Libro decimotercero

Cómo Yonatán tomó el mando tras su hermano Yehudá, y cómo, junto con su hermano Shimón, guerreó contra Báquides

Ya expusimos en el libro anterior de qué modo el pueblo de los judíos, después de que los macedonios lo hubieran sometido a servidumbre, recobró su libertad, y a través de cuántos y cuán grandes combates su general Yehudá, tras ponerse a su frente, murió luchando por ellos.

Tras la muerte de Yehudá, cuanto quedaba todavía de impíos y de quienes habían quebrantado el régimen de los padres brotó contra los judíos y, arreciando por todas partes, los maltrataba. A esta maldad se sumó también una hambruna que se apoderó del país, de suerte que muchos —por la escasez de lo indispensable y por no poder resistir los males que de ambos lados los acosaban, el hambre y los enemigos— se pasaron a los macedonios. Báquides reunió a aquellos judíos que se habían apartado de la costumbre patria y habían elegido la vida común de las naciones, y les encomendó el cuidado del país; ellos apresaban a los amigos de Yehudá y a los que pensaban como él, y se los entregaban a Báquides, quien primero los torturaba y los maltrataba a su gusto, y solo después los mataba.

Como esta desgracia fue para los judíos tan grande cual no la habían padecido desde el regreso de Bavel, los que quedaban de los compañeros de Yehudá, viendo perecer lastimosamente al pueblo, se acercaron a su hermano Yonatán y le rogaron que imitara a su hermano y el cuidado que este había tenido de sus compatriotas —él, que había muerto por la libertad de ellos— y que no dejara al pueblo sin caudillo, ni siquiera en medio de aquello que lo destruía. Yonatán respondió que estaba dispuesto a morir por ellos, y, considerado en nada inferior a su hermano, fue designado general de los judíos.

Báquides, al oírlo y temiendo que Yonatán causara problemas al rey y a los macedonios como antes Yehudá, buscó darle muerte con engaño. Mas este propósito no pasó inadvertido a Yonatán ni a su hermano Shimón; pues, enterados, tomaron consigo a todos sus compañeros y huyeron a toda prisa al desierto más cercano a la ciudad, y, llegados al agua llamada la cisterna de Asfar, permanecían allí. Báquides, advirtiendo que se habían marchado y estaban en aquel lugar, se lanzó contra ellos con todo su ejército y, acampando al otro lado del Yardén, dio descanso a su tropa.

Yonatán, sabiendo que Báquides venía contra él, envía a su hermano Yojanán, llamado también Gadis, a los árabes nabateos, para depositar entre ellos el bagaje hasta que combatieran contra Báquides; pues eran amigos. Pero los hijos de Amareo, tendiendo una emboscada a Yojanán cuando iba hacia los nabateos desde la ciudad de Medaba, lo apresan a él y a los que lo acompañaban, y, saqueando cuanto llevaba consigo, matan a Yojanán y a todos sus compañeros. Con todo, pagaron por ello a los hermanos de este el castigo merecido, que mostraremos dentro de poco.

Báquides, sabiendo que Yonatán estaba acampado en los pantanos del Yardén, aguardó el día del Shabat y marchó contra él, creyendo que no combatiría en aquella jornada a causa de la Torá. Pero él arengó a sus compañeros, diciéndoles que el peligro era por sus propias vidas, encerrados en medio como estaban entre el río y los enemigos, sin escape posible —pues por delante avanzaban los adversarios y a la espalda tenían el río—; y, tras rogar a Dios que les concediera la victoria, traba combate con los enemigos. Tras derribar a muchos de ellos, cuando vio a Báquides venir audazmente sobre él, extendió la diestra para herirlo. Pero como Báquides lo previó y esquivó el golpe, Yonatán, saltando con sus compañeros al río, lo cruzó a nado, y de este modo se ponen a salvo en la otra orilla del Yardén, sin que los enemigos cruzaran ya el río tras ellos, pues Báquides regresó de inmediato a la ciudadela de Yerushaláyim.

Perdió de su ejército unos dos mil hombres. Tras apoderarse de muchas ciudades de Judea, Báquides las fortificó: Yerijó, Emaús, Bet-Jorón, Bet-El, Tamnatá, Faratón, Tecoa y Gázara. Y, construyendo torres en cada una de las ciudades y ciñéndolas de murallas robustas y de extraordinaria altura, apostó en ellas una guarnición, para que, partiendo desde allí, tuvieran modo de dañar a los judíos. Sobre todo fortificó la ciudadela de Yerushaláyim. Y, tomando como rehenes a los hijos de los principales de Judea, los encerró en la ciudadela y así los custodiaba.

Por aquel mismo tiempo, alguien que llegó ante Yonatán y su hermano Shimón les anunció que los hijos de Amareo celebraban una boda y traían a la novia desde la ciudad de Nabata —hija de uno de los notables entre los árabes—, y que iba a haber un cortejo de la muchacha espléndido y suntuoso. Yonatán y Shimón, juzgando que se les presentaba la ocasión más propicia para vengar a su hermano y confiando en que con toda holgura obtendrían de ellos el castigo por Yojanán, partieron hacia Medaba y aguardaban, emboscados contra los enemigos en la montaña. Cuando los vieron conduciendo a la doncella y al novio, y con ellos una muchedumbre de amigos cual es de esperar en las bodas, saltando de la emboscada los mataron a todos, y, tomando las joyas y todo el demás botín que entonces seguía a aquellas gentes, se volvieron. Y tal fue la venganza que por su hermano Yojanán tomaron de los hijos de Amareo; pues perecieron estos mismos, y los amigos que los acompañaban, y sus mujeres e hijos, en número de cuatrocientos.

Shimón y Yonatán, regresando a los pantanos del río, permanecían allí. Báquides, tras asegurar toda Judea con guarniciones, se volvió junto al rey. Y entonces, por dos años, los asuntos de los judíos quedaron en calma. Pero los fugitivos y los impíos, viendo que Yonatán y los suyos vivían en el país con gran holgura gracias a la paz, envían mensajeros al rey Demetrio, exhortándolo a mandar a Báquides para prender a Yonatán; pues aseguraban que se lograría sin esfuerzo, y que, cayendo sobre ellos en una sola noche, cuando menos lo esperasen, los matarían a todos. El rey despachó a Báquides, quien, llegado a Judea, escribió a todos sus amigos, judíos y aliados, para que le ayudaran a capturar a Yonatán. Mas, por más que todos se afanaban, no lograban vencer a Yonatán —pues se guardaba con extremo cuidado, al haber advertido la conjura—; y Báquides, irritado contra los fugitivos por haberlo engañado a él y al rey, apresó a cincuenta de sus cabecillas y los mató.

Yonatán, con su hermano y sus compañeros, se retira a Betalaga, aldea situada en el desierto, por temor a Báquides, y, levantando torres y rodeándose de murallas, se mantuvo a salvo tras aquellas defensas. Báquides, al saberlo, conduciendo su ejército y sumando a los aliados judíos, marchó contra Yonatán, y, asaltando sus defensas, lo asedió durante muchos días. Pero él no cedió ante el ímpetu del asedio; antes bien, resistiendo con firmeza, deja a su hermano Shimón en la plaza para que combatiera a Báquides, mientras él mismo, saliendo a escondidas al campo y reuniendo una gran tropa entre los que eran de su bando, cae de noche sobre el campamento de Báquides y, matando a muchos de ellos, deja claro también a su hermano Shimón que ha caído sobre el enemigo. Pues también este, advirtiendo que los enemigos eran muertos por Yonatán, sale contra ellos, e incendia las máquinas de asedio de los macedonios y hace de ellos gran matanza.

Báquides, viéndose cercado por los enemigos —unos acosándolo por delante y otros por detrás—, cayó en desánimo y en turbación del ánimo, trastornado por haber salido el asedio contra sus esperanzas. Con todo, descargó su cólera por estos sucesos sobre los fugitivos que lo habían hecho venir de parte del rey, por haberlo engañado, y deseaba, poniendo fin al asedio, retirarse si le era posible con dignidad a su tierra. Yonatán, conociendo su designio, le envía embajadores para tratar de amistad y alianza, a fin de que se devolvieran mutuamente los cautivos que uno y otro habían tomado. Báquides, juzgando que esta era la retirada más honrosa, pacta amistad con Yonatán, y juraron no volver a hacerse la guerra el uno al otro; y, devolviendo a los cautivos y recobrando a los suyos, se volvió a Antioquía junto al rey, y tras esta retirada ya no invadió Judea. Yonatán, aprovechando esta tranquilidad y fijando su residencia en la ciudad de Mijmás, administraba allí los asuntos del pueblo, y, castigando a los malvados e impíos, purgó así de ellos a la nación.

Cómo Alejandro, en su guerra con Demetrio, concedió a Yonatán muchas ventajas y lo nombró sumo sacerdote, y lo persuadió de asistirlo, aunque Demetrio le prometía por su parte ventajas mayores. Acerca de la muerte

En el año ciento sesenta sucedió que Alejandro, hijo de Antíoco Epífanes, subiendo a Siria, se apoderó de Ptolemaida por traición de los soldados de dentro; pues estos aborrecían a Demetrio a causa de su soberbia y de lo difícil que era tratar con él. Pues, encerrándose en cierto palacio de cuatro torres que él mismo había edificado no lejos de Antioquía, no admitía a nadie, sino que se mostraba indolente y descuidado en los asuntos, con lo cual se encendía aún más contra él el odio de sus súbditos, como ya hemos expuesto en otro lugar.

Demetrio, al oír que Alejandro había llegado a Ptolemaida, condujo contra él todo su ejército. Envió también embajadores a Yonatán para tratar de alianza y buena voluntad; pues decidió adelantarse a Alejandro, no fuera que este, hablándole antes, obtuviera de él su ayuda. Esto lo hacía por temor de que Yonatán, guardando rencor por la vieja enemistad, se sumara al ataque contra él. Le ordenó, pues, reunir un ejército y fabricar armas, y recobrar a los rehenes de los judíos que Báquides había encerrado en la ciudadela de Yerushaláyim.

Llegadas a Yonatán tales propuestas de parte de Demetrio, este, presentándose en Yerushaláyim, leyó la carta del rey a oídos del pueblo y de los que custodiaban la acrópolis. Leído esto, los impíos y los fugitivos de la acrópolis quedaron muy amedrentados, ya que el rey había concedido a Yonatán reclutar tropas y recobrar a los rehenes. Y él devolvió a cada uno el suyo a sus padres. Y así Yonatán fijó su residencia en Yerushaláyim, renovando la ciudad y disponiendo cada cosa según su voluntad. Pues mandó que también las murallas de la ciudad se levantaran con piedras cuadradas, para que fueran más seguras frente a las guerras. Al ver esto, los guardias de las fortalezas de Judea las abandonaron y huyeron todos a Antioquía, salvo los de la ciudad de Bet-Tsur y los de la ciudadela de Yerushaláyim; pues estos eran la mayor parte de los judíos impíos y fugitivos, y por ello no dejaron las guarniciones.

Alejandro, conociendo las promesas que Demetrio había hecho a Yonatán, y su valentía y cuanto había realizado combatiendo a los macedonios, y, por otra parte, lo que él mismo había padecido de Demetrio y de Báquides, general de Demetrio, decía que, en la presente coyuntura, no podría hallar mejor aliado que Yonatán entre sus amigos —un hombre esforzado en las guerras, que además abrigaba un odio personal contra Demetrio, de quien había recibido muchos males y a quien muchos había causado—. Si, por tanto, le parecía bien ganarlo por amigo contra Demetrio, ahora era el momento más oportuno, y no otro, para invitarlo a la alianza. Pareciéndoles, pues, bien a él y a sus amigos enviar a Yonatán, le escribe la carta siguiente:

«El rey Alejandro a su hermano Yonatán, salud. Desde hace tiempo hemos oído hablar de tu valentía y lealtad, y por eso te hemos enviado mensajeros para tratar de amistad y alianza. Te nombramos hoy sumo sacerdote de los judíos y ordenamos que se te llame amigo mío. Te he enviado también como regalos un manto de púrpura y una corona de oro, y te ruego que, honrado por nosotros, seas para con nosotros de igual disposición.»

Yonatán, al recibir la carta, se reviste con las vestiduras sacerdotales cuando llegó la fiesta de Sukot, cuatro años después de la muerte de su hermano Yehudá; pues durante todo este tiempo no había habido ningún sumo sacerdote. Y reunió un gran ejército y forjó gran cantidad de armas. Esto afligió sobremanera a Demetrio cuando lo supo, y se echaba la culpa de su propia tardanza, por no haberse adelantado a Alejandro en mostrar benevolencia a Yonatán, sino haberle dejado a aquel la ocasión de hacerlo. Escribe, pues, también él una carta a Yonatán y al pueblo, en la que declaraba lo siguiente:

«El rey Demetrio a Yonatán y a la nación de los judíos, salud. Puesto que habéis mantenido la amistad para con nosotros y, cuando mis enemigos os tentaron, no os unisteis a ellos, alabo esta vuestra lealtad y os exhorto a perseverar en lo mismo, con lo que recibiréis de nosotros recompensas y favores. Pues a la mayoría de vosotros os condonaré los tributos y las contribuciones que pagabais a los reyes anteriores a mí y a mí mismo; y desde ahora os perdono los tributos que siempre aportáis. Además de esto, os hago gracia del impuesto sobre la sal y sobre las coronas que solíais traernos; y, en lugar del tercio del grano y de la mitad del fruto de los árboles que me corresponde, os lo cedo desde el día de hoy. Y el impuesto por cada cabeza que debía dárseme de los habitantes de Judea y de las tres toparquías anejas a Judea —Shomrón, Galilea y Perea— os lo cedo desde ahora y para siempre.

Y quiero que la ciudad de los habitantes de Yerushaláyim sea santa e inviolable y libre, hasta sus términos, del diezmo y de los impuestos. En cuanto a la ciudadela, la encomiendo a vuestro sumo sacerdote Yonatán, para que ponga en ella como guarnición a quienes él mismo juzgue fieles y amigos, a fin de que nos la custodien. Y pongo en libertad a los judíos que hayan sido hechos cautivos y esclavizados en nuestro territorio. Ordeno también que no se requisen las bestias de carga de los judíos; y que los Shabatot y toda fiesta, y tres días antes de la fiesta, estén exentos de impuesto. Del mismo modo, dejo libres y sin vejaciones a los judíos que habitan en mi reino, y a quienes quieran servir en mi ejército se lo permito, y que ello sea posible hasta treinta mil; y dondequiera que vayan, recibirán lo mismo que recibe mi propio ejército. A unos de ellos los apostaré en las fortalezas, a algunos en torno a la guardia de mi persona, y a otros los haré jefes de los de mi corte.

Les permito asimismo servirse de las leyes de sus padres y guardarlas, y quiero que las tres comarcas anejas a Judea le queden sometidas, y que sea cuidado del sumo sacerdote que ni un solo judío tenga otro templo donde adorar sino únicamente el de Yerushaláyim. Doy también de mis propios fondos, para el gasto de los sacrificios, cada año ciento cincuenta mil dracmas, y quiero que el sobrante de ese dinero sea vuestro; y las diez mil dracmas que los reyes solían recibir del Templo os las condono, porque corresponden a los sacerdotes que ofician en el Templo. Y cuantos se refugien en el Templo de Yerushaláyim, o en los lugares que dependen de su jurisdicción, ya sea por deber dinero al fisco real, ya por cualquier otra causa, queden libres y estén a salvo sus bienes. Permito también la restauración del Templo y su edificación, corriendo el gasto de ello a cargo de mis fondos; y consiento en que se levanten las murallas de la ciudad y se alcen altas torres, y en erigirlo todo a mis expensas. Y si hay alguna fortaleza que convenga que esté fortificada en el país de los judíos, constrúyase también esta con mis caudales.»

Estas cosas prometía y concedía Demetrio al escribir a los judíos. Pero el rey Alejandro, reuniendo una gran fuerza de mercenarios y de los soldados que se le habían agregado desde Siria, marchó contra Demetrio. Y trabada la batalla, el ala izquierda de Demetrio pone en fuga a los adversarios y los persiguió largo trecho, matando a muchos y saqueando el campamento; pero el ala derecha, donde se hallaba Demetrio, es vencida. Y todos los demás huyeron; pero Demetrio, luchando con bravura, mata a no pocos enemigos, y, persiguiendo a los otros, lanza su caballo a un cenagal profundo y difícil de salir, donde sucedió que, caído el caballo, sin poder escapar, fue muerto. Pues los enemigos, viendo lo que le había ocurrido, se volvieron y, cercando a Demetrio, todos le arrojaban dardos. Él, ya a pie, se defendía con bravura, y al fin, tras recibir muchas heridas y no poder resistir más, cayó. Y tal fue el fin que alcanzó a Demetrio, después de reinar once años, como hemos expuesto en otro lugar.

La amistad que hubo entre Onías y Tolomeo Filométor, y cómo Onías edificó en Mitsraim un templo semejante al de Yerushaláyim

Onías, hijo del sumo sacerdote Onías y homónimo de su padre —el que, huido a Alejandría, vivía junto al rey Tolomeo llamado Filométor, como antes hemos dicho—, viendo a Judea maltratada por los macedonios y sus reyes, y deseando procurarse gloria y memoria eterna, decidió enviar mensajeros al rey Tolomeo y a la reina Cleopatra para pedirles licencia de edificar en Mitsraim un templo semejante al de Yerushaláyim, y de establecer leviim y sacerdotes de su propio linaje. Esto lo deseaba confiado sobre todo en el profeta Yeshayahu, quien, habiendo vivido más de seiscientos años antes, había predicho que sin falta se edificaría en Mitsraim, por mano de un varón judío, un templo al Dios altísimo. Alentado, pues, por esto, Onías escribe a Tolomeo y a Cleopatra la carta siguiente:

«Habiéndoos prestado muchos y grandes servicios en las empresas de la guerra con el auxilio de Dios, y habiendo estado en la Celesiria y en Fenicia, y llegado a la ciudad de Leontópolis del distrito de Heliópolis con los judíos, y a otros lugares de nuestra nación, y hallando que muchísimos, contra lo debido, poseen templos, y por eso están malquistos entre sí —lo cual ha sucedido también a los egipcios, por la multitud de sus templos y por no ser de un mismo parecer en el culto—, y encontrando un lugar de lo más apropiado en la fortaleza llamada de la Bubastis agreste, rica en toda clase de arbolado y llena de animales sagrados, os ruego que me concedáis, tras purificar ese templo sin dueño y derruido, edificar un templo al Dios altísimo a semejanza del de Yerushaláyim y con sus mismas medidas, en favor de vos y de vuestra esposa e hijos, para que los judíos que habitan en Mitsraim tengan un lugar donde, reuniéndose en él con mutua concordia, sirvan a vuestros intereses. Pues Yeshayahu el profeta predijo esto: “Habrá un altar en Mitsraim a Adonái Dios”; y profetizó otras muchas cosas semejantes acerca de este lugar.»

Esto escribe Onías al rey Tolomeo. Puede advertirse la piedad de él, y la de Cleopatra, su hermana y esposa, por la carta que le respondieron; pues cargaron el pecado y la transgresión de la Torá sobre la cabeza de Onías. Respondieron, en efecto, de este modo: «El rey Tolomeo y la reina Cleopatra a Onías, salud. Hemos leído tu carta, en la que pides que se te permita purificar el templo derruido de Leontópolis, del distrito de Heliópolis, llamado de la Bubastis agreste. Por lo cual nos asombra que pueda ser grato a Dios un templo fundado en un lugar impuro y lleno de animales sagrados. Pero, ya que dices que el profeta Yeshayahu predijo esto hace mucho tiempo, te lo concedemos, si es que ha de ser conforme a la Torá, de suerte que no parezca que hemos cometido pecado alguno contra Dios.»

Onías, pues, tomando el lugar, edificó un templo y un altar a Dios semejante al de Yerushaláyim, aunque más pequeño y más pobre. Sus medidas y sus utensilios no me ha parecido oportuno declararlos ahora, pues están consignados en el séptimo libro de mi Guerra de los judíos. Encontró también Onías algunos judíos semejantes a él, sacerdotes y leviim, que allí oficiaran el culto. Mas acerca de este templo hemos hablado ya bastante.

Los judíos de Alejandría y los samaritanos, que adoraban en el templo del Guerizim, sucedió que, en tiempos de Alejandro, cayeron en disputa unos con otros, y litigaban acerca de sus templos ante el propio Tolomeo, diciendo los judíos que el de Yerushaláyim había sido edificado según las leyes de Moshé, y los samaritanos que el del Guerizim. E invitaron al rey a sentarse con sus amigos para oír los alegatos sobre estas cuestiones y castigar con la muerte a los vencidos. En defensa de los samaritanos hicieron el alegato Sabeo y Teodosio; y en defensa de los habitantes de Yerushaláyim y de los judíos, Andrónico, hijo de Mesálamo. Juraron por Dios y por el rey que en verdad harían sus demostraciones conforme a la Torá, y pidieron a Tolomeo que a quien sorprendiera quebrantando los juramentos lo hiciera morir. El rey, pues, tomando en consejo a muchos de sus amigos, se sentó a escuchar a los oradores.

Los judíos que estaban en Alejandría se hallaban muy angustiados por aquellos hombres, a quienes tocaba indignarse por el Templo de Yerushaláyim; pues llevaban a mal que algunos derribasen uno tan antiguo y el más ilustre de cuantos había en el mundo habitado. Como Sabeo y Teodosio permitieran a Andrónico hablar primero, este comenzó sus demostraciones a partir de la Torá y de las sucesiones de los sumos sacerdotes, mostrando cómo cada uno, recibiendo la dignidad de su padre, había regido el Templo, y que todos los reyes de Asia habían honrado el Templo con ofrendas y con espléndidos dones, mientras que del templo del Guerizim nadie hacía caso ni mención, como si ni siquiera existiera. Diciendo esto y otras muchas cosas semejantes, Andrónico persuade al rey de juzgar que el Templo de Yerushaláyim había sido edificado según las leyes de Moshé, y de hacer morir a Sabeo y a Teodosio. Y tales fueron los sucesos que acaecieron a los judíos de Alejandría bajo Tolomeo Filométor.

Cómo Alejandro honró a Yonatán de manera extraordinaria, y cómo Demetrio, hijo de Demetrio, venció a Alejandro y concertó alianza de amistad con Yonatán

Muerto Demetrio en la batalla, según hemos mostrado arriba, Alejandro, tomando posesión del reino de Siria, escribe a Tolomeo Filométor pidiéndole en matrimonio a su hija, alegando que era justo que quien había recobrado el poder de sus padres y, por la providencia de Dios, había sido encumbrado a él y había vencido a Demetrio, y que en lo demás no era indigno de emparentar con él, contrajera con él ese parentesco. Tolomeo, aceptando de buen grado la petición de matrimonio, le responde diciendo que se alegraba de que hubiera recobrado el poder que le venía de sus padres, y le promete dar a su hija, y le mandó salir a su encuentro en Ptolemaida, pues pensaba llevar allí a su hija; que él mismo la escoltaría hasta allí desde Mitsraim y allí le daría a la muchacha por esposa. Y Tolomeo, tras escribir esto, llega a toda prisa a Ptolemaida, trayendo consigo a su hija Cleopatra. Hallando allí a Alejandro, que, según le había escrito, había salido antes a su encuentro, le entrega a la muchacha y, como dote, plata y oro cuanto era propio dar a un rey.

Celebradas las bodas, Alejandro, escribiendo a Yonatán el sumo sacerdote, le ordenó acudir a Ptolemaida. Y este, presentándose ante los reyes y obsequiándolos con espléndidos regalos, gozó del honor de ambos. Alejandro lo obligó incluso a despojarse de su propio vestido y a ponerse la púrpura, y, haciéndolo sentar consigo en el estrado, ordenó a sus jefes que, avanzando con él hasta el centro de la ciudad, pregonaran que a nadie le era lícito hablar contra él ni causarle molestias. Cuando los jefes hicieron esto, los que se habían dispuesto a acusar a Yonatán y le eran hostiles, viendo el honor que el rey le pregonaba, huyeron, temerosos de sufrir algún daño. Y el rey Alejandro empleó tal solicitud para con Yonatán que incluso lo inscribió como el primero entre sus amigos.

En el año ciento sesenta y cinco, Demetrio, hijo de Demetrio, con muchos mercenarios que le proporcionó Lástenes el cretense, partiendo de Creta, arribó a Cilicia. Al oír esto Alejandro, se sumió en angustia y turbación, y al punto se apresuró desde Fenicia hacia Antioquía, para dejar allí las cosas seguras antes de que Demetrio llegara. Dejó como gobernador de la Celesiria a Apolonio el Tao, quien, llegando con un gran ejército a Yavne, envió a decir a Yonatán el sumo sacerdote que era injusto que solo él viviera en seguridad e independencia, sin someterse al rey; que esto le acarreaba a él el reproche de todos, por no haberlo sometido al rey.

«No te engañes, pues, sentado en los montes, creyendo que tienes fuerza; antes bien, si confías en tu propio poder, baja a la llanura y mídete con nuestro ejército, y el desenlace de la victoria mostrará quién es el más valiente. Sabe, sin embargo, que los mejores hombres de cada ciudad militan conmigo; y son precisamente estos los que siempre han vencido a tus antepasados. Librarás el combate contra nosotros en una tierra tal, donde no con piedras sino con armas hay que defenderse, ni hay lugar alguno adonde, si eres vencido, puedas huir.»

Irritado por estas palabras, Yonatán, escogiendo diez mil soldados, partió de Yerushaláyim con Shimón, su hermano, y, llegado a Yafo, acampa fuera de la ciudad, pues los de Yafo le habían cerrado las puertas, ya que tenían dentro una guarnición apostada por Apolonio. Cuando Yonatán se disponía a asediarlos, temiendo que tomara su ciudad por la fuerza, le abren las puertas. Apolonio, al oír que Yafo había sido tomada por Yonatán, tomando tres mil jinetes y ocho mil infantes, vino a Ashdod, y, partiendo de allí, hacía la marcha despacio y a paso lento; y, llegado a Yafo, retirándose, arrastra a Yonatán hacia la llanura, confiado en su caballería y teniendo en ella sus esperanzas de victoria. Pero Yonatán, avanzando, persiguió a Apolonio hasta Ashdod. Y este, cuando el enemigo se halló en la llanura, volviéndose, trabó batalla con él.

Habiendo apostado Apolonio mil jinetes en emboscada en cierto barranco, para que aparecieran a la espalda del enemigo, Yonatán, advirtiéndolo, no se amedrentó; y, formando su ejército en cuadro, se dispuso a rechazar al enemigo por ambos lados, oponiéndose de frente y a los que atacarían por detrás. Prolongándose la batalla hasta la tarde, dando a Shimón, su hermano, una parte de la tropa, le ordenó atacar la falange de los enemigos, mientras él mismo mandó a los suyos que, cubriéndose con los escudos, recibieran los dardos de los jinetes. Y ellos hicieron lo mandado; pero los jinetes enemigos, disparando sus dardos contra ellos hasta agotarlos, ningún daño les causaban; pues los proyectiles no penetraban hasta sus cuerpos, y, lanzados contra hombres cerrados en muro con los escudos unidos por su densidad, quedaban fácilmente retenidos y caían sin efecto.

Cuando los enemigos se agotaron, arrojándoles dardos desde la mañana hasta bien entrada la tarde, Shimón, advirtiendo que estaban fatigados, ataca la falange, y, empleando sus soldados gran ardor, pone en fuga a los enemigos. Los jinetes, viendo huir a la infantería, tampoco ellos aguantan, sino que, extenuados por haber combatido hasta el atardecer y perdida su esperanza en la infantería, huyeron sin orden ni concierto, de modo que, disgregados, se dispersaron por toda la llanura. Yonatán, persiguiéndolos hasta Ashdod y matando a muchos, obligó a los que desesperaban de salvarse a refugiarse en el templo de Dagón, que estaba en Ashdod. Yonatán, tomando por asalto la propia ciudad, la incendió, y con ella las aldeas de sus alrededores. No perdonó tampoco el templo de Dagón, sino que también lo incendió y dio muerte a los que en él se habían refugiado. El número total de los que cayeron en la batalla y se consumieron en el templo, de entre los enemigos, fue de ocho mil.

Tras vencer a tan gran ejército, partiendo de Ashdod llega a Ascalón; y, cuando hubo acampado fuera de la ciudad, los de Ascalón salieron a su encuentro trayéndole presentes de hospitalidad y honrándolo. Él, acogiéndolos por su buena disposición, regresó de allí a Yerushaláyim, llevando mucho botín que había tomado al vencer a los enemigos. Alejandro, al oír que su general Apolonio había sido derrotado, fingió alegrarse, porque este, contra su propio parecer, había trabado combate con Yonatán, que era su amigo y aliado; y envía mensajeros a Yonatán dándole testimonio y otorgándole galardones y honores —un broche de oro, según es costumbre dar a los parientes de los reyes—, y le concede Ecrón y su toparquía como heredad.

Por este tiempo también el rey Tolomeo, apellidado Filométor, conduciendo una fuerza naval y terrestre, vino a Siria para socorrer a Alejandro; pues era su suegro. Y todas las ciudades, por orden de Alejandro, recibiéndolo de buen grado, lo escoltaron hasta la ciudad de Ashdod, donde todos clamaban contra él, acusando a Yonatán, que había destruido su templo de Dagón, incendiado el país y dado muerte a muchos de ellos. Tolomeo, al oír esto, guardó silencio. Yonatán, saliendo al encuentro de Tolomeo en Yafo, obtiene de él espléndidos presentes de hospitalidad y toda clase de honores; luego, tras escoltarlo hasta el río llamado Eléuteros, se volvió de nuevo a Yerushaláyim.

Hallándose en Ptolemaida, contra toda expectativa estuvo Tolomeo a punto de perecer, víctima de una conjura urdida por Alejandro por medio de Amonio, que era amigo suyo. Hecha manifiesta la conjura, Tolomeo escribe a Alejandro reclamando a Amonio para castigarlo, diciendo que había sido objeto de sus asechanzas y juzgando justo que pagara por ello la pena. Mas, al no entregarlo Alejandro, comprendiendo que era este mismo el autor de la conjura, se enemistó gravemente con él. Ya de antes se había malquistado Alejandro con los de Antioquía a causa de Amonio, pues habían padecido muchos males de él. Con todo, Amonio pagó la pena de sus atrevimientos, degollado vergonzosamente como una mujer, por haber intentado ocultarse con vestido de mujer, según hemos expuesto en otro lugar.

Tolomeo, reprochándose el haber casado a su hija con Alejandro y la alianza contra Demetrio, rompe el parentesco con él; pues, arrebatándole a su hija, la envía enseguida a Demetrio, conviniendo con él alianza y amistad, prometiéndole dar a su hija por esposa y restablecerlo en el poder de sus padres. Demetrio, complacido con la embajada, acepta la alianza y el matrimonio. Pero quedaba aún a Tolomeo una última empresa: persuadir a los de Antioquía de que recibieran a Demetrio, hostiles como le eran a causa de los desafueros que su padre Demetrio había cometido contra ellos. Mas también esto lo llevó a cabo; pues los de Antioquía, que odiaban a Alejandro a causa de Amonio, como hemos mostrado, fácilmente lo expulsaron de Antioquía. Y este, arrojado de Antioquía, se fue a Cilicia. Tolomeo, llegando ante los de Antioquía, es proclamado rey por ellos y por los ejércitos, y, forzado, se ciñe dos diademas, una la de Asia, otra la de Mitsraim. Pero, siendo de índole bondadosa y justa, y no codiciando los honores brillantes, y además prudente para calcular el porvenir, resolvió guardarse de parecer odioso a los romanos, y, reuniendo en asamblea a los de Antioquía, los persuade a recibir a Demetrio, diciendo que Demetrio no les guardaría rencor por lo tocante a su padre, pues él mismo había recibido buen trato; y se comprometió a ser para él maestro de cosas buenas y su guía, y prometió que no le consentiría emprender acciones ruines. Para sí, decía, le bastaba con el reino de Mitsraim. Dicho esto, persuade a los de Antioquía de que acojan a Demetrio.

Cuando Alejandro, partiendo de Cilicia con un gran ejército y grandes preparativos, se lanzó sobre Siria e incendió y saqueó el territorio de Antioquía, Tolomeo salió en campaña contra él junto con su yerno Demetrio —pues ya le había entregado a su hija en matrimonio—, y, tras vencer, pusieron en fuga a Alejandro.

Este huyó a Arabia. Sucedió que, en la batalla, el caballo de Tolomeo se espantó al oír el bramido de un elefante y, sacudiéndose, lo derribó; los enemigos, al verlo, se abalanzaron sobre él y, causándole muchas heridas en la cabeza, lo pusieron en peligro de muerte. Aunque sus guardias de corps lo arrancaron de allí, quedó tan malparado que durante cuatro días no pudo entender nada ni articular palabra.

Zábeilo, el señor de los árabes, cortó la cabeza de Alejandro y la envió a Tolomeo, quien al quinto día, repuesto de sus heridas y ya en su juicio, oye y contempla lo más grato de oír y de ver: la muerte de Alejandro y, a la vez, su cabeza.

Y no mucho después, saciado del gozo por la muerte de Alejandro, también él acabó su vida. Alejandro, apellidado Balas, reinó sobre Asia cinco años, como también hemos expuesto en otro lugar.

Demetrio, apellidado Nicátor, al hacerse con el reino, por su maldad empezó a destruir las tropas de Tolomeo, olvidado tanto de la alianza que con él tenía como de que era su suegro y pariente por el matrimonio con Cleopatra. Los soldados, pues, huyen de su acechanza hacia Alejandría, pero Demetrio se apodera de los elefantes.

Yonatán, el sumo sacerdote, reunió un ejército de toda Judea y, atacándola, puso sitio a la ciudadela de Yerushaláyim, que albergaba una guarnición macedonia y a algunos de los impíos y de quienes habían renegado de la costumbre patria.

Estos, al principio, despreciaban lo que Yonatán maquinaba para tomar la plaza, confiados en la solidez del lugar; pero de noche algunos de los malvados que allí estaban salieron, fueron ante Demetrio y le denunciaron el asedio de la ciudadela.

Este, irritado por la noticia, tomó su ejército y vino desde Antioquía contra Yonatán. Al llegar a Ptolemaida, le escribe ordenándole que acudiera a toda prisa a su presencia, a Ptolemaida.

Yonatán no levantó el asedio, pero, tomando consigo a los ancianos del pueblo y a los sacerdotes, y llevando oro, plata, vestiduras y multitud de presentes, se presentó ante Demetrio; y con estos regalos aplaca la cólera del rey, y, honrado por él, obtiene la confirmación segura del sumo sacerdocio, tal como lo había poseído de manos de los reyes anteriores a él.

Aunque los fugitivos lo acusaban, Demetrio no les dio crédito; antes bien, cuando Yonatán le pidió que, por toda Judea y las tres toparquías de Shomrón, Yafo y Galilea, pagara trescientos talentos, se lo concede y le da cartas sobre todo ello, que rezaban de este modo:

«El rey Demetrio saluda a Yonatán, su hermano, y al pueblo de los judíos. Os hemos enviado copia de la carta que escribí a Lástenes, nuestro pariente, para que la conozcáis.»

«El rey Demetrio saluda a su padre Lástenes. Al pueblo de los judíos, que es amigo nuestro y guarda lo justo para con nosotros, he resuelto otorgarle una gracia en pago de su lealtad. Los tres distritos de Afaírema, Lida y Ramatáyim —que fueron agregados a Judea desde la región de Shomrón—, con lo que a ellos pertenece; y además cuanto los reyes anteriores a mí recibían de quienes ofrecen sacrificios en Yerushaláyim, y cuanto se cobraba de los frutos de la tierra y de los árboles, y las demás cosas que nos corresponden, y las salinas y las coronas que se nos entregaban: todo ello se lo condono, y nada de esto les será exigido desde ahora ni en tiempo alguno. Cuida, pues, de que se haga copia de estas disposiciones y se entregue a Yonatán, y se coloque en un lugar señalado del santo Templo.»

Esto era lo escrito. Demetrio, viendo que reinaba la paz y que no había peligro alguno ni temor de guerra, licenció al ejército y les redujo la paga, y solo se la seguía dando a los mercenarios reclutados que habían subido con él desde Creta y desde las demás islas.

De ahí nacieron contra él la enemistad y el odio de los soldados, a quienes ya no daba nada, mientras que los reyes anteriores a él, aun en tiempos de paz, seguían proveyéndoles por igual, para tenerlos bien dispuestos y prontos en los combates librados por ellos, si alguna vez hiciera falta.

Cómo Trifón, tras vencer a Demetrio, entregó el reino a Antíoco, el hijo de Alejandro, y se ganó a Yonatán como aliado; y sobre las acciones y embajadas de Yonatán

En efecto, cierto general de Alejandro, Diodoto —de linaje de Apamea, apodado también Trifón—, al advertir esta mala disposición de los soldados hacia Demetrio, se dirige a Málico el árabe, que criaba a Antíoco, el hijo de Alejandro, y, revelándole la animadversión de los ejércitos contra Demetrio, le persuadía de que le entregase a Antíoco; pues lo haría rey y le restituiría el dominio de su padre.

Este, al principio, se resistía por desconfianza; pero después, al cabo de mucho tiempo, ante la insistencia de Trifón, cede en su propósito a lo que Trifón le pedía. Y así estaban las cosas en cuanto a este hombre.

El sumo sacerdote Yonatán, queriendo expulsar a los de la ciudadela de Yerushaláyim, a los judíos fugitivos e impíos y a las guarniciones repartidas por todo el país, envió a Demetrio regalos y embajadores y le pidió que retirase a los que ocupaban las fortalezas de Judea.

Este le promete concederle no solo eso, sino cosas aún mayores, una vez terminada la guerra que tenía entre manos, pues por el momento estaba ocupado en ella. Le pidió además que le enviase tropas auxiliares, dándole a entender que su ejército se había sublevado. Y Yonatán, escogiendo tres mil soldados, se los envió.

Los de Antioquía, que odiaban a Demetrio por los males que de él habían padecido —y le eran hostiles también a causa de su padre Demetrio, que muchos agravios había cometido contra ellos—, aguardaban la ocasión propicia para atacarlo.

Al advertir que había llegado a Demetrio un refuerzo enviado por Yonatán, y comprendiendo que reuniría una gran fuerza si no se le adelantaban apoderándose de él primero, empuñaron las armas, rodearon su palacio a modo de asedio y, ocupando las salidas, buscaban rendir al rey.

El rey, viendo al pueblo de Antioquía en guerra contra él y en armas, tomó a los mercenarios y a los judíos enviados por Yonatán y traba combate con los antioquenos; pero, arrollado por ellos —pues eran muchas decenas de miles—, es vencido.

Pero los judíos, viendo que los antioquenos llevaban ventaja, subieron a los tejados del palacio y desde allí disparaban contra ellos; y, como por la altura estaban muy lejos de recibir daño alguno, y en cambio les causaban gran perjuicio combatiendo desde arriba, los apartaron de las casas contiguas.

Enseguida prendieron fuego a esas casas, y la llama, extendiéndose por toda la ciudad —pues las casas estaban muy juntas y en su mayoría eran de madera—, la devoró entera.

Los antioquenos, incapaces de socorrer la ciudad ni de dominar el fuego, se dieron a la fuga. Y como los judíos saltaban de terraza en terraza persiguiéndolos de ese modo, la persecución resultó asombrosa.

El rey, viendo que los antioquenos se afanaban en poner a salvo a sus hijos y mujeres y que por eso ya no combatían, los ataca por otras callejuelas y, trabando pelea, mató a muchos de ellos, hasta obligarlos a arrojar las armas y entregarse a Demetrio.

Perdonándoles su osadía, pone fin a la revuelta. Y, tras regalar a los judíos el botín obtenido del pillaje y darles las gracias por haber sido los máximos artífices de su victoria, los despidió a Yerushaláyim, ante Yonatán, dando testimonio de su alianza.

Pero más tarde se volvió malo con él, faltó a sus promesas y amenazó con la guerra si no le pagaba todos los tributos que el pueblo de los judíos debía desde los primeros reyes. Y así lo habría hecho, de no haberlo detenido Trifón, que desvió los preparativos de Demetrio contra Yonatán hacia las inquietudes por sí mismo.

Pues, de regreso de Arabia a Siria con el joven Antíoco —que era un muchacho por su edad—, le ciñe la diadema. Y, al pasarse a su bando todo el ejército, que había abandonado a Demetrio por no recibir la paga, le hace la guerra y, trabando combate, lo vence en la batalla y toma tanto los elefantes como la ciudad de Antioquía.

Demetrio, pues, derrotado, se retiró a Cilicia; y el joven Antíoco, enviando a Yonatán embajadores y cartas, lo hizo amigo y aliado suyo, le confirmó el sumo sacerdocio y le cedió los cuatro distritos que se habían agregado al territorio de los judíos.

Es más, le permitió el uso de vasos de oro, copas y vestiduras de púrpura, y se los envió; le regala también un broche de oro y le concede el título de uno de sus primeros amigos. Y a su hermano Shimón lo nombra general del ejército desde la Escalera de los Tirios hasta Mitsraim.

Yonatán, complacido por lo que Antíoco había hecho a su favor, envió embajadores a él y a Trifón, y se comprometió a ser amigo y aliado y a guerrear a su lado contra Demetrio, alegando que este ni siquiera le había mostrado gratitud tras haber recibido de él muchos favores en lo que necesitaba, sino que le había pagado con agravios el bien recibido.

Como Antíoco le permitió reunir una gran fuerza de Siria y de Fenicia para combatir a los generales de Demetrio, se lanzó al punto sobre las ciudades. Estas lo acogieron con esplendor, pero no le dieron tropas.

Llegado de allí a la ciudad de Ascalón, y saliéndole al encuentro los ascalonitas con gran solicitud y regalos, exhortó tanto a estos como a cada una de las ciudades de la Celesiria a apartarse de Demetrio y ponerse del lado de Antíoco, y a que, combatiendo junto a él, procurasen tomar venganza de Demetrio por los agravios que en algún momento les había hecho; y muchos eran los motivos que tenían para querer pensar así.

Tras persuadir a las ciudades de que se aliaran con Antíoco, se dirigió a Gaza para ganar también la voluntad de sus habitantes para Antíoco. Pero halló a los de Gaza mucho más hostiles de lo que esperaba, pues le cerraron las puertas y, aun habiendo abandonado a Demetrio, no resolvieron pasarse a Antíoco.

Esto incitó a Yonatán al asedio y a la devastación del territorio: apostando una parte del ejército en torno a Gaza, con el resto recorrió él mismo la comarca, arrasándola y prendiéndole fuego. Los de Gaza, al verse sufrir esto y al no llegarles socorro alguno de Demetrio —pues el mal ya estaba presente, mientras que el remedio quedaba aún lejos y era incierto si vendría—, juzgaron sensato desentenderse de aquello y atender a esto.

Enviaron, pues, mensajeros a Yonatán y pactaron amistad y alianza; que los hombres, antes de probar las desgracias, no comprenden lo que les conviene, sino que, cuando han caído en algún mal, entonces, recapacitando, eligen ya con daño lo que, sin haber sufrido perjuicio alguno, mejor les habría estado hacer.

Este, pactando amistad con ellos y tomando rehenes, los envió a Yerushaláyim, mientras él mismo recorría todo el país hasta Damasco.

Cuando se enteró de que los generales de Demetrio habían avanzado hasta Cedasa con un gran ejército —esta ciudad está entre el territorio de Tiro y Galilea—, pues suponían que así lo apartarían de Siria para acudir en auxilio de los galileos, ya que no consentiría que los galileos, que eran suyos, fuesen atacados, les salió al encuentro, dejando en Judea a su hermano Shimón.

Este, reuniendo del país el ejército más numeroso que pudo, puso sitio a Bet-Tsur, la plaza más fortificada de Judea, pues la ocupaba una guarnición de Demetrio. También esto lo hemos referido antes.

Como Shimón levantaba terraplenes, emplazaba máquinas y ponía gran empeño en el asedio de Bet-Tsur, la guarnición temió que, tomada la plaza por la fuerza, la aniquilaran; así que enviaron mensajeros a Shimón pidiéndole que, mediante juramentos de que no sufrirían daño alguno de su parte, se les permitiese abandonar la plaza y marcharse ante Demetrio.

Este, dándoles tales garantías, los echa de la ciudad y establece en ella su propia guarnición.

Yonatán, partiendo de Galilea, desde las aguas llamadas de Genesar —pues allí se hallaba acampado—, avanzó hacia la llanura llamada Jatsor, sin saber que los enemigos estaban en ella.

Los de Demetrio, sabedores un día antes de que Yonatán iba a marchar contra ellos, tendieron una emboscada, apostaron en el monte a los que habían de acechar y ellos mismos, con el ejército, salieron a su encuentro en la llanura. Al verlos dispuestos a la batalla, también Yonatán preparó a sus soldados para el combate lo mejor que pudo.

Pero cuando los apostados en la emboscada por los generales de Demetrio aparecieron a espaldas de los judíos, estos, temiendo perecer cercados en medio, se lanzaron a la fuga.

Todos los demás abandonaron a Yonatán, salvo unos pocos, unos cincuenta, que resistieron, junto con Matityahu, hijo de Avshalom, y Yehudá, hijo de Jápseo, que eran los jefes de toda la fuerza. Lanzándose con audacia y desesperación contra los enemigos, los sobrecogieron con su arrojo y con sus propias manos los pusieron en fuga.

Los soldados de Yonatán que se habían retirado, al ver a los enemigos vueltos en fuga, se reagruparon tras la huida y se lanzaron a perseguirlos, y lo hicieron hasta Cedasa, donde estaba el campamento enemigo.

Yonatán, pues, tras vencer brillantemente en la batalla y matar a dos mil de los enemigos, regresó a Yerushaláyim. Y viendo que todo le salía conforme a sus deseos por la providencia de Dios, envió embajadores a los romanos, con el deseo de renovar la amistad que anteriormente el pueblo había tenido con ellos.

A esos mismos embajadores les encargó que, de regreso de Roma, fueran a los espartanos y les recordaran la amistad y el parentesco que con ellos había. Y cuando llegaron a Roma y, presentándose ante su senado, expusieron el mensaje de Yonatán, el sumo sacerdote —que los había enviado para la ratificación de la alianza—, el senado ratificó lo que antes había decidido acerca de la amistad con los judíos, y les dio cartas para todos los reyes de Asia y de Europa y para los gobernantes de las ciudades, a fin de que por medio de ellas lograran un regreso seguro a su patria; y de vuelta llegaron a Esparta y entregaron a sus gentes las cartas que habían recibido de Yonatán.

La copia era esta: «Yonatán, sumo sacerdote del pueblo de los judíos, y el consejo de ancianos y la comunidad de los sacerdotes, a los éforos, al consejo de ancianos y al pueblo de los lacedemonios, nuestros hermanos, salud. Si os halláis con salud y tanto vuestros asuntos públicos como los privados marchan conforme a vuestro deseo, ello es como queremos; también nosotros gozamos de salud.

En tiempos pasados llegó a Onías, que fue entre nosotros sumo sacerdote, una carta de Areo, que reinó sobre vosotros, traída por Demóteles, acerca del parentesco que existe entre vosotros y nosotros, cuya copia va adjunta más abajo. Recibimos aquella carta con agrado y nos mostramos benévolos con Demóteles y con Areo, aunque no necesitábamos semejante prueba, por estar ya persuadidos de ello por nuestros libros sagrados; y no juzgamos oportuno tomar nosotros la iniciativa del reconocimiento, no fuera a parecer que nos adelantamos a arrebatar la honra que vosotros nos dais; pero, aunque han transcurrido muchos años desde aquel primer parentesco así recordado, en los días sagrados y solemnes ofrecemos sacrificios a Dios y le invocamos por vuestra salvación y vuestra victoria.

Como muchas guerras nos han rodeado a causa de la codicia de nuestros vecinos, resolvimos no importunar ni a vosotros ni a ningún otro de los allegados nuestros. Pero, tras haber vencido a los enemigos, al enviar a los romanos a Numenio, hijo de Antíoco, y a Antípatro, hijo de Jasón —que están entre los miembros de nuestro consejo tenidos en honor—, les dimos también cartas para vosotros, a fin de que renueven el parentesco que con vosotros tenemos.

Bien haréis, pues, en escribirnos vosotros también y en comunicarnos aquello que necesitéis, pues estaremos dispuestos a todo en favor de vuestros deseos.» Los lacedemonios, entonces, acogieron amistosamente a los embajadores, y, redactando un decreto sobre la alianza y la amistad, se lo enviaron.

Por aquel tiempo había tres sectas entre los judíos, que sostenían pareceres distintos acerca de los asuntos humanos: una se llamaba de los fariseos, otra de los saduceos y la tercera de los esenios.

Los fariseos afirman que algunas cosas, y no todas, son obra del destino, y que otras dependen de nosotros mismos, de suerte que suceden o no suceden. La secta de los esenios, en cambio, declara al destino señor de todo, y que nada les ocurre a los hombres que no sea por decisión suya.

Los saduceos, por su parte, suprimen el destino, considerando que no es nada y que los asuntos humanos no alcanzan su desenlace conforme a él, sino que todo reside en nosotros mismos, de modo que nosotros somos causa de los bienes y recibimos los males por nuestra propia insensatez. Pero sobre esto he dado una explicación más detallada en el segundo libro de la Guerra de los judíos.

Los generales de Demetrio, queriendo desquitarse de la derrota sufrida, reunieron una fuerza mayor que la anterior y marcharon contra Yonatán. Este, al saber que se acercaban, salió con presteza a su encuentro en la Amatítide, pues no quiso darles ocasión de invadir Judea.

Acampado a cincuenta estadios de los enemigos, envía exploradores a observar su campamento y cómo se habían atrincherado. Cuando sus espías le informaron de todo y apresaron de noche a algunos, que denunciaron que los enemigos se disponían a atacarlos, prevenido de antemano se puso en guardia: apostó avanzadas fuera del campamento, mantuvo toda su tropa sobre las armas durante toda la noche y les ordenó tener el ánimo firme y disponer el espíritu para combatir, si hacía falta, incluso de noche, de modo que el propósito del enemigo no los tomara desprevenidos.

Los generales de Demetrio, al enterarse de que Yonatán lo había descubierto, ya no tuvieron firme su designio, sino que les turbaba haber quedado al descubierto ante sus enemigos y no poder ya esperar imponerse a ellos por ningún otro medio, malograda su asechanza; pues, arriesgándose a campo abierto, no se creían capaces de medirse con las tropas de Yonatán.

Resolvieron, pues, huir, y, tras encender muchas hogueras para que los enemigos, al verlas, creyeran que permanecían, se retiraron. Yonatán, al amanecer, se acercó a su campamento y, hallándolo desierto, comprendió que habían huido y se lanzó a perseguirlos.

Sin embargo, no logra alcanzarlos, pues ya habían cruzado el río Eléuteros y estaban a salvo. Emprendiendo, pues, desde allí su regreso, entró en Arabia, hizo la guerra a los nabateos, se llevó de ellos un gran botín y tomó cautivos, y, llegado a Damasco, allí lo vendió todo.

Por aquel mismo tiempo, también Shimón, su hermano, recorrió toda Judea y la Tierra de Israel hasta Ascalón y la aseguró con fortines; y, tras hacerlos muy sólidos en sus construcciones y guarniciones, llegó a Yafo y, apoderándose de ella, introdujo una gran guarnición, pues había oído que los de Yafo querían entregar la ciudad a los generales de Demetrio.

Tras arreglar estos asuntos, Shimón y Yonatán vinieron a Yerushaláyim. Y Yonatán, reuniendo a todo el pueblo en el Templo, deliberó sobre reparar las murallas de los habitantes de Yerushaláyim, levantar de nuevo la parte derribada del recinto que rodea el Templo y reforzar con altas torres sus contornos; y, además de esto, edificar otra muralla en medio de la ciudad para incomunicar de la ciudad a los de la guarnición de la ciudadela y cortarles así el abastecimiento de víveres; y, aún más, hacer los fortines del país mucho más sólidos que la seguridad que ya tenían.

Aprobado el plan por la multitud como conveniente, él mismo se ocupó de las obras de la ciudad, mientras enviaba a Shimón a asegurar las del campo.

Demetrio, cruzando a Mesopotamia, llegó con el deseo de apoderarse de ella y de Bavel, y de, tras hacerse dueño de las satrapías superiores, tomar desde allí el punto de partida para dominar todo el reino; pues los griegos y macedonios que habitaban aquella región le enviaban continuamente embajadas, prometiéndole que, si venía a ellos, se le entregarían y le ayudarían a derrotar a Arsaces, el rey de los partos.

Envalentonado con estas esperanzas, se lanzó hacia ellos, resuelto a que, si derrotaba a los partos y adquiría poder, haría la guerra a Trifón y lo expulsaría de Siria. Y, acogiéndolo con entusiasmo los de aquella región, reunió una fuerza y combatió contra Arsaces; pero, perdido todo su ejército, él mismo fue capturado vivo, como también se ha referido en otro lugar.

Cómo Yonatán fue muerto a traición; y cómo entonces los judíos hicieron a Shimón su general y sumo sacerdote; y qué acciones valerosas realizó, en particular contra Trifón

Trifón, al saber que los asuntos de Demetrio habían tenido tal desenlace, dejó de ser fiel a Antíoco y maquinó matarlo para hacerse él mismo con el reino. Sin embargo, el temor de Yonatán, que era amigo de Antíoco, estorbaba este propósito suyo; por eso decidió quitar de en medio primero a Yonatán y solo entonces echar mano de los de Antíoco.

Resuelto a acabar con él por engaño y astucia, viene desde Antioquía a Bet-Sheán, que los griegos llaman Escitópolis, adonde Yonatán salió a su encuentro con cuarenta mil soldados escogidos, pues suponía que venía a hacerle la guerra.

Pero él, al ver a Yonatán dispuesto al combate, lo agasaja con regalos y muestras de afecto, y ordenó a sus jefes que obedecieran a Yonatán, queriendo con ello granjearse su confianza y disipar toda sospecha, para atraparlo desprevenido, cuando, confiado, nada temiera.

Le aconsejó también que licenciara al ejército, pues ahora lo traía sin necesidad, ya que no había guerra, sino que la paz regía las cosas; le rogaba, con todo, que, reteniendo unos pocos consigo, lo acompañara a Ptolemaida, pues le entregaría la ciudad y pondría en su poder todas las demás fortalezas del país, ya que precisamente para eso había venido.

Yonatán, pues, sin sospechar nada de esto, sino creyendo que Trifón le aconsejaba aquello por benevolencia y con recta intención, licenció al ejército; y, reteniendo solo tres mil, dejó dos mil de ellos en Galilea y él mismo, con los mil restantes, entró en Ptolemaida junto con Trifón.

Cuando los de Ptolemaida cerraron las puertas —pues así se lo había ordenado Trifón—, apresó vivo a Yonatán y mató a todos los que lo acompañaban. Envió también contra los dos mil dejados en Galilea, para aniquilarlos igualmente.

Pero estos, por la noticia de lo sucedido a los hombres de Yonatán, se adelantaron, antes de que llegaran los enviados por Trifón, y, formando en armas, salieron del país. Los enviados contra ellos, viéndolos prontos a luchar por sus vidas, sin molestarlos en nada, se volvieron ante Trifón.

Los de Yerushaláyim, al oír de la captura de Yonatán y de la pérdida de los soldados que lo acompañaban, lo lloraban a él por lo ocurrido, y grande era el pesar por aquel hombre en todos; y un gran temor, no sin razón, cayó sobre ellos y los afligía: que, privados a la vez del valor y de la previsión de Yonatán, los pueblos vecinos —hostiles hacia ellos y que solo por Yonatán se habían mantenido en calma— se alzaran ahora contra ellos y, guerreándolos, los pusieran en el trance de los peligros extremos.

Y en efecto les sucedió tal como lo temían: pues los pueblos, al oír de la muerte de Yonatán, empezaron a guerrear a los judíos como a gente falta de caudillo. Y el propio Trifón, reuniendo tropas, se proponía subir a Judea y combatir a los que allí estaban.

Shimón, viendo consternados por esto a los de Yerushaláyim, y queriendo con su palabra hacerlos más animosos para resistir con brío al avance de Trifón, convocó al pueblo en el Templo y desde allí comenzó a exhortarlos:

«Ya no ignoráis, compatriotas, con qué ánimo, por vuestra libertad, mi padre, mis hermanos y yo mismo nos atrevimos a morir de buen grado. Y teniendo yo tal abundancia de ejemplos, y habiendo estimado los de nuestra casa que era lo mejor morir por las leyes y por el culto, no habrá temor alguno tan grande que expulse de mi alma este propósito y ponga en su lugar el apego a la vida y el desprecio de la gloria.

Por eso, como quienes no carecen de un caudillo capaz de sufrir y de hacer por vosotros las mayores cosas, seguidme con brío contra aquellos a quienes yo os conduzca. Pues ni soy mejor que mis hermanos, para andar cuidando de mi propia vida, ni peor, para rehuir y abandonar lo que a ellos les pareció lo más hermoso: morir por las leyes y por vuestro culto a Dios.

En aquello en que deba mostrarme genuino hermano de ellos, en eso me acreditaré como hermano; pues confío en que he de tomar venganza de los enemigos y librar a todos vosotros, con vuestras mujeres e hijos, de su ultraje, y en que guardaré el Templo intacto, con la ayuda de Dios; que ya veo a los pueblos lanzados a la guerra, tras haberos despreciado por creeros sin caudillo.»

Dichas por Shimón estas palabras, la multitud cobró ánimo, y sus espíritus, abatidos por el miedo, se levantaron hacia una esperanza mejor y buena, hasta el punto de que todo el pueblo a una gritó que Shimón los acaudillara y tuviera el mando en lugar de sus hermanos Yehudá y Yonatán; pues serían obedientes a cuanto ordenase.

Reuniendo al punto a cuantos hombres de guerra tenía de su propia fuerza, se apresuró a reconstruir las murallas de la ciudad y, tras asegurarla con torres altísimas y recias, envió a Yafo, con un ejército, a un tal Yonatán, amigo suyo, hijo de Avshalom, ordenándole que expulsara a los moradores, pues temía que estos entregaran la ciudad a Trifón. Y él mismo, quedándose, custodiaba Yerushaláyim.

Trifón, partiendo de Ptolemaida con un gran ejército, llega a Judea llevando prisionero a Yonatán. Y Shimón le salió al encuentro con su propia fuerza en la ciudad de Adidá, que se halla situada sobre un monte, al pie del cual se extienden las llanuras de Judea.

Trifón, sabedor de que Shimón había sido nombrado caudillo por los judíos, le envió mensaje, queriendo también a este envolverlo con engaño y astucia, y le ordenó que, si quería la liberación de su hermano Yonatán, enviase cien talentos de plata y a dos de los hijos de Yonatán como rehenes, para que este, una vez suelto, no hiciera rebelarse a Judea contra el rey; pues ahora, decía, se lo tenía preso a causa del dinero que, tomado del rey, le adeudaba.

Pero Shimón no ignoraba la treta de Trifón; al contrario, comprendía que, dando el dinero, lo perdería y no liberaría a su hermano, sino que encima entregaría los hijos al enemigo. Con todo, temiendo ser acusado ante la multitud de haber sido él mismo causa de la muerte de su hermano, por no haber dado ni el dinero ni los hijos por él, reunió al ejército y le expuso lo que Trifón proponía, diciendo que aquello encerraba emboscada y asechanza; que, sin embargo, era preferible enviarle el dinero y los hijos, antes que, por no acceder a lo que Trifón proponía, cargar con la culpa de no haber querido salvar a su hermano. Y Shimón envió, en efecto, a los hijos de Yonatán y el dinero.

Pero Trifón, después de recibirlos, no guardó la palabra ni soltó a Yonatán, sino que, tomando su ejército, dio un rodeo por el país y resolvió subir luego, a través de Idumea, hacia Yerushaláyim; y, avanzando, llegó a Adora, ciudad de Idumea. Shimón, en tanto, iba marchando en paralelo con su ejército, acampando siempre frente a él.

Como los de la ciudadela enviaron a Trifón pidiéndole que acudiera aprisa a socorrerlos y les enviara víveres, dispuso la caballería para hallarse en Yerushaláyim aquella misma noche. Pero una gran nevada, caída durante la noche, que cubrió los caminos e hizo la marcha intransitable, sobre todo para los caballos, por su espesor, le impidió llegar a Yerushaláyim.

Por lo cual, partiendo de allí, Trifón viene a la Celesiria y, lanzándose a toda prisa sobre la Galadítide, mata allí a Yonatán y, tras ordenar que se le diera sepultura, se volvió a Antioquía.

Shimón, enviando a la ciudad de Basca, hace trasladar los huesos de su hermano y les da sepultura en Modín, su patria; y todo el pueblo hizo por él gran duelo.

Shimón levantó también un grandioso monumento a su padre y a sus hermanos, de piedra blanca y pulida. Y, elevándolo a gran altura, bien visible, dispone en torno a él pórticos y erige columnas de una sola pieza, cosa admirable de ver; y, además de esto, construyó siete pirámides —una para cada uno de sus padres y hermanos—, hechas para asombro por su tamaño y su hermosura, que se conservan hasta el día de hoy.

Y en cuanto al entierro de Yonatán y a la construcción de los monumentos, sabemos que tal fue el empeño de los allegados de Shimón. Yonatán murió tras haber ejercido el sumo sacerdocio cuatro años, al frente de su pueblo. Y así estaban las cosas en cuanto a su muerte.

Shimón, nombrado sumo sacerdote por la multitud, en el primer año de su sumo sacerdocio libró al pueblo de la servidumbre a los macedonios, de modo que ya no les pagaban tributos; y esta libertad y exención de tributo llegó a los judíos ciento setenta años después de los reyes de Siria, desde el tiempo en que Seleuco, apellidado Nicátor, se apoderó de Siria.

Tan grande era el aprecio de la multitud por Shimón, que en sus contratos mutuos y en los documentos públicos escribían «en el año primero de Shimón, bienhechor de los judíos y etnarca»; pues bajo él prosperaron sobremanera y vencieron a los enemigos de su vecindad.

Pues Shimón sometió la ciudad de Gázara, y Yafo, y Yavne; y, tras tomar por asedio la ciudadela de Yerushaláyim, la arrasó hasta los cimientos, para que no sirviera de base a los enemigos —cuando la ocupasen— para hacer daño, como también entonces. Y, hecho esto, le pareció óptimo y provechoso demoler además el monte sobre el que se hallaba la ciudadela, a fin de que el Templo quedara más alto.

Y, en efecto, persuadió de que así se hiciera: convocando a la multitud en asamblea, les recordó cuánto habían padecido a manos de la guarnición y de los judíos fugitivos, y cuánto padecerían si de nuevo un extranjero se hiciera con el reino y estableciera en él una guarnición.

Diciendo esto, persuade a la multitud, exhortándola a lo que le convenía. Y todos, poniendo manos a la obra, demolían el monte y, sin descansar del trabajo ni de noche ni de día, en tres años en total lo rebajaron hasta el suelo y hasta una lisa llanura. Y desde entonces el Templo sobresalió por encima de todo, una vez demolidos la ciudadela y el monte sobre el que se alzaba. Y así fueron las cosas hechas bajo Shimón.

Cómo Shimón se alió con Antíoco Pío e hizo la guerra a Trifón, y poco después contra Cendebeo, general del ejército de Antíoco; y también cómo Shimón fue asesinado a traición por su yerno Tolomeo

Poco después de la cautividad de Demetrio, Trifón dio muerte a Antíoco, hijo de Alejandro —el llamado «Dios»—, de quien era tutor y que había reinado cuatro años. Hizo correr la voz de que el joven había muerto durante una operación quirúrgica, y envió a sus amigos y allegados más íntimos a sondear a los soldados, prometiéndoles mucho dinero si lo nombraban rey a él. Les hacía saber que Demetrio había caído prisionero de los partos, y que su hermano Antíoco, si accedía al trono, les haría mucho daño en venganza por la deserción. Ellos, esperando prosperar con el reino que Trifón les daría, lo proclamaron su jefe. Pero, una vez dueño del poder, Trifón dejó ver su verdadera naturaleza, que era ruin: mientras fue un simple particular, halagaba a la multitud y fingía moderación, atrayéndola con eso adonde él quería; pero, alcanzado el trono, se despojó del disfraz y se mostró el Trifón auténtico. Con ello volvió más fuertes a sus enemigos, pues la tropa, aborreciéndolo, se pasó a Cleopatra, la mujer de Demetrio, que entonces estaba encerrada en Seleucia con sus hijos.

Andaba errante también Antíoco, hermano de Demetrio, el apodado Sóter, sin que ninguna ciudad lo acogiera por miedo a Trifón. Cleopatra le envió una embajada llamándolo junto a ella, ofreciéndole matrimonio y el reino. Lo llamaba en estos términos en parte porque sus amigos la persuadieron, en parte porque temía que algunos de Seleucia entregaran la ciudad a Trifón.

Llegado Antíoco a Seleucia, y creciendo su fuerza de día en día, se lanzó a hacer la guerra a Trifón; lo venció en batalla, lo expulsó de la Alta Siria hacia Fenicia y, persiguiéndolo hasta allí, lo sitió en Dora, una fortaleza difícil de tomar donde se había refugiado. Envió además embajadores a Shimón, sumo sacerdote de los judíos, para tratar de amistad y alianza. Shimón acogió de buen grado su petición y, enviando mucho dinero y provisiones a los soldados que sitiaban Dora, abasteció a Antíoco con largueza, hasta el punto de que por un tiempo fue tenido entre sus amigos más necesarios. Trifón, en efecto, huyó de Dora a Apamea, y allí, apresado durante el asedio, fue muerto, tras haber reinado tres años.

Pero Antíoco, por codicia y bajeza, olvidó los servicios que Shimón le había prestado en sus apuros, y entregando a Cendebeo, uno de sus amigos, una fuerza militar, lo despachó a saquear Judea y a apresar a Shimón. Shimón, al enterarse de la deslealtad de Antíoco, aunque ya era anciano, movido por la injusticia con que Antíoco lo trataba y cobrando un ánimo superior a su edad, dirigió la guerra con vigor juvenil. Envió por delante a sus hijos con los soldados más aguerridos, mientras él avanzaba por otra parte con el grueso de la tropa; y apostando a muchos en emboscada por los desfiladeros de los montes, no falló en ninguno de sus ataques: venció por todas partes a los enemigos y pasó el resto de su tiempo en paz, tras haber concertado también él una alianza con los romanos.

Gobernó a los judíos en total ocho años, y murió por una conjura, en un banquete, urdida contra él por su yerno Tolomeo. Este apresó a la mujer de Shimón y a sus dos hijos, y teniéndolos encadenados, envió también hombres contra el tercero, Yojanán —que llevaba asimismo el nombre de Hircano—, para darle muerte. Pero el joven, advirtiendo la llegada de aquellos y escapando del peligro que le tendían, se apresuró a entrar en la ciudad, confiado en la multitud por los beneficios de su padre y por el odio que el pueblo tenía a Tolomeo. Tolomeo se empeñó también en entrar por otra puerta, pero el pueblo lo rechazó, pues ya había acogido a Hircano.

Hircano recibe el sumo sacerdocio y expulsa a Tolomeo del país. Antíoco hace la guerra a Hircano y después pacta con él

Tolomeo se retiró a una de las fortalezas que hay sobre Yerijó, llamada Dagón. Hircano, recobrado el sumo sacerdocio patrio y habiéndose granjeado a Dios con los primeros sacrificios, marchó contra Tolomeo; y al atacar la plaza lo aventajaba en todo lo demás, pero era vencido tan solo por la compasión hacia su madre y sus hermanos. Pues Tolomeo, subiéndolos a la muralla a la vista de todos, los maltrataba y amenazaba con despeñarlos si Hircano no levantaba el asedio. Y este, pensando que cuanto aflojara en su afán por tomar la plaza sería otro tanto de favor para los suyos más queridos, a fin de que no padecieran mal, dejaba caer su ardor. Sin embargo, su madre, tendiendo las manos, le suplicaba que no se ablandara por ella, sino que, echando mano de la ira, se empeñara aún más en tomar la plaza y en someter al enemigo para vengar a los suyos; pues dulce le sería la muerte entre tormentos, con tal que el enemigo que tal hacía pagara la pena de su crimen contra ellos. Al oír a su madre decir esto, a Hircano le acometía un impulso de tomar la fortaleza; pero cuando la veía golpeada y desgarrada, se desfallecía y quedaba vencido por la compasión de lo que a su madre le hacían.

Prolongándose así el asedio en el tiempo, sobrevino aquel año en que se da que los judíos guardan reposo; esto lo observan cada siete años, como los días de la semana. Y Tolomeo, liberado de la guerra por esta causa, mató a los hermanos de Hircano y a su madre; y hecho esto huyó junto a Zenón, el apodado Cotilas, que ejercía la tiranía sobre la ciudad de los filadelfios.

Antíoco, irritado por lo que había padecido de parte de Shimón, invadió Judea en el cuarto año de su reinado, primero del gobierno de Hircano, en la olimpíada centésima sexagésima segunda. Asoló la tierra y encerró a Hircano en la propia ciudad, que rodeó con siete campamentos; pero al principio no consiguió nada en absoluto, a causa de la solidez de las murallas y del valor de los sitiados, y además por la falta de agua, de la que los libró un aguacero abundante caído al ponerse las Pléyades. Por el lado norte de la muralla, donde se daba que era también llano, levantó cien torres de tres pisos y subió a ellas destacamentos de soldados. Haciendo asaltos cada día, y abriendo un foso hondo, muy ancho y doble, aisló a los de dentro. Ellos, ideando en respuesta muchas salidas, si en algún punto caían sobre los enemigos desprevenidos, les hacían mucho daño, y si eran advertidos se retiraban con facilidad.

Pero cuando Hircano comprendió que la muchedumbre era perjudicial —pues por ella se consumían más deprisa las provisiones y, como es natural con tantas manos, no se hacía obra alguna—, apartó lo inútil de ella y lo expulsó, y retuvo solo lo que estaba en la flor de la edad y era apto para el combate. Antíoco impedía salir a los expulsados, y estos, maltratados entre las dos murallas por los sufrimientos, morían miserablemente. Pero, al llegar la fiesta de Sukot, los de dentro, apiadándose de ellos, los volvieron a acoger. Y como Hircano enviara a Antíoco a pedirle una tregua de siete días por la fiesta, este, cediendo a la piedad hacia lo divino, concedió la tregua y además mandó un sacrificio espléndido: toros con los cuernos dorados y copas de oro y plata llenas de toda clase de aromas. Los que estaban junto a las puertas recibieron el sacrificio de manos de quienes lo traían y lo llevaron al Templo; y Antíoco banqueteó a su ejército, mostrándose muy distinto de Antíoco Epífanes, quien, tras tomar la ciudad, había inmolado un cerdo sobre el altar y rociado el Templo con su caldo, profanando las leyes de los judíos y su piedad ancestral; por lo cual la nación entró en guerra con él y quedó irreconciliable. A este Antíoco, en cambio, por la grandeza de su devoción todos lo llamaron el Piadoso.

Hircano, admirado de su benignidad y conocido su celo por lo divino, le envió una embajada pidiéndole que les devolviera su constitución patria. Antíoco rechazó la propuesta de quienes le aconsejaban exterminar a la nación por su falta de trato con los demás en su modo de vida, y no le hizo caso; persuadido de obrar en todo según piedad, respondió a los embajadores que los sitiados entregaran las armas, le pagaran tributo por Yafo y las demás ciudades fuera de Judea, y que, recibiendo por ello una guarnición, quedaran libres de la guerra. Los judíos aceptaban todo lo demás, pero no convenían en la guarnición, por la falta de trato que les impedía mezclarse con otros. En lugar de la guarnición, sin embargo, daban rehenes y quinientos talentos de plata, de los cuales entregaron enseguida trescientos, junto con los rehenes que el rey aceptó de inmediato —entre ellos estaba también un hermano de Hircano—; y Antíoco derribó las almenas de la ciudad. Con estas condiciones, pues, levantó el asedio y se retiró.

Hircano, abriendo el sepulcro de David —que sobrepasaba en riqueza a todos los reyes de antaño—, sacó de él tres mil talentos de plata, y valiéndose de ese caudal fue el primero de los judíos en empezar a mantener tropas mercenarias. Trabó también amistad y alianza con Antíoco, y recibiéndolo en la ciudad, proveyó a su ejército todo con largueza y esplendidez. Y cuando Antíoco emprendió la campaña contra los partos, Hircano marchó con él. Testigo de esto es también Nicolao de Damasco, que lo cuenta así: «Antíoco, tras erigir un trofeo junto al río Lico por haber vencido a Indates, general de los partos, permaneció allí dos días a ruego de Hircano el judío, por causa de cierta fiesta patria en la que a los judíos no les era lícito ponerse en camino.» Y en esto no miente al hablar: pues cayó la fiesta de Pentecostés después del Shabat, y no nos es permitido ni en los Shabatot ni en la fiesta hacer viaje. Antíoco, trabando combate con Arsaces el parto, perdió gran parte de su ejército y él mismo pereció; y el reino de los sirios lo heredó su hermano Demetrio, a quien Arsaces había soltado de la cautividad en el tiempo en que Antíoco invadió Partia, según ya se ha explicado en otro lugar.

Cómo, tras la muerte de Antíoco, Hircano hizo una expedición contra Siria y concertó una alianza con los romanos. Sobre la muerte del rey Demetrio y de Alejandro

Hircano, al oír la muerte de Antíoco, marchó enseguida contra las ciudades de Siria, creyendo que las hallaría —como en efecto estaban— desprovistas de hombres de guerra capaces de defenderlas. Tomó Médaba en el sexto mes, tras muchas fatigas de su ejército, y luego Samega y sus alrededores; y enseguida se apoderó de Shejem y del Guerizim, y del pueblo de los cuteos, que habita en torno al templo edificado a semejanza del Santuario de Yerushaláyim, el que Alejandro había permitido levantar a Sanbalat el general, en favor de su yerno Menashé, hermano de Yadúa el sumo sacerdote, según antes hemos explicado. Sucedió que este templo quedó desierto al cabo de doscientos años. Hircano tomó también en Idumea las ciudades de Adora y Marisa, y sometiendo a todos los idumeos, les permitió permanecer en su tierra si se circuncidaban y querían servirse de las leyes de los judíos. Ellos, por amor a su tierra patria, se sometieron a la circuncisión y a igualar el resto de su modo de vida con el de los judíos. Y desde entonces les quedó tiempo para ser en adelante judíos.

Hircano el sumo sacerdote, queriendo renovar la amistad con los romanos, les envió una embajada. Y el Senado, recibida su carta, concertó amistad con él de este modo: «Fanio, hijo de Marco, pretor, convocó al Senado el día octavo antes de los idus de febrero en el Comicio, hallándose presentes Lucio Manio, hijo de Lucio, de la tribu Mentina, y Cayo Sempronio, hijo de Cayo, de la tribu Falerna, acerca de aquello sobre lo cual fueron embajadores Shimón, hijo de Dositeo, Apolonio, hijo de Alejandro, y Diodoro, hijo de Jasón, varones buenos y honrados, enviados por el pueblo de los judíos. Estos hablaron sobre la amistad y la alianza que existen entre ellos y los romanos y sobre los asuntos públicos: cómo Yafo, y los puertos, y Gázara, y las fuentes, y cuantas otras ciudades y territorios suyos tomó Antíoco en la guerra contra el decreto del Senado, les sean restituidos; que a los soldados del rey no les sea lícito atravesar su país ni el de sus súbditos; que lo decretado por Antíoco en aquella guerra, contra el decreto del Senado, quede sin efecto; que, enviándose embajadores, se les haga devolver lo que Antíoco les arrebató y se tase el país arruinado en la guerra; y que se les den cartas para los reyes y los pueblos libres, en garantía de un regreso seguro a su patria. Se decidió, pues, sobre esto lo siguiente: renovar la amistad y la alianza con estos varones buenos y enviados por un pueblo bueno y amigo. En cuanto a las cartas, respondieron que deliberarían cuando el Senado tuviera vagar de sus propios asuntos, y que se esforzarían en adelante por que no se cometiera contra ellos ninguna injusticia semejante; y que el pretor Fanio les diera dinero del tesoro público para volver a su tierra.» Fanio, pues, despidió así a los embajadores de los judíos, dándoles dinero del tesoro público y un decreto del Senado para quienes los escoltaran y les procuraran un seguro regreso a casa.

Así estaban las cosas en torno a Hircano el sumo sacerdote. En cuanto a Demetrio el rey, que estaba deseoso de hacer la guerra a Hircano, no se le presentó ocasión ni pretexto, porque los sirios y los soldados le eran hostiles —pues era un hombre malvado— y enviaron embajadores a Tolomeo, el apodado Fiscón, para que les entregara a alguno del linaje de Seleuco que recobrara el reino. Tolomeo envió a Alejandro, el apellidado Zebina, con un ejército, y trabada batalla contra Demetrio, este, vencido en el combate, huyó junto a Cleopatra, su mujer, a Ptolemaida; y no acogiéndolo su mujer, partió de allí a Tiro, donde fue apresado y, tras padecer mucho a manos de quienes lo odiaban, murió. Alejandro, tomado el reino, trabó amistad con Hircano el sumo sacerdote. Después, habiéndole hecho la guerra Antíoco, hijo de Demetrio, el apellidado Grifo, fue vencido en la batalla y pereció.

Cómo, en la disputa entre Antíoco Grifo y Antíoco Ciziceno por el reino, Hircano tomó Shomrón y la arrasó por completo; y cómo Hircano se unió a la secta de los saduceos y abandonó la de los fariseos

Antíoco, tomado el reino de Siria, temía marchar contra Judea, pues oía que su hermano de madre —también él llamado Antíoco— reunía en Cízico una fuerza contra él. Quedándose, pues, en su tierra, resolvió prepararse contra el ataque de su hermano, el apellidado Ciziceno por haberse criado en aquella ciudad, hijo que era de Antíoco el apellidado Sóter, muerto entre los partos; y este era hermano de Demetrio, el padre de Grifo. Sucedió, por cierto, que una misma mujer, Cleopatra, estuvo casada con los dos hermanos, según hemos referido también en otro lugar. Antíoco Ciziceno, llegado a Siria, siguió durante muchos años en guerra contra su hermano; y Hircano pasó todo aquel tiempo en paz. Pues él mismo, tras la muerte de Antíoco, se apartó de los macedonios y ya no les prestaba nada ni como súbdito ni como amigo, sino que sus asuntos iban en gran auge y esplendor en los tiempos de Alejandro Zebina, y sobre todo bajo estos hermanos. Pues la guerra que se hacían entre sí daba a Hircano el ocio de disfrutar de Judea con toda seguridad, hasta reunir una cantidad de riquezas sin cuento.

Como el Ciziceno devastaba abiertamente su tierra, también él mostró su intención declarada; y viendo a Antíoco desamparado de sus aliados de Mitsraim, y que tanto él como su hermano andaban mal en sus contiendas mutuas, los despreció a ambos. Marchó contra Shomrón, ciudad fortísima —de la que, por llamarse ahora Sebaste, fundada por Herodes, hablaremos en su lugar—, y atacándola con empeño la sitiaba, odiando a los samaritanos por los agravios que habían hecho a los de Marisa, colonos aliados de los judíos, obedeciendo a los reyes de los sirios. Rodeó, pues, la ciudad por todas partes con un foso y una doble muralla de unos ochenta estadios, y puso al frente a sus hijos Antígono y Aristóbulo. Bajo su acoso, los samaritanos llegaron a tal extremo de necesidad por el hambre que echaron mano hasta de lo insólito, y llamaron en su socorro a Antíoco Ciziceno. Este, acudiendo prontamente a la alianza, fue vencido por las tropas de Aristóbulo y, perseguido hasta Escitópolis por los hermanos, logró escapar. Ellos, volviéndose contra los samaritanos, los encerraron de nuevo dentro de la muralla, de modo que por segunda vez enviaron a llamar como aliado al mismo Antíoco. Este, habiendo hecho venir de Tolomeo Latiro unos seis mil hombres —que aquel, contra la voluntad de su madre y cuando ella estaba a punto de expulsarlo del poder, le mandó—, al principio arrasó la tierra de Hircano con los egipcios a modo de bandidaje, sin atreverse a combatirlo cara a cara —pues su fuerza no era suficiente—, creyendo que con el daño a la tierra obligaría a Hircano a levantar el asedio de Shomrón. Pero como perdía a muchos de sus soldados cayendo en emboscadas, partió a Trípoli, encomendando la guerra contra los judíos a Calímandro y Epícrates.

Calímandro, arremetiendo contra los enemigos con excesiva temeridad, se dio a la fuga y pereció al instante. Epícrates, por avaricia, entregó abiertamente a los judíos Escitópolis y los demás lugares vecinos a ella, sin poder deshacer el asedio de Shomrón. Hircano, pues, tomada la ciudad tras sitiarla un año, no se contentó solo con eso, sino que la borró por completo, anegándola con los torrentes; pues la excavó de modo que se derrumbara en barrancos, y le quitó las señales de haber sido alguna vez ciudad. Se cuenta también algo asombroso acerca del sumo sacerdote Hircano: de qué manera lo divino habló con él. Dicen que, en aquel mismo día en que sus hijos combatieron con el Ciziceno, él, quemando incienso en el Santuario, estando solo como sumo sacerdote, oyó una voz que decía que sus hijos acababan de vencer a Antíoco. Y saliendo del Santuario, lo hizo manifiesto a toda la multitud; y así sucedió que ocurrió. Y así estaban las cosas en torno a Hircano.

Por aquel tiempo se dio que no solo prosperaban los judíos de Yerushaláyim y del país, sino también los que habitaban en Alejandría, en Mitsraim y en Chipre. Pues la reina Cleopatra, en discordia con su hijo Tolomeo, el apellidado Latiro, puso como jefes a Jelcías y a Ananías, hijos de aquel Onías que edificó el templo en el nomo Heliopolita a semejanza del de Yerushaláyim, según antes hemos explicado. Cleopatra, entregándoles el ejército, nada hacía sin el parecer de estos, según atestigua también Estrabón el capadocio, que dice así: «Pues los más, tanto los que se le unieron como los que después envió Cleopatra a Chipre, se pasaron al instante a Tolomeo; solo los judíos del linaje de Onías se mantuvieron fieles, porque sus compatriotas Jelcías y Ananías gozaban de la mayor estima ante la reina.» Esto, pues, dice Estrabón.

La prosperidad de Hircano suscitó envidia entre los judíos, y sobre todo los fariseos estaban mal dispuestos hacia él —siendo una de las sectas de los judíos, según hemos explicado más arriba—. Y tienen tanta fuerza ante la multitud que, aunque digan algo contra un rey o contra un sumo sacerdote, al punto se les cree. Discípulo de ellos era también Hircano, y muy amado por ellos. Habiéndolos invitado un día a un banquete y acogiéndolos con afabilidad, cuando los vio muy complacidos, comenzó a decirles que sabían que él quería ser justo y hacer todo aquello con que pudiera agradar a Dios y a ellos —pues los fariseos filosofan—; y les pedía que, si lo veían pecar y desviarse del camino recto, lo hicieran volver a él y lo corrigieran. Ellos dieron testimonio de que tenía toda virtud, y él se holgó con las alabanzas; pero uno de los reclinados, de nombre Elazar, hombre de mala índole por naturaleza y que gozaba con la discordia, dijo: «Puesto que has pedido conocer la verdad, si quieres ser justo, depón el sumo sacerdocio y básteta solo con gobernar al pueblo.» Al preguntarle Hircano la causa por la que debía deponer el sumo sacerdocio, respondió: «Porque oímos de los ancianos que tu madre fue cautiva bajo el reinado de Antíoco Epífanes.» Era una palabra falsa; y Hircano se irritó contra él, y todos los fariseos se indignaron vivamente.

Uno de la secta de los saduceos, que sostienen el parecer contrario a los fariseos, cierto Yonatán, muy amigo de Hircano, dijo que Elazar había proferido aquellas blasfemias con el parecer común de todos los fariseos, y que esto le sería manifiesto si preguntaba a aquellos de qué castigo era digno por lo dicho. Al preguntar Hircano a los fariseos de qué pena lo juzgaban digno —pues probaría que las blasfemias no se habían proferido con su parecer si lo tasaban con la medida de la justicia—, respondieron que de azotes y cadenas; pues no les parecía bien castigar con la muerte por una injuria, y además, por naturaleza, los fariseos son benignos en cuanto a los castigos. Por esto se irritó sobremanera, y pensó que aquel hombre había proferido las blasfemias con el parecer de ellos. Sobre todo lo aguijoneó más Yonatán, y lo dispuso de tal modo que lo hizo pasarse al bando de los saduceos, apartándose de los fariseos, y abolir para el pueblo las ordenanzas que ellos habían establecido, y castigar a quienes las observaban. De ahí, pues, nació para él y para sus hijos el odio de la multitud.

Pero de esto hablaremos de nuevo. Ahora quiero explicar que los fariseos transmitieron al pueblo ciertas ordenanzas por sucesión de los padres, que no están escritas en las leyes de Moshé, y por esto el linaje de los saduceos las rechaza, diciendo que deben tenerse por ordenanzas las escritas, y que no hay que guardar las que vienen de la tradición de los padres. Y sobre esto sucedía que tenían entre sí grandes disputas y diferencias, teniendo los saduceos de su parte solo a los pudientes, sin que el pueblo llano los siguiera, mientras que los fariseos tenían por aliada a la multitud. Pero sobre estos dos y sobre los esenios se ha explicado con precisión en el segundo libro de mi obra sobre los judíos.

Hircano, sofocada la sedición y viviendo tras ella dichosamente, y administrando el gobierno del mejor modo durante treinta y un años, murió dejando cinco hijos, juzgado digno por Dios de las tres cosas más grandes: el gobierno de la nación, la dignidad sumo sacerdotal y la profecía. Pues lo divino estaba con él y le daba conocer de antemano lo por venir y predecirlo, hasta el punto de que anunció también, respecto de sus dos hijos mayores, que no permanecerían dueños del poder. Vale la pena referir la caída de estos, para saber cuánto quedaron por debajo de la buena fortuna de su padre.

Cómo Aristóbulo, al hacerse con el gobierno, fue el primero en ceñirse la diadema y se mostró cruelísimo con su madre y sus hermanos; y cómo, tras dar muerte a Antígono, él mismo murió

Muerto su padre, el mayor, Aristóbulo, resolviendo transformar el gobierno en reino —pues así lo juzgó—, fue el primero en ceñirse la diadema, cuatrocientos ochenta y un años y tres meses después de que el pueblo, liberado de la esclavitud bajo los babilonios, regresara a su tierra. Amando de entre sus hermanos al que le seguía, Antígono, a este lo tenía por igual suyo, pero a los demás los mantenía encadenados. Encerró también a su madre, que disputaba con él por el poder —pues Hircano la había dejado señora de todo—, y llegó a tal grado de crueldad que la dejó morir de hambre en prisión. A la madre añadió también a su hermano Antígono, a quien parecía amar sobre todo y a quien tenía por partícipe del reino, enajenado de él por calumnias, a las que al principio no daba crédito —en parte por no atender a lo que se decía, por amor a él, en parte por juzgar que se lo calumniaba por envidia—.

Habiendo vuelto una vez Antígono con esplendor de una campaña, y llegando por aquel tiempo la fiesta en que se levantan cabañas a Dios, se dio que Aristóbulo cayó enfermo, y que Antígono, celebrando la fiesta, subió al Templo con gran magnificencia, muy engalanado y con los soldados de su séquito, a orar sobre todo por la salud de su hermano. Los malvados, empeñados en romper la concordia entre ellos, valiéndose como pretexto de la pompa vanidosa de Antígono y de sus éxitos, fueron ante el rey y, con malicia, exageraron desmesuradamente lo de la pompa en la fiesta: que nada de lo que se hacía era propio de un particular, sino que sus actos mostraban una intención regia, y que venía a matarlo llegando con una tropa numerosa, juzgando necio que él reinara pudiendo, con recibir un puesto de honor, parecer que alcanzaba grandes cosas.

Aristóbulo, persuadido a su pesar por estas cosas, y cuidando a la vez de no despertar sospechas en su hermano y de velar por su propia seguridad, apostó a los guardias de su cuerpo en cierto subterráneo sin luz —yacía él en la ciudadela, luego renombrada Antonia—, y les ordenó no tocar a nadie que fuera desarmado, pero matar a Antígono si entraba armado ante él. Envió a decir a Antígono que se presentara desarmado. Pero la reina y los que con ella conspiraban contra Antígono persuadieron al mensajero de decir lo contrario: que su hermano, habiendo oído que se había hecho fabricar unas armas y un atavío guerrero, lo invitaba a presentarse armado, para ver el conjunto. Antígono, sin sospechar nada malo, sino confiado en la buena disposición de su hermano, se presentó ante Aristóbulo tal como estaba, revestido de toda su armadura, para mostrarle las armas. Y cuando llegó a la llamada torre de Estratón, cuyo paso resultaba estar muy a oscuras, los guardias lo mataron.

Su muerte dejó bien claro que nada hay más fuerte que la envidia y la calumnia, ni nada que más disuelva el afecto y la afinidad natural que estas pasiones. Y con razón cabría admirar también a cierto Yehudá, esenio de linaje, que jamás faltó a la verdad en lo que predijo. Este, al ver a Antígono pasar junto al Templo, exclamó entre sus compañeros y conocidos, que permanecían junto a él para aprender a predecir lo por venir, que le convendría morir por haber faltado a la verdad, ya que, habiendo predicho que Antígono moriría aquel mismo día en la llamada torre de Estratón, lo veía vivo y de paso; y estando el lugar donde había predicho que sería asesinado a unos seiscientos estadios de allí, y consumido ya lo más del día, corría peligro de que su vaticinio resultara falso. Mientras así hablaba y estaba abatido, llega la noticia de que Antígono había sido muerto en el subterráneo que se llamaba, él también, torre de Estratón, del mismo nombre que la Cesarea marítima. Esto, pues, turbó al adivino.

A Aristóbulo, en cambio, al punto le entró arrepentimiento del fratricidio, y tras él una enfermedad, maltratada su mente por el horror, hasta el punto de que, arruinadas sus entrañas por lo desmedido del dolor, vomitaba sangre. Y uno de los mozos que lo servían, llevándola —por providencia divina, según creo—, resbaló y la derramó en el mismo lugar donde aún quedaban manchas de la sangre de Antígono, degollado allí. Alzándose un clamor de los que lo vieron, como si el mozo hubiera derramado allí la sangre adrede, Aristóbulo lo oyó y preguntó la causa; y como no la decían, tanto más se empeñaba en saberla, pues por naturaleza los hombres sospechan que en tales casos es peor lo que se calla. Cuando, ante sus amenazas y forzados por el miedo, le dijeron la verdad, se le derramaron muchas lágrimas, herido su ánimo por la conciencia; y gimiendo desde lo hondo, dijo: «No iba yo, pues, a ocultar a Dios tan impías y abominables audacias, sino que una rápida pena por el asesinato de mi sangre me ha alcanzado. ¿Hasta cuándo, oh cuerpo desvergonzadísimo, retendrás para los démones un alma debida a mi hermano y a mi madre? ¿Por qué no la entrego toda de una vez, sino que voy libando por partes mi propia sangre a los que asesiné cruelmente?»

Dicho esto, expiró con sus palabras, tras reinar un año. Se hizo llamar Filoheleno, colmó de beneficios a su patria, guerreó contra los itureos y agregó a Judea buena parte de su tierra, obligando a sus habitantes, si querían permanecer en el país, a circuncidarse y a vivir según las leyes de los judíos. Fue de índole benigna y muy sensible al pudor, según atestigua sobre él también Estrabón, hablando en nombre de Timágenes así: «Fue este hombre benigno y muy útil a los judíos, pues les agregó territorio y ganó para su causa a una parte del pueblo de los itureos, uniéndolos con el vínculo de la circuncisión de sus miembros.»

Cómo Alejandro, al hacerse con el gobierno, hizo una expedición contra Ptolemaida y luego levantó el asedio por temor a Tolomeo Latiro; y cómo Tolomeo le hizo la guerra, porque Alejandro había enviado a Cleopatra para persuadirla de hacer la guerra contra Tolomeo, y sin embargo fingía estar en amistad con él, cuando venció a los judíos en la batalla

Muerto Aristóbulo, su mujer Salina —llamada por los griegos Alejandra— soltó a sus hermanos, pues Aristóbulo los tenía encadenados, como hemos dicho antes, y estableció rey a Janneo, el también llamado Alejandro, que aventajaba por su edad y por su moderación. A este se le dio que, nada más nacer, fuera aborrecido por su padre, y que hasta la muerte de este no volviera a presentarse ante sus ojos. Se dice que la causa del odio fue esta: Hircano amaba sobre todo, entre sus hijos, a los mayores, Antígono y Aristóbulo; y habiéndosele aparecido Dios en sueños, le preguntó cuál de sus hijos iba a ser su sucesor. Y como Dios le mostrara las facciones de este, apenado de que fuera él el heredero de todos sus bienes, cuando nació lo dejó criarse en Galilea. Sin embargo, Dios no engañó a Hircano.

Tras la muerte de Aristóbulo, este, tomado el reino, dio muerte a uno de sus hermanos, que intentaba hacerse con el poder, y al otro, que prefería vivir sin ocuparse de asuntos, lo tuvo en honor. Establecido el gobierno del modo que juzgaba convenirle, marchó contra Ptolemaida; y venciendo en la batalla, encerró a sus habitantes en la ciudad y, cercándolos, los sitiaba. Pues de las plazas de la costa solo le quedaban por someter Ptolemaida y Gaza, y además Zoilo, el tirano que se había apoderado de la torre de Estratón, y Dora. Como Antíoco Filométor y su hermano Antíoco, el apellidado Ciziceno, se hacían la guerra entre sí y consumían sus propias fuerzas, no había para los de Ptolemaida ningún socorro de parte de ellos. Pero, en sus apuros por el asedio, se presentó Zoilo, el que se había apoderado de la torre de Estratón y de Dora, manteniendo un cuerpo de tropas y aspirando a la tiranía gracias a la rivalidad de los reyes entre sí, y les prestaba una pequeña ayuda a los de Ptolemaida.

Cómo Alejandro, tras el pacto de defensa mutua que Cleopatra había acordado con él, hizo una expedición contra Celesiria y arrasó por completo la ciudad de Gaza; y cómo dio muerte a muchas decenas de miles de judíos que se rebelaron contra él

Pues ni siquiera los reyes tenían con ellos tal familiaridad como para que alguien esperara de ellos algún socorro. Los dos rivales padecían lo mismo que aquellos atletas que, agotadas ya sus fuerzas pero avergonzados de ceder, prolongan el combate en la inacción y el descanso.

Les quedaba una sola esperanza: la de los reyes de Mitsraim y la de Tolomeo Latiro, que poseía Chipre —expulsado del poder por su madre Cleopatra, se había refugiado allí—. Los de Ptolemaida enviaron, pues, mensajeros a él para pedirle que viniera como aliado y los salvara del peligro que corrían a manos de Alejandro. Como los embajadores le dieron esperanzas de que, en cuanto cruzase a Siria, tendría de su parte a los gazeos junto con los ptolemaidenses y con Zoilo, y de que además los sidonios y muchos otros se le sumarían, se envaneció y se apresuró a hacerse a la mar.

Entretanto, Deméneto, que por entonces gozaba de crédito entre los de Ptolemaida y los agitaba como demagogo, les hizo cambiar de parecer: dijo que era mejor arriesgarse a una guerra de resultado incierto contra los judíos que aceptar una esclavitud manifiesta entregándose a un amo; y que, además, no tendrían solo la guerra presente, sino otra mucho mayor, la de Mitsraim. Pues Cleopatra no consentiría que Tolomeo se procurase una fuerza en la vecindad, sino que marcharía contra ellos con un gran ejército —tanto empeño ponía en arrojar a su hijo incluso de Chipre—; y Tolomeo, si fallaba en su esperanza, aún tenía en Chipre un refugio, pero para ellos era el peligro extremo.

Así pues, Tolomeo, aunque durante la travesía se enteró del cambio de los de Ptolemaida, no por ello dejó de navegar y, arribando al lugar llamado Sicámino, desembarcó allí sus tropas. Todo su ejército, entre infantes y jinetes, era de unos treinta mil hombres. Los llevó cerca de Ptolemaida y acampó; pero, como no recibían a sus embajadores ni escuchaban sus propuestas, quedó muy preocupado.

Cuando llegaron ante él Zoilo y los gazeos, rogándole que los socorriera, pues los judíos y Alejandro les devastaban el territorio, Alejandro, por temor a Tolomeo, levantó el asedio; y, retirando su ejército a su propia tierra, en adelante llevó las cosas con doblez: en secreto hacía venir a Cleopatra contra Tolomeo, y en público fingía amistad y alianza con él. Le prometió, además, cuatrocientos talentos de plata, pidiendo a cambio que quitara de en medio al tirano Zoilo y adjudicara su territorio a los judíos. Entonces, pues, Tolomeo, complacido de hacer amistad con Alejandro, sometió a Zoilo.

Pero más tarde, al oír que Alejandro había enviado en secreto mensajeros a su madre Cleopatra, rompió los juramentos que le había hecho y, atacando, puso sitio a Ptolemaida, que no lo había acogido. Dejando al frente del asedio a algunos generales y parte de sus tropas, él mismo partió con el resto para someter Judea.

Alejandro, al conocer el propósito de Tolomeo, reunió por su parte unos cincuenta mil hombres del país —según han dicho algunos historiadores, ochenta mil— y, tomando esa fuerza, salió al encuentro de Tolomeo. Pero Tolomeo cayó de improviso, en Shabat, sobre Asoquis, una ciudad de Galilea, la tomó por asalto y capturó unas diez mil personas y mucho otro botín.

Intentó también Séforis, a poca distancia de la ciudad saqueada, pero, perdiendo muchos hombres, marchó a combatir contra Alejandro. Alejandro le salió al encuentro junto al río Yardén, en un lugar llamado Asofón, no lejos del Yardén, y plantó su campamento cerca de los enemigos. Tenía, con todo, ocho mil combatientes de vanguardia, a los que llamaba «centímacos» —los que luchan contra cien—, provistos de escudos alargados revestidos de bronce. También los de vanguardia de Tolomeo llevaban escudos recubiertos de bronce. Pero, inferiores en lo demás, los hombres de Tolomeo entraron en el combate con mayor cautela.

El táctico Filostéfano les infundió no poco ánimo al ordenarles cruzar el río, en medio del cual ambos se habían acampado. Alejandro decidió no impedirles el paso, pues pensaba que, si tenían el río a la espalda, vencería más fácilmente a los enemigos, que no podrían huir del combate.

Al principio, las acciones y el ardor fueron parejos por ambas partes, y hubo gran mortandad en uno y otro ejército; pero, cuando los de Alejandro se imponían, Filostéfano, dividiendo su fuerza, acudió con destreza en apoyo de los que cedían. Como nadie acudía a socorrer a la parte de los judíos que había cedido, ocurrió que estos huyeron, pues los que estaban al lado no los ayudaban, sino que compartían la fuga; en cambio, los de Tolomeo hacían lo contrario: persiguiéndolos, mataban a los judíos, y al final, cuando todos se dieron a la fuga, los persiguieron dando muerte hasta que el hierro se les embotó de tanto matar y las manos se les cansaron. Se dijo, en efecto, que murieron treinta mil de ellos; Timágenes ha dicho que cincuenta mil; de los demás, unos fueron hechos cautivos y otros escaparon a sus propias tierras.

Tolomeo, tras la victoria, siguió recorriendo el país; y, al caer la tarde, se detuvo en unas aldeas de Judea que halló llenas de mujeres y niños, y ordenó a sus soldados que los degollaran, los descuartizaran y luego arrojaran los miembros en calderos hirvientes y los ofrecieran como primicias. Dio esta orden para que los que habían escapado del combate y regresaban a los suyos creyeran que los enemigos comían carne humana y, por ello, viendo aquello, quedaran aún más aterrados. También Estrabón y Nicolao afirman que los trataron de este modo, tal como yo mismo lo he referido antes. Y tomaron Ptolemaida por asalto, como igualmente hemos dejado claro en otro lugar.

Cómo Cleopatra, viendo crecer a su hijo, salió en campaña contra él, y cómo Alejandro sometió muchas ciudades

Cleopatra, viendo que su hijo crecía en poder, que devastaba impunemente Judea y que tenía sometida la ciudad de Gaza, resolvió no consentir que estuviera a sus puertas y, ya engrandecido, ambicionara el dominio de Mitsraim; al contrario, de inmediato salió contra él con fuerzas navales y terrestres, nombrando jefes de todo el ejército a los judíos Quelcias y Ananías; y, enviando la mayor parte de sus riquezas, a sus nietos y su testamento a Cos, allí los dejó en depósito.

Tras ordenar a su hijo Alejandro que navegara costeando hasta Fenicia con una gran flota, la propia Cleopatra llegó con todo su ejército a Ptolemaida; y, como los ptolemaidenses no la recibieron, puso sitio a la ciudad. Tolomeo, partiendo de Siria, se apresuró hacia Mitsraim, creyendo que la tomaría de improviso por estar sin ejército; pero fracasó en su esperanza. Por ese mismo tiempo sucedió también que Quelcias, uno de los dos jefes de Cleopatra, murió en Celesiria persiguiendo a Tolomeo.

Cuando Cleopatra supo del intento de su hijo y de que sus asuntos en Mitsraim no habían salido como esperaba, envió parte de su ejército y lo expulsó del país. Y él, retrocediendo de nuevo desde Mitsraim, pasó el invierno en Gaza. Cleopatra, entretanto, tomó por asedio la guarnición de Ptolemaida y la ciudad. Y como Alejandro la corteja con regalos y con las atenciones propias de quien había sido maltratado por Tolomeo y no disponía de otro refugio que aquel, algunos de sus amigos le aconsejaron aceptar todo eso y, invadiendo el país, apoderarse de él, y no consentir que tan gran multitud de valiosos judíos quedara a merced de un solo hombre.

Pero Ananías aconsejó lo contrario, diciendo que obraría injustamente si privaba de su propio poder a un hombre aliado, y que además era pariente nuestro: «Pues no quiero que ignores —dijo— que, si cometes injusticia contra este, te conviertes a todos nosotros, los judíos, en enemigos tuyos.» Ante este consejo de Ananías, Cleopatra se dejó persuadir de no hacer ningún daño a Alejandro; al contrario, concertó con él una alianza en Escitópolis, en Celesiria.

Libre ya del temor a Tolomeo, Alejandro emprendió enseguida campaña contra Celesiria; tomó Gádara tras diez meses de asedio, y tomó también Amatunte, la mayor fortaleza de los que habitaban al otro lado del Yardén, donde Teodoro, hijo de Zenón, guardaba sus cosas más hermosas y valiosas. Pero Teodoro cayó sobre los judíos cuando no lo esperaban, dio muerte a diez mil de ellos y saqueó el bagaje de Alejandro. Esto, sin embargo, no acobardó a Alejandro; antes bien, lanzó una expedición contra las regiones costeras, Rafia y Antedón —a la que después el rey Herodes llamó Agripíade—, y también esta la tomó por asalto.

Viendo que Tolomeo se había retirado de Gaza a Chipre, y su madre Cleopatra a Mitsraim, e irritado con los gazeos por haber llamado a Tolomeo en su auxilio, puso sitio a la ciudad y devastó de antemano su territorio. Cuando Apolodoto, el general de los gazeos, cayó de noche sobre el campamento de los judíos con dos mil soldados extranjeros y diez mil sirvientes, mientras duró la noche vencieron los gazeos, dando a los enemigos la impresión de que era Tolomeo quien los había atacado; pero, llegado el día y desvanecido el engaño, los judíos, al conocer la verdad, se rehicieron y, arremetiendo contra los gazeos, mataron a unos mil de ellos.

Los gazeos resistían, sin ceder ni por la escasez ni por la multitud de los muertos —pues estaban dispuestos a padecer cualquier cosa antes que quedar bajo el enemigo—, y Aretas, rey de los árabes, avivaba aún más su empeño, pues se esperaba que acudiera en su auxilio como aliado. Pero sucedió que Apolodoto pereció primero; pues su hermano Lisímaco, celoso de él por su buena fama entre los ciudadanos, lo mató y, reuniendo un cuerpo de soldados, entregó la ciudad a Alejandro.

Este, al entrar, al principio se mantuvo tranquilo; pero después soltó a su ejército contra los gazeos, permitiéndoles tomar venganza; y ellos, desperdigándose por todas partes, mataban a los gazeos. Mas tampoco estos eran de ánimo innoble: defendiéndose de cuantos se les venían encima, mataron a no menos judíos que a los suyos propios. Algunos, quedándose solos, prendían fuego a sus casas para que no quedara de ellas botín alguno que los enemigos pudieran tomar. Otros se hicieron verdugos de sus propios hijos y mujeres, obligados así a librarlos de la esclavitud bajo el enemigo. De los consejeros había en total quinientos que se habían refugiado juntos en el templo de Apolo —pues el ataque ocurrió mientras estaban reunidos en sesión—; y Alejandro los mató y, arrasando sobre ellos la ciudad, regresó a Yerushaláyim después de haberla asediado un año.

Por este mismo tiempo también Antíoco, llamado Grifo, murió, víctima de una conjura de Heracleón, tras haber vivido cuarenta y cinco años y reinado veintinueve. Su hijo Seleuco, que le sucedió en el reino, hizo la guerra al hermano de su padre, Antíoco, llamado Ciziceno, y, tras vencerlo y capturarlo, lo mató. No mucho después, Antíoco, hijo del Ciziceno, llamado Éusebes —el Piadoso—, llegando a Árado y ciñéndose la diadema, hizo la guerra a Seleuco y, imponiéndose, lo expulsó de toda Siria. Seleuco, huyendo a Cilicia y llegando a Mopsuestia, volvió a exigirles dinero. Pero el pueblo de Mopsuestia, indignado, prendió fuego a su palacio y lo mató junto con sus amigos.

Mientras Antíoco, hijo del Ciziceno, reinaba sobre Siria, Antíoco, hermano de Seleuco, le hizo la guerra y, derrotado, pereció con su ejército. Tras él, su hermano Filipo, ciñéndose la diadema, reinó sobre cierta parte de Siria. Tolomeo Latiro, haciendo venir de Cnido al tercero de aquellos hermanos, Demetrio, llamado Ácairo, lo estableció como rey en Damasco. Antíoco, que resistía con firmeza a estos dos hermanos, pronto murió; pues, habiendo acudido como aliado de Laódice, reina de los samenos, que combatía contra los partos, luchó con valor y cayó. Siria quedó en poder de los dos hermanos, Demetrio y Filipo, como se ha mostrado en otro lugar.

En cuanto a Alejandro, los suyos se sublevaron contra él —pues el pueblo se alzó contra él mientras se celebraba una fiesta y él estaba de pie ante el altar, a punto de ofrecer sacrificio, y lo apedrearon con cidras, ya que es ley entre los judíos que en Sukot cada uno lleve ramos hechos de palma y de cidras, cosa que también hemos explicado en otro lugar—; y, por añadidura, lo injuriaron llamándolo descendiente de cautivos e indigno del honor y de sacrificar. Irritado por ello, mató a unos seis mil de ellos y, colocando una barrera de madera en torno al altar y al Templo, hasta el remate —al recinto en que solo a los cohanim les era lícito entrar—, con ella cerró al pueblo el acceso hasta él.

Mantenía además mercenarios extranjeros, pisidios y cilicios; pues, estando en guerra con los sirios, no se servía de ellos. Tras someter, entre los árabes, a los moabitas y a los galaaditas al pago de tributo, demolió también Amatunte, sin que Teodoro se atreviera a enfrentarse a él. Trabando combate con Obedas, rey de los árabes, y cayendo en una emboscada en un paraje escabroso e intransitable, fue precipitado por una multitud de camellos a un profundo barranco junto a la aldea de Gádara, en la Gaulanítide, y a duras penas se salvó; huyendo de allí, llegó a Yerushaláyim.

Y como el pueblo, ante su desdicha, lo atacó, le hizo la guerra durante seis años y mató a no menos de cincuenta mil judíos. Cuando les pedía que pusieran fin a su enemistad contra él, aún más lo odiaban por lo ocurrido. Al preguntarles qué querían, todos gritaron que muriera él, y enviaron mensajeros a Demetrio el Ácairo, llamándolo a la alianza.

Cómo Demetrio Éucero venció a Alejandro y sin embargo en poco tiempo se retiró del país por temor; y cómo Alejandro dio muerte a muchos de los judíos y así se libró de sus problemas. Sobre la muerte de Demetrio

Este, viniendo con un ejército y recogiendo a los que lo habían llamado, acampó junto a la ciudad de Shejem. Alejandro, tomando seis mil doscientos mercenarios y unos veinte mil judíos que eran de su parte, marchó contra Demetrio; este tenía tres mil jinetes y cuarenta mil infantes. Mucho intentaron ambos bandos: el uno, hacer desertar a los mercenarios por ser griegos; el otro, a los judíos que estaban con Demetrio. Pero, como ninguno logró persuadirlos, trabaron combate y venció Demetrio; y los mercenarios de Alejandro murieron todos, dando muestra a la vez de lealtad y de valor, y también muchos de los soldados de Demetrio.

Mientras Alejandro huía a los montes, por compasión de su cambio de suerte se le reunieron seis mil judíos. Y entonces Demetrio, atemorizado, se retiró. Después de esto, los judíos hicieron la guerra a Alejandro y, vencidos, muchos murieron en los combates. Encerrando a los más poderosos de ellos en la ciudad de Betome, la asedió; y, tras tomarla y tenerlos en su poder, los hizo subir a Yerushaláyim y cometió la más cruel de todas las acciones: mientras banqueteaba a la vista de todos con sus concubinas, ordenó crucificar a unos ochocientos de ellos y degolló a sus hijos y mujeres, todavía vivos, ante sus propios ojos.

Se vengaba, es cierto, de los agravios que había sufrido; pero, por lo demás, exigía este castigo de un modo que rebasa lo propio de un ser humano —aunque, como era natural, se había visto muy atormentado por las guerras contra ellos y había llegado al extremo peligro, tanto por su vida como por su reino, ya que no se contentaban con combatirlo por sí solos, sino que incluso trajeron extranjeros contra él y, por fin, lo llevaron a tal apuro que hubo de entregar al rey de los árabes la tierra que había conquistado en la Galaaditide y la Moabítide, y las plazas fuertes de los árabes, para que aquel no se les uniese en la guerra contra él— y le hicieron otras mil cosas para ultraje y afrenta suya. Pero, con todo, no parece haber obrado de manera conveniente, hasta el punto de que, por el exceso de su crueldad, los judíos lo apodaron «Tracidas». Sus adversarios, que eran unos ocho mil, huyeron de noche y, mientras vivió Alejandro, permanecieron en el destierro. Y él, liberado del trastorno que estos le causaban, reinó desde entonces con entera tranquilidad.

Demetrio, saliendo de Judea, marchó a Berea y puso sitio a su hermano Filipo, con diez mil infantes y mil jinetes. Estratón, el tirano de Berea, aliado de Filipo, llamó en su auxilio a Azizo, filarca de los árabes, y a Mitrídates Sínaces, sátrapa de los partos. Cuando estos llegaron con una gran fuerza y sitiaron a Demetrio dentro de su empalizada, acosándolo con las flechas y la sed, obligaron a los que estaban con él a entregarse. Saqueando lo que había en la región y apoderándose de Demetrio, lo enviaron a Mitrídates, que entonces reinaba sobre los partos; y a aquellos cautivos que resultaron ser ciudadanos de Antioquía se los devolvieron gratuitamente a los antioquenos. Mitrídates, rey de los partos, tuvo a Demetrio en toda estima hasta que este acabó su vida por enfermedad. Filipo, inmediatamente después de la batalla, llegando a Antioquía y tomando posesión de ella, reinó sobre Siria.

Cómo Antíoco, llamado Dioniso, y después de él Aretas hicieron expediciones a Judea; y cómo Alejandro tomó muchas ciudades y luego regresó a Yerushaláyim, y tras una enfermedad de tres años murió; y qué consejo dio a Alejandra

Después, Antíoco, llamado Dioniso, hermano de Filipo, aspirando al poder, se presentó en Damasco y, haciéndose dueño de la situación allí, reinó. Y cuando aquel emprendió campaña contra los árabes, su hermano Filipo, al enterarse, marchó sobre Damasco. Cuando Milesio, que había quedado como guardián de la ciudadela y de los damascenos, le entregó la ciudad, Filipo se mostró ingrato con él y no le dio nada de lo que Milesio había esperado al acogerlo; antes bien, queriendo que pareciera que había tomado la ciudad por el temor que él inspiraba, y no como favor concedido por Milesio a quien debía recompensar, se hizo sospechoso y de nuevo fue expulsado de Damasco; pues, cuando Filipo salió al hipódromo, Milesio le cerró las puertas y guardó Damasco para Antíoco. Este, al oír lo referente a Filipo, regresó de Arabia y, llegando, enseguida emprendió campaña contra Judea con ocho mil hoplitas y ochocientos jinetes.

Alejandro, temiendo su ataque, cavó una zanja profunda que arrancaba de Cabarzaba —hoy llamada Antípatris— hasta el mar, a la altura de Yafo, por el único punto vulnerable; y, levantando un muro, y erigiendo torres de madera y lienzos intermedios a lo largo de ciento sesenta estadios, aguardó a Antíoco. Pero él, prendiendo fuego a todo aquello, hizo pasar por allí su ejército hacia Arabia. El árabe se retiró al principio, y luego apareció de improviso con diez mil jinetes; Antíoco les salió al encuentro y combatió con energía y, en efecto, aun estando vencedor, murió al acudir en socorro de la parte que flaqueaba. Caído Antíoco, también su ejército huyó a la aldea de Caná, donde la mayoría de ellos pereció de hambre.

Después de él reinó sobre Celesiria Aretas, llamado al poder por los que dominaban Damasco a causa de su odio hacia Tolomeo, hijo de Meneo. Emprendiendo desde allí campaña contra Judea y venciendo a Alejandro en batalla junto al lugar de Adida, se retiró de Judea mediante un pacto. Alejandro, marchando de nuevo contra la ciudad de Día, la tomó; y, emprendiendo campaña contra Esa, donde se hallaban las cosas más valiosas de Zenón, rodeó el lugar con tres murallas y, tomando la ciudad sin combate, partió contra Gaulana y Seleucia. Tomando también estas, capturó además el llamado Barranco de Antíoco y la fortaleza de Gámala. Formulando muchas acusaciones contra Demetrio, gobernador de aquellos lugares, lo despojó de ellos; y, cumplido ya el tercer año de campaña, regresó a su propia tierra, donde los judíos lo recibían con entusiasmo por sus éxitos.

Por este tiempo los judíos poseían ya ciudades de los sirios, los idumeos y los fenicios: junto al mar, la Torre de Estratón, Apolonia, Yafo, Yavne, Ashdod, Gaza, Antedón, Rafia y Rinocorura; y en el interior, junto a Idumea, Adora, Marisa y toda Idumea, Shomrón, el monte Carmelo y el monte Tabor, Escitópolis, Gádara, las poblaciones de la Gaulanítide, Seleucia y Gábala; y, en la Moabítide, Jeshbón, Medabá, Lemba, Oronáyim, Guelitón, Zóara, el valle de los cilicios y Pela —esta la arrasó porque sus habitantes no se avinieron a adoptar las costumbres ancestrales de los judíos—; y habían sometido otras ciudades principales de Siria.

Después de esto, el rey Alejandro, cayendo de la embriaguez en la enfermedad y aquejado durante tres años por unas fiebres cuartanas, no desistió de sus campañas hasta que, consumido por las fatigas, murió en los confines de los gerasenos, mientras asediaba Rágaba, una fortaleza al otro lado del Yardén. La reina, viéndolo próximo a la muerte y sin que ya diera esperanza alguna de salvación, llorando y golpeándose el pecho, se lamentaba del desamparo que se avecinaba para ella y para sus hijos, y le decía: «¿A quién nos dejas así, a mí y a los hijos, que necesitamos el auxilio de otros, y eso sabiendo cuán hostil te es el pueblo?»

Él le aconsejó que obedeciera lo que iba a indicarle para conservar el reino con seguridad junto con sus hijos: que ocultara su muerte a los soldados hasta que hubiera tomado la plaza. Después, presentándose en Yerushaláyim como si volviera de una brillante victoria, que concediese cierto poder a los fariseos; pues estos, alabándola en pago del honor recibido, le harían al pueblo benévolo; y decía que ellos tenían gran influencia entre los judíos, tanto para dañar a los que odiaban como para favorecer a aquellos con quienes eran amigos; pues eran los más creídos por la multitud, incluso cuando por envidia decían algo duro; y afirmaba que él mismo había chocado con el pueblo por causa de estos, a quienes había ofendido.

«Tú, pues —dijo—, cuando estés en Yerushaláyim, manda llamar a sus partidarios y, mostrándoles mi cuerpo, permíteles con toda seguridad tratarme como quieran: ya sea que deseen ultrajar mi cadáver dejándolo sin sepultura, por lo mucho que han padecido de mí, ya sea infligir a mi cuerpo algún otro agravio en su cólera. Y promételes no hacer nada en el reino sin su parecer. Cuando les hayas dicho esto, ellos me juzgarán digno de un funeral más espléndido del que yo habría recibido de ti, pues, aun estando en su mano maltratar mi cadáver, no querrán causarle daño; y tú reinarás con firmeza.» Tras dar este consejo a su mujer, murió, después de haber reinado veintisiete años y vivido cincuenta y uno.

Cómo Alejandra, ganándose la buena voluntad de los fariseos, conservó el reino nueve años y luego, tras muchas acciones gloriosas, murió

Alejandra, tras haber tomado la fortaleza según las instrucciones de su marido, se entrevistó con los fariseos y, poniendo todo en sus manos —tanto lo relativo al cadáver como al reino—, apaciguó su ira contra Alejandro y los hizo benévolos y amigos. Ellos, presentándose ante la multitud, pronunciaron discursos en que narraban las hazañas de Alejandro y que había muerto para ellos un rey justo, y con sus alabanzas movieron al pueblo al duelo y al abatimiento por él, de modo que lo sepultaron con más esplendor que a ninguno de los reyes anteriores a él.

Alejandro dejó dos hijos, Hircano y Aristóbulo, pero legó el reino a Alejandra. De los hijos, Hircano era inepto para llevar los asuntos y prefería más bien una vida tranquila, mientras que el menor, Aristóbulo, era enérgico y audaz. La mujer era querida por la multitud, porque se pensaba que le desagradaban las faltas que su marido había cometido. Nombró sumo sacerdote a Hircano por su edad, pero mucho más por su carácter apacible, y dejó a los fariseos hacerlo todo; y ordenó también a la multitud que les obedeciera; y cuanto de las ordenanzas había abolido Hircano, su suegro —de aquellas que los fariseos habían introducido conforme a la tradición de los padres—, todo eso lo restableció de nuevo.

Así, ella tenía el nombre del reino, pero el poder lo tenían los fariseos; pues repatriaban a los desterrados y liberaban a los presos, y en suma en nada se diferenciaban de unos amos. Con todo, también la mujer se ocupaba del reino: reunió un gran cuerpo de mercenarios y duplicó su propia fuerza, de modo que atemorizó a los tiranos vecinos y tomó rehenes de ellos. Toda la tierra estaba en paz, salvo por los fariseos; pues estos perturbaban a la reina, persuadiéndola de matar a los que habían aconsejado a Alejandro dar muerte a los ochocientos. Después ellos mismos degollaron a uno de aquellos, Diógenes, y tras él a otros, uno tras otro, hasta que los poderosos acudieron al palacio, y con ellos Aristóbulo —pues parecía indignado por lo que ocurría, y era evidente que, si en algún momento hallaba ocasión, no lo dejaría en manos de su madre—, y le recordaron cuánto habían logrado en medio de tantos peligros, con lo que habían demostrado la firmeza de su lealtad hacia su señor, a cambio de lo cual él los había juzgado dignos de los mayores honores.

Y le suplicaban que no volviera del todo sus esperanzas hacia lo contrario; pues, tras haber escapado del peligro de los enemigos, eran degollados en su propia patria por sus adversarios, como reses, sin que hubiera venganza posible. Decían que, si sus adversarios se contentaban con los ya muertos, ellos soportarían con moderación lo sucedido, por su fidelidad hacia sus señores; pero que, si pensaban proseguir del mismo modo, pedían ante todo que se les concediera la licencia; pues no soportarían siquiera procurarse la salvación sin ella, sino que morirían de buen grado ante el palacio, con tal de no incurrir en deslealtad. Y era una vergüenza tanto para ellos como para la reina reinante que, desatendidos por ella, fueran acogidos por los enemigos de su marido; pues Aretas el árabe y los monarcas valorarían por encima de todo contratar como mercenarios a tantos hombres, ante cuyo solo nombre quizá antes se estremecían con solo oírlo. Y, si no, al menos —en segundo lugar—, si estaba resuelta a preferir los fariseos a ellos, que apostara a cada uno de ellos en las fortalezas; pues, si alguna divinidad había descargado así su cólera sobre la casa de Alejandro, ellos, al menos, se mostrarían dispuestos a vivir incluso en condición humilde.

Como decían muchas cosas de este tenor e invocaban a los espíritus de Alejandro para que se apiadaran de los muertos y de los que corrían peligro, todos los que estaban alrededor prorrumpieron en lágrimas, y sobre todo Aristóbulo dejó ver su opinión, reprochando mucho a su madre. Pero, en verdad, ellos mismos fueron la causa de sus propias desgracias, por haber confiado el poder, contra toda razón, a una mujer enfurecida por el afán de mando, habiendo una generación de hijos en la flor de la edad. Y ella, no sabiendo qué hacer que resultara decoroso, les confió la custodia de las fortalezas, salvo Hircania, Alejandrión y Maqueronte, donde estaban sus cosas más valiosas.

Y no mucho después envió a su hijo Aristóbulo con un ejército contra Damasco, contra el llamado Tolomeo, hijo de Meneo, que era un vecino gravoso para la ciudad. Pero regresaron sin haber logrado nada digno de mención. Por este tiempo se anunció que Tigranes había invadido Siria con un ejército de trescientos mil hombres y que vendría contra Judea. Esto, como era de esperar, atemorizó a la reina y al pueblo. Le enviaron, pues, regalos numerosos y de valor, y embajadores, mientras él sitiaba Ptolemaida. Pues la reina Selene, llamada también Cleopatra, poseía por entonces algunas ciudades de Siria, y ella había inducido a sus habitantes a cerrar las puertas a Tigranes; y los enviados le rogaban que tuviera benévolos sentimientos hacia su reina y su pueblo. Él, acogiéndolos por su deferencia a la distancia, les dio buenas esperanzas. Pero, apenas tomada Ptolemaida, se le anunció a Tigranes que Lúculo, persiguiendo a Mitrídates, no había dado con él —pues Mitrídates había huido hacia los iberos— y que, tras devastar Armenia, la asediaba. Tigranes, al enterarse también de esto, se retiró a su patria.

Después de esto, al caer la reina en una grave enfermedad, Aristóbulo, decidido a intentar apoderarse del poder, se escabulló de noche con uno de sus servidores y se dirigió a las fortalezas, en las que estaban apostados los amigos de su padre. Pues, resentido desde hacía tiempo por lo que hacía su madre, temía ahora mucho más que, si ella moría, toda la nación quedara en poder de los fariseos; porque veía la incapacidad del hermano que había de sucederle en el mando. Solo su mujer estaba al tanto del asunto, a la que dejó allí con su familia. Y llegó primero a Ágaba, donde estaba Galestes, uno de los poderosos, y fue acogido por él.

Al día siguiente la reina advirtió la fuga de Aristóbulo, y por un tiempo creyó que su partida no había sido con miras a una rebelión; pero, cuando llegaron unos tras otros anunciando que se había apoderado de la primera plaza, y de la segunda, y de todas —pues, en cuanto uno dio comienzo, todo se precipitó hacia su voluntad—, entonces sí que la reina y el pueblo se hallaron en la mayor turbación. Pues sabían que a Aristóbulo poco le faltaba para poder afianzar el poder en sus manos, y temían que exigiera venganza por los agravios que habían inferido a su casa. Resolvieron, pues, poner a su mujer y a su familia en la fortaleza situada sobre el Templo.

A Aristóbulo, como de muchas partes, le llegaban abundantes recursos, con los que ya tenía en torno a sí un aparato regio; pues en apenas quince días se hizo dueño de veintidós plazas, desde donde, teniéndolas como bases, reunió un ejército del Líbano, del Tracón y de los monarcas; pues los hombres, arrastrados por el bando más fuerte, obedecían de buen grado; y, además, pensando que, si lo ayudaban, no cosecharían menos frutos de su reino que de aquello con lo que no contaban, ya que ellos mismos habrían sido el pretexto de su triunfo.

Los ancianos de los judíos y Hircano se presentaron ante la reina y le rogaron que aconsejara sobre la situación presente; pues Aristóbulo era ya dueño de casi todo, al haberse apoderado de tantas plazas; y era absurdo que, aun estando ella gravísimamente enferma, deliberaran ellos por su cuenta mientras aún vivía; y el peligro los amenazaba de cerca. Ella les mandó hacer lo que juzgaran útil; muchos recursos les quedaban: la nación vigorosa, el ejército y el dinero de los tesoros; pues a ella misma ya poco le importaban los asuntos, estando ya su cuerpo desfalleciendo.

Dicho esto, no mucho después murió, tras haber reinado nueve años y vivido en total setenta y tres —una mujer que en nada se sirvió de la debilidad de su sexo; pues, siendo ávida de poder como pocas, demostró con los hechos tanto la eficacia de su juicio como la insensatez de aquellos hombres que sin cesar tropiezan en el ejercicio del mando. Pues, teniendo en más lo presente que lo por venir y poniéndolo todo por debajo de gobernar con firmeza, no se preocupaba ni de lo honroso ni de lo justo a cambio de ello. En todo caso, condujo los asuntos de la casa a tal desgracia que el poder que había adquirido en medio de los mayores peligros y penalidades le fue arrebatado, no muchos años después, a causa de su deseo de lo que no conviene a una mujer —pues sumó su propio parecer al de los que eran hostiles a su linaje y dejó el reino privado de protectores. Y con lo que hizo en su gobierno mientras vivía llenó el palacio de calamidades y turbulencias aun después de su muerte; y, sin embargo, pese a haber gobernado de este modo, mantuvo a la nación en paz y sosiego. Tal fue, pues, el final de los asuntos relativos a la reina Alejandra; y paso a referir lo que les sucedió a sus hijos, Aristóbulo e Hircano, tras la muerte de ella, en el libro que sigue a este.