Capítulo sexto
Yehudá e Israel
La división del reino
La división del reino en Yehudá e Israel, que se produjo poco después de la muerte de Shlomo, había proyectado su sombra de antemano. Cuando Shlomo, al día siguiente de su boda con la princesa egipcia, trastornó el curso regular del servicio del Templo al quedarse dormido hasta tarde con la cabeza sobre la almohada bajo la cual estaba la llave del Templo, Yerovam se acercó al rey con ochenta mil efraimitas y lo llamó públicamente a rendir cuentas por su negligencia. Dios le hizo a Yerovam una reprensión: «¿Por qué reprochas a un príncipe de Israel? Por tu vida, que probarás su gobierno —y verás que no estás a la altura de sus responsabilidades».
En otra ocasión hubo un choque entre Yerovam y Shlomo. Este había ordenado a sus hombres cerrar las aberturas que David había hecho en la muralla de la ciudad para facilitar el paso de los peregrinos a Yerushaláyim. Ello los obligaba a todos a pasar por las puertas y pagar peaje. El impuesto así recaudado se lo daba Shlomo a su esposa, la hija del Paró, como dinero para sus gastos. Indignado por esto, Yerovam interpeló al rey en público. También de otras maneras dejó de rendir a Shlomo el respeto debido a su condición real —igual que su padre antes que él, Sheva hijo de Bijrí, se había rebelado contra David, engañado por señales y augurios que había interpretado falsamente como indicio de su propia elevación a la dignidad real, cuando en realidad concernían a su hijo.
Fue cuando Yerovam se disponía a partir de Yerushaláyim para siempre, a fin de escapar de los peligros a que lo exponía el disgusto de Shlomo, que Ajiyá de Shiló salió a su encuentro con la noticia divina de su elevación al trono. El profeta Ajiyá, de la tribu de Leví, era venerable no solo por su edad canosa —su nacimiento ocurrió al menos sesenta años antes del éxodo de Mitsraim— sino porque su piedad era tan profunda que un tsadik de la elevada talla de Shimón ben Yojái se asoció a Ajiyá consigo mismo. Shimón exclamó una vez: «Mis méritos y los de Ajiyá juntos bastan para expiar la iniquidad de todos los pecadores desde el tiempo de Avraham hasta la venida del Mesías».
Yerovam
Yerovam era el verdadero discípulo de este gran profeta. Su doctrina era tan pura como la vestidura nueva que Ajiyá llevaba cuando salió a su encuentro cerca de Yerushaláyim, y su saber superaba al de todos los sabios de su tiempo, salvo el de su propio maestro Ajiyá. El profeta acostumbraba discutir con Yerovam secretos y materias de la Torá cuya existencia era del todo desconocida para los demás.
Si Yerovam se hubiera mostrado digno de su alta posición, la duración de su reinado habría igualado a la de David. Fue su orgullo lo que lo llevó a la ruina. Erigió los becerros de oro como objetos de culto para el pueblo, a fin de apartarlos de su costumbre de peregrinar a Yerushaláyim. Sabía que en el Templo solo los miembros de la casa real de David tenían el privilegio de sentarse. No se haría excepción a favor de Yerovam, de modo que él tendría que permanecer de pie mientras Rejavam estaría sentado. Antes que aparecer en público como subordinado del rey de Yehudá, introdujo el culto a los ídolos, que le aseguraba plenas prerrogativas reales.
En la ejecución de su plan procedió con gran astucia, y su reputación de sabio profundo y de tsadik piadoso le fue de gran provecho. Este era su método: sentaba a un hombre impío junto a un hombre piadoso, y luego decía a cada pareja: «¿Pondréis vuestra firma a lo que yo me proponga hacer?». Los dos respondían afirmativamente. «¿Me queréis como rey?», preguntaba entonces, para recibir de nuevo una respuesta afirmativa. «¿Y haréis cuanto yo ordene?», proseguía. «Sí», era la respuesta. «Debo inferir, entonces, que rendiréis culto incluso a los ídolos si os lo mando», decía Yerovam. «¡Dios no lo quiera!», exclamaba el miembro piadoso de la pareja, tras lo cual su compañero impío, que estaba conchabado con el rey, se volvía contra él: «¿Puedes de veras suponer ni por un instante que un hombre como Yerovam serviría a los ídolos? Solo quiere poner a prueba nuestra lealtad». Mediante tales maquinaciones logró obtener las firmas de los más piadosos, hasta la firma del profeta Ajiyá. Ahora Yerovam tenía al pueblo en su poder. Podía exigirle los actos más viles.
Así afianzado, Yerovam llevó a cabo la división entre Yehudá e Israel —consumación que su padre, Sheva hijo de Bijrí, no había podido alcanzar bajo David, porque Dios quería que el Templo se erigiera antes de que ocurriera la escisión. No satisfecho aún, Yerovam buscó arrastrar a las Diez Tribus a una guerra contra Yehudá y Yerushaláyim. Pero el pueblo del reino del norte se negó a entrar en hostilidades con sus hermanos, y con el gobernante de sus hermanos, un descendiente de David. Yerovam apeló a los ancianos de los israelitas, y ellos lo remitieron a los danitas, los más eficaces de sus guerreros; pero estos juraron por la cabeza de Dan, el antepasado de su tribu, que nunca consentirían en derramar la sangre de sus hermanos. Estuvieron incluso a punto de alzarse contra Yerovam, y el choque entre ellos y los seguidores de Yerovam se evitó únicamente porque Dios movió a los danitas a abandonar la Tierra de Israel.
Su primer plan fue viajar a Mitsraim y tomar posesión de la tierra. Lo abandonaron cuando sus príncipes les recordaron la prohibición bíblica de morar en Mitsraim. Del mismo modo se abstuvieron de atacar a los edomitas, amonitas y moabitas, pues la Torá ordena tratarlos con consideración. Finalmente decidieron ir a Mitsraim, pero no para quedarse allí, sino solo para pasar de largo hacia Etiopía. Los egipcios sentían gran terror de los danitas, y sus guerreros más aguerridos ocupaban los caminos por donde ellos pasaban. Llegados a Etiopía, los danitas dieron muerte a una parte de la población y exigieron tributo al resto.
La partida de los danitas libró a Yehudá de la temida invasión de Yerovam, pero surgió peligro por otro lado. Shishak, el gobernante de Mitsraim, que era el suegro de Shlomo, vino a Yerushaláyim y reclamó la dote de su hija. Se llevó el trono de Shlomo, y también el tesoro que los israelitas habían tomado de los egipcios en tiempos del éxodo. Así el dinero egipcio volvió a su origen.
Los dos Aviyá
Yerovam no renunció del todo a su plan de una campaña contra Yehudá, pero no se ejecutó hasta que Aviyá hubo sucedido a su padre Rejavam en el trono de Yerushaláyim. El rey de Yehudá salió victorioso. Sin embargo, no pudo gozar por mucho tiempo de los frutos de su victoria. Poco después sobrevino su muerte, provocada por sus propios crímenes. En su guerra contra Yerovam se había entregado a una crueldad excesiva; ordenó que se mutilaran los cadáveres del enemigo y permitió que se les enterrara solo después de que hubiera comenzado la putrefacción. Semejante salvajismo era tanto más execrable cuanto que impidió a muchas viudas contraer segundas nupcias. Al mutilar los cadáveres se había hecho imposible identificarlos, y así quedó en duda si sus maridos estaban entre los muertos.
Además, Aviyá empleó un lenguaje de lo más irrespetuoso acerca del profeta Ajiyá el shilonita; lo llamó «hijo de Belial» en su discurso al pueblo sobre el monte Tsemaráyim. Eso por sí solo merecía severo castigo. Por último, su celo por el verdadero culto a Dios —que Aviyá había esgrimido como causa de la guerra entre él y Yerovam— se enfrió pronto. Cuando obtuvo posesión de Bet-El, no acabó con los becerros de oro.
En este aspecto, su tocayo, el rey israelita Aviyá, hijo de Yerovam, era con mucho su superior. Al retirar los guardias apostados en la frontera, desafió la orden de su padre, que había decretado la pena de muerte para las peregrinaciones a Yerushaláyim. Más aún, él mismo se atrevió a subir a Yerushaláyim en cumplimiento de su deber religioso.
Asá
Asá, hijo de Aviyá de Yehudá, fue un gobernante más digno y más piadoso de lo que su padre había sido. Acabó con el burdo culto a Príapo, al cual su madre era devota. Para recompensarlo por su piedad, Dios le dio la victoria sobre Zéraj, el rey de los etíopes. Como resultado de esta victoria volvió a entrar en posesión del trono de Shlomo y de los tesoros que Shishak había tomado de su abuelo, y que Zéraj a su vez había arrebatado a Shishak. Asá mismo no los conservó por mucho tiempo. Baashá, el rey de Israel, junto con Ben-Hadad, el rey arameo, atacaron a Asá, que trató de aplacar a Ben-Hadad dándole los tesoros que acababa de recobrar. El profeta con razón lo reprendió por confiar en príncipes antes que en Dios, y ello a pesar de que la ayuda divina se había hecho visible en sus conflictos con los etíopes y los lubim; pues no había habido necesidad de que trabara batalla con ellos: en respuesta a su mera plegaria, Dios había dado muerte al enemigo. En general, Asá mostraba poca confianza en Dios; se fiaba más bien de su propia habilidad. En consecuencia, hizo alistarse incluso a los sabios de su reino en el ejército enviado contra Baashá. Fue castigado con la aflicción de la gota —él, entre todos los hombres, que se distinguía por la fuerza que residía en sus pies. Además, la división entre Yehudá e Israel se hizo permanente, aunque Dios había pretendido al principio limitar a solo treinta y seis años la exclusión de la casa de David sobre Israel. Si Asá se hubiera mostrado digno, se le habría concedido el dominio sobre todo Israel. De hecho, Asá, por su alianza matrimonial con la casa de Omrí, contribuyó a la estabilidad de la dinastía israelita, pues gracias al apoyo prestado por el gobernante del sur, Omrí logró quitar de en medio a su rival Tivní. Fue entonces cuando Dios resolvió que los descendientes de Asá perecerían al mismo tiempo que los descendientes de Omrí. Este destino se cumplió cuando Yehú mató al rey de Yehudá a causa de su amistad y parentesco con Yoram, el rey de Shomrón.
Yehoshafat y Ajav
Los sucesores de Omrí y de Asá, cada uno a su manera, fueron dignos de sus padres. Yehoshafat, el hijo de Asá, era muy rico. Los tesoros que su padre había enviado al gobernante arameo volvieron a él a consecuencia de su victoria sobre los amonitas, quienes a su vez habían sido los vencedores de los arameos, a los que habían despojado de sus posesiones. Su poder era enormemente grande; cada división de su ejército contaba no menos de ciento sesenta mil guerreros. Y sin embargo, con todo lo rico y poderoso que era, era tan modesto que se negó a vestir sus ropas reales cuando fue a la casa del profeta Elishá para consultarlo; se presentó ante él con el atuendo de uno del pueblo. A diferencia de su padre, que tenía poca consideración por los sabios, Yehoshafat era especialmente benévolo con ellos. Cuando un sabio comparecía ante él, se levantaba, se apresuraba a su encuentro y, besándolo y abrazándolo, lo saludaba con «¡Rabí, Rabí!».
Yehoshafat se preocupaba mucho por la pureza y la santificación del Templo. Fue el autor de la ordenanza que prohibía subir al monte del Templo a quien no hubiera cumplido su término de impureza, aunque hubiera tomado el baño ritual. Su confianza plena en Dios lo hacía un completo contraste con su escéptico padre. Se volvía a Dios y le imploraba ayuda cuando, para la razón humana, la ayuda parecía una imposibilidad absoluta. En la guerra con los arameos, un enemigo tenía la espada en la garganta misma de Yehoshafat, listo para asestar el golpe fatal, pero el rey suplicó la ayuda de Dios, y le fue concedida.
En poder y riqueza, Ajav, rey de Shomrón, aventajaba a su amigo Yehoshafat, pues Ajav es uno de ese pequeño número de reyes que han gobernado sobre el mundo entero. No menos de doscientos cincuenta y dos reinos reconocían su dominio. En cuanto a su riqueza, era tan abundante que cada uno de sus ciento cuarenta hijos poseía varios palacios de marfil, residencias de verano y de invierno. Pero lo que da a Ajav su relieve entre los reyes judíos no es ni su poder ni su riqueza, sino su conducta pecaminosa. Para él las transgresiones más graves cometidas por Yerovam eran ligeras faltillas. Por orden suya las puertas de Shomrón llevaban la inscripción: «Ajav niega al Dios de Israel». Estaba tan entregado a la idolatría, a la que lo extravió su esposa Izével, que los campos de la Tierra de Israel estaban llenos de ídolos. Pero no era del todo malvado: poseía algunas buenas cualidades. Era generoso con los sabios, y mostraba gran reverencia por la Torá, que estudiaba con celo. Cuando Ben-Hadad le exigió todo lo que poseía —su riqueza, sus esposas, sus hijos— accedió a sus demandas en todo, salvo en la Torá; eso se negó rotundamente a entregar. En la guerra que siguió entre él y los sirios, estaba tan indignado por la insolencia del advenedizo arameo que él mismo ensilló su caballo de guerra para la batalla. Su celo fue recompensado por Dios; obtuvo una victoria brillante en una batalla en la que no menos de cien mil de los sirios fueron muertos, tal como el profeta Mijáyehu le había predicho. El mismo vidente lo amonestó a no ser benévolo con Ben-Hadad. La palabra de Dios para él había sido: «Sabe que tuve que tender más de una trampa y más de un lazo para entregarlo en tu mano. Si lo dejas escapar, tu vida responderá por la suya».
No obstante, el desastroso fin de Ajav no ha de atribuirse a su desatención a la advertencia del profeta —pues finalmente liberó a Ben-Hadad— sino principalmente al asesinato de su pariente Navot, cuya ejecución bajo la acusación de traición había ordenado, para poder apoderarse de la riqueza de Navot. Su víctima era un hombre piadoso, que acostumbraba peregrinar a Yerushaláyim en las fiestas. Como era un gran cantor, su presencia en la Ciudad Santa atraía allí a muchos otros peregrinos. Una vez Navot no fue a su acostumbrada peregrinación. Fue entonces cuando tuvo lugar su falsa condena —castigo muy severo por la transgresión, pero no del todo injustificable. Bajo la influencia y el consejo de Yehoshafat, Ajav hizo penitencia por su crimen, y el castigo que Dios le impuso quedó por ello mitigado hasta el punto de que su dinastía no fue cortada del trono a su muerte. En el tribunal celestial de justicia, en el juicio de Ajav, los testigos de la acusación y sus defensores se equilibraban exactamente en número y en declaraciones, hasta que apareció el espíritu de Navot e inclinó la balanza contra Ajav. Había sido también el espíritu de Navot el que había extraviado a los profetas de Ajav, haciéndoles usar a todos las mismísimas palabras al profetizar una victoria en Ramot-Guilad. Esta unanimidad literal despertó la sospecha de Yehoshafat, y lo llevó a pedir «un profeta de Adonái», pues la regla es: «El mismo pensamiento se revela a muchos profetas, pero no hay dos profetas que lo expresen con las mismas palabras». La desconfianza de Yehoshafat quedó justificada por el desenlace de la guerra. Ajav fue muerto de manera milagrosa por Naamán, en aquel entonces solo un soldado raso de tropa. Dios permitió que el proyectil de Naamán penetrara la armadura de Ajav, aunque esta era más dura que aquel.
El duelo por Ajav fue tan grande que su memoria llegó a la posteridad. El cortejo fúnebre fue de una solemnidad extraordinaria; no menos de treinta y seis mil guerreros, con los hombros desnudos, marcharon delante de su féretro. Ajav es uno de los pocos en Israel que no tienen parte en el mundo venidero. Mora en la quinta división del mundo inferior, que está bajo la supervisión del ángel Oniel. Sin embargo, está exento de los tormentos infligidos a sus compañeros paganos.
Izével
Con lo malvado que era Ajav, su esposa Izével era incomparablemente peor. En verdad, ella es en gran parte la causa de su sufrimiento, y Ajav lo comprendía. Una vez Rabí Leví expuso el versículo de la Escritura en que se tratan la iniquidad de Ajav y la influencia de su esposa sobre él, deteniéndose en la primera mitad durante dos meses. Ajav lo visitó en un sueño y le reprochó haberse extendido sobre la primera mitad del versículo con exclusión de la segunda mitad. En consecuencia, el Rabí tomó la segunda mitad del versículo como texto de sus lecciones durante los dos meses siguientes, demostrando todo el tiempo que Izével fue la instigadora de los pecados de Ajav. Sus fechorías se cuentan en las Escrituras. A las allí referidas hay que añadir su práctica de fijar imágenes lascivas al carro de Ajav con el fin de estimular sus deseos carnales. Por eso aquellas partes de su carro quedaron salpicadas con su sangre cuando cayó a manos del enemigo. Hacía pesar a su marido cada día, y el aumento de su peso en oro lo sacrificaba al ídolo. Izével no solo era hija y esposa de un rey, sino también correinante con su marido, la única reina reinante en la historia judía, salvo Atalía.
Por endurecida pecadora que fuera Izével, aun ella tenía buenas cualidades. Una de ellas era su capacidad de compartir con otros la alegría y la pena. Cada vez que un cortejo fúnebre pasaba ante el palacio real, Izével descendía y se unía a las filas de los que hacían duelo, y también, cuando pasaba una procesión nupcial, tomaba parte en el regocijo en honor de la pareja de novios. En recompensa, los miembros y órganos con que había ejecutado estas buenas obras quedaron intactos por los caballos que la pisotearon hasta la muerte en la parcela de Yizreel.
Yoram de Israel
De Yoram, el hijo de Ajav, solo puede decirse que tuvo los defectos de su padre sin las virtudes de su padre. Ajav era generoso; Yoram, mezquino, más aún, hasta se entregaba a la usura. A Ovadiá, el piadoso protector de los profetas escondidos, le exigía una alta tasa de interés por el dinero necesario para sostenerlos. A consecuencia de ello, a su muerte cayó atravesado entre los brazos, con la flecha saliéndole por el corazón, pues había tendido los brazos para recibir usura y había endurecido el corazón contra la compasión. En su reinado solo un suceso merece mención: su campaña contra Moav, emprendida en alianza con los reyes de Yehudá y de Edom, y que terminó con una espléndida victoria ganada por los reyes aliados. Yoram y su pueblo, apenas hace falta decirlo, no supieron sacar la lección debida de la guerra. Su desobediencia a los mandatos de Dios siguió como antes. El rey de Moav, en cambio, a su manera buscó acercarse más a Dios. Reunió a sus astrólogos y les preguntó por qué los moabitas, exitosos en sus empresas guerreras contra otras naciones, no podían medirse con los israelitas. Ellos explicaron que Dios era propicio a Israel porque su antepasado Avraham había estado dispuesto a sacrificar a Yitsjak por orden Suya. Entonces el rey moabita razonó que, si Dios daba tan alto valor a la mera buena intención, cuánto mayor sería la recompensa por su ejecución efectiva, y él, que de ordinario era adorador del sol, procedió a sacrificar a su hijo, el sucesor al trono, al Dios de Israel. Dios dijo: «Los paganos no me conocen, y su mal proceder nace de la ignorancia; pero vosotros, israelitas, me conocéis, y aun así obráis rebeldemente contra Mí».
A consecuencia de los siete años de hambruna, las condiciones en Shomrón fueron espantosas durante gran parte del reinado de Yoram. En el primer año se comió todo lo almacenado en las casas. En el segundo, la gente se sostuvo con lo que podía rebañar en los campos. La carne de los animales puros bastó para el tercer año; en el cuarto los que sufrían recurrieron a los animales impuros; en el quinto, a los reptiles e insectos; y en el sexto ocurrió lo monstruoso: que mujeres enloquecidas por el hambre consumieron a sus propios hijos como alimento. Pero el colmo de la desdicha se alcanzó en el séptimo año, cuando los hombres buscaban roer la carne de sus propios huesos. A estos sucesos se aplican las profecías de Yoel, pues él vivió en los terribles días de la hambruna en el reinado de Yoram.
Por fortuna, Dios reveló a Yoel al mismo tiempo cómo sería rescatado Israel de la hambruna. El invierno que siguió a los siete años de carestía no trajo alivio, pues la lluvia se contuvo hasta el primer día del mes de Nisán. Cuando comenzó a caer, el profeta dijo al pueblo: «¡Salid y sembrad simiente!». Pero ellos protestaron: «¿Quien haya salvado una medida de trigo o dos medidas de cebada no ha de usar su reserva para comer y vivir, en vez de para sembrar y morir?». Pero el profeta los apremió: «No, salid y sembrad simiente». Y ocurrió un milagro. En los hormigueros y en las madrigueras de los ratones hallaron grano suficiente para sembrar, y lo arrojaron sobre la tierra el segundo, el tercero y el cuarto día de Nisán. Al quinto día del mes volvió a caer la lluvia. Once días después el grano estaba maduro, y la ofrenda del Ómer pudo traerse en el tiempo señalado, el dieciséis del mes. En esto pensaba el salmista cuando dijo: «Los que siembran con lágrimas, con júbilo segarán».