Libro decimosexto

Una ley de Herodes sobre los ladrones; Salomé y Feroras calumnian a Alejandro y Aristóbulo a su regreso de Roma, para quienes Herodes provee esposas

Empeñado en la administración general de los asuntos, el rey, deseoso de poner freno a las injusticias particulares que se cometían en la ciudad y en el campo, dictó una ley que en nada se parecía a las antiguas, y él mismo la sancionó: entregaba a los que perforaban muros —los ladrones que asaltan casas— para ser vendidos fuera del reino. Aquello no solo resultaba gravoso como castigo para los que lo sufrían, sino que encerraba además la abolición de las costumbres patrias. Pues ser esclavo de extranjeros que no tenían el mismo modo de vida, y verse forzado a hacer por necesidad cuanto aquellos mandaran, era una ofensa contra la religión, no un castigo de los reos; porque semejante pena había sido evitada en las leyes antiguas. En efecto, las leyes ordenaban que el ladrón restituyera el cuádruplo, y si no tenía con qué, que fuera vendido —pero no a extranjeros, ni de modo que padeciera esclavitud perpetua—, pues debía quedar libre al cabo de seis años. Que la pena, tal como entonces se fijó, fuera dura e ilegal, parecía cosa de soberbia, pues él había ideado el castigo no como rey, sino como tirano, y con desprecio de los intereses comunes de sus súbditos. Todo esto, que iba a tono con el resto de su conducta, era parte de las calumnias y del malestar contra él.

Por ese tiempo emprendió también la travesía a Italia, movido a la vez por encontrarse con César y por ver a sus hijos, que residían en Roma. César lo recibió con toda cordialidad y le devolvió a los muchachos —ya cumplida su formación en los estudios— para que los llevara a casa. Cuando llegaron de Italia, hubo entre las multitudes gran expectación por los jóvenes, que se hicieron notorios a todos: los realzaba la magnitud de la fortuna que los rodeaba y en su porte no desmerecían de la dignidad regia. Al punto se volvieron objeto de envidia para Salomé, la hermana del rey, y para quienes con sus calumnias habían acabado con Mariamna; pues estos temían que, si aquellos llegaban al poder, habrían de pagar por los agravios cometidos contra su madre. Así que trasladaron ese mismo motivo de temor a una calumnia contra ellos, inventando que no trataban de buena gana con su padre a causa de la muerte de la madre, como si ni siquiera fuera piadoso juntarse con el asesino de quien los había engendrado. Al llevar estas cosas desde la verdad hasta lo verosímil de la acusación, lograban dañar y arrebatar el afecto que él tenía a sus hijos; pues no se lo decían de frente, sino que esparcían tales palabras entre el resto de la gente. Y como de ahí iban llegando hasta Herodes, se le fue fraguando por lo bajo un odio que ni siquiera con el tiempo vencía la naturaleza misma.

Con todo, por entonces el rey, movido por un cariño de padre más fuerte que toda sospecha y calumnia, les concedió el honor que les correspondía y, ya que estaban en edad, los casó: a Aristóbulo con Berenice, la hija de Salomé, y a Alejandro con Glafira, la hija de Arquelao, rey de los capadocios.

Cómo Herodes navegó dos veces hacia Agripa, y cómo, ante la queja presentada en Jonia contra los griegos, Agripa confirmó a los judíos sus leyes

Arreglados estos asuntos, al enterarse de que Marco Agripa había vuelto a navegar desde Italia hacia Asia, se apresuró hacia él y le pidió que entrara en su reino y recibiera cuanto correspondía de un huésped y amigo. Y aquel, cediendo a su insistente ruego, vino a Judea, y Herodes no descuidó nada de cuanto pudiera agradarle: lo hospedó en las ciudades recién fundadas y, además de mostrarle las construcciones, le ofreció a él y a sus amigos todo goce de vida y magnificencia —en Sebaste y en Cesarea, junto al puerto que él mismo había construido, y en las fortalezas que había levantado a gran costo: el Alejandrión, el Herodión y la Hircania. Lo condujo también a la ciudad de los habitantes de Yerushaláyim, donde todo el pueblo salió a su encuentro con vestiduras de fiesta y recibió al varón entre aclamaciones. Agripa sacrificó a Dios una hecatombe y agasajó al pueblo con un banquete que en número no cedía a ninguno de los mayores. Él mismo, por lo que al placer toca, se habría quedado aún más días; pero la estación lo apremiaba, pues, entrando ya el invierno, no juzgaba segura la travesía para quien había de regresar por fuerza a Jonia.

Así pues, se hizo a la mar, después de que Herodes lo honrara con muchos regalos, a él y a los más señalados de su séquito. Y el rey, tras pasar el invierno en sus propios dominios, en primavera se apresuró a reunirse con él, sabiendo que tenía por delante la campaña contra el Bósforo. Navegando por Rodas y Cos, hizo escala, creyendo alcanzar a Agripa a la altura de Lesbos. Pero allí lo sorprendió un viento del norte que impedía zarpar a las naves. Se detuvo, pues, muchos días en Quíos, y a muchos de los que acudían a él los acogía con regalos regios. Y al ver caído un pórtico de la propia ciudad —derribado en la guerra Mitridática y que, por su tamaño y hermosura, no era fácil levantar de nuevo como los demás—, entregó dinero, tanto que no solo bastaba, sino que sobraba para acabar la obra, y les encargó que no lo dejaran así, sino que lo alzaran cuanto antes, devolviendo a la ciudad su propio ornato. Cuando el viento cesó, él mismo se dirigió a Mitilene y de allí a Bizancio; y al oír que Agripa había navegado ya más allá de las Cianeas, se apresuró tras él cuanto pudo. Y alcanzándolo en Sínope, en el Ponto, se lo vio llegar con sus naves de improviso, y su aparición fue bien recibida; hubo muchas muestras de afecto, pues parecía que Agripa había recibido la mayor prueba de la buena voluntad y del cariño de Herodes hacia él: el rey había cumplido tan larga travesía y no le había faltado en su necesidad, cosa que había antepuesto a dejar el gobierno y la administración de sus propios asuntos.

En todo caso, durante la campaña Herodes lo era todo para él: compañero de fatigas en los asuntos prácticos, consejero en los detalles, y grato también en los ratos de descanso; el único de todos que compartía las penas por afecto y los placeres por honra. Cuando quedaron rematados los asuntos del Ponto, para los que Agripa había sido enviado, ya no les pareció bien hacer el regreso por mar; sino que, atravesando la Paflagonia y la Capadocia, y de allí viajando por la Frigia mayor, llegaron a Éfeso, y de nuevo desde Éfeso cruzaron a Samos. Muchos fueron los beneficios que el rey dispensó en cada ciudad según las necesidades de quienes se le acercaban; pues él mismo no descuidaba nada de cuanto pudiera resolverse con dinero, corriendo con los gastos de su propio bolsillo, y hacía de intermediario en lo que algunos pedían a Agripa, y lograba que ninguno de los suplicantes se quedara sin lo suyo. Y como también Agripa era bueno y magnánimo para conceder cuanto era útil a los que se lo pedían, sin causar perjuicio a nadie, mucho contribuyó el empuje del rey, que lo animaba a los beneficios sin que Agripa se demorase. A los ilienses, en efecto, lo reconcilió con ellos; a los quiotas les saldó la deuda que tenían con los procuradores de César y los liberó de las contribuciones; y a los demás asistió a cada cual según lo que necesitaban.

Por entonces, hallándose ellos en Jonia, una gran multitud de judíos que habitaba en las ciudades se presentó, aprovechando la ocasión y la libertad de hablar, y expuso los agravios que padecían: no se les permitía regirse por sus propias leyes y se los obligaba a comparecer en juicio, por vejación de los magistrados, en días sagrados, y se les despojaba del dinero consagrado para Yerushaláyim, forzándolos a tomar parte en el servicio militar y en las cargas públicas, y a gastar en ello el dinero sagrado, del que siempre habían estado exentos, pues los romanos les habían permitido vivir conforme a sus propias leyes. Mientras clamaban de este modo, el rey dispuso que Agripa los escuchara alegar su causa, y encargó a un tal Nicolao, uno de sus amigos, que expusiera en su favor lo que era justo. Y habiendo tomado Agripa por asesores a los romanos que ocupaban cargos y a los reyes y dinastas que lo acompañaban, Nicolao se puso en pie y habló en favor de los judíos:

«Para todos los que se hallan en necesidad, oh grandísimo Agripa, es forzoso acogerse a quienes puedan librarlos de los agravios; pero a los que ahora acuden les asiste, además, la franqueza de hablar. Pues, habiendo obtenido antes de vosotros aquello que a menudo habían suplicado, piden ahora esto: que no se les arrebaten los favores por medio de vosotros mismos, que fuisteis quienes los concedisteis; y ello cuando los recibieron de aquellos que son los únicos con poder para darlos, y no se ven despojados por nadie superior, sino por gente que ellos saben ser súbditos igual que ellos, sometidos a vosotros del mismo modo. Y por cierto: si se los juzgó dignos de grandes mercedes, es alabanza de quienes las recibieron el haberse mostrado dignos de tanto; y si de pequeñas, es vergonzoso para los que las dieron no confirmar siquiera estas. Y quienes se ponen de por medio y tratan a los judíos con vejación, claro está que agravian a los dos: a los que recibieron las mercedes, si no los tienen por buenos, siendo así que los gobernantes dieron testimonio de ellos al concederles tales cosas; y a los que las otorgaron, si pretenden que sus favores queden anulados.

«Si alguien les preguntara de cuál de estas dos cosas preferirían verse privados —de la vida, o de las costumbres patrias, las procesiones, los sacrificios, las fiestas que ofrecen a los dioses que tienen por suyos—, bien sé que escogerían padecer cualquier cosa antes que abolir algo de lo heredado de sus padres. Pues, de hecho, la mayoría emprende guerras por esto mismo, guardándose de transgredirlas; y la felicidad de que ahora goza, gracias a vosotros, todo el género humano, la medimos por esto: por que a cada cual le sea posible, en su propia tierra, prosperar y pasar la vida honrando lo suyo. Esto, pues, que ellos mismos no querrían padecer, lo imponen por fuerza a otros, como si no fueran igualmente impíos, ya descuiden sus propios deberes sagrados hacia los dioses, ya destruyan sin piedad lo que es propio de otros.

«Consideremos ahora este otro punto: ¿hay pueblo, ciudad o nación alguna de hombres para la que el amparo de vuestro imperio y del poder romano no sea, por naturaleza, el mayor de los bienes? ¿Y querría alguien que las mercedes venidas de ahí quedaran sin valor? Nadie, ni aun estando loco; pues no hay quien no participe de ellas, en lo privado y en lo público. Y por cierto, quienes arrebatan algunas de las cosas que vosotros disteis no dejan nada seguro ni siquiera para sí mismos de cuanto tienen gracias a vosotros. Y en verdad ni siquiera es posible medir los favores de estos; pues, si sopesaran el antiguo reino y el dominio de ahora, aunque son muchas las cosas que este ha añadido a su dicha, por encima de todo basta con que ya no aparezcan como esclavos, sino como libres.

«Y nuestra situación, aun cuando nos va espléndidamente, no da motivo de envidia; pues por vosotros somos felices junto con todos, y solo hemos pedido participar de esta única cosa: conservar sin estorbo la piedad de nuestros padres —lo cual, en sí mismo, no parecería envidiable, y hasta digno de aprobación por parte de quienes lo conceden. Porque la divinidad, si se complace en ser honrada, se complace en quienes permiten honrarla; y de nuestras costumbres nada hay inhumano, sino que todas son piadosas y están consagradas con la justicia que nos es habitual. Ni ocultamos los preceptos que seguimos para la vida, como recordatorios de la piedad y del recto proceder humano; y el séptimo de los días lo dedicamos al aprendizaje de nuestras costumbres y de nuestra Torá, teniendo por bien que también estas sean, como cualquier otra disciplina, un estudio por el cual no erremos. Buenas son, pues, estas costumbres, si uno las examina en sí mismas, y antiguas para nosotros, aunque a algunos no se lo parezca; de suerte que hasta el respeto que les da su antigüedad es difícil de desaprender para quienes las han recibido y las guardan con piedad.

«De estas nos privan con vejámenes: destruyen el dinero que aportamos a Dios y que lleva su nombre, cometiendo a las claras un sacrilegio; nos imponen tributos y, en días de fiesta, nos arrastran a los tribunales y a otros asuntos —no por necesidad de los negocios, sino por vejar una religión de la que están al tanto—, movidos por un odio ni justo ni nacido de su propio criterio. Pues vuestro imperio, hecho uno solo sobre todos, vuelve eficaz la buena voluntad e ineficaz la mala en quienes prefieren esta a aquella. Esto, pues, pedimos, oh grandísimo Agripa: no ser maltratados, ni vejados, ni impedidos de vivir según nuestras costumbres, ni despojados de lo nuestro, ni forzados por esta gente en aquello en que nosotros no los forzamos a ellos; pues no solo es justo, sino que además nos fue concedido antes por vosotros. Y aún más: podríamos leer muchos decretos del Senado y las tablas depositadas en el Capitolio acerca de estas cosas, las cuales, es evidente, se otorgaron tras haberse probado nuestra lealtad hacia vosotros, y siguen en vigor aun cuando no nos hubierais otorgado el disfrute efectivo de nada.

«Pues casi que no solo a nosotros, sino a todos los hombres, tras conservarles lo que tenían y añadirles más de lo que esperaban, hacéis bien con vuestro dominio; y quien fuera repasando las venturas que cada cual disfruta gracias a vosotros haría interminable el discurso. Mas, para mostrar que con justicia alcanzamos todo esto, a nosotros, que hemos callado lo anterior, nos basta para hablar con franqueza con nombrar al que ahora reina sobre nosotros y está sentado a tu lado. ¿Qué muestra de afecto hacia vuestra casa ha dejado él de dar? ¿Qué lealtad le falta? ¿Qué honor no ha ideado? ¿Qué servicio no os mira a vosotros los primeros? ¿Qué impide, pues, que también nuestras mercedes se cuenten en el número de tantos beneficios?

«Y acaso convenga no dejar sin recuerdo el valor de su padre Antípatro, quien, cuando César invadió Mitsraim, acudió en su ayuda con dos mil hoplitas y no fue tenido por inferior a nadie, ni en los combates por tierra ni cuando hizo falta de naves. ¿Y qué falta hace decir cuánto peso aportaron en aquel trance, y de cuántos y cuáles dones los juzgó dignos César, uno por uno, cuando bastaría recordar las cartas que César escribió entonces al Senado, y cómo Antípatro recibió honores y ciudadanía por decreto público? Pues bastarán estas pruebas para mostrar que con razón poseemos nuestras mercedes y que a ti te pedimos su confirmación; a ti, de quien, aun cuando no se hubieran dado antes, cabía esperarlas, viendo la disposición del rey hacia vosotros y la vuestra hacia él.

«Nos cuentan los judíos de allí con qué benevolencia pusiste pie en el país, cómo ofreciste a Dios víctimas perfectas, honrándolo con votos perfectos, cómo agasajaste al pueblo con un banquete y aceptaste los presentes de hospitalidad que él te ofrecía. Pues todo esto debe tenerse, tanto de parte de una nación como de una ciudad hacia un varón que preside asuntos tan grandes, por prendas y señales de la amistad que dispensaste a la nación de los judíos, siendo el hogar de Herodes quien la procuraba. Recordándote esto, y al rey mismo, aquí presente y sentado contigo, no hemos pedido nada excesivo: solo que no consientas, cruzado de brazos, que otros nos arrebaten lo que vosotros mismos nos disteis.»

Cuando Nicolao hubo expuesto todo esto, no hubo réplica alguna por parte de los griegos; pues no trataban los asuntos planteados como en un tribunal, sino que aquello era, más bien, una súplica por los atropellos que se les infligían. Y aquellos no tenían defensa alguna para no obrar así, sino un pretexto: que los judíos, habitando su tierra, ahora los agraviaban en todo. Pero estos demostraban ser oriundos del lugar y que, al honrar lo suyo, vivían allí sin causar daño a nadie. Así pues, Agripa, viendo que se los violentaba, respondió así: que, por la buena voluntad y la amistad de Herodes hacia él, estaba dispuesto a concederles a los judíos cualquier cosa; que lo que pedían parecía justo también en sí mismo; de modo que, si necesitaban aún más, no vacilaría en otorgarles cuanto no dañara el imperio de los romanos. Pero, puesto que solo pedían que no quedara anulado lo que ya habían recibido antes, les confirmaba que siguieran, sin ser molestados, en sus propias costumbres. Dicho esto, disolvió la reunión. Y Herodes, que estaba a su lado, lo abrazó y le expresó su gratitud por la disposición que había mostrado hacia él. Y aquel, cordial también en esto, se comportó a la par, correspondiéndole con abrazos y saludos.

Y entonces se marchó; desde Samos, el rey decidió navegar de regreso a casa y, tras despedirse de Agripa, se hizo a la mar, y arriba a Cesarea pocos días después, al encontrar vientos propicios. Y desde allí, subiendo a Yerushaláyim, convocó una asamblea de todo el pueblo; había también una gran muchedumbre venida del campo. Y presentándose, dio cuenta de todo el viaje, y refirió lo tocante a los judíos —cuantos había por toda Asia—, y cómo, gracias a él, en adelante no serían molestados. Y en general, ufano por su prosperidad y por el gobierno de su reino, en el que nada de lo provechoso para ellos se descuidaba, les condona la cuarta parte de los tributos del año transcurrido. Y ellos, ganados a la vez por el discurso y por la merced, se fueron con grandísima alegría, deseando al rey, en sus votos, toda suerte de bienes.

Entretanto, la discordia de la casa iba siempre a más y cobraba un incremento cada vez más grave. Salomé había heredado, por así decir, el odio contra los jóvenes, y todo lo que había logrado contra la madre de ellos lo llevaba ahora hasta la insensatez y la osadía, empeñada en no dejar con vida a ninguno de los hijos de aquella que pudiera vengar la muerte de la que por su causa había perecido; y los propios jóvenes tenían algo de audaz y de malquerencia hacia su padre, tanto por el recuerdo de su madre —de lo que había padecido sin merecerlo— como por el deseo de reinar. Y de nuevo el mal se había vuelto semejante al de antes: injurias de aquellos contra Salomé y Feroras, y perfidias de estos contra los muchachos, y asechanzas urdidas con maña. Pues el odio era igual por ambas partes, pero no el modo de odiar. Los muchachos, por su inexperiencia, creyendo que era noble no disimular la ira, se lanzaban a insultar y reprochar en público; los otros, en cambio, no obraban así, sino que se servían de las calumnias con cálculo y malicia, provocando sin cesar a los jóvenes y confiando en que su audacia se tornaría violenta contra el padre. Pues el que no se avergonzaran de las faltas de su madre, ni creyeran que ella había padecido con justicia, no podía menos —decían— de llevarlos a castigar, incluso por su propia mano, al que tenían por culpable.

Al fin, pues, toda la ciudad se llenó de tales rumores y, como en las competiciones, se compadecía la inexperiencia de los jóvenes, pero prevalecía el afán de Salomé, que sacaba de aquellos mismos los pretextos para no mentir. Pues ellos, tan afligidos por la muerte de su madre —ya que Salomé hablaba mal de ella y de ellos—, se empeñaban en presentar como digno de lástima el fin de su madre, como en verdad lo era, y como dignos de lástima a sí mismos, forzados a convivir con sus asesinos y a compartir con ellos la misma mesa. Todo esto fue a más, pues la discordia halló ocasión propicia mientras el rey estaba ausente. Pero cuando Herodes regresó y se dirigió al pueblo, como ya dijimos, al punto le llegaron los rumores de parte de Feroras y de Salomé: que corría gran peligro por causa de los jóvenes, que amenazaban abiertamente con no consentir en dejar sin venganza el asesinato de su madre. Añadían aún que se apoyaban en las esperanzas puestas en Arquelao el capadocio, con la idea de que, por medio de él, llegarían hasta César y acusarían a su padre.

Herodes, al oír tales cosas, se turbó de inmediato, y quedó aún más consternado porque también algunos otros se lo referían. Volvió sobre su desdicha y, repasando lo primero, pensaba que ningún provecho había sacado ni de sus seres más queridos ni de la esposa a la que amaba, a causa de las turbaciones surgidas en su casa; y, teniendo por más pesado y mayor que aquello lo que ahora le sobrevenía, andaba con el alma trastornada. Pues, en verdad, la divinidad iba sumando a su fortuna muchísimos bienes, aun más allá de lo esperado, en los asuntos de fuera; pero en los de casa le sobrevenían las mayores desgracias, ni siquiera previstas, avanzando lo uno y lo otro como nadie habría imaginado y presentando una superioridad tan disputada que cabía dudar si valía más trocar tanta ventura en los asuntos externos por los males domésticos, o escapar de tamaña magnitud de desgracias en los suyos a cambio de no poseer las tan admiradas glorias del reino.

Turbado y en tal estado de ánimo, para abatir a los jóvenes, sacó a primer plano a otro hijo que le había nacido cuando aún era un particular, y a este parecía honrarlo; se llamaba Antípatro. No lo hacía como más tarde, cuando quedó por completo rendido a él y todo lo remitía a su persona, sino con la idea de quitar la osadía a los hijos de Mariamna, y más bien manejando la cosa para escarmiento de ellos. Pues la altanería no cabría en ellos si se convencían de esto: que la sucesión del reino no se les debía ni a ellos solos ni por fuerza. Por eso introducía a Antípatro como una especie de rival de reserva, creyendo que proveía con acierto y que, una vez sometidos los jóvenes, podría servirse en su momento de los mejores. Pero no resultó como lo había pensado; pues a los hijos les pareció que se había servido contra ellos de un agravio desmedido, y Antípatro, hombre de índole temible, desde que se atribuyó cierta libertad de palabra —fruto de una esperanza que antes no existía—, tuvo un solo propósito perverso: no ceder a sus hermanos la primacía, sino aferrarse al padre —ya enajenado por las calumnias y fácil de manejar para aquello a que él aspiraba—, para volverlo cada vez mucho más duro con los calumniados.

Así que los rumores no procedían solo de él, pues se guardaba de parecer que él en persona denunciaba tales cosas; antes bien, se valía de auxiliares insospechados y de gente que, por su afecto al rey, sería creída al hacerlo. Y ya eran más los que a la vez cortejaban a Antípatro por lo que esperaban de él y se ganaban a Herodes con la apariencia de decir tales cosas por buena voluntad. Y mientras estos conspiraban juntos, en muchas personas y con fidelidad de unos a otros, aún más se iban acumulando los pretextos que daban los propios jóvenes; pues a menudo había lágrimas por el ultraje de aquello que los deshonraba, e invocaciones de su madre, y se dieron a denunciar ya abiertamente, ante los amigos, que su padre era injusto; y todo esto, acechado con malicia por los de Antípatro y transmitido a Herodes con creces, iba avanzando y obraba no poca discordia en la casa. Pues el rey, irritado por las calumnias y deseoso de humillar a los hijos de Mariamna, concedía cada vez más a la dignidad de Antípatro, y al fin, vencido, hizo venir también a la madre de este, y, escribiendo a menudo a César en su favor, lo recomendaba en privado con mayor empeño. Y cuando Agripa subía a Roma, tras haber durado diez años su administración de Asia, Herodes, navegando desde Judea y saliéndole al encuentro, se llevó consigo a Antípatro solo y lo entregó para que fuera conducido a Roma, con muchos regalos, a fin de que se hiciera amigo de César; de suerte que ya todo parecía pender de aquel y que los jóvenes quedaban del todo apartados del poder.

Cómo, durante la estancia de Antípatro en Roma, Herodes llevó a Alejandro y Aristóbulo ante César y los acusó; la defensa de Alejandro ante César y su reconciliación con el padre

En cuanto a honor y a parecer el primero, todo le iba bien a Antípatro durante su ausencia; pues aun en Roma, como Herodes había escrito a todos sus amigos, era hombre señalado; pero le pesaba no estar presente ni poder, en el momento oportuno, calumniar sin descanso a sus hermanos, y temía sobre todo un cambio de su padre, no fuera que, por sí mismo, resolviera pensar con algo más de benevolencia respecto a los hijos de Mariamna. Con esto en la mente, no desistía de su propósito, sino que aun desde allí, cuantas veces esperaba apesadumbrar y exasperar a su padre contra sus hermanos, le escribía sin cesar —con el pretexto de estar en extremo angustiado por él, pero, en verdad, especulando, desde la malicia que tenía por índole, con una esperanza grande y que se sostenía por sí sola—, hasta que llevó a Herodes a tal punto de cólera y de maledicencia que, aun estando ya mal dispuesto hacia los jóvenes, y titubeando en entrar en semejante trance —para no errar ni por negligencia ni por precipitación—, juzgó mejor navegar a Roma y acusar allí a sus hijos ante César, y no permitirse nada que, por la magnitud de la impiedad, resultara sospechoso.

Y cuando subió a Roma, se dio el caso de que, apremiado por encontrarse con César, llegó hasta la ciudad de Aquileya; y entrando en conversación y pidiendo audiencia, por los graves males en que se creía desdichado, presentó a sus hijos y los acusó de insensatez y de conspiración: que, animados por la enemistad, se habían afanado por todos los medios en odiar a su propio padre, en quitarlo de en medio y en apoderarse del reino del modo más cruel; siendo así que él tenía de César la potestad de entregarlo —no forzado ni siquiera al morir, sino por su propio juicio— a quien se le mantuviera más piadoso. Mas para ellos no se trataba tanto del poder; antes bien, aun cuando se vieran privados de él y hasta de la vida, poco les importaba, con tal de poder dar muerte a su padre: tan salvaje e inmundo era el odio que se les había infiltrado en el alma. Y esta desdicha, que él arrastraba desde hacía largo tiempo, se veía ahora forzado a exponerla a César y a mancillarle los oídos con tales palabras.

Y con todo, ¿qué cosa dura habían padecido de su parte? ¿De qué le echaban en cara ser gravoso? ¿Cómo es posible y justo que el reino que él mismo adquirió con muchos afanes y peligros no le sea permitido poseerlo como dueño, conservarlo y darlo a quien lo merezca? Pues esto, junto con lo demás, lo propone como premio de la piedad para aquel que un día haya de cuidar de él, siendo tan grande la recompensa que se puede alcanzar. Y que ni siquiera es piadoso que ellos anden entrometiéndose en esto, es cosa clara; pues quien sin cesar cavila algo acerca del reino cuenta también con la muerte de quien lo engendró, ya que, sin ella, no hay otro modo de hacerse con el mando. Él, en cambio, cuanto corresponde a quienes viven bajo un rey y a los hijos de un rey, no había dejado de dárselo hasta el presente: ni ornato, ni servidumbre, ni regalo; antes bien, les había procurado las bodas más señaladas, casando al uno con la hija de su hermana, y a Alejandro con la hija del rey Arquelao. Y —lo mayor de todo— ni aun ante tales agravios había usado contra ellos la potestad que tenía, sino que los había traído ante el común bienhechor, César, y, despojándose de todo el poder que puede tener un padre ofendido o un rey del que se conspira, los había puesto ante él en igualdad de juicio; con todo, era menester que el culpable no quedara del todo impune, ni que él mismo siguiera viviendo entre los mayores temores; pues a ellos tampoco les aprovechaba, dado lo que habían tramado, seguir viendo el sol, si ahora escapaban, habiendo cometido —y habiendo de padecer— las mayores acciones de cuantas hay entre los hombres.

Todo esto imputó Herodes con pasión a sus hijos ante César. Y en los jóvenes, ya mientras él hablaba, había lágrimas y turbación; pero más cuando Herodes puso fin a su discurso: en su conciencia tenían la certeza de que el asunto quedaba fuera de semejante impiedad, pero sabían que era difícil de rebatir —como en efecto lo era— el que las calumnias las levantara su propio padre; pues ni siquiera resultaba decoroso un discurso de franca defensa, dada la ocasión, si habían de convencer, a cada paso por la fuerza y de golpe, de que su padre estaba en un error. Había, pues, una imposibilidad de poder hablar, y lágrimas, y al fin un gemido que movía más a compasión, pues temían parecer que se quedaban sin respuesta por remordimiento de conciencia, y no hallaban una defensa fácil, por su juventud y por la turbación que padecían. Pero César, mirándolos tal como estaban, comprendió que su silencio no venía de una conciencia demasiado monstruosa, sino que titubeaban por inexperiencia y por recato; y se hicieron dignos de lástima para los presentes, y conmovieron también a su padre, preso de un sentimiento verdadero.

Cuando advirtieron cierta benevolencia tanto de su padre como de César, y que también los demás —unos llorando con ellos, todos condoliéndose— se compadecían, uno de ellos, Alejandro, dirigiéndose a su padre, se puso a deshacer las acusaciones, y dijo: «Padre, tu buena voluntad hacia nosotros es manifiesta aun en este mismo juicio; pues no nos habrías traído, si algo grave hubieras pensado de nosotros, ante quien a todos salva; pues, aun teniendo potestad, como rey, y estando presente, como padre, para perseguir a los culpables, el traernos a Roma y poner a este por testigo era propio de quien quiere salvarnos; que nadie que se propone matar a alguien lo lleva a los santuarios y a los templos. Pero lo nuestro es ya peor; pues no soportaríamos seguir viviendo si se creyera que de tal modo hemos agraviado a un padre. Y acaso esto sea peor que morir: que, no cometiendo agravio alguno, vivamos bajo la sospecha de cometerlo. Si, pues, la franqueza diera con la palabra de la verdad, dichoso sería a la vez persuadirte a ti y escapar del peligro; pero si de este modo prevalece la calumnia, nos sobra el sol que ahora vemos, ¿pues para qué habríamos de mirarlo, cargando con la sospecha?

«Decir, en efecto, que ansiamos el reino es acusación cómoda contra jóvenes; y añadir la de nuestra desdichada madre basta para, a partir de la primera desgracia, fabricar la presente. Mas repara en si estas cosas no son comunes y no pueden decirse igualmente contra cualquiera; pues nada impedirá que, si un rey reinante tiene hijos jóvenes y muerta la madre de estos, todos parezcan sospechosos de conspirar contra su padre. Pero la sospecha no basta para tamaña impiedad. Que diga alguien si algo semejante ha sido osado por nosotros —eso a lo que hasta lo increíble suele cobrar crédito por medio de los hechos—. ¿Puede alguien probar una preparación de veneno, o una conjura de compañeros de nuestra edad, o el soborno de criados, o cartas escritas contra ti? Y, sin embargo, cada una de estas cosas, aun sin haber sucedido, alguna vez se ha inventado a partir de la calumnia; pues una casa que no está en concordia es cosa difícil en un reino; y el poder, que tú llamas premio de la piedad, a menudo viene a ser causa de esperanzas para los más perversos, esperanzas por las que no ponen freno alguno a su maldad.

«Nadie, pues, señalará delito nuestro; pero las calumnias, ¿cómo podría deshacerlas quien no quiere oír? Hablamos algo con franqueza. No contra ti —eso sería injusto—, sino contra quienes no callan ni siquiera lo que jamás se dijo. Uno de nosotros lloró a su madre. No porque haya muerto, sino porque, aun muerta, fue maldecida por quienes no lo merecían. ¿Codiciamos un poder que sabemos que tiene nuestro padre? ¿Con qué fin, si lo quisiéramos? Si tenemos honores de reyes, como en verdad los tenemos, ¿no sería afanarnos en vano? Y si no los tuviéramos, ¿acaso no cabría esperarlos? ¿O esperábamos hacernos con el reino tras quitarte a ti de en medio, nosotros, para quienes ni la tierra sería transitable ni el mar navegable después de semejante hazaña? ¿Y habría consentido la piedad y la religión de los súbditos de toda la nación que unos parricidas estuvieran al frente de los asuntos y entraran en el santísimo templo por ti edificado? ¿Y qué, aunque hubiéramos despreciado todo lo demás? ¿Podría quien te asesinara quedar impune viviendo César? Ni tan impíos ni tan insensatos engendraste a tus hijos, sino, quizá, más desdichados de lo que a ti te convenía.

«Mas, si no tienes cargos ni hallas conjuras, ¿qué te basta para dar crédito a tal impiedad? Nuestra madre ha muerto; pero lo tocante a ella no podía exasperarnos, sino más bien servirnos de advertencia. Podríamos defendernos más largamente; pero lo que no ha sucedido no admite razonamiento. Por lo cual, siendo César, señor de todo, el mediador de este trance, cerramos este pacto: si, a partir de la verdad misma, recobras hacia nosotros una disposición libre de sospecha, oh padre, viviremos —aunque ni aun así dichosos, pues terrible es una acusación falsa de grandes males. Pero si te queda algún recelo, permanece tú en tu propia piedad, y nosotros nos daremos cuenta a nosotros mismos. No nos es tan preciada la vida como para conservarla a costa de la injusticia de quien nos la dio.»

Mientras decía tales cosas, César, que ni siquiera antes había dado crédito a la magnitud de la calumnia, se mudó aún más y miraba sin cesar hacia Herodes, viéndolo también a él algo turbado; la inquietud había caído sobre los presentes, y el rumor, difundido por la corte, hacía del rey objeto de malquerencia. Pues lo increíble de la calumnia y la condición digna de lástima de los jóvenes, en la flor y hermosura de sus cuerpos, atraían el socorro; y aún más porque Alejandro había replicado al argumento con destreza y prudencia, ya no era el mismo su semblante, aunque seguían llorando y, cabizbajos, inclinados hacia el suelo, pero empezaba a asomar una esperanza mejor; y el rey, que parecía haber acusado con razón por no tener nada que demostrar, tenía necesidad de alguna disculpa. Y César, tras una breve pausa, dijo que los jóvenes, aun cuando parecían ajenos a la calumnia que se les hacía, en esto mismo habían errado: en no haberse mostrado tales para con su padre que no cupiera dar contra ellos razón alguna.

El [César] exhortaba a Herodes a desechar toda sospecha y reconciliarse con sus hijos, pues no era justo ni siquiera dar crédito a semejantes cosas contra su propia sangre. El arrepentimiento —le decía— podía no solo sanar lo ocurrido a ambas partes, sino avivar el afecto, ya que, al defender cada uno la precipitación de la sospecha, se esforzarían con mayor empeño en tratarse bien el uno al otro.

Con tales advertencias hizo una señal a los jóvenes. Y cuando ellos quisieron postrarse en súplica, el padre se les adelantó y, llorando, los abrazó y estrechó a cada uno por turno, de modo que ninguno de los presentes, libre o esclavo, quedó sin conmoverse.

Entonces, dando gracias a César, partieron juntos, y con ellos Antípatro, que fingía alegrarse de la reconciliación.

En los días siguientes Herodes obsequió a César con trescientos talentos, mientras este ofrecía espectáculos y repartos al pueblo de Roma; y César le concedió la mitad de las rentas de las minas de cobre de Chipre y la administración de la otra mitad, y lo honró además con hospedajes y alojamientos, y le otorgó potestad sobre el reino para nombrar sucesor a cualquiera de sus hijos que eligiera, o incluso repartir a cada uno una parte, de modo que el honor alcanzara a todos. Y como Herodes ya quería hacerlo de inmediato, César le dijo que no le permitiría, mientras viviese, desprenderse del poder sobre el reino y sobre sus hijos.

Con esto regresó de nuevo a Judea. Durante su ausencia, no pequeña parte de su dominio se sublevó —la comarca en torno al Tracón—, pero los generales que había dejado los sometieron y los obligaron a obedecer otra vez.

Herodes, navegando con sus hijos, al llegar a Cilicia, en Eleúsa —hoy llamada Sebaste—, encontró a Arquelao, rey de Capadocia, que lo recibió con afecto, complacido por la reconciliación de sus hijos y porque Alejandro, que tenía por esposa a la hija de Arquelao, había quedado libre de la acusación; y se dieron mutuamente los regalos propios de reyes.

Desde allí Herodes llegó a Judea y, presentándose en el Templo, habló de lo obrado durante su ausencia, refiriendo la benevolencia de César hacia él y todo lo demás que, hecho en detalle, juzgaba conveniente que también los otros conocieran. Concluyó su discurso con una amonestación a sus hijos, exhortando a los de la corte y al resto de la multitud a la concordia, y declarando que sus hijos serían reyes después de él: primero Antípatro, y luego los nacidos de Mariamna, Alejandro y Aristóbulo.

Por el momento, pedía a todos que pusieran los ojos en él y lo tuvieran por rey y señor de todos, pues ni la vejez lo estorbaba —al contrario, en ella tenía la mayor experiencia para el gobierno— ni le faltaban las demás cualidades capaces de regir un reino y mandar a los hijos. Y afirmaba que los comandantes y la tropa, si a él solo miraban, tendrían una vida tranquila y hallarían el uno del otro toda ocasión de dicha.

Dicho esto, disolvió la asamblea, habiendo hablado a gusto de la mayoría, aunque no de todos por igual; pues ya, con la rivalidad y las esperanzas que había dado a sus hijos, se habían removido muchas cosas, y no pocos aspiraban a novedades.

Cómo Herodes celebró los juegos que habían de repetirse cada cinco años al edificarse Cesarea; y cómo edificó y adornó otros muchos lugares con magnificencia y realizó gloriosamente muchas otras obras

Por este tiempo quedó terminada Cesarea Sebaste, que él edificaba: toda la construcción llegó a su fin en el décimo año, aunque el plazo previsto se prolongó hasta el vigésimo octavo año de su reinado, en la olimpiada centésima nonagésima segunda.

Hubo, pues, en seguida, para la consagración, grandes fiestas y preparativos de suma magnificencia. Había anunciado un certamen de música y de pruebas gimnásticas, y había dispuesto una gran cantidad de gladiadores y de fieras, carreras de caballos y los espectáculos más costosos de cuantos se practican en Roma y en otros lugares. Este certamen también lo dedicaba a César, habiéndolo dispuesto para celebrarlo cada cinco años; y César le envió desde sus propios recursos todo lo necesario para tales fiestas, realzando así su magnificencia. Y por su parte, Julia, la esposa de César, envió muchas de las cosas más costosas de allá, de suerte que nada faltase: todo, en conjunto, valorado en quinientos talentos.

Habiéndose reunido en la ciudad una gran muchedumbre para el espectáculo, junto con las embajadas que enviaban los pueblos por los beneficios que habían recibido, a todos los acogió con alojamientos, banquetes y fiestas continuas: la celebración tenía de día los deleites de los espectáculos, y de noche los regocijos y el lujo dispuesto para ello, de modo que se hizo notoria su magnanimidad. Pues en todo cuanto emprendía se afanaba por superar el despliegue de lo ya realizado antes; y dicen que el propio César y Agripa afirmaban muchas veces que el dominio de Herodes quedaba por debajo de la magnanimidad que había en él, pues era digno de tener el reino de toda Siria y de Mitsraim.

Tras esta celebración y las fiestas, levantó otra ciudad en la llanura llamada Kafarsabá, escogiendo un lugar bien regado y una tierra óptima para los sembrados, con un río que corría alrededor de la ciudad misma y un hermosísimo bosque que la rodeaba por la magnitud de sus árboles. La llamó Antipátrida, por su padre Antípatro. Y edificó también, arriba de Yerijó, una fortaleza que llevaba el nombre de su madre, notable por su seguridad y agradabilísima por sus alojamientos, y la llamó Cipros. A su hermano Fasael le consagró, por el cariño que le había tenido, los más bellos monumentos, alzando en la ciudad misma una torre no menor que la de Faros, a la que dio el nombre de Fasael: era a la vez parte de la seguridad de la ciudad y memoria del difunto por su nombre. Y fundó también una ciudad de su mismo nombre junto al valle de Yerijó, hacia el norte, con la cual hizo más productiva la comarca vecina, que era desierta, gracias al cuidado de sus habitantes. También a esta la llamó Fasaélide.

Los demás beneficios que dispensó a las ciudades de Siria, de Grecia y de cuantos lugares le tocó visitar en sus viajes es imposible enumerarlos, pues parece haber otorgado abundantemente muchas obras públicas, la construcción de edificios comunes y dinero para las obras que lo necesitaban, allí donde las anteriores se habían arruinado. De sus hechos, los mayores y más célebres: a los rodios les levantó el templo Pitio a sus propias expensas y les entregó muchos talentos de plata para la construcción de naves. A los nicopolitanos, cuya ciudad había fundado César junto a Accio, les edificó la mayor parte de los edificios públicos. A los antioquenos de Siria, que habitan una ciudad grandísima, atravesada a lo largo por una ancha avenida, esa misma calle la adornó con pórticos a ambos lados y pavimentó la vía descubierta con piedra pulida, con gran provecho para su ornato y para la comodidad de los habitantes. Y el certamen de Olimpia, que por falta de fondos se hallaba muy por debajo de su nombre, lo hizo más digno estableciendo rentas, y ennobleció la fiesta para los sacrificios y el demás ornato. Por esta liberalidad fue inscrito como presidente perpetuo de los juegos entre los eleos.

A muchos les sobrecoge asombro por lo divergente de su carácter. Pues cuando miramos las liberalidades y beneficios que prodigó a todos los hombres, no hay modo de que alguien, aun entre los menos honrados, niegue que tuvo una naturaleza sumamente benéfica. Pero cuando uno vuelve la vista a los castigos e injusticias que mostró contra sus súbditos y sus más allegados, y advierte la dureza y lo inflexible de su carácter, se verá forzado a juzgarlo bestial y ajeno a toda moderación. Por eso piensan que hubo en él un carácter contradictorio y en pugna consigo mismo. Yo, en cambio, no lo entiendo así, sino que supongo una sola causa para ambas cosas.

Pues siendo ambicioso y estando dominado con fuerza por esta pasión, se dejaba llevar a la magnanimidad allí donde caía la esperanza de una memoria futura o de un elogio presente. Pero, gastando por encima de sus fuerzas, se veía obligado a ser duro con sus súbditos, ya que lo mucho que gastaba en aquellos lo convertía en cobrador de males para con aquellos de quienes recibía. Y consciente de que, por las injusticias que hacía a sus súbditos, era odiado, no juzgaba fácil corregir sus faltas —pues tampoco convenía a las rentas—, sino que se enfrentaba a la propia hostilidad convirtiéndola en fuente de riqueza. En cuanto a los suyos, si alguno no lo halagaba de palabra confesando su sujeción, o parecía intentar algo contra su poder, no era capaz de dominarse, y arremetía por igual contra parientes y amigos, castigándolos como a enemigos, incurriendo en tales faltas por su afán de ser el único honrado.

Testimonio de esta pasión —de que era grandísima en él— es también lo que hacía en los honores a César, a Agripa y a los demás amigos: con lo mismo con que él honraba a los poderosos, con eso pretendía él a su vez ser honrado; y al ofrecer lo más hermoso de cuanto poseía, en el dar dejaba ver el deseo de obtener otro tanto. Pero el pueblo de los judíos es ajeno por ley a todo esto, y está acostumbrado a haber amado la justicia antes que la gloria. Por eso no le resultaba grato que no fuera posible adular la ambición del rey con imágenes, templos o cosas semejantes. Esta es, a mi juicio, la causa de la conducta de Herodes: injusto con los suyos y consejeros, y benéfico con los de fuera y los ajenos.

Una embajada en Cirene y en Asia ante César, sobre las quejas que tenían contra los griegos; con copias de las cartas que César y Agripa escribieron a las ciudades en su favor

A los judíos de Asia y a cuantos habitaban en la Libia próxima a Cirene los maltrataban las ciudades. Los reyes anteriores les habían concedido igualdad de derechos, pero por entonces los griegos los vejaban, hasta el punto de arrebatarles el dinero sagrado y perjudicarlos en cosas particulares. Padeciendo así males y no hallando fin a la inhumanidad de los griegos, enviaron también sobre esto una embajada ante César. Y él les concedió la misma igualdad de trato, escribiendo a los gobernadores de las provincias; cuyas copias hemos adjuntado como testimonio de la disposición que hacia nosotros tuvieron desde antiguo los que mandaban.

«César Augusto, sumo sacerdote, con potestad tribunicia, declara. Puesto que el pueblo de los judíos se ha mostrado agradecido no solo en el momento presente, sino también en el pasado, y sobre todo en tiempos de mi padre, el emperador César, hacia el pueblo de los romanos, así como su sumo sacerdote Hircano, me ha parecido bien, a mí y a mi consejo, bajo juramento y por decisión del pueblo romano, que los judíos usen de sus propias instituciones según su ley patria, como las usaban bajo el sumo sacerdote Hircano en honor del Dios altísimo; y que sus bienes sagrados sean inviolables y se envíen a Yerushaláyim y se entreguen a los recaudadores de Yerushaláyim; y que no se los obligue a dar fianzas en sábado ni en la víspera de la preparación desde la hora novena. Y si alguien es sorprendido robando sus libros sagrados o su dinero sagrado de una sinagoga o de una sala de reunión, sea tenido por sacrílego y su patrimonio sea confiscado por el erario de los romanos. Y el decreto que ellos me han dado en honor de mi piedad para con todos los hombres, y en honor de Cayo Marcio Censorino, y este edicto, ordeno que se coloquen en el lugar más señalado, el que me ha asignado la Comunidad de Asia en Ancira. Y si alguien transgrede algo de lo antes dicho, pagará una pena no leve. Grabado en el templo de César.»

«César a Norbano Flaco, salud. Los judíos, cualesquiera que sean, que por antigua costumbre suelen llevar y enviar dinero sagrado, háganlo sin impedimento hacia Yerushaláyim.» Y esto fue lo de César.

También Agripa escribió por su parte en favor de los judíos de esta manera: «Agripa a los magistrados, el consejo y el pueblo de los efesios, salud. Quiero que del dinero sagrado que se lleva al Templo de Yerushaláyim tengan el cuidado y la custodia los judíos de Asia, según sus costumbres patrias. Y a quienes roben los escritos sagrados de los judíos y se refugien en los asilos, quiero que sean arrancados de allí y entregados a los judíos, con el mismo derecho por el que se arranca a los sacrílegos. He escrito también a Silano, el pretor, para que en sábado nadie obligue a un judío a dar fianzas.»

«Marco Agripa a los magistrados, el consejo y el pueblo de los cireneos, salud. Los judíos de Cirene, en cuyo favor ya Augusto envió instrucciones al pretor de Libia entonces en funciones, Flavio, y a los demás encargados de la provincia, para que el dinero sagrado se enviara sin impedimento a Yerushaláyim, según es costumbre patria suya, han acudido ahora a mí quejándose de que son vejados por ciertos calumniadores y de que, con el pretexto de tributos que no se deben, se les impide hacerlo. Ordeno que se les restituya, sin que se los moleste de modo alguno; y si de algunas ciudades se les ha arrebatado dinero sagrado, mando que los encargados de estos asuntos también lo enmienden en favor de los judíos de allí.»

«Cayo Norbano Flaco, procónsul, a los magistrados de los sardianos, salud. César me ha escrito ordenando que no se impida a los judíos, según su costumbre patria, reunir el dinero que sea y enviarlo a Yerushaláyim. Os escribo, pues, para que sepáis que César y yo queremos que así se haga.»

No menos escribió también Julio Antonio, procónsul: «A los magistrados, el consejo y el pueblo de los efesios, salud. Los judíos que habitan en Asia me expusieron, en los idus de febrero, cuando yo administraba justicia en Éfeso, que César Augusto y Agripa les habían concedido usar de sus propias leyes y costumbres, y presentar libremente las primicias que cada uno de ellos, por su propia voluntad y por piedad hacia lo divino, aporta al peregrinar juntos. Y me pidieron que también yo confirmara con mi decisión, del mismo modo, lo concedido por Augusto y Agripa. Quiero, pues, que sepáis que, conforme a las disposiciones de Augusto y Agripa, les permito usar y obrar según sus costumbres patrias sin impedimento.»

Todo esto lo he consignado por necesidad, ya que los relatos de nuestra historia irán a parar sobre todo a manos de los griegos: quiero mostrarles que, alcanzando desde antiguo toda clase de honores, en nada de lo patrio fuimos estorbados por los que gobernaban, sino que hasta fuimos ayudados en cuanto tocaba a nuestro culto y a los honores debidos a Dios. Y hago mención de ellos muchas veces, para reconciliar a los pueblos y suprimir las causas de odio arraigadas en los insensatos de una y otra parte. Pues, en cuanto a las costumbres, no hay pueblo que use siempre las mismas, y aun de ciudad en ciudad hay a veces mucha diferencia; pero la justicia, que todos los hombres practican por igual y que es lo más provechoso tanto para griegos como para bárbaros, es lo que más consideran nuestras leyes, y ellas nos hacen benévolos y amigos de todos, si nos mantenemos puros en ellas. Por eso debemos exigir también esto de aquellos, y conviene no juzgar ajeno lo que está en la diferencia de las costumbres, sino en la disposición para la nobleza de carácter; pues esto es común a todos y lo único suficiente para preservar la vida humana. Vuelvo de nuevo al hilo de la historia.

Cómo, al descender Herodes al sepulcro de David, la sedición en su familia creció grandemente

Herodes, empleando grandes gastos tanto fuera como dentro del reino, y habiendo oído aun antes que Hircano, el rey que le había precedido, al abrir el sepulcro de David había sacado tres mil talentos de plata, quedando aún mucho más allí depositado y suficiente para atender del todo a sus gastos, tuvo desde hacía tiempo en mente el intento. Y entonces, de noche, abriendo el sepulcro, entró, habiendo tomado las precauciones para que la ciudad no se enterase en absoluto, llevando consigo a los más fieles de sus amigos. No halló, como Hircano, dinero depositado, sino ornamentos de oro y muchos objetos preciosos, que se llevó todos. Pero puso mayor empeño y llevó la búsqueda más adentro, hacia las cámaras en que reposaban los cuerpos de David y de Shlomo. Dos de sus guardias perecieron —según se decía— al salirles al paso una llama desde dentro cuando entraban; y él mismo salió aterrado, y por temor mandó construir en la entrada un monumento propiciatorio de piedra blanca, costoso en su gasto.

De esta obra hace mención también Nicolao, su historiador contemporáneo, aunque no de que descendiera al sepulcro, pues sabía que el hecho no era decoroso. Y en lo demás procede en su escritura del mismo modo. Pues, viviendo en el reino y junto a él, escribía de manera que le fuera grata y a modo de servicio, tocando solo lo que le traía gloria, encubriendo en cambio muchas de sus injusticias manifiestas y ocultándolas con todo empeño. Él, queriendo dar apariencia decorosa incluso a la muerte de Mariamna y de sus hijos, tan cruelmente ejecutada por el rey, miente atribuyendo a ella libertinaje y a los jóvenes conjuras; y a lo largo de su escritura no cesa de elogiar en exceso lo que el rey obró con justicia, y de defender con celo los actos injustos. A él, como dije, se le podría tener mucha indulgencia, pues no componía una historia para los demás, sino un servicio al rey. Nosotros, en cambio, siendo de estirpe cercana a los reyes asmoneos, y teniendo por ello el sacerdocio con honor, juzgamos indecoroso mentir en algo acerca de ellos, y exponemos los hechos con pureza y justicia; y aunque tenemos en respeto a muchos de sus descendientes, que todavía reinan, hemos honrado la verdad por encima de ellos, verdad que, cuando se expone con justicia, ha ocurrido que suscite la ira de esos mismos.

Herodes, a causa del intento que hizo en el sepulcro, parecía irle peor en los asuntos de su casa, ya fuera porque la cólera divina, extendiéndose a aquello en que ya antes estaba especialmente enfermo, hizo que su mal creciera hasta desembocar en desgracias sin remedio, ya fuera porque la fortuna dirigía su asalto contra él en un momento en que la oportunidad respecto de la causa daba no poco crédito a que las desgracias le sobrevenían por su impiedad. Pues había en la corte una sedición como de guerra civil, y odios en que unos a otros se superaban con calumnias. Antípatro siempre maniobraba contra sus hermanos, hábil para envolverlos en acusaciones desde fuera, mientras él mismo tomaba muchas veces el papel de defenderlos, para que su aparente benevolencia le diera crédito ante los ataques que planeaba. Y de este modo, con variadas artes, tenía engañado a su padre, que estaba convencido de que él solo hacía todo por su salvación. Recomendaba también a Antípatro a Tolomeo, que era el administrador de los asuntos del reino, y con la madre de aquel deliberaba sobre lo urgente. En suma, estos lo eran todo, tanto para hacer cuanto quisieran como para inclinar al rey a la hostilidad contra los de fuera que juzgaban conveniente.

Los nacidos de Mariamna, en cambio, estaban cada vez más resentidos, y por su noble cuna no llevaban bien la acusación, viéndose apartados y en un rango menos honroso. También las mujeres: Glafira, hija de Arquelao, casada con Alejandro, odiaba a Salomé, tanto por su disposición hacia su marido como porque parecía tratar con altivez a la hija de Salomé —esta estaba casada con Aristóbulo, y Glafira consideraba indigno que se la tuviera por su igual—. Surgida, pues, esta segunda disputa, tampoco el hermano del rey, Feroras, quedaba libre de perturbación, sino que tenía su propio motivo de sospecha y de odio: se había enamorado de una esclava suya, y estaba dominado por la mujer con tal locura que, aun habiéndole sido prometida una hija del rey, la desdeñó y puso su afecto en la esclava. Herodes se dolía del desaire, pues había colmado de beneficios a su hermano y lo tenía por partícipe del poder del reino, y no veía correspondencia semejante; y se sentía humillado hasta en su propia persona.

No habiendo obtenido Feroras a la muchacha con derecho, Herodes la dio al hijo de Fasael; y él mismo, pasado un tiempo, creyendo ya apagado el deseo de su hermano, le reprochó lo primero y le pidió que tomara a la segunda, llamada Cipros. Tolomeo aconsejaba a Feroras que de una vez cesara del desaire hacia su hermano y sofocara su pasión, pues era vergonzoso que, vencido por una esclava, se privara del afecto del rey y se convirtiera además en motivo de perturbación y de odio para él. Feroras, viendo que esto le convenía —él, que ya antes había estado bajo sospecha y quería obtener perdón—, despide a la mujer, de la que ya tenía un hijo, y prometió al rey que tomaría a su segunda hija; y fijó el día trigésimo para la boda, jurando además que no tendría ya trato alguno con la mujer despedida. Pero, pasados los treinta días, estaba tan vencido por el amor que ya no hizo nada de lo acordado, sino que volvió a seguir con la primera.

Esto ya afligía abiertamente a Herodes y lo movía a ira. Salían de él, pues, ciertas palabras que iban dejando caer, y muchos tomaban la cólera del rey como ocasión para calumniar a Feroras. No había día ni hora en que le tocara estar tranquilo, sino que siempre sobrevenía algo nuevo, contiendas urdidas por parientes y por los más queridos unos contra otros. Pues, por un lado, Salomé, dura y malévola con los de Mariamna, ni siquiera dejaba a su propia hija, casada con Aristóbulo, uno de los jóvenes, disfrutar del afecto conyugal hacia él, persuadiéndola de que le contara cuanto él dijera en privado y se lo revelara a ella, y —como suele ocurrir en las desavenencias— introducía muchas sospechas. Por medio de esto ella misma se enteraba de todo lo que concernía a aquellos, y había puesto a la muchacha mal dispuesta hacia su joven esposo. Y esta, por complacer a su madre, decía muchas veces que aquellos, a solas, recordaban a Mariamna y aborrecían a su padre, y que amenazaban de continuo con que, si alguna vez alcanzaban el poder, harían escribanos de aldea a los hijos que Herodes había tenido de las otras mujeres —pues el cuidado y el esmero puestos ahora en su educación los hacía aptos para tal oficio—; y que a las mujeres, si alguna vez las veían participar del ornato de su madre, las amenazaban con que, en vez del lujo presente, quedarían encerradas, vestidas de harapos, sin ver siquiera el sol.

Todo esto era referido en seguida al rey por medio de Salomé; y él lo escuchaba con dolor, e intentaba enmendarlo, pero se atormentaba con las sospechas y, empeorando siempre, acababa creyéndolo todo de todos. No obstante, entonces, tras reprender a sus hijos y haberse ellos justificado, se ablandó por el momento; pero en los días siguientes le sobrevino algo mucho peor. Pues Feroras, yendo a ver a Alejandro —que tenía por esposa a Glafira, la hija de Arquelao, como hemos dicho—, le dijo que había oído decir a Salomé que Herodes estaba vencido por el amor de Glafira y que su pasión era inconsolable. Al oír esto, Alejandro, por su juventud y por celos, se encendió, y las muestras de honra que Herodes dispensaba a la muchacha —tales cortesías eran frecuentes— las tomaba a mal, por las sospechas nacidas de la palabra que se había dejado caer. No soportó el dolor del asunto, sino que, yendo a su padre, le denuncia entre lágrimas lo dicho por Feroras. Herodes, volviéndose mucho más apasionado y no soportando la vergonzosa falsedad de la calumnia, quedó turbado.

Y muchas veces lamentaba la maldad de los suyos —cómo se había portado él con ellos y qué recibía a cambio—; y manda llamar a Feroras y, reprochándoselo, le dijo: «Malvado entre todos, ¿a tal punto de desmedida y desbordada ingratitud has llegado, que concibes tales cosas de nosotros y las divulgas? ¿Acaso no veo tu propósito: que no por lanzar una injuria, sino como conjura y veneno para mi perdición, pusiste tales palabras en boca de mi hijo? Pues ¿quién, si no hubiera tenido, como este muchacho, buenos genios que lo guardaran, habría soportado no vengarse de su padre ante semejante sospecha? ¿Le pusiste, crees, una palabra en el alma o una espada en la diestra contra el que lo engendró? ¿Qué pretendes, aborreciéndolo a él y a su hermano, fingiendo benevolencia solo para la calumnia contra mí, y hablando de estas cosas que fueron de tu impiedad tanto concebir como maquinar? Vete, tú que te has vuelto el peor para con tu benefactor y hermano. Y viva contigo esa conciencia; que yo venza siempre a los míos, sin castigarlos como merecen y colmándolos de beneficios mayores de los que en justicia les corresponde recibir.»

Así el rey. Feroras, sorprendido en flagrante maldad, dijo que Salomé le había persuadido de todo aquello y que las palabras venían de ella. Ella, en cuanto lo oyó —pues se hallaba presente—, exclamó con aire convincente que nada de eso procedía de ella, y que todos ponían empeño en arrastrarla al odio del rey y en perjudicarla de todos los modos, por la benevolencia que tenía hacia Herodes, previendo siempre los peligros; y que ahora se la acechaba aún más, pues, por ser ella la única que persuadía a su hermano de que echase a la mujer que tenía y tomase a la hija del rey, con razón era odiada por aquel. Mientras decía tales cosas, arrancándose una y otra vez los cabellos y golpeándose el pecho, su semblante tenía algo de convincente para la negativa, pero la malignidad de su carácter delataba el fingimiento de aquella escena. Feroras quedó atrapado en medio, sin nada decoroso que alegar en su defensa: había confesado haberlo dicho, pero no se le creía haberlo oído. La confusión y la disputa de palabras entre ambos fue en aumento. Al fin el rey, aborreciendo a la vez a su hermano y a su hermana, los despidió, y alabando a su hijo por su dominio de sí y por haberle referido a él las palabras, ya a hora avanzada se retiró a atender su cuerpo.

Sobrevenida tal contienda, Salomé quedó mal vista, pues parecía que la calumnia había partido de ella; y las mujeres del rey estaban resentidas, sabiéndola de naturaleza dificilísima, ora enemiga ora amiga según las ocasiones. Así que siempre decían a Herodes algo contra ella, y cierto suceso llevó a mayor atrevimiento su libertad de palabra. Pues Obodas, el rey de Arabia, era hombre inactivo y de índole indolente, y Sileo le administraba la mayor parte de los asuntos: hombre astuto, joven todavía en edad y apuesto. Habiendo venido por cierto asunto a ver a Herodes, y cenando con él, vio a Salomé y puso en ella su interés; y sabiendo que era viuda, habló con ella. Salomé, que se hallaba peor que antes con su hermano y que miraba al joven no sin pasión, se inclinó hacia la boda, y en las idas y venidas de la cena mostraba, más de lo debido, señales del acuerdo entre ambos. Las mujeres refirieron esto al rey, burlándose de la indecencia; y Herodes se informó también por Feroras y le pidió que observara durante la cena cómo se comportaban el uno con el otro. Aquel le anunció que, por señas y miradas, no era oscuro el impulso de ambos.

Después de esto, el árabe, viéndose sospechoso, se marchó; pero, dejando pasar dos o tres meses, vuelve como por este mismo motivo y presentó a Herodes su petición, pidiéndole que le dieran a Salomé por esposa; pues no sería desventajosa la alianza por el enlace con el reino de los árabes, que ya ahora estaba en sus manos por su poder y que aún más le era debido. Herodes le trasladó la propuesta y preguntó a su hermana si estaba dispuesta a la boda; ella la aceptó de inmediato, pero Sileo, cuando le pidieron que se inscribiera en las costumbres de los judíos y solo entonces se casara —pues de otro modo no era posible—, no lo consintió, sino que, diciendo que sería lapidado por los árabes si lo hacía, se marcha. Feroras, pues, empezó a calumniar a Salomé de incontinencia, y más aún las mujeres, diciendo que había tenido trato con el árabe.

En cuanto a la muchacha que el rey había prometido a su hermano —a la que Feroras no tomó, como dije antes, vencido por su mujer—, Salomé la pedía para el hijo que había tenido de Costobaro, y Herodes se inclinaba a casarla con él; pero Feroras lo persuade de lo contrario, diciendo que el joven no sería bien dispuesto por la muerte de su padre, y que era más justo que la tomara su propio hijo, que era el sucesor de la tetrarquía. Así pedía perdón por no haberla tomado antes, tras haberse negado; y el rey cedió. De modo que la muchacha, trasladado el compromiso, fue casada con el joven hijo de Feroras, dándole el rey una dote de cien talentos.

Cómo Herodes prendió a Alejandro y lo encadenó; a quien, con todo, Arquelao, rey de Capadocia, reconcilió de nuevo con su padre Herodes

No cesaban los asuntos de la casa, que cobraban siempre mayores turbaciones, y sobreviene algo de este género, por una causa poco decorosa, pero que fue a más por la aspereza del rey. Había unos eunucos a los que el rey tenía en no poca estima por su belleza. De ellos, a uno se le confiaba escanciar el vino, a otro servir la cena, a otro acostar al rey, y también los mayores asuntos del gobierno. Y alguien anuncia al rey que estos habían sido corrompidos con mucho dinero por su hijo Alejandro. Interrogados, confesaron acerca del trato y de la intimidad que habían tenido con él, pero nada más grave contra el padre reconocían saber. Pero, sometidos a mayor tortura y en el aprieto —pues los servidores apretaban cada vez más, complaciendo en ello a Antípatro—, declararon que había en Alejandro malquerencia hacia su padre y un odio innato; y que este les aconsejaba desentenderse de Herodes, ya inútil por su avanzada edad, que se hacía un velo de su vejez tiñéndose los cabellos y ocultando la prueba de sus años; y que, si le prestaban atención a él, cuando le tocara el reino —que, aun contra la voluntad del padre, no sería de ningún otro—, pronto tendrían en él el primer puesto. Pues no solo por su linaje, sino ya por sus preparativos, tenía asegurado el dominio: muchos de los comandantes y muchos de los amigos se habían aliado con él, y no eran hombres reacios a cualquier cosa, tanto a obrar como a padecer.

Al oír estas palabras, Herodes se llenó por entero de indignación y de miedo, tomando lo dicho como injuria, con dolor, y lo que apuntaba a sospecha, no sin peligro; de modo que por ambas cosas se irritaba aún más y, amargado, temía que en verdad se hubiera tramado contra él algo más fuerte de lo que pudiera precaverse para aquel momento. Por eso no hacía la investigación abiertamente, sino que envió espías contra los sospechosos. Sospecha y odios había hacia todos, y, tomando la desconfianza como medio de seguridad, la aplicaba con largueza incluso contra los que no la merecían. Y no había fin, sino que los que juzgaba merecedores de vivir, por parecerle más poderosos, le resultaban más temibles; y a aquellos con quienes no tenía trato estrecho, bastaba nombrarlos, y en cuanto los mandaba matar los tenía al punto por una parcela de su seguridad. Al fin, los que lo rodeaban, no teniendo nada seguro para esperar salvarse, se volvieron unos contra otros, pensando que, si uno se adelantaba a calumniar al otro, eso le procuraría la salvación; pero, cuando alguna vez lograban lo que pretendían, se hacían odiosos, y no ganaban sino sufrir con justicia por aquello mismo en que habían agraviado a otros. Así, algunos perseguían enemistades privadas de este modo y, descubiertos, caían en la misma suerte, urdiendo la ocasión como instrumento y trampa contra sus enemigos, pero quedando ellos mismos atrapados en la treta con que conspiraban contra otros. Pues el arrepentimiento le venía pronto al rey por haber dado muerte a quienes no erraban manifiestamente; mas lo funesto de ese arrepentimiento no se resolvía en cesar de hacer lo mismo, sino en castigar con la misma pena a los delatores.

Tal era la agitación en torno a la corte. A muchos de sus amigos ya les había advertido, además, que en adelante no debían presentarse ante él ni entrar en palacio. Y esta orden la dirigía contra aquellos cuya franqueza le había impuesto —en mayor o menor grado— cierto respeto.

Pues a Andrómaco y a Gémelo, hombres amigos suyos desde antiguo, que mucho habían servido a su casa en los negocios del reino, tanto en embajadas como en consejos, y que habían ayudado a educar a sus hijos y, en fin, habían ocupado el primer lugar de la confianza para hablarle con libertad, entonces los apartó: al uno, porque su hijo Demetrio era íntimo de Alejandro; a Gémelo, porque lo sabía bien dispuesto hacia aquel, pues había estado presente en su crianza y en su educación y había compartido con él la estancia en Roma. También a estos los despidió —de buena gana los habría tratado aún peor, pero, como no podía usar de tal licencia contra hombres que no eran oscuros, se contentó con quitarles la dignidad y el poder de estorbarle cuando erraba.

De todo esto era responsable Antípatro, quien, en cuanto advirtió lo enfermizo que se había vuelto su padre respecto de la franqueza, desde hacía tiempo estaba a su lado en el consejo y le insistía, y tanto más parecía adelantar algo cuanto que iba siendo apartado cada uno de los que eran capaces de resistirle. Así pues, cuando Andrómaco y los suyos fueron alejados de la palabra y de la confianza, primero el rey sometió a tormento a cuantos creía fieles a Alejandro, por si sabían de algún atrevimiento contra él; y estos morían sin tener nada que decir. Y a él le era motivo de porfía que no se hallara nada tan perverso como imaginaba; y Antípatro era diestro para calumniar, presentando como dominio de sí y como fidelidad al hombre a quien la propia verdad declaraba inocente, y para buscar cómo azuzarlo aún más, sacando de nuevos interrogatorios lo que de la intriga quedaba oculto.

Y uno, entre los muchos que eran torturados, dijo que sabía que el joven decía a menudo, cada vez que era alabado —que era grande de cuerpo, certero con el arco y superior a todos en las demás cualidades—, que aquello le venía de la naturaleza más como males que como bienes; pues su padre se afligía por ello y lo envidiaba. Y que él mismo, cuando paseaba junto a su padre, se encogía y se rebajaba para no parecer más alto, y que, cuando tiraba con el arco en las cacerías estando aquel presente, disparaba a propósito fuera del blanco, porque conocía el afán de gloria del que lo había engendrado cuando tales cosas eran celebradas. Mientras lo torturaban por sus palabras, y sobreviniendo un respiro para su cuerpo, añadió además que Alejandro, teniendo por cómplice a su hermano Aristóbulo, planeaba tenderle una emboscada en una cacería y huir a Roma, una vez hecho esto, para reclamar el reino. Se hallaron también cartas del joven a su hermano, en las que reprochaba a su padre que no obraba con justicia, al asignar a Antípatro un territorio que rendía doscientos talentos de renta.

Con esto, al punto le pareció a Herodes tener algo digno de crédito, según creía, para su sospecha contra los hijos, y prendió y encadenó a Alejandro. Pero de nuevo, sin dejar de ser duro, tampoco daba entero crédito a lo que había oído; pues, cuando lo meditaba, nada digno de una conjura se desprendía de ello, sino quejas y ambiciones de mozo, y le parecía inverosímil que quien matara abiertamente a su padre se lanzara luego hacia Roma. Con todo, quería obtener alguna prueba mayor de la maldad de su hijo, y ponía empeño en no dar la impresión de haber decretado las cadenas con precipitación. Y torturando a los principales de entre los amigos de Alejandro, dio muerte a no pocos de ellos, que nada decían de lo que él suponía.

Habiendo mucha disposición para semejantes cosas, y temor y trastorno en torno al palacio, uno de los más jóvenes, hallándose bajo tormento, dijo que Alejandro enviaba recado a sus amigos de Roma pidiendo que César lo llamara cuanto antes; pues tenía algo que revelarle: una intriga que se tramaba —que Mitrídates, el rey de los partos, había sido ganado por su padre como aliado contra los romanos— y que había además un veneno preparado en Ascalón. Herodes dio crédito a esto y halló cierto consuelo a su precipitación en medio de sus males, adulado por los peores. Pero el veneno, aunque en seguida se afanó por buscarlo, no fue hallado.

Alejandro, queriendo por porfía reforzar el exceso de aquellos males, no se volvió hacia la negación, sino que superó la temeridad de su padre con una falta aún mayor —tal vez también queriendo con ello avergonzar su presteza para las calumnias, y no menos para que, si por ventura se le daba crédito, resultara que se había empeñado en perjudicarse a sí mismo y a todo el reino. Pues escribió cartas en cuatro libros y las envió, diciendo que no había necesidad alguna de torturar ni de ir más lejos: que la conjura ya existía, y que en ella tomaban parte Feroras y los más fieles de sus amigos; y que Salomé, entrando de noche, se había unido a él contra su voluntad; y que todos convergían en lo mismo, los que, quitándolo cuanto antes de en medio, tendrían tranquilidad frente a la perpetua zozobra. En estas [cartas] quedaban también calumniados Tolomeo y Sapinio, los más fieles al rey.

¿Y qué más? Como si les hubiera caído encima una especie de rabia, los que antes eran los más queridos se enfurecían unos contra otros como fieras, sin que hubiera lugar para la defensa ni para la refutación hasta llegar a la verdad, sino que se producía siempre contra todos una perdición sin juicio: para unos, cadenas; para otros, muertes; para otros, el lamento de que tales cosas estaban por caer sobre ellos. El silencio y el abatimiento despojaron al palacio de su primera prosperidad. Y toda la vida era penosa para Herodes, sumido en el desorden, y el no fiarse de nadie era un gran suplicio para quien vivía en tal expectación; muchas veces, en efecto, veía en su imaginación a su hijo alzándose contra él o incluso plantado a su lado, espada en mano. Así, su alma, ocupada en aquello noche y día, se impregnó de un padecer no menor de locura que de insensatez. Y en tal estado se hallaban las cosas de aquel.

Arquelao, el rey de los capadocios, cuando se enteró de lo que ocurría con Herodes, angustiado por su hija y por el joven, y compartiendo el dolor de un hombre amigo por un trastorno tan grande, acudió sin tomar el asunto como cosa secundaria. Y hallándolo en tal estado, juzgó que reprenderlo o decir que había obrado con alguna precipitación era del todo impropio de la ocasión; pues, herido como estaba, se pondría porfiado y, más empeñado en defenderse, se llenaría de mayor cólera. Siguió, pues, otro orden para enderezar los infortunios: se mostraba airado con el joven y decía que Herodes había obrado con moderación al no hacer nada por arrebato, y afirmaba que disolvería el matrimonio con Alejandro, y que ni a su propia hija perdonaría, si, sabiendo algo con él, no lo había revelado. Siendo esto así, contra lo que Herodes esperaba, y mostrando Arquelao su enojo más bien en favor de él, el rey fue cediendo en su dureza y, convencido de que lo actuado se había hecho con apariencia de justicia, poco a poco se pasó al sentimiento paterno. Era digno de lástima en ambas cosas: cuando algunos absolvían al joven de las calumnias, se agitaba de cólera; pero cuando Arquelao se sumaba a la acusación, pasaba a las lágrimas y a un dolor no exento de padecer. Le rogaba, pues, que ni disolviera el matrimonio ni se enojara tanto por aquello en que el joven había faltado.

Arquelao, tomándolo con mayor mansedumbre, trasladaba las calumnias a los amigos, diciendo que era cosa de ellos haber corrompido a un joven ignorante de la maldad, y hacía recaer más sospecha sobre su hermano [Feroras]. Pues como Herodes estaba también áspero con Feroras, este, no hallando quién lo reconciliara y viendo que Arquelao era el más capaz, habiendo conseguido acceso a él, acudió a aquel vestido de negro y con todas las señales de una ruina inminente. Arquelao ni desdeñó la súplica ni dijo que fuera capaz de hacer cambiar pronto al rey, así dispuesto; pero que era mejor para él acercarse y rogarle, confesándose culpable de todo, pues así rebajaría el exceso de su ira, y que él mismo, estando presente, lo ayudaría. Persuadido Feroras de esto, se logró ambas cosas a la vez: las calumnias contra el joven, contra lo esperado, quedaron desechadas, y Arquelao, habiendo reconciliado a Feroras, partió así hacia Capadocia, habiéndose hecho para Herodes, en aquella coyuntura de los tiempos, más grato que ningún otro. Por lo cual lo honró con regalos de gran valor y, en lo demás, magníficamente, teniéndolo entre los más queridos. Concertó también ir a Roma, puesto que sobre estos asuntos se había escrito a César, y hasta Antioquía marcharon juntos con ese mismo fin. Allí Herodes reconcilió también a Titio, el gobernador de Siria, que por una diferencia estaba mal dispuesto hacia Arquelao, y de nuevo regresa a Judea.

Sobre la rebelión de los traconitas; cómo Sileo acusó a Herodes ante César; y cómo Herodes, al enojarse César con él, resolvió enviar a Nicolao a Roma

Estando ya en Roma y de vuelta de allí, se le trabó una guerra con los árabes por una causa como esta. Los habitantes del Tracón, después de que César se lo quitara a Zenodoro y añadiera aquel territorio a Herodes, ya no tenían licencia para saquear, sino que se veían forzados a cultivar y a vivir apaciblemente. Esto no era de su agrado, ni la tierra les daba provecho por más que la trabajaban. Con todo, al principio, como el rey no lo permitía, se abstenían de agraviar a los vecinos, y por ello grande era la buena fama del cuidado de Herodes. Pero cuando este navegó a Roma —cuando acusaba a su hijo Alejandro y había ido ante César para presentarle a su hijo Antípatro—, los que ocupaban el Tracón, difundiendo el rumor de que había muerto, se rebelaron contra su dominio y de nuevo volvieron a agraviar a los vecinos según su costumbre.

Entonces, en ausencia del rey, sus generales los sometieron. Pero unos cuarenta jefes de bandidos, por miedo a los que habían sido apresados, abandonaron el país y, encaminándose hacia Arabia, donde Sileo los acogió —después de haber fracasado en el matrimonio con Salomé— y les dio una plaza fortificada, allí se establecieron y, con sus correrías, saqueaban no solo Judea, sino toda la Celesiria, proporcionándoles Sileo bases de operaciones e impunidad para hacer el mal. Herodes, de vuelta de Roma, se enteró de que muchas de sus cosas habían sido dañadas, y no pudo apoderarse de los bandidos por la seguridad que se procuraban bajo la protección de los árabes; y, áspero él mismo por los agravios, recorrió el Tracón y degolló a los parientes de aquellos. Por lo cual estos, con tanto más furor por lo que habían padecido —y siendo entre ellos ley perseguir por todos los medios a los asesinos de sus parientes—, siguieron sin cesar saqueando y arrasando toda la tierra de Herodes. Y él trataba de estos asuntos con los gobernadores de César, Saturnino y Volumnio, reclamando a los bandidos para castigarlos.

Por lo cual, hallándose aún más fuertes, se hicieron más numerosos y lo trastornaban todo, aspirando a derribar el reino de Herodes, devastando lugares y aldeas y degollando a los hombres que capturaban, de modo que el agravio parecía una guerra; pues ya habían llegado a ser cerca de mil. Afligido por esto, Herodes reclamaba a los bandidos y también una deuda que había prestado a Obodas por medio de Sileo, sesenta talentos, cuyo plazo había vencido y que exigía recobrar. Sileo, que había apartado a Obodas y lo administraba todo él mismo, negaba que los bandidos estuvieran en Arabia y aplazaba lo de las sumas, sobre lo cual hubo tratos ante Saturnino y Volumnio, los que gobernaban Siria. Al fin convinieron, por medio de aquellos, que dentro de treinta días Herodes recobraría el dinero, y que cada parte entregaría en uno y otro reino a los fugitivos del otro; y en el de Herodes no se halló absolutamente ningún árabe, ni por agravio ni de otro modo, mientras que se probó que los árabes tenían consigo a los bandidos.

Vencido el plazo, Sileo, sin haber cumplido nada de lo justo, sube a Roma. Herodes se cobró en represalia lo de las sumas y lo de los bandidos que estaban entre ellos, y, permitiéndole Saturnino y Volumnio ir contra los que obraban con desvergüenza, con un ejército avanzó hacia Arabia, recorriendo siete etapas en tres días, y, llegado a la fortaleza que albergaba a los bandidos, los toma a todos en el primer asalto y arrasa la plaza llamada Raepta; pero en lo demás no hizo daño alguno. Acudiendo los árabes en socorro, al mando de Nákebos, se traba un combate en el que caen unos pocos de los de Herodes, pero Nákebos, el general de los árabes, y unos veinticinco de los que estaban con él, mientras los demás se dieron a la fuga. Castigados estos, y asentados tres mil idumeos en la Traconítide, mantenía a raya a los bandidos de allí, y sobre esto envió aviso a los gobernadores, que estaban por Fenicia, mostrando que no había hecho nada más que lo necesario: proceder contra los árabes que obraban con desvergüenza. Y ellos, examinándolo con cuidado, hallaron que no mentía.

Pero unos mensajeros, adelantándose para llegar a Roma ante Sileo, le informaban de lo sucedido, engrandeciendo, como es natural, cada uno de los hechos. Él ya se había esforzado por hacerse conocido de César, y entonces, frecuentando la corte, cuando lo oyó, al punto se muda a vestiduras negras y, presentándose ante él, le decía que Arabia había quedado arruinada por la guerra y que todo el reino estaba trastornado, tras haberlo devastado Herodes con un ejército. Y, llorando, decía que habían perecido dos mil quinientos de los principales árabes, y que había sido muerto también su general Nákebos, familiar suyo y pariente, y que había sido saqueada la riqueza de Raepta, y que Obodas había sido despreciado por su debilidad, al no ser capaz de sostener la guerra, porque ni él ni la fuerza árabe habían estado presentes. Diciendo Sileo tales cosas y añadiendo, con malicia, que ni él mismo se habría alejado del país de no haber confiado en que a César le importaba que hubiera paz entre todos, ni, aun de haberse hallado allí presente, habría hecho provechosa la guerra para Herodes, César, irritado por lo que se decía, interrogó a los de Herodes que estaban presentes y a los suyos venidos de Siria solo esto: si Herodes había sacado un ejército. Y como ellos se veían forzados a decir precisamente eso, pero él no escuchaba con qué motivo y de qué modo, se le acrecentó la cólera a César, y escribe a Herodes, entre otras cosas con dureza, y este era el punto principal de la carta: que, tras haberlo tratado antes como amigo, en adelante lo trataría como súbdito.

Escribe también Sileo sobre esto a los árabes. Y ellos, envalentonados, ni entregaron a cuantos de los bandidos habían escapado ni pagaron el dinero, y los pastos que tenían tomados en arriendo de él los aprovechaban sin pagar, humillado el rey de los judíos por la cólera de César. Aprovechan también la ocasión los que dominaban la Traconítide, alzándose contra la guarnición de los idumeos y valiéndose del bandidaje junto con los árabes, que saqueaban su tierra no solo por el provecho, sino más crueles en sus agravios por rencor. Herodes soportaba todo esto y lo aguantaba, cambiada la libertad de palabra que tenía gracias a César, y despojado de lo mayor de su ánimo; pues, aunque envió una embajada para defenderse, César no la admitió, sino que de nuevo despidió sin resultado a los que habían acudido.

Había, pues, ante esto, desaliento y temor, y Sileo lo afligía no poco, contando con el crédito y estando presente en Roma, y entonces poniendo mano en cosas aún mayores; pues Obodas había muerto, y toma el mando de los árabes Eneas, que después cambió su nombre por el de Aretas. A este intentaba Sileo apartarlo con calumnias para hacerse él mismo con el mando, dando mucho dinero a los de la corte y prometiendo que daría mucho a César. Y César estaba irritado con Aretas por haber tomado el trono sin haberle escrito antes. Envía también aquel una carta y regalos a César, y una corona de oro de muchos talentos; y la carta acusaba a Sileo, esclavo malvado, de haber dado muerte a Obodas con venenos, de haberlo dominado mientras aún vivía, de cometer adulterio con las mujeres de los árabes y de tomar dinero en préstamo, con miras a apropiarse del mando. Pero César no atendió tampoco a esto, sino que despidió [a los enviados] sin tomar ninguno de los regalos.

Los asuntos de Judea y de Arabia se agravaban cada vez más, en parte hacia el desorden, en parte porque, arruinándose las cosas, nadie las gobernaba; pues, de los reyes, el uno, sin tener aún seguro el mando, no era capaz de contener a los que hacían agravios, y Herodes, por aquello con que se había defendido —enojado César con él más de la cuenta—, se veía forzado a soportar todas las ilegalidades contra su persona. No viendo fin alguno a los males que lo rodeaban, resolvió enviar de nuevo a Roma, por si podía hallar algún alivio por medio de sus amigos y haciendo la súplica al propio César. Y allí marchó Nicolao el damasceno.

Cómo Euricles acusó falsamente a los hijos de Herodes; y cómo su padre los encadenó y escribió a César acerca de ellos. De Sileo y cómo fue acusado por Nicolao

Se habían vuelto a trastornar los asuntos de la casa y de los hijos, mucho peor por aquel tiempo. Y es que ni siquiera en el tiempo anterior era difícil prever cómo la mayor y más penosa de las desgracias humanas amenazaba al reino por obra de la fortuna; pero entonces avanzó y creció aún más, por una causa como esta.

Euricles, de Lacedemonia, no oscuro entre los de allí, pero hombre ruin de alma y diestro en el lujo y en la adulación —capaz a la vez de tener ambas cosas y de no parecerlo—, habiéndose establecido junto a Herodes, le da regalos y, recibiendo más de él, con las ocasiones de las entrevistas maniobró para hacerse amigo del rey entre los primeros. Tenía alojamiento en casa de Antípatro, pero acceso y trato con Alejandro, pues decía que gozaba de estima ante Arquelao el capadocio. Por lo cual fingía también honrar a Glafira, y se afanaba mucho, cultivando a todos en secreto y atendiendo siempre a lo que se decía o se hacía, para, a partir de ello, corresponder con calumnias. Al fin se mostraba con cada uno, según los encuentros, de tal modo que era amigo de aquel, pero parecía a los demás estar de su parte según lo que a cada cual convenía. A Alejandro lo extravía, siendo joven, persuadiéndolo de que sobre lo que había padecido le estaba permitido hablar sin temor a nadie, sino solo a él. Mostraba, pues, su aflicción por cómo su padre se había vuelto ajeno, y le contaba lo que pasaba con su madre y con Antípatro: que este, apartándolos del honor, todo lo podía ya. Y decía que nada de esto era soportable, dispuesto ya su padre al odio, hasta el punto de no aguantarlo ni en banquetes ni en reuniones.

Tales cosas decía aquel, como es natural, por lo que le dolía; y Euricles llevaba estas palabras a Antípatro, diciendo que no lo hacía por su causa, pero que, vencido por el afecto que le tenía, y por la magnitud del asunto, le encarecía que se guardara de Alejandro; pues no decía nada de aquello sin pasión, sino que en las propias palabras estaba [la intención de] matarlo con su mano. Antípatro, pues, teniéndolo por bien dispuesto a partir de esto, le daba grandes regalos en cada ocasión, y al fin lo persuade de llevar el asunto ante Herodes. Y él, al narrar la mala voluntad de Alejandro por lo que decía haber oído, no resultó inverosímil, sino que dispuso de tal modo al rey, envolviéndolo siempre con sus palabras y azuzándolo, que hizo el odio irrevocable. Lo mostró también en la ocasión misma: pues al punto da a Euricles cincuenta talentos de regalo. Y aquel, tomándolos y subiendo ante Arquelao, el rey de los capadocios, alababa a Alejandro y decía que le había sido de mucha utilidad para la reconciliación con su padre. Habiendo sacado dinero también de aquel, antes de ser sorprendido en su maldad, se marchó. Así pues, Euricles, sin dejar tampoco en Lacedemonia de ser un miserable, por muchos agravios fue privado de su patria.

El rey de los judíos ya no estaba, como antes, dispuesto solo a escuchar las calumnias contra Alejandro y Aristóbulo, sino que, llegado ya al odio doméstico, aunque nadie hablara, él mismo las urdía, vigilando cada cosa, inquiriendo y dando pie a todos los que quisieran, por si alguno tenía algo que decir contra ellos —hasta [oír] que Euárato de Cos era cómplice de Alejandro. Y esto, con placer, lo más grato de todo, lo recibía Herodes.

Sobreviene contra los jóvenes algo mayor, tramándose siempre la calumnia contra ellos, y estando propuesto para todos, por así decir, este premio: decir algo enojoso sobre ellos parecía [contribuir] a la salvación del que reinaba. Tenía Herodes dos guardias de corps, honrados por su fuerza y talla, Jucundo y Tirano. Estos, tras haberse indispuesto con el rey y ser apartados, andaban con Alejandro, cabalgando con él y honrados en los gimnasios, y recibieron algún oro y otros regalos. Al punto, pues, el rey, teniéndolos también bajo sospecha, los sometió a tormento, y ellos, resistiendo mucho tiempo, dijeron después que Alejandro los persuadía a asesinar a Herodes, si podía adelantarse [a él] persiguiendo a las fieras en una cacería; pues era posible decir que, caído del caballo, había ido a dar sobre sus propias lanzas, ya que semejante percance le había ocurrido antes. Mostraron también el oro enterrado en una cuadra y acusaron al jefe de cazadores de haberles dado lanzas reales y de haber [entregado] armas a los que servían a Alejandro, por orden de aquel.

Después de estos, apresado el jefe de la guarnición de Alejandrión, fue torturado; pues también él tenía una acusación: que había prometido recibirlos en la fortaleza y proporcionar dinero a los jóvenes, [de] los tesoros reales depositados en aquella plaza. Él, por su parte, no confesó nada, pero su hijo, presentándose, dijo que esto había ocurrido, y entregó una carta que, a juzgar por ella, era de la mano de Alejandro: «Cuando hayamos cumplido, si Dios quiere, todo lo que nos hemos propuesto, iremos a vosotros; pero procurad, como habéis prometido, recibirnos en la fortaleza.» Tras este escrito, Herodes ya no dudaba de la conjura de sus hijos contra él; pero Alejandro dijo que Diofanto el secretario había imitado el trazo, y que el escrito había sido maquinado maliciosamente por medio de Antípatro; pues Diofanto, en efecto, tenía fama de diestro en tales cosas, y más tarde, convicto de otras, murió por ello.

El rey llevó también ante la multitud, en Yerijó, a los que habían sido torturados, para que acusaran a los jóvenes; y a estos la muchedumbre, arrojándoles cosas con la mano, los mató. Y cuando se disponían a matar del mismo modo a Alejandro y a los suyos, el rey lo impidió, conteniendo a la multitud por medio de Tolomeo y de Feroras. Había sobre ellos vigilancia y custodia, y nadie se les acercaba, pero todo lo que hacían y decían era observado; y, ¿qué más?, tenían la infamia y el temor de los condenados. El otro de ellos, Aristóbulo, movido por el abatimiento, [trataba de persuadir] a su tía y suegra [Salomé] de que se doliera con él de sus desgracias y odiara al que tramaba tales cosas, pues le dijo: «¿No hay también para ti peligro de perdición, calumniada ante Sileo con la esperanza de un matrimonio, si delatas de antemano todo lo de aquí?» Ella, muy pronto, lleva estas palabras a su hermano. Y él, sin poder contenerse ya, manda encadenarlos y, separándolos uno de otro, que pongan por escrito todo el mal que habían hecho contra su padre y que lo entreguen. Ellos, ya que esto se les había mandado, escriben que ni concibieron ni tramaron conjura alguna contra el que los engendró, pero que se habían propuesto huir, y esto por necesidad, siéndoles la vida sospechosa y penosa.

Por aquel tiempo, habiendo llegado de Capadocia un embajador de parte de Arquelao, un tal Melas, que era uno de los poderosos de aquel, Herodes, queriendo poner de manifiesto la mala voluntad de Arquelao hacia él, llamó a Alejandro tal como estaba en las cadenas y de nuevo le preguntó sobre la fuga: adónde y cómo habían resuelto retirarse. Y Alejandro dijo que [pensaban ir] a Arquelao y de allí a Roma, habiendo aquel accedido a enviarlos; pero que nada más impropio ni penoso habían pensado contra su padre, ni era verdad nada de cuanto se había maquinado por la malicia de los adversarios. Y que desearía que Tirano y los demás vivieran todavía, para un examen más seguro; pero que también estos habían perecido demasiado pronto, al meter Antípatro a sus propios amigos entre la multitud.

Diciendo él tales cosas, [Herodes] ordenó llevar a la vez a Melas y a Alejandro ante Glafira, la [hija] de Arquelao, y averiguar de ella si no ignoraba nada de lo tramado para la conjura contra Herodes. Cuando llegaron, al punto Glafira, al ver preso a Alejandro, se golpeó la cabeza y, en el colmo del espanto, prorrumpió en un grande y compasivo gemido. Había también lágrimas del joven, y para los presentes un espectáculo doloroso, hasta el punto de no poder por largo rato ni decir ni hacer aquello para lo que habían venido. Al fin, ordenando Tolomeo —pues a él se le había encargado conducirlo— que dijera si su mujer era sabedora de algo de lo tramado, él respondió: «¿Cómo no habría de saberlo, amada por mí más que mi propia alma y compartiendo hijos conmigo?» Y ella, ante esto, exclamó que no era sabedora de nada impropio, pero que, si algo aprovechaba a la salvación de aquel el mentir incluso contra sí misma, lo confesaría todo. Y Alejandro dijo: «Nada impío —ni nada de lo que sospechan aquellos a quienes menos correspondía— concebí yo, ni tú sabes nada, sino que habíamos resuelto retirarnos a casa de Arquelao y de allí a Roma.»

Confesando ella esto, Herodes, dando por convicto a Arquelao de su mala voluntad hacia él, entrega a Olimpo y a Volumnio unas cartas, ordenándoles que, en la travesía, arribando a Elaúsa de Cilicia, entregaran a Arquelao [las cartas] sobre estos asuntos y, tras reprocharle que había tomado parte en la conjura con los hijos, navegaran desde allí a Roma. Y que, si hallaban que Nicolao había logrado algo, de modo que César ya no estuviera irritado con él, entregaran las cartas y las pruebas amañadas contra los jóvenes; así lo instruyó. Arquelao, pues, se defendía, admitiendo que había accedido a recibir a los jóvenes porque convenía tanto a ellos mismos como al padre que nada más duro se añadiera, por cólera, a aquello sobre lo que, recelosos, andaban en disputa; pero que no [había accedido] a enviarlos a César ni había convenido con los jóvenes ninguna otra cosa por mala voluntad hacia aquel.

Llevados a Roma, tuvieron ocasión de entregar las cartas [y] de hallar a César reconciliado con Herodes; pues lo de la embajada de Nicolao resultó de este modo. Cuando subió a Roma y anduvo por la corte, primero juzgó oportuno acusar no solo en aquello por lo que había venido, sino también a Sileo, y era manifiesto, antes de la audiencia, que se hacían la guerra el uno al otro. Los árabes, sospechándolo por esto y acudiendo a Nicolao, le denunciaban todos los agravios y aportaban pruebas evidentes de que todo lo de Obodas había sido arruinado [por Sileo]; pues había también una de sus cartas que ellos, habiéndola sustraído durante la rebelión, esgrimían para convencerlo. Nicolao, viendo que le había sobrevenido esta suerte de buena fortuna, por medio de ella maniobraba para lo venidero, apremiando a que César llegara a una reconciliación con Herodes; pues sabía con claridad que, si [Herodes] quería defenderse de lo que había hecho, no habría libertad para ello, pero que, si [él] quería acusar a Sileo, se le presentaría ocasión de hablar en favor de Herodes.

Enfrentados, pues, el uno con el otro, y dado un día, Nicolao, presentes con él los embajadores de Aretas, acusaba a Sileo, entre otras cosas, hablando de la muerte del rey [Obodas] y de muchos árabes, y de que había tomado dinero en préstamo para nada sano, y probándole adulterios no solo con las mujeres de Arabia, sino también con las de Roma; y añadía lo más grave: que había engañado a César, no enseñándole nada verdadero acerca de lo hecho por Herodes. Cuando llegó a este punto, César lo detuvo, exigiendo que dijera solo esto en favor de Herodes: si había llevado un ejército a Arabia, si había matado a dos mil quinientos de los de allí y si había tomado cautivos tras saquear el país. A esto respondió Nicolao que sobre ello, precisamente, mostraría que nada, o al menos la mayor parte, había sucedido como habías oído y como habría sido justo llevar más a mal.

Cediendo César, contra lo esperado, a escucharlo, [Nicolao], mencionando el préstamo de quinientos talentos y el contrato —en el que estaba también añadido por escrito esto: que era lícito, vencido el plazo, tomar represalias de todo el país—, decía que la expedición no era expedición, sino [ida] para la justa reclamación de lo propio; y ni aun esta hecha pronto ni como permitían los contratos, sino que Herodes había acudido muchas veces a Saturnino y a Volumnio, los gobernadores de Siria, y por último, en Berito, ante ellos, había jurado Sileo por tu fortuna que en verdad, dentro de treinta días, entregaría el dinero y a los que habían huido del reino de Herodes. No habiendo hecho Sileo nada de esto, Herodes acudió de nuevo a los gobernadores, y, permitiéndole ellos tomar las represalias, así, a duras penas, salió con los suyos.

«La guerra, pues, según decían estos con voces de tragedia, y lo de la campaña, fueron tales. Y sin embargo, ¿cómo podría ser una guerra, permitiéndolo tus gobernadores, habiéndolo concedido el contrato, y profanado, junto con los demás dioses, también tu nombre, oh César? Y ahora hay que hablar de lo de los cautivos. Bandidos de los que habitan el Tracón, cuarenta al principio, luego de nuevo más, escapando de los castigos de Herodes, hicieron de Arabia base de operaciones. A estos los acogió Sileo, alimentándolos contra todos los hombres, y les dio tierra para habitar, y él mismo tomaba las ganancias de los bandidos. Convino en devolver también a estos bajo los mismos juramentos, según el mismo plazo del préstamo. Y no podría mostrar, al presente, que ningún otro del país de los árabes, fuera de estos bandidos, haya sido llevado [cautivo], ni tampoco a todos ellos, sino solo a cuantos no lograron pasar inadvertidos. Así, pues, quedando manifiesta también la envidiosa calumnia acerca de la cautividad, aprende, oh César, el mayor embuste y mentira que él ha urdido contra tu cólera. Pues afirmo que, habiendo caído sobre nosotros la fuerza de los árabes y habiendo muerto uno y otro de los de Herodes, entonces, defendiéndose este a duras penas, cayeron Nákebos, su general, y unos veinticinco en total; y de estos, contando cada uno hasta cien, decía él que los muertos eran dos mil quinientos.»

Esto conmovió aún más a César, y, volviéndose hacia Sileo, lleno de cólera, le preguntó cuántos árabes habían muerto. Y como aquel se quedara sin respuesta y dijera que se había equivocado, se leyeron los contratos de los préstamos y las cartas de los gobernadores, y [la relación de] cuantas ciudades acusaban a las bandas de ladrones. Y al fin César llegó a esto: condenar a Sileo a muerte, y reconciliarse con Herodes, arrepentido de lo que, por la calumnia, le había escrito con más amargura, engañado como estaba; y a decir algo así contra Sileo: que lo había forzado, con un relato falso, a ser injusto con un hombre amigo. En suma, Sileo fue remitido [para responder] en los juicios y pagar las deudas a los prestamistas, y luego, así, ser castigado. Con Aretas no estaba benévolo César, porque había tomado el mando no por medio de él, sino por sí mismo. Y había resuelto dar Arabia a Herodes, pero lo impidieron las cartas enviadas por aquel. Pues Olimpo y Volumnio, al enterarse de que César estaba benévolo, al punto, por instrucción de Herodes, juzgaron oportuno entregar las cartas acerca de los hijos y las pruebas. César, tras leerlas, no juzgó bien añadir otro reino a un anciano que lo pasaba mal en lo tocante a sus hijos, sino que, recibiendo [a los enviados] de Aretas y reprochándole solo esto —que había obrado con precipitación al no aguardar a recibir el reino de su mano—, aceptó los regalos y le confirmó el mando.

Cómo Herodes, con permiso de César, acusó a sus hijos ante una asamblea de jueces en Berito; y lo que sufrió Terón por usar una libertad de palabra desmedida y soldadesca. También sobre la muerte de los jóvenes y su sepultura

A Herodes le escribe, ya reconciliado, diciendo que se dolía por lo de los hijos, y que era menester, si habían osado algo más impío, proceder contra ellos como parricidas —pues le concedía a él esta facultad—; pero que, si habían concebido la huida, tras amonestarlos por lo demás, no ejecutara nada irreparable. Y le aconsejaba reunir un consejo, señalándolo cerca de Berito, donde habitan romanos, y, tomando consigo a los gobernadores y a Arquelao, el rey de los capadocios, y a cuantos otros juzgara notables por amistad y por dignidad, determinar, con el parecer de aquellos, lo que se debía resolver. Tales cosas escribía César. Y Herodes, llevadas las cartas ante él, al punto se llenó de gozo por la reconciliación, y de gozo también porque se le permitía todo contra los hijos.

Y, de algún modo, si en el período anterior su mala fortuna, con ser dura, no lo había vuelto ni audaz ni precipitado hacia la perdición de sus hijos, en aquel momento —tomado por un giro más favorable y por la libertad de hablar sin trabas— su odio se ufanaba vanamente del poder que tenía. Envió, pues, a convocar al consejo a cuantos le pareció, salvo a Arquelao: por enemistad no quiso que estuviera presente, o bien porque pensaba que sería un estorbo para su propósito.

Cuando los gobernadores y los demás a quienes había llamado de las ciudades estuvieron en Berito, a los muchachos —pues no juzgó digno hacerlos comparecer ante el consejo— los mantuvo en una aldea de los sidonios llamada Platano, cerca de la ciudad, para tenerlos a mano por si eran llamados a presentarse. Entró él solo, en persona, ante ciento cincuenta hombres allí reunidos, y formuló una acusación nada dolorida, como habría cabido esperar de la desgracia que lo aquejaba, sino muy alejada de lo que un padre diría contra sus hijos. Iba violento; se enredaba en la demostración del cargo y daba señales grandísimas de cólera y de ferocidad. No dejaba que ellos examinaran las pruebas, sino que se erigía en abogado contra ellos —cosa impropia de un padre frente a sus hijos— y leía lo que los propios muchachos habían escrito. En aquellos escritos no había asentada ninguna conjura ni designio impío; solo que planeaban huir, y ciertas injurias que encerraban reproches contra él, nacidas del rencor. Al llegar a ese punto, gritaba más aún, y con esos mismos papeles agrandaba lo restante hasta convertirlo en confesión de la conjura, jurando que preferiría verse privado de la vida antes que oír tales palabras.

Al fin, tras declarar que la autoridad la tenía él tanto por naturaleza como por concesión de César, añadió que una ley patria ordenaba lo siguiente: si los padres, tras acusar a alguien, le ponían las manos sobre la cabeza, era forzoso que los presentes lo apedrearan y lo mataran de ese modo. Y aunque estaba dispuesto a hacerlo él mismo, en su patria y en su reino, no obstante había aguardado el juicio de ellos; que habían venido no tanto como jueces de hechos manifiestos —por los que a punto había estado de sufrir a manos de sus hijos—, cuanto teniendo ocasión de compartir su indignación, pues a nadie, ni de los muy apartados del caso, le convenía desentenderse de semejante conjura.

Dicho esto por el rey, y sin que a los jóvenes se los llevara siquiera hasta la defensa, los del consejo, concordando en que el asunto había ido más allá de toda clemencia y reconciliación, le confirmaron la potestad. Y primero Saturnino, varón de rango consular y de los de dignidad, dio su parecer valiéndose de un temperamento muy desagradable de sostener: dijo que condenaba a los hijos de Herodes, pero que no creía justo matarlos, teniendo él mismo hijos, y siendo mayor el dolor, aun cuando toda su desventura le hubiese venido por ellos. Después de él, los hijos de Saturnino —pues lo acompañaban tres, en calidad de legados— dieron el mismo parecer. Volumnio, en cambio, dijo abiertamente que debía castigar con la muerte a quienes tan impíamente se habían comportado con su padre. Lo mismo opinaron la mayoría de los que siguieron, de modo que no parecía sino que los jóvenes ya habían sido condenados a muerte.

Desde allí, en seguida, Herodes vino trayéndolos a Tiro. Y como Nicolao había navegado a su encuentro desde Roma, tras referirle primero lo ocurrido en Berito, le preguntó qué opinión tenían acerca de sus hijos también sus amigos de Roma. Y aquel respondió: «Impío parece lo que ellos han resuelto acerca de ti; con todo, debes encerrarlos y guardarlos prisioneros. Y si más adelante te pareciera castigarlos, que no aparezcas obrando por ira más que por juicio; pero si al contrario, soltarlos, que la desgracia no te resulte irreparable. Esto mismo opinan también en Roma la mayoría de tus amigos». El rey, callando, quedó sumido en honda cavilación, y le ordenó que navegara con él.

Cuando llegó a Cesarea, corrió en seguida el rumor entre todos acerca de los muchachos, y el reino quedó en suspenso, aguardando adónde iría a parar su suerte. Un temor terrible se deslizaba en todos: que una discordia de antiguo llegara a su mismo desenlace. Se dolían de aquellas desdichas, pero no era posible ni decir nada precipitado ni escuchar sin peligro a quien lo dijera; encerrados en su compasión, sobrellevaban con dolor, aunque en silencio, aquel exceso de sufrimiento. Uno de ellos, en cambio, un antiguo soldado llamado Tirón —que tenía un hijo de la edad de Alejandro y amigo suyo—, todo lo que en los demás se insinuaba calladamente él lo proclamaba por franqueza, y a menudo se veía impelido a gritarlo ante la multitud, diciendo sin embozo que la verdad había perecido, que la justicia había sido arrancada de entre los hombres, que reinaban las mentiras y la malicia, y que tal nube se cernía sobre las cosas que ni siquiera los mayores sufrimientos humanos eran vistos por quienes pecaban.

Siendo así, parecía hablar con franqueza no exenta de peligro; pero lo razonable de sus palabras conmovía a todos, pues se plantaba con hombría ante la ocasión. Por eso escuchaban con gusto, dichas por él, todas las cosas que cada cual habría querido decir; y aun previendo su propia seguridad en el callar, acogían no obstante su franqueza, porque el sufrimiento que se esperaba forzaba a cualquiera a hablar en favor de los muchachos. Él, además, abriéndose paso hasta el rey con toda libertad, pidió hablarle a solas; y concedido esto, sin poder contenerse, dijo: «Oh rey, he preferido a mi propia seguridad perseverar, ante semejante calamidad, en esta audaz franqueza —necesaria y provechosa para ti, si sacas de ella algo útil—. ¿Adónde se te han ido y se te han desplomado del alma las entrañas? ¿Adónde aquella mente sobresaliente con la que llevaste a buen término tantas y tan grandes empresas? ¿Qué desamparo es este de amigos y parientes? Juzgo que ni siquiera los que están presentes son parientes ni amigos, si consienten tamaña abominación sobre el reino en otro tiempo tenido por dichoso. ¿No vas a considerar qué es lo que se está haciendo? ¿Matarás a dos jóvenes nacidos de una reina, cumbres de toda virtud, para dejarte a ti mismo en la vejez pendiente de un solo hijo que mal ha administrado la esperanza puesta en él, y de unos parientes a quienes tú mismo tantas veces has condenado ya a muerte? ¿No adviertes que hasta el silencio de las multitudes ve el crimen y aun así aborrece lo que ocurre, y que todo el ejército, y sus jefes, sienten compasión por los desdichados y odio por quienes esto perpetran?».

Oía el rey estas cosas, al principio no del todo con mal talante; pero —¿qué hay que decir?— Tirón lo sacudió, tocándole al vivo tanto el dolor como la desconfianza para con los suyos. Luego, sin embargo, aquel fue extralimitándose poco a poco, valiéndose de una franqueza desmedida y de soldado, pues su falta de mesura se le escapaba fuera de sazón, y Herodes se llenaba de turbación. Pareciéndole que lo injuriaban más que oír palabras dirigidas a su provecho, y habiéndose enterado de los soldados así dispuestos y de los jefes indignados, mandó que a todos los señalados por su nombre, y a Tirón, los apresaran y los tuvieran bajo custodia.

Ocurrido esto, aprovechó la ocasión también un tal Trifón, barbero del rey, que, presentándose, dijo que Tirón muchas veces lo instaba a que, mientras atendía al rey, le cortara la garganta con la navaja: sería de los primeros junto a Alejandro y recibiría grandes recompensas. Ordenó prender a quien esto decía, y tras ello hubo tormento de Tirón, de su hijo y del barbero. Como Tirón resistía, el joven, viendo a su padre ya en trance penoso, sin esperanza alguna de salvación, y presintiendo por la dureza empleada con el atormentado lo que a él mismo le aguardaba, dijo que revelaría al rey la verdad si, a cambio de hablar, se los eximía del tormento y del maltrato, a él y a su padre. Dada la garantía sobre esto, declaró que había un pacto para que Tirón atacara al rey por su propia mano, pues le era fácil acercarse a él a solas, y que, tras hacerlo, padecer algo verosímil no era innoble, prestando así un favor a Alejandro. Diciendo esto, aquel libró a su padre de la tortura, sin que quede claro si, forzado, decía la verdad, o si había ideado esa treta como reparo de los males para sí y para quien lo había engendrado.

Herodes, si antes le quedaba algún resquicio de duda acerca de dar muerte a sus hijos, no dejó ya en su alma lugar ni sitio para ella, sino que, apartado de sí todo cuanto pudiera procurarle el arrepentimiento de un cálculo mejor, se apresuró a poner fin a su propósito. Sacó a una asamblea a trescientos de los jefes que estaban bajo acusación, y a Tirón con su hijo y con el barbero que lo había delatado, y formuló contra todos ellos su acusación. A aquellos la muchedumbre los mató arrojándoles lo que a mano tenían. Alejandro y Aristóbulo, llevados a Sebaste por orden del padre, fueron muertos por estrangulamiento. Y de noche depositaron sus cuerpos en Alejandrión, donde yacían su abuelo materno y la mayoría de sus antepasados.

Acaso a algunos no les parezca sin razón que un odio nutrido desde antiguo creciera de tal modo y, llegando más lejos, venciera a la naturaleza. Cabría, con todo, detenerse a reflexionar si debe atribuirse tal causa a los jóvenes, que arrastraron al padre a motivo tras motivo y con el tiempo, por su aspereza, prepararon contra sí un mal ya sin remedio; o al propio Herodes, insensible y desmedido en el ansia de mando y de la demás gloria, hasta el punto de creer que a nadie había que perdonar con tal de tener, invicto, cuanto quería; o bien a la fortuna, cuyo poder resultó mayor que todo cálculo sensato —de donde también nos persuadimos de que las acciones humanas están de antemano consagradas por ella, por la necesidad de que sucedan de todo modo, y la llamamos destino, como si nada hubiera que no ocurra por ella—. Este argumento, por ser demasiado alto, bastará esgrimirlo contra aquella opinión, reservándonos a nosotros mismos alguna parte y no dejando sin responsabilidad las diferencias de conducta, cuestiones que ya antes de nosotros han sido filosofadas también por la ley.

De los otros dos personajes, a uno —el de los hijos— podría alguien echarle en cara la culpa, por altivez juvenil y presunción regia: que soportaban las calumnias contra el padre, que no eran benévolos jueces de lo que él hacía en su vida, malintencionados para sospechar e incapaces de callar al hablar, y fácilmente atrapables por ambas cosas ante quienes los espiaban y delataban para congraciarse. El padre, en cambio, no parece merecer siquiera indulgencia por la impiedad cometida con ellos: sin haber recibido prueba clara de conjura ni poder señalar preparativo alguno de atentado, se atrevió a matar a los nacidos de él mismo, óptimos de cuerpo y muy queridos por todos los extraños, y nada inferiores en sus dotes, ya fuera menester cazar, o ejercitarse en las cosas de la guerra, o hablar sobre lo que se presentara. De todo ello participaban, y Alejandro, el mayor, más aún. Pues le habría bastado, aun cuando los hubiera condenado, con tenerlos vivos, encadenados o desterrados del reino, hallándose él rodeado de gran seguridad —el poder de los romanos—, gracias al cual nada podía sufrir ni por asalto ni por violencia. Pero matar de prisa, para complacer a la pasión que lo dominaba, es señal de una impiedad sin atenuante; y, hallándose ya en la vejez, en tal grado se descarrió. Ni la dilación ni la tardanza le traerían perdón alguno: que uno, herido y conmovido de súbito, se lance a algo desatinado, con ser difícil, es cosa que siempre sucede; pero, tras larga deliberación y demora, habiéndose lanzado muchas veces y otras tantas titubeado, resolverse al fin y consumarlo, es propio de un alma sedienta de sangre y difícil de apartar de lo peor. Lo mostró también en lo que siguió, al no abstenerse ni siquiera de los que restaban, de cuantos tenía por más queridos; en ellos la justicia hacía que se los compadeciera menos al perecer, pero la crueldad era igual, pues tampoco a aquellos perdonó. De ellos trataremos a continuación, refiriéndolo por su orden.