Capítulo séptimo
Eliyahu
Eliyahu antes de su arrebatamiento
El relato bíblico del profeta Eliyahu, de su vida y su obra durante los reinados de Ajav y de su hijo Yoram, apenas da una pálida idea de un personaje cuya historia comienza con la estancia de Israel en Mitsraim y solo terminará cuando Israel, bajo la guía del Mesías, haya vuelto a establecer su morada en la Tierra de Israel.
La Escritura nos dice únicamente el nombre del lugar de origen de Eliyahu, pero hay que añadir que era sacerdote, idéntico a Pinjás —el sacerdote celoso por la honra de Dios—, que se distinguió en la travesía por el desierto y desempeñó de nuevo un papel destacado en tiempos de los Jueces.
La primera aparición de Eliyahu en el período de los Reyes fue su encuentro con Ajav en casa de Jiel, el de Bet-El, comandante en jefe del ejército israelita, a quien visitaba para darle el pésame por la pérdida de sus hijos. Dios mismo había encomendado al profeta que ofreciera su condolencia a Jiel, cuya posición exigía que se le rindiera ese honor. Al principio Eliyahu se negó a ir en busca del pecador que había violado el mandato divino contra la reconstrucción de Yerijó, pues decía que las palabras blasfemas de tales malhechores siempre despertaban su ira. Entonces Dios prometió a Eliyahu que se cumpliría cualquier imprecación que, en su cólera, se le escapara contra los impíos por su habla profana. Cuando el profeta entró en la casa del general, oyó a Jiel pronunciar estas palabras: «Bendito sea Adonái, Dios de los piadosos, que da cumplimiento a las palabras de los piadosos». Así reconocía Jiel que había sido justamente castigado por la maldición de Yehoshúa contra quien reconstruyera Yerijó.
Ajav le preguntó con burla: «¿Acaso no fue Moshé más grande que Yehoshúa, y no dijo que Dios no dejaría caer lluvia sobre la tierra si Israel servía y adoraba ídolos? No hay ídolo conocido al que yo no rinda culto, y sin embargo gozamos de todo lo bueno y deseable. ¿Crees tú que, si las palabras de Moshé quedaron sin cumplirse, se cumplirán las de Yehoshúa?». Eliyahu replicó: «Sea como dices: “Vive Adonái, Dios de Israel, ante quien estoy, que no habrá rocío ni lluvia en estos años, sino según mi palabra”». En cumplimiento de Su promesa, Dios no pudo sino ejecutar las palabras de Eliyahu, y ni rocío ni lluvia regaron la tierra.
Sobrevino el hambre, y Ajav buscó vengarse del profeta. Para escapar de las persecuciones del rey, Eliyahu se ocultó. Lo sustentaban con alimento traído de la despensa del piadoso rey Yehoshafat por cuervos, que al mismo tiempo no se acercaban a la casa del inicuo Ajav.
Dios, que se compadece incluso de los impíos, trató de inducir al profeta a que lo liberara de Su promesa. Para persuadirlo, hizo que se secara el arroyo del que Eliyahu sacaba agua para su sed. Como esto no logró ablandar al inflexible profeta, Dios recurrió al expediente de causarle dolor mediante la muerte del hijo de la viuda con quien Eliyahu se hospedaba, y por quien había sido recibido con gran honor. Cuando murió el hijo de ella —el que más tarde sería conocido como el profeta Yoná—, ella pensó que Dios le había sido antes favorable por sus grandes méritos comparados con los de sus vecinos y los habitantes de la ciudad, y que ahora la había abandonado porque sus virtudes se habían vuelto nada ante la presencia del gran profeta. En su angustia, Eliyahu suplicó a Dios que reviviera al niño. Ahora Dios tenía al profeta en Su poder. Solo podía atender la oración de Eliyahu a condición de que el profeta lo liberara de la promesa sobre la sequía, pues la resurrección de entre los muertos se obra por medio del rocío, y este remedio quedaba vedado mientras Eliyahu obligara a Dios a mantener Su palabra de retener el rocío y la lluvia de la tierra. Eliyahu comprendió que no había otra salida que ceder. No obstante, primero se dirigió a Ajav con el propósito de vencer la obstinación del pueblo, sobre el que el hambre no había hecho mella. Prodigios manifiestos exhibidos ante sus ojos habían de enseñarle sabiduría. El combate entre Dios y Báal tuvo lugar en el Carmel. El monte que se había tenido a sí mismo por el lugar apropiado para el acontecimiento más grande de la historia israelita —la revelación de la Torá— quedó compensado, por los muchos milagros que ahora se obraron sobre él, de su decepción por que se hubiera preferido el Sinaí en su lugar.
El primer prodigio ocurrió en relación con la elección de los novillos. Según el acuerdo de Eliyahu con Ajav, uno había de ser sacrificado a Dios y luego otro a Báal. Se trajo ante los contendientes una pareja de gemelos, criados juntos, y se decidió por sorteo cuál pertenecía a Dios y cuál a Báal. Eliyahu no tuvo dificultad con su ofrenda; rápidamente la condujo a su altar. Pero todos los sacerdotes de Báal, ochocientos cincuenta en número, no lograron que su víctima moviera un solo paso. Cuando Eliyahu empezó a hablarle con persuasión al novillo de Báal, instándolo a seguir a los sacerdotes idólatras, este abrió la boca y dijo: «Nosotros dos, aquel novillo y yo, salimos del mismo vientre, tomamos nuestro alimento del mismo pesebre, y ahora él ha sido destinado a Dios, como instrumento para la glorificación del Nombre divino, mientras que a mí se me ha de usar para Báal, como instrumento para enfurecer a mi Creador». Eliyahu insistió: «Sigue tú a los sacerdotes de Báal, para que no tengan excusa, y así tendrás parte en aquella glorificación de Dios para la que se usará mi novillo». El novillo dijo: «Así me aconsejas, pero juro que no me moveré del sitio, a menos que tú con tus propias manos me entregues». Eliyahu entonces condujo al novillo hasta los sacerdotes de Báal.
A pesar de este milagro, los sacerdotes trataron de engañar al pueblo. Socavaron el altar, y Jiel se escondió debajo con el propósito de encender un fuego al mencionarse la palabra Báal. Pero Dios envió una serpiente que lo mató. En vano los falsos sacerdotes gritaron y llamaron: «¡Báal! ¡Báal!»; la llama esperada no brotó. Para aumentar la confusión de los idólatras, Dios había impuesto silencio a todo el mundo. Las potencias de las regiones superiores y de las inferiores enmudecieron; el universo parecía desierto y desolado, como si no hubiera en él criatura viva. Si un solo sonido se hubiera dejado oír, los sacerdotes habrían dicho: «Es la voz de Báal».
Para que todos los preparativos pudieran completarse en un solo día —la erección del altar, la excavación de la zanja y cuanto más fuera necesario—, Eliyahu ordenó al sol que se detuviera. «Por Yehoshúa —dijo— te detuviste para que Israel venciera a sus enemigos; ahora detente, no por mi causa ni por la de Israel, sino para que el Nombre de Dios sea exaltado». Y el sol obedeció sus palabras.
Al caer la tarde, Eliyahu llamó a su discípulo Elishá y le mandó verter agua sobre sus manos. Ocurrió un milagro. El agua fluyó de los dedos de Eliyahu hasta llenar toda la zanja. Entonces el profeta rogó a Dios que hiciera descender fuego, pero de tal modo que el pueblo supiera que era un prodigio del cielo y no lo tomara por truco de mago. Dijo: «Señor del mundo, Tú me enviarás como mensajero “al fin de los tiempos”, pero si mis palabras no se cumplen ahora, no cabe esperar que los judíos me crean en los días postreros». Su súplica fue oída en lo alto, y cayó fuego del cielo sobre el altar, un fuego que no solo consumió lo que tocaba, sino que también lamió el agua. Y no fue todo: también le fue concedida su oración de lluvia. Apenas habían brotado de sus labios estas palabras —«Aunque no tengamos otros méritos, recuerda al menos la señal de la alianza que los israelitas llevan en su cuerpo»—, cuando la lluvia cayó a la tierra.
A pesar de todos estos milagros, el pueblo persistió en sus caminos y pensamientos idólatras. Incluso los siete mil que no se habían inclinado ante Báal eran hijos indignos de Israel, pues rendían culto a los becerros de oro de Yerovam.
Las fechorías del pueblo habían crecido hasta tal número que ya no podían contar con «los méritos de los padres» para interceder por ellos; habían agotado su cuenta. Cuando cayeron al punto de degradación en que renunciaron a la señal de la alianza, Eliyahu ya no pudo dominar su ira, y acusó a Israel ante Dios. En la hendidura de la roca en que Dios se había aparecido en otro tiempo a Moshé, y se había revelado como compasivo y paciente, se encontró ahora con Eliyahu y le dio a entender, mediante diversas señales, que habría sido mejor defender a Israel que acusarlo. Pero Eliyahu, en su celo por Dios, fue inexorable. Entonces Dios le ordenó nombrar a Elishá por sucesor suyo, pues dijo: «No puedo hacer lo que tú quisieras». Además, Dios le encargó: «En lugar de acusar a Mis hijos, viaja a Damasco, donde los gentiles tienen un ídolo para cada día del año. Aunque Israel haya derribado Mis altares y matado a Mis profetas, ¿qué te importa a ti?».
Los cuatro fenómenos que Dios envió antes de Su aparición —viento, terremoto, fuego y una voz suave y apacible— habían de instruir a Eliyahu acerca del destino del hombre. Dios le dijo a Eliyahu que estos cuatro representan los mundos por los que el hombre ha de pasar: el primero significa este mundo, fugaz como el viento; el terremoto es el día de la muerte, que hace temblar y estremecerse al cuerpo humano; el fuego es el tribunal del Guehinom, y la voz suave y apacible es el Juicio Final, cuando no habrá nadie sino Dios solo.
Unos tres años después, Eliyahu fue arrebatado al cielo, pero no sin librar antes una lucha con el Ángel de la Muerte. Este se negaba a dejar entrar a Eliyahu en el cielo en su arrebatamiento, aduciendo que ejercía jurisdicción sobre toda la humanidad, sin exceptuar a Eliyahu. Dios sostuvo que en la creación del cielo y la tierra había ordenado expresamente al Ángel de la Muerte que concediera la entrada al profeta vivo, pero el Ángel de la Muerte insistió en que, con el arrebatamiento de Eliyahu, Dios daba justo motivo de queja a todos los demás hombres, que no podían escapar a la sentencia de la muerte. Entonces Dios dijo: «Eliyahu no es como los demás hombres. Es capaz de desterrarte del mundo, solo que tú no reconoces su fuerza». Con el consentimiento de Dios, tuvo lugar un combate entre Eliyahu y el Ángel de la Muerte. El profeta salió victorioso, y, de no haberlo contenido Dios, habría aniquilado a su adversario. Sujetando bajo sus pies al enemigo vencido, Eliyahu ascendió hacia el cielo.
En el cielo sigue viviendo para siempre. Allí se sienta a registrar las obras de los hombres y las crónicas del mundo. Tiene además otro oficio. Es el conductor de las almas, cuyo deber es estar de pie en los cruces de caminos del Paraíso y guiar a los piadosos a los lugares que les han sido asignados; que trae las almas de los pecadores desde el Guehinom al acercarse el Shabat, y las conduce de nuevo a su merecido castigo cuando el día de reposo está por partir; y que lleva a esas mismas almas, después de que han expiado sus pecados, al lugar de la bienaventuranza eterna.
Las obras milagrosas de Eliyahu se entenderán mejor si recordamos que había sido un ángel desde el principio mismo, aun antes del fin de su carrera terrenal. Cuando Dios estaba por crear al hombre, Eliyahu le dijo: «¡Señor del mundo! Si es de Tu agrado, descenderé a la tierra y me haré útil a los hijos de los hombres». Entonces Dios cambió su nombre de ángel, y más tarde, bajo Ajav, le permitió morar entre los hombres en la tierra, para que convirtiera al mundo a la creencia de que «Adonái es Dios». Cumplida su misión, Dios lo llevó de nuevo al cielo y le dijo: «Sé tú el espíritu guardián de Mis hijos para siempre, y difunde por todo el mundo la creencia en Mí».
Su nombre de ángel es Sandalfón, uno de los más grandes y poderosos de la hueste de ángeles de fuego. Como tal, su deber es trenzar guirnaldas para Dios con las oraciones que Israel envía a lo alto. Además, debe ofrecer sacrificios en el santuario invisible, pues el Templo fue destruido solo en apariencia; en realidad siguió existiendo, oculto a la vista de los mortales comunes.
Después de su arrebatamiento
La partida de Eliyahu de la tierra, lejos de ser una interrupción de sus relaciones con los hombres, marca más bien el comienzo de su verdadera actividad como auxiliador en tiempo de necesidad, como maestro y como guía. Al principio su intervención en los asuntos sublunares no fue frecuente. Siete años después de su arrebatamiento, escribió una carta al perverso rey Yehoram, que reinaba sobre Yehudá. La siguiente ocasión en que tomó parte en un suceso terrenal fue en tiempos de Ajashverosh, cuando les hizo un buen servicio a los judíos asumiendo la figura del cortesano Harboná y, en un momento propicio, incitando al rey contra Hamán.
Estaba reservado a días posteriores, sin embargo —a los tiempos talmúdicos, la edad de oro de los grandes sabios, los tanaítas y los amoraítas—, gozar de la especial vigilancia de Eliyahu como protector de los inocentes, como amigo en la necesidad, que se cierne sobre los justos y los piadosos, siempre presente para guardarlos del mal o arrancarlos del peligro. Con cuatro batidas de sus alas puede Eliyahu recorrer el mundo. Por eso ningún lugar de la tierra está demasiado lejos para su auxilio. Como ángel, goza del poder de adoptar las más diversas apariencias para lograr sus fines. A veces parece un hombre común, a veces toma la apariencia de un árabe, a veces la de un jinete, ora es un funcionario de la corte romana, ora es una ramera.
Sucedió una vez que Najum, el gran y piadoso maestro, cuando viajaba a Roma en una misión política, fue despojado sin saberlo del presente que llevaba al Emperador como ofrenda de parte de los judíos. Cuando entregó el cofre al gobernante, se halló que contenía tierra común, que los ladrones habían sustituido por las joyas que habían sustraído. El Emperador pensó que los judíos se burlaban de él, y su representante, Najum, fue condenado a muerte. En su piedad, el Rabí no perdió la confianza en Dios; solo dijo: «Esto también es para bien». Y así resultó ser. De pronto apareció Eliyahu, y, asumiendo la figura de un funcionario de la corte, dijo: «Quizá la tierra de este cofre sea como la que usaba Avraham para fines de guerra. Un puñado hará el trabajo de espadas y arcos». A instancia suya se pusieron a prueba las virtudes de la tierra en el ataque contra una ciudad que largo tiempo había resistido el valor y la fuerza de Roma. Su suposición quedó confirmada. El contenido del cofre resultó más eficaz que todas las armas del ejército, y los romanos vencieron. Najum fue despedido, cargado de honores y tesoros, y los ladrones, que se habían delatado al reclamar la tierra preciosa, fueron ejecutados, pues, como es natural, Eliyahu no obra ningún prodigio para los malhechores.
Otra vez, con el fin de rescatar a Rabí Shilá, Eliyahu se hizo pasar por persa. Un delator había denunciado al Rabí ante el gobierno persa, acusándolo de administrar la ley según el código judío. Eliyahu compareció como testigo a favor del Rabí y contra el delator, y Shilá fue absuelto con honor.
Cuando los alguaciles romanos perseguían a Rabí Meir, Eliyahu se le unió bajo la figura de una ramera. Los emisarios romanos desistieron de su persecución, pues no podían creer que Rabí Meir eligiera semejante compañía.
Un contemporáneo de Rabí Meir, Rabí Shimón ben Yojái, que pasó trece años en una cueva para escapar de la venganza de los romanos, fue informado por Eliyahu de la muerte del emperador enemigo de los judíos, de modo que pudo dejar su escondite.
Igualmente característica es la ayuda que Eliyahu prestaba a los pobres dignos de ella. Con frecuencia les traía grandes riquezas. Rabí Kahaná era tan necesitado que tenía que sostenerse vendiendo utensilios domésticos por las casas. Una vez, una dama de alta posición se empeñó en forzarlo a cometer un acto inmoral, y Kahaná, prefiriendo la muerte a la iniquidad, se arrojó desde un desván. Aunque Eliyahu se hallaba a una distancia de cuatrocientas parasangas, acudió al lugar a tiempo de recoger al Rabí antes de que tocara el suelo. Además, le dio medios suficientes para que pudiera abandonar un oficio lleno de peligros.
Rabá bar Abahú fue también víctima de la pobreza. Confesó a Eliyahu que, a causa de sus escasos recursos, no le quedaba tiempo para dedicarse a sus estudios. Entonces Eliyahu lo condujo al Paraíso, le mandó quitarse el manto y llenarlo de hojas crecidas en las regiones de los bienaventurados. Cuando el Rabí estaba por salir del Paraíso, con la vestidura llena de hojas, se oyó una voz que decía: «¿Quién desea anticipar su parte en el mundo venidero durante sus días terrenales, como lo hace Rabá bar Abahú?». El Rabí arrojó de inmediato las hojas; no obstante, recibió doce mil denarios por su vestidura exterior, porque conservaba la fragancia maravillosa de las hojas del Paraíso.
La ayuda de Eliyahu no se limitaba a los pobres maestros de la ley; todos los que estaban en necesidad, y eran dignos de su asistencia, tenían derecho a él. Un hombre pobre, padre de familia, en su angustia rogó una vez a Dios: «Señor del mundo, Tú sabes que no hay nadie a quien pueda contar mi historia de dolor, nadie que se apiade de mí. No tengo hermano ni pariente ni amigo, y mis pequeños hambrientos lloran de hambre. Ten Tú piedad y compasión, o deja que venga la muerte y ponga fin a nuestro sufrimiento». Sus palabras hallaron oído en Dios, pues, al terminar, Eliyahu se plantó ante el pobre hombre y le preguntó con simpatía por qué lloraba. Cuando el profeta hubo oído el relato de sus penas, dijo: «Tómame y véndeme como esclavo; con lo que saques bastará para tus necesidades». Al principio el pobre hombre se negó a aceptar el sacrificio, pero finalmente cedió, y Eliyahu fue vendido a un príncipe por ochenta denarios. Esta suma formó el núcleo de la fortuna que el pobre hombre amasó y disfrutó hasta el fin de sus días. El príncipe que había comprado a Eliyahu quería construir un palacio, y se alegró de saber que su nuevo esclavo era arquitecto. Prometió a Eliyahu la libertad si en seis meses terminaba el edificio. Caída la noche de ese mismo día, Eliyahu elevó una oración, y al instante el palacio se alzó en su sitio, en completa perfección. Eliyahu desapareció. A la mañana siguiente, el príncipe no se asombró poco al ver el palacio terminado. Pero cuando buscó a su esclavo para recompensarlo, y lo buscó en vano, comprendió que había tenido tratos con un ángel. Eliyahu, entretanto, se dirigió al hombre que lo había vendido, y le contó su historia, para que supiera que no había estafado al comprador de su precio; al contrario, lo había enriquecido, pues el palacio valía cien veces más que el dinero pagado por el supuesto esclavo.
Algo semejante le ocurrió a un hombre acomodado que perdió su fortuna y quedó tan pobre que tuvo que hacer trabajo manual en el campo de otro. Una vez, mientras trabajaba, se le acercó Eliyahu, que había tomado la apariencia de un árabe: «Estás destinado a gozar de siete años buenos. ¿Cuándo los quieres, ahora o como los años finales de tu vida?». El hombre respondió: «Eres un hechicero; vete en paz, no tengo nada para ti». Tres veces se le hizo la misma pregunta, tres veces se dio la misma respuesta. Por fin el hombre dijo: «Pediré consejo a mi mujer». Cuando Eliyahu volvió y repitió su pregunta, el hombre, siguiendo el consejo de su mujer, dijo: «Haz que los siete años buenos nos lleguen todos a la vez». Eliyahu respondió: «Vete a casa. Antes de que cruces tu umbral, tu buena fortuna habrá llenado tu casa». Y así fue. Sus hijos habían hallado un tesoro en la tierra, y, cuando estaba por entrar en su casa, su mujer salió a su encuentro y le contó el afortunado hallazgo. Su mujer era una mujer estimable y piadosa, y le dijo a su marido: «Vamos a gozar de siete años buenos. Usemos este tiempo para practicar toda la caridad que podamos; quizá Dios prolongue nuestro período de prosperidad». Al cabo de siete años, durante los cuales marido y mujer aprovecharon toda ocasión de hacer el bien, Eliyahu apareció de nuevo y anunció al hombre que había llegado el momento de retirar lo que le había dado. El hombre respondió: «Cuando acepté tu don, fue tras consultar con mi mujer. No quisiera devolverlo sin antes ponerla al corriente de lo que va a suceder». Su mujer le encargó decir al anciano que había venido a recobrar posesión de su propiedad: «Si puedes hallar a alguien que sea administrador más concienzudo de las prendas que se nos han confiado de lo que nosotros hemos sido, con gusto te las cederé». Dios reconoció que esta gente había hecho un uso apropiado de su riqueza, y se la concedió como posesión perpetua.
Si Eliyahu no podía aliviar la pobreza de los piadosos, al menos procuraba infundirles esperanza y confianza. Rabí Akivá, el gran sabio, vivió en extrema pobreza antes de convertirse en el famoso Rabí. Su rico suegro no quería saber nada de él ni de su mujer, porque la hija se había casado con Akivá contra la voluntad de su padre. En una amarga noche de invierno, Akivá no pudo ofrecer a su mujer, que había estado acostumbrada a los lujos que la riqueza puede comprar, nada más que paja como lecho para dormir, y trató de consolarla con expresiones de su amor por las privaciones que ella sufría. En ese momento Eliyahu apareció ante su choza y clamó en tono suplicante: «¡Oh, buena gente, dadme, os lo ruego, un pequeño haz de paja! Mi mujer ha dado a luz un hijo, y soy tan pobre que ni siquiera tengo paja bastante para hacerle un lecho». Ahora Akivá pudo consolar a su mujer con el hecho de que su propia miseria no era tan grande como podría haber sido, y así Eliyahu logró su fin: sostener el ánimo de los piadosos.
Bajo la forma de un árabe, apareció una vez ante un hombre muy pobre, cuya piedad igualaba a su pobreza. Le dio dos siclos. Estas dos monedas le trajeron tan buena fortuna que alcanzó grandes riquezas. Pero en su afán de amontonar tesoros mundanos, no tenía tiempo para obras de piedad y caridad. Eliyahu apareció de nuevo ante él y le quitó los dos siclos. En poco tiempo el hombre quedó tan pobre como antes. Una tercera vez Eliyahu vino a él. Lloraba amargamente y se lamentaba de su desgracia, y el profeta dijo: «Te haré rico una vez más, si me prometes bajo juramento que no dejarás que la riqueza arruine tu carácter». Lo prometió, se le devolvieron los dos siclos, recobró su riqueza, y la conservó para siempre, porque su piedad no se vio menguada por sus bienes.
La pobreza no era la única forma de aflicción que Eliyahu remediaba. Ejerció las funciones de médico con Rabí Shimí bar Ashí, que había tragado un reptil dañino. Eliyahu se le apareció como un jinete imponente y lo obligó a aplicar los remedios preventivos contra la enfermedad que cabía esperar en esas circunstancias.
También curó a Rabí Yehudá ha-Nasí de un prolongado dolor de muelas poniéndole la mano encima, y al mismo tiempo logró la reconciliación de Rabí Yudán con Rabí Jiyá, cuya forma había asumido. Rabí Yehudá rindió el mayor respeto a Rabí Jiyá después de descubrir que Eliyahu lo había considerado digno de tomar su apariencia.
En otra ocasión, Eliyahu restableció la armonía entre un marido y su mujer. La mujer había llegado a casa muy tarde en la tarde del viernes, por haberse dejado retener por el sermón que predicaba Rabí Meir. Su despótico marido juró que ella no entraría en la casa hasta que hubiera escupido en la mismísima cara del muy estimado Rabí. Entretanto Eliyahu fue a ver a Rabí Meir y le contó que una mujer piadosa había caído en un grave apuro por causa suya. Para ayudar a la pobre mujer, el Rabí recurrió a una treta. Anunció que buscaba a alguien que supiera echar hechizos, lo cual se hacía escupiendo en el ojo del afligido. Cuando divisó a la mujer que Eliyahu le había señalado, le pidió que probara su poder con él. Así ella pudo cumplir la exigencia de su marido sin faltar al respeto al Rabí; y por medio de Eliyahu se restauró la felicidad conyugal de una esposa inocente.
La versatilidad de Eliyahu se muestra en el siguiente suceso. Un hombre piadoso legó un jardín de especias a sus tres hijos. Se turnaban para guardarlo de los ladrones. La primera noche vigiló el jardín el hijo mayor. Eliyahu se le apareció y le preguntó: «Hijo mío, ¿qué prefieres tener: conocimiento de la Torá, o grandes riquezas, o una mujer hermosa?». Él eligió riqueza, grandes riquezas. En consecuencia, Eliyahu le dio una moneda, y se hizo rico. El segundo hijo, a quien Eliyahu se apareció la segunda noche, eligió el conocimiento de la Torá. Eliyahu le dio un libro, y «supo toda la Torá». El tercer hijo, la tercera noche, cuando Eliyahu le puso delante la misma elección que a sus hermanos, deseó una mujer hermosa. Eliyahu invitó a este tercer hermano a hacer un viaje con él. Su primera noche la pasaron en casa de un notorio malvado, que tenía una hija. Durante la noche Eliyahu oyó por casualidad que las gallinas y los gansos se decían unos a otros: «¡Qué pecado tan terrible ha debido de cometer este joven, para estar destinado a casarse con la hija de tan gran malvado!». Los dos viajeros siguieron su camino. La segunda noche se repitieron las experiencias de la primera. La tercera noche se alojaron con un hombre que tenía una hija muy bonita. Durante la noche Eliyahu oyó que las gallinas y los gansos se decían unos a otros: «¡Qué grandes deben de ser las virtudes de este joven, si tiene el privilegio de casarse con una mujer tan hermosa y piadosa!». Por la mañana, cuando Eliyahu se levantó, se hizo al punto casamentero; el joven se casó con la bonita doncella, y marido y mujer viajaron a casa llenos de alegría.
Si se hacía necesario, Eliyahu estaba dispuesto a prestar incluso los servicios de un sepulturero. Cuando Rabí Akivá murió en prisión, Eliyahu se dirigió al fiel discípulo del difunto, Rabí Yehoshúa, y los dos juntos fueron a la cárcel. No hubo quien les impidiera la entrada; un profundo sueño había caído por igual sobre los carceleros y los presos. Eliyahu y Rabí Yehoshúa se llevaron el cadáver, cargándolo Eliyahu sobre su hombro. Rabí Yehoshúa, asombrado, preguntó cómo él, un sacerdote, se atrevía a contaminarse con un cadáver. La respuesta fue: «¡Dios me libre! Los piadosos nunca pueden causar impureza». Toda la noche caminaron los dos con su carga. Al despuntar el día se hallaron cerca de Cesarea. Una cueva se abrió ante sus ojos, y dentro vieron una cama, una silla, una mesa y una lámpara. Depositaron el cadáver sobre la cama y salieron de la cueva, que se cerró tras ellos. Solo la luz de la lámpara, que se había encendido por sí sola después de que salieron, brillaba a través de las rendijas. Entonces Eliyahu dijo: «¡Salve, justos! ¡Salve a vosotros, que os consagráis al estudio de la ley! ¡Salve a vosotros, hombres temerosos de Dios, pues vuestros lugares están apartados, y conservados, y guardados en el Paraíso para el tiempo venidero! ¡Salve a ti, Rabí Akivá, que tu cuerpo sin vida halló alojamiento por una noche en un hermoso lugar!».
Censor y vengador
La bondad y la compasión no pintan por entero el carácter de Eliyahu. Siguió siendo el censor severo e inexorable a quien Ajav temía. El antiguo celo por lo verdadero y lo bueno nunca lo perdió; testigo de ello, una vez mató a un hombre porque no había realizado sus devociones con la debida reverencia.
Había dos hermanos, uno de ellos rico y avaro, el otro pobre y de buen corazón. Eliyahu, con la vestidura de un viejo mendigo, se acercó al rico y le pidió limosna. Rechazado por él, se volvió hacia el hermano pobre, que lo recibió con amabilidad y compartió con él su escasa cena. Al despedirse de él y de su esposa, igualmente hospitalaria, Eliyahu dijo: «¡Que Dios os recompense! Lo primero que emprendáis será bendecido, y no tendrá fin hasta que vosotros mismos gritéis “¡Basta!”». Al poco, el pobre hombre se puso a contar los pocos peniques que tenía, para convencerse de que bastaban para comprar pan para su próxima comida. Pero los pocos se hicieron muchos, y contó y contó, y aun así su número seguía aumentando. Contó un día entero, y la noche siguiente, hasta quedar exhausto y tener que gritar «¡Basta!». Y, en efecto, era bastante, pues se había convertido en un hombre muy rico. Su hermano no se asombró poco al ver el afortunado cambio en la situación de su pariente, y cuando oyó cómo había ocurrido, resolvió, si la oportunidad se presentaba de nuevo, mostrar su lado más amable al viejo mendigo del milagroso poder de bendecir. No tuvo que esperar mucho. Pocos días después vio pasar al anciano. Se apresuró a abordarlo y, excusándose por su falta de cortesía en su encuentro anterior, le rogó que entrara en su casa. Cuanto había en la despensa se puso delante de Eliyahu, que fingió comer de los manjares. Al partir, pronunció una bendición sobre sus anfitriones: «Que lo primero que hagáis no tenga fin, hasta que sea bastante». La señora de la casa entonces dijo a su marido: «Para que podamos contar oro sobre oro sin ser molestados, atendamos primero a nuestras más urgentes necesidades corporales». Así lo hicieron, y tuvieron que seguir haciéndolo hasta que la vida se les extinguió.
El extremo de su rigor lo mostró Eliyahu con los maestros de la ley. De ellos exigía más que la obediencia a la mera letra de un mandamiento. Por ejemplo, censuró con severidad a Rabí Yishmael ben Yosé porque estaba dispuesto a actuar como alguacil en la persecución de ladrones y criminales judíos. Aconsejó a Rabí Yishmael que siguiera el ejemplo de su padre y abandonara el país.
Su distanciamiento de su amigo Rabí Yehoshúa ben Leví es característico. Alguien a quien buscaban los agentes de la ley se refugió con Rabí Yehoshúa. Sus perseguidores fueron informados de su lugar de ocultamiento. Amenazando con pasar a espada a todos los habitantes de la ciudad si no se lo entregaban, exigieron su rendición. El Rabí instó al fugitivo de la justicia a que se resignara a su suerte. Mejor que muera un solo individuo, dijo, que exponer al peligro a toda una comunidad. El fugitivo cedió al argumento del Rabí y se entregó a los alguaciles. Después de esto, Eliyahu, que había tenido la costumbre de visitar a Rabí Yehoshúa con frecuencia, se mantuvo alejado de su casa, y solo se le indujo a volver mediante los largos ayunos y las fervientes oraciones del Rabí. En respuesta a la pregunta del Rabí de por qué lo había rehuido, dijo: «¿Acaso supones que me agrada tener trato con delatores?». El Rabí citó un pasaje de la Mishná para justificar su conducta, pero Eliyahu quedó sin convencerse. «¿Consideras esto una ley para un hombre piadoso? —dijo—. Otros podrían haber obrado bien haciendo lo que tú hiciste; tú debiste haber obrado de otro modo».
Se conocen varios casos que muestran qué elevado criterio fijaba Eliyahu para quienes quisieran ser considerados dignos de su trato. De dos hermanos piadosos, uno proveía a sus siervos como a su propia mesa, mientras que el otro permitía a sus siervos comer en abundancia solo del primer plato; de los demás platos no podían tener más que las sobras. En consecuencia, con el segundo hermano Eliyahu no quería tener nada que ver, mientras que a menudo honraba al primero con sus visitas.
Una actitud semejante mantuvo Eliyahu hacia otra pareja de hermanos piadosos. Uno de ellos tenía la costumbre de proveer a sus siervos después de satisfacer sus propias necesidades, mientras que el otro atendía primero las necesidades de sus siervos. A este último fue a quien Eliyahu dio la preferencia.
Disolvió una amistad de muchos años porque su amigo construyó un vestíbulo hecho de tal modo que las súplicas de los pobres apenas podían oírse desde dentro de la casa.
Rabí Yehoshúa ben Leví incurrió en el disgusto de Eliyahu por segunda vez, porque un hombre fue despedazado por un león en las cercanías de su casa. En cierta medida Eliyahu responsabilizó al Rabí, porque no había orado para prevenir tales desgracias.
La historia que se cuenta de Eliyahu y Rabí Anán constituye la ilustración más notable de la severidad del profeta. Alguien trajo a Rabí Anán un plato de pececillos como regalo, y al mismo tiempo le pidió al Rabí que actuara como juez en un pleito que le interesaba. En estas circunstancias, Anán se negó a aceptar un regalo del litigante. Para demostrar su rectitud de intención, el solicitante instó al Rabí a que tomara los peces y asignara el caso a otro juez. Anán accedió, y pidió a uno de sus colegas que actuara por él, porque estaba incapacitado para servir de juez. Su colega dedujo que el litigante que le habían presentado era un pariente de Rabí Anán, y en consecuencia se mostró particularmente complaciente con él. Como resultado, la otra parte del pleito se sintió intimidada. No presentó su caso de forma tan convincente como podría haberlo hecho de otro modo, y así perdió el pleito. Eliyahu, que había sido amigo de Anán y también su maestro, desde entonces rehuyó su presencia, porque consideraba que el daño causado a la segunda parte del pleito se debía al descuido de Anán. Anán, en su angustia, guardó muchos ayunos y elevó muchas oraciones antes de que Eliyahu volviera a él. Aun entonces el Rabí no pudo soportar su vista; hubo de contentarse con escuchar las palabras de Eliyahu sin mirar su rostro.
A veces Eliyahu consideraba su deber forzar a la gente a abandonar un mal hábito. Un hombre rico iba una vez a una feria de ganado, y llevaba una buena suma de dinero para comprar bueyes. Se le acercó un desconocido —nada menos que Eliyahu— que le preguntó el propósito de su viaje. «Voy a comprar ganado», respondió el aspirante a comprador. «Di: “si Dios quiere”», le instó Eliyahu. «¡Tonterías! Compraré ganado quiera Dios o no. Llevo el dinero conmigo, y el negocio se hará». «Pero no con buena fortuna», dijo el desconocido, y se marchó. Llegado al mercado, el comprador de ganado descubrió la pérdida de su bolsa, y tuvo que volver a casa para proveerse de otro dinero. De nuevo emprendió su viaje, pero esta vez tomó otro camino para evitar al desconocido de mal agüero. Para su asombro, se encontró con un anciano con quien tuvo exactamente la misma aventura que con el primer desconocido. De nuevo tuvo que volver a casa a buscar dinero. A estas alturas ya había aprendido la lección. Cuando un tercer desconocido le preguntó por el objeto de su viaje, respondió: «Si Dios quiere, tengo la intención de comprar bueyes». El desconocido le deseó éxito, y el deseo se cumplió. Para sorpresa del mercader, cuando le ofrecieron una yunta de hermosos bueyes, y su precio excedía la suma de dinero que llevaba encima, encontró las dos bolsas que había perdido en su primer y segundo viaje. Más tarde vendió esa misma yunta de bueyes al rey por un precio considerable, y se hizo muy rico.
Así como Eliyahu obligó a este mercader a la humildad ante Dios, del mismo modo hizo aprender una lección al gran tanaíta Eliézer, hijo de Rabí Shimón ben Yojái. Este Rabí necesitaba corrección a causa de su desmedida vanidad. Una vez, al volver de la academia, dio un paseo por la playa, henchido el pecho de orgullo al pensar en sus logros en la Torá. Se encontró con un hombre horriblemente feo, que lo saludó con estas palabras: «La paz sea contigo, Rabí». Eliézer, en lugar de corresponder cortésmente al saludo, dijo: «¡Oh, criatura! ¡Qué feo eres! ¿Es posible que todos los habitantes de tu ciudad sean tan feos como tú?». «No lo sé —fue la respuesta—, pero es al Maestro Artífice que me creó a quien deberías haber dicho: “¡Qué feo es este vaso que has modelado!”». El Rabí comprendió el mal que había cometido, y humildemente pidió perdón al hombre feo —otra de las formas cambiantes que adoptó Eliyahu—. Este siguió remitiéndolo al Maestro Artífice del vaso feo. Los habitantes de la ciudad, que se habían apresurado a honrar al gran Rabí, instaron con vehemencia al hombre ofendido a que concediera el perdón, y finalmente se declaró apaciguado, con tal de que el Rabí prometiera no volver nunca a cometer el mismo mal.
El rigor que Eliyahu practicaba con sus amigos llevó a uno de ellos, el tana Rabí Yosí, a acusarlo de ser apasionado e iracundo. A raíz de ello, Eliyahu no quiso tener trato con él durante mucho tiempo. Cuando reapareció y confesó el motivo de su alejamiento, Rabí Yosí dijo que se sentía justificado, pues su reproche no podía haber recibido confirmación más rotunda.
El trato con los sabios
Las relaciones puramente humanas de Eliyahu con el mundo se revelaron en plenitud no en sus obras de caridad ni en su rigor censor, sino más bien en su trato afable y erudito con los grandes de Israel —en especial con los doctos Rabíes de la época talmúdica—. Es a la vez su discípulo y su maestro. A uno acude en busca de instrucción sobre puntos difíciles; a otro él mismo se la imparte. Como es natural, su conocimiento íntimo del mundo sobrenatural hace que aparezca con más frecuencia en el papel de quien da que en el de quien recibe. Más de un fragmento de saber secreto aprendieron de Eliyahu los maestros judíos, y fue él quien, con la rapidez del rayo, llevaba las enseñanzas de un Rabí a otro que moraba a cientos de leguas de distancia.
Así fue Eliyahu quien enseñó a Rabí Yosí el sentido profundo escondido en el pasaje de la Escritura donde se designa a la mujer como la ayuda idónea del hombre. Con ejemplos le demostró al Rabí cuán indispensable es la mujer para el hombre.
Rabí Nehorai se benefició de su explicación de por qué Dios creó insectos inútiles, e incluso nocivos. La razón de su existencia es que la vista de criaturas superfluas y dañinas impide a Dios destruir Su mundo en las ocasiones en que, a causa de la maldad y la iniquidad que en él reinan, se arrepiente de haberlo creado. Si Él conserva criaturas que en el mejor de los casos son inútiles y en el peor perjudiciales, cuánto más habrá de conservar a los seres humanos, con todas sus potencialidades para el bien.
Al mismo Rabí Nehorai le dijo Eliyahu que Dios envía terremotos y otros fenómenos destructivos cuando ve prósperos y florecientes los lugares de diversión, mientras el Templo yace convertido en montón de polvo y ceniza.
A Rabí Yehudá le transmitió estas tres máximas: no dejes que la ira te domine, y no caerás en el pecado; no dejes que la bebida te domine, y te ahorrarás el dolor; antes de emprender un viaje, toma consejo de tu Creador.
Cuando había diferencia de opinión entre los sabios, solía preguntarse a Eliyahu cómo se interpretaba el punto discutido en la academia celestial. Una vez, no estando los sabios de acuerdo sobre las intenciones de Ester al invitar a Hamán a sus banquetes con el rey, Eliyahu, a quien Rabá bar Abahú pidió que le revelara su verdadero propósito, dijo que cada uno y todos los motivos que los distintos sabios le atribuían eran ciertos, pues sus invitaciones a Hamán tenían más de un fin.
Una respuesta semejante dio al amorá Evyatar, que disputaba con sus colegas sobre por qué el efraimita que provocó la guerra contra la tribu de Binyamín primero repudió a su concubina y luego se reconcilió con ella. Eliyahu informó a Rabí Evyatar de que en el cielo la cruel conducta del efraimita se explicaba de dos maneras: según la interpretación de Evyatar y también según la de su adversario Yonatán.
Acerca de la gran contienda entre Rabí Eliézer ben Hurkanós y el cuerpo entero de los sabios —en la que la mayoría sostuvo la validez de su opinión aunque una voz celestial declaró correcta la de Rabí Eliézer—, Eliyahu contó a Rabí Natán que Dios, en Su cielo, había exclamado: «¡Mis hijos han prevalecido sobre Mí!».
En una ocasión le fue mal a Eliyahu por haber revelado a sus sabios los sucesos celestiales. Asistía a diario a la academia de Rabí Yehudá ha-Nasí. Cierto día —era Rosh Jódesh— llegó tarde. La razón de su tardanza, dijo, era que su deber cotidiano consistía en despertar a los tres Patriarcas, lavarles las manos para que pudieran ofrecer sus plegarias y, tras sus devociones, conducirlos de regreso a sus lugares de reposo. Ese día sus oraciones se prolongaron mucho, pues se habían añadido con el rezo de Musaf a causa de la celebración de Rosh Jódesh, y por eso no compareció a tiempo en la academia. Eliyahu no terminó ahí su relato, sino que siguió contándole al Rabí que aquella tarea suya resultaba más bien fatigosa, pues a los tres Patriarcas no se les permitía ofrecer sus plegarias al mismo tiempo. Avraham oraba primero, luego venía Yitsjak y por último Yaakov. Si todos oraran juntos, las súplicas unidas de tres dechados de piedad tales serían tan eficaces que forzarían a Dios a cumplirlas, y Él se vería inducido a traer al Mesías antes de tiempo. Entonces Rabí Yehudá quiso saber si había entre los piadosos de la tierra alguno cuya plegaria poseyera igual eficacia. Eliyahu admitió que ese mismo poder residía en las plegarias de Rabí Jiyá y sus dos hijos. Rabí Yehudá no perdió tiempo en proclamar un día de oración y ayuno, y en convocar a Rabí Jiyá y a sus hijos para que oficiaran como guías en la plegaria. Comenzaron a recitar las Dieciocho Bendiciones. Al pronunciar la palabra referida al viento, se levantó una tormenta; cuando continuaron y suplicaron por la lluvia, la lluvia descendió al instante. Pero al acercarse los oficiantes al pasaje sobre la resurrección de los muertos, se produjo gran conmoción en el cielo, y cuando se supo que Eliyahu había revelado el secreto del maravilloso poder que residía en las plegarias de aquellos tres hombres, fue castigado con golpes de fuego. Para frustrar el propósito de Rabí Yehudá, Eliyahu tomó la forma de un oso y puso en fuga a la congregación que oraba.
A la inversa, Eliyahu también solía referir en las regiones celestiales los sucesos terrenales. Contó a Raba bar Shilá que la razón por la que a Rabí Meir nunca se le citaba en la academia de lo alto era que había tenido un maestro tan malvado como Elishá ben Abuyá. Raba explicó la conducta de Rabí Meir con una parábola. «Rabí Meir —dijo— encontró una granada; disfrutó del corazón del fruto y desechó la cáscara.» Eliyahu quedó persuadido de lo justo de esta defensa, y con él todas las potencias celestiales. Desde entonces, una de las interpretaciones de Rabí Meir fue citada en la academia celestial.
Eliyahu no se interesaba menos por las personas de los sabios que por sus enseñanzas, sobre todo cuando había que proporcionar a los estudiosos los medios de consagrarse a sus estudios. Fue él quien, cuando Rabí Eliézer ben Hurkanós —más tarde una gran celebridad— resolvió dedicarse a la ley, le aconsejó dirigirse a Yerushaláyim y sentarse a los pies de Rabán Yojanán ben Zakai.
Se encontró una vez con un hombre que se burlaba de sus exhortaciones al estudio, y que decía que, en el gran día del juicio, se disculparía por haber descuidado los afanes del intelecto alegando que no le habían sido concedidas ni inteligencia ni sabiduría. Eliyahu le preguntó cuál era su oficio. «Soy pescador», fue la respuesta. «Bien, hijo mío —le preguntó Eliyahu—, ¿quién te enseñó a tomar el lino, hacer redes y echarlas al mar para pescar?» Él respondió: «Para esto el cielo me dio inteligencia y discernimiento.» A lo cual Eliyahu: «Si posees inteligencia y discernimiento para echar redes y pescar, ¿por qué habrían de abandonarte esas cualidades cuando te ocupas de la Torá, que, como sabes, está muy cerca del hombre para que la cumpla?» El pescador se conmovió y rompió a llorar. Eliyahu lo tranquilizó diciéndole que lo que había dicho valía para muchos otros además de él.
De otro modo transmitió Eliyahu la lección del gran valor que reside en la entrega al estudio de la Torá. Disfrazado de Rabí, se le acercó un hombre que le prometía librarlo de toda preocupación material con tal de que se quedara a vivir con él. Negándose a abandonar Yavne, centro de la erudición judía, dijo al tentador: «Aunque me ofrecieras mil millones de denarios de oro, no dejaría la morada de la ley para habitar en un lugar en el que no hay Torá.»
Por Torá, claro está, se entiende la ley tal como la conciben e interpretan los sabios y los estudiosos, pues Eliyahu ponía particular empeño en afianzar la autoridad de la ley oral, así como se afanaba en demostrar la verdad de las promesas de la Escritura que a primera vista parecían increíbles. Por ejemplo, cumplió una vez el deseo de Rabí Yehoshúa ben Leví de ver las piedras preciosas que en los tiempos mesiánicos ocuparán el lugar del sol para iluminar Yerushaláyim. Un barco en medio del océano estaba a punto de naufragar. Entre un gran número de pasajeros gentiles había un solo joven judío. A él se le apareció Eliyahu y le dijo que salvaría la nave a condición de que el muchacho fuera a ver a Rabí Yehoshúa ben Leví, lo llevara a cierto lugar apartado de la ciudad y de toda habitación humana, y le mostrara las gemas. El muchacho dudaba de que un hombre tan grande consintiera en seguir a un simple mozalbete hasta un paraje remoto, pero, tranquilizado por Eliyahu —que le habló de la extraordinaria modestia de Rabí Yehoshúa—, aceptó el encargo, y la nave con su carga humana se salvó. El muchacho fue al Rabí, le rogó que lo acompañara adonde él lo guiara, y Yehoshúa, que en efecto poseía gran modestia, siguió al muchacho tres millas sin siquiera preguntar el propósito de la expedición. Cuando por fin llegaron a la cueva, el muchacho dijo: «¡Mira, aquí están las piedras preciosas!» El Rabí las asió, y un torrente de luz se extendió hasta Lod, la residencia de Rabí Yehoshúa. Sobresaltado, arrojó las piedras preciosas lejos de sí, y desaparecieron.
Este Rabí era un favorito especial de Eliyahu, que hasta le consiguió una entrevista con el Mesías. El Rabí halló al Mesías entre la muchedumbre de pobres afligidos reunidos junto a las puertas de la ciudad de Roma, y lo saludó con estas palabras: «¡La paz sea contigo, maestro y guía mío!» A lo cual el Mesías respondió: «¡La paz sea contigo, hijo de Leví!» El Rabí le preguntó entonces cuándo aparecería, y el Mesías dijo: «Hoy.» Más tarde Eliyahu explicó al Rabí que lo que el Mesías quería decir con «hoy» era que, por su parte, estaba dispuesto a traer a Israel la redención en cualquier momento. Con que Israel se mostrara digno, cumpliría al instante su misión.
Eliyahu quiso también poner a Rabí Yehoshúa en comunicación con el difunto Rabí Shimón ben Yojái, pero este no lo consideró de importancia suficiente para honrarlo con su conversación. Rabí Shimón le había dirigido una pregunta, y Rabí Yehoshúa, en su modestia, había dado una respuesta poco a propósito para inspirar una alta opinión de sí mismo. En realidad Rabí Yehoshúa poseía cualidades tan excelentes que, cuando entró en el Paraíso, Eliyahu caminó delante de él pregonando: «¡Abrid paso al hijo de Leví!»
La justicia de Dios vindicada
Entre las muchas y variadas enseñanzas que Eliyahu impartía a sus amigos, ninguna hay tan importante como su teodicea, las enseñanzas que vindican la justicia de Dios en el gobierno de los asuntos terrenales. Aprovechaba más de una ocasión para demostrarla con el precepto y el ejemplo. Una vez concedió a su amigo Rabí Yehoshúa ben Leví el cumplimiento de cualquier deseo que expresara, y todo lo que el Rabí pidió fue que se le permitiera acompañar a Eliyahu en sus andanzas por el mundo. Eliyahu estaba dispuesto a satisfacer este deseo. Solo le impuso una condición: que, por extrañas que le parecieran al Rabí las acciones de Eliyahu, no le pidiera explicación alguna. Si alguna vez preguntaba por qué, tendrían que separarse. Así, Eliyahu y el Rabí partieron juntos, y anduvieron hasta llegar a la casa de un hombre pobre cuya única posesión terrenal era una vaca. El hombre y su mujer eran gentes de muy buen corazón, y recibieron a los dos caminantes con cordial acogida. Invitaron a los forasteros a su casa, les pusieron delante lo mejor que tenían de comer y de beber, y les prepararon un lecho cómodo para la noche. Cuando, al día siguiente, Eliyahu y el Rabí se disponían a proseguir su viaje, Eliyahu oró para que la vaca de su anfitrión muriera. Antes de que salieran de la casa, el animal había expirado. Rabí Yehoshúa quedó tan consternado por la desgracia que había caído sobre aquella buena gente que casi perdió el sentido. Pensó: «¿Es esta la recompensa del pobre por todos sus bondadosos servicios?» Y no pudo contenerse de plantearle la pregunta a Eliyahu. Pero Eliyahu le recordó la condición impuesta y aceptada al comienzo del viaje, y siguieron adelante, con la curiosidad del Rabí sin saciar. Aquella noche llegaron a la casa de un hombre rico, que no tuvo con sus huéspedes la cortesía de mirarles a la cara. Aunque pasaron la noche bajo su techo, no les ofreció ni comida ni bebida. Este rico deseaba que le reparasen un muro que se había derrumbado. No tuvo necesidad de dar paso alguno para hacerlo reconstruir, pues, al salir Eliyahu de la casa, oró para que el muro se levantara por sí mismo, y —¡he aquí!— quedó en pie. Rabí Yehoshúa se asombró en gran manera, pero, fiel a su promesa, reprimió la pregunta que le subía a los labios. Así siguieron viaje de nuevo, hasta que llegaron a una sinagoga ornamentada, cuyos asientos eran de plata y oro. Pero los fieles no correspondían en carácter a la magnificencia del edificio, pues, llegado el momento de atender las necesidades de los peregrinos rendidos por el camino, uno de los presentes dijo: «No falta agua ni pan, y los viajeros forasteros pueden quedarse en la sinagoga, adonde se les puede llevar este refrigerio.» Muy de mañana al día siguiente, al partir, Eliyahu deseó a los presentes en la sinagoga donde se habían alojado que Dios los elevara a todos a ser «cabezas». De nuevo Rabí Yehoshúa hubo de ejercer gran dominio de sí mismo y no poner en palabras la pregunta que hondamente lo turbaba. En el pueblo siguiente fueron recibidos con gran afabilidad y servidos en abundancia con todo lo que sus cuerpos fatigados ansiaban. A estos bondadosos anfitriones, al marcharse, Eliyahu les otorgó el deseo de que Dios les diera una sola cabeza. Ya el Rabí no pudo contenerse por más tiempo, y exigió una explicación de las caprichosas acciones de Eliyahu. Eliyahu consintió en aclarar su conducta a Yehoshúa antes de separarse el uno del otro. Habló así: «La vaca del pobre fue muerta porque yo sabía que ese mismo día se había decretado en el cielo la muerte de su mujer, y oré a Dios para que aceptara la pérdida del bien del pobre en sustitución de la mujer del pobre. En cuanto al rico, había un tesoro escondido bajo el muro derruido, y, si lo hubiera reconstruido, habría hallado el oro; por eso levanté el muro milagrosamente, para privar al avaro del valioso hallazgo. Deseé que la gente inhospitalaria reunida en la sinagoga tuviera muchas cabezas, porque un lugar de numerosos jefes está destinado a arruinarse por la multiplicidad de pareceres y disputas. A los habitantes de nuestro último lugar de descanso, en cambio, les deseé una sola cabeza, pues donde uno solo guía a la población, el éxito acompañará todas sus empresas. Sabe, pues, que si ves prosperar a un malhechor, no siempre es para su ventaja, y si un justo padece necesidad y aflicción, no pienses que Dios es injusto.» Tras estas palabras, Eliyahu y Rabí Yehoshúa se separaron, y cada uno siguió su camino.
Cuán difícil es formarse un juicio verdadero sin más guía que las apariencias externas, se lo probó Eliyahu a Rabí Beroká. Caminaban una vez por una calle concurrida, y el Rabí pidió a Eliyahu que le señalara a alguno entre la multitud destinado a ocupar un puesto en el Paraíso. Eliyahu respondió que no había ninguno, para contradecirse al minuto siguiente y señalar a un transeúnte. Su aspecto era tal que en él, menos que en cualquier otro, habría sospechado el Rabí a un hombre piadoso. Su atuendo ni siquiera indicaba que fuera judío. Más tarde Rabí Beroká descubrió, interrogándolo, que era guardia de una cárcel. En el cumplimiento de sus deberes como tal ponía particular cuidado en que no se violara la virtud de la castidad en la prisión, en la que se retenía tanto a hombres como a mujeres. Además, su cargo lo ponía a menudo en relación con las autoridades gentiles, y así podía mantener a los judíos informados de la disposición que hacia ellos tenían los poderes vigentes. Aprendió así el Rabí que ninguna condición en la vida impide a quien la ocupa hacer el bien y obrar noblemente.
Otra vez señaló Eliyahu a dos hombres a quienes estaba asignado un gran porvenir en el Paraíso. ¡Y aquellos hombres no eran más que bufones! Se habían propuesto en la vida disipar el descontento y la tristeza con sus bromas y su alegre humor, y aprovechaban las ocasiones que les brindaba su oficio para componer las diferencias y las querellas que perturban la armonía de las gentes que viven en estrecho trato.
Eliyahu y el ángel de la muerte
Entre las muchas obras benévolas de Eliyahu, mención especial merece el rescate de aquellos condenados por un decreto celestial a caer en las garras del ángel de la muerte. Obraba estos rescates advirtiendo a las víctimas señaladas de su destino inminente y exhortándolas a hacer buenas obras, que serían protección contra la muerte.
Había una vez un hombre piadoso y rico, con una hija hermosa y santa. Había tenido la desgracia de perder tres maridos, uno tras otro, cada uno al día siguiente de la boda. Estas penas la determinaron a no entrar nunca más en el estado del matrimonio. Un primo suyo, sobrino de su padre, movido por la pobreza de sus padres, viajó desde su lejano hogar para pedir ayuda a su rico tío. Apenas había puesto los ojos en su encantadora prima cuando cayó víctima de sus encantos. En vano procuró su padre disuadir a su sobrino de casarse con su hija. Pero la suerte de sus predecesores no lo amedrentó, y la boda se celebró. Mientras estaba de pie bajo el palio nupcial, Eliyahu vino a él con la apariencia de un anciano y le dijo: «Hijo mío, quiero darte un consejo. Mientras estés sentado en el banquete de bodas, se te acercará un mendigo andrajoso y sucio, con el pelo como clavos. En cuanto lo veas, apresúrate a sentarlo a tu lado, ponle delante comida y bebida, y prepárate a concederle cuanto te pida. Haz lo que te digo, y estarás protegido contra todo mal. Ahora te dejo y sigo mi camino.» En el festín de bodas apareció un forastero tal como Eliyahu lo había descrito, y el novio obró conforme al consejo de Eliyahu. Pasada la boda, el forastero reveló su identidad, presentándose como el mensajero de HaShem enviado a tomar la vida del joven marido. Las súplicas del novio no lograron moverlo; se negó a conceder ni un solo día de prórroga. Todo lo que cedió fue permitir al joven marido despedirse de su recién desposada. Cuando la novia vio que lo que había temido se cumplía, acudió al ángel de la muerte y discutió con él: «La Torá exime expresamente al recién casado de todos los deberes durante un año entero. Si privas a mi marido de la vida, desmentirás a la Torá.» Entonces Dios ordenó al ángel de la muerte que desistiera, y, cuando los parientes de la novia vinieron a preparar la sepultura del novio, lo hallaron sano y sin daño.
Algo semejante le sucedió al hijo del gran y sumamente piadoso sabio Rabí Reuvén. A él vino el ángel de la muerte y le anunció que su único hijo habría de morir. El piadoso se resignó: «Nada podemos los mortales para oponernos a un decreto divino —dijo—, pero te ruego que le des treinta días de prórroga, para que pueda verlo casado.» El ángel de la muerte accedió. El Rabí no contó a nadie este encuentro, esperó a que el plazo señalado tocara a su fin y, el último día, el trigésimo, dispuso el festín de bodas de su hijo. Ese día, el futuro novio se encontró con Eliyahu, que le habló de su muerte cercana. Digno hijo de su padre, dijo: «¿Quién puede oponerse a Dios? ¿Y soy yo mejor que Avraham, Yitsjak y Yaakov? También ellos tuvieron que morir.» Eliyahu le dijo además que el ángel de la muerte se le aparecería con la apariencia de un mendigo andrajoso y sucio, y le aconsejó recibirlo del modo más bondadoso posible, y en particular insistir en que tomara de él comida y bebida. Todo sucedió tal como Eliyahu lo había predicho, y su consejo, también, resultó eficaz, pues el corazón del ángel de la muerte —que al fin reveló ser el mendigo— se ablandó ante las súplicas del padre, unidas a las lágrimas de la joven esposa, que recurrió al argumento antes citado del año de exención del deber concedido al recién casado. El ángel de la muerte, desarmado por el amable trato que se le dio, fue él mismo ante el trono de Dios y presentó la petición de la joven esposa. El desenlace fue que Dios añadió setenta años a la vida del hijo de Rabí Reuvén.
Maestro de la Cábala
Los frecuentes encuentros entre Eliyahu y los maestros de la ley de la época talmúdica estaban revestidos de un interés meramente personal. Sobre el desarrollo de la Torá no tuvieron influencia alguna. Su relación con la ciencia mística era de índole muy distinta. Puede afirmarse sin temor que lo que Moshé fue para la Torá, Eliyahu lo fue para la Cábala.
Su relación más temprana con ella se estableció por medio de Rabí Shimón ben Yojái y su hijo Rabí Eliézer. Durante trece años los visitó dos veces al día en su escondite subterráneo, y les impartió los secretos de la Torá. Mil años después, Eliyahu dio de nuevo el impulso al desarrollo de la Cábala, pues fue él quien reveló misterios, primero al nazareo Rabí Yaakov, y luego al discípulo de este, Avraham ben David. Los misterios de los libros «Peliá» y «Kaná» el autor Elkaná se los debió por entero a Eliyahu. Se le había aparecido en forma de un venerable anciano y le había comunicado el saber secreto que se enseña en la academia celestial. Además, lo condujo a una roca de fuego en la que estaban grabados caracteres misteriosos, que Elkaná descifró.
Cuando su discípulo quedó así plenamente impregnado de enseñanzas místicas, Eliyahu lo llevó al sepulcro de los Patriarcas, y de allí a la academia celestial. Pero los ángeles, poco complacidos por la intrusión de uno «nacido de mujer», le infundieron tal terror que rogó a Eliyahu que lo devolviera a la tierra. Su mentor apaciguó sus temores, y por largo tiempo siguió instruyéndolo en la ciencia mística, según el sistema que su discípulo ha consignado en sus dos obras.
Los cabalistas en general poseían el poder de citar a Eliyahu, de conjurarlo mediante ciertas fórmulas. Uno de ellos, Rabí Yosef della Reyna, invocó una vez a Eliyahu de este modo, pero ello resultó su propia perdición. Era un sabio santo, y había concebido nada menos que el propósito de traer la redención del hombre mediante la derrota del ángel Samael, el Príncipe del Mal. Tras muchas plegarias y vigilias, y un largo entregarse al ayuno y a otras prácticas ascéticas, Rabí Yosef se unió con sus cinco discípulos con el fin de conjurar a Eliyahu. Cuando el profeta, obedeciendo a la convocatoria, se plantó de pronto ante él, Rabí Yosef habló así: «¡La paz sea contigo, maestro nuestro! Profeta verdadero, portador de la salvación, no te disgustes conmigo por haberte molestado en venir aquí. Dios sabe que no lo he hecho por mí, ni por mi propia honra. Estoy celoso por el nombre y la honra de Dios, y sé que tu deseo es el mismo que el mío, pues es tu vocación hacer que la gloria de Dios prevalezca en la tierra. Te ruego, por tanto, que concedas mi petición: dime con qué medios puedo vencer al Satán.» Eliyahu al principio se esforzó por disuadir al Rabí de su empresa. Le describió el gran poder del Satán, que crece sin cesar al alimentarse de los pecados de la humanidad. Pero no hubo modo de hacer desistir a Rabí Yosef. Eliyahu enumeró entonces las medidas y tácticas que debería observar en su combate con el ángel caído. Enumeró las obras piadosas y santas que ganarían el interés del arcángel Sandalfón para su empresa, y de este ángel aprendería el método de guerra que había de seguir. El Rabí cumplió cuidadosamente las instrucciones de Eliyahu, y logró convocar a Sandalfón en su ayuda. Si hubiera continuado obedeciendo las instrucciones al pie de la letra, y hubiera llevado a cabo cuanto Sandalfón le aconsejó, el Rabí habría triunfado sobre el Satán y apresurado la redención del mundo. Por desgracia, en un punto el Rabí cometió una indiscreción, y perdió las grandes ventajas que había obtenido sobre el Satán, quien usó su poder recobrado para llevar la ruina sobre él y sus discípulos.
La transformación radical en el carácter de la enseñanza cabalística que va ligada al nombre de Rabí Yitsjak Luria es también prueba de la actividad de Eliyahu. Eliyahu buscó a este «padre del renacimiento cabalístico» y le reveló los misterios del universo. En efecto, había mostrado su interés por él mucho antes de que nadie sospechara la futura grandeza de Rabí Yitsjak. Inmediatamente después de su nacimiento, Eliyahu se apareció al padre del niño y le encomendó no realizar el rito de la circuncisión hasta que Eliyahu le indicara proceder. Llegó el octavo día de vida del niño, toda la congregación se reunió en la sinagoga para presenciar la solemne ceremonia, pero, ante el gran asombro de sus paisanos, el padre la demoró. La gente, naturalmente, no sabía que esperaba a que Eliyahu apareciera, y una y otra vez lo instaron a que se celebrara la ceremonia. Pero él no permitió que la impaciencia de los reunidos lo apartara de su propósito. De pronto, Eliyahu, invisible por supuesto para los demás, se le apareció y le mandó que se realizara la ceremonia. Los presentes tenían la impresión de que era el padre quien sostenía al niño sobre sus rodillas durante la circuncisión; en realidad, sin embargo, era Eliyahu. Concluido el rito, Eliyahu devolvió al niño al padre con estas palabras: «Aquí tienes a tu hijo. Cuídalo bien, porque esparcirá una luz brillante sobre el mundo.»
Fue también Eliyahu quien de modo semejante informó a Rabí Eliézer, padre de Rabí Israel Baal Shem Tov —aquel cuyo nombre no tiene rival en los anales de la Cábala jasídica—, de que le nacería un hijo que iluminaría los ojos de Israel. Este Rabí Eliézer tenía justa fama de ser muy hospitalario. Acostumbraba apostar guardias a las entradas de la aldea en que vivía, y estos tenían el encargo de llevar a su casa a todos los forasteros. En el cielo se dispuso que los instintos hospitalarios de Rabí Eliézer fueran puestos a prueba. Eliyahu fue elegido para el experimento. Una tarde de Shabat, ataviado con el atuendo de un mendigo, entró en la aldea con zurrón y bastón. Rabí Eliézer, sin reparar en que el mendigo profanaba el Shabat, lo recibió con bondad, atendió a sus necesidades corporales y, a la mañana siguiente, al despedirse de él, le dio además algo de dinero. Conmovido por su buen corazón, Eliyahu reveló su identidad y el propósito de su disfraz, y le dijo que, por haber soportado tan bien la prueba, sería recompensado con el nacimiento de un hijo que «iluminaría los ojos de Israel».
Precursor del Mesías
Por múltiple que sea la participación de Eliyahu en el curso de los sucesos históricos, no puede compararse con lo que se espera de él en los días del Mesías. Se le confía la misión de ordenar rectamente el tiempo venidero y restaurar las tribus de Yaakov. Su actividad mesiánica ha de ser, pues, doble: será el precursor del Mesías, y a la vez él mismo realizará en parte el prometido plan de salvación. Su primera tarea será inducir a Israel a la teshuvá cuando el Mesías esté por venir, y establecer la paz y la armonía en el mundo. Por eso habrá de resolver todas las dificultades legales, y solucionar todos los problemas legales, que se han acumulado desde tiempos inmemoriales, y decidir cuestiones espinosas de ritual sobre las que los autores sostienen pareceres contradictorios. En suma, toda diferencia de opinión ha de apartarse del camino del Mesías. Este oficio de expositor de la ley seguirá ocupándolo Eliyahu aun después de que el reino de paz se haya establecido en la tierra, y su relación con Moshé será la misma que Aharón mantuvo antaño.
La obra preparatoria de Eliyahu comenzará tres días antes de la venida del Mesías. Entonces aparecerá en la Tierra de Israel, y entonará un lamento por la devastación de la Tierra Santa, y su gemido se oirá por todo el mundo. Las últimas palabras de su elegía serán: «¡Ahora la paz vendrá sobre la tierra!» Cuando los malhechores oigan este mensaje, se alegrarán. Al segundo día aparecerá de nuevo y proclamará: «¡El bien vendrá sobre la tierra!» Y al tercero se oirá su promesa: «La salvación vendrá sobre la tierra.» Entonces Mijael tocará la trompeta, y una vez más Eliyahu hará su aparición, esta vez para presentar al Mesías. Para asegurarse de la identidad del Mesías, los judíos exigirán que realice ante sus ojos el milagro de la resurrección, devolviendo a la vida a aquellos muertos que hubieran conocido personalmente. Pero el Mesías hará las siete maravillas siguientes: hará vivir a Moshé y a la generación del desierto; a Kóraj y a su banda los levantará de dentro de la tierra; resucitará al Mesías efraimita, que fue muerto; mostrará los tres santos utensilios del Templo —el Arca, la vasija del maná y el frasco del aceite sagrado—, los tres desaparecidos misteriosamente; blandirá el cetro que Dios le dio; triturará las montañas de la Tierra Santa hasta reducirlas a polvo como paja, y revelará el secreto de la redención. Entonces los judíos creerán que Eliyahu es el Eliyahu prometido, y que el Mesías presentado por él es el Mesías verdadero.
El Mesías hará que Eliyahu toque la trompeta, y, al primer sonido, la luz primordial, que brilló antes de la semana de la Creación, reaparecerá; al segundo sonido los muertos se levantarán, y con la rapidez del viento se congregarán en torno al Mesías desde todos los confines de la tierra; al tercer sonido, la Shejiná se hará visible para todos; las montañas serán arrasadas al cuarto sonido, y el Templo se alzará en perfección completa tal como Yejezkel lo describió.
Durante el reino de paz, Eliyahu será uno de los ocho príncipes que formarán el consejo del Mesías. Ni siquiera la llegada del gran día del juicio pondrá fin a su actividad. Ese día, los hijos de los malvados que hubieron de morir en la infancia a causa de los pecados de sus padres se hallarán entre los justos, mientras que sus padres serán colocados al otro lado. Los pequeños implorarán a sus padres que vengan a ellos, pero Dios no lo permitirá. Entonces Eliyahu irá hacia los pequeños y les enseñará cómo interceder en favor de sus padres. Se presentarán ante Dios y dirán: «¿No es acaso la medida del bien, la misericordia de Dios, mayor que la medida de los castigos? Si, pues, morimos por los pecados de nuestros padres, ¿no habría de concedérseles ahora, por amor a nosotros, el bien, y de permitírseles reunirse con nosotros en el Paraíso?» Dios dará su asentimiento a sus ruegos, y Eliyahu habrá cumplido la palabra del profeta Malají; habrá hecho volver los padres a los hijos.
El último acto de la brillante trayectoria de Eliyahu será la ejecución de la orden de Dios de dar muerte a Samael, y desterrar así el mal para siempre.