Las Leyendas de los Judíos IV·Capítulo octavo8 / 12

Capítulo octavo

Elishá y Yoná

Elishá, discípulo de Eliyahu

Las voces de los miles de profetas de su tiempo enmudecieron cuando Eliyahu fue arrebatado de la tierra al cielo. Con él se desvaneció el espíritu profético de quienes, en tiempos pasados, en nada le habían sido inferiores. Elishá fue el único entre ellos cuyos poderes proféticos no menguaron. Al contrario, se fortalecieron, como recompensa por la prontitud sin titubeos con que obedeció el llamado de Eliyahu —dejó el campo que araba, y todo lo demás que poseía, en favor de la comunidad—. Desde entonces fue el compañero incansable de Eliyahu. Cuando el ángel descendió del cielo para tomar a Eliyahu de la tierra, encontró a los dos tan absortos en una discusión de estudio que no logró atraer su atención, y hubo de volverse sin cumplir su encargo.

La promesa de Eliyahu de conceder a su discípulo una porción doble de su prodigioso espíritu se cumplió al instante. A lo largo de su vida, Elishá realizó dieciséis milagros, y ocho era todo cuanto había hecho su maestro. El primero de ellos, el cruce del Yardén, fue más notable que el prodigio correspondiente obrado por Eliyahu, pues Elishá atravesó el río solo, mientras que a Eliyahu lo había acompañado Elishá. Dos santos siempre tienen más poder que uno por sí solo.

Su segundo milagro, la «sanación» de las aguas de Yerijó, para que fueran aptas de beber, le acarreó daño a sí mismo, pues las gentes que se ganaban el sustento con la venta de agua salubre se enfurecieron mucho contra el profeta por haberles arruinado el negocio. Elishá, cuyos poderes proféticos le permitían leer tanto el pasado como el futuro de estos comerciantes, sabía que ellos, sus antepasados y su descendencia «no tenían ni el aroma de lo bueno». Por eso los maldijo. De pronto surgió un bosque, y los osos que lo infestaban devoraron a los comerciantes murmuradores. Aquellos malvados no eran inmerecedores del castigo que recibieron; con todo, Elishá hubo de padecer una enfermedad muy grave, a modo de corrección por haberse dejado llevar por la pasión. En esto se asemejó a su maestro Eliyahu: dejó que la ira y el celo se enseñorearan de él. Dios quiso que los dos grandes profetas quedaran purgados de este defecto. Así, cuando Elishá reprendió al rey Yehoram de Israel, el espíritu de profecía lo abandonó, y hubo de recurrir a medios artificiales para despertarlo de nuevo en su interior.

Como su maestro, Elishá estaba siempre dispuesto a ayudar al pobre y al necesitado, según da testimonio su compasión por la viuda de uno de los hijos de los profetas y la ayuda eficaz que le prestó. Su marido no había sido otro que Ovadiá, quien, aun siendo profeta, había sido al mismo tiempo uno de los más altos funcionarios en la corte del rey pecador Ajav. Edomita de nacimiento, Ovadiá había sido inspirado por Dios para pronunciar la profecía contra Edom. En su propia persona encarnaba la acusación contra Esav, que había vivido con sus padres piadosos sin seguir su ejemplo, mientras que Ovadiá, por el contrario, vivió en trato constante con el inicuo rey Ajav y con su aún más inicua esposa Izével sin ceder a la influencia funesta que ejercían. Este mismo Ovadiá no solo empleó su propia fortuna, sino que llegó al extremo de pedir dinero a interés al futuro rey, para tener con qué sostener a los profetas que estaban escondidos. A su muerte, el rey quiso hacer responsables a los hijos de la deuda del padre. En su desesperación, la piadosa esposa de Ovadiá fue al cementerio, y allí clamó: «¡Oh, hombre temeroso de Dios!». Al punto se oyó una voz celestial que le preguntaba: «Hay cuatro hombres temerosos de Dios: Avraham, Yosef, Iyov y Ovadiá. ¿A cuál de ellos deseas hablar?». «A aquel de quien se dice: “Temía en gran manera a Adonái”.»

La condujeron a la tumba del profeta Ovadiá, donde derramó el relato de su pena. Ovadiá le dijo que llevara el poco aceite que aún le quedaba al profeta Elishá y le pidiera que intercediera por él ante Dios, «pues Dios —dijo— es mi deudor, ya que proveí a cien profetas no solo de pan y agua, sino también de aceite para alumbrar su escondite; ¿acaso no dicen las Escrituras: “El que se apiada del pobre presta a Adonái”?». Sin demora, la mujer cumplió su encargo. Fue a Elishá, y él la ayudó haciendo que su pequeña vasija de aceite llenara vasijas y más vasijas sin número; y cuando se acabaron las vasijas, ella trajo tiestos, diciendo: «Que la voluntad que llenó las vasijas vacías haga perfectas las vasijas rotas». Y así fue. El aceite dejó de manar solo cuando se agotaron tanto los tiestos como las vasijas. En su piedad, la mujer quería pagar la ofrenda del diezmo, pero Elishá era del parecer de que, como el aceite le había sido concedido milagrosamente, podía quedárselo entera y totalmente para su propio uso. Además, Elishá la tranquilizó respecto al poder de los príncipes reales para hacerle daño: «El Dios que cerrará las fauces de los leones lanzados contra Daniel, y que cerró las fauces de los perros en Mitsraim, ese mismo Dios cegará los ojos de los hijos de Ajav y ensordecerá sus oídos, para que no puedan hacerte ningún daño». No solo se ayudó a la pobre viuda a salir de sus apuros: se proveyó a sus descendientes por todos los tiempos. El aceite subió de precio, y rindió tanta ganancia que nunca padecieron necesidad.

La sunamita

La gran mujer de Shunem, hermana de Avishag y esposa del profeta Idó, también tuvo motivo para estar hondamente agradecida a Elishá. Cuando Elishá llegó a Shunem en su viaje por la tierra de Israel, su santidad causó una impresión profunda en la sunamita. En verdad, el ojo del profeta era tan sobrecogedor que ninguna mujer podía mirarlo a la cara y seguir con vida. Al contrario del hábito de la mayoría de las mujeres, empeñadas en reducir sus gastos y su trabajo, la sunamita se deleitaba en el privilegio de acoger al profeta en su casa como huésped. Observó que ni una mosca osaba acercarse al santo varón, y que de su persona exhalaba una fragancia grata. «Si no fuera tan gran santo —dijo—, y si la santidad de HaShem no lo revistiera, no habría en torno a él tan agradable fragancia.» Para que no se le molestara, asignó al profeta las mejores estancias de la casa. Él, por su parte, deseando mostrar su aprecio por la hospitalidad, no halló mejor retribución para su bondad que prometerle que sería bendecida con un hijo dentro de un año. La mujer protestó: «Oh, mi marido es un hombre anciano, ni yo estoy en edad de tener hijos; la promesa no puede cumplirse». Sin embargo, sucedió como el profeta había predicho. Antes de que pasaran doce meses, era madre.

Unos años después, su hijo murió de muerte repentina. La madre acudió al profeta y se lamentó ante él: «Ojalá la vasija hubiera quedado vacía, antes que llenarse primero y luego quedar vacía de nuevo». El profeta admitió que, aunque por regla general conocía todas las cosas que habían de suceder, Dios lo había dejado a oscuras acerca de la desgracia que le había sobrevenido. Con confianza en Dios, entregó su bastón a su discípulo Guejazí y lo envió a devolver la vida al niño. Pero Guejazí era indigno de su maestro. Su conducta hacia la sunamita no era propia de un discípulo del profeta y, sobre todo, no tenía fe en la posibilidad de cumplir la misión que se le había confiado. En lugar de obedecer el mandato de Elishá —no hablar palabra en su camino hacia el hijo de la sunamita—, Guejazí se burló de la tarea que se le había impuesto. A cualquier hombre que encontraba le dirigía la pregunta: «¿Crees tú que este bastón puede devolver la vida a los muertos?». El resultado fue que perdió el poder de ejecutar el encargo que se le había encomendado. El propio Elishá hubo de obrar el milagro. El profeta pronunció la oración: «¡Señor del mundo! Así como hiciste maravillas por medio de mi maestro Eliyahu, y le permitiste devolver los muertos a la vida, así, te lo ruego, obra un prodigio por medio de mí, y déjame restaurar la vida a este muchacho». La oración fue concedida, y el niño revivió. El acto del profeta prueba el deber de la gratitud en retorno por la hospitalidad. Elishá no intentó resucitar a los suyos, a los de su propia carne y sangre, que la muerte había reclamado; invocó un milagro por el bien de la mujer que lo había acogido amablemente en su casa.

Guejazí

Guejazí, cuya conducta en esta ocasión lo había mostrado indigno de confianza, provocó de nuevo la ira del profeta cuando desatendió la orden de no aceptar dinero de Naamán, el capitán sirio. No logró engañar al profeta. A su regreso de junto a Naamán, encontró a Elishá ocupado en el estudio del capítulo de la Mishná Shabat que trata de los ocho reptiles. El profeta Elishá lo recibió con la reprensión: «¡Villano! Ha llegado el momento de que yo sea recompensado por el estudio de la Mishná sobre los ocho reptiles. Sea mi recompensa que la enfermedad de Naamán te aflija a ti y a tu descendencia para siempre». Apenas habían salido estas palabras de sus labios cuando vio brotar la lepra en el rostro de Guejazí. Guejazí merecía el castigo a causa de su carácter vil. Era sensual y envidioso, y no creía en la resurrección de los muertos. Sus indignas cualidades se manifestaron en su conducta hacia la sunamita y hacia los discípulos de Elishá. Cuando la hermosa sunamita vino al profeta afligida por la muerte de su hijo, Guejazí la tomó apasionadamente entre sus brazos, con el pretexto de apartarla del profeta, a quien ella se había aferrado en sus súplicas.

En cuanto a los demás discípulos de Elishá, se esforzaba por mantenerlos alejados de la casa del profeta. Tenía la costumbre de quedarse plantado fuera de la puerta. Esto inducía a muchos a dar media vuelta y regresar a casa, pues razonaban que, si la casa no estaba llena a rebosar, Guejazí no estaría de pie afuera. Solo tras la expulsión de Guejazí aumentaron maravillosamente los discípulos de Elishá. Que Guejazí no tenía fe en la resurrección de los muertos lo muestra su incredulidad respecto al hijo de la sunamita.

A pesar de todos estos defectos, Elishá lamentó haber repudiado a su discípulo, que era un gran erudito en la ley, sobre todo porque Guejazí se entregó a una vida de pecado tras abandonar al profeta. Mediante el magnetismo hizo que los becerros de oro de Bet-El flotaran en el aire, y a muchos se los llevó a creer en la divinidad de estos ídolos. Es más, grabó el grande y temible Nombre de Dios en la boca de ellos. Así quedaron habilitados para hablar, y proferían las mismas palabras que Dios había proclamado desde el Sinaí: «Yo soy Adonái tu Dios; no tendrás otros dioses delante de Mí». En consecuencia, Elishá se dirigió a Damasco para devolver a Guejazí a las sendas de la rectitud. Pero él permaneció impenitente, pues dijo: «De ti mismo he aprendido que no hay retorno para quien no solo peca él mismo, sino que además induce a otros a pecar». Así murió Guejazí sin haber hecho nada para expiar sus transgresiones, que eran tan grandes que es uno de los pocos judíos que no tienen parte en el Paraíso. Sus hijos heredaron su lepra. Él y sus tres hijos son los cuatro leprosos que informaron al rey de Israel de la huida precipitada del ejército sirio.

La severidad excesiva de Elishá hacia su siervo Guejazí y hacia los muchachos burlones de Yerijó no quedó sin castigo. Hubo de soportar dos períodos de enfermedad, y la tercera dolencia que lo aquejó le causó la muerte. Es el primero conocido en la historia que sobrevivió a una enfermedad. Antes de él, la muerte había sido la compañera inevitable de la enfermedad.

Un gran milagro marcó el final de una vida rica en hechos milagrosos: un muerto revivió al tocar el féretro de Elishá, y se puso en pie. Fue por un personaje digno por quien se obró el prodigio: Shalum, hijo de Tikvá, el marido de la profetisa Juldá, hombre de noble linaje que había llevado una vida de bondad amorosa. Tenía la costumbre de salir a diario más allá de la ciudad llevando el cántaro de agua, del que daba de beber a todo viajero, buena obra que recibió doble recompensa. Su esposa llegó a ser profetisa, y cuando él murió y su funeral, al que asistió un gran concurso de gente, se vio perturbado por la invasión de los arameos, le fue dada nueva vida al contacto con los huesos de Elishá. Vivió lo bastante para tener un hijo, Janamel de nombre.

La muerte de Elishá fue una gran desgracia para los israelitas. Mientras estuvo con vida, ninguna tropa aramea entró en la Tierra de Israel. La primera invasión de ellos ocurrió el día de su entierro.

La huida de Yoná

Entre los muchos miles de discípulos que Elishá reunió en torno a sí durante los sesenta años y más de su actividad, el más destacado fue el profeta Yoná. Estando aún vivo el maestro, a Yoná se le encomendó la importante misión de ungir rey a Yehú. La siguiente tarea que se le impuso fue proclamar su destrucción a los habitantes de Yerushaláyim. La condena no se cumplió, porque se arrepintieron de su mal proceder, y Dios tuvo misericordia de ellos. Entre los israelitas, por tanto, Yoná era conocido como «el falso profeta». Cuando fue enviado a Ninve para profetizar la caída de la ciudad, reflexionó: «Sé con certeza que los paganos harán penitencia, el castigo amenazado no se ejecutará, y también entre los paganos me ganaré la reputación de ser un falso profeta». Para escapar de esta deshonra, resolvió fijar su morada en el mar, donde no había nadie a quien hubiera de entregar profecías que nunca se cumplirían.

A su llegada a Yafo, no había ninguna nave en el puerto. Para ponerlo a prueba, Dios hizo que se levantara una tormenta, y esta arrastró de vuelta a Yafo una nave que se había alejado dos días de viaje del puerto. El profeta interpretó esta casualidad como que Dios aprobaba su plan. Tanto se alegró de la ocasión favorable para dejar tierra firme que pagó por adelantado el importe entero de todo el cargamento, suma nada menor que cuatro mil denarios de oro. Tras un día de navegación mar adentro, se desató una tormenta terrible. Cosa admirable de contar, no dañó a ninguna nave salvo a la de Yoná. Así se le enseñó la lección de que Dios es Señor sobre el cielo, la tierra y el mar, y que el hombre no puede esconderse en ninguna parte de Su faz.

En la misma nave iban representantes de las setenta naciones de la tierra, cada uno con sus ídolos particulares. Todos resolvieron implorar socorro a sus dioses, y el dios de quien viniera la ayuda sería reconocido y adorado como el único Dios verdadero. Pero de ninguno vino ayuda. Fue entonces cuando el capitán de la nave se acercó a Yoná, donde yacía dormido, y le dijo: «Estamos suspendidos entre la vida y la muerte, y tú yaces aquí dormido. Dime, te ruego, ¿a qué nación perteneces?». «Soy hebreo», respondió Yoná. «Hemos oído —dijo el capitán— que el Dios de los hebreos es el más poderoso. Clama a Él por ayuda. Quizá obre por nosotros los mismos milagros que obró en tiempos antiguos por los judíos en el mar de los Juncos.»

Yoná confesó al capitán que él tenía la culpa de toda la desgracia, y le rogó que lo echara a la deriva y aplacara la tormenta. Los demás pasajeros se negaron a consentir un acto tan cruel. Aunque la suerte decidió contra Yoná, primero trataron de salvar la nave arrojando el cargamento por la borda. Sus esfuerzos fueron en vano. Entonces colocaron a Yoná al costado de la nave y dijeron: «¡Señor del mundo! No nos imputes esto como sangre inocente, pues no conocemos el caso de este hombre, y él mismo nos manda arrojarlo al mar». Aun entonces no se resolvían a dejarlo ahogar. Primero lo sumergieron hasta las rodillas en el agua del mar, y la tormenta cesó; lo volvieron a subir a la nave, y al punto la tormenta bramó con su antigua furia. Dos pruebas más hicieron. Lo bajaron al agua hasta el ombligo, y lo alzaron de las profundidades cuando la tormenta se apaciguó. De nuevo, cuando la tormenta estalló otra vez, lo bajaron hasta el cuello, y por segunda vez lo tomaron de vuelta a la nave cuando el viento amainó. Pero, al fin, la renovada furia de la tormenta los convenció de que su peligro se debía a las transgresiones de Yoná, y lo abandonaron a su suerte. Fue arrojado al agua, y al instante el mar se calmó.

Yoná en la ballena

En la creación del mundo, Dios hizo un pez destinado a albergar a Yoná. Era tan grande que el profeta estaba tan cómodo dentro de él como en una espaciosa sinagoga. Los ojos del pez servían a Yoná de ventanas y, además, había un diamante que brillaba tan resplandeciente como el sol al mediodía, de modo que Yoná podía ver todas las cosas del mar hasta su mismísimo fondo.

Es ley que, cuando les llega su hora, todos los peces del mar deben dirigirse al Leviatán y dejar que el monstruo los devore. El término de vida del pez de Yoná estaba a punto de expirar, y el pez advirtió a Yoná de lo que iba a suceder. Cuando llegó, con Yoná en su vientre, ante el Leviatán, el profeta dijo al monstruo: «Por tu causa he venido aquí. Convenía que yo conociera tu morada, pues mi tarea señalada es capturarte en la vida venidera y degollarte para la mesa de los justos y los piadosos». Cuando el Leviatán observó la señal de la alianza en el cuerpo de Yoná, huyó espantado, y Yoná y el pez se salvaron. Para mostrar su gratitud, el pez llevó a Yoná adondequiera que hubiera algo digno de verse. Le mostró el río del que fluye el océano, le mostró el lugar por donde los israelitas cruzaron el mar de los Juncos, le mostró el Guehinom y el Sheol, y muchos otros lugares misteriosos y maravillosos.

Tres días había pasado Yoná en el vientre del pez, y todavía se sentía tan cómodo que no pensaba en implorar a Dios que cambiara su condición. Pero Dios envió una pez hembra preñada de trescientos sesenta y cinco mil pececillos al anfitrión de Yoná, para exigir la entrega del profeta; de lo contrario, ella se tragaría tanto a él como al huésped que albergaba. El mensaje fue recibido con incredulidad, y el Leviatán tuvo que venir a corroborarlo: él mismo había oído a Dios despachar a la pez hembra en su encargo. Así sucedió que Yoná fue trasladado a otra morada. Sus nuevos aposentos, que hubo de compartir con todos los pececillos, distaban mucho de ser cómodos, y desde lo hondo de su corazón se elevó a Dios en lo alto una oración de liberación. Las últimas palabras de su larga súplica fueron: «Cumpliré mi voto», tras lo cual Dios ordenó al pez que vomitara a Yoná. A una distancia de novecientas sesenta y cinco parasangas del pez, quedó en tierra firme. Estos milagros indujeron a la tripulación de la nave a abandonar la idolatría, y todos se hicieron piadosos prosélitos en Yerushaláyim.

La teshuvá de Ninve

Yoná fue derecho a Ninve, la ciudad descomunal que abarcaba cuarenta parasangas cuadradas y contenía un millón y medio de seres humanos. No perdió tiempo en proclamar su destrucción a los habitantes. La voz del profeta era tan sonora que llegaba a cada rincón de la gran ciudad, y todos los que oyeron sus palabras resolvieron apartarse de sus caminos impíos. A la cabeza de los penitentes estaba el rey Osnapar de Ashur. Descendió de su trono, se quitó la corona, esparció ceniza sobre su cabeza en su lugar, se despojó de sus vestiduras de púrpura y se revolcó en el polvo de los caminos. Por todas las calles, los heraldos reales proclamaban el decreto del rey, que mandaba a los habitantes ayunar tres días, vestir cilicio y suplicar a Dios con lágrimas y oraciones que apartara la condena amenazada. Las gentes de Ninve prácticamente forzaron a la misericordia de Dios a descender sobre ellas. Alzaban a sus criaturas hacia el cielo y, entre lágrimas que corrían, clamaban: «Por amor de estos niños inocentes, escucha nuestras oraciones». Separaron las crías de su ganado estabulado de las madres; las crías quedaron dentro del establo, las madres fueron puestas fuera. Así separadas unas de otras, crías y madres comenzaron a bramar a voz en grito. Entonces los ninivitas clamaron: «Si Tú no te apiadas de nosotros, nosotros no nos apiadaremos de estas bestias».

La penitencia de los ninivitas no se detuvo en el ayuno y la oración. Sus obras mostraron que estaban decididos a llevar una vida mejor. Si un hombre había usurpado la propiedad de otro, procuraba reparar su iniquidad; algunos llegaron al extremo de derribar sus palacios con tal de poder devolver un solo ladrillo a su legítimo dueño. Otros, por propia voluntad, comparecían ante los tribunales de justicia y confesaban sus crímenes y pecados secretos, que nadie más que ellos conocía, y se declaraban dispuestos a someterse al castigo bien merecido, aunque fuera la muerte lo que se decretara contra ellos.

Un incidente ocurrido por aquel tiempo ilustrará la contrición de los ninivitas. Un hombre halló un tesoro en el solar que había adquirido de su vecino. Tanto el comprador como el vendedor se negaban a tomar posesión del tesoro. El vendedor insistía en que la venta del solar llevaba consigo la venta de todo lo que contenía. El comprador sostenía que había comprado el terreno, no el tesoro escondido en él. Ninguno de los dos quedó satisfecho hasta que el juez logró averiguar quién había escondido el tesoro y dónde estaban sus herederos; y grande fue la alegría de ambos cuando pudieron entregar el tesoro a sus legítimos dueños.

Viendo que los ninivitas habían experimentado un verdadero cambio de corazón, Dios se apiadó de ellos y los perdonó. Entonces también Yoná se sintió animado a interceder por sí mismo ante Dios, para que le perdonara su huida. Dios le habló: «Fuiste celoso de Mi honor —el profeta no había querido parecer un mentiroso, para que la confianza de los hombres en Dios no se quebrantara—, y por esta razón te echaste a la mar. Por eso obré misericordiosamente contigo y te rescaté de las entrañas del Sheol».

El profeta no podía apartar fácilmente de su mente su estancia en el interior del pez, ni esta quedó sin consecuencias visibles. El calor intenso en el vientre del pez había consumido sus ropas y hecho caer su cabello, y lo atormentaban enjambres de insectos. Para dar protección a Yoná, Dios hizo crecer el kikayón. Cuando una mañana abrió los ojos, vio una planta con doscientas setenta y cinco hojas, cada hoja de más de un palmo, de modo que le brindaba alivio del calor del sol. Pero el sol hirió a la calabacera, y esta se marchitó, y de nuevo Yoná fue molestado por los insectos. Se puso a llorar y a desear la muerte que lo liberara de sus penas. Pero cuando Dios lo llevó a la planta y le mostró qué lección podía sacar de ella —cómo, aunque no había trabajado por la planta, se compadecía de ella—, comprendió su error al desear que Dios fuera implacable con Ninve, la gran ciudad, con sus muchos habitantes, con tal de que su reputación de profeta no sufriera menoscabo. Se postró y dijo: «¡Oh Dios, guía el mundo conforme a Tu bondad!».

Dios fue benévolo con las gentes de Ninve mientras siguieron siendo dignas de Su bondad amorosa. Pero al cabo de cuarenta días se apartaron de la senda de la piedad, y se volvieron más pecadores que nunca. Entonces el castigo con que Yoná los había amenazado los alcanzó, y fueron tragados por la tierra.

El sufrimiento de Yoná en el abismo de las aguas había sido tan severo que, a modo de compensación, Dios lo eximió de la muerte: en vida se le permitió entrar en el Paraíso. Como Yoná, su esposa era conocida a lo largo y a lo ancho por su piedad. Había alcanzado fama sobre todo por su peregrinación a Yerushaláyim, deber que, en razón de su sexo, no estaba obligada a cumplir. Fue en una de estas peregrinaciones cuando el espíritu profético descendió por primera vez sobre Yoná.