Libro decimoséptimo
Cómo Antípatro fue odiado por toda la nación judía por la matanza de sus hermanos; y cómo, por ese motivo, se granjeó un favor singular entre sus amigos de Roma haciéndoles muchos regalos, como también con Saturnino, gobernador de Siria, y con los magistrados a sus órdenes; y acerca de las esposas e hijos de Herodes
Antípatro, que se había deshecho de sus hermanos con la más extrema impiedad y había envuelto a su padre en la culpa vengadora de aquella sangre, no vio cumplirse como esperaba su porvenir. Libre ya del temor por el trono —pues nadie compartía con él la sucesión, muertos sus hermanos—, encontró en cambio más arduo, y aun imposible, alcanzar la corona: tanto había crecido contra él el odio del pueblo. Y por grave que ya fuera esto, aún más lo afligía el ejército, mal dispuesto hacia él en su ánimo —y era en los soldados donde los reyes tenían cifrada toda la seguridad de su casa cada vez que el pueblo se inclinaba a la revuelta—. Tal fue el peligro que le atrajo la muerte de sus hermanos.
No obstante, gobernaba junto a su padre en todo como si fuera rey, y gozaba de mayor confianza ante él —cosa por la que bien habría convenido que hubiera perecido—, pues había hallado en ello prendas de afecto: aparentaba haber denunciado a sus hermanos por velar por la seguridad y salvación de Herodes, y no por odio hacia ellos y, antes que hacia ellos, hacia su padre; tales maldiciones se derramaban en torno a él. Todo esto se erigía como maquinaria del camino que Antípatro preparaba contra Herodes: se dejaba a sí mismo sin acusadores de lo que se proponía hacer, y dejaba a Herodes sin el refugio de quienes lo socorrieran, una vez que él se declarase abiertamente enemigo. De modo que fue por odio a su padre por lo que urdió la trama contra sus hermanos; pero lo que más lo tenía atrapado era que, una vez emprendida, no podía ya desistir de la empresa. Si Herodes moría, el poder sería firmemente suyo; pero si aquel alcanzaba a vivir más tiempo, se le venían encima los peligros de que la maquinación saliera a la luz, pues, siendo él su autor, forzaba a su padre a volverse su enemigo.
Y para congraciarse era pródigo con quienes rodeaban a su padre, aplacando con grandes dádivas el odio que los hombres le tenían; sobre todo se ganaba la buena voluntad de sus amigos de Roma con envíos de espléndidos regalos, y ante todo la de Saturnino, gobernador de Siria. Esperaba atraerse igualmente al hermano de Saturnino con la magnitud de sus obsequios, y a la hermana del rey, casada con uno de los principales del entorno de Herodes, valiéndose del mismo recurso. Fingiendo amistad con quienes trataba, era hábil como nadie para hacerse creer, y cuando concebía odio contra alguno, sagacísimo para disimularlo. No engañaba, sin embargo, a su tía, que desde mucho antes lo tenía calado y ya no era mujer a quien se pudiera embaucar, y porque estaba dispuesta con todos los medios en contra de su malicia. Y eso que su propia hija estaba casada con el tío materno de Antípatro —por gestión y empeño de este había obtenido a la joven, antes desposada con Aristóbulo—, y a la otra hija la tenía por mujer el hijo de su marido, Calleas. Pero el parentesco no le sirvió de muralla para que no se advirtiera su perfidia, como tampoco el vínculo anterior lo había librado de ser odiado.
A Salomé, que por deseo amoroso ansiaba casarse con Sileo el árabe, Herodes la fuerza a convivir con Alejas, con la colaboración de Julia, que persuadió a Salomé de no rechazar la boda, para que no surgiera abiertamente enemistad entre ellos —pues Herodes había jurado no mostrarse benévolo con Salomé si no aceptaba el matrimonio con Alejas—. Y ella se dejó convencer, tanto por ser Julia la esposa de César como porque le aconsejaba cosas muy provechosas. Por entonces Herodes también devolvió a su padre a la hija del rey Arquelao, que había estado casada con Alejandro, restituyendo la dote de su propio peculio, para que no quedara entre ellos litigio alguno.
Él mismo criaba con gran esmero a los hijos de sus hijos: Alejandro había tenido de Glafira dos varones, y Aristóbulo, de Berenice, hija de Salomé, tres varones y dos hijas. Y una vez, en presencia de sus amigos, hizo comparecer a los pequeños y, llorando la suerte de sus hijos, rogó que nada semejante alcanzara a los niños de aquellos, sino que, crecidos en virtud y en justicia, correspondieran a la crianza que él les daba. Los había prometido en matrimonio, para cuando llegaran a la edad debida: al mayor de los hijos de Alejandro, la hija de Feroras; al de Aristóbulo, la de Antípatro; y destinó a una hija de Aristóbulo para el hijo de Antípatro, y a la otra de las hijas de Aristóbulo para Herodes, hijo suyo —este le había nacido al rey de la hija del sumo sacerdote—; pues entre nosotros es costumbre patria que un hombre conviva con varias mujeres a la vez. El rey concertaba estos desposorios de los niños por compasión hacia los huérfanos, buscando mover a Antípatro a benevolencia con ellos a través del enlace.
Antípatro no dejó de comportarse con la misma disposición que había tenido hacia sus hermanos también con los hijos de estos, y el empeño de su padre por ellos lo irritaba, temiendo que llegaran a ser más poderosos que sus hermanos, sobre todo al hacerse hombres: pues Arquelao, siendo rey, respaldaría a los nietos, y Feroras a quien tomara por esposa a su hija; que también este era tetrarca. También lo azuzaba todo el pueblo, que usaba de compasión hacia los huérfanos y de odio hacia él en todo, pues no se había librado de la infamia por lo de sus hermanos. Maquinó, pues, deshacer lo que su padre había resuelto, considerando terrible que aquellos alcanzaran tan gran poder. Y Herodes cambió de parecer, cediendo a los ruegos de Antípatro, de manera que fuese el propio Antípatro quien se casara con la hija de Aristóbulo, y su hijo con la de Feroras. Así se modificaron los acuerdos matrimoniales, contra la voluntad del rey.
Con el rey Herodes convivían por este tiempo nueve mujeres: la madre de Antípatro y la hija del sumo sacerdote, de la que tuvo un hijo de su mismo nombre; había además una sobrina suya, hija de un hermano, casada con él, y con ella una prima. De estas dos no nació hijo alguno. Había entre las esposas una del pueblo de los samaritanos, y sus hijos eran Antipas y Arquelao, y una hija, Olimpíade. A esta la desposó más tarde Yosef, sobrino del rey; y Arquelao y Antipas se criaban en Roma en casa de un particular. Cleopatra de Yerushaláyim estaba casada con él, y de ella tuvo por hijos a Herodes y a Filipo, que también se criaba en Roma. Y entre sus mujeres estaba Palas, que le dio un hijo, Fasael; y, además de estas, Fedra y Elpis, de las que hubo dos hijas, Roxana y Salomé. Sus hijas mayores, hermanas de madre de Alejandro y los suyos —cuyo matrimonio Feroras había desdeñado—, convivían: una con Antípatro, hijo de la hermana del rey, y la otra con Fasael, que era hijo de un hermano de Herodes. Y esta era la descendencia de Herodes.
Zamaris, el judío babilonio; las intrigas de Antípatro contra su padre; y algo acerca de los fariseos
Por aquel tiempo, queriendo asegurarse frente a los traconitas, decidió fundar en medio de ellos una aldea judía no inferior a una ciudad en tamaño, para hacer su propio territorio difícil de invadir y, partiendo desde más cerca, poder dañar pronto a los enemigos. Y como sabía de cierto judío de Bavel que, con quinientos jinetes arqueros —todos ellos— y una parentela de hasta cien hombres, había cruzado el Éufrates y residía por azar en Antioquía la de Dafne, en Siria —Saturnino, entonces gobernador, le había dado para vivir un lugar llamado Ulata—, mandó llamarlo con toda la muchedumbre que lo seguía, prometiéndole tierras en la toparquía llamada Batanea, que lindaba con la Traconítide; pues quería hacer de aquel asentamiento un baluarte. Le ofreció la comarca libre de tributo y a ellos exentos de todas las cargas, entregándoles la tierra sin gravamen alguno de los que suelen pesar sobre quienes la habitan.
Persuadido por esto, el babilonio llega y, tomada la tierra, edificó fortines y una aldea, a la que puso por nombre Bathyra. Este hombre fue un baluarte tanto para los del país frente a los traconitas como para los judíos que venían de Bavel a Yerushaláyim a ofrecer sacrificio, protegiéndolos de los saqueos de los traconitas. Muchos acudieron a él de todas partes, todos los que guardan las costumbres patrias de los judíos. Y la comarca llegó a ser muy poblada, gracias a la inmunidad de todo tributo, que les duró mientras vivió Herodes. Filipo, hijo de aquel, al hacerse cargo del gobierno, les exigió poco y sobre pocas cosas. Agripa el Grande, en cambio, y su hijo del mismo nombre, los esquilmaron por completo, aunque no quisieron menoscabar su libertad. De ellos recibieron los romanos el poder, y también ellos les conservan el rango de hombres libres, pero con la imposición de tributos los agobiaron del todo. De esto daré cuenta con detalle, cuando venga a propósito, en el curso del relato.
Muere Zamaris el babilonio, que por la adquisición de esta tierra se había unido a Herodes, tras vivir con virtud y dejar buenos hijos: Yakim, que, hecho famoso por su valentía, adiestró en la equitación al contingente babilonio a su mando, y un escuadrón de estos hombres servía de guardia a aquellos reyes. Y Yakim, al morir anciano, dejó a su hijo Filipo, hombre diestro con las armas y, por lo demás, tan notable en virtud como cualquiera. Por eso nació entre él y el rey Agripa una amistad leal y una benevolencia firme: cuanto ejército mantenía el rey, él lo tenía siempre adiestrado, y lo mandaba dondequiera que fuese menester salir en campaña.
Estando Herodes en las circunstancias que he descrito, todos los asuntos miraban a Antípatro, y en cuanto quería favorecer no carecía de potestad para llevarlo a cabo, pues su padre se la había concedido esperando lealtad y fidelidad. Y se atrevía a apropiarse de una autoridad aún mayor sobre ellos, porque ante su padre pasaba inadvertido en sus fechorías y parecía fidelísimo en cuanto decía. Era temible para todos, no tanto por la fuerza de su poder como por la astucia de su malicia; y Feroras sobre todo lo cortejaba, y era a su vez cortejado con extremo, pues Antípatro lo tenía enteramente cercado y había puesto de su parte el gineceo en cuanto tocaba a Feroras. Pues Feroras era esclavo de su mujer, de la madre de esta y de su hermana, y ello a pesar de odiarlas por el ultraje que habían hecho a sus hijas doncellas; con todo, lo soportaba, y nada podía hacerse al margen de aquellas mujeres, que tenían al hombre por completo dominado y no cesaban de secundarse unas a otras en todo, unidas por mutuo afecto. De modo que Antípatro las tenía sometidas por todos los medios, por sí mismo y por su madre; pues estas cuatro mujeres decían una misma cosa. Y entre Feroras y Antípatro los pareceres solo diferían en asuntos de nada.
Un contrapeso para ellos era la hermana del rey, que desde tiempo atrás lo vigilaba todo y sabía que aquella concordia se ejercía en perjuicio de Herodes, y no rehuía denunciarlo. Y sabiendo que su buena avenencia era mal vista por el rey, tramaron que sus reuniones no fueran manifiestas, sino que fingían odio e insultos cuando venía a cuento, sobre todo estando presente Herodes o quienes se lo iban a referir; pero en secreto estrechaban aún más los lazos de su afecto. Y así lo hacían. Pero no se le escapó a Salomé ni el propósito de ellos desde el primer momento en que se lanzaron a tales manejos, ni, después, dejó de sacarle partido: lo rastreaba todo y, agrandándolo mucho ante su hermano, le denunciaba reuniones ocultas, francachelas y conciliábulos secretamente concertados que, de no haberse tramado para la ruina de él, no habría razón para ocultar. Ahora bien —añadía—, quienes en público se muestran enemigos y todo lo dicen para daño mutuo, pero en privado reservan su afecto lejos de la vista de los demás y, cada vez que se quedan a solas, no dejan de tratarse como amigos, esos confiesan que hacen la guerra a aquel de quien, valiéndose de su mutua concordia, se afanan por esconderla. Y ella rastreaba estas cosas y, alcanzando certeza, se las llevaba a su hermano, que ya de suyo comprendía buena parte; y las acusaciones de la hermana lo afianzaban en la seguridad de que no sospechaba en vano.
Había, en efecto, cierta facción de judíos que se preciaba en extremo de la exacta observancia de la tradición patria y de las leyes en que se complace la Divinidad —se los llama fariseos—, a la que estaba sometido el gineceo: hombres capaces como pocos de enfrentarse a un rey, cautelosos y abiertamente dispuestos a hacer la guerra y el daño. Y así, cuando todo el pueblo judío confirmó con juramento que sería fiel a César y a los intereses del rey, estos hombres —más de seis mil— no juraron; y como el rey los multó en dinero, la mujer de Feroras pagó la multa por ellos. Y ellos, para corresponder a su benevolencia —pues se los tenía por dotados de don profético por visitación de Dios—, predijeron que, habiendo decretado Dios que a Herodes y a su linaje se les acabaría el poder, el reino pasaría a ella, a Feroras y a los hijos que de ellos hubiera. Y esto —pues no se le ocultó a Salomé— fue denunciado al rey, junto con que corrompían a algunos de los de la corte. El rey manda ejecutar a los más culpables de los fariseos, y a Bagoas el eunuco, y a cierto Caro, en aquel tiempo el más sobresaliente por su hermosura y favorito suyo. Mata también a todos los de su casa que se habían sumado a lo que decía el fariseo. Pues a Bagoas lo habían enaltecido con la promesa de que sería llamado padre y bienhechor del rey que, según el vaticinio, habría de establecerse; porque todo estaría en manos de aquel, que le concedería fuerza para casarse y para engendrar hijos legítimos.
La enemistad entre Herodes y Feroras; cómo Herodes envió a Antípatro a César; y la muerte de Feroras
Herodes, tras castigar a los fariseos convictos de estos hechos, reúne un consejo de sus amigos y presenta una acusación contra la mujer de Feroras, atribuyendo a la osadía de aquella mujer el ultraje contra las doncellas y haciendo de ello un cargo que lo deshonraba a él mismo. Sostenía que aquella mujer atizaba la discordia entre él y su hermano —una guerra que la naturaleza no había puesto entre ellos—, con palabras y con obras cuanto podía; que había burlado con su dinero la multa que él había impuesto; y que nada de lo ocurrido últimamente se había hecho sin ella. «En pago de lo cual, Feroras, lo justo sería —y no hará falta siquiera que yo lo aconseje— que por tu propia voluntad despidas a esa mujer, pues será causa de guerra entre tú y yo. Y ahora, si aún reclamas mi parentesco, repudia a esa esposa; porque solo así seguirás siendo mi hermano y no dejarás de serme querido.»
Pero Feroras, aunque acosado por la fuerza de aquellos argumentos, respondió que no quebrantaría en nada lo justo de su parentesco con su hermano, ni tampoco el afecto hacia su mujer, y que prefería morir antes que, viviendo, soportar verse privado de una mujer que amaba. Herodes aplazó, por lo que a Feroras tocaba, su cólera por estos asuntos, aunque había tomado ya una venganza sin gozo; pero prohibió a Antípatro y a su madre tratar con Feroras, y les advirtió que se guardaran de reunirse con aquellas mujeres. Ellos lo consintieron de palabra, pero se juntaban en cuanto había ocasión, y Feroras y Antípatro banqueteaban juntos. Corría además el rumor de que Antípatro tenía trato con la mujer de Feroras, y que la madre de Antípatro les concertaba los encuentros.
Receloso de su padre y temiendo que el odio contra él fuera a más, Antípatro escribe a sus amigos de Roma pidiéndoles que instaran a Herodes a enviarlo cuanto antes ante César. Ocurrido esto, Herodes envió a Antípatro, adjuntándole regalos de gran valía y un testamento en el que, después de sí, designaba rey a Antípatro y, si este moría antes, a Herodes, el hijo que le había nacido de la hija del sumo sacerdote. Sileo el árabe partió también al mismo tiempo que Antípatro, sin haber cumplido nada de lo que César le había ordenado, y Antípatro lo acusa ante César por los mismos hechos de que ya lo había acusado antes Nicolao. También lo acusaba Aretas, por haber dado muerte a muchos de los notables de Petra contra su voluntad, y en especial a Sohemo, hombre digno como el que más de ser honrado por su virtud en todo, y por haber matado a Fabato, un esclavo de César.
Y Sileo se veía inculpado por cargos como estos: había un tal Corinto, guardaespaldas del rey Herodes, de su mayor confianza. Sileo persuade a este, a cambio de gran suma, de que matara a Herodes, y él se comprometió. Fabato, enterado de que Sileo se lo había propuesto, lo cuenta al rey. El rey, habiendo prendido a Corinto, lo somete a tortura, y todo se le hizo patente. Prende también a otros dos árabes por denuncia de Corinto: uno era un jefe de tribu, y el otro, amigo de Sileo. También estos —pues el rey los tortura— confesaron que habían acudido a exhortar a Corinto a que no flaqueara y, si fuera preciso, a ayudarle a ejecutar por su mano el crimen. Y Saturnino, una vez que Herodes se lo hubo revelado todo, los envió a Roma.
A Feroras, que se aferraba con obstinación al afecto por su mujer, Herodes le ordena que se retire a su propio territorio. Y él marchó de buen grado a la tetrarquía, tras jurar una y otra vez que no regresaría antes de saber que Herodes había muerto; de modo que, incluso cuando el rey enfermó y le pidió que acudiera para confiarle ciertos encargos, por si iba a morir, no obedeció, por respeto a su juramento. Herodes, sin embargo, no imitó en tales circunstancias la actitud que aquel había declarado de antemano: fue a ver a Feroras cuando este, más tarde, empezó a enfermar, y ello sin que se le hubiera llamado; y, muerto Feroras, lo amortajó, lo llevó a Yerushaláyim, lo juzgó digno de sepultura y decretó por él un gran duelo. Esto vino a ser para Antípatro, aunque había zarpado hacia Roma, el comienzo de los males que le acarreó su fratricidio, pues Dios se lo hizo pagar. Contaré por entero cuanto le atañe, que servirá al género humano de ejemplo para conducirse con virtud en todo.
La mujer de Feroras, acusada por los libertos de este de haberlo envenenado; cómo Herodes, al indagar el asunto con el tormento, halló el veneno —preparado en realidad contra él mismo por su hijo Antípatro— y descubrió, tras un interrogatorio con tortura, los peligrosos planes de Antípatro
Cuando Feroras murió, dos libertos suyos, de los que Feroras más apreciaba, se presentaron ante Herodes y le rogaron que no dejara sin venganza el cadáver de su hermano, sino que investigara aquella muerte inexplicable y desdichada. Y como él se dejó mover por sus palabras —pues parecían dignas de crédito—, le contaron que Feroras había cenado con su mujer la víspera de la enfermedad, y que, tras probar un veneno servido en un manjar no acostumbrado, murió por él; que el veneno lo había traído una mujer de Arabia, en apariencia con pretexto de filtros amorosos —pues, en efecto, se lo llamaba «hechizo de amor»—, pero en realidad para dar muerte a Feroras. Las mujeres de Arabia son las más expertas en venenos; y aquella a quien se lo achacaban pasaba, por acuerdo de todos, por íntima amiga de la amante de Sileo. La madre y la hermana de la mujer de Feroras habían ido a aquellas comarcas para persuadirla de que vendiera el veneno, y habían regresado trayéndola consigo un día antes de la cena.
Irritado por estas revelaciones, el rey sometió a tormento a esclavas y a algunas mujeres libres; y como el asunto seguía oscuro porque ninguna confesaba, al fin una de ellas, entre los dolores que la acosaban, no dijo otra cosa sino que rogaba a Dios que descargara semejantes tormentos sobre la madre de Antípatro, que había sido para todos causa de aquellas desgracias. Estas palabras llevan a Herodes a examinar más de cerca, y todo, por el tormento de las mujeres, salió a la luz: las francachelas, las reuniones secretas y hasta la divulgación, a las mujeres de Feroras, de cuanto se había dicho al hijo a solas. Se supo también que había una orden del padre a Antípatro de mantener oculta una dádiva de cien talentos y de romper todo trato con Feroras. Salieron igualmente a la luz su odio hacia el padre y sus lamentaciones ante la madre: que el padre había alcanzado a vivir demasiado tiempo y que sobre él, Antípatro, pesaba una vejez no menor, de suerte que, aun si le llegaba el reino, ya no podría alegrarlo del mismo modo; y que se criaban muchos con miras al trono —hermanos e hijos de hermanos— que no le dejaban una esperanza segura y sin temor. Pues aun ahora, si algo le sucedía, el rey mandaba que el poder se diera a un hermano antes que a su propio hijo. Y acusaba al rey de mucha crueldad y de la matanza de sus hijos; y por temor a que se cebara también en ellos, decía él que había ideado el ardid de marcharse a Roma, y Feroras el de retirarse a su tetrarquía.
Todo esto —pues concordaba con lo que decía su hermana— afianzó al rey en la certeza de la maldad de Antípatro y lo apartó del todo de seguir dudando de la lealtad de su hermana. Despojó a Doris, madre de Antípatro, de cuantas joyas llevaba encima, que valían muchos talentos; luego la despide, y selló una amistosa paz con las mujeres de Feroras. Pero quien más encendió la cólera del rey contra su hijo fue un samaritano, también llamado Antípatro, administrador de Antípatro el hijo del rey. Entre otras cosas que declaró bajo tortura, dijo que Antípatro había preparado un veneno mortal y se lo había entregado a Feroras, con el encargo de administrárselo al padre durante su propia ausencia, para quedar así lo más lejos posible de toda sospecha en tales asuntos. Y que Antífilo, uno de los amigos de Antípatro, había traído el veneno de Mitsraim; que se lo había hecho llegar a Feroras por medio de Teudión, hermano de la madre de Antípatro, el hijo del rey; y que así el veneno vino a parar a manos de la mujer de Feroras, a quien su marido lo había dado a guardar.
Ella confesó cuando el rey la interrogó y, corriendo como para ir a buscarlo, se arroja desde el tejado; sin embargo, no murió, pues la caída fue a dar de pie. Y así, una vez que la hubo hecho volver en sí, prometiéndole impunidad para ella y los suyos si en nada ocultaba la verdad, pero amenazándola con molerla a los peores tormentos si se obstinaba en la ingratitud, ella promete y juró que contaría todo tal como había sucedido; y dijo —como afirmaba la mayoría— que todo era verdad. «El veneno lo trajo de Mitsraim Antífilo, y se lo procuró un hermano suyo, que era médico; y cuando Teudión nos lo hubo traído, yo lo guardé, tras recibirlo de Feroras, preparado contra ti por Antípatro. Cuando Feroras enfermó, y tú viniste a cuidarlo, al ver la benevolencia con que lo tratabas se le quebró el ánimo y, llamándome, me dijo: “Mujer, Antípatro me ha enredado en una trama contra su padre —que es mi hermano—, urdiendo un designio mortal y proveyéndose de un veneno con que ejecutarlo. Ahora, pues, ya que mi hermano se ha mostrado sin quitar nada de la bondad que antes me tenía, y ya que es de esperar que no tarde en dejar la vida, trae el veneno y quémalo ante mis ojos, para que no pague yo a mis antepasados con un designio fratricida.”» Y —según su relato— ella, al traerlo, cumplió sin demora las órdenes de su marido: quemó la mayor parte del veneno, pero dejó un poco, por si, muerto Feroras, el rey la maltrataba, poder así librarse de sus tormentos quitándose la vida.
Dicho esto, sacó al medio el veneno y la cajita. Y otro hermano de Antífilo, y la madre de este, bajo apremio y la crudeza de los tormentos, declararon lo mismo y reconocieron la cajita. También la hija del sumo sacerdote, esposa del rey, fue acusada de haber estado al tanto de todo esto y de haberse afanado por ocultarlo. Por ello Herodes la repudió y borró a su hijo de los testamentos, en los que figuraba como futuro rey; y despojó del sumo sacerdocio a su suegro, Shimón hijo de Boeto, y nombra a Matityahu hijo de Teófilo, de linaje de Yerushaláyim. Por entonces llegó también de Roma Batilo, liberto de Antípatro, y, sometido a tortura, resulta que traía un veneno para dárselo a la madre de aquel y a Feroras, de modo que, si el primero no alcanzaba al rey, con este al menos acabaran con él.
Llegaron a Herodes cartas de sus amigos de Roma, redactadas por designio y al dictado de Antípatro, para acusar a Arquelao y a Filipo: como si estos denigraran a su padre por la matanza de Aristóbulo y Alejandro y se compadecieran de su propia suerte; pues ya el padre los llamaba de vuelta, y no por otra cosa, sino en las mismas circunstancias en que se había ordenado el regreso de aquellos otros que también habían perecido. Todo esto lo hacían por Antípatro sus amigos a cambio de crecidas sumas. Pero el propio Antípatro escribe a su padre sobre ellos, presentando los cargos como gravísimos, aunque declarando a los muchachos del todo inocentes y achacándolo a su juventud. Él, entretanto, litigaba en el asunto de Sileo, cortejaba a los hombres principales y había comprado un fastuoso ornamento por doscientos talentos. Sorprendería a cualquiera que, habiéndose promovido tanto contra él en Judea siete meses antes, nada le llegara a saberse; y la causa era el riguroso control y la vigilancia de los caminos, y el odio de los hombres hacia Antípatro: pues no había nadie que de buen grado, a riesgo propio, se prestara a velar por su seguridad.
La travesía de Antípatro desde Roma hasta su padre; cómo fue acusado por Nicolao de Damasco y condenado a muerte por su padre y por Quintilio Varo, entonces gobernador de Siria; y cómo quedó encadenado hasta que César fuese informado de su causa
Herodes, como Antípatro le había escrito que, cumplido todo como convenía, volvería pronto, ocultando su ira le respondió pidiéndole que no se demorara en el camino, no fuera a sucederle algo durante su ausencia; y, a la vez, acusando a su madre, le prometía que dejaría a un lado los reproches contra ella cuando él llegase; y de todos modos le mostraba afecto, por temor a que, si concebía sospechas, aplazara el viaje de regreso y, quedándose a vivir en Roma y ganando influencia, acechara el trono y aun urdiera algo contra él. Estas cartas lo alcanzaron en Cilicia; pero las que anunciaban la muerte de Feroras las recibió antes, en Tarento. Y la llevó muy a mal, no por afecto a Feroras, sino porque había muerto sin haber consumado el asesinato de su padre como había prometido.
Cuando estuvo cerca de Celéndris, en Cilicia, ya vacilaba sobre la vuelta a casa, hondamente afligido por la expulsión de su madre. De sus amigos, unos lo instaban a contenerse y aguardar a ver cómo iban las cosas; otros, a no diferir el regreso, pues, en llegando, desharía toda acusación, ya que también entonces era su ausencia, y no otra cosa, lo que daba fuerza a sus acusadores. Persuadido por estos, se hizo a la mar y arribó al puerto llamado Sebastos, que Herodes había construido con grandes sumas y nombrado Sebastos en honor de César. Antípatro se hallaba ya en medio de males manifiestos, pues nadie se le acercaba ni lo saludaba como cuando había partido, entre votos y buenos augurios; ahora, en cambio, nada impedía a las gentes recibirlo con las maldiciones más contrarias, persuadidas de que pagaba la pena por sus hermanos.
Quintilio Varo se hallaba por entonces en Yerushaláyim, enviado como sucesor de Saturnino en el gobierno de Siria, y había venido en persona como consejero de Herodes, que le había pedido parecer sobre los asuntos que tenía entre manos. Y mientras ambos deliberaban en consejo, se presentó Antípatro, sin que nada se le hubiera advertido. Entra en el palacio envuelto todavía en su púrpura; y los porteros lo reciben, pero cierran el paso a sus amigos. Ya estaba a las claras turbado, comprendiendo adónde había ido a parar, pues su padre, cuando se acercó a saludarlo, lo rechazó, acusándolo de fratricidio y de haber tramado su ruina, y le anunció que Varo sería, al día siguiente, oidor y juez de todo. Y él, aturdido por la magnitud de semejante desgracia —oída y presente a un tiempo—, se retiró; le salen al encuentro su madre y su mujer —esta era hija de Antígono, que había reinado sobre los judíos antes que Herodes—, y, enterado por ellas de todo, se puso a prepararse para el enfrentamiento.
Al día siguiente, Varo y el rey se reunieron en consejo, y fueron llamados los amigos de ambos, y los parientes del rey, y Salomé su hermana, y luego cuantos iban a aportar información y aquellos de quienes se habían obtenido confesiones bajo tortura; y unos esclavos de la madre de Antípatro, apresados poco antes de que él llegara, portadores de una carta cuyo contenido, en suma, era que no regresase, pues todo había llegado a conocimiento de su padre, y que el único refugio que le quedaba era César, y con él, no ponerse en manos de su padre. Antípatro, echándose a los pies de su padre y suplicándole que no dictara una sentencia ya prejuzgada, sino que, concedida una audiencia, lo juzgara él, su padre, que aún podía mantenerse imparcial, Herodes mandó que lo llevaran al centro y él mismo se lamentó de haber engendrado a sus hijos, y de la suerte que en tales desventuras le había tocado, pues, antes de poder sacudirse las antiguas enemistades, la vejez le echaba encima el caso de Antípatro; y fue enumerando la crianza y la educación que les había dado, y la abundancia de riquezas puesta a su disposición en toda ocasión, cuanto quisieran; nada de lo cual había sido óbice para que lo pusieran en peligro de muerte con su conjura, con tal de arrebatar el reino impíamente y antes de tiempo, en vez de recibirlo por ley de la naturaleza, al morir él, con la bendición paterna y conforme a justicia.
Y se admiraba de qué esperanzas envanecido se había atrevido Antípatro a lanzarse a tales hechos sin retroceder; pues lo había declarado por testamento escrito sucesor en el poder, y en vida no era inferior en nada —ni en el brillo de la dignidad ni en la fuerza de la autoridad—, con cincuenta talentos de renta anual y habiendo recibido como regalo para su viaje a Roma la suma de trescientos talentos. Le reprochó también que, si sus hermanos habían sido perversos y él se había erigido en su acusador, hubiera venido a resultar imitador de ellos; y que, sin fundamento, hubiera urdido semejantes trampas contra sus propios parientes. Pues nada había sabido sino por la denuncia de aquel, y cuanto se había hecho contra ellos lo había hecho por consejo suyo; y a aquel a quien eximía de toda culpa por la sangre de sus hermanos, ahora se erigía él mismo en heredero de aquel parricidio.
Diciendo esto, rompe a la vez en lágrimas y no pudo seguir hablando. Y Nicolao de Damasco, amigo del rey, que compartía por entero su vida y había estado presente en el modo en que se habían llevado los asuntos, a petición del rey se encargó de exponer lo demás, cuanto tocaba a pruebas y refutaciones. Y como Antípatro se volviera a alegar su defensa ante el padre, enumerando cuantas pruebas había dado de su afecto hacia él y aduciendo los honores que se le habían otorgado —que jamás habrían llegado si no se hubiera mostrado digno de virtud ante él—; pues en cuanto requería previsión, en todo había mirado con prudencia por adelantado, y si algo pedía manos, todo se había cumplido con su propio esfuerzo; y que no era verosímil que quien había librado a su padre de las conjuras ajenas se convirtiera él mismo en conjurado, echando a perder la virtud que en aquello se le reconocía para unirse a la infamia que estos hechos acarrearían. Y que, destinado a ser proclamado sucesor y a gozar de los honores que ya de presente disfrutaba, en nada se le estorbaba; y que no era verosímil que quien poseía, sin riesgo y con honra, la mitad, aspirara, entre reproches y peligros, al todo —incierto siquiera de poder alcanzarlo—, y ello tras haber presenciado el castigo de sus hermanos, y haber sido delator y acusador de cosas que podrían haber pasado inadvertidas, y su ejecutor una vez que se mostraron a las claras desleales para con su padre.
Y que lo que allí había alegado eran pruebas de los que se habían conducido con lealtad sin mezcla hacia su padre; y que de lo tocante a Roma era testigo César, a quien, igual que a Dios, no cabía engañar. De ello daban fe las cartas que aquel le había enviado, y no era justo que prevalecieran sobre ellas las calumnias de quienes se habían propuesto sembrar la discordia —calumnias que en su mayor parte se habían fraguado durante su ausencia, aprovechando el ocio que se les brindó a sus enemigos, y que no habrían surgido de haber estado él presente—. Tachaba además los tormentos de conducir a la mentira, pues la coacción tiene la propiedad de enseñar a quienes la sufren a decir, las más de las veces, lo que place a los que la aplican, y se ofrecía él mismo al tormento. Con esto se produjo un vuelco en el consejo —pues sintieron gran lástima de Antípatro, que recurría a las lágrimas y a desfigurarse el rostro, de suerte que hasta sus enemigos se conmovieron; y ya era patente que también Herodes se doblegaba algo en su ánimo, aunque no quisiera que se le notara—. Entonces Nicolao, retomando desde las mismas palabras con que el rey había comenzado, las repite agravándolas mucho más, y fue reuniendo cuantas pruebas del cargo podía extraer de las torturas o de los testimonios.
Sobre todo se extendía en la virtud del rey — la que había puesto en la crianza y la educación de sus hijos —, de la que en modo alguno sacó provecho, sino que fue tropezando con un desastre tras otro. Y no le asombraba tanto, decía, la insensatez de los primeros: jóvenes eran, y corrompidos por la maldad de sus consejeros, que borraron los derechos de la naturaleza por su prisa en apoderarse del mando antes de lo debido. Pero de Antípatro sí que había razón para quedar atónito ante su locura: su corazón no se ablandó ni siquiera por los beneficios recibidos de su padre — como el más venenoso de los reptiles —, y eso que aun en esas alimañas nace cierta blandura que las retrae de dañar a quien las alimenta; ni tampoco la suerte de sus hermanos se le puso por medio para apartarlo de imitar su crueldad.
Y sin embargo, Antípatro, tú mismo fuiste el delator de cuanto tus hermanos se atrevieron a tramar, el que rastreó las pruebas y el que castigó a los convictos. No te reprochamos que emplearas tu cólera contra ellos; lo que nos deja atónitos es tu empeño en imitar su desvergüenza, pues descubrimos que también aquello lo hiciste no por la seguridad de tu padre, sino para la ruina de tus hermanos: querías que, tenido por amante de tu padre gracias a tu odio a la maldad de ellos, se te confiara sin recelo un poder mayor para hacerle daño — cosa que en efecto demostraste con tus obras.
Pues a un tiempo hacías perecer a tus hermanos convictos de perversidad y no entregabas a sus cómplices, dejando claro a todos que habías pactado con ellos contra tu padre y que luego optaste por acusarlos. Querías reservarte a solas la trama del parricidio y cosechar de dos combates un gozo digno de tu carácter: el manifiesto contra tus hermanos, del que te ufanabas como de la mayor de las hazañas — y era natural pensar así, con tal de que tú no fueras peor —; y el oculto, que urdías contra tu padre, odiándolos a ellos no por haber conspirado contra él — pues de otro modo no te habrías lanzado tú mismo a una empresa semejante —, sino porque, con más justicia que tú, habrían llegado a ser tus sucesores en el mando; y tu designio era degollar al padre sobre los hermanos, para que, sin quedar convicto de haberlos calumniado, exigieras a tu desdichado padre la pena que tú mismo merecías pagar. Ideabas un parricidio no común, sino tal como hasta hoy no lo ha registrado la vida.
Porque no conspirabas solo como hijo contra un padre, sino contra uno que te amaba y te había colmado de bienes, siendo tú de hecho copartícipe del reino y proclamado sucesor, sin que nada te impidiera gozar ya de antemano del placer del poder, y con tu esperanza futura asegurada por la voluntad y los escritos de tu padre. Pero tú no medías las cosas por la virtud de Herodes, sino por tu propio designio y tu maldad: querías arrebatar hasta su parte al padre que en todo se te sometía, y buscabas hacer desaparecer con obras a aquel a quien de palabra fingías proteger. Y no solo te hacías malvado a ti mismo, sino que llenabas también a tu madre de cuanto maquinabas, sembrabas la discordia, socavabas el afecto hacia los hermanos y te atrevías a llamar fiera a tu padre — tú, que habías forjado una mente más dañina que la de cualquier reptil, con la que dirigías el veneno de aquellas alimañas contra tus parientes más cercanos y contra bienhechores tan grandes, parapetándote con alianzas de guardias y con artes de hombres y mujeres contra el anciano, como si no bastara tu propia mente para dar cuerpo al odio que anidaba en ella.
Y ahora te has presentado — después de que las torturas de siervos libres, de hombres y mujeres, hayan producido, por tu causa, las delaciones de los conjurados — empeñado en contradecir la verdad; y no solo has maquinado hacer desaparecer a tu padre, arrancando de raíz cuanto hay de humano, sino ya también la ley escrita contra ti, la virtud de Varo y la naturaleza misma de la justicia. ¿Tanto confías en tu descaro que hasta reclamas ser sometido a tormento, y llamas falsas las torturas de los ya torturados, para que quienes salvaron a tu padre queden desacreditados de haber dicho la verdad y tus propios tormentos parezcan dignos de fe?
¿No librarás, Varo, al rey del ultraje de sus parientes? ¿No lo librarás de una fiera perversa que finge afecto por el padre para ruina de los hermanos, pero que — allí donde pudiera arrebatarse a solas y pronto el reino — se revela el más mortífero de todos para él? Sabe que el parricidio es un crimen que ofende por igual a la naturaleza y a la vida, y que la sola intención, una vez manifiesta, no es menos culpable que el hecho consumado; y que hasta quien no lo castiga agravia a la naturaleza.
Añadía ya, además, todo lo tocante a la madre de Antípatro: cuanto había dicho a algunos con la ligereza propia de una mujer, las adivinaciones y sacrificios hechos contra el rey, y todas las torpezas que Antípatro cometió con las mujeres de Feroras entre vino y disolución amorosa, y las actas de los interrogatorios bajo tormento y cuanto tenía que ver con los testimonios. Eran muchas y de toda clase las pruebas: unas preparadas de antemano, otras halladas allí mismo para ser expuestas y confirmadas al instante. Pues los hombres, aun aquello que por miedo a Antípatro — no fuera que se les escapara y se vengara de ellos — habían callado, ahora lo sacaban a la luz, viéndolo ya expuesto a las acusaciones de los que mandaban y viendo que la mucha fortuna que antaño lo acompañaba lo había entregado abiertamente a sus enemigos, los cuales se saciaban de un odio insaciable contra él.
Y por entonces lo arruinaba no tanto la enemistad de quienes se lanzaban a acusarlo cuanto la enormidad de las maldades que había concebido, y su hostilidad hacia el padre y los hermanos, con que había llenado la casa de bandos y matanzas mutuas, sin usar del odio conforme a justicia ni de la amistad por afecto, sino según le fuera a convenir. Todo esto lo tenían muchos considerado de largo — precisamente aquellos que por naturaleza juzgan los asuntos con rectitud, porque votan sobre los hechos libres de ira —, y antes cohibidos de alzar la voz, ahora que llegaba la impunidad, sacaban a plena luz cuanto sabían. Eran pruebas de mil formas de sus maldades, que en modo alguno podían ser tachadas de falsas, porque la mayoría no hablaba ni por afecto a Herodes ni por temor de que se les reprochara el silencio como sospechoso de peligro, sino porque tenían por perversos aquellos hechos y a Antípatro digno de todo castigo — no por la seguridad de Herodes, sino por su propia maldad. Muchas cosas se decían, y por muchos a quienes nadie había mandado hablar, de modo que Antípatro, con ser en grado sumo el más diestro para mentir y desvergonzarse, no pudo aportar en su descargo ni la fuerza de una sola palabra.
Cuando Nicolao puso fin a sus discursos y sus cargos, Varo ordenó a Antípatro que pasara a defenderse de las acusaciones, por si tenía algún medio de mostrarse no culpable de lo que se le imputaba; pues él mismo deseaba — y sabía que el padre deseaba lo mismo — hallarlo libre de culpa. Pero él yacía boca abajo, postrado, invocando a Dios y poniéndolo por testigo ante todos de que no obraba mal, o retándolos a probar con indicios claros que no había conspirado contra su padre.
Es lo acostumbrado en todos los que carecen de virtud: cuando son autores de algún mal, apartan de su mente el que lo divino está presente en todo y avanzan a sus obras por su propia resolución; pero cuando, descubiertos, corren peligro de pagar la pena, invocándolo a Él como testigo pretenden desviarlo todo. Eso mismo le había sucedido a Antípatro: pues, tras haberlo hecho todo como si lo divino estuviera ausente, cuando la justicia lo estrechaba por todas partes ante la falta de otros descargos con que absolverse de los cargos, de nuevo ultrajaba la excelencia de lo divino, apelando a su testimonio sobre el poder de Aquel — el mismo poder que sacó a plena luz cuanto no dejó de atreverse a hacer contra su padre.
Varo, como tras interrogar muchas veces a Antípatro no obtenía más que la invocación de Dios, y viendo que aquello era interminable, mandó traer el veneno para conocer la fuerza que le quedaba. Traído que fue, uno de los condenados a muerte lo bebió por orden de Varo y murió al instante. Entonces, levantándose, se retiró del consejo y al día siguiente partió hacia Antioquía, donde solía pasar la mayor parte del tiempo, por ser esta la capital de Siria. Herodes, por su parte, hizo encadenar de inmediato a su hijo.
Las conversaciones de Varo con él quedaron ocultas para la mayoría, así como lo que dijo al partir. Muchos conjeturaban que Herodes actuaba conforme al parecer de aquel en cuanto hizo respecto de Antípatro. Atado, lo remitió a Roma, ante César, con cartas sobre su caso y con hombres que instruyeran de viva voz a César acerca de la maldad de Antípatro; y por consejo de Coponio quedó todo sometido al dictamen de César.
Por aquellos mismos días fue interceptada también una carta escrita por Antífilo a Antípatro — él mismo residía en Mitsraim —, y, abierta por el rey, decía así: «Te he enviado la carta de Acme, sin reparar en mi propia vida; pues sabes que otra vez corro peligro por parte de dos casas, si llegara a ser descubierto. Ojalá te salga bien el asunto.» Esto decía la carta. El rey buscaba también la otra carta, pero no aparecía, y el esclavo de Antífilo que traía la ya leída negaba haber recibido ninguna otra. Estando el rey perplejo, uno de los amigos de Herodes, al advertir que la túnica interior del esclavo estaba cosida por el borde — pues llevaba dos —, sospechó que la carta se ocultaba dentro del pliegue; y así era. Toman, pues, la carta, y estaba escrito en ella lo siguiente:
«Acme a Antípatro. He escrito a tu padre la carta que querías, y, haciendo una copia, la redacté como si fuera de Salomé para mi señora; leyéndola, sé que castigará a Salomé como conspiradora.» Aquella carta que se atribuía a Salomé para su señora había sido dictada por Antípatro en nombre de Salomé — con cuanto su intención quería —, aunque en la redacción corría por cuenta de la propia Acme. Su contenido era este:
«Acme al rey Herodes. Haciendo por deber que no se te oculte nada de lo que se trama contra ti, al hallar una carta de Salomé dirigida a mi señora, escrita contra ti, la copié — con peligro para mí, pero en provecho tuyo — y te la envié. Ella la escribió porque desea casarse con Sileo. Rompe, pues, la carta, para que yo no ponga en peligro también mi vida.» Y a él, a Antípatro, se le escribía por separado, explicándole que, cumpliendo su encargo, ella misma había escrito a Herodes que Salomé se afanaba pérfidamente en todo contra él, y que le remitía una copia de la carta supuestamente enviada por Salomé a su señora.
Acme era judía de raza y esclava de Julia, la mujer de César, y hacía todo esto por amistad con Antípatro, comprada por él con una gran suma de dinero para conspirar juntos contra el padre y contra la tía. Herodes, pasmado ante la magnitud de la maldad de Antípatro, sintió el impulso de matarlo en el acto, por haberse convertido en fermento de grandes desórdenes y por haber conspirado no solo contra él, sino también contra su hermana, y por haber corrompido la casa de César. También Salomé lo incitaba, golpeándose el pecho y pidiéndole que la matara a ella misma si alguien podía aportar prueba digna de crédito de tales cosas contra ella. Herodes hizo llamar a su hijo y lo interrogó, invitándolo a decir cuanto tuviera que replicar, sin ocultar nada; y como quedara sin habla, le preguntó que, ya que en todo y en todas partes había sido descubierto como perverso, al menos no tardara en denunciar a quienes habían delinquido con él. Él achacó a Antífilo la culpa de todo, y no señaló a ningún otro. Herodes, en su hondo dolor, sintió el impulso de enviar a su hijo a Roma, ante César, para dar cuenta de aquellas maquinaciones; después, temiendo que, con la ayuda de sus amigos, hallara escapatoria del peligro, lo mantuvo preso como antes, y de nuevo envió legados y cartas acusando a su hijo y detallando cómo Acme había delinquido con él, con copias de las cartas.
La enfermedad de Herodes y la sedición que los judíos suscitaron con ella; con el castigo de los sediciosos
Los legados se apresuraban hacia Roma, instruidos de antemano sobre cuanto debían decir al ser interrogados y llevando consigo las cartas. Entretanto, el rey, caído en enfermedad, redacta un testamento en el que da el reino al menor de sus hijos, por el odio hacia Arquelao y Filipo nacido de las calumnias de Antípatro; a César le dejaba mil talentos, y a Julia, la mujer de César, y a los hijos, amigos y libertos de César, quinientos. Distribuía también entre sus hijos dinero, rentas y tierras, y entre los hijos de estos; y a su hermana Salomé la enriquecía en gran medida, por haberle sido leal en todo y no haberse atrevido nunca a hacerle daño.
Desesperando ya de sobrevivir — pues andaba por el año setenta —, se enfureció, empleando con todos una ira sin freno y amargura. La causa era la sensación de ser despreciado y de que el pueblo llevaba con placer sus desventuras; y, además, porque algunos hombres del vulgo se habían alzado contra él por el motivo siguiente. Había un tal Yehudá, hijo de Sarifeo, y un Matityahu, hijo de Margaloto, los más doctos de los judíos e intérpretes sin par de las leyes patrias, hombres queridos también del pueblo por la educación de los jóvenes; pues día tras día pasaban las jornadas con ellos cuantos cultivaban el ejercicio de la virtud. Estos, al enterarse de que la enfermedad del rey era incurable, incitaban a la juventud a derribar cuantas obras había levantado el rey contra la ley patria, para ganar de las leyes los premios de la piedad demoliéndolas; pues sostenían que, precisamente por su osadía contra lo que la ley prescribía acerca de las imágenes, le habían sobrevenido las demás calamidades — con las que, fuera de la suerte común de los hombres, se veía afligido — y, en particular, la enfermedad.
Herodes había hecho, en efecto, ciertas cosas contra la ley, que era lo que reprochaban los de Yehudá y Matityahu. El rey había colocado sobre la gran puerta del Templo una ofrenda muy costosa: una gran águila de oro. Pero la ley prohíbe a quienes eligen vivir según ella concebir la erección de imágenes o dedicar figuras de seres vivos. Por eso los maestros mandaban derribar el águila; pues, aunque hubiera algún peligro para quien se exponía a la muerte, mucho más provechosa que el placer de vivir se les mostraba la virtud que con ello se gana a los que van a morir por la salvación y la custodia de la ley patria, porque, forjándose una fama imperecedera de alabanza, serían alabados entre los presentes y dejarían a los venideros una vida siempre recordada. Y, al fin y al cabo, aun para quienes viven sin peligro es inevitable la muerte, de modo que a quienes anhelan la virtud les está bien partir de la vida acogiendo con alabanzas y honores lo que contra ellos se decrete. Pues es gran alivio morir por obras nobles — de las que el peligro es el pretendiente — y a la vez asegurar un beneficio, con la buena fama que de ellos procede, a sus hijos y a cuantos hombres y mujeres de su parentela queden atrás.
Con tales palabras enardecieron a los jóvenes. Y les llegó un rumor que declaraba muerto al rey, y esto favoreció a los maestros. A mediodía subieron, y con hachas derribaron y despedazaron el águila, mientras muchos se hallaban en el Templo. El comandante del rey — pues se le anunció el intento —, suponiéndolo de mayor alcance del que en verdad tenía, subió al frente de una fuerza numerosa, capaz de resistir a la multitud de quienes trataban de arrancar la ofrenda, y cayó sobre ellos cuando no lo esperaban: como suele hacer una muchedumbre, se habían atrevido por una convicción ignorante más que por previsión segura, sin orden y sin haber pensado nada que les fuera útil. Apresó a no menos de cuarenta de los jóvenes, que con valor aguantaron su embestida mientras el resto de la multitud se ponía en fuga, y también a los instigadores de la osadía, Yehudá y Matityahu, que juzgaron deshonroso retroceder ante su ataque, y los condujo ante el rey.
Cuando llegaron ante él, el rey les preguntó si se habían atrevido a derribar su ofrenda. «Sí — respondieron —: lo que pensamos, lo pensamos, y lo que hicimos, lo hicimos, con la virtud más propia de hombres; pues hemos acudido en socorro de la dignidad de lo divino, y nuestra prudencia obedeció a la ley. Y nada tiene de extraño que hayamos juzgado más dignas de guardarse que tus decretos las leyes que Moshé, escribiéndolas por dictado y enseñanza de Dios, nos dejó. Con gozo soportaremos la muerte y cualquier castigo que impongas, porque no habremos de padecerlo por obras injustas, sino por amor a la piedad.» Así hablaban todos, empleando en el discurso una osadía no menor que aquella con que, envalentonados, no habían rehuido la acción. El rey los hizo encadenar y mandó llamar a Yerijó a las autoridades judías; y, presentados estos, los reunió en asamblea en el mismo teatro, tendido en un lecho por no poder tenerse en pie, y enumeró cuántos afanes había soportado por ellos; y cómo la construcción del Templo se había logrado a gran costa suya, mientras que los asmoneos, en los ciento veinticinco años en que reinaron, no habían sido capaces de hacer nada semejante en honor de Dios, ni de adornarlo con ofrendas dignas de mención. A cambio de lo cual él tenía la esperanza de que, aun después de muerto, quedara memoria suya y buen renombre. Y clamaba ya que ni siquiera en vida se habían abstenido de ultrajarlo, sino que, en pleno día y a la vista de la multitud, con insolencia habían echado mano a lo que él había consagrado, cometiendo con ultraje aquella demolición: de palabra, contra él; pero en verdad, si alguien examina lo ocurrido, cometiendo sacrilegio.
Ellos, por temor a su crueldad — no fuera que, enfurecido también contra ellos, les exigiera el castigo —, dijeron que aquello no se había hecho por decisión suya, y que a ellos mismos les parecía que tales hechos no debían quedar sin escarmiento. Con los demás se mostró más benigno, pero a Matityahu el sumo sacerdote lo depuso del sacerdocio, como responsable en parte de aquello, y nombró sumo sacerdote a Yoazar, hermano de su propia mujer. Durante el pontificado de este Matityahu sucedió que se nombró otro sumo sacerdote por un solo día, el que los judíos guardan como ayuno. La razón es esta: Matityahu, el sacerdote, en la noche que precedía al día en que caía el ayuno, soñó que había yacido con una mujer, y, no pudiendo por ello oficiar, Yosef hijo de Élemo, que era pariente suyo, ofició junto con él. Herodes, pues, depuso del sumo sacerdocio a Matityahu; y al otro Matityahu, el que había suscitado la sedición, junto con algunos de sus compañeros, los quemó vivos. Y aquella misma noche hubo un eclipse de luna.
La enfermedad de Herodes se agravaba con mayor encono, exigiendo Dios el castigo de sus transgresiones. Había, en efecto, una fiebre suave, que no revelaba al tacto tanta inflamación cuanto era el daño que añadía por dentro; un ansia terrible de tomar algo, pues era imposible no atenderla; ulceración de los intestinos y, sobre todo, dolores atroces del colon; una flema húmeda y transparente en torno a los pies; y una dolencia semejante en el bajo vientre; más aún, una putrefacción de las partes pudendas que engendraba gusanos; una tensión erguida de la respiración, en sí misma muy penosa por lo repugnante del hedor y por la frecuencia del jadeo; y estaba convulso en cada miembro, con una fuerza de dolor imposible de soportar. Decían, pues, los inspirados, aquellos cuya sabiduría consiste en pronunciar de antemano tales cosas, que Dios cobraba al rey esta pena por su mucha impiedad.
Y aunque padecía más de lo que nadie podría resistir, seguía con esperanza de recobrarse: llamaba a los médicos y no rehusaba emplear cuantos remedios le prescribían, y, cruzando el río Yardén, se entregó a las aguas termales de Calírroe, que, además de su excelencia para todo, son también potables; y esta agua desemboca en el lago llamado Asfaltites. Allí, pareciéndoles a los médicos reanimarlo con calor, lo bajaron a una bañera llena de aceite, y les dio la impresión de expirar. Al prorrumpir sus criados en llanto, volvió en sí; y, no teniendo ya esperanza alguna de salvarse, mandó repartir a los soldados cincuenta dracmas a cada uno, y obsequió con largueza también a sus jefes y a sus amigos. Regresó de nuevo a Yerijó, y una bilis negra se apoderó de él, exasperándolo contra todos, de modo que, agonizante, concibió un plan como este.
Reunió por orden suya a hombres judíos de nota de todo el pueblo, de dondequiera; y fueron muchos, porque se había convocado a toda la nación y todos habían atendido al edicto, ya que estaba decretada la muerte para quienes desoyeran las cartas, enfurecido el rey por igual contra todos, inocentes y culpables. Los encerró a todos en el hipódromo, y, haciendo llamar a su hermana Salomé y a Alejas, el marido de ella, les dijo que no tardaría en morir, con tantos dolores como lo cercaban; y que eso, ciertamente, era llevadero y a todos les llega como amigo, pero que lo que más lo afligía era morir sin lamento y falto del duelo que se tributaría a un rey. Pues no ignoraba el ánimo de los judíos: cuán deseada y grata les sería su muerte, ya que, aun en vida, se afanaban por la rebelión y por el ultraje de lo que él había instaurado. Tarea de ellos era, pues, votarle algún alivio de aquella pena: si no rehusaban plegarse a su designio, su funeral sería grande, tal como no lo tuvo ningún otro rey, y habría duelo por toda la nación, con lamentos salidos del alma — todo ello para su diversión y escarnio. Por tanto, en cuanto lo vieran entregar el alma, debían rodear el hipódromo con la tropa, ignorante todavía de su muerte — pues ordenaba que no se anunciara al pueblo antes de hacer esto —, y abatir a flechazos a los encerrados, de modo que, matándolos a todos de este modo, no dejaran, por partida doble, de complacerlo: cumpliendo lo que les encargaba al morir y honrándolo con un duelo memorable. Y él, suplicando entre lágrimas, invocando el afecto del parentesco y la fe debida a lo divino, los conjuraba, pidiéndoles que no lo dejaran deshonrado; y ellos prometieron no faltar a su palabra.
Bien podría alguien reparar en el ánimo de este hombre — y quien aprobara sus actos anteriores, creyendo que lo que hizo contra sus parientes fue por amor a la vida, cambiaría de opinión ante estas últimas órdenes, que nada tenían de humano —, viendo que, aun al partir de la vida, se preocupó de sumir a toda la nación en duelo y en la orfandad de sus seres más queridos, mandando dar muerte a uno de cada casa, hombres que ninguna injusticia habían cometido ni contra él ni eran acusados de otros cargos; siendo así que quienes hacen profesión de virtud suelen, en tales trances, deponer sus odios incluso contra los que con justicia se habían vuelto sus enemigos.
Herodes piensa en darse muerte con su propia mano; y poco después manda matar a Antípatro
Mientras daba estos encargos a sus parientes, llegaron cartas de los legados enviados a Roma, ante César. Leídas, su sustancia era que Acme había sido ejecutada por la cólera de César por los crímenes que había cometido con Antípatro; y que a Antípatro mismo lo dejaba al arbitrio de él, como padre y rey, para desterrarlo o darle muerte. Al oír esto, Herodes revivió un poco, exaltado por el gozo de lo escrito, por la muerte de Acme y por el poder de castigar a su hijo; pero, al crecer enormemente los dolores, desfallecía, exhausto por la falta de alimento. Pidió una manzana y un cuchillo, pues antes tenía por costumbre pelarla él mismo y comerla cortándola en trozos pequeños. Tomándolo y mirando en torno, tuvo la intención de herirse, y lo habría hecho de no habérsele adelantado Ajiab, que le sujetó la mano derecha; era primo suyo. Y al dar este un gran grito, hubo de nuevo llanto por todo el palacio y gran tumulto, como si el rey hubiera muerto.
Y Antípatro — pues creyó que su padre había llegado de verdad a su fin — se llenó de audacia ante las voces, del todo convencido de que ya se vería libre de sus cadenas y recibiría el reino en sus manos sin esfuerzo; y trataba con el carcelero acerca de su liberación, prometiéndole grandes cosas para el presente y para después, dado que se ventilaba semejante combate. Pero aquel no solo se negó a hacer lo que Antípatro le pedía, sino que reveló al rey la intención de este, añadiendo mucho de su cosecha. Herodes, que ni antes se había dejado vencer por el afecto a su hijo, al oír al carcelero decir estas cosas, prorrumpió en gritos y se golpeó la cabeza, aun estando en su último trance, y, alzándose sobre el codo, mandó enviar a uno de sus guardias para que, sin demora alguna, con toda presteza, lo matara y le diera sepultura sin honores en Hircania.
La muerte, el testamento y las exequias de Herodes
De nuevo modificó su testamento, sobrevenido un cambio en su ánimo: a Antipas, a quien había dejado el reino, lo nombraba tetrarca de Galilea y Perea, y otorgaba el reino a Arquelao; y daba a Filipo — hijo suyo y hermano de padre y madre de Arquelao — la Gaulanítide, la Traconítide, Batanea y Paneas como tetrarquía; y a su hermana Salomé le asignaba Yavne, Ashdod y Fasaelis, y quinientas mil dracmas de plata acuñada. Proveyó también a los demás parientes suyos, estableciendo a cada uno en holgura con donaciones de dinero y asignaciones de rentas. A César le dejó diez millones de plata acuñada, y aparte vasijas, unas de oro y otras de plata, y ropajes de muchísimo valor; y a Julia, la mujer de César, y a algunos otros, cinco millones.
Hecho esto, murió al quinto día después de matar a su hijo Antípatro, habiendo reinado treinta y cuatro años desde que dio muerte a Antígono, y treinta y siete desde que fue designado por los romanos: hombre cruel con todos por igual, esclavo de su ira pero por encima de la justicia, y que, si alguno, gozó de una fortuna propicia. Pues de particular llegó a rey, y, rodeado de innumerables peligros, escapó de todos y alcanzó la más larga vida. En cuanto a lo tocante a su casa y a sus hijos, en parte empleó su propio criterio, y muy acertado, en no quedar corto en vencer a quienes juzgaba enemigos; pero, a mi parecer, fue muy desdichado.
Salomé y Alejas, antes de que se supiera la muerte del rey, despacharon a sus casas a los encerrados en el hipódromo, diciendo que el rey les ordenaba, al retirarse a sus campos, atender sus propios asuntos; y con ello prestaron a la nación un beneficio grandísimo. Ya se hacía público el fallecimiento del rey, y Salomé y Alejas, reuniendo a la tropa en el anfiteatro de Yerijó, leyeron primero una carta dirigida a los soldados, que les agradecía su fidelidad y afecto hacia él y los exhortaba a prestar el mismo apoyo a Arquelao, su hijo, a quien instituía rey. Después, Tolomeo, a quien se había confiado el sello del rey, leyó el testamento, que no habría de recibir validez sino con la aprobación de César. Al punto se alzó un clamor honrando a Arquelao como rey, y los soldados, por escuadrones ellos mismos con sus jefes, le prometían su afecto y su celo, e invocaban a Dios como valedor.
A continuación prepararon un sepulcro para el rey, empeñado Arquelao en que el cortejo fúnebre de su padre fuera suntuosísimo, sacando para ello todo el aparato que debía acompañar en procesión al difunto. Era llevado en un lecho de oro tachonado de piedras preciosas y variadas; la yacija era de púrpura, y el difunto iba envuelto en mantos purpúreos, ceñido con una diadema, sobre la que se posaba una corona de oro, y con un cetro dispuesto junto a la mano derecha. En torno al lecho estaban sus hijos y la multitud de sus parientes; tras ellos se disponía la tropa, distribuida por naciones o designaciones propias: primero los guardias de corps, después el cuerpo tracio, tras estos cuantos había de germanos, y el cuerpo galo detrás de ellos, todos en formación de guerra. Detrás de estos iba ya todo el ejército, como quien sale a la guerra, conducido por sus capitanes y oficiales. Se les habían agregado quinientos criados portadores de aromas. Marcharon hacia el Herodión, a ocho estadios; pues allí, por orden suya, se hizo su enterramiento. De este modo, en fin, acabó Herodes.
Arquelao siguió honrando el duelo por su padre hasta el séptimo día; pues tantos prescribe la costumbre patria. Tras festejar a las multitudes y levantar el duelo, subió al Templo. Había aclamaciones y elogios por dondequiera que iba, rivalizando unos con otros por parecer que prodigaban las mayores aclamaciones. Él, subiendo a una alta tribuna dispuesta al efecto y sentándose en un trono de oro, correspondía a las multitudes, acogiendo con placer su afecto y el júbilo de las aclamaciones, y les daba las gracias por no guardarle rencor por los agravios que su padre les había inferido, y prometía esforzarse por no quedar corto en recompensar su buena voluntad. Por ahora, sin embargo, se abstendría del título de rey, pues sería honrado con esa dignidad cuando César ratificara con firmeza el testamento que su padre había escrito; y por esa razón, aunque el ejército en Yerijó se mostraba deseoso de ceñirle la diadema, no aceptó el codiciado privilegio de aquel honor, porque aún no estaba manifiesto quien había de otorgarlo con propiedad. Pero si los asuntos venían a recaer en él, no faltaría a la virtud de recompensar su afecto; pues se afanaría en mostrarse en todo, en su trato con ellos, mejor que su padre en todos los aspectos.
Ellos, como suele hacer una muchedumbre — creyendo que los primeros días revelan las intenciones de quienes acceden a tales cargos —, cuanto más apacible y complaciente les hablaba Arquelao, tanto más se prodigaban en alabanzas y se volvían a peticiones de gracias: unos clamando por que se aligeraran los tributos anuales que pagaban, otros por la liberación de los presos encarcelados por Herodes — y eran muchos, y desde mucho tiempo atrás. Otros había que reclamaban con amargura la supresión de los impuestos gravosamente exigidos sobre las ventas y las compras. Arquelao en nada los contradecía, sino que, diligente, procuraba hacerlo todo por las multitudes, considerando que sería gran cosa para la conservación de su poder el afecto del pueblo hacia él. Después, tras ofrecer sacrificio a Dios, se entregó a un banquete con sus amigos.
Cómo el pueblo levantó una sedición contra Arquelao, y cómo él navegó a Roma
Por este tiempo, algunos de los judíos, reunidos por afán de novedades, [lloraban a] Matityahu y a los que con él habían muerto bajo Herodes — los cuales, de inmediato, por temor a aquel, habían sido privados del honor de ser llorados, y eran los condenados por el derribo del águila de oro —, y, prorrumpiendo en grandes voces y lamentos, lanzaban contra el rey ciertos reproches, como si aliviaran a los muertos. Reunidos en asamblea, reclamaban que Arquelao ejerciera venganza en favor de ellos, castigando a los honrados por Herodes; y, ante todo y con la mayor insistencia, que depusiera al sumo sacerdote instituido por él y eligiera a un hombre que ejerciera el sumo sacerdocio de modo más legítimo y en pureza. A esto Arquelao, aunque lo llevaba a mal, cedió al ímpetu de ellos, a causa del viaje a Roma que tenía por delante, que debía cumplir con presteza para atender a lo que César resolviera. Envió al comandante a emplear la persuasión, y a que consideraran, apartándose de tal necedad, que la muerte que alcanzó a sus amigos había sido conforme a las leyes, y que sus demandas avanzaban en mucho hacia la insolencia; que los tiempos no eran para tales cosas, sino más bien para la concordia, hasta que él, asentado su poder, volviera a ellos con la aprobación de César — pues entonces deliberaría en común con ellos sobre lo que pedían —; pero que por ahora se contuvieran, no fuera que pareciesen incluso alzarse en sedición.
Y él, tras decirles esto en privado e instruir a su general, lo envió hacia ellos. Pero los amotinados, a gritos, no le dejaban hablar y ponían en peligro de muerte tanto a él como a cualquier otro que se mostrara dispuesto a alzar la voz para llamarlos a la sensatez y apartarlos de seguir aspirando a semejantes cosas, pues todo lo concedían a su propio deseo antes que a la autoridad de los que mandaban.
Consideraban terrible que, en vida de Herodes, se les hubiera privado de sus seres más queridos, y que, muerto él, se les negara el castigo de los culpables. Enfurecidos en sus ánimos, tenían por legítimo y justo cuanto pudiera darles placer, incapaces de prever el peligro que de ello vendría; y aunque alguno lo sospechara, lo vencía el exceso del placer inmediato de vengarse de quienes tenían por sus mayores enemigos.
Y aunque Arquelao enviaba a muchos a hablar con ellos —que se presentaban como enviados por él, pero aparentando actuar por propia iniciativa, para calmarlos y llevarlos a mayor mansedumbre—, no toleraban que ninguno hablara; era un tumulto de gente dominada por la ira, y estaba claro que engrandecerían mucho la sedición, pues cada vez más multitud afluía a ellos.
Al llegar por entonces una fiesta en la que es costumbre patria de los judíos presentar panes ázimos —la fiesta se llama Pésaj, en recuerdo de su salida de Mitsraim, y la celebran con fervor, sacrificando entonces una cantidad de víctimas como en ninguna otra les está permitido inmolar—, baja una muchedumbre incontable desde el país, y ya también desde fuera de las fronteras, para el culto de Dios. Y los revoltosos, que lloraban a Yehudá y a Matityahu, intérpretes de las leyes, reunidos en el Templo, se procuraban abundante sustento para los sediciosos, pues no les daba vergüenza mendigarlo.
Y Arquelao, temiendo que de su desatino brotara algo terrible, envía una cohorte de infantes con un tribuno al frente, para contener el ímpetu de los amotinados antes de que toda la muchedumbre se contagiara de su locura, y para llevar ante él a cualquiera que sobresaliera mucho de los demás en su afán de sedición.
Ante esto, los sediciosos y los intérpretes enfurecieron a la multitud; y, sirviéndose de gritos y consignas, se lanzaron contra los soldados, los rodearon y a pedradas mataron a la mayoría de ellos. Unos pocos, y el tribuno, escaparon heridos. Y, hecho esto, volvieron de nuevo a sus sacrificios como si nada.
A Arquelao le pareció imposible que todo se salvara si no reprimía aquel ímpetu de la muchedumbre, y despacha todo el ejército: la infantería, para impedir que los que acampaban fuera acudieran en ayuda de los del Templo; y la caballería, para dar alcance a los que, empujados por los infantes, huían creyéndose ya a salvo.
Y la caballería mató hasta unos tres mil hombres; el resto huyó a los montes vecinos. Arquelao hizo proclamar que todos se retiraran a sus casas, y ellos se marcharon, abandonando la fiesta por temor a un mal mayor, aunque eran audaces por su falta de instrucción.
Arquelao bajó hacia el mar con su madre, llevando consigo, de entre sus amigos, a Nicolao, a Tolomeo y a Tolas, y encomendando a su hermano Filipo el gobierno entero de la casa y del reino.
Salía también con él Salomé, la hermana de Herodes, llevando a sus propios hijos, y muchos de los parientes: de palabra, como para apoyar a Arquelao en la obtención del reino; en realidad, para oponérsele, y sobre todo para clamar contra lo hecho en el Templo.
En Cesarea sale al encuentro de Arquelao Sabino, procurador de César para los asuntos de Siria, que se dirigía a Judea para hacerse cargo de los bienes de Herodes. Pero Varo, que se presentó, lo apartó de aquel propósito, pues estaba allí, llamado por Arquelao a través de Tolomeo.
Y Sabino, por complacer a Varo, ni se hizo con las fortalezas que había en Judea ni selló los tesoros, sino que dejó que Arquelao los tuviera hasta que César decidiera algo sobre ellos, y se quedó en Cesarea con esa promesa. Pero cuando Arquelao zarpó hacia Roma y Varo se marchó a Antioquía, Sabino fue a Yerushaláyim y se apoderó del palacio real.
Y, tras convocar a los jefes de las guarniciones y a cuantos administraban los asuntos, mostraba a las claras que iba a exigirles cuentas, y disponía las fortalezas a su antojo. Sin embargo, los guardias no tuvieron en poco las cartas de Arquelao, sino que siguieron conservándolo todo tal como se les había ordenado, con el pretexto de que lo guardaban para César.
Por entonces zarpa también hacia Roma Antipas, hijo de Herodes, animado por las promesas de Salomé a disputar el poder, con la pretensión de tomar los asuntos con mucho mejor derecho que Arquelao, por haber sido declarado rey en el testamento anterior, que él tenía por más firme que el redactado después.
Llevaba consigo a su madre y al hermano de Nicolao, Tolomeo, que había sido amigo muy apreciado de Herodes y estaba entregado a él.
Pero quien más lo incitaba a aspirar al reino era Ireneo, un orador a quien, por su fama de elocuencia, se le había confiado la causa del reino. Por eso no atendía a los que le aconsejaban ceder ante Arquelao, mayor que él y designado rey por su padre en los codicilos.
Cuando llegó a Roma, todos los parientes se pasaron a su lado, no por afecto hacia él, sino por odio a Arquelao, deseando sobre todo la libertad y quedar bajo un gobernador romano; y, si algo se oponía a ello, juzgando a Antipas más ventajoso que Arquelao, colaboraban con Antipas por el reino. También Sabino, por carta, acusaba a Arquelao ante César.
César, tras enviarle Arquelao unas cartas en las que exponía sus derechos, junto con el testamento de su padre y las cuentas de los bienes de Herodes —que le llevaba Tolomeo con el sello—, aguardaba lo que iba a suceder.
Y él, leídas aquellas cartas, así como las de Varo y Sabino, y cuánto dinero había, cuánto ingresaba al año, y las cartas que Antipas había enviado reclamando el reino, reunió a sus amigos para deliberar. Entre ellos incluyó también a Cayo, hijo de Agripa y de su propia hija Julia, a quien había adoptado y que ocuparía el primer asiento; y ordenó que hablara quien quisiera sobre los asuntos pendientes.
Y el primero, Antípatro, hijo de Salomé —muy hábil en el hablar y sumamente contrario a Arquelao—, dijo que era una burla que Arquelao discutiera sobre el poder cuando de hecho ya se había apoderado de él antes de que César lo concediera, y le echaba en cara lo osado de la matanza de quienes murieron durante la fiesta.
Aun cuando aquellos hubieran obrado mal, el castigo debía haber quedado reservado a quienes tuvieran autoridad venida de fuera, y no haberlo ejecutado un particular: pues, si obraba como rey, agraviaba a César, cuya decisión sobre él estaba todavía pendiente; y si como simple particular, mucho peor, ya que a quien aspira al reino no cabe consentirle tal licencia, porque con ella César se vería despojado de su autoridad sobre esos asuntos.
Le reprochaba también el traslado de algunos oficiales del ejército, y el haberse sentado en el trono real, y el resolver pleitos como si fuera rey, y el conceder las peticiones a quienes las presentaban en público, y el disponer de todo de tal modo que nada mayor podría haber ideado alguien establecido por César en el gobierno.
Le atribuía asimismo la liberación de los presos del hipódromo, y muchas cosas más, unas ya sucedidas, otras que podían creerse por ser propias de gente joven que, por ambición de mandar, se anticipa a asir el poder; y le reprochaba el descuido del duelo por su padre y las juergas nocturnas celebradas la misma noche de su muerte.
Y que de ahí había tomado la muchedumbre el comienzo de la sedición: que, habiéndolo colmado su padre de tales beneficios y honrado con cosas tan grandes, así pagara al difunto, fingiendo llorar de día, como en un teatro, y gozando cada noche del placer del poder.
Y que Arquelao se mostraría con César, si le concediera el reino, tal como se había mostrado con su padre: pues bailaba y cantaba como si hubiera caído un enemigo, y no un hombre tan cercano por parentesco y que lo había elevado con tan grandes beneficios.
Y declaró que lo más terrible de todo era esto: que viniera ahora a servirse del reino por concesión de César, cuando ya de antemano se lo había tomado todo por sí mismo, cosas que solo podrían hacerse legítimamente por ti, el emperador, una vez que las hubieras otorgado con firmeza.
Sobre todo, en su discurso ponderaba lo espantoso de la matanza junto al Templo y su impiedad: que, estando en curso una fiesta, hubieran sido degollados como víctimas unos —extranjeros—, otros —del país—, y que el Templo se hubiera llenado de cadáveres, y no por mano de un extraño, sino de quien, aspirando al reino incluso con títulos legítimos, cometió tal acción para poder saciar la injusticia, aborrecida por todos los hombres, de una tiranía connatural.
Y que por eso ni en sueños le habría tocado a Arquelao la sucesión del reino por la virtud de su padre; pues este conocía bien su carácter y, precisamente por ello, en el testamento designó rey, con mayor firmeza, a Antipas, enemigo de aquel. Porque a Antipas lo llamó su padre al reino no estando enfermo de cuerpo y de alma, sino cuando gozaba de un juicio íntegro y, con pleno vigor corporal, atendía los asuntos.
Y que, aunque su padre le hubiera mostrado antes a él la misma disposición que ahora, con sus actos había demostrado qué clase de rey sería: pues, siendo César el señor de otorgar el reino, le había arrebatado a este la facultad de concederlo, y, siendo aún un simple particular, no se había abstenido de degollar a sus conciudadanos en el Templo.
Y Antípatro, dicho esto y reforzando lo dicho con la presencia de muchos parientes como testigos, cesó de hablar. Se levanta entonces Nicolao en favor de Arquelao, y dijo que lo del Templo debía atribuirse más al ánimo de quienes lo padecieron que a la autoridad de Arquelao; pues quienes promueven tales cosas son malvados no solo por la insolencia con que ellos mismos ofenden, sino también por forzar a la defensa a quienes preferirían comportarse con sensatez.
Y que, aunque obraron como en guerra —de palabra contra Arquelao, pero en verdad, a las claras, contra César—, pues a los que llegaron para impedir sus desmanes, enviados por Arquelao, los atacaron y mataron, sin tener en cuenta ni a Dios ni a la ley de la fiesta, de todo lo cual Antípatro no se avergonzaba de erigirse en vengador, por servir a su propio odio contra Arquelao antes que a la naturaleza de lo justo. Pues quienes se presentan y ejercen violencia contra los que ni siquiera pensaban en obrar mal, esos son los que fuerzan, aun contra su voluntad, a los que se defienden a tomar las armas.
Y todo lo demás lo atribuía a cuantos formaban el consejo de los acusadores: pues nada de lo sucedido —realizado con la aprobación de ellos mismos— se aducía como injusto porque fuera malo por su propia naturaleza, sino porque parecía que dañaría a Arquelao. Tan grande era su empeño en ultrajar a un hombre pariente suyo, hijo de un padre bienhechor, familiar de ellos y que en todo se había conducido amistosamente con ellos.
En cuanto al testamento, había sido escrito por el rey en su sano juicio, y era más válido que los redactados antes, porque en él se remitía a César, señor de todo, la decisión sobre lo escrito en ellos.
Y que César de ningún modo imitaría la insolencia de aquellos, que, habiéndose aprovechado en todo del poder de Herodes mientras vivió, se lanzaban ahora a ultrajar su voluntad, cuando ni siquiera ellos mismos habían obrado así respecto de su pariente.
Que César, pues, no iba a anular el testamento de un hombre que en todo se había puesto en sus manos, amigo y aliado, escrito confiando en él; ni iba a igualar con la maldad de aquellos la virtud y la fidelidad de César, indudables ante todo el mundo; ni condenaría por locura y extravío de juicio a un hombre que era rey, que había dejado la sucesión a un hijo bueno y se había acogido a su lealtad. Herodes no había errado jamás en el juicio sobre su sucesor, habiendo obrado con sensatez al hacerlo todo conforme a la voluntad de César.
Y Nicolao, dicho esto, puso fin a su discurso. César levantó afablemente a Arquelao, que se le había echado a las rodillas, y dijo que era muy digno del reino, y mostró gran inclinación a no hacer otra cosa que lo que los testamentos disponían y convenía a Arquelao.
Sin embargo, nada quedó ratificado, para que Arquelao no se sirviera de ello como de una garantía y actuara con impunidad. Y, disuelta la reunión, César deliberaba a solas si debía confirmar el reino a Arquelao o repartirlo entre toda la descendencia de Herodes, tanto más cuanto que todos necesitaban mucha ayuda.
Una sedición contra Sabino; y cómo Varo llevó al castigo a sus autores
Antes de que se ratificara nada de esto, Maltace, la madre de Arquelao, muere de enfermedad, y llegaron cartas de Varo, el gobernador de Siria, que daban cuenta de la sublevación de los judíos.
Pues, tras la partida de Arquelao, todo el pueblo se agitó. Y el propio Varo, que se hallaba presente, después de castigar a los causantes del movimiento y poner freno a la mayor parte de la sedición, se retiró a Antioquía, dejando en Yerushaláyim una legión de su ejército para poner freno a las revueltas de los judíos.
Pero nada se logró que impidiera que siguieran amotinándose. Pues, cuando Varo se marchó y Sabino, el procurador de César, se quedó allí, este hostigaba gravemente a los sediciosos, confiando en la tropa que le habían dejado —creyendo que así los dominaría— y en su propia muchedumbre.
Pues, armando a muchos, se servía de ellos como de guardias, presionando a los judíos y provocándolos a la rebelión; forzaba a que le entregaran las fortalezas y se lanzaba con avidez a rebuscar los bienes reales, por violencia, por afán de lucro y por codicia.
Al llegar Pentecostés —una fiesta patria nuestra así llamada—, no solo acudieron por el culto, sino que, llevando con ira el desmán de la insolencia de Sabino, se reunieron muchísimas decenas de millares de hombres: muchos de Galilea y de Idumea, gran multitud de los de Yerijó y de cuantos habitan al otro lado del río Yardén; y a todos ellos se sumó una muchedumbre de los propios judíos, mucho más resueltos que los demás y lanzados a vengarse de Sabino.
Divididos en tres cuerpos, acamparon en otros tantos lugares: unos ocuparon el hipódromo; de los otros dos cuerpos, unos se situaron al norte del Templo, mirando al mediodía, y otros ocuparon la parte oriental; el tercer cuerpo, la parte de poniente, donde estaba el palacio real. Y todo lo hacían para asediar a los romanos, cercados por todas partes.
Y Sabino —pues temía tanto su número como el arrojo de unos hombres que tenían la muerte en poco con tal de no dejarse vencer, teniendo por virtud el vencer— envió al punto cartas a Varo y, sin cesar, le pedía como de costumbre que acudiera pronto en su ayuda, pues el ejército que había quedado se hallaba en gravísimo peligro y era de temer que en breve, apresado, fuera aniquilado.
Él mismo, tomando la más alta de las torres de la fortaleza —Fasael, así llamada y edificada en honor de Fasael, el hermano de Herodes, muerto a manos de los partos—, hacía señas a los romanos para que atacaran a los judíos, sin atreverse él ni siquiera a bajar hacia sus propios amigos, y teniendo por justo que los demás murieran antes por su codicia.
Cuando los romanos se atrevieron a salir, se trabó una dura batalla, y los romanos vencían en muchos lances; pero el ánimo de los judíos no desfallecía ante la visión del peligro, aunque muchos de ellos caían.
Y, dando un rodeo, subieron a los pórticos que rodeaban el recinto exterior del Templo, y desde allí, sin que nadie pudiera alcanzarlos, arrojaban piedras a muchos, unas con la mano, otras con hondas, pues eran diestros en ese modo de combatir.
Y todos los arqueros, formados en línea, causaban gran daño a los romanos, por hallarse en posición dominante, por ser difíciles de atacar —inaccesibles para quienes intentaban dispararles— y por tener en cambio a los enemigos fáciles de batir. Y durante mucho tiempo se sostuvo así la batalla.
Después, los romanos, indignados por lo que ocurría, prendieron fuego a los pórticos sin que lo advirtieran los judíos que habían subido a ellos. Y el fuego, alimentado por muchos y con materiales capaces de avivar la llama, prendió al punto en el techo.
Y como la armazón tenía abundante pez y cera, y además oro recubriéndola, en seguida ardió, y aquellas obras grandes y dignísimas de mención desaparecieron. Y a los que estaban sobre los pórticos les sobrevino esta ruina inesperada: unos se desplomaron con el techo al hundirse; a otros los alanceaban los enemigos que los rodeaban.
Muchos, ante la imposibilidad de salvarse y el espanto del mal que los cercaba, unos se arrojaban al fuego, otros se daban muerte con sus espadas para escapar de él; y cuantos retrocedieron y descendieron por el camino por el que habían subido, los romanos los mataron a todos, desnudos y con el ánimo quebrado, sin que su desesperación pudiera valerles de nada al estar sin armas.
Y de los que habían subido al tejado no se salvó ni uno solo. Los romanos, abriéndose paso a través del fuego por donde podían, se apoderaron del tesoro en el que estaban los bienes sagrados. Mucho robaron los soldados, pero Sabino puso a la vista, oficialmente, cuatrocientos talentos.
A los judíos les dolía la pérdida de sus compañeros, caídos en aquella batalla, y les dolía también el saqueo de las ofrendas; pero, con todo, lo más compacto y aguerrido de ellos rodeó el palacio real y amenazó con prenderle fuego y matar a todos, ordenándoles marcharse cuanto antes y prometiendo, si obedecían, salvar la vida a ellos y a Sabino con ellos.
Y la mayor parte de las tropas reales se pasó a su lado; pero Rufo y Grato, con tres mil hombres, lo más aguerrido del ejército de Herodes, de cuerpos vigorosos, se unieron a los romanos. Había también cierta caballería de las que mandaba Rufo, que asimismo pasó a reforzar a los romanos.
Los judíos no descuidaban el asedio, sino que socavaban las murallas y pedían a los que se habían pasado que no les estorbaran en recobrar, después de tanto tiempo, la libertad patria que ahora se les presentaba.
A Sabino le habría gustado marcharse con los soldados, pero no era capaz de fiarse, por lo que había hecho, y tenía por sospechosa la excesiva benevolencia de los enemigos, como un cebo para apartarlo de su decisión; y, a la vez, esperando que Varo llegaría, aguantaba el asedio.
Por ese tiempo, otros mil tumultos se apoderaban de Judea, pues en muchos lugares muchos se lanzaban a la guerra por esperanza de ganancias propias y por las enemistades entre los judíos.
Dos mil de los que en otro tiempo habían servido bajo Herodes y ya estaban licenciados, reuniéndose en la propia Judea, hacían la guerra a las tropas reales, aunque les hacía frente Aquiab, primo de Herodes; y este, replegado de los llanos a las alturas por la pericia militar de aquellos hombres, se salvaba por lo escarpado del terreno cuanto le era posible.
Estaba también Yehudá, hijo de Jizkiyahu, el jefe de bandidos que había tenido gran poder y a quien Herodes prendió con grandes esfuerzos. Este Yehudá, reuniendo en torno a Séforis, en Galilea, una multitud de hombres desesperados, hizo una incursión contra el palacio real y, tras apoderarse de cuantas armas allí se guardaban, armó a sus hombres y se llevó cuanto dinero se halló en el lugar.
Y era el terror de todos, saqueando y arrasando a cuantos topaba, por afán de mayores empresas y por ambición del honor real, esperando alcanzar ese premio no por su valía en el arte de la guerra, sino por su desmesura en el ultraje.
Había también Shimón, esclavo del rey Herodes, por lo demás hombre apuesto y muy sobresaliente por su talla y su fuerza corporal, y muy estimado. Este, envanecido por el desorden de los asuntos, se atrevió a ceñirse la diadema.
Y, reunida cierta multitud, él mismo fue proclamado rey por la locura de aquellos y, creyéndose más digno de ello que cualquier otro, incendió el palacio real de Yerijó, arramblando por el saqueo con lo que en él había guardado, y destruyó con fuego otras muchas mansiones reales en diversos lugares del país, permitiendo a sus secuaces llevarse como botín lo que en ellas quedaba.
Y habría cometido algo mayor de no haberse producido una rápida reacción; pues Grato, el de los soldados reales que se había pasado a los romanos, con las fuerzas que tenía, sale al encuentro de Shimón.
Y, trabada entre ellos una gran batalla que se prolongó mucho, la mayor parte de los pereos, por ser gente sin disciplina y combatir más con audacia que con arte, fue aniquilada; y al propio Shimón, que trataba de salvarse por cierto barranco, Grato lo encontró y le cortó la cabeza.
Fue incendiado también el palacio real de Amatús, junto al río Yardén, por unos hombres reunidos, semejantes a Shimón. Tan grande fue la insensatez que arraigó en el pueblo por no haber un rey propio que contuviera a la muchedumbre por su virtud, mientras que los extranjeros que llegaban como enderezadores para que la gente no se sublevara resultaban ser, por su insolencia y su codicia, el combustible de su rebelión.
Pues también Atronges —un hombre que ni por el prestigio de sus antepasados destacaba, ni por eminencia de virtud, ni por abundancia de riquezas, sino un pastor desconocido para todos en todo, aunque por lo demás sobresaliente por su gran talla y por la fuerza de sus manos— se atrevió a aspirar al reino, con tal de gozar, una vez logrado, del placer de ultrajar, y sin tener en gran cosa, al morir, lo que en ello habría de gastar de su propia vida.
Tenía también cuatro hermanos, altos ellos también y con fama de sobresalir grandemente por la fuerza de sus manos, que parecían ser su baza para la conquista del reino; y cada uno mandaba una compañía, pues se le reunió una gran muchedumbre.
Y estos eran sus generales y combatían a sus órdenes, saliendo por su cuenta a cuantas batallas hacía falta; y él, ceñida la diadema, celebraba consejo sobre lo que debía hacerse, y todo lo tenía sometido a su propio criterio.
Y por mucho tiempo se mantuvo el poder de este hombre, llamado rey y sin que se le impidiera hacer lo que quisiera. Tanto él como sus hermanos se entregaron en gran medida a la matanza, obrando por igual con odio hacia los romanos y hacia las tropas reales: hacia estas, por la insolencia con que se habían valido bajo el gobierno de Herodes; hacia los romanos, por los agravios que parecían cometer en el presente.
Con el paso del tiempo se volvieron cada vez más feroces por igual, y no había escape para nadie que cayera en sus manos, ya por esperanza de lucro, ya por la costumbre de matar. Un día atacan incluso a una compañía de romanos junto a Emaús, que llevaba trigo y armas para el ejército. Y, rodeándolos, mataron a lanzazos a Ario, el centurión que mandaba el conjunto, y a cuarenta de los infantes más aguerridos de su tropa.
Los demás, atemorizados por la suerte de aquellos, se salvaron gracias al amparo de Grato con las tropas reales que lo acompañaban, y escaparon dejando atrás a los muertos. Y, sirviéndose durante mucho tiempo de tales modos de combatir, causaron no pocos daños a los romanos y afligieron gravemente al pueblo.
Fueron sometidos tiempo después: uno de ellos, enfrentándose a Grato; otro, a Tolomeo. Y, apresado el mayor por Arquelao, el último —afligido por la suerte de aquel y viendo cada vez más imposible su salvación, despojado de sus fuerzas por el aislamiento y la mucha fatiga— se entregó a Arquelao bajo garantías y con la fe jurada por Dios. Pero esto sucedió más tarde.
Judea estaba llena de bandas de salteadores, y quien topaba con algunos que quisieran amotinarse con él se erigía en rey y se lanzaba a la ruina de la comunidad, causando pocos daños y a pocos romanos, pero provocando entre los de su propio pueblo la mayor mortandad.
Varo, en cuanto se enteró de lo sucedido por lo que le escribió Sabino, temiendo por la legión, tomó las otras dos —pues en Siria había tres en total— y cuatro escuadrones de caballería, junto con cuantas tropas auxiliares le proporcionaban entonces los reyes y tetrarcas, y marchó a socorrer a los que en Judea estaban asediados.
Se había ordenado a todos los que iban por delante que se dirigieran con prontitud a Ptolemaida. También los de Berito, al atravesar él su ciudad, le dieron mil quinientos auxiliares; y Aretas de Petra, por su odio a Herodes, ganándose la amistad de los romanos, envió no pequeña tropa de infantes y jinetes.
Reunidas ya todas las fuerzas en Ptolemaida, entregó una parte de ellas a su hijo y a uno de sus amigos, y los envió a combatir a los galileos que habitan lindando con Ptolemaida.
Este, tras invadir el territorio, puso en fuga a cuantos le hicieron frente en batalla y, tomada Séforis, redujo a esclavitud a sus habitantes e incendió la ciudad. El propio Varo, avanzando con todo el ejército hacia Shomrón, se abstuvo de la ciudad por no ser culpable de las revueltas, y acampó en cierta aldea, propiedad de Tolomeo, llamada Arús.
Y los árabes, por odio a Herodes, la incendiaron, hostiles incluso hacia los amigos de aquel. De allí, avanzando, los árabes saquearon otra aldea, Samfó, y la quemaron, aunque estaba muy fortificada; y nada escapaba a su paso, sino que todo estaba lleno de fuego y de matanza. Es incendiada también Emaús, por orden de Varo, en venganza de los muertos, después de haber sido abandonada por sus habitantes.
Desde allí ya se acercaba a Yerushaláyim; y los judíos que acampaban allí, asediando a la legión, al no soportar la vista de la llegada de los ejércitos, se marcharon dejando el asedio a medio hacer.
Los judíos de Yerushaláyim, ante los duros reproches que Varo les dirigía, se defendían de las acusaciones: que la reunión de la muchedumbre se había debido a la fiesta, y que la guerra no había sido en absoluto por voluntad suya, sino por la audacia de los forasteros; que se habían visto reunidos con ellos y asediados junto a los romanos, más que con afán de asediar.
Habían salido al encuentro de Varo Yosef, primo del rey Herodes, y Grato y Rufo, al frente de sus soldados, y los romanos que estaban asediados. Pero Sabino no se presentó ante Varo, sino que salió a escondidas de la ciudad hacia el mar.
Varo, enviando parte del ejército por el territorio, buscaba a los responsables de la sublevación. Y, cuando le eran señalados, a unos los castigó como a los más culpables, y a otros los dejó ir; los crucificados por esta causa fueron dos mil.
Después de esto, despide a su ejército, viéndolo inútil para cualquier empresa; pues habían cometido muchos desmanes, habían desobedecido las órdenes y lo que Varo exigía, por su afán de lucro, con las ganancias que sacaban de sus fechorías.
Él mismo, al enterarse de que se habían reunido diez mil judíos, se apresuró a apresarlos. Pero estos ni siquiera llegaron a las manos, sino que se entregaron por consejo de Aquiab. Y Varo, perdonando a la muchedumbre las causas de la sublevación, envió a César a cuantos eran sus cabecillas.
César dejó libres a muchos de ellos, y solo castigó a cuantos, siendo parientes de Herodes, habían combatido con ellos, por haber hecho la guerra contra los suyos sin ningún cuidado de la justicia.
Una embajada a César; y cómo César confirmó el testamento de Herodes
Varo, tras arreglar estas cosas y dejar como guarnición de Yerushaláyim la misma legión de antes, marchó a Antioquía. A Arquelao, en Roma, le surgieron los comienzos de otros asuntos por las siguientes causas.
Llegó a Roma una embajada de los judíos, a la que Varo había autorizado a partir en nombre del pueblo para pedir la autonomía. Y los embajadores enviados por decisión del pueblo eran cincuenta, y se les sumaban más de ocho mil de los judíos de Roma.
Reuniendo César un consejo de sus amigos y de los principales romanos en el templo de Apolo, erigido por él a gran costa, se presentan los embajadores con la muchedumbre de los judíos de allí, y Arquelao con sus amigos.
Cuantos parientes del rey había se abstenían de alinearse con Arquelao por el odio que le tenían, pero tenían por vergonzoso votar con los embajadores contra él, pensando que sería una deshonra para ellos mostrarse dispuestos, ante César, a obrar así contra un hombre de su propia familia.
Estaba ya presente también Filipo, venido de Siria por instigación de Varo, en primer lugar para abogar por su hermano —pues Varo le tenía mucho afecto—; pero, dándose un cambio en el reino, y sospechando también Varo que se haría un reparto de él por ser muchos los que ansiaban la autonomía, para no quedarse él mismo atrás en llevarse alguna parte.
Concedida, pues, la palabra a los embajadores de los judíos, que esperaban hablar para la disolución del reino, se dedican a acusar los desmanes de Herodes: que había sido rey solo de nombre, pero que, asumiendo lo más atroz de cada tiranía, lo había reunido todo en uno para ruina de los judíos, y se había valido de ello ampliamente, sin dejar de innovar en el mal por su propia naturaleza.
Que muchos eran, en efecto, los que habían perecido de muertes nunca antes vistas, y que los vivos eran mucho más desdichados que aquellos que las padecieron, no solo por lo que en ellos veían y padecían en su ánimo, sino también por sus haciendas.
Que había adornado las ciudades vecinas, habitadas por extranjeros, para ruina, destrucción y desaparición de las habitadas dentro de su propio reino.
Que había hundido al pueblo en una pobreza sin remedio, habiéndolo recibido próspero con pocas cargas; que, cuando mataba a los nobles por causas sin razón, se llevaba sus haciendas, y a aquellos a quienes concedía el disgusto de seguir viviendo los condenaba al despojo de sus bienes.
Y que, aparte de los tributos que se imponían a cada uno cada año, había que hacer, aparte, cuantiosas dádivas a él, a los suyos y a sus amigos, y a los esclavos que salían a exigir los tributos, porque no era posible verse libre del ultraje ni aun entregando dinero.
En cuanto a las violaciones de doncellas y las deshonras de mujeres, cuantas se cometían por embriaguez y a la manera de las bestias, callaban, porque para las víctimas era igual de placentero que no se supieran a que no hubieran ocurrido; tan grande era el ultraje que Herodes les infligía, cuanto ni una fiera, teniendo poder sobre los hombres, habría cometido.
Que, aunque muchas expulsiones y traslados se habían abatido sobre el pueblo, jamás se recordaba haberle sobrevenido tamaña desgracia como esta, ejemplo del maltrato que Herodes le infligía al pueblo.
Y que con razón habían saludado de buen grado a Arquelao como rey, en la creencia de que cualquiera que fuese a reinar se mostraría más moderado que Herodes; y que habían acompañado su duelo por el padre, halagándolo, por si podían alcanzar un trato moderado, y congraciándose en lo demás.
Pero que este, temiendo no ser tenido por hijo legítimo de Herodes, sin dilación alguna, sino de golpe, había mostrado al pueblo su verdadera intención, y eso sin tener aún consolidado el mando, por depender de César su concesión y no estar la potestad en sus manos.
Y que había dado a sus futuros súbditos una muestra de la clase de virtud, moderación y buen gobierno con que los trataría en adelante, con aquel primer acto suyo, demostrado ante los ciudadanos y ante Dios: la matanza de tres mil hombres de su propio pueblo en el recinto sagrado. ¿Cómo no iba ya, con justicia, a valerse del odio contra ellos, añadiendo a su restante crueldad la acusación de haber resistido y contradicho su poder?
Y el punto capital de su petición era quedar libres del reino y de tales gobiernos, y, agregados a Siria, someterse a los gobernadores que allí se enviaran; pues así se pondría de manifiesto si de verdad eran sediciosos y dados a las revueltas, o no, una vez que tuvieran al frente gobernantes más moderados.
Dicho esto por los judíos, Nicolao absolvía a los reyes de las acusaciones; a Herodes, porque durante su vida no había sido acusado —pues no era justo que quienes, pudiendo denunciarlo ante el vivo por agravios moderados y obtener castigo, urdieran ahora una acusación contra el muerto—.
Los actos de Arquelao los atribuía Nicolao a la insolencia de aquellos: gentes que, aspirando a hacerse con el poder contra las leyes y siendo las primeras en dar muerte a quienes procuraban impedir sus desmanes, ahora presentaban querella cuando lo que hubo fue defensa. Los acusaba de afán de revuelta y de gozarse en la sedición, por no saber someterse a la justicia ni a las leyes, empeñados como estaban en vencer en todo. Esto fue lo que dijo Nicolao.
César, oído el caso, disuelve el consejo. Pocos días después no proclama a Arquelao rey, sino que lo nombra etnarca de la mitad del territorio que había estado sujeto a Herodes, prometiéndole honrarlo con la dignidad real si mostraba mérito para ella.
La otra mitad, dividida en dos, la entregó a otros dos hijos de Herodes, a Filipo y a Antipas —el que había disputado a su hermano Arquelao el gobierno entero—. A Antipas quedaban sujetas Perea y Galilea, y el tributo era de doscientos talentos al año.
Batanea, con el Tracón y la Auranítide, junto con cierta parte de la casa del llamado Zenodoro, rendía a Filipo cien talentos. A Arquelao contribuían Idumea, Judea y el territorio samaritano. A estos se les había perdonado la cuarta parte de los tributos, pues César decretó aliviarlos por no haberse rebelado con el resto de la multitud.
Y había ciudades sujetas a Arquelao: la Torre de Estratón y Sebaste, con Yafo y Yerushaláyim; en cambio Gaza, Gádara e Hipos, por ser ciudades griegas, las separó de su jurisdicción y las agregó a Siria. La renta que le entraba a Arquelao al año, del gobierno que recibió, ascendía a seiscientos talentos.
Esto fue lo que tocó a los hijos de Herodes de la herencia paterna. A Salomé, además de lo que su hermano le asignaba en el testamento —a saber, Yavne, Ashdod y Fasaelis, más quinientos mil de plata acuñada—, le concede César también la residencia real de Ascalón. De todo ello había además una renta de sesenta talentos al año; y su casa quedaba dentro del dominio de Arquelao.
Reciben también los demás parientes del rey cuanto declaraban los testamentos. A sus dos hijas doncellas, aparte de lo que el padre les dejó, César añadió a cada una un donativo de doscientos cincuenta mil de plata acuñada, y las casó con los hijos de Feroras.
Otorga asimismo a los hijos del rey cuanto se le había legado a él mismo —mil quinientos talentos—, reservándose unas pocas piezas del ajuar, no tanto por su valor cuanto por el recuerdo del rey, que se las había regalado con afecto.
Sobre un falso Alejandro
Dispuestas así estas cosas por César, un joven de linaje judío, criado en la ciudad de los sidonios en casa de un liberto romano, se introdujo en el parentesco de Herodes por su parecido de rostro, que a ojos de quienes lo veían lo asemejaba a Alejandro, el hijo de Herodes que había sido ejecutado.
Y esto le sirvió de acicate para pretender el gobierno. Tomando por cómplice a un hombre de su misma nación, conocedor de los asuntos de palacio, malvado por lo demás y de natural apto para revolver grandes empresas, que se le hizo maestro en semejante maldad, se hacía pasar por Alejandro, hijo de Herodes, sustraído a escondidas por los mismos que habían sido enviados a matarlo; pues estos, decía, dando muerte a otros que habían de engañar a los observadores, lo salvaron a él y a su hermano Aristóbulo.
Con esto él mismo andaba envanecido, y no cesaba de engañar a cuantos se le acercaban. Arribando a Creta, ganó para su causa a cuantos judíos trató, y bien provisto de dinero por el de aquellos, cruzó a Melos. Mucho mayores fueron aún los caudales que allí le llegaron, por la fe en el parentesco real y la esperanza de que recobrara el gobierno de sus padres y recompensara a sus bienhechores.
Se dirigía presuroso a Roma, escoltado por sus huéspedes particulares. Al tocar en Dicearquía, tampoco dejó de atraerse con igual engaño a los judíos de allí, que acudían a él como a un rey, tanto los demás como cuantos habían tenido hospitalidad y afecto con Herodes.
La causa estaba en que la gente acogía con gusto sus palabras, unido esto a lo fiable de su figura; pues aun a quienes mucho habían tratado a Alejandro les infundía gran confianza de que no era otro, sino él mismo, y así lo juraban ante los cercanos.
De suerte que, cuando corrió por Roma la voz sobre él, toda la nación judía de allí salía a su encuentro, teniendo por cosa divina su salvación contra toda esperanza y haciéndola motivo de júbilo por su ascendencia materna, cada vez que avanzaba por la calle llevado en litera.
Todo aparato regio lo rodeaba, a expensas de sus huéspedes particulares; se formaban grandes gentíos y aclamaciones de buen agüero de la multitud —cuanto es de esperar que reciban quienes así se han salvado contra toda esperanza—: no había nada que no se hiciera.
Cuando llegó a César la noticia sobre él, no la creyó, pues Herodes no se habría dejado engañar fácilmente en asuntos de tanta monta para él; mas, dando algún margen a la sospecha, envía a Celado, uno de sus libertos que había tratado a los muchachos, con orden de traerle a Alejandro a su presencia. Y este lo llevó, sin acertar en el juicio mejor que la multitud.
César, sin embargo, no se dejó engañar. Había, sí, parecido, pero no tal que engañara a quien es capaz de razonar con serenidad; pues el falso Alejandro estaba curtido por el trabajo manual, y, al contrario de la blandura de cuerpo que aquel tenía por su vida regalada y noble, este, por lo opuesto, había salido de cuerpo más endurecido.
Viendo, pues, una conjura de embuste entre maestro y discípulo, y un concierto de palabras temerarias, indagó acerca de Aristóbulo: qué había sido de él, sustraído en secreto junto con este, y por qué razón no había venido a reclamar la dignidad que corresponde alcanzar a los nacidos de tal linaje.
Respondió aquel que lo habían dejado en la isla de los chipriotas por recelo de los peligros del mar: para que, si algo terrible le sobreviniera a él, no se borrara del todo el linaje de Mariamna, sino que, sobreviviendo Aristóbulo, quedara frente a los que habían maquinado su ruina.
Como insistiera en esto y estuviera de acuerdo con él el fraguador del enredo, César, tomando aparte al muchacho a solas, le dijo: «Habrá para ti una recompensa, si no usas también contra mí de engaño: que no perezcas y salves la vida. Dime, pues, quién eres en realidad y quién te movió a atreverte a concebir tales cosas; pues has emprendido una trama de maldad mayor que los años que tienes.» Y él —que no había otro modo de obrar— declara a César la trama, de qué manera y por quién había sido urdida. Y César, viendo que el falso Alejandro —pues no faltó al pacto con él— era vigoroso para trabajar con su cuerpo, lo alista entre los marineros para remar, y da muerte al que lo había persuadido.
En cuanto a los melios, bastó de castigo el haber gastado en vano cuanto habían prodigado en el falso Alejandro. Y así, tan sin gloria acabó todo aquel embuste temerariamente tramado en torno al falso Alejandro.
Cómo Arquelao, tras una segunda acusación, fue desterrado a Viena
Arquelao, recibida la etnarquía, cuando llega a Judea, quita el sumo sacerdocio a Yoazar hijo de Boeto, acusándolo de haberse aliado con los sediciosos, y pone en su lugar a Elazar, hermano de aquel.
Reconstruye con magnificencia el palacio real de Yerijó, y desvió la mitad de las aguas que benefician a la aldea de Neará, haciéndolas correr como conducto propio hacia la llanura que él había plantado de palmeras; y, fundando una aldea, le pone por nombre Arquelaida.
Y, cometiendo una transgresión de la ley patria, se casa con Glafira, hija de Arquelao y esposa que había sido de su hermano Alejandro, de quien tenía hijos —siendo cosa vedada a los judíos tomar por mujer a la de un hermano—. Tampoco Elazar permanece en el sacerdocio, pues, en vida suya, fue puesto en su lugar Yehoshúa hijo de Seé.
En el décimo año del gobierno de Arquelao, los hombres principales de entre los judíos y los samaritanos, no soportando su crueldad y tiranía, lo acusan ante César, sobre todo cuando supieron que había quebrantado las órdenes de este de conducirse con moderación hacia ellos.
César, pues, al oírlo, llevándolo con ira, mandó llamar al administrador de los asuntos de Arquelao en Roma —Arquelao era también el nombre de este—; y, teniendo por cosa indigna de sí escribir a Arquelao, le dice: «Tú, embárcate al punto, sin demora alguna, y tráemelo de vuelta.»
Y él, haciendo una rápida travesía y llegando a Judea, sorprende a Arquelao en un banquete con sus amigos, le comunica la resolución de César y lo apremia a partir. Y César, cuando aquel llegó, escucha a ciertos acusadores y también a él mismo, y lo destierra, dándole por morada Viena, ciudad de la Galia, y le confiscó sus bienes.
Antes de ser llamado a subir a Roma, Arquelao había referido a sus amigos un sueño que tuvo: le parecía ver diez espigas de trigo, colmadas y llegadas a su plena sazón, devoradas por unos bueyes. Y al despertar, teniendo la visión por presagio de gran importancia, manda llamar a los adivinos cuyo oficio versaba sobre los sueños.
Como se dispersaran unos en un sentido y otros en otro —pues no coincidían todos en una misma explicación—, Simón, hombre de la secta de los esenios, tras pedir garantías, dijo que la visión traía a Arquelao un cambio de suerte, y no para bien: pues los bueyes significan penalidades, porque el animal se afana en trabajos; y cambios de suerte, porque la tierra, labrada con esfuerzo de ellos, no puede permanecer en el mismo estado; y las espigas, siendo diez, señalan otros tantos años, pues en el giro de cada uno viene una cosecha, y el tiempo del gobierno de Arquelao había tocado a su fin.
Así explicó él el sueño. Y al quinto día después de que su visión se le presentara por primera vez, el Arquelao enviado a llamarlo llegó a Judea.
Algo semejante le acontece también a Glafira, su mujer, hija del rey Arquelao. Con ella, como antes dije, había convivido Alejandro, hijo de Herodes y hermano de Arquelao, tomándola doncella. Cuando ocurrió que Alejandro fue ejecutado por su padre, se casó con Juba, rey de los libios; y muerto el libio, quedando viuda en Capadocia junto a su padre, la toma Arquelao, echando de sí a Mariamna, que convivía con él: tan grande fue el amor de Arquelao por Glafira.
Y conviviendo con Arquelao, tiene tal sueño: le pareció que Alejandro se le presentaba, y ella, al verlo, se alegraba y lo abrazaba con ansia; pero él le hacía reproche y le decía:
«Glafira, das la razón, a fin de cuentas, al dicho de que no hay que fiarse de las mujeres. Pues habiéndome jurado fidelidad y convivido conmigo desde doncella, y habiéndonos nacido hijos, entregas al olvido mi amor por el deseo de un segundo matrimonio. Y ni aun así te has hartado de insolencia, sino que osaste tomar contigo un tercer esposo, entrando de manera impropia y desvergonzada en mi casa, y concertando boda con Arquelao, marido tuyo, pero hermano mío.
Mas yo no echaré al olvido tu cariño, y te libraré de todo cuanto te reprocha, haciéndote mía como antes lo eras.» Habiendo referido esto a sus mujeres allegadas, pocos días después dejó la vida.
Yo, teniendo por no ajenas a esta obra tales cosas —pues ella trata de los reyes, y además sirven de ejemplo tanto de la inmortalidad de las almas como de que lo divino, con su providencia, tiene abarcados los asuntos humanos—, juzgué bien referirlas. Y quien no dé crédito a semejantes cosas, aprovechándose de su propio parecer, en nada estorbaría a quien las sume en pro de la virtud.
Y quedando anexionado el territorio de Arquelao como tributario al de los sirios, es enviado por César Quirinio, varón de rango consular, para hacer el censo de los bienes de Siria y liquidar la hacienda de Arquelao.