante Paró
Y habiendo sabido que había muerto Paró, el rey de los egipcios bajo el cual él había huido, pide a Reuel que le permita ir a Mitsraim en provecho de sus parientes; y, tomando a Tsiporá, con quien se había casado, hija de Reuel, y a los hijos que de ella tuvo, Guershom y Elazar, se puso en camino hacia Mitsraim.
De estos nombres, Guershom significa, en la lengua de los hebreos, que estaba en tierra extranjera, y Elazar, que, valiéndose del Dios paterno como aliado, había escapado de los egipcios.
Cuando llegó cerca de las fronteras, su hermano Aharón le salió al encuentro por orden de Dios, a quien le refiere lo sucedido en el monte y los mandatos de Dios. Y mientras avanzaban, los más notables de los hebreos les salían al paso, habiendo sabido de su llegada, a los cuales Moshé, ya que no era posible hablar de modo convincente, les brindó la vista de las señales. Y ellos, por el asombro de lo que veían contra toda expectativa, cobraron ánimo y estaban esperanzados en todo, como si Dios velara por su seguridad.
Cuando Moshé ya tenía obedientes a los hebreos, que se comprometían a seguirlo en cuanto ordenara y ansiaban la libertad, se presenta ante el rey, que hacía poco había recibido el mando, y le exponía cuánto había beneficiado a los egipcios cuando eran despreciados por los etíopes y su tierra saqueada, valiéndose de su generalato y de sus fatigas, como si por lo propio hubiera afrontado cualquier peligro; y le enseñaba que por ello recibía de ellos recompensas injustas.
Y le exponía en detalle, uno por uno, lo que le había sucedido en el monte Sinaí, las voces de Dios y las señales que Él le había mostrado para dar crédito a lo que le mandaba; y le exhortaba a no ponerse, por incredulidad, como obstáculo a la voluntad de Dios.
Y como el rey se burlaba, Moshé le ofreció ver de hecho las señales ocurridas en el monte Sinaí; pero él, indignado, lo llamaba malvado, que antes había huido de la esclavitud entre los egipcios y ahora había hecho su regreso mediante engaño, y que se empeñaba en asombrarlo con prodigios y hechicerías.
Y, a la vez que decía esto, ordena a los sacerdotes que le ofrezcan ver las mismas visiones, por ser los egipcios sabios también en esa ciencia, y para que no fuese él el único experto capaz de resultar convincente ante ignorantes atribuyendo a Dios lo prodigioso que en ello había. Y cuando aquellos arrojaron sus bastones, eran serpientes.
Pero Moshé, sin turbarse, dijo: «Tampoco yo, oh rey, desprecio la sabiduría de los egipcios; pero afirmo que lo que yo hago aventaja a su hechicería y a su arte tanto cuanto las cosas divinas superan a las humanas. Y mostraré que lo mío no aparece por brujería y error de la verdadera opinión, sino por providencia y poder de Dios.»
Y, dicho esto, arroja el bastón a tierra ordenándole que se transforme en serpiente; y este obedecía y, recorriendo los bastones de los egipcios, que parecían serpientes, los iba devorando hasta consumirlos todos; luego, tornado a su propia forma, Moshé lo recoge.
Pero el rey no se turba nada más por lo ocurrido, sino que, más irritado y diciendo que nada le saldría bien contra la sabiduría y la habilidad de los egipcios, ordena al encargado de los hebreos no darles descanso alguno en la fatiga, sino apremiarlos con más males que antes.
Y este, que antes les proporcionaba paja para hacer los ladrillos, ya no se la daba, sino que de día los hacía extenuarse en los trabajos y de noche recoger la paja. Y siendo doble la penalidad para ellos, culpaban a Moshé, como si por él se les hubieran vuelto más duras las labores y la fatiga.
Pero él ni desfallecía ante las amenazas del rey ni cedía ante los reproches de los hebreos, y, disponiendo su ánimo contra lo uno y lo otro, persistía en la fatiga y en procurar la libertad a los suyos.
Y, presentándose ante el rey, trataba de persuadirlo a que dejara ir a los hebreos al monte Sinaí para sacrificar allí a Dios —pues Él se lo había mandado— y a no oponerse en nada a lo que Aquel quería, sino que, teniendo en más que todo su benevolencia, les concediera la salida, no fuera que, convirtiéndose sin advertirlo en estorbo de ellos, tuviera él la culpa de sufrir cuanto es de esperar que sufra quien se opone a los mandatos de Dios; pues sobre quienes provocan contra sí la cólera divina brotan de todas partes los males, y ni la tierra ni el aire les son amigos, ni la generación de los hijos conforme a la naturaleza, sino que todo les es hostil y adverso. Decía que los egipcios experimentarían estas cosas, junto con la partida del pueblo hebreo de su tierra contra la voluntad de ellos.
Sobre las diez plagas que cayeron sobre los egipcios
Como el rey menospreciara las palabras de Moshé y no les prestara ya atención alguna, terribles sufrimientos sobrevinieron a los egipcios, cada uno de los cuales expondré: porque no habían acaecido antes a nadie, y los egipcios vinieron a conocerlos por experiencia; porque Moshé quería mostrar que nada de lo que les había predicho resultó falso; y porque conviene a los hombres, una vez que lo han aprendido, guardarse de hacer aquello con lo que la divinidad se irrite y, tornada en cólera, no se vengue de ellos por su injusticia.
Pues el río corrió para ellos como sangre, por orden de Dios, sin que pudiera beberse, y no teniendo otra fuente de aguas; y no solo era tal en el color, sino que además causaba dolores y amarga aflicción a los que probaban a beber.
Era así para los egipcios, pero para los hebreos dulce, potable y en nada alterada de su naturaleza. Así que el rey, sin salida ante el prodigio y temiendo por los egipcios, consentía que los hebreos partieran; pero, apenas remitió el mal, cambió de nuevo de parecer, no permitiéndoles la salida.
Y Dios, viéndolo insensato y que, pasada la calamidad, no quería ya ser sensato, trae otra plaga sobre los egipcios: una multitud incontable de ranas pacía en su tierra, y el río estaba lleno de ellas, de modo que quienes sacaban la bebida la tomaban corrompida por la podredumbre de aquellos animales, que morían en ella y se descomponían junto con el agua; y la comarca estaba llena de un cieno maligno, de las que nacían y morían; y arruinaban su vida doméstica, hallándose en las comidas y bebidas y pululando sobre sus lechos; y había un olor penoso y hediondo de las ranas que morían, vivas y ya descompuestas.
Acosados los egipcios por estos males, el rey ordenó a Moshé que se fuera llevándose a los hebreos; y al punto, apenas dijo esto, desapareció la multitud de ranas, y la tierra y el río volvieron a su propia naturaleza.
Pero Paró, tan pronto como la tierra se vio libre del sufrimiento, olvidó la causa y retuvo a los hebreos; y, como queriendo conocer la índole de más padecimientos, ya no dejaba salir a los de Moshé, concediéndoles esto por miedo más que por sensatez.
De nuevo, pues, con el asalto de otro mal perseguía la divinidad su engaño; pues brotó entre los egipcios una incontable multitud de piojos, surgidos de dentro, por los que los desdichados perecían miserablemente, sin poder destruir aquella plaga ni con baños ni con unturas de fármacos.
Y ante este mal el rey de los egipcios, turbado y temiendo a la vez la ruina del pueblo y considerando la vergüenza de tal destrucción, se veía obligado a medias, por su bajeza, a ser sensato: pues concedía a los hebreos mismos la partida, y, cuando esto remitió, exigía que dejaran a sus hijos y mujeres como rehenes de su regreso. Con ello encoleriza más a Dios, creyendo que engañaría a su providencia, como si fuera Moshé, y no Él, quien castigaba a Mitsraim por los hebreos; pues llenó su tierra de fieras de toda clase y muy diversas, a cuya vista nadie había llegado antes, por las que ellos mismos perecían y la tierra quedaba privada del cuidado de los labradores; y si algo escapaba también a la ruina que aquellas causaban, lo consumía la enfermedad, que padecían asimismo los hombres.
Y como Paró ni aun así cedía a los deseos de Dios, sino que pedía que las mujeres partieran junto con los hombres pero se quedaran los niños, no le faltó a la divinidad con qué atormentar su maldad, persiguiéndola con males variados y mayores que los anteriores: pues terriblemente se les ulceraban los cuerpos, corrompidos por dentro, y así perecía la mayor parte de los egipcios.
Como el rey ni aun con esta plaga se hacía sensato, cayó granizo —que ni antes había sufrido nunca el aire de Mitsraim, ni semejante al que baja en la estación del invierno entre otros pueblos, sino mayor que el de quienes habitan las regiones del norte y el ártico—, y, precipitándose en pleno vigor de la primavera, destrozó sus cosechas.
Después, una plaga de langostas se abate sobre la sementera que el granizo no había dañado, de suerte que arruinó por completo a los egipcios todas las esperanzas de frutos de la tierra.
Habrían bastado, pues, los males antedichos para hacer entrar en razón, hacia la comprensión de lo que le convenía, al necio sin maldad; pero Paró, no tanto por insensatez cuanto por malicia —pues, aun percibiendo la causa, porfiaba contra Dios y de grado se hacía traidor de lo mejor—, ordena a Moshé llevarse a los hebreos con las mujeres y los niños, pero dejarles a ellos el botín, ya que se les había destruido lo propio.
Y como Moshé le dijera que no exigía cosa justa —pues era menester que ellos ofrecieran a Dios los sacrificios de aquel botín—, y perdiéndose el tiempo por esta causa, una densa tiniebla, privada de toda luz, se derramó en torno a los egipcios; por ella, cerrados los ojos y obstruida la respiración por su espesura, sucedía que morían lastimosamente y temían ser tragados por aquella nube.
Luego, disipada esta al cabo de tres días y otras tantas noches, como Paró no se arrepentía respecto a la salida de los hebreos, Moshé, acercándose, dice: «¿Hasta cuándo desobedecerás a la voluntad de Dios? Pues Él ordena dejar ir a los hebreos. Y no hay otro modo de libraros de los males si no hacéis esto.»
Pero el rey, irritado por lo dicho, amenazó con cortarle la cabeza si volvía a presentarse importunándolo sobre esto. Y Moshé dijo que él ya no hablaría más de ello, sino que el propio rey, junto con los primeros de los egipcios, rogaría a los hebreos que partieran. Y, dicho esto, se retira.
Y Dios, tras declarar que con una sola plaga más forzaría a los egipcios a dejar ir a los hebreos, ordenó a Moshé que mandara al pueblo tener dispuesto un sacrificio, preparado el día décimo del mes de Xántico para el catorce —que entre los egipcios se llama Farmutí, Nisán entre los hebreos, y los macedonios lo llaman Xántico—, y llevarse a los hebreos con todas sus pertenencias.
Y él, teniendo ya a los hebreos listos para la salida y ordenados en clanes, los mantenía reunidos en un mismo lugar; y, llegado el día catorce, todos dispuestos a partir, sacrificaban y purificaban las casas con la sangre, sirviéndose de manojos de hisopo, y, tras cenar, quemaron lo que quedaba de las carnes, como quienes iban a salir.
De ahí que aún ahora, según la costumbre, sacrifiquemos así, llamando a la fiesta Pésaj, que significa «paso por encima», porque en aquel día Dios, pasando por encima de ellos, descargó la plaga sobre los egipcios. Pues la destrucción de los primogénitos cae sobre los egipcios en aquella noche, de modo que muchos de los que vivían en torno al palacio se reunieron para aconsejar a Paró que dejara ir a los hebreos.
Cómo los hebreos, bajo la conducción de Moshé, salieron de Mitsraim
Entonces aquel rey llamó a Moshé y le ordenó partir, pensando que, si salían del país, cesarían las calamidades de Mitsraim. Y los egipcios honraban a los hebreos con regalos: unos, para que se marcharan cuanto antes; otros, por el trato vecinal que habían tenido con ellos.
Así, pues, salieron entre las lágrimas y el arrepentimiento de los egipcios, que se dolían de haberlos tratado con dureza. Emprendieron la marcha en dirección a la ciudad de Leto, que en aquel tiempo estaba despoblada —allí se fundaría más tarde Bavel, cuando Cambises sometió Mitsraim—. Avanzando a paso rápido, al tercer día llegaron a un lugar llamado Beelsefón, junto al mar de los Juncos.
Como en aquel desierto no disponían de nada que sacar de la tierra, se alimentaban de panes hechos con harina amasada y apenas cuajada por un breve calor; y de estos comieron durante treinta días, pues no les alcanzó para más tiempo lo que habían traído de Mitsraim, y eso administrando el alimento y tomándolo por necesidad, no hasta saciarse. Por eso, en memoria de aquella escasez, celebramos durante ocho días la fiesta llamada de los ázimos.
Toda la muchedumbre de los que emigraban, contando a las mujeres y a los niños, era imposible de enumerar; pero los que tenían edad militar eran unos seiscientos mil.
Dejaron Mitsraim el día quince del mes de Xántico, según la luna, cuatrocientos treinta años después de que nuestro antepasado Avram llegara a Kena’an, y doscientos quince años después de que se produjera la emigración de Yaakov a Mitsraim. Moshé tenía ya ochenta años, y su hermano Aharón tres más. Llevaban consigo también los huesos de Yosef, tal como él mismo había encargado a sus hijos.
Los egipcios, en cambio, se arrepintieron de haber dejado partir a los hebreos, y como el rey lo llevaba muy a mal —convencido de que todo aquello había ocurrido por arte mágica de Moshé—, resolvieron ir tras ellos. Tomaron las armas y los pertrechos y salieron a perseguirlos, decididos a hacerlos volver si los alcanzaban; pues pensaban que ya no cargaban con culpa ante Dios, ya que su salida se había cumplido. Suponían, además, que los someterían con facilidad, desarmados como estaban y agotados por el camino. Preguntando a cada cual por dónde habían pasado, apretaban la persecución, aunque aquella tierra era difícil de recorrer, no ya para ejércitos, sino incluso para un solo hombre.
Moshé, por su parte, había conducido a los hebreos por esa ruta con dos fines: primero, para que, si los egipcios se arrepentían y querían perseguirlos, pagaran el castigo de su maldad y de haber quebrantado lo pactado; y segundo, a causa de los filisteos, que por una antigua enemistad les eran hostiles, y a quienes de cualquier modo quería evitar en su marcha —pues la tierra de aquellos linda con la de los egipcios—. Por eso no llevó al pueblo por el camino que conduce al país de los filisteos, sino que, tras recorrer una larga senda por el desierto y padecer muchas fatigas, quiso entrar así en Kena’an. Además, obedecía a los mandatos de Dios, que le había ordenado llevar al pueblo al monte Sinaí para ofrecer allí los sacrificios.
Cuando los egipcios alcanzaron a los hebreos, se dispusieron a la batalla y, con su multitud, los fueron acorralando en un lugar estrecho; pues los seguían seiscientos carros con cincuenta mil jinetes, y había doscientos mil soldados de a pie. Bloquearon los caminos por los que suponían que los hebreos intentarían huir, encerrándolos entre precipicios inaccesibles y el mar, porque un monte termina en el propio mar, impracticable por lo áspero de sus sendas y cerrado a toda fuga. Así, en el paso del monte que da al mar, cortaron la salida a los hebreos, plantando allí su campamento frente a la entrada, para privarlos de todo camino hacia la llanura.
De modo que, no pudiendo resistir como sitiados por la falta de víveres, sin ver salida posible para la huida y escasos de armas aun si decidían combatir, se hallaban en la certeza de perecer del todo, a menos que se entregaran por su propia voluntad a los egipcios. Y culpaban a Moshé, olvidados de todas las señales que Dios había obrado para su libertad; hasta tal punto que, cuando el profeta los alentaba y les prometía la salvación, quisieron, por su incredulidad, apedrearlo, y estaban resueltos a entregarse a los egipcios. Había duelo y lamentos de mujeres y niños, que tenían ante los ojos su ruina, encerrados entre montes, mar y enemigos, sin poder imaginar por ninguna parte una escapatoria.
Moshé, sin embargo, aunque la muchedumbre se enfurecía contra él, no desistió de velar por ellos ni de confiar en Dios, que ya les había otorgado cuanto había prometido para su libertad y que tampoco ahora, tras haberlos puesto en manos de los enemigos, iba a permitir que quedaran esclavos o perecieran. Y, puesto en medio de ellos, dijo: «Ni siquiera de unos hombres que hasta ahora se hubieran portado bien con nosotros sería justo desconfiar, como si no fueran a ser los mismos de cara a lo venidero; pero desesperar ahora de la providencia de Dios sería obra de locura. De él os ha llegado todo cuanto por mi mano os prometió para vuestra salvación y para libraros de la esclavitud, aun cuando no lo esperabais.
»Más bien, ahora que os veis, según creéis, sin recursos, deberíais esperar a Dios como auxiliador; pues obra suya es que ahora estéis encerrados en este mal paso, para que, de una situación sin salida —de donde ni vosotros pensáis tener salvación ni los enemigos os la conceden—, os rescate, y muestre así su propio poder y su providencia sobre vosotros. Porque no en pequeñeces concede la divinidad su alianza a quienes le son gratos, sino en aquello donde no ve presente para bien ninguna esperanza humana.
»Por eso, ya que confiáis en semejante auxiliador, que tiene poder para hacer grandes las cosas pequeñas y para condenar a la impotencia a fuerzas tan grandes como estas, no os dejéis espantar por los pertrechos de los egipcios, ni desesperéis de la salvación porque el mar y, a vuestra espalda, los montes no os ofrezcan camino de huida; pues también estos podrían volverse llanura para vosotros, si Dios lo quiere, y tierra firme el piélago».
Cómo el mar se dividió para los hebreos cuando eran perseguidos por los egipcios, y así les dio ocasión de escapar de ellos
Tras decir esto, los condujo hacia el mar, a la vista de los egipcios; pues estaban a su alcance, pero, agotados por el esfuerzo de la persecución, juzgaron oportuno aplazar la batalla para el día siguiente. Cuando Moshé llegó a la orilla, tomó el bastón y suplicó a Dios, invocándolo como aliado y auxiliador, y dijo:
«Bien sabes tú mismo que huir de la situación presente no está en nuestras fuerzas ni al alcance del ingenio humano; y si de algún modo ha de haber salvación para este pueblo que, por tu voluntad, abandonó Mitsraim, a ti toca procurarla. Nosotros, desesperados de toda otra esperanza y recurso, nos acogemos únicamente a ti, y aguardamos si algo puede venir de tu providencia capaz de arrancarnos de la ira de los egipcios. Que llegue pronto, para manifestarnos tu poder y para levantar a los ánimos, caídos en el desaliento hasta lo peor, hacia el buen ánimo y la confianza en la salvación. No están en tierra ajena estos apuros nuestros: tuyo es el mar, tuyo el monte que nos encierra, de modo que puede abrirse si tú lo ordenas, y volverse tierra firme el piélago; e incluso podríamos escapar por el aire, si te pareciera bien salvarnos por tu poder de ese modo».
Tras invocar así a la divinidad, golpeó el mar con el bastón. Las aguas, con el golpe, se replegaron y, retirándose sobre sí mismas, dejaron desnuda la tierra, para que fuera camino y huida de los hebreos.
Moshé, viendo la manifestación de Dios y que el piélago se había apartado para dejarles su propio suelo, fue el primero en entrar en él y ordenó a los hebreos seguirlo, haciendo la marcha por un camino divino, gozosos ante el peligro de los enemigos presentes y agradecidos por la salvación tan inesperada que de él les había venido.
Como ya no vacilaban, sino que avanzaban con presteza, seguros de que Dios los acompañaba, al principio los egipcios los tuvieron por locos que se lanzaban a una ruina manifiesta; pero cuando los vieron avanzar sanos y salvos gran trecho, sin que nada les saliera al paso como estorbo ni dificultad, se lanzaron a perseguirlos, creyendo que también para ellos el mar se aquietaría; y, poniendo por delante la caballería, bajaron a él.
Los hebreos, mientras aquellos se armaban y perdían el tiempo en ello, se adelantaron y alcanzaron la tierra de enfrente, escapando sin daño; lo cual dio a los egipcios más audacia para la persecución, pensando que tampoco ellos sufrirían nada. Pero se les ocultaba que aquel había sido un camino propio de los hebreos, y no común: hecho hasta la salvación de quienes habían corrido peligro, no para servir a quienes se lanzaban a la perdición de aquellos.
Así pues, cuando todo el ejército de los egipcios estuvo dentro, el mar se derramó de nuevo y, precipitándose en oleadas impulsado por los vientos, envolvió a los egipcios. Cayeron del cielo lluvias, y truenos violentos, con relámpagos que se encendían y rayos que se abatían. En suma, nada de cuanto sobreviene a los hombres para su ruina por la cólera de Dios dejó de reunirse entonces; pues también los sorprendió una noche tenebrosa y oscura. Y así perecieron todos, de modo que ni siquiera un mensajero de la desgracia volvió con los que habían quedado atrás.
A los hebreos, en cambio, no había manera de contenerlos en su alegría por la salvación inesperada y por la ruina de los enemigos, convencidos de que estaban firmemente libres de quienes los forzaban a la esclavitud, ahora que estos habían perecido y que tenían a Dios socorriéndolos de forma tan patente. Habiendo escapado ellos mismos de tal peligro y visto además castigados a sus enemigos como no se recuerda de ningún otro de los hombres de antaño, pasaron toda la noche entre himnos y regocijos; y Moshé compuso, en metro hexámetro, un canto a Dios que encerraba una alabanza y un agradecimiento por su benevolencia.
Por mi parte, tal como lo hallé en los libros sagrados, así he transmitido cada uno de estos hechos. Y que nadie se admire de lo asombroso del relato, si a hombres antiguos y ajenos a la maldad se les abrió un camino de salvación aun a través del mar, sea por voluntad de Dios, sea por azar. Pues también a los que acompañaban a Alejandro, rey de Macedonia —hombres de ayer y de anteayer—, se les retiró el mar de Panfilia y, no teniendo otro camino, les ofreció el suyo para derribar el imperio de los persas, por haberlo querido así Dios; y esto lo reconocen todos cuantos han escrito las hazañas de Alejandro. Sobre esto, que cada cual juzgue según le parezca.
Al día siguiente, las armas de los egipcios, arrastradas hasta el campamento de los hebreos por la corriente y la fuerza del viento que hacia allí las empujaba, fueron recogidas por Moshé, quien conjeturó que también esto había ocurrido por la providencia de Dios, para que no quedaran faltos de armas. Con ellas equipó a los hebreos y los condujo al monte Sinaí, a fin de ofrecer allí sacrificios a Dios y rendirle las ofrendas por la salvación de la multitud, tal como se le había anunciado de antemano.