Capítulo cuarto
David
El nacimiento y el linaje de David
David, el «elegido de Dios», descendía de una familia que era ella misma de lo escogido de Israel. Los antepasados suyos que la Biblia enumera por su nombre son todos hombres de excelencia sobresaliente. Además, David descendía de Miriam, la hermana de Moshé, de modo que la vena de la aristocracia real se reforzaba con la aristocracia sacerdotal. Y David no fue el primero de su familia en ocupar el trono de un soberano. Su bisabuelo Boaz era una y la misma persona que Ivtsán, el juez de Bet-Léjem. También Otniel, el primer juez de Israel tras la muerte de Yehoshúa, y Kalev, el hermano de Otniel, estaban emparentados con la familia de David. Como modelos de piedad y virtud, David tuvo delante de sí a su abuelo y, más aún, a su padre. La vida entera de su abuelo fue un servicio continuo a Dios —de ahí su nombre, Oved, «el siervo»— y su padre, Yishái, fue uno de los mayores sabios de su tiempo, y uno de los cuatro que murieron enteramente libres de pecado. Si Dios no hubiera decretado la muerte para todos los descendientes de nuestros primeros padres tras su caída, Yishái habría seguido viviendo para siempre. Tal como fueron las cosas, murió a los cuatrocientos años, y de muerte violenta, a manos del rey moabita, a cuyo cuidado había dejado David a su familia —confiando en los lazos de parentesco entre los moabitas y la descendencia de Rut— cuando huía delante de Shaúl. La piedad de Yishái no quedará sin recompensa. En el tiempo mesiánico será uno de los ocho príncipes que gobernarán el mundo.
Pese a su piedad, Yishái no siempre estuvo a salvo de la tentación. Una de sus esclavas le prendó el capricho, y habría entrado en relaciones ilícitas con ella si su esposa, Natzbat, la hija de Adiel, no hubiera frustrado el plan. Se disfrazó de la esclava, y Yishái, engañado por la treta, se unió a su propia esposa. Del hijo que dio a luz Natzbat se dijo que era el hijo de la esclava liberada, para que el padre no descubriera el engaño que se le había hecho. Ese hijo fue David.
En cierta medida, David debía la vida a Adam. Al principio solo se le habían asignado tres horas de existencia. Cuando Dios hizo pasar en revista ante Adam a todas las generaciones futuras, este suplicó a Dios que diera a David setenta de los mil años que le estaban destinados a él. Se redactó una escritura de donación, firmada por Dios y por el ángel Metatrón. Setenta años fueron traspasados legalmente de Adam a David, y conforme a los deseos de Adam, con ellos se transfirieron también la belleza, el dominio y el don poético.
Ungido rey
La belleza y el talento, dones de Adam a David, no libraron a su poseedor de las penalidades. Como supuesto hijo de una esclava, fue apartado del trato con sus hermanos, y pasaba sus días en el desierto cuidando las ovejas de su padre. Fue su vida de pastor la que lo preparó para su elevada posición posterior. Con gentil consideración guiaba a los rebaños que le confiaban. A los corderos jóvenes los llevaba a pastos de hierba tierna; los parajes de hierbas menos jugosas los reservaba para las ovejas; y a los carneros crecidos y robustos les daba por alimento las malezas más duras. Entonces Dios dijo: «David sabe cuidar ovejas; por tanto, será el pastor de mi rebaño Israel».
En la soledad del desierto, David tuvo ocasión de mostrar su extraordinaria fuerza física. Un día mató a cuatro leones y tres osos, aunque no tenía armas. Su aventura más seria fue con el reem. David encontró dormida a la bestia gigantesca y, tomándola por una montaña, empezó a subirla. De pronto el reem despertó, y David se halló muy en lo alto, en el aire, sobre sus cuernos. Hizo voto de que, si era rescatado, edificaría a Dios un templo de cien codos de altura, tan alto como los cuernos del reem. Entonces Dios envió un león. El rey de las bestias infundió temor incluso al reem. El reem se postró, y David pudo descender fácilmente de su altura. En ese momento apareció un ciervo. El león salió tras él, y David se salvó tanto del león como del reem.
Siguió llevando la vida de pastor hasta que, a los veintiocho años, fue ungido rey por Shemuel, a quien una revelación especial había enseñado que el despreciado hijo menor de Yishái sería rey. El primer encargo de Shemuel había sido ungir a uno de los hijos de Yishái, pero no se le dijo a cuál. Cuando vio al mayor, Eliav, lo tuvo por el rey elegido de Dios. Dios había permitido que se engañara, para castigar a Shemuel por su excesiva presunción al llamarse a sí mismo el vidente. Así se le probó que no podía preverlo todo. Con todo, el error de Shemuel era disculpable. La primera elección de Dios había recaído sobre Eliav. Solo a causa de su naturaleza violenta, de su prontitud para la ira contra David, la posición que le estaba destinada fue transferida a su hermano menor. Eliav quedó en cierto modo compensado al ver a su hija convertirse en esposa de Rejavam. Así también él goza de la distinción de estar entre los antepasados de los reyes de Yehudá, y la visión de Shemuel de Eliav como rey no fue del todo falsa.
La elección de David quedó patente por lo que ocurrió con el óleo sagrado con que fue ungido. Cuando Shemuel había intentado derramar el óleo sobre los hermanos de David, este había permanecido en el cuerno; pero al acercarse David, fluyó por sí solo y se derramó sobre él. Las gotas sobre sus vestiduras se convirtieron en diamantes y perlas, y después del acto de ungirlo, el cuerno quedó tan lleno como antes.
Grande fue el asombro de que el hijo de una esclava fuera hecho rey. Entonces la esposa de Yishái reveló su secreto y se declaró madre de David.
La unción de David se mantuvo en secreto por un tiempo, pero su efecto apareció en el don de profecía que se manifestó en David, y en su extraordinario desarrollo espiritual. Sus nuevas dotes le granjearon, naturalmente, la envidia. Ninguno fue más amargamente celoso que Doeg, el mayor sabio de su tiempo. Cuando oyó que Shaúl estaba a punto de hacer venir a David a la corte como su servidor, Doeg empezó a alabar a David desmedidamente, con el propósito de despertar los celos del rey y volver a David odioso a sus ojos. Lo consiguió, y sin embargo Shaúl no renunció a su plan de tener a David en la corte. David se había dado a conocer a Shaúl en su juventud, y en aquel tiempo el rey había concebido gran admiración por él. La ocasión fue una en que David había mostrado tanto ingenio como amor a la justicia. Una mujer rica había tenido que dejar su hogar temporalmente. No podía llevar consigo su fortuna, ni deseaba confiarla a nadie. Recurrió al ardid de esconder su oro en tarros de miel, y estos los depositó con un vecino. Por casualidad, este descubrió lo que había en los tarros, y sustrajo el oro. A su regreso, la mujer recibió sus vasijas, pero el oro escondido en ellas había desaparecido. No tenía prueba alguna que presentar contra su desleal vecino, y el tribunal desestimó su queja. Apeló al rey, pero él fue igualmente incapaz de ayudarla. Cuando la mujer salía del palacio del rey, David estaba jugando con sus compañeros. Al ver su abatimiento, pidió una audiencia con el rey, para que la verdad prevaleciera. El rey lo autorizó a hacer lo que juzgara conveniente. David ordenó que se rompieran los tarros de miel, y se hallaron dos monedas adheridas a la cara interior de las vasijas. El ladrón las había pasado por alto, y probaron su deshonestidad.
El encuentro con Goliat
A David no se le permitió disfrutar por mucho tiempo del sosiego de la vida en la corte. El talante agresivo que asumió Goliat lo empujó al frente. Fue un curioso azar el que designó a David para ser el matador de Goliat, que estaba unido a él por lazos de sangre. Goliat, se recordará, era hijo de la moabita Orpá, la cuñada de Rut, antepasada de David, y también su hermana, pues ambas habían sido hijas del rey moabita Eglón. David y Goliat diferían tanto como sus abuelas, pues, en contraste con Rut, la piadosa y religiosa judía, Orpá había llevado una vida de infamia indecible. A su hijo Goliat se le escarnecía como «el hijo de cien padres y una madre». Pero Dios no deja nada sin recompensa, ni siquiera en los malvados. A cambio de los cuarenta pasos que Orpá había acompañado a su suegra Noemí, a Goliat el filisteo, su hijo, se le permitió desplegar su fuerza y su destreza durante cuarenta días, y a cambio de las cuatro lágrimas que Orpá había derramado al separarse de su suegra, se le concedió el privilegio de dar a luz cuatro hijos gigantes.
De los cuatro, Goliat era el más fuerte y el más grande. Lo que las Escrituras cuentan de él no es sino una pequeña fracción de lo que podría haberse contado. Las Escrituras se abstienen a propósito de extenderse sobre las proezas del malhechor. Tampoco cuentan cómo Goliat, impío como era, osó desafiar al Dios de Israel a combatir con él, ni cómo intentó por todos los medios a su alcance estorbar a los israelitas en su culto divino. Mañana y tarde aparecía en el campamento justo a la hora en que los israelitas se disponían a decir el Shemá.
Tanto más motivo, pues, para que David odiara a Goliat y resolviera aniquilarlo. Su padre lo animó a enfrentarse a Goliat, pues consideraba deber de David proteger a Shaúl el benjaminita contra el gigante, así como Yehudá, su antepasado, había en tiempos antiguos empeñado su palabra por la seguridad de Binyamín, el antepasado de Shaúl. Porque Goliat estaba empeñado en acabar con Shaúl. Su agravio contra él era que una vez, cuando en una escaramuza entre los filisteos y los israelitas Goliat había logrado capturar las tablas sagradas de la ley, Shaúl se las había arrebatado al gigante. A causa de su dolencia, Shaúl no podía aventurarse a cruzar espadas con Goliat, y aceptó el ofrecimiento de David de entrar en combate en su lugar. David se puso la armadura de Shaúl, y cuando resultó que la armadura del rey, de poderosa complexión, ajustaba al hasta entonces esbelto muchacho, Shaúl reconoció que David había sido predestinado para la grave tarea que iba a emprender, pero al mismo tiempo la milagrosa transformación de David no dejó de despertar sus celos. Por esta razón, David rehusó revestirse como guerrero para su contienda con Goliat. Quiso enfrentarlo como un simple pastor. Cinco guijarros vinieron a David por su propia voluntad, y cuando los tocó, todos se convirtieron en un solo guijarro. Los cinco guijarros representaban a Dios, a los tres Patriarcas y a Aharón. Jofní y Pinjás, los descendientes de este último, habían sido muertos por Goliat solo poco antes.
Apenas comenzó David a avanzar hacia Goliat, el gigante tomó conciencia del poder mágico del joven. El mal de ojo que David lanzó sobre su adversario bastó para afligirlo con lepra, y en ese mismísimo instante quedó clavado al suelo, incapaz de moverse. Goliat estaba tan confundido por su impotencia que apenas sabía lo que decía, y profirió la necia amenaza de que daría la carne de David al ganado del campo, como si el ganado comiera carne. «Se ve —se dijo David— que está loco, y no cabe duda de que está condenado.» Seguro de la victoria, David replicó que arrojaría el cadáver del filisteo a las aves del cielo. Al mencionar las aves, Goliat alzó los ojos al cielo, para ver si había algún pájaro por allí. El movimiento hacia arriba de su cabeza apartó ligeramente su visera de la frente, y en ese instante el guijarro que David había lanzado lo golpeó en el punto descubierto. Un ángel descendió y lo derribó de bruces contra el suelo, para que la boca que había blasfemado contra Dios se ahogara con tierra. Cayó de tal modo que la imagen de Dagón que llevaba sobre el pecho tocó el suelo, y su cabeza vino a quedar entre los pies de David, quien ya no tuvo dificultad en rematarlo.
Goliat estaba encajado, de pies a cabeza, en varias armaduras superpuestas, y David no sabía cómo quitárselas y cortar la cabeza del gigante. En este trance, Uriyá el hitita le ofreció sus servicios, pero con la condición de que David le procurara una esposa israelita. David aceptó la condición, y Uriyá, a su vez, le mostró cómo las distintas armaduras estaban sujetas entre sí en los talones de los pies del gigante.
La victoria de David, naturalmente, echó leña al fuego de los celos de Shaúl. Shaúl envió a Avner, su general, a indagar si David, que él sabía que era de la tribu de Yehudá, pertenecía al clan de Péretz o al clan de Zéraj. En el primer caso, se confirmaría su sospecha de que David estaba destinado a la realeza. Doeg, enemigo de David desde antiguo, observó que David, por ser descendiente de la moabita Rut, ni siquiera pertenecía a la comunión judía, y que Shaúl no debía abrigar temor alguno por ese lado. Surgió una viva discusión entre Avner y Doeg sobre si la ley de Devarim referente a los moabitas afectaba a las mujeres tanto como a los hombres. Doeg, hábil dialéctico, refutó brillantemente todos los argumentos de Avner a favor de la admisión de las mujeres moabitas. Hubo que recurrir a la autoridad de Shemuel para establecer para todos los tiempos la corrección del parecer de Avner. En verdad, la disputa solo pudo zanjarse recurriendo a amenazas de violencia. Itrá, el padre de Amasá —a la manera árabe, razón por la cual a veces se le llamaba el ismaelita—, amenazó con abatir con su espada a quien se negara a aceptar la interpretación de la ley dada por Shemuel: que los moabitas varones y los amonitas varones quedan para siempre excluidos de la congregación de Israel, pero no las mujeres moabitas y amonitas.
Perseguido por Shaúl
Así como Dios estuvo junto a David en su duelo con Goliat, así estuvo junto a él en muchas otras de sus dificultades. A menudo, cuando creía perdida toda esperanza, el brazo de Dios lo socorría de pronto, y de maneras inesperadas, no solo trayéndole alivio, sino también impartiéndole enseñanza sobre el sabio y justo gobierno del mundo por Dios.
Dijo una vez David a Dios: «El mundo es enteramente hermoso y bueno, con la sola excepción de la locura. ¿Qué provecho saca el mundo de un demente, que corre de aquí para allá, rasga sus ropas y es perseguido por una turba de niños que lo abuchean?». «En verdad —respondió Dios—, vendrá un tiempo en que me suplicarás que te aflija con la locura.» Ahora bien, sucedió que David, en su huida delante de Shaúl, llegó a Ajish, el rey de los filisteos, que vivía en Gat, y que los hermanos de Goliat formaban la guardia personal del rey pagano, y exigieron que el asesino de su hermano fuera ejecutado. Ajish, aunque pagano, era piadoso, razón por la cual se le llama Avimélej en los Salmos, por el rey de Guerar, que también era célebre por su piedad. Por eso procuró apaciguar a los enemigos de David. Les hizo notar que había sido Goliat quien había desafiado a los judíos a combate, y que era justo, por tanto, que se le dejara cargar con las consecuencias. Los hermanos replicaron que, si prevalecía ese parecer, entonces Ajish tendría que ceder su trono a David, pues, según las condiciones del combate, el vencedor había de tener dominio sobre los vencidos como sus siervos. En su angustia, David suplicó a Dios que lo hiciera aparecer como un loco a los ojos de Ajish y de su corte. Dios concedió su plegaria. Como la esposa y la hija del rey filisteo estaban ambas privadas de razón, podemos comprender su exclamación: «¿Me faltan a mí locos, para que hayáis traído a este a hacer el loco en mi presencia?». Así fue como David se salvó. Entonces compuso el Salmo que comienza con las palabras «Bendeciré a Adonái en todo tiempo», que incluye incluso el tiempo de la locura.
En otra ocasión, David expresó su duda sobre la sabiduría de Dios al haber formado criaturas tan aparentemente inútiles como las arañas. No hacen sino tejer una tela que no tiene valor alguno. Había de tener una prueba palmaria de que hasta la tela de una araña puede servir a un fin importante. En una ocasión se había refugiado en una cueva, y Shaúl y sus servidores, persiguiéndolo, estaban a punto de entrar y buscarlo allí. Pero Dios envió una araña a tejer su tela a través de la entrada, y Shaúl dijo a sus hombres que desistieran de una búsqueda inútil en la cueva, pues la tela de la araña era prueba innegable de que nadie había pasado por su abertura.
De igual modo, cuando David quedó en deuda con una de ellas por su vida, se curó de su desdén por las avispas. Las había tenido por buenas para nada, salvo para criar gusanos. David sorprendió una vez a Shaúl y a sus servidores mientras dormían profundamente en su campamento, y resolvió llevarse, como prueba de su magnanimidad, la vasija que estaba entre los pies del gigante Avner, que como los demás dormía. Por fortuna, este tenía las rodillas encogidas, de modo que David pudo cumplir su intención sin estorbo. Pero cuando David se retiraba con la vasija, Avner estiró los pies y aprisionó a David como entre dos sólidos pilares. Su vida habría estado perdida si una avispa no hubiera picado a Avner, que maquinalmente, en sueños, movió los pies y liberó a David.
Aún hubo otros milagros que le ocurrieron a David en su huida. Una vez, cuando Shaúl y sus hombres tenían a David rodeado por todas partes, apareció un ángel y lo llamó a casa, para rechazar la incursión de los filisteos sobre la tierra. Shaúl abandonó la persecución de David, pero solo después de que así lo decidiera una mayoría, pues algunos habían sido del parecer de que la captura de David era tan importante como el rechazo de los filisteos. De nuevo, en su batalla con los amalecitas, David gozó de una intervención directa de lo alto. Relámpagos en destellos y láminas iluminaron la noche oscura, permitiéndole así llevar adelante la lucha.
Las guerras
El primer pensamiento de David tras ascender al trono fue arrancar Yerushaláyim —sagrada desde los días de Adam, Nóaj y Avraham— de las manos de los paganos. El plan no era de fácil ejecución por varias razones. Los yevusitas, poseedores de Yerushaláyim, eran la posteridad de aquellos hijos de Jet que habían cedido la cueva de Majpelá a Avraham solo con la condición de que sus descendientes nunca fueran despojados por la fuerza de su ciudad capital, Yerushaláyim. Para perpetuar este acuerdo entre Avraham y los hijos de Jet, se erigieron monumentos de bronce, y cuando David se acercó a Yerushaláyim con intención hostil, los yevusitas señalaron la promesa de Avraham grabada en ellos y todavía claramente legible. Sostenían que, antes de que David pudiera tomar la ciudad, que habían rodeado con una alta muralla, tendría que destruir los monumentos. Yoav ideó un plan para entrar en Yerushaláyim. Plantó un alto ciprés junto a la muralla, lo dobló hacia abajo y, de pie sobre la cabeza de David, agarró la mismísima punta del árbol. Cuando el árbol se enderezó de golpe, Yoav quedó muy por encima de la muralla, y pudo saltar sobre ella. Ya en la ciudad, destruyó los monumentos y se apoderó de Yerushaláyim. Para David había ocurrido un milagro: la muralla se había abajado ante él, de modo que pudo entrar en la ciudad sin dificultad. David, sin embargo, no deseaba emplear medios violentos. Por eso ofreció a los yevusitas seiscientos siclos, cincuenta siclos por cada tribu israelita. Los yevusitas aceptaron el dinero y dieron a David una escritura de venta.
Adquirida Yerushaláyim, David hubo de prepararse para la guerra con los filisteos, en la que el rey dio prueba a la vez de su heroico valor y de su inquebrantable confianza en Dios. Esta última cualidad la desplegó de modo señalado en la batalla que tuvo lugar en el Valle de los Gigantes. Dios había ordenado a David no atacar a la hueste de los filisteos hasta que oyera «el ruido de marcha en las copas de las moreras». Dios deseaba dictar sentencia sobre los ángeles tutelares de los paganos antes de entregar a los paganos mismos a los piadosos, y el movimiento de las copas de los árboles había de indicar que la batalla podía proceder. El enemigo avanzó hasta que no quedaron sino cuatro codos entre ellos y los israelitas. Estos estaban a punto de lanzarse contra los filisteos, pero David los contuvo, diciendo: «Dios me prohibió atacar a los filisteos antes de que las copas de los árboles comiencen a moverse. Si transgredimos el mandato de Dios, ciertamente moriremos. Si nos demoramos, es probable que nos maten los filisteos, pero, al menos, moriremos como hombres piadosos que guardan el mandato de Dios. Por encima de todo, tengamos confianza en Dios». Apenas había terminado su discurso cuando las copas de los árboles susurraron, y David hizo un exitoso asalto sobre los filisteos. Entonces Dios dijo a los ángeles, que le preguntaban constantemente por qué había quitado la dignidad real a Shaúl y se la había dado a David: «Ved la diferencia entre Shaúl y David».
De las demás campañas de David, la más notable es su guerra con Shovaj el arameo, a quien venció pese a su gigantesco tamaño y fuerza. Shovaj era muy alto, tan alto como un palomar, y una sola mirada suya bastaba para infundir terror en el corazón del que lo contemplaba. El general arameo se hacía la ilusión de que David trataría con miramiento a los sirios a causa del monumento —todavía existente en aquel tiempo— que Yaakov y Laván habían erigido en la frontera entre la Tierra de Israel y Aram como señal de su pacto de que ni ellos ni sus descendientes harían guerra el uno contra el otro. Pero David destruyó el monumento. De igual modo, los filisteos habían depositado su confianza en una reliquia de Yitsjak: el freno de una mula que el Patriarca había dado a Avimélej, el rey de los filisteos, como prenda del pacto entre Israel y su pueblo. David se lo quitó por la fuerza.
Con todo, David era tan justo como osado. El desprecio de los pactos hechos por los Patriarcas estaba muy lejos de sus pensamientos. En efecto, antes de partir para las guerras con los arameos y los filisteos, había encargado al Sanhedrín investigar con cuidado las reclamaciones de las dos naciones. Las reclamaciones de los filisteos resultaron ser totalmente infundadas. En ningún sentido eran descendientes de aquellos filisteos que habían concertado un tratado con Yitsjak; habían inmigrado de Chipre en fecha mucho más tardía. Los arameos, por su parte, habían perdido su derecho a un trato benévolo, porque bajo el «arameo» Bilam, y de nuevo más tarde, en tiempos de Otniel, bajo su rey Cushán-rishatáim, habían atacado y hecho guerra a los israelitas.
Ajitófel
Entre los cortesanos y servidores de David, un lugar prominente lo ocupa su consejero Ajitófel, con quien el rey estaba unido por lazos de familia, pues Bat-Sheva era su nieta. La sabiduría de Ajitófel era sobrenatural, pues sus consejos coincidían siempre con los oráculos rendidos por los Urim veTumim, y tan grande como su sabiduría era su erudición. Por eso David no vacilaba en someterse a su instrucción, aunque Ajitófel era muy joven —a la hora de su muerte no tenía más de treinta y tres años—. Lo único que le faltaba era una piedad sincera, y fue esto lo que probó su ruina al final, pues lo indujo a tomar parte en la rebelión de Avshalom contra David. Así perdió incluso su parte en el mundo venidero.
A este funesto proceder lo llevaron por mal camino signos astrológicos y de otra índole, que él interpretó como profecías de su propia realeza, cuando en realidad apuntaban al destino real de su nieta Bat-Sheva. Poseído por su creencia errónea, instó astutamente a Avshalom a cometer un crimen inaudito. De ese modo Avshalom nada ganaría con su rebelión, pues, aunque consumara la ruina de su padre, aún sería llamado a rendir cuentas y condenado a muerte por su violación de la pureza familiar, y el camino al trono quedaría expedito para Ajitófel, el gran sabio de Israel.
La relación entre David y Ajitófel había estado algo tirante ya antes de la rebelión de Avshalom. Los sentimientos de Ajitófel habían quedado heridos por haber sido pasado por alto en el momento en que David, poco después de ascender al trono, invistió, en un solo día, nada menos que a noventa mil funcionarios con cargos.
Aquel día ocurrió un incidente notable. Cuando el Arca había de ser subida desde Gueva hasta Yerushaláyim, los sacerdotes que intentaron tomarla fueron alzados por el aire y arrojados violentamente al suelo. En su desesperación, el rey se volvió en busca de consejo a Ajitófel, que replicó con burla: «Pregunta a tus sabios, a los que acabas de instalar en el cargo». Solo cuando David profirió una maldición sobre aquel que conoce un remedio y lo niega al que sufre, aconsejó Ajitófel que se ofreciera un sacrificio en cada paso que dieran los sacerdotes. Aunque la medida resultó eficaz, y no ocurrió ya más desastre en relación con el Arca, con todo, las palabras de Ajitófel habían sido insinceras. Él conocía la verdadera razón del percance, y se la ocultó al rey. En lugar de seguir la ley de llevar el Arca sobre los hombros de los sacerdotes, David la había puesto sobre un carro, y así había incurrido en la ira de Dios.
La hostilidad de Ajitófel hacia David se mostró también en la ocasión siguiente. Cuando David estaba cavando los cimientos del Templo, se halló un fragmento de barro a una profundidad de mil quinientos codos. David estaba a punto de levantarlo cuando el fragmento exclamó: «No puedes hacerlo». «¿Por qué no?», preguntó David. «Porque descanso sobre el abismo.» «¿Desde cuándo?» «Desde la hora en que se oyó la voz de Dios pronunciar las palabras desde el Sinaí, "Yo soy Adonái tu Dios", haciendo temblar la tierra y hundirse en el abismo. Yazgo aquí para cubrir el abismo.» No obstante, David levantó el fragmento, y las aguas del abismo subieron y amenazaron con inundar la tierra. Ajitófel estaba allí de pie, y pensó para sí: «Ahora David hallará su muerte, y yo seré rey». Justo entonces dijo David: «Quien sepa cómo contener la marea de las aguas, y no lo haga, un día se estrangulará a sí mismo». Entonces Ajitófel hizo inscribir el Nombre de Dios sobre el fragmento, y el fragmento fue arrojado al abismo. Las aguas comenzaron enseguida a menguar, pero se hundieron a tan gran profundidad que David temió que la tierra perdiera su humedad, y empezó a cantar los quince «Cánticos de las Ascensiones», para hacer subir de nuevo las aguas.
Con todo, la maldición de David se cumplió. Ajitófel acabó sus días ahorcándose. Su última voluntad contenía las tres reglas de conducta siguientes: 1. Abstente de obrar contra un favorito de la fortuna. 2. Guárdate de alzarte contra la casa real de David. 3. Si la Fiesta de Shavuot cae en un día soleado, entonces siembra trigo.
La posteridad ha sido favorecida con el conocimiento de solo una pequeña parte de la sabiduría de Ajitófel, y esa poca por dos fuentes muy distintas: por Sócrates, que fue su discípulo, y por un libro de adivinación escrito por él.
Yoav
Yoav, el guerrero, era en todo lo esencial un contraste de Ajitófel. Era la mano derecha de David. Se decía que, si Yoav no hubiera estado allí para dirigir sus guerras, David no habría tenido tiempo libre para dedicarse al estudio de la Torá. Era el modelo de un verdadero héroe judío, distinguido a la vez por su erudición, su piedad y su bondad. Su casa estaba abierta de par en par para todos los que venían, y las campañas que emprendía redundaban invariablemente en beneficio del pueblo. Le debían incluso lujos, y más que eso: velaba por el bienestar de los sabios, siendo él mismo el presidente del Sanhedrín.
A Yoav le interesaba analizar el carácter de los hombres y sus opiniones. Cuando oyó las palabras del rey David: «Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece Adonái de los que le temen», expresó su asombro de que la comparación se hiciera con el amor de un padre por un hijo, y no con el amor de una madre; el amor de madre se considera por regla general el más fuerte y el más abnegado. Se propuso mantener los ojos abiertos y observar si la idea de David se veía corroborada por los hechos. En uno de sus viajes fue a dar a la casa de un pobre anciano que tenía doce hijos, a todos los cuales el padre sostenía, aunque escasamente, con el trabajo de sus propias manos. Yoav le propuso que le vendiera uno de los doce hijos; así se aliviaría del cuidado de uno, y el precio de la venta podría aplicarse al mejor sostén de los demás. El buen padre rechazó bruscamente la proposición. Entonces Yoav se dirigió a la madre, ofreciéndole cien denarios de oro por uno de los hijos. Al principio resistió la tentación, pero al fin cedió. Cuando el padre volvió por la tarde, partió el pan, como era su costumbre, en catorce pedazos, para él, su esposa y sus doce hijos. Al repartir las porciones echó de menos a un hijo, e insistió en que se le dijera su suerte. La madre confesó lo que había sucedido durante su ausencia. Ni comió ni bebió, y a la mañana siguiente se puso en camino, firmemente resuelto a devolver el dinero a Yoav y a matarlo si se negaba a entregar al niño. Después de mucho porfiar, y después de que el padre lo amenazara con la muerte, Yoav entregó el niño al anciano, con esta exclamación: «Sí, David tenía razón cuando comparó el amor de Dios por los hombres con el amor de un padre por su hijo. Este pobre hombre, que tiene doce hijos que mantener, estaba dispuesto a luchar conmigo a muerte por uno de ellos, al que la madre, que tranquilamente se quedaba en casa, me había vendido por un precio».
Entre todas las hazañas heroicas de Yoav, la más notable es la toma de la capital de los amalecitas. Durante seis meses, la flor del ejército israelita, doce mil en número, bajo el mando de Yoav, había estado sitiando la ciudad capital de los amalecitas sin resultado. Los soldados hicieron ver a su general que sería bueno para ellos volver a casa, junto a sus mujeres y sus hijos. Yoav adujo que esto no solo les acarrearía desprecio y escarnio, sino que también atraería nuevo peligro. Los paganos se envalentonarían a unirse contra los israelitas. Propuso que lo arrojaran a la ciudad por medio de una honda, y que luego esperaran cuarenta días. Si al cabo de este plazo veían salir sangre por las puertas de la fortaleza, había de serles señal de que él aún vivía.
Su plan se ejecutó. Yoav tomó consigo mil piezas de dinero y su espada. Cuando fue lanzado desde la honda, cayó en el patio de una viuda, cuya hija lo recogió. Al poco recobró el conocimiento. Fingió ser un amalecita hecho prisionero por los israelitas y arrojado a la ciudad por sus captores, que así querían darle muerte. Como iba provisto de dinero, que repartió con largueza entre quienes lo hospedaban, fue recibido con amabilidad, y se le dio la vestimenta amalecita. Así ataviado, se aventuró, al cabo de diez días, a un recorrido de inspección por la ciudad, que halló de enorme tamaño.
Su primer recado fue ir a un armero, para que le reparara la espada, que se le había roto con la caída. Cuando el artesano examinó el arma de Yoav, retrocedió: nunca había visto una espada como aquella. Forjó una nueva, que se partió en dos casi al instante cuando Yoav la empuñó con firmeza. Así ocurrió con una segunda espada, y con una tercera. Al fin logró forjar una que resultó aceptable. Yoav preguntó al herrero a quién le gustaría que matara con la espada, y la respuesta fue: «A Yoav, el general del rey israelita». «Yo soy ese», dijo Yoav, y cuando el herrero, atónito, se volvió para mirarlo, Yoav lo atravesó con tal destreza que la víctima no tuvo conciencia de lo que sucedía. Luego abatió a quinientos guerreros amalecitas con los que se topó en su camino, y ni uno escapó para delatarlo. Corrió el rumor de que Ashmedai, el rey de los demonios, hacía estragos entre los habitantes de la ciudad, y los mataba en gran número.
Al cabo de otro plazo de diez días, que pasó retirado con sus anfitriones, Yoav salió por segunda vez, y causó tal matanza entre los amalecitas que su arma ensangrentada se pegó a su mano, y su mano derecha perdió toda facultad de movimiento independiente; solo podía moverse en un mismo bloque con su brazo. Se apresuró a su alojamiento para aplicar agua caliente a la mano y liberarla de la espada. En el camino hacia allí, la mujer que lo había recogido cuando cayó en la ciudad le gritó: «Comes y bebes con nosotros, y sin embargo matas a nuestros guerreros». Viéndose delatado, no pudo sino matar a la mujer. Apenas la había tocado su espada cuando esta se separó de su mano, y su mano pudo moverse libremente, pues la mujer muerta había estado encinta, y la sangre del niño no nacido soltó la espada.
Después de que Yoav hubiera matado a millares, los israelitas de fuera, en el mismísimo momento en que empezaban a llorar a su general por muerto, vieron salir sangre de la ciudad, y con júbilo clamaron a una voz: «Escucha, Israel, Adonái es nuestro Dios, Adonái es Uno». Yoav subió a una alta torre y, con voz estentórea, gritó: «Adonái no abandonará a su pueblo». Inspirados con alto y osado ánimo, los israelitas pidieron permiso para asaltar la ciudad y tomarla. Cuando Yoav se volvía para bajar de la torre, advirtió que en su pie había inscritos seis versículos de un Salmo, y el primer versículo decía así: «Adonái te responde en el día de la angustia, el nombre del Dios de Yaakov es tu defensa». Más tarde David añadió tres versículos y completó el Salmo. Entonces los israelitas tomaron la capital de los amalecitas, destruyeron los templos paganos de la ciudad y mataron a todos sus habitantes, salvo al rey, a quien, con su corona de oro puro en la cabeza, llevaron ante David.
La piedad de David y su pecado
Ni sus grandes hazañas en la guerra ni su notable buena fortuna apartaron a David de sus caminos piadosos, ni cambiaron en nada su modo de vida. Aun después de llegar a ser rey, se sentaba a los pies de sus maestros, Irá el yairita y Mefiboshet. A este último sometía siempre sus decisiones sobre cuestiones religiosas, para asegurarse de que estuvieran conformes a la ley. El tiempo libre que sus deberes reales le dejaban, lo pasaba en el estudio y la plegaria. Se contentaba con «sesenta alientos» de sueño. A medianoche, las cuerdas de su arpa, que estaban hechas de las tripas del carnero sacrificado por Avraham en el monte Moriá, empezaban a vibrar. El sonido que emitían despertaba a David, y él se levantaba al punto para dedicarse al estudio de la Torá.
Además del estudio, la composición de salmos reclamaba, naturalmente, una buena porción de su tiempo. El orgullo llenó su corazón cuando hubo completado el Salterio, y exclamó: «Oh Señor del mundo, ¿hay otra criatura en el universo que, como yo, proclame tu alabanza?». Una rana se acercó al rey y dijo: «No seas tan orgulloso; yo he compuesto más salmos que tú, y, además, cada salmo que mi boca ha proferido lo he acompañado de tres mil parábolas». Y, en verdad, si David se dejó llevar por la vanidad, fue solo por un momento. Por regla general era el dechado de la modestia. Las monedas que él acuñó llevaban en el anverso un cayado y un zurrón de pastor, y en el reverso la Torre de David. También en otros aspectos su porte era humilde, como si aún fuera el pastor y no el rey.
Su gran piedad revestía a su plegaria de tal eficacia que podía traer las cosas del cielo a la tierra. Es natural que un rey tan piadoso empleara el primer respiro que le concedieron sus guerras para llevar a cabo su designio de erigir a Dios una casa de culto. Pero en la misma noche en que David concibió el plan de edificar el Templo, Dios dijo a Natán el profeta: «Apresúrate a ir a David. Sé que es un hombre en quien la ejecución sigue de cerca los pasos del pensamiento, y no quisiera que contratara obreros para la obra del Templo y luego, decepcionado, se quejara de mí. Sé además que es un hombre que se obliga por votos a hacer buenas obras, y deseo ahorrarle el apuro de tener que acudir al Sanhedrín para que lo absuelva de su voto».
Cuando David escuchó el mensaje que Natán traía para él, se echó a temblar y dijo: «Ay, en verdad, Dios me ha hallado indigno de erigir Su santuario». Pero Dios le respondió con estas palabras: «No; la sangre que has derramado la considero como sangre de sacrificio, pero no quiero que seas tú quien construya el Templo, porque entonces sería eterno e indestructible». «Pero eso sería excelente», dijo David. Y le fue concedida esta respuesta: «Preveo que Israel cometerá pecados. Descargaré Mi ira sobre el Templo, y así Israel se salvará del exterminio. Con todo, tus buenas intenciones tendrán su justa recompensa. El Templo, aunque lo construya Shlomo, llevará tu nombre».
El pensar y el planear de David estaban enteramente entregados a lo bueno y a lo noble. Es uno de los pocos hombres piadosos sobre quienes la mala inclinación no tuvo poder. Por naturaleza no estaba dispuesto a cometer una falta como la que su relación con Bat-Sheva entrañaba. Fue Dios mismo quien lo llevó a su crimen, para poder decir a otros pecadores: «Id a David y aprended a hacer teshuvá». Ni siquiera puede acusarse a David de asesinato y adulterio graves. Hubo circunstancias atenuantes. En aquellos días era costumbre que los guerreros dieran a sus esposas actas de divorcio, que solo tenían validez si el marido soldado no regresaba al terminar la campaña. Habiendo caído Uriyá en batalla, Bat-Sheva era una mujer regularmente divorciada. En cuanto a la muerte de su marido, no puede achacarse por entero a David, pues Uriyá había incurrido en la pena de muerte al negarse a descansar en su propia casa, conforme a la orden del rey. Es más, desde el principio Bat-Sheva había sido destinada por Dios para David —pero, como castigo por haber prometido a la ligera a Uriyá el hitita una mujer israelita por esposa, a cambio de su ayuda para desabrochar la armadura de Goliat abatido, el rey hubo de pasar por amargas pruebas antes de conquistarla.
Además, el episodio de Bat-Sheva fue castigo por el excesivo amor propio de David. Prácticamente había suplicado a Dios que lo condujera a la tentación, para poder dar prueba de su firmeza. Sucedió así: una vez se quejó a Dios: «Oh Señor del mundo, ¿por qué dice la gente Dios de Avraham, Dios de Yitsjak, Dios de Yaakov, y por qué no Dios de David?». Le llegó la respuesta: «Avraham, Yitsjak y Yaakov fueron probados por Mí, pero tú aún no has sido puesto a prueba». David rogó: «Entonces examíname, oh HaShem, y pruébame». Y Dios dijo: «Te probaré, e incluso te concederé lo que no concedí a los Patriarcas. Te avisaré de antemano que caerás en tentación por causa de una mujer».
Una vez el Satán se le apareció con forma de pájaro. David le arrojó un dardo. En vez de alcanzar al Satán, el dardo se desvió y rompió una celosía de mimbre que ocultaba a Bat-Sheva peinándose los cabellos. Verla despertó la pasión en el rey. David comprendió su transgresión, y durante veintidós años fue un penitente. A diario lloraba una hora entera y comía su «pan con cenizas». Pero hubo de someterse a una penitencia aún más dura. Durante medio año padeció de lepra, y hasta el Sanhedrín, que de ordinario lo acompañaba de cerca, tuvo que dejarlo. Vivió no solo en aislamiento físico, sino también espiritual, pues la Shejiná se apartó de él durante aquel tiempo.
La rebelión de Avshalom
De todos los castigos, sin embargo, que le fueron infligidos a David, ninguno fue tan severo como la rebelión de su propio hijo.
Avshalom era de proporciones tan gigantescas que un hombre que él mismo fuera de estatura extraordinaria, de pie dentro de la cuenca del ojo de su cráneo, se hundía en ella hasta la nariz. En cuanto a su asombrosa cabellera, el relato que de ella da la Biblia no transmite idea de su abundancia. Avshalom había hecho voto de nazareo. Como su voto era de por vida, y como el crecimiento de su cabello era especialmente espeso, la ley le permitía recortárselo un poco cada semana. Era de esta pequeña cantidad de lo que el peso ascendía a doscientos siclos.
Avshalom preparó su audaz rebelión con gran astucia. Se procuró de su regio padre una carta que lo facultaba para elegir a dos ancianos para su séquito en cada ciudad que visitara. Con este documento recorrió toda la Tierra de Israel. En cada ciudad acudía a los dos hombres más distinguidos y los invitaba a acompañarlo, mostrándoles al mismo tiempo lo que su padre había escrito y asegurándoles que habían sido elegidos por él porque les tenía particular afecto. Así logró reunir en torno suyo a los presidentes de doscientos tribunales. Conseguido esto, dispuso un gran banquete, en el que sentó a uno de sus emisarios entre cada dos de sus invitados, con el fin de ganarlos para su causa. El plan no tuvo pleno éxito, pues, aunque los ancianos de las ciudades se pusieron del lado de Avshalom, en su corazón esperaban la victoria de David.
Saber que una parte de los seguidores de Avshalom estaba secretamente de su lado —que, aunque era perseguido por su hijo, sus amigos le seguían siendo fieles— consoló un tanto a David en su aflicción. Pensó que, en tales circunstancias, si lo peor llegaba a ocurrir, Avshalom al menos sentiría compasión por él. Al principio, sin embargo, la desesperación de David no conoció límites. Estaba a punto de rendir culto a un ídolo, cuando su amigo Jushái el arquita se le acercó, diciendo: «La gente se asombrará de que un rey así sirva a los ídolos». David replicó: «¿Ha de morir a manos de su propio hijo un rey como yo? Mejor me es servir a los ídolos que hacer a Dios responsable de mi desgracia, y que así Su Nombre sea profanado». Jushái le reprochó: «¿Por qué te casaste con una cautiva?». «No hay mal en ello», respondió David, «está permitido según la ley». A lo cual Jushái: «Pero pasaste por alto la conexión entre el pasaje que lo permite y el que le sigue casi inmediatamente en las Escrituras, el que trata del hijo desobediente y rebelde, fruto natural de semejante matrimonio».
Jushái no fue el único amigo y partidario fiel que David tuvo. Algunos acudieron en su auxilio de forma inesperada, como por ejemplo Shoví, el hijo de Najash, que es el mismo que el rey amonita Janún, enemigo de David al principio y más tarde su aliado. Barzilái, otro de sus amigos en la necesidad, también lo sorprendió por su lealtad, pues en conjunto su talante moral no era el más elevado que quepa concebir.
El fin de Avshalom estuvo cercado de horrores. Cuando quedó atrapado en las ramas del roble, estaba a punto de cortarse el cabello de un tajo de espada, pero de pronto vio el infierno abriéndose bajo él, y prefirió quedar colgado del árbol a arrojarse vivo al abismo. El crimen de Avshalom era, en efecto, de una naturaleza que merecía el tormento supremo, razón por la cual es uno de los pocos judíos que no tienen parte en el mundo venidero. Su morada está en el infierno, donde se le encarga el mando de diez naciones paganas en la segunda división. Cada vez que los ángeles vengadores se sientan a juzgar a las naciones, quieren descargar el castigo también sobre Avshalom, pero cada vez se oye una voz celestial que clama: «No lo castiguéis, no lo queméis. Es un israelita, hijo de Mi siervo David». Con lo cual Avshalom es puesto sobre su trono, y se le da el trato debido a un rey. Que las penas extremas del infierno le fueran así evitadas se debió a que David repitió ocho veces el nombre de su hijo en su lamento por él. Además, la intercesión de David tuvo el efecto de volver a unir a su cuerpo la cabeza cortada de Avshalom.
A su muerte Avshalom no tenía descendencia, pues todos sus hijos —sus tres varones y su hija— murieron antes que él, como castigo por haber prendido fuego a un campo de grano que pertenecía a Yoav.
La expiación de David
Todos estos sufrimientos no bastaron para expiar el pecado de David. Dios le dijo una vez: «¿Cuánto tiempo más ha de estar escondido este pecado en tu mano y quedar sin expiar? Por tu causa fue destruida la ciudad sacerdotal de Nov, por tu causa Doeg el edomita fue expulsado de la comunión de los piadosos, y por tu causa fueron muertos Shaúl y sus tres hijos. ¿Qué deseas ahora: que perezca tu casa, o que tú mismo seas entregado en manos de tus enemigos?». David eligió esta última suerte.
Ocurrió un día, mientras cazaba, que el Satán, disfrazado de venado, lo fue atrayendo cada vez más lejos, hasta el territorio mismo de los filisteos, donde fue reconocido por Ishbí el gigante, hermano de Goliat, su adversario. Deseoso de vengar a su hermano, apresó a David y lo arrojó a un lagar, donde el rey habría sufrido un final atroz si por milagro la tierra bajo él no hubiera comenzado a hundirse, salvándolo así de la muerte instantánea. Su situación, con todo, seguía siendo desesperada, y se necesitó un segundo milagro para rescatarlo.
En aquella hora Avishái, el primo de David, se preparaba para la llegada del Shabat, pues la desgracia del rey ocurrió en viernes, cuando el Shabat estaba a punto de entrar. Al verter agua Avishái para lavarse, de pronto divisó gotas de sangre en ella. Luego lo sobresaltó una paloma que vino hacia él arrancándose las plumas, gimiendo y lamentándose. Avishái exclamó: «La paloma es el símbolo del pueblo de Israel. No puede ser sino que David, el rey de Israel, está en peligro». Al no encontrar al rey en casa, se confirmaron sus temores, y resolvió salir en busca de David sobre el animal más veloz de que disponía: la propia cabalgadura del rey. Pero primero hubo de obtener permiso de los sabios para montar el animal que el rey cabalgaba, pues la ley prohíbe a un súbdito servirse de cosas reservadas al uso personal de un rey. Solo el peligro inminente pudo justificar la excepción hecha en este caso.
Apenas hubo montado Avishái el animal del rey, cuando se halló en la tierra de los filisteos, pues la tierra se había contraído milagrosamente. Se encontró con Orpá, la madre de los cuatro hijos gigantes. Ella estaba a punto de matarlo, pero él se adelantó al golpe y la mató. Ishbí, viendo que ahora tenía dos adversarios, clavó su lanza en el suelo y lanzó a David por los aires, con la esperanza de que, al caer, quedara traspasado por la lanza. En ese momento apareció Avishái, y pronunciando el Nombre de Dios mantuvo a David suspendido entre el cielo y la tierra.
Avishái preguntó a David cómo lo había alcanzado tan mala suerte, y David le contó su conversación con Dios, y cómo él mismo había elegido caer en manos del enemigo antes que permitir la ruina de su casa. Avishái replicó: «Invierte tu plegaria, suplica por ti mismo y no por tus descendientes. Que tus hijos vendan cera, y tú no te aflijas por su destino». Los dos hombres unieron sus plegarias y suplicaron a Dios que apartara la ruina que amenazaba a David. Avishái pronunció de nuevo el Nombre de Dios, y David cayó a tierra ileso. Entonces ambos huyeron a toda prisa, perseguidos por Ishbí. Cuando el gigante supo de la muerte de su madre, las fuerzas lo abandonaron, y fue muerto por David y Avishái.
Las plagas
Entre los pesares de David están las plagas que sobrevinieron a la Tierra de Israel durante su reinado, y las sintió tanto más cuanto que las había atraído por culpa propia. Estuvo primero el hambre, tan devastadora que se cuenta entre las diez más severas que han de ocurrir desde el tiempo de Adam hasta el tiempo del Mesías. Durante el primer año en que prevaleció, David mandó abrir una investigación para descubrir si se practicaba la idolatría en la tierra y ella retenía la lluvia. Su sospecha resultó infundada. El segundo año examinó las condiciones morales de su reino, pues la lascivia puede acarrear el mismo castigo que la idolatría. De nuevo se probó que estaba equivocado. El tercer año dirigió su atención a la administración de la caridad. Quizá el pueblo había incurrido en culpa en este aspecto, pues los abusos en este terreno también se castigaban con el hambre. De nuevo su búsqueda fue infructuosa, y se volvió a Dios para inquirir de Él la causa de la aflicción pública. La respuesta de Dios fue: «¿No era Shaúl un rey ungido con óleo sagrado, no abolió la idolatría, no es el compañero de Shemuel en el Paraíso? Y sin embargo, mientras todos vosotros habitáis en la tierra de Israel, él está "fuera de la tierra"». David, acompañado de los eruditos y los nobles de su reino, marchó al punto a Yavesh-Guilad, exhumó los restos de Shaúl y de Yonatán, y en solemne procesión los llevó por toda la tierra de Israel hasta la heredad de la tribu de Binyamín. Allí fueron sepultados. Los homenajes de afecto rendidos por el pueblo de Israel a su rey muerto despertaron la compasión de Dios, y el hambre llegó a su fin.
El pecado contra Shaúl quedaba ahora absuelto, pero aún restaba la propia culpa de Shaúl en su trato con los gabaonitas, que lo acusaban de haber matado a siete de los suyos. David preguntó a Dios por qué había castigado a Su pueblo a causa de prosélitos. La respuesta de Dios fue: «Si no acercas a los que están lejos, alejarás a los que están cerca». Para satisfacer sus deseos de venganza, los gabaonitas exigieron la vida de siete miembros de la familia de Shaúl. David trató de aplacarlos, haciéndoles ver que no obtendrían provecho alguno de la muerte de sus víctimas, y ofreciéndoles en cambio plata y oro. Pero, aunque David negoció con cada uno de ellos por separado, los gabaonitas se mostraron implacables. Al comprender la dureza de su corazón, exclamó: «Tres cualidades dio Dios a Israel: son compasivos, castos y benévolos en el servicio a sus semejantes. La primera de estas cualidades no la poseen los gabaonitas, y por eso deben ser excluidos de la comunión con Israel».
Los siete descendientes de Shaúl que habían de ser entregados a los gabaonitas se determinaron haciendo pasar a toda su posteridad ante el Arca de la ley. Aquellos que quedaban retenidos ante ella eran las víctimas señaladas. Mefiboshet habría sido uno de los desdichados, de no habérsele permitido pasar sin ser retenido en respuesta a la plegaria de David, para quien era querido no solo como hijo de su amigo Yonatán, sino también como el maestro que lo instruía en la Torá.
El cruel destino que cayó sobre los descendientes de Shaúl tuvo un efecto saludable. Todos los paganos que lo vieron y oyeron exclamaron: «No hay Dios como el Dios de Israel, no hay nación como la nación de Israel; el agravio infligido a míseros prosélitos ha sido expiado por hijos de reyes». Tan grande fue el entusiasmo entre los paganos ante esta manifestación del sentido judío de la justicia, que ciento cincuenta mil de ellos se convirtieron al judaísmo.
En cuanto a David, su culpa en relación con el hambre residió en no haber aplicado su riqueza privada al alivio del sufrimiento del pueblo. Cuando David regresó victorioso del combate con Goliat, las mujeres de Israel le dieron sus adornos de oro y plata. Él los apartó para emplearlos en la construcción del Templo, y ni siquiera durante los tres años de hambre se tocó ese fondo. Dios dijo: «Te abstuviste de rescatar de la muerte a seres humanos, con tal de guardar tu dinero para el Templo. En verdad, el Templo no será construido por ti, sino por Shlomo».
David es aún más reprochable a causa del censo que hizo de los israelitas, en desafío de la ley del Pentateuco. Cuando el rey le encargó la tarea de contar al pueblo, Yoav empleó todo esfuerzo para apartarlo de su propósito. Pero en vano. Irritado, David dijo: «O tú eres rey y yo el general, o yo soy rey y tú el general». Yoav no tuvo más remedio que obedecer. Eligió la tribu de Gad como la primera en ser contada, porque pensaba que los gaditas, independientes y de voluntad firme, estorbarían la ejecución de la orden real, y David se vería forzado a renunciar a su plan de hacer un censo. Los gaditas frustraron las expectativas de Yoav, y él se dirigió a la tribu de Dan, con la esperanza de que, si descendía el castigo de Dios, cayera sobre los idólatras danitas. Como le disgustaba su misión, Yoav pasó nueve meses ejecutándola, aunque podría haberla despachado en mucho menos tiempo. Tampoco cumplió las órdenes del rey al pie de la letra. Él mismo advertía al pueblo del censo. Si veía al padre de una familia de cinco hijos, le indicaba que ocultara a algunos de ellos. Siguiendo el ejemplo dado por Moshé, omitió a los leviim del recuento, y también a la tribu de Binyamín, porque abrigaba temores particularmente graves por esta tribu tan diezmada. Al final, David no fue informado del número real obtenido. Yoav hizo dos listas, con la intención de dar al rey una lista parcial si veía que no sospechaba del ardid.
El profeta Gad vino a David y le dio a elegir entre el hambre, la opresión por los enemigos o la peste, como pena por el grave crimen de censar al pueblo. David estaba en la situación de un enfermo a quien se le pregunta si prefiere ser sepultado junto a su padre o junto a su madre. El rey reflexionó: «Si escojo las calamidades de la guerra, el pueblo dirá: "Poco le importa, tiene a sus guerreros a quienes recurrir". Si escojo el hambre, dirán: "Poco le importa, tiene sus riquezas a las que recurrir". Escogeré la peste, cuyo azote golpea a todos por igual». Aunque la peste hizo estragos solo muy poco tiempo, se cobró un gran número de víctimas. La pérdida más grave fue la muerte de Avishái, cuya piedad y erudición hacían de él el contrapeso de una hueste de setenta y cinco mil.
David alzó los ojos a lo alto, y vio los pecados de Israel amontonados desde la tierra hasta el cielo. En ese mismo instante descendió un ángel, y dio muerte a sus cuatro hijos, al profeta Gad y a los ancianos que lo acompañaban. El terror de David ante esta visión —que no hizo sino aumentar cuando el ángel limpió su espada goteante en las vestiduras del rey— se le asentó en los miembros, y desde aquel día jamás dejaron de temblar.
La muerte de David
Una vez David suplicó a Dios que le dijera cuándo moriría. Su petición no le fue concedida, pues Dios ha ordenado que ningún hombre conozca de antemano su fin. Una cosa, sin embargo, le fue revelada a David: que su muerte ocurriría a los setenta años, en día de Shabat. David deseó que se le permitiera morir en viernes. También este deseo le fue negado, porque Dios dijo que se deleitaba más en un solo día pasado por David en el estudio de la Torá que en mil holocaustos ofrecidos por Shlomo en el Templo. Entonces David pidió que se le concediera la vida hasta el domingo; también esto le fue rehusado, porque Dios dijo que sería una violación de los derechos de Shlomo, pues un reinado no puede solaparse ni por un ápice con el tiempo asignado a otro. En adelante David pasó cada Shabat exclusivamente en el estudio de la Torá, para protegerse contra el Ángel de la Muerte, que no tiene poder para matar a un hombre mientras está ocupado en el cumplimiento de los mandamientos de Dios. El Ángel de la Muerte hubo de recurrir a la astucia para apoderarse de David. Un día de Shabat, que resultó ser también la festividad de Shavuot, el rey estaba absorto en el estudio, cuando oyó un ruido en el jardín. Se levantó y bajó la escalera que llevaba de su palacio al jardín, para descubrir la causa del ruido. Apenas hubo puesto el pie en los peldaños, estos se desplomaron, y David murió. El Ángel de la Muerte había causado el ruido a fin de aprovechar el momento en que David interrumpiera su estudio. El cadáver del rey no podía moverse en Shabat, lo cual era penoso para los que estaban con él, pues yacía expuesto a los rayos del sol. Así que Shlomo convocó a varias águilas, que montaron guardia sobre el cuerpo, dándole sombra con sus alas extendidas.
David en el Paraíso
La muerte de David no significó el fin de su gloria y su grandeza. Solo produjo un cambio de escenario. En el reino celestial, como en la tierra, David figura entre los primeros. La corona sobre su cabeza supera en brillo a todas las demás, y cada vez que sale del Paraíso para presentarse ante Dios, soles, estrellas, ángeles, serafines y otros seres santos corren a su encuentro. En la sala del tribunal celestial se erige para él un trono de fuego de dimensiones gigantescas, justo enfrente del trono de Dios. Sentado en este trono y rodeado por los reyes de la casa de David y otros reyes israelitas, entona salmos de maravillosa belleza. Al final cita siempre el versículo: «Adonái reinará por siempre jamás», a lo cual el arcángel Metatrón y los que están con él responden: «¡Santo, santo, santo es Adonái de los ejércitos!». Esta es la señal para que las santas jayot y el cielo y la tierra se unan con alabanzas. Por último, los reyes de la casa de David cantan el versículo: «Y Adonái será rey sobre todo; en aquel día Adonái será uno, y uno Su nombre».
La mayor distinción que se le concederá a David está reservada para el día del juicio, cuando Dios prepare un gran banquete en el Paraíso para todos los justos. A petición de David, Dios mismo estará presente en el banquete, y se sentará en Su trono, frente al cual se colocará el trono de David. Al final del banquete, Dios pasará la copa de vino sobre la que se dice la bendición a Avraham, con estas palabras: «Pronuncia la bendición sobre el vino, tú que eres el padre de los piadosos del mundo». Avraham responderá: «No soy digno de pronunciar la bendición, pues soy también el padre de los ismaelitas, que encienden la ira de Dios». Dios se volverá entonces a Yitsjak: «Di tú la bendición, pues fuiste atado sobre el altar como sacrificio». «No soy digno», responderá él, «pues los hijos de mi hijo Esav destruyeron el Templo». Luego a Yaakov: «Habla tú la bendición, tú cuyos hijos fueron irreprochables». También Yaakov declinará el honor, alegando que estuvo casado con dos hermanas a la vez, lo que más tarde fue estrictamente prohibido por la Torá. Dios se volverá entonces a Moshé: «Di la bendición, pues tú recibiste la ley y cumpliste sus preceptos». Moshé responderá: «No soy digno de hacerlo, ya que no fui hallado digno de entrar en la Tierra Santa». Dios ofrecerá luego el honor a Yehoshúa, que tanto condujo a Israel a la Tierra Santa como cumplió los mandamientos de la ley. También él se negará a pronunciar la bendición, porque no fue hallado digno de engendrar un hijo. Finalmente Dios se volverá a David con estas palabras: «Toma la copa y di la bendición, tú, el más dulce cantor de Israel y rey de Israel». Y David responderá: «Sí, yo pronunciaré la bendición, pues soy digno del honor». Entonces Dios tomará la Torá y leerá de ella diversos pasajes, y David recitará un salmo al que se unirán tanto los piadosos en el Paraíso como los malvados en el infierno, con un sonoro Amén. Acto seguido, Dios enviará a Sus ángeles a conducir a los malvados del infierno al Paraíso.
La familia de David
David tuvo seis esposas, entre ellas Mijal, la hija de Shaúl, a la que se llama con el nombre cariñoso de Eglá, «Ternerita», en la lista que da el relato bíblico. Mijal era de belleza cautivadora, y a la vez el modelo de la esposa amante. No solo salvó a David de las manos de su padre, sino que también, cuando Shaúl, como padre suyo y rey suyo, le ordenó casarse con otro hombre, ella consintió solo en apariencia. Contrajo un matrimonio fingido para no despertar la ira de Shaúl, que había anulado su unión con David por motivos que él consideraba legales. Mijal era tan buena como hermosa; mostró tan extraordinaria bondad a los hijos huérfanos de su hermana Merav que la Biblia habla de los cinco hijos de Mijal «que ella dio a luz a Adriel». Adriel, sin embargo, era su cuñado y no su marido, pero ella había criado a sus hijos, tratándolos como si fueran propios. Mijal no fue menos modelo de piedad. Aunque la ley la eximía, como mujer, de ese deber, aun así cumplía el mandamiento de usar tefilín. A pesar de todas estas virtudes, fue severamente castigada por Dios por su desdén hacia David, a quien reprochó falta de dignidad, cuando él solo tenía en mente honrar a Dios. Largo tiempo permaneció sin hijos, y al fin, cuando fue bendecida con uno, perdió la propia vida al darlo a luz.
Pero la más importante entre las esposas de David fue Avigail, en quien se unían la belleza, la sabiduría y los dones proféticos. Con Sará, Rajav y Ester, forma el cuarteto de las mujeres más hermosas de la historia. Era tan hechizante que la mera idea de ella despertaba la pasión en los hombres. Su ingenio se mostró durante su primer encuentro con David, cuando, aun angustiada por la vida de su marido Naval, con la mayor serenidad le planteó una cuestión ritual en medio de su furor. Él se negó a responderla, porque, dijo, era una cuestión que debía investigarse de día, no de noche. Entonces Avigail intervino: que también la sentencia de muerte solo puede dictarse contra un hombre durante el día. Aun si el juicio de David fuera acertado, la ley le exigía esperar hasta el amanecer para ejecutarlo sobre Naval. La objeción de David, de que un rebelde como Naval no tenía derecho al debido proceso legal, la refutó ella con estas palabras: «Shaúl aún vive, y tú todavía no eres reconocido rey por el mundo».
Su encanto habría hecho de David su cautivo en aquella ocasión, si su fuerza moral no lo hubiera mantenido a raya. Por medio de la expresión «y esto no será para ti causa de tropiezo», le dio a entender que el día aún no había llegado, pero que llegaría, cuando una mujer, Bat-Sheva, desempeñaría un papel funesto en su vida. Así manifestó su don de profecía.
Ni siquiera Avigail estuvo libre de la femenina debilidad de la coquetería. Las palabras «acuérdate de tu sierva» nunca debieron ser pronunciadas por ella. Como mujer casada, no debió buscar dirigir hacia sí la atención de un hombre. En el Paraíso de las mujeres ella supervisa la quinta de las siete divisiones en que está repartido, y su dominio linda con el de las esposas de los Patriarcas, Sará, Rivká, Rajel y Leá.
Entre los hijos de David hay que mencionar en particular a Adoniyá, el hijo de Jaguit, el pretendiente al trono. Los cincuenta hombres que preparó para correr delante de él se habían habilitado para el oficio de heraldos extirpándose el bazo y la carne de las plantas de los pies. Que Adoniyá no estaba destinado a la dignidad real quedó manifiesto por el hecho de que la corona de David no le encajaba. Esta corona tenía la notable particularidad de ajustar siempre al rey legítimo de la casa de David.
Kilav era un hijo digno de su madre Avigail. El significado de su nombre es «como el padre», que se le había dado por su llamativo parecido con David en el aspecto, circunstancia que acalló las habladurías contra el matrimonio demasiado precipitado de David con la viuda de Naval. También en lo intelectual Kilav dio testimonio de la paternidad de David. De hecho, superó a su padre en saber, como superó incluso al maestro de David, Mefiboshet, el hijo de Yonatán. A causa de su piedad es uno de los pocos que han entrado vivos en el Paraíso.
Tamar no puede contarse entre los hijos de David, porque nació antes de la conversión de su madre al judaísmo. En consecuencia, su relación con Amnón no es del todo de la naturaleza grave que habría tenido, de haber sido hermana y hermano en el sentido estricto de los términos.
A la casa inmediata de David pertenecían cuatrocientos jóvenes escuderos, hijos de mujeres tomadas cautivas en batalla. Llevaban el cabello a la usanza pagana y, sentados en carros de oro, formaban la vanguardia del ejército, y aterraban al enemigo con su aspecto.
Su tumba
Cuando David fue sepultado, Shlomo puso abundantes tesoros en su tumba. Mil trescientos años después, el sumo sacerdote Hircano tomó mil talentos del dinero allí oculto para emplearlo en impedir el asedio de Yerushaláyim por el rey griego Antíoco. También el rey Herodes sustrajo grandes sumas. Pero ninguno de los saqueadores pudo penetrar hasta el lugar de reposo de los reyes —junto a David fueron sepultados sus sucesores—, pues estaba hundido en la tierra con tal destreza que no podía hallarse.
Cierta vez, un bajá musulmán visitó el mausoleo, y mientras miraba por la ventana de este, un arma suya adornada con diamantes y perlas cayó dentro de la tumba. Se descolgó a un mahometano por la ventana para recuperar el arma. Cuando lo izaron de nuevo, estaba muerto, y otros tres mahometanos que intentaron entrar del mismo modo corrieron la suerte de su compañero. A instancias del cadí, el bajá comunicó al Rabí de Yerushaláyim que se haría responsables a los judíos de la devolución del arma. El Rabí ordenó un ayuno de tres días, que debía pasarse en oración. Luego se echaron suertes para designar al mensajero que sería encargado de la peligrosa misión. La suerte recayó en el sacristán de la sinagoga, un hombre piadoso y recto. Recuperó el arma y se la devolvió al bajá, que manifestó su gratitud tratando con benevolencia a los judíos en adelante. El sacristán contó más tarde sus peripecias en la tumba al Jajam Bashí. Cuando había descendido, apareció de pronto ante él un anciano de aspecto digno, que le entregó lo que buscaba.
Otro relato milagroso acerca de la tumba de David es como sigue: una lavandera judía, pobre pero muy piadosa, fue persuadida en cierta ocasión por el guardián de la tumba para que entrara en ella. Apenas estuvo dentro, el hombre clavó la entrada y corrió al cadí para informarle de que una judía había entrado. Indignado, el cadí se apresuró al lugar, con la intención de hacer quemar a la mujer por su atrevimiento. En su terror, la pobre criatura había empezado a llorar e implorar la ayuda de Dios. De pronto, un raudal de luz iluminó la oscura tumba, y un venerable anciano la tomó de la mano y la condujo hacia abajo, bajo la tierra, hasta que llegó a campo abierto. Allí se separó de ella con estas palabras: «Apresúrate a casa, y que nadie sepa que estuviste fuera de tu hogar». El cadí hizo registrar a fondo la tumba y sus alrededores por sus alguaciles, pero no pudo hallarse rastro alguno de la mujer, aunque el guardián juraba una y otra vez por el Profeta que la mujer había entrado. Entonces regresaron los mensajeros que el cadí había enviado a la casa de la mujer, e informaron de que la habían encontrado lavando afanosamente, y muy asombrada ante su pregunta de si había estado en la tumba de David. El cadí decidió en consecuencia que, por sus falsas declaraciones y su perjurio, el guardián debía sufrir la misma muerte destinada a la mujer inocente, y así fue quemado. La gente de Yerushaláyim sospechó un milagro, pero la mujer no reveló su secreto hasta unas horas antes de su muerte. Contó su historia, y luego legó sus bienes a la congregación, con la condición de que un erudito recitara Kadish por ella en cada aniversario de su muerte.