Libro cuarto
Todos los galileos que, tras la caída de Yotapata, se habían sublevado contra los romanos se rindieron cuando cayeron los de Taríquea, y los romanos recibieron todas las fortalezas y ciudades salvo Gíscala y los que habían ocupado el monte Tabor. También se les unió Gámala, ciudad situada frente a Taríquea, al otro lado del lago. Pertenecía al lote de Agripa, lo mismo que Sógane y Seleucia; ambas eran de la Gaulanítide: Sógane era parte de la llamada Gaulán superior, y Gámala de la inferior, mientras que Seleucia estaba junto al lago de los semequonitas. Este lago tiene treinta estadios de ancho y sesenta de largo; sus marismas se extienden hasta el paraje de Dafne, lugar de por sí delicioso y con manantiales que, al alimentar el llamado pequeño Yardén junto al templo de la vaca de oro, lo envían hacia el grande.
A los de Sógane y Seleucia los ganó Agripa al comienzo de la sublevación con promesas de paz; Gámala, en cambio, no se rindió, confiada en lo abrupto del terreno aún más que Yotapata. Pues un áspero espolón que baja de un monte elevado se alza en un lomo por el medio; se prolonga desde la cima inclinándose hacia delante tanto como por detrás, de modo que en su forma recuerda a un camello, de donde le viene el nombre —aunque los del lugar no pronuncian con exactitud el término—. Por los flancos y el frente se quiebra en barrancos intransitables; solo por la cola escapa un poco a lo escarpado, allí donde pende del monte, y aun eso lo hicieron los naturales difícil de pasar cortándolo con un foso transversal. En la ladera, edificadas a pico, las casas se apiñaban terriblemente unas sobre otras, y la ciudad, semejante a un despeñadero, parecía precipitarse sobre sí misma por lo empinado. Se inclinaba hacia el mediodía, y su cerro meridional, alzándose a una altura inmensa, era la ciudadela de la ciudad; por encima, sin muralla, un precipicio caía hasta el barranco más hondo; y dentro del muro había un manantial, donde terminaba el caserío.
Siendo así por naturaleza casi inexpugnable, Josefo, al amurallarla, la hizo aún más fuerte con galerías subterráneas y trincheras. Sus habitantes, por la índole del lugar, eran más audaces que los de Yotapata, aunque de combatientes tenían muchos menos; y de tal modo confiaban en la posición que no admitían más gente. Pues la ciudad se había llenado de refugiados por su fortaleza; por eso también resistió siete meses a los que Agripa había enviado antes contra ella para el asedio.
Vespasiano partió de Amato, donde había acampado frente a Tiberíades —Amato, traducido, quiere decir «aguas calientes», pues hay allí un manantial de aguas termales aptas para la curación—, y llegó ante Gámala. No podía rodear con un cerco de vigilancia toda la ciudad, dada su disposición; pero en los puntos accesibles apostó guardias y ocupó el monte que la domina. Fortificados los campamentos de las legiones sobre él, según su costumbre, comenzó los terraplenes por la cola: la parte oriental, donde estaba la torre más alta de la ciudad, la trabajaba la legión decimoquinta; la quinta laboraba frente al centro de la ciudad, y la décima rellenaba las trincheras y los barrancos.
En esto, el rey Agripa se acercó a las murallas e intentaba hablar con los que las guardaban sobre la rendición, cuando uno de los honderos lo alcanzó con una piedra en el codo derecho. A él lo rodearon enseguida los suyos; pero a los romanos los soliviantó para el asedio la ira por lo del rey y el temor por sí mismos: pues quienes contra un hombre de su propia sangre y consejero de lo que les convenía se habían encarnizado así, no dejarían de cometer todo exceso de crueldad contra extranjeros y enemigos.
Terminados, pues, los terraplenes más rápido por la abundancia de brazos y la práctica en tales obras, acercaron las máquinas. Los de Cares y Yosef —que eran los más poderosos en la ciudad—, aunque sus soldados estaban aterrados, los pusieron en orden de batalla, pues no creían poder resistir mucho tiempo el asedio, faltos de agua y de las demás provisiones. Aun así, animándolos, los sacaron a la muralla, y por un momento rechazaron a los que acercaban las máquinas; pero, batidos por los catapultazos y las máquinas arrojapiedras, se retiraron a la ciudad.
Los romanos, acercando los arietes por tres puntos, sacudieron la muralla y, derramándose por lo derribado con gran son de trompetas y estrépito de armas, entre gritos de guerra, chocaron con los de la ciudad. Estos, resistiendo al principio en las primeras entradas, les impedían avanzar y contenían con firmeza a los romanos; pero, forzados por muchos y por todas partes, se volvieron hacia lo alto de la ciudad y, revolviéndose de improviso sobre los enemigos que los seguían de cerca, cayeron sobre ellos, los empujaron hacia abajo y, apretados por la estrechez y lo escabroso del terreno, los mataban. Y estos, que no podían defenderse de los de arriba ni abrirse paso entre los suyos, que empujaban hacia delante, se refugiaron en las casas de los enemigos, que estaban a ras de suelo. Pero estas, llenándose de gente, pronto se venían abajo, sin aguantar el peso; una sola de las de abajo, al caer, arrastraba a muchas de las de arriba, y estas, a su vez, a las que tenían debajo.
Esto acabó con muchísimos romanos: por su desconcierto, aunque las veían hundirse, saltaban a los tejados, y muchos quedaban sepultados bajo los escombros, muchos huían con parte del cuerpo atrapada, y a la mayoría los mataba la polvareda ahogándolos. Los de Gámala creyeron que era ayuda de Dios y, despreocupados de su propio daño, apretaban: empujaban a los enemigos hacia los tejados y, cuando estos resbalaban por las callejuelas escarpadas, sin cesar los golpeaban desde arriba al caer y los mataban. Tenían por munición los propios escombros, llenos de piedras, y el hierro se lo proporcionaban los cadáveres enemigos: arrancando las espadas de los caídos, las usaban contra los que agonizaban. Muchos, desde las casas que ya se derrumbaban, se arrojaban a sí mismos y morían. Ni siquiera para los que se volvían era fácil la huida: por desconocimiento de las calles y por la espesura del polvo, sin reconocerse unos a otros, se amontonaban y caían aplastándose entre sí. Estos, hallando a duras penas las salidas, se retiraron de la ciudad.
Vespasiano, que siempre permanecía junto a los que sufrían —pues lo embargaba una honda pena al ver la ciudad desplomándose sobre su ejército—, olvidado de su propia seguridad, sin darse cuenta fue avanzando poco a poco hasta lo más alto de la ciudad, donde quedó abandonado en medio de los peligros con muy pocos hombres. Pues tampoco su hijo Tito estaba entonces con él, por haber sido enviado a Muciano, a Siria. No juzgó ni seguro ni decoroso volver la espalda; y, acordándose de sus fatigas desde la juventud y de su propio valor, como poseído de un ímpetu divino, cubrió con los escudos, en apretada formación, los cuerpos y las armaduras de los que estaban con él, y aguantó la guerra que se le venía encima desde lo alto: sin acobardarse ante la multitud de hombres ni ante los proyectiles, resistió hasta que los enemigos, viendo que la firmeza de su ánimo tenía algo de sobrehumano, aflojaron su empuje. Al atacar ellos con menos brío, él se retiró paso a paso, sin mostrar la espalda, hasta quedar fuera de la muralla.
Muchísimos romanos cayeron en aquel combate, entre ellos el decurión Ebutio, hombre que no solo en la batalla en que cayó, sino en todas partes y antes, se había mostrado valentísimo y había causado grandísimos males a los judíos. Un centurión llamado Galo, rodeado en la confusión con diez soldados, se metió en cierta casa, y, oyendo desde dentro cómo los que allí estaban comentaban en la cena lo que el pueblo tramaba contra los romanos o acerca de sí mismo —pues él y los suyos eran sirios—, se levantó de noche, los degolló a todos y con sus soldados se puso a salvo entre los romanos.
Vespasiano consolaba a su ejército, abatido por el fracaso de su temeridad y porque hasta entonces en ningún sitio habían sufrido tal desastre, y sobre todo avergonzado de haber dejado al general solo en los peligros. Sobre lo que a él tocaba, se contenía, para no parecer siquiera que se quejaba; había que soportar los reveses comunes con hombría —les decía—, considerando la índole de la guerra: que en ninguna parte la victoria se alcanza sin sangre, y que la fortuna cobra su parte al tiempo que se pone de tu lado. Habiendo dado muerte a tantas decenas de miles de judíos, ellos habían pagado al destino una pequeña contribución. Como es de gente sin gusto engreírse en exceso con los éxitos, así es de cobardes acobardarse en los reveses: rápido es en ambos el vuelco, y el mejor es el que se mantiene sereno también en la buena fortuna, para que perdure, y con buen ánimo rehace en la lucha sus tropiezos.
«Lo ahora ocurrido no ha sido ni por flaqueza vuestra ni por el valor de los judíos, sino que, tanto de su ventaja como de nuestro fracaso, la causa ha sido lo escabroso del terreno. Por lo cual podría uno reprochar de vosotros la falta de mesura en el arrojo: cuando los enemigos se replegaron a lo alto, debíais reteneros y no seguir los peligros exponiéndoos de frente en lo más alto, sino, dueños de la ciudad baja, ir poco a poco atrayendo a los que huían hacia arriba a un combate seguro y firme. Pero ahora, lanzándoos sin freno a la victoria, descuidasteis vuestra propia seguridad. La imprudencia en la guerra y la locura del ímpetu no son propias de romanos, que todo lo llevamos a buen término con pericia y orden, sino de bárbaros, y es aquello por lo que sobre todo son vencidos los judíos. Conviene, pues, volver a vuestro propio valor y enardeceros más que abatiros por un tropiezo inmerecido. Que cada cual busque el mejor consuelo en su propia mano: así vengaréis a los muertos y castigaréis a los que los mataron. Yo, por mi parte, intentaré, como ahora, ir delante de vosotros contra los enemigos en cada batalla y ser el último en retirarme.»
Con tales palabras levantaba el ánimo de su ejército. A los de Gámala, por breve tiempo, les dio ánimo el éxito, sobrevenido de forma tan inesperada y grande; pero, al pensar luego que se habían privado a sí mismos de toda esperanza de un pacto, y reparando en que no podrían escapar —pues ya escaseaban las provisiones—, se descorazonaron terriblemente y decayeron en su ánimo. No por eso descuidaron, en lo posible, su salvación: los más valientes guardaban las brechas de la muralla, y el resto vigilaba lo que quedaba en pie. Como los romanos reforzaban los terraplenes e intentaban de nuevo el asalto, muchos huían de la ciudad por barrancos intransitables, donde no había guardias, y por las galerías subterráneas. Cuantos, por miedo a ser capturados, se quedaron, perecían de hambre; pues toda la comida se juntaba para los que podían combatir.
Y mientras ellos aguantaban en tales penalidades, Vespasiano hizo, como labor accesoria del asedio, la de los que habían ocupado el monte Tabor, que está a mitad de camino entre la gran llanura y Escitópolis. Su altura se eleva unos treinta estadios, apenas accesible por el lado norte; su cima es una explanada de veintiséis estadios, toda amurallada. Tan gran recinto lo levantó Josefo en cuarenta días, abastecido desde abajo tanto del resto de materiales como de agua, pues los moradores solo tenían agua de lluvia. Habiéndose reunido allí, pues, gran multitud, Vespasiano envió a Plácido con seiscientos jinetes. A este le era imposible subir; pero, con la esperanza de pactos y con exhortaciones a la paz, iba atrayendo a la mayoría. Ellos bajaban, a su vez, con el propósito de tenderle una trampa: pues Plácido trataba con ellos con mansedumbre, deseoso de cogerlos en la llanura, y ellos bajaban como si de veras se dejaran persuadir, para caer sobre él descuidado. Pero venció la astucia de Plácido: al empezar los judíos el combate, fingió huir y, arrastrándolos en su persecución largo trecho por la llanura, hizo volver grupas a los jinetes; y, poniéndolos en fuga, mató a muchísimos y, cortando la retirada al resto de la multitud, les impidió el ascenso. Ellos, abandonando el monte Tabor, huyeron hacia Yerushaláyim; y los del lugar, obtenidas garantías —pues les había faltado el agua—, entregaron a Plácido el monte y a sí mismos.
De los de Gámala, los más arrojados escapaban a hurtadillas huyendo, mientras que los débiles perecían de hambre; pero los combatientes resistían el asedio hasta que, el día veintidós del mes de Hiperbereteo, tres soldados de la legión decimoquinta, hacia la guardia del alba, se deslizaron bajo la torre que sobresalía frente a ellos y la socavaron en silencio. Los guardias de encima no advirtieron ni que se acercaban —pues era de noche— ni que habían llegado. Los soldados, evitando todo ruido y sacando rodando las cinco piedras más recias, se lanzaron fuera de un salto. La torre se desplomó de repente con un estruendo enorme, y con ella se precipitaron sus guardias; alborotados, los de las demás guardias huyeron; y a muchos que se atrevían a abrirse paso los mataron los romanos, entre ellos a Yosef, a quien uno alcanzó y mató cuando escapaba por la brecha de la muralla. Toda la ciudad, sacudida por el estruendo, era un correr de un lado a otro y un gran pavor, como si todos los enemigos hubieran irrumpido. Allí también Cares, que yacía enfermo y en tratamiento, expiró, pues el mucho miedo colaboró con la enfermedad para su muerte.
Los romanos, sin embargo, acordándose del anterior desastre, no irrumpieron hasta el día veintitrés del mencionado mes. Tito —que ya estaba de vuelta—, irritado por el golpe que los romanos habían sufrido en su ausencia, escogió doscientos jinetes, más los de a pie, y entró en la ciudad sin ruido. Al entrar él, los guardias, al advertirlo, corrieron a las armas entre gritos; y, hecha pronto patente la irrupción también a los de dentro, unos, arrebatando a sus hijos y arrastrando a sus mujeres, huían hacia la ciudadela entre lamentos y gritos, y otros, saliendo al encuentro de Tito, caían sin cesar; cuantos no lograron subir corriendo a la cima, en su desconcierto iban a dar en las guardias de los romanos. Inmenso era por todas partes el gemido de los que morían, y la sangre inundaba toda la ciudad, corriendo cuesta abajo.
Contra los que huían a la ciudadela acudió en ayuda Vespasiano, metiendo dentro todas sus fuerzas. La cima era por todas partes rocosa y difícil de pasar, alzada a una altura inmensa, rodeada por doquier de precipicios y cortada a pico sobre el abismo. Allí los judíos maltrataban a los que subían con toda clase de proyectiles y haciendo rodar piedras, mientras que ellos, por la altura, eran difíciles de alcanzar con un dardo. Pero se levantó, para perdición suya y de frente contra ellos, una tempestad sobrenatural que llevaba hacia ellos los proyectiles de los romanos y volvía atrás los suyos y los desviaba de través. Ni podían mantenerse al borde de los precipicios, por la violencia del viento, al no tener nada firme donde afianzarse, ni alcanzaban a ver a los que subían. Los romanos treparon y, cercándolos, se adelantaban a matar a unos mientras se defendían y a otros que tendían las manos; y les avivaba el furor contra todos el recuerdo de los caídos en la primera irrupción. Desesperando de la salvación, cercados por todas partes, muchos arrojaron al barranco a sus hijos, a sus mujeres y a sí mismos —aquel barranco hondísimo, socavado al pie de la ciudadela—.
Y resultó que la ira de los romanos pareció más blanda que la desesperación de los propios vencidos: cuatro mil fueron degollados por aquellos, mientras que de los que se arrojaron se hallaron más de cinco mil. No se salvó nadie, salvo dos mujeres: eran hijas de la hermana de Filipo; y Filipo mismo era hijo de un tal Jácimo, hombre distinguido, que había sido tetrarca al servicio del rey Agripa. Estas se salvaron por haber escapado a la ira de los romanos durante la toma; pues entonces ni de los niños de pecho se compadecían, sino que a muchos, una y otra vez, los arrebataban y los despeñaban desde la ciudadela con la honda. Así fue tomada Gámala, el día veintitrés del mes de Hiperbereteo, habiendo comenzado su sublevación el veinticuatro del mes de Gorpieo.
Solo Gíscala, pequeña ciudad de Galilea, quedaba sin conquistar. Su gente pensaba en la paz —pues en su mayoría eran labradores, siempre pendientes de la esperanza de las cosechas—, pero se había infiltrado entre ellos no poca banda de salteadores, con quienes también algunos de los ciudadanos enfermaban del mismo mal. Los empujaba a la sublevación y los agrupaba un tal Yojanán, hijo de Leví, hombre embaucador y de carácter de lo más taimado: pronto a concebir grandes esperanzas y hábil para lograr lo esperado, y para todos era claro que amaba la guerra como medio de alcanzar el poder. Bajo su mando estaba el bando sedicioso de Gíscala; por su culpa, tal vez, el pueblo, aun habiendo enviado una embajada para rendirse, aguardaba la llegada de los romanos como en pie de guerra.
Vespasiano envió contra ellos a Tito con mil jinetes, y trasladó la legión décima a Escitópolis. Él mismo, con las dos restantes, volvió a Cesarea, dando descanso a sus tropas del continuo esfuerzo y pensando que, con la abundancia de las ciudades, alimentaría los cuerpos y el ánimo para los combates venideros; pues veía que le quedaba no poca fatiga en torno a Yerushaláyim, por ser ciudad regia y sobresalir por encima de toda la nación, y por afluir a ella los que huían de la guerra. Lo fuerte de su posición por naturaleza y por la construcción de sus murallas le causaba una inquietud nada común; y suponía que los ánimos de aquellos hombres y sus audacias serían difíciles de manejar aun sin murallas. Por eso adiestraba a sus soldados como a atletas para las lides.
A Tito, al llegar a caballo ante Gíscala, le era fácil tomar la ciudad al primer asalto; pero, sabiendo que, si la tomaba por la fuerza, la multitud sería destruida sin freno por los soldados —y ya estaba harto de matanzas y, más por compasión, le dolía que la gente pereciera indistintamente junto con los culpables—, prefirió reducir la ciudad por capitulación. Y así, estando la muralla llena de hombres —que en su mayoría eran de la banda corrompida—, les dijo que se admiraba de con qué confiaban, cuando toda ciudad había caído, para resistir ellos solos las armas de los romanos, habiendo visto ciudades mucho más fuertes derribadas de un solo asalto, mientras que en seguridad disfrutaban de sus propios bienes cuantos se habían confiado a la mano tendida de los romanos —la que también ahora les ofrecía, sin guardar rencor por su terquedad—. Pues era perdonable la esperanza de libertad, pero ya no la obstinación en lo imposible; que, si no se dejaban persuadir por palabras humanas y por garantías de fe, probarían las armas sin cuartel, y muy pronto verían aplastarse la muralla bajo las máquinas de los romanos, esa muralla en que confiados demostraban ser los únicos galileos que eran cautivos obstinados.
Ante esto, a la gente del pueblo no solo no le era posible responder a nada, sino ni siquiera subir a la muralla, pues todo lo habían acaparado de antemano los salteadores, y eran guardias de las puertas, para que nadie saliera a los tratos ni admitiera dentro a alguno de los jinetes. El propio Yojanán dijo que él aceptaba las propuestas y que a los que no obedecieran los persuadiría o los obligaría; pero que Tito debía concederle aquel día —pues era el séptimo— en gracia de la ley de los judíos, en el cual, así como les está vedado tomar las armas, así también lo está pactar acerca de la paz. Que tampoco los romanos ignoraban que el ciclo del séptimo día es para ellos día de descanso de todo, y que quien fuerza a quebrantarlo no comete menos impiedad que los forzados. A él ninguna pérdida le acarreaba el aplazamiento: pues ¿qué podría tramar nadie de noche, salvo la fuga, siendo posible acampar alrededor y montar guardia? Y para ellos era gran ganancia no quebrantar en nada las costumbres patrias. Convenía, además, a quien contra toda esperanza les regalaba la paz a los salvados, respetar también sus leyes.
Con tales sofismas engañaba a Tito, mirando no tanto por el séptimo día cuanto por su propia salvación; pues temía quedar atrapado de golpe si la ciudad caía de noche, y en la fuga cifraba las esperanzas de su vida. Fue obra de Dios, que salvaba a Yojanán para la ruina de Yerushaláyim, el que no solo Tito se dejara persuadir por el pretexto del aplazamiento, sino que además acampara más lejos de la ciudad, junto a Cidasa; es esta una aldea fuerte de los tirios, tierra adentro, siempre en odio y guerra con los galileos, con abundancia de habitantes y con su fortaleza como recurso para su discordia con la nación.
De noche, Yojanán, al ver que los romanos no tenían ninguna guardia en torno a la ciudad, aprovechó la ocasión y, tomando consigo no solo a sus soldados, sino también a muchos de los más ociosos con sus familias, huyó hacia Yerushaláyim. Hasta unos veinte estadios pudo llevar consigo aquella turba de mujeres y niños un hombre acuciado por el miedo al cautiverio y por su vida; pero, al avanzar más, se iban quedando atrás, y terribles eran los lamentos de los abandonados. Pues cuanto más lejos quedaba cada cual de los suyos, tanto más cerca se creía de los enemigos; y, pensando que ya llegaban los que iban a apresarlos, se espantaban, y al ruido de la carrera de unos y otros se volvían como si ya estuvieran presentes aquellos de quienes huían. Muchos caían por lugares sin camino, y en torno a la calzada la disputa de los que se adelantaban aplastaba a muchos. Lastimosa era la muerte de mujeres y niños, y algunas, cobrando ánimo, llamaban a sus maridos y parientes y, entre gemidos, les suplicaban que esperaran. Pero venció la orden de Yojanán, que gritaba que se salvaran a sí mismos y se refugiaran allí donde pudieran también vengar de los romanos, si eran apresados, a los que dejaban atrás. Así, la multitud de fugitivos se dispersó, cada cual según su fuerza o su rapidez.
Tito, al día siguiente, se presentó ante la muralla para lo pactado. El pueblo le abrió las puertas y, saliendo con sus familias, lo aclamaba como bienhechor y como quien había librado a la ciudad de su guarnición; pues le informaban a la vez de la fuga de Yojanán y le rogaban que los perdonara y que entrara a castigar a los que quedaban de los revoltosos. Él, poniendo en segundo lugar las súplicas del pueblo, envió una parte de la caballería a perseguir a Yojanán; pero no lo alcanzaron —pues se le adelantó, refugiándose en Yerushaláyim—, y de los que habían partido con él mataron a unos seis mil, y a mujeres y niños, poco menos de tres mil, los rodearon y trajeron consigo. Tito se dolía de no haber castigado en el acto la trapacería de Yojanán; pero, teniendo consuelo bastante para su furor frustrado en la multitud de cautivos y de muertos, entró en la ciudad entre aclamaciones, y, mandando a los soldados derribar un trozo de la muralla, según la ley de conquista, refrenaba con amenazas más que con castigo a los que perturbaban la ciudad; pues, si distinguía a los merecedores de castigo, muchos, por odios domésticos y rencillas privadas, denunciarían a inocentes. Mejor era dejar en vilo, en el temor, al culpable, que hacer perecer con él a alguno de los que no lo merecían; pues aquel tal vez escarmentaría por miedo al castigo, avergonzado del perdón de lo pasado, mientras que el castigo de los muertos sin culpa es irreparable. Aseguró, no obstante, la ciudad con una guarnición, con la que pensaba contener a los revoltosos y dejar más confiados a los que deseaban la paz. Así, pues, fue tomada toda Galilea, tras haber ejercitado a los romanos con muchos sudores de cara a Yerushaláyim.
A la entrada de Yojanán, todo el pueblo se derramó por las calles, y en torno a cada uno de los que habían huido con él una turba inmensa, apretujada, indagaba las desgracias de fuera. En ellos, el jadeo aún caliente y entrecortado revelaba su apuro; pero, aun en la desgracia, fanfarroneaban, diciendo que no habían huido de los romanos, sino que venían a combatirlos desde lugar seguro; que era de insensatos e inútiles arriesgarse temerariamente por Gíscala y por débiles aldeas, cuando había que reservar las armas y el vigor para la metrópoli y guardarla en común. Y entonces dejaban entrever la caída de Gíscala, y lo que ellos llamaban con eufemismo «retirada», los más lo entendían como fuga. Sin embargo, cuando se supo lo de los cautivos, no pequeña turbación se apoderó del pueblo, y sacaban grandes indicios de su propia ruina venidera.
Yojanán se avergonzaba poco de los apresados y, yendo de uno en otro, incitaba a todos a la guerra con esperanzas: presentaba a los romanos como débiles y ensalzaba el poder propio, burlándose de la ignorancia de los inexpertos: que ni aunque les nacieran alas franquearían jamás los romanos la muralla de Yerushaláyim, ellos que penaban en las aldeas de Galilea y habían desgastado sus máquinas contra aquellos muros. Con esto se iba corrompiendo la mayor parte de los jóvenes y se enardecía para la guerra; pero de los sensatos y los ancianos no había quien, previendo lo por venir, no llorara como si la ciudad ya estuviera perdida. Así estaba el pueblo en tal confusión; pero, antes que en Yerushaláyim, la sedición había estallado ya en la multitud del campo.
Pues Tito marchó de Gíscala a Cesarea, y Vespasiano, de Cesarea a Yavne y a Ashdod, y, sometiéndolas y estableciendo en ellas guarniciones, se volvió llevándose gran multitud de los que se le habían rendido a la fe dada. En cada ciudad se agitaba el desorden y la guerra civil, y, apenas descansaban de los romanos, volvían las manos unos contra otros. Áspera era la disputa entre los amantes de la guerra y los que ansiaban la paz. Primero prendió el afán de discordia en las casas, entre quienes de antiguo estaban de acuerdo; luego, desligándose unos de otros los más queridos, y agrupándose cada cual con los que sostenían lo mismo, ya se enfrentaban en masa. Y había sedición por todas partes: el bando revoltoso y ávido de armas prevalecía, por su juventud y su audacia, sobre los ancianos y sensatos. Se dieron primero, cada grupo, al pillaje de los del lugar; luego, formando cuadrillas por compañías, al bandidaje por el campo, de suerte que, en crueldad y desafuero, en nada se diferenciaban para ellos los romanos de sus propios compatriotas, y a los saqueados mucho más llevadera les parecía la conquista bajo los romanos.
Las guarniciones de las ciudades, en parte por rehusar penalidades y en parte por odio a la nación, poco o nada socorrían a los maltratados, hasta que, hartos de los pillajes por el campo, los cabecillas de las bandas de todas partes se juntaron y, hechos una cuadrilla de maldad, se infiltraron en Yerushaláyim, ciudad sin general y que, por costumbre patria, acogía sin recelo a todo compatriota, cuando entonces todos creían que cuantos afluían venían por buena voluntad, como aliados. Esto mismo, aun aparte de la sedición, anegó después a la ciudad: pues por una multitud inútil y ociosa se consumieron de antemano las provisiones que habrían bastado a los combatientes, y, sobre la guerra, se acarrearon la sedición y el hambre.
Otros salteadores, llegando del campo a la ciudad y sumándose a los de dentro, más feroces aún, ya no cejaban en ninguna atrocidad: no medían su audacia solo por robos y despojos, sino que llegaban hasta los asesinatos, no de noche, ni a escondidas, ni contra cualquiera, sino a las claras y en pleno día, empezando por los más ilustres. Pues primero prendieron y encarcelaron a Antipas, hombre del linaje real y de los más poderosos de la ciudad, hasta el punto de que se le habían confiado los tesoros públicos; después, a un tal Levías, de los ilustres, y a Sifas hijo de Aregetes —también de linaje real era el de estos—, y a los que en el campo parecían sobresalir. Terrible espanto se apoderó del pueblo, y, como si la ciudad estuviera tomada por guerra, cada cual solo se cuidaba de su propia salvación.
Pero a ellos no les bastaban las cadenas de los apresados, ni juzgaban seguro guardar así, por mucho tiempo, a hombres poderosos: pues sus casas eran capaces de defenderlos, al no ser de pocos hombres, y, además, tal vez el pueblo se levantaría, movido por el desafuero. Decidieron, pues, matarlos, y enviaron a un tal Yojanán, el más pronto de entre ellos para el asesinato —a este lo llamaban, en la lengua del país, «hijo de Dórcada»—; con él entraron diez, espada en mano, en la cárcel y degollaron a los apresados. Ante un crimen tan grande, mentían descaradamente e inventaban pretextos: decían que aquellos habían tratado con los romanos acerca de la entrega de Yerushaláyim y que los habían matado por traidores a la libertad común; y en general se jactaban de sus atrocidades como si se hubieran hecho bienhechores y salvadores de la ciudad.
Y llegó a tal punto el pueblo en abatimiento y miedo, y aquellos en desvarío, que hasta las designaciones de los sumos sacerdotes dependían de ellos. Anulando, en efecto, los linajes de los que por sucesión eran nombrados sumos sacerdotes, ponían a gente oscura y sin abolengo, para tener cómplices de sus impiedades; pues quienes, sin merecerlo, alcanzaban el más alto honor forzosamente obedecían a los que se lo habían dado. Enfrentaban también a los magistrados con toda clase de artimañas y calumnias, procurándose ocasión en las rencillas mutuas de los que se les oponían, hasta que, saciados de injusticias contra los hombres, trasladaron su ultraje a lo divino y, con los pies manchados, entraban en el Santuario.
Y, ya al alzarse contra ellos la multitud —pues la incitaba Anano, el más anciano de los sumos sacerdotes, hombre de la mayor prudencia, que tal vez habría salvado la ciudad de haber escapado de las manos de los conspiradores—, ellos hicieron del Templo de Dios su fortaleza y su refugio contra los tumultos del pueblo, y el Santuario era para ellos guarida de tiranos. A los horrores se mezclaba la burla, más dolorosa que los propios desmanes; pues, para probar el pavor del pueblo y tantear su propia fuerza, se pusieron a designar por sorteo a los sumos sacerdotes, siendo, como dijimos, la sucesión de estos por linaje. El pretexto de la maquinación era una costumbre antigua —pues decían que también antaño el sumo sacerdocio se echaba a suertes—; pero la verdad era la abolición de la ley más firme y una artimaña para hacerse con el poder, nombrando ellos mismos las magistraturas.
Y así, mandando llamar a una de las tribus sacerdotales, la llamada Eniaquín, sortearon un sumo sacerdote, y por azar le tocó el que mejor puso de manifiesto su desafuero: un tal Faní, hijo de Shemuel, de la aldea de Aftia, hombre que no solo no era de estirpe de sumos sacerdotes, sino que ni siquiera sabía a ciencia cierta qué era el sumo sacerdocio, por su rusticidad. Arrastrándolo, en fin, del campo contra su voluntad, como en un escenario, lo engalanaban con una máscara ajena, poniéndole la vestidura sagrada y enseñándole en cada momento qué debía hacer. Para ellos era chanza y juego tamaña impiedad; pero a los demás sacerdotes, que contemplaban de lejos cómo se hacía burla de la ley, les venían las lágrimas y gemían por la abolición de las sagradas dignidades.
Esta osadía suya no la soportó el pueblo, sino que todos se lanzaron como para derribar una tiranía; pues también los que parecían sobresalir entre ellos, Gorión hijo de Yosef y Shimón el de Gamaliel, animaban, tanto en las asambleas a la muchedumbre como en privado, yendo de uno en uno, a castigar de una vez a los corruptores de la libertad y a limpiar el Santuario de los asesinos; y los más estimados de los sumos sacerdotes, Yeshúa hijo de Gamalá y Anano hijo de Anano, reprochando mucho al pueblo su modorra en las reuniones, lo incitaban contra los zelotes —pues así se habían llamado a sí mismos, como si se dedicaran a cosas buenas, y no como quienes emulaban las peores de las obras y aun las sobrepasaban—.
Y así, reunida la multitud en asamblea, e indignados todos por la ocupación del Santuario, por los saqueos y por los asesinatos, pero sin haberse aún lanzado a la defensa, por suponer —lo que era cierto— que los zelotes eran difíciles de acometer, Anano, puesto en medio y dirigiendo una y otra vez la mirada al Templo, con los ojos llenos de lágrimas, dijo: «¡Bien me hubiera estado morir antes de ver la casa de Dios colmada de tantas abominaciones y sus recintos inaccesibles y santos apretujados por los pies de asesinos! Y, sin embargo, revestido de la vestidura de sumo sacerdote y llamado con el más honroso de los nombres venerables, vivo y me aferro a la vida, sin afrontar, ni siquiera por mi vejez, una muerte gloriosa. Mas, si es preciso, no he de estar solo; y, como en un desierto, entregaré mi propia alma, ella sola, por Dios.»
¿Y para qué vivir en un pueblo insensible a sus desgracias, entre gentes que han perdido la capacidad de percibir los males que tienen entre manos? Os saquean y lo soportáis; os golpean y calláis; y ni por los asesinados hay quien gima abiertamente. ¡Oh amarga tiranía! Pero ¿por qué culpo a los tiranos? ¿Acaso no se han criado gracias a vosotros y a vuestra propia paciencia? ¿No fuisteis vosotros quienes, sin hacer caso de los primeros que se conjuraban —eran aún pocos—, los multiplicasteis con vuestro silencio; y quienes, quedándoos quietos mientras se armaban, volvisteis sus armas contra vosotros mismos? Debíais haber cortado sus primeros impulsos, cuando atacaban con injurias a sus propios parientes; pero vosotros, por descuido, aún azuzasteis al pillaje a esos malvados, y cuando saqueaban las casas nadie decía nada. Por eso llegaron a raptar a los mismos dueños, y cuando los arrastraban por en medio de la ciudad nadie salió en su defensa. Y aún fueron más lejos: maltrataron con cadenas a los que vosotros habíais entregado —callo cuántos y de qué condición—; pero a esos hombres sin acusación y sin juicio, encadenados, nadie los socorrió.
Lo que seguía era ver a esos mismos asesinados. También eso lo vimos: como de un rebaño de animales sin razón, siempre era arrastrada la mejor víctima, y nadie soltó siquiera un grito, ni mucho menos movió la mano. Soportad, pues, soportad ver pisoteado lo sagrado; y ya que vosotros mismos habéis puesto a esos impíos todos los peldaños de sus atrevimientos, no os pese ahora su supremacía; porque también ahora habrían llegado más lejos, si hubieran tenido algo mayor que lo sagrado que destruir. Está tomada, pues, la parte más fuerte de la ciudad —llamemos ahora al Templo ciudadela o fortaleza—; y teniendo enfrente una tiranía tan atrincherada, y viendo a los enemigos por encima de vuestras cabezas, ¿qué es lo que deliberáis, y con qué esperanzas calentáis vuestros ánimos?
¿Acaso vais a esperar a los romanos, para que nos socorran a nosotros en nuestras cosas sagradas? A tal punto han llegado los asuntos de la ciudad, a tal grado de desgracia hemos venido, que hasta los enemigos van a compadecernos. ¿No os alzaréis, oh desdichadísimos, y, volviéndoos contra los golpes —cosa que hasta en las fieras se puede ver—, rechazaréis a quienes os golpean? ¿No recordará cada uno sus propias desgracias, ni, poniendo ante los ojos lo que habéis padecido, aguzaréis vuestros ánimos contra ellos para la venganza? ¿Se ha perdido, pues, entre vosotros la más preciosa y natural de las pasiones, el deseo de libertad? ¿Nos hemos vuelto amigos de la esclavitud y amantes del amo, como si hubiéramos heredado de nuestros antepasados el someternos? Pero ellos sí sostuvieron muchas y grandes guerras por su autonomía, y no fueron vencidos ni por el poder de los de Mitsraim ni por el de los medos, con tal de no hacer lo que se les ordenaba.
Mas ¿qué falta hace hablar de los antepasados? La guerra de ahora contra los romanos —dejo de examinar si es provechosa y conveniente, o lo contrario—, ¿qué pretexto tiene? ¿No la libertad? Entonces, quienes no soportamos a los señores del mundo, ¿vamos a aguantar a tiranos de nuestra propia sangre? Someterse a los de fuera podría uno atribuirlo a la fortuna que una vez nos venció; pero ceder a los malvados de casa es propio de gente ruin que lo elige. Y ya que una vez he mencionado a los romanos, no os ocultaré algo que, cayéndome en medio del discurso, ha hecho volverse mi pensamiento: que aunque cayéramos bajo su dominio —lejos esté de nosotros esa prueba—, nada más grave podríamos sufrir que lo que estos nos han hecho. ¿Cómo no es digno de lágrimas ver en el Templo las ofrendas de aquellos, mientras los de nuestra propia sangre han despojado los despojos y han destruido la nobleza de la metrópoli, y han asesinado a hombres de los que aun ellos, si hubieran vencido, se habrían abstenido? Que los romanos nunca hayan traspasado el límite de lo profano, ni hayan violado ninguna de nuestras costumbres sagradas, y hayan sentido escalofrío al ver de lejos los recintos de lo santo; y que, en cambio, unos nacidos en esta tierra, criados según nuestras costumbres y llamados judíos, se paseen por en medio de lo santo con las manos aún calientes de la sangre de sus compatriotas.
¿Y después de esto hay quien tema la guerra de fuera y a quienes, en comparación, son mucho más moderados que los nuestros? Pues, en verdad, si hay que ajustar los nombres verdaderos a las cosas, quizá encontraría uno que los romanos son garantes de nuestras leyes, y enemigos los de dentro. Que son execrables los conspiradores contra la libertad, y que por lo que han hecho nadie podría imaginar un castigo digno de ellos, creo que todos habéis venido convencidos de vuestras casas, y aun antes de mis palabras estáis irritados contra ellos por sus obras, por lo que habéis padecido. Pero acaso muchos se dejan aterrar por su número, por su audacia y, además, por la ventaja del lugar. Mas esto, así como surgió por vuestro descuido, ahora crecerá más si lo aplazáis; porque su número aumenta cada día, pasándose a ellos todo malvado hacia sus semejantes, y su audacia se enciende al no tener hasta ahora ningún obstáculo; y del lugar, estando en lo alto, se servirán —y con preparativos— si les damos tiempo.
Creedme: si avanzamos contra ellos, estarán más abatidos por su propia conciencia, y la razón les quitará la ventaja de la altura. Quizá la divinidad, ultrajada, hará volver contra ellos sus propios proyectiles, y perecerán con sus mismos dardos los impíos. Con solo que nos vean, están deshechos. Y es hermoso, aunque haya algún peligro, morir junto a las puertas sagradas y entregar la vida —si no por los hijos o las mujeres, sí por Dios y por lo santo. Yo me pondré al frente, con el consejo y con la mano; y ni os faltará de nuestra parte idea alguna para vuestra seguridad, ni me veréis escatimar mi cuerpo.
Con estas palabras animaba Anano a la multitud contra los zelotes, no ignorando que ya eran difíciles de someter, por su número, por su juventud y por su temple de ánimo, y sobre todo por la conciencia de lo que habían hecho; pues no esperaba que cedieran, ya que no cabía esperanza de perdón definitivo por sus acciones. Con todo, prefería sufrir cualquier cosa antes que dejar los asuntos en tal confusión. La multitud, por su parte, gritaba que los llevara contra aquellos a quienes exhortaba, y cada uno estaba dispuestísimo a arriesgarse el primero.
Mientras Anano reclutaba y ordenaba a los aptos para el combate, los zelotes, informados del intento —pues tenían quienes les comunicaban todo lo del pueblo—, se irritaron, y saltando del Templo en masa y por bandas no perdonaban a ninguno de los que encontraban. Rápidamente reunió Anano a los del pueblo, superiores en número, pero inferiores a los zelotes en armas y en falta de instrucción. El ardor suplía en ambos bandos lo que faltaba: los de la ciudad habían tomado una cólera más fuerte que las armas, y los del Templo una audacia superior a toda multitud; unos, teniendo por inhabitable la ciudad para sí si no arrancaban de ella a los bandidos; los zelotes, en cambio, sabiendo que, si no vencían, no escaparían a ningún castigo.
Chocaron, pues, conducidos por sus pasiones. Al principio, por la ciudad y ante el Templo, se arrojaban piedras unos a otros y se lanzaban dardos de lejos, pero en los reveses los que vencían usaban las espadas; y hubo gran matanza en ambos bandos, y muchos heridos. A los del pueblo los llevaban a sus casas los suyos; el zelote herido subía al Templo, ensangrentando el suelo divino, y solo podría decirse que la sangre de aquellos manchaba lo santo. En los encuentros, saliendo al ataque, siempre prevalecían los bandidos; pero los del pueblo, enfurecidos y cada vez más numerosos, reprochando a los que cedían, y no dando retirada a los que huían —los de atrás empujaban por la fuerza—, volcaron todo su ímpetu sobre los adversarios. Y como aquellos ya no resistían la violencia, sino que poco a poco se retiraban al Templo, irrumpieron con ellos los de Anano. A los otros les entró espanto al perder el primer recinto, y refugiándose en el interior cerraron rápidamente las puertas.
A Anano no le pareció bien atacar las puertas sagradas —máxime disparando aquellos desde lo alto—, y tenía por ilícito, aunque venciera, introducir a la multitud sin haberla purificado antes. Así que, sacando por sorteo de entre todos unos seis mil hombres de armas, los puso como guardias en los pórticos; otros los relevaban. Todos tenían que acudir por turno a la guardia; pero muchos de los notables, con permiso de los que parecían mandar, alquilando a otros más pobres, los enviaban en su lugar a la guardia.
De la ruina de todos ellos fue causa Yojanán, el que dijimos que había huido de Gíscala, hombre falacísimo, que llevaba en el alma un terrible amor a la tiranía y que desde lejos venía maquinando contra la situación. Y entonces, fingiendo estar de parte del pueblo, andaba con Anano cuando deliberaba con los poderosos y cuando de día y de noche recorría los puestos de guardia, pero comunicaba los secretos a los zelotes; y todo plan del pueblo, antes de quedar bien deliberado, era conocido por los enemigos gracias a él. Y maquinando para no caer en sospecha, empleaba con Anano y con los jefes del pueblo unas atenciones desmedidas. Pero su ambición se volvió contra él: por sus absurdas adulaciones se le sospechaba más, y su estar presente en todas partes sin ser llamado daba impresión de traición de los secretos. Pues veían que los enemigos se enteraban de todos sus planes, y nadie era más verosímil que Yojanán como sospechoso de delatarlos.
No era fácil, con todo, quitárselo de encima, siendo hombre poderoso por su maldad, y por lo demás no de los oscuros, y teniendo armados a muchos de los que se sentaban en el consejo; así que decidieron asegurarse de su lealtad con juramentos. Yojanán juró de buena gana que sería fiel al pueblo, que no traicionaría a los enemigos ni consejo ni acción alguna, y que ayudaría a destruir a los atacantes con la mano y con el consejo. Los de Anano, confiando en los juramentos, lo admitían ya sin recelo en sus deliberaciones, e incluso lo enviaron como embajador a los zelotes para tratar de un arreglo; pues ponían gran empeño en no manchar el Templo por su parte, ni en que cayera en él ninguno de sus compatriotas.
Pero él, como si hubiera jurado a los zelotes lealtad y no contra ellos, pasando dentro y poniéndose en medio, dijo muchas veces que se había arriesgado por ellos, para que no ignorasen nada de los secretos que los de Anano habían tramado contra ellos; y que ahora corría el mayor peligro junto con todos ellos, si no les llegaba algún auxilio divino. Pues Anano ya no aguardaba, sino que, habiendo persuadido al pueblo, había enviado embajadores a Vespasiano para que viniera cuanto antes a tomar la ciudad; y había ordenado una purificación contra ellos para el día siguiente, a fin de que, entrando so pretexto de culto o por la fuerza, se les echaran encima. Y no veía hasta cuándo soportarían el asedio o resistirían frente a tantos. Añadía que él mismo había sido enviado, por providencia de Dios, como embajador para tratar de un arreglo, pues Anano les proponía esas treguas para caer sobre ellos cuando estuvieran más descuidados. Debían, pues, o suplicar por la vida a los que hacían la guardia, o procurarse algún socorro de fuera. Que quienes se acariciaban con la esperanza de perdón, si eran vencidos, habían olvidado sus propios atrevimientos, o creían que, en cuanto se arrepintieran los que habían obrado mal, al punto debían reconciliarse también los que habían padecido. Pero que en los que hacen agravio muchas veces el arrepentimiento se vuelve odio, mientras que en los agraviados las iras, cuando tienen poder, son más duras; y que estaban al acecho de ellos los amigos y parientes de los muertos, y todo un pueblo enfurecido por la destrucción de las leyes y los tribunales; de modo que, aunque hubiera alguna parte que compadeciera, sería aniquilada por la mayor que se indignaba.
Tales cosas iba matizando para amedrentarlos en tropel; y el socorro de fuera no se atrevía a nombrarlo abiertamente, pero aludía a los idumeos. Y para irritar en privado también a los jefes de los zelotes, calumniaba a Anano de crueldad, y decía que amenazaba especialmente a aquellos. Eran estos: Elazar hijo de Gión, que era tenido por el más hábil de entre ellos para concebir lo conveniente y ejecutar lo concebido, y un tal Zejaryá hijo de Anfícalo, ambos de linaje sacerdotal. Estos, al oír, además de las amenazas comunes, las particulares contra ellos, y que además los de Anano, para procurarse el poder, llamaban a los romanos —pues también esto añadió mintiendo Yojanán—, largo rato estuvieron sin saber qué hacer, empujados a un momento tan apremiante: porque el pueblo estaba dispuesto a atacarlos en breve, y la rapidez del complot les había cortado los socorros de fuera; pues todo lo sufrirían antes de que ninguno de los aliados llegara siquiera a enterarse.
Con todo, decidieron llamar a los idumeos, y escribieron una carta breve: que Anano traicionaba la metrópoli entregándola a los romanos tras engañar al pueblo, y que ellos, habiéndose sublevado por la libertad, estaban sitiados en el Templo; que ya poco tiempo les quedaba para decidir su salvación, y que, si aquellos no acudían pronto en su ayuda, ellos caerían bajo Anano y los enemigos, y la ciudad bajo los romanos. Y encargaron mucho a los mensajeros que hablaran con los jefes de los idumeos. Fueron elegidos para el mensaje dos hombres enérgicos, capaces de hablar y de persuadir sobre los asuntos y, lo más útil, sobresalientes por la ligereza de sus pies; pues sabían que los idumeos se dejarían convencer al instante, siendo un pueblo tumultuoso y desordenado, siempre exaltado ante los movimientos y amante de los cambios, que ante la menor adulación de quienes se lo pedían tomaba las armas y se precipitaba a las batallas como a una fiesta. Hacía falta rapidez en el mensaje, y en eso los enviados no descuidaron nada de su celo. Se llamaban ambos Ananías, y en efecto se presentaron ante los jefes de los idumeos.
Estos, atónitos ante la carta y ante lo dicho por los recién llegados, corrían por el pueblo como enloquecidos y proclamaban la expedición. La multitud se reunió más rápido que la orden, y todos, como por la libertad de la metrópoli, echaban mano a las armas. Formados en veinte mil, llegaron a Yerushaláyim, sirviéndose de cuatro jefes: Yojanán y Yaakov hijo de Sosas, y además de estos estaban Shimón hijo de Taqueo y Pinjás hijo de Clusot.
La salida de los mensajeros pasó inadvertida a Anano, lo mismo que a los guardias; pero la llegada de los idumeos ya no: pues, sabiéndolo de antemano, les cerró las puertas y mantuvo guardadas las murallas. Sin embargo, no le pareció bien combatirlos del todo, sino persuadirlos con palabras antes que con las armas. Así que, poniéndose sobre la torre que estaba frente a ellos, Yeshúa, el más anciano de los sumos sacerdotes después de Anano, dijo que, de las muchas y variadas turbulencias que habían asaltado la ciudad, en ninguna admiraba tanto a la fortuna como en que colaborara con los malvados hasta en lo inverosímil: aquí estáis vosotros, con tanto ardor, dispuestos a socorrer a hombres execrables contra nosotros, con cuanto sería razonable venir ni aunque la metrópoli os llamara contra bárbaros. Y si viera que vuestra formación se compone de hombres semejantes a quienes os han llamado, no tendría por irracional vuestro impulso —pues nada estrecha tanto los afectos como el parentesco de caracteres—; pero ahora, si se los examinara uno por uno, se hallaría que cada uno merece mil muertes. Porque la basura y la escoria de la ciudad entera, tras dilapidar sus propios bienes y ejercitar su locura en las aldeas y ciudades de alrededor, al fin se colaron a escondidas en la ciudad santa, bandidos que por el exceso de sus impiedades manchan hasta el suelo inviolable, a quienes ahora se puede ver, sin temor, embriagándose en lo santo y consumiendo en sus insaciables vientres los despojos de los asesinados. En cambio, vuestra multitud y el aparato de vuestras armas se puede ver cual convenía si la metrópoli hubiera llamado por común decreto a unos aliados contra extranjeros. ¿Qué podría llamarse esto sino un ultraje de la fortuna, cuando se ve a toda una nación en armas escudando a un puñado de malvados?
Largo rato me pregunto qué es lo que os ha movido tan rápidamente; pues no habríais tomado las armas completas sin gran causa, en favor de bandidos y contra un pueblo hermano. Pero al oír que los romanos y una traición —esto es lo que algunos de vosotros alborotaban hace poco— estaban presentes para la liberación de la metrópoli, más que ante los demás atrevimientos nos admiramos de la falsa invención de esos malvados en este punto; pues a hombres amantes de la libertad por naturaleza, y por ello sobre todo dispuestos a combatir contra los enemigos de fuera, no era posible enfurecerlos de otro modo contra nosotros sino inventando una traición de la libertad anhelada. Pero a vosotros os toca examinar a los calumniadores y contra quiénes van, y recoger la verdad no de palabras fingidas, sino de los hechos comunes. ¿Pues qué habríamos padecido para vendernos ahora a los romanos, pudiendo, o no habernos sublevado al principio, o pasarnos a ellos rápidamente tras sublevarnos, cuando aún los alrededores estaban sin devastar? Pues ahora, aunque quisiéramos, no es fácil llegar a un arreglo, cuando la Galilea, sometida, ha vuelto altivos a los romanos, y nos trae una vergüenza más dura que la muerte el adularlos estando ya cerca. Y yo, por mi parte, preferiría la paz a la muerte; pero, una vez en guerra y trabado el combate, prefiero una muerte gloriosa a vivir cautivo.
¿Dicen, pues, que nosotros, los que presidimos el pueblo, enviamos en secreto mensajeros a los romanos, o que también el pueblo lo votó en común? Si a nosotros, que nombren a los amigos enviados, a los criados que sirvieron de intermediarios en la traición. ¿Se sorprendió a alguno saliendo? ¿Fue cogido alguno al volver? ¿Se apoderaron de cartas? ¿Y cómo escapamos a tantos ciudadanos, con quienes convivimos a toda hora, mientras que a los pocos, sitiados y sin poder ni salir del Templo a la ciudad, se les hizo conocer lo que a escondidas se tramaba en el país? ¿Y ahora lo han sabido, cuando hay que dar cuenta de sus atrevimientos, mientras que, en tanto ellos estuvieron sin temor, ninguno de nosotros era sospechoso de traición? Y si atribuyen la culpa al pueblo, entonces habrán deliberado a la vista de todos, sin que nadie faltara a la asamblea; de modo que más rápida que la denuncia habría corrido hacia vosotros la noticia, y más clara. ¿Y qué? ¿No habría hecho falta enviar embajadores, tras votar el arreglo? ¿Y quién es el elegido? Que lo digan. Mas esto es un pretexto de gente que muere a duras penas y que aparta de sí los castigos ya próximos; pues, si en verdad estuviera decretado que la ciudad fuera traicionada, solo se atreverían a ello los mismos calumniadores, a cuyos atrevimientos les falta un solo mal: la traición.
Os toca, pues, ya que una vez estáis aquí con las armas, lo más justo: defender a la metrópoli y ayudar a extirpar a los tiranos que han destruido los tribunales, quienes, pisoteando las leyes, han puesto los juicios en la punta de sus espadas. En efecto, a hombres ilustres y sin acusación los arrebataron de en medio del ágora, los maltrataron con cadenas, y sin soportar siquiera su voz ni su súplica los mataron. Os es posible, entrando dentro no por ley de guerra, contemplar las pruebas de lo que digo: casas asoladas por sus rapiñas, mujeres y familias de los degollados vestidas de luto, y por toda la ciudad llanto y lamento; pues no hay nadie que no haya probado la incursión de esos impíos, que a tal punto de locura han encallado que no solo trasladaron desde el país y las ciudades de fuera al rostro y la cabeza de toda la nación su audacia bandidesca, sino también desde la ciudad al Templo. Este ha llegado a ser para ellos base de operaciones, refugio y almacén de sus preparativos contra nosotros; y el lugar venerado por el mundo entero, honrado de oídas por los extranjeros de los confines de la tierra, es pisoteado por unas fieras nacidas aquí; y ya, en su desesperación, se envalentonan enfrentando pueblos con pueblos y ciudades con ciudades, y reclutando a la nación contra sus propias entrañas.
Por lo cual lo más hermoso y conveniente, como dije, es que vosotros ayudéis a extirpar a esos malvados, vengándoos del propio engaño, por haberse atrevido a llamar aliados a quienes debían temer como vengadores. Y si os avergüenzan las llamadas de tales hombres, os es posible, deponiendo las armas y entrando en la ciudad con figura de parientes, tomar el nombre intermedio entre aliados y enemigos, haciéndoos jueces. Y con todo, considerad cuánto ganarán, siendo juzgados ante vosotros por hechos confesados y tan grandes, los que a hombres sin acusación no les concedieron ni palabra; reciban, pues, de vuestra venida ese favor. Pero si ni queréis indignaros con nosotros ni juzgar, queda una tercera opción: dejar a ambos bandos y no pisar nuestras desgracias ni uniros a los conspiradores contra la metrópoli. Pues aunque sospechéis muchísimo que algunos hayan tratado con los romanos, os es posible vigilar los accesos, y si algo de lo denunciado se descubre en la práctica, venir entonces a guardar la metrópoli y castigar a los culpables sorprendidos; que no os tomarían la delantera los enemigos, estando vosotros asentados junto a la ciudad. Pero si nada de esto os parece razonable ni moderado, no os extrañéis de los cerrojos de las puertas, mientras llevéis las armas.
Tales cosas decía Yeshúa; pero ni la multitud de los idumeos le prestaba atención, sino que estaba irritada por no hallar franca la entrada, y los generales se indignaban ante la deposición de las armas, teniendo por cautiverio el que algunos les ordenasen arrojarlas. Shimón hijo de Caatás, uno de los jefes, calmando a duras penas el tumulto de los suyos y poniéndose donde los sumos sacerdotes pudieran oírle, dijo que ya no se admiraba de que los defensores de la libertad estuvieran sitiados en el Templo, si es que algunos cerraban ya a toda la nación la ciudad común, y se disponían a recibir a los romanos —quizá hasta coronando las puertas—, mientras a los idumeos les hablaban desde las torres y les ordenaban arrojar las armas tomadas por la libertad; y que, no confiando a sus parientes la guarda de la metrópoli, se hacían ellos mismos jueces de las diferencias, y, acusando a algunos de haber matado sin juicio, ellos mismos condenaban a la deshonra a toda la nación.
La ciudad que a todos los extranjeros está abierta para el culto, ahora se la habéis amurallado a los vuestros. Bien de prisa corríamos a las matanzas y a la guerra contra los compatriotas los que por eso nos apresuramos, para guardaros libres a vosotros. Tales agravios, según creo, habéis sufrido de parte de los sitiados, y así habéis reunido contra ellos sospechas tan verosímiles. Luego, teniendo presos bajo guardia a cuantos se preocupan de los asuntos comunes, y cerrando la ciudad a naciones enteras emparentadísimas con vosotros, y dando órdenes tan ultrajantes, decís que sufrís tiranía y colgáis el nombre de despotismo a quienes son tiranizados por vosotros. ¿Quién soportaría la ironía de vuestras palabras, mirando a la contradicción de los hechos? A menos que también ahora seáis vosotros a quienes cierran la metrópoli los idumeos, a los que vosotros excluís de los templos patrios. Con razón podría uno reprochar a los sitiados en el Templo que, habiéndose atrevido a castigar a los traidores —a quienes vosotros llamáis hombres ilustres y sin acusación por vuestra complicidad—, no empezaran por vosotros ni cortaran antes las partes más decisivas de la traición. Pero si aun aquellos fueron más blandos de lo necesario, los idumeos guardaremos la casa de Dios y combatiremos por la patria común, rechazando a la vez a los enemigos que atacan desde fuera y a los traidores de dentro. Aquí, ante las murallas, permaneceremos en armas, hasta que los romanos se cansen de prestaros atención, o vosotros, cobrando sentimientos de libertad, cambiéis de parecer.
Ante esto aclamaba la multitud de los idumeos; y Yeshúa se retiró desanimado, viendo a los idumeos sin ningún propósito moderado, y a la ciudad guerreada por ambos lados. Tampoco los idumeos tenían sosegados sus ánimos: pues estaban irritados por el ultraje de haber sido excluidos de la ciudad, y, viendo que las fuerzas de los zelotes, que parecían fuertes, en nada les socorrían, estaban perplejos, y muchos se arrepentían de haber venido. Pero la vergüenza de volverse del todo sin nada hecho vencía al arrepentimiento, de modo que permanecían allí, ante la muralla, malamente acampados; pues durante la noche estalló una tempestad increíble: vientos violentos con lluvias torrencialísimas, relámpagos continuos, truenos horrísonos y bramidos desmesurados de la tierra que se sacudía. Era evidente que la conmoción de todo el conjunto se ordenaba para la ruina de los hombres, y no de un pequeño desastre conjeturaría uno tales prodigios.
Una misma opinión asaltó a los idumeos y a los de la ciudad: aquellos, que Dios se airaba por la expedición y que no escaparían por haber llevado las armas contra la metrópoli; los de Anano, que habían vencido sin batalla y que Dios peleaba por ellos. Pero malos adivinos eran de lo futuro, y vaticinaban para los enemigos lo que a los suyos les tocaría padecer. Pues los idumeos, apretándose los cuerpos, se calentaban unos a otros, y, techando los escudos por encima de la cabeza, sufrían menos con las lluvias; los zelotes, en cambio, más que por su propio peligro se atormentaban por aquellos, y, reuniéndose, examinaban si podrían idear algún medio de socorrerlos. A los más fogosos les parecía forzar con las armas a los que hacían la guardia, y luego, irrumpiendo en medio de la ciudad, abrir abiertamente las puertas a los aliados; pues los guardias cederían, turbados ante lo inesperado, sobre todo siendo la mayoría de ellos inermes e inexpertos en guerras, y la multitud de la ciudad sería difícil de reunir, encerrada por la tempestad en las casas. Y aunque hubiera algún peligro, les convenía sufrir cualquier cosa antes que dejar que tanta multitud pereciera vergonzosamente por su causa.
Pero los más prudentes rechazaban el forzar, viendo no solo que su propia guardia era numerosa, sino también que la muralla de la ciudad estaba cuidadosamente vigilada a causa de los idumeos, y pensaban que Anano estaba presente en todas partes e inspeccionaba a toda hora los puestos. Y así era, en efecto, las demás noches; pero aquella se relajó, no por la desidia de Anano, sino para que él mismo pereciera, junto con la multitud de los guardias, por disposición del destino, el cual, avanzando entonces la noche y arreciando la tempestad, adormeció a los guardias del pórtico, e infundió a los zelotes la idea de tomar unas sierras de las sagradas y cortar los cerrojos de las puertas. Les ayudó, para que no se oyera el ruido, el fragor de los vientos y el estruendo continuo de los truenos.
Pasando inadvertidos, salen del Templo hasta la muralla, y, usando las mismas sierras, abren la puerta que da a los idumeos. A estos, al principio, les entra turbación, creyendo que atacaban los de Anano, y cada uno puso la diestra sobre la espada como para defenderse; pero, reconociendo pronto a los que llegaban, entraron. Ahora bien, si se hubieran vuelto hacia la ciudad, nada habría impedido que pereciera el pueblo entero: tal era su cólera. Pero entonces, apresurándose primero a sacar de la guardia a los zelotes —rogándoles mucho también los que los habían recibido que no abandonaran a aquellos por quienes habían venido en medio de los peligros, ni echaran sobre ellos mismos un peligro más grave—; pues, tomados los guardias, les sería fácil avanzar hacia la ciudad, pero, si primero la conmovían, ya no podrían dominar a aquellos, porque, al advertirlo, se pondrían en orden y les cerrarían las subidas.
Esto pareció bien a los idumeos, y por la ciudad subían hacia el Templo, mientras los zelotes aguardaban en suspenso su llegada. Y al entrar aquellos dentro, también ellos, cobrando ánimo, avanzaron desde el Templo interior. Mezclados con los idumeos, atacaron las guardias, y a algunos de los que dormían en los puestos avanzados los degollaron dormidos; pero al grito de los que velaban se levantó toda la multitud, y con espanto, echando mano a las armas, avanzaron a la defensa. Mientras creyeron que atacaban solo los zelotes, cobraban ánimo esperando vencer por el número; pero al ver que desde fuera se derramaban otros, comprendieron la irrupción de los idumeos, y la mayor parte de ellos, junto con el ánimo, arrojaron las armas y rompieron en gemidos; pero unos pocos jóvenes, formando muro, recibían valientemente a los idumeos y por largo rato protegían a la multitud más inerte. Estos, con gritos, señalaban a los de la ciudad las desgracias; pero de aquellos nadie se atrevió a socorrer, al saber que los idumeos habían irrumpido, sino que respondían con clamores inútiles y con lamentos, y se alzaba gran llanto de mujeres, corriendo peligro cada una por alguno de los guardias.
Los zelotes gritaban al unísono con los idumeos, y la tempestad hacía más terrible el clamor de todos. Los idumeos no perdonaban a nadie, siendo por naturaleza crudelísimos para matar, y, maltrechos por la tempestad, descargaban su furia contra los que los habían excluido; y trataban igual a los que suplicaban y a los que se defendían; y a muchos que les recordaban el parentesco y les rogaban por el común Templo que tuvieran respeto, los atravesaban con las espadas. No había lugar para la huida ni esperanza de salvación, sino que, apretujados unos contra otros, eran despedazados; y los más, forzados —cuando ya no había lugar de retirada y avanzaban los que mataban—, por desesperación se despeñaban a la ciudad, sufriendo, a mi parecer, una ruina voluntaria más lamentable que aquella de la que huían. Quedó anegado en sangre todo el Templo exterior, y el día alcanzó a ocho mil quinientos muertos.
Pero no se saciaron con esto las furias de los idumeos, sino que, volviéndose hacia la ciudad, saqueaban toda casa y mataban al que encontraban. Y el resto de la multitud les parecía gasto inútil, pero buscaban a los sumos sacerdotes, y contra ellos iba el ímpetu de la mayoría. Pronto, apresados, eran destruidos; y, plantándose sobre sus cadáveres, se burlaban de Anano por su afecto al pueblo, y de Yeshúa por sus palabras desde la muralla. Llegaron a tal punto de impiedad que hasta los arrojaron sin sepultura, aun cuando los judíos ponen tanto cuidado en las sepulturas que hasta a los ajusticiados por sentencia y crucificados los bajan y entierran antes de ponerse el sol.
No erraría yo si dijera que la muerte de Anano fue el comienzo de la toma de la ciudad, y que desde aquel día empezó a derribarse la muralla y a arruinarse la causa de los judíos, el día en que vieron degollado, en medio de la ciudad, al sumo sacerdote y guía de su propia salvación. Pues era, además de todo, un hombre venerable y justísimo; y, pese al peso de su nobleza, de su dignidad y del honor que tenía, amaba la igualdad hasta con los más humildes; extraordinariamente amante de la libertad y apasionado de la democracia, poniendo siempre el bien común por delante de sus propios provechos, y estimando por encima de todo la paz, pues sabía que el poder de los romanos era invencible; pero, previendo por necesidad también lo tocante a la guerra, procuraba que, si los judíos no llegaban a un arreglo, la sostuvieran con destreza. En una palabra, viviendo Anano, sin duda habrían llegado a un acuerdo; pues era formidable para hablar y persuadir al pueblo, y ya iba dominando también a los que estorbaban; o, en la guerra, con tal general habrían dado a los romanos muchísimo trabajo. Estaba unido a él también Yeshúa, inferior a él en la comparación, pero superior a los demás.
Pero creo que Dios, habiendo condenado a destrucción a la ciudad como contaminada, y queriendo que lo santo fuera purificado con fuego, cortó a los que se aferraban a ellos y los amaban. Y quienes poco antes vestían la sagrada vestidura, presidían el culto del mundo y eran venerados por los que de todas partes acudían a la ciudad, se les veía arrojados, desnudos, pasto de perros y de fieras. La misma virtud, a mi parecer, gimió por aquellos hombres, lamentándose de haber sido a tal punto vencida por la maldad. Mas así vino a parar el fin de Anano y de Yeshúa.
Los que quedaban después de aquellos —los zelotes y la multitud de los idumeos— cayeron sobre el pueblo como sobre un rebaño de animales impuros y lo degollaban. A la gente común la mataban allí donde la sorprendían; a los nobles y a los jóvenes los prendían, los cargaban de cadenas y los encerraban en prisión, aplazando su ejecución con la esperanza de que alguno se pasara a su bando. Pero ninguno lo hizo: todos prefirieron la muerte antes que ponerse del lado de los criminales contra la patria. Terrible fue el castigo que padecieron por su negativa —los azotaban y los descoyuntaban en el potro—, y solo cuando el cuerpo ya no resistía los tormentos se les concedía a duras penas la merced de la espada. A los apresados de día los mataban de noche, y sacaban los cadáveres y los arrojaban fuera para que hubiera sitio para nuevos prisioneros.
Tan grande era el espanto del pueblo que nadie se atrevía a llorar abiertamente a un pariente muerto ni a enterrarlo; a escondidas, encerrados en sus casas, derramaban las lágrimas, y gemían con cuidado de que no los oyera ninguno de los enemigos —pues el que hacía duelo padecía al punto lo mismo que aquel a quien lloraba—. Solo de noche recogían con las manos un poco de polvo y lo echaban sobre los cuerpos, y de día lo hacía alguno muy temerario. Doce mil jóvenes de la nobleza perecieron de este modo.
Aquellos, ya hastiados de matar sin freno, se pusieron a remedar tribunales y juicios. Se propusieron dar muerte a uno de los más ilustres, Zejaryá, hijo de Baris; los irritaba el intenso odio del hombre a la maldad y su amor a la libertad, y además era rico, de modo que no solo esperaban saquear su hacienda, sino también quitarse de encima a un hombre capaz de derribarlos. Convocaron, pues, por orden, a setenta de los ciudadanos principales al Templo, y, revistiéndolos como en un escenario con el papel de jueces pero sin autoridad alguna, acusaron a Zejaryá de entregar los asuntos a los romanos y de haber enviado emisarios a Vespasiano ofreciendo traición. No había prueba ni indicio de lo que le imputaban, sino que ellos mismos afirmaban estar bien persuadidos y pretendían que eso bastara como garantía de la verdad.
Zejaryá, viendo que no le quedaba ninguna esperanza de salvación —pues lo habían citado a una emboscada, a una cárcel, no a un tribunal—, no aceptó la desesperación de vivir en silencio: puesto en pie, se burló de la verosimilitud de las acusaciones y en pocas palabras se sacudió los cargos que le echaban encima. Luego, volviendo su discurso contra los acusadores, fue enumerando una por una todas sus iniquidades y se lamentó largamente del caos en que estaban sumidas las cosas. Los zelotes alborotaban y a duras penas contenían las espadas, resueltos a llevar hasta el final la farsa y la mascarada del tribunal, y queriendo además poner a prueba a los jueces, por ver si, aun a riesgo propio, se acordaban de la justicia. Y los setenta dieron todos su voto a favor del acusado, y prefirieron morir con él antes que cargar con la responsabilidad de su muerte. Se alzó un clamor de los zelotes ante la absolución, y todos se indignaban contra los jueces por no haber comprendido que la autoridad que se les había dado era pura farsa. Dos de los más audaces se abalanzaron sobre Zejaryá y lo mataron en medio del Templo, y, mofándose de él caído, le dijeron: «También de nuestra parte tienes tu voto, y una absolución más segura», y sin más lo arrojaron desde el Templo al barranco que hay debajo. A los jueces, para escarnio, los golpearon con el revés de las espadas y los echaron del recinto sagrado; solo por una razón les perdonaron la vida: para que, dispersos por la ciudad, fueran ante todos los mensajeros de la servidumbre.
A los idumeos, entretanto, ya les pesaba haber venido y les repugnaba lo que se estaba haciendo. Uno de los zelotes fue a reunirse con ellos en privado y les mostró los crímenes cometidos junto con quienes los habían llamado, y les expuso todo lo obrado contra la metrópoli: que ellos habían acudido en son de guerra por creer que los sumos sacerdotes entregaban la metrópoli a los romanos, pero que no habían hallado el menor indicio de traición; en cambio, quienes fingían aquello se atrevían a obras de guerra y de tiranía. Habría convenido, pues, impedirlo desde el principio; pero, ya que una vez se habían dejado arrastrar a la complicidad en una matanza entre hermanos, al menos debían poner un límite a los crímenes y no seguir prestando fuerza a los que destruían las instituciones de los padres. Que, si algunos estaban resentidos porque se les habían cerrado las puertas y no se les había dado franca la entrada con las armas, ya se habían vengado de los que se las cerraron: Anano había muerto, y en una sola noche había perecido casi todo el pueblo. Ante esto, muchos de los suyos, según percibía, se arrepentían, mientras que en los que los habían convocado veía una crueldad sin medida, que ni siquiera se avergonzaba ante aquellos gracias a los cuales se habían salvado. En efecto, a la vista de sus propios aliados se atrevían a las mayores infamias, y las iniquidades de aquellos se les achacaban a los idumeos mientras nadie lo impidiera ni se apartara de lo que se hacía. Así pues, ya que la traición había resultado ser una calumnia, ya que no se esperaba ningún ataque de los romanos y ya que sobre la ciudad se había alzado un poder difícil de derribar, convenía que ellos se retiraran a sus casas y, no haciéndose cómplices de los malvados, se justificaran de todo aquello en que, engañados, habían participado.
Persuadidos por estas razones, los idumeos soltaron primero a los que estaban en las cárceles, unos dos mil ciudadanos, que al punto huyeron de la ciudad y se fueron con Shimón, de quien hablaremos poco después; luego partieron de Yerushaláyim y regresaron a sus casas. Su marcha resultó inesperada para ambos bandos: el pueblo, que ignoraba su arrepentimiento, cobró ánimo por un momento como si se hubiera librado de unos enemigos; y los zelotes se envalentonaron aún más, no como abandonados por sus aliados, sino como libres de quienes los frenaban y les daban vergüenza de delinquir. Ya no hubo, pues, ni demora ni reflexión en sus fechorías: para cada una urdían los planes más rápidos, y lo resuelto lo ejecutaban aún más aprisa de lo que lo pensaban. Mataban sobre todo por valentía y por nobleza de linaje: a la una la eliminaban por envidia; a la otra, por miedo; pues juzgaban que su única seguridad estaba en no dejar con vida a ninguno de los poderosos.
Así fue muerto, junto con otros muchos, Gurión, hombre eminente por su dignidad y por su cuna, pero además partidario del gobierno del pueblo y lleno de un espíritu de libertad como pocos judíos; lo que más lo perdió, entre sus demás cualidades, fue su franqueza. Tampoco Níger de Perea escapó de sus manos, hombre que se había mostrado excelente en las guerras contra los romanos; a él, que gritaba una y otra vez y mostraba sus cicatrices, lo arrastraron por medio de la ciudad. Cuando lo sacaron fuera de las puertas, perdida ya toda esperanza de salvarse, suplicó que le dieran sepultura; pero ellos, tras amenazarlo de antemano con negarle precisamente la tierra que tanto ansiaba, lo ejecutaron. Al morir, Níger invocó sobre ellos, como vengadores, a los romanos, y el hambre y la peste sobre la guerra, y, por encima de todo, sus propias manos unas contra otras; y todo esto lo ratificó Dios contra los impíos, y con la mayor justicia: que no tardarían en probar su mutua locura al estallar entre ellos la discordia. La muerte de Níger alivió sus temores de ser derribados, pero no quedaba parte alguna del pueblo para cuya destrucción no se inventara un pretexto. Al que en tiempos había tenido algún roce con ellos ya lo habían eliminado; y al que no los había ofendido en la paz lo acusaban con pretextos oportunos: el que no se les acercaba en absoluto, por soberbio; el que se acercaba con franqueza, por despreciativo; el que los adulaba, por conspirador. Un único castigo había para las mayores y las más leves acusaciones: la muerte; y no escapaba nadie, salvo quien fuese muy humilde por bajeza de cuna o por fortuna.
Los demás generales romanos, teniendo la discordia de los enemigos por un golpe de suerte, ardían por marchar sobre la ciudad e instaban a Vespasiano, como dueño de todo, diciendo que la providencia de Dios los tenía por aliados al haber vuelto a los enemigos unos contra otros; que, con todo, el vaivén era rápido, y pronto los judíos se pondrían de acuerdo, ya cansados de sus males intestinos, ya arrepentidos. Pero Vespasiano respondió que se equivocaban de medio a medio en lo que convenía hacer, deseosos de hacer, como en un teatro, alarde de manos y de armas no sin peligro, en vez de mirar por lo útil y lo seguro. Pues si marchaba de inmediato sobre la ciudad, sería causa de que los enemigos se reconciliaran y volvería contra sí mismo su fuerza en pleno vigor; en cambio, si aguardaba, se las habría con menos, mermados por la discordia. Mejor estratega que él era Dios, que entregaba a los judíos a los romanos sin esfuerzo y regalaba al ejército la victoria sin peligro. Por tanto, mientras los enemigos se destruían con sus propias manos y se consumían en el mayor de los males —la discordia—, más valía que ellos se quedaran sentados como espectadores de los peligros antes que trabar combate con hombres que buscaban la muerte y rabiaban unos contra otros.
Y si alguno pensaba que la gloria de la victoria sería más deslucida sin batalla, que supiera que un éxito logrado con sosiego vale más que lo incierto de las armas; pues no hay que tener por menos gloriosos que a los que brillan por su brazo a quienes con dominio de sí y con prudencia consiguen lo mismo. Además, mientras los enemigos menguaban, él iría reponiendo su propio ejército de las continuas fatigas y lo conduciría más vigoroso. Por lo demás, tampoco era este el momento de ambicionar el brillo de la victoria: pues los judíos no andaban ocupados en fabricar armas o murallas ni en reunir tropas de refuerzo —cosas en que la demora perjudicaría a quien la concediese—, sino que, atormentados a diario por la guerra civil y la discordia, sufrían males peores que los que él mismo les infligiría si cayera sobre ellos y los capturara. De modo que, si uno miraba a la seguridad, debía dejar que se consumieran por sus propias manos; y si miraba a la mayor gloria del triunfo, no debía atacar a quienes enfermaban en su propia casa, pues con razón se diría que la victoria no era suya, sino de la discordia.
En esto los generales estuvieron de acuerdo con Vespasiano, y al punto se hizo patente el acierto de su parecer; en efecto, muchos desertaban cada día huyendo de los zelotes. Pero la huida era difícil, pues estos tenían guarnecidas todas las salidas y mataban, como si se pasara a los romanos, a cualquiera que sorprendieran por poco que fuese en ellas. El que daba dinero, sin embargo, quedaba libre, y solo era traidor el que no lo daba; de suerte que, comprando los ricos su huida, únicamente se degollaba a los pobres. A lo largo de todos los caminos se amontonaban muchísimos cadáveres, y muchos de los que se lanzaban a desertar preferían de nuevo la muerte dentro de la ciudad, pues la esperanza de sepultura hacía parecer más llevadera la muerte en la patria. Pero aquellos llegaron a tal extremo de crueldad que no concedían tierra ni a los muertos dentro ni a los tendidos por los caminos; como si hubieran pactado quebrantar, junto con las leyes de la patria, también las de la naturaleza, y con las injusticias contra los hombres mancillar a la vez lo divino, dejaban los cadáveres pudriéndose al sol. Para el que enterrase a algún pariente el castigo era la muerte, el mismo que para los desertores, y quien concedía sepultura a otro al punto necesitaba él mismo sepultura.
En una palabra, ningún sentimiento noble se perdió tanto en aquellas calamidades como la compasión: lo que debía inspirar lástima era precisamente lo que exasperaba a aquellos malvados, que trasladaban su furor de los vivos a los muertos y de los muertos a los vivos. Y de tanto miedo, el que aún vivía tenía por dichosos a los que ya habían caído, como quienes descansan, y los que eran torturados en las cárceles proclamaban afortunados, en comparación, incluso a los que yacían insepultos. Se pisoteó, pues, toda ley humana, se hizo mofa de lo divino, y de los oráculos de los profetas se burlaban como de embustes de charlatanes. Y sin embargo, muchas cosas habían aquellos vaticinado sobre la virtud y el vicio, que los zelotes, al transgredirlas, dieron cumplimiento a la profecía contra la patria. Pues había un antiguo dicho de varones inspirados: que entonces sería tomada la ciudad y quemado el santuario por derecho de guerra, si estallaba la discordia y manos propias profanaban primero el recinto de Dios. Los zelotes, no dando crédito a estas palabras, se ofrecieron a sí mismos como ejecutores.
Ya por entonces Yojanán, sediento de tiranía, se desdeñaba de la igualdad con sus semejantes, y, ganándose de a pocos a los más perversos, se iba desligando de la facción común. Desobedeciendo siempre los acuerdos de los demás e imponiendo los suyos con aires cada vez más despóticos, era evidente que aspiraba a la monarquía. Algunos se le sometían por miedo, otros por afecto —pues era hábil en atraer con engaños y palabras—, y muchos, juzgándolo más seguro para sí, preferían que la responsabilidad de los atropellos recayera ya en uno solo y no en muchos. Su energía de brazo y de resolución le procuraba no pocos guardias de corps. Con todo, quedaba una gran parte de opositores, entre quienes pesaba la envidia —pues llevaban a mal quedar sometidos a quien antes era su igual—, pero más aún los apartaba el recelo de la monarquía; pues ni esperaban derribarlo con facilidad una vez que se hiciera con el poder, y él tendría un pretexto contra ellos en el haberse opuesto a su mando desde el principio. Cada cual prefería, luchando, sufrir cualquier cosa antes que, esclavo por su propia voluntad, perecer en la condición de un siervo. Así, la facción se dividió por estas causas, y contra sus adversarios Yojanán se erigió en rey rival. Pero sus enfrentamientos mutuos se limitaban a la vigilancia, y a lo sumo, si alguna vez se tiroteaban con las armas, era cosa de poco; en cambio, rivalizaban a porfía contra el pueblo, disputándose cuál de los dos se llevaría mayor botín. Y como la ciudad se veía azotada por los tres mayores males —la guerra, la tiranía y la discordia—, en comparación la guerra resultaba para la gente del pueblo la más benigna; a decir verdad, escapándose de sus propias casas, huían hacia los extranjeros y hallaban entre los romanos la salvación que habían perdido entre los suyos.
Un cuarto mal se movía además para ruina de la nación. Había, no lejos de Yerushaláyim, una fortaleza fortísima, edificada por los antiguos reyes como refugio de sus bienes en los vaivenes de la guerra y para seguridad de sus personas, la cual se llamaba Masada. Los llamados sicarios, que se habían apoderado de ella, hasta entonces se limitaban a correr las comarcas vecinas procurándose apenas lo necesario, pues el miedo los contenía de mayores rapiñas; pero cuando supieron que el ejército romano estaba inactivo y que los judíos de Yerushaláyim andaban divididos por la discordia y la tiranía propia, se lanzaron a empresas más audaces. Durante la fiesta de los ácimos —que los judíos celebran como acción de gracias por la salvación, desde que, liberados de la esclavitud bajo los egipcios, descendieron a la tierra de sus padres—, de noche, burlando a los que podían estorbarlos, cayeron sobre una pequeña ciudad llamada En-Guedi. Allí, a los que eran capaces de defenderse, antes de que echaran mano a las armas y se reunieran, se les adelantaron, los dispersaron y los arrojaron de la ciudad; y a los que menos podían huir —mujeres y niños—, más de setecientos, los mataron. Después, tras vaciar las casas y arrebatar los frutos más maduros, lo subieron todo a Masada. Y saqueaban todas las aldeas en torno a la fortaleza y devastaban toda la comarca, uniéndoseles cada día no pocos de todas partes.
También en las demás regiones de Judea se removió el bandidaje, hasta entonces en calma; y, como en un cuerpo, cuando el miembro principal se inflama todos los demás enferman con él, así, a causa de la discordia y el desorden en la metrópoli, cobraron impunidad los malvados de la comarca para sus rapiñas: cada cual saqueaba sus propias aldeas y luego se retiraba al desierto. Reuniéndose y conjurándose en cuadrillas —menos que un ejército, más que una partida de bandidos—, caían sobre santuarios y ciudades, y sucedía que aquellos contra quienes arremetían quedaban maltratados como capturados en guerra, pero se les adelantaba la defensa, pues, como bandidos, huían con el botín a la vez. No había parte alguna de Judea que no pereciera junto con la ciudad que descollaba sobre todas.
Estas cosas le llegaban a Vespasiano por los desertores. Pues, aunque los sediciosos guarnecían todas las salidas y mataban a cuantos se acercaban por cualquier motivo, aun así había quienes lograban escabullirse y, refugiándose entre los romanos, instaban al general a socorrer la ciudad y a salvar los restos del pueblo, diciéndole que por su buena disposición hacia los romanos habían muerto los más y estaban en peligro los que quedaban. Él, apiadándose ya de sus desgracias, se puso en marcha hacia Yerushaláyim con apariencia de ir a sitiarla, pero en verdad para librarla del asedio. Debía, antes, someter lo que quedaba y no dejar ningún estorbo exterior al asedio; llegó, pues, a Gádara, metrópoli fuerte de Perea, y el cuatro del mes de Dístro entró en la ciudad. Pues los poderosos, a escondidas de los sediciosos, le habían enviado una embajada para entregársela, por deseo de paz y por sus haciendas —pues muchos ricos habitaban Gádara—. De esta embajada nada supieron los del bando contrario, pero, estando ya cerca Vespasiano, lo averiguaron; y, renunciando a poder retener ellos mismos la ciudad, pues eran inferiores en número a los enemigos de dentro y veían a los romanos no lejos, decidieron huir, aunque tenían por deshonra hacerlo sin derramar sangre y sin cobrarse ninguna venganza de los culpables. Apresaron, pues, a Doleso —que no solo era el primero de la ciudad por dignidad y linaje, sino que además parecía el causante de la embajada—, lo mataron y, por exceso de ira, ultrajaron su cadáver, y luego escaparon de la ciudad.
Al acercarse ya la fuerza romana, el pueblo de los gadarenos recibió a Vespasiano con aclamaciones y obtuvo de él la diestra de su palabra, y una guarnición de jinetes e infantes contra las incursiones de los fugitivos; pues ellos mismos, antes de que los romanos se lo pidieran, habían derribado su muralla, para tener así prueba de que amaban la paz al no poder guerrear ni aun queriéndolo. Vespasiano envió contra los que habían escapado de Gádara a Plácido con quinientos jinetes y tres mil infantes, mientras él mismo, con el resto del ejército, regresó a Cesarea. Los fugitivos, en cuanto vieron de improviso a los jinetes que los perseguían, antes de llegar a las manos se refugiaron en aglomeración en una aldea llamada Betennabris. Allí, hallando una muchedumbre no pequeña de jóvenes, los armaron a la ligera, unos de grado y otros por fuerza, y se lanzaron contra la gente de Plácido. Estos, ante el primer choque, cedieron un poco, a la vez maniobrando con arte para atraerlos lejos de la muralla; y, una vez que los tuvieron en terreno conveniente, los rodearon a caballo y los acribillaron a jabalinas: a los que huían los jinetes les cortaban la retirada, y a los que trababan combate la infantería los deshacía con brío.
No mostraban los judíos sino temeridad, y perecían; pues, arremetiendo contra los romanos en formación cerrada y como amurallados en sus armaduras, ni hallaban resquicio para sus dardos ni tenían fuerza para romper la falange, mientras que ellos mismos quedaban ensartados por los dardos de aquellos, y, semejantes a las fieras más salvajes, se arrojaban contra el hierro: unos morían heridos de frente por las espadas, otros dispersados por los jinetes.
El empeño de Plácido era cerrarles el paso hacia la aldea. Cabalgando sin cesar hacia aquel lado y volviéndose luego, a la vez que usaba certeramente sus dardos, mataba a los que se le acercaban y con el miedo hacía retroceder a los de lejos, hasta que los más valientes, abriéndose paso por la fuerza, se refugiaron junto a la muralla. Los guardias de la aldea quedaron perplejos, pues no se resignaban a cerrar la entrada a los de Gádara, por ser de los suyos, y, recibiéndolos, contaban con perecer junto con ellos. Y así sucedió: al agolparse todos contra la muralla, poco faltó para que los jinetes romanos irrumpieran con ellos; pero, aunque los otros se adelantaron a cerrar las puertas, Plácido lanzó el ataque y, tras combatir con bravura hasta la tarde, se hizo dueño de la muralla y de los de la aldea. La turba inútil fue exterminada, los más fuertes huyeron, y los soldados saquearon las casas e incendiaron la aldea.
Los que escaparon de ella soliviantaron a la gente de la comarca y, exagerando sus propias desgracias y diciendo que todo el ejército de los romanos venía sobre ellos, a todos, por doquier, sacudieron con el miedo, y, hechos una gran muchedumbre, huyeron hacia Yerijó; pues solo esta seguía alimentando aún sus esperanzas de salvación, por lo fuerte y por su multitud de habitantes. Plácido, confiado en su caballería y en los éxitos anteriores, los siguió, y hasta el Yardén iba matando a cuantos alcanzaba; y, empujando hacia el río a toda la muchedumbre, cerrado el paso por la corriente —pues, crecida por las lluvias, era intransitable—, se formó en línea frente a ellos. La necesidad empujó al combate a quienes no tenían adónde huir, y, extendiéndose ellos por las orillas cuanto pudieron, recibían los dardos y las cargas de los jinetes, que a muchos de ellos, hiriéndolos, los derribaban en la corriente. Los muertos a manos de ellos fueron quince mil, y el número de los que se vieron forzados a arrojarse por su cuenta al Yardén fue incalculable. Cautivos cayeron unos dos mil doscientos, y un botín inmenso de asnos, ovejas, camellos y bueyes.
Para los judíos esta derrota, aunque no menor que las anteriores, pareció aún mayor de lo que era, porque no solo toda la comarca por la que huían se llenó de matanza y el Yardén se hizo intransitable por los cadáveres, sino que también se colmó de cuerpos el lago Asfaltites, hacia el cual muchísimos fueron arrastrados por el río. Plácido, aprovechando su próspera fortuna, se lanzó contra las pequeñas ciudades y aldeas de alrededor, y, tomando Ábila, Julias y Besimó, y todas las que llegan hasta el lago Asfaltites, estableció en cada una a los desertores más idóneos como guarnición. Luego, embarcando a los soldados en barcas, apresó a los que se refugiaban en el lago. Y toda la Perea, hasta Maqueronte, se le sometió o fue tomada.
Por este tiempo se anuncia la conmoción en torno a la Galia, y que Vindex, junto con los poderosos del país, se había rebelado contra Nerón —cosa de la que se ha escrito con más detalle en otro lugar—. A Vespasiano lo incitó a apresurar la guerra lo que se le anunciaba, previendo ya las inminentes guerras civiles y el peligro que corría todo el imperio; pensaba que, si pacificaba antes el Oriente, aliviaría los temores de Italia. Así pues, mientras el invierno lo retenía, aseguraba con guarniciones las aldeas y las pequeñas ciudades sometidas —poniendo decuriones al frente de las aldeas y centuriones al de las ciudades—, y repoblaba muchos de los lugares arrasados. Al comienzo de la primavera, tomando el grueso de sus fuerzas, las condujo desde Cesarea hacia Antípatris, donde, tras dos días de ordenar la ciudad, al tercero avanzó devastando e incendiando todas las de alrededor. Sometida la comarca en torno a la toparquía de Tamna, marchó hacia Lida y Yavne, y, ganadas ambas, estableció en ellas suficientes colonos de los que se habían pasado a su lado, y llegó a Emaús. Ocupados los desfiladeros que llevan a la metrópoli de aquellos, fortificó un campamento y, dejando en él la quinta legión, avanzó con el resto de sus fuerzas hacia la toparquía de Betleptenfó. Arrasándola con fuego a ella y a la comarca vecina, fortificó en los lugares oportunos las fortalezas de los alrededores de Idumea; y, ocupando dos aldeas de lo más central de Idumea, Bétabris y Cafártoba, mató a más de diez mil personas y cautivó a más de mil; al resto de la multitud lo expulsó y estableció allí no poca parte de sus propias fuerzas, que, corriendo la comarca, devastaron toda la región montañosa. Él, con el resto del ejército, regresó a Emaús, de donde, bajando por la región de Shomrón y junto a la llamada Neápolis —Mabartá para los nativos—, acampó en Corea el dos del mes de Desio. Al día siguiente llegó a Yerijó, donde se le unió Trajano, uno de sus generales, al frente de las fuerzas de Perea, sometido ya lo que hay más allá del Yardén.
La mayor parte de la multitud, adelantándose a su llegada, había huido de Yerijó a la montaña que se alza frente a Yerushaláyim, y la parte que quedó, no escasa, fue exterminada. La ciudad la hallaron desierta; está asentada en un llano, y sobre ella se yergue un monte pelado y estéril, larguísimo, que por el norte se extiende hasta la tierra de los escitopolitanos, y por el sur hasta la comarca de Sedom y los confines del lago Asfaltites. Es todo él desigual e inhabitable por su esterilidad. Enfrente de este se halla el monte que corre junto al Yardén, que empieza en Julias y en los climas del norte y se prolonga hacia el sur hasta Somora, que marca el límite de Petra de Arabia; en él está también el llamado monte de Hierro, que se alarga hasta la Moabítide. La comarca que hay en medio de los dos montes se llama la Gran Llanura, y va desde la aldea de Guinnabris hasta el lago Asfaltites. Su longitud es de mil doscientos estadios, y su anchura, de ciento veinte; en el medio la corta el Yardén, y tiene dos lagos de naturaleza opuesta, el Asfaltites y el de Tiberíades: aquel salobre y estéril, el de Tiberíades dulce y fecundo.
En verano la llanura arde y, por el exceso de sequía, el aire de alrededor se hace insano; pues todo es sin agua salvo el Yardén, por lo cual también los palmerales de las orillas resultan más frondosos y fructíferos, y menos los apartados de él. Junto a Yerijó, sin embargo, hay una fuente abundante y muy propicia para el riego, que brota junto a la antigua ciudad que Yehoshúa, hijo de Nun, general de los hebreos, fue el primero en tomar por las armas en la tierra de los cananeos. De esta fuente cuenta la tradición que al principio no solo malograba los frutos de la tierra y de los árboles, sino también la fecundidad de las mujeres, y que en general era para todos insana y mortífera, pero que se volvió mansa y, al contrario, saludabilísima y fecundísima por obra del profeta Elishá —este era conocido y sucesor de Eliyahu—. Hospedado él por los de Yerijó, y colmándolo aquellos hombres de extraordinarias muestras de hospitalidad, correspondió a ellos y a su tierra con un favor eterno. Pues, acercándose a la fuente y echando a la corriente una vasija de barro llena de sal, luego, tendiendo al cielo su justa diestra y derramando sobre la tierra libaciones propiciatorias, pedía a la una que ablandara la corriente y abriera venas más dulces, y al otro que mezclara con la corriente aires más fecundos y otorgara a la vez a los del lugar abundancia de frutos y sucesión de hijos, y que no les faltara aquella agua engendradora mientras permanecieran justos. Con estas plegarias, y añadiendo muchas operaciones hechas con pericia, transformó la fuente, y el agua que antes les causaba orfandad y hambre se convirtió desde entonces en dispensadora de buena prole y hartura.
Tanta es la fuerza que tiene en el riego que, con solo tocar la tierra, la vuelve más nutritiva que la de otras aguas que se demoran hasta saciarla. Por eso, aunque el provecho de quienes la usan en abundancia es escaso, la de este poco es un don copioso. Riega, en efecto, más que todas las demás, y recorre una llanura de setenta estadios de largo y veinte de ancho, y cría en ella jardines hermosísimos y frondosísimos. De las palmeras que riega hay muchas especies, distintas en el gusto y en sus propiedades reconstituyentes; las más jugosas de ellas, prensadas, dan también miel abundante, no mucho peor que la demás. Es también la comarca criadora de abejas; y produce igualmente el bálsamo, que es el más precioso de los frutos de allí, y el ciprés y el mirobálano, de modo que no erraría quien dijera que es divino ese paraje, en el que se dan en abundancia las cosas más raras y hermosas. Pues, en cuanto a sus demás frutos, difícilmente se le podría comparar clima alguno de la tierra habitada: tan multiplicado devuelve lo que en él se siembra.
La causa, a mi juicio, está en el calor del aire y en el vigor de las aguas: aquel llama a lo que brota y lo despliega, y la humedad arraiga con fuerza cada planta y le suministra su fuerza en el verano; y es tan abrasador ese paraje que nadie avanza por él con facilidad. El agua, sacada antes de la salida del sol y luego expuesta al aire, se vuelve friísima y toma una naturaleza contraria a la del ambiente; en invierno, al revés, se entibia y se hace muy grata a los que se meten en ella. También el ambiente es tan templado que los del lugar se visten de lino cuando el resto de Judea está bajo la nieve. Dista de Yerushaláyim ciento cincuenta estadios, y del Yardén, sesenta; el trecho hasta Yerushaláyim es desierto y pedregoso, y el que llega hasta el Yardén y el lago Asfaltites, más bajo, pero desierto igualmente e infructuoso. Pero baste ya con lo dicho sobre Yerijó, tierra dichosísima.
Vale la pena describir también la naturaleza del lago Asfaltites, que es, como he dicho, amargo y estéril, y que por su ligereza hace subir a la superficie incluso lo más pesado que en él se arroja, y en el cual no es fácil hundirse hasta el fondo ni aunque uno se lo proponga. En efecto, cuando Vespasiano llegó a él para observarlo, mandó arrojar al fondo, atados de manos a la espalda, a algunos que no sabían nadar, y sucedió que todos flotaron arriba como empujados por un soplo. Además de esto, es admirable el cambio de su color: tres veces cada día muda su superficie y reverbera de modos diversos ante los rayos del sol. De su asfalto arroja en muchos lugares terrones negros; estos flotan, semejantes en forma y tamaño a toros sin cabeza. Los obreros del lago se acercan remando y, agarrando la masa cuajada, la arrastran a las barcas; pero, una vez llenas, no es fácil cortarla, sino que, por su tenacidad, la barca queda pegada a la maroma hasta que la disuelven con sangre menstrual de mujer y con orina, las únicas cosas a las que cede. Y es útil no solo para el ensamblaje de las naves, sino también para la curación de los cuerpos: entra, en efecto, en la composición de muchos remedios.
De este lago la longitud es de quinientos ochenta estadios, en cuanto se extiende hasta Tsóar de Arabia, y la anchura, de ciento cincuenta. Linda con él la región de Sedom, en otro tiempo tierra dichosa por sus frutos y por la riqueza de sus ciudades, pero ahora toda calcinada. Dicen que por la impiedad de sus habitantes fue abrasada por rayos; y aún se ven restos del fuego divino, y las sombras de cinco ciudades, y todavía en los frutos ceniza que renace: tienen un color semejante al de los comestibles, pero, al cogerlos con las manos, se disuelven en humo y ceniza. De este modo, lo que se cuenta como leyenda sobre la región de Sedom halla su confirmación en lo que se ve.
Vespasiano, cercando por todas partes a los de Yerushaláyim, levanta campamentos en Yerijó y en Ádida, y establece en ambos guarniciones formadas por tropas romanas y aliadas. Envía también a Gerasa a Lucio Anio, dándole un cuerpo de caballería y numerosa infantería. Este, tomando la ciudad al primer asalto, mata a mil de los jóvenes —cuantos no se adelantaron a huir—, cautivó a las familias y permitió a los soldados saquear las haciendas; luego, incendiando las casas, marchó contra las aldeas de alrededor. Huían los poderosos y perecían los más débiles, y todo lo que quedaba era pasto de las llamas. Y, habiendo abarcado la guerra toda la montaña y todo el llano, a los de Yerushaláyim se les cerraron las salidas; a los que querían desertar los vigilaban los zelotes, y a los que aún no eran de la parte de los romanos los cercaba el ejército, que rodeaba la ciudad por todas partes.
A Vespasiano, que había regresado a Cesarea y se disponía a marchar con todas sus fuerzas contra la mismísima Yerushaláyim, se le anuncia que Nerón había sido muerto, tras reinar trece años y ocho días; de quien queda por decir de qué modo ultrajó el poder confiando los asuntos a los más perversos, Ninfidio y Tigelino, y a libertos indignos; cómo, blanco de sus intrigas, quedó abandonado por todos sus guardias y, huyendo con cuatro libertos fieles, se dio muerte en las afueras de la ciudad; y cómo quienes lo habían derribado pagaron su culpa poco después; cómo terminó la guerra en la Galia; cómo Galba, proclamado emperador, regresó a Roma desde Hispania y, acusado por los soldados de mezquindad, fue asesinado a traición en mitad del foro romano, y en su lugar fue proclamado emperador Otón; su campaña contra los generales de Vitelio y el fracaso de esta; luego los disturbios bajo Vitelio y el combate en torno al Capitolio, y cómo Antonio Primo y Muciano, tras acabar con Vitelio y con las legiones germánicas, sofocaron la guerra civil.
Todo esto renuncié a exponerlo con detalle, pues es de sobra conocido por todos y muchos autores griegos y romanos lo han dejado escrito; pero, para no romper la trabazón de los hechos ni dejar inconexa la historia, señalo cada cosa a grandes rasgos.
Vespasiano, pues, al principio aplazó la campaña contra Yerushaláyim, a la espera de ver hacia quién se inclinaría el poder tras Nerón. Y luego, al enterarse de que Galba era emperador, no emprendió nada antes de que este le enviara instrucciones sobre la guerra, sino que le mandó a su hijo Tito para saludarlo y recibir las órdenes acerca de los judíos. Por los mismos motivos, junto con Tito, también el rey Agripa se hizo a la mar rumbo a Galba. Mientras costeaban a través de Acaya en naves de guerra —pues era invierno—, Galba es asesinado antes de que llegaran, tras siete meses y otros tantos días; y le arrebató el mando Otón, que reclamaba para sí el gobierno.
Agripa, por su parte, decidió seguir hasta Roma, sin arredrarse en absoluto ante el cambio. Tito, en cambio, por un impulso divino, navegó de vuelta desde Grecia hacia Siria y llegó a toda prisa a Cesarea, junto a su padre. Los dos, inquietos por la situación general —pues el imperio romano se tambaleaba—, dejaron de lado la campaña contra los judíos y, por el temor que sentían por su patria, juzgaron inoportuna la ofensiva contra pueblos extraños.
Pero sobre Yerushaláyim se alzó otra guerra. Había un tal Shimón, hijo de Giora, geraseno de origen, joven que en astucia quedaba por debajo de Yojanán —ya dueño de la ciudad—, pero que lo aventajaba en fuerza física y en audacia; por ello, desterrado por el sumo sacerdote Anano de la toparquía de Acrabatene que ocupaba, se pasa a los bandidos que se habían apoderado de Masada. Al principio despertó sus recelos; con todo, le permitieron instalarse en la fortaleza inferior junto con las mujeres que traía consigo, mientras ellos ocupaban la parte más alta. Después, por la afinidad de carácter y porque parecía de fiar, salía con ellos de correría y participaba en el saqueo de los alrededores de Masada.
Sin embargo, cuando los incitó a empresas mayores, no logró convencerlos: acostumbrados a la fortaleza, temían alejarse mucho de su guarida, como fieras de su madriguera. Él, en cambio, ansioso de tiranía y de grandezas, al oír además la muerte de Anano, se retiró a la región montañosa y, proclamando la libertad para los esclavos y recompensa para los libres, fue reuniendo a los malvados de todas partes. Cuando ya tenía una tropa poderosa, recorría saqueando las aldeas de la montaña y, como cada vez se le sumaban más, cobró ánimos para bajar a las tierras llanas. Y cuando ya resultaba temible para las ciudades, muchos hombres poderosos se dejaron ganar por su fuerza y por la racha de sus éxitos, de modo que su ejército ya no era solo de esclavos ni de bandidos, sino también de no pocos ciudadanos que le obedecían como a un rey.
Recorría la toparquía de Acrabatene y las tierras hasta la Gran Idumea; pues junto a una aldea llamada Aín levantó un muro y lo empleaba como fortaleza para su seguridad, y en el barranco llamado Feretaí, tras ensanchar muchas cuevas y encontrar otras muchas ya dispuestas, las usaba como depósitos de tesoros y almacenes del botín. Allí guardaba también las cosechas robadas, y la mayoría de sus compañías se alojaba en esos lugares; estaba claro que adiestraba a su tropa y preparaba lo necesario contra Yerushaláyim.
Por eso los zelotes, temerosos de su plan y queriendo adelantarse a quien se cebaba contra ellos, salieron en armas casi todos; pero Shimón les sale al encuentro y, presentando batalla, mata a muchos y empuja al resto de vuelta a la ciudad. Como todavía no confiaba en sus fuerzas, renunció a atacar las murallas y decidió someter antes Idumea; así que, con veinte mil infantes, avanzó contra sus fronteras. Los jefes de Idumea reunieron a toda prisa a los más aptos para la guerra de todo el país —unos veinticinco mil—, y, dejando a la mayoría custodiando sus propias tierras por las correrías de los sicarios de Masada, recibieron a Shimón en la frontera. Allí trabó combate con ellos y peleó el día entero, y se separaron sin vencedor ni vencido: él se retiró a Aín y los idumeos se dispersaron a sus casas.
Y poco después Shimón marchó de nuevo contra su territorio con fuerzas mayores; y, acampando junto a una aldea llamada Tekoa, envió a Elazar, uno de sus compañeros, a la guarnición del Herodión —que estaba cerca— para persuadirla de entregar la plaza. Los centinelas lo recibieron de buen grado, sin sospechar a qué venía; pero, en cuanto habló de rendición, lo persiguieron con las espadas desenvainadas, hasta que, sin lugar por donde huir, se arrojó desde el muro al barranco que había debajo. Murió en el acto; y los idumeos, que ya temían el poderío de Shimón, decidieron, antes de dar la batalla, explorar el ejército enemigo.
Para ello se ofreció de buen grado como agente Yaakov, uno de los jefes, que meditaba una traición. Partiendo, pues, de Aluro —pues en esa aldea se había concentrado entonces el ejército de los idumeos—, se presenta ante Shimón y acuerda entregarle primero su propia patria, tras recibir juramentos de que siempre gozaría de honores, y prometió colaborar también respecto a toda Idumea. Agasajado por ello con cordialidad por Shimón y envanecido con espléndidas promesas, cuando regresó junto a los suyos, primero mintió diciendo que el ejército de Shimón era muchas veces mayor; luego, ganándose a los jefes y, poco a poco, a toda la tropa, los indujo a acoger a Shimón y a entregarle sin lucha el mando supremo de todos. Al mismo tiempo que urdía esto, llamaba a Shimón por medio de mensajeros, prometiéndole dispersar a los idumeos; y lo cumplió. En efecto, cuando el ejército ya estaba cerca, él fue el primero en saltar sobre su caballo y huir con los que estaban comprometidos con él. El pánico cundió por toda la muchedumbre y, antes de llegar a las manos, rotas las filas, se retiró cada uno a su casa.
Shimón, contra todo pronóstico, entró en Idumea sin derramar sangre y, atacando por sorpresa, toma primero la pequeña ciudad de Jevrón, donde se hizo con abundantísimo botín y saqueó una enorme cantidad de grano. Según cuentan los del lugar, Jevrón es más antigua no solo que las ciudades de aquella región, sino también que Menfis, en Mitsraim: se le cuentan, en efecto, dos mil trescientos años. Cuentan también que fue morada de Avraham, el antepasado de los judíos, tras su migración desde Mesopotamia, y dicen que de allí bajaron sus hijos a Mitsraim; cuyos sepulcros se muestran todavía hoy en esa pequeña ciudad, de mármol muy hermoso y labrados con esmero. Y a seis estadios de la población se muestra un enorme terebinto, y aseguran que el árbol perdura desde la creación del mundo hasta hoy.
Desde allí Shimón avanzó por toda Idumea, arrasando no solo aldeas y ciudades, sino también asolando el campo; pues, aparte de los soldados armados, lo seguían cuarenta mil personas, de modo que ni siquiera los víveres bastaban para semejante multitud. A estas necesidades se sumaban su crueldad y su saña contra su propia gente, por lo que Idumea acabó quedando aún más despoblada. Y así como tras el paso de la langosta se ve todo el bosque pelado, así a espaldas del ejército de Shimón quedaba un desierto: unas cosas incendiándolas, otras derribándolas, aniquilaban cuanto crecía en la tierra, o bien pisoteándolo o bien haciéndolo pacer; y con su marcha dejaban el suelo cultivado más duro que el yermo. En una palabra: a lo saqueado no le quedaba ni rastro de haber existido.
Esto reavivó de nuevo a los zelotes; y aunque no se atrevieron a enfrentarse a él abiertamente, tendiendo emboscadas en los pasos capturaron a la esposa de Shimón y a numerosos criados de su séquito. Luego, como si hubieran hecho prisionero al propio Shimón, volvieron gozosos a la ciudad, esperando que de un momento a otro él depusiera las armas y suplicara por su mujer. Pero en él no entró la compasión, sino la ira por el rapto; y, llegando a la muralla de Yerushaláyim, como las fieras heridas que, al no alcanzar a quienes las hirieron, descargan su furia sobre el primero que encuentran, a cuantos habían salido de las puertas a recoger hortalizas o leña —hombres desarmados y ancianos— los prendía, los atormentaba y los mataba; de tan desmedida su indignación, poco le faltaba para devorar los cadáveres. A muchos les cortó las manos y los devolvió, tratando de aterrar a sus enemigos y, a la vez, de enemistar al pueblo con los culpables. Les había ordenado decir que Shimón juraba por Dios, el que todo lo vigila, que, si no le devolvían pronto a su mujer, rompería la muralla e infligiría lo mismo a todos los de la ciudad, sin perdonar edad alguna ni distinguir a los culpables de los inocentes. Ante estas amenazas, no solo el pueblo, sino también los zelotes, aterrados, le devuelven a su mujer; y entonces él, algo aplacado, descansó un poco de la matanza incesante.
Pero no solo en Judea había sedición y guerra civil, sino también en Italia. En efecto, Galba había sido asesinado en mitad del foro romano, y Otón, proclamado emperador, guerreaba contra Vitelio, que aspiraba al trono, pues las legiones de Germania lo habían elegido. Y, habiéndose librado combate en Bedriaco, en la Galia, contra Valente y Cecina, los generales de Vitelio, el primer día venció Otón, pero el segundo el ejército de Vitelio; y tras una gran carnicería, Otón se dio muerte en Brixelo al enterarse de la derrota, después de gobernar tres meses y dos días, y el ejército se pasó a los generales de Vitelio, y este bajó en persona a Roma con sus tropas.
Entretanto, también Vespasiano, partiendo de Cesarea el cinco del mes de Desio, se lanzó contra las comarcas de Judea aún no sometidas. Y, subiendo a la región montañosa, toma dos toparquías, la llamada de Gofna y la llamada Acrabetene; después de ellas, las poblaciones de Bétega y Efráyim, en las que dejó guarniciones, y cabalgó hasta Yerushaláyim: hubo estrago de muchos, apresados en el camino, y a muchos los hizo cautivos. Cereal, uno de sus generales, tomando un destacamento de jinetes e infantes, asoló la llamada Idumea alta: tras tomar por asalto Cafetra —poco más que un villorrio— la incendia, y, atacando otra llamada Carabis, la sitió. El muro era muy sólido, y cuando esperaba emplear más tiempo, de improviso los de dentro abren las puertas y, saliendo con ramos de suplicantes, se entregaron. Cereal, sometidos estos, marchó contra Jevrón, otra ciudad antiquísima; se halla, como dije, en la región montañosa, no lejos de Yerushaláyim. Forzando las entradas, mató a toda la muchedumbre allí sorprendida, hasta el último hombre en edad adulta, e incendió la ciudad. Y sometido ya todo salvo el Herodión, Masada y Maqueronte —que estaban en manos de los bandidos—, el objetivo que ahora se proponían los romanos era Yerushaláyim.
Shimón, en cuanto rescató a su mujer de manos de los zelotes, volvió de nuevo sobre los restos de Idumea y, acosando por todas partes a aquella gente, obligó a la mayoría a huir a Yerushaláyim. Y él mismo marchó tras ellos contra la ciudad y, rodeando de nuevo la muralla, mataba a cuantos jornaleros sorprendía saliendo al campo. Para el pueblo, Shimón, desde fuera, era más temible que los romanos; pero los zelotes de dentro resultaban más crueles que unos y otros; y entre ellos, la banda de los galileos destacaba en el ingenio para el mal y en la audacia. Pues ellos habían encumbrado a Yojanán, y este, a cambio, desde el poder que había alcanzado, les correspondía permitiendo a cada uno hacer cuanto se le antojaba.
Sus ansias de rapiña eran insaciables; y el registro de las casas ricas, el asesinato de hombres y los ultrajes a las mujeres eran para ellos un juego; y entre sangre engullían lo saqueado, y sin freno se abandonaban a la molicie del hartazgo, rizándose el cabello y vistiendo ropas de mujer, empapándose de perfumes y pintándose los ojos para hermosearse. E imitaban no solo el atavío, sino también las pasiones de las mujeres, y por el colmo del desenfreno idearon amores prohibidos; se revolcaban en la ciudad como en un lupanar y la mancillaron entera con obras impuras. Y, con el rostro afeminado, mataban con la diestra; y contoneándose al andar, de pronto se lanzaban y se volvían guerreros, y, sacando las espadas de debajo de sus mantos teñidos, atravesaban al primero que se cruzaba. A los que huían de Yojanán, Shimón los recibía con mayor saña homicida, y quien lograba escapar del tirano de dentro de la muralla, perecía a manos del que estaba ante las puertas. Y toda vía de fuga quedaba cortada para quienes querían pasarse a los romanos.
El ejército se dividió contra Yojanán, y cuanto había en él de idumeos se apartó y atacó al tirano, tanto por envidia de su poder como por odio a su crueldad. Trabado el combate, matan a muchos zelotes y arrinconan al resto en el palacio real que había edificado Grapte —esta era pariente de Izates, rey de los adiabenos—. Los idumeos irrumpen tras ellos y, expulsando de allí a los zelotes hacia el Templo, se lanzaron a saquear los bienes de Yojanán, pues era en el mencionado palacio donde él se hallaba y donde había depositado el botín de su tiranía. Entretanto, la muchedumbre de zelotes dispersa por la ciudad se congregó en el Templo junto a los que habían escapado, y Yojanán se disponía a lanzarlos contra el pueblo y contra los idumeos. A estos, más aguerridos, no les inquietaba tanto el ataque de aquellos cuanto su desesperación: temían que de noche, deslizándose desde el Templo, los aniquilaran y prendieran fuego a la ciudad.
Así que, reunidos con los sumos sacerdotes, deliberaban de qué modo protegerse del asalto. Pero Dios torció sus decisiones hacia el mal, e idearon, como remedio para su salvación, algo peor que la ruina: para derribar a Yojanán, resolvieron acoger a Shimón y, entre súplicas, introducir para sí mismos a un segundo tirano. Se llevó a cabo el plan y, enviando al sumo sacerdote Matityahu, rogaron a Shimón que entrara —a aquel a quien tanto habían temido—; y se sumaron a la súplica los de Yerushaláyim que huían de los zelotes, por añoranza de sus casas y haciendas. Y él, accediendo con arrogancia a ser su señor, entra como quien va a librar a la ciudad de los zelotes, aclamado por el pueblo como salvador y protector; pero, una vez dentro con su tropa, solo pensaba en su propio dominio y tenía por enemigos, no menos que a aquellos contra quienes lo habían llamado, a los mismos que lo habían llamado.
Shimón, de este modo, en el tercer año de la guerra, en el mes de Xántico, se hizo dueño de Yerushaláyim; y Yojanán y la muchedumbre de zelotes, cerrados los accesos del Templo y perdido cuanto tenían en la ciudad —pues los de Shimón habían saqueado al punto sus bienes—, veían su salvación en un callejón sin salida. Shimón atacó el Templo con la ayuda del pueblo, y aquellos, apostados en los pórticos y las almenas, rechazaban los asaltos. Cayeron muchos de los de Shimón y muchos eran retirados heridos, pues desde su posición dominante los zelotes disparaban con facilidad y sin errar el blanco. Con la ventaja del terreno, construyeron además cuatro torres enormes, para lanzar sus proyectiles desde más arriba: una en el ángulo nordeste, otra por encima del Xisto, y una tercera en otro ángulo, frente a la ciudad baja; y la última se alzó sobre la cima de los pastoforios, allí donde uno de los sacerdotes, por costumbre, se apostaba y anunciaba con la trompeta la entrada de cada semana, por la tarde, y de nuevo su término, hacia el anochecer: unas veces proclamando al pueblo el cese del trabajo y otras el momento de reanudarlo. Y dispusieron sobre las torres catapultas de dardos y máquinas lanzapiedras, junto con arqueros y honderos. Allí, ciertamente, Shimón atacaba con más flojedad, pues la mayoría de los suyos flaqueaba; con todo, resistía gracias a la superioridad de sus fuerzas; y los proyectiles de las máquinas, que llegaban más lejos, mataban a muchos de los combatientes.
Por ese mismo tiempo, también Roma se vio envuelta en graves desgracias. En efecto, Vitelio había llegado de Germania con su ejército, arrastrando tras de sí otra gran muchedumbre; y como no cabía en los recintos asignados a los soldados, convirtió toda Roma en un campamento y llenó de tropas cada casa. Y ellos, contemplando con ojos no habituados la riqueza de los romanos y rodeados por doquier de plata y oro, apenas contenían sus deseos de entregarse al saqueo y de matar a cuantos se les interpusieran. Así estaban las cosas en Italia.
Vespasiano, cuando, sometidos los alrededores de Yerushaláyim, regresó a Cesarea, se entera de los disturbios de Roma y de que Vitelio era emperador. Esto lo llevó a la indignación, aun cuando sabía bien tanto obedecer como mandar; y despreciaba como amo a quien se había abalanzado sobre el imperio como sobre algo sin dueño. Y, hondamente afligido por aquel golpe, no era capaz de soportar el tormento ni, mientras su patria era saqueada, de dedicarse a otras guerras. Pero cuanto la ira lo empujaba a la venganza, otro tanto lo frenaba la idea de la distancia; pues la fortuna podía urdir de antemano muchas jugarretas antes de que él cruzara a Italia, y más navegando en invierno; así que refrenaba su cólera, ya a punto de estallar.
Los generales y los soldados, reuniéndose en corrillos, deliberaban ya abiertamente sobre un cambio, y clamaban indignados que los soldados de Roma, entregados al lujo y sin soportar siquiera oír el rumor de una guerra, elegían para el mando a quien se les antojaba y, con la esperanza de ganancias, proclamaban emperadores, mientras que ellos mismos, que habían pasado por tantas fatigas y envejecían bajo el yelmo, cedían graciosamente a otros esa potestad, y eso teniendo entre ellos a uno más digno de mandar. ¿A quién podrían jamás pagar un tributo más justo por su buena disposición hacia ellos, si dejaban escapar la ocasión presente? Que Vespasiano era tanto más digno de gobernar que Vitelio cuanto ellos mismos lo eran que quienes habían proclamado a aquel; pues no habían librado guerras menores que las de Germania, ni eran inferiores en las armas a quienes habían traído de allí al tirano.
Pero no haría falta ni un combate: ni el Senado ni el pueblo romano tolerarían la lascivia de Vitelio en lugar de la mesura de Vespasiano, ni escogerían, en vez de un buen gobernante, a un tirano crudelísimo, ni, en vez de un padre, a un protector sin hijos; pues lo más importante para la seguridad de la paz son las sucesiones legítimas de los soberanos. De modo que, si el gobierno conviene a la experiencia de la edad, tenían a Vespasiano; y si al vigor de la juventud, a Tito: pues se combinaría lo provechoso de la edad de ambos. Y no solo aportarían ellos mismos la fuerza a los proclamados —pues contaban con tres legiones y con las tropas auxiliares de los reyes—; que ellos habían mantenido a salvo todo el Oriente y cuanto de Europa quedaba lejos de los temores de Vitelio, y también a los aliados de Italia: a saber, al hermano de Vespasiano y a su otro hijo, al primero de los cuales se sumarían muchos de los jóvenes de rango, y al segundo se le había confiado la custodia de la ciudad, no pequeña baza para aspirar al imperio. Y, en suma, que si ellos se demoraban, tal vez el Senado proclamaría a alguien despreciado por los propios soldados que habían salvado el imperio.
Tales cosas se decían los soldados en sus conciliábulos; luego, congregándose y animándose unos a otros, proclaman emperador a Vespasiano y lo instaban a salvar el imperio en peligro. Él llevaba tiempo preocupado por la cosa pública, pero no había querido gobernar por sí mismo: se juzgaba digno por sus hechos, pero prefería a los peligros del esplendor la seguridad de la vida privada. Cuanto más se negaba, más lo apremiaban los generales, y los soldados, rodeándolo con las espadas desnudas, amenazaban con matarlo si no quería vivir a la altura de su dignidad. Y tras alegarles muchas razones para rechazar el poder, al fin, viendo que no los convencía, cede a quienes lo habían nombrado.
Cuando Muciano y los demás generales lo instaban ya como a emperador, y el resto del ejército a marchar contra todo enemigo, él se ocupó primero de los asuntos de Alejandría, sabiendo que Mitsraim era la parte más importante del imperio por el suministro de grano; pues, dueño de ella, esperaba, si aquel se resistía, derribar a Vitelio incluso por la fuerza, ya que la muchedumbre de Roma no soportaría el hambre; y además quería ganarse las dos legiones de Alejandría. Pensaba también en tener aquella tierra como baluarte frente a los reveses imprevisibles de la fortuna, pues es difícil de invadir por tierra y, por el lado del mar, carece de puertos: al oeste la protegen los eriales sin agua de Libia; al sur, Siena, que la separa de los etíopes, y las cataratas innavegables del río; al este, el mar de los Juncos, que remonta hasta Coptos. Su muralla al norte es la tierra que llega hasta Siria y el llamado mar Egipcio, del todo desprovisto de fondeaderos. Así está amurallada Mitsraim por todos lados. Su longitud entre Pelusio y Siena es de dos mil estadios, y la travesía río arriba desde Plintina hasta Pelusio, de tres mil seiscientos estadios. El Nilo es navegable hasta la ciudad llamada Elefantina, más allá de la cual las cataratas ya mencionadas impiden avanzar.
El puerto de Alejandría es de difícil acceso para las naves incluso en tiempo de paz, pues la bocana es estrecha y las rocas sumergidas desvían el rumbo recto. Su lado izquierdo está protegido por espigones hechos a mano, y a la derecha se extiende la isla llamada Faros, con una enorme torre que enciende fuego para los que llegan navegando, a trescientos estadios de distancia, de modo que de noche fondeen lejos por lo peligroso de la entrada. En torno a esa isla se han levantado enormes murallas hechas a mano, contra las que el mar rompe y, quebrándose a un lado y otro de las barreras que tiene enfrente, encrespa el paso y hace peligrosa la entrada por el estrecho. El puerto interior, sin embargo, es segurísimo, de treinta estadios de extensión; a él se trae cuanto le falta al país para su prosperidad, y de él se reparte a todo el mundo habitado el sobrante de los bienes de la región.
Con razón, pues, aspiraba Vespasiano a hacerse con aquellos asuntos para consolidar todo su poder, y escribe de inmediato a Tiberio Alejandro, gobernador de Mitsraim y de Alejandría, revelándole el entusiasmo del ejército y anunciándole que él, habiendo asumido por necesidad el peso del gobierno, lo tomaba como colaborador y auxiliar. Cuando Alejandro leyó en público la carta, hizo prestar de buen grado juramento de fidelidad a las legiones y al pueblo. Unos y otros obedecieron con gusto, pues conocían el valor de aquel hombre por su reciente mando cercano. Y él, encargado ya de los asuntos del gobierno, le preparaba de antemano tanto esto como lo relativo a su llegada; y más veloces que el pensamiento, los rumores anunciaban al emperador de Oriente, y cada ciudad celebraba fiestas y ofrecía sacrificios de acción de gracias en su favor. Las legiones de Misia y de Panonia, agitadas poco antes por la osadía de Vitelio, con mayor alegría juraron fidelidad al imperio de Vespasiano. Y él, levantando el campamento de Cesarea, llegó a Berito, donde le salieron al encuentro muchas embajadas de Siria y muchas de las demás provincias, que le traían coronas de cada ciudad y decretos de felicitación. También estaba presente Muciano, el gobernador de la provincia, que le comunicaba el entusiasmo de los pueblos y los juramentos prestados ciudad por ciudad.
Como la fortuna avanzaba en todo según su deseo y los acontecimientos se habían inclinado en su mayor parte a su favor, empezó Vespasiano a pensar que no sin providencia divina había alcanzado el poder, sino que un justo destino había hecho recaer sobre él el dominio del mundo entero. En efecto, recordaba los demás presagios —muchos se le habían dado por doquier anunciándole el poder— y las palabras de Josefo, que se había atrevido a llamarlo emperador cuando Nerón vivía todavía. Y se maravillaba de aquel hombre, que aún seguía preso en su poder; así que, convocando a Muciano junto con los demás generales y amigos, refirió primero su arrojo y cuánto habían padecido por su causa en Yotapata, luego las profecías, que él mismo había sospechado entonces invenciones del miedo, pero que el tiempo y los hechos habían demostrado ser divinas. «Es vergonzoso, pues —dijo—, que quien me vaticinó el poder y fue ministro de la voz de Dios soporte todavía la condición de cautivo o la suerte de un preso»; y, llamando a Josefo, ordena que lo suelten. A los generales, ante la recompensa concedida al extranjero, les vino la esperanza de cosas espléndidas también para sí mismos; pero Tito, que estaba junto a su padre, dijo: «Es justo, padre, que a Josefo se le quite el oprobio junto con el hierro; pues quedará como quien nunca estuvo encadenado, si en vez de soltarle las cadenas se las cortamos. Así se hace, en efecto, con los que fueron encadenados injustamente». Pareció bien, y alguien, adelantándose, cortó la cadena con un hacha. Y Josefo, que había recibido este honor por sus anteriores vaticinios, era ya digno de crédito también respecto al porvenir.
Capítulo 11
Vespasiano, tras despachar las embajadas y establecer para cada lugar las magistraturas con justicia y por medio de hombres dignos, llega a Antioquía. Y, deliberando adónde dirigirse, juzgó más urgentes los asuntos de Roma que la marcha a Alejandría, pues veía a esta segura, mientras que aquellos los trastornaba Vitelio. Así que envía a Muciano a Italia, poniendo a su cargo una considerable fuerza de jinetes e infantes. Y este, temiendo navegar por lo crudo del invierno, condujo el ejército por tierra a través de Capadocia y Frigia.
Entretanto, también Antonio Primo, tomando la tercera legión de las de Misia —de la que era comandante allí—, se apresuraba a plantar cara a Vitelio. Vitelio despacha contra él, para salirle al paso con muchas tropas, a Cecina Alieno, en quien confiaba mucho por la victoria sobre Otón. Y este, avanzando a marchas forzadas desde Roma, alcanza a Antonio cerca de Cremona, en la Galia; esta ciudad está en la frontera de Italia. Pero, al ver allí la multitud de los enemigos y su buen orden, no se atrevió a combatir; y, considerando arriesgada la retirada, tramó una traición. Reuniendo a sus centuriones y tribunos, los incitaba a pasarse a Antonio, rebajando el poder de Vitelio y ensalzando la fuerza de Vespasiano, diciendo que en uno estaba solo el nombre del poder, y en el otro la fuerza; y que también a ellos les convenía más adelantarse a la necesidad y convertirla en favor, y, ya que iban a ser vencidos por las armas, anticiparse al peligro con su decisión; pues Vespasiano era capaz, aun sin ellos, de conquistar incluso lo que le faltaba, mientras que Vitelio no podía, ni siquiera con ellos, conservar lo que tenía. Diciendo muchas cosas de este tenor, los persuadió, y se pasa a Antonio con sus tropas.
Pero esa misma noche el arrepentimiento se apodera de los soldados, y el temor de aquel que los había arrastrado, por si acaso prevalecía; y, desenvainando las espadas, se lanzaron a matar a Cecina —y lo habrían hecho, de no haberse arrojado a sus pies los tribunos suplicándoles—. Se abstuvieron de matarlo, pero, encadenando al traidor, se disponían a enviarlo a Vitelio. Al oír esto, Primo levanta al instante a los suyos y los condujo en armas contra los rebeldes. Estos, formados en orden de batalla, resistieron un poco, pero luego, puestos en fuga, huyeron a Cremona. Tomando la caballería, Primo les corta las entradas, cerca a la gran muchedumbre ante la ciudad y la aniquila, y, irrumpiendo con el resto, permitió a sus soldados saquear la plaza. Allí perecieron muchos de los mercaderes extranjeros y muchos de los naturales, y todo el ejército de Vitelio: treinta mil doscientos hombres. De los de Misia, Antonio perdió cuatro mil quinientos. Poniendo en libertad a Cecina, lo envía a Vespasiano para anunciarle lo sucedido. Y este, al llegar, fue acogido por él, que cubrió con honores inesperados el baldón de su traición.
También en Roma cobraba ya ánimos Sabino, al anunciarse que Antonio estaba cerca; y, reuniendo los cuerpos de los soldados de la guardia nocturna, se apodera de noche del Capitolio. De día se le sumaron muchos de los hombres principales, y Domiciano, el hijo de su hermano, la mayor baza de las esperanzas de dominio. Vitelio se inquietaba menos por Primo, pero estaba enfurecido contra los que se habían rebelado con Sabino; y, por su crueldad innata, sediento de la noble sangre del ejército, lanza contra el Capitolio las tropas que habían bajado con él. Muchas hazañas se osaron tanto por parte de estas tropas como de los que combatían desde el templo, pero al fin, superiores en número, los de Germania se hicieron con la colina. Y Domiciano, con muchos de los magistrados romanos, se salvó de un modo casi milagroso; pero todo el resto de la muchedumbre fue pasado a cuchillo, y Sabino, llevado ante Vitelio, es ejecutado, y los soldados, tras saquear las ofrendas, prendieron fuego al templo. Y un día después Antonio entra a caballo con sus tropas, y los de Vitelio le salieron al encuentro y, trabando combate en tres puntos de la ciudad, perecieron todos.
Y Vitelio sale del palacio ebrio y ahíto, como en un último festín, tras haberse hartado con más largueza que nunca en su mesa disoluta. Arrastrado entre la muchedumbre y ultrajado con toda suerte de vejaciones, es degollado en mitad de Roma, tras haber gobernado ocho meses y cinco días. Si le hubiera tocado vivir más tiempo, creo que ni el imperio entero habría bastado a su lascivia. De los demás muertos se contaron más de cincuenta mil. Esto había ocurrido el tres del mes de Apeleo; y al día siguiente Muciano entra con el ejército y puso fin a las matanzas de los de Antonio —pues todavía, registrando las casas, mataban a muchos soldados de Vitelio y a muchos del pueblo como si fueran suyos, con una furia que se adelantaba a la exacta distinción—; y, presentando a Domiciano, lo pone al frente de la muchedumbre como jefe hasta la llegada de su padre. El pueblo, libre ya de sus temores, aclamaba emperador a Vespasiano, y celebraba a la vez tanto su confirmación como la caída de Vitelio.
A Vespasiano, ya llegado a Alejandría, le llegaron las buenas nuevas de Roma y embajadas de todo su mundo que lo felicitaban; y la ciudad, la mayor después de Roma, se reveló demasiado estrecha para tanta gente. Consolidado ya todo el poder, y a salvo, contra toda esperanza, la situación de los romanos, Vespasiano volvió su atención a los restos de Judea. Él mismo, con todo, ansiaba, en cuanto acabara el invierno, hacerse a la mar rumbo a Roma, y arregló con rapidez los asuntos de Alejandría; pero a su hijo Tito lo envió con las tropas escogidas a destruir Yerushaláyim.
Avanzó a pie hasta Nicópolis —que dista veinte estadios de Alejandría—, y allí embarcó a su ejército en naves de guerra y remontó el Nilo, cruzando el nomo mendesio, hasta la ciudad de Tmuis.
Desde allí desembarcó y siguió por tierra, y acampó junto a la pequeña plaza de Tanis. Su segunda etapa fue Heracleópolis, y la tercera, Pelusio.
Tras dar dos días de descanso al ejército en ese punto, al tercero franqueó los desfiladeros de Pelusio y, avanzando una jornada por el desierto, acampó junto al templo de Zeus Casio; al día siguiente, en Ostracine —etapa sin agua, pues sus habitantes se sirven de agua traída de fuera—.
Después descansó en Rinocorura, y desde allí avanzó hasta Rafia, la cuarta etapa —ciudad que marca el comienzo de Siria—.
Estableció su quinto campamento en Gaza; luego pasó a Ascalón, y de allí a Yavne, después a Yafo, y desde Yafo llegó a Cesarea, decidido a reunir allí el resto de sus fuerzas.