Libro decimoquinto
Sobre Polión y Sameas; Herodes mata a los principales amigos de Antígono, despoja a la ciudad de sus riquezas, y Antonio decapita a Antígono
Cómo Sosio y Herodes tomaron por la fuerza Yerushaláyim y, con ella, al propio Antígono cautivo, lo mostró el libro anterior; lo que siguió a aquello es lo que ahora contaremos.
Una vez que a Herodes se le entregó el gobierno de toda Judea, del gentío de la ciudad promovía a cuantos, siendo simples particulares, habían sido de su bando, mientras que a los que habían tomado el partido contrario no cesaba de castigarlos y escarmentarlos cada día. Los más honrados junto a él eran Polión el fariseo y Sameas, discípulo suyo. Cuando Yerushaláyim estaba sitiada, estos habían aconsejado a los ciudadanos que recibieran a Herodes, y por ello recibían ahora la recompensa. Este mismo Polión, en cierta ocasión en que se juzgaba a Herodes en causa de muerte, había predicho —reprochándoselo a Hircano y a los jueces— que Herodes, si se salvaba, acabaría persiguiéndolos a todos; y esto se cumplió con el tiempo, pues Dios llevó a término sus palabras.
Dueño entonces de Yerushaláyim, Herodes reunía cuanto de valioso había en el reino, despojando incluso a los acaudalados, y habiendo juntado una gran masa de plata y oro, con todo ello obsequió a Antonio y a los amigos que lo rodeaban. Dio muerte a cuarenta y cinco de los principales del partido de Antígono, y apostó guardias en las puertas de las murallas para que nadie fuera sacado junto con los muertos; registraban además los cadáveres, y toda plata, oro o alhaja que se hallaba se llevaba al rey. No había fin de los males: por una parte, la codicia del vencedor, hallándose en apuros, lo arrasaba todo; por otra, el año sabático obligaba a que la tierra quedara sin cultivar —pues justo entonces caía, y sembrar la tierra en ese año nos está vedado.
Antonio, teniendo cautivo y encadenado a Antígono, resolvió guardarlo hasta el triunfo; pero cuando oyó que la nación se agitaba y que, por su odio a Herodes, seguía bien dispuesta hacia Antígono, decidió decapitarlo en Antioquía, pues los judíos apenas podían mantenerse en calma.
Da testimonio de mi relato Estrabón el capadocio, que dice así: «Antonio, llevado Antígono el judío a Antioquía, lo decapita. Y pareció ser este el primero de los romanos en decapitar a un rey, pues creyó que de ningún otro modo cambiaría el ánimo de los judíos para que aceptaran a Herodes, puesto en su lugar; pues ni aun torturados soportaban proclamarlo rey, tan alto era el concepto que tenían de su primer rey. Pensó, pues, que aquella deshonra menguaría el recuerdo de este, y menguaría también el odio hacia Herodes.» Esto dice Estrabón.
Cómo Hircano fue liberado por los partos y volvió con Herodes; y qué hizo Alejandra al enterarse de que Ananel había sido nombrado sumo sacerdote
Cuando Herodes tomó el reino, Hircano el sumo sacerdote —que estaba cautivo entre los partos— al saberlo se presentó ante Herodes, liberado de su cautiverio de este modo. Bazafranes y Pácoro, los generales de los partos, habían apresado a Hircano —que primero fue sumo sacerdote y luego rey— y a Fasael, hermano de Herodes, y los habían llevado a Partia. Fasael, no soportando la vergüenza de las cadenas y juzgando la muerte con gloria mejor que toda vida, se hizo asesino de sí mismo, como ya conté. A Hircano, en cambio, cuando fue llevado allá, Fraates, el rey de los partos, lo trató con más benignidad, informado de antemano de la distinción de su noble linaje. Por eso lo soltó de las cadenas y le permitió residir en Bavel, donde había también una multitud de judíos. Estos honraban a Hircano como sumo sacerdote y rey, y así toda la nación de los judíos que se extendía hasta el Éufrates; y a él le eran gratas estas cosas.
Pero al enterarse de que Herodes había tomado el reino, mudó de esperanzas: desde el principio estaba afectuosamente dispuesto hacia él y esperaba que le recordase el favor, pues cuando Herodes fue juzgado y estuvo a punto de ser condenado a muerte, lo había librado del peligro y del castigo. Dirigió, pues, palabras a los judíos, empeñado en ir junto a él. Ellos lo retenían y le pedían que se quedara, mencionándole los servicios y a la vez las honras: le decían que de parte de ellos no le faltaba nada del honor debido a sumos sacerdotes o reyes, y —lo más importante— que allá no podría participar de estas cosas a causa de la mutilación de su cuerpo, que había sufrido a manos de Antígono; que los favores, además, no los devuelven de igual modo los reyes que los que recibieron siendo particulares, pues la fortuna los cambia, y no sin razón.
Mientras le insinuaban tales cosas según su conveniencia, Hircano sentía deseo de partir; y Herodes, escribiéndole, lo instaba a rogar a Fraates y a los judíos de allí que no le escatimaran gozar del reino en común con él, pues era ahora el momento de que él pagara los favores que había recibido —criado y salvado por él— y de que aquel los cobrara. Escribiendo esto a Hircano, envía también a Fraates un embajador, Saramala, y muchos regalos, para que no estorbara los favores hacia su bienhechor, mostrándose él igualmente afable. Mas su afán no venía de ahí: como no reinaba con títulos merecidos, temía los cambios que pudieran surgir por causas razonables, y se apresuraba a tener a Hircano bajo su mano, o incluso a quitarlo del todo de en medio; y esto fue lo que hizo después.
Por entonces, sin embargo, una vez que Hircano se presentó, persuadido —tras permitírselo el parto y proveerle dinero los judíos—, lo recibió con toda honra: en las asambleas le asignaba el primer lugar, y en los banquetes lo reclinaba a la cabecera; lo engañaba llamándolo padre y de todos los modos maquinando que la trama quedara sin sospecha. Disponía también lo demás en provecho de su gobierno, y de ahí surgió la discordia en su propia casa. Pues guardándose de nombrar sumo sacerdote de Dios a alguno de los hombres notables, mandó traer de Bavel a un sacerdote de los más oscuros, llamado Ananel, y a este le da el sumo sacerdocio.
Al punto no soportó Alejandra el agravio —hija de Hircano y esposa de Alejandro, hijo del rey Aristóbulo, con hijos de aquel: uno hermosísimo en su flor, llamado Aristóbulo, y otra que convivía con Herodes, Mariamna, de notable belleza. Estaba turbada y llevaba mal la deshonra de su hijo, que viviendo él, uno de los forasteros fuese juzgado digno del sumo sacerdocio; y escribe a Cleopatra —cooperando con ella cierto músico en lo relativo al envío de las cartas— para pedir a Antonio el sumo sacerdocio para su hijo. Como Antonio respondiera con bastante indiferencia, un amigo suyo, Delio, que había venido a Judea por ciertos asuntos, al ver a Aristóbulo quedó prendado de su lozanía y admiró el porte y la belleza del muchacho, y no menos a Mariamna, que convivía con el rey; y era claro que tenía a Alejandra por madre de hijos hermosos. Cuando ella entabló conversación con él, la persuade a que, mandando pintar retratos de ambos, se los envíe a Antonio, pues al verlos no le negaría nada de cuanto pidiese. Exaltada por estas palabras, Alejandra envía los retratos a Antonio; y Delio contaba maravillas, diciendo que le parecían no de hombres, sino nacidos de algún dios. Se afanaba, por su propia cuenta, en arrastrar a Antonio hacia esos placeres.
Pero él tuvo reparo en hacer venir a la muchacha, casada con Herodes, guardándose de las calumnias que por ello vendrían de parte de Cleopatra; en cambio mandó recado de que le enviaran al muchacho, añadiendo «con decoro, si no le pareciera pesado». Llevadas estas cosas a Herodes, juzgó que no era seguro enviar a Antonio a Aristóbulo, que era hermosísimo en su flor —pues resultaba tener dieciséis años— y aventajado en linaje: Antonio era el más poderoso de los romanos en aquel tiempo y estaba dispuesto a entregarse a amoríos y a procurarse placeres sin recato, gracias a su poder. Escribió, pues, en respuesta que, con solo que el mozo saliera del país, todo se llenaría de guerra y de tumulto, esperando los judíos un cambio y una revolución en torno a otro rey.
Habiéndose así excusado ante Antonio, resolvió no seguir deshonrando del todo al muchacho y a Alejandra, sino —insistiendo también con ahínco su esposa Mariamna— devolver el sumo sacerdocio a su hermano; y juzgándolo conveniente para sí, a fin de que, honrado, no pudiera ya ausentarse, reunió a sus amigos y acusó largamente a Alejandra, diciendo que en secreto tramaba contra el reino y obraba por medio de Cleopatra, para que él mismo fuera despojado del gobierno y el mozo, en su lugar, tomara los asuntos por medio de Antonio. Y que ella quería esto injustamente, cuando con ello despojaría también a su propia hija del honor que tenía y maquinaba turbaciones sobre el reino, después de haber él penado mucho y adquiridolo con no pocos peligros. Sin embargo —dijo—, no recordaría lo que ella había obrado mal, ni por eso dejaría de ser justo con ellos; antes bien, también ahora daba el sumo sacerdocio al muchacho, y ya de antaño había puesto a Ananel por ser Aristóbulo entonces enteramente un niño.
Diciendo tales cosas no sin cálculo, sino —lo que más pretendía— muy premeditadamente para engañar a las mujeres y a los amigos allí reunidos, Alejandra, entre la emoción, la alegría de lo inesperado y el temor de la sospecha, se defendía con lágrimas. Decía que en cuanto al sacerdocio se había afanado por todos los medios movida por la deshonra, pero que ni aspiraba al reino ni, aun si se le ofreciera, querría tomarlo; que ahora tenía honra bastante por el gobierno de él y por la seguridad que nacía de que él, capaz de mandar más que otros, se sostuviera sobre toda su familia. Y que ahora, vencida por sus beneficios, aceptaba para su hijo el honor y sería obediente en todo, y pedía perdón si por su linaje y por la franqueza que le era propia hubiera obrado con alguna precipitación, movida por su indignación. Habiendo así conversado y estrechado la diestra con más empeño que prisa, se separaron, apartada —según creían— toda sospecha.
Cómo Herodes, tras nombrar sumo sacerdote a Aristóbulo, procuró que lo asesinaran al poco tiempo; qué disculpa dio a Antonio acerca de Aristóbulo; y sobre Yosef y Mariamna
El rey Herodes, al punto, retira el sumo sacerdocio a Ananel, que era —como ya dijimos— no del país, sino de los judíos establecidos allende el Éufrates; pues no pocas miríadas de este pueblo fueron trasladadas a la región de Bavel. De allí era Ananel, de linaje sacerdotal y de antiguo favorecido por Herodes según su trato. A este él mismo lo había honrado cuando recibió el reino, y él mismo lo depuso para acallar las turbaciones de su casa, obrando contra la ley; pues ningún otro, una vez recibido el honor, había sido despojado de él. Fue Antíoco Epífanes el primero que quebrantó la ley, quitándoselo a Yeshúa y poniendo a su hermano Onías; el segundo, Aristóbulo, se lo quitó a su hermano Hircano; y Herodes, tercero, traspasó el cargo al muchacho Aristóbulo.
Y entonces pareció haber sanado los asuntos de su casa. Pero no continuó, como era natural, sin sospecha en la reconciliación, pues juzgaba que debía temer a Alejandra tanto por lo ya intentado como por una revolución, si se le presentaba la ocasión. Le ordenó, pues, que permaneciera en el palacio y que nada hiciera por su propia autoridad; y había vigilancias cuidadosas, sin que se le ocultara ni lo que pudiera emprenderse en su vida cotidiana. Todo esto poco a poco la exasperaba y le crecía el odio; pues, llena de orgullo femenil, resentía la vigilancia nacida de la sospecha, teniendo cualquier cosa por preferible a vivir privada de la franqueza honrosa, entre apariencias, con servidumbre y temores. Enviaba, pues, mensajes a Cleopatra, lamentando de continuo la situación en que se hallaba y rogándole que la socorriera cuanto pudiese. Y ella le mandó que a escondidas huyera hacia ella, a Mitsraim, con su hijo.
Le pareció bien y trama lo siguiente: preparando dos ataúdes, como para el traslado de cadáveres, se metió en ellos a sí misma y a su hijo, ordenando a los de sus criados que estaban al tanto que los sacaran de noche. Tenían desde allí un camino hasta el mar y una nave, dispuesta, que había de cruzar a Mitsraim. Esto lo denuncia Esopo, criado de ella, a Sabión, uno de los amigos de Alejandra, dándose con él y hablándole como a quien ya lo sabía. Pero Sabión, al enterarse —pues había sido antes enemigo de Herodes, ya que se lo tenía por uno de los que atentaron contra Antípatro con veneno—, esperó cambiar aquel odio por la buena voluntad de la delación, y refiere al rey la conjura de Alejandra. Él la dejó avanzar hasta el momento de la ejecución, y la sorprendió en el acto mismo de la fuga; pero pasó por alto la falta, sin atreverse a nada duro —aunque bien lo deseara—, pues Cleopatra no lo habría tolerado, tomando por pretexto su odio hacia él, sino mostrando más bien magnanimidad, como si por clemencia los hubiese perdonado. Con todo, tenía enteramente resuelto quitar de en medio al mozo, pero le parecía más verosímil, para pasar inadvertido, que no fuera pronto ni a la vez que lo sucedido.
Estando cerca la fiesta de Sukkot —que es entre nosotros una de las más celosamente guardadas—, pasó aquellos días, y él mismo y el resto del pueblo estaban en fiestas. Sin embargo, aun desde tales circunstancias, la envidia lo movió a acelerar su propósito, azuzándolo abiertamente. Pues el muchacho Aristóbulo, cumplidos los diecisiete años, cuando conforme a la ley subió al altar para consumar los sacrificios, vistiendo el ornato de los sumos sacerdotes y cumpliendo los ritos del culto —hermosísimo en belleza y de una talla más que propia de su edad, y mostrando en su porte lo más de la dignidad de su linaje—, provocó en el gentío un arrebato de simpatía, y les vino vivo el recuerdo de las hazañas de Aristóbulo, su abuelo. Vencidos poco a poco, delataban sus sentimientos, gozosos a la vez y turbados, y lanzando hacia él voces de bendición mezcladas con votos, de modo que se hizo manifiesta la simpatía de las multitudes, y su reconocimiento de lo que habían sufrido pareció demasiado temerario bajo una monarquía.
Ante todo esto, Herodes resolvió llevar a término el designio que tenía contra el muchacho. Pasada la fiesta, celebraba un banquete en Yerijó, donde los recibía Alejandra; y, tratando con afabilidad al mozo y atrayéndolo a una bebida sin recelo, se prestaba a jugar y a hacer chanzas de joven, para agradarle. Como la naturaleza del lugar resultaba ser más bien calurosa, reunidos allí salieron pronto a distraerse, y, apostándose junto a las piscinas —que eran grandes, en torno al patio—, se refrescaban en lo más ardiente del mediodía. Primero contemplaban nadar a los criados y amigos; luego, arrastrado también el muchacho por instigación de Herodes, los amigos a quienes esto se había encomendado —mientras caía la oscuridad—, hundiéndolo una y otra vez y sumergiéndolo como en juego mientras nadaba, no lo soltaron hasta ahogarlo del todo. Y así pereció Aristóbulo, sin haber vivido enteros los dieciocho años, habiendo retenido el sacerdocio un año, que Ananel volvió a recibir.
Anunciada la desgracia a las mujeres, al instante, por el vuelco, hubo llanto sobre el cadáver tendido y un duelo incontenible; y la ciudad, difundida la noticia, sufría en extremo, haciendo cada hogar suya la desgracia, como si no le hubiera ocurrido a un extraño. Alejandra, más aún, estaba fuera de sí por comprender bien la muerte, sintiendo mayor dolor por saber cómo se había obrado, pero imponiéndose la entereza en previsión de un mal mayor. Muchas veces vino a poner fin a su vida por su propia mano, pero se contuvo, por si viviendo pudiera contribuir a la venganza del que había sido destruido sin ley, por asechanzas; y aún más por esto se esforzaba en seguir viviendo, y juzgaba que no dar sospecha alguna de que sabía que su hijo había perecido por designio bastaba para tener ocasión de desquite. Ella, pues, sobrellevaba la sospecha con firmeza.
Herodes, por su parte, ante todos los de fuera se disculpaba con verosimilitud de que la muerte del muchacho no hubiera sido premeditada, no solo haciendo cuanto atañe al luto, sino usando también lágrimas y mostrando una genuina turbación del alma —acaso porque en verdad la emoción lo vencía ante la vista de aquella flor y belleza, aun cuando la muerte del mozo se tuviera por asunto de seguridad—; pero es claro que maquinaba todo aquello como defensa. En la suntuosidad de las exequias se lució todavía más, disponiendo gran aparato para el sepulcro y multitud de perfumes, y sepultando con él mucho ornato, para deslumbrar la penosa aflicción de las mujeres y consolarla por esa parte.
Mas a Alejandra nada de aquello la venció; antes bien, siempre más el recuerdo del mal, dándole dolor, la hacía llorosa y porfiada, y escribe a Cleopatra la conjura de Herodes y la muerte de su hijo. Y ella, que de antiguo se afanaba en socorrerla en su necesidad y se compadecía de las desdichas de Alejandra, hizo suyo del todo el asunto y no dejaba en paz a Antonio, azuzándolo a vengar el asesinato del muchacho; pues no era justo que Herodes, hecho rey por él sobre un reino que en nada le pertenecía, desplegara tales iniquidades contra los reyes verdaderos. Persuadido por esto, Antonio, cuando marchó hacia Laodicea, envía a ordenar a Herodes que venga a descargarse de lo tocante a Aristóbulo, pues la conjura se había obrado sin rectitud, si es que había sido por medio de él.
Herodes, temiendo la acusación y la enemiga de Cleopatra —que no cesaba de trabajar para malquistarle a Antonio—, resolvió obedecer, pues no cabía hacer otra cosa; y dejando a su tío Yosef como regente del reino y de los asuntos de allí, le encomendó en secreto que, si él sufría algo a manos de Antonio, matara al punto también a Mariamna. Pues él la amaba con ternura y temía el ultraje de que, aun muerto, otro la pretendiera por su hermosura. Y todo ello revelaba un afán de Antonio hacia esa mujer, ya que de antiguo había oído hablar de su hermosura. Herodes, pues, habiendo dado estas órdenes y sin esperanzas seguras acerca del conjunto, partió hacia Antonio.
Yosef, al frente de la administración de los asuntos del reino y por ello en trato continuo con Mariamna —tanto por los negocios como por la honra que le debía a ella como reina—, deslizaba conversaciones incesantes sobre la buena voluntad y el afecto de Herodes hacia ella. Como las mujeres, a modo femenil, se burlaban de sus palabras —sobre todo Alejandra—, Yosef, empeñado en demostrar la disposición del rey, se dejó llevar a hablar también de la orden, aduciéndolo como prueba de que ni siquiera sin ella podía vivir y de que, si sufría algo terrible, no juzgaba justo verse separado de ella ni por la muerte. Esto dijo Yosef. Pero las mujeres, como era de esperar, no vieron la parte tierna de la disposición de Herodes, sino la cruel: que ni muriendo dejaría de acarrearle destrucción y una muerte tiránica; y anticipándose, tomaron una sospecha dura de lo dicho.
Por ese tiempo corrió también un rumor en la ciudad de los de Yerushaláyim, de parte de quienes tenían a Herodes en odio, de que Antonio, tras torturarlo, lo había matado. La noticia turbó a todos los del palacio, como era natural, y sobre todo a las mujeres. Alejandra persuade entonces a Yosef de que, saliendo del palacio con ellas, se refugiara junto a las enseñas de la legión romana que a la sazón acampaba en torno a la ciudad para guarda del reino, al mando del hijo de Yehudá. Pues por ello, primero, si sobrevenía algún tumulto en torno a la corte, ellas mismas estarían más seguras teniendo a los romanos benévolos; y luego, esperaban que Mariamna lo obtendría todo una vez que Antonio la viera, y que por medio de él recuperarían el gobierno y no les faltaría nada de lo propio de quienes han nacido en la nobleza real.
Cuando estaban en tales cálculos, llegaron cartas de Herodes sobre el conjunto de los asuntos, contrarias al rumor y a lo antes hablado. Pues cuando llegó junto a Antonio, pronto se lo reconquistó con los regalos que traía de Yerushaláyim, y pronto, con sus conversaciones, lo apartó de estar áspero con él; y las palabras de Cleopatra pudieron menos contra el favor que él le mostraba. Pues Antonio decía que no estaba bien que a un rey se le pidieran cuentas de lo obrado durante su gobierno, pues así ni siquiera sería rey; que quienes le habían dado el honor y lo habían juzgado digno del poder debían dejarlo usar de él. Y lo mismo convenía a Cleopatra: no andar entrometiéndose en lo tocante a los gobiernos.
Sobre esto escribía Herodes, y refería las demás honras que tenía junto a Antonio: sentado con él en los juicios y comiendo con él cada día; y cómo obtenía esto aun siéndole Cleopatra dura en las calumnias, pues por deseo del país, pidiendo que se le añadiera el reino, se afanaba de todos los modos en quitarlo de en medio. Sin embargo, hallando justo a Antonio, ya no esperaba nada penoso, sino que vendría incluso más pronto, tras haber cobrado más firme la buena voluntad de aquel para su reino y sus asuntos; y que a Cleopatra ya no le quedaba la esperanza de su codicia, pues Antonio le había dado, en lugar de lo que pedía, la Celesiria, y con ello la había aplacado y a la vez se había librado de las súplicas que hacía por causa de Judea.
Llegadas estas cartas, cesaron de aquel impulso que tenían, como si él hubiera perecido, de refugiarse en los romanos; mas su intención no quedó oculta. Cuando el rey, tras escoltar a Antonio contra los partos, regresó a Judea, al punto su hermana Salomé y su madre le revelaron el propósito que los de Alejandra habían tenido. Y Salomé habló además contra su propio marido, Yosef, poniéndolo en calumnia de que se había estado uniendo con Mariamna. Decía esto por estar dispuesta con dureza hacia ella desde hacía tiempo, porque en sus disensiones Mariamna, valiéndose de mayor altivez, les echaba en cara su baja alcurnia.
Herodes, siempre ardiente y enamorado de Mariamna, al instante quedó trastornado y no sobrellevó los celos; pero conteniéndose siempre para no hacer nada precipitado por su amor, aguijoneado por la vehemencia de la pasión y de los celos, interrogó a Mariamna a solas acerca de lo tocante a Yosef. Como ella lo negara con juramentos y alegara en su defensa cuanto asiste a quien en nada ha faltado, el rey se fue persuadiendo poco a poco y mudaba, vencida la ira por el afecto hacia la mujer, hasta disculparse de lo que le pareció haber creído al oírlo, y confesarle mucho agradecimiento por su decoro. Él mismo declaraba cuánta ternura y buena voluntad tenía hacia ella; y al fin, como suele ocurrir en los amores, prorrumpieron en lágrimas, abrazados el uno al otro con mucho ardor.
Y como el rey cada vez más le aseguraba su disposición, Mariamna le dijo que aquella orden —que si él sufría algún mal a manos de Antonio, también ella, que ninguna culpa tenía, muriera con él— no era propia de quien ama. Escapada esta palabra, el rey, hondamente conmovido, al punto la soltó de sus brazos, gritaba y se arrancaba sus propios cabellos, diciendo que tenía prueba manifiesta del trato de Yosef con ella; pues no habría revelado lo que había oído en privado de no haberse forjado entre ellos una gran intimidad. En tal estado, por poco mata a la mujer; pero vencido por el amor hacia ella, dominó ese impulso, aguantando con dolor y a duras penas. A Yosef, en cambio, sin que ni siquiera llegara a su presencia, mandó darle muerte; y a Alejandra, como causante de todo, la encadenó y la tuvo bajo guarda.
Cómo Cleopatra, tras obtener de Antonio ciertas partes de Judea y de Arabia, vino a Judea; y cómo Herodes le hizo muchos regalos y la acompañó de regreso a Mitsraim
Por entonces también los asuntos de Siria tenían turbaciones, pues Cleopatra no dejaba en paz a Antonio para que a todos atacara; y lo persuadía de que, quitando a cada uno su dominio, se lo diera a ella, y tenía grandísimo poder por el deseo que él le tenía. Gozando por naturaleza de la rapiña, no dejó iniquidad alguna: a su hermano, a quien sabía que le tocaría el reino, lo había hecho matar antes con venenos, cuando tenía quince años; y a su hermana Arsínoe, suplicante en Éfeso ante el templo de Ártemis, la hizo matar por medio de Antonio. Por causa de dinero, con solo que se lo esperara en algún sitio, se violaban templos y sepulcros, sin que hubiera santuario tenido por tan inviolable que no se le arrancara el ornato que en él había, ni lugar profano que no padeciera cuanto está prohibido, con tal de que fuera a parar a los recursos para la codicia de aquella malhechora. En suma, nada bastaba a una mujer a la vez fastuosa y esclava de sus deseos, de modo que todo le quedaba corto respecto de lo que se proponía. Por eso apremiaba siempre a Antonio a que la gratificara quitando algo a los demás; y habiendo pasado con él a Siria, ideaba hacerla posesión suya.
A Lisanias, hijo de Tolomeo, lo mata acusándolo de traer a los partos sobre aquellos asuntos, y pedía a Antonio tanto Judea como el país de los árabes, exigiendo que se despojara a los que reinaban sobre ellos. A Antonio le sucedía, en conjunto, verse vencido por la mujer, hasta parecer que le obedecía —no solo por su trato, sino incluso por filtros— en cualquier cosa que ella quisiese; sin embargo, lo palmario de la injusticia le daba vergüenza de hacerse tan sumiso como para pecar en las mayores cosas. Así pues, para no negárselo del todo ni, cumpliendo cuanto ella ordenaba, parecer abiertamente malvado, tomando partes del país de cada uno de los dos se las obsequió a ella. Le da además las ciudades de dentro del río Eleuterio hasta Mitsraim, salvo Tiro y Sidón, que sabía libres desde sus antepasados, por más que ella suplicara mucho que se las diera.
Obtenido esto, Cleopatra, tras escoltar hasta el Éufrates a Antonio, que marchaba contra Armenia, se volvía, y pasa por Apamea y Damasco, y entró también en Judea, saliéndole Herodes al encuentro y arrendándole a ella las partes concedidas de Arabia y las rentas de la comarca de Yerijó. Produce esa tierra el bálsamo, lo más precioso de cuanto allí hay y que crece solo entre ellos, y la palmera, abundante y hermosa. Estando en estos lugares, y creciendo su familiaridad con Herodes, tanteaba unirse carnalmente con el rey, valiéndose por naturaleza sin recato de tales placeres, o acaso sintiendo hacia él algo de amor, o —lo más verosímil— preparando el comienzo de una emboscada, el ultraje que sobre ella habría de recaer; pero en suma dejaba ver que estaba vencida por la lascivia.
Herodes, que ya de antiguo no era benévolo con Cleopatra, sabiéndola dura para con todos, y que entonces la juzgaba digna de odio, si por lujuria llegaba a esto, y pensaba en anticiparse castigándola, si emprendía tales cosas tendiéndole una emboscada, rechazó sus palabras, e hizo consejo con sus amigos sobre matarla, teniéndola bajo su mano; pues así libraría de muchos males a todos aquellos con quienes ya se había mostrado dura y de quienes se temía; y esto mismo aprovecharía también a Antonio, pues tampoco con él sería fiel, si alguna ocasión o necesidad lo apremiaba y hubiera de menester de tales servicios.
Al meditar esto, sus amigos se lo impidieron. Primero le enseñaban que no valía la pena, emprendiendo cosas mayores, cargar con el más manifiesto de los peligros; e insistiendo y rogándole, que nada hiciera por precipitación. Pues Antonio no lo toleraría, ni aun si alguien le pusiera muy delante de los ojos la conveniencia; que el parecer que se veía privado de ella por fuerza y por asechanza avivaría más su amor, y nada mesurado aparecería para la defensa, siendo el atentado contra una mujer que tenía la mayor dignidad de las de aquel tiempo, y apareciendo el provecho —si es que alguien lo tuviera por tal— unido a la soberbia y a la condena de la disposición de Antonio. De lo cual no era oscuro que sus asuntos, en cuanto al gobierno y a su linaje, se llenarían de grandes e incesantes males, siéndole posible, rechazando el pecado al que ella lo convidaba, aprovechar la ocasión con decoro. Espantándolo con tales cosas y mostrándole con verosimilitud el peligro, lo contuvieron del intento. Y él, obsequiando a Cleopatra con regalos, la escoltó rumbo a Mitsraim.
Antonio, tomada Armenia, envía a Artabazes, hijo de Tigranes, con sus hijos, sátrapas, encadenado a Mitsraim, obsequiando con estos a Cleopatra, y con todo el ornato del reino que de allí tomó. Reinó sobre Armenia Artaxias, el mayor de los hijos de aquel, escapado por entonces. Y a este, Arquelao y Nerón César, expulsándolo, restablecieron en el reino a Tigranes, el hermano menor. Mas esto fue después.
En cuanto a los tributos que había que pagar por el país concedido por Antonio, Herodes era puntual, teniendo por poco seguro dar a Cleopatra motivo de odio. Pero el árabe, una vez que Herodes se hizo cargo del pago, por algún tiempo le proveía los doscientos talentos; después, sin embargo, se hizo maligno y remiso en las entregas, y a duras penas, aun cuando saldaba algunas partes, ni siquiera esas parecía entregarlas sin merma.
Cómo Herodes hizo la guerra al rey de Arabia y, tras librar muchas batallas, al fin lo venció y fue elegido por los árabes gobernador de aquella nación; y sobre un gran terremoto
Herodes, portándose aquel de este modo desconsiderado y no queriendo al fin cumplir ya nada de lo justo, tenía ánimo de marchar contra él, pero se valió, como plazo de espera, de la guerra romana. Pues esperándose la batalla de Actio —que sucedió en la olimpíada centésima octogésima séptima—, César iba a contender con Antonio por el conjunto de los asuntos, y Herodes, cuya tierra le estaba de tiempo atrás bien abastecida y hallados ya rentas y ejército, alistó una tropa auxiliar para Antonio, empleándose con el mayor cuidado en los preparativos. Pero Antonio dijo que no necesitaba de su alianza, y le ordenó marchar contra el árabe —pues había oído de él y de Cleopatra su deslealtad. Cleopatra, en efecto, juzgaba que esto le convenía, creyendo que uno padecería mal a manos del otro.
Dicho esto por Antonio, Herodes se volvió y mantuvo reunido el ejército, como para invadir al punto Arabia; y preparadas fuerzas de caballería e infantería, llega a Diospolis, donde le salían al encuentro los árabes, pues no se les había ocultado lo tocante a la guerra; y habida una recia batalla, vencieron los judíos. Después de esto, un gran ejército de árabes se congregó en Kanata —son estos lugares de la Celesiria—; y Herodes, avisado de antemano, vino conduciendo contra ellos lo más de la fuerza que tenía, y acercándose resolvió acampar en un buen sitio, y, levantada una empalizada, atacar en las batallas a la ocasión oportuna.
Mientras él disponía esto, el gentío de los judíos clamaba que, dejándose de dilaciones, los llevara contra los árabes; y estaban impulsados a confiar tanto en su buen orden como en su mayor arrojo, cuantos habían ganado la primera batalla sin haber permitido siquiera a los enemigos llegar a las manos. Alborotando, pues, y mostrando todo empeño, el rey resolvió aprovechar el ardor del gentío; y habiendo dicho antes que no se quedaría atrás de su valor, marchó el primero, en armas, siguiéndolo todos según sus propias unidades. Cundió al punto el espanto entre los árabes, pues tras resistir un poco, al verlos indomables y llenos de brío, los más huían cediendo, y habrían sido destruidos si Atenión no hubiera dañado a Herodes y a los judíos.
Pues este hombre, que era general de Cleopatra sobre las fuerzas de allí y estaba enemistado con Herodes, observaba el desenlace no sin preparativos, decidido a estarse quieto si los árabes hacían algo brillante, y, si eran vencidos —lo que sucedió—, dispuesto, con los del país reunidos entre los suyos, a caer sobre los judíos. Y entonces, arrojándose de improviso sobre ellos, cansados y creyéndose vencedores, hizo gran matanza; pues los judíos, gastado su ardor contra los enemigos declarados y valiéndose con descuido de la victoria, pronto fueron vencidos por los que los atacaban y recibieron muchas heridas en parajes impracticables para la caballería y pedregosos, de los cuales tenían mayor experiencia quienes hicieron la acometida.
Mientras ellos sufrían este castigo, los árabes se rehicieron y, volviéndose de nuevo, mataban ya a los que huían. La matanza cobró toda clase de formas, y de los que se dispersaban pocos lograron refugiarse juntos en el campamento.
El rey Herodes, desesperado del curso de la batalla, se lanzó a caballo para traer refuerzos; mas, por mucho que se apresuró, no llegó a tiempo de socorrer a los suyos: el campamento de los judíos fue tomado, y los árabes —contra todo cálculo— alcanzaron una fortuna nada moderada, pues recuperaron una victoria que estaban lejísimos de merecer y despojaron al enemigo de buena parte de sus fuerzas.
Desde entonces Herodes recurrió a incursiones de saqueo y, corriendo sin cesar el país de los árabes, lo maltrataba con sus correrías, acampado sobre la frontera. En conjunto evitaba llegar a las manos abiertamente, pero no dejaba de causar daño con su constancia y su tesón, y de todos modos cuidaba de los suyos, empeñado en enmendar el revés.
Por ese tiempo, cuando ya se había trabado la batalla de Accio entre César y Antonio —era el séptimo año del reinado de Herodes—, la tierra de los judíos tembló como nunca se recordaba, y causó una gran mortandad en el ganado del país.
Perecieron también unos treinta mil hombres bajo las casas derrumbadas; en cambio, la tropa, que vivía a cielo abierto, no sufrió daño alguno por la catástrofe.
Al enterarse de esto los árabes —y quienes se lo anunciaban lo agrandaban más allá de la verdad, pues por odio a los oyentes adornaban los relatos de lo ocurrido—, se envalentonaron, creyendo que, arrasado el país por sus enemigos y muertos sus hombres, ya no quedaba nadie capaz de hacerles frente. Y apresando a los embajadores de los judíos —que habían venido a tratar de lo sucedido— los mataron, y con todo ardor marcharon contra su ejército. Pero los judíos ni siquiera aguardaron el ataque: abatidos por las desgracias, abandonaban la causa, presos del mayor desaliento; pues no cabía esperanza ni de combatir en igualdad, vencidos ya en las batallas, ni de recibir socorro, arruinados como estaban sus asuntos en casa.
Estando así las cosas, el rey los animaba, persuadiendo a los jefes con sus palabras e intentando levantar sus abatidos ánimos. Habiendo movido antes y alentado a algunos de los mejores, se atrevió ya a hablar también a la multitud —cosa que antes vacilaba en hacer, no fuera que le respondiera con dureza a causa de las desdichas—, y dirigió al gentío un discurso como este:
«No ignoro, soldados, que en esta ocasión se han presentado muchos obstáculos a nuestra empresa, y es natural que en tales trances ni siquiera los más señalados por su valor conserven la confianza. Pero, puesto que la guerra apremia y nada de lo ocurrido es de tal índole que no pueda repararse con una sola acción bien realizada, he preferido a la vez animaros y enseñaros por qué medios podéis manteneros firmes en vuestro habitual ánimo.
Quiero primero demostrar que combatimos con justicia, obligados por la insolencia de nuestros adversarios —pues, si comprendéis esto, será para vosotros el mayor motivo de coraje—; y después mostraros que nada hay de temible en nuestra situación y que tenemos las mayores esperanzas de vencer.
Comenzaré por lo primero, tomándoos a vosotros por testigos de lo que digo. Bien conocéis la iniquidad de los árabes: se comportan sin fe con todos los demás, como es propio de gente bárbara y sin noción de Dios, pero contra nosotros han chocado más que contra nadie, por codicia y envidia, acechándonos de improviso en nuestras turbulencias.
¿Y qué falta hace enumerar tantas cosas? Cuando ellos mismos corrían el peligro de perder su propio dominio y de servir a Cleopatra, ¿quién sino nosotros los libró de aquel temor? Pues mi amistad con Antonio y la disposición de él hacia nosotros fueron la causa de que tampoco ellos padecieran nada irreparable, ya que aquel hombre se guardaba de emprender nada que pudiera resultarnos sospechoso.
Y como, aun así, Antonio quiso ceder a Cleopatra ciertas partes de uno y otro reino, también eso lo arreglé yo: le entregué muchos regalos de mi bolsillo y procuré la seguridad de ambos, tomando sobre mí los gastos —doscientos talentos entregados y fiador de otros doscientos—, sumas que fueron a parar a las rentas de Cleopatra, y de las cuales nosotros mismos hemos quedado despojados por culpa de ellos.
Y con todo, no era justo que los judíos pagaran a nadie tributo ni parte de su tierra; y si acaso a alguien, desde luego no en favor de aquellos a quienes nosotros mismos hemos salvado. Ni tampoco los árabes, que reconocieron deberme la intervención y el favor de haber conservado su dominio, tenían derecho a agraviarnos despojándonos —y eso no siendo enemigos, sino amigos. Porque la buena fe, que debe guardarse incluso con los más enconados enemigos, es todavía más obligada entre amigos; mas no para estos, que tienen por lo más bello ganar por cualquier medio, y por no dañoso lo injusto, con tal de poder sacar provecho.
¿Cabe, pues, todavía en vosotros la duda de si se debe castigar a los injustos, cuando eso lo quiere el propio Dios y siempre nos manda aborrecer la insolencia y la injusticia, y cuando emprendemos una guerra no solo justa, sino también necesaria? Pues lo que griegos y bárbaros reconocen por lo más criminal, eso hicieron ellos con nuestros embajadores, degollándolos: los griegos declaran sagrados e inviolables a los heraldos, y nosotros hemos aprendido de Dios, por medio de ángeles, las más hermosas de nuestras doctrinas y las más santas de nuestras leyes —pues ese mismo título de mensajero hace manifiesto a Dios ante los hombres y es capaz de reconciliar a enemigos con enemigos.
¿Qué mayor impiedad podría darse que matar a embajadores que vienen a tratar de lo justo? ¿Cómo podrían ya gozar de estabilidad en la vida o de fortuna en la guerra, después de haber obrado así? A mí no me lo parece en modo alguno.
Se dirá quizá que, aunque lo santo y lo justo están de nuestra parte, ellos han resultado más valientes o más numerosos. Pero, ante todo, no es digno de vosotros decir tal cosa: con quienes está la justicia, con ellos está Dios; y donde está Dios, allí están también la muchedumbre y el valor.
Y si examinamos también lo nuestro: vencimos en la primera batalla; y cuando se trabó la segunda, ni siquiera nos resistieron, sino que huyeron al punto, sin aguantar el ataque ni nuestro coraje. Cuando ya vencíamos, Atenión nos atacó, trayéndonos una guerra sin declaración. ¿Es esto valentía de su parte, o una segunda iniquidad y emboscada? ¿Por qué, entonces, vamos a tener menos ánimo allí donde debemos abrigar mayores esperanzas? ¿Cómo habríamos de temer a quienes, cuando combaten con verdad, son siempre vencidos, y cuando parecen vencer, lo consiguen por la injusticia?
Y aun si alguien los tuviera por bravos, ¿no sería precisamente eso mayor acicate? Porque la fortaleza no está en atacar a los más débiles, sino en poder vencer también a los más fuertes.
Y si a alguno lo amedrentan las desgracias propias y lo ocurrido con el terremoto, considere ante todo que eso mismo engaña también a los árabes, que han supuesto lo sucedido mayor de lo que en verdad fue; y luego, que no está bien que una misma causa dé a ellos audacia y a nosotros cobardía. Pues ellos no sacan su ánimo de ningún bien propio, sino de la esperanza de que nosotros estamos ya rendidos por los males; nosotros, en cambio, marchando contra ellos, les quitaremos esa soberbia y recobraremos el valor de combatir a quienes ya no se sienten seguros.
Porque ni estamos tan quebrantados, ni —como algunos piensan— lo ocurrido revela la ira de Dios: estas cosas son accidentes y calamidades naturales. Y si algo se ha hecho por voluntad de Dios, claro está que también ha cesado por voluntad suya, satisfecho con lo sucedido; pues, si quisiera dañarnos aún más, no habría cambiado.
Que él quiere que se lleve a cabo esta guerra y la sabe justa, lo ha mostrado él mismo: perecieron algunos en el país durante el terremoto, pero de los que estaban en armas ninguno sufrió nada, sino que todos os salvasteis. Con ello Dios deja claro que, aun cuando hubierais salido en campaña con todo el pueblo, con hijos y mujeres, habríais sobrevivido sin padecer nada irreparable.
Meditando esto, y sobre todo que en todo momento tenéis a Dios por defensor, marchad con justa valentía contra quienes son injustos para la amistad, implacables en las batallas, impíos con los embajadores y siempre inferiores a vuestro valor.»
Al oír estas palabras, los judíos se sintieron mucho más animados para el combate. Herodes, tras ofrecer los sacrificios según lo acostumbrado, los tomó consigo con presteza y los condujo contra los árabes; y, cruzando el río Yardén, acampó cerca del enemigo.
Le pareció conveniente apoderarse de una fortaleza situada en medio: así se beneficiaría, tanto para trabar antes la batalla como, si convenía demorarla, para tener un campamento bien fortificado. Como los árabes buscaban lo mismo, se entabló una porfía por aquel lugar: primero con escaramuzas y luego, entrando más en combate por ambas partes, hasta que los de los árabes, vencidos, se retiraron.
Esto en seguida dio a los judíos no poca esperanza. Y Herodes, advirtiendo que el enemigo quería todo antes que venir a la batalla, con mayor audacia emprendió romper su empalizada y, acercándose, atacar el campamento. Forzados así, los árabes salieron en desorden, sin el menor coraje ni esperanza de vencer. Con todo, llegaron a las manos, por ser más numerosos y por estar la necesidad empujándolos a la temeridad. Y se libró un combate encarnizado, cayendo no pocos de uno y otro bando, hasta que al fin, vueltos en fuga, los árabes huyeron.
Y hubo gran mortandad entre los que cedían, de modo que no solo morían a manos del enemigo, sino que ellos mismos se causaban su ruina, pisoteados por la muchedumbre y el ímpetu desordenado, y cayendo sobre sus propias armas. Cinco mil de ellos quedaron muertos. El resto de la multitud alcanzó a refugiarse dentro del atrincheramiento, pero no tenía firme la esperanza de salvación, por falta de provisiones y sobre todo de agua. Los judíos, persiguiéndolos, no lograron irrumpir con ellos, pero, cercando la empalizada y vigilándola, impedían tanto la entrada a quienes venían en socorro como la salida a quienes querían huir.
En tal situación, los árabes enviaron embajadas a Herodes: primero para tratar la paz; luego —pues la sed apremiaba— dispuestos a aceptar cualquier cosa y pidiendo obtener por el momento salvo el pellejo. Pero él no admitía ni embajadores, ni rescate por los cautivos, ni ninguna otra propuesta moderada, empeñado en vengar las iniquidades que aquellos habían cometido contra los judíos. Forzados por todo, y sobre todo por la sed, iban entregándose a que los llevaran y encadenaran; y en cinco días se rindieron así hasta cuatro mil. Al sexto, todos los que quedaban resolvieron salir y, según la ley de la guerra, marchar contra el enemigo y atacarlo, prefiriendo, aun a riesgo de padecer algo, eso a perecer de a poco y sin gloria.
Con esta decisión salieron del atrincheramiento, pero de ningún modo resistieron en la batalla: quebrantados de alma y de cuerpo, sin espacio para pelear con brillo, y teniendo por ganancia el morir en la desgracia antes que seguir viviendo. Cayeron de ellos, en aquel primer choque, unos siete mil. Tras semejante golpe, perdieron todo el ánimo que antes tenían; y, admirando en medio de sus propias desdichas la pericia militar de Herodes, en adelante cedieron y lo proclamaron protector de su nación. Él, teniéndose por muy digno de orgullo tras estos éxitos, regresó a su tierra, habiendo ganado además prestigio por esta hazaña.
Cómo Herodes mató a Hircano y luego se apresuró a ir junto a César y obtuvo también de él el reino; y cómo, poco después, agasajó a César del modo más honroso
En lo demás, pues, todo le iba bien, habiéndose vuelto en todo difícil de atacar; pero le sobrevino un peligro al decidirse la suerte del conjunto, cuando César venció a Antonio en la batalla de Accio. Pues entonces se dieron por perdidos los asuntos, tanto para el propio Herodes como para cuantos lo rodeaban, lo mismo enemigos que amigos; no era verosímil que quedara impune tras haber tenido tan grande amistad con Antonio. Así, sus amigos desesperaban de las esperanzas puestas en él, y cuantos le eran hostiles fingían de puertas afuera compartir su pena, pero por dentro se regocijaban en secreto, aguardando alcanzar un cambio para mejor.
El propio Herodes, viendo que solo Hircano gozaba de dignidad real, juzgó conveniente no dejarlo ya como estorbo: si él mismo se salvaba y escapaba del peligro, lo tenía por seguro para que en tales trances no hubiera un hombre más digno del reino aguardando la ocasión de arrebatárselo; y si algo le ocurría por obra de César, deseaba, por envidia, eliminar al único que podría quedar en el trono.
Mientras revolvía esto en su mente, algo cedió también de parte de aquellos. Hircano, por la benignidad de su carácter, ni entonces ni en ningún otro tiempo quiso entrometerse ni tramar novedades, contentándose con amar cuanto le venía de la fortuna. Pero Alejandra era pendenciera y, llevando sin freno la esperanza del cambio, hablaba a su padre para que no aguardara hasta el extremo la iniquidad de Herodes contra su casa, sino que se adelantara asegurando de antemano sus esperanzas futuras, y le pedía que escribiera sobre esto a Málico, que tenía el mando de Arabia, para que lo acogiese y lo tuviera a salvo; pues, si se retiraban de allí y los asuntos de Herodes iban —como era verosímil, estando en enemistad con César— a tal punto, ellos mismos serían los únicos en recuperar el poder, tanto por el linaje como por el afecto de las multitudes.
Ante estas persuasiones, Hircano rechazaba tales palabras; pero como ella, presa de algo pendenciero y muy femenino, no lo dejaba ni de noche ni de día, hablándole siempre de esto y de las asechanzas de Herodes contra ellos, al fin lo convenció de entregar una carta a un tal Dositeo, de los amigos que lo rodeaban, en la que se disponía que el árabe le enviara jinetes que los recogieran y escoltaran hasta el lago Asfaltites —que dista de la frontera de los habitantes de Yerushaláyim trescientos estadios. Confiaba en Dositeo porque este servía tanto a él como a Alejandra, y no tenía pequeños motivos de malquerencia hacia Herodes: era pariente de aquel Yosef a quien Herodes había hecho matar, y hermano de los que antes habían sido asesinados en Tiro por Antonio.
Sin embargo, esto no llevó a Dositeo a serle fiel a Hircano en el encargo, sino que, anteponiendo a los intereses de aquel las esperanzas puestas en el que reinaba, entregó la carta a Herodes. Este, agradeciéndole su lealtad, le pidió además que le prestara todavía este servicio: que plegara la carta, la sellara y se la entregara a Málico, y recibiese la respuesta de aquel; pues no importaba poco conocer también el parecer de Málico. Cumplido esto con presteza por Dositeo, el árabe contestó por escrito que acogería tanto a Hircano como a todos los que fueran con él y a cuantos judíos pensaran como él, y que enviaría una fuerza que los condujera con seguridad, y que nada les faltaría de cuanto pedían.
Cuando Herodes recibió también esta carta, mandó llamar en seguida a Hircano y lo interrogó sobre los pactos que había hecho con Málico. Como aquel lo negara, mostró las cartas al Sanhedrín e hizo dar muerte al hombre.
Esto lo escribimos nosotros tal como se contenía en las memorias del rey Herodes. Pero otros no concuerdan en ello: opinan que Herodes no lo mató por tales motivos, sino más bien por asechanza, achacando a Hircano la culpa, según su costumbre. Escriben, en efecto, así: que en cierto banquete, sin dar ningún motivo de sospecha, Herodes preguntó a Hircano si había recibido algunas cartas de Málico; y que aquel reconoció haber recibido una carta de saludo; y que le preguntó de nuevo si había recibido también algún regalo; y como respondiera que no había recibido más que cuatro caballos de monta que le había enviado, Herodes, tomando eso por acusación de soborno y traición, mandó ahorcar al hombre.
Como pruebas de que sin culpa cayó en semejante fin, aducen la benignidad de su carácter y el que ni en su juventud dio muestra de osadía o temeridad, ni cuando él mismo tenía el reino, sino que aun en él dejó a Antípatro la mayor parte de la administración. Tenía entonces más de ochenta años, y sabía que Herodes gobernaba con toda seguridad; había cruzado además el Éufrates, dejando atrás a quienes al otro lado lo honraban, para ponerse por entero en manos de aquel. Emprender, pues, alguna novedad y meterse en tales cosas es de lo más increíble y ajeno a su índole: todo esto fue un pretexto de Herodes.
Tal fue el fin que le tocó a Hircano en su vida, tras haber experimentado en ella suertes varias y de todo género. En efecto, desde el principio, reinando su madre Alejandra, fue nombrado sumo sacerdote de la nación de los judíos y retuvo el cargo nueve años. Y al recibir el reino a la muerte de su madre, tras conservarlo tres meses, fue expulsado por su hermano Aristóbulo; pero fue repuesto luego por Pompeyo y, recuperando todas sus dignidades, permaneció en ellas cuarenta años. Despojado por segunda vez por Antígono y mutilado en su cuerpo, cayó prisionero entre los partos. Y de allí volvió con el tiempo a su patria, por las esperanzas que Herodes le ofrecía, ninguna de las cuales se cumplió como esperaba, tras una vida llena de padecimientos; y lo más penoso, como hemos dicho antes, fue hallar en la vejez un fin indigno de él. Parece, en efecto, haber sido benigno y moderado en todo, y haber llevado la mayor parte del gobierno por medio de administradores, sin ser entrometido ni capaz de estar al frente de un reino. Antípatro y Herodes llegaron hasta donde llegaron precisamente por su benignidad; y él, al cabo, recibió de ellos un fin que no fue ni justo ni piadoso.
Herodes, una vez que quitó de en medio a Hircano, apresurándose hacia César y sin poder esperar nada bueno para sus asuntos a causa de la amistad que había tenido con Antonio, sospechaba de Alejandra, no fuera que, aprovechando la ocasión, sublevara a la multitud y perturbara los asuntos del reino. Confió, pues, todo a su hermano Feroras, y a su madre Cipros, a su hermana y a toda su parentela las instaló en Masada, ordenando que, si oían algo grave acerca de él, se hicieran cargo del poder.
En cuanto a Mariamna, su esposa —pues no era posible que, en desavenencia con la hermana y la madre de él, tuviera con ellas la misma morada—, la instaló en Alejandrión junto con Alejandra, su madre, dejando sobre ellas al tesorero Yosef y al itureo Sohemo, hombres que le habían sido desde el principio fidelísimos, y que entonces, con el pretexto de honrarlas, quedaban como guardianes de las mujeres. Tenían también estos la orden de que, si sabían algo grave acerca de él, dieran muerte de inmediato a ambas mujeres, y conservaran en lo posible el reino para sus hijos junto con su hermano Feroras.
Dadas estas instrucciones, él mismo se apresuró a Rodas para encontrarse con César. Y cuando arribó a la ciudad, se despojó de la diadema, mas sin ceder nada de su restante dignidad; y al ser admitido a conversar en la entrevista, mostró mucho más la grandeza de su ánimo, pues no recurrió a súplicas, como era de esperar en tales circunstancias, ni presentó ruego alguno como por faltas cometidas, sino que dio cuenta de sus actos sin rebajarse.
Dijo, en efecto, a César que había tenido grandísima amistad con Antonio y que había hecho todo cuanto estuvo en su poder para que el poder quedara en manos de aquel; que no había participado en la campaña por estar ocupado con los árabes, pero que le había enviado dinero y grano. Y que aun esto era menos de lo que debía haber hecho: pues quien se reconoce amigo y sabe que el otro es su bienhechor debe compartir el peligro con toda su alma, su cuerpo y su hacienda —y en eso él había obrado menos de lo debido. Pero al menos tenía la buena conciencia de haber obrado bien en no abandonar a Antonio ni siquiera tras la derrota de Accio, ni haber pasado con las esperanzas cuando ya visiblemente cambiaba la fortuna, sino haberse conservado, si no como aliado bastante, al menos como el más hábil consejero de Antonio, indicándole la única causa de que pudiera salvarse y no caer de su poder: eliminar a Cleopatra.
«Pues, muerta ella de antemano, le quedaba a él gobernar los asuntos, y le sería más fácil hallar un acuerdo contigo que la enemistad. Nada de esto meditó él, y con perjuicio suyo, pero en provecho tuyo, prefirió la insensatez. Ahora bien, si por tu cólera contra Antonio juzgas también mi lealtad, no negaré lo hecho ni me avergonzaré de declarar a las claras mi afecto por aquel. Pero si, apartando la persona, examinas quién soy yo para con mis bienhechores y qué clase de amigo, podrás conocernos por la prueba de lo ya ocurrido; pues, cambiado el nombre, no por eso valdrá menos entre nosotros la firmeza misma de la amistad.»
Diciendo tales cosas y mostrando por completo la nobleza de su alma, atrajo no poco a César, que era hombre magnánimo y espléndido, hasta el punto de que las mismas causas de las acusaciones se le volvieron ya en fundamento de su afecto por él. Le restituyó la diadema y, exhortándolo a mostrarse hacia él no menos que antes lo había sido hacia Antonio, lo colmó de honores, añadiendo que también Quinto Didio le había escrito que Herodes le había prestado con todo empeño ayuda contra los gladiadores.
Estimado de tan gran acogida y viendo, contra sus esperanzas, que de nuevo desde el principio se le confirmaba el reino más firmemente por donación de César y decreto de los romanos —lo cual aquel gestionó para su seguridad—, escoltó a César hacia Mitsraim, obsequiándolo por encima de sus posibilidades, a él y a sus amigos, y mostrando toda magnanimidad. Pidió también que Alejandro, uno de los íntimos de Antonio, no sufriera nada irreparable; pero no lo consiguió, pues César estaba ya ligado por un juramento.
Regresó de nuevo a Judea con mayor honor y libertad, y causó asombro a quienes esperaban lo contrario, como quien de los peligros sacaba siempre, por la benevolencia de Dios, algo más brillante. Al punto se ocupó del recibimiento de César, que estaba a punto de invadir Mitsraim desde Siria. Y cuando llegó, lo recibió en Ptolemaida con toda la pompa real, y ofreció también a la tropa dones de hospitalidad y abundancia de provisiones. Se contaba entre los más adictos, cabalgando junto a César mientras este ordenaba sus fuerzas, y agasajándolo a él y a sus amigos con ciento cincuenta hombres de servicio adiestrados en todo para el lujo y la opulencia.
Les proporcionó también, al atravesar la región sin agua, el abastecimiento de lo urgente, de modo que no faltase ni vino ni agua —lo que más necesitaban los soldados. Y al propio César lo obsequió con ochocientos talentos, e hizo que todos advirtieran que en sus servicios mostraba algo mucho mayor y más espléndido que el reino que poseía. Esto lo acreditó aún más en fe de su afecto y buena voluntad, y le reportó grandísimo provecho al ajustar su magnanimidad a la necesidad del momento. Y cuando de nuevo regresaban de Mitsraim los principales, no se mostró inferior a ninguno en los servicios.
Cómo Herodes mató a Sohemo y a Mariamna, y después a Alejandra y a Costobaro, y a sus amigos más íntimos, y por último también a los hijos de Baba
Entonces, sin embargo, al hallarse en su reino, encontró revuelta su casa y en malos términos a su mujer Mariamna y a la madre de esta, Alejandra. Pues, creyendo —como era de sospechar— que no las habían puesto en aquella plaza por seguridad de sus personas, sino como en prisión, sin poder de disponer ni de los demás ni de sí mismas, lo llevaban a mal. Y Mariamna suponía que el amor del rey no era sino una ficción y un engaño urdido en provecho de él, y se dolía de que, si algo grave le sucedía a Herodes, no le quedara a ella esperanza de vivir por su causa; y recordaba las instrucciones dadas a Yosef, de suerte que ya se ganaba con halagos a los guardianes, y sobre todo a Sohemo, sabiendo que en él estaba todo.
Sohemo, al principio, era fiel y no descuidaba nada de lo que Herodes le había encargado; pero, como las mujeres lo cortejaban con palabras y regalos cada vez más insistentes, fue cediendo poco a poco y al fin les reveló todas las instrucciones del rey, sobre todo por no esperar ya que este volviera con el mismo poder; en lo cual creía además que, escapando del peligro que de él le venía, haría no pequeño favor a las mujeres, quienes, según lo probable, no perderían su dignidad presente, sino que aun tendrían más con qué recompensarlo, ya reinando ellas mismas, ya quedando cerca del que reinara. Y no menos lo animaba pensar que, aun si Herodes regresaba habiéndolo logrado todo a su gusto, este en nada podría contradecir a su mujer si ella algo quería; pues sabía que el amor del rey por Mariamna era mayor de lo que se puede decir.
Cuando Sohemo, cediendo a esto, le reveló las instrucciones, Mariamna lo oyó con pesar, viendo que no habría para ella término de los peligros que le venían de Herodes; y quedó en tal disposición que rogaba que a él no le tocara suerte igual, juzgando insoportable la vida a su lado si él regresaba. Y esto lo dejó ver después, sin ocultar en nada su sentimiento.
Pues él, habiendo arribado tras grandes éxitos alcanzados contra toda esperanza, primero, como era natural, a su mujer le anunciaba estas buenas nuevas, y solo a ella, entre todas, por el amor y la intimidad que con ella tenía, la abrazaba con predilección. Pero a ella, al referirle él sus prosperidades, le ocurría dolerse más que alegrarse, y no le era posible ocultar su sentimiento. Antes bien, por altivez y por la nobleza que la sobraba, ante sus abrazos gemía, y ante sus relatos mostraba fastidio más que compartir la alegría, de modo que aquello, no solo sospechoso sino manifiesto, turbaba a Herodes.
Se afligía, en efecto, viendo el desmedido odio de su mujer hacia él, sin disimulo alguno; le pesaba el asunto y, sin poder soportar su amor, no permanecía ni en la ira ni en la reconciliación, sino que, pasando siempre de lo uno a lo otro, en ambos extremos se hallaba en gran perplejidad. Así, cogido en medio entre el odio y el amor, y muchas veces dispuesto a castigar su altanería, por estar su alma cautiva se volvía demasiado débil para apartar de sí a aquella mujer. En suma, aunque de buena gana la habría castigado, temía que, muerta ella, sin advertirlo se cobraría de sí mismo un castigo mayor.
Al ver la hermana y la madre que él estaba así respecto de Mariamna, juzgaron haber hallado el mejor momento para su odio contra ella, y con sus habladurías azuzaban no poco a Herodes con calumnias capaces de infundir a la vez odio y celos. Él ni oía a disgusto tales palabras, ni se atrevía a hacer algo contra su mujer, como quien confiaba en ella; pero cada vez estaba peor con ella, y su pasión se encendía en respuesta, pues ni ella ocultaba su disposición, ni él dejaba de mudar siempre el amor en ira.
Y en seguida se habría cometido alguna cosa irreparable; pero, anunciándose que César vencía en la guerra y que, muertos Antonio y Cleopatra, se había apoderado de Mitsraim, apresurándose a salir al encuentro de César, dejó los asuntos de su casa tal como estaban. Al partir él, Mariamna le presentó a Sohemo y le manifestó mucho agradecimiento por su cuidado, y le pidió al rey para él un mando de distrito. Y aquel obtuvo el honor.
Herodes, hallándose en Mitsraim, conversó con César con mayor franqueza, ya como amigo, y fue estimado de grandísimas mercedes: pues le regaló cuatrocientos de los gálatas que habían sido guardia de Cleopatra, y le devolvió la tierra que por causa de ella le había sido quitada. Añadió además a su reino Gádara, Hipos y Shomrón, y del litoral Gaza, Antedón, Yafo y la Torre de Estratón.
Logrado también esto, se hizo más ilustre; y escoltó a César hasta Antioquía. Él mismo, al regresar, cuanto veía crecer su prosperidad por lo de fuera, tanto padecía en lo doméstico, y sobre todo en lo tocante a su matrimonio, en el cual antes parecía más afortunado; pues sentía por Mariamna un amor no menor que ninguno de los que se cuentan, y con justicia. Ella, en lo demás, era casta y fiel para con él, pero tenía algo a la vez femenino y áspero por naturaleza, y abusaba a placer de quien estaba esclavizado por el deseo; sin tener en cuenta que era otro el que reinaba y la dominaba, muchas veces se comportó con él de manera insolente, y él lo sobrellevaba con entereza, disimulándolo, y aun magnánimamente. Y a las claras se burlaba de la madre y de la hermana por su bajo linaje y las denostaba, de suerte que ya había entre las mujeres discordia y odio implacable, y por entonces también mayores calumnias.
Y la sospecha, alimentándose, se prolongó por espacio de un año desde que Herodes regresó de junto a César. Al fin, lo que desde hacía tiempo se venía fraguando estalló, dándose esta ocasión: recostándose el rey para descansar, siendo el mediodía, llamó a Mariamna por el cariño que siempre le tenía. Ella entró, mas no se recostó, y, despreciando su deseo, lo injurió, reprochándole que había dado muerte a su padre y a su hermano.
Como él llevara a mal aquel ultraje y estuviera pronto a la temeridad, la hermana del rey, Salomé, advirtiendo el creciente alboroto, envió al copero —de tiempo atrás preparado— mandándole decir que Mariamna lo había persuadido a componerle un filtro amoroso para el rey. Y si aquel se turbaba y preguntaba qué era eso, debía decir que se trataba de un veneno que ella tenía y a él le rogaba administrar; pero, si no se conmovía por lo del filtro, debía dejar caer el asunto, pues ningún peligro le acarreaba. Instruido así de antemano, en aquel momento lo envió a hablar.
El copero entró con aire persuasivo y a la vez con presteza, diciendo que Mariamna le había hecho regalos y lo instaba a darle al rey un filtro. Turbado con esto y preguntando qué filtro era, dijo que un veneno que ella le había dado, cuya virtud él mismo no conocía, y que por eso había juzgado más seguro para él y para el rey denunciarlo. Al oír Herodes tales palabras, y estando ya de antes mal dispuesto, se irritó aún más, y sometió a tormento al eunuco, que era el más fiel a Mariamna, para averiguar lo del veneno, sabiendo que sin él no era posible que se hubiese hecho nada, ni mayor ni menor.
Puesto el hombre en el tormento, nada podía decir de aquello por lo que era atormentado; pero dijo que el odio de la mujer hacia él nacía de las palabras que Sohemo le había referido. Aún estaba diciendo esto, cuando el rey, con un gran grito, exclamó que Sohemo, que en todo el demás tiempo le había sido fidelísimo a él y al reino, no habría traicionado sus instrucciones de no haber ido más allá en su trato con Mariamna.
Y en seguida mandó prender y matar a Sohemo. En cuanto a su mujer, le concedió un juicio: reuniendo a sus más íntimos, presentó con empeño la acusación acerca de los filtros y venenos de las calumnias. Estuvo desmedido en su discurso y más airado de lo que convenía a un juicio; y al fin, los presentes, viéndolo en tal estado, votaron su muerte. Emitida la sentencia, le vino sin embargo a él y a algunos de los presentes la idea de no matarla tan precipitadamente, sino recluirla en alguna de las fortalezas del reino. Pero las gentes de Salomé se empeñaron en quitar de en medio a aquella mujer, y persuadieron más al rey aconsejándole que se guardara de las turbulencias de la multitud si ella quedaba con vida. Así, pues, Mariamna era conducida a la muerte.
Alejandra, al comprender la situación —y que poca esperanza le quedaba de no correr ella misma la misma suerte a manos de Herodes—, mudó de actitud de modo contrario a su primer atrevimiento y muy indecoroso. Pues, queriendo aparentar que ignoraba los cargos por los que su hija estaba presa, se abalanzó e injurió a Mariamna a la vista de todos, gritando que se había vuelto una mala mujer, ingrata con su marido, y que sufría un castigo justo por haberse atrevido a tales cosas —pues no había correspondido como debía al bienhechor de todos ellos.
Mientras Alejandra representaba así, de forma indecente, esta comedia, atreviéndose incluso a tirarle del cabello, muchos —como era de esperar— reprobaron su impropia farsa; pero quien más la puso en evidencia fue la propia condenada. Porque no le dirigió palabra alguna ni se turbó ante aquel arrebato; solo la miró, y dejó ver que, por grandeza de ánimo, le dolía la falta y sobre todo el que su madre se degradara de manera tan manifiesta. Ella misma marchó a la muerte con semblante sereno y sin que se le mudara el color del rostro, mostrando su nobleza sin equívoco, aun en el trance final, a cuantos la contemplaban.
Así murió aquella mujer, dotada como la que más para el dominio de sí y para la grandeza de alma. Le faltaba, eso sí, la mesura, y había en su carácter demasiado espíritu de porfía; en cambio, en hermosura de cuerpo y en la dignidad de su trato superaba a las mujeres de su tiempo más de lo que puede decirse. De ahí venía, en buena parte, que no viviera de manera grata al rey ni conforme a su gusto: como era cortejada por el amor de él y no temía de él ningún mal, se tomaba una libertad de palabra sin medida. Le dolían también los agravios hechos a los suyos, y creía tener derecho a reprocharle todo aquello, tal como lo había padecido. Al final consiguió con ello que se le volvieran enemigas la madre y la hermana del rey, y el rey mismo, el único de quien confiaba no recibir daño alguno.
Muerta ella, la pasión del rey se encendió aún más. Ya antes hemos mostrado cómo era: su amor por ella no era sereno ni de esos que nacen de la costumbre, sino que había comenzado con arrebato, y ni la excesiva franqueza de la convivencia logró que dejara de acrecentarse sin cesar. Entonces pareció acometerlo con más fuerza, como por una especie de venganza divina por la muerte de Mariamna. Una y otra vez la llamaba a voces; una y otra vez rompía en llanto indecoroso. Ideaba cuanto pudiera servirle de distracción —banquetes y reuniones—, y nada de esto le bastaba. Descuidó, pues, el gobierno del reino, y de tal modo lo vencía el dolor que llegó a ordenar a sus criados que llamaran a Mariamna, como si aún viviera y pudiera responder.
Estando así las cosas, sobrevino una peste que se llevó a la mayor parte del pueblo y a los más honrados de sus amigos, y dio a todos motivo para sospechar que aquello había caído sobre ellos por castigo divino, a causa del crimen cometido contra Mariamna. Esto empeoró todavía más al rey. Al fin, retirándose a los desiertos y atormentándose en ellos con el pretexto de la caza, no habían pasado muchos días cuando cayó en una dolencia gravísima. Consistía en una inflamación, un dolor en la nuca y una perturbación de la mente. Ninguno de los remedios lograba aliviarlo; al contrario, obrando en su daño, lo llevaban a la desesperación. Los médicos que lo asistían, viendo que la enfermedad no cedía en nada a los remedios que aplicaban, y que el rey no podía llevar otro régimen que el que la violencia del mal le imponía, resolvieron concederle todo cuanto se le antojara, confiando a la fortuna la escasa esperanza de salvación que quedaba en la libertad de ese régimen. Y de este modo se curaba en Shomrón, la llamada Sebaste.
Alejandra, que residía en Yerushaláyim y se enteraba de su estado, se afanó por hacerse con las fortalezas de la ciudad. Eran dos: una de la ciudad misma, y otra del Templo. Quienes las dominaban tenían en su mano a toda la nación, pues sin ellas no podían celebrarse los sacrificios, y no cumplir estos resultaba imposible para cualquier judío, dispuestos como estaban a entregar antes la vida que el culto que acostumbran rendir a Dios. Así que Alejandra se dirigió con sus palabras a los que custodiaban aquellas plazas: convenía —les decía— entregárselas a ella y a los hijos de Herodes, no fuera que, si él moría, algún otro se adelantara a apoderarse del poder; y si sanaba, nadie las guardaría con más seguridad que sus propios parientes. No recibieron con agrado tales palabras; al contrario, fieles ya de antes, se mantuvieron entonces aún más firmes, por odio a Alejandra y por juzgar impío darlo por perdido mientras Herodes viviera. Eran amigos suyos desde tiempo atrás, y uno de ellos, Aquiab, era incluso primo del rey.
Sin tardanza enviaron a informarle del propósito de Alejandra. Él, sin dilación alguna, ordenó darle muerte. En cuanto a sí mismo, apenas y con gran padecimiento había escapado de la enfermedad; quedó de ánimo agrio y quebrantado en cuerpo y alma, propenso al malhumor, y por cualquier motivo recurría con más presteza al castigo de quienes caían en sus manos. Dio muerte también a sus amigos más íntimos: Costobaro, Lisímaco, el Antípatro llamado Gadias y, además, Dosíteo, por la causa que sigue.
Costobaro era de linaje idumeo, de los de más alta dignidad entre ellos, y de antepasados que habían ejercido el sacerdocio de Koze —dios que los idumeos veneran. Cuando Hircano había hecho pasar el régimen de aquel pueblo a las costumbres y leyes de los judíos, Herodes, al recibir el reino, nombró a Costobaro gobernador de Idumea y de Gaza, y le dio por esposa a su hermana Salomé —tras haber dado muerte a Yosef, que la había tomado antes, como ya hemos referido. Costobaro, alcanzada de buen grado y contra toda expectativa semejante fortuna, se envaneció con ella y poco a poco se fue extralimitando. No le parecía digno de sí obedecer las órdenes de Herodes mientras este mandara, ni justo que los idumeos, que habían adoptado las costumbres de los judíos, siguieran bajo su dominio. Y envió mensaje a Cleopatra, alegando que Idumea había pertenecido siempre a los antepasados de ella, y que por eso era justo pedir aquella tierra a Antonio; él, por su parte, estaba dispuesto a pasar su lealtad a Cleopatra. Obraba así no porque le agradara más estar bajo el poder de Cleopatra, sino porque pensaba que, si a Herodes se le arrancaba buena parte de su dominio, le sería fácil hacerse por sí mismo con el mando del pueblo idumeo y llegar aún más lejos. Iba, en efecto, más allá con sus esperanzas, pues contaba con no pocos recursos de linaje y de riqueza —amasada con una codicia sin escrúpulos— y no maquinaba nada pequeño.
Cleopatra, pues, pidió aquella tierra a Antonio, pero no lo consiguió. Las palabras de Costobaro llegaron a oídos de Herodes, quien, aunque dispuesto a matarlo, cedió sin embargo a los ruegos de su hermana y de su madre, lo dejó vivir y lo tuvo por digno de perdón; pero en adelante no lo miró libre de sospecha, por aquella intentona.
Pasado algún tiempo, sucedió que Salomé riñó con Costobaro y al punto le envió un escrito por el que disolvía el matrimonio, cosa contraria a las leyes de los judíos. Pues entre nosotros esto le está permitido al varón, pero no a la mujer, que ni separada puede volver a casarse por su cuenta si el marido anterior no lo consiente. Pero Salomé, prefiriendo no la ley de los suyos, sino la del poder, rompió antes la convivencia y dijo a su hermano Herodes que había abandonado a su marido por lealtad hacia él, pues había sabido que Costobaro, junto con Antípatro, Lisímaco y Dosíteo, aspiraba a un cambio de régimen. Y como prueba de sus palabras adujo a los hijos de Sabas: que este los tenía a salvo desde hacía ya doce años. Así era en efecto, y la noticia produjo en el rey gran turbación, por inesperada, y tanto más lo conmovió cuanto más sorprendente le resultó. Pues lo tocante a los hijos de Sabas había querido antes castigarlo, por haberle sido hostiles en su empresa; pero luego, con el paso del tiempo, se le había ido de la memoria.
La enemistad y el odio hacia ellos nacían de esto: cuando Antígono ocupaba el trono, Herodes sitiaba con sus tropas la ciudad de los habitantes de Yerushaláyim, y, por la presión de los males que agobian a los sitiados, eran ya mayoría los que reclamaban a Herodes y volvían hacia él sus esperanzas. Pero los hijos de Sabas, hombres de dignidad y poderosos ante el pueblo, seguían fieles a Antígono; no cesaban de difamar a Herodes y de exhortar a la gente a conservar para sus reyes el mando que les venía de su propia estirpe. En este sentido obraban, juzgándolo además conveniente para sí. Cuando la ciudad fue tomada y Herodes se hizo dueño de la situación, Costobaro, encargado de cerrar las salidas y vigilar la ciudad para que no escaparan de ella los ciudadanos endeudados o los que hacían política contraria al rey, sabedor de que los hijos de Sabas gozaban del aprecio y la estima de todo el pueblo, y pensando que preservarlos sería para él una gran baza ante los vaivenes de la fortuna, los ocultó a escondidas y los escondió en sus propias fincas. Y entonces —pues había corrido ya la sospecha de la verdad— aseguró a Herodes bajo juramento que nada sabía acerca de ellos, y se libró de toda sospecha. Pero más tarde, cuando el rey publicó edictos y recompensas para el delator y discurrió toda clase de pesquisas, Costobaro no llegó a confesar; al contrario, como al principio lo había negado y estaba convencido de que descubrirlos ahora no le saldría impune, se aferró a mantenerlos ocultos —ya no solo por afecto, sino también por necesidad. Cuando su hermana le reveló todo esto, el rey mandó a los lugares donde se había denunciado que se ocultaban, y dio muerte a aquellos y a los acusados con ellos, de suerte que no quedó nada del linaje de Hircano y el reino quedó por entero en su mano, sin que nadie de rango se le interpusiera en sus atropellos.
Cómo diez de los ciudadanos de Yerushaláyim conspiraron contra Herodes por las prácticas extranjeras que había introducido, transgresión de las leyes de su país; y sobre la construcción de Sebaste y Cesarea y otras edificaciones de Herodes
Por esto se apartó todavía más de las costumbres patrias y, con usos extranjeros, fue corrompiendo poco a poco el antiguo orden, que hasta entonces había permanecido intacto. De ahí nos vino, y no pequeño, un daño también para el tiempo posterior, al descuidarse cuanto antes movía a la piedad a las multitudes. En efecto, instituyó primero un certamen atlético quinquenal en honor de César, y edificó un teatro en Yerushaláyim, y luego, en la llanura, un anfiteatro enorme: ambos vistosos por su lujo, pero ajenos a la costumbre de los judíos, pues ni el uso de tales cosas ni la exhibición de semejantes espectáculos nos han sido transmitidos.
La celebración de aquellos juegos quinquenales la llevó a cabo con el mayor esplendor, anunciándola a los pueblos vecinos y convocando a gente de toda nación. Atletas y demás competidores acudían de todas las tierras, atraídos por los premios ofrecidos y por la gloria de la victoria, y se reunieron los más destacados en cada disciplina. Pues ofrecía premios cuantiosísimos no solo a los del ejercicio gimnástico, sino también a los cultivadores de la música y a los llamados artistas de la escena; y puso gran empeño en que acudieran a la competición todos los más renombrados. Estableció además no pequeñas recompensas para las cuadrigas, las bigas y los caballos de silla, e imitó cuanto en cada pueblo se cultivaba por su magnificencia o solemnidad, ambicioso de que la exhibición le diera renombre.
El teatro estaba rodeado en todo su contorno de inscripciones de César y de trofeos de las naciones que aquel había conquistado en guerra, todos labrados para él en oro puro y plata. En cuanto al aparato, no había nada tan precioso —ni en vestiduras ni en engastes de piedras preciosas— que no se mostrara junto con los espectáculos ofrecidos. Hubo también una provisión de fieras: leones en gran número reunidos para él, y otras bestias, ya de fuerza descomunal, ya de las más raras por su especie. Se organizaban luchas de estas fieras entre sí, y combates contra ellas de hombres condenados: para los extranjeros, asombro a la vez por el gasto y deleite por los peligros del espectáculo; pero para los del país, manifiesta ruina de las costumbres que ellos tenían por sagradas. Pues parecía a las claras impío arrojar hombres a las fieras para gozo de otros hombres que miraban, e impío también trocar sus usos por prácticas extranjeras. Pero más que nada les dolían los trofeos, pues, creyendo que aquellas figuras cubiertas de armas eran imágenes —cosa cuyo culto no les venía de los padres—, se indignaban sin medida.
Su agitación no le pasó inadvertida a Herodes; y, juzgando inoportuno emplear la fuerza, habló con algunos y los consoló, tratando de quitarles aquel escrúpulo religioso. Pero no logró convencerlos; al contrario, molestos por lo que creían una falta suya, clamaban a una que, aunque todo lo demás les pareciera soportable, no tolerarían imágenes de hombres en la ciudad —refiriéndose a los trofeos—, pues no era cosa de sus padres. Herodes, viéndolos alterados y difíciles de apaciguar si no recibían algún consuelo, llamó al teatro a los más notables de ellos y, mostrándoles los trofeos, les preguntó qué les parecía que eran aquello. Cuando ellos gritaron «¡Imágenes de hombres!», mandó despojarlos del ornato removible y les mostró la madera desnuda. Y una vez desmantelados, fueron al punto motivo de risa; y mucho contribuyó a disipar su enojo el darse cuenta de que antes habían tomado por verdaderas imágenes lo que no eran sino simples armazones.
Habiendo desbaratado así a la multitud y disipado el arrebato que la ira les había provocado, la mayoría quedó de tal ánimo que se aplacó y dejó de irritarse. Pero algunos persistían en su rechazo de aquellas prácticas inusitadas, y, teniendo por principio de grandes males la abolición de lo patrio, juzgaron cosa piadosa arriesgarlo todo antes que consentir, mientras se les mudaba el modo de vida, en mirar impasibles cómo Herodes imponía por la fuerza lo que no era de costumbre —rey de nombre, pero de hecho enemigo declarado de toda la nación. A partir de esto, diez ciudadanos se conjuraron para afrontar cualquier peligro, ocultando dagas bajo los mantos. Estaba con ellos, en la conjura, un hombre ciego —movido por la indignación de cuanto oía—, uno de los que habían perdido la vista; no porque pudiera obrar o hacer nada en el atentado, sino ofreciéndose de antemano a padecer, si algún mal les sobrevenía también a ellos, para que su presencia diera a los conjurados un impulso nada escaso.
Tomada esta resolución, a una señal convenida marcharon al teatro, esperando que ni el mismo Herodes escaparía si le caían encima por sorpresa, y creyendo que, aun si no lo alcanzaban a él, matarían a muchos de los suyos. Y con eso les bastaba, aunque hubieran de morir: hacer que el propio rey reparara en los ultrajes que parecía infligir al pueblo. Ellos, pues, apostados de antemano, estaban llenos de tal decisión. Pero uno de los que Herodes tenía encargados de husmear y denunciar estas cosas, habiendo descubierto todo el complot, se lo reveló al rey cuando este iba a entrar en el teatro. Y él —pues no juzgó inverosímil la delación, atendiendo al odio que sabía que le tenía la mayoría y a los tumultos que surgían a propósito de cada una de sus disposiciones— se retiró al palacio y fue llamando por su nombre a los acusados.
Cuando los guardias se les echaron encima y los sorprendieron en flagrante, comprendieron que no podían escapar, pero engalanaron el forzoso desenlace de su muerte no cediendo un ápice de su ánimo. Pues, sin turbarse ni negar el hecho, mostraron las dagas —ya en manos ajenas— y declararon que su conjura había sido noble y piadosa, no por lucro alguno ni por pasiones propias, sino, ante todo, por las costumbres comunes, que a todos conviene o guardar o morir por ellas. Tras hablar así con franqueza del designio de su conjura, se los llevaron rodeados por los hombres del rey y, después de soportar toda clase de tormentos, fueron ejecutados. No mucho después, unos individuos, arrebatando por odio al delator, no solo lo mataron, sino que, descuartizándolo miembro a miembro, lo arrojaron a los perros. Muchos ciudadanos vieron lo ocurrido y ninguno lo denunció, hasta que Herodes, llevando la pesquisa con más encono y saña, hizo torturar a algunas mujeres, que confesaron lo que habían visto hacer. Los autores fueron castigados: el rey persiguió su temeridad hasta con sus familias enteras.
Pero la constancia de su padecer y la firmeza indómita de su lealtad a las leyes le hicieron ver a Herodes que no lo tendría fácil si no dominaba con toda seguridad; y resolvió cercar al pueblo por todos lados, para que ninguna sublevación de los revoltosos pudiera manifestarse. Así, teniendo asegurada la ciudad con el palacio en que residía, y el Templo con la solidez de la fortaleza que lo dominaba —la llamada Antonia, construida por él—, concibió una tercera plaza fuerte contra todo el pueblo: Shomrón, a la que dio el nombre de Sebaste. Pensaba que con ello fortificaría aquel lugar no menos frente al país —pues distaba de Yerushaláyim una jornada de camino y resultaba útil y de provecho común tanto para los de la ciudad como para los del campo—. Y para toda la nación edificó una fortaleza, antes llamada la torre de Estratón, y bautizada por él Cesarea. Y en la gran llanura, tras asignar un terreno a la caballería escogida de su guardia, fundó una colonia lindante con Galilea, llamada Gaba, y en Perea la Esebonítide.
Estas cosas, pues, las iba ideando siempre punto por punto en aras de la seguridad, y, repartiendo a toda la nación en guarniciones, buscaba que lo menos posible se lanzaran a desórdenes por licencia —a los que, al menor movimiento, recurrían sin cesar— y que no pasaran inadvertidos ni aunque intentaran algo, pues siempre había apostados cerca hombres capaces de enterarse y de impedirlo. Por entonces, decidido a amurallar Shomrón, se aplicó a poblarla con muchos de los que habían combatido a su lado en las guerras y con muchos de los pueblos vecinos, tanto por la ambición de levantar una ciudad nueva —que antes de él no figuraba entre las notables— cuanto, sobre todo, porque su afán perseguía su propia seguridad. Le cambió el nombre, llamándola Sebaste, y repartió entre los pobladores la comarca colindante, que era excelente, para que se establecieran de golpe en la abundancia. Rodeó la ciudad con una muralla recia, aprovechando lo escarpado del terreno para hacerla inexpugnable, y abarcó un perímetro que ya no era, como al principio, pequeño, sino tal que no cedía a ninguna de las ciudades más renombradas: eran veinte estadios. En el interior, y hacia el centro, reservó un recinto sagrado de tres medios estadios, adornado de todas las maneras, y en él erigió un templo que, por tamaño y belleza, se contaba entre los más insignes; y en cada una de sus partes engalanó la ciudad por entero, atendiendo a la necesidad de la seguridad —al hacerla, con la solidez de sus murallas, una fortaleza a gran escala— y a la vez a la hermosura, como quien, por amor a lo bello, quiere dejar a la posteridad monumentos de su generosidad.
Sobre el hambre que asoló Judea y Siria; y cómo Herodes, tras casarse con otra mujer, reconstruyó Cesarea y otras ciudades griegas
Ahora bien, en aquel año, el decimotercero del reinado de Herodes, sobrevinieron al país calamidades gravísimas, ya por castigo de Dios, ya porque la desgracia sobreviniera así, por ciclos naturales. Pues primero hubo sequías continuas y, por ello, la tierra quedó estéril, sin brotar siquiera lo que de suyo debía dar; luego, al alterarse la alimentación por la escasez de víveres, se impusieron las enfermedades del cuerpo y ya una peste, encadenándose sin tregua unos males con otros. Pues la falta de remedios y de alimento agravó todavía más la peste, que ya había prendido con fuerza; y la muerte de cuantos así perecían privaba de todo ánimo a los que quedaban, ya que, por más cuidado que pusieran, no podían hacer frente a la penuria. Arruinadas las cosechas de aquel año y agotadas las que antes se habían almacenado, ninguna esperanza buena quedaba; al contrario, como era de temer, el mal arreciaba —y no solo aquel año—, de modo que nada les restaba, y hasta la simiente de lo que sobraba se perdió, pues la tierra no dio fruto por segunda vez.
Y la necesidad, apremiada por las carencias, hizo discurrir muchos recursos. Y sucedió que los apuros no eran menores para el propio rey, privado de los tributos que percibía de la tierra y habiendo gastado su dinero en el afán con que remozaba las ciudades. No había nada que pareciera digno de servir de remedio, pues el mal se había adelantado a todo; y crecía el odio hacia él entre sus súbditos, pues la desdicha inclina siempre a echar la culpa a los que gobiernan. En tal trance meditaba cómo socorrer la coyuntura; pero era difícil, pues ni los vecinos tenían grano que vender —habiendo padecido ellos no menos— ni había dinero, aun si hubiera sido posible conseguir poco a costa de mucho. Con todo, juzgando que por ningún motivo debía desatender el socorro, mandó fundir cuanto adorno de plata y oro había en su palacio, sin perdonar ni el esmero de la factura ni cosa alguna de valor por su arte.
Y envió el dinero a Mitsraim, donde Petronio había recibido de César el gobierno de la provincia. Este —como no pocos habían acudido a él por las mismas necesidades, y siendo además amigo personal de Herodes y deseoso de salvar a los suyos— le concedió antes que a nadie sacar el grano, y colaboró en todo lo tocante a la compra y al embarque, de suerte que gran parte, o el todo, de aquel socorro se debió a él. Pues Herodes, al llegar estos abastecimientos, tomándolos como punto de partida y añadiendo su propio esmero, no solo cambió el ánimo de los que antes le eran hostiles, sino que dio una muestra grandísima de su benevolencia y de su tutela. Pues primero, a cuantos podían por sí mismos procurarse el sustento, les repartió el grano, haciendo el reparto con la mayor exactitud; luego, como eran muchos los que por vejez o por alguna otra debilidad no estaban en condiciones de prepararse los alimentos, cuidó de ellos poniendo panaderos y proporcionándoles la comida ya lista. Se ocupó también de que no pasaran el invierno entre peligros, pues se había sumado la falta de ropa, destruido y por completo consumido el ganado, de modo que no había ni lana que usar ni otros abrigos. Provisto también de esto, se dispuso a extender los beneficios a las ciudades vecinas, distribuyendo simiente entre los de Siria. Y esto le aprovechó no menos, pues su favor acertó a redundar en abundancia, de suerte que los víveres bastaron para todos.
En suma, cuando asomó la siega sobre los campos, envió a la comarca no menos de cincuenta mil personas, a las que él mismo había alimentado y sostenido; y de este modo, habiendo levantado con todo empeño y celo su reino, tan maltrecho, alivió no menos a los pueblos de alrededor que se hallaban en iguales padecimientos. Pues no hubo nadie que, acudiendo a él en su necesidad, se quedara sin hallar auxilio conforme a su condición. Antes bien, pueblos y ciudades, y de los particulares cuantos caían en la indigencia por tener que mantener a muchos, refugiándose en él, alcanzaron lo que precisaban. De suerte que, echando la cuenta, las medidas de grano entregadas fuera de su reino ascendieron a diez mil coros —y un coro equivale a diez medimnos áticos—, y las repartidas dentro del reino mismo a unos ochenta mil.
Este cuidado suyo y la oportunidad de su favor cobraron tal fuerza entre los propios judíos y tal fama entre los demás, que los viejos odios suscitados por su alteración de algunas costumbres desaparecieron de su reino y de toda la nación, y se mostró como compensación su magnificencia en el socorro de las mayores desdichas. Le vino también renombre de fuera, y parece que las penalidades que le sobrevinieron —mayores de lo que puede decirse—, aun habiendo dañado el reino, no poco contribuyeron a su buena fama; pues, mostrando contra toda expectativa su grandeza de alma en medio de las carencias, ganó a la mayoría, de modo que, desde su origen, no lo juzgaron ya según la experiencia de lo pasado, sino según el cuidado que, unido a la necesidad, había desplegado.
Por aquel tiempo envió también a César, como tropa auxiliar, quinientos hombres escogidos de su guardia personal, a los que Elio Galo condujo al mar de los Juncos, y que le fueron de mucho provecho. Luego, prosperando de nuevo sus asuntos en aumento, edificó un palacio en torno a la ciudad alta, levantando salas de enorme tamaño y guarneciéndolas con el más costoso adorno de oro, piedra e incrustaciones —cada una de ellas capaz de acoger a muchísimos hombres—, con sus proporciones y sus nombres: pues a una la llamó de César y a otra de Agripa. Contrajo además matrimonio, movido por un deseo amoroso y sin más miramiento que el de vivir a su propio gusto. El comienzo de estas bodas fue así.
Había un tal Shimón, de Yerushaláyim, hijo de un Boeto alejandrino, sacerdote entre los de renombre; y tenía una hija tenida por la más hermosa de entonces. Y como corría de ella mucha fama entre los de Yerushaláyim, primero se conmovió Herodes por lo que oía; y cuando, al verla, lo cautivó la lozanía de la muchacha, desechó del todo la idea de valerse de su poder, sospechando —y era cierto— que se le tacharía de violento y tiránico; y le pareció mejor tomar a la joven en matrimonio. Y como Shimón era de condición demasiado humilde para emparentar con él, pero demasiado principal para ser despreciado, procuró satisfacer su deseo del modo más honroso, elevándolos y haciéndolos más dignos de estima. Al punto, pues, quitó a Yeshúa, hijo de Fabí, el sumo sacerdocio, e instaló a Shimón en aquella dignidad, y concertó con él el enlace.
Celebradas las bodas, construyó además una fortaleza en los parajes donde había vencido a los judíos, en el tiempo en que, caído Hircano del poder, Antígono regía los asuntos. Esta fortaleza dista de Yerushaláyim unos sesenta estadios; es por naturaleza recia y la más apta para edificar. Cerca se alza una colina de considerable altura, hecha por mano de hombre, de suerte que su contorno tiene forma de pecho; está jalonada de torres circulares y posee una subida empinada, construida con doscientos peldaños de piedra pulida. Dentro hay estancias reales suntuosas, dispuestas a la vez para la seguridad y el ornato. En torno a la base del cerro hay edificaciones dignas de verse —entre otras, la de la conducción de las aguas, pues aquel lugar carecía de ellas—, hecha a lo largo de un gran trecho y con numerosos dispendios. Y las partes llanas de alrededor se poblaron como una ciudad que a ninguna cede, teniendo el cerro por acrópolis del resto del caserío.
Habiéndole salido todo conforme a lo que esperaba, ya no abrigaba temor alguno de tumultos dentro del reino mismo, pues tenía sometidos a sus súbditos por dos caminos: por el miedo a un hombre implacable en los castigos y por la solicitud que se le veía mostrar, magnánimo en las adversidades. Se rodeó asimismo de la seguridad exterior, haciendo también de ella una suerte de baluarte frente a sus gobernados; pues trataba con las ciudades de manera afable y humana, y cortejaba a los dinastas con dádivas oportunas a cada uno, con lo que agrandaba sus favores, y tenía una grandeza de ánimo connatural, propia de la realeza, de modo que todo le prosperaba en todo, avanzando sus asuntos siempre a más. Pero, por su ambición en este sentido y por el afán con que agasajaba a César y a los más poderosos de los romanos, se veía forzado a apartarse de las costumbres y a falsear muchas de las leyes, fundando ciudades por afán de gloria y erigiendo templos —no en la tierra de los judíos. Pues no lo habrían consentido, estándonos prohibidas semejantes cosas, como venerar imágenes y figuras de forma modelada al modo griego; pero la tierra de fuera y sus contornos los edificaba de este modo. Ante los judíos se disculpaba diciendo que no obraba así por su cuenta, sino por orden y mandato; ante César y los romanos, que no atendía tanto a sus propias costumbres cuanto al honor de ellos. Pero, en realidad, todo lo enderezaba a sí mismo, o ambicionaba dejar a los venideros mayores monumentos de su reinado. De ahí que se lanzara a la restauración de las ciudades e hiciera en ello los mayores gastos.
Y habiendo reparado, junto al mar, en un paraje idóneo como el que más para acoger una ciudad —el antes llamado torre de Estratón—, acometió la obra con magnificencia en su trazado y, levantando el conjunto con edificios no de cualquier modo, sino de piedra blanca, lo engalanó con palacios suntuosísimos y con moradas para la vida ciudadana. Pero lo más grande, y lo que más trabajo costó, fue un puerto resguardado del oleaje, del tamaño del Pireo, con fondeaderos interiores y amarraderos secundarios, admirable por su fábrica, ya que el lugar mismo no ofrecía condiciones para obra tan magna, sino que se llevó a término con materiales traídos de fuera y a costa de muchos dispendios. Pues la ciudad se halla en Fenicia, en la ruta de cabotaje hacia Mitsraim, entre Yafo y Dora —villas costeras estas de mal fondeadero, a causa de los vientos del suroeste que, arrastrando siempre la arena del mar hacia la playa, no permiten atracar, de suerte que las más veces los mercaderes han de quedar fondeados mar adentro, sobre anclas.
Remediando esta desventaja del litoral y trazando el contorno del puerto tan amplio como bastara para que grandes flotas fondearan cerca de tierra, hizo hundir en el fondo, hasta veinte brazas de profundidad, piedras descomunales. Las más medían cincuenta pies de largo, no menos de dieciocho de ancho y nueve de fondo; unas mayores y otras menores. El malecón que echó mar adentro llegaba hasta doscientos pies. La mitad de él se adelantaba contra el rompiente, para quebrar allí el oleaje que se enroscaba y estrellaba —se lo llamaba el antemural—; el resto lo ceñía una muralla de piedra jalonada de torres. De ellas, la mayor se llama Drusión —obra en verdad hermosa—, que tomó su nombre de Druso, hijastro de César, muerto joven. Se construyeron bóvedas como alojamientos continuos para los marineros, y ante ellas un ancho desembarcadero coronaba en círculo todo el puerto, paseo gratísimo para quien quisiera. La entrada y bocana se abrieron hacia el norte, el más despejado de los vientos. En la base de todo el recinto, a la izquierda de quienes entraban navegando, se alzaba una torre cimentada para resistir con firmeza a lo largo; a la derecha, dos grandes bloques de piedra, erguidos y trabados entre sí, mayores que la torre del lado opuesto.
En torno al puerto, formando círculo, había una construcción de piedra pulidísima, viviendas seguidas; y en medio, un montículo sobre el que se levantaba un templo de César, visible desde lejos para los que entraban navegando, y una estatua, una de Roma y otra de César. Y la ciudad misma se llama Cesarea, dotada del más bello material y de la más bella fábrica. Las partes que hay debajo de ella —cloacas y galerías subterráneas— no exigieron menos trabajo que los edificios levantados encima. De ellas, unas van a intervalos regulares al puerto y al mar, y una, transversal, las ciñe a todas, de modo que tanto las lluvias como los desechos de los habitantes se evacúan con facilidad, y el mar, cuando empuja desde fuera, fluye por dentro y baña toda la ciudad por debajo. En ella construyó también un teatro y, detrás, al sur del puerto, un anfiteatro capaz de acoger a un gran gentío y situado a propósito para mirar hacia el mar. Así se acabó la ciudad en doce años, sin que el rey desfalleciera en los trabajos ni escatimara en los gastos.
Cómo Herodes envió a sus hijos a Roma; cómo también fue acusado por Zenodoro y los gadarenos, pero quedó absuelto de aquello de que lo acusaban y se ganó además la buena voluntad de César; y sobre los fariseos, los esenios y Menajem
En medio de tales prosperidades, y estando ya Sebaste convertida en ciudad, resolvió enviar a Roma a sus hijos Alejandro y Aristóbulo, para que se presentaran ante César. Cuando llegaron, se alojaron en casa de Polión, uno de los hombres más empeñados en la amistad de Herodes; pero también se les permitió hospedarse en la casa misma de César, pues este recibió a los muchachos con toda benevolencia. Y concedió a Herodes la facultad de confirmar el reino a aquel de sus descendientes que quisiera, y le dio además un territorio: el Tracón, Batanea y la Auranítide. Se lo entregó por la siguiente razón.
Cierto Zenodoro tenía arrendada la casa de Lisanias. Como las rentas no le bastaban, mantenía bandas de salteadores en el Tracón y así sacaba mayores ingresos, pues habitan aquellos parajes hombres que viven de la desesperación, que saqueaban las tierras de los damascenos; y Zenodoro ni los contenía, sino que él mismo participaba de las ganancias. Los vecinos, que sufrían mucho, clamaban ante Varrón, entonces gobernador, y le pedían que escribiera a César sobre la injusticia de Zenodoro. Elevado el asunto, César respondió por escrito que se extirparan las bandas de salteadores, y asignó el territorio a Herodes, pensando que, gracias a su diligencia, los del Tracón ya no molestarían a los vecinos.
Pues no era fácil refrenar a hombres que habían hecho del bandidaje una costumbre y no tenían de qué vivir por otra parte: no poseían ciudades ni tierras de labranza, sino refugios bajo tierra y cuevas, y una vida en común con sus ganados. Habían ingeniado además depósitos de agua y provisiones de grano preparadas de antemano, capaces de sostenerlos largo tiempo ocultos. Las entradas son estrechas, de modo que se pasa de uno en uno, pero el interior está labrado increíblemente amplio y espacioso. El suelo por encima de las viviendas no es alto, sino como a ras de tierra. Todo es roca dura y difícil de transitar, salvo que se siga un sendero con guía; pues ni siquiera esos senderos van rectos, sino que se retuercen en muchas vueltas. Cuando se les impidieron sus fechorías contra los vecinos, volvieron el bandidaje unos contra otros, de suerte que no quedó forma de crimen sin cometer. Herodes, recibida de César esta merced y entrado en la región con guías expertos, puso fin a los malhechores y dio a los de alrededor una paz sin temor.
Zenodoro, disgustado primero por la pérdida de la provincia, y más aún por la envidia de que Herodes hubiera recibido el mando, subió a Roma a acusarlo; pero regresó sin haber logrado nada. Fue enviado Agripa como lugarteniente de César para las tierras más allá del Jonio. Herodes se encontró con él, que invernaba cerca de Mitilene —pues era amigo suyo muy íntimo y familiar—, y luego regresó a Judea.
Algunos gadarenos acudieron a Agripa a acusar a Herodes, y él, sin darles siquiera audiencia, los envió encadenados al rey. También los árabes, que desde antiguo miraban con malos ojos el gobierno de Herodes, se habían agitado e intentaban sublevarle entonces los asuntos, y con un pretexto que, según creían, era más razonable. Pues Zenodoro, desesperando ya de su causa, se había adelantado a venderles una parte de la provincia, la Auranítide, por cincuenta talentos. Como esta estaba comprendida en la donación de César, disputaban alegando que se les despojaba injustamente, ya con incursiones y por la fuerza, ya recurriendo a pleitos. Ganaban además para su causa a los soldados pobres y descontentos, siempre alentando esperanzas y dispuestos a la revuelta, que es lo que más agrada a quienes les va mal en la vida. Herodes, aunque conocía desde tiempo atrás estas maquinaciones, no procedía con hostilidad, sino que con prudencia apaciguaba los disturbios, sin querer dar ocasión a ellos.
Cuando ya iba corriendo el año decimoséptimo de su reinado, César llegó a Siria. Entonces la mayoría de los habitantes de Gádara clamaron contra Herodes, tachándolo de opresor en sus mandatos y de tiránico. Se atrevían a esto sobre todo porque Zenodoro los instigaba y calumniaba a Herodes, y les había dado juramentos de que no cejaría hasta arrancarlos por completo del reino de Herodes y agregarlos a la administración de César. Persuadidos por esto, los gadarenos armaron un clamor no pequeño, con la osadía de que ni siquiera los entregados por Agripa habían sido castigados, pues Herodes los había soltado sin hacerles ningún mal; que si algún otro era difícil de aplacar en las ofensas propias, era magnánimo en perdonar a quienes faltaban contra lo ajeno.
Acusándolo, pues, de ultrajes, rapiñas y demoliciones de templos, Herodes, imperturbable, estaba dispuesto a defenderse; y César lo trataba con afabilidad, sin cambiar en nada su benevolencia por el alboroto de la multitud. El primer día se expusieron los alegatos sobre estos asuntos, pero en los siguientes no siguió adelante el juicio; pues los gadarenos, viendo la inclinación del propio César y del consejo, y previendo lo que era verosímil —que serían entregados al rey—, por miedo al castigo, unos se degollaron aquella noche, otros se arrojaron desde lo alto, y otros, echándose al río, se dieron voluntariamente la muerte. Esto pareció una condena de su temeridad y su culpa; por lo cual César, sin más demora, absolvió a Herodes de las acusaciones. A lo ya sucedido se sumó otra fortuna nada pequeña: Zenodoro, rotas las entrañas y perdiendo mucha sangre en su enfermedad, murió en Antioquía de Siria.
César dio también a Herodes su porción, que no era pequeña, la que estaba entre el Tracón y Galilea: Ulata, Paneas y la comarca circundante. Y lo incorporó a las atribuciones de los gobernadores de Siria, ordenando que todo se hiciera con el parecer de aquel. En suma, llegó a tal grado de fortuna que, aunque dos hombres regían entonces el imperio romano de tan gran magnitud —César y, después de él, Agripa—, César a nadie prefirió, después de Agripa, por encima de Herodes, y Agripa, después de César, daba a Herodes el primer lugar en su amistad.
Gozando de tanta libertad, pidió a César una tetrarquía para su hermano Feroras, y él mismo le asignó del reino una renta de cien talentos, para que, si algo le sucedía, los bienes de aquel quedaran seguros y no cayeran en poder de sus hijos. Tras acompañar a César hasta el mar, cuando este regresó, le levantó en la tierra de Zenodoro un templo hermosísimo de piedra blanca, cerca del lugar llamado el Paneion. Hay allí, en un monte, una cueva hermosísima, y bajo ella un desprendimiento de tierra y una sima escarpada e intransitable, llena de agua inmóvil; encima se alza un monte enorme, y bajo la cueva brotan las fuentes del río Yardén. A este lugar, ya muy señalado, lo engalanó aún más con el templo que consagró a César.
Entonces condonó también la tercera parte de los tributos a los de su reino, con el pretexto de que se repusieran de la esterilidad de la tierra, pero más bien para recuperar el favor de quienes le eran hostiles. Pues, por la ejecución de tales empresas —como si con ellas se disolviera su piedad y se trastocaran sus costumbres—, lo llevaban a mal, y de todos brotaban murmuraciones, siempre irritados y agitados. Él ponía gran cuidado también en esto: les quitaba las ocasiones y les ordenaba estar siempre entregados al trabajo. No se permitía reunión alguna a los de la ciudad, ni comunidad de paseo o de mesa, sino que todo se vigilaba. Y eran duros los castigos de los sorprendidos: muchos, abierta o secretamente, eran llevados a la fortaleza de Hircania y allí morían; y en la ciudad y en los caminos había quienes espiaban a los que se juntaban. Cuentan ya que ni él mismo descuidaba esta tarea, sino que muchas veces, tomando el aspecto de un particular, se mezclaba de noche entre la gente para tantear qué opinión tenían de su gobierno.
A los que se obstinaban del todo en no plegarse a sus disposiciones los perseguía por todos los medios; al resto del pueblo procuraba someterlo a fidelidad por medio de juramentos, y lo forzaba a comprometerse bajo juramento a mantenerle lealtad en su reinado. Los más cedían a lo que exigía, por adulación o por miedo; pero a los que hacían gala de altivez y llevaban a mal la coacción, los quitaba de en medio por todos los medios. Intentaba persuadir también a los del círculo de Polión el fariseo y de Sameas, y a la mayoría de sus discípulos, para que juraran; pero ellos ni accedieron ni fueron castigados como los que se negaron, pues hallaron consideración gracias a Polión.
Quedaron también libres de esta obligación los que entre nosotros se llaman esenios; es este un género de hombres que sigue un modo de vida como el que entre los griegos enseñó Pitágoras. Sobre estos trataré con más claridad en otro lugar. Pero vale la pena decir por qué causa honraba Herodes a los esenios, teniendo de ellos un concepto más alto que el que corresponde a la naturaleza mortal; pues el relato no parecerá impropio del género histórico al mostrar también la opinión que de ellos se tiene.
Hubo cierto esenio, de nombre Menajem, acreditado por la bondad de su conducta en todo lo demás y dotado por Dios del conocimiento anticipado del porvenir. Este, viendo a Herodes cuando aún era niño y acudía a la escuela, lo saludó como rey de los judíos. Herodes, creyendo que aquel lo ignoraba o se burlaba, le recordó que era un particular; pero Menajem, sonriendo con suavidad y dándole con la mano en las nalgas, le dijo: «Reinarás, sin embargo, y llevarás el gobierno con dicha, pues has sido juzgado digno por Dios. Y acuérdate de los golpes de Menajem, para que también esto te sirva de señal de los vaivenes de la fortuna. Pues el mejor pensamiento sería este: que amaras la justicia y la piedad hacia Dios, y la clemencia hacia tus conciudadanos; pero yo sé que no serás así, porque lo conozco todo. En fortuna aventajarás a todos y alcanzarás gloria eterna, pero olvidarás la piedad y la justicia. Y esto no pasará inadvertido a Dios: al término de tu vida se te recordará la ira que por ello merecerás.»
A esto, al principio, Herodes apenas prestó atención, pues le faltaba esperanza de tales cosas; pero, elevado poco a poco hasta el reinado y la prosperidad, en la cumbre de su poder mandó llamar a Menajem y le preguntó cuánto tiempo reinaría. Menajem no lo dijo todo; y como callaba, Herodes le preguntó además si habría diez años de reinado. Aquel respondió veinte y treinta, pero no puso término al plazo señalado. Herodes, contento aun con esto, despidió a Menajem con muestras de afecto, y desde entonces no dejó de honrar a todos los esenios. Estas cosas, aunque asombrosas, hemos querido exponerlas a nuestros lectores y dar noticia de las que ocurren entre nosotros, porque muchos, por tal bondad y por su experiencia de lo divino, son tenidos por dignos de semejante don.
Cómo Herodes reconstruyó el Templo y lo elevó más alto y lo hizo más magnífico de lo que antes era; y también acerca de aquella torre que llamó Antonia
Entonces, cumplido el año decimoctavo del reinado de Herodes, después de las hazañas ya referidas, emprendió una obra nada común: reconstruir por sí mismo el Templo de Dios, ampliar su recinto y levantarlo a una altura más digna, pensando que, de cuanto había hecho, esta obra sería —como en efecto fue— la más ilustre y bastaría para su recuerdo eterno. Pero, sabiendo que el pueblo no estaba dispuesto ni sería fácil de mover ante la magnitud de la empresa, juzgó oportuno prepararlo primero con un discurso antes de acometer la obra entera; y, convocándolos, les habló así:
«De lo demás que he realizado durante mi reinado, compatriotas, creo superfluo hablar. Con todo, se hizo de tal modo que a mí me trajo menor gloria y a vosotros mayor seguridad. Pues ni en las mayores dificultades descuidé lo que importaba a vuestras necesidades, ni en las construcciones busqué para mí más que para todos vosotros la protección; y creo que, con la voluntad de Dios, he llevado a la nación de los judíos a una prosperidad como nunca antes. Enumerar en detalle lo que se ha edificado en el país, y cuántas ciudades hemos levantado en él y en los territorios anexados, adornándolas con el más bello ornato para acrecentar nuestra estirpe, me parece ocioso, pues bien lo sabéis. Pero la empresa que ahora me dispongo a acometer, la más piadosa y hermosa que en nuestros días pueda realizarse, os la voy a revelar: este Templo lo edificaron a Dios altísimo nuestros padres tras el regreso de Bavel, pero le faltan, para su justa medida, sesenta codos de altura, pues en tanto lo superaba aquel primero que Shlomo construyó. Y que nadie condene por ello a nuestros padres como negligentes en la piedad: no fue por culpa de ellos que el Templo resultó menor, sino que estas medidas de la construcción las fijaron Ciro y Darío hijo de Histaspes, a quienes ellos y sus descendientes sirvieron como súbditos, y después de aquellos a los macedonios, sin tener ocasión de restituir aquel primer modelo de piedad a su antigua magnitud. Mas ahora que yo reino por voluntad de Dios, y hay larga paz, abundancia de riquezas y grandes rentas, y —lo más importante— son amigos míos y me favorecen los romanos, dueños, por así decir, de todo, intentaré reparar lo que la necesidad y la servidumbre del tiempo pasado descuidaron, y rendir a Dios plena piedad a cambio del reino que me ha tocado.»
Esto dijo Herodes, y su discurso dejó atónitos a los más, por lo inesperado. Lo increíble de la esperanza no los animaba, y se angustiaban temiendo que, tras derribar toda la obra, no le alcanzaran los recursos para llevar a término su propósito; y el peligro les parecía mayor, y la magnitud de la empresa, difícil de acometer. Estando ellos así dispuestos, el rey los animó, diciendo que no derribaría el Templo antes de tener preparado todo lo necesario para su terminación. Y no faltó a su palabra: pues, tras disponer mil carros que transportaran las piedras, escoger a diez mil de los obreros más expertos, comprar para mil sacerdotes otras tantas vestiduras sacerdotales, e instruir a unos como albañiles y a otros como carpinteros, dio comienzo a la obra, estando ya todo diligentemente preparado.
Removidos los antiguos cimientos y echados otros sobre ellos, levantó un Templo de cien codos de largo y de veinte codos más en altura, los cuales, al asentarse con el tiempo los cimientos, se hundieron; y en tiempos de Nerón habíamos resuelto elevarlos de nuevo. El Templo se construyó con piedras blancas y firmes, de unos veinticinco codos de largo cada una, ocho de alto y cerca de doce de ancho. Y todo él, como también el pórtico real, era más bajo a uno y otro lado y muy alto en el centro, de modo que se divisaba desde muchos estadios por los que habitaban la comarca, sobre todo si vivían enfrente o se acercaban. Las puertas de la entrada, con sus dinteles, de igual altura que el Templo, estaban adornadas con velos multicolores: flores de púrpura y columnas entretejidas. Por encima de ellas, bajo las cornisas, se extendía una vid de oro con racimos colgantes, asombro por su tamaño y su arte para quienes la veían, por la riqueza del material con que estaba hecha.
Rodeó todo el Templo con pórticos grandísimos, cuidando la proporción y superando los gastos de los anteriores, de suerte que ningún otro parece haber adornado así el Templo. Ambos estaban junto al muro, y el muro mismo era la obra mayor de que los hombres hayan oído hablar. Había una colina rocosa, en suave pendiente, que hacia las partes orientales de la ciudad se inclinaba hasta su cima más alta. A esta, nuestro primer rey Shlomo, por inspiración divina, la amuralló con grandes trabajos en torno a la cima por arriba, y la amuralló también por abajo, empezando desde la base, a la que rodea un profundo barranco, con piedras enormes unidas entre sí con plomo; iba ganando siempre parte del espacio interior y avanzando en profundidad, de modo que resultaba inmensa la magnitud de la construcción y su altura, hecha en forma cuadrangular, de suerte que las grandes piedras se veían de frente en la superficie, mientras que las de dentro, aseguradas con hierro, mantenían las junturas inmóviles por todo el tiempo. Ligada así la obra hasta lo alto de la colina, remató su cima, rellenó los huecos junto al muro y lo dejó al nivel de la superficie superior y liso. Tal era todo el recinto, con un perímetro de cuatro estadios, correspondiendo a cada ángulo un estadio de largo.
Más adentro de este, y junto a la propia cima, corría otro muro de piedra por arriba, que por el lomo oriental tenía un pórtico doble de igual largo que el muro, vuelto hacia las puertas del santuario, situado en medio. Este lo construyeron muchos reyes anteriores. En torno a todo el recinto sagrado estaban clavados despojos de guerra de los bárbaros, y todos ellos los consagró el rey Herodes, añadiendo cuantos había tomado también a los árabes.
Por el lado norte se había levantado una ciudadela angular, bien cercada, de notable solidez. La edificaron los reyes y sumos sacerdotes de la estirpe de los asmoneos, anteriores a Herodes, y la llamaron baris, porque allí guardaban la vestidura sacerdotal, que el sumo sacerdote solo viste cuando debe ofrecer sacrificio. El rey Herodes la conservó en aquel lugar, y tras su muerte quedó bajo los romanos hasta los tiempos de Tiberio César. En su tiempo, Vitelio, gobernador de Siria, visitó Yerushaláyim, y como el pueblo lo recibió con toda magnificencia, queriendo corresponder a su hospitalidad, cuando le pidieron tener la vestidura sagrada bajo su propia autoridad, escribió sobre ello a Tiberio César, y aquel lo concedió; y quedó el poder sobre la vestidura en manos de los judíos hasta que murió el rey Agripa. Después de él, Casio Longino, que administraba entonces Siria, y Cuspio Fado, procurador de Judea, mandaron a los judíos depositar la vestidura en la Antonia, pues los romanos debían ser sus dueños, como lo habían sido antes. Enviaron, pues, los judíos embajadores ante Claudio César para suplicar sobre esto. Habiendo subido ellos, el joven rey Agripa, que se hallaba en Roma, pidió al emperador esa potestad y la obtuvo, con orden dada a Vitelio, propretor de Siria. Antes estaba bajo el sello del sumo sacerdote y de los tesoreros; y un día antes de la fiesta, los tesoreros subían adonde el comandante de la guarnición romana y, reconociendo su propio sello, tomaban la vestidura. Luego, pasada la fiesta, la llevaban de nuevo al mismo lugar y, mostrando al comandante que el sello coincidía, la depositaban. Esto lo hemos referido a propósito de las desgracias sobrevenidas después.
Entonces, pues, el rey de los judíos Herodes, tras fortificar más aquella baris para seguridad y guarda del Templo, y por congraciarse con Antonio —amigo suyo y gobernante de los romanos—, la llamó Antonia. En las partes occidentales del recinto se alzaban cuatro puertas: una que conducía a los palacios, cruzando el barranco intermedio dispuesto como paso; dos que daban al arrabal; y la restante que llevaba al resto de la ciudad por muchos escalones, bajando hasta el barranco y volviendo a subir desde él hasta la subida; pues enfrente del Templo se extendía la ciudad, en forma de teatro, rodeada por un profundo barranco a todo lo largo de la vertiente sur. El cuarto frente, el que mira al mediodía, tenía también él puertas en el centro, y sobre él el pórtico real, triple, que se extendía a lo largo desde el barranco oriental hasta el occidental; pues no era posible prolongarlo más allá.
Era la obra más digna de mención de cuantas hay bajo el sol; pues, siendo grande el terraplén del barranco e insoportable de mirar si alguien se asomaba desde arriba al fondo, sobre él se alzaba la enorme altura del pórtico, de modo que, si alguien desde el borde de su techo sumaba ambas profundidades, se le nublaba la vista sin llegar a alcanzar la insondable hondura. Había columnas dispuestas en cuatro filas, unas frente a otras a lo largo, pues la cuarta fila estaba unida al muro de piedra; el grosor de cada columna era tal que tres hombres, juntando las manos, apenas podían abarcarla, y su altura de veintisiete pies, con doble base. El número total de sus capitales era de ciento sesenta y dos, labrados al estilo corintio con relieves que causaban asombro por la grandiosidad del conjunto. Siendo cuatro las filas, tres delimitaban los espacios intermedios de los pórticos. De estos, dos eran paralelos y hechos del mismo modo, con una anchura de treinta pies cada uno, un estadio de largo y más de cincuenta pies de alto; el del medio tenía vez y media de anchura y el doble de altura, pues sobresalía mucho por encima de los de uno y otro lado. Los techos estaban labrados en madera con relieves de muy variadas formas, y la altura del pórtico central se elevaba aún más, ceñida por un muro con frontón sobre los arquitrabes, provisto de columnas empotradas y todo pulido, de modo que resultaba increíble para quien no lo había visto y digno de asombro para quien lo contemplaba.
Tal era el primer recinto. En medio, a no mucha distancia, había un segundo, accesible por unos pocos escalones, rodeado por una balaustrada de piedra con una inscripción que prohibía entrar al extranjero, bajo pena de muerte. El recinto interior tenía, por los lados sur y norte, portales de triple hilera separados entre sí; y por donde salen los rayos del sol, uno solo, el grande, por el cual entrábamos los que estábamos purificados, junto con nuestras mujeres. Más adentro de este, el santuario era inaccesible a las mujeres. Y más adentro aún, un tercer recinto, donde solo a los sacerdotes les era lícito entrar. En él estaba el Templo, y delante de él, el altar sobre el cual ofrecíamos a Dios los holocaustos. En ninguno de estos tres entró el rey Herodes, pues le estaba vedado por no ser sacerdote. Se ocupó, en cambio, en las obras de los pórticos y los recintos exteriores, y estos los edificó en ocho años.
Como el Templo mismo fue construido por los sacerdotes en un año y cinco meses, todo el pueblo se llenó de alegría; y por la rapidez daban gracias primero a Dios, y luego, celebrando también la generosidad del rey, festejaban y aclamaban la reconstrucción. El rey sacrificó a Dios trescientos bueyes, y los demás cuantos según sus posibilidades, cuyo número no es posible decir, pues escapa a toda cuenta verídica. Pues coincidió que el plazo de la obra del Templo cayera en el mismo día del reinado del rey, que celebraban por costumbre, y de ambos resultó una fiesta señaladísima.
Se construyó también para el rey un pasadizo secreto, que iba desde la Antonia hasta el Templo interior, a la puerta oriental, sobre la cual le levantó además una torre, para poder subir a ella por los subterráneos, precaviéndose contra cualquier revuelta del pueblo contra los reyes. Se dice que en aquel tiempo, mientras se edificaba el Templo, no llovía de día, sino que las lluvias caían de noche, para no estorbar la obra. Este relato nos lo transmitieron nuestros padres, y no es increíble, si se atiende a las demás manifestaciones de Dios. Así, pues, se edificó de esta manera lo referente al Templo.