Libro quinto

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Además de su natural grandeza de ánimo y de su empeño por embellecer la ciudad, el rey volcó en la excelencia de estas obras sus propios afectos: consagró la memoria de las tres personas que más quería —un hermano, un amigo y una esposa—, y con sus nombres llamó a las torres. A la esposa, como ya dijimos, la había matado por amor; a los otros dos los había perdido en la guerra, donde combatieron con valentía.

La torre Hípico, llamada así por el amigo, era cuadrada, de veinticinco codos de ancho y otros tantos de largo, y treinta de alto, maciza por completo. Sobre esa parte llena y trabada con las rocas, para recoger las aguas de lluvia, se abría una cisterna de veinte codos de profundidad. Encima había una casa de dos pisos, de veinticinco codos de altura, repartida en distintas estancias; por encima corrían torrecillas de dos codos y almenas de tres, de modo que la altura total sumaba ochenta codos.

La segunda torre, que llamó Fasael por su hermano, tenía el ancho y el largo iguales, cuarenta codos cada uno, y otros cuarenta de altura maciza. Por encima corría un pórtico de diez codos de alto, protegido con parapetos y antepechos. En medio del pórtico se alzaba otra torre, repartida en salas suntuosas y hasta con baño, de suerte que nada le faltaba a la torre para parecer un palacio; su cima estaba coronada de almenas y torrecillas todo alrededor. La altura total era de unos noventa codos, y su forma se asemejaba a la del faro de Faros, que sirve de fanal a los que navegan hacia Alejandría, aunque mucho mayor en su perímetro. En aquel tiempo era la sede tiránica de Shimón.

La tercera torre, la Mariamna —pues así se llamaba la reina—, era maciza hasta veinte codos, con veinte codos de ancho y otro tanto de largo. La vivienda que tenía encima era más costosa y variada que las demás, pues el rey juzgó propio que la que llevaba nombre de mujer estuviera adornada más que las que llevaban nombre de hombres, así como aquellas eran más recias que la de la mujer. Su altura total era de cincuenta y cinco codos.

Con ser tan grandes, las tres torres parecían mucho mayores por el lugar en que se alzaban. La misma muralla antigua, en la que estaban, se había levantado sobre una alta colina, y como una cresta de esa colina sobresalía aún unos treinta codos más; sobre ella, asentadas las torres, ganaban mucho de aquella altura. Asombroso era también el tamaño de las piedras, pues no estaban hechas de cascajo cualquiera ni de peñas que un hombre pudiera acarrear, sino de mármol blanco cortado. Cada bloque medía veinte codos de largo, diez de ancho y cinco de espesor, y estaban tan trabados entre sí que cada torre parecía una sola roca crecida de la tierra, después labrada por manos de artesanos en forma y ángulos; de tal modo que por ninguna parte se advertía la junta del ensamblaje.

Al norte de las torres, por dentro, se adosaba el palacio del rey, superior a toda descripción. No le faltaba extremo alguno de lujo ni de construcción: estaba todo cercado por un muro de treinta codos de alto, con intervalos iguales todo en derredor, y jalonado de torres bien adornadas, de grandísimos salones y de aposentos de huéspedes con cien lechos cada uno. En ellos era indescriptible la variedad de las piedras, pues se había reunido en abundancia lo que en otras partes es raro; los techos eran admirables por lo largo de las vigas y el brillo de sus ornamentos. Había multitud de estancias y mil diferencias de formas entre ellas, todas llenas de mobiliario, y la mayor parte de cuanto allí se guardaba era de plata y oro. Numerosos peristilos se enlazaban unos con otros en círculo, con columnas distintas en cada uno, y todos sus patios estaban verdes: bosquecillos variados, largos paseos entre ellos, y en torno a estos canales hondos y estanques por doquier repletos de figuras de bronce por las que manaba el agua, y muchas torretas de palomas mansas junto a las corrientes. Pero no hay modo de describir dignamente aquel palacio, y el recuerdo trae tormento al evocar los estragos del fuego de los bandidos. Porque no fueron los romanos quienes lo incendiaron, sino los conjurados de dentro, como ya dijimos: al comienzo de la revuelta el fuego empezó en la Antonia, pasó al palacio y consumió los techos de las tres torres.

El Templo se asentaba, como dije, sobre una colina firme, pero al principio apenas bastaba su cima allanada para el santuario y el altar, pues todo alrededor era escarpado y en pendiente. Cuando el rey Shlomo, que fue quien edificó el santuario, amuralló la parte de oriente, se colocó un solo pórtico sobre el terraplén; por los demás lados el santuario quedaba al descubierto. En los siglos siguientes, añadiendo el pueblo tierra sin cesar, la colina se fue nivelando y ensanchando. Rompiendo también el muro del norte, ganaron tanto terreno cuanto ocupó luego el recinto entero del Templo. Y amurallando la colina desde su base por los tres lados, y llevando a cabo una obra mayor de lo que cabía esperar —en la que se consumieron largos siglos y todos los tesoros sagrados que iban colmando los tributos enviados a Dios desde todo el mundo—, construyeron alrededor los recintos de arriba y el templo de abajo. La parte más baja de este la levantaron desde trescientos codos, y en algunos puntos aún más. Con todo, no se veía toda la profundidad de los cimientos, pues rellenaron mucho los barrancos, queriendo nivelar las callejas estrechas de la ciudad. Piedras de cuarenta codos había en la fábrica, pues la abundancia de recursos y el empeño del pueblo hacían las empresas mayores de lo que se puede decir, y lo que ni siquiera se esperaba ver acabado se logró a fuerza de constancia y tiempo.

Dignas de tales cimientos eran también las obras que se alzaban sobre ellos. Los pórticos eran todos dobles, y en ellos se erguían columnas de veinticinco codos de altura, de una sola pieza, de mármol blanquísimo, con artesonados de cedro por techumbre. Su lujo natural, su pulido y su armonía ofrecían un espectáculo digno de verse, sin que los realzara por fuera obra alguna de pintura ni de talla. Tenían treinta codos de anchura, y todo su perímetro medía seis estadios, comprendida la Antonia; el patio entero estaba embaldosado con piedra de toda clase.

Al avanzar por él hacia el segundo recinto, lo cercaba una balaustrada de piedra, de tres codos de alto, primorosamente labrada. En ella se erguían, a intervalos iguales, estelas que anunciaban la ley de pureza —unas en letras griegas, otras en letras latinas—: que ningún extranjero pasara al interior del recinto santo. Pues el segundo recinto se llamaba «santo». Se subía a él desde el primero por catorce gradas; era cuadrado por arriba y estaba cercado con su propia muralla. La altura exterior de esta, aun siendo de cuarenta codos, quedaba oculta por las gradas, mientras que por dentro era de veinticinco, pues, edificada contra un nivel más alto, ya no se veía toda por dentro, tapada por la colina. Tras las catorce gradas, el espacio hasta el muro era de diez codos, todo llano. De allí otras escaleras de cinco peldaños subían a las puertas, que por el norte y el mediodía eran ocho, cuatro por cada lado, y dos por el oriente, forzosamente, pues, estando en ese cuadrante tabicado un espacio propio para las mujeres en el culto, había de haber una segunda puerta, abierta enfrente de la primera. De los demás lados había una puerta al mediodía y otra al norte, por la que se entraba al recinto de las mujeres; pues por las otras no les era lícito a las mujeres pasar, ni siquiera por la suya propia franquear el tabique. El lugar estaba abierto por igual para el culto a las mujeres del país y a las de la misma nación venidas de fuera. La parte de poniente no tenía puerta, sino que el muro se levantaba allí continuo. Los pórticos entre las puertas, vueltos hacia dentro desde el muro, ante las cámaras del tesoro, descansaban sobre columnas muy hermosas y grandes; eran de un solo piso, y salvo en el tamaño no cedían en nada a los de abajo.

De las puertas, nueve estaban revestidas de oro y plata por todas partes, lo mismo que las jambas y los dinteles; pero una, la exterior del santuario, era de bronce de Corinto y superaba con mucho en valor a las plateadas y doradas. Cada puerta tenía dos hojas, de treinta codos de alto cada una y quince de ancho. Pasadas las entradas, ensanchándose hacia dentro, tenían a cada lado cámaras de treinta codos de ancho y de largo, en forma de torre, de más de cuarenta codos de altura; a cada una la sostenían dos columnas de doce codos de perímetro. El tamaño de las demás era igual, pero la que estaba sobre la puerta de Corinto, la que se abría desde el recinto de las mujeres por el oriente, frente a la puerta del santuario, era mucho mayor: pues, teniendo cincuenta codos de altura, tenía hojas de cuarenta y un ornato más costoso, con abundante espesor de plata y oro. Este revestimiento lo puso en las nueve puertas Alejandro, el padre de Tiberio. Quince gradas subían a la puerta mayor desde el tabique de las mujeres, pues eran más bajas que las cinco gradas de las otras.

El santuario mismo, situado en el centro, el recinto santo, se subía por doce gradas. Su frente tenía la altura y la anchura iguales, cien codos cada una, pero por detrás era más estrecho en cuarenta codos, pues por delante, como hombros, sobresalían veinte codos a cada lado. Su primera puerta, de setenta codos de alto y veinticinco de ancho, no tenía hojas, para figurar lo invisible y sin cierre del cielo; todos sus frontales estaban dorados, y a través de ella se veía por fuera toda la primera sala, grandísima, y cuanto rodeaba la puerta interior, resplandeciente de oro, hería la vista de los que miraban. El santuario, por dentro de dos pisos, dejaba delante solo la primera sala, que se alzaba continua en altura: noventa codos hacia arriba, cincuenta de largo y veinte de fondo. La puerta que daba a esta sala estaba toda dorada, como dije, lo mismo que todo el muro que la rodeaba, y tenía sobre ella las vides de oro, de las que colgaban racimos altos como un hombre. Como el santuario ya era de dos pisos, la parte interior quedaba más baja que la vista de fuera y tenía puertas de oro de cincuenta y cinco codos de alto y dieciséis de ancho. Delante de estas había un velo de igual largura, un tapiz babilonio bordado de jacinto, lino fino, grana y púrpura, maravillosamente labrado, y cuya mezcla de materias no carecía de sentido, sino que era como una imagen del universo: pues parecía aludir con la grana al fuego, con el lino a la tierra, con el jacinto al aire y con la púrpura al mar; unos por su color, y el lino y la púrpura por su origen, ya que la tierra produce el uno y el mar la otra. En el tapiz estaba representada toda la bóveda celeste, salvo los signos del zodíaco.

A los que pasaban dentro los recibía la planta baja del santuario. Su altura era de sesenta codos, el largo otro tanto, y el ancho de veinte. La parte de sesenta codos estaba a su vez dividida: la primera, cortada a los cuarenta codos, encerraba tres obras admirabilísimas y famosas entre todos los hombres: el candelabro, la mesa y el altar del incienso. Las siete lámparas figuraban los planetas —pues tantas se ramificaban del candelabro mismo—; los doce panes sobre la mesa, el círculo del zodíaco y el año; y el altar del incienso, con sus trece perfumes, con los que se colmaba del mar y de las tierras despobladas y habitadas, significaba que todo es de Dios y para Dios. La parte más interior era de veinte codos, y se separaba igualmente por un velo de la de fuera. En ella no había nada en absoluto: era intransitable, inviolable e invisible para todos, y se llamaba el Santo de los Santos. En torno a los costados del santuario inferior había muchas cámaras de tres pisos enlazadas unas con otras, con entradas a ellas a cada lado desde la puerta. El piso superior ya no tenía estas cámaras, por ser más estrecho, y se alzaba cuarenta codos, más sencillo que el de abajo; sumado así a los sesenta de la planta, la altura total venía a ser de cien codos.

Su frente exterior no dejaba nada por hacer para el asombro del alma y de los ojos: cubierto por todas partes de macizas planchas de oro, a las primeras luces del alba despedía un fulgor de fuego y apartaba, como los rayos del sol, la vista de quienes se esforzaban por mirarlo. A los forasteros que llegaban de lejos se les aparecía como un monte cubierto de nieve, pues por donde no estaba dorado era blanquísimo. En la cima sostenía agudas puntas de oro, para que ningún ave que se posara lo ensuciara. Algunas de sus piedras medían cuarenta y cinco codos de largo, cinco de alto y seis de ancho. Delante de él, el altar tenía quince codos de alto, y extendiéndose por igual a cincuenta codos de ancho y de largo, se asentaba cuadrado, con cuernos en los ángulos; desde el mediodía subía a él una rampa de suave pendiente. Fue construido sin hierro, y jamás lo tocó el hierro. Ceñía el santuario y el altar una cornisa de piedra, hermosa y graciosa, de un codo de alto, que separaba por fuera al pueblo de los sacerdotes.

A los que padecían flujo y a los leprosos les estaba vedada toda la ciudad; el Templo, a las mujeres con la menstruación, que ni aun limpias podían pasar el límite que dijimos. De los hombres, los que no estaban del todo purificados quedaban excluidos del atrio interior, y de los sacerdotes, a su vez, los que no estaban limpios. De los sacerdotes de linaje, cuantos por algún defecto físico no oficiaban entraban con los sanos dentro de la cornisa y recibían las porciones que les tocaban por su estirpe, pero vestían ropas comunes, pues solo el oficiante se ceñía la vestidura sagrada. Al altar y al santuario subían los sacerdotes sin tacha, vestidos de lino fino, absteniéndose sobre todo del vino puro por temor reverente al culto, para no faltar en nada durante el servicio.

El sumo sacerdote subía con ellos, pero no siempre: en los Shabatot, en las novilunios y en cualquier fiesta patria o asamblea general que se celebrara una vez al año. Oficiaba cubriéndose los muslos hasta las ingles con un ceñidor de lino, poniéndose debajo una túnica de lino y encima un manto talar de color jacinto, redondo y con flecos; de los flecos colgaban campanillas de oro y granadas alternadas: las campanillas, señal de trueno; las granadas, de relámpago. La banda que prendía el manto al pecho estaba recamada con cinco franjas floreadas, de oro, púrpura y grana, y además de lino fino y jacinto, con los que dijimos que se habían tejido también los velos del santuario. Con estos llevaba también un efod de mezcla, en el que había más oro; tenía la forma de una coraza vestida, y lo sujetaban dos broches de oro en los que iban engastados sardónices bellísimos y grandísimos, grabados con los nombres de las tribus de la nación. Del otro lado colgaban otras doce piedras, repartidas de tres en tres en cuatro grupos: sárdica, topacio, esmeralda; carbunclo, jaspe, zafiro; ágata, amatista, ligurio; ónice, berilo, crisólito; en cada una de ellas iba grabado, otra vez, uno de los nombres. La cabeza la cubría una tiara de lino fino, ceñida de jacinto, en torno a la cual había otra corona de oro que llevaba en relieve las letras sagradas; y estas son cuatro vocales. Esta vestidura no la llevaba de continuo, sino que tomaba otra más sencilla, salvo cuando entraba en el santuario más interior; y entraba una sola vez al año, él solo, el día en que es costumbre que todos ayunen ante Dios. De la ciudad, del Templo y de las costumbres y leyes que le atañen hablaremos de nuevo con más detalle, pues no queda poco por decir sobre ellas.

La Antonia se alzaba en el ángulo de dos pórticos del primer recinto del Templo, el de poniente y el del norte, y estaba edificada sobre una roca de cincuenta codos de altura, escarpada por todas partes; era obra del rey Herodes, en la que mostró de manera especial su natural grandeza de ideas. Primero, la roca, desde la base, estaba revestida de lisas losas de piedra, por hermosura y para que resbalase todo el que intentara subir o bajar. Luego, ante la fábrica de la torre, había un muro de tres codos, y por dentro de este se levantaba toda la mole de la Antonia hasta cuarenta codos. El interior tenía el espacio y la disposición de un palacio: estaba repartido en toda clase de salas y usos, con peristilos, baños y anchos patios para acampar tropas, de suerte que, por tener cuanto era necesario, parecía una ciudad, y por su lujo, un palacio. Siendo en su conjunto de forma de torre, se remataba en cada esquina con otras cuatro torres, de las cuales tres eran de cincuenta codos de alto, mientras que la del ángulo sudeste medía setenta, de modo que desde ella se dominaba todo el Templo. Por donde se juntaba con los pórticos del Templo tenía descensos a ambos, por los que bajaban los centinelas; pues en ella se apostaba siempre una legión de romanos, que, distribuidos con sus armas por los pórticos durante las fiestas, vigilaban al pueblo para que no hubiera ningún alboroto. Porque el Templo era una fortaleza que dominaba la ciudad, la Antonia lo era del Templo, y en ella estaban los guardianes de los tres puntos; la ciudad alta, por su parte, tenía su propia fortaleza en el palacio de Herodes. La colina de Bezeta estaba separada, como dije, de la Antonia, y, siendo la más alta de todas, había quedado poblada como parte de la ciudad nueva. Ella sola daba sombra al Templo por el norte. Y sobre la ciudad y las murallas, para los que nos hemos propuesto tratar de nuevo cada cosa con más detalle, baste por ahora con esto.

La muchedumbre combatiente y sediciosa que había en la ciudad se repartía así: en torno a Shimón eran diez mil, aparte de los idumeos, con cincuenta jefes al frente de los diez mil, sobre quienes él era el señor de todo. Los idumeos, aliados suyos, hasta unos cinco mil, tenían diez capitanes; de estos parecían sobresalir Yaakov, hijo de Sosás, y Shimón, hijo de Catlás. Yojanán, dueño del Templo, tenía seis mil hombres de armas bajo veinte jefes; y se le sumaron entonces también los zelotes, que habían cesado de sus disputas, siendo dos mil cuatrocientos, teniendo por caudillos al de antes, Elazar, y a Shimón, hijo de Arino. Peleando estos, como dijimos, el pueblo era presa de unos y otros, y la parte del pueblo que no participaba en la iniquidad era saqueada por ambos bandos.

Shimón ocupaba la ciudad alta y el gran muro hasta el Cedrón, y del muro antiguo cuanto, torciendo desde el Shiloaj hacia el oriente, bajaba hasta el palacio de Monobazo —este era rey de los adiabenos de allende el Éufrates—; ocupaba también la fuente y la parte de la Acra —que era la ciudad baja— hasta el palacio de Helena, madre de Monobazo. Yojanán, por su parte, tenía el Templo y buena porción de sus alrededores, el Ofla y el barranco llamado del Cedrón. Lo que quedaba entre ambos lo habían incendiado en su guerra recíproca y lo dejaron baldío. Pues ni siquiera acampados los romanos junto a las murallas se aquietaba la sedición de dentro: recobrando algo de juicio a la primera salida, recaían enseguida y, volviendo a dividirse entre sí, peleaban, haciendo cuanto podían desear los sitiadores. Ni sufrieron, en verdad, mayor mal de los romanos que el que se hicieron unos a otros, ni después de ellos padeció la ciudad desdicha más nueva; antes bien, sufrió algo más terrible antes de caer, y los que la tomaron llevaron a cabo algo mayor. Porque yo afirmo que a la ciudad la venció la sedición, y a la sedición la vencieron los romanos, que era mucho más recia que las murallas; y lo sombrío podría uno con razón atribuirlo a los suyos, y lo justo, a los romanos. Que piense cada cual como los hechos lo lleven.

Estando así las cosas dentro, Tito, con jinetes escogidos, recorría el exterior observando por dónde atacar las murallas. Perplejo por todas partes —pues por los barrancos no había acceso, y por el otro lado el primer muro parecía más recio que las máquinas—, resolvió atacar por el mausoleo de Yojanán el sumo sacerdote; pues allí el primer parapeto era más bajo y el segundo no empalmaba, por haber descuidado fortificar donde la ciudad nueva no estaba muy poblada, mientras que hasta el tercero había paso franco: por él pensaba tomar la ciudad alta y, a través de la Antonia, el Templo. En esto, mientras hacía su ronda, uno de sus amigos, llamado Nicanor, fue alcanzado por una flecha en el hombro izquierdo, al haberse acercado con Josefo e intentar tratar de paz con los del muro, pues no era desconocido. Al ver César, por este hecho, cuáles eran sus impulsos —que ni siquiera de los que se acercaban para su salvación se abstenían—, se aguzó para el asedio: a la vez mandó a las legiones arrasar los alrededores de la ciudad y ordenó que, acarreando la madera, levantaran terraplenes. Dividido el ejército en tres para las obras, apostó en medio de los terraplenes a los venablistas y arqueros, y delante de ellos los escorpiones, las catapultas y las máquinas lanzapiedras, para contener las salidas del enemigo contra las obras y estorbar a los que desde el muro intentaban impedirlas. Talados los árboles, los arrabales quedaron pronto pelados, y mientras se acarreaba la madera a los terraplenes y todo el ejército se afanaba en la obra, tampoco los judíos estaban quietos.

El pueblo, entre saqueos y matanzas, cobró entonces ánimo, pues suponían que respirarían al estar los facciosos ocupados con los enemigos de fuera, y que ellos mismos tomarían venganza de los culpables si los romanos prevalecían. Yojanán, aunque los suyos ardían por lanzarse contra los enemigos de fuera, se quedaba por temor a Shimón. Este, en cambio, no descansaba, pues estaba más cerca del asedio, y distribuía sobre el muro los ingenios arrojadizos que antes habían quitado a Cestio y los que tomaron al apoderarse de la guarnición de la Antonia. Pero a los más les era inútil la posesión por su impericia; unos pocos, adiestrados por los desertores, manejaban mal las máquinas, y con piedras y arcos herían desde el muro a los que alzaban los terraplenes, y saliendo en formación se trababan con ellos. A los que trabajaban los amparaba de los proyectiles un techo de zarzos tendido sobre las empalizadas, y a los que salían corriendo, los ingenios arrojadizos. Estaban maravillosamente equipadas todas las legiones, pero de modo señalado la décima, con escorpiones más potentes y lanzapiedras mayores, con los que abatían no solo las salidas, sino también a los que estaban sobre el muro. Las piedras arrojadas pesaban un talento y recorrían dos estadios y más; el golpe era irresistible no solo para los primeros que topaban con él, sino, muy adentro, también para los que venían detrás.

Al principio los judíos se guardaban de la piedra, pues era blanca, de modo que no solo la delataba su silbido, sino que también por su blancura se la veía venir. Así, unos vigías apostados en las torres avisaban por anticipado, cuando se disparaba el ingenio y la piedra salía, gritando en la lengua patria: «¡Viene el hijo!». Se apartaban aquellos contra quienes iba y se echaban a tierra de antemano, con lo que, poniéndose en guardia, la piedra pasaba sin causar daño. Idearon los romanos, en respuesta, ennegrecerla; y entonces, al no verse venir igual, acertaban de lleno y mataban a muchos de un solo tiro. Pero ni aun así, maltrechos, dejaban los judíos que los romanos levantaran los terraplenes con seguridad: valiéndose de toda astucia y audacia, de noche y de día lo estorbaban.

Concluidas las obras, los ingenieros midieron con plomo y cordel la distancia al muro, arrojándolos desde los terraplenes, pues no había otro modo, estando expuestos a los tiros desde arriba; y hallando que las helépolis podían alcanzarlo, las acercaron. Tito, apostando los ingenios arrojadizos más cerca, para que no apartaran los arietes del muro, ordenó golpear. Al retumbar de pronto por tres lados un estruendo tremendo en torno a la ciudad, se alzó un clamor de los de dentro y cayó el mismo espanto sobre los sediciosos. Viendo unos y otros común el peligro, decidieron hacer también común la defensa. Gritándose las facciones rivales que lo estaban haciendo todo en favor del enemigo, cuando lo que hacía falta —aunque Dios no les concediera una concordia duradera, al menos por el momento— era dejar de lado su mutua rivalidad y unirse contra los romanos, Shimón proclamó salvoconducto a los del Templo para pasar al muro, y Yojanán lo permitió, aunque desconfiado. Y ellos, echando en olvido el odio y sus propias querellas, se hicieron un solo cuerpo, y rodeando el muro lanzaban desde él fuego en abundancia contra las máquinas y, sin descanso, herían a los que empujaban las helépolis. Los más osados, saltando fuera en grupos, desgarraban los zarzos de las máquinas y, arrojándose sobre los que las manejaban, prevalecían poco por pericia y mucho por audacia.

El propio Tito acudía siempre a socorrer a los que apuraban, y apostando a cada lado de los ingenios la caballería y los arqueros, contenía a los que traían el fuego, rechazaba a los que disparaban desde las torres y mantenía activas las helépolis. Con todo, el muro no cedía a los golpes, salvo en cuanto el ariete de la decimoquinta legión conmovió el ángulo de una torre. El muro quedó intacto, pues no compartió de inmediato el peligro con la torre, que sobresalía mucho y no podía arrastrar con facilidad ninguna parte del recinto.

Cesando por un rato en sus salidas, y acechando a los romanos dispersos en las obras y por los campamentos —pues juzgaban que los judíos se habían retirado por fatiga y miedo—, salen todos de golpe junto a la torre Hípico por una puerta oculta, llevando fuego a las obras y decididos a avanzar contra los romanos hasta sus reductos. A su griterío, los que estaban cerca se reunieron al punto y los de lejos acudieron corriendo. La audacia de los judíos se adelantó al orden de los romanos, y poniendo en fuga a los primeros con que toparon, cargaron también sobre los que iban acudiendo. Se trabó una terrible batalla en torno a las máquinas, esforzándose unos por prenderles fuego y otros por impedirlo; el clamor de ambos bandos era confuso, y muchos de los que combatían en primera línea caían. Los judíos llevaban ventaja por su desesperación, y el fuego ya prendía en las obras, y todo habría corrido peligro de arder junto con los ingenios, de no haber resistido la mayoría de los soldados escogidos de Alejandría, portándose como hombres más allá de lo que de ellos se esperaba; pues aventajaron a los más renombrados en aquella batalla, hasta que César, tomando a los más aguerridos de la caballería, arremetió contra el enemigo. Él mismo mata a doce de los que peleaban en vanguardia, y, cediendo el resto de la multitud ante aquella desgracia, persiguiéndolos los empujó a todos hacia la ciudad y salvó las obras del fuego. Sucedió en esta batalla que fue apresado vivo un judío, a quien Tito mandó crucificar ante el muro, por si los demás, aterrados a la vista, se rendían. Tras la retirada, también Yojanán, el jefe de los idumeos, mientras hablaba delante del muro con cierto soldado conocido suyo, fue alcanzado en el pecho por la flecha de un árabe y murió al instante, dejando el mayor duelo a los idumeos y honda pena a los sediciosos, pues era hombre señalado por su brazo y por su inteligencia.

A la noche siguiente cayó también sobre los romanos un sobresalto inesperado. Pues habiendo mandado Tito construir tres torres de cincuenta codos, para, apostando una en cada terraplén, desalojar desde ellas a los del muro, sucedió que una se desplomó por sí sola en plena noche. Al alzarse un estruendo enorme, el pavor invadió al ejército, y creyendo que el enemigo los atacaba, todos corrieron a las armas. Hubo confusión y tumulto en las legiones, y como nadie sabía decir qué había ocurrido, largo rato anduvieron a la deriva, lamentándose; y sin que apareciera enemigo alguno, se aterraban unos a otros, y cada uno preguntaba a toda prisa la contraseña al que tenía al lado, como si los judíos hubieran irrumpido en los campamentos; parecían hombres cercados por un pánico, hasta que Tito, sabido lo ocurrido, mandó anunciarlo a todos, y a duras penas cesaron del desconcierto.

A los judíos, que en lo demás resistían con firmeza, las torres los maltrataban, pues desde ellas los batían con los ingenios más ligeros y con los venablistas, arqueros y lanzapiedras. Ni ellos alcanzaban a estos por la altura, ni había modo de tomar las torres, que ni se derribaban con facilidad por su peso ni podían incendiarse por el hierro con que estaban revestidas. Retirándose, pues, fuera del alcance de los tiros, ya no estorbaban los embates de los arietes, que, golpeando sin cesar, iban abriendo brecha poco a poco. Cediendo ya el muro a Nico —pues así, «el que todo lo vence», llamaron los propios judíos a la mayor helépolis de los romanos—, estaban ya de tiempo atrás rendidos por los combates y las guardias, pasando las noches lejos de la ciudad, y, por otra parte, por su indolencia y por deliberarlo todo mal, pareciéndoles superfluo aquel muro cuando quedaban tras él otros dos, se ablandaron y la mayoría se retiró. Y montando los romanos por donde Nico había roto, todos, abandonando las guardias, huyen al segundo muro. Los que habían cruzado, abriendo las puertas, dan entrada a todo el ejército. Y los romanos, dueños así del primer muro al decimoquinto día —era el siete del mes de Artemisio—, derriban gran parte de él y las zonas del norte de la ciudad, las que ya antes había arrasado Cestio.

Tito traslada su campamento hacia dentro, al llamado campamento de los Asirios, ocupando todo el espacio intermedio hasta el Cedrón, aunque manteniéndose del segundo muro tan lejos como fuera del alcance de los tiros. En seguida lanzó los ataques. Los judíos, repartidos, defendieron con firmeza el muro: los de Yojanán combatiendo desde la Antonia, desde el pórtico septentrional del Templo y ante los mausoleos del rey Alejandro, el suyo; y la tropa de Shimón, tomando a su cargo el sector junto al mausoleo de Yojanán el sumo sacerdote, se atrincheró hasta la puerta por donde el agua era conducida a la torre Hípico. Saltando muchas veces por las puertas, peleaban cuerpo a cuerpo, y rechazados hasta el muro, en los choques de mano en mano llevaban las de perder, por ser inexpertos en el arte de los romanos, pero se imponían en los combates de muralla. A unos los alentaba la pericia unida a la fuerza; a los judíos, la audacia alimentada por el miedo y su natural entereza en las desgracias. Se añadía, además, la esperanza de salvación, como también a los romanos la de vencer pronto. A ninguno de los dos alcanzaba el cansancio: ataques, combates de muralla y salidas por compañías se sucedían sin cesar durante todo el día, y no quedaba forma alguna de batalla por probar. La noche apenas daba reposo a quienes habían empezado al alba; era insomne para ambos y más penosa que el día: por temor unos de que el muro fuera tomado en cualquier momento, otros de que los judíos cayeran sobre los campamentos; y pasando ambos la noche sobre las armas, a las primeras luces estaban listos para el combate. Entre los judíos había porfía por quién, arrojándose primero al peligro, complacería a los jefes, y sobre todo era grande el respeto y el temor a Shimón, y de tal modo cada uno de sus súbditos se atenía a él, que estaban prontísimos incluso a quitarse la vida si él lo mandaba. A los romanos, en cambio, los movía a la valentía la costumbre de vencer y el no estar hechos a la derrota, la campaña continua, los ejercicios perpetuos y la grandeza del imperio, y, por encima de todo, Tito, presente siempre a todos y en todas partes. Pues aflojar estando presente y combatiendo a su lado el César parecía cosa terrible, y para quien peleaba bien allí estaba, como testigo, el mismo que había de honrarlo; y era ya ganancia el ser reconocido por César como valiente. Por eso muchos se mostraron, por su ardor, mejores que sus propias fuerzas.

En aquellos días, cuando los judíos se habían formado ante la muralla en apretada y firme columna, y ambas legiones aún se arrojaban dardos desde lejos, cierto Longino, uno de los jinetes, saltó fuera de la línea romana y se lanzó en medio de la falange de los judíos; y, dispersándose estos ante la embestida, mató a dos de los más valientes: a uno lo hirió de frente cuando le salía al paso; al otro, arrancando la lanza del primero, lo atravesó por el costado mientras se volvía en fuga; y de en medio de los enemigos corrió, sin una herida, hacia los suyos. Él quedó, pues, señalado por su valor, y muchos se hicieron émulos de su hombría.

Los judíos, despreocupados de padecer, solo miraban a causar daño, y la muerte les parecía levísima si sobrevenía junto con matar a alguno de los enemigos. Tito, en cambio, cuidaba de la seguridad de sus soldados no menos que de vencer, y, llamando locura al ímpetu irreflexivo —y valor únicamente al que va acompañado de previsión y de que quien obra nada padezca—, mandó que se mostraran valientes allí donde no hubiera peligro para ellos.

Él mismo acerca al torreón central de la muralla norte la helépolis —la torre de asalto—, donde cierto judío, un embaucador de nombre Cástor, estaba emboscado con otros diez semejantes, pues los demás habían huido a causa de los arqueros. Estos, por un tiempo, permanecían agazapados y quietos tras los parapetos; pero, al ceder la torre, se incorporaron, y Cástor, tendiendo las manos como si suplicara, llamaba al César y, lamentándose con la voz, le rogaba que se apiadase de ellos.

Tito, creyéndolo por candidez y esperando que ya los judíos se arrepentían, detiene la embestida del ariete e impide que los arqueros disparen a los suplicantes, y ordenó a Cástor que dijese lo que quería. Y como aquel dijera que deseaba bajar bajo garantía, Tito respondió que se alegraba de su buen juicio, y que se alegraría si ya todos pensaban así, y que estaba dispuesto a dar fe a la ciudad. De los diez, cinco fingían con él la súplica; los demás gritaban que jamás serían esclavos de los romanos, pudiendo morir libres.

Y prolongándose largo tiempo la disputa, se dilataba el asalto, y Cástor, enviando recado a Shimón, le decía que a placer deliberaba sobre los asuntos urgentes, dando a entender que se burlaba, y no por poco tiempo, del mando romano. Y mientras enviaba estos mensajes, era visible que llamaba también a los reacios a aceptar la garantía. Pero ellos, como indignados, desnudaron las espadas por encima de los parapetos y, golpeándose las propias corazas, cayeron como si estuvieran degollados.

Un estupor sobrecogió a Tito y a los que lo rodeaban ante el arrojo de aquellos hombres, y, no pudiendo desde abajo ver con exactitud lo sucedido, admiraban su audacia y compadecían su desdicha. En esto, alguien hiere a Cástor de un flechazo junto a la nariz, y él, arrancando al punto el dardo, se lo mostraba a Tito y se quejaba de sufrir cosas injustas. Y el César, indignado contra el que había disparado, envió a Josefo, que estaba a su lado, a dar a Cástor la diestra. Pero este dijo que ni él mismo iría —pues nada sano tramaban los que hacían la petición— y contuvo a los amigos que se habían lanzado a ir. Mas cierto Eneas, uno de los desertores, dijo que él mismo iría.

Y como Cástor llamara para que alguien recibiese también la plata que llevaba consigo, Eneas, con más presteza, corrió hacia él abriendo de par en par el pliegue del manto. Pero Cástor, alzando una piedra, se la arroja, y falló a este, que se guardó, mas hirió a otro soldado que se acercaba. El César, comprendiendo el engaño, reconoció que la compasión en la guerra es dañosa —pues lo más despiadado cae menos en las trampas del astuto— y, por ira ante la burla, hacía más poderosas las embestidas de la helépolis. Y como la torre cediera, los de Cástor le prenden fuego y, saltando a través de la llama a la cripta que había debajo, dieron de nuevo a los romanos impresión de valentía, como si se hubiesen arrojado ellos mismos al fuego.

Toma el César la muralla ese día, el quinto después del primero, y, huyendo de ella los judíos, pasa dentro con mil hoplitas y sus hombres escogidos, por donde, en la ciudad nueva, había mercados de lana, herrerías y un mercado de ropa, y las callejuelas descendían oblicuas hacia la muralla. Si entonces, o hubiera derribado enseguida mayor parte del muro, o, habiendo entrado, hubiera saqueado según ley de guerra lo conquistado, ninguna desgracia, creo, se habría mezclado a su victoria. Pero, esperando avergonzar a los judíos cuando podía dañarlos con no quererlo, no ensanchó la entrada para una retirada fácil; pues no suponía que fueran a maquinar contra él aquellos a quienes creía beneficiar.

Así, una vez dentro, ni permitió matar a ninguno de los que se apresaban ni incendiar las casas, sino que a los sediciosos, si querían combatir sin daño del pueblo, les ofrecía salida franca, y al pueblo prometía dar sus bienes; pues tenía por lo más importante salvar la ciudad para sí, y el Templo para la ciudad. El pueblo estaba dispuesto a lo que él proponía, y lo estaba desde tiempo atrás; mas a los combatientes la clemencia les parecía debilidad, y suponían que Tito ofrecía esto por incapacidad de tomar el resto de la ciudad.

Amenazando de muerte a los ciudadanos si alguno de ellos mencionaba la rendición, y degollando a los que susurraban la paz, atacan también a los romanos que habían entrado: unos saliéndoles al paso por las callejuelas, otros desde las casas, otros lanzándose fuera de la muralla por las puertas de arriba. Ante ellos, turbados los guardias de la muralla, saltaban de las torres y se retiraban a los campamentos. Había un clamor: de los de dentro, cercados por todas partes por los enemigos, y de los de fuera, temerosos por los que quedaban atrás. Y los judíos, aumentando sin cesar en número y llevando gran ventaja por su conocimiento de las callejuelas, herían a muchos y, cayendo sobre ellos, los empujaban afuera.

Ellos aguantaban en su mayor parte por necesidad, pues no era posible escapar en masa por la estrechez de la brecha, y se cree que habrían sido despedazados todos los que habían entrado si Tito no hubiera acudido en su ayuda. Pues, apostando a los arqueros en los extremos de las callejuelas y situándose él mismo en el punto de mayor gentío, contenía a los enemigos con los proyectiles, y con él Domicio Sabino, hombre valeroso que también en esta batalla se mostró tal. Permaneció el César tirando sin cesar e impidiendo a los judíos pasar, hasta que se retiraron todos los soldados.

Los romanos, tras haberse así apoderado de la segunda muralla, fueron expulsados, y los ánimos de los combatientes por toda la ciudad se exaltaron, y andaban engreídos por el éxito, creyendo que ni los romanos se atreverían ya a entrar en la ciudad, ni ellos, si entraban, serían vencidos. Pues Dios les oscurecía el entendimiento a causa de sus iniquidades, y no veían ni cuánto mayor era la fuerza romana que quedaba respecto de la expulsada, ni el hambre que se les venía deslizando encima; pues aún les cabía comer de las desgracias públicas y beber la sangre de la ciudad, pero la penuria oprimía desde tiempo atrás a los buenos, y por la escasez de lo necesario muchos se consumían.

La destrucción del pueblo la tenían los sediciosos por un alivio para sí mismos; pues juzgaban que solo debían salvarse quienes no buscaban la paz y habían elegido vivir contra los romanos, y, al contrario, se gozaban de que la muchedumbre opuesta se consumiese como si fuera enemiga bárbara. Tales eran para con los de dentro. A los romanos, en cambio, que de nuevo intentaban la entrada, los rechazaban, atrincherándose y rehaciendo con sus cuerpos lo que había sido derribado; durante tres días resistieron defendiéndose con firmeza, mas al cuarto no soportaron a Tito, que atacaba con brío, sino que, forzados, huyen adonde también antes. Él, apoderándose de nuevo de la muralla, derribó enseguida toda la parte septentrional y, apostando guarniciones en las torres de la parte meridional, pensó atacar la tercera.

Decidido a suspender por poco el asedio y dar a los sediciosos un plazo de deliberación —por si cedían algo ante la demolición de la segunda muralla, o por temor al hambre, pues no por mucho tiempo les bastaría el pillaje—, empleó la tregua para lo conveniente. Pues, llegado el plazo fijado en que debía repartir la paga a los soldados, mandó a los jefes que, a la vista de los enemigos, formaran la tropa y contaran a cada uno su dinero. Y ellos, según la costumbre, descubriendo las armas, que hasta entonces guardaban cubiertas en fundas, avanzaron revestidos de sus corazas, y los jinetes conduciendo sus caballos engalanados.

En gran extensión, el terreno ante la ciudad relumbraba de plata y de oro, y de aquel espectáculo nada hubo más grato para los suyos ni más temible para los enemigos. Pues se llenaron de espectadores toda la antigua muralla y el lado norte del Templo, y podían verse las casas repletas de gente que se asomaba, y nada de la ciudad que no quedara cubierto por la multitud se dejaba ver. Un pasmo terrible cayó aun sobre los más audaces, al ver toda la fuerza reunida en un mismo punto, la belleza de las armas y el buen orden de los hombres; y me parece que los sediciosos habrían cambiado ante aquella vista, si no hubieran desesperado del perdón de los romanos por el exceso de males que habían hecho al pueblo. Y como les aguardaba la muerte con castigo si desistían, tenían por muy preferible la muerte en la guerra. Y el destino prevalecía: que los inocentes perecieran con los culpables, y la ciudad con la sedición.

Durante cuatro días, pues, los romanos, legión por legión, siguieron recibiendo la paga; pero al quinto, como nada pacífico llegaba de parte de los judíos, Tito, dividiendo en dos las legiones, comenzó los terraplenes junto a la Antonia y junto al monumento de Yojanán, pensando tomar por aquí la ciudad alta, y el Templo por la Antonia; pues, de no ser tomada esta, tampoco era sin peligro retener la ciudad. En cada uno de los dos lugares se levantaban dos terraplenes, uno por cada legión. Y a los que trabajaban junto al monumento los estorbaban, saliendo a la carga, los idumeos y la tropa armada de Shimón; y a los que estaban ante la Antonia, los de Yojanán y la muchedumbre de los zelotes. Llevaban ventaja no solo peleando cuerpo a cuerpo desde lugares más altos, sino que ya habían aprendido a manejar las máquinas, pues el trato diario alimentó poco a poco su pericia. Tenían trescientas catapultas de dardos y cuarenta lanzapiedras, con las cuales hacían penosos a los romanos los terraplenes.

Tito, sabiendo que a él le importaba tanto salvar la ciudad como su destrucción, a la vez apretaba el asedio y no descuidaba exhortar a los judíos al arrepentimiento; y mezclaba a los trabajos el consejo, y, sabiendo muchas veces que la palabra es más eficaz que las armas, él mismo los exhortaba a salvarse entregando la ciudad ya prácticamente tomada, y hacía bajar a Josefo para que hablara en la lengua patria, pensando que quizá cederían ante un compatriota.

Este, recorriendo la muralla e intentando estar fuera del alcance de los dardos pero al alcance del oído, mucho les rogaba que se compadecieran de sí mismos y del pueblo, que se compadecieran de la patria y del Templo, y que no se mostraran ante ello más insensibles que los extranjeros. Pues los romanos, que no tenían parte en ellas, respetaban las cosas santas de sus enemigos y hasta ahora contenían las manos, mientras que los criados entre ellas, aun si se salvaran, serían los únicos que se habían lanzado a su destrucción. Que veían caídas sus murallas más fuertes, y que la que restaba era más débil que las ya tomadas; y que conocían la fuerza irresistible de los romanos, y no les era inexperto el servirles. Pues, aun si es hermoso combatir por la libertad, había que haberlo hecho al principio; pero, una vez caídos bajo el yugo y habiendo cedido por largos tiempos, sacudirlo después es propio de quienes mueren de mala muerte, no de amantes de la libertad.

Que era deshonroso, en efecto, someterse a señores más viles, pero no a aquellos bajo cuya mano está todo. Pues ¿qué había escapado a los romanos, salvo, tal vez, algo inútil por el calor o el frío? Que la fortuna había pasado a ellos desde todas partes, y que Dios, haciendo girar el imperio de nación en nación, estaba ahora sobre Italia. Que se había fijado una ley, poderosísima tanto entre las fieras como entre los hombres: ceder ante los más fuertes, y que el dominio es de aquellos en cuyas manos está el vigor de las armas. Por eso también sus antepasados —superiores en almas, en cuerpos y aun en los demás recursos— cedieron a los romanos, lo que no habrían soportado de no haber sabido que Dios estaba con estos.

¿Y en qué confiaban ellos para resistir, tomada ya la ciudad en su mayor parte, y estando los de dentro, aunque las murallas se mantuvieran, en peor situación que la de una toma? Pues no se les ocultaba a los romanos el hambre en la ciudad, por la cual ahora perecería el pueblo, y dentro de no mucho también los combatientes. Pues, aun si los romanos cesaran del asedio y no cayeran sobre la ciudad con las espadas, tenían de todos modos, sentada dentro junto a ellos, la guerra invencible, que a cada hora se cebaba, a no ser que pudieran también alzar las armas contra el hambre y combatir —los únicos— y vencer los padecimientos.

Añadía que era hermoso mudar de parecer antes de la desgracia irremediable e inclinarse hacia la salvación mientras era posible; pues ni siquiera les guardarían rencor los romanos por lo sucedido, con tal de que no se obstinaran hasta el fin, porque por naturaleza eran benignos en la victoria y antepondrían la conveniencia a la ira. Y esto era no tener la ciudad vacía de hombres ni el país desierto. Por eso también ahora quería el César darles la diestra; pues a nadie salvaría si tomaba la ciudad por la fuerza, sobre todo no habiéndole obedecido ni en las extremas desgracias, cuando los llamaba. Que la tercera muralla sería tomada pronto, prueba de ello eran las ya tomadas; y, aunque el baluarte fuera inexpugnable, el hambre combatiría por los romanos contra ellos.

Mientras Josefo daba estos consejos, muchos se burlaban desde la muralla, muchos lo injuriaban y algunos le arrojaban dardos. Y él, como no los persuadía con exhortaciones abiertas, pasó a las historias de su propia estirpe.

«¡Ah, cobardes —gritaba—, olvidadizos de vuestros propios aliados! ¿Con las armas y con las manos guerreáis contra los romanos? Pues ¿a qué otro enemigo vencimos jamás de ese modo? ¿Cuándo Dios, que nos creó, no fue vengador de los judíos cuando se los agraviaba? ¿No os volveréis a mirar desde dónde partís para combatir, y a qué aliado tan grande habéis mancillado? ¿No recordaréis las obras divinas de vuestros padres, y cuán grandes guerras derribó por nosotros, en tiempos antiguos, este lugar sagrado? Yo tiemblo al referir las obras de Dios a oídos indignos; pero oíd, no obstante, para que sepáis que no solo hacéis la guerra a los romanos, sino también a Dios.

«El rey de los egipcios de entonces, Necao —el mismo que se llamaba también Paró—, bajó con una hueste innumerable y arrebató a la reina Sará, la madre de nuestra estirpe. ¿Qué hizo entonces Avraham, su marido y antepasado nuestro? ¿Acaso rechazó al ultrajador con las armas, teniendo trescientos dieciocho capitanes y bajo cada uno de ellos una fuerza incontable? ¿O los tuvo por un desierto sin la presencia de Dios y, alzando puras las manos hacia el lugar que vosotros ahora habéis mancillado, alistó para sí a aquel invencible auxiliador? ¿No fue devuelta la reina, intacta, a su marido tras una sola tarde, mientras el egipcio, adorando el lugar que vosotros habéis ensangrentado con matanza fratricida y temblando por las visiones de la noche, huía y regalaba con plata y oro a los hebreos amados de Dios?

«¿Diré la emigración de nuestros padres a Mitsraim? ¿No fue que, tiranizados y sometidos a reyes extranjeros durante cuatrocientos años, pudiendo defenderse con las armas y con las manos, se entregaron a sí mismos a Dios? ¿Quién no conoce a Mitsraim colmada de toda alimaña y arruinada por toda enfermedad, la tierra estéril, el Nilo que faltaba, las diez plagas sucesivas, y a nuestros padres, por causa de ellas, enviados con escolta, sin sangre y sin peligro, a quienes Dios conducía como servidores de su santuario?

«Y el arca sagrada, arrebatada por los filisteos, ¿no gimió por ella Filistea y Dagón, su ídolo, y no gimió todo el pueblo de los que la habían robado, los cuales, pudriéndoseles las partes ocultas del cuerpo y arrojando por ellas las entrañas junto con los alimentos, la devolvieron con las mismas manos que la habían saqueado, aplacando lo sagrado con el son de címbalos y de tambores y con toda clase de ofrendas propiciatorias? Dios era quien capitaneaba esto para nuestros padres, porque, dejando a un lado las manos y las armas, le confiaron a él el juzgar la contienda.

«El rey de los asirios, Senaquerib, cuando, arrastrando tras de sí toda Asia, acampó en torno a esta ciudad, ¿acaso cayó por manos humanas? ¿No estaban las manos, en reposo de las armas, entregadas a la oración, mientras un ángel de Dios en una sola noche aniquilaba aquel ejército sin número? Y al levantarse al día siguiente, el asirio halló ciento ochenta y cinco mil cadáveres, y con los que quedaban huyó de los hebreos, que estaban desarmados y no lo perseguían.

«Conocéis también la esclavitud en Bavel, donde el pueblo, desterrado durante setenta años, no se irguió hacia la libertad antes de que Ciro concediera esto a Dios: fueron enviados de vuelta por él y de nuevo sirvieron como ministros de su aliado. Y, para decirlo en suma, no hay nada que nuestros padres lograran por las armas, ni que perdieran sin ellas cuando lo confiaron a Dios; pues, permaneciendo en su sitio, vencían según le parecía al Juez, mas combatiendo tropezaron siempre.

«Así, cuando el rey de los babilonios sitiaba esta ciudad, Tsidkiyahu, nuestro rey, al entrar en batalla contra las profecías de Yirmiyahu, fue él mismo capturado y vio la ciudad, con el Templo, arrasada; y eso que aquel rey era mucho más comedido que vuestros jefes, y el pueblo bajo él, más que vosotros. Pues, aunque Yirmiyahu clamaba que eran aborrecidos de Dios por sus faltas contra él, y que serían tomados si no entregaban la ciudad, ni el rey ni el pueblo lo mataron. Pero vosotros —por callar lo de dentro, pues no podría yo expresar dignamente vuestras iniquidades— a mí, que os exhorto a la salvación, me injuriáis y me apedreáis, irritados por el recuerdo de vuestros pecados y sin soportar siquiera las palabras de aquello que a diario hacéis.

«Y así, cuando Antíoco, el llamado Epífanes, acampaba junto a la ciudad tras haber ultrajado gravemente a la Divinidad, los antepasados salieron con las armas: ellos mismos fueron degollados en la batalla, la ciudad fue saqueada por el enemigo y el santuario quedó desolado tres años y seis meses. ¿Y qué falta decir lo demás?

«Pero ¿quién alistó a los romanos contra la nación? ¿No fue la impiedad de los naturales? ¿Y de dónde comenzó nuestra esclavitud? ¿Acaso no de la sedición de nuestros antepasados, cuando la locura de Aristóbulo y de Hircano y su mutua discordia trajeron a Pompeyo contra la ciudad, y Dios sometió a quienes no eran dignos de libertad a los romanos? Sitiados apenas tres meses, se entregaron, y eso sin haber pecado contra las cosas santas y las leyes tanto como vosotros, y usando pretextos mucho mayores para la guerra.

«¿Y no sabemos el fin de Antígono, el hijo de Aristóbulo, bajo cuyo reinado Dios de nuevo llevó al cautiverio al pueblo que faltaba, y Herodes, el hijo de Antípatro, trajo a Sosio, y Sosio, un ejército de romanos, y, cercados durante seis meses, fueron sitiados hasta que, pagando el castigo de sus pecados, fueron tomados y la ciudad fue saqueada por el enemigo? Así, jamás le fueron dadas las armas a la nación, sino que al hacer la guerra le está del todo aparejado también el ser tomada.

«Pues es preciso, creo, que quienes habitan un lugar sagrado lo confíen todo al juicio de Dios y desprecien entonces la mano humana, cuando hayan persuadido al Juez de lo alto. Mas ¿qué de lo bendecido por el Legislador habéis cumplido vosotros? ¿Qué de lo por él maldecido habéis omitido? ¿Cuánto más impíos sois que los que fueron tomados más pronto? ¿No habéis deshonrado los pecados ocultos —hablo de hurtos, de emboscadas, de adulterios—, y rivalizáis en rapiñas y muertes, y abrís caminos nuevos de maldad? El Templo se ha vuelto receptáculo de todo, y por manos fratricidas ha sido mancillado el recinto divino, al que hasta los romanos veneraban de lejos, relajando muchas de sus propias costumbres en favor de vuestra ley.

«¿Y después de esto esperáis al aliado a quien habéis ofendido? Muy justos suplicantes sois, en verdad, y con manos limpias invocáis a vuestro auxiliador. ¿Con manos tales suplicó nuestro rey contra el asirio, cuando Dios tendió por tierra aquel gran ejército en una sola noche? ¿Y hacen los romanos cosas semejantes a las del asirio, para que esperéis un castigo semejante contra ellos? ¿No fue aquel quien, recibiendo dinero de nuestro rey a condición de no saquear la ciudad, bajó, contra sus juramentos, a incendiar el Templo, mientras los romanos solo piden el tributo acostumbrado que nuestros padres pagaron a los padres de ellos? Y obtenido este, ni saquean la ciudad ni tocan las cosas santas, sino que os conceden lo demás —descendencia libre y el disfrute de vuestras posesiones— y os conservan las leyes sagradas.

«Locura es esperar que Dios sea con los justos tal como se mostró contra los injustos. Sabe también vengar al instante cuando es menester: a los asirios que habían acampado la primera noche, los quebrantó. De modo que, si hubiera juzgado a nuestra generación digna de libertad, o a los romanos dignos de castigo, al punto habría caído sobre ellos como sobre los asirios: cuando Pompeyo tocó a la nación, cuando después de él subió Sosio, cuando Vespasiano asolaba Galilea y, por último, ahora, cuando Tito se acercó a la ciudad.

«Y sin embargo, Magno y Sosio, además de no sufrir daño alguno, tomaron la ciudad por la fuerza, y Vespasiano hasta su reinado comenzó a partir de la guerra contra nosotros. Pues para Tito manan más caudalosas las fuentes que antes se os habían secado a vosotros: antes de su llegada, sabéis que Shiloaj se agotaba, y todas las que hay delante de la ciudad, de suerte que el agua se compraba por ánforas; y ahora corren tan abundantes para vuestros enemigos, que bastan no solo para ellos y sus bestias, sino aun para los huertos.

«Este prodigio ya se experimentó antes, ocurrido en la toma de la ciudad, cuando marchó contra ella el babilonio ya mencionado, que, habiéndola tomado, la incendió con el Templo, aunque los de entonces, creo, no habían cometido impiedad tan grande como vosotros. De modo que yo pienso que lo divino ha huido de los lugares santos y se halla del lado de aquellos contra quienes ahora combatís.

«Un hombre bueno huirá de una casa disoluta y aborrecerá a los que en ella moran; ¿y vosotros aún creéis que Dios permanece entre los males domésticos, él que todo lo oculto vigila y oye lo que se calla? Pero ¿qué se calla entre vosotros, o qué se esconde? ¿Qué no se ha hecho manifiesto incluso a los enemigos? Pues desfiláis quebrantando la ley y a diario porfiáis por quién resulta peor, haciendo alarde de la injusticia como si fuera virtud. Y, con todo, aún queda un camino de salvación, si queréis, y la Divinidad es fácil de reconciliar con quienes confiesan y se arrepienten.

«¡Oh, hombres de hierro, arrojad las armaduras, tened ya vergüenza de la patria que se derrumba, volveos y contemplad la hermosura de aquello que traicionáis! ¡Qué ciudad, qué Templo, cuántos dones de tantas naciones! ¿Contra esto guía alguien una llama? ¿Esto quiere alguien que ya no exista? ¿Y qué hay más digno de ser salvado que esto, oh vosotros, inflexibles y más insensibles que las piedras?

«Y si no veis esto con ojos verdaderos, tened al menos piedad de vuestras propias descendencias, y pónganse ante los ojos de cada uno los hijos, la mujer y los padres, a quienes dentro de poco consumirá o el hambre o la guerra. Sé que corren peligro conmigo mi madre, mi mujer, un linaje no oscuro y una casa antaño ilustre, y quizá penséis que por esto os aconsejo. ¡Matadlos!, tomad como paga de vuestra propia salvación mi sangre; también yo estoy dispuesto a morir, si después de mí vais a entrar en razón.»

Mientras Josefo clamaba entre lágrimas tales cosas, los sediciosos ni cedieron ni juzgaron segura la mudanza; pero el pueblo se movió hacia la deserción. Y unos, vendiendo sus bienes por muy poco, otros los más costosos de sus objetos preciosos —las piezas de oro, para no ser descubiertos por los bandidos, se las tragaban—, luego, escapándose hacia los romanos, cuando las expulsaban tenían con qué proveerse de lo que necesitaban. Pues Tito dejaba ir a los más al campo, adonde cada uno quería, y esto mismo animaba más a la deserción, ya que se librarían de los males de dentro y no servirían a los romanos.

Pero los de Yojanán y Shimón vigilaban las salidas de estos más que las entradas de los romanos, y a cualquiera que diera tan solo una sombra de sospecha, al punto lo degollaban. Para los pudientes, incluso quedarse equivalía a la perdición, pues, con el pretexto de la deserción, se mataba a alguno por su hacienda. Con el hambre crecía a la par la insania de los sediciosos, y a diario se atizaban ambos males. Pues grano no había a la vista en ninguna parte; irrumpían y registraban las casas, y luego, si lo hallaban, maltrataban a los dueños por haberlo negado; si no lo hallaban, los torturaban por haberlo escondido con más cuidado. Prueba de si tenían o no la tenían los cuerpos de aquellos desdichados: los que aún se mantenían enteros parecían disponer de alimento, mientras que a los que ya se consumían se los dejaba pasar, y parecía absurdo matar a quienes iban a morir enseguida de indigencia.

Muchos, a escondidas, trocaron sus posesiones por una medida de trigo, si acaso eran más ricos, y los más pobres por una de cebada; luego, encerrándose en lo más recóndito de las casas, unos, por extrema necesidad, comían el grano sin trabajar, y otros lo cocían según aconsejaban la necesidad y el miedo. Y en ninguna parte se ponía mesa, sino que, retirando del fuego los alimentos aún crudos, los devoraban con ansia.

Lamentable era el alimento y digno de lágrimas el espectáculo: los más fuertes se llevaban la mejor parte y los débiles gemían. A todos los padecimientos sobrepuja el hambre, y nada destruye tanto como el pudor; pues lo que en otro caso sería digno de respeto, en este se desprecia. Así, esposas a maridos, y niños a padres, y —lo más lastimoso— madres a criaturas de pecho les arrebataban el alimento de la propia boca, y, mientras sus seres más queridos se marchitaban en sus manos, no había reparo en quitarles las gotas de la vida.

Mas, aun comiendo de tal modo, no pasaban inadvertidos: por todas partes se presentaban los sediciosos también a las rapiñas de estos. Pues, cuando divisaban una casa cerrada, era señal de que los de dentro tomaban alimento; y al punto, forzando las puertas, irrumpían, y por poco no arrancaban de las mismas gargantas los bocados que hacían subir. Eran golpeados los ancianos que se aferraban a la comida, y arrastradas por los cabellos las mujeres que ocultaban lo que tenían en las manos. No había compasión de las canas ni de las criaturas, sino que, alzando a los niños colgados de los mendrugos, los sacudían contra el suelo. Y con los que se habían adelantado a su irrupción y habían tragado de antemano lo que iba a ser saqueado, eran más crueles, como si hubieran sido agraviados.

Discurrían terribles caminos de tormentos para la búsqueda del alimento: taponaban con arvejas a los desdichados los conductos de las partes pudendas, y les atravesaban las sentaderas con varas afiladas; y cosas espantosas aun de oír padecía alguno por la confesión de un solo pan, y para que denunciara un puñado escondido de harina de cebada. Y los torturadores no tenían hambre —pues menos cruel habría sido lo hecho por necesidad—, sino que ejercitaban su insania y se preparaban de antemano provisiones para los días siguientes. Y a los que de noche se deslizaban hacia los puestos de guardia de los romanos para recoger verduras silvestres y hierba, saliéndoles al encuentro cuando ya creían haber escapado de los enemigos, les arrebataban lo que traían; y muchas veces, aunque suplicaban e invocaban el temible nombre de Dios para que les cedieran alguna parte de lo que con peligro habían traído, no les cedían nada en absoluto; y era de agradecer no perecer, además, por lo saqueado.

Los más humildes, pues, tales cosas padecían a manos de los lanceros; mas los de dignidad y riqueza eran llevados ante los tiranos. De estos, unos eran destruidos bajo la falsa acusación de conjuras, otros como si entregaran la ciudad a los romanos, y lo más socorrido era un delator supuesto que afirmaba que habían resuelto desertar. Al despojado por Shimón lo enviaban a Yojanán, y al saqueado por Yojanán lo recibía Shimón; se brindaban uno a otro con la sangre de los ciudadanos y se repartían los cadáveres de aquellos desdichados. En el afán de dominio había entre ambos discordia, pero en las impiedades, concordia; pues el que no daba al otro parte de los males ajenos parecía singularmente perverso, y el que no recibía parte se dolía de verse privado de la crueldad como de algún bien.

Recorrer una por una sus iniquidades es imposible; mas, para decirlo en suma, ni otra ciudad ha padecido cosas tales, ni ha habido desde el principio de los siglos generación más fecunda en maldad, los cuales, al fin, hasta despreciaban la estirpe de los hebreos, para parecer menos impíos ante los extraños, y confesaron ser lo que eran: esclavos, gentuza mezclada y bastardos desechos de la nación. Ellos mismos trastornaron la ciudad y forzaron a los romanos, contra su voluntad, a inscribirse en un lúgubre triunfo, y por poco no arrastraron sobre el Templo el fuego que se demoraba. En efecto, viéndolo arder desde la ciudad alta, ni se dolieron ni lloraron; antes bien, estos sentimientos se hallaron entre los romanos. Y de esto hablaremos más adelante, en su lugar, con la demostración de los hechos.

Para Tito los terraplenes progresaban, aunque los soldados eran muy dañados desde la muralla; y él mismo, enviando una parte de la caballería, ordenó que tendieran emboscadas a los que salían por los barrancos en busca de alimento. Había algunos también de los combatientes que ya no se bastaban con el pillaje, y en su mayor parte pobres del pueblo, a quienes el temor por los suyos apartaba de desertar; pues ni esperaban pasar inadvertidos a los sediciosos huyendo con mujeres e hijos, ni soportaban dejar a los bandidos a estos, que serían degollados en lugar de ellos; mas el hambre los hacía audaces para las salidas, y les quedaba ser apresados mientras pasaban inadvertidos a los enemigos. Y, tomados por necesidad, se defendían, y tras el combate suplicar parecía ya fuera de tiempo. Azotados, pues, y torturados antes de la muerte con todo suplicio, eran crucificados frente a la muralla.

A Tito el padecimiento le parecía lastimoso, pues eran apresados quinientos cada día, y a veces aun más; pero ni era seguro soltar a los tomados por la fuerza, y guardar a tantos veía que sería poner una guardia sobre los guardianes; con todo, en su mayor parte no lo impedía, quizá esperando que cederían ante la vista, por haber de padecer lo mismo si no se entregaban. Los soldados clavaban a los apresados, por ira y por odio, a uno en una postura, a otro en otra, para escarnio; y por la muchedumbre faltaba sitio para las cruces, y cruces para los cuerpos.

Los sediciosos, en cambio, tan lejos estuvieron de mudarse ante el padecimiento, que al contrario ellos mismos urdieron un ardid contra el resto de la muchedumbre. Pues, arrastrando a la muralla a los parientes de los desertores y a aquellos ciudadanos que se inclinaban a darse por fe, les mostraban lo que padecen los que se acogen a los romanos, y llamaban a los apresados suplicantes, no cautivos. Esto retuvo a muchos de los que estaban dispuestos a desertar, hasta que se supo la verdad; y hay quienes incluso al punto huyeron, como hacia un castigo seguro, teniendo la muerte a manos de los enemigos por un descanso en comparación con el hambre.

Tito, habiendo mandado cortar las manos a muchos de los apresados —para que no parecieran desertores y se les creyera a causa de la desgracia—, los envió a Shimón y a Yojanán, exhortándolos a que ya, por fin, desistieran y no lo forzaran a la destrucción de la ciudad, sino que ganaran, con un arrepentimiento a última hora, sus propias vidas, tan gran patria y un Templo que con ningún otro comparten. Y, recorriendo los terraplenes, apremiaba a los trabajadores, como quien no tardaría en seguir sus palabras con las obras.

A esto injuriaban desde la muralla al César mismo y a su padre, y gritaban que despreciaban la muerte —pues cada uno la había escogido noblemente antes que la esclavitud—, y que harían a los romanos cuantos males pudieran mientras alentaran, y que no les importaba una patria que, según él mismo decía, había de perecer, y que, destruido el Templo, mejor templo para Dios que este era el universo. Que, sin embargo, también este sería salvado por Aquel que en él habita, a quien teniendo por aliado se burlarían de toda amenaza que se quedara corta de obras; pues el desenlace era de Dios. Tales cosas gritaban, mezclándolas con injurias.

En esto llegaba también Antíoco Epífanes, con muchos otros hoplitas y en torno a sí una tropa llamada «de los macedonios», todos de una misma edad, altos, poco más que muchachos, armados y adiestrados al modo macedonio, de donde tomaban también el apelativo, aunque los más quedaban por debajo de aquella raza.

Pues resultó que el rey de Comagene fue el más afortunado de cuantos reyes había bajo Roma, antes de probar el cambio de fortuna; pero también él demostró, ya en la vejez, que a nadie debe llamarse dichoso antes de su muerte. Su hijo, en cambio, entonces en la plenitud de sus fuerzas y allí presente, decía extrañarse de por qué los romanos vacilaban en acercarse a la muralla. Era él mismo un guerrero, temerario por naturaleza y de tal vigor que rara vez erraba en sus audacias. Tito, sonriendo, respondió que el esfuerzo era de todos; y Antíoco, tal como estaba, se lanzó con sus macedonios contra la muralla.

Él, por su fuerza y su experiencia, se protegía de los proyectiles de los judíos mientras disparaba contra ellos; pero sus muchachos fueron destrozados casi todos, salvo unos pocos, pues por pundonor ante lo prometido porfiaban en el combate. Y al fin se retiraron muchos heridos, comprendiendo que aun a los verdaderos macedonios, si querían vencer, les hacía falta la fortuna de Alejandro.

Los romanos, que habían comenzado el día doce del mes de Artemisio, apenas terminaron los terraplenes el veintinueve, tras diecisiete días de trabajo sin descanso. Se levantaron cuatro grandes terraplenes: uno de ellos, frente a la Antonia, lo alzó la quinta legión hacia el centro de la alberca llamada Estrutio; el otro lo levantó la duodécima, a unos veinte codos de distancia. La décima legión, muy alejada de estas por el lado norte, trabajaba junto a la alberca llamada Amígdalon; y la decimoquinta, a unos treinta codos de ella, junto al mausoleo del sumo sacerdote.

Cuando ya los acercaban, Yojanán, por dentro, había cavado una galería subterránea bajo la que llevaba a la Antonia, hasta debajo de los terraplenes, y, apuntalando el túnel con maderos, dejó las obras en vilo; luego metió allí materia untada de pez y betún y le prendió fuego. Consumidos los maderos, la galería cedió de golpe y, con estrépito enorme, los terraplenes se desplomaron dentro de ella. Al principio, con el polvo, se alzó un humo denso, pues el derrumbe sofocaba el fuego; pero al ir consumiéndose la masa que lo oprimía, pronto brotó una llama a la vista de todos.

Los romanos quedaron atónitos por lo repentino y abatidos por el ingenio del ardid; y a quienes ya se creían vencedores, lo sucedido les heló también la esperanza en el porvenir. Combatir el fuego parecía inútil, pues aunque lo apagaran, los terraplenes ya habían sido tragados.

Dos días después, los hombres de Shimón atacaron los otros terraplenes; pues los romanos, tras acercar allí sus torres de asalto, sacudían ya la muralla. Un tal Tefteo, de la ciudad de Garis, en Galilea; Magasaro, servidor de la casa real de Mariamna; y con ellos un adiabeno, hijo de Nabateo, apodado por su suerte Jaguiras —que significa «el cojo»—, tomaron antorchas y saltaron adelante contra las máquinas. En toda esta guerra no salieron de la ciudad hombres más audaces ni más temibles que estos. Como si corrieran al encuentro de amigos y no de una masa de enemigos, ni titubearon ni retrocedieron, sino que, lanzándose por en medio de los adversarios, prendieron fuego a las máquinas. Aunque los cubrían de proyectiles y los rechazaban por todas partes a golpes de espada, no se apartaron del peligro hasta que el fuego prendió en los ingenios.

Cuando ya la llama subía, los romanos acudían corriendo desde los campamentos; pero los judíos, desde la muralla, se lo impedían y se trababan con quienes intentaban apagarla, sin ahorrar en nada sus propios cuerpos. Los romanos tiraban de las torres de asalto para arrancarlas del fuego, mientras ardían los zarzos que las cubrían; los judíos, en cambio, aun a través de la llama se aferraban a ellas y, pese a estar el hierro al rojo, agarraban los arietes y no los soltaban. De estas máquinas el fuego se propagó a los terraplenes y se anticipó a los que acudían a defenderlos.

Entretanto, los romanos, rodeados por las llamas y perdida ya la esperanza de salvar las obras, se replegaron a los campamentos. Los judíos apretaban el ataque, cada vez más numerosos por los refuerzos que llegaban de dentro, y, envalentonados por el triunfo, daban rienda suelta a su furia sin medida; llegaron incluso hasta las defensas y ya se trababan con los centinelas. Hay una guardia que, por turnos, se mantiene apostada delante del campamento, y pesa sobre ella una ley romana terrible: el que abandona su puesto, sea cual sea la causa, muere. Estos, prefiriendo una muerte con honor a una muerte con castigo, se mantuvieron firmes; y ante su forzada entereza, muchos de los que huían volvieron sobre sus pasos, avergonzados.

Colocando además los lanzadardos sobre la muralla, contenían a la multitud que salía de la ciudad, gente que no se cuidaba en nada de su seguridad ni de proteger sus cuerpos; pues los judíos se trababan con cuantos hallaban y, arrojándose sin reparo sobre las puntas de las lanzas, golpeaban al enemigo con sus propios cuerpos. No prevalecían tanto por sus hechos cuanto por su arrojo, y los romanos cedían más ante su audacia que ante el daño recibido.

Ya llegaba Tito desde la Antonia, adonde se había apartado para reconocer un emplazamiento para otros terraplenes; y, tras reprender con dureza a los soldados —pues, dueños ya de las murallas enemigas, ponían en riesgo las propias y soportaban ellos mismos la suerte de sitiados, habiendo soltado a los judíos contra sí como quien abre una prisión—, se lanzó él mismo con sus tropas escogidas a atacar de flanco al enemigo. Los judíos, atacados de frente y volviéndose contra él, resistían. Al mezclarse las líneas, el polvo cegaba los ojos y el griterío ensordecía los oídos, y ninguno de los dos bandos podía ya distinguir al enemigo del amigo. Los judíos ya no aguantaban tanto por su fuerza cuanto por la desesperación de salvarse; y a los romanos les daba nuevos bríos el pundonor —por su gloria y por sus armas, y porque el César combatía en el puesto de mayor peligro—. De modo que, a mi juicio, al final, por el exceso de su furia, los romanos habrían llegado a apoderarse de toda la muchedumbre de los judíos, si estos, adelantándose al momento decisivo de la batalla, no se hubieran retirado a la ciudad.

Destruidos los terraplenes, los romanos quedaron abatidos por haber perdido en una sola hora el fruto de tan largo esfuerzo; y muchos desesperaban ya de que la ciudad pudiera tomarse por los medios habituales.

Tito deliberó con sus oficiales. A los más ardorosos les parecía que había que emplear todas las fuerzas y probar la muralla por asalto directo: pues hasta entonces solo se había peleado con los judíos por partes, pero si atacaban todos a la vez, ni siquiera resistirían la embestida, ya que quedarían sepultados bajo los proyectiles. De los más prudentes, unos aconsejaban rehacer los terraplenes; otros, prescindir incluso de ellos y limitarse a cercar la ciudad, vigilando solo sus salidas y la entrada de víveres, y abandonarla al hambre sin trabar combate cuerpo a cuerpo con el enemigo; pues invencible es la desesperación en quienes tienen por deseo caer por la espada, y a quienes, aun sin ella, les aguarda un final más cruel.

A él, en cambio, permanecer del todo inactivo con un ejército tan grande no le parecía decoroso; y combatir era superfluo contra unos hombres que iban a destruirse entre sí. Señalaba que levantar terraplenes era difícil por la falta de madera, y vigilar las salidas aún más difícil, pues rodear la ciudad con el ejército no era cosa fácil por su extensión y lo abrupto del terreno, y resultaba además peligroso frente a las incursiones. Pues aunque se vigilaran los caminos visibles, los judíos idearían sendas ocultas, por necesidad y por su conocimiento del terreno; y si algo lograba introducirse a escondidas, el asedio se prolongaría aún más. Temía además que la duración del tiempo mermara la gloria de su victoria, pues con tiempo todo es factible, pero para la fama lo que cuenta es la rapidez.

Con todo, si quería unir rapidez y seguridad, debía cercar con un muro toda la ciudad; solo así taponaría todas las salidas, y los judíos, o bien, perdida por completo la esperanza de salvarse, entregarían la ciudad, o bien, hambrientos, serían sometidos con facilidad. Pues él, por lo demás, no pensaba quedarse quieto, sino ocuparse de nuevo de los terraplenes en cuanto los que se lo estorbaban estuvieran más debilitados. Y si a alguno le parecía la obra grande y difícil de llevar a cabo, debía considerar que a los romanos no les cuadra emprender nada pequeño, y que lograr algo grande sin esfuerzo no le resulta fácil a nadie.

Persuadidos con estas razones los oficiales, ordenó repartir las tropas para la obra. Un ímpetu como sobrehumano se apoderó de los soldados y, una vez dividido el perímetro, hubo rivalidad no solo entre las legiones, sino también entre las unidades dentro de cada una: el soldado raso quería agradar al decurión, el decurión al centurión, este al tribuno; la emulación de los tribunos llegaba hasta los oficiales superiores, y el certamen de estos lo arbitraba el César, pues él en persona recorría cada día muchas veces la obra para inspeccionarla.

Comenzando por el Campamento de los Asirios, donde él mismo había acampado, condujo el muro hasta la Ciudad Nueva de la parte baja, y de allí, a través del Cedrón, hasta el Monte de los Olivos. Luego, girando hacia el sur, abarcó el monte hasta la roca llamada Peristereón —el Palomar— y la colina contigua, que domina el barranco junto a Shiloaj; y desde allí, torciendo al oeste, bajó al barranco de la Fuente. Después, subiendo junto al sepulcro del sumo sacerdote Anano y abarcando la colina donde Pompeyo había acampado, giró hacia el norte. Y avanzando hasta cierta aldea llamada Casa de los Garbanzos, y abarcando después, por el este, el mausoleo de Herodes, lo enlazó con su propio campamento, de donde había partido.

El muro, pues, medía treinta y nueve estadios —uno menos de cuarenta—; y por su parte exterior se le adosaron trece fortines, cuyos perímetros sumaban en conjunto diez estadios. Todo se levantó en tres días, de modo que la obra bien habría merecido meses, pero su rapidez superaba lo creíble. Cercada la ciudad con el muro y apostada una guarnición en los fortines, él mismo recorría e inspeccionaba la primera guardia de la noche; la segunda la encomendó a Alejandro, y la tercera cupo en suerte a los jefes de las legiones. Los centinelas sorteaban sus turnos de sueño y durante toda la noche recorrían los tramos entre los fortines.

A los judíos, cerradas las salidas, se les cortó toda esperanza de salvación; y el hambre, ahondándose, devoraba al pueblo casa por casa y familia por familia. Los tejados estaban llenos de mujeres y niños desfallecidos, las callejuelas de ancianos muertos; muchachos y jóvenes, hinchados como espectros, vagaban por las plazas y caían allí donde a cada cual lo alcanzaba el mal. Los enfermos no tenían fuerzas para enterrar a los suyos, y quienes aún se sostenían rehuían hacerlo, tanto por la muchedumbre de los muertos como por la incertidumbre de su propia suerte; muchos, en efecto, morían encima de aquellos a quienes sepultaban, y muchos se encaminaban a las tumbas antes de que les llegara el fin.

No había lamento ni gemido en medio de tantas desgracias, pues el hambre ahogaba el dolor; con los ojos secos y la boca desencajada, los que agonizaban lentamente contemplaban a quienes ya habían hallado descanso antes que ellos. Un silencio profundo envolvía la ciudad, y una noche cargada de muerte; y, peores que todo esto, los bandidos. Como saqueadores de tumbas, despojaban las casas y a los muertos, arrancando las mortajas de los cuerpos, y salían riéndose; probaban el filo de sus espadas en los cadáveres y a algunos de los abandonados, aún vivos, los atravesaban para ensayar su hierro. A los que les suplicaban que les prestaran una mano y una espada, los dejaban al hambre con desdén; y cada uno de los moribundos, fijando la mirada en el Templo, apartaba los ojos, dejando con vida a los sediciosos.

Estos, al principio, no soportando el hedor, ordenaron enterrar a los muertos a cargo del erario público; después, como no daban abasto, los arrojaban desde las murallas a los barrancos. Cuando Tito, recorriendo estos barrancos, los vio colmados de cadáveres y la sanguaza espesa que rezumaba de los cuerpos en descomposición, gimió y, alzando las manos, puso a Dios por testigo de que aquella obra no era suya.

Así estaban las cosas dentro de la ciudad. Los romanos, en cambio, como ya ninguno de los sediciosos salía —pues también a estos empezaban a alcanzarlos el desaliento y el hambre—, estaban de buen ánimo, con abundancia de grano y demás provisiones traídas de Siria y de las provincias vecinas. Muchos de ellos, plantándose junto a la muralla y exhibiendo gran cantidad de víveres, atizaban con su propia hartura el hambre de los enemigos.

Como los sediciosos no cedían ni ante semejante calamidad, Tito, apiadándose de lo que quedaba del pueblo y ansioso por arrancar de allí al menos a los supervivientes, emprendió de nuevo los terraplenes, aunque la madera se le procuraba con dificultad. Pues toda la madera de los alrededores de la ciudad se había talado para las obras anteriores, y los soldados tenían que acarrear la nueva desde noventa estadios de distancia. Solo frente a la Antonia levantaron, en cuatro sectores, terraplenes mucho mayores que los primeros. El César, recorriendo las legiones y apremiando la obra, hacía ver a los bandidos que ya los tenía en sus manos.

Pero solo en ellos había desaparecido todo arrepentimiento de sus crímenes; y, separadas ya sus almas de sus cuerpos, disponían de ambos como si fueran ajenos. Pues ningún sufrimiento ablandaba su alma ni dolor alguno hería su cuerpo: hombres que despedazaban como perros al pueblo ya muerto y atestaban las cárceles de enfermos.

Shimón, en efecto, ni siquiera a Matityahu —por quien se había apoderado de la ciudad— lo mató sin tormento. Era este hijo de Boeto, de linaje de sumos sacerdotes, uno de los más fieles y honrados por el pueblo. Este, cuando el pueblo era maltratado por los zelotes —a los que ya se había sumado también Yojanán—, persuadió al pueblo de que admitiera a Shimón como valedor, sin haber pactado con él nada de antemano ni esperar de él ninguna vileza. Pero aquel, una vez que entró y se hizo dueño de la ciudad, tuvo por enemigo, igual que a los demás, hasta al que había abogado por él, por juzgar que lo había hecho por candidez.

Entonces, haciéndolo comparecer y acusándolo de simpatizar con los romanos, lo condenó a muerte sin dignarse siquiera oír su defensa, junto con tres de sus hijos —pues el cuarto se le había adelantado huyendo hacia Tito—. Y como Matityahu suplicaba que lo mataran antes que a sus hijos, pidiendo ese favor a cambio de haberle abierto la ciudad, Shimón ordenó que a él lo mataran el último. Así pues, lo degollaron sobre sus hijos, asesinados ante sus propios ojos, tras haberlo sacado a la vista de los romanos; pues así lo ordenó Shimón a Anano, hijo de Bagadates, el más cruel de sus guardias, burlándose de él y preguntándole si de algo iban a valerle aquellos a quienes había querido pasarse. Y prohibió que se sepultaran los cuerpos.

Después de estos, fueron ejecutados un sacerdote, Ananías hijo de Masbalo, uno de los notables; el secretario del consejo, Aristeo, de familia de Emaús; y con ellos, quince hombres ilustres del pueblo. Al padre de Josefo lo encerraron y lo tuvieron bajo custodia, y proclamaron que nadie en la ciudad conversara con otro ni se reuniera en un mismo lugar, por temor a una traición; y a quienes se lamentaban juntos los mataban sin averiguación alguna.

Viendo esto, un tal Yehudá, hijo de Yehudá, uno de los oficiales de Shimón y a quien este había confiado la custodia de una torre, movido quizá en parte por lástima de los que perecían con tanta crueldad, pero más aún por su propia seguridad, reunió a los diez más fieles de sus subordinados y les dijo:

«¿Hasta cuándo vamos a resistir estos males? ¿O qué esperanza de salvación nos queda si seguimos fieles a un malvado? ¿Acaso no está ya el hambre sobre nosotros, los romanos casi dentro, y Shimón desleal incluso con sus bienhechores? De él ya solo cabe temer el castigo, mientras que de los romanos la palabra empeñada es segura. Ea, entreguemos la muralla y salvémonos a nosotros mismos y a la ciudad. Y no sufrirá Shimón nada terrible si, ya sin esperanza de sí mismo, paga su pena un poco antes.»

Convencidos los diez con estas razones, al amanecer despachó al resto de sus subordinados, a uno acá y a otro allá, para que no se descubriera nada de lo tramado; y él mismo, hacia la hora tercera, llamó a los romanos desde la torre. De estos, unos lo desdeñaban, otros desconfiaban, y la mayoría vacilaba, pensando que dentro de poco tomarían la ciudad sin riesgo alguno. Mientras Tito se acercaba a la muralla con sus hoplitas, Shimón se enteró a tiempo y, con rapidez, se apoderó antes de la torre; y, apresando a los hombres, los mató a la vista de los romanos y, tras mutilar sus cuerpos, los arrojó al pie de la muralla.

En esto, Josefo, que recorría el lugar —pues no cesaba de exhortarlos—, recibió una pedrada en la cabeza y al instante cayó sin sentido. Los judíos hicieron una salida contra el caído, y habría sido arrastrado al interior de la ciudad si el César no hubiera enviado pronto quienes lo protegieran con sus escudos. Mientras estos combatían, Josefo fue retirado, apenas consciente de lo que ocurría; y los sediciosos, creyendo haber matado a aquel a quien más deseaban ver muerto, prorrumpieron en gritos de alegría. La noticia se difundió por la ciudad, y el abatimiento se apoderó de la gente que quedaba, convencida de que había muerto de veras aquel por quien se atrevían a desertar.

La madre de Josefo, al oír en la prisión que su hijo había muerto, dijo a los guardias que ya lo daba por seguro desde lo de Yotapata; pues ni siquiera vivo había podido gozar de él. Pero, en privado, lamentándose ante sus criadas, decía que este era el fruto que había cosechado de su dicha de tener buenos hijos: no poder siquiera enterrar al hijo por quien esperaba ser enterrada ella misma. Mas la falsa noticia ni la afligió por mucho tiempo a ella ni alegró largamente a los bandidos; pues Josefo se recobró pronto del golpe y, adelantándose, gritó a unos que dentro de poco le pagarían la pena de su herida, mientras que al pueblo lo exhortaba de nuevo a fiarse de los romanos. Al verlo, el ánimo renació en el pueblo y el desconcierto cundió entre los sediciosos.

De los desertores, unos, forzados por la necesidad, saltaban a toda prisa desde la muralla; otros avanzaban como para pelear, con piedras en la mano, y luego huían hacia los romanos. Pero a estos los seguía una suerte más dura que la de dentro, y hallaban en la hartura del campo romano una perdición más aguda que la del hambre propia. Pues llegaban hinchados por la inanición, como hidrópicos; luego, atiborrando de golpe sus cuerpos vacíos, reventaban, salvo aquellos que, por experiencia, moderaban su apetito y poco a poco daban alimento a un cuerpo desacostumbrado a soportarlo.

Y aun a los que así se salvaban los alcanzaba otra desgracia: uno de los desertores refugiados entre los sirios fue sorprendido recogiendo monedas de oro de sus propios excrementos; pues, como dijimos, se las tragaban antes de salir, ya que los sediciosos los registraban a todos, y había gran cantidad de oro en la ciudad —tanto que una pieza de oro que antes valía veinticinco dracmas áticas la compraban ahora por doce—. Pero, descubierto el ardid por culpa de uno solo, los campamentos se llenaron del rumor de que los desertores llegaban repletos de oro; y la muchedumbre de árabes y los sirios destripaban a los suplicantes y les registraban las entrañas. Y a mi parecer, ninguna desgracia peor que esta les sobrevino a los judíos: en una sola noche fueron destripados cerca de dos mil.

Al enterarse Tito de esta atrocidad, estuvo a punto de rodear con la caballería a los culpables y hacerlos asaetear, de no ser porque estaba implicada una gran muchedumbre y los que habrían de ser castigados eran muchas veces más numerosos que los asesinados. Convocó, no obstante, a los jefes de los aliados y a los de las legiones —pues también algunos soldados estaban implicados— y les dijo que estaba indignado con unos y con otros: que algunos de los que servían bajo sus órdenes hicieran tales cosas por una ganancia incierta, sin respetar siquiera sus propias armas, hechas de plata y oro; y que los árabes y los sirios, primero, en una guerra que no era la suya, dieran rienda suelta a sus pasiones a su antojo, y luego achacaran a los romanos su crueldad en las matanzas y su odio a los judíos; pues ahora también algunos de sus propios soldados compartían aquella mala fama. A estos, pues, les amenazó con la muerte si alguno era sorprendido de nuevo en lo mismo, y encargó a las legiones que buscaran a los sospechosos y se los llevaran ante él.

Mas la codicia, al parecer, despreciaba todo castigo, pues terrible es el amor a la ganancia arraigado en los hombres, y ninguna otra pasión se compara con la avaricia. O más bien: estas pasiones, en otras circunstancias, tienen su medida y se someten al temor; pero fue Dios quien condenó a todo el pueblo, y quien tornaba en perdición para ellos todo camino de salvación. Lo que el César había prohibido bajo amenaza seguía intentándose en secreto contra los desertores: los bárbaros salían al paso de los fugitivos antes de que todos pudieran verlos y los degollaban; y, mirando en torno por si algún romano los observaba, los destripaban y sacaban de sus entrañas la inmunda ganancia. En pocos se hallaba algo, y a los más los aniquilaba una mera esperanza. Esta desgracia, en efecto, hizo que muchos desertores desistieran de pasarse.

Yojanán, cuando se le agotó el pillaje del pueblo, se volvió al sacrilegio: fundió muchas de las ofrendas votivas del Templo y muchos de los utensilios necesarios para el culto —copas, bandejas y mesas—; y ni siquiera se abstuvo de los vasos de vino puro enviados por Augusto y su esposa. Los emperadores de Roma siempre habían honrado y embellecido el Santuario; pero ahora aquel judío arrancaba hasta lo que habían donado los extranjeros. Y decía a los suyos que era lícito servirse sin escrúpulo de las cosas sagradas en favor de lo divino, y que quienes combatían por el Santuario debían sustentarse de él. Por eso vació también el vino sagrado y el aceite que los sacerdotes guardaban para los holocaustos —y que estaba en el santuario interior— y los repartió a la muchedumbre; y aquellos, sin el menor estremecimiento, se ungían con ellos y los bebían.

No he de reprimir lo que el sentimiento me impulsa a decir: creo que, si los romanos se hubieran demorado contra aquellos criminales, la ciudad habría sido tragada por un abismo, o anegada por un diluvio, o habría recibido los rayos que cayeron sobre Sedom; pues engendró una generación mucho más impía que los que sufrieron aquello. Y así, por la locura de estos, pereció con ellos todo el pueblo.

¿Y qué necesidad hay de referir en detalle todas las calamidades? Baste decir que, en esos días, Maneo, hijo de Lázaro, tras huir hasta Tito, le contó que por una sola puerta, la que a él mismo se le había confiado, se habían sacado ciento quince mil ochocientos ochenta cadáveres, desde el día en que los romanos acamparon, el catorce del mes de Xántico, hasta el novilunio de Pánemo. Estos eran los indigentes; y él llevaba la cuenta no porque estuviera al mando, sino porque, pagando el jornal con fondos públicos, se veía obligado a contarlos. A los demás los enterraban sus parientes; y el entierro consistía en sacarlos de la ciudad y arrojarlos fuera.

Después de él, muchos personajes notables que lograron huir informaron de que, en total, se habían arrojado por las puertas seiscientos mil cadáveres de indigentes, y que el número de los demás era imposible de averiguar. Y añadían que, cuando ya no tuvieron fuerzas para sacar a los pobres, amontonaban los cadáveres en las casas más grandes y las clausuraban. Y que una medida de trigo se vendía por un talento; y que, más tarde, cuando ni siquiera era ya posible recoger hierbas, cercada la ciudad por el muro, algunos llegaron a tal extremo de necesidad que registraban las cloacas y el viejo estiércol de bueyes y se alimentaban de los desperdicios que de allí sacaban, y lo que antes no se podía ni mirar se convirtió entonces en comida. Al oír todo esto, los romanos se compadecieron; pero los sediciosos, aunque lo veían con sus propios ojos, no se arrepentían, sino que dejaban que aquello llegara hasta ellos mismos; pues estaban cegados por el destino que ya se cernía sobre la ciudad y sobre ellos.