Capítulo décimo
El exilio
Tsidkiyahu
La ejecución de un rey y la deportación de otro no fueron sino preludios de la gran catástrofe nacional que ocurrió en tiempos de Tsidkiyahu: la destrucción del Templo y el exilio de todo el pueblo. Después de que Nabucodonosor llevara al destierro a Yehoyajín y a una parte del pueblo, se compadeció de los judíos y preguntó si aún vivía algún otro hijo de Yoshiyahu. Solo quedaba Matanyá. Le cambiaron el nombre por el de Tsidkiyahu, con la esperanza de que fuera padre de hijos piadosos. En realidad, el nombre se volvió presagio de los desastres que sobrevendrían en tiempos de este rey.
Nabucodonosor, que había investido a Tsidkiyahu con el cargo real, le exigió juramento de fidelidad. Tsidkiyahu iba a jurar por su propia alma, pero el rey babilonio, no satisfecho, trajo un rollo de la Torá e hizo que su vasallo judío jurara sobre él. Con todo, no guardó fidelidad a Nabucodonosor por mucho tiempo. Y no fue esta su única traición contra su soberano. Cierta vez había sorprendido a Nabucodonosor cortando un trozo de una liebre viva y comiéndolo, como es costumbre de los bárbaros. Nabucodonosor sintió una vergüenza dolorosa y rogó al rey judío que prometiera bajo juramento no mencionar lo que había visto. Aunque Nabucodonosor lo trató con gran amistad —hasta lo hizo señor soberano sobre cinco reyes vasallos—, no justificó la confianza depositada en él. Para halagar a Tsidkiyahu, los cinco reyes le dijeron una vez: «Si todo fuera como debe ser, tú ocuparías el trono de Nabucodonosor.» Tsidkiyahu no pudo contenerse y exclamó: «¡Oh, sí, Nabucodonosor, a quien una vez vi comerse una liebre viva!»
Los cinco reyes acudieron enseguida a Nabucodonosor y le contaron lo que Tsidkiyahu había dicho. Entonces el rey de Bavel marchó a Dafne, cerca de Antioquía, con el propósito de castigar a Tsidkiyahu. En Dafne encontró al Sanhedrín de Yerushaláyim, que se había apresurado a ir allí para recibirlo. Nabucodonosor recibió al Sanhedrín con cortesía, ordenó a sus servidores que trajeran sillas de honor para todos los miembros y les pidió que le leyeran la Torá y se la explicaran. Cuando llegaron al pasaje del libro de Bamidbar que trata de la anulación de los votos, el rey preguntó: «Si un hombre desea ser liberado de un voto, ¿qué pasos ha de seguir?» El Sanhedrín respondió: «Debe acudir a un sabio, y este lo absolverá de su voto.» A lo que Nabucodonosor exclamó: «En verdad creo que fuisteis vosotros quienes liberasteis a Tsidkiyahu del voto que hizo respecto a mí.» Y ordenó a los miembros del Sanhedrín que dejaran sus sillas de honor y se sentaran en el suelo. Se vieron obligados a admitir que no habían obrado conforme a la ley —pues el voto de Tsidkiyahu afectaba a otro además de a sí mismo, y sin el consentimiento de la otra parte, es decir, de Nabucodonosor, el Sanhedrín no tenía autoridad para anular el voto.
Tsidkiyahu fue castigado como correspondía por el grave crimen del perjurio. Cuando Yerushaláyim fue capturada, intentó escapar por una cueva que se extendía desde su casa hasta Yerijó. Dios envió un ciervo al campamento de los caldeos, y en la persecución de esta presa, los soldados babilonios llegaron a la salida más lejana de la cueva justo en el momento en que Tsidkiyahu salía de ella. El rey judío, junto con sus diez hijos, fue llevado ante Nabucodonosor, que se dirigió a Tsidkiyahu así: «Si te juzgara según la ley de tu Dios, merecerías la pena de muerte, pues juraste en falso por el Nombre de Dios; no menos merecerías la muerte si te juzgara según la ley del estado, pues faltaste al deber jurado hacia tu señor.»
Tsidkiyahu pidió la gracia de que su ejecución se realizara antes que la de sus hijos, para que se le ahorrara la visión de su sangre. Sus hijos, por su parte, suplicaron a Nabucodonosor que los matara antes que a su padre, para ahorrarse la deshonra de ver a su padre ejecutado. En su crueldad, Nabucodonosor había resuelto cosas peores de las que Tsidkiyahu preveía. A la vista de su padre, los hijos de Tsidkiyahu fueron muertos, y luego al propio Tsidkiyahu le arrancaron la vista: le cegaron los ojos. Había sido dotado de ojos de fuerza sobrehumana —eran los ojos de Adam—, y las lanzas de hierro que le clavaron en ellos no lograron destruir su visión. La vista lo abandonó solo por las lágrimas que derramó por la suerte de sus hijos. Entonces comprendió cuán verdad había hablado Yirmiyahu cuando profetizó su exilio a Bavel. Aunque viviera allí hasta su muerte, nunca contemplaría la tierra con sus ojos. Por su aparente contradicción, Tsidkiyahu había creído falsa la profecía. Por esta razón no había atendido el consejo de Yirmiyahu de hacer las paces con Nabucodonosor. Ahora todo se había cumplido: fue llevado cautivo a Bavel, pero, ciego como estaba, no vio la tierra de su exilio.
Yirmiyahu
Aunque Tsidkiyahu manchó su reinado con el perjurio, fue con todo un rey tan bueno y justo que, por causa suya, Dios renunció a su propósito de devolver el mundo a su caos original, como castigo por las maldades de una generación perversa. En este tiempo depravado, fue ante todo a Yirmiyahu a quien se le encomendó la tarea de proclamar la palabra de Dios. Era descendiente de Yehoshúa y Rajav, y su padre era el profeta Jilkiyahu. Nació mientras su padre huía de la persecución de Izével, la asesina de profetas. Ya en su nacimiento mostró señales de que estaba destinado a un gran papel. Nació circuncidado, y apenas había salido del vientre de su madre cuando rompió a gemir, y su voz no era la de un recién nacido, sino la de un joven. Gritó: «Mis entrañas, mis entrañas tiemblan, las paredes de mi corazón se estremecen, mis miembros se sacuden; destrucción tras destrucción traigo sobre la tierra.» En este tono siguió lamentándose y gimiendo, quejándose de la infidelidad de su madre, y cuando ella expresó su asombro ante el habla impropia de su hijo recién nacido, Yirmiyahu dijo: «No es a ti a quien me refiero, madre mía, no es a ti a quien alude mi profecía; hablo de Tsiyón, y contra Yerushaláyim se dirigen mis palabras. Ella engalana a sus hijas, las viste de púrpura y les pone coronas de oro sobre la cabeza. Vendrán ladrones y las despojarán de sus adornos.»
Siendo muchacho recibió el llamado a ser profeta. Pero se negó a obedecer, diciendo: «Oh HaShem, no puedo ir como profeta a Israel, pues ¿cuándo hubo un profeta a quien Israel no deseara matar? A Moshé y a Aharón quisieron apedrearlos; de Eliyahu el tishbita se burlaron porque llevaba el cabello largo; y a Elishá le gritaban: "Sube, calvo". No, no puedo ir a Israel, pues no soy todavía más que un muchacho.» Dios respondió: «Amo la juventud, pues es inocente. Cuando saqué a Israel de Mitsraim, lo llamé muchacho, y cuando pienso en Israel con amor, hablo de él como de un muchacho. No digas, pues, que eres solo un muchacho, sino que irás a cualquier encargo que yo te envíe. Ahora bien —continuó Dios—, toma la "copa de la ira" y haz que las naciones beban de ella.» Yirmiyahu preguntó qué tierra habría de beber primero de la «copa de la ira», y la respuesta de Dios fue: «Primero ha de beber Yerushaláyim, cabeza de todas las naciones de la tierra, y luego las ciudades de Yehudá.» Cuando el profeta oyó esto, empezó a maldecir el día de su nacimiento. «Soy como el Sumo Sacerdote —dijo— que ha de administrar las "aguas amargas" a una mujer sospechosa de adulterio, y cuando se acerca a la mujer con la copa, he aquí que reconoce a su propia madre. Y yo, oh madre Tsiyón, pensé, cuando fui llamado a profetizar, que se me designaba para anunciarte prosperidad y salvación, pero ahora veo que mi mensaje te presagia mal.»
La primera aparición pública de Yirmiyahu fue durante el reinado de Yoshiyahu, cuando anunció al pueblo en las calles: «Si abandonáis vuestras malas obras, Dios os elevará por encima de todas las naciones; si no, entregará su casa en manos de los enemigos, y estos harán con ella lo que mejor les parezca.»
Los profetas contemporáneos de Yirmiyahu en sus primeros años fueron Zejariá y Juldá. El ámbito de esta última era entre las mujeres, mientras que Zejariá actuaba en la sinagoga. Más tarde, bajo Yehoyakim, a Yirmiyahu lo respaldaban las profecías de su pariente Uriyá de Kiriat-Yearim, amigo del profeta Yeshayahu. Pero Uriyá fue ejecutado por el rey impío, el mismo que hizo quemar el primer capítulo de Ejá después de borrar el Nombre de Dios dondequiera que aparecía en todo el libro. Pero Yirmiyahu añadió cuatro capítulos.
El profeta cayó en malos tiempos bajo Tsidkiyahu. Tenía en contra tanto al pueblo como a la corte. Y no era de extrañar en unos días en que ni siquiera los sumos sacerdotes del Templo llevaban en su cuerpo la señal de la alianza. Yirmiyahu había suscitado una hostilidad general al condenar la alianza con Mitsraim contra Bavel y favorecer la paz con Nabucodonosor; y esto aunque, en apariencia, la ayuda de los egipcios habría de resultar provechosa para los judíos. Las huestes del Paró Nejó habían partido en efecto de Mitsraim para unirse a los judíos contra Bavel. Pero cuando estaban en alta mar, Dios ordenó a las aguas que se cubrieran de cadáveres. Asombrados, los egipcios se preguntaban unos a otros de dónde venían los cuerpos muertos. Pronto dieron con la respuesta: eran los cuerpos de sus antepasados, ahogados en el mar de los Juncos por causa de los judíos, que se habían sacudido el yugo egipcio. «¿Cómo —dijeron entonces los egipcios—, hemos de socorrer a quienes ahogaron a nuestros padres?» Así que regresaron a su propio país, dando la razón a la advertencia de Yirmiyahu de que no cabía fiarse de las promesas egipcias.
Poco después de este suceso, cuando Yirmiyahu quiso salir de Yerushaláyim para ir a Anatot y tomar allí su porción sacerdotal, el centinela de la puerta lo acusó de querer desertar al enemigo. Fue entregado a sus adversarios de la corte, y estos lo encerraron en prisión. El centinela sabía muy bien que la acusación que lanzaba contra Yirmiyahu era inventada, y que la intención que le atribuía estaba lo más lejos posible de la mente del profeta, pero aprovechó la ocasión para desahogar un viejo rencor familiar. Pues este portero era nieto del falso profeta Jananiá, enemigo de Yirmiyahu, el que había profetizado una victoria completa sobre Nabucodonosor en un plazo de dos años. Sería más propio decir que calculó la victoria en vez de profetizarla. Razonaba: «Si a Elam, que no es más que un aliado de los babilonios contra los judíos, Dios le ha decretado la destrucción por boca de Yirmiyahu, cuánto más caerá la pena extrema sobre los propios babilonios, que han infligido enormes males a los judíos.» La profecía de Yirmiyahu había sido la contraria: lejos de dar esperanza alguna de que se lograra una victoria sobre Nabucodonosor, el estado judío, decía, sufriría el aniquilamiento. Jananiá exigió una señal que atestiguara la verdad de la profecía de Yirmiyahu. Pero Yirmiyahu replicó que no podía haber señal para una profecía como la suya, pues la decisión divina de hacer un mal puede anularse. En cambio, era deber de Jananiá dar una señal, pues profetizaba cosas gratas, y la resolución divina para el bien se cumple sin falta. Por fin, Yirmiyahu esgrimió el argumento decisivo: «Yo, sacerdote, bien puedo estar contento con la profecía; me conviene que el Templo siga en pie. En cuanto a ti, eres gabaonita, tendrás que hacer en él servicio de esclavo mientras exista el Templo. Pero en lugar de inquietar tu mente con el futuro reservado a otros, mejor habrías hecho en pensar en tu propio futuro, pues este mismo año morirás.» Jananiá, en efecto, murió el último día del año fijado como término de su vida, pero antes de morir ordenó que se mantuviera en secreto durante dos días, para desmentir la profecía de Yirmiyahu. Con sus últimas palabras, dirigidas a su hijo Shelemiá, le encargó que buscara todo medio posible de vengarse de Yirmiyahu, a cuya maldición debía atribuirse su muerte. Shelemiá no tuvo ocasión de cumplir el último mandato de su padre, pero no se le borró de la mente, y cuando él, a su vez, yacía en su lecho de muerte, inculcó el deber de la venganza a su hijo Yeriyá. Fue el nieto de Jananiá quien, al ver a Yirmiyahu salir de la ciudad, se apresuró a aprovechar la ocasión para acusar al profeta de traición. Su propósito prosperó. Los enemigos aristócratas de Yirmiyahu, enfurecidos contra él, acogieron la oportunidad de meterlo tras las rejas, y lo pusieron a cargo de un carcelero, Yonatán, que había sido amigo del falso profeta Jananiá. Yonatán se complacía en burlarse de su prisionero: «Mira —decía—, mira qué honor te hace tu amigo, al meterte en una prisión tan fina como esta; en verdad, es un palacio real.»
A pesar de su sufrimiento, Yirmiyahu no ocultó la verdad. Cuando el rey le preguntó si tenía alguna revelación de Dios, respondió: «Sí, el rey de Bavel te llevará al exilio.» Para no irritar al rey, no entró en más detalles. Solo rogó al rey que lo liberara de la prisión, diciendo: «Hasta los hombres malvados como Jananiá y sus descendientes buscan al menos un pretexto cuando quieren vengarse, y su ejemplo no debería perderse en ti, que te llamas Tsidkiyahu, "hombre justo".» El rey concedió su petición, pero Yirmiyahu no gozó de libertad por mucho tiempo. Apenas salido de la prisión, aconsejó de nuevo al pueblo que se rindiera, y los nobles lo prendieron y lo arrojaron a un pozo de cal lleno de agua, donde esperaban que se ahogara. Pero ocurrió un milagro. El agua descendió al fondo, y el lodo subió a la superficie y sostuvo al profeta por encima del agua. El auxilio le vino de Éved-mélej, un «cuervo blanco», el único hombre piadoso de la corte. Éved-mélej se apresuró a ir al rey y le dijo: «Sábelo: si Yirmiyahu perece en el pozo de cal, Yerushaláyim será tomada sin remedio.» Con permiso del rey, Éved-mélej fue al pozo y gritó en voz alta varias veces: «¡Oh, mi señor Yirmiyahu!», pero no llegó respuesta. Yirmiyahu temía que las palabras las pronunciara su antiguo carcelero Yonatán, que no había abandonado la costumbre de burlarse del profeta. Solía acercarse al borde del pozo y llamar con sorna hacia abajo: «No apoyes la cabeza en el lodo y échate un sueñecito, Yirmiyahu.» A tales pullas Yirmiyahu no respondía, y por eso Éved-mélej quedó sin respuesta. Creyendo muerto al profeta, empezó a lamentarse y a rasgarse las vestiduras. Entonces Yirmiyahu, al darse cuenta de que era un amigo y no Yonatán, preguntó: «¿Quién es el que llama mi nombre y llora al hacerlo?», y recibió la seguridad de que Éved-mélej había venido a rescatarlo de su peligrosa situación.
Nabucodonosor
El sufrimiento al que Yirmiyahu estuvo expuesto acabó por fin con la toma de Yerushaláyim por Nabucodonosor. Este rey babilonio era hijo del rey Shlomo y la reina de Sabá. Su primer contacto con los judíos ocurrió en tiempos de su suegro Senaquerib, a quien acompañó en su campaña contra Jizkiyahu. La destrucción del ejército asirio ante las murallas de Yerushaláyim —la gran catástrofe de la que solo Nabucodonosor y otros cuatro escaparon con vida— le infundió temor de Dios. Más tarde, en su condición de secretario del rey babilonio Merodaj-Baladán, fue él quien advirtió a su señor de que el nombre del rey judío se mencionaba antes que el Nombre de Dios. «Lo llamas "el gran Dios" y, sin embargo, lo nombras después del rey», dijo. El propio Nabucodonosor corrió tras el mensajero para recuperar la carta y hacerla cambiar. Apenas había avanzado tres pasos cuando lo detuvo el ángel Gavriel, pues incluso los pocos pasos que había dado por la gloria de Dios le valieron su gran poder sobre Israel. Un paso más habría extendido su capacidad de hacer daño de forma inconmensurable.
Durante dieciocho años, cada día una voz celestial resonaba en el palacio de Nabucodonosor, diciendo: «Oh, esclavo malvado, ve y destruye la casa de tu Señor, pues sus hijos no lo escuchan.» Pero a Nabucodonosor lo asediaba el temor de que Dios le preparara una suerte semejante a la de su antepasado Senaquerib. Practicó la belomancia y consultó otros augurios, para asegurarse de que su campaña contra Yerushaláyim resultaría favorable. Cuando agitaba las flechas y preguntaba si debía ir a Roma o a Alejandría, ninguna flecha saltaba, pero cuando preguntaba por Yerushaláyim, una saltaba. Sembraba semillas y plantaba plantones; para Roma o Alejandría nada brotaba; para Yerushaláyim todo germinaba y crecía. Encendía velas y linternas; para Roma o Alejandría se negaban a arder, para Yerushaláyim daban su luz. Hacía flotar barcas en el Éufrates; para Roma o Alejandría no se movían, para Yerushaláyim navegaban.
Aun así, los temores de Nabucodonosor no se calmaban. Su determinación de atacar la Ciudad Santa maduró solo después de que Dios mismo le mostrara cómo había atado a la espalda las manos del arcángel Mijael, el protector de los judíos, para dejarlo incapaz de socorrer a sus protegidos. Así se emprendió la campaña contra Yerushaláyim.
La captura de Yerushaláyim
Si los babilonios creyeron que la conquista de Yerushaláyim sería tarea fácil, se equivocaban de plano. Durante tres años Dios dotó a los habitantes de fuerza para resistir los embates del enemigo, con la esperanza de que los judíos enmendaran sus malos caminos y abandonaran su conducta impía, de modo que el castigo con que estaban amenazados pudiera anularse.
Entre los muchos héroes de la ciudad sitiada que desafiaba a los babilonios, se distinguía especialmente uno de nombre Akivá. Las piedras que el enemigo lanzaba desde fuera contra las murallas de la ciudad con las catapultas, él solía recibirlas con los pies y devolverlas contra los sitiadores. Una vez sucedió que una piedra fue arrojada de tal modo que cayó no sobre la muralla, sino delante de ella. En su veloz carrera hacia ella, Akivá se precipitó al espacio entre la muralla interior y la exterior. Enseguida tranquilizó a sus amigos de la ciudad, asegurándoles que la caída no le había hecho ningún daño. Solo estaba un poco sacudido y débil; en cuanto tomara su comida diaria acostumbrada, un buey asado, podría escalar la muralla y reanudar la lucha con los babilonios. Pero la fuerza y el ingenio humanos de nada sirven contra Dios. Se levantó una ráfaga de viento, y Akivá fue arrojado de la muralla, y murió. Entonces los caldeos abrieron una brecha en la muralla y penetraron en la ciudad.
Igualmente infructuosos fueron los esfuerzos de Janamel, tío de Yirmiyahu, por salvar la ciudad. Conjuró a los ángeles, los armó y los hizo ocupar las murallas. Los caldeos retrocedieron aterrados al ver el ejército celestial. Pero Dios cambió los nombres de los ángeles y los devolvió al cielo. Los exorcismos de Janamel de nada sirvieron. Cuando llamaba, por ejemplo, al ángel del Agua, la respuesta venía del ángel del Fuego, que llevaba el antiguo nombre de su compañero. Entonces Janamel recurrió a la medida extrema de convocar al Príncipe del Mundo, que elevó a Yerushaláyim muy alto por los aires. Pero Dios volvió a hundir la ciudad, y el enemigo entró sin estorbo.
Con todo, la toma de la ciudad no se habría podido lograr si Yirmiyahu hubiera estado presente. Sus obras eran como un pilar firme para la ciudad, y sus oraciones como una muralla de piedra. Por eso Dios envió al profeta a un encargo fuera de la ciudad. Le hicieron ir a su lugar natal, Anatot, a tomar posesión de un campo que le pertenecía por derecho de herencia. Yirmiyahu se alegró; lo tomó como señal de que Dios sería misericordioso con Yehudá, pues de otro modo no le habría ordenado tomar posesión de una parcela de tierra. Apenas había salido el profeta de Yerushaláyim cuando un ángel descendió sobre la muralla de la ciudad e hizo aparecer una brecha, al tiempo que gritaba: «Que venga el enemigo y entre en la casa, pues el Dueño de la casa ya no está en ella. El enemigo tiene licencia para saquearla y destruirla. Entrad en la viña y arrancad las vides, pues el Guardián se ha marchado y la ha abandonado. Pero que nadie se jacte y diga que él y los suyos han vencido a la ciudad. No: una ciudad ya conquistada habéis conquistado, un pueblo ya muerto habéis matado.»
El enemigo irrumpió y subió al monte del Templo, y en el lugar donde el rey Shlomo solía sentarse cuando deliberaba con los ancianos, los caldeos tramaron cómo reducir el Templo a cenizas. Durante sus siniestras deliberaciones, vieron a cuatro ángeles, cada uno con una antorcha llameante en la mano, descender y prender fuego a las cuatro esquinas del Templo. El Sumo Sacerdote, al ver las llamas alzarse, arrojó las llaves del Templo hacia el cielo, diciendo: «Aquí tienes las llaves de tu casa; se ve que soy un custodio indigno de confianza», y, al volverse, el enemigo lo prendió y lo degolló en el mismo lugar donde solía ofrecer el sacrificio diario. Con él pereció su hija, mezclándose su sangre con la de su padre. Los sacerdotes y los leviim se arrojaron a las llamas con sus arpas y trompetas, y, para escapar de la violencia que temían de los licenciosos caldeos, las vírgenes que tejían las cortinas del santuario siguieron su ejemplo. Aún más horrible fue la carnicería que Nevuzaradán causó entre el pueblo, azuzado como estaba por la vista de la sangre del asesinado profeta Zejariá, que hervía en el suelo del Templo. Al principio los judíos trataron de ocultar la verdadera historia ligada a aquella sangre. Al fin tuvieron que confesar que era la sangre de un profeta que había profetizado la destrucción del Templo y que, por su franqueza, había sido muerto por el pueblo. Nevuzaradán, para apaciguar al profeta, ordenó ejecutar en el lugar ensangrentado primero a los sabios del reino, luego a los niños de las escuelas y por último a los jóvenes sacerdotes: más de un millón de almas en total. Pero la sangre del profeta seguía hirviendo y humeando, hasta que Nevuzaradán exclamó: «Zejariá, Zejariá, a los buenos de Israel he degollado. ¿Deseas la destrucción del pueblo entero?» Entonces la sangre dejó de hervir.
A Nevuzaradán lo sobresaltó este pensamiento: si a los judíos, que tenían una sola vida sobre su conciencia, se les hacía expiar con tanta crueldad, ¡cuál no sería su propia suerte! Abandonó a Nabucodonosor y se hizo prosélito.
El gran lamento
A su regreso de Anatot, Yirmiyahu vio, a lo lejos, humo que se elevaba en espiral desde el monte del Templo, y su espíritu se alegró. Pensó que los judíos se habían arrepentido de sus pecados y estaban ofreciendo incienso. Ya dentro de las murallas de la ciudad, supo la verdad: que el Templo había sido presa de las llamas. Abrumado por el dolor, gritó: «Oh HaShem, me sedujiste, y me dejé seducir; me sacaste de tu casa para poder destruirla.»
Dios mismo se conmovió profundamente por la destrucción del Templo, que había abandonado para que el enemigo pudiera entrar y destruirlo. Acompañado por los ángeles, visitó las ruinas y dio rienda suelta a su dolor: «Ay de Mí por mi casa. ¿Dónde están mis hijos, dónde mis sacerdotes, dónde mis amados? Pero ¿qué podía hacer por vosotros? ¿No os advertí? Y sin embargo no quisisteis enmendar vuestros caminos.» «Hoy —dijo Dios a Yirmiyahu— soy como un hombre que tiene un hijo único. Le prepara el palio nupcial, y su único amado muere bajo él. Tú pareces sentir bien poca compasión por Mí y por mis hijos. Ve, convoca de sus tumbas a Avraham, Yitsjak, Yaakov y Moshé. Ellos saben llorar.» «Señor del mundo —respondió Yirmiyahu—, no sé dónde está sepultado Moshé.» «Ponte a la orilla del Yardén —dijo Dios— y clama: "Hijo de Amram, hijo de Amram, levántate, mira cómo los lobos han devorado tus ovejas".»
Yirmiyahu se dirigió a la Cueva Doble y habló a los Patriarcas: «Levantaos, se os convoca a comparecer ante Dios.» Cuando le preguntaron el motivo de la convocatoria, fingió ignorancia, pues temía decirles la verdadera razón; podrían haberle reprochado que un desastre tan grande hubiera sobrevenido a Israel en su tiempo. Luego Yirmiyahu prosiguió hasta la orilla del Yardén, y allí clamó como se le había mandado: «Hijo de Amram, hijo de Amram, levántate, se te cita a comparecer ante Dios.» «¿Qué ha ocurrido hoy, para que Dios me llame ante Él?», preguntó Moshé. «No lo sé», respondió de nuevo Yirmiyahu. Moshé fue entonces a los ángeles, y por ellos supo que el Templo había sido destruido e Israel desterrado de su tierra. Llorando y de duelo, Moshé se unió a los Patriarcas, y juntos, rasgándose las vestiduras y retorciéndose las manos, se encaminaron a las ruinas del Templo. Aquí su llanto se acrecentó con las fuertes lamentaciones de los ángeles: «¡Qué desoladas están las calzadas hacia Yerushaláyim, las calzadas destinadas a un caminar sin fin! ¡Qué desiertas las calles que antaño se atestaban en las épocas de las peregrinaciones! Oh Señor del mundo, con Avraham, el padre de tu pueblo, que enseñó al mundo a conocerte como soberano del universo, hiciste una alianza: que por él y por sus descendientes la tierra se llenaría de gente; y ahora has disuelto tu alianza con él. ¡Oh Señor del mundo! Has despreciado a Tsiyón y a Yerushaláyim, que un día fueron tu morada elegida. Has tratado a Israel con mayor dureza que a la generación de Enosh, los primeros idólatras.»
Dios entonces dijo a los ángeles: «¿Por qué os alineáis contra Mí con vuestras quejas?» «Señor del mundo —respondieron—, por Avraham, tu amado, que ha venido a tu casa gimiendo y llorando, y sin embargo no le prestas atención.» A lo que Dios: «Desde que mi amado terminó su carrera terrenal, no ha estado en mi casa. "¿Qué tiene que hacer mi amado en mi casa?"»
Entró entonces Avraham en la conversación: «¿Por qué, oh Señor del mundo, has exiliado a mis hijos, los has entregado en manos de las naciones, que los torturan con toda clase de tormentos y que han asolado el santuario donde yo estuve dispuesto a ofrecerte a mi hijo Yitsjak en sacrificio?» «Tus hijos han pecado —dijo Dios—, han transgredido toda la Torá, han ofendido cada una de sus letras.» Avraham: «¿Quién habrá que atestigüe contra Israel que ha transgredido la Torá?» Dios: «Que la propia Torá comparezca y atestigüe.» La Torá vino, y Avraham se dirigió a ella: «Oh hija mía, ¿de veras vienes a atestiguar contra Israel, a decir que violó tus mandamientos? ¿No sientes vergüenza? Recuerda el día en que Dios te ofreció a todos los pueblos, a todas las naciones de la tierra, y todas te rechazaron con desdén. Entonces mis hijos llegaron al Sinaí, te aceptaron y te honraron. ¿Y ahora, en el día de su angustia, te alzas contra ellos?» Al oír esto, la Torá se hizo a un lado y no atestiguó. «Que vengan las veintidós letras del alfabeto hebreo en que está escrita la Torá y atestigüen contra Israel», dijo Dios. Comparecieron sin demora, y Álef, la primera letra, iba a atestiguar contra Israel cuando Avraham la interrumpió con estas palabras: «Tú, jefe de todas las letras, ¿vienes a atestiguar contra Israel en el tiempo de su angustia? Acuérdate del día en que Dios se reveló en el monte Sinaí, comenzando sus palabras contigo: "Anoji, Adonái tu Dios". Ningún pueblo, ninguna nación te aceptó, solo mis hijos, ¿y ahora vienes a atestiguar contra ellos?» Álef se hizo a un lado y calló. Lo mismo ocurrió con la segunda letra, Bet, y con la tercera, Guímel, y con todas las demás: todas se retiraron avergonzadas y no abrieron la boca. Entonces Avraham se volvió a Dios y dijo: «¡Oh Señor del mundo! Cuando yo tenía cien años, me diste un hijo, y cuando estaba en la flor de la edad, a los treinta y siete años, me ordenaste sacrificártelo, y yo, como un monstruo, sin compasión, lo até sobre el altar con mis propias manos. Que eso interceda ante Ti, y ten piedad de mis hijos.»
Entonces Yitsjak alzó la voz y habló: «Oh Señor del mundo, cuando mi padre me dijo: "Dios se proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío", no me resistí a tu palabra. De buen grado me dejé atar al altar, alcé la garganta al encuentro del cuchillo. Que eso interceda ante Ti, y ten piedad de mis hijos.»
Entonces Yaakov alzó la voz y habló: «Oh Señor del mundo, durante veinte años moré en la casa de Laván, y cuando la dejé me topé con Esav, que quería matar a mis hijos, y arriesgué mi vida por la de ellos. Y ahora están entregados en manos de sus enemigos, como ovejas llevadas al matadero, después de que los mimé como a polluelos que rompen su cascarón, después de que padecí angustia por ellos todos los días de mi vida. Que eso interceda ante Ti, y ten piedad de mis hijos.»
Y por último Moshé alzó la voz y habló: «Oh Señor del mundo, ¿no fui un pastor fiel para Israel durante cuarenta largos años? Como un corcel corrí delante de él por el desierto, y cuando llegó el momento de que entrara en la Tierra Prometida, ordenaste: "¡Aquí en el desierto caerán tus huesos!". Y ahora que los hijos de Israel están exiliados, has mandado por mí para que llore y me lamente por ellos. Eso es lo que quiere decir la gente cuando afirma: la buena fortuna del amo no es del siervo, pero la desgracia del amo sí es su desgracia.» Y volviéndose hacia Yirmiyahu, continuó: «Camina delante de mí, yo los haré volver; veamos quién se atreve a levantar la mano contra ellos.» Yirmiyahu respondió: «Los caminos no se pueden transitar, están obstruidos de cadáveres.» Pero a Moshé no había quien lo disuadiera, y los dos, Moshé tras Yirmiyahu, llegaron a los ríos de Bavel. Cuando los judíos vieron a Moshé, dijeron: «El hijo de Amram ha subido de su tumba para redimirnos de nuestros enemigos.» En aquel momento se oyó clamar una voz celestial: «¡Está decretado!» Y Moshé dijo: «Oh hijos míos, no puedo redimiros, el decreto es inalterable; que Dios os redima pronto», y se apartó de ellos.
Los hijos de Israel alzaron la voz en amargas lamentaciones, y el son de su dolor traspasó hasta los mismos cielos. Entretanto, Moshé volvió a los Padres y les refirió a qué terrible sufrimiento estaban expuestos los judíos exiliados, y todos prorrumpieron en desconsolados lamentos. En su amargo dolor, Moshé exclamó: «¡Maldito seas, oh sol!, ¿por qué no se extinguió tu luz en la hora en que el enemigo invadió el santuario?» El sol respondió: «Oh pastor fiel, juro por la vida que no podía oscurecerme. Las potestades celestiales no lo permitían. Sesenta azotes de fuego me dieron, y dijeron: "Ve y haz brillar tu luz".» Otra última queja profirió Moshé: «Oh Señor del mundo, lo has escrito en tu Torá: "Sea vaca o sea oveja, no la degollaréis a ella y a su cría en un mismo día". ¡A cuántas madres han degollado con sus hijos y Tú callas!»
Entonces, con la brusquedad de un relámpago, Rajel, nuestra madre, se presentó ante Hakadosh Baruj Hu: «Señor del mundo —dijo—, Tú sabes cuán desbordante era el amor de Yaakov por mí, y cuando advertí que mi padre pensaba poner a Leá en mi lugar, di a Yaakov señales secretas para que el plan de mi padre quedara en nada. Pero luego me arrepentí de lo que había hecho, y para ahorrar a mi hermana la humillación le revelé las señales. Más aún: yo misma estuve en la cámara nupcial, y cuando Yaakov hablaba con Leá, yo respondía, no fuera que su voz la delatara. Yo, una mujer, criatura de carne y hueso, de polvo y ceniza, no tuve celos de mi rival. Tú, oh Dios, Rey eterno, Tú, Padre eterno y misericordioso, ¿por qué tuviste celos de los ídolos, vanidades vacías? ¿Por qué has expulsado a mis hijos, los has matado a espada, los has dejado a merced de sus enemigos?» Entonces se despertó la compasión del Dios Supremo, y dijo: «Por tu causa, oh Rajel, haré volver a los hijos de Israel a su tierra.»
El viaje de Yirmiyahu a Bavel
Cuando Nabucodonosor envió a su general Nevuzaradán a la toma de Yerushaláyim, le dio tres instrucciones sobre el trato benévolo a Yirmiyahu: «Tómalo y vela bien por él, y no le hagas ningún daño; antes bien, haz con él conforme a lo que él te diga.» Al mismo tiempo le mandó emplear una crueldad despiadada con el resto del pueblo. Pero el profeta deseaba compartir la suerte de sus hermanos que sufrían, y cuando vio a un grupo de jóvenes en el cepo, metió en él su propia cabeza. Nevuzaradán siempre lo sacaba de nuevo. Después, si Yirmiyahu veía a un grupo de ancianos encadenados, se les unía y compartía su ignominia, hasta que Nevuzaradán lo soltaba. Por fin, Nevuzaradán dijo a Yirmiyahu: «Mira, eres una de tres cosas: o eres un profeta de falsedades, o eres un despreciador del sufrimiento, o eres un derramador de sangre. Un profeta de falsedades, pues desde hace muchos años vienes profetizando la caída de esta ciudad, y ahora, cuando tu profecía se ha cumplido, te afliges y te lamentas. O un despreciador del sufrimiento, pues yo procuro no hacerte nada dañino, y tú mismo persigues lo que te es dañino, como si dijeras: "Soy indiferente al dolor". O un derramador de sangre, pues el rey me ha encargado que cuide de ti y que no te sobrevenga ningún mal, pero como te empeñas en buscar tu propio mal, forzoso es que el rey se entere de tu desgracia y me dé muerte.»
Al principio Yirmiyahu rechazó el ofrecimiento de Nevuzaradán de dejarlo permanecer en la Tierra de Israel. Se unió a la marcha de los cautivos que iban a Bavel, por las calzadas que manaban sangre y estaban sembradas de cadáveres. Cuando llegaron a los confines de la Tierra Santa, todos, profeta y pueblo, prorrumpieron en fuertes gemidos, y Yirmiyahu dijo: «Sí, hermanos y compatriotas, todo esto os ha sobrevenido porque no escuchasteis las palabras de mi profecía.» Yirmiyahu viajó con ellos hasta que llegaron a las orillas del Éufrates. Entonces Dios habló al profeta: «Yirmiyahu, si te quedas aquí, Yo iré con ellos, y si vas con ellos, Yo me quedaré aquí.» Yirmiyahu respondió: «Señor del mundo, si voy con ellos, ¿de qué les sirve? Solo si su Rey, su Creador, los acompaña, les será de provecho.»
Cuando los cautivos vieron a Yirmiyahu hacer preparativos para volver a la Tierra de Israel, empezaron a llorar y a clamar: «¡Oh padre Yirmiyahu!, ¿tú también nos abandonas?» «Pongo por testigos al cielo y a la tierra —dijo el profeta—: si hubierais llorado una sola vez en Tsiyón, no os habrían desterrado.»
Sembrado de terrores fue el viaje de regreso para el profeta. Por doquier yacían cadáveres, y Yirmiyahu recogía todos los dedos que andaban esparcidos; los apretaba contra su corazón, los acariciaba, los besaba y los envolvía en su manto, diciendo con tristeza: «¿No os lo dije, hijos míos, no os lo advertí: "Dad gloria a Adonái vuestro Dios, antes que haga venir las tinieblas, y antes que vuestros pies tropiecen en los montes oscuros"?»
Abatido, oprimido por su dolor, Yirmiyahu vio el cumplimiento de su profecía contra las coquetas doncellas de Yerushaláyim, que no habían perseguido sino los placeres y goces del mundo. ¡Cuántas veces las había amonestado el profeta a hacer penitencia y llevar una vida temerosa de Dios! En vano; cada vez que las amenazaba con la destrucción de Yerushaláyim, decían: «¿Por qué habríamos de preocuparnos por eso?» «Un príncipe me tomará por esposa», decía una; la otra: «Un prefecto se casará conmigo.» Y al principio pareció que las expectativas de las bellas hijas de Yerushaláyim se cumplirían, pues los más aristócratas de los caldeos vencedores quedaron prendados de la belleza de las mujeres de Yerushaláyim y les ofrecieron su mano y su rango. Pero Dios envió sobre las mujeres enfermedades desfigurantes y repulsivas, y los babilonios las repudiaron, las arrojaron violentamente de sus carros y, sin piedad, pasaron por encima de los cuerpos postrados.
El traslado de los cautivos
Nabucodonosor había dado orden de apremiar a los cautivos por el camino a Bavel sin descanso ni pausa. Temía que, de otro modo, los judíos hallaran ocasión de implorar la misericordia de Dios —y Él, compasivo como es, los liberaría al instante en cuanto hicieran teshuvá—. Por eso no hubo alto en la marcha hasta que alcanzaron el Éufrates. Allí estaban ya dentro de las fronteras del imperio de Nabucodonosor, y él creyó que nada tenía ya que temer.
Muchos de los judíos murieron apenas bebieron del Éufrates. En su tierra natal estaban acostumbrados al agua sacada de manantiales y pozos. Llorando por sus muertos y por los demás que habían caído en el camino, se sentaron a orillas del río, mientras Nabucodonosor y sus príncipes, en sus embarcaciones, celebraban la victoria entre cantos y música. El rey advirtió que los príncipes de Yehudá, aunque iban encadenados, no llevaban carga alguna sobre los hombros, y llamó a sus siervos: «¿No tenéis ninguna carga para estos?». Tomaron los rollos de pergamino de la Torá, los rasgaron en pedazos, hicieron sacos con ellos y los llenaron de arena; y estos los cargaron sobre las espaldas de los príncipes judíos. Al ver semejante afrenta, todo Israel prorrumpió en amargo llanto. La voz de su dolor traspasó los mismos cielos, y Dios resolvió convertir el mundo de nuevo en caos, pues se dijo que, al fin y al cabo, el mundo no había sido creado sino por amor a Israel. Los ángeles acudieron presurosos y hablaron ante Dios: «Señor del mundo, tuyo es el universo. ¿No basta con que hayas desmembrado tu casa terrenal, el Templo? ¿Destruirás también tu casa celestial?». Dios los contuvo y dijo: «¿Pensáis que soy una criatura de carne y sangre, y que necesito consuelo? ¿Acaso no conozco el principio y el fin de todas las cosas? Id más bien y quitad sus cargas a los príncipes de Yehudá». Con la ayuda de Dios, los ángeles descendieron y llevaron los fardos puestos sobre los cautivos judíos hasta que llegaron a Bavel.
En su camino pasaron por la ciudad de Bari. Sus habitantes no se asombraron poco de la crueldad de Nabucodonosor, que hacía marchar desnudos a los cautivos. La gente de Bari despojó a sus esclavos de sus vestiduras y se los presentó a Nabucodonosor. Cuando el rey manifestó su extrañeza, dijeron: «Pensamos que te complacían de manera especial los hombres desnudos». El rey ordenó al punto que los judíos fueran vestidos con sus ropas. La recompensa concedida a los de Bari fue que Dios los dotó para siempre de belleza y de una gracia irresistible.
Los compasivos habitantes de Bari no encontraron muchos imitadores. La cualidad opuesta la mostraron los amonitas, los moabitas, los edomitas y los árabes. Pese a su estrecho parentesco con Israel, su conducta hacia los judíos estuvo dictada por la crueldad. Los dos primeros mencionados, los amonitas y los moabitas, cuando oyeron al profeta anunciar la destrucción de Yerushaláyim, se apresuraron sin demora alguna a comunicárselo a Nabucodonosor y a instarlo a atacar Yerushaláyim. Los escrúpulos del rey babilonio, que temía a Dios, y todas las razones que él aducía contra un combate con Israel, ellos las refutaron, y al fin lo indujeron a obrar como querían. Al tomar la ciudad, mientras todos los pueblos extranjeros buscaban botín, los amonitas y los moabitas se lanzaron al Templo para apoderarse del rollo de la Torá, porque contenía la cláusula que les prohibía entrar en «la asamblea de Adonái ni siquiera hasta la décima generación». Para deshonrar la fe de Israel, arrancaron los querubines del Santo de los Santos y los arrastraron por las calles de Yerushaláyim, gritando a la vez: «¡Mirad estas cosas sagradas que pertenecen a los israelitas, que andan diciendo siempre que no tienen ídolos!».
Los edomitas se mostraron aún más hostiles en la hora de la necesidad de Israel. Fueron a Yerushaláyim con Nabucodonosor, pero se mantuvieron a distancia de la ciudad, para aguardar allí el desenlace de la batalla entre los judíos y los babilonios. Si los judíos hubieran vencido, habrían fingido que venían a traerles ayuda. Cuando se conoció la victoria de Nabucodonosor, mostraron sus verdaderos sentimientos. A quienes escapaban de la espada de los babilonios, los abatía la mano de los edomitas.
Pero en astucia diabólica a estos pueblos los superaron los ismaelitas. Ochenta mil jóvenes sacerdotes, cada uno con un escudo de oro sobre el pecho, lograron abrirse paso entre las filas de Nabucodonosor y llegar hasta los ismaelitas. Pidieron agua para beber. La respuesta de los ismaelitas fue: «Primero comed, y luego podréis beber», al tiempo que les alargaban comida salada. Su sed aumentó, y los ismaelitas les dieron odres de cuero llenos de nada más que aire en vez de agua. Cuando los alzaron a la boca, el aire entró en sus cuerpos y cayeron muertos.
Otras tribus árabes mostraron su hostilidad abiertamente; como los palmirenos, que pusieron ochenta mil arqueros a disposición de Nabucodonosor en su guerra contra Israel.
Los hijos de Moshé
Si Nabucodonosor pensó que, una vez tuviera a los judíos en las regiones del Éufrates, quedarían para siempre en su poder, se engañaba de medio a medio. Fue en las mismísimas orillas del gran río donde sufrió la pérdida de un buen número de sus cautivos. Cuando se hizo el primer alto junto al Éufrates, los judíos ya no pudieron contener su dolor, y prorrumpieron en lágrimas y amargos lamentos. Nabucodonosor les ordenó callar, y, como para hacer más dura la obediencia a sus órdenes, mandó llamar a los leviim, los cantores del Templo, a que entonaran los cantos de Tsiyón para diversión de sus invitados en el banquete que había dispuesto. Los leviim deliberaron entre sí. «¿No basta con que el Templo yazga en cenizas por nuestros pecados, para que aún añadamos a nuestras transgresiones arrancando música de las cuerdas de nuestras arpas sagradas en honor de estos "enanos"?», dijeron, y decidieron ofrecer resistencia. Los sanguinarios babilonios los segaron a montones, mas ellos afrontaron la muerte con alto ánimo, pues así salvaban sus instrumentos sagrados de la profanación de ser usados ante ídolos y en provecho de idólatras.
Los leviim que sobrevivieron a la matanza —los hijos de Moshé eran— se mordieron los propios dedos hasta arrancárselos, y cuando les pedían que tocaran, mostraban a sus tiranos las manos mutiladas, con las que era imposible manejar las arpas. Al caer la noche descendió una nube y envolvió a los hijos de Moshé y a todos los suyos. Quedaron ocultos a sus enemigos, mientras su propio camino era iluminado por una columna de fuego. La nube y la columna se desvanecieron al despuntar el día, y ante los hijos de Moshé se extendía una franja de tierra bordeada por el mar por tres de sus lados. Para su completa protección, Dios hizo correr por el cuarto lado el río Sambatión. Este río está lleno de arena y piedras, y en los seis días laborables de la semana estas ruedan unas sobre otras con tal violencia que el estruendo y el fragor se oyen a lo lejos. Pero en Shabat el río tumultuoso se aquieta en calma. Como guardia contra los transgresores en ese día, una columna de nube se tiende a lo largo de todo el río, y nadie puede acercarse al Sambatión a menos de tres millas. Cercados como están, los hijos de Moshé se comunican, con todo, con sus hermanos de las tribus de Naftalí, Gad y Asher, que moran cerca de las orillas del Sambatión. Palomas mensajeras llevan cartas de un lado a otro.
En la tierra de los hijos de Moshé no hay sino animales puros, y en todo sentido sus habitantes llevan una vida santa y pura, digna de su antepasado Moshé. Nunca hacen un juramento, y, si por acaso a alguno de ellos se le escapa un juramento de los labios, al punto se le recuerda el castigo divino ligado a su acto: sus hijos morirán a tierna edad.
Los hijos de Moshé viven en paz y gozan de prosperidad como iguales por su común fe judía. No tienen necesidad ni de príncipe ni de juez, pues no conocen la contienda ni el litigio. Cada uno trabaja por el bienestar de la comunidad, y cada uno toma del acervo común solo lo que satisface sus necesidades. Sus casas están construidas todas a la misma altura, para que nadie se crea por encima de su prójimo, y para que el aire fresco no se vea impedido de circular libremente por igual en torno a todas. Aun de noche sus puertas quedan de par en par abiertas, pues nada tienen que temer de ladrones, ni se conocen fieras en su tierra. Todos alcanzan una buena vejez. El hijo nunca muere antes que el padre. Cuando ocurre una muerte, hay regocijo, porque se sabe que el que partió ha entrado en la vida eterna en fidelidad a su fe. El nacimiento de un niño, en cambio, provoca duelo, pues ¿quién puede decir si el ser traído al mundo será piadoso y fiel? Los muertos se entierran junto a las puertas de sus propias casas, para que a los que sobreviven, en todas sus idas y venidas, se les recuerde su propio fin. La enfermedad les es desconocida, pues nunca pecan, y la dolencia solo se envía para purificar de los pecados.
Éved-Mélej
Los hijos de Moshé no fueron los únicos en escapar de la pesada mano de Nabucodonosor. Aún más milagrosa fue la liberación del piadoso etíope Éved-Mélej de las manos de los babilonios. Se salvó como recompensa por haber rescatado a Yirmiyahu cuando la vida del profeta corría peligro. El día anterior a la destrucción del Templo, poco antes de que el enemigo forzara la entrada en la ciudad, el etíope fue enviado —por el profeta Yirmiyahu, que obraba bajo instrucción divina— a cierto lugar frente a las puertas de la ciudad, para repartir alimento a los pobres de un cestillo de higos que había de llevar consigo. Éved-Mélej llegó al sitio, pero el calor era tan intenso que se quedó dormido bajo un árbol, y allí durmió sesenta y seis años. Cuando despertó, los higos seguían frescos y jugosos, pero todo el entorno había cambiado tanto que no acertaba a saber dónde estaba. Su confusión creció cuando entró en la ciudad a buscar a Yirmiyahu y no halló nada como había sido. Abordó a un anciano y le preguntó el nombre del lugar. Cuando le dijeron que era Yerushaláyim, Éved-Mélej exclamó con asombro: «¿Dónde está Yirmiyahu, dónde está Baruj, y dónde está todo el pueblo?». El anciano no se asombró poco de tales preguntas. ¿Cómo era posible que quien había conocido a Yirmiyahu y a Yerushaláyim ignorara los sucesos ocurridos sesenta años atrás? En breves palabras contó a Éved-Mélej la destrucción del Templo y el cautiverio del pueblo, pero lo que dijo no halló crédito en su oyente. Al fin Éved-Mélej comprendió que Dios había obrado por él un gran milagro, de modo que le había sido ahorrada la vista de la desgracia de Israel.
Mientras derramaba su corazón en gratitud a Dios, un águila descendió y lo condujo hasta Baruj, que vivía no lejos de la ciudad. Entonces Baruj recibió de Dios la orden de escribir a Yirmiyahu que el pueblo apartara de en medio de sí a los extraños, y que entonces Dios los llevaría de vuelta a Yerushaláyim. La carta escrita por Baruj y algunos de los higos que habían conservado su frescura durante sesenta y seis años fueron llevados a Bavel por un águila, que había dicho a Baruj que había sido enviada a servirle de mensajera. El águila emprendió su viaje. Su primera parada fue un paraje desolado y yermo al que sabía que Yirmiyahu y el pueblo habían de acudir: era el cementerio de los judíos que Nabucodonosor había dado al profeta a petición suya. Cuando el águila vio a Yirmiyahu y al pueblo acercarse con un cortejo fúnebre, gritó: «Tengo un mensaje para ti, Yirmiyahu. Que todo el pueblo se acerque a recibir las buenas nuevas». Como señal de que su misión era verdadera, el águila tocó el cadáver, y este volvió a la vida. Entre lágrimas, todo el pueblo clamó a Yirmiyahu: «¡Sálvanos! ¿Qué debemos hacer para volver a nuestra tierra?».
El águila llevó a Baruj la respuesta de Yirmiyahu, y, después de que el profeta despidiera a las mujeres babilonias, regresó a Yerushaláyim con el pueblo. A quienes no quisieron someterse a las órdenes de Yirmiyahu respecto de las mujeres paganas, el profeta no les permitió entrar en la ciudad santa, y, como tampoco se les permitía volver a Bavel, fundaron la ciudad de Shomrón, cerca de Yerushaláyim.
Los utensilios del Templo
La tarea impuesta a Yirmiyahu había sido doble. Además de darle a su cargo el pueblo en la tierra de su exilio, Dios le había confiado el cuidado del santuario y de todo lo que contenía. El Arca sagrada, el altar del incienso y la tienda santa fueron llevados por un ángel al monte desde el cual Moshé, antes de su muerte, había contemplado la tierra que Dios había asignado a Israel. Allí encontró Yirmiyahu un lugar espacioso, en el que ocultó estos utensilios sagrados. Algunos de sus compañeros habían ido con él para tomar nota del camino a la cueva, pero, con todo, no pudieron encontrarlo. Cuando Yirmiyahu supo de su propósito, los reprendió, pues era voluntad de Dios que el lugar del escondite quedara en secreto hasta la redención, y entonces Dios mismo hará visibles las cosas ocultas.
Incluso los utensilios del Templo que Yirmiyahu no ocultó fueron preservados de caer en manos del enemigo; las puertas del Templo se hundieron en la tierra, y otras partes y utensilios fueron escondidos en una torre de Bagdad por el levita Shimur y sus amigos. Entre estos utensilios estaba el candelabro de siete brazos de oro puro, cada brazo engastado con veintiséis perlas, y, además de las perlas, doscientas piedras de valor incalculable. Más aún, la torre de Bagdad fue el escondite de setenta y siete mesas de oro, y del oro con que habían sido revestidos los muros del Templo por dentro y por fuera. Las mesas habían sido tomadas del Paraíso por Shlomo, y en brillo eclipsaban al sol y a la luna, mientras que el oro de los muros superaba en cantidad y valor a todo el oro que había existido desde la creación del mundo hasta la destrucción del Templo. Las joyas, perlas, oro, plata y piedras preciosas que David y Shlomo habían destinado al Templo fueron descubiertas por el escriba Jilkiyahu, y él las entregó al ángel Shamshiel, que a su vez depositó el tesoro en Borsipa. Los instrumentos musicales sagrados fueron tomados a cargo y escondidos por Baruj y Tsidkiyahu hasta la venida del Mesías, que revelará todos los tesoros. En su tiempo brotará un torrente de debajo del lugar del Santo de los Santos, y fluirá a través de las tierras hasta el Éufrates, y, a su paso, descubrirá todos los tesoros enterrados en la tierra.
Baruj
En tiempos de la destrucción del Templo, una de las figuras prominentes fue Baruj, el fiel servidor de Yirmiyahu. Dios le ordenó salir de la ciudad un día antes de que el enemigo hubiera de entrar en ella, para que su presencia no la volviera inexpugnable. Al día siguiente, habiéndola abandonado él y todos los demás hombres piadosos, vio desde lejos cómo descendían los ángeles, prendían fuego a los muros de la ciudad y ocultaban los vasos sagrados del Templo. Al principio su duelo por las desgracias de Yerushaláyim y del pueblo no conoció límites. Pero fue consolado en cierta medida al cabo de un ayuno de siete días, cuando Dios le dio a conocer que el día del ajuste de cuentas llegaría también para los paganos. Otras visiones divinas le fueron concedidas. Todo el porvenir de la humanidad se desplegó ante sus ojos, en especial la historia de Israel, y aprendió que la venida del Mesías pondría fin a toda pena y miseria, e inauguraría el reinado de la paz y de la alegría entre los hombres. En cuanto a él, se le dijo, sería apartado de la tierra, pero no por la muerte, y solo para ser guardado a salvo hasta la llegada del fin de todos los tiempos.
Consolado así, Baruj dirigió una amonestación al pueblo que había quedado en la Tierra de Israel, y escribió dos cartas del mismo tenor a los exiliados: una a las nueve tribus y media, la otra a las dos tribus y media. La carta a las nueve tribus y media del cautiverio se la llevó un águila.
Cinco años después de la gran catástrofe, compuso en Bavel un libro que contenía plegarias penitenciales e himnos de consuelo, exhortando a Israel e instando al pueblo a volver a Dios y a su Torá. Este libro lo leyó Baruj al rey Yehoyajín y a todo el pueblo en un día de oración y penitencia. En la misma ocasión se hizo una colecta entre el pueblo, y los fondos así reunidos, junto con los vasos de plata del Templo hechos por orden de Tsidkiyahu después de que Yehoyajín fuera llevado cautivo, fueron enviados a Yerushaláyim, con la petición de que el Sumo Sacerdote Yoakim y el pueblo destinaran el dinero al servicio de los sacrificios y a las oraciones por la vida del rey Nabucodonosor y de su hijo Baltasar. Así asegurarían paz y dicha bajo el dominio babilonio. Sobre todo, habían de suplicar a Dios que apartara su ira de su pueblo.
Baruj envió su libro también a los residentes de Yerushaláyim, y ellos lo leían en el Templo en días señalados, y recitaban las oraciones que contiene.
Baruj es uno de los pocos mortales que han tenido el privilegio de visitar el Paraíso y de conocer sus secretos. Un ángel de HaShem se le apareció mientras se lamentaba por la destrucción de Yerushaláyim y lo llevó a los siete cielos, al lugar del juicio donde se pronuncia la condena de los impíos, y a las moradas de los bienaventurados.
Todavía se contaba entre los vivos en el tiempo en que Ciro permitió a los judíos volver a la Tierra de Israel, pero, a causa de su avanzada edad, no pudo valerse del permiso. Mientras vivió, su discípulo Ezrá permaneció con él en Bavel, pues «el estudio de la Torá es más importante que la construcción del Templo». Fue solo tras la muerte de Baruj cuando decidió reunir a los exiliados que deseaban regresar a la Tierra Santa y reconstruir el Templo en Yerushaláyim.
Las tumbas de Baruj y Yejezkel
La piedad de Baruj y el gran favor de que gozaba ante Dios se dieron a conocer a las generaciones posteriores, muchos años después de su muerte, a través de los sucesos maravillosos ligados a su tumba. Cierta vez, un príncipe babilonio ordenó a un judío, de nombre Rabí Shlomo, que le mostrara el sepulcro de Yejezkel, sobre el cual había oído muchos relatos notables. El judío aconsejó al príncipe entrar primero en la tumba de Baruj, que colindaba con la de Yejezkel. Si lo lograba, podría intentar lo mismo con la tumba de Yejezkel, el maestro de Baruj. En presencia de sus grandes y de su pueblo, el príncipe trató de abrir el sepulcro de Baruj, pero sus esfuerzos fueron vanos. Todo el que lo tocaba caía muerto al instante. Un árabe anciano aconsejó al príncipe que llamara a los judíos para que le franquearan la entrada, ya que Baruj había sido judío y sus libros seguían siendo estudiados por judíos. Los judíos se prepararon con ayunos, oraciones, penitencia y limosnas, y lograron abrir el sepulcro sin percance alguno. Baruj fue hallado tendido sobre un féretro de mármol, y el aspecto del cadáver era como si hubiera expirado apenas entonces. El príncipe ordenó que el féretro fuera llevado a la ciudad y que el cuerpo fuera allí sepultado. Le parecía impropio que Yejezkel y Baruj reposaran en el mismo sepulcro. Pero los porteadores hallaron imposible mover el féretro más de dos mil codos del sepulcro original; ni siquiera con la ayuda de numerosas bestias de tiro se lo pudo empujar un solo paso más allá. Siguiendo el consejo de Rabí Shlomo, el príncipe resolvió depositar el féretro en el lugar al que habían llegado y erigir allí también una academia. Estos sucesos milagrosos indujeron al príncipe a ir a La Meca. Allí se convenció de la falsedad del mahometismo, del que hasta entonces había sido adepto, y se convirtió al judaísmo, él y toda su corte.
Cerca del sepulcro de Baruj crece una especie de hierba cuyas hojas están cubiertas de polvo de oro. Como el brillo del oro no se percibe fácilmente de día, la gente busca el lugar de noche, marca el punto exacto en que crece la hierba, y vuelve de día a recogerla.
No menos famoso es el sepulcro de Yejezkel, a una distancia de dos mil codos del de Baruj. Lo cubre un hermoso mausoleo erigido por el rey Yehoyajín después de que Evil-Merodaj lo hubiera liberado del cautiverio. El mausoleo perduró hasta la Edad Media, y llevaba en sus muros los nombres de los treinta y cinco mil judíos que ayudaron a Yehoyajín a erigir el monumento. Fue escenario de muchos milagros. Cuando grandes multitudes viajaban hasta allí para honrar la memoria del profeta, la pequeña y baja portezuela del muro que rodeaba el sepulcro se agrandaba en anchura y altura para dar cabida a cuantos deseaban entrar. Cierta vez, un príncipe hizo voto de dar un potro al sepulcro del profeta, si tan solo su yegua, que había sido estéril, pariera uno. Sin embargo, cuando su deseo se cumplió, no mantuvo su promesa. Pero la potranca corrió una distancia igual a la de un viaje de cuatro días hasta la tumba, y su dueño no pudo recuperarla hasta que depositó su valor en plata sobre el sepulcro. Cuando la gente emprendía largos viajes, tenían por costumbre llevar sus tesoros al sepulcro del profeta y suplicarle que no dejara a nadie sino a los legítimos herederos retirarlos de allí. El profeta siempre concedía su petición. Cierta vez, cuando se intentó tomar unos libros del sepulcro de Yejezkel, el saqueador enfermó de súbito y quedó ciego. Durante un tiempo, una columna de fuego, visible a gran distancia, se alzó sobre el sepulcro del profeta, pero desapareció a causa de la conducta indecorosa de los peregrinos que allí acudían.
No lejos del sepulcro de Yejezkel estaba el sepulcro de Barozak, que cierta vez se apareció en sueños a un judío rico. Le habló: «Soy Barozak, uno de los príncipes que fueron llevados cautivos con Yirmiyahu. Soy uno de los justos. Si me erigieres un hermoso mausoleo, serás bendecido con descendencia». El judío hizo como se le había mandado, y quien había sido sin hijos, poco después se hizo padre.
Daniel
El miembro más distinguido de la diáspora babilonia fue Daniel. Aunque no era profeta, ninguno lo superaba en sabiduría, piedad y buenas obras. Su firme adhesión al judaísmo la mostró desde su temprana juventud cuando, siendo paje en la corte real, se negó a probar el pan, el vino y el aceite de los paganos, aun cuando su consumo no estaba prohibido por la Torá. En general, su posición prominente en la corte se mantuvo a costa de más de una penuria, pues él y sus compañeros, Jananiá, Mishael y Azariá, eran envidiados por sus distinciones por numerosos enemigos, que buscaban su ruina.
Cierta vez fueron acusados ante el rey Nabucodonosor de llevar una vida impúdica. El rey resolvió ordenar su ejecución. Pero Daniel y sus amigos mutilaron ciertas partes de sus cuerpos, y así demostraron cuán infundados eran los cargos contra ellos.
Siendo joven, Daniel dio prueba de su sabiduría cuando convenció a dos viejos pecadores de haber testificado en falso contra Susana, tan hermosa como buena. Engañado por los testigos perjuros, el tribunal había condenado a Susana a muerte. Entonces Daniel, impelido por un poder superior, apareció entre el pueblo, proclamó que se había cometido una injusticia y exigió que se reabriera el caso. Y así se hizo. Daniel mismo interrogó a los testigos uno tras otro. Las mismas preguntas se dirigieron a ambos, y, como las respuestas no concordaban entre sí, los falsos testigos quedaron convictos, y se les hizo sufrir la pena que habrían querido que el tribunal infligiera a su víctima.
La alta posición de Daniel en el estado data del tiempo en que interpretó el sueño de Nabucodonosor. El rey dijo a los astrólogos y magos: «Conozco mi sueño, pero no quiero deciros cuál fue, pues de lo contrario inventaréis cualquier cosa y pretenderéis que es la interpretación del sueño. Pero si me decís el sueño, entonces tendré confianza en vuestra interpretación de él».
Tras mucho hablar entre Nabucodonosor y sus sabios, ellos confesaron que el deseo del rey podría haberse cumplido si tan solo el Templo hubiera existido aún. El Sumo Sacerdote en Yerushaláyim habría podido revelar el secreto consultando los Urim veTumim. En ese punto el rey se enfureció contra sus sabios, que le habían aconsejado destruir el Templo, aunque debían de haber sabido cuán útil podría llegar a ser para el rey y el estado. Ordenó ejecutarlos a todos. Su vida fue salvada por Daniel, que recitó el sueño del rey y dio su interpretación. El rey quedó tan lleno de admiración por la sabiduría de Daniel que le rindió honores divinos. Daniel, sin embargo, rehusó tan desmedido trato: no deseaba ser objeto de veneración idolátrica. Dejó a Nabucodonosor para escapar de las muestras de honor que se le imponían, y se retiró a Tiberíades, donde construyó un canal. Además, el rey lo encargó de ciertas comisiones: traer forraje para el ganado a Bavel y también cerdos de Alejandría.
Los tres hombres en el horno
Durante la ausencia de Daniel, Nabucodonosor erigió un ídolo, y su culto fue exigido de todos sus súbditos bajo pena de muerte por fuego. La imagen no podía sostenerse por la desproporción entre su altura y su grosor. Se necesitó todo el oro y la plata que los babilonios habían capturado en Yerushaláyim para darle firmeza.
Todos los pueblos sujetos al dominio de Nabucodonosor, incluido hasta el propio Israel, obedecieron la orden real de adorar la imagen. Solo los tres piadosos compañeros de Daniel, Jananiá, Mishael y Azariá, resistieron la orden. En vano les insistió Nabucodonosor, como argumento en favor de la idolatría, que los judíos habían estado tan entregados a las prácticas paganas antes de la destrucción de Yerushaláyim que habían ido a Bavel con el fin de imitar los ídolos de allí y llevar las copias que hacían a Yerushaláyim. Los tres santos no quisieron escuchar estas seducciones del rey, ni cuando los remitió a autoridades tales como Moshé y Yirmiyahu para probarles que estaban obligados a cumplir el mandato real. Le dijeron: «Tú eres nuestro rey en todo lo que concierne al servicio, los impuestos, la capitación y el tributo, pero respecto de tu presente orden no eres más que Nabucodonosor. En eso, tú y el perro sois iguales para nosotros. Ladra como un perro, ínflate como un odre y chirría como un grillo».
Ahora la ira de Nabucodonosor rebasó todo límite, y ordenó que los tres fueran arrojados a un horno al rojo vivo, tan ardiente que las llamas de su fuego se lanzaban a la altura de cuarenta y nueve codos por encima del horno y consumían a los paganos que estaban en torno a él. Nada menos que cuatro pueblos fueron así exterminados. Mientras se empujaba a los tres santos al horno, elevaron una ferviente oración a Dios, suplicando su gracia hacia ellos y rogándole que cubriera de vergüenza a sus adversarios. Los ángeles quisieron descender y rescatar a los tres hombres del horno. Pero Dios lo prohibió: «¿Acaso los tres hombres obraron así por vosotros? No; lo hicieron por Mí, y Yo los salvaré con mis propias manos». Dios también rechazó los buenos oficios de Yurkami, el ángel del granizo, que se ofreció a extinguir el fuego del horno. El ángel Gavriel señaló con razón que tal milagro no sería lo bastante llamativo para atraer la atención. Su propia propuesta fue aceptada. A él, el ángel del fuego, se le encomendó arrancar a los tres hombres del horno al rojo vivo. Cumplió su misión enfriando el fuego dentro del horno, mientras que por fuera el calor seguía creciendo a tal grado que los paganos que estaban en torno al horno fueron consumidos. Los tres jóvenes elevaron entonces juntos sus voces en un himno de alabanza a Dios, agradeciéndole su ayuda milagrosa. Los caldeos observaban a los tres hombres paseando tranquilamente de un lado a otro dentro del horno, seguidos de un cuarto —el ángel Gavriel— como por un servidor. Nabucodonosor, que acudió presuroso a ver el prodigio, quedó pasmado de espanto, pues reconoció en Gavriel al ángel que, bajo la forma de una columna de fuego, había fulminado al ejército de Senaquerib. Ocurrieron otros seis milagros, todos ellos llevando el terror al corazón del rey: el horno de fuego, que había estado hundido en la tierra, se alzó en el aire; se quebró; el fondo se desfondó; la imagen erigida por Nabucodonosor cayó postrada; cuatro pueblos fueron devastados por el fuego; y Yejezkel resucitó a los muertos en el valle de Dura.
De esto último, Nabucodonosor fue advertido de un modo peculiar. Había mandado hacer una copa de beber con los huesos de un judío muerto. Cuando iba a usarla, la vida empezó a agitarse en los huesos, y un golpe se estampó en el rostro del rey, mientras una voz anunciaba: «¡Un amigo de este hombre está resucitando en este mismo momento a los muertos!». Nabucodonosor ofreció entonces alabanza a Dios por los milagros realizados, y, si un ángel no le hubiera asestado pronto un golpe en la boca y lo hubiera forzado al silencio, sus salmos de alabanza habrían superado al Salterio de David.
La liberación de los tres piadosos jóvenes fue una brillante vindicación de su proceder, pero al mismo tiempo causó gran mortificación a las masas del pueblo judío, que habían acatado la orden de Nabucodonosor de adorar su ídolo. Por eso, cuando los tres hombres salieron del horno —cosa que no hicieron hasta que Nabucodonosor los invitó a salir—, los paganos golpeaban en el rostro a todos los judíos que encontraban, burlándose de ellos a la vez: «¡Vosotros, que tenéis un Dios tan maravilloso, rendís homenaje a un ídolo!». Los tres hombres dejaron entonces Bavel y fueron a la Tierra de Israel, donde se unieron a su amigo, el Sumo Sacerdote Yehoshúa.
Su disposición a sacrificar la vida por el honor de Dios había sido tanto más admirable cuanto que el profeta Yejezkel les había advertido que no se haría ningún milagro por ellos. Cuando se publicó la orden del rey de postrarse ante el ídolo, y los tres hombres fueron designados para actuar como representantes del pueblo, Jananiá y sus compañeros acudieron a Daniel en busca de consejo. Él los remitió al profeta Yejezkel, que aconsejó la huida, citando como autoridad a su maestro Yeshayahu. Los tres hombres rechazaron su consejo y se declararon dispuestos a sufrir la muerte de los mártires. Yejezkel les pidió que aguardaran hasta que consultara a Dios, si se haría un milagro por ellos. Las palabras de Dios fueron: «No me manifestaré como su salvador. Ellos hicieron destruir mi casa, quemar mi palacio, dispersar a mis hijos entre los paganos, y ahora apelan a mi ayuda. Vivo Yo, que no me dejaré hallar por ellos».
En lugar de desalentar a los tres hombres, esta respuesta no hizo sino infundirles nuevo ánimo y resolución, y declararon con más decidido énfasis que antes que estaban dispuestos a afrontar la muerte. Dios consoló al profeta lloroso revelándole que salvaría a los tres santos héroes. Había buscado apartarlos del martirio solo para que su piedad y su firmeza aparecieran con mayor brillo.
A causa de su piedad, se hizo costumbre jurar por el Nombre de Aquel que sostiene el mundo sobre tres pilares, siendo los pilares los santos Jananiá, Mishael y Azariá. Su liberación de la muerte por fuego obró un gran efecto en el ánimo de los paganos. Se convencieron de la inutilidad de sus ídolos y con sus propias manos los destruyeron.
Yejezkel resucita a los muertos
Entre los muertos que Yejezkel restituyó a la vida en el mismo tiempo en que los tres hombres fueron rescatados del horno de fuego había distintas clases de personas. Algunos eran los efraimitas que habían perecido en el intento de escapar de Mitsraim antes de que Moshé sacara a toda la nación de la tierra de servidumbre. Algunos eran los impíos entre los judíos que habían contaminado el Templo de Yerushaláyim con ritos paganos, y aquellos aún más impíos que en vida no habían creído en la resurrección de los muertos. Otros de los resucitados por Yejezkel eran los jóvenes de entre los judíos llevados cautivos a Bavel por Nabucodonosor, cuya belleza era tan radiante que oscurecía el mismísimo esplendor del sol. Las mujeres babilonias fueron presa de una gran pasión por ellos, y, a instancias de sus maridos, Nabucodonosor ordenó una sangrienta matanza de los apuestos jóvenes. Pero las mujeres babilonias no quedaron aún curadas de su pasión ilícita; la belleza de los jóvenes hebreos las obsesionó hasta que sus cadáveres yacieron destrozados ante ellas, mutilados sus gráciles cuerpos. Estos eran los jóvenes devueltos a la vida por el profeta Yejezkel. Por último, resucitó a algunos que habían perecido solo poco antes. Cuando Jananiá, Mishael y Azariá fueron salvados de la muerte, Nabucodonosor se dirigió así a los demás judíos, los que habían obedecido su orden respecto del culto al ídolo: «Sabéis que vuestro Dios puede ayudar y salvar; sin embargo, rendisteis culto a un ídolo incapaz de hacer nada. Esto prueba que, así como habéis destruido vuestra propia tierra con vuestras malas obras, ahora tratáis de destruir mi tierra con vuestra iniquidad». Acto seguido ordenó que todos fueran ejecutados, sesenta mil en número. Pasaron veinte años, y a Yejezkel le fue concedida la visión en la que Dios le mandó dirigirse al valle de Dura, donde Nabucodonosor había erigido su ídolo y había masacrado a la hueste de los judíos. Allí Dios le mostró los huesos secos de los muertos con la pregunta: «¿Puedo resucitar estos huesos?». La respuesta de Yejezkel fue evasiva, y, como castigo por su poca fe, hubo de terminar sus días en Bavel, y ni siquiera se le concedió sepultura en el suelo de la Tierra de Israel. Entonces Dios dejó caer el rocío del cielo sobre los huesos secos, y «hubo tendones sobre ellos, y subió la carne, y la piel los cubrió por encima». Al mismo tiempo Dios envió vientos a los cuatro confines de la tierra, que abrieron las cámaras del tesoro de las almas, y llevaron a cada cuerpo su propia alma. Todos volvieron a la vida, excepto un hombre que, según explicó Dios al profeta, quedó excluido de la resurrección porque era usurero.
Pese al maravilloso milagro realizado con ellos, los hombres así restituidos a la vida lloraban, porque temían no tener parte, al fin de los tiempos, en la resurrección de todo Israel. Pero el profeta les aseguró, en nombre de Dios, que su porción en todo lo que había sido prometido a Israel en modo alguno se vería disminuida.
Nabucodonosor hecho bestia
Nabucodonosor, el señor del mundo entero, a quien hasta las fieras rendían obediencia —su animal predilecto era un león con una serpiente enroscada al cuello—, no escapó al castigo por sus pecados. Fue azotado como ninguno antes que él. Aquel a quien el temor de Dios había retenido al principio de una guerra contra Yerushaláyim, y a quien el arcángel Mijael había tenido que arrastrar por la fuerza, sentado como estaba en su caballo, hasta el Santo de los Santos, se volvió luego tan arrogante que se creyó un dios, y acarició el plan de envolverse en una nube, para vivir apartado de los hombres. Una voz celestial resonó: «¡Oh tú, hombre malvado, hijo de un hombre malvado, y descendiente de Nimrod el malvado, que incitó al mundo a rebelarse contra Dios! Mira, los días de los años de un hombre son setenta, o, por razón de vigor, quizá ochenta. Se tardan quinientos años en recorrer la distancia de la tierra hasta el primer cielo, y otro tanto en penetrar desde el fondo hasta la cima del primer cielo, y no son menores las distancias de uno de los siete cielos al siguiente. ¿Cómo, entonces, puedes hablar de ascender como el Altísimo "por encima de las alturas de las nubes"?». Por esta transgresión de creerse más que un hombre, fue castigado a vivir durante un tiempo como una bestia entre bestias, tratado por ellas como si fuera uno de los suyos. Durante cuarenta días llevó esta vida. Desde el ombligo hacia arriba tenía la apariencia de un buey, y la parte inferior de su cuerpo se asemejaba a la de un león. Como un buey comía hierba, y como un león atacaba a la muchedumbre curiosa, pero Daniel pasaba su tiempo en oración, suplicando que los siete años de esta vida bestial asignados a Nabucodonosor se redujeran a siete meses. Su oración fue concedida. Al cabo de cuarenta días la razón volvió al rey; los cuarenta días siguientes los pasó llorando amargamente sus pecados, y en el intervalo que restaba para completar los siete meses volvió a vivir la vida de una bestia.
Jiram
Jiram, rey de Tiro, fue contemporáneo de Nabucodonosor, y en muchos aspectos se le parecía. También él se tenía por un dios, y buscaba que los hombres creyeran en su divinidad mediante los cielos artificiales que se fabricó. En el mar levantó cuatro pilares de hierro, sobre los cuales edificó siete cielos, cada uno quinientas varas más grande que el de abajo. El primero era una lámina de vidrio de quinientas varas cuadradas, y el segundo una lámina de hierro de mil varas cuadradas. El tercero, de plomo, y separado del segundo por canales, contenía enormes cantos rodados que producían el estruendo del trueno sobre el hierro. El cuarto cielo era de bronce, el quinto de cobre, el sexto de plata, y el séptimo de oro, todos separados unos de otros por canales. En el séptimo, de tres mil quinientas varas de extensión, tenía diamantes y perlas que manipulaba para producir el efecto de destellos y láminas de relámpago, mientras que las piedras de abajo imitaban el retumbar del trueno.
Mientras Jiram flotaba así por encima de la tierra, creyéndose en su vana imaginación superior al resto de los hombres, percibió de pronto al profeta Yejezkel junto a sí. Un viento lo había traído hasta allí. Asustado y atónito, Jiram preguntó al profeta cómo había subido a sus alturas. La respuesta fue: «Dios me trajo aquí, y me ordenó preguntarte por qué eres tan soberbio, tú, nacido de mujer». El rey de Tiro replicó desafiante: «Yo no soy uno nacido de mujer; vivo para siempre, y así como Dios reside en el mar, mi morada está en el mar, y así como Él habita siete cielos, también yo. ¡Mira cuántos reyes he sobrevivido! Veintiuno de la Casa de David, y otros tantos del Reino de las Diez Tribus, y a no menos de cincuenta profetas y diez sumos sacerdotes he sepultado». Entonces Dios dijo: «Destruiré Mi casa, para que en adelante Jiram no tenga motivo de jactancia, porque toda su soberbia le viene únicamente de haber suministrado los cedros para la construcción del Templo». El final de este rey orgulloso fue que Nabucodonosor lo venció, lo despojó de su trono y le hizo padecer una muerte cruel. Aunque el rey babilonio era hijastro de Jiram, no tuvo piedad de él. Cada día le cortaba un trozo de la carne de su cuerpo y forzaba al rey de Tiro a comérselo, hasta que por fin pereció. El palacio de Jiram fue tragado por la tierra, y en las entrañas de la tierra permanecerá hasta que emerja en el mundo venidero como morada de los piadosos.
Los falsos profetas
No solo entre los paganos, sino también entre los judíos había en aquellos días gente muy pecadora. Los pecadores judíos más notorios eran los dos falsos profetas Ajav y Tsidkiyahu. Ajav se presentó ante la hija de Nabucodonosor y le dijo: «Entrégate a Tsidkiyahu», y se lo dijo en forma de mensaje divino. Lo mismo hizo Tsidkiyahu, que solo varió el mensaje sustituyendo por el nombre de Ajav. La princesa no podía aceptar tales mensajes como divinos, y contó a su padre lo ocurrido. Aunque Nabucodonosor era tan dado a prácticas inmorales que acostumbraba a emborrachar a los reyes que tenía cautivos para satisfacer luego en ellos sus apetitos antinaturales —y hubo de mediar un milagro para proteger a los piadosos de Yehudá de esta afrenta—, sabía muy bien que el Dios de los judíos aborrece la inmoralidad. Interrogó, pues, a Jananiá, Mishael y Azariá al respecto, y ellos negaron enfáticamente que semejante mensaje pudiera haber venido de Dios. Los profetas de la mentira se negaron a retractarse de sus palabras, y Nabucodonosor decidió someterlos a la misma prueba de fuego que había decretado para los tres piadosos compañeros de Daniel. Para ser justo con ellos, el rey les permitió elegir a un tercer compañero de suplicio, algún hombre piadoso que compartiera su suerte. Sin ver escapatoria, Ajav y Tsidkiyahu pidieron a Yehoshúa, más tarde sumo sacerdote, como compañero en el horno, con la esperanza de que sus méritos insignes bastaran para salvar a los tres. Se equivocaban. Yehoshúa salió ileso, solo se le chamuscaron las vestiduras, pero los falsos profetas fueron consumidos. Yehoshúa explicó el chamuscado de sus vestiduras por el hecho de haber estado directamente expuesto a todo el furor de las llamas. Pero la verdad era que debía expiar los pecados de sus hijos, que habían contraído matrimonios indignos de su dignidad y su linaje. Por eso su padre escapó de la muerte solo después de que el fuego hubiera quemado sus vestiduras.
La piedad de Daniel
No cabe imaginar mayor contraste con Jiram y los falsos profetas Ajav y Tsidkiyahu que el que presenta el carácter del piadoso Daniel. Cuando Nabucodonosor le ofreció honores divinos, rechazó lo que Jiram buscaba obtener por todos los medios a su alcance. El rey babilonio sentía por Daniel una admiración tan ardiente que lo envió fuera del país cuando llegó el momento de rendir culto al ídolo que había erigido en Durá, pues sabía muy bien que Daniel preferiría la muerte en las llamas antes que desatender los mandamientos de Dios, y no podía arrojar al fuego al hombre a quien había rendido homenaje divino. Además, era voluntad de Dios que Daniel no pasara por la prueba del fuego al mismo tiempo que sus tres amigos, para que la salvación de estos no le fuera atribuida a él.
A pesar de todo esto, Nabucodonosor se empeñó en persuadir a Daniel por medios suaves de que adorara a un ídolo. Hizo insertar la diadema de oro del sumo sacerdote en la boca de un ídolo, y por virtud del poder maravilloso que reside en el Nombre Sagrado grabado en la diadema, el ídolo cobró la facultad de hablar, y dijo estas palabras: «Yo soy tu dios». Así fueron muchos seducidos a adorar la imagen. Pero a Daniel no era tan fácil engañarlo. Obtuvo permiso del rey para besar al ídolo. Poniendo su boca sobre la del ídolo, conjuró a la diadema con estas palabras: «No soy más que carne y sangre, y sin embargo, al mismo tiempo, mensajero de Dios. Por eso te amonesto: cuida de que el Nombre de Hakadosh Baruj Hu no sea profanado, y te ordeno que me sigas». Y así sucedió. Cuando los paganos vinieron con música y canto a honrar al ídolo, este no emitió sonido alguno, sino que se desató una tormenta y lo derribó.
En otra ocasión más, Nabucodonosor intentó persuadir a Daniel de que adorara a un ídolo, esta vez un dragón que devoraba a todos los que se le acercaban, y por eso era venerado como un dios por los babilonios. Daniel le hizo dar de comer paja mezclada con clavos, y el dragón comió y pereció casi de inmediato.
Nada de esto impidió que Daniel tuviera siempre presente el bienestar del rey. Por eso, cuando Nabucodonosor estaba poniendo en orden su casa, quiso mencionar a Daniel en su testamento como uno de sus herederos. Pero el judío se negó con estas palabras: «Lejos esté de mí dejar la herencia de mis padres por la de los incircuncisos».
Nabucodonosor murió tras haber reinado cuarenta años, tanto como el rey David. La muerte del tirano trajo esperanza y gozo a más de un corazón, pues su severidad había sido tal que en vida suya nadie osaba reír, y cuando descendió al Sheol, sus habitantes temblaron, temiendo que hubiera venido a reinar también sobre ellos. Sin embargo, una voz celestial le gritó: «Desciende, y quédate tendido con los incircuncisos».
El entierro de este gran rey fue de todo menos lo que cabría esperar, y por esta razón: durante los siete años que Nabucodonosor pasó entre las bestias, su hijo Evil-Merodaj gobernó en su lugar. Nabucodonosor reapareció tras su período de penitencia y encarceló a su hijo de por vida. Cuando la muerte de Nabucodonosor por fin ocurrió, Evil-Merodaj se negó a aceptar el homenaje que los nobles le rendían como nuevo rey, porque temía que su padre no estuviera muerto, sino que solo hubiera desaparecido como una vez antes, y volviera de nuevo. Para convencerlo de lo infundado de su temor, el cadáver de Nabucodonosor, malamente mutilado por sus enemigos, fue arrastrado por las calles.
Poco después ocurrió la muerte de Tsidkiyahu, el destronado rey de Yehudá. Su sepelio tuvo lugar entre grandes muestras de simpatía y duelo. La elegía por él decía así: «¡Ay, que haya tenido que morir el rey Tsidkiyahu, él, que apuró las heces que todas las generaciones anteriores a él acumularon!».
Tsidkiyahu alcanzó una buena vejez, pues aunque fue en su reinado cuando ocurrió la destrucción de Yerushaláyim, fue la culpa de la nación, y no la del rey, la que había provocado la catástrofe.
XI.