Capítulo cuarto
Nóaj
El nacimiento de Nóaj
Metushélaj tomó esposa para su hijo Lémej, y ella le dio un hijo varón. El cuerpo del niño era blanco como la nieve y rojo como una rosa en flor, y el cabello de su cabeza y sus largos rizos eran blancos como la lana, y sus ojos como los rayos del sol. Cuando abría los ojos, iluminaba toda la casa, como el sol, y toda la casa se llenaba de luz. Y cuando lo tomaron de la mano de la partera, abrió la boca y alabó a HaShem, el Señor de la justicia. Su padre Lémej sintió temor de él, y huyó, y fue a su propio padre Metushélaj. Y le dijo: «He engendrado un hijo extraño; no es como un ser humano, sino que se parece a los hijos de los ángeles del cielo, y su naturaleza es distinta, y no es como nosotros, y sus ojos son como los rayos del sol, y su rostro es glorioso. Y me parece que no ha salido de mí, sino de los ángeles, y temo que en sus días se obre un prodigio sobre la tierra. Y ahora, padre mío, aquí estoy para pedirte e implorarte que vayas a Janoj, nuestro padre, y aprendas de él la verdad, pues su morada está entre los ángeles.»
Y cuando Metushélaj oyó las palabras de su hijo, fue a Janoj, hasta los confines de la tierra, y clamó en voz alta, y Janoj oyó su voz, y se le apareció, y le preguntó la razón de su venida. Metushélaj le contó la causa de su inquietud, y le rogó que le diera a conocer la verdad. Janoj respondió y dijo: «HaShem hará algo nuevo en la tierra. Vendrá una gran destrucción sobre la tierra, y un diluvio que durará un año. Este hijo que te ha nacido quedará sobre la tierra, y sus tres hijos se salvarán con él, cuando toda la humanidad que hay sobre la tierra muera. Y habrá un gran castigo sobre la tierra, y la tierra será limpiada de toda impureza. Y ahora hazle saber a tu hijo Lémej que el que ha nacido es en verdad su hijo, y ponle por nombre Nóaj, pues él quedará para vosotros, y él y sus hijos se salvarán de la destrucción que vendrá sobre la tierra.» Cuando Metushélaj hubo oído las palabras de su padre, que le mostró todas las cosas secretas, volvió a casa, y llamó al niño Nóaj, porque haría que la tierra se regocijara en compensación por toda la destrucción.
Con el nombre de Nóaj lo llamaba solo su abuelo Metushélaj; su padre y todos los demás lo llamaban Menajem. Su generación era dada a la hechicería, y Metushélaj temía que su nieto fuera embrujado si se conocía su verdadero nombre, por lo cual lo mantuvo en secreto. Menajem, «Consolador», le venía tan bien como Nóaj; indicaba que sería un consuelo, con solo que los malhechores de su tiempo se arrepintieran de sus fechorías. Desde su mismo nacimiento se sintió que traería consuelo y liberación. Cuando HaShem dijo a Adam: «Maldita es la tierra por tu causa», él preguntó: «¿Por cuánto tiempo?», y la respuesta que dio Dios fue: «Hasta que nazca un hijo varón cuya conformación sea tal que no haya necesidad de practicar en él el rito de la circuncisión.» Esto se cumplió en Nóaj: nació circuncidado desde el vientre de su madre.
Nóaj apenas había venido al mundo cuando se hizo notar un cambio marcado. Desde la maldición que la tierra había recibido por el pecado de Adam, ocurría que, sembrado el trigo, brotaba y crecía sin embargo avena. Esto cesó con la aparición de Nóaj: la tierra dio los productos que se plantaban en ella. Y fue Nóaj quien, ya crecido y hecho hombre, inventó el arado, la hoz, la azada y otros instrumentos para cultivar la tierra. Antes de él los hombres habían trabajado la tierra con sus propias manos.
Hubo otra señal que indicaba que el niño nacido a Lémej estaba destinado a un destino extraordinario. Cuando Dios creó a Adam, le dio dominio sobre todas las cosas: la vaca obedecía al labrador, y el surco se dejaba trazar de buena gana. Pero tras la caída de Adam todas las cosas se rebelaron contra él: la vaca se negó a obedecer al labrador, y también el surco se hizo rebelde. Nació Nóaj, y todo volvió a su estado anterior a la caída del hombre.
Antes del nacimiento de Nóaj, el mar solía traspasar sus límites dos veces al día, por la mañana y por la tarde, e inundaba la tierra hasta las tumbas. Después de su nacimiento se mantuvo dentro de sus confines. Y el hambre que afligió al mundo en tiempos de Lémej —la segunda de las diez grandes hambrunas destinadas a venir sobre él— cesó sus estragos con el nacimiento de Nóaj.
El castigo de los ángeles caídos
Ya hecho hombre, Nóaj siguió los caminos de su abuelo Metushélaj, mientras que todos los demás hombres de aquel tiempo se alzaron contra este piadoso rey. Lejos de observar sus preceptos, seguían la inclinación al mal de sus corazones, y perpetraban toda clase de actos abominables. Sobre todo los ángeles caídos y su descendencia de gigantes causaron la depravación de la humanidad. La sangre derramada por los gigantes clamaba al cielo desde la tierra, y los cuatro arcángeles acusaron a los ángeles caídos y a sus hijos ante Dios, tras lo cual Él les dio las siguientes órdenes: Uriel fue enviado a Nóaj para anunciarle que la tierra sería destruida por un diluvio, y para enseñarle cómo salvar su propia vida. A Rafael se le ordenó poner en cadenas al ángel caído Azazel, arrojarlo a un foso de piedras afiladas y puntiagudas en el desierto de Dudael, y cubrirlo de tinieblas, y así había de permanecer hasta el gran día del juicio, cuando sería arrojado al foso ardiente del infierno, y la tierra sanaría de la corrupción que él había urdido sobre ella. A Gavriel se le encargó proceder contra los bastardos y los réprobos, los hijos de los ángeles engendrados con las hijas de los hombres, y sumirlos en luchas mortales entre sí. Los de la ralea de Shemjazai fueron entregados a Mijael, quien primero les hizo presenciar la muerte de sus hijos en su sangriento combate mutuo, y luego los ató y los clavó bajo las colinas de la tierra, donde permanecerán setenta generaciones, hasta el día del juicio, para ser llevados de allí al foso ardiente del infierno.
La caída de Azazel y Shemjazai sucedió de esta manera. Cuando la generación del diluvio comenzó a practicar la idolatría, Dios se afligió profundamente. Los dos ángeles Shemjazai y Azazel se levantaron y dijeron: «¡Oh, Señor del mundo! Ha sucedido aquello que predijimos en la creación del mundo y del hombre, cuando dijimos: “¿Qué es el hombre, para que de él te acuerdes?”» Y Dios dijo: «¿Y qué será ahora del mundo sin el hombre?» A lo cual los ángeles: «Nosotros nos ocuparemos de él.» Entonces dijo Dios: «Bien lo sé, y sé que si habitáis la tierra, la inclinación al mal os dominará, y seréis más inicuos que los hombres mismos.» Los ángeles suplicaron: «Concédenos solo permiso para morar entre los hombres, y verás cómo santificaremos Tu Nombre.» Dios cedió a su deseo, diciendo: «¡Descended y habitad entre los hombres!»
Cuando los ángeles llegaron a la tierra, y vieron a las hijas de los hombres en toda su gracia y hermosura, no pudieron refrenar su pasión. Shemjazai vio a una doncella llamada Istehar, y perdió el corazón por ella. Ella prometió entregarse a él, si primero le enseñaba el Nombre Inefable, por medio del cual se elevaba al cielo. Él accedió a su condición. Pero una vez que lo supo, ella pronunció el Nombre, y ascendió al cielo por sí misma, sin cumplir su promesa al ángel. Dios dijo: «Por cuanto se mantuvo apartada del pecado, la pondremos entre las siete estrellas, para que los hombres nunca la olviden», y fue colocada en la constelación de las Pléyades.
Shemjazai y Azazel, sin embargo, no se dejaron disuadir de entrar en alianzas con las hijas de los hombres, y al primero le nacieron dos hijos. Azazel comenzó a idear los adornos y las galas por medio de los cuales las mujeres seducen a los hombres. Entonces Dios envió a Metatrón a decirle a Shemjazai que había resuelto destruir el mundo y traer un diluvio. El ángel caído comenzó a llorar y a lamentarse por la suerte del mundo y la suerte de sus dos hijos. Si el mundo se hundía, ¿qué tendrían para comer ellos, que necesitaban cada día mil camellos, mil caballos y mil toros?
Estos dos hijos de Shemjazai, llamados Hivá y Hiyá, tuvieron sueños. El uno vio una gran piedra que cubría la tierra, y la tierra estaba marcada por todas partes con líneas sobre líneas de escritura. Vino un ángel, y con un cuchillo borró todas las líneas, dejando solo cuatro letras sobre la piedra. El otro hijo vio un gran huerto de recreo plantado con toda clase de árboles. Pero se acercaron ángeles con hachas, y talaron los árboles, perdonando uno solo con tres de sus ramas.
Cuando Hivá y Hiyá despertaron, acudieron a su padre, que les interpretó los sueños, diciendo: «Dios traerá un diluvio, y ninguno escapará con vida, salvo solamente Nóaj y sus hijos.» Al oír esto, los dos empezaron a llorar y a gritar, pero su padre los consoló: «¡Calma, calma! No os aflijáis. Cada vez que los hombres corten o acarreen piedras, o boten embarcaciones, invocarán vuestros nombres: ¡Hivá! ¡Hiyá!» Esta profecía los tranquilizó.
Shemjazai entonces hizo penitencia. Se suspendió entre el cielo y la tierra, y en esa posición de pecador penitente cuelga hasta el día de hoy. Pero Azazel persistió obstinadamente en su pecado de descarriar a la humanidad por medio de seducciones sensuales. Por esta razón se sacrificaban dos machos cabríos en el Templo en Yom Kipur, el uno para Dios, para que perdonara los pecados de Israel, y el otro para Azazel, para que cargara con los pecados de Israel.
A diferencia de Istehar, la doncella piadosa, Naamá, la encantadora hermana de Tuval-Káyin, descarrió a los ángeles con su belleza, y de su unión con Shamdón surgió el demonio Ashmedai. Era tan desvergonzada como todos los demás descendientes de Káyin, y tan inclinada a los placeres bestiales. Las mujeres cainitas y los hombres cainitas por igual solían andar desnudos, y se entregaban a toda clase imaginable de prácticas lascivas. De tales mujeres eran aquellas cuya belleza y encantos sensuales tentaron a los ángeles a apartarse del camino de la virtud. Los ángeles, por su parte, tan pronto como se rebelaron contra Dios y descendieron a la tierra, perdieron sus cualidades trascendentes, y fueron revestidos de cuerpos sublunares, de modo que la unión con las hijas de los hombres se hizo posible. Los frutos de estas alianzas entre los ángeles y las mujeres cainitas fueron los gigantes, conocidos por su fuerza y su pecaminosidad; como indica su propio nombre, los Emim, infundían temor. Tienen muchos otros nombres. A veces se los llama Refaim, porque una sola mirada suya hacía desfallecer el corazón; o Guiborim, simplemente «gigantes», porque su tamaño era tan enorme que su muslo medía dieciocho codos; o Zamzumim, porque eran grandes maestros en la guerra; o Anakim, porque tocaban el sol con el cuello; o Ivim, porque, como la serpiente, sabían juzgar las cualidades del suelo; o, por último, Nefilim, porque, llevando el mundo a su caída, ellos mismos cayeron.
La generación del diluvio
Mientras que los descendientes de Káyin se parecían a su padre en su pecaminosidad y depravación, los descendientes de Shet llevaban una vida piadosa y bien ordenada, y la diferencia entre la conducta de los dos linajes se reflejaba en sus moradas. La familia de Shet se había establecido sobre las montañas en las cercanías del Paraíso, mientras que la familia de Káyin residía en el campo de Damasco, el lugar donde Hével fue muerto por Káyin.
Por desgracia, en tiempos de Metushélaj, tras la muerte de Adam, la familia de Shet se corrompió a la manera de los cainitas. Los dos linajes se unieron entre sí para ejecutar toda clase de actos inicuos. El resultado de los matrimonios entre ellos fueron los Nefilim, cuyos pecados trajeron el diluvio sobre el mundo. En su arrogancia reclamaban el mismo linaje que la posteridad de Shet, y se comparaban con príncipes y hombres de noble estirpe.
El desenfreno de esta generación se debía en cierta medida a las condiciones ideales en que la humanidad vivía antes del diluvio. No conocían ni la fatiga ni la preocupación, y como consecuencia de su extraordinaria prosperidad se volvieron insolentes. En su arrogancia se alzaron contra Dios. Una sola siembra producía una cosecha suficiente para las necesidades de cuarenta años, y por medio de artes mágicas podían obligar al mismísimo sol y a la luna a estar prontos para servirles. La crianza de los hijos no les daba trabajo alguno. Nacían tras unos pocos días de embarazo, e inmediatamente después de nacer podían caminar y hablar; ellos mismos ayudaban a la madre a cortar el cordón umbilical. Ni siquiera los demonios podían hacerles daño. Una vez, un recién nacido, corriendo a buscar una luz con la que su madre pudiera cortar el cordón umbilical, se topó con el jefe de los demonios, y se entabló un combate entre los dos. De pronto se oyó el canto de un gallo, y el demonio huyó, gritándole al niño: «¡Ve y cuéntale a tu madre que, de no ser por el canto del gallo, te habría matado!» A lo cual el niño replicó: «¡Ve y cuéntale a tu madre que, de no ser por mi cordón umbilical sin cortar, te habría matado yo a ti!»
Fue su vida despreocupada la que les dio espacio y ocio para sus infamias. Por un tiempo Dios, en Su bondad paciente, pasó por alto las iniquidades de los hombres, pero Su tolerancia cesó cuando comenzaron a llevar vidas impúdicas, pues «Dios es paciente con todos los pecados, salvo con una vida inmoral.»
El otro pecado que apresuró el fin de la generación inicua fue su rapacidad. Sus depredaciones estaban planeadas con tanta astucia que la ley no podía tocarlos. Si un campesino traía al mercado una cesta de verduras, se le acercaban, uno tras otro, y le sustraían un poco, cada porción de escaso valor en sí misma, pero al poco rato el vendedor se quedaba sin nada que vender.
Aun después de que Dios hubiera resuelto la destrucción de los pecadores, todavía dejó prevalecer Su misericordia, pues envió a Nóaj hacia ellos, que durante ciento veinte años los exhortó a enmendar sus caminos, sosteniendo siempre el diluvio sobre ellos como amenaza. En cuanto a ellos, no hacían sino burlarse de él. Cuando lo vieron ocupado en la construcción del arca, preguntaron: «¿Para qué esta arca?»
Nóaj: «Dios traerá un diluvio sobre vosotros.»
Los pecadores: «¿Qué clase de diluvio? Si envía un diluvio de fuego, contra eso sabemos protegernos. Si es un diluvio de aguas, entonces, si las aguas brotan de la tierra, las cubriremos con barras de hierro, y si descienden de lo alto, también conocemos un remedio contra eso.»
Nóaj: «Las aguas rezumarán bajo vuestros pies, y no podréis contenerlas.»
En parte persistían en la obstinación de su corazón porque Nóaj les había dado a conocer que el diluvio no descendería mientras el piadoso Metushélaj morara entre ellos. Cumplido el plazo de ciento veinte años que Dios había fijado como término de su prueba, Metushélaj murió, pero por respeto a la memoria de este hombre piadoso Dios les concedió otra semana de tregua, la semana de duelo por él. Durante este tiempo de gracia, las leyes de la naturaleza quedaron suspendidas: el sol salía por el oeste y se ponía por el este. A los pecadores Dios les dio los manjares que aguardan al hombre en el mundo futuro, con el propósito de mostrarles lo que estaban perdiendo. Pero todo esto resultó inútil, y, habiendo partido de esta vida Metushélaj y los demás hombres piadosos de la generación, Dios trajo el diluvio sobre la tierra.
El libro sagrado
Se necesitaba gran sabiduría para construir el arca, que debía tener espacio para todos los seres de la tierra, incluso los espíritus. Solo los peces no tenían que ser previstos. Nóaj adquirió la sabiduría necesaria del libro que el ángel Raziel había dado a Adam, en el cual está registrado todo el conocimiento celestial y todo el conocimiento terrenal.
Cuando la primera pareja humana estaba todavía en el Paraíso, sucedió una vez que Samael, acompañado de un muchacho, se acercó a Javá y le pidió que vigilara con atención a su pequeño hijo hasta que él regresara. Javá le dio su promesa. Cuando Adam volvió de un paseo por el Paraíso, encontró junto a Javá a un niño que aullaba y gritaba, y que, en respuesta a su pregunta, ella le dijo que era de Samael. Adam se molestó, y su molestia creció a medida que el muchacho lloraba y gritaba cada vez con más violencia. En su irritación le asestó al pequeño un golpe que lo mató. Pero el cadáver no dejó de gemir y llorar, ni cesó cuando Adam lo cortó en pedazos. Para librarse de la plaga, Adam coció los restos, y él y Javá se los comieron. Apenas habían terminado, cuando apareció Samael y reclamó a su hijo. Los dos malhechores trataron de negarlo todo; fingieron no saber nada de su hijo. Pero Samael les dijo: «¡Cómo! ¿Os atrevéis a decir mentiras, cuando Dios en los tiempos venideros dará a Israel la Torá en la que se dice: “Aléjate de la palabra falsa”?»
Mientras hablaban así, de pronto se oyó la voz del muchacho asesinado, que salía del corazón de Adam y de Javá, y dirigió estas palabras a Samael: «¡Vete de aquí! He penetrado en el corazón de Adam y en el corazón de Javá, y nunca más abandonaré sus corazones, ni los corazones de sus hijos, ni los de los hijos de sus hijos, hasta el fin de todas las generaciones.»
Samael se marchó, pero Adam quedó muy afligido, y se vistió de saco y ceniza, y ayunó muchos, muchos días, hasta que Dios se le apareció y dijo: «Hijo mío, no temas a Samael. Te daré un remedio que te ayudará contra él, pues fue por instancia Mía que él fue a ti.» Adam preguntó: «¿Y cuál es ese remedio?» Dios: «La Torá.» Adam: «¿Y dónde está la Torá?» Dios entonces le dio el libro del ángel Raziel, que estudió día y noche. Después de que pasó algún tiempo, los ángeles visitaron a Adam, y, envidiosos de la sabiduría que había extraído del libro, buscaron destruirlo con astucia llamándolo dios y postrándose ante él, a pesar de su protesta: «No os postréis ante mí, sino engrandeced a HaShem conmigo, y exaltemos juntos Su Nombre.» Sin embargo, la envidia de los ángeles era tan grande que le robaron a Adam el libro que Dios le había dado, y lo arrojaron al mar. Adam lo buscó por todas partes en vano, y la pérdida lo afligió amargamente. De nuevo ayunó muchos días, hasta que Dios se le apareció y dijo: «¡No temas! Te devolveré el libro», y llamó a Rahav, el Ángel del Mar, y le ordenó recobrar el libro del mar y restituirlo a Adam. Y así lo hizo.
A la muerte de Adam, el libro sagrado desapareció, pero más tarde la cueva en que estaba oculto le fue revelada a Janoj en un sueño. Fue de este libro que Janoj sacó su conocimiento de la naturaleza, de la tierra y de los cielos, y se volvió tan sabio por medio de él que su sabiduría superó a la sabiduría de Adam. Una vez que lo hubo aprendido de memoria, Janoj escondió el libro de nuevo.
Ahora bien, cuando Dios resolvió traer el diluvio sobre la tierra, envió al arcángel Rafael a Nóaj, como portador del siguiente mensaje: «Te entrego con esto el libro sagrado, para que todos los secretos y misterios en él escritos te sean manifestados, y para que sepas cómo cumplir su mandato en santidad, pureza, modestia y humildad. Aprenderás de él cómo construir un arca de la madera del árbol gófer, en la que tú, y tus hijos, y tu esposa hallaréis protección.»
Nóaj tomó el libro, y cuando lo estudió, el espíritu santo vino sobre él, y supo todo lo necesario para la construcción del arca y la reunión de los animales. El libro, que estaba hecho de zafiros, lo llevó consigo al arca, tras encerrarlo primero en un cofre de oro. Todo el tiempo que pasó en el arca le sirvió de reloj, para distinguir la noche del día. Antes de su muerte, se lo confió a Shem, y este a su vez a Avraham. De Avraham descendió a través de Yaakov, Leví, Moshé y Yehoshúa hasta Shlomo, que aprendió de él toda su sabiduría, y su destreza en el arte de curar, y también su dominio sobre los demonios.
Los ocupantes del arca
El arca fue terminada según las instrucciones establecidas en el Libro de Raziel. La siguiente tarea de Nóaj era reunir a los animales. No menos de treinta y dos especies de aves y trescientas sesenta y cinco de reptiles tuvo que llevar consigo. Pero Dios ordenó a los animales dirigirse al arca, y acudieron en tropel hacia allí, y Nóaj no tuvo que hacer siquiera el esfuerzo de extender un dedo. En efecto, se presentaron más de los que se requería que vinieran, y Dios le indicó que se sentara a la puerta del arca y observara cuáles de los animales se echaban al llegar a la entrada y cuáles quedaban en pie. Los primeros pertenecían al arca, pero no los segundos. Ocupando su puesto tal como se le había ordenado, Nóaj observó una leona con sus dos cachorros. Las tres bestias se agazaparon. Pero los dos pequeños empezaron a forcejear con la madre, y ella se levantó y se puso en pie junto a ellos. Entonces Nóaj llevó a los dos cachorros al arca. Las bestias salvajes, y el ganado, y las aves que no fueron aceptados permanecieron en pie alrededor del arca durante siete días enteros, pues la reunión de los animales ocurrió una semana antes de que el diluvio comenzara a descender. El día en que llegaron al arca, el sol se oscureció, y los cimientos de la tierra temblaron, y los relámpagos fulguraron, y el trueno retumbó como nunca antes. Y aun así los pecadores permanecieron impenitentes. En nada cambiaron sus malas acciones durante aquellos últimos siete días.
Cuando por fin el diluvio se desató, setecientos mil de los hijos de los hombres se congregaron alrededor del arca, e imploraron a Nóaj que les concediera protección. Con voz potente él respondió y dijo: «¿No sois vosotros aquellos que fuisteis rebeldes contra Dios, diciendo: “No hay Dios”? Por eso Él ha traído la ruina sobre vosotros, para aniquilaros y borraros de la faz de la tierra. ¿No os he estado profetizando esto durante estos ciento veinte años, y no quisisteis atender a la voz de Dios? ¡Y ahora deseáis que se os mantenga con vida!» Entonces los pecadores clamaron: «¡Sea! Todos estamos dispuestos ahora a volvernos a Dios, con tal de que abras la puerta de tu arca para recibirnos, para que vivamos y no muramos.» Nóaj respondió y dijo: «Eso hacéis ahora, cuando la necesidad os aprieta con dureza. ¿Por qué no os volvisteis a Dios durante todos los ciento veinte años que HaShem os fijó como término de arrepentimiento? Ahora venís, y habláis así, porque la angustia acosa vuestras vidas. Por eso Dios no os escuchará ni os prestará oído; ¡nada lograréis!»
La turba de pecadores intentó tomar por asalto la entrada del arca, pero las bestias salvajes que montaban guardia alrededor del arca se abalanzaron sobre ellos, y muchos fueron muertos, mientras que el resto escapó, solo para hallar la muerte en las aguas del diluvio. Las aguas por sí solas no habrían podido acabar con ellos, pues eran gigantes en estatura y fuerza. Cuando Nóaj los amenazaba con el azote de Dios, respondían: «Si las aguas del diluvio vienen de arriba, jamás llegarán hasta nuestros cuellos; y si vienen de abajo, las plantas de nuestros pies son bastante grandes para represar los manantiales.» Pero Dios hizo que cada gota pasara por el Gehena antes de caer a la tierra, y la lluvia ardiente escaldó la piel de los pecadores. El castigo que les sobrevino fue acorde con su crimen. Así como sus deseos sensuales los habían encendido, e inflamado a excesos inmorales, así fueron castigados por medio de agua calentada.
Ni siquiera en la hora de la agonía pudieron los pecadores sofocar sus viles instintos. Cuando el agua empezó a manar de los manantiales, arrojaron a ellos a sus pequeños hijos, para taponar el diluvio.
Fue por la gracia de Dios, y no por sus méritos, que Nóaj halló refugio en el arca ante la fuerza avasalladora de las aguas. Aunque era mejor que sus contemporáneos, no era todavía digno de que se obraran maravillas por su causa. Tenía tan poca fe que no entró en el arca hasta que las aguas le llegaron a las rodillas. Con él escapó del peligro su piadosa esposa Naamá, la hija de Enosh, y sus tres hijos, y las esposas de sus tres hijos.
Nóaj no se había casado hasta cumplir los cuatrocientos noventa y ocho años. Entonces HaShem le había ordenado tomar esposa. No había deseado traer hijos al mundo, viendo que todos ellos tendrían que perecer en el diluvio, y solo tuvo tres hijos, nacidos poco antes de que el diluvio llegara. Dios le había dado un número tan pequeño de descendientes para que se ahorrara la necesidad de construir el arca a una escala excesiva en caso de que resultaran piadosos. Y si no, si ellos también eran depravados como el resto de su generación, el dolor por su destrucción no haría sino aumentar en proporción a su número.
Así como Nóaj y su familia fueron los únicos que no tuvieron parte en la corrupción de la época, así también los animales recibidos en el arca fueron los que habían llevado una vida natural. Pues los animales de aquel tiempo eran tan inmorales como los hombres: el perro se unía con el lobo, el gallo con el pavo real, y muchos otros no prestaban atención a la pureza sexual. Los que se salvaron fueron los que se habían mantenido incontaminados.
Antes del diluvio el número de animales impuros había sido mayor que el número de los puros. Después la proporción se invirtió, porque mientras que siete pares de animales puros se preservaron en el arca, solo dos pares de los impuros se preservaron.
Un animal, el reem, Nóaj no pudo meterlo en el arca. A causa de su enorme tamaño no cabía dentro. Por eso Nóaj lo ató al arca, y corrió detrás. Tampoco pudo hacer sitio para el gigante Og, el rey de Bashán. Este se sentó encima del arca con firmeza, y de este modo escapó del diluvio de aguas. Nóaj le repartía su comida a diario, por un agujero, porque Og había prometido que él y sus descendientes le servirían como esclavos a perpetuidad.
Dos criaturas de índole muy peculiar también hallaron refugio en el arca. Entre los seres que acudieron a Nóaj estaba la Falsedad, que pedía cobijo. Se le negó la admisión, porque no tenía compañero, y Nóaj recibía a los animales solo por parejas. La Falsedad se fue a buscar una pareja, y se topó con la Desgracia, a quien se asoció con la condición de que ella pudiera apropiarse de lo que la Falsedad ganara. La pareja fue entonces aceptada en el arca. Cuando la abandonaron, la Falsedad notó que todo cuanto reunía desaparecía al instante, y acudió a su compañera para buscar una explicación, que ella le dio con estas palabras: «¿No convinimos en la condición de que yo podría tomar lo que tú ganaras?», y la Falsedad tuvo que marcharse con las manos vacías.
El diluvio
La reunión de los animales en el arca no era sino la parte menor de la tarea impuesta a Nóaj. Su mayor dificultad era proveer alimento para un año y acomodo para ellos. Mucho después, Shem, el hijo de Nóaj, le relató a Eliézer, el siervo de Avraham, la historia de sus experiencias con los animales en el arca. Esto es lo que dijo: «Tuvimos duras penurias en el arca. A los animales diurnos había que alimentarlos de día, y a los nocturnos de noche. Mi padre no sabía qué alimento dar a la pequeña zikta. Una vez cortó una granada por la mitad, y un gusano cayó del fruto, y fue devorado por la zikta. Desde entonces mi padre amasaba salvado, y lo dejaba reposar hasta que criaba gusanos, que se daban de comer al animal. El león padeció de fiebre todo el tiempo, y por eso no molestaba a los demás, porque no le apetecía el alimento seco. Al animal urshana mi padre lo encontró durmiendo en un rincón de la nave, y le preguntó si no necesitaba nada de comer. Él respondió y dijo: “Vi que estabas muy ocupado, y no quise añadir a tus cuitas.” A lo cual mi padre dijo: “Sea la voluntad de HaShem mantenerte vivo para siempre”, y la bendición se cumplió.»
Las dificultades aumentaron cuando el diluvio comenzó a zarandear el arca de un lado a otro. Todos los que estaban dentro de ella eran sacudidos como lentejas en una olla. Los leones empezaron a rugir, los bueyes a mugir, los lobos a aullar, y todos los animales dieron rienda suelta a su angustia, cada uno con los sonidos que tenía el poder de emitir.
También Nóaj y sus hijos, pensando que la muerte estaba cerca, rompieron a llorar. Nóaj oró a Dios: «¡Oh, HaShem, ayúdanos, pues no somos capaces de soportar el mal que nos rodea! Las olas se agitan en torno a nosotros, las corrientes de destrucción nos atemorizan, y la muerte nos mira de frente. ¡Oh, escucha nuestra oración, líbranos, inclínate hacia nosotros, y sé misericordioso con nosotros! ¡Redímenos y sálvanos!»
El diluvio se produjo por la unión de las aguas masculinas, que están por encima del firmamento, y las aguas femeninas que brotan de la tierra. Las aguas de arriba se precipitaron por el espacio que quedó cuando Dios retiró dos estrellas de la constelación de las Pléyades. Después, para poner fin al diluvio, Dios tuvo que trasladar dos estrellas de la constelación de la Osa a la constelación de las Pléyades. Por eso la Osa corre tras las Pléyades. Quiere de vuelta a sus dos hijos, pero no le serán restituidos sino en el mundo futuro.
Hubo otros cambios entre las esferas celestes durante el año del diluvio. Todo el tiempo que duró, el sol y la luna no dieron luz, por lo cual Nóaj fue llamado por su nombre, «el que reposa», pues en su vida el sol y la luna reposaron. El arca era iluminada por una piedra preciosa, cuya luz era más brillante de noche que de día, permitiendo así a Nóaj distinguir entre el día y la noche.
La duración del diluvio fue de un año entero. Comenzó el día diecisiete de Jeshván, y la lluvia continuó durante cuarenta días, hasta el veintisiete de Kislev. El castigo se correspondía con el crimen de la generación pecadora. Habían llevado vidas inmorales, y engendrado hijos bastardos, cuyo estado embrionario dura cuarenta días. Desde el veintisiete de Kislev hasta el primero de Siván, un período de ciento cincuenta días, el agua se mantuvo a una misma altura, quince codos por encima de la tierra. Durante ese tiempo todos los malvados fueron destruidos, recibiendo cada uno el castigo que le correspondía. Káyin estaba entre los que perecieron, y así fue vengada la muerte de Hével. Tan poderosas fueron las aguas en su labor de estrago que ni siquiera el cadáver de Adam fue perdonado en su tumba.
El primero de Siván las aguas comenzaron a menguar, un cuarto de codo por día, y al cabo de sesenta días, el décimo día de Av, se mostraron las cumbres de las montañas. Pero muchos días antes, el diez de Tamuz, Nóaj había soltado al cuervo, y una semana después a la paloma, en la primera de sus tres salidas, repetidas a intervalos de una semana. Desde el primero de Av hasta el primero de Tishrí tardaron las aguas en retirarse por completo de la faz de la tierra. Aun entonces el suelo estaba tan fangoso que los moradores del arca tuvieron que permanecer dentro hasta el día veintisiete de Jeshván, completando un año solar entero, compuesto de doce lunas y once días.
Nóaj había tenido dificultad todo el tiempo para averiguar el estado de las aguas. Cuando quiso despachar al cuervo, el ave dijo: «HaShem, tu Amo, me odia, y tú también me odias. Tu Amo me odia, pues te mandó tomar siete pares de los animales puros en el arca, y solo dos pares de los animales impuros, a los que yo pertenezco. Tú me odias, pues no eliges, como mensajero, un ave de una de las clases de las que hay siete pares en el arca, sino que me envías a mí, y de mi clase no hay más que un par. Supón, ahora, que yo pereciera por causa del calor o del frío, ¿no quedaría el mundo más pobre por toda una especie de animales? ¿O acaso has echado un ojo lujurioso sobre mi pareja, y deseas librarte de mí?» A lo cual Nóaj respondió y dijo: «¡Miserable! Debo vivir apartado de mi propia esposa en el arca. ¡Cuánto menos me pasarían por la mente tales pensamientos como los que me atribuyes!»
El encargo del cuervo no tuvo éxito, pues cuando vio el cuerpo de un hombre muerto, se puso a devorarlo, y no ejecutó las órdenes que Nóaj le había dado. Entonces fue enviada la paloma. Hacia el atardecer regresó con una hoja de olivo en el pico, arrancada en el Monte de los Olivos en Yerushaláyim, pues la Tierra Santa no había sido asolada por el diluvio. Al arrancarla, le dijo a Dios: «¡Oh, Señor del mundo, sea mi alimento tan amargo como la aceituna, pero dámelo de Tu mano, antes que sea dulce y yo quede entregada al poder de los hombres.»
Nóaj deja el arca
Aunque la tierra recobró su antigua forma al término del año de castigo, Nóaj no abandonó el arca hasta recibir la orden de Dios de dejarla. Se decía a sí mismo: «Así como entré en el arca por mandato de Dios, así solo la dejaré por mandato Suyo.» Sin embargo, cuando Dios le ordenó a Nóaj salir del arca, él se negó, porque temía que, después de haber vivido sobre la tierra seca por algún tiempo, y engendrado hijos, Dios trajera otro diluvio. Por eso no quiso dejar el arca hasta que Dios juró que jamás volvería a visitar la tierra con un diluvio.
Cuando salió del arca al aire libre, empezó a llorar amargamente al ver los enormes estragos causados por el diluvio, y le dijo a Dios: «¡Oh, Señor del mundo! Tú eres llamado el Misericordioso, y deberías haber tenido misericordia de Tus criaturas.» Dios respondió y dijo: «¡Oh, pastor necio, ahora me hablas a Mí! No lo hiciste cuando te dirigí palabras amables, diciendo: “Te he visto como un hombre justo y perfecto en tu generación, y traeré el diluvio sobre la tierra para destruir toda carne. Hazte un arca de madera de gófer.” Así te hablé, contándote todas estas circunstancias, para que suplicaras misericordia por la tierra. Pero tú, tan pronto como oíste que serías rescatado en el arca, no te preocupaste por la ruina que golpearía a la tierra. No hiciste sino construir un arca para ti, en la que te salvaste. Ahora que la tierra está devastada, abres tu boca para suplicar y orar.»
Nóaj comprendió que había sido culpable de necedad. Para propiciar a Dios y reconocer su pecado, trajo un sacrificio. Dios aceptó la ofrenda con favor, por lo cual es llamado por su nombre Nóaj. El sacrificio no fue ofrecido por Nóaj con sus propias manos; los servicios sacerdotales relacionados con él fueron realizados por su hijo Shem. Había una razón para esto. Un día, en el arca, Nóaj olvidó darle su ración al león, y la bestia hambrienta le asestó un golpe tan violento con su zarpa que quedó cojo para siempre, y, teniendo un defecto corporal, no le fue permitido cumplir los oficios de sacerdote.
Los sacrificios consistían en un buey, una oveja, una cabra, dos tórtolas y dos pichones. Nóaj había escogido estas clases porque suponía que estaban destinadas a los sacrificios, viendo que Dios le había ordenado tomar siete pares de ellas consigo en el arca. El altar fue erigido en el mismo lugar donde Adam y Káyin y Hével habían traído sus sacrificios, y donde más tarde había de estar el altar en el santuario de Yerushaláyim.
Después de que se completó el sacrificio, Dios bendijo a Nóaj y a sus hijos. Los hizo gobernantes del mundo como lo había sido Adam, y les dio un mandato, diciendo: «Sed fecundos y multiplicaos sobre la tierra», pues durante su estancia en el arca, los dos sexos, tanto de los hombres como de los animales, habían vivido apartados el uno del otro, porque mientras arrecia una calamidad pública la continencia conviene incluso a quienes quedan indemnes. Esta ley de conducta no había sido violada por nadie en el arca salvo por Jam, por el perro y por el cuervo. Todos recibieron un castigo. El de Jam fue que sus descendientes fueran hombres de piel oscura.
Como señal de que no destruiría más la tierra, Dios puso Su arco en la nube. Aun cuando los hombres volvieran a sumergirse en el pecado, el arco les proclama que sus pecados no causarán daño al mundo. Hubo tiempos, en el curso de las edades, en que los hombres eran lo bastante piadosos como para no tener que vivir con el temor del castigo. En tales tiempos el arco no era visible.
Dios concedió a Nóaj y a sus descendientes el permiso de usar como alimento la carne de los animales, prohibida desde los tiempos de Adam hasta entonces. Pero debían abstenerse del uso de la sangre. Estableció las siete leyes de Nóaj, cuya observancia incumbe a todos los hombres, no solo a Israel. En particular, Dios recalcó el mandato contra el derramamiento de sangre humana. Quien derramara la sangre del hombre, su sangre sería derramada. Aun si los jueces humanos dejaban libre al culpable, su castigo lo alcanzaría igualmente. Moriría una muerte antinatural, la misma que él había infligido a su prójimo. Más aún: hasta a las bestias que mataban hombres se les reclamaría la vida del hombre.
La maldición de la embriaguez
Nóaj perdió su epíteto de «el piadoso» cuando empezó a ocuparse del cultivo de la vid. Se hizo «hombre de la tierra», y este primer intento de producir vino produjo al mismo tiempo al primer hombre en beber sin medida, al primero en proferir maldiciones sobre los suyos y al primero en introducir la esclavitud. Así fue como sucedió todo. Nóaj encontró la vid que Adam se había llevado del Paraíso cuando fue expulsado. Probó sus uvas y, hallándolas gratas al paladar, resolvió plantar la vid y cuidarla. El mismo día en que la plantó, dio fruto; la puso en el lagar, sacó el jugo, lo bebió, se embriagó y quedó deshonrado —todo en un solo día. Su ayudante en la labor de cultivar la vid fue el Satán, que había aparecido justo en el momento en que Nóaj se afanaba en plantar el sarmiento que había hallado. El Satán le preguntó: «¿Qué es eso que plantas aquí?».
Nóaj: «Una viña».
El Satán: «¿Y qué cualidades tiene lo que produce?».
Nóaj: «El fruto que da es dulce, seco o jugoso. Rinde un vino que alegra el corazón del hombre».
El Satán: «Asociémonos en este negocio de plantar una viña».
Nóaj: «¡De acuerdo!».
El Satán degolló entonces un cordero y, a continuación, uno tras otro, un león, un cerdo y un mono. La sangre de cada uno, al ser matado, la hizo correr bajo la vid. Así le mostró a Nóaj cuáles son las cualidades del vino: antes de beberlo, el hombre es inocente como un cordero; si bebe con moderación, se siente fuerte como un león; si bebe más de lo que puede soportar, se asemeja al cerdo; y si bebe hasta la embriaguez, se comporta como un mono —baila de acá para allá, canta, habla obscenidades y no sabe lo que hace.
Esto no disuadió a Nóaj más de lo que lo había disuadido el ejemplo de Adam, cuya caída también se había debido al vino, pues el fruto prohibido había sido la uva, con la que se había embriagado.
En su estado de embriaguez, Nóaj se dirigió a la tienda de su esposa. Su hijo Ham lo vio allí, y contó a sus hermanos lo que había advertido, y dijo: «El primer hombre tuvo solo dos hijos, y uno mató al otro; este hombre, Nóaj, tiene tres hijos, y aun así quiere engendrar un cuarto». Ham no se contentó con estas palabras irrespetuosas contra su padre. A este pecado de irreverencia añadió el ultraje aún mayor de intentar practicar sobre su padre una operación destinada a impedir la procreación.
Cuando Nóaj despertó de su vino y recobró la sobriedad, pronunció una maldición sobre Ham en la persona de su hijo menor, Kena’an. A Ham mismo no podía hacerle daño, pues Dios había conferido una bendición sobre Nóaj y sus tres hijos cuando salieron del arca. Por eso puso la maldición sobre el hijo último del hijo que le había impedido engendrar un hijo menor que los tres que tenía. Los descendientes de Ham por medio de Kena’an tienen, por ello, los ojos rojos, porque Ham miró la desnudez de su padre; tienen los labios deformes, porque Ham habló con sus labios a sus hermanos de la condición indecorosa de su padre; tienen el cabello ensortijado y retorcido, porque Ham volvió y torció la cabeza para ver la desnudez de su padre; y van desnudos, porque Ham no cubrió la desnudez de su padre. Así se le retribuyó, pues es propio de Dios medir el castigo medida por medida.
Kena’an tuvo que sufrir vicariamente por el pecado de su padre. Sin embargo, parte del castigo se le impuso por cuenta propia, pues había sido Kena’an quien había llamado la atención de Ham sobre la repugnante condición de Nóaj. Ham, según parece, no era sino el digno padre de tal hijo. El testamento y última voluntad de Kena’an, dirigido a sus hijos, decía así: «No digáis la verdad; no os apartéis del robo; llevad una vida disoluta; odiad a vuestro amo con un odio grande en extremo; y amaos los unos a los otros».
Así como Ham fue hecho sufrir la retribución de su irreverencia, así Shem y Yéfet recibieron una recompensa por la manera filial y respetuosa en que tomaron un manto y lo pusieron sobre sus dos hombros y, caminando hacia atrás, con los rostros vueltos, cubrieron la desnudez de su padre. Desnudos fueron llevados cautivos y al destierro los descendientes de Ham —los egipcios y los etíopes— por el rey de Ashur, mientras que los descendientes de Shem, los asirios, aun cuando el ángel de HaShem los quemó en el campamento, no quedaron expuestos: sus ropas permanecieron sobre sus cadáveres sin chamuscarse. Y en los tiempos venideros, cuando Gog sufra su derrota, Dios proveerá tanto de mortajas como de un lugar de sepultura para él y toda su multitud, la posteridad de Yéfet.
Aunque Shem y Yéfet mostraron ambos ser cumplidores y respetuosos, fue Shem quien mereció la mayor porción de alabanza. Fue el primero en disponerse a cubrir a su padre. Yéfet se le unió después de que la buena obra había comenzado. Por eso los descendientes de Shem recibieron como recompensa especial el talit, la prenda que ellos visten, mientras que los yefetitas solo tienen la toga. Otra distinción concedida a Shem fue la mención de su nombre junto al de Dios en la bendición de Nóaj. «Bendito sea Adonái, el Dios de Shem», dijo, aunque por regla general el nombre de Dios no se une al nombre de una persona viva, sino solo al de quien ha partido de esta vida.
La relación de Shem con Yéfet quedó expresada en la bendición que su padre pronunció sobre ellos: Dios concederá a Yéfet una tierra de hermosura, y sus hijos serán prosélitos que morarán en las academias de Shem. Al mismo tiempo, Nóaj dio a entender con sus palabras que la Shejiná moraría solo en el primer Templo, erigido por Shlomo, un hijo de Shem, y no en el segundo Templo, cuyo constructor sería Ciro, un descendiente de Yéfet.
Los descendientes de Nóaj se dispersan
Cuando Ham supo que su padre lo había maldecido, huyó avergonzado y, con su familia, se asentó en la ciudad que él había construido, y que llamó Neelatamauk por su esposa. Celoso de su hermano, Yéfet siguió su ejemplo. También él construyó una ciudad, que llamó por su esposa, Adataneses. Shem fue el único de los hijos de Nóaj que no lo abandonó. En las cercanías del hogar de su padre, junto a la montaña, construyó su ciudad, a la que dio igualmente el nombre de su esposa, Zedeketelbab. Las tres ciudades están todas cerca del monte Lubar, la eminencia sobre la que reposó el arca. La primera se halla al sur de él, la segunda al oeste y la tercera al este.
Nóaj se esforzó por inculcar a sus hijos y a los hijos de sus hijos las ordenanzas y los mandatos que él conocía. En particular, los previno contra la fornicación, la impureza y toda la iniquidad que había hecho caer el diluvio sobre la tierra. Les reprochó vivir apartados unos de otros y sus rivalidades, pues temía que, tras su muerte, llegaran incluso a derramar sangre humana. Contra esto los advirtió con fuerza, para que no fueran aniquilados de la tierra como los que los habían precedido. Otra ley que les encargó observar fue la que ordena que el fruto de un árbol no se use durante los tres primeros años en que da fruto, y que aun en el cuarto año sea porción exclusiva de los sacerdotes, después de haber ofrecido una parte de él sobre el altar de Dios. Y habiendo terminado de dar sus enseñanzas y sus encargos, Nóaj dijo: «Pues así exhortó Janoj, vuestro antepasado, a su hijo Metushélaj, y Metushélaj a su hijo Lémej, y Lémej me lo transmitió todo a mí como su padre le había ordenado, y ahora yo os exhorto a vosotros, hijos míos, como Janoj exhortó a su hijo. Cuando vivió, en su generación, que fue la séptima generación del hombre, lo ordenó y lo atestiguó a sus hijos y a los hijos de sus hijos, hasta el día de su muerte».
En el año 1569 después de la creación del mundo, Nóaj repartió la tierra por sorteo entre sus tres hijos, en presencia de un ángel. Cada uno extendió la mano y tomó una papeleta del seno de Nóaj. La papeleta de Shem estaba inscrita con el centro de la tierra, y esta porción se convirtió en la herencia de sus descendientes por toda la eternidad. Nóaj se alegró de que la suerte se lo hubiera asignado a Shem. Así se cumplió la bendición que había pronunciado sobre él, «Y Dios en la morada de Shem», pues tres lugares santos cayeron dentro de sus dominios: el Santo de los Santos en el Templo, el monte Sinaí —el punto medio del desierto— y el monte Tsiyón, el punto medio del ombligo de la tierra.
El sur cayó en suerte a Ham, y el norte se convirtió en la herencia de Yéfet. La tierra de Ham es caliente, la de Yéfet fría, pero la de Shem no es ni caliente ni fría: su temperatura es una mezcla de calor y frío.
Esta división de la tierra tuvo lugar hacia el fin de la vida de Péleg, el nombre que le dio su padre Éver, quien, siendo profeta, sabía que la división de la tierra ocurriría en tiempos de su hijo. Al hermano de Péleg lo llamaron Yoktán, porque la duración de la vida del hombre se acortó en su tiempo.
A su vez, los tres hijos de Nóaj, mientras aún estaban en presencia de su padre, dividieron cada uno su porción entre sus hijos, amenazando Nóaj con su maldición a cualquiera que extendiera la mano para tomar una porción que no le hubiera sido asignada por la suerte. Y todos exclamaron: «¡Que así sea! ¡Que así sea!».
Así fueron divididas ciento cuatro tierras y noventa y nueve islas entre setenta y dos naciones, cada una con una lengua propia, y usando dieciséis conjuntos distintos de caracteres para la escritura. A Yéfet le fueron adjudicadas cuarenta y cuatro tierras, treinta y tres islas, veintidós lenguas y cinco clases de escritura; Ham recibió treinta y cuatro tierras, treinta y tres islas, veinticuatro lenguas y cinco clases de escritura; y Shem, veintiséis tierras, treinta y tres islas, veintiséis lenguas y seis clases de escritura —un conjunto de caracteres escritos más que cualquiera de sus hermanos, siendo el conjunto adicional el hebreo.
La tierra señalada como herencia de los doce hijos de Yaakov fue concedida provisionalmente a Kena’an, Tsidón, Jet, los jebuseos, los amorreos, los guirgaseos, los jiveos, los arkeos, los sineos, los arvadeos, los tsemareos y los jamateos. Era deber de estas naciones cuidar de la tierra hasta que llegaran sus legítimos dueños.
Apenas los hijos de Nóaj y los hijos de sus hijos hubieron tomado posesión de las moradas que les habían sido repartidas, los espíritus impuros comenzaron a seducir a los hombres y a atormentarlos con dolores y toda clase de sufrimientos que conducen a la muerte espiritual y física. Ante las súplicas de Nóaj, Dios envió al ángel Rafael, quien desterró de la tierra a nueve décimas partes de los espíritus impuros, dejando una sola décima para Mastemá, a fin de castigar a los pecadores por medio de ellos. Rafael, con la ayuda del jefe de los espíritus impuros, reveló entonces a Nóaj todos los remedios que residen en las plantas, para que recurriera a ellos según su necesidad. Nóaj los registró en un libro, que transmitió a su hijo Shem. Esta es la fuente a la que se remontan todos los libros de medicina de los que los sabios de la India, Aram, Macedonia y Mitsraim extraen su saber. Los sabios de la India se dedicaron en particular al estudio de los árboles y especias curativos; los arameos eran muy versados en el conocimiento de las propiedades de los granos y las semillas, y tradujeron los antiguos libros de medicina a su lengua. Los sabios de Macedonia fueron los primeros en aplicar prácticamente el conocimiento médico, mientras que los egipcios buscaban obrar curaciones por medio de las artes mágicas y de la astrología, y enseñaban el midrash de los caldeos, compuesto por Kangar, hijo de Ur, hijo de Késed. La destreza médica se difundió cada vez más hasta los tiempos de Esculapio. Este sabio macedonio, acompañado de cuarenta magos eruditos, viajó de país en país, hasta que llegaron a la tierra más allá de la India, en dirección al Paraíso. Esperaban hallar allí algo de la madera del árbol de la vida, y así extender su fama por todo el mundo. Su esperanza quedó frustrada. Cuando llegaron al lugar, hallaron árboles curativos y madera del árbol de la vida, pero, en el momento en que extendían las manos para recoger lo que deseaban, un rayo brotó de la espada siempre giratoria, los derribó al suelo y todos quedaron consumidos por el fuego. Con ellos desapareció todo el conocimiento de la medicina, y no revivió hasta los tiempos del primer Artajerjes, bajo el sabio macedonio Hipócrates, Dioscórides de Baala, Galeno de Caftor y el hebreo Asaf.
La depravación de la humanidad
Con la difusión de la humanidad, aumentó la corrupción. Mientras Nóaj aún vivía, los descendientes de Shem, Ham y Yéfet nombraron príncipes sobre cada uno de los tres grupos: Nimrod para los descendientes de Ham, Yoktán para los descendientes de Shem y Fénej para los descendientes de Yéfet. Diez años antes de la muerte de Nóaj, el número de los sujetos a los tres príncipes ascendía a millones. Cuando esta gran multitud de hombres llegó a Bavel en sus andanzas, se dijeron unos a otros: «He aquí que llega el tiempo en que, al fin de los días, el vecino será separado del vecino, y el hermano del hermano, y unos harán guerra contra otros. Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cima alcance hasta el cielo, y hagámonos un gran nombre sobre la tierra. Y ahora hagamos ladrillos, y que cada uno escriba su nombre en su ladrillo». Todos convinieron en esta propuesta, con excepción de doce hombres piadosos, Avraham entre ellos. Se negaron a unirse a los demás. Fueron apresados por el pueblo y llevados ante los tres príncipes, a quienes dieron la siguiente razón de su negativa: «No haremos ladrillos ni permaneceremos con vosotros, pues conocemos un solo Dios, y a Él servimos; aunque nos queméis en el fuego junto con los ladrillos, no andaremos por vuestros caminos». Nimrod y Fénej montaron en tal cólera contra los doce hombres que resolvieron arrojarlos al fuego. Yoktán, en cambio, además de ser hombre temeroso de Dios, era pariente cercano de los hombres enjuiciados, e intentó salvarlos. Propuso a sus dos colegas concederles una tregua de siete días. Su plan fue aceptado, pues se le rendía tal deferencia como al primado entre los tres. Los doce fueron encarcelados en la casa de Yoktán. En la noche, encargó a cincuenta de sus servidores que montaran a los prisioneros sobre mulas y los llevaran a las montañas. Así escaparían del castigo que los amenazaba. Yoktán los proveyó de alimento para un mes. Estaba seguro de que, entretanto, o bien sobrevendría un cambio de parecer y el pueblo desistiría de su propósito, o bien Dios ayudaría a los fugitivos. Once de los prisioneros aceptaron el plan con gratitud. Solo Avraham lo rechazó, diciendo: «He aquí que hoy huimos a las montañas para escapar del fuego, pero si de las montañas salen bestias salvajes y nos devoran, o si falta el alimento y morimos de hambre, seremos hallados huyendo ante el pueblo de la tierra y muriendo en nuestros pecados. Ahora bien, vive Adonái, en quien confío, que no me apartaré de este lugar en que me han encarcelado, y si he de morir por mis pecados, moriré por la voluntad de Dios, conforme a Su deseo».
En vano se esforzó Yoktán por persuadir a Avraham de que huyera. Persistió en su negativa. Se quedó atrás, solo, en la casa de la prisión, mientras los otros once escapaban. Al expirar el plazo fijado, cuando el pueblo regresó y exigió la muerte de los doce cautivos, Yoktán solo pudo presentar a Avraham. Su excusa fue que los demás se habían soltado durante la noche. El pueblo estaba a punto de arrojarse sobre Avraham y echarlo al horno de cal. De pronto se sintió un terremoto, el fuego se lanzó desde el horno, y todos los que estaban alrededor —ochenta y cuatro mil del pueblo— fueron consumidos, mientras que Avraham quedó intacto. Acto seguido, se dirigió a sus once amigos en las montañas y les contó el milagro que había ocurrido por su causa. Todos regresaron con él y, sin ser molestados por el pueblo, dieron alabanza y gracias a Dios.
Nimrod
El primero entre los jefes de los hombres corruptos fue Nimrod. Su padre Cush había desposado a su madre en edad avanzada, y Nimrod, fruto de esta unión tardía, le era especialmente querido como el hijo de su vejez. Le dio las ropas hechas de pieles con que Dios había proveído a Adam y a Javá cuando salieron del Paraíso. Cush mismo las había obtenido por medio de Ham. De Adam y Javá habían pasado a Janoj, y de él a Metushélaj, y a Nóaj, y este último las había llevado consigo al arca. Cuando los ocupantes del arca estaban por dejar su refugio, Ham robó las ropas y las mantuvo ocultas, hasta que finalmente las pasó a su primogénito Cush. Cush, a su vez, las escondió durante muchos años. Cuando su hijo Nimrod cumplió los veinte años, se las dio. Estas ropas tenían una propiedad maravillosa. Quien las vestía era a la vez invencible e irresistible. Las bestias y las aves de los bosques caían postradas ante Nimrod tan pronto como lo veían ataviado con ellas, y era igualmente victorioso en sus combates con los hombres. La fuente de su fuerza invencible no era conocida por ellos. La atribuían a su propia destreza personal, y por eso lo nombraron rey sobre ellos. Esto se hizo tras un conflicto entre los descendientes de Cush y los descendientes de Yéfet, del cual Nimrod salió triunfante, habiendo derrotado por completo al enemigo con la ayuda de un puñado de guerreros. Escogió Shinar como su capital. Desde allí extendió su dominio cada vez más lejos, hasta que se alzó, por astucia y por fuerza, como único gobernante del mundo entero, el primer mortal en ejercer un poder universal, así como el noveno gobernante que posea ese mismo poder será el Mesías.
Su impiedad crecía al paso de su creciente poder. Desde el diluvio no había habido pecador semejante a Nimrod. Fabricó ídolos de madera y de piedra, y les rindió culto. Pero, no contento con llevar él mismo una vida sin Dios, hizo cuanto pudo para tentar a sus súbditos por los caminos del mal, en lo cual lo ayudó e instigó su hijo Mardón. Este hijo suyo superó a su padre en iniquidad. Fueron su tiempo y su vida los que dieron origen al proverbio: «De los malvados sale la maldad».
El gran éxito que acompañaba a todas las empresas de Nimrod produjo un efecto siniestro. Los hombres dejaron de confiar en Dios, y confiaban más bien en su propia destreza y capacidad, actitud a la que Nimrod trataba de convertir al mundo entero. Por eso la gente decía: «Desde la creación del mundo no ha habido nadie como Nimrod, un poderoso cazador de hombres y de bestias, y un pecador ante Dios».
Y todo esto no bastaba al perverso deseo de Nimrod. No le era suficiente apartar a los hombres de Dios: hizo cuanto pudo para que le rindieran a él mismo honores divinos. Se erigió en dios y se hizo un asiento a imitación del asiento de Dios. Era una torre construida a partir de una roca redonda, y sobre ella colocó un trono de madera de cedro, sobre el cual se alzaban, uno encima de otro, cuatro tronos, de hierro, cobre, plata y oro. Coronándolo todo, sobre el trono de oro, yacía una piedra preciosa, redonda de forma y gigantesca de tamaño. Esta le servía de asiento, y mientras se sentaba en ella, todas las naciones venían y le rendían homenaje divino.
La torre de Bavel
La iniquidad y la impiedad de Nimrod alcanzaron su culmen en la construcción de la torre de Bavel. Sus consejeros habían propuesto el plan de erigir tal torre, Nimrod había accedido a él, y fue ejecutado en Shinar por una muchedumbre de seiscientos mil hombres. La empresa no era ni más ni menos que una rebelión contra Dios, y había tres clases de rebeldes entre los constructores. El primer grupo decía: «Subamos a los cielos y hagámosle guerra». El segundo grupo decía: «Subamos a los cielos, levantemos allí nuestros ídolos y rindámosles culto». Y el tercer grupo decía: «Subamos a los cielos y arruinémoslos con nuestros arcos y nuestras lanzas».
Muchos, muchos años se pasaron construyendo la torre. Alcanzó tal altura que se tardaba un año en subir hasta la cima. Por eso un ladrillo era más precioso a los ojos de los constructores que un ser humano. Si un hombre caía y encontraba la muerte, nadie hacía caso, pero si un ladrillo caía, lloraban, porque tomaría un año reemplazarlo. Tan empeñados estaban en cumplir su propósito que no permitían que una mujer interrumpiera su labor de hacer ladrillos cuando le llegaba la hora del parto. Moldeando ladrillos daba a luz a su hijo y, atándolo a su cuerpo con una sábana, seguía moldeando ladrillos.
Nunca aflojaban en su trabajo, y desde su vertiginosa altura disparaban sin cesar flechas hacia el cielo, las cuales, al volver, se veían cubiertas de sangre. Así se afianzaban en su delirio, y gritaban: «Hemos dado muerte a todos los que están en el cielo». Entonces Dios se volvió hacia los setenta ángeles que rodean Su trono, y dijo: «Vamos, descendamos y confundamos allí su lengua, para que no entiendan el habla unos de otros». Así sucedió. Desde entonces, ninguno supo lo que decía el otro. Uno pedía la argamasa, y el otro le alcanzaba un ladrillo; encolerizado, arrojaba el ladrillo a su compañero y lo mataba. Muchos perecieron de este modo, y el resto fueron castigados según la naturaleza de su conducta rebelde. A los que habían dicho «Subamos a los cielos, levantemos allí nuestros ídolos y rindámosles culto», Dios los transformó en monos y fantasmas; a los que se habían propuesto asaltar los cielos con sus armas, Dios los puso unos contra otros de modo que cayeron en el combate; y a los que habían resuelto sostener un combate con Dios en el cielo, los dispersó por toda la faz de la tierra. En cuanto a la torre inconclusa, una parte se hundió en la tierra, y otra parte fue consumida por el fuego; solo un tercio de ella quedó en pie. El lugar de la torre nunca ha perdido su singular propiedad. Todo el que pasa por él olvida cuanto sabe.
El castigo infligido a la pecadora generación de la torre es comparativamente leve. Por causa de la rapiña, la generación del diluvio fue destruida por completo, mientras que la generación de la torre fue preservada a pesar de sus blasfemias y de todos sus demás actos ofensivos a Dios. La razón es que Dios tiene en alta estima la paz y la concordia. Por eso la generación del diluvio, que se entregó al pillaje y se aborrecía entre sí, fue extirpada de raíz, mientras que la generación de la torre de Bavel, que moraba en buena armonía y se amaba entre sí, fue conservada con vida, al menos un remanente de ella.
Aparte del castigo del pecado y de los pecadores mediante la confusión del habla, otra circunstancia notable estuvo ligada al descenso de Dios sobre la tierra —uno de solo diez descensos semejantes que habrían de ocurrir entre la creación del mundo y el día del juicio. Fue en esta ocasión cuando Dios y los setenta ángeles que rodean Su trono echaron suertes sobre las diversas naciones. Cada ángel recibió una nación, e Israel cayó en la suerte de Dios. A cada nación le fue asignada una lengua peculiar, quedando el hebreo reservado para Israel —la lengua de la que Dios se sirvió en la creación del mundo.