Capítulo tercero
Las diez generaciones
El nacimiento de Káyin
Hubo diez generaciones desde Adam hasta Nóaj, para mostrar cuánta paciencia tiene HaShem —pues todas las generaciones lo provocaron a ira, hasta que trajo el diluvio sobre ellas—. A causa de su impiedad, Dios cambió su plan de llamar a la existencia mil generaciones entre la creación del mundo y la revelación de la ley en el monte Sinaí; novecientas setenta y cuatro las suprimió antes del diluvio.
La maldad entró en el mundo con el primer ser nacido de mujer, Káyin, el hijo mayor de Adam. Cuando Dios otorgó el Paraíso a la primera pareja de la humanidad, les advirtió con especial insistencia contra la unión carnal entre ellos. Pero, tras la caída de Javá, el Satán, bajo la apariencia de la serpiente, se le acercó, y el fruto de esa unión fue Káyin —antepasado de todas las generaciones impías que se rebelaron contra Dios y se alzaron contra Él—. La descendencia de Káyin del Satán, que es el ángel Samael, se reveló en su aspecto seráfico. Al nacer él, a Javá se le arrancó esta exclamación: «He adquirido un varón por medio de un ángel de Adonái».
Adam no estuvo junto a Javá durante el tiempo de su embarazo de Káyin. Después de haber sucumbido por segunda vez a las tentaciones del Satán, y de permitir que la interrumpieran en su penitencia, ella dejó a su esposo y viajó hacia el oeste, porque temía que su presencia siguiera trayéndole desdicha. Adam se quedó en el este. Cuando se cumplieron los días de Javá para dar a luz, y comenzó a sentir los dolores del parto, oró a Dios pidiendo ayuda. Pero Él no atendió a sus súplicas. «¿Quién llevará el aviso a mi señor Adam?», se preguntaba. «Astros del cielo, os lo ruego, decídselo a mi señor Adam cuando regreséis al este». En esa misma hora, Adam exclamó: «¡El lamento de Javá ha llegado a mis oídos! Tal vez la serpiente la ha asaltado de nuevo», y corrió hacia su esposa. Al hallarla presa de un dolor terrible, imploró a Dios en su favor, y aparecieron doce ángeles, junto con dos potencias celestiales. Todos ellos tomaron sus puestos a la derecha y a la izquierda de ella, mientras Mijael, de pie también a su derecha, pasó la mano sobre ella, desde el rostro hacia abajo hasta el pecho, y le dijo: «Bendita seas, Javá, por amor de Adam. A causa de sus ruegos y sus oraciones fui enviado a concederte nuestra ayuda. ¡Prepárate para dar a luz a tu hijo!». Al instante nació su hijo, una figura radiante. Un momento después, el niño se puso en pie, salió corriendo y volvió con un tallo de paja en las manos, que dio a su madre. Por esta razón lo llamó Káyin, la palabra hebrea para tallo de paja.
Entonces Adam llevó a Javá y al niño a su hogar en el este. Dios le envió diversas clases de semillas de la mano del ángel Mijael, y se le enseñó a cultivar la tierra y hacerla producir frutos y cosechas, para sostenerse a sí mismo, a su familia y a su descendencia.
Al cabo de un tiempo, Javá dio a luz a su segundo hijo, al que llamó Hével, porque —dijo— había nacido solo para morir.
El fratricidio
La muerte de Hével a manos de Káyin no llegó como un suceso del todo inesperado para sus padres. En un sueño, Javá había visto la sangre de Hével fluir hacia la boca de Káyin, que la bebía con avidez, aunque su hermano le suplicaba que no la tomara toda. Cuando contó su sueño a Adam, él dijo, lamentándose: «¡Ojalá esto no presagie la muerte de Hével a manos de Káyin!». Separó a los dos muchachos, asignando a cada uno una morada propia, y a cada uno le enseñó un oficio distinto. Káyin se hizo labrador de la tierra, y Hével, pastor de ovejas. Todo fue en vano. Pese a estas precauciones, Káyin mató a su hermano.
Su hostilidad hacia Hével tenía más de una razón. Empezó cuando Dios miró con favor la ofrenda de Hével y la aceptó, enviando fuego celestial para consumirla, mientras que la ofrenda de Káyin fue rechazada. Trajeron sus sacrificios el día catorce de Nisán, por indicación de su padre, que había hablado así a sus hijos: «Este es el día en que, en tiempos venideros, Israel ofrecerá sacrificios. Por tanto, traed también vosotros sacrificios a vuestro Creador en este día, para que Él se complazca en vosotros». El lugar de la ofrenda que eligieron fue el sitio donde más tarde se alzaría el altar del Templo de Yerushaláyim. Hével eligió lo mejor de sus rebaños para su sacrificio, pero Káyin comió primero su comida, y después de haber saciado su apetito, ofreció a Dios lo que había sobrado, unos pocos granos de linaza. ¡Como si no fuera ya bastante grave su ofensa al ofrecer a Dios fruto de la tierra que Dios había maldecido! ¡No es de extrañar que su sacrificio no fuera recibido con agrado! Además, se le impuso un castigo. Su rostro se volvió negro como el humo. Sin embargo, su disposición no cambió en nada, ni siquiera cuando Dios le habló así: «Si enmiendas tus caminos, tu culpa te será perdonada; si no, serás entregado al poder de la inclinación al mal. Está agazapada a la puerta de tu corazón, pero de ti depende ser tú el dueño de ella, o que ella sea dueña de ti».
Káyin creyó que había sido agraviado, y siguió una disputa entre él y Hével. «Yo creía —dijo— que el mundo había sido creado por la bondad, pero veo que las buenas obras no dan fruto. Dios gobierna el mundo con poder arbitrario; de lo contrario, ¿por qué miró con favor tu ofrenda y no también la mía?». Hével se le opuso; sostenía que Dios recompensa las buenas obras, sin acepción de personas. Si su sacrificio había sido aceptado con benevolencia por Dios, y el de Káyin no, era porque sus obras eran buenas y las de su hermano, malvadas.
Pero esta no fue la única causa del odio de Káyin hacia Hével. En parte, el amor por una mujer provocó el crimen. Para asegurar la propagación del género humano, una niña, destinada a ser su esposa, nacía junto con cada uno de los hijos de Adam. La hermana melliza de Hével era de exquisita belleza, y Káyin la deseaba. Por eso rumiaba constantemente maneras y medios de librarse de su hermano.
La ocasión no tardó en presentarse. Un día, una oveja de Hével pisoteó un campo que Káyin había plantado. Enfurecido, este gritó: «¿Qué derecho tienes a vivir sobre mi tierra y dejar que tus ovejas pasten allí?». Hével replicó: «¿Qué derecho tienes tú a usar los productos de mis ovejas, a hacerte vestidos con su lana? Si te quitas la lana de mis ovejas con que estás vestido, y me pagas por la carne de los rebaños que has comido, entonces dejaré tu tierra como deseas, y volaré por el aire, si puedo hacerlo». Káyin dijo entonces: «Y si yo te matara, ¿quién habría de reclamarme tu sangre?». Hével respondió: «Dios, que nos trajo al mundo, me vengará. Reclamará mi sangre de tu mano, si me matas. Dios es el Juez, que hará recaer sobre los malvados sus obras perversas, y sobre los malos sus obras malas. Si me matas, Dios conocerá tu secreto, y Él te impartirá el castigo».
Estas palabras no hicieron sino aumentar la ira de Káyin, y se abalanzó sobre su hermano. Hével era más fuerte que él, y este habría llevado la peor parte, pero en el último momento suplicó misericordia, y el manso Hével le soltó. Apenas se sintió libre, se volvió de nuevo contra Hével y lo mató. Cuán cierto es el dicho: «No hagas bien al malvado, no sea que el mal caiga sobre ti».
El castigo de Káyin
La forma de la muerte de Hével fue la más cruel imaginable. Sin saber qué herida era mortal, Káyin golpeó con piedras todas las partes de su cuerpo, hasta que una lo alcanzó en el cuello y le causó la muerte.
Tras cometer el asesinato, Káyin resolvió huir, diciendo: «Mis padres me pedirán cuentas sobre Hével, pues no hay otro ser humano en la tierra». Apenas había cruzado este pensamiento por su mente cuando Dios se le apareció y le habló con estas palabras: «De tus padres puedes huir, pero ¿puedes salir también de mi presencia? “¿Podrá alguien esconderse en lugares secretos sin que yo lo vea?”. ¡Ay de Hével, que te mostró misericordia y se abstuvo de matarte cuando te tuvo en su poder! ¡Ay de que te concediera la ocasión de matarlo a él!».
Interrogado por Dios: «¿Dónde está Hével, tu hermano?», Káyin respondió: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano? Tú eres quien vela sobre todas las criaturas, ¡y aun así me pides cuentas a mí! Es verdad, lo maté, pero fuiste Tú quien creó en mí la inclinación al mal. Tú guardas todas las cosas; ¿por qué, entonces, me permitiste matarlo? Tú mismo lo mataste, pues si hubieras mirado con rostro favorable mi ofrenda como la suya, yo no habría tenido razón para envidiarlo, y no lo habría matado». Pero Dios dijo: «La voz de la sangre de tu hermano, que brota de sus muchas heridas, clama contra ti, y también la sangre de todos los piadosos que podrían haber salido de las entrañas de Hével».
También el alma de Hével denunciaba al asesino, pues no hallaba reposo en ninguna parte. No podía ni remontarse al cielo, ni permanecer en la tumba con su cuerpo, pues ningún alma humana había hecho lo uno ni lo otro antes. Pero Káyin seguía negándose a confesar su culpa. Insistía en que jamás había visto matar a un hombre, y ¿cómo había de suponer que las piedras que arrojaba a Hével le quitarían la vida? Entonces, a causa de Káyin, Dios maldijo la tierra, para que no le diera fruto. Con un solo castigo fueron castigados tanto Káyin como la tierra: la tierra porque retuvo el cadáver de Hével y no lo arrojó a la superficie.
En la obstinación de su corazón, Káyin habló: «¡Oh Señor del mundo! ¿Hay acaso delatores que denuncian a los hombres ante Ti? Mis padres son los únicos seres humanos vivos, y nada saben de mi acto. Tú moras en los cielos, ¿y cómo habrías de saber qué cosas suceden en la tierra?». Dios respondió: «¡Necio! Yo sostengo el mundo entero. Yo lo hice, y yo lo cargaré» —respuesta que dio a Káyin la ocasión de fingir arrepentimiento—. «Tú sostienes el mundo entero —dijo—, ¿y mi pecado no puedes sostenerlo? En verdad, mi iniquidad es demasiado grande para ser soportada. Sin embargo, ayer desterraste a mi padre de tu presencia, y hoy me destierras a mí. En verdad, se dirá que desterrar es tu costumbre».
Aunque esto no era sino disimulo, y no verdadero arrepentimiento, Dios concedió el perdón a Káyin y le quitó la mitad de su castigo. Originalmente, el decreto lo había condenado a ser un fugitivo y un errante sobre la tierra. Ahora ya no había de vagar para siempre, pero fugitivo había de seguir siendo. Y aun eso era bastante duro de soportar, pues la tierra temblaba bajo Káyin, y todos los animales, los salvajes y los mansos, entre ellos la maldita serpiente, se reunieron e intentaron devorarlo para vengar la sangre inocente de Hével. Finalmente, Káyin no pudo soportarlo más y, rompiendo en llanto, gritó: «¿Adónde iré de tu espíritu? ¿O adónde huiré de tu presencia?». Para protegerlo del ataque de las bestias, Dios inscribió una letra de su Santo Nombre sobre su frente, y además se dirigió a los animales: «El castigo de Káyin no será como el castigo de los futuros asesinos. Él ha derramado sangre, pero no hubo quien le instruyera. En adelante, sin embargo, el que mate a otro será él mismo muerto». Entonces Dios le dio el perro como protección contra las fieras, y para señalarlo como pecador, lo afligió con la lepra.
El arrepentimiento de Káyin, insincero como era, dio un buen resultado. Cuando Adam lo encontró y le preguntó qué condena se había decretado contra él, Káyin contó cómo su arrepentimiento había aplacado a Dios, y Adam exclamó: «¡Tan poderoso es el arrepentimiento, y yo no lo sabía!». Entonces compuso un himno de alabanza a Dios, que comenzaba con las palabras: «¡Bueno es confesar tus pecados a Adonái!».
El crimen cometido por Káyin tuvo consecuencias funestas, no solo para él, sino también para toda la naturaleza. Antes, los frutos que la tierra le daba cuando labraba el suelo habían sabido como los frutos del Paraíso. Ahora su labor no producía sino espinas y cardos. La tierra cambió y se deterioró en el mismo instante del violento fin de Hével. Los árboles y las plantas de la parte de la tierra donde la víctima había vivido se negaron a dar sus frutos, por el duelo que sentían por él, y solo al nacer Shet los que crecían en la porción perteneciente a Hével comenzaron a florecer y a dar fruto de nuevo. Pero jamás recobraron sus antiguas facultades. Mientras que antes la vid había dado novecientas veintiséis variedades distintas de fruto, ahora producía una sola clase. Y así fue con todas las demás especies. Solo recobrarán sus facultades primigenias en el mundo por venir.
La naturaleza se modificó también por el entierro del cadáver de Hével. Durante largo tiempo yació allí expuesto, sobre la tierra, porque Adam y Javá no sabían qué hacer con él. Se sentaban a su lado y lloraban, mientras el fiel perro de Hével montaba guardia para que aves y bestias no le hicieran daño. De pronto, los padres en duelo observaron cómo un cuervo escarbaba la tierra en un punto, y luego escondía en el suelo un ave muerta de su misma especie. Adam, siguiendo el ejemplo del cuervo, enterró el cuerpo de Hével, y el cuervo fue recompensado por Dios. Sus crías nacen con plumas blancas, por lo cual las aves viejas las abandonan, al no reconocerlas como su prole. Las toman por serpientes. Dios las alimenta hasta que su plumaje se vuelve negro, y las aves progenitoras regresan a ellas. Como recompensa adicional, Dios atiende su petición cuando los cuervos oran por lluvia.
Los habitantes de las siete tierras
Cuando Adam fue expulsado del Paraíso, llegó primero a la más baja de las siete tierras, el Erets, que es oscura, sin un rayo de luz, y completamente vacía. Adam quedó aterrorizado, sobre todo por las llamas de la espada que gira sin cesar, que está en esta tierra. Después de haber hecho penitencia, Dios lo condujo a la segunda tierra, el Adamá, donde hay luz reflejada de su propio cielo y de sus estrellas y constelaciones fantasmales. Aquí habitan los seres fantasmales que salieron de la unión de Adam con los espíritus. Están siempre tristes; la emoción de la alegría les es desconocida. Dejan su propia tierra y suben a la habitada por los hombres, donde se convierten en espíritus malignos. Luego regresan definitivamente a su morada, se arrepienten de sus obras perversas y labran la tierra, que, sin embargo, no da ni trigo ni ninguna otra de las siete especies. En este Adamá nacieron Káyin, Hével y Shet. Tras el asesinato de Hével, Káyin fue enviado de vuelta al Erets, donde su oscuridad y las llamas de la espada que gira sin cesar lo empujaron, por el espanto, al arrepentimiento. Aceptando su penitencia, Dios le permitió ascender a la tercera tierra, el Arka, que recibe algo de luz del sol. El Arka fue entregado a los cainitas para siempre, como su dominio perpetuo. Labran la tierra y plantan árboles, pero no tienen ni trigo ni ninguna otra de las siete especies.
Algunos de los cainitas son gigantes, otros son enanos. Tienen dos cabezas, por lo cual nunca pueden llegar a una decisión; están siempre en conflicto consigo mismos. Puede suceder que sean piadosos ahora, solo para inclinarse a hacer el mal al momento siguiente.
En el Gue, la cuarta tierra, vive la generación de la Torre de Bavel y sus descendientes. Dios los desterró allí porque la cuarta tierra no está lejos del Guehinom, y por tanto cerca del fuego llameante. Los habitantes del Gue son diestros en todas las artes, y consumados en todos los campos de la ciencia y el conocimiento, y su morada rebosa de riquezas. Cuando un habitante de nuestra tierra los visita, le dan la cosa más preciosa que poseen, pero luego lo conducen al Neshiá, la quinta tierra, donde queda en olvido de su origen y de su hogar. El Neshiá está habitado por enanos sin narices; respiran por dos agujeros en su lugar. No tienen memoria; una vez que algo ha sucedido, lo olvidan por completo, de donde su tierra se llama Neshiá, «olvido». La cuarta y la quinta tierras son como el Arka; tienen árboles, pero ni trigo ni ninguna otra de las siete especies.
La sexta tierra, el Tsiá, está habitada por hombres apuestos, dueños de abundante riqueza, que viven en residencias palaciegas, pero carecen de agua, como indica el nombre de su territorio, Tsiá, «sequía». Por eso la vegetación es escasa entre ellos, y su cultivo de árboles tiene un éxito mediocre. Se apresuran hacia cualquier manantial que se descubra, y a veces logran deslizarse por él hasta nuestra tierra, donde sacian su agudo apetito por el alimento que comen los habitantes de nuestra tierra. Por lo demás, son hombres de fe firme, más que cualquier otra clase de la humanidad.
Adam permaneció en el Adamá hasta después del nacimiento de Shet. Entonces, pasando la tercera tierra, el Arka, morada de los cainitas, y las tres tierras siguientes también, el Gue, el Neshiá y el Tsiá, Dios lo transportó al Tével, la séptima tierra, la tierra habitada por los hombres.
Los descendientes de Káyin
Káyin sabía demasiado bien que su culpa de sangre recaería sobre él en la séptima generación. Así lo había decretado Dios contra él. Se esforzó, por tanto, en inmortalizar su nombre por medio de monumentos, y se hizo constructor de ciudades. A la primera de ellas la llamó Janoj, por su hijo, porque fue al nacer Janoj cuando comenzó a gozar de una medida de descanso y paz. Además, fundó otras seis ciudades. Esta construcción de ciudades fue un acto impío, pues las rodeó de una muralla, forzando a su familia a permanecer dentro. Todos sus demás actos fueron igualmente impíos. El castigo que Dios le había ordenado no produjo ninguna mejora. Pecaba para asegurar su propio placer, aunque sus vecinos sufrieran daño por ello. Aumentaba los bienes de su casa mediante la rapiña y la violencia; incitaba a sus conocidos a procurarse placeres y botines por el robo, y se convirtió en un gran guía de los hombres hacia caminos perversos. Introdujo también un cambio en las costumbres de sencillez con que los hombres habían vivido antes, y fue el autor de las medidas y los pesos. Y mientras que los hombres vivían inocente y generosamente cuando nada sabían de tales artes, él transformó el mundo en astuta malicia.
Como Káyin fueron todos sus descendientes, impíos y sin Dios, por lo cual Dios resolvió destruirlos.
El fin de Káyin lo alcanzó en la séptima generación de los hombres, y le fue infligido por la mano de su bisnieto Lémej. Este Lémej era ciego, y cuando iba de caza, lo guiaba su hijo pequeño, que avisaba a su padre cuando una presa aparecía a la vista, y Lémej entonces disparaba contra ella con su arco y su flecha. Una vez, él y su hijo fueron a cazar, y el muchacho divisó algo con cuernos a lo lejos. Naturalmente lo tomó por una bestia de una u otra clase, y le dijo al ciego Lémej que soltara su flecha. La puntería fue certera, y la presa cayó a tierra. Cuando se acercaron a la víctima, el muchacho exclamó: «¡Padre, has matado algo que se parece a un ser humano en todo, salvo que lleva un cuerno en la frente!». Lémej supo al instante lo que había ocurrido: había matado a su antepasado Káyin, que había sido marcado por Dios con un cuerno. Desesperado, golpeó una mano contra otra, matando sin querer a su hijo al juntarlas. La desgracia siguió a la desgracia. La tierra abrió su boca y se tragó a las cuatro generaciones surgidas de Káyin: Janoj, Irad, Mejuyael y Metushael. Lémej, ciego como estaba, no podía volver a casa; tuvo que quedarse junto al cadáver de Káyin y al de su hijo. Al caer la tarde, sus mujeres, buscándolo, lo encontraron allí. Cuando oyeron lo que había hecho, quisieron separarse de él, tanto más cuanto que sabían que todo el que descendía de Káyin estaba condenado a la aniquilación. Pero Lémej argumentó: «Si Káyin, que cometió asesinato con premeditación, fue castigado solo en la séptima generación, entonces yo, que no tuve intención de matar a un ser humano, puedo esperar que el castigo se aleje por setenta y siete generaciones». Con sus mujeres, Lémej acudió a Adam, que escuchó a ambas partes y resolvió el caso a favor de Lémej.
La corrupción de aquellos tiempos, y especialmente la depravación de la estirpe de Káyin, se manifiesta en el hecho de que Lémej, así como todos los hombres de la generación del diluvio, tomaban dos esposas: una con el propósito de criar hijos, la otra para entregarse a los placeres carnales, razón por la cual a esta última se la volvía estéril por medios artificiales. Como los hombres de aquel tiempo estaban puestos en el placer más que deseosos de cumplir su deber para con el género humano, daban todo su amor y atención a las mujeres estériles, mientras sus otras esposas pasaban los días como viudas, sin alegría y sumidas en la penumbra.
Las dos esposas de Lémej, Adá y Tsilá, le dieron cada una dos hijos: Adá, dos varones, Yaval y Yuval, y Tsilá, un varón, Tuval-Káyin, y una hija, Naamá. Yaval fue el primero entre los hombres en erigir templos a los ídolos, y Yuval inventó la música que en ellos se cantaba y se tocaba. Tuval-Káyin fue rectamente nombrado, pues completó la obra de su antepasado Káyin. Káyin cometió asesinato, y Tuval-Káyin, el primero que supo afilar el hierro y el cobre, proveyó los instrumentos usados en las guerras y los combates. Naamá, «la encantadora», mereció su nombre por los dulces sonidos que arrancaba de sus címbalos cuando llamaba a los adoradores a rendir homenaje a los ídolos.
Los descendientes de Adam y Lilit
Cuando las esposas de Lémej oyeron la decisión de Adam, de que habían de seguir viviendo con su esposo, se volvieron contra él, diciendo: «¡Oh médico, cura tu propia cojera!». Aludían al hecho de que él mismo había estado viviendo apartado de su esposa desde la muerte de Hével, pues había dicho: «¿Por qué habría de engendrar hijos, si es solo para exponerlos a la muerte?».
Aunque evitaba la unión con Javá, era visitado durante el sueño por espíritus femeninos, y de su unión con ellos surgieron sombras y demonios de diversas clases, dotados de dones peculiares.
Una vez vivía en la Tierra de Israel un hombre muy rico y piadoso, que tenía un hijo llamado Rabí Janiná. Sabía de memoria toda la Torá. Cuando estaba a punto de morir, mandó llamar a su hijo, Rabí Janiná, y le pidió, como último deseo, que estudiara la Torá día y noche, cumpliera los mandamientos de la ley y fuera un amigo fiel de los pobres. También le dijo que él y su esposa, la madre de Rabí Janiná, morirían el mismo día, y que los siete días de duelo por ambos terminarían en la víspera de Pésaj. Le encareció que no se afligiera en exceso, sino que fuera al mercado ese día y comprara el primer artículo que le ofrecieran, por costoso que fuese. Si resultaba ser algo comestible, debía prepararlo y servirlo con mucha ceremonia. Su gasto y su molestia recibirían su recompensa. Todo sucedió como se había predicho: el hombre y su esposa murieron el mismo día, y el fin de la semana de duelo coincidió con la víspera de Pésaj. El hijo, a su vez, cumplió el mandato de su padre: acudió al mercado, y allí encontró a un anciano que ofrecía en venta un plato de plata. Aunque el precio pedido era exorbitante, lo compró, como su padre le había ordenado. El plato se colocó sobre la mesa del Séder, y cuando Rabí Janiná lo abrió, encontró un segundo plato dentro, y dentro de este una rana viva, que saltaba y brincaba alegremente. Le dio a la rana comida y bebida, y para el final de la fiesta había crecido tanto que Rabí Janiná le hizo un armario, en el que comía y vivía. Con el tiempo, el armario se volvió demasiado pequeño, y el Rabí construyó una habitación, puso a la rana dentro y le dio comida y bebida en abundancia. Todo esto lo hacía para no violar el último deseo de su padre. Pero la rana crecía y crecía; consumía todo lo que su anfitrión poseía, hasta que, por fin, Rabí Janiná quedó despojado de todos sus bienes. Entonces la rana abrió la boca y comenzó a hablar. «Mi querido Rabí Janiná —dijo—, ¡no te preocupes! Ya que me criaste y cuidaste de mí, puedes pedirme lo que tu corazón desee, y te será concedido». Rabí Janiná respondió: «No deseo nada, salvo que me enseñes toda la Torá». La rana consintió, y en efecto le enseñó toda la Torá, y además las setenta lenguas de los hombres. Su método consistía en escribir unas pocas palabras en un trozo de papel, que hacía tragar a su alumno. Así adquirió no solo la Torá y las setenta lenguas, sino también el lenguaje de las bestias y las aves. Luego la rana habló a la esposa de Rabí Janiná: «Tú me cuidaste bien, y no te he dado recompensa. Pero tu premio te será pagado antes de que me marche de vosotros; solo que ambos debéis acompañarme al bosque. Allí veréis lo que haré por vosotros». En consecuencia, fueron con ella al bosque. Llegada allí, la rana comenzó a gritar con fuerza, y al oírlo toda clase de bestias y aves se reunieron. A estas les ordenó producir piedras preciosas, tantas como pudieran cargar. También habían de traer hierbas y raíces para la esposa de Rabí Janiná, y le enseñó a usarlas como remedios para toda variedad de enfermedad. Todo esto se les mandó llevar a casa consigo. Cuando estaban a punto de regresar, la rana se dirigió a ellos así: «Que Hakadosh Baruj Hu tenga misericordia de vosotros y os recompense por todo el trabajo que os tomasteis por mi causa, sin siquiera preguntar quién soy. Ahora os daré a conocer mi origen. Soy el hijo de Adam, un hijo que él engendró durante los ciento treinta años de su separación de Javá. Dios me ha dotado del poder de asumir cualquier forma o apariencia que desee». Rabí Janiná y su esposa partieron hacia su hogar, y se hicieron muy ricos, y gozaron del respeto y la confianza del rey.
Shet y sus descendientes
Las exhortaciones de las esposas de Lémej surtieron efecto en Adam. Tras una separación de ciento treinta años, volvió a Javá, y el amor que ahora le tenía era con mucho más fuerte que en el tiempo anterior. Ella estaba en sus pensamientos aun cuando no estaba presente ante él corporalmente. El fruto de su reunión fue Shet, que estaba destinado a ser el antepasado del Mesías.
Shet fue formado desde el nacimiento de tal modo que el rito de la circuncisión pudo prescindirse. Fue así uno de los trece hombres nacidos perfectos en cierto sentido. Adam lo engendró a su semejanza e imagen, a diferencia de Káyin, que no había sido a su semejanza e imagen. Así Shet se convirtió, en un sentido genuino, en el padre del género humano, especialmente el padre de los piadosos, mientras que los depravados y sin Dios descienden de Káyin.
Ya en vida de Adam los descendientes de Káyin se volvieron sumamente malvados, muriendo sucesivamente, uno tras otro, cada uno más malvado que el anterior. Eran intolerables en la guerra, y vehementes en los robos, y si alguno era lento para asesinar gente, sí era en cambio osado en su comportamiento disoluto, obrando injustamente y causando daño por ganancia.
Ahora bien, en cuanto a Shet. Cuando fue criado y llegó a los años en que podía discernir lo que era bueno, se convirtió en un hombre virtuoso, y como él mismo era de excelente carácter, así dejó tras de sí hijos que imitaron sus virtudes. Todos ellos resultaron ser de buena disposición. Habitaron también uno y el mismo país sin disensiones, y en una condición dichosa, sin que ninguna desgracia cayera sobre ellos, hasta que murieron. Fueron también los inventores de esa peculiar clase de sabiduría que se ocupa de los cuerpos celestes y su orden. Y para que sus invenciones no se perdieran antes de ser suficientemente conocidas, hicieron dos columnas —a partir de la predicción de Adam de que el mundo había de ser destruido una vez por la fuerza del fuego y otra por la violencia y la abundancia del agua—. Una era de ladrillo, la otra de piedra, y grabaron sus descubrimientos en ambas, para que, en caso de que la columna de ladrillo fuera destruida por el diluvio, la columna de piedra permaneciera y mostrara estos descubrimientos a la humanidad, e informara también de que había otra columna, de ladrillo, erigida por ellos.
Enosh
A Enosh le preguntaron quién era su padre, y él nombró a Shet. Los que preguntaban, la gente de su tiempo, continuaron: «¿Quién fue el padre de Shet?». Enosh: «Adam». —«¿Y quién fue el padre de Adam?». —«No tuvo ni padre ni madre; Dios lo formó del polvo de la tierra». —«¡Pero el hombre no tiene apariencia de polvo!». —«Tras la muerte, el hombre vuelve al polvo, como dijo Dios: “Y el hombre volverá de nuevo al polvo”; pero el día de su creación, el hombre fue hecho a imagen de Dios». —«¿Cómo fue creada la mujer?». —«Varón y hembra los creó». —«¿Pero cómo?». —«Dios tomó agua y tierra, y las moldeó juntas en la forma del hombre». —«¿Pero cómo?», insistían los que preguntaban.
Enosh tomó seis terrones de tierra, los mezcló, los moldeó y formó una imagen de polvo y arcilla. «Pero —dijo la gente— esta imagen no camina, ni posee aliento de vida alguno». Entonces intentó mostrarles cómo Dios sopló el aliento de vida en las narices de Adam, pero cuando comenzó a soplar su aliento en la imagen que había formado, el Satán entró en ella, y la figura caminó, y la gente de su tiempo que había estado indagando estas cosas a Enosh se extravió tras ella, diciendo: «¿Qué diferencia hay entre postrarse ante esta imagen y rendir homenaje a un hombre?».
La generación de Enosh fueron así los primeros adoradores de ídolos, y el castigo por su necedad no se demoró mucho. Dios hizo que el mar traspasara sus límites, y una parte de la tierra quedó inundada. Fue también el tiempo en que las montañas se volvieron rocas, y los cuerpos muertos de los hombres comenzaron a descomponerse. Y aún otra consecuencia del pecado de la idolatría fue que los semblantes de los hombres de las generaciones siguientes ya no fueron a la semejanza e imagen de Dios, como lo habían sido los semblantes de Adam, Shet y Enosh. Se asemejaban a centauros y a simios, y los demonios perdieron su temor a los hombres.
Pero hubo una consecuencia aún más grave de las prácticas idolátricas introducidas en el tiempo de Enosh. Cuando Dios expulsó a Adam del Paraíso, la Shejiná se quedó atrás, entronizada sobre un querubín bajo el árbol de la vida. Los ángeles descendían del cielo y acudían allí en huestes, para recibir sus instrucciones, y Adam y sus descendientes se sentaban junto a la puerta para deleitarse en el esplendor de la Shejiná, sesenta y cinco mil veces más radiante que el esplendor del sol. Este resplandor de la Shejiná deja a todos aquellos sobre quienes cae exentos de enfermedad, y ni insectos ni demonios pueden acercarse a ellos para hacerles daño.
Así fue hasta el tiempo de Enosh, cuando los hombres comenzaron a reunir oro, plata, gemas y perlas de todas partes de la tierra, y a hacer con ello ídolos de mil parasangas de altura. Lo que fue peor, por medio de las artes mágicas que les enseñaron los ángeles Uzá y Azael, se erigieron en amos de las esferas celestiales, y forzaron al sol, la luna y las estrellas a servirlos a ellos en lugar de a HaShem. Esto impulsó a los ángeles a preguntar a Dios: «“¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él?”. ¿Por qué abandonaste el más alto de los cielos, sede de tu gloria y de tu excelso Trono en Aravot, y descendiste a los hombres, que rinden culto a los ídolos, poniéndote a Ti a la par de ellos?». La Shejiná se vio inducida a dejar la tierra y ascender al cielo, entre el estruendo y el fragor de las trompetas de las miríadas de huestes angélicas.
La caída de los ángeles
La depravación de la humanidad, que había empezado a manifestarse en el tiempo de Enosh, había crecido monstruosamente en el tiempo de su nieto Yéred, a causa de los ángeles caídos. Cuando los ángeles vieron a las bellas y atractivas hijas de los hombres, las codiciaron, y dijeron: «Elegiremos esposas para nosotros solo de entre las hijas de los hombres, y engendraremos hijos con ellas». Su jefe Shemjazai dijo: «Me temo que no llevaréis a cabo este plan vuestro, y yo solo habré de sufrir las consecuencias de un gran pecado». Entonces ellos le respondieron y dijeron: «Todos juraremos un juramento, y nos comprometeremos, por separado y juntos, a no abandonar el plan, sino a llevarlo hasta el final».
Doscientos ángeles descendieron a la cumbre del monte Hermón, que debe su nombre a este mismo suceso, porque allí se comprometieron a cumplir su propósito, bajo pena de Jérem, anatema. Bajo la dirección de veinte capitanes se contaminaron con las hijas de los hombres, a quienes enseñaron encantamientos, fórmulas de conjuro, cómo cortar raíces y la eficacia de las plantas. El fruto de estos matrimonios mixtos fue una raza de gigantes, de tres mil codos de altura, que consumían los bienes de los hombres. Cuando todo se hubo desvanecido, y ya no podían obtener nada más de ellos, los gigantes se volvieron contra los hombres y devoraron a muchos de ellos, y el resto de los hombres comenzó a atentar contra las aves, las bestias, los reptiles y los peces, comiendo su carne y bebiendo su sangre.
Entonces la tierra se quejó de los impíos malhechores. Pero los ángeles caídos siguieron corrompiendo a la humanidad. Azazel enseñó a los hombres a fabricar cuchillos de degüello, armas, escudos y cotas de malla. Les mostró los metales y cómo trabajarlos, y los brazaletes y toda clase de adornos, y el uso del colorete para los ojos, y cómo embellecer los párpados, y cómo engalanarse con las joyas más raras y preciosas y toda clase de afeites. El jefe de los ángeles caídos, Shemjazai, los instruyó en los exorcismos y en cómo cortar raíces; Armaros les enseñó a deshacer hechizos; Barakel, la adivinación por las estrellas; Kawkabel, la astrología; Ezekeel, el augurio por las nubes; Arakiel, los signos de la tierra; Samsaweel, los signos del sol; y Seriel, los signos de la luna.
Mientras todas estas abominaciones contaminaban la tierra, el piadoso Janoj vivía en un lugar secreto. Nadie entre los hombres conocía su morada, ni qué había sido de él, pues moraba con los ángeles vigilantes y los santos. Una vez oyó dirigirse a él el llamado: «Janoj, escriba de la justicia, ve a los vigilantes de los cielos, que han dejado los altos cielos, el eterno lugar de la santidad, contaminándose con mujeres, obrando como obran los hombres, tomando esposas para sí y arrojándose en los brazos de la destrucción sobre la tierra. Ve y proclámales que no hallarán ni paz ni perdón. Pues cada vez que se alegren en su descendencia, verán la muerte violenta de sus hijos, y suspirarán por la ruina de su prole. Rezarán y suplicarán sin cesar, pero jamás alcanzarán misericordia ni paz».
Janoj acudió a Azazel y a los demás ángeles caídos para anunciarles la condena dictada contra ellos. A todos los llenó el miedo. Un temblor se apoderó de ellos, y suplicaron a Janoj que redactara una petición en su favor y la leyera ante HaShem del cielo, pues ya no podían hablar con Dios como antes, ni siquiera alzar los ojos al cielo, avergonzados por sus pecados. Janoj accedió a su ruego, y en una visión se le concedió la respuesta que había de llevar de vuelta a los ángeles. Le pareció a Janoj que era arrebatado a los cielos sobre nubes, y que lo depositaban ante el trono de Dios. Dios habló: «Ve y di a los vigilantes del cielo que te han enviado aquí para interceder por ellos: en verdad, sois vosotros quienes deberíais interceder por los hombres, y no los hombres por vosotros. ¿Por qué abandonasteis los cielos altos, santos y eternos, para mancillaros con las hijas de los hombres, tomando mujeres para vosotros, obrando como las razas de la tierra y engendrando hijos gigantes? Los gigantes engendrados por carne y espíritus serán llamados espíritus malignos en la tierra, y en la tierra estará su morada. Espíritus malignos saldrán de sus cuerpos, porque fueron creados de lo alto, y de los santos vigilantes es su comienzo y su origen primero; serán espíritus malignos en la tierra, y espíritus malignos serán llamados. Y los espíritus del cielo tienen su morada en el cielo, pero los espíritus de la tierra, que nacieron sobre la tierra, tienen su morada en la tierra. Y los espíritus de los gigantes devorarán, oprimirán, destruirán, atacarán, harán guerra y causarán estragos en la tierra, y obrarán aflicción. No tomarán alimento alguno, ni tendrán sed, y serán invisibles. Y estos espíritus se levantarán contra los hijos de los hombres y contra las mujeres, porque de ellas han salido. Desde los días de la matanza y la destrucción y la muerte de los gigantes, cuando los espíritus salieron del alma de su carne para destruir sin incurrir en juicio —así destruirán hasta el día en que se consume la gran consumación del gran mundo. Y ahora, en cuanto a los vigilantes que te han enviado a interceder por ellos, que antes estuvieron en el cielo, diles: estuvisteis en el cielo, y aunque las cosas ocultas aún no os habían sido reveladas, conocíais misterios sin valor, y en la dureza de vuestros corazones se los referisteis a las mujeres, y por medio de esos misterios mujeres y hombres obran mucho mal en la tierra. Diles, pues: ¡No tenéis paz!»
Janoj, gobernante y maestro
Después de que Janoj hubiera vivido largo tiempo apartado de los hombres, oyó una vez la voz de un ángel que lo llamaba: «Janoj, Janoj, prepárate y deja la casa y el lugar secreto donde te has mantenido escondido, y asume el dominio sobre los hombres, para enseñarles los caminos que han de andar y las obras que han de hacer, a fin de que caminen por las sendas de Dios».
Janoj dejó su retiro y se dirigió a los lugares frecuentados por los hombres. Los reunió en torno a sí y los instruyó en la conducta grata a Dios. Envió mensajeros por todas partes para anunciar: «Vosotros que deseáis conocer los caminos de Dios y la conducta recta, ¡venid a Janoj!» Entonces una vasta multitud se agolpó a su alrededor para oír la sabiduría que enseñaría y aprender de su boca lo que es bueno y justo. Hasta reyes y príncipes, en número no menor de ciento treinta, se congregaron junto a él y se sometieron a su dominio, para ser enseñados y guiados por él, como enseñaba y guiaba a todos los demás. Así reinó la paz sobre el mundo entero durante los doscientos cuarenta y tres años en que prevaleció la influencia de Janoj.
Al término de este período, en el año en que murió Adam y fue sepultado con grandes honores por Shet, Enosh, Janoj y Metushélaj, Janoj resolvió retirarse de nuevo del trato con los hombres y consagrarse por entero al servicio de Dios. Pero se apartó gradualmente. Primero pasaba tres días en oración y alabanza a Dios, y al cuarto día volvía a sus discípulos y les impartía enseñanza. Muchos años pasaron así; luego aparecía entre ellos una sola vez por semana; más tarde, una vez al mes; y, por último, una vez al año. Los reyes, los príncipes y todos los demás que deseaban ver a Janoj y escuchar sus palabras no se atrevían a acercarse a él durante los tiempos de su retiro. Tan terrible majestad se posaba sobre su rostro que temían por su propia vida con solo mirarlo. Por eso resolvieron que todos los hombres presentaran sus peticiones ante Janoj el día en que se mostrara a ellos.
La impresión que las enseñanzas de Janoj producían en todos los que las oían era poderosa. Se postraban ante él y clamaban: «¡Viva el rey! ¡Viva el rey!» Cierto día, mientras Janoj daba audiencia a sus seguidores, apareció un ángel y le dio a conocer que Dios había resuelto instalarlo como rey sobre los ángeles del cielo, así como hasta entonces había reinado sobre los hombres. Convocó a todos los habitantes de la tierra y les habló así: «He sido llamado a subir al cielo, y no sé en qué día iré allá. Por eso os enseñaré sabiduría y rectitud antes de partir de aquí». Unos días más pasó Janoj entre los hombres, y todo el tiempo que le quedaba lo dedicó a instruir en sabiduría, conocimiento, conducta temerosa de Dios y piedad, y estableció ley y orden para regir los asuntos de los hombres. Entonces los que estaban reunidos junto a él vieron descender del cielo un corcel gigantesco, y se lo dijeron a Janoj, quien respondió: «El corcel es para mí, pues ha llegado el tiempo y el día en que os dejo, para no ser visto nunca más». Y así fue. El corcel se acercó a Janoj, y él montó sobre su lomo, sin dejar de instruir al pueblo, exhortándolo, encareciéndole que sirviera a Dios y anduviera por Sus caminos. Ochocientas mil personas lo siguieron una jornada de camino. Pero al segundo día Janoj instó a su séquito a volverse atrás: «Id a casa, no sea que la muerte os alcance si me seguís más lejos». La mayoría atendió sus palabras y regresó, pero algunos permanecieron con él seis días, aunque a diario los amonestaba a que volvieran y no atrajeran la muerte sobre sí. Al sexto día del viaje dijo a los que aún lo acompañaban: «Id a casa, pues mañana ascenderé al cielo, y quien esté entonces cerca de mí, morirá». Sin embargo, algunos de sus compañeros permanecieron con él, diciendo: «Adondequiera que vayas, iremos. Por el Dios viviente, solo la muerte nos separará».
Al séptimo día Janoj fue llevado a los cielos en un carro de fuego tirado por corceles de fuego. Al día siguiente, los reyes que se habían vuelto atrás a tiempo enviaron mensajeros a averiguar la suerte de los hombres que se habían negado a separarse de Janoj, pues habían anotado su número. Hallaron nieve y grandes granizos en el lugar de donde Janoj se había elevado, y, al buscar debajo, descubrieron los cuerpos de todos los que se habían quedado con Janoj. Solo él no estaba entre ellos; estaba en lo alto, en el cielo.
La ascensión de Janoj
No era esta la primera vez que Janoj había estado en el cielo. Una vez antes, mientras moraba entre los hombres, se le había permitido ver todo cuanto hay en la tierra y en los cielos. En una ocasión en que dormía, una gran pena vino sobre su corazón, y lloró en su sueño, sin saber qué significaba aquella pena ni qué le sucedería. Y se le aparecieron dos hombres muy altos. Sus rostros brillaban como el sol, y sus ojos eran como lámparas encendidas, y fuego salía de sus labios; sus alas eran más brillantes que el oro, sus manos más blancas que la nieve. Se pusieron a la cabecera del lecho de Janoj y lo llamaron por su nombre. Despertó de su sueño, se apresuró a hacerles reverencia y quedó aterrado. Y aquellos hombres le dijeron: «Ten ánimo, Janoj, no temas; el Dios eterno nos ha enviado a ti, y, ¡mira!, hoy ascenderás con nosotros al cielo. Y di a tus hijos y a tus siervos que nadie te busque, hasta que HaShem te devuelva a ellos».
Janoj hizo como se le dijo, y después de haber hablado a sus hijos, instruyéndolos para que no se apartaran de Dios y guardaran Su juicio, aquellos dos hombres lo llamaron, lo tomaron sobre sus alas y lo colocaron sobre las nubes, que se movían más y más alto, hasta que lo depositaron en el primer cielo. Allí le mostraron los doscientos ángeles que rigen las estrellas, y su servicio celestial. Allí vio también los tesoros de la nieve y del hielo, de las nubes y del rocío.
De allí lo llevaron al segundo cielo, donde vio a los ángeles caídos encarcelados, los que no obedecieron los mandamientos de Dios y siguieron el consejo de su propia voluntad. Los ángeles caídos dijeron a Janoj: «¡Oh, hombre de Dios! Ruega por nosotros a HaShem», y él respondió: «¿Quién soy yo, un hombre mortal, para orar por ángeles? ¿Quién sabe adónde voy, ni qué me aguarda?»
De allí lo llevaron al tercer cielo, donde le mostraron el Paraíso, con todos los árboles de hermosos colores, y sus frutos, maduros y deliciosos, y toda clase de alimentos que producían, brotando con fragancia deleitosa. En medio del Paraíso vio el árbol de la vida, en aquel lugar donde Dios reposa cuando viene al Paraíso. Este árbol no puede describirse por su excelencia y su dulce fragancia, y es hermoso, más que cualquier cosa creada, y por todos sus lados es como oro y carmesí en apariencia, y transparente como el fuego, y lo cubre todo. De su raíz en el jardín salen cuatro corrientes, que vierten miel, leche, aceite y vino, y descienden al Paraíso del Edén, que se halla en los confines entre la región terrenal de la corruptibilidad y la región celestial de la incorruptibilidad, y de allí van a lo largo de la tierra. Vio también los trescientos ángeles que guardan el jardín, y con voces incesantes y canto bendito sirven a HaShem cada día. Los ángeles que guiaban a Janoj le explicaron que este lugar está preparado para los justos, mientras que el lugar terrible preparado para los pecadores está en las regiones septentrionales del tercer cielo. Vio allí toda suerte de tormentos, y una oscuridad impenetrable, y no hay allí luz alguna, sino un fuego lóbrego que arde sin cesar. Y todo aquel lugar tiene fuego por todos lados, y por todos lados frío y hielo, así arde y se hiela. Y los ángeles, terribles y sin piedad, llevan armas salvajes, y su tormento es despiadado.
Los ángeles lo llevaron entonces al cuarto cielo, y le mostraron todas las entradas y salidas, y todos los rayos de la luz del sol y de la luna. Vio las quince miríadas de ángeles que salen con el sol y lo asisten durante el día, y los mil ángeles que lo asisten de noche. Cada ángel tiene seis alas, y van delante del carro del sol, mientras cien ángeles mantienen caliente el sol y lo iluminan. Vio también las criaturas maravillosas y extrañas llamadas fénix y calquidri, que asisten al carro del sol y van con él, trayendo calor y rocío. Le mostraron también las seis puertas del oriente del cuarto cielo, por las que sale el sol, y las seis puertas del occidente por donde se pone, y también las puertas por las que sale la luna, y aquellas por las que entra. En medio del cuarto cielo vio una hueste armada que servía a HaShem con címbalos y órganos y voces incesantes.
En el quinto cielo vio muchas huestes de los ángeles llamados Grigori. Su aspecto era como el de los hombres, y su tamaño mayor que el de los gigantes; sus semblantes estaban marchitos, y sus labios callados. A su pregunta de quiénes eran, los ángeles que lo guiaban respondieron: «Estos son los Grigori, que con su príncipe Salamiel rechazaron al santo HaShem». Entonces Janoj dijo a los Grigori: «¿Por qué aguardáis, hermanos, y no servís ante el rostro de HaShem, y por qué no cumplís vuestros deberes ante el rostro de HaShem, e irritáis a HaShem hasta el fin?» Los Grigori escucharon la reprensión, y cuando las trompetas resonaron juntas con un fuerte clamor, también ellos comenzaron a cantar a una sola voz, y sus voces se alzaron ante HaShem con tristeza y ternura.
En el séptimo cielo vio las siete bandas de arcángeles que ordenan y estudian las revoluciones de las estrellas y los cambios de la luna y la revolución del sol, y supervisan las condiciones buenas o malas del mundo. Y disponen enseñanzas e instrucciones, y dulce habla y canto y toda clase de gloriosa alabanza. Tienen bajo su sujeción a todos los seres vivientes, tanto en el cielo como en la tierra. En medio de ellos hay siete fénix, y siete querubines, y siete criaturas de seis alas, que cantan a una sola voz.
Cuando Janoj llegó al séptimo cielo y vio todas las ígneas huestes de grandes arcángeles y las potestades incorpóreas y las dominaciones y los principados y las potestades, tuvo miedo y tembló con gran terror. Los que lo guiaban lo tomaron, lo llevaron en medio de ellas y le dijeron: «Ten ánimo, Janoj, no temas», y le mostraron desde lejos a HaShem, sentado en Su elevado trono, mientras todas las huestes celestiales, divididas en diez clases, tras haberse acercado, se erguían sobre los diez peldaños según su rango y hacían reverencia a HaShem. Y así procedían a sus puestos con gozo y alegría y luz sin límites, cantando cánticos con voces bajas y suaves, y sirviéndolo gloriosamente. No se apartan ni se retiran de día ni de noche, de pie ante el rostro de HaShem, cumpliendo Su voluntad, querubines y serafines, en torno a Su trono. Y las criaturas de seis alas cubren con su sombra todo Su trono, cantando con voz suave ante el rostro de HaShem: «Santo, santo, santo es Adonái de los ejércitos; los cielos y la tierra están llenos de Su gloria». Cuando hubo visto todo esto, los ángeles que lo guiaban le dijeron: «Janoj, hasta este momento se nos ordenó acompañarte». Partieron, y no los vio más. Janoj quedó en el confín del séptimo cielo, con gran terror, diciéndose: «¡Ay de mí! ¿Qué ha venido sobre mí?» Pero entonces vino Gavriel y le dijo: «Janoj, no temas, levántate y ven conmigo, y ponte de pie ante el rostro de HaShem para siempre». Y Janoj respondió: «¡Oh, mi señor!, mi espíritu me ha abandonado de miedo y temblor. ¡Llama a los hombres que me han traído a este lugar! En ellos he confiado, y con ellos iría ante el rostro de HaShem». Y Gavriel se lo llevó a toda prisa como una hoja arrastrada por el viento, y lo puso ante el rostro de HaShem. Janoj cayó y adoró a HaShem, quien le dijo: «Janoj, no temas. Levántate y ponte de pie ante Mi rostro para siempre». Y Mijael lo levantó y, por orden de HaShem, le quitó su vestidura terrenal, lo ungió con el óleo santo y lo vistió, y cuando se miró a sí mismo, parecía uno de los gloriosos de Dios, y el miedo y el temblor se apartaron de él. Llamó entonces Dios a uno de Sus arcángeles, más sabio que todos los demás, que había puesto por escrito todas las obras de HaShem, y le dijo: «Trae los libros de Mi depósito, y da una caña a Janoj, e interprétale los libros». El ángel hizo como se le ordenó, e instruyó a Janoj treinta días y treinta noches, y sus labios no cesaron de hablar, mientras Janoj escribía todas las cosas acerca del cielo y la tierra, de los ángeles y los hombres, y todo aquello en que conviene ser instruido. Escribió también todo acerca de las almas de los hombres, las de aquellos que aún no han nacido, y los lugares preparados para ellas para siempre. Todo lo copió con exactitud, y escribió trescientos sesenta y seis libros. Después de haber recibido todas las instrucciones del arcángel, Dios le reveló grandes secretos, que ni siquiera los ángeles conocen. Le contó cómo, de las tinieblas más profundas, fueron creados lo visible y lo invisible, cómo formó el cielo, la luz, el agua y la tierra, y también le narró la caída del Satán y la creación y el pecado de Adam, y le reveló además que la duración del mundo será de siete mil años, y que el octavo milenio será un tiempo en que no habrá cómputo, ni fin, ni años, ni meses, ni semanas, ni días, ni horas.
HaShem concluyó esta revelación a Janoj con estas palabras: «Y ahora te entrego a Samuil y a Raguil, que te trajeron a Mí. Ve con ellos sobre la tierra, y di a tus hijos las cosas que te he dicho, y lo que has visto desde el cielo más bajo hasta Mi trono. Dales las obras escritas por ti, y las leerán, y distribuirán los libros a los hijos de sus hijos, y de generación en generación, y de nación en nación. Y te daré a Mi mensajero Mijael para tus escritos y para los escritos de tus padres, Adam, Shet, Enosh, Kenán, Mahalalel y Yéred, tu padre. Y no se los reclamaré hasta la última edad, pues he instruido a Mis dos ángeles, Ariuk y Mariuk, a quienes he puesto sobre la tierra como sus guardianes, y les he ordenado que a su tiempo los guarden, para que el relato de lo que haré en tu familia no se pierda en el diluvio venidero. Pues a causa de la maldad y la iniquidad de los hombres, traeré un diluvio sobre la tierra, y lo destruiré todo, pero dejaré a un hombre justo de tu linaje con toda su casa, que obrará conforme a Mi voluntad. De su simiente se levantará una numerosa generación, y a la extinción de aquella familia, les mostraré los libros de tus escritos y de tu padre, y los guardianes de ellos en la tierra los mostrarán a los hombres que son veraces y Me agradan. Y ellos los contarán a otra generación, y estos, habiéndolos leído, serán glorificados al fin más que antes».
Janoj fue enviado entonces a la tierra para permanecer allí treinta días e instruir a sus hijos, pero antes de que dejara el cielo, Dios le envió un ángel cuyo aspecto era como la nieve, y sus manos eran como el hielo. Janoj lo miró, y su rostro se enfrió, para que los hombres pudieran soportar su vista. Los ángeles que lo habían llevado al cielo lo pusieron sobre su lecho, en el lugar donde su hijo Metushélaj lo esperaba de día y de noche. Janoj reunió a sus hijos y a toda su casa, y les instruyó fielmente acerca de todas las cosas que había visto, oído y escrito, y dio sus libros a sus hijos, para que los guardaran y leyeran, amonestándolos a que no ocultaran los libros, sino que se los contaran a todos los que desearan saber. Cuando se hubieron cumplido los treinta días, HaShem envió tinieblas sobre la tierra, y hubo oscuridad, que ocultó a los hombres que estaban con Janoj. Y los ángeles se apresuraron y tomaron a Janoj, y lo llevaron al cielo más alto, donde HaShem lo recibió y lo puso ante Su rostro, y las tinieblas se apartaron de la tierra, y hubo luz. Y el pueblo vio, y no comprendió cómo Janoj fue llevado, y glorificaron a Dios.
Janoj nació el sexto día del mes de Siván, y fue llevado al cielo en el mismo mes, Siván, el mismo día y a la misma hora en que había nacido. Y Metushélaj se apresuró, y todos sus hermanos, los hijos de Janoj, y edificaron un altar en el lugar llamado Ajuzán, de donde Janoj fue arrebatado al cielo. Los ancianos y todo el pueblo vinieron a la festividad y trajeron sus ofrendas a los hijos de Janoj, e hicieron una gran festividad, regocijándose y alegrándose durante tres días, alabando a Dios, que había dado tal señal por medio de Janoj, quien había hallado favor ante ellos.
El arrebatamiento de Janoj
La pecaminosidad de los hombres fue la razón por la que Janoj fue arrebatado al cielo. Así lo contó el propio Janoj a Rabí Yishmael. Cuando la generación del diluvio transgredió, y habló a Dios diciendo: «Apártate de nosotros, pues no deseamos conocer Tus caminos», Janoj fue llevado al cielo, para servir allí como testigo de que Dios no era un Dios cruel, a pesar de la destrucción decretada sobre todos los seres vivientes de la tierra.
Cuando Janoj, bajo la guía del ángel 'Anpiel, fue llevado de la tierra al cielo, los seres santos —los ofanim, los serafines, los querubines, todos los que mueven el trono de Dios— y los espíritus servidores cuya sustancia es de fuego consumidor, todos ellos, a una distancia de seiscientos cincuenta millones trescientas parasangas, notaron la presencia de un ser humano, y exclamaron: «¿De dónde el olor de uno nacido de mujer? ¿Cómo llega al cielo más alto de los ángeles que centellean fuego?» Pero Dios respondió: «¡Oh, siervos y huestes Míos, vosotros, Mis querubines, ofanim y serafines, que esto no sea ofensa para vosotros, pues todos los hijos de los hombres Me negaron a Mí y a Mi poderoso dominio, y rindieron homenaje a los ídolos, de modo que trasladé la Shejiná de la tierra al cielo. Pero este hombre, Janoj, es el elegido de los hombres. Tiene más fe, justicia y rectitud que todos los demás, y es la única recompensa que he obtenido del mundo terrenal».
Antes de que Janoj pudiera ser admitido al servicio cerca del trono Divino, se le abrieron las puertas de la sabiduría, y las puertas del entendimiento y del discernimiento, de la vida, la paz y la Shejiná, de la fuerza y el poder, del vigor, la belleza y la gracia, de la humildad y el temor del pecado. Dotado por Dios de extraordinaria sabiduría, sagacidad, juicio, conocimiento, saber, compasión, amor, bondad, gracia, humildad, fuerza, poder, vigor, esplendor, hermosura, gallardía y todas las demás cualidades excelentes, más allá de la dotación de cualquiera de los seres celestiales, Janoj recibió, además, muchos miles de bendiciones de parte de Dios, y su altura y su anchura llegaron a igualar la altura y la anchura del mundo, y treinta y seis alas fueron fijadas a su cuerpo, a derecha e izquierda, cada una tan grande como el mundo, y trescientos sesenta y cinco mil ojos le fueron otorgados, cada uno brillante como el sol. Un trono magnífico se erigió para él junto a las puertas del séptimo palacio celestial, y un heraldo proclamó por todos los cielos acerca de él, que en adelante habría de llamarse Metatrón en las regiones celestiales: «He nombrado a Mi siervo Metatrón príncipe y jefe sobre todos los príncipes de Mi reino, con la sola excepción de los ocho augustos y exaltados príncipes que llevan Mi nombre. Todo ángel que tenga una petición que presentarme comparecerá ante Metatrón, y lo que él ordene por mandato Mío, habréis de observarlo y cumplirlo, pues el príncipe de la sabiduría y el príncipe del entendimiento están a su servicio, y le revelarán las ciencias de los celestiales y de los terrenales, el conocimiento del orden presente del mundo y el conocimiento del orden futuro del mundo. Además, lo he hecho guardián de los tesoros de los palacios en el cielo 'Arabot, y de los tesoros de la vida que están en el cielo más alto».
Por el amor que le tenía a Janoj, Dios lo revistió de una magnífica vestidura, a la que iba prendida toda clase de lumbrera existente, y una corona resplandeciente con cuarenta y nueve joyas, cuyo esplendor penetraba hasta todas las partes de los siete cielos y hasta los cuatro confines de la tierra. En presencia de la familia celestial, colocó esta corona sobre la cabeza de Janoj, y lo llamó «el pequeño HaShem». Lleva también las letras por medio de las cuales fueron creados el cielo y la tierra, y los mares y los ríos, las montañas y los valles, los planetas y las constelaciones, el relámpago y el trueno, la nieve y el granizo, la tormenta y el torbellino —estas y también todas las cosas necesarias en el mundo, y los misterios de la creación. Hasta los príncipes de los cielos, cuando ven a Metatrón, tiemblan ante él y se postran; su magnificencia y majestad, el esplendor y la hermosura que irradian de él los sobrecogen, hasta al malvado Samael, el mayor de ellos, hasta a Gavriel, el ángel del fuego, Bardiel, el ángel del granizo, Ruhiel, el ángel del viento, Barkiel, el ángel del relámpago, Za'miel, el ángel del huracán, Zakkiel, el ángel de la tormenta, Sui'el, el ángel del terremoto, Za'fiel, el ángel de los aguaceros, Ra'miel, el ángel del trueno, Ra'shiel, el ángel del torbellino, Shalgiel, el ángel de la nieve, Matriel, el ángel de la lluvia, Shamshiel, el ángel del día, Leliel, el ángel de la noche, Galgliel, el ángel del sistema solar, Ofaniel, el ángel de la rueda de la luna, Kokabiel, el ángel de las estrellas, y Rahtiel, el ángel de las constelaciones.
Cuando Janoj fue transformado en Metatrón, su cuerpo se convirtió en fuego celestial: su carne se hizo llama, sus venas fuego, sus huesos brasas relucientes, la luz de sus ojos resplandor celeste, sus pupilas antorchas de fuego, sus cabellos una llamarada ardiente, todos sus miembros y órganos chispas encendidas, y su armazón un fuego consumidor. A su derecha centelleaban llamas de fuego, a su izquierda ardían antorchas de fuego, y por todos lados lo ceñían tormenta y torbellino, huracán y truenos.
Metushélaj
Después del arrebatamiento de Janoj, Metushélaj fue proclamado gobernante de la tierra por todos los reyes. Anduvo por las huellas de su padre, enseñando la verdad, el conocimiento y el temor de Dios a los hijos de los hombres toda su vida, sin desviarse del camino de la rectitud ni a la derecha ni a la izquierda. Libró al mundo de miles de demonios, la posteridad de Adam que este había engendrado con Lilit, aquella diablesa de las diablesas. Estos demonios y espíritus malignos, cada vez que se topaban con un hombre, buscaban dañarlo e incluso matarlo, hasta que apareció Metushélaj y suplicó la misericordia de Dios. Pasó tres días en ayuno, y entonces Dios le concedió permiso para escribir el Nombre Inefable sobre su espada, con la cual mató a noventa y cuatro miríadas de demonios en un instante, hasta que Agrimus, el primogénito de ellos, vino a él y le rogó que desistiera, entregándole al mismo tiempo los nombres de los demonios y trasgos. Y así Metushélaj puso a sus reyes en grillos de hierro, mientras el resto huyó y se escondió en las cámaras más recónditas y los repliegues del océano. Y es por causa de la maravillosa espada con que fueron muertos los demonios que se le llamó Metushélaj.
Era hombre tan piadoso que componía doscientas treinta parábolas en alabanza de Dios por cada palabra que pronunciaba. Cuando murió, la gente oyó un gran estruendo en los cielos, y vieron novecientas filas de plañideros, correspondientes a los novecientos órdenes de la Mishná que él había estudiado, y lágrimas fluían de los ojos de los seres santos sobre el lugar donde murió. Al ver el duelo de los celestiales, también la gente en la tierra hizo duelo por la muerte de Metushélaj, y Dios los recompensó por ello. Añadió siete días al tiempo de gracia que había ordenado antes de traer la destrucción sobre la tierra mediante un diluvio de aguas.