Libro duodécimo
Cómo Tolomeo, hijo de Lago, tomó Yerushaláyim y Judea con engaño y traición, se llevó de allí a muchos y los asentó en Mitsraim
Así pues, Alejandro, rey de los macedonios, tras derribar el dominio de los persas y ordenar los asuntos de Judea del modo antes referido, llegó al término de su vida. Al repartirse el imperio entre muchos, Antígono se hizo con Asia; Seleuco, con Bavel y las naciones de aquellas partes; Lisímaco gobernó el Helesponto; Casandro tenía Macedonia, y Tolomeo, el hijo de Lago, había recibido Mitsraim. Como estos andaban en discordia y rivalizaban entre sí por su propio poder, se sucedieron guerras continuas y largas; las ciudades padecieron y perdieron a muchos de sus habitantes en aquellas luchas, hasta el punto de que toda Siria, bajo Tolomeo hijo de Lago —llamado entonces Sóter, es decir, «Salvador»—, sufrió lo contrario de lo que ese sobrenombre indicaba.
También se apoderó de Yerushaláyim valiéndose de engaño y ardid: entró en la ciudad un Shabat, como si fuera a ofrecer sacrificios, y los judíos no se defendieron de él —pues nada hostil sospechaban—; y como no recelaban y aquel día lo pasaban en reposo y ociosidad, se hizo dueño de la ciudad sin esfuerzo y la gobernó con dureza. Da testimonio de este relato también Agatárquides de Cnido, el que escribió las gestas de los sucesores, que nos reprocha nuestra superstición como causa de haber perdido por ella la libertad, y dice así: «Hay un pueblo llamado los judíos, que, teniendo una ciudad fuerte y grande, Yerushaláyim, la dejaron caer en manos de Tolomeo por no querer tomar las armas, sino que, a causa de su intempestiva superstición, hubieron de soportar un amo cruel.»
Esto es lo que Agatárquides declaró acerca de nuestro pueblo. Tolomeo, por su parte, tomó muchos cautivos de la región montañosa de Judea, de los lugares en torno a Yerushaláyim, de la comarca de Shomrón y de los del Guerizim, y llevándolos a todos los asentó en Mitsraim. Sabía que los de Yerushaláyim eran gentes muy fieles en guardar los juramentos y los compromisos —lo había comprobado por las respuestas que dieron a Alejandro cuando este les envió una embajada tras vencer a Darío en batalla—; por eso alistó a muchos de ellos en las guarniciones, los hizo ciudadanos con los mismos derechos que los macedonios en Alejandría y les tomó juramento de que guardarían fidelidad a los descendientes de quien les confiaba aquello. No pocos, además, de los demás judíos vinieron a Mitsraim, atraídos por la bondad de aquellas tierras y por la munificencia de Tolomeo. Con todo, a sus descendientes les surgieron disputas con los samaritanos, pues estos querían conservar la conducta heredada de sus costumbres, y llegaron a hacerse la guerra unos a otros: los de Yerushaláyim afirmaban que el santuario que tenían era el santo y exigían que allí se enviaran los sacrificios, mientras que los siquemitas mandaban que fueran al monte Guerizim.
Cómo Tolomeo Filadelfo hizo traducir al griego las leyes de los judíos, liberó a muchos cautivos y dedicó muchas ofrendas a Dios
Reinó Alejandro doce años, y después de él Tolomeo Sóter cuarenta y uno; luego, Filadelfo tomó el reino de Mitsraim y lo tuvo durante treinta y nueve años. Él hizo traducir la Torá y liberó de la esclavitud a los de Yerushaláyim que servían como esclavos en Mitsraim —unos ciento veinte mil—, por una causa como esta: Demetrio de Falero, que estaba al frente de las bibliotecas del rey, se afanaba por reunir, de ser posible, todos los libros del mundo, y los compraba dondequiera que oyese de alguno digno de estima; secundaba así el propósito del rey, que sentía particular pasión por la colección de libros y por lo bello. Preguntándole una vez Tolomeo cuántas decenas de miles de libros tenía ya reunidos, respondió que de los que había unos veinte mil, y que en poco tiempo llegaría a juntar cincuenta mil.
Le dijo, además, que se le había informado de que también entre los judíos había muchos escritos de sus leyes, dignos de estudio y de la biblioteca real, pero que, redactados en los caracteres y la lengua de aquellos, les darían no poco trabajo para verterlos al griego. Pues su escritura parece semejante, por su rasgo propio, a la de las letras de los sirios, y su sonido resuena parecido al de ellas, aunque en realidad es de índole particular. Nada impedía, pues —decía—, verter también estos textos, ya que, contando con abundantes medios para ello, podría tener en la biblioteca igualmente los de aquel pueblo. El rey, juzgando que Demetrio le aconsejaba de modo excelente, pues él ambicionaba una gran cantidad de libros, escribe al sumo sacerdote de los judíos para que aquello se llevara a cabo.
Un tal Aristeo, que se contaba entre los amigos más íntimos del rey y a quien este apreciaba por su mesura, muchas veces antes había pensado en pedir al rey que liberase a cuantos judíos cautivos había en su reino; y juzgando que aquella era ocasión propicia para la súplica, habla primero de ello con los jefes de la guardia personal, Sosibio el tarentino y Andreas, pidiéndoles que le apoyaran en lo que iba a solicitar al rey. Aristeo, tras obtener también el parecer favorable de los ya mencionados, se acercó al rey y le dirigió estas palabras:
«No conviene, oh rey, que dejemos pasar las cosas engañándonos, sino que saquemos a la luz la verdad. Pues, habiendo decidido no solo transcribir las leyes de los judíos, sino también traducirlas para tu complacencia, ¿con qué razón lo haríamos mientras muchos judíos viven esclavos en tu reino? Líbralos de su desdicha, obrando conforme a tu propia grandeza de ánimo y bondad, pues quien rige tu reino es el Dios que estableció sus leyes para ellos, según pude aprender tras mucho indagar. Pues al Dios que compuso todas las cosas lo veneramos tanto ellos como nosotros, llamándolo Zena, nombre que le dimos con propiedad por infundir él la vida a todos. Por eso, en honor de Dios, restituye a quienes han hecho de su culto hacia él algo excepcional, a esos que han quedado privados de su patria y de la vida que en ella llevaban. Pero has de saber, oh rey, que no pido esto por ellos por ser de su linaje ni de su mismo pueblo, sino porque todos los hombres son hechura de Dios; y, sabiendo que él se complace en quienes obran el bien, a ello también te exhorto.»
Dicho esto por Aristeo, el rey, alzando la mirada hacia él con rostro alegre y risueño, dijo: «¿Cuántas decenas de miles supones que serán los que se han de liberar?». Y respondiendo Andreas, que estaba allí presente, y diciendo que serían algo más de ciento diez mil, el rey exclamó: «¡Pequeño don es, pues, Aristeo, el que nos pides!». Mas como Sosibio y los presentes dijeran que le convenía, en consonancia con su propia magnanimidad, hacer una ofrenda de gratitud al Dios que le había concedido el reino, el rey, animado por ellos, ordenó que, al pagar a los soldados su soldada, se abonaran también ciento veinte dracmas por cada uno de los cautivos que aquellos tuvieran. Y prometió publicar sobre lo que pedían un edicto redactado con magnificencia, que confirmara la propuesta de Aristeo y, antes que ella, la voluntad de Dios, en virtud de la cual —dijo— liberaría no solo a los que su padre había traído y a los de aquel ejército, sino también a los que ya estaban de antes en el reino y a cuantos hubieran sido introducidos después. Cuando le dijeron que el rescate ascendería a más de cuatrocientos talentos, lo concedió, y se resolvió conservar la copia del decreto como muestra de la grandeza de alma del rey. Era del tenor siguiente:
«Todos aquellos que, habiendo hecho campaña con nuestro padre, invadieron Siria y Fenicia y, sometida Judea, apresaron personas y las trajeron cautivas a nuestras ciudades y a nuestro territorio y allí las vendieron —así como quienes ya estaban antes de ellos en mi reino, y cuantos hayan sido introducidos ahora—, sean liberados por quienes los retengan, recibiendo por cada persona ciento veinte dracmas: los soldados, junto con su soldada; los demás, cobrando el rescate de la mesa real. Pues considero que fueron hechos cautivos tanto contra la intención de mi padre como contra lo justo, y que su tierra fue devastada por la insolencia de la soldadesca, y que del traslado de ellos a Mitsraim les vino a los soldados mucho provecho. Así pues, atendiendo a la justicia y compadeciendo a los que han sido oprimidos más allá de lo debido, ordeno que se libere a los judíos que se hallan en servidumbre, recibiendo por ellos sus dueños la suma antes fijada por cabeza; y que nadie cometa fraude en esto, sino que obedezca lo mandado. Quiero que las declaraciones se hagan, dentro de los tres días siguientes a la promulgación de esto, ante los funcionarios encargados de ellos, presentando de inmediato también a las personas; pues juzgo que ello conviene a mis propios intereses. Denuncie quien quiera a los que desobedezcan, cuyos bienes quiero que pasen a la propiedad real.»
Al leerse este decreto ante el rey, que lo contenía todo salvo que faltaba únicamente precisar acerca de los judíos introducidos antes y después, él mismo, con magnanimidad, añadió también respecto de estos la cláusula benévola, y mandó que la entrega del dinero, que se hacía en una sola suma, se repartiera entre los agentes de los asuntos públicos y los banqueros reales. Hecho esto, en siete días en total llegó pronto a término lo dispuesto por el rey, y los rescates ascendieron a más de cuatrocientos sesenta talentos; pues los dueños cobraban también por los niños de pecho las ciento veinte dracmas, ya que el rey había ordenado dar por estos igualmente, al haber prescrito que se recibiera lo antes dicho por cada persona.
Cumplido esto con magnificencia según la voluntad del rey, mandó a Demetrio presentar también el dictamen sobre la copia de los libros judíos; pues nada gestionaban los reyes a la ligera, sino que todo lo hacían con sumo cuidado. Por eso se han consignado la copia del memorial y la de las cartas, así como la cantidad de ofrendas votivas enviadas y lo que se labró en cada una, de modo que resulte clarísima ante quienes las contemplen la gran obra del artífice, y por la excelencia de las piezas cada una dé a conocer de inmediato a su autor. La copia del memorial era esta:
«Al gran rey, de parte de Demetrio. Puesto que ordenaste, oh rey, tanto que se reunieran los escritos que aún faltan para completar la biblioteca, como que los deteriorados recibieran el cuidado necesario, habiendo puesto en ello todo mi empeño, te informo: nos faltan los libros de la legislación de los judíos, junto con otros; pues, escritos en caracteres hebreos y en la lengua de aquel pueblo, nos resultan ininteligibles. Y ha sucedido que se han copiado con menos cuidado del debido, por no haber contado con la solicitud real. Es preciso que también estos textos se conserven con exactitud junto a ti; pues esta legislación es más filosófica e intacta, como que es de Dios. Por eso también Hecateo de Abdera dice que ni los poetas ni los autores de historias hicieron mención de ella, ni de los varones que gobernaron su vida pública conforme a ella, por ser cosa sagrada que no debía ser divulgada por bocas profanas. Si te parece bien, pues, oh rey, escribirás al sumo sacerdote de los judíos para que envíe a seis de los ancianos de cada tribu, los más versados en las leyes, de quienes, tras aprender a fondo la claridad y la concordancia de los libros y alcanzar la exactitud en la traducción de su contenido, reunamos estos textos de manera digna de tu propósito.»
Presentado tal memorial, el rey ordenó que se escribiera a Elazar, el sumo sacerdote de los judíos, acerca de estos asuntos, informándole al mismo tiempo de la liberación de los judíos que entre ellos vivían esclavizados; y para la fabricación de crateras, copas y vasos de libación envió oro por peso de cincuenta talentos y una cantidad incalculable de piedras preciosas. Ordenó también a los guardianes de los cofres en que estaban las piedras que dejaran la elección a los propios artífices, de la clase que quisieran. Dispuso, además, que se dieran al sacerdote hasta cien talentos en moneda, para los sacrificios y las demás necesidades. Describiré las piezas y el modo de su elaboración después de exponer primero la copia de la carta escrita a Elazar, el sumo sacerdote, que llegó a este honor por una causa como esta:
Al morir el sumo sacerdote Onías, le sucedió su hijo Shimón, llamado también «el Justo» por su piedad hacia Dios y su benevolencia hacia sus compatriotas. Cuando este murió y dejó un hijo pequeño llamado Onías, su hermano Elazar —de quien tratamos— recibió el sumo sacerdocio, y a él escribe Tolomeo de esta manera:
«El rey Tolomeo a Elazar, sumo sacerdote, salud. Puesto que muchos judíos se hallan asentados en mi reino —a quienes mi padre honró después de que fueran hechos cautivos por los persas cuando estos dominaban—, y a unos los alistó en el ejército con paga mayor, y a algunos que vinieron con él a Mitsraim les confió las fortalezas y su custodia, para que fueran temibles a los egipcios, yo, al hacerme cargo del gobierno, a todos traté con humanidad, pero sobre todo a tus conciudadanos, de los cuales liberé a más de cien mil cautivos que estaban en esclavitud, abonando el rescate a sus dueños de mi propio peculio. A los que estaban en la flor de la edad los incorporé al registro militar, y a algunos, capaces de estar a nuestro lado y merecedores de la confianza de la corte, los juzgué dignos de ella, pensando ofrecer a Dios, por su providencia sobre mí, esta ofrenda, la mayor de todas. Y deseando complacer también a estos y a todos los judíos del mundo entero, he resuelto traducir vuestra Torá y, transcrita del hebreo a letras griegas, tenerla depositada en mi biblioteca. Harás bien, pues, en elegir varones probos, seis de cada tribu, ya ancianos, que tanto por su edad conozcan bien las leyes como puedan hacer exacta la traducción de estas; pues creo que, cumplido esto, nos resultará la mayor gloria. Te he enviado, para tratar de estos asuntos, a Andreas, jefe de mi guardia personal, y a Aristeo, muy queridos por mí, por medio de quienes te he mandado también, como primicias de ofrendas votivas para el santuario y para los sacrificios y lo demás, cien talentos de plata. Y tú, escribiéndonos acerca de cuanto desees, nos harás un favor.»
Llegada la carta del rey a Elazar, le responde con la mayor cortesía posible: «El sumo sacerdote Elazar al rey Tolomeo, salud. Si tú, la reina Arsínoe y los hijos gozáis de salud, todo nos va bien. Al recibir la carta, nos alegramos grandemente por tu propósito, y reunida la multitud, se la leímos, mostrándoles la piedad que tienes hacia Dios. Les mostramos también las copas que enviaste, veinte de oro y treinta de plata, y cinco crateras, y una mesa para la consagración, y los cien talentos para los sacrificios y para la reparación de cuanto el santuario pudiera necesitar, que trajeron Andreas y Aristeo, los más honrados de tus amigos, varones probos, sobresalientes por su cultura y dignos de tu virtud. Has de saber que soportaremos lo que a ti te convenga, aunque sea algo contrario a la naturaleza; pues debemos corresponder a tus beneficios, prodigados de tantas maneras a nuestros conciudadanos. Al punto, pues, por ti, por tu hermana, por tus hijos y amigos ofrecimos sacrificios, y la multitud hizo votos por que las cosas te salgan conforme a tu deseo, por que tu reino se conserve en paz y por que la copia de la Torá alcance, en tu provecho, el fin que te propones. He escogido a seis ancianos de cada tribu, que te hemos enviado portando la Torá. Propio de tu piedad y de tu justicia será devolvernos la Torá una vez copiada, con garantía de seguridad para quienes la lleven. Que estés bien.»
Esto respondió por escrito el sumo sacerdote. A mí, en cambio, no me pareció necesario dar a conocer los nombres de los setenta ancianos que llevaron la Torá, enviados por Elazar; pues iban consignados al pie de la carta. Con todo, la riqueza y la hechura de las ofrendas votivas que el rey envió a Dios no he juzgado impropio describirlas, para que a todos se haga patente el celo del rey por Dios; pues él, aportando sin tacañería el gasto para ellas y estando siempre junto a los artífices y vigilando las obras, no permitió que ninguna de las piezas se hiciera con descuido ni con desidia. De ellas describiré cómo era cada una en su suntuosidad —quizá la historia no exija ese relato, pero supongo que así presentaré a mis lectores el amor del rey por lo bello y su grandeza de espíritu.
Primero expondré lo relativo a la mesa. Tenía el rey el propósito de hacer aquella pieza de dimensiones descomunales, mas ordenó averiguar el tamaño de la mesa consagrada en Yerushaláyim, cuánto medía y si podía hacerse otra mayor que ella. Enterado de cuán grande era la existente y de que nada impedía hacer otra mayor, dijo que quería fabricar una hasta cinco veces mayor que aquella; pero temía que, por lo desmesurado del tamaño, quedara inservible para los oficios, pues quería que las ofrendas no solo estuvieran expuestas para ser contempladas, sino que también fueran útiles para el culto. Y considerando por ello que la mesa anterior se había hecho de tamaño proporcionado, y no por escasez de oro, resolvió no superar en tamaño a la ya existente, sino hacerla más notable por la variedad y la belleza del material. Y como era hábil para captar la naturaleza de toda clase de cosas y para concebir obras nuevas y sorprendentes, y aportaba él mismo, por su ingenio, la invención de cuanto no estaba prescrito y se lo indicaba a los artífices, mandó que se hicieran estas cosas y que también lo ya trazado se ejecutara del mismo modo, atendiendo a su exactitud.
Propuesto, pues, hacer la mesa de dos codos y medio de largo, uno de ancho y uno y medio de alto, la labraron toda de oro, ejecutando en oro toda la base de la obra. El borde lo hicieron de un palmo, y las molduras retorcidas, con un relieve en forma de cordón admirablemente imitado por el cincelado en los tres lados. Pues, siendo triangulares, cada ángulo tenía la misma disposición del repujado, de modo que, al girarlos, una sola forma, y no distinta, se veía en torno. De ese borde, la parte inclinada hacia abajo, bajo la mesa, tenía una hermosa factura, pero la vuelta hacia fuera estaba trabajada con aún mayor belleza de ejecución, por venir a la vista y a la contemplación. Por eso la arista de ambas partes resultaba aguda, y ninguno de los tres ángulos, como antes dijimos, se veía menor al mover la mesa. Engastadas en los cordones del cincelado había piedras preciosas dispuestas en fila paralela, sujetas mediante clavijas de oro que pasaban por unos orificios.
Las partes del costado del borde, que se elevaban hacia la vista, estaban adornadas con una disposición de óvalos hechos de piedra bellísima, semejantes en el relieve a estrías apretadas, que rodeaban en corona el contorno de la mesa. Bajo la figura de los óvalos, los artífices hicieron correr en torno una guirnalda cincelada con la naturaleza de todo género de frutos, de suerte que colgaban racimos, se erguían espigas y se cerraban granadas. Y labraron las piedras según cada una de las mencionadas clases de frutos, de modo que en cada una quedara impreso su color propio, y las engarzaron con el oro alrededor de toda la mesa. Bajo la guirnalda se dispusieron igualmente los óvalos y el relieve de las estrías, pues la mesa se fabricó de manera que a ambos lados presentara la misma vista de la variedad y primor de las labores, de suerte que también la colocación de las demás molduras y la del borde no fuera distinta a uno y otro lado de la mesa, sino que la misma apariencia de la ejecución se extendiera hasta los pies. Pues, hecha una lámina de oro de cuatro dedos de ancho a lo largo de toda la anchura de la mesa, encajaron en ella los pies; luego, con clavijas y trabas, los sujetaron firmemente a la mesa por el borde, para que ofrecieran la misma vista de novedad y suntuosidad por cualquier lado en que se colocara la mesa.
Sobre la mesa grabaron un meandro, engastando en su parte central piedras notables, como estrellas de aspecto variado: el carbunclo y la esmeralda, que despedían cada uno un resplandor gratísimo a los que las miraban, y de las demás clases cuantas son muy apreciadas y codiciadas por todos por lo precioso de su naturaleza. Tras el meandro corría en torno cierta trenza en forma de cordón, semejante en su parte central a un rombo, sobre la que estaban engastados el cristal de roca y el ámbar, que, por la vecindad paralela de sus aspectos, brindaban un deleite maravilloso a quienes los contemplaban. Los capiteles de los pies estaban imitados en forma de lirios, cuyas hojas se doblaban hacia atrás por debajo de la mesa, mientras que por dentro dejaban ver su brote erguido hacia arriba. Su base era de piedra carbunclo, de un palmo, con forma de pedestal, y tenía ocho dedos de ancho, y sobre ella se apoyaba toda la lámina de los pies. Cincelaron cada uno de los pies con labor menuda y muy esmerada, haciendo brotar en ellos hiedra y sarmientos de vid junto con racimos, de suerte que uno juzgaría que en nada quedaban por debajo de lo real; pues, al moverse con el viento por su finura y por extenderse hasta la punta, daban la impresión de cosas naturales antes que de imitaciones del arte. Idearon fabricar la forma de toda la mesa, por así decir, en tres piezas, con la ensambladura de las partes entre sí tan trabada que las junturas resultaban invisibles y ni siquiera cabía imaginarlas. Y el grosor de la mesa venía a ser no menor de medio codo.
Esta ofrenda, pues, conforme a la gran ambición del rey, quedó así rematada por lo costoso del material, la variedad de la belleza y la imitación del cincelado de los artífices, empeñado el rey en que, aunque no fuera a diferir en tamaño de la mesa consagrada antes a Dios, resultara con mucho superior y admirable por el arte, la novedad y el esplendor de su hechura. De las crateras, dos eran de oro y tenían, desde la base hasta la faja central, un cincelado en forma de escamas, con piedras de diversos colores engastadas en las espirales. Luego, sobre ella, se ejecutó un meandro de un codo de alto, compuesto de piedras de toda apariencia, y sobre este se grabó un estriado, encima del cual una trenza romboidal, semejante a redes, ascendía hasta el labio; y las partes centrales las colmaban de belleza unos pequeños escudos de piedra, de cuatro dedos cada uno. Los labios de la cratera estaban coronados en torno con lirios, sus zarcillos, florecillas y cordones de racimos ceñidos en círculo. Las dos crateras de oro, pues, cada una con capacidad de un ánfora, las fabricaron de este modo; en cambio, las de plata habían quedado mucho más lustrosas que el brillo de los espejos, de suerte que a través de ellas se veían con mayor nitidez los rostros de quienes se acercaban.
Además de estas, el rey mandó hacer también treinta copas, en las cuales, dondequiera que era oro y no estaba interrumpido por piedra preciosa, se hallaban sombreadas con zarcillos de hiedra y hojas de vid cinceladas con arte. Estas obras resultaron así tanto por la pericia de los operarios, admirables en el oficio, como, mucho más, por el celo y la ambición del rey, que las llevaron a una perfección sobresaliente; pues no solo proveía a los artífices con abundancia generosa y magnánima, sino que también, dejando de lado la gestión de los asuntos públicos, se hallaba en persona junto a quienes fabricaban las piezas y vigilaba toda la labor. Y esta fue la causa del esmero de los artífices, quienes, mirando al rey y a su afán, se aplicaban a las obras con mayor diligencia.
Estas fueron las ofrendas enviadas a Yerushaláyim por Tolomeo. El sumo sacerdote Elazar, tras consagrarlas, honrar a quienes las habían traído y entregar presentes para que los llevaran al rey, los despidió de regreso hacia el rey. Al llegar a Alejandría, Tolomeo, al oír de su presencia y de que habían venido los setenta ancianos, manda llamar de inmediato a los embajadores Andreas y Aristeo. Estos, presentándose, le entregaron las cartas que le traían de parte del sumo sacerdote y le expusieron todo cuanto aquel les había encargado transmitir de palabra. Impaciente por entrevistarse con los ancianos venidos de Yerushaláyim para la traducción de las leyes, ordenó despedir a los demás, que se hallaban presentes por diversos asuntos, cosa insólita y contraria a la costumbre; pues los que acudían por tales motivos se le presentaban al quinto día, y los embajadores solo al cabo de un mes; entonces, no obstante, despidió a aquellos y aguardó a los enviados por Elazar.
Cuando entraron los ancianos con los presentes que el sumo sacerdote les había dado para llevar al rey, y con los pergaminos en que tenían escritas las leyes en letras de oro, les preguntó acerca de los libros. Cuando, tras descubrirlos de sus envolturas, se los mostraron, el rey, admirado de la finura de las membranas y de lo imperceptible de las junturas —pues con tal maestría estaban ensambladas—, y habiéndolo contemplado largo rato, dijo que daba las gracias a ellos por haber venido, y mayores gracias a quien los enviaba, y, por encima de todo, a Dios, de quien resultaban ser aquellas leyes. Al exclamar a una voz los ancianos y cuantos allí estaban que le sobrevinieran bienes al rey, este, por exceso de gozo, prorrumpió en lágrimas, pues la naturaleza, en la gran alegría, experimenta también las señales propias de las penas.
Tras ordenar que los libros se entregaran a los encargados de su disposición, saludó entonces a los varones, diciendo que era justo hablar primero de aquello para lo cual los había mandado llamar y solo después dirigirse a ellos. Prometió hacer célebre el día en que habían llegado hasta él y señalarlo cada año a lo largo de toda su vida; pues coincidía con el de su llegada la fecha de la victoria que había obtenido sobre Antígono en una batalla naval. Ordenó, además, que banquetearan con él y dispuso que se les dieran los más hermosos alojamientos, junto a la ciudadela.
El encargado de la recepción de los extranjeros, Nicanor, llamando a Doroteo, que tenía a su cargo estos asuntos, le mandó preparar para cada uno lo necesario para su manutención. Así lo había dispuesto el rey: pues en cada ciudad, cuantos observaban las mismas costumbres en cuanto a la alimentación, de ellos se ocupaba, y conforme al uso de quienes venían a él, todo se lo preparaba, para que, agasajados según su modo habitual de vivir, disfrutaran más y por nada se sintieran molestos como ante algo ajeno. Y así ocurrió también con estos, quedando Doroteo puesto al frente de ellos por su exactitud en lo tocante a su régimen de vida. Dispuso por sí mismo todo lo relativo a tales recepciones e hizo los divanes en dos secciones, así por mandato del rey; pues ordenó que la mitad de ellos se reclinara a su lado y los demás detrás de su propio diván, sin omitir nada del honor debido a aquellos varones.
Cuando se hubieron reclinado así, ordenó a Doroteo servir conforme a las costumbres que observaban de continuo todos los que habían venido a él desde Judea. Por eso prescindió de los heraldos sagrados, de los sacrificadores y de los demás que solían pronunciar las plegarias, y a uno de los presentes, de nombre Elishá, que era sacerdote, le pidió el rey que dijera las bendiciones. Este, puesto en pie en medio, oró por bienes para el rey y para los gobernados por él; luego se alzó de todos un aplauso con alegría y clamor, y, cesando, se dieron al banquete y al disfrute de cuanto se había preparado. El rey, tras dejar pasar el tiempo que le pareció ocasión suficiente, se puso a filosofar y preguntaba a cada uno de ellos cuestiones de filosofía natural; y como aquellos varones aclaraban con exactitud, en el examen de lo indagado, cuanto se les proponía acerca de cualquier tema, complacido con ellos prolongó el simposio durante doce días, de suerte que quien quiera conocer en detalle las cuestiones tratadas en aquel simposio puede aprenderlas leyendo el libro de Aristeo, que él compuso a propósito de esto.
Como no solo el rey se admiraba de ellos, sino que también Menedemo el filósofo afirmó que todas las cosas se rigen por la providencia y que por eso era verosímil que en ellos se hallaran también la fuerza y la belleza del discurso, dejaron de indagar sobre estos asuntos. Dijo el rey que el mayor de los bienes le había llegado ahora que ellos estaban presentes; pues se había beneficiado de ellos al aprender cómo se debe reinar. Y ordena que se les den tres talentos a cada uno, así como quienes los reintegraran a su alojamiento.
Pasados tres días, Demetrio los tomó consigo y, recorriendo el dique de siete estadios que se adentraba en el mar hasta la isla y cruzando hacia el puente, avanzó hacia las partes septentrionales y celebró la reunión en la casa edificada junto a la orilla, bien dispuesta, por su quietud, para la deliberación de los asuntos. Llevados allí, los exhortó a que, teniendo a mano cuanto pudieran necesitar para la traducción de la Torá, llevaran a cabo la obra sin estorbo. Ellos, con el mayor afán y esmero posibles, haciendo exacta la traducción, permanecían en ello hasta la hora novena; luego se retiraban al cuidado del cuerpo, provistos con abundancia de cuanto atañía a su manutención, y aportándoles además Doroteo muchas de las cosas que se preparaban para el rey, pues así lo había ordenado. De madrugada acudían a la corte y saludaban a Tolomeo; luego volvían de nuevo al mismo lugar y, lavándose las manos en el mar y purificándose, se entregaban así a la traducción de las leyes.
Copiada la Torá y llegado a término el trabajo de la traducción en setenta y dos días, Demetrio, reuniendo a todos los judíos en el lugar donde también se habían traducido las leyes, en presencia de los traductores, se las leyó. La multitud dio su aprobación a los ancianos que habían aclarado la Torá, y elogió a Demetrio por su iniciativa, como que había venido a ser el descubridor de grandes bienes para ellos; y le pidieron que diera también a sus dirigentes la Torá para leerla. Y todos solicitaron —el sacerdote, los ancianos de entre los traductores y los que estaban al frente de la comunidad—, puesto que la traducción se había concluido bien, que aquello permaneciera tal como estaba y no se alterara. Aprobada por todos la propuesta, ordenaron que, si alguien viese algo superfluo añadido a la Torá o algo que faltase, lo examinara de nuevo, lo pusiera de manifiesto y lo corrigiera —obrando con prudencia en esto, para que lo una vez bien juzgado permaneciera bien para siempre.
El rey, pues, se alegró también de esto, al ver cumplido su propósito en algo provechoso, y sobre todo, cuando le leyeron las leyes, quedó pasmado del entendimiento y la sabiduría del legislador, y se puso a hablar con Demetrio de cómo, siendo tan admirable aquella legislación, ninguno de los historiadores ni de los poetas había hecho mención de ella. Demetrio dijo que nadie se había atrevido a poner mano en la transcripción de estas leyes, por ser cosa divina y venerable, y que algunos que ya lo habían intentado habían sido castigados por Dios, mostrando que Teopompo, por haber querido consignar algo acerca de estos asuntos, se vio perturbado en su mente por más de treinta días, y en las treguas de la dolencia trataba de aplacar a Dios, sospechando que de ahí le venía el trastorno; y aún más, tuvo un sueño en que se le revelaba que aquello le sucedía por entrometerse en las cosas divinas y querer divulgarlas a hombres comunes; y que, tras desistir, recobró la razón. Reveló también, acerca de Teodectes, el poeta de tragedias, que se cuenta que, habiendo querido mencionar en cierto drama cosas escritas en el libro sagrado, se le nubló la vista con cataratas, y que, reconociendo la causa, quedó libre del mal tras haber aplacado a Dios.
El rey recibió estos libros de manos de Demetrio, como ya se ha dicho, y después de inclinarse ante ellos ordenó que se cuidaran con esmero, para que se conservaran puros, y rogó a los traductores que fueran a visitarlo con frecuencia desde Judea —pues eso, les dijo, les convendría tanto por la honra que recibirían de él como por el provecho de sus regalos—. Justo era ahora despedirlos, añadió, pero si volvían a él por voluntad propia obtendrían cuanto merece su sabiduría y es capaz de dar su generosidad.
Entonces, pues, los despidió, dando a cada uno tres vestiduras espléndidas, dos talentos de oro, una copa de un talento y el lecho del banquete.
Todo esto se lo regaló para que lo conservaran. Y al sumo sacerdote Elazar le envió por medio de ellos diez lechos con pies de plata y su ajuar correspondiente, una copa de treinta talentos y, además, diez vestiduras, púrpura, una corona magnífica y cien piezas de lino finísimo; y aún más, tazas, fuentes y vasos para libaciones, y dos crateras de oro para ofrenda. Le rogó también por carta que, si algunos de aquellos hombres quisieran venir a él, se lo permitiera, pues tenía en mucho el trato con personas instruidas y con gusto gastaba su riqueza en gente así. Tales fueron las muestras de gloria y honra que los judíos recibieron de Tolomeo Filadelfo.
Recibieron también honra de los reyes de Asia, porque habían servido en sus ejércitos. En efecto, Seleuco Nicátor, en las ciudades que fundó en Asia, en la baja Siria y en la propia metrópoli de Antioquía, los consideró dignos de la ciudadanía y los declaró iguales en derechos a los macedonios y griegos allí asentados, de modo que esa ciudadanía perdura todavía hoy.
Cómo los reyes de Asia honraron a la nación de los judíos y la hicieron ciudadana de las ciudades que fundaron
Prueba de ello es lo siguiente: como los judíos no querían usar aceite de extranjeros, ordenó que recibieran de los gimnasiarcas cierta cantidad fija de dinero por el valor del aceite. Y cuando el pueblo de Antioquía quiso abolir ese privilegio en la guerra actual, Muciano, que era entonces gobernador de Siria, lo mantuvo.
Y más tarde, cuando Vespasiano y su hijo Tito se hicieron dueños del mundo, los alejandrinos y los antioquenos pidieron que los derechos de ciudadanía dejaran de valer para los judíos, y no lo consiguieron.
De aquí puede uno advertir la equidad y magnanimidad de los romanos, y sobre todo la de Vespasiano y Tito: pues, aunque habían padecido mucho en la guerra contra los judíos y estaban amargamente dispuestos hacia ellos —porque no les entregaron las armas, sino que resistieron combatiendo hasta el final—, no les quitaron nada de lo que poseían según la ciudadanía mencionada. Dominaron a la vez su cólera anterior y las súplicas de los alejandrinos y los antioquenos, pueblos poderosísimos, de modo que ni por favor hacia estos ni por aborrecimiento hacia aquellos a quienes habían combatido cedieron a suprimir ninguna de las antiguas prerrogativas de los judíos. Antes bien, declararon que quienes habían tomado las armas contra ellos y llegado a la batalla ya habían pagado su castigo, y no juzgaban justo privar de sus bienes a quienes en nada habían delinquido.
Sabemos que Marco Agripa pensó algo semejante acerca de los judíos. Pues cuando los jonios se agitaron contra ellos y pidieron a Agripa que solo ellos gozaran de la ciudadanía que les había dado Antíoco, nieto de Seleuco, el llamado Dios entre los griegos, exigiendo que, si los judíos eran parientes suyos, veneraran a sus dioses —planteado el pleito sobre esto, vencieron los judíos y conservaron el uso de sus propias costumbres, con la defensa de Nicolao de Damasco, pues Agripa dictaminó que no le estaba permitido innovar nada—. Si alguien quiere conocer el detalle con exactitud, lea los libros centésimo vigésimo tercero y vigésimo cuarto de Nicolao. En cuanto a lo juzgado por Agripa, quizá no haya de qué asombrarse, pues nuestra nación no estaba entonces en guerra con los romanos.
Pero de la magnanimidad de Vespasiano y Tito bien puede uno quedar asombrado, ya que, después de guerras y luchas tan grandes como las que sostuvieron contra nosotros, se mostraron moderados. Volveré el relato al punto de donde me desvié hacia esto.
Los judíos, cuando Antíoco el Grande reinaba sobre Asia, tuvieron que padecer mucho, con su tierra devastada, y lo mismo los habitantes de Celesiria. Pues mientras él guerreaba contra Tolomeo Filopátor y contra su hijo Tolomeo, apodado Epífanes, les tocaba sufrir, y ya venciera él o fracasara, ellos padecían igual —de suerte que no se diferenciaban en nada de una nave sacudida por la tempestad y castigada por el oleaje de ambos lados, colocados como estaban entre la prosperidad de Antíoco y los reveses de su fortuna—. Con todo, Antíoco, tras vencer a Tolomeo, se anexionó Judea. Muerto Filopátor, su hijo envió un gran ejército y, como general, a Escopas contra los de Celesiria, quien tomó muchas de sus ciudades y también a nuestra nación, que, atacada, se le sometió.
No mucho después, Antíoco derrota a Escopas, trabando combate con él junto a las fuentes del Yardén, y destruyó gran parte de su ejército. Más tarde, cuando Antíoco sometió las ciudades de Celesiria que Escopas había ocupado, y también Shomrón, los judíos se le unieron por voluntad propia, lo recibieron en la ciudad, dieron abundante provisión a todo su ejército y a sus elefantes, y combatieron con entusiasmo a su lado cuando asediaba a la guarnición que Escopas había dejado en la ciudadela de Yerushaláyim.
Así pues, Antíoco, juzgando justo recompensar el celo y la generosidad de los judíos hacia él, escribe a sus generales y amigos dando testimonio a favor de los judíos por el bien que había recibido de ellos y declarando las mercedes que había resuelto concederles por ello. Expondré las cartas escritas a los generales acerca de ellos, después de mostrar cómo confirma estas palabras nuestras Polibio de Megalópolis; pues en el libro decimosexto de sus Historias dice así: «Escopas, general de Tolomeo, lanzándose a las regiones altas, sometió en el invierno a la nación de los judíos.» Y dice, en el mismo libro, que, vencido Escopas por Antíoco, este tomó Batanea, Shomrón, Abila y Gádara, y que poco después se le unieron también los judíos que habitaban en torno al Templo llamado Yerushaláyim; sobre lo cual, aunque tenemos más que decir —y en especial acerca de la manifestación que ocurrió en el Templo—, aplazaremos el relato para otra ocasión. Esto refirió Polibio. Nosotros volveremos el relato a la narración, tras exponer primero las cartas del rey Antíoco.
«El rey Antíoco saluda a Tolomeo. Los judíos, que ya desde el momento en que pusimos pie en su tierra mostraron su buena disposición hacia nosotros —y que, al llegar nosotros a la ciudad, nos recibieron espléndidamente y salieron a nuestro encuentro con el consejo de ancianos, y proveyeron abundante suministro a los soldados y a los elefantes, y ayudaron además a expulsar de la ciudadela a la guarnición de los egipcios—, hemos considerado justo, por nuestra parte, recompensarles todo esto y restaurar su ciudad, arruinada por los desastres de las guerras, y repoblarla reuniendo de nuevo a los que se habían dispersado. En primer lugar hemos decidido, por su piedad, asignarles para los sacrificios una provisión de animales aptos para el sacrificio, de vino, de aceite y de incienso —veinte mil piezas de plata—; y de flor de harina sagrada, conforme a la ley del país, en artabas; de trigo, mil cuatrocientos sesenta medimnos, y de sal, trescientos setenta y cinco medimnos.
Quiero que se les pague todo esto, según he ordenado, y que se termine la obra del Templo —los pórticos y cualquier otra cosa que fuera menester edificar—; y que la madera se traiga de la misma Judea, de las demás naciones y del Líbano, sin cobrarse impuesto alguno. Y lo mismo para lo demás en que hiciera falta hacer más notable la reparación del Templo.
Que todos los del pueblo se gobiernen según las leyes de sus padres, y que el consejo de ancianos, los sacerdotes, los escribas del Templo y los cantores sagrados queden exentos del impuesto que pagan por cabeza, del tributo de la corona y del que grava lo demás.
Y para que la ciudad se repueble más pronto, concedo a los que ahora la habitan y a los que bajen a ella hasta el mes de Hiperbereteo que estén exentos de tributos por espacio de tres años. Los eximimos también en adelante de la tercera parte de los tributos, para que se repare su daño. Y a cuantos, arrebatados de la ciudad, están esclavizados, tanto a ellos mismos como a los nacidos de ellos los dejamos libres, y ordenamos que se les devuelvan sus bienes.»
Esto contenía la carta. Y honrando el Templo, promulgó además por todo el reino un edicto que decía así: «Que a ningún extranjero le sea permitido entrar en el recinto del Templo vedado a los judíos, salvo a aquellos a quienes, purificados, la costumbre lo consiente conforme a la ley de sus padres. Que no se introduzca en la ciudad carne de caballo, ni de mulo, ni de asnos salvajes o domésticos, ni de leopardos, zorras o liebres, ni en general de ninguno de los animales prohibidos a los judíos; que tampoco se permita meter sus pieles, ni criar ninguno de estos animales en la ciudad; solo con las víctimas de sus antepasados, de las que también hay que ofrecer sacrificio grato a Dios, se les permite servirse. Quien traspase alguna de estas normas, pague a los sacerdotes tres mil dracmas de plata.»
Escribió también dando testimonio de nuestra piedad y fidelidad cuando supo que Frigia y Lidia estaban en rebeldía, en el tiempo en que se hallaba en las satrapías altas, ordenando a Zeuxis, su general y uno de sus más íntimos amigos, que enviara a algunos de los nuestros desde Bavel a Frigia.
Escribe así: «El rey Antíoco saluda a Zeuxis, su padre. Si estás bien, me alegro; yo mismo también estoy con salud. Al enterarme de que los de Lidia y Frigia estaban en rebeldía, juzgué que esto exigía de mí gran atención, y, tras deliberar con mis amigos sobre lo que había que hacer, me pareció bien trasladar a las fortalezas y a los puntos más necesarios dos mil familias de los judíos de Mesopotamia y de Bavel, con su ajuar. Pues estoy persuadido de que serán guardianes leales de nuestros intereses por su piedad hacia Dios, y sé que nuestros antepasados dan testimonio de su fidelidad y de su buena disposición para aquello a que se les llama. Quiero, por tanto, aunque el traslado sea trabajoso, que, según lo prometido, se rijan por sus propias leyes.
Y cuando los hayas llevado a los lugares dichos, darás a cada uno terreno para construir casas y tierra para el cultivo y la plantación de viñas, y los dejarás exentos de tributo sobre los frutos de la tierra por diez años. Que se les mida también trigo para el sustento de sus servidores, hasta que reciban los frutos de la tierra; y désele lo suficiente a quienes sirven en las tareas necesarias, para que, al recibir nuestra benevolencia, se muestren más diligentes en nuestros asuntos. Y cuida de la nación, en la medida de lo posible, para que nadie la moleste.» Sobre la amistad de Antíoco el Grande hacia los judíos baste con estos testimonios.
Cómo Antíoco hizo alianza con Tolomeo, y cómo Onías provocó la ira de Tolomeo Evérgetes, y cómo Yosef lo arregló todo de nuevo y entró en amistad con él, y qué otras cosas hicieron Yosef y su hijo Hircano
Después de esto, Antíoco hizo amistad y tratado con Tolomeo y le da a su hija Cleopatra en matrimonio, cediéndole Celesiria, Shomrón, Judea y Fenicia a título de dote. Repartidos los tributos entre los dos reyes, cada uno de los notables compraba el derecho de recaudar los impuestos de su propia patria, y, reuniendo la suma fijada, la pagaba a los reyes.
Por aquel tiempo los samaritanos, que prosperaban, hicieron mucho daño a los judíos, talando su territorio y arrebatando personas; y esto ocurrió bajo el sumo sacerdote Onías. Pues, muerto Elazar, tomó el sumo sacerdocio su tío Menashé, tras el cual, cuando este acabó su vida, recibió el cargo Onías, hijo de Shimón, el llamado el Justo; y Shimón era hermano de Elazar, como ya dije.
Este Onías era de mente estrecha y esclavo del dinero, y por eso, al no entregar el tributo que sus padres pagaban a los reyes de lo suyo en favor del pueblo —veinte talentos de plata—, movió a ira al rey Tolomeo Evérgetes, que era el padre de Filopátor.
Y enviando un embajador a Yerushaláyim, acusaba a Onías de no pagar los tributos y amenazaba con repartir su tierra en lotes si no la cobraba, y con enviar soldados a ocuparla. Al oír lo que venía del rey, los judíos quedaron consternados, pero a Onías nada de esto lo avergonzaba, por su avaricia.
Un tal Yosef, todavía joven de edad, pero que gozaba entre los habitantes de Yerushaláyim de fama de dignidad y de rectitud, hijo de Toviyá y nacido de la hermana del sumo sacerdote Onías —pues su madre le había avisado de la llegada del embajador, ya que él mismo se hallaba fuera, en Fícola, aldea de la que era oriundo—, vino a la ciudad y reprendió a Onías por no velar por la seguridad de los ciudadanos, sino querer exponer a la nación a peligros por retener el dinero, dinero por el cual —decía— había recibido la dirección del pueblo y alcanzado la honra del sumo sacerdocio. Y si tan enamorado estaba del dinero como para consentir en ver a su patria en peligro por él y a sus ciudadanos padeciendo cualquier cosa, le aconsejó que fuera al rey y le pidiera que le remitiera todo el dinero o una parte.
Como Onías respondiera que ni quería gobernar —y que, de ser posible, estaba dispuesto a deponer de buen grado el sumo sacerdocio— ni subiría al rey, pues nada le importaban estas cosas, Yosef le preguntó si le permitía ir como embajador ante Tolomeo en favor de la nación. Y habiéndole dicho que lo permitía, Yosef subió al Templo y, convocando a la multitud en asamblea, los exhortó a no turbarse ni temer por el descuido de su tío Onías hacia ellos, y les pidió que tuvieran el ánimo libre de la más sombría expectativa; pues él mismo prometía ir de embajador ante el rey y convencerlo de que en nada obraban mal.
Y la multitud, al oír esto, da gracias a Yosef; y él, bajando del Templo, acoge con hospitalidad al que había sido embajador de parte de Tolomeo y, obsequiándolo con regalos costosos y agasajándolo espléndidamente durante muchos días, lo despidió hacia el rey, diciéndole que él también lo seguiría. Pues se había vuelto aún más deseoso de partir hacia el rey, ya que el embajador lo había animado e incitado a ir a Mitsraim, prometiéndole que le haría obtener de Tolomeo todo cuanto necesitara; pues había amado en extremo su liberalidad y la dignidad de su carácter.
Y el embajador, al llegar a Mitsraim, refirió al rey la insensatez de Onías y le dio a conocer la bondad de Yosef, y que este iba a venir a él para interceder por las faltas de la multitud, pues era su protector. En efecto, con tal abundancia siguió empleando los elogios acerca del joven, que predispuso al rey y a su mujer Cleopatra a sentir afecto por Yosef aun antes de que llegara.
Yosef, enviando recado a sus amigos de Shomrón y tomando dinero prestado, y preparando lo necesario para el viaje —vestiduras, copas y bestias de carga—, y habiendo reunido para ello unas veinte mil dracmas, llegó a Alejandría.
Sucedió que por aquel tiempo subían todos los principales de las ciudades de Siria y Fenicia, y los magistrados, para la compra de los impuestos; pues cada año el rey los vendía a los poderosos de cada ciudad. Al ver, pues, estos a Yosef por el camino, se burlaban de su pobreza y su sencillez. Y cuando, llegado a Alejandría, oyó que Tolomeo estaba en Menfis, salió a su encuentro y se topó con él.
Estando el rey sentado en un carruaje con su mujer y con su amigo Atenión —este era el que había ido de embajador a Yerushaláyim y había sido hospedado por Yosef—, al verlo, Atenión al punto lo dio a conocer al rey, diciendo que este era aquel de quien, al volver de Yerushaláyim, le había hablado como de un joven bueno y de noble ambición.
Tolomeo lo saludó el primero e incluso lo invitó a subir al carruaje; y, ya sentado, empezó a quejarse de lo hecho por Onías. Pero él dijo: «Perdónalo por su vejez; pues no se te oculta del todo que a los ancianos y a los niños les suele ocurrir tener el mismo entendimiento. De nosotros, los jóvenes, lo tendrás todo, de modo que no haya de qué quejarse.»
Complacido por la gracia y el ingenio del joven, comenzó a amarlo más, como si ya lo hubiera puesto a prueba, hasta el punto de ordenarle residir en el palacio y tenerlo cada día a su propia mesa. Y estando el rey en Alejandría, los principales de Siria, al ver a Yosef sentado junto a él, lo llevaban a disgusto.
Llegado el día en que iban a venderse los impuestos de las ciudades, pujaban los que sobresalían en dignidad en sus patrias. Y ascendiendo a ocho mil talentos los impuestos de Celesiria, Fenicia y Judea junto con Shomrón, Yosef se adelantó y acusó a los compradores de haberse concertado para ofrecer al rey un precio pequeño por los impuestos, mientras él prometía dar el doble y remitir al rey los bienes de quienes delinquieran contra su casa; pues también esto se vendía junto con los impuestos.
Como el rey lo oyera con agrado y dijera que le adjudicaba la compra de los impuestos por aumentarle la renta, y le preguntara si tenía también quien lo avalara, respondió con mucha agudeza: «Daré —dijo— hombres buenos y honrados, de quienes no desconfiaréis.» Y al decirle el rey que dijera quiénes eran: «Te doy —dijo—, oh rey, a ti mismo y a tu mujer como avales por una y otra parte.» Y Tolomeo, riendo, se lo concedió sin fiadores.
Esto afligió mucho a los que habían venido de las ciudades a Mitsraim, por verse superados. Y cada uno regresó a su propia patria con vergüenza.
Yosef, tomando del rey dos mil soldados de a pie —pues había pedido recibir alguna ayuda, para poder forzar a los que en las ciudades lo despreciaran— y habiendo tomado prestados en Alejandría quinientos talentos de los amigos del rey, partió hacia Siria.
Y estando en Ascalón, al reclamar los tributos a los ascalonitas —como no quisieran dar nada, sino que encima lo ultrajaban—, prendió a sus principales, mató a unos veinte y envió al rey los bienes de ellos, reunidos en mil talentos, dándole a conocer también lo sucedido. Tolomeo, admirado de su ánimo y alabando lo hecho, le permite obrar como quiera. Al oír esto, los sirios quedaron aterrados y, teniendo como duro escarmiento de la desobediencia a los ascalonitas muertos, abriendo las puertas recibían de buen grado a Yosef y pagaban los tributos.
Y como también los escitopolitanos intentaran ultrajarlo y no pagarle los tributos, que antes pagaban sin discusión alguna, matando también a los principales de estos envió sus bienes al rey.
Habiendo reunido mucho dinero y hecho grandes ganancias con la compra de los impuestos, empleó lo que tenía en mantener el poder de que gozaba, juzgando prudente conservar el recurso y fundamento de su prosperidad de entonces con aquello mismo que había adquirido. Pues enviaba muchos regalos, con disimulo, al rey y a Cleopatra, a sus amigos y a todos los poderosos de la corte, comprando por medio de ellos su buena voluntad.
Gozó de esta prosperidad durante veintidós años, y llegó a ser padre de siete hijos de una sola mujer, y tuvo además, de la hija de su hermano Solimio, uno de nombre Hircano.
Se casa con ella por la siguiente razón. Habiendo ido una vez con su hermano a Alejandría —que llevaba también a su hija, ya en edad de casarse, para desposarla con alguno de los judíos de dignidad— y cenando en casa del rey, entró en el banquete una bailarina hermosa; y, prendado de ella, se lo confía a su hermano, rogándole —puesto que la ley entre los judíos prohíbe unirse a una mujer extranjera— que le encubriera la falta y, mostrándose buen servidor, se la procurara para saciar su deseo. El hermano, aceptando de buen grado el encargo, ataviando a su propia hija, la condujo de noche hasta él y la acostó a su lado. Y él, por la embriaguez, sin conocer la verdad, se une a la hija de su hermano; y, repetido esto muchas veces, la amó con más ardor. Y le dijo a su hermano que corría peligro de muerte por amar a una bailarina, la cual quizá el rey no le cedería. Al exhortarlo el hermano a no angustiarse, sino a gozar sin temor de la que amaba y a tenerla por esposa, y al declararle la verdad —que había preferido deshonrar a su propia hija antes que consentir en verlo a él caer en la vergüenza—, Yosef, alabándolo por su amor fraterno, se casó con su hija y engendró de ella un hijo, Hircano, como antes hemos dicho.
Siendo aún de trece años, este muchacho, el más joven, mostraba una valentía y una inteligencia naturales tales que despertaba una terrible envidia en sus hermanos, por ser muy superior y capaz de suscitar celos.
Queriendo Yosef saber cuál de sus hijos estaba bien dotado para la virtud, y enviando a cada uno, uno por uno, a los que entonces gozaban de fama como maestros, los demás, por pereza y flojedad para el trabajo, volvieron a él necios e ignorantes; y después de aquellos, al más joven, Hircano, dándole trescientas yuntas de bueyes, lo envió a dos días de camino, al desierto, a sembrar la tierra, tras esconder las correas de los yugos.
Él, llegado al lugar y sin tener las correas, desdeñó el parecer de los boyeros, que le aconsejaban enviar a alguien al padre a por las correas; y, juzgando que no debía perder la ocasión aguardando a los que fueran enviados, ideó algo digno de un estratega y superior a su edad. Pues, degollando diez yuntas, repartió la carne entre los trabajadores, y, cortando las pieles y haciendo correas, ató con ellas los yugos; y, sembrando de este modo la tierra que su padre le había mandado, volvió a él.
Al llegar, el padre lo amó sobremanera por su ánimo, y, alabando la agudeza de su mente y la audacia que la acompañaba, lo quiso aún más como al único hijo legítimo, con enojo de sus hermanos por ello.
Cuando alguien le anunció, por aquel tiempo, que le había nacido un hijo al rey Tolomeo, y que todos los principales de Siria y del país sometido, para celebrar el día del nacimiento del niño, partían hacia Alejandría con gran aparato, él, retenido por la vejez, tanteó a sus hijos por si alguno quería ir al rey.
Como los mayores se excusaran, diciendo que eran demasiado rudos para tales reuniones, y aconsejaran enviar a su hermano Hircano, oyéndolo con agrado llama a Hircano y le preguntó si podía ir al rey y estaba dispuesto. Y como prometiera ir y dijera que no necesitaba mucho dinero para el camino —pues viviría con moderación, de modo que le bastarían diez mil dracmas—, se alegró de la sensatez del muchacho.
Al poco, el muchacho aconsejó a su padre no enviar regalos desde allí al rey, sino darle una carta para el administrador de Alejandría, a fin de que le facilitara dinero para comprar cuanto hallara de más hermoso y valioso. Él, creyendo que el gasto en regalos para el rey sería de diez talentos, y alabando a su hijo por aconsejar bien, escribe al administrador Arión, que gestionaba todos sus bienes en Alejandría, no menores de tres mil talentos; pues Yosef enviaba a Alejandría el dinero de Siria y, cuando se acercaba el plazo fijado en que debía pagar los tributos al rey, escribía a Arión que lo hiciera.
Reclamando, pues, a su padre una carta para este, y tomándola, partió hacia Alejandría. Cuando él salió, los hermanos escriben a todos los amigos del rey para que lo hicieran perecer.
Al llegar a Alejandría, entregó a Arión la carta; y, al preguntarle este cuántos talentos quería recibir —esperaba que pidiera diez, o poco más—, cuando dijo que necesitaba mil, encolerizado lo reprendió por haber resuelto vivir disolutamente, y le explicó cómo su padre había amasado la hacienda a fuerza de trabajar y de resistir a los deseos, y le pidió que se hiciera imitador de quien lo había engendrado; y que no le daría más de diez talentos, y aun esos para los regalos al rey.
Irritado, el muchacho echó a Arión en cadenas. Y la mujer de Arión, revelándoselo a Cleopatra y rogándole que reprendiera al muchacho —pues Arión gozaba de gran estima ante ella—, Cleopatra se lo hizo saber al rey.
Tolomeo, enviando recado a Hircano, decía que se admiraba de que, enviado a él por su padre, ni se le hubiera presentado y encima hubiera encadenado al administrador; que viniera, pues, y le expusiera la causa. Dicen que él respondió al enviado del rey que le dijese: que había entre ellos una ley que prohibía al recién nacido probar de los sacrificios antes de ir al Templo y ofrecer sacrificio a Dios; que, por este mismo razonamiento, tampoco él había venido a su presencia, aguardando a traer los regalos al bienhechor de su padre. Y que al siervo lo había castigado por desobedecer lo que le había mandado; pues en nada difiere que un amo sea pequeño o grande; «así que, si no castigamos a los tales, cuenta también tú con ser despreciado por tus súbditos.» Al oír esto, Tolomeo rompió a reír y se admiró de la magnanimidad del muchacho.
Al enterarse Arión de que el rey estaba dispuesto de este modo y de que no tenía ayuda alguna, dio los mil talentos al muchacho y fue liberado de las cadenas. Y, pasados tres días, Hircano saludó a los reyes.
Ellos lo vieron con agrado y lo agasajaron amablemente por la honra debida a su padre. Y, yendo a escondidas a los mercaderes, les compra cien muchachos que sabían letras y en la flor de la edad, cada uno por un talento, y cien doncellas del mismo precio cada una.
Invitado a un banquete con el rey, junto con los principales del país, se recuesta por debajo de todos, despreciado por su corta edad por los que distribuían los puestos según el rango. Y, como todos los que se recostaban con él fueran amontonando delante de Hircano los huesos de todas sus porciones —pues ellos se quedaban con la carne—, hasta llenar la mesa puesta ante él, Trifón, que era el bufón del rey y estaba destinado a las chanzas y a provocar risa en los convites, instado por los comensales, puesto en pie junto al rey, dijo: «¿Ves, señor, los huesos amontonados ante Hircano? De aquí conjetura que su padre despojó a toda Siria como este ha despojado de la carne a estos huesos.»
Riendo el rey ante las palabras de Trifón y preguntando a Hircano por qué tenía ante sí tantos huesos: «Con razón, señor —dijo—; pues los perros comen los huesos junto con la carne, como estos» —mirando a los comensales, porque nada había quedado delante de ellos—, «pero los hombres comen la carne y arrojan los huesos, que es lo que yo, siendo hombre, acabo de hacer ahora.»
El rey se admira de su respuesta, tan ingeniosa, y ordenó a todos que aplaudieran, acogiéndolo con favor por su agudeza.
Al día siguiente, yendo a cada uno de los amigos del rey y de los poderosos de la corte, a unos los saludaba, y a los criados les preguntaba qué pensaban dar al rey como regalo en el cumpleaños de su hijo. Como dijeran que unos iban a dar diez talentos cada uno, y otros, según su rango, cada cual conforme a la magnitud de su hacienda, fingía afligirse por no poder ofrecer semejante regalo; pues no tenía más de cinco talentos. Los criados, al oír esto, se lo referían a sus amos.
Alegrándose estos porque Hircano sería mal visto y chocaría con el rey por lo exiguo del regalo, llegado el día, los demás ofrecieron al rey —los que se tenían por muy espléndidos— no más de veinte talentos; pero Hircano, dando a cada uno de los cien muchachos y otras tantas doncellas que había comprado un talento para llevarlo, los presentó: los muchachos al rey, y las doncellas a Cleopatra.
Y como todos se maravillaran de la inesperada magnificencia de los regalos —y los reyes mismos—, dio también a los amigos y a los del servicio del rey presentes de muchos talentos de valor, para escapar del peligro que de ellos venía; pues a estos les habían escrito sus hermanos que dieran muerte a Hircano.
Tolomeo, admirado de la grandeza de alma del joven, le mandó tomar el regalo que quisiera. Pero él no pidió recibir de él nada más que escribir en su favor a su padre y a sus hermanos. Así pues, honrándolo con la mayor munificencia, dándole espléndidos regalos y escribiendo a su padre, a sus hermanos y a todos sus gobernadores y administradores, lo despidió.
Al oír los hermanos que Hircano había obtenido esto del rey y volvía con gran honra, salieron a su encuentro para hacerlo perecer, y con conocimiento del padre; pues, airado con él por el dinero de los regalos, no se cuidaba de su salvación. Con todo, Yosef ocultaba su enojo contra el hijo por temor al rey.
Trabando con él batalla los hermanos, mató a muchos otros de los que iban con ellos y a dos de los hermanos; los demás se salvaron huyendo a Yerushaláyim, junto al padre. Pero, al llegar él a la ciudad, como nadie lo acogiera, temeroso se retiró al otro lado del río Yardén, y allí permaneció cobrando tributo a los bárbaros.
Reinaba por aquel tiempo sobre Asia Seleuco, apodado Sóter, hijo de Antíoco el Grande.
Muere también Yosef, el padre de Hircano, hombre que fue bueno y magnánimo, y que sacó al pueblo de los judíos de la pobreza y de una situación endeble para llevarlo a más brillantes recursos de vida, tras haber tenido a su cargo durante veintidós años los impuestos de Siria, Fenicia y Shomrón. Murió también su tío Onías, dejando el sumo sacerdocio a su hijo Shimón.
Muerto también este, su hijo Onías le sucede en la dignidad; y a él, Areo, rey de los lacedemonios, le envió una embajada y cartas, cuya copia es como sigue: «Areo, rey de los lacedemonios, saluda a Onías. Al dar con cierto escrito, hemos hallado que los judíos y los lacedemonios son de un mismo linaje y proceden del parentesco con Avraham. Justo es, pues, que vosotros, siendo hermanos, nos enviéis recado sobre lo que queráis.»
Al morir Yosef, sobrevino una revuelta en el pueblo a causa de sus hijos. Pues los mayores movieron guerra contra Hircano, que era el menor de los hijos de Yosef, y la multitud quedó dividida. Los más combatían del lado de los hermanos mayores, y también el sumo sacerdote Shimón, por razón del parentesco; pero Hircano resolvió no regresar ya a Yerushaláyim, y estableciéndose al otro lado del Yardén guerreaba sin descanso contra los árabes, hasta el punto de matar a muchos de ellos y tomar cautivos a otros.
Construyó una fortaleza poderosa, toda de piedra blanca hasta el mismo techo, y grabó en ella animales de enorme tamaño; y la rodeó de un canal amplio y profundo. De la roca del monte que tenía enfrente cortó la parte saliente y labró cavernas de muchos estadios de longitud. Luego hizo dentro estancias, unas para banquetes y otras para dormir y habitar, e introdujo abundancia de aguas corrientes, que eran a la vez deleite y adorno del recinto. Las bocas de las cavernas las abrió estrechas, de modo que solo pudiera entrar uno por ellas y no más; y esto lo dispuso a propósito, por seguridad, para no ser sitiado por sus hermanos y correr el peligro de ser apresado. Construyó además patios de tamaño extraordinario y los adornó con jardines larguísimos. Y una vez concluido semejante lugar, lo llamó Tiro. Este sitio está entre Arabia y Judea, al otro lado del Yardén, no lejos de la Esebonítide.
Gobernó aquellas partes durante siete años, todo el tiempo que Seleuco reinó sobre Siria. Al morir este, le sucedió en el reino su hermano Antíoco, el llamado Epífanes. Murió también Tolomeo, el rey de Mitsraim, apodado igualmente Epífanes, dejando dos hijos aún de corta edad: el mayor se llamaba Filométor, y el menor, Fiscón. Hircano, viendo que Antíoco disponía de gran poder y temiendo que, capturado por él, fuera castigado por lo que había hecho contra los árabes, se dio muerte por su propia mano. Y Antíoco se apoderó de todos sus bienes.
Cómo, a raíz de las disputas de unos contra otros por el sumo sacerdocio, Antíoco emprendió una expedición contra Yerushaláyim, tomó la ciudad y saqueó el Templo y afligió a los judíos; y también cómo muchos judíos abandonaron las leyes de su patria; y cómo los samaritanos siguieron las costumbres de los griegos y llamaron a su templo del monte Guerizim el Templo de Zeus Helénico
Por aquel mismo tiempo murió también Onías, el sumo sacerdote, y Antíoco dio el sumo sacerdocio a su hermano Yehoshúa, pues el hijo que Onías había dejado era todavía un niño de pecho. De lo tocante a este niño hablaremos en detalle en su lugar. Ahora bien, este Yehoshúa —que era el hermano de Onías— fue despojado del sumo sacerdocio cuando el rey se irritó contra él y se lo dio a su hermano menor, de nombre Onías. Pues Shimón tuvo estos tres hijos, y a los tres les llegó el sumo sacerdocio, según hemos mostrado.
Yehoshúa se cambió el nombre por el de Jasón, y Onías fue llamado Menelao. Cuando el anterior sumo sacerdote Yehoshúa se enfrentó con Menelao, nombrado después de él, y la multitud se repartió entre ambos, los hijos de Toviyá se pusieron del bando de Menelao, mientras que la mayor parte del pueblo apoyaba a Jasón. Acosados por este, Menelao y los hijos de Toviyá se retiraron ante Antíoco, declarándole que querían abandonar las leyes de sus padres y el régimen que estas prescribían, y seguir las leyes del rey y adoptar el modo de vida griego. Le pidieron, pues, que les permitiera construir un gimnasio en Yerushaláyim. Y habiéndolo él consentido, disimularon la circuncisión de sus miembros, para parecer griegos también cuando se desnudaran; y dejando de lado todo lo demás que tenían por patrio, imitaban las obras de los otros pueblos.
Antíoco, como el reino le iba a medida de su deseo, resolvió hacer una campaña contra Mitsraim, movido por la codicia de ese país y también porque despreciaba a los hijos de Tolomeo, que aún eran débiles y todavía incapaces de manejar asuntos de tanta importancia. Llegado, pues, con gran ejército a Pelusio, y burlando con astucia a Tolomeo Filométor, se apoderó de Mitsraim; y una vez en la región de Menfis, tras tomarla, se lanzó sobre Alejandría, con ánimo de rendirla por asedio y someter al Tolomeo que allí reinaba. Pero fue rechazado no solo de Alejandría, sino de todo Mitsraim, pues los romanos le ordenaron apartarse de aquel territorio, según ya lo hemos referido antes en otro lugar. Voy a narrar en detalle lo tocante a este rey, cómo sometió a Judea y al Templo; pues en mi primera obra los mencioné de manera sumaria, y he juzgado necesario volver ahora sobre ellos en una exposición minuciosa.
Al regresar de Mitsraim por temor a los romanos, el rey Antíoco marchó contra la ciudad de los habitantes de Yerushaláyim; y llegado a ella en el año ciento cuarenta y tres después de los reyes que siguieron a Seleuco, tomó la ciudad sin combate, pues le abrieron las puertas cuantos eran de su partido. Dueño así de Yerushaláyim, dio muerte a muchos de los que pensaban de modo contrario, y tras saquear grandes riquezas regresó a Antioquía.
Sucedió, dos años después, en el año ciento cuarenta y cinco, el día veinticinco del mes que entre nosotros se llama Kislev y entre los macedonios Apeleo, en la Olimpiada ciento cincuenta y tres, que el rey subió con gran ejército a Yerushaláyim y, fingiendo paz, se apoderó de la ciudad por engaño. Y entonces no respetó ni siquiera a quienes lo habían acogido, a causa de la riqueza que había en el Templo; movido por la avaricia —pues veía mucho oro en el santuario y el demás adorno de las ofrendas, riquísimo— y por saquearlo, se resignó a quebrantar los pactos que con ellos tenía. Despojó, pues, el Templo, hasta llevarse los objetos de Dios: los candelabros de oro, el altar de oro, la mesa y los altares de los sacrificios; y no dejó siquiera los velos, que estaban hechos de lino fino y de púrpura escarlata; vació también los tesoros ocultos, y sin dejar absolutamente nada, sumió a los judíos por ello en gran duelo.
Pues hasta les impidió ofrecer los sacrificios diarios que ofrecían a Dios según la Torá; y saqueando toda la ciudad, a unos los mató y a otros los tomó cautivos, junto con mujeres y niños, de modo que los apresados con vida llegaron a unos diez mil. Incendió lo más hermoso de ella y, derribando las murallas, edificó en la ciudad baja una ciudadela; era esta alta y dominaba el santuario, y por eso, tras fortificarla con altos muros y torres, instaló en ella una guarnición macedonia. Y no por eso dejaban de morar en la ciudadela también los impíos y perversos del pueblo, por cuya mano les tocó a los ciudadanos padecer muchos y terribles males.
Levantó además el rey un altar sobre el altar del Templo, y sacrificó cerdos encima de él, ofreciendo un sacrificio ni legal ni patrio para el culto de los judíos. Los obligó a abandonar el culto a su propio Dios y a venerar a los dioses que él reconocía; a que edificaran en cada ciudad y aldea recintos sagrados de aquellos dioses, y a que, alzando altares, sacrificaran sobre ellos cerdos cada día. Ordenó además que no circuncidaran a sus hijos, amenazando con castigar a quien fuera hallado obrando contra estas disposiciones. Y estableció inspectores que los forzaran a cumplir lo mandado.
Y muchos de los judíos —unos de buen grado, otros por miedo al castigo prometido— cumplieron lo que el rey había ordenado; pero los más probados y de alma noble no hicieron caso de él, y tuvieron en más las costumbres de sus padres que el castigo con que los amenazaba si no obedecían; por lo cual, cada día atormentados y sufriendo amargos tormentos, morían. Pues eran azotados y, con los cuerpos mutilados, aún vivos y respirando, los crucificaban; y a sus mujeres y a sus hijos, a los que habían circuncidado contra la voluntad del rey, los estrangulaban, colgándolos del cuello de sus propios padres crucificados. Y se destruía todo libro sagrado y toda copia de la Torá que se hallara, y aquellos en cuyo poder se encontraba perecían también miserablemente, malvados en su mala suerte.
Viendo los samaritanos padecer así a los judíos, dejaron de reconocer que eran parientes suyos, ni que el templo del monte Guerizim fuese del Dios altísimo —obrando conforme a su natural, que ya hemos descrito— y afirmaban que eran colonos de los medos y de los persas; y en efecto lo son. Enviaron, pues, embajadores a Antíoco con una carta que declaraba lo siguiente:
«Al rey Antíoco, dios Epífanes: memorial de parte de los sidonios de Shejem. Nuestros antepasados, a causa de ciertas sequías del país, siguiendo cierta antigua superstición, hicieron costumbre de venerar el día llamado entre los judíos Shabat; y habiendo erigido un templo sin nombre en el monte llamado Guerizim, ofrecían sobre él los sacrificios debidos. Ahora bien, como tú has tratado a los judíos según merecía su perversidad, los que administran los asuntos del rey, creyendo que por parentesco hacemos nosotros lo mismo que aquellos, nos imputan las mismas acusaciones, siendo así que nosotros somos de origen sidonio; y esto queda claro por los registros públicos. Te rogamos, pues, a ti, nuestro bienhechor y salvador, que ordenes a Apolonio, el gobernador del distrito, y a Nicanor, el encargado de los asuntos reales, que no nos molesten atribuyéndonos las causas de los judíos, siendo nosotros ajenos a ellos por linaje y por costumbres; y que el templo sin nombre sea llamado de Zeus Helénico. Pues, sucedido esto, dejaremos de ser molestados, y, entregados a nuestras labores con tranquilidad, aumentaremos tus rentas.»
Habiéndolo pedido así los samaritanos, el rey les respondió por escrito lo siguiente: «El rey Antíoco a Nicanor. Los sidonios de Shejem presentaron el memorial adjunto. Y puesto que, al deliberar nosotros con nuestros amigos, los enviados por ellos han demostrado que no tienen nada que ver con las acusaciones de los judíos, sino que eligen vivir según las costumbres griegas, los absolvemos de los cargos, y que su templo, tal como lo han pedido, sea llamado de Zeus Helénico.» Lo mismo escribió también a Apolonio, el gobernador del distrito, en el año cuarenta y seis, el día dieciocho del mes Hecatombeón Hircanio.
Cómo, ante la prohibición de Antíoco a los judíos de servirse de las leyes de su patria, Matityahu, hijo de Asmoneo, fue el único que despreció al rey y venció a los generales del ejército de Antíoco; y también acerca de la muerte de Matityahu y de la sucesión de Yehudá
Por aquel mismo tiempo había cierto hombre que habitaba en la aldea de Modín, en Judea, de nombre Matityahu, hijo de Yojanán, hijo de Shimón, hijo de Asmoneo, sacerdote de la división de Yehoyariv, natural de Yerushaláyim. Tenía cinco hijos: Yojanán, llamado Gadis; Shimón, llamado Tatis; Yehudá, llamado Macabeo; Elazar, llamado Aurán; y Yonatán, llamado Afús. Este Matityahu, pues, se lamentaba ante sus hijos por el estado de las cosas —el saqueo de la ciudad, el despojo del Templo y las desgracias del pueblo—, y les decía que era mejor para ellos morir por las leyes patrias que vivir de manera tan impía.
Cuando llegaron a la aldea de Modín los enviados por el rey para obligar a los judíos a hacer lo que había ordenado y mandar que sacrificaran allí, tal como el rey había dispuesto, pidieron a Matityahu —por su prestigio, tanto por lo demás como por su buena descendencia— que iniciara él los sacrificios, pues así lo seguirían también los demás ciudadanos, y por ello sería honrado por el rey. Pero Matityahu declaró que no lo haría, y que, aunque todos los pueblos obedecieran las órdenes de Antíoco, ya por miedo, ya por complacencia, jamás se dejaría persuadir, ni él ni sus hijos, de abandonar el culto de sus padres.
Y cuando él calló, se adelantó uno de los judíos y, a la vista de todos, sacrificó según lo había mandado Antíoco; entonces Matityahu, encendido en cólera, se lanzó sobre él con sus hijos, que empuñaban cuchillos, y lo mató a él mismo, y también dio muerte a Apeles, el general del rey que forzaba a la gente, junto con unos pocos soldados. Luego, derribando el altar, gritó: «¡Todo el que sea celoso de las costumbres patrias y del culto de Dios, que me siga!» Y dicho esto, huyó con sus hijos al desierto, dejando en la aldea toda su hacienda. Otros hicieron lo mismo y huyeron al desierto con sus hijos y mujeres, y vivían en las cavernas.
Al saberlo, los generales del rey tomaron cuantas tropas había en la ciudadela de Yerushaláyim y persiguieron a los judíos hasta el desierto. Y una vez que los alcanzaron, primero intentaron persuadirlos de que se arrepintieran y eligieran lo que les convenía, para no verse ellos obligados a tratarlos según la ley de la guerra. Pero como no aceptaban sus palabras, sino que pensaban lo contrario, los atacaron en combate en día de Shabat, y tal como estaban los quemaron en las cavernas, sin que se defendieran ni obstruyeran siquiera las entradas; pues se abstuvieron de defenderse a causa del día, no queriendo, ni aun en la desgracia, quebrantar el honor del Shabat, ya que nos es precepto reposar en él. Murieron, pues, sofocados en las cavernas junto con sus mujeres y niños unos mil; pero muchos otros se salvaron y se unieron a Matityahu, y lo nombraron su jefe.
Él les enseñó a combatir también en Shabat, diciéndoles que, si no lo hacían por guardar el precepto, se harían enemigos de sí mismos, pues, si los adversarios los atacaban en aquel día y ellos no se defendían, nada impediría que todos perecieran sin combate. Con estas palabras los persuadió, y hasta el día de hoy permanece entre nosotros la costumbre de combatir también en Shabat cuando es necesario. Reunido, pues, en torno a sí un gran ejército, Matityahu derribó los altares y dio muerte a los transgresores, a cuantos pudo tomar en sus manos —pues muchos, por miedo, se habían dispersado entre los pueblos vecinos—; y a los niños que no estaban circuncidados ordenó circuncidarlos, expulsando a los que habían sido puestos para impedirlo.
Tras gobernar un año, cayó enfermo, llamó a sus hijos y, poniéndolos a su alrededor, dijo: «Yo, hijos míos, parto por el camino del destino, y os confío mi voluntad, y os exhorto a no ser malos guardianes de ella; antes bien, acordándoos del propósito del que os engendró y crió, conservad las costumbres patrias y restaurad el antiguo régimen que está a punto de perecer, sin uniros a los que lo traicionan, ya por voluntad, ya por necesidad. Os pido, siendo hijos míos, que perseveréis y os pongáis por encima de toda violencia y necesidad, preparando así vuestras almas para morir por las leyes, si es preciso, pensando esto: que la Divinidad, al veros así, no os despreciará, sino que, admirando vuestra virtud, os devolverá lo vuestro y os restituirá la libertad, en la cual viviréis gozando con tranquilidad de vuestras propias costumbres. Pues mortales y perecederos son nuestros cuerpos, pero por el recuerdo de nuestras obras alcanzamos rango de inmortalidad; y quiero que, enamorados de ella, persigáis la buena fama, y que, afrontando las mayores empresas, no vaciléis en dejar la vida por ellas.
Sobre todo, os exhorto a la concordia, y a que, cediendo unos a otros en aquello para lo que cada cual es por naturaleza mejor que el otro, os sirváis de vuestras propias virtudes. A Shimón, vuestro hermano, que sobresale en prudencia, tenedlo por padre, y obedeced lo que él os aconseje; y a Macabeo, por su valor y su fuerza, tenedlo como general del ejército, pues él vengará a la nación y rechazará a los enemigos. Admitid también a los justos y piadosos, y acrecentad su poder.»
Habiendo hablado así a sus hijos, y rogado a Dios que se hiciera su aliado y devolviera al pueblo su propio modo de vida, murió poco después; y fue sepultado en Modín, haciendo por él todo el pueblo gran duelo. Le sucedió en la dirección de los asuntos su hijo Yehudá, llamado también Macabeo, en el año ciento cuarenta y seis. Ayudándolo con entusiasmo sus hermanos y los demás, expulsó a los enemigos del país, dio muerte a los de su propio pueblo que habían transgredido las leyes patrias y purificó la tierra de toda mancha.
Cómo Yehudá derrotó las fuerzas de Apolonio y de Serón y mató a los propios generales de sus ejércitos; y cómo, poco después, tras ser vencidos Lisias y Gorgias, subió a Yerushaláyim y purificó el Templo
Al oír esto Apolonio, el general de Shomrón, tomó sus tropas y marchó contra Yehudá. Este le salió al encuentro y, trabado el combate, venció en la batalla; mató a muchos de ellos, entre ellos al propio general Apolonio, cuya espada, la que este solía usar, tomó como despojo y la conservó consigo; hizo muchos más heridos y, cogiendo gran botín del campamento de los enemigos, se retiró. Serón, el general de Celesiria, al oír que muchos se habían unido a Yehudá y que ya había reunido un ejército considerable para contiendas y guerras, resolvió marchar contra él, juzgando que le correspondía intentar castigar a quienes transgredían las órdenes del rey. Reunió, pues, cuantas tropas tenía a mano, y agregando también a los desertores e impíos de entre los judíos, se dirigió contra Yehudá; y avanzando hasta la aldea de Bet-Jorón, en Judea, acampó allí.
Yehudá salió a su encuentro y, dispuesto a trabar combate, al ver que sus soldados vacilaban ante la batalla, tanto por su escaso número como por el ayuno —pues no habían comido—, los animó diciendo que la victoria y el dominio sobre los enemigos no está en la muchedumbre, sino en la piedad hacia Dios; y que de ello tenían el ejemplo más claro en sus antepasados, que, por su justicia y por combatir en favor de sus propias leyes y de sus hijos, muchas veces vencieron a muchos millares; pues no cometer injusticia alguna es una fuerza poderosa. Con estas palabras persuadió a los suyos a despreciar el número de los adversarios y a lanzarse contra Serón. Trabó combate y puso en fuga a los sirios, pues, caído el general, todos se dieron a la huida, como si en ello estuviera su salvación. Persiguiéndolos hasta la llanura, mató a unos ochocientos de los enemigos; los demás se salvaron hacia la costa.
Al oír esto, el rey Antíoco se enfureció grandemente por lo sucedido, y reuniendo todo su propio ejército y tomando muchos mercenarios de las islas, se preparaba para invadir Judea al comienzo de la primavera. Pero cuando, tras distribuir la paga a la tropa, vio que sus tesoros se agotaban y que había escasez de dinero —pues no se pagaban todos los tributos, a causa de las revueltas de los pueblos, y él, siendo de ánimo generoso y espléndido, no se contentaba con lo que tenía—, resolvió marchar primero a Persia y reunir los tributos de aquel país. Dejó, pues, al frente de los asuntos a un tal Lisias, hombre de prestigio ante él, y bajo su cargo el territorio que se extiende hasta las fronteras de Mitsraim y hasta la baja Asia, desde el río Éufrates, junto con una parte del ejército y de los elefantes. Le encargó que criara con todo cuidado a su hijo Antíoco hasta su regreso, y que, tras someter Judea y esclavizar a sus habitantes, arrasara Yerushaláyim y aniquilara a su pueblo.
Habiendo dado estas órdenes a Lisias, el rey Antíoco partió hacia Persia en el año ciento cuarenta y siete, y, cruzando el Éufrates, subió hacia los sátrapas de las tierras altas. Lisias, por su parte, escogió a Tolomeo hijo de Dorimenes, a Nicanor y a Gorgias, hombres poderosos entre los amigos del rey, y entregándoles cuarenta mil hombres de infantería y siete mil jinetes, los envió contra Judea. Ellos, llegados hasta la ciudad de Emaús, acamparon en la llanura. Se les sumaron aliados de Siria y de la región circundante, y muchos de los judíos que habían desertado; y también algunos mercaderes, para comprar a los que fueran hechos prisioneros, que traían grilletes con que atar a los cautivos y plata y oro para pagar su precio.
Yehudá, al reconocer el campamento y la muchedumbre de los adversarios, persuadió a sus propios soldados a tener buen ánimo, y les exhortó a poner las esperanzas de la victoria en Dios y a suplicarle, según la costumbre patria, ciñéndose de sacos, y, mostrándole la actitud habitual de súplica que adoptaban en los grandes peligros, a moverlo con ello a concederles la victoria sobre los enemigos. Los ordenó al modo antiguo y patrio, por capitanes de mil y de cien, licenció a los recién casados y a los que habían adquirido hacienda hacía poco, para que no combatieran con menos arrojo por apego a la vida y por el goce de aquellos bienes; y, puesto al frente, animó al combate a sus soldados con estas palabras:
«Ningún momento os queda, compañeros, más apremiante que el presente para el buen ánimo y el desprecio de los peligros; pues ahora es posible, combatiendo con valor, recobrar la libertad, que, siendo por sí misma amada por todos, para vosotros resulta aún más deseable por la facultad de dar culto a la Divinidad. Como está en vuestra mano, en este momento, recobrarla y recuperar la vida feliz y bienaventurada —que era la vivida según las leyes y la costumbre patria—, o bien padecer lo más vergonzoso y que no quede ni semilla de vuestro linaje, si os portáis como cobardes en la batalla, combatid de tal manera que consideréis que la muerte os aguarda aun sin pelear, y creyendo que por tan grandes premios —libertad, patria, leyes, piedad— os labraréis una gloria eterna. Preparad, pues, vuestras almas de modo que mañana, al amanecer, trabéis combate con los enemigos.»
Con estas palabras alentó Yehudá a su ejército. Los enemigos enviaron a Gorgias con cinco mil infantes y mil jinetes, para que cayera de noche sobre Yehudá, teniendo como guías para ello a algunos de los judíos que habían desertado. Pero el hijo de Matityahu lo advirtió y resolvió a su vez caer sobre los que estaban en el campamento de los enemigos, precisamente ahora que sus fuerzas se habían dividido. Habiendo, pues, cenado a su hora y dejado muchas hogueras en su campamento, marchó durante toda la noche contra los enemigos que estaban en Emaús. Gorgias, al no hallar a los adversarios en el campamento, sino sospechando que se habían retirado y ocultado en los montes, se puso en marcha resuelto a buscar dónde estarían.
Hacia el amanecer, Yehudá se presentó ante los enemigos que estaban en Emaús con tres mil hombres, mal armados por su pobreza; y viendo a los adversarios óptimamente pertrechados y acampados con gran pericia, exhortó a los suyos diciendo que había que combatir aunque fuera con los cuerpos desnudos, y que la Divinidad ya alguna vez había concedido, aun a hombres en tal estado, la victoria sobre los más numerosos y mejor armados, admirando su valentía; y ordenó que los trompeteros dieran la señal. Luego, cayendo de improviso sobre los enemigos y llenando de espanto y confusión sus ánimos, mató a muchos que le hacían frente, y persiguiendo a los demás llegó hasta Gázara, las llanuras de Idumea, Ashdod y Yavne; y cayeron de ellos unos tres mil.
Yehudá exhortó a sus soldados a no codiciar los despojos, pues aún les quedaba una contienda y una batalla contra Gorgias y las fuerzas que lo acompañaban; y decía que, una vez vencidos también estos, entonces podrían saquear con tranquilidad, teniendo la mira puesta solo en esto y en nada más. Y mientras aún hablaba de esto a sus soldados, los hombres de Gorgias, asomándose, vieron al ejército que habían dejado en el campamento puesto en fuga, y el campamento incendiado; pues el humo, aun estando ellos lejos, les daba señal de lo ocurrido. Cuando los de Gorgias comprendieron que así estaban las cosas y advirtieron que los de Yehudá estaban dispuestos a la batalla, también ellos, presos de temor, se dieron a la fuga. Yehudá, vencidos sin combate los soldados de Gorgias, regresó y recogió los despojos; y tomando mucho oro, plata, púrpura y jacinto, volvió a su tierra gozoso, cantando himnos a Dios por los éxitos alcanzados; pues no poco contribuyó aquella victoria a su libertad.
Lisias, abatido por la derrota de los que había enviado, al año siguiente reunió sesenta mil hombres escogidos y, tomando cinco mil jinetes, invadió Judea; y, subiendo a la región montañosa, acampó en la aldea de Bet-Tsur, en Judea. Yehudá le salió al encuentro con diez mil hombres y, viendo la muchedumbre de los enemigos, rogó a Dios que fuera su aliado, trabó combate con la vanguardia de los adversarios, la venció y, matando a unos cinco mil de ellos, se hizo temible para los demás. En efecto, al advertir Lisias el temple de los judíos —que estaban dispuestos a morir con tal de no vivir sino libres— y temiendo su desesperación como una fuerza, tomó el resto de sus tropas y regresó a Antioquía, donde permaneció reclutando mercenarios y preparándose para invadir Judea con un ejército mayor.
Así pues, derrotados ya tantas veces los generales del rey Antíoco, Yehudá convocó una asamblea y dijo que, después de tantas victorias que Dios les había concedido, debían subir a Yerushaláyim, purificar el Templo y ofrecer los sacrificios prescritos. Cuando llegó con toda la multitud a Yerushaláyim y halló el Templo desierto, las puertas quemadas y plantas nacidas por sí solas en el santuario a causa del abandono, comenzó a lamentarse con los suyos, sobrecogido ante la visión del Templo. Escogió a algunos de sus soldados y les encargó combatir contra los que guardaban la ciudadela, hasta que él purificara el Templo. Y una vez lo hubo limpiado cuidadosamente, introdujo enseres nuevos —candelabro, mesa y altar—, hechos de oro; colgó también las cortinas de las puertas y colocó las puertas mismas; y, derribado el antiguo altar, edificó uno nuevo con piedras sin labrar, no talladas con hierro.
El día veinticinco del mes de Kislev, que los macedonios llaman Apeleo, encendieron las luces sobre el candelabro, ofrecieron incienso sobre el altar, colocaron panes sobre la mesa y ofrecieron holocaustos sobre el altar nuevo. Y sucedió que esto se hizo en el mismo día en que, tres años antes, su culto santo había caído en costumbre profana y común; pues el Templo, desolado por Antíoco, permaneció así durante tres años. En efecto, en el año ciento cuarenta y cinco sucedió lo del Templo, el día veinticinco del mes Apeleo, en la Olimpiada ciento cincuenta y tres; y fue restaurado en el mismo día, veinticinco del mes Apeleo, en el año ciento cuarenta y ocho, en la Olimpiada ciento cincuenta y cuatro. La desolación del Templo ocurrió conforme a la profecía de Daniel, hecha cuatrocientos ocho años antes; pues él declaró que los macedonios lo destruirían.
Yehudá celebró con sus ciudadanos la restauración del culto en torno al Templo durante ocho días, sin omitir ninguna clase de alegría; sino que, con sacrificios espléndidos y magníficos, los agasajaba, y con himnos y salmos honraba a Dios y regocijaba al pueblo. Tal fue el gozo que sintieron con la renovación de sus costumbres, al hallarse de improviso, después de mucho tiempo, con libertad para su culto, que establecieron como ley para sus descendientes celebrar la restauración del Templo durante ocho días. Y desde entonces hasta hoy celebramos la fiesta, llamándola de las Luces, por haber aparecido, según creo, esta facultad para nosotros contra toda esperanza, dando ese nombre a la fiesta. Rodeó luego la ciudad de murallas y, construyendo altas torres contra las incursiones de los enemigos, apostó en ellas guardias; y fortificó también la ciudad de Bet-Tsur, para poder servirse de ella como plaza fuerte frente a los apremios que vinieran de los enemigos.
Cómo Yehudá sometió a las naciones de alrededor; y cómo Shimón venció a los pueblos de Tiro y de Ptolemaida; y cómo Yehudá venció a Timoteo y lo obligó a huir, e hizo muchas otras cosas después de que Yosef y Azarías fueran derrotados
Sucedidas así estas cosas, las naciones de alrededor, malamente dispuestas ante el resurgir y la fuerza de los judíos, se coligaban en gran número y los destruían por emboscadas y asechanzas, apoderándose de ellos. Yehudá, moviéndoles guerras continuas, procuraba contener sus incursiones y los males que hacían a los judíos. Cayó sobre los idumeos, hijos de Esav, en la Acrabatene, mató a muchos de ellos y los despojó. Cercó también a los hijos de Baán, que acechaban a los judíos, y sitiándolos incendió sus torres y dio muerte a los hombres. Luego, desde allí, marchó contra los amonitas, que tenían un ejército grande y numeroso, mandado por Timoteo. Sometió también a estos, tomó la ciudad de Yazer, y, apresando a sus mujeres y a sus hijos e incendiando la ciudad, regresó a Judea.
Al enterarse las naciones vecinas de que había regresado, se congregaron en la Galaadítide contra los judíos que estaban en sus fronteras. Estos, refugiados en la fortaleza de Datema, enviaron aviso a Yehudá, declarándole que Timoteo se afanaba por tomar la plaza en la que se habían refugiado. Y mientras se leían estas cartas, llegaron también mensajeros de Galilea anunciando que se habían reunido los de Ptolemaida, Tiro, Sidón y los demás pueblos de Galilea. Ante ambas necesidades urgentes de lo anunciado, Yehudá, tras considerar qué debía hacer, ordenó a su hermano Shimón que tomara unos tres mil hombres escogidos y saliera en socorro de los judíos de Galilea. Él mismo y Yonatán, su otro hermano, se lanzaron con ocho mil soldados hacia la Galaadítide; y dejó al frente del resto de las tropas a Yosef, hijo de Zejaryá, y a Azarías, encargándoles guardar con cuidado Judea y no trabar guerra con nadie hasta que él regresara.
Shimón, pues, llegado a Galilea y trabado combate con los enemigos, los puso en fuga y, persiguiéndolos hasta las puertas de Ptolemaida, mató a unos tres mil de ellos; y tomando los despojos de los muertos, a los judíos cautivos y su bagaje, regresó de nuevo a su tierra. Yehudá Macabeo y su hermano Yonatán, cruzando el río Yardén y tras recorrer desde él un camino de tres días, se toparon con los nabateos, que salieron a su encuentro pacíficamente. Estos les refirieron lo tocante a los que estaban en la Galaadítide, cómo muchos de ellos padecían males, encerrados en las fortalezas y en las ciudades de la región, y le aconsejaron apresurarse contra los extranjeros y procurar salvar de sus manos a los de su propia nación. Persuadido, se volvió hacia el desierto, y cayendo primero sobre los habitantes de Bosora, la tomó, dio muerte a todo varón capaz de combatir e incendió la ciudad.
Ni aun así se detuvo al caer la noche, sino que, marchando toda ella hacia la fortaleza donde estaban encerrados los judíos —pues Timoteo cercaba el lugar con su ejército—, llegó ante ella al amanecer. Y hallando que los enemigos ya asaltaban las murallas, unos arrimando escalas para trepar por ellas, otros acercando las máquinas, ordenó al trompeta dar la señal y exhortó a los soldados a arriesgarse con brío por sus hermanos y parientes; luego, dividido el ejército en tres cuerpos, cayó sobre los enemigos por la espalda. Los hombres de Timoteo, al advertir que era el Macabeo —de cuyo valor y fortuna en la guerra ya tenían experiencia anterior—, se dieron a la fuga; y Yehudá, persiguiéndolos con su ejército, mató a unos ocho mil de ellos.
Torciendo luego hacia una ciudad de los extranjeros llamada Melá, la tomó también, dio muerte a todos los varones e incendió la ciudad misma. Partiendo de allí, arrasó Jasfomaqué, Bosor y muchas otras ciudades de Guilad.
Poco tiempo después, Timoteo reunió un gran ejército, tomó otros aliados y persuadió con paga a algunos árabes para que combatieran a su lado; y llegó conduciendo la tropa al otro lado del torrente, justo frente a Rafón —que era una ciudad—. Exhortaba a los soldados a que, si trababan combate con los judíos, lucharan con brío y les impidieran cruzar el torrente, pues, si lo cruzaban, les auguraba la derrota. Yehudá, al oír que Timoteo se había preparado para la batalla, tomó todo su ejército propio y se lanzó contra el enemigo; y, pasado el torrente, cayó sobre los adversarios: a los que le hacían frente los mataba, y a los demás, sembrándoles el terror, los obligó a arrojar las armas y huir. Algunos escaparon; otros, refugiándose en el recinto sagrado llamado de Carnáin, esperaron hallar allí salvación. Pero Yehudá se apoderó de la ciudad, los mató y prendió fuego al recinto, sirviéndose de formas variadas para acabar con los enemigos.
Cumplidas estas cosas, reunió a los judíos de Guilad con sus hijos, sus mujeres y todos sus enseres, y estuvo en condiciones de llevarlos de regreso a Judea. Al llegar a una ciudad llamada Efrón, situada sobre el camino —sin que le fuera posible marchar por otra vía torciendo el rumbo, ni quisiera volver atrás—, envió mensajeros a los de dentro pidiéndoles que abrieran las puertas y le permitieran atravesar la ciudad; pues habían obstruido las puertas con piedras y cortado el paso. Como los de Efrón no accedían, arengó a los suyos, la rodeó y la sitió; y, apostado ante ella día y noche, tomó la ciudad, mató a todo varón que había en ella, la incendió por completo y así se abrió camino. Tan grande era la multitud de los muertos, que marchaban sobre los propios cadáveres.
Cruzado el Yardén, llegaron a la gran llanura, frente a la cual se alza una ciudad llamada Bet-Sheán, que los griegos nombran Escitópolis. Desde allí se dirigieron a Judea, y entraron cantando salmos e himnos y celebrando los juegos acostumbrados en las victorias; y ofrecieron sacrificios de acción de gracias por los éxitos logrados y por la salvación del ejército, pues ninguno de los judíos murió en aquellas campañas.
Yosef, hijo de Zejaryá, y Azaryá —a quienes Yehudá había dejado como jefes en el tiempo en que Shimón estaba en Galilea combatiendo a los de Ptolemaida, mientras el propio Yehudá y su hermano Yonatán se hallaban en Guilad—, queriendo también ellos ganarse fama de generales valientes en la guerra, tomaron la tropa que tenían a su mando y marcharon a Yavne. Les salió al encuentro Gorgias, el general de Yavne; y, trabado el combate, perdieron dos mil hombres de su ejército y, en su fuga, fueron perseguidos hasta las fronteras de Judea. Este descalabro les sobrevino por haber desatendido lo que Yehudá les había ordenado: no trabar batalla con nadie antes de su llegada. Pues, entre las demás muestras de su pericia militar, cabe admirar precisamente lo del revés de Yosef y Azaryá, que él previó que ocurriría si en algo transgredían lo que les había mandado.
Yehudá y sus hermanos no cejaban en la guerra contra los idumeos, sino que los apretaban por todas partes: tomaron la ciudad de Jevrón, derribaron cuanto había de fortificado en ella y, tras incendiar las torres, devastaron el territorio extranjero y la ciudad de Marisa; y, llegando a Ashdod y apoderándose de ella, la saquearon. Con abundante botín y despojos regresaron a Judea.
Sobre la muerte de Antíoco Epífanes; cómo Antíoco Eupátor combatió contra Yehudá y lo sitió en el Templo, y después hizo la paz con él y se retiró; sobre Álcimo y Onías
Por aquel mismo tiempo, el rey Antíoco, recorriendo las provincias altas, oye que hay en Persia una ciudad de riqueza excepcional llamada Elimaida, con un suntuoso templo de Ártemis lleno de toda clase de ofrendas votivas, y aún más: armas y corazas que, según supo, había dejado allí Alejandro, hijo de Filipo, rey de los macedonios. Movido por esto, se dirigió a Elimaida y, atacándola, la sitió. Pero los de dentro no se amedrentaron ante su embestida ni ante el asedio, sino que resistieron con firmeza, y fue apartado de su esperanza; pues, rechazándolo de la ciudad y saliendo tras él, lo persiguieron, de modo que llegó a Bavel huyendo y con la pérdida de gran parte de su ejército.
Mientras se afligía por este fracaso, algunos le anuncian también la derrota de los generales que había dejado para combatir a los judíos, y el poderío que ya tenían los judíos. Sumada, pues, la preocupación por esto a la anterior, trastornado por el desaliento cayó enfermo; y, como la enfermedad se prolongaba y los males crecían, comprendiendo que iba a morir, convoca a sus amigos, les declara que la dolencia era grave y les da a entender que sufría todo aquello por haber maltratado a la nación de los judíos, saqueado el Templo y despreciado a Dios. Y, diciendo esto, expiró.
De modo que causa asombro Polibio de Megalópolis, quien, siendo hombre honrado, dice que Antíoco murió por haber querido saquear el templo de Ártemis en Persia; porque el mero haber deliberado hacer tal cosa sin llevarla a cabo no es digno de castigo. Pero si por ese motivo le parece a Polibio que Antíoco acabó así su vida, mucho más verosímil es que el rey muriera por el sacrilegio del Templo de Yerushaláyim. En esto, sin embargo, no discuto, pues tenemos por verdadera esta causa que aduce el de Megalópolis.
Antíoco, antes de morir, llamó a Filipo, uno de los compañeros del reino, y lo nombró tutor; y, entregándole la diadema, el manto y el anillo, le ordenó que los llevara a Antíoco, su hijo, y se los diera, rogándole que velara por su crianza y le conservara el reino. Murió Antíoco en el año ciento cuarenta y nueve. Lisias, tras declarar su muerte a la multitud, proclama rey a su hijo Antíoco —pues él tenía la tutela— y le da el nombre de Eupátor.
Por este tiempo, la guarnición de la ciudadela de Yerushaláyim y los desterrados judíos causaban mucho daño a los judíos; pues a los que subían al Templo con intención de sacrificar, la guarnición, saliendo de improviso, los mataba, ya que la ciudadela dominaba el Templo. Ante estos sucesos, Yehudá resolvió acabar con la guarnición; y, reuniendo a todo el pueblo, sitió con vigor a los de la ciudadela. Era este el año ciento cincuenta del gobierno de los sucesores de Seleuco. Construyó, pues, máquinas, levantó terraplenes con empeño y se aplicó a la toma de la ciudadela.
Muchos de los desterrados que había dentro salieron de noche al campo, reunieron a algunos de su misma calaña e impíos, y acudieron al rey Antíoco. No juzgaban justo que se los desatendiera mientras padecían cosas terribles a manos de sus propios compatriotas —y las padecían por causa del padre del rey—, ellos que habían abandonado el culto de sus mayores y abrazado el que él había impuesto. Corría, pues, peligro de que la ciudadela fuera tomada por Yehudá y los suyos, junto con la guarnición establecida por el rey, si de su parte no se enviaba algún socorro. Al oír esto, el joven Antíoco se irritó y, convocando a sus jefes y amigos, ordenó reclutar mercenarios y, del reino, a los que tuvieran edad militar. Se reunió un ejército de unos cien mil de a pie, veinte mil de a caballo y treinta y dos elefantes.
Al frente de esta fuerza partió de Antioquía, con Lisias al mando de todo el ejército. Y, llegando a Idumea, sube desde allí a Bet-Tsur, ciudad muy fuerte y difícil de tomar, y, cercándola, la sitió. Como los de Bet-Tsur resistían con firmeza e incendiaron los preparativos de sus máquinas —pues salieron contra él—, se consumió mucho tiempo en el asedio. Yehudá, al enterarse del ataque del rey, abandona el sitio de la ciudadela y, saliendo al encuentro del rey, acampa en los desfiladeros, en un lugar llamado Bet-Zejaryá, a setenta estadios de los enemigos. El rey, partiendo de Bet-Tsur, condujo su fuerza a los desfiladeros y al campamento de Yehudá, y al amanecer dispuso el ejército para la batalla.
A los elefantes los hizo avanzar uno tras otro, a causa de la estrechez, pues no podían formarse en línea; y en torno a cada elefante marchaban en círculo mil de a pie y quinientos de a caballo. Los elefantes llevaban altas torres y arqueros. Al resto de la fuerza lo hizo subir por ambos lados a los montes, poniendo delante a sus amigos. Ordenando dar el grito de guerra, se lanza contra los enemigos, descubiertos los escudos de oro y de bronce, de suerte que despedían un brillante resplandor; y los montes retumbaban con los gritos de los soldados. Al ver esto, Yehudá no se amedrentó, sino que, recibiendo con bravura a los enemigos, mató a unos seiscientos de la vanguardia. Elazar, su hermano —al que llamaban Aurán—, al ver al más alto de los elefantes revestido de corazas reales y creyendo que sobre él iba el rey, se expuso con gran ánimo lanzándose contra él; y, tras matar a muchos de los que rodeaban al elefante y dispersar a los demás, deslizándose bajo su vientre y asestándole un golpe, mató al elefante. Pero este, al desplomarse sobre Elazar, aplasta al hombre con su peso. Y así, tras haber destruido con valor a muchos enemigos de esa manera, acabó su vida.
Yehudá, viendo la fuerza de los enemigos, se retiró a Yerushaláyim y se preparó para un asedio. Antíoco envió parte del ejército contra Bet-Tsur para combatirla, y con el resto de la fuerza fue él mismo a Yerushaláyim. Los de Bet-Tsur, atemorizados ante su poderío y viendo escasear las provisiones, se entregaron, tras recibir juramentos de que no sufrirían ningún mal de parte del rey. Antíoco, tomada la ciudad, no les hizo otra cosa que echarlos desnudos, y estableció en ella una guarnición propia.
Durante mucho tiempo sitió el Templo de Yerushaláyim, apretándolo con fuerza mientras los de dentro se defendían; pues a cada máquina que el rey levantaba contra ellos, ellos, a su vez, oponían contramáquinas. Pero les faltó el alimento, agotado el fruto que había, y sin que la tierra hubiera sido cultivada aquel año, pues, por ser el año séptimo —en el cual es ley entre nosotros dejar el campo en reposo—, había quedado sin sembrar. Por eso muchos de los sitiados huían por falta de lo necesario, de modo que pocos quedaron en el Templo.
Tal era, pues, la situación de los sitiados en el Templo. Pero Lisias, el general, y el rey, cuando les llegó la noticia de que Filipo había vuelto de Persia y estaba disponiendo los asuntos en su favor, tenían intención de abandonar el asedio y marchar contra Filipo; solo que resolvieron no revelárselo a los soldados ni a los jefes. El rey ordenó a Lisias que hablara ante él y ante los jefes en público sin dejar traslucir nada de lo de Filipo, mostrando en cambio que el asedio sería larguísimo, y lo fortificado del lugar, y que ya les escaseaban los víveres, y cuántos asuntos del reino requerían arreglo, y que parecía mucho mejor hacer una tregua con los sitiados y amistad con toda su nación, permitiéndoles regirse por las leyes de sus padres —de las que, privados, se habían levantado ahora en guerra— y volver a sus casas. Cuando Lisias dijo esto, tanto el ejército como los jefes quedaron satisfechos con el parecer.
El rey envió mensajeros a Yehudá y a los sitiados con él, les proclamó la paz y les concedió vivir según las leyes de sus padres. Ellos, recibiendo de buen grado las palabras y tomando juramentos y garantías, salieron del Templo. Pero Antíoco, entrando en él y viendo tan fortificado el lugar, quebrantó los juramentos y ordena a la tropa allí apostada que arrase el muro hasta el suelo. Y, hecho esto, regresó a Antioquía llevándose a Onías, el sumo sacerdote, que también se llamaba Menelao. Pues Lisias había aconsejado al rey dar muerte a Menelao si quería que los judíos estuvieran tranquilos y no le causaran molestia alguna; porque este había sido el que inició los males, al persuadir a su padre de que obligara a los judíos a abandonar el culto de sus mayores. Así que el rey, enviando a Menelao a Berea de Siria, lo hizo matar, tras haber ejercido el sumo sacerdocio diez años, hombre perverso e impío que, para gobernar él mismo, había forzado a los suyos a transgredir sus propias leyes. Y, muerto Menelao, fue sumo sacerdote Álcimo, llamado también Yakim.
El rey Antíoco, viendo que Filipo dominaba ya los asuntos, le hizo la guerra y, apresándolo, lo mató. Pero el hijo del sumo sacerdote Onías —del que antes dijimos que había quedado aún niño al morir su padre—, al ver que el rey, tras matar a su tío Menelao, había dado el sumo sacerdocio a Álcimo, que no era del linaje de los sumos sacerdotes, sino que, persuadido por Lisias, trasladaba esa dignidad de esta casa a otra, huye a Tolomeo, el rey de Mitsraim. Y, considerado digno de honor por él y por su esposa Cleopatra, recibe un lugar que había solicitado en el nomo Heliopolita, en el cual edificó un templo semejante al de Yerushaláyim. Pero de esto será más oportuno tratar en su momento.
Cómo Báquides, general del ejército de Demetrio, hizo una expedición contra Judea y volvió sin éxito; cómo poco después Nicanor fue enviado contra Yehudá y pereció junto con su ejército; y también sobre la muerte de Álcimo y la sucesión de Yehudá
Por aquel mismo tiempo, Demetrio, el hijo de Seleuco, huyendo de Roma y apoderándose de Trípoli de Siria, se ciñe la diadema; y, reuniendo en torno suyo algunos mercenarios, entró en el reino, acogiéndolo todos de buen grado y entregándose a él. Prendieron vivos también al rey Antíoco y a Lisias y se los llevaron; y estos, por orden de Demetrio, fueron ejecutados al instante, tras haber reinado Antíoco dos años, como ya en otro lugar se ha mostrado.
Muchos judíos perversos y desterrados se agruparon en torno a él, y con ellos Álcimo, el sumo sacerdote, y acusaban a toda la nación, y a Yehudá y sus hermanos, diciendo que habían dado muerte a todos los amigos del rey y que a cuantos, siendo de su parte y aguardándolo, había en el reino, los habían destruido; y que, echándolos de su propia tierra, los habían convertido en fugitivos en país ajeno; y pedían que enviara a alguno de sus amigos para conocer por él lo que se habían atrevido a hacer los de Yehudá. Demetrio, exasperado, envía a Báquides, amigo del rey Antíoco Epífanes, hombre de valía a quien se había confiado toda Mesopotamia; le dio una fuerza, puso a su cargo al sumo sacerdote Álcimo y le encargó matar a Yehudá y a los suyos.
Báquides, partiendo de Antioquía con la fuerza y llegando a Judea, envió mensajeros a Yehudá y a sus hermanos hablándoles de amistad y de paz, pues quería apresarlo con engaño. Pero él no se fio, ya que veía que se había presentado con un ejército tan grande como el que se lleva a la guerra, no a la paz. Con todo, algunos del pueblo, atendiendo a lo que Báquides proclamaba y creyendo que no sufrirían nada terrible de Álcimo, siendo compatriota suyo, se pasaron a ellos; y, tomando de ambos juramentos de que ni ellos ni los de su misma opinión padecerían daño alguno, se confiaron a ellos. Pero Báquides, despreciando los juramentos, mató a sesenta de ellos, y a los demás, cuantos se disponían a pasarse a él, los rechazó, sin guardar la fe prometida a los primeros. Y cuando, saliendo de Yerushaláyim, llegó a una aldea llamada Berzetó, envió a prender a muchos de los desertores y a algunos del pueblo, y, tras matarlos a todos, ordenó a todos los del país obedecer a Álcimo; y, dejándolo con algunas tropas para que pudiera guardar la región, regresó a Antioquía, junto al rey Demetrio.
Álcimo, queriendo afianzar su mando y comprendiendo que gobernaría más seguro si se ganaba el favor de la multitud, atraía a todos con palabras amables y, tratando a cada uno con agrado y complacencia, muy pronto reunió una gran hueste y fuerza. La mayoría de estos eran de los impíos y desterrados, a quienes, sirviéndose de ellos como servidores y soldados, recorría el país y mataba a cuantos hallaba en él que fueran del partido de Yehudá. Yehudá, viendo que Álcimo se hacía ya grande y que había destruido a muchos de los hombres buenos y píos de la nación, recorría a su vez el país y daba muerte a los que eran del bando de aquel. Álcimo, viéndose incapaz de resistir a Yehudá, sino vencido por su fuerza, resolvió acudir a la alianza del rey Demetrio. Llegando, pues, a Antioquía, lo azuzó contra Yehudá, acusándolo de que muchos males había padecido por él, y aún más padecería si no se le anticipaba y pagaba su pena mediante una fuerza poderosa enviada contra él.
Demetrio, juzgando ya peligroso también para sus propios asuntos dejar que Yehudá alcanzara tanto poder, envía a Nicanor, el más adicto y fiel de sus amigos —pues es este el mismo que había huido con él desde la ciudad de Roma—; y, dándole una fuerza que estimó le bastaría contra Yehudá, le ordenó no tener consideración alguna con la nación. Nicanor, llegando a Yerushaláyim, no resolvió combatir a Yehudá de inmediato, sino que, decidiendo apresarlo con engaño, le manda palabras de paz, alegando que no había necesidad alguna de guerrear ni de correr peligro, y le da juramentos de que no sufriría nada terrible; pues venía con amigos para hacerles patente la intención del rey Demetrio, cuán bien pensaba acerca de su pueblo. Habiendo Nicanor tratado estas cosas, Yehudá y sus hermanos, persuadidos y sin sospechar engaño alguno, le dan garantías y reciben a Nicanor con su fuerza. Pero él, tras saludar a Yehudá y mientras conversaba con él, da a los suyos una señal para que prendieran a Yehudá. Este, comprendiendo la trama, se escapó de un salto y huyó a los suyos. Manifiesto ya su propósito y la emboscada, Nicanor resolvió combatir a Yehudá; y, tras reunir y preparar lo necesario para la batalla, traba combate junto a una aldea llamada Cafarsalamá y, venciendo, obliga a Yehudá a refugiarse en la ciudadela de Yerushaláyim.
Mientras aún bajaba de la ciudadela al Templo, algunos de los sacerdotes y ancianos, saliéndole al encuentro, lo saludaron y le mostraron los sacrificios que, según decían, ofrecían a Dios en favor del rey. Pero él, injuriándolos, los amenazó con que, si el pueblo no le entregaba a Yehudá, derribaría el Templo cuando regresara. Y, tras proferir estas amenazas, salió de Yerushaláyim; y los sacerdotes prorrumpieron en llanto por la aflicción que les causaban aquellas palabras, y suplicaban a Dios que los librara de los enemigos. Nicanor, cuando, saliendo de Yerushaláyim, llegó a una aldea llamada Bet-Jorón, acampa allí, sumándosele además otra fuerza venida de Siria; y Yehudá acampa en Adasá, otra aldea distante treinta estadios de Bet-Jorón, con dos mil soldados. Tras exhortarlos a no amedrentarse por la multitud de los adversarios ni a calcular contra cuántos van a luchar, sino a considerar quiénes son ellos y por qué premios se juegan la vida, y a marchar con ánimo contra los enemigos, los saca al combate; y, chocando con Nicanor y trabada una dura batalla, vence a los adversarios, mata a muchos de ellos, y por último cayó el propio Nicanor, combatiendo con brillantez. Caído él, tampoco el ejército aguantó, sino que, perdido su general, se dio a la fuga arrojando las armaduras. Yehudá, persiguiéndolos, los mataba, y con las trompetas señalaba a las aldeas de alrededor que vencía a los enemigos. Los de aquellas, al oírlo, saltaban fuera armados y, saliendo al paso de los fugitivos, los mataban colocándose frente a ellos, de modo que de aquella batalla no escapó ninguno, siendo nueve mil.
Esta victoria vino a suceder el trece del mes que los judíos llaman Adar y los macedonios Distro. En este celebran cada año la fiesta de la victoria y tienen ese día por festivo. Desde aquel tiempo, sin embargo, la nación de los judíos, tras descansar por poco de las guerras y gozar de paz, cayó luego de nuevo en luchas y peligros.
Al sumo sacerdote Álcimo, que quería derribar el muro del santuario —antiguo y construido por los profetas de antaño—, le sobrevino de improviso un golpe de Dios, por el cual, sin habla, fue derribado a tierra y, atormentado durante muchos días, murió, tras haber ejercido el sumo sacerdocio cuatro años. Muerto este, el pueblo da el sumo sacerdocio a Yehudá, quien, al oír acerca del poder de los romanos, y que habían sometido en la guerra a la Galia, a Iberia y a Cartago de Libia, y que además de estas habían dominado a Grecia y a los reyes Perseo y Filipo y a Antíoco el Grande, resolvió hacer amistad con ellos. Enviando, pues, a Roma a dos de sus amigos, Eupólemo, hijo de Yojanán, y Jasón, hijo de Elazar, les pidió por medio de ellos ser aliados y amigos, y que escribieran a Demetrio para que no hiciera la guerra a los judíos. Llegados a Roma los embajadores de Yehudá, el senado los recibe y, tras deliberar sobre aquello para lo que habían sido enviados, aprueba la alianza. Y, dictando un decreto sobre esto, envió la copia a Judea, mientras que el original lo grabaron en tablillas de bronce y lo depositaron en el Capitolio.
Era del tenor siguiente: «Decreto del senado sobre la alianza y la buena voluntad hacia la nación de los judíos. Que ninguno de los sometidos a los romanos haga la guerra a la nación de los judíos ni provea a quienes les hagan la guerra ni grano, ni naves, ni dinero. Y si algunos atacan a los judíos, que los romanos los socorran en cuanto les sea posible; y, a su vez, si algunos atacan a los romanos, que los judíos sean sus aliados. Y si la nación de los judíos quisiera añadir o quitar algo a esta alianza, hágase por decisión común del pueblo romano, y cuanto se añada, sea válido.» El decreto fue redactado por Eupólemo, hijo de Yojanán, y por Jasón, hijo de Elazar, siendo Yehudá sumo sacerdote de la nación y Shimón, su hermano, general. Y así vino a establecerse la primera amistad y alianza de los romanos con los judíos.
Cómo Báquides fue enviado de nuevo contra Yehudá, y cómo Yehudá cayó combatiendo valerosamente
Demetrio, cuando le fue anunciada la muerte de Nicanor y la destrucción del ejército que iba con él, envió de nuevo a Báquides con una fuerza a Judea. Este, partiendo de Antioquía y llegando a Judea, acampa en Arbela, ciudad de Galilea; y, tras sitiar y tomar a los que estaban en las cuevas de allí —pues muchos se habían refugiado juntos en ellas—, partiendo de allí se apresuró hacia Yerushaláyim. Sabiendo que Yehudá estaba acampado en una aldea llamada Zeto, se lanzó contra él con veinte mil de a pie y dos mil de a caballo; y Yehudá tenía en total mil hombres. Estos, al contemplar la multitud de Báquides, se atemorizaron y, abandonando el campamento, huyeron todos salvo ochocientos.
Yehudá, abandonado por sus propios soldados, con los enemigos encima y sin que le dieran tiempo alguno para reunir su fuerza, estaba dispuesto a trabar combate con los ochocientos contra los de Báquides; y, animándolos a afrontar el peligro con brío, los exhortaba a avanzar a la batalla. Como ellos decían que no eran rivales para tan enorme ejército, y le aconsejaban retirarse ahora y salvarse, y luego, reunidos los suyos, atacar a los enemigos, dijo: «¡Que no vea el sol suceder tal cosa, que yo muestre las espaldas a los enemigos! Antes bien, aunque la ocasión presente me traiga la muerte y sea forzoso que perezca combatiendo, me mantendré con nobleza soportando todo lo que venga, antes que arrojar sobre mis pasadas hazañas y la gloria que de ellas tengo la vergüenza de una huida ahora.» Y, diciendo esto a los que quedaban, exhortándolos a despreciar el peligro y a marchar contra los enemigos, así habló.
Báquides, sacando su fuerza del campamento, la formó para la batalla: puso la caballería en ambas alas, colocó a los soldados ligeros y arqueros delante de toda la falange, y él mismo estaba en el ala derecha. Dispuesto así el ejército, cuando se acercó al campamento de los enemigos, ordenó al trompeta dar la señal y a la tropa avanzar dando el grito de guerra. Yehudá, haciendo lo mismo, choca con los enemigos; y, combatiendo ambos con firmeza y prolongándose la batalla hasta la puesta del sol, viendo Yehudá que Báquides y lo más fuerte del ejército estaban en el ala derecha, tomó a los más animosos y se lanzó contra aquella parte de la formación; y, atacando a los de allí, desgarró su falange. Empujando hasta el centro, los forzó a la fuga y los persigue hasta un monte llamado Azá. Pero los que ocupaban el ala izquierda, al ver la derrota de los del ala derecha, rodearon a Yehudá mientras perseguía y lo cogen en medio, situándose a su espalda. Él, no pudiendo huir, sino cercado por los enemigos, se detuvo y luchó con los suyos. Tras matar a muchos de los adversarios y quedar exhausto, cayó también él, tras hazañas gloriosas antes cumplidas y en circunstancias semejantes de gloria cuando entregó su alma al morir.
Caído Yehudá, los que estaban con él, sin tener ya a quién mirar y privados de tal general, huyeron. Shimón y Yonatán, hermanos de Yehudá, recobrando el cuerpo de manos de los enemigos bajo tregua, lo llevaron a la aldea de Modín, donde también estaba enterrado su padre, y lo sepultaron, tras haberlo llorado la multitud durante muchos días y honrado en común con los ritos acostumbrados. Y tal fue el fin que alcanzó a Yehudá, hombre valeroso y grande en la guerra, fiel a las órdenes de su padre Matityahu, y que se ofreció a hacer y a sufrir todo por la libertad de sus conciudadanos. Habiendo sido, pues, de tal virtud, dejó de sí la mayor gloria y memoria, tras liberar a la nación y arrancarla de la esclavitud bajo los macedonios. Y, tras retener el sumo sacerdocio tres años, murió.