Libro tercero
Cuando a Nerón le llegaron noticias de los reveses sufridos en Judea, lo asaltaron —como es natural— un espanto y un miedo que ocultó; pero de puertas afuera se mostró desdeñoso e irritado. Decía que lo ocurrido se debía más a la negligencia de sus generales que al valor del enemigo, y creía propio de él, por el peso de su soberanía, mostrarse altivo ante aquellas malas nuevas y aparentar un ánimo por encima de todo terror. Con todo, la turbación de su alma quedaba al descubierto en sus cavilaciones, mientras meditaba a quién confiaría el Oriente sublevado: alguien que castigara la rebelión de los judíos y se anticipara a los pueblos vecinos, ya contagiados del mismo mal.
Solo encuentra a Vespasiano a la altura de la empresa y capaz de asumir la magnitud de una guerra tan grande —un hombre envejecido en las campañas desde su juventud, que ya antes había pacificado para los romanos el occidente perturbado por los germanos, y había sumado con las armas Britania, hasta entonces ignorada—, con lo que además brindó a su padre Claudio la ocasión de celebrar un triunfo sin sudor propio.
Tomando esto por buen presagio, viendo su edad firme y curtida por la experiencia —y teniendo en sus hijos una gran prenda de su lealtad, y en el vigor de estos una mano al servicio de la prudencia paterna—, y acaso porque Dios ya disponía de antemano el rumbo de todo, envía a este hombre a tomar el mando de los ejércitos de Siria, halagándolo mucho y agasajándolo por adelantado, como las urgencias del momento lo exigían. Y él, desde Acaya, donde acompañaba a Nerón, despachó a su hijo Tito a Alejandría para que trajera de allí la decimoquinta legión; cruzó él mismo el Helesponto y llegó por tierra a Siria, y allí reunió las fuerzas romanas y numerosos aliados de los reyes vecinos.
Los judíos, tras el golpe asestado a Cestio, enardecidos por sus inesperados éxitos, no podían contener su ímpetu y, como avivados por la fortuna, llevaban la guerra más lejos. Reuniendo enseguida a todos sus hombres más aguerridos, se lanzaron contra Ascalón. Es una ciudad antigua, distante de Yerushaláyim quinientos veinte estadios, siempre odiada por los judíos; por eso también entonces les pareció la más a mano para sus primeros embates. Dirigían la incursión tres hombres, sobresalientes en fuerza y en juicio: Níger, de Perea; Silas, el babilonio; y con ellos Yojanán el esenio. Ascalón estaba sólidamente amurallada, pero casi desprovista de socorro: la guarnecían una cohorte de infantería y una sola ala de caballería, al mando de Antonio.
Los judíos, marchando con un ímpetu mucho más tenso, como quienes partían de cerca, ya estaban allí. Pero Antonio, que no ignoraba que su ataque aún se avecinaba, sacó por delante la caballería y, sin temer nada ni el número ni la audacia del enemigo, aguantó con firmeza los primeros embates y rechazó a quienes se abalanzaban contra la muralla. Ellos, inexpertos frente a diestros en la guerra, infantes frente a jinetes, desordenados frente a hombres bien trabados, y armados al desgaire frente a hoplitas pertrechados —conducidos por la pasión más que por el cálculo, y enfrentados a quienes obedecían y lo hacían todo a una señal—, sufrieron sin dificultad. Pues una vez turbadas sus primeras filas, la caballería las puso en fuga; y al chocar contra los que venían detrás, apretados hacia la muralla, se volvieron enemigos unos de otros, hasta que todos, cediendo a las cargas de los jinetes, se desparramaron por toda la llanura —que era amplia y por completo apta para la caballería.
Y esto, favoreciendo a los romanos, causó grandísima mortandad entre los judíos: alcanzaban a los que huían y los hacían volverse, y abriéndose paso entre los que el propio correr amontonaba, mataban a incontables; otros a otros, dondequiera que giraban, los cercaban, los acosaban en círculo y los alanceaban sin esfuerzo. A los judíos su propia muchedumbre les parecía un desierto en medio de su impotencia, mientras que los romanos, aun siendo pocos para la guerra, en su fortuna se creían de sobra. Y como unos porfiaban contra los reveses, por vergüenza de una huida rápida y con la esperanza de un vuelco, y los otros no se cansaban en su buena suerte, la batalla se prolongó hasta la tarde, hasta que cayeron diez mil judíos y dos de sus jefes, Yojanán y Silas. Los demás, la mayoría heridos, huyeron con Níger, el jefe superviviente, a un pueblecito de Idumea llamado Chaalis. Unos pocos romanos también resultaron heridos en aquel encuentro.
Con todo, semejante desastre no abatió el ánimo de los judíos; antes bien, su desgracia despertó su audacia, y despreciando los cadáveres que tenían a sus pies, sus éxitos anteriores los sedujeron hacia un segundo golpe. Sin detenerse siquiera lo justo para curar las heridas, reuniendo toda su fuerza, más enfurecidos y mucho más numerosos, volvieron corriendo contra Ascalón. Y su suerte anterior los acompañó, junto con su inexperiencia y las demás desventajas para la guerra: como Antonio había tendido emboscadas en los pasos, cayeron sin advertirlo en las celadas, y rodeados por la caballería antes de poder formar para el combate, de nuevo caen más de ocho mil, y todos los demás huyeron —entre ellos también Níger, que en la huida dio muchas muestras de bravura. Acosados por el enemigo, se ven empujados a una torre fortificada de una aldea llamada Belzedek. Los de Antonio, para no perder tiempo con la torre, difícil de tomar, ni dejar con vida al jefe y más valiente de los enemigos, prendieron fuego a la muralla. Mientras la torre ardía, los romanos se retiraron alegres, como si también Níger hubiera perecido; pero él, arrojándose a la gruta más recóndita de la fortaleza, se salvó desde la torre, y al cabo de tres días respondió a los que, entre lamentos, lo buscaban para darle sepultura. Al salir, colmó a todos los judíos de un gozo inesperado, como salvado por la providencia de Dios para serles general en lo por venir.
Vespasiano, tras recoger sus fuerzas en Antioquía —que es la metrópoli de Siria y, por su tamaño y demás prosperidad, ocupa sin disputa el tercer lugar del mundo habitado bajo dominio romano, y donde había encontrado al rey Agripa aguardando su llegada con todas sus propias tropas—, se apresuró hacia Ptolemaida. Y en esta ciudad salieron a su encuentro los habitantes de Séforis, ciudad de Galilea, los únicos de la región de sentimientos pacíficos. Ellos, que no habían descuidado ni su propia salvación ni la fuerza de los romanos, antes de que llegara Vespasiano ya habían dado garantías a Cesenio Galo, recibido su diestra y admitido una guarnición. Entonces, en efecto, acogieron cordialmente al general y se ofrecieron de buen grado como aliados contra los de su propio pueblo. A ellos, que lo pedían, el general les entrega por el momento jinetes e infantes, cuantos suponía que resistirían las incursiones si los judíos intentaban algo. Pues no parecía pequeño el riesgo, de cara a la guerra que se avecinaba, de que le arrebataran Séforis, siendo la mayor ciudad de Galilea, levantada en un lugar fortísimo y llamada a ser el baluarte de todo el pueblo.
Siendo dos las Galileas —la llamada Alta y la Baja—, las ciñen Fenicia y Siria; las delimitan, por el poniente, Ptolemaida con las fronteras de la comarca y el Carmelo, monte antaño de los galileos y hoy de los tirios. A este linda Gabaá, ciudad de jinetes, así llamada porque en ella habitan los jinetes licenciados por el rey Herodes. Por el mediodía, la comarca de Shomrón y Escitópolis, hasta las corrientes del Yardén. Por el levante la cortan Hipos, Gádara y la Gaulanítide —allí están también las fronteras del reino de Agripa. Sus zonas septentrionales terminan en Tiro y en el territorio de los tirios. La llamada Galilea Baja se extiende a lo largo desde Tiberíades hasta Chabulón, cuya vecina en la costa es Ptolemaida. Se ensancha desde una aldea situada en la gran llanura —se llama Exaloth— hasta Bersabe, que es también donde comienza en anchura la Galilea Alta, hasta la aldea de Baca, la cual limita con la tierra de los tirios. Y se alarga hasta Meroth, partiendo de la aldea de Thella, vecina del Yardén.
Con ser tan grandes en extensión y rodeadas de tantos pueblos extranjeros, siempre resistieron toda prueba de guerra: los galileos son aguerridos desde niños y siempre numerosos, y nunca la cobardía dominó a los hombres ni la falta de población a la tierra, pues toda ella es fértil, buena para el pasto y plantada de árboles de toda clase, de modo que por su facilidad invita hasta al menos amigo del trabajo del campo. Así que fue toda cultivada por sus moradores, y ninguna parte quedó ociosa; hay además ciudades apiñadas y una multitud de aldeas por doquier, populosas por la abundancia, de suerte que la más pequeña tiene más de quince mil habitantes.
En conjunto, aunque uno rebajara Galilea frente a Perea por el tamaño, la preferiría por su fuerza: la una es toda laborable y fructifica sin interrupción, mientras que Perea, mucho mayor, es en su mayor parte desierta y áspera, y más agreste para el cultivo de frutos domesticados. Con todo, su parte muelle y de todo fruto, y los llanos plantados de árboles variados, están labrados sobre todo con olivo, vid y palmerales, regados por los torrentes de los montes y por manantiales perennes en abundancia, para cuando aquellos se agotan con el calor de la canícula. Su longitud va de Maqueronte a Pela, y su anchura de Filadelfia al Yardén. Por Pela, que ya hemos mencionado, se limita al norte; al poniente, por el Yardén; su confín meridional es Moav, y hacia el levante la cortan Arabia y la Silonítide, y del lado de Filadelfia y de Gerasa.
La comarca de Shomrón está en medio de Galilea y de Judea: comenzando en una aldea situada en la llanura, de nombre Gineá, termina en la toparquía de los acrabetenos; y en nada difiere de Judea por su naturaleza. Ambas son montañosas y llanas, blandas para el cultivo y de gran rendimiento, arboladas y llenas de fruto de monte y de huerta, en cuanto que en ningún punto son naturalmente sedientas, pues las riega la lluvia la mayor parte del tiempo. Toda el agua corriente en ellas es de una dulzura singular, y por la abundancia de buena hierba el ganado da más leche que en otras partes. La mayor prueba de su excelencia y prosperidad es que ambas rebosan de hombres. Su lindero es la aldea llamada Anuath Borceo: esta es el confín de Judea por el norte; su parte sur, medida a lo largo, la delimita una aldea que confina con las fronteras de los árabes, y a la que los judíos de allí llaman Yardán. En anchura se despliega desde el río Yardén hasta Yafo.
La ciudad de Yerushaláyim yace en su mismísimo centro, por lo que algunos, no sin razón, llamaron a la villa el ombligo de la región. Y no está Judea privada de los encantos del mar, pues se extiende por la costa hasta Ptolemaida. Se reparte en once distritos, sobre los cuales manda la regia Yerushaláyim, que se alza por encima de toda la comarca circundante como la cabeza sobre el cuerpo; los demás, después de ella, se dividen en toparquías. Gofna es la segunda, y tras ella Acrabeta; luego Thamna y Lida, Emaús, Pela, Idumea, Engaddai, el Herodión y Yerijó; después de las cuales Yavne y Yafo encabezan sus contornos, y sobre estas la Gamalítide y la Gaulanítide, Batanea y la Traconítide, que son también partes del reino de Agripa. Comenzando en el monte Líbano y en las fuentes del Yardén, la región se ensancha hasta el lago junto a Tiberíades, y desde una aldea llamada Arfá se alarga hasta Julias. La habitan, mezclados, judíos y sirios. Esto es lo que, con la mayor brevedad posible, hemos referido acerca de la tierra de los judíos y de sus contornos.
El socorro enviado por Vespasiano a los sepforitas —mil jinetes y seis mil infantes, bajo el mando del tribuno Plácido—, tras acampar en la gran llanura, se divide: la infantería se aloja en la ciudad para su custodia, y la caballería en el campamento. Avanzando de continuo por uno y otro lado y arrasando los contornos de la región, hacían gran daño a los de Josefo, que se mantenían quietos: saqueaban las ciudades desde fuera y rechazaban a cuantos se atrevían a salir. Josefo, sin embargo, se lanzó contra la ciudad esperando tomarla —él mismo, antes de que Galilea se sublevara, la había amurallado de modo que fuera difícil de tomar incluso para los romanos—; por eso mismo fracasó en su esperanza, hallándose demasiado débil para forzarla o para persuadir a los sepforitas. Con ello no hizo sino azuzar más la guerra sobre la región, y ni de noche ni de día cesaban los romanos, en su rabia por la empresa, de asolar sus llanuras y saquear las haciendas del campo, matando siempre a los combatientes y esclavizando a los débiles. Toda Galilea se llenó de fuego y de sangre, y no quedó libre de sufrimiento ni de calamidad alguna; pues el único refugio para los perseguidos eran las ciudades amuralladas por Josefo.
Tito, tras cruzar de Acaya a Alejandría con mayor rapidez de la que permitía la estación invernal, toma a su cargo la fuerza para la que había sido enviado y, en marcha forzada, llega presto a Ptolemaida. Y allí, hallando a su padre con las dos legiones que lo acompañaban —las más distinguidas, la quinta y la décima—, les une la decimoquinta que él había traído. A estas seguían dieciocho cohortes; y se les sumaron también cinco desde Cesarea y una ala de caballería, y otras cinco de la caballería de Siria. De las cohortes, diez tenían mil infantes cada una, y las trece restantes seiscientos infantes cada una y ciento veinte jinetes. Se reunió también un nutrido contingente aliado de parte de los reyes: Antíoco, Agripa y Sohemo aportaron cada uno dos mil infantes arqueros y mil jinetes, y el árabe Málico envió mil jinetes sobre cinco mil infantes, de los cuales la mayoría eran arqueros. De suerte que la fuerza total, contando junto a ella los jinetes e infantes de los reyes, ascendía a sesenta mil, sin contar los sirvientes, que seguían en gran número y que, por su adiestramiento militar, no se apartarían del grueso combatiente: en la paz se ejercitaban de continuo en las prácticas de sus amos, y en la guerra compartían con ellos el peligro, de modo que ni en experiencia ni en fuerza eran inferiores a nadie salvo a sus amos.
En esto, por cierto, cabría admirar la previsión de los romanos, que se procuran una servidumbre útil no solo para las tareas de la vida, sino también para la guerra. Y si alguien mirara además el resto de la organización de su ejército, comprendería que poseen un dominio tan grande como fruto de su valor, no como regalo de la fortuna. Pues para ellos la guerra no es el comienzo del manejo de las armas, ni mueven las manos solo por necesidad, tras haber holgado en la paz; sino que, como si hubieran nacido pegados a sus armas, jamás conceden tregua al ejercicio ni aguardan las ocasiones. Sus prácticas en nada quedan por debajo del vigor de la guerra real, sino que cada día cada soldado se ejercita con todo empeño como si estuviera en combate. Por eso soportan las batallas con la mayor ligereza: ni el desorden los dispersa de su formación habitual, ni el miedo los saca de sí, ni el esfuerzo los agota, y les sigue una victoria segura sobre quienes no se les asemejan. Y no erraría quien dijera que sus prácticas son batallas sin sangre, y sus batallas prácticas con sangre.
Tampoco son presa fácil del enemigo por un ataque súbito; pues dondequiera que invaden tierra hostil, no traban combate antes de fortificar un campamento. Y no lo levantan al azar ni desnivelado, ni todos a la vez o en desorden: si el terreno resulta desigual, se allana, y se les traza un campamento cuadrado. Los acompaña una multitud de carpinteros y de herramientas para la construcción. El interior lo reparten en tiendas; por fuera, el recinto ofrece el aspecto de una muralla, guarnecido de torres a intervalos iguales. En los tramos entre torres colocan las balistas, las catapultas, las lanzapiedras y toda máquina arrojadiza, todo dispuesto para el disparo. Se construyen cuatro puertas, una en cada lado del recinto, cómodas para la entrada de las acémilas y anchas para las salidas de las tropas, si urgen. Trazan las calles del interior con buen orden, y colocan en el centro las tiendas de los oficiales, y en el mismísimo medio el cuartel general, semejante a un templo. Como si en un instante surgiera una ciudad, se señala también un mercado, un lugar para los artesanos y asientos para los centuriones y capitanes, donde juzguen si algunos tienen disputas. El recinto y todo lo que hay dentro se amuralla más rápido que el pensamiento, por el número y la pericia de los que trabajan; y si urge, se traza también por fuera un foso de cuatro codos de hondo e igual de ancho.
Una vez atrincherados, se alojan por unidades, cada uno con quietud y orden. Todo lo demás lo llevan a cabo con buen orden y seguridad: la leña, el avituallamiento, si lo necesitan, y el acarreo de agua, cada unidad por su cuenta. Ni la cena ni el desayuno son a voluntad de cada cual cuando quiere, sino de todos a la vez; y el sueño, las guardias y los despertares se los anuncian las trompetas, y no hay nada que se haga sin orden. Al amanecer, los soldados acuden cada cual a sus centuriones, y estos a los tribunos para saludarlos, y con ellos todos los capitanes acuden al comandante en jefe. Este les da la contraseña de costumbre y las demás órdenes para transmitirlas a sus subordinados; lo cual hacen también en el combate, y así giran con rapidez a donde haga falta, y para los ataques y las retiradas se repliegan todos a una.
Cuando conviene levantar el campamento, la trompeta da la señal, y nadie queda ocioso: al primer gesto desmontan las tiendas y lo disponen todo para la partida. Y de nuevo las trompetas señalan que estén listos. Ellos, en un momento, cargada la impedimenta sobre los mulos y las bestias, se plantan como junto a la cuerda de salida, prontos a arrancar, y prenden ya fuego al campamento, pues les es fácil fortificarse de nuevo allí, y para que aquello no llegue nunca a ser útil al enemigo. Y una tercera vez las trompetas anuncian la partida, apremiando a los que por algún motivo se demoran, para que ninguno se quede fuera de su puesto. Y el heraldo, apostado a la derecha del comandante, pregunta tres veces en la lengua patria si están listos para la guerra. Y ellos otras tantas responden a gritos, fuerte y con brío, diciendo que están prontos, y se adelantan a quien los interroga, y henchidos de un cierto ardor guerrero alzan la diestra con el clamor.
Luego, avanzando, marchan todos en silencio y con orden, guardando cada uno su puesto como en la guerra: los infantes protegidos con corazas y cascos, y llevando espada a ambos costados. La espada de la izquierda es mucho más larga, pues la del lado derecho no mide más de un palmo. Los infantes escogidos que rodean al general llevan lanza y escudo redondo; el resto de la falange, una pica y un escudo alargado, y además una sierra y un cesto, un azadón y un hacha, y también una correa, una hoz y una cadena, y provisiones para tres días; de suerte que poco le falta al infante para ser una acémila de carga. Los jinetes llevan a la derecha una espada larga y una pica alargada en la mano, y un escudo atravesado al costado del caballo; y del carcaj les cuelgan tres o más venablos, de puntas anchas y no menores en tamaño que las lanzas. Los cascos y las corazas son iguales a los de toda la infantería. Y en nada de armas se diferencian los escogidos que rodean al general de los jinetes de las alas. Por sorteo va siempre en cabeza la legión a la que le toca.
Tales son, pues, las marchas y los campamentos de los romanos, y las diferencias de sus armas; y nada en las batallas es irreflexivo ni improvisado, sino que la deliberación precede siempre a toda acción, y a lo decidido siguen las obras. Por eso yerran lo menos posible, y aun cuando tropiezan, se reponen con facilidad de sus errores. Y tienen por mejores los fallos que siguen a la deliberación que los aciertos debidos al azar, pues el bien que llega solo seduce hacia la imprevisión, mientras que la reflexión, aunque alguna vez fracase, sirve de buen adiestramiento para el futuro. Y de los bienes que vienen por sí solos no es responsable quien los recibe, mas de los reveses que sobrevienen contra lo esperado queda el consuelo de haber al menos deliberado como era debido.
En los ejercicios de las armas preparan no solo los cuerpos, sino también los ánimos, hasta hacerlos valientes; y se templan además con el temor. Pues sus leyes castigan con la muerte no solo la deserción, sino aun la más leve negligencia, y los generales son más temibles que las leyes: con los honores que otorgan a los buenos redimen la apariencia de crueldad hacia los castigados. Tan grande es en ellos la obediencia a los jefes que en la paz es un adorno, y en el combate todo el ejército es un solo cuerpo. Tan seguras son sus filas, tan ágiles sus giros, tan prontos sus oídos a las órdenes, sus ojos a las señales y sus manos a la acción. De ahí que sean siempre rápidos para actuar y los más lentos en padecer; y no hay caso en que, plantados en su puesto, fueran vencidos por el número, por las estratagemas, por lo escarpado del terreno, ni siquiera por la fortuna, pues también sobre esta tienen la victoria más asegurada. Para quienes, pues, la deliberación gobierna el combate, y a lo deliberado sigue un ejército tan resuelto, ¿qué hay de admirable en que, al levante, el Éufrates; al poniente, el océano; al sur, lo más fértil de Libia; y al norte, el Íster y el Rin sean las fronteras de su dominio? Con razón podría decirse que la posesión es menor que sus poseedores.
He expuesto todo esto no tanto por el propósito de alabar a los romanos cuanto por el consuelo de los sometidos y para disuadir a los que se rebelan; y ojalá sirva también, para los aficionados a lo bello que lo ignoran, esta descripción de la disciplina del ejército romano, como acercamiento a la experiencia. Vuelvo, pues, al punto de donde me aparté para tratar estas cosas.
Vespasiano, junto con su hijo Tito, mientras se demoraba aún en Ptolemaida ordenando sus fuerzas, y Plácido, que recorría Galilea saqueándola —pues había dado muerte a gran multitud de los que atrapaba, siendo estos los más débiles de los galileos, extenuados por las huidas—, viendo que los combatientes se refugiaban siempre en las ciudades amuralladas por Josefo, se lanzó contra la más fuerte de ellas, Yotapata, creyendo tomarla con facilidad al primer asalto y granjearse así gran gloria entre los generales y prestarles gran servicio para lo por venir: pues las demás ciudades se rendirían de miedo si caía la más recia. Pero erró de lleno su esperanza; los yotapatanos, advirtiendo de antemano su llegada, lo aguardan delante de la ciudad y, chocando de improviso con los romanos —numerosos, prontos al combate y ardorosos como quienes defienden una patria en peligro, y a sus mujeres e hijos—, los ponen pronto en fuga. Y hieren a muchos de los romanos y matan a siete, porque su retirada no fue desordenada y las heridas fueron superficiales, cubiertos como iban por todas partes; y porque los judíos disparaban de lejos más que atreverse a la lucha cuerpo a cuerpo, ligeros de armas contra hoplitas. Cayeron también tres judíos y unos pocos quedaron heridos. Plácido, hallándose demasiado débil para el asalto a la ciudad, huye.
Vespasiano, deseoso de irrumpir él mismo en Galilea, sale de Ptolemaida disponiendo que el ejército marchara según la costumbre romana. Ordenó que fueran por delante los ligeros de entre los auxiliares y los arqueros, para rechazar las incursiones repentinas del enemigo y explorar los bosques sospechosos y capaces de ocultar emboscadas; a estos seguía un cuerpo de romanos con armamento pesado, infantes y jinetes. A ellos los acompañaban diez hombres de cada centuria, que llevaban su propio equipo y los instrumentos de medir el campamento; y tras ellos los zapadores, para enderezar lo torcido de la calzada, allanar los pasos difíciles y talar de antemano los bosques que estorbaban, de modo que el ejército no penara con las malas veredas. Detrás de estos dispuso su propia impedimenta y la de los oficiales a sus órdenes, y sobre ellas un buen número de jinetes para su seguridad. Tras los cuales marchaba él mismo, con los escogidos de la infantería y la caballería y los lanceros. Le seguía la caballería propia de su legión —pues son propios de cada legión ciento veinte jinetes. A estos seguían los mulos que portaban las máquinas de asedio y los demás ingenios. Después de ellos, los oficiales y prefectos de cohortes con los tribunos, llevando en torno a sí soldados escogidos; luego los estandartes rodeando el águila, que va al frente de cada legión romana, por ser reina de todas las aves y la más brava; ella es para ellos señal de dominio y augurio de que, contra quienes marchen, vencerán. A las enseñas sagradas seguían los trompeteros, y detrás de ellos la falange, ensanchando su masa en columnas de a seis. Junto a ellos iba, por costumbre, un centurión vigilando la formación. La servidumbre de cada legión seguía toda a la infantería, llevando la impedimenta de los soldados sobre los mulos y las bestias; y detrás de todas las legiones, la turba de mercenarios, a la que seguían para su seguridad, como retaguardia, infantes, hoplitas y numerosos jinetes.
Marchando así, Vespasiano llega con su fuerza a los confines de Galilea, donde, tras acampar, contuvo a sus soldados ansiosos de guerra, mostrando el ejército para amedrentar al enemigo y darle ocasión de arrepentirse, si antes del combate cambiaba de parecer; y a la vez se aprestaba para el asedio de las plazas fuertes. Y el general, con solo dejarse ver, obró en muchos el arrepentimiento de la rebelión, y en todos el espanto. Pues los de Josefo, que habían acampado no lejos de Séforis, junto a una ciudad llamada Garis, cuando oyeron que la guerra se acercaba y que los romanos estaban a punto de trabar combate con ellos, no solo antes de la batalla, sino antes aun de ver al enemigo, se dispersan en fuga. Queda Josefo con unos pocos, y viendo que no tenía fuerza bastante para recibir al enemigo, que el ánimo de los judíos había decaído y que la mayoría, con gusto, si se les daba garantías, marcharía a un pacto, ya temía por el conjunto de la guerra; y entonces decidió alejarse lo más posible de los peligros. Tomando a los que habían permanecido con él, se refugia en Tiberíades.
Vespasiano, marchando contra la ciudad de Gádara, la toma al primer asalto, hallándola desprovista de gente combatiente; y entrando dentro, da muerte a todos los que estaban en edad viril, sin que los romanos tuvieran piedad de edad alguna, por odio al pueblo y por el recuerdo del atropello sufrido a manos de ellos en tiempos de Cestio. E incendia no solo la ciudad misma, sino también todas las aldeas y villas de alrededor, unas del todo abandonadas, otras esclavizando él mismo a sus habitantes.
Josefo, la ciudad que había elegido para su seguridad, la llenó él mismo de miedo al refugiarse allí. Los de Tiberíades no creían que él se hubiera vuelto jamás a la fuga de no haber desesperado por completo de la guerra. Y en esto no erraban en cuanto a su pensamiento: pues él veía hacia dónde se inclinarían al fin las cosas de los judíos, y sabía que su única salvación estaba en que cambiaran de rumbo. Pero él, aunque esperaba obtener el perdón de los romanos, prefería morir mil veces antes que, traicionando a su patria y ultrajando el mando que se le había confiado, prosperar entre aquellos contra quienes había sido enviado a combatir. Decidió, pues, escribir con exactitud a los que estaban al frente de Yerushaláyim el estado de las cosas, para no ser tachado de cobardía por exagerar la fuerza del enemigo, ni, por comunicarla más escasa de lo debido, envalentonar acaso a quienes ya se habían arrepentido; y para que, o bien, optando por un pacto, le respondieran pronto por escrito, o bien, resueltos a guerrear contra los romanos, le enviaran una fuerza capaz de combatir. Así pues, escrita esta carta, despacha a toda prisa hacia Yerushaláyim a los portadores del mensaje.
Vespasiano, deseoso de destruir Yotapata —pues había sabido que la mayoría de los enemigos se había refugiado allí y que era, por lo demás, una fuerte base de operaciones suya—, envía infantes y jinetes para allanar de antemano el camino, que era montañoso y rocoso, difícil incluso para los infantes e impracticable para los jinetes. Ellos, en cuatro días, lo dejaron listo y abrieron una ancha calzada para el ejército; y al quinto día Josefo —era el veintiuno del mes de Artemisio— se adelanta y entra en Yotapata desde Tiberíades, y levanta el ánimo abatido de los judíos. A Vespasiano, un desertor le anuncia como buena nueva el traslado de aquel hombre, y lo apremiaba contra la ciudad, como quien tomaría con ella toda Judea si atrapaba a Josefo en sus manos. Él, aferrando la noticia como la mayor de las fortunas, y creyendo que por providencia de Dios el que parecía el más sagaz de los enemigos había entrado en una cárcel de su propia elección, envía enseguida a Plácido con mil jinetes y al decurión Ebucio —hombre distinguido por su brazo y su inteligencia—, ordenándoles cercar por completo la ciudad, para que Josefo no se les escabullera sin ser visto.
Él mismo, un día después, tomando toda la fuerza, los siguió, y tras marchar hasta la tarde llega a Yotapata. Llevando el ejército a su lado norte, acampa en cierto cerro que distaba siete estadios de la ciudad, procurando hacerse todo lo visible posible al enemigo para amedrentarlo; y en efecto, al instante se apoderó de los judíos tal espanto que ninguno se atrevió a salir de la muralla. Los romanos, por su parte, renunciaron enseguida a atacar, pues habían marchado el día entero; pero con una doble falange rodean la ciudad y colocan por fuera, como tercer cerco, la caballería, bloqueándoles todas las salidas. Esto, en su desesperación de salvarse, aguijoneó a los judíos hacia la audacia: pues nada hay en la guerra más combativo que la necesidad.
Al día siguiente, trabado el asalto, al principio los judíos, manteniéndose en su puesto, resistían, acampados frente a los romanos delante de la muralla. Pero cuando Vespasiano, apostando contra ellos a los arqueros, los honderos y toda la multitud de los que disparan de lejos, les ordenó tirar, y él mismo con los infantes empujó cuesta arriba por donde la muralla era fácil de asaltar, Josefo, temiendo por la ciudad, salta afuera, y con él toda la muchedumbre de los judíos. Chocando en masa con los romanos, los apartaron de la muralla y mostraron muchas hazañas de manos y de audacia. Y no padecían menos de lo que causaban: pues cuanto a ellos los espoleaba la desesperación de salvarse, otro tanto espoleaba a los romanos el pudor, y a los unos los armaba la experiencia junto con la fuerza, a los otros la osadía conducida por el ardor. Combatiendo el día entero, se separan al caer la noche, tras haber herido a muchísimos romanos y muerto a trece; de los suyos cayeron diecisiete, y hubo seiscientos heridos.
Al otro día vuelven a atacar a los romanos, saliendo a su encuentro, y formaron mucho más recios, más animosos por haber resistido contra toda previsión la jornada anterior, y encontrando también a los romanos más combativos: pues, por pundonor, ardían de cólera, teniendo por derrota el no vencer pronto. Y hasta el quinto día los asaltos de los romanos fueron incesantes, y las salidas de los yotapatanos y los combates en la muralla, cada vez más recios; y ni los judíos se acobardaban ante la fuerza del enemigo, ni los romanos se cansaban ante lo inexpugnable de la ciudad.
Yotapata es, salvo por un trecho, toda ella un despeñadero: por los demás lados está cortada a pico por todas partes con barrancos inmensos, de suerte que la vista de quienes intentan mirar hacia abajo desfallece antes de llegar al fondo; solo es accesible por el norte, por donde está edificada en la ladera del monte, allí donde este se acaba. También esto lo había incluido Josefo al amurallar la ciudad, para que la cima que la domina no pudiera ser ocupada por el enemigo. Rodeada además por otros montes, antes de que uno llegara hasta ella era del todo invisible. Tal era, pues, la fortaleza de Yotapata.
Vespasiano, empeñado en vencer tanto la naturaleza del terreno como el arrojo de los judíos, resolvió llevar el asedio con mayor firmeza y, convocando a los oficiales bajo su mando, deliberó sobre el asalto. Decidido a levantar un terraplén frente a la parte accesible de la muralla, envió a todo el ejército a acopiar material; talados los montes que rodeaban la ciudad y reunida, junto con la madera, una cantidad enorme de piedra, unos —tendiendo mantas de mimbre sobre estacadas para resguardarse de los proyectiles que llovían desde arriba— amontonaban tierra debajo, sin sufrir daño alguno, o muy poco, por los tiros de la muralla; otros arrancaban los montículos cercanos y les acarreaban tierra sin descanso, y repartida la labor en tres grupos, nadie quedaba ocioso.
Los judíos, por su parte, arrojaban desde las murallas grandes rocas y toda clase de proyectiles sobre aquellas cubiertas; y aunque no alcanzaran, el estruendo era grande y terrible, un estorbo para los que trabajaban. Vespasiano dispuso entonces en círculo las máquinas de lanzar —ciento sesenta ingenios en total— y ordenó batir a los que estaban sobre la muralla. A un tiempo, las catapultas silbaban sus dardos, las piedras de un talento de peso salían disparadas de las máquinas pedreras, y volaban el fuego y una nube compacta de saetas, que no solo dejaban inaccesible la muralla a los judíos, sino también, tierra adentro, todo cuanto alcanzaban. Pues la multitud de arqueros árabes, y todos los lanzadores de jabalina y honderos, disparaban a la vez que las máquinas.
No por eso, impedidos de defenderse desde lo alto, se quedaban quietos: saliendo en pelotones al modo de bandidos, arrancaban las cubiertas de los que trabajaban y golpeaban a los que quedaban al descubierto, y por donde estos cedían, desbarataban el terraplén e incendiaban las estacadas junto con los zarzos. Hasta que Vespasiano, comprendiendo que la separación de las obras era la causa del daño —pues los huecos ofrecían a los judíos un punto por donde atacar—, unió las cubiertas; y juntada al mismo tiempo la tropa con ellas, las incursiones de los judíos quedaron cortadas.
Cuando el terraplén se alzaba ya y casi rozaba las almenas, Josefo, juzgando terrible no idear nada que salvara a la ciudad, reunió a los carpinteros y ordenó levantar más la muralla. Como dijeran que era imposible construir bajo tantos proyectiles, discurrió para ellos este resguardo: mandó fijar armazones y tender sobre ellos cueros de buey recién desollados, para que, al ahuecarse, recibieran las piedras de las pedreras, resbalaran de ellos los demás proyectiles y la humedad contuviera el fuego; y los alzó por delante de los carpinteros. Trabajando a su amparo con seguridad, de día y de noche levantaron la muralla hasta veinte codos de altura, le construyeron numerosas torres y le acoplaron un recio parapeto. Esto, a los romanos, que ya se creían dentro de la ciudad, les causó gran desaliento, y quedaron atónitos ante el ingenio de Josefo y la entereza de los de la ciudad.
Vespasiano se irritaba tanto por la astucia de la estratagema como por el arrojo de los de Jotapata; pues, recobrado el ánimo con el nuevo muro, volvían a salir contra los romanos, y cada día había escaramuzas por pelotones y toda suerte de ardides de bandidos, rapiñas de cuanto encontraban e incendios de las demás obras. Hasta que Vespasiano, dando descanso al ejército de la batalla, resolvió tomar la ciudad sentándose ante ella y rindiéndola por falta de víveres: o, forzados por la penuria, le suplicarían, o, obstinados hasta el final, perecerían de hambre. Y pensaba que los hallaría mucho más manejables en el combate si, tras un intervalo, caía de nuevo sobre ellos ya extenuados. Ordenó, pues, vigilar todas sus salidas.
Tenían dentro grano en abundancia y de todo lo demás, salvo sal, pero escasez de agua, pues no había manantial en la ciudad y sus habitantes se abastecían del agua de lluvia; y rara vez llueve en aquella región durante el verano. Sitiados en esa estación, cundió un desaliento terrible ante la idea de la sed, y ya se afligían como si el agua hubiera faltado por completo. Pues Josefo, viendo la ciudad bien provista de los demás víveres y noble el temple de los hombres, y queriendo prolongar el asedio contra lo que esperaban los romanos, les repartió la bebida por medida desde el principio. Mas ellos tenían el racionamiento por más penoso que la escasez, y el no ser dueños de ella les excitaba aún más el ansia, y como si hubieran llegado ya al extremo de la sed, desfallecían. Y en tal estado no pasaron inadvertidos a los romanos: desde la altura los veían agolparse por encima de la muralla en un solo punto y medir el agua, lugar hasta el que, alcanzándolo con sus máquinas de tiro, mataban a muchos.
Vespasiano esperaba que, vaciados en poco tiempo los aljibes, la ciudad se le rindiera por necesidad. Pero Josefo, resuelto a quebrarle esa esperanza, ordenó a muchos empapar sus ropas y colgarlas en torno a las almenas, de modo que toda la muralla, de repente, chorreaba agua. Ante esto hubo desaliento y estupor entre los romanos, al ver derrochar en son de burla tanta agua a quienes suponían sin siquiera bebida, de suerte que el general, desesperando de tomarla por la escasez, volvió de nuevo a las armas y a la fuerza. Lo cual era precisamente lo que los judíos deseaban; pues, dándose por perdidos ellos mismos y la ciudad, preferían la muerte en la guerra al hambre y la sed.
Josefo, sin embargo, además de esta estratagema ideó otra para procurarse abundancia. Por un barranco de difícil paso y, por eso mismo, descuidado por los centinelas, en la parte occidental de la garganta, enviaba a algunos hombres con cartas para aquellos judíos de fuera que quería, y recibía respuesta de ellos; y así se agenció en abundancia todo víver del que la ciudad andaba escasa. Ordenaba a los que salían arrastrarse casi siempre junto a los puestos de guardia y cubrirse la espalda con pieles, de modo que, si alguien los veía de noche, dieran la impresión de perros. Hasta que los guardias, dándose cuenta del ardid, rodearon el barranco.
Fue entonces cuando Josefo, viendo que la ciudad no resistiría mucho tiempo y en peligro su propia salvación si permanecía, planeó huir junto con los hombres de valía. Pero la multitud, al percatarse, se agolpó a su alrededor y le imploraba que no los abandonara, a ellos que solo en él tenían su apoyo; pues, quedándose, la ciudad tenía esperanza de salvación, ya que todos lucharían por él con ardor, y aun si eran capturados, un consuelo. No le convenía huir de los enemigos, ni abandonar a los amigos, ni saltar de la nave como de una zarandeada por la tempestad, en la que había subido con bonanza; pues hundiría a la ciudad, ya que nadie se atrevería a resistir al enemigo, ido aquel por quien cobraban valor.
Josefo, disimulando el interés por su propia seguridad, alegaba que hacía la salida por el bien de ellos. Pues, quedándose, ni les sería de gran ayuda si se salvaban, y, de ser capturados, perecería con ellos en balde; en cambio, escapando del asedio, los socorrería en grado sumo desde fuera: reuniría cuanto antes a los galileos del país y arrastraría a los romanos, con otra guerra, lejos de su ciudad. No veía de qué utilidad les era ahora quedándose a su lado, salvo la de incitar más a los romanos al asedio, que en nada tenían tanto empeño como en apresarlo; mientras que, si supieran que había escapado, aflojarían mucho su ímpetu contra la ciudad. Pero con esto no los persuadía, sino que más encendió a la multitud a aferrarse a él: niños, ancianos y mujeres con criaturas se echaban ante él gimiendo y, enredándose todos a sus pies, se agarraban a él, y entre alaridos le suplicaban que permaneciera compartiendo su suerte, no por envidia de su salvación —a mi parecer—, sino por esperanza de la propia; pues estaban convencidos de que nada terrible les ocurriría mientras Josefo se quedara.
Él, considerando que aquello era súplica si cedía, pero cárcel si lo forzaban, y quebrantado en buena parte su ímpetu de partir por la compasión que le inspiraban los que lloraban, resolvió quedarse; y, armándose de la común desesperación de la ciudad, dijo: «Ahora es el momento de comenzar el combate, cuando no hay esperanza de salvación. Bello es cambiar la vida por la gloria y caer tras alguna hazaña que quede en la memoria de los que nazcan después.» Y se volvió a la acción.
Saliendo con los más aguerridos, dispersaba a los centinelas y corría hasta el campamento de los romanos: desgarraba los cueros con que se cubrían sobre los terraplenes y arrojaba fuego a las obras. Y al día siguiente lo mismo, y al tercero, y por muchos días y noches combatiendo, no se cansaba.
Vespasiano, viendo a los romanos maltratados por aquellas salidas —pues les avergonzaba ser puestos en fuga por los judíos, y cuando estos huían eran lentos en perseguirlos por el peso de sus armas, mientras que los judíos, obrando siempre antes de sufrir nada, se refugiaban de vuelta en la ciudad—, ordenó a sus soldados de armas pesadas esquivar los embates y no trabarse con hombres que buscaban la muerte; pues nada había más aguerrido que la desesperación, y sus embates, al no tener blanco, se extinguirían como el fuego a falta de leña; y convenía a los romanos vencer con seguridad, ya que no combatían por necesidad, sino por ganancia. Así, contenía en su mayor parte a los judíos con los arqueros árabes y con los honderos y lanzadores de piedra de Siria; ni estaba ociosa la muchedumbre de máquinas de tiro. Ellos cedían ante estas cuando eran maltratados, pero, metiéndose dentro del alcance de los proyectiles de largo tiro, acosaban a los romanos con dureza y combatían sin escatimar vida ni cuerpo, relevándose por turnos ambos bandos para recoger a sus fatigados.
Vespasiano, considerando que la duración del asedio y las salidas hacían que fuera él más bien el asediado, y estando ya los terraplenes junto a las murallas, resolvió acercar el ariete. Es este una viga enorme, semejante al mástil de una nave; va rematada en su extremo con un grueso hierro forjado en forma de cabeza de carnero, de donde recibe su nombre. Pende de cuerdas por su centro, como de una balanza, de otra viga sostenida a ambos lados por firmes postes. Echado hacia atrás por una multitud de hombres, cuando esos mismos vuelven a cargar hacia adelante todos a la vez, golpea las murallas con el hierro que le sobresale. Y no hay torre tan recia ni muro tan ancho que, aunque aguante los primeros golpes, prevalezca contra su insistencia.
A esta tentativa pasó el general de los romanos, ansioso de tomar la ciudad por la fuerza, pues sentarse ante ella resultaba perjudicial, ya que los judíos no se estaban quietos. Los suyos, acercando las catapultas y las demás máquinas de tiro hasta poder alcanzar a los que intentaban estorbar desde la muralla, disparaban; e igualmente se aproximaban arqueros y honderos. Con lo cual, no atreviéndose nadie a subir a los adarves, otros arrimaban el ariete, protegido por zarzos continuos y por arriba resguardado con un cuero, para seguridad tanto suya como de la máquina. Y al primer golpe la muralla se estremeció, y un grandísimo clamor se alzó de los de dentro, como si ya estuvieran vencidos.
Josefo, viéndolos golpear una y otra vez el mismo sitio, y que la muralla no tardaría en venirse abajo, ideó debilitar poco a poco la fuerza de la máquina. Ordenó llenar sacos de paja y descolgarlos por cuerdas allí donde vieran dirigirse el ariete cada vez, para que el embate se desviara y, al recibir los golpes, los amortiguaran con su blandura. Esto ocasionó a los romanos la mayor demora, pues, dondequiera que volvieran la máquina, los de arriba corrían los sacos a ese punto y los metían bajo los golpes, de modo que la muralla no sufría daño alguno por el rebote. Hasta que los romanos, ideando a su vez, ataron largas pértigas con hoces en las puntas y cortaron los sacos.
Vuelta así eficaz la máquina de batir, y cediendo ya la muralla —pues era de reciente construcción—, en adelante los de Josefo se lanzaron a la defensa por el fuego. Prendiendo cuanto material seco tenían, salieron por tres puntos e incendiaron las máquinas, los zarzos y los terraplenes de los romanos. Estos acudían mal en su auxilio, sobrecogidos por el arrojo de aquellos y adelantados por la llama en sus defensas; pues, por la materia seca, y además la brea y la pez, y aún el azufre, el fuego volaba más rápido que el pensamiento, y lo trabajado por los romanos con tanto esfuerzo fue devorado en una sola hora.
Allí se distinguió un hombre de los judíos digno de mención y memoria: era hijo de Samías, se llamaba Elazar, y su patria era Saba, en Galilea. Alzando una roca desmesurada, la arrojó desde la muralla contra la máquina de batir con tal violencia que le rompió la cabeza al ingenio; y, saltando abajo, la recogió de en medio de los enemigos y, con gran temeridad, la llevó hasta la muralla. Convertido en blanco de todos los enemigos y recibiendo los golpes con el cuerpo descubierto, quedó atravesado por cinco proyectiles; mas, sin volverse a ninguno de ellos, cuando hubo subido a la muralla y se irguió a la vista de todos por su bravura, entonces, retorciéndose por las heridas, cayó junto con el ariete.
Después de él se mostraron los mejores dos hermanos, Netiras y Filipo, de la aldea de Ruma, galileos también ellos, que saltaron contra los de la décima legión y cayeron sobre los romanos con tal ímpetu y fuerza que rompieron las filas y pusieron en fuga a cuantos embestían. Tras ellos, Josefo y el resto de la multitud, tomando de nuevo fuego, prendieron las máquinas y los refugios junto con las obras, puesta en fuga la quinta y la décima legión; los demás, adelantándose, sepultaron bajo tierra tanto los ingenios como todo el material.
Hacia el atardecer, levantando otra vez el ariete, lo arrimaron por donde antes se había quebrantado la muralla a fuerza de golpes. Allí uno de los que la defendían hirió a Vespasiano con un proyectil en la planta del pie; la herida fue superficial, pues la distancia había debilitado el tiro, pero causó grandísimo tumulto entre los romanos. Turbados los más cercanos ante la sangre, corrió un rumor por todo el ejército, y la mayoría, abandonando el asedio, acudían en tropel hacia el general con espanto y temor. Antes que todos, Tito, temiendo por su padre, se presentó, de modo que la multitud quedó trastornada tanto por su afecto al jefe como por la angustia del hijo. Con todo, el padre calmó fácilmente al hijo atemorizado y al ejército de su tumulto: sobreponiéndose a los dolores y esforzándose por dejarse ver de todos los que estaban aterrados por su causa, avivó más duramente la guerra contra los judíos; pues cada cual, como vengador del general, quería arriesgarse el primero, y animándose unos a otros con gritos, se lanzaban contra la muralla.
Los de Josefo, aunque caían unos sobre otros bajo las catapultas y las pedreras, no por eso se apartaban de la muralla, sino que con fuego, hierro y piedras herían a los que empujaban el ariete contra los zarzos. Y no conseguían nada, o poco, mientras ellos mismos caían sin cesar, vistos por quienes no eran vistos; pues, iluminados por su propia llama, eran blanco bien visible para los enemigos como en pleno día, y, al no verse las máquinas desde lejos, era difícil guardarse de lo que se disparaba. La fuerza de las máquinas de dardos y de las catapultas atravesaba a muchos de una vez, y el silbido de las piedras lanzadas por el ingenio arrancaba almenas y desgajaba esquinas de las torres. No hay formación de hombres tan compacta que no quede tendida hasta su última fila por la fuerza y el tamaño de la piedra.
Se puede calibrar el poder de la máquina por lo ocurrido durante aquella noche: golpeado por ella uno de los que estaban en pie junto a Josefo sobre la muralla, la piedra le arrancó la cabeza, y el cráneo fue despedido a tres estadios de distancia. Y a una mujer encinta, herida en el vientre de día —salía justo de su casa—, la piedra le hizo saltar la criatura a medio estadio: tan grande era la fuerza de la pedrera. Más temible que las máquinas era, pues, su silbido, y el estruendo de lo que arrojaban. Retumbaban unos tras otros los cadáveres arrojados desde la muralla, y dentro se alzaba un clamor terrible de mujeres, mientras fuera resonaban los lamentos de los que morían. Corría de sangre todo el recinto ante el frente de batalla, y la muralla se volvía escalable por los montones de cuerpos. Los montes, que devolvían el eco, hacían más pavoroso el clamor, y nada quedó aquella noche que no fuera espanto, ni para el oído ni para la vista.
Muchísimos de los de Jotapata cayeron combatiendo con nobleza, muchísimos quedaron heridos, y apenas hacia la guardia del alba cedió la muralla a las máquinas, batida sin descanso. Pero ellos, atrincherándose con sus cuerpos y sus armas, taparon la brecha antes de que los romanos aplicaran los ingenios de asalto.
Al despuntar el día, Vespasiano reunió al ejército para la toma de la ciudad, tras darle un breve descanso del esfuerzo nocturno. Queriendo apartar de las brechas a los que las defendían, hizo desmontar a los más valientes de los jinetes y los dispuso en tres grupos frente a las partes derruidas de la muralla, cubiertos por todos lados con sus armas y con las picas por delante, para que, en cuanto se aplicaran los ingenios de asalto, iniciaran la entrada. Tras ellos apostó lo más granado de la infantería, y desplegó el resto de la caballería a lo largo de la muralla por toda la zona montañosa, para que ninguno de los que huyeran de la toma escapara inadvertido. Detrás de estos colocó en torno a los arqueros, ordenándoles tener los dardos listos para disparar, e igualmente a los honderos y a los sirvientes de las máquinas; y a otros, tomar escalas y arrimarlas por lo alto contra los tramos intactos de la muralla, para que unos, intentando estorbarlos, dejaran la guardia de las brechas, y los demás, forzados por la lluvia de proyectiles, cedieran la entrada.
Josefo, comprendiendo el plan, apostó en el tramo de muralla que seguía en pie a los ancianos junto con los agotados, como quienes ningún daño sufrirían allí, y en las partes derruidas a los más fuertes, y ante todos, en grupos de seis hombres, entre los cuales él mismo se echó a suertes para arriesgarse en primera línea. Les ordenó taponarse los oídos contra el griterío de las legiones, para no dejarse acobardar, y contra la lluvia de proyectiles, agacharse y cubrirse por arriba con los escudos, y retroceder un poco hasta que los arqueros vaciaran sus aljabas. Pero, cuando arrimaran los ingenios de asalto, saltar adelante y salir al encuentro del enemigo con sus propias máquinas, y combatir cada uno no como por una patria que se salvaría, sino como quien defiende una ya perdida; y poner ante sus ojos a los ancianos que iban a ser degollados, a los niños y mujeres que serían aniquilados por el enemigo de un momento a otro, y, reuniendo de antemano la rabia por las desgracias venideras, descargarla sobre los que iban a causarlas.
Así dispuso a unos y a otros. Pero la muchedumbre inútil de la ciudad —mujeres y niños—, al ver la ciudad ceñida por una triple falange (pues nada de las viejas guardias se había desplazado al combate), y junto a las murallas derruidas al enemigo espada en mano, y la montaña de arriba reluciente de armas, y los dardos prestos en los arqueros árabes, prorrumpió en un postrer alarido de captura, como si los males ya no amenazaran, sino que estuvieran ya presentes. Josefo, para que las mujeres no ablandaran con su llanto el ímpetu de los suyos, las encerró en las casas ordenándoles con amenazas que guardaran silencio; y él marchó a las partes derruidas, adonde le había caído en suerte. A los que arrimaban las escalas por otro lado no les prestó atención, sino que aguardó el embate de los proyectiles.
De golpe, los trompeteros de todas las legiones sonaron a una y el ejército lanzó un alarido terrible, y, disparados de todas partes a una señal los proyectiles, hasta la luz quedó cortada. Pero los de Josefo, fieles a sus órdenes, taponaron los oídos contra el griterío y cubrieron los cuerpos contra los tiros, y cuando arrimaron las máquinas, salieron corriendo a través de ellas antes de que los asaltantes montaran; y, trabándose con los que subían, desplegaron toda suerte de proezas de manos y de ánimo, esforzándose, en el trance extremo, por no parecer inferiores a los que hacían gala de valor sin riesgo alguno. De modo que no se desprendían de los romanos sino tras caer o dar muerte.
Pero, como ellos se fatigaban de defenderse sin tregua y no tenían con quién relevar a sus primeras filas, mientras a los romanos cansados los sucedían otros de refresco, y prontamente reemplazaban a los rechazados, animándose unos a otros y juntando los flancos, y protegiéndose por arriba con los escudos, se hicieron una masa impenetrable, y como un solo cuerpo, con toda la falange empujando a los judíos, subían ya a la muralla.
Josefo, en aquel apuro, tomando por consejera la necesidad —que es hábil para el ingenio cuando la desesperación la aguijonea—, ordenó verter aceite hirviendo sobre los que iban en formación cerrada. Los suyos, teniéndolo ya dispuesto, lo derramaron en abundancia por todas partes sobre los romanos, muchos a la vez y a chorros, arrojando incluso las vasijas que borboteaban de calor. Esto, al abrasar a los romanos, deshizo su formación, y entre dolores atroces rodaban muralla abajo; pues el aceite se les escurría con suma facilidad de la cabeza a los pies bajo la armadura, por todo el cuerpo, y devoraba la carne igual que la llama, calentándose por naturaleza deprisa y enfriándose despacio por su untuosidad. Y, aprisionados en corazas y yelmos, no había escape del ardor; saltando y retorciéndose de dolor, caían de las pasarelas; y los que se volvían contra los suyos, que empujaban hacia adelante, quedaban a merced de los de atrás, que los herían.
Ni a los romanos les faltó fuerza en sus reveses, ni a los judíos ingenio: aquellos, aunque veían a los rociados sufrir de modo lastimoso, aun así se arrojaban contra los que vertían el aceite, cada cual reprochando al que tenía delante que estorbaba su empuje; los judíos, con un segundo ardid, hacían resbalar sus avances vertiendo bajo las tablas alholva cocida, sobre la que, patinando, eran arrastrados abajo. Y ni de los que retrocedían ni de los que subían quedaba nadie en pie, sino que unos, cayendo de espaldas sobre los propios ingenios de asalto, eran pisoteados, y muchos se desplomaban sobre el terraplén. Y a los caídos los golpeaban los judíos; pues, trabucados los romanos, aquellos, libres del combate cuerpo a cuerpo, tenían holgura para los tiros. Muy maltratados los soldados en el asalto, el general los mandó retirar hacia el atardecer.
De ellos cayeron no pocos y más resultaron heridos, mientras que de los de Jotapata murieron seis hombres y fueron retirados más de trescientos heridos. La refriega fue el día veinte del mes de Desio.
Vespasiano, consolando al ejército por lo sucedido, como los viera airados y necesitados no de exhortación, sino de acción, ordenó elevar más los terraplenes y construir tres torres, de cincuenta pies de altura cada una, recubiertas de hierro por todos lados, para que fueran estables por su peso y difíciles de tomar por el fuego, y las apostó sobre los terraplenes, subiendo a ellas lanzadores de jabalina, arqueros y las más ligeras de las máquinas de tiro, y además los honderos más recios; los cuales, sin ser vistos por la altura y los parapetos de las torres, disparaban a los de la muralla, que sí quedaban al descubierto. Estos, no pudiendo esquivar con facilidad los proyectiles que les venían de frente a la cabeza, ni defenderse de los invisibles, y viendo la altura de las torres inalcanzable para un tiro a mano y el hierro que las cubría inmune al fuego, huían de la muralla y salían contra los que intentaban el asalto. Y así resistían los de Jotapata, muertos muchos cada día sin causar daño alguno al enemigo, pues no podían rechazarlo sino con peligros.
Por esos mismos días, Vespasiano envía contra una ciudad vecina de Jotapata —se llama Iafa—, que se había sublevado y andaba envalentonada porque los de Jotapata resistían contra toda expectativa, a Trajano, que era comandante de la décima legión, poniéndole a su cargo mil jinetes y dos mil de a pie. Este, encontrando la ciudad difícil de tomar —pues, además de ser fuerte por naturaleza, estaba amurallada con un doble recinto—, y viendo a los que habían salido de ella dispuestos de antemano para el combate, los atacó y, tras resistir estos un poco, los persiguió. Huyendo ellos en tropel hacia el primer muro, los romanos, pisándoles los talones, irrumpieron con ellos. Pero, cuando se lanzaron hacia el segundo muro, sus propios compatriotas los dejaron fuera de la ciudad, temiendo que el enemigo entrara a la vez que ellos.
Fue Dios, sin duda, quien concedió a los romanos los sufrimientos de los galileos, pues también entonces entregó al pueblo de aquella ciudad, con todos sus hombres, encerrado fuera por sus propias manos, a la ruina, expuesto a enemigos sedientos de sangre. Pues, agolpándose en tropel ante las puertas y llamando a gritos por su nombre a los que estaban sobre ellas, eran degollados en plena súplica. Y el primer muro se lo cerraron los enemigos; el segundo, los suyos propios. Apretujados entre los dos recintos, muchos quedaron atravesados por las espadas de los otros, muchos por las suyas propias, e innumerables caían a manos de los romanos sin cobrar ánimo ni siquiera para defenderse; pues, sobre el pavor del enemigo, la traición de los suyos les quebró el alma. Al fin morían maldiciendo no a los romanos, sino a los suyos, hasta que perecieron todos, doce mil en número.
Trajano, considerando que la ciudad estaba vacía de combatientes, y que, aun si quedaban algunos dentro, nada osarían por miedo, atribuyó la toma al general, y, enviando mensajeros a Vespasiano, le pidió que le mandara a su hijo Tito para poner el remate a la victoria. Este, calculando que quedaba aún alguna labor, envía a su hijo con una tropa de quinientos jinetes y mil de a pie. Tito, llegando a la ciudad a toda prisa y ordenando el ejército, apostó a Trajano en el ala izquierda, y él, tomando la derecha, dirigió el asedio. Arrimando los soldados escalas a la muralla por todas partes, los galileos, tras defenderse un poco desde lo alto, abandonaron el recinto, y los de Tito, saltando dentro, se apoderaron rápidamente de la ciudad; pero contra los que dentro se les revolvieron en masa se trabó un recio combate: en las callejuelas los hombres de valía caían sobre ellos y desde las casas las mujeres arrojaban cuanto tenían a mano. Durante seis horas resistieron combatiendo, pero, consumidos los combatientes, el resto de la muchedumbre fue degollada al descubierto y en las casas, jóvenes y ancianos por igual; pues no quedó varón alguno, salvo los niños de pecho, a quienes, junto con las mujeres, redujeron a esclavitud. El número de los muertos a lo largo de la ciudad y en la batalla anterior fue de quince mil, y los cautivos, dos mil ciento treinta. Esta desgracia sobrevino a los galileos el día veinticinco del mes de Desio.
Tampoco los samaritanos quedaron libres de calamidades. Reunidos en el monte llamado Guerizim, que les es sagrado, permanecían en su sitio, pero su concentración y sus ánimos encerraban amenaza de guerra. Y ni con los males de sus vecinos escarmentaban, sino que, ante los éxitos de los romanos, en su insensatez engreían su propia debilidad y andaban exaltados hacia la revuelta. Pareció bien a Vespasiano adelantarse al movimiento y cortar sus arranques; pues toda la región de Shomrón estaba ocupada por guarniciones, pero la multitud de los reunidos y su organización resultaban temibles. Envía, pues, a Cereal, que era prefecto de la quinta legión, con seiscientos jinetes y tres mil de a pie. A este no le pareció seguro subir al monte y trabar combate, siendo muchos los enemigos allá arriba; pero, rodeando con su tropa toda la falda de la montaña, los tuvo cercados durante todo el día.
Sucedió, faltos de agua los samaritanos, que estalló entonces también un calor terrible —era estación de verano y la muchedumbre estaba desprovista de víveres—, de suerte que unos murieron el mismo día de sed, y muchos, prefiriendo la esclavitud a semejante ruina, se pasaron a los romanos. Comprendiendo por ello Cereal que también los que aún se mantenían juntos estaban quebrantados por las penalidades, subió al monte y, apostando su tropa en círculo en torno al enemigo, primero los invitó a un pacto y los exhortó a salvarse, garantizando seguridad a quienes arrojaran las armas; mas, al no persuadirlos, cayendo sobre ellos los mató a todos, once mil seiscientos en número. Se hizo el día veintisiete del mes de Desio. Y con tales calamidades toparon los samaritanos.
De los que en Jotapata aguantaban y, contra toda esperanza, resistían los horrores, al día cuadragésimo séptimo los terraplenes de los romanos sobrepasaron la muralla. Ese mismo día se pasa a Vespasiano un desertor, denunciando lo escaso y débil de los que quedaban en la ciudad, y cómo, consumidos por el insomnio continuo y los combates sucesivos, no tenían ya fuerza ni para soportar un asalto por la fuerza, y podían ser tomados por sorpresa si alguien los atacaba. Pues hacia la última guardia, en la que creían tener algún respiro de sus males y en la que sobre todo se apodera de los agotados el sueño del amanecer, los centinelas —decía— se quedaban dormidos, y aconsejaba atacar a esa hora.
El desertor le resultaba sospechoso, pues conocía la lealtad de los judíos entre sí y su desprecio de los suplicios, ya que también antes uno de los de Jotapata, apresado, había resistido todo tormento de torturas y, sin decir nada a los enemigos, que lo interrogaban con fuego acerca de lo de dentro, fue crucificado sonriendo a la muerte. Con todo, la verosimilitud hacía creíble al traidor, y pensando que quizá decía verdad y que él mismo nada grave sufriría de una emboscada, ordenó mantenerlo bajo custodia y preparó al ejército para la toma de la ciudad.
A la hora indicada avanzaron en silencio hacia la muralla. Y el primero en subir es Tito, con uno de los tribunos, Domicio Sabino, llevando a unos pocos de la decimoquinta legión; degollando a los centinelas, entran en la ciudad, y tras ellos un tal Sexto Calvario, tribuno, y Plácido metieron a los que tenían a su mando. Tomada ya la ciudadela y moviéndose el enemigo por en medio, y siendo ya de día, todavía no tenían los vencidos conciencia de la captura; pues los más estaban rendidos de fatiga y sueño, y a los que se levantaban una espesa niebla, derramada por azar sobre la ciudad en aquel momento, les nublaba la vista. Hasta que, caído dentro todo el ejército, se incorporaron solo para tener conciencia de sus males, y creyeron en la captura mientras eran degollados.
A los romanos, por el recuerdo de lo padecido en el asedio, no les entraba miramiento ni piedad con ninguno, sino que, empujando al pueblo cuesta abajo desde la ciudadela, lo iban matando. Allí incluso a los que aún podían combatir la aspereza del terreno les quitó la defensa; pues, apretujados en las callejuelas y resbalando por la pendiente, eran cubiertos por la guerra que fluía desde lo alto. Esto empujó a muchos incluso de los escogidos de Josefo a darse muerte por su propia mano; pues, viendo que no podían matar a romano alguno, se anticiparon a caer a manos de los romanos y, reuniéndose en los extremos de la ciudad, se mataron a sí mismos.
Cuantos guardias alcanzaron a escapar al primer aviso de la toma, subiendo a una de las torres del norte, por un tiempo se defendieron, pero, cercados por la multitud de enemigos, tarde tendieron la diestra en rendición y, con ánimo sereno, ofrecieron la garganta a los que se cernían sobre ellos. Habrían podido los romanos jactarse de un final del asedio sin sangre, de no haber caído uno solo en la toma: era un centurión, Antonio, y muere víctima de una emboscada.
Uno de los que se habían refugiado en las cuevas —y estos formaban una gran multitud— suplica a Antonio que le tienda la diestra en prenda de que salvará su vida y que le ayudará a subir. Antonio le alargó la mano sin recelo, pero el otro se le adelantó y, desde abajo, le clava una lanza bajo la ingle y lo mata al instante.
Aquel día los romanos acabaron con la multitud que estaba a la vista; en los días siguientes, rastreando los escondrijos, fueron tras los que se ocultaban en los pasadizos subterráneos y en las cuevas, y no perdonaron edad alguna, salvo la de los niños de pecho y las mujeres. Los prisioneros reunidos fueron mil doscientos, y los muertos entre la toma de la ciudad y los combates anteriores sumaron cuarenta mil. Vespasiano ordena arrasar la ciudad e incendia todas sus fortificaciones. Así cayó Yotapata, en el año decimotercero del gobierno de Nerón, en el novilunio del mes de Panemo.
Los romanos buscaban a Josefo, movidos por su propia cólera y por el vivo empeño del general —pues, capturado, sería una pieza enorme de la guerra—, y registraban tanto los cadáveres como los rincones ocultos. Pero él, al ser tomada la ciudad, valiéndose de cierta ayuda divina, logra escabullirse de en medio de los enemigos y salta a un pozo profundo, a cuyo costado se abría una amplia cueva, invisible para quienes miraban desde arriba. Allí encuentra a cuarenta hombres de los principales, escondidos, y una provisión de víveres suficiente para muchos días. De día se ocultaba, pues los enemigos lo habían ocupado todo; de noche subía buscando una salida para huir y observaba los puestos de guardia. Pero como por causa suya todo estaba vigilado por doquier y no había modo de pasar inadvertido, volvía a bajar a la cueva.
Durante dos días pasó desapercibido; al tercero, capturada una mujer de las que estaban con ellos, fue delatado, y Vespasiano al punto envía a toda prisa a dos tribunos, Paulino y Galicano, con orden de darle a Josefo la diestra y de instarlo a subir. Llegados, pues, estos exhortaban al hombre y le ofrecían garantías de salvación, mas no lo persuadían: por lo que era verosímil sufrir tras haber causado tanto daño, y no por la natural benignidad de quienes lo llamaban, iba acumulando sospechas, y temía que lo invitaran para el suplicio, hasta que Vespasiano envía a un tercer tribuno, Nicanor, conocido y viejo amigo de Josefo. Este, al presentarse, le expuso la natural clemencia de los romanos con aquellos a quienes una vez han sometido, y cómo él, por su valor, sería más admirado que odiado por los jefes, y que el general se afanaba en llevarlo arriba no para castigarlo —pues eso podía obtenerlo aunque él no se entregara—, sino porque prefería salvar a un hombre de noble temple.
Añadía que Vespasiano, si le tendiera una emboscada, no habría enviado a un amigo, para no anteponer al más vil de los actos el más hermoso de los nombres —la amistad para encubrir la perfidia—, ni él mismo habría accedido a venir a engañar a un amigo. Mientras Josefo dudaba aún ante Nicanor, la tropa, llevada de la ira, se lanzaba a incendiar la cueva, pero los contenía el jefe militar, que ponía su honor en tomar vivo al hombre. Como Nicanor insistía apremiándolo y Josefo advertía las amenazas de la enemiga multitud, le vino a la memoria el recuerdo de sus sueños nocturnos, por los cuales Dios le había anunciado de antemano las desgracias que aguardaban a los judíos y lo que había de ocurrir con los emperadores de los romanos. Era además capaz de interpretar sueños y de descifrar lo que la divinidad decía de modo ambiguo, y, siendo él mismo sacerdote y descendiente de sacerdotes, no ignoraba las profecías de los libros sagrados. En aquella hora, arrebatado por ellas y evocando las imágenes espantosas de sus sueños recientes, eleva a Dios una plegaria en secreto, y dijo: «Puesto que te place, a Ti que lo creaste, que el pueblo de los judíos se doblegue, y toda la fortuna ha pasado a los romanos, y escogiste mi alma para anunciar lo que ha de venir, entrego de buen grado mis manos a los romanos y sigo vivo; pero pongo por testigo que no voy como traidor, sino como servidor tuyo».
Dicho esto, se rendía a Nicanor.
Pero los judíos que se habían refugiado junto a Josefo, al comprender que cedía a quienes lo exhortaban, lo rodearon en tropel y clamaban: «¡Ah, cuánto gemirían las leyes patrias que Dios otorgó a los judíos, Él, que creó almas capaces de despreciar la muerte! ¿Amas tanto la vida, Josefo, y soportas ver la luz siendo esclavo? ¡Qué pronto te has olvidado de ti mismo! ¡A cuántos persuadiste a morir por la libertad! Falsa era, pues, la fama de valor y falsa la de prudencia que tenías, si esperas hallar salvación en aquellos a quienes tan duramente combatiste, y si, aun cuando fuera segura, quieres salvarte por su mano. Mas, aunque la fortuna de los romanos haya vertido sobre ti el olvido de ti mismo, a nosotros nos toca velar por la gloria de nuestros padres. Te daremos la diestra y una espada: si mueres de buen grado, morirás como general de los judíos; si a la fuerza, como traidor». Y al decir esto alzaban las espadas y lo amenazaban con matarlo si se entregaba a los romanos.
Temiendo Josefo aquel asalto, y considerando que sería traicionar los mandatos de Dios morir antes de cumplir el anuncio, se puso a razonar con ellos filosóficamente en aquel trance: «¿Por qué, compañeros —dijo—, tenemos tal sed de nuestra propia sangre? ¿Por qué enemistamos entre sí a lo más querido, el cuerpo y el alma? Dice alguno que he cambiado. Pero eso lo saben bien los romanos. Hermoso es morir en la guerra, mas por la ley de la guerra, esto es, a manos de los vencedores. Si yo rehúyo el hierro de los romanos, entonces merezco de verdad mi propia espada y mi propia mano; pero si a ellos les entra compasión de un enemigo, ¿cuánto más justo sería que a nosotros nos entrara respecto de nosotros mismos? Necio es hacernos a nosotros aquello por lo que disputamos contra ellos. Hermoso es morir por la libertad, digo yo también, pero combatiendo, y a manos de quienes nos la arrebatan. Ahora, en cambio, ni nos salen al combate ni nos matan; y cobarde es por igual el que no quiere morir cuando conviene y el que quiere hacerlo cuando no conviene. ¿Qué tememos, para no subir donde los romanos? ¿Acaso la muerte? Entonces, ¿nos impondremos a nosotros mismos, como cosa segura, aquello que tememos —la muerte— y solo sospechamos de los enemigos? "Pero es la esclavitud", dirá alguno. ¡Muy libres somos ahora, en verdad!
"Es cosa noble darse muerte", dirá otro. No, sino lo más innoble; pues yo tengo por el más cobarde de los pilotos a aquel que, por miedo a la tormenta, hunde su nave con sus propias manos antes de que llegue el temporal. La muerte por la propia mano es ajena a la naturaleza común de todos los seres vivos, e impiedad contra Dios, que nos creó. De los animales no hay ninguno que muera con premeditación o por sí mismo, pues es ley firme de la naturaleza en todos el querer vivir; por eso tenemos por enemigos a quienes abiertamente pretenden arrebatárnoslo, y castigamos a quienes lo hacen a traición. ¿Y no creéis que Dios se indigna cuando el hombre desprecia su don? Pues de Él recibimos el ser, y a Él le devolvemos, a su vez, el dejar de ser. Los cuerpos son en todos mortales y fabricados de materia corruptible, pero el alma es siempre inmortal, y, como porción de Dios, habita en los cuerpos. Ahora bien, si alguien hace desaparecer un depósito que le confió un hombre, o lo administra mal, se le tiene por malvado y desleal; y quien arroja de su propio cuerpo el depósito de Dios, ¿acaso cree que pasa inadvertido al que así es agraviado?
Justo se ha juzgado castigar a los esclavos fugitivos, aun cuando dejen amos malvados; y nosotros, que huimos del mejor de los amos, que es Dios, ¿no vamos a parecer impíos? ¿No sabéis que a quienes salen de la vida según la ley de la naturaleza y pagan la deuda recibida de Dios cuando Aquel que la dio quiere recobrarla, les aguarda gloria eterna, casas y descendencias firmes, y sus almas quedan puras y prontas a escuchar, obtenido por suerte el lugar celeste más santo, desde donde, al cabo del giro de las edades, vuelven de nuevo a habitar cuerpos inmaculados? En cambio, a aquellos cuyas manos se enfurecieron contra sí mismos, un Hades más tenebroso recibe sus almas, y Dios, su padre, castiga en los descendientes a quienes ultrajaron a sus padres. Por eso este acto es aborrecido por Dios y castigado por el más sabio de los legisladores: entre nosotros se ha decidido arrojar sin sepultura, hasta la puesta del sol, a los que se dan muerte, aunque tenemos por lícito sepultar incluso a los enemigos; y otros pueblos ordenaron cortar la diestra de tales cadáveres, esas manos con que se hicieron la guerra a sí mismos, juzgando que, así como el cuerpo es ajeno al alma, también la mano lo es del cuerpo. Es hermoso, pues, compañeros, pensar rectamente, y no añadir a las desdichas humanas la impiedad contra Aquel que nos creó.
Si parece bien salvarse, salvémonos; que no es deshonrosa la salvación de manos de aquellos a quienes, con tantas hazañas, hemos mostrado nuestro valor. Si morir, hermoso es morir a manos de quienes nos vencieron. Pero yo no pasaré a las filas de los enemigos para hacerme traidor de mí mismo; sería mucho más necio que los desertores que se pasan al enemigo, pues ellos lo hacen para salvarse, y yo lo haría para mi propia perdición. Con todo, deseo que los romanos me tiendan una emboscada; porque, si tras darme la diestra me matan, moriré contento, llevándome, como mayor consuelo que una victoria, la perfidia de quienes faltaron a su palabra».
Josefo decía muchas cosas semejantes para apartarlos de darse muerte con su propia mano; pero ellos, con los oídos cerrados por la desesperación, como quienes hacía tiempo se habían consagrado a la muerte, se irritaban contra él, y, corriendo unos de un lado y otros de otro con las espadas desnudas, lo injuriaban por cobarde, y era manifiesto que cada cual iba a herirlo al instante. Él, llamando a uno por su nombre, mirando a otro con aire de general, tomando de la diestra a otro, doblegando con súplicas a quien hacía falta, y desgarrado por encontrados sentimientos en aquella extrema necesidad, mantenía apartado de su garganta el hierro de todos, volviéndose sin cesar hacia el que arremetía, como una fiera cercada. Y como algunos, aun en aquel trance postrero, seguían respetando a su general, se les aflojaban las diestras, se les escurrían las espadas, y muchos, al ir a descargar sus hojas, las dejaban caer por sí solas.
En aquel apuro no le faltó recurso, sino que, confiando su salvación a Dios, su protector, se juega la suerte y dijo: «Puesto que está decidido morir, ea, encomendemos a la suerte el orden en que nos daremos muerte unos a otros: a quien le toque, caiga a manos del que le siga, y así irá recorriendo a todos la fortuna, y que nadie muera por su propia diestra; pues sería injusto que, muertos ya los demás, alguno se arrepintiera y se salvara». Con estas palabras pareció digno de confianza, y, tras persuadirlos, echó suertes con ellos. Aquel a quien tocaba ofrecía de buen grado la garganta al siguiente, pensando que al punto moriría también el general; pues tenían por más dulce que la vida la muerte junto a Josefo.
Quedó él el último —hay que decir si por obra de la fortuna o de la providencia de Dios— con otro más; y, deseando no ser condenado por la suerte ni, en caso de quedar el postrero, manchar su diestra con la sangre de un compatriota, persuadió también a aquel de vivir bajo la fe dada. Así, tras escapar de la guerra de los romanos y de la de los suyos, fue conducido por Nicanor ante Vespasiano. Todos los romanos corrían a contemplarlo, y, apiñándose la multitud en torno al general, había un tumulto confuso: unos se alegraban del que había sido capturado, otros lo amenazaban, otros pugnaban por verlo de cerca. Los de más lejos gritaban que se castigara al enemigo; en cambio, a los de cerca les venía el recuerdo de sus hazañas y el asombro ante su mudanza, y no hubo jefe que, aun habiéndose irritado antes contra él, no se ablandara al verlo.
A Tito, sobre todo, lo ganaban de manera singular la entereza de Josefo en la desgracia y la compasión por su juventud; y, al recordar al que poco antes combatía y ver ahora tendido en manos de sus enemigos, cabía comprender cuánto puede la fortuna, y cuán súbito es el vuelco de la guerra, y que nada humano es seguro. Por eso también entonces dispuso a muchísimos, como a sí mismo, a compadecer a Josefo, y grandísima fue la parte que Tito tuvo en salvarlo ante su padre. Vespasiano, con todo, ordenaba custodiarlo con toda seguridad, con la idea de enviarlo enseguida a Nerón. Al oír esto, Josefo dijo que quería hablarle a solas. Habiendo aquel apartado a todos los demás, salvo a su hijo Tito y a dos amigos, dijo:
«Tú, Vespasiano, piensas haber tomado en Josefo un simple cautivo; pero yo vengo a ti como mensajero de cosas mayores. Pues, de no ser enviado por Dios, sabía yo la ley de los judíos y cómo conviene morir a los generales. ¿Me envías a Nerón? ¿Para qué? ¿Es que los sucesores de Nerón, hasta ti, van a permanecer en el trono? Tú, Vespasiano, eres César y emperador, tú y este hijo tuyo. Encadéname ahora con más seguridad y guárdame para ti mismo; pues eres dueño, César, no solo de mí, sino también de la tierra y del mar y de todo el género humano, y yo pido, para castigo, una prisión más severa, si estoy diciendo temeridades incluso acerca de Dios». Al oír esto, de momento Vespasiano pareció no darle crédito y supuso que Josefo urdía todo aquello por salvarse; pero poco a poco fue llevado a creerlo, ya que Dios lo impulsaba hacia el imperio y le anunciaba de antemano el cetro mediante otras señales.
Y comprobó también en otras cosas que Josefo decía la verdad. Pues uno de los dos amigos presentes en aquella conversación secreta dijo que se admiraba de cómo no había predicho a los de Yotapata su caída, ni a sí mismo su cautiverio, si no era todo aquello mera charlatanería para desviar la ira que caía sobre él. Pero Josefo respondió que había anunciado a los de Yotapata que serían tomados al cabo de cuarenta y siete días, y que él mismo sería capturado vivo por los romanos. Vespasiano, indagando esto en secreto de boca de los cautivos y hallándolo cierto, empezó así a dar crédito a lo que le tocaba. No liberó, pues, a Josefo de la prisión y las cadenas, pero le regalaba vestiduras y otros objetos preciosos, tratándolo con benevolencia y consideración, en lo cual colaboraba en gran parte Tito con sus honores.
El cuatro del mes de Panemo, levantando el campo, pasa a Ptolemaida, y de allí llega a Cesarea, en la costa, la mayor ciudad de Judea, habitada en su mayoría por griegos. Recibían al ejército y al general con toda clase de aclamaciones y agasajos los naturales del lugar, por benevolencia hacia los romanos, pero más aún por odio a los sometidos; por eso, a gritos y en masa, reclamaban que se castigara a Josefo. Vespasiano rechazó con su silencio aquella petición, por juzgarla propia de una multitud irreflexiva. De las legiones, asentó dos a invernar en Cesarea, viendo apropiada la ciudad, y a la décima y la quinta las envió a Escitópolis, para no agobiar a Cesarea con todo el ejército. Y aquella también era templada en la estación del invierno, tanto como sofocante en verano por los calores, por ser llana y estar junto al mar.
Por ese tiempo, reunidos los que habían sido expulsados de las ciudades por las revueltas y los que habían huido de las plazas sometidas —multitud nada escasa—, reconstruyen Yafo como base de operaciones, que antes había asolado Cestio; y, cerrado el paso por tierra al hallarse el país en guerra, resolvieron trasladarse al mar. Construyeron muchísimas naves de piratas y saqueaban las rutas de Siria, Fenicia y Mitsraim, y hacían innavegables aquellos mares para todos. Vespasiano, al enterarse de su concentración, envía contra Yafo infantes y jinetes, que de noche entran en la ciudad como en plaza desguarnecida. Los de dentro presintieron la irrupción y, aterrados, renunciaron a rechazar a los romanos; refugiándose en las naves, pasaron la noche fuera del alcance de los proyectiles.
Yafo carece de puerto por naturaleza, pues termina en una playa áspera, del todo escarpada, aunque un poco recogida hacia dentro en los dos extremos; y allí hay acantilados profundos y arrecifes que sobresalen hacia el mar abierto —donde aún se muestran las huellas de las cadenas de Andrómeda, que dan crédito a la antigüedad del mito—. El bóreas, batiendo de frente la playa y levantando alto el oleaje contra las rocas que lo reciben, hace de aquel fondeadero algo más peligroso que un desierto. Mientras los de Yafo se mecían en él, al rayar el alba se abate sobre ellos un viento violento —los que navegan por allí lo llaman melamboreo—; y unas naves las estrelló allí mismo unas contra otras, otras contra las rocas, y a muchas, que forcejeaban contra el oleaje adverso mar adentro —pues temían la playa rocosa y a los enemigos apostados en ella—, el mar, alzándose en olas enormes, las sumergía. No había lugar para huir ni salvación en quedarse: expulsados del mar por la fuerza del viento, y de la ciudad por los romanos. Grande era el clamor cuando las naves chocaban, y mucho el estruendo al romperse. De aquella multitud, unos perecían cubiertos por las olas, muchos enredados en los restos del naufragio; algunos, teniéndolo por más leve, se adelantaban al mar dándose muerte con el hierro. Pero la mayor parte, arrastrada por las olas, era despedazada contra los peñascos, de modo que el mar se tiñó de sangre en gran extensión y la costa se llenó de cadáveres; pues a los que la corriente arrojaba a la playa, los romanos, apostados allí, los remataban. El número de cuerpos vomitados por el mar fue de cuatro mil doscientos. Los romanos, tomando la ciudad sin combate, la arrasan.
Así cayó Yafo por segunda vez, en poco tiempo, bajo los romanos. Vespasiano, para que los piratas no volvieran a reunirse en ella, levanta un campamento en la acrópolis y deja allí la caballería con unos pocos infantes, a fin de que estos, permaneciendo en su puesto, guarden el campamento, y los jinetes saqueen los alrededores y arrasen las aldeas y villas vecinas a Yafo. Ellos, conforme a lo ordenado, corrían a diario el país, talándolo y asolándolo por entero.
Cuando a Yerushaláyim llegó la noticia de lo ocurrido en Yotapata, la mayoría no lo creyó al principio, tanto por la magnitud del desastre como porque no había allí testigo ocular de lo que se contaba: no se había salvado ni un mensajero, sino que la fama, por sí misma, pregonaba la caída, por la natural inclinación de las malas nuevas a divulgarse. Poco a poco, sin embargo, la verdad se abría paso a través de las comarcas cercanas, y para todos era ya más firme que dudosa; y a lo realmente sucedido se añadía además lo que no había ocurrido: se anunciaba que también Josefo había muerto en la toma de la ciudad. Esto llenó a Yerushaláyim del mayor duelo. En cada casa y en cada familia se lloraba a aquel de los suyos que había perecido; pero el duelo por el general fue público, y unos lloraban a huéspedes, otros a parientes, otros a amigos, y a Josefo lo lloraban todos, de modo que durante treinta días no cesaron los lamentos en la ciudad, y muchos alquilaban flautistas que entonaban con ellos las endechas.
Mas cuando la verdad se fue descubriendo con el tiempo, y lo de Yotapata resultó tal como había sido, y lo de la muerte de Josefo se halló ser invención, y supieron que vivía, que estaba entre los romanos y que era tratado por los jefes con más honor que el que corresponde a la suerte de un cautivo, tanta ira concibieron contra él vivo cuanta benevolencia le habían tenido antes cuando lo creían muerto. Unos lo denostaban por cobarde, otros por traidor, y la ciudad se llenó de indignación y de injurias contra él. Se exasperaban con los golpes recibidos y se encendían más con las desgracias; y el tropiezo, que en los sensatos es causa de cautela y de guardarse de males semejantes, en aquellos se volvía aguijón de nuevas calamidades, y el fin de un mal era siempre el comienzo de otro. Con tanto más ardor, pues, se lanzaban contra los romanos, como si en ellos fueran a vengarse también de Josefo. Tales tumultos dominaban a los de Yerushaláyim.
Vespasiano, por conocer el reino de Agripa —pues el rey lo instaba a ello—, y a la vez porque este quería agasajar al general y a su ejército con la opulencia de su casa y, valiéndose de ellos, sofocar lo que en sus dominios andaba enfermo, partiendo de la Cesarea marítima pasa a la llamada Cesarea de Filipo. Allí, hasta veinte días, dejó descansar al ejército y él mismo se entregó a banquetes, rindiendo a Dios acciones de gracias por sus éxitos. Como le llegara la noticia de que Tiberíades se sublevaba y de que Taríquea se había rebelado —ambas eran parte del reino de Agripa—, y resuelto a someter a los judíos por todas partes, tuvo por oportuna esta campaña contra ellas, también por Agripa, para poner en razón sus ciudades en pago de la hospitalidad. Envía, pues, a su hijo Tito a Cesarea, a trasladar de allí el ejército a Escitópolis, que es la mayor ciudad de la Decápolis y vecina de Tiberíades. Allí, llegando él mismo, aguarda a su hijo y, avanzando con tres legiones, acampa a treinta estadios de Tiberíades, en cierto puesto bien visible para los sublevados, que se llama Énabris. Envía al decurión Valeriano con cincuenta jinetes a tratar de paz con los de la ciudad y a inducirlos a la fidelidad; pues había oído que el pueblo deseaba la paz, pero estaba sojuzgado por algunos que forzaban a la guerra.
Valeriano, avanzando a caballo, cuando estuvo cerca de la muralla, desmonta él mismo y hace apearse a los jinetes que iban con él, para que no pareciera que se acercaban a escaramuzar; y antes de que llegaran a parlamentar, salen contra él los más pujantes de los sediciosos, en armas. Los mandaba un tal Yeshúa, hijo de Tufas, el jefe principal de la banda de bandoleros. Valeriano, no juzgando seguro entablar combate contra las órdenes del general —aun cuando la victoria fuera cierta—, y considerando arriesgado luchar pocos contra muchos, y desprevenidos contra gente presta, y sobrecogido por el inesperado arrojo de los judíos, huye a pie, y otros cinco igualmente abandonaron sus caballos, que los hombres de Yeshúa se llevaron a la ciudad, ufanos como de haberlos tomado en combate y no por sorpresa. Aterrados por esto, los ancianos del pueblo y los que gozaban de preeminencia huyen al campamento de los romanos y, llevando consigo al rey, se postran suplicantes ante Vespasiano, rogándole que no los mirara con desdén ni tuviera la locura de unos pocos por la de toda la ciudad; que perdonara al pueblo, siempre bien dispuesto hacia los romanos, y castigara a los culpables de la rebelión, por quienes ellos mismos habían estado hasta ahora vigilados, a pesar de anhelar desde hacía tiempo la diestra de la paz. A estas súplicas cedió el general, aunque irritado contra toda la ciudad por el robo de los caballos; pues veía además que Agripa se angustiaba por ella.
Obtenida la diestra para el pueblo, los de Yeshúa, no juzgando ya seguro permanecer en Tiberíades, huyen a Taríquea. Al día siguiente, Vespasiano envía por delante, con jinetes, a Trajano hacia la altura, para tantear a la multitud y ver si todos pensaban en la paz. Cuando supo que el pueblo estaba de acuerdo con los suplicantes, tomando consigo sus fuerzas marchó hacia la ciudad. Ellos le abren las puertas y salían a su encuentro con aclamaciones, llamándolo salvador y bienhechor. Como el ejército se demorase por la estrechez de las entradas, Vespasiano manda derribar parte de la muralla del lado del mediodía y les ensancha la entrada. Ordenó, sin embargo, abstenerse del saqueo y de todo ultraje, por complacer al rey, y por él perdonó también las murallas, pues Agripa se hacía garante de que en adelante los de dentro se mantendrían fieles; y así fue reponiendo la ciudad, muy maltratada por la sedición.
Luego, avanzando, acampa entre ella y Taríquea, y fortifica el campamento con más solidez, sospechando que allí se le prolongaría la guerra; pues afluía a Taríquea todo lo que estaba por la revuelta, confiados en la fortaleza de la ciudad y en el lago que los naturales llaman Genesar. La ciudad, en efecto, situada al pie de un monte como Tiberíades, había sido sólidamente amurallada por Josefo en todo su contorno, salvo por donde la bañaba el lago, aunque menos que Tiberíades; pues el recinto de aquella lo había reforzado él, al comienzo de la rebelión, con abundancia de dinero y de medios, mientras que Taríquea recibió solo los restos de su liberalidad. Tenían, además, muchas embarcaciones preparadas en el lago, dispuestas para huir por agua si eran vencidos en tierra y, si hacía falta, para librar combate naval.
Mientras los romanos cercaban el lugar con su campamento, los de Yeshúa, sin arredrarse ni ante el número ni ante el orden de los enemigos, se lanzan a atacar; y, dispersados los constructores de las obras al primer embate, tras destrozar una parte de la fortificación, en cuanto vieron a los legionarios reunirse, se replegaron a los suyos antes de sufrir daño. Los romanos, persiguiéndolos, los empujan hacia las naves. Ellos, tras hacerse a la mar hasta donde podían alcanzar a los romanos con sus tiros, echaron las anclas y, apretando las naves como una falange, las mantenían enfiladas y combatían por mar contra los enemigos de tierra. Vespasiano, al oír que el grueso de ellos se había reunido en la llanura frente a la ciudad, envía a su hijo con seiscientos jinetes escogidos. Este, al hallar excesiva la muchedumbre de los enemigos, manda decir a su padre que le hace falta mayor fuerza; y viendo que la mayoría de los jinetes ardía en deseos de combatir antes de que llegara el refuerzo, pero que algunos, en secreto, estaban acobardados ante la multitud de los judíos, se plantó donde pudieran oírlo y habló de este modo:
«Varones romanos —dijo—, hermoso es, al comienzo de mis palabras, recordaros vuestra estirpe, para que sepáis quiénes somos y contra quiénes vamos a luchar. A nuestras manos nada, en el mundo entero, se les ha escapado hasta ahora; y los judíos —dígase también en favor suyo— no se cansan de ser vencidos. Sería vergonzoso que, manteniéndose ellos firmes en la desgracia, nosotros desfalleciéramos en la prosperidad. Me alegra ver que rebosáis ardor a la vista de todos, pero temo que la muchedumbre de los enemigos infunda a alguno un miedo secreto. Piense, pues, de nuevo, quién es y contra quiénes va a formar en línea, y que los judíos, aunque muy audaces y despreciadores de la muerte, son gente sin orden e inexperta en las guerras, y podrían llamarse más bien una turba que un ejército; mientras que de nuestra pericia y disciplina, ¿qué necesidad hay siquiera de hablar? Para esto solo, aun en tiempo de paz, nos ejercitamos en las armas: para no medirnos en la guerra, número contra número, con el adversario. Pues ¿de qué serviría el servicio continuo de las armas, si formáramos en igualdad frente a gente inexperta? Considerad que combatís como hoplitas contra desarmados, jinetes contra infantes, dirigidos por jefes contra quienes no los tienen, y que estas ventajas os multiplican, mientras que a los enemigos su desventaja les resta mucho de su número. No es la muchedumbre de hombres, por belicosa que sea, la que decide las guerras, sino el valor, aunque esté en pocos: estos son fáciles de formar y de socorrerse mutuamente, mientras que las fuerzas desmesuradas se dañan a sí mismas más que a los enemigos.
A los judíos los guían la audacia, la temeridad y la desesperación, pasiones que en la buena fortuna son vigorosas, pero que se apagan al menor tropiezo; a nosotros, en cambio, el valor, la disciplina y la nobleza de ánimo, que aun en los demás éxitos se hallan en su plenitud y en los reveses no se doblegan hasta el fin. Y lucháis por causas mayores que los judíos: pues si para ellos la guerra se arriesga por la libertad y por la patria, ¿qué hay mayor para nosotros que la gloria y que no parezca, tras el dominio del mundo, que ponemos a los judíos como rivales en la balanza? Hay que considerar, además, que no cabe temer sufrir nada irreparable, pues son muchos y están cerca los que han de socorrernos; y podemos arrebatar la victoria, y conviene adelantarnos a los aliados que mi padre nos envía, para que el triunfo sea nuestro solo y, por ello, mayor. Yo, por mi parte, creo que en esta hora se nos juzga a mi padre, a mí y a vosotros: si él es digno de sus triunfos anteriores, yo hijo suyo, y vosotros soldados míos; pues para él la victoria es costumbre, y yo no soportaría volver a su lado tras haber sido vencido. ¿Y cómo no os avergonzaríais vosotros de ser derrotados yendo el general el primero al peligro? Pues iré el primero al peligro, tenedlo por cierto, y seré el primero en lanzarme contra los enemigos. No os quedéis atrás, persuadidos de que mi ímpetu lo alienta Dios como aliado, y sabed con certeza que lograremos algo mayor que un combate a campo abierto».
Mientras Tito exponía esto, un ardor divino se apodera de los hombres, y como antes de trabar combate se les uniera Trajano con cuatrocientos jinetes, se disgustaban, pensando que su victoria menguaba al tener que compartirla. Envió también Vespasiano a Antonio Silón con dos mil arqueros, con orden de ocupar el monte que hay frente a la ciudad y de rechazar a los que estaban sobre la muralla. Estos, conforme a lo mandado, cerraron el paso a los que intentaban salir por allí en socorro; y Tito, el primero, lanzó su caballo contra los enemigos, y tras él, entre gritos, los demás, extendiéndose por la llanura hasta donde la ocupaban los enemigos, por lo cual parecieron muchos más de los que eran. Los judíos, aunque sobrecogidos por su ímpetu y su orden, resistieron un poco a las embestidas, pero, heridos con las picas y derribados por el ímpetu de los jinetes, eran pisoteados. Muriendo muchos por todas partes, se dispersan y huían hacia la ciudad cada uno con la mayor rapidez que podía. Tito, acosándolos por la espalda, mataba a unos; a otros los atravesaba cargando de frente antes de que huyeran; a muchos, caídos unos sobre otros, los aplastaba saltando encima; y a todos les cortaba las vías de fuga hacia la muralla y los desviaba hacia la llanura, hasta que, forzando el paso por su número y abriéndose camino, se refugiaron en la ciudad.
Allí los aguarda de nuevo una discordia encarnizada: a los naturales del lugar, por sus posesiones y por la ciudad, no les parecía bien la guerra desde el principio, y ahora menos aún, tras la derrota; en cambio, la muchedumbre de los forasteros forzaba con más violencia, y, enfurecidos unos contra otros, había gritos y tumulto, como si de un momento a otro fueran a venir a las armas. Tito, que oyó desde fuera aquel alboroto —pues no estaba lejos de la muralla—, exclama: «¡Esta es la ocasión! ¿A qué esperamos, compañeros de armas, cuando Dios nos entrega a los judíos? ¡Aceptad la victoria! ¿No oís el clamor? Andan en discordia los que escaparon de nuestras manos. Nuestra es la ciudad, si nos damos prisa; pero, además de rapidez, hace falta esfuerzo y coraje, pues ninguna gran cosa suele lograrse sin peligro. Debemos anticiparnos no solo a la concordia de los enemigos, a quienes la necesidad reconciliará pronto, sino también a la ayuda de los nuestros, para que, además de vencer a tan gran multitud siendo pocos, tomemos la ciudad nosotros solos».
Al tiempo que decía esto, saltó sobre su caballo y se pone al frente hacia el lago; y, cabalgando por él, entra el primero en la ciudad, y tras él los demás. El temor, ante su audacia, se apoderó de los que estaban sobre las murallas, y nadie se atrevió a combatir ni a estorbarlo; abandonando la guardia, los de Yeshúa huían a través del campo, y los que se lanzaban hacia el lago iban a topar con los enemigos que les salían al paso. Morían unos al subir a las naves, otros al intentar arremeter contra las que ya se habían hecho a la mar. Grande fue la matanza dentro de la ciudad: resistían los forasteros que no habían alcanzado a huir, pero los naturales no combatían, pues, con la esperanza de la diestra y la conciencia de no haber decidido la guerra, se apartaban del combate, hasta que Tito, dando muerte a los culpables y compadeciéndose de los naturales, puso fin a la matanza. Los que se habían refugiado en el lago, al ver tomada la ciudad, se hicieron a la mar lo más lejos posible de los enemigos. Tito, enviando a uno de los jinetes, anuncia a su padre la buena nueva de la hazaña. Este, como era natural, rebosante de gozo por el valor de su hijo y por el éxito —pues parecía haberse abatido una parte enorme de la guerra—, acudió entonces y ordenó rodear la ciudad y custodiarla, para que nadie escapara de ella, y mandó matar a quienes lo intentaran.
La mañana siguiente bajó al lago y ordenó armar balsas para ir contra los que se habían refugiado en él; se hicieron aprisa, pues abundaban la madera y los artesanos.
El lago se llama Genesaret por la comarca vecina. Mide cuarenta estadios de ancho y ciento más de largo, y con todo su agua es dulce y muy buena para beber. Su corriente es más ligera que el espesor de las aguas pantanosas, y es limpia por todas partes, terminando en playas y arena; además, es de temperatura grata para sacarla —más suave que la de un río o una fuente, pero siempre más fría de lo que cabría esperar en el remanso de un lago—. Su agua no desmerece de la nieve cuando se la deja al raso, cosa que los del lugar suelen hacer en las noches de verano; y hay en él especies de peces distintas de las de otras partes, tanto en sabor como en forma.
Por el medio lo corta el Yardén. Se tiene por fuente del Yardén el Paneion, pero en realidad el agua llega hasta allí por debajo de la tierra, en oculto, desde la llamada Fíala. Esta se halla, subiendo hacia la Traconítide, a ciento veinte estadios de Cesarea, a mano derecha del camino y no lejos de él. Por su forma se la llama con razón Fíala —«copa»—, pues es un lago de figura redonda, y el agua se mantiene siempre a ras de su borde, sin bajar ni desbordarse. Que el Yardén nace de allí se ignoró largo tiempo, hasta que lo comprobó Filipo, el que fue tetrarca de los traconitas: echó paja en la Fíala, y la halló reaparecida en el Paneion, donde los antiguos creían que se engendraba el río.
La hermosura natural del Paneion la realzó luego la magnificencia real, adornada con la riqueza de Agripa. El Yardén, comenzando su curso visible desde aquella gruta, corta los pantanos y cenagales del lago de la Semequonítide, y tras recorrer otros ciento veinte estadios, pasada la ciudad de Julias, atraviesa por el medio el Genesaret; luego, midiendo un largo despoblado, va a salir al lago Asfaltites.
A lo largo del Genesaret se extiende una comarca del mismo nombre, admirable por su naturaleza y su belleza. No hay planta que su suelo rechace, de tan fértil, y los que la cultivan lo plantan todo; y la benignidad del aire se aviene aun con las especies más dispares. Nogales, que son la planta más amiga del frío, crecen allí en abundancia junto a las palmeras, que se nutren del calor; y cerca de estas, higueras y olivos, a los que conviene un aire más templado. Diríase un empeño de la naturaleza, que fuerza a reunir en un solo lugar plantas que se rechazan, y una noble rivalidad de las estaciones, como si cada una disputara la posesión de aquel paraje; pues no solo nutre, contra lo que cabría esperar, frutos tan diversos, sino que además los conserva. Los más excelentes —la uva y el higo— los da sin interrupción durante diez meses, y los demás frutos maduran a lo largo de todo el año. Pues, además de la bondad del aire, la riega una fuente muy fecunda que los del lugar llaman Cafarnaúm. Algunos la tuvieron por una vena del Nilo, ya que cría un pez parecido al coracino del lago de Alejandría. La comarca se extiende a lo largo de la orilla del lago homónimo por treinta estadios, y su anchura es de veinte. Tal es su naturaleza.
Vespasiano, una vez dispuestas las balsas, embarcó cuanta tropa juzgó bastante para acabar con los que estaban en el lago, y se hizo a él. Los acorralados no podían huir a tierra, pues todos estaban en guerra, ni combatir por mar en igualdad de condiciones: sus barcas, pequeñas y de piratas, eran débiles frente a las balsas, y como iban pocos en cada una contra los romanos, que estaban apiñados, no se atrevían a acercarse. Aun así, dando vueltas en torno a las balsas —y a veces arrimándose—, herían de lejos a los romanos con piedras y, al rozarlos de cerca, los golpeaban.
Pero eran ellos los que llevaban la peor parte por ambos lados: con las pedradas no lograban sino un estrépito continuo, pues tiraban contra hombres bien protegidos, mientras ellos quedaban al alcance de los proyectiles romanos; y cuando osaban acercarse, antes de causar daño alguno lo sufrían, y se iban a pique junto con sus barcas. A muchos de los que intentaban abrirse paso los atravesaban con picas al alcanzarlos; a otros los abordaban espada en mano, saltando a las barcas; y a algunos, atrapados en medio cuando las balsas se juntaban, los apresaban con embarcación y todo. A los que se hundían y volvían a asomar, o los alcanzaba un dardo o los cogía una balsa; y cuando, sin salida, procuraban trepar hacia los enemigos, los romanos les cortaban las cabezas o las manos.
Grande y de mil formas era su destrucción por todas partes, hasta que los que quedaban, vueltos en fuga, fueron empujados a tierra, cercados por las barcas. Al desparramarse, muchos fueron asaeteados dentro del lago mismo, y a muchos que saltaban a la orilla los mataron los romanos en tierra. Podía verse el lago entero teñido de sangre y cubierto de cadáveres, pues no se salvó ninguno. Un olor y un espectáculo horribles envolvieron la comarca en los días siguientes: las playas se llenaron de restos de naufragio y de cuerpos hinchados, y los cadáveres, abrasándose y pudriéndose, corrompían el aire, de suerte que la desgracia no solo fue lastimosa para los judíos, sino que llegó a hacerse odiosa incluso a quienes la habían causado. Tal fue el final de aquel combate naval. Murieron, contando a los que antes habían caído en la ciudad, seis mil setecientos.
Vespasiano, después de la batalla, se sentó en un estrado en Taríquea y, apartando a la gente forastera de la del lugar —pues parecían haber sido aquellos los que iniciaron la guerra—, deliberaba con sus oficiales si convenía salvar también a estos. Como ellos dijeran que soltarlos sería dañino —pues, liberados, no se estarían quietos hombres despojados de sus patrias, y podrían forzar a la guerra a aquellos a quienes se refugiaran—, Vespasiano reconoció que ni eran dignos de salvación ni dejarían de volverse contra quienes los soltaran; pero meditaba de qué modo darles muerte. Pues, matándolos allí mismo, sospechaba que pondría en guerra a los del lugar, ya que no tolerarían que tantos suplicantes fueran degollados entre ellos; y atacar, tras haberles dado garantías, a quienes se habían presentado, no lo consentía su ánimo. Vencieron, con todo, sus amigos, diciendo que nada era impío tratándose de los judíos, y que se debe preferir lo conveniente a lo decoroso cuando no es posible tener ambas cosas.
Accediendo, pues, les concedió una seguridad ambigua y les permitió salir únicamente por el camino que lleva a Tiberíades. Ellos, creyendo aprisa lo que deseaban, y marchando a la vista de todos, en apariencia a salvo con sus bienes, por donde se les había permitido, los romanos ocuparon todo el trecho hasta Tiberíades, para que ninguno se desviara, y los encerraron en la ciudad. Y Vespasiano, llegando, los hizo formar a todos en el estadio, y a los ancianos junto con los inútiles —mil doscientos en total— mandó darles muerte; de los jóvenes escogió a los seis mil más robustos y los envió al istmo, a Nerón; y al resto de la multitud, que eran treinta mil cuatrocientos, los vendió, salvo los que había regalado a Agripa. Pues a los que procedían del reino de este le permitió hacer con ellos lo que quisiera; y el rey también los vendió. En cuanto al resto de la gente —traconitas, gaulanitas, los de Hipos y, en su mayor parte, los de la Gadarítide—, como sediciosos, fugitivos y hombres a quienes las afrentas de la paz les habían granjeado la guerra, fueron apresados el día octavo del mes de Gorpieo.