Las Leyendas de los Judíos IV·Capítulo quinto5 / 12

Capítulo quinto

Shlomo

Shlomo castiga a Yoav

A la temprana edad de doce años, Shlomo sucedió a su padre David como rey. Su verdadero nombre era Yedidiá, «el amigo de Dios», pero quedó reemplazado por el de Shlomo a causa de la paz que reinó en todo el reino durante su gobierno. Llevaba, además, otros tres nombres: Ben, Yaké e Itiel. Se le llamaba Ben porque fue el constructor del Templo; Yaké, porque fue el soberano del mundo entero; e Itiel, porque Dios estaba con él.

La rebelión que Adoniyahu pretendía encabezar contra el futuro rey quedó sofocada aún en vida de David, al hacer que Shlomo fuera ungido en público. En aquella ocasión Shlomo montó una mula extraordinaria —extraordinaria porque no era fruto de cruce alguno, sino de un acto especial de creación.

Apenas subió al trono, Shlomo se dispuso a cumplir las instrucciones que su padre le había dado en el lecho de muerte. La primera de ellas era el castigo de Yoav.

A pesar de todas sus excelentes cualidades —que lo hacían apto no solo para ser el primer general de David, sino también presidente de la Academia—, Yoav había cometido grandes crímenes que debían expiarse. Además del asesinato de Avner y de Amasá, de los que era culpable, se había hecho reo de una falta contra el propio David. Los generales del ejército lo habían sospechado de haber quitado de en medio a Uriyá el hitita por interés propio, ante lo cual él les mostró la carta de David que condenaba a Uriyá. David podría haber perdonado a Yoav, pero quería que expiara sus pecados en este mundo, para que quedara libre de castigo en el mundo venidero.

Cuando Yoav advirtió que Shlomo se proponía ejecutarlo, buscó el amparo del Templo. Sabía muy bien que así no podría salvar la vida, pues el brazo de la justicia alcanza más allá de las puertas del santuario, hasta el altar de Dios. Lo que deseaba era que se le concediera un juicio en regla, y no morir por orden del rey. En este último caso perdería tanto la fortuna como la vida, y él quería dejar a sus hijos bien provistos. Entonces Shlomo le mandó decir que no tenía intención de confiscar sus bienes.

Aunque estaba convencido de la culpa de Yoav, Shlomo le concedió sin embargo el derecho de defensa. El rey lo interrogó: «¿Por qué mataste a Avner?».

Yoav: «Yo era el vengador de mi hermano Asael, a quien Avner había dado muerte».

Shlomo: «Pero si fue Asael quien buscó matar a Avner, y Avner obró en defensa propia».

Yoav: «Avner podía haber dejado inutilizado a Asael sin llegar a extremos».

Shlomo: «Eso Avner no podía hacerlo».

Yoav: «¡Cómo! Avner apuntó directo a la quinta costilla de Asael, ¿y tú dirías que no habría sabido herirlo levemente?».

Shlomo: «Muy bien, entonces dejemos el caso de Avner. Pero ¿por qué mataste a Amasá?».

Yoav: «Obró con rebeldía contra el rey David. Dejó de cumplir su orden de reunir un ejército en tres días; por esa falta merecía la pena de muerte».

Shlomo: «Amasá no obedeció la orden del rey porque nuestros sabios le habían enseñado que hasta las órdenes de un rey pueden desatenderse si implican descuidar el estudio de la Torá, como ocurría con la orden dada a Amasá. Y, en realidad —continuó Shlomo—, no fue Amasá, sino tú mismo, quien se rebeló contra el rey, pues estabas a punto de unirte a Avshalom, y si te contuviste, fue por temor a las aguerridas tropas de David».

Cuando Yoav vio que la muerte era inevitable, dijo a Benayahu, a quien se había encargado ejecutar la orden del rey: «Dile a Shlomo que no puede imponerme dos castigos. Si pretende quitarme la vida, ha de levantar la maldición que David pronunció contra mí y contra mi descendencia a causa de la muerte de Avner. Si no, no puede darme muerte». Shlomo reconoció la justicia del alegato. Al ejecutar a Yoav, traspasó la maldición de David a su propia posteridad: Rejavam, su hijo, padeció un flujo; Uziyahu sufrió de lepra; Asá tuvo que apoyarse en un bastón para caminar; el piadoso Yoshiyahu cayó por la espada del Paró, y Yejoniá vivió de la caridad. Así se cumplieron las imprecaciones de David sobre su propia familia, y no sobre la de Yoav.

El matrimonio de Shlomo

El siguiente en correr la suerte de Yoav fue Shimí ben Guerá, cuyo trato a David había ultrajado todo sentido de la decencia. Su muerte fue de mal agüero para el propio Shlomo. Mientras vivió Shimí, que era maestro de Shlomo, este no se atrevió a casarse con la hija del Paró. Cuando, tras la muerte de Shimí, Shlomo la tomó por esposa, el arcángel Gavriel descendió del cielo y clavó una caña en el mar. En torno a esa caña se fue depositando poco a poco cada vez más tierra, y, el día en que Yerovam erigió los becerros de oro, se levantó una pequeña choza sobre la isla. Aquella fue la primera de las moradas de Roma.

El banquete de bodas de Shlomo, en celebración de su matrimonio con la princesa egipcia, cayó el mismo día que la consagración del Templo. El regocijo por el casamiento del rey fue mayor que por la terminación del Templo. Como dice el proverbio: «Todos adulan al rey». Fue entonces cuando Dios concibió el plan de destruir Yerushaláyim. Fue como habló el profeta: «Esta ciudad ha sido para mí una provocación de mi ira y de mi furor desde el día en que la edificaron hasta el día de hoy».

En la noche nupcial, la hija del Paró hizo que sus sirvientes tocaran mil instrumentos musicales distintos, que había traído consigo de su tierra, y, al usar cada uno, se pronunciaba en voz alta el nombre del ídolo al que estaba dedicado. Para mejor tener al rey bajo el hechizo de sus encantos, extendió sobre el lecho un dosel de tapiz tachonado de diamantes y perlas, que relumbraban y centelleaban como las constelaciones del cielo. Cada vez que Shlomo quería levantarse, veía esas estrellas y, creyendo que aún era de noche, seguía durmiendo hasta la cuarta hora de la mañana. El pueblo estaba sumido en la aflicción, pues el sacrificio diario no pudo ofrecerse justamente esa mañana de la dedicación del Templo, porque las llaves del Templo yacían bajo la almohada de Shlomo, y nadie osaba despertarlo. Se mandó aviso a Bat-Sheva, quien enseguida despertó a su hijo y lo reprendió por su pereza. «Tu padre —le dijo— era conocido por todos como hombre temeroso de Dios, y ahora la gente dirá: “Shlomo es el hijo de Bat-Sheva; culpa de su madre es si se descarría”. Siempre que las mujeres de tu padre quedaban encinta, hacían votos y rezaban para que les naciera un hijo digno de reinar. Pero mi oración fue por un hijo instruido, digno del don de la profecía. Ten cuidado: “no des tu fuerza a las mujeres ni tus caminos a las que destruyen reyes”, pues la lujuria confunde la razón del hombre. Ten bien presente lo que hace falta en la vida de un rey. “No a los reyes, Lemuel.” No tengas nada en común con los reyes que dicen: “¿Qué necesidad tenemos de un Dios?”. No conviene que hagas como los reyes que beben vino y viven en la lascivia. No seas como ellos. Aquel a quien se revelan los secretos del mundo no debe embriagarse con vino».

Aparte de haberse casado con una gentil, cuya conversión al judaísmo no obedecía a motivos puros, Shlomo transgredió otras dos leyes bíblicas. Mantuvo muchos caballos, cosa que un rey judío no debe hacer, y —lo que la ley aborrece por igual— acumuló mucha plata y oro. Bajo el gobierno de Shlomo, la plata y el oro fueron tan abundantes entre el pueblo que sus utensilios se hacían de ellos en lugar de los metales más viles. Por todo esto tuvo que expiar penosamente más adelante.

Su sabiduría

Pero la riqueza y la pompa de Shlomo eran nada en comparación con su sabiduría. Cuando Dios se le apareció en Guivón, en un sueño de la noche, y le dio licencia para pedir lo que quisiera —gracia no concedida a ningún otro, salvo al rey Ajaz de Yehudá, y prometida solo al Mesías en el tiempo por venir—, Shlomo eligió la sabiduría, sabiendo que, una vez en su poder, todo lo demás vendría por sí solo. Su sabiduría, atestiguan las Escrituras, era mayor que la de Etán el ezrajita, y Hemán, y Kalkol, y Dardá, los tres hijos de Majol. Esto significa que era más sabio que Avraham, Moshé, Yosef y la generación del desierto. Superaba incluso a Adam. Los proverbios suyos que han llegado hasta nosotros apenas suman ochocientos. No obstante, la Escritura los cuenta como equivalentes a tres mil, por la razón de que cada versículo de su libro admite una interpretación doble y triple. En su sabiduría analizó las leyes reveladas a Moshé, y asignó razones a las ordenanzas rituales y ceremoniales de la Torá que, sin su explicación, habrían parecido extrañas. Las «cuarenta y nueve puertas de la sabiduría» estaban abiertas a Shlomo como lo habían estado a Moshé, pero el sabio rey buscó superar incluso al sabio legislador. Tenía tal confianza en sí mismo que habría impartido justicia sin recurrir a testigos, de no habérselo impedido una voz celestial.

La primera prueba de su sabiduría la dio en su veredicto sobre el caso del niño que dos madres reclamaban como propio. Cuando las mujeres le presentaron su litigio, el rey dijo que Dios, en su sabiduría, había previsto que surgiría tal disputa, y por eso había creado los órganos del hombre en pares, de modo que ninguna de las dos partes del pleito quedara agraviada. Al oír estas palabras del rey, los consejeros de Shlomo se lamentaron: «¡Ay de ti, oh tierra, cuando tu rey es un muchacho!». Al poco tiempo comprendieron la sabiduría del rey, y entonces exclamaron: «¡Dichosa tú, oh tierra, cuando tu rey es un hombre libre!». La disputa había sido provocada adrede por Dios, con el fin de que la sabiduría de Shlomo se diera a conocer. En realidad, las dos litigantes no eran mujeres en absoluto, sino espíritus. Para que se disipara toda duda sobre la justicia del veredicto, una voz celestial proclamó: «Esta es la madre del niño».

En vida de David, cuando Shlomo era aún un muchacho, había resuelto otro caso difícil de manera igualmente brillante. Un hombre rico había enviado a su hijo a un largo viaje de negocios a África. A su regreso, el joven halló que su padre había muerto entretanto, y que sus tesoros habían pasado a manos de un esclavo astuto, que había logrado deshacerse de todos los demás esclavos, o intimidarlos. En vano hizo valer el legítimo heredero su reclamo ante el rey David. Como no podía presentar testigos que declararan en su favor, no había modo de desposeer al esclavo, que también se llamaba a sí mismo hijo del difunto. El niño Shlomo oyó el caso, e ideó un método para llegar a la verdad. Hizo exhumar el cadáver del padre, y tiñó uno de los huesos con la sangre, primero de uno de los reclamantes y luego del otro. La sangre del esclavo no mostró afinidad con el hueso, mientras que la sangre del verdadero heredero lo empapó. Así el hijo verdadero aseguró su herencia.

Tras su ascenso al trono, se presentó ante Shlomo un pleito singular entre herederos para que lo dirimiera. Ashmedai, el rey de los demonios, le dijo una vez a Shlomo: «Tú eres el más sabio de los hombres, y sin embargo voy a mostrarte algo que nunca has visto». Entonces Ashmedai hincó el dedo en la tierra, y surgió un hombre de dos cabezas. Era uno de los cainitas, que viven bajo tierra y son del todo distintos en naturaleza y costumbre de los moradores del mundo de arriba. Cuando el cainita quiso descender de nuevo a su morada, resultó que no podía volver allá. Ni siquiera Ashmedai pudo lograrlo. Así que se quedó en la tierra, tomó esposa y engendró siete hijos, uno de los cuales se parecía a su padre en tener dos cabezas. Cuando el cainita murió, estalló una disputa entre sus descendientes sobre cómo repartir la propiedad. El hijo de dos cabezas reclamaba dos porciones. Tanto Shlomo como el Sanhedrín se hallaban perplejos; no lograban dar con un precedente que los guiara. Entonces Shlomo oró a Dios: «Oh Señor de todo, cuando te apareciste a mí en Guivón y me diste licencia para pedirte un don, no deseé ni plata ni oro, sino solo sabiduría, para poder juzgar a los hombres con justicia».

Dios escuchó su oración. Cuando los hijos del cainita comparecieron de nuevo ante Shlomo, este vertió agua caliente sobre una de las cabezas del monstruo bicéfalo, ante lo cual ambas cabezas se estremecieron y ambas bocas gritaron: «¡Nos morimos, nos morimos! Somos uno solo, no dos». Shlomo resolvió que el hijo de dos cabezas era, al fin y al cabo, un solo ser.

En otra ocasión, Shlomo inventó un pleito para sacar la verdad en un caso enredado. Tres hombres comparecieron ante él, cada uno acusando a los otros de robo. Habían viajado juntos y, al acercarse el Shabat, se detuvieron y se dispusieron a descansar, y buscaron un escondite seguro para su dinero, pues no está permitido llevar dinero encima en Shabat. Los tres juntos ocultaron lo que tenían en el mismo sitio y, cuando pasó el Shabat, acudieron presurosos allá, solo para hallar que se lo habían robado. Estaba claro que uno de los tres debía de ser el ladrón, pero ¿cuál?

Shlomo les dijo: «Sé que sois hombres de negocios expertos y minuciosos. Quisiera que me ayudarais a decidir un pleito que el rey de Roma me ha sometido. En el reino romano vivían una doncella y un joven, que se prometieron mutuamente bajo juramento no contraer matrimonio jamás sin obtener el permiso del otro. Los padres de la muchacha desposaron a su hija con un hombre a quien ella amaba, pero ella se negó a ser su esposa hasta que el compañero de su juventud diera su consentimiento. Tomó mucho oro y plata, y salió a buscarlo para sobornarlo. Dejando a un lado su propio amor por la muchacha, él le ofreció a ella y a su amado sus felicitaciones, y rehusó aceptar la más mínima recompensa por el permiso concedido. En el camino de vuelta, la feliz pareja fue sorprendida por un viejo salteador, que se disponía a robar al joven su prometida y su dinero. La muchacha le contó al bandido la historia de su vida, y cerró con estas palabras: “Si un joven dominó su pasión por mí, cuánto más deberías tú, un anciano, estar lleno de temor de Dios y dejarme seguir mi camino”. Sus palabras surtieron efecto. El anciano salteador no puso las manos ni sobre la muchacha ni sobre el dinero.

»Ahora bien —prosiguió Shlomo dirigiéndose a los tres litigantes—, se me pidió decidir cuál de las tres personas implicadas obró más noblemente: la muchacha, el joven o el salteador, y quisiera conocer vuestro parecer sobre la cuestión».

El primero de los tres dijo: «Mi elogio es para la muchacha, que guardó su juramento con tanta fidelidad». El segundo: «Yo daría la palma al joven, que se dominó y no dejó que su pasión prevaleciera». El tercero dijo: «Recomiendo al bandido, que apartó las manos del dinero, sobre todo cuando, con solo entregar a la mujer, ya habría hecho cuanto podía esperarse de él: podía haberse quedado con el dinero».

La última respuesta bastó para poner a Shlomo sobre la pista correcta. El hombre que se conmovía de admiración por las virtudes del ladrón probablemente estaba él mismo lleno de codicia de dinero. Lo hizo interrogar y, finalmente, le arrancó una confesión. Él había cometido el robo, y señaló el lugar donde había escondido el dinero.

Hasta los animales sometían sus controversias al sabio juicio de Shlomo. Un hombre con un jarro de leche se topó con una serpiente que se lamentaba lastimeramente en un campo. A la pregunta del hombre, la serpiente respondió que la atormentaba la sed. «¿Y qué llevas en el jarro?», preguntó la serpiente. Cuando oyó lo que era, suplicó la leche y prometió recompensar al hombre mostrándole un tesoro oculto. El hombre le dio la leche a la serpiente, y esta lo condujo entonces a una gran roca. «Bajo esta roca —dijo la serpiente— yace el tesoro». El hombre apartó la roca rodándola, y estaba a punto de tomar el tesoro cuando de pronto la serpiente se abalanzó sobre él y se enroscó en su cuello. «¿Qué pretendes con tal proceder?», exclamó el hombre. «Voy a matarte —respondió la serpiente—, porque me estás robando todo mi dinero». El hombre propuso que llevaran su caso al rey Shlomo, y obtuvieran su fallo sobre quién estaba en falta. Así lo hicieron. Shlomo pidió a la serpiente que expusiera qué exigía del hombre. «Quiero matarlo —contestó la serpiente—, porque las Escrituras lo ordenan, diciendo: “Herirás el talón del hombre”». Shlomo dijo: «Primero suelta tu presa del cuello del hombre y baja; en un tribunal ninguna de las dos partes de un pleito puede gozar de ventaja sobre la otra». La serpiente se deslizó al suelo, y Shlomo repitió su pregunta, y recibió de la serpiente la misma respuesta que antes. Entonces Shlomo se volvió al hombre y le dijo: «A ti la orden de Dios fue herir la cabeza de la serpiente: ¡hazlo!». Y el hombre aplastó la cabeza de la serpiente.

A veces las afirmaciones y opiniones de Shlomo, aunque brotaban de una sabiduría profunda, parecían extrañas al común de los hombres. En tales casos, el sabio rey no desdeñaba ilustrar el acierto de sus pareceres. Por ejemplo, tanto los doctos como los ignorantes se sintieron picados a la oposición por este dicho de Shlomo: «Un hombre entre mil he hallado; pero una mujer virtuosa entre todas ellas no la he hallado». Shlomo se comprometió sin vacilar a demostrar que tenía razón. Hizo que sus sirvientes buscaran a un matrimonio con reputación de rectitud y virtud. El marido fue citado ante él, y Shlomo le dijo que había decidido nombrarlo para un cargo elevado. El rey exigía solo, como prenda de su lealtad, que asesinara a su mujer, para quedar libre de casarse con la hija del rey, esposa acorde con la dignidad de su nueva posición. Con el corazón apesadumbrado, el hombre volvió a casa. Su desesperación creció al ver a su bella esposa y a sus pequeños hijos. Aunque resuelto a cumplir el mandato del rey, aún le faltaba valor para matar a su mujer mientras estaba despierta. Esperó a que estuviera profundamente dormida, pero entonces el niño acurrucado en los brazos de la madre reavivó su afecto paterno y conyugal, y volvió la espada a su vaina, diciéndose: «Y aunque el rey me ofreciera todo su reino, no asesinaría a mi mujer». Entonces fue a Shlomo y le comunicó su decisión final. Un mes después, Shlomo mandó llamar a la mujer y le declaró su amor. Le dijo que su felicidad podría consumarse si tan solo se deshacía de su marido. Entonces sería hecha primera esposa de su harén. Shlomo le dio una espada de plomo que relucía como si fuera forjada de acero. La mujer volvió a casa resuelta a dar a la espada el uso previsto. Ni un temblor de sus párpados delató su siniestro propósito. Al contrario, con caricias y palabras tiernas buscó desarmar cualquier sospecha que pudiera recaer sobre ella. En la noche se levantó, sacó la espada y se dispuso a matar a su marido. El instrumento de plomo, como es natural, no causó daño alguno, salvo despertar a su marido, a quien tuvo que confesar su mala intención. Al día siguiente, marido y mujer fueron convocados ante el rey, quien así convenció a sus consejeros de la verdad de su convicción: que en la mujer no puede ponerse confianza alguna.

La fama de la sabiduría de Shlomo se extendió a lo largo y a lo ancho. Muchos entraron al servicio del rey, con la esperanza de aprovecharse de su sabiduría. Tres hermanos habían servido bajo sus órdenes durante trece años y, decepcionados por no haber aprendido nada, se resolvieron a dejar su servicio. Shlomo les dio a elegir: recibir cien monedas cada uno, o que se les enseñaran tres máximas de sabiduría. Decidieron tomar el dinero. Apenas habían salido de la ciudad cuando el menor de los tres, sin hacer caso de las protestas de sus dos hermanos, se apresuró a volver a Shlomo y le dijo: «Mi señor, no entré a tu servicio para ganar dinero; quería adquirir sabiduría. Te ruego que tomes de vuelta tu dinero y me enseñes sabiduría en su lugar». Shlomo entonces le impartió las tres reglas de conducta siguientes: «Cuando viajes lejos, ponte en camino con el alba y recógete para la noche antes de que caiga la oscuridad; no cruces un río que vaya crecido; y nunca reveles un secreto a una mujer». El hombre alcanzó pronto a sus hermanos, pero no les confió nada de lo que había aprendido de Shlomo. Siguieron viaje juntos. Al acercarse la hora novena —tres horas después del mediodía—, llegaron a un lugar apropiado para pasar la noche. El hermano menor, atento al consejo de Shlomo, propuso que se detuvieran allí. Los otros se burlaron de su necedad, que —dijeron— había empezado a mostrar cuando devolvió su dinero a Shlomo. Los dos siguieron su camino, pero el menor dispuso su alojamiento para la noche. Cuando cayó la oscuridad, y con ella un frío cortante, él estaba abrigado y cómodo, mientras que a sus hermanos los sorprendió una tormenta de nieve, en la que perecieron. Al día siguiente prosiguió su viaje, y en el camino halló los cuerpos muertos de sus hermanos. Tras apropiarse de su dinero, los enterró y siguió adelante. Cuando llegó a un río que iba muy crecido, tuvo presente el consejo de Shlomo, y aguardó a cruzar hasta que la crecida bajó. Mientras estaba en la orilla, observó cómo algunos de los siervos del rey intentaban vadear la corriente con bestias cargadas de oro, y cómo la crecida los arrastraba. Después de que las aguas hubieron menguado, cruzó y se apropió del oro atado a los animales ahogados. Cuando volvió a casa, rico y sabio, no contó nada de lo que le había ocurrido, ni siquiera a su mujer, que estaba muy ansiosa por averiguar de dónde había sacado su marido la riqueza. Finalmente, ella lo acosó tan de cerca con preguntas que el consejo de Shlomo sobre confiar un secreto a una mujer quedó del todo olvidado. Una vez, mientras su mujer reñía con él, ella exclamó: «No te basta con haber asesinado a tus hermanos, sino que quieres matarme a mí también». A raíz de ello, sus dos cuñadas lo acusaron del asesinato de sus maridos. Fue juzgado, condenado a muerte, y escapó del verdugo solo cuando contó al rey la historia de su vida, y fue reconocido como su antiguo servidor. Fue en referencia a las aventuras de este hombre que Shlomo dijo: «Adquiere sabiduría; es mejor que el oro y que el oro más fino».

Otro de sus discípulos tuvo una experiencia semejante. Cada año, un hombre venía desde muy lejos a hacer una visita al sabio rey y, cuando partía, Shlomo tenía por costumbre otorgarle un regalo. Una vez el huésped rehusó el regalo, y en su lugar pidió al rey que le enseñara la lengua de las aves y de los animales. El rey estaba dispuesto a concederle su deseo, pero no dejó de advertirle primero del gran peligro que entrañaba tal conocimiento. «Si le dices a otros una sola palabra de lo que oigas de un animal —le dijo—, morirás sin remedio; tu destrucción es inevitable». Sin arredrarse, el visitante insistió en su deseo, y el rey lo instruyó en el arte secreto.

De vuelta en casa, alcanzó a oír una conversación entre su buey y su asno. El asno dijo: «Hermano, ¿cómo te va con esta gente?».

El buey: «Por tu vida, hermano, paso día y noche en labor dura y penosa».

El asno: «Puedo aliviarte, hermano. Si sigues mi consejo, vivirás con holgura y te librarás de todo trabajo pesado».

El buey: «Oh hermano, que tu corazón se incline hacia mí, para apiadarte de mí y ayudarme. Prometo no apartarme de tu consejo ni a la derecha ni a la izquierda».

El asno: «Dios lo sabe, te hablo con la rectitud de mi corazón y la pureza de mis pensamientos. Mi consejo es que esta noche no comas ni paja ni forraje. Cuando nuestro amo lo note, supondrá que estás enfermo. No te impondrá trabajo pesado, y podrás tomar un buen descanso. Así hice yo hoy».

El buey siguió el consejo de su compañero. No tocó nada del alimento que le echaron. El amo, sospechando una argucia por parte del asno, se levantó durante la noche, fue al establo y vio cómo el asno comía a sus anchas del pesebre que pertenecía al buey. No pudo evitar reír a carcajadas, lo que asombró grandemente a su mujer, que, por supuesto, no había notado nada fuera de lo común. El amo eludió sus preguntas. Algo cómico se le acababa de ocurrir, dijo a modo de explicación.

Por la treta artera jugada al buey, resolvió castigar al asno. Ordenó al criado dejar descansar al buey por el día, y hacer que el asno hiciera el trabajo de ambos animales. Al anochecer, el asno entró penosamente en el establo, cansado y exhausto. El buey lo saludó con estas palabras: «Hermano, ¿has oído algo de lo que traman nuestros desalmados amos?». «Sí —respondió el asno—, los oí hablar de mandarte degollar, si te negaras a comer también esta noche. Quieren asegurarse al menos de tu carne». Apenas hubo oído el buey las palabras del asno, cuando se arrojó sobre su comida como un león voraz sobre su presa. No dejó ni una brizna, y el amo se vio de pronto movido a una risa estrepitosa. Esta vez su mujer se empeñó en saber la causa. En vano suplicó e imploró. Juró no volver a vivir con él si no le decía por qué reía. El hombre la amaba tan entrañablemente que estaba dispuesto a sacrificar su vida para satisfacer su capricho, pero antes de despedirse de este mundo deseó ver una vez más a sus amigos y parientes, y los invitó a todos a su casa.

Entretanto, su perro fue advertido del cercano fin del amo, y tal tristeza se apoderó del fiel animal que no tocó ni comida ni bebida. El gallo, en cambio, alegremente se apropió del alimento destinado al perro, y él y sus mujeres disfrutaron de un banquete. Ultrajado por conducta tan insensible, el perro dijo al gallo: «¡Cuán grande es tu desvergüenza, y cuán insignificante tu recato! Tu amo está a un paso de la tumba, y tú comes y te regocijas». La réplica del gallo fue: «¿Es culpa mía que nuestro amo sea un necio y un idiota? Yo tengo diez mujeres, y las gobierno a mi antojo. Ni una osa oponerse a mí y a mis órdenes. Nuestro amo tiene una sola mujer, y a esta no logra controlar ni manejar». «¿Qué debería hacer nuestro amo?», preguntó el perro. «Que tome un buen palo y le zurre bien la espalda a su mujer —aconsejó el gallo—, y te aseguro que no volverá a atormentarlo para que revele sus secretos».

El marido había oído también esta conversación, y el consejo del gallo le pareció bueno. Lo siguió, y la muerte quedó apartada.

En muchas ocasiones, Shlomo puso su agudeza y su sabiduría al servicio de contrarrestar a los gobernantes extranjeros que intentaban urdir maldades contra él. Shlomo necesitaba ayuda para construir el Templo, y escribió al Paró, pidiéndole que enviara artesanos a Yerushaláyim. El Paró accedió a su petición, pero no con honradez. Hizo que sus astrólogos determinaran cuáles de sus hombres estaban destinados a morir dentro del año. A esos candidatos a la tumba se los remitió a Shlomo. El rey judío no tardó en descubrir la treta que le habían jugado. De inmediato devolvió a los hombres a Mitsraim, cada uno provisto de sus mortajas, y escribió: «¡Al Paró! Supongo que no tenías sudarios para esta gente. Con la presente te envío a los hombres, y lo que necesitaban».

Jiram, rey de Tiro, el firme amigo de la dinastía de David, que había prestado a Shlomo servicios tan valiosos en relación con la construcción del Templo, deseaba poner a prueba su sabiduría. Tenía por costumbre enviar a Shlomo preguntas capciosas y acertijos, con el ruego de que los resolviera y lo sacara de su apuro con ellos. Shlomo, por supuesto, lograba responderlos todos. Más adelante hizo un pacto con Jiram: intercambiarían enigmas y acertijos, y se cobraría una multa en dinero a aquel de los dos que no acertara con la respuesta correcta a una cuestión propuesta por el otro. Naturalmente, era Jiram quien siempre perdía. Los tirios sostienen que finalmente Shlomo halló quien lo aventajara en uno de los súbditos de Jiram, un tal Abdamón, que le propuso a Shlomo más de un acertijo que desconcertó su ingenio.

De la sutileza de Shlomo para adivinar acertijos, solo unos pocos ejemplos han llegado hasta nosotros, todos ellos ligados a los acertijos que le propuso la reina de Sabá. La historia de esta reina, de su relación con Shlomo, y de qué la indujo a dejar su lejano hogar y viajar a la corte de Yerushaláyim, forma un capítulo interesante en la accidentada vida del sabio rey.

La reina de Sabá

Ha de recordarse que Shlomo gobernaba no solo sobre los hombres, sino también sobre las bestias del campo, las aves del cielo, los demonios, los espíritus y los espectros de la noche. Conocía la lengua de todos ellos, y ellos entendían la suya.

Cuando Shlomo estaba alegre a causa del vino, convocaba a las bestias del campo, las aves del cielo, los reptiles rastreros, las sombras, los espectros y los fantasmas, para que danzaran ante los reyes, sus vecinos, a quienes invitaba a presenciar su poder y su grandeza. Los escribas del rey llamaban a los animales y a los espíritus por su nombre, uno por uno, y todos se congregaban por su propia voluntad, sin cadenas ni ataduras, sin mano humana que los guiara.

En una ocasión, se echó de menos a la abubilla entre las aves. No se la hallaba por ninguna parte. El rey, lleno de ira, ordenó que la trajeran y la castigaran por su tardanza. La abubilla se presentó y dijo: «Oh señor, rey del mundo, inclina tu oído y escucha mis palabras. Tres meses han pasado desde que empecé a tomar consejo conmigo mismo y a resolverme sobre una línea de acción. No he comido alimento ni bebido agua, para volar por todo el mundo y ver si hay en alguna parte un dominio que no esté sujeto a mi señor el rey. Y hallé una ciudad, la ciudad de Kitor, en el Oriente. Allí el polvo vale más que el oro, y la plata es como el lodo de las calles. Sus árboles son del principio de todos los tiempos, y absorben el agua que fluye del Jardín del Edén. La ciudad está atestada de hombres. Sobre la cabeza llevan guirnaldas trenzadas en el Paraíso. No saben combatir, ni tirar con arco y flecha. Su gobernante es una mujer, se la llama la reina de Sabá. Si ahora te place, oh señor y rey, ceñiré mis lomos como un héroe y viajaré a la ciudad de Kitor, en la tierra de Sabá. A sus reyes encadenaré con cadenas, y a sus gobernantes con grillos de hierro, y los traeré a todos ante mi señor el rey».

El discurso de la abubilla agradó al rey. Se convocó a los escribanos de su tierra, y escribieron una carta y la ataron al ala de la abubilla. El ave se elevó hacia el cielo, lanzó su grito y voló, seguida de todas las demás aves.

Y llegaron a Kitor, en la tierra de Sabá. Era de mañana, y la reina había salido a rendir culto al sol. De pronto las aves oscurecieron su luz. La reina alzó la mano, rasgó su vestidura y quedó sobrecogida de asombro. Entonces la abubilla se posó cerca de ella. Al ver que una carta estaba atada a su ala, la soltó y la leyó. ¿Y qué estaba escrito en la carta? «¡De mí, el rey Shlomo! La paz sea contigo, la paz con los nobles de tu reino. Sabe que Dios me ha nombrado rey sobre las bestias del campo, las aves del cielo, los demonios, los espíritus y los espectros. Todos los reyes del Oriente y del Occidente vienen a traerme saludos. Si vienes y me saludas, te mostraré grandes honores, más que a ninguno de los reyes que me sirven. Pero si no me rindes homenaje, enviaré contra ti reyes, legiones y jinetes. Preguntas: ¿quiénes son estos reyes, legiones y jinetes del rey Shlomo? Las bestias del campo son mis reyes, las aves mis jinetes, los demonios, espíritus y sombras de la noche mis legiones. Los demonios os estrangularán en vuestros lechos por la noche, mientras que las bestias os matarán en el campo, y las aves devorarán vuestra carne».

Cuando la reina de Sabá hubo leído el contenido de la carta, rasgó de nuevo su vestidura y mandó aviso a sus ancianos y a sus príncipes: «¿No sabéis lo que Shlomo me ha escrito?». Ellos respondieron: «Nada sabemos del rey Shlomo, y su dominio lo tenemos por nada». Pero sus palabras no tranquilizaron a la reina. Reunió todas las naves del mar, y las cargó con las más finas clases de madera, y con perlas y piedras preciosas. Junto con estas, envió a Shlomo seis mil jóvenes y doncellas, nacidos en el mismo año, en el mismo mes, en el mismo día, en la misma hora, todos de igual talla y estatura, todos vestidos de púrpura. Portaban una carta para el rey Shlomo, como sigue: «De la ciudad de Kitor a la tierra de Israel hay un viaje de siete años. Como es tu deseo y mandato que te visite, me apresuraré y estaré en Yerushaláyim al cabo de tres años».

Cuando se acercaba el tiempo de su llegada, Shlomo envió a Benayahu, hijo de Yehoyadá, a su encuentro. Benayahu era como el arrebol del cielo oriental al despuntar el día, como el lucero de la tarde que sobrepasa en brillo a todas las demás estrellas, como el lirio que crece junto a los arroyos de agua. Cuando la reina lo divisó, descendió de su carro para honrarlo. Benayahu le preguntó por qué dejaba su carro. «¿No eres tú el rey Shlomo?», inquirió ella a su vez. Benayahu respondió: «No soy el rey Shlomo, sino solo uno de sus siervos que están en su presencia». Entonces la reina se volvió a sus nobles y dijo: «Si no habéis contemplado al león, al menos habéis visto su guarida, y si no habéis contemplado al rey Shlomo, al menos habéis visto la hermosura de aquel que está en su presencia».

Benayahu condujo a la reina ante Shlomo, que había ido a sentarse en una casa de cristal para recibirla. La reina fue engañada por una ilusión. Creyó que el rey estaba sentado en agua y, al cruzar hacia él, alzó su vestidura para no mojarla. En sus pies desnudos notó el rey vello, y le dijo: «Tu hermosura es hermosura de mujer, pero tu vello es de varón; el vello es adorno para el hombre, pero afea a la mujer».

Entonces la reina comenzó y dijo: «He oído de ti y de tu sabiduría; si ahora te pregunto acerca de un asunto, ¿me responderás?». Él respondió: «HaShem da la sabiduría; de su boca vienen el conocimiento y el entendimiento». Ella entonces le dijo:

1. «Siete hay que salen y nueve que entran; dos dan la bebida y uno bebe». Le dijo él: «Siete son los días de la impureza de la mujer, y nueve los meses del embarazo; dos son los pechos que dan la bebida, y uno el niño que la bebe». Ante lo cual ella le dijo: «Eres sabio».

2. Luego lo interrogó más: «Una mujer dijo a su hijo: tu padre es mi padre, y tu abuelo mi marido; tú eres mi hijo, y yo soy tu hermana». «Ciertamente —dijo él—, fue la hija de Lot quien habló así a su hijo».

3. Colocó ante él a cierto número de varones y de mujeres de la misma estatura y atavío, y dijo: «Distínguelos». Al punto hizo él una señal a los eunucos, que le trajeron una cantidad de nueces y de espigas de maíz tostadas. Los varones, que no eran vergonzosos, las cogieron con las manos desnudas; las mujeres las tomaron sacando sus manos enguantadas de debajo de sus vestiduras. Ante lo cual él exclamó: «Aquellos son los varones, estas las mujeres».

4. Le trajo cierto número de hombres, unos circuncidados y otros incircuncisos, y le pidió que los distinguiera. De inmediato hizo él una señal al Sumo Sacerdote, que abrió el Arca de la Alianza, ante lo cual los que estaban circuncidados inclinaron sus cuerpos hasta la mitad de su altura, mientras sus rostros se llenaban del resplandor de la Shejiná; los incircuncisos cayeron de bruces sobre sus rostros. «Aquellos —dijo él— están circuncidados, estos incircuncisos». «Eres sabio, en verdad», exclamó ella.

5. Le planteó otras preguntas, a todas las cuales dio respuesta. «¿Quién es aquel que ni nació ni ha muerto?». «Es HaShem del mundo, bendito sea Él».

6. «¿Qué tierra es aquella que solo una vez ha visto el sol?». «La tierra sobre la cual, tras la creación, se reunieron las aguas, y el lecho del mar de los Juncos el día en que fue dividido».

7. «Hay un recinto con diez puertas: cuando una está abierta, nueve están cerradas; y cuando nueve están abiertas, una está cerrada.» «Ese recinto es el vientre; las diez puertas son los diez orificios del hombre —sus ojos, sus oídos, sus fosas nasales, la boca, las aberturas por donde se expulsan los excrementos y la orina, y el ombligo—. Mientras el niño está en estado embrionario, el ombligo está abierto y los demás orificios cerrados; pero cuando sale del vientre, el ombligo se cierra y los demás se abren.»

8. «Hay algo que, estando vivo, no se mueve, pero que en cuanto le cortan la cabeza se mueve.» «Es el barco en el mar.»

9. «¿Cuáles son los tres que ni comieron, ni bebieron, ni recibieron pan alguno, y sin embargo salvaron vidas de la muerte?» «El sello, el cordón y el bastón son esos tres.»

10. «Tres entraron en una cueva y cinco salieron de ella.» «Lot y sus dos hijas y sus dos hijos.»

11. «El muerto vivió, la tumba se movió y el muerto oró: ¿qué es eso?» «El muerto que vivió y oró, Yoná; y el pez, la tumba que se movía.»

12. «¿Quiénes fueron los tres que comieron y bebieron sobre la tierra y sin embargo no nacieron de varón ni de hembra?» «Los tres ángeles que visitaron a Avraham.»

13. «Cuatro entraron en un lugar de muerte y salieron vivos, y dos entraron en un lugar de vida y salieron muertos.» «Los cuatro fueron Daniel, Jananiá, Mishael y Azariá; y los dos fueron Nadav y Avihú.»

14. «¿Quién fue el que nació y no murió?» «Eliyahu y el Mashíaj.»

15. «¿Qué fue aquello que no nació, y sin embargo le fue dada vida?» «El Becerro de Oro.»

16. «¿Qué es aquello que se produce de la tierra, y sin embargo lo produce el hombre, mientras que su alimento es el fruto de la tierra?» «Una mecha.»

17. «Una mujer estuvo casada con dos, y dio a luz dos hijos, y sin embargo estos cuatro tuvieron un solo padre.» «Tamar.»

18. «Una casa llena de muertos; ningún muerto entró entre ellos, ni salió de ellos ningún vivo.» «Es la historia de Shimshón y los filisteos.»

19. Enseguida la reina mandó traer el tronco aserrado de un cedro y le pidió a Shlomo que señalara en qué extremo había estado la raíz y en cuál las ramas. Él le indicó que lo echara al agua: un extremo se hundió y el otro quedó flotando en la superficie. La parte que se hundió era la raíz, y la que quedó arriba, el extremo de las ramas. Entonces ella le dijo: «Superas en sabiduría y en bondad la fama que había oído, ¡bendito sea tu Dios!»

Los tres últimos acertijos que la reina de Sabá le planteó a Shlomo fueron estos:

20. «¿Qué es esto? Un pozo de madera con cubos de hierro, que sacan piedras y vierten agua.» El rey respondió: «Un estuche de colorete.»

21. «¿Qué es esto? Viene como polvo de la tierra, su alimento es polvo, se vierte como agua y alumbra la casa.» «La nafta.»

22. «¿Qué es esto? Camina delante de todos; grita con voz alta y amarga; su cabeza es como la caña; es la gloria del noble, la deshonra del pobre; la gloria de los muertos, la deshonra de los vivos; el deleite de las aves, la aflicción de los peces.» Él respondió: «El lino.»

Shlomo, señor de los demonios

Nunca ha vivido hombre con el privilegio de Shlomo de someter a los demonios a su voluntad. Dios lo dotó de la capacidad de convertir el poder maligno de los demonios en una fuerza que obrara en provecho de los hombres. Inventó fórmulas de conjuro con las que se aliviaban las enfermedades, y otras con las que se exorcizaba a los demonios, de modo que quedaran desterrados para siempre. Como servidores personales tenía espíritus y demonios a los que podía enviar de un lado a otro al instante. Podía cultivar plantas tropicales en la Tierra de Israel, porque sus espíritus servidores le procuraban agua desde la India.

Así como los espíritus le estaban sometidos, también lo estaban los animales. Tenía un águila sobre cuyo lomo era transportado al desierto y traído de vuelta en un solo día, para edificar allí la ciudad llamada Tadmor en la Biblia —esta ciudad no debe confundirse con la posterior ciudad siria de Palmira, también llamada Tadmor—. Estaba situada cerca de las «montañas de la oscuridad», el punto de encuentro de los espíritus y los demonios. Hasta allí llevaba el águila a Shlomo en un abrir y cerrar de ojos, y Shlomo dejaba caer entre los espíritus un papel en el que había escrito un versículo, para apartar de sí el mal. Después el águila exploraba las montañas de la oscuridad, hasta que descubría el lugar en el que los ángeles caídos 'Azza y 'Azzael yacen encadenados con grilletes de hierro —un lugar que nadie, ni siquiera un ave, puede visitar—. Cuando el águila hallaba el sitio, tomaba a Shlomo bajo su ala izquierda y volaba hasta los dos ángeles. Por el poder del anillo que llevaba grabado el Nombre Sagrado —el mismo que Shlomo ponía en el pico del águila— 'Azza y 'Azzael se veían forzados a revelarle al rey los misterios celestiales.

Los demonios prestaron a Shlomo el mayor de los servicios durante la construcción del Templo. Sucedió de esta manera: cuando Shlomo comenzó la edificación del Templo, ocurrió en cierta ocasión que un espíritu maligno arrebató el dinero y la comida de uno de los pajes predilectos del rey. Esto se repitió varias veces, y Shlomo no lograba apresar al malhechor. El rey suplicó a Dios con fervor que entregara al espíritu perverso en sus manos. Su plegaria fue atendida. El arcángel Mijael se le apareció y le dio un pequeño anillo cuyo sello consistía en una piedra grabada, y le dijo: «Toma, oh Shlomo, rey, hijo de David, el don que HaShem Dios, el altísimo Tsevaot, te ha enviado. Con él encerrarás a todos los demonios de la tierra, machos y hembras; y con su ayuda edificarás Yerushaláyim. Pero debes llevar este sello de Dios; y este grabado del sello del anillo que se te envía es un pentalfa.» Armado con él, Shlomo convocó ante sí a todos los demonios, y preguntó a cada uno por turno su nombre, así como el nombre de la estrella, la constelación o el signo del zodíaco y del ángel particular a cuya influencia cada uno está sujeto. Uno tras otro los espíritus fueron vencidos y obligados por Shlomo a ayudar en la construcción del Templo.

Ornias, el espíritu vampiro que había maltratado al criado de Shlomo, fue el primer demonio en presentarse, y fue destinado a la tarea de cortar piedras cerca del Templo. Y Shlomo mandó venir a Ornias, y le entregó el sello, diciendo: «Vete, y tráeme aquí al príncipe de todos los demonios.» Ornias tomó el anillo y fue a Beelzeboul, que tiene el reinado sobre los demonios. Le dijo: «¡Ven! Shlomo te llama.» Pero Beelzeboul, al oírlo, le respondió: «Dime, ¿quién es ese Shlomo del que me hablas?» Entonces Ornias le arrojó el anillo al pecho a Beelzeboul, diciendo: «El rey Shlomo te llama.» Pero Beelzeboul clamó a gran voz y despidió una enorme llama ardiente de fuego; y se levantó y siguió a Ornias, y llegó ante Shlomo. Llevado ante el rey, le prometió reunirle todos los espíritus impuros. Beelzeboul se puso a hacerlo, empezando por Onoskelis, que tenía una figura muy hermosa y la piel de una mujer de tez clara, y tras ella vino Ashmedai; ambos dando cuenta de sí mismos.

Beelzeboul reapareció en escena, y en su conversación con Shlomo declaró que él solo había sobrevivido de entre los ángeles que habían descendido del cielo. Reinaba sobre todos los que están en el Tártaro, y tenía un hijo en el mar de los Juncos, que en ocasiones sube hasta Beelzeboul y le revela lo que ha hecho. A continuación se presentó el demonio de las Cenizas, Tephros, y tras él un grupo de siete espíritus femeninos, que se declararon de los treinta y seis elementos de la oscuridad. Shlomo les mandó cavar los cimientos del Templo, pues su longitud era de doscientos cincuenta codos. Y les ordenó ser diligentes, y con un unánime murmullo de protesta comenzaron a ejecutar las tareas impuestas.

Shlomo mandó comparecer ante sí a otro demonio. Y le trajeron un demonio que tenía todos los miembros de un hombre, pero sin cabeza. El demonio le dijo a Shlomo: «Me llaman Envidia, pues me deleito en devorar cabezas, deseoso de procurarme una cabeza para mí; pero no como bastante, y ansío tener una cabeza como la tuya.» Le siguió un espíritu con forma de perro, cuyo nombre era Rabdos, y este le reveló a Shlomo una piedra verde, útil para el adorno del Templo. Aparecieron otros muchos demonios, machos y hembras, entre ellos los treinta y seis regidores del mundo de la oscuridad, a quienes Shlomo ordenó traer agua al Templo. A algunos de estos demonios los condenó a los trabajos pesados de la construcción del Templo; a otros los encerró en prisión; y a otros más les ordenó bregar con el fuego en la fabricación de oro y plata, sentándose junto al plomo y la cuchara, y disponer lugares para los demás demonios, en los que estos habrían de quedar confinados.

Después de que Shlomo, con la ayuda de los demonios, hubo terminado el Templo, los gobernantes —entre ellos la reina de Sabá, que era hechicera— vinieron de lejos y de cerca a admirar la magnificencia y el arte del edificio, y no menos la sabiduría de su constructor.

Un día se presentó ante Shlomo un anciano para quejarse de su hijo, a quien acusaba de haber sido tan impío como para alzar la mano contra su padre y darle un golpe. El joven negó la acusación, pero su padre insistía en que lo pagara con la vida. De pronto Shlomo oyó una carcajada. Era el demonio Ornias, culpable de aquel comportamiento irrespetuoso. Reprendido por Shlomo, el demonio dijo: «Te ruego, oh rey, que no fue por ti por lo que reí, sino por este desdichado anciano y por el infeliz muchacho, su hijo. Pues dentro de tres días su hijo morirá antes de tiempo, y he aquí que el anciano desea acabar con él vilmente.» Shlomo aplazó su veredicto varios días, y cuando al cabo de cinco días llamó ante sí al anciano padre, resultó que Ornias había dicho la verdad.

Al cabo de un tiempo, Shlomo recibió una carta de Adares, el rey de Arabia. Le rogaba al rey judío que librara su tierra de un espíritu maligno que causaba grandes estragos, y al que no se podía atrapar ni volver inofensivo, porque se presentaba en forma de viento. Shlomo dio su anillo mágico y una bota de cuero a uno de sus esclavos, y lo envió a Arabia. El mensajero consiguió confinar al espíritu dentro de la bota. Unos días después, cuando Shlomo entró en el Templo, no se asombró poco al ver una bota que caminaba hacia él y se inclinaba reverentemente ante él; era la bota en la que el espíritu estaba encerrado. Ese mismo espíritu le prestó una vez a Shlomo un gran servicio. Ayudado por los demonios, sacó una piedra gigantesca del mar de los Juncos. Ni los hombres ni los demonios podían moverla, pero él la llevó al Templo, donde se usó como piedra angular.

Por culpa propia Shlomo perdió el poder de realizar hazañas milagrosas que el espíritu Divino le había conferido. Se enamoró de la mujer jebusea Sonmanites. Los sacerdotes de Moloj y de Rafán, los falsos dioses que ella adoraba, le aconsejaron que rechazara su cortejo, a menos que él rindiera homenaje a esos dioses. Al principio Shlomo se mantuvo firme, pero cuando la mujer le pidió que tomara cinco langostas y las aplastara en sus manos en nombre de Moloj, él obedeció. Al instante quedó privado del espíritu Divino, de su fuerza y de su sabiduría, y se hundió tan bajo que, para complacer a su amada, edificó templos a Báal y a Rafán.

La construcción del Templo

Entre las grandes obras de Shlomo, el primer lugar debe asignarse al soberbio Templo que edificó. Estuvo mucho tiempo en duda sobre dónde había de construirlo. Una voz celestial le indicó que fuera de noche al monte Tsiyón, a un campo que poseían en común dos hermanos. Uno de los hermanos era soltero y pobre; el otro estaba bendecido con riqueza y con una familia numerosa de hijos. Era tiempo de cosecha. Al amparo de la noche, el hermano pobre iba añadiendo grano al montón del otro, pues, aunque él era pobre, pensaba que su hermano necesitaba más a causa de su familia numerosa. El hermano rico, de la misma manera clandestina, añadía al montón del hermano pobre, pensando que, aunque él tenía una familia que mantener, el otro carecía de medios. Aquel campo, concluyó Shlomo, que había suscitado tan notable manifestación de amor fraterno, era el mejor sitio para el Templo, y lo compró.

Cada detalle del mobiliario y la ornamentación del Templo da testimonio de la rara sabiduría de Shlomo. Junto al mobiliario necesario, plantó árboles de oro, que dieron fruto todo el tiempo que el edificio se mantuvo en pie. Cuando el enemigo entró en el Templo, el fruto cayó de los árboles, pero volverán a echar flores cuando sea reconstruido en los días del Mashíaj.

Shlomo fue tan diligente que la erección del Templo no llevó más que siete años —cerca de la mitad del tiempo que costó la erección del palacio del rey—, a pesar de la mayor magnificencia del santuario. En este aspecto fue superior a su padre David, que primero edificó una casa para sí mismo y solo después pensó en una casa donde Dios morara. En efecto, fue la obra meritoria de Shlomo en relación con el Templo lo que lo salvó de ser contado por los sabios entre los reyes impíos, entre los cuales sus actos posteriores podrían haberlo situado con razón.

Conforme a la medida del celo desplegado por Shlomo fueron la ayuda y el favor que Dios le mostró. Durante los siete años que llevó edificar el Templo, no murió un solo obrero de los empleados en él, ni tampoco cayó enfermo uno solo. Y así como los obreros estuvieron sanos y robustos de principio a fin, así también la perfección de sus herramientas permaneció intacta hasta que el edificio quedó terminado. De este modo la obra no sufrió interrupción alguna. Después de la dedicación del Templo, sin embargo, los obreros fueron muriendo, para que no edificaran construcciones semejantes para los paganos y sus dioses. Su salario habrían de recibirlo de Dios en el mundo venidero, y el maestro de obras, Jiram, fue recompensado con el permiso de llegar vivo al Paraíso.

El Templo se terminó en el mes de Bul, hoy llamado Marjeshván, pero el edificio permaneció cerrado durante casi un año entero, porque era voluntad de Dios que la dedicación tuviera lugar en el mes del nacimiento de Avraham. Entretanto, los enemigos de Shlomo se regocijaban con malicia. «¿No fue acaso el hijo de Bat-Sheva —decían— quien edificó el Templo? ¿Cómo, entonces, iba a permitir Dios que Su Shejiná reposara sobre él?» Cuando tuvo lugar la consagración de la casa, y «el fuego descendió del cielo», reconocieron su error.

La importancia del Templo se hizo patente de inmediato, pues las lluvias torrenciales que cada año, desde el diluvio, habían caído durante cuarenta días a partir del mes de Marjeshván, por primera vez dejaron de venir, y desde entonces no volvieron a aparecer.

El gozo del pueblo por el santuario fue tan grande que celebraron las ceremonias de consagración en Yom Kipur. Contribuyó no poco a su sosiego el que se oyera una voz celestial proclamar: «Todos vosotros tendréis parte en el mundo venidero.»

La gran casa de oración honró no solo a Shlomo y al pueblo, sino también al rey David. El siguiente episodio lo prueba: cuando el Arca estaba a punto de ser introducida en el Santo de los Santos, la puerta de la cámara sagrada se cerró por sí sola, y fue imposible abrirla. Shlomo oró a Dios con fervor, pero sus súplicas no surtieron efecto hasta que pronunció estas palabras: «Recuerda las buenas obras de David tu siervo.» El Santo de los Santos se abrió entonces por sí mismo, y los enemigos de David hubieron de admitir que Dios había perdonado por completo su pecado.

En la ejecución de la obra del Templo se cumplió un deseo que David acariciaba. Él era contrario a que el oro que había tomado como botín de los lugares de culto paganos durante sus campañas se usara para el santuario de Yerushaláyim, porque temía que los paganos se jactaran, a la destrucción del Templo, de que sus dioses eran valientes y se tomaban venganza destruyendo la casa del Dios de Israel. Por fortuna, Shlomo era tan rico que no hubo necesidad de recurrir al oro heredado de su padre, y así el deseo de David se cumplió.

El trono de Shlomo

Después del Templo, es el trono de Shlomo lo que en su magnificencia perpetúa el nombre y la fama del sabio rey. Ni antes de él ni después de él pudo nadie producir una obra de arte semejante, y cuando los reyes, sus vasallos, veían la magnificencia del trono, caían postrados y alababan a Dios. El trono estaba recubierto de oro fino de Ofir, tachonado de berilos, incrustado de mármol y engastado de esmeraldas, rubíes, perlas y toda suerte de piedras preciosas. En cada uno de sus seis escalones había dos leones de oro y dos águilas de oro —un león y un águila a la izquierda, y un león y un águila a la derecha—, dispuestas las parejas cara a cara, de modo que la garra derecha del león quedaba frente al ala izquierda del águila, y su garra izquierda frente al ala derecha del águila. El asiento real estaba en lo alto, que era redondo.

En el primer escalón que conducía al asiento se agazapaba un buey, y frente a él un león; en el segundo, un lobo y un cordero; en el tercero, un leopardo y un cabrito; en el cuarto se posaban un águila y un pavo real; en el quinto, un halcón y un gallo; y en el sexto, un gavilán y un gorrión; todos hechos de oro. En lo más alto reposaba una paloma, con sus garras posadas sobre un gavilán, para significar que llegaría el tiempo en que todos los pueblos y naciones serían entregados en manos de Israel. Sobre el asiento pendía un candelabro de oro, con lámparas, granadas, despabiladeras, incensarios, cadenas y lirios de oro. De cada lado se extendían siete brazos. En los brazos de la derecha estaban las imágenes de los siete patriarcas del mundo: Adam, Nóaj, Shem, Iyov, Avraham, Yitsjak y Yaakov; y en los brazos de la izquierda, las imágenes de los siete hombres piadosos del mundo: Kehat, Amram, Moshé, Aharón, Eldad, Medad y el profeta Jur. Fijado en lo alto del candelabro había un cuenco de oro lleno del más puro aceite de oliva, destinado al candelabro del Templo; y debajo, una jofaina de oro, también llena del más puro aceite de oliva, para el candelabro sobre el trono. La jofaina llevaba la imagen del sumo sacerdote Elí; las de sus hijos Jofní y Pinjás estaban en los dos grifos que sobresalían de la jofaina, y las de Nadav y Avihú en los tubos que unían los grifos con la jofaina.

En la parte superior del trono había setenta sillas de oro para los miembros del Sanhedrín, y dos más para el sumo sacerdote y su lugarteniente. Cuando el sumo sacerdote venía a rendir homenaje al rey, también comparecían los miembros del Sanhedrín, para juzgar al pueblo, y tomaban asiento a la derecha y a la izquierda del rey. Al acercarse los testigos, la maquinaria del trono retumbaba: giraban las ruedas, mugía el buey, rugía el león, aullaba el lobo, balaba el cordero, gruñía el leopardo, gritaba el cabrito, chillaba el halcón, graznaba el pavo real, cantaba el gallo, chirriaba el gavilán, gorjeaba el gorrión —todo para aterrorizar a los testigos e impedirles dar falso testimonio—.

Cuando Shlomo ponía el pie en el primer escalón para subir a su asiento, la maquinaria se ponía en movimiento. El buey de oro se levantaba y lo conducía al segundo escalón, y allí lo dejaba al cuidado de las fieras que lo guardaban, y así era llevado de escalón en escalón hasta el sexto, donde las águilas lo recibían y lo colocaban sobre su asiento. En cuanto quedaba sentado, una gran águila le ponía la corona real sobre la cabeza. Acto seguido, una enorme serpiente se enroscaba contra la maquinaria, empujando a los leones y las águilas hacia arriba hasta que rodeaban la cabeza del rey. Una paloma de oro descendía volando de una columna, sacaba el rollo sagrado de un cofre y se lo entregaba al rey, para que este cumpliera el precepto de las Escrituras de tener consigo la ley y leer en ella todos los días de su vida. Por encima del trono se entrelazaban veinticuatro vides, formando una pérgola sombreada sobre la cabeza del rey, y dulces perfumes aromáticos exhalaban de dos leones de oro, mientras Shlomo ascendía a su asiento en el trono.

Era tarea de siete heraldos mantener a Shlomo recordado de sus deberes como rey y como juez. El primero de los heraldos se le acercaba cuando ponía el pie en el primer escalón del trono, y comenzaba a recitar la ley para los reyes: «No multiplicará para sí mujeres.» En el segundo escalón, el segundo heraldo le recordaba: «No multiplicará para sí caballos»; en el tercero, el siguiente heraldo decía: «Ni multiplicará en gran manera para sí plata y oro.» En el cuarto escalón, el cuarto heraldo le advertía: «No torcerás el juicio»; en el quinto escalón, el quinto heraldo: «No harás acepción de personas»; y en el sexto, el sexto heraldo: «Ni tomarás soborno.» Por fin, cuando estaba a punto de sentarse en el trono, el séptimo heraldo clamaba: «Reconoce ante Quién estás.»

El trono no permaneció mucho tiempo en poder de los israelitas. Durante la vida de Rejavam, el hijo de Shlomo, fue llevado a Mitsraim. Shishak, el suegro de Shlomo, se lo apropió como indemnización por las reclamaciones que hacía contra el Estado judío en favor de su hija viuda. Cuando Senaquerib conquistó Mitsraim, se llevó el trono consigo, pero, en su marcha de regreso, durante la derrota de su ejército ante las puertas de Yerushaláyim, hubo de cederlo a Jizkiyahu. Entonces permaneció en la Tierra de Israel hasta el tiempo de Yehoash, cuando de nuevo fue llevado a Mitsraim por el Paró Nejó. Su posesión del trono le trajo poca alegría. Ignorante de su maravilloso mecanismo, fue herido en el costado por uno de los leones la primera vez que intentó montarlo, y desde entonces quedó cojo para siempre, por lo cual se le dio el sobrenombre de Nejó, el cojo. Nabucodonosor fue el siguiente poseedor del trono. Le cupo en suerte a la conquista de Mitsraim, pero cuando intentó usarlo en Bavel, no le fue mejor que a su predecesor en Mitsraim. El león que estaba junto al trono le asestó un golpe tan severo que nunca más se atrevió a subir a él. Por medio de Darío el trono llegó a Elam, pero, sabiendo lo que sus otros dueños habían padecido, no se aventuró a sentarse en él, y su ejemplo fue imitado por Ajashverosh. Este último intentó que sus artífices le fabricaran una obra de arte semejante, pero, por supuesto, fracasaron. Los soberanos de Media cedieron el trono a los monarcas griegos, y finalmente fue llevado a Roma.

El hipódromo

El trono no era el único espectáculo notable en la corte del magnífico rey. Shlomo atraía visitantes a su capital por medio de juegos y espectáculos. En cada mes del año, el funcionario que estaba a cargo de ese mes tenía que organizar una carrera de caballos, y una vez al año se celebraba una carrera en la que los competidores eran diez mil jóvenes, en su mayoría de las tribus de Gad y Naftalí, que vivían en la corte del rey año tras año y eran mantenidos por él. Para los eruditos, sus discípulos, los sacerdotes y los leviim, las carreras se celebraban el último día del mes; el primer día del mes eran espectadores los residentes de Yerushaláyim, y el segundo día, los forasteros. El hipódromo ocupaba un área de tres parasangas en cuadro, con un cuadro interior que medía una parasanga por cada lado, en torno al cual se corrían las carreras. Dentro había dos verjas ornamentadas con toda suerte de animales. De las fauces de cuatro leones dorados, sujetos a las columnas de dos en dos, fluían perfumes y especias para la gente. Los espectadores se dividían en cuatro grupos distinguidos por el color de su atuendo: el rey y sus acompañantes, los eruditos y sus discípulos, y los sacerdotes y los leviim vestían túnicas de azul claro; todos los demás de Yerushaláyim vestían de blanco; los curiosos de las ciudades y aldeas de los alrededores vestían de rojo, y el verde marcaba a los paganos venidos de lejos, que llegaban cargados de tributos y presentes. Los cuatro colores correspondían a las cuatro estaciones. En otoño el cielo es de un azul resplandeciente; en invierno cae la nieve blanca; el color de la primavera es el verde, como el del océano, porque es la estación favorable para los viajes; y el rojo es el color del verano, cuando los frutos se ponen rojos y maduros.

Así como los espectáculos públicos se ejecutaban con pompa y esplendor, la mesa del rey era regiamente suntuosa. Sin reparar en la estación ni en el clima, estaba siempre cargada con las exquisiteces de todas las partes del globo. No faltaban la caza y las aves de corral, incluso de variedades desconocidas en la Tierra de Israel, y cada día venía un ave espléndida de Berbería y se posaba ante el asiento del rey en la mesa. Las Escrituras nos hablan de las grandes cantidades de comida que requería la casa de Shlomo, y aun así no era todo lo que hacía falta. Lo que la Biblia menciona cubre solo los accesorios, como las especias y los ingredientes menores. Las necesidades reales eran mucho mayores, como puede juzgarse por la costumbre de que las mil mujeres de Shlomo dispusieran cada día un banquete, cada una con la esperanza de que el rey cenara con ella.

Lecciones de humildad

Por grande y poderoso que fuera Shlomo, y por sabio y justo, no faltaron ocasiones para hacerle comprender la verdad de que ni el más sabio ni el más fuerte de los mortales puede entregarse al orgullo y la arrogancia.

Shlomo tenía una preciosa pieza de tapiz, de sesenta millas en cuadro, sobre la cual volaba por el aire con tal rapidez que podía desayunar en Damasco y cenar en Media. Para ejecutar sus órdenes tenía a su entera disposición a Asaf ben Berejiá entre los hombres, a Ramirat entre los demonios, al león entre las fieras y al águila entre las aves. Ocurrió una vez que el orgullo se apoderó de Shlomo mientras surcaba el aire sobre su alfombra, y dijo: «No hay nadie como yo en el mundo, a quien Dios haya otorgado perspicacia, sabiduría, inteligencia y conocimiento, además de hacerme el soberano del mundo.» En ese mismo instante el aire se agitó, y cuarenta mil hombres cayeron de la alfombra mágica. El rey ordenó al viento que dejara de soplar, con la palabra: «¡Vuelve!» A lo cual el viento: «Si tú vuelves a Dios y sometes tu orgullo, yo también volveré.» El rey comprendió su transgresión.

En cierta ocasión, en el curso de sus andanzas, se extravió en el valle de las hormigas. Oyó a una hormiga ordenar a todas las demás que se retiraran, para no ser aplastadas por los ejércitos de Shlomo. El rey se detuvo y mandó llamar a la hormiga que había hablado. Ella le dijo que era la reina de las hormigas, y le expuso sus razones para la orden de retirada. Shlomo quiso plantearle una pregunta a la reina de las hormigas, pero ella se negó a responder a menos que el rey la levantara y la pusiera sobre su mano. Él accedió, y entonces planteó su pregunta: «¿Hay alguien más grande que yo en todo el mundo?» «Sí», dijo la hormiga.

Shlomo: «¿Quién?»

La hormiga: «Yo.»

Shlomo: «¿Cómo es eso posible?»

La hormiga: «Si yo no fuera más grande que tú, Dios no te habría conducido hasta aquí para ponerme sobre tu mano.»

Exasperado, Shlomo la arrojó al suelo y dijo: «¿Sabes tú quién soy? Soy Shlomo, el hijo de David.»

Nada intimidada, la hormiga le recordó al rey su origen terrenal y lo exhortó a la humildad, y el rey se marchó avergonzado.

Luego llegó ante un edificio magnífico, en el que buscó en vano entrar; no lograba hallar puerta alguna que condujera a él. Tras larga búsqueda, los demonios dieron con un águila de setecientos años, y esta, incapaz de darles información alguna, los envió a su hermano de novecientos años, cuyo nido estaba más alto que el suyo, y que probablemente estaría en condiciones de aconsejarlos. Pero este, a su vez, les indicó que fueran a su hermano aún más viejo. Su edad contaba mil trescientos años, y tenía más conocimiento que él. Este águila, la más vieja de todas, refirió que recordaba haber oído decir a su padre que había una puerta en el lado oeste, pero que estaba cubierta por el polvo de los siglos transcurridos desde la última vez que se usó. Y así resultó ser. Hallaron una vieja puerta de hierro con la inscripción: «Nosotros, los moradores de este palacio, vivimos durante muchos años en holgura y lujo; luego, forzados por el hambre, molimos perlas en lugar de trigo para hacer harina, pero de nada sirvió, y así, cuando estábamos a punto de morir, legamos este palacio a las águilas.» Un segundo texto contenía una descripción detallada del maravilloso palacio, y mencionaba dónde se hallaban las llaves de las distintas cámaras. Siguiendo las indicaciones de la puerta, Shlomo inspeccionó el notable edificio, cuyas estancias estaban hechas de perlas y piedras preciosas. Inscritos en las puertas halló los tres proverbios sabios siguientes, que tratan de la vanidad de todas las cosas terrenales y exhortan a los hombres a la humildad:

1. Oh hijo del hombre, no dejes que el tiempo te engañe; has de marchitarte y dejar tu lugar, para reposar en el seno de la tierra.

2. No te apresures, muévete despacio, pues el mundo se le quita a uno y se le concede a otro.

3. Provéete de alimento para el camino, prepara tu comida mientras dura la luz del día, pues no permanecerás en la tierra para siempre, y no conoces el día de tu muerte.

En una de las cámaras, Shlomo vio unas cuantas estatuas, entre ellas una que parecía viva. Cuando se acercó a ella, esta exclamó a gran voz: «¡Aquí, satanes, Shlomo ha venido a destruiros!» De pronto se levantó un gran ruido y tumulto entre las estatuas. Shlomo pronunció el Nombre, y se restableció la calma. Las estatuas fueron derribadas, y los hijos de los satanes corrieron al mar y se ahogaron. De la garganta de la estatua de aspecto vivo extrajo una placa de plata inscrita con caracteres que no pudo descifrar, pero un joven del desierto le dijo al rey: «Estas letras son griegas, y las palabras significan: 'Yo, Shadad ben Ad, reiné sobre mil millares de provincias, cabalgué sobre mil millares de caballos, tuve mil millares de reyes bajo mi mando, y di muerte a mil millares de héroes, y cuando el Ángel de la Muerte se me acercó, quedé impotente.'»

Ashmedai

Cuando Shlomo, en su riqueza y prosperidad, se volvió olvidadizo de su Dios y, en contra de los preceptos establecidos para los reyes en la Torá, multiplicó para sí mujeres, y codició la posesión de muchos caballos y mucho oro, el libro de Devarim se adelantó ante Dios y dijo: «He aquí, oh Señor del mundo, que Shlomo busca quitar de mí una Yod, pues Tú escribiste: 'El rey no multiplicará para sí caballos, ni multiplicará para sí mujeres, ni multiplicará en gran manera para sí plata y oro'; pero Shlomo ha adquirido muchos caballos, muchas mujeres y mucha plata y oro.» A esto respondió Dios: «Por Mi vida, que Shlomo y cien como él serán aniquilados antes de que una sola de tus letras sea borrada.»

La acusación hecha contra Shlomo no tardó en tener consecuencias. Hubo de pagar caro sus pecados. Sucedió de esta manera: mientras Shlomo estaba ocupado con el Templo, tenía gran dificultad para idear el modo de encajar en la construcción la piedra de la cantera, pues la Torá prohíbe expresamente el uso de herramientas de hierro en la erección de un altar. Los eruditos le dijeron que Moshé había usado el shamir —la piedra que hiende las rocas— para grabar los nombres de las tribus en las piedras preciosas del efod que llevaba el sumo sacerdote. Los demonios de Shlomo no pudieron darle información alguna sobre dónde podía hallarse el shamir. Conjeturaron, sin embargo, que Ashmedai, el rey de los demonios, estaba en posesión del secreto, y le dijeron a Shlomo el nombre de la montaña en la que Ashmedai moraba, y describieron también su modo de vida. En aquella montaña había un pozo del que Ashmedai obtenía su agua de beber. Lo tapaba cada día con una gran roca y lo sellaba antes de subir al cielo, adonde iba todos los días para tomar parte en las discusiones de la academia celestial. Desde allí descendía de nuevo a la tierra para estar presente, aunque invisible, en los debates de las casas de estudio terrenales. Luego, tras examinar el sello del pozo para comprobar si había sido manipulado, bebía del agua.

Shlomo envió a su hombre principal, Benayahu, el hijo de Yehoyadá, a capturar a Ashmedai. Para ello lo proveyó de una cadena, el anillo en el que estaba grabado el Nombre de Dios, un fardo de lana y un odre de vino. Benayahu sacó el agua del pozo por un agujero perforado desde abajo y, tras haber tapado el agujero con la lana, llenó el pozo de vino desde arriba. Cuando Ashmedai descendió del cielo, para su asombro halló vino en lugar de agua en el pozo, aunque todo parecía intacto. Al principio no quiso beber de él, y citó los versículos de la Biblia que censuran el vino, para infundirse valor moral. Al cabo, Ashmedai sucumbió a su sed devoradora, y bebió hasta que sus sentidos quedaron vencidos y cayó en un profundo sueño. Benayahu, que lo vigilaba desde un árbol, se acercó entonces y le pasó la cadena en torno al cuello. El demonio, al despertar, trató de liberarse, pero Benayahu le gritó: «El Nombre de tu Señor está sobre ti.» Aunque Ashmedai se dejó llevar entonces sin resistencia, se comportó de manera muy peculiar en el camino hacia Shlomo. Rozó una palmera y la arrancó de raíz; chocó contra una casa y la derribó; y cuando, a petición de una pobre mujer, fue apartado de su choza, se rompió un hueso. Preguntó con humor sombrío: «¿No está escrito: 'La lengua blanda quebranta el hueso'?» A un ciego que se extraviaba lo puso en el camino recto, y a un borracho le hizo una bondad semejante. Lloró cuando pasó una comitiva de boda, y rió de un hombre que le pedía a su zapatero que le hiciera zapatos que duraran siete años, y de un mago que exhibía públicamente su destreza.

Habiendo llegado por fin al término del viaje, Ashmedai, tras varios días de espera, fue conducido ante Shlomo, que lo interrogó acerca de su extraño comportamiento en el camino. Ashmedai respondió que juzgaba a las personas y las cosas conforme a su verdadero carácter, y no conforme a su apariencia a los ojos de los seres humanos. Lloró cuando vio la comitiva de boda porque sabía que al novio no le quedaba un mes de vida, y rió de aquel que quería zapatos que duraran siete años porque el hombre no los tendría siquiera siete días; también del mago que fingía revelar secretos, porque no sabía que un tesoro enterrado yacía bajo sus propios pies; el ciego a quien puso en el camino recto era uno de los «perfectos piadosos», y él quiso ser bueno con él; en cambio, el borracho a quien hizo una bondad semejante era conocido en el cielo como un hombre muy malvado, pero daba la casualidad de que había hecho una buena obra una vez, y fue recompensado en consecuencia.

Ashmedai le dijo a Shlomo que el shamir había sido dado por Dios al Ángel del Mar, y que aquel Ángel no lo confiaba a nadie salvo a la polla de agua, que había prestado juramento de guardar el shamir con cuidado. La polla de agua se lleva el shamir a montañas no habitadas por los hombres, las hiende por medio del shamir, e inyecta semillas, que crecen y cubren las rocas desnudas, y entonces pueden ser habitadas. Shlomo envió a uno de sus criados a buscar el nido del ave y a colocar sobre él una lámina de vidrio. Cuando la polla de agua llegó y no pudo alcanzar a sus crías, se alejó volando y trajo el shamir y lo puso sobre el vidrio. Entonces el hombre dio un grito, y de tal modo asustó al ave que esta dejó caer el shamir y salió volando. Por este medio el hombre logró la posesión del ansiado shamir, y se lo llevó a Shlomo. Pero la polla de agua quedó tan afligida por haber roto su juramento al Ángel del Mar que se quitó la vida.

Aunque Ashmedai había sido capturado solo con el fin de obtener el shamir, Shlomo lo retuvo, no obstante, tras la conclusión del Templo. Un día el rey le dijo a Ashmedai que no entendía en qué residía la grandeza de los demonios, si su rey podía ser mantenido en cadenas por un mortal. Ashmedai replicó que, si Shlomo le quitaba las cadenas y le prestaba el anillo mágico, él probaría su propia grandeza. Shlomo accedió. El demonio se irguió ante él con un ala tocando el cielo y la otra alcanzando la tierra. Arrebatando a Shlomo, que se había desprendido de su anillo protector, lo arrojó a cuatrocientas parasangas de Yerushaláyim, y luego se hizo pasar por el rey.

Shlomo mendigo

Desterrado de su casa, despojado de su reino, Shlomo vagó por tierras lejanas, entre extraños, mendigando el pan de cada día. Y su humillación no terminaba ahí: la gente lo tomaba por un loco, porque no se cansaba de asegurarles que él era Shlomo, el grande y poderoso rey de Yehudá. Naturalmente, aquello les parecía a todos una pretensión absurda. Pero tocó el fondo más hondo de la desesperación cuando se encontró con alguien que lo reconoció. Los recuerdos y las evocaciones que entonces se agitaron en su interior volvieron su miseria presente casi insoportable.

Sucedió una vez, en sus peregrinaciones, que se topó con un viejo conocido —un hombre rico y respetado— que ofreció un suntuoso banquete en honor de Shlomo. Durante la comida, su anfitrión no dejaba de hablarle de la magnificencia y el esplendor que él mismo había contemplado en otro tiempo, con sus propios ojos, en la corte del rey. Aquellos recuerdos movieron al rey a las lágrimas, y lloró con tal amargura que, al levantarse del banquete, no estaba saciado de manjares, sino de lágrimas saladas. Al día siguiente ocurrió de nuevo que Shlomo se encontró con un conocido de antaño, esta vez un hombre pobre, que sin embargo le rogó que le hiciera el honor de partir el pan bajo su techo. Todo lo que el pobre podía ofrecer a su ilustre huésped era un magro plato de verduras. Pero intentó por todos los medios aliviar el dolor que oprimía a Shlomo. Le dijo: «Oh mi señor y rey, Dios juró a David que jamás apartaría la dignidad real de su casa; pero es propio de Dios corregir a quienes ama si pecan. Ten por seguro que a su debido tiempo te restituirá tu reino». Estas palabras de su pobre anfitrión fueron más gratas al corazón herido de Shlomo que el banquete que el rico le había preparado. Fue al contraste entre los consuelos de aquellos dos hombres que aplicó el versículo de Mishlé: «Mejor es comida de legumbres donde hay amor, que buey engordado donde hay odio» (Mishlé 15:17).

Durante tres largos años anduvo Shlomo peregrinando, mendigando su camino de ciudad en ciudad y de país en país, expiando los tres pecados de su vida por los que había dejado de lado el mandamiento impuesto a los reyes en Devarim: no multiplicar caballos, ni mujeres, ni plata y oro (Devarim 17:16-17). Al cabo de ese tiempo, Dios se apiadó de él por amor a su padre David, y por amor a la piadosa princesa Naamá, la hija del rey de los amonitas, destinada por Dios a ser la antepasada del Mesías. Se acercaba el tiempo en que ella habría de ser la esposa de Shlomo y reinar como reina en Yerushaláyim. Por eso condujo Dios al real vagabundo hasta la capital de Amón. Shlomo entró a servir como pinche del cocinero de la casa real, y se mostró tan diestro en el arte culinario que el rey de Amón lo elevó al puesto de cocinero mayor. Así llegó a los ojos de Naamá, la hija del rey, que se enamoró del cocinero de su padre. En vano se esforzaron sus padres por persuadirla de que eligiera un marido acorde con su rango. Ni siquiera la amenaza del rey de mandar ejecutarla a ella y a su amado logró apartar sus pensamientos de Shlomo. El rey de los amonitas hizo llevar a los amantes a un desierto yermo, con la esperanza de que allí murieran de hambre. Shlomo y su mujer vagaron por el desierto hasta llegar a una ciudad situada a la orilla del mar. Compraron un pez para ahuyentar la muerte. Cuando Naamá preparó el pez, halló en su vientre el anillo mágico de su marido —el que él había dado a Ashmedai, y que, arrojado al mar por el demonio, se había tragado un pez—. Shlomo reconoció su anillo, se lo puso en el dedo, y en un abrir y cerrar de ojos se transportó a Yerushaláyim. A Ashmedai, que durante los tres años se había hecho pasar por el rey Shlomo, lo expulsó, y volvió a subir él mismo al trono.

Más tarde citó al rey de Amón ante su tribunal, y le pidió cuentas por la desaparición del cocinero y de la mujer del cocinero, acusándolo de haberlos matado. El rey de Amón protestó que no los había matado, sino solo desterrado. Entonces Shlomo hizo comparecer a la reina, y, para su gran asombro y su aún mayor alegría, el rey de Amón reconoció a su hija.

Shlomo logró recuperar su trono solo después de pasar por muchas penalidades. La gente de Yerushaláyim lo tenía por un loco, porque decía ser Shlomo. Al cabo de un tiempo, los miembros del Sanhedrín repararon en la extraña conducta del rey e investigaron el asunto. Descubrieron que hacía mucho que a Benayahu, el hombre de confianza del rey, no se le permitía entrar en presencia del usurpador. Además, las mujeres de Shlomo y su madre Bat-Sheva les informaron de que el comportamiento del rey había cambiado por completo —no era propio de la realeza, y en nada se parecía a la manera de ser del antiguo Shlomo—. También resultaba muy extraño que el rey no dejara ver jamás sus pies por nada del mundo, temeroso, claro está, de delatar su origen demoníaco. Por eso el Sanhedrín entregó el anillo mágico del rey al mendigo errante que se llamaba a sí mismo el rey Shlomo, y lo hizo comparecer ante el impostor sentado en el trono. Tan pronto como Ashmedai divisó al verdadero rey protegido por su anillo mágico, salió volando precipitadamente.

Shlomo no salió del todo indemne. La visión de Ashmedai en toda su repulsiva fealdad lo había aterrado de tal modo que, desde entonces, rodeó su lecho por la noche con todos los valientes héroes de su pueblo.

La corte de Shlomo

Así como David había estado rodeado de grandes sabios y de héroes de renombre, la corte de Shlomo era el lugar de reunión de los grandes de su pueblo. El más importante de todos era, sin duda, Benayahu hijo de Yehoyadá, que no tuvo igual en saber ni en piedad, ni en tiempos del primer Templo ni del segundo. En su calidad de canciller de Shlomo, era objeto del favor especial del rey. Con frecuencia se le invitaba a acompañar al rey en sus partidas de ajedrez. Naturalmente, el sabio rey siempre ganaba. Un día Shlomo se apartó un momento del tablero; Benayahu aprovechó su ausencia para retirar una de las piezas del rey, y el rey perdió la partida. Shlomo dio muchas vueltas al suceso. Llegó a la conclusión de que su canciller había obrado con él de mala fe, y resolvió darle una lección.

Unos días después, Shlomo reparó en dos individuos sospechosos que merodeaban por el palacio. Obrando de inmediato según una idea que se le ocurrió, se vistió con la ropa de uno de sus criados y se unió a los dos sospechosos. Les propuso que los tres intentaran robar el palacio real, y sacó una llave que les facilitaría la entrada. Mientras los ladrones se ocupaban en recoger el botín, el rey despertó a sus criados, y los malhechores fueron detenidos. A la mañana siguiente, Shlomo se presentó ante el Sanhedrín, presidido entonces por Benayahu, y quiso saber del tribunal qué castigo se imponía a un ladrón. Benayahu, no viendo ante sí a ningún reo, y resistiéndose a creer que el rey se ocupara de la captura de unos ladrones, se convenció de que Shlomo estaba empeñado en castigarlo por su juego deshonesto. Cayó a los pies del rey, confesó su culpa y le pidió perdón. Shlomo se alegró de ver confirmada su sospecha, y también de que Benayahu reconociera su falta. Le aseguró que no abrigaba ningún mal designio contra él, y que, al hacer aquella pregunta al Sanhedrín, tenía en mente a ladrones de verdad, que habían irrumpido en el palacio durante la noche.

Ocurrió otro incidente interesante, en el que Benayahu tuvo parte. El rey de Persia estaba muy enfermo, y su médico le dijo que nada podía curarlo salvo la leche de una leona. En consecuencia, el rey envió una delegación con ricos presentes a Shlomo, el único ser en el mundo que en su sabiduría pudiera dar con el modo de obtener leche de leona. Shlomo encargó a Benayahu que cumpliera el deseo del rey de Persia. Benayahu tomó unos cuantos cabritos y se dirigió a una guarida de leones. Cada día arrojaba un cabrito a la leona, y al cabo de un tiempo las fieras se familiarizaron con él, hasta que por fin pudo acercarse a la leona lo bastante para ordeñar sus ubres.

De regreso hacia el rey de Persia, el médico que había recomendado la cura de leche tuvo un sueño. Todos los órganos de su cuerpo —sus manos, sus pies, sus ojos, su boca y su lengua— reñían entre sí, reclamando cada uno la mayor parte del mérito en la obtención del remedio para el monarca persa. Cuando la lengua expuso su propia contribución al servicio del rey, los demás órganos rechazaron su pretensión por completo infundada. El médico no olvidó el sueño y, cuando se presentó ante el rey, dijo: «Aquí está la leche de perra que fuimos a buscarte». El rey, enfurecido, ordenó que ahorcaran al médico, porque había traído leche de perra en lugar de leche de leona. Durante los preparativos de la ejecución, todos los miembros y órganos del médico se pusieron a temblar, y entonces la lengua dijo: «¿No os dije que ninguno de vosotros sirve de nada? Si reconocéis mi superioridad, os salvaré ahora mismo de la muerte». Todos hicieron la admisión que exigía, y el médico pidió al verdugo que lo llevara ante el rey. Ya en presencia de su señor, le rogó como favor especial que bebiera de la leche que había traído. El rey accedió a su deseo, sanó de su enfermedad y despidió al médico en paz. Así fue como todos los órganos del cuerpo reconocen la supremacía de la lengua.

Además de Benayahu, merecen mención los dos escribas de Shlomo, Elijóref y Ajiyá, los hijos de Shishá. Ambos hallaron la muerte de un modo muy peculiar. Cierta vez, Shlomo advirtió una expresión de angustia en el rostro del Ángel de la Muerte. Cuando le preguntó la razón, recibió por respuesta que se le había encomendado la tarea de llevar a los dos escribas al otro mundo. Shlomo quiso tomar la delantera al Ángel de la Muerte y, a la vez, mantener con vida a sus secretarios. Ordenó a los demonios que llevaran a Elijóref y a Ajiyá a Luz, el único lugar de la tierra sobre el que el Ángel de la Muerte no tiene poder. En un instante, los demonios cumplieron su orden, pero los dos secretarios expiraron en el mismo momento de alcanzar las puertas de Luz. Al día siguiente, el Ángel de la Muerte se presentó ante Shlomo de muy buen humor y le dijo: «Tú mismo transportaste a esos dos hombres al lugar exacto donde yo los quería». El destino que les estaba fijado era morir a las puertas de Luz, y el Ángel de la Muerte no sabía cómo llevarlos hasta allí.

Un incidente muy interesante en el propio círculo familiar de Shlomo está ligado a una de sus hijas. Era de extraordinaria belleza, y en los astros leyó que había de casarse con un joven en extremo pobre. Para impedir la unión indeseable, Shlomo mandó erigir una alta torre en el mar y a ella envió a su hija. Setenta eunucos habrían de custodiarla, y en la torre se almacenó una enorme cantidad de alimentos para su sustento.

El pobre joven a quien el destino había señalado para ser su marido viajaba una noche fría. No sabía dónde reposar la cabeza cuando divisó, tendida en el campo, la res abierta de un buey. Se acostó dentro de ella para conservar el calor. Cuando estuvo allí acurrucado, vino un ave grande que tomó la res y la llevó, con el joven tendido dentro, hasta el techo de la torre en que vivía la princesa; y, posándose allí, comenzó a devorar la carne del buey. Por la mañana, la princesa, según su costumbre, subió al techo para contemplar el mar, y vio al joven. Le preguntó quién era y quién lo había traído hasta allí. Él le contó que era un judío de Akko, y que un ave lo había llevado a la torre. Ella lo condujo a una cámara, donde pudo lavarse, ungirse y vestirse con ropa limpia. Entonces se vio que poseía una belleza poco común. Además, era un sabio de grandes conocimientos y de mente aguda. Así sucedió que la princesa se enamoró de él. Le preguntó si la quería por esposa, y él asintió con alegría. Se abrió una vena y escribió el contrato matrimonial con su propia sangre. Luego pronunció la fórmula de los esponsales, tomando a Dios y a los dos arcángeles Mijael y Gavriel por testigos, y ella se convirtió en su mujer, legalmente casada con él.

Al cabo de un tiempo, los eunucos advirtieron que estaba encinta. Sus preguntas arrancaron a la princesa la verdad que sospechaban, y mandaron llamar a Shlomo. Su hija admitió su matrimonio y el rey, aunque reconoció en su marido al hombre pobre anunciado en las constelaciones, dio no obstante gracias a Dios por su yerno, distinguido tanto por su saber como por su gallarda persona.

VI.