Capítulo segundo
Adam
El hombre y el mundo
Con diez Dichos creó Dios el mundo, aunque un solo Dicho habría bastado. Dios quiso dar a conocer cuán severo es el castigo reservado a los malvados, que destruyen un mundo creado con nada menos que diez Dichos —y cuán generosa la recompensa destinada a los justos, que preservan un mundo creado con nada menos que diez Dichos.
El mundo fue hecho para el hombre, aunque él fuera el último en llegar entre las criaturas. Y fue a propósito. Debía encontrarlo todo dispuesto para él. Dios era el anfitrión que preparó los platos exquisitos, puso la mesa y luego condujo a su huésped hasta su asiento. Al mismo tiempo, la aparición tardía del hombre sobre la tierra encierra una advertencia a la humildad. Guárdese de ser soberbio, no sea que se le responda que el mosquito es más viejo que él.
La superioridad del hombre sobre las demás criaturas se manifiesta en el modo mismo de su creación, del todo distinto del de ellas. Es el único que fue creado por la mano de Dios. Los demás brotaron de la palabra de Dios. El cuerpo del hombre es un microcosmos, el mundo entero en miniatura, y el mundo, a su vez, es un reflejo del hombre. El cabello de su cabeza corresponde a los bosques de la tierra; sus lágrimas, a un río; su boca, al océano. También el mundo se parece al globo de su ojo: el océano que rodea la tierra es como lo blanco del ojo; la tierra seca es el iris; Yerushaláyim, la pupila; y el Templo, la imagen reflejada en la pupila del ojo. Pero el hombre es más que una mera imagen de este mundo. Reúne en sí cualidades celestiales y terrenales. En cuatro cosas se asemeja a los ángeles; en cuatro, a las bestias. Su facultad de hablar, su inteligencia que discierne, su andar erguido, la mirada de su ojo —todo ello hace de él un ángel—. Pero, por otro lado, come y bebe, expulsa los desechos de su cuerpo, se reproduce y muere, como la bestia del campo. Por eso dijo Dios antes de la creación del hombre: «Los seres celestiales no se reproducen, pero son inmortales; los seres de la tierra se reproducen, pero mueren. Crearé al hombre como unión de ambos, de modo que, cuando peque, cuando se comporte como una bestia, la muerte lo alcance; pero si se abstiene del pecado, vivirá para siempre». Ordenó entonces Dios a todos los seres del cielo y de la tierra que contribuyeran a la creación del hombre, y Él mismo tomó parte en ella. Así todos amarán al hombre, y si él pecara, se interesarán por su preservación.
El mundo entero fue creado, naturalmente, para el hombre piadoso, temeroso de Dios, al que Israel engendra con la guía provechosa de la ley de Dios que le fue revelada. Fue, por tanto, Israel el que quedó especialmente presente en el momento en que se hizo al hombre. A todas las demás criaturas se les instruyó para que cambiaran su naturaleza, si alguna vez Israel necesitaba su ayuda en el curso de su historia. Al mar se le ordenó dividirse ante Moshé, y a los cielos, prestar oído a las palabras del guía; al sol y a la luna se les mandó detenerse ante Yehoshúa; a los cuervos, alimentar a Eliyahu; al fuego, respetar a los tres jóvenes en el horno; al león, no hacer daño a Daniel; al pez, vomitar a Yoná; y a los cielos, abrirse ante Yejezkel.
En su modestia, Dios se aconsejó con los ángeles, antes de la creación del mundo, acerca de su propósito de hacer al hombre. Dijo: «Por amor a Israel crearé el mundo. Así como haré una separación entre la luz y las tinieblas, así haré en el tiempo venidero por Israel en Mitsraim: espesas tinieblas cubrirán la tierra, y los hijos de Israel tendrán luz en sus moradas; así como haré una separación entre las aguas que están debajo del firmamento y las aguas que están sobre el firmamento, así haré por Israel: dividiré las aguas para él cuando cruce el mar de los Juncos; así como en el tercer día crearé las plantas, así haré por Israel: haré brotar el maná para él en el desierto; así como crearé las lumbreras para separar el día de la noche, así haré por Israel: iré delante de él de día en una columna de nube y de noche en una columna de fuego; así como crearé las aves del aire y los peces del mar, así haré por Israel: traeré codornices para él desde el mar; y así como insuflaré el aliento de vida en las narices del hombre, así haré por Israel: le daré la Torá, el árbol de la vida». Los ángeles se maravillaron de que tanto amor se prodigara a este pueblo de Israel, y Dios les dijo: «En el primer día de la creación haré los cielos y los extenderé; así levantará Israel el Mishkán como morada de Mi gloria. En el segundo día pondré una separación entre las aguas terrenales y las aguas celestiales; así colgará él un velo en el Mishkán para dividir el Lugar Santo del Santísimo. En el tercer día haré que la tierra produzca hierba y planta; así comerá él, en obediencia a Mis mandamientos, hierbas amargas en la primera noche de Pésaj, y preparará para Mí el pan de la proposición. En el cuarto día haré las lumbreras; así hará él para Mí un candelabro de oro. En el quinto día crearé las aves; así modelará él los querubines con las alas extendidas. En el sexto día crearé al hombre; así apartará Israel a un hombre de los hijos de Aharón como Sumo Sacerdote para Mi servicio».
Así pues, toda la creación fue condicional. Dios dijo a las cosas que hizo en los seis primeros días: «Si Israel acepta la Torá, seguiréis existiendo y perduraréis; de lo contrario, volveré a convertirlo todo en caos». El mundo entero quedó, pues, en vilo y en temor hasta el día de la revelación en el Sinaí, cuando Israel recibió y aceptó la Torá, y así cumplió la condición puesta por Dios en el momento en que creó el universo.
Los ángeles y la creación del hombre
Habiendo resuelto Dios en su sabiduría crear al hombre, pidió consejo a todos los que lo rodeaban antes de proceder a ejecutar su propósito —ejemplo para el hombre, por grande y distinguido que sea, de no despreciar el consejo del humilde y del pequeño—. Primero Dios llamó al cielo y a la tierra, luego a todas las demás cosas que había creado, y por último a los ángeles.
No todos los ángeles eran del mismo parecer. El Ángel del Amor favorecía la creación del hombre, porque sería afectuoso y amoroso; pero el Ángel de la Verdad se oponía, porque estaría lleno de mentiras. Y mientras el Ángel de la Justicia la favorecía, porque practicaría la justicia, el Ángel de la Paz se oponía, porque sería pendenciero.
Para invalidar su protesta, Dios arrojó al Ángel de la Verdad del cielo a la tierra, y cuando los demás clamaron contra semejante trato despectivo hacia su compañero, Él dijo: «La verdad brotará de nuevo de la tierra».
Las objeciones de los ángeles habrían sido mucho más fuertes de haber conocido toda la verdad sobre el hombre. Dios les había hablado solo de los piadosos, y les había ocultado que también habría réprobos entre los hombres. Y, sin embargo, aun sabiendo apenas la mitad de la verdad, los ángeles no dejaron de exclamar: «¿Qué es el hombre, para que de él te acuerdes? ¿Y el hijo del hombre, para que lo visites?». Dios respondió: «Las aves del aire y los peces del mar, ¿para qué fueron creados? ¿De qué sirve una despensa llena de exquisiteces apetitosas, y ningún huésped que las disfrute?». Y los ángeles no pudieron sino exclamar: «¡Oh Adonái, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra! Haz lo que sea de tu agrado».
Para no pocos de los ángeles su oposición tuvo consecuencias fatales. Cuando Dios convocó a la banda que estaba bajo el arcángel Mijael, y les preguntó su opinión sobre la creación del hombre, respondieron con desdén: «¿Qué es el hombre, para que de él te acuerdes? ¿Y el hijo del hombre, para que lo visites?». Entonces Dios extendió su dedo meñique, y todos fueron consumidos por el fuego, salvo su jefe Mijael. Y la misma suerte cayó sobre la banda dirigida por el arcángel Gavriel; solo él, de entre todos, se salvó de la destrucción.
La tercera banda consultada estaba al mando del arcángel Labbiel. Aleccionado por el horrible fin de sus predecesores, advirtió a su tropa: «Habéis visto qué desgracia les sobrevino a los ángeles que dijeron “¿Qué es el hombre, para que de él te acuerdes?”. Cuidémonos de hacer lo mismo, no sea que suframos el mismo terrible castigo. Pues Dios no dejará de hacer al final lo que ha planeado. Por tanto, nos conviene ceder a sus deseos». Así advertidos, los ángeles hablaron: «Señor del mundo, bien está que hayas pensado en crear al hombre. Créalo conforme a tu voluntad. Y en cuanto a nosotros, seremos sus servidores y sus ministros, y le revelaremos todos nuestros secretos». Entonces Dios cambió el nombre de Labbiel por el de Rafael, el Rescatador, porque su hueste de ángeles había sido rescatada por su sabio consejo. Fue nombrado Ángel de la Sanación, que tiene bajo su custodia todos los remedios celestiales, los modelos de los remedios medicinales que se usan en la tierra.
La creación de Adam
Cuando por fin se dio el asentimiento de los ángeles a la creación del hombre, Dios dijo a Gavriel: «Ve y tráeme polvo de los cuatro rincones de la tierra, y con él crearé al hombre». Gavriel salió a cumplir el mandato de HaShem, pero la tierra lo ahuyentó y se negó a dejarle recoger polvo de ella. Gavriel protestó: «¿Por qué, oh Tierra, no escuchas la voz de HaShem, que te fundó sobre las aguas sin sostenes ni columnas?». La tierra respondió y dijo: «Estoy destinada a convertirme en maldición, y a ser maldecida por causa del hombre, y si Dios mismo no toma el polvo de mí, ningún otro lo hará jamás». Cuando Dios oyó esto, extendió su mano, tomó del polvo del suelo, y con él creó al primer hombre. De propósito se tomó el polvo de los cuatro rincones de la tierra, para que, si un hombre del este llegara a morir en el oeste, o un hombre del oeste en el este, la tierra no se atreviera a negarse a recibir al muerto y a decirle que se fuera de donde había sido tomado. Dondequiera que un hombre muera, y dondequiera que sea sepultado, allí volverá a la tierra de la que brotó. También el polvo era de diversos colores —rojo, negro, blanco y verde—: rojo para la sangre, negro para las entrañas, blanco para los huesos y las venas, y verde para la piel pálida.
En este temprano instante intervino la Torá. Se dirigió a Dios: «¡Oh Señor del mundo! El mundo es tuyo, puedes hacer con él lo que sea bueno a tus ojos. Pero el hombre que ahora estás creando será de días contados, y lleno de aflicción y pecado. Si no es tu propósito tener paciencia y tolerancia con él, más valdría no llamarlo a la existencia». Dios respondió: «¿Acaso en vano me llaman paciente y misericordioso?».
La gracia y la bondad amorosa de Dios se revelaron en particular al tomar Él una cucharada de polvo del lugar donde en el tiempo venidero se alzaría el altar, diciendo: «Tomaré al hombre del lugar de la expiación, para que perdure».
El alma del hombre
El cuidado que Dios puso en dar forma a cada detalle del cuerpo del hombre es nada en comparación con su solicitud por el alma humana. El alma del hombre fue creada en el primer día, pues es el espíritu de Dios que se movía sobre la faz de las aguas. Así, en lugar de ser la última, el hombre es en verdad la primera obra de la creación.
Este espíritu, o, para llamarlo por su nombre habitual, el alma del hombre, posee cinco facultades distintas. Por medio de una de ellas, escapa del cuerpo cada noche, se eleva al cielo, y trae de allí nueva vida para el hombre.
Con el alma de Adam fueron creadas las almas de todas las generaciones de los hombres. Están almacenadas en un depósito, en el séptimo de los cielos, de donde se extraen a medida que se necesitan, para un cuerpo humano tras otro.
El alma y el cuerpo del hombre se unen de este modo: cuando una mujer ha concebido, el Ángel de la Noche, Lailah, lleva la simiente ante Dios, y Dios decreta qué clase de ser humano ha de resultar de ella —si será varón o mujer, fuerte o débil, rico o pobre, hermoso o feo, alto o bajo, gordo o flaco, y cuáles serán todas sus demás cualidades—. Solo la piedad y la maldad quedan libradas a la determinación del hombre mismo. Entonces Dios hace una señal al ángel encargado de las almas, diciendo: «Tráeme el alma tal y tal, que está oculta en el Paraíso, cuyo nombre es tal, y cuya forma es tal». El ángel trae el alma designada, y ella se inclina cuando aparece en presencia de Dios, y se postra ante Él. En ese momento, Dios emite la orden: «Entra en esta simiente». El alma abre su boca y suplica: «¡Oh Señor del mundo! Estoy muy contenta con el mundo en el que he vivido desde el día en que me llamaste a la existencia. ¿Por qué deseas ahora que entre en esta simiente impura, yo que soy santa y pura, y parte de tu gloria?». Dios la consuela: «El mundo en el que te haré entrar es mejor que el mundo en el que has vivido hasta ahora, y cuando te creé, fue solo para este fin». El alma es entonces forzada a entrar en la simiente contra su voluntad, y el ángel la lleva de vuelta al vientre de la madre. Se destinan dos ángeles a vigilar que no lo abandone ni se caiga de él, y se coloca una luz sobre ella, con la que el alma puede ver de un extremo del mundo al otro. Por la mañana, un ángel la lleva al Paraíso, y le muestra a los justos, que se sientan allí en su gloria, con coronas sobre sus cabezas. El ángel dice entonces al alma: «¿Sabes quiénes son estos?». Ella responde que no, y el ángel prosigue: «Estos que ves aquí fueron formados, como tú, en el vientre de su madre. Cuando vinieron al mundo, observaron la Torá de Dios y sus mandamientos. Por eso llegaron a ser partícipes de esta dicha que los ves gozar. Sabe que también tú un día partirás del mundo de abajo, y si observas la Torá de Dios, entonces serás hallada digna de sentarte con estos piadosos. Pero si no, serás condenada al otro lugar».
Por la tarde, el ángel lleva el alma al infierno, y allí le señala a los pecadores a quienes los Ángeles de la Destrucción azotan con látigos de fuego, mientras los pecadores gritan sin cesar «¡Ay! ¡Ay!», pero no se les muestra piedad alguna. El ángel pregunta entonces al alma como antes: «¿Sabes quiénes son estos?», y como antes la respuesta es negativa. El ángel continúa: «Estos que son consumidos por el fuego fueron creados como tú. Cuando fueron puestos en el mundo, no observaron la Torá de Dios ni sus mandamientos. Por eso han llegado a esta deshonra que los ves sufrir. Sabe que también tu destino es partir del mundo. Sé justa, por tanto, y no malvada, para que ganes el mundo futuro».
Entre la mañana y la tarde, el ángel lleva el alma de un lado a otro, y le muestra dónde vivirá y dónde morirá, y el lugar donde será sepultada, y la conduce por todo el mundo, y le señala a los justos y a los pecadores y todas las cosas. Por la tarde, la vuelve a colocar en el vientre de la madre, y allí permanece nueve meses.
Cuando llega el momento de que salga del vientre al mundo abierto, el mismo ángel se dirige al alma: «Ha llegado el momento de que salgas al mundo abierto». El alma se resiste: «¿Por qué quieres hacerme salir al mundo abierto?». El ángel responde: «Sabe que, así como fuiste formada contra tu voluntad, así ahora nacerás contra tu voluntad, y contra tu voluntad morirás, y contra tu voluntad rendirás cuentas de ti misma ante el Rey de reyes, Hakadosh Baruj Hu». Pero el alma es reacia a dejar su lugar. Entonces el ángel da un capirotazo al bebé en la nariz, apaga la luz que está sobre su cabeza, y lo trae al mundo contra su voluntad. Al instante el niño olvida todo lo que su alma ha visto y aprendido, y viene al mundo llorando, pues pierde un lugar de amparo, seguridad y descanso.
Cuando llega el momento de que el hombre deje este mundo, el mismo ángel aparece y le pregunta: «¿Me reconoces?». Y el hombre responde: «Sí; pero ¿por qué vienes a mí hoy, cuando no viniste ningún otro día?». El ángel dice: «Para llevarte del mundo, pues ha llegado el momento de tu partida». Entonces el hombre rompe a llorar, y su voz penetra hasta todos los confines del mundo, pero ninguna criatura oye su voz, salvo el gallo solamente. El hombre protesta ante el ángel: «De dos mundos me sacaste, y a este mundo me trajiste». Pero el ángel le recuerda: «¿No te dije que fuiste formado contra tu voluntad, y que nacerías contra tu voluntad, y que contra tu voluntad morirías? Y contra tu voluntad tendrás que rendir cuenta y razón de ti mismo ante Hakadosh Baruj Hu».
El hombre ideal
Como todas las criaturas formadas en los seis días de la creación, Adam salió de las manos del Creador plena y completamente desarrollado. No era como un niño, sino como un hombre de veinte años de edad. Las dimensiones de su cuerpo eran gigantescas, y llegaban del cielo a la tierra, o —lo que viene a ser lo mismo— de oriente a occidente. Entre las generaciones posteriores de hombres, hubo apenas unos pocos que en alguna medida se asemejaran a Adam en su extraordinario tamaño y en sus perfecciones físicas. Shimshón poseyó su fuerza; Shaúl, su cuello; Avshalom, su cabellera; Asael, su ligereza de pies; Uzías, su frente; Yoshiyahu, sus narices; Tsidkiyahu, sus ojos; y Zerubavel, su voz. La historia muestra que estas excelencias físicas no fueron bendición para muchos de sus poseedores; provocaron la ruina de casi todos. La extraordinaria fuerza de Shimshón causó su muerte; Shaúl se dio muerte cortándose el cuello con su propia espada; mientras corría veloz, Asael fue traspasado por la lanza de Avner; Avshalom quedó atrapado por su cabellera en una encina, y así, suspendido, halló la muerte; Uzías fue herido de lepra en la frente; los dardos que mataron a Yoshiyahu entraron por sus narices, y los ojos de Tsidkiyahu fueron cegados.
La generalidad de los hombres heredó tan poco de la belleza como del portentoso tamaño de su primer padre. Las mujeres más hermosas, comparadas con Sará, son como monos comparados con un ser humano. La relación de Sará con Javá es la misma, y, a su vez, Javá no era sino como un mono comparado con Adam. Su persona era tan bella que la planta misma de su pie oscurecía el esplendor del sol.
Sus cualidades espirituales iban al par de su encanto personal, pues Dios había formado su alma con particular esmero. Ella es la imagen de Dios, y así como Dios llena el mundo, así el alma llena el cuerpo humano; así como Dios ve todas las cosas y no es visto por nadie, así el alma ve, pero no puede ser vista; así como Dios guía el mundo, así el alma guía el cuerpo; así como Dios en su santidad es puro, así lo es el alma; y así como Dios habita en lo secreto, así habita el alma.
Cuando Dios estaba a punto de poner un alma en el cuerpo de barro de Adam, dijo: «¿Por qué punto le insuflaré el alma? ¿Por la boca? No, pues la usará para hablar mal de su prójimo. ¿Por los ojos? Con ellos guiñará con lujuria. ¿Por los oídos? Escucharán la calumnia y la blasfemia. Se la insuflaré por las narices; así como estas disciernen lo impuro y lo rechazan, y aspiran lo fragante, así el piadoso rehuirá el pecado y se adherirá a las palabras de la Torá».
Las perfecciones del alma de Adam se manifestaron tan pronto como la recibió, es más, cuando aún estaba sin vida. En la hora que medió entre el insuflar un alma al primer hombre y su volverse viviente, Dios le reveló toda la historia de la humanidad. Le mostró cada generación y sus dirigentes; cada generación y sus profetas; cada generación y sus maestros; cada generación y sus sabios; cada generación y sus estadistas; cada generación y sus jueces; cada generación y sus miembros piadosos; cada generación y sus miembros comunes y corrientes; y cada generación y sus miembros impíos. El cómputo de sus años, el número de sus días, la cuenta de sus horas y la medida de sus pasos, todo le fue dado a conocer.
Por su propia y libre voluntad, Adam renunció a setenta de los años que le habían sido asignados. Su plazo señalado había de ser de mil años, uno de los días de HaShem. Pero vio que a la gran alma de David solo se le había repartido un único minuto de vida, y le hizo un regalo de setenta años, reduciendo sus propios años a novecientos treinta.
La sabiduría de Adam se mostró con la mayor ventaja cuando dio nombre a los animales. Entonces quedó claro que Dios, al rebatir los argumentos de los ángeles que se oponían a la creación del hombre, había hablado bien cuando insistió en que el hombre poseería más sabiduría que ellos mismos. Cuando Adam apenas tenía una hora de vida, Dios reunió ante él y ante los ángeles a todo el mundo de los animales. Se pidió a estos últimos que nombraran las distintas especies, pero no estuvieron a la altura de la tarea. Adam, en cambio, habló sin vacilar: «¡Oh Señor del mundo! El nombre propio de este animal es buey; el de este, caballo; el de este, león; el de este, camello». Y así llamó a todos por turno por su nombre, ajustando el nombre a la peculiaridad del animal. Entonces Dios le preguntó cuál había de ser su propio nombre, y él dijo Adam, porque había sido creado de Adamá, polvo de la tierra. De nuevo, Dios le preguntó cuál era el Nombre de Dios mismo, y él dijo: «Adonái, Señor, porque Tú eres Señor sobre todas las criaturas» —el nombre mismo que Dios se había dado a sí mismo, el nombre con el que lo llaman los ángeles, el nombre que permanecerá inmutable por siempre—. Pero sin el don del espíritu santo, Adam no habría podido hallar nombres para todos; era en verdad un profeta, y su sabiduría, una cualidad profética.
Los nombres de los animales no fueron la única herencia que Adam legó a las generaciones posteriores, pues la humanidad le debe todos los oficios, en especial el arte de la escritura, y él fue el inventor de las setenta lenguas. Y aún otra tarea llevó a cabo para sus descendientes. Dios mostró a Adam toda la tierra, y Adam señaló qué lugares habrían de ser poblados más tarde por los hombres, y qué lugares habrían de permanecer yermos.
La caída del Satán
Las extraordinarias cualidades con que Adam fue bendecido, tanto físicas como espirituales, despertaron la envidia de los ángeles. Intentaron consumirlo con fuego, y habría perecido de no haber reposado sobre él la mano protectora de Dios, que estableció la paz entre él y la hueste celestial. En particular, el Satán tenía celos del primer hombre, y sus malos pensamientos lo llevaron finalmente a su caída. Después de que Adam hubo sido dotado de un alma, Dios invitó a todos los ángeles a venir a rendirle reverencia y homenaje. El Satán, el mayor de los ángeles del cielo, con doce alas en vez de seis como todos los demás, se negó a atender el mandato de Dios, diciendo: «Tú nos creaste ángeles del esplendor de la Shejiná, ¡y ahora nos ordenas postrarnos ante la criatura que formaste del polvo del suelo!». Dios respondió: «Sin embargo, este polvo del suelo tiene más sabiduría y entendimiento que tú». El Satán exigió una prueba de ingenio con Adam, y Dios accedió a ello, diciendo: «He creado bestias, aves y reptiles; los haré venir a todos ante ti y ante Adam. Si eres capaz de darles nombre, ordenaré a Adam que te rinda honor, y reposarás junto a la Shejiná de Mi gloria. Pero si no, y Adam los llama por los nombres que Yo les he asignado, entonces quedarás sujeto a Adam, y él tendrá un lugar en Mi jardín, y lo cultivará». Así habló Dios, y se encaminó al Paraíso, siguiéndolo el Satán. Cuando Adam vio a Dios, dijo a su esposa: «Oh, venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos ante HaShem, nuestro Hacedor». Entonces el Satán intentó asignar nombres a los animales. Fracasó con los dos primeros que se presentaron, el buey y la vaca. Dios condujo ante él otros dos, el camello y el asno, con el mismo resultado. Luego Dios se volvió hacia Adam, y lo interrogó acerca de los nombres de esos mismos animales, formulando sus preguntas de tal modo que la primera letra de la primera palabra fuera la misma que la primera letra del nombre del animal que tenía delante. Así Adam adivinó el nombre propio, y el Satán se vio forzado a reconocer la superioridad del primer hombre. No obstante, prorrumpió en gritos salvajes que llegaron hasta los cielos, y se negó a rendir homenaje a Adam como se le había ordenado. La hueste de ángeles dirigida por él hizo lo mismo, a pesar de las apremiantes exhortaciones de Mijael, que fue el primero en postrarse ante Adam para dar buen ejemplo a los demás ángeles. Mijael se dirigió al Satán: «¡Adora la imagen de Dios! Pero si no lo haces, entonces HaShem Dios estallará en cólera contra ti». El Satán respondió: «Si estalla en cólera contra mí, exaltaré mi trono por encima de las estrellas de Dios, seré semejante al Altísimo». Al instante Dios arrojó al Satán y a su hueste fuera del cielo, abajo, a la tierra, y desde ese momento data la enemistad entre el Satán y el hombre.
La mujer
Cuando Adam abrió los ojos por primera vez, y contempló el mundo a su alrededor, prorrumpió en alabanza a Dios: «¡Cuán grandes son tus obras, oh HaShem!». Pero su admiración por el mundo que lo rodeaba no superó la admiración que todas las criaturas concibieron por Adam. Lo tomaron por su creador, y todas vinieron a ofrecerle adoración. Pero él habló: «¿Por qué venís a adorarme? No; vosotros y yo juntos reconoceremos la majestad y el poder de Aquel que nos ha creado a todos. “Adonái reina”», continuó, «“de majestad está vestido”».
Y no solo las criaturas de la tierra: hasta los ángeles creyeron que Adam era el señor de todo, y estaban a punto de saludarlo con «Santo, santo, santo es Adonái de los ejércitos», cuando Dios hizo caer sobre él el sueño, y entonces los ángeles supieron que no era sino un ser humano.
El propósito del sueño que envolvió a Adam era darle una esposa, para que la raza humana se desarrollara, y todas las criaturas reconocieran la diferencia entre Dios y el hombre. Cuando la tierra oyó lo que Dios había resuelto hacer, empezó a temblar y a estremecerse. «No tengo la fuerza», dijo, «para proveer de alimento a la manada de los descendientes de Adam». Pero Dios la apaciguó con estas palabras: «Yo y tú juntos hallaremos alimento para la manada». En consecuencia, el tiempo se dividió entre Dios y la tierra: Dios tomó la noche, y la tierra tomó el día. El sueño reparador nutre y fortalece al hombre, le brinda vida y descanso, mientras la tierra produce sus frutos con la ayuda de Dios, que la riega. Con todo, el hombre debe trabajar la tierra para ganar su alimento.
La resolución divina de conceder una compañera a Adam venía al encuentro de los deseos del hombre, a quien un sentimiento de aislamiento había embargado cuando los animales acudían a él en parejas para ser nombrados. Para desterrar su soledad, Lilith le fue dada primero a Adam por esposa. Como él, había sido creada del polvo del suelo. Pero permaneció con él solo un breve tiempo, porque insistía en gozar de plena igualdad con su marido. Derivaba sus derechos de su idéntico origen. Con la ayuda del Nombre Inefable, que pronunció, Lilith huyó volando de Adam, y se desvaneció en el aire. Adam se quejó ante Dios de que la esposa que le había dado lo había abandonado, y Dios envió tres ángeles a capturarla. La hallaron en el mar de los Juncos, y trataron de hacerla volver con la amenaza de que, si no iba, perdería cien de sus hijos demonios cada día por la muerte. Pero Lilith prefirió este castigo a vivir con Adam. Se venga dañando a los niños de pecho —a los varones durante la primera noche de su vida, mientras que las niñas quedan expuestas a sus perversos designios hasta los veinte días de edad—. El único modo de conjurar el mal es atar a los niños un amuleto que lleve los nombres de sus tres ángeles captores, pues tal había sido el acuerdo entre ellos.
La mujer destinada a convertirse en la verdadera compañera del hombre fue tomada del cuerpo de Adam, pues «solo cuando lo semejante se une a lo semejante la unión es indisoluble». La creación de la mujer a partir del hombre fue posible porque Adam tenía originalmente dos rostros, que se separaron al nacer Javá.
Cuando Dios estaba a punto de hacer a Javá, dijo: «No la haré de la cabeza del hombre, no sea que lleve la cabeza alta con soberbio orgullo; ni del ojo, no sea que sea de mirada lasciva; ni del oído, no sea que sea fisgona; ni del cuello, no sea que sea insolente; ni de la boca, no sea que sea habladora; ni del corazón, no sea que sea propensa a la envidia; ni de la mano, no sea que sea entrometida; ni del pie, no sea que sea callejera. La formaré de una parte casta del cuerpo», y a cada miembro y órgano que formaba, Dios decía: «¡Sé casta! ¡Sé casta!». No obstante, a pesar de la gran cautela empleada, la mujer tiene todos los defectos que Dios trató de evitar. Las hijas de Tsiyón eran altivas y andaban con el cuello estirado y ojos lascivos; Sará fue fisgona en su propia tienda, cuando el ángel habló con Avraham; Miriam fue chismosa, acusando a Moshé; Rajel tuvo envidia de su hermana Leá; Javá extendió la mano para tomar el fruto prohibido, y Diná fue callejera.
La formación física de la mujer es mucho más compleja que la del hombre, como debe serlo para la función de dar a luz, y asimismo la inteligencia de la mujer madura más pronto que la del hombre. Muchas de las diferencias físicas y psíquicas entre los dos sexos deben atribuirse al hecho de que el hombre fue formado del suelo y la mujer, del hueso. Las mujeres necesitan perfumes, y los hombres no; el polvo del suelo permanece igual por mucho tiempo que se conserve; la carne, en cambio, requiere sal para mantenerse en buen estado. La voz de las mujeres es aguda, no así la de los hombres; cuando se cuecen viandas blandas, no se oye ningún sonido, pero pon un hueso en la olla y al punto crepita. Un hombre se aplaca con facilidad, no así una mujer; unas pocas gotas de agua bastan para ablandar un terrón de tierra; el hueso queda duro, aunque se remojara en agua durante días. El hombre debe pedir a la mujer que sea su esposa, y no la mujer al hombre que sea su marido, porque es el hombre quien ha sufrido la pérdida de su costilla, y sale en busca de recuperar de nuevo lo perdido. Las mismas diferencias entre los sexos en el atuendo y en las formas sociales remontan sus razones al origen del hombre y de la mujer. La mujer se cubre el cabello en señal de que Javá trajo el pecado al mundo; trata de ocultar su vergüenza; y las mujeres preceden a los hombres en el cortejo fúnebre, porque fue la mujer quien trajo la muerte al mundo. Y los mandamientos religiosos dirigidos solo a las mujeres están ligados a la historia de Javá. Adam fue la ofrenda elevada del mundo, y Javá la profanó. Como expiación, a todas las mujeres se les manda separar una ofrenda elevada de la masa. Y porque la mujer apagó la luz del alma del hombre, se le ordena encender la luz de Shabat.
Adam fue hecho primero caer en un sueño profundo antes de que la costilla para Javá fuese tomada de su costado. Pues, de haber presenciado su creación, ella no habría despertado amor en él. Hasta el día de hoy es cierto que los hombres no aprecian los encantos de las mujeres a quienes han conocido y observado desde la infancia. En efecto, Dios había creado una esposa para Adam antes de Javá, pero él no la quiso, porque había sido hecha en su presencia. Conociendo bien todos los detalles de su formación, sintió repulsión por ella. Pero cuando se despabiló de su profundo sueño, y vio a Javá ante él en toda su sorprendente belleza y gracia, exclamó: «¡Esta es la que hizo palpitar mi corazón tantas noches!». Sin embargo, discernió al instante cuál era la naturaleza de la mujer. Ella, lo sabía, buscaría salirse con la suya con el hombre ya con ruegos y lágrimas, ya con halagos y caricias. Dijo, por tanto: «¡Esta es mi campana que nunca calla!».
La boda de la primera pareja se celebró con una pompa jamás repetida en todo el curso de la historia desde entonces. Dios mismo, antes de presentarla a Adam, atavió y adornó a Javá como a una novia. Es más, apeló a los ángeles, diciendo: «Venid, prestemos servicios de amistad a Adam y a su compañera, pues el mundo se sostiene sobre los servicios amistosos, y estos me son más gratos que los sacrificios que Israel ofrecerá sobre el altar». Los ángeles rodearon, en consecuencia, el palio nupcial, y Dios pronunció las bendiciones sobre la pareja de novios, como hace el jazán bajo la jupá. Los ángeles danzaron entonces y tocaron instrumentos musicales ante Adam y Javá en sus diez cámaras nupciales de oro, perlas y piedras preciosas, que Dios había preparado para ellos.
Adam llamó a su esposa Ishá, y a sí mismo se llamó Ish, abandonando el nombre Adam, que había llevado antes de la creación de Javá, por la razón de que Dios añadió su propio nombre, Yah, a los nombres del hombre y de la mujer —la Yod a Ish y la He a Ishá— para indicar que, mientras anduvieran por los caminos de Dios y observaran sus mandamientos, su nombre los protegería de todo daño. Pero si se descarriaban, su nombre les sería retirado, y en lugar de Ish quedaría Esh, fuego, un fuego que sale de cada uno y consume al otro.
Adam y Javá en el Paraíso
El Jardín del Edén fue la morada del primer hombre y de la primera mujer, y las almas de todos los hombres deben pasar por él después de la muerte, antes de llegar a su destino final. Pues las almas de los difuntos han de atravesar siete portales antes de llegar al cielo Aravot. Allí las almas de los piadosos se transforman en ángeles, y allí permanecen para siempre, alabando a Dios y deleitando su vista en la gloria de la Shejiná. El primer portal es la cueva de Majpelá, en las cercanías del Paraíso, que está bajo el cuidado y la supervisión de Adam. Si el alma que se presenta ante el portal es digna, él exclama: «¡Haced sitio! ¡Bienvenida seas!». El alma prosigue entonces hasta llegar a la puerta del Paraíso, custodiada por los querubines y la espada flameante. Si no es hallada digna, es consumida por la espada; de lo contrario, recibe un salvoconducto, que la admite al Paraíso terrenal. Hay allí una columna de humo y de luz que se extiende desde el Paraíso hasta la puerta del cielo, y depende del carácter del alma que pueda ascender por ella y alcanzar el cielo. El tercer portal, Zebul, está a la entrada del cielo. Si el alma es digna, el guardián abre el portal y la admite al Templo celestial. Mijael la presenta a Dios, y la conduce al séptimo portal, Aravot, dentro del cual las almas de los piadosos, transformadas en ángeles, alaban a HaShem, y se alimentan de la gloria de la Shejiná.
En el Paraíso se yerguen el árbol de la vida y el árbol del conocimiento, formando este último un seto en torno al primero. Solo quien se ha abierto camino a través del árbol del conocimiento puede acercarse al árbol de la vida, que es tan enorme que un hombre tardaría quinientos años en recorrer una distancia igual al diámetro de su tronco, y no menos vasto es el espacio que da sombra su copa de ramas. De debajo de él mana el agua que riega toda la tierra, dividiéndose de allí en cuatro corrientes: el Ganges, el Nilo, el Tigris y el Éufrates. Pero fue solo durante los días de la creación cuando el reino de las plantas dependió de las aguas de la tierra para su sustento. Más adelante, Dios hizo que las plantas dependieran de la lluvia, las aguas de arriba. Las nubes se elevan de la tierra al cielo, donde se vierte agua en ellas como desde un conducto. Las plantas empezaron a sentir el efecto del agua solo después de que Adam fue creado. Aunque habían sido producidas en el tercer día, Dios no les permitió germinar ni aparecer sobre la superficie de la tierra, hasta que Adam le rogó que les diera alimento, pues Dios anhela las oraciones de los piadosos.
El Paraíso siendo lo que era, es natural que Adam no tuviera necesidad de trabajar la tierra. Cierto, HaShem Dios puso al hombre en el Jardín del Edén para que lo labrara y lo cuidara, pero eso solo significa que allí debía estudiar la Torá y cumplir los mandamientos de Dios. Había en especial seis mandamientos que todo ser humano ha de guardar: el hombre no debe rendir culto a los ídolos, ni blasfemar contra Dios, ni cometer homicidio, ni incesto, ni hurto y robo; y todas las generaciones tienen el deber de instituir medidas de ley y orden. Había un mandamiento más de esta clase, pero era una disposición temporal. Adam solo debía comer las hierbas del campo. Mas la prohibición de usar animales como alimento fue revocada en tiempos de Nóaj, después del diluvio. Con todo, Adam no quedó privado del disfrute de los platos de carne. Aunque no le estaba permitido degollar animales para saciar su apetito, los ángeles le traían carne y vino, y le servían como criados. Y así como los ángeles atendían a sus necesidades, también lo hacían los animales. Estaban por completo bajo su dominio, y tomaban su alimento de la mano de Adam y de la de Javá. En todo sentido, el mundo animal tenía con Adam una relación distinta de la que tuvo con sus descendientes. No solo conocían la lengua del hombre, sino que respetaban la imagen de Dios, y temían a la primera pareja humana —todo lo cual se trocó en lo contrario tras la caída del hombre.
La caída del hombre
Entre los animales, la serpiente era notable. De todos ellos era la de cualidades más excelentes, y en algunas se parecía al hombre. Como el hombre, se erguía sobre dos pies, y en estatura igualaba al camello. De no haber sido por la caída del hombre —que también a ella le trajo desgracia—, una sola pareja de serpientes habría bastado para hacer todo el trabajo que el hombre tiene que hacer y, además, le habrían proporcionado plata, oro, gemas y perlas. Lo cierto es que fue justamente la capacidad de la serpiente lo que llevó a la ruina del hombre y a su propia ruina. Sus dotes mentales superiores la hicieron caer en la incredulidad. Eso explica también su envidia del hombre, en especial de sus relaciones conyugales. La envidia la llevó a cavilar modos y medios de causar la muerte de Adam. Conocía demasiado bien el carácter del hombre para intentar sobre él sus artes de persuasión, y se acercó a la mujer, sabiendo que a las mujeres se las engaña con facilidad. La conversación con Javá fue urdida con astucia; ella no podía sino caer en la trampa. Comenzó la serpiente: «¿Es cierto que Dios ha dicho: No comeréis de todo árbol del jardín?». «Podemos —respondió Javá— comer del fruto de todos los árboles del jardín, salvo el que está en medio del jardín, que ni siquiera podemos tocar, no sea que muramos». Hablaba así porque, en su celo por guardarla de transgredir el mandamiento divino, Adam le había prohibido a Javá tocar el árbol, aunque Dios solo había mencionado el comer del fruto. Sigue siendo verdad lo que dice el proverbio: «Mejor un muro de diez palmos que se mantiene en pie, que un muro de cien codos que no se sostiene». Fue la exageración de Adam lo que dio a la serpiente la posibilidad de persuadir a Javá a probar el fruto prohibido. La serpiente empujó a Javá contra el árbol y dijo: «Ves que tocar el árbol no te ha causado la muerte. Tampoco te dañará comer el fruto del árbol. Nada sino la malevolencia ha dictado la prohibición, pues en cuanto comáis de él, seréis como Dios. Así como Él crea y destruye mundos, así tendréis vosotros el poder de crear y destruir. Así como Él mata y da vida, así tendréis vosotros el poder de matar y dar vida. Él mismo comió primero del fruto del árbol, y luego creó el mundo. Por eso os prohíbe comer de él: no sea que creéis otros mundos. Todos saben que 'los artesanos del mismo gremio se aborrecen entre sí'. Además, ¿no habéis observado que cada criatura tiene dominio sobre la criatura formada antes que ella? Los cielos fueron hechos el primer día, y se mantienen en su sitio por el firmamento hecho el segundo día. El firmamento, a su vez, es gobernado por las plantas, creación del tercer día, pues absorben toda el agua del firmamento. El sol y los demás cuerpos celestes, creados el cuarto día, tienen poder sobre el mundo de las plantas: solo mediante su influjo pueden estas madurar sus frutos y prosperar. La creación del quinto día, el mundo animal, gobierna sobre las esferas celestes. Buena prueba es el ziz, que puede oscurecer el sol con sus alas. Pero vosotros sois señores de toda la creación, porque fuisteis los últimos en ser creados. Apresuraos ahora y comed del fruto del árbol que está en medio del jardín, y haceos independientes de Dios, no sea que Él haga surgir aún otras criaturas para que os dominen».
Para dar más peso a estas palabras, la serpiente empezó a sacudir el árbol con violencia y a hacer caer su fruto. Comió de él, diciendo: «Así como yo no muero por comer el fruto, tampoco morirás tú». Ahora Javá no pudo sino decirse: «Todo lo que mi señor —así llamaba a Adam— me ordenó no son sino mentiras», y resolvió seguir el consejo de la serpiente. Con todo, no lograba decidirse a desobedecer del todo el mandamiento de Dios. Hizo un pacto con su conciencia. Primero comió solo la piel exterior del fruto y luego, al ver que la muerte no la abatía, comió el fruto mismo. Apenas había terminado cuando vio ante sí al Ángel de la Muerte. Esperando que su fin llegara de inmediato, resolvió hacer comer también a Adam del fruto prohibido, no fuera que tomara otra esposa tras su muerte. Le costó lágrimas y lamentos convencer a Adam de dar el paso funesto. Aún no satisfecha, dio del fruto a todos los demás seres vivos, para que ellos también quedaran sujetos a la muerte. Todos comieron, y todos son mortales, con la excepción del ave malham, que rehusó el fruto con estas palabras: «¿No os basta con haber pecado contra Dios y haber traído la muerte a otros? ¿Todavía habéis de venir a mí y buscar persuadirme de desobedecer el mandamiento de Dios, para que coma y muera de él? No haré lo que me pedís». Se oyó entonces una voz celestial que decía a Adam y a Javá: «A vosotros se os dio el mandamiento. No lo guardasteis; lo transgredisteis, y buscasteis persuadir al ave malham. Ella se mantuvo firme, y me temió, aunque no le di mandamiento alguno. Por eso jamás gustará de la muerte, ni ella ni sus descendientes: todos vivirán para siempre en el Paraíso».
Adam le dijo a Javá: «¿Me diste del árbol del que te prohibí comer? Me diste de él, pues mis ojos están abiertos y los dientes de mi boca tienen dentera». Javá respondió: «Así como mis dientes tienen dentera, así tengan dentera los dientes de todos los seres vivos». El primer efecto fue que Adam y Javá quedaron desnudos. Antes, sus cuerpos habían estado revestidos de una piel córnea y envueltos en la nube de gloria. Apenas violaron el mandamiento que se les había dado, la nube de gloria y la piel córnea cayeron de ellos, y quedaron allí en su desnudez, avergonzados. Adam intentó recoger hojas de los árboles para cubrir parte de sus cuerpos, pero oyó decir a un árbol tras otro: «Ahí está el ladrón que engañó a su Creador. No, el pie de la soberbia no vendrá contra mí, ni la mano del malvado me tocará. ¡Vete, y no tomes hojas de mí!». Solo la higuera le concedió permiso de tomar de sus hojas. Y ello porque la higuera era el fruto prohibido mismo. A Adam le sucedió lo mismo que a aquel príncipe que sedujo a una de las sirvientas del palacio. Cuando el rey, su padre, lo echó, buscó en vano refugio con las demás sirvientas, y solo aquella que había causado su deshonra quiso prestarle ayuda.
El castigo
Mientras Adam permaneció desnudo, buscando la manera de escapar de su turbación, Dios no se le apareció, pues no se debe «pretender ver a un hombre en la hora de su deshonra». Esperó hasta que Adam y Javá se hubieron cubierto con hojas de higuera. Pero aun antes de que Dios le hablara, Adam sabía lo que se avecinaba. Oyó a los ángeles anunciar: «Dios se dirige hacia los que moran en el Paraíso». Y oyó más aún. Oyó lo que los ángeles se decían unos a otros sobre su caída, y lo que le decían a Dios. Asombrados, los ángeles exclamaban: «¡Cómo! ¿Todavía anda por el Paraíso? ¿Aún no ha muerto?». A lo cual Dios respondió: «Le dije: 'El día que comas de él, ciertamente morirás'. Ahora bien, no sabéis a qué clase de día me refería: si a uno de mis días, de mil años, o a uno de vuestros días. Le daré uno de mis días. Tendrá novecientos treinta años de vida, y setenta dejará a sus descendientes».
Cuando Adam y Javá oyeron a Dios acercarse, se escondieron entre los árboles —lo que no habría sido posible antes de la caída—. Antes de cometer su falta, la estatura de Adam iba de los cielos a la tierra, pero después quedó reducida a cien codos. Otra consecuencia de su pecado fue el temor que Adam sintió al oír la voz de Dios: antes de su caída no lo había inquietado en lo más mínimo. Por eso, cuando Adam dijo: «Oí tu voz en el jardín, y tuve miedo», Dios replicó: «Antes no tenías miedo, ¿y ahora tienes miedo?».
Al principio Dios se abstuvo de reproches. De pie a la puerta del Paraíso, solo preguntó: «¿Dónde estás, Adam?». Con ello quiso Dios enseñar al hombre una regla de buena conducta: no entrar jamás en la casa de otro sin anunciarse. No puede negarse que las palabras «¿Dónde estás?» iban cargadas de sentido. Pretendían hacer ver a Adam la enorme diferencia entre su estado postrero y el anterior: entre su tamaño sobrenatural de entonces y su tamaño mermado de ahora; entre el señorío de Dios sobre él entonces y el señorío de la serpiente sobre él ahora. Al mismo tiempo, Dios quería dar a Adam la oportunidad de arrepentirse de su pecado, y habría recibido por ello el perdón divino. Pero, lejos de arrepentirse, Adam calumnió a Dios y profirió blasfemias contra Él. Cuando Dios le preguntó: «¿Has comido del árbol del que te ordené que no comieras?», no confesó su pecado, sino que se excusó con estas palabras: «¡Oh Señor del mundo! Mientras estuve solo, no caí en pecado, pero en cuanto esta mujer vino a mí, me tentó». Dios respondió: «Te la di como ayuda, y eres ingrato al acusarla diciendo: 'Ella me dio del árbol'. No debiste obedecerla, pues tú eres la cabeza, y no ella». Dios, que conoce todas las cosas, había previsto exactamente esto, y no había creado a Javá hasta que Adam le pidió una compañera, para que él no tuviera un motivo en apariencia justo de reprochar a Dios el haber creado a la mujer.
Así como Adam intentó descargar de sí la culpa de su mal proceder, así también Javá. Ella, como su marido, no confesó su transgresión ni oró por perdón, que le habría sido concedido. Con todo lo clemente que es, Dios no pronunció la condena sobre Adam y Javá hasta que se mostraron obstinados. No así con la serpiente. Dios lanzó la maldición sobre la serpiente sin oír su defensa, pues la serpiente es un malvado, y los malvados son buenos debatidores. Si Dios la hubiera interrogado, la serpiente habría respondido: «Tú les diste un mandamiento, y yo lo contradije. ¿Por qué me obedecieron a mí, y no a Ti?». Por eso Dios no entró en discusión con la serpiente, sino que decretó al punto los diez castigos siguientes: la boca de la serpiente fue cerrada, y se le quitó el habla; sus manos y pies fueron cortados; se le dio la tierra por alimento; ha de sufrir gran dolor al mudar la piel; ha de existir enemistad entre ella y el hombre; si come los manjares más selectos o bebe las bebidas más dulces, todo se le vuelve polvo en la boca; la preñez de la serpiente hembra dura siete años; los hombres buscarán matarla en cuanto la divisen; aun en el mundo futuro, donde todos los seres serán bienaventurados, no escapará al castigo decretado contra ella; desaparecerá de la Tierra Santa si Israel anda por los caminos de Dios.
Además, Dios habló a la serpiente: «Te creé para que fueras rey sobre todos los animales, tanto el ganado como las bestias del campo; pero no te contentaste. Por eso serás maldita sobre todo el ganado y sobre toda bestia del campo. Te creé de porte erguido; pero no te contentaste. Por eso andarás sobre tu vientre. Te creé para que comieras el mismo alimento que el hombre; pero no te contentaste. Por eso comerás polvo todos los días de tu vida. Buscaste causar la muerte de Adam para desposar a su mujer. Por eso pondré enemistad entre ti y la mujer». ¡Qué cierto es que quien codicia lo que no le corresponde, no solo no alcanza su deseo, sino que además pierde lo que tiene!
Así como los ángeles habían estado presentes cuando se pronunció la condena sobre la serpiente —pues Dios había convocado un Sanhedrín de setenta y un ángeles al sentarse en juicio sobre ella—, así también la ejecución del decreto contra ella fue confiada a los ángeles. Descendieron del cielo y le cortaron manos y pies. Su sufrimiento fue tan grande que sus gritos de agonía se oían de un extremo del mundo al otro.
El veredicto contra Javá consistió también en diez maldiciones, cuyo efecto se percibe hasta el día de hoy en el estado físico, espiritual y social de la mujer. No fue Dios mismo quien anunció su destino a Javá. La única mujer con quien Dios habló alguna vez fue Sará. En el caso de Javá, se valió de los servicios de un intérprete.
Por último, también el castigo de Adam fue décuplo: perdió su vestidura celestial —Dios se la arrancó—; con dolor había de ganar el pan de cada día; el alimento que comía se le tornaba de bueno en malo; sus hijos habían de errar de tierra en tierra; su cuerpo había de exudar sudor; había de tener una inclinación al mal; en la muerte su cuerpo había de ser pasto de los gusanos; los animales habían de tener poder sobre él, pudiendo matarlo; sus días habían de ser pocos y llenos de aflicción; y al final había de rendir cuentas de todos sus actos en la tierra.
Estos tres pecadores no fueron los únicos a quienes se impuso castigo. A la tierra no le fue mejor, pues había sido culpable de varias faltas. En primer lugar, no había obedecido enteramente el mandamiento de Dios dado el tercer día, de producir «árbol de fruto». Lo que Dios había deseado era un árbol cuya madera fuera tan agradable al paladar como su fruto. La tierra, sin embargo, produjo un árbol que daba fruto, sin ser comestible el árbol mismo. Además, la tierra no cumplió todo su deber en relación con el pecado de Adam. Dios había designado al sol y a la tierra por testigos para deponer contra Adam en caso de que cometiera una falta. El sol, en consecuencia, se había oscurecido en el instante en que Adam se hizo culpable de desobediencia, pero la tierra, no sabiendo cómo dar cuenta de la caída de Adam, la desatendió por completo. También la tierra hubo de sufrir un castigo décuplo: independiente antes, en adelante había de esperar a ser regada por la lluvia de arriba; a veces los frutos de la tierra fallan; el grano que produce es herido por el tizón y el añublo; ha de producir toda clase de sabandijas nocivas; desde entonces había de quedar dividida en valles y montañas; ha de criar árboles estériles, que no dan fruto; espinos y cardos brotan de ella; mucho se siembra en la tierra, pero poco se cosecha; en tiempos venideros la tierra habrá de descubrir su sangre, y ya no cubrirá a sus muertos; y, por fin, un día «se envejecerá como un vestido».
Cuando Adam oyó las palabras «Espinos y cardos producirá» acerca del suelo, le brotó un sudor en el rostro y dijo: «¡Cómo! ¿Habré de comer yo y mi ganado del mismo pesebre?». HaShem tuvo misericordia de él y dijo: «En vista del sudor de tu rostro, comerás pan».
La tierra no es lo único creado que fue hecho padecer por el pecado de Adam. La misma suerte le tocó a la luna. Cuando la serpiente sedujo a Adam y a Javá, y expuso su desnudez, ellos lloraron amargamente, y con ellos lloraron los cielos, y el sol y las estrellas, y todos los seres y cosas creados hasta el trono de Dios. Los ángeles mismos y los seres celestiales se afligieron por la transgresión de Adam. Solo la luna rió, por lo cual Dios se airó y oscureció su luz. En vez de brillar de continuo como el sol, a lo largo de todo el día, envejece pronto, y ha de nacer y renacer, una y otra vez. La conducta insensible de la luna ofendió a Dios, no solo por contraste con la compasión de todas las demás criaturas, sino porque Él mismo estaba lleno de piedad por Adam y su mujer. Les hizo vestiduras con la piel arrancada a la serpiente. Y aún habría hecho más. Les habría permitido quedarse en el Paraíso, con tal de que se hubieran arrepentido. Pero rehusaron arrepentirse, y hubieron de partir, no fuera que su entendimiento semejante al de Dios los impulsara a saquear el árbol de la vida, y aprendieran a vivir para siempre. Con todo, cuando Dios los despidió del Paraíso, no dejó que el atributo divino de la justicia prevaleciera del todo. Le asoció la misericordia. Al partir ellos, Él dijo: «¡Oh, qué lástima que Adam no fuera capaz de guardar el mandamiento que se le impuso ni siquiera por un breve lapso de tiempo!».
Para guardar la entrada del Paraíso, Dios apostó a los querubines, llamados también la espada flamígera que gira sin cesar, porque los ángeles pueden mudar de una forma en otra según haga falta. En lugar del árbol de la vida, Dios dio a Adam la Torá, que asimismo es árbol de vida para quienes se aferran a ella, y le fue permitido establecer su morada en las cercanías del Paraíso, al oriente.
Pronunciada la sentencia sobre Adam, Javá y la serpiente, HaShem ordenó a los ángeles que echaran al hombre y a la mujer del Paraíso. Ellos empezaron a llorar y a suplicar amargamente, y los ángeles se compadecieron de ellos y dejaron sin cumplir el mandato divino, hasta poder rogar a Dios que suavizara su severo veredicto. Pero HaShem fue inexorable, y dijo: «¿Acaso fui yo quien cometió la falta, o pronuncié un juicio falso?». También la oración de Adam, de que se le diera del fruto del árbol de la vida, fue desestimada, con la promesa, sin embargo, de que si llevaba una vida piadosa, se le daría del fruto en el día de la resurrección, y entonces viviría para siempre.
Viendo que Dios había resuelto de modo inalterable, Adam empezó a llorar de nuevo e imploró a los ángeles que le concedieran al menos permiso de llevar consigo especias aromáticas fuera del Paraíso, para que también afuera pudiera ofrecer ofrendas a Dios, y sus oraciones fueran aceptadas ante HaShem. Entonces los ángeles se presentaron ante Dios y dijeron: «Rey por toda la eternidad, ordénanos dar a Adam especias aromáticas del Paraíso», y Dios escuchó su ruego. Así Adam reunió azafrán, nardo, cálamo y canela, y toda clase de semillas además para su sustento. Cargados con esto, Adam y Javá dejaron el Paraíso y vinieron a la tierra. Habían disfrutado de los esplendores del Paraíso apenas un breve lapso de tiempo, apenas unas horas. Fue en la primera hora del sexto día de la creación cuando Dios concibió la idea de crear al hombre; en la segunda hora, tomó consejo con los ángeles; en la tercera, reunió el polvo para el cuerpo del hombre; en la cuarta, formó a Adam; en la quinta, lo revistió de piel; en la sexta, la figura sin alma quedó completa, de modo que podía tenerse erguida; en la séptima, se le insufló un alma; en la octava, el hombre fue conducido al Paraíso; en la novena, se le dio el mandamiento divino que prohibía el fruto del árbol que está en medio del jardín; en la décima, transgredió el mandamiento; en la undécima, fue juzgado; y en la duodécima hora del día, fue expulsado del Paraíso, en expiación de su pecado.
Este día tan cargado de acontecimientos fue el primero del mes de Tishrí. Por eso Dios habló a Adam: «Serás el prototipo de tus hijos. Así como Yo te he juzgado en este día y te he absuelto, así tus hijos Israel serán juzgados por Mí en este día de Año Nuevo, y serán absueltos».
Cada día de la creación produjo tres cosas: el primero, el cielo, la tierra y la luz; el segundo, el firmamento, el Guehinom y los ángeles; el tercero, los árboles, las hierbas y el Paraíso; el cuarto, el sol, la luna y las estrellas; y el quinto, los peces, las aves y el leviatán. Como Dios se proponía descansar el séptimo día, el Shabat, el sexto día tuvo que hacer doble labor. Produjo seis creaciones: Adam, Javá, el ganado, los reptiles, las bestias del campo y los demonios. Los demonios fueron hechos poco antes de que entrara el Shabat, y por eso son espíritus incorpóreos: HaShem no tuvo tiempo de crearles cuerpos.
En el crepúsculo, entre el sexto día y el Shabat, fueron producidas diez creaciones: el arco iris, invisible hasta los tiempos de Nóaj; el maná; los manantiales de agua, de donde Israel sacó agua para su sed en el desierto; la escritura sobre las dos tablas de piedra dadas en el Sinaí; el buril con que se grabó la escritura; las dos tablas mismas; la boca de la asna de Bilam; la tumba de Moshé; la cueva en que moraron Moshé y Eliyahu; y la vara de Aharón, con sus flores y sus almendras maduras.
Shabat en el cielo
Antes de que el mundo fuera creado, no había quien alabara a Dios y lo conociera. Por eso creó a los ángeles y a las santas jayot, los cielos y su ejército, y también a Adam. Todos ellos habían de alabar y glorificar a su Creador. Durante la semana de la creación, sin embargo, no hubo tiempo propicio para proclamar el esplendor y la alabanza de HaShem. Solo en Shabat, cuando toda la creación reposó, los seres de la tierra y del cielo, todos juntos, prorrumpieron en canto y adoración cuando Dios ascendió a su trono y se sentó en él. Era el Trono de la Alegría en que se sentó, e hizo pasar ante Sí a todos los ángeles: el ángel del agua, el ángel de los ríos, el ángel de las montañas, el ángel de las colinas, el ángel de los abismos, el ángel de los desiertos, el ángel del sol, el ángel de la luna, el ángel de las Pléyades, el ángel de Orión, el ángel de las hierbas, el ángel del Paraíso, el ángel del Guehinom, el ángel de los árboles, el ángel de los reptiles, el ángel de las fieras, el ángel de los animales domésticos, el ángel de los peces, el ángel de las langostas, el ángel de las aves, el ángel jefe de los ángeles, el ángel de cada cielo, el ángel jefe de cada división de las huestes celestiales, el ángel jefe de las santas jayot, el ángel jefe de los querubines, el ángel jefe de los ofanim, y todos los demás jefes de ángeles, espléndidos, terribles y poderosos. Todos comparecieron ante Dios con gran gozo, bañados en un río de alegría, y se regocijaron y danzaron y cantaron, y ensalzaron a HaShem con muchas alabanzas y muchos instrumentos. Los ángeles ministrantes comenzaron: «¡Sea la gloria de Adonái para siempre!». Y el resto de los ángeles prosiguió el canto con las palabras: «¡Alégrese Adonái en sus obras!». Aravot, el séptimo cielo, se llenó de gozo y gloria, de esplendor y fuerza, de poder y potencia y orgullo y magnificencia y grandeza, de alabanza y júbilo, de canto y regocijo, de firmeza y justicia, de honor y adoración.
Entonces Dios ordenó al Ángel del Shabat que se sentara en un trono de gloria, y trajo ante él a los jefes de los ángeles de todos los cielos y de todos los abismos, y les mandó danzar y regocijarse, diciendo: «¡Shabat es para Adonái!», y los excelsos príncipes de los cielos respondieron: «¡Para Adonái es Shabat!». Aun a Adam le fue permitido ascender al cielo más alto, para tomar parte en el regocijo por el Shabat.
Al otorgar el gozo del Shabat a todos los seres, sin exceptuar a Adam, así consagró HaShem su creación. Viendo la majestad del Shabat, su honor y su grandeza, y el gozo que confería a todos, siendo la fuente de todo gozo, Adam entonó un cántico de alabanza al día de Shabat. Entonces Dios le dijo: «¿Entonas un cántico de alabanza al día de Shabat, y no me cantas ninguno a Mí, el Dios del Shabat?». Al punto el Shabat se levantó de su asiento y se postró ante Dios, diciendo: «Bueno es dar gracias a Adonái», y toda la creación añadió: «¡Y cantar alabanzas a tu Nombre, oh Altísimo!».
Este fue el primer Shabat, y esta su celebración en el cielo por Dios y los ángeles. Al mismo tiempo se les hizo saber a los ángeles que en días venideros Israel santificaría el día de manera semejante. Dios les dijo: «Apartaré para Mí un pueblo de entre todos los pueblos. Este pueblo observará el Shabat, y Yo lo santificaré para que sea mi pueblo, y Yo seré Dios para él. De todo cuanto he visto, he elegido por entero a la simiente de Israel, y lo he inscrito como mi hijo primogénito, y lo santifiqué para Mí por toda la eternidad, a él y al Shabat, para que guarde el Shabat y lo santifique de toda labor».
Para Adam el Shabat tuvo una significación particular. Cuando fue hecho salir del Paraíso en el crepúsculo de la víspera de Shabat, los ángeles le gritaron: «¡Adam no permaneció en su gloria ni una noche!». Entonces el Shabat compareció ante Dios como defensor de Adam, y dijo: «¡Oh Señor del mundo! Durante los seis días de labor no fue muerta criatura alguna. Si ahora empiezas por dar muerte a Adam, ¿qué será de la santidad y la bendición del Shabat?». De este modo fue Adam rescatado de los fuegos del infierno, castigo merecido por sus pecados, y en gratitud compuso un salmo en honor del Shabat, que David más tarde incorporó a su Salterio.
Aún se le dio a Adam otra oportunidad de conocer y apreciar el valor del Shabat. La luz celestial, con la cual Adam podía abarcar el mundo de un extremo a otro, debería propiamente haber sido hecha desaparecer inmediatamente después de su pecado. Pero por consideración al Shabat, Dios dejó que esta luz siguiera brillando, y los ángeles, al ponerse el sol del sexto día, entonaron un cántico de alabanza y acción de gracias a Dios por la radiante luz que brillaba a través de la noche. Solo al salir el día de Shabat cesó la luz celestial, para consternación de Adam, que temía que la serpiente lo atacara en la oscuridad. Pero Dios iluminó su entendimiento, y aprendió a frotar dos piedras una contra otra y producir luz para sus necesidades.
La luz celestial era solo uno de los siete dones preciosos que Adam disfrutó antes de la caída, y que solo en los tiempos mesiánicos le serán concedidos otra vez al hombre. Los demás son: el resplandor de su rostro; la vida eterna; su elevada estatura; los frutos del suelo; los frutos del árbol; y las lumbreras del cielo, el sol y la luna, pues en el mundo venidero la luz de la luna será como la luz del sol, y la luz del sol será siete veces mayor.
La teshuvá de Adam
Expulsados del Paraíso, Adam y Javá se construyeron una choza, y durante siete días permanecieron sentados en ella en gran aflicción, llorando y lamentándose. Al cabo de los siete días, atormentados por el hambre, salieron en busca de alimento. Durante otros siete días, Adam recorrió la tierra de un lado a otro, buscando las delicias de que había disfrutado en el Paraíso. En vano; no halló nada. Entonces Javá le dijo a su marido: «Señor mío, si te place, dame muerte. Quizá Dios te reciba de nuevo en el Paraíso, pues HaShem Dios se airó contigo solo por causa mía». Pero Adam rechazó su propuesta con horror, y ambos salieron de nuevo en busca de alimento. Pasaron nueve días, y aún no hallaban nada que se pareciera a lo que habían tenido en el Paraíso. Solo veían alimento propio del ganado y de las bestias. Entonces Adam propuso: «Hagamos teshuvá, quizá HaShem Dios nos perdone y se apiade de nosotros, y nos dé algo con que sustentar nuestra vida». Sabiendo que Javá no era lo bastante robusta para soportar la mortificación de la carne que él pensaba imponerse, le prescribió una penitencia distinta de la suya. Le dijo: «Levántate y ve al Tigris, toma una piedra y ponte de pie sobre ella en la parte más honda del río, donde el agua te llegue hasta el cuello. Y que no salga palabra alguna de tu boca, pues no somos dignos de suplicar a Dios; nuestros labios están impuros por causa del fruto prohibido del árbol. Quédate en el agua treinta y siete días».
Para sí mismo Adam se impuso cuarenta días de ayuno, mientras permanecía de pie en el río Yardén de la misma manera en que Javá había de plantarse en las aguas del Tigris. Después de haber acomodado la piedra en medio del Yardén y de haberse subido a ella, con las aguas subiéndole hasta el cuello, dijo: «¡Te conjuro, oh agua del Yardén! Aflígete conmigo, y reúne junto a mí a todas las criaturas nadadoras que viven en ti. Que me rodeen y se duelan conmigo, y que no se golpeen su propio pecho de dolor, sino que me golpeen a mí. No han pecado ellas, sino yo solo». Muy pronto vinieron todas, las moradoras del Yardén, y lo rodearon, y desde aquel momento el agua del Yardén se detuvo y dejó de fluir.
La penitencia que Adam y Javá se impusieron despertó recelos en el Satán. Temió que Dios perdonara su pecado, y por eso intentó estorbar a Javá en su propósito. Al cabo de dieciocho días se le apareció bajo la forma de un ángel. Como si estuviera afligido por ella, empezó a llorar, diciendo: «Sal del río y no llores más. HaShem Dios ha oído vuestro lamento, y vuestra penitencia ha sido aceptada por Él. Todos los ángeles suplicaron a HaShem en vuestro favor, y me ha enviado a sacarte del agua y darte el sustento del que disfrutabas en el Paraíso, y por el cual habéis estado de duelo». Debilitada como estaba por sus penitencias y mortificaciones, Javá cedió a las instancias del Satán, y él la condujo a donde estaba su marido. Adam lo reconoció al instante, y entre lágrimas exclamó: «¡Oh Javá, Javá! ¿Dónde está ahora tu penitencia? ¿Cómo pudiste dejar que nuestro adversario te sedujera de nuevo, él que nos robó nuestra morada en el Paraíso y todo gozo espiritual?». Entonces Javá también empezó a llorar y a clamar: «¡Ay de ti, oh Satán! ¿Por qué luchas contra nosotros sin razón alguna? ¿Qué te hemos hecho para que nos persigas con tal astucia?». Con un hondo suspiro, el Satán les contó cómo Adam, de quien había estado celoso, había sido la verdadera causa de su caída. Habiendo perdido su gloria por causa de él, había intrigado para que lo expulsaran del Paraíso.
Cuando Adam oyó la confesión del Satán, oró a Dios: «¡Oh HaShem, Dios mío! En tus manos está mi vida. Aparta de mí a este adversario, que busca entregar mi alma a la destrucción, y concédeme la gloria que él ha perdido». El Satán desapareció al instante, pero Adam prosiguió su penitencia, permaneciendo en las aguas del Yardén cuarenta días.
Mientras Adam estaba en el río, notó que los días se acortaban, y temió que el mundo se oscureciera por causa de su pecado y pereciera pronto. Para conjurar la ruina, pasó ocho días en oración y ayuno. Pero después del solsticio de invierno, cuando vio que los días volvían a alargarse, pasó ocho días en regocijo, y al año siguiente celebró ambos períodos, el anterior y el posterior al solsticio. Por eso los paganos celebran las calendas y las saturnales en honor de sus dioses, aunque Adam había consagrado esos días al honor de Dios.
La primera vez que Adam presenció el hundimiento del sol, también lo asaltaron temores angustiosos. Sucedió al concluir el Shabat, y Adam dijo: «¡Ay de mí! Por mi causa, porque pequé, el mundo se oscurece, y volverá a quedar vacío y sin forma. ¡Así se ejecutará el castigo de muerte que Dios ha pronunciado contra mí!». Toda la noche la pasó en lágrimas, y Javá también lloraba, sentada frente a él. Cuando el día empezó a despuntar, comprendió que lo que había lamentado no era sino el curso de la naturaleza, y trajo una ofrenda a Dios, un unicornio cuyo cuerno fue creado antes que sus pezuñas, y lo sacrificó en el mismo sitio en que más tarde se alzaría el altar en Yerushaláyim.
El libro de Raziel
Tras la expulsión de Adam del Paraíso, oró a Dios con estas palabras: «¡Oh Dios, Señor del mundo! Tú creaste el mundo entero para honra y gloria del Poderoso, e hiciste como te plació. Tu reino es por toda la eternidad, y tu dominio por todas las generaciones. Nada te está oculto, y nada se esconde de tus ojos. Me creaste como obra de tus manos, y me hiciste señor de tus criaturas, para que fuera yo el principal de tus obras. Pero la astuta y maldita serpiente me sedujo con el árbol del deseo y de las pasiones; sí, sedujo a la esposa de mi seno. Mas no me diste a conocer lo que ha de acontecer a mis hijos y a las generaciones que vengan tras de mí. Bien sé que ningún ser humano puede ser justo a tus ojos, y ¿cuál es mi fuerza para presentarme ante Ti con rostro insolente? No tengo boca con que hablar ni ojo con que ver, pues pequé y cometí una falta y, por causa de mis pecados, fui echado del Paraíso. He de labrar la tierra de donde fui tomado, y los demás habitantes de la tierra, las bestias, ya no me guardan, como antes, respeto y temor. Desde que comí del árbol del conocimiento del bien y del mal, la sabiduría se apartó de mí, y soy un necio que nada sabe, un ignorante que no entiende. Ahora, oh Dios misericordioso y clemente, te ruego que vuelvas tu compasión a la cabeza de tus obras, al espíritu que le infundiste y al alma que le insuflaste. Sal a mi encuentro con tu gracia, pues eres clemente, lento para la ira y lleno de amor. ¡Oh, que las palabras de mi boca lleguen al trono de tu gloria, y mi súplica al trono de tu misericordia, y que te inclines hacia mí con benevolencia! Sean aceptables las palabras de mi boca, para que no te apartes de mi petición. Tú fuiste desde siempre, y serás por siempre; Tú fuiste rey, y siempre serás rey. Ahora, ten misericordia de la obra de tus manos. Concédeme conocimiento y entendimiento, para que sepa lo que ha de acontecerme a mí, a mi posteridad y a todas las generaciones que vengan tras de mí, y lo que me sucederá cada día y cada mes, y ojalá no me niegues la ayuda de tus siervos y de tus ángeles».
Al tercer día de haber ofrecido esta oración, mientras estaba sentado a la orilla del río que brota del Paraíso, se le apareció, en lo más ardiente del día, el ángel Raziel, con un libro en la mano. El ángel se dirigió a Adam así: «¡Oh Adam!, ¿por qué estás tan desalentado? ¿Por qué te afliges y te angustias? Tus palabras fueron oídas en el momento en que pronunciaste tu súplica y tus ruegos, y he recibido el encargo de enseñarte palabras puras y hondo entendimiento, de hacerte sabio mediante el contenido del libro sagrado que llevo en la mano, para que sepas lo que te sucederá hasta el día de tu muerte. Y todos tus descendientes y todas las generaciones posteriores, con tal de que lean este libro en pureza, con corazón devoto y espíritu humilde, y obedezcan sus preceptos, llegarán a ser como tú. También ellos sabrán de antemano qué cosas han de suceder, y en qué mes y en qué día o en qué noche. Todo les será manifiesto: sabrán y comprenderán si vendrá una calamidad, un hambre o fieras salvajes, inundaciones o sequía; si habrá abundancia de grano o escasez; si los malvados regirán el mundo; si las langostas devastarán la tierra; si los frutos caerán de los árboles sin madurar; si las llagas afligirán a los hombres; si prevalecerán guerras, o enfermedades o plagas entre los hombres y el ganado; si en el cielo se resuelve el bien o el mal; si correrá la sangre y se oirá en la ciudad el estertor de los muertos. Y ahora, Adam, ven y presta atención a lo que voy a decirte acerca de la índole de este libro y de su santidad».
Raziel, el ángel, se puso entonces a leer del libro, y cuando Adam oyó las palabras del volumen sagrado brotar de la boca del ángel, cayó a tierra sobrecogido. Pero el ángel lo animó. «Levántate, Adam —le dijo—, ten buen ánimo, no temas, toma el libro de mi mano y guárdalo, porque de él sacarás tú mismo conocimiento y te harás sabio, y enseñarás también su contenido a todos aquellos que sean hallados dignos de saber lo que en él se encierra.»
En el instante en que Adam tomó el libro, una llama de fuego se alzó desde la orilla del río, y el ángel subió al cielo con ella. Entonces supo Adam que aquel que le había hablado era un ángel de Dios, y que del propio Rey Santo había venido el libro, y lo usó con santidad y pureza. Es el libro del que se puede aprender toda cosa digna de saberse, y todos los misterios, y enseña también cómo llamar a los ángeles y hacer que aparezcan ante los hombres y respondan a todas sus preguntas. Pero no todos por igual pueden usar el libro, solo aquel que es sabio y temeroso de Dios, y acude a él con santidad. Ese tal está a salvo de todo consejo malvado, su vida es serena, y cuando la muerte lo saca de este mundo, halla reposo en un lugar donde no hay ni demonios ni espíritus malignos, y de las manos de los malvados es rescatado sin tardanza.
La enfermedad de Adam
Cuando Adam hubo alcanzado los novecientos treinta años de vida, se apoderó de él una enfermedad, y sintió que sus días llegaban a su fin. Convocó a todos sus descendientes y los reunió ante la puerta de la casa de oración en la que siempre había elevado sus plegarias a Dios, para darles su última bendición. Su familia se asombró de hallarlo tendido en el lecho de la enfermedad, porque no sabían qué eran el dolor y el sufrimiento. Pensaron que lo vencía la añoranza de los frutos del Paraíso, y que a falta de ellos estaba abatido. Shet declaró su disposición a ir a las puertas del Paraíso y suplicar a Dios que dejara a uno de Sus ángeles darle de aquellos frutos. Pero Adam les explicó qué son la enfermedad y el dolor, y que Dios se los había infligido como castigo por su pecado. Adam sufría con violencia; lágrimas y gemidos se le arrancaban. Javá sollozaba y decía: «Adam, señor mío, dame la mitad de tu enfermedad, la llevaré con gusto. ¿No es por mi causa que esto ha caído sobre ti? Por mí padeces dolor y angustia.»
Adam mandó a Javá ir con Shet a las puertas del Paraíso y rogar a Dios que tuviera misericordia de él, y enviara a Su ángel a recoger algo del aceite de vida que mana del árbol de Su misericordia y dárselo a sus mensajeros. El ungüento le traería descanso y ahuyentaría el dolor que lo consumía. En el camino al Paraíso, una bestia salvaje atacó a Shet. Javá gritó al agresor: «¿Cómo te atreves a poner la mano sobre la imagen de Dios?» Vino pronta la respuesta: «Es culpa tuya. Si no hubieras abierto tu boca para comer del fruto prohibido, mi boca no se abriría ahora para destruir a un ser humano.» Pero Shet lo reprendió: «¡Calla! Apártate de la imagen de Dios hasta el día del juicio.» Y la bestia cedió, diciendo: «Mira, me retiro de la imagen de Dios», y se escabulló a su guarida.
Llegados a las puertas del Paraíso, Javá y Shet se echaron a llorar amargamente, y con muchos lamentos suplicaron a Dios que les diera aceite del árbol de Su misericordia. Durante horas oraron así. Al fin apareció el arcángel Mijael, y les hizo saber que venía como mensajero de Dios a decirles que su petición no podía ser concedida. Adam moriría en pocos días, y así como él estaba sujeto a la muerte, así lo estarían todos sus descendientes. Solo en el tiempo de la resurrección, y solo entonces a los piadosos, se repartiría el aceite de vida, junto con toda la dicha y todas las delicias del Paraíso. De vuelta con Adam, le contaron lo sucedido, y él dijo a Javá: «¡Qué desgracia trajiste sobre nosotros cuando despertaste tan gran ira! Mira, la muerte es la porción de toda nuestra estirpe. Llama aquí a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos, y diles de qué manera pecamos.» Y mientras Adam yacía postrado en el lecho del dolor, Javá les narró la historia de su caída.
El relato de la caída, según Javá
Después de que fui creada, Dios repartió el Paraíso y todos los animales que en él había entre Adam y yo. El oriente y el norte le fueron asignados a Adam, junto con los animales machos. Yo era señora del occidente y del sur y de todos los animales hembras. El Satán, escociéndole la afrenta de haber sido expulsado de la hueste celestial, resolvió provocar nuestra ruina y vengarse de la causa de su desdicha. Se ganó a la serpiente para su bando, y le señaló que antes de la creación de Adam los animales podían disfrutar de todo cuanto crecía en el Paraíso, y ahora quedaban reducidos a las hierbas. Expulsar a Adam del Paraíso sería, pues, para el bien de todos. La serpiente titubeó, porque temía la ira de Dios. Pero el Satán calmó sus temores y dijo: «No has de hacer más que volverte mi vasija, y yo hablaré una palabra por tu boca con la que lograrás seducir al hombre.»
La serpiente entonces se colgó del muro que rodeaba el Paraíso, para llevar su conversación conmigo desde fuera. Y esto sucedió en el mismo momento en que mis dos ángeles guardianes se habían ido al cielo a suplicar a HaShem. Yo estaba, pues, completamente sola, y cuando el Satán tomó la apariencia de un ángel, se inclinó sobre el muro del Paraíso y entonó cánticos seráficos de alabanza, quedé engañada, y lo tuve por un ángel. Se sostuvo entre nosotros una conversación, hablando el Satán por la boca de la serpiente:
«¿Eres tú Javá?»
«Sí, soy yo.»
«¿Qué haces en el Paraíso?»
«HaShem nos ha puesto aquí para cultivarlo y comer de sus frutos.»
«Eso está bien. Y sin embargo no coméis de todos los árboles.»
«Sí comemos, salvo de uno solo, el árbol que está en medio del Paraíso. Únicamente respecto de él nos ha prohibido Dios comer, pues, dijo HaShem, moriréis.»
La serpiente hizo todo esfuerzo por persuadirme de que nada tenía que temer: que Dios sabía que el día en que Adam y yo comiéramos del fruto del árbol seríamos como Él mismo. Eran los celos los que le habían hecho decir: «No comeréis de él.» Pese a toda su insistencia, me mantuve firme y me negué a tocar el árbol. Entonces la serpiente se comprometió a arrancarme el fruto ella misma. Con eso abrí la puerta del Paraíso, y ella se deslizó dentro. Apenas estuvo adentro, me dijo: «Me arrepiento de mis palabras, preferiría no darte del fruto del árbol prohibido.» No era más que una argucia para tentarme más. Consintió en darme del fruto solo después de que juré hacer que mi esposo comiera también de él. Este es el juramento que me hizo prestar: «Por el trono de Dios, por los querubines y por el árbol de la vida, daré a mi esposo de este fruto, para que también él coma.» Con eso la serpiente subió al árbol e inyectó su veneno, el veneno de la mala inclinación, en el fruto, y dobló hasta el suelo la rama en que crecía. Lo tomé, pero al instante supe que había quedado despojada de la rectitud de la que había estado vestida. Empecé a llorar, por ello y por el juramento que la serpiente me había arrancado.
La serpiente desapareció del árbol, mientras yo buscaba hojas con que cubrir mi desnudez, pero todos los árboles a mi alcance habían soltado sus hojas en el momento en que comí del fruto prohibido. Solo había uno que conservaba sus hojas, la higuera, el mismísimo árbol cuyo fruto me había sido prohibido. Llamé a Adam, y por medio de palabras blasfemas lo persuadí de comer del fruto. En cuanto pasó por sus labios, conoció su verdadera condición, y clamó contra mí: «¡Mujer malvada! ¿Qué has hecho caer sobre mí? Me has apartado de la gloria de Dios.»
En ese mismo instante Adam y yo oímos al arcángel Mijael tocar su trompeta, y todos los ángeles clamaron: «Así dice HaShem: Venid conmigo al Paraíso y escuchad la sentencia que voy a pronunciar sobre Adam.»
Nos escondimos porque temíamos el juicio de Dios. Sentado en Su carro tirado por querubines, HaShem, acompañado de ángeles que proferían Su alabanza, apareció en el Paraíso. A Su venida, los árboles desnudos echaron hojas de nuevo. Su trono fue erigido junto al árbol de la vida, y Dios se dirigió a Adam: «Adam, ¿dónde te tienes escondido? ¿Crees que no puedo hallarte? ¿Puede una casa ocultarse de su arquitecto?»
Adam intentó echar la culpa sobre mí, que había prometido dejarlo a salvo ante Dios. Y yo, a mi vez, acusé a la serpiente. Pero Dios impartió justicia a los tres. A Adam le dijo: «Porque no obedeciste Mis mandatos, sino que escuchaste la voz de tu mujer, maldita es la tierra a pesar de tu trabajo. Cuando la cultives, no te dará su fuerza. Espinos y cardos te producirá, y con el sudor de tu rostro comerás pan. Padecerás muchas fatigas, te cansarás, y aun así no hallarás reposo. Amargamente oprimido, jamás gustarás dulzura alguna. Te azotará el calor, y aun así te aterirá el frío. Te esforzarás en gran manera, y aun así no ganarás riqueza. Engordarás, y aun así dejarás de vivir. Y los animales sobre los que eres el amo se levantarán contra ti, porque no guardaste Mi mandato.»
Sobre mí pronunció Dios esta sentencia: «Padecerás angustia en el parto y grave tormento. Con dolor darás a luz hijos, y en la hora del alumbramiento, cuando estés a punto de perder la vida, confesarás y clamarás: “Adonái, Adonái, sálvame esta vez, y nunca más me entregaré al placer carnal”, y sin embargo tu deseo será siempre y para siempre hacia tu esposo.»
En ese mismo momento fueron decretadas sobre nosotros toda clase de enfermedades. Dios dijo a Adam: «Porque te apartaste de Mi alianza, infligiré setenta plagas sobre tu carne. El dolor de la primera plaga se apoderará de tus ojos; el dolor de la segunda plaga, de tu oído, y una tras otra vendrán sobre ti todas las plagas.» A la serpiente Dios se dirigió así: «Porque te volviste la vasija del Maligno, engañando a la inocente, maldita eres entre todo el ganado y entre toda bestia del campo. Serás despojada del alimento que solías comer, y polvo comerás todos los días de tu vida. Sobre tu pecho y tu vientre andarás, y de tus manos y tus pies serás privada. No conservarás tus orejas, ni tus alas, ni ninguno de tus miembros con los que sedujiste a la mujer y a su esposo, llevándolos a tal extremo que han de ser expulsados del Paraíso. Y pondré enemistad entre ti y la simiente del hombre. Ella herirá tu cabeza, y tú herirás su talón, hasta el día del juicio.»
La muerte de Adam
En el último día de la vida de Adam, Javá le dijo: «¿Para qué he de seguir viviendo, cuando tú ya no estés? ¿Cuánto tiempo habré de arrastrarme tras tu muerte? ¡Dímelo!» Adam le aseguró que no se demoraría mucho. Morirían juntos, y serían sepultados juntos en el mismo lugar. Le mandó no tocar su cadáver hasta que un ángel de Dios hubiera dispuesto lo referente a él, y ella debía empezar de inmediato a orar a Dios hasta que su alma escapara de su cuerpo.
Mientras Javá estaba de rodillas en oración, vino un ángel y le mandó levantarse. «Javá, levántate de tu penitencia —ordenó—. He aquí, tu esposo ha dejado su envoltura mortal. Levántate, y mira su espíritu subir a su Creador, para presentarse ante Él.» Y he aquí que ella contempló un carro de luz, tirado por cuatro águilas resplandecientes, y precedido por ángeles. En ese carro yacía el alma de Adam, que los ángeles llevaban al cielo. Llegados allí, quemaron incienso hasta que las nubes de humo envolvieron los cielos. Entonces oraron a Dios para que tuviera misericordia de Su imagen y de la obra de Sus santas manos. En su sobrecogimiento y espanto, Javá llamó a Shet, y le mandó mirar la visión y explicarle las escenas celestiales que superaban su entendimiento. Preguntó: «¿Quiénes serán esos dos etíopes, que añaden sus oraciones a las de tu padre?» Shet le dijo que eran el sol y la luna, tornados tan negros porque no podían brillar ante el rostro del Padre de la luz. Apenas había hablado, cuando un ángel tocó una trompeta, y todos los ángeles clamaron con voces temibles: «¡Bendita sea la gloria de HaShem por Sus criaturas, pues ha mostrado misericordia a Adam, la obra de Sus manos!» Un serafín entonces tomó a Adam, y se lo llevó al río Aqueronte, lo lavó tres veces, y lo llevó ante la presencia de Dios, que estaba sentado sobre Su trono, y, extendiendo Su mano, alzó a Adam y lo entregó al arcángel Mijael, con estas palabras: «Elévalo al Paraíso del tercer cielo, y allí lo dejarás hasta el gran y temible día ordenado por Mí.» Mijael cumplió el mandato divino, y todos los ángeles entonaron un cántico de alabanza, ensalzando a Dios por el perdón que había concedido a Adam.
Mijael suplicó entonces a Dios que le permitiera ocuparse de preparar el cuerpo de Adam para la sepultura. Concedido el permiso, Mijael bajó a la tierra, acompañado de todos los ángeles. Cuando entraron en el Paraíso terrenal, todos los árboles florecieron, y el perfume que de allí se esparcía adormeció a todos los hombres, excepto a Shet solamente. Entonces Dios dijo a Adam, cuyo cuerpo yacía en el suelo: «Si hubieras guardado Mi mandamiento, no se regocijarían los que te han traído aquí. Pero te digo, tornaré la alegría del Satán y de sus consortes en dolor, y tu dolor se tornará en alegría. Te restauraré a tu dominio, y te sentarás sobre el trono de tu seductor, mientras que él será condenado, junto con los que lo escuchan.»
Con eso, por mandato de Dios, los tres grandes arcángeles cubrieron el cuerpo de Adam con lino, y derramaron sobre él aceite de dulce fragancia. Con él sepultaron también el cuerpo de Hével, que había quedado insepulto desde que Káyin lo matara, pues todos los esfuerzos del homicida por ocultarlo habían sido en vano. El cadáver una y otra vez brotaba de la tierra, y de allí salía una voz que proclamaba: «Ninguna criatura reposará en la tierra hasta que la primera de todas haya devuelto el polvo del que fue formada.» Los ángeles llevaron los dos cuerpos al Paraíso, el de Adam y el de Hével —este último había estado yaciendo todo este tiempo sobre una piedra en la que los ángeles lo habían colocado—, y los sepultaron a ambos en el sitio de donde Dios había tomado el polvo con que hacer a Adam.
Dios llamó al cuerpo de Adam: «¡Adam! ¡Adam!», y este respondió: «Adonái, ¡aquí estoy!» Entonces dijo Dios: «Una vez te dije: Polvo eres, y al polvo volverás. Ahora te prometo la resurrección. Te despertaré en el día del juicio, cuando todas las generaciones de hombres que broten de tus lomos se levanten de la tumba.» Dios selló entonces la tumba, para que nadie pudiera hacerle daño durante los seis días que habrían de transcurrir hasta que su costilla le fuera devuelta por medio de la muerte de Javá.
La muerte de Javá
El intervalo entre la muerte de Adam y la suya propia lo pasó Javá llorando. La afligía en particular no saber qué había sido del cuerpo de Adam, pues nadie salvo Shet había estado despierto mientras el ángel lo sepultaba. Cuando se acercó la hora de su muerte, Javá suplicó ser sepultada en el mismísimo sitio en que reposaban los restos de su esposo. Oró a Dios: «¡Señor de todos los poderes! No apartes a Tu sierva del cuerpo de Adam, del que me tomaste, de cuyos miembros me formaste. Permite a mí, que soy una mujer indigna y pecadora, entrar en su morada. Como estuvimos juntos en el Paraíso, sin separarse el uno del otro; como juntos fuimos tentados a transgredir Tu ley, sin separarse el uno del otro, así, Adonái, no nos separes ahora.» Al final de su oración añadió esta petición, alzando los ojos al cielo: «¡Señor del mundo! ¡Recibe mi espíritu!», y entregó su alma a Dios.
El arcángel Mijael vino y enseñó a Shet cómo preparar a Javá para la sepultura, y tres ángeles descendieron y sepultaron su cuerpo en la tumba, con Adam y Hével. Entonces Mijael habló a Shet: «Así sepultarás a todos los hombres que mueran hasta el día de la resurrección.» Y de nuevo, tras darle este mandato, habló: «Más de seis días no habréis de guardar duelo. El reposo del séptimo día es la señal de la resurrección en el día postrero, pues en el séptimo día HaShem reposó de toda la obra que había creado y hecho.»
Aunque la muerte fue traída al mundo por medio de Adam, no puede tenérselo por responsable de la muerte de los hombres. Cierta vez le dijo a Dios: «No me preocupa la muerte de los malvados, pero no querría que los piadosos me reprocharan y echaran sobre mí la culpa de su muerte. Te ruego que no hagas mención de mi culpa.» Y Dios prometió cumplir su deseo. Por eso, cuando un hombre está por morir, Dios se le aparece y le manda poner por escrito todo lo que ha hecho durante su vida, pues, le dice, «mueres a causa de tus malas obras». Terminado el registro, Dios le ordena sellarlo con su sello. Este es el escrito que Dios sacará en el día del juicio, y a cada uno le serán dadas a conocer sus obras. Tan pronto como se extingue la vida en un hombre, se lo presenta ante Adam, a quien acusa de haber causado su muerte. Pero Adam rechaza el cargo: «Yo cometí una sola transgresión. ¿Hay alguno entre vosotros, por más piadoso que sea, que no se haya hecho culpable de más de una?»