Capítulo segundo
Los hijos de Yaakov
Nombres significativos
Yaakov crió a todos sus hijos en el temor de Dios y les enseñó los caminos de una vida piadosa, con severidad cuando hacía falta que sus lecciones calaran hondo. Recogió el fruto de su esfuerzo, pues todos sus hijos fueron hombres piadosos, de carácter intachable. Los antepasados de las doce tribus se parecían a sus padres en la devoción, y sus actos no fueron menos significativos que los de Avraham, Yitsjak y Yaakov. Como esos tres, merecen ser llamados los Padres de Israel. Dios hizo con ellos una alianza, igual que la había hecho con los tres Patriarcas —y a esa alianza deben sus descendientes su preservación.
Los nombres mismos de las tribus apuntan a la redención de Israel. Reuvén se llama así porque Dios «ve» la aflicción de su pueblo; Shimón, porque «oye» su gemido; Leví, porque Él «se une» a su pueblo cuando Israel sufre; Yehudá, porque Israel «dará gracias» a Dios por su liberación; Yisajar, porque será «recompensado» por su sufrimiento con una paga; Zevulún, porque Dios tendrá una «morada» en Israel; Binyamín, porque juró por su «diestra» socorrer a su pueblo; Dan, porque «juzgará» a la nación que subyugue a Israel; Naftalí, porque otorgó la Torá a Israel, y ella destila dulzura como el «panal»; Gad, porque HaShem dio el maná a Israel, y era como semilla de «cilantro»; Asher, porque todas las naciones llamarán a Israel «dichoso»; y Yosef, porque Dios «añadirá» una segunda redención de Israel a la primera —redención del reino perverso al final, como de Mitsraim en tiempos pasados.
No solo los nombres de los hijos de Yaakov son significativos, sino también los nombres de sus hijos. Así, los nombres de los hijos de Yisajar expresan las actividades de la tribu conocida por su saber por encima de todas las demás. El mayor se llamaba Tolá, «gusano»; como el gusano de seda se distingue por su boca, con la que hila, así también los hombres de la tribu de Yisajar por las palabras sabias de su boca. El segundo es Puvá, «planta de rubia»; como esta planta tiñe todas las cosas, así la tribu de Yisajar tiñe el mundo entero con sus enseñanzas. El tercero es Yashub, «el que retorna», pues por las enseñanzas de Yisajar Israel será devuelto a su Padre Celestial; y Shimrón, el cuarto, es «el que observa», para indicar que la tribu de Yisajar observa la Torá.
Los nombres de los hijos de Gad interpretan igualmente la historia de la tribu. Durante la estancia de Israel en Mitsraim, se había apartado del camino recto —pero cuando Aharón apareció como profeta y amonestador, y llamó a los israelitas a arrojar las abominaciones de sus ojos y abandonar los ídolos de Mitsraim, ellos escucharon sus palabras. De ahí el doble nombre Ozni y Etsbón que lleva uno de los hijos de Gad, pues esta tribu «escuchó» la palabra de Dios y cumplió su «voluntad».
Los nietos de Asher llevan los nombres Héver y Malkiel, porque fueron los «compañeros» de reyes, y su heredad rindió «manjares regios».
En parte, la historia de la tribu de Binyamín puede leerse en los nombres de sus jefes. Constaba originalmente de diez divisiones, descendientes de los diez hijos de Binyamín, pero cinco de ellas perecieron en Mitsraim a causa de sus caminos impíos, de los que ninguna advertencia bastó para apartarlas. De las cinco familias que quedaron, dos —los descendientes de Bela y los de Ashbel— habían sido siempre temerosas de Dios; las otras —los ajiramitas, los shefufamitas y los jufamitas— se arrepintieron de sus pecados, y conforme al cambio de su conducta fue el cambio de sus nombres. Ejí se había vuelto Ajiram, porque quedó sanada la brecha con el «Excelso»; Mupim se llamó Shefufam, porque se «afligieron» en su penitencia; y Jupim se trocó en Jufam, para indicar que se habían «limpiado» del pecado. En recompensa por su piedad, a la familia surgida de Bela se le permitió tener dos subdivisiones, los arditas y los naamitas. Sus nombres los señalan como hombres que saben bien cómo ha de manifestarse el temor de Dios, cuyas obras son en extremo hermosas.
Naftalí fue otra tribu de piedad firme, y los nombres de sus hijos así lo atestiguan: Yajtseel, porque los de la tribu levantaron un «muro de separación» entre Dios y los ídolos, por cuanto confiaron en Dios y despreciaron los ídolos; Guní, porque Dios era su «protección»; y Yétser y Shilem designan a los naftalitas como hombres entregados a Dios con todo su corazón.
El testamento de Reuvén
Dos años después de la muerte de Yosef, Reuvén cayó enfermo. Sintiendo cercano su fin, reunió a sus hijos, a sus nietos y a sus hermanos, para darles sus últimas amonestaciones desde la plenitud de su experiencia. Habló: «Escuchad, hermanos míos, y vosotros, hijos míos, prestad oído a Reuvén, vuestro padre, en los mandamientos que os impongo. Y he aquí que os conjuro en este día por el Dios del cielo a que no andéis en las locuras de la juventud ni en las fornicaciones a las que yo fui dado, y con las que profané el lecho de mi padre Yaakov. Pues os digo ahora que durante siete meses HaShem afligió mis lomos con una plaga terrible, y si mi padre Yaakov no hubiera intercedido por mí, HaShem me habría arrebatado. Tenía veinte años cuando hice lo que era malo ante HaShem, y durante siete meses estuve enfermo de muerte. Luego hice penitencia durante siete años en lo más hondo de mi alma. No bebí vino ni licor, no probaron mis labios la carne de animales, no gusté manjares, porque lloraba mis pecados, pues eran grandes».
Amonestó a los que lo rodeaban a guardarse de los siete espíritus tentadores, que son el espíritu de la fornicación, la gula, la contienda, el ansia de admiración, la arrogancia, la mentira y la injusticia. Los previno especialmente contra la lujuria, diciendo: «No prestéis atención a las miradas de una mujer, y no os quedéis a solas con una mujer casada, y no os ocupéis de los asuntos de las mujeres. De no haber visto yo a Bilhá bañarse en un lugar apartado, no habría caído en el gran pecado que cometí, pues una vez que mis pensamientos captaron la desnudez de la mujer, no pude dormir hasta consumar el acto abominable. Porque cuando nuestro padre Yaakov fue a ver a su padre Yitsjak, mientras nosotros morábamos en Éder, no lejos de Efrat, que es Bet-Léjem, Bilhá estaba ebria de vino, y yacía dormida, descubierta, en su alcoba —y yo entré y vi su desnudez y cometí el pecado, y salí de nuevo, dejándola dormida. Pero un ángel de Dios reveló al instante mi acto impío a mi padre Yaakov. Él regresó y se afligió por mí, y nunca más se acercó a Bilhá. Hasta el último día de su vida, no tuve el aplomo de mirar a mi padre a la cara ni de hablar a mis hermanos de mi deshonra, y aún ahora mi conciencia me tortura a causa de mi pecado. No obstante, mi padre me dirigió palabras de consuelo, y rogó a Dios por mí, para que la ira de HaShem se apartara de mí, como Él me mostró».
Reuvén amonestó a sus hijos con firmeza a que se unieran a Leví, «porque él conocerá la ley de HaShem —dijo—, y dictará ordenanzas para el juicio, y ofrecerá sacrificios por todo Israel, hasta la consumación de los tiempos, como el sumo sacerdote ungido de quien HaShem habló».
Tras anunciar su última voluntad a sus hijos, Reuvén partió de esta vida a la edad de ciento veinticinco años. Su cuerpo fue puesto en un ataúd hasta que sus hijos lo sacaron de Mitsraim y lo llevaron a Jevrón, donde lo sepultaron en la Cueva Doble.
La amonestación de Shimón contra la envidia
Como Reuvén confesó su pecado en su lecho de muerte, y advirtió a sus hijos y a su familia que se guardaran de la lujuria, el vicio que había causado su caída, así Shimón, cuando estaba por morir, reunió a sus hijos a su alrededor, y confesó el pecado que había cometido. Se había hecho culpable de una envidia sin límites hacia Yosef, y habló: «Fui el segundo hijo engendrado por mi padre Yaakov, y mi madre Leá me llamó Shimón, porque HaShem había oído su plegaria. Me hice fuerte, y no retrocedí ante obra alguna, y de nada tuve miedo, pues mi corazón era duro, mi hígado inflexible, y mis entrañas sin misericordia. Y en los días de mi juventud tuve celos de Yosef, porque nuestro padre lo amaba más que a todos los demás, y resolví matarlo. Pues el príncipe de la tentación envió el espíritu de los celos a apoderarse de mí, y me cegó de modo que no consideré a Yosef mi hermano, y no perdoné ni siquiera a mi padre Yaakov. Pero su Dios y el Dios de sus padres envió a su ángel y lo salvó de mis manos.
»Cuando fui a Shejem a buscar ungüento para los rebaños, y Reuvén estaba en Dotán, donde se guardaban todas nuestras provisiones y reservas, nuestro hermano Yehudá vendió a Yosef a los ismaelitas. A su regreso, cuando supo lo que había pasado, Reuvén se entristeció mucho, pues había deseado salvar a Yosef y devolverlo a nuestro padre. Pero en cuanto a mí, mi ira se encendió contra Yehudá, por haberlo dejado escapar con vida. Mi enojo permaneció conmigo cinco meses enteros. Pero HaShem me contuvo de usar la fuerza de mis manos, pues mi mano derecha se secó por espacio de siete días. Entonces supe que lo sucedido había sido por causa de Yosef. Me arrepentí y rogué a Dios que restaurara mi mano y me apartara en adelante de toda clase de corrupción, envidia y locura. Durante dos años me entregué al ayuno y al temor de Dios, pues comprendí que la redención de los celos solo podía venir por el temor de Dios.
»Mi padre, al verme abatido, quiso saber la causa de mi tristeza, y yo respondí que sufría del hígado, pero en verdad me afligía más que todos mis hermanos, viendo que yo había sido la causa de la venta de Yosef. Y cuando bajamos a Mitsraim, y Yosef me ató como espía, no me apené, pues sabía en mi corazón que mi sufrimiento era justo castigo. Pero Yosef era bueno, el espíritu de Dios moraba en él. Compasivo y misericordioso como era, no me guardó rencor por mis malas obras contra él, sino que me amó con el mismo amor que mostró a los demás. Nos honró a todos como era debido, y nos dio oro, y ganado, y frutos. Y ahora, hijos míos queridos, amaos los unos a los otros, cada uno a su hermano, con corazón limpio, y apartad de en medio de vosotros el espíritu de los celos».
Como Reuvén, también Shimón conjuró a sus hijos a guardarse de la lujuria, pues este vicio es la madre de todo mal. Separa al hombre de Dios y lo abandona a Beliar. Estas fueron las palabras finales de su exhortación: «En los escritos de Janoj vi que vuestros hijos se corromperían por la lujuria, y maltratarían a los hijos de Leví con la espada. Pero no podrán nada contra Leví, pues la guerra que él librará es la guerra de HaShem, y vencerá a todos vuestros ejércitos. Como un pequeño resto seréis dispersados entre Leví y Yehudá, y ninguno de vosotros se alzará como juez o rey de nuestro pueblo, como profetizó mi padre Yaakov en su bendición».
Habiendo completado sus amonestaciones a sus hijos, Shimón falleció y fue reunido con sus padres, a la edad de ciento veinte años. Sus hijos lo pusieron en un ataúd hecho de madera imperecedera, para poder llevar sus huesos a Jevrón, como en efecto hicieron, en secreto, durante la guerra entre los egipcios y los cananeos. Así hicieron todas las tribus durante la guerra: cada una llevó los restos de su fundador de Mitsraim a Jevrón. Solo los huesos de Yosef permanecieron en Mitsraim hasta que los israelitas salieron de la tierra, pues los egipcios los guardaban en sus cámaras del tesoro real. Sus magos les habían advertido que en cuanto los huesos de Yosef fueran sacados de Mitsraim, una gran oscuridad envolvería toda la tierra, y sería una desgracia terrible para los egipcios, pues nadie podría reconocer a su vecino ni siquiera con la luz de una lámpara.
La ascensión de Leví
Cuando se le reveló a Leví que estaba por morir, reunió a todos sus hijos a su alrededor, para contarles la historia de su vida, y también les profetizó lo que harían y lo que les sucedería hasta el día del juicio. Habló: «Cuando apacentábamos los rebaños en Abel-Mejolá, el espíritu de entendimiento de HaShem vino sobre mí, y vi a toda la humanidad, cómo corrompen sus caminos, y que la injusticia se levanta murallas, y la impiedad se sienta entronizada sobre las torres. Y me puse a lamentarme por las generaciones de los hombres, y rogué a HaShem que me salvara. El sueño me envolvió, y contemplé un monte alto, y ¡he aquí!, los cielos se abrieron, y un ángel de Dios me habló, y dijo: “Leví, entra”.
»Entré en el primer cielo, y vi allí colgado un gran mar, y más allá vi un segundo cielo, más luminoso y resplandeciente que el primero. Dije al ángel: “¿Por qué es esto así?”. Y el ángel me dijo: “No te asombres de esto, pues verás otro cielo, brillante sin comparación, y cuando hayas ascendido allá, estarás cerca de HaShem, y serás su ministro, y declararás sus misterios a los hombres; y de la porción de HaShem será tu vida, y Él será tu campo y tu viña y tus frutos y tu oro y tu plata”.
»Entonces el ángel me explicó los usos de los diferentes cielos, y todo lo que sucede en cada uno, y proclamó el día del juicio. Abrió las puertas del tercer cielo, donde contemplé el Templo sagrado, y a Dios sentado sobre el Trono de la Gloria. HaShem me habló: “Leví, sobre ti he otorgado la bendición del sacerdocio, hasta que yo venga y more en medio de Israel”. Luego el ángel me llevó de vuelta a la tierra, y me dio un escudo y una espada, diciendo: “Ejecuta venganza sobre Shejem por Diná, y yo estaré contigo, pues HaShem me ha enviado”. Pregunté al ángel cuál era su nombre, y respondió: “Soy el ángel que intercede por el pueblo de Israel, para que no sea destruido del todo, pues todo espíritu maligno lo ataca”.
»Cuando desperté, me dirigí a mi padre, y por el camino, cerca de Gebal, encontré un escudo de bronce, como el que había visto en mi sueño. Entonces aconsejé a mi padre y a mi hermano Reuvén que ordenaran a los hijos de Jamor circuncidarse, pues yo temblaba de furia por la obra abominable que habían cometido. Maté a Shejem el primero de todos, y luego Shimón mató a Jamor, y todos mis demás hermanos salieron y destruyeron la ciudad entera. Nuestro padre tomó esto a mal, y en su bendición recordó nuestra conducta. Aunque obramos mal al proceder así contra sus deseos, yo reconocí que aquello era el juicio de Dios sobre el pueblo de Shejem a causa de sus pecados, y dije a mi padre: “No te enojes, señor mío, pues Dios exterminará a los cananeos por medio de esto, y dará la tierra a ti y a tu descendencia después de ti. En adelante Shejem se llamará la ciudad de los imbéciles, pues como se burlan de un necio, así hemos hecho de ellos una burla”.
»Cuando viajamos a Bet-Léjem, y habíamos morado allí setenta días, se me concedió otra visión, semejante a la anterior. Vi a siete hombres vestidos de blanco, y me hablaron, diciendo: “Levántate, y revístete de las vestiduras sacerdotales, pon la corona de la justicia sobre tu cabeza, y ponte el efod del entendimiento, y el manto de la verdad, y la placa de la mitra de la fe, y la mitra de la dignidad, y las hombreras de la profecía”. Y cada uno de los hombres me trajo una vestidura y me invistió con ella, y dijo: “En adelante sé sacerdote de HaShem, tú y tu descendencia por la eternidad. Y comeréis todo lo que es hermoso a la vista, y tus descendientes se apropiarán la mesa de HaShem, y de ellos vendrán sumos sacerdotes, jueces y sabios, pues todo lo santo será guardado por su boca”.
»Dos días después de que me visitara este sueño, Yehudá y yo fuimos a nuestro abuelo Yitsjak, quien me bendijo conforme a las palabras que yo había oído. Yaakov también tuvo una visión, y vio, además, que yo era designado para ser el sacerdote de Dios, y por medio de mí apartó un décimo de sus posesiones para HaShem. Y cuando nos establecimos en Jevrón, la residencia de Yitsjak, nuestro abuelo me enseñó la ley del sacerdocio, y me amonestó a mantenerme apartado de la lujuria.
»A la edad de veintiocho años tomé por esposa a Milká, y ella me dio un hijo, y lo llamé Guershom, porque éramos extranjeros en la tierra. Pero percibí que él no estaría en las primeras filas de los hombres. Mi segundo hijo me nació en mi trigésimo quinto año, y vio la luz del mundo al amanecer, y lo contemplé en una visión de pie entre los honrados de la asamblea, y por eso le di el nombre de Kehat. El tercer hijo me lo dio mi esposa en el cuadragésimo año de mi vida, y lo llamé Merarí, porque amargo había sido su parto al darlo a luz. Mi hija Yojéved nació en Mitsraim, cuando yo tenía sesenta y tres años, y la llamé así porque yo era conocido con honra entre mis hermanos en aquellos días. Y en mi nonagésimo cuarto año, Amram tomó por esposa a Yojéved, él que había nacido el mismo día que ella».
Acto seguido Leví amonestó a sus hijos a andar en los caminos de HaShem, y a temerlo con todo su corazón, y les contó lo que había aprendido de los escritos de Janoj: que sus descendientes pecarían contra HaShem en los tiempos venideros, y sufrirían el castigo divino por su transgresión, y entonces Dios levantaría un nuevo sacerdote, a quien serían reveladas todas las palabras de HaShem. Sus últimas palabras fueron: «Y ahora, hijos míos, habéis oído todo lo que tengo que decir. Elegid, pues, la luz o las tinieblas, la ley de HaShem o las obras de Beliar». Y sus hijos respondieron: «Ante HaShem andaremos conforme a su ley». Entonces Leví habló: «HaShem es testigo y los ángeles son testigos, yo soy testigo y vosotros sois testigos, respecto de la palabra de vuestra boca». Y sus hijos replicaron: «Somos testigos».
Así cesó Leví de amonestar a sus hijos. Estiró los pies, y fue reunido con sus padres, a la edad de ciento treinta y siete años, edad mayor que la que alcanzó ninguno de sus hermanos.
Yehudá advierte contra la codicia y la lujuria
Las últimas palabras que Yehudá dirigió a sus hijos fueron estas: «Fui el cuarto hijo engendrado por mi padre, y mi madre me llamó Yehudá, diciendo: “Doy gracias a HaShem por haberme dado un cuarto hijo”. Fui celoso en mi juventud y obediente a mi padre en todas las cosas. Cuando llegué a la hombría, él me bendijo, diciendo: “Serás rey, y prosperarás en todos tus caminos”. HaShem me concedió su gracia en cuanto emprendí, en el campo y en la casa. Podía correr tan veloz como la cierva, y alcanzarla, y preparar un plato de ella para mi padre. A un ciervo lo atrapaba en plena carrera, y a todos los animales del valle. A una yegua salvaje la superaba, la sujetaba y la embridaba. A un león lo maté, y arrebaté un cabrito de sus fauces. A un oso lo agarré por la pata, y lo arrojé por el precipicio, y quedó abajo aplastado. Podía ir a la par del jabalí, y alcanzarlo, y mientras corría lo apresaba, y lo despedazaba. Un leopardo saltó sobre mi perro en Jevrón, y lo agarré por la cola, y lo lancé lejos de mí, y su cuerpo reventó en la costa de Gaza. A un toro salvaje lo hallé paciendo en el campo. Lo tomé por los cuernos, lo hice girar y girar hasta aturdirlo, y luego lo derribé al suelo y lo maté».
Yehudá continuó y contó a sus hijos su heroísmo en las guerras que los hijos de Yaakov libraron con los reyes de Kena’an y con Esav y su familia. En todos esos combates tuvo una parte distinguida, más allá de las proezas de los demás. Su padre Yaakov quedaba libre de toda inquietud cuando Yehudá estaba con sus hermanos en sus contiendas, porque había tenido una visión que le mostraba un ángel de fortaleza de pie al lado de Yehudá en todos sus caminos.
Tampoco ocultó Yehudá sus flaquezas. Confesó cómo la embriaguez y la pasión lo habían arrastrado, primero al matrimonio con una mujer cananea, y luego a relaciones impropias con su nuera Tamar. Dijo a sus hijos:
«No andéis tras el deseo de vuestro corazón, y no os vanagloriéis de las hazañas de vuestra juventud. También esto es malo a los ojos de HaShem. Pues mientras yo me jactaba de que el rostro de una mujer hermosa nunca me había seducido en las guerras, y reprochaba a mi hermano Reuvén su transgresión con Bilhá, el espíritu de la pasión y la lujuria se apoderó de mí, y tomé por esposa a Bat-Shúa, y transgredí con Tamar, aunque ella era la prometida de mi hijo. Primero dije al padre de Bat-Shúa: “Tomaré consejo de mi padre Yaakov, para saber si debo casarme con tu hija”, pero él era rey, y me mostró un montón incalculable de oro asignado a su hija, y la adornó con la magnificencia de las mujeres, en oro y perlas, y le mandó escanciar el vino en la comida. El vino torció mis ojos, y la pasión oscureció mi corazón. En loco amor por ella, violé el mandamiento de HaShem y la voluntad de mi padre, y la tomé por esposa. HaShem me dio una paga conforme al designio de mi corazón, pues no tuve alegría en los hijos que ella me dio.
»Y ahora, hijos míos, os ruego, no os embriaguéis con vino, pues el vino tuerce el entendimiento apartándolo de la verdad, y confunde la vista de los ojos. El vino me extravió, de modo que no sentí vergüenza ante las multitudes de gente en la ciudad, y me desvié y entré a Tamar en presencia de ellos, y cometí un gran pecado. Y aunque un hombre sea rey, si lleva una vida impura, pierde su reino. Di a Tamar mi báculo, que es el sostén de mi tribu, y mi cordón de la cintura, que es poder, y mi diadema con sello, que es la gloria de mi reino. Hice penitencia por todo esto, y hasta la vejez no bebí vino, ni comí carne, ni conocí placer alguno. El vino hace que las cosas secretas de Dios y del hombre se revelen al extraño. Así revelé yo los mandamientos de HaShem y los misterios de mi padre Yaakov a la mujer cananea Bat-Shúa, aunque Dios me había prohibido divulgarlos. También os encargo que no améis el oro, y que no miréis la belleza de las mujeres, pues por el dinero y por la belleza fui extraviado hacia Bat-Shúa la cananea. Sé que mi estirpe caerá en la desgracia por estas dos cosas, pues aun los sabios entre mis hijos serán mudados por ellas, y la consecuencia será que el reino de Yehudá menguará, el dominio que HaShem me dio en recompensa por mi conducta obediente hacia mi padre, pues nunca hablé en contradicción de él, sino que hice todas las cosas conforme a sus palabras. Y Yitsjak, el padre de mi padre, me bendijo con la bendición de que yo sería gobernante en Israel, y sé que de mí surgirá el reino. En los libros de Janoj el justo leí todo el mal que haréis en los días postreros. Solo guardaos, hijos míos, de la lujuria y de la codicia, pues el amor al oro conduce a la idolatría, haciendo que los hombres llamen dioses a los que no lo son, y destronando la razón del hombre. Por causa del oro perdí a mis hijos, y de no haber mortificado mi carne, y humillado mi alma, y de no haber ofrecido mi padre Yaakov plegarias por mí, habría muerto sin hijos. Pero el Dios de mis padres, el misericordioso y clemente, vio que yo había obrado sin saberlo, pues el señor del engaño me había cegado, y yo era ignorante, siendo carne y sangre, y corrupto por los pecados, y en el momento en que me creí invencible, reconocí mi debilidad».
Entonces Yehudá reveló a sus hijos, con palabras claras y breves, toda la historia de Israel hasta la venida del Mesías, y su discurso final fue: «Hijos míos, observad toda la ley de HaShem; en ella hay esperanza para todos los que guardan sus caminos. Muero en este día a la edad de ciento diecinueve años, ante vuestros ojos. Que ninguno me sepulte en una vestidura costosa, ni cortéis mi cuerpo para embalsamarlo, sino que me llevaréis a Jevrón».
Habiendo pronunciado estas palabras, Yehudá se hundió en la muerte.
La sencillez de corazón de Yisajar
Cuando Yisajar sintió acercarse su fin, convocó a sus hijos, y les dijo: «Escuchad, hijos míos, a vuestro padre Yisajar, y prestad oído a las palabras del amado de HaShem. Nací para Yaakov como su quinto hijo, en recompensa por las mandrágoras. Reuvén trajo las mandrágoras del campo. Eran manzanas fragantes, que crecían en la tierra de Jarán sobre una altura, al pie de un barranco. Rajel se topó con Reuvén, y le quitó las mandrágoras. El muchacho lloró, y sus gritos trajeron a su madre Leá a su lado, y ella se dirigió a Rajel así: “¿Es poca cosa que me hayas quitado a mi marido? ¿y también te quitarás las mandrágoras de mi hijo?”. Y Rajel dijo: “Mira, Yaakov será tuyo esta noche a cambio de las mandrágoras de tu hijo”. Pero Leá insistió: “Yaakov es mío, y yo soy la esposa de su juventud”, a lo cual Rajel respondió: “No seas jactanciosa ni altiva. A mí me fue desposado primero, y por mi causa sirvió a nuestro padre catorce años. Tú no eres su esposa, a ti te llevaron a él con engaño en mi lugar, pues nuestro padre me engañó, y me apartó del camino la noche de tus nupcias, de modo que Yaakov no pudo verme. No obstante, dame las mandrágoras, y podrás tener a Yaakov por una noche”.
»Entonces Leá me dio a luz, y me llamaron Yisajar, a causa de la recompensa que Rajel había dado a mi madre. En aquel tiempo un ángel de HaShem se apareció a Yaakov, y habló: “Rajel dará a luz solo dos hijos, pues rechazó el desposorio de su marido, y eligió la continencia. Pero Leá dio a luz seis hijos, porque HaShem sabía que ella deseaba estar con su marido, no porque la impulsara la inclinación al mal, sino por amor a los hijos”. También la plegaria de Rajel fue cumplida, a causa de las mandrágoras, pues aunque deseaba comer de las manzanas, no las tocó, sino que las puso en la casa de HaShem, y las dio al sacerdote del Altísimo que había en aquellos días.
»Cuando crecí, hijos míos, anduve en la integridad de mi corazón, y me hice labrador, cultivando la tierra para mi padre y mis hermanos, y recogía el fruto de los campos en su debido tiempo. Mi padre me bendijo, porque vio que yo andaba en sencillez de corazón. No me casé con mujer hasta que cumplí los treinta años, pues el duro trabajo que hacía consumía mis fuerzas, y no tenía deseo de mujer, sino que, vencido por la fatiga, me hundía en el sueño. Mi padre estuvo en todo tiempo bien complacido con mi rectitud. Si mi trabajo se coronaba con buenos resultados, llevaba las primicias de mi labor al sacerdote de HaShem, la siguiente cosecha iba a mi padre, y luego pensaba en mí. HaShem duplicó las posesiones en mi mano, y Yaakov supo que Dios me ayudaba por causa de mi sencillez de corazón, pues en mi sinceridad daba del producto de la tierra a los pobres y a los necesitados.
»Y ahora escuchadme, hijos míos, y andad en sencillez de corazón, pues sobre ella reposa el favor de HaShem en todo tiempo. El hombre sencillo no ansía el oro, no defrauda a su prójimo, no tiene deseo de carnes ni manjares de muchas clases, no se preocupa por el vestido suntuoso, no espera larga vida, solo aguarda la voluntad de Dios. Los espíritus del engaño no tienen poder sobre él, pues no mira la belleza de la mujer, no sea que corrompa su entendimiento. Los celos no entran en sus pensamientos, la envidia no abrasa su alma, y la codicia insaciable no lo hace mirar afuera en busca de rica ganancia. Ahora pues, hijos míos, observad la ley de HaShem, alcanzad la sencillez, y andad en integridad de corazón, sin entrometeros en los asuntos de los demás. Amad a HaShem y amad a vuestros prójimos, tened piedad de los pobres y de los débiles, doblad la espalda para labrar la tierra, ocupaos en el trabajo del campo, y traed ofrendas a HaShem con gratitud. Pues HaShem os ha bendecido con lo mejor de los frutos del campo, como ha bendecido a todos los santos desde Hével hasta nuestros días.
»Sabed, hijos míos, que en el tiempo postrero vuestros hijos abandonarán las sendas de la probidad, y serán gobernados por la codicia. Dejarán la rectitud y practicarán la astucia, se apartarán de los mandamientos de HaShem y seguirán a Beliar, abandonarán la labranza y perseguirán sus malos planes, serán dispersados entre los paganos y servirán a sus enemigos. Contad esto a vuestros hijos, para que, si pecan, se arrepientan pronto, y vuelvan a HaShem, pues Él es misericordioso, y los sacará para traerlos de vuelta a su tierra.
»Tengo ciento veintidós años, y no puedo discernir pecado alguno en mí. Salvo mi esposa, no he conocido mujer. No fui culpable de lujuria alguna por el alzar de los ojos. No bebí vino, para no ser extraviado, no codicié lo que pertenecía a mi prójimo, el engaño no tuvo lugar en mi corazón, la mentira no pasó por mis labios. Suspiré junto con todos los agobiados, y al pobre di mi pan. Amé a HaShem con toda mi fuerza, y a la humanidad también la amé. Haced vosotros lo mismo, hijos míos, y todos los espíritus de Beliar huirán de vosotros, ninguna obra hecha por los malvados tendrá poder sobre vosotros, y venceréis a todas las fieras salvajes, pues tenéis con vosotros al Señor del cielo».
Y Yisajar mandó a sus hijos llevarlo a Jevrón, y sepultarlo allí junto a sus padres en la Cueva, y estiró los pies, y cayó en el sueño de la eternidad, colmado de años, sano de miembros, y en posesión de todas sus facultades.
Zevulún exhorta a la compasión
Cuando Zevulún alcanzó la edad de ciento catorce años, que era dos años después de la muerte de Yosef, reunió a sus hijos, y los amonestó, con estas palabras, a llevar una vida de piedad: «Soy Zevulún, un regalo precioso para mis padres, pues cuando nací, mi padre se hizo muy rico, por medio de las varas listadas, en rebaños de ovejas y hatos de ganado. No soy consciente de pecado alguno en mí, y no recuerdo mal alguno hecho por mí, a no ser el pecado involuntario cometido contra Yosef, en que no revelé a mi padre, por consideración a mis hermanos, lo que le había sucedido a su hijo predilecto, aunque en secreto me afligí en extremo. Temía a mis hermanos, porque habían acordado que quien delatara el secreto sería muerto a espada. Cuando planearon matar a Yosef, les supliqué entre lágrimas que no pecaran así.
»Y ahora, hijos míos, escuchadme. Os exhorto a observar los mandamientos de HaShem, y a tener misericordia de vuestros prójimos, y a obrar con compasión, no solo hacia los hombres, sino también hacia los animales mudos. Pues a causa de mi misericordia HaShem me bendijo; todos mis hermanos cayeron enfermos en un momento u otro, pero yo escapé sin dolencia alguna. También los hijos de mis hermanos hubieron de padecer enfermedad, y estuvieron cerca de la muerte por causa de Yosef, porque no tuvieron piedad en sus corazones. Pero mis hijos se conservaron en perfecta salud, como bien sabéis. Y cuando estuve en Kena’an, pescando en las orillas del mar para mi padre Yaakov, muchos se ahogaron en las aguas del mar, pero yo salí ileso. Pues habéis de saber que fui el primero en construir una barca para remar sobre el mar, y navegaba a lo largo de las costas en ella, y pescaba para la casa de mi padre, hasta que bajamos a Mitsraim. Por piedad compartía mi captura con el pobre extranjero, y si estaba enfermo o entrado en años, le preparaba un plato sabroso, y daba a cada uno según su necesidad, condoliéndome con él en su aflicción y teniéndole piedad. Por eso HaShem trajo abundantes peces a mis redes, pues quien da algo a su prójimo, lo recibe de vuelta de HaShem con gran acrecentamiento. Durante cinco años pesqué en el verano, y en el invierno apacenté los rebaños con mis hermanos.
»Ahora, hijos míos, tened piedad y compasión de todos los hombres, para que HaShem tenga piedad y compasión de vosotros, pues en la medida en que el hombre tiene misericordia de sus semejantes, Dios tiene misericordia de él. Cuando bajamos a Mitsraim, Yosef no nos hizo pagar el mal que había sufrido. Tomadlo por modelo, y no recordéis el mal que se os haya hecho, pues de lo contrario la unidad se rasga, y los lazos de parentesco se desgarran, y el alma se inquieta. ¡Observad el agua! Si corre sin dividirse, arrastra consigo piedra, madera y arena. Pero si se divide y fluye por muchos canales, la tierra la absorbe, y pierde su fuerza. Si os separáis, uno del otro, seréis como aguas divididas. No os partáis en dos cabezas, pues todo lo que HaShem ha hecho tiene una sola cabeza. Él ha dado dos hombros a sus criaturas, dos manos y dos pies, pero todos estos órganos obedecen a una sola cabeza».
Zevulún terminó su exhortación a la unidad con un relato de las divisiones en Israel, sobre las que había leído en los escritos de los padres, que sobrevendrían en días futuros, y traerían amargo sufrimiento sobre Israel. Sin embargo, dirigió palabras de aliento a sus hijos, diciendo: «No os aflijáis por mi muerte, y no perdáis el ánimo por mi partida de vuestro lado, pues me alzaré de nuevo en medio de vosotros, y viviré gozoso entre la gente de mi tribu, los que observan la ley de HaShem. En cuanto a los impíos, HaShem traerá fuego eterno sobre ellos, y los exterminará por todas las generaciones. Ahora me apresuro de aquí a mi reposo eterno con mis padres. Pero vosotros, temed a HaShem vuestro Dios con toda vuestra fuerza todos los días de vuestra vida».
Habiendo puesto fin a estas palabras, se hundió en el sueño de la muerte, y sus hijos lo pusieron en un ataúd, en el que más tarde lo llevaron a Jevrón, para sepultarlo allí junto a sus padres.
La confesión de Dan
Cuando Dan reunió a su familia al final de su vida, habló: «Confieso ante vosotros en este día, hijos míos, que yo había resuelto matar a Yosef, aquel hombre bueno y recto, y me regocijé de su venta, pues su padre lo amaba más de lo que nos amaba a los demás. El espíritu de la envidia y la jactancia me aguijoneaba, diciendo: “Tú también eres hijo de Yaakov”, y uno de los espíritus de Beliar me incitó, diciendo: “Toma esta espada, y mata a Yosef, pues una vez que esté muerto tu padre te amará”. Era el espíritu de la ira el que buscaba persuadirme de aplastar a Yosef, como un leopardo tritura a un cabrito entre sus dientes. Pero el Dios de nuestro padre Yaakov no lo entregó en mi mano, para dejarme encontrarlo a solas, y no me permitió ejecutar esta obra impía, para que dos tribus en Israel no fueran destruidas.
»Y ahora, hijos míos, estoy por morir, y os lo digo en verdad: si no os guardáis del espíritu de la mentira y la ira, y si no amáis la verdad y la generosidad, pereceréis. El espíritu de la ira lanza la red del error en torno a su víctima, y ciega sus ojos, y el espíritu de la mentira tuerce su mente, y nubla su visión. Malvada es la ira, es la tumba del alma. Desistid de la ira y aborreced la mentira, para que HaShem more entre vosotros, y Beliar huya de vuestra presencia. Hablad verdad cada uno a su prójimo, y no caeréis en la ira ni en la turbación, sino que estaréis en paz, y tendréis con vosotros al Señor de la paz, y ninguna guerra os vencerá.
»Hablo así, pues sé que en los días postreros os apartaréis de Dios, y encenderéis la ira de Leví, y os alzaréis en rebelión contra Yehudá, pero no lograréis nada contra ellos, pues el ángel de HaShem es su guía, e Israel perecerá por medio de ellos. Y si os volvéis renegados de HaShem, ejecutaréis toda clase de maldad, y haréis las abominaciones de los paganos, cometiendo lujuria con las mujeres de los impíos, mientras los espíritus tentadores obran entre vosotros. Por eso seréis llevados al cautiverio, y en las tierras del destierro sufriréis todas las plagas de Mitsraim y todas las tribulaciones de los paganos. Pero cuando volváis a HaShem, hallaréis misericordia. Él os llevará a su santuario, y os concederá paz.
»Y ahora, hijos míos, temed a HaShem, y guardaos del Satán y de sus espíritus. Manteneos apartados de toda obra mala, arrojad la ira lejos de vosotros y toda clase de mentira, amad la verdad y la paciencia, y lo que habéis oído de vuestro padre, contadlo a vuestros hijos. Evitad toda suerte de injusticia, aferraos a la integridad de la ley de HaShem, y sepultadme cerca de mis padres».
Habiendo pronunciado estas palabras, besó a sus hijos, y se durmió.
Los sueños de Naftalí sobre la división de las tribus
En el año ciento treinta y dos de su vida, Naftalí invitó a todos sus hijos a un banquete. A la mañana siguiente, al despertar, les dijo que se moría, pero ellos no quisieron creerle. Él, sin embargo, alabó a HaShem y les aseguró de nuevo que su muerte llegaría después del banquete del día anterior. Entonces dirigió sus últimas palabras a sus hijos:
«Nací de Bilhá, y porque Rajel había obrado con astucia y había dado a Yaakov a Bilhá en su lugar, me llamaron Naftalí. Rajel me amaba, pues nací sobre sus rodillas, y cuando yo era aún muy pequeño solía besarme y decir: “Ojalá tuviera de mi propio cuerpo un hermano para ti, uno a tu imagen”. Por eso Yosef se me pareció en todo, conforme a la plegaria de Rajel. Mi madre Bilhá era hija de Rotheus, hermano de Devorá, el aya de Rivká, y nació el mismo día que Rajel. En cuanto a Rotheus, era de la familia de Avraham, un caldeo temeroso de Dios, hombre libre y de noble cuna; y cuando fue hecho cautivo, lo compró Laván y lo casó con su esclava Aina. Ella dio a Rotheus una hija, y él la llamó Zilpá, por el nombre de la aldea en que había sido capturado. A su segunda hija la llamó Bilhá, diciendo: “Mi hija es impetuosa”, pues apenas había nacido y ya se apresuraba a mamar.
»Yo era veloz de pies como un ciervo, y mi padre Yaakov me nombró su mensajero, y en su bendición me llamó cierva suelta. Como el alfarero conoce la vasija que modela, cuánto ha de contener, y usa el barro en consecuencia, así HaShem hace el cuerpo en conformidad con el alma, y para que concuerde con la capacidad del cuerpo dispone el alma. El uno corresponde al otro hasta la tercera parte del ancho de un cabello, pues toda la creación fue hecha con peso, medida y regla. Y como el alfarero conoce el uso de cada vasija que modela, así conoce HaShem el cuerpo de su criatura: hasta qué punto se mantendrá firme en el bien, y en qué punto caerá por malos caminos. Ahora bien, hijos míos, que vuestra conducta esté bien ordenada hacia el bien en el temor de Dios; no hagáis nada mal regulado ni fuera de tiempo, pues aunque digáis a vuestro ojo que oiga, no podrá, y tan poco podéis hacer obras de luz mientras moráis en la oscuridad».
Además dijo Naftalí a sus hijos: «No os doy mandato alguno sobre mi plata, ni mi oro, ni ninguna otra posesión que os lego. Y lo que os mando no es cosa difícil, que no podáis cumplir, sino que os hablo de algo fácil, que podéis ejecutar». Entonces sus hijos respondieron y dijeron: «Habla, padre, que escuchamos tus palabras». Naftalí continuó: «No os doy más mandamiento que el del temor de Dios: que le sirváis y le sigáis». Entonces los hijos de Naftalí preguntaron: «¿Por qué requiere nuestro servicio?», y él respondió, diciendo: «Él no necesita de criatura alguna, pero todas las criaturas lo necesitan a Él. Con todo, no creó el mundo en vano, sino para que los hombres le teman, y para que ninguno haga a su prójimo lo que no quisiera que otros le hicieran a él». Sus hijos preguntaron de nuevo: «Padre, ¿has visto que nos hayamos apartado de los caminos de HaShem a la derecha o a la izquierda?». Naftalí respondió: «Dios es testigo, y yo también soy testigo de vosotros, de que es como decís. Pero temo por los tiempos venideros, que os apartéis de los caminos de HaShem y sigáis a los ídolos del extraño, y andéis en los estatutos de los pueblos paganos, y os unáis a los hijos de Yosef en lugar de a los hijos de Leví y Yehudá». Los hijos de Naftalí hablaron: «¿Qué razón tienes para mandarnos esto?». Naftalí: «Porque sé que los hijos de Yosef un día serán desleales a HaShem, el Dios de sus padres, y son ellos quienes llevarán a los hijos de Israel al pecado, y harán que sean expulsados de su heredad, de su hermosa tierra, a una tierra que no es nuestra, así como fue Yosef quien atrajo sobre nosotros la esclavitud de Mitsraim.
»Os contaré, hijos míos, la visión que tuve cuando aún era pastor de rebaños. Vi a mis hermanos apacentando conmigo los ganados, y nuestro padre se acercó y dijo: “Arriba, hijos míos, ¡que cada uno tome lo que pueda en mi presencia!”. Nosotros respondimos y le dijimos: “¿Qué hemos de tomar? No vemos sino el sol, la luna y las estrellas”. Entonces nuestro padre dijo: “¡Eso tomaréis!”. Leví, al oírlo, agarró una aguijada de bueyes, saltó hasta el sol, se sentó sobre él y cabalgó. Yehudá hizo lo mismo. Saltó hasta la luna y cabalgó sobre ella. Y las otras nueve tribus hicieron igual, cada una cabalgó sobre su estrella o su planeta en los cielos. Solo Yosef quedó atrás en la tierra, y nuestro padre Yaakov le dijo: “Hijo mío, ¿por qué no has hecho como tus hermanos?”. Yosef respondió: “¿Qué derecho tienen los nacidos de mujer a estar en los cielos, si al final han de quedarse en la tierra?”. Mientras Yosef hablaba así, apareció ante él un novillo enorme. Tenía grandes alas como las de la cigüeña, y sus cuernos eran tan largos como los del reem. Yaakov instó a su hijo: “¡Arriba, Yosef, monta el novillo!”. Yosef hizo como su padre le ordenaba, y Yaakov siguió su camino. Durante el espacio de dos horas Yosef se lució sobre el novillo, unas veces galopando, otras volando, hasta que llegó junto a Yehudá. Entonces Yosef desplegó el estandarte que tenía en la mano y comenzó a descargar golpes con él sobre Yehudá, y cuando su hermano preguntó la razón de tal trato, dijo: “Porque tú tienes doce varas en la mano, y yo solo una. Dame las tuyas, y reinará la paz entre nosotros”. Pero Yehudá se negó a hacer lo que le pedía, y Yosef lo golpeó hasta que soltó diez varas, y solo dos quedaron en su puño. Entonces Yosef invitó a sus hermanos a abandonar a Yehudá y a seguirlo a él. Todos lo hicieron, salvo Binyamín, que se mantuvo fiel a Yehudá. Leví se afligió por el abandono de Yehudá, y descendió del sol. Hacia el final del día estalló una tormenta que dispersó a los hermanos, de modo que no quedaron dos juntos. Cuando le referí mi visión a mi padre Yaakov, dijo: “No es más que un sueño, no puede ayudar ni dañar”.
»Poco después me fue revelada otra visión. Nos vi a todos junto con nuestro padre a la orilla del mar, y apareció un barco en medio del mar, y no tenía marineros ni tripulación alguna. Nuestro padre habló: “¿Veis lo que yo veo?”. Y cuando respondimos que sí, nos ordenó seguirlo. Se quitó las ropas y se lanzó al mar, y nosotros nos lanzamos tras él. Leví y Yehudá fueron los primeros en trepar por el costado del barco. Nuestro padre les gritó: “Ved qué está escrito en el mástil”, pues no hay barco que no lleve el nombre del dueño en el mástil. Leví y Yehudá escudriñaron la escritura, y lo que leyeron fue esto: “Este barco y todos los tesoros que hay en él pertenecen al hijo de Barajel”. Yaakov dio gracias a Dios por haberlo bendecido, no solo en tierra, sino también en el mar, y nos dijo: “Extended vuestras manos, y lo que cada uno agarre será suyo”. Leví se aferró al mástil grande, Yehudá al segundo mástil, junto al de Leví, y los demás hermanos, con excepción de Yosef, tomaron los remos, y el propio Yaakov empuñó los dos timones para guiar el barco. Le pidió a Yosef que tomara también un remo, pero él se negó a hacer lo que su padre le mandaba, y Yaakov le dio uno de los timones. Después de que nuestro padre nos hubo instruido a cada uno en lo que debíamos hacer, desapareció, tras lo cual Yosef se apoderó también del segundo timón. Todo marchó bien por un tiempo, mientras Yehudá y Yosef obraron juntos en armonía el uno con el otro, y Yehudá mantuvo a Yosef informado de en qué dirección gobernar. Pero estalló una disputa entre ellos, y Yosef no guió la nave por donde su padre le había ordenado, y Yehudá intentó dirigirlo, y la nave se estrelló contra una roca. Leví y Yehudá descendieron de los mástiles, y de igual modo los demás hermanos dejaron el barco y escaparon a la orilla. En ese momento apareció Yaakov, y nos halló dispersos en todas direcciones, y le contamos cómo Yosef había hecho encallar la nave, porque se había negado, por celos de Yehudá y Leví, a gobernarla según sus instrucciones. Entonces Yaakov nos pidió que le mostráramos el lugar donde habíamos perdido el barco, del cual solo los mástiles asomaban sobre el agua. Emitió un silbido convocándonos a todos, y nadó adentrándose en el agua, y levantó la nave como antes. Volviéndose a Yosef, habló así: “Hijo mío, no vuelvas a hacer eso nunca, no permitas jamás que los celos de tus hermanos te dominen. Por poco todos tus hermanos perecen por tu causa”.
»Cuando le conté a mi padre lo que había visto en esta visión, juntó las manos, y las lágrimas brotaron de sus ojos, y dijo: “Hijo mío, porque la visión te fue repetida dos veces, estoy consternado, y tiemblo por mi hijo Yosef. Lo amé más que a todos vosotros, pero por su perversidad seréis llevados al cautiverio y dispersados entre las naciones. Tu primera y tu segunda visión tenían el mismo significado; la visión es una sola”.
»Por eso, hijos míos, os mando que no os unáis a los hijos de Yosef, sino que os unáis a los hijos de Leví y Yehudá. Os digo también que mi heredad será de lo mejor de la Tierra de Israel, el centro de la tierra. Comeréis, y los dones deleitables de mi porción os saciarán. Pero os advierto que no os revolváis en vuestra prosperidad ni os volváis perversos, resistiendo los mandatos de Dios, que os sacia con lo mejor de su tierra, y que no olvidéis a vuestro Dios, a quien vuestro padre Avraham eligió cuando las familias de la tierra fueron divididas en los días de Péleg. HaShem descendió con setenta ángeles, a cuya cabeza estaba Mijael, y les ordenó que enseñaran las setenta lenguas a las setenta familias de Nóaj. Los ángeles hicieron conforme al mandato de Dios, y la santa lengua hebrea permaneció solo en la casa de Shem y Éver, y en la casa de su descendiente Avraham. En este día de la enseñanza de las lenguas, Mijael acudió a cada nación por separado, y le comunicó el mensaje que Dios le había encomendado, diciendo: “Conozco la rebelión y la confusión que habéis obrado contra Dios. Ahora, escoged a quién serviréis, y a quién queréis por mediador vuestro en el cielo”. Entonces habló Nimrod el malvado: “A mis ojos no hay nadie mayor que aquel que me enseñó la lengua de Cush”. Las demás naciones respondieron también con palabras semejantes, cada una designó a su ángel. Pero Avraham dijo: “No elijo a ningún otro sino a Aquel que habló y el mundo fue. En Él tendré fe, yo y mi simiente por siempre jamás”. Desde entonces Dios puso a cada nación al cuidado de su ángel, pero a Avraham y a su simiente los guardó para Sí.
»Por eso os conjuro a que no os extraviéis sirviendo a otros dioses fuera de Aquel a quien nuestros padres eligieron. Algo de su poder podéis percibir en la creación del hombre. De la cabeza a los pies está el hombre maravillosamente hecho. Con sus oídos oye, con sus ojos ve, con su cerebro comprende, con su nariz huele, con los conductos de su garganta emite sonidos, con su esófago traga el alimento, con su lengua articula, con su boca forma palabras, con sus manos hace su trabajo, con su corazón medita, con su bazo ríe, con su hígado se enardece de ira, con su estómago tritura el alimento, con sus pies camina, con sus pulmones respira, y con sus riñones toma decisiones, y ninguno de sus órganos cambia de función: cada uno cumple la suya. Por eso conviene al hombre tomar a pecho quién es el que lo ha creado, y quién lo ha desarrollado desde una gota maloliente en el vientre de la mujer, quién lo ha traído a la luz del mundo, quién ha dado vista a sus ojos, y quién ha concedido el poder del movimiento a sus pies, quién lo hace estar erguido, quién ha infundido en él el aliento de la vida, y quién le ha comunicado de su propio espíritu puro. Feliz, pues, el hombre que no contamina el santo espíritu de Dios que hay en él con malas obras, y bien le irá si lo devuelve a su Creador tal como lo recibió».
Después de que Naftalí hubo instruido así a sus hijos, y con otras muchas enseñanzas como estas, les encargó que llevaran sus restos a Jevrón, para ser sepultado allí junto a sus padres. Entonces comió y bebió con regocijo, se cubrió el rostro y murió, y sus hijos hicieron conforme a todo lo que su padre Naftalí les había mandado.
El odio de Gad
En el año ciento veinticinco de su vida, Gad reunió a sus hijos, y les habló: «Soy el noveno hijo de Yaakov, y fui un valiente pastor de los rebaños. Guardaba los ganados, y cuando se acercaba un león o cualquier otra fiera, lo perseguía, lo agarraba por la pata, lo arrojaba a un tiro de piedra de mí, y así lo mataba. Una vez, durante un espacio de treinta días, Yosef apacentó los rebaños con nosotros, y cuando regresó a nuestro padre, le contó que los hijos de Zilpá y de Bilhá degollaban lo mejor del ganado y aprovechaban la carne sin conocimiento de Reuvén y de Yehudá. Me había visto arrancar un cordero de las fauces de un oso, matar al oso y degollar al cordero, pues estaba demasiado malherido para vivir. Me irrité con Yosef por su chismorreo, hasta que fue vendido a Mitsraim. No quería ni mirarlo ni oír nada de él, pues en nuestra propia cara nos culpaba por haber comido el cordero sin buscar antes el permiso de Yehudá. Y cualquier cosa que Yosef le contara a nuestro padre, él la creía.
»Ahora confieso mi pecado: que muchas veces anhelé matarlo, pues lo odiaba desde el fondo de mi corazón, y a causa de sus sueños lo odiaba todavía más, y deseaba borrarlo de la tierra de los vivos. Pero Yehudá lo vendió a escondidas a los ismaelitas. Así el Dios de nuestros padres lo salvó de nuestras manos, y no nos permitió cometer un ultraje abominable en Israel.
»Escuchad ahora, hijos míos, las palabras de verdad, para que practiquéis la justicia y toda la ley del Altísimo, y no os dejéis tentar por el espíritu del odio. Malo es el odio, pues es el compañero constante del engaño, siempre contradice la verdad. Una cosa pequeña la agranda hasta hacerla grande, la luz la toma por tinieblas, a lo dulce lo llama amargo, y enseña la calumnia, enciende la ira, trae guerra y violencia, y llena el corazón de veneno diabólico. Os cuento mi propia experiencia, hijos míos, para que expulséis el odio de vuestros corazones y os aferréis al amor de HaShem. La rectitud destierra el odio, y la humildad lo mata, pues el que teme dar ofensa a HaShem no desea obrar mal ni siquiera en sus pensamientos. Esto es lo que reconocí al final, después de haber hecho penitencia a causa de Yosef, pues la verdadera expiación, grata a Dios, ilumina los ojos, alumbra el alma con conocimiento, y crea un consejo de salvación. Mi penitencia me llegó a consecuencia de una enfermedad del hígado que Dios me infligió. De no ser por las plegarias de mi padre Yaakov, mi espíritu se habría apartado de mí, pues por el órgano con que el hombre transgrede, por ese es castigado. Como mi hígado no había tenido misericordia de Yosef, mi hígado me causó un sufrimiento sin misericordia. Mi condena duró once meses, tanto como mi enemistad hacia Yosef.
»Y ahora, hijos míos, que cada uno de vosotros ame a su hermano, y arranquéis el odio de vuestros corazones amándoos unos a otros en palabra, en obra y en los pensamientos del alma. Pues yo hablaba en paz con Yosef en presencia de nuestro padre, pero cuando salía de ante él, el espíritu del odio oscurecía mi entendimiento e incitaba mi alma a asesinarlo. Si veis a alguien que tiene más fortuna que vosotros, no os apenéis, sino rogad por él, para que su dicha sea perfecta; y si aun uno de los malvados se enriqueciera en bienes, como Esav, el hermano de mi padre, no lo envidiéis. Aguardad el fin de HaShem.
»Decid también esto a vuestros hijos: que honren a Yehudá y a Leví, pues de ellos hará surgir HaShem un salvador para Israel. Pues sé que al final vuestros hijos se apartarán de Dios, y tomarán parte en toda maldad, malicia y corrupción, ante HaShem».
Después de que Gad hubo reposado un breve rato, habló de nuevo: «Hijos míos, escuchad a vuestro padre, y sepultadme con mis padres». Entonces recogió sus pies y durmió en paz. Al cabo de cinco años, sus hijos llevaron sus restos a Jevrón, junto a sus padres.
Las últimas palabras de Asher
En el año ciento veinticinco de su vida, cuando aún gozaba de robusta salud, Asher convocó a sus hijos ante sí, y los exhortó a andar por los caminos de la virtud y el temor de Dios. Habló: «Escuchad, hijos de Asher, a vuestro padre, y os mostraré todo lo que es recto ante Dios. Dos caminos ha puesto Dios ante los hijos de los hombres, y dos inclinaciones les ha otorgado, dos clases de actos y dos fines. Por eso todas las cosas están de a dos, la una opuesta a la otra. Pero vosotros, hijos míos, no seáis dobles, persiguiendo a la vez la bondad y la maldad. Aferraos solo a los caminos de la bondad, pues HaShem se deleita en ellos, y los hombres los anhelan. Y huid de la maldad, pues así destruiréis la inclinación al mal. Atended bien los mandatos de HaShem, siguiendo la verdad con corazón entero. Observad la ley de HaShem, y no tengáis el mismo cuidado por las cosas malas que por las buenas. Antes bien, mantened los ojos en lo que es verdaderamente bueno, y guardadlo mediante todos los mandatos de HaShem. El fin del hombre, cuando se encuentra con los mensajeros de Dios y del Satán, muestra si fue justo o injusto en su vida. Si su alma sale con agitación, será atormentada por el espíritu malo, a quien sirvió con sus deseos y sus malas obras; pero si parte serenamente, el ángel de la paz la conducirá a la vida eterna.
»No seáis como Sedom, hijos míos, que no reconoció a los ángeles de HaShem, para que no seáis entregados en manos de vuestros enemigos, ni vuestra tierra sea maldecida, ni vuestro santuario destruido, ni seáis dispersados a los cuatro confines de la tierra, y menospreciados en la confusión como agua estancada, hasta que el Altísimo visite la tierra y quebrante las cabezas de los dragones en las aguas. Decid esto, hijos míos, a vuestros hijos, para que no sean desobedientes a Dios, pues he leído en las tablas de los cielos que seréis obstinados y obraréis impíamente hacia Él, en que no tendréis cuidado por la ley de Dios, sino que atenderéis a las leyes humanas, y estas están corrompidas por razón de la impiedad del hombre. Por eso seréis dispersados por tierras extrañas como Gad y Dan, mis hermanos, y no conoceréis ni vuestra tierra, ni vuestra tribu, ni vuestra lengua. Con todo, HaShem os reunirá en su fidelidad, por amor de su misericordia bondadosa, y por amor de Avraham, Yitsjak y Yaakov».
Y cuando hubo terminado de decir estas palabras, les mandó que lo sepultaran en Jevrón. Y se hundió en un dulce sueño, y murió. Sus hijos hicieron como les había mandado, y lo llevaron y lo sepultaron con sus padres.
Binyamín ensalza a Yosef
Binyamín tenía ciento veinticinco años, y llamó a sus hijos para que vinieran a él. Cuando comparecieron, los besó y habló: «Como Yitsjak le nació a Avraham en su vejez, así yo le nací a Yaakov cuando estaba entrado en años. Por eso me llamaron Binyamín, “el hijo de los días”. Mi madre Rajel murió al darme a luz, y Bilhá, su esclava, me amamantó. Rajel no tuvo hijos durante doce años después de dar a luz a Yosef. Por eso oró a Dios y ayunó doce días, y concibió y me dio a luz. Nuestro padre amaba tiernamente a Rajel, y había anhelado en gran manera tener dos hijos de ella.
»Cuando bajé a Mitsraim, y mi hermano Yosef me reconoció, me preguntó: “¿Qué dijeron mis hermanos a mi padre acerca de mí?”. Y yo le conté que habían enviado a Yaakov su túnica manchada de sangre, y habían dicho: “Reconoce ahora si esta es la túnica de tu hijo o no”. Y Yosef dijo: “Esto es lo que me sucedió. Unos mercaderes cananeos me robaron con violencia, y en el camino quisieron esconder mi túnica, para que pareciera que una fiera me había hallado y matado. Pero aquel que iba a ocultarla fue despedazado por un león, tras lo cual sus compañeros, con gran temor, me vendieron a los ismaelitas. Mis hermanos, como ves, no engañaron a mi padre con una mentira”. De esta manera Yosef trató de mantenerme oculto el hecho de nuestros hermanos. Convocó también a mis hermanos, y les encargó que no dieran a conocer a nuestro padre lo que le habían hecho, y les mandó repetir el relato que me había contado a mí.
»Ahora, hijos míos, amad a HaShem, el Dios del cielo y de la tierra, y observad sus mandamientos, tomando a aquel hombre bueno y piadoso, Yosef, como vuestro modelo. Hasta el día de su muerte no quiso revelar lo que sus hermanos le habían hecho, y aunque Dios reveló su acción a Yaakov, él siguió negándolo. Solo después de muchos esfuerzos, cuando Yaakov lo conjuró a confesar la verdad, fue inducido a hablar. Y aun entonces suplicó a nuestro padre Yaakov que orara por nuestros hermanos, para que Dios no les tuviera por pecado el mal que le habían hecho. Y Yaakov exclamó: “Oh, mi buen hijo Yosef, te has mostrado más misericordioso de lo que yo lo fui”.
»Hijos míos, ¿habéis observado la misericordia del hombre bueno? Imitadla con intención pura, para que también vosotros llevéis coronas de gloria. El hombre bueno no tiene ojo envidioso, tiene misericordia de todos, incluso de los pecadores, aunque sus malos designios se dirijan contra él, y con sus buenas obras vence al mal, ya que así fue ordenado por Dios. Si obráis el bien, los espíritus inmundos se apartarán de vosotros, y aun las fieras os temerán. La inclinación del hombre bueno no está en poder del espíritu tentador Beliar, pues el ángel de la paz guía su alma. Huid ante la malicia de Beliar, cuya espada está desenvainada para dar muerte a todos los que le prestan obediencia, y su espada es la madre de siete males: derramamiento de sangre, corrupción, error, cautiverio, hambre, pánico y devastación. Por eso Dios entregó a Káyin a siete castigos. Una vez cada cien años HaShem hacía recaer un escarmiento sobre él. Sus aflicciones comenzaron cuando tenía doscientos años, y en su año novecientos fue destruido por el diluvio, por haber dado muerte a su justo hermano Hével. Y los que sean como Káyin serán castigados para siempre con los mismos castigos que él.
»Sabed ahora, hijos míos, que estoy a punto de morir. Practicad la verdad y la justicia, y observad la ley de HaShem y también sus mandamientos. Esto os lego como vuestra única heredad, y vosotros la dejaréis a vuestros hijos como posesión eterna. Así hicieron Avraham, Yitsjak y Yaakov: nos la transmitieron, diciendo: “Observad los mandatos de Dios, hasta que HaShem revele su salvación a la vista de todos los paganos”. Entonces veréis a Janoj, Nóaj, Shem, Avraham, Yitsjak y Yaakov levantarse con regocijo a una vida nueva a la diestra de Dios, y también nosotros, los hermanos, los hijos de Yaakov, nos alzaremos, cada uno a la cabeza de su tribu, y rendiremos homenaje al Rey de los cielos».
Después de que Binyamín hubo terminado de hablar así, dijo: «Os mando, hijos míos, que llevéis mis huesos fuera de Mitsraim y me sepultéis junto a mis padres».
Y cuando hubo terminado de decir estas cosas, se durmió en una buena vejez, y pusieron su cuerpo en un féretro, y en el año noventa y uno de su estancia en Mitsraim, sus hijos y los hijos de sus hermanos llevaron los huesos de su padre, en secreto, y los sepultaron en Jevrón, a los pies de sus padres. Luego regresaron de la tierra de Kena’an, y habitaron en Mitsraim hasta el día del éxodo de aquella tierra.