Capítulo tercero
Shemuel y Shaúl
Elkaná y Janá
El período de los Jueces se enlaza con el período de la Monarquía por medio del profeta Shemuel, que ungió como reyes tanto a Shaúl como a David. No solo Shemuel fue profeta: también lo habían sido sus antepasados, y sus dos padres, Elkaná y Janá, estaban dotados del don de la profecía. Además de este don, Elkaná poseía una virtud extraordinaria. Fue un segundo Avraham —el único hombre piadoso de su generación—, que salvó al mundo de la destrucción cuando Dios, encolerizado por la idolatría de Mijá, estaba a punto de aniquilarlo por completo. Su mérito principal fue que, con su ejemplo, animaba al pueblo a peregrinar a Shiló, el centro espiritual de la nación. Acompañado de toda su casa, parientes incluidos, tenía por costumbre hacer cada año las tres peregrinaciones prescritas y, aunque era hombre de recursos solo modestos, su séquito iba equipado con gran magnificencia. En todas las ciudades por las que pasaba, la procesión causaba revuelo. Los espectadores preguntaban sin falta la razón de aquel espectáculo insólito, y Elkaná les decía: «Vamos a la casa de HaShem en Shiló, pues de allí sale la Torá. ¿Por qué no os unís a nosotros?» Palabras tan suaves y persuasivas no dejaban de surtir efecto. El primer año, cinco casas emprendieron la peregrinación; al siguiente, diez; y así hasta que la ciudad entera siguió su ejemplo. Elkaná elegía una ruta nueva cada año. Así pasaba por muchas ciudades, y llevaba a sus habitantes a realizar una obra piadosa.
A pesar de sus costumbres temerosas de Dios, la vida doméstica de Elkaná no era del todo dichosa. Llevaba diez años casado, y su unión con Janá no había sido bendecida con descendencia. El amor que profesaba a su esposa lo compensaba de no tener hijos, pero fue la propia Janá quien insistió en que tomara una segunda mujer. Peniná aprovechaba cada ocasión para mortificar a Janá. Por la mañana, su saludo burlón era: «¿No piensas levantarte a lavar a tus hijos y mandarlos a la escuela?» Tales pullas buscaban mantener a Janá pendiente de su falta de hijos. Quizá las intenciones de Peniná fueran loables: tal vez quería llevar a Janá a rogar a Dios que le diera hijos. Fuera como fuese que se lo arrancara, la súplica de Janá por un hijo fue fervorosa y devota. Suplica a Dios: «¡Señor del mundo! ¿Acaso has creado algo en vano? Los ojos nos los destinaste para ver; los oídos, para oír; la boca, para hablar; la nariz, para oler con ella; las manos, para trabajar. ¿No creaste estos pechos sobre mi corazón para amamantar a una criatura? Concédeme, pues, un hijo que se alimente de ellos. Señor, tú reinas sobre todos los seres, los mortales y los celestiales. Los seres celestiales ni comen ni beben, no se reproducen ni mueren, sino que viven para siempre. El hombre mortal come, bebe, procrea su especie y muere. Si soy, pues, de los seres celestiales, déjame vivir para siempre. Pero si pertenezco a la humanidad mortal, déjame cumplir mi parte en la continuación de la especie.»
Elí, el Sumo Sacerdote, que al principio malinterpretó la larga oración de Janá, la despidió con esta bendición: «Que el hijo que te ha de nacer adquiera un gran conocimiento de la Torá.» Janá salió del santuario, y al instante su rostro surcado por la pena cambió. Sintió, sin sombra de duda, que la bendición de Elí se cumpliría.
La juventud de Shemuel
La oración de Janá fue escuchada. Al cabo de seis meses y unos días le nació Shemuel, en el año diecinueve de su vida de casada y el ciento treinta de su edad. Shemuel era de constitución frágil y requería cuidados y crianza delicados. Por eso ni él ni su madre podían acompañar a Elkaná en sus peregrinaciones. Janá mantuvo a su niño apartado del santuario durante algunos años. Antes de su nacimiento, una voz del cielo había proclamado que en poco tiempo nacería un gran hombre, cuyo nombre sería Shemuel. En consecuencia, a todos los niños varones de aquel tiempo se les puso el nombre de Shemuel. A medida que crecían, las madres solían reunirse y contar las hazañas de sus hijos, para determinar cuál de ellos colmaba las expectativas que la profecía había despertado. Cuando nació el verdadero Shemuel y, por su acto admirable, superó a todos sus compañeros, quedó claro a quién se refería la palabra de Dios. Siendo ya indiscutible su preeminencia, Janá se avino a separarse de él.
El siguiente episodio ilustra las cualidades insólitas de Shemuel, manifiestas ya en la primera infancia. Tenía dos años cuando su madre lo llevó a Shiló para dejarlo allí de forma permanente. Enseguida se presentó una ocasión para mostrar su saber y su agudeza —tan grandes que provocaron el asombro del propio Sumo Sacerdote, Elí—. Al entrar en el santuario, Shemuel advirtió que buscaban a un sacerdote para degollar al animal del sacrificio. Shemuel enseñó a los servidores que a un no sacerdote le estaba permitido degollar el sacrificio. El Sumo Sacerdote Elí apareció en el momento en que, siguiendo las indicaciones de Shemuel, un no sacerdote degollaba el sacrificio. Irritado por el atrevimiento del niño, estuvo a punto de mandarlo ejecutar, sin reparar en la súplica de Janá por su vida. «Que muera —dijo—; rogaré por otro en su lugar.» Janá respondió: «Se lo presté a HaShem. Pase lo que pase, no te pertenece a ti ni a mí, sino a Dios.» Solo entonces, a salvo ya la vida de Shemuel, elevó Janá su oración de acción de gracias. Además de expresar su gratitud, contiene también muchas profecías sobre los logros futuros de Shemuel, y recorría la historia de Israel desde el principio hasta la venida del Mesías. De paso, su oración trajo alivio a los hijos de Kóraj. Desde que la tierra los había tragado, no dejaban de hundirse cada vez más. Cuando Janá pronunció las palabras «Dios hace bajar al Sheol, y hace subir», se detuvieron en su descenso.
A Janá le fue concedido presenciar no solo la grandeza de su hijo, sino también la ruina de su rival. Cada vez que Janá daba a luz un hijo, Peniná perdía dos de los suyos, hasta que ocho de sus diez hijos murieron —y habría tenido que entregarlos a todos si Janá no hubiera intercedido por ella con su oración—.
Elí y sus hijos
Poco antes de que Shemuel comenzara su noviciado en el santuario, Elí accedió a los tres cargos más altos del país: fue nombrado Sumo Sacerdote, presidente del Sanhedrín y gobernante de los asuntos políticos de Israel. Elí era un hombre piadoso y entregado al estudio de la Torá, por lo cual alcanzó una buena vejez y grandes honores. En su cargo de Sumo Sacerdote sucedía a nada menos que a Pinjás, que había perdido su dignidad sacerdotal por su actitud altiva hacia Yiftaj. Con Elí, la línea de Itamar ascendió al poder en lugar de la línea de Elazar. Sin embargo, la acción inicua de sus dos hijos atrajo una terrible desgracia sobre Elí y sobre su familia —aunque el relato de las Escrituras sobre su conducta no debe tomarse al pie de la letra—. Los hijos de Elí solo pecaron en que a veces hacían esperar a las mujeres que venían al santuario a traer las ofrendas de purificación, y así retrasaban su regreso con sus familias. Ya era bastante grave tratándose de sacerdotes de Dios. Sus faltas recayeron sobre su padre, que no fue lo bastante estricto al reprenderlos. El castigo de Elí fue envejecer prematuramente y, además, tener que renunciar a sus diversos cargos.
En vida de Elí, su hijo menor, Pinjás —el más digno de los dos—, oficiaba como Sumo Sacerdote. El único reproche a que Pinjás se expuso fue no intentar corregir la conducta de su hermano.
Lo peor del decreto de Dios contra Elí se lo comunicó Elkaná, el hombre de Dios que vino a Elí y le anunció que la dignidad sacerdotal le sería arrancada a su casa y conferida de nuevo a la familia de Elazar y que, además, sus descendientes morirían todos en la flor de la edad. Esta última condena puede evitarse con buenas obras, devoción en la oración y estudio ferviente de la Torá. Estos medios se emplearon con éxito muchas veces. Pero contra la pérdida del cargo de Sumo Sacerdote no hay remedio. La casa de Elí lo perdió de modo irrevocable. Evyatar, bisnieto de Pinjás, hijo de Elí, y último de los Sumos Sacerdotes de la línea de Itamar, hubo de resignarse a ver cómo David transfería esa dignidad a Tsadok, en cuya familia permaneció para siempre.
Los hijos de Elí atrajeron la desgracia también sobre todo Israel. A sus pecados —y a la ligereza con que el pueblo los disculpaba— se atribuyó el desdichado desenlace de la guerra con los filisteos. El Arca sagrada, receptáculo de las tablas rotas de la ley, que acompañó al pueblo al campamento, no tuvo el efecto esperado de forzar la victoria de los israelitas. Sucedió lo que Elí temía. Había ordenado a sus hijos que no se presentaran ante él si sobrevivían a la captura del Arca. Pero no sobrevivieron: murieron en el campo de batalla donde su nación había sufrido una amarga derrota. Los filisteos, eso sí, pagaron cara su victoria, sobre todo aquellos que habían pronunciado palabras despectivas cuando el Arca sagrada apareció en el campamento israelita: «El Dios de los israelitas tenía diez plagas, y las gastó todas contra los egipcios. Ya no está en su poder hacer daño.» Pero Dios dijo: «Esperad y veréis. Descargaré sobre vosotros una plaga como no la ha habido jamás.» Esta nueva plaga consistió en ratones que salían reptando de la tierra y arrancaban las entrañas de los cuerpos de los filisteos mientras hacían sus necesidades. Si los filisteos intentaban protegerse usando vasijas de bronce, las vasijas reventaban al contacto de los ratones y, como antes, los filisteos quedaban a su merced. Tras algunos meses de sufrimiento, cuando comprendieron que su dios Dagón era la víctima en lugar del vencedor, resolvieron devolver el Arca a los israelitas. Muchos de los filisteos, con todo, aún no estaban convencidos del poder de Dios. El experimento con las vacas lecheras sobre las que nunca había venido yugo debía zanjarles la cuestión. El resultado fue concluyente. Apenas habían comenzado las vacas a tirar del carro que contenía el Arca cuando alzaron sus voces en un canto:
«¡Álzate, oh Acacia! Remóntate en la plenitud de tu esplendor, tú que estás adornada con bordados de oro, tú que eres venerada en lo más santo del palacio, tú que estás cubierta por los dos querubines!»
Cuando el Arca sagrada fue así llevada al territorio israelita, hubo un regocijo inmenso. Sin embargo, al pueblo le faltó la debida reverencia. Descargaron el sagrado receptáculo mientras seguían con sus tareas de costumbre. Dios los castigó con severidad. Los setenta miembros del Sanhedrín perecieron, y con ellos cincuenta mil del pueblo. El castigo fue justo por otra razón más. A la primera vista del Arca, algunos del pueblo habían exclamado: «¿Quién te agravió para que te sintieras ofendida, y qué te ha aplacado ahora?»
Las actividades de Shemuel
En medio de las derrotas y demás calamidades que abrumaban a los israelitas, la autoridad de Shemuel crecía y el respeto hacia él aumentaba, hasta que fue reconocido como el valedor de su pueblo. Sus primeros esfuerzos se dirigieron a contrarrestar la decadencia espiritual de Israel. Cuando reunió al pueblo en Mitspá para orar, buscó distinguir entre los fieles y los idólatras, a fin de aplicar el castigo a los desleales. Hizo beber agua a todo el pueblo, cuyo efecto era impedir que los idólatras abrieran los labios. La mayoría del pueblo se arrepintió de sus pecados, y Shemuel se dirigió a Dios en su favor: «¡Señor del mundo! No exiges del hombre otra cosa que arrepentirse de sus pecados. Israel está arrepentido; perdónalo tú.» La oración fue atendida y, cuando, tras su sacrificio, Shemuel encabezó un ataque contra los filisteos, la victoria no les fue negada a los israelitas. Dios aterró al enemigo primero con un terremoto y luego con truenos y relámpagos. Muchos se dispersaron y vagaron sin rumbo; muchos fueron precipitados a las grietas abiertas en la tierra; a los demás se les chamuscó el rostro y, en su terror y su dolor, las armas se les cayeron de las manos.
Tanto en la paz como en la guerra, Shemuel fue el modelo de juez desinteresado e incorruptible, que hasta rechazaba compensación por el tiempo, las molestias y los sacrificios pecuniarios que su cargo le imponía. Sus hijos distaron mucho de parecerse a su padre en esto. En lugar de continuar el método de Shemuel de ir de un lugar a otro impartiendo justicia, hacían que el pueblo acudiera a ellos, y se rodeaban de una cuadrilla de funcionarios que esquilmaban al pueblo para su sostén. En cierto sentido, pues, se cumplió la maldición con que Elí amenazó a Shemuel en su juventud: tanto él como Shemuel tuvieron hijos indignos de sus padres. Shemuel al menos tuvo la satisfacción de ver a sus hijos enmendarse. Uno de ellos es el profeta Yoel, cuya profecía forma un libro de la Biblia.
Aunque, según este relato, los hijos de Shemuel no fueron ni de lejos tan inicuos como podría inferirse de las duras expresiones de la Escritura, la demanda de un rey por parte de los dirigentes del pueblo no era, con todo, injustificada. Lo único que deseaban era un rey en lugar de un juez. Lo que encendió la ira de Dios y disgustó a Shemuel fue el modo en que la gente común formuló la petición. «Queremos un rey —decían— para ser como las demás naciones.»
El reinado de Shaúl
Hubo varias razones para la elección de Shaúl como rey. Se había distinguido como héroe militar en el desdichado enfrentamiento de los filisteos con Israel bajo el mando de los hijos de Elí. Goliat capturó las tablas de la ley. Cuando Shaúl se enteró de esto en Shiló, marchó sesenta millas hasta el campamento, arrebató las tablas al gigante y volvió a Shiló el mismo día, trayendo a Elí la noticia de la desgracia israelita. Además, Shaúl poseía una belleza poco común, lo que explica por qué las doncellas a quienes preguntó por el vidente de su ciudad procuraron enredarlo en una larga conversación. Al mismo tiempo era sumamente modesto. Cuando él y su criado no lograron encontrar las asnas que buscaban, dijo: «Mi padre se preocupará por nosotros», poniendo a su criado a su mismo nivel; y cuando fue ungido rey, se negó a aceptar la dignidad real hasta que se consultaran los Urim veTumim. Su virtud principal, sin embargo, era su inocencia. Estaba tan libre de pecado como «un niño de un año». No es de extrañar, pues, que se le considerara digno del don profético. Las profecías que pronunció versaban sobre la guerra de Gog y Magog y sobre el reparto de recompensa y castigo en el juicio final. Por último, su elección como rey se debió también a los méritos de sus antepasados, en especial de su abuelo Aviel, hombre interesado en el bienestar público, que hacía iluminar las calles para que la gente pudiera acudir a las casas de estudio después del anochecer.
El primer acto de Shaúl como rey fue su exitoso ataque contra Najash, rey de los amonitas, que había ordenado a los galaditas suprimir de la Torá el precepto que excluía a los amonitas de la congregación de Israel. En su siguiente empresa, la campaña contra los filisteos, hizo gala de su piedad. Su hijo Yonatán había caído bajo el severo anatema que Shaúl pronunció contra todo el que probara alimento en cierto día, y Shaúl no vaciló en entregarlo a la muerte. La falta de Yonatán se dio a conocer por las piedras del pectoral del Sumo Sacerdote. Todas las piedras brillaban; solo la que llevaba el nombre de Binyamín había perdido su brillo. Por sorteo se determinó que su lustre apagado se debía al benjaminita Yonatán. Shaúl desistió de su propósito de ejecutar a Yonatán solo cuando se vio que había transgredido la orden de su padre por error. Un holocausto y su peso en oro entregado al santuario se consideraron expiación por él. En esa misma guerra, Shaúl tuvo ocasión de mostrar su celo por la observancia escrupulosa de las ordenanzas de los sacrificios. Reprochó a sus guerreros comer la carne de los sacrificios antes de que la sangre se rociara sobre el altar, y se impuso la tarea de velar por que el cuchillo de degüello se mantuviera en las condiciones prescritas. En recompensa, un ángel le trajo una espada, pues no había en todo el ejército, aparte de Shaúl, quien portara una.
Shaúl manifestó un espíritu distinto en la siguiente campaña, la guerra contra los amalecitas, a quienes, por mandato de Dios, debía exterminar. Cuando el profeta Shemuel le transmitió el mensaje del disgusto de Dios, Shaúl dijo: «Si la Torá ordena que una becerra de la manada sea desnucada en el valle como expiación por la muerte de un solo hombre, ¿cuán grande ha de ser la expiación exigida por la matanza de tantos hombres? Y admitido que sean pecadores, ¿qué mal ha hecho su ganado para merecer el exterminio? Y admitido que los adultos sean dignos de su suerte, ¿qué han hecho los niños?» Entonces una voz proclamó desde el cielo: «No seas demasiado justo.» Más tarde, cuando Shaúl encargó a Doeg abatir a los sacerdotes de Nov, se oyó a la misma voz decir: «No seas demasiado malvado.» Fue este mismo Doeg —destinado a desempeñar un papel tan funesto en su vida— quien indujo a Shaúl a perdonar a Agag, el rey de los amalecitas. Su argumento fue que la ley prohíbe degollar a un animal y a su cría el mismo día. Cuánto menos lícito es, pues, destruir a la vez a viejos y jóvenes, a hombres y niños. Como Shaúl había emprendido la guerra de exterminio contra Amalek solo forzado a ello, fue fácil persuadirlo de que dejara al pueblo conservar viva una parte del ganado. En cuanto a él, no podía tener interés personal alguno en el botín, pues era tan rico que hizo el censo del ejército dando una oveja a cada uno de sus soldados —repartiendo nada menos que doscientas mil ovejas—.
Comparados con los pecados de David, los de Shaúl no eran lo bastante graves para justificar que se le retirara la dignidad real a él y a su familia. La verdadera razón fue la excesiva mansedumbre de Shaúl, un defecto en un gobernante. Además, su familia era de una nobleza tan intachable que sus descendientes podrían haberse vuelto demasiado altivos. Cuando Shaúl desatendió el mandato divino sobre los amalecitas, Shemuel le anunció que su cargo sería concedido a otro. El nombre de su sucesor no se mencionó en aquella ocasión, pero Shemuel le dio una señal para reconocer al futuro rey: quien cortara el borde del manto de Shaúl reinaría en su lugar. Más tarde, cuando David encontró a Shaúl en la cueva y cortó un pedazo del faldón del rey, Shaúl supo con certeza que era su sucesor destinado.
Así perdió Shaúl su corona por causa de Agag y, aun así, no logró su propósito de salvar la vida del rey amalecita, pues Shemuel infligió a Agag una muerte de lo más cruel, y no según las formas de justicia judías, sino paganas. No pudo citarse ante el tribunal a testigos del crimen de Agag, ni pudo probarse que Agag, como la ley exige, hubiera sido advertido cuando estaba a punto de cometerlo. Aunque a Agag se le aplicó el castigo merecido, en cierto sentido llegó demasiado tarde. De haberlo matado Shaúl en el transcurso de la batalla, a los judíos se les habría ahorrado la persecución tramada por Hamán, pues, en el breve lapso que transcurrió entre la guerra y su ejecución, Agag llegó a ser el antepasado de Hamán.
La guerra amalecita fue la última de las hazañas notables de Shaúl. Poco después se apoderó de él el espíritu maligno, y el resto de sus días transcurrió sobre todo persiguiendo a David y a sus seguidores. Shaúl habría muerto inmediatamente después de la guerra amalecita si Shemuel no hubiera intercedido por él. El profeta rogó a Dios que se perdonara la vida del rey desobediente, al menos mientras sus propios años no llegaran a su fin señalado: «Tú me consideras igual a Moshé y a Aharón. Así como Moshé y Aharón no vieron destruida su obra ante sus ojos en vida, que tampoco cese la mía mientras yo viva.» Dios dijo: «¿Qué haré? Shemuel no me deja poner fin a los días de Shaúl, y si dejo que Shemuel muera en la flor de la edad, la gente hablará mal de él. Entretanto, el tiempo de David se acerca, y un reinado no puede solaparse ni un pelo con el tiempo asignado a otro.» Dios decidió hacer envejecer a Shemuel de golpe y, cuando murió a los cincuenta y dos, el pueblo tuvo la impresión de que habían llegado a su fin los días de un anciano. Mientras él vivió, Shaúl estuvo seguro. Apenas hubo muerto, los filisteos empezaron a amenazar a los israelitas y a su rey. Pronto se vio cuán justificados habían estado los ritos de duelo por el profeta difunto en todas las ciudades israelitas. No era de extrañar que el duelo por Shemuel fuera universal. Durante su administración activa como juez, había tenido por costumbre recorrer todas las partes del país, de modo que todo el pueblo lo conocía en persona. Esta práctica suya da testimonio no solo del celo con que se entregaba a su cargo, sino también de su riqueza, pues los gastos que estos viajes acarreaban corrían de su propio bolsillo. Una sola persona en toda la tierra no participó en las manifestaciones de dolor. Durante la misma semana de duelo, Naval celebraba banquetes. «¡Cómo! —exclamó Dios—. Todos lloran y se lamentan por la muerte del piadoso, ¡y este réprobo se entrega a la juerga!» El castigo no se hizo esperar. Tres días después de la semana de duelo por Shemuel, Naval murió.
Nadie sintió la muerte de Shemuel más hondamente que Shaúl. Solo y aislado, no retrocedió ante medidas extremas para entrar en comunicación con el profeta difunto. Con sus dos ayudantes, Avner y Amasá, se dirigió a la madre de Avner, la bruja de Endor. El rey no reveló su identidad, pero la bruja no tuvo dificultad en reconocer a su visitante. En la nigromancia rige la curiosa regla de que, a menos que lo convoque un rey, el espíritu evocado de entre los muertos aparece cabeza abajo y con los pies en el aire. Por eso, cuando la figura de Shemuel se irguió ante ellos, la bruja supo que el rey estaba con ella. Aunque la bruja veía a Shemuel, no podía oír lo que decía, mientras que Shaúl oía sus palabras pero no podía ver su persona —otro fenómeno peculiar de la nigromancia—: el evocador ve al espíritu, y aquel para quien se ha evocado al espíritu solo lo oye. Cualquier otra persona presente ni lo ve ni lo oye.
La agitación de la bruja creció cuando percibió a varios espíritus alzarse junto a Shemuel. El profeta muerto, cuando fue llamado de vuelta a la tierra, creyó que había llegado el día del juicio. Pidió a Moshé que lo acompañara y diera testimonio de que él siempre había cumplido las ordenanzas de la Torá tal como Moshé las había establecido. Con estos dos grandes guías se alzaron varios de los piadosos, todos creyendo que el día del juicio estaba cerca. Shemuel iba vestido con el «manto» que su madre le había hecho cuando lo entregó al santuario. Lo había llevado toda su vida, y con él fue enterrado. En la resurrección, todos los muertos visten sus ropas de sepultura, y así ocurrió que Shemuel se presentó ante Shaúl con su conocido «manto».
Solo fragmentos de la conversación entre Shemuel y Shaúl se han conservado en las Escrituras. Shemuel reprochó a Shaúl haberlo perturbado. «¿No te bastaba —dijo— encender la ira de tu Creador evocando a los espíritus de los muertos, que además tienes que convertirme a mí en un ídolo? Pues ¿no está dicho que, igual que los adoradores, así serán castigados los adorados?» Shemuel consintió entonces en decir al rey el decreto de Dios: que había resuelto arrancar el reino de su mano e investir a David con la dignidad real. A lo que Shaúl repuso: «Estas no son las palabras que me dijiste antes.» «Cuando morábamos juntos —replicó Shemuel—, yo estaba en el mundo de la mentira, y oías de mí palabras mentirosas, pues temía tu ira y tu venganza. Ahora habito en el mundo de la verdad, y oyes de mí palabras de verdad. En cuanto a lo que HaShem te ha hecho, lo has merecido, pues no obedeciste la voz de HaShem ni ejecutaste su ardiente ira contra Amalek.» Shaúl preguntó: «¿Puedo aún salvarme huyendo?» «Sí —respondió Shemuel—; si huyes, estás a salvo. Pero si aceptas el juicio de Dios, mañana estarás unido a mí en el Paraíso.»
Cuando Avner y Amasá interrogaron a Shaúl sobre su entrevista con Shemuel, este respondió: «Shemuel me dijo que mañana iré a la batalla y saldré victorioso. Más aún: a mis hijos se les darán posiciones elevadas en pago de su valor militar.» Al día siguiente, sus tres hijos fueron con él a la guerra, y todos cayeron abatidos. Dios convocó a los ángeles y les dijo: «Contemplad al ser que he creado en mi mundo. Por regla general, un padre se abstiene de llevar a sus hijos siquiera a un banquete, no sea que los exponga al mal de ojo. Shaúl va a la guerra sabiendo que perderá la vida y, sin embargo, lleva consigo a sus hijos y acepta con alegría el castigo que decreto.»
Así pereció el primer rey judío, como héroe y como santo. Sus últimos días transcurrieron entre remordimientos por la ejecución de los sacerdotes de Nov, y su arrepentimiento le procuró el perdón. En verdad, en todos los aspectos su piedad fue tan grande que ni siquiera David lo igualaba: David tuvo muchas esposas y concubinas; Shaúl no tuvo más que una esposa. David se quedó atrás, temiendo perder la vida en la batalla contra su hijo Avshalom; Shaúl entró en el combate sabiendo que no volvería con vida. Manso y generoso, Shaúl llevó vida de santo en su propia casa, observando incluso las leyes sacerdotales de pureza. Por eso Dios reprochó a David haber pronunciado una maldición contra Shaúl en su oración. Además, David, en su vejez, fue castigado por haber cortado el borde del manto de Shaúl, pues ninguna cantidad de ropa lograba darle calor. Por último, cuando una gran hambruna cayó sobre la tierra durante el reinado de David, Dios le dijo que se le había infligido porque los restos de Shaúl no habían sido sepultados con el honor que le correspondía, y en ese instante una voz celestial resonó llamando a Shaúl «el elegido de Dios».
La corte de Shaúl
La figura más importante en la corte de Shaúl era su primo Avner, hijo de la bruja de Endor. Era un gigante de tamaño extraordinario. Un muro de seis codos de grosor podía moverse con más facilidad que uno de los pies de Avner. David se coló una vez, por azar, entre los pies de Avner mientras este dormía, y estuvo a punto de morir aplastado cuando, por fortuna, Avner los movió y David logró escapar. Consciente de su enorme fuerza, exclamó una vez: «Si solo pudiera aferrar la tierra por algún punto, podría sacudirla.» Incluso en la hora de su muerte, herido de gravedad por Yoav, agarró a su asesino como si fuera un ovillo de lana. Estaba a punto de matarlo, pero la gente se agolpó en torno a ellos y dijo a Avner: «Si matas a Yoav, quedaremos huérfanos, y nuestras mujeres e hijos serán presa de los filisteos.» Avner respondió: «¿Qué puedo hacer? Estaba a punto de apagar mi luz.» La gente lo consoló: «Encomienda tu causa al Juez verdadero.» Avner soltó entonces a Yoav, que quedó ileso, mientras que Avner cayó muerto al instante. Dios había fallado en contra suya. La razón era que Yoav estaba, en cierta medida, justificado al buscar vengar la muerte de su hermano Asael. Asael, el corredor de rapidez sobrenatural —tan veloz que corría a través de un campo sin quebrar las espigas de trigo—, había sido el agresor. Había intentado quitarle la vida a Avner, y Avner sostenía que, al matar a Asael, no había hecho sino defenderse. Antes de infligir la herida mortal, Yoav celebró un juicio formal sobre Avner. Preguntó: «¿Por qué no dejaste a Asael inofensivo hiriéndolo, en lugar de matarlo?» Avner respondió que no habría podido hacerlo. «¿Cómo? —dijo Yoav, incrédulo—. Si fuiste capaz de golpearlo bajo la quinta costilla, ¿quieres decir que no habrías podido dejarlo inofensivo con una herida y conservarlo con vida?»
Aunque Avner era un santo, incluso «un león en la Torá», perpetró más de una acción que hacía parecer justa su muerte violenta. Jugaba a su favor que se había negado a obedecer la orden de Shaúl de acabar con los sacerdotes de Nov. Pero un hombre de su talla no debería haberse contentado con una resistencia pasiva. Debería haber intervenido de forma activa e impedir que Shaúl ejecutara su designio sangriento. Y admitido que Avner no hubiera podido influir en el ánimo del rey en este asunto, en todo caso es censurable por haber frustrado una reconciliación entre Shaúl y David. Cuando David, sosteniendo en la mano el borde del manto del rey que había cortado, procuró convencer a Shaúl de su inocencia, fue Avner quien puso al rey en contra del fugitivo suplicante. «No te preocupes por eso —dijo a Shaúl—. David encontró ese jirón en un espino en el que se te enganchó el faldón del manto al pasar.» Por otra parte, ninguna culpa recae sobre Avner por haber abrazado la causa del hijo de Shaúl contra David durante dos años y medio. Sabía que Dios había designado a David para el cargo real, pero, según una antigua tradición, Dios había prometido dos reyes a la tribu de Binyamín, y Avner consideraba su deber transmitir el honor de su padre al hijo de Shaúl el benjaminita.
Otra figura de importancia durante el reinado de Shaúl, pero hombre de carácter radicalmente distinto, fue Doeg. Doeg, amigo de Shaúl desde los días de su juventud, murió a los treinta y cuatro años y, sin embargo, a esa temprana edad había sido presidente del Sanhedrín y el mayor erudito de su tiempo. Se le llamaba Edomí, que no significa «edomita», sino «el que hace enrojecer de vergüenza», porque, con su mente aguda y su saber, avergonzaba a todos los que entraban en discusión con él. Pero su erudición residía solo en sus labios; su corazón no estaba en ella, y su único fin era suscitar admiración. No es de extrañar, pues, que su fin fuera desastroso. En el momento de su muerte había caído tan bajo que perdió toda parte en la vida venidera. La vanidad herida fue la causa de su hostilidad hacia David, que le había ganado la partida en una discusión erudita. Desde ese momento volcó todas sus energías en la tarea de arruinar a David. Intentó envenenar el ánimo de Shaúl contra David alabando a este de manera desmedida y despertando así los celos de Shaúl. También insistía una y otra vez en la ascendencia moabita de David y sostenía que, por ella, no podía ser admitido en la congregación de Israel. Shemuel y otros hombres prominentes tuvieron que hacer valer todo el peso de su autoridad para proteger a David de las consecuencias de la sofistería de Doeg.
La transgresión más grave de Doeg, sin embargo, fue delatar a los sacerdotes de Nov, a quienes acusó de alta traición y ejecutó como traidores. Para todas sus acciones inicuas ponía la ley a su servicio y de ella extraía la justificación de su conducta. Avimélej, el Sumo Sacerdote de Nov, admitió que había consultado los Urim veTumim para David. Esto sirvió a Doeg de base para la acusación de traición, y afirmó como halajá inalterable que los Urim veTumim solo pueden consultarse para un rey. En vano Avner y Amasá y todos los demás miembros del Sanhedrín demostraron que los Urim veTumim pueden consultarse para cualquiera cuya empresa concierna al bienestar general. Doeg no cedió y, como no se hallaba a nadie que ejecutara la sentencia, él mismo ofició de verdugo. Cuando lo movía el afán de venganza, tenía en poco por igual la vida y el honor de su prójimo. Consiguió convencer a Shaúl de que el matrimonio de David con Mijal, la hija del rey, había perdido su validez desde el momento en que David fue declarado rebelde. Como tal, dijo, David estaba como muerto, pues un rebelde quedaba proscrito. Por tanto, su esposa ya no estaba ligada a él. El castigo de Doeg se correspondió con sus fechorías. El que había hecho un uso impío de su conocimiento de la ley olvidó por completo la ley, y hasta sus propios discípulos se alzaron contra él y lo echaron de la casa de estudio. Al final murió leproso.
Por espantosa que fuera esta muerte, no se le tuvo por expiación de sus pecados. Un ángel quemó su alma, y otro esparció sus cenizas por todas las casas de estudio y de oración. El hijo de Doeg fue el escudero de Shaúl, a quien David dio muerte por atreverse a matar al rey, aunque este anhelara la muerte.
Junto a Avner y Doeg, Yonatán se distinguió en el reinado de su padre. Su capacidad militar se unía a una profunda erudición. A esta última debía su posición de Av Bet Din. No obstante, fue uno de los hombres más modestos que la historia conoce. Avinadav fue otro de los hijos de Shaúl digno de su padre, por lo cual a veces se le llamaba Ishví. En cuanto al nieto de Shaúl, Mefiboshet, también él tenía fama de gran hombre. El propio David no desdeñaba sentarse a sus pies, y veneraba a Mefiboshet como a su maestro. El agravio que David le hizo al conceder la mitad de sus posesiones a Tsivá, el siervo de Mefiboshet, no quedó sin venganza. Cuando David ordenó la división de los bienes de Mefiboshet, una voz del cielo profetizó: «Yerovam y Rejavam se repartirán el reino entre sí.»