Capítulo primero
Yosef
El hijo predilecto
Yaakov no quedó exento de la suerte que toca a todos los piadosos. Cada vez que esperan gozar de la vida en sosiego, el Satán se lo impide. Se presenta ante Dios y dice: «¿No basta con que el mundo venidero esté reservado a los piadosos? ¿Qué derecho tienen, además, a disfrutar de este mundo?» Tras las muchas penalidades y luchas que habían salpicado el camino de Yaakov, creyó que por fin descansaría —y entonces llegó la pérdida de Yosef y le infligió el sufrimiento más agudo. En verdad, pocos y malos habían sido los días de los años de la peregrinación de Yaakov, pues el tiempo pasado fuera de la Tierra de Israel le había parecido sin alegría. Solo la porción de su vida transcurrida en la tierra de sus padres —durante la cual se ocupó de hacer prosélitos, según el ejemplo que le habían dado Avraham y Yitsjak— la consideró digna de haber sido vivida, y ese tiempo dichoso fue de corta duración. Cuando Yosef le fue arrebatado, apenas ocho años habían transcurrido desde su regreso a la casa de su padre.
Y, sin embargo, fue solo por amor a Yosef que Yaakov había estado dispuesto a soportar todas las fatigas y adversidades ligadas a su estancia en la casa de Laván. En efecto, la bendición de Yaakov de tener su aljaba llena de hijos se debió a los méritos de Yosef, y de igual modo la división del mar de los Juncos y del Yardén para los israelitas fue la recompensa por la piedad de su hijo. Pues entre los hijos de Yaakov, Yosef era el que más se parecía a su padre en el aspecto, y era también aquel a quien Yaakov transmitió la enseñanza y el saber que había recibido de sus maestros Shem y Éver. El curso entero de la vida del hijo no es sino una repetición del de su padre. Como la madre de Yaakov permaneció mucho tiempo sin hijos tras su matrimonio, así también la madre de Yosef. Como Rivká había padecido graves sufrimientos al dar a luz a Yaakov, así Rajel al dar a luz a Yosef. Como la madre de Yaakov tuvo dos hijos, así también la madre de Yosef. Como Yaakov, Yosef nació circuncidado. Como el padre fue pastor, así el hijo. Como el padre sirvió por causa de una mujer, así el hijo sirvió bajo una mujer. Como el padre, el hijo tomó para sí la primogenitura de su hermano mayor. El padre fue odiado por su hermano, y el hijo fue odiado por sus hermanos. El padre fue el hijo predilecto frente a su hermano, así el hijo lo fue frente a sus hermanos. Tanto el padre como el hijo vivieron en tierra extraña. El padre se hizo siervo de un amo, también el hijo. El amo a quien sirvió el padre fue bendecido por Dios, así también el amo a quien sirvió el hijo. Al padre y al hijo los acompañaron ángeles, y ambos se casaron fuera de la Tierra de Israel. El padre y el hijo fueron ambos bendecidos con riqueza. Grandes cosas se le anunciaron al padre en un sueño, así también al hijo. Como el padre bajó a Mitsraim y puso fin al hambre, así el hijo. Como el padre exigió a sus hijos la promesa de enterrarlo en la Tierra de Israel, así también el hijo. El padre murió en Mitsraim, allí murió también el hijo. El cuerpo del padre fue embalsamado, también el cuerpo del hijo. Como los restos del padre fueron llevados a la Tierra de Israel para su sepultura, así también los restos del hijo. Yaakov el padre proveyó al sustento de su hijo Yosef durante un período de diecisiete años, así Yosef el hijo proveyó al sustento de su padre Yaakov durante un período de diecisiete años.
Hasta los diecisiete años, Yosef frecuentó el Bet haMidrash, y llegó a ser tan docto que podía transmitir a sus hermanos las halajot que había oído de su padre, y de este modo puede considerársele su maestro. No se detenía en la instrucción formal: también trataba de darles buenos consejos, y se hizo el favorito de los hijos de las siervas, que lo besaban y abrazaban.
A pesar de su erudición, había algo pueril en Yosef. Se pintaba los ojos, se peinaba el cabello con esmero y andaba con paso remilgado. Estas flaquezas de la juventud no eran tan lamentables como su costumbre de llevar malos informes de sus hermanos a su padre. Los acusaba de tratar con crueldad a las bestias a su cargo —decía que comían carne arrancada de un animal vivo— y les imputaba poner los ojos en las hijas de los cananeos y dar trato desdeñoso a los hijos de las siervas Bilhá y Zilpá, a quienes llamaban esclavos.
Por estas acusaciones infundadas Yosef hubo de pagar caro. Él mismo fue vendido como esclavo, porque había acusado a sus hermanos de llamar esclavos a los hijos de las siervas, y la mujer de Potifar puso los ojos en Yosef, porque él había arrojado sobre sus hermanos la sospecha de poner los ojos en las mujeres cananeas. Y cuán poco cierto era que fuesen culpables de crueldad con los animales se ve en el hecho de que, en el mismo momento en que tramaban su crimen contra Yosef, observaron todas las reglas y prescripciones del rito al degollar el cabrito con cuya sangre embadurnaron su túnica de muchos colores.
Yosef odiado por sus hermanos
Las delaciones de Yosef contra sus hermanos hicieron que lo odiaran. Entre todos, Gad estaba particularmente airado, y con razón. Gad era un hombre muy valiente, y cuando una fiera atacaba el rebaño que guardaba de noche, la agarraba por una de sus patas y la hacía girar hasta aturdirla, y entonces la arrojaba a una distancia de dos estadios y así la mataba. Una vez Yaakov envió a Yosef a apacentar el rebaño, pero solo estuvo fuera treinta días, pues era un muchacho delicado y enfermó por el calor, y se apresuró a volver junto a su padre. A su regreso le dijo a Yaakov que los hijos de las siervas tenían por costumbre degollar el mejor ganado del rebaño y comerlo, sin obtener permiso de Yehudá y Reuvén. Pero su informe no era exacto. Lo que había visto era a Gad degollando un cordero que había arrancado de las mismísimas fauces de un oso, y lo mató porque no podía mantenerse vivo tras el susto. El relato de Yosef sonaba como si los hijos de las siervas fueran habitualmente desconsiderados y descuidados en malgastar la hacienda de su padre.
Al resentimiento de los hermanos se sumó la envidia que sentían por Yosef, porque su padre lo amaba más que a todos ellos. La hermosura de Yosef igualaba a la de su madre Rajel, y a Yaakov le bastaba mirarlo para consolarse de la muerte de su amada esposa. Razón suficiente para distinguirlo entre sus hijos. Como prenda de su gran amor por él, Yaakov le dio a Yosef una túnica de muchos colores, tan ligera y delicada que podía estrujarse y ocultarse en la palma cerrada de una mano. El nombre hebreo de la vestidura, Passim, encierra la historia de la venta de Yosef. La primera letra, Pe, representa a Potifar, su amo egipcio; Sámej representa a Soharim, los mercaderes que compraron a Yosef a la compañía de ismaelitas a quienes sus hermanos lo habían vendido; Yod representa a esos mismos ismaelitas; y Mem, a los madianitas que lo obtuvieron de los mercaderes y luego lo entregaron a Potifar. Pero Passim tiene aún otro significado: «hendiduras». Sus hermanos sabían que el mar de los Juncos se hendiría en dos en días venideros por causa de Yosef, y estaban celosos de la gloria que le sería conferida. Aunque estaban llenos de odio hacia él, hay que decir en su favor que no eran de índole hosca ni rencorosa. No ocultaban sus sentimientos: proclamaban su enemistad abiertamente.
Una vez Yosef soñó un sueño, y no pudo abstenerse de contarlo a sus hermanos. Habló y dijo: «Oíd, os ruego, este sueño que he soñado. Mirad, vosotros recogíais fruto, y yo también. Vuestro fruto se pudrió, pero el mío quedó sano. Vuestra descendencia levantará mudas imágenes de ídolos, pero se desvanecerán ante la aparición de mi descendiente, el Mesías de Yosef. Vosotros ocultaréis la verdad sobre mi suerte al conocimiento de mi padre, pero yo me mantendré firme como recompensa por la abnegación de mi madre, y vosotros os postraréis cinco veces ante mí.»
Los hermanos se negaron al principio a escuchar el sueño, pero cuando Yosef insistió una y otra vez, le prestaron atención y dijeron: «¿Acaso reinarás sobre nosotros? ¿O acaso te enseñorearás de nosotros?» Dios puso en sus bocas una interpretación que había de cumplirse en la posteridad de Yosef. Yerovam y Yehú, dos reyes, y Yehoshúa y Guidón, dos jueces, estuvieron entre sus descendientes, en correspondencia con las expresiones dobles y enfáticas que usaron sus hermanos al interpretar el sueño.
Luego Yosef soñó otro sueño, cómo el sol, la luna y once estrellas se inclinaban ante él, y Yaakov, a quien se lo contó primero, se alegró por ello, pues entendió bien su sentido. Sabía que él mismo estaba designado por el sol, el nombre con que Dios lo había llamado cuando pernoctó en el sitio santo del Templo. Había oído a Dios decir a los ángeles en aquel momento: «El sol ha venido.» La luna representaba a la madre de Yosef, y las estrellas a sus hermanos, pues los justos son como las estrellas. Yaakov estaba tan convencido de la verdad del sueño que se animó a creer que viviría para ver la resurrección de los muertos, pues Rajel había muerto, y su retorno a la tierra estaba claramente indicado por el sueño. Ahí se equivocó, pues no se hacía referencia a la propia madre de Yosef, sino a su madre de crianza, Bilhá, que lo había criado.
Yaakov escribió el sueño en un libro, anotando todas las circunstancias, el día, la hora y el lugar, pues el espíritu santo le advirtió: «Ten cuidado, estas cosas ciertamente sucederán.» Pero cuando Yosef repitió su sueño a sus hermanos, en presencia de su padre, Yaakov lo reprendió, diciendo: «Yo y tus hermanos, eso tiene algún sentido, pero yo y tu madre, eso es inconcebible, pues tu madre ha muerto.» Estas palabras de Yaakov provocaron una reprensión de Dios. Dijo: «Así tus descendientes buscarán, en tiempos venideros, impedir a Yirmiyahu pronunciar sus profecías.» A Yaakov se le puede disculpar: había hablado de este modo solo para desviar de Yosef la envidia y el odio de sus hermanos, pero ellos lo envidiaban y odiaban porque sabían que la interpretación que Yaakov daba al sueño se cumpliría.
Yosef arrojado al pozo
Una vez los hermanos de Yosef condujeron los rebaños de su padre a los pastos de Shejem, y pensaban tomarse allí su descanso y su recreo. Estuvieron ausentes mucho tiempo, y no se tuvieron noticias de ellos. Yaakov empezó a inquietarse por la suerte de sus hijos. Temía que hubiese estallado una guerra entre ellos y la gente de Shejem, y resolvió enviar a Yosef donde ellos para que le trajera de nuevo razón de si les iba bien a sus hermanos. Yaakov deseaba saber también de los rebaños, pues es deber ocuparse del bienestar de todo aquello de lo que se obtiene provecho. Aunque sabía que el odio de sus hermanos podía acarrear lances desagradables, Yosef, en reverencia filial, se declaró dispuesto a ir a cumplir el encargo de su padre. Más tarde, cada vez que Yaakov recordaba el ánimo dispuesto de su querido hijo, el recuerdo le atravesaba el corazón. Se decía a sí mismo: «Conocías el odio de tus hermanos, y aun así dijiste: Aquí estoy.»
Yaakov despidió a Yosef, con el encargo de que viajara solo de día, diciendo además: «Ve ahora, mira si les va bien a tus hermanos y si le va bien al rebaño, y envíame razón» —una profecía inconsciente. No dijo que esperara volver a ver a Yosef, sino solo tener razón de él. Desde la alianza de las partes, Dios había resuelto, a causa de la pregunta dubitativa de Avraham, que Yaakov y su familia bajaran a Mitsraim a morar allí. La preferencia que el padre mostraba por Yosef, y la envidia que despertaba, que condujo finalmente a la venta de Yosef y a su establecimiento en Mitsraim, no eran sino medios disfrazados creados por Dios, en lugar de ejecutar Su designio directamente llevando a Yaakov a Mitsraim como cautivo.
Yosef llegó a Shejem, donde esperaba hallar a sus hermanos. Shejem fue siempre lugar de mal agüero para Yaakov y su descendencia —allí Diná fue deshonrada, allí las Diez Tribus de Israel se rebelaron contra la casa de David mientras Roboam gobernaba en Yerushaláyim, y allí Yerovam fue instalado como rey. Al no encontrar a sus hermanos ni al rebaño en Shejem, Yosef continuó su viaje en dirección al siguiente lugar de pastoreo, no lejos de Shejem, pero se extravió en el desierto. Gavriel, en figura humana, se le apareció y le preguntó, diciendo: «¿Qué buscas?» Y él respondió: «Busco a mis hermanos.» A lo que el ángel replicó: «Tus hermanos han abandonado las cualidades divinas del amor y la misericordia. Por una revelación profética supieron que los heveos se preparaban para hacerles la guerra, y por eso partieron de aquí para ir a Dotán. Y tuvieron que dejar este lugar por otras razones, también. Oí, mientras aún estaba tras la cortina que vela el trono divino, que este día comenzaría la esclavitud egipcia, y que tú serías el primero en ser sometido a ella.» Entonces Gavriel condujo a Yosef a Dotán.
Cuando sus hermanos lo vieron de lejos, conspiraron contra él para matarlo. Su primer plan fue soltarle perros. Shimón dijo entonces a Leví: «Mira, el señor de los sueños viene con un nuevo sueño, aquel cuyo descendiente Yerovam introducirá el culto a Báal. Venid, pues, ahora, y matémoslo, para que veamos qué será de sus sueños.» Pero Dios habló: «Vosotros decís: Veremos qué será de sus sueños, y yo digo igualmente: Veremos, y el futuro mostrará qué palabra ha de mantenerse en pie, la vuestra o la Mía.»
Shimón y Gad se disponían a matar a Yosef, y él cayó sobre su rostro y les suplicó: «Tened piedad de mí, hermanos míos, tened compasión del corazón de mi padre Yaakov. No pongáis vuestras manos sobre mí para derramar sangre inocente, pues no os he hecho ningún mal. Pero si os he hecho algún mal, castigadme con un castigo, mas no pongáis vuestras manos sobre mí, por amor a nuestro padre Yaakov.» Estas palabras conmovieron a Zevulún, que empezó a lamentarse y a llorar, y el gemido de Yosef se elevó junto con el de su hermano, y cuando Shimón y Gad alzaron las manos contra él para ejecutar su designio malvado, Yosef se refugió tras Zevulún y suplicó a sus otros hermanos que tuvieran piedad de él. Entonces Reuvén se levantó y dijo: «Hermanos, no lo matemos, sino echémoslo en uno de los pozos secos que nuestros padres cavaron sin hallar agua.» Aquello se debió a la providencia de Dios: Él había impedido que el agua brotara en ellos para que la salvación de Yosef pudiera cumplirse, y los pozos permanecieron secos hasta que Yosef estuvo a salvo en manos de los ismaelitas.
Reuvén tenía varias razones para interceder por Yosef. Sabía que él, como el mayor de los hermanos, sería tenido por responsable ante su padre si algún mal le sobrevenía. Además, Reuvén estaba agradecido a Yosef por haberlo contado entre los once hijos de Yaakov al narrar su sueño del sol, la luna y las estrellas. Desde su conducta irrespetuosa hacia Yaakov, no se había creído digno de ser considerado uno de sus hijos. Primero Reuvén trató de apartar a sus hermanos de su propósito, y les habló con palabras llenas de amor y compasión. Pero cuando vio que ni palabras ni súplicas cambiarían su intención, les rogó, diciendo: «Hermanos míos, escuchadme al menos en esto: no seáis tan malvados y crueles como para matarlo. No pongáis mano sobre vuestro hermano, no derraméis sangre, echadlo en este pozo que está en el desierto, y que perezca así.»
Entonces Reuvén se alejó de sus hermanos, y se escondió en los montes, para poder correr de vuelta en un momento favorable y sacar a Yosef del pozo y devolverlo a su padre. Esperaba que su recompensa fuese el perdón por la transgresión que había cometido contra Yaakov. Su buena intención se frustró, mas Reuvén fue recompensado por Dios, pues Dios da recompensa no solo por las buenas obras, sino también por las buenas intenciones. Así como fue el primero de los hermanos de Yosef en intentar salvarlo, así la ciudad de Betser, en la tribu de Reuvén, fue la primera de las ciudades de refugio designadas para salvaguardar la vida del inocente que busca amparo. Además, Dios le habló a Reuvén, diciendo: «Como fuiste el primero en esforzarte por devolver un hijo a su padre, así Hoshea, uno de tus descendientes, será el primero en esforzarse por llevar a Israel de vuelta a su Padre celestial.»
Los hermanos aceptaron la propuesta de Reuvén, y Shimón agarró a Yosef y lo arrojó a un pozo que hervía de serpientes y escorpiones, junto al cual había otro pozo en desuso, lleno de inmundicia. Como si esto no fuera tortura suficiente, Shimón ordenó a sus hermanos arrojar grandes piedras a Yosef. En su trato posterior con este hermano, Shimón, Yosef mostró toda la caridad indulgente de su naturaleza. Cuando Shimón fue retenido preso en Mitsraim como rehén, Yosef, lejos de guardarle rencor, ordenó que en todas sus comidas se le sirviera ave cebada.
No contentos con exponer a Yosef a las serpientes y los escorpiones, sus hermanos lo habían despojado por completo antes de arrojarlo al pozo. Le quitaron su túnica de muchos colores, su prenda exterior, sus calzones y su camisa. Sin embargo, los reptiles no pudieron hacerle daño. Dios oyó su clamor de angustia, y los mantuvo escondidos en las hendiduras y los agujeros, y no pudieron acercársele. Desde el fondo del pozo Yosef apeló a sus hermanos, diciendo: «Oh hermanos míos, ¿qué os he hecho, y cuál es mi transgresión? ¿Por qué no teméis ante Dios a causa del trato que me dais? ¿No soy carne de vuestra carne y hueso de vuestros huesos? Yaakov, vuestro padre, ¿no es también mi padre? ¿Por qué obráis así conmigo? ¿Y cómo podréis alzar vuestro rostro ante Yaakov? Oh Yehudá, Reuvén, Shimón, Leví, hermanos míos, sacadme, os ruego, del lugar oscuro en que me habéis echado. Aunque haya cometido una falta contra vosotros, sois hijos de Avraham, Yitsjak y Yaakov, que fueron compasivos con el huérfano, dieron alimento al hambriento y vistieron al desnudo. ¿Cómo, entonces, podéis negar vuestra piedad a vuestro propio hermano, a vuestra propia carne y hueso? Y aunque haya pecado contra vosotros, escucharéis mi súplica por amor a mi padre. ¡Oh, si mi padre supiera lo que mis hermanos me hacen, y lo que me han dicho!»
Para evitar oír el llanto y los clamores de angustia de Yosef, sus hermanos se alejaron del pozo y se apostaron a un tiro de arco de distancia. El único entre ellos que mostró piedad fue Zevulún. Durante dos días y dos noches ningún alimento pasó por sus labios a causa de su pesar por la suerte de Yosef, que hubo de pasar tres días y tres noches en el pozo antes de ser vendido. Durante este tiempo, sus hermanos encargaron a Zevulún que montara guardia junto al pozo. Fue elegido para vigilar porque no tomaba parte en las comidas. Parte del tiempo, también Yehudá se abstuvo de comer con los demás, y se turnaba en la vigilancia, porque temía que Shimón y Gad saltaran al pozo y acabaran con la vida de Yosef.
Mientras Yosef languidecía así, sus hermanos determinaron matarlo. Primero terminarían su comida, dijeron, y luego lo sacarían y lo matarían. Cuando hubieron acabado de comer, intentaron dar gracias, pero Yehudá los amonestó: «Estamos a punto de quitar la vida a un ser humano, ¿y aun así bendeciríamos a Dios? Eso no es una bendición, eso es despreciar a HaShem. ¿Qué provecho hay en matar a nuestro hermano? Más bien caerá sobre nosotros el castigo de Dios. Tengo un buen consejo que daros. Por allá pasa una caravana de ismaelitas de camino a Mitsraim. Venid, vendámoslo a los ismaelitas, y no esté nuestra mano sobre él. Los ismaelitas lo llevarán consigo en sus viajes, y se perderá entre los pueblos de la tierra. Sigamos la costumbre de días pasados, pues también Kena’an, el hijo de Ham, fue hecho esclavo por sus malas obras, y así haremos con nuestro hermano Yosef.»
La venta
Mientras los hermanos de Yosef deliberaban sobre su suerte, siete mercaderes madianitas pasaron cerca del pozo en que él yacía. Advirtieron que muchas aves revoloteaban sobre él, de donde supusieron que debía de haber agua dentro, y, sedientos, hicieron un alto para refrescarse. Al acercarse, oyeron a Yosef gritar y gemir, y miraron dentro del pozo y vieron a un joven de bella figura y agraciado aspecto. Lo llamaron, diciendo: «¿Quién eres tú? ¿Quién te trajo aquí, y quién te echó en este pozo del desierto?» Todos juntos lo sacaron a rastras y lo llevaron consigo al continuar su viaje. Tuvieron que pasar junto a sus hermanos, que gritaron a los madianitas: «¿Por qué habéis hecho tal cosa, robar a nuestro esclavo y llevároslo? Nosotros echamos al muchacho al pozo, porque era desobediente. Devolvednos ahora, pues, nuestro esclavo.» Los madianitas respondieron: «¿Este muchacho, decís, es vuestro esclavo, vuestro siervo? Más probable es que todos vosotros seáis esclavos suyos, pues en hermosura de figura, en agradable semblante y en bella apariencia os supera a todos. ¿Por qué, entonces, nos decís mentiras? No prestaremos oído a vuestras palabras ni os creeremos, pues hallamos al muchacho en el desierto, en un pozo, y lo sacamos, y lo llevaremos con nosotros en nuestro viaje.» Pero los hijos de Yaakov insistieron: «Devolvednos a nuestro esclavo, no sea que halléis la muerte a filo de espada.»
Sin amilanarse, los madianitas desenvainaron sus armas y, entre gritos de guerra, se dispusieron a entrar en combate con los hijos de Yaakov. Entonces Shimón se levantó y, con la espada desnuda, se lanzó sobre los madianitas, lanzando al mismo tiempo un grito que hizo retumbar la tierra. Los madianitas cayeron al suelo presa de gran consternación, y él dijo: «Yo soy Shimón, el hijo del hebreo Yaakov, que destruyó la ciudad de Shejem solo y sin ayuda, y junto con mis hermanos destruí las ciudades de los amorreos. Que Dios me haga esto y aún más, si no es verdad que todos los madianitas, vuestros hermanos, unidos con todos los reyes cananeos para pelear conmigo, no pueden resistirme. Devolved ahora al muchacho que nos quitasteis, o daré vuestra carne a las aves del cielo y a las bestias del campo.»
Los madianitas tuvieron gran temor de Shimón, y, aterrados y avergonzados, hablaron a los hijos de Yaakov con poco valor: «¿No dijisteis que echasteis a este muchacho al pozo porque era de espíritu rebelde? ¿Qué haréis, pues, con un esclavo insubordinado? Mejor vendédnoslo, estamos dispuestos a pagar el precio que deseéis.» Este discurso era parte del designio de Dios. Él había puesto en el corazón de los madianitas insistir en poseer a Yosef, para que no permaneciera con sus hermanos y fuese muerto por ellos. Los hermanos consintieron, y Yosef fue vendido como esclavo mientras estaban sentados a su comida. Dios habló, diciendo: «Vendisteis a vuestro hermano durante una comida, y así Ajashverosh venderá a vuestros descendientes a Hamán durante una comida, y porque vendisteis a Yosef para ser esclavo, por eso diréis año tras año: Esclavos fuimos del Paró en Mitsraim.»
El precio pagado por Yosef por los madianitas fue de veinte piezas de plata, suficiente para un par de sandalias para cada uno de sus hermanos. Así «vendieron al justo por plata, y al necesitado por un par de sandalias.» Para un joven tan apuesto como Yosef la suma pagada era demasiado baja con mucho, pero su aspecto había cambiado grandemente por la horrible angustia que había padecido en el pozo con las serpientes y los escorpiones. Había perdido su tez sonrosada, y se veía macilento y enfermizo, y los madianitas estaban justificados al pagar una suma pequeña por él.
Los mercaderes habían hallado a Yosef desnudo en el pozo, pues sus hermanos lo habían despojado de todas sus ropas. Para que no apareciera ante los hombres en condición indecorosa, Dios envió a Gavriel a él, y el ángel agrandó el amuleto que colgaba del cuello de Yosef hasta que fue una vestidura que lo cubría por entero. Los hermanos de Yosef lo miraban mientras partía con los madianitas, y cuando lo vieron con ropas encima, gritaron tras ellos: «¡Dadnos su vestidura! Lo vendimos desnudo, sin ropas.» Sus dueños se negaron a ceder a su exigencia, pero convinieron en compensar a los hermanos con cuatro pares de sandalias, y Yosef conservó su vestidura, la misma con que iba ataviado cuando llegó a Mitsraim y fue vendido a Potifar, la misma con que fue encerrado en la prisión y compareció ante el Paró, y la misma que llevaba cuando fue gobernante de Mitsraim.
Como expiación por las veinte piezas de plata que sus hermanos recibieron a cambio de Yosef, Dios ordenó que todo hijo primogénito fuese rescatado por el sacerdote con una suma igual, y, además, que todo israelita pagara anualmente al santuario tanto como tocó a cada uno de los hermanos como su parte del precio.
Los hermanos de Yosef compraron sandalias con el dinero, pues dijeron: «No lo comeremos, porque es el precio de la sangre de nuestro hermano, sino que lo pisaremos, pues dijo que se enseñorearía de nosotros, y veremos qué será de sus sueños.» Y por esta razón se ha ordenado el precepto de que aquel que rehúse levantar un nombre en Israel a su hermano que ha muerto sin tener hijo, se le quite la sandalia de su pie, y su rostro sea escupido. Los hermanos de Yosef rehusaron hacer cosa alguna para preservar su vida, y por eso HaShem soltó sus sandalias de sus pies, pues, cuando bajaron a Mitsraim, los esclavos de Yosef les quitaron las sandalias de sus pies al entrar por las puertas, y se postraron ante Yosef como ante un Paró, y, mientras yacían postrados, fueron escupidos y puestos en vergüenza ante los egipcios.
Los madianitas prosiguieron su viaje hacia Guilad, pero pronto se arrepintieron de la compra que habían hecho. Temían que Yosef hubiese sido robado en la tierra de los hebreos, aunque se lo hubieran vendido como esclavo, y que si sus parientes lo encontraban con ellos, se les infligiría la muerte por el rapto de un hombre libre. La manera altanera de los hijos de Yaakov confirmó su sospecha de que podían ser capaces de robar hombres. Su acción malvada explicaría, también, por qué habían aceptado una suma tan pequeña a cambio de Yosef. Mientras discutían estos puntos, vieron venir hacia ellos la caravana de ismaelitas que los hijos de Yaakov habían observado antes, y resolvieron ceder a Yosef a ellos, para al menos no perder el precio que habían pagado, y escapar al mismo tiempo del peligro de ser hechos cautivos por el crimen de secuestrar a un hombre. Y los ismaelitas compraron a Yosef a los madianitas, y pagaron el mismo precio que sus anteriores dueños habían dado por él.
Los tres amos de Yosef
Por regla general, la única mercancía con que los ismaelitas cargaban sus camellos era brea y pieles de bestias. Por una disposición providencial, esta vez llevaban sacos de perfumería en lugar de su acostumbrada carga maloliente, para que una dulce fragancia fuese llevada hasta Yosef en su viaje a Mitsraim. Estas sustancias aromáticas convenían bien a Yosef, cuyo cuerpo emitía un olor agradable, tan grato y penetrante que el camino por donde viajaba quedaba impregnado de él, y a su llegada a Mitsraim el perfume de su cuerpo se extendió por toda la tierra, y las princesas reales, siguiendo el dulce aroma para rastrear su origen, alcanzaron el lugar en que estaba Yosef. Aun después de su muerte, la misma fragancia era esparcida por sus huesos, lo que permitió a Moshé distinguir los restos de Yosef de todos los demás, y cumplir el juramento de los hijos de Israel de enterrarlos en la Tierra de Israel.
Cuando Yosef supo que los ismaelitas lo llevaban a Mitsraim, comenzó a llorar amargamente ante la idea de ser alejado tanto de Kena’an y de su padre. Uno de los ismaelitas notó el llanto y los gritos de Yosef, y, pensando que le resultaba incómodo cabalgar, lo bajó del lomo del camello y le permitió andar a pie. Pero Yosef siguió llorando y sollozando, clamando sin cesar: «¡Oh padre, padre!» Otro de la caravana, cansado de sus lamentos, lo golpeó, causando solo más lágrimas y gemidos, hasta que el joven, exhausto por su pena, fue incapaz de seguir adelante. Entonces todos los ismaelitas de la compañía le repartieron golpes. Lo trataron con implacable crueldad y trataron de acallarlo con amenazas. Dios vio la angustia de Yosef, y envió oscuridad y terror sobre los ismaelitas, y sus manos se volvían rígidas cuando las alzaban para asestar un golpe. Asombrados, se preguntaban por qué Dios les hacía así en el camino. No sabían que era por causa de Yosef.
El viaje continuó hasta que llegaron a Efrat, el lugar del sepulcro de Rajel. Yosef corrió a la tumba de su madre, y arrojándose sobre ella, gimió y lloró, diciendo: «Oh madre, madre, que me diste a luz, levántate, sal y mira cómo tu hijo ha sido vendido a la esclavitud, sin nadie que se apiade de él. Levántate, ve a tu hijo, y llora conmigo por mi desdicha, y observa la crueldad de mis hermanos. Despierta, oh madre, sacúdete de tu sueño, levántate y prepárate para la contienda con mis hermanos, que me despojaron hasta de mi camisa, y me vendieron como esclavo a mercaderes, que a su vez me vendieron a otros, y sin misericordia me arrancaron de mi padre. Levántate, acusa a mis hermanos ante Dios, y ve a quién justificará Él en el juicio, y a quién hallará culpable. Levántate, oh madre, despierta de tu sueño, mira cómo mi padre está conmigo en su alma y en su espíritu, y consuélalo y alivia su corazón apesadumbrado.»
Yosef lloró y clamó sobre la tumba de su madre, hasta que, extenuado de pena, quedó inmóvil como una piedra. Entonces oyó una voz cargada de lágrimas que le hablaba desde las profundidades, diciendo: «Hijo mío Yosef, hijo mío, oí tus quejas y tus gemidos, vi tus lágrimas y conocí tu miseria, hijo mío. Estoy afligida por tu causa, y tu aflicción se añade a la carga de mi aflicción. Pero, hijo mío Yosef, pon tu confianza en Dios y espera en Él. No temas, pues HaShem está contigo, y Él te librará de todo mal. Baja a Mitsraim con tus amos, hijo mío; nada temas, pues HaShem está contigo, oh hijo mío.» Esto y mucho más semejante profirió la voz, y luego calló. Yosef escuchó al principio con gran asombro, y luego rompió en renovadas lágrimas. Enfurecido por ello, uno de los ismaelitas lo apartó de la tumba de su madre a patadas y maldiciones. Entonces Yosef suplicó a sus amos que lo llevaran de vuelta a su padre, que les daría grandes riquezas como recompensa. Pero ellos dijeron: «¡Cómo, si eres un esclavo! ¿Cómo puedes saber dónde está tu padre? Si hubieras tenido a un hombre libre por padre, no te habrían vendido dos veces por una suma miserable.» Y entonces su furia contra él aumentó, lo golpearon y maltrataron, y él lloró amargas lágrimas.
Ahora bien, Dios miró la angustia de Yosef, y envió oscuridad para envolver la tierra una vez más. Una tormenta se desató, los relámpagos fulguraron, y con los rayos toda la tierra tembló, y los ismaelitas perdieron el camino en su terror. Las bestias y los camellos se detuvieron, y, por más que los arrieros los golpearan, se negaban a moverse del lugar, sino que se agazapaban contra el suelo. Entonces los ismaelitas se hablaron unos a otros, y dijeron: «¿Por qué ha traído Dios esto sobre nosotros? ¿Cuáles son nuestros pecados, cuáles nuestras faltas, para que tales cosas nos sucedan?» Uno de ellos dijo a los demás: «Acaso esto ha venido sobre nosotros por razón del pecado que hemos cometido contra este esclavo. Roguémosle encarecidamente que nos conceda perdón, y si entonces Dios se apiada, y deja que estas tormentas pasen de nosotros, sabremos que sufrimos daño a causa del agravio que infligimos a este esclavo.»
Los ismaelitas hicieron conforme a estas palabras, y dijeron a Yosef: «Hemos pecado contra Dios y contra ti. Ora a tu Dios, y suplícale que retire de nosotros esta plaga de muerte, pues reconocemos que hemos pecado contra Él.» Yosef cumplió su deseo, y Dios escuchó su súplica, y la tormenta se apaciguó. Todo alrededor quedó en calma, las bestias se levantaron de su posición yacente, y la caravana pudo proseguir su camino. Ahora los ismaelitas vieron claramente que toda su desgracia había venido sobre ellos por causa de Yosef, y se hablaron unos a otros, diciendo: «Ahora sabemos que todo este mal nos ha acontecido a causa de este pobre muchacho, ¿y por qué habríamos de acarrearnos la muerte con nuestros propios actos? Tomemos consejo juntos sobre qué ha de hacerse con el esclavo.» Uno de ellos aconsejó que se cumpliera el deseo de Yosef y se le llevara de vuelta a su padre. Entonces estarían seguros de recibir el dinero que habían pagado por él. Este plan fue rechazado, porque habían cumplido gran parte de su viaje y no estaban dispuestos a desandar sus pasos. Resolvieron, por tanto, llevar a Yosef a Mitsraim y venderlo allí. Se librarían de él de este modo, y además recibirían un buen precio por él.
Continuaron su viaje hasta los confines de Mitsraim, y allí se encontraron con cuatro hombres, descendientes de Medán, el hijo de Avraham, y a estos vendieron a Yosef por cinco siclos. Las dos compañías, los ismaelitas y los medanitas, llegaron a Mitsraim el mismo día. Estos últimos, al oír que Potifar, un oficial del Paró, el capitán de la guardia, buscaba un buen esclavo, acudieron a él enseguida, para tratar de cederle a Yosef. Potifar estaba dispuesto a pagar hasta cuatrocientas piezas de plata, pues, por alto que fuera el precio, no parecía demasiado por un esclavo que le agradaba tanto como Yosef. Sin embargo, puso una condición. Dijo a los medanitas: «Os pagaré el precio pedido, pero debéis traerme a la persona que os vendió al esclavo, para que pueda estar en posición de averiguar todo acerca de él, pues el joven no me parece ni esclavo ni hijo de esclavo. Parece ser de sangre noble. Debo convencerme de que no fue robado.» Los medanitas trajeron a los ismaelitas ante Potifar, y estos testificaron que Yosef era un esclavo, que ellos lo habían poseído y lo habían vendido a los medanitas. Potifar quedó satisfecho con este informe, pagó el precio pedido por Yosef, y los medanitas y los ismaelitas siguieron su camino.
La túnica de Yosef llevada a su padre
Apenas fue la venta de Yosef un hecho consumado, los hijos de Yaakov se arrepintieron de su acción. Incluso corrieron tras los madianitas para rescatar a Yosef, pero sus esfuerzos por alcanzarlos fueron vanos, y hubieron de aceptar lo inevitable. Entretanto, Reuvén se había reunido de nuevo con sus hermanos. Había estado tan hondamente absorto en penitencias, en orar y estudiar la Torá, en expiación de su pecado contra su padre, que no había podido permanecer con sus hermanos y apacentar los rebaños, y así ocurrió que no estuvo en el sitio cuando Yosef fue vendido. Su primer diligencia fue ir al pozo, con la esperanza de hallar allí a Yosef. En ese caso lo habría llevado y devuelto a su padre a escondidas, sin conocimiento de sus hermanos. Se apostó en la boca del pozo y llamó una y otra vez: «¡Yosef, Yosef!» Al no recibir respuesta, concluyó que Yosef había perecido, ya fuese por el terror o a resultas de una mordedura de serpiente, y descendió al pozo, solo para hallar que no estaba allí, ni vivo ni muerto. Subió de nuevo a lo alto, y rasgó sus vestiduras, y clamó: «¡El muchacho no está, y qué respuesta daré a mi padre, si ha muerto!» Entonces Reuvén volvió a sus hermanos, y les dijo que Yosef había desaparecido del pozo, de lo cual estaba profundamente apenado, porque él, siendo el mayor de los hijos, era responsable ante su padre Yaakov. Los hermanos confesaron sin rodeos lo que habían hecho con Yosef, y le contaron cómo habían tratado de reparar su acción malvada, y cómo sus esfuerzos habían sido vanos.
Ya no quedaba más que inventar una explicación verosímil de la desaparición de su hermano para darla a Yaakov. Antes que nada, sin embargo, hicieron un juramento de no revelar a su padre ni a ningún ser humano lo que en verdad habían hecho con Yosef. Quien violara el juramento sería pasado a espada por los demás. Luego deliberaron sobre qué decir a Yaakov. Fue consejo de Yisajar rasgar la túnica de muchos colores de Yosef y mojarla en la sangre de un cabrito de las cabras, para hacer creer a Yaakov que a su hijo lo había despedazado una fiera. La razón por la que propuso un cabrito era que su sangre se parece a la sangre humana. En expiación de este acto de engaño, se ordenó que se usara un cabrito como sacrificio de expiación cuando se consagró el Mishkán.
Shimón se opuso a esta propuesta. No quería desprenderse de la túnica de Yosef, y amenazó con derribar a cualquiera que intentara arrancársela por la fuerza. La razón de su vehemencia era que estaba muy encolerizado contra sus hermanos por no haber matado a Yosef. Pero ellos lo amenazaron a su vez, diciendo: «Si no entregas la túnica, diremos que fuiste tú quien cometió la mala acción». Ante eso Shimón la entregó, y Naftalí la llevó a Yaakov, poniéndola en sus manos con estas palabras: «Cuando llevábamos nuestros rebaños de vuelta a casa, encontramos esta prenda cubierta de sangre y polvo en el camino, un poco más allá de Shejem. Reconoce ahora si es la túnica de tu hijo o no». Yaakov reconoció la túnica de Yosef y, deshecho de dolor, cayó postrado y largo rato quedó en tierra inmóvil, como una piedra. Luego se levantó, lanzó un fuerte grito y lloró, diciendo: «Es la túnica de mi hijo».
A toda prisa Yaakov envió a un esclavo a sus hijos, para pedirles que vinieran a él, y así saber más de lo ocurrido. Al atardecer llegaron todos, rasgadas las vestiduras y esparcido polvo sobre sus cabezas. Cuando confirmaron todo lo que Naftalí le había dicho, Yaakov prorrumpió en duelo y lamento: «Es la túnica de mi hijo; una fiera lo ha devorado; sin duda Yosef ha sido despedazado. Os lo envié para ver si estabais bien vosotros y bien el rebaño. Fue a cumplir mi encargo, y mientras yo lo creía con vosotros, sobrevino la desgracia». A esto los hijos de Yaakov respondieron: «No vino a nosotros en absoluto. Desde que te dejamos, no hemos puesto los ojos en él».
Tras estas palabras, Yaakov ya no pudo dudar de que a Yosef lo habían despedazado las fieras, y lloró por su hijo, diciendo: «Oh, hijo mío Yosef, hijo mío, te envié a preguntar por el bienestar de tus hermanos, y ahora te han despedazado las fieras. Por mi culpa te ha sobrevenido esta desgracia. Estoy afligido por ti, hijo mío, hondamente afligido. ¡Qué dulce era tu vida para mí, y qué amarga es tu muerte! Ojalá hubiera muerto yo por ti, oh Yosef, hijo mío, pues ahora estoy afligido por tu causa. Oh, hijo mío Yosef, ¿dónde estás, y dónde está tu alma? Levántate, levántate de tu lugar, y mira mi dolor por ti. Ven y cuenta las lágrimas que ruedan por mis mejillas, y lleva su cuenta ante Dios, para que su ira se aparte de mí. Oh Yosef, hijo mío, ¡qué dolorosa y espantosa fue tu muerte! Nadie ha muerto una muerte como la tuya desde que el mundo existe. Bien sé que ocurrió a causa de mis pecados. ¡Ah, si volvieras y vieras la amarga pena que tu desgracia me ha traído! Pero es verdad, no fui yo quien te creó ni te formó. No te di ni espíritu ni alma, sino que Dios te creó. Él formó tus huesos, los cubrió de carne, sopló el aliento de vida en tus narices, y luego te entregó a mí. Y Dios, que te dio a mí, Él te ha quitado de mí, y de Él me ha venido esta disposición. ¡Lo que HaShem hace, bien hecho está!». Con estas palabras y muchas otras semejantes lloró y lamentó Yaakov a su hijo, hasta que cayó a tierra postrado e inmóvil.
Cuando los hijos de Yaakov vieron la vehemencia del dolor de su padre, se arrepintieron de su acto y lloraron amargamente. Sobre todo Yehudá quedó traspasado de dolor. Puso la cabeza de su padre sobre sus rodillas, y le enjugaba las lágrimas que le brotaban de los ojos, mientras él mismo prorrumpía en violento llanto. Los hijos de Yaakov y sus mujeres buscaron todos consolar a su padre. Dispusieron un gran servicio conmemorativo, y lloraron y guardaron duelo por la muerte de Yosef y por la pena de su padre. Pero Yaakov rehusó ser consolado.
La noticia de la muerte de su hijo le costó a la familia de Yaakov la pérdida de dos de sus miembros. Bilhá y Diná no pudieron sobrevivir a su pena. Bilhá falleció el mismo día en que la noticia llegó a Yaakov, y Diná murió poco después, de modo que tuvo tres pérdidas que llorar en un solo mes.
Recibió la noticia de la muerte de Yosef en el séptimo mes, Tishrí, y en el décimo día del mes; por eso a los hijos de Israel se les manda llorar y afligir sus almas en este día. Además, en este día la ofrenda por el pecado, para expiación, ha de ser un cabrito de las cabras, porque los hijos de Yaakov pecaron con un cabrito, en cuya sangre mojaron la túnica de Yosef, y así trajeron el dolor sobre Yaakov.
Cuando se hubo repuesto un poco del golpe aturdidor que le había dado la noticia de la muerte de su hijo predilecto, Yaakov se levantó del suelo y se dirigió a sus hijos, mientras las lágrimas le corrían sin cesar por las mejillas. «Arriba —dijo—, tomad vuestras espadas y vuestros arcos, salid al campo y buscad; quizá halléis el cuerpo de mi hijo y me lo traigáis, para que pueda enterrarlo. Estad atentos también a las fieras, y atrapad la primera que encontréis. Apresadla y traédmela. Puede que Dios se apiade de mi dolor y ponga en vuestras manos a la fiera que ha despedazado a mi hijo, y me vengaré de ella».
Los hijos de Yaakov partieron al día siguiente a cumplir el mandato de su padre, mientras él quedaba en casa llorando y lamentándose por Yosef. En el desierto hallaron un lobo, que atraparon y llevaron vivo a Yaakov, diciendo: «Aquí está la primera fiera que encontramos, y te la hemos traído. Pero del cuerpo de tu hijo no vimos rastro». Yaakov agarró al lobo y, entre fuertes sollozos, le dirigió estas palabras: «¿Por qué devoraste a mi hijo Yosef, sin ningún temor del Dios de la tierra, y sin pensar en el dolor que traerías sobre mí? Devoraste a mi hijo sin razón, no era culpable de transgresión alguna, y echaste sobre mí la responsabilidad de su muerte. Pero Dios venga al perseguido».
Para dar consuelo a Yaakov, Dios abrió la boca de la fiera, y esta habló: «Por vida de HaShem, que me ha creado, y por tu vida, mi señor, no he visto a tu hijo ni lo he despedazado. De una tierra lejana vine a buscar a mi propia cría, que sufrió una suerte semejante a la tuya. Ha desaparecido, y no sé si está muerta o viva, y por eso vine aquí hace diez días para encontrarla. Hoy, mientras la buscaba, tus hijos me toparon, y me apresaron, y, añadiendo más dolor a mi dolor por mi cría perdida, me trajeron aquí, ante ti. Esta es mi historia, y ahora, oh hijo del hombre, estoy en tus manos, puedes disponer de mí este día como bien te parezca; pero te juro por el Dios que me ha creado, no he visto a tu hijo, ni lo he despedazado, jamás ha entrado carne de hombre en mi boca». Asombrado por el discurso del lobo, Yaakov lo dejó ir, sin estorbo, adondequiera que fuese, pero siguió llorando a su hijo Yosef como antes.
Es ley de la naturaleza que, por mucho que uno se aflija por la muerte de un ser querido, al cabo de un año el consuelo halla su camino al corazón del que está de duelo. Pero la desaparición de un hombre vivo jamás puede borrarse de la memoria. Por eso el hecho de que fuera inconsolable hizo a Yaakov sospechar que Yosef vivía, y no dio entero crédito al relato de sus hijos. Su vaga sospecha se vio reforzada por algo que le sucedió. Subió a las montañas, talló doce piedras de la cantera, y escribió en ellas los nombres de sus hijos, sus constelaciones y los meses correspondientes a las constelaciones —una piedra por cada hijo—, así: «Reuvén, Carnero, Nisán», y lo mismo para cada uno de sus doce hijos. Luego se dirigió a las piedras y les mandó que se inclinaran ante la marcada con el nombre, la constelación y el mes de Reuvén, y no se movieron. Dio la misma orden respecto de la piedra marcada para Shimón, y de nuevo las piedras quedaron quietas. Y así hizo con todos sus hijos, hasta llegar a la piedra de Yosef. Cuando habló acerca de esta, «Os ordeno que caigáis ante Yosef», todas se postraron. Probó lo mismo con otras cosas, con árboles y con gavillas, y siempre el resultado fue el mismo, y Yaakov no pudo menos que sentir que su sospecha era cierta: Yosef vivía.
Había una razón por la que Dios no reveló a Yaakov la verdadera suerte de Yosef. Cuando sus hermanos vendieron a Yosef, el temor de que el relato de su iniquidad llegara a oídos de Yaakov los llevó a pronunciar el anatema contra cualquiera que revelara la verdad sin el consentimiento de todos los demás. Yehudá objetó que un anatema es inválido a menos que se decrete en presencia de diez personas, y no eran más que nueve, pues Reuvén y Binyamín no estaban presentes cuando se cerró la venta de Yosef. Para sortear la dificultad, los hermanos contaron a Dios como la décima persona, y por eso Dios se sintió obligado a abstenerse de revelar a Yaakov el verdadero estado de las cosas. Tuvo miramiento, por así decirlo, por el anatema pronunciado por los hermanos de Yosef. Y como Dios mantuvo la verdad en secreto ante Yaakov, Yitsjak no se sintió con derecho a ponerlo al tanto de la suerte de su nieto, que él conocía bien, pues era profeta. Siempre que estaba en compañía de Yaakov, guardaba duelo con él, pero en cuanto se apartaba de él, dejaba de manifestar pena, porque sabía que Yosef vivía.
Así, Yaakov era el único entre los parientes más cercanos de Yosef que permanecía en la ignorancia de la verdadera fortuna de su hijo, y era el que, de todos ellos, tenía mayor razón para lamentar su muerte. Dijo: «El pacto que Dios hizo conmigo respecto de las doce tribus queda ahora anulado y sin efecto. En vano me esforcé por establecer las doce tribus, ya que ahora la muerte de Yosef ha destruido el pacto. Todas las obras de Dios fueron hechas en correspondencia con el número de las tribus: doce son los signos del zodíaco, doce los meses, doce horas tiene el día, doce la noche, y doce piedras están engastadas en el pectoral de Aharón; y ahora que Yosef se ha ido, el pacto de las tribus queda reducido a nada».
No podía reemplazar al hijo perdido contrayendo un nuevo matrimonio, pues había hecho a su suegro la promesa de no tomar por esposa a ninguna fuera de sus hijas, y esta promesa, según él la interpretaba, seguía vigente tras la muerte de las hijas de Laván tanto como mientras vivían.
Además del dolor por su pérdida y del pesar por la ruptura del pacto de las tribus, Yaakov tenía todavía otra razón para llorar la muerte de Yosef. Dios había dicho a Yaakov: «Si ninguno de tus hijos muere durante tu vida, podrás tenerlo por señal de que no serás puesto en el Gehinom después de tu muerte». Creyendo muerto a Yosef, Yaakov tenía también que llorar su propia suerte, pues ahora creía estar condenado al Gehinom. Su duelo duró veintidós años completos, correspondientes al número de años que había vivido apartado de sus padres, sin haber cumplido con ellos el deber de un hijo.
En su duelo, Yaakov se puso cilicio sobre los lomos, y con ello se hizo modelo para los reyes y príncipes de Israel, pues David, Ajav, Yoram y Mordejái hicieron lo mismo cuando una gran desgracia sobrevino a la nación.
Yehudá y sus hijos
Cuando los hijos de Yaakov vieron cuán inconsolable estaba su padre, fueron a Yehudá y le dijeron: «Esta gran desgracia es culpa tuya». Yehudá respondió: «Fui yo quien os preguntó: ¿Qué provecho hay en matar a nuestro hermano y ocultar su sangre? Y ahora decís que el pecado recae sobre mí». Los hermanos siguieron argumentando: «Pero fuiste tú quien dijo: Venid y vendámoslo a los ismaelitas, y seguimos tu consejo. Si hubieras dicho: Devolvámoslo a su padre, también habríamos atendido esas palabras tuyas».
Los hermanos privaron entonces a Yehudá de su dignidad, pues hasta ese momento había sido su rey, y también lo excluyeron de su compañía, y él hubo de buscar fortuna solo. Por mediación de su pastor principal, Hirá, trabó conocimiento con el rey cananeo de Adulam, llamado Barsán. Aunque conocía bien la corrupción de las generaciones de Kena’an, dejó que la pasión lo dominara, y tomó por esposa a una cananea. El rey de Adulam dio un banquete en su honor, en el que su hija Bat-Shúa escanció el vino, y, embriagado de vino y de pasión, Yehudá la tomó y se casó con ella. La acción de Yehudá puede compararse con la del león que pasa junto a una carroña y come de ella, aunque un perro que lo precedía en el camino se hubiera negado a tocarla. Hasta Esav llegó con el tiempo a reconocer que las hijas de Kena’an eran malvadas, y el león Yehudá hubo de tomar a una de ellas por esposa. El espíritu santo clamó contra Yehudá cuando se casó con la mujer cananea de Adulam, diciendo: «La gloria de Israel bajó a Adulam».
El primogénito de Yehudá de este matrimonio se llamó Er, «el sin hijos», nombre adecuado para quien murió sin engendrar descendencia. Por deseo de Yehudá, Er se casó con Tamar, hija de Aram, hijo de Shem; pero, como ella no era cananea, la madre de él usó artimañas contra ella, y él no la conoció, y un ángel de HaShem lo mató al tercer día después de su boda. Entonces Yehudá dio a Tamar a su segundo hijo, Onán, celebrándose el matrimonio antes de que transcurriera la semana de festejos nupciales por Er. Un año entero vivió Onán con Tamar sin conocerla, y cuando, al fin, Yehudá profirió amenazas contra él por ello, sí tuvo trato con ella, pero, atendiendo a las instrucciones de su madre, se cuidó de no engendrar hijos con ella. También él murió a causa de su iniquidad, y su nombre, Onán, «duelo», estuvo bien escogido, pues muy pronto su padre hubo de guardar duelo por él. Concibió entonces Yehudá el plan de casar a Tamar con su hijo menor, Shelá, pero su mujer no lo consintió. Odiaba a Tamar porque no era de las hijas de Kena’an como ella, y mientras Yehudá estaba fuera de casa, Bat-Shúa escogió esposa para su hijo Shelá de entre las hijas de Kena’an. Yehudá se enojó mucho con Bat-Shúa por lo que había hecho, y también Dios derramó su ira sobre ella, pues a causa de su maldad hubo de morir, y su muerte ocurrió un año después de la de sus dos hijos.
Ahora que Bat-Shúa había muerto, Yehudá bien podría haber cumplido su deseo y casado a Tamar con su hijo menor. Pero esperó a que Shelá creciera, porque temía por su vida, viendo que Tamar había traído la muerte a dos maridos antes que a él. Así que ella permaneció viuda en casa de su padre durante dos años. Dotada del don de profecía, Tamar sabía que estaba destinada a ser la antepasada de David y del Mesías, y resolvió aventurarse en una medida extrema para asegurarse de cumplir su destino. En consecuencia, cuando el espíritu santo le reveló que Yehudá subía a Timná, se despojó de las vestiduras de su viudez, y se sentó a la puerta de la tienda de Avraham, y allí se encontró con Yehudá. En todo el tiempo que vivió en casa de su suegro, él nunca le había visto el rostro, pues en su virtud y castidad siempre lo había llevado cubierto, y ahora, cuando Yehudá la encontró, no la reconoció. Fue como recompensa por su recato que Dios la hizo llegar a ser la madre de la línea real de David, y la antepasada de Yeshayahu, y también de su padre Amóts, ambos profetas y de sangre real.
Yehudá pasó junto a Tamar sin prestarle atención alguna, y ella alzó los ojos al cielo y dijo: «Oh Señor del mundo, ¿saldré vacía de la casa de este hombre piadoso?». Entonces Dios envió al ángel que está encargado de la pasión del amor, y este obligó a Yehudá a volver atrás. Con cautela profética, Tamar exigió que, como prenda de la recompensa que él le prometía, le dejara su sello, su manto y su báculo, los símbolos de la realeza, la judicatura y el mesianismo, las tres distinciones de los descendientes de Tamar de su unión con Yehudá. Cuando Yehudá le envió la recompensa prometida, un cabrito de las cabras, por mano de su amigo, a fin de recobrar las prendas de manos de ella, no se pudo hallar a Tamar, y él temió seguir buscándola, no fuera a quedar en vergüenza. Pero Tamar, que pronto advirtió que estaba encinta, se sintió muy feliz y orgullosa, pues sabía que sería madre de reyes y redentores.
Cuando su estado se hizo notorio, fue arrastrada por la fuerza ante el tribunal, en el que Yitsjak, Yaakov y Yehudá se sentaban como jueces. Yehudá, por ser el más joven de los jueces y el de menor rango, fue el primero en dar sentencia, pues así está prescrito en las causas criminales: que los jueces prominentes no intimiden a los menores ni influyan indebidamente en sus decisiones. Fue parecer de Yehudá que la mujer era reo de pena de muerte por fuego, pues era hija del sumo sacerdote Shem, y la muerte por fuego es el castigo que la ley ordena para la hija de un sumo sacerdote que lleva una vida impúdica.
Comenzaron los preparativos de su ejecución. En vano buscó Tamar las tres prendas que había recibido de Yehudá; no lograba encontrarlas, y casi perdió la esperanza de poder arrancar una confesión a su suegro. Alzó los ojos a Dios y oró: «Suplico tu gracia, oh Dios, tú que prestas oído al clamor del afligido en la hora de su necesidad; respóndeme, para que se me conserve la vida y traiga al mundo a los tres hijos santos, que estarán prontos a sufrir la muerte por fuego, por la gloria de tu Nombre». Y Dios le concedió su petición, y envió abajo al ángel Mijael para socorrerla. Puso las prendas en un lugar donde Tamar no podía dejar de verlas, y ella las tomó, y las arrojó a los pies de los jueces, con estas palabras: «Del hombre de quien son estas cosas estoy encinta; pero, aunque perezca en las llamas, no lo delataré. Espero en el Señor del mundo que Él vuelva el corazón del hombre, para que haga confesión de ello». Entonces Yehudá se levantó y dijo: «Con vuestro permiso, hermanos míos, y vosotros, hombres de la casa de mi padre, hago saber que con la medida con que un hombre mide, se le medirá, sea para bien o para mal; pero dichoso el hombre que reconoce sus pecados. Porque tomé la túnica de Yosef, y la teñí con la sangre de un cabrito, y luego la puse a los pies de mi padre, diciendo: Reconoce ahora si es la túnica de tu hijo o no; por eso debo ahora confesar, ante el tribunal, a quién pertenecen este sello, este manto y este báculo. Pero es mejor que yo sea avergonzado en este mundo, a que sea avergonzado en el otro mundo, ante el rostro de mi padre piadoso. Es mejor que perezca en un fuego que se puede apagar, a que sea arrojado al fuego del Gehinom, que devora otros fuegos. Ahora, pues, reconozco que Tamar es inocente. De mí está encinta, no porque se entregara a una pasión ilícita, sino porque yo detuve su matrimonio con mi hijo Shelá». Entonces se oyó una voz celestial que decía: «¡Ambos sois inocentes! ¡Fue voluntad de Dios que así sucediera!».
La confesión franca de Yehudá indujo a su hermano mayor, Reuvén, a reconocer públicamente el pecado que había cometido contra su padre, pues lo había mantenido en secreto hasta entonces.
Tamar dio a luz hijos mellizos, Péretz y Zéraj, ambos semejantes a su padre en valentía y piedad. Al primero lo llamó Péretz, «poderoso», porque dijo: «Te mostraste de gran poder, y es justo y propio que seas fuerte, pues estás destinado a poseer el reino». Al segundo hijo lo llamó Zéraj, porque asomó del vientre antes que su hermano, pero fue empujado de nuevo hacia atrás para dar paso a Péretz. Estos dos, Péretz y Zéraj, fueron enviados como espías por Yehoshúa, y el cordón que Rajav ató en la ventana de su casa como señal para el ejército de los israelitas lo recibió de Zéraj. Era el hilo escarlata que la partera había atado a su mano, para señalarlo como el niño que asomó primero y se retiró.
Las mujeres de los hijos de Yaakov
Yehudá fue el primero de los hijos de Yaakov en entrar en matrimonio. Tras la venta de Yosef a los madianitas, sus hermanos habían dicho a Yehudá: «Si las cosas fueran como antes, nuestro padre nos proveería ahora de esposas. Tal como están, él está enteramente absorto en su dolor por Yosef, y nosotros debemos buscarnos esposas por nuestra cuenta. Tú eres nuestro jefe, y tú debes casarte primero».
El matrimonio de Yehudá con Alit, hija del noble mercader Shúa, consumado en Adulam, residencia de su amigo Hirá —o, como se le llamó después, Jiram, rey de Tiro—, no fue feliz. Sus dos hijos mayores murieron, y poco después también su mujer. Fue el castigo de Yehudá por haber empezado una buena obra y dejarla sin terminar, pues «quien empieza una buena obra y no la lleva a término, atrae la desgracia sobre su propia cabeza». Yehudá había salvado a Yosef de la muerte, pero fue suya la idea de venderlo como esclavo. Si les hubiera insistido en devolver al muchacho a su padre, sus hermanos habrían obedecido sus palabras. Le faltó constancia para persistir hasta completar la obra de la liberación de Yosef, que había comenzado.
En el mismo año, el año de la desgracia de Yosef, todos sus demás hermanos se casaron también. La mujer de Reuvén se llamaba Elyoram, hija del cananeo Uzí de Timná. Shimón se casó primero con su hermana Diná, y luego con una segunda mujer. Cuando Shimón y Leví masacraron a los hombres de Shejem, Diná se negó a dejar la ciudad y seguir a sus hermanos, diciendo: «¿Adónde llevaré mi vergüenza?». Pero Shimón juró que se casaría con ella, como en efecto hizo después, y cuando ella murió en Mitsraim, él llevó su cuerpo a la Tierra de Israel y allí lo enterró. Diná dio a su hermano un hijo, y de su unión con Shejem, el hijo de Jamor, nació una hija, Asnat de nombre, después esposa de Yosef. Cuando esta hija le nació a Diná, sus hermanos, los hijos de Yaakov, quisieron matarla, para que el dedo de los hombres no señalara el fruto del pecado en la casa de su padre. Pero Yaakov tomó una lámina de estaño, inscribió en ella el Nombre Santo, y la ató al cuello de la niña, y la puso bajo un espino, y la abandonó allí. Un ángel llevó a la criatura abajo, a Mitsraim, donde Potifar la adoptó como hija suya, pues su mujer era estéril. Años después, cuando Yosef viajaba por el país como virrey, las doncellas le arrojaban regalos, para hacer que volviera los ojos hacia ellas y les diera ocasión de contemplar su hermosura. Asnat no poseía nada que sirviera de regalo, así que se quitó el amuleto que le colgaba del cuello y se lo dio. Así conoció Yosef su linaje, y se casó con ella, viendo que no era egipcia, sino allegada a la casa de Yaakov por su madre.
Además del hijo de Diná, Shimón tuvo otro hijo, cuyo nombre era Shaúl, de Buná, la doncella que había tomado cautiva en la campaña contra Shejem.
Leví y Yisajar se casaron con dos hijas de Yovav, nieto de Éver; la mujer del primero se llamaba Adiná, la del segundo, Aridá. La mujer de Dan fue Elflalet, hija del moabita Hamudán. Durante mucho tiempo su matrimonio quedó sin hijos; al fin tuvieron un hijo, al que llamaron Jushim. Gad y Naftalí se casaron con mujeres de Jarán, dos hermanas, hijas de Amorám, nieto de Najor. La mujer de Naftalí, Merimit, era la mayor de las dos, y la menor, la mujer de Gad, se llamaba Uzit.
La primera mujer de Asher fue Adon, hija de Eflal, nieto de Yishmael. Ella murió sin hijos, y él se casó con una segunda mujer, Hadorá, hija de Avimael, nieto de Shem. Esta había estado casada antes, siendo su primer marido Malkiel, también nieto de Shem, y el fruto de este primer matrimonio fue una hija, Séraj de nombre. Cuando Asher llevó a su mujer a Kena’an, la huérfana Séraj, de tres años, vino con ellos. Se crió en casa de Yaakov, y anduvo por el camino de los hijos piadosos, y Dios le dio belleza, sabiduría y sagacidad.
La mujer de Zevulún fue Maroshá, hija de Molad, nieto de Midián, el hijo de Avraham con Keturá.
Para Binyamín, cuando no tenía más que diez años, Yaakov tomó por esposa a Majliá, hija de Aram, nieto de Téraj, y ella le dio cinco hijos. A los dieciocho años se casó con una segunda mujer, Arbat, hija de Zimrán, un hijo de Avraham con Keturá, y con ella tuvo también cinco hijos.
Yosef, esclavo de Potifar
Cuando Yosef fue vendido como esclavo a los ismaelitas, calló por respeto a sus hermanos, y no dijo a sus amos que era hijo de Yaakov, un hombre grande y poderoso. Aun cuando llegó a los madianitas con los ismaelitas, y aquellos preguntaron por su linaje, siguió diciendo que era esclavo, solo para no avergonzar a sus hermanos. Pero el más distinguido de los madianitas reprendió a Yosef, diciendo: «No eres esclavo, tu aspecto te delata», y lo amenazó con la muerte si no reconocía la verdad. Yosef, sin embargo, se mantuvo firme; no quiso obrar con traición contra sus hermanos.
Llegados a Mitsraim, los dueños de Yosef no lograban ponerse de acuerdo respecto de él. Cada uno deseaba tener su posesión única y exclusiva. Decidieron por tanto dejarlo con un tendero hasta que volvieran de nuevo a Mitsraim con sus mercancías. Y Dios hizo que Yosef hallara gracia a ojos del tendero. Todo lo que tenía, toda su casa, lo puso en manos de Yosef, y por eso HaShem lo bendijo con mucha plata y oro, y Yosef permaneció con él tres meses y cinco días.
Por aquel tiempo vino de Menfis la mujer de Potifar, y puso los ojos en Yosef, de cuya hermosura de persona había oído hablar a los eunucos. Contó a su marido cómo cierto tendero se había enriquecido gracias a un joven hebreo, y añadió: «Pero se dice que al muchacho lo robaron de la tierra de Kena’an. Ve, pues, y siéntate a juzgar a su dueño, y lleva al muchacho a tu casa, para que el Dios de los hebreos te bendiga, pues la gracia del cielo reposa sobre el muchacho».
Potifar mandó llamar al tendero, y cuando este compareció ante él, le habló con dureza, diciendo: «¿Qué es esto que oigo? ¿Que robas almas de la tierra de Kena’an y traficas con ellas?». El tendero protestó su inocencia, y no se le pudo hacer retractarse de su afirmación de que una compañía de ismaelitas había dejado a Yosef a su cargo temporalmente, hasta que regresaran. Potifar lo hizo desnudar y azotar, pero él siguió repitiendo la misma declaración.
Entonces Potifar mandó llamar a Yosef. El joven se postró ante este jefe de los eunucos, pues era el tercero en rango entre los oficiales del Paró. Y se dirigió a Yosef y dijo: «¿Eres esclavo u hombre libre de nacimiento?», y Yosef respondió: «Esclavo». Potifar siguió interrogándolo: «¿De quién eres esclavo?». Yosef: «Pertenezco a los ismaelitas». Potifar: «¿Cómo llegaste a ser esclavo?». Yosef: «Me compraron en la tierra de Kena’an».
Pero Potifar rehusó dar crédito a lo que decía, e hizo también a él desnudar y azotar. La mujer de Potifar, que estaba junto a la puerta, vio cómo maltrataban a Yosef, y mandó decir a su marido: «Tu veredicto es injusto, pues castigas al joven libre de nacimiento, que fue robado de su lugar, como si fuera el que ha cometido un crimen». Como Yosef se mantuvo firme en lo que había dicho, Potifar lo mandó a prisión, hasta que sus amos regresaran. En su pecaminoso anhelo por él, su mujer quería tener a Yosef en su propia casa, y le reprochó a su marido con estas palabras: «¿Por qué mantienes preso al esclavo cautivo, de noble cuna? Más bien deberías darle la libertad y ponerlo a tu servicio». Él respondió: «La ley de los egipcios no nos permite tomar lo que pertenece a otro antes de que todos los títulos queden esclarecidos», y Yosef permaneció en prisión veinticuatro días, hasta el regreso de los ismaelitas a Mitsraim.
Entretanto, ellos habían oído en alguna parte que Yosef era hijo de Yaakov, y por eso le dijeron: «¿Por qué fingiste ser esclavo? Mira, tenemos noticia de que eres hijo de un hombre poderoso de Kena’an, y de que tu padre te llora vestido de cilicio». Yosef estuvo a punto de revelar su secreto, pero se contuvo por amor a sus hermanos, y repitió que era esclavo.
No obstante, los ismaelitas decidieron venderlo, para que no se lo hallara en sus manos, pues temían la venganza de Yaakov, quien, lo sabían, gozaba de alto favor ante HaShem y ante los hombres. El tendero rogó a los ismaelitas que lo rescataran de la persecución judicial de Potifar, y lo libraran de la sospecha de robo de hombres. Los ismaelitas, a su vez, celebraron una conferencia con Yosef, y le pidieron que testificara ante Potifar que lo habían comprado por dinero. Así lo hizo, y entonces el jefe de los eunucos lo liberó de prisión, y despidió a todas las partes implicadas.
Con el permiso de su marido, la mujer de Potifar envió a un eunuco a los ismaelitas, mandándole comprar a Yosef, pero este regresó e informó que pedían un precio exorbitante por el esclavo. Despachó a un segundo eunuco, encargándole cerrar el trato, y aunque pidieran una mina de oro, o incluso dos, no debía escatimar dinero: debía asegurarse de comprar al esclavo y traérselo. El eunuco dio a los ismaelitas ochenta piezas de oro por Yosef, aunque dijo a su ama que había pagado cien piezas. Yosef advirtió el engaño, pero calló, para que el eunuco no quedara en vergüenza.
Así se convirtió Yosef en esclavo del sacerdote idólatra Potifar, o Poti-Fera, como a veces se le llamaba. Se había hecho con el apuesto joven para un propósito lascivo, pero el ángel Gavriel lo mutiló de tal manera que no pudo llevarlo a cabo. Pronto tuvo su amo ocasión de notar que Yosef era tan piadoso como hermoso, pues siempre que estaba ocupado en sus tareas, susurraba una oración: «Oh Señor del mundo, tú eres mi confianza, tú eres mi protección. Hazme hallar gracia y favor a tus ojos, y a los ojos de todos los que me ven, y a los ojos de mi amo Potifar». Cuando Potifar notó el movimiento de sus labios, dijo a Yosef: «¿Te propones lanzar un hechizo sobre mí?». «No —respondió el joven—, estoy suplicando a Dios que me haga hallar favor a tus ojos».
Su oración fue escuchada. Potifar se convenció de que Dios estaba con Yosef. A veces ponía a prueba los poderes milagrosos de Yosef. Si le llevaba una copa de hipocrás, decía: «Preferiría vino mezclado con ajenjo», y al punto el vino especiado se convertía en vino amargo. Cualquier cosa que deseara, podía estar seguro de obtenerla de Yosef, y veía con claridad que Dios cumplía los deseos de su esclavo. Por eso puso todas las llaves de su casa en manos de Yosef, y no se ocupaba de nada de lo que tenía, sin retener nada de Yosef salvo su mujer. Viendo que la Shejiná reposaba sobre él, Potifar trataba a Yosef no como a un esclavo, sino como a un miembro de su familia, pues decía: «Este joven no está hecho para el trabajo de esclavo; es digno del puesto de un príncipe». En consecuencia, dispuso que se le instruyera en las artes, y ordenó que tuviera mejor sustento que los demás esclavos.
Yosef dio gracias a Dios por su nuevo y feliz estado. Oró: «Bendito eres tú, oh HaShem, que me has hecho olvidar la casa de mi padre». Lo que hacía tan grata su fortuna presente era que se veía apartado de la envidia y los celos de sus hermanos. Dijo: «Cuando estaba en casa de mi padre, y él me daba algo bonito, mis hermanos me envidiaban el regalo, y ahora, oh HaShem, te doy gracias de que viva en la abundancia». Libre de inquietudes, volvió su atención a su apariencia externa. Se pintaba los ojos, se arreglaba el cabello, y procuraba ser elegante en su andar. Pero Dios le habló, diciendo: «Tu padre está de duelo entre cilicio y ceniza, mientras tú comes, bebes y te arreglas el cabello. Por eso incitaré a tu ama contra ti, y te verás en aprietos». Así se cumplió el secreto deseo de Yosef: que se le permitiera probar su piedad bajo la tentación, como había sido puesta a prueba la piedad de sus padres.
Yosef y Zuleika
«Arroja el palo al aire, siempre volverá a su lugar de origen». Como Rajel su madre, Yosef era de arrebatadora belleza, y la mujer de su amo se llenó de una pasión invencible por él. Su sentimiento se acrecentó con el pronóstico astrológico de que estaba destinada a tener descendencia por medio de Yosef. Esto era cierto, pero no en el sentido en que ella entendía la profecía. Yosef se casó más tarde con la hija de ella, Asnat, y esta le dio hijos, cumpliéndose así lo que se había leído en las estrellas.
Al principio ella no confesó su amor a Yosef. Primero intentó seducirlo con artificios. Con el pretexto de visitarlo, iba a él de noche, y, como no tenía hijos, fingía un deseo de adoptarlo. Yosef oraba entonces a Dios en favor de ella, y le nació un hijo. Sin embargo, ella siguió abrazándolo como si fuera su propio hijo, y él no advertía sus malvados designios. Al fin, cuando reconoció su lasciva astucia, guardó duelo muchos días, y se esforzó por apartarla de su pasión pecaminosa con la palabra de Dios. Ella, por su parte, a menudo lo amenazaba con la muerte, y lo entregaba a castigos para hacerlo dócil a su voluntad, y cuando estos medios no surtieron efecto en Yosef, buscó seducirlo con halagos. Le decía: «Te prometo que reinarás sobre mí y sobre todo lo que tengo, con tal de que te entregues a mí, y serás para mí lo mismo que mi legítimo esposo». Pero Yosef tenía presentes las palabras de sus padres, y se retiraba a su aposento, y ayunaba, y oraba a Dios para que lo librara de las redes de la mujer egipcia.
A pesar de las mortificaciones que practicaba, y aunque daba a los pobres y a los enfermos el alimento que le correspondía, su amo creía que llevaba una vida de lujo, pues aquellos que ayunan por la gloria de Dios se vuelven hermosos de rostro.
La mujer de Potifar hablaba con frecuencia a su marido alabando la castidad de Yosef, para que él no concibiera sospecha alguna del estado de sus sentimientos. Y, por otro lado, alentaba a Yosef en secreto, diciéndole que no temiera a su marido, que estaba convencido de la pureza de su vida, y que, aunque alguien le llevara chismes acerca de Yosef y de ella, Potifar no les daría crédito. Y cuando vio que todo esto era en vano, se le acercó con el ruego de que le enseñara la palabra de Dios, diciendo: «Si es tu deseo que yo abandone el culto a los ídolos, cumple entonces mi deseo, y persuadiré a ese marido egipcio mío de que abjure de los ídolos, y andaremos en la ley de tu Dios». Yosef respondió: «HaShem no desea que quienes le temen anden en impureza, ni se complace en el adúltero».
Otra vez vino a él y dijo: «Si no haces mi voluntad, mataré al egipcio y me casaré contigo conforme a la ley». Ante lo cual Yosef rasgó su vestidura y dijo: «Oh mujer, teme a HaShem, y no ejecutes esta mala acción, no sea que atraigas la destrucción sobre ti misma, pues yo proclamaré tus impíos propósitos ante todos, en público».
De nuevo le envió un plato preparado con hechizos, con el que esperaba someterlo a su poder. Pero cuando el eunuco se lo puso delante, Yosef vio la imagen de un hombre que le tendía una espada junto con el plato y, advertido por la visión, se cuidó bien de no probar el alimento. Pocos días después su señora vino a él y le preguntó por qué no había comido de lo que le había enviado. Él le reprochó, diciendo: «¿Cómo pudiste decirme tal cosa? Yo no me acerco a los ídolos, sino solo a HaShem. El Dios de mis padres me ha revelado tu iniquidad por medio de un ángel; pero, para que sepas que la malicia de los impíos no tiene poder sobre quienes temen a Dios con pureza, comeré tu alimento ante tus ojos, y el Dios de mis padres y el ángel de Avraham estarán conmigo». La mujer de Potifar cayó de bruces a los pies de Yosef y, entre lágrimas, prometió no volver a cometer este pecado.
Pero su pasión impura por Yosef no la abandonó, y la angustia por su deseo insatisfecho la puso de tan mal semblante que su marido le dijo: «¿Por qué está decaído tu rostro?». Y ella respondió: «Tengo un dolor en el corazón, y los gemidos de mi espíritu me oprimen».
Una vez, estando a solas con Yosef, se abalanzó sobre él gritando: «¡Me estrangularé, o me arrojaré a un pozo o a una fosa, si no te entregas a mí!». Al notar su extrema agitación, Yosef trató de calmarla con estas palabras: «Piensa que, si atentas contra tu vida, Asteho, la concubina de tu marido, tu rival, maltratará a tus hijos y borrará tu memoria de la tierra». Estas palabras, dichas con dulzura, produjeron el efecto contrario al que buscaban. Solo inflamaron más su pasión, al alimentar sus esperanzas. Ella dijo: «¡Ahí lo ves, ahora sí me amas! Me basta con que te preocupes por mí y por la seguridad de mis hijos. Espero ya que mi deseo se cumpla». No sabía que Yosef hablaba así por amor de Dios, y no por ella.
Su señora —o, como la llamaban, Zuleika— lo perseguía día tras día con su charla amorosa y sus halagos, diciendo: «¡Qué hermoso es tu aspecto, qué gallarda tu figura! Nunca he visto un esclavo tan bien parecido como tú». Yosef respondía: «Dios, que me formó en el vientre de mi madre, ha creado a todos los hombres».
Zuleika: «¡Qué hermosos son tus ojos, con los que has cautivado a todos los egipcios, hombres y mujeres!».
Yosef: «Por hermosos que sean mientras vivo, tan espantosos serán de mirar en la tumba».
Zuleika: «¡Qué encantadoras y placenteras son tus palabras! Te ruego, toma tu arpa, tañe y canta también, para que yo oiga tus palabras».
Yosef: «Encantadoras y placenteras son mis palabras cuando proclamo la alabanza de mi Dios».
Zuleika: «¡Qué hermoso es tu cabello! Toma mi peine de oro y péinatelo».
Yosef: «¿Hasta cuándo seguirás hablándome así? ¡Déjalo ya! Mejor sería que te ocuparas de tu casa».
Zuleika: «No hay en mi casa nada que me importe, salvo tú solo».
Pero la virtud de Yosef permanecía firme. Mientras ella hablaba así, él ni siquiera alzaba los ojos para mirar a su señora. Se mantuvo igual de firme cuando ella lo colmó de regalos, pues le proveía vestiduras de una clase para la mañana, otra para el mediodía y una tercera para la tarde. Tampoco las amenazas lograban moverlo. Ella le decía: «Levantaré falsas acusaciones contra ti ante tu amo», y Yosef respondía: «Adonái hace justicia a los oprimidos». O bien: «Te privaré de comida»; y Yosef: «Adonái da pan a los hambrientos». O: «Haré que te echen a la cárcel»; y Yosef: «Adonái libera a los prisioneros». O: «Te impondré trabajos pesados que te doblarán en dos»; y Yosef: «Adonái endereza a los encorvados». O: «Te cegaré los ojos»; y Yosef: «Adonái abre los ojos de los ciegos».
Cuando ella empezaba a prodigarle sus zalamerías, él las rechazaba con estas palabras: «Temo a mi amo». Pero Zuleika decía: «Lo mataré». Yosef respondía con indignación: «¿No te basta con querer hacer de mí un adúltero, sino que además me harías asesino?». Y añadía: «¡Temo a HaShem, mi Dios!».
Zuleika: «¡Tonterías! Él no está aquí para verte».
Yosef: «Grande es Adonái y muy digno de alabanza, y su grandeza es insondable».
Entonces ella llevó a Yosef a su alcoba, donde un ídolo colgaba sobre el lecho. Lo cubrió, para que no fuera testigo de lo que se disponía a hacer. Yosef dijo: «Aunque cubras los ojos del ídolo, recuerda: los ojos de Adonái recorren toda la tierra. Sí —continuó Yosef—, tengo muchas razones para no hacer esto, por amor de Dios. Adam fue desterrado del Paraíso por violar un mandato leve; ¡cuánto más habría yo de temer el castigo de Dios si cometiera un pecado tan grave como el adulterio! HaShem acostumbra a elegir a un miembro predilecto de nuestra familia como ofrenda para sí. Quizá desee escogerme a mí; pero si hago tu voluntad, me vuelvo indigno de ser ofrenda para Dios. También acostumbra HaShem a aparecerse de súbito, en visiones nocturnas, a quienes lo aman. Así se apareció a Avraham, Yitsjak y Yaakov, y temo que se me aparezca en el instante mismo en que me estuviera mancillando contigo. Y así como temo a Dios, temo a mi padre, que retiró el derecho de primogenitura a su hijo mayor, Reuvén, por un acto inmoral, y me lo dio a mí. Si yo cumpliera tu deseo, correría la misma suerte que mi hermano Reuvén».
Con tales palabras, Yosef se esforzaba por curar a la mujer de su amo de la pasión desenfrenada que había concebido por él, mientras se cuidaba de mantenerse lejos de un pecado atroz —no por temor al castigo que seguiría, ni por consideración a la opinión de los hombres, sino porque deseaba santificar el Nombre de Dios, bendito sea, ante todo el mundo. Era este sentimiento suyo lo que Zuleika no lograba comprender; y cuando, al fin, arrebatada por la pasión, le dijo con palabras inequívocas lo que deseaba, y él se apartó de ella, le dijo a Yosef: «¿Por qué te niegas a cumplir mi deseo? ¿No soy acaso una mujer casada? Nadie descubrirá lo que hayas hecho». Yosef respondió: «Si las mujeres solteras de los paganos nos están prohibidas, ¿cuánto más las casadas? ¡Vive HaShem, no cometeré el crimen que me mandas hacer!». En esto Yosef seguía el ejemplo de muchos hombres piadosos, que pronuncian un juramento en el momento en que corren peligro de sucumbir a la tentación, buscando así reunir el coraje moral para dominar sus malos instintos.
Cuando Zuleika no logró persuadirlo, su deseo la sumió en una grave enfermedad, y todas las mujeres de Mitsraim vinieron a visitarla, y le decían: «¿Por qué estás tan lánguida y consumida, tú que de nada careces? ¿No es tu marido un príncipe grande y estimado a los ojos del rey? ¿Es posible que te falte algo de lo que tu corazón desea?». Zuleika les respondió: «Hoy se os dará a conocer de dónde viene el estado en que me veis».
Ordenó a sus criadas que prepararan comida para todas las mujeres, y les dispuso un banquete en su casa. Puso cuchillos sobre la mesa para pelar las naranjas y luego ordenó a Yosef que se presentara, ataviado con vestiduras costosas, a servir a sus invitadas. Cuando Yosef entró, las mujeres no podían apartar los ojos de él, y todas se cortaron las manos con los cuchillos, y las naranjas que tenían en las manos quedaron cubiertas de sangre; pero ellas, sin darse cuenta de lo que hacían, seguían contemplando la belleza de Yosef sin apartar de él la mirada.
Entonces Zuleika les dijo: «¿Qué habéis hecho? Mirad, puse naranjas delante de vosotras para que comierais, y os habéis cortado las manos». Todas las mujeres se miraron las manos y, he aquí, estaban llenas de sangre, que corría y manchaba sus vestiduras. Le dijeron a Zuleika: «Este esclavo de tu casa nos ha hechizado, y no podíamos apartar los ojos de él a causa de su belleza». Ella entonces dijo: «Esto os ha pasado a vosotras, que lo mirasteis solo un instante, y no pudisteis conteneros. ¿Cómo, pues, he de dominarme yo, en cuya casa mora de continuo, que lo veo entrar y salir día tras día? ¿Cómo no habría de consumirme, o de languidecer, por causa de él?». Y las mujeres hablaron, diciendo: «Es cierto, ¿quién puede mirar esta belleza en la casa y refrenar sus sentimientos? ¡Pero es tu esclavo! ¿Por qué no le revelas lo que hay en tu corazón, en vez de dejar que tu vida perezca por esta causa?». Zuleika les respondió: «A diario me esfuerzo por persuadirlo, pero no consiente en mis deseos. Le he prometido todo lo hermoso, y sin embargo no he obtenido de él respuesta alguna; por eso estoy enferma, como podéis ver».
Su enfermedad se agravó. Su marido y su casa no sospechaban la causa de su decaimiento, pero todas las mujeres que eran sus amigas sabían que era por el amor que profesaba a Yosef, y no cesaban de aconsejarle que tratara de seducir al joven. Cierto día, mientras Yosef hacía el trabajo de su amo en la casa, Zuleika llegó y se echó de pronto sobre él; pero Yosef era más fuerte que ella, y la sujetó contra el suelo. Zuleika lloró y, con voz suplicante y amargura de alma, le dijo a Yosef: «¿Has conocido, visto u oído jamás de una mujer que iguale mi belleza, y menos aún de una que la supere? Y sin embargo, a diario trato de persuadirte, decaigo por amor a ti, te colmo de honores, ¡y no quieres escuchar mi voz! ¿Es por temor a tu amo, a que te castigue? ¡Vive el rey, ningún daño te vendrá de tu amo por esta causa! Ahora, pues, te ruego, escúchame y accede a mi deseo por el honor que te he conferido, y quítame esta muerte de encima. Pues ¿por qué he de morir por tu causa?». Yosef permaneció tan firme ante estas importunidades como antes. Zuleika, sin embargo, no se desanimó; continuó sus solicitaciones sin descanso, día tras día, mes tras mes, durante un año entero, pero siempre sin el menor éxito, pues Yosef, en su castidad, no se permitía ni siquiera mirarla; por lo cual ella recurrió a la coacción. Hizo colocar un grillete de hierro en su barbilla, y él se veía obligado a mantener la cabeza en alto y mirarla a la cara.
Yosef resiste la tentación
Al ver que no podía alcanzar su objeto ni con ruegos ni con lágrimas, Zuleika recurrió por fin a la fuerza, cuando juzgó que había llegado la ocasión propicia. No tuvo que esperar mucho. Cuando el Nilo desbordó sus orillas y, según la costumbre anual de los egipcios, todos acudieron al río —hombres y mujeres, pueblo y príncipes, acompañados de música—, Zuleika se quedó en casa con el pretexto de estar enferma. Esta era, pensó, la oportunidad tan largamente esperada. Se levantó y subió a la sala de gala, y se atavió con vestiduras principescas. Se puso piedras preciosas sobre la cabeza, ónices engastados en plata y oro; hermoseó su rostro y su cuerpo con toda clase de afeites para el acicalamiento de las mujeres; perfumó la sala y toda la casa con casia e incienso, esparció mirra y áloe por todas partes, y luego se sentó a la entrada de la sala, en el vestíbulo que daba a la casa, por donde Yosef tenía que pasar para ir a su trabajo.
Y he aquí que Yosef vino del campo, y estaba a punto de entrar en la casa a hacer el trabajo de su amo; pero cuando llegó al lugar donde Zuleika estaba sentada y vio todo lo que ella había hecho, se volvió atrás. Su señora, al advertirlo, le gritó: «¿Qué te pasa, Yosef? Ve a tu trabajo, te haré sitio para que pases a tu asiento». Yosef hizo lo que ella le ordenaba, entró en la casa, tomó su asiento y se puso a la obra de su amo como de costumbre. Entonces Zuleika se plantó de pronto ante él, en toda la belleza de su persona y la magnificencia de su atavío, y le repitió el deseo de su corazón. Fue la primera y la última vez que la firmeza de Yosef lo abandonó, pero solo por un instante. Cuando estaba a punto de ceder al deseo de su señora, la imagen de su madre Rajel se le apareció, y la de su tía Leá, y la de su padre Yaakov. Este último se dirigió a él así: «En el tiempo por venir, los nombres de tus hermanos serán grabados en el pectoral del Sumo Sacerdote. ¿Deseas que tu nombre aparezca junto al de ellos? ¿O renunciarás a este honor por una conducta pecaminosa? Pues sábelo: quien anda en compañía de rameras dilapida su hacienda». Esta visión de los muertos, y en especial la imagen de su padre, hizo volver en sí a Yosef, y su pasión ilícita se apartó de él.
Asombrada por el súbito cambio en su semblante, Zuleika dijo: «Amigo mío, amor verdadero, ¿por qué estás tan espantado que casi te desmayas?».
Yosef: «¡Veo a mi padre!».
Zuleika: «¿Dónde está? Si no hay nadie en la casa».
Yosef: «Tú perteneces a un pueblo que es como el asno: no percibe nada. Pero yo pertenezco a los que pueden ver las cosas».
Yosef huyó fuera, lejos de la casa de su señora —la misma casa en la que antaño se habían obrado maravillas por Sará, cuando el Paró la tenía cautiva allí. Mas apenas estuvo fuera, la pasión pecaminosa volvió a dominarlo, y regresó a la alcoba de Zuleika. Entonces HaShem se le apareció, sosteniendo la Even Shetiyá en su mano, y le dijo: «Si la tocas, arrojaré lejos esta piedra sobre la que está fundada la tierra, y el mundo caerá en ruinas». Sereno de nuevo, Yosef se dispuso a escapar de su señora, pero Zuleika lo agarró por la vestidura y dijo: «¡Vive el rey, si no cumples mi deseo, morirás!»; y mientras así hablaba, sacó con la mano libre una espada de debajo de su vestido y, apretándola contra la garganta de Yosef, dijo: «Haz lo que te mando, o mueres». Yosef salió corriendo, dejando un pedazo de su vestidura en manos de Zuleika al soltarse de la garra de la mujer con un movimiento rápido y enérgico.
La pasión de Zuleika por Yosef era tan violenta que, a falta de su dueño —a quien no había conseguido someter a su voluntad—, besaba y acariciaba el fragmento de tela que le había quedado en la mano. Al mismo tiempo, no tardó en percibir el peligro en que se había puesto, pues temía que Yosef pudiera delatar su conducta, y pensó en los modos y medios de evitar las consecuencias de su locura.
Entretanto, sus amigas regresaron de la fiesta del Nilo y vinieron a visitarla y a preguntar por su salud. La encontraron con muy mal aspecto, a causa de la agitación por la que había pasado y de la angustia en que estaba. Confesó a las mujeres lo que había ocurrido con Yosef, y ellas le aconsejaron que lo acusara de inmoralidad ante su marido, para que así lo echaran a la cárcel. Zuleika aceptó su consejo, y rogó a sus visitantes que respaldaran sus cargos presentando también quejas contra Yosef: que las había estado importunando con propuestas indecorosas.
Pero Zuleika no confió del todo en la ayuda de sus amigas. Ideó además una treta, para estar segura de convencer a su marido de la culpa de Yosef. Dejó a un lado sus ricas vestiduras de gala, se puso su ropa ordinaria y se metió en el lecho de enferma en el que había estado tendida cuando la gente partió hacia la fiesta. También tomó la vestidura rasgada de Yosef y la extendió a su lado. Luego envió a un niño a llamar a algunos de los hombres de su casa, y a ellos les contó el relato del supuesto ultraje de Yosef, diciendo: «Ved al esclavo hebreo que vuestro amo ha traído a mi casa, y que hoy ha intentado hacerme violencia. Apenas os habíais ido a la fiesta cuando entró en la casa y, asegurándose de que no había nadie aquí, trató de forzarme a ceder a su deseo lujurioso. Pero yo agarré sus ropas, las rasgué y grité con fuerte voz. Cuando oyó que alzaba la voz y gritaba, se llenó de miedo y huyó, y salió, pero dejó su vestidura junto a mí». Los hombres de su casa no dijeron palabra, pero, enfurecidos contra Yosef, fueron a su amo y le informaron de lo sucedido. Entretanto, los maridos de las amigas de Zuleika también habían hablado con Potifar, por instigación de sus mujeres, y se habían quejado de su esclavo, de que las molestaba.
Potifar se apresuró a volver a casa y encontró a su mujer alicaída; y aunque la causa de su abatimiento era el disgusto de no haber logrado ganarse el amor de Yosef, fingió que era ira por la conducta inmoral del esclavo. Lo acusó con estas palabras: «¡Oh esposo, ojalá no vivas un día más si no castigas al esclavo malvado que ha querido mancillar tu lecho, que no ha tenido presente quién era cuando vino a nuestra casa —para conducirse con modestia—, ni ha sido consciente de los favores que ha recibido de tu generosidad! Tramó un designio secreto para abusar de tu esposa, y esto en tiempo de fiesta, cuando tú estarías ausente». Estas palabras las pronunció en el momento de la intimidad conyugal con Potifar, cuando estaba segura de ejercer influencia sobre su marido.
Potifar dio crédito a sus palabras e hizo azotar a Yosef sin piedad. Mientras los crueles golpes caían sobre él, clamó a Dios: «¡Oh HaShem, tú sabes que soy inocente de estas cosas! ¿Por qué he de morir hoy por una falsa acusación, a manos de estos hombres incircuncisos e impíos?». Dios abrió la boca del hijo de Zuleika, un bebé de apenas once meses, y este habló a los hombres que golpeaban a Yosef, diciendo: «¿Qué disputa tenéis con este hombre? ¿Por qué le infligís semejante mal? Mentiras dice mi madre, y engaño es lo que profiere su boca. Este es el verdadero relato de lo que sucedió»; y el niño pasó a contar todo lo que había pasado: cómo Zuleika había intentado primero persuadir a Yosef de obrar mal, y luego había intentado forzarlo a hacer su voluntad. La gente escuchaba con gran asombro. Pero, terminado el relato, el niño no dijo palabra, como antes.
Abochornado por el discurso de su propio hijo pequeño, Potifar ordenó a sus alguaciles que cesaran de castigar a Yosef, y el asunto se llevó ante el tribunal, donde los sacerdotes se sentaban como jueces. Yosef proclamó su inocencia y relató todo lo que había ocurrido conforme a la verdad, pero Potifar repitió la versión que su mujer le había dado. Los jueces mandaron traer la vestidura de Yosef que Zuleika tenía en su poder, y examinaron el desgarrón. Resultó estar en la parte delantera del manto, y llegaron a la conclusión de que Zuleika había intentado retenerlo, y que Yosef había frustrado su intento —contra quien ella presentaba ahora una acusación amañada. Decidieron que Yosef no había incurrido en pena de muerte, pero lo condenaron a prisión, porque era la causa de una mancha en el buen nombre de Zuleika.
El propio Potifar estaba convencido de la inocencia de Yosef, y cuando lo arrojó a la cárcel le dijo: «Sé que no eres culpable de crimen tan vil, pero he de encerrarte, no sea que una mancha caiga sobre mis hijos».
Yosef en la prisión
A modo de castigo por haber difamado a sus diez hermanos ante su padre, Yosef hubo de languidecer diez años en la prisión a la que, a su vez, las intrigas de difamadores lo habían condenado. Pero, por otra parte, como había santificado el Nombre de Dios ante el mundo con su castidad y su firmeza, fue recompensado. La letra He, que aparece dos veces en el Nombre de Dios, se añadió a su nombre. Se había llamado Yosef, pero ahora se le llamó también Yehosef.
Aunque estaba preso, Yosef no se hallaba aún a salvo de las maquinaciones de su señora, cuya pasión por él en nada había menguado. A decir verdad, fue ella quien indujo a su marido a cambiar su propósito respecto de Yosef; lo instó a encarcelar al esclavo en vez de matarlo, pues esperaba que, como prisionero, se lo pudiera doblegar más fácilmente a sus deseos. Le dijo a su marido: «No destruyas tu propiedad. Echa al esclavo a la cárcel y tenlo allí hasta que puedas venderlo y recuperar el dinero que pagaste por él». Así tuvo la oportunidad de visitar a Yosef en su celda y de tratar de persuadirlo a hacer su voluntad. Le decía: «Tal y tal ultraje he ejecutado contra ti, pero, por tu vida, aún te infligiré otros ultrajes si no me obedeces». Pero Yosef respondía: «Adonái hace justicia a los oprimidos».
Zuleika: «Llevaré las cosas tan lejos que todos los hombres te odiarán».
Yosef: «Adonái ama a los justos».
Zuleika: «Te venderé a una tierra extraña».
Yosef: «Adonái guarda a los extranjeros».
Entonces ella recurría a los halagos para lograr su deseo. Le prometía sacarlo de la cárcel con tal de que accediera a su capricho. Pero él decía: «Mejor es quedarme aquí que estar contigo y cometer una falta contra Dios». Estas visitas a Yosef en la prisión las continuó Zuleika largo tiempo, pero cuando, al fin, vio que todas sus esperanzas eran vanas, lo dejó en paz.
Así como la señora persistía en su amor por Yosef, así también su amo, el marido de ella, no podía separarse de su esclavo predilecto. Aunque prisionero, Yosef seguía atendiendo las necesidades de Potifar, y recibió permiso del guardián de la cárcel para pasar parte de su tiempo en casa de su amo. También de muchos otros modos se mostró el carcelero bien dispuesto hacia Yosef. Al ver el celo y la escrupulosidad del joven en ejecutar las tareas que se le encomendaban, y bajo el hechizo de su encantadora belleza, le hizo la vida en prisión lo más llevadera posible. Hasta ordenó para él platos mejores que la comida común de la cárcel, y le pareció cautela superflua vigilar a Yosef, pues no veía en él nada malo y observaba que Dios estaba con él, en los días buenos y en los malos. Incluso lo nombró supervisor de la prisión, y lo que Yosef mandaba, eso tenían que hacer los demás presos.
Durante mucho tiempo la gente no habló de otra cosa que de la acusación levantada contra Yosef por su señora. Para desviar de él la atención del público, Dios dispuso que dos altos funcionarios, el copero mayor y el panadero mayor, ofendieran a su señor, el rey de Mitsraim, y fueron puestos bajo custodia en la casa del capitán de la guardia. Entonces la gente cesó de hablar de Yosef y solo habló del escándalo de la corte. Los cargos imputados a los nobles prisioneros eran que habían intentado hacer violencia a la hija del Paró, y que habían conspirado para envenenar al propio rey. Además, se habían mostrado negligentes en su servicio. En el vino que el copero mayor había servido al rey se había descubierto una mosca, y el pan que el panadero mayor había puesto en la mesa real contenía una piedrecita. A causa de todas estas transgresiones fueron condenados a muerte por el Paró; pero, por causa de Yosef, la providencia divina dispuso que el rey los retuviera primero en prisión antes de ordenar su ejecución. HaShem había encendido la ira del rey contra sus siervos solo para que se cumpliera el anhelo de libertad de Yosef, pues ellos fueron los instrumentos de su liberación de la cárcel; y aunque estaban condenados a muerte, en consideración al elevado cargo que habían ocupado en la corte, el guardián de la prisión les concedió privilegios, como, por ejemplo, que se les asignara un hombre para servirlos; y el designado para ello fue Yosef.
El copero mayor y el panadero mayor llevaban diez años confinados en prisión cuando soñaron un sueño, ambos; pero, en cuanto a la interpretación, cada uno soñó solo la del sueño del otro. Por la mañana, cuando Yosef les trajo el agua para lavarse, los encontró tristes, abatidos de ánimo, y, a la manera de los sabios, les preguntó por qué tenían aquel día un aspecto distinto del de otros días. Le dijeron: «Hemos soñado un sueño esta noche, y nuestros dos sueños se parecen en ciertos detalles, y no hay quien los interprete». Y Yosef les dijo: «Dios concede al hombre entendimiento para interpretar los sueños. Contádmelos, os lo ruego». Fue como recompensa por atribuir la grandeza y el mérito a Aquel a quien pertenecen que Yosef alcanzó después su elevada posición.
El copero mayor pasó a contar su sueño: «En mi sueño, he aquí, una vid estaba delante de mí; y en la vid había tres sarmientos; y era como si brotara, y sus flores se abrían, y sus racimos daban uvas maduras; y la copa del Paró estaba en mi mano; y yo tomaba las uvas, las exprimía en la copa del Paró, y ponía la copa en la mano del Paró». El copero mayor no sabía que su sueño encerraba una profecía sobre el futuro de Israel, pero Yosef discernió el sentido recóndito, y así interpretó el sueño: los tres sarmientos son los tres Padres, Avraham, Yitsjak y Yaakov, cuyos descendientes en Mitsraim serán redimidos por tres guías, Moshé, Aharón y Miriam; y la copa puesta en la mano del Paró es la copa de ira que él habrá de apurar al final. Esta interpretación del sueño la guardó Yosef para sí, y no le dijo nada de ella al copero mayor; pero, por gratitud por la buena nueva de la liberación de Israel de la esclavitud de Mitsraim, le dio una interpretación favorable de su sueño, y le rogó que se acordara de él cuando le fuera bien, y lo librara de la mazmorra en que estaba confinado.
Cuando el panadero mayor oyó la interpretación del sueño del copero, supo que Yosef había adivinado correctamente su significado, pues en el suyo propio había visto la interpretación del sueño de su amigo, y pasó a contarle a Yosef lo que había soñado por la noche: «También yo estaba en mi sueño, y, he aquí, tres canastos de pan blanco había sobre mi cabeza; y en el canasto de más arriba había toda clase de manjares horneados para el Paró; y las aves los comían del canasto que estaba sobre mi cabeza». También este sueño encerraba una profecía sobre el futuro de Israel: los tres canastos son los tres reinos a los que Israel será sometido: Bavel, Media y Grecia; y el canasto de más arriba señala el dominio impío de Roma, que se extenderá sobre todas las naciones del mundo, hasta que venga el ave —que es el Mashíaj— y aniquile a Roma. De nuevo Yosef mantuvo la profecía en secreto. Al panadero mayor le dio solo la interpretación que se refería a su persona, pero esta le era desfavorable, pues a través de su sueño Yosef había conocido el sufrimiento que Israel habría de padecer.
Y todo sucedió, como Yosef había dicho, al tercer día. El día en que explicó el significado de sus sueños a los dos distinguidos prisioneros, le nació un hijo al Paró; y, para celebrar el gozoso acontecimiento, el rey dispuso un banquete para sus príncipes y siervos que había de durar ocho días. Los invitó a ellos y a todo el pueblo a su mesa, y los agasajó con esplendor regio. El banquete comenzó al tercer día después del nacimiento del niño, y en aquella ocasión el copero mayor fue restituido con honores a su copería, y el panadero mayor fue colgado, pues los consejeros del Paró habían descubierto que no había sido culpa del copero que la mosca cayera en el vino del rey, sino que el panadero había sido culpable de descuido al permitir que la piedrecita se metiera en el pan. Igualmente resultó que el copero no había tenido parte en la conspiración para envenenar al rey, mientras que el panadero fue revelado como uno de los conjurados, y tuvo que expiar su crimen con la vida.
Los sueños del Paró
En rigor, Yosef debería haber salido libre de su mazmorra el mismo día que el copero. Para entonces llevaba allí diez años y había reparado la calumnia que había proferido contra sus diez hermanos. Sin embargo, permaneció en prisión dos años más. «Bendito el hombre que confía en Adonái, y cuya esperanza es Adonái»; pero Yosef había puesto su confianza en la carne y la sangre. Había rogado al copero mayor que se acordara de él cuando le fuera bien, y que hiciera mención de él ante el Paró, y el copero olvidó su promesa; por eso Yosef hubo de quedarse en prisión dos años más de los que originalmente se le habían asignado allí. El copero no lo había olvidado a propósito, sino que fue designio de Dios que su memoria le fallara. Cuando se decía a sí mismo: «Si sucede tal y tal cosa, me acordaré del caso de Yosef», las condiciones que había imaginado se invertían sin falta; o si hacía un nudo como recordatorio, un ángel venía y deshacía el nudo, y Yosef no le venía a la mente.
Pero «Adonái pone fin a las tinieblas», y la liberación de Yosef no se demoró ni un solo instante más allá del tiempo que le había sido decretado. Dijo Dios: «Tú, oh copero, tú olvidaste a Yosef, pero yo no»; e hizo que el Paró soñara un sueño que fue la ocasión de la liberación de Yosef.
En su sueño, el Paró vio siete vacas, hermosas y de carnes gruesas, que subían del Nilo, y todas juntas pacían en paz en la ribera del río. En los años en que la cosecha es abundante, reinan entre los hombres la amistad, el amor y la concordia fraterna, y estas siete vacas gordas representaban siete años prósperos así. Tras las vacas gordas, subieron del río otras siete, feas y de carnes flacas, y cada una tenía la espalda vuelta a las demás, pues cuando impera la aflicción, un hombre se aparta del otro. Por un breve espacio el Paró despertó, y cuando volvió a dormirse, soñó un segundo sueño: siete espigas de trigo gruesas y buenas, y siete espigas delgadas y quemadas por el viento del este, y las espigas marchitas se tragaban a las llenas. Despertó al punto, y era de mañana, y los sueños soñados de mañana son los que se cumplen.
No era la primera vez que el Paró tenía estos sueños. Lo habían visitado cada noche durante un período de dos años, y siempre los olvidaba por la mañana. Esta fue la primera vez que los recordó, pues había llegado el día en que Yosef saldría de su prisión. El corazón del Paró latía con violencia cuando, al despertar, trajo a la memoria sus sueños. En especial el segundo, el de las espigas de trigo, lo desasosegaba. Reflexionó que todo lo que tiene boca puede comer, y por eso el sueño de las siete vacas flacas que se comían a las siete gordas no le pareció extraño. Pero las espigas de trigo que se tragaban a otras espigas le turbaban el espíritu. Por eso convocó a todos los sabios de su tierra, y ellos se esforzaron en vano por hallar una interpretación satisfactoria. Explicaron que las siete vacas gordas significaban siete hijas que le nacerían al Paró, y las siete vacas flacas, que enterraría siete hijas; las espigas gruesas significaban que el Paró conquistaría siete países, y las espigas quemadas, que siete provincias se rebelarían contra él. Sobre las espigas de trigo no todos concordaban. Algunos pensaban que las buenas espigas representaban siete ciudades que el Paró edificaría, y las siete espigas marchitas indicaban que esas mismas ciudades serían destruidas al final de su reinado.
Sagaz como era, el Paró sabía que ninguna de estas explicaciones daba en el clavo. Promulgó un decreto que citaba a todos los intérpretes de sueños a comparecer ante él bajo pena de muerte, y ofreció grandes recompensas y distinciones a quien lograra hallar el verdadero significado de sus sueños. Obedeciendo a su llamado, comparecieron todos los sabios, los magos y los escribas sagrados que había en Mitsraim, la ciudad de Mitsraim, así como los de Goshen, Ramsés, Tsóan y todo el país de Mitsraim; y con ellos vinieron los príncipes, oficiales y siervos del rey de todas las ciudades de la tierra.
A todos ellos les narró el rey sus sueños, pero ninguno pudo interpretarlos a su satisfacción. Algunos decían que las siete vacas gordas eran los siete reyes legítimos que gobernarían sobre Mitsraim, y las siete vacas flacas señalaban a siete príncipes que se alzarían contra estos siete reyes y los exterminarían. Las siete buenas espigas de trigo eran los siete príncipes superiores de Mitsraim que entrarían en guerra por su soberano, y serían derrotados por otros tantos príncipes insignificantes, señalados por las siete espigas quemadas.
Otra interpretación era que las siete vacas gordas eran las siete ciudades fortificadas de Mitsraim, que en algún tiempo futuro caerían en manos de siete naciones cananeas, prefiguradas en las siete vacas flacas. Según esta interpretación, el segundo sueño completaba al primero. Significaba que los descendientes del Paró recobrarían la autoridad soberana sobre Mitsraim en un período posterior, y someterían también a las siete naciones cananeas.
Había una tercera interpretación, dada por algunos: las siete vacas gordas son siete mujeres que el Paró tomaría por esposas, pero que morirían en vida de él, y su pérdida se señalaba en las siete vacas flacas. Además, el Paró tendría catorce hijos, y los siete fuertes serían vencidos por los siete débiles, así como las espigas quemadas de su sueño habían tragado a las espigas gruesas.
Y una cuarta: «Tendrás siete hijos, oh Paró; esas son las siete vacas gordas. Estos hijos tuyos serán muertos por los siete poderosos príncipes rebeldes. Pero entonces vendrán siete príncipes menores, y matarán a los siete rebeldes, vengarán a tus descendientes y devolverán el dominio a tu familia».
El rey quedó tan poco complacido con estas interpretaciones como con las otras que había oído antes, y en su ira ordenó que se diera muerte a los sabios, los magos y los escribas de Mitsraim, y los verdugos se dispusieron a ejecutar el decreto real.
Sin embargo, Mirod, el copero mayor del Paró, se asustó, al ver que el rey estaba tan contrariado por no haber conseguido una interpretación de sus sueños que estaba a punto de entregar el alma. Se alarmó ante la muerte del rey, pues era dudoso que el sucesor al trono lo mantuviera en su cargo. Resolvió hacer todo lo que estuviera en su poder para mantener al Paró con vida. Por eso se adelantó ante él y habló, diciendo: «Hoy recuerdo dos faltas mías: me mostré ingrato con Yosef, en que no presenté su petición ante ti, y también te vi afligido a causa de tu sueño sin hacerte saber que Yosef sabe interpretar sueños. Cuando plugo a HaShem Dios irritar al Paró contra sus siervos, el rey me puso bajo custodia en la casa del capitán de la guardia, a mí y al panadero mayor. Y con nosotros había un sencillo joven, uno de la despreciada raza de los hebreos, esclavo del capitán de la guardia, y él nos interpretó nuestros sueños, y sucedió tal como nos había interpretado. Por tanto, oh rey, detén la mano de los verdugos, que no ejecuten a los egipcios. El esclavo del que hablo está aún en la mazmorra, y si el rey consiente en hacerlo venir aquí, con seguridad interpretará tus sueños».
Yosef ante el Paró
«Malditos los impíos, que nunca hacen una buena obra del todo». El copero mayor describió a Yosef con desprecio como un «esclavo», para que le fuera imposible ocupar un lugar distinguido en la corte, pues era ley en los códigos de Mitsraim que un esclavo nunca pudiera sentarse en el trono como rey, ni siquiera poner el pie en el estribo de un caballo.
El Paró revocó el edicto de muerte que había promulgado contra los sabios de Mitsraim, y mandó llamar a Yosef. Encareció a sus mensajeros que no agitaran ni turbaran a Yosef, para no volverlo incapaz de interpretar correctamente el sueño del rey. Lo sacaron a toda prisa de la mazmorra, pero primero Yosef, por respeto al rey, se afeitó y se puso ropa fresca, que un ángel le trajo del Paraíso, y entonces se presentó ante el Paró.
El rey estaba sentado sobre el trono real, ataviado con vestiduras principescas, con un efod de oro sobre el pecho, y el oro fino del efod centelleaba, y el carbunclo, el rubí y la esmeralda ardían como una antorcha, y todas las piedras preciosas engastadas sobre la cabeza del rey relumbraban como fuego encendido, y Yosef quedó pasmado ante la presencia del rey. El trono en que se sentaba estaba recubierto de oro y plata y de piedras de ónice, y tenía setenta gradas. Si un príncipe u otra persona distinguida venía a tener audiencia con el rey, la costumbre era que avanzara y subiera hasta la grada treinta y uno del trono, y el rey descendía treinta y seis gradas y hablaba con él. Pero si uno del pueblo venía a hablar con el rey, subía solo hasta la tercera grada, y el rey bajaba cuatro gradas de su asiento y le dirigía la palabra desde allí. Era costumbre también que quien conocía las setenta lenguas subiera hasta lo alto de las setenta gradas del trono, pero si un hombre conocía solo algunas de las setenta lenguas, se le permitía subir tantas gradas como lenguas supiera, fueran muchas o pocas. Y otra costumbre de los egipcios era que nadie podía reinar sobre ellos si no dominaba las setenta lenguas.
Cuando Yosef llegó ante el rey, se inclinó hasta el suelo, y subió hasta la tercera grada, mientras el rey se sentaba en la cuarta desde lo alto, y habló con Yosef, diciendo: «Oh, joven, mi siervo da testimonio de ti, de que eres la persona más excelente y perspicaz a quien puedo consultar. Te ruego que me concedas los mismos favores que otorgaste a este siervo mío, y me digas qué sucesos anuncian las visiones de mis sueños. Deseo que no calles nada por temor, ni me halagues con palabras mentirosas, ni con palabras que me complazcan. Dime la verdad, aunque sea triste y alarmante».
Yosef preguntó al rey, primero, de dónde sabía que la interpretación dada por los sabios de su país no era verdadera, y el Paró respondió: «Vi el sueño y su interpretación juntos, y por eso no pueden tomarme por necio». En su modestia, Yosef negó ser diestro en interpretar sueños. Dijo: «No está en mí; está en la mano de Dios, y si es la voluntad de Dios, Él me permitirá anunciar al Paró nuevas de paz». Y por tal modestia fue recompensado con la soberanía sobre Mitsraim, pues HaShem honra a quienes lo honran. Así fue también recompensado Daniel por sus palabras a Nabucodonosor:
«Hay un Dios en el cielo que revela secretos, pero en cuanto a mí, este secreto no me ha sido revelado por sabiduría alguna que yo tenga más que ningún otro viviente, sino para que la interpretación sea dada a conocer al rey, y para que conozcas los pensamientos de tu corazón».
Entonces el Paró comenzó a contar su sueño, solo que omitió algunos puntos y narró otros con inexactitud, para poner a prueba las tan alabadas facultades de Yosef. Pero el joven lo corrigió, y recompuso los sueños exactamente como habían visitado al Paró en la noche, y el rey quedó asombrado. Yosef pudo lograr esta hazaña porque había soñado el mismo sueño que el Paró, a la misma hora que él. Entonces el Paró volvió a contar sus sueños, con todos los detalles y circunstancias, y precisamente como los había visto en su sueño, salvo que dejó fuera la palabra Nilo en la descripción de las siete vacas flacas, porque este río era adorado por los egipcios, y titubeaba en decir que algo malo hubiera salido de su dios.
Y Yosef pasó a dar al rey la verdadera interpretación de los dos sueños. Ambos eran una revelación acerca de los siete años buenos que se avecinaban y los siete años de hambre que les seguirían. En realidad, el propósito de Dios había sido traer sobre Mitsraim un hambre de cuarenta y dos años de duración, pero solo dos años de aquel penoso período cayeron sobre la tierra, en mérito de la bendición de Yaakov cuando bajó a Mitsraim en el segundo año del hambre. Los otros cuarenta años cayeron sobre la tierra en tiempos del profeta Yejezkel.
Yosef hizo más que interpretar los sueños. Cuando el rey dio voz a sus dudas sobre la interpretación, le dio señales y presagios. Dijo: «Sea esto una señal para ti de que mis palabras son verdaderas, y mi consejo excelente: tu esposa, que en este momento está sentada sobre la silla de partos, dará a luz un hijo, y te regocijarás por él, pero en medio de tu alegría te llegará la triste nueva de la muerte de tu hijo mayor, que te nació hace apenas dos años, y habrás de hallar consuelo por la pérdida del uno en el nacimiento del otro».
Apenas se había retirado Yosef de la presencia del rey, cuando llegó al Paró la noticia del nacimiento de un hijo, y poco después también la noticia de la muerte de su primogénito, que de repente había caído al suelo y expirado. Entonces mandó llamar a todos los grandes de su reino, y a todos sus siervos, y les habló, diciendo: «Habéis oído las palabras del hebreo, y habéis visto que las señales que anunció se cumplieron, y yo también sé que ha interpretado el sueño con verdad. Aconsejadme ahora cómo puede salvarse la tierra de los estragos del hambre. Buscad por aquí y por allá si podéis hallar un hombre sabio y entendido, a quien pueda poner sobre la tierra, pues estoy convencido de que la tierra solo puede salvarse si atendemos el consejo del hebreo». Los grandes y los príncipes admitieron que la salvación solo podía asegurarse ateniéndose al consejo dado por Yosef, y propusieron que el rey, en su sagacidad, eligiera a un hombre que considerara a la altura de tan gran tarea. Entonces dijo el Paró: «Aunque recorriéramos y escudriñáramos la tierra de un extremo al otro, no hallaríamos a ninguno como Yosef, un hombre en quien está el espíritu de Dios. Si os parece bien, lo pondré sobre la tierra que ha salvado con su sabiduría».
Los astrólogos, que eran sus consejeros, objetaron, diciendo: «¿A un esclavo, a uno que su dueño actual adquirió por veinte piezas de plata, propones ponernos por señor?». Pero el Paró sostuvo que Yosef no solo era, sin sombra de duda, un hombre libre de nacimiento, sino además vástago de una familia noble. Con todo, los príncipes del Paró no se acallaron, siguieron dando voz a su oposición a Yosef, diciendo: «¿No recuerdas la ley inmutable de los egipcios, que nadie puede servir como rey ni como virrey si no habla todas las lenguas de los hombres? Y este hebreo no conoce sino la suya propia, ¿y cómo sería posible que un hombre gobernara sobre nosotros si ni siquiera sabe hablar la lengua de nuestra tierra? Manda que lo traigan aquí, y examínalo en todas las cosas que un gobernante debe saber y tener, y decide luego como te parezca sabio a tus ojos».
El Paró cedió, prometió hacer como deseaban, y fijó el día siguiente como la ocasión para examinar a Yosef, que entretanto había vuelto a su prisión, pues, a causa de su esposa, su amo temía tenerlo en su casa. Durante la noche, Gavriel se apareció a Yosef y le enseñó las setenta lenguas, y él las adquirió con presteza después de que el ángel cambiara su nombre de Yosef a Yehosef. A la mañana siguiente, cuando llegó a la presencia del Paró y de los nobles del reino, como conocía cada una de las setenta lenguas, subió todas las gradas del trono real, hasta alcanzar la septuagésima, la más alta, sobre la cual se sentaba el rey, y el Paró y sus príncipes se regocijaron de que Yosef cumpliera todos los requisitos que necesitaba quien había de gobernar Mitsraim.
El rey dijo a Yosef: «Tú me diste el consejo de buscar un hombre discreto y sabio, y ponerlo sobre la tierra de Mitsraim, para que en su sabiduría salvara la tierra del hambre. Puesto que Dios te ha mostrado todo esto, y puesto que dominas todas las lenguas del mundo, no hay nadie tan discreto y sabio como tú. Serás, por tanto, el segundo en la tierra después del Paró, y conforme a tu palabra saldrá y entrará todo mi pueblo; mis príncipes y mis siervos recibirán de ti su asignación mensual; ante ti se postrará el pueblo, y solo en el trono seré yo mayor que tú».
El gobernante de Mitsraim
Ahora Yosef recogía la cosecha de sus virtudes, y según la medida de sus méritos Dios le concedía la recompensa. La boca que rechazó el beso de la pasión ilícita y del pecado recibió el beso del homenaje del pueblo; el cuello que no se dobló ante el pecado fue adornado con la cadena de oro que el Paró le puso; las manos que no tocaron el pecado llevaron el anillo con sello que el Paró se quitó de su propia mano y puso en la de Yosef; el cuerpo que no entró en contacto con el pecado fue vestido con ropajes de lino fino; los pies que no dieron paso alguno en dirección al pecado reposaron en el carro real, y los pensamientos que se guardaron sin mancha del pecado fueron proclamados sabiduría.
Yosef fue instalado en su alto cargo, e investido con las insignias de su oficio, con solemne ceremonia. El rey se quitó de la mano su anillo con sello, y lo puso en la mano de Yosef, y lo ataviό con ropaje principesco, y colocó una corona de oro sobre su cabeza, y le echó una cadena de oro al cuello. Luego ordenó a sus siervos que hicieran a Yosef montar en su segundo carro, que iba al lado del carro en que se sentaba el rey, y también le hizo montar sobre un caballo grande y fuerte de entre los caballos del rey, y sus siervos lo condujeron por las calles de la ciudad de Mitsraim. Músicos —no menos de mil batiendo címbalos y mil soplando flautas— y cinco mil hombres con espadas desenvainadas relumbrando en el aire formaban la vanguardia. Veinte mil de los grandes del rey, ceñidos con cinturones de cuero bordados en oro, marchaban a la derecha de Yosef, y otros tantos a su izquierda. Las mujeres y las doncellas de la nobleza se asomaban a las ventanas para contemplar la belleza de Yosef, y dejaban caer sobre él cadenas, y anillos y joyas, con tal de que él dirigiera sus ojos hacia ellas. Pero él no alzó la mirada, y en recompensa Dios lo hizo inmune al mal de ojo, y este nunca ha tenido el poder de dañar a ninguno de sus descendientes. Siervos del rey, delante de él y detrás de él, quemaban incienso a su paso, y casia, y toda clase de especias aromáticas, y esparcían mirra y áloes por dondequiera que iba. Veinte heraldos caminaban delante de él, y proclamaban: «Este es el hombre a quien el rey ha escogido para ser el segundo después de él. Todos los asuntos del Estado serán administrados por él, y quien resista sus órdenes, o se niegue a inclinarse hasta el suelo ante él, morirá la muerte del rebelde contra el rey y contra el lugarteniente del rey».
Sin demora se postró el pueblo, y clamaron: «¡Viva el rey, y viva el lugarteniente del rey!». Y Yosef, mirando desde su caballo al pueblo y a su júbilo, exclamó, con los ojos dirigidos al cielo: «Adonái levanta del polvo al pobre, y del muladar alza al menesteroso. Oh Adonái de los ejércitos, bienaventurado el hombre que confía en Ti».
Después de que Yosef, acompañado de los oficiales y príncipes del Paró, hubo recorrido toda la ciudad de Mitsraim, y visto todo cuanto en ella había, volvió al rey ese mismo día, y el rey le dio campos y viñas como presente, y también tres mil talentos de plata, y mil talentos de oro, y piedras de ónice y bedelio, y muchas otras cosas costosas. El rey ordenó, además, que cada egipcio diera a Yosef un regalo, so pena de muerte. Se erigió una plataforma en plena calle, y allí todos depositaron sus presentes, y entre las cosas había muchas de oro y plata, así como piedras preciosas, llevadas allí por el pueblo y también por los grandes, pues veían que Yosef gozaba del favor del rey. Además, Yosef recibió cien esclavos del Paró, que debían cumplir todo cuanto él mandara, y él mismo adquirió muchos más, pues residía en un espacioso palacio. Tres años tomó edificarlo. Especial magnificencia se prodigó en la sala de audiencias, que era su cámara de recepción, y en el trono forjado de oro y plata e incrustado de piedras preciosas, sobre el cual había una representación de toda la tierra de Mitsraim y del río Nilo. Y así como Yosef se multiplicaba en riquezas, así también crecía en sabiduría, pues Dios añadía a su sabiduría para que todos lo amaran y lo honraran. El Paró lo llamó Tsafenat-Panéaj, «el que puede revelar cosas secretas con facilidad, y con ello alegra el corazón del hombre». Cada letra del nombre Tsafenat-Panéaj tiene también un significado. La primera, Tsade, corresponde a Tsofé, vidente; Pe, a Podé, redentor; Nun, a Naví, profeta; Tav, a Tomej, sostén; Pe, a Poter, intérprete de sueños; Áyin, a Arum, avisado; Nun, a Navón, discreto; y Jet, a Jajam, sabio.
El nombre de la esposa de Yosef señalaba su historia del mismo modo. Asnat era hija de Diná y de Jamor, pero fue abandonada en las fronteras de Mitsraim; solo que, para que la gente supiera quién era, Yaakov grabó la historia de su linaje y de su nacimiento en una placa de oro sujeta a su cuello. El día en que Asnat fue expuesta, Potifar salió a pasear con sus siervos junto a la muralla de la ciudad, y oyeron la voz de una criatura. A instancias del capitán, le llevaron a la niña, y cuando leyó su historia en la placa de oro, resolvió adoptarla. La llevó consigo a casa, y la crió como a su hija. El Alef en Asnat corresponde a On, donde Potifar era sacerdote; el Samej, a Setirá, «oculta», pues fue mantenida escondida a causa de su extraordinaria belleza; el Nun, a Nojemet, pues lloró y suplicó que la libraran de la casa del pagano Potifar; y el Tav, a Tamá, «la perfecta», por sus obras piadosas y perfectas.
Asnat había salvado la vida de Yosef cuando aún era una niña de pecho. Cuando Yosef fue acusado de conducta inmoral por la esposa de Potifar y las otras mujeres, y su amo estaba a punto de mandar ahorcarlo, Asnat se acercó a su padre adoptivo, y le aseguró bajo juramento que la acusación contra Yosef era falsa. Entonces habló Dios: «Como que vives, porque intentaste defender a Yosef, tú serás la mujer que dé a luz a las tribus que él está destinado a engendrar».
Asnat le dio dos hijos, Menashé y Efráyim, durante los siete años de abundancia, pues en el tiempo del hambre Yosef se abstuvo de todo goce de los placeres de la vida. Fueron criados en la castidad y el temor de Dios por su padre, y eran sabios, y bien instruidos en todo saber y en los asuntos del Estado, de modo que se volvieron los favoritos de la corte, y fueron educados junto con los príncipes reales.
Antes de que el hambre se abatiera sobre la tierra, Yosef halló ocasión de prestar al rey un gran servicio. Equipó un ejército de cuatro mil seiscientos hombres, proveyendo a todos los soldados de escudos y lanzas y broqueles y yelmos y hondas. Con este ejército, y con la ayuda de los siervos y oficiales del rey, y del pueblo de Mitsraim, hizo la guerra contra Tarshish en el primer año tras su nombramiento como virrey. La gente de Tarshish había invadido el territorio de los ismaelitas, y estos, pocos en número por entonces, se veían en grave aprieto, y acudieron al rey de Mitsraim en busca de ayuda contra sus enemigos. Al frente de su hueste de héroes, Yosef marchó a la tierra de Javilá, donde se le unieron los ismaelitas, y con fuerzas unidas combatieron contra la gente de Tarshish, la derrotaron por completo, poblaron su tierra con los ismaelitas, mientras los vencidos se refugiaban con sus hermanos en Yaván. Yosef y su ejército regresaron a Mitsraim, y no habían perdido a un solo hombre.
Al poco tiempo se confirmó la profecía de Yosef: aquel año y los seis siguientes fueron años de abundancia, tal como había anunciado. La cosecha fue tan copiosa que una sola espiga producía dos montones de grano, y Yosef tomó disposiciones prudentes para proveer con largueza para los años de hambre. Recogió todo el grano, y en la ciudad situada en medio de cada distrito almacenó el producto de los contornos, e hizo esparcir cenizas y tierra sobre el alimento guardado, del mismísimo suelo en que se había cultivado; también conservó el grano en la espiga; todas estas eran precauciones tomadas para guardarlo de la podredumbre y el moho. Los habitantes de Mitsraim también trataron, por su cuenta, de apartar una parte de la sobreabundante cosecha de los siete años fértiles contra la necesidad del futuro, pero cuando llegó el penoso tiempo de la carestía, y fueron a sus graneros a sacar el grano atesorado, he aquí que se había podrido, y quedado inservible para el alimento. El hambre irrumpió sobre el pueblo con tal brusquedad que el pan se agotaba de improviso mientras estaban sentados a sus mesas; no tenían ni un bocado de pan de salvado.
Así se vieron forzados a acudir a Yosef y suplicar su ayuda, y él los amonestó, diciendo: «Renunciad a vuestra lealtad a vuestros ídolos engañosos, y decid: Bendito el que da pan a toda carne». Pero ellos se negaron a renegar de sus dioses mentirosos, y se dirigieron al Paró, solo para que este les dijera: «Id a Yosef; lo que él os diga, hacedlo». Por esto fue recompensado el Paró. Dios le concedió larga vida y un largo reinado, hasta que se volvió arrogante, y un merecido castigo lo alcanzó.
Cuando los egipcios se acercaron a Yosef con la petición de pan, él habló, diciendo: «No doy alimento a los incircuncisos. Idos de aquí, y circuncidaos, y luego volved acá». Entraron a la presencia del Paró, y se quejaron a él respecto de Yosef, pero él dijo como antes: «¡Id a Yosef!». Y ellos replicaron: «Venimos de Yosef, y él nos ha hablado con dureza, diciendo: ¡Idos de aquí y circuncidaos! Te advertimos desde el principio que es un hebreo, y que nos trataría de tal manera». El Paró les dijo: «Oh, necios, ¿no profetizó por el espíritu santo y proclamó al mundo entero que vendrían siete años de abundancia seguidos de siete años de carestía? ¿Por qué no guardasteis el rendimiento de uno o dos años contra el día de vuestra necesidad?».
Llorando, respondieron: «El grano que apartamos durante los años buenos se ha podrido».
El Paró: «¿No os queda nada de la harina de ayer?».
Los egipcios: «¡Hasta el pan del cesto se pudrió!».
El Paró: «¿Por qué?».
Los egipcios: «¡Porque así lo quiso Yosef!».
El Paró: «Oh, necios, si su palabra tiene poder sobre el grano, haciéndolo pudrirse cuando él desea que se pudra, entonces también nosotros hemos de morir, si tal fuera su deseo respecto de nosotros. Id, pues, a él, y haced como os manda».
Los hermanos de Yosef en Mitsraim
El hambre, que primero causó penurias a los ricos entre los egipcios, fue extendiendo poco a poco sus estragos hasta Fenicia, Arabia y la Tierra de Israel. Aunque los hijos de Yaakov, siendo hombres jóvenes, frecuentaban las calles y los caminos, ignoraban lo que su viejo padre Yaakov, que se quedaba en casa, sí sabía: que podía conseguirse grano en Mitsraim. Yaakov incluso sospechaba que Yosef estaba en Mitsraim. Su espíritu profético, que lo había abandonado durante el tiempo de su duelo por su hijo, se manifestaba sin embargo de tanto en tanto en visiones difusas, y resolvió enviar a sus hijos a Mitsraim. Había otra razón. Aunque aún no pasaba necesidad, con todo los hizo ir allá por alimento, porque le repugnaba despertar la envidia de los hijos de Esav y de Yishmael con su holgada situación. Por la misma razón, para evitar roces con los pueblos vecinos, mandó a sus hijos que no aparecieran en público con pan en las manos, ni con pertrechos de guerra. Y como sabía que era probable que llamaran la atención, a causa de su heroica estatura y su hermosa presencia, les advirtió que no entraran todos juntos a la ciudad por la misma puerta, ni, en verdad, se mostraran todos juntos en público en parte alguna, para que no se echara sobre ellos el mal de ojo.
El hambre en Kena’an inspiró a Yosef la esperanza de ver a sus hermanos. Para asegurarse de su venida, promulgó un decreto acerca de la compra de grano en Mitsraim, como sigue: «Por orden del rey y de su lugarteniente, y de los príncipes del reino, quede establecido que quien desee comprar grano en Mitsraim no puede enviar a su esclavo a hacer su encargo, sino que ha de encomendarlo a sus propios hijos. El egipcio o el cananeo que haya comprado grano y luego lo revenda será condenado a muerte, pues nadie puede comprar más de lo que necesita para las necesidades de su casa. También, quien venga con dos o tres bestias de carga y las cargue de grano será condenado a muerte».
A las puertas de la ciudad de Mitsraim, Yosef apostó guardias, cuyo oficio era averiguar y anotar el nombre de todo el que viniera a comprar grano, y también el nombre de su padre y de su abuelo, y cada tarde la lista de nombres así hecha se entregaba a Yosef. Estas precauciones habían de hacer bajar a Mitsraim a los hermanos de Yosef, y también informarle de su venida en cuanto entraran en la tierra.
En su viaje, sus hermanos pensaban más en Yosef que en su encargo. Se decían unos a otros: «Sabemos que Yosef fue llevado a Mitsraim, y allí lo buscaremos, y si lo encontramos, lo rescataremos de su amo, y si su amo se niega a venderlo, usaremos la fuerza, aunque perezcamos nosotros mismos».
A las puertas de la ciudad de Mitsraim, se preguntó a los hermanos de Yosef cuáles eran sus nombres, y los nombres de su padre y de su abuelo. Dio la casualidad de que el guardia de turno era Menashé, el hijo de Yosef. Los hermanos se sometieron al interrogatorio, diciendo: «Entremos en la ciudad, y veremos si esta anotación de nuestros nombres es cuestión de impuestos. Si es así, no pondremos reparos; pero si es otra cosa, veremos mañana qué puede hacerse en el caso».
En la tarde del día en que entraron en Mitsraim, Yosef descubrió sus nombres en la lista, que tenía por costumbre examinar a diario, y ordenó que se cerraran todos los puestos de venta de grano, salvo uno solo. Es más, ni siquiera en este puesto se negociaría venta alguna sin obtener primero el nombre del que pretendía comprar. Sus hermanos, cuyos nombres Yosef proporcionó al encargado del lugar, debían ser apresados y llevados ante él en cuanto se presentaran.
Pero el primer pensamiento de los hermanos era para Yosef, y su primera preocupación, buscarlo. Durante tres días lo buscaron por todas partes, hasta en los barrios más infames de la ciudad. Entretanto, Yosef estaba en comunicación con el encargado del puesto que se mantenía abierto para la venta de grano, y, al oír que sus hermanos no habían aparecido allí, despachó a algunos de sus siervos a buscarlos, pero no los hallaron ni en Mitsraim, la ciudad de Mitsraim, ni en Goshen, ni en Ramsés. Entonces envió a dieciséis siervos a hacer una búsqueda casa por casa en la ciudad, y descubrieron a los hermanos de Yosef en un lugar de mala fama y los llevaron a rastras ante su señor.
Yosef se encuentra con sus hermanos
Con una gran corona de oro sobre la cabeza, ataviado de lino fino y púrpura, y rodeado de sus hombres valientes, Yosef estaba sentado sobre su trono en su palacio. Sus hermanos cayeron ante él con gran admiración de su belleza, su porte majestuoso y su majestad. No lo reconocieron, pues cuando Yosef fue vendido como esclavo era un joven imberbe. Pero él sí reconoció a sus hermanos, cuyo aspecto no había cambiado en nada, pues eran hombres barbados cuando fue separado de ellos.
Estaba inclinado a darse a conocer a ellos como su hermano, pero un ángel se le apareció, el mismo que lo había traído desde Shejem hasta sus hermanos en Dotán, y le habló, diciendo: «Estos han venido aquí con intención de matarte». Más tarde, cuando los hermanos volvieron a casa, y dieron cuenta de sus peripecias a Yaakov, le dijeron que un hombre los había acusado falsamente ante el gobernante de Mitsraim, sin saber que quien había incitado a Yosef contra ellos era un ángel. Fue en referencia a este asunto, y aludiendo a su acusador, que Yaakov, al despachar a sus hijos en su segunda expedición a Mitsraim, oró a Dios: «El Dios Todopoderoso os conceda misericordia ante el hombre».
Yosef se mostró extraño a sus hermanos, y tomó su copa en la mano, la golpeó, y dijo: «Por esta copa mágica sé que sois espías». Ellos replicaron: «Tus siervos vinieron de Kena’an a Mitsraim para comprar grano».
Yosef: «Si es verdad que vinisteis aquí a comprar grano, ¿por qué es que cada uno de vosotros entró en la ciudad por una puerta distinta?».
Los hermanos: «Todos somos hijos de un solo hombre en la tierra de Kena’an, y él nos mandó no entrar juntos en una ciudad por la misma puerta, para no atraer la atención de la gente del lugar». Sin saberlo, habían hablado como videntes, pues la palabra «todos» incluía a Yosef como uno de su número.
Yosef: «En verdad, sois espías. Toda la gente que viene a comprar grano vuelve a casa sin demora, pero vosotros os habéis quedado aquí tres días, sin hacer compra alguna, y todo el tiempo habéis andado callejeando por los parajes infames de la ciudad, y solo los espías suelen hacer tal cosa».
Los hermanos: «Nosotros, tus siervos, somos doce hermanos, hijos de Yaakov, hijo de Yitsjak, hijo del hebreo Avraham. El menor está hoy con nuestro padre en Kena’an, y uno ha desaparecido. A él lo buscábamos en esta tierra, y lo buscamos incluso en las casas infames».
Yosef: «¿Habéis buscado en todos los demás lugares de la tierra, y solo Mitsraim quedaba? Y si es verdad que está en Mitsraim, ¿qué haría un hermano vuestro en una casa de mala fama, si de veras sois los descendientes de Avraham, Yitsjak y Yaakov?».
Los hermanos: «Oímos que unos ismaelitas robaron a nuestro hermano, y lo vendieron como esclavo en Mitsraim, y como nuestro hermano era en extremo hermoso de forma y de rostro, pensamos que quizá lo hubieran vendido para usos ilícitos, y por eso buscamos incluso en las casas infames para encontrarlo».
Yosef: «Habláis palabras engañosas cuando os llamáis hijos de Avraham. Por la vida del Paró, sois espías, y fuisteis de una casa infame a otra para que nadie os descubriera».
La expresión «por la vida del Paró» podría haber revelado a sus hermanos el verdadero sentir de Yosef, de haber ellos conocido su costumbre de hacer este juramento solo cuando pensaba faltar a su palabra después.
Yosef siguió hablando a sus hermanos: «Supongamos que descubrierais a vuestro hermano sirviendo como esclavo, y su amo exigiera una suma alta por su rescate, ¿la pagaríais?».
Los hermanos: «¡Sí!».
Yosef: «Pero supongamos que su amo se negara a entregarlo por precio alguno del mundo, ¿qué haríais?».
Los hermanos: «Si no nos cede a nuestro hermano, mataremos al amo, y nos llevaremos a nuestro hermano».
Yosef: «Ved ahora cuán verdaderas eran mis palabras, que sois espías. Por vuestra propia confesión habéis venido a matar a los habitantes de la tierra. La fama nos ha contado que dos de vosotros masacrasteis a la gente de Shejem a causa del ultraje hecho a vuestra hermana, y ahora habéis bajado a Mitsraim a matar a los egipcios por causa de vuestro hermano. Solo me convenceré de vuestra inocencia si consentís en enviar a casa a uno de vosotros y traer aquí a vuestro hermano menor».
Sus hermanos se negaron a acceder, y Yosef hizo que los metieran en prisión con setenta de sus hombres valientes, y allí permanecieron tres días. Dios nunca permite que los piadosos languidezcan en la aflicción más de tres días, y así fue una disposición divina que los hermanos de Yosef fueran liberados al tercer día, y que Yosef les permitiera volver a casa, con la condición, no obstante, de que uno de ellos quedara atrás como rehén.
Aquí puede verse la diferencia entre Yosef y sus hermanos. Aunque retuvo a uno de ellos para tenerlo preso en la cárcel, aún dijo: «Temo a Dios», y despidió a los demás; pero cuando él estuvo en poder de ellos, no dedicaron pensamiento alguno a Dios. Esta vez, a decir verdad, su conducta fue tal como corresponde a los piadosos, que aceptan su suerte con serena resignación, y reconocen la justicia de Dios, pues Él dispensa recompensa y castigo medida por medida. Reconocieron que su castigo presente era a cambio del trato despiadado que habían dado a Yosef, sin prestar atención a su angustia, aunque él cayó a los pies de cada uno de ellos, llorando, y suplicándoles que no lo vendieran como esclavo. Reuvén recordó a los otros que tenían dos agravios que expiar: el agravio contra su hermano y el agravio contra su padre, que quedó tan afligido que exclamó: «Descenderé a la sepultura junto a mi hijo, de duelo».
Los hermanos de Yosef no sabían que el virrey de Mitsraim entendía el hebreo, y podía seguir sus palabras, pues Menashé estaba de pie y hacía de intérprete entre ellos y él.
Yosef decidió retener a Shimón como rehén en Mitsraim, pues había sido uno de los dos —Leví era el otro— que aconsejaron dar muerte a Yosef, y solo la intercesión de Reuvén y Yehudá lo había salvado. No retuvo también a Leví porque temía que, si ambos quedaban atrás juntos, Mitsraim sufriera a sus manos la misma suerte que la ciudad de Shejem. Además, prefirió a Shimón antes que a Leví, porque Shimón no era un favorito entre los hijos de Yaakov, y no se resistirían con demasiada violencia a su detención en Mitsraim, mientras que podrían aniquilar Mitsraim, como en su día a Shejem, si se los privaba de Leví, su hombre sabio y sumo sacerdote. Por lo demás, había sido Shimón quien bajó a Yosef al pozo, por lo cual le tenía particular rencor.
Cuando los hermanos cedieron a la exigencia de Yosef, y consintieron en dejar atrás a su hermano como rehén, Shimón les dijo: «¡Queréis hacer conmigo lo que hicisteis con Yosef!». Pero ellos replicaron, con desesperación: «¿Qué podemos hacer? Nuestras casas perecerán de hambre». Shimón respondió: «Haced como queráis, pero en cuanto a mí, que yo vea al hombre que se atreva a echarme en prisión». Yosef mandó decir al Paró que le diera setenta de sus hombres valientes, para ayudarlo a arrestar a unos ladrones. Pero cuando los setenta aparecieron en escena, y estaban a punto de echar mano a Shimón, este lanzó un fuerte grito, y sus asaltantes cayeron al suelo y se les saltaron los dientes. Los hombres valientes del Paró, así como toda la gente que rodeaba a Yosef, huyeron espantados; solo Yosef y su hijo Menashé permanecieron calmos e inmutables. Menashé se levantó, asestó a Shimón un golpe en la nuca, le puso esposas en las manos y grillos en los pies, y lo echó en prisión. Los hermanos de Yosef quedaron muy asombrados de la heroica fuerza del joven, y Shimón dijo: «Este golpe no lo asestó un egipcio, sino uno de nuestra casa».
Fue atado y llevado a prisión a los ojos de los demás hermanos de Yosef, pero en cuanto quedaron fuera de vista, Yosef ordenó que le sirvieran buena comida, y lo trató con gran bondad.
Yosef permitió a sus otros nueve hermanos partir, llevando grano consigo en abundancia, pero les recalcó que sin falta debían volver y traer consigo a su hermano menor. En el camino, Leví, que se sentía solo sin su constante compañero Shimón, abrió su saco, y divisó el dinero que había pagado por el grano. Todos temblaron, y les faltó el corazón, y dijeron: «¿Dónde está, pues, la bondad amorosa de Dios para con nuestros padres Avraham, Yitsjak y Yaakov, viendo que nos ha entregado en manos del rey egipcio, para que levante contra nosotros falsas acusaciones?». Y Yehudá dijo: «En verdad, somos culpables respecto de nuestro hermano, hemos pecado contra Dios, en que vendimos a nuestro hermano, nuestra propia carne, ¿y por qué preguntáis: Dónde está, pues, la bondad amorosa de Dios para con nuestros padres?».
Reuvén habló del mismo modo: «¿No os hablé, diciendo: No pequéis contra el niño, y no quisisteis oír? Y ahora Adonái nos lo reclama. ¿Cómo podéis decir: Dónde está, pues, la bondad amorosa de Dios para con nuestros padres, si habéis pecado contra Él?».
Prosiguieron su viaje de vuelta, y su padre les salió al encuentro en el camino. Yaakov se asombró de no ver a Shimón con ellos, y, en respuesta a sus preguntas, le contaron todo lo que les había acontecido en Mitsraim. Entonces Yaakov clamó: «¿Qué habéis hecho? Envié a Yosef a vosotros para ver si os iba bien, y dijisteis: Una fiera lo ha devorado. Shimón salió con vosotros a comprar grano, y decís: El rey de Mitsraim lo ha echado en prisión. Y ahora os llevaréis a Binyamín y lo mataréis también. Haréis descender mis canas con dolor a la sepultura».
Las palabras que Yaakov pronunció, «Me habéis privado de mis hijos», querían dar a entender a sus hijos que sospechaba de ellos por la muerte de Yosef y también por la desaparición de Shimón, y sus relatos acerca de ambos los tenía por invenciones. Lo que lo hacía inconsolable era que ahora, habiendo perdido a dos de sus hijos, no podía esperar ver cumplida la promesa divina de que sería el antepasado de doce tribus. Estaba, por tanto, del todo resuelto en su ánimo a no dejar que Binyamín se fuera con sus hermanos bajo ninguna condición, y no dio a Reuvén respuesta alguna cuando este dijo: «Da muerte a mis dos hijos, si no te lo traigo». Consideró indigno de él dar respuesta a semejante disparate. «Mi hijo primogénito», se dijo, «es un necio. ¿De qué me servirá matar a sus dos hijos? ¿No sabe que sus hijos son igualmente míos?». Yehudá aconsejó a sus hermanos que desistieran entonces de apremiar a su padre; él consentiría, pensaba, a cuantos expedientes se hallaran necesarios, tan pronto como se les agotara el pan, y un segundo viaje a Mitsraim se hiciera imperioso.
El segundo viaje a Mitsraim
Cuando se acabaron las provisiones compradas en Mitsraim y la familia de Yaakov empezó a padecer hambre, los niños pequeños vinieron a él y le dijeron: «Danos pan, para que no muramos de hambre delante de ti». Las palabras de los pequeños arrancaron lágrimas ardientes de los ojos de Yaakov, y llamó a sus hijos y les mandó bajar otra vez a Mitsraim a comprar comida. Pero Yehudá le dijo: «Aquel hombre nos advirtió solemnemente, diciendo que no veríamos su rostro si nuestro hermano Binyamín no venía con nosotros, y no podemos presentarnos ante él con pretextos vanos». Y Yaakov dijo: «¿Por qué me hicisteis tanto mal como para contarle a ese hombre que teníais otro hermano?». Fue la primera y única vez que Yaakov se permitió una palabra ociosa, y Dios dijo: «Yo me encargué de elevar a su hijo al puesto de gobernador de Mitsraim, ¿y él se queja y dice: por qué me hicisteis tanto mal?». Y Yehudá se defendió del reproche de haber iniciado al virrey egipcio en los asuntos de su familia, con estas palabras: «¡Pero si conocía hasta la madera con que están hechas las cunas de nuestros niños! Padre —continuó—, si Binyamín va con nosotros, puede que nos lo quiten, pero también puede que no. Eso es incierto, pero lo cierto es que, si no viene con nosotros, todos moriremos de hambre. Mejor no preocuparse por lo dudoso y guiar los actos por lo seguro. El rey de Mitsraim es un rey fuerte y poderoso, y si vamos a él sin nuestro hermano, todos seremos condenados a muerte. ¿Acaso no sabes, no has oído, que este rey es muy poderoso y sabio, y que no hay otro como él en toda la tierra? Hemos visto a todos los reyes de la tierra, y ninguno como el rey de Mitsraim. Cualquiera diría que entre todos los reyes de la tierra no hay ninguno mayor que Avimélej, rey de los filisteos; y sin embargo el rey de Mitsraim es más grande y más poderoso que él, y Avimélej apenas puede compararse con uno de sus oficiales. Padre, tú no has visto su palacio ni su trono, ni a todos sus siervos de pie ante él. No has visto a ese rey sobre su trono, en toda su magnificencia y con sus insignias reales, revestido de sus ropas regias, con una gran corona de oro sobre la cabeza. No has visto la honra y la gloria que Dios le ha dado, pues no hay otro como él en toda la tierra. Padre, no has visto la sabiduría, el entendimiento y el conocimiento que Dios ha puesto en su corazón. Oímos su voz dulce cuando nos habló. No sabemos, padre, quién le dio a conocer nuestros nombres y todo lo que nos ha pasado. También preguntó por ti, diciendo: ¿Vive todavía vuestro padre, y le va bien? No has visto los asuntos del gobierno de Mitsraim regidos por él, pues nadie consulta al Paró, su señor, acerca de ellos. No has visto el temor y el pavor que impone a todos los egipcios. Hasta nosotros salimos de su presencia amenazando con hacer a Mitsraim lo que se hizo a las ciudades de los amorreos, y furiosos en extremo por todas las palabras que dijo tratándonos de espías; y sin embargo, cuando volvimos de nuevo ante él, su terror cayó sobre todos nosotros, y ninguno pudo dirigirle una sola palabra, ni grande ni pequeño. Por tanto, padre, envía al muchacho con nosotros, y nos levantaremos y bajaremos a Mitsraim, y compraremos comida, para que no muramos de hambre».
Yehudá ofreció su parte en el mundo venidero como fianza por Binyamín, y así prometió solemnemente traerlo de vuelta sano y salvo; y Yaakov accedió a su petición y permitió que Binyamín bajara a Mitsraim con sus otros hijos. Llevaron también consigo regalos escogidos de parte de su padre para el gobernador de Mitsraim, cosas que fuera de la Tierra de Israel despiertan asombro: el múrex, que es el caracol del que se obtiene la púrpura de Tiro, y diversas clases de bálsamo, y aceite de almendras, y aceite de pistacho, y miel dura como la piedra. Además, Yaakov puso en sus manos el doble de dinero, para prevenir una subida de precios entre tanto. Y cuando todo esto quedó dispuesto, habló a sus hijos, diciendo: «Aquí está el dinero, aquí está el regalo, y aquí está también vuestro hermano. ¿Necesitáis alguna otra cosa?». Y ellos respondieron: «Sí, necesitamos además que intercedas por nosotros ante Dios». Entonces su padre oró: «Oh HaShem, Tú que al tiempo de la creación dijiste ¡Basta! al cielo y a la tierra, cuando se extendían más y más hacia el infinito, pon también un límite a mis sufrimientos, diles: ¡Basta! Que Dios Todopoderoso os conceda misericordia ante el gobernador de Mitsraim, para que os devuelva a Yosef, a Shimón y a Binyamín».
Esta oración fue una intercesión no solo por los hijos de Yaakov, sino también por sus descendientes: que Dios librara a las Diez Tribus en el tiempo por venir, como libró a las dos, Yehudá y Binyamín; y que, después de permitir la destrucción de dos Templos, concediera duración sin fin al tercero.
Yaakov puso además en manos de su hijo una carta dirigida al virrey de Mitsraim. La carta decía así: «De tu siervo Yaakov, hijo de Yitsjak, nieto de Avraham, príncipe de Dios, al poderoso y sabio rey Tsafnat-Panéaj, gobernador de Mitsraim, ¡paz! Hago saber a mi señor el rey que el hambre es grave entre nosotros en la tierra de Kena’an, y por eso he enviado a mis hijos a ti, a comprarnos un poco de comida, para que vivamos y no muramos. Mis hijos me rodearon y me pidieron algo de comer, pero, ay, soy muy viejo, y no puedo ver con mis ojos, pues están cargados con el peso de los años, y también a causa de mis lágrimas sin fin por mi hijo Yosef, que me fue arrebatado. Encargué a mis hijos que no pasaran todos juntos por la puerta al mismo tiempo, al llegar a la ciudad de Mitsraim, por consideración a los habitantes de la tierra, para que no repararan demasiado en ellos. También les mandé recorrer la tierra de Mitsraim buscando a mi hijo Yosef, por si acaso lo encontraban allí.
»Así lo hicieron, y por eso tú los tuviste por espías. Hemos oído la fama de tu sabiduría y tu perspicacia. ¿Cómo, pues, puedes mirar sus rostros y aun así declararlos espías? Sobre todo cuando hemos oído que interpretaste el sueño del Paró y anunciaste la llegada del hambre, nos asombra que tú, con tu discernimiento, no pudieras distinguir si son espías o no.
»Y ahora, oh mi señor el rey, te envío a mi hijo Binyamín, como exigiste a mis otros hijos. Te ruego que cuides bien de él hasta que me lo devuelvas en paz con sus hermanos. ¿No has oído, no sabes, lo que nuestro Dios hizo al Paró cuando tomó para sí a nuestra madre Sará? ¿O lo que le sucedió a Avimélej por causa de ella? ¿Y lo que nuestro padre Avraham hizo a los nueve reyes de Elam, cómo los mató y exterminó sus ejércitos, aunque tenía consigo pocos hombres? ¿O no has oído lo que mis dos hijos Shimón y Leví hicieron a las ocho ciudades de los amorreos, que destruyeron a causa de su hermana Diná? Binyamín los consoló de la pérdida de Yosef. ¿Qué, entonces, harán a quien extienda la mano del poder para arrebatárselo?
»¿No sabes, oh rey de Mitsraim, que el poder de nuestro Dios está con nosotros, y que Él siempre escucha nuestras oraciones y nunca nos abandona? Si yo hubiera invocado a Dios para que se alzara contra ti cuando mis hijos me contaron cómo obraste con ellos, tú y tu pueblo, todos vosotros habríais sido aniquilados antes de que Binyamín pudiera bajar a ti. Pero pensé que mi hijo Shimón moraba en tu casa, y que quizá le estabas haciendo bien, y por eso no invoqué sobre ti el castigo de Dios. Ahora mi hijo Binyamín baja a ti con mis otros hijos. Ten cuidado contigo mismo, mantén tus ojos puestos en él, y Dios pondrá su ojo sobre todo tu reino.
»Ya he dicho todo lo que hay en mi corazón. Mis hijos llevan consigo a Mitsraim a su hermano menor; devuélvemelos a todos en paz».
Esta carta la puso Yaakov al cuidado de Yehudá, encargándole que la entregara al gobernador de Mitsraim. Sus últimas palabras a sus hijos fueron una exhortación a cuidar bien de Binyamín y a no perderlo de vista, ni en el camino ni después de su llegada a Mitsraim. Se despidió de ellos, y luego se volvió en oración a Dios, diciendo: «¡Oh Señor del cielo y de la tierra! Recuerda tu alianza con nuestro padre Avraham. Recuerda también a mi padre Yitsjak, y concede gracia a mis hijos, y no los entregues en manos del rey de Mitsraim. Oh Dios mío, hazlo por amor de tu misericordia, redime a mis hijos y sálvalos de manos de los egipcios, y devuélveles a sus dos hermanos».
También las mujeres y los niños de la casa de Yaakov oraron a Dios entre lágrimas, y le suplicaron que redimiera a sus maridos y a sus padres de manos del rey de Mitsraim.
Yosef y Binyamín
Grande fue el gozo de Yosef cuando sus hermanos estuvieron ante él y Binyamín venía con ellos. En su hermano menor veía el retrato fiel de su padre. Ordenó a su hijo Menashé, el mayordomo de su casa, que llevara a los hombres al palacio y les preparara una comida. Pero debía cuidar de preparar los platos de carne en presencia de los huéspedes, para que vieran con sus propios ojos que las reses habían sido sacrificadas conforme a las prescripciones rituales, y que se había retirado el nervio ciático que está sobre el hueco del muslo.
La comida a la que Yosef invitó a sus hermanos fue una comida de Shabat, pues él observaba el séptimo día ya antes de la revelación de la Torá. Los hijos de Yaakov rechazaron la invitación del mayordomo, y se armó un forcejeo. Mientras él intentaba meterlos por la fuerza en el salón del banquete, ellos intentaban sacarlo a él, pues temían que fuera solo una argucia para apoderarse de ellos y de sus asnos, a causa del dinero que habían hallado en sus sacos al volver de su primer viaje a Mitsraim. En su modestia, ponían la pérdida de sus bestias al mismo nivel que la pérdida de su propia libertad. Para el hombre común, la propiedad es tan preciosa como la vida misma.
De pie a la puerta de la casa de Yosef, hablaron al mayordomo y dijeron: «Estamos en muy mala situación. En nuestra tierra sosteníamos a otros, y ahora dependemos de ti para que nos sostengas». Tras estas palabras de introducción, le ofrecieron el dinero que habían hallado en sus sacos. El mayordomo los tranquilizó acerca del dinero, diciendo: «Sea como sea, ya sea por vuestros propios méritos, ya por los méritos de vuestros padres, Dios os ha hecho encontrar un tesoro, pues el dinero que pagasteis por el grano llegó a mi mano». Entonces les sacó a Shimón. Su hermano parecía un odre de cuero, tan gordo y redondo se había puesto durante su estancia en Mitsraim. Contó a sus hermanos qué buen trato le habían dado. En el mismo instante en que ellos salieron de la ciudad, él fue liberado de la prisión, y desde entonces lo habían agasajado con esplendor en la casa del gobernador de Mitsraim.
Cuando Yosef apareció, Yehudá tomó a Binyamín de la mano y lo presentó al virrey, y todos se inclinaron ante él hasta la tierra. Yosef les preguntó por el bienestar de su padre y de su abuelo, y ellos respondieron: «Tu siervo, nuestro padre, está bien; aún vive», y Yosef supo por sus palabras que su abuelo Yitsjak ya no existía. Había muerto en el momento en que Yosef fue liberado de la prisión, y el gozo de Dios por la liberación de Yosef quedó ensombrecido por su dolor por Yitsjak. Entonces Yehudá entregó a Yosef la carta de su padre, y él se conmovió tanto al ver la letra tan conocida que tuvo que retirarse a su cámara y llorar. Cuando volvió, mandó a Binyamín que se acercara a él, y puso la mano sobre la cabeza de su hermano menor y lo bendijo con estas palabras: «Dios te sea propicio, hijo mío». Su padre había mencionado una vez «los hijos que Dios ha dado por gracia a tu siervo», y como Binyamín no estaba entre los hijos así nombrados, pues nació después, Yosef lo compensó ahora bendiciéndolo con la gracia de Dios.
La mesa se dispuso en tres partes: para Yosef, para sus hermanos y para los egipcios. Los hijos de Yaakov no se atrevían a comer de los platos que les pusieron delante; temían que no hubieran sido preparados conforme a las prescripciones rituales —un castigo sobre Yosef por haber calumniado a sus hermanos, a quienes una vez acusó de no ser escrupulosos en la observancia de las leyes dietéticas—. Los egipcios, por su parte, no podían sentarse a la misma mesa que los hijos de Yaakov, porque estos comían la carne de los animales a los que aquellos rendían culto divino.
Cuando todo estuvo listo y los huéspedes iban a sentarse, Yosef alzó su copa y, fingiendo aspirar de ella su conocimiento, dijo: «Yehudá es rey, por tanto que se siente a la cabecera de la mesa, y que Reuvén el primogénito ocupe el segundo lugar»; y así asignó a todos sus hermanos lugares que correspondían a su dignidad y a su edad. Además, sentó juntos a los hermanos que eran hijos de una misma madre, y cuando llegó a Binyamín, dijo: «Sé que el menor de vosotros no tiene un hermano nacido de su propia madre junto a quien pueda sentarse, y yo tampoco tengo ninguno; por tanto, que ocupe su lugar junto a mí».
Los hermanos se maravillaban unos con otros de todo esto. Durante la comida, Yosef tomó su porción y se la dio a Binyamín, y su esposa Asnat siguió su ejemplo, y también Efráyim y Menashé, de modo que Binyamín tuvo cuatro porciones además de la que había recibido como los otros hijos de Yaakov.
Se sirvió vino en la comida, y era la primera vez en veintidós años que Yosef y sus hermanos lo probaban, pues habían llevado vida de nazareos: sus hermanos porque se arrepentían del mal que habían hecho a Yosef, y Yosef porque se afligía por la suerte de su padre.
Yosef entabló conversación con su hermano Binyamín. Le preguntó si tenía un hermano nacido de su propia madre, y Binyamín respondió: «Tenía uno, pero no sé qué ha sido de él». Yosef continuó sus preguntas: «¿Tienes esposa?».
Binyamín: «Sí, tengo esposa y diez hijos».
Yosef: «¿Y cómo se llaman?».
Binyamín: «Bela, y Béjer, y Ashbel, Guerá, y Naamán, Ejí, y Rosh, Mupim, y Jupim, y Ard».
Yosef: «¿Por qué les diste nombres tan singulares?».
Binyamín: «En memoria de mi hermano y de sus sufrimientos: Bela, porque mi hermano desapareció entre los pueblos; Béjer, porque era el primogénito de mi madre; Ashbel, porque fue arrebatado de mi padre; Guerá, porque habita como extranjero en tierra extraña; Naamán, porque era en extremo agradable; Ejí, porque era mi único hermano por parte de padre y madre a la vez; Rosh, porque estaba a la cabeza de sus hermanos; Mupim, porque era hermoso en todo; Jupim, porque fue calumniado; y Ard, porque era hermoso como una rosa».
Yosef mandó que le trajeran su astrolabio mágico, con el cual conocía todo cuanto sucede, y dijo a Binyamín: «He oído que los hebreos están versados en toda sabiduría, pero ¿tú sabes algo de esto?». Binyamín respondió: «Tu siervo también es diestro en toda sabiduría, que mi padre me ha enseñado». Entonces miró el astrolabio, y para su gran asombro descubrió con su ayuda que aquel que estaba sentado en el trono ante él era su hermano Yosef. Notando el asombro de Binyamín, Yosef le preguntó: «¿Qué has visto, y por qué te asombras?». Binyamín dijo: «Veo por esto que Yosef mi hermano está aquí sentado ante mí sobre el trono». Y Yosef dijo: «¡Yo soy Yosef, tu hermano! No reveles la cosa a nuestros hermanos. Te enviaré con ellos cuando se vayan, y les mandaré que los traigan de nuevo a la ciudad, y te apartaré de ellos. Si arriesgan sus vidas y luchan por ti, entonces sabré que se han arrepentido de lo que me hicieron, y me daré a conocer a ellos. Pero si te abandonan, te quedarás conmigo. Se irán, y no me daré a conocer a ellos».
Entonces Yosef preguntó a Binyamín qué habían dicho sus hermanos a su padre después de haberlo vendido como esclavo, y oyó la historia de la túnica mojada en la sangre de un cabrito. «Sí, hermano —dijo Yosef—, cuando me despojaron de la túnica, me entregaron a los ismaelitas, que me ataron un delantal a la cintura, me azotaron y me mandaron correr. Pero un león atacó al que me golpeaba y lo mató, y sus compañeros se alarmaron y me vendieron a otra gente».
Despedidos por Yosef con palabras amables, sus hermanos emprendieron el viaje de regreso en cuanto amaneció, pues es buena regla «salir de una ciudad después de la salida del sol, y entrar en una ciudad antes de la puesta del sol». Además, Yosef tenía una razón concreta para no dejar que sus hermanos partieran de la ciudad de noche. Temía un encuentro entre ellos y sus siervos, y que sus hombres llevaran la peor parte, pues los hijos de Yaakov eran como las fieras salvajes, que dominan de noche.
El ladrón atrapado
Aún no se habían alejado mucho de las puertas de la ciudad cuando Yosef despachó a Menashé, el mayordomo de su casa, para que fuera tras ellos y buscara la copa de plata que había escondido en el saco de Binyamín. Conocía bien a sus hermanos, y no se arriesgó a dejar que se alejaran demasiado de la ciudad antes de intentar forzar su regreso. Esperaba que la cercanía de la ciudad los intimidara y les hiciera acatar sus órdenes. Menashé recibió, pues, el encargo de detenerlos, con buenas palabras si podía, o con palabras duras si debía, y de traerlos de vuelta a la ciudad. Obró conforme a sus instrucciones. Cuando los hermanos oyeron la acusación de robo, dijeron: «Aquel de tus siervos en cuyo poder se halle la copa, que muera, y nosotros también seremos siervos de mi señor». Y Menashé dijo: «Como decís, así sería justo hacerlo, pues si diez personas son acusadas de robo y el objeto robado se halla en poder de una de ellas, todas son responsables. Pero yo no seré tan duro. Aquel en cuyo poder se halle la copa será el siervo, y los demás quedarán sin culpa».
Registró todos los sacos, y para no despertar la sospecha de que sabía dónde estaba la copa, empezó por Reuvén, el mayor, y terminó por Binyamín, el menor, y la copa se halló en el saco de Binyamín. Enfurecidos, sus hermanos le gritaron a Binyamín: «¡Oh ladrón e hijo de ladrona! Tu madre avergonzó a nuestro padre con su hurto, y ahora tú nos avergüenzas a nosotros». Pero él replicó: «¿Es este asunto tan malo como el asunto del cabrito, como el acto de los hermanos que vendieron a su propio hermano como esclavo?».
En su furia y su despecho, los hermanos rasgaron sus vestiduras. Dios les pagó con su propia moneda. Ellos habían hecho que Yaakov rasgara sus ropas en su duelo por Yosef, y ahora se veían obligados a hacer lo mismo por sus propias desgracias. Y así como rasgaron sus ropas por su hermano Binyamín, así Mordejái, descendiente de Binyamín, había de rasgar las suyas por sus hermanos, el pueblo de Israel. Pero como la mortificación fue infligida a los hermanos por medio de Menashé, el mayordomo de Yosef, el territorio asignado a la tribu de Menashé fue «desgarrado» en dos: la mitad de la tribu hubo de vivir a un lado del Yardén, y la otra mitad al otro lado. Y Yosef, que no había titubeado en atormentar a sus hermanos tan amargamente que rasgaron sus ropas en su abatimiento, fue castigado: su descendiente Yehoshúa se vio llevado a tal desesperación tras la derrota de Ai que él también rasgó sus vestiduras.
Convictos de robo más allá de toda duda, los hermanos de Yosef no tuvieron más remedio que acatar la orden del mayordomo y volver a la ciudad. Lo acompañaron sin demora. Cada uno cargó él mismo su asno, levantando la carga con una sola mano del suelo al lomo de la bestia, y luego desanduvieron el camino hacia la ciudad; y mientras andaban, golpeaban a Binyamín rudamente en el hombro, diciendo: «¡Oh ladrón e hijo de ladrona, nos has traído la misma vergüenza que tu madre trajo sobre nuestro padre!». Binyamín soportó los golpes y las palabras injuriosas en paciente silencio, y fue recompensado por su humildad. Por someterse a los golpes sobre su hombro, Dios dispuso que su Shejiná «morara entre sus hombros», y lo llamó también «el amado de HaShem».
Los hermanos de Yosef volvieron a la ciudad sin temor. Aunque era una gran metrópoli, a sus ojos parecía apenas una aldea de diez personas, que podían borrar de un manotazo. Fueron conducidos a la presencia de Yosef, quien, contra su costumbre, no estaba celebrando ese día audiencia en el foro. Se había quedado en casa, para que sus hermanos no quedaran expuestos a la vergüenza en público. Cayeron a tierra ante él, y así se cumplió su sueño de las once estrellas que se le inclinaban. Pero aun mientras rendía homenaje a Yosef, Yehudá hervía por dentro de rabia contenida, y dijo a sus hermanos: «En verdad, este hombre me ha forzado a volver aquí solo para que hoy destruya la ciudad».
Custodiado por sus valientes a derecha e izquierda, Yosef se dirigió a sus hermanos, gruñendo: «¿Qué acto es este que habéis hecho, robarme mi copa? Bien sé que la tomasteis para descubrir con su ayuda el paradero de vuestro hermano desaparecido». Yehudá tomó la palabra y respondió: «¿Qué diremos a mi señor acerca del primer dinero que halló en la boca de nuestros sacos? ¿Qué diremos del segundo dinero que también estaba en nuestros sacos? ¿Y cómo nos justificaremos acerca de la copa? No podemos reconocernos culpables, pues nos sabemos inocentes en todos estos asuntos. Y sin embargo no podemos declararnos inocentes, porque Dios ha descubierto la iniquidad de tus siervos, como un acreedor que anda de aquí para allá tratando de cobrar una deuda que se le debe. Dos hermanos cuidan de no entrar juntos en una casa de alegría y festejo, para no exponerse al mal de ojo; pero nosotros fuimos apresados todos juntos en un mismo lugar, a causa del pecado que cometimos en común».
Yosef: «Pero si vuestro castigo es por haber vendido a Yosef, ¿por qué ha de sufrir este hermano vuestro, el menor, que no tuvo parte en vuestro crimen?».
Yehudá: «El ladrón y sus compañeros son apresados juntos».
Yosef: «Si fuisteis capaces de contar a vuestro padre acerca de un hermano que no había robado ni os había traído vergüenza alguna, que una fiera lo había despedazado, con facilidad os convenceréis de decirlo acerca de un hermano que sí ha robado y os ha traído vergüenza. Id, pues, y decid a vuestro padre: “La cuerda sigue al cubo del agua”. Pero —continuó Yosef, sacudiendo su manto de púrpura— líbreme Dios de acusaros a todos de robo. Solo el joven que robó la copa para adivinar el paradero de su hermano quedará conmigo como siervo; en cuanto a vosotros, subid en paz a vuestro padre».
El espíritu santo exclamó: «¡Grande paz tienen los que aman tu ley!».
Todos los hermanos consintieron en entregar a Binyamín al gobernador de Mitsraim; solo Yehudá se opuso, y gritó: «¡Ahora se acabó toda la paz!», y se dispuso a usar la fuerza, si era preciso, para rescatar a Binyamín de la esclavitud.
Yehudá suplica y amenaza
Yosef despidió a sus hermanos y se llevó a Binyamín a la fuerza, y lo encerró en una cámara. Pero Yehudá echó abajo la puerta y se plantó ante Yosef con sus hermanos. Resolvió emplear por turno los tres medios de liberar a Binyamín de que disponía. Estaba dispuesto a convencer a Yosef con argumentos, o a moverlo con súplicas, o a recurrir a la fuerza, con tal de lograr su fin.
Habló: «Nos haces un agravio. Tú, que dijiste “yo temo a Dios”, te muestras como el Paró, que no teme a Dios. Los juicios que pronuncias no concuerdan con nuestras leyes, ni concuerdan con las leyes de las naciones. Según nuestra ley, el ladrón debe pagar el doble del valor de lo que ha robado. Solo si no tiene dinero es vendido como esclavo, pero si tiene el dinero, hace la restitución doble. Y según la ley de las naciones, al ladrón se le despoja de todo lo que posee. Hazlo así, pero déjalo libre. Si un hombre compra un esclavo y luego descubre que es un ladrón, la transacción queda anulada. Y sin embargo tú pretendes hacer esclavo a uno a quien acusas de ser ladrón. Sospecho que quieres tenerlo en tu poder para fines ilícitos, y en esa lujuria te asemejas al Paró. También te pareces al Paró en que haces una promesa y no la cumples. Dijiste a tus siervos: Traedme a vuestro hermano menor, para que ponga mis ojos sobre él. ¿A esto llamas poner tus ojos sobre él? Si no desearas nada más que un esclavo, con seguridad aceptarías nuestra oferta de servirte como siervos en lugar de Binyamín. Reuvén es mayor que él, y yo lo supero en fuerza. No puede ser sino como digo: tienes un propósito lujurioso en mente con nuestro hermano.
»Por tanto, que estas palabras que voy a decir hallen entrada en tu corazón: por causa de la abuela de este muchacho, el Paró y su casa fueron heridos con graves plagas, porque él la retuvo en su palacio una sola noche contra su voluntad. Su madre murió una muerte prematura, a causa de una maldición que su padre pronunció con precipitación irreflexiva. Cuídate, pues, de que la maldición de este hombre no te alcance y te dé muerte. Dos de nosotros destruimos una ciudad entera por causa de una sola mujer; cuánto más lo haríamos por causa de un hombre, y ese hombre el amado de HaShem, en cuyo territorio está dispuesto que more Dios.
»Si tan solo profiero un sonido, una pestilencia mortal recorrerá la tierra hasta No. En esta tierra el Paró es el primero, y tú eres el segundo después de él; pero en nuestra tierra mi padre es el primero, y yo soy el segundo. Si no accedes a nuestra demanda, desenvainaré mi espada y te derribaré a ti primero, y luego al Paró».
Cuando Yehudá profirió esta amenaza, Yosef hizo una señal, y Menashé golpeó el suelo con el pie de modo que todo el palacio tembló. Yehudá dijo: «¡Solo alguien de nuestra familia puede golpear así!», e intimidado por esta muestra de gran fuerza, moderó su tono y sus modos. «Desde el principio —siguió diciendo— recurriste a toda clase de pretextos para ponernos en aprietos. Los habitantes de muchos países bajaron a Mitsraim a comprar grano, pero a ninguno de ellos preguntaste por sus relaciones familiares. En verdad, no vinimos aquí a pedir a tu hija en matrimonio; ¿o acaso deseas tú una alianza con nuestra hermana? A pesar de todo, dimos respuesta a todas tus preguntas».
Yosef respondió: «¡En verdad, hablas con soltura! ¿Hay otro charlatán como tú entre tus hermanos? ¿Por qué hablas tanto, mientras tus hermanos que son mayores que tú, Reuvén, Shimón y Leví, permanecen callados?».
Yehudá: «Ninguno de mis hermanos tiene tanto en juego como yo, si Binyamín no vuelve a su padre. Yo fui fiador ante mi padre por él, diciendo: Si no te lo traigo y lo pongo delante de ti, cargue yo con la culpa para siempre, en este mundo y en el mundo venidero».
Los demás hermanos se abstuvieron deliberadamente de tomar parte en la disputa entre Yehudá y Yosef, diciendo: «Hay reyes disputando, y no nos corresponde interponernos entre ellos». Hasta los ángeles descendieron del cielo a la tierra para ser espectadores del combate entre Yosef el toro y Yehudá el león, y dijeron: «Es cosa del curso natural que el toro tema al león, pero aquí los dos se enzarzan en combate igual y furioso».
En respuesta a Yehudá, cuando este explicó que su gran interés por la seguridad de Binyamín se debía a la promesa que había dado a su padre, Yosef habló: «¿Por qué no fuiste fiador de tu otro hermano, cuando lo vendisteis por veinte piezas de plata? Entonces no reparaste en el dolor que infligías a tu padre, sino que dijiste: Una fiera ha devorado a Yosef. Y sin embargo Yosef no había hecho mal alguno, mientras que este Binyamín ha cometido robo. Por tanto, sube y di a tu padre: La cuerda ha seguido al cubo del agua».
Estas palabras hicieron tal efecto en Yehudá que rompió en sollozos y gritó en alta voz: «¿Cómo subiré a mi padre, si el muchacho no está conmigo?». Su clamor llegó hasta una distancia de cuatrocientas parasangas, y cuando Jushim, hijo de Dan, lo oyó en Kena’an, saltó a Mitsraim de un solo brinco y unió su voz a la de Yehudá, y toda la tierra estuvo a punto de derrumbarse por el gran estruendo que produjeron. Los valientes de Yosef perdieron los dientes, y las ciudades de Pitom y Ramsés quedaron destruidas, y así permanecieron en ruinas hasta que los israelitas las reconstruyeron bajo capataces. También los hermanos de Yehudá, que hasta ese momento habían guardado silencio, montaron en cólera y golpearon el suelo con los pies hasta que pareció que un arado hubiera abierto en él profundos surcos. Y Yehudá se dirigió a sus hermanos: «Sed valientes, portaos como hombres, y muestre cada uno de vosotros su heroísmo, pues las circunstancias exigen que demos lo mejor de nosotros».
Entonces resolvieron destruir Mitsraim, la ciudad de Mitsraim, y Yehudá dijo: «Yo alzaré mi voz, y con ella destruiré a Mitsraim».
Reuvén: «Yo alzaré mi brazo, y la aplastaré hasta hacerla desaparecer».
Shimón: «Yo alzaré mi mano, y arrasaré sus palacios».
Leví: «Yo desenvainaré mi espada, y mataré a los habitantes de Mitsraim».
Yisajar: «Yo dejaré la tierra como Sedom».
Zevulún: «Como Gomorra la dejaré yo».
Dan: «Yo la reduciré a un desierto».
Entonces la rabia desbordante de Yehudá empezó a dar señales de estallar: su ojo derecho derramó lágrimas de sangre; el vello sobre su corazón se erizó tanto que atravesó y rasgó las cinco vestiduras que llevaba puestas; y tomó varillas de bronce, las mordió con los dientes y las escupió hechas polvo fino. Cuando Yosef observó estas señales, el temor cayó sobre él, y para mostrar que él también era un hombre de fuerza extraordinaria, empujó con el pie el pedestal de mármol sobre el que estaba sentado, y este se hizo astillas. Yehudá exclamó: «¡Este es un héroe igual a mí!». Entonces intentó sacar su espada de la vaina para matar a Yosef, pero el arma no quiso moverse, y Yehudá se convenció por ello de que su adversario era un hombre temeroso de Dios, y se puso a la tarea de rogarle que dejara libre a Binyamín, pero él se mantuvo inflexible.
Entonces Yehudá dijo: «¿Qué diremos a nuestro padre cuando vea que nuestro hermano no está con nosotros, y se aflija por él?».
Yosef: «Decid que la cuerda ha seguido al cubo del agua».
Yehudá: «Eres un rey, ¿por qué hablas de este modo, aconsejando una mentira? ¡Ay del rey que es como tú!».
Yosef: «¿Hay mentira mayor que la que dijisteis acerca de vuestro hermano Yosef, a quien vendisteis a los madianitas por veinte piezas de plata, diciendo a vuestro padre: Una fiera lo ha devorado?».
Yehudá: «El fuego de Shejem arde en mi corazón; ahora quemaré con fuego toda tu tierra».
Yosef: «Por cierto, el fuego encendido para quemar a Tamar, tu nuera, que dio muerte a tus hijos, apagará el fuego de Shejem».
Yehudá: «Si me arranco un solo cabello del cuerpo, llenaré con su sangre todo Mitsraim».
Yosef: «Tal es vuestra costumbre; así hicisteis con vuestro hermano a quien vendisteis, y luego mojasteis su túnica en sangre, se la llevasteis a vuestro padre y dijisteis: Una fiera lo ha devorado, y aquí está su sangre».
Cuando Yehudá oyó esto, se enfureció en extremo, y tomó una piedra que pesaba cuatrocientos siclos que estaba ante él, la lanzó al cielo con una sola mano, la atrapó con la mano izquierda, se sentó luego sobre ella, y la piedra se convirtió en polvo. Por orden de Yosef, Menashé hizo lo mismo con otra piedra, y Yosef dijo a Yehudá: «No a vosotros solos se ha dado la fuerza; también nosotros somos hombres poderosos. ¿Por qué, pues, os jactáis todos ante nosotros?». Entonces Yehudá envió a Naftalí, diciendo: «Ve y cuenta todas las calles de la ciudad de Mitsraim, y ven a decirme el número»; pero Shimón se interpuso, diciendo: «Que no te preocupe esto; yo iré al monte, tomaré del monte una piedra enorme, la arrojaré sobre todo Mitsraim, la ciudad de Mitsraim, y mataré a todos los que hay en ella».
Al oír todas estas palabras, que decían en voz alta porque no sabían que él entendía el hebreo, Yosef mandó a su hijo Menashé que se apresurara a reunir a todos los habitantes de Mitsraim, y a todos los hombres valientes, y que vinieran a él a caballo y a pie. Entre tanto, Naftalí había ido rápido a ejecutar el encargo de Yehudá, pues era veloz como el ágil ciervo: podía correr por un campo de grano sin quebrar una sola espiga. Y volvió e informó que la ciudad de Mitsraim estaba dividida en doce barrios. Yehudá mandó a sus hermanos destruir la ciudad; él mismo se encargó de arrasar tres barrios, y asignó los nueve barrios restantes a los otros, un barrio a cada uno.
Entre tanto, Menashé había reunido un gran ejército, quinientos hombres a caballo y diez mil a pie, entre ellos cuatrocientos héroes valientes, capaces de combatir sin lanza ni espada, usando solo sus fuertes manos desnudas. Para infundir más terror a sus hermanos, Yosef les ordenó hacer un gran estruendo con toda clase de instrumentos, y su aparición y el alboroto que produjeron, en efecto, hicieron caer el miedo sobre algunos de los hermanos de Yosef. Yehudá, sin embargo, les gritó: «¿Por qué estáis aterrados, viendo que Dios nos concede su misericordia?». Desenvainó su espada y lanzó un grito salvaje, que sumió a toda la gente en la consternación, y en su huida desordenada muchos cayeron unos sobre otros y perecieron; y Yehudá y sus hermanos persiguieron a la gente que huía hasta la casa del Paró. De vuelta ante Yosef, Yehudá rompió de nuevo en fuertes rugidos, y las reverberaciones causadas por sus gritos fueron tan poderosas que todas las murallas de las ciudades de Mitsraim y de Goshen se derrumbaron, las mujeres encintas dieron a luz antes de tiempo, y el Paró fue arrojado de su trono. Los gritos de Yehudá se oyeron a gran distancia, tan lejos como Sucot.
Cuando el Paró supo la causa del gran alboroto, mandó decir a Yosef que tendría que ceder a las demandas de los hebreos, o la tierra sufriría destrucción. «Puedes escoger —fueron las palabras del Paró— entre yo y los hebreos, entre Mitsraim y la tierra de los hebreos. Si no atiendes mi orden, entonces déjame y vete con ellos a su tierra».
Yosef se da a conocer
Viendo que sus hermanos estaban, en efecto, a punto de destruir Mitsraim, Yosef resolvió darse a conocer a ellos, y buscó una ocasión propicia que condujera de forma natural a su revelación. A instancia suya, Menashé puso la mano sobre el hombro de Yehudá, y su contacto aplacó la furia de Yehudá, pues notó que estaba en contacto con un pariente suyo, porque tal fuerza no existía en ninguna otra familia. Entonces Yosef se dirigió a Yehudá con dulzura, diciendo: «Me gustaría saber quién le aconsejó robar la copa. ¿Pudo ser alguno de vosotros?». Binyamín respondió: «Ni ellos aconsejaron el robo, ni yo toqué la copa». «Júralo», exigió Yosef, y Binyamín accedió a la petición de su hermano: «¡Juro que no toqué la copa! Tan cierto como que mi hermano Yosef está separado de mí; tan cierto como que nada tuve que ver con los dardos que mis hermanos le arrojaron; tan cierto como que no fui de los que le quitaron la túnica; tan cierto como que no tuve parte en el trato por el cual fue entregado a los ismaelitas; tan cierto como que no ayudé a los otros a mojar su túnica en sangre; así de cierto es mi juramento de que no aconsejaron el robo, y de que yo no cometí robo».
Yosef: «¿Cómo puedo saber que este juramento tuyo, hecho sobre la suerte de tu hermano, es verdadero?».
Binyamín: «Por los nombres de mis diez hijos, que les puse en memoria de la vida y las pruebas de mi hermano, puedes ver cuánto lo amaba. Te ruego, por eso, que no hagas descender a mi padre con dolor a la tumba».
Al oír estas palabras de amor perdurable, Yosef ya no pudo contenerse. No le quedaba sino darse a conocer a sus hermanos. Les dijo estas palabras: «Decís que el hermano de este muchacho murió. ¿Lo visteis vosotros mismos muerto ante vuestros ojos?». Ellos respondieron: «¡Sí!».
Yosef: «¿Estuvisteis junto a su tumba?».
Los hermanos: «¡Sí!».
Yosef: «¿Arrojasteis terrones de tierra sobre su cuerpo?».
Los hermanos: «No».
Entonces Yosef reflexionó, diciéndose a sí mismo: «Mis hermanos son tan piadosos como antes, y no dicen mentiras. Dijeron que yo estaba muerto porque, cuando me abandonaron, yo era pobre —y "un pobre es como un muerto"—; estuvieron junto a mi tumba, esto es, el pozo en el que me echaron; pero no dijeron que hubieran echado tierra sobre mí, pues eso habría sido una falsedad».
Volviéndose hacia sus hermanos, dijo: «Mentís cuando decís que vuestro hermano está muerto. No está muerto. Vosotros lo vendisteis, y yo lo compré. Lo llamaré y lo pondré ante vuestros ojos», y comenzó a llamar: «¡Yosef, hijo de Yaakov, ven acá! ¡Yosef, hijo de Yaakov, ven acá! Habla a tus hermanos que te vendieron». Los otros dirigían la mirada de un lado a otro, hacia los cuatro rincones de la casa, hasta que Yosef les gritó: «¿Por qué miráis aquí y allá? ¡Mirad, yo soy Yosef, vuestro hermano!». Las almas huyeron de ellos y no podían responder, pero Dios permitió que sucediera un milagro, y sus almas volvieron a ellos.
Yosef continuó: «Lo veis con vuestros propios ojos, y también mi hermano Binyamín lo ve con los suyos, que os hablo en hebreo, y que soy verdaderamente vuestro hermano». Pero ellos no querían creerle. No solo se había transformado, de joven imberbe, en un hombre barbado desde que lo abandonaron, sino que el muchacho desamparado estaba ahora ante ellos convertido en gobernante de Mitsraim. Por eso Yosef descubrió su cuerpo y les mostró que pertenecía a los descendientes de Avraham.
Avergonzados quedaron allí, y en su furia quisieron matar a Yosef como causante de su vergüenza y de su sufrimiento. Pero apareció un ángel y los lanzó a los cuatro rincones de la casa. Yehudá alzó un grito tan fuerte que los muros de la ciudad de Mitsraim se desplomaron, las mujeres tuvieron partos prematuros, Yosef y el Paró rodaron ambos de sus tronos, y los trescientos héroes de Yosef perdieron los dientes, y sus cabezas quedaron para siempre inmóviles, mirando hacia atrás, tal como las habían vuelto para descubrir la causa del tumulto. Con todo, los hermanos no se atrevían a acercarse a Yosef, de tan grande que era su vergüenza por su conducta hacia su hermano. Él trató de calmarlos, diciendo: «Ahora no os aflijáis, ni os enojéis con vosotros mismos por haberme vendido acá, pues Dios me envió delante de vosotros para preservar la vida».
Ni siquiera tan amables palabras de aliento disiparon su temor, y Yosef siguió hablando: «Tan poco como guardo en mi corazón pensamientos de venganza contra Binyamín, tan poco los guardo contra vosotros». Y aun así sus hermanos estaban intranquilos, y Yosef prosiguió: «¿Pensáis que me es posible causaros daño? Si el humo de diez velas no pudo apagar una, ¿cómo podría una apagar diez?».
Al fin los hermanos se apaciguaron, y se acercaron a Yosef, que conocía a cada uno por su nombre, y, llorando, los abrazó y besó a todos por turno. La razón de su llanto era que su espíritu profético le mostraba a los descendientes de sus hermanos esclavizados por las naciones. Especialmente lloró sobre el cuello de Binyamín, porque preveía la destrucción decretada para los dos Templos que se alzarían en la heredad de Binyamín. Y Binyamín también lloró sobre el cuello de Yosef, por el santuario de Shiló, en el territorio de Yosef, condenado igualmente a la destrucción.
El Paró quedó muy complacido con la noticia de la reconciliación entre Yosef y los hebreos, pues había temido que sus disensiones pudieran causar la ruina de Mitsraim, y envió a sus siervos donde Yosef, para que tomaran parte en su alegría. También mandó decir a Yosef que le agradaría mucho que sus hermanos fijaran su morada en Mitsraim, y prometió asignarles las mejores partes de la tierra para su lugar de residencia.
No todos los siervos del Paró coincidían con su señor acerca de esta invitación a los hebreos. Muchos de ellos estaban inquietos, diciendo: «Si uno de los hijos de Yaakov vino acá y fue elevado a un alto puesto por encima de nosotros, ¿qué mal nos sobrevendrá cuando vengan diez más?».
Yosef dio a todos sus hermanos dos mudas de ropa, una para los días ordinarios de la semana y otra para el Shabat, pues, cuando la copa fue hallada en poder de Binyamín, ellos habían rasgado sus vestidos, y Yosef no quería que sus hermanos anduvieran con las ropas rotas. Pero a Binyamín le dio cinco mudas, aunque no para distinguirlo por encima de sus hermanos. Yosef recordaba demasiado bien el mal que había causado su padre al darle la túnica de muchos colores, despertando así la envidia de sus hermanos. Solo quería insinuar que Mordejái, descendiente de Binyamín, sería un día ataviado con cinco vestiduras reales.
Yosef presentó a sus hermanos, vestidos con sus ropas bordadas de oro y plata, ante el Paró, quien quedó muy complacido de conocerlos cuando vio que eran hombres de estatura heroica y hermoso aspecto. Les dio carros para traer a sus familias a Mitsraim, pero como estaban adornados con imágenes de ídolos, Yehudá los quemó, y Yosef los reemplazó con otros once carros, entre ellos el que él había montado al asumir su cargo para recorrer la tierra de Mitsraim. Este habría de usarlo su padre en su viaje a Mitsraim. Para cada uno de los hijos de sus hermanos envió vestiduras, y también cien piezas de plata por cada uno, pero para cada uno de los hijos de Binyamín envió diez mudas de ropa. Y para las esposas de sus hermanos les dio ricas vestiduras de gala, como las que llevaban las esposas de los faraones, y también ungüentos y especias aromáticas. A su hermana Diná le envió ropas bordadas de plata y oro, y mirra, áloe y otros perfumes, y tales presentes dio también a la esposa y a las nueras de Binyamín. Para ellos mismos y para sus esposas, los hermanos recibieron toda clase de piedras preciosas y adornos enjoyados, como los que llevaba la nobleza egipcia.
Yosef acompañó a sus once hermanos hasta la frontera, y allí se despidió de ellos con el deseo de que ellos y todas sus familias descendieran a Mitsraim, y les encareció, además, tres máximas que deben observar los viajeros: no dar pasos demasiado largos; no discutir asuntos de halajá, para no perder el camino; y entrar en la ciudad a más tardar con la puesta del sol.
Yaakov recibe la buena nueva
Con ánimo alegre, los hijos de Yaakov subieron a la tierra de Kena’an, pero cuando llegaron a la línea del límite, se dijeron unos a otros: «¿Qué haremos? Si nos presentamos ante nuestro padre y le decimos que Yosef vive, se asustará mucho y no estará dispuesto a creernos». Además, la última recomendación de Yosef había sido que tuvieran cuidado de no sobresaltar a su padre con la noticia de la alegría.
Al acercarse a su morada, divisaron a Séraj, la hija de Asher, una doncella muy hermosa y muy sabia, diestra en tocar el arpa. La llamaron y le dieron un arpa, y le pidieron que tocara ante Yaakov y cantara lo que ellos le indicaran. Ella se sentó ante Yaakov y, con una melodía grata, cantó las siguientes palabras, acompañándose con el arpa: «Yosef, mi tío, vive, gobierna sobre todo Mitsraim, ¡no está muerto!». Repitió estas palabras varias veces, y Yaakov se fue llenando cada vez de más grata emoción. Su alegría despertó en él el espíritu santo, y supo que ella decía la verdad. El espíritu de profecía nunca visita al vidente cuando está en un estado de desaliento o de aflicción; solo llega junto con la alegría. Durante todos los años de la separación de Yosef, Yaakov no había tenido visiones proféticas, porque siempre estaba triste, y solo cuando las palabras de Séraj reavivaron el sentimiento de felicidad en su corazón, el espíritu profético volvió a apoderarse de él. Yaakov la recompensó por ello con estas palabras: «Hija mía, que la muerte nunca tenga poder sobre ti, pues has revivido mi espíritu». Y así fue. Séraj no murió, entró viva en el Paraíso. A instancias de él, ella repitió una y otra vez las palabras que había cantado, y le dieron a Yaakov gran gozo y deleite, de modo que el espíritu santo se hizo cada vez más fuerte dentro de él.
Mientras estaba así sentado conversando con Séraj, sus hijos aparecieron ataviados con toda su magnificencia, y con todos los presentes que Yosef les había dado, y le hablaron a Yaakov, diciendo: «¡Buenas nuevas! ¡Nuestro hermano Yosef vive! Es gobernante sobre toda la tierra de Mitsraim, y te envía un mensaje de alegría». Al principio Yaakov no quería creerles, pero cuando abrieron sus fardos y le mostraron los presentes que Yosef había enviado a todos, ya no pudo dudar de la verdad de sus palabras.
Yosef había tenido el presentimiento de que su padre se negaría a dar crédito a sus hermanos, porque antes habían intentado engañarlo, y «es el castigo del mentiroso que no se crean sus palabras ni siquiera cuando dice la verdad». Por eso les había dicho: «Si mi padre no cree vuestras palabras, decidle que, cuando me despedí de él para ir a ver si os iba bien, me estaba enseñando la ley de la becerra desnucada en el valle». Cuando ellos repitieron esto, desapareció hasta el último vestigio de la duda de Yaakov, y dijo: «Grande es la firmeza de mi hijo Yosef. A pesar de todos sus sufrimientos, ha permanecido constante en su piedad. Sí, grandes son los beneficios que HaShem me ha concedido. Me salvó de las manos de Esav, y de las manos de Laván, y de los cananeos que me perseguían. He gustado muchas alegrías, y espero ver más, pero nunca esperé poner de nuevo mis ojos sobre Yosef, y ahora descenderé hacia él y lo contemplaré antes de mi muerte».
Entonces Yaakov y los miembros de su familia se pusieron las ropas que Yosef había enviado, entre ellas un turbante para Yaakov, e hicieron todos los preparativos para viajar a Mitsraim y morar allí con Yosef y su familia. Al enterarse de su buena fortuna, los reyes y los grandes de Kena’an vinieron a rendir homenaje a Yaakov y a expresarle su afecto en su alegría, y él les preparó un banquete de tres días.
Yaakov, sin embargo, no quería descender a Mitsraim sin averiguar primero si era la voluntad de Dios que dejara la Tierra Santa. Dijo: «¿Cómo puedo dejar la tierra de mis padres, la tierra de mi nacimiento, la tierra en la que mora la Shejiná, e ir a una tierra impura, habitada por esclavos de los hijos de Jam, una tierra en la que no hay temor de Dios?». Entonces ofreció sacrificios en honor de Dios, esperando que descendiera sobre él una visión divina y le indicara si debía bajar a Mitsraim o hacer que Yosef subiera a Kena’an. Temía la estancia en Mitsraim, pues recordaba la visión que había tenido en Bet-El al salir de la casa de su padre, y dijo a Dios: «Me parezco a mi padre. Como él era ávido en llenar su vientre, así lo soy yo, y por eso descendería a Mitsraim a causa del hambre. Como mi padre prefería a un hijo sobre el otro, así también yo tuve un hijo favorito, y por eso descendería a Mitsraim para ver a Yosef. Pero en esto no me parezco a mi padre: él solo tenía que proveer para sí mismo, y mi casa consta de setenta almas, y por eso estoy obligado a descender a Mitsraim. La bendición que mi padre me dio no se cumplió en mí, sino en mi hijo Yosef, a quien sirven los pueblos y ante quien se inclinan las naciones».
Entonces la Shejiná se dirigió a Yaakov, llamándolo por su nombre dos veces en señal de amor, y pidiéndole que no temiera la esclavitud egipcia predicha para los descendientes de Avraham, pues Dios se compadecería del sufrimiento de sus hijos y los libraría de la servidumbre. Dios dijo además: «Descenderé contigo a Mitsraim», y la Shejiná acompañó allá a Yaakov, elevando a setenta el número de la comitiva con la que entró en Mitsraim. Pero como Yaakov abrigaba el temor de que sus descendientes permanecieran allí para siempre, Dios le dio la seguridad de que lo haría salir junto con todos los piadosos que fueran como él. Y Dios también le dijo a Yaakov que Yosef había permanecido firme en su piedad incluso en Mitsraim, y que podía desechar de su mente toda duda al respecto, pues era su inquietud por esto lo que había inducido a Yaakov a considerar el descenso a Mitsraim; solo quería asegurarse de la fidelidad de Yosef y luego regresar a casa, pero Dios le ordenó ir allá y permanecer allí.
Antes de dejar Kena’an, Yaakov fue a Beer-Sheva a cortar los cedros que Avraham había plantado allí, y llevarlos consigo a Mitsraim. Durante siglos estos cedros permanecieron en posesión de sus descendientes; los llevaron consigo cuando salieron de Mitsraim, y los usaron en la construcción del Mishkán.
Aunque Yosef había puesto carros a disposición de sus hermanos para el traslado de su familia de Kena’an a Mitsraim, ellos, con todo, llevaron a Yaakov en sus brazos, y para ello se dividieron en tres grupos, asumiendo la carga un grupo tras otro. Como recompensa por su devoción filial, Dios redimió a sus descendientes de Mitsraim.
Yehudá fue enviado por delante por su padre, para levantar una vivienda en Goshen, y también un Bet haMidrash, de modo que Yaakov pudiera ponerse a instruir a sus hijos apenas llegara. Le encomendó a Yehudá esta honrosa tarea para compensarlo por un agravio que le había hecho. Durante todos los años de la ausencia de Yosef, había sospechado que Yehudá había hecho desaparecer al hijo de Rajel. Cuán poco justificada era la sospecha lo comprendía ahora, cuando Yehudá en particular se había esmerado en asegurar la seguridad de Binyamín, el otro hijo de Rajel. Por eso Yaakov dijo a Yehudá: «Has hecho una obra piadosa, mandada por Dios, y te has mostrado como un hombre capaz de llevar negociaciones con Yosef. ¡Completa la obra que has comenzado! Ve a Goshen, y junto con Yosef prepara todas las cosas para nuestra venida. En verdad —continuó Yaakov—, tú fuiste la causa de nuestro descenso a Mitsraim, pues fue por tu sugerencia que Yosef fue vendido como esclavo, y, también, por medio de tus descendientes será sacado Israel de Mitsraim».
Cuando a Yosef le informaron de la proximidad de su padre, se alegró en extremo, principalmente porque su llegada acallaría las habladurías de los egipcios, que constantemente se referían a él como el esclavo que dominaba sobre ellos. «Ahora —pensó Yosef— verán a mi padre y a mis hermanos, y se convencerán de que soy un hombre de nacimiento libre, de noble estirpe».
En su alegría por la anticipación de ver a su padre, Yosef preparó su carro con sus propias manos, sin esperar a que sus siervos lo atendieran, y esta acción amorosa redundó después en beneficio de los israelitas, pues dejó sin efecto el celo del Paró al preparar su propio carro por sí mismo, con sus propias manos, para perseguir a los israelitas.
Yaakov llega a Mitsraim
Cuando los nobles egipcios observaron a su virrey completando sus preparativos para salir al encuentro de su padre, hicieron lo mismo. En efecto, Yosef había emitido una proclama por toda la tierra, amenazando con la muerte a todos los que no salieran al encuentro de Yaakov. La procesión que lo acompañaba estaba compuesta de innumerables hombres, ataviados de biso y púrpura, y marchando al son de toda clase de instrumentos musicales. Incluso las mujeres de Mitsraim tuvieron parte en las ceremonias de recepción. Subieron a los tejados de las casas y a los muros de las ciudades, listas para saludar a Yaakov con la música de címbalos y panderos.
Yosef llevaba la corona real sobre la cabeza; el Paró se la había cedido para la ocasión. Descendió de su carro cuando estaba a una distancia de unos cincuenta codos de su padre, y recorrió a pie el resto del camino, y su ejemplo fue seguido por los príncipes y nobles de Mitsraim. Cuando Yaakov divisó la procesión que se acercaba, se alegró, y aun antes de reconocer a Yosef, se inclinó ante él, pero por permitir que su padre le mostrara esta señal de honor, se le impuso un castigo a Yosef. Murió antes de tiempo, antes de que hubieran transcurrido los años de vida que le habían sido asignados.
Para que ningún daño le sobreviniera a Yaakov de un encuentro demasiado repentino con él, Yosef envió por delante a su hijo mayor con cinco caballos, siguiéndole de cerca el segundo hijo de la misma manera. A medida que cada hijo se acercaba, Yaakov creía ver a Yosef, y así fue preparándose gradualmente para verlo cara a cara.
Entretanto, Yaakov había divisado, desde donde estaba sentado, a un hombre con vestiduras reales entre los egipcios, una corona sobre la cabeza y un manto de púrpura sobre los hombros, y preguntó a Yehudá quién podría ser. Cuando le dijeron que era Yosef, su alegría fue grande por la alta dignidad alcanzada por su hijo.
Para entonces Yosef ya se había acercado a su padre, y se inclinó ante él hasta la tierra, y todo el pueblo que iba con él se postró igualmente. Entonces Yosef se echó sobre el cuello de su padre y lloró amargamente. Le afligía en particular haber permitido que su padre se inclinara ante él poco antes sin impedirlo. En el momento mismo en que Yosef abrazaba a su padre, Yaakov recitaba el Shemá, y no permitió que se le interrumpiera en su oración, pero luego dijo: «Cuando me trajeron la noticia de la muerte de Yosef, pensé que estaba condenado a una doble muerte —que perdería este mundo y también el mundo venidero—. HaShem había prometido hacerme el antepasado de doce tribus, y como la muerte de mi hijo hacía imposible que esta promesa se cumpliera, temí haber incurrido en la condena por mis propios pecados, y, como pecador, no podía sino esperar perder también el mundo futuro. Pero ahora que te he contemplado vivo, sé que mi muerte será solo para el mundo de aquí abajo».
Tal fue la manera de la llegada de Yaakov a Mitsraim. Vino con toda su familia, sesenta y nueve personas eran en total, pero el número se elevó a setenta con el nacimiento de Yojéved, después madre de Moshé, que tuvo lugar cuando la comitiva había avanzado hasta el espacio entre uno y otro muro de la ciudad. Todos los varones de su familia eran hombres casados; incluso Palú y Jetsrón —este último de apenas un año al tiempo de su migración, y el primero de apenas dos— tenían consigo a las esposas que sus padres habían elegido para ellos. En general, todos los hijos y nietos de Yaakov se habían casado jóvenes, y algunos de ellos habían sido padres a la edad de siete años.
Yosef tomó a algunos de entre sus hermanos y los presentó al Paró. Escogió a los más débiles de ellos, para que el rey no se sintiera tentado de retenerlos a su servicio como guerreros. Y como no deseaba que su familia viviera en estrecho contacto con los egipcios y quizás se mezclara con ellos, los presentó como pastores. Los egipcios adoraban la constelación de la lluvia y rendían honores divinos a los animales, y se mantenían alejados de los pastores. Por eso el Paró se inclinó a conceder el deseo de Yosef, de darles la tierra de pastos de Goshen como lugar de residencia, la tierra que les pertenecía por derecho, pues el Paró que había arrebatado a Sará de Avraham por la fuerza se la había dado a ella como posesión irrevocable.
En su conversación con el Paró, los hermanos de Yosef dejaron claro al rey egipcio que no era su intención permanecer en Mitsraim para siempre; había de ser solo un lugar temporal de morada.
Entonces Yosef presentó a Yaakov, su padre, ante el Paró, y cuando el rey lo vio, le dijo a Og, que en ese momento se hallaba con él: «¡Mira! Solías llamar a Avraham mula estéril, ¡y aquí está su nieto con una familia de setenta personas!». Og no daba crédito a sus propios ojos, pensaba que Avraham estaba de pie ante él, tan grande era el parecido entre Yaakov y su antepasado. Entonces el Paró preguntó por la edad de Yaakov, para averiguar si en verdad era Yaakov y no Avraham. Y Yaakov dijo al Paró: «Los días de los años de mi peregrinación son ciento treinta años», usando la palabra peregrinación en referencia a la vida en la tierra, que los piadosos consideran una estancia temporal en tierras ajenas. «Pocos y malos —continuó— han sido los días de los años de mi vida. En mi juventud tuve que huir a una tierra extraña a causa de mi hermano Esav, y ahora, en mi vejez, debo ir de nuevo a una tierra extraña, y mis días no han alcanzado los días de los años de la vida de mis padres en los días de su peregrinación». Estas palabras bastaron para convencer al Paró y a Og de que el hombre que estaba ante ellos no era Avraham, sino su nieto.
Cuando Yaakov pronunció las palabras «pocos y malos han sido los días de los años de mi peregrinación», Dios le dijo: «Yaakov, te salvé de las manos de Esav y de Laván, te devolví a Yosef y lo hice rey y gobernante, y aun así hablas de días pocos y malos. Por tu ingratitud, no alcanzarás los días de los años de la vida de tus padres», y Yaakov murió a una edad treinta y tres años menor que la de su padre Yitsjak.
Al salir de la presencia del Paró, Yaakov bendijo al rey con estas palabras: «Que los años que aún me estén reservados te sean dados a ti, y que el Nilo desborde sus riberas de nuevo en adelante y riegue la tierra». Sus palabras se cumplieron. Para mostrar que los piadosos son una bendición para el mundo, Dios hizo que el Nilo se elevara sobre su lecho y fecundara la tierra de Mitsraim.
La bondad y la generosidad de Yosef
Yaakov y su familia se establecieron ahora en la tierra de Goshen, y Yosef los proveía de todo lo necesario, no solo de comida y bebida, sino también de vestido, y en su amor y bondad agasajaba a su padre y a sus hermanos a diario en su propia mesa. Desterró de su mente el agravio que sus hermanos le habían hecho, y suplicó a su padre que rogara a Dios por ellos, para que les perdonara su gran transgresión. Conmovido por este noble signo de amor, Yaakov exclamó: «¡Oh, Yosef, hijo mío, has conquistado el corazón de tu padre Yaakov!».
Yosef tenía, además, otras virtudes. El título de «el temeroso de Dios», que solo llevan él, Avraham, Iyov y Ovadiá, lo ganó por su bondad de corazón y su generosidad. Lo que fuera que daba a sus hermanos, lo daba con «buen ojo», con espíritu generoso. Si era pan para comer, con seguridad era abundante, no solo para saciar el hambre de todos, sino también para que los niños desmigajaran, como es su costumbre.
Pero Yosef fue más que un sostén para su familia. Como un pastor apacienta su rebaño, así proveyó para el mundo entero durante los años de hambre. El pueblo maldecía al Paró, que guardaba las reservas de grano en sus cámaras de tesoro para su propio uso, y bendecía a Yosef, que se ocupaba de los hambrientos y vendía grano a todos los que venían. La riqueza que adquirió con estas ventas fue ganancia lícita, pues los precios no fueron subidos por él, sino por los egipcios mismos. Una parte de sus bienes, consistente en oro, plata y piedras preciosas, la enterró Yosef en cuatro lugares distintos: en el desierto cerca del mar de los Juncos, en las riberas del Éufrates, y en dos puntos del desierto en las cercanías de Persia y Media. Kóraj descubrió uno de los escondites, y el emperador romano Antonino, hijo de Severo, otro. Los otros dos nunca serán hallados, porque Dios ha reservado las riquezas que guardan para los piadosos, para que las disfruten en los días postreros, los días del Mesías. El resto de los bienes de Yosef lo entregó, en parte a sus hermanos y sus familias, y en parte al Paró, que los puso en su tesoro.
La riqueza del mundo entero afluyó a Mitsraim en aquel tiempo, y permaneció allí hasta el éxodo de los israelitas. Ellos se la llevaron consigo, dejando a Mitsraim como una red sin peces. Los israelitas conservaron el tesoro hasta el tiempo de Rejavam, a quien se lo arrebató el rey egipcio Shishak, y este, a su vez, tuvo que cederlo a Zéraj, el rey de Etiopía. Una vez más pasó a posesión de los judíos cuando el rey Asá venció a Zéraj, pero esta vez lo tuvieron solo por poco tiempo, pues Asá lo entregó al rey arameo Ben-Hadad, para inducirlo a romper su alianza con Baashá, el rey de las Diez Tribus. Los amonitas, a su vez, se lo arrebataron a Ben-Hadad, solo para perderlo en su guerra con los judíos bajo Yehoshafat. De nuevo permaneció con los judíos, hasta el tiempo del rey Ajaz, que se lo envió a Senaquerib como dinero de tributo. Jizkiyahu lo recuperó, pero Tsidkiyahu, el último rey de los judíos, lo perdió ante los caldeos, de quienes pasó a Persia, de allí a los griegos, y finalmente a los romanos, y con estos últimos permaneció para siempre.
El pueblo pronto quedó sin medios para comprar el grano que necesitaba. En poco tiempo tuvieron que desprenderse de su ganado, y cuando el dinero así obtenido se gastó, vendieron sus tierras a Yosef, e incluso sus propias personas. Muchos de ellos se cubrían de barro y se presentaban ante Yosef, y le decían: «¡Oh, señor rey, mírame a mí y mira mis posesiones!». Y así Yosef compró toda la tierra de Mitsraim, y los habitantes se convirtieron en sus arrendatarios, y daban una quinta parte de sus cosechas a Yosef.
La única clase del pueblo a la que se permitió conservar sus tierras fue la de los sacerdotes. Yosef les debía gratitud, pues ellos le habían hecho posible llegar a ser gobernante de Mitsraim. Los egipcios habían vacilado en hacerlo su virrey, porque les repugnaba elegir para tan alto cargo a un hombre acusado de adulterio. Fueron los sacerdotes quienes propusieron examinar la vestidura rasgada de Yosef, que su señora había presentado como prueba de su culpa, y ver si el desgarrón estaba delante o detrás. Si estaba detrás, mostraría su inocencia —él se había vuelto para huir, y su tentadora lo había agarrado de modo que la vestidura se rasgó—. Pero si el desgarrón estaba delante, entonces sería prueba de su culpa —él había usado violencia con la mujer, y ella había rasgado el manto en sus esfuerzos por defender su honra—. Vino el ángel Gavriel y trasladó el desgarrón de la parte delantera a la trasera, y los egipcios quedaron convencidos de la inocencia de Yosef, y se disiparon sus escrúpulos acerca de elevarlo a la realeza.
Tan pronto como los egipcios se enteraron de la posición ventajosa de los sacerdotes, todos trataron de demostrar que eran miembros de la casta. Pero Yosef investigó las listas en los archivos y determinó la hacienda de cada ciudadano.
Los sacerdotes fueron favorecidos de otra manera. Además de conservar sus tierras, recibían porciones diarias del Paró, por lo cual Dios dijo: «Los sacerdotes que sirven a los ídolos reciben cada día todo lo que necesitan, ¡cuánto más los hijos de Avraham, Yitsjak y Yaakov, que son Mis sacerdotes, merecen que Yo les dé cada día lo que necesitan!».
Al resto de los habitantes de Mitsraim, que tuvieron que desprenderse de sus tierras, no se les permitió permanecer en sus provincias natales. Yosef los sacó de sus propias ciudades y los asentó en otras. Su propósito en esto era impedir que los egipcios hablaran despectivamente de sus hermanos como «desterrados, hijos de desterrados»; los hizo a todos igualmente forasteros. Por la misma razón, Dios después, en el tiempo de la salida de los israelitas de Mitsraim, hizo que todas las naciones cambiaran de lugar de residencia, para que a los israelitas no se les pudiera reprochar haber tenido que dejar su hogar. Y, finalmente, cuando Senaquerib llevó a los judíos de su tierra al exilio, también sucedió que este rey mezcló primero a los habitantes de todos los países del mundo.
El último deseo de Yaakov
En recompensa por los diecisiete años que Yaakov había dedicado a criar a Yosef, se le concedieron diecisiete años de estancia con su hijo predilecto en paz y felicidad. Los malvados experimentan el dolor después de la alegría; los piadosos deben sufrir primero, y luego son felices, pues bien está lo que bien acaba, y Dios permite que los piadosos pasen los últimos años de su vida en la dicha.
Cuando Yaakov sintió que su fin se acercaba, convocó a Yosef a su lecho y le dijo todo lo que había en su corazón. Llamó a Yosef antes que a cualquiera de sus otros hijos, porque era el único en condiciones de ejecutar sus deseos.
Yaakov dijo a Yosef: «Si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que no me sepultes en Mitsraim. Solo por ti descendí a Mitsraim, y por ti hablé. Ahora puedo morir. Haz esto por mí como verdadero servicio de amor, y no porque tengas miedo, ni porque el decoro lo exija. Y cuando yo duerma con mis padres, me sepultarás en el lugar de sepultura de ellos. Llévame fuera de la tierra de la idolatría, y sepúltame en la tierra donde Dios ha hecho morar Su Nombre, y ponme a descansar en el lugar en el que han de ser sepultados cuatro esposos y esposas, siendo yo el último de ellos».
Yaakov deseaba no ser sepultado en Mitsraim por varias razones. Sabía que el suelo de Mitsraim habría de bullir un día de alimañas, y le repugnaba pensar en su cadáver expuesto a tal inmundicia. Temía, además, que sus descendientes dijeran: «Si Mitsraim no fuera una tierra santa, nuestro padre Yaakov nunca habría permitido ser sepultado allí», y que se animaran con este argumento a elegir Mitsraim como lugar permanente de morada. También, si su tumba estuviera allí, los egipcios podrían acudir a ella cuando les vinieran las diez plagas, y si él fuera inducido a orar por ellos a Dios, estaría abogando por la causa de los enemigos de HaShem. Si, por otra parte, no intercediera por ellos, el Nombre de Dios sería profanado entre los paganos, que dirían: «¡Yaakov es un santo inútil!». Además, era posible que Dios lo considerara a él, la «oveja descarriada» de Israel, como sacrificio por los egipcios, y les remitiera su castigo. Por su conocimiento del pueblo, otro temor estaba justificado: que su tumba se convirtiera en objeto de veneración idólatra, y Dios ha señalado el mismo castigo para los ídolos adorados que para los idólatras que los adoran.
Si Yaakov tenía buenas razones para no querer que su cuerpo reposara en el suelo de Mitsraim, tenía razones igualmente buenas para querer que reposara en la Tierra Santa. En el tiempo mesiánico, cuando los muertos se levanten, los sepultados en la Tierra de Israel despertarán a nueva vida sin demora, mientras que los sepultados en otras partes tendrán que rodar primero de tierra en tierra a través del suelo, ahuecado para ese fin, hasta llegar a la Tierra Santa, y solo entonces tendrá lugar su resurrección. Pero, por encima y más allá de esto, Yaakov tenía una razón especial para desear que su cuerpo fuera sepultado en la Tierra de Israel. Dios le había dicho en Bet-El: «La tierra sobre la que yaces, a ti te la daré, y a tu descendencia», y por eso él hizo todo lo posible por «yacer» en la Tierra Santa, para asegurarse de que le perteneciera a él y a sus descendientes. No obstante, mandó a Yosef que esparciera algo de tierra egipcia sobre su cuerpo muerto.
Yaakov expresó estos sus últimos deseos tres veces. Tal es lo que exige la buena crianza al presentar una petición.
En el último período de la vida de Yaakov, se puede ver cuán cierto es que «hasta un rey depende de favores en tierra extraña». Yaakov, el hombre por cuyos méritos fue creado el mundo entero, por cuya causa Avraham fue librado del horno de fuego, tuvo que pedir servicios a otros mientras estaba entre extraños, y cuando Yosef prometió cumplir su mandato, se inclinó ante su propio hijo, pues es un dicho verdadero: «Inclínate ante la zorra en su día», el día de su poder.
No se contentó con una simple promesa de Yosef, de que cumpliría su deseo; insistió en que prestara un juramento por el signo del pacto de Avraham, poniendo la mano bajo su muslo conforme a la ceremonia acostumbrada entre los Patriarcas. Pero Yosef dijo: «Me tratas como a un esclavo. Conmigo no tienes necesidad de exigir juramento. Tu mandato basta». Yaakov, sin embargo, le insistió, diciendo: «Temo que el Paró te ordene sepultarme en el sepulcro con los reyes de Mitsraim. Insisto en que prestes juramento, y entonces estaré en paz». Yosef cedió, aunque no quiso someterse a la ceremonia que Eliézer había usado para confirmar el juramento que prestó a petición de su señor Avraham. El esclavo actuó conforme a las reglas de la esclavitud, el hombre libre actuó conforme a los dictados de la libertad. Y en un hijo habría sido impropio aquello que en un esclavo era decoroso.
Cuando Yosef juró sepultar a su padre en la Tierra de Israel, añadió estas palabras: «Así como tú me mandas hacer, así también rogaré yo a mis hermanos, en mi lecho de muerte, que cumplan mi último deseo y lleven mi cuerpo de Mitsraim a la Tierra de Israel».
Yaakov, notando a la Shejiná sobre la cabecera del lecho, donde ella siempre reposa en la habitación de un enfermo, se inclinó sobre la cabecera del lecho, diciendo: «Te doy gracias, oh HaShem, mi Dios, de que ninguno indigno haya salido de mi lecho, sino que mi lecho fue perfecto». Estaba particularmente agradecido por la revelación que Dios le había concedido acerca de su primogénito Reuvén, que se había arrepentido de su ofensa contra su padre y la había expiado con penitencia. Quedaba así seguro de que todos sus hijos eran hombres dignos de ser los progenitores de las doce tribus, y fue bendecido con una felicidad tal como no la habían conocido ni Avraham ni Yitsjak, pues ambos habían tenido hijos indignos además de dignos.
Hasta el tiempo de Yaakov, la muerte había venido siempre sobre los hombres de repente, y los arrebataba antes de que fueran advertidos del fin inminente por la enfermedad. Una vez Yaakov habló a Dios, diciendo: «Oh Señor del mundo, un hombre muere de repente, y no es abatido primero por la enfermedad, y no puede dar a conocer a sus hijos sus deseos respecto de todo lo que deja tras de sí. Pero si un hombre cayera primero enfermo y sintiera que su fin se acerca, tendría tiempo de poner en orden su casa». Y Dios dijo: «En verdad, tu petición es sensata, y tú serás el primero en beneficiarte de la nueva disposición», y así sucedió que Yaakov cayó enfermo poco antes de su muerte.
Su enfermedad lo afligía gravemente, pues había pasado por mucho durante su vida. Había trabajado día y noche mientras estuvo con Laván, y sus luchas con el ángel y con Esav, aunque salió vencedor de ambas, lo habían debilitado, y no estaba en condiciones de soportar los rigores de la dolencia.
La bendición de Efráyim y Menashé
Durante todos los años de la estancia de Yaakov en Mitsraim, Asnat, la esposa de Yosef, fue su constante cuidadora. Cuando vio que su fin se acercaba, le dijo a Yosef: «He oído que quien es bendecido por un hombre justo es como si hubiera sido bendecido por la Shejiná. Por eso, trae aquí a tus hijos, para que Yaakov les dé su bendición».
Aunque Yosef era un hijo devoto y amoroso con su padre, no lo asistía de continuo, porque quería evitar darle la oportunidad de indagar sobre las circunstancias de su llegada a Mitsraim. Temía que Yaakov pudiera maldecir a sus hijos y traer la muerte sobre ellos, si descubría los hechos relacionados con el trato traicionero que le habían dado. Por eso tenía buen cuidado de no quedarse nunca a solas con su padre. Pero como deseaba estar informado de su bienestar, dispuso un servicio de mensajería entre él y Yaakov.
Ahora bien, cuando Yosef recibió la noticia de que su padre había caído enfermo, por medio de su mensajero, así como por medio de Efráyim, a quien Yaakov instruía en la Torá, se apresuró a la tierra de Goshen, llevando consigo a sus dos hijos. Deseaba tener certeza sobre cinco puntos: ¿Bendeciría su padre a sus dos hijos, nacidos en Mitsraim, y, de ser así, los nombraría cabezas de tribus? ¿Le asignaría a él los derechos de primogenitura, y, de ser así, despojaría a Reuvén de tales derechos por completo? ¿Y por qué había sepultado su padre a su madre Rajel junto al camino, y no había llevado su cuerpo a la tumba familiar de Majpelá?
Yaakov también había albergado dudas sobre cinco puntos, cuando estaba a punto de emigrar de Kena’an a Mitsraim: no sabía si sus descendientes se perderían entre el pueblo de Mitsraim; si él moriría allí y sería sepultado allí; y si le sería concedido ver a Yosef y ver a los hijos de Yosef. Dios le dio la seguridad, diciéndole: «Yo descenderé contigo a Mitsraim, y ciertamente te haré subir de nuevo después de tu muerte, y también a tus descendientes, y Yosef pondrá su mano sobre tus ojos». Cuando se acercó el tiempo del cumplimiento de la promesa divina, Dios se apareció a Yaakov, y le dijo: «Prometí cumplir tu deseo, y ha llegado el tiempo del cumplimiento».
El espíritu santo le dio a conocer a Yaakov que Yosef venía hacia él, y él se fortaleció, y se sentó sobre el lecho para rendir el debido respeto al representante del gobierno. Aunque Yosef era su hijo, era también virrey, y merecedor de señales especiales de honor. Además, Yaakov deseaba dar la impresión de ser un hombre con buena salud. Quería evitar la posibilidad de que su bendición a Yosef y a los hijos de Yosef fuese impugnada como el acto de una persona sin juicio.
Se fortaleció tanto espiritual como físicamente, mediante la oración a Dios, en la cual le rogó que dejara descender sobre él el espíritu santo en el momento de dar la bendición a los hijos de Yosef.
Cuando Yosef apareció acompañado de sus dos hijos, su padre le dijo: «En todos los diecisiete años que has venido a visitarme, nunca trajiste contigo a tus hijos, pero ahora han venido, y sé la razón. Si los bendigo, obraré en contra de la palabra de Dios, que prometió hacerme el progenitor de doce tribus, pues si los adopto como hijos míos, habrá catorce tribus. Pero si no los bendigo, te hundirá en la tristeza. Sea, pues, los bendeciré. Mas no pienses que lo hago porque me sostuviste todos estos años. Hay otra razón muy distinta. Cuando dejé la casa de mi padre para ir a Jarán, elevé una oración en Bet-El, y prometí dar a Dios el diezmo de todo lo que poseyera. En cuanto a mis bienes materiales, cumplí mi voto, pero no pude dar el diezmo de mis hijos, porque según la ley debía retirar de la cuenta a los cuatro hijos, Reuvén, Yosef, Dan y Gad, que son los primogénitos de sus madres. Cuando regresé, Dios se me apareció de nuevo en Bet-El, y me dijo: Sé fecundo y multiplícate. Pero después de esta bendición no me nació ningún hijo salvo Binyamín, y no puede ser sino que Dios se refería a Menashé y Efráyim cuando habló de "una nación y una compañía de naciones". Si ahora he hallado gracia a tus ojos, tus dos hijos Efráyim y Menashé, igual que Reuvén y Shimón, serán míos, y entonces podré dar la décima parte de mis diez hijos a HaShem, y dejaré este mundo libre del pecado de no cumplir mi voto a HaShem en cuanto a la entrega del diezmo».
Yosef consintió en hacer la voluntad de su padre, y Yaakov diezmó a sus hijos, consagrando a Leví a Hakadosh Baruj Hu, y designándolo jefe de sus hermanos. Encargó a sus hijos que cuidaran de que nunca les faltara un hijo de Leví en la sucesión sacerdotal. Y sucedió que, de todas las tribus, Leví fue la única que nunca fue infiel a la alianza de los padres.
Así adoptó Yaakov a Menashé y a Efráyim como hijos suyos, igual que lo eran Reuvén y Shimón. Tenían derecho, como los demás, a una porción en la Tierra Santa, y como los demás, habían de llevar estandartes en su travesía por el desierto.
Satisfecho respecto a las intenciones de Yaakov acerca de sus hijos, Yosef preguntó a su padre por el lugar de sepultura de su madre, y Yaakov habló, diciendo: «Por tu vida, tu deseo de ver a tu madre yaciendo a mi lado en la tumba no supera al mío propio. Tuve alegría en la vida solo mientras ella vivía, y su muerte fue el golpe más duro que jamás cayó sobre mí». Yosef le preguntó: «¿Acaso tuviste que sepultarla en el camino, porque murió durante la estación de las lluvias, y no pudiste llevar su cuerpo a través de la lluvia hasta nuestro sepulcro familiar?». «No», respondió Yaakov, «murió en primavera, cuando los caminos están limpios y firmes». Yosef: «Concédeme permiso para tomar ahora su cuerpo y colocarlo en nuestro sepulcro familiar». Yaakov: «No, hijo mío, eso no lo harás. No quise sepultarla en el camino, pero HaShem lo ordenó». La razón de la orden era que Dios sabía que el Templo sería destruido, e Israel sería llevado al destierro, y los desterrados pedirían a los Patriarcas que intercedieran por ellos ante Dios, pero Dios no los escucharía. En su camino hacia la tierra del extranjero pasarían junto a la tumba de Rajel, y se arrojarían sobre ella, y suplicarían a su madre que intercediera por ellos ante Dios. Y Rajel oraría a Dios en favor de ellos: «Oh Señor del mundo, mira mis lágrimas, y ten compasión de mis hijos. Pero si no te apiadas de ellos, resárceme entonces por el agravio que se me hizo». A su oración escuchará Dios, y tendrá misericordia de Israel. Por eso fue sepultada Rajel en el camino.
Ahora Yaakov deseaba bendecir a los hijos de Yosef, pero el espíritu santo le hizo ver a Yerovam, el descendiente de Efráyim, y a Yehú, el descendiente de Menashé, cómo seducirían a Israel a la idolatría, y la Shejiná lo abandonó cuando estaba a punto de poner sus manos sobre las cabezas de sus nietos. Le dijo a Yosef: «¿Es posible que no te hayas casado con la madre de tus hijos según la ley?». Entonces Yosef trajo a su esposa Asnat ante su padre, y señalando su contrato matrimonial, dijo: «Esta es mi esposa, con quien me casé como es debido, con contrato matrimonial y la ceremonia debida. Te ruego, padre mío, que bendigas a mis hijos aunque sea por el mérito de esta mujer piadosa».
Yaakov mandó a sus nietos que se acercaran a él, y los besó y abrazó, con la esperanza de que su alegría por ellos atrajera de vuelta al espíritu santo, pero su esperanza fue vana. Yosef concluyó que el momento no era propicio para la bendición, y decidió marcharse hasta que se presentara una ocasión más favorable, no sin antes probar a su padre que sus hijos habían sido iniciados en la alianza de Avraham.
Fuera de la cámara de su padre, a solas con sus hijos, se postró ante Dios y le suplicó que le mostrara misericordia, y mandó a sus hijos hacer lo mismo, diciendo: «No os contentéis con vuestra alta posición, pues los honores mundanos son solo por un tiempo. Suplicad a Dios que sea misericordioso y deje descender la Shejiná sobre mi padre, para que os bendiga a ambos». Entonces habló Dios al espíritu santo: «¿Hasta cuándo ha de sufrir Yosef? Revélate pronto, y entra en Yaakov, para que pueda otorgar bendiciones».
En las palabras de Yaakov, «Efráyim y Menashé, igual que Reuvén y Shimón, serán míos», Yosef había notado la preferencia de su padre por su hijo menor, Efráyim. Ello lo tenía muy inquieto respecto a la primogenitura de su hijo mayor, y tuvo cuidado de poner a los dos muchachos ante su padre de tal modo que Menashé quedara frente a la mano derecha de Yaakov, y Efráyim frente a su izquierda. Pero Efráyim, a causa de su modestia, estaba destinado a cosas mayores que su hermano mayor Menashé, y Dios ordenó al espíritu santo que instara a Yaakov a dar la primogenitura a Efráyim. Ahora bien, cuando Yosef observó que su padre ponía la mano derecha sobre la cabeza de Efráyim, intentó pasarla a la cabeza de Menashé. Pero Yaakov lo apartó, diciendo: «¡Cómo! ¿Querrías desplazar mi mano contra mi voluntad, la mano que venció al príncipe de las huestes angélicas, que es grande como la tercera parte del mundo? Sé cosas que tú no sabes: sé lo que Reuvén hizo con Bilhá, y lo que Yehudá hizo con Tamar. ¡Cuánto más sé cosas que tú sí sabes! ¿Crees que no sé lo que tus hermanos te hicieron, porque nunca quisiste revelar nada cuando te preguntaba? Lo sé. Menashé también llegará a ser grande, de él descenderá el juez Guidón, pero su hermano menor será el antepasado de Yehoshúa, quien detendrá el sol y la luna, aunque tienen dominio sobre toda la tierra de un extremo al otro». Así puso Yaakov a Efráyim el menor por encima de Menashé el mayor, y así permaneció para todos los tiempos. En la lista de las generaciones, Menashé viene después de Efráyim, y así fue en el reparto de las porciones en la Tierra Santa, y así fue en la colocación de los campamentos y los estandartes de las tribus, y en la dedicación del Mishkán: en todas partes Efráyim precedía a Menashé.
La bendición que Yaakov otorgó a sus nietos fue esta: «Ojalá sea la voluntad de Dios que andéis en los caminos de HaShem como mis padres Avraham y Yitsjak, y que el ángel que me ha redimido de todo mal preste su ayuda a Yehoshúa y a Guidón, y se les revele. Sean vuestros nombres nombrados en Israel, y como los peces multiplicaos hasta ser una muchedumbre en medio de la tierra, y así como los peces son protegidos por el agua, así seáis vosotros protegidos por los méritos de Yosef».
Las palabras «como los peces» las empleó Yaakov con el propósito de insinuar la clase de muerte que aguardaba a los efraimitas, los descendientes de Yosef. Así como los peces son atrapados por su boca, así los efraimitas, en días posteriores, atraerían su perdición por su peculiar ceceo. Al mismo tiempo, las palabras de Yaakov encerraban la profecía de que Yehoshúa, hijo del hombre Nun, el «pez», conduciría a Israel a la Tierra Santa. Y en sus palabras yacía todavía otra profecía, referente a los sesenta mil varones engendrados en la misma noche que Moshé, todos arrojados al río junto con él, y salvados por el mérito de él. El número de niños arrojados a los peces del río aquella noche era igual al número de hombres de Israel sobre la tierra.
Efráyim recibió de su abuelo una bendición especial y aparte. Yaakov le dijo: «Efráyim, hijo mío, tú eres la cabeza de la Academia, y en los días venideros mis descendientes más excelsos y célebres serán llamados efratitas por ti».
Yosef recibió dos regalos de su padre. El primero fue Shejem, la ciudad que Yaakov había defendido, con espada y arco, contra los saqueos de los reyes amorreos cuando intentaron vengarse de sus hijos por el ultraje cometido allí. Y el segundo regalo fueron las vestiduras hechas por Dios para Adam y pasadas de mano en mano, hasta que llegaron a poder de Yaakov. Shejem fue su recompensa, porque, con su castidad, contuvo la marea de la inmoralidad que se desató en Shejem antes que en ningún otro lugar. Además, tenía sobre la ciudad un derecho anterior. Shejem, hijo de Jamor, el señor de la ciudad, se la había dado a Diná como regalo, y siendo la esposa de Yosef, Asnat, la hija de Diná, la ciudad le pertenecía por derecho.
Las vestiduras de Adam las había recibido Yaakov de Esav. No se las había quitado a su hermano por la fuerza, sino que Dios había hecho que se las dieran como recompensa por sus buenas obras. Habían pertenecido a Nimrod. Una vez, cuando el poderoso cazador sorprendió a Esav en sus cotos, y le prohibió seguir con la caza, acordaron determinar por combate cuáles eran sus derechos. Esav había consultado con Yaakov, y este le había aconsejado que nunca luchara con Nimrod mientras este estuviera revestido con las vestiduras de Adam. Los dos lucharon entonces uno con otro, y en aquel momento Nimrod no vestía las ropas de Adam. El desenlace fue que fue muerto por Esav. Así las vestiduras que había llevado Adam cayeron en manos de Esav, de él pasaron a las de Yaakov, y él las legó a Yosef.
Yaakov también enseñó a Yosef tres señas por las cuales distinguir al verdadero redentor, que habría de librar a Israel de la esclavitud de Mitsraim. Proclamaría el Nombre Inefable, nombraría ancianos, y usaría la palabra Pakod al dirigirse al pueblo.
La bendición de las doce tribus
Cuando Yosef y sus dos hijos dejaron a Yaakov, sus hermanos, envidiosos de las abundantes bendiciones concedidas a los tres, dijeron: «Todo el mundo ama al favorito de la fortuna, y nuestro padre ha bendecido así a Yosef porque es gobernante de hombres». Entonces habló Yaakov: «Los que buscan a HaShem no carecerán de ningún bien. Tengo bendiciones suficientes para todos».
Yaakov convocó a sus hijos desde la tierra de Mitsraim, y les mandó que vinieran a él a Ramsés, no sin antes ordenarles que se purificaran, para que la bendición que iba a otorgar se adhiriera a ellos. Otra de sus órdenes fue que establecieran una Academia, por cuyos miembros habían de ser gobernados.
Cuando sus hijos fueron traídos a su presencia por los ángeles, Yaakov habló, diciendo: «Cuidad que no surjan disensiones entre vosotros, pues la unión es la primera condición de la redención de Israel», y estaba a punto de revelarles el gran secreto concerniente al fin de los tiempos, pero mientras se hallaban de pie alrededor del lecho de oro sobre el cual yacía su padre, la Shejiná lo visitó por un instante y se marchó con la misma rapidez, y con su partida se fue también todo rastro del conocimiento del gran misterio de la mente de Yaakov. Tuvo la misma experiencia que su propio padre Yitsjak, a quien también le fue infligida por Dios la pérdida de la memoria, para impedirle revelar a Esav el secreto del fin de los tiempos, cuando lo convocó para recibir su bendición.
El suceso hizo que Yaakov temiera que sus hijos no fueran lo bastante piadosos para ser considerados dignos de la revelación acerca de la era mesiánica, y les dijo: «Yishmael y los hijos de Keturá fueron lo tarado entre la descendencia de mi abuelo Avraham; mi padre Yitsjak engendró una descendencia tarada en Esav, y ahora temo que entre vosotros también haya uno que abrigue la intención de servir a los ídolos». Los doce hombres hablaron, y dijeron: «Escucha, oh Israel, padre nuestro, HaShem nuestro Dios es el Único y Solo Dios. Así como tu corazón es uno y unido en reconocer a Hakadosh Baruj Hu como tu Dios, así también nuestros corazones son uno y unidos en reconocerlo a Él». A lo cual respondió Yaakov: «¡Bendito sea el Nombre de la gloria de Su majestad por siempre y para siempre!». Y aunque todo el misterio del tiempo mesiánico no fue comunicado a los hijos de Yaakov, con todo, la bendición de cada uno contenía alguna referencia a los acontecimientos del futuro.
Estas fueron las palabras que Yaakov dirigió a su hijo mayor: «Reuvén, tú eres mi primogénito, mi fuerza, y el principio de mi vigor. Tu porción debían haber sido tres coronas. Debías haber tenido la doble heredad de tu primogenitura, la dignidad sacerdotal, y el poder real. Pero a causa de tu pecado, la primogenitura le es conferida a Yosef, la realeza a Yehudá, y el sacerdocio a Leví. Hijo mío, no conozco remedio sanador para ti, pero el hombre Moshé, que ascenderá hasta Dios, él te hará íntegro, y Dios perdonará tu pecado. Te bendigo: sean tus descendientes héroes en la Torá y héroes en la guerra. Aunque hayas de perder tu primogenitura, con todo serás el primero en entrar en posesión de tu heredad en la Tierra Santa, y en tu territorio estará la primera de las ciudades de refugio, y siempre estará tu nombre el primero en la lista de las familias de las tribus. Sí, también serás el primero cuya heredad sea arrebatada por el enemigo, y el primero en ser llevado a las tierras del exilio».
Después de que a Reuvén le fueran «halados los oídos» de este modo, se retiró, y Yaakov llamó a su lado a sus hijos Shimón y Leví, y les dirigió estas palabras: «Hermanos fuisteis de Diná, pero no de Yosef, a quien vendisteis como esclavo. Las armas de violencia con que heristeis a Shejem eran armas robadas, pues no era propio de vosotros empuñar la espada. Esa era la porción de Esav. A él se le dijo: Por tu espada vivirás. En el concejo de la tribu de Shimón no entrará mi alma cuando se congreguen en Shitim para cometer actos viciosos, y mi gloria no se unirá a la asamblea de Kóraj, los descendientes de Leví. En su ira, Shimón y Leví mataron al príncipe de Shejem, y en su obstinación vendieron como esclavo a Yosef, el toro. Maldita fue la ciudad de Shejem cuando entraron a destruirla. Si permanecen unidos, ningún gobernante podrá alzarse ante ellos, ninguna guerra prosperará contra ellos. Por eso dividiré y dispersaré su posesión entre las posesiones de las otras tribus. De los descendientes de Shimón, muchos serán hombres pobres, que vagarán de tribu en tribu y mendigarán pan, y también la tribu de Leví recogerá sus diezmos y ofrendas de todas las demás».
Las palabras de Yaakov, «los dividiré en Yaakov», dichas de Shimón y Leví, se cumplieron sobre todo en Shimón. Cuando veinticuatro mil de Shimón cayeron en Shitim, las viudas que dejaron atrás se casaron con maridos de todas las demás tribus. Con todo, Yaakov no despidió a Shimón y a Leví sin bendecirlos: la tribu de Shimón había de dar a los maestros y a los oficiales que necesitaba todo Israel, y Leví, a los eruditos que expondrían la Torá y dictarían decisiones conforme a sus enseñanzas.
Cuando los demás hijos de Yaakov oyeron los reproches que su padre dirigió a estos tres, temieron oír recriminaciones semejantes, e intentaron escabullirse de su presencia. Especialmente Yehudá estaba alarmado, por si su padre lo zahería con su falta acerca de Tamar. Pero Yaakov le habló así: «Yehudá, tú mereces tu nombre. Tu madre te llamó Yehudá, porque dio alabanza a Dios en tu nacimiento, y así te alabarán tus hermanos, y todos ellos se llamarán por tu nombre. Y así como confesaste tu pecado abiertamente, así también tus descendientes, Aján, David y Menashé, harán confesión pública de sus pecados, y HaShem oirá su oración. Tus manos lanzarán dardos tras el enemigo que huye, y los hijos de tu padre te rendirán respeto. Tienes la osadía de un perro y la valentía de un león. Salvaste a Yosef de la muerte, y a Tamar y a sus dos hijos de las llamas. Ningún pueblo y ningún reino podrá alzarse contra ti. No cesarán los gobernantes de la casa de Yehudá, ni los maestros de la ley de su posteridad, hasta que venga su descendiente el Mashíaj, y la obediencia de todos los pueblos sea para él. ¡Cuán glorioso es el Mashíaj de la Casa de Yehudá! Ceñidos sus lomos, saldrá a dar batalla a sus enemigos. Ningún rey y ningún gobernante prevalecerá contra él. Las montañas se teñirán de rojo con su sangre, y las vestiduras del Mashíaj serán como las vestiduras del que pisa el vino. Los ojos del Mashíaj serán más claros que el vino puro, pues nunca contemplarán la lujuria ni el derramamiento de sangre; y sus dientes serán más blancos que la leche, pues nunca morderán nada tomado por la violencia».
Aunque Yisajar era el mayor, Zevulún fue bendecido antes que él, como recompensa por el sacrificio que había hecho en favor de su hermano, pues cuando Yisajar eligió el estudio de la Torá como su vocación, Zevulún decidió dedicarse al comercio y sostener a su hermano con las ganancias de su negocio, para que él pudiera entregarse a la ley sin perturbación. Su bendición fue que conquistaría la costa del mar hasta Tsidón.
«Yisajar», dijo Yaakov, «tomará sobre sí la carga del estudio de la Torá, y todas las demás tribus vendrán a él y le pedirán que resuelva sus dudas en cuestiones legales, y sus descendientes serán los miembros del Sanhedrín y los eruditos que se ocuparán de fijar el calendario». Yaakov bendijo también a Yisajar con la bendición de que los frutos de su tierra fueran sumamente grandes, y esto trajo consigo un provecho tanto celestial como terrenal, pues cuando los gentiles a quienes se vendían los frutos se maravillaban de ello, los mercaderes judíos explicaban que su tamaño extraordinario se debía a los méritos de la tribu de Yisajar, a quienes Dios recompensaba por su devoción a la Torá, y así muchos de los gentiles se vieron inducidos a convertirse al judaísmo.
Al bendecir a Dan, los pensamientos de Yaakov estaban ocupados principalmente con su descendiente Shimshón, quien, semejante a Dios, sin ayuda de ninguna clase, otorgó la victoria a su pueblo. Yaakov llegó incluso a creer que el hombre fuerte y heroico era el Mashíaj, pero cuando le fue revelada la muerte de Shimshón, exclamó: «Espero Tu salvación, oh HaShem, pues Tu ayuda es para toda la eternidad, mientras que la ayuda de Shimshón es solo por un tiempo. La redención», continuó Yaakov, «no será obrada por Shimshón el danita, sino por Eliyahu el gadita, que aparecerá al fin de los tiempos».
La bendición de Asher fue la hermosura de sus mujeres, que serían pretendidas en matrimonio por reyes y sumos sacerdotes.
En la tierra de Naftalí todos los frutos madurarían pronto, y serían llevados como presentes a los reyes, y ganarían el favor real para quienes los ofrecían. Esta bendición se cumplió en la llanura de Guinosar. Al mismo tiempo, la bendición de Naftalí era una profecía acerca de su descendiente Devorá, que era como una cierva suelta contra Sisrá para vencerlo, y que dio hermosas palabras en su cántico de la victoria de Israel. El propio Naftalí merecía la descripción aplicada a Devorá, pues era veloz como un ciervo para hacer la voluntad de Dios, y era un raudo mensajero para su padre y las tribus. Lo enviaban a dondequiera que querían, y él cumplía sus encargos con prontitud. Sirvió a los hermanos de Yosef como heraldo, para anunciar a Yaakov la buena nueva: «Yosef todavía vive», y cuando el afligido padre lo vio acercarse, dijo: «He aquí que viene Naftalí el amable, que proclama la paz».
La bendición de Yosef superó la bendición de todos sus hermanos. Yaakov habló: «Oh hijo a quien crie, Yosef, a quien levanté, y que fuiste fuerte para resistir las seducciones del pecado, venciste a todos los magos y sabios de Mitsraim por tu sabiduría y tus obras piadosas. Las hijas de los príncipes arrojaban sus joyas ante ti, para atraer tus ojos sobre ellas cuando pasabas por la tierra de Mitsraim, pero tú no mirabas hacia ellas, y por eso fuiste hecho padre de dos tribus. Los magos y los sabios de Mitsraim buscaron difamarte ante el Paró y calumniarte, pero tú pusiste tu esperanza en el Todopoderoso. Por eso, que Aquel que se me apareció como El Shaddai te bendiga y te conceda suelo fértil y mucho ganado. Que la bendición que tu padre te da ahora, y la bendición que sus padres Avraham y Yitsjak le dieron a él, y que provocó la envidia de los grandes del mundo, Yishmael, Esav y los hijos de Keturá, que todas estas bendiciones sean una corona sobre la cabeza de Yosef, y una cadena sobre el cuello de aquel que fue el gobernante de Mitsraim, y que, con todo, no menguó el honor debido a sus hermanos».
La calumnia de la que habló Yaakov se refería a lo que Potifar había dicho de Yosef ante el Paró. Se había quejado, diciendo: «¿Por qué nombraste a mi esclavo, a quien compré por veinte piezas de plata, para que gobernara sobre los egipcios?». Yosef había asumido entonces su propia defensa, diciendo: «Cuando me compraste como esclavo, cometiste un crimen capital. Solo un descendiente de Kena’an puede ser vendido como esclavo, y yo soy descendiente de Shem, y príncipe por añadidura. Si quieres convencerte de la verdad de mis palabras, no tienes más que compararme con el retrato de mi antepasada Sará que el Paró mandó hacer de ella». Trajeron el retrato de Sará, y, en verdad, resultó que Yosef se parecía a su antepasada, y todos quedaron convencidos de su noble linaje.
La bendición que Yaakov otorgó a Binyamín contiene la profecía de que su tribu proveería a Israel de su primer gobernante y de su último gobernante, y así fue, pues Shaúl y Ester pertenecían ambos a la tribu de Binyamín. Asimismo, la heredad de Binyamín en la Tierra Santa alberga dos extremos: Yerijó madura sus frutos antes que cualquier otra región de la Tierra de Israel, mientras que Bet-El los madura la última. En la bendición de Binyamín, Yaakov se refirió también al servicio en el Templo, porque el Lugar Sagrado se hallaba en el territorio de Binyamín. Y cuando Yaakov llamó a su hijo menor un lobo que despedaza, pensaba en el juez Ehud, el gran erudito, un benjaminita, que venció a Eglón rey de Moav, y también tenía en mente a los benjaminitas que capturaron a sus esposas por astucia y por fuerza.
De nuevo, si llamó a Binyamín lobo, a Yehudá león, y a Yosef toro, quería señalar los tres reinos conocidos como lobo, león y toro, cuya perdición fue y será sellada por los descendientes de sus tres hijos: Bavel, el reino del león, cayó a manos de Daniel de la tribu de Yehudá; Media, el lobo, halló su dueño en el benjaminita Mordejái; y el toro Yosef someterá a la bestia con cuernos, el reino de la maldad, antes del tiempo mesiánico.
La muerte de Yaakov
Después de que Yaakov hubo bendecido a cada uno de sus hijos por separado, se dirigió a todos ellos juntos, diciendo: «Según mi poder os bendije, pero en días venideros surgirá un profeta, y este hombre Moshé también os bendecirá, y continuará mis bendiciones donde yo las dejé». Añadió, además, que la bendición de cada tribu redundaría en bien de todas las demás tribus: la tribu de Yehudá tendría parte en el fino trigo de la tribu de Binyamín, y Binyamín gozaría de la buena cebada de Yehudá. Las tribus habían de ayudarse mutuamente, una a otra.
Además, les encargó que no se hicieran culpables de idolatría en forma ni figura alguna y que no dejaran pasar de sus labios palabra blasfema, y les enseñó el orden de transportar su féretro, así: «Yosef, siendo rey, no ayudará a llevarlo, ni tampoco Leví, que está destinado a portar el Arca de la Shejiná. Yehudá, Yisajar y Zevulún asirán su extremo delantero, Reuvén, Shimón y Gad su lado derecho, Efráyim, Menashé y Binyamín el extremo trasero, y Dan, Asher y Naftalí su lado izquierdo». Y este fue el orden en que las tribus, llevando cada una su estandarte, habían de marchar por el desierto, morando la Shejiná en medio de ellas.
Entonces habló Yaakov a Yosef, diciendo: «Y tú, hijo mío Yosef, perdona a tus hermanos su falta contra ti, no los abandones, ni los aflijas, pues HaShem los ha puesto en tus manos, para que los protejas todos tus días contra los egipcios».
También amonestó a sus hijos, diciendo que HaShem estaría con ellos si andaban en Sus caminos, y los redimiría de manos de los egipcios. «Sé», continuó, «que gran sufrimiento caerá sobre vuestros hijos y vuestros nietos en esta tierra, pero si obedecéis a Dios, y enseñáis a vuestros hijos a conocerlo, entonces os enviará un redentor, que os sacará de Mitsraim y os conducirá a la tierra de vuestros padres».
Resignado a la voluntad de Dios, Yaakov aguardó su fin, y la muerte lo envolvió con suavidad. No fue el Ángel de la Muerte quien acabó con su vida, sino que la Shejiná tomó su alma con un beso. Aparte de los tres Patriarcas, Avraham, Yitsjak y Yaakov, solo Moshé, Aharón y Miriam exhalaron su último aliento de esta manera, mediante el beso de la Shejiná. Y estos seis, junto con Binyamín, son los únicos cuyos cuerpos no están expuestos a los estragos de los gusanos, y ni se corrompen ni se descomponen.
Así partió Yaakov de este mundo, y entró en el mundo venidero, del cual había gozado aquí abajo un anticipo, como los otros dos Patriarcas, y ninguno más entre los hombres. En otro aspecto su vida en este mundo se asemejaba a su vida en el mundo venidero: la inclinación al mal no tenía poder sobre ellos, ni aquí ni allá, en lo cual David se les asemejaba.
Yosef mandó que el cuerpo de su padre fuera colocado sobre un lecho de marfil, cubierto de oro, tachonado de gemas, y engalanado con colgaduras de biso y púrpura. Se derramó vino fragante a su lado, y especias aromáticas se quemaron junto a él. Héroes de la casa de Esav, príncipes de la familia de Yishmael, y el león Yehudá, el más valiente de sus hijos, rodearon el suntuoso féretro de Yaakov. «Venid», dijo Yehudá a sus hermanos, «plantemos un alto cedro a la cabecera de la tumba de nuestro padre, su copa llegará hasta los cielos, sus ramas darán sombra a todos los habitantes de la tierra, y sus raíces crecerán hondo dentro de la tierra, hasta el abismo. Pues de él han brotado doce tribus, y de él surgirán reyes y gobernantes, órdenes de sacerdotes prestos a realizar el servicio de los sacrificios, y compañías de leviim dispuestas a cantar salmos y a tañer dulces instrumentos».
Los hijos de Yaakov rasgaron sus vestiduras y ciñeron sus lomos con cilicio, se arrojaron al suelo, y esparcieron tierra sobre sus cabezas hasta que el polvo se elevó en una alta nube. Y cuando Asnat, la esposa de Yosef, oyó las nuevas de la muerte de Yaakov, vino, y con ella vinieron las mujeres de Mitsraim, a llorar y hacer duelo por él. Y los hombres de Mitsraim que habían conocido a Yaakov acudieron allí, e hicieron duelo día tras día, y también muchos bajaron a Mitsraim desde Kena’an, para tomar parte en el duelo de setenta días que se hizo por él.
Los egipcios se decían unos a otros: «Lamentémonos por el hombre piadoso Yaakov, porque la aflicción del hambre fue apartada de nuestra tierra por sus méritos», pues en lugar de asolar la tierra durante cuarenta y dos años según el decreto de Dios, el hambre había durado solo dos años, y ello se debió a las virtudes de Yaakov.
Yosef ordenó a los médicos que embalsamaran el cadáver. Esto debió abstenerse de hacerlo, pues desagradó a Dios, quien habló, diciendo: «¿Acaso no tengo yo el poder de preservar de la corrupción el cadáver de este hombre piadoso? ¿No fui yo quien pronunció las palabras tranquilizadoras: No temas al gusano, oh Yaakov, tú Israel muerto?». El castigo de Yosef por esta precaución inútil fue que fue el primero de los hijos de Yaakov en sufrir la muerte. Los egipcios, en cambio, que dedicaron cuarenta días a embalsamar el cadáver y prepararlo para la sepultura, fueron recompensados por la veneración que mostraron. Antes de destruir su ciudad, Dios concedió a los ninivitas un plazo de cuarenta días a causa de su rey, que era el Paró de Mitsraim. Y por los setenta días de duelo que los gentiles hicieron por Yaakov, fueron recompensados en tiempos de Ajashverosh. Durante setenta días, desde el trece de Nisán, fecha del edicto de Hamán que ordenaba el exterminio de los judíos, hasta el veintitrés de Siván, cuando Mordejái lo revocó, les fue permitido gozar de poder absoluto sobre los judíos.
Cuando todos los preparativos para la sepultura de Yaakov estuvieron completos, Yosef pidió permiso al Paró para llevar el cuerpo a Kena’an. Pero no fue él mismo a presentar su petición ante el Paró, pues no podía bien presentarse ante el rey con el atuendo de un enlutado, ni estaba dispuesto a interrumpir su lamento por su padre ni por un breve instante para presentarse ante el Paró y exponer su petición. Solicitó a la familia del Paró que intercediera por él ante el rey por la razón adicional de que deseaba granjearse el favor de los parientes del rey, no fuera que aconsejaran al Paró no cumplir su deseo. Obró conforme a la máxima: «Procura ganarte al acusador, para que no te cause molestia».
Yosef se dirigió primero a la peluquera de la reina, y ella influyó en la reina para que lo favoreciera, y luego la reina intercedió por él ante el rey. Al principio el Paró rehusó el permiso que Yosef ansiaba, quien, sin embargo, lo instó a considerar el solemne juramento que había hecho a su padre moribundo, de sepultarlo en Kena’an. El Paró le pidió que buscara la dispensa del juramento. Pero Yosef replicó: «Entonces solicitaré también la dispensa del juramento que te hice a ti», refiriéndose a un incidente de su historia anterior. Los grandes de Mitsraim habían aconsejado al Paró que no nombrara a Yosef virrey, y no se apartaron de este consejo hasta que Yosef, en su conversación con el rey egipcio, demostró ser dueño de las setenta lenguas del mundo, la condición necesaria que había de cumplirse antes de que uno pudiera llegar a ser gobernante de Mitsraim. Pero la conversación demostró algo más: que el propio Paró no tenía derecho a la realeza egipcia, porque carecía de conocimiento del hebreo. Temía que, si la verdad se supiera, Yosef sería elevado a su propio lugar, pues sabía hebreo además de todas las demás lenguas. En su ansiedad y angustia, el Paró hizo jurar a Yosef que nunca revelaría la ignorancia del rey en cuanto al hebreo. Ahora bien, cuando Yosef amenazó con hacerse dispensar de este juramento tanto como del hecho a su padre moribundo, un gran terror se apoderó del Paró, y con presteza concedió a Yosef permiso para subir a Kena’an y sepultar allí a su padre.
Es más, el Paró promulgó un decreto en todas partes de la tierra amenazando con la muerte a quienes no acompañaran a Yosef y a sus hermanos en su viaje a Kena’an con los restos de su padre, y en consecuencia el cortejo que siguió al féretro de Yaakov estaba compuesto por los príncipes y nobles de Mitsraim así como por el pueblo llano. El féretro era llevado por los hijos de Yaakov. En obediencia a su deseo, ni siquiera a los hijos de estos se les permitió tocarlo. Estaba labrado de oro puro, su borde incrustado de piedras de ónice y bedelio, y la cubierta era obra de oro tejido unida al féretro con hilos que se sujetaban con ganchos de piedras de ónice y bedelio. Yosef colocó una gran corona de oro sobre la cabeza de su padre, y un cetro de oro puso en su mano, ataviándolo como a un rey vivo.
El cortejo fúnebre fue dispuesto en este orden: primero venían los hombres valientes del Paró y los hombres valientes de Yosef, y después el resto de los habitantes de Mitsraim. Todos iban ceñidos de espadas y vestidos de cotas de malla, y los arreos de guerra estaban sobre ellos. Los plañideros y enlutados caminaban, llorando y lamentándose, a cierta distancia del féretro, y el resto del pueblo iba detrás de él, mientras Yosef y su casa seguían juntos tras él, con los pies descalzos y entre lágrimas, y los siervos de Yosef estaban cerca de él, cada hombre con sus pertrechos y armas de guerra. Cincuenta de los siervos de Yaakov precedían al féretro, esparciendo mirra por el camino a su paso, y toda clase de perfumes, de modo que los hijos de Yaakov pisaban las especias aromáticas mientras llevaban el cuerpo adelante.
Así avanzó el cortejo hasta que llegó a Kena’an. Se detuvo en la era de Atad, y allí se lamentaron con un lamento muy grande y doloroso. Pero el mayor honor conferido a Yaakov fue la presencia de la Shejiná, que acompañó al cortejo.
Los cananeos no tenían al principio intención de tomar parte en el duelo hecho por Yaakov, pero cuando vieron los honores que se le mostraban, se unieron al cortejo de los egipcios, soltando los ceñidores de sus vestiduras en señal de dolor. También aparecieron los hijos de Esav, de Yishmael y de Keturá, aunque su designio al venir era aprovechar la ocasión y hacer la guerra a los hijos de Yaakov, pero cuando vieron la corona de Yosef suspendida del féretro, los reyes y príncipes edomitas e ismaelitas siguieron su ejemplo, y prendieron también las suyas de él, y quedó adornado con treinta y seis coronas.
Con todo, el enfrentamiento no se evitó: al final estalló entre los hijos de Yaakov y Esav con sus partidarios. Cuando los primeros se disponían a bajar el cuerpo de su padre a la cueva de Majpelá, Esav quiso impedirlo, alegando que Yaakov había usado la porción que le tocaba en el sepulcro para Leá, y que el único espacio que quedaba para una tumba le pertenecía a él. Porque —continuó Esav— «aunque vendí mi primogenitura a Yaakov, todavía tengo una parte en el sepulcro como hijo de Yitsjak». Los hijos de Yaakov, sin embargo, sabían muy bien que su padre había adquirido la parte de Esav en la cueva, e incluso sabían que existía un contrato de venta; pero Esav, suponiendo con acierto que el documento se había quedado en Mitsraim, negó que jamás se hubiera redactado tal cosa, y los hijos de Yaakov enviaron a Naftalí, el corredor veloz, de vuelta a Mitsraim a buscar el contrato. Entretanto, mientras se desarrollaba este altercado entre Esav y los demás, Hushim, el hijo de Dan, se levantó y preguntó asombrado por qué no seguían con el entierro de Yaakov —pues era sordo y no había entendido las palabras cruzadas entre los que disputaban—. Cuando oyó de qué se trataba, y que las ceremonias quedaban interrumpidas hasta que Naftalí volviera de Mitsraim con el contrato de venta, exclamó indignado: «¡Mi abuelo va a quedarse aquí sin sepultar hasta que Naftalí regrese!», y agarró una maza y le asestó a Esav un golpe tan fuerte que murió; sus ojos se le salieron de las cuencas y cayeron sobre las rodillas de Yaakov, y Yaakov abrió los suyos y sonrió. Muerto Esav, el entierro de su hermano pudo seguir sin estorbo, y Yosef lo sepultó en la cueva de Majpelá conforme a su deseo.
Sus demás hijos habían dejado en manos de su hermano Yosef todo lo relativo al entierro del cuerpo de su padre, pues pensaban que era mayor honra para Yaakov que un rey se ocupara de sus restos, y no simples particulares.
La cabeza de Esav, mientras yacía muerto junto a la tumba de Yaakov, rodó hacia el interior de la cueva y cayó en el regazo de Yitsjak, que rogó a Dios que tuviera misericordia de su hijo; pero sus súplicas fueron en vano. Dios habló y dijo: «Vivo yo, que él no contemplará la majestad de Adonái».
Los hijos de Yaakov en guerra con los hijos de Esav
Sepultado Yaakov con pompa real, y pasados los siete días de luto, el enfrentamiento entre los hijos de Yaakov y los hijos de Esav estalló de nuevo. En la escaramuza que se había producido cuando Esav reclamó un lugar en la cueva de Majpelá —mientras los restos de su hermano aún yacían sin sepultar— perdió a cuarenta de sus hombres, y tras su muerte la fortuna favoreció igual de poco a sus hijos. Ochenta de sus partidarios cayeron, mientras que de los hijos de Yaakov no se perdió ni uno. Yosef logró capturar a Tsefó, el hijo de Elifaz, con cincuenta de sus hombres, los cargó de cadenas y se los llevó a Mitsraim. Entonces el resto del ejército atacante, encabezado por Elifaz, huyó al monte Seír, llevándose el cuerpo decapitado de Esav para sepultarlo en su propio territorio. Los hijos de Yaakov los persiguieron, pero no mataron a ninguno, por respeto a los restos de Esav.
Al tercer día se reunió un gran ejército, compuesto por los habitantes de Seír y los hijos del Oriente, y marcharon hacia Mitsraim con el propósito de hacer la guerra a Yosef y a sus hermanos. En la batalla que sobrevino, aquel ejército quedó casi por completo destruido: no menos de seiscientos mil hombres fueron segados por Yosef y sus guerreros, y el pequeño resto huyó a la desbandada. De regreso a su propia tierra tras aquella campaña funesta, los hijos de Esav y los hijos de Seír se enzarzaron entre sí, y los hijos de Seír exigieron que sus antiguos aliados abandonaran el lugar, porque eran ellos quienes habían atraído la desgracia sobre el país.
Los hijos de Esav despacharon entonces en secreto un mensajero a su amigo Agnias, rey de África, para pedirle ayuda contra los hijos de Seír. Él accedió a su petición y les envió tropas de infantería y de jinetes. Los hijos de Seír, por su parte, también buscaron aliados, y se aseguraron la ayuda de los hijos del Oriente y de los madianitas, que pusieron guerreros a su disposición. En los encuentros que siguieron entre las fuerzas enemigas, los hijos de Esav fueron derrotados una y otra vez, en parte por la traición dentro de sus propias filas —pues sus hombres a veces desertaban al enemigo en plena batalla—. Al final, sin embargo, en el combate que tuvo lugar en el desierto de Parán, los hijos de Esav alcanzaron una victoria decisiva. Masacraron a todos los guerreros de los hijos de Seír, y los madianitas y los hijos del Oriente fueron puestos en fuga.
Después los hijos de Esav regresaron a Seír y mataron a todos los habitantes del lugar —hombres, mujeres y niños—, perdonando solo a cincuenta muchachos y muchachas. A ellos los usaron como esclavos, y a ellas las tomaron por esposas. También se enriquecieron con el botín, apoderándose de todos los bienes de los hijos de Seír, y toda la tierra fue repartida entre los cinco hijos de Esav. Ahora bien, estos descendientes de Esav decidieron poner un rey sobre sí; pero, a causa de la traición cometida durante la guerra, reinaba entre ellos tal odio y amargura que resolvieron no nombrar jamás a un gobernante de su propia gente. Su elección recayó en Bela, hijo de Beor, uno de los guerreros que les había enviado el rey Agnias. No se hallaba igual entre las tropas aliadas en valentía, sabiduría y buena presencia. Le pusieron la corona real en la cabeza, le construyeron un palacio y le dieron regalos de plata, oro y piedras preciosas, hasta que vivió en gran opulencia. Reinó feliz durante treinta años, y encontró entonces la muerte en una guerra contra Yosef y sus hermanos.
Esta guerra surgió porque los hijos de Esav no lograban borrar de su memoria la afrenta de la derrota que Yosef y su gente les habían infligido. Habiéndose asegurado la ayuda de Agnias, de los ismaelitas y de otras naciones del Oriente, emprendieron una segunda campaña contra Mitsraim, con la esperanza de liberar a Tsefó y a sus seguidores de manos de Yosef. Pese a su enorme hueste —tenían no menos de ochocientos mil hombres de infantería y caballería— fueron derrotados en Ramsés por Yosef y sus hermanos con su pequeña compañía de seiscientos hombres. Además de su rey Bela, dejaron una cuarta parte de su ejército en el campo. La pérdida de su rey los desalentó gravemente, y se dieron a la fuga, muy acosados por Yosef, que abatió a muchos de los fugitivos.
Cuando regresó de la batalla, Yosef ordenó que pusieran grilletes y cadenas a Tsefó y a sus seguidores, y su cautiverio se les hizo más amargo de lo que había sido antes.
Los hijos de Esav nombraron a Yovav de Botsrá para suceder a su rey muerto Bela. Su reinado duró diez años, pero desistieron de todo nuevo intento de guerrear con los hijos de Yaakov. Su última experiencia con ellos había sido demasiado dolorosa, pero la enemistad que abrigaban contra ellos era tanto más feroz, y su odio nunca amainó.
Su tercer rey fue Husham, y los gobernó durante veinte años. Durante su reinado, Tsefó logró huir de Mitsraim. Fue recibido con benevolencia por Agnias, rey de África, y nombrado comandante en jefe de sus tropas. Empleó todos los medios de persuasión para inducir a su señor soberano a entrar en guerra con Mitsraim, pero en vano, pues Agnias conocía demasiado bien la fuerza y el heroísmo de los hijos de Yaakov. Durante muchos años resistió los argumentos y halagos de Tsefó. De hecho, tal como estaban las cosas, Agnias tenía las manos ocupadas con otras empresas guerreras. Había sucedido por entonces que un hombre de la tierra de Kitim, llamado Uzi, a quien sus paisanos veneraban como a un dios, murió en la ciudad de Pozimana, y dejó tras de sí una hija hermosa y de gran ingenio. Agnias oyó hablar de la belleza y la sabiduría de Yaniá, y pidió su mano, y el pueblo de Kitim le concedió su petición.
Los mensajeros de Agnias se alejaban a toda prisa de Kitim, llevando a su señor la promesa de los habitantes de que Yaniá sería su esposa, cuando llegó Turnus, rey de Benevento, con el mismo propósito. Su pretensión fue rechazada, pues el pueblo de Kitim temía romper la promesa dada a Agnias. En su ira, Turnus fue a Cerdeña a hacer la guerra al rey Lucus, un hermano de Agnias, con la intención de ajustar cuentas con este último en cuanto el otro quedara neutralizado. Al enterarse del plan tramado por Turnus, Agnias se apresuró a ir a Cerdeña en socorro de su hermano, y se libró una batalla en el Valle de Campania. Contra Turnus se alinearon Agnias, su hermano Lucus y el hijo de este, Niblos, a quien su padre había nombrado comandante en jefe de las tropas sardas. En el primer encuentro, Turnus fue el vencedor, y los sardos perdieron a su general Niblos. Pero en el segundo choque el ejército de Turnus fue completamente derrotado, y él mismo quedó muerto en el campo. Su ejército huyó, perseguido de cerca por Agnias hasta el cruce de caminos entre Roma y Albano. El cuerpo de Niblos fue colocado dentro de una estatua de oro, y su padre erigió una torre alta sobre su tumba, y otra sobre la tumba de Turnus, y estas dos construcciones, unidas por un pavimento de mármol, se alzan una frente a la otra, en el cruce de caminos donde Agnias dejó de perseguir al ejército fugitivo.
El rey de África siguió hasta la ciudad de Benevento, pero no tomó medidas duras contra ella ni contra sus habitantes, porque por entonces pertenecía a la tierra de Kitim. En adelante, sin embargo, partidas de soldados de África hacían incursiones, de vez en cuando, en la tierra de Kitim, bajo el mando de Tsefó, el capitán del ejército africano. Agnias, entretanto, fue a Pozimana a celebrar su boda con Yaniá, y regresó con ella a su capital en África.
Tsefó, rey de Kitim
Durante todo este tiempo Tsefó no cesó de instar a Agnias a que invadiera Mitsraim, y al fin logró persuadir al rey de que considerara su deseo, y se equipó un gran ejército contra Mitsraim y los hijos de Yaakov. Entre los escuderos estaba Bilam, el hijo de Beor, de quince años, un muchacho astuto y ducho en la magia, y el rey le mandó que le comunicara cuál sería el desenlace de la guerra que emprendían. Bilam tomó cera y moldeó las figuras de unos hombres, para representar al ejército de Agnias y al ejército de los egipcios, y los sumergió en agua mágica y los dejó flotar, y resultó que el ejército africano era sometido por los egipcios. Agnias, en consecuencia, renunció a la campaña, y Tsefó, viendo que no podía persuadir a su soberano de guerrear con los hijos de Yaakov, huyó del país y se dirigió a Kitim.
El pueblo de Kitim lo recibió con grandes honores, y le ofrecieron mucho dinero para que se quedara con ellos y dirigiera sus guerras. Sucedió una vez, mientras Tsefó estaba en las montañas de Koptiziá —donde los habitantes de Kitim se habían refugiado ante las tropas del rey africano—, que tuvo que salir en busca de un buey que se había extraviado, y descubrió una cueva cuya entrada estaba cerrada por una gran piedra. Hizo añicos la piedra, y al entrar en la cueva vio un animal con forma de hombre por arriba y de macho cabrío por abajo, y mató a la extraña bestia, que estaba justo en el acto de devorar a su buey perdido. Hubo gran regocijo entre el pueblo de Kitim, pues aquel monstruo llevaba mucho tiempo causando estragos en su ganado, y en agradecimiento apartaron un día del año, al que llamaron con el nombre de Tsefó, en honor de su libertador, y todo el pueblo le trajo regalos y le ofreció sacrificios.
Por este tiempo ocurrió que Yaniá, la esposa del rey Agnias, cayó en una grave enfermedad, y los médicos atribuyeron su dolencia al clima y al agua de África, a los que ella, nativa de la tierra de Kitim, no lograba acostumbrarse, porque tenía por costumbre usar el agua del río Forma, que sus antepasados habían llevado hasta su casa por una conducción. Agnias mandó a la tierra de Kitim y se hizo traer a África parte del agua del Forma. Hallándola mucho más ligera que el agua de su propio país, construyó un enorme canal desde la tierra de Kitim hasta África, y desde entonces la reina tuvo toda el agua del Forma que necesitaba. Además, tomó tierra y piedra de Kitim y construyó un palacio para Yaniá, y ella se recuperó de su enfermedad.
Entretanto Tsefó había obtenido una victoria decisiva sobre las tropas africanas que habían hecho una incursión en la tierra de Kitim, y el pueblo lo eligió por rey. Su primera empresa fue una campaña contra los hijos de Tubal y las Islas del Mar, y de nuevo tuvo éxito: los sometió por completo. A su regreso, el pueblo construyó un gran palacio para Tsefó, y le renovaron la realeza, y él continuó hasta su muerte reinando como rey de Kitim y de Italia.
Durante los primeros trece años de su reinado, los africanos no hicieron intento alguno de perturbar la paz de Kitim, pero luego invadieron la tierra, solo para ser duramente rechazados por Tsefó, que persiguió a las tropas hasta las mismísimas fronteras de África, y el rey Agnias quedó tan consternado que por algún tiempo no se atrevió a tomar represalias. Cuando por fin hizo un segundo intento, sus tropas fueron aniquiladas por Tsefó hasta el último hombre. Entonces Agnias, desesperado, reunió a todos los habitantes de África, tan numerosos como la arena de la orilla del mar, y unió su gran hueste al ejército de su hermano Lucus, y así hizo su tercer intento contra Tsefó y el pueblo de la tierra de Kitim.
Alarmado, Tsefó escribió a sus hermanos de Seír, y suplicó a su rey Hadad que le enviara ayuda. Pero el pueblo de Seír había concertado una alianza con Agnias ya desde tiempos de su primer rey Bela, y rechazaron la petición de Tsefó, y el rey de Kitim tuvo que hacer frente a la hueste de ochocientos mil hombres reunida por Agnias con su pequeña banda de tres mil. Entonces el pueblo de Kitim habló a su rey Tsefó, diciendo: «Ruega por nosotros al Dios de tus antepasados. Quizás Él nos libre de la mano de Agnias y de su ejército, pues hemos oído que es un Dios grande y que libra a todos los que confían en Él». Tsefó rogó a HaShem, diciendo: «Oh Adonái, Dios de Avraham y Yitsjak, mis padres, hágase saber hoy que Tú eres un Dios verdadero, y que todos los dioses de las naciones son vanos e inútiles. Acuérdate hoy en mi favor de Tu alianza con Avraham nuestro padre, que nuestros antepasados nos relataron, y obra hoy con bondad conmigo por amor de Avraham y Yitsjak, nuestros padres, y sálvame a mí y a los hijos de Kitim de la mano del rey de África, que ha venido contra nosotros a la batalla».
Dios prestó oído a la oración de Tsefó, y en la batalla del primer día cayó la mitad del ejército africano. Agnias despachó al punto un decreto a su país, ordenando, so pena de muerte y confiscación de bienes, que todos los varones de la tierra —incluidos los muchachos que hubieran pasado de los diez años— se incorporaran al ejército y lucharan contra el pueblo de Kitim. A pesar de estos nuevos refuerzos, trescientos mil hombres, Agnias fue vencido de nuevo por Tsefó en la segunda batalla. Caído muerto el general africano Sosipater, las tropas se dieron a la fuga, a su cabeza Agnias con Lucus, su hermano, y Asdrúbal, hijo de Agnias. Tras esta terrible derrota, los africanos no hicieron más intentos de perturbar la paz de Kitim, y sus incursiones cesaron para siempre.
A pesar de la gran victoria que Tsefó había obtenido con la ayuda de Dios, el rey de Kitim anduvo por los caminos idólatras del pueblo que gobernaba, y por los caminos de los hijos de Esav, pues, como dice el proverbio de los antiguos, «de los malvados sale la maldad», y Tsefó no era distinto del resto de los hijos de Esav.
La dura derrota infligida a Agnias empujó a Bilam de África a Kitim, y fue recibido con grandes honores por Tsefó, que le dio la bienvenida a causa de su profunda sabiduría.
Ahora Tsefó pensó que había llegado el momento de llevar a cabo su plan de venganza contra la posteridad de Yaakov, tanto más cuanto que entretanto habían muerto Yosef, y también sus hermanos y los hombres valientes del Paró. Se le unieron en la empresa Hadad, rey de Edom, y las naciones del Oriente y los ismaelitas. El ejército aliado era tan vasto que el espacio que cubría formado en filas equivalía a tres días de camino. Se formó en orden de batalla en el Valle de Patros, y le salieron al paso trescientos mil egipcios y ciento cincuenta israelitas de Goshen. Pero los egipcios no confiaban en los israelitas: temían que desertaran a los hijos de Esav y de Yishmael. Por eso hicieron un pacto con ellos: que los israelitas no acudirían en ayuda de los egipcios hasta que se viera que el enemigo llevaba las de ganar.
Tsefó, que tenía en alta estima la habilidad de Bilam, quiso que este usara sus artes mágicas y averiguara cuál sería el desenlace de la guerra, pero el saber de Bilam le falló: no pudo satisfacer el deseo del rey. Los egipcios llevaron la peor parte en el primer choque entre los dos ejércitos enemigos, pero el aspecto de las cosas cambió en cuanto llamaron a los israelitas en su ayuda. Los israelitas rogaron a Dios que los sostuviera con su auxilio, y HaShem oyó su oración. Entonces se arrojaron sobre Tsefó y sus aliados, y después de abatir a varios miles de hombres, tal espanto y confusión se apoderó del enemigo que huyó a toda prisa, perseguido por los israelitas hasta la frontera del país. Los egipcios, en lugar de acudir en ayuda de los israelitas, se habían dado a la fuga, dejando que la pequeña banda de sus aliados se las viera con la enorme hueste de sus adversarios. Amargados por semejante trato, los israelitas mataron hasta doscientos egipcios, con el pretexto de que los habían tomado por enemigos.
Las naciones en guerra
Hadad, el rey de Edom, que no había logrado fama ni honor en la campaña egipcia, fue favorecido por la fortuna en otra guerra, una guerra contra Moav. Los moabitas rehuían enfrentarse a Hadad solos, e hicieron una alianza con los madianitas. En lo más recio del combate, los moabitas huyeron del campo de batalla, abandonando a los madianitas a su suerte, y estos aliados suyos, así desamparados, fueron abatidos hasta el último hombre por Hadad y sus edomitas. Los moabitas salvaron el pellejo, y solo sufrieron la molestia de tener que pagar tributo. Para vengar la deslealtad cometida contra ellos, los madianitas, apoyados por sus parientes, los hijos de Keturá, reunieron un poderoso ejército y atacaron a los moabitas al año siguiente. Pero Hadad acudió en ayuda de estos, y de nuevo infligió una dura derrota a los madianitas, que tuvieron que renunciar a su plan de venganza contra Moav. Este es el comienzo de la enemistad enconada entre los moabitas y los madianitas. Si un solo moabita es sorprendido en la tierra de Midián, lo matan sin misericordia, y a un madianita en Moav no le va mejor.
Tras la muerte de Hadad, los edomitas instalaron como rey a Samlá de Masreká, y reinó dieciocho años. Su deseo era abrazar la causa de Agnias, el viejo aliado de los edomitas, y castigar a Tsefó por haber guerreado con él, pero su pueblo, los edomitas, no le permitieron emprender nada que fuera hostil a su pariente, y Samlá tuvo que abandonar el plan. En el año catorce del reinado de Samlá, murió Tsefó, después de haber sido rey de Kitim durante cincuenta años. Su sucesor fue Janus, uno del pueblo de Kitim, que disfrutó de un reinado igual de largo.
Bilam había huido a Mitsraim tras la muerte de Tsefó, y allí fue recibido con grandes demostraciones de honor por el rey y todos los nobles, y el Paró lo nombró consejero real, pues había oído mucho acerca de su sabiduría extraordinaria.
En el reino edomita, a Samlá lo sucedió Shaúl de Petor, un joven de belleza incomparable, cuyo reinado duró cuarenta años. Su sucesor en el trono fue Báal Hamón, rey durante treinta y ocho años, período en el que los moabitas se alzaron contra los edomitas, a quienes venían pagando tributo desde los tiempos de Hadad, y lograron sacudirse el yugo del extranjero.
Los tiempos eran turbulentos en todas partes. Agnias, el rey de África, murió, y también ocurrió la muerte de Janus, el rey de Kitim. Los sucesores de estos dos gobernantes, Asdrúbal, el hijo de Agnias, y Latinus, el rey de Kitim, entraron entonces en una guerra prolongada de muchos años. Al principio la suerte de la guerra favoreció a Latinus. Navegó a África en barcos, e infligió a Asdrúbal una derrota tras otra, y al final este rey de África perdió la vida en el campo de batalla. Después de destruir el canal de Kitim a África, construido muchos años antes por Agnias, Latinus regresó a su propio país, llevándose por esposa a Ushpiziwná, la hija de Asdrúbal, que era de tan asombrosa belleza que sus paisanos llevaban su imagen sobre sus ropas.
Latinus no disfrutó mucho tiempo los frutos de su victoria. Aníbal, el hermano menor de Asdrúbal y su sucesor en el poder real, fue a Kitim en barcos y sostuvo una serie de guerras que duraron dieciocho años, en el curso de las cuales acabó con ochenta mil personas del pueblo de Kitim, sin perdonar a los príncipes ni a los nobles. Al término de este dilatado período regresó a África, y reinó sobre su pueblo en quietud y paz.
Los edomitas, durante los cuarenta y ocho años del reinado de Hadad, el sucesor de Báal Hamón, no corrieron mejor suerte que el pueblo de Kitim. La primera empresa de Hadad fue reducir de nuevo a los moabitas bajo la soberanía de Edom, pero tuvo que desistir, porque no lograba oponer una resistencia eficaz a un rey de ellos recién elegido —uno de su propio pueblo— que se aseguró la ayuda de sus parientes los amonitas. Los aliados mandaban una gran hueste, y Hadad fue arrollado. A estas guerras siguieron otras entre Hadad de Edom y Abimenos de Kitim. Este fue el atacante, e invadió Seír con un poderoso ejército. Los hijos de Seír fueron derrotados sin remedio, su rey Hadad fue hecho prisionero, y luego ejecutado por Abimenos, y Seír fue convertida en provincia sujeta a Kitim y gobernada por un gobernador.
Así terminó la independencia de los hijos de Esav. En adelante tuvieron que pagar tributo a Kitim, sobre la cual Abimenos reinó hasta su muerte, en el año treinta y ocho de su reinado.
La magnanimidad de Yosef
Cuando Yosef regresaba del entierro de su padre en la cueva de Majpelá, pasó junto al pozo en el que sus hermanos lo habían arrojado una vez, y miró dentro, y dijo: «¡Bendito sea Dios, que permitió que aquí sucediera un milagro en mi favor!». Los hermanos dedujeron de estas palabras de gratitud —que Yosef solo pronunció en cumplimiento de los preceptos de la ley— que él guardaba el recuerdo del mal que le habían hecho, y temieron que ahora, muerto su padre, su hermano les diera el pago de sus obras. Observaron, además, que desde que su padre ya no estaba, Yosef había dejado la costumbre de acogerlos a su mesa, y lo interpretaron como señal de su odio hacia ellos. En realidad, se debía al respeto y la estima que Yosef sentía por sus hermanos. «Mientras mi padre vivía —se decía Yosef—, me mandaba sentarme a la cabecera de la mesa, aunque Yehudá es rey y Reuvén es el primogénito. Era el deseo de mi padre, y lo cumplí. Pero ahora no es decoroso que ocupe el primer lugar en su presencia, y sin embargo, siendo gobernante de Mitsraim, no puedo ceder mi puesto a ningún otro». Por eso pensó que lo mejor era no tener la compañía de sus hermanos en sus comidas.
Pero ellos, sin penetrar sus motivos, le enviaron a Bilhá con el mensaje que su padre había dejado al morir: que perdonara la transgresión y el pecado de sus hermanos. Por amor a los caminos de la paz habían inventado el mensaje; Yaakov no había dicho nada semejante. Yosef, por su parte, comprendió que sus hermanos hablaban así solo porque temían que pudiera hacerles daño, y lloró de que confiaran tan poco en su cariño. Cuando se presentaron, y se postraron ante su rostro, y dijeron: «Quisiste hacer de uno de nosotros tu esclavo. Míranos, todos estamos dispuestos a ser tus siervos», él les habló con dulzura, y trató de convencerlos de que no abrigaba ningún propósito malo contra ellos. Dijo: «No temáis, no os haré ningún daño, pues temo a Dios, y si pensáis que dejé de sentaros a mi mesa por enemistad hacia vosotros, Dios conoce las intenciones de mi corazón, Él sabe que obré así por consideración al respeto que os debo».
Además dijo: «Sois como el polvo de la tierra, como la arena de la orilla del mar y como las estrellas de los cielos. ¿Puedo yo hacer algo para borrarlas del mundo? Diez estrellas nada podrían contra una sola estrella, ¿cuánto menos podrá una sola estrella algo contra diez? ¿Creéis que tengo el poder de obrar contra las leyes de la naturaleza? Doce horas tiene el día, doce horas la noche, doce meses el año, doce constelaciones hay en los cielos, y también hay doce tribus. Vosotros sois el tronco y yo soy la cabeza; ¿de qué sirve la cabeza sin el tronco? Es por mi propio bien que os trate con afecto fraternal. Antes de vuestra llegada, se me tenía por esclavo en este país; vosotros me acreditasteis como hombre de noble cuna. Ahora bien, si os matara, mi pretensión de un linaje aristocrático quedaría por mentira. Los egipcios dirían: no era su hermano, le eran extraños, los llamó hermanos suyos solo para servir a su propósito, y ahora ha encontrado un pretexto para quitárselos de en medio. O me tendrían por hombre sin probidad. Quien juega sucio con su propia sangre y parentela, ¿cómo va a guardar fe a los demás? Y, en verdad, ¿cómo me atrevería a poner la mano sobre aquellos a quienes Dios y mi padre han bendecido a la vez?».
Así como el trato de Yosef con sus hermanos fue bondadoso y afable, así fue él el auxiliador y consejero de los egipcios, y cuando el Paró partió de esta vida —teniendo Yosef entonces setenta y un años de edad—, el último deseo del rey fue que Yosef fuera un padre para su hijo y sucesor Magrón, y administrara para él los asuntos del Estado. Algunos de los egipcios quisieron hacer rey a Yosef tras la muerte del Paró, pero este plan halló oposición por parte de otros. Objetaban a un extranjero en el trono, y así el título real quedó para Magrón, llamado Paró, según la costumbre establecida el nombre dado a todos los reyes egipcios. Pero a Yosef se le hizo el gobernante efectivo de la tierra, y aunque solo era virrey en Mitsraim, reinó como rey sobre las tierras fuera de Mitsraim hasta el Éufrates, partes de las cuales Yosef había adquirido por conquista. Los habitantes de aquellos países le traían su tributo anual y otros presentes además, y así gobernó Yosef durante cuarenta años, amado por todos, y respetado por los egipcios y las demás naciones, y durante todo ese tiempo sus hermanos moraron en Goshen, felices y contentos en el servicio de Dios. Y también en su propio círculo familiar Yosef fue feliz; llegó a actuar como padrino en la circuncisión de los hijos de su nieto Majir.
Su fin fue prematuro en comparación con el de sus hermanos; a su muerte era más joven que cualquiera de ellos a la suya. Es cierto: «El poder sepulta al que lo ejerce». Murió diez años antes de su tiempo señalado, porque, sin ofenderse, había permitido que sus hermanos llamaran a su padre su «siervo» en su presencia.
Asnat
Dios da a cada hombre la esposa que merece, y así Asnat era digna de ser la compañera de Yosef el piadoso. Su padre era Potifar, uno de los magnates del Paró, contado entre los más distinguidos de ellos por su sabiduría, su riqueza y su rango. Su hija era esbelta como Sará, hermosa como Rivká, y de aspecto radiante como Rajel. Nobles y príncipes pedían su mano cuando tenía dieciocho años. Hasta el sucesor designado del Paró, su hijo primogénito, la reclamó en matrimonio, pero su padre se negó a acceder a su deseo, porque no la consideraba esposa apropiada para quien estaba destinado a sentarse en el trono. La hija del rey moabita, insistía, era un partido más conveniente para él. Pero Asnat rechazaba toda propuesta de matrimonio, y evitaba todo trato con los hombres. Con siete doncellas nacidas el mismo día que ella, vivía retirada en un palacio magnífico contiguo al de sus padres.
Sucedió en el primero de los siete años de abundancia que Yosef proyectó visitar el lugar donde residía Potifar, y le mandó recado de que se alojaría con él, en su casa. Potifar quedó encantado con la honra que se le anunciaba, y también con la ocasión que le brindaría de concertar un matrimonio entre Asnat y Yosef. Pero cuando reveló su plan a su hija, ella lo rechazó con indignación. «¿Por qué habrías de querer verme unida a un vagabundo, un esclavo —exclamó—, uno que ni siquiera pertenece a nuestra nación, sino que es hijo de un pastor cananeo, un tipo que intentó violar la honra de su señora, y que en castigo por ese desmán fue echado a la cárcel, para ser liberado de allí por el Paró por interpretar su sueño? No, padre, jamás seré su esposa. Estoy dispuesta a casarme con el hijo del Paró, el futuro gobernante y rey de Mitsraim».
Potifar prometió a su hija no volver a hablar del plan. En ese momento se anunció la llegada de Yosef, y Asnat dejó la presencia de sus padres y se retiró a sus propios aposentos. De pie junto a la ventana, vio pasar a Yosef, y quedó tan arrebatada por su belleza divina y su porte indeciblemente noble que rompió a llorar, y dijo: «Pobre necia de mí, ¿qué voy a hacer? Me dejé engañar por amigos que me dijeron que Yosef era hijo de un pastor cananeo. Ahora contemplo el esplendor que emana de él como el esplendor del sol, iluminando nuestra casa con sus rayos. En mi audacia y mi necedad lo había mirado por encima del hombro, y había dicho disparates absurdos contra él. No sabía que era un hijo de Dios, como ha de serlo, pues entre los hombres no existe una belleza como la suya. Te ruego, oh Dios de Yosef, ¡concédeme perdón! Fue mi ignorancia la que me hizo hablar como una necia. Si mi padre me da en matrimonio a Yosef, seré suya para siempre».
Entretanto Yosef había tomado asiento a la mesa de Potifar, y advirtió a una doncella que lo miraba desde una de las ventanas del palacio. Ordenó que la hicieran marchar, pues nunca permitía que las mujeres lo contemplaran ni se le acercaran. Su belleza sobrenatural siempre fascinaba a las nobles damas egipcias, e incansables eran los esfuerzos que hacían por acercársele. Pero sus tentativas eran vanas. Guardaba las palabras de su padre Yaakov, que había amonestado a su hijo a mantenerse apartado de las mujeres de los gentiles.
Potifar explicó a Yosef que la doncella de la ventana era su hija virgen, que nunca permitía que los hombres se le acercaran; él era el primer hombre en quien ella posaba la mirada. El padre continuó e hizo a Yosef la petición de permitir que su hija le presentara sus respetos. Yosef concedió el favor que deseaba, y Asnat se presentó y lo saludó con las palabras: «La paz sea contigo, bendito del Dios Altísimo», a lo que Yosef devolvió el saludo: «Bendita seas tú de Adonái, de quien manan todas las bendiciones».
Asnat quiso además besar a Yosef, pero él rechazó el saludo íntimo con estas palabras: «No conviene que un hombre temeroso de Dios, que bendice al Dios vivo, y come el bendito pan de la vida, que bebe de la bendita copa de la inmortalidad y la incorruptibilidad, y se unge con el fragante aceite de la santidad, bese a una mujer de un pueblo extraño, que bendice a ídolos muertos e inútiles, y come el pan podrido de la idolatría, que ahoga el alma del hombre, que bebe las libaciones del engaño, y se unge con el aceite de la destrucción».
Estas palabras pronunciadas por Yosef conmovieron a Asnat hasta las lágrimas. Compadecido de ella, le otorgó su bendición, invocando a Dios para que derramara su espíritu sobre ella y la hiciera miembro de su pueblo y de su heredad, y le concediera una porción en la vida eterna.
El matrimonio de Yosef
La aparición y las palabras de Yosef causaron una impresión tan honda en Asnat que, apenas hubo llegado a sus aposentos, se despojó de sus ropas de gala y se quitó las joyas, y se vistió de saco en su lugar, esparció ceniza sobre su cabeza, y suplicó a Dios entre lágrimas que le concediera el perdón de sus pecados. De este modo pasó siete días y siete noches en su cámara. Ni siquiera a sus siete servidoras se les permitió entrar en su presencia durante el tiempo de su penitencia. En la mañana del octavo día se le apareció un ángel, y le mandó apartar el saco y la ceniza y ataviarse de gala, pues ese día había nacido de nuevo —dijo— para comer el bendito pan de la vida, beber de la copa de la vida inmortal y ungirse con el aceite de la vida eterna. Asnat estaba a punto de poner comida y bebida ante su huésped, cuando vio un panal de miel de forma y fragancia prodigiosas. El ángel le explicó que lo habían producido las abejas del Paraíso, para servir de alimento a los ángeles y a los elegidos de Dios. Tomó una pequeña porción para sí, y el resto lo puso en la boca de Asnat, diciendo: «Desde este día tu cuerpo florecerá como las flores eternas del Paraíso, tus huesos se harán robustos como los cedros de allí, tuya será una fuerza inagotable, tu juventud nunca se marchitará, y tu belleza jamás perecerá, y serás como una metrópoli rodeada de una muralla». A petición de Asnat, el ángel bendijo también a sus siete servidoras, con estas palabras: «Que Adonái os bendiga y os haga siete columnas en la Ciudad de Refugio».
Acto seguido el ángel la dejó, y ella lo vio ascender al cielo en un carro de fuego tirado por cuatro corceles de fuego. Entonces supo que no había estado agasajando a un ser humano, sino a un ángel.
Apenas se había marchado el mensajero celestial, cuando se anunció una visita de Yosef, y ella se apresuró a ataviarse y engalanarse para recibirlo. Al lavarse el rostro, lo entrevió en el agua, y lo vio de tal belleza como nunca antes, tan grande había sido la transformación obrada por el ángel. Cuando Yosef llegó, no la reconoció. Le preguntó quién era, a lo que ella respondió: «¡Soy tu sierva Asnat! He arrojado mis ídolos, y hoy un visitante ha venido a mí del cielo. Me dio a comer del pan de la vida y a beber de la bendita copa, y me dijo estas palabras: “Te entrego a Yosef como su prometida, para que él sea tu prometido para siempre”. Y además dijo: “Tu nombre no se llamará ya más Asnat, sino que tu nombre será Ciudad de Refugio, adonde las naciones huirán en busca de amparo”. Y añadió: “Voy a Yosef, a contarle todas estas cosas que a ti se refieren”. Ahora, mi señor, tú sabes si el hombre estuvo contigo y te habló en mi favor».
Yosef confirmó todo lo que ella había dicho, y se abrazaron y se besaron en señal de su desposorio, que celebraron con un banquete junto con Potifar y su esposa. La boda tuvo lugar más tarde en presencia del Paró, que puso una corona de oro sobre la cabeza del novio y de la novia, les dio su bendición, e hizo en su honor una fiesta de siete días, a la que invitó a los magnates y príncipes de Mitsraim y de otros países. Y durante los siete días de las fiestas nupciales se prohibió al pueblo, so pena de muerte, hacer trabajo de ninguna clase; todos debían sumarse a la celebración del matrimonio de Yosef.
Hermanos buenos y malos
El día veintiuno del segundo mes, en el segundo de los siete años de hambre, Yaakov bajó a Mitsraim, y su nuera Asnat vino a visitarlo. No poco se maravilló de su hermosura y su fuerza. Sus hombros y sus brazos eran como los de un ángel, y sus lomos como los de un gigante. Yaakov le dio su bendición, y ella regresó a casa con su esposo, acompañada por los hijos de Leá, mientras que los hijos de las siervas —recordando el mal que una vez le habían hecho a Yosef— se mantuvieron apartados. Leví, en particular, había concebido afecto por Asnat. Estaba especialmente cerca del Dios viviente, pues era profeta y sabio, tenía los ojos abiertos y sabía leer los libros celestiales escritos por el dedo de Dios. Le reveló a Asnat que había visto su futura morada de reposo en el cielo, edificada sobre una roca y ceñida por un muro de diamante.
En el camino se encontraron con el hijo del Paró, su sucesor al trono, y de tal modo lo arrebató la hermosura de Asnat que tramó dar muerte a Yosef para hacerse con su esposa. Convocó a Shimón y a Leví, y con halagos y promesas buscó inducirlos a quitar a Yosef de en medio. Shimón se enfureció tanto que lo habría derribado allí mismo, de no ser porque su hermano Leví —dotado del don de profecía— adivinó su intención y la frustró pisándole el pie, mientras le susurraba: «¿Por qué te enojas tanto y te airas contra este hombre? Nosotros, que tememos a Dios, no podemos pagar mal con mal». Volviéndose hacia el hijo del Paró, le dijo que nada los movería a ejecutar la maldad que proponía; más bien le aconsejó no emprender nada contra Yosef, pues de lo contrario lo mataría con la espada que le había servido para dar muerte a los habitantes de Shejem. El culpable fue presa de un pánico frenético y cayó ante Shimón y Leví para implorar su clemencia. Leví lo levantó, diciendo: «No temas, pero abandona tu plan perverso y no abrigues designio alguno de mal contra Yosef».
Con todo, el hijo del Paró no renunció a su propósito criminal. Se acercó a los hijos de Bilhá y de Zilpá, y buscó lograr por medio de ellos lo que había fracasado con Shimón y Leví. Los llamó a su presencia y les habló de una conversación entre Yosef y el Paró que había oído a escondidas. Yosef había dicho que solo esperaba enterarse de la muerte de su padre Yaakov para acabar con los hijos de las siervas, porque ellos habían sido los que lo vendieron como esclavo. Encendida su ira contra Yosef por estas palabras, los hijos de Bilhá y de Zilpá consintieron en la propuesta del hijo del Paró. Se acordó que este mataría al Paró, el amigo de Yosef, mientras ellos caerían sobre su hermano y lo quitarían de en medio. Para ello se les proveyó de seiscientos guerreros aptos y cincuenta lanceros. La primera parte del plan, el asesinato del Paró, fracasó. La guardia del palacio no permitió ni siquiera al sucesor al trono entrar en la alcoba de su padre, y hubo de marcharse sin haber logrado su objetivo.
Entonces Dan y Gad le dieron el consejo de apostarse con cincuenta arqueros en un lugar secreto por el que Asnat debía pasar en su viaje de regreso. Desde allí podría atacar con éxito a su séquito y apoderarse de ella. Naftalí y Asher no querían tener nada que ver con esta empresa hostil contra Yosef, pero Dan y Gad los forzaron a ello, insistiendo en que todos los hijos de las siervas debían mantenerse unidos como hombres y repeler el peligro que los amenazaba.
La traición castigada
Desde su emboscada, las fuerzas del hijo del Paró cayeron sobre Asnat y sus seiscientos acompañantes. Lograron abatir a la vanguardia, y Asnat tuvo que darse a la fuga. Para su espanto, se topó con el hijo del Paró y cincuenta jinetes. Binyamín, que iba sentado en el mismo carro que ella, acudió en su auxilio, pues, a pesar de su juventud, era en extremo valiente. Descendió del carro, recogió guijarros y, arrojándolos contra el hijo del Paró, lo golpeó en la frente y le infligió una herida grave. El auriga lo ayudó proveyéndolo de guijarros, que él lanzó contra los cincuenta jinetes con tan diestra habilidad que mató a cuarenta y ocho de ellos con otros tantos proyectiles. Entretanto, los hijos de Leá llegaron al lugar y acudieron en ayuda de Asnat, pues Leví, con su espíritu profético, había visto lo que sucedía y, reuniendo a sus cinco hermanos, se había apresurado hasta allí. Estos seis atacaron a las tropas emboscadas y las abatieron. Pero el peligro para Asnat no quedó en absoluto conjurado. En ese instante, los hijos de las siervas se lanzaron sobre ella y sobre Binyamín con las espadas desnudas. Su intención era matar a ambos y huir a esconderse en lo profundo de los bosques. Pero en cuanto Asnat suplicó ayuda a Dios, las espadas cayeron de las manos de sus atacantes, y estos vieron que HaShem estaba del lado de Asnat. Cayeron a sus pies e imploraron su gracia. Ella calmó su angustia con estas palabras: «Sed valientes y no temáis a vuestros hermanos, los hijos de Leá. Son hombres temerosos de Dios. Solo manteneos ocultos hasta que su ira se apacigüe».
Cuando aparecieron los hijos de Leá, Asnat cayó ante ellos y, entre lágrimas, les rogó encarecidamente que perdonaran a los hijos de las siervas y no pagaran con mal el mal que habían tramado. Shimón no quería oír hablar de concesiones. Insistía en que la medida de sus pecados estaba colmada y debían pagarlos con la vida, pues habían sido ellos los que vendieron a Yosef como esclavo y trajeron incontables desgracias sobre Yaakov y sus hijos. Pero Asnat no cejó, y sus insistentes súplicas se impusieron. Logró aplacar la ira de Shimón, y en Leví tenía un aliado secreto, pues este profeta conocía el escondite de los hijos de las siervas y no se lo reveló a Shimón, no fuera que su ira creciera al verlos. Fue también Leví quien impidió a Binyamín asestar el golpe mortal al malherido hijo del Paró. Lejos de permitir que se le hiciera daño, le lavó las heridas, lo puso en un carro y lo llevó al Paró, que agradeció a Leví de corazón sus servicios de amorosa bondad. Los esfuerzos de Leví fueron en vano: tres días después, el hijo del Paró murió de las heridas que le había infligido Binyamín, y de la pena por la pérdida de su primogénito el Paró lo siguió poco después, dejando esta vida a la edad de ciento setenta y siete años. Su corona la legó a Yosef, que gobernó sobre Mitsraim durante cuarenta y ocho años más. Este, a su vez, pasó la corona al nieto del Paró, que era un niño de pecho a la muerte de su abuelo, y respecto del cual Yosef había hecho las veces de padre toda su vida.
La muerte y sepultura de Yosef
En su lecho de muerte, Yosef tomó juramento a sus hermanos, y les mandó que en su propio lecho de muerte tomaran igualmente juramento a sus hijos, de llevar sus huesos a la Tierra de Israel cuando Dios los visitara y los hiciera subir de la tierra de Mitsraim. Dijo: «Yo, que soy gobernante, pude llevar el cuerpo de mi padre a la Tierra Santa mientras aún estaba entero. De vosotros solo pido que llevéis mis huesos de aquí, y podéis sepultarlos en cualquier lugar de la Tierra de Israel, pues sé que el sepulcro de los padres fue destinado a ser tumba únicamente de los tres Patriarcas y sus tres esposas».
Yosef tomó el juramento —de llevar sus restos consigo cuando salieran de Mitsraim— de sus hermanos, y no de sus hijos, para que lo sepultaran cuanto antes en la Tierra de Israel, pues temía que los egipcios no dieran a estos permiso para transportar sus huesos, aunque recordaran lo que a Yosef se le había permitido hacer con el cuerpo de su padre. Objetarían que Yosef había sido el virrey, y un deseo expresado por alguien de tan alta condición no podía negarse. Además, conjuró a sus hermanos a no salir de Mitsraim hasta que apareciera un redentor y anunciara su mensaje con las palabras «Pakod: ciertamente os he visitado» —una tradición que Yosef había recibido de su padre, quien la tenía de Yitsjak, y Yitsjak, a su vez, la había oído de Avraham—. Y les dijo que Dios redimiría a Israel por medio de Moshé como por medio del Mesías, en este mundo como en el mundo por venir, y que la redención egipcia comenzaría en Tishrí, cuando Israel sería liberado del trabajo esclavo, y se completaría en el Nisán siguiente, cuando saldrían de Mitsraim.
Yosef amonestó también a sus hermanos a andar por los caminos de HaShem, para que se hicieran dignos de Su gracia y Su ayuda. En especial inculcó a sus hermanos y a sus hijos la virtud de la castidad y una vida moral firme. Les contó todo lo que le había sucedido —el odio de sus hermanos, las persecuciones de la mujer de Potifar, la calumnia, la envidia y la malicia de los egipcios— para mostrar cómo aquellos que temen a HaShem no son abandonados por Él en la oscuridad, ni en la servidumbre, ni en la tribulación, ni en la angustia. «Fui vendido como esclavo», dijo, «pero HaShem me libró; fui arrojado a la prisión, pero Su mano fuerte me socorrió. Me atormentó el hambre, pero HaShem mismo me dio sustento. Estaba solo, y Dios me consoló. Y en cuanto a vosotros, si andáis por los caminos de la castidad y la pureza, con paciencia y humildad de corazón, HaShem morará entre vosotros, pues Él ama la vida casta; y si vosotros, hijos míos, guardáis los mandamientos de HaShem, Él os enaltecerá aquí, en este mundo, y os bendecirá allá, en el mundo por venir. Si los hombres buscan haceros mal, orad por ellos, y seréis librados de todo mal por HaShem. Por mi paciente longanimidad recibí por esposa a la hija de mi señor, y su dote fue de cien talentos de oro, y Dios me dio también una hermosura como la hermosura de una flor, mayor que la de todos los hijos de Yaakov, y me conservó hasta mi vejez en vigor y hermosura, pues en todo me parecía a Yaakov».
Yosef prosiguió y les relató las visiones que había tenido, en las que se le reveló el futuro de Israel, y luego cerró con estas palabras: «Sé que los egipcios os oprimirán después de mi muerte, pero Dios ejecutará venganza por vosotros, y os conducirá a la tierra prometida de vuestros padres. Pero llevaréis sin falta mis huesos con vosotros de aquí, pues si mis restos son llevados a Kena’an, HaShem estará con vosotros en la luz, y Beliar estará con los egipcios en la oscuridad. Llevaos también los huesos de vuestra madre Zilpá, y sepultadlos cerca del sepulcro de Bilhá y de Rajel».
Terminadas estas palabras, estiró los pies y durmió su último sueño eterno, y todo Israel lo lloró, y todo Mitsraim quedó sumido en gran duelo, pues también para los egipcios había sido un amigo compasivo, y les había hecho bien, y les había dado sabio consejo y ayuda en todas sus empresas.
El deseo de Yosef, de que sus huesos reposaran en la Tierra Santa, se cumplió cuando los israelitas salieron de Mitsraim, y nada menos que Moshé se ocupó de llevarlo a cabo. Tal fue la recompensa de Yosef por la devoción que había mostrado en la sepultura del cuerpo de su padre, pues él mismo había hecho todo lo necesario, sin dejar nada a otros. Por eso un hombre tan grande como Moshé se afanó en realizar el deseo de Yosef.
Durante tres días y tres noches previos al éxodo, Moshé rastreó de un extremo a otro de la tierra de Mitsraim en busca del féretro de Yosef, porque sabía que Israel no podía salir de Mitsraim sin atender al juramento hecho a Yosef. Pero su empeño fue en vano: el féretro no se hallaba por ninguna parte. Séraj, la hija de Asher, se encontró con Moshé, cansado y agotado, y en respuesta a su pregunta sobre la causa de su fatiga, él le habló de su infructuosa búsqueda. Séraj lo llevó al río Nilo y le dijo que el féretro de plomo que los egipcios habían hecho para Yosef había sido hundido allí después de sellarlo por todos sus lados. Los egipcios lo habían hecho por instigación y con ayuda de los magos, quienes, sabiendo que Israel no podía salir del país sin el féretro, habían usado sus artes para ponerlo en un lugar de donde no pudiera ser sacado.
Moshé tomó entonces la copa de Yosef, cortó de ella cuatro piezas planas y grabó un león en una de ellas, un águila en la segunda, un toro en la tercera y una figura humana en la cuarta. Arrojó la primera, la del león, al río, diciendo a la vez: «Yosef, Yosef, ha llegado la hora de la redención de Israel; la Shejiná se demora aquí solo por tu causa, las nubes de gloria aguardan tu venida. Si te muestras, bien está; si no, entonces quedamos libres de nuestro juramento». Pero el féretro no apareció.
Entonces Moshé arrojó al agua la segunda placa, la de la figura del águila, repitiendo las mismas palabras, pero de nuevo el féretro no subió del lecho del Nilo, y allí siguió también cuando arrojó la tercera placa, la que llevaba la figura del toro, y llamó a Yosef por tercera vez a que saliera. Pero la cuarta placa, con la figura humana, y la cuarta invocación a Yosef, hicieron subir el féretro a la superficie del agua. Moshé lo asió y, lleno de alegría, se lo llevó. Mientras Israel se había ocupado en recoger oro y plata de los egipcios, Moshé no había pensado en nada más que en el féretro de Yosef, y grande fue su dicha por habérsele permitido cumplir el deseo de Yosef.
Durante los cuarenta años de andanzas por el desierto, el féretro estuvo en medio de Israel, como recompensa por la promesa que Yosef había hecho a sus hermanos: «Yo os sustentaré y cuidaré de vosotros». Dios había dicho: «Por tu vida, durante cuarenta años cuidarán de tus huesos».
Todo este tiempo, en el desierto, Israel llevaba consigo dos arcas: la una, el féretro que contenía los huesos del difunto Yosef; la otra, el Arca que contenía la alianza del Dios viviente. Los caminantes que veían los dos receptáculos se admiraban, y preguntaban: «¿Cómo va el arca del muerto junto al arca del Eternamente viviente?». La respuesta era: «El muerto guardado en la una cumplió los mandamientos guardados en la otra. En esta está escrito: "Yo soy Adonái tu Dios", y él dijo: "¿Acaso estoy yo en lugar de Dios?". Aquí está escrito: "No tendrás otros dioses delante de Mi faz", y él dijo: "Yo temo a Dios". Aquí está escrito: "No tomarás en vano el nombre de Adonái tu Dios", y por eso no juró por Dios, sino que dijo: "Por la vida del Paró". Aquí está escrito: "Acuérdate del día de Shabat", y él dijo al mayordomo de su palacio, un viernes: "Degüella y prepara", queriendo decir para el Shabat. Aquí está escrito: "Honra a tu padre y a tu madre", y él dijo, cuando su padre quiso enviarlo a sus hermanos: "Heme aquí", aunque sabía que era peligroso para él ir. Aquí está escrito: "No matarás", y se abstuvo de matar a Potifar cuando la mujer de Potifar lo instó a hacerlo. Aquí está escrito: "No cometerás adulterio", y desdeñó las proposiciones adúlteras de la mujer de Potifar. Aquí está escrito: "No robarás", y no robó nada al Paró, sino que recogió todo el dinero y lo llevó a la casa del Paró. Aquí está escrito: "No darás falso testimonio contra tu prójimo", y no le contó nada a su padre de lo que sus hermanos le habían hecho, aunque lo que podría haber contado era la verdad. Aquí está escrito: "No codiciarás", y no codició a la mujer de Potifar».
A su llegada a la Tierra Santa, los israelitas sepultaron los huesos de Yosef en Shejem, pues Dios habló a las tribus, diciendo: «De Shejem lo robasteis, y a Shejem lo devolveréis».
Dios, que tanto se cuida de los cuerpos de los piadosos, se cuida todavía más de sus almas, que están ante Él como ángeles y cumplen su servicio ministrándole.