Libro segundo

A Arquelao le suscitó nuevos disturbios la necesidad de partir hacia Roma. Después de guardar siete días de duelo por su padre y de ofrecer al pueblo un espléndido banquete fúnebre —costumbre que entre los judíos es causa de pobreza para muchos, pues hay que dar de comer a la multitud por obligación: quien lo omite es tenido por impío—, se vistió de blanco y subió al Templo, donde el pueblo lo recibió con toda suerte de aclamaciones.

Él saludó a la muchedumbre desde un alto estrado y un trono de oro, y les dio las gracias por el celo que habían mostrado en las exequias de su padre y por las atenciones que le dispensaban como a un rey ya seguro; con todo, dijo que por el momento se abstendría no solo de ejercer el poder, sino incluso de los títulos, hasta que César —que según el testamento es señor de todo— le confirmara la sucesión. Por eso —añadió— tampoco en Yerijó, cuando el ejército quiso ceñirle la diadema, la había aceptado; pero recompensaría con largueza su solicitud y su buena voluntad, tanto a los soldados como al pueblo, en cuanto los que mandan lo proclamaran rey en firme; pues se esforzaría por mostrarse en todo mejor que su padre para con ellos.

Complacido con esto, el pueblo puso enseguida a prueba su ánimo con grandes peticiones: unos pedían a gritos que aligerara los tributos, otros que suprimiera los impuestos, algunos que liberara a los presos. Él asintió de buena gana a todo, por congraciarse con la multitud. Después ofreció sacrificios y se puso a banquetear con sus amigos. Fue entonces cuando, al caer la tarde, se reunieron no pocos de los que estaban decididos a la revuelta y empezaron un duelo propio —cuando ya había cesado el del rey—, plañendo a los que Herodes había castigado por el águila de oro arrancada de la puerta del santuario.

El duelo no era discreto: gemidos penetrantes, un treno acompasado y golpes de pecho resonaban por toda la ciudad, como por hombres que —según decían— habían perecido en el fuego por las leyes de sus padres y por el santuario. Clamaban que había que vengarlos en los que Herodes había honrado, y que lo primero era destituir al sumo sacerdote que aquel había nombrado, pues les correspondía elegir a otro más piadoso y más puro.

Con esto Arquelao se irritó, pero contuvo la represalia por la urgencia de su partida, temeroso de que, si enemistaba a la multitud, el tumulto lo retuviera. Por eso intentó calmar a los sediciosos con persuasión más que con fuerza, y envió en secreto a su general para exhortarlos a que desistieran. Pero cuando este entró en el Templo, antes de que pudiera decir palabra, los amotinados lo echaron a pedradas, y lo mismo a cuantos se acercaban con él para amonestarlos. Arquelao envió a muchos más, y a todos respondían con ira, dejando claro que no se calmarían si conseguían reunir a la multitud.

Y, en efecto, al llegar la fiesta de los panes ácimos —que entre los judíos se llama Pésaj y comporta una enorme cantidad de sacrificios—, bajó del campo un pueblo incontable para el culto; y los que lloraban a los doctores de la ley se apiñaban en el Templo, alimentando la sedición. Temiendo esto Arquelao —que el mal se propagara por toda la multitud—, envió a escondidas a un tribuno con una cohorte, con orden de prender por la fuerza a los cabecillas de la sedición. Contra ellos se enardeció todo el pueblo: a muchos de la cohorte los mataron a pedradas, y el tribuno escapó a duras penas, herido.

Luego, como si nada grave hubiera ocurrido, volvieron al sacrificio; pero a Arquelao le pareció que ya no era posible dominar a la multitud sin derramamiento de sangre, y lanzó contra ellos todo el ejército: la infantería en masa por la ciudad, la caballería por la llanura. Estos, cayendo de improviso sobre cada uno mientras sacrificaba, mataron a unos tres mil y dispersaron al resto de la multitud hacia los montes vecinos. Detrás iban los heraldos de Arquelao ordenando a cada cual que se retirara a su casa, y todos se marcharon, abandonando la fiesta.

Él mismo bajó hacia el mar con su madre y con sus amigos Poplas, Tolomeo y Nicolao, dejando a Filipo como administrador del palacio y tutor de la casa. Con ellos partían también Salomé con sus hijos, y los sobrinos y yernos del rey, en apariencia para apoyar a Arquelao en su pleito por la sucesión, pero en realidad para acusarlo por las ilegalidades cometidas en el Templo.

En Cesarea les salió al encuentro Sabino, el procurador de Siria, que subía a Judea para hacerse cargo de los tesoros de Herodes. Varo le impidió seguir adelante, presentándose en persona —pues Arquelao lo había llamado por medio de Tolomeo, tras muchos ruegos—. Entonces Sabino, por complacer a Varo, ni se apresuró hacia las fortalezas ni cerró a Arquelao los tesoros del dinero paterno; prometió mantenerse tranquilo hasta la decisión de César y se quedó en Cesarea. Pero en cuanto los que se lo estorbaban se apartaron —uno marchó a Antioquía y Arquelao se embarcó rumbo a Roma—, Sabino corrió a toda prisa a Yerushaláyim, se apoderó del palacio y, convocando a los jefes de la guarnición y a los administradores, intentó examinar las cuentas del dinero y hacerse con las fortalezas. Pero los guardias no descuidaron las órdenes de Arquelao: siguieron custodiándolo todo, atribuyendo su vigilancia a César más que a Arquelao.

Entretanto Antipas, disputando de nuevo el reino, entabló pleito alegando que el testamento —en el que él mismo figuraba como rey— tenía más fuerza que el codicilo posterior. Salomé le había prometido de antemano su ayuda, y también muchos de los parientes que navegaban con Arquelao. Llevaba consigo a su madre y a Tolomeo, hermano de Nicolao, a quien se tenía por un peso decisivo por el crédito de que había gozado ante Herodes, pues había sido el más honrado de sus amigos. Con todo, en quien más confiaba, por su destreza en la oratoria, era en el retórico Ireneo; y por eso rechazó a los que le aconsejaban ceder ante Arquelao en atención a la primogenitura y a los codicilos. En Roma, el favor de todos los parientes —a quienes Arquelao resultaba odioso— se volvió hacia él; y sobre todo cada uno deseaba la autonomía bajo la administración de un gobernador romano, pero, si fallaban en esto, preferían que reinara Antipas. También Sabino colaboraba con ellos a tal fin por medio de cartas, acusando a Arquelao ante César y elogiando mucho a Antipas.

Redactados sus cargos, el grupo de Salomé los puso en manos de César; y tras ellos Arquelao, después de consignar por escrito los puntos principales de sus derechos, hizo llegar por medio de Tolomeo el anillo de su padre y las cuentas. César, tras sopesar en privado las alegaciones de ambos, la extensión del reino y la cuantía de las rentas, además del número de descendientes de Herodes, y después de haber leído de antemano lo que Varo y Sabino habían escrito al respecto, reunió un consejo de los romanos más principales —en el que por primera vez hizo sentar a Cayo, hijo adoptivo de Agripa y de su hija Julia— y les cedió la palabra.

Allí se levantó Antípatro, hijo de Salomé —el más temible orador de cuantos se oponían a Arquelao—, y lo acusó diciendo que de palabra Arquelao disputaba ahora el reino, pero que de hecho hacía tiempo que era rey, y que ahora se burlaba de los oídos de César; pues no lo había esperado como juez de la sucesión, ya que, tras la muerte de Herodes, había enviado en secreto a agentes que le ciñeran la diadema y, sentándose el primero en el trono y despachando como rey, había alterado los grados del ejército y concedido ascensos, y que, además, había concedido al pueblo todo cuanto pretendía obtener de un rey, y había soltado a los que su padre tenía presos por las causas más graves; y que ahora venía a pedir al soberano la sombra de un reino cuyo cuerpo ya se había arrebatado para sí, haciendo a César dueño no de los hechos, sino de los nombres.

Le reprochó también que se había burlado del duelo por su padre: de día componía el rostro en gesto de aflicción, pero de noche se emborrachaba hasta la orgía; y decía que el tumulto de la multitud había nacido de la indignación por todo esto. Y apoyó todo el peso de su discurso en la muchedumbre degollada en torno al Templo: habían acudido a la fiesta y fueron cruelmente inmolados junto a sus propios sacrificios; y tal montón de cadáveres se había amontonado en el Templo como no lo habría amontonado ni una guerra extranjera caída de improviso sin previa declaración. Esta crueldad suya —dijo— la había previsto ya su propio padre, que jamás lo había juzgado digno ni siquiera de la esperanza del reino, salvo cuando, más enfermo del alma que del cuerpo, no era dueño de un juicio sano y ni siquiera sabía a quién designaba por sucesor en sus codicilos; y eso cuando no podía reprochar nada al designado en el testamento, que había redactado sano de cuerpo y con el alma limpia de toda pasión. Pero aun cuando alguien tuviera por más válido el juicio del enfermo, Arquelao se había votado a sí mismo fuera del reino con los crímenes cometidos contra él; pues ¿qué clase de rey sería, recibiendo el poder de manos de César, quien antes de recibirlo había dado muerte a tantos?

Tras exponer muchas cosas de este tenor y presentar a la mayoría de los parientes como testigos de cada uno de los cargos, Antípatro puso fin a su discurso. Se levantó Nicolao en favor de Arquelao y declaró que la matanza del Templo había sido necesaria, pues los muertos se habían hecho enemigos no solo del reino, sino también de César, que lo estaba juzgando. En cuanto a las demás acusaciones, demostró que los propios acusadores habían sido sus consejeros. Y sostenía que el codicilo era válido, sobre todo por esta razón: porque en él Herodes constituía a César garante del sucesor; pues quien tenía tanta sensatez como para ceder su poder al señor de todo, no erraría, desde luego, en la elección de heredero; y quien elegía a su sucesor, conociendo a quien lo confirmaba, elegía con cordura.

Cuando Nicolao hubo expuesto todo, Arquelao se adelantó y, en silencio, se echó a los pies de César. Este lo levantó con mucha afabilidad y dio a entender que era digno de suceder a su padre, aunque no declaró nada en firme. Disuelto aquel día el consejo, César reflexionó a solas sobre lo que había oído: si debía nombrar sucesor a alguno de los mencionados en los testamentos, o repartir el poder entre toda la familia; pues el número de aspirantes parecía reclamar algún sostén.

Antes de que César resolviera nada sobre esto, murió de enfermedad Maltace, la madre de Arquelao, y llegaron de Siria cartas de Varo acerca de la sublevación de los judíos. Varo, que la había previsto —pues tras la travesía de Arquelao había subido a Yerushaláyim para contener a los agitadores, ya que era manifiesto que la multitud no se quedaría quieta—, dejó en la ciudad una de las tres legiones de Siria, la que llevaba consigo. Él mismo regresó a Antioquía; pero Sabino, presentándose allí, les dio un pretexto para la revuelta: forzaba a los guardias a entregar las fortalezas y rebuscaba con dureza el dinero real, confiado no solo en los soldados que Varo había dejado, sino también en una multitud de esclavos suyos, a todos los cuales armó y empleó como agentes de su codicia.

Al llegar Pentecostés —así llaman los judíos a cierta fiesta que cae tras siete semanas y toma su nombre del número de días—, no fue el culto acostumbrado lo que congregó al pueblo, sino la indignación. En efecto, corrió una multitud incontable desde Galilea y desde Idumea, desde Yerijó y desde Perea, al otro lado del Yardén; pero en número y en ardor de hombres los superaba el pueblo propio de la misma Judea. Repartidos en tres cuerpos, acamparon en tres puntos: por el lado norte del Templo, por el sur junto al hipódromo, y el tercer grupo junto al palacio, hacia poniente. Cercando a los romanos por todas partes, los tenían sitiados.

Sabino, atemorizado por su número y por su arrojo, enviaba mensajeros sin cesar a Varo, rogándole que acudiera pronto en su auxilio, pues, si se demoraba, la legión sería aniquilada; y él mismo, subido a la torre más alta de la fortaleza —que se llamaba Fasael, por el nombre del hermano de Herodes muerto a manos de los partos—, hacía desde allí señas a los soldados de la legión para que atacaran al enemigo; pues, del espanto, ni siquiera se atrevía a bajar hasta los suyos. Persuadidos, los soldados se lanzaron al Templo y trabaron una dura batalla con los judíos, en la cual, mientras nadie los hostigaba desde arriba, aventajaban por su pericia militar a aquellos inexpertos; pero cuando muchos judíos, subidos a los pórticos, les arrojaban proyectiles sobre la cabeza, muchos quedaron destrozados, y no era fácil ni defenderse de los que herían desde lo alto ni resistir a los que combatían cuerpo a cuerpo.

Acosados por ambos flancos, prendieron fuego a los pórticos —obras admirables por su magnitud y su suntuosidad—; y los que estaban sobre ellos, cercados de pronto por la llama, muchos perecieron en ella, muchos a manos del enemigo al saltar entre sus filas, algunos se despeñaron de espaldas muro abajo, y unos pocos, en su desesperación, se adelantaron al fuego con sus propias espadas; y cuantos se descolgaron de los muros y se abalanzaron sobre los romanos fueron presa fácil por su aturdimiento. Así, muertos unos y dispersados otros por el miedo, los soldados se arrojaron sobre el tesoro de Dios, ya abandonado, y saquearon unos cuatrocientos talentos, de los cuales Sabino recogió todo lo que no fue hurtado.

Pero esta destrucción de obras y de hombres reunió contra los romanos a muchos más judíos, y más aguerridos; y, rodeando el palacio, amenazaban con matarlos a todos si no se marchaban cuanto antes; pues ofrecían salvoconducto a Sabino, si quería salir con la legión. La mayoría de las tropas reales se pasó a ellos por deserción. Pero la parte más aguerrida —tres mil sebastenos, y al frente de ellos Rufo y Grato: uno con la infantería de las tropas reales bajo su mando, Rufo con la caballería, siendo cada uno, aun sin la fuerza que le obedecía, un peso decisivo por su valor y su pericia en la guerra— se pasó a los romanos. Los judíos, pues, apretaban el asedio de los muros, atacando a la vez la fortaleza y gritando a los hombres de Sabino que se fueran y no les cerraran el paso, ahora que, después de tanto tiempo, recobraban su independencia ancestral. A Sabino le habría gustado escabullirse, pero desconfiaba de las promesas y sospechaba que su mansedumbre era un cebo para una emboscada; y, a la vez, con la esperanza del socorro de Varo, prolongaba el asedio.

Entretanto también los asuntos del país se agitaban en muchos lugares, y la coyuntura incitaba a muchos a ambicionar el trono. En Idumea, dos mil de los que en otro tiempo habían servido a las órdenes de Herodes se juntaron en armas y combatían contra las tropas reales, a las que Aquiab, primo del rey, hacía la guerra desde las posiciones más escarpadas, evitando el choque en campo abierto; en Séforis de Galilea, Yehudá, hijo de Jizkiyahu —el cabecilla de bandidos que en otro tiempo asolaba la comarca y fue reducido por el rey Herodes—, reunió una tropa nada escasa, forzó los arsenales reales y, armando a los suyos, atacaba a quienes aspiraban al poder.

En Perea, un tal Shimón, uno de los esclavos reales, confiado en la hermosura y la talla de su cuerpo, se ciñó una diadema y, recorriendo la región con los bandidos que había reunido, incendió el palacio real de Yerijó y muchas otras de las lujosas mansiones, procurándose con facilidad botín del fuego. Y habría llegado a incendiar toda vivienda hermosa, si Grato, el comandante de la infantería real, tomando a los arqueros de la Traconítide y a los más aguerridos de los sebastenos, no le hubiera salido al paso. Muchos de los pereos perecieron en la batalla, y al propio Shimón, que huía por un barranco empinado, Grato lo cortó por un flanco y, golpeándolo en el cuello mientras huía, se lo cercenó. También ardieron los palacios cercanos al Yardén, en Betaramata, cuando se juntaron otros hombres de Perea.

Entonces también un pastor se atrevió a reclamar la realeza; se llamaba Atrongeo, y lo que alimentaba su esperanza eran la fuerza del cuerpo y un ánimo que despreciaba la muerte, y además cuatro hermanos semejantes a él. A cada uno de estos le adjudicó una compañía armada y se servía de ellos como de generales y sátrapas para las correrías, mientras él, como un rey, se ocupaba de los asuntos más solemnes. Fue entonces cuando se ciñó una diadema, y después continuó no poco tiempo asolando el país con sus hermanos; y su objetivo primordial era matar, tanto a romanos como a las tropas reales, y tampoco escapaba ningún judío que cayera en sus manos llevando algo de provecho. Una vez se atrevieron a rodear a toda una compañía de romanos en Emaús; estos transportaban trigo y armas a la legión. A su centurión, Ario, y a cuarenta de los más valientes los abatieron a flechazos; los demás, en peligro de correr la misma suerte, escaparon gracias al auxilio de Grato con los sebastenos. Después de causar muchos estragos de esta clase a los del país y a los extranjeros a lo largo de toda la guerra, con el tiempo tres de ellos fueron reducidos: el mayor por Arquelao, y los dos siguientes al caer en manos de Grato y de Tolomeo; el cuarto se entregó a Arquelao bajo palabra. Este fue, en efecto, el fin que más tarde les aguardaba; pero por entonces llenaban toda Judea de una guerra de bandidos.

Cuando Varo recibió las cartas de Sabino y de los oficiales, le entró temor por la legión entera y se apresuró en su socorro. Tomando las dos legiones restantes y los cuatro escuadrones de caballería que las acompañaban, marchó hacia Ptolemaida, con orden de que también los auxiliares de los reyes y príncipes se reunieran allí; y, al atravesar la ciudad de Berito, sumó mil quinientos hoplitas de los beritios. Cuando en Ptolemaida se le hubo reunido el resto de la tropa aliada, y por su odio a Herodes también Aretas el árabe, que traía no pequeña fuerza de caballería e infantería, envió enseguida parte del ejército a Galilea, que linda con Ptolemaida, y por comandante a Cayo, uno de sus amigos, el cual puso en fuga a los que le hicieron frente y, tomando la ciudad de Séforis, la incendió y redujo a esclavitud a sus habitantes.

Con toda su fuerza el propio Varo avanzó hacia Shomrón, y respetó la ciudad al hallar que no se había alterado en medio de los tumultos generales, y acampó junto a cierta aldea llamada Arús; era propiedad de Tolomeo, y por eso los árabes la saquearon, enfurecidos incluso contra los amigos de Herodes. Desde allí avanzó hacia Safo, otra aldea fortificada, que saquearon igualmente, junto con todos los lugares vecinos con que topaban. Todo estaba lleno de fuego y de matanza, y nada resistía al pillaje de los árabes. También Emaús fue incendiada, tras huir sus habitantes, por orden de Varo, en venganza por los muertos en torno a Ario.

Desde allí, al avanzar hacia Yerushaláyim, con solo dejarse ver con su fuerza dispersó los campamentos de los judíos. Y estos se marcharon huyendo por la comarca; pero los de la ciudad lo recibieron e intentaron descargarse de la culpa de la sublevación, alegando que ellos mismos no habían promovido ningún alboroto, sino que por causa de la fiesta habían tenido que acoger a la multitud por necesidad, y que habían sido sitiados junto con los romanos más que combatir del lado de los rebeldes. Le habían salido antes al encuentro Yosef, primo de Arquelao, y Rufo junto con Grato, que conducían, además del ejército real, también a los sebastenos, y asimismo los de la legión romana formados a la usanza acostumbrada; pues Sabino, no atreviéndose siquiera a comparecer ante Varo, se había adelantado a salir de la ciudad hacia el mar.

Varo envió una parte del ejército por el país contra los promotores del alboroto, y, traídos muchos, a los que parecían menos revoltosos los encarceló, pero a los más culpables, unos dos mil, los crucificó. Se le comunicó que en Idumea aún se mantenían reunidos diez mil hoplitas. Al comprobar que los árabes no se comportaban como aliados, sino que hacían la guerra por su propia pasión y, más allá de sus intenciones, dañaban el país por odio a Herodes, los despidió, y con sus propias legiones se apresuró contra los sublevados. Pero ellos, antes de llegar a las manos, por consejo de Aquiab se entregaron; y Varo perdonó a la multitud sus culpas, pero envió a los cabecillas ante César para ser interrogados. César perdonó a los demás, pero mandó castigar a algunos de los parientes del rey —pues había entre ellos algunos emparentados con Herodes por sangre—, porque habían hecho la guerra contra su propio rey. Varo, pues, tras ordenar de este modo los asuntos de Yerushaláyim y dejar como guarnición la misma legión de antes, regresó a Antioquía.

Contra Arquelao surgió en Roma otro pleito con los judíos, quienes antes de la sublevación, con permiso de Varo, habían salido como embajadores en pro de la autonomía de la nación; los presentes eran cincuenta, pero los apoyaban más de ocho mil de los judíos residentes en Roma. Cuando César hubo reunido un consejo de los romanos principales y de sus amigos en el templo de Apolo, en el Palatino —edificio propio suyo, adornado con admirable suntuosidad—, la muchedumbre judía se colocó junto a los embajadores, y enfrente, con sus amigos, Arquelao; pero los amigos de sus parientes no se pusieron de ninguno de los dos lados, pues por odio y envidia no soportaban colocarse junto a Arquelao, y a la vez les daba vergüenza ser vistos por César entre los acusadores. Con estos estaba también Filipo, hermano de Arquelao, enviado por delante por benevolencia de Varo con dos fines: apoyar a Arquelao y, en caso de que César repartiera la casa de Herodes entre todos los descendientes, ser considerado digno de alguna parte.

Autorizados a hablar, los acusadores expusieron primero los desafueros de Herodes, diciendo que habían soportado no a un rey, sino al más cruel de cuantos jamás habían ejercido la tiranía; pues, habiendo dado muerte a muchísimos, a los que dejó con vida les había hecho padecer tales cosas que tenían por dichosos a los muertos; pues había torturado no solo los cuerpos de sus súbditos, sino también las ciudades: las propias las había mutilado, y las de los extranjeros las había embellecido, y había regalado la sangre de Judea a pueblos de fuera. En lugar de la antigua prosperidad y de las leyes patrias, había colmado a la nación de pobreza y de la más extrema iniquidad; y, en suma, los judíos habían soportado de Herodes, en pocos años, más desgracias que las que sus antepasados habían padecido en todo el tiempo transcurrido desde el regreso de Bavel, cuando volvieron en el reinado de Jerjes.

Y, sin embargo, habían llegado a tal grado de resignación y de hábito de la desdicha que se habían sometido incluso a una sucesión, elegida por ellos mismos, de aquella amarga esclavitud; a Arquelao, en efecto, hijo de tan gran tirano, lo habían saludado de buen grado como rey tras la muerte de su padre, y habían llorado con él la muerte de Herodes y unido sus votos por su sucesión. Pero él, como si temiera parecer hijo bastardo de Herodes, había inaugurado su reinado con la matanza de tres mil ciudadanos, y había presentado a Dios tantas víctimas por causa del poder, y había llenado el Templo de tantos cadáveres en plena fiesta. Los que quedaron con vida tras tantos males, con razón se habían vuelto por fin hacia sus desgracias, y querían, según la ley de la guerra, recibir los golpes de frente; y suplicaban a los romanos que se compadecieran de los restos de Judea y no arrojaran lo que de ella quedaba a quienes la desgarraban con crueldad, sino que, uniendo su tierra a Siria, la administraran mediante gobernadores propios; pues demostrarían que los ahora tachados de sediciosos y belicosos sabían soportar a gobernadores moderados.

Los judíos, pues, cerraron su acusación con semejante petición. Nicolao, levantándose, absolvió a los reyes de los cargos, pero acusó a la nación de ser difícil de gobernar y de ser por naturaleza rebelde a sus reyes. Y de paso denunció también a los parientes de Arquelao que se habían pasado a los acusadores. Entonces César, oídas ambas partes, disolvió el consejo; y pocos días después dio a Arquelao la mitad del reino, nombrándolo etnarca, y prometiéndole hacerlo también rey, si se mostraba digno; la otra mitad la dividió en dos tetrarquías y las dio a otros dos hijos de Herodes: una a Filipo, la otra a Antipas, el que disputaba el reino con Arquelao.

Bajo este último quedaban Perea y Galilea, con una renta de doscientos talentos; en cambio Batanea, la Traconítide, la Auranítide y ciertas partes de la casa de Zenón —las de los alrededores de Ínano—, con una renta de cien talentos, se asignaron a Filipo. De la etnarquía de Arquelao formaban parte Idumea, toda Judea y la región de Shomrón, aliviada de una cuarta parte del tributo en premio por no haberse sublevado con los demás. Como ciudades sujetas recibió la Torre de Estratón, Sebaste, Yafo y Yerushaláyim; pues las ciudades griegas —Gaza, Gádara e Hipos— las separó del reino y las agregó a Siria. La renta del territorio dado a Arquelao era de cuatrocientos talentos. Salomé, además de lo que el rey le había dejado en su testamento —Yavne, Ashdod y la Fasaélide—, fue declarada señora; y César le concedió también el palacio de Ascalón. De todo esto se reunía una renta de sesenta talentos; pero su patrimonio lo puso bajo la toparquía de Arquelao. Del resto de la familia de Herodes, cada uno recibió lo que le había sido legado en el testamento. A dos de sus hijas doncellas César, por añadidura, concedió quinientas mil piezas de plata, y las casó con los hijos de Feroras. Tras la herencia familiar, repartió también entre ellos el legado que Herodes le había dejado a él mismo, de mil talentos, reservándose solo algunas alhajas de escaso valor en honor del difunto.

Por aquel tiempo, cierto joven, judío de nacimiento pero criado en Sidón en casa de un liberto romano, valiéndose de un parecido de rostro y haciéndose pasar falsamente por Alejandro —el que Herodes mandó matar—, llegó a Roma con la esperanza de pasar inadvertido. Tenía por cómplice a un compatriota, conocedor de todos los asuntos del reino, aleccionado por el cual afirmaba que los enviados a matarlo a él y a Aristóbulo, movidos de compasión, los habían sacado a escondidas, sustituyéndolos por cuerpos semejantes. Con estos cuentos, pues, engañó a los judíos de Creta y, provisto espléndidamente de recursos, cruzó a Melos; allí, tras recaudar mucho más por lo desmedido de la credulidad, convenció incluso a sus anfitriones particulares de que se embarcaran con él rumbo a Roma. Desembarcado en Dicearquia, recibió gran abundancia de regalos de los judíos de allí y, como un rey, fue escoltado por los amigos de su padre. Hasta tal punto había avanzado en verosimilitud el parecido, que quienes habían visto a Alejandro y lo conocían con certeza juraban que este era él.

Toda la comunidad judía de Roma se derramó a verlo, y había una muchedumbre incontable en las callejuelas por las que era conducido; pues los melios llegaron a tal grado de delirio que lo llevaban en litera y le proporcionaban un séquito regio a sus propias expensas. Pero César, que conocía con exactitud los rasgos de Alejandro —pues Herodes lo había acusado ante él—, advirtió, aun antes de ver al hombre, el engaño del parecido; con todo, concediendo algo a las esperanzas más halagüeñas, envió a un tal Celado, uno de los que conocían bien a Alejandro, con orden de traerle al joven. En cuanto lo vio, descubrió al punto las diferencias del rostro y, al observar que todo el cuerpo era más tosco y de aspecto servil, comprendió toda la trama; y la osadía de lo que el hombre decía lo irritó sobremanera; pues a los que preguntaban por Aristóbulo respondía que también él estaba a salvo, pero que había quedado a propósito en Chipre, precaviéndose de las conjuras, ya que separados eran menos vulnerables a un ataque.

Llevándolo aparte, en privado, le dijo: «César te concede la vida como recompensa por delatar a quien te indujo a extraviarte en semejantes embustes». Y él, diciendo que lo revelaría, lo siguió hasta César y señaló al judío que se había servido de su parecido para lucrarse; pues había recibido en cada ciudad más regalos que los que en vida recibió Alejandro. César, riéndose de esto, alistó al falso Alejandro entre los remeros por su buena constitución, y mandó ejecutar al que lo había persuadido; en cuanto a los melios, los gastos les bastaron de castigo por su necedad.

Después de hacerse cargo de la etnarquía, Arquelao, recordando las viejas rencillas, trató con crueldad no solo a los judíos, sino también a los samaritanos; y, tras enviar unos y otros embajadas contra él ante César, en el noveno año de su gobierno fue desterrado a Viena, una ciudad de la Galia, y sus bienes fueron ingresados en los tesoros de César. Antes de ser convocado por César, cuentan que tuvo un sueño de este tenor: le pareció ver nueve espigas llenas y grandes que unos bueyes devoraban. Mandando llamar a los adivinos y a algunos caldeos, les preguntó qué creían que significaba. Como los intérpretes discrepaban, cierto Shimón, esenio de linaje, dijo que las espigas significaban años, y los bueyes un cambio de las cosas, porque al arar la tierra la revuelven; de modo que reinaría tantos años como espigas y, tras pasar por diversos vuelcos de fortuna, moriría. Al oír esto, Arquelao, cinco días después, fue citado a juicio.

He juzgado digno de mención también el sueño de su mujer Glafira, que era hija de Arquelao, rey de Capadocia, y había sido primero esposa de Alejandro —el cual era hermano del Arquelao de que tratamos, e hijo del rey Herodes, por quien también fue ejecutado, como ya hemos referido—. Tras la muerte de este casó con Juba, el rey de Libia; y, muerto Juba, cuando había regresado y vivía viuda en casa de su padre, el etnarca Arquelao, al verla, se enamoró de tal manera que enseguida repudió a Mariamna, que convivía con él, y la tomó por esposa. Llegada, pues, a Judea, poco tiempo después de su venida le pareció que Alejandro se le presentaba y le decía: «Te habría bastado con el matrimonio de Libia; pero tú, no conforme con aquello, vuelves de nuevo a mi hogar, habiendo elegido un tercer marido y, mujer temeraria, a mi propio hermano. Mas no pasaré por alto el ultraje, sino que te recobraré, quieras o no». Tras contar este sueño, apenas vivió dos días.

Reducido el territorio de Arquelao a provincia, fue enviado como procurador Coponio, del orden ecuestre entre los romanos, con autoridad recibida de César hasta para dar muerte. Bajo su mando, cierto hombre, un galileo llamado Yehudá, incitó a los del país a la rebelión, censurándolos por que consintieran en pagar tributo a los romanos y, después de Dios, soportaran señores mortales. Era maestro de una secta propia, en nada semejante a las demás.

Pues tres son las escuelas de filosofía que se cultivan entre los judíos: de una son secuaces los fariseos, de otra los saduceos, y la tercera —que en verdad pasa por practicar mayor austeridad— son los llamados esenios, judíos de raza, pero más entregados al amor mutuo que los demás. Estos rehúyen los placeres como un vicio, y tienen por virtud el dominio de sí y el no ceder a las pasiones. Entre ellos se desdeña el matrimonio, pero acogen a los hijos ajenos cuando todavía son tiernos y aptos para la enseñanza, los consideran parientes y les imprimen sus propias costumbres, sin abolir el matrimonio ni la descendencia que de él procede, pero guardándose de la lascivia de las mujeres y persuadidos de que ninguna mantiene su fidelidad a un solo hombre.

Son despreciadores de la riqueza, y admirable es entre ellos la comunidad de bienes; ni es posible hallar entre ellos a nadie que sobresalga en posesiones, pues hay una ley por la que quienes entran en la secta ceden su hacienda a la orden, de modo que en todos ellos no se ve ni la humillación de la pobreza ni el exceso de la riqueza, sino que, mezclados los bienes de cada uno, hay un solo patrimonio, como entre hermanos, para todos. Tienen el aceite por una mancha, y si alguno es ungido contra su voluntad, se restriega el cuerpo; pues tienen por bueno andar sin acicalar y vestir siempre de blanco. Por votación a mano alzada se eligen los administradores de los asuntos comunes, y cada uno, sin distribución de cargos, sirve a las necesidades de todos.

No tienen una sola ciudad, sino que en cada una habitan muchos de ellos como forasteros residentes. Y a los correligionarios que llegan de otra parte les está abierto todo cuanto poseen, igual que si fuera propio, y entran en casa de quienes nunca antes han visto como si fueran sus más íntimos; por eso hacen sus viajes sin llevar consigo absolutamente nada, aunque armados a causa de los bandidos. En cada ciudad se designa expresamente a un encargado de la orden para los forasteros, que les dispensa ropa y víveres. Su porte y su aspecto corporal son como los de los niños educados bajo temor. No mudan ni los vestidos ni el calzado hasta que los anteriores se rompen del todo o se consumen con el tiempo.

Entre ellos nadie compra ni vende a otro; cada cual entrega lo que tiene a quien lo necesita y recibe a cambio lo que le es útil de aquel; y aun sin ese trueque pueden tomar libremente cuanto quieran de quien deseen.

Hacia lo divino son piadosos de un modo peculiar: antes de que salga el sol no pronuncian ninguna palabra profana, sino que le dirigen ciertas plegarias heredadas de sus padres, como si le suplicaran que se alzase. Después de esto, los encargados los envían cada uno al oficio que conoce, y tras trabajar con empeño hasta la hora quinta vuelven a reunirse en un mismo lugar; se ciñen con lienzos de lino y así lavan su cuerpo con aguas frías, y tras esa purificación entran en una casa propia, donde a ninguno de otra creencia le está permitido pasar; y ellos mismos, ya puros, acuden al comedor como a un recinto sagrado. Cuando se han sentado en silencio, el panadero dispone los panes por orden, y el cocinero coloca ante cada uno un solo plato con un solo manjar. El sacerdote pronuncia una bendición antes de la comida, y no es lícito probar bocado antes de la oración; terminado el almuerzo, vuelve a orar. Al empezar y al acabar honran a Dios como dispensador de la vida. Luego, dejando a un lado sus vestiduras como cosas sagradas, se vuelven de nuevo al trabajo hasta la tarde. Cenan del mismo modo al regresar, y con ellos se sientan los huéspedes, si acaso están presentes. Ni grito ni tumulto mancha jamás la casa, y ceden la palabra unos a otros por turno. A los de fuera, el silencio de los de dentro se les aparece como un misterio temible; y la causa de ello es su continua sobriedad y el que la comida y la bebida se les midan solo hasta saciarse.

En lo demás, nada hacen sin que lo ordenen los encargados; pero dos cosas quedan a su propio arbitrio: el socorro y la misericordia. Pues auxiliar a los que lo merecen cuando lo necesitan, y ofrecer alimento a los que carecen de él, les está permitido por sí mismos; en cambio, las dádivas a los parientes no pueden hacerse sin los administradores. Justos dispensadores de la ira, dueños de su cólera, defensores de la lealtad, servidores de la paz. Todo lo que dicen tiene más fuerza que un juramento, y el jurar lo evitan, por tenerlo por peor que el perjurio; pues dicen que ya está condenado aquel a quien no se cree sin invocar a Dios. Se afanan de un modo extraordinario en los escritos de los antiguos, escogiendo sobre todo los provechosos para el alma y para el cuerpo; de ahí que, para la curación de las dolencias, investiguen las raíces que sirven de remedio y las propiedades de las piedras.

A los que aspiran a su secta no se les da paso enseguida, sino que, dejándolos un año fuera, les imponen el mismo régimen de vida, y les entregan una pequeña azuela, el ceñidor ya mencionado y una vestidura blanca. Cuando en ese tiempo ha dado prueba de dominio de sí, se acerca más a su forma de vida y participa de aguas más puras para la purificación, pero todavía no es admitido a la convivencia. Pues tras la demostración de firmeza se somete su carácter a prueba durante otros dos años, y solo cuando se ha mostrado digno es admitido en la comunidad. Antes de tocar el alimento común, presta ante ellos juramentos terribles: primero, que será piadoso hacia lo divino; luego, que guardará la justicia para con los hombres, que a nadie dañará ni por decisión propia ni por orden ajena, que odiará siempre a los injustos y luchará junto a los justos; que mantendrá siempre la lealtad hacia todos, y sobre todo hacia los que mandan —pues a nadie le llega el poder sin Dios—, y que, si él mismo llega a mandar, jamás abusará de su autoridad ni se distinguirá de sus subordinados por vestidura alguna o mayor ornato. Que amará siempre la verdad y desenmascarará a los mentirosos; que mantendrá sus manos limpias de robo y su alma libre de ganancia impía; que nada ocultará a los de su secta ni revelará a otros nada de ellos, aunque se lo fuercen hasta la muerte. Además de esto, jura no transmitir a nadie las doctrinas de otro modo que como él mismo las recibió, abstenerse del bandidaje y conservar por igual los libros de su secta y los nombres de los ángeles. Con tales juramentos aseguran a los que ingresan.

A los sorprendidos en faltas graves los expulsan de la comunidad; y el expulsado perece muchas veces de la muerte más lamentable, pues, atado por los juramentos y las costumbres, ni siquiera puede participar del alimento de los demás; comiendo hierba y consumido el cuerpo por el hambre, se va deshaciendo. Por eso, apiadados de muchos, los han recibido de nuevo cuando estaban en sus últimos alientos, considerando suplicio bastante por sus faltas ese tormento hasta el umbral de la muerte.

En los juicios son escrupulosísimos y justos, y para juzgar se reúnen no menos de cien, y lo que ellos deciden es inamovible. Grande es entre ellos la veneración, después de Dios, por el nombre del legislador, y si alguno lo blasfema es castigado con la muerte. Obedecer a los ancianos y a la mayoría lo tienen por bueno: si diez están sentados juntos, ninguno hablaría contra la voluntad de los nueve. Se guardan de escupir en medio de ellos o hacia el lado derecho, y de tocar trabajo alguno en shabat más rigurosamente que todos los judíos; pues no solo se preparan la comida la víspera, para no encender fuego aquel día, sino que ni siquiera se atreven a mover un utensilio ni a hacer sus necesidades. Los demás días cavan con la azadilla —tal es la pequeña azuela que dan a los recién ingresados— un hoyo de un pie de hondo, y, cubriéndose con el manto para no ofender los rayos de Dios, se acomodan sobre él. Luego arrastran de nuevo hacia el hoyo la tierra excavada; y esto lo hacen escogiendo los lugares más apartados. Y aunque la evacuación de los desechos es cosa natural, tienen por costumbre lavarse después de ella como si se hubieran manchado.

Están divididos, según el tiempo de su formación, en cuatro grados, y de tal modo son los más recientes inferiores a los más antiguos, que si estos son tocados por aquellos se lavan como si se hubieran mezclado con un extraño. Son de larga vida —la mayoría pasan de cien años—, por la sencillez de su régimen, según me parece, y su buen orden; y desprecian los peligros, venciendo los dolores con la fortaleza de ánimo, y teniendo la muerte, si llega con gloria, por mejor que la inmortalidad. La guerra contra los romanos probó sus almas en todo: descoyuntados y retorcidos, quemados y quebrantados, sometidos a todos los instrumentos de tortura para que blasfemaran del legislador o comieran algo prohibido, no consintieron en padecer ni lo uno ni lo otro, ni tampoco jamás en adular a sus verdugos ni en llorar. Sonriendo entre los dolores y burlándose de los que les aplicaban los suplicios, entregaban el alma con buen ánimo, como quien va a recobrarla de nuevo.

Pues está firmemente arraigada entre ellos esta creencia: que los cuerpos son corruptibles y su materia no permanente, pero que las almas perduran inmortales para siempre; que, venidas del éter más sutil, quedan enredadas en los cuerpos como en prisiones, atraídas por cierto encanto natural; y que, cuando se sueltan de las ataduras de la carne, entonces, como liberadas de una larga esclavitud, se alegran y se elevan a lo alto. Y de acuerdo con los hijos de los griegos, declaran que a las almas buenas les está reservada una morada más allá del océano, un lugar que no oprimen ni las lluvias ni las nieves ni los calores, sino que un suave céfiro, soplando siempre desde el océano, lo refresca; en cambio, a las malas les asignan un rincón tenebroso y tempestuoso, colmado de castigos incesantes. Me parece que con esa misma idea los griegos reservaron a sus valientes, a los que llaman héroes y semidioses, las islas de los Bienaventurados, y a las almas de los malvados, en el Hades, el lugar de los impíos, donde también cuentan sus fábulas de algunos que sufren castigo, Sísifos y Tántalos, Ixiones y Titios: primero, para sostener que las almas son eternas; luego, para exhortar a la virtud y apartar del vicio. Pues los buenos se hacen mejores en la vida por la esperanza de un premio también tras la muerte, y a los malos se les refrenan los ímpetus por el temor de que, aun si en vida pasan inadvertidos, tras la disolución habrán de sufrir un castigo inmortal. Esto es lo que los esenios enseñan acerca del alma, tendiendo un cebo inevitable a quienes una vez han gustado de su sabiduría.

Hay entre ellos quienes prometen además conocer de antemano lo por venir, adiestrados en libros sagrados, en diversas purificaciones y en las sentencias de los profetas; y rara vez, si acaso, yerran en sus predicciones. Existe también otro orden de esenios, que coincide con los demás en régimen, costumbres y leyes, pero disiente en cuanto al matrimonio; pues piensan que quienes no se casan cercenan la parte más importante de la vida, la sucesión, y más aún, que si todos pensaran lo mismo el género humano se extinguiría muy pronto. Sin embargo, ponen a prueba a sus esposas durante tres años, y solo cuando se han purificado tres veces, en señal de que pueden concebir, las toman. No se unen a las que están encinta, mostrando que se casan no por placer, sino por necesidad de hijos. Las mujeres se bañan cubiertas con vestiduras, como los hombres con un ceñidor. Tales son las costumbres de este orden.

De las dos primeras escuelas, los fariseos son los que pasan por interpretar las leyes con exactitud y constituyen la primera; atribuyen todo al destino y a Dios, y sostienen que el obrar con justicia o no depende en su mayor parte de los hombres, aunque en cada acto también coopera el destino; que toda alma es incorruptible, pero que solo la de los buenos pasa a otro cuerpo, mientras que las de los malos son castigadas con un suplicio eterno. Los saduceos, la segunda escuela, suprimen por completo el destino y colocan a Dios fuera del hacer o siquiera contemplar mal alguno; afirman que el bien y el mal están puestos ante la elección de los hombres, y que cada cual se acerca a uno u otro según su propio parecer. Niegan la persistencia del alma y los castigos y recompensas en el Hades. Los fariseos son afables entre sí y cultivan la concordia con el conjunto; en los saduceos, en cambio, el carácter es más áspero aun entre ellos mismos, y su trato con los iguales es tan hosco como con los extraños. Esto es lo que tenía que decir acerca de los que filosofan entre los judíos.

Cuando la etnarquía de Arquelao se convirtió en provincia, los demás —Filipo y Herodes, el llamado Antipas— gobernaban cada uno su tetrarquía. Salomé, al morir, dejó a Julia, esposa de Augusto, su propia toparquía, además de Yavne y los palmerales de Fasaélide. Al pasar el gobierno de los romanos a Tiberio, hijo de Julia, tras la muerte de Augusto —que había regido los asuntos cincuenta y siete años, seis meses y dos días—, y permaneciendo Herodes y Filipo en sus tetrarquías, este último funda, junto a las fuentes del Yardén, en Paneas, la ciudad de Cesarea, y en la Gaulanítide inferior, Julias; y Herodes funda en Galilea Tiberíades, y en Perea otra que lleva el nombre de Julia.

Pilato, enviado a Judea como procurador por Tiberio, introdujo de noche en Yerushaláyim, cubiertas, las imágenes del César, que se llaman estandartes. Esto, de día, suscitó una enorme agitación entre los judíos: los que estaban cerca quedaron pasmados ante aquella visión, como si se hubieran pisoteado sus leyes —pues no admiten que se coloque ninguna imagen en la ciudad—, y a la indignación de los de la ciudad se sumó, en masa, el pueblo del campo, que acudió en tropel. Se dirigieron a Pilato, a Cesarea, y le suplicaron que sacara de Yerushaláyim los estandartes y les respetara sus tradiciones. Como Pilato se negaba, se echaron boca abajo en torno a su casa y permanecieron inmóviles cinco días con sus cinco noches. Al día siguiente, Pilato, sentado en el tribunal en el gran estadio y llamando a la multitud como si quisiera darles respuesta, hizo a los soldados, según lo convenido, la señal de rodear a los judíos con las armas. Rodeados por la falange en tres filas, los judíos quedaron mudos ante lo inesperado del espectáculo; y Pilato, diciendo que los haría degollar si no aceptaban las imágenes del César, indicó a los soldados que desenvainaran las espadas. Pero los judíos, como de común acuerdo, se arrojaron todos a tierra en masa e, inclinando el cuello, gritaban que estaban prontos a dejarse matar antes que transgredir la ley. Pilato, admirado en extremo por lo inquebrantable de su devoción, ordenó que se sacaran al punto los estandartes de Yerushaláyim.

Después de esto provocó otra revuelta al gastar el tesoro sagrado —llamado corbonás— en una conducción de aguas: la traía desde cuatrocientos estadios. Ante ello hubo indignación en la multitud y, hallándose Pilato en Yerushaláyim, rodearon el tribunal y clamaban contra él. Pero él, que había previsto la agitación, había mezclado entre la multitud soldados armados encubiertos con vestidos de particulares, y, prohibiéndoles usar la espada pero ordenándoles golpear con garrotes a los que gritaran, dio la señal desde el tribunal. Golpeados, muchos judíos perecieron por los palos, y muchos, en la huida, pisoteados por los suyos mismos. Ante la desgracia de los muertos, la multitud, aterrada, enmudeció.

Por entonces Agripa, hijo de aquel Aristóbulo al que su padre Herodes había dado muerte, se presenta ante Tiberio como acusador de Herodes el tetrarca. Como Tiberio no admitió la acusación, se quedó en Roma y cultivaba a los demás notables, y sobre todo al hijo de Germánico, Cayo, que todavía era un particular. Y una vez, agasajándolo en un banquete, tras muchas muestras de afecto, terminó alzando las manos y rogó abiertamente ver pronto a Cayo como señor del mundo entero, muerto ya Tiberio. Uno de sus criados lo denunció a Tiberio, y este, indignado, encarceló a Agripa y lo tuvo con malos tratos seis meses en prisión, hasta que él mismo murió, tras haber gobernado veintidós años, seis meses y tres días.

Proclamado Cayo César, libera a Agripa de las cadenas y lo nombra rey de la tetrarquía de Filipo, pues este había muerto. Llegado al poder, Agripa despertó con su ejemplo las ambiciones de Herodes el tetrarca. Empujaba a este a la esperanza del reino sobre todo su mujer, Herodías, echándole en cara su indolencia y diciendo que, por no querer navegar hasta el César, se privaba de un poder mayor: si a Agripa, de particular lo había hecho rey, ¿acaso vacilaría en hacer otro tanto con él, que era tetrarca? Persuadido por esto, Herodes fue a ver a Cayo, quien lo castigó por su codicia con el destierro a la Galia; pues Agripa lo había seguido como acusador, y a él le añadió Cayo la tetrarquía de aquel. Y Herodes murió en la Galia, adonde también su mujer lo había acompañado en el exilio.

Cayo César llegó a tal extremo de insolencia en su fortuna, que quería que se le tuviera por dios y se le llamara así; decapitó a los hombres más nobles de su patria y extendió su impiedad hasta Judea. Envió a Petronio con un ejército a Yerushaláyim para erigir sus estatuas en el Templo, con orden de que, si los judíos no las aceptaban, matara a los que se opusieran y redujera a esclavitud a todo el resto del pueblo. Pero a Dios le importaban aquellas órdenes. Petronio, con tres legiones y muchos aliados de Siria, avanzó hacia Judea desde Antioquía. De los judíos, unos no daban crédito a los rumores de guerra, y otros, aunque los creían, se hallaban sin recursos para defenderse; pero el miedo cundió pronto entre todos, pues el ejército llegaba ya a Ptolemaida.

Es esta una ciudad de Galilea, situada junto al mar, en el borde de la gran llanura, y está rodeada de montes: por el lado de oriente, a sesenta estadios, el de Galilea; por el sur, el Carmelo, distante ciento veinte estadios; y por el norte el más alto, al que los del lugar llaman la Escalera de los Tirios, que dista también cien estadios. A unos dos estadios de la ciudad corre el río llamado Belo, muy escaso, y junto a él está el monumento de Memnón, que tiene cerca un paraje de cien codos digno de asombro: es circular y hondo, y produce la arena vítrea; y cuando muchas barcas atracan y la vacían, el lugar vuelve a llenarse, pues los vientos arrastran entonces hacia él, como a propósito, la arena inerte de fuera, y todo ese mineral se transforma al punto en vidrio. Pero aún más asombroso me parece que el vidrio que rebosa de aquel lugar se convierta de nuevo en arena común. Tal es la naturaleza que ha tocado en suerte a ese paraje.

Los judíos, reunidos con sus mujeres y sus hijos en la llanura frente a Ptolemaida, suplicaban a Petronio, primero por sus leyes patrias, luego por ellos mismos. Cediendo ante la multitud y sus ruegos, dejó en Ptolemaida las estatuas y las tropas, y, avanzando hacia Galilea, convocó en Tiberíades a la multitud y a todos los notables; les expuso el poder de los romanos y las amenazas del César, y les mostró además que su exigencia era insensata: pues, habiendo todos los pueblos sometidos erigido en sus ciudades, junto a los demás dioses, también las imágenes del César, el que solo ellos se opusieran a ello era casi lo mismo que rebelarse, y con ultraje. Cuando ellos alegaron la ley y la costumbre patria, y que no les era lícito colocar imagen alguna de Dios, ni menos de un hombre, no ya en el Templo, sino ni siquiera en un lugar cualquiera del país, Petronio replicó: «También yo debo guardar la ley de mi señor; pues si la transgredo y os perdono, moriré con justicia. Os hará la guerra el que me ha enviado, no yo; que también a mí, como a vosotros, se me dan órdenes». Ante esto la multitud gritó toda que estaba dispuesta a padecer antes que la ley. Petronio, apaciguando su clamor, dijo: «¿Haréis, entonces, la guerra al César?». Y los judíos respondieron que por el César y por el pueblo de los romanos ofrecían sacrificios dos veces al día, pero que, si quería erigir las imágenes, tendría antes que inmolar a todo el pueblo judío; que allí estaban ellos, prontos al degüello, junto con sus hijos y sus mujeres. Al oírlo, sobrecogieron a Petronio la admiración y la piedad ante la insuperable religiosidad de aquellos hombres y su ánimo dispuesto a la muerte. Y por entonces se separaron sin haber logrado nada.

Los días siguientes, reuniendo ya a los poderosos en privado, ya a la multitud en público, unas veces los exhortaba, otras les aconsejaba, pero sobre todo los amenazaba, esgrimiendo la fuerza de los romanos, la cólera de Cayo y, además de esto, su propia necesidad. Como no cedían a ninguna tentativa, y viendo que el país corría peligro de quedar sin sembrar —pues en plena época de siembra la multitud llevaba cincuenta días ociosa junto a él—, finalmente los reunió y dijo: «Más vale que corra yo el riesgo: o, con la ayuda de Dios, persuadiré al César y me salvaré gustoso con vosotros, o, si se irrita, entregaré de buen grado mi propia vida por tantos hombres». Y despidió a la multitud, que hacía por él muchos votos, y, tomando el ejército de Ptolemaida, regresó a Antioquía. Desde allí escribió enseguida al César sobre su incursión en Judea y las súplicas del pueblo, y le dijo que, si no quería perder, además de a los hombres, también el país, debía permitirles guardar su ley y revocar la orden. A estas cartas respondió Cayo sin ninguna moderación, amenazando a Petronio con la muerte por haberse mostrado tardo servidor de sus órdenes. Pero sucedió que los correos que llevaban esa respuesta fueron zarandeados tres meses por el mar, mientras que otros, que anunciaban la muerte de Cayo, tuvieron buena travesía. Así, Petronio recibió las cartas sobre esto veintisiete días antes que las dirigidas contra él.

Muerto Cayo a traición tras gobernar tres años y ocho meses, Claudio es arrebatado al poder por las tropas que había en Roma. Pero el senado, dirigido por los cónsules Sencio Saturnino y Pomponio Segundo, encomendó a las tres cohortes que le quedaban fieles la custodia de la ciudad, se reunió en el Capitolio y, a causa de la crueldad de Cayo, votó hacer la guerra a Claudio: pues restablecería el gobierno mediante una aristocracia, como antaño se administraba, o elegiría por votación a quien fuera digno del mando. Ocurrió entonces que a Agripa, que se hallaba en Roma, lo llamó a consejo el senado, y también Claudio lo mandó llamar desde el campamento, para que les fuera útil en lo que hiciera falta. Y él, viendo que Claudio era ya César por la fuerza, se pasa a su lado. Claudio lo envía como legado ante el senado para exponer su intención: que, en primer lugar, había sido arrebatado por los soldados contra su voluntad, y que no juzgaba justo abandonar el celo de aquellos ni seguro fiar de su propia fortuna, pues el mismo haber recibido el título imperial entrañaba peligro; y, en segundo lugar, que administraría el poder como buen protector, no como tirano, contentándose con el honor del nombre y dejando a todos la deliberación sobre cada asunto; y que, aunque no fuera moderado por naturaleza, tenía ante sí un ejemplo suficiente de prudencia en la muerte de Cayo.

Esto transmitió Agripa. Pero el senado respondió que, confiado en su ejército y en sus buenos propósitos, no soportaría una servidumbre voluntaria. Cuando Claudio oyó la respuesta del senado, envió de nuevo a Agripa para anunciarles que no consentiría en traicionar a quienes se habían concertado en su favor, pero que haría la guerra, contra su voluntad, a aquellos con quienes menos deseaba hacerla; que, no obstante, debía designarse de antemano un lugar para la batalla fuera de la ciudad, pues no era piadoso que, por la mala decisión de ellos, los recintos sagrados de la patria se mancharan con sangre de compatriotas. Oído esto, Agripa se lo comunicó a los senadores. Entretanto, uno de los soldados que estaban con el senado desenvainó la espada y gritó: «Compañeros de armas, ¿qué nos pasa, que queremos matar a hermanos y lanzarnos contra nuestros parientes que están con Claudio, teniendo un emperador a quien nada se le puede reprochar, y tan justas razones respecto de aquellos contra quienes vamos a marchar con las armas?». Dicho esto, se lanzó por en medio del senado arrastrando consigo a todos sus compañeros. Los patricios, al pronto, quedaron sobrecogidos de temor ante el abandono, pero luego, como no se les ofrecía ningún recurso salvador, se apresuraron por el camino de los soldados hacia Claudio. Salieron a su encuentro, ante los muros y con las espadas desnudas, los que más a fondo adulaban a la fortuna; y habrían corrido peligro los que iban delante, antes de que Claudio conociera el ímpetu de los soldados, si Agripa, corriendo hacia él, no le hubiera advertido del riesgo del lance: que, si no contenía el ímpetu de los que se habían enfurecido contra los patricios, perdería a aquellos por quienes su poder era admirado, y sería rey de un desierto. Al oírlo, Claudio contuvo los ímpetus de la soldadesca, recibió al senado en el campamento y, tras acogerlos con benevolencia, salió con ellos al punto para ofrecer a Dios el sacrificio de acción de gracias por el mando.

Y enseguida agració a Agripa con todo el reino de su padre, añadiéndole por fuera la Traconítide y la Auranítide, dadas por Augusto a Herodes, y, aparte de esto, otro reino, el llamado de Lisanias. Al pueblo dio a conocer la donación por edicto, y a los magistrados les ordenó que, grabada en tablas de bronce, la depositaran en el Capitolio. También agració con el reino de Cálcide a su hermano Herodes, que era además yerno suyo, casado con Berenice. Pronto, como era de esperar de un dominio tan grande, afluyó a Agripa la riqueza, y él mismo no tardó en emplear en exceso aquellos recursos: comenzó a rodear Yerushaláyim de una muralla tan grande que, de haberse terminado, habría hecho imposible el asedio para los romanos. Pero murió en Cesarea antes de elevar la obra, tras haber reinado tres años, después de haber gobernado antes otros tres años sobre las tetrarquías. Dejó tres hijas nacidas de Cipros —Berenice, Mariamna y Drusila— y un hijo, de la misma, Agripa. Como este era todavía un niño de pecho, Claudio hizo de nuevo provincia aquellos reinos y envió como procurador a Cuspio Fado, y luego a Tiberio Alejandro, quienes, sin alterar en nada las costumbres del país, mantuvieron al pueblo en paz. Después de esto muere también Herodes, el rey de Cálcide, dejando dos hijos de su sobrina Berenice, Berniciano e Hircano, y de su primera esposa Mariamna, a Aristóbulo. Le había muerto también otro hermano, Aristóbulo, un particular, que dejó una hija, Jotape. Estos eran, como dije, los hijos de Aristóbulo, hijo de Herodes; y Aristóbulo y Alejandro habían sido hijos de Herodes con Mariamna, a los que el padre dio muerte; el linaje de Alejandro reinó sobre la Gran Armenia.

Tras la muerte de Herodes, el que gobernaba Cálcide, Claudio establece en el reino de su tío a Agripa, hijo de Agripa; y del resto de la provincia recibe la procuraduría, sucediendo a Alejandro, Cumano, bajo el cual empezaron los disturbios y hubo de nuevo mortandad de judíos. Habiéndose reunido la multitud en Yerushaláyim para la fiesta de los ácimos, y estando apostada la cohorte romana sobre el pórtico del Templo —pues siempre vigilan armados las fiestas, no sea que la multitud congregada intente algún desorden—, uno de los soldados, levantándose la vestidura e inclinándose de modo indecente, volvió las posaderas hacia los judíos y emitió, acorde con la postura, un sonido semejante. Ante esto se indignó toda la multitud, y clamaban a Cumano que castigara al soldado, mientras que los menos sensatos entre los jóvenes y los de índole naturalmente sediciosa se lanzaban a la lucha; y, arrebatando piedras, las arrojaban contra los soldados. Cumano, temiendo que se produjera un ataque de todo el pueblo contra él, manda venir más hombres de armas. Al derramarse estos por los pórticos, un pánico irresistible se apoderó de los judíos, que, huyendo del Templo, escapaban hacia la ciudad. Y fue tanto el atropello de la gente apiñándose en las salidas, que, pisoteados y aplastados unos por otros, murieron más de treinta mil, y la fiesta se convirtió en duelo para todo el pueblo y en lamento para cada casa.

A esta desgracia sucedió otro tumulto de bandidos. En el camino público de Bet-Horón, unos bandidos cayeron sobre el equipaje de un tal Esteban, esclavo del César, y lo saquearon. Cumano mandó traer a su presencia, presos, a los de las aldeas cercanas, reprochándoles no haber perseguido y prendido a los bandidos. Allí, uno de los soldados, hallando en cierta aldea el libro de la sagrada Torá, lo rasgó y lo arrojó al fuego. Los judíos, como si les hubieran incendiado el país entero, se conmovieron y, arrastrados todos por su religiosidad como por un resorte, a una sola voz corrieron a Cesarea, ante Cumano, suplicándole que no dejara sin castigo a quien tal ultraje había cometido contra Dios y contra su ley. Él, viendo que la multitud no se calmaría si no obtenía satisfacción, mandó sacar al soldado y ordenó que lo llevaran a la muerte por en medio de los acusadores. Y los judíos se retiraron.

De nuevo se produce un choque entre galileos y samaritanos. En la aldea llamada Gemá, que está en la gran llanura de la Samaritis, mientras muchos judíos subían a la fiesta, uno de los galileos fue muerto. Ante esto acudieron muchísimos desde Galilea con ánimo de guerrear contra los samaritanos, pero sus notables, presentándose ante Cumano, le rogaron que, antes de que ocurriera un mal irreparable, pasara a Galilea y castigara a los culpables del asesinato: solo así, decían, se disolvería la multitud antes de la guerra. Pero Cumano, poniendo las súplicas de aquellos por debajo de los asuntos que tenía entre manos, despidió a los suplicantes sin haber conseguido nada. Anunciada en Yerushaláyim la muerte del asesinado, las multitudes se conmovieron y, abandonando la fiesta, se lanzaron hacia Shomrón sin general y sin obedecer a ninguno de los magistrados que trataban de contenerlos. Los encabezaban un tal Elazar, hijo de Dineo, y Alejandro, hombres de índole salteadora y sediciosa, que, cayendo sobre las aldeas vecinas de la toparquía de Acrabatene, mataban a los habitantes sin perdonar edad alguna e incendiaban las aldeas. Cumano, tomando de Cesarea un escuadrón de caballería llamado de los sebastenos, acudió en auxilio de los saqueados, y prendió a muchos de los de Elazar y mató a muchísimos.

En cuanto al resto de la multitud, decidida a guerrear contra los samaritanos, los magistrados de Yerushaláyim salieron corriendo, vestidos de sacos y derramando ceniza sobre sus cabezas, y les suplicaban que se retiraran y no irritaran a los romanos contra Yerushaláyim por vengarse de los samaritanos; que se apiadaran de la patria y del Templo, de sus propios hijos y mujeres, todo lo cual corría peligro de perderse por vengar a un solo galileo. Persuadidos por esto, los judíos se dispersaron. Pero muchos se dieron al bandidaje por la impunidad, y por todo el país hubo pillajes y levantamientos de los más audaces. Y los poderosos de los samaritanos, presentándose ante Ummidio Cuadrato, que era gobernador de Siria, en Tiro, reclamaban que se castigara a quienes habían asolado su territorio. Estando presentes también los notables de los judíos y el sumo sacerdote Yonatán, hijo de Anano, decían que los samaritanos habían dado comienzo a la revuelta con el asesinato, pero que el culpable de lo sucedido era Cumano, por no haber querido perseguir a los autores de la muerte. Cuadrato, por entonces, aplazó la causa de ambas partes, diciendo que, cuando llegara a aquellos lugares, examinaría cada cosa; y luego, pasando a Cesarea, crucificó a todos los que Cumano había capturado vivos. De allí, llegado a Lida, oyó de nuevo a los samaritanos, y, mandando comparecer a dieciocho judíos que sabía habían tomado parte en el combate, los ejecutó con el hacha. A otros dos de los más poderosos, y a los sumos sacerdotes Yonatán y Ananías, y al hijo de este, Anano, y a algunos otros notables judíos, los envió ante el César, e igualmente a los más ilustres de los samaritanos. Ordenó también a Cumano y a Céler, el tribuno, que navegaran a Roma para rendir cuentas a Claudio de lo ocurrido. Dispuesto esto, subía de Lida a Yerushaláyim, y, hallando a la multitud celebrando sin alboroto la fiesta de los ácimos, regresó a Antioquía.

En Roma, tras oír al César a Cumano y a los samaritanos —estaba presente también Agripa, que defendía con ardor a los judíos, pues a Cumano lo asistían muchos poderosos—, condenó a los samaritanos y mandó dar muerte a tres de sus principales, y a Cumano lo desterró. A Céler lo mandó preso a Yerushaláyim para que se lo entregaran a los judíos para el suplicio, y que, arrastrado por la ciudad, se le cortara así la cabeza. Después de esto envía como procurador de Judea, de Shomrón, de Galilea y de Perea a Félix, hermano de Palas, y a Agripa lo traslada de Cálcide a un reino mayor, dándole la provincia que había sido de Filipo —esto es, la Traconítide, Batanea y la Gaulanítide—, y le añadió el reino de Lisanias y la que había sido tetrarquía de Varo. Y él mismo, tras gobernar el imperio trece años, ocho meses y veinte días, muere dejando como sucesor del poder a Nerón, a quien, por los engaños de su mujer Agripina, había adoptado para la herencia del imperio, aunque tenía un hijo legítimo, Británico, de Mesalina, su primera mujer, y una hija, Octavia, a la que había unido en matrimonio a Nerón; le había nacido además, de Petina, Antonia.

Cuanto Nerón, perdido el juicio por el exceso de prosperidad y de riqueza, hizo con insolencia contra la fortuna, o de qué modo dio muerte a su hermano, a su mujer y a su madre, y cómo desde ellos trasladó su crueldad a los más nobles, y cómo al final, por un trastorno de su juicio, se dejó arrastrar hasta la escena y el teatro, lo pasaré por alto —ya que a todos les resulta cosa sabida— y me volveré a lo que sucedió a los judíos en su tiempo.

Así pues, dio a Aristóbulo, hijo de Herodes, el reino de la Armenia Menor; al reino de Agripa añadió cuatro ciudades con sus toparquías —Ábela y Julias en la Perea, Taríquea y Tiberíades en Galilea— y sobre el resto de Judea puso a Félix como procurador. Este apresó vivo al cabecilla de los bandidos, Elazar, que durante veinte años había saqueado la comarca, junto con muchos de los suyos, y los envió a Roma; y de los bandidos que crucificó y de la gente del pueblo a la que castigó por complicidad con ellos hubo una muchedumbre innumerable.

Limpiada la comarca, brotó en Yerushaláyim otra clase de bandidos, los llamados sicarios, que mataban a los hombres en pleno día y en medio de la ciudad. Sobre todo en las fiestas se mezclaban con la multitud, escondiendo pequeños puñales bajo la ropa, y con ellos herían a sus enemigos; luego, caído el hombre, los propios asesinos se sumaban a los que se indignaban, de modo que, por esa apariencia de honestidad, quedaban por completo sin ser descubiertos. El primero degollado por ellos fue el sumo sacerdote Yonatán, y tras él muchos morían cada día; y el miedo era más penoso que las propias desgracias, pues cada uno, como en plena guerra, esperaba la muerte a cada hora. Vigilaban de lejos a sus enemigos, y no había confianza ni siquiera para los amigos que se acercaban; en medio mismo de las sospechas y las precauciones caían muertos: tan grande era la rapidez de los conspiradores y su arte para pasar inadvertidos.

A estos se sumó, además, otra cuadrilla de malvados, más limpia de manos pero más impía de intenciones, que no menos que los degolladores arruinó la prosperidad de la ciudad. Hombres embusteros y engañadores, so pretexto de inspiración divina, tramaban revueltas y trastornos y persuadían a la multitud a comportarse como poseídos, y la sacaban al desierto, como si allí Dios les fuera a mostrar señales de libertad. Contra ellos Félix —pues le parecía el cimiento de una revuelta— envió jinetes y soldados de a pie, y destruyó a gran número.

Con un golpe mayor que este dañó a los judíos el falso profeta egipcio. Pues llegó a la comarca un hombre charlatán que se atribuyó a sí mismo el crédito de profeta, reunió a unos treinta mil de los engañados y, llevándolos en rodeo desde el desierto hasta el monte llamado de los Olivos, desde allí se disponía a forzar la entrada en Yerushaláyim para, dominando la guarnición romana y al pueblo, ejercer la tiranía valiéndose de los satélites que habían irrumpido con él. Pero Félix se adelantó a su acometida, saliéndole al paso con los soldados romanos, y todo el pueblo se sumó a la defensa, de modo que, trabado el combate, el egipcio huyó con unos pocos, la mayor parte de los que iban con él fueron muertos o apresados, y el resto de la muchedumbre se dispersó y cada uno se escabulló a su casa.

Sofocados también estos, como en un cuerpo enfermo, se inflamó de nuevo otra parte. Pues los charlatanes y los bandidos, unidos, arrastraron a muchos a la revuelta y los incitaban a la libertad, amenazando de muerte a quienes obedecían al mando de Roma y diciendo que arrancarían por la fuerza a los que voluntariamente elegían ser esclavos. Repartidos por la comarca en cuadrillas, saqueaban las casas de los poderosos, los mataban a ellos e incendiaban las aldeas, hasta llenar toda Judea con su locura. Y esta guerra se reavivaba cada día.

Otra revuelta estalló en torno a Cesarea, al enfrentarse los judíos que allí vivían mezclados con los sirios de la ciudad. Pues los unos pretendían que la ciudad era suya, alegando que su fundador había sido judío —y ese era el rey Herodes—; los otros reconocían que el fundador era judío, pero afirmaban que la ciudad misma era de los griegos, pues no habría erigido estatuas y templos si la hubiera consagrado a judíos. Por esto disputaban ambos bandos; y su rivalidad avanzó hasta las armas, y cada día los más audaces de una y otra parte se lanzaban al combate, pues ni los ancianos de los judíos podían contener a sus propios revoltosos, ni a los griegos les parecía sino vergüenza quedar por debajo de los judíos. Estos aventajaban en riqueza y en fuerza corporal; el bando griego, en el amparo de los soldados, pues la mayor parte de la fuerza romana de allí estaba reclutada en Siria y, como si fueran parientes, estaban dispuestos a socorrerlos. Los prefectos, por su parte, se preocupaban de reprimir el desorden, y apresando continuamente a los más belicosos los castigaban con azotes y cadenas. Pero los padecimientos de los apresados no producían en los que quedaban freno ni temor, sino que aún más se exasperaban hacia la sedición. Una vez, venciendo los judíos, Félix salió a la plaza y con amenazas les ordenó retirarse; y como no obedecían, lanzó contra ellos a los soldados y mató a muchos, cuyos bienes, además, fueron saqueados. Como la sedición persistía, escogió de cada bando a los hombres notables y los envió como legados ante Nerón para debatir sobre sus derechos.

Festo, que sucedió a este en la procuraduría, atacó lo que más dañaba a la comarca: apresó, en efecto, a muchísimos de los bandidos y dio muerte a no pocos. Pero Albino, el que vino tras Festo, no condujo los asuntos del mismo modo, sino que no hubo forma de maldad que dejara sin practicar. Pues no solo en los asuntos públicos robaba y saqueaba los bienes de cada uno, ni solo cargaba de tributos a todo el pueblo, sino que además, a los que estaban presos por bandidaje por sentencia del consejo local o de los procuradores anteriores, los liberaba mediante rescate pagado por sus parientes, y solo quien no daba dinero quedaba en las cárceles como malhechor. Entonces también cobraron ánimo las audacias de quienes querían promover novedades en Yerushaláyim: con dinero los poderosos se ganaban a Albino para que les diera vía libre a sediciones, y del pueblo llano la parte que no gustaba de la calma se inclinaba hacia los cómplices de Albino. Cada uno de los malvados, ceñido con su propia cuadrilla, se erguía él mismo como un cabecilla de bandidos o un tirano por encima de su banda, y usaba a sus satélites para saquear a los hombres moderados. Y sucedía que los despojados, sobre aquello por lo que debían indignarse, callaban, y los que no habían sido golpeados, por miedo a padecer lo mismo, hasta adulaban al que merecía castigo. En suma, toda libertad de palabra quedó cortada; había tiranía en manos de muchos, y desde entonces se sembraron en la ciudad las semillas de la futura toma.

Siendo tal Albino, el que vino tras él, Gesio Floro, lo hizo parecer, por comparación, el mejor de los hombres. Aquel hizo la mayor parte de sus fechorías a escondidas y con recato; Gesio, en cambio, hizo alarde de sus atropellos contra el pueblo, y como enviado a modo de verdugo para castigo de condenados, no dejó sin practicar ninguna forma de rapiña ni de ultraje. Era en las cosas que movían a compasión el más cruel, y en las vergonzosas el más desvergonzado. Nadie derramó sobre la verdad más descrédito, ni ideó en el obrar con maldad caminos más engañosos. A él ganar hombre por hombre le parecía poco: desnudaba ciudades enteras, arruinaba pueblos en masa, y poco faltó para que proclamara por toda la comarca que a todos les estaba permitido saquear, con tal de que él mismo tomara una parte del botín. Por su codicia sucedió que quedaron desiertas todas las ciudades, y muchos, abandonando los hogares de sus padres, huyeron a provincias extranjeras.

Mientras Cestio Galo estuvo en Siria administrando la provincia, nadie se atrevió a enviar una embajada contra Floro; pero cuando aquel llegó a Yerushaláyim, hallándose en curso la fiesta de los panes ázimos, el pueblo lo rodeó —no menos de tres millones— suplicándole que se apiadara de las desgracias del pueblo, y clamaban contra Floro, el azote de la comarca. Este, presente y de pie junto a Cestio, se burlaba de aquellas voces. Cestio, por su parte, calmando el ímpetu de la multitud y dando a entender que en adelante haría a Floro más moderado con ellos, regresó a Antioquía. Floro lo acompañó hasta Cesarea, engañándolo, pues ya meditaba la guerra contra el pueblo, con la que solo, según creía, podría encubrir sus propios atropellos: pues, mientras hubiera paz, esperaba tener a los judíos como acusadores ante el César, mientras que, si maquinaba su rebelión, con el mal mayor apartaría la denuncia de las faltas menores. Por eso, para que el pueblo se sublevara del todo, cada día les agravaba las desgracias.

Entretanto, los griegos de Cesarea, que habían ganado ante Nerón el gobierno de la ciudad, trajeron los documentos de la sentencia, y la guerra comenzó su curso en el duodécimo año del gobierno de Nerón, el decimoséptimo del reinado de Agripa, en el mes de Artemisio. Ahora bien, frente a la magnitud de las desgracias que de ella nacieron, tuvo un pretexto indigno. Pues los judíos de Cesarea, que tenían una sinagoga junto a un terreno cuyo dueño era cierto griego de Cesarea, muchas veces se afanaron por adquirir el lugar, ofreciendo un precio muchas veces superior a su valor; pero como aquel desdeñaba sus ruegos, y por afrentarlos aún más edificaba junto al terreno, levantando talleres, y les dejaba un paso estrecho y del todo forzado, al principio los más ardientes de los jóvenes se adelantaban a estorbar la obra. Y como Floro los apartaba de la violencia, los poderosos de los judíos, sin saber qué hacer —entre ellos Yojanán el publicano—, persuaden a Floro, con ocho talentos de plata, a impedir el trabajo. Este, que solo por recibir el dinero prometió cooperar en todo, tomó la suma y salió de Cesarea hacia Sebaste, y dejó la sedición dueña de sí misma, como si hubiera vendido a los judíos licencia para combatir.

Al día siguiente, siendo Shabat, cuando los judíos se habían reunido en la sinagoga, cierto sedicioso de Cesarea volcó una vasija de barro y, colocándola junto a la entrada de ellos, sacrificaba aves sobre ella. Esto irritó a los judíos de manera irremediable, pues veían ultrajadas sus leyes y profanado el lugar. Y mientras la parte serena y apacible creía que había que acudir a los gobernadores, la facciosa e inflamada por la juventud ardía en deseos de combate. Los sediciosos de los cesarienses estaban ya dispuestos —pues habían enviado por acuerdo previo al que hizo el sacrificio— y pronto se produjo el choque. Acudió Jucundo, el comandante de caballería encargado de impedirlo, quita la vasija e intentaba poner fin a la sedición; pero, vencido por la violencia de los cesarienses, los judíos, arrebatando los libros de la Torá, se retiraron a Narbata —así se llama una comarca suya, a sesenta estadios de distancia de Cesarea—. Los notables del grupo de Yojanán, doce hombres, fueron a Sebaste ante Floro, se lamentaron de lo ocurrido y le suplicaron ayuda, recordándole con recato los ocho talentos. Pero él hasta los prendió y encadenó, acusándolos de haber sacado los libros de la Torá de Cesarea.

Ante esto hubo indignación entre los de Yerushaláyim, aunque todavía contenían su cólera. Pero Floro, como si se hubiera contratado para atizar la guerra, envió al tesoro sagrado y saca diecisiete talentos, con el pretexto de las necesidades del César. Al instante se apoderó del pueblo la confusión, y corriendo todos juntos al Templo, con gritos penetrantes invocaban el nombre del César y suplicaban que los liberaran de la tiranía de Floro. Algunos de los sediciosos lanzaban contra Floro los insultos más viles y, llevando en torno una cesta, pedían monedas para él, como para un desdichado y miserable. Con esto no lo apartaron de su avaricia, sino que se enfureció por sacar aún más dinero. Cuando debía haber ido a Cesarea y apagar el fuego de la guerra que allí empezaba y quitar las causas del desorden —tarea por la que además había recibido paga—, marchó en cambio con tropas de caballería e infantería contra Yerushaláyim, para actuar con las armas romanas y despojar a la ciudad mediante el miedo y las amenazas.

El pueblo, queriendo avergonzar su ímpetu, sale al encuentro de los soldados con aclamaciones y se dispuso a recibir a Floro con toda deferencia. Pero aquel, enviando por delante con cincuenta jinetes al centurión Capitón, les ordenó retirarse y no fingir ahora, con muestras de afecto, hacia aquel a quien tan vergonzosamente habían insultado: pues debían —dijo—, si de verdad eran nobles y de lengua libre, burlarse de él también en su presencia, y mostrarse amantes de la libertad no solo en palabras, sino también en las armas. Espantada la multitud por esto, y al mismo tiempo al abalanzarse los jinetes de Capitón por en medio, se dispersó antes de saludar a Floro o de dejar patente a los soldados su docilidad. Retirándose a sus casas, pasaron la noche con miedo y abatimiento.

Floro, por su parte, se alojó entonces en el palacio, y al día siguiente, colocando delante de él un estrado, se sentó, y acudieron al estrado los sumos sacerdotes, los poderosos y lo más granado de la ciudad. A estos Floro les ordenó entregar a los que lo habían insultado, diciendo que ellos mismos sentirían su venganza si no presentaban a los culpables. Ellos declararon que el pueblo tenía intenciones pacíficas y pedían perdón para los que habían proferido palabras: pues en tan gran multitud no era de extrañar que algunos fueran más audaces e insensatos por su edad, pero era imposible distinguir a los que habían faltado, arrepintiéndose cada uno y negando lo que había hecho. Debía él, en cambio, si se preocupaba por la paz del pueblo y quería conservar la ciudad para los romanos, perdonar antes por los muchos inocentes a los pocos que habían delinquido, que por unos pocos malvados turbar a un pueblo tan grande y honrado.

Ante esto, más irritado, grita a los soldados que saqueen la llamada plaza alta y maten a cuantos encuentren. Ellos, con el deseo de ganancia sumado a la orden de su jefe, no solo saqueaban el lugar al que habían sido enviados, sino que, irrumpiendo en todas las casas, degollaban a sus moradores. Había huida por las callejuelas y matanza de los que eran atrapados; no se omitió ningún modo de rapiña, y apresando a muchos hombres moderados los conducían ante Floro, quien, tras haberlos torturado con azotes, los crucificó. El número total de los que perecieron aquel día, con mujeres y niños —pues ni siquiera respetaron a los pequeños—, llegó a unos seiscientos treinta. Y hacía más pesada la desgracia la novedad de la crueldad romana; pues lo que nadie antes había osado, Floro lo osó entonces: azotar ante el estrado a hombres de rango ecuestre y clavarlos en la cruz, hombres que, aunque de origen judío, tenían, sin embargo, dignidad romana.

Por aquel tiempo, el rey Agripa se hallaba de viaje a Alejandría, para felicitar a Alejandro, a quien Nerón había confiado Mitsraim y enviado a gobernarla. A su hermana Berenice, presente en Yerushaláyim y testigo del atropello de los soldados, la asaltó una honda pena, y muchas veces, enviando a sus comandantes de caballería y a sus guardias de corps ante Floro, le rogaba que cesara la matanza. Pero él, sin mirar ni al número de los que morían ni a la nobleza de la que le suplicaba, sino solo al provecho que sacaba de las rapiñas, la desoyó. El furor de los soldados se ensañó incluso contra la reina: pues no solo torturaban y mataban ante sus ojos a los que apresaban, sino que hasta la habrían matado a ella, si no hubiera alcanzado a refugiarse a tiempo en el palacio real; y allí pasó la noche con una guardia, temiendo el asalto de los soldados. Se hallaba en Yerushaláyim cumpliendo un voto a Dios; pues los que están afligidos por enfermedad o por otras necesidades acostumbran a hacer voto, durante los treinta días anteriores a aquel en que van a ofrecer los sacrificios, de abstenerse de vino y de raparse los cabellos. Cumpliendo Berenice también entonces estas cosas, suplicaba a Floro descalza ante el estrado, y además de no obtener respeto, hasta puso en peligro su vida.

Esto sucedió el día dieciséis del mes de Artemisio. Al día siguiente, la multitud, desbordada de dolor, afluyó a la plaza alta y con clamores desmesurados se lamentaba por los muertos; pero, sobre todo, se alzaban voces cargadas de odio contra Floro. Temerosos ante ello, los poderosos con los sumos sacerdotes se rasgaron las vestiduras y, postrándose cada uno, les rogaban que cesaran y que, además de lo ya padecido, no provocaran a Floro a algo irremediable. Y la multitud se dejó persuadir pronto, por respeto a los que suplicaban y con la esperanza de que Floro no cometería ya ningún nuevo atropello contra ellos.

Pero él, apagado el desorden, se molestó, y tramando encenderlo de nuevo, manda llamar a los sumos sacerdotes con los notables y dijo que la única prueba de que el pueblo no volvería a sublevarse sería que salieran a recibir a los soldados que subían de Cesarea —llegaban dos cohortes—. Y mientras aquellos aún convocaban a la multitud, envió por delante aviso a los centuriones de las cohortes de que ordenaran a sus hombres que no devolvieran el saludo a los judíos y que, si decían algo contra él, echaran mano de las armas. Los sumos sacerdotes, reuniendo a la muchedumbre en el Templo, la exhortaban a salir al encuentro de los romanos y a acoger a las cohortes antes de un desastre irremediable. Pero el elemento sedicioso desobedecía, y a causa de los muertos la multitud se inclinaba hacia los más audaces.

Entonces cada sacerdote, cada servidor de Dios, sacando los vasos sagrados y tomando los ornamentos con que solían oficiar, y los citaristas y los cantores de himnos con sus instrumentos, se postraban e imploraban con insistencia que se les conservara aquel sagrado ornato y que no provocaran a los romanos a saquear los tesoros divinos. Y podía verse a los mismos sumos sacerdotes cubriéndose la cabeza de polvo, desnudo el pecho, rotas las vestiduras. Suplicaban a cada uno de los notables por su nombre, y al conjunto del pueblo, que por la más mínima falta no entregaran la patria a los que ansiaban devastarla: pues ¿qué provecho traería a los soldados el saludo de los judíos, o qué remedio de lo sucedido les daría a ellos el no salir ahora? En cambio, si acogían a los que se acercaban, como era costumbre, a Floro se le cortaría el pretexto de guerra, y ellos ganarían su patria y el no padecer nada más. Por lo demás —añadían—, obedecer a unos pocos sediciosos, cuando ellos, siendo un pueblo tan numeroso, debían más bien obligar a aquellos a entrar en razón y a compartir la sensatez, era terrible falta de dominio.

Con estas palabras aplacaban a la multitud, y a la vez contenían a los sediciosos, a unos con amenazas y a otros con respeto. Después, poniéndose al frente, salieron con calma y orden al encuentro de los soldados y, al estar cerca, los saludaron; pero como estos no respondían nada, los sediciosos prorrumpieron en clamores contra Floro. Esa era la señal convenida contra ellos: al punto los soldados, rodeándolos, los golpeaban con palos, y mientras huían, los jinetes, persiguiéndolos, los pisoteaban. Caían muchos golpeados por los romanos, y más aún aplastados unos por otros. Terrible era el amontonamiento en torno a las puertas, y como cada uno se afanaba por adelantarse, la huida se hacía más lenta para todos, y la muerte de los que tropezaban era espantosa: pues asfixiados y quebrados por la muchedumbre de los que los pisaban, desaparecían, y ni siquiera para la sepultura quedaba nadie reconocible para los suyos.

Los soldados caían también sobre ellos, golpeando sin freno a los que atrapaban, y a través del llamado Betezá empujaban a la multitud, forzando el paso para hacerse con el Templo y con la Antonia. También Floro, ansioso por esto, sacó del palacio real a los que estaban con él y pugnaba por llegar a la fortaleza. Pero falló en su intento: pues el pueblo, volviéndose de frente, atajó su acometida, y desplegándose sobre los tejados, arrojaba proyectiles contra los romanos. Abrumados por los proyectiles de arriba, y sin fuerza para abrirse paso a través de la multitud que obstruía las callejuelas, se retiraron al campamento junto al palacio.

Los sediciosos, temiendo que Floro, atacando de nuevo, se apoderara del Templo a través de la Antonia, subiendo enseguida cortaron los pórticos contiguos que unían el Templo con la Antonia. Esto enfrió la codicia de Floro: pues, deseoso de los tesoros de Dios y por eso ansioso de pasar a la Antonia, cuando se rompieron los pórticos, se vino abajo su ímpetu, y mandando llamar a los sumos sacerdotes y al consejo, dijo que él en persona saldría de la ciudad, pero que les dejaría cuanta guarnición quisieran. Y como ellos prometieron todo cuanto tocaba a la seguridad y a que no habría revuelta, con tal de que les dejara una sola cohorte, pero no la que había combatido —pues contra esta guardaba la multitud rencor por lo padecido—, cambió la cohorte, como pedían, y regresó con el resto de sus fuerzas a Cesarea.

Buscando otro pretexto para la guerra, escribió a Cestio, imputando falsamente a los judíos la rebelión, cargándoles el comienzo del combate y diciendo que ellos habían hecho lo que en realidad habían padecido. Pero tampoco callaron los magistrados de Yerushaláyim, sino que ellos mismos y Berenice escribieron a Cestio acerca de los atropellos que Floro había cometido contra la ciudad. Este, leídas las cartas de ambas partes, deliberó con sus oficiales. A unos les parecía que Cestio subiera en persona con un ejército, ya para castigar la rebelión, si había ocurrido, ya para asegurar más firmemente a los judíos y mantenerlos unidos; pero él decidió enviar por delante a uno de sus compañeros para inspeccionar la situación y darle cuenta fielmente de la disposición de los judíos. Envía, pues, a uno de sus tribunos, Neapolitano, quien, encontrándose con el rey Agripa que regresaba de Alejandría junto a Yavne, le reveló quién lo enviaba y las razones.

Allí también los sumos sacerdotes de los judíos, con los poderosos y el consejo, se presentaron a recibir al rey. Y tras los cumplidos hacia él, se lamentaron de sus desgracias y expusieron detalladamente la crueldad de Floro. Agripa se indignaba ante ella, pero, con habilidad de general, desviaba su cólera hacia los mismos judíos a quienes compadecía, queriendo humillar su ánimo y, al no dar la impresión de que hubieran padecido nada injustamente, apartarlos de la venganza. Ellos, pues, como eran hombres escogidos y por sus posesiones deseaban la paz, comprendían que la reprensión del rey era benévola; pero el pueblo, saliendo de Yerushaláyim a sesenta estadios, recibió a Agripa y a Neapolitano. Las mujeres de los degollados salían corriendo y prorrumpían en gritos, y ante su llanto el pueblo, entregándose a los lamentos, imploraba socorro a Agripa, y clamaba ante Neapolitano cuanto habían sufrido a manos de Floro; y, cuando entraron en la ciudad, les mostraban la plaza asolada y las casas saqueadas. Después, por medio de Agripa, persuaden a Neapolitano a recorrer la ciudad, con un solo criado, hasta el Shiloaj, para que comprobara que los judíos cedían ante todos los demás romanos y que solo a Floro odiaban, por el exceso de su crueldad hacia ellos. Y él, tras haberla recorrido y obtenido prueba suficiente de la mansedumbre de aquellos, sube al Templo. Allí, convocando a la multitud y alabándolos mucho por su fidelidad hacia los romanos, y exhortándolos mucho a mantener la paz, y habiendo adorado a Dios desde el lugar permitido, regresó junto a Cestio.

La multitud de los judíos, volviéndose hacia el rey y los sumos sacerdotes, pedía que se enviaran legados contra Floro a Nerón, y que no dejaran sobre sí mismos, callando ante tan gran matanza, la sospecha de rebelión: pues parecería que ellos habían dado comienzo a las armas, si no se adelantaban a señalar quién las había iniciado. Y era evidente que no se quedarían quietos si alguien estorbaba la embajada. Pero a Agripa nombrar acusadores de Floro le parecía cosa odiosa, y tampoco le parecía provechoso a él mismo dejar que los judíos fueran arrastrados a la guerra. Así, convocando a la multitud al Xisto y colocando en lugar bien visible a su hermana Berenice sobre la casa de los Asmoneos —pues esta estaba por encima del Xisto, hacia el otro lado de la ciudad alta, y un puente unía el Xisto con el Templo—, Agripa habló de este modo:

«Si viera que todos vosotros estáis decididos a guerrear contra los romanos, y que no es la parte más pura y sincera del pueblo la que prefiere mantener la paz, ni me habría presentado ante vosotros ni me habría atrevido a aconsejaros; pues todo discurso sobre hacer lo debido sobra cuando entre todos los oyentes hay unanimidad hacia lo peor. Pero como a unos los aguija una edad inexperta en los males de la guerra, a otros una esperanza irracional de libertad, y a algunos cierta codicia y el provecho que sacarían de los más débiles si los asuntos se trastornaran, para que también estos, entrados en razón, cambien de parecer, y para que los buenos no sufran las consecuencias del mal consejo de unos pocos, pensé que debía reuniros a todos en un mismo lugar y deciros lo que considero conveniente. Que nadie me interrumpa con alboroto si no oye cosas de su agrado; pues los que están irremediablemente lanzados a la rebelión pueden seguir pensando así aun después de mi exhortación, pero mi discurso se pierde incluso para los que quieren escuchar, si no hay silencio de parte de todos.

Sé, pues, que muchos hacen tragedia de las afrentas de los procuradores y de las alabanzas de la libertad; pero yo, antes de examinar quiénes sois y contra quiénes emprendéis la guerra, separaré primero la maraña de los pretextos. Porque si os vengáis de los que os agravian, ¿por qué exaltáis la libertad? Y si consideráis insoportable la servidumbre, sobra la queja contra los gobernadores; pues, aun siendo ellos moderados, igualmente vergonzoso es servir. Considerad, en cada uno de estos puntos, cuán pequeña es la causa para la guerra, y primero los cargos contra los procuradores: pues hay que halagar a las autoridades, no provocarlas. Cuando de faltas pequeñas hacéis grandes reproches, denunciáis a los reprochados contra vosotros mismos, y, dejando de haceros daño a escondidas y con recato, os arruinan a las claras. Nada frena tanto los golpes como el soportarlos, y la calma de los agraviados llega a ser un freno para los que agravian.

Mas admitamos que los servidores de los romanos son incurablemente crueles: no por ello os agravian todos los romanos ni el César, contra los que elegís la guerra; pues no viene de ellos ningún malvado por orden suya, ni los de Occidente vigilan a los de Oriente, ni es fácil que se oiga pronto allí lo de aquí. Es absurdo guerrear, por culpa de uno solo y por causas pequeñas, contra tan gran poder, que ni siquiera conoce aquello de que nos quejamos. Y de nuestros agravios podría venir pronto la corrección: pues ni el mismo procurador permanece para siempre, y es probable que los que le sucedan lleguen más moderados; pero una guerra, una vez puesta en movimiento, ni es fácil deponerla sin desgracias ni sobrellevarla.

Ahora bien, desear ahora la libertad es cosa fuera de tiempo, cuando había que haber luchado antes por no perderla; pues dura es la experiencia de la servidumbre, y justo es el combate por no empezar siquiera a padecerla. Pero el que una vez ha sido sometido y luego se rebela es un esclavo terco, no un amante de la libertad. Entonces, por tanto, había que haberlo hecho todo por no admitir a los romanos, cuando Pompeyo entró en el país. Pero nuestros antepasados y sus reyes, que en dinero, en cuerpos y en ánimos estaban mucho mejor dispuestos que vosotros, no resistieron a una pequeña parte del poder romano; ¿y vosotros, que habéis recibido la sumisión por herencia y que en recursos quedáis tan por debajo de los primeros que se sometieron, os enfrentáis a todo el imperio de los romanos?

Y los atenienses, que una vez hasta entregaron su ciudad al fuego por la libertad de los griegos, que persiguieron al arrogante Jerjes —el que navegó a través de la tierra y caminó a través del mar, no cabía en los piélagos y llevaba un ejército más ancho que Europa— como a un fugitivo en una sola nave, y que en torno a la pequeña Salamina quebraron a toda aquella Asia, ahora sirven a los romanos, y la ciudad que fue guía de Grecia se rige por las órdenes que vienen de Italia. Y los lacedemonios, después de las Termópilas y de Platea y de Agesilao, que rastreó Asia, se conforman con esos mismos señores. Y los macedonios, que aún se imaginan a Filipo y ven la fortuna que, con Alejandro, les sembró el imperio del mundo, soportan tan gran cambio y se postran ante aquellos a quienes ha pasado la suerte. Y otros mil pueblos, llenos de mayor franqueza para la libertad, ceden; solo vosotros tenéis por deshonra servir a aquellos a quienes todo está sometido. ¿Con qué ejército, con qué armas confiados? ¿Dónde está vuestra flota que se reparta los mares de los romanos? ¿Dónde los tesoros que basten para vuestras empresas?

¿Acaso pensáis que movéis la guerra contra egipcios y árabes? ¿No mediréis en su justo alcance el imperio de los romanos? ¿No calibraréis vuestra propia debilidad? ¿No es cierto que nuestras fuerzas y las de los pueblos vecinos han sido vencidas muchas veces, mientras el poder de aquellos, a través de todo el mundo, es invencible? Más aún: buscaron algo más que el mundo mismo; pues no les bastó todo el Éufrates por Oriente, ni por el Norte el Íster, ni por el Sur la Libia rastreada hasta las regiones deshabitadas, ni Gádira por Occidente, sino que más allá del océano buscaron otro mundo habitado y llevaron sus armas hasta los britanos, antes desconocidos para la historia. ¿Qué, entonces? ¿Sois vosotros más ricos que los galos, más fuertes que los germanos, más inteligentes que los griegos, más numerosos que todos los del mundo? ¿Qué confianza os enardece contra los romanos? “Dura es la servidumbre”, dirá alguno. ¡Cuánto más para los griegos, que, superando en nobleza a todos los que hay bajo el sol y ocupando tan vasta tierra, ceden ante seis haces de varas romanas! Y ante otras tantas los macedonios, que con más justicia que vosotros deberían reclamar la libertad.

¿Y qué de las quinientas ciudades de Asia? ¿No se postran, sin guarnición, ante un solo gobernador y ante las varas consulares? ¿Qué decir de los heníocos y los colcos y el pueblo de los tauros, de los bosporanos y las naciones que rodean el Ponto y la Meótide? Entre ellos, antes ni siquiera se reconocía un señor propio, y ahora están sometidos a tres mil hoplitas, y cuarenta naves de guerra mantienen en paz aquel mar antes innavegable y salvaje. ¡Cuántas cosas podrían alegar en favor de la libertad Bitinia y Capadocia y el pueblo de los panfilios, y los licios y los cilicios, y sin embargo, sin armas, pagan tributo! ¿Y qué? Los tracios, que ocupan una tierra de cinco días de anchura y siete de longitud, más áspera y mucho más fuerte que la vuestra, y que con su hielo profundo rechaza a los que la invaden, ¿no obedecen a dos mil soldados romanos de guarnición? Y más allá de estos, los ilirios, que habitan la tierra que el Íster corta hasta Dalmacia, ¿no ceden ante solo dos legiones, con las que ellos mismos contienen los embates de los dacios? Y los dálmatas, que tantas veces se encabritaron por la libertad, y que, sometidos siempre solo para reunir de nuevo sus fuerzas y volver a rebelarse, ¿no viven ahora tranquilos bajo una sola legión romana?

Pues bien, si a algunos grandes motivos debieran empujar a la rebelión, sobre todo debería ser a los galos, tan amurallados por la naturaleza: por Oriente con los Alpes, por el Norte con el río Rin, por el Sur con los montes Pirineos, y por el océano hacia el Occidente. Sin embargo, aun rodeados de tan grandes barreras, y siendo trescientos cinco pueblos, y teniendo las fuentes, por así decirlo, de la prosperidad en su propia tierra, e inundando casi todo el mundo con sus bienes, soportan ser tributarios de los romanos y que su propia prosperidad les sea dispensada por ellos. Y esto lo sufren no por blandura de espíritu ni por bajeza —ellos, que sostuvieron ochenta años de guerra por la libertad—, sino por el asombro que les infunden, junto con el poder de los romanos, su fortuna, que les logra más que las armas. Por eso están sometidos a mil doscientos soldados, de los que apenas tienen menos que ciudades. Ni a los iberos les bastó el oro que cultivan para la guerra por la libertad, ni la tan grande distancia que los separa de los romanos por tierra y por mar, ni los belicosos pueblos de los lusitanos y los cántabros, ni el océano vecino, que trae un reflujo temible incluso a los propios naturales.

Pero los romanos llevaron sus armas más allá de las Columnas de Hércules y, abriéndose paso entre las nubes por los montes Pirineos, sometieron también a aquellos pueblos; y para gente tan difícil de combatir y tan apartada bastó como guarnición una sola legión. ¿Quién de vosotros no ha oído hablar de la muchedumbre de los germanos? Su fuerza y la enorme talla de sus cuerpos las habéis visto sin duda muchas veces, pues por todas partes tienen los romanos prisioneros suyos. Pues bien, esos hombres, que ocupan una tierra inmensa, que tienen un orgullo aún mayor que sus cuerpos, un alma que desprecia la muerte y una furia más violenta que la de las fieras más salvajes, tienen sin embargo en el Rin el límite de su ímpetu; domados por ocho legiones romanas, los que caen prisioneros quedan esclavos, y toda su nación se salva sólo huyendo.

Considerad también la muralla de los britanos, vosotros que confiáis en las murallas de Yerushaláyim: aunque están rodeados por el océano y habitan una isla no menor que nuestro mundo conocido, los romanos cruzaron el mar y los sometieron, y cuatro legiones custodian una isla tan grande. ¿Y qué necesidad hay de hablar largamente, cuando hasta los partos, el pueblo más belicoso, señores de tantas naciones y ceñidos de tan gran poder, envían rehenes a los romanos, y puede verse en Italia, so pretexto de paz, a la nobleza de Oriente sometida a servidumbre?

Cuando casi todos los pueblos bajo el sol se postran ante las armas de los romanos, ¿sólo vosotros haréis la guerra, sin siquiera mirar el fin de los cartagineses, que, ufanándose del gran Aníbal y de su nobleza fenicia, cayeron bajo la diestra de Escipión? Ni los cireneos, del linaje de los laconios, ni los marmáridas, pueblo que se extiende hasta el desierto sediento, ni las Sirtes —temibles aun de oír—, ni los nasamones y los mauros, ni la incontable multitud de los númidas, lograron detener el valor de los romanos. Y la tercera parte del mundo, cuyas naciones ni siquiera es fácil enumerar, limitada por el mar Atlántico y las Columnas de Hércules y que alimenta hasta el mar de los Juncos a los innumerables etíopes, la sometieron entera; y aparte de los frutos anuales, que durante ocho meses alimentan a la población de Roma, pagan además toda clase de tributos y aportan de buen grado las contribuciones para las necesidades del imperio, sin tener por ultraje ninguna de las órdenes, a diferencia de vosotros, aunque sólo una legión permanece entre ellos.

¿Y qué necesidad hay de mostraros de lejos el poder de los romanos, cuando podéis verlo en Mitsraim, vuestra vecina? Ella se extiende hasta los etíopes y la Arabia feliz, es puerto de la India, y tiene siete millones quinientas mil almas —sin contar a los habitantes de Alejandría—, como puede colegirse del tributo por cabeza; y sin embargo no se avergüenza del dominio de los romanos, aunque tiene en Alejandría un poderoso acicate de rebelión, por la multitud de hombres, por la riqueza y por su tamaño. Su longitud es de treinta estadios y su anchura no menor de diez; y en un solo mes aporta a los romanos más que vosotros en un año entero de tributo, y, aparte del dinero, provee a Roma trigo para cuatro meses. Está amurallada por todas partes: por desiertos intransitables, por mares sin puertos, por ríos o por marismas. Pero nada de esto resultó más fuerte que la fortuna de los romanos: dos legiones apostadas en la ciudad tienen a raya el profundo Mitsraim junto con la nobleza de los macedonios.

¿A qué aliados, pues, para la guerra tomaréis de la tierra deshabitada? Porque todos los del mundo habitado son romanos, a menos que alguien extienda sus esperanzas más allá del Éufrates y piense que los de su raza en Adiabene acudirán en su ayuda. Pero ni ellos se enredarán en una guerra tan grande por una causa sin razón, ni, si tomaran tan mala decisión, se lo permitiría el parto; pues cuida de su tregua con los romanos, y creería violar los pactos si alguno de sus súbditos marchara contra los romanos. No queda, entonces, sino refugiarse en la alianza de Dios. Pero también eso está de parte de los romanos, porque sin Dios es imposible que se constituya un imperio tan grande.

Considerad además cuán difícil de mantener os resultará el rigor de vuestra religión, aun cuando combatierais contra enemigos fáciles de vencer; y cómo, forzados a transgredir aquello mismo por lo que esperáis a Dios como aliado, lo apartaréis de vosotros. Pues si observáis las costumbres del Shabat y no os movéis a acción alguna, seréis fácilmente vencidos, como vuestros antepasados ante Pompeyo, que apretó el asedio precisamente en aquellos días en que los sitiados descansaban. Y si en la guerra transgredís la ley patria, no sé ya por qué seguiréis combatiendo, pues vuestro único afán es no abolir nada de lo ancestral. ¿Cómo invocaréis a la divinidad en vuestra defensa, si voluntariamente habéis violado el culto que le debéis? Todos los que emprenden una guerra confían o en la ayuda divina o en la humana; pero cuando lo verosímil les corta ambas, los que combaten eligen una derrota manifiesta.

¿Qué impide entonces dar muerte con vuestras propias manos a vuestros hijos y mujeres y reducir a cenizas esta patria hermosísima? Pues así, enloquecidos, al menos os ahorraréis el oprobio de la derrota. Hermoso es, amigos, hermoso, mientras la nave está aún en el puerto, prever la tempestad que se avecina, y no hacerse a la mar en medio de las borrascas para perecer. Pues a quienes las desgracias caen encima desde lo incierto les queda al menos la compasión; pero el que se lanza a una perdición manifiesta encima recibe el reproche. A no ser que alguno imagine que hará la guerra según pactos, y que los romanos, tras venceros, serán moderados y no incendiarán la ciudad santa ni aniquilarán todo vuestro pueblo como escarmiento para las demás naciones. Pues ni aun sobreviviendo hallaréis lugar de refugio, teniendo todos por señores a los romanos, o temiendo tenerlos.

Y el peligro no es sólo de los de aquí, sino también de los que habitan en las demás ciudades; pues no hay en el mundo un solo pueblo que no tenga una parte nuestra. A todos ellos, si hacéis la guerra, los degollarán vuestros adversarios, y por la mala decisión de unos pocos hombres toda ciudad se llenará de matanza de judíos. Perdonables serían quienes lo hicieran; pero si no se hace, pensad cuán impío es alzar las armas contra gente tan benévola. Que os entre la compasión, si no por vuestros hijos y mujeres, al menos por esta metrópoli y por los recintos sagrados. Perdonad al Templo y conservad para vosotros el Santuario con sus cosas sagradas; porque los romanos ya no se contendrán una vez los hayan tomado, cuando por haberlos respetado antes no han recibido más que ingratitud. Yo pongo por testigos a vuestras cosas santas, a los sagrados ángeles de Dios y a la patria común, de que no he omitido nada de lo que os podía salvar; vosotros, si tomáis las decisiones debidas, tendréis conmigo la paz en común; pero si os dejáis arrastrar por la ira, os arriesgaréis sin mí.

Dicho esto, rompió a llorar junto con su hermana, y con sus lágrimas contuvo buena parte de su ímpetu. Pero gritaban que no era contra los romanos, sino contra Floro, contra quien harían la guerra por lo que habían sufrido. A esto el rey Agripa respondió: «Pero vuestros actos son ya de quienes hacen la guerra a los romanos, pues no habéis pagado el tributo al César y habéis derribado los pórticos de la Antonia. Podríais apartar de vosotros la causa de la rebelión si volvéis a unir esos pórticos y pagáis la contribución; porque, desde luego, la fortaleza no es de Floro, ni a Floro daréis el dinero.»

El pueblo se dejó persuadir por estas palabras y, subiendo al Templo con el rey y con Berenice, comenzó la reconstrucción de los pórticos; y los magistrados y consejeros, repartiéndose por las aldeas, recogían los tributos. Pronto se reunieron los cuarenta talentos, pues eso era lo que faltaba. Así contuvo entonces Agripa la amenaza de la guerra. Después intentó persuadir al pueblo de que obedeciera a Floro hasta que el César enviara un sucesor en su lugar; pero, irritados por esto, lo injuriaron, lo expulsaron a gritos de la ciudad, y algunos de los sediciosos se atrevieron incluso a arrojarle piedras. El rey, viendo que el ímpetu de los revoltosos era ya incontenible, e indignado por los ultrajes recibidos, envió a los magistrados de ellos, junto con los notables, a Floro, a Cesarea, para que aquel escogiera de entre ellos a quienes cobrasen los tributos de la región; y él se retiró a su reino.

Entretanto, algunos de los más empeñados en promover la guerra se reunieron y se lanzaron contra cierta fortaleza llamada Masada; tomándola a escondidas, degollaron a la guarnición romana y pusieron otra propia. Al mismo tiempo, en el Templo, Elazar hijo de Ananías el sumo sacerdote —un joven audacísimo que entonces era comandante— persuadió a los que oficiaban en el culto a no aceptar ofrenda ni sacrificio de ningún extranjero. Esto fue el fundamento de la guerra contra los romanos, pues rechazaron el sacrificio que se ofrecía por los romanos y por el César. Y aunque muchos de los sumos sacerdotes y de los notables les rogaban que no abandonaran la costumbre de sacrificar por los gobernantes, no cedieron, confiando mucho en su propio número —pues colaboraba lo más vigoroso de los revoltosos— y sobre todo mirando a Elazar, que era el comandante.

Reuniéndose, pues, los poderosos con los sumos sacerdotes y con los notables de los fariseos, deliberaron sobre la situación general, como ante desgracias ya irremediables; y, decidido intentar disuadir a los sediciosos con palabras, congregaron al pueblo ante la puerta de bronce, que era la del Templo interior orientada hacia el naciente del sol. Primero se indignaron mucho contra la osadía de la rebelión y contra el traer sobre la patria una guerra tan grande; luego pusieron al descubierto lo insensato del pretexto, diciendo que sus antepasados habían adornado el Santuario en gran parte con lo de los extranjeros, aceptando siempre las ofrendas de los pueblos de fuera, y no sólo no habían impedido los sacrificios de nadie —pues eso sería lo más impío—, sino que habían erigido en torno al Templo las ofrendas votivas que aún se ven y permanecen desde hace tanto tiempo. Pero ellos ahora, irritando las armas de los romanos y buscando la guerra con ellos, innovaban un culto extraño, y, junto con el peligro, hacían caer sobre la ciudad la acusación de impiedad, si sólo entre los judíos ningún extranjero podía sacrificar ni adorar. Y que, si alguien introdujera esta ley respecto de un solo particular, se indignarían como ante una definición de inhumanidad; pero que la pasaran por alto cuando los romanos y el César quedaban fuera de los pactos. Temían, sin embargo, que, tras haber rechazado los sacrificios por aquellos, se les impidiera ofrecer también los suyos, y que la ciudad quedara excluida del imperio, si no recobraban pronto la cordura y restituían los sacrificios, y corregían el ultraje antes de que la noticia llegara a aquellos contra quienes lo habían cometido.

Al mismo tiempo que decían esto, presentaban a los sacerdotes expertos en las tradiciones patrias, que explicaban cómo todos los antepasados habían aceptado los sacrificios de los extranjeros. Pero ninguno de los revoltosos les prestaba atención; ni siquiera se acercaban los bandidos, empeñados en poner los cimientos de la guerra. Viendo, pues, los poderosos que la sedición era ya difícil de sofocar por sí mismos, y que el peligro de parte de los romanos recaería primero sobre ellos, procuraron descargarse de las culpas y enviaron embajadores: unos a Floro, encabezados por Shimón hijo de Ananías, y otros a Agripa, entre los que estaban los ilustres Shaúl, Antipas y Costobaro, parientes del rey por linaje. Rogaban a ambos que subieran con tropas a la ciudad y sofocaran la sedición antes de que se hiciera imposible de sofocar. Para Floro fue una terrible buena nueva, y, como se había propuesto encender la guerra, no dio ninguna respuesta a los embajadores. Agripa, en cambio, preocupándose por igual de los que se rebelaban y de aquellos contra quienes se levantaba la guerra, queriendo que los judíos se salvaran para los romanos y que el Templo y la metrópoli se salvaran para los judíos, y sabiendo además que el desorden tampoco a él le convenía, envió en socorro del pueblo dos mil jinetes —auranitas, batáneos y traconitas—, al mando de Darío como comandante de caballería y de Filipo hijo de Iácimo como general.

Animados por estos, los poderosos, junto con los sumos sacerdotes y con toda la parte de la multitud que amaba la paz, ocuparon la ciudad alta; pues la parte sediciosa dominaba la ciudad baja y el Templo. Sin cesar usaban las piedras de honda y los proyectiles, y de una y otra parte había continuos disparos de dardos; a veces también, saliendo en pelotones, luchaban cuerpo a cuerpo, superando los sediciosos en audacia y los del rey en experiencia. El empeño de estos era sobre todo apoderarse del Templo y expulsar a los que profanaban el Santuario; el de los sediciosos de Elazar, además de lo que ya tenían, tomar también la ciudad alta. Durante siete días hubo abundante matanza de ambos bandos, y ninguno cedía la parte que había ocupado.

Al día siguiente era la fiesta de la ofrenda de leña, en la que todos tenían por costumbre llevar madera al altar para que nunca faltara alimento al fuego —pues se mantiene siempre inextinguible—; excluyeron del culto a sus adversarios, y, al colarse con el pueblo indefenso muchos de los sicarios —pues así llamaban a los bandidos que llevaban dagas bajo el manto—, sumándolos a su bando emprendieron con más audacia el ataque. Los del rey eran vencidos en número y en audacia, y ante la presión cedieron la ciudad alta. Los otros, irrumpiendo, incendiaron la casa de Ananías el sumo sacerdote y los palacios de Agripa y Berenice. Después llevaron el fuego a los archivos, ansiosos por destruir los pagarés de los prestamistas e impedir el cobro de las deudas, para ganarse así a la multitud de los deudores y sublevar impunemente a los pobres contra los ricos. Como huyeran los guardianes del registro, le prendieron fuego. Y una vez que hubieron incendiado los nervios de la ciudad, marcharon contra sus enemigos; entonces algunos de los poderosos y de los sumos sacerdotes se escondieron sumergiéndose en las cloacas, y otros huyeron con los del rey al palacio de más arriba y cerraron rápidamente las puertas; entre ellos estaban Ananías el sumo sacerdote, su hermano Jizkiyahu y los que habían ido de embajadores a Agripa. Por entonces, satisfechos con la victoria y con los incendios, descansaron.

Al día siguiente —era el quince del mes de Loos— se lanzaron contra la Antonia, y tras sitiar dos días a la guarnición que había en ella, la tomaron, los degollaron e incendiaron la fortaleza. Después pasaron al palacio en el que se habían refugiado los del rey, y, dividiéndose en cuatro partes, intentaron asaltar los muros. De los de dentro, nadie se atrevía a una salida por la multitud de los sitiadores; distribuyéndose por los parapetos y las torres, disparaban a los que se acercaban, y muchos de los bandidos caían al pie de los muros. Ni de noche ni de día cesaba el combate: los sediciosos creyendo que los de dentro se rendirían por falta de alimento, y los de dentro que los sitiadores se rendirían por el cansancio.

Entretanto, cierto Menajem —hijo de Yehudá el llamado Galileo, sofista habilísimo, el mismo que en tiempos de Quirinio había reprochado a los judíos que se sometieran a los romanos después de Dios— tomó consigo a sus allegados y se retiró a Masada, donde forzó el arsenal del rey Herodes y, tras armar, además de a sus paisanos, a otros bandidos, sirviéndose de estos como guardia de corps, regresó a Yerushaláyim como un rey y, hecho jefe de la sedición, dirigió el asedio. Faltaban máquinas, y no era posible socavar abiertamente la muralla bajo el fuego de arriba; así que, cavando desde lejos una galería subterránea hasta una de las torres, la apuntalaron, luego prendieron fuego a los soportes de madera y salieron. Al consumirse los puntales, la torre se derrumbó de repente; pero apareció otra muralla, construida por dentro. Pues, presintiendo su plan —y acaso al moverse la torre mientras se socavaba—, se habían preparado un segundo baluarte. Al verlo inesperadamente, quienes ya se creían vencedores quedaron consternados. Los de dentro enviaron mensajeros a Menajem y a los cabecillas de la sedición pidiendo salir bajo tregua; y, concedido esto sólo a los del rey y a los del país, estos salieron.

El desánimo se apoderó de los romanos, que habían quedado solos; pues ni podían forzar a tan gran multitud, y pedir garantías lo tenían por deshonra, aparte de que no confiarían en ellas aunque se las dieran. Abandonando, pues, el campamento por indefendible, se refugiaron en las torres reales —la llamada Hípica, la Fasael y la Mariamna. Los de Menajem, irrumpiendo por donde los soldados habían huido, mataron a cuantos alcanzaron antes de que lograran escapar, saquearon los pertrechos e incendiaron el campamento. Esto sucedió el seis del mes de Gorpieo. Al día siguiente, el sumo sacerdote Ananías, que se ocultaba junto al canal del palacio real, fue apresado y muerto por los bandidos junto con su hermano Jizkiyahu; y los sediciosos, rodeando las torres, montaban guardia para que ninguno de los soldados escapara.

A Menajem, la caída de las plazas fuertes y la muerte del sumo sacerdote Ananías lo envanecieron hasta la crueldad; y, creyendo no tener rival alguno en el mando, se hizo un tirano insoportable. Se levantaron contra él los de Elazar, y se dieron entre sí la consigna de que no convenía —habiéndose rebelado contra los romanos por ansia de libertad— entregar esa libertad a un hombre de su propio pueblo y soportar un déspota que, aun sin cometer violencia, era en todo caso más bajo que ellos; y que, si hacía falta que alguien dirigiera el conjunto, a cualquiera correspondía antes que a él. Se pusieron de acuerdo y lo atacaron en el Templo, pues él había subido con arrogancia a adorar, ataviado con vestidura real y arrastrando tras de sí a los celotes armados. Cuando los de Elazar se lanzaron sobre él, y el resto del pueblo, en su furor, arrebató piedras y las arrojó contra el sofista —creyendo que, derribado este, se desbarataría toda la sedición—, los de Menajem resistieron un poco, pero, al ver que toda la multitud se abalanzaba sobre ellos, huyeron por donde cada uno pudo; hubo matanza de los apresados y persecución de los escondidos. Unos pocos se salvaron escapando en secreto a Masada, entre ellos Elazar hijo de Yaír, pariente de Menajem por linaje, que más tarde ejerció la tiranía sobre Masada. Al propio Menajem, que se había refugiado en el lugar llamado Ofla y allí se ocultaba miserablemente, lo cogieron vivo, lo arrastraron a la vista de todos y, atormentándolo con muchos suplicios, lo mataron; e igualmente a los jefes que le obedecían y a Avshalom, el más señalado servidor de su tiranía.

El pueblo, como he dicho, colaboró en esto esperando alguna corrección de toda la sedición; pero ellos no habían matado a Menajem con afán de poner fin a la guerra, sino para hacerla con más libertad. En efecto, aunque el pueblo suplicaba mucho a los soldados que levantaran el asedio, ellos apretaban con más dureza, hasta que, no resistiendo ya los de Metilio —pues este era el prefecto de los romanos—, enviaron a los de Elazar pidiendo salvar sólo sus vidas bajo tregua, y ofreciendo entregar las armas y el resto de sus posesiones. Ellos, aprovechando la súplica, les enviaron a Gorión hijo de Nicomedes, a Ananías hijo de Tsadok y a Yehudá hijo de Yonatán para darles la diestra y los juramentos. Cumplido esto, Metilio bajó a los soldados. Mientras estuvieron con las armas, ninguno de los sediciosos los atacó ni mostró asechanza; pero cuando, según lo pactado, todos depusieron los escudos y las espadas y se retiraban ya sin sospechar nada, los de Elazar se lanzaron sobre ellos y, rodeándolos, los mataban, sin que se defendieran ni suplicaran, gritando sólo los pactos y los juramentos. Así fueron todos degollados cruelmente, salvo Metilio; pues a este, que suplicó y prometió judaizar hasta la circuncisión, lo salvaron, al único. Para los romanos el golpe fue leve, pues de una fuerza inmensa perecieron unos pocos; pero para los judíos pareció el preludio de su ruina. Y viendo que las causas de la guerra eran ya irremediables y que la ciudad estaba manchada por semejante crimen —del que era natural esperar algún castigo divino, si no la venganza de los romanos—, hacían duelo público; la ciudad estaba llena de abatimiento, y cada uno de los moderados se hallaba turbado como si él mismo hubiera de pagar por los sediciosos. Pues, en efecto, sucedió que la matanza se cometió en Shabat, día en que, por su religión, se abstienen incluso de las obras piadosas.

Aquel mismo día y a la misma hora, como por una providencia divina, los habitantes de Cesarea mataban a los judíos que vivían entre ellos, de modo que en una sola hora fueron degollados más de veinte mil, y toda Cesarea quedó vacía de judíos; pues a los que huían Floro los prendía y los llevaba encadenados a los arsenales. Ante el golpe de Cesarea, toda la nación se enfureció, y, dividiéndose, saqueaban las aldeas de los sirios y las ciudades vecinas: Filadelfia, Esbonítide, Gerasa, Pela y Escitópolis. Luego, cayendo sobre Gádara, Hipos y la Gaulanítide, unas las arrasaron, otras las incendiaron, y marcharon contra Cádasa de los tirios, Ptolemaida, Gaba y Cesarea. No resistieron a su ímpetu ni Sebaste ni Ascalón; tras incendiar estas, arrasaron Antedón y Gaza. Y en torno a cada una de estas ciudades muchas aldeas fueron saqueadas, y la matanza de los hombres capturados fue incontable.

Tampoco los sirios mataban a menos judíos, sino que también ellos degollaban a los que capturaban en las ciudades, no sólo por odio, como antes, sino ya para adelantarse al peligro que los amenazaba. Una terrible turbación se apoderó de toda Siria, y cada ciudad estaba dividida en dos campos, y la salvación de los unos consistía en adelantarse a los otros. Pasaban los días entre sangre, y las noches, más penosas aún, entre el miedo. Pues, aunque creían haberse librado de los judíos, cada cual tenía por sospechosos a los que judaizaban; y a los de dudosa lealtad nadie se atrevía a matar sin más, y, aun mezclados, los temían como si fueran ciertamente extranjeros. La codicia incitaba a la matanza de los adversarios incluso a los que antes parecían muy apacibles, pues saqueaban impunemente los bienes de los muertos y, como de un campo de batalla, llevaban a sus propias casas los despojos de los caídos; y era tenido por glorioso el que más ganaba, como quien había podido con más gente. Podían verse las ciudades llenas de cuerpos insepultos, cadáveres de ancianos arrojados junto a niños, mujeres sin siquiera el velo del pudor, y toda la provincia llena de desgracias indecibles; y mayor aún que los actos que a cada momento se cometían era la angustia por lo que se amenazaba.

Hasta aquí los ataques de los judíos fueron contra los extranjeros; pero, al hacer una incursión contra Escitópolis, hallaron enemigos en los judíos de aquella ciudad. Pues estos, poniéndose del lado de los escitopolitanos y anteponiendo su propia seguridad al parentesco, marcharon contra los de su propia raza. Su excesivo celo, sin embargo, resultó sospechoso; así que los escitopolitanos, temiendo que atacaran la ciudad de noche y, con gran desgracia suya, se justificaran ante los suyos por la deserción, les ordenaron que, si querían confirmar la concordia y mostrar su lealtad hacia los de otra nación, se trasladaran con sus familias al bosque sagrado. Hicieron lo mandado sin sospecha. Dos días permanecieron quietos los escitopolitanos, cebando su confianza; pero a la tercera noche, acechándolos —a unos desprevenidos y a otros dormidos—, los degollaron a todos, que eran más de trece mil, y saquearon todas sus posesiones.

Merece la pena referir también el caso de Shimón, hijo de un tal Shaúl, de familia no oscura. Aventajado en fuerza corporal y en audacia, empleó ambas para desgracia de los de su propia raza: cada día avanzaba y mataba a muchos de los judíos de Escitópolis, y muchas veces él solo ponía en fuga a todos ellos y decidía el combate. Pero le alcanzó un castigo digno de aquella matanza fratricida. Cuando los escitopolitanos, rodeándolos, los abatían a lanzazos por todo el bosque, él desenvainó la espada, pero no se lanzó contra ningún enemigo —pues veía que la multitud era invencible—, y gritando con enorme pasión: «Digno castigo sufro de vosotros, escitopolitanos, por lo que hice, nosotros que con tanta matanza de parientes garantizamos nuestra buena voluntad hacia vosotros. Por eso, ya que con razón hemos hallado desleal al extranjero, y hemos cometido la mayor impiedad contra los nuestros, muramos como malditos por nuestras propias manos, pues no conviene morir a manos de los enemigos. Y sea esto para mí a la vez castigo digno de mi crimen y elogio de mi valor, para que ninguno de los enemigos se jacte de mi muerte ni se ufane sobre mi cadáver.» Dicho esto, con ojos a la vez compasivos y encendidos de furor, recorrió con la mirada a su familia —pues tenía mujer, hijos y ancianos padres. Primero, tomando a su padre por las canas, lo atravesó con la espada; después a su madre, que no se resistía, y tras ellos a su mujer y a sus hijos, saliendo casi cada uno al encuentro de la espada, deseoso de adelantarse a los enemigos. Y él, tras recorrer a toda su familia y erguirse bien visible sobre los cuerpos, alzando la diestra para que nadie dejara de verlo, hundió toda la espada en su propia garganta: joven digno de compasión por su fuerza corporal y su entereza de ánimo, pero que, por su lealtad a los extranjeros, sufrió una suerte acorde con ella.

Tras la matanza de Escitópolis, las demás ciudades se levantaron cada una contra los judíos que vivían en ella: los ascalonitas mataron a dos mil quinientos, los de Ptolemaida a dos mil, y encadenaron a no pocos. También los tirios mataron a muchos, pero a los más los guardaban encadenados; los de Hipos y los de Gádara, igualmente, se deshicieron de los más audaces y tuvieron bajo custodia a los que temían; y así las demás ciudades de Siria, según cada una tuviera odio o temor hacia los judíos. Sólo los antioquenos, los sidonios y los apameos respetaron a los que vivían entre ellos, y no se resignaron a matar ni a encadenar a ningún judío —quizá porque, siendo tan numerosos, los despreciaban en sus movimientos, pero más bien, a mi parecer, por compasión hacia quienes no veían tramar nada nuevo. También los gerasenos no maltrataron a los que se quedaron, y a los que quisieron partir los escoltaron hasta las fronteras.

También en el reino de Agripa se urdió una conjura contra los judíos. Él mismo había ido a ver a Cestio Galo a Antioquía, y había dejado el gobierno de los asuntos a uno de sus compañeros, de nombre Noaro, pariente por linaje del rey Sohemo. Llegaron de Batanea setenta hombres, los más estimados entre los ciudadanos por linaje y por prudencia, pidiendo una tropa, para que, si surgía algún movimiento también entre ellos, tuvieran una guardia digna de crédito con que contener a los sublevados. A estos Noaro los mató a todos de noche, valiéndose de algunos hombres de armas del rey. Se atrevió a tal acto sin el consentimiento de Agripa, y por una avaricia desmedida eligió obrar impíamente contra los de su raza, arruinando así el reino. Y siguió delinquiendo cruelmente contra la nación, hasta que Agripa, al enterarse, aunque por respeto a Sohemo no se atrevió a matarlo, lo destituyó del cargo. Los sediciosos, apoderándose de cierta fortaleza llamada Cipros, que dominaba desde lo alto Yerijó, degollaron a la guarnición y arrasaron las defensas hasta el suelo. Por los mismos días, también la multitud de los judíos de Maqueronte persuadió a los romanos que la guarnecían a abandonar la fortaleza y a entregársela. Estos, temiendo que se la arrebataran por la fuerza, pactaron con ellos retirarse bajo tregua y, recibidas las garantías, entregaron la fortaleza, que los de Maqueronte ocuparon reforzándola con una guarnición.

En Alejandría había siempre disensión de los naturales contra los judíos, desde que Alejandro, tras haberse servido de los judíos, empeñadísimos contra los egipcios, les dio como recompensa de su alianza el derecho a habitar en la ciudad en igualdad de condición con los griegos. Este honor les perduró también bajo los sucesores, que hasta les asignaron un barrio propio, para que llevaran una vida más pura al mezclarse menos con los extranjeros, y les permitieron llamarse macedonios. Y cuando los romanos se adueñaron de Mitsraim, ni el primer César ni ninguno de sus sucesores consintió en rebajar los honores de los judíos otorgados por Alejandro. Pero había entre ellos continuos choques con los griegos, y, aunque los gobernadores castigaban cada día a muchos de ambos bandos, la disensión se agriaba más. Entonces, como también entre los demás reinaba el desorden, más se encendió el de allí. Y así, mientras los alejandrinos celebraban una asamblea acerca de la embajada que iban a enviar a Nerón, afluyeron al anfiteatro, junto con los griegos, muchos judíos. Al verlos, sus adversarios al punto gritaron llamándolos enemigos y espías; luego, poniéndose en pie de un salto, les echaron las manos encima. Los demás huyeron y se dispersaron, pero, apresando a tres hombres, los arrastraban para quemarlos vivos.

Se levantó todo el pueblo judío en su defensa, y primero arrojaron piedras a los griegos; luego, arrebatando antorchas, se lanzaron contra el anfiteatro amenazando con quemar dentro a todo el pueblo con sus gentes. Y lo habrían hecho antes de que nadie lo evitara, si Tiberio Alejandro, gobernador de la ciudad, no hubiera contenido su furor. Pero este no empezó a poner cordura por las armas, sino que, enviando en secreto a los notables de ellos, les rogó que desistieran y no provocaran contra sí mismos al ejército romano. Mas los sediciosos, burlándose de la exhortación, injuriaban a Tiberio. Y aquel, comprendiendo que sin una gran desgracia no cesarían de amotinarse, lanzó contra ellos las dos legiones romanas que había en la ciudad, y con ellas dos mil soldados que por azar estaban presentes, venidos de Libia para ruina de los judíos; y les permitió no sólo matar, sino también saquear sus posesiones e incendiar sus casas. Estos, lanzándose contra el llamado Delta —pues allí habitaban en comunidad los judíos—, cumplían las órdenes, aunque no sin sangre; pues los judíos, agrupándose y poniendo delante a los mejor armados de entre ellos, resistieron muchísimo tiempo, pero una vez que cedieron, fueron destruidos sin freno. Y su ruina fue de toda clase: unos sorprendidos en la llanura, otros hacinados en las casas. Los romanos incendiaban también estas, tras saquear antes su interior; y no les entraba compasión de los niños ni respeto de los ancianos, sino que avanzaban matando por todas las edades, hasta que todo el lugar quedó inundado de sangre, y cincuenta mil cadáveres se amontonaron; ni siquiera habría quedado el resto, si no se hubieran vuelto a las súplicas. Compadeciéndose de ellos, Alejandro ordenó a los romanos que se retiraran. Estos, habituados a la obediencia, cesaron de matar a una señal; pero la plebe de los alejandrinos, por el exceso de su odio, era difícil de retener, y a duras penas se apartaba de los cuerpos.

Tal fue el desastre acaecido en Alejandría. A Cestio ya no le pareció bien quedarse quieto, estando los judíos en guerra por todas partes. Tomando de Antioquía la duodécima legión a plena fuerza, y de las demás dos mil hombres escogidos de cada una, seis cohortes de infantería y cuatro alas de caballería, y además de ellas las tropas auxiliares de los reyes —de Antíoco dos mil jinetes y tres mil infantes, todos arqueros, y de Agripa otros tantos infantes y algo menos de dos mil jinetes—, seguía también Sohemo con cuatro mil, de los cuales la tercera parte eran jinetes y la mayoría arqueros. Con esto avanzó hasta Ptolemaida. Se reunieron también muchísimos auxiliares de las ciudades, inferiores a los soldados en experiencia, pero que suplían lo que les faltaba en pericia con su ardor y con su odio a los judíos. Estaba presente también el propio Agripa, guiando a Cestio en el camino y en lo conveniente. Cestio, tomando parte de sus fuerzas, se lanzó contra Cabulón, ciudad fuerte de Galilea, que se llama «de los Varones» y separa a Ptolemaida de la nación judía.

Y al tomarla la halló vacía de hombres —pues la multitud había huido a los montes—, pero llena de toda clase de bienes. Parte los entregó al saqueo de los soldados, y en cuanto a la ciudad misma, aunque admiró su hermosura, con casas edificadas al modo de las de Tiro, Sidón y Berito, le prendió fuego. Después recorrió la comarca saqueando cuanto le salía al paso, incendió las aldeas de los alrededores y regresó a Ptolemaida.

Mientras los sirios —y sobre todo los de Berito— seguían aún entregados al pillaje, los judíos recobraron el ánimo, pues comprendieron que Cestio se había retirado, cayeron de improviso sobre los que habían quedado rezagados y dieron muerte a unos dos mil de ellos.

Cestio, levantando el campo desde Ptolemaida, marchó él mismo a Cesarea, y envió por delante una parte del ejército a Yafo, con orden de que, si podían apoderarse de la ciudad, la guarnecieran, y si eran advertidos de la llegada, esperasen a él y al resto de las fuerzas. Pero unos por mar y otros por tierra se lanzaron a la vez desde ambos lados y tomaron la ciudad con facilidad; y como los habitantes no tuvieron tiempo ni de huir, y mucho menos de prepararse al combate, irrumpieron y los mataron a todos con sus familias, saquearon la ciudad y la incendiaron. El número de los muertos fue de ocho mil cuatrocientos. Del mismo modo envió también numerosa caballería a la toparquía de la Narbatene, vecina de Cesarea; y estos asolaron la tierra, mataron a gran número de los del lugar, saquearon las haciendas e incendiaron las aldeas.

A Galilea envió a Cesenio Galo, comandante de la legión duodécima, entregándole cuantas fuerzas juzgó que bastarían contra aquel pueblo. A este lo recibió con aclamaciones Séforis, la más fuerte de las ciudades de Galilea, y, siguiendo su buen consejo, las demás ciudades permanecieron en calma. Todo el elemento sedicioso y bandolero huyó al monte que se alza en el mismo centro de Galilea, frente a Séforis, llamado Asamón. Contra estos condujo Galo su ejército. Mientras ellos tuvieron la ventaja de la altura, rechazaron con facilidad a los romanos que subían y mataron a unos doscientos de ellos; pero cuando los romanos los rodearon y se situaron en lo más alto, pronto fueron vencidos: ni los de armas ligeras podían resistir cuerpo a cuerpo a los de armadura pesada, ni escapar de la caballería en la huida, de modo que solo unos pocos lograron esconderse en los lugares abruptos, y más de dos mil perecieron.

Galo, pues, viendo que ya nada se agitaba en Galilea, regresó con su ejército a Cesarea. Cestio, en cambio, levantando el campo con todas sus fuerzas, irrumpió en Antipátrida, y, enterado de que en una torre llamada Afeko se había reunido una fuerza judía nada escasa, envió por delante tropas para trabar combate. Pero estos, antes de llegar a las manos, dispersaron a los judíos con solo el miedo, y al avanzar hallaron el campamento desierto e incendiaron las aldeas de los alrededores. Desde Antipátrida, Cestio, adelantándose hasta Lida, encontró la ciudad vacía de hombres, pues con motivo de la fiesta de Sukot toda la multitud había subido a Yerushaláyim. Dio muerte a cincuenta de los que aparecieron, quemó la población y siguió adelante; y subiendo por Bet-Jorón acampó en un lugar llamado Guivón, a cincuenta estadios de Yerushaláyim.

Los judíos, viendo que ya la guerra se acercaba a la metrópoli, abandonaron la fiesta y corrieron a las armas, y, muy confiados en su número, se lanzaron al combate desordenadamente y entre gritos, sin tomar siquiera en cuenta el reposo del séptimo día —pues el Shabat era lo que con más devoción observaban—. Pero la misma pasión que los sacó de su piedad les hizo también prevalecer en la batalla: con tal ímpetu cayeron sobre los romanos que rompieron sus filas y avanzaron por en medio matando. Y si la caballería, rodeándolos, no hubiera acudido en auxilio del punto quebrantado de la falange, y con ella la parte de la infantería que no estaba muy fatigada, Cestio habría corrido peligro con todas sus fuerzas. Murieron de los romanos quinientos quince —de estos, cuatrocientos eran de infantería y el resto de caballería—, y de los judíos veintidós. Los más valientes de ellos parecieron los parientes de Monobazo, rey de Adiabene, Monobazo y Kenedaio, y tras ellos el Peraíta Níger y Silas el Babilonio, que se había pasado a los judíos desde el rey Agripa, pues había servido bajo sus órdenes. Rechazados de frente, los judíos se replegaron hacia la ciudad; pero Shimón, hijo de Gioras, cayó por detrás sobre los romanos, que subían hacia Bet-Jorón, desgarró buena parte de la retaguardia y, arrancándoles muchas bestias de carga, las llevó a la ciudad.

Como Cestio permaneciera tres días en el mismo lugar, los judíos ocuparon las alturas y vigilaron los pasos, y era evidente que no se quedarían quietos cuando los romanos comenzasen a marchar. Entonces Agripa, viendo que ni siquiera la posición de los romanos estaba libre de peligro, rodeados los montes por una muchedumbre incontable de enemigos, decidió probar a los judíos con palabras: o los persuadiría a todos de deponer la guerra, o apartaría de los rebeldes a los que no compartían su parecer. Envió, pues, a los de su séquito más conocidos de aquellos, a Borcio y a Febo, prometiendo garantías de parte de Cestio y un perdón seguro de los romanos por sus faltas, si arrojaban las armas y se pasaban a ellos. Pero los sediciosos, temiendo que toda la multitud, con la esperanza de la impunidad, se pasara a Agripa, se lanzaron a matar a los enviados. Y antes de que hablasen dieron muerte a Febo; Borcio, herido, alcanzó a huir. Y a los del pueblo que se indignaron los golpearon con piedras y palos y los empujaron dentro de la ciudad.

Cestio, viendo oportuno para el ataque aquel desorden de unos contra otros, condujo todas sus fuerzas, los puso en fuga y los persiguió hasta Yerushaláyim. Acampó en el lugar llamado Escopo —que dista siete estadios de la ciudad— y durante tres días no atacó la ciudad, tal vez esperando que desde dentro se le entregara algo, y envió a muchos de sus soldados a las aldeas de los alrededores a apoderarse de grano. Al cuarto día, que era el treinta del mes Hiperberetaio, ordenó su ejército y lo condujo a la ciudad. El pueblo estaba retenido bajo la vigilancia de los sediciosos; pero los sediciosos, atónitos ante el buen orden de los romanos, cedieron las partes exteriores de la ciudad y se retiraron a la parte interior y al Templo. Cestio, avanzando, prendió fuego a la llamada Betezá, a la Ciudad Nueva y al mercado de la madera; luego, llegando a la ciudad alta, acampó frente al palacio real. Y si en aquella misma hora hubiera querido forzar la entrada dentro de las murallas, al instante habría tomado la ciudad y la guerra habría quedado zanjada; pero el prefecto del campamento, Tiranio Prisco, y la mayoría de los jefes de la caballería, sobornados con dinero por Floro, lo apartaron de la empresa. Y por esta causa la guerra se prolongó tanto tiempo y a los judíos les sobrevino colmarse de calamidades sin remedio.

Entretanto, muchos de los ciudadanos notables, persuadidos por Anano, hijo de Yonatán, llamaban a Cestio, con intención de abrirle las puertas. Pero él, tanto por desdeñarlo con enojo como por no fiarse del todo, se demoró, hasta que los sediciosos, al percibir la traición, arrojaron desde la muralla a los de Anano y, golpeándolos con piedras, los empujaron hacia las casas, mientras ellos, apostados en las torres, disparaban contra los que intentaban asaltar la muralla. Durante cinco días, aunque los romanos atacaban por todas partes, el asalto resultó imposible; pero al día siguiente Cestio, tomando a muchos de los escogidos y a los arqueros, atacó el Templo por el lado norte. Los judíos lo defendían desde el pórtico, y muchas veces rechazaron a los que se acercaban a la muralla, pero al fin, contenidos por la multitud de proyectiles, se retiraron. Los primeros de los romanos, apoyando sus escudos contra la muralla, y sobre estos los de detrás, y los siguientes de igual modo, formaron lo que ellos llaman la «tortuga», sobre la cual los proyectiles resbalaban sin efecto; y los soldados, sin sufrir daño alguno, socavaban la muralla y se disponían a prender fuego a la puerta del Templo.

Un terrible espanto se apoderó de los sediciosos; ya muchos huían de la ciudad como si fuera a ser tomada de inmediato. Con esto sucedió que el pueblo cobró ánimo, y por donde los malvados cedían terreno, ellos mismos se adelantaban a abrir las puertas y a recibir a Cestio como a un bienhechor. Y este, si hubiera insistido un poco en el asedio, habría tomado en seguida la ciudad; pero pienso que, a causa de los malvados, Dios, ya vuelto de espaldas, impidió que la guerra y las cosas sagradas llegasen a su fin en aquel día.

Cestio, en efecto, sin comprender ni la desesperación de los sitiados ni la disposición del pueblo, de improviso hizo retirarse a sus soldados y, renunciando a sus esperanzas sin haber sufrido revés alguno, del modo más insensato levantó el campo y se apartó de la ciudad. Ante su inesperada retirada, los bandidos recobraron el ánimo, salieron corriendo contra la retaguardia y dieron muerte a muchos de la caballería y de la infantería. Aquella vez Cestio se alojó en el campamento junto al Escopo; pero al día siguiente, alejándose más adelante, provocó aún más a los enemigos, que, cayendo sobre los últimos, los mataban, y, rodeándolos por ambos lados del camino, les arrojaban dardos por los flancos. Los de la retaguardia no se atrevían a volverse contra los que los herían por detrás, pues creían que los perseguía una muchedumbre incontable, ni resistían para rechazar a los que los acosaban por el costado, ya que ellos eran pesados y temían romper la formación, mientras veían a los judíos ligeros y fáciles para las incursiones; de modo que les sucedía sufrir mucho daño sin causar ninguno a sus enemigos. A lo largo de todo el camino iban cayendo golpeados y arrancados de la falange, hasta que perecieron muchos, entre ellos Prisco, comandante de la legión sexta, Longino, tribuno, y el prefecto de un escuadrón de caballería, de nombre Emilio Iucundo; y a duras penas llegaron a Guivón, al campamento anterior, tras perder buena parte de su bagaje.

Allí Cestio se detuvo dos días, sin saber qué debía hacer; al tercero, viendo a los enemigos mucho más numerosos y todo el contorno lleno de judíos, comprendió que su tardanza había sido en perjuicio propio y que, si aún permanecía, tendría que vérselas con más enemigos. Y para emprender una huida más rápida, ordenó cortar cuanto retardaba al ejército. Muertos los mulos y los asnos, y también las demás bestias de carga —salvo las que transportaban proyectiles y máquinas, pues a estas se aferraban por su utilidad y sobre todo por temor a que cayeran en manos de los judíos y se usaran contra ellos—, condujo sus fuerzas hacia Bet-Jorón. Los judíos, en los terrenos anchos, apretaban menos; pero cuando los romanos quedaron encerrados en los desfiladeros y en la bajada, unos, adelantándose, les cerraban la salida, otros empujaban a los últimos hacia el barranco, y toda la muchedumbre, tendida por encima del cuello del camino, cubría la falange con sus proyectiles. Allí, mientras la infantería no acertaba a defenderse, más peligroso aún era el trance para la caballería: ni podían marchar en orden por el camino bajo los disparos, pues la pendiente hacia los enemigos no era transitable a caballo, y del otro lado había precipicios y barrancos, a los que, al resbalar, se despeñaban y perecían; y nadie tenía sitio para huir ni idea de cómo defenderse, sino que, en su impotencia, se entregaban a los gemidos y a los lamentos de los desesperados; y les respondía, como en eco, la voz de mando de los judíos y el griterío de quienes se alegraban y se enfurecían a la vez. Por poco no destruyeron por completo toda la fuerza que iba con Cestio, si no hubiera sobrevenido la noche, en la que los romanos se refugiaron en Bet-Jorón, y los judíos, rodeándolo todo en derredor, vigilaron su salida.

Entonces Cestio, renunciando al camino abierto, planeó la fuga; y, escogiendo a los soldados más animosos, unos cuatrocientos, los apostó sobre los tejados, con orden de gritar las señales de los centinelas de los campamentos, para que los judíos creyeran que toda la fuerza permanecía en su sitio; él mismo, tomando a los demás, avanzó en silencio treinta estadios. Al amanecer, los judíos, viendo desierto el alojamiento, corrieron contra los cuatrocientos que los habían engañado, los abatieron pronto con sus jabalinas y persiguieron a Cestio. Pero este había ganado buena parte de la noche y huía con más intensidad de día, de modo que los soldados, por el espanto y el miedo, abandonaron las máquinas de asalto, las catapultas y la mayoría de los demás ingenios, que los judíos, tomándolos entonces, usaron a su vez contra quienes los habían dejado. Persiguieron a los romanos hasta Antipátrida; y luego, como no los alcanzaban, dieron media vuelta, se llevaron las máquinas, despojaron a los muertos, reunieron el botín abandonado y, entre cantos de victoria, corrieron de regreso a la metrópoli, habiendo perdido ellos muy pocos, mientras habían dado muerte a cinco mil trescientos infantes de los romanos y sus aliados, y a cuatrocientos ochenta jinetes. Esto sucedió el ocho del mes de Dío, en el año duodécimo del gobierno de Nerón.

Tras el desastre de Cestio, muchos de los judíos ilustres se alejaron de la ciudad a nado, como de una nave que se hunde. Costobaro y Shaúl, hermanos, junto con Filipo, hijo de Iákimo —que era prefecto del campamento del rey Agripa—, escapando de la ciudad, se fueron con Cestio; y en cuanto a Antipas, que había sido sitiado con ellos en el palacio real y desdeñó la huida, cómo fue después muerto por los sediciosos, lo mostraremos más adelante. Cestio envió a Shaúl y a sus compañeros, que se lo pidieron, a Acaya, ante Nerón, para exponerle su apuro y desviar hacia Floro las causas de la guerra; pues esperaba aligerar la ira contra sí mismo y sus propios peligros.

Entretanto, los damascenos, al enterarse de la derrota de los romanos, se apresuraron a matar a los judíos que había entre ellos. Y como los tenían reunidos desde antiguo en el gimnasio —cosa que habían dispuesto por sus recelos—, juzgaban facilísima la empresa; pero temían a sus propias mujeres, todas, salvo unas pocas, adeptas a la religión judía. Por eso su mayor cuidado fue ocultárselo a ellas. Cayendo, pues, sobre los judíos, apiñados en un lugar estrecho, diez mil quinientos en número y todos desarmados, en una sola hora los degollaron sin temor.

Los que habían perseguido a Cestio, al regresar a Yerushaláyim, atrajeron a los que todavía eran partidarios de los romanos, a unos por la fuerza y a otros por la persuasión, y, reunidos en el Templo, nombraron más generales para la guerra. Fueron elegidos Josefo, hijo de Gorión, y el sumo sacerdote Anano como comandantes supremos de todo lo de la ciudad, y en especial para levantar las murallas de la ciudad; pues a Elazar, hijo de Shimón, aunque tenía en su poder el botín de los romanos y el dinero arrebatado a Cestio, además de mucho de los tesoros públicos, no lo pusieron sin embargo al frente de los asuntos, al verlo con talante tiránico y a los zelotes que estaban bajo su mando comportándose como una guardia de corps. Poco a poco, no obstante, la necesidad de dinero y las artes seductoras de Elazar ganaron al pueblo, hasta el punto de obedecerle en todo.

Para Idumea escogieron otros generales: a Yeshúa, hijo de Sapfás, uno de los sumos sacerdotes, y a Elazar, hijo del sumo sacerdote Neo; y a Níger, que era entonces gobernador de Idumea —de linaje de la Perea, junto al Yardén, por lo que se le llamaba el Peraíta—, le ordenaron someterse a los generales. Tampoco descuidaron el resto del país: a Yerijó fue enviado Josefo, hijo de Shimón; a la Perea, Menashé; y a la toparquía de Tamna, Yojanán el esenio, como general; y se le asignaron además Lida, Yafo y Emaús. De la Gofnítide y la Acrabatene es nombrado gobernador Yojanán, hijo de Ananías; y de una y otra Galilea, Josefo, hijo de Matityahu; y a su mando se añadió también Gámala, la más fortificada de las ciudades de allí.

Cada uno de los demás generales administró lo que se le había confiado según su celo o su inteligencia; pero Josefo, al llegar a Galilea, cuidó primero de la buena voluntad de los del lugar hacia su persona, sabiendo que por ella lograría lo más, aunque fallara en lo demás. Y comprendiendo que se ganaría a los poderosos compartiendo con ellos la autoridad, y a toda la multitud si daba la mayoría de las órdenes por medio de gente del lugar y conocida, escogió a setenta de los ancianos más juiciosos del pueblo y los estableció como magistrados de toda Galilea, y siete jueces en cada ciudad para los pleitos de menor cuantía; pues los asuntos mayores y las causas de sangre ordenó que se le remitieran a él mismo y a los setenta.

Tras haber ordenado las leyes de convivencia dentro de cada ciudad, se dedicó a la seguridad de ellas por fuera. Y sabiendo que los romanos invadirían primero Galilea, fortificó los lugares idóneos: Yotapata, Bersabé y Selamé, y también Kafarekjó, Yafá y Sigó, el monte llamado Itaburio, Taríquea y Tiberíades; y, además de estos, las cuevas en torno al lago Genesar, en la llamada Baja Galilea; y de la Alta Galilea, la llamada Roca de Akjabarón, Sef, Yamnit y Meró. En la Gaulanítide fortificó Seleucia, Sogane y Gámala; y solo a los seforitas les permitió levantar por sí mismos su muralla, al verlos bien provistos de dinero y dispuestos a la guerra sin necesidad de orden. Del mismo modo, también Gíscala la fortificaba por su cuenta Yojanán, hijo de Leví, por mandato de Josefo; y en todas las demás plazas fuertes estaba presente él mismo, trabajando a la par y dando órdenes. Alistó además una fuerza de Galilea de más de cien mil jóvenes, a los que armó a todos, equipándolos con las viejas armas que se iban reuniendo.

Después, comprendiendo que la fuerza de los romanos se había vuelto invencible sobre todo por la obediencia y el ejercicio de las armas, renunció a la instrucción, apremiado por la urgencia, y, viendo que la obediencia se obtiene por el número de los jefes, dividió el ejército al modo más romano y estableció más oficiales. Pues fijó distinciones entre los soldados, y a estos los subordinó a decuriones y centuriones, luego a tribunos, y sobre ellos a comandantes que dirigían unidades mayores. Les enseñaba la transmisión de las señales, y los toques de trompeta para la llamada al ataque y para la retirada, las cargas y los giros de las alas, y cómo hay que acudir, desde la reserva, al punto que flaquea y socorrer al que está en apuros. Cuanto contribuía a la firmeza del ánimo o a la resistencia del cuerpo se lo exponía; y sobre todo los adiestraba para la guerra narrándoles a cada paso el buen orden de los romanos, y que iban a combatir contra hombres que, por el vigor del cuerpo y la firmeza del alma, dominan casi todo el mundo habitado. Decía que pondría a prueba su disciplina militar aun antes de la batalla, si se abstenían de sus crímenes habituales —el robo, el bandolerismo, el saqueo, el engaño a los de su propio pueblo y el tener por ganancia propia el daño de sus allegados—; pues las guerras se llevan del mejor modo allí donde todos los que sirven tienen buena conciencia, mientras que los que son perversos en su propia casa usan como enemigo no solo a los adversarios que los atacan, sino también a Dios.

Con muchas exhortaciones semejantes proseguía. Y tenía ya adiestrada para la batalla una fuerza de sesenta mil infantes, trescientos cincuenta jinetes, y, aparte de estos, aquellos en quienes más confiaba, unos cuatro mil quinientos mercenarios; y tenía a su alrededor seiscientos hombres escogidos como guardia de su persona. Excepto a los mercenarios, al resto del ejército lo mantenían con facilidad las ciudades; pues cada una de ellas enviaba al ejército a la mitad de los alistados y retenía al resto para procurarles los víveres, de modo que unos quedaban destinados a las armas y otros al trabajo, y a los que enviaban el grano se les daba a cambio, de parte de los hombres armados, la seguridad.

Mientras Josefo administraba así los asuntos de Galilea, se levanta contra él un hombre intrigante, de Gíscala, hijo de Leví, de nombre Yojanán, el más astuto y falaz de todos los que descollaban en tales fechorías; pobre al principio, y por mucho tiempo con la penuria por freno de su maldad; presto a mentir, y hábil en dar crédito a lo que mentía; que tenía el engaño por virtud y lo empleaba contra los más queridos; hipócrita de filantropía y sanguinario por la esperanza del lucro; siempre ansioso de grandes cosas, pero alimentando sus esperanzas con bajas villanías. Pues era un bandolero solitario; luego halló también compañía para su audacia, al principio escasa, pero cada vez mayor a medida que progresaba. Su cuidado era no admitir a nadie fácil de vencer, sino que escogía a los que sobresalían por su buena condición física, por la firmeza de su ánimo y por su experiencia en las guerras, hasta que reunió una banda de hasta cuatrocientos hombres, en su mayoría fugitivos del territorio de los tirios y de sus aldeas; con los cuales saqueaba toda Galilea y desgarraba a los muchos que estaban en vilo ante la guerra que se avecinaba.

Ya con aspiraciones de mando y anhelando cosas mayores, lo retenía la falta de dinero. Y como veía a Josefo muy complacido con su energía, lo persuade primero de que le confíe reconstruir la muralla de su patria, en lo cual sacó mucho provecho de los ricos; luego, urdiendo un ardid de lo más astuto —el de que todos los judíos de Siria se guardasen de usar un aceite que no hubiera sido manipulado por gente de su propio pueblo—, pidió que se les enviara a la frontera. Comprando por una moneda tiria, que vale cuatro dracmas áticas, cuatro ánforas, vendía por el mismo precio media ánfora. Y como Galilea era muy rica en aceite y entonces había tenido cosecha abundante, enviando mucho y él solo a quienes andaban escasos, reunió una cantidad incontable de dinero, que usó de inmediato contra quien le había proporcionado el negocio. Y suponiendo que, si derribaba a Josefo, él mismo gobernaría Galilea, ordenó a los bandidos que tenía a su mando que se aplicasen con más ahínco a los saqueos, para que, al sublevarse muchos por el país, o bien matara en alguna emboscada al general cuando saliera a socorrer, o bien lo calumniara ante los del lugar por consentir a los bandidos. Después difundió a lo lejos el rumor de que Josefo traicionaba los asuntos a los romanos, y maquinó muchas cosas semejantes para la ruina del hombre.

Por aquel tiempo, unos jóvenes de la aldea de Debarita, de los guardas apostados en la gran llanura, tendieron una emboscada a Tolomeo, administrador de Agripa y de Berenice, y le arrebataron todo el equipaje que llevaba, en el que había no pocos vestidos suntuosos, gran cantidad de copas de plata y seiscientas piezas de oro. No pudiendo disponer del botín a escondidas, lo llevaron todo a Josefo, a Taríquea. Este, reprochándoles su violencia contra la gente del rey, depositó lo traído en manos de Anneo, el más poderoso de los tariqueatas, con intención de devolverlo a sus dueños en el momento oportuno; lo cual le acarreó el mayor peligro. Pues los que habían saqueado, a la vez indignados por no obtener parte alguna de lo traído, y habiendo adivinado la intención de Josefo —que se proponía regalar su esfuerzo a los reyes—, corrieron de noche por las aldeas y ante todos denunciaban a Josefo como traidor; y llenaron de agitación también a las ciudades vecinas, de modo que al amanecer cien mil hombres armados acudieron corriendo contra él. La multitud, reunida en el hipódromo de Taríquea, vociferaba mucho de ira: unos gritaban que había que lapidar al traidor, otros que había que quemarlo; y los excitaba Yojanán, y con él un tal Yeshúa, hijo de Sapfías, entonces gobernador de Tiberíades.

Los amigos y guardias de Josefo, aterrados por el ímpetu de la multitud, huyeron todos salvo cuatro; y él mismo, que dormía aún cuando ya se acercaba el fuego, se levanta, y, aunque los cuatro que habían permanecido lo urgían a huir, sin acobardarse ni por su propio desamparo ni por la muchedumbre de los que se le echaban encima, salta hacia adelante, tras rasgarse el vestido, esparcirse ceniza sobre la cabeza, volver las manos a la espalda y atarse la propia espada al cuello. Ante esto, los que le eran afectos, y sobre todo los tariqueatas, sintieron compasión; pero los del campo y los vecinos, a cuantos les parecía insoportable, lo injuriaban, y le ordenaban sacar cuanto antes el dinero común y confesar los pactos de traición; pues habían supuesto, por su aspecto, que nada negaría de lo que se sospechaba, sino que todo lo había hecho para procurarse el perdón moviendo a la piedad. Pero para él aquel abatimiento era preparación de una estratagema, y, tramando con arte que los que estaban indignados contra él se enfrentaran entre sí sobre aquello que los enfurecía, se disponía a confesarlo todo. Entonces, dada la palabra, dijo: «Yo ni me proponía enviar este dinero a Agripa ni lucrarme con él; que jamás tenga yo por amigo a quien es enemigo vuestro, ni por ganancia lo que reporta daño al bien común. Pero viendo, tariqueatas, que vuestra ciudad, más que ninguna, necesita seguridad y requiere dinero para levantar una muralla, y temiendo al pueblo de Tiberíades y a las demás ciudades que acechaban el botín, opté por retener el dinero en silencio, para rodearos de una muralla. Si no os parece bien, saco lo que se me trajo y lo entrego al saqueo; y si os aconsejé mal, castigad a vuestro bienhechor».

Ante esto, los tariqueatas lo aclamaban, pero los de Tiberíades, con los demás, lo denostaban y amenazaban; y unos y otros, dejando a Josefo, se enzarzaron entre sí. Y él, ya confiado en los que se había ganado —eran unos cuarenta mil los tariqueatas—, habló a toda la multitud con más franqueza. Y tras reprocharles mucho su temeridad, dijo que con los recursos presentes fortificaría Taríquea, y que del mismo modo aseguraría también las demás ciudades; pues no faltaría el dinero, si se ponían de acuerdo sobre aquellos de quienes había que recaudarlo y no se exasperaban contra quien recaudaba. Entonces el resto de la multitud engañada se retiró, aunque enfurecida; pero dos mil se lanzaron armados contra él, y como había alcanzado a entrar antes en la casa, se apostaron amenazantes. Ante ellos, Josefo recurre a un segundo engaño: subiendo al tejado y calmando con la mano derecha su tumulto, dijo que no sabía qué exigían obtener, pues no podía oír por la confusión del griterío; pero que haría cuanto ordenasen, si le enviaban dentro a quienes lo trataran con calma. Al oír esto, los notables, con los magistrados, entraron. Y él, arrastrándolos a lo más recóndito de la casa y cerrando la puerta del patio, los azotó hasta dejar en carne viva las entrañas de todos; mientras tanto, la multitud rodeaba la casa, creyendo que los que habían entrado alegaban más largamente su causa. Pero él, abriendo de repente las puertas, echó fuera a los hombres ensangrentados, y produjo tal espanto en los que amenazaban que, arrojando las armas, huyeron.

Ante esto, Yojanán acrecentó su envidia y aparejó una segunda intriga contra Josefo. Fingiendo enfermedad, le suplicó por carta que le permitiera usar, para su curación, las aguas termales de Tiberíades. Y él —pues aún no sospechaba del intrigante— escribe a los oficiales de la ciudad que dieran a Yojanán hospedaje y los víveres necesarios. Tras gozar de ellos dos días, se puso a lo que había venido, y, corrompiendo a unos con engaños y a otros con dinero, los persuadía a apartarse de Josefo. Al enterarse de esto, Silas, a quien Josefo había puesto para guardar la ciudad, le escribe a toda prisa lo referente a la intriga. Y Josefo, en cuanto recibió la carta, marchando de noche sin descanso, se presentó al amanecer en Tiberíades. Y el resto de la multitud le salió al encuentro; pero Yojanán, aunque sospechaba que aquella llegada era contra él, sin embargo, enviando a uno de sus conocidos, fingió su dolencia y, guardando cama, decía que no podía acudir al tratamiento. Y cuando Josefo, reuniendo a los tiberienses en el estadio, intentaba hablarles de lo escrito, Yojanán, enviando a escondidas hombres armados, les ordenó matarlo. El pueblo, viendo de antemano a estos desenvainar las espadas, dio un grito; y al griterío, Josefo, volviéndose y viendo ya el hierro sobre su garganta, saltó a la orilla —pues estaba arengando de pie sobre un montículo de seis codos de altura—, y, saltando a una barca amarrada cerca, con dos guardias de su persona, huyó al centro del lago.

Sus soldados, tomando rápidamente las armas, avanzaron contra los conjurados. Allí, temiendo Josefo que, encendida una guerra civil, echase a perder la ciudad por la envidia de unos pocos, envía un mensajero a los suyos para que cuidaran solo de su propia seguridad, y que ni mataran a nadie ni acusaran a los culpables. Y ellos, obedeciendo la orden, se calmaron; pero los de la comarca de alrededor, al enterarse de la intriga y de quien la había urdido, se reunían contra Yojanán; mas él se les adelanta huyendo a Gíscala, su patria. Los galileos afluían hacia Josefo por ciudades, y, hechos ya muchas decenas de miles de hombres armados, gritaban que estaban presentes contra Yojanán, el intrigante común; pues incendiarían con él también a la patria que lo había acogido. Pero él decía que aceptaba su buena voluntad, y sin embargo contenía su ímpetu, prefiriendo dominar a los enemigos con la astucia antes que matarlos. Y tomando por su nombre, de cada ciudad, a los que se habían sublevado con Yojanán —pues los del pueblo señalaban de buen grado a los suyos—, y amenazando por medio de heraldos con que, dentro del quinto día, saquearía las haciendas y quemaría las casas junto con las familias de quienes no abandonaran a Yojanán, hizo desertar de inmediato a tres mil, que, presentándose, arrojaron las armas a sus pies; y con los que quedaron —eran unos dos mil fugitivos sirios— Yojanán volvió de nuevo, de las intrigas más abiertas, a las ocultas.

En secreto, pues, enviaba mensajeros a Yerushaláyim, calumniando a Josefo por la magnitud de su poder, y afirmando que muy pronto vendría como tirano de la metrópoli, si no se le prevenía. El pueblo, que lo tenía previsto, no le prestaba atención; pero los poderosos, por envidia, y algunos de los magistrados, enviaron a escondidas dinero a Yojanán para reclutar mercenarios, a fin de que guerreara contra Josefo; y decidieron por su cuenta también destituirlo del mando. Mas no juzgaron que bastara el decreto: enviaron dos mil quinientos hombres armados y cuatro varones eminentes —Ioesdro, hijo de Nomiko, Ananías, hijo de Sadduki, Shimón y Yehudá, hijos de Yonatán—, todos, por así decir, oradores poderosísimos, para que estos apartaran de Josefo la buena voluntad del pueblo; y si acudía por su propia voluntad, dejarlo rendir cuentas; pero si se empeñaba en quedarse, tratarlo como enemigo. A Josefo sus amigos le habían escrito que venía un ejército, pero no le revelaban de antemano la causa, por haber sido esto tramado en secreto por los enemigos. Por eso, como no se puso en guardia, cuatro ciudades se pasaron enseguida a los emisarios que llegaron: Séforis, Gábara, Gíscala y Tiberíades. Pero pronto se las volvió a atraer también, sin necesidad de armas, y, venciendo con estratagemas a los cuatro jefes y a los más poderosos de los hombres armados, los devolvió a Yerushaláyim. Contra ellos el pueblo se indignó sobremanera, y con ellos se lanzó a matar a quienes los habían enviado, de no haber escapado estos primero. Yojanán, en fin, quedó en adelante confinado dentro de la muralla de Gíscala por el miedo a Josefo. Y a los pocos días se sublevó de nuevo Tiberíades, llamando los de dentro al rey Agripa; y como este no llegó en el plazo convenido, sino que aquel día aparecieron unos pocos jinetes romanos, declaraban desterrado a Josefo por medio de heraldos.

La noticia de la deserción llegó enseguida a Taríquea. Josefo había mandado a todos sus soldados a recoger grano, de modo que no podía ni lanzarse solo contra los rebeldes ni resignarse a esperar: temía que, si se demoraba, las tropas del rey se le adelantaran y entraran en la ciudad. Y tampoco podría actuar al día siguiente, pues se le echaba encima el Shabat.

Decidió, pues, sorprender con una estratagema a los sublevados. Mandó cerrar las puertas de Taríquea, para que nadie fuera a delatar de antemano su plan a los que iba a atacar; reunió todas las barcas del lago —resultaron ser trescientas treinta, y en cada una no había más de cuatro tripulantes— y a toda prisa navegó hacia Tiberíades.

Se detuvo a tal distancia de la ciudad que no era fácil advertir que las lanchas de pesca navegaban vacías, y ordenó que se mantuvieran a la vista, meciéndose en el agua; él mismo, con solo siete de sus guardias personales y desarmados, se acercó para dejarse ver de más cerca.

Al divisarlo desde las murallas, sus adversarios —que todavía lo estaban injuriando—, sobrecogidos, creyeron que todas las barcas venían cargadas de soldados: arrojaron las armas y, agitando ramos de súplica, le rogaron que perdonara a la ciudad.

Josefo los amenazó largamente y los reprendió: primero se habían echado encima la guerra contra los romanos y ya malgastaban sus fuerzas en luchas intestinas, haciendo justo lo que más desearían sus enemigos; y luego se apresuraban a arrebatarles al garante de su seguridad y no se avergonzaban de cerrarle la ciudad a quien mismo la había amurallado. Que le enviaran, dijo, a los que quisieran justificarse, y con quienes él aseguraría de nuevo la ciudad.

Bajaron enseguida diez de los ciudadanos más poderosos de Tiberíades. A esos los subió a una de las lanchas y los alejó mar adentro; luego ordenó que se adelantaran otros cincuenta del consejo, los más conocidos, como si quisiera recibir también de aquellos alguna garantía.

Después, ideando pretextos cada vez más nuevos, iba llamando a unos tras otros como si fuera a pactar con ellos.

A los timoneles de las barcas que se iban llenando les mandó remar a toda prisa a Taríquea y encerrar a los hombres en la prisión, hasta que hubo apresado a todo el consejo —seiscientos en total— y a unos dos mil del pueblo, y los llevó en las barcas a Taríquea.

Como los demás gritaban que el principal culpable de la deserción era un tal Clito, y le pedían que descargara su ira sobre aquel, Josefo —que no había resuelto matar a nadie— ordenó a un tal Leví, uno de sus propios guardias, que saliera a cortarle las manos a Clito.

Pero aquel, temiendo verse solo en medio de una turba de enemigos, se negó. Clito, viendo desde la barca que Josefo se indignaba y que estaba a punto de saltar él mismo a ejecutar el castigo, le suplicó desde la orilla que le dejara al menos una de las manos.

Josefo accedió, a condición de que él mismo se cortara la otra; y Clito, desenvainando la espada con la derecha, se cortó la izquierda: hasta tal punto de terror lo llevó Josefo.

Así, con barcas vacías y siete escoltas, tomó cautivo al pueblo y recuperó Tiberíades. Pocos días después, al descubrir que se había sublevado junto con los de Séforis, permitió a los soldados saquearla.

Sin embargo, reunió todo el botín y lo devolvió a los habitantes, y lo mismo hizo con los de Séforis; pues, tras haberlos sometido también a ellos, quiso escarmentarlos con el saqueo, y con la devolución de los bienes los ganó de nuevo para su favor.

Cesaron, pues, las agitaciones en Galilea, y, puesto fin a los tumultos internos, se volcaron en los preparativos contra los romanos.

En Yerushaláyim, Anano el sumo sacerdote y cuantos de los poderosos no simpatizaban con los romanos reparaban la muralla y buena parte de las máquinas de guerra.

Por toda la ciudad se forjaban proyectiles y armaduras; la multitud de los jóvenes se ejercitaba en desordenados entrenamientos, y todo estaba lleno de alboroto. Una honda tristeza pesaba sobre los moderados, y muchos, previendo las desgracias que se avecinaban, se lamentaban.

Circulaban también presagios: de mal agüero para quienes amaban la paz, pero que se improvisaban al gusto de quienes habían encendido la guerra. Y el estado de la ciudad, antes aún de que llegaran los romanos, era el de una plaza destinada a perecer.

Anano, por su parte, se preocupaba de ir apartándose poco a poco de los preparativos bélicos y de doblegar hacia lo conveniente a los sediciosos y a la insensatez de los llamados zelotes; pero fue vencido por su violencia, y más adelante mostraremos qué final le tocó en suerte.

En la toparquía de Acrabatene, Shimón bar Giora, tras haber reunido a muchos de los revoltosos, se lanzó al saqueo: no solo desvalijaba las casas de los ricos, sino que también torturaba sus cuerpos, y ya se veía claramente que desde muy pronto empezaba a comportarse como tirano.

Cuando Anano y los magistrados enviaron tropas contra él, huyó con los suyos hasta los bandidos de Masada, y allí permaneció hasta la muerte de Anano y de los demás enemigos, saqueando entretanto Idumea junto con ellos.

De modo que los magistrados de la nación, por la cantidad de los que morían y los continuos pillajes, reunieron un ejército y mantuvieron guarnecidas las aldeas. Y así estaban las cosas en Idumea.