Las Leyendas de los Judíos IV·Capítulo noveno9 / 12

Capítulo noveno

Los últimos reyes de Yehudá

Yoash

Cuando el profeta Yoná, cumpliendo el encargo de su maestro Elishá, ungió a Yehú como rey de Israel, derramó el aceite de un jarro y no de un cuerno —para indicar que la dinastía de Yehú no ocuparía el trono por mucho tiempo—. Al principio Yehú, aunque un rey algo necio, fue al menos piadoso; pero abandonó sus caminos temerosos de Dios desde el momento en que vio el documento con la firma del profeta Ajiyá de Shiló, que obligaba a los firmantes a prestar obediencia ciega a Yerovam. El rey tomó esto como prueba de que el profeta había aprobado el culto a los becerros de oro. Así ocurrió que Yehú, el destructor del culto a Báal, no hizo nada por oponerse al servicio idolátrico que Yerovam había establecido en Bet-El. Los sucesores de Yehú no fueron mejores; al contrario, fueron peores, y por eso, en la quinta generación, la dinastía de Yehú llegó a su fin a manos del asesino.

Los reyes de Yehudá no se diferenciaban en nada esencial de sus colegas del norte. Ajaziá, a quien Yehú mató, fue un pecador desvergonzado; hizo que el Nombre de Dios se borrara de cada pasaje en que aparecía en las Sagradas Escrituras, y que en su lugar se insertaran los nombres de los ídolos.

Tras la muerte de Ajaziá siguió el reinado de terror bajo la reina Ataliá, cuando Dios exigió a la casa de David el pago de su culpa relacionada con el exterminio de los sacerdotes en Nov. Así como Evyatar había sido el único descendiente varón de Avimélej que sobrevivió a la persecución de Shaúl, así el único representante de la casa de David que quedó después de que la espada de Ataliá se hubo desatado fue Yoash —el niño mantenido oculto, en el Santo de los Santos del Templo, por el sumo sacerdote Yehoyadá y su esposa Yehosheva—. Más tarde Yehoyadá reivindicó el derecho de Yoash al trono, y lo instaló como rey de Yehudá. La misma corona que llevaban los soberanos de la casa de David daba testimonio de la legitimidad del joven príncipe, pues tenía la particularidad de no ajustarse a nadie salvo a los sucesores legítimos de David.

Por instigación de Yehoyadá, el rey Yoash emprendió la restauración del Templo. La obra se completó tan deprisa que quien vivía en la época en que Shlomo erigió el Templo pudo ver la nueva estructura poco antes de morir. Esa fortuna le tocó al propio Yehoyadá, hijo de Benayahu, comandante en jefe del ejército bajo Shlomo. Mientras Yoash siguió bajo la tutela de Yehoyadá, fue un rey piadoso. Cuando Yehoyadá dejó esta vida, los cortesanos vinieron a Yoash y lo adularon: «Si no fueras un dios, no habrías podido permanecer seis años en el Santo de los Santos, un lugar en el que ni siquiera al sumo sacerdote le está permitido entrar más que una vez al año». El rey prestó oído a sus lisonjas, y permitió que el pueblo le rindiera homenaje divino. Pero cuando la necedad del rey llegó al extremo de impulsarlo a erigir un ídolo en el Templo, Zejariá, hijo de Yehoyadá, se apostó en la entrada y, cerrándole el paso, dijo: «No lo harás mientras yo viva». Aunque Zejariá era sumo sacerdote, profeta y juez, y encima yerno de Yoash, el rey no se abstuvo de hacerlo matar por sus palabras atrevidas —ni lo detuvo el hecho de que sucediera en un Yom Kipur que caía en Shabat—. La sangre inocente que enrojeció el atrio de los sacerdotes no quedó sin venganza. Durante doscientos cincuenta y dos años no dejó de hervir y palpitar, hasta que, por fin, Nevuzaradán, capitán de la guardia de Nabucodonosor, ordenó una gran matanza entre los de Yehudá, para vengar la muerte de Zejariá.

El propio Yoash, el asesino de Zejariá, tuvo un mal fin. Cayó en manos de los sirios, y ellos abusaron de él a su manera bárbara e inmoral. Antes de que pudiera reponerse del sufrimiento que le infligieron, sus servidores lo mataron.

Amatsiá, hijo y sucesor de Yoash, se parecía a su padre en muchos aspectos. Al comienzo de su reinado fue temeroso de Dios, pero cuando, con la ayuda de Dios, obtuvo una brillante victoria sobre los edomitas, no supo mostrar mejor su gratitud que estableciendo en Yerushaláyim el culto del ídolo que adoraban sus enemigos vencidos. Para procurar su castigo, Dios inspiró a Amatsiá la idea de provocar una guerra con Yoash, el soberano del reino del norte. Amatsiá exigió que Yoash reconociera voluntariamente la soberanía del reino del sur, o que dejara que la suerte de la batalla decidiera la cuestión. Al principio Yoash intentó apartar a Amatsiá de su propósito con una parábola que le recordaba la suerte de Shejem, la que los hijos de Yaakov habían descargado sobre él por haber violentado a su hermana Diná. Amatsiá se negó a escuchar la advertencia. Persistió en su desafío, y se desató una guerra. La fortuna de la batalla se decidió contra Amatsiá. Sufrió la derrota, y más tarde fue torturado hasta la muerte por sus propios súbditos.

Tres grandes profetas

El reinado de Uziyahu, que por un breve tiempo ocupó el trono en vida de su padre Amatsiá, es notable sobre todo porque marca el comienzo de la actividad de tres de los profetas: Hoshéa, Amós y Yeshayahu. El mayor de los tres fue Hoshéa, hijo del profeta y príncipe Beerí —el Beerí que más tarde fue llevado cautivo por Tiglat-Pileser, el rey de Ashur—. De las profecías de Beerí solo tenemos dos versículos, que Yeshayahu ha conservado para nosotros.

El singular matrimonio que Hoshéa contrajo por mandato del propio Dios no carecía de una buena razón. Cuando Dios habló al profeta acerca de los pecados de Israel, esperando que defendiera o excusara a su pueblo, Hoshéa dijo con severidad: «¡Oh Señor del mundo! Tuyo es el universo. En lugar de Israel, elige a otro como tu pueblo predilecto entre las naciones de la tierra». Para dar a conocer al profeta la verdadera relación entre Dios e Israel, se le ordenó que tomara por esposa a una mujer de pasado dudoso. Después de que ella le hubo dado varios hijos, Dios de pronto le planteó la pregunta: «¿Por qué no sigues el ejemplo de tu maestro Moshé, que se privó de las alegrías de la vida familiar tras su llamado a la profecía?». Hoshéa respondió: «No puedo ni despedir a mi esposa ni divorciarme de ella, pues me ha dado hijos». «Pues bien —le dijo Dios—, si tú, que tienes una esposa de cuya honestidad estás tan poco seguro que ni siquiera puedes estar cierto de que sus hijos sean tuyos, y aun así no puedes separarte de ella, ¿cómo, entonces, podría yo separarme de Israel, de mis hijos, los hijos de mis elegidos, Avraham, Yitsjak y Yaakov?». Hoshéa suplicó a Dios que lo perdonara. Pero Dios dijo: «Mejor sería que rezaras por el bienestar de Israel, pues por tu causa dicté contra ellos tres decretos fatídicos». Hoshéa rezó como se le mandaba, y su oración desvió la triple condena que se cernía.

Hoshéa murió en Bavel en una época en que el viaje desde allí a la Tierra de Israel estaba lleno de peligros. Deseoso de que sus restos terrenales descansaran en tierra sagrada, pidió antes de morir que su féretro se cargara sobre un camello, y que se dejara al animal seguir su camino a su antojo. Dondequiera que se detuviera, allí habría de enterrarse su cuerpo. Como lo mandó, así se hizo. Sin un solo percance, el camello llegó a Safed. En el cementerio judío de la ciudad se quedó quieto, y allí fue enterrado Hoshéa en presencia de una gran concurrencia.

La actividad profética de Amós comenzó después de que la de Hoshéa hubiera terminado, y antes de que empezara la de Yeshayahu. Aunque tenía un impedimento en el habla, obedeció el llamado de Dios, y se dirigió a Bet-El para proclamar a sus pecaminosos habitantes el mensaje divino que se le había encomendado. La denuncia del sacerdote Amatsiá, de Bet-El, que delató al profeta ante el rey Yerovam de Israel, no le hizo daño, pues el rey, aunque idólatra, sentía profundo respeto por Amós. Se decía a sí mismo: «Dios no permita que crea al profeta culpable de abrigar planes traidores; y si así fuera, seguramente sería por mandato de Dios». Por esta piadosa disposición Yerovam fue recompensado; nunca había alcanzado el reino del norte tanto poder como bajo él.

Sin embargo, la intrepidez de Amós causó al fin su muerte. El rey Uziyahu le infligió un golpe mortal en la frente con un hierro al rojo vivo.

Dos años después de que Amós dejara de profetizar, Yeshayahu fue favorecido con su primera comunicación divina. Fue el día en que el rey Uziyahu, cegado por el éxito y la prosperidad, se arrogó los privilegios del sacerdocio. Intentó ofrecer sacrificios sobre el altar, y cuando el sumo sacerdote Azariá se atrevió a contenerlo, amenazó con matarlo a él y a cualquier sacerdote que simpatizara con él, a menos que guardaran silencio. De pronto la tierra tembló con tal violencia que se abrió una gran brecha en el Templo, por la cual penetró un brillante rayo de sol que cayó sobre la frente del rey y le hizo brotar la lepra. Y ese no fue todo el daño causado por el terremoto. En el lado oeste de Yerushaláyim, la mitad de la montaña se desgajó y fue arrojada hacia el este, a un camino, a una distancia de cuatro estadios. Y no solo el cielo y la tierra se indignaron por la atrocidad de Uziyahu y buscaron aniquilarlo; hasta los ángeles de fuego, los serafines, estaban a punto de descender y consumirlo, cuando una voz de lo alto proclamó que el castigo destinado a Uziyahu no era como el que se aplicó a Kóraj y a su compañía, a pesar de la semejanza de sus crímenes.

Cuando Yeshayahu contempló el augusto trono de Dios en aquel día memorable, quedó sobrecogido de espanto, pues se reprochaba no haber intentado apartar al rey de su deseo impío. Absorto, escuchó los himnos de alabanza que cantaban los ángeles, y perdido en la admiración no logró unir su voz a las de ellos. «¡Ay de mí —exclamó—, que callé! ¡Ay de mí, que no me uní al coro de los ángeles que alaban a Dios! Si lo hubiera hecho, yo también, como los ángeles, habría llegado a ser inmortal, ya que se me permitió contemplar visiones que a otros hombres, por verlas, les han traído la muerte». Entonces empezó a excusarse: «Soy un hombre de labios impuros, y habito en medio de un pueblo de labios impuros». Al instante resonó la voz de Dios en reproche: «De ti mismo eres dueño, y de ti mismo puedes decir lo que quieras, pero ¿quién te dio el derecho de calumniar a mis hijos de Israel y llamarlos "un pueblo de labios impuros"?». Y Yeshayahu oyó a Dios ordenar a uno de los serafines que le tocara los labios con una brasa encendida, como castigo por haber difamado a Israel. Aunque la brasa estaba tan caliente que el serafín necesitó tenazas para sostener las tenazas con que había tomado la brasa del altar, el profeta escapó ileso; pero aprendió la lección de que era su deber defender a Israel, no denigrarlo. Desde entonces la defensa de su pueblo fue el resorte principal de la actividad del profeta, y fue recompensado con más revelaciones acerca de Israel y de las demás naciones de las que se concedieron a cualquier otro profeta antes o después de él. Más aún, Dios designó a Yeshayahu como «el profeta del consuelo». Así ocurrió que el mismo Yeshayahu cuyas primeras profecías anunciaron el exilio y la destrucción del Templo, más tarde describió y proclamó, en términos más claros que ningún otro profeta, el brillante destino reservado a Israel.

Los dos reinos castigados

Aquejado de lepra, Uziyahu no estaba en condiciones de reinar, y Yotam administró los asuntos de Yehudá durante veinticinco años antes de la muerte de su padre. Yotam poseía tanta piedad que sus virtudes, sumadas a las de otros dos hombres muy piadosos, bastan para expiar todos los pecados de toda la humanidad, cometidos desde la hora de la creación hasta el fin de todos los tiempos.

Ajaz, hijo de Yotam, era muy distinto de él. «De principio a fin fue un pecador». Abolió el verdadero culto a Dios, prohibió el estudio de la Torá, erigió un ídolo en la cámara alta del Templo, y desatendió las leyes judías del matrimonio. Sus transgresiones son tanto menos perdonables cuanto que pecó contra Dios conociendo su grandeza y su poder, como se desprende de su respuesta al profeta. Yeshayahu le dijo: «Pide una señal a Dios, como, por ejemplo, que los muertos resuciten, que Kóraj suba del Sheol, o que Eliyahu descienda del cielo». La respuesta del rey fue: «Sé que tienes el poder de hacer cualquiera de estas cosas, pero no quiero que el Nombre de Dios sea glorificado a través de mí».

La única buena cualidad que poseía Ajaz era el respeto por Yeshayahu. Para evitar sus reproches, Ajaz se disfrazaba cuando salía, de modo que el profeta no lo reconociera. Solo a esta circunstancia —unida al hecho de que era padre de un hijo piadoso e hijo de un padre igualmente piadoso— se debe que, a pesar de su maldad, Ajaz no sea de aquellos que han perdido su porción en el mundo venidero. Pero no escapó al castigo; al contrario, su castigo fue severo, no solo como rey sino también como hombre. En la desdichada guerra contra Pékaj, el rey del reino del norte, perdió a su hijo primogénito, un gran héroe.

A Pékaj, sin embargo, no le fue dado gozar de los frutos de su victoria, pues el rey de Ashur invadió su imperio, capturó el becerro de oro en Dan, y llevó al exilio a las tribus del lado oriental del Yardén. El desmembramiento del reino de Israel avanzó a paso rápido durante algunos años. Después los asirios, en el reinado de Hoshéa, se llevaron el segundo becerro de oro junto con las tribus de Asher, Yisajar, Zevulún y Naftalí, dejando apenas una octava parte de los israelitas en su propia tierra. La mayor parte de los desterrados fue llevada a Damasco. Después de eso, la condena de Israel lo alcanzó a pasos de gigante, y el último soberano de Israel de hecho apresuró el fin de su reino con un acto piadoso. Una vez que los asirios se llevaron los becerros de oro, Hoshéa, el rey del norte, abolió la práctica de apostar guardias en la frontera entre Yehudá e Israel para impedir las peregrinaciones a Yerushaláyim. Pero el pueblo no hizo uso de la libertad que se le concedía. Persistieron en su culto idolátrico, y esto aceleró su castigo. Mientras sus reyes habían puesto obstáculos en su camino, podían excusarse ante Dios por no adorarlo de la manera verdadera. La medida tomada por su rey Hoshéa los dejó sin defensa. Cuando los asirios hicieron su tercera incursión en Israel, el reino del norte fue destruido para siempre, y el pueblo, todos sin excepción, fue llevado al exilio.

Las naciones paganas asentadas en Shomrón por los asirios en lugar de las diez tribus deportadas fueron obligadas por Dios a aceptar la verdadera religión de los judíos. No obstante, siguieron adorando a sus antiguos ídolos: los babilonios rendían devoción a una gallina, la gente de Cutá a un gallo, los de Jamat a un carnero; el perro y el asno eran los dioses de los aveos, y el mulo y el caballo los dioses de los sefarveos.

Jizkiyahu

Mientras el reino del norte descendía rápidamente al pozo de la destrucción, Yehudá recibió un poderoso impulso hacia arriba, tanto espiritual como material, de la mano de su rey Jizkiyahu. En su infancia, el rey había sido destinado como sacrificio a Moloc. Su madre lo había salvado de la muerte solo frotándolo con la sangre de una salamandra, lo que lo hizo a prueba de fuego. En todos los aspectos era lo opuesto de su padre. Así como este es contado entre los peores pecadores, así Jizkiyahu es contado entre los más piadosos de Israel. Su primer acto como rey es prueba de que tenía por su preocupación principal el honor de Dios, más importante que cualquier otra cosa. Se negó a conceder a su padre exequias regias; sus restos fueron enterrados como si hubiera sido pobre y de rango plebeyo. Impío como era, Ajaz no merecía nada más digno. Dios mismo le había dado a conocer a Jizkiyahu, mediante una señal, que a su padre no se le debía ninguna consideración. El día del funeral del rey muerto, la luz del día duró solo dos horas, y su cuerpo tuvo que ser sepultado cuando la tierra estaba envuelta en tinieblas.

A lo largo de su reinado, Jizkiyahu se dedicó principalmente a la tarea de disipar la ignorancia de la Torá que su padre había causado. Mientras Ajaz había prohibido el estudio de la ley, las órdenes de Jizkiyahu decían: «Quien no se ocupe de la Torá se hace merecedor de la pena de muerte». Las academias cerradas bajo Ajaz se mantuvieron abiertas día y noche bajo Jizkiyahu. El propio rey suministraba el aceite necesario para el alumbrado. Poco a poco, bajo este sistema, creció una generación tan bien instruida que se podía recorrer la tierra desde Dan hasta Beer-Sheva sin encontrar un solo ignorante. Hasta las mujeres y los niños, tanto varones como niñas, conocían las leyes de lo «puro y lo impuro». En recompensa por su piedad, Dios concedió a Jizkiyahu una brillante victoria sobre Senaquerib.

Este rey asirio, que había conquistado el mundo entero, equipó contra Jizkiyahu un ejército como no lo hay otro —salvo, quizá, el ejército de los cuatro reyes a quienes Avraham derrotó, o el ejército que Dios ha de levantar con Gog y Magog en la época mesiánica—. El ejército de Senaquerib constaba de más de dos millones y medio de jinetes, entre ellos cuarenta y cinco mil príncipes sentados en carros y rodeados de sus concubinas, ochenta mil soldados con armadura, y sesenta mil espadachines. El campamento se extendía por un espacio de cuatrocientas parasangas, y las bestias de silla, puestas lomo con lomo, formaban una línea de cuarenta parasangas de largo. La hueste estaba dividida en cuatro divisiones. Después de que la primera de ellas cruzó el Yardén, este quedó casi seco, pues todos los soldados habían apagado su sed con el agua del río. La segunda división no halló con qué saciar su sed salvo el agua acumulada bajo los cascos de los caballos. La tercera división se vio obligada a cavar pozos, y cuando la cuarta división cruzó el Yardén, levantaron grandes nubes de polvo.

Con este vasto ejército, Senaquerib se apresuró hacia adelante, conforme a las revelaciones de los astrólogos, que le habían advertido que fracasaría en su objetivo de capturar Yerushaláyim si llegaba allí más tarde del día que ellos habían fijado. Como su viaje había durado un solo día en vez de diez, según había esperado, descansó en Nov. Allí se erigió una plataforma elevada para Senaquerib, desde donde podía contemplar Yerushaláyim. Al ver por primera vez la capital de Yehudá, el rey asirio exclamó: «¡Cómo! ¿Es esta Yerushaláyim, la ciudad por cuya causa reuní todo mi ejército, por cuya causa conquisté primero todas las demás tierras? ¿No es más pequeña y más débil que todas las ciudades de las naciones que sometí con mi fuerte mano?». Se estiró y sacudió la cabeza, y agitó la mano con desdén hacia el monte del Templo y el santuario que lo coronaba. Cuando sus guerreros lo instaron a lanzar el ataque contra Yerushaláyim, les mandó tomarse un descanso por una noche, y estar preparados para asaltar la ciudad al día siguiente. No parecía una gran empresa. A cada guerrero le bastaría con recoger del muro tanto mortero como se necesita para sellar una carta, y toda la ciudad desaparecería. Pero Senaquerib cometió el error de no proceder directamente al ataque contra la ciudad. Si hubiera hecho el asalto de inmediato, habría tenido éxito, pues el pecado de Shaúl contra los sacerdotes en Nov aún no estaba del todo expiado; ese mismo día quedó plenamente expiado. En la noche siguiente, que era la noche de Pésaj, cuando Jizkiyahu y el pueblo empezaron a cantar los salmos del Halel, la gigantesca hueste fue aniquilada. El arcángel Gavriel, enviado por Dios para hacer madurar los frutos del campo, recibió el encargo de aplicarse a la tarea de acabar con los asirios, y cumplió su misión tan bien que, de todos los millones del ejército, solo Senaquerib se salvó, con sus dos hijos, su yerno Nabucodonosor y Nevuzaradán. La muerte de los asirios sobrevino cuando el ángel les permitió oír el «canto de los seres celestiales». Sus almas se quemaron, aunque sus vestiduras quedaron intactas. Un fin así era demasiado bueno para Senaquerib. A él le correspondió una muerte vergonzosa. En su huida de Yerushaláyim, se encontró con una aparición divina bajo la forma de un anciano. Este le preguntó a Senaquerib qué diría a los reyes aliados con él, en respuesta a su pregunta sobre la suerte de sus hijos en Yerushaláyim. Senaquerib confesó su pavor a un encuentro con esos reyes. El anciano le aconsejó que se cortara el cabello, lo que cambiaría su aspecto hasta hacerlo irreconocible. Senaquerib asintió, y su consejero lo envió a una casa cercana a buscar unas tijeras. Allí encontró a unas personas —ángeles disfrazados— atareadas con un molino de mano. Le prometieron darle las tijeras, con tal de que les moliera una medida de grano. Así se hizo tarde y oscuro para cuando Senaquerib regresó junto al anciano, y tuvo que procurarse una luz antes de que pudiera cortarse el cabello. Al avivar el fuego hasta hacerlo llama, una chispa saltó a su barba y la chamuscó, y tuvo que sacrificar tanto la barba como el cabello. A su regreso a Ashur, Senaquerib encontró una tabla, a la que adoró como ídolo, porque era parte del arca que había salvado a Nóaj del diluvio. Hizo voto de que sacrificaría a sus hijos a este ídolo si prosperaba en sus próximas empresas. Pero sus hijos oyeron sus votos, y mataron a su padre, y huyeron a Kardu, donde liberaron a los cautivos judíos allí confinados en gran número. Con estos marcharon a Yerushaláyim, y allí se hicieron prosélitos. Los célebres sabios Shemaiá y Avtalión fueron descendientes de estos dos hijos de Senaquerib.

Milagros obrados en favor de Jizkiyahu

La destrucción de la hueste asiria libró a Jizkiyahu de un enemigo interno tanto como externo, pues tenía adversarios en Yerushaláyim, entre ellos el sumo sacerdote Shevná. Shevná tenía en la ciudad un séquito más numeroso que el propio rey, y él y su líder habían favorecido la paz con Senaquerib. Apoyado por Yoaj, otro personaje influyente, Shevná había atado una carta a un dardo, y había disparado el dardo al campamento asirio. El contenido de la carta era: «Nosotros y todo el pueblo de Israel deseamos concertar la paz contigo, pero Jizkiyahu y Yeshayahu no lo permiten». La influencia de Shevná era tan poderosa que Jizkiyahu empezó a dar muestras de ceder. De no haber sido por el profeta Yeshayahu, el rey se habría sometido a las exigencias de Senaquerib.

La traición de Shevná y sus demás pecados no quedaron sin castigo. Cuando él y su banda de adeptos salieron de Yerushaláyim para unirse a los asirios, el ángel Gavriel cerró la puerta en cuanto Shevná la hubo traspasado, y así quedó separado de sus seguidores. A la pregunta de Senaquerib acerca de los muchos simpatizantes de los que había escrito, no pudo dar más respuesta que la de que habían cambiado de parecer. El rey asirio pensó que Shevná se había burlado de él. Por eso, ordenó a sus servidores que le perforaran los talones, que lo ataran por ellos a la cola de un caballo, y que espolearan al caballo para que corriera hasta que Shevná fuera arrastrado hasta la muerte.

La inesperada victoria obtenida por Jizkiyahu sobre los asirios —a quienes el reino de Shomrón había caído en presa poco tiempo antes— demostró cuán equivocados estaban quienes se habían burlado de Jizkiyahu por sus modales frugales. Un rey cuya comida consistía en un puñado de verduras difícilmente podía llamarse un soberano digno, habían dicho. Estos críticos habrían visto con agrado que su reino pasara a manos de Pékaj, el rey de Shomrón, cuyo postre, por no hablar de otra cosa, consistía en cuarenta seim de pichones.

En vista de todas las maravillas que Dios había hecho por él, era imperdonable que Jizkiyahu no se sintiera movido al menos a entonar un canto de alabanza a Dios. En efecto, cuando el profeta Yeshayahu lo instó a ello, se negó, diciendo que el estudio de la Torá, al que se entregaba con celo asiduo, era un sustituto de las expresiones directas de gratitud. Además, pensaba que los milagros de Dios se darían a conocer al mundo sin que él tuviera que hacer nada, de estas maneras: después de la destrucción del ejército asirio, cuando los judíos registraron los campamentos abandonados, encontraron al Paró, el rey de Mitsraim, y al rey etíope Tirhacá. Estos reyes se habían apresurado a socorrer a Jizkiyahu, y los asirios los habían tomado cautivos y echado grilletes, en los que languidecían cuando los judíos dieron con ellos. Liberados por Jizkiyahu, los dos soberanos regresaron a sus respectivos reinos, difundiendo por todas partes la noticia de la grandeza de Dios. Y de nuevo, todas las tropas vasallas del ejército de Senaquerib, puestas en libertad por Jizkiyahu, aceptaron la fe judía, y de camino a casa proclamaron el reino de Dios en Mitsraim y en muchas otras tierras.

Por faltar a la gratitud, Jizkiyahu perdió una gran oportunidad. El plan divino había sido hacer de Jizkiyahu el Mesías, y de Senaquerib, Gog y Magog. La Justicia se opuso a este plan, dirigiéndose a Dios así: «¡Oh Señor del mundo! A David, rey de Israel, que te cantó tantos cantos e himnos de alabanza, a él no lo hiciste Mesías, ¿y ahora conferirías la distinción a Jizkiyahu, que no tiene una palabra de alabanza para ti, a pesar de las múltiples maravillas que has obrado por él?». Entonces la tierra compareció ante Dios, y dijo: «¡Señor del mundo! Yo te cantaré un canto en lugar de este hombre justo; hazlo a él el Mesías»; y la tierra entonó al punto un canto de alabanza. Del mismo modo habló el Príncipe del Mundo: «¡Señor del mundo! Cumple la voluntad de este hombre justo». Pero una voz del cielo anunció: «Este es mi secreto, este es mi secreto». Y de nuevo, cuando el profeta exclamó con dolor: «¡Ay de mí! ¿Hasta cuándo, oh Señor, hasta cuándo!», la voz respondió: «El tiempo del Mesías llegará cuando hayan venido "los traidores y los traidores"».

El pecado que Jizkiyahu cometió dormido, tuvo que expiarlo despierto. Si se negó a dedicar un canto de alabanza a Dios por su escape del peligro asirio, no pudo abstenerse de hacerlo después de su recuperación de la peligrosa enfermedad que le sobrevino. Esta enfermedad fue castigo por otro pecado además de la ingratitud. Había «pelado» el oro del Templo, y lo había enviado al rey de los asirios; por eso la enfermedad que lo aquejó hizo que su piel se «pelara». Más aún, esta dolencia de Jizkiyahu le fue traída por Dios, para dar ocasión a que el rey y el profeta Yeshayahu se acercaran el uno al otro. Los dos habían tenido una disputa sobre un punto de etiqueta. El rey aducía como precedente el proceder de Eliyahu, que «fue a mostrarse a Ajav», y exigía que Yeshayahu también compareciera ante él. El profeta, por su parte, modelaba su conducta según la de Elishá, que permitía que los reyes de Israel, de Yehudá y de Edom vinieran a él. Pero Dios zanjó la disputa afligiendo a Jizkiyahu con la enfermedad, y entonces mandó a Yeshayahu ir al rey y hacerle la visita que se debe al enfermo. El profeta cumplió el mandato de Dios. Cuando se presentó ante el rey doliente, dijo: «Pon en orden tu casa, pues morirás en este mundo y no vivirás en el venidero» —suerte en la que Jizkiyahu incurrió porque no había tomado esposa ni engendrado descendencia—. La defensa del rey, que había preferido una vida célibe porque había visto en el espíritu santo que estaba destinado a tener hijos impíos, el profeta no la consideró válida. La refutó con estas palabras: «¿Por qué te ocupas de los secretos del Todo Misericordioso? A ti solo te toca cumplir con tu deber. Dios hará lo que le plazca». Entonces Jizkiyahu pidió en matrimonio a la hija del profeta, diciendo: «Quizá mis méritos, unidos a los tuyos, hagan que mis hijos sean virtuosos». Pero Yeshayahu rechazó la propuesta de matrimonio, porque sabía que el decreto de Dios que ordenaba la muerte del rey era inalterable. A lo que el rey respondió: «Hijo de Amots, deja tu profecía y vete; pues así se me ha transmitido desde la casa de mi antepasado: aunque una espada afilada descanse sobre la garganta misma de un hombre, no debe por ello abstenerse de elevar una oración por misericordia».

Y el rey tenía razón. Aunque se había decretado la muerte contra él, su oración la desvió. En su oración suplicó a Dios que lo mantuviera con vida por los méritos de sus antepasados —que habían edificado el Templo y traído muchos prosélitos al seno judío— y por sus propios méritos, pues, dijo: «Escudriñé los doscientos cuarenta y ocho miembros de mi cuerpo que Tú me diste, y no hallé ninguno que hubiera usado de manera contraria a tu voluntad».

Su oración fue escuchada. Dios añadió quince años a su vida, pero le hizo comprender con toda claridad que debía esa misericordia únicamente a los méritos de David, y en absoluto a los suyos propios, como Jizkiyahu se figuraba complacido. Antes de que Yeshayahu saliera del patio del palacio, Dios le ordenó volver junto al rey y anunciarle su recuperación. Yeshayahu temía que Jizkiyahu depositara poca confianza en sus palabras, ya que hacía muy poco había predicho su fin, que se acercaba raudo. Pero Dios tranquilizó al profeta. En su modestia y su piedad, el rey no albergaría ninguna duda que menoscabara la fiabilidad del profeta. El remedio empleado por Yeshayahu —una torta de higos aplicada al tumor— acrecentó la maravilla de la recuperación de Jizkiyahu, pues era más propio para agravar la dolencia que para aliviarla.

Otros varios milagros se asociaron a la recuperación de Jizkiyahu. En sí misma fue notable, por ser el primer caso registrado de una recuperación. Antes, a la enfermedad la seguía inevitablemente la muerte. Antes de haber caído enfermo, el propio Jizkiyahu había implorado a Dios que cambiara este orden de la naturaleza. Sostenía que una enfermedad seguida de la restauración a la salud induciría a los hombres a hacer teshuvá. Dios le había respondido: «Tienes razón, y el nuevo orden comenzará contigo». Además, el día de la recuperación de Jizkiyahu estuvo marcado por el gran milagro de que el sol brilló diez horas más que su tiempo acostumbrado. Las tierras más remotas quedaron asombradas de ello, y Baladán, el soberano de Bavel, se sintió movido por ello a enviar una embajada a Jizkiyahu, que había de llevar sus felicitaciones al rey judío por su recuperación. Baladán, dicho sea de paso, no era el verdadero rey de Bavel. El trono lo ocupaba su padre, cuyo rostro se había transformado en el de un perro. Por eso el hijo tenía que administrar los asuntos del Estado, y se le conocía tanto por el nombre de su padre como por el suyo propio. Este Baladán tenía la costumbre de comer al mediodía, y luego echaba una siesta hasta las tres de la tarde. El día de la recuperación de Jizkiyahu, cuando despertó de su sueño y vio el sol en lo alto, estuvo a punto de mandar ejecutar a sus guardias, porque pensó que lo habían dejado dormir toda una tarde y la noche siguiente. Desistió solo cuando se le informó de la milagrosa recuperación de Jizkiyahu, y comprendió que el Dios de Jizkiyahu era mayor que su propio dios, el sol. Se dispuso enseguida a enviar saludos al rey judío. Su carta decía así: «Paz a Jizkiyahu, paz a su gran Dios, y paz a Yerushaláyim». Después de despachada la carta, se le ocurrió a Baladán que no había sido redactada como debía. Se había mencionado a Jizkiyahu antes que a Dios. Hizo llamar de vuelta a los mensajeros, y ordenó que se escribiera otra carta, en la que se enmendara el descuido. Como recompensa por su minuciosidad, tres de sus descendientes —Nabucodonosor, Evil-Merodac y Baltasar— fueron designados por Dios como monarcas del mundo. Dios dijo: «Te levantaste de tu trono, y diste tres pasos para honrarme, al hacer reescribir tu carta; por eso te concederé tres descendientes que serán conocidos de un extremo del mundo al otro».

La embajada enviada por el monarca babilonio era un acto de homenaje a Dios por su poder de obrar milagros. Jizkiyahu, sin embargo, lo tomó como un acto de homenaje hacia sí mismo, y tuvo el efecto de volverlo arrogante. No solo comió y bebió con los paganos que componían la embajada, sino que, además, en la soberbia de su ánimo, exhibió ante ellos todos los tesoros que había capturado a Senaquerib, y muchas otras curiosidades más, entre ellas hierro magnético, una peculiar clase de marfil, y miel tan sólida como la piedra.

Lo que fue peor, hizo que su esposa participara del banquete en honor de la embajada, y —el más atroz de todos los crímenes— abrió el arca sagrada y, señalando las tablas de la ley que había en ella, dijo a los paganos: «Con ayuda de estas emprendemos guerras y ganamos victorias». Dios envió a Yeshayahu a reprochar a Jizkiyahu estos actos. El rey, en lugar de confesar su falta de inmediato, respondió al profeta con altivez. Entonces Yeshayahu le anunció que los tesoros arrebatados a Senaquerib volverían a Bavel en algún momento del futuro, y que sus descendientes, Daniel y los tres compañeros de Daniel, servirían al soberano babilonio como eunucos.

A pesar de su orgullo en este caso, Jizkiyahu fue uno de los reyes más piadosos de Yehudá. Especialmente es digno de elogio por sus esfuerzos por poner por escrito la literatura hebrea, pues fue Jizkiyahu quien mandó hacer copias de los libros de Yeshayahu, Kohélet, el Cantar de los Cantares y los Proverbios. Por otro lado, había ocultado los libros que contenían remedios médicos.

Grande fue el duelo por él a su muerte. Nada menos que treinta y seis mil hombres con los hombros desnudos marcharon delante de su féretro, y —distinción aún más rara— se colocó un rollo de la ley sobre su féretro, pues se dijo: «El que reposa en este féretro ha cumplido todo lo ordenado en este libro». Fue enterrado junto a David y Shlomo.

Menashé

Jizkiyahu había cedido al fin a las amonestaciones de Yeshayahu, y había tomado esposa, la hija del profeta. Pero entró en el matrimonio con el corazón apesadumbrado. Su espíritu profético le anunciaba que la impiedad de los hijos que engendraría haría que su muerte fuera preferible a su vida. Estos temores se confirmaron demasiado pronto. Sus dos hijos, Rabshaké y Menashé, mostraron su completa desemejanza con sus padres desde la primera infancia. Una vez, cuando Jizkiyahu llevaba a sus dos pequeños sobre los hombros al Bet ha-Midrash, alcanzó a oír su conversación. Uno decía: «La cabeza calva de nuestro padre serviría para freír pescado». El otro replicó: «Serviría bien para ofrecer sacrificios a los ídolos». Enfurecido por estas palabras, Jizkiyahu dejó que sus hijos resbalaran de sus hombros. Rabshaké murió por la caída, pero Menashé escapó ileso. Mejor habría sido que Menashé hubiera compartido la temprana suerte de su hermano. Fue salvado para nada más que el asesinato, la idolatría y otras abominables atrocidades.

Después de que Jizkiyahu dejó esta vida, Menashé dejó de servir al Dios de su padre. Hizo todo lo que su malvada imaginación le sugería. El altar fue destruido, y en el espacio interior del Templo erigió un ídolo de cuatro rostros, copiados de las cuatro figuras del trono de Dios. Estaba colocado de tal modo que, por cualquier dirección que uno entrara al Templo, un rostro del ídolo lo enfrentaba.

Así como Menashé fue sacrílego para con Dios, fue malévolo con sus semejantes. Había mandado hacer una estatua tan enorme que hacían falta mil hombres para transportarla. Cada día se destinaba a esa tarea una cuadrilla nueva, porque Menashé hacía matar a cada grupo de cargadores al terminar la jornada. Todos sus actos iban calculados para arrojar desprecio sobre el judaísmo y sus preceptos. No le bastaba con borrar el nombre de Dios de las Sagradas Escrituras: llegó incluso a dar conferencias públicas cuyo único fin era ridiculizar la Torá. Yeshayahu y los demás profetas —Mijá, Yoel y Javakuk— abandonaron Yerushaláyim y se retiraron a una montaña del desierto, para ahorrarse la vista de las abominaciones que practicaba el rey. Pero su escondite fue revelado al rey. Un samaritano, descendiente del falso profeta Tsidkiyahu, se había refugiado en Yerushaláyim tras la destrucción del Templo. No permaneció allí mucho tiempo: se presentaron cargos contra él ante el piadoso rey Jizkiyahu, y se retiró a Bet-Léjem, donde reunió a su alrededor a un grupo de seguidores. Fue este samaritano quien siguió el rastro de los profetas hasta su refugio y presentó acusaciones contra ellos ante Menashé. El rey impío se sentó a juzgar a Yeshayahu y lo condenó a muerte. La acusación contra él era que sus profecías encerraban enseñanzas contrarias a la ley de Moshé. Dios había dicho a Moshé: «No podrás ver Mi rostro, porque el hombre no puede verme y seguir viviendo»; mientras que Yeshayahu había dicho: «Vi a Adonái sentado sobre un trono, alto y sublime». Además, Yeshayahu había comparado a los príncipes de Israel y al pueblo con los impíos habitantes de Sedom y Amorá, y había profetizado la caída de Yerushaláyim y la destrucción del Templo. El profeta no ofreció explicación alguna. Estaba convencido de la inutilidad de defenderse, y prefería que Menashé obrara por ignorancia antes que por maldad. Sin embargo, huyó para ponerse a salvo. Cuando oyó a los alguaciles del rey persiguiéndolo, pronunció el Nombre de Dios, y un cedro lo tragó. El rey ordenó que aserraran el árbol en pedazos. Cuando la sierra llegó a la parte de la corteza bajo la cual quedaba oculta la boca de Yeshayahu, este murió. Su boca era la única parte vulnerable de su cuerpo, porque en el momento en que fue llamado a su misión profética había empleado las palabras despectivas «un pueblo de labios impuros» al referirse a Israel. Yeshayahu murió a la edad de ciento veinte años, a manos de su propio nieto.

Dios es paciente, pero al final Menashé recibió el castigo merecido por sus pecados y crímenes. En el año vigésimo segundo de su reinado, vinieron los asirios y se lo llevaron a Bavel encadenado, junto con el viejo ídolo danita, la imagen de Mijá. En Bavel, el rey fue metido en un horno que se calentaba desde abajo. Al verse en semejante trance, Menashé empezó a invocar a un dios tras otro para que lo sacara de su apuro. Como esto no dio resultado, recurrió a otro medio. «Recuerdo —dijo— que mi padre me enseñó el versículo: “Cuando estés en tribulación, si en los días venideros vuelves a Adonái tu Dios y escuchas Su voz, Él no te abandonará”. Ahora clamo a Dios. Si me presta oído, bien está; y si no, entonces todos los dioses son iguales». Los ángeles taparon las ventanas del cielo para que la oración de Menashé no ascendiera hasta Dios, y dijeron: «¡Señor del mundo! ¿Estás dispuesto a escuchar con clemencia a quien ha rendido culto a los ídolos y ha levantado un ídolo en el Templo?». «Si no aceptara la penitencia de este hombre —respondió Dios—, estaría cerrando la puerta en la cara de todos los pecadores arrepentidos». Dios hizo una pequeña abertura bajo el Trono de Su Gloria, y por ella recibió la oración de Menashé. De pronto se levantó un viento que devolvió a Menashé a Yerushaláyim. Su retorno a Dios no solo lo socorrió en su angustia, sino que también le trajo el perdón de todos sus pecados, de modo que ni siquiera se le retiró su parte en el mundo venidero.

La gente de aquel tiempo se sentía atraída hacia la idolatría con una fuerza tan irresistible que la vasta erudición de Menashé —que conocía cincuenta y dos interpretaciones distintas del Libro de Vayikrá— no le dio fuerza moral suficiente para resistir su influencia. Rab Ashi, el famoso compilador del Talmud, anunció una vez una lección sobre Menashé con estas palabras: «Mañana hablaré de nuestro colega Menashé». Por la noche, el rey se le apareció a Ashi en sueños y le planteó una cuestión ritual que el Rabí no supo responder. Menashé le dio la solución, y Ashi, asombrado por la sabiduría del rey, le preguntó por qué alguien tan erudito había servido a los ídolos. La respuesta de Menashé fue: «Si hubieras vivido en mi época, habrías agarrado el borde de mi manto y habrías corrido tras de mí».

Amón, el hijo de Menashé, superó a su padre en maldad. Solía decir: «Mi padre fue pecador desde la primera infancia, y en su vejez hizo penitencia. Yo haré lo mismo. Primero satisfaré los deseos de mi corazón, y después volveré a Dios». En efecto, se hizo culpable de pecados más graves que su predecesor: quemó la Torá; bajo su reinado el lugar del altar quedó cubierto de telarañas; y, como si a propósito quisiera reducir a la nada la religión judía, cometió la peor clase de incesto, un grado más execrable que el crimen semejante de su padre. Así cumplió al pie de la letra la primera mitad de su máxima. Para el arrepentimiento, en cambio, no se le concedió tiempo: la muerte lo segó en plena carrera de pecado.

Yoshiyahu y sus sucesores

Que no se le aplicara a Amón toda la medida del castigo —pues sus malas obras eran tales que debería haber perdido su parte en el mundo venidero— se debió a que tuvo un hijo piadoso y justo. Yoshiyahu ofrece un modelo luminoso de arrepentimiento verdadero y sincero. Aunque al principio siguió las huellas de su padre Amón, pronto abandonó los caminos de la maldad y se convirtió en uno de los reyes más piadosos de Israel, cuya principal empresa fue el esfuerzo por devolver a todo el pueblo a la fe verdadera. Todo empezó cuando se halló en el Templo una copia de la Torá, una copia que había escapado a la hoguera encendida por su padre y predecesor Amón con el propósito de exterminar las Sagradas Escrituras. Al abrir las Escrituras, el primer versículo que le saltó a la vista fue el de Devarim: «Adonái te llevará a ti y a tu rey al destierro, a una nación que no has conocido». Yoshiyahu temió que aquel destino de exilio estuviera cerca, y buscó reconciliarse con Dios mediante la reforma de su pueblo.

Su primer paso fue procurarse la intercesión de los profetas en su favor. Dirigió su petición, no a Yirmiyahu, sino a la profetisa Juldá, sabiendo que las mujeres se conmueven a la compasión con más facilidad. Como Yirmiyahu era pariente de la profetisa —sus antepasados comunes eran Yehoshúa y Rajav—, el rey no temió que el profeta tomara a mal su preferencia por Juldá. La respuesta altiva y digna de la profetisa fue que la desgracia no podía apartarse de Israel; pero la destrucción del Templo, añadió a modo de consuelo, no sucedería hasta después de la muerte de Yoshiyahu. En vista de la inminente destrucción del Templo, Yoshiyahu escondió el Arca sagrada y todos sus utensilios, a fin de protegerlos de la profanación a manos del enemigo.

Los esfuerzos del rey en favor de Dios y de Su ley no hallaron eco en la gran mayoría del pueblo. Aunque el rey logró impedir el culto público a los ídolos, sus súbditos supieron engañarlo. Yoshiyahu envió a sus piadosos partidarios a inspeccionar las casas del pueblo, y quedó satisfecho con su informe de que no habían hallado ídolos, sin sospechar que aquella gente desleal había fijado media imagen en cada hoja de las puertas, de modo que los moradores quedaban frente a sus ídolos domésticos al cerrar la puerta tras los inspectores de Yoshiyahu.

Aquella generación impía, contemporánea de Yoshiyahu, tuvo la culpa de su muerte. Cuando el rey Paró, en su campaña contra los asirios, quiso atravesar la Tierra de Israel, Yirmiyahu aconsejó al rey que no negara a los egipcios el paso por su tierra. Citó una profecía de su maestro Yeshayahu, que había previsto la guerra entre Ashur y Mitsraim. Pero Yoshiyahu replicó: «Moshé, el maestro de tu maestro, dijo: “Yo daré paz en la tierra, y ninguna espada pasará por vuestra tierra”, ni siquiera la espada que no se alza contra Israel con intención hostil». El rey, ignorante del engaño que practicaba el pueblo, no sabía que eran adoradores de ídolos, a quienes no alcanzan las promesas de la Torá. En el combate que siguió entre los judíos y los egipcios, no menos de trescientos dardos alcanzaron al rey. En su agonía no pronunció ni una palabra de queja; solo dijo: «Adonái es justo, porque me rebelé contra Su mandamiento», reconociendo así su culpa por no haber atendido el consejo del profeta.

Así terminaron los días de este rey justo, tras una trayectoria brillante: el único rey desde Shlomo que reinó sobre Yehudá e Israel a la vez, pues Yirmiyahu había traído de vuelta a la Tierra de Israel a las diez tribus desterradas del norte y las había puesto bajo el dominio de Yoshiyahu. El duelo por él fue profundo. Hasta Yirmiyahu perpetuó su memoria en sus Ejá.

Al Paró de Mitsraim no le fue dado gozar plenamente de los frutos de su victoria, pues poco después de esto, al intentar subir al maravilloso trono de Shlomo, fue derribado por los leones y quedó cojo del golpe.

El pueblo puso a Yehoajaz en el trono de Yehudá para suceder a Yoshiyahu, aunque su hermano Yehoyakim era dos años mayor. Para acallar las reclamaciones legítimas de Yehoyakim, el nuevo rey se sometió a la ceremonia de la unción. Pero su reinado fue muy breve. Al cabo de tres meses el Paró lo llevó al destierro en Mitsraim, y Yehoyakim reinó en su lugar.

Yehoyakim fue otro de los monarcas pecadores de los judíos, despiadado con los hombres y desobediente a Dios y a las leyes de Dios. Sus vestiduras estaban hechas de dos clases de tela mezcladas, su cuerpo estaba tatuado con los nombres de los ídolos y, para parecer un no judío, se sometió a una operación para borrar la señal de la alianza. Cometió diversas formas de incesto y, además, tenía por costumbre dar muerte a los hombres para violar a sus mujeres y confiscar sus bienes. Blasfemo como era, dijo: «Mis predecesores no supieron provocar la ira de Dios. En cuanto a mí, lo digo con franqueza: no necesitamos de Él en absoluto; hasta la luz que nos da podemos prescindir de ella, porque el oro de Parváyim bien puede reemplazarla».

Al ver semejantes abominaciones, Dios quiso disolver el mundo en su caos original. Si desistió de Su propósito, fue únicamente porque el pueblo llevaba una vida temerosa de Dios en tiempos de Yehoyakim. Después de que este reinara once años, Nabucodonosor puso fin a su dominio. Avanzando con su ejército, el rey babilonio se detuvo en Dafne, un arrabal de Antioquía. Allí salió a su encuentro el Sanhedrín de Yerushaláyim, que deseaba saber si venía con el propósito de destruir el Templo. Nabucodonosor les aseguró que todo lo que quería era la entrega de Yehoyakim, que se había rebelado contra su autoridad. De regreso en Yerushaláyim, el Sanhedrín informó a Yehoyakim de la intención de Nabucodonosor. El rey preguntó a los ancianos si era ético comprar sus vidas sacrificando la suya. Por respuesta, le remitieron al relato del modo en que Yoav trató a la ciudad de Avel de Bet-Maajá, que se salvó entregando al rebelde Sheva, hijo de Bijrí. Las objeciones del rey no disuadieron al Sanhedrín de seguir el ejemplo de Yoav, que había obrado bajo la dirección de David. Hicieron descender a Yehoyakim por los muros de Yerushaláyim atado a una cadena. Abajo, los babilonios estaban listos para recibirlo. Nabucodonosor llevó a Yehoyakim encadenado por todas las ciudades de Yehudá, luego lo mató y, con la ira aún no saciada, arrojó su cadáver a los perros tras haberlo metido dentro del cuerpo de un asno. Los perros no dejaron nada del cuerpo de Yehoyakim salvo el cráneo, en el que estaban escritas estas palabras: «Esto y algo más». Muchos siglos después lo encontró un Rabí cerca de las puertas de Yerushaláyim. En vano intentó darle sepultura: la tierra se negaba a retenerlo, y de ello el Rabí concluyó que pertenecía al cadáver de Yehoyakim. Envolvió el cráneo en un paño y lo guardó en un armario. Un día la esposa del Rabí lo descubrió allí y lo quemó, pensando que el cráneo pertenecía a una antigua esposa de su marido, tan querida por él aun después de muerta que no podía separarse de aquella reliquia.

Cuando Nabucodonosor regresó a Bavel de su expedición por la Tierra de Israel, el pueblo lo recibió con gran pompa y solemnidad. Les anunció que, en lugar de Yehoyakim, a quien había dado muerte, había instalado a Mataniá, el hijo del rebelde, llamado Yehoyajín, como rey sobre Yehudá; y el pueblo pronunció esta advertencia: «No se puede educar a un cachorro de buen porte cuya madre era de mala índole; mucho menos a un cachorro de mala índole cuya madre era de mala índole».

Nabucodonosor regresó a Dafne e informó al Sanhedrín —que se apresuró a salir de Yerushaláyim a su encuentro— de que deseaba la entrega de Yehoyajín. Si se negaban a satisfacer su exigencia, destruiría el Templo. Cuando le comunicaron al rey judío la amenaza de su adversario babilonio, subió al techo del Templo y, sosteniendo en la mano todas las llaves de sus cámaras, habló así a Dios: «Hasta ahora nos considerabas dignos de confianza y nos entregabas Tus llaves. Puesto que ya no nos tienes por dignos de fe, aquí tienes, recobra Tus llaves». Se le tomó la palabra: una mano se extendió desde el cielo y recibió las llaves.

Yehoyajín, bueno y piadoso, no quería que la ciudad de Yerushaláyim quedara expuesta al peligro por su causa. Así que se entregó a los jefes babilonios, después de que estos juraran que ni la ciudad ni el pueblo sufrirían daño. Pero los babilonios no cumplieron su juramento. Poco después llevaron al destierro no solo al rey, sino también a su madre, y a diez mil de la nobleza judía y de los grandes sabios. Este fue el segundo intento de Nabucodonosor de deportar a los judíos. Al hacer cautivo al anterior rey Yehoyakim, había desterrado a trescientos de los más nobles del pueblo, entre ellos al profeta Yejezkel.

El rey Yehoyajín fue encarcelado de por vida, prisionero solitario, separado de su esposa y de su familia. El Sanhedrín, que se contaba entre los deportados con el rey, temía que la casa de David se extinguiera. Por eso rogaron a Nabucodonosor que no separara a Yehoyajín de su esposa. Lograron ganarse la simpatía de la peluquera de la reina, y por medio de ella la de la reina misma, Semíramis, la esposa de Nabucodonosor, quien a su vez persuadió al rey de que diera un trato benévolo al desdichado príncipe desterrado de Yehudá. El sufrimiento había transformado por completo al que en otro tiempo fuera rey pecador, de modo que, pese a su gran alegría por reunirse con su esposa, seguía observando las prescripciones de la ley judía que regulan la vida conyugal. Estaba dispuesto a negarse todo placer cuando el precio era una transgresión de la palabra de Dios. Semejante firmeza abogó ante Dios para que perdonara al rey sus pecados, y el Sanhedrín celestial absolvió a Dios de Su juramento de aplastar a Yehoyajín y despojar a su casa de la soberanía. En recompensa por su continencia, fue bendecido con una descendencia ilustre. No solo Zerubavel, el primer gobernador de la Tierra de Israel tras la destrucción del Templo, fue nieto de Yehoyajín, sino que también el propio Mesías será descendiente suyo.